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"Clash of Kingdoms: Dirty Blood - Libro 6"

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RAYSA García
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Clash Of KingdomS

Dirty Blood
BooK 6
PENELOPE BARSETTI
Esta es una traducción hecha por y para fans. El Desván de Effy realiza
esta actividad de manera altruista y sin ánimos de lucro, con el fin de dar a
conocer las obras de autoras de habla inglesa, en países de habla hispana.
Pueden ayudarnos difundiendo nuestro trabajo con discreción para que
podamos seguir ofreciéndoles más libros (no comenten sobre esta, o
cualquier otra de nuestras traducciones, en los canales oficiales de las
autoras). Si comparten esta traducción en otros canales o blogs, les pedimos
no eliminen nuestros créditos.
Si llegaran a publicarse estos libros en su idioma, por favor apoyen a la
autora comprando su obra. Este material no pertenece a ninguna
editorial, y al estar realizado por fans y amantes de la lectura, podría
contener errores.

¡¡¡Esperamos de Corazón que disfruten la lectura!!!


TRADUCCIÓN y CORRECCIÓN

EDICIÓN, PDF, E-PUB Y SUPERVICIÓN DE PROYECTOS


POR EL EQUIPO DEL DESVÁN DE EFFY
Tuve la oportunidad de dejar estas tierras y evitar la guerra... pero
elegí quedarme.

Elegí quedarme porque si no mantengo a Harlow a salvo, morirá. Los


demonios son un enemigo demasiado poderoso, invulnerable a los dragones
escupefuego de Huntley, un demonio tan intocable que HeartHolme y los
demás reinos no tienen ninguna posibilidad.
Me he esforzado tanto por luchar contra ella, he contenido mis
emociones desde la primera vez que estuvimos juntos, pero lo inevitable ha
llegado. Me he enamorado perdidamente de esta mujer... una humana. He
elegido arriesgar mi inmortalidad por ella, aunque ella no renunciaría a su
humanidad por mí. Cuando esta guerra termine, tomaremos caminos
separados... y nunca nos volveremos a ver.
Huntley y yo nos vemos forzados a trabajar juntos para salvar su reino,
y su odio hacia mí es lentamente reemplazado por algo más... respeto.
Siempre he estado cerca de mi padre, pero ahora me doy cuenta de que es
sólo porque nuestras políticas están alineadas. Lo que Huntley siente por su
familia es genuino... incondicional.

Ahora lucho por algo más que Harlow. Lucho por su familia... como si
fuera la mía.
Capítulo 1
AURELIAS

Cuando abrí los ojos, era de día.


La luz entraba por la rendija de las cortinas, pero no la luz dorada de
Delacroix, sino la gris turbia del cielo encapotado. Me recordaba a mi
hogar, así que la prefería al sol constante de la casa de Harlow.
La miré a mi lado, con las sábanas al hombro, su cuerpo desnudo
metido debajo y apretado contra mí. Mi hombro era su almohada. Su mano
se extendió hacia mi otro brazo, su mano ahuecando el bíceps. Dormía
profundamente, su respiración era como una suave canción de cuna.
Le di un suave beso en el nacimiento del pelo antes de apartarla con
cuidado para que se abrazara a una almohada en vez de a mí. Estaba tan ida
después de nuestra larga noche que se agarró a ella enseguida y siguió
durmiendo sin interrupción. Su hermosa cabellera se extendía tras ella,
como mi capa en la batalla.
El deber era lo único lo suficientemente fuerte como para sacarme de
aquella cama. Si no tenía otro lugar donde estar, esperaría a que se
despertara para poder tomarla de nuevo, para poder sentir el fuego cuando
nuestros cuerpos se conectaran.
Cuando estuve vestido y armado, salí del dormitorio, pasé junto a los
guardias en el pasillo y subí las escaleras hasta el gran salón, el lugar donde
tenían lugar sus deliberaciones y comidas.
Ivory estaba sentada a la mesa sola, bebiendo una taza de café, con un
uniforme y una armadura parecidos a los de Huntley, pero mucho menos
pesados. Si llevara algo idéntico a lo de él, probablemente no podría
mantenerse en pie.
Cuando me acerqué a la mesa, no me saludó. El vacío ardía en sus ojos.
Me acerqué a la ventana y miré hacia fuera, el paisaje frío y seco.
Nubes más oscuras se divisaban en el horizonte y se dirigían hacia aquí.
Probablemente nevaría hoy. Podía ver las estelas de humo que salían de
todas las cabañas, todos tratando de mantenerse calientes en el frío. Me
volví hacia ella y me coloqué detrás de ella para mirarle la nuca. —¿Hay
algo que pueda hacer por usted, Su Alteza? —Era raro llamar así a alguien,
porque ni siquiera me refería así a mi propio padre. Estaba acostumbrado a
que se refirieran a mí como tal, siendo venerado como uno de los vampiros
más mortíferos que jamás hayan existido.
No dijo nada durante un rato. —No.
Volví a mirar por la ventana un momento antes de acercarme a la mesa
y tomar asiento a su derecha. —Volverá.
Se llevó la taza a los labios y bebió un trago, con los ojos aún
desprovistos de emoción. —Desde que conocí a mi suegra, ha estado sola.
Viuda. Cuidando de sus hijos incluso cuando ellos tenían sus propios hijos.
Nunca me había compadecido de ella, pero ahora sí. Vivir el resto de tu vida
sin un marido con quien compartirla. No creo que pueda soportarlo...
—No tendrás que hacerlo.
—Sobrevivimos a muchas guerras juntos, pero incluso con esas
penurias, me doy cuenta de que nunca aprecié realmente la paz que vino
después. La di por sentada. No la aprecié tanto como debería.
Mi mirada se desvió hacia la ventana porque mirarla directamente me
parecía una invasión de la intimidad.
—Y ahora puede que nunca volvamos a tener eso. Puede que mi
marido nunca vuelva. Y yo fracasaré en proteger a nuestros hijos y nuestros
Reinos. Y entonces todos moriremos... o peor.
—Tienes mi espada, —dije suavemente. —Así que nunca fallarás.
Ella miró fijamente su café.
Podía sentir su desesperación. Era potente, más fuerte que el café solo
que acababa de preparar. Las nubes oscuras de la lejanía aparecían ahora
sobre su cabeza y ella se asfixiaba en la nieve que la sepultaba por debajo.
—Ambos sabemos que la humanidad es impotente ante estos demonios.
Sus ojos se volvieron hacia mí.
—Pero usted y su marido son personas excepcionales, y creo que
encontrarán la manera.
Sus ojos seguían clavados en los míos, como si pudiera ver a través de
mí.
Nunca me habría vuelto a enamorar si Harlow no fuera la mujer más
excepcional que jamás hubiera conocido. Y ahora sabía exactamente de
dónde había sacado los rasgos que me habían hecho caer de cabeza en
cuanto la besé. —Volverá.
Volvió a mirar su café.
—Dígame en qué puedo servirle, Alteza.
Una suave sonrisa se dibujó en sus labios. —Por favor, no me llames
así. Ivory está bien.
—Muy bien, —dije—. ¿En qué puedo servirle, Ivory?
—Desde que mi marido se fue, he estado deambulando porque sólo
pienso en su ausencia. Pero sé que mi tiempo está mejor empleado
preparándome para la guerra. Tenemos que preparar HeartHolme para la
afluencia de ciudadanos a punto de unirse a nosotros-y también tenemos
que fortalecer nuestras fortificaciones para preparar el campo para la
batalla.
—Estoy de acuerdo.
—Tengo algunas ideas.
—Te escucho.
—Ya que vienen de debajo de la tierra... ¿y si cubrimos el campo con
piedra? La misma piedra que usamos para crear nuestras calles. Me doy
cuenta de que eso requiere mucho trabajo y es un derroche de recursos, pero
podría impedir que subieran y se acercaran demasiado a la muralla.
Asentí con la cabeza, impresionado por la sugerencia. —Es una buena
idea.
—Nuestro suelo es mucho más denso y frío, así que espero que eso sea
suficiente para evitar que se acerquen del todo. Delacroix está lleno de tierra
fértil y arena, mucho más fácil de penetrar que la tierra dura que tenemos
aquí.
—Eso es cierto.
—Tal vez sólo podrán subir más al sur, y tendremos alguna advertencia
de que vienen.
Ella realmente era igual a Huntley. —Eso significa que debemos
preparar un ataque más al sur también.
—Pero todos esos soldados morirán...
—Entonces hacemos algo con los dragones. Que dejen caer rocas como
hizo Harlow en Delacroix.
Ella asintió con la cabeza. —Puedo hacer que los mineros cosechen las
piedras más grandes que puedan encontrar. Ponlas en un lugar para los
dragones.
—Buena idea, —dije mientras me ponía de pie. —Hablaré con el
General Macabre y comenzaremos los preparativos.
—Gracias, Aurelias.
Me di la vuelta para ponerme a trabajar.
—¿Aurelias?
Me volví hacia ella, esperando nuevas órdenes.
—Siento que mi marido fuera tan poco amable contigo.
No estaba resentida entonces, y no lo estaba ahora. —Si yo tuviera una
hija, habría hecho lo mismo.

***

Aquí oscureció antes que en Delacroix, así que la luz del día se fue más
rápido de lo que deseaba. La temperatura bajó aún más, y fue entonces
cuando sentí el frío traspasar mis guantes y entumecerme los nudillos.
Regresé al castillo tras un largo día de trabajo con el General Macabre y los
hombres que no me debían lealtad. Era difícil creer que estaba allí para
ayudar a los humanos, cuando lo único que había hecho antes era matarlos.
Mi padre y yo teníamos la intención de derrotar a los Etéreos y luego tomar
el reino de los hombres para nosotros, subyugarlos para que fueran lo que
estaban destinados a ser: alimento y mano de obra.
Antes de entrar en la alcoba, supe que Harlow estaba dentro. Sabía que
estaba dentro cuando yo estaba en el pasillo. Su mente era como un fuego
lento, su calor se sentía en cada rincón de la habitación, excepto que, en su
caso, su mente se sentía en cada rincón del mundo.
Entré y la encontré sentada en el sofá frente al fuego, en camisón
porque yo había estado fuera desde el amanecer hasta el anochecer. Se había
duchado y peinado, y con aquel vestido blanco estaba impresionante.
Sus ojos encontraron los míos, y hubo el mismo destello de deseo que
sentí yo. Siempre lo sentía cuando me veía, tanto si estaba desnudo como si
iba armado. Mi aspecto le provocaba el mismo deseo que ella sentía por mí.
Siempre que estábamos juntos en una habitación, era una llamarada de
fuego.
Me daba la vuelta para desnudarme, para quitarme todas las piezas de
armadura y las armas que pesaban sobre mi cuerpo. Pero incluso así, me
sentía incómodo después de un largo día trabajando en la muralla, dando
órdenes y viendo cómo los hombres prácticamente corrían a cumplirlas
porque les aterraba que los mordiera. —Voy a ducharme. —Sabía que me
deseaba, pero tendría que esperar.
—Date prisa.
Apreté los ojos mientras me alejaba, sintiendo una ráfaga de mareo
porque mi polla se puso dura muy rápido. Un escalofrío me recorrió la
espina dorsal porque ella me excitaba muchísimo, por la forma en que no
tenía miedo de suplicar.
Me di una ducha rápida, con la polla dura todo el rato, dejando que el
calor calentara mi piel y liberara la suciedad y el sudor. Me sequé
rápidamente con una toalla antes de volver a la habitación y me quedé
helado cuando la vi en la cama.
Desnuda.
Sentada en la cama con sus perfectas tetas al aire. El pelo largo le caía a
lo largo de los brazos. La confianza ardía en sus ojos, junto con el deseo. Su
excitación era tan intensa que podía sentir la humedad entre sus piernas sin
tocarla. —Te dije que te dieras prisa.
Joder. Me subí a la cama y rápidamente me puse encima de ella, su
cabeza golpeó la almohada, todas las sábanas y fundas se apartaron para que
estuviéramos los dos solos en el colchón. Sus suaves muslos se aferraron a
mis caderas y sus palmas subieron por mi pecho mientras inclinaba la
cabeza hacia atrás para recibir mi beso.
Quise besarla con fuerza, pero me salió suave, porque cada vez que la
tocaba me dolía el corazón. Ahora todo era diferente. En el momento en que
cedí a mi debilidad y dije aquellas dos palabritas, mi vida había cambiado.
Podría haberme mentido a mí mismo para siempre, pero no podía mentirle a
ella.
Así que ahora todo era lento y decidido. En lugar de follarla hasta que
esas lágrimas brillantes corrieran por sus mejillas, quería tocar su corazón
con el mío, quería saborear cada beso y cada caricia, hacer que cada
momento pareciera una eternidad.
Sus dedos se movieron en mi pelo húmedo y me besó, apretándome
ansiosamente con sus muslos, desesperada por sentirme dentro de ella.
Me introduje dentro de ella y mi punta sintió al instante lo empapada
que estaba, como si hubiera estado pensando en mí mucho antes de que yo
entrara por la puerta. Empujé hacia dentro, el ajuste era fácil cuando estaba
tan mojada. Me hundí hasta el fondo y perdí el aliento por un segundo
porque me sentí tan bien.
Su boca devoró la mía y empezó a mover las caderas conmigo,
clavándome las uñas en la espalda.
Me moví con ella, acompañados de nuestras respiraciones silenciosas
por el sonido del fuego crepitante. Hacía tanto tiempo que no lo hacía con
alguien que me importaba que había olvidado lo que se sentía, lo vulnerable
que me obligaba a ser. No podía esconderme detrás de mi ira o mi frialdad.
Ella podía verlo todo. También era más fácil controlar mi cuerpo, porque
cuando follábamos, sólo quería correrme todo el rato. Pero cuando
hacíamos el amor... era diferente. Mi mente y mi cuerpo no querían que
terminara. Quería que durara para siempre.
Ella se corrió enseguida, gimiendo contra mis labios, su mano
agarrando mi culo y tirando con fuerza de mí dentro de ella.
Dejé de besarla para observarla, ver cómo alcanzaba el orgasmo y se le
llenaban los ojos de estrellas. Las lágrimas aparecieron un segundo después,
hermosos diamantes que reflejaban la luz del fuego antes de caer por sus
mejillas.
Atrapé cada una de ellas con mis labios y la besé, deseando probar la
sal de su deseo. El sudor empapaba mi cuerpo y me dolían los músculos,
pero no podía sentir ninguna de esas cosas cuando estaba encerrado en este
abrazo.
No habíamos hablado desde nuestra conversación junto al fuego,
cuando le expliqué exactamente por qué terminaría esto. En lugar de
enfadarse conmigo por no sacrificar mi inmortalidad, lo aceptó con calma y
luego me arrastró a la cama, pidiéndome que le hiciera el amor... como si
eso fuera a hacernos olvidar a los dos.
No dudé antes de hablar, los muros de mi contención se derrumbaron.
Había dedicado mi vida a esta mujer, pero ahora le dedicaba mi corazón. —
Te amo, cariño. —Le retorcí el pelo y la besé con fuerza, hundiéndome más
en el capullo que habíamos hecho juntos—. Te amo muchísimo.
Me apretó las caderas mientras hundía la mano en mi pelo. Lo dijo sin
aliento, con las uñas afiladas en mi carne y las caderas ansiosas por tomar
más de mí. —Yo también te amo.

***

Me tumbé con ella, su muslo sobre mi cadera, sus labios hinchados por
mi beso, sus ojos pesados por el cansancio. Tenía el pelo pegado al cuello
por el sudor, aunque yo había hecho todo el trabajo. No se quejó.
Sus dedos jugaron con la línea de mi mandíbula, sintiendo el vello
áspero de mi barba incipiente, moviéndose contra el crecimiento para que
pudiera sentir el filo contra las yemas de sus dedos. Le gustaba tocarme,
siempre me tocaba cuando estábamos juntos en la misma habitación.
La miré fijamente a la mandíbula, a sus impresionantes ojos azules.
Nunca había apreciado el color de los ojos de una mujer, pero los suyos...
podría mirarlos eternamente. Su profundidad era infinita. Su bondad tenía
luz propia. Y su alma... también podía verla. Podía ver lo que ella no podía
ver en mí.
—Estuviste fuera todo el día. —Su mano se movió hacia mi pecho.
—Hice algunas cosas por tu madre.
Asintió ligeramente.
—¿Qué hiciste?
—No salí de la habitación. —Sus ojos no estaban en los míos mientras
decía eso, como si quisiera esconderse de mí.
Sabía que estaba deprimida por muchas razones. Temía que su padre no
regresara y sabía que nunca seríamos más de lo que éramos ahora.
Combinado, era suficiente para mantenerla en cama todo el día. Su madre
había estado en la mesa esta mañana, pero estaba claro que no quería estar
allí, que su vida estaba en suspenso hasta que volviera su marido.
—Era uno de esos días, ya sabes.
La última vez que había tenido un día así había sido hacía mucho
tiempo, y hacía más de un par de días.
Sus ojos finalmente volvieron a mí. —Se siente como la primera vez
que realmente puedo estar contigo. —Sus ojos azules estaban emocionados,
brillando con su amor por mí. —Puedo dormir contigo. Vienes a casa
conmigo al final de un largo día. Es bonito.
Era bonito. Nunca había estado tan feliz y tan triste a la vez.
Ella continuó frotando mi duro pecho. —¿Puedo preguntarte algo?
Sabía cuál era su pregunta porque podía sentirla, sentir la curiosidad
que nunca había disminuido. —El hecho de que te ame y de que estemos en
felicidad doméstica no significa que quiera hablar de lo que estás a punto de
preguntarme. No te lo tomes como algo personal y no vuelvas a
preguntármelo.
Ella no reaccionó, pero por dentro, pude sentir cómo se sacudía. —
¿Puedo preguntar por qué?
Contuve mi ira porque la última vez que no lo había hecho, ella había
salido furiosa al frío y había llorado... y eso me había hecho sentir como una
mierda. Ella estaba en mis brazos en ese mismo momento, nuestras vidas en
paz, y la última cosa que quería hacer era arruinar eso. —Porque duele.
Sus ojos se suavizaron, y luego su corazón se apretó. —¿Cuánto tiempo
hace de esto?
—Hace quinientos trece años.
La sorpresa se dibujó en su rostro. No entendía el tiempo como yo. Para
ella, eso bien podría haber sido para siempre. Para mí, parecían un par de
décadas. —¿Y todavía te duele...?
Podía sentir su malestar, sentir el rugido de celos de que mi corazón
hubiera pertenecido alguna vez a otra. Sabía que sentiría lo mismo, que la
obsesión no correspondida de Ethan era suficiente para cabrearme. Pero no
le mentiría. —Siempre dolerá.
Hizo una pausa, mis palabras le causaban dolor de varias maneras
diferentes. —Entonces... ¿estabas casada?
—No.
—¿Estuviste...?
—Estoy aquí contigo, cariño. Deja mi pasado donde pertenece, en el
pasado.
Sus ojos se desviaron.
—No te alejes de mí. —Le agarré la barbilla con la mano y la obligué a
volver a mirarme—. Te quiero aquí conmigo, siempre. —La besé, la besé
con fuerza en la boca, mostrándole la profundidad de mi amor porque mis
palabras no eran suficientes. Podía haber amado a otra mujer en mi vida,
pero ella se había ido hacía mucho tiempo, y ahora mi corazón estaba
ocupado por una sola mujer, un solo nombre.
Su beso fue vacilante al principio, pero se volvió ardiente en cuestión
de segundos, su mano en mi pelo, su muslo apretando mi costado.
La puse boca arriba y me enterré dentro de ella como si no le hubiera
hecho el amor dos veces. Pero eso era lo mucho que deseaba a aquella
mujer, siempre.

***

Llamaron a la puerta.
Era medianoche. El fuego estaba casi apagado. Las velas se habían
consumido. Hacía un segundo que estaba completamente dormido, pero al
instante me puse en pie con la espada en la mano.
Harlow se levantó de un tirón y dio un grito de sorpresa.
—¿Qué pasa? —dije a través de la puerta cerrada.
—Los jinetes se acercan a la puerta, —dijo el guardia. —La reina Rolfe
ha sido avisada.
—¿Cuántos? —Pregunté.
—Cuatro.
Me vestí rápidamente y me puse mi armadura y mis armas.
Harlow se puso lo que encontró. —¿Quiénes son los jinetes?
—No lo sé.
—¿Podrían ser ellos?
—No me parecen del tipo diplomático. —Salí y ella me siguió, con un
jersey y unos pantalones, el pelo revuelto de tanto revolcarse en las sábanas.
Llegué al gran salón y la reina Rolfe ya estaba allí, vestida con una
armadura como si estuviera lista para la batalla.
—Los guardias dicen que no pueden identificar a los jinetes debido a la
nieve.
Miré por la ventana y la vi caer, tanta que era difícil distinguir las
antorchas a lo lejos. —Iré a la puerta, —dije—. Informaré de lo que
descubra.
—No me quedaré aquí, —dijo la reina Rolfe. —Si alguien entra por
mis puertas en tiempos de guerra, quiero saber quién es.
—Creo que eso es imprudente...
—Tu trabajo es protegerme, —espetó—. Así que cuando yo baje, tú me
proteges. —Se dio la vuelta. —Vámonos.
Harlow miró a su madre alejarse antes de volverse hacia mí. —Ahora
ya sabes de dónde lo saco.
No había oportunidad de esbozar una sonrisa, no con la seriedad del
momento, así que caminé detrás de la reina Rolfe por el pasillo, fuera del
castillo y hacia el frío, y seguí las antorchas hasta la puerta.
Me quedé detrás de ella, actuando como su guardia más que como su
igual.
Finalmente llegamos a la puerta, que seguía cerrada y bloqueada
porque el general Henry y los soldados llegarían por la mañana.
—¿Qué veis? —Llamé a los arqueros de arriba.
Miraron fijamente a través de la oscuridad y la nieve, tomándose un
momento para identificar a los viajeros que se acercaban sin invitación. —
Dos de los jinetes llevan armaduras negras y rojas. Los otros dos... creo ver
oro.
Mi corazón dio un vuelco ante la información. —Mis hermanos.
La reina Rolfe se volvió hacia mí. —¿Estás segura?
—Sí.
Se volvió hacia el guardia. —Abre la puerta.
Retrocedimos y, lentamente, las enormes puertas comenzaron a abrirse,
los engranajes del mecanismo crujían por el peso. Se abrieron lo suficiente
para que pasaran los cuatro jinetes y, minutos después, llegaron con los
cascos de sus caballos chocando contra la tierra.
Tiraron de las riendas y detuvieron a los caballos.
De cerca, pude ver los detalles de sus armaduras, las serpientes
grabadas en sus pechos, las serpientes en sus espadas. Me acerqué a Larisa
y le di la mano para ayudarla a bajar del caballo. —¿Qué haces aquí?
—Es una historia muuuuuy larga, —dijo—. Y nos estamos congelando.
—Desenganchó un cubo de lana de oveja y me lo dio. —Fang necesita
entrar en calor. Incluso en ese cubo, se está poniendo macizo.
Kingsnake se acercó a mí y se quitó la capucha. No hizo ningún
comentario sabelotodo porque el frío y el hambre también lo habían
agotado. —Por supuesto, cuando lleguemos aquí, habrá una ventisca....
La reina Rolfe llegó a mi lado y los miró, centrándose en sus ojos,
donde tenían las pupilas rasgadas.
—Esta es la reina Rolfe, —dije a modo de presentación. —Creo que no
os conocíais de antes.
Kingsnake hizo una leve reverencia. —Alteza.
Cobra y los demás hicieron lo mismo. Cobra y Kingsnake no habrían
hecho ese gesto en otro escenario, pero como sabían que estas personas eran
importantes para mí, se lo tragaron.
Me quedé callado, dejando que la reina Rolfe tomara la iniciativa
porque ella era la gobernante y yo el sirviente.
—Acompáñanos al castillo, —dijo—. Cualquier invitado de Aurelias es
un invitado mío.
Caminamos por el largo sendero hacia el castillo en la nieve helada, sin
que nadie hablara porque todos tenían demasiado frío para decir algo. Una
vez que entramos en el castillo y las puertas se cerraron tras nosotros, hubo
un suspiro de alivio por parte de todos. Subimos las escaleras y entramos en
el gran salón. Harlow se sentó en una de las sillas, y en la gran chimenea se
había encendido un fuego para iluminar la estancia.
Larisa colocó el cubo de lana delante de la chimenea para que Fang
pudiera calentarse cerca de las llamas. Asomó lentamente la cabeza,
metiendo y sacando la lengua, y luego se deslizó más cerca de las llamas,
haciéndose un ovillo como un perro sobre la alfombra.
Esssto esstá mucho mejor.
Harlow miró a la serpiente con los ojos muy abiertos. —¿Es... una
mascota?
—No es una mascota, —dijo Larisa—. Más bien una compañera.
Máss bien una desspiadada máquina de matar...
Siempre encontré las palabras de Fang refrescantes. Es bueno verte de
nuevo.
Y a ti.
Me acerqué a Kingsnake y lo abracé. Hice lo mismo con Cobra y
Larisa. Con Clara, no la conocía muy bien, y aún me sentía incómoda
sabiendo que solía ser una Etérea, así que la miré con una inclinación de
cabeza.
—Siéntate, —dijo la reina Rolfe. —Debes de estar cansada. Enseguida
os servirán un refrigerio.
Sabía que lo que realmente querían era sangre, pero no podían tenerla.
Todos nos sentamos a la mesa y, por un momento, todo quedó en
silencio, como si mis hermanos no supieran cómo hablar con franqueza
delante de la reina Rolfe, una extraña.
El personal trajo rondas de cerveza y whisky, y mis hermanos
enseguida se decantaron por lo bueno. Harlow tomó un chocolate caliente y,
por alguna razón, me pareció simpático. No estaba sentada cerca de ella en
la mesa. Yo estaba a la derecha de la reina Rolfe, mientras que Harlow
estaba en el otro extremo, más cerca de Fang. Seguía mirándolo, como si le
pareciera fascinante.
Yo hablé primero. —Supongo que padre ha dicho que no, entonces. —
Fue una derrota, una terrible.
Kingsnake echó la cabeza hacia atrás mientras bebía un trago,
tratándolo como un chupito y no como una bebida destinada a ser
saboreada. —Acabamos de salir victoriosos de la batalla contra los hombres
lobo, y ahora está ocupado estructurando su nuevo gobierno sobre los
humanos. —Su tono implicaba toda su desaprobación por eso. —Otra
guerra es profundamente inconveniente.
—Supongo que no soy el favorito después de todo.
—Dijo que necesitaba más tiempo para pensarlo.
Me sorprendió una vez más. —Sí, porque las guerras sólo ocurren en su
horario. —Mi padre era un maldito imbécil. —Entonces, ¿por qué estás
aquí?
Kingsnake intercambió una mirada con Cobra. —¿Pensaste que te
abandonaríamos?
—Abandonar no es una descripción apropiada, —dije—. Puedo irme
cuando quiera, pero he elegido quedarme aquí. Mis decisiones no deberían
influir en las vuestras.
Cobra puso los ojos en blanco antes de dar un trago. —Está más tieso
que esta bebida.
Larisa soltó una risita silenciosa.
No me hizo ni pizca de gracia, y mi mirada lo dejó bastante claro. —
Que sea mi decisión luchar en esta guerra no significa que tenga que ser
también tu decisión. Aprecio el hecho de que hayas venido hasta aquí...
—En el frío de congelación, —dijo Cobra. —Y nuestro barco casi
vuelca... Pero me alegro de que lo aprecies.
Ignoré el sarcasmo. —Aprecio tu lealtad, pero no quiero que mueras
por mí.
—Y nosotros no queremos que mueras solo, —dijo Larisa.
La miré, el único miembro de la familia que realmente me gustaba en
ese momento.
—Hay algo más en nuestra decisión, —dijo Kingsnake, captando mi
atención. —Sabemos que Padre sentirá una mayor urgencia cuando tres de
sus hijos estén en peligro. Ahora que nos hemos ido, se preocupará, y
entonces enviará ese ejército más rápido de lo que lo habría hecho de otro
modo.
—Parece un plan arriesgado, —dije.
—Lo hemos hecho antes, —dijo Cobra. —Cuando cabalgó hacia
Evanguard para quemarla hasta los cimientos, nos interpusimos en su
camino hasta que se vio obligado a cambiar de opinión. Funcionó.
En mi opinión, Evanguard debería haber ardido hasta los cimientos.
Pero me mordí la lengua en presencia de mi nueva cuñada.
—Creo que padre habría venido al instante si no estuviera preocupado
por tantas otras cosas, —dijo Kingsnake—. Y sé que está perplejo de que
hayas elegido dar tu espada a los humanos. —Kingsnake no dijo nada más
sobre el tema, pero su mirada dio a entender todas las cosas que decidió
ocultar a los humanos sentados conmigo, que mi habitual política
despiadada no les favorecía. —Está preocupado por ti. Profundamente.
—Sigues siendo el favorito, —dijo Cobra con frialdad—. No te
preocupes por eso.
Harlow soltó una risita desde donde estaba sentada a la mesa.
Todos nos giramos para mirar, viendo a Fang encaramarse para mirarla,
su lengua deslizándose dentro y fuera.
Ella le frotó la barbilla, sonriendo al ver cómo la miraba con aquellos
ojos luminosos.
Me gusta.
—A él también le gusta que le frotes la cabeza, —dijo Larisa—. Sobre
todo si tienes las uñas afiladas.
—Apuesto a que tiene las uñas afiladas.... —se dijo Cobra antes de dar
un trago.
Le fulminé con la mirada, con la madre de Harlow allí sentada.
Sonrió y bebió otro trago.
Harlow le rascó la cabeza a Fang, que inmediatamente cerró los ojos de
placer.
Yaaassssssss.
Ivory recuperó el control de la conversación. —Han pasado muchas
cosas desde tu última visita a nuestras tierras. Mi cuñado viajó al este para
descubrir todo lo que pudiera sobre nuestro enemigo, en contra de las
órdenes de mi marido, y ahora mi marido ha ido a rescatarlo de su
cautiverio. —Habló con voz firme a pesar del terror que había en nuestros
corazones. —Volverá pronto, y espero que con el conocimiento que
necesitamos para destruir a estos demonios.
—Así que en este momento, ¿no sabes nada nuevo sobre ellos? —
preguntó Kingsnake.
Negué con la cabeza. —Estamos preparando HeartHolme para el
asalto. Todos los Reinos están viajando aquí para la batalla. Es el único
lugar que puede contener a toda la humanidad. Puede que no seamos
capaces de igualar su fuerza, pero tal vez nuestros números superen con
creces los suyos.
—Sí, —dijo Kingsnake, mirándome fijamente. —Esperemos...
Nos sentamos en silencio durante unos minutos. Ivory seguía mirando
fijamente a mis parientes, y Harlow seguía dándole masajes a Fang, sin
asustarse lo más mínimo de su tamaño y fuerza. Lo trataba como a un
cachorro.
Ivory se aclaró la garganta. —Mis sirvientes prepararán vuestro
alojamiento en el castillo. Si necesitas algo, díselo. —Se levantó de su
asiento. —Una vez que mi esposo regrese, tendremos otra discusión.
Todos nos pusimos en pie cuando ella se levantó, infundiéndole el
respeto que los demás nos infundían en nuestras tierras.
Ella asintió antes de alejarse.
Harlow se quedó, hipnotizada por la belleza de las escamas de Fang. —
Eres guapo.
Lo sé.
Cuando Harlow sintió que la intensidad aumentaba, supo que no
pertenecía a esta conversación. Le dio una palmada en la cabeza antes de
levantarse de la silla. —Me alegro de volver a verte. Buenas noches. —
Abandonó la habitación y salió al pasillo.
Estaba de espaldas a ella, así que no pude verla irse, pero quise estirar
el cuello para verla alejarse. Volví a prestar atención a mis hermanos.
—Ahora que se han ido... —Cobra cogió la botella y rellenó su vaso
hasta casi rebosar. Hizo lo mismo con Kingsnake, llenándolo como si fuera
agua después de una caminata por el desierto. —¿Cuándo te convertiste en
una zorrita? —Bebió de su vaso mientras me miraba fijamente. —Dijiste
que querías proteger a tu mujer, pero por lo que veo, eres el guardia de la
reina.
Antes habría negado esa afirmación, pero eso era exactamente lo que
Harlow era... mi mujer. —Cuando su padre se fue, me pidió que protegiera
a su familia como si fueran la mía.
—Pero no son tuyos, —dijo Cobra. —Nosotros lo somos. Y navegamos
a través del mundo para usted .
—Yo no te pedí que hicieras eso...
—Cuando se trata de la familia, nunca tienes que preguntar. —Dejó la
bebida de golpe. —Aurelias, ¿qué carajo?
Me volví hacia Kingsnake. —Ignoremos al niño.
—En realidad... —Kingsnake tiró de su bebida hacia él. —Estoy con
nuestro hermano en esto. Estás haciendo un inmenso sacrificio por esta
gente. Ni siquiera te reconozco con la forma en que te estás comportando.
Dijiste que querías proteger a tu mujer, pero te has convertido en uno de
ellos.
—Nunca seré uno de ellos. —Aunque Harlow me lo había pedido.
—Si quieres proteger a la chica, tráela contigo, —sugirió Kingsnake.
—Vive en Crescent Falls con ella...
—Ella nunca abandonaría a su familia.
—Bueno, si quieres que sobreviva, esa podría ser tu única opción, —
dijo Kingsnake—. Porque estos humanos son demasiado débiles para
enfrentarse a estos demonios.
Me quedé mirando mi vaso por un momento, el pasado pasando por
mis ojos. La forma en que la madre de Harlow se enfrentó a esos
monstruos. La forma en que podía sentir el amor de Huntley por su familia
cada vez que estábamos juntos en la misma habitación. El modo en que su
propio hijo arriesgaba la vida por su pueblo en lugar de esconderse tras las
puertas del castillo. —Son más fuertes de lo que crees.
Kingsnake siguió mirándome, con la cabeza ligeramente ladeada. Su
mirada despiadada continuó, y la ira y el resentimiento se desvanecieron
lentamente en algo más. —La amas.
Mis ojos volvieron al vaso.
Los demás también me miraron, esperando que lo negara con
vehemencia.
No lo hice. —Su familia... es buena gente. —Son diferentes de los
humanos de nuestro mundo. No son débiles y sumisos. Son fuertes y
valientes. —Sirven a su pueblo... en lugar de esperar ser servidos. He
llegado a respetarlos, especialmente a su padre.
Kingsnake no tenía nada que decir.
Cobra tampoco, sorprendentemente.
—No se merecen esto, —susurré—. No merecen ser borrados de la
existencia sólo porque Los Teeth los traicionaron.
—No puedes traicionar a alguien que nunca fue tu aliado, —dijo
Kingsnake—. Los Teeth fueron conquistados y luego subyugados. Fue una
tontería por parte del rey asumir que no habría repercusiones por ello,
incluso veinte años después. Puede que le respetes, pero a mí me parece
arrogante.
—Es justo, —dije fríamente. —No ordena una ejecución a menos que
pretenda cumplirla él mismo. No ordena a su general y a sus soldados ir a la
batalla mientras está sentado en su trono en la seguridad de su castillo. Está
en el frente de batalla. Él mismo fue a salvar a su hermano en lugar de
abandonarlo a su suerte. Es un hombre valiente, que es más de lo que puedo
decir de nuestro propio padre...
—¿Por qué no le das la vuelta? —Cobra dijo—. Es mucho más
probable que sobreviva como vampiro.
Negué con la cabeza. —No.
—Si quieres estar con ella, va a suceder de todos modos...
—Dije que no. Sólo de pensarlo se me revolvía el estómago.
La mirada de Kingsnake se endureció, como si lo entendiera
perfectamente. —Uno de nosotros puede hacerlo, Aurelias...
—No. —Si decidía pasar mi vida con una mujer, no permitiría que otro
hombre la convirtiera, independientemente de las circunstancias. —Le
prometí a su padre que nunca haría eso.
—Entonces, ¿cuál es tu plan? —Cobra estalló. —¿Cómo va a funcionar
esto...
—No va a funcionar. —Bebí un trago de mi whisky, el calor adormecía
el dolor.
—¿Qué estás diciendo? —Kingsnake preguntó—. ¿Qué amas a esta
mujer, pero no vas a comprometerte con ella?
—El compromiso no es el problema. —Si ella ya fuera un vampiro,
todo sería diferente.
Kingsnake parecía entender. —Aurelias, sé que este es un tema
delicado...
—Entonces no lo toques, —dije fríamente. —Aunque estuviera
dispuesto a hacerlo, que nunca lo estaré, ella dice que esa no es la vida que
quiere. Quiere ir al más allá con su familia. Quiere tener sus propios hijos.
No está dispuesta a renunciar a eso por mí, y la respeto por ello. Sólo hay
otra opción, y le he dicho que no estoy dispuesto a hacerlo.
Todos se quedaron callados, la revelación calándoles hasta los huesos.
—Aunque este sea un breve momento de mi larga vida, y
probablemente no merezca la pena el dolor, lucharé por ella. Quiero que
viva una vida larga y feliz, aunque sea con otra persona, aunque se acabe en
un abrir y cerrar de ojos.
Permanecieron callados, mirándome fijamente al otro lado de la mesa.
Miré mi vaso para esquivar sus miradas.
—Aurelias. —Larisa fue la que habló. —Estás arriesgando tu vida y,
por tanto, tu inmortalidad, por ella. ¿Vale la pena para ti?
Mis ojos se alzaron para mirar los suyos. —Sí.
—Entonces, ¿por qué no estás dispuesto a renunciar a tu inmortalidad
para estar con ella?
Me quedé callado mientras le sostenía la mirada, enfrentado a una
pregunta que no podía responder. Sentí las miradas de mis hermanos, ambos
pensando lo mismo. Pero mantuve mi silencio, sin tener una sola palabra
que decir.
Capítulo 2
HARLOW

—Quédate. —Le agarré del brazo y tiré de él hacia mí cuando sentí que
su cuerpo se movía. Era temprano, tan temprano que apenas había luz fuera,
pero me desperté porque no quería despertarme más tarde y no verle la cara.
—Cariño, tengo trabajo que hacer.
Tiré de él de todos modos, atrayéndolo hacia mí. —No me importa. —
Metí la mano en su pelo y lo besé, haciendo todo lo posible para que se
quedara, para que se moviera entre mis muslos y reclamara mi carne como
suya.
Me devolvió el beso, su boca se abrió para recibir mi lengua, y
lentamente empezó a moverse encima de mí, su polla obedeciendo mis
órdenes silenciosas.
Mis muslos apretaron sus caderas y lo atraje hacia mí, deseando tener
esa polla enterrada dentro de mí.
Sonrió contra mis labios. —Tú ganas.
—Siempre gano.
Se introdujo dentro de mí y emitió un gemido cuando se dio cuenta de
que yo estaba así de mojada a primera hora de la mañana. Una vez que
estuvo completamente enfundado en mi calor, se detuvo para saborearlo,
tensando los músculos de su culo.
Tras una pausa, empezó a empujar, con su fuerte cuerpo colocado sobre
el mío, sus abdominales firmes y poderosos, su pecho como una montaña
que se alzaba sobre mí. Era sexy hiciera lo que hiciera, tanto si se sentaba
frente al fuego como si llevaba su armadura con confianza, pero cuando
más sexy estaba era así... cuando me follaba.
Le rodeé el cuello con los brazos mientras lo besaba, lo sentía respirar
en mi boca mientras se mecía dentro de mí. Su respiración se aceleró por el
deseo, no por el esfuerzo, y sentí cómo se engrosaba dentro de mí, como si
quisiera correrse en cuanto me sintiera.
Cada vez que estábamos juntos, lo amaba más, lo amaba más
profundamente de lo que creía posible. Cuando me agarraba a él, no quería
soltarlo nunca. Este hombre había conquistado mi corazón y había dejado
una bandera permanente que seguiría ondeando al viento incluso cuando él
ya no estuviera. Era difícil imaginarme vestida de novia a punto de casarme
con otra persona, no cuando estos recuerdos me perseguirían para siempre.
Tal vez nunca me casaría, no cuando no podía tener al amor de mi vida.
Su mano se clavó en mi pelo mientras su cara se apretaba contra mi
cuello, dándome profundas embestidas que rozaban mi clítoris a la
perfección. Cada vez que se movía, era el éxtasis, la presión justa. Rara vez
hacía esto, sólo cuando necesitaba que me corriera para no tener que
bordear él mismo.
—¿Puedes sentir cómo me corro? —Le dije al oído, con las uñas
clavadas en su espalda.
Soltó un fuerte gemido.
—¿Puedes? —Susurré.
Se levantó de nuevo, su cara sobre la mía, sus ojos oscuros e intensos,
casi aterradores. —Sí.
—¿Qué se siente?
Lanzó otro gemido y sus embestidas se ralentizaron porque las
sensaciones se hicieron más difíciles de resistir. —Oh, joder.
Acerqué las piernas a mi pecho, doblándome debajo de él para que
pudiera profundizar el ángulo. Le agarré el culo con la mano y tiré de él
hacia mí. —Aquí viene... —Sentí el fuego entre mis piernas, llamas que me
quemaban el estómago y las extremidades, un sudor tan caliente que me
hacía sentir bien. Y entonces llegué al precipicio y caí, gimiendo
ruidosamente mientras los dedos de mis pies se curvaban y acalambraban,
con los ojos llorosos por el escozor del placer.
Su intensidad había aumentado, su rostro duro y tenso por el placer y la
concentración. Sus bombeos se aceleraron de forma descontrolada y me
penetró con más fuerza antes de emitir un fuerte gemido, liberándose en mi
interior mientras yo alcanzaba la cima del subidón que me había provocado.
Era el mejor sexo de mi vida. Y él era el hombre más sexy de mi vida.
Me aferré a él mientras acababa, mientras recibía su semilla. —
Aurelias... —Me encantaba decir su nombre. Me encantaba más que
cualquier otro nombre que hubiera pronunciado en la cama. Bajé lentamente
del subidón al sentir cómo se ablandaba dentro de mí, pero los zarcillos de
placer seguían anclados en lo más profundo de mi carne. Mis tobillos se
cruzaron contra su culo para que no pudiera apartarse. —No me dejes nunca
sin despedirte. —Prefería despertarme al amanecer con él entre mis piernas
que despertarme horas después sin él. —¿De acuerdo?
Inclinó la cabeza y me besó con fuerza, como si ahora tuviera menos
ganas de dejarme. —Sí, nena. —Se apartó y se apartó de mí, de pie,
desnudo junto a la cama, alto y musculoso, con la espalda tallada en
interminables músculos.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe, pero no había nadie.
Miré la rendija, negándome a creer que fuera la corriente de aire lo que
la había abierto.
Aurelias no parecía alarmado. —Tienes visita.
Fang se deslizó por la cama y luego se deslizó hacia mí, su poderoso
cuerpo se deslizó a través de las mantas mientras se acercaba a mí. Cuando
apareció la mitad inferior de su cuerpo, sostenía una baraja de cartas en su
cola enroscada.
—Hola, Fang. —Me senté para acariciarle la cabeza, dejando que mi
cuerpo desnudo quedara totalmente expuesto ante él.
Cerró los ojos mientras disfrutaba de mis afiladas uñas contra sus duras
escamas.
Aurelias se vistió, poniéndose sus ropas mientras nos observaba. —
Quiere jugar a las cartas.
Fang acercó su cola y puso las cartas delante de mí.
—¿Juega a las cartas? —pregunté riendo.
Aurelias esbozó una leve sonrisa. —Es más que un jugador de cartas.
Está invicto.
Fang metió y sacó la lengua mientras me miraba fijamente.
—Vaya, —dije—. Es bastante impresionante.
—No es precisamente humilde al respecto. Larisa cree que hace
trampas.
Fang se volvió hacia Aurelias y siseó, mostrando sus afilados colmillos.
—Aunque suene divertido, no sé jugar, —dije.
Aurelias terminó de recomponer su armadura antes de sentarse al borde
de la cama. —Te haré un breve resumen. —Barajó las cartas rápidamente y
luego me mostró los distintos tipos de cartas, los dragones, los tipos de
Fang, las espadas y los venenos. —Cada combinación de cartas crea un
número único. Gana quien tenga el número más alto. —Me enseñó las
reglas para intercambiar las cartas y la estrategia que había detrás.
—Nunca había oído hablar de este juego.
—Buena suerte. —Se preparó para alejarse.
Lo agarré por el brazalete y tiré de él hacia mí, forzando su boca hacia
la mía para darle un beso fuerte.
Su mano se clavó automáticamente en mi pelo, y profundizó un beso
que ya era duro, como si por él fuera, estaría de vuelta en esa cama
conmigo... y Fang sería expulsado.
—Te amo. —Lo dije contra su boca, valorando el hecho de poder
decirlo. No tenía que ocultar mis sentimientos. No tenía que ocultar mis
emociones. Podía ser yo misma, completa y totalmente, y quería aprovechar
cada momento antes de que no hubiera más momentos.
Me respondió, con sus ojos clavados en los míos. —Yo también te amo.

***
Me senté frente a Lila en la barra, con los ojos oscurecidos. Se llevó el
vaso de vino a los labios y bebió un trago antes de volver a agitarlo.
—Mi padre lo traerá de vuelta.
Siguió mirando el vaso.
—Sabes que lo hará.
Volvió a levantar los ojos y soltó un suspiro. —Ni siquiera pude
despedirme.
—Puedes saludarle cuando le veas.
—¿No estás aterrorizada por tu padre?
Oh, estaba jodidamente aterrorizada. —Sé que volverá. —Aurelias
tenía fe en él, y yo necesitaba compartir esa fe también.
—Me siento tan culpable por la forma en que lo traté.
—Fue una situación complicada.
—Los dos sabemos que fui una zorra. —Bebió otro trago.
—Para empezar, no tenía ni idea de todo lo que estaba pasando.
—Siempre vi a mi padre como un héroe. Un hombre que no podía
hacer nada malo. Que tenía tanta integridad y honestidad, pero es humano
como el resto de nosotros. Supongo que eso fue lo más difícil, imaginarme a
mi padre como uno de los canallas con los que me he cruzado.
Mi madre me había contado lo sucedido. —No era un canalla.
—Eso lo sé ahora... desde que le hice caso. Le pedí perdón. Pero perdí
todo ese tiempo con él por mi comportamiento.
—Él no te lo echa en cara, Lila. —Mi padre me adoraba, pasara lo que
pasara. No había nada que pudiera hacer o decir para cambiar su amor. El
tío Ian era igual. —Cuando vuelva, te lo dirá él mismo.
Bebió de su vaso y pidió a la camarera que le trajera otro. —¿Qué hay
de nuevo contigo? Aparte de demonios y evacuaciones.
Su madre había estado tan centrada en el tío Ian que probablemente no
sabía nada de Aurelias. —Bueno... estoy un poco con alguien.
—¿Ethan?
—Dioses, no, —dije rápidamente, sabiendo que no había pensado en él
ni una sola vez desde la última vez que habíamos hablado. —Su nombre es
Aurelias.
—Nunca he oído un nombre así.
—Y nunca has visto a un hombre así...
—Ooooh, tienes que contármelo todo.
Así lo hice. Le conté hasta el último detalle.
Ella se inclinó hacia delante mientras lo escuchaba todo, sus dedos
alrededor de su copa de vino sin beber un trago. Completamente absorta, no
me interrumpió ni una vez. —Chica, nunca he estado tan celosa en mi vida.
—Bueno, no estarás celosa cuando todo esto termine.
—¿Por qué no?
Le dije la verdad, que esto terminaría cuando acabara la guerra.
—¿Por qué tiene que terminar?, —preguntó. —No lo entiendo. No
dejes que este hombre se vaya, Harlow.
—Es complicado.
—Complicado, ¿cómo?
—Bueno, es un vampiro inmortal, y la única forma de unirme a él es si
renuncio a mi alma... y a mi capacidad de tener hijos.
Se quedó callada, con la luz apagándose en sus ojos de nuevo. —Oh...
—Así que le pregunté si estaría dispuesto a ser humano... y me dijo que
no.
Su cuerpo se desplomó un poco más. —Oh.
—Sí...
Bajó la mirada, sin palabras.
—Así que no estés tan celosa. Es el hombre que siempre he querido, y
me casaría con él mañana mismo si me lo pidiera. Pero todo se vendrá abajo
y me destrozará el alma. Tendré que verlo zarpar de estas costas, sabiendo
que nunca lo volveré a ver. Se acostará con una fila de mujeres hermosas
hasta que me olvide, y entonces yo me casaré con alguien a quien ame...
pero no tanto.
Lila me cogió la mano. —Lo siento, chica.
Mis dedos apretaron los suyos. —Gracias.
—Quizá cambie de opinión sobre ser humano.
Negué con la cabeza. —Ha vivido más de mil quinientos años. No va a
renunciar a eso por vivir una vida conmigo, y no lo culpo.
—Si las situaciones fueran al revés, ¿no harías lo mismo?
—No lo sé... —Si mi familia fuera inmortal, no estaba segura de si
podría dejarlos, si podría hacerlos pasar por ese dolor para pasar una vida
con una sola persona, especialmente al otro lado del mar, donde casi nunca
me verían. —Es difícil de decir.
—Entonces tal vez sea mejor terminar ahora antes de que te metas más
a fondo.
Solté una risita. —No creo que pueda hundirme más, Lila.
—Y supongo que ya no te protegería.
Me imaginé su cara, aquellos ojos intensos que rivalizaban con la
violencia de un huracán. —Lo haría.
Sus ojos se suavizaron antes de apartar la mano y volver a coger su
vaso. —Entonces disfruta de cada momento mientras puedas... y endurece
tu corazón para el final.
Por muy duro que fuera mi corazón, nunca estaría preparada para
aquella agonía. Soltar su mano y verlo salir de mi vida para siempre. Sería
insoportable. También sería insoportable para él, pero sabía que lo llevaría
mucho mejor.
La puerta de la taberna se abrió y Aurelias apareció, escudriñando a la
multitud en busca de mí.
Tardé un segundo en comprender que era él, porque nunca le había
dicho adónde iba. —Hablando de eso...
Sus ojos siguieron los míos hacia la puerta antes de volver a mí. —¿Es
él?
Asentí con la cabeza.
—Oh, mi mamá...
—¿Qué? —pregunté.
—Ahora mismo no sé ni cómo hablar.
Aurelias me miró fijamente y luego se acercó a nuestra mesa.
—Por favor, dime que tiene un hermano, —dijo rápidamente antes de
que llegara.
—He visto a dos, pero los dos están casados.
—Uf...
Aurelias ignoró a Lila y se limitó a mirarme fijamente. —Se han
avistado dragones por el este.
Me aquieté ante aquella revelación, imaginándome a mi padre en
Nightshade. —¿Has visto a mi padre?
—Está demasiado oscuro para decirlo. Pero todos los dragones están
presentes, así que diría que es una buena señal.
Lila se puso de pie. —Vámonos.
Yo también me levanté, olvidándome de la cuenta. —Lila, este es
Aurelias...
—Conoceré a tu sexy novio más tarde. —Ella fue la primera en salir
por la puerta. —Démonos prisa.

***
Llegamos al campo donde los dragones aterrizarían, y el crepúsculo se
había asentado en un tono más profundo de la noche. Los dragones podían
ver en la oscuridad, pero las antorchas iluminaban el reino y el campo para
facilitarles la localización de su lugar de aterrizaje.
Mi madre ya estaba allí cuando llegué, con cara de piedra y en silencio,
conteniendo la respiración en espera del regreso de mi padre. La tía Avice
también estaba allí, y Lila fue inmediatamente al lado de su madre.
Aurelias estaba a mi lado, lo bastante cerca como para que su brazo
tocara el mío, pero no me ofrecía ningún afecto sustancial. Si estuviéramos
solos, su pecho estaría pegado a mi espalda con los brazos cruzados sobre
mi cuerpo, dándome calor y haciéndome sentir segura.
Nightshade era difícil de ver porque era tan oscuro como la noche, pero
le oí aterrizar con fuerza en el suelo y reflejar las llamas con sus brillantes
escamas.
No pude ver quién iba en la montura. —¿Padre?
—¿Huntley? —Madre se adelantó, ansiosa por ver, con la voz quebrada
por la desesperación.
Su voz profunda nos tranquilizó a todos. —Estoy aquí, cariño.
Jadeé al oír su fuerte voz, la voz del hombre que tanta protección me
brindó durante mis mayores inseguridades.
Uno de los guardias se acercó con una antorcha, aportando luz a la
oscuridad.
Y fue entonces cuando vi a mi madre y a mi padre besándose delante
de todos.
Si no me alegrara tanto de verlo, saldría corriendo indignada.
Madre se separó, sus manos ahuecando sus mejillas. —¿Qué pasa con
Ian?
Padre miró detrás de él. —Date prisa.
—Mi pierna se atascó en la correa. —El tío Ian bajó y aterrizó junto a
mi padre.
Mi madre corrió hacia él y le dio un fuerte abrazo.
El tío Ian le dio una palmada en la espalda y se apartó rápidamente. —
¿Dónde está mi bebé?
Tía Avice corrió directamente hacia él, golpeándolo tan fuerte que
retrocedió dando un pequeño traspié. Sus labios se pegaron a los de él, y se
dieron una sesión de besos mayor que la que acababan de darse mis padres.
Mi padre se acercó a mí a continuación, sus ojos fijos en mí con esa
sutil mirada de adoración.
—Padre. —Me topé con su pecho y sentí el duro impacto de su sólida
armadura, pero no me importó.
Sus fuertes brazos me envolvieron y me besó en la frente como siempre
hacía. —Estoy en casa, cariño.
Lila fue la siguiente en abrazar a su padre, y los dos se abrazaron
durante más tiempo.
—Tenemos mucho que discutir, —dijo padre a la luz de las antorchas
de los guardias. —Vamos al castillo.

***

Aurelias agarró a los miembros de su familia y se colocaron cerca de la


ventana. Kingsnake tenía a Fang alrededor de los hombros, como si la
serpiente también quisiera observar los procedimientos.
La sala tenía una mesa, pero había demasiada gente para que todos se
sentaran, y de todos modos parecía que todos estábamos demasiado
ansiosos por sentarnos. La abuela no dijo nada mientras permanecía allí de
pie, como si lo único en lo que pudiera pensar fuera en su hijo entrando en
la habitación y verlo con sus propios ojos.
Los hombros de mamá no estaban tan rígidos, pero seguía atormentada
por el estrés.
Mi padre había ido primero a sus aposentos, ansioso por quitarse la
pesada armadura que llevaba desde hacía días, desde que se había
marchado.
Cuando el tío Ian entró en la habitación, tenía a la tía Avice a su lado,
con la mano agarrada a la suya. Su armadura había desaparecido, y ahora se
veía su uniforme, los músculos de sus brazos estirando la tela. Se detuvo un
momento para mirar a los vampiros que acompañaban a Aurelias, cuyo
aspecto se distinguía por su palidez, sus ojos rasgados y su inusual
armadura.
La abuela se acercó a Ian, apretándolo con fuerza antes de que se diera
cuenta de que estaba allí. La tía Avice se vio obligada a soltarlo mientras su
madre lo abrazaba como a un niño y no como a un hombre. Apoyó la cara
en su pecho y se quedó allí un rato.
El tío Ian se dejó abrazar por ella, con la barbilla apoyada en su cabeza.
Finalmente se apartó y le dio una suave palmada en la mejilla.
Cuando mi padre entró en la habitación, la energía cambió por
completo. Se cargó de autoridad, una tensión más fuerte que la de una
cuerda tensa que mantiene un galeón sujeto a la orilla. La pesada armadura
había desaparecido, sustituida por una camisa y unos pantalones sencillos,
como si agradeciera el frío en lugar de rehuirlo.
Lo primero que hizo fue abrazar a la abuela, la persona que lo amaba
como él me amaba a mí. Pero luego miró a los vampiros que estaban junto a
Aurelias. Su mirada era un mar de piedra, pero su energía era sutilmente
hostil. Había habido muy pocas ocasiones en mi vida en las que mi padre se
hubiera enfadado de verdad conmigo, y siempre era aterrador.
Aurelias habló. —Rey Rolfe, ésta es mi familia. —Se volvió hacia el
hermano de rojo. —Kingsnake, Rey de los Vampiros y Señor de la
Oscuridad, y su esposa, Larisa, Reina de los Vampiros y Señora de la
Oscuridad.
Kingsnake hizo una leve reverencia. Larisa también.
Fang emitió un siseo furioso.
—Y Fang, —dijo Aurelias rápidamente, lanzando una mirada molesta
en dirección a la serpiente. —Un compañero nuestro. —Se volvió hacia su
otro hermano. —Y este es Cobra, Rey de los Vampiros Cobra, y su esposa
Clara, Reina de los Vampiros Cobra.
También le hicieron sutiles reverencias.
Mi padre se quedó mirando un momento. —¿Tu tierra tiene varios
reyes?
—Diferentes facciones, diría yo, —dijo Aurelias. —Porque todos
somos vampiros diferentes.
—A mí me parecéis iguales.
—Nuestras habilidades nos diferencian, y son invisibles a los ojos.
Padre dio un sutil suspiro. —No esperes que me impresionen tus
títulos, ni yo espero que a ti te impresionen los míos. Soy Huntley a partir
de este momento, porque toda esa mierda de mi señor y Su Majestad es una
pérdida de tiempo. ¿Por qué estás aquí?
Aurelias habló. —Mientras mi padre delibera su decisión de unirse a
nuestra guerra, mis hermanos y hermanas han vuelto para luchar por
nosotros.
—¿Delibera su decisión? —Padre preguntó con frialdad. —Es un sí o
un no.
—Mucho ha sucedido en nuestras tierras, —dijo Aurelias. —Tiene
varios reinos que gobernar...
—Cuatro vampiros no cambiarán el rumbo de esta guerra, —espetó
Padre. —Necesito un ejército de vampiros si tenemos alguna posibilidad de
ganar esto.
Se me encogió el corazón, porque eso significaba que lo que había
descubierto en el este eran malas noticias.
Aurelias no se inmutó ante la ira de mi padre. —No prometí que
vendría. Prometí que se lo pediría.
—Dijiste que probablemente vendría...
—Y sigo pensando que vendrá. Ahora que mis hermanos están aquí,
está arriesgando algo más que a su primogénito, sino a casi todos sus hijos,
—dijo Aurelias con calma. —Orquestar un éxodo de esa magnitud requerirá
mucho tiempo y recursos....
—Ambas cosas no las tenemos.
Ahora entendía por qué nunca había participado en las deliberaciones
de mi padre. Era estresante oírle ladrar sus órdenes y mostrar su miedo en
forma de agresión.
—¿Qué pasó, Huntley? —preguntó mamá, con voz suave.
Cuando se volvió de Aurelias a mi madre, la miró de forma
completamente distinta, con un deje de suavidad y respeto. —Palladium es
un reino que una vez floreció en esas tierras. Cuando fue destruido, hubo
supervivientes, y esos supervivientes salvaron a Ian antes de que los
demonios pudieran capturarlo. Tienen una fortaleza en la montaña, pero son
muy pocos, quizá un centenar. Dicen que hay más escondidos, unos cuantos
miles.
Madre cruzó los brazos sobre el pecho, con los ojos endurecidos.
—Desde que rescataron a Ian, han pedido venir aquí y que les den un
barco para navegar hacia nuevas tierras. No soy su rey y no puedo
ordenarles que luchen, así que accedí. En su opinión, estos demonios no
pueden ser derrotados... porque son invencibles.
—Nadie es invencible, —dijo Madre. —Nuestros soldados derrotaron a
su ejército y protegieron a Delacroix. —Había una nota de orgullo en su
voz, orgullosa de su pueblo y de su hijo por defender nuestras tierras.
Mi padre tenía una mirada dura, como si ya hubiera dicho la verdad. —
Su magia se alimenta de cristales, lo que les da una forma de inmortalidad.
Cuando mueren en combate, renacen en los cristales. Llevan las cicatrices
de sus batallas anteriores, pero en todo lo demás, son completamente
nuevos.
Toda la sala quedó en silencio. Me olvidé de respirar, el horror era tan
potente que me colapsó las vías respiratorias.
Aurelias debió sentir mi terror porque su mano se movió hacia mi
espalda, un suave toque para recordarme que él estaba allí, que su espada
me protegería de los seres que no se podían matar.
—Así que aunque los matemos a todos en la batalla que se avecina,
volverán una y otra vez. —Mi padre nunca hablaba con miedo, siempre con
voz firme y un matiz de fastidio. —Luchar contra ellos es un esfuerzo inútil
y un desperdicio de energía y recursos.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer? —preguntó mamá. —¿Huir?
—Yo no voy a ninguna parte, —dijo Padre. —Estas son mis tierras. La
sangre de mis antepasados alimenta las cosechas que recogemos. Un gran
linaje de reyes y reinas llena el cementerio de Delacroix. Mi reino me fue
arrebatado antes, y no permitiré que eso vuelva a suceder.
—Pero, Huntley...
—Les recordé a los Exiliados que su gente se está dejando la piel en los
campos de trabajo del este. Que sus maridos y esposas, hermanos y
hermanas, incluso sus hijos, son sometidos a la crueldad a diario.
Abandonarlos es el mayor acto de cobardía. Les pedí que nos ayudaran en
lugar de tomar el barco, y han aceptado. Conocen un camino que conduce a
los dominios de los demonios bajo la tierra. Viajaré hasta allí y destruiré
esos cristales.
Madre guardó un silencio sepulcral, incapaz de reaccionar ante aquella
información.
Nadie más lo hizo tampoco.
Padre continuó. —Creo que han abandonado sus dominios porque se
les están acabando los cristales que contienen su magia. Por eso tienen
prisioneros buscando joyas en la tierra. Si destruimos la fuente de su poder,
cuando los matemos en batalla, no tendremos que volver a matarlos.
—Eso todavía deja el problema original, —dijo la abuela. —
Derrotarlos en batalla...
—Aurelias y yo hemos estado preparando el reino para el asedio, —
dijo Madre. —Hemos estado poniendo cimientos alrededor de los muros del
castillo para evitar su penetración. Hemos estado haciendo otras cosas para
mitigar el daño.
—Pero lo que realmente necesitamos son los vampiros, —dijo la
abuela. —No podemos hacerlo solos.
Padre se volvió para mirar a Aurelias, como si de alguna manera esto
fuera culpa suya.
Aurelias habló. —No estoy de acuerdo con tu plan. Entrar en sus
dominios sin ningún conocimiento de su mundo es una tontería y sólo
conseguirás que te maten...
—Entonces, ¿cuál es tu idea? —Padre chasqueó.
—Los Teeth.
La hostilidad de Padre se desvaneció lentamente.
—Ya deben de haber llegado al este, —dijo Aurelias. —Ellos son los
que forjaron una alianza con estos demonios. Tal vez podamos convencerlos
de que rompan el trato y perdonen a los Reinos. Si esa alianza tiene éxito,
eso eliminaría todos nuestros problemas.
Padre continuó con su dura mirada, sin pestañear ni una sola vez.
—Ese es un buen plan, —dijo el tío Ian en acuerdo. —Mucho más
seguro que entrar en su territorio sin avisar.
—Estoy de acuerdo, —dijo madre.
Cuando mi padre habló, dijo cada palabra lentamente, su ira hirviendo.
—¿Esperas que hable con los demonios que organizaron el secuestro de mi
hija? ¿Esperas que los mire a los ojos... y no los masacre a todos?
—Entonces yo iré, —dijo el tío Ian.
—No, —dijo Padre rápidamente. —Iré, porque saben que buscaré
cualquier razón para matarlos. —Se volvió hacia Aurelias. —Aurelias me
acompañará, ya que los conoce tan bien. —Mi padre había respetado a
Aurelias cuando se marchó, pero el recuerdo de lo que me había ocurrido lo
enfureció de nuevo.
Aurelias sostuvo la mirada de mi padre antes de volverse hacia
Kingsnake. Compartieron una mirada, larga y sin palabras, pero parecieron
llegar a un entendimiento. Volvió a mirar a mi padre. —Me uniré a ti,
Huntley. Sólo porque sé que mis hermanos protegerán a Harlow en mi
ausencia.
Capítulo 3
AURELIAS

Estaba con Kingsnake en sus aposentos, preparado para partir y dejar


atrás a mi mujer. Fang le rodeaba los hombros, su lengua entraba y salía
cada pocos segundos, sus ojos brillantes y ardientes.
—¿No confías en mí? —Kingsnake cruzó los brazos sobre el pecho.
Levanté los ojos hacia los suyos. —Creía que era yo quien podía leer la
mente.
Una sutil sonrisa se dibujó en sus labios. —Cuatro vampiros
protegiendo a Harlow es mejor que uno. En todo caso, ella estará más
segura que si fueras sólo tú.
—¿Confiarías en mí para proteger a Larisa?
Su sonrisa se desvaneció lentamente mientras su mirada se endurecía.
—Completamente.
Mis ojos se desviaron hacia la ventana para evitar su mirada.
—Estará bien, Aurelias, —dijo—. ¿De qué tienes miedo?
—De que no vuelva.... —Mis ojos volvieron a él.
—Sé que no tienes miedo de morir.
—Y tendrías razón en eso.
—Te di mi palabra de que no abandonaría estas tierras hasta que estos
demonios fueran derrotados y la paz hubiera vuelto a la humanidad.
—Tienes tu propio reino, Kingsnake.
Se encogió ligeramente de hombros. —Viper es un gran rey, aunque se
niegue a creerlo. Y con los hombres lobo derrotados y la humanidad
esclavizada por Padre, los reinos ya no significan mucho...
Protegeré a tu compañera, Aureliasss.
Mis ojos se desviaron hacia la serpiente. —Gracias, Fang.
Aplassstaré huesos. Voy a fesstinar en la carne. Losss mataré a todos.
Asentí con la cabeza. —Nunca dudé de ti.
Y entonces yo...
—Lo tenemos, —dijo Kingsnake rápidamente.
—Sé que tienes que proteger a tu propia esposa, Kingsnake, —dije—.
Pedirte que cuides a otra...
—Sé que sería tu esposa si las circunstancias fueran diferentes, así que
la protegeré como si fuera una de nosotros. No es ninguna carga.
Me dejé caer en el sillón junto a la chimenea, con el codo doblado para
que mi puño pudiera apoyarse en la barbilla. —Gracias.
—Con suerte, para cuando vuelvas, Padre habrá desembarcado en estas
costas.
—Sí... esperemos.
Kingsnake se trasladó al otro sillón, y fue entonces cuando Fang se
escabulló para acurrucarse frente al fuego como un fiel compañero. Mi
hermano cruzó el tobillo sobre la rodilla contraria y me miró fijamente. —
Dijiste que su familia era buena gente, pero su padre parece un gilipollas.
—No lo es.
—Después de que salvaras a su mujer y a su reino, debería ser más
amable contigo....
—Si alguien hubiera secuestrado a Larisa, ¿lo dejarías ir? —Giré la
cabeza para mirarlo directamente a los ojos. —¿Hay algo que esa persona
pudiera hacer alguna vez para compensar ese terror monstruoso?
Kingsnake permaneció callado.
—Ahora lo entiendes...
Miró al frente, masajeándose los nudillos desnudos porque se había
quitado los guantes. —No puedes esperar que nos mantengamos fuertes
para HeartHolme sin el sustento adecuado. —Sus ojos permanecían fijos en
sus manos. —Podemos esperar a que vuelvas para discutirlo, pero tenemos
que llegar a algún tipo de acuerdo.
—Puedes alimentarte, pero sólo si es voluntariamente.
Se volvió para mirarme.
—Pero que sea en silencio. No quiere que lo exhibamos.
Esbozó una sutil sonrisa. —Me pareció que tenías mejor aspecto que la
última vez.
Evité su mirada.
—Pero si no te estás alimentando de Harlow, ¿de quién te estás
alimentando?

***

Huntley necesitaba una noche de descanso después de su arduo viaje,


así que planeamos partir la noche siguiente. Fui a la alcoba que compartía
con Harlow y cogí mis pertenencias.
—¿Qué estás haciendo? —Acababa de salir de la ducha, con el pelo
húmedo y una fina toalla que apenas cubría sus preciosas curvas.
Solté un suspiro irritado, temiendo la pelea que Harlow estaba a punto
de montar. —No puedo quedarme aquí mientras tu padre está en el
castillo....
—No vas a ir a ninguna parte, Aurelias. —Ese fuego estalló de sus
ojos, incinerando todo a su alrededor. Las habitaciones fueron
inmediatamente envueltas en llamas. —Ya hemos hablado de esto.
—Es una falta de respeto...
—¿Quién lo dice?
—No creo que tu padre permita que un pretendiente se quede en tu
dormitorio...
—No vivimos tiempos normales, y mi padre no es como los demás
hombres de este reino. Me ha elegido para sucederle, lo cual es algo
inaudito. Mi madre me ha contado historias sobre su relación cuando eran
jóvenes, y no estamos haciendo nada que no hicieran ellos mismos. Sería
hipócrita por su parte decir algo.
Miré fijamente mi bolso donde reposaba sobre la cama. —Harlow...
—No.
—Nena...
—He dicho que no. —Sus ojos eran formidables. —No voy a volver a
tener esta conversación. —Dejó caer su toalla, mostrando sus tetas turgentes
y su vientre plano, y me miró triunfante, como si no hubiera manera de que
me fuera ahora.
Y tenía razón.
Se subió a la cama con el culo al aire, mostrándome su sexo. Luego se
sentó sobre los talones y me miró por encima del hombro, con el pelo largo
suelto por la espalda y un brillo en los ojos.
Era difícil resistirse.
Habían ido y venido mujeres, todas hermosas, todas entusiastas, pero
mi deseo nunca se había despertado como con ella.
—Ven aquí. —Meneó el culo, tentándome aún más.
Debería coger mis cosas e irme, pero joder, no podía. Tenía los
pantalones bajados, la polla fuera y estaba a los pies de la cama, agarrado a
sus caderas mientras me introducía profundamente en su sexy raja, más
resbaladiza que nunca.
Ella emitió un gemido sexy, arqueando la espalda más profundamente,
tomando toda mi longitud sin dar un respingo.
Le agarré la garganta con la mano y apreté para silenciarla, y luego la
penetré a un ritmo constante, asegurándome de que el cabecero no golpeara
contra la pared, de que estuviéramos lo más callados posible, aunque sus
padres estuvieran en la habitación de arriba.
Podía sentir su deseo, las llamas crepitantes de un fuego en pleno
invierno. Disfrutaba de mi polla tanto como yo de dársela. Eso lo hacía aún
más agradable, sentir a una mujer al borde del clímax en cuanto tenía mi
polla entre sus piernas.
Cuando sus gemidos se hicieron más fuertes, mis dedos se deslizaron
en su boca.
Sus labios se cerraron, y ella chupó, usándolo como una forma de
ahogar sus gemidos.
—Joder. —Yo ya estaba allí, al borde del clímax, pero tuve que
aguantar un poco más para que ella llegara primero.
Acercó la cara a la cama, arqueó más la espalda y levantó aún más el
culo. —Ven dentro de mí. —Bajó las manos para agarrarme los muslos. —
Y luego fóllame otra vez.
Eso fue todo lo que necesité para perder el control. Mis caderas se
agitaron de forma antinatural y la llené con mi semilla, mi mano se movió
hacia la parte baja de su espalda para mantenerla en posición mientras se lo
daba todo. Fue una larga corrida, de las que se prolongan eternamente, con
un placer tan intenso que mi cuerpo humeaba en una llamarada invisible.
Me detuve, calmé mi agitada respiración y contemplé el culo más
turgente que jamás había visto. Y entonces empecé a empujar de nuevo, esta
vez con más fuerza, mis dedos amasando su culo mientras sujetaba aquellas
nalgas regordetas.
Empezó a correrse, con sus gemidos amortiguados por las sábanas
contra las que tenía la cara apretada y las lágrimas manchando la ropa de
cama.
Mi mano se enredó en su pelo y apreté más fuerte su cara contra el
colchón. —Sí, nena...

***
Me pasé el día ejecutando las órdenes de Ivory, fortificando
HeartHolme contra la invasión, pero en vez de eso deseé estar en la alcoba
de Harlow, disfrutando de mi último día con ella antes de tener que partir al
anochecer.
Al final del día, volví para ducharme, y Harlow estaba allí
esperándome, esta vez no desnuda, para mi alivio y decepción a la vez. Sus
ojos estaban cargados con el peso de mi partida, con el peso de la partida de
su padre. Intercambiamos una mirada en lugar de palabras y luego me
duché solo.
Incluso en otra habitación, podía sentir su desesperación, sentir el pavor
de la despedida.
Volví con el pelo ligeramente húmedo y el cuerpo seco. Ahora era el
momento de ponerme la armadura y reunirme con Huntley donde nos
esperarían los dragones. Harlow y yo intercambiamos una mirada antes de
vestirme, y ella se sentó frente al fuego sin esperanza, observándome.
Cuando estuve lista, se acercó a mí. —No estoy preocupada por ti, pero
sí por él.
Mis manos ahuecaron su cara. —Tiene mi espada.
—Lo sé.
—Tu padre es un gran espadachín, excepcional para los estándares
humanos.
—Pero sé que nuestro enemigo no es humano.
Le di un beso en la frente. —Entonces tienes suerte, porque yo no soy
humano.
Su rostro se apoyó en la placa sobre mi pecho y cerró los ojos, envuelta
en mis brazos.
La abracé así, sin querer dejarla marchar, sin querer abandonar aquel
dormitorio cálido por nuestros recuerdos. Cuando estábamos juntos, no
había pasado ni futuro. Sólo existía ese momento... y era fácil.
La besé de nuevo. —Es hora de irnos.
Se separó y asintió.
Salimos de los dormitorios y recorrimos el largo camino hasta el
campo. Los dragones estaban allí, y uno de ellos era Storm, el dragón de
Huntley. El otro era el que había llevado a Ivory a un lugar seguro cuando la
quemaron, el que yo había montado antes.
Harlow le frotó el hocico y le estampó un beso en la mejilla. —Él
cuidará de ti.
Él empujó contra ella, queriendo que le frotara más fuerte.
Ella se rió antes de darle otro beso, amándolo como si fuera el perro de
la familia.
La observé ser cariñosa con el dragón mientras sentía una dura mirada
en un lado de mi cara. Sin volverme para mirar, supe quién era el culpable.
Su padre tenía una energía distinta, y las emociones dentro de su pecho
ardían más que las de un hombre normal. Me encontré con su mirada.
No apartó la mirada, como si no le importara que yo supiera que me
había estado mirando.
Alguien me dio una palmada en la espalda. —Saluda a Rancor de mi
parte.
Me giré para ver a Kingsnake allí, con Fang alrededor de los hombros.
—Seguro que habrá tiempo de sobra para cumplidos. —No estaba
seguro de si Los Teeth intentarían matarme en cuanto me vieran o si
intentarían capturarme para torturarme. Después de todo, había tomado a su
prisionera inmediatamente después de entregarla... y luego me había
enamorado de ella.
Ivory le dio a Huntley un abrazo de despedida y luego un beso. Luego
se despidió de su hermano.
Sentía que eso era lo único que hacíamos últimamente... despedirnos.
Harlow volvió a mí, con el pelo al viento y las mejillas sonrosadas por
el frío. Cada vez que la tocaba, notaba la vitalidad en sus venas, el corazón
palpitante dentro de su pequeño pecho. Era fuerte e intrépida, pero tan
delicada. —Ten cuidado.
—Lo tendré. —Le di un rápido beso en los labios, manteniendo el
afecto apropiado debido al público congregado.
Sus ojos se llenaron de tristeza y me dejó marchar.
Me alejé y aseguré mis pertenencias a la montura del dragón. En lugar
de llevar agua, llevé sangre, escondida en lo más profundo de mi mochila
para que nadie la viera.
Huntley llegó a mi lado, y a cada paso que se acercaba, su ira se hacía
más potente.
Me volví para encontrarme con su mirada.
—¿Cómo te recibirán?
—Con frialdad, —dije—. Tomé a su prisionero....
Hubo un estallido de ira en su interior, pero esa rabia no se reflejó en
sus facciones. —¿Algo que puedas compartir conmigo?
—Temen a tus dragones. Los demonios son invulnerables a su fuego,
pero Los Teeth son tan susceptibles como tú o yo.
—Entonces tomaremos más. Unos pocos para hacer círculos en el aire
en caso de que los necesitemos para quemarlo todo.
Asentí con la cabeza.
Caminó hacia Storm con su voluminosa armadura negra, de las que no
había llevado antes. En la espalda llevaba su espada y un hacha. Se agarró a
las ataduras y se subió a la poderosa bestia.
Yo hice lo mismo y me agarré a las riendas. No podía comunicarme con
los dragones como lo hacían los Rolfes, así que tuve que confiar en que
Huntley se comunicara con él. Apenas hubo aviso antes de que nos
lanzáramos al aire, sólo la sutil caída de los brazos de la criatura. El viento
frío me pasó por la cara mientras nos elevábamos hacia el cielo en cuestión
de segundos. El mundo se convirtió en un punto más abajo. La mente de
Harlow se desvaneció antes de desaparecer por completo. Entonces sólo
quedamos Pyre y yo, en lo alto del cielo, con el mundo oscuro a nuestros
pies.
***

Cruzamos las montañas bajo la luz de las estrellas, y una vez que
llegamos al otro lado, el sol coronó el horizonte. El mundo era una neblina
distante, las sombras de las montañas se extendían a lo lejos.
Huntley detuvo su dragón en el aire.
Pyre sabía que debía acercarse, así que se acercó a Storm, con los
rostros muy juntos.
Miré a Huntley, me sentía rara hablando con él en medio del cielo, con
el ruido de las alas batiéndose a nuestro alrededor.
—Suponiendo que el túnel sea lineal, debería estar a medio día de viaje
hacia el norte, —dijo Huntley. —Si volamos con fuerza, podremos cubrir
más terreno antes de que haya demasiada luz en el cielo. Por lo que sé, no
hay civilización tan cerca de las montañas.
—Excepto el anillo de fuego. —Podía verlo, y era lo más peculiar que
había observado en mis mil quinientos años. —Sospecho que hacia allí se
dirigen Los Teeth. Debe de ser la puerta de entrada a sus dominios.
Huntley lo miró fijamente, su mente incisiva como lo era la de su hija.
Sentía todo intensamente porque era apasionado y reflexivo en todo
momento.
—Nos acercaremos todo lo que podamos, pero quizá queramos
atravesarlo a pie, por si acaso.
—Estoy de acuerdo, —dijo—. Vámonos. —Storm se dio la vuelta y
salió volando, con sus poderosas alas creando un estampido justo en mi
oído.
Pyre le siguió inmediatamente, y continuamos nuestro camino a lo
largo de las montañas, los otros dragones detrás de nosotros.

***
Cuando la luz se hizo demasiado brillante, aterrizamos en la base de las
montañas, los arbustos espesos y densos, perfectos para escondernos de
miradas indiscretas. Huntley desmontó y proporcionó agua a su dragón
antes de hacer lo mismo con Pyre y los demás.
Le vi cuidar de los dragones como si fueran iguales y no meros
animales. Mi padre tenía un preciado semental que montaba en la batalla,
pero no le importaba si la bestia vivía o moría. Ni él mismo lo acicalaba. No
mostraba ni una pizca de afecto, no como Harlow hacía con Pyre.
Huntley regresó, cada paso claro porque su armadura le pesaba en la
tierra.
El sol ya me dolía en la piel, una quemadura sorda que estaba presente
constantemente hasta que volvía a ponerme a la sombra. Podía tolerar la luz
del sol durante un largo periodo de tiempo, pero el daño era irreversible y,
en cuanto recibiera demasiada, perecería. Y en esta tierra había pasado más
tiempo a la luz del sol que en toda mi larga vida.
Sin decir palabra, avanzamos pegados a la sombra de los árboles.
Caminé detrás de él, sintiendo que las mentes de los dragones se
desvanecían cuanto más avanzábamos.
Mis ojos examinaron la montaña, buscando señales de paso, de un
pesado muro que ocultara la entrada a ojos indeseados, pero nunca hubo
indicios de ello. También cabía la posibilidad de que Los Teeth se hubieran
movido bajo tierra hasta entrar en el dominio de los demonios... y nunca
hubieran salido a la superficie.
Me guardé todos esos pensamientos para mí.
Pasaron las horas y seguimos avanzando, moviéndonos bajo las ramas
de los árboles, buscando señales de los Teeth.
El sol empezaba a bajar en el cielo, haciendo que las sombras se
alargaran una vez más, y dentro de poco oscurecería.
Huntley se detuvo. —Ahora estamos al norte de los dominios de Los
Teeth.
—Es posible que su camino siga siendo subterráneo y conecte con los
demonios.
Volvió a girarse para mirarme, sus ojos se movieron en consideración.
—Quizás.
—La composición de la tierra es algo más que arena y roca. Es posible
que tuvieran que dar muchos rodeos para llegar al otro lado. Podría estar
más al norte....
Huntley se movió para desabrocharse la pieza del pecho, dispuesto a
quitársela después de cargar con ella durante tantas leguas. La apoyó contra
un tronco antes de tomar asiento, abrir su cantimplora y beber un trago.
Yo permanecí de pie, haciendo un largo barrido de nuestro entorno,
abriendo más mi mente para detectar otra presencia. Pero no vi ni sentí
nada. Me moví hacia el otro tronco, manteniendo el espacio entre nosotros
porque podríamos ser aliados, pero no éramos amigos.
Pasó el tiempo y llegó el atardecer. Los colores del cielo empezaron a
oscurecerse en tonos rosas y morados. Apoyé los brazos en las rodillas y
pensé en la mujer que había dejado atrás, la mujer que dormiría sola
mientras mis hermanos permanecían en el pasillo.
La mente de Huntley había estado tranquila al principio, pero luego
empezó a profundizar, con fragmentos de ira y culpa, diferentes tonos de
oscuridad. El peso de su pueblo descansaba sobre sus hombros y, a pesar de
su fuerza, le costaba llevarlo.
—Los encontraremos.
Giró lentamente la cabeza para mirarme. En lugar de sentirse aliviado
por mi aliento, estaba cabreado. —Puedes leer la mente. —Su mirada se
endureció como el acero de su espada y volvió a mirarme como si fuera su
enemigo. —Conoces cada movimiento antes de que yo lo haga.
—Eso es inexacto.
—No me mientas, vampiro.
Ahora estábamos donde habíamos empezado: en el punto cero. —
Entiendo que tu ira ha sido provocada, pero no olvidemos todo el progreso
que hemos hecho. Somos aliados, y Los Teeth son nuestros enemigos.
Antes de irte, me confiaste tu reino. Yo soy quien te guarda las espaldas
mientras estamos aquí.
Apartó la mirada, y hubo otra oleada de ira más potente.
Sabía que estaba empeorando las cosas. —Y necesito que cuides de la
mía.
En silencio, se enfureció, mirando las sombras a medida que se
alargaban. Tardó unos instantes en responder, en luchar contra su ira como
un perro combativo que no quiere volver a su jaula. —Tienes razón. Cada
vez que pienso en aquella época... pierdo la cabeza.
—Entiendo...
—A menos que seas padre, nunca podrías entenderlo. —Volvió a
mirarme. —Sé que debería estar agradecido de que fueras tú quien se
encargara de su secuestro, porque si hubiera sido otro, los acontecimientos
se habrían desarrollado de forma muy distinta. Probablemente ahora estaría
muerta... y mi reino desaparecido.
—Eso no sucedió, así que no nos entretengamos con la fantasía. —Mi
corazón muerto había vuelto a la vida y latía por una sola mujer. No
entendía su dolor como padre, pero como hombre que amaba a una mujer...
entendía otro tipo de dolor.
—Puedes leer la mente, —repitió, sus ojos buscando una explicación.
—No puedo, —dije—. Pero puedo sentir las mentes.
Sus ojos se entrecerraron.
—Puedo sentir las emociones de los que me rodean. Al principio, sólo
podía sentir emociones cuando eran intensas, pero con más experiencia,
pude captar otras más sutiles. Ahora puedo sentir muchas más... aunque
puede ser sofocante. Tanta experiencia me ha enseñado a leer la intención
en las emociones, a anticipar hacia dónde conducirá esa emoción a alguien a
continuación. Así que cuando me golpeabas, podía sentir dónde me
golpearías a continuación. Cuando te frustrabas, sabía que habría varios
golpes seguidos.
Me escuchó, sin pestañear.
—Algunas personas sienten más profundamente que otras. Algunas
más a menudo. Así sois tú y tu familia. Todos sentís las cosas muy
intensamente. La mayoría de la gente vive una existencia sin pasión. —
Podía sentirlo en su mente en ese mismo momento, y echaba de menos la
compañía de la intensidad de Harlow. —No soy de los que consienten un
inconveniente. No soy compasivo con los demás. Rara vez me preocupo por
nadie más que por mí mismo. Tolero muy poco, y en otra circunstancia, no
te toleraría a ti. Pero nunca he conocido a un hombre que se preocupe tanto
por los demás, especialmente por su familia. Siento la forma en que amas a
tus hijos. Siento la lealtad que tienes por tu esposa. Por tu hermano. Es
difícil no respetar a un hombre que posee tanta integridad. Puede que yo no
te guste, pero es imposible que tú no me gustes.
Sus ojos permanecieron clavados en los míos durante un largo rato
antes de apartarse y soltar un suspiro silencioso. —¿Todos los vampiros son
capaces de esto?
—No. Sólo los Originales.
Asintió levemente. —¿Y los Teeth?
—Son los perros de nuestra especie. No tienen habilidades.
—Entonces, cuando nos acerquemos a Los Teeth, ¿podrás percibir sus
intenciones inmediatamente?
—Sí.
—¿Saben ellos que tienes esta habilidad?
—No. —No era algo que compartiéramos fuera de nosotros. Larisa
tenía la capacidad de sentir las mentes, pero sus habilidades eran parecidas a
las de un recién nacido. Sólo podía sentir las versiones más intensas de las
emociones.
—Esa es una gran ventaja.
—La única razón por la que sobreviví a los demonios.
—Entonces debes saber lo que mi hija siente por ti, —dijo en voz baja.
—Lo veo en su cara.
Me miré las manos, sin saber qué responder.
—Es difícil quedarse ahí y dejar que ocurra, sabiendo cuáles serán las
consecuencias.
Mantuve la mirada en mis manos. —Que sepas que me dolerá a mí un
millón de veces más que a ella.
—Preferiría que no le doliera nada, —dijo en voz baja. —Cuando le
duele a ella, me duele a mí.
Había llegado a amar a este hombre, y sabía que mi marcha no sólo
heriría a Harlow, sino a todos los que la amaban. Me odiaba por eso. Los
protegería de una masacre, pero aún así dejaría atrás destrucción. —Estoy
seguro de que has pasado por eso... y lo has superado.
Hizo un sutil movimiento con la cabeza. —Sólo he amado a una
mujer... y me casé con ella.
Cientos de mujeres habían adornado su cama, pero sólo una adornó su
corazón. Mi amor era igual de difícil de ganar, porque había tardado
quinientos años en volver a amar a alguien.
—¿Y tú?
Mis pensamientos se hicieron añicos ante la pregunta, y entonces sentí
su mirada clavada en mí. —Amé a alguien hace mucho tiempo... pero
murió.
Su mirada siguió siendo dura, pero por dentro, su cuerpo se ablandó,
sus músculos se relajaron, y la tristeza se derramó. —¿Estabas casado?
—Era mi prometida. —Le conté más de lo que le había contado a
Harlow, porque, de algún modo, era más fácil compartir esto con él.
No me preguntó cómo había muerto, exactamente como esperaba. —Lo
siento.
—Sucedió hace mucho tiempo. —Habían pasado años antes de que
pudiera volver a dormir con una mujer. Había demasiada culpa. Demasiados
corazones rotos. Pasaron décadas, y seguía llorando como si hubiera
sucedido el día anterior. En algún momento, se hizo más fácil, pero llevó
mucho tiempo, porque cuando sentía algo, lo sentía intensamente.
—¿Hace cuánto tiempo?
—Quinientos años.
La tristeza seguía en su pecho, sintiendo empatía por mí cuando hacía
un segundo había sentido odio.
—No creí que pudiera volver a amar a alguien, pero entonces Harlow
me dejó sin aliento. —Ella era un maldito tornado de fuego, pasión y
felicidad. Me dejé llevar por la corriente y ella me arrastró. No había
respirado completamente desde entonces.
Se quedó en silencio, y luego un tipo diferente de tristeza llenó su
pecho. —¿Amas a mi hija?
No me había dado cuenta de lo que implicaban mis palabras. Cuando se
trataba de mis sentimientos, era difícil enmascararlos, porque eran obvios
en todo lo que hacía, en cada momento de vigilia. No había otra razón por la
que estaría allí, sentado en la maldita tierra en una tierra que no era mi
hogar. —Pensé que era obvio... —Mis ojos estaban fijos en las montañas
mientras hablaba, sin esperar que respondiera a una afirmación tan
profunda. Fue incómodo para mí e incómodo para él.
La ira y la decepción no salían de él. Parecía tener la mente clara y el
corazón vacío. Era una de las raras veces en las que no podía discernir las
emociones porque eran demasiado complicadas de desgranar. —He visto a
la Bruja de Hueso convertir en humanos a seres inmortales. Quizá ella
pueda hacer lo mismo contigo.
Recordé cómo se sentía ser humano. Ser débil y corriente. Sentirse
vulnerable sin las habilidades que ahora poseía. Esa era probablemente la
peor parte... y la mortalidad la segunda. Pero no le dije la verdad, que no
haría el sacrificio por ella, por mucho que la amara. Nadie merecía esa
existencia, una vida que pasaba en un abrir y cerrar de ojos. —Tal vez...

***
Viajamos antes del amanecer, la luz tan mínima que era prácticamente
de noche.
—¿Cómo están los dragones? —Pregunté desde la retaguardia.
—Aburridos. —Después de nuestra charla de anoche, ya no era hostil.
La ira no ardía en su pecho como una pira encendida.
—Tal vez deberíamos hacer que se acerquen, por si acaso.
—Estoy de acuerdo. No esperaba viajar tan al norte. Sólo hay una cosa
que me gusta del este: no hay yetis.
Casi me río. —Lo secundo.
—¿Has conocido a alguno?
—Uno casi me mata cuando crucé sus tierras. Mi cuñada me salvó.
Se detuvo y se volvió para mirarme. —Fuiste tú quien dejó a esos dos
yetis en la nieve.
—Sí. —Kingsnake abatió a uno, y yo casi había perdido la cabeza con
el otro. Había sido oscuro, helado y, en general, una experiencia
desagradable.
El recordatorio normalmente le cabrearía, pero se volvió hacia delante
y continuó su camino.
Yo permanecí varios metros por detrás.
Momentos después, se oyó el ruido de unas alas y el suelo tembló
cuando aterrizaron entre los árboles.
Me volví para mirarlos, pero su único rasgo visible era el reflejo de la
luna en sus escamas.
Huntley y yo seguimos adelante, una larga caminata en la oscuridad,
ambos temiendo la luz del día por el calor abrasador. Preferiría las ventiscas
del oeste a la aridez del desierto. El suelo era diferente, más parecido a la
arena que a la tierra, porque había poca humedad. Los árboles no eran
frondosos pinos cubiertos de nieve, sino árboles de hojas marchitas. Yo era
demasiado orgulloso para quejarme, y Huntley también, aunque llevaba la
armadura más pesada que jamás había visto.
Pasaron las horas y entonces sentí algo.
Emociones. Muchas emociones de distintas procedencias.
Aceleré el paso para alcanzarlo, y mi mano se dirigió a su hombro para
detenerlo en su sitio. —No estamos solos. —Mantuve la voz baja, insegura
de lo cerca o lejos que estaban esos seres. —Puedo sentir sus mentes.
—¿Puedes discernir su identidad?
Sacudí la cabeza.
—¿Qué sientes?
Sentí varias cosas, pero sólo una era la más prominente. —Hambre.
El pecho de Huntley se llenó inmediatamente de ira, su rencor contra
Los Teeth una tormenta de relámpagos. —Entonces estamos cerca.
—Muy cerca.
Metió la mano detrás de él y agarró su hacha en lugar de su espada,
porque esto no sería una pelea, sino una masacre.
Avanzamos, el sol se elevaba más sobre el cielo, la luz se movía a
través de las frágiles hojas de los árboles. Cuando sus emociones se hicieron
más fuertes, supe que estábamos cerca. Nos acercamos al final de los
árboles y miramos más allá, viendo la entrada al túnel. Tenía tres metros de
alto y tres de ancho, lo suficientemente grande para carros y animales.
Había antorchas encendidas a ambos lados, aunque la luz del sol hacía
innecesaria la iluminación.
Los Teeth iban saliendo, caminando en varias filas uno al lado del otro,
a veces aparecían carros con animales vivos de los que se habían
alimentado por el camino. Todos parecían desmoralizados, como si el
extenso viaje hubiera agotado a cada uno de ellos.
—Tenemos que encontrar a Rancor.
—Él estaría en algún lugar de la cabeza.
—Deben estar viajando hacia los demonios... ya que Rancor es su
pequeña perra.
—Lo que significa que necesitamos llegar a Rancor primero, —dije—.
¿Y los dragones?
—No los pondré en peligro a menos que sea absolutamente necesario.
Me moví a un lado diferente de la línea de árboles, tratando de obtener
una mejor comprensión de su trayectoria. —Se dirigen al anillo de fuego.
Su camino se dirige al este. La ruta a través de la montaña probablemente
tuvo muchos desvíos.
Huntley vino a mi lado. —Entonces viajamos de vuelta a través de los
árboles para llegar lo más cerca posible del frente de la línea. Van a
necesitar reponer sus cantimploras después de estar tanto tiempo bajo las
montañas, y estaba ese pequeño río que pasamos.
Yo apenas lo llamaría un río, era tan pequeño. —Tienes razón.
—Todavía es un largo viaje hasta el anillo. Necesitarán descansar esta
noche. Será entonces cuando hagamos nuestro movimiento.
—De acuerdo.

***

Tal como Huntley predijo, acamparon esa noche cerca del arroyo. Se
levantaron tiendas en la tierra, pero la mayoría de los Teeth durmieron en
catres directamente bajo el cielo. Encendieron hogueras alrededor del
campamento, no para calentarse, sino para ver su entorno.
—Los demonios saben que están aquí, —dijo—. Si no, atacarían.
—Escabullámonos al frente. Rancor tendrá la tienda más grande, así
que será fácil encontrarlo.
Nos quedamos en el lado opuesto del arroyo y avanzamos, el
campamento tranquilo porque la mayoría estaban muertos de sueño. En una
tierra conquistada por sus aliados, no había razón para vigilar a los
enemigos.
Había una larga hilera de Teeth, así que tardamos un buen rato en llegar
al frente, y al otro lado del arroyo la divisamos: una tienda roja. Todas las
demás eran negras, pero ésta destacaba no sólo por su color, sino también
por su tamaño.
Tuvimos suerte de llegar cuando lo hicimos. Si hubiéramos llegado un
día más tarde, habríamos perdido la oportunidad.
Huntley cruzó primero el arroyo, que sólo le llegaba a las rodillas, y yo
le seguí de cerca, el agua lo bastante ruidosa como para cubrir nuestros
movimientos. Llegamos a la orilla opuesta sin levantar sospechas y nos
encorvamos detrás de otra tienda mientras observábamos la situación.
Había dos guardias de servicio, a ambos lados de la tienda.
No podía hablar, no cuando los ocupantes de la tienda podían oírme, así
que hice un gesto con la mano, cortándomela en la garganta.
Huntley asintió, comprendiendo que tenía que ser un asesinato sigiloso.
Me indicó que rodeara la parte trasera de la tienda para sorprender al
guardia del otro lado. Una vez trazado el plan, nos separamos y nos pusimos
en marcha.
Cuando llegué por el lateral, Huntley emergió con su daga y la atravesó
limpiamente en el cuello del guardia.
Yo hice lo mismo, atrapando el cuerpo antes de que cayera y produjera
un fuerte estruendo.
Arrastramos ambos cuerpos lejos de la tienda y hacia un montón de
arbustos. A la luz del día, serían fáciles de ver, pero en la oscuridad, era
fácil pasarlos completamente por alto.
Huntley tomó la delantera hacia la tienda, con los hombros sacudidos
por la adrenalina, la ira en su pecho tan potente que parecía que nunca había
estado más enfadado.
No tuve la oportunidad de aplacar su ira, de decirle que se callara, no
cuando era un hombre con la misión de vengarse por su hija robada.
Entramos por las solapas y el interior de la tienda estaba iluminado por
un par de velas. La tienda era lo bastante lujosa como para albergar a un rey,
con un colchón de verdad sobre un armazón y alfombras en el suelo para
que Rancor no tuviera que pisar la tierra desnuda. Había un escritorio, y él
se sentó allí, prestando más atención al pergamino que tenía en la mano que
a los visitantes que acababan de entrar en su tienda.
—¿Sí?, —preguntó fríamente, sin tener ni idea de que hablaba con
Huntley, el Rey de los Reinos, y no con el humilde guardia apostado fuera,
en la oscuridad. Al no obtener respuesta, sus ojos se alzaron con fastidio.
Pero en un instante, todo el fastidio desapareció, sustituido por la más
profunda zambullida de terror que jamás había sentido. Se detuvo ante el
escritorio y aspiró un rápido suspiro de asombro. Su mirada continuó, como
si no pudiera creer lo que veían sus propios ojos. Estaba a punto de gritar de
miedo... podía sentirlo.
Me moví detrás de él y presioné mi daga justo contra su garganta, lo
bastante cerca como para pincharle la piel.
Las palabras que estaba a punto de gritar murieron en su lengua.
—Grita, y será lo último que hagas. —Saqué el cuchillo y me quedé
detrás de Rancor. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y el pulgar
jugueteaba con la empuñadura de la daga, arrastrándola lentamente hacia
abajo para sentir el frío metal. Quería matarlo yo mismo por haberse llevado
a Harlow, pero eso sería un poco hipócrita. En todo caso, debería
agradecérselo a Rancor. Si no, ahora no la tendría. Pero una vez que
regresara a mis tierras con el corazón roto, tal vez desearía no haberla
conocido.
Huntley acercó la silla frente a Rancor y tomó asiento.
Rancor se sentó de inmediato y dejó el pergamino sobre el escritorio,
tratando de alejarse lo más posible de Huntley sin levantarse realmente del
asiento.
Huntley levantó su daga ensangrentada para que Rancor la viera y
luego la colocó sobre el escritorio, entre los dos.
Rancor la miró, pero no se atrevió a cogerla.
Huntley lo miró fijamente durante largo rato, con los ojos muy abiertos
y sin pestañear, la mirada tan furiosa que prácticamente le salía humo por
las orejas. Su expresión era formidable, pero no era nada comparada con la
rabia que Storm sentía en su pecho. —¿De verdad creías que no te
perseguiría hasta los confines del mundo? —Para ser un hombre tan furioso,
hablaba con calma, pero eso hacía que la tensión se agudizara. —Que no
fantasearía con este momento en mis horas de vigilia, que no soñaría con él
en mis sueños más profundos, que no imaginaría tu sangre en mi hacha.
La espalda de Rancor subía y bajaba con su respiración agitada. Su
expresión era dura por la indiferencia, pero su respiración acelerada
delataba su terror.
—¿Pensabas que te mataría con mi espada? —Ladeó la cabeza. —¿Esta
pequeña daga entre nosotros? No, Rancor. Voy a cortarte la cabeza en
trocitos como mi mujer corta la carne antes de echarla a la sartén.
Rancor miró la daga que había entre ellos y tragó saliva.
Huntley se inclinó hacia delante.
Rancor se sobresaltó de inmediato, con los nervios a flor de piel.
La comisura de la boca de Huntley se alzó en una sonrisa mientras
apoyaba los brazos en la mesa. —Te he concedido clemencia, Rancor.
Podría haber masacrado a toda tu raza, pero te dejé en paz. En mi intento de
ser un rey justo, me convertí en un estúpido. Una dura lección aprendida, un
fracaso que nunca repetiré.
Rancor permaneció callado.
—Llevas mucho tiempo tramando esto, ¿verdad?
Cuando Rancor no pudo aguantar más la mirada de Huntley, apartó la
vista.
Huntley cruzó la mesa con la rapidez de una Serpiente Dorada y agarró
a Rancor por la cara, sujetándole las mejillas con la mano enguantada y
obligándole a devolver la mirada a donde debía. —Mira. Mírame. Mírame.
El terror de Rancor subió a nuevos niveles. Estaba a punto de salirse
del pecho.
—Así está mejor. —Huntley volvió a su posición relajada.
—Sólo sigue adelante y mátame-.
—Ten paciencia, —dijo fríamente. —Ya llegará tu momento.
Rancor miró una vez más la daga que había entre ellos y, en cuanto se
dio cuenta de que sus ojos estaban donde no debían, volvió a levantar la
vista.
—Has planeado este momento durante veinte años. Es mucho tiempo.
Mucho tiempo para cavar a través de la montaña hasta el otro lado. Mucho
tiempo para forjar una alianza con un enemigo que probablemente nos
matará a todos. ¿Todo porque te concedí misericordia?
—Tomaste nuestras tierras y nuestra comida...
—Quieres decir que dejé de permitirte que te dieras un festín con mi
gente como si fueran ciervos, —espetó—. Y recuperé la tierra que nos
quitaste. Infórmate bien.
—¿Qué quieres de mí?
—Quiero saber qué hice para merecer esa tortura. Para que te llevaras a
mi única hija, mi puto orgullo y alegría, toda mi razón de vivir. —Alzó la
voz como si le importara un bledo si alguien le oía en el campamento. —
Para romperme en llanto... para matar mi espíritu... para hacerme mirar a mi
mujer muerta a los ojos y decirle que todo iría bien cuando yo mismo quería
cortarme el cuello para que dejara de dolerme. Dime qué hice para merecer
eso.
Rancor bajó la mirada.
—Perra, mírame. —Golpeó la mesa con el puño.
Rancor obedeció.
Huntley se llevó el puño al pecho. —No he hecho nada para merecer
eso, porque nadie se lo merece.
La expresión de Rancor no había cambiado, pero dentro de su pecho
había un remolino de tantas emociones que no podía distinguirlas. Era una
nube de pavor y terror mezclada con arrepentimiento, pero sospeché que no
se arrepentía de haberse llevado a Harlow... sólo de haberse dejado atrapar.
—Contéstame.
—Como ya he dicho, te llevaste nuestra fuente de alimento...
—Entonces vete, —espetó—. Navega a tierras llenas de la sangre que
buscas. Pero decidiste forjar una alianza con un enemigo tan poderoso que
puede destruir este mundo desde dentro. ¿Le harías eso a tu salvador... por
comida?
—He estado hambriento durante veinte años, Huntley...
Huntley cogió la daga de la mesa y clavó la punta en la madera. —
Llámame así otra vez y verás lo que pasa.
—Mis disculpas... Rey Rolfe.
—Llevabas veinte años hambriento, así que decidiste matar a mi hija y
dejar que estos demonios destruyeran a toda la humanidad. Ahora, si este
plan tiene éxito y todos estamos muertos, ¿qué comerás entonces?
Rancor mantuvo la mirada fija en Huntley, pero la cambió ligeramente,
como si mantenerse firme fuera demasiado difícil.
—¿Me estoy perdiendo algo, o este es el plan más estúpido de la
historia?, —espetó—. No me extrañaría que fueras tan estúpido como para
pensar que podías llevarte a mi hija y salirte con la tuya.
—Yo no me la llevé. —Se volvió para mirarme. —Fue él. Y aún así,
está aquí como tu aliado.
—Porque la salvó de cualquier crueldad que hubieras planeado. Le
debo la vida a Aurelias por lo que hizo por mi hija. No cambies de tema...
—Él me traicionó. ¿Qué te hace pensar que no te traicionará?
—Porque yo soy el héroe tratando de salvar a mi pueblo y tú eres el
villano tratando de destruirlo. Cualquier esperanza que tuvieras de que este
plan tuviera éxito se ha esfumado. Así que dime lo que quiero saber o te
cortaré en pedazos para que hables.
—Vas a matarme de todos modos...
—Entonces dame una razón para no hacerlo, Rancor. Salva a mi gente
y sal con vida.
Sacudió la cabeza. —Sé cómo acaba esto. Me llevé a tu hija, así que me
matarás sin importar lo que te ofrezca.
—Entiendo que te cueste creerlo porque yo soy un hombre de palabra y
tú no. Dime todo sobre esos demonios, cómo podemos derrotarlos, y te
dejaré vivir.
Rancor permaneció callado.
—O. —Agarró la daga y la arrancó de la madera. —Te torturaré hasta
que consiga lo que quiero... y luego te mataré. —Volvió a clavar la daga en
la madera, esta vez cerca de Rancor, una invitación a coger la daga y ver
qué pasaba.
Rancor debió darse cuenta de que no había escapatoria. Podía gritar,
pero entonces le cortarían el cuello, y estar muerto no le llevaría a ninguna
parte. —Haré un trato contigo...
Huntley se rió. —Qué mono, intentar hacer un trato con el hombre cuya
hija secuestraste.
Rancor se tomó un momento antes de continuar. —Te lo contaré todo.
Pero una vez que esto termine, nos das una flota de naves para abandonar
tus tierras y no volver jamás.
—Eso es mucho pedir.
—Ambos somos reyes. Así como tú te esfuerzas por proteger y proveer
a tu pueblo, yo hago lo mismo. No podemos seguir viviendo en estas tierras,
no sin un sustento real. La existencia es tan insoportable que muchos de los
míos se han quitado la vida.
—Oh, qué triste... —Huntley se hundió de nuevo en la silla. —Tienes
que ofrecerme más si quieres que lo acepte.
—No tengo nada más...
—Luchas por nosotros. No por ellos.
Rancor soltó un pesado suspiro.
—Dime lo que sabes, lucha por nosotros, y le daré a tu gente un barco
para abandonar estas costas. Pero tengo un añadido más.
Rancor se quedó mirando.
—Te haces llamar rey y comparas tu estatura con la mía, así que
demuéstralo. Concederé a tu gente un pasaje seguro desde mis tierras una
vez que la guerra haya terminado, pero tú no te unirás a ellos. Pagarás tu
traición con sangre. Te ejecutaré cuando tu gente se haya ido, serás el
último Teeth que pisará mis tierras. Ese es mi precio.
Conocía a Huntley a través de sus emociones. Conocía la pureza de su
corazón y la integridad de sus venas. Pero ahora, lo veía bajo una luz
totalmente nueva, presenciaba su estrategia, presenciaba su ferocidad. Era
un rey justo, pero también formidable... y un poco aterrador.
—Dijiste que me perdonarías la vida si te contaba todo...
—Eso fue antes de que insultaras mi carácter comparándolo con el
tuyo.
Una oleada de ira recorrió a Rancor. —Lo siento...
—¿Lo sientes? —preguntó Huntley sin comprender. —¿Se supone que
eso significa algo para mí?
—Siento haberme llevado a tu hija.
—No quiero tus disculpas, Rancor. Quiero tu sangre. Si tanto sirves a tu
pueblo, demuéstralo. Haz el último sacrificio como yo lo haría por los míos,
y entonces podrás compararnos.
—No lastimamos a Harlow...
—No quiero volver a oír el nombre de mi hija salir de tu boca, —espetó
—. Y sólo salió ilesa porque Aurelias decidió devolverla a casa en lugar de
dejar que fuera un festín. —El dolor palpitaba dentro de su pecho cuando
dijo esas cosas, pero no dio ningún indicio de debilidad al hablar.
—Si me niego a cooperar, los demonios te derrotarán. Si voy a morir de
cualquier manera, entonces prefiero que mueras tú también.
—Entonces supongo que no estás arrepentido, —dijo Huntley. —
Porque tus remordimientos te llevarían a tomar una decisión diferente. Te
concedí asilo y me apuñalaste por la espalda, pero no sientes nada. Te
mataré y le haré la oferta a tu gente. Quizá sean listos y la acepten.
Rancor dio otro suspiro antes de frotarse la nuca. —No me matas...
pero puedes vengarte de la forma que elijas.
Huntley guardó silencio.
Rancor le sostuvo la mirada y esperó.
—Tu hija salió ilesa, así que eso es mucho más razonable.
—Yo decidiré lo que es razonable, —dijo Huntley con frialdad. —
Tienes suerte de no ser padre, porque si lo fueras, tu hija estaría en mi
calabozo mientras hablamos.
Rancor pasó por alto la afirmación. —¿Tenemos un trato?
Miré fijamente a Huntley, preguntándome si aceptaría esta revisión.
Elegir el método de tortura para tu enemigo era más satisfactorio que una
muerte limpia, en mi opinión.
Huntley levantó la mano por encima de la mesa, dispuesto a estrechar
la de Rancor.
Rancor soltó un suspiro de alivio y extendió la mano.
Con una velocidad sin igual, Huntley agarró la daga y la clavó
directamente en la palma de la mano de Rancor, clavando la punta en la
madera e inmovilizándolo. La sangre se derramó por todas partes, varios
tonos más oscura que la de un humano.
Rancor lanzó un grito contenido, incapaz de moverse porque la daga
estaba demasiado hundida.
—Sí, —dijo Huntley. —Tenemos un trato.

***

Rancor hizo una mueca de dolor mientras apretaba la gasa alrededor de


su mano ensangrentada. Manchó el pañuelo blanco mientras seguía
sangrando, tiñendo el color crema de un rojo rubí. Mantenía la mano en el
muslo, con los ojos aún duros por el dolor.
Acerqué una silla y me senté entre los dos hombres.
—Vamos a oírlo, —dijo Huntley con impaciencia. —Tengo demonios
que matar.
Rancor cambió su mirada hacia mí, mirándome de frente por primera
vez desde que había entrado en aquella tienda. —Rompiste nuestra alianza.
¿Por qué?
—Esto no es una reunión familiar, —espetó Huntley. —Estás
respondiendo a mis preguntas, no haciendo las tuyas.
Rancor mantuvo su mirada en mí.
—Secuestrar a una princesa no equivale a extraer veneno de una
serpiente salvaje, —dije—. Fue un trato injusto desde el principio, y lo
sabes. Te aprovechaste de mi situación para conseguir lo que querías, así
que no me siento mal por mi traición. También me dijiste que sólo la usarías
como palanca para sacar a su padre, que la devolverían ilesa, pero cuando
llegué, me informaste de que tus planes habían cambiado. —Podía sentir la
ira de Huntley estallar de repente dentro de su pecho. —Ese no era el trato,
así que no podía dejarla allí. No soy un buen hombre, pero no mato a
mujeres inocentes. —Intencionadamente... al menos. —No me arrepiento de
mi decisión, aunque nuestra relación sea irreparable.
Rancor entrecerró los ojos, como si pudiera distinguir algo en el aire
entre nosotros. —Ahora lo veo.
No le pedí más detalles, pero sabía lo que quería decir. Probablemente
quería decir más, pero como su padre estaba sentado al otro lado de la mesa,
fue prudente y se guardó esas palabras.
—Habla, —ordenó Huntley. —Antes de que salga el sol.
Rancor se volvió hacia Huntley. —Sólo sé lo que los demonios han
accedido a compartir conmigo, pero sospecho que ocultan más de lo que
muestran, como un iceberg que sólo revela su punta. Han venido a nuestras
tierras en busca de poder, un poder que sólo puede cosecharse de un tipo
especial de cristal, que sólo existe bajo la superficie de la tierra.
—Los Exiliados de Palladium mencionaron esto, —dijo Huntley. —Sus
seres queridos están atrapados en campamentos mientras extraen lo que
buscan los demonios.
—Sus reservas han disminuido, y se han desesperado por un
reemplazo. El rendimiento de los campamentos es mínimo, pero es mejor
que nada. El suelo del este es tan seco y árido que los cristales son
incapaces de crecer aquí. Por lo que dijeron, parece que los cristales son una
forma sólida de agua, pero no fría como el hielo. Somete sus fuegos,
alimenta su magia, les permite prosperar. Pero como consecuencia, la
recolección de los cristales mata la tierra donde residían estas piedras. Sin
esa forma de agua, la tierra se vuelve estéril y muerta, y los efectos son
irreversibles. —Rancor volvió a ajustarse la mano, haciendo una mueca de
dolor al mover los dedos. —Les dije que sabía dónde podían encontrar más
cristales... si te apartaban del poder.
Mis ojos se desviaron hacia el rostro de Huntley, esperando su reacción
ante esta horrible noticia.
—Nuestras tierras son frías y húmedas, así que son un lugar ideal. —
Parecía decírselo más a sí mismo que a nadie. —Y por eso este lugar es un
desierto estéril, porque ya han agotado los cristales que había aquí.
Rancor asintió. —El plan era derrotaros en Delacroix y luego aceptar
vuestra rendición....
—Y ponernos a trabajar como a los demás prisioneros. —Una rabia
debería estar ardiendo dentro de Huntley, pero digirió todo esto con una
sensación de calma. O tal vez era la derrota.
—Sí, —dijo Rancor. —Y entonces...
—Una vez que hayan terminado de usar todos los cristales, se
trasladarán al siguiente lugar, nuestras tierras serán estériles y secas como
las del este, y tú nos gobernarías como un granjero gobierna su rebaño de
ovejas. —Miró fijamente a Rancor, lanzándole la mirada de juicio más dura
que jamás había visto.
Rancor dudó antes de responder. —Sí...
Huntley lo miró fijamente.
La mano de Rancor estaba ligeramente expuesta sobre la mesa, así que
la metió debajo porque la daga ensangrentada seguía allí.
Huntley permaneció en silencio durante un largo rato. No miraba
fijamente a Rancor, sino a través de él. —Te equivocaste al suponer que nos
rendiríamos. Lucharemos hasta que cada uno de nosotros esté muerto,
porque todos preferimos ser huesos en el suelo que prisioneros de alguien
más. Subestimaste a tu enemigo, Rancor.
Rancor mantuvo la mirada en otra parte.
—Los Exiliados de Palladium nos dijeron que los cristales los
reencarnan. Cuando los demonios mueren en batalla, sus cuerpos regresan
de algún modo a sus dominios. Llevan las cicatrices de sus heridas, pero por
lo demás, son exactamente iguales. Mientras tengan algún cristal en su
poder, seguirán siendo invulnerables.
Rancor se giró lentamente para mirar a Huntley, como si eso fuera
nuevo para él.
—Tienes que cancelar el trato.
Rancor parpadeó varias veces.
—Ya me has oído.
—No creo que haya nada que pueda decir o hacer para cambiar lo que
va a pasar, —dijo Rancor. —Ya les dije que tus tierras eran probablemente
una fuente viable de energía. El daño ya está hecho.
—Entonces les convencerás para que se vayan a otra parte.
Rancor suspiró. —No son de los que se dejan razonar....
—Yo tampoco.
Si se iban a otro lugar, podrían elegir mi tierra natal, y ese pensamiento
me aterrorizaba. Dondequiera que viajaban, sembraban la destrucción. Sólo
era cuestión de tiempo que la Tierra quedara completamente destruida.
Rancor guardó silencio durante un rato. —La única forma de conseguir
que se vayan es que yo tenga algo mejor que ofrecerles. Y como nunca he
salido de estas tierras, no tengo nada en la manga. Y sospecho que no
aceptarían mi oferta aunque la tuviera... ya que tus tierras están tan cerca.
—¿Por qué no nos han invadido aún?
—La tierra es diferente bajo las montañas, —dijo Rancor. —Es roca
sólida casi hasta el final. Penetraron en Delacroix porque la tierra es
diferente. También están preocupados por otras cosas...
Así que la evaluación de Ivory era correcta. Cuando atacaran
HeartHolme, lo harían desde el norte. Evacuar los reinos del norte había
sido una decisión inteligente.
—¿Qué cosas? —Huntley preguntó.
—No estoy seguro de por qué crees que comparten tanto conmigo....
—Entonces, ¿cómo sabes que están preocupados?, —espetó.
—Porque es la única explicación que tiene sentido, —dijo Rancor. —
No sé nada sobre su reino, su jerarquía o sus dominios. Sólo he estado allí
una vez....
—Pero tienes un contacto.
Rancor asintió. —Vine.
—¿Es su rey?
—No estoy seguro de si tienen un rey... o reyes.
—¿Dónde está su dominio?
—El anillo de fuego, —dijo Rancor. —Estoy seguro de que lo has
visto.
—¿Pero qué es? —Preguntó Huntley. —¿Viven en cuevas
subterráneas?
—No, —dijo rápidamente. —Definitivamente no son cuevas. Su reino
se encuentra en las profundidades de la tierra, en los grandes abismos bajo
la superficie, los cristales brillan con luz como un amanecer. Las antorchas
iluminan el resto del camino. Es algo que tienes que ver por ti mismo para
entenderlo. Su arquitectura rivaliza con la tuya en todos los sentidos. Piensa
en un reino glorioso, pero en vez de estar bajo el cielo, está bajo el suelo
que pisas.
En mis tierras, los vampiros y los Etéreos estaban en la cima de la
jerarquía, y ahora que los Etéreos habían sido derrotados, sólo quedábamos
nosotros. Era difícil imaginar un enemigo más formidable que nuestra
propia especie.
Huntley estaba callado, reflexionando sobre todo lo que acabábamos de
aprender sobre estos seres. Tenía los brazos cruzados y estaba encorvado en
la silla. —Quiero que me lleves hasta él.
Rancor me miró, como si hubiera oído mal lo que dijo Huntley.
Estuve a punto de dar una vuelta de campana.
—¿A Vine? —Preguntó Rancor.
—De todos modos, parece que es allí adonde te dirigías, —dijo
Huntley.
—Sí, —dijo Rancor. —Pero me está esperando.
—Perfecto.
No quería desautorizar a Huntley delante de su enemigo, pero no podía
acallar mis protestas. —Creo que no es prudente. No has luchado contra
estos demonios en carne y hueso...
—Precisamente por eso debo ir. —Huntley se volvió hacia mí.
—Si uno de nosotros va, debería ser yo. —Yo era pariente de Los
Teeth. Y podía leer sus intenciones. Huntley estaba completamente ciego.
—¿Eres el Rey de los Reinos? —Huntley preguntó fríamente. Sin
esperar respuesta, añadió: —No. Por eso tengo que ser yo. Tal vez si nos
encontramos cara a cara, pueda convencerles de que vuelvan su destrucción
a otra parte.
—Como he dicho... —Rancor vaciló. —No son de los que se dejan
persuadir.
—Incluso si eso es cierto, podría aprender de su dominio. Podría
aprender sus costumbres. Podría descubrir una debilidad. Es mejor que
permanecer en la oscuridad y dejar que tú hagas toda la negociación.
Rancor me miró, como si esperara que dijera algo más.
—Podrías hacer que te maten, Huntley, —dije—. Piensa en tu familia.
—Estoy pensando en mi familia, —dijo fríamente. —Y tengo que
hacer todo lo posible para protegerlos... aunque me cueste la vida. —Volvió
a mirar a Rancor. —Así que nos llevarás a los dos contigo... y yo hablaré
con Vine.
Capítulo 4
HARLOW

Me senté en la mesa de la gran sala frente a Fang. El juego era nuevo


para mí, así que aún estaba aprendiendo la estructura de las cartas y las
reglas. Estaba claro que Fang llevaba mucho tiempo jugando, porque
siempre parecía saber cuál sería su siguiente jugada mucho antes de hacerla.
Miré las opciones que tenía en la mano antes de hacer mi selección y
dejarla en el suelo.
—Hiiiissssssssss. —Cogió las cartas con la cola y las barajó en un
montón para que pudiéramos volver a jugar.
—¿Cómo has llegado a ser tan bueno en esto? —pregunté, aunque
sabía que no me contestaría.
—Hiiissssss. —Siguió mezclando las cartas, con los ojos fijos en mí
porque podía hacer dos cosas a la vez.
—Deberías jugar por dinero. Eso sí que sería divertido.
Asintió.
—Ojalá pudiera entenderte como lo hace Aurelias.
Kingsnake apareció en la habitación, su armadura negra y roja, una
serpiente en el pecho que era idéntica a Fang. —No tienes que seguir
jugando con él.
—No me importa.
Tomó asiento en la cabecera de la mesa, tenía rasgos similares a
Aurelias, pelo oscuro como la medianoche y ojos del color del café expreso.
Pero sus estructuras faciales eran un poco diferentes. Aurelias tenía una
mandíbula más dura y una expresión naturalmente desagradable. Kingsnake
parecía un poco más amable.
—No es que tenga otra cosa que hacer. —Aurelias y mi padre se habían
marchado hacía días. Mi madre se levantaba todos los días y trabajaba para
proteger nuestro reino con su armadura de reina, pero estaba muerta a ojos
vista, tensa por la preocupación.
Atticus aún no había llegado con la gente de los Reinos, y eso también
había empezado a preocuparnos. Me dije que era una expedición pesada y
que preparar a todos los Reinos para la evacuación llevaría mucho tiempo.
Que Atticus no hubiera sido avistado en la distancia no significaba que no
fuera a venir.
—¿Alguna vez juegas con él por dinero? —pregunté, intentando pensar
en otra cosa que no fueran mis familiares desaparecidos... y el amor de mi
vida.
Kingsnake negó con la cabeza. —Ya no, —dijo con una risita. —
Aprendí esa lección por las malas.
—Hiiissssssss.
Kingsnake le ignoró. —Te ha cogido cariño.
—Porque soy un oponente fácil.
Soltó otra risita sutil. —Creo que es porque mi hermano tenía muchas
cosas buenas que decir de ti.
Miré la pila de cartas que Fang acababa de barajar. Empezó a repartir, y
Kingsnake también entró en el juego. Me dolía el corazón cuando
imaginaba la cara de Aurelias, cuando consideraba la posibilidad de que no
volviera.
—Lo cual es mucho decir, —dijo Kingsnake—. Rara vez tiene cosas
buenas que decir de alguien, incluyéndome a mí.
—Parece cercano a tu mujer.
—Bueno, ella es la única persona de la familia que realmente le gusta.
—Hablas como si no estuvierais unidos, pero si no lo estuvierais, no
estaríais aquí ahora mismo. —Miré a Kingsnake mientras Fang seguía
repartiendo las cartas.
Kingsnake cogió su mano y ordenó las cartas. —Es complicado.
Aurelias y yo estamos más unidos ahora, pero no hablamos mucho los dos
últimos siglos.
—¿Por qué?
—Está muy unido a mi padre, y yo no soy su mayor admirador.
—Así es... Él es el favorito. —Recordé que se había mencionado antes.
—Teníamos diferentes políticas, lo que claramente ya está superado.
Pero mi padre... —Sacudió la cabeza. —Él nunca cambiará.
—¿Por qué crees que es así?
Se encogió de hombros. —Cree que tiene derecho a hacer lo que le
salga de los cojones porque perdió a mi madre. Que su muerte justifica de
alguna manera su crueldad y malicia. Ansía el poder como ansía la sangre, y
cada vez que lo consigue, necesita más. La satisfacción es sólo temporal,
pero sigue adelante de todos modos.
—Siento lo de tu madre. —Aurelias nunca me había contado lo
sucedido.
Kingsnake se quedó callado.
Empezamos a jugar, Fang tendiéndonos sus trampas para que
cayéramos en ellas.
—¿Cuánto tiempo lleváis casados? —pregunté.
—Un par de meses.
—¿Siempre fue vampira?
—Era humana. —Sus ojos permanecieron fijos en las cartas.
—Entonces, ¿ella eligió estar contigo? —Eligió renunciar a su alma, a
la posibilidad de tener hijos.
—No del todo, —dijo con un suspiro. —Estuvo a punto de morir en la
batalla, así que la convertí para salvarla.
Me quedé callada, sin saber qué decir a eso.
—Al principio le costó aceptarlo, pero luego lo aceptó.
—Podría haber vuelto a cambiarse si hubiera querido... ¿no?
—Técnicamente, —dijo.
—Y tú también podrías haber cambiado.
—Sí. —Sus ojos estaban puestos en sus cartas.
—¿Puedo preguntarte algo?
Dejó sus cartas y, por supuesto, las manos de ambos fueron derrotadas
por las de Fang. —Siempre.
Sabía que la amabilidad y franqueza de Kingsnake provenían del amor
que sentía por su hermano. No me pareció el tipo de hombre que entablara
conversaciones triviales con un humano como yo. Tenía una hermosa
esposa cuya compañía prefería sin duda a la mía. —¿Estarías dispuesto a ser
humano por ella?
Fang siseó antes de volver a recoger las cartas, vencedor de otra partida
más.
Kingsnake permaneció en silencio, como si hubiera desestimado la
pregunta.
No la repetí.
—Le dije que lo haría si no me quedaba más remedio, pero en realidad
no quería. ¿Por qué iba a querer vivir una vida de soltero con ella cuando
podríamos hacerlo para siempre? Entendía su deseo de tener hijos, pero la
vida puede ser igual de satisfactoria sin ellos. Más, en mi opinión.
—¿Pero tú harías ese sacrificio?
—Nuestro amor no sería real si yo no estuviera dispuesto a hacer el
mismo sacrificio que le pedí a ella.
Yo no estaba dispuesta a sacrificar mi mortalidad por Aurelias, y él
tampoco estaba dispuesto a hacer ese sacrificio. Pero nuestro amor se sentía
tan real, tan real como el amanecer cada mañana y la lluvia en un día de
otoño.
—Comprendo tu curiosidad. Aurelias es uno de los hombres más
testarudos que he conocido, y no me lo imagino eligiendo una vida mortal
por ningún motivo. No lo digo para herirte, sino para prepararte.
Aurelias ya me lo había dicho, pero aún me dolía oírlo de otra fuente.
—Por mucho que ame a mi hermano, no creo que debas hacer un
sacrificio que él mismo no está dispuesto a hacer. No sería justo para ti.
Mis ojos se habían desviado, mi corazón pesado. —¿Larisa tiene algún
remordimiento?
—Ha pasado tan poco tiempo que no creo que haya habido oportunidad
de arrepentirse. Tal vez algún día en el futuro lo haga. Pero la haré tan feliz
que nunca tendrá la oportunidad de sentir un momento de lamento.

***

Me senté frente a la cálida chimenea con un libro en el regazo, leyendo


la misma frase una y otra vez porque no podía concentrarme. El sol se había
puesto y la escarcha presionaba las ventanas. Mi cama estaba vacía porque
Aurelias seguía fuera. Sólo había dormido a su lado un par de noches, pero
sin él me sentía completamente perdida.
La puerta crujió y Fang se deslizó por el suelo, acercándose a la
alfombra y luego al sofá. Trepó y se hizo un ovillo con la cabeza encima.
La puerta se abrió más y entró Larisa, con una camisa demasiado
grande que obviamente era de su marido y unos pantalones de salón. —
Fang quería hacerte compañía. ¿Te parece bien?
—Claro que sí. —Le rasqué con las uñas las escamas de la cabeza y
cerró los ojos en señal de relajación. —Estoy bastante sola sin Aurelias. —
No era muy hablador, pero su presencia trajo una sensación de paz a mi
alma. Se sentía como... en casa. —Pero no quiero alejarlo de ti. —La miré.
—Sinceramente, ha estado durmiendo bajo las sábanas justo entre
nosotros porque hace frío, y estaría bien tener un respiro... Es un poco
matapasiones.
Me reí entre dientes. —Bueno, aquí no hay pollas que bloquear, por
desgracia.
Se dio la vuelta. —Buenas noches.
—¿Larisa?
Me miró de nuevo.
Estaba a punto de preguntar algo personal, y entonces me di cuenta de
que no la conocía muy bien. —No importa.
—Está bien, —dijo—. Pregunta.
—¿Cómo sabías que quería preguntar algo?
Caminó hasta el sofá y se sentó, con Fang entre nosotros. —Tengo las
mismas habilidades que Aurelias. Pero él es mucho, mucho mejor que yo.
Tu malestar es muy potente ahora mismo.
No sabía por dónde empezar, cómo explicar esta necesidad incesante
que sentía. —Nunca querría que un vampiro se alimentara de mí. La idea es
simplemente... bárbara. Pero con Aurelias... quiero que suceda. No puedo
explicar por qué.
Me miró, con ojos suaves.
—Pero no lo hará.
Su mirada continuó en silencio, así que no estaba claro si Aurelias ya se
lo había dicho o si era información nueva.
—No sé por qué me molesta tanto.
—Te molesta porque es un momento muy íntimo entre dos personas. Se
trata de confianza e intimidad, de dar placer a tu pareja y recibirlo a cambio.
Entiendo por qué te molesta.
—Entonces... ¿Kingsnake se alimentaba de ti?
—Esa era la base de nuestra relación. Yo era su presa... y luego me
convertí en algo más.
—¿Y tú... se lo permitiste?
—Bueno, yo no quería, —dijo ella. —Me repugnaba la idea. Pero
llegamos a un acuerdo. Él me daba lo que yo quería si yo le daba eso a
cambio. Me dijo que me sentiría bien, y una vez que sentí su mordisco, supe
que era verdad.
—¿Cómo se siente?
—Es difícil de describir.... —Desvió la mirada mientras consideraba su
respuesta. —Es como estar lo más excitada posible... pero no tener
liberación. Es querer más pero nunca tenerlo. Es como estar en una neblina
en la que quieres quedarte para siempre. Con el tiempo, se profundiza,
sabiendo que le doy a Kingsnake algo que le hace fuerte, algo que nadie
más puede darle. Hubo un tiempo en que estaba enfadada con él y me
negaba a que se alimentara, pero la idea de que estuviera con otra persona...
me revolvía el estómago. Temía que nuestra relación no fuera la misma una
vez que me convirtiera, pero eso no ha sucedido.
Escuché todo aquello, decepcionada porque se me negaba una conexión
más profunda con el hombre al que amaba. —¿Por qué Aurelias no quiere
eso conmigo?
Me miró fijamente, con los ojos llenos de empatía.
—Sabes...
Sus ojos se desviaron.
—¿Por qué?
—No me corresponde a mí decirlo.
No quería poner a Larisa en una situación difícil con Kingsnake, así
que no la presioné más, pero aún así me dolía. —Le amo. Él me ama. ¿Por
qué no es suficiente?
—Creo que su amor por ti es el verdadero problema.
Quería saber más, pero tendría que conformarme con menos. —
Aurelias y yo acordamos que cuando esto termine... se acabó. Pero ahora
que se ha ido y estoy angustiada por el miedo y la nostalgia, me doy cuenta
de lo dura que será esa separación. Estoy aterrorizada... completamente
aterrorizada.
Sus ojos se suavizaron.
—Entonces, ¿te arrepientes de haberte convertido?
Me miró fijamente durante un largo rato, con su pelo oscuro formando
una cortina alrededor de los hombros. —No creo que mi respuesta te ayude,
Harlow. Cuando Kingsnake me convirtió, mis padres ya se habían ido y yo
estaba sola en el mundo. Y para colmo, nuestros enemigos empleaban
magia que utilizaba las almas como poder, así que mis padres no estaban en
el más allá de todos modos. El único sacrificio que he tenido que hacer es
tener hijos.
—Siento... lo de tus padres.
—Es duro, —dijo—. Pienso en ello todos los días. Pero no puedo hacer
nada al respecto.
Mis ojos se hundieron en la tristeza.
—Así sería si te convirtieras.
Mis ojos volvieron a subir.
—Saber que nunca volverías a ver a tus padres.
Eso fue tan doloroso como perder a Aurelias. Nunca ver la cara de mi
padre. Sentir el espíritu de mi madre. Oír la risa de mi hermano. Saber que
viviría varias vidas mientras ellos sabían que nunca cruzaría a su reino
eterno... era demasiado difícil de soportar. Mi padre estaría angustiado. Mi
madre... estaría devastada.
—Creo que tienes tu respuesta.
Capítulo 5
VINE

Me senté en mi escritorio de caoba, con los apliques dorados de las


paredes iluminados por las llamas. Proyectaban un tono dorado sobre la
habitación y alejaban las sombras hacia los techos de nueve metros. Tenía el
codo apoyado en el reposabrazos dorado y las yemas de los dedos en el
fondo de la boca. Tenía delante los esquemas, pero mis ojos estaban
cansados de mirarlos.
Las pesadas puertas del otro lado de la sala se abrieron y Rakier entró
en mi despacho, con sus botas golpeando el suelo chapado en oro. Fue un
largo camino, de al menos treinta metros, hasta mi escritorio, situado junto a
la ventana que daba a los abismos.
Las puertas de mi dormitorio estaban abiertas y no pudo evitar echar un
vistazo a la mujer desnuda que dormía en mi cama. Centró su mirada en mí
y fingió que no había mirado. —Los Teeth han abandonado su paso y se
acercan a nuestros dominios.
Lo único que hice fue asentir levemente.
Se golpeó el pecho con el puño cerrado, hizo una leve reverencia y se
marchó de mis aposentos.
Una voz somnolienta llegó desde mis aposentos. —Ven a la cama...
Como si no la hubiera oído, abandoné los aposentos y salí.

***

Esta parte de la ciudad estaba tranquila.


Los braseros ardían a lo largo de las largas pasarelas, las llamas
reflejándose en el material dorado. El mar de oscuridad que se extendía a lo
lejos estaba iluminado por el resplandor lejano de los cristales... cristales
que brillaban mucho menos que antes. Algunos estaban a lo largo del techo,
mostrando la superficie de la tierra que estaba a leguas de distancia. Me
crucé con guardias en mi camino, y cada vez que pasaba, me saludaban de
la misma manera, con sus puños golpeando contra las placas de acero que
cubrían sus pechos.
Fue una larga caminata que constó de muchos senderos diferentes.
Finalmente llegué a una puerta de oro macizo. Treinta pies de alto e
impenetrable por cualquier fuerza exterior. Los guardias abrieron la puerta
en silencio, sin necesidad de permiso para permitirme la entrada. Antes de
pasar, me saludaron.
Había otros ochenta pies hasta las puertas principales, que los guardias
abrieron también para mí. Las civilizaciones de la superficie condensaban
sus reinos en pequeñas parcelas de tierra porque estaban limitadas por el
espacio. Nosotros no teníamos ese problema, así que nuestros reinos se
extendían por leguas y leguas, a través de los abismos que conectaban bajo
la superficie.
Las puertas se cerraron tras de mí y entré en el palacio, con escaleras a
ambos lados que conducían al segundo rellano de puertas. En el extremo
opuesto había tres tronos, todos al mismo nivel, y el trono del centro estaba
ocupado.
Mis botas golpearon el suelo al acercarme, y cada paso resonó en el oro
que recubría los salones. Si la humanidad viera nuestro reino, vería que
éramos mucho más ricos que cualquier rey de la superficie.
Lord Ashe estaba sentado en el trono, su piel era una mezcla de negro y
gris, como los restos de una pira quemada. La carne que debería ser
brillante y tensa por la juventud parecía descolorida y débil. Había una
lágrima sobre su pómulo, un hueso pálido visible. Su pelo era del color de
la medianoche, negro con un brillo intenso, largo y bien cuidado. Estaba
débil y fuerte a la vez, al final de su vida pero también al principio. Vestía
una túnica azul oscuro, sus botas eran oscuras como su pelo. Miraba
fijamente con ojos intensos y cansados a la vez. —Enredadera. —Había una
extraña vibración en su voz cada vez que hablaba, un bajo que provenía de
todo su cuerpo, no sólo de su boca. —Tu presencia brilla como el oro.
Lord Ashe era uno de los Señores Demonio, un ser que había existido
desde el principio de los tiempos, su mente muy incomprendida porque
había experimentado no muchas vidas, sino todas las vidas. Era uno de los
sirvientes de Velkum, el enemigo mortal de los dioses. Y una vez que los
dioses fueran lo bastante valientes como para mostrar sus rostros, Velkum
atacaría y ganaría el dominio sobre el mundo entero.
Ninguno de nosotros había visto a Velkum en persona. Ese era un
privilegio sólo para los Señores de los Demonios. Con su magia, Velkum
nos reencarnaba una vez que nuestros cuerpos eran derrotados,
devolviéndonos a la cima de nuestra plenitud. —Los Teeth han abandonado
las montañas y se acercan a nuestros dominios.
Lord Ashe me dirigió una mirada vacía, como si no hubiera oído lo que
dije o no le importara.
Pero yo sabía que no era así.
—Escolten a Rancor a nuestros dominios. Entretén a Los Teeth... hasta
que estemos listos para ponerlos a trabajar. —Su voz reverberó contra las
paredes chapadas en oro. Sus ojos estaban pesados, como si el agotamiento
de la eternidad hubiera estropeado su energía. —Hay que labrar la tierra.
Hay que regar los cultivos. Hay que recoger la cosecha. Ése es su propósito:
poner comida en la mesa para que comamos.
Pero en lugar de cultivos, eran cristales. —Se hará, Señor Ashe.
—Sé que se hará.
Capítulo 6
AURELIAS

El amanecer coronaba el horizonte porque habíamos pasado toda la


noche interrogando a Rancor. Ahora estábamos cerca del río, reponiendo
nuestras cantimploras mientras disfrutábamos del aire fresco de la mañana.
Huntley se bebió todo el contenido antes de rellenarla y devolverla a su
mochila.
—Esto no es una buena idea, Huntley.
Miró a través del extraño mundo, uno que era en su mayoría desierto
con arbustos secos y tierra roja. —Entonces no vengas.
—No puedo dejarte ir solo.
—Entonces calla tus protestas. —Siguió mirando a través del arroyo,
con los ojos entrecerrados por la luz.
—Les estás poniendo tu cabeza en bandeja de plata.
—¿Y qué quieres que haga? —Se volvió para mirarme de frente, su
mirada dura, sus ojos azules idénticos a los de su hija... ojos que yo amaba.
—¿Volver a casa y sentarme sobre mi culo y esperar a que marchen a
nuestras puertas? Ese no es un plan.
—En el momento en que pisamos su territorio, estamos a su merced.
—Por si no te has dado cuenta, —dijo fríamente, —ya estamos a su
merced. —Su mirada era despiadada. —Los Exiliados de Palladium
conocen un camino hacia su reino, pero según la información de Rancor, su
ciudad es tan vasta que las probabilidades de que encontremos lo que
buscamos son muy improbables....
—Menos improbable que salir de allí con la cabeza todavía puesta, —
repliqué. —Es una mala idea.
—Entonces no vengas. —Se dio la vuelta.
—No puedo hacer eso, joder. —Lo dije en voz baja, haciendo todo lo
posible por contener mi frustración.
Se detuvo y volvió a mirarme.
—Harlow me pidió que te protegiera.
—No necesito tu protección, Aurelias.
—Ni siquiera yo me atrevería a entrar solo en sus dominios. Entiendo
que estés asustado y desesperado, pero lanzarte a esto no es la respuesta.
Huntley marchó de nuevo hacia mí. —¿Entonces cuál es?
Le sostuve la mirada.
—¿Cuál es la respuesta, Aurelias?, —espetó—. ¿Luchamos contra ellos
cuando llegan a nuestras puertas, y si de algún modo lo conseguimos, lo
hacemos de nuevo... y de nuevo? ¿O tomamos el paso hacia sus dominios a
ciegas para intentar encontrar lo que buscamos? Si entramos con Rancor,
nos dará la única oportunidad que vamos a tener de observar. Para
persuadirlos de que dirijan su atención a otra parte. Para espigar cualquier
conocimiento que podamos. Ese es el plan más efectivo, con diferencia.
—Y también el más arriesgado.
—Los mayores riesgos producen las mayores recompensas, —dijo—.
Lo sé muy bien.
Sabía que no había forma de convencerle de lo contrario. Su decisión
estaba tomada.
—Te libero de cualquier obligación. —Se preparó para alejarse de
nuevo.
—No te voy a dejar, Huntley.
Continuó alejándose. —Mi hija preferiría perder sólo a uno de
nosotros, no a los dos. Le diré a Pyre que vuelves a HeartHolme con los
demás. Storm se quedará y me esperará.
—No me iré, —repetí. —Y no sólo por ella.
Se detuvo, su bota rechinando en la tierra roja bajo sus pies. Se dio la
vuelta lentamente, mirándome por encima del hombro.
—Sino por mí.

***

Al anochecer, iniciamos nuestra procesión, dejando atrás a Los Teeth


en el campamento mientras avanzábamos hacia el anillo de fuego. A
medida que la noche se hacía más profunda, el fuego se hacía más visible, y
cuanto más nos acercábamos, más grandes se hacían las llamas. Estaban
estancadas, ardiendo sin combustible, iluminando el mundo a su alrededor.
Rancor tomó la delantera, mientras Huntley y yo íbamos detrás. El
mundo estaba en silencio, tan en silencio que las llamas eran audibles a
medida que nos acercábamos. El espacio no parecía vigilado hasta que nos
acercamos, hasta que nos aproximamos al anillo imposible de cruzar.
Entonces, uno de los demonios cruzó la línea de fuego y, al instante,
esa sección del anillo se apagó. El suelo bajo él estaba carbonizado y negro,
sin rastro visible del tono rojo. Con sus dos metros de altura y las venas de
fuego líquido en sus musculosos brazos, tenía la misma constitución que los
demás, pero también me resultaba familiar...
Sólo tardé unos segundos en darme cuenta de quién era. Había liderado
la carga contra Delacroix y quemado la garganta de Ivory. Yo mismo lo
había matado, sabía que su cuerpo había sido quemado en la pira del campo,
pero estaba allí de nuevo, tan animado como la última vez que nuestros
caminos se habían cruzado.
Esperaba que no me reconociera, porque entonces Huntley intentaría
matarlo.
Pero parecía más interesado en Rancor. —Te está esperando. —Hizo un
leve gesto con el brazo, indicando a Rancor que se adelantara.
Rancor pasó por encima de la línea.
Cuando Huntley lo intentó, el demonio se llevó la mano al pecho. —¿Y
tú eres?
Huntley no dijo nada, pero hubo un amago de rabia, probablemente
porque no estaba acostumbrado a que le hablaran así. Y tampoco estaba
acostumbrado a morderse la lengua.
—Está conmigo, —dijo Rancor. —Mi primer general.
—¿Para qué necesitas un general? —El demonio se volvió hacia él. —
¿No confías en nosotros? —Luego sonrió, como si definitivamente no
debiéramos confiar en ellos.
Rancor desvió la mirada hacia Huntley con un sutil gesto de pánico,
pero luego se recompuso. —Prefiero no perder el tiempo repitiendo el plan
cuando pueden oírlo ellos mismos. Traje a mis generales antes, y no hubo
problema.
—Pero esos eran otros Teeth. —Volvió a mirar a Huntley. —Este
parece extraño... —Se acercó, invadiendo innecesariamente el espacio de
Huntley para examinarlo.
Huntley se le echó encima, empujándole contra el pecho para obligarle
a retroceder. —¿Conseguiste verlo bien?
El demonio se quedó atrás, pero sonrió como si todo esto fuera un
juego. Luego me miró a mí.
Mantuve el rostro duro, sin dar muestras de reacción.
Él siguió mirándome.
Sus emociones eran silenciosas, así que no pude determinar sus
pensamientos en ese momento. Si me reconocía pero no podía ubicarme, se
sentiría confundido, pero esa confusión no era lo suficientemente profunda
como para que yo la sintiera.
Finalmente se dirigió hacia donde estaba Rancor. —Vamos, chicos.
Cerré los ojos aliviado, sabiendo que aquello podría haber sido el final
para todos nosotros.

***
Unas escaleras excavadas en la tierra nos llevaron a lo más profundo
del subsuelo. Era en una espiral que abrazaba las paredes, llevándonos más
y más profundo bajo la superficie, lejos de las llamas que seguían ardiendo
en la cima.
Aquello me inquietaba, porque por muy en forma que estuviéramos
Huntley y yo, no había forma de que pudiéramos subir corriendo esas
escaleras y eludir a nuestros enemigos si se diera el caso. Me quedé en la
retaguardia, y no se dijo ni una palabra mientras nos acercábamos al fondo.
Había una pared de oro macizo y, en el centro, unas puertas dobles de
cromo. A ambos lados ardían candelabros sin fuente de combustible, igual
que arriba. Estos seres parecían tener la capacidad de controlar y manipular
el fuego, además de su reencarnación.
Todos decían no tener miedo a morir, pero no era cierto.
Con la excepción de estos tipos.
Y eso los convertía en los oponentes más formidables que había
encontrado jamás.
El demonio golpeó con el puño la puerta cromada, que debía tener al
menos quince metros de altura, y sólida, a tenor de cómo sonaba su puño.
Un segundo después, ambas puertas se abrieron hacia dentro, dejando
al descubierto un gran vestíbulo forrado de oro. Había candelabros en las
paredes, y el fuego hacía que el dorado resplandeciera aún más, como si le
diera el sol.
El demonio encabezaba la marcha, y su paso hacía que los candelabros
parpadearan ligeramente.
En fila india, detrás de Rancor, atravesamos el pasillo y entramos en un
gran arco.
Casi me detengo al verlo.
Estábamos a leguas bajo tierra, una gran extensión de espacio muy por
encima de nosotros, la escala tan inmensa que era difícil discernir el tamaño
de los edificios en comparación. Había secciones de cristales en los
acantilados que nos rodeaban, que proyectaban una luz mortecina que
proporcionaba cierta iluminación en la oscuridad.
Y había silencio, mucho silencio.
Huntley pareció tener la misma reacción porque también se detuvo.
Delante había un largo sendero, un puente sobre el vacío que conducía
a una nueva sección de edificios. El demonio nos hizo avanzar y seguimos
caminando, atravesando la silenciosa ciudad de oro.
Había candelabros encendidos por todas partes, reflejándose en el oro
brillante que bañaba casi todas las superficies. Era un despliegue de riqueza
que nunca había visto, ni siquiera en casa, ni siquiera en el castillo que
ocupábamos mi padre y yo. La escala de todo era notable, como si hubiera
sido hecho para bestias cuatro veces más altas.
Fue un largo paseo, pasando a una sección de edificios y luego
cruzando otros puentes para llegar a las siguientes secciones. No era una
ciudad lineal, hecha en los abismos que había. Se envolvía hacia la
izquierda, y los puentes continuaban como si este lugar no tuviera fin. Su
ciudad ya estaba construida bajo el este, así que eso significaba que había
estado aquí mucho antes de que Huntley y Rancor la conocieran.
Finalmente nos detuvimos en un edificio que se parecía a todos los
demás, con puertas dobles en el centro. El demonio llamó antes de abrir una
de las puertas y nos hizo un gesto para que entráramos.
Era como todos los demás edificios, grande y hermoso, pero sin
ornamentación única. Los tres entramos y la pesada puerta se cerró con un
ruido sordo.
El demonio tomó la delantera, cruzamos la gran sala y nos acercamos a
un demonio sentado tras un gran escritorio. Era un paseo largo como todos
los demás, una sala impresionante sin contenido.
Nos pusimos a unos metros de distancia mientras el demonio avanzaba.
—Rancor y algunos de sus amiguitos. —Soltó una risita antes de alejarse,
dirigiéndose de nuevo a la gran puerta que habíamos atravesado hacía un
minuto.
El hombre que supuse que era Vine seguía sentado, ligeramente
encorvado en la silla con el codo apoyado en el reposabrazos. A diferencia
de los otros demonios, vestía con mayor elegancia, ataviado con un
uniforme negro y dorado. Sus brazos estaban ocultos bajo la tela, pero los
cordones que subían por su cuello mostraban el resplandor del fuego en sus
venas. Tenía el pelo oscuro y la cara dura, los ojos del color de la ceniza. —
Siéntate.
Delante de su escritorio había tres sillones de respaldo alto, de color
dorado champán con cojines rojos. Tenía exactamente suficientes para los
tres, como si tuvieran un sistema para transferir mensajes más rápido que
entregarlos en mano.
Rancor ocupó el asiento de la izquierda, Huntley el del medio y yo el
de la derecha.
—Has traído amigos. —Vine se quedó mirando a Rancor. —Qué bien.
—Tenía una voz grave que sonaba tranquila, pero la hostilidad que emanaba
era clara como el cristal. Venía de sus ojos, inteligentes y perceptivos, las
llamas ardiendo muy por debajo. —¿Quiénes son?
Cuando le pregunté a Rancor por las Serpientes Doradas, él tenía la
sartén por el mango. Como resultado, se había mostrado confiado y
arrogante. Pero ahora que las tornas habían cambiado y él era el ser más
débil de la sala, estaba plagado de dudas. Se comportaba como si tuviera un
cuchillo invisible en la garganta. —Este es... —Hizo una pausa, dándose
cuenta de que no podía usar el nombre de Huntley. —... Mi primer general...
Mastodon...
Si era obvio para nosotros que Rancor estaba plagado de incomodidad,
también debía serlo para Vine. Intenté captar sus emociones, pero el
demonio era un abismo de nada, igual que la oscuridad que nos rodeaba en
ese mismo instante.
—¿Y éste? —Al final me hizo un gesto con la cabeza.
—Mi segundo general... Aurelias.
—¿El general no se queda con el ejército? —Vine preguntó.
Ahora estaba jugando con nosotros.
—Tengo muchos generales. —Rancor apoyó los brazos en los
reposabrazos y se agarró a los bordes. —He completado la tarea que me
asignaste.
—¿En serio? —preguntó Vine. —Dijiste que el rey Rolfe estaría
muerto en cuanto viniera a por su hija, pero aquí está sentado. —Desvió la
mirada hacia Huntley y le clavó una mirada dura, de las que pueden
penetrar a través de la roca sólida.
Si hubiera tenido corazón, se habría acelerado.
Vine lo miró impasible. —Entró en nuestro reino sin nada más que su
espada y un hacha. No estoy seguro de si debería admirarle... o
compadecerle.
Huntley se quedó callado y, a pesar de la revelación, su corazón no se
aceleró por el miedo. Estaba tan tranquilo como cuando habíamos entrado
aquí.
Eso era impresionante.
—Por si sirve de algo, —dijo Vine. —Prefiero Mastodon a Huntley.
Un pesado momento de silencio se extendió en la gran sala. Pareció
eterno, y sólo lo rompió la risita de una mujer desde la otra habitación.
Había una puerta abierta en mi lado del pasillo, pero no me atreví a echar un
vistazo.
Éramos nosotros dos contra uno de ellos, y me gustaban esas
posibilidades.
Pero Huntley no se movió, así que me quedé quieto.
Vine continuó. —Rancor, tu columna se ha acortado desde la última
vez que te vi. Caminas encorvado como un anciano, sucumbido al poder del
hombre que te dominó con su hacha y sus dragones. —Sus ojos
permanecieron fijos en Huntley mientras decía esto. —Juzgo tu debilidad,
pero agradezco que ocurriera, porque de lo contrario, no tendría el placer de
mirar a mi enemigo a la cara. ¿Era ese tu plan?
Huntley permaneció callado.
—¿Entrar aquí y ganarte mi respeto por tu valentía? ¿O es estupidez?
Aún no estoy seguro.
Huntley seguía sin hablar.
Vine no parecía ni remotamente intimidado, ni siquiera cuando lo
superaban en número un Teeth, un vampiro y un rey. Eso significaba que
sabía algo que nosotros no... o que tenía mejor cara de póquer que Fang. —
Viniste aquí por una razón, Huntley. Ahora es tu oportunidad de decirme
esa razón... o de intentar matarme.
Seguía sin sentir nada de Vine.
Huntley se quedó callado un largo rato, tratando de ordenar sus
pensamientos antes de hablar, sabiendo que sólo tenía una oportunidad de
hacerlo bien. —Has venido a mis tierras por necesidad porque estos
cristales alimentan tu poder e inmortalidad. Sé que habrás hecho esto
innumerables veces antes, destruido reinos y a todos los que vivían en ellos.
Sería fácil llamarte malvado, pero sé que haría cualquier cosa para asegurar
mi supervivencia y la de aquellos a los que amo, así que sería hipócrita por
mi parte decirlo.
Vine escuchó, con la barbilla apoyada en los nudillos cerrados.
—Pero no somos como los reinos que nos precedieron. No nos
conquistarán fácilmente. Habrá muchas batallas, y seguiremos matándoos
una y otra vez... agotando el reloj hasta que se os acaben el tiempo y los
recursos y os veáis obligados a marcharos a otra parte. Todo eso podría
evitarse si eliges seguir adelante.
—Pallidum era un reino poderoso... y fueron derrotados en un solo día.
—Nosotros somos más poderosos. —La voz de Huntley se alzó de
repente, mezclada de orgullo y ofensa, resonando ligeramente en las
paredes. —No nos detendremos. No nos daremos por vencidos. No nos
rendiremos.
—Vuestros dragones no os salvarán....
—Nuestra gente nos salvará, —espetó—. Pero prefiero no desperdiciar
vidas en la batalla. Prefiero no ver a mi gente angustiada por la pérdida de
sus seres queridos. Llévate a tu gente a otra parte para lo que buscas. Eso es
lo que te pido.
Vine permaneció quieto, sus ojos clavados en Huntley como si
realmente le importara escuchar. —Tengo una propuesta para ti. Permítanos
excavar en sus tierras en busca de los cristales que buscamos. Una vez que
tengamos lo que queremos, te dejaremos en paz.
—No.
Vine ladeó ligeramente la cabeza, como si esperara que Huntley dijera
algo más.
—Sin esos cristales, nuestro suelo se volverá tan estéril como el suyo.
Nuestros cultivos serán destruidos. Nuestros árboles morirán. Nuestra caza
desaparecerá. Destruirá nuestro hogar, la tierra de mis antepasados, el lugar
de enterramiento de todas las generaciones anteriores de mi pueblo. No la
abandonaré.
—La tierra se marchitará, pero es temporal.
—No importa lo temporal que sea si morimos antes de que pueda
renovarse.
Vine dejó caer los nudillos de su barbilla. —Eso es lo mejor que puedo
ofrecerte, Huntley, Rey de Reinos.
—Perdona nuestras tierras y vete a otra parte.
—¿Por qué?, —exigió. —¿A cambio de qué?
Huntley miró fijamente, sin tener nada que ofrecer.
—Has venido hasta aquí para suplicar por tu pueblo, y aunque lo
admiro, no es razón suficiente para incomodarme a mí y a todos los demás
de este reino.
—Hay un millón de otros cristales por ahí...
—Sí, pero hay un cristal que necesitamos por encima de todo. No
podemos dejar sus tierras sin verificar que está allí.
—Las probabilidades son escasas...
—Aun así. —Se quedó mirando a Huntley, su paciencia disminuyendo.
—Has hablado y te he escuchado. Ahora, vete. Y agradéceme que te haya
permitido irte con cabeza.
Huntley permaneció sentado.
—Huntley. —No debíamos desperdiciar la generosidad que Vine
acababa de ofrecer. Me levanté de la silla.
Los ojos de Vine se desviaron hacia mí, examinándome con esa mirada
dura. —Conozco a los de tu clase.
No dije nada.
—Vampiro.
No lo confirmé ni lo negué.
Vine se volvió hacia Rancor. —Tienes más amigos de los que
mencionaste anteriormente.
—No es un amigo, —dijo Rancor.
—Más bien un primo, —dije, negándome a dar más que eso.
Vine mantuvo su mirada fija en Rancor. —Vete, y llévate a estos dos
contigo. Te daremos nuestras instrucciones en breve.
Y entonces lo sentí, una vela parpadeante, una luz que apenas tenía
combustible para sostenerse. Era sólo un destello, pero suficiente para que
lo absorbiera. Asco y resentimiento... y venganza.
Sabía que no sería prudente prolongar nuestra bienvenida. —Huntley.
Las emociones de Vine se intensificaron, pasando de la molestia a la ira
total. Era difícil entender qué lo había provocado, pero ahora aquella
pequeña llama de vela se había convertido en un incendio forestal.
Huntley permaneció un momento en la silla, pero luego se levantó y se
acercó al escritorio de Vine. —Escúchame...
Lo agarré por el brazo. —Huntley.
Se aquietó y me miró lentamente.
Sólo tenía una mirada fija, pero esperaba que fuera suficiente para que
comprendiera el peligro que corríamos.
Pareció entenderlo porque dio un paso atrás.
—Gracias por su tiempo, —dije diplomáticamente. —Ahora nos
iremos.
La expresión de Vine seguía siendo la misma, pero su interior hervía
como una olla caliente en la estufa.
Los tres nos dimos la vuelta y caminamos por la larga alfombra hasta la
puerta opuesta que parecía una legua en la distancia. Estábamos de espaldas
a él y nunca me había sentido tan expuesta.
Cuando estuvimos fuera del alcance del oído, Huntley habló. —¿Qué
pasa?
—Está enfadado, —dije—. Realmente enfadado.
—No saldremos vivos de aquí, —dijo Rancor.
Yo tenía el mismo miedo. —Prepárate para luchar.
—Había tan pocos de camino aquí, —dijo Huntley. —Un juego de
niños.
Empujamos las puertas y entramos en el puente que llevaba de vuelta
por donde habíamos venido.
Pero el camino estaba bloqueado... por una docena de demonios
armados.
Mi espada estaba en mi mano al instante, y Rancor y Huntley siguieron
su ejemplo. El demonio que iba en cabeza era el que nos había escoltado
hasta aquí... y lucía una sonrisa de oreja a oreja. Y para empeorar las
cosas... había algo más.
Una serpiente enorme.
Enorme ni siquiera era la palabra adecuada. Fang era enorme. Esta cosa
era gargantuesca, de pie junto al puente, su gran cuerpo se desvanecía en la
negrura del abismo de abajo. Tenía los ojos amarillos, y su boca ya estaba
abierta para mostrar sus colmillos expuestos.
—Deberías haber aceptado mi trato.
Me giré para ver a Vine detrás de nosotros, relajado como si no nos
viera como una amenaza.
Sus ojos se desviaron hacia Rancor. —Y tú no deberías haberte cruzado
conmigo. —Chasqueó los dedos. —Matadle.
La serpiente gigante se preparó para atacar. Sus colmillos goteaban
veneno y su poderoso cuerpo se tensó mientras se preparaba para avanzar y
mordernos por la mitad.
Clavé los ojos en la serpiente y levanté la mano. Alto.
La serpiente permaneció quieta, pero emitió un silbido tan agudo que
hizo daño a los oídos de todos. El sonido era tan potente que parecía hacer
temblar la tierra a nuestro alrededor.
Tu veneno corre por mis venas.
Huntley me miró, como si supiera que yo era el responsable del
comportamiento de la serpiente.
Somos iguales. Solté lentamente la mano, sabiendo que a la serpiente le
intrigaba mi capacidad de hablar con él, el hecho de que estuviéramos
conectados de una forma que él no comprendía.
Vine volvió a chasquear los dedos. —Te dije que los mataras.
La serpiente siguió dudando, mis palabras bastaron para que se
cuestionara su lealtad.
Me llevé la mano al pecho, mostrándole la serpiente dorada grabada en
mi armadura. Para ellos, eres un esclavo. Para mí, eres un igual. Mantuve
mis ojos clavados en los suyos amarillos, sintiendo un calor innegable
extenderse por sus escamas. Las emociones de los animales eran diferentes
de las de los humanos, parecidas, pero de algún modo más complejas. Y
pude sentir su vacilación una vez que se dio cuenta de que compartíamos el
mismo veneno, de que el poder de las Serpientes Doradas estaba vivo en mi
cuerpo muerto.
Siseó, pero esta vez no estaba claro quién era el destinatario de aquella
amenaza.
—¿Qué coño está pasando? —Vine desenvainó su propia espada y se
movió para golpearme.
Pero yo estaba demasiado concentrado en la serpiente como para
mantenerme en guardia. Tomé mi espada, pero no fui lo suficientemente
rápido.
Pero Huntley lo fue. Su espada se encontró con la de Vine, lo empujó y
me salvó el cuello.
Por favor, ayúdanos. Mantuve mis ojos en la serpiente, nuestra única
salida de allí. Libéranos.
Los otros demonios se abalanzaron por el puente para atacarnos.
Rancor preparó su espada, pero no sería suficiente para detener la
embestida. Yo tampoco lo sería, ni siquiera con mis habilidades.
Miré el ataque que se avecinaba y luego a la serpiente. Por favor.
Sus ojos permanecieron fijos en los míos antes de que una oleada de ira
lo invadiera. Entonces soltó un silbido mayor que el anterior, un grito de
guerra. —¡Hiiiiisssssssssssssssss! —Atacó, no a Huntley ni a mí, sino al
centro del puente. Su poderoso cuerpo se lanzó contra la piedra,
rompiéndola en pedazos para que el centro se derrumbara. Las vibraciones
fueron lo bastante fuertes como para tirar a casi todo el mundo al suelo. Las
piedras se desmoronaron y cayeron al abismo de abajo.
Ahora el ejército de demonios estaba atrapado al otro lado, y lo único
que podían hacer era mirarnos fijamente con potente rabia. Algunos
gritaban. Uno agarró su espada y la lanzó a través de la abertura para
golpear a uno de nosotros.
Huntley me miró asombrado, como si yo hubiera destruido
personalmente aquel puente. —¿Qué coño acaba de pasar?
Vi que Vine venía por detrás, blandiendo una espada de oro.
Empujé a Huntley hacia un lado y atrapé su espada con la mía,
deteniéndola antes de que cayera sobre mí y los demás. La furia de Vine era
como un incendio, explosiva y combativa, incontrolable. Volvió a atacarme
con la fuerza de una montaña y la velocidad de una Viper. Bloqueé su
ráfaga de golpes, pero requirió toda mi concentración.
Era diferente a los demás.
Me hizo retroceder, golpeándome con la espada, golpeando mi
armadura y dejando una marca. Me empujó hasta el borde del puente, su
intención era empujarme para que cayera al abismo. Entonces intervino
Huntley, que venía hacia él desde un lado con un golpe en el cuello.
Consiguió esquivarlo y volvió su ira contra Huntley.
Era un dos contra uno, pero Vine aún podía manejarnos sin una gota de
sudor. Su velocidad era inigualable. Yo bloqueaba sus golpes porque sabía
cuándo iban a llegar, pero aun así, me costaba seguirle el ritmo.
Huntley recibió un par de golpes, pero su armadura era lo bastante
fuerte como para protegerle de heridas graves.
—¡Rancor! —Lo vi a un lado, encogiéndose porque no quería
ayudarnos si Vine acababa siendo el vencedor. —Trae tu trasero aquí.
Rancor se quedó a un lado, dejándonos batirnos en duelo con el
demonio que podía manejar nuestras dos espadas con una sola suya. Vine
bloqueó el golpe de Huntley y luego le dio un fuerte puñetazo en la cara,
haciéndolo volar hacia atrás. Con Huntley abatido, Vine volcó toda su ira
sobre mí, viniendo hacia mí con tal ferocidad, que era obvio que me quería
muerto.
Sabía que Huntley y yo no éramos rivales para este ser. Era superior a
los demonios atrapados en el otro lado, dotado de un poder y una habilidad
sobrenaturales. Por primera vez, alguien me hacía sentir inadecuado.
Matadle.
Mi aliado escuchó y lanzó otro grito. —¡Hiiiiissssssssssss! —La
serpiente atacó.
Vine me quitó la espada de la mano y se enfrentó a la serpiente,
mirándola fijamente con fuego en los ojos. De repente, las venas de su
cuello se tiñeron de un rojo más intenso. —No te atreverías.
La serpiente vaciló y luego retrocedió, como si aquel demonio tuviera
el poder suficiente para hacer que se acobardara de miedo.
Alcancé mi espada, y ese breve instante fue suficiente para perder de
vista a Huntley al otro lado de Vine. Justo cuando agarraba la empuñadura y
me enderezaba, le oí gritar de dolor.
Me volví frenéticamente y vi cómo el demonio clavaba su espada
directamente en el hombro de Huntley, atravesando la gruesa armadura a
prueba de espadas y fuego. Huntley se había girado en el momento justo,
protegiendo su corazón y sus pulmones de la punta de la hoja dorada.
—Hijo de puta. —Corrí hacia Vine y le golpeé con mi espada.
Estaba girado hacia el otro lado, pero recibió mi espada como si supiera
que venía. Su inmensa fuerza me hizo retroceder porque cada golpe tenía la
fuerza de un huracán. —Sométete.
Seguí luchando, igualando su furia porque tenía la fuerza de la
ferocidad. Estaba jodidamente furioso.
—He dicho que te sometas.
—Y yo digo que te vayas a la mierda. —Encontré un hueco y le di una
fuerte patada en el pecho, obligándole a volver al suelo.
La profunda voz de la serpiente entró en mi mente por primera vez,
sonando diferente a la de Fang. Salta.
Corrí hacia Huntley, que ya se había puesto en pie pero se tambaleaba
ligeramente. —Vamos.
Levantó la espada para luchar en lugar de huir.
—Salta, —le dije, agarrándolo por el hombro y guiándolo hacia el
borde.
La sangre rezumaba por la parte delantera de su armadura y sobre su
mano enguantada. Incluso goteaba sobre la empuñadura de la espada,
haciéndola resbaladiza. Se mantuvo erguido y orgulloso, como si la herida
abierta no fuera suficiente para frenarle. —¿Qué?
—Vamos. —Le empujé hacia el borde y le obligué a caer. Los dos
estuvimos un segundo en caída libre antes de que unas duras escamas
amortiguaran nuestra caída. Había surcos en cada marca, así que teníamos
algo a lo que agarrarnos para no resbalar hacia el abismo de abajo. Rancor
aterrizó sobre la serpiente un segundo después, al otro lado del puente.
Gracias. Levanté la vista y vi a Vine al borde del puente, con la espada
fuertemente agarrada en el puño y el rostro teñido de rojo por el fuego que
ardía en su interior. Su ira estaba reservada para la serpiente que había
traicionado su lealtad. Parecía que iba a saltar y unirse a nosotros, clavar su
espada a través de las hermosas escamas y atravesar la carne que había
debajo. Pero se quedó, con una ira tan potente que me dio dolor de cabeza.
La serpiente se zambulló de repente y nos vimos obligados a agarrarnos
a lo que podíamos. Nos llevó a lo más profundo de la oscuridad, lejos de los
candelabros iluminados a lo largo del puente y de los edificios. Nos
adentramos... hasta que ya no pudimos ver nada.
Capítulo 7
AURELIAS

La serpiente se movió a través de la oscura sima, poniéndonos


horizontales durante un largo rato antes de que finalmente comenzara a
moverse hacia arriba, abriéndose camino de vuelta a la superficie.
—Espera. —Huntley seguía rezumando sangre, lo que hacía que su
mano enguantada resbalara sobre las escamas. —Probablemente sabe dónde
están los cristales.
—Te estás desangrando, Huntley.
—Pregúntale a él.
—Huntley.
—Pregúntale a él.
Toqué la mente de la serpiente con la mía. Mi amigo está sangrando y
debo atender la herida. ¿Hay algún lugar seguro donde parar?
Hay muchos lugares en el inframundo. Giró en otra dirección y, un
momento después, se acercó a una torre aislada de piedra, un mar de ellas
en la distancia, y se apoyó en lo alto para que pudiéramos subir a la cornisa.
—¿Dónde están los cristales? —preguntó Huntley. Sin los apliques, el
mundo estaba oscuro. Distantes grupos de cristales iluminaban el techo y
los laterales de las piedras.
—Quítate la armadura, —le dije. —Tenemos que detener la
hemorragia.
Huntley se quejó mientras se quitaba pieza tras pieza, la armadura
pesada y trabada.
Rancor se quedó a un lado, mirando el abismo infinito.
Cuando por fin dejamos su piel al descubierto, vi la herida abierta, la
sangre que seguía manando. —Esta es una herida inusual.
Una herida que no sse cura.
¿A qué te refieres?
El oro de sssu hoja es puro. Ess mucho máss difícil de curar para la
piel. Lo está haciendo mejor que la mayoría.
¿Cómo lo detienes?
Se desssgasta naturalmente. Pero la víctima usssualmente muere
antesss de que esso suceda.
Rasgué la tela de mi propia ropa y la aseguré alrededor del brazo de
Huntley, aplicando toda la presión que pude para detener la hemorragia.
Harlow me había dicho que sus antepasados eran poderosos curanderos y
que, como resultado, sus aflicciones sanaban con rapidez. Esperaba que eso
fuera suficiente en este caso.
Huntley hizo una mueca pero no se quejó por lo demás. —¿Le
preguntaste por los cristales?
—Ahora mismo me importas más tú, Huntley. —Me arranqué otro
trozo del uniforme y se lo ajusté al hombro.
—Me curaré, —espetó—. Ahora, pregúntale.
No quería decirle la verdad, preocuparlo si no había nada que pudiera
hacer. Hay cristales que conceden a los demonios su inmortalidad. ¿Sabes
dónde están? Levanté la vista para ver los ojos dorados de la gran serpiente,
sus escamas doradas aún brillantes en la oscuridad. Cuando caen en
combate, vuelven exactamente como estaban antes. Necesito destruir la
fuente de su poder.
Sé de lo que hablas. No se llaman cristalss... sino Venas de Velkum.
Necesito encontrarlas.
No puedesss ir allí.
Pero necesito ir allí.
Ussted no entiende.
Destruir estos cristales es la única manera que puedo destruirlos.
Lo entiendo. Pero no puedesss ir allí.
La serpiente me frustró, pero me tragué mi enfado porque nos había
salvado la vida y era nuestro billete para salir de su oscura tumba. Puedo ir
allí si me llevas.
No todos los crissstales contienen lossss mismos poderes. Levantó la
cabeza y miró hacia arriba, viendo uno azul alojado en la corteza del techo.
Algunoss emiten luz en lugaress oscuros. Algunasss son bonitasss de ver.
Las que posseen poder ssson sagradas... y están cussstodiadas por los
Señores de los Demoniosss.
—¿Qué está diciendo? —preguntó Huntley, impaciente.
Levanté la mano para silenciarlo. ¿Cuántos Señores de los Demonios
hay?
Tress.
¿Son como Vine?
No. Son seres que sssiempre han existido... y sssiempre existirán.
¿Qué quiere decir eso?
—¿Sabe dónde están o no? —Huntley espetó.
—Sí, —dije—. Pero es complicado.
—¿Complicado cómo?
—Lo sabría si dejara de interrumpirme.
Los ojos de Huntley se entrecerraron de rabia, pero se contuvo.
Me volví hacia la serpiente. ¿Qué significa eso? ¿Siempre han estado...
siempre estarán?
Ssson como el tiempo. Ssin principio ni fin.
De repente se me formaron protuberancias en los brazos, y no sabía
por qué. ¿Cuáles son sus habilidades?
No lo sé... pero todos los demoniosss les temen.
¿Eso incluye a Vine?
Vine esss uno de los pocosss que les habla directamente. El único al
que permiten acercarssse a los cristales.
Así que los Señores Demonio son los que mandan... y Vine es su primer
general. Todos los demás son simples soldados de infantería.
Essso es incorrecto.
Mis ojos se enfocaron en la serpiente una vez más. ¿Qué es lo que
quieres decir?
Los Sseñores de los Demoniosss no están al mando.
¿Entonces quién lo está?
Lo llaman Velkum.
¿Y quién es Velkum?
No lo sssé... nadie lo ha visssto nunca.
¿Cómo puede alguien mantener el orden y nunca mostrar su cara?
Pensaba que destruir los cristales era un plan sencillo, pero ahora me doy
cuenta de que este submundo es mucho más complicado de lo que pensaba.
¿Aún puedes llevarnos allí? ¿Sólo para que podamos ver?
La serpiente me miró fijamente durante un rato. Sólo desde una
disstancia.
¿Cómo te llamas?
Beassst.
Te queda bien.
Lo sssé.
Soy Aurelias. Me volví hacia Huntley.
Huntley se acercó a mí, la impaciencia escrita en su rostro. —¿Cuál es
el plan?
—Beast dice que los cristales están custodiados...
—¿Quién es Beast?
Beast emitió un silbido silencioso que resonó a su alrededor.
Huntley asintió en señal de comprensión. —Encantado de conocerte. —
Me miró de nuevo. —¿Cuántos custodian los cristales?
—Tres.
—¿Tres? Entonces vámonos ya.
—No lo custodian tres demonios, sino los tres Señores de los
Demonios. Por lo que Beast describió, deberíamos temerles.
—Yo no temo a nadie.
—Bueno, no se parecen a nada vivo o muerto. Los describió como
seres que siempre han existido... como el tiempo. Nadie puede acercarse a
los cristales, excepto Vine. Beast se negó a llevarnos allí.
Huntley miró a la serpiente, cabreado. —Hay que hacerlo.
—También dijo que su líder es Velkum, alguien a quien nadie ha visto
nunca.
Los ojos de Huntley se entrecerraron.
—Quiero destruir esos cristales tanto como tú, pero también quiero
vivir para contarlo. Quiero volver a mi... —Me detuve y me detuve antes de
decir algo que no debía. —Necesitamos un plan.
—No podemos hacer un plan si no sabemos a qué nos enfrentamos.
—Beast accedió a llevarnos lo suficientemente cerca para ver, pero no
lo suficiente para entrar. Luego nos llevará a la superficie, y volveremos a
casa para elaborar un plan. Entiendo que quieras que esto se haga lo más
rápido posible, pero tenemos que ser inteligentes al respecto.
Huntley siguió respirando con dificultad, como si necesitara todas sus
fuerzas para no gritar.
—Vamos.
Beast bajó la cabeza para que pudiéramos saltar sobre su nuca. Rancor
fue el último en unirse a nosotros, callado todo el tiempo como si aún
estuviera en estado de shock. Beast comenzó su avance por la oscuridad,
deslizándose por abismos a derecha e izquierda, incluso hacia abajo
mientras su fuerte cuerpo se agarraba a las rocas dentadas para mantenerse
suspendido.
Tras una hora de viaje, se detuvo.
A lo lejos había un cristal distinto de todos los demás, azul brillante, tan
luminoso que iluminaba la roca circundante como el sol. Sobresalía
directamente de la superficie de la caverna, un alto prisma que apuntaba
hacia abajo, directamente encima de una fortaleza. Una enorme puerta de
hierro bloqueaba la entrada a la finca.
Todos la miramos en silencio.
No había guardias en la puerta. No había nadie en el recinto. Todo
estaba en silencio.
Han caducado sssus cristalss... y ése ess el último que queda.
Por eso Vine se negó a ir a otra parte.
Sssí.
Tras minutos de silencio, Huntley habló. —Se necesitarían mil hombres
para destruir eso con picos.
—Necesitamos explosivos.
Huntley me miró. —¿Explosivos?
—Están llenos de pólvora y se encienden con fuego. Mis hermanos los
usan todo el tiempo.
Huntley seguía con cara de confusión.
—Te los enseñaré cuando volvamos. Si tenemos suficientes de esos, tal
vez podamos destruirlo.
—Entonces cogeremos esos explosivos y volveremos, —dijo Huntley.
—Parece un plan sencillo.
Te sssienten. Tendrás sólo sssegundos.
—Tendremos que hacerlo rápido, —dije—. Beast dice que pueden
sentirte.
—Me importa una mierda si me sienten, —dijo Huntley. —Mientras
ese cristal desaparezca antes que ellos.

***

Beast nos llevó de vuelta a la superficie, deslizándose por las diferentes


grietas y simas, maniobrando en la oscuridad cuando el resto de nosotros
estábamos ciegos. Utilizó su cuerpo para abrir una brecha en la superficie,
para atravesar la roca y la arena de la parte superior y asomar la cabeza.
Esssta desspejado.
Subimos por el agujero, con el mundo a oscuras porque era de noche.
—Por eso tiembla el suelo... —Huntley se dijo a sí mismo más que a
nadie. Parecía haber dejado de sangrar, pero seguía pálido como si hubiera
perdido más sangre de la debida.
El anillo de fuego estaba lejos en la distancia, y las tiendas de Los
Teeth eran visibles en su hoguera.
—Gracias por tu ayuda, Beast, —dije—. Realmente salvaste nuestros
traseros allá atrás.
Lo sé. Sacó la cabeza más lejos, su enorme cabeza visible, sus ojos
como orbes en la oscuridad.
Sonreí. —¿Estarás bien?
Habrá conssecuencias, pero esssa es mi carga.
—Si destruimos los cristales y matamos a los demonios, ¿serás libre?
Ssssí.
—Por eso nos ayudaste.
Sssí. Pero también... ssomos iguales.
—Sí, somos iguales, —dije—. Ven con nosotros. Puedes encontrarnos
en el otro lado.
No puedo.
—¿Por qué?
Beast me miró fijamente durante unos largos segundos. Hará daño a
missss crías...
—Oh... lo siento. —Y lo sentí, sobre todo cuando sentí la agitación
emocional en su pecho. —Los derrotaremos para que puedas ser libre,
Beast. Para que tu familia pueda ser libre.
Espero esssoo.
—¿Cómo volveré a encontrarte?
Levantó la cabeza y se volvió hacia las montañas más al este, donde
estaban escondidos los Exiliados de Palladium. Hay un pasaje cerca de las
montañas. Síguelo hasta que no puedas ir más lejos. Revisaré el pasaje
todos los días hasta tu regreso.
—Entonces nos encontraremos de nuevo, Beast.
Noss veremos.
Huntley vino a mi lado. —Dile que le agradezco su ayuda...
Beast siseó de repente, abriendo sus fauces de par en par y soltando una
amenaza aterradora. No ssoy un macho.
—Oh... lo siento.
—¿Qué dije? —Huntley preguntó.
—Um, ella es una chica.
—Oh...
—Cuando dijiste que te llamabas Beast, supuse...
Cerró las mandíbulas y soltó un gruñido amenazador.
—Pero Beast es un nombre muy bonito...
No es bonito. Esss feroz, gilipollas assi como yo.
—Por supuesto, —dije rápidamente.
Beast desapareció en el agujero y nos dejó solos en la superficie.
Me pasé los dedos por el pelo. —Fang la amaría.
Capítulo 8
HARLOW

Me quedé dormida en el sofá frente al fuego, con el libro caído sobre la


alfombra y la manta echada sobre mí. Era difícil dormir en la cama sin
Aurelias. Nuestro tiempo juntos había sido tan breve, pero tan permanente.
Me parecía que llevábamos veinte años casados, y cada vez que no
compartía la cama conmigo, me sentía fuera de mí.
Una mano me acarició la mejilla y me apartó el pelo.
Estaba muerta de cansancio por no haber dormido bien, así que me
costó revolverme, me costó creer que el contacto era real y no un sueño
vívido.
Entonces oí su voz. —Cariño.
Abrí los ojos de golpe y vi sus ojos color café con el resplandor del
fuego detrás de él. Su expresión era dura e intensa, pero cuanto más me
miraba, más se suavizaba. Entonces se le dibujó una sonrisa. —¿Aurelias?
—Mi voz era áspera, como uñas contra piedra.
—He vuelto.
Me di cuenta de que aquello era real y no un sueño, y fue entonces
cuando mi corazón se aceleró y mi mente despertó de su letargo. Me
incorporé y le rodeé los hombros con los brazos, abrazándole con fuerza,
con el pecho dolorido porque me dolía mucho. Le había echado de menos
cada momento que había estado fuera, preocupada porque nunca volviera a
mí. Su armadura hacía que el abrazo me resultara incómodo, pero estaba tan
contenta de tenerlo entre mis brazos que no me importó. Cerré los ojos y me
quedé así, completamente quieta, dejando que él sostuviera mi cuerpo. —
¿Mi padre?
—Está bien.
Se apartó para mirarme a la cara, y fue entonces cuando me di cuenta
de lo débil que parecía. Su rostro estaba más pálido que de costumbre, y sus
ojos no tenían el mismo brillo. Parecía hambriento, como si el viaje le
hubiera pasado factura.
—Pareces... cansado.
La comisura de sus labios se levantó en una sonrisa. —Me lo tomaré
como un cumplido. Porque estoy jodidamente agotado.
—Necesitas alimentarte. —Ya le había ofrecido mi sangre antes, pero
la había rechazado con saña. Quería ofrecérsela ahora, pero temía que
arruinara el maravilloso reencuentro que compartíamos.
—Lo haré. —Su mano me acarició la cara y su pulgar se posó en la
comisura de mis labios. —Pero antes quería verte a ti. —Se inclinó hacia mí
y me dio un suave beso en la boca, un pequeño roce que encendió un fuego
en mi vientre. —Te he echado de menos.
—Te he echado de menos, joder.
Cuando se puso en pie, me levantó con él, apretando mi cuerpo contra
el suyo mientras me llevaba a la cama con las sábanas arrugadas. Me dejó
caer sobre la cama antes de soltar cada pieza de la armadura y dejarla caer
sobre el sofá. Su espada estaba contra la pared, y luego se quitó el
uniforme... pero estaba rasgado en algunas partes. Pero no tuve oportunidad
de preguntarle porque estaba demasiado ocupada viendo cómo se
desnudaba, cómo se le veían los músculos y la carne, y cómo se guardaba
su gran polla para el final.
Luego estaba encima de mí, con el camisón metido hasta la cintura y
los tirantes bajados para dejarme las tetas al descubierto. Puso mi cuerpecito
debajo de él y encontró mi entrada. Se hundió en mi interior, despacio y con
la mano enredada en mi pelo, como a él le gustaba. —Nena...
Estaba llena de su polla y totalmente poseída por su agarre. El amor de
mi vida había vuelto a mí en las mismas condiciones que cuando se fue.
Toda la tristeza de mi pecho se disipó con su regreso. —Sí...

***
Me desperté antes del amanecer, cuando el cielo apenas tenía un atisbo
de luz, pero él ya no estaba. Llevé la mano al último lugar donde había
estado y las sábanas estaban heladas. Me quedé tumbada un momento, toda
la felicidad de la noche anterior se había esfumado con su ausencia.
Me levanté de la cama y me duché para prepararme para el día. Cuando
terminé, caminé por el pasillo hasta el gran salón. Mi padre estaba allí con
mi madre, con el desayuno servido en la mesa pero sin tocar.
—Padre.
Se giró, y todo el estrés y la ira de su rostro se evaporaron al verme. —
Cariño. —Sonrió y se acercó a mí para darme uno de sus grandes abrazos
de oso. Sus labios me rozaron el nacimiento del pelo y me plantó un beso
como hacía siempre. Pero entonces dio un respingo, como si le hubiera
apretado demasiado fuerte.
—¿Estás bien? —Me aparté y me fijé en el paño que llevaba sujeto al
hombro por debajo de la camisa, del que sobresalía un trozo. —¿Qué ha
pasado?
—Estoy bien, —dijo rápidamente. —Sólo está un poco en carne viva.
Nunca había visto a mi padre herido. —¿Qué ha pasado?
Me agarró del hombro, su sonrisa seguía ahí porque ver mi cara parecía
ser lo único que le importaba. —Oí que pasaste mucho tiempo con esa
serpiente mientras no estábamos.
—Sí, es realmente genial.
—No sabía que fueran criaturas tan fascinantes. —Volvió a la cabecera
de la mesa. —Desayuna algo. —Me acercó la silla.
Miré a la mesa, esperando ver a Aurelias y a los otros vampiros, pero
estaban ausentes. Tomé asiento y me guardé mis preguntas. Me trajeron un
tazón de avena con frutos secos, fruta y miel.
El plato de mi padre estaba lleno de su desayuno habitual, doce huevos
y un filete.
Mi madre se sentó frente a mí y, en lugar de tener la mirada perdida
como últimamente, sus rasgos eran suaves y sus ojos claros. —Recibimos
un pergamino de tu hermano esta mañana. Ha comenzado la evacuación.
Llevará un par de semanas, pero llegarán pronto.
—Oh, bien, —dije—. Había empezado a preocuparme.
—Nada que nuestro hijo no pueda manejar.
Comimos en silencio durante un rato, pero yo estaba acribillado a
preguntas, preguntas que nunca le hice a Aurelias porque estuvimos
ocupados con otros asuntos durante toda la noche. —Entonces, ¿qué pasó
con Rancor?
Padre siguió engullendo su comida como si yo nunca hubiera hecho
una pregunta. Al cabo de un rato, dio una respuesta. —Es una historia muy
larga. ¿Estás lista para oírlo todo?
—Sí.
Mi padre me contó cómo habían forjado una nueva alianza con Los
Teeth y se habían aventurado bajo tierra para enfrentarse al demonio Vine,
que se volvió contra ellos y les obligó a escapar... y entonces contaron con
la ayuda de un aliado insólito.
—¿Una serpiente enorme? —pregunté incrédulo. —¿En serio?
Mi padre asintió. —Se llama Beast.
—Vaya...
—Nos ha salvado la vida. Nunca me han importado las serpientes, pero
ahora les tengo un nuevo aprecio.
—Tienes suerte de que Aurelias pueda comunicarse con ellas, —dijo
Madre. —Yo diría que también es un héroe en esta historia.
Padre no dijo nada a eso.
—Entonces, ¿has encontrado dónde están los cristales? —pregunté.
—Es un cristal, —dijo—. Y sí. Pero llegar hasta él será complicado.
—¿Pero se puede hacer? —pregunté esperanzada.
Se apartó de su comida y me miró directamente. —Sí. Se puede hacer.
***

Estaba en mi dormitorio cuando Aurelias regresó. Era obvio que se


había alimentado porque se comportaba de manera diferente, tenía una
vitalidad más sustanciosa en las venas. Tenía más color en la cara, y sus
ojos... parecían diferentes.
—Has estado fuera mucho tiempo. —Se había ido en mitad de la noche
y había estado fuera durante la primera parte de la mañana. Se alimentaba
cuando yo no estaba, lo hacía en secreto porque yo sólo era consciente de
que ocurría cuando veía el cambio en su aspecto. Me di cuenta de que los
otros vampiros también habían desaparecido del castillo, lo que significaba
que debían de haberse ido juntos.
Volvió su dura mirada hacia mí, y debió sentir mi decepción porque se
puso en guardia. —Perdí la noción del tiempo.
—Estuviste fuera toda la noche...
—¿Qué quieres de mí? —Su mirada era afilada como una daga,
apuntando justo entre mis ojos. Toda la felicidad de nuestro reencuentro se
había esfumado en el momento en que se abordó este tema.
Crucé los brazos sobre el pecho.
Me miró fijamente, esperando a que dijera algo.
Tenía mucho que decir, pero tenía miedo de hacerlo.
—Voy a ducharme. —Se dio la vuelta para dirigirse al baño.
—Larisa me dijo que Kingsnake solía alimentarse de ella. Me dijo
cómo se sentía, que los unía...
—¿Qué coño he dicho? —Se volvió hacia mí, con la mirada lívida. —
Te advertí de lo que pasaría si volvías a sacar el tema....
—Bueno, me estoy tirando un farol...
—Nunca me alimentaré de ti. —Se me echó encima y cruzó la
habitación con un par de pasos rápidos. Me arrinconó contra la pared, justo
contra la ventana, con la mano en la garganta como si yo fuera su enemigo.
—¿Entiendes? Suplica. Ruega. Inténtalo si quieres. Nunca cambiaré de
opinión. —No gritó, pero su tono era como garras arañando el costado de
mi mejilla. Me obligó a apartar la cara, con sus labios pegados a mi mejilla.
—Jamás. —Me soltó y se marchó enfadado, entrando en el baño y cerrando
la puerta de un portazo. La cerradura sonó para asegurarse de que no le
seguía.
Capítulo 9
AURELIAS

—No puedo sentir emociones, y aún así puedo decir que estás
cabreado. —Kingsnake se sentó en el sillón frente a mí. Los aposentos que
yo compartía con Harlow eran una habitación grande, con una zona de estar
al final de la cama, pero Kingsnake tenía toda una sala de estar separada.
Me miraba fijamente, con un vaso de whisky en la mano, Fang colgado
sobre las vigas de madera de la cama con dosel, con los ojos cerrados como
si estuviera dormido, pero pendiente de cada palabra que decíamos.
—Me lo ha vuelto a pedir.
—¿Te pidió qué?
—Que me alimentara de ella. —Larisa estaba en la habitación de al
lado duchándose, ajena a la conversación. Confiaba en que guardara mis
secretos, pero sabía que le gustaba Harlow... y también Fang. —No tiene ni
idea de lo que me está pidiendo.
—Entonces deberías explicárselo.
Le lancé una mirada tan fría que sentí la escarcha.
—Ella dejaría de preguntar. Todo lo que digo...
Nunca se lo contaría. Nunca le contaría a nadie esa historia mientras
viviera. —No.
—¿Y si le dijera...?
—Vete a la mierda, Kingsnake.
Levantó ambas manos en señal de rendición y las bajó lentamente. —
Te pido disculpas.
Me quedé mirando la botella que había entre nosotros, dispuesto a
cogerla y beber directamente del tapón. —Supongo que tu mujer decidió
contarle lo que sintió al ser mordida por ti... que eso profundizó vuestra
conexión y os llevó a enamoraros.
—¿Querías que Larisa mintiera?
—Quería que mantuviera la boca cerrada.
Kingsnake se enfureció de inmediato. —Háblame como quieras, pero
no a mi mujer. Esta advertencia es la única que recibirás.
No me disculpé, pero me sentí algo mal por haber insultado a la única
persona de la familia que realmente me caía bien.
—Aurelias. —Mi hermano se puso serio. —Tienes que decirle la
verdad a Harlow. Porque si se entera de otra manera.... —Sacudió la cabeza.
—El daño podría ser irreparable.
—No puedo protegerla con sangre animal. No puedo proteger a su
familia y a su reino con un pobre sustituto. Lo hago por ella.
—Entonces tienes que decírselo.
Inhalé un suspiro lento y lo dejé salir. —Sé cómo reaccionará.
—Entonces definitivamente tienes que decírselo.
Negué con la cabeza. —No puedo.
—Aurelias...
—Porque me rogará que me alimente de ella en su lugar, y la única
forma en que podré negárselo es diciéndole la verdad, y no voy a hacerlo.
—Miré a otra parte. —No puedo... no lo haré.
Kingsnake guardó silencio durante un largo rato. —Entonces
esperemos que nunca se entere.
—Sé que ninguno de ustedes me traicionaría.
—Pero ella es una chica inteligente, Aurelias. Ella se dará cuenta con el
tiempo.
—Y esperemos que eso ocurra cuando acabe la guerra... y le sea más
fácil verme marchar.
***

Demasiado enojado para mirarla, me quedé fuera del castillo y la evité.


Había estado fuera durante días, casi muero en aquel viaje, y lo único que
había querido era volver con ella a nuestra cálida cama... Y ahora no la
quería en absoluto.
Era el tipo de ira que no tenía tregua. Ardía en mi interior con fuerza y
duración, un fuego sin límites, de los que echan tanto humo que contaminan
el aire y queman los pulmones. El General Macabre se acercó a mí en mi
puesto cerca de las montañas, donde los hombres trabajaban con los
dragones para organizar las rocas. —El rey Rolfe solicita su presencia en el
gran salón.
Quise negarme a su petición, porque Harlow probablemente estaría allí,
pero nuestros problemas personales no eran sus problemas. De hecho,
prefería no saber nada al respecto. Sin decir palabra, subí al caballo y
cabalgué de vuelta a HeartHolme y atravesé la puerta abierta. La ciudad
estaba siendo preparada para el éxodo de los Reinos, las viviendas
reorganizadas para acomodar al mayor número posible de personas y
protegerlas del frío.
Cabalgué hasta el castillo y desmonté antes de entrar por la puerta
doble y subir las escaleras. Cuando entré en el gran salón, sólo me
esperaban Huntley y su hermano. La gasa que acolchaba su hombro era
visible bajo su ropa. Sin su extraordinaria capacidad de curación,
probablemente se habría desangrado y habría muerto.
Había una botella y tres vasos sobre la mesa. Me acercó uno de los
vasos, como una invitación.
Me senté.
Huntley destapó la botella y llenó todos nuestros vasos.
Me lo bebí todo de un trago.
Me miró, pero no hizo ningún comentario.
Ian apoyó la punta de los dedos en su vaso, como si ya hubiera bebido
suficiente por hoy.
La luz del sol abandonaba lentamente el horizonte, cambiando el cielo
de un feo gris a tonos rosas y morados.
Cogí la botella y rellené el vaso.
Huntley dio un suspiro tranquilo, como si estuviera agotado, y se frotó
la mandíbula con los dedos. —Rancor y Los Teeth están regresando por el
túnel de vuelta a nuestras tierras. Pero mientras tanto, creo que nuestra
provocación con Vine sin duda incitará su ira. Creo que podemos esperar un
asedio.
Ian se quedó mirando la mesa. —Espero que no ocurra antes de que
lleguen Atticus y los Reinos....
—Yo también. —Huntley se sentó y bebió un trago. —Tenemos que
sacar ese cristal.
A pesar de que llevábamos más de un siglo en guerra con los etéreos,
esto parecía infinitamente más complicado.
Huntley se volvió hacia mí. —Se enfadó cuando se dio cuenta de que
eras un vampiro.
Mis ojos se encontraron con los suyos.
—Eso significa que no le gustas... o que te teme.
—Probablemente las dos cosas, —dije con frialdad.
Huntley continuó mirándome fijamente. —Dijo que ya había conocido
a alguien de tu clase. ¿A quién se refiere?
—Estoy seguro de que nunca ha estado en mis tierras, así que debe
referirse a otros vampiros en alguna otra parte de este gran mundo.
—¿Todos los vampiros son como tú?, —preguntó. —¿Son engendrados
por el veneno de serpiente?
—No tengo ni idea. —Este era el único continente al que había viajado.
Todo lo demás en el mundo era un misterio. —Los vampiros que conoció
podrían ser mucho más poderosos que yo. Pero es mejor que no lo sepa.
—O tú eres más poderoso, —dijo Ian.
—Tal vez, —dije—. Los Originales somos más rápidos y fuertes que
nuestros homólogos.
Ian me miró fijamente, con los dedos aún sobre el cristal. —¿Puedes
hablar con las serpientes?
—Telepáticamente, —respondí.
—¿Cómo?, —insistió.
Negué con la cabeza. —Tiene algo que ver con el veneno. Soy tan
humano como serpiente. Por eso mis hermanos tienen las pupilas rasgadas.
—Deberíamos haber preguntado a Beast si hay otras como ella, —dijo
Huntley. —Serpientes enormes que viven bajo tierra. Porque ese podría ser
el ejército que necesitamos para destruir sus cristales... y a ellos.
Asentí con la cabeza. —Dijo que tenía crías.
—Eso significa que tenía un compañero, —dijo Ian. —Y puede que
esas crías sean más pequeñas que ella, pero enormes para nosotros y los
demonios.
—Tal vez, —dijo Huntley de acuerdo. —Creo que un ataque
coordinado con Beast y otros como ella y los vampiros sería nuestra mejor
oportunidad para destruir ese cristal. No sé nada de los Tres Demonios, pero
tal vez un vampiro sería suficiente para desafiarlos. —Me miró,
poniéndome en un aprieto sin palabras.
—Puedo pedir a mis hermanos que me acompañen hasta el cristal y
destruirlo con nuestros detonadores. Pero si tenemos alguna esperanza de
salir de allí, necesitaremos refuerzos. —No estaba seguro de si mi padre
vendría. Habría sido de gran ayuda que ya estuviera presente, porque podría
llevar conmigo a otros vampiros Originales para hacer el trabajo.
—¿Detonadores? —preguntó Ian confundido.
—Es un explosivo, —dije—. Los fabrican mis hermanos.
Siguió mirando confundido.
—Yo tampoco lo entiendo, —dijo Huntley. —Tendrán que
enseñárnoslo.
—Creo que será lo único lo bastante fuerte como para destruir ese
cristal, —dije—. Sobre todo porque no tendremos tiempo de picarlo con
picos y martillos.
—Tenemos que hacer esto tan pronto como sea posible, —dijo Ian. —
Porque tienes razón, probablemente se estén preparando para la guerra
mientras hablamos.
—Entonces déjame hablar con mis hermanos, —dije—. Y ver si
podemos encontrar una manera de crearlos en sus tierras.

***

—Has vuelto. —Kingsnake estaba descamisado cuando abrió la puerta


de su habitación, con el fuego ardiendo en la chimenea al fondo.
—Tenemos que hablar.
Mi hermano me miró con fastidio antes de dar un suspiro. —¿Hoy no
hemos hablado lo suficiente?
—Puedo darte cinco minutos para que te folles a tu mujer si eso es lo
que quieres, —espeté—. Sé que es todo el tiempo que necesitas.
Me miró fríamente antes de cerrarme la puerta en las narices.
Esbocé una sonrisa antes de alejarme, y un momento después, salió con
su uniforme sin la armadura. Nos dirigimos a la mesa principal, y Cobra se
unió a nosotros un momento después. Era tarde y yo aún no había regresado
a nuestros aposentos. No estaba seguro de si dormiría allí esta noche o en un
sofá.
—¿Qué pasa? —Cobra preguntó. —Soy un recién casado, ya sabes...
—Movió las cejas.
Kingsnake se ayudó de la barra contra la pared, sirviendo tres vasos de
bebida antes de distribuirlos. —No eres el único, hermano.
—Pues yo necesito más de cinco minutos. —Cobra sonrió satisfecho,
habiendo oído claramente nuestro altercado anterior.
Kingsnake dejó su vaso con un golpe seco, como si quisiera romperlo
en pedazos antes de apuñalarnos con los fragmentos. —¿Debería traer a mi
mujer aquí para demostrar lo inexacto que es eso?
—Oooh. —Cobra volvió a mover las cejas. —Me encantaría verlo.
Kingsnake miró a Cobra a través de la mesa. —Para que te diga que es
inexacto.
—Prefiero la primera opción, —dijo Cobra.
—Nunca fue una opción, —espetó Kingsnake.
—De acuerdo. —Si no intervenía, esto duraría toda la noche. —No
podemos discutir como niños en este momento. Tenemos asuntos que
discutir.
—¿Como qué? —Cobra se volvió hacia mí.
—Necesitamos hacer detonadores para destruir el cristal, —dije—.
¿Alguno de ustedes sabe cómo hacerlo?
—Eso es más cosa de Viper, —dijo Cobra. —Sólo piensa en la guerra
porque no tiene sexo.
—Conozco los componentes, —dijo Kingsnake—. Puedo averiguarlo.
Pero el problema es, ¿tiene esta tierra lo que necesitamos?
—¿Qué necesitas? —Le pregunté.
—Carbón, salitre y azufre, —dijo Kingsnake—. Y necesitaré mucho,
basándome en tu descripción del cristal.
—Si lo tenemos en casa, estoy seguro de que lo tenemos aquí, —dije
—. Pediré a Huntley que envíe a algunos de sus soldados a buscar la
cantidad que necesitemos.
Cobra puso los pies sobre la mesa, cruzando los tobillos, poniéndose
cómodo. —Excelente.
—Cobra, —advertí. —No estamos en casa.
Puso los ojos en blanco antes de bajar las botas de la mesa.
Me sentía fatal por pedirles algo a mis hermanos cuando ya habían
sacrificado tanto, pero no sabía a quién más pedírselo. —Vine pareció
perder los estribos cuando se dio cuenta de que yo era un vampiro y no uno
de los Teeth. Eso significa que debe considerar a nuestra especie como un
enemigo, lo que significa...
—Somos una amenaza para ellos, —dijo Cobra. —Bien. Debería
sentirse amenazado.
Continué. —Como Padre no está aquí... y no estoy seguro de que vaya
a venir, necesito compañía cuando vuelva ahí abajo.
Kingsnake me miró fijamente. —No hace falta que nos preguntes.
—Supusimos que iríamos, —dijo Cobra.
—¿Crees que te dejaríamos arriesgar el cuello sin nada más que
humanos para cuidarte la espalda? —Kingsnake preguntó con incredulidad.
—Sé que sois duros con el rey Rolfe, pero sigue siendo un humano sin
importancia-.
—Cobra.
—Sólo decía... —Sonrió.
—Estamos contigo en esto, —dijo Kingsnake—. Siempre.
Mis ojos se desviaron, y no estaba seguro de qué decir. —Esta no es tu
responsabilidad. Yo soy el que decidió ayudar a esta gente, y me parece mal
pediros que arriesguéis vuestras vidas... sobre todo cuando no hemos estado
muy unidos estos últimos años.
Cobra dejó de sonreír y se puso serio. —No importa si no hemos estado
cerca. Somos hermanos.
—Hermanos, —repitió Kingsnake. —Y no estás ayudando a esta gente.
Estás protegiendo a la mujer que amas. Y si tú la amas, entonces nosotros la
amamos.
Una oleada de vergüenza me invadió. —No acepté muy bien a Larisa...
—En absoluto. Ni remotamente. La llamé perra. Sólo le di una oportunidad
cuando me salvó la vida. Y todos sabemos que no me importa Clara.
Ninguno de los dos dijo nada durante un rato.
El silencio me hizo sentir peor.
—Pero ahora la aceptas, —dijo Kingsnake—. Ahora la amas.
—Y entiendo que te intimide una mujer fuerte, segura y sexy, —dijo
Cobra con una sonrisa burlona. —Mi bebé era una reina, joder. Te llevará
algún tiempo ponerte a su nivel, ¿me entiendes?
Sabía que Cobra sólo me estaba dando una salida, incluso cuando no
me la merecía. —Sin embargo, se siente mal pedirte que hagas esto. Pero no
puedo hacerlo solo.
—No me lo pediste, —dijo Kingsnake—. Nos ofrecimos
voluntariamente.
—¿Qué pasa con Harlow? —Cobra preguntó. —Si los tres nos hemos
ido, ¿quién la protegerá?
No podía estar en todas partes a la vez. Y no podía volver al cristal sin
otros vampiros que me flanquearan. —Larisa, Clara y Fang cuidarán de
ella.
—Fang podría querer venir con nosotros, —dijo Kingsnake—. Desde
que le hablé de Beast, está fascinado.
Cobra sonrió. —El pequeño siempre está buscando acción.
—Bueno, no creo que la acción sea posible con Beast, —dije—. Sólo la
escala lo haría imposible.
—No obstante, creo que quiere verlo por sí mismo, —dijo Kingsnake
—. Siempre le han gustado las mujeres fuertes....

***

La sentí mucho antes de que entrara en la habitación. Su ira era como


un fuego hambriento, que crecía con cada leño que se añadía. Me senté en
la gran mesa de espaldas a ella, con el vaso de whisky delante.
Ella se acercó, sus pies descalzos cambiaban de sonido al chocar contra
la alfombra. —¿Prefieres beber solo toda la noche que venir a mí?
Mis ojos seguían fijos en el vaso, cuyo contenido ambarino casi se
había consumido. —Sigo enfadado.
—Yo también, —espetó—. Pero por mucha rabia que tenga nunca
querré separarme de ti. —Sus pasos se dirigieron en la dirección opuesta.
La puerta se cerró tras ella y el castillo quedó en silencio.
Me acabé el resto de la copa antes de seguirla a nuestros aposentos.
Cuando entré, ella estaba de pie junto a la cama, dejando caer el camisón
blanco y mostrando la hermosa piel que yo había besado innumerables
veces. Tenía las tetas al aire, los pezones altos y orgullosos, y el pelo largo
le enmarcaba los hombros de la forma más sexy.
Mi ira se desvaneció al verla.
Apartó las sábanas y se deslizó entre ellas antes de apagar la vela de la
mesilla. El fuego continuaba en el hogar, pero se extinguía lentamente,
sumiendo la habitación en la oscuridad.
Me desnudé y me metí en la cama a su lado, mi mano se deslizó
inmediatamente por su cuerpo porque no podía resistirme a la suavidad de
su carne. Mis labios besaron su hombro y luego su cuello mientras mi brazo
rodeaba su suave vientre. La atraje hacia mí, dejando que sintiera mi polla
dura entre sus mejillas. Era la única mujer capaz de envainar mi ira como la
vaina de mi espada.
Nunca había deseado a una mujer sin desear su carne, sin anhelar
probar su sangre. Pero con Harlow, no sólo no la deseaba, sino que la
despreciaba. Mis colmillos nunca tuvieron la tentación de sobresalir, y
cuando su pulso vibró contra mi boca, no sentí absolutamente nada.
Todo porque la amaba.
Desde el momento en que la había conocido, no lo deseaba. Y eso me
hizo preguntarme si siempre la había amado, desde aquella primera noche
que estuvimos juntos.
No quiso darse la vuelta para mirarme, dándome la espalda a pesar de
la invitación a la cama.
Seguí besándola mientras la atraía hacia mí. Luego enganché el brazo
bajo su muslo y levanté su pierna, abriéndola por un lado para poder guiar
mis caderas hacia donde necesitaban estar y empujar mi cabeza hacia la
carne húmeda que me esperaba.
Mi polla se estremeció al sentir su húmedo beso y empujé hacia delante
para hundirme más en su interior, presa de su estrechez.
Su respiración cambió al instante y toda la rabia que sentía se evaporó
como el agua en una sartén caliente. Su cuerpecito se apoderó de mí y estiró
la mano hacia atrás para agarrarme por el culo, para acercarme más porque
le gustaba cómo le dolía.
Apoyé la rodilla y empujé dentro de ella, tomándola en una posición
que no había tenido antes, enfundado en la crema que ella me preparaba.
Pasé un brazo por debajo de su cuello y giré su cabeza para que me mirara,
para que nuestros ojos se clavaran mientras nuestros cuerpos húmedos se
movían juntos.
Me acarició la cara y me besó, deslizando los dedos por el pelo de la
nuca. De repente, nuestros cuerpos se ralentizaron, rozándose en lugar de
empujarse, saboreando la sensación de nuestros roces y besos.
Hablé contra su boca, con una mano en su teta perfecta. —Lo siento.
Ella respiró en mi boca, sus caderas rechinando contra mí. —Yo
también lo siento.
Capítulo 10
VINE

Nuestro reino podría estar en silencio ahora que los intrusos se habían
ido, pero el eco de su destrucción seguía reverberando contra la roca y la
piedra. Habían conseguido escapar y llegar a la superficie antes de que
pudiéramos tomar represalias.
Hice el largo viaje bajo tierra, cruzando todos los puentes hasta llegar a
donde deseaba, el brillo azul del cristal visible a leguas de distancia. Las
puertas se abrieron a mi llegada, y entré en el dominio vedado a todos los
demás.
Crucé el patio con árboles de piedra, la luz del cristal tan brillante que
dolía mirarlo directamente. Incluso cuando miraba hacia abajo, resultaba
incómodo, porque la baldosa dorada reflejaba la luz del mismo modo que
un espejo refleja la luz del sol.
Cuando entré en su fortaleza, me acerqué a la sala del trono, donde
estaban sentados los tres sillones. La última vez, sólo Lord Ashe me había
recibido, pero ahora los tres Señores de los Demonios estaban presentes,
plenamente conscientes de las fechorías que no había podido evitar.
Junté las manos a la espalda y esperé el juicio de los seres que me
miraban fijamente. Se oía un zumbido de fondo, el poder del cristal
distinguible en el silencio. Era un tenor, profundo como los abismos sin
fondo, la vida del inframundo.
Pasaron los minutos y no se dijo nada. Preparado para la avalancha de
insultos y acaloradas decepciones, esperé a que se anunciara el castigo, pero
el silencio continuó, como si fuera mi responsabilidad interrogarme a mí
mismo. —El puente roto se está reparando mientras hablamos. Las obras
continuarán las veinticuatro horas del día hasta que esté arreglado.
—¿Y la serpiente traidora? —No fue Lord Ashe quien habló, sino Lord
Stone, el Señor Demonio de la derecha. Su aspecto era muy diferente al de
los demás, con una piel negra como la goma que brillaba como el aceite. No
tenía pelo, su calva brillaba como el resto de su piel. Sus ojos eran
demasiado grandes para su cabeza. Su boca era demasiado grande para su
cara.
—Ha sido castigada. —No era ella la que había recibido la paliza, sino
una de sus crías encarceladas en la cámara acorazada. Fue golpeado hasta
que grandes lágrimas gotearon de sus ojos. Sólo entonces había parado. —
Le advertí lo que pasaría si volvía a elegir mal.
—Ella nos ha servido durante mucho tiempo, —dijo Lord Stone. —Es
extraño que cambie de opinión tan repentinamente.
—El vampiro puede hablar con las serpientes. —No hubo palabras
entre ellos, pero vi la conexión entre sus ojos, la forma en que toda una
conversación pasaba dentro de sus mentes. Beast se había quedado
paralizado por él en el momento en que sus ojos se cruzaron. —Cómo, no lo
sé.
Lord Opal guardó silencio mientras me miraba fijamente, sin pestañear
ni una sola vez, con una mirada vacía, como si no supiera quién era yo.
Cada Lord Demonio era drásticamente diferente de los demás, sus secretos
seguían enterrados en lo más profundo de sus ojos.
Lord Stone me miró con sus grandes ojos. —Quizá todos los vampiros
tengan esta habilidad... o quizá sólo los de su especie. En cualquier caso,
Los Teeth no nos informaron de que los humanos tienen un poderoso aliado.
—Rancor dijo que este vampiro está actuando por su propia voluntad.
—Por ahora, —dijo fríamente Lord Stone. —Hasta que más de su
especie lleguen a estas costas. Se suponía que íbamos a conquistar a estos
humanos y ponerlos a trabajar igual que hicimos con sus parientes de este
lado de las montañas. Un ejército de vampiros cambia eso... drásticamente.
—¿Estás sugiriendo que ataquemos ahora? —pregunté.
Lord Stone se inclinó ligeramente hacia delante, sus grandes ojos
formidables en su extraño rostro. —Sugiero que tomemos a estos humanos
mientras están maduros para la cosecha. Derrotarlos. Esclavizarlos.
Exploremos sus tierras en busca de lo que buscamos y, como muestra de
nuestra misericordia, dejemos que vivan de la tierra estéril en lugar de
ejecutarlos a todos.
—El rey Rolfe suplicó por su reino e insistió en que nunca se rendirían.
—Despreciaba a los humanos, los veía al mismo nivel que al ganado en una
granja. Pero éste tenía más... sustancia.
—Pon una espada en la garganta de su esposa, y cambiará de opinión.
Corta a su hermosa hija en pedacitos, y doblará la rodilla. Caerá como los
anteriores, y no será el último. Prepara los ejércitos para destruir sus reinos
y pon a trabajar a nuestros nuevos prisioneros.
Capítulo 11
HARLOW

Estaba muerta de sueño cuando lo sentí.


El terremoto.
Fue suave, tan leve que no estaba del todo segura de si era real o sólo
una vívida pesadilla. Pero cuando abrí los ojos y miré a mi alrededor,
Aurelias ya se había incorporado porque también lo había oído.
Cuando me incorporé, se volvió y nuestros ojos se encontraron.
ue una larga mirada, toda una conversación que pasó entre nosotros sin
que dijéramos una sola palabra. El terror me agarró por la garganta y me
apretó. De repente me dolió el corazón, como si un puño poderoso me
hubiera golpeado en el pecho. El miedo me dio una patada en el estómago,
porque sabía lo que significaba aquella vibración.
Aurelias acercó su mano a la mía y la apretó, como si sintiera mi terror.
—Todo irá bien.
Seguí respirando con dificultad, mirando por la ventanilla como si fuera
a ver un ejército abalanzándose sobre nosotros en la distancia.
—Cariño. —Me dirigió la mirada.
Le miré.
—Nunca dejaría que te pasara nada.
—No estoy preocupada por mí, —susurré—. Me preocupa mi familia...
mi reino... y todos los que amo.

***
Cuando entramos en el gran salón, estaba claro que todos los demás
también lo habían sentido.
Mi padre estaba vestido con su armadura más pesada, lisa y negra, con
ranuras dentadas en lugares para atrapar las espadas de sus enemigos. El tío
Ian iba vestido de la misma manera, ambos preparados para luchar en
primera línea en lugar de esconderse detrás de sus ejércitos.
Temía por Atticus, pero no lo dije.
Mi madre tenía una mirada dura, pero la conocía lo suficiente como
para saber que estaba tan asustada como yo.
Kingsnake y Cobra estaban allí con sus esposas. Fang estaba alrededor
de los hombros de Kingsnake.
Un guardia entró corriendo en la sala con un pergamino en la mano. —
Rey Rolfe, uno de los dragones del norte acaba de aterrizar. El jinete tiene
un mensaje.
Mi padre le arrebató el pergamino de la mano y lo abrió a la fuerza. Sus
ojos se movieron de un lado a otro mientras lo leía rápidamente. —Es
Atticus. El ejército de demonios ha surgido de la tierra que nos separa.
Están cerca del puesto de avanzada, y los demonios están veinte leguas al
sur.
—Están en el centro entre nosotros, —dijo el tío Ian.
Mi padre dejó que el pergamino rebotara en su rollo antes de
entregárselo a mi madre, sabiendo que ella misma querría leerlo. —General
Macabre, prepare a nuestros hombres para la guerra.
El General Macabre se saltó la cortés inclinación de cabeza y la
reverencia e inmediatamente se apresuró a ejecutar sus órdenes.
Esto estaba ocurriendo de verdad.
Aurelias me puso la mano en el hombro, consciente de cada oleada de
terror que se apoderaba de mí.
Mi padre miró a su hermano. —Si no salimos a su encuentro, Atticus y
los demás serán masacrados.
Tío Ian asintió levemente con la cabeza. —Entonces conduciremos a
nuestro ejército a la batalla, codo con codo.
Quería llorar. Romper a llorar en el acto. Pero tenía que ser fuerte, ser
fuerte como mi padre me enseñó a ser.
—Haremos que los jinetes lleven sus peñascos al campo de batalla, —
dijo mi padre. —Tendrán que llevarlos a una distancia mayor, pero ese plan
no puede cambiar. El fuego es inútil contra estos seres, y no podemos dejar
que los dragones aterricen y sean enjambrados y asesinados. —Se volvió
hacia mi madre, y se produjo una larga mirada, delante de todos. —Dejaré
un ejército para proteger HeartHolme en caso de que caigamos. La puerta es
fuerte, y la fortaleza es infranqueable. Puedes derrotar a un ejército más
grande con sus fortificaciones. Salgan vencedores y luego huyan. Navega a
través del mar, lejos de aquí.
Mi madre escuchaba todo esto con cara seria, pero su respiración
entrecortada la delataba... y el brillo de sus ojos. Tras una larga pausa, se
obligó a asentir.
—Dales caña, cariño. Y no te rindas. —Mi padre se volvió hacia
Aurelias y los otros vampiros. —Aurelias, protege a mi familia. Y los
demás, proteged mi reino. —Se dio la vuelta sin despedirse, ni de mí, ni de
su propia madre, ni siquiera de su mujer... porque era demasiado duro decir
lo que no quería admitir.
Se marchó y temí que aquella fuera la última vez que vería a mi padre.
Fue entonces cuando rompí a llorar.
Aurelias me abrazó de inmediato, cubriéndome con sus brazos para
protegerme de los ojos de la sala. Avice también lloraba, aferrándose a Lila.
—Lo siento. —Como si no supiera qué más decir, lo repitió. —Lo siento.
Me aparté. —Por favor, vete con él.
Me miró, con la cara dura.
—Por favor, protege a mi padre.
—Vine aquí para protegerte...
—Aurelias. Mi padre habla como si supiera que va a morir... nunca
antes lo había hecho. Sé a lo que nos enfrentamos porque lo he visto con
mis propios ojos. Si mi padre cae, también el ejército... y luego
HeartHolme. Sé que sólo eres un hombre, y que un hombre no puede
marcar la diferencia, pero sé que puedes marcar la diferencia.
Me miró fijamente, sus ojos iban y venían entre los míos.
—Tiene razón. —Kingsnake apareció. —Primero derribarán al rey para
desmoralizar al ejército y luego los destruirán en un rápido derribo. Si
queremos proteger al ejército, debemos proteger al rey.
Cobra apareció también, en silencioso acuerdo.
Aurelias miró fijamente a sus hermanos antes de volver a mirarme a mí.
Luego asintió con la cabeza. —Si no regresamos, Larisa y Clara te llevarán
de vuelta a nuestras tierras. Se asegurarán de que cuiden de ti y de tu gente.
—Me cogió la cara y me besó antes de que pudiera decir nada más.
Había conseguido lo que quería, pero ahora estaba aún más
aterrorizada... aterrorizada de perderle a él también.
Se apartó, con los ojos llenos de tristeza. —Te amo, cariño.
—Yo también te amo.
Capítulo 12
HUNTLEY

No le dije a Ivory que la amaba antes de irme.


No le dije que mi alma estaría esperando la suya cuando llegara su
hora.
No le di las gracias por darme unos hijos a los que adoraba.
Porque ella lo sabía.
Ella ya sabía todo eso, y escucharme decirlo por última vez no haría
nuestra despedida menos difícil.
Ian no dijo ni una palabra mientras caminaba a mi lado mientras
salíamos del castillo, caminábamos por las calles de piedra y nos dirigíamos
a los establos donde nos esperarían nuestros caballos. La alarma había
sonado, y los soldados se apresuraron a prepararse para salir a la batalla,
para enfrentarse a los demonios del otro frente con la esperanza de que
nuestro número derrotara al suyo.
—Huntley.
Me giré al oír mi nombre, encontrándome cara a cara con el vampiro al
que había ordenado quedarse atrás. Sus dos hermanos estaban detrás de él,
todos vistiendo diferentes armaduras con diferentes serpientes para
representar sus reinos.
—Vamos contigo.
—Tus órdenes son proteger a mi familia...
—No eres mi rey, así que no recibo órdenes tuyas. Pero tu hija es mi
mujer, así que obedezco las suyas. Ella me pidió que te protegiera.
Me conmovió el gesto de mi hija, pero al mismo tiempo me enfureció.
—Aurelias, cabalgaré hacia mi muerte. Todos los hombres que cabalgan
conmigo... cabalgan hacia su muerte también. Debería haberte escuchado y
no haber entrado en su reino... porque sabemos que esa es la razón por la
que están aquí. Esto es culpa mía... y merezco lo que me espera.
Los ojos de Aurelias bajaron por un breve instante.
—Te has quedado en esta tierra para proteger a mi hija. Protégela a ella,
no a mí.
Aurelias lo miró fijamente, con sus ojos oscuros. —La batalla no está
perdida, no si el rey sigue en pie. Tu pueblo espera de ti valor y coraje.
Dales eso, y puede que prevaleszcas. Le dijiste a tu esposa que no se
rindiera, pero eso es exactamente lo que estás haciendo.
—No me he rendido...
—Pero has aceptado la derrota, y eso es lo mismo.
Le miré fijamente, con la vergüenza quemándome las venas.
—Tienes mi espada, Huntley. Y también tienes la de mis hermanos.
No supe qué decir.
—Si caemos, Clara y Larisa llevarán a tu gente de vuelta a nuestras
tierras. Te doy mi palabra de que cuidarán bien de ellos. —Sus ojos
continuaron clavados en los míos. —Pero podemos hacerlo, Huntley. Los
tenemos flanqueados a ambos lados con los soldados de todos los Reinos,
todos los cuales te respetan. He visto a muchos reyes ir y venir, y ni uno
solo tiene tu fuerza e integridad. Con gusto lucharé por ti, y sé que tus
hombres también lo harán. Puede que esta no sea la batalla que
esperábamos, pero quizá sea la batalla que necesitábamos.
Miré a esos ojos oscuros, viendo a un hombre al que había juzgado
profundamente mal durante mucho tiempo. —Eres un buen hombre,
Aurelias.
Sus ojos perdieron su dureza.
—Si no sobrevivo, tienes mi bendición para casarte con mi hija.
Inspiró lenta y profundamente, con la emoción visible en su rostro.
—Si eso es lo que ella quiere... —No quería que mi hija fuera como
Aurelias. Quería volver a verla algún día, no renunciar a su alma, no
renunciar a su capacidad de tener hijos... que se le negara la mayor alegría
que jamás conocería. Pero reconocía el amor con facilidad porque había
estado enamorado durante veinte años sin descanso, y podía detectarlo en la
oscuridad de la noche. Sabía que mi hija amaba a este hombre, y sabía que
él la amaba más.
Aurelias claramente no sabía qué decir a eso porque todo lo que hizo
fue mirar fijamente.
—Tomen sus caballos. Preparaos para montar.
Tras otra larga mirada, asintió y se marchó con sus hermanos.
Los vi alejarse antes de volver al camino.
Entonces la vi allí de pie, con lágrimas en los ojos, una mujer adulta a
los ojos de todos menos de mí. Lo que vi fue a una niña pequeña con el pelo
recogido en una trenza, con un vestido que odiaba pero que se vio obligada
a llevar para el almuerzo con los Administradores. Tenía miedo, como si
fuera a ser castigada cuando yo descubriera que había cogido las galletas
del tarro en mitad de la noche. Pero yo nunca había sido muy disciplinado
con ella, así que nos comimos las galletas juntos frente al fuego y nunca se
lo dije a su madre.
Casi lloro al recordarlo.
Harlow se acercó a mí, una niña asustada que me buscaba para que la
hiciera sentir mejor, para que hiciera desaparecer todo aquello como yo
siempre hacía. Abrió la boca para hablar, pero no le salió nada. Lo intentó
de nuevo, pero su voz se quebró por las lágrimas. —No puedes irte sin
despedirte....
Tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para contener la emoción,
no sólo ante ella, sino también ante mis hombres. Todos ellos tenían que
despedirse de sus familias. Todos tenían que soportar esta horrible carga. —
Nunca me despediré de ti, cariño. —Mis brazos la rodearon y la acercaron a
mi pecho, con mi barbilla apoyada en su cabeza. Mis ojos se cerraron una
vez que mi cara ya no era visible para ella, y fue entonces cuando sentí las
lágrimas arder detrás de mis párpados. Luchar contra ellas era como luchar
contra las nubes de lluvia... era inútil.
Lloró en mi pecho, aferrándose a mí como si fuera un muñeco de
peluche a pesar de estar cubierto de una sólida armadura. —Vuelve.
Necesito que vuelvas.
Templé mi respiración. Me obligué a calmarme. Para atesorar este
momento con mi hija... porque podría ser el último que tuviera. —Desde el
momento en que naciste, supe que estabas destinada a la grandeza. Tenías la
fuerza y el descaro de tu madre. Tenías mi tolerancia a las tonterías. Y ahora
eres una mujer adulta, y estoy tan orgulloso de ti.
Siguió llorando.
—Puedes hacerlo, cariño.
—No quiero que te vayas.
—Pero debo hacerlo. —Cuando por fin compuse la cara, me aparté
para mirarla a los ojos. —No sólo es mi deber luchar por nuestro pueblo,
sino que es mi honor. Hay cosas por las que merece la pena morir, y ésta es
una de ellas. Si no vuelvo...
—Detente.
—Sepan que di mi vida por lo que creía. Por ti. Tu madre. Nuestra
gente. Y lo volvería a hacer aunque supiera cómo acabaría. Sé que lo
entiendes porque la sangre de los reyes corre por tus venas. Sé que estás
orgullosa de mí, aunque ahora te cueste decirlo.
Las lágrimas se derramaron por sus mejillas, sus ojos azules aplastados
por la desesperación.
—Harlow.
Continuó llorando.
—Cariño. —Apreté sus dos brazos. —Vamos.
Inhaló varias veces rápidamente, una y otra vez, obligándose a ir más
despacio. Cerró los ojos y aspiró antes de contener la respiración. Cuando
volvió a abrir los ojos, estaban empapados, pero los sollozos que le
estrujaban el alma habían cesado.
Sonreí.
—Padre... —Dejó caer la barbilla, nuevos ríos corrían por sus mejillas.
—Puede que estos demonios sean más poderosos que nosotros, pero
nosotros tenemos más por lo que luchar. Ellos luchan por cristales e
inmortalidad, pero nosotros luchamos por amor. —Le acaricié la mejilla. —
Y tú sabes cuánto te amo. Nada me impedirá volver con mis chicas. Nada
me impedirá llevarte al altar el día de tu boda. Nada me impedirá sostener a
tu primogénito en mis brazos y ver cómo tu sonrisa ilumina la noche más
oscura. Nada.
Sus manos se aferraron a las mías mientras los llantos volvían a brotar.
—Nada...
—Nada, —repetí.
Ella asintió. —Te amo, padre.
—Yo también te amo, cariño. —Acaricié sus mejillas y le di un beso en
la frente.
Me apretó las muñecas antes de soltarme, antes de dar un paso atrás
para que pudiera entrar en los establos y coger mi caballo.
Pero entonces vi a mi esposa allí de pie, vestida con su uniforme y su
armadura, regia y fuerte... con dolor tras sus ojos.
Había encontrado fuerzas para consolar a mi hija, pero no para hacer lo
mismo con mi mujer. No cuando ella podía ver a través de mí. No cuando
conocía todos mis miedos porque no podía ocultarle nada. Ni un solo
pensamiento. Ni una sola emoción. Ella nunca me pediría que me quedara
atrás mientras nuestros soldados luchaban por nosotros, porque sabía que
nunca estaría de acuerdo. Si mi gente prosperaba, yo prosperaba. Si
morían... yo moría con ellos. Compartimos una mirada de desesperación y
añoranza, pero no intercambiamos ni una palabra, ni un adiós.
Me di la vuelta y entré en los establos para coger mi caballo... sabiendo
que podría ser la última vez que la viera.

***
Todo el ejército partió a caballo.
Ian y yo cabalgábamos a la cabeza, los vampiros directamente detrás de
nosotros. Los dragones habían comenzado su ataque agarrando las rocas
que los soldados habían encontrado, y las llevaron al campo de batalla a
veinte leguas de distancia.
Fue una larga cabalgata, el sonido de miles de cascos golpeando la fría
tierra, la cacofonía el tamborileo de la batalla. Los jinetes llevaban
antorchas para iluminar el camino porque aún era de noche. Viajar a caballo
normalmente sería peligroso, pero temía lo que pasaría si no cabalgábamos
al encuentro de la batalla.
Mi hijo moriría... junto con todos los demás.
Con mi hermano a mi lado y todos nuestros soldados a mi flanco,
cabalgamos... y entonces sentimos el suelo retumbar una vez que un dragón
dejó caer una roca desde el cielo. Los gritos de batalla se hicieron audibles y
las ardientes venas de la carne de los demonios se hicieron visibles. El cielo
se había vuelto de un tono azul más claro, por lo que el amanecer se
vislumbraba en el horizonte. Una vez que el cielo cambiara, la visibilidad
sería mejor, y tal vez eso ayudaría a ganar la guerra. Nosotros no podíamos
ver en la oscuridad, pero sospechaba que los demonios sí.
Los horrores de la batalla se hicieron visibles, los demonios de dos
metros dominando a nuestros soldados. Antes de estar cerca, vi a uno
pisotear a un soldado hasta que la cabeza se le salió del cuello en el barro.
Vi a otro atravesarle cada uno de los ojos con una espada, pero en lugar de
matarlo, el demonio se rió y lo apartó a un lado para que se las arreglara
solo.
No sentí miedo, pero se me cayó el estómago al pensar en Atticus.
Levanté el puño y detuve al ejército. —Rodéenlos hasta que nos
encontremos con los Reinos del otro lado. Formen un perímetro y ataquen
por ambos lados. General, a la izquierda. Yo iré por la derecha.
El General Macabre asintió y se llevó a su mitad del ejército.
Ian me miró fijamente, con el rostro duro a la luz de la matanza, como
si se negara a sentir nada.
Podría pronunciar un discurso para reunir a los hombres, pero cuanto
más esperásemos, más sufrirían los Reinos. —Matad a estos hijos de puta.
—Tiré de las riendas de mi caballo y lo aparté, dirigiendo la carga en la otra
dirección.
—Permanecemos juntos, —dijo Ian mientras cabalgaba a mi lado. —
Vivimos juntos o morimos juntos.
Cuando rodeamos a los demonios por el otro lado y nos encontramos
con la línea de los Reinos, nos dimos cuenta de lo mal que nos iba en
comparación. Aunque los Reinos tenían más hombres que nosotros, los
demonios eran demasiado fuertes. Había cuerpos de mis parientes en el
suelo, con marcas de quemaduras por toda su carne... carbonizados como el
cuello de Ivory.
El recuerdo del cuello lleno de cicatrices de mi esposa me hizo estallar
en una furia ciega. Llevaría eso el resto de su vida, porque yo no había
estado allí para protegerla. Ahora estaba aquí, protegiéndola a ella, a
nuestros hijos y a nuestro reino.
Dejamos atrás nuestros caballos, y yo fui primero. Solté un grito tan
fuerte que detuvo momentáneamente la lucha de los que estaban cerca de
mí. Demonios y humanos se volvieron para mirarme, entrando en la batalla
con mi espada y mi hacha en la mano. En ese momento, el General Macabre
hizo sonar el cuerno en el otro bando, para hacer saber a nuestros hermanos
que no les habíamos abandonado a su suerte.
Uno de los demonios soltó al soldado que tenía agarrado por el cuello,
con la carne tan quemada que se veía el hueso, y marchó hacia mí,
sonriendo como si esta provocación fuera una diversión y no un asalto
mortal. —El rey ha llegado al baile, —dijo con una sonrisa. —Menos mal
que tengo tu tarjeta de baile.
Nunca me había enfrentado a estos oponentes, sólo brevemente en su
reino, pero la serpiente había terminado ese ataque casi tan pronto como
había comenzado. Era la primera vez que luchaba, la primera vez que me
enfrentaba a un enemigo más alto que yo, pero empuñé mis armas como si
no fuera diferente de la batalla de los Reyes Magos.
El demonio hizo una reverencia, un gesto ridículo cuando un soldado
gritó antes de que una espada se hundiera profundamente en su estómago
detrás de él. —Bailemos.
Hice girar mi espada alrededor de mi muñeca y empuñé mi hacha,
dispuesto a cortar a este maldito en pedazos como si fuera leña.
Me miró fijamente y, un instante después, se abalanzó sobre mí. Se
abalanzó sobre mí y blandió su espada, blandiéndola para arrancarme la
cabeza de los hombros nada más empezar, pero esquivé su hoja y le golpeé
con la mano en el antebrazo, haciéndole gruñir y aflojar el agarre de la
espada.
Le golpeé de nuevo antes de que pudiera recuperarse, haciéndole soltar
la espada por completo. En ese momento tenía la sartén por el mango, así
que continué la embestida como si mi vida dependiera de ello: le golpeé en
la cara y luego le atravesé el otro brazo con la espada, que inmediatamente
supuró una sangre que parecía fuego líquido.
Gritó antes de abalanzarse sobre mí con los puños desnudos,
golpeándome en la cara y luego dándome una patada en el pecho.
Caí hacia atrás, pero rodé rápidamente, apartándome de la espada con
la que estuvo a punto de golpearme. Mi hacha golpeó su pecho y se incrustó
en su pectoral, clavándose profundamente en el metal. Volví a rodar antes
de que cayera sobre mí, y entonces mi espada se encontró con la suya. Me
dirigió una mirada amenazadora antes de lanzarme una ráfaga de golpes tan
rápidos que era difícil seguirle el ritmo.
Pero cada vez me enfrentaba a su espada y le devolvía el golpe con mi
propia furia.
Dio un paso atrás, con las cejas enarcadas por el enfado. —El rey sabe
jugar.
—También sabe matar. —Lancé otro ataque, y entonces nuestras
espadas se juntaron. Bailaron a la luz de las antorchas, el tintineo del acero
mezclándose con los sonidos de los moribundos. El frío suelo estaba
resbaladizo por el barro, porque la nieve se había derretido bajo el calor de
su fuego, y ahora el suelo estaba desnivelado. Era un obstáculo para ambos
bandos, algo para lo que no me había preparado, pero me mantuve nivelado
y concentré todos mis esfuerzos en ganar.
Volvimos a separarnos al rodearnos. Un soldado cayó detrás de él y un
demonio le pisó el pecho, obligándole a caer de bruces al barro, donde se
agitó mientras se ahogaba en la tierra, con el demonio encima riéndose
histéricamente.
Pero no podía hacer nada.
Entonces una daga voló por el aire y atravesó al demonio justo en el
ojo. Su pie abandonó al soldado, que retrocedió tambaleándose mientras sus
manos agarraban la empuñadura que sobresalía de su cabeza. Fue tiempo
suficiente para que el soldado se alejara arrastrándose, jadeando.
Aurelias se acercó con su espada y terminó el trabajo con el demonio.
Volví a mirar al demonio que tenía delante.
Me observaba con un gruñido en el rostro. —Eres fuerte para ser
humano. Pero no lo suficiente. —Volvió a lanzarse contra mí, y esta vez con
más fuerza que antes. Su espada venía en un ángulo ligeramente superior al
que yo estaba acostumbrado, así que tuve que adaptarme rápidamente. De lo
contrario, perdería la cabeza.
Su fuerza me empujaba hacia atrás por el barro, mis botas resbalaban y
perdían el equilibrio, pero mi espada siempre se encontraba con la suya.
Nunca fallaba a la hora de bloquear sus golpes, y eso parecía enfurecerle
más y, por tanto, empujarle con más fuerza.
Seguimos avanzando, y el sudor brotó en mi cara a pesar de las bajas
temperaturas. Estábamos concentrados, cada uno intentando romper las
defensas del otro, con mi hacha aún clavada en su pecho.
Fingí por primera vez, sabiendo que se fiaría porque nunca lo había
hecho antes, y entonces aproveché el hueco para clavarle la espada en el
cuello. La hoja golpeó su hueso pero no lo atravesó. Se clavó igual que el
hacha en su pecho.
Se tambaleó un poco, pero no cayó. La sangre le corría por la frente.
Luego me dedicó una sonrisa enfermiza mientras se abalanzaba sobre mí,
empuñando una espada mientras yo estaba desarmado.
—¡Huntley!
Me giré para ver a Aurelias.
Me lanzó su espada.
La cogí por la empuñadura y me encontré con la hoja de mi enemigo
justo a tiempo. —Esto. Termina. Ahora. —Con un estallido de energía, le di
una ráfaga de golpes que no pudo igualar, le quité la espada de las manos y
terminé el trabajo.
Esta vez, le atravesé el cuello y mi espada se soltó.
Su cuerpo cayó al barro, con mi hacha clavada en el pecho.
Me volví hacia Aurelias y le arrojé la espada. —Gracias.
Ya se había ido, corriendo a la batalla para enfrentarse a dos demonios
a la vez.
Saqué mi hacha, recogí mi espada y salté de nuevo a la batalla.

***

Sin el punto de vista de los muros del castillo, parecía el caos. No había
forma de saber cuántos hombres habíamos perdido, cuántos de su bando
habían caído, si había un final a la vista para esta masacre.
Mi armadura estaba manchada de barro seco, y todos los demás estaban
cubiertos de tierra. Los dragones sobrevolaban y dejaban caer sus rocas
sobre los enemigos de abajo. Cada vez que eso ocurría, la tierra temblaba
bajo nuestros pies. Las rocas rodaban con el impulso y, en una ocasión, casi
me derriban, pero pude maniobrar en el último segundo.
No perdí de vista a Ian, que estaba a poca distancia, cubierto de barro,
sangre y sudor. Con una armadura idéntica a la mía que nos había
construido nuestra hermana, seguía luchando con la misma mirada
enloquecida. Los únicos que parecían imperturbables ante la ardua batalla
eran Aurelias y sus hermanos. Estaban sucios como nosotros, pero no
poseían el mismo agotamiento. Siempre estaban flanqueados a mi alrededor
a poca distancia, lo bastante cerca como para intervenir si me emboscaba un
grupo de demonios.
Cada vez que avanzaba en la batalla, esperaba ver el rostro de mi hijo,
sosteniendo su poderosa espada, abatiendo a sus enemigos ante él. Pero
cada soldado era otro rostro que no reconocía, tanto vivo como muerto.
Un dragón azul voló justo por encima. No lo veo.
Mi corazón se debilitaba progresivamente, porque aunque saliéramos
vencedores en esta batalla, temía que Atticus estuviera muerto... su cuerpo
cubierto por un charco de barro. Ningún padre debería vivir lo suficiente
como para ver morir a su hijo, y yo no estaba seguro de poder seguir
adelante si eso sucedía. Podía mirar a la muerte a los ojos y enfrentarme a
ella, pero no si estaba allí para llevarse a uno de mis hijos.
Un poderoso rugido recorrió el claro, y entonces aparecieron tres
demonios, sus ojos se movieron hacia los míos y se clavaron en su lugar.
Una vez que encontraron a su objetivo, empezaron a correr, chapoteando en
el barro y derribando a la gente a su paso.
Sigue buscando.
Debería ayudar a recuperar las rocas...
Encuentra a mi hijo, Storm
. Era el primer acto egoísta que cometía. Storm podía salvar la vida de
mi gente, pero yo quería que encontrara a mi hijo. Blandí mi espada y me
preparé para la avalancha de demonios que se me venía encima, demonios
decididos a arrancarme la cabeza de los hombros para desmoralizar a mi
pueblo. Eso significaba que nuestros soldados eran una amenaza para su
victoria, y era una buena señal.
Pero un demonio ya era suficiente desafío, así que tres sería una hazaña
imposible.
Ian se unió a mí, levantando su espada para bloquear el acero entrante
justo a tiempo. Bloqueé los dos golpes de mis asaltantes con el hacha y la
espada, pero no podría hacerlo por mucho tiempo. Esquivé el golpe de uno
y luego bloqueé el del otro, moviéndome con una velocidad de la que no era
consciente de ser capaz. En lugar de pensar en cada detalle de la batalla,
despejé mi mente y actué por instinto, moviéndome, bloqueando,
golpeando, enfrentándome a dos demonios a la vez con facilidad. Pero a
medida que pasaban los minutos, mis músculos se fatigaban y perdía la
velocidad necesaria para seguir luchando.
El demonio de la derecha sonrió, como si supiera que iba a fracasar. —
El rey no es tan poderoso como dicen. —Empujó hacia delante,
obligándome a retroceder hasta un charco que me llegaba a las espinillas y
me dificultaba el movimiento. Tenía ventaja porque mis pies estaban rígidos
y lo único que podía hacer era girar el cuerpo para recibir sus golpes. Si
intentaba moverme, probablemente resbalaría. Sabía que no podía aguantar.
Sabía que me derrotarían si no abandonaba aquel charco de barro o
derrotaba a uno de ellos.
Pero entonces surgió Aurelias, bloqueando la espada con su hoja negra
y empujando al demonio hacia atrás. Empujó el barro y obligó al demonio a
volver a tierra firme, empleando una fuerza y una velocidad que yo no
podría igualar como humano.
El otro demonio dejó de concentrarse sólo un segundo para ver pasar al
vampiro, y eso fue suficiente para que yo cortara mi espada en la carne de
su brazo y le hiciera supurar las entrañas. Volví a golpearle, lo bastante
fuerte como para obligarle a retroceder. Eso me bastó para salir del charco
de barro y encontrar suelo firme donde clavar las botas.
El demonio lanzó un grito de guerra y se abalanzó sobre mí, cortando el
aire con su espada mientras se abalanzaba sobre mí, tratando de empujarme
de nuevo al barro. Hice un amago hacia la izquierda y esquivé su golpe,
girando hacia el otro lado para que el barro ya no estuviera a mi espalda.
Lanzó otro grito mientras venía a por mí, furioso por haber frustrado su
plan. —Patético humano. —Su espada se movió más deprisa que antes, tan
rápido que luché por seguirle el ritmo y apenas pude bloquearla a tiempo. El
sudor me goteaba por las sienes y me quemaba los ojos, pero no tuve ni un
momento para limpiarme las gotas de sal. —Te quemaré como quemé a tu
bella esposa.
Nuestras espadas se juntaron y el tiempo se detuvo. Le miré a través de
nuestros aceros unidos y sentí que el aire abandonaba mis pulmones. La
batalla arreciaba a nuestro alrededor, pero el tiempo se había detenido para
nosotros dos. Me vinieron a la mente las imágenes de los ojos húmedos de
mi esposa, la carne destrozada que dejaría cicatrices en su hermoso cuello
para el resto de su vida. Era difícil mirarla, y siempre sería difícil mirarla.
Una fuerza surgida de la nada brotó de mis brazos, y lo empujé hacia
atrás, un demonio un palmo más alto que yo que tenía la densidad de la
tierra. El vitriolo quería brotar de mis labios, pero necesitaba guardar mi
energía para la lucha, porque las palabras no atravesarían los ataques y los
bloqueos. Sólo la fuerza bruta.
Sonrió como si hubiera conseguido la reacción que quería. —Parece
que el pequeño y patético humano está molesto-.
Cogí mi hacha de la espalda y utilicé ambas armas para arremeter
contra él, para golpear y bloquear simultáneamente, para hacerle sudar por
la velocidad de mi ferocidad. Su sonrisa decayó mientras continuaba mi
asalto, teniendo que concentrar toda su energía en mi ataque.
Tuvo que mover su espada más rápido para bloquear mis dos armas, a
la defensiva en lugar de a la ofensiva, y fue él quien se vio empujado de
nuevo al fragor de la batalla. Humanos y demonios a nuestro alrededor
gritaban al perecer por los sangrientos ataques. Parecíamos sólo nosotros
dos, enzarzados en la única batalla que realmente importaba. Lancé mi
hacha hacia su cabeza para abrirle el cráneo, pero él la cortó con su espada
y la partió en dos.
Ahora su sonrisa volvía a ser peor que antes. Me empujó hacia atrás
con su espada, golpeando mi armadura porque el poder había cambiado y
ahora estaba a la ofensiva. Vigorizado por mi hacha rota, me empujó de
nuevo hacia el charco de barro, moviéndose tan rápido que apenas podía
seguir la trayectoria de su espada. —¿Te quemo la cara para que te pongas
igual?
Solté un grito mientras me defendía, deseando tener la ventaja pero
incapaz de conseguirla. La batalla se había prolongado durante horas, pero
parecían días, y mis músculos se habían fatigado luchando contra oponentes
más grandes y fuertes que yo. Intenté retroceder, pero mis botas resbalaron
en el barro, y entonces la tumba acuosa me cubrió la barbilla.
—¿O debería ahogarte en inmundicia?
Apreté los dientes y continué mi lucha, mis botas perdían agarre en el
suelo resbaladizo. Imaginé mi muerte, el demonio metiéndome la cara en el
agua mientras reía, mi cuerpo convulsionándose mientras mis pulmones
inhalaban el agua sucia. No tenía miedo de morir, pero no quería que Ivory
viviera con esa imagen de mí.
Bloqueó mi golpe y me dio una patada en el pecho.
Caí hacia atrás, chapoteando en el charco poco profundo de tierra.
Joder.
Se puso encima de mí y me agarró por el cuello.
Intenté rodar sin darme la vuelta, intenté patear. Mi espada se perdió en
el barro y no pude encontrarla.
—Ven aquí, Majestad.
Justo cuando su mano me alcanzaba, se detuvo y tropezó, sin sonrisa y
con los ojos vacíos. De repente se arrodilló y se llevó la mano a la espalda
como si quisiera agarrar algo. Y entonces cayó de bruces sobre mí.
Me aparté del camino a través del barro, con la cara cubierta de él, y vi
cómo el demonio golpeaba el barro y luego se hundía, sólo visible la espada
que sobresalía de su espalda. Me quedé mirándola durante varios segundos
mientras respiraba antes de levantar la vista para ver a Aurelias.
Pero no era Aurelias.
Era Atticus.
Llevaba el horror escrito en la cara mientras me miraba, como un niño
asustado que acabara de tener una pesadilla. —Padre. —Corrió hacia mí,
chapoteando en el barro antes de llegar hasta mí y agarrarme del brazo.
Con los ojos muy abiertos y sorprendido, todo lo que pude hacer fue
mirar fijamente. Era consciente de que mi cuerpo salía del charco, pero no
estaba seguro de cómo había sucedido. Me puse de pie sobre el barro y le
miré, poseyendo los ojos de Ivory pero mi cara. Agarré sus hombros antes
de aplastar su cuerpo contra el mío para abrazarlo, para apretarlo con fuerza
a pesar de la pesada armadura que nos separaba a ambos.
Respiraba con dificultad contra mí, marcado por lo que acababa de ver.
Le agarré la nuca y sentí que mis pulmones jadeaban en busca del
mismo aire. La batalla continuaba a nuestro alrededor, los gritos perforaban
la luz de la mañana. Había amanecido y la crudeza de la batalla se hacía aún
más visible.
Me aparté para mirarle, pero las palabras me fallaron.
Parecían fallarle a él también.
Nos miramos fijamente.
Asentí con la cabeza.
Él también asintió.
—Permanezcamos juntos, —dije.
Asintió enérgicamente. —Sí... permanezcamos juntos.
Capítulo 13
HUNTLEY

La batalla continuaba, pero yo mantenía a mi hijo cerca de mí, sin


prestar nunca toda mi atención a mi oponente porque Atticus era más
importante. Pero nunca necesité ayudarle. Era más de veinte años menor
que yo, así que su juventud le daba una fuerza que mis décadas de
experiencia no podían igualar.
Yo había entrenado personalmente a mi hijo para luchar, lo había hecho
entrenar con el general Henry, lo había sometido a un implacable programa
de acondicionamiento todos los días desde que tenía doce años. Obviamente
había valido la pena, porque era un monstruo. La batalla no era lugar para
las emociones, pero no podía negar la oleada de orgullo que sentía.
Kingsnake emergió de la refriega, tan sucio y ensangrentado como el
resto de nosotros. —Estamos ganando.
Rebané el cuello de mi oponente y lo vi caer. Mi cuerpo estaba agotado,
empujando incluso cuando no tenía nada más que dar. Una batalla contra
hombres ya era bastante dura, pero la batalla contra estos poderosos seres
era insoportable. Me volví hacia Kingsnake, con mi hijo al fondo
derribando a su oponente.
—Ellos tienen la fuerza, pero nosotros tenemos el número, —continuó
Kingsnake. —Pero la victoria no está garantizada, así que tenemos que
luchar como si estuviéramos a punto de perder.
Asentí en señal de comprensión.
Atticus decapitó a su oponente y luego retrocedió, respirando con
dificultad porque estaba agotado por la pelea. Todo el mundo estaba
agotado.
—Usen sus dragones, —dijo Kingsnake—. Si aterrizan y luchan de
frente...
—No los arriesgaré.
—Podrías salvar más vidas...
—Esta no es su guerra. —No dejaría que los dragones sacrificaran sus
vidas por nosotros, no cuando nos habían ganado nuestra guerra anterior, no
cuando ya habían hecho tanto.
Kingsnake no insistió en su argumento.
—Corre la voz de que la batalla es nuestra. La moral les empujará.
Kingsnake se volvió para hacer lo que yo le ordenaba, aunque él mismo
era un rey.
Me acerqué a Atticus. —Kingsnake informa de que estamos ganando.
Un alivio innegable recorrió su rostro. —Gracias a los dioses...
—Tenemos que presionar un poco más. La victoria será nuestra.
Asintió, demasiado cansado para decir mucho más.
Le agarré por el hombro. —Eres un luchador más fuerte de lo que yo
era a tu edad.
Sus ojos se clavaron en los míos, con un sutil atisbo de emoción.
—Estoy muy orgulloso de ti. —Lo dije ahora porque temía no poder
decirlo después, que los demonios se llevaran a uno de los dos... o a los dos.
Sus ojos sostuvieron los míos hasta que no pudo sostener más su
mirada. —Acabemos con esto, padre.
Le solté el hombro. —Acabemos con esto.

***

Una vez que había más humanos que demonios, cada pelea era injusta.
De tres a cinco humanos atacaban a cada demonio, por lo que su número
disminuía a mayor velocidad. Al mediodía, el último demonio había sido
abatido y la guerra había terminado.
Me quedé contemplando la masacre, los montones de cadáveres,
amigos y enemigos, sobre la nieve derretida. Era un día despejado, el sol
brillaba y el cielo ya estaba lleno de pájaros que esperaban para darse un
festín. Ya había sido vencedor en batallas anteriores, había contemplado el
mar de muertos a mi alrededor, pero nunca me había dolido tanto como
ahora.
Tantos de los míos habían muerto.
Los cuerpos se extendían hasta donde alcanzaba la vista. A los cuerpos
les faltaban cabezas. Los brazos sobresalían de los montones de barro. El
hedor de los muertos ya aumentaba con el calor. No recordaba ningún
momento en el que hubiera estado tan cansado, tan al borde del colapso.
Quería suponer que la causa era mi edad, pero en el fondo sabía que esta
batalla era diferente a todas las demás.
Tenía lágrimas en los ojos, pero no las dejé caer.
Mis hombres habían muerto, pero los suyos volverían.
Aurelias se acercó a mí, tan cansado como yo. No dijo nada, como si la
expresión de mi rostro bastara para borrar cualquier mensaje que tuviera.
—Quedan tan pocos...
Sus ojos se suavizaron con tristeza y apartó la mirada. —Un rey debe
celebrar su victoria.
—¿Llamas a esto una victoria? —Dije fríamente. —Mis hombres están
muertos para siempre, pero esos hijos de puta vuelven con un par de
cicatrices. —El que había dejado cicatrices en mi mujer volvería, y lo único
bueno de eso era que tendría el placer de matarlo por segunda vez. —
Quedan menos de la mitad de nuestros Reinos. —Aún era un caos, la gente
buscaba a los que aún estaban vivos para ver si podían ser curados antes de
perecer. La gente necesitaba comida y agua. No había visto a los
Administradores de los Reinos... probablemente porque estaban todos
muertos.
—Salimos victoriosos porque sus fuerzas los rodearon por todos lados.
Muchos perdieron la vida, pero el otro resultado sería la extinción. No
quiero sonar insensible...
—Entonces no hables.
Aurelias me sostuvo la mirada pero no dijo nada más.
Debería agradecerle su servicio, pero tenía el corazón demasiado roto
como para estar agradecido por nada.
Aurelias se dio la vuelta y caminó hacia donde estaban sus hermanos.
Volví a mirar a los muertos que me rodeaban, la hermosa luz del sol en
directa contradicción con la oscuridad de la superficie.
Storm voló por el cielo y aterrizó a mi lado, con su pesado cuerpo
haciendo un ruido sordo al aterrizar. ¿Vuelvo a HeartHolme para avisar a la
reina?
Estaba tan desmoralizado que ni siquiera había pensado en mi esposa,
cuyo corazón se aceleraba esperando noticias de mi muerte o de mi
supervivencia. Sí.
Storm permaneció a mi lado. Lamento vuestras pérdidas.
Inspiré profundamente. Sé que lo sientes, Storm. Él era el único que
entendía mi dolor. Entendía mi corazón porque lo conocía muy bien.
Empujó desde el suelo y luego voló hacia el cielo. El aleteo de sus alas
murió un momento después.
Atticus rodeó con cuidado todos los cadáveres mientras se acercaba a
mí, apartando a los demonios de una patada pero evitando a los nuestros.
Llegó hasta mí con el brazo apoyado en la empuñadura de la espada. Tenía
los ojos cansados y la piel pálida. No había tenido tiempo de conseguir
comida ni agua, ya que la mayoría de los carros habían sido volcados o
destruidos. —Se confirma la muerte del general Henry.
Si estuviera vivo, ya me habría encontrado. Asentí en señal de
comprensión.
—El General Macabre también.
Asentí de nuevo. —Eran buenos hombres.
Sus ojos se posaron en el suelo.
—Pero los hombres buenos siempre mueren.
Miró a su alrededor, al campo de batalla, sus ojos inocentes marcados
para siempre por la visión. Yo quería protegerle de aquello, proteger a mis
hijos de los horrores de la guerra, pero no tenía ese privilegio. Tuve que ver
a mi hijo absorber todo el dolor y el horror de lo que acababa de ocurrir.
Se me rompió el corazón.
Mi hermano se acercó a nosotros y se dirigió primero a Atticus,
abrazándolo como si fuera su propio hijo. Lo apretó fuerte y luego le dio un
beso en la sien. Mi hermano amaba a mis hijos como si fueran suyos, y yo
también amaba a Lila como si fuera mía. Agarró a Atticus por el hombro.
—Hoy has luchado valientemente.
Atticus asintió, pero sus ojos estaban vacíos.
Mi hermano me miró a continuación. Tenía el corazón roto, igual que
yo. Habíamos sobrevivido a la noche y llegado al día siguiente, pero
habíamos perdido mucho. Habíamos perdido a la gente que habíamos
jurado proteger. Habíamos perdido soldados y civiles. Perdimos mujeres y
niños. Habíamos perdido... todo. Y los demonios no habían perdido nada.
Ian se acercó a mí y nos abrazamos, un abrazo con un solo brazo que
era solemne y deprimente. Se apartó y miró a través del mar de muertos. —
¿Storm informará a Ivory de nuestra supervivencia?
Asentí.
—Bien.
Permanecimos juntos, asimilando en silencio la magnitud de nuestra
pérdida. Lo único que agradecía de verdad era que mi hermano y mi hijo
estuvieran a mi lado en aquel momento, que las personas a las que más
amaba siguieran conmigo. Pero aquel cementerio estaba lleno de hermanos
e hijos... de familias enteras.
—Deberíamos volver, —dijo Ian. —Los demonios volverán.
Necesitamos un plan.
—¿Hay más de ellos? —Atticus preguntó, saliendo de su ensoñación.
Ian y yo nos volvimos hacia él y nos dimos cuenta de que no sabía la
verdad.
No tuve el valor de decírselo.
Ian hizo el trabajo sucio por mí. Le conté sobre el cristal y su habilidad
para reencarnar a los demonios. Los habíamos matado, pero volverían.
Atticus no dijo nada durante un rato. —Oh, mierda. —Ahora sus
hombros cayeron con desesperación.
—Tenemos que destruir el cristal o huir. —Ian volvió a mirarme. —
Esas son las dos opciones. O tal vez deberíamos elegir ambas opciones.
Enviar lejos a nuestra gente y dejar atrás un grupo para destruir el cristal. Si
fracasan, al menos los demás sobrevivirán.
No tenía valor para planear nuestro siguiente movimiento. Estaba
demasiado roto. —Regresa a HeartHolme con Atticus. Necesito quedarme
aquí.
—¿Por qué? —Ian preguntó.
—Porque mi gente me necesita ahora. —Me necesitaban para llorar con
ellos. Para llevar a los muertos a las piras. Para ayudar a los necesitados. La
guerra era más que la batalla, eran las secuelas, y no los abandonaría para
volver corriendo a mi castillo a planear el siguiente movimiento. —Llevaré
a nuestra gente a HeartHolme cuando estén listos.
Atticus me miró fijamente por un momento antes de caminar hacia mí y
abrazarme.
Lo abracé, con la palma de la mano en la nuca, llorando en silencio.
Estuvimos así mucho tiempo antes de que él se apartara y se alejara sin
decir palabra. Mi hermano se unió a él.
Aurelias volvió hacia mí. —¿Vuelvo a HeartHolme?
—Sí. Me quedaré aquí con mi gente.
—Mis hermanos han aceptado acompañarme al cristal para destruirlo.
Mis ojos estaban puestos en las tumbas de barro cuando habló, así que
redirigí mi mirada hacia él. —Sólo tenemos que reunir los suministros para
los detonadores, y luego nos iremos.
—Recoged lo que necesitéis en mi ausencia. Cuando vuelva,
forjaremos nuestro plan.
Guardó silencio durante varios segundos. —Con el debido respeto,
puede que no tengamos ese tiempo. Los demonios podrían volver en unos
pocos días, y simplemente no tenemos los números para derrotarlos una
segunda vez...
—Soy consciente, Aurelias.
—Si destruimos el cristal antes de que se vayan, puede que no vuelvan
a atacarnos, ya que sus muertes serán permanentes.
—Necesito estar aquí con mi gente...
—Entonces mis hermanos y yo reuniremos lo que necesitamos y
partiremos, aunque tú no hayas regresado.
Mis ojos se entrecerraron.
—Respeto tu decisión, pero ahora tienes que respetar la mía.
Quería arremeter contra él y ordenarle que me escuchara, pero entonces
recordé que me había cubierto las espaldas en aquella batalla, que había
arriesgado su vida por mí y por mi familia, que sólo quería ayudar. —
Necesitaréis más que vosotros tres para tener éxito. Lo que sea que os
espere allí será más grande que vosotros tres.
—Lo sé, —dijo—. Tendremos que llevar más hombres.
—Necesitaréis hombres como Ian y yo.
Me miró en silencio. —Prefiero que Harlow pierda a uno de nosotros,
no a los dos.
—Ese cristal no es tu carga, Aurelias. Me parece mal permitir que
arriesguéis vuestras vidas.
—No se lo pedí a mis hermanos. Ellos se ofrecieron voluntariamente. Y
si estos demonios no son derrotados, viajarán a otras tierras y las destruirán
también. ¿Y quién dice que la próxima no será la nuestra? Esta misión no es
completamente altruista.
—Creo que lo es, pero intentas enmascararlo en egoísmo.
Me miró fijamente.
Le devolví la mirada. —Volveré cuando pueda.
—Admiro tu dedicación a tu pueblo. Mis hermanos son iguales.
Dejé que el cumplido flotara en el aire entre nosotros.
Se dio la vuelta y se dispuso a marcharse.
No quería decirlo porque me incomodaba, pero lo dije. —Y admiro tu
dedicación a mi hija.
Capítulo 14
HARLOW

Todos estábamos nerviosos.


No dormíamos ni comíamos. No pasábamos el tiempo conversando. Lo
único que hacíamos era sentarnos en silencio y esperar. No tenía sentido que
estuviéramos juntos en la misma habitación porque no nos hablábamos ni
nos mirábamos.
Mi abuela se pasaba el tiempo mirando por la ventana hacia la ciudad
de HeartHolme. Mi madre prefería pasear, con los brazos cruzados sobre el
pecho, vestida de batalla y la espada en la cadera.
El aire era tan pesado que apenas podía respirar.
Le había pedido a Aurelias que protegiera a mi padre, pero ahora temía
perderlos a ambos.
De repente, mi madre se detuvo en seco y se llevó la mano al pecho,
como si fuera a desmayarse.
—¿Madre? —Intenté levantarme del asiento tan deprisa que derribé la
silla y caí al suelo. Me arrastré hacia delante y me puse en pie, casi
tropezando de nuevo en el proceso. Cuando llegué hasta ella, la agarré por
el brazo.
Tenía los ojos cerrados, pero las lágrimas corrían por sus mejillas como
la lluvia de una tormenta.
—¿Madre...? —Estaba asustada, más asustada de lo que nunca había
estado.
Abrió los ojos y jadeó. —Papá está bien, —dijo mientras caían más
lágrimas. —Está bien...
La abuela y la tía Avice se acercaron a nosotros a toda prisa. —¿Y Ian?
—preguntó la abuela.
Ella asintió. —Storm me ha dicho que solo tiene unos rasguños y un
corte en el brazo.
Avice se agarró el pecho y estuvo a punto de caerse.
—Atticus también está bien, —añadió.
Todo aquello eran buenas noticias, pero aún quedaba alguien. —
¿Aurelias? ¿Sus hermanos?
Madre se quedó callada, como si estuviera hablando con Storm. —Dijo
que no está seguro. No está familiarizado con ellos.
Tenía tanto que agradecer, pero me sentía como si me hubieran dado
una noticia horrible. Me volví para mirar a Larisa, Clara y Fang, que
estaban de pie a un lado de la mesa. Sus ojos estaban tan cargados como los
míos. —¿Puedes pedirle a Storm que vuelva? Necesitamos saberlo.
—Ya estarán volviendo, —dijo la abuela. —Todos necesitan sustento y
descanso. Si están vivos, llegarán pronto.
El corazón se me había desplomado en el estómago, porque eso podía
tardar al menos un día.
—Estoy segura de que están bien, Harlow, —dijo mamá. —De todos
los soldados en ese campo de batalla, son los más fuertes.
No sería capaz de vivir conmigo misma si Aurelias hubiera muerto
porque le había pedido que protegiera a mi padre. Su muerte sería culpa
mía, y me comería viva desde dentro.
—Hemos salido victoriosos, y nuestros seres queridos vuelven a
nosotros, —dijo Madre. —Tenemos mucho que agradecer.
—¿Cuántos hombres perdimos? —Preguntó la abuela.
Madre dudó, comunicándose con Storm en silencio. Cerró los ojos
mientras nos lo decía. —Más de la mitad.
—Oh, no... —Inspiré lentamente, la pérdida como un latigazo en la
espalda.
Estaba en silencio, la noticia devastadora.
Habíamos ganado la guerra, pero habíamos perdido a nuestra gente.
Aunque los demonios hubieran sido realmente derrotados y hubiera llegado
la paz, tardaríamos generaciones en reconstruir nuestra población,
generaciones para que las familias sanaran.
Conocía el corazón de mi padre y sabía que le dolía más que a nadie.
Le dolía tanto como a la madre que había perdido a su hijo. El padre que
había perdido a su hija. El hermano que había perdido a su gemelo. Le dolía
como a todos ellos, igual que le habría dolido perdernos a nosotros.
Sabía que estaba roto. Completa y totalmente destrozado.

***

Al día siguiente, oímos la bocina que anunciaba su llegada. Las puertas


se abrieron para permitir a los supervivientes entrar en HeartHolme. Los
jinetes entraron a caballo, todos los soldados cansados sobre sus corceles,
sus armaduras abolladas y cubiertas de barro.
Fui testigo de primera mano de las consecuencias de la guerra, y no se
parecía en nada a una victoria. Todos los soldados tenían los ojos nublados,
como si sólo vieran los horrores que habían presenciado. Algunos estaban
heridos, con los brazos en cabestrillo. Algunos tenían la cara tan
ensangrentada que apenas podían ver.
Me compadecí de ellos, pero lo que más me importaba era una cara en
particular. Me quedé mirando a los soldados mientras entraban por la puerta
y esperé a que esa cara se abriera paso. Estaba de pie con Larisa, que
llevaba a Fang sobre los hombros, y Clara a mi lado.
Larisa habló. —Fang dice que Kingsnake se acerca con Cobra y
Aurelias. Están al final de la fila.
Cerré los ojos y sentí el doloroso dolor del alivio. Había sido el día más
largo de mi vida esperando esa noticia. Entraron más soldados y,
finalmente, Aurelias y sus hermanos entraron los últimos, tan sucios y
golpeados como todos los demás.
El alivio que sentí al verle... fue indescriptible. Quería engullir su
cuerpo con el mío y estar unidos para siempre. Quería sentirlo entre mis
brazos y no soltarlo nunca. El impulso de acercarnos era irresistible.
Sus ojos se clavaron en los míos y juré que podía sentir exactamente lo
que él sentía.
Desmontó del caballo y se lo entregó al mozo de cuadra antes de
caminar hacia mí.
Fang ya había abandonado los hombros de Larisa y se deslizaba
rápidamente por el suelo para trepar por el cuerpo de Kingsnake y rodearle
los hombros, apretándole el cuello para abrazarlo.
Me abalancé sobre Aurelias y choqué contra su armadura. Estaba
cubierto de suciedad y ésta se transfirió a mi ropa, pero no me importó. Me
puse de puntillas y lo besé con fuerza en la boca, sin importarme que mi
madre y mi abuela estuvieran allí para presenciar la inapropiada muestra de
afecto.
A Aurelias tampoco pareció importarle, porque me cogió la cara y me
besó con la misma fuerza, rodeándome la cintura con el brazo para
acercarme lo más posible. El ruido de los soldados que volvían a casa era
silencioso ahora que estábamos encerrados juntos, como si estuviéramos
solos.
Aurelias fue el primero en separarse, con la mano aún en mi mejilla.
Le miré fijamente a los ojos y atesoré la visión de su hermoso rostro, el
brillo de sus ojos oscuros, las gotas de barro en su mejilla. —Gracias por
protegerle.
—Es un luchador fuerte. Se defendió bien. —Su mano se apartó de mi
mejilla.
—¿Dónde está? —Me aparté para mirar, y vi a mi madre mirando las
puertas abiertas, esperando a que saliera.
Luego llegaron el tío Ian y Atticus a caballo, destrozados por la guerra
y despeinados, pero no había ni rastro de mi padre.
—Decidió quedarse atrás para honrar a los caídos y consolar a las
familias que habían perdido a sus seres queridos, —dijo Aurelias. —Volverá
con ellos dentro de unos días.
Mi madre corrió hacia Atticus y lo abrazó, apretándolo como si aún
fuera un niño.
El tío Ian se acercó a la tía Avice y a Lila, abrazándolas a las dos
simultáneamente.
Echaba de menos a mi padre y me decepcionaba que no hubiera vuelto
a casa, pero no me sorprendió su decisión. —Lo veré pronto, entonces. —
Abandoné el abrazo de Aurelias y me acerqué a mi hermano.
Se separó de mamá y me miró, dejando entrever su sonrisa infantil. —
¿Decepcionado?
Su pregunta casi me hizo sollozar en el acto. —Atticus... —Me moví
hacia su pecho y lo abracé, agarrándolo con fuerza, tan agradecida de que
mi hermanito hubiera vuelto a casa de una pieza. —Me alegro tanto de que
estés bien.
Se apartó. —Estuvimos a punto de no estarlo. No estábamos
preparados para que salieran así de la tierra.
No podía ni imaginarlo.
—Por suerte, teníamos a nuestros soldados delante, así que teníamos
una línea de defensa para los civiles... no es que durara mucho. Perdimos a
mucha gente. Mucha.
—Me enteré.
—Padre está... No hay palabras.
—Lo sé.
Dejó caer la barbilla con solemnidad. —El tío Ian me dijo que estas
cosas son como las cucarachas, vuelven incluso después de haberles cortado
la cabeza. Cuando creía que se había acabado, podía aceptar el sacrificio de
tanta gente buena, pero saber que no se ha acabado... Es jodido.
—Lo sé.
—No sobreviviremos a otro asedio.
—Padre lo resolverá. Siempre lo hace.
Atticus miró más allá de mí, y pareció ver a Aurelias porque volvió a
mirarme y dijo: —Tío Ian me ha dicho que estás en la cama con un
vampiro.
—Tío Ian nunca diría algo así.
—Bien. Mencionó que estás enamorada de uno.
—Lo estoy. —Lo dije con orgullo. Se había unido a mi padre en la
batalla para protegerlo. Lo acompañó al este y lo mantuvo con vida. Se
había sacrificado tanto como cualquiera de nuestros soldados, todo porque
me amaba. —Y está enamorado de mí.
—Sabes que eso es raro, ¿verdad?
Sonreí.
—Podrías tener literalmente al chico que quisieras, ¿y te decantas por
uno con colmillos?
—Sus colmillos no están expuestos, Atticus.
—No importa. Los tiene.
—Si papá está de acuerdo con eso, entonces tú también deberías
estarlo.
—No es como si mi opinión te importara de todos modos, —dijo—. Y
hay una diferencia entre estar de acuerdo con algo y tolerarlo. Papá lo
tolera.
—¿Acabas de volver y ya quieres discutir?
—Sólo quería decir lo mío, —dijo—. Ahora voy a comer algo porque
me muero de hambre.
—¿Qué tal si te duchas primero? —Le sugerí. —Hueles... —Como a
caballo sudado. A muerte. Como a sangre y vísceras. —Mal.
—Buena idea, —dijo—. Quiero quitarme esta mierda de todos modos.
—Se hizo a un lado y se alejó.
Aurelias volvió a mi lado. —Yo también necesito una ducha. —Agarró
la parte delantera de mi camisa, que estaba empapada en el barro de su
armadura. —¿Quieres acompañarme?
—Me encantaría.

***

Me uní a él en la ducha, y las gotas de agua caliente empaparon


inmediatamente mi piel y gotearon hacia abajo. Mis dedos tocaron su duro
cuerpo, sintiendo músculos por todas partes. Su piel clara no tenía ni un
moratón ni un rasguño, así que su dura armadura le había protegido bien... o
lo había hecho su espada.
No hablamos mientras nos lavábamos el uno al otro, mientras
dejábamos que el jabón se llevara todas las pruebas de la batalla. Se quitó el
barro del pelo y de las mejillas. Sus ojos oscuros mantenían su intensidad,
como si aún estuviera en el campo de batalla en su mente.
Quería disfrutar de él como cada noche, pero no era yo quien acababa
de ver morir a tanta gente. Aunque no lo demostraba, sabía que llevaba una
carga de horror. No era su pueblo el que había caído, pero seguía siendo el
pueblo por el que luchaba. —¿Estás bien?
Sus ojos se endurecieron en los míos. —He luchado en muchas
batallas.
—Eso no fue lo que pregunté.
Bajó la mirada. —Son todas iguales. Las batallas. Los muertos. El
hedor.
—No tienes que fingir conmigo.
Sus ojos permanecieron bajos por un momento antes de levantar la
vista de nuevo. —No es frecuente que el perdedor de la batalla sea en
realidad el ganador.
Tragué saliva.
—Saben que hemos perdido a más de la mitad de nuestros soldados.
Saben que nos destruirán cuando regresen. Tu pueblo pagó un alto precio
por una victoria vacía.
Ahora mis ojos estaban bajos.
—Nuestra única esperanza es la destrucción de ese cristal. Quizá si lo
destruimos antes de que ataquen, se lo piensen dos veces antes de
emprender otra guerra.
—¿Por qué? —Pregunté.
—Porque sus vidas estarán en juego tanto como las nuestras, —dijo—.
Los humanos tienen una vida después de la muerte, y sospecho que ellos no.
Luchan con saña porque no tienen nada que perder, pero cuando tengan
algo que perder, serán mucho más cautelosos. Si hay otra batalla, será muy
diferente de la primera.
—Debemos destruir ese cristal.
—Mis hermanos y yo necesitamos reunir algunas cosas antes de partir.
—¿Se van? —Pregunté en voz baja.
Asintió con la cabeza. —Somos los únicos lo bastante fuertes para
perseguirlo.
Justo cuando pensaba que lo peor había pasado, me di cuenta de que lo
peor estaba por llegar.
Sus dedos ahuecaron mi mejilla y sus ojos se suavizaron, sintiendo el
terror que surgía en mi corazón. —Ya estoy aquí.
—Pero acabo de recuperarte....
—Y volverás a recuperarme, cariño. —Su mano guió mi cabeza hacia
atrás para que pudiera besarme, separar mis labios de los suyos y deslizar su
lengua en mi boca. El agua caía en cascada a nuestro alrededor mientras
nuestros besos se profundizaban, mientras ambos olvidábamos la
conversación que acabábamos de tener. Me agarró el culo con la mano y me
empujó hacia él, con su cuerpo duro contra mi estómago.
Mi espalda chocó contra la pared y él cerró el grifo, cortando el agua
que empapaba nuestra piel. Me sacó de la ducha y me llevó a la cama,
donde me tumbó encima antes de colocarse sobre mí. Con nuestros cuerpos
mojados y empapando las sábanas, nos corrimos juntos y él entró en mí,
hundiéndose en mi interior lentamente.
Mis manos arañaron su espalda mientras gemía en su cara,
reencontrándome con su cuerpo y su alma... o lo que yo sentía que era un
alma.
Se metió en mí lentamente, con sus ojos clavados en los míos,
besándome entre gemidos, susurrándome su amor y sólo para mí.

***

Me desperté con el movimiento de su cuerpo.


Abrí los ojos y le vi abandonar la cama y coger su ropa de uno de los
cajones. Estaba callado, tan callado que no me habría despertado, pero en
cuanto desapareció su calor, sentí frío. Miré fuera y vi que estaba muy
oscuro, en algún momento de la noche.
Se tapó la cabeza con la camisa y se puso los pantalones.
—¿Qué haces? —pregunté con voz ronca.
Se calló antes de seguir vistiéndose. —Vuelve a dormir, cariño.
—No puedo dormir sin ti.
—Vuelvo enseguida. —Se calzó cada una de las botas antes de
levantarse de nuevo.
—¿Qué haces? —Repetí.
Se enderezó y luego me miró, y su fastidio era innegable. —Necesito
hablar con Kingsnake.
—¿Ahora? —pregunté incrédula. —Es medianoche.
—Y la noche no es nuestro momento preferido para dormir, —dijo—.
Vuelve a la cama, cariño. —Se inclinó sobre la cama y se acercó a mí,
dándome un beso en la sien. —Volveré antes de que te despiertes. —Salió y
cerró la puerta en silencio.
Me quedé tumbada y escuché hasta que dejaron de oírse sus pasos. Me
decepcionó que se hubiera ido, pero había algo más que me preocupaba.
Había algo que no me cuadraba. Se había escapado en mitad de la noche,
pero nunca me dijo adónde iba. Dejé las sábanas y caminé hacia una de las
ventanas, que tenía una vista parcial de las puertas principales que daban al
castillo.
Me quedé allí y esperé, con el corazón cada vez más acelerado,
temiendo verle atravesar aquellas puertas. Pasaron los minutos y no ocurrió
nada, así que supuse que había bajado por el pasillo hasta el dormitorio de
Kingsnake para que pudieran beber y hablar de todas las cosas horribles que
habían visto en la batalla.
Pero entonces lo vi salir... y abandonar el castillo.
Capítulo 15
AURELIAS

Caminé por el reino, con las antorchas encendidas por las calles y los
callejones. Debería ser una noche tranquila, pero una vez que los soldados
habían regresado a HeartHolme tras la batalla, todo el mundo estaba
agitado. Había gente en la calle a esas horas de la noche cuando
normalmente no la habría. Ciudadanos recuperando comida y medicinas.
Fue una larga caminata hasta su casa en el pueblo, una casita pequeña
pero bonita a pocas calles de la taberna que había visitado cuando llegué
aquí por primera vez. Así fue como la conocí: Annabella. Estaba interesada
en mí, pero le había dicho que no estaba disponible.
Pero también le dije que tenía hambre.
Resumiendo, llegamos a un acuerdo. Ella me permitió alimentarme, y
yo la compensé con plata de vampiro, algo que le valdría una fortuna una
vez terminada la guerra. También la compensaba de otras maneras, pero eso
era prerrogativa suya.
Llegué a su puerta y llamé.
Era medianoche, así que no esperaba que estuviera despierta, pero abrió
la puerta casi de inmediato, como si me estuviera esperando.
Me miró y el alivio que sintió fue como un fuerte viento. —Estás bien.
Asentí levemente con la cabeza. —Te has levantado tarde.
—Pensé que podrías venir... si sobrevivías.
—¿Puedo pasar?
—Por supuesto.
Cuando entré, se metió en mi cuerpo para abrazarme.
Nunca habíamos hecho algo así, así que me pilló desprevenido. Se lo
permití, pero no le correspondí. Le quité las manos de encima y cerré la
puerta de su casa. El hambre era tan aguda que no sentía las manos ni los
dedos. Aquella batalla había sido intensa, y como yo tenía más fuerza que
varios hombres juntos, había tenido que esforzarme mucho más para
compensar su debilidad. Toda la sangre que había ingerido antes de partir la
había gastado en aquella batalla. No había continuado con nada, y la única
razón por la que pude estar con Harlow después fue porque mi necesidad de
ella era lo único más fuerte que mi hambre. Pero una vez que ella se fue a
dormir, mis necesidades volvieron a la superficie.
Kingsnake y los otros se habían alimentado en el instante en que
regresaron, pero yo no tuve esa oportunidad.
—Me alegro de que estés bien.
Me di la vuelta para mirarla. Era una joven morena que tenía dos
puntos marcados a lo largo del cuello, cicatrices de mis colmillos que
habían atravesado su carne una y otra vez. Podía sentir su necesidad arder
en su interior, junto con todas las demás emociones que yo no correspondía.
Lo único que quería era alimentarme, agarrar su cuerpo ágil y desgarrar su
carne con mis colmillos, pero tenía que ser educado. —Yo también.
Sus ojos se clavaron en los míos y las sensaciones en su pecho se
intensificaron. —¿Por qué no te alimentas de la princesa Harlow?
La pregunta me provocó, me enfadó, pero tenía tanta hambre que no
cedí. —Porque no quiero.
—¿No te deja?
—No, —dije con dureza. —No quiero.
—¿Cómo puedes estar con una mujer a la que no quieres alimentar?
—Tengo mucha hambre, Annabella. Serví a tu reino en una guerra que
no me correspondía librar. Triunfé y seguiré luchando por tu pueblo para
que los demonios no os esclavicen o os lleven a la extinción. Estoy aquí
para alimentarme. ¿Podemos seguir o debo irme? —Si realmente me pedía
que me fuera, no sabría qué hacer. El hambre me estaba volviendo loco.
Nunca había estado tan débil. Cuando Harlow y yo habíamos salido de la
ducha, normalmente la habría llevado en brazos, pero estaba tan débil que
había temido dejarla caer por el camino.
Annabella se sintió ofendida, pero trató de disimularlo. —Claro. —Se
echó el pelo hacia atrás por encima del hombro y se bajó la blusa, dejando
al descubierto el hombro desnudo y la parte superior de uno de sus pechos.
La visión de su carne pálida hizo que mis colmillos brotaran más rápido
que las margaritas en primavera.
Me acerqué a ella, rodeando con el brazo la parte baja de su espalda
para sostenerla contra mí, mientras mi mano se deslizaba profundamente en
su pelo, empujándolo hacia atrás para permitir que mis colmillos se
hundieran profundamente en su carne y se clavaran en ella.
Una vez que la sangre empezó a entrar en mi boca, me sentí vigorizado
al instante. Era tan bueno, el sabor metálico, la fuerza que me
proporcionaba. Con ella apretada entre mis brazos, me alimenté, sintiendo
cómo los últimos días de agotamiento se evaporaban lentamente.
Respiraba con fuerza contra mí, y esas respiraciones se convirtieron en
suaves gemidos. Me cogió el pelo con la mano e inclinó más la cabeza,
amando la sensación de mis mordiscos. Le gustaba tanto que bajó los dedos
por delante de los pantalones hasta las bragas. Se tocaba a sí misma, la
sangre drenando su cuerpo y entrando en el mío, su excitación tan profunda
que era como el sonido de tambores en mis oídos, tan fuerte que no podía
oír nada más.
Me alimenté mientras ella se frotaba, mientras se hacía venir mientras
yo la agarraba fuerte y la mordía más fuerte. Sus dedos se clavaron en mi
cuero cabelludo mientras sus caderas empezaban a agitarse sin control.
Por fin me sentí saciado, por fin volví a sentir las manos y las yemas de
los dedos, y supe que si no paraba, tomaría más de lo que debía. Su placer
había pasado y mi estómago estaba lleno, así que retiré lentamente los
colmillos y vi los dos pequeños ríos de sangre.
Sus ojos estaban cargados de satisfacción y debilidad, y apenas podía
mantenerse en pie desde que le habían succionado la fuerza vital.
Rodeé su cintura con mis brazos y la acompañé hasta el sofá,
ayudándola a tumbarse, con la sangre manchando los cojines. Justo cuando
la cubrí con la manta, la sentí. Al principio fue débil, como si estuviera
lejos. Pero luego se hizo más fuerte y prominente, como si estuviera a mi
lado.
Era Harlow.
Podía reconocer su mente entre la multitud. Podía sentirla incluso desde
la distancia.
Y estaba... devastada... rota... enfadada.
Surgió de la nada, fue tan repentino que no supe cómo se había
deslizado sobre mí sin que me diera cuenta. Mi mente se dirigió
inmediatamente a la ventana y me detuve al ver su rostro.
Con lágrimas en las mejillas y los ojos tan llorosos que parecían
piscinas, me miró fijamente. Transmitía tanto con tan poco que no necesité
sentir sus emociones para saber exactamente la confusión que inundaba su
mente. Estaba dolida por mi traición, pero también tan furiosa que podría
matarme si tuviera una espada.
Por primera vez en mi vida, me quedé clavado al suelo, completamente
paralizado. Todo lo que podía hacer era quedarme allí y sentir el daño que
había causado, sentir la angustia que había provocado mi traición. Ella lo
había presenciado todo a través de aquella ventana, y yo había estado
demasiado hambriento y sobrecargado con las emociones de Annabella
como para sentir las de Harlow.
Joder.
Me acerqué a la puerta para ir tras ella.
Se marchó, desapareciendo por la ventana.
Logré salir por la puerta y llegar a la carretera, viéndola correr tan
rápido como podía, desesperada por alejarse de mí.
—Harlow.
Corrió como si su vida dependiera de ello, vistiendo una de mis
camisas y sus pantalones de salón, poniéndose lo que encontraba cuando
decidía seguirme. Ella debe haber mantenido su distancia para que yo no
sintiera su mente.
—Harlow. —Ella era rápida, pero yo lo era más, especialmente ahora
que me había alimentado. La alcancé y la agarré del brazo. —Déjame
explicarte...
¡Bam! Ella no me abofeteó como lo había hecho antes. No, esto fue un
puñetazo directo a mi cara. Un buen puñetazo, como le había enseñado su
padre.
No lo había previsto, así que fue un shock para mi sistema, uno
doloroso.
Estaba tan enfadada que apenas podía articular palabra, hirviendo de
rabia ciega. —No me toques, joder.
—Harlow...
—Juro por los putos dioses que te mataré.
—Por favor, escúchame...
—No, escúchame tú. —Me empujó con fuerza en el pecho, ejerciendo
más fuerza de la que esperaba. —Me mentiste. Me dijiste que te
alimentabas de sangre animal, pero cada noche que te has escapado de mi
cama, has estado aquí abajo... con ella.
—Harlow...
Ella me ignoró. —Te lo pedí. No, te rogué que te alimentaras de mí, y
tú fuiste el que salió furioso. Saliste furioso como si yo fuera el problema,
cuando estabas aquí abajo con ella. ¿Es mejor que yo? ¿Es más guapa que
yo...?
—Joder, no.
—Pero aún así la prefieres a ella antes que a mí.
—No es que la prefiera...
—Oh, claramente lo haces.
—Harlow, no puedo alimentarme de ti.
—¿Por qué?, —exigió. —¿Qué posible justificación tendrías para
engañarme con otra persona?
—Vaya. Yo no te he engañado.
—Según Larisa, alimentarse de otra persona es como follársela.
—No es así...
—La miré correrse por ti.
—Eso lo hizo ella. Yo no la toqué...
—Pero hiciste que se corriera. Te colaste en su cabaña en mitad de la
noche, la mordiste mientras jugaba consigo misma, después de decirme que
estabas con tu hermano. Aurelias, me traicionaste.
—¡Harlow, no puedo alimentarme de ti! —Grité. —¿Esperas que te
proteja cuando estoy débil de sangre animal? ¿Que proteja a tu padre en la
batalla cuando he almorzado sangre de ciervo? No puedo enfrentarme a
estos enemigos si no estoy en mi máximo potencial.
—Te he ofrecido tantas veces...
—¿Y cuántas veces te he dicho que no? —le espeté.
—¿Por qué? —Alzó la voz, nuestros gritos eran audibles para
cualquiera que estuviera cerca. —Dime por qué, joder. ¿Qué justificación
tienes para hacer lo que hiciste? ¿Para mentirme? ¿Para alimentarte de otra
persona en vez de hacerlo de mí?
La miré fijamente, respirando tan fuerte que mis pulmones estaban a
punto de estallar.
—Vamos, gilipollas, —me espetó. —Dilo.
Todo pasó ante mis ojos, mi mordisco incontrolable, la sangre que
corrió por todas partes, el momento en que me di cuenta de que no tenía
pulso pero seguí alimentándome de todos modos. Las lágrimas imparables.
Sus ojos muertos y abiertos. La mirada que me perseguiría el resto de mi
vida, el terror que asomaba la cabeza cada vez que tenía un leve momento
de felicidad.
Cuando Harlow se dio cuenta de que no tenía nada que decir, la
humedad de sus ojos reapareció. Estaba claro que esperaba que yo tuviera
una justificación para lo que acababa de ocurrir, que lo arreglara todo con
una simple explicación, pero no la tenía.
Mi voz salió débil, quebrada. —Es que no puedo.... —El odio hacia mí
mismo era insufrible. No había pensado que pudiera odiarme más de lo que
ya lo hacía, pero conseguí superarlo. Era demasiado cobarde para admitir lo
que había hecho, para mirarla a la cara y decirle la cosa horrible de la que
era culpable. Y entonces la herí, pude sentir cuán profundamente la había
herido, y aún así no me atreví a hacerlo. —Lo siento...
—¿Lo sientes? —Habló con sorna, pero su voz se quebró por las
lágrimas. —Lo sientes. —Repitió las palabras como si no las entendiera o
las dijera por primera vez. —Que te jodan, Aurelias.
Bajé la mirada, incapaz de mirarla.
Se dio la vuelta y se marchó. —Que te jodan.

***

Cuando llegué al castillo y a las puertas de su cámara, mis cosas ya


estaban amontonadas fuera. La armadura que no había limpiado, mi
uniforme que no había entregado a las criadas y el resto de mis
pertenencias. Todo estaba desordenado, como si lo hubiera tirado todo sin
miramientos. Lo único que parecía importarle era mi espada, que había sido
colocada contra la pared, con el escudo dorado de la serpiente en la vaina.
Me quedé mirándolo todo antes de levantar los ojos y mirar hacia la
puerta.
Podía verla en mi mente, acurrucada en la cama con las sábanas
apretadas a su alrededor... sollozando. Sus emociones eran más intensas que
nunca, como si su vida estuviera en peligro, cuando su única herida era un
corazón roto.
No podía quedarme con uno de mis hermanos. No podía estar cerca de
ella porque no soportaba sentir su dolor. Todo lo que quería hacer era correr
allí y besar sus lágrimas, envolver su cuerpo con el mío y ahuyentar su
miseria, pero no podía porque... yo era la causa de su miseria.
Me había sentido tan incómodo con mi hambre, pero ahora prefería
morirme de hambre a esta angustia. Mis ojos bajaron de nuevo a mis
pertenencias, y di un suspiro antes de recogerlas, incapaz de oír sus gritos
debido a la gruesa puerta, pero capaz de sentirlos como si fueran míos.
—¿Necesitas ayuda? —Kingsnake apareció, con los ojos duros por la
angustia. Sus emociones eran nubes arremolinadas de desesperación, como
si hubiera averiguado exactamente lo que había pasado con sólo observarlo.
Cogió una de mis bolsas y la espada.
Recogí las otras cosas y nos alejamos de la puerta para dirigirnos al
pasillo.
—Eres bienvenido a quedarte con nosotros, —dijo Kingsnake—. Fang
dijo que te dejaría el sofá.
Ignoré la oferta.
Kingsnake me dejó guiar.
Volvimos a salir del castillo y nos adentramos en el aire nocturno.
Hacía frío, como en casa, como a mí me gustaba. Si me hubiera latido el
corazón, lo habría hecho despacio, tan despacio que casi se paró del todo.
Estaba vacío por dentro, un paso peor que deprimido. Estaba fuera de los
muros del castillo y lo bastante lejos como para no sentir la miseria de
Harlow, pero el recuerdo me perseguía.
Llegamos a la casa de campo que Lady Rolfe me había ofrecido, y
seguía vacía. Entré en la oscura y fría morada y dejé todo sobre el sofá.
Kingsnake arrojó algunos troncos al fuego y lo prendió antes de encender
unas cuantas velas en la habitación, intentando que el lugar pareciera un
hogar cuando el hogar no era un lugar... sino una mujer a la que había
traicionado.
Había un armario repleto de bebida, así que le di duro a eso.
Kingsnake tomó asiento en uno de los sillones. —Podemos hablar de
ello... si quieres.
Dejé los vasos sobre la mesa y me dejé caer en el sillón frente a él.
Cerré el puño bajo la barbilla y me quedé mirando el fuego.
—No se lo has dicho.
Mis ojos permanecieron fijos en las llamas, llamas que me recordaban
el fuego del alma de Harlow. Era ardiente y salvaje, quemándolo todo a su
paso. No era estéril y fría... como yo. —Traté de advertirle.
—¿Advertirle de qué?
—Que el desamor puede arruinar tu vida. No me creyó.
Kingsnake me miró fijamente.
—Me dijo que no tenía miedo de salir herida. Bueno, ahora sabe que es
una mierda. —Y recordé lo jodidamente jodido que era. Sabía que nunca
me enamoraría de otra mujer después de Renee, que ninguna cantidad de
tiempo curaría esa herida, que ninguna mujer merecería un viaje al pasado.
Pero había sucedido de todos modos.
—No se le rompería el corazón si le dijeras la verdad.
Lo ignoré.
—Todavía puedes arreglar esto...
—No.
—Aurelias. —Dijo mi nombre con tanta frustración, como si quisiera
golpearme en la cabeza con una piedra. —Ya ha pasado. Ya está hecho.
Decírselo no cambiará lo que ya está en el pasado. Son sólo palabras.
—¿Sólo palabras? —Mis ojos se desviaron hacia él, incrédula ante
aquella insensible afirmación. —Créeme, son algo más que palabras,
Kingsnake. No puedes contar una historia sin revivirla, y yo nunca contaré
esa maldita historia mientras viva. Si eso significa que pierdo a Harlow, que
así sea.
—¿Cómo puedes decir eso...?
—Porque hemos terminado de todos modos, —espeté—. Después de
destruir el cristal, los demonios se irán a otra parte, y entonces volveremos a
nuestras tierras y reanudaremos nuestras vidas. Siempre hemos tenido una
fecha de caducidad, y ahora esa fecha se ha adelantado. El resultado no
cambia, sólo el calendario.
Kingsnake bajó la barbilla, sin tocar la bebida que tenía delante.
Yo tampoco toqué la mía.
—¿No querrías terminar en buenos términos en lugar de malos?
—Sería más fácil para ella. —Sería más fácil para ella dejarme ir
cuando me odiaba, cuando nunca quería volver a verme de todos modos.
Seguiría adelante con el siguiente tipo y me sacaría de su sistema. La
amargura en su corazón me borraría. —Es mucho más fácil olvidar a
alguien cuando lo odias.
Sacudió ligeramente la cabeza. —Si la amas, deberías decirle la verdad.
—La verdad no cambia lo que hice.
—Cambia el contexto, y eso lo cambia todo.
Desvié la mirada hacia el fuego.
—Aurelias...
—Ya has expresado tu opinión. Ya está hecho.
Dio un fuerte suspiro.
—Y si vas a decírselo a mis espaldas, estamos acabados.
Volvió a sacudir la cabeza. —Tal vez sería más fácil para ti si alguien
más se lo dijera....
—No, —espeté—. Esto es asunto mío y lo comparto con quien quiero.
Cruza esa línea y nunca podrás dejar de cruzarla.
Capítulo 16
HARLOW

Me quedé en mi habitación toda la noche y el día siguiente.


No salí de la cama más que una vez.
Las sábanas olían a Aurelias, así que pedí a las criadas que lo
cambiaran todo para oler a jabón estéril en su lugar. Observé cómo
cambiaban los colores del cielo al moverse la posición del sol. Aurelias
nunca vino a hablarme, y sospeché que no lo haría. Podríamos tener otra
discusión, pero sería idéntica a la que ya habíamos tenido... al igual que el
resultado.
No podía quitarme la imagen de la cabeza, la forma en que la apretaba
contra él, con la mano hundida en su pelo. Era algo más que una comida,
era un encuentro sexual, sus dedos bajo sus pantalones para excitarse con el
placer que él le daba.
Me marcó los ojos... y el corazón.
Cada vez que pensaba en ello, más lágrimas acudían a mis ojos.
Llamaron a la puerta.
Me incorporé enseguida, con la misma ropa que la noche anterior y el
pelo revuelto porque no me lo había cepillado. Temí que fuera él, la última
persona con la que quería hablar. Sin saber qué hacer, me quedé callada.
—¿Harlow? —Era mi madre, la preocupación de su voz atravesó la
puerta y llegó a mis oídos. —Cariño, ¿estás bien? No has salido a
desayunar, ni a comer, ni a cenar. Tengo que decirte algo.
Me sequé rápidamente las lágrimas con las yemas de los dedos, aunque
sería imposible ocultarle a mi madre mi angustia. Se daría cuenta.
Probablemente ya lo sospechaba si estaba en mi puerta. —Entra.
Abrió la puerta y me miró, y sus ojos tardaron unos segundos en
coincidir con los míos. —Cariño... —Se acercó a la cama para abrazarme, y
ese gesto hizo que las lágrimas se desataran. Estaba vestida con su
armadura, pero se sentó en mi cama y me atrajo hacia ella.
Como una niña, me metí en el regazo de mi madre y me aferré a ella.
Las lágrimas corrían por mis mejillas.
No me interrogó. Me dio un beso en la frente y me acarició el pelo,
dejando que soltara todo lo que necesitaba durante el tiempo que hiciera
falta. Me frotó la espalda y me miró fijamente, esperando a que recuperara
la calma.
—Aurelias se marchó ayer con sus hermanos en busca de suministros
para los detonadores, —dijo—. No le di mucha importancia en ese
momento.
Me incorporé, ya sin apoyarme en ella.
—No tienes que contarme lo que pasó, cariño. Pero estoy aquí.
Siempre se lo contaba todo a mi madre, así que ahora le conté la
verdad, toda la historia.
Ella siguió acariciándome el pelo y no dijo nada. No se enfadó. No me
juzgó.
—Lo eché, no quiero volver a hablar con él.
—Lo siento...
Ahora mis ojos estaban secos, tan secos que estaban rojos e irritados.
Esperaba que dijera más, pero se guardó sus opiniones.
—¿Se explicó?
—Dijo que no se alimentaría de mí... pero no me dijo por qué.
—Creo que sería una falta de respeto a tu padre si lo hiciera. Creo que
sería una falta de respeto para todos nosotros.
—Me lo habría dicho si esa fuera la razón, —dije—. Y yo que pensaba
que no le estaba permitido alimentarse de los nuestros.
—Tu padre les dio permiso, pero sólo a los voluntarios.
Me sentí sorprendida. —Nunca me dijo eso. —Lo que significaba que
Aurelias había estado haciendo esto durante mucho tiempo, incluso en
Delacroix. Probablemente nunca se había alimentado de sangre animal.
Había habido otras mujeres hermosas con las que había pasado sus noches.
—Lo siento.
—Me ha estado mintiendo desde el principio...
Continuó frotando mi espalda.
—Soy tan estúpida.
—No eres estúpida, cariño.
—Bueno, ahora mismo me siento jodidamente estúpida.
—Ese hombre ha arriesgado su vida para protegerte varias veces. Ha
arriesgado su vida para proteger a tu padre. Incluso ahora que la relación ha
terminado, sigue aquí, intentando encontrar lo que necesitan para destruir el
cristal. Su engaño es una contradicción directa con todo lo que hace por ti.
Por eso no había sospechado de su traición.
—Era perfectamente razonable que supusieras que su amor era real,
que su carácter era tan verdadero como el tuyo. No eres estúpida, Harlow.
Me había cansado de hablar de él, sobre todo ahora que quería ponerme
a llorar otra vez. Mi madre me hizo sentir mejor momentáneamente, pero no
podía borrar un dolor tan profundo como éste. —Dijiste que tenías algo que
decirme....
Sus dedos se deslizaron por mi pelo. —Hoy me reuniré con tu padre.
Creo que ahora le vendría bien algo de apoyo.
Asentí con la cabeza.
—Hasta que los vampiros tengan lo que necesitamos para los
detonadores, no hay nada que podamos hacer ahora. Los demonios no
podrán atacar de nuevo hasta dentro de varios días. El reino estará a salvo
en mi ausencia.
—Si...
—¿Te gustaría venir conmigo?
Y enfrente a Padre, el hombre que podía ver a través de mí como una
cuchilla que me atravesaba de adelante hacia atrás. No, gracias. —Estoy
bien. —Forcé una sonrisa y agarré su mano. —Creo que significaría mucho
para él que te unieras a él.
Me besó en la sien. —Siento que estés sufriendo ahora, cariño. Pero
mejorará. Te lo prometo.

***

Mi madre se fue.
Si nuestras circunstancias hubieran sido diferentes, sabía que se habría
quedado, pero después de perder a la mitad de los nuestros, sabía que mi
angustia no era la prioridad.
Por fin salí de mi dormitorio para entrar en el gran salón porque me
moría de hambre, pero claro, elegí el peor momento posible porque Aurelias
y sus hermanos ya estaban allí, sentados a la mesa compartiendo una botella
de licor.
Aurelias me miró de frente y nuestros ojos se encontraron al instante.
Me miró fijamente, cauteloso e intenso, pero yo aparté la mirada, sintiendo
después su calor en mis mejillas. Me sentí incómoda dándome la vuelta y
marchándome cuando éste era mi castillo, así que crucé los brazos sobre el
pecho y me quedé allí de pie.
Kingsnake y Cobra no dijeron ni una palabra mientras se marchaban.
Cobra cogió la botella del centro de la mesa y se la llevó, dejando los vasos
parcialmente llenos.
Aurelias apoyó los brazos en la mesa, los acercó al cuerpo y los cruzó
sobre el pecho. Estaba encorvado en la silla, como si no le importaran ni yo
ni la conversación que estaba a punto de tener lugar.
Era interesante porque era yo quien había sido traicionada. —No estás
obligado a quedarte. Ya no estamos juntos, así que no hay razón para que tú
y tu familia arriesguéis más vuestras vidas por nosotros.
Sus ojos se clavaron en los míos y, lentamente, la ira tiñó sus bordes. Se
puso en pie y rodeó la mesa, con toda su estatura como una montaña sobre
un valle. —Juntos o no, eso no cambia nada. Te amo. —Sus palabras eran
hermosas, pero las pronunciaba con tanta rabia. —No te dejaré hasta que
sepa que esto ha terminado. Sé que me odias por lo que hice, pero cuando te
dije que te amaba, lo decía en serio. Lo dije en serio, joder.
—Me di cuenta de que lo decías en serio cuando me mentiste y te
escabulliste con esa mujer. —No sabía qué me había poseído para decir eso,
para iniciar una discusión que no iría a ninguna parte, pero me dolía que
pudiera decirme cosas tan bonitas y luego quemar lo que teníamos.
Su expresión seguía siendo tan dura como siempre, y no respondió.
—¿Cómo es esto tan fácil para ti? —Llevaba dos días llorando en mi
habitación y él se había marchado con sus hermanos para ocuparse de sus
asuntos como siempre. No parecía desconsolado ni remotamente herido.
—¿Quién dijo que lo fuera?
—Ni siquiera pareces triste. Pareces cabreado...
—Si pudieras sentir mis emociones como yo puedo sentir las tuyas,
sabrías el alcance de mi desesperación. Y sabrías hasta qué punto me odio a
mí mismo, porque cada vez que estoy en tu presencia, tengo que sentir lo
mucho que te he herido... y eso es insoportable.
Desvié la mirada, esta conversación de alguna manera me hacía sentir
peor. —Si cambias de opinión, eres libre de irte...
—No soy libre de irme hasta que te liberes de esos demonios.
Seguí evitando su mirada porque su mirada dura era demasiado para
soportar. —Entonces espero que esto termine pronto, para que ambos
podamos seguir adelante con nuestras vidas. —Esperaba que se disculpara
de nuevo, que suplicara mi perdón, que luchara por mí como si no pudiera
vivir sin mí. Pero su presencia era de una calma resignada, como si ya
hubiera hecho las paces con nuestra separación. Eso pareció dolerme más
que la propia traición. Entonces me di cuenta de que le amaba más de lo que
él me había amado nunca... lo había hecho desde el principio... y siempre lo
haría.
Capítulo 17
HUNTLEY

Trabajé desde el amanecer hasta el atardecer junto a mi gente, sacando


a los muertos de las tumbas poco profundas en el barro y llevándolos a su
lugar de descanso final en piras. Una a una, las encendían y juntas las
veíamos arder. La noche se llenó de sollozos, gritos de angustia que
llenarían mis sueños mientras viviera.
Habíamos quemado a los demonios en Delacroix, pero ahora los
dejábamos pudrirse en el barro.
No me había bañado desde antes de la batalla. Comía lo mismo que los
demás, fruta y pan duro, lo que había sobrevivido a las carretas. Estaba
desnutrido y cansado, pero no me atrevía a quejarme. Era un malestar
momentáneo, mientras que la muerte de mi pueblo era permanente.
Acababa de depositar en la pira a un niño de no más de doce años, un
chico que apenas había tenido la oportunidad de alcanzar la pubertad antes
de ser asesinado por aquellos monstruos. Era difícil mirarle, pero evitar su
rostro me parecía una deshonra. Cogí un trapo y le limpié la cara,
quitándole el barro para que sus padres, si seguían vivos, pudieran
reconocerle. Casi se me saltan las lágrimas, pero me trago el dolor de
garganta y continúo.
Entonces, un poderoso rugido surcó el cielo.
—¡Roaaaaarrrr!
Alcé la vista para ver las brillantes escamas y el majestuoso cuerpo de
Storm, una poderosa Bestia que se había convertido en algo más que un
compañero, sino en un amigo. Aterrizó en el suelo seco y plegó las alas, y
fue entonces cuando me fijé en el jinete.
En su uniforme y armadura, con el pelo recogido hacia atrás, estaba
sentada mi esposa.
Sentí una opresión en el pecho al verla. El dolor empezó siendo sordo y
luego fue en aumento. Reprimí todo el dolor que pude, pero al ver su rostro
me resultó imposible ganar la batalla.
Llegó al suelo y caminó hacia mí con la capa ondeando al viento y la
espada en la cadera. Su mirada era dura y concentrada, y no sentía alivio al
ver mi bienestar. Conocía mi dolor porque ella también lo sentía.
Me volví hacia ella y caminé por el barro seco para encontrarme con
ella.
Cuando estuvo cerca, sus ojos se suavizaron al verme.
Sabía que tenía la cara roja por la exposición al sol y el pelo sucio de
barro. Sabía que mis ojos estaban vacíos porque estaba hambriento y
cansado. No poseía la realeza de un rey en aquel momento. La batalla había
envejecido mi aspecto y reclamado mis fuerzas.
Me cogió la cara mientras me miraba, con los ojos llenos de la misma
pena que ardía en mi corazón. No había palabras porque no había consuelo
que pudiera suavizar este golpe.
Pero tenerla allí era suficiente.
Agarré sus muñecas con las manos y apoyé la frente en la suya
mientras cerraba los ojos. El dolor me consumía por completo, era
insoportable. La batalla de los tres reyes había sido horrible, pero no dolía
tanto como ésta. No habíamos perdido a tanta gente. Nuestras pérdidas eran
insignificantes comparadas con esto. Incluso si derrotábamos a estos
demonios... ¿quedaría algo?
—Pagarán.
Mis ojos se abrieron para mirarla.
—Se llevaron lo que más importa: nuestra gente. Pero ahora nosotros
les quitaremos lo que más les importa: su inmortalidad. Destruiremos ese
cristal. Lo haremos añicos. Y luego los mataremos a todos.

***
Mi tienda era modesta. Sólo un catre en el suelo con un par de
manzanas y nueces secas. Pero no me importaba la comodidad en este
momento, porque la cama más suave y las sábanas más sedosas no
aplacarían este dolor.
A Ivory no le importaba el modesto alojamiento. Nunca había sido de
las que se quejaban.
Un fuego ardía fuera de la tienda, arrojando luz a través del fino
material. Para cualquiera que pasara por allí, nuestras siluetas serían
visibles, pero la intimidad no era lo que me preocupaba ahora. Me senté con
el brazo apoyado en la rodilla, mirando a través de la solapa ligeramente
abierta hacia la oscuridad del exterior. Hacía frío, pero el frío nunca me
molestó.
Tampoco parecía molestar a Ivory, probablemente porque su depresión
enmascaraba sus nervios.
—Tardaremos otro día en sacar a los caídos del barro y encomendarlos
a las llamas.... —No nos iríamos hasta que todos hubieran sido quemados.
Nunca dejaríamos atrás a los nuestros.
—Aurelias y sus hermanos han comenzado a recolectar los elementos
necesarios para los detonadores.
No podía pensar en nuestros planes futuros. Estaba atrapado en el
pasado, atrapado en los recuerdos brutales de la guerra. Era más fácil para
Aurelias recuperarse porque no éramos su gente. Él no era responsable de
ninguno de ellos... pero yo sí. —Bien.
—En el momento en que volvamos, pueden estar listos para proceder.
La muerte era pesada, y me hizo apático. La batalla había sido ganada,
pero la guerra aún estaba en la balanza. Pero yo no podía conseguir que me
importa, a pesar de que todavía tenía la otra mitad de mi pueblo para
proteger.
—Huntley.
Mis ojos se habían centrado en la apertura de la solapa, no en ella. Pero
obedecí y le presté toda mi atención.
—Sé que esto es algo que no quieres discutir. En otro caso, te lo
ocultaría. Pero...
—¿De qué se trata?
Dio un suspiro tranquilo. —Aurelias y Harlow se han separado.
Tardé un segundo en procesar esa afirmación, porque Aurelias sólo
estaba aquí gracias a ella. —¿Cómo es posible? —Me había costado
aceptarlo, pero sabía que su dedicación a ella era real. No habría arriesgado
su vida tantas veces si no estuviera dispuesto a morir por ella.
Dudó antes de responder. —Harlow le pilló alimentándose de otra
mujer.
La miré sin comprender. —¿Y?
—Supongo que fue un encuentro sensual.
Seguía sin entender el problema. —Es un vampiro. No debería ser una
sorpresa para ella.
—Bueno, él le mintió y dijo que se alimentaba de sangre animal.
—¿Por qué mentiría?
—Porque ella se había ofrecido muchas veces, pero él siempre decía
que no.
Ahora estaba angustiado. La idea de sus colmillos perforando su carne
y tomando lo que no le pertenecía me incomodaba profundamente.
—Y a ella le duele que él se alimente de otra persona.
—Le pedí que no lo hiciera. —Preguntar era decirlo amablemente.
—Se lo dije. No es razón suficiente para justificar su traición.
Aparté la mirada, atrapado en la desagradable situación que tanto había
intentado evitar. Pero no había podido evitarla desde el momento en que
Aurelias había llegado. —Al menos Aurelias está dispuesto a reunir los
detonadores para que los usemos antes de irse.
—No me dio esa impresión.
Mis ojos se desviaron de nuevo hacia ella.
—Creo que tiene la intención de llevarlo a cabo, a pesar de todo.
—¿Por qué?
—Nunca expreso mis opiniones a Harlow, para que pueda tomar sus
propias decisiones sin interferencias. Pero no creo que Aurelias haya hecho
tantos sacrificios por ella sólo para marcharse al final. Entiendo que a ella le
duelan sus acciones, pero creo que su necesidad de alimentarse no tiene
nada que ver con su amor por ella.
Asentí levemente con la cabeza.
—Conocemos su carácter. Es noble, honesto, comprometido... No la
dejaría desprotegida. No trabajaría tanto por nuestro pueblo sólo para
abandonarnos en la meta.

***

Una vez quemados los muertos y leídos los ritos de paso, los
supervivientes iniciaron su viaje a HeartHolme a pie y a caballo. Ivory y yo
montamos a Storm de vuelta a HeartHolme, llegando a la ciudad de piedra
en pocas horas.
La noticia de mi regreso se había extendido rápidamente porque
Harlow estaba allí para recibirme cuando aterricé. Corrió hacia mí tan
rápido como pudo, con su pelo castaño volando tras ella, y aterrizó contra
mi pecho con un fuerte golpe.
—Papá. —Me abrazó con fuerza, con la cara en mi pecho.
La abracé mientras apoyaba la barbilla en su cabeza, recordando
nuestra última conversación y lo mucho que me habían perseguido aquellas
palabras después de decirlas. La abracé más tiempo del que normalmente lo
haría, agradecido por haber conseguido volver cuando otros no lo habían
hecho... Y entonces me sentí como una mierda por pensarlo. —Cariño. —
Besé su sien y luego la dejé ir.
—Me alegro mucho de que hayas vuelto.
Mi brazo se movió alrededor de su hombro, y caminé con ella a través
de las puertas y hacia el castillo.
—Siento todo por lo que has tenido que pasar.
Era difícil estar molesto cuando me reunía con mi hija, con mi
primogénita, la niña que me había convertido en padre por primera vez. El
orgullo me inundó porque tenía dos hijos excepcionales, todo gracias a la
mujer que había sobrevivido al parto y me los había dado.
Caminamos hasta el castillo y subimos las escaleras hasta el gran salón.
Mi madre estaba allí, y la abracé mientras me apretaba del mismo modo que
había hecho con Harlow. Entonces me giré para ver a Aurelias, de pie con
su uniforme y su armadura, su pesada espada a la espalda, listo para la
guerra como si estuviera en nuestra puerta.
La energía de la habitación cambió de inmediato.
Aunque no supiera lo de Harlow y Aurelias, me habría dado cuenta en
ese momento. Noté que sus ojos estaban fijos en Harlow, mientras que los
de ella estaban en cualquier parte menos en los de él.
Aurelias me dio la espalda. —Hemos podido encontrar los
componentes que necesitamos para los detonadores. Debido al tamaño del
cristal, necesitaremos tantos como podamos fabricar. Al menos cincuenta.
Deberíamos terminar mañana, así que podremos salir poco después.
Asentí con la cabeza.
Me hizo una leve inclinación de cabeza y se alejó, saliendo del gran
salón y tomando las escaleras como si tuviera intención de abandonar el
castillo por completo.
La energía de Harlow era diferente ahora. Tenía los brazos cruzados
sobre el pecho y parecía desolada cuando hacía unos segundos estaba
extasiada.
Mi madre me miró y mantuvimos un rápido intercambio de palabras
antes de dirigirse a sus aposentos por el pasillo.
—Siéntate, cariño. —Aparté la silla para Harlow y luego me acerqué a
la cabecera de la mesa, con el corazón acelerado por la incomodidad. Justo
cuando creía que había crecido como padre y aceptado que mi hija era una
mujer adulta con relaciones adultas... había retrocedido. Me incomodó tanto
que estuve a punto de acobardarme. —Tu madre me contó lo que pasó entre
Aurelias y tú.
Ahora estaba incómoda, a juzgar por la forma en que bruscamente
apartó la mirada. —No quiero hablar de eso.
—Yo tampoco.
Giró la cabeza para mirarme.
—Pero vamos a hacerlo.
Sus ojos se movieron entre los míos.
—Aurelias y yo tuvimos una conversación, y dejé muy claros mis
deseos para ti. Le pedí que nunca te convirtiera en uno de ellos... y le pedí
que nunca te mordiera. Me dio a entender que, de todos modos, no tenía
esos deseos, pero, no obstante, ésa fue mi petición.
Volvió a apartar la mirada y la clavó en la mesa.
—Ahora me doy cuenta de que no me correspondía hacer una de esas
peticiones. Si ser uno de ellos es algo que quieres... esa debe ser tu decisión.
—El dolor era insoportable, pero verlos juntos y el compromiso que
Aurelias exhibía me hizo darme cuenta de que no se trataba de una relación
a corto plazo, a pesar de lo que habían dicho al respecto. La única forma de
que estuvieran juntos era que Harlow se convirtiera, y si él era el amor de su
vida... entonces lo entendería. Si esa hubiera sido la única forma de estar
con Ivory, habría tomado la misma decisión.
—No quiero ser uno de ellos.
—Pero si cambias de opinión...
—Ya lo hemos hablado, —dijo ella, levantando la cabeza. —No es algo
que quiera nunca.
Me esforcé por ocultar el alivio en mi rostro, pero sabía que se notaba.
Y el suspiro que solté también fue obvio.
—Quiero tener hijos. Quiero unirme a ti en la otra vida. No hay hombre
al que ame tanto como para hacer ese sacrificio.
Me quedé en silencio un rato, tan aliviada que necesitaba ese tiempo
para dejar que mis músculos se relajaran. Temía el momento en que viniera
a decirme que sólo nos conoceríamos en este plano mortal... y nunca más
allá. —Esta es tu relación, así que no me corresponde a mí influenciarte,
pero creo que Aurelias está confinado a las necesidades de su raza... y no
tenía otra opción. Si no puede alimentarse de ti, necesitaba encontrar un
sustituto...
—Me mintió. —Se volvió hacia mí. —¿Cómo puedes estar de acuerdo
con eso?
—Sólo creo que no deberías centrarte en esta transgresión a la luz de
los sacrificios que ha hecho por ti. Nadie recuerda cuando haces algo bien,
pero nunca olvidan cuando haces algo mal.
Sacudió la cabeza, claramente cabreada por aquello. —Vaya...
—Harlow...
—Eres la última persona de la que esperaría que dijera eso.
—Sé que te ama. Realmente te ama. Haría cualquier cosa por ti.
—Podría haberse alimentado de mí...
—Esa no era una opción...
—Sí, lo era. Siempre fue una opción. Pero no lo hará, y se niega a
decirme por qué.
—Es porque se lo pedí...
—No, no lo es, —espetó—. Si no, me lo habría dicho, pero no lo hizo.
Me está ocultando la verdad, y sea cual sea esa verdad, vale la pena
perderme por ella. Así que es obvio que no me ama tanto como crees.
Estaba hambriento por una comida de verdad, desesperado por una
ducha caliente, pero todos esos deseos desaparecieron a la luz del dolor de
mi hija. —No quiero que pierdas lo mejor que te ha pasado por esto...
—Padre. —Sus ojos empezaron a humedecerse mientras miraba por la
ventana, como si yo acabara de hurgar en una herida sin cicatrizar. —No
hay futuro para nosotros. Nunca lo hubo. Se acabe ahora o se acabe la
semana que viene, sigue acabándose. No estoy dispuesta a renunciar a mi
alma por él, y él no está dispuesto a renunciar a su inmortalidad por mí. Se
acabó.
Mi cuerpo se aquietó, todos mis músculos repentinamente tensos. —
¿Qué quieres decir con eso?
—¿Qué quieres decir? —Tragó saliva, parpadeó y volvió a tener los
ojos secos.
—No está dispuesto a renunciar a su inmortalidad.
—Dijo que era posible revertirla. Restaurar su alma y volverlo humano,
vivir una vida como mortal. Pero no está dispuesto a hacer ese sacrificio, y
no me dejaría hacer un sacrificio que él mismo no está dispuesto a hacer.
Aunque yo no lo haría.
Miré fijamente el lado de su cara, esta noticia un traumatismo
contundente en mi pecho desnudo. La ira se cocinó a fuego lento en mi
interior, en silencio al principio, pero hirviendo un instante después. Mis
dedos se cerraron automáticamente en puños, pero me obligué a relajarlos.
De lo contrario, podría golpear la mesa. —¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde que llegamos a HeartHolme.
En una fracción de segundo, toda mi opinión sobre Aurelias había
cambiado. Había visto a un hombre que haría cualquier sacrificio por mi
hija, que moriría por ella, que me protegería porque ella se lo pedía, que
lucharía en una guerra que no le correspondía. Pero ahora me daba cuenta
de que eso no era cierto... porque él no haría ningún sacrificio.
Había uno que se negaba a hacer.
Podía tener a mi hija el resto de su vida, pero decidió no hacerlo.
Capítulo 18
AURELIAS

Me senté junto al fuego en la cabaña mientras mis hermanos estaban en


la mesa del comedor, mezclando el contenido de nuestras provisiones para
crear los detonadores. Este era el dominio de Viper, pero tendríamos que
arreglárnoslas sin él.
Las mujeres estaban en el bar tomando una copa, probablemente
hablando de sus maridos, y yo me senté frente a Fang mientras jugábamos
una partida de cartas. Llevaba la mano en su cola enroscada, sus ojos
luminosos enfocaban las cartas como si fueran presas. Luego colocó su
baraja sobre la mesa, mostrando una mano ganadora.
Le miré fríamente. —¿Cómo lo haces?
Nunca lo diré.
—Una serpiente no puede ser tan buena a las cartas.
Y un hombre no puede ser tan estúpido a las cartas... pero aquí
estamos.
Mis ojos se entrecerraron de rabia.
Fang cogió todas las cartas y las barajó para que pudiéramos volver a
jugar. Harlow esss una buena jugadora.
—¿Ha ganado alguna vez?
No.
—¿Entonces por qué es buena?
Essss inteligente. Tiene potencial. Mucho más potencial que el resto de
ustedes.
—Kingsnake. —Me volví hacia mi hermano, que tenía la cabeza gacha
mientras se concentraba en su trabajo. —¿Fang siempre ha sido tan
gilipollas?
—Sí, —dijo, sin apartar los ojos de lo que estaba haciendo. —Desde el
día que lo conocí.
Fang terminó de barajar las cartas y empezó a dispersarlas.
—Quizá deberías jugar contra un oponente más digno. Ganar algo de
dinero.
No hay tal cossa como un oponente digno para mí.
—Para nada arrogante.
Sonó un golpe en la puerta.
Mi corazón dio un respingo porque esperaba que fuera Harlow, pero
habría sentido su mente mucho antes de que llegara, así que sabía que era
otra persona.
Cobra estaba más cerca de la puerta, así que la abrió. —¿Sí? —Estaba
acostumbrado a ser el rey de su fortaleza, ladrando órdenes como si todos
fueran sus sirvientes.
—El rey Rolfe solicita Aurelias unirse a él en su estudio. —Era uno de
los guardias del castillo, de los que se colocaban en las puertas y ventanas
en todo momento por si alguien intentaba asaltarlo.
—Parece que tendremos que terminar esto más tarde. —Me puse en
pie.
Ya sabemos cómo acabará eso.
—Gilipollas, —dije en voz baja mientras salía.
Me adelanté e ignoré al guardia que permanecía detrás de mí. Parecía
mantener las distancias a propósito, como si quisiera evitar mi compañía
porque yo era un vampiro con los dientes afilados como cuchillas.
Entré en el castillo y encontré su estudio en el tercer piso, una planta
más alta que el gran salón y los aposentos de Harlow. Nunca había pisado
esta planta, y mucho menos había estado dentro de su estudio, decorado en
caoba oscura con alfombras y cortinas granates. El fuego de la chimenea de
piedra estaba encendido y él estaba sentado detrás de su escritorio, con los
brazos apoyados en los reposabrazos y una mirada hostil. En cuanto entré
en la habitación, sentí su ira.
Ralenticé mi paso al acercarme al sillón que estaba frente a él. Quizá su
enfado no tuviera nada que ver conmigo. Tal vez él y su esposa habían
discutido por algo. Pero lo más probable era que Harlow le hubiera contado
lo que yo había hecho cuando regresó a HeartHolme, y ahora quería
gritarme por haber hecho daño a su hija.
Me dejé caer en la silla, apoyé el tobillo en la rodilla opuesta y esperé
su ira.
Guardó silencio.
Me quedé mirando.
Volvimos atrás en el tiempo, a cuando me tenía encerrada en la celda
del calabozo y se negaba a hablar primero... porque yo estaba por debajo de
él.
Pasó un minuto sólido.
Abandoné mi orgullo y hablé primero. —No puedo alimentarme de
Harlow, así que no tuve otra opción. No se lo dije porque sabía que no lo
entendería. —Le ahorré los detalles de cuando me había suplicado, cuando
me había expuesto su cuello y tentado mi determinación. Le enfurecería
saber que su hija intentó estúpidamente atraer a un vampiro para que se
alimentara. —Pero no podía luchar contra esos demonios y ganar si estaba
en un estado debilitado. Siento haberla herido, pero no había otra opción.
Me miró fijamente y no parpadeó.
—Estemos juntos o no, la amo y lucharé por ella hasta que el trabajo
esté hecho.
Huntley seguía tan enfadado como cuando entré por la puerta.
No tenía nada más que decir. —¿Qué quieres de mí, Huntley?
Él disparó de inmediato. —Quiero que te retractes de lo que dijiste.
Mis cejas se arquearon en mi cara.
—No amas a mi hija.
Fue como un puñetazo en la cara, de esos que te rompen la mandíbula.
—¿Perdona?
—Ya has oído lo que he dicho, Aurelias, —dijo fríamente.
—Me alimenté de la mujer, —espeté—. No me la follé...
—No hablo de eso.
Me hundí en la silla, sin saber a qué se refería.
Sus ojos destellaban de ira, como si quisiera desenvainar su espada y
clavármela en el estómago. —Podrías estar con mi hija para siempre, pero
has elegido volver a tus tierras y continuar con tu vida de beber y follar. —
No levantó la voz, pero la ira en su tono era tan afilada como mi daga. —
Cuando era joven, había una mujer distinta en mi cama la mayoría de las
noches de la semana. Me follaba a putas y a mujeres que me follaban gratis.
Nunca me cansé de ello, habría seguido haciéndolo incluso ahora. Pero
entonces conocí a Ivory... y esa mierda se paró en seco. Se detuvo porque
conocí a la única mujer sin la que no podía vivir. Desde ese momento, no
hubo sacrificio que no hiciera por ella. Ninguno.
Usé una mirada acerada para amortiguar su ira.
—Podrías tener a mi hija, pero ella no vale la pena para ti.
—No es que ella no lo valga...
—Preferirías vivir para siempre follándote a otras mujeres que vivir
una vida con ella. Punto.
—Huntley, es más complicado que eso...
—No es complicado. Si fuera Ivory, sé cuál sería mi elección.
—Con todo respeto, nunca te han ofrecido la inmortalidad...
—Podrías convertirme en vampiro ahora mismo, —espetó—. Sería más
fuerte y viviría para siempre. Pero eso no me tienta en absoluto. Moriré y
me enterrarán junto a mis padres en el cementerio de Delacroix, y un día
Ivory se unirá a mí. Estaremos juntos en el más allá, nuestras almas unidas
como una sola, por toda la eternidad.
Mis ojos se desviaron.
—Mírame.
Mis ojos volvieron a los suyos con mi propia ira. —Cuando le conté
esto a Harlow, lo entendió perfectamente. Te estás enfadando por algo que
francamente no es asunto tuyo...
—¿No es asunto mío?, —preguntó fríamente. —El desamor de mi hija
siempre será asunto mío.
Huntley y yo habíamos forjado una relación de amistad y camaradería,
y ahora, hacía tiempo que había desaparecido. Volvíamos a ser enemigos,
una línea invisible nos separaba. —Como sabes, ya no estamos juntos. Así
que esta conversación es discutible. —Me había dejado, y en los días que
habían pasado, parecía odiarme más. Había perdido la esperanza de que
hubiera una reconciliación. Su dolor seguía caliente como una hoguera, así
que me resultaba físicamente doloroso estar cerca de ella.
—Quiero que te vayas, Aurelias.
Oí la amenaza en su voz.
—Te agradezco lo que has hecho por nosotros. —Tuvo que forzarlo,
obligarse a ser diplomático cuando no quería serlo. —Pero tu tiempo aquí
ha llegado a su fin. Ya no eres bienvenido.
Aturdido, me quedé sentado, dolida por la petición a muchos niveles.
—El cristal...
—Lo destruiremos con los detonadores.
—No puedes hablar con Beast...
—Lo resolveremos.
—Si atacan de nuevo...
—Entonces tu presencia no hará ninguna maldita diferencia. —Golpeó
el escritorio con el puño mientras se ponía de pie. —Puede que no seamos
vampiros, pero no somos débiles. Hemos derrotado a esos demonios, no
una, sino dos veces. No te apiades de nosotros porque no lo necesitamos.
Ahora coge tus cosas y vete.
Me quedé en la silla.
—Márchate.
Me levanté lentamente. —He vivido más de mil quinientos años.
Dio un suspiro tranquilo, como si no quisiera oír mi historia, pero no
me interrumpió.
—He vivido mil quinientos años como uno de los vampiros más fuertes
de la naturaleza, una criatura en la cima de la cadena alimenticia, con
habilidades que me hacen casi invulnerable. Pero no siempre fue así. Érase
una vez, yo era humano. Mi padre, mis hermanos y yo salimos de nuestra
granja para transportar nuestra cosecha y venderla en el mercado. Mientras
estábamos fuera, unos asaltantes llegaron a nuestra granja y violaron a mi
madre... y la quemaron viva. —Puede que esta historia fuera historia
antigua, pero aún así me dolía contarla, saber que mi madre había tenido
una muerte espantosa cuando era la persona más cariñosa que había
conocido.
La ira de Huntley se aplacó... como si mis palabras fueran un cubo de
agua fría.
—Éramos demasiado débiles para derrotar a los asaltantes, así que nos
volvimos, todos nosotros. No quiero volver a ser así de débil, fallar a una
persona a la que amaba porque era físicamente inepto. Por eso no puedo ser
humano, no porque no ame a Harlow, sino porque una vez que sea
humano... seré indigno de ella. —Tragué saliva, imaginándome como un
hombre débil que no podía ayudar a mi madre. —Desearía... más que
nada... que Harlow fuera ya un vampiro. Pero no lo es...
Huntley se quedó callado, mirándome fijamente con el escritorio entre
nosotros. —Dime por qué no quieres convertirla.
Mis ojos se habían desviado a otra parte mientras le contaba la historia
de mi madre. Ahora habían vuelto a encontrar los suyos. —No quieres eso
para ella....
—Sigo queriendo saber por qué.
Permanecí en silencio.
—Aurelias.
—No puedo.
Huntley me miró fijamente antes de dar la vuelta al escritorio. Se
colocó justo delante de mí y, en lugar de fruncir el ceño, me miró con
dulzura. —Es por tu prometida....
Me alarmé. Había descubierto mi secreto... y ni siquiera podía leer la
mente.
—Lo siento.
Mis ojos evitaron los suyos, la vergüenza tan pesada que me hizo
hundirme en el suelo de piedra. Mi respiración se había acelerado, y
recuerdos de aquella horrible noche volvieron a mí, la sangre en su vestido
blanco. —Yo nunca... —Sacudí la cabeza porque no me salían las palabras.
—Harlow...
Su mano se movió hasta mi hombro y me apretó, me apretó como hacía
con su propio hijo. —Tienes que decírselo, Aurelias.
Evité su mirada. —Nunca se lo he dicho a nadie.... —Mis hermanos lo
sabían porque estaban allí. Nunca hablamos de ello porque cada vez que lo
intentaban, me cerraba en banda.
—Tiene que entenderlo.
Sacudí la cabeza, como un niño que desobedece a su padre.
—Así no es como quieres dejar las cosas.
La echaba tanto de menos. Ella echó un vistazo a mi rostro de piedra y
supuso que no sentía nada... cuando yo sentía mucha más angustia que ella.
No sólo sentía la mía, sino también la de ella. —No puedo hacerlo. —Mi
voz salió como un susurro, sin la fuerza suficiente para mantenerse firme.
—Guárdatelo para ti. —Levanté los ojos para mirar los suyos, esperando
que su integridad fuera tan fuerte como yo sabía que era.
Su mano seguía sobre mi hombro, su mirada y su tacto me daban más
afecto del que nunca me había dado mi propio padre. —Nunca traicionaría
tu confianza, Aurelias. Y además, ella necesita oír esto de ti, no de mí.
***

Estaba solo en mi cabaña, bebiendo frente al fuego con las cartas que
quedaban sobre la mesa, cuando el guardia llamó a la puerta. —El rey Rolfe
requiere su presencia en el castillo. —Era bien entrada la noche, un par de
horas después de la hora de cenar. No me había alimentado desde que
Harlow me había atrapado, y el hambre había empezado a tirarme de los
miembros. Pero no había buscado a Annabella porque la culpa era
demasiado fuerte.
—Ya voy. —Dejé la botella y salí, haciendo el largo camino hasta el
castillo. Era una noche despejada, las estrellas brillaban en lo alto, el aire
helado sin el banco de nubes para atrapar el calor en la superficie de la
tierra.
Entré en el castillo y en el gran salón, donde encontré a Huntley y a
Ivory. Huntley no vestía su uniforme, sólo sus pantalones y una camisa,
como si se hubiera retirado a sus aposentos. Las noticias no debían ser
urgentes. De lo contrario, iría vestido de guerra. Me acerqué a la mesa y
Huntley levantó un pergamino.
—Una flota de barcos se acerca a la costa. Ya habrían desembarcado
cuando recibí este mensaje.
El corazón se me cayó al estómago. —Mi padre...
—Esa es también mi suposición. Y también es mi esperanza, porque no
podemos permitirnos otra guerra.
En todo el caos, me había olvidado de mi petición inicial de ayuda. Su
apoyo habría sido útil días atrás cuando nos atacaron los demonios, pero si
nos volvían a atacar, caeríamos sin ayuda. —Volaré a su encuentro.
Huntley arrojó el pergamino sobre la mesa. —Y yo me uniré a ti.

***
Monté a Pyre y Huntley tomó a Storm. Dejamos HeartHolme y
volamos a través de la oscuridad porque los dragones podían ver en la
oscuridad aunque Huntley no pudiera. Al cabo de unas horas, vimos las
hogueras en el suelo, el campamento de mi padre y sus soldados.
Los dragones aterrizaron y nos dirigimos al campamento, tiendas
levantadas porque los vampiros no querían pasar ni un momento más en sus
galeones. Probablemente habían sacado a sus esclavos de los barcos y los
mantenían cerca para poder alimentarse.
Era exactamente lo que yo había hecho cuando había viajado hasta
aquí, tenía un barco lleno de mujeres que recibirían mi mordisco lo
quisieran o no. Un rubor de culpabilidad me recorrió al recordarlo.
Nos adentramos en el oscuro campamento y no tardé en localizar la
tienda de mi padre. Era una tienda lo bastante grande como para acompañar
a diez personas, con guardias apostados en cada esquina y en las solapas de
apertura. También había banderas colocadas en el exterior, que mostraban la
Serpiente Dorada.
Cuando me acerqué a la tienda, el guardia me reconoció al instante. —
Rey Serpentine, ha llegado el Príncipe Aurelias.
Tardó unos segundos en salir por las solapas cerradas, vestido con su
armadura negra idéntica a la mía, la serpiente dorada cruzándole el pecho,
brillante en comparación con los colores oscuros. Sus ojos eran sólo para
mí, no para Huntley, que estaba a mi lado. Los ojos de mi padre eran tan
formidables como los recordaba, oscuros como los míos e irritables. De
todos mis hermanos, yo era el que más me parecía a él. Otra razón por la
que me prefería a los demás. Sus emociones coincidían con su mirada,
interminables en su profundidad con una nota de desesperación.
—Hijo. —No me abrazó como lo hacía Huntley con sus hijos. En lugar
de eso, se acercó y me puso la mano en el hombro. El afecto ardía en sus
ojos, y luego hubo un tirón emocional dentro de su pecho. —He estado
preocupado.
Entonces, ¿por qué has tardado tanto? —Gracias por responder a mi
llamada de auxilio.
Hizo una leve inclinación de cabeza y luego desvió la mirada hacia
Huntley.
Sabía que mi padre tenía mucho más que decir, pero con un humano en
nuestra presencia, se mordió la lengua. —Este es el rey Rolfe, rey de
HeartHolme y los reinos. —Señalé a Huntley a mi lado. —Hemos luchado
juntos en esta guerra.
Mi padre lo miró fijamente, de la misma altura que Huntley e igual de
corpulento.
—Rey Rolfe, este es mi padre, el Rey Serpentine, Rey de los Vampiros
y Rey de los Reinos.
Huntley le tendió la mano.
Mi padre dudó antes de cogerla, sus prejuicios difíciles de superar.
Como si hubiera un mal olor en el aire, la nariz de mi padre se levantó en
una sutil expresión de disgusto. Yo había odiado a los humanos toda mi
vida, pero la discriminación de mi padre era mucho peor.
—Gracias por venir en nuestra ayuda, —dijo Huntley. —Tenemos
mucho que discutir.
Mi padre sólo pudo asentir con la cabeza antes de volver a mirarme. —
Tenemos que hablar. —Lanzó una rápida mirada en dirección a Huntley. —
En privado.
Asentí antes de volverme hacia Huntley. —Acompañaré a mi padre y a
nuestra gente a HeartHolme por la mañana. No nos hagas alojamiento
dentro de la ciudad. Nuestras tiendas y provisiones serán suficientes. —Y
no los quería cerca de la gente de HeartHolme.
Los ojos de Huntley iban y venían entre los míos, su mente sagaz. —
Entonces hablaremos por la mañana.
Mi padre volvió a su tienda.
—Déjame acompañarte. —Caminé con Huntley a mi lado,
moviéndonos por el campamento. No habíamos llamado tanto la atención
en el camino de ida, pero en el de vuelta, teníamos muchas más miradas.
Probablemente podían oler la sangre de Huntley, que tenía una composición
distinta. La de Harlow era igual, pero yo estaba tan entumecido que no me
di cuenta la mayor parte del tiempo.
Cuando nos acercamos a los dragones, Huntley se detuvo.
Podía sentir su disgusto, su incomodidad.
—¿Puedo confiar en ti, Aurelias?
Le miré fijamente.
—No puedo leer la mente, pero sé que tu padre me desprecia.
—No le gustan los humanos.
—Entonces, ¿por qué viajar hasta aquí para luchar por ellos?
Sólo había una razón lo suficientemente fuerte. —Yo.
Continuó con su mirada dura. —Un ejército de vampiros acaba de
llegar a mis tierras cuando saben que estamos débiles y heridos. No les sería
difícil invadir HeartHolme y tomarla para sí. —Su mirada penetró en la
mía, buscando la seguridad que necesitaba. —¿Puedo confiar en ti?
—Nunca dejaría que eso ocurriera, Huntley.
Me miró fijamente un momento más antes de asentir con la cabeza y
caminar hacia su dragón. Se subió encima y aseguró su cuerpo a la montura
para luego saltar a los cielos, Pyre siguiéndole. Cuando el sonido de sus
poderosas alas desapareció, supe que se había ido.
Volví a la tienda de mi padre y entré.
Había una cama tamaño king con una morena desnuda en ella, las
sábanas cubriéndole las tetas. Tenía dos marcas de sangre en el cuello y
algunas gotas en la almohada. Estaba desmayada, como si mi padre hubiera
tomado demasiado.
Mi padre estaba sentado a una mesa, con botellas de alcohol y vasos
sobre la superficie. Me miró fijamente y me ordenó en silencio que me
sentara.
Me senté frente a él, mi propia carne y sangre, y de algún modo me
sentí como si hubiera entrado en territorio enemigo.
Sus ojos oscuros me miraron fijamente a la cara con un deje de
decepción. —He cruzado el mar con la mitad de nuestro ejército... porque
estás obsesionado con una mujer. Y no cualquier mujer, sino una mujer
humana que huele tan mal como ese hombre que se hace llamar rey.
Sus palabras incitaron inmediatamente mi ira y, por un momento,
olvidé que mis emociones eran perceptibles. Hacía mucho tiempo que no
estaba en compañía de los míos. —La mujer que amo es su hija, y él es un
gran rey.
Su decepción se hizo latente. —¿Qué le ha pasado a mi hijo?
—Los humanos son más capaces de lo que crees.
—¿Lo son ahora?, —preguntó fríamente. —Porque podría haberle
arrancado la cabeza de los hombros. ¿Crees que esa patética armadura me
habría detenido?
Me dolió físicamente oírle insultar a Huntley. No me había dado cuenta
de la profundidad de mi afecto hasta ese momento, cuando me sentí poseído
para defenderle... a un humano. —Si no estás aquí para ayudar, entonces
deberías irte.
—Estoy aquí para recuperar a mi hijo.
—Entonces cuanto antes acabemos esta guerra, antes podremos volver.
—Hago esto por él, ¿entonces qué hace él por mí?
—No estás haciendo esto por él, —espeté—. Estás haciendo esto por
mí.
—¿Ganas su guerra y luego te llevas a su hija a casa?, —preguntó
incrédulo. —Eso es romántico...
No le dije que dejaría a Harlow atrás, no cuando eso sólo lo
enfurecería.
—Hay tantas mujeres para elegir, Aurelias, —dijo—. Mujeres
humanas... ya que parece que te gustan.
Mi ira apareció, pero luché contra ella. Sólo había amado a dos mujeres
en toda mi vida, y ninguna de ellas era vampira. Mi vida sería mucho más
fácil si lo fueran.
—Las mujeres humanas sólo sirven para dos cosas: alimentarse y follar.
Si quieres dedicar tu vida a alguien, hay muchas mujeres vampiro que te
tendrán a ti, Príncipe de los Originales, mi sucesor.
—No puedes elegir a quién amar, Padre. —Nunca hubiera elegido esto.
Mi amor por Harlow me había complicado la vida. Ahora estaba destrozado
porque la había perdido. Era testaruda y orgullosa como su padre, así que
sabía que no me aceptaría después de lo que había hecho... no sin una
explicación que lo justificara. —Viajaremos a HeartHolme por la mañana y
acamparemos fuera de los muros del castillo. El plan es volver al este para
destruir la fuente de inmortalidad de los demonios. Eso puede provocar un
ataque, o puede que no. Luego partimos y regresamos a casa.
—Un rey que viene en su ayuda debería ser tratado con mayor respeto
que eso. Merezco el dormitorio más grande de su fortaleza.
—No.
Sus cejas se levantaron.
—Ningún vampiro entrará en HeartHolme, incluido tú.
—¿No confías en mí, hijo?
Dije la verdad. —No.
Su mirada se endureció. —Parece que en realidad no nos necesitas....
—Ya tuvimos una batalla hace unos días. Perdieron a la mitad de su
gente en el ataque. No sobrevivirán a otro, no con su número.
Mi padre cruzó los brazos sobre el pecho, con la cabeza ligeramente
ladeada. —Qué triste...
Ignoré el comentario. —Tendré que llevar a algunos de los nuestros al
cristal. Los demonios son fuertes, un desafío incluso para mí. Los humanos
no sobrevivirán al viaje.
—¿Cuántos?
—Al menos cincuenta.
Seguía mostrándose decepcionado por todo aquello.
—No tenías que haber venido.
—¿Y dejarte aquí para que mueras?, —preguntó con frialdad. —¿Mi
primogénito? ¿Mi sucesor? ¿Mi único hijo que sabe lo que significa
gobernar con puño de hierro?
Su único hijo que odiaba a los humanos tanto como él... eso era lo que
quería decir. —¿Cómo están las cosas en casa ahora que los Etéreos han
sido derrotados? —Intenté cambiar de tema, recuperar un atisbo de lo que
había sido nuestra relación anteriormente.
—¿Derrotado? —Cogió una botella de la mesa y se sirvió un vaso. —
Recibidos con los brazos abiertos suena más bien.
—Kingsnake y Cobra mencionaron lo que pasó.
—No merecían ser indultados, pero tus hermanos estaban dispuestos a
luchar conmigo por ello. —Tomó un trago. —No tenía otra opción. Y
entonces Cobra se casó con una de ellos...
Me había mostrado frío con ella desde el momento en que había
conocido sus verdaderos orígenes, pero sabía que tenía que ser mejor
después de todo lo que Cobra había hecho por mí.
—¿Dijeron cómo alimentaban los Etéreos su inmortalidad? —Su tono
era grave y agudo, cargado de rabia no gastada.
Negué con la cabeza, temiendo la respuesta.
—Almas humanas. Todas las personas que han fallecido desde el
ascenso al poder de los Etéreos han pasado alimentando su inmortalidad. —
Me miró a la cara, esperando mi reacción.
Tardé un momento en asimilar aquella información y sus dolorosas
consecuencias. Eso significaba que cuando Madre murió... nunca pasó a
mejor vida. Y eso significaba que cuando Renee... No pude terminar el
pensamiento. Era demasiado horrible. Tan horrible que casi me caigo de la
silla.
Mi padre sintió todo lo que yo acababa de sentir y asintió con la cabeza.
—Y tus hermanos lo defienden. Insisten en que tenemos que seguir
adelante. Si no fueran mis hijos, habría matado a cada uno de ellos y a
cualquiera que apoye a los Etéreos.
Estaba fuera de mí por la pérdida. No tenía ni una palabra que decir.
—Son unos cobardes por no decírtelo.
Tragué saliva y miré la botella que había entre nosotros. Luego la cogí
y me la acerqué, bebiendo directamente del tapón en lugar de servirme un
vaso. No había sentido tanta miseria desde que Renee había muerto. Casi se
me saltaban las lágrimas.
La voz de mi padre se suavizó. —Lo siento, hijo. Debería habértelo
dicho en mejor momento.
Me quedé mirando la mesa que había entre nosotros.
—Hijo.
Por fin levanté la barbilla para mirarle.
—No hay nada que pudieras haber hecho. Nada que nadie hubiera
podido hacer. Aceptemos o no a los de su clase... lo hecho, hecho está.
Le miré fijamente a la cara, pero no pude comprender sus palabras.
—No es culpa tuya.
—Sí es culpa mía. Es completa y absolutamente culpa mía. —Estaba
muerta por mi culpa. No tenía alma... por mi culpa.
—Recuerdo a Renee, —dijo suavemente. —Ella no querría que te
sintieras así...
—Basta. —No quería hablar de ella. Nunca quise hablar de ella. Nunca.
Nunca.
Mi padre se reclinó en su silla y se quedó callado.
Bebí otro trago de la botella y luego la acuné cerca de mí. —Te veré
por la mañana. —Me levanté de la mesa, llevándome la botella.
—Aurelias.
Salí de la tienda y no me detuve.
***

Estuve despierto toda la noche.


No me acomodé en la tienda. Me apoyé en un árbol y bebí solo,
mirando las estrellas y observando cómo cambiaban de posición a medida
que pasaba la noche. El cielo cambiaba de color a medida que
abandonábamos la parte más oscura de la noche y nos acercábamos a la
mañana. El azul oscuro fue sustituido por el rosa, el morado y el naranja.
El campamento empezó a recoger y a prepararse para partir. Mis
parientes prepararon los caballos y los carros. Cuando miré hacia el mar, vi
la flota de barcos, al menos un centenar flotando lejos de la orilla.
Tardamos unas horas en preparar la partida. Mi padre me trajo mi
caballo, una yegua negra que tenía mal genio pero no se atrevía a
desobedecerme. Cuando la vi, enseguida agachó la cabeza para que mi
mano pudiera abrazar su mejilla. —Yo también me alegro de verte, chica.
—Le di unas palmaditas en el flanco antes de subirme a su montura.
Mi padre se acercó en su caballo oscuro, como un rey en su pesada
armadura, con los ojos cautelosos como si el recuerdo de nuestra
conversación aún estuviera fresco en su mente. Pero no lo dijo en voz alta,
no hizo preguntas que yo no quisiera responder. —Ve delante, hijo.
Dejamos la orilla y cabalgamos hasta HeartHolme, el viaje nos llevó
todo el día a caballo. Cuando llegamos, era el atardecer, las antorchas de la
ciudad ya se habían encendido para iluminar la noche que se avecinaba. Las
puertas estaban abiertas, como si los supervivientes de la batalla acabaran
de entrar en HeartHolme aquella tarde. Permanecieron abiertas mientras nos
acercábamos, pero no se permitiría la entrada a ningún vampiro bajo mi
vigilancia.
Mi padre y yo acercamos nuestros caballos a las puertas.
—Parece que nos invitan a entrar. —Me miró fijamente, con las riendas
tensas en la mano.
—Acamparemos fuera de las murallas, —dije—. Sin discusión.
Mi padre tenía una mirada dura, como si quisiera discutir pero no
quisiera gastar energía.
—Hablaremos con el rey Rolfe en el castillo, pero debes regresar aquí
una vez que esas conversaciones hayan concluido.
—He traído mis propias putas, Aurelias.
—No me importa, —dije fríamente. —Te agradecería que mostraras
más respeto hacia el rey Rolfe. Era obvio que lo despreciabas.
—Yo no juego, —dijo—. Ya lo sabes.
—Se llaman modales, padre.
—Yo soy el que viene a su rescate, —espetó—. Así que no me
inclinaré ante él.
Dejé que la conversación muriera, sabiendo que no llegaría a ningún
lado con mi padre. Era obstinado y testarudo. Me hizo darme cuenta de lo
intolerable que solía ser, de por qué Kingsnake me había dado un puñetazo
en la cara cuando llamé zorra a Larisa. Yo era una persona muy diferente
ahora, y no me había dado cuenta de lo mucho que había cambiado hasta
que me enfrenté a mi pasado. —Vámonos.
Entramos juntos por la puerta y luego dimos el largo paseo hasta el
castillo. Mi padre miró a su alrededor mientras atravesábamos la ciudad, por
los callejones entre las casas, a los humanos que pasaban por las calles
empedradas. No parecía impresionado.
Llegamos al castillo y subimos las escaleras hasta el gran salón, donde
nos esperaba Huntley. No llevaba su armadura, sólo su uniforme de rey.
Ahora que sabía que mi padre era más enemigo que amigo, ya no era tan
amable como antes. De hecho, el único saludo que recibió mi padre fue una
mirada fija.
Cuando entramos en la habitación, la tensión era máxima, tan densa
que era como humo en mis pulmones. Mi padre y Huntley se miraron
fijamente mientras Kingsnake y Cobra miraban a mi padre y esperaban a
que su mirada se encontrara con la de ellos.
Harlow estaba allí y, por supuesto, mis ojos fueron directos a los suyos.
Se clavaron, y esa conexión provocó una oleada de emoción en mi
interior. Después de mi conversación con Huntley y de las noticias que mi
padre había compartido conmigo, quería ir directamente a sus brazos y
perderme en su contacto.
Pero ella apartó la mirada y, un segundo después, la angustia se hizo
patente. Su agitación era tan cruda, como si mi traición hubiera ocurrido
hacía unos minutos y no hacía días. Le dolía físicamente estar cerca de mí,
mirarme y recordar lo que había hecho. Su dolor era mucho mayor que su
añoranza... y ella no me añoraba en absoluto.
Mis ojos abandonaron su rostro y no volvieron.
Kingsnake se acercó a mi padre. —Has venido. —A diferencia de
nosotros, no hubo intercambio de afecto.
—No me quedó más remedio, —dijo padre. —Ya que tres de mis
cuatro hijos están aquí... mientras que el último está ahora a cargo de
nuestro reino. —Miró fríamente a Kingsnake, como si de algún modo
hubiera sido culpa suya que yo me negara a volver.
Cobra palmeó a Padre en el brazo. —Vamos, relájate. En el pub hacen
un asado estupendo.
Padre le miró como si no tuviera ni idea de quién era.
Larisa y Clara se quedaron atrás, como si supieran que su acercamiento
no sería bien recibido.
Fang rodeaba los hombros de Larisa. Asesssino de serpientes... Soltó un
siseo audible.
El padre desvió la mirada hacia Fang. —Mantén a tu mascota lejos de
mí, o le cortaré los colmillos.
—No le hables así. —No fue Kingsnake quien dijo eso, ni siquiera
Larisa.
Fue Harlow.
Mi padre se giró lentamente para mirarla por última vez. Parecía
haberse dado cuenta de quién era, probablemente porque era joven y
preciosa. Su mirada se desvió hacia mí, como si esperara una presentación o
una explicación.
Me gusta. Mucho.
Instintivamente me acerqué a Harlow, interponiéndome entre mi padre
y ella, no porque temiera que mi padre le hiciera daño. Era sólo instinto. —
Padre, ella es Harlow. —No le di ninguna otra presentación porque no la
necesitaba. Ya le había dicho a mi padre que la amaba. No hacía falta decir
nada más.
Padre giró su cuerpo hacia ella y la miró fijamente.
Ella le devolvió la mirada, pero no dijo nada.
—Nunca he conocido a un humano al que le gusten las serpientes.
—Si todas las serpientes fueran como Fang, seguro que a todos los
humanos les gustarían, —dijo ella.
Me adora.
Mi padre volvió a la mesa. —Hablemos de logística. —Apartó una de
las sillas y tomó asiento. —Mi gente quiere estar aquí el menor tiempo
posible... sobre todo cuando viven en tiendas. —Su mirada venenosa estaba
reservada para mí.
Nos acercamos a la mesa, y justo cuando pensaba que Harlow tomaría
asiento a mi lado, se movió hacia el otro lado, ocupando el asiento junto a
Larisa, donde Fang se deslizó alrededor de su silla y luego en su regazo.
Ella sonrió y empezó a rascarle la cabeza con sus largas uñas, unas uñas
que solían rascarme la espalda todas las noches.
Todos los demás tomaron asiento, Huntley e Ivory frente a mi padre y a
mí.
Mi padre me miró a mí y luego a Harlow, probablemente sospechando
problemas ya que había elegido a una serpiente en vez de a mí.
Kingsnake habló primero. —Hemos fabricado cincuenta explosivos
para llevarlos con nosotros al cristal del este. No pudimos encontrar los
componentes para hacer más, pero cincuenta deberían ser suficientes,
suponiendo que sólo la mitad de ellos funcionen.
—¿Por qué iba a funcionar sólo la mitad? —pregunté.
—Porque no soy un experto como lo es Viper, —espetó Kingsnake. —
Llevamos cincuenta vampiros con nosotros, destruimos el cristal y luego
regresamos. Con la destrucción del cristal, existe la posibilidad de que los
demonios huyan a otra parte en un intento desesperado por encontrar otro
cristal que alimente su inmortalidad. Porque, si luchan contra nosotros sin
él, se habrán ido para siempre. O se darán cuenta de que han diezmado la
población humana a menos del cincuenta por ciento de lo que una vez fue...
y se arriesgarán. Podría haber cristales bajo esta tierra, así que vienen aquí,
nos conquistan, y luego se llevan todo lo que hay debajo.
—¿Cuáles son sus números? —Preguntó Padre.
—Al menos treinta mil, —respondió Kingsnake. —Basándonos en la
última batalla.
—¿Y cuántos hombres tenemos? —Padre preguntó.
—Perdimos la mitad de nuestro ejército y nuestros civiles en la última
batalla, —dijo Huntley. —Así que sólo nos quedan unas cuarenta mil
personas. La mitad son militares y la otra mitad civiles, mujeres y niños.
Nos superan en número casi dos a uno.
—Más bien quince a uno, —dijo Kingsnake—. Basándonos en la
fuerza...
Huntley lo miró fijamente, probablemente ofendido, pero no dijo nada.
—El ejército de vampiros iguala el marcador, —dijo Kingsnake—.
Dramáticamente.
—Si vienen, ganaremos, —dije—. Y con ese cristal destruido, nunca
los volveremos a ver.
—¿Qué significa eso? —Padre se volvió hacia mí. —¿Volverlos a ver?
—Sus poderosos cristales los devuelven a la vida, —dije—. Cada vez
que mueren, regresan con nuevas cicatrices. Así que no sólo son
inmortales... sino también invencibles.
Mi padre se quedó mirando un buen rato, intentando asimilar aquella
información. —¿Cómo?
—No tengo ni idea de cómo funciona. —Los demonios eran los únicos
que podían explicarlo, pero nunca compartirían esa información.
—También tenemos a los Exiliados de Palladium, —dijo Ian. —Hay
unos cinco mil de ellos. Lucharán con nosotros.
—¿Cinco mil humanos?, —preguntó mi padre. —No hará ninguna
diferencia.
—No cuentes tus victorias hasta que hayas ganado, —dije fríamente.
—Eso es lo que nos enseñaste.
Mi padre me miró fijamente pero se guardó sus palabras.
—Te acompañaré al cristal, —dijo Huntley. —Me parece mal que sólo
haya vampiros en esta lucha. No estaría bien permitir que arriesgarais
vuestras vidas si yo no estoy dispuesto a hacer lo mismo.
Mi padre se volvió para mirarle, y se produjo una larga mirada.
—Tú perteneces a tu gente, —le dije. —Nosotros nos encargaremos del
cristal.
Sus ojos se clavaron en los míos. —Insisto.
—También tenemos a los Teeth, —dijo Ian, cortando la tensión. —Pero
para cuando lleguen, probablemente la guerra habrá terminado hace tiempo.
—¿Cuándo debemos irnos? —Kingsnake preguntó. —No tenemos
tiempo que perder.
—Esta noche, —dijo Huntley. —Saldremos en dragón esta noche y
viajaremos por el este al amparo de la oscuridad. Podremos llegar al túnel
secreto sin que se den cuenta de que estamos allí.
Kingsnake asintió con la cabeza. —¿Alguna objeción?
La habitación estaba en silencio.
—Entonces prepárense para partir. —Huntley fue el primero en ponerse
de pie. Todos los demás siguieron su ejemplo.
Kingsnake se acercó a Larisa para hablarle en voz baja, y mi padre se
levantó de su asiento para abandonar la sala y regresar a su campamento al
aire libre. Fang se deslizó fuera de la silla de Harlow y se movió alrededor
de los hombros de Kingsnake. Ivory e Ian se alejaron, sumidos en sus
pensamientos. Uno a uno, todos se fueron.
Excepto Huntley y yo.
Yo me quedé en la mesa porque, a diferencia de los demás, no tenía
adónde ir. Harlow había sido mi hogar, pero ahora me trataba como a un
extraño. Todo lo que tenía era mi fría cama en una cabaña vacía... botellas
de alcohol esperándome.
Huntley volvió a su asiento, el de enfrente. —Tú y tu padre no parecéis
muy unidos.
Me encorvé en la silla. —Es un reto...
—¿Un reto cómo?
Miré por la ventana detrás de él, viendo antorchas en la distancia. —No
soy el mismo hombre que era cuando me fui. —Mi padre toleraba a mis
hermanos, pero nunca había tenido que tolerarme a mí. Ahora, eso se había
acabado. —No está contento con eso.
—¿En qué has cambiado?
Volví a dirigirle la mirada y decidí ser sincera. —Mis hermanos
siempre han tenido una postura más conservadora respecto a las relaciones
humanas: tratarlos como iguales y no como inferiores. Mi padre y yo, en
cambio, hemos visto a la raza humana como mero ganado.
Escuchó sin juzgar.
—Obviamente, ahora pienso de forma muy distinta. —No era sólo
Harlow quien me había ablandado el corazón, sino el hombre que tenía
enfrente, un hombre al que me veía obligado a admirar por su abnegación y
su valentía. —Yo era el hijo favorito, pero ahora no siente más que
decepción por mí. Nunca pensé que viviría para ver este día. —Solté una
risa dolorosa, sarcástica. —Perdí la relación con mi padre por una mujer
que ya ni siquiera me quiere.
Los ojos de Huntley bajaron la mirada momentáneamente.
—No puedes venir con nosotros, Huntley.
—No necesito tu preocupación...
—Tienes que quedarte aquí para mantener a raya a mi padre.
Se aquietó ante mi afirmación.
—Le dije a mi padre que no se les permite entrar en HeartHolme por
ninguna razón. Debería obedecer esa petición, pero por si acaso no lo hace...
tienes que estar aquí. Si sabe que no estás aquí, podría hacer algo que no
haría de otro modo.
Continuó mirando fijamente, sus pensamientos pululaban con tantas
emociones diferentes que ninguna era distinta. —No entiendo la política de
tu familia. Un padre debería unir a su familia, pero desde que entró en
nuestras vidas, he visto que os divide a todos. Todos os comportáis de forma
diferente a su alrededor... casi como si tuvierais miedo.
Teníamos miedo.
—Nunca querría que mis hijos se sintieran así conmigo.
—Porque eres un buen padre, Huntley. Mi padre es... complicado.
—¿Por qué es tan complicado?, —preguntó.
—Bueno, no era así cuando mi madre vivía. Entonces era un buen
hombre. Nos enseñó a cazar, a proveer, pasaba tiempo con nosotros porque
quería, no porque tuviera que hacerlo. Supongo que seguimos tolerando su
extremismo porque recordamos cómo era antes.
—¿Por qué odiabas a los humanos tanto como él mientras que tus
hermanos no?
Otra pregunta complicada. —Supongo que odiaba a los humanos por lo
que le habían hecho a mi madre. Mis hermanos eran lo suficientemente
sabios como para entender que el hecho de que unos pocos hombres fueran
malvados no significaba que todos lo fueran, pero yo no estaba de acuerdo.
Me aferré al rencor, me aferré a ese dolor... y mi padre también.
—¿Sabe Harlow lo que le pasó?
Negué con la cabeza.
—¿Por qué no se lo has contado?
Me miré las manos sobre la mesa. —Durante mucho tiempo, intenté
contenerme todo lo posible porque sabía hacia dónde se dirigía nuestra
relación... y no quería que ocurriera. Pero al final no importó, porque de
todos modos me enamoré perdidamente de ella. —No lo miré a los ojos
para evitar la incomodidad de su mirada.
Huntley no dijo nada, tal como yo esperaba.
Seguí con la mirada fija en la mesa.
—Siento... que tu padre te trate así.
Levanté la mirada.
—Amo a mis hijos de forma diferente, pero los amo igual.
Sabía cuánto amaba a su mujer y a sus hijos porque lo sentía siempre
que estaban juntos en la misma habitación. —Siento tu amor siempre que
estás cerca de tu familia, y mi padre nunca ha sentido eso por mí, por
ninguno de nosotros. Al menos, no desde que somos vampiros.
Huntley me miró fijamente, suavidad en sus ojos, tristeza en su
corazón. —Si perdiera a mi esposa... —Hizo una larga pausa, como si decir
esas palabras bastara para volverlo inconsolable. —Nunca volvería a ser el
mismo. Pero si acaso, mi amor por mis hijos se profundizaría porque ellos
serían todo lo que me quedaría. —Tragó saliva. —Eres un buen hombre,
Aurelias. Tus hermanos también. Todos merecéis esa clase de amor.
No pude sostenerle la mirada por más tiempo y la dejé caer, mirando de
nuevo a la mesa, su mirada fija de repente demasiado para mí. Hasta ahora
no me había dado cuenta de que el amor de mi padre era condicional. Nunca
me había dado cuenta de que yo sólo era el favorito porque tenía el mismo
veneno en el corazón. Ahora que el amor había sustituido a mi amargura...
había perdido mi lugar.
Capítulo 19
HARLOW

Nuestra relación se había interrumpido bruscamente, pero él seguía


formando parte de nuestras vidas como si siempre hubiera estado ahí.
Siguió luchando a nuestro lado como si le importáramos tanto como
nosotros mismos. Yo estaba en mi habitación, atrapada en mi miseria, pero
él seguía como si nada hubiera cambiado.
Daría cualquier cosa por sentirle como él me sentía a mí.
Para saber que no estaba sola.
Nunca vino a mi alcoba. Nunca intentó hablarme. Lo máximo que hacía
era mirarme fijamente. Ahora que estaba a punto de irse a destruir el cristal,
nuestra relación terminaría pronto de todos modos, pero era en lo único que
podía pensar.
Iban a marcharse dentro de una hora, así que bajé hasta su cabaña, con
el corazón palpitante en la garganta. Intenté tragarlo de nuevo, pero estaba
alojado en el espacio. Una oleada de nervios me inundó, y odié el hecho de
que sintiera todo eso.
La puerta se abrió cuando ni siquiera había llamado, y él estaba allí,
mirándome fijamente con la pesada armadura que lo mantendría con vida en
este peligroso viaje. Sus ojos oscuros tenían nubes de tormenta, y su
respiración fue inmediatamente diferente, como si su corazón muerto
también hubiera saltado a su garganta.
Le miré fijamente.
Él me devolvió la mirada.
Había tenido el valor de venir hasta allí, pero no tenía el valor de
hablar. Dejé caer los ojos al suelo y entré en la pequeña casita, con el fuego
de la chimenea casi apagado y la escarcha pegada a las ventanas.
Cerró la puerta tras de mí y volvió a mirarme.
Ahora que me miraba fijamente, me quedé inmóvil. Tenía tanto que
decir, pero ni una sola palabra se formaba en mi lengua. Todavía estaba
herida por su traición, pero ninguna angustia me haría dejar de amarlo. —
Tengo miedo... —Eso fue lo mejor que pude articular, sonando como una
niña.
Se acercó más a mí, con los ojos clavados en los míos con
desesperación. —Ya he pasado por eso. Estaré bien.
—Sabrán que vienes...
—Pero no sabrán que me acompañará un ejército de vampiros y
explosivos.
—No tienes que hacer esto. —Lo estaba haciendo por mí, a pesar de
que yo había terminado las cosas.
Sus ojos no habían cambiado. No había parpadeado. —Sí, tengo que
hacerlo.
Cuando su mirada fue demasiado, cambié mi mirada a otra parte. —
Aurelias...
Se abalanzó sobre mí, me cogió la cara con la mano y sus labios se
posaron sobre los míos, apoyándome contra la pared con un movimiento
fluido.
Me dejé llevar al instante por su abrazo, y mis labios se movieron con
los suyos por instinto. Su afecto era café caliente en una mañana de
invierno, sábanas frías en un día de verano, lluvia hasta el jardín de rosas
fuera de los muros del castillo. El calor descongeló mi corazón enfadado y
me hundí en un charco en el suelo, a sus pies.
Pero entonces la realidad volvió a mí, y hablé contra sus labios. —
Dime por qué. —Me aparté para mirarle a la cara, para ver su reacción
porque su expresión era lo único que me decía.
Se quedó quieto ante la pregunta.
—Dime. Dime. Dime por qué. —Mis ojos se movieron de un lado a
otro entre los suyos, sabiendo que había un secreto guardado tras esa mirada
fuerte. Me había encerrado en el frío y había atrancado la puerta. Su
corazón se había bloqueado y no había forma de entrar.
Sus ojos permanecían duros e impenetrables. Su respiración se había
acelerado ligeramente, y no a causa de los besos. El conflicto estaba escrito
en su mirada, el debate interno estallando en su interior. Pero bajó la cabeza
y guardó silencio.
—¿Por qué no me lo dices?
Sus ojos permanecían en el suelo.
—Prefieres perderme a decirme la verdad.
No me miró.
—Aurelias.
Inspiró profundamente antes de obligarse a mirarme. —No puedo...
—¿No puedes explicarme por qué prefieres alimentarte de otra
persona? ¿Por qué preferías a otra mujer en vez de a mí? ¿Por qué
compartirías algo tan íntimo con alguien que no significa nada para ti en
lugar de con la mujer por la que te estás jugando la vida y el más allá?
Sus ojos se desviaron. —No puedo.
Me dolió de nuevo. —¿Así es como quieres que terminen las cosas? —
Hice todo lo que pude para luchar contra mis lágrimas, para suprimir el
calor que ardía detrás de mis ojos, pero su negativa fue como un cuchillo en
mi corazón. O no confiaba en mí o no me creía merecedora de sus secretos.
—No quiero que esto acabe nunca, Harlow. Los últimos días han sido
de los peores de mi vida, y lo único que he querido hacer es correr
directamente hacia ti. —Sus ojos volvieron a encontrar los míos, firmes una
vez más. —Mi padre es un gilipollas, y me he enterado de que el alma de
mi madre se ha ido para siempre...
—¿Qué quieres decir con que se ha ido para siempre?
Hizo una pausa antes de continuar. —Es una larga historia. Pero
nuestro enemigo en casa alimentaba su inmortalidad con las almas de
inocentes. Nos llaman monstruos porque nos alimentamos de sangre, pero
la única alma que destruimos es la nuestra.
—Lo siento... —No entendía el peso de sus palabras, pero su tristeza
era como hielo en mi corazón. —Y también siento lo de tu padre.
Sus ojos estaban en otra parte ahora, mirando más allá de mí por la
ventana. —Mi padre es un gilipollas porque mi madre fue violada y
asesinada. Entiendo que eso es algo que no se supera. Y saber que su alma
hace tiempo que se fue y que no hay otra vida para ella ha alimentado aún
más su rabia. Lo entiendo... pero apenas puedo tolerarlo.
Se me encogió el corazón cuando me confió aquella horrible noticia,
sobre todo cuando la soltó tan a la ligera. —No lo sabía.
—Me resulta difícil hablar de ello.
—Lo siento. —Mis palabras se sentían vacías porque nunca
compensarían el peso de su dolor. Eran sólo aire y nada, y su dolor era tan
real como un sólido trozo de piedra.
—Sé que lo sientes. —Sus ojos volvieron a encontrar los míos.
—No entiendo por qué puedes confiarme esto... pero no lo que necesito
saber.
Sus ojos volvieron a desaparecer. Se fueron a otro lugar al instante. —
Porque es infinitamente más doloroso que lo que acabo de decirte.
¿Cómo puede haber algo más doloroso que eso?
Cuando no dije nada, habló. —Tengo que irme.
Mi corazón dio un vuelco, temiendo que esta fuera la última vez que lo
viera. —Aurelias, odio esto.
—No más que yo.
—Lo que hiciste es imperdonable... pero quiero perdonarte.
Sus ojos se endurecieron en mi cara, volviéndose intensos como si
fuera a agarrarme y besarme de nuevo.
—Dame una razón para perdonarte.
Sus ojos se volvieron cautelosos.
—Dame una razón, —susurré—. Por favor...
Bajó la mirada.
—Dime por qué.
Sus ojos no volvieron a encontrarse con los míos. Me rodeó y cogió su
espada, que estaba apoyada en la pared. La enganchó en la vaina que
llevaba a la espalda y se dirigió a la puerta.
Me giré y lo vi marcharse, ahora de espaldas a mí.
Sin mirarme, habló. —Lo siento, cariño. —Luego salió y dejó la puerta
abierta de par en par.
Capítulo 20
AURELIAS

Me reuní con mis hermanos en el claro donde nos esperaban los


dragones. Estaba oscuro y las antorchas eran nuestra única fuente de luz.
Cincuenta vampiros estaban allí también, todos Originales, todos con la
misma habilidad que yo poseía.
Y Huntley estaba allí, listo para despedirnos. —Mi hermano va a
acompañaros para poder comunicarse con los dragones. Con tantos
dragones abandonando nuestro reino, es imperativo que los mantengamos a
salvo.
—Entiendo.
—¿Tienes los detonadores?
—Sí. —Kingsnake levantó el saco por encima de su hombro.
Huntley me miró de nuevo. —Ahora es cuando te digo lo mucho que
aprecio tu sacrificio... pero no hay palabras de gratitud que pueda expresar
que igualen tus acciones.
—No lo hago por gratitud, así que puedes ahorrarte el aliento.
Por primera vez, Huntley esbozó una sonrisa como si fuera a reír. Pero
luego desapareció tan rápido como llegó. —Los dos estuvimos allí abajo.
Ambos sabemos lo que te espera. Puede que seas un vampiro, pero hay
cosas ahí fuera que no entendemos. Ten cuidado, no seas arrogante.
Asentí en señal de comprensión.
—Ojalá pudiera luchar a tu lado, pero tienes razón, mi lugar está aquí,
con mi gente.
Asentí con la cabeza.
—Por favor, volved todos. —Miró a mis hermanos y agarró a cada uno
por el hombro antes de marcharse y reunirse con su mujer. Harlow no bajó a
despedirme. Se había quedado en la cabaña después de que me fuera, con la
mente ardiendo de dolor hasta que estuvimos tan lejos que ya no pude
sentirlo.
—Vámonos. —Me acerqué a Storm y subí.
Cobra permaneció en el suelo, mirándome con las manos en las
caderas. —¿Se supone que sólo tengo que subir?
—Usa las cuerdas de la silla de montar.
Se agarró a la cuerda y se izó lentamente, subiéndose por fin a la silla
de montar. —¿Quieres que te haga la cucharita o quieres hacérmela tú a mí?
—Tú estás detrás.
—Espero que no te moleste mi polla dura en tu espalda...
—¿Por qué tienes la polla dura?
Se movió detrás de mí, con el pecho pegado a mi espalda. —¿Has visto
a mi mujer? Siempre está dura.

***

Volamos a través de las montañas en plena noche, así que no había nada
que hacer excepto mirar las estrellas. No había dormido en casi dos días y
estaba cansado, pero la inminente misión era suficiente para mantener mi
mente bien despierta.
—¿Todavía no van bien las cosas entre Harlow y tú? —preguntó Cobra
desde atrás.
Tardé un rato en contestar. —No. —Cobra y yo nunca fuimos el tipo de
hermanos que tienen conversaciones de corazón a corazón. Kingsnake era el
único con el que tenía conversaciones algo serias.
—Qué vergüenza. Tiene un culo estupendo.
—¿Quieres que te eche ahora mismo?
—¿Qué? —Se encogió de hombros. —Clara tiene un culo estupendo.
No me molestaría que lo dijeras.
—Nunca le he mirado el culo a tu mujer.
—Bueno, tal vez deberías.
—Estamos a punto de entrar en el dominio de los demonios, y actúas
como si todo fuera una broma...
—La vida es una broma, hombre. Relájate. —Me dio una palmada en el
hombro.
—Hablo en serio, Cobra.
—Perdona, ¿hay demonios aquí ahora mismo?, —preguntó incrédulo,
mirando a izquierda y derecha. —No nos pasará nada. Ya he pateado
traseros de demonios dos veces. Y si vamos a morir, prefiero morir riendo
que llorando.
Pasamos el resto del viaje en silencio, el aire se iba calentando poco a
poco a medida que nos alejábamos hacia el este. A la luz de las estrellas,
pudimos ver que las montañas habían sido sustituidas por desierto, y
viajamos por el mundo abierto con la esperanza de que nadie más abajo
viera nuestra progresión. Puede que uno o dos dragones no fueran
suficientes para ser vistos, pero veintiséis dragones era otra historia.
Llegamos a las montañas donde se encontraban los Exiliados de
Palladium y comenzamos a descender, con Ian a la cabeza como si supiera
exactamente adónde ir. Aterrizó en la maleza instantes después y desmontó.
Los demás dejamos a los dragones y nos unimos a Ian, mientras el cielo
cambiaba de tonos negros y azules a los colores claros del amanecer. Se
adentró en las montañas, tomando un camino entre los árboles hacia un
terreno más elevado. Todos le seguimos en fila, subiendo sin hacer
preguntas.
Al cabo de veinte minutos, estábamos a mucha más altura y las
antorchas se hicieron visibles. Supuse que habíamos llegado al territorio de
los Exiliados, la gente que sabía exactamente dónde estaba el pasadizo
oculto.
Finalmente, unos soldados vinieron a recibirnos, y parecieron
reconocer a Ian. Hablaron brevemente y luego nos escoltaron en una
dirección completamente distinta, a través de una cueva y hacia el interior
de una montaña. Dentro estaba oscuro, así que los guardias encendieron
llamas para guiarnos.
Ian se detuvo cuando las paredes empezaron a estrecharse. —Aquí es
donde os dejo. Los Exiliados dicen que este pasaje te llevará al dominio de
los demonios. Necesito quedarme con los dragones mientras estás fuera.
Miré dentro del estrecho túnel, oscuro con telarañas en las esquinas.
Este era el pasadizo que Beast nos había dicho que tomáramos, donde
comprobaría nuestra aparición a diario. —Podemos seguir desde aquí.
—Buena suerte. —Ian nos hizo un gesto con la cabeza antes de
alejarse.
Cuando se fue, sólo quedábamos nosotros, vampiros en una tierra muy
diferente a la nuestra, luchando por una causa que no nos beneficiaba en
absoluto.
Cobra vino a mi lado. —Esto debería ser divertido.
Kingsnake fue el siguiente. —Nunca pensé que diría esto, pero desearía
que Viper estuviera aquí. Los detonadores en lugares oscuros son su fuerte.
—Así que hay una serpiente gigante que vive aquí abajo. —Cobra miró
hacia el techo, una gran tela de araña visible. —No creerás que las arañas
gigantes también... ¿verdad?
Kingsnake dio el primer paso hacia adelante. —Estamos a punto de
averiguarlo.

***

Hicimos el largo viaje hacia abajo, acercándonos al centro de la tierra,


el aire se volvía progresivamente más viciado a medida que viajábamos.
Podíamos ver en la oscuridad, así que no necesitábamos encender antorchas
para guiarnos. El camino parecía eterno y cada hora que pasaba nos
desmoralizábamos más.
Entonces el camino terminó, abriéndose en una sima gigante que estaba
tenuemente iluminada por los diversos cristales que había incrustados en
distintas superficies. Era un silencio distinto, distinto al de la nieve que cae
en una noche de invierno, distinto al de una alcoba silenciosa a medianoche.
En un lugar como éste, cada sonido resonaba, y el hecho de que no hubiera
ningún sonido... significaba que no había nada en absoluto.
—¿Y ahora qué? —Cobra preguntó.
—Esperamos a Beast, —dije—. Dijo que revisaría el pasaje una vez al
día por nuestra presencia.
—Entonces deberíamos descansar, —dijo Kingsnake—. Pon algunos
vampiros en guardia mientras el resto de nosotros dormimos.
Yo estaba muerto de cansancio, así que eso sonaba como un gran plan.
Unos cuantos vampiros se ofrecieron voluntarios, mientras el resto
intentábamos encontrar superficies planas para no rodar por el borde.
Desenrollé mi catre contra la pared y me metí dentro, tan cansado que me
quedé dormido en cuanto mi cabeza golpeó la pequeña almohada. Llevaba
varias noches sin dormir y no me había dado cuenta de lo mucho que
necesitaba descansar hasta que por fin pude hacerlo.
Me desperté cuando alguien me sacudió. —Ella está aquí. —Era la voz
de Cobra.
Abrí los ojos de golpe e inmediatamente me incorporé. —¿Cuánto
tiempo ha pasado?
—Unas diez horas.
Parpadeé varias veces, con la mente aguda en lugar de embotada. Me
levanté del catre y recogí mis cosas, pero entonces me di cuenta de que no
tenía sentido llevar la mochila más lejos. No podía llevar peso innecesario a
la batalla. La dejé donde estaba y me acerqué a la entrada de la sima.
Beast agachó la cabeza para acercarse a mí y sus ojos amarillos
brillantes se clavaron en los míos con interés. Su cabeza era tan grande
como la abertura de la sima y sus afilados colmillos del tamaño de una roca.
Hass vuelto.
Y tú también.
¿Tienesss un plan?
Sí.
¿Cuál es?
Hemos hecho explosivos para destruir el cristal.
¿Explosivosss?
Es difícil de describir, especialmente para una serpiente. Es
básicamente una bola concentrada de energía, y una vez que golpea algo
duro, toda esa energía se libera a la vez. Es como un terremoto.
Fassscinante.
¿Qué información puedes compartir con nosotros?
Ellos sssospechan que vienes. Vine está muy enojado porque lo dejaste
en ridículo.
No me dejó otra opción.
Los Sseñores de los Demonios están preparadosss.
¿Cuáles son sus habilidades?
Mágicasss.
¿Como cuales?
Nunca he sido tessstigo de sus poderes, pero sé que pueden manejar los
elementosss... como el fuego y el hielo.
Esperaba que cincuenta vampiros fueran suficientes.
Si fallas, será la muerte de mis crías. Ella acercó su cara. Tú. No
puedessss. Fallar.
Lo sé.
Ella apartó su cara. La única forma de llegar al crisstal es escalando
las fortalezas. Será máss rápido si te llevo a ella. Los otros tendrán que
luchar contra los Señores Demonio para darte la oportunidad. Una vez que
el cristal desaparezca... también lo harán susss poderesss. Cuanto más
rápido lo consigas, más rápido la lucha se volverá a tu favor.
Entiendo.
Y Vine estará ahí... y está enojado.
¿Cuáles son sus habilidades?
Es su sssucesor elegido. Es más fuerte que los otrossss demonios,
bendecido con una velocidad y fuerza sin precedentesss. Una vez destruido
el cristal, tendrá las habilidadessss de un hombre normal, pero supongo
que seguirá siendo un enemigo digno.
Me volví para mirar a Kingsnake y Cobra. —¿Habéis oído todo eso?
Ambos asintieron.
Oss llevaré a todos a las fortalezas. En cuanto lleguemos, lo sabrán.
¿Nos ayudarás?
Lucho por la vida de mis críasss. Recibirán la mordedura de mis
colmillos y la picadura de mi veneno. Una vez que el ataque comience, los
demonios vendrán en su ayuda. Yo lucharé contra ellossss.
Miré a mis hermanos. —¿Listos para esto?
Kingsnake tenía un atisbo de duda en los ojos, pero no le dio voz. —Sí.
Cobra no tenía más bromas bajo la manga. —Matemos a esos hijos de
puta y destruyamos ese cristal para poder volver con nuestras esposas.
Beast bajó la cabeza para que pudiéramos caminar sobre su cuerpo y
por su cuello.
—Vamos. —Tomé la delantera, pisando sus duras escamas y esperando
a que todos los demás siguieran caminando.
Mis hermanos fueron los siguientes, seguidos por todos los demás,
tomando un lugar en el cuello de la Beast o más abajo en su cuerpo.
Ninguno de ellos dudaba, no cuando las serpientes eran una parte tan
integral de lo que éramos.
Vamoss a matarlosss a todos.

***

Beast se deslizó a través de los diferentes abismos, conociendo su


camino bajo tierra a pesar de que todo me parecía igual. Había pequeños
grupos de cristales de distintos colores clavados en las paredes y el techo, y
debían de ser los que Beast utilizaba como marcadores para guiarse.
Veinte minutos después, volvimos al lugar al que nos había llevado
antes, lo que nos permitió ver la fortaleza tras las altas puertas de hierro. En
silencio, estudió la zona, viendo el cristal azul brillante que brillaba justo
encima de la fortaleza, la punta asomando por el agujero del techo. Todo
estaba tranquilo. Sólo había dos guardias apostados, ambos al otro lado de
la puerta, como si ni siquiera a ellos se les permitiera la entrada.
Beast se movió, agarrándose a las paredes de la sima y escabulléndose
por los lados, manteniéndose oculta mientras se acercaba a la fortaleza
desde un ángulo invisible. Era silenciosa, sus escamas se deslizaban por el
terreno rocoso sin hacer ruido. Las rocas no se desprendían ni caían. Era
una profesional del sigilo.
Prepara esosss explosivossss.
Preparé mi mochila. Ya los tengo.
Se expuso por primera vez, trepando por el abismo y luego por las
paredes de la fortaleza, llegando a la cima en pocos segundos.
Salté rápidamente, con los ojos entrecerrados por la intensa luz del
cristal.
Buena sssuerte. Se alejó deslizándose, volviendo al suelo para que el
resto de los vampiros pudieran saltar. Tal y como ella había dicho, en cuanto
llegamos se dieron cuenta, porque sonó un fuerte cuerno de la nada, de tono
grave, que reverberó en todas las paredes de la sima.
Los guardias desbloquearon rápidamente las puertas a pesar de que los
superaban en número, siendo reducidos por los vampiros y sus espadas
negras.
Saqué los explosivos uno a uno y los pegué al cristal, utilizando la
solución pegajosa que me había preparado uno de los hombres de Huntley.
Tuve que sujetar cada explosivo durante varios segundos para asegurarme
de que estaba bien pegado antes de pasar al siguiente. No podía ver la
batalla ni a mis hermanos, porque tenía un trabajo que hacer y no podía
desviarme de él.
Uno a uno, fijé los explosivos al cristal, moviéndome más arriba, tan
alto como podía para cubrirlo todo.
Entonces estalló un terremoto y tropecé hacia delante, atrapándome con
las manos pero haciéndome daño en la muñeca para amortiguar la caída.
Las vibraciones continuaron, tan intensas que mi cuerpo se balanceaba
arriba y abajo de forma incontrolada con el movimiento.
Entonces se detuvo y un grito agudo llegó desde todas direcciones.
—¿Qué coño? Me puse en pie y miré hacia la puerta. Por lo que podía
ver, una hilera de demonios corría hacia la fortaleza para matarnos a todos.
Tenía que haber cientos, todos viajando por los mismos puentes para llegar
hasta nosotros.
Volví a mirar el cristal, sabiendo que necesitaba llevar esos explosivos
más arriba si quería destruirlo por completo. Beast, necesito tu ayuda.
Estoy ocupada. Lanzó un siseo furioso y luego golpeó con su cuerpo el
puente que conectaba con la fortaleza, partiéndolo en dos para impedir que
los demonios lo cruzaran.
Tengo que colocar los explosivos más alto... Algo duro me golpeó la
espalda y caí al suelo, sin aliento. Todo sucedió tan deprisa que sólo pude
actuar por instinto, apartándome del camino a pesar de que mi cuerpo
gritaba de dolor. Menos mal que lo hice, porque una espada dorada se
estrelló contra mí.
Vine me miró, vestido con una armadura completa, a diferencia de los
otros demonios, y con la expresión más salvaje que jamás había visto. Su
rostro estaba teñido de rojo como un tomate maduro, y temblores sacudían
su cuerpo porque su rabia no podía contenerse. —Tonto. Tonto de mierda.
—Volvió a caer sobre mí.
Rodé para apartarme una y otra vez, esquivando su espada en el suelo
sin tener la oportunidad de ponerme en pie. Lo único que hice fue evadirme,
con la muñeca dolorida junto con el resto del cuerpo. Por fin tuve la
oportunidad de darle una patada en la espinilla e interrumpirle
momentáneamente para ponerme en pie.
Pero su espada me atravesó el pecho, cortando la serpiente dorada.
Ahora tenía una grieta donde había estado su espada, ya que su hoja dorada
era capaz de atravesar mi armadura.
Esquivé otro golpe de su espada mientras sacaba mi espada.
—Tu armadura te fallará. —Se lanzó contra mí, lanzando una ráfaga de
golpes que apenas pude seguir. Uno tras otro, todos con la misma fuerza e
intensidad, mientras me miraba como si no pudiera esperar a clavarme la
espada en la garganta. Sabía que así era como quería matarme, silenciando
mi voz para que no volviera a hablar mientras yacía moribundo. Pero
anticiparme a sus ataques no me bastaba para ganar, no cuando era tan
rápido.
Lanzó un grito y me dio una patada en el pecho, haciéndome volar por
el suelo hasta el borde. Se movió rápidamente para rematar la faena, para
empujarme con fuerza con el hombro y hacerme salir catapultado hacia el
suelo.
Me agaché en el último momento y me empujé hacia él, haciéndole
tropezar conmigo y rodar hacia el borde.
Lo pateé tan fuerte como pude, lanzando todo mi cuerpo hacia él,
sabiendo que tenía que matarlo antes de que él me matara a mí. Me vino a la
mente el rostro de Harlow, y supe que si yo moría, ella sería la siguiente.
Una oleada de fuerza me inundó y le dominé, haciéndole volar varios pisos
hasta el piso dorado de abajo.
Su cuerpo cayó al suelo con un ruido sordo y se quedó inmóvil.
Me quedé mirándolo un momento para asegurarme de que estaba
muerto antes de enfrentarme de nuevo al cristal, sin aliento y con la muñeca
palpitante.
Los gritos estallaron de nuevo y sentí el calor de las llamas. Miré hacia
abajo y vi cómo se desataban enormes bolas de fuego que volaban por el
suelo hasta el abismo. Luego vi cómo un vampiro era alcanzado por un
rayo, tan fuerte que cayó por el borde. Se me formaron bultos en los brazos
y se me cayó el estómago. Beast, ayúdame.
Ssujétate.
Corrí hacia los explosivos que quedaban y los saqué de la bolsa.
—¿De verdad creías que iba a ser tan fácil?
Me giré y vi el puño mientras volaba hacia mi cara.
El golpe fue tan fuerte que caí al suelo y el mundo se volvió negro.
Pero volví a despertarme de un sobresalto cuando sentí que la hoja
atravesaba mi armadura, mi corazón muerto y la piedra que había debajo de
mí.
Grité de dolor, el elemento dorado me hacía arder por dentro y por
fuera.
Vine estaba de pie junto a mí, con un gesto de rabia en el rostro.
Intenté moverme, pero me quedé clavada en el sitio, la espada era
demasiado fuerte para liberarme. No podía alcanzar la empuñadura, así que
la agarré por la hoja e intenté sacarla, cortándome las manos a través de los
guantes en el proceso.
Vine me observaba, fascinado. —Tonto. —Se dio la vuelta, tomándose
su tiempo, con las botas pesadas contra la piedra.
Vi lo que pretendía hacer, pisotearme con fuerza la cara con el pie una y
otra vez hasta que se me rompiera el cráneo y sólo quedara un montón de
sangre, vísceras y sesos. Beast, me va a matar.
Vine se paró sobre mí, miró hacia arriba, hacia los explosivos pegados
a los cristales, y luego volvió a mirarme hacia abajo. Gritos sonaron desde
abajo, vampiros siendo superados por los Señores Demonio de abajo. Mis
hermanos podían ser algunos de ellos. Mi trabajo era destruir el cristal, pero
había fallado.
Le fallé a Harlow.
Levantó su bota sobre mi cara y se preparó para pisotearme. —Qué
cara más bonita para desperdiciarla.
Le agarré la bota e intenté derribarle, pero me pisó la mano e hizo que
me doliera aún más la muñeca. Me dio una patada en un lado de la cabeza,
y tanto mi nariz como mi boca empezaron a sangrar. No podía superarle, no
cuando estaba inmovilizado, sangrando por todas partes.
—Hissssssssssss. —Las enormes mandíbulas de Beast arrancaron a
Vine de mí, y ella hizo crujir sus dientes, rompiéndole la columna vertebral
y todos sus huesos. En vez de tragárselo, lo arrojó fuera de su boca y al
abismo. No puedo ayudarte a ti y a tu familia al misssmo tiempo. Debesss
elegir.
—Necesito llegar más alto para destruir el cristal. —Intenté liberar la
espada, pero sólo conseguí que mis manos sangraran más. El cristal era más
importante que cualquier vida que hubiera debajo, porque mientras ese
cristal perseverara, la batalla continuaría.
Beast agarró la espada con los dientes y la liberó. Deprisa. Sólo
tenemos sssegundoss antes de que vuelva.
Me obligué a levantarme, con las manos resbaladizas de sangre, y
agarré el saco de explosivos antes de subirme a su cabeza, goteando sangre
por todas sus brillantes escamas. Me balanceé y estuve a punto de caerme.
¿Puedesss hacer esssto?
—Sí.
Levantó la cabeza para que yo pudiera alcanzarla. Deprisa.
Una a una, las fui pegando a los lados del cristal, subiendo hacia la base
para que lo destruyera todo en cuanto se produjera la explosión.
Agárrate.
Caí de rodillas mientras Beast se sacudía hacia la derecha.
—Hiiissssssss.
Sabía que Vine había vuelto, apuntando con su espada a Beast.
Seguí avanzando, clavando los explosivos, acabando rápidamente.
Entonces se produjo una explosión abajo, donde estaba la lucha.
Los estáss arrancando.
Apreté los dientes y seguí. —Cabrón...
Sonaron más explosiones, Vine quitando las que yo había puesto abajo
y lanzándolas contra los míos.
—Hecho.
Beast se apartó de inmediato y se acercó a Vine.
Salté de ella y aterricé con fuerza de costado, todo mi cuerpo gritando,
más sangre siendo exprimida de mis músculos.
Golpeó a Vine, pero él le atravesó la nariz con su espada de oro.
—¿Me traicionas, zorra?
—Hiiiiisssssssss. —Lo golpeó de nuevo, partiéndole el torso en dos
antes de arrojar su cuerpo por el borde. ¿Está lisssto?
—Sí. —Volví a subir por su cuerpo. —Aléjate.
Ella se alejó de la fortaleza, y fue entonces cuando tuve una visión clara
del caos. Los Señores de los Demonios habían desatado fuego y hielo sobre
los vampiros, quemándolos vivos o congelándolos en el lugar. Los
demonios se lanzaron a través del puente para entrar en la lucha.
Rápidamente escudriñé en busca de mis hermanos, pero no vi a
ninguno.
Dessstrúyelo.
Cogí el último explosivo que había guardado sólo para esto y lo lancé
contra el cristal. En el momento de la colisión, el explosivo detonó,
provocando que todos los demás hicieran lo mismo. Se desató una tormenta
de llamas y nubes, y el cristal se hizo añicos. Los fragmentos cayeron por
todas partes como gotas de lluvia azul. Fluyeron por el techo, expulsados en
todas direcciones.
La batalla se detuvo y todos se quedaron mirando, algunos aliviados y
otros aterrorizados.
Volvió el grito agudo, una cacofonía de varias voces a la vez.
—Sácanos de aquí.
Mis críasss. Si no llego a ellos primero, los matarán a todos. Viajó de
vuelta a la batalla y bajó la cabeza para que otros pudieran subir.
—¡Muévanse! —Corrí hacia la refriega y ordené a todos que se
marcharan. Ahora que el cristal había sido destruido, los demonios se
quedaban mirando hacia arriba, como si fuera a reformarse por pura
voluntad. En lugar de aprovechar la oportunidad para abatirlos, opté por
agarrar a todos los vampiros que pude. —Corre hacia la serpiente. —
Levanté a uno de los míos del suelo y lo puse en pie. —Ve. —Seguí
adelante, buscando a mis hermanos. —Kingsnake. Cobra.
Los demonios al otro lado del puente gritaron de rabia, y luego más de
ellos comenzaron a venir, arremetiendo contra nosotros con una venganza.
Tenemoss que huir.
No sin mis hermanos. —¡Kingsnake! ¡Cobra!
—¡Aquí! —gritó Kingsnake desde los escombros de la fortaleza, que
parecían haber llovido sobre ambos.
Me acerqué corriendo, consciente de la oleada de demonios que se
dirigía hacia nosotros. —Muévanse.
La armadura de Kingsnake apenas estaba ya en condiciones. Estaba
cubierta de hollín de las llamas. Un brazo estaba completamente desnudo,
ensangrentado. —Cobra... —Agarró a nuestro hermano por el brazo, pero
estaba inerte.
—No...
—Todavía respira, —dijo Kingsnake—. Estoy luchando para respirar a
mí mismo.
—Levántalo y ve con Beast.
Los ojos de Kingsnake estaban pesados.
—Evitaré que los demonios lleguen a ti. Necesito que lo cargues.
Kingsnake continuó tambaleándose en su lugar.
—Larisa. —Agarré su hombro y lo sacudí. —Piensa en Larisa.
Parpadeó varias veces antes de apretar los dientes y ponerse en pie.
—Ya está. —Me di la vuelta y saqué mi espada. Me sentía igual de mal
que Kingsnake, sin fuerzas para luchar contra la horda de demonios que se
empeñaban en matarme después de haber destruido su inmortalidad. Pero
apreté los dientes y me enfrenté a ellos, dando a mis hermanos la
oportunidad de escapar.
Se abalanzaron sobre mí, y con una fuerza que ya no sabía que tenía,
me enfrenté a sus espadas con las mías, enfrentándome a cinco a la vez,
rebanando su carne y haciéndolos caer a un lado. Eran enemigos mucho
más fáciles que Vine, así que fue un combate menos agotador.
Losss tengo. Corre.
A través de la multitud, lo vi.
Vine.
Debe haber regresado antes de que destruyera el cristal. Mi muerte
estaba prometida en sus ojos, su espada dorada estaba lista, preparada para
separar a la multitud y quitarme la vida.
Sabía que no tenía ninguna posibilidad, no en mi estado de debilidad,
no cuando había perdido tanta sangre. Derribé al demonio que tenía más
cerca y esprinté con todas mis fuerzas, lanzándome desde el borde de la
plataforma hacia el abismo.
Beast detuvo mi caída con la cabeza y me atrapó antes de que
desapareciera en la oscuridad. Luego se zambulló, y los sonidos de la
batalla se hicieron cada vez más lejanos y silenciosos a medida que
avanzábamos. No tuve tiempo de comprobar cómo estaban mis hermanos,
no cuando caíamos tan rápido, no cuando me sentía tan débil.
***

Beast viajó hacia abajo la mayor parte del tiempo, pero luego subió,
elevándose hasta una plataforma que contenía una gran jaula cubierta de
barrotes dorados. Se deslizó hacia arriba, aplanando el cuerpo para que
pudiéramos bajar.
Fui directamente a Kingsnake y le ayudé a poner a Cobra en el suelo.
Cobra estaba consciente esta vez, así que eso era una buena señal. —
Me apuñalaron... mucho.
Le eché un vistazo, viendo todos los lugares donde su armadura había
sido empalada. Las llamas la habían debilitado primero, facilitando que las
cuchillas perforaran la protección.
—Joder, Clara se va a cabrear.
Necesito tu ayuda.
Levanté la vista y vi a Beast mirándome fijamente. Estamos todos
heridos-.
No te llevaré a la sssuperficie hasta que mis crías estén libres. Sus ojos
se volvieron venenosos. Vine llegará pronto para cumplir sssu promesa.
Esssto debe ocurrir ahora.
Miré los barrotes dorados de la jaula, una jaula de tres pisos de altura.
Me puse en pie y me acerqué, viendo serpientes que seguían siendo
enormes, pero mucho más pequeñas que ella, acurrucadas en un rincón,
todas amontonadas. Una de ellas tenía sangrientos tajos por todo el cuerpo.
Sssalvad a mis críasss.
Probé los barrotes, intentando sacudirlos, pero parecían anclados en su
sitio. El resto eran rocas sólidas y tierra. —Ojalá tuviera más explosivos....
—Me volví hacia ella. —¿Has tratado de romper a través de estos?
Son de oro macizo.
—Aurelias.
Me volví hacia mis hermanos, viendo que Cobra era el que intentaba
hablarme.
—Te tengo. —Llevó lentamente la mano a su bolsillo y sacó un
explosivo.
—¿Estás loco? —Preguntó Kingsnake. —Has estado llevando eso por
ahí como un idiota...
—Ese tipo del tejado lo lanzó. No estalló... así que debe de estar
defectuoso. —Volvió a quedarse quieto, como si esa información le hubiera
costado todo su esfuerzo transmitirla.
Se la cogí y me alejé antes de abrirla. Comprobé el contenido y apreté
los viales, reconstruyendo el explosivo desde cero con la esperanza de que
sólo estuviera mal ensamblado.
Beast me observó con ojos duros.
—Intentémoslo de nuevo. —Lo llevé hasta los pilares dorados del
centro, colocando el explosivo en el lado izquierdo del pilar con la
esperanza de que destruyera también el que estaba a su derecha. —No estoy
seguro de que esto funcione con el oro macizo, pero ya veremos.
Todas las serpientes asomaron la cabeza para mirar, pero se quedaron
en su rincón.
Escóndanse.
Las serpientes enterraron la cabeza debajo del cuerpo.
Retrocedimos, cogí una piedra y la lancé contra el explosivo.
Inmediatamente estalló fuego, una potente detonación que sacudió el
mundo a nuestro alrededor. Una vez disipadas las llamas, evalué los daños.
Ninguno de los pilares se había hecho añicos, pero se habían doblado. Los
del centro se habían doblado hacia fuera, aumentando el espacio entre ellos.
—Deberían caber.
Vamos.
Una por una, las serpientes se deslizaron a través, yendo directamente a
su madre. Ella bajó la cabeza para besarlas con la lengua y cerró los ojos
mientras las acercaba a su cara. Una lágrima resbaló por sus escamas.
No quería interrumpir su momento, pero teníamos que salir de allí.
Beast, tenemos que irnos.
Se apartó de sus crías. Vamos. Volvió a inclinarse hacia nosotros y nos
permitió caminar por su cabeza y por su cuello, para situarnos sobre sus
escamas antes de apartarse de la plataforma.
Un grito atravesó la oscuridad, haciendo vibrar las rocas.
Debemos darnosss prisa.
Bajó y luego volvió a subir, pareciendo tomar un camino distinto del
que habíamos seguido hasta allí. En lugar de ir directamente a la superficie,
se deslizó por una serie de senderos, y cuanto más se alejaba, más silencioso
se volvía.
Era la primera vez que sentía alivio.
Volvió al pasadizo que habíamos tomado y nos permitió bajar por la
abertura rocosa. Sus crías la habían seguido.
Kingsnake tenía el brazo de Cobra sobre su hombro mientras lo
escoltaba hacia adelante.
Habíamos regresado con sólo un puñado de vampiros. La mayoría
habían muerto en la batalla. La culpa me aplastaba los pulmones, sabiendo
que había ocurrido por mi culpa. Gracias por todo, Beast. ¿Adónde irás
ahora?
Lejosss de aquí. A algún lugar donde mis bebés estén segurosss.
Al noroeste, hay tierras dadas únicamente a los dragones. Estoy seguro
de que el Rey Rolfe te dejaría vivir allí si quisieras.
¿Dragonesss?
Son como tú, pero con alas.
Fassscinante.
Encuéntranos al otro lado de las montañas al norte. Allí hay un reino
llamado HeartHolme. Tendré tu respuesta entonces.
Nos vemos, amiga serpiente. Se dio la vuelta y se adentró en la sima.
Alcancé a Kingsnake y Cobra, tiré del otro brazo de Cobra sobre mis
hombros y le ayudé a atravesar el largo túnel.
—No puedo creer que sigamos vivos, —dijo Cobra.
—Sería estúpido croar al final, así que ni se te ocurra, —dijo
Kingsnake.
—¿Te imaginas lo enojada que estaría Clara? —Cobra dijo—. Me
devolvería a la vida sólo para matarme.

***

Cuando salimos del túnel, los Exiliados estaban allí para interceptarnos.
Nos escoltaron hasta su humilde fortaleza bajo la montaña y nos dieron
catres para tumbarnos. Llevábamos mucho tiempo sangrando, y las heridas
se cerraban de forma natural, así que no había mucha atención médica que
pudieran proporcionarnos.
Lo que necesitábamos era sangre.
Cuando le quitaron la armadura a Cobra, el alcance del daño era
visible. Tenía cicatrices de todos los lugares donde había sido apuñalado. Su
piel antes impecable ahora estaba manchada por la batalla.
Kingsnake también tenía cicatrices, pero conociéndolo, estaba feliz de
estar vivo.
Cada vez que me movía o respiraba demasiado fuerte, la herida me
hacía estremecer de dolor, pero si había sobrevivido tanto tiempo,
probablemente saldría adelante. Los demás estaban en una situación
similar... y la mayoría no sobrevivió.
Ahora sabía cómo se había sentido Huntley después de la batalla que se
había cobrado la vida de tantos de los suyos.
Ian entró un rato después y nos echó un vistazo a todos antes de que su
rostro palideciera. —Sois tan pocos....
Me senté en el catre, exhausto. —Sí.
—¿Qué ha pasado? —Ian se acercó a mi cama y acercó una silla.
Le conté toda la historia. —Estaban cabreados.
—¿Crees que vendrán por nosotros?
—Creo que hay muchas posibilidades de que lo hagan. Tenemos que
volver y avisar a Huntley.
Ian asintió con la cabeza antes de mirar a Cobra. —Parece que no estás
en condiciones de viajar.
—Necesitamos sangre, y no hay nada de eso aquí. —Los Exiliados
desconfiaban de nosotros, manteniendo la distancia como si pudiéramos
arrancarles los brazos a mordiscos. —Tenemos que volver. Si no hemos
muerto todavía, entonces eso significa que deberíamos salir adelante.
—¿Estás seguro? —Ian preguntó.
Asentí con la cabeza. —Huntley tiene que saber lo que viene.
Capítulo 21
HARLOW

No podía dormir.
Habían pasado tres días y sólo había dormido de vez en cuando. Cada
dos horas salía de mis aposentos para preguntar a mi padre si había recibido
alguna noticia, y la respuesta era siempre la misma. Odiaba cómo había
terminado mi última conversación con Aurelias. No había dejado de pensar
en ello en ningún momento. Me dolía que no reparara el daño que había
causado, pero lo amaba tanto que mi corazón seguía unido al suyo
irrevocablemente.
Salí de mi alcoba y entré en el gran salón, esperando que no hubiera
nadie para poder mirar por los grandes ventanales hacia la ciudad y el
campo más allá, para comprobar las escamas de los dragones a la luz de las
antorchas.
Pero no había nadie.
—Cariño.
Me volví hacia atrás y vi a mi padre sentado a la mesa, con sus
pantalones de salón sin camisa. Tenía una fea cicatriz en el hombro de una
puñalada. En su piel bronceada había otras marcas de batalla, viejos
arañazos y cortes. Era un hombre corpulento, con mucho músculo sobre
músculo, un oso sin piel. Me acerqué a la mesa. —Estoy muy cansada, pero
no puedo dormir.
—Yo tampoco.
Tomé asiento frente a él, viendo la botella de whisky y su vaso.
Normalmente le reñiría por beber, pero esta noche no me importaba. De
hecho, cogí la botella y bebí un trago.
Mi padre no me juzgó.
—Ya deberían haber vuelto.
—No es realista tener expectativas.
—Pero tú has estado allí.
—No sé cuáles son las circunstancias. Porque esta vez, los demonios
probablemente sabían que venían. Puede que hayan tenido que escabullirse
hasta el cristal, encontrar otra forma de hacer el trabajo. Estoy preocupado...
por eso bebo y no duermo, pero eso no significa que no estén bien.
—No tenemos ningún perro en la lucha, así que ¿por qué estás
despierto toda la noche? —Tío Ian no había viajado con ellos bajo tierra.
Estaba a salvo con los dragones, esperando a que los vampiros regresaran.
Si las cosas iban mal, todo lo que tenía que hacer era volar lejos.
—Tengo un perro en la lucha. —Cruzó los brazos sobre el pecho
mientras se encorvaba en la silla. —Un par...
Mi padre había despreciado a Aurelias en su primera interacción. Ese
odio duró mucho tiempo. Pero ahora, era diferente. Sus viajes y batallas
habían cambiado su relación. —Se han acercado.
Se quedó en silencio por un tiempo. —Es un buen hombre.
No dije nada.
—Me recuerda a mí mismo.
Me dolió la traición de Aurelias, también me dolió que mi padre
pareciera tolerar esa traición, pero me lo guardé para mí. Porque si mirabas
más allá de eso, Aurelias era realmente una persona extraordinaria. Un día
encontraría a una vampiresa que le diera lo que quería y se casaría con
ella... y ella sería la mujer más afortunada viva... o no viva. Para cuando eso
ocurriera, yo probablemente llevaría muerta varios cientos de años, mis
descendientes gobernando los Reinos mientras mi cuerpo se pudría en una
tumba. El dolor me hizo tragar saliva, porque sabía que nunca amaría a otro
hombre como lo amaba a él. Algún día conocería a alguien nuevo, pero
nunca se compararía con el hombre al que ya había amado y perdido.
—¿Estás bien, cariño?
Volví a mirarle a los ojos. —Sí... sólo preocupada.
—He visto a Aurelias y a sus hermanos en batalla, y definitivamente
son superiores a los demonios que hemos combatido. Tengo fe en que
volverán. Pero hasta que lo hagan, todo lo que puedo hacer es sentarme y
beber.
Asentí con la cabeza. —Sólo han pasado unos meses, pero ya no
recuerdo cómo era la vida antes. Es difícil creer que solía ser normal,
tranquila. Leía libros después de cenar... y ahora no puedo concentrarme
más allá de unas pocas frases. La guerra siempre está a la vuelta de la
esquina y siempre muere gente.
Mi padre soltó un fuerte suspiro. —Esta es una vida que nunca quise
que tú y tu hermano conocieran.
—Y si sobrevivimos a ella, nunca la olvidaré.
—Si Aurelias regresa y los demonios nos atacan una vez más,
deberíamos ganar con el ejército de vampiros.
—Pero tienen que destruir el cristal y regresar.
—Aurelias conoce las consecuencias si fracasa. —Me miró, el tema de
la motivación de Aurelias no se dijo. —Sabe que no puede.
Varias veces se jugó la vida por mí, pero no me contó su secreto. Hubo
momentos en que me conmovió su protección y valentía... y luego me
quemó su abandono.
Un guardia entró en la habitación. —Alteza, los dragones han sido
avistados al este.
El corazón me dio un vuelco cuando me puse en pie, derribando la silla
con las prisas. —¿Cuántos?
—Parece que ya están todos.
Me volví hacia mi padre. —Han vuelto.
Se tomó su tiempo para ponerse en pie, sin saltar de emoción como yo.
—Los dragones han vuelto. Pero sus jinetes no.

***
Estaba oscuro y hacía frío, el viento soplaba con fuerza sobre la llanura.
Había una hilera de antorchas en círculo para que los dragones aterrizaran y
nosotros pudiéramos verlos. Mi padre se puso un abrigo y salió con mi
madre. Se había enviado un guardia a la tienda del Rey Serpentine para
informarle del regreso del dragón, y cuando llegó, llevaba puesta toda su
armadura, como si estuviera a punto de entrar en batalla en lugar de reunirse
con sus hijos.
Pasaron veinte minutos hasta que aterrizó el primer dragón,
Nightshade. El tío Ian era el jinete, e inmediatamente se desabrochó las
patas antes de dejarse caer. Se acercó a mi padre, que había caminado hacia
él en cuanto aterrizó. Compartieron un rápido abrazo con un solo brazo
antes de mirarse el uno al otro.
El tío Ian habló sin ser interrogado. —El cristal está destruido.
La mirada de mi padre había sido dura y seria, pero lentamente, una
sonrisa se dibujó en sus labios. Incluso le llegó a los ojos. —Sabía que lo
conseguirían.
—La mayoría de los vampiros se han ido, —dijo el tío Ian. —Sólo
queda un puñado... y la mayoría están heridos.
La sonrisa de mi padre desapareció.
Mi corazón cayó como una piedra. —¿Aurelias? —Avancé, necesitaba
saber que seguía vivo. —Dime que lo ha conseguido, tío.
Los ojos del tío Ian se desviaron hacia mí. —Sí.
Mis manos se juntaron contra mi pecho en señal de alivio.
—Pero está herido. Igual que sus hermanos. Sobrevivirán, pero no
están en la mejor forma.
Los dragones empezaron a caer detrás de él, uno a uno, algunos con
jinetes y otros sin ellos.
El tío Ian seguía mirando fijamente a mi padre. —Aurelias dice que
habrá repercusiones.
—Vendrán a por nosotros.
Asintió. —Prefieren arriesgarse a una muerte permanente antes que
dejarnos vivir.
Mi padre tomó esta noticia con una cara seria. —Entonces nos
preparamos para la guerra.
Me volví hacia los otros dragones, buscando a Aurelias en uno de ellos.
Finalmente, Storm aterrizó, y fue entonces cuando lo vi, con Cobra sentado
frente a él y atado a la silla de montar. Clara y Larisa se apresuraron a
ayudar a Aurelias a bajarlo al suelo.
—Cariño, estoy bien. —Cobra hizo una mueca de dolor cuando se
enderezó y se puso de pie por sí mismo.
—No estás bien. —Clara le echó el brazo por encima del hombro para
sostenerlo. —Pareces muerto.
—Bueno, estoy muerto...
—Necesitas alimentarte. Vamos. —Ella continuó ayudándole a alejarse.
Larisa desapareció con Fang para encontrar a Kingsnake en otro
dragón.
Aurelias bajó a continuación, tan pálido como su hermano, pero sus
ojos seguían brillando cuando me miró. Tenía la cara ensangrentada y
magullada, y un enorme corte en la armadura. Apenas parecía intacta.
Me acerqué a él y lo abracé con fuerza.
Me apretó con fuerza, con la barbilla apoyada en mi cabeza, y su agarre
no era tan fuerte como de costumbre.
—¿Estás bien? —susurré.
—Estoy bien. —Me dio un beso en la frente mientras me agarraba la
nuca.
—Deja que te ayude. —Puse su brazo sobre mi hombro para poder
sostenerlo como Clara había sostenido a Cobra, pero sólo su brazo era
demasiado pesado para mí.
—No pasa nada, cariño. —Mi padre se acercó, con los ojos puestos en
Aurelias, llenos de admiración y orgullo. —Lo tengo. —Se echó el brazo de
Aurelias al hombro y lo paseó por el campo de vuelta hacia el castillo.
Vi cómo se detenían ante el Rey Serpentine, que compartió un par de
palabras con su hijo. Tenía el rostro tan duro como cuando había bajado,
como si algo le disgustara, tal vez el hecho de que la mayoría de los
vampiros hubieran muerto en el ataque. Entonces mi padre y Aurelias
siguieron adelante, dirigiéndose de nuevo hacia el castillo, donde podrían
descansar. La gente ayudó a los demás vampiros y los escoltó de vuelta a
sus tiendas.
Seguí a mi padre y a Aurelias, pero en lugar de entrar en el castillo, se
dirigieron a la hilera de tiendas donde acampaban los vampiros. Mi padre lo
acompañó hasta una tienda y luego lo dejó solo. Allí había una hoguera que
iluminaba el espacio y las demás tiendas a lo lejos.
Aurelias se volvió para mirarme, sabiendo que yo había estado allí todo
el tiempo.
Mi padre nos miró de un lado a otro antes de excusarse en silencio del
campamento.
Aurelias se desabrochó la placa pectoral y la dejó caer al suelo porque
ya no servía para nada. Tenía los ojos cansados, más cansados de lo que
jamás los había visto. Pero se enderezó y se mantuvo erguido mientras me
miraba. —Vuelve al castillo. No es seguro para ti aquí.
—Pero estoy contigo.
Sus ojos se volvieron cautelosos antes de apartar la mirada. —Ve al
castillo.
—Acabas de volver, y quieres que me vaya...
—Necesito alimentarme. —No me miró mientras lo decía. —Es la
única forma de que me cure.
Mi corazón cayó como una piedra una vez más, cayendo en un pozo.
—Moriré si no lo hago. —Giró lentamente la cabeza para mirarme. —
Entonces, vete... por favor.
El recuerdo de su cuerpo apretado contra el de ella, sus labios contra su
carne, su mano en la parte delantera de sus pantalones... fue suficiente para
hacerme doler de nuevo.
Cerró los ojos como si lo sintiera.
—Aliméntate de mí.
Sus ojos permanecieron cerrados. —No.
—Aurelias...
—No tengo energía para esto. —Sus ojos se abrieron, y me miró, su
mirada furiosa. —Te he dicho que no cambiaré de opinión.
—Quiero hacerte fuerte...
—Harlow...
—¿Por qué no?
Su contención se quebró y soltó un aullido que resonó en todo el
campamento. —Porque te mataré. —Se golpeó el pecho con ambos puños
para liberar su ira.
Me quedé inmóvil ante su ferocidad, viendo una nueva faceta suya que
nunca había presenciado.
—Te drenaré la sangre... y te mataré, joder. —Se quejó, respirando con
dificultad mientras el fuego de la ira seguía ardiendo en su interior. —Por
eso, Harlow. Ahora lárgate de aquí.
—Tú no mataste a esa mujer...
—Por favor. —Volvió a cerrar los ojos, conteniendo su furia.
—Aurelias...
Abrió los ojos y caminó hacia mí, mirándome con amenaza en los ojos.
—No la maté porque no la amara. Pero te mataré a ti porque no podré parar.
Mis colmillos se clavarán en tu carne y nunca se irán. Sentiré que tu pulso
se acelera cada vez más y luego se desvanece cada vez más hasta que
desaparezca... y aun así no pararé. Ahora, por el amor de Dios, vete. —
Levantó la voz y me gritó. —¡Vete!
No pude soportar el enrojecimiento de su cara, el estallido de sus venas
en las sienes, la tensión de las cuerdas de su cuello. Me gritó y eso me dio
ganas de salir corriendo. Me di la vuelta porque no podía soportar esta
versión de él, el hombre que había sucumbido a un incendio forestal de
furia.
Salí corriendo del campamento y atravesé la puerta abierta, volviendo
al castillo rápidamente porque corrí todo el camino. La suerte estuvo a mi
favor porque no me crucé con mi familia ni con nadie mientras huía. Llegué
a mis aposentos y cerré la puerta, aislándome del mundo exterior para poder
estar sola. Mi felicidad por su regreso había sido destruida por su
brutalidad. Todo lo que quería era hacerlo fuerte, compartir esa conexión
que Larisa describía cariñosamente, tener esa intimidad que él compartía
con una extraña... pero él me lo negó.
No había dormido en tres días, pero ahora, lloré hasta quedarme
dormida... y me quedé dormida.

***

Cuando desperté, el sol estaba bajo en el cielo, como dormí el resto de


la noche y todo el día siguiente. Me senté en la cama y recordé la última
conversación que había tenido con Aurelias. Cada vez que pensaba que
había esperanza de que pudiéramos solucionar nuestros problemas... esa
esperanza se hizo añicos como un cristal roto.
Me duché y me preparé para el día, cansada de estar tumbada en la
cama como había hecho últimamente. Lo único que había hecho en la
última semana era deprimirme de tristeza, saltándome comidas porque no
tenía apetito. Pero se avecinaba otra batalla, y esta vez sería en HeartHolme.
Me dirigí al gran salón, donde mi padre estaba con el tío Ian y Atticus,
mirando un mapa de HeartHolme y las tierras exteriores. Ninguno de los
vampiros estaba allí, y me sorprendió que Aurelias no estuviera junto a mi
padre, ya que se habían hecho tan amigos.
Mi padre se detuvo en mitad de la frase para mirarme. —Hola, cariño.
Me acerqué a la mesa, mirando los peones que habían utilizado para
trazar la batalla que se avecinaba. —¿Puedo ayudarte en algo?
Mi padre se me quedó mirando un momento. —Puedes quedarte dentro
de los muros del castillo y ayudar a los heridos en la enfermería.
No esperaba que me dejara hacer nada, así que fue una buena oferta.
—Hemos perdido a tanta gente que tenemos que asumir funciones que
no hemos hecho antes, —dijo padre. —Pide a los sanadores que te muestren
cómo puedes ayudar. Gracias por ofrecerte.
—Gracias por dejarme ayudar.
Mi padre giró la cabeza y miró más allá del tío Ian.
Lo sentí antes de verlo, sentí su mirada en un lado de mi cara. Me giré
para alejarme, con cuidado de no hacer contacto visual directo con él. Su
oscura figura se desdibujó cuando me giré y me dirigí hacia el pasillo para
salir del castillo y presentarme en la enfermería.
Pero él me siguió.
—Harlow.
Me quedé quieta ante el suave sonido de su voz. Necesité una gran
dosis de fuerza para relajar el rostro y no parecer tan enfadada, para apartar
de mi mente el recuerdo de la noche anterior. Me giré para mirarle y vi que
su piel tenía un color saludable y que el cansancio había desaparecido de
sus ojos. Parecía vigorizado y se mantenía erguido con los hombros hacia
atrás, con las heridas resueltas.
—Me gustaría hablar contigo.
—Voy de camino a la enfermería. Necesito aprender lo que pueda de
los sanadores antes de que empiece la batalla. —Pensé que eso era más
importante que otra conversación sin sentido que nunca fue a ninguna parte.
Aurelias y yo estábamos en un punto muerto, y ya que se iba pronto de
todos modos, salvar esta relación no tenía sentido.
—Por favor. —Fue amable, mucho más amable de lo que había sido la
noche anterior.
—Podéis hablar por el camino. —Me di la vuelta y tomé las escaleras
hasta el fondo del castillo y luego salí por las puertas dobles. Cuando llegué
afuera, era el atardecer, el cielo un hermoso lienzo de diferentes colores.
Aurelias caminaba a mi lado pero no dijo nada.
No hablé porque no tenía nada que decirle. Mantuve la mirada al frente
y continué caminando.
Cuando pasamos junto a su casa de campo, su mano se dirigió a mi
brazo. —Por favor. —No me agarró, sólo presionó ligeramente sus dedos en
la tela de mi manga larga, manejándome con delicadeza porque me había
destrozado demasiadas veces.
—Aurelias, estoy cansada de tener la misma conversación una y otra
vez-.
—Lo sé.
—Te amo tanto.... —Sacudí la cabeza, con las lágrimas calientes tras
los ojos. —Pero no puedo seguir haciendo esto.
Ahora su mano me agarró por la cintura y me acercó. —Por favor.
Cuando miré esos ojos oscuros, no pude resistir esa intensidad, la forma
en que me miraba como si yo fuera la única mujer en su corazón. Podía
herirme en un momento... pero debilitarme al siguiente.
Me guió suavemente al interior, cerrando la puerta tras nosotros y
llevándonos a la oscuridad de la fría cabaña. Fue a por los troncos y
encendió el fuego, llenando la habitación de calor y luz. Luego volvió hacia
mí, y sus duros ojos se clavaron en los míos durante unos largos segundos.
Un suspiro escapó de sus labios, y dejó caer su mirada momentáneamente,
como si sus palabras fueran pesadas. —Sólo voy a hablar de esto una vez.
Después no quiero volver a hablar de ello.
Tenía los brazos cruzados sobre el pecho a causa del frío, pero las
ronchas que se formaron en mi piel no tenían nada que ver con la
temperatura. Sabía que esta conversación sería diferente, que estábamos en
el precipicio de algo nuevo.
Sus ojos bajaron al suelo porque no podía mirarme mientras hablaba.
—Hubo alguien más... hace mucho tiempo.
Recordé la primera vez que había salido el tema. Apenas la mencionó y
no dio detalles. Sólo recuerdo haber sentido celos, celos de alguien que ya
ni siquiera estaba en su vida.
—Su nombre... era Renee. —Su voz tembló al pronunciar su nombre,
como si le produjera un inmenso dolor el mero hecho de juntar esas sílabas.
—La amaba mucho... y le pedí que se casara conmigo.
Me dolió oírlo. Me dolió saber que había habido otra persona que lo
había amado tanto como yo. Habíamos acordado que esta relación
terminaría, pero yo lo había reclamado como mío para siempre, incluso
durante los tiempos en que no lo conocía. Pero ese arrebato de emoción
pasó... y me dolió por él.
Hizo una larga pausa, como si no pudiera continuar. —Era humana...
así que planeé convertirla. —Ahora tragó saliva, los rasgos de su rostro se
tensaron como si se hubiera obligado a terminar la frase. —Pero el sabor de
su sangre... no pude parar... y no paré. —Su respiración se aceleró, y
entonces un brillo se formó sobre sus ojos.
Mi mundo se derrumbó cuando vi a Aurelias derrumbarse ante mí.
—La maté. —Se le saltaron las lágrimas, que se le acumularon en los
ojos y le recorrieron la cara. —La he matado, joder.
No sentí las lágrimas antes de que se formaran. Sólo me di cuenta de
que caían cuando mis mejillas se empaparon.
—Nunca antes había luchado por detenerme. Pero como la amaba... su
sangre era diferente. —Inspiró hondo y cerró los ojos, obligando a la
emoción a volver a la bóveda de la que había salido. Cuando volvió a
hablar, su voz era más fuerte. —Por eso no puedo alimentarme de ti,
Harlow... porque te mataría. —Por fin tuvo fuerzas para levantar la barbilla
y mirarme, para ver lágrimas por él en mi rostro. —Por eso no puedo
convertirte... porque te mataré. La amaba con todo mi corazón. Podría haber
pasado la eternidad con ella en la dicha. Pero de alguna manera... —Sus
ojos se desviaron por un momento. —Y me siento como una mierda por
decir esto... —Tomó aire. —De alguna manera... creo que te amo más.
Me acerqué a él y le acaricié las mejillas, acercando nuestros rostros.
—Aurelias...
Apoyó la frente en la mía. —Debería habértelo dicho.
—No pasa nada. —Mis brazos se engancharon alrededor de su cuello
mientras los suyos rodeaban mi cintura. —Siento mucho que te haya pasado
eso.
Sus ojos permanecieron bajos. —Sé que lo sientes, cariño. —Sus
brazos me rodearon y me acercaron, y acercó su barbilla a mi cabeza. —
Siento haberte hecho daño.
—Está olvidado. —El contexto de la situación había cambiado, y ahora
no lo sentía como una traición sino como una necesidad. Se sentía bien
tenerlo en mis brazos de nuevo, olerlo, saber que era mío.
Se apartó y me miró a la cara, con sus viejas lágrimas aún visibles en
las mejillas.
—Siento no haberlo dejado ir.
Sacudió la cabeza. —Tenías todo el derecho a estar enfadada. Fue culpa
mía por ser un cobarde.
—No eres un cobarde, Aurelias. —Le miré a los ojos, viendo a un
hombre al que admiraba tanto como a mi padre. —Eres el hombre más
valiente que he conocido. —Ningún otro hombre haría tanto por mí como
él. Me prometió su vida, y ni siquiera pudo casarse conmigo. Hizo todo esto
para que alguien más me tuviera algún día en el futuro.
—Me necesitan en otra parte, pero lo único que quiero es hacer el amor
contigo.
Después de esta larga separación, era todo lo que quería también. —
Tenemos toda la noche...
Sus ojos se clavaron en los míos, como si estuviera tentado de
arrastrarme y llevarme a la cama. —Toda la noche.
Capítulo 22
AURELIAS

Entré en la tienda de mi padre y vi a mis hermanos allí, todos curados


de la alimentación.
Me di cuenta de que mi padre estaba de mal humor, y no sólo porque
pudiera sentir sus emociones.
Se sentó detrás del escritorio y me miró fijamente, con acusación en los
ojos. —Perdí a casi todos los vampiros que te di.
—Lo sé.
—Vampiros buenos. Vampiros que merecían la eternidad. Pero están
muertos -para siempre- por tu culpa.
Todos mis hermanos me miraron pero no dijeron nada.
—Me siento como una mierda por eso.
—¿En serio?, —preguntó mi padre con incredulidad. —Hemos
navegado hasta aquí para librar una batalla que no nos pertenece... todo por
un coño. —Cruzó los brazos sobre el pecho. —Cuando hay un coño
perfectamente bueno en casa...
—No vuelvas a referirte a ella así. —Mis entrañas se tensaron de
incomodidad porque me ponía enfermo. Me encantaba follármela y era un
pedazo de culo caliente, pero sólo yo podía pensar esas cosas. Nadie más.
—Nuestra gente está muerta, ¿y tú eliges defenderla? —Enarcó una
ceja.
—Yo tomé la decisión de luchar, así que insúltame a mí, no a ella.
Mi padre me miró fijamente. La tensión en la habitación subió como el
humo hasta el techo. —Déjanos.
Mis hermanos se levantaron de sus sillas y salieron, dejándonos solos.
Cuando se fueron, mi padre continuó su ataque. —¿Volverá esta mujer
con nosotros?
No quise contestar.
—¿Será tu esposa?
—Sería mi esposa... si las cosas fueran diferentes.
La ira bullía bajo su piel. —¿Si qué fuera diferente?
—Ella es humana. —No entraría en detalles que él ya conocía. —
Sabemos lo que pasó la última vez que amé a una humana.
—¿Así que estás dispuesto a arriesgarnos a todos por una mujer con la
que no te casarás?
—No lo haré. No puedo.
—Esto es estúpido...
—Entonces vete, —le espeté. —No tienes ninguna obligación.
—Si saco al ejército, toda esta gente morirá, incluyéndote a ti.
—Entonces que así sea, —dije simplemente. —Si ella muere, yo
muero.
Siguió mirándome con una nota de desconcierto. —No te abandonaré,
Aurelias. Ni a mis otros hijos. Pero quiero algo a cambio. Voy a arriesgar mi
vida para luchar contra estos demonios. Si esta mujer no va a ser tu esposa,
entonces necesito ser compensado .
—¿Qué quieres?
Mi padre se quedó mirando durante mucho tiempo.
—Di tu precio.
—Te lo haré saber cuando lo tenga. —Eso fue todo lo que dijo,
mirándome como si fuera un enemigo en lugar de su propia sangre. —
Prepárate.

***
Preparamos el campo para la batalla, sabiendo que los demonios
llegarían sin previo aviso. Eso significaba que los soldados irían rotando
mientras permanecían en la línea, con antorchas encendidas por todo el
campo para poder ver aunque estuviera oscuro. Los dragones estaban listos
con sus rocas. Y los vampiros no necesitaban tiempo para prepararse, ya
que eran físicamente superiores a sus homólogos humanos.
Me acerqué a Huntley, que estaba de pie en la línea con su armadura
completa, que había sido reemplazada desde que su último conjunto había
sido dañado por la espada dorada de Vine. En lugar de estar sentado en la
calidez de su estudio o descansando en el gran salón, estaba en las murallas
con su gente, preparado para la inminente guerra.
Se volvió hacia mí, y había un matiz de respeto y afecto en su mirada.
Era la forma en que miraba a Harlow y Atticus, un torrente de calidez
dentro de su pecho. —Tengo algo para vosotros. —Se dio la vuelta y llamó
a alguien. —¡Elora!
Una mujer llegó desde la esquina de la puerta. —¿Qué?
—Trae la armadura.
Se dio la vuelta, se marchó y regresó un momento después con una
armadura nueva, idéntica a la que llevaba Huntley, excepto por la serpiente
dorada de la parte delantera. —También hemos equipado a tus hermanos, ya
que sus armaduras sufrieron graves daños en el este. Sería un honor que la
llevaras.
Cuando lo miré más de cerca, vi el dragón en el fondo, el símbolo de su
reino. Sin mediar palabra, le cogí la pieza del pecho y me la ajusté al
cuerpo, quedando perfectamente ajustada. —No sé qué decir. —Era un
regalo caro, algo que sólo llevaba el rey.
Huntley me dio una palmada en el hombro. —No digas nada, póntelo.

***
Antes de caminar hacia la puerta principal, sentí su mente.
Sentí su desesperación, la excitación que le dolía entre las piernas. Era
una sensación distinta, el calor del sol de verano justo en mi nuca. Me
quedé frente a la puerta absorto, tan impresionado por su deseo que me
quedé inmóvil. Me deseaba incluso antes de que entrara en la habitación,
tan ansiosa que había empezado sin mí.
Mi polla estaba dura cuando entré por la puerta. Desnuda sobre la
cama, con las finas sábanas apenas ocultando su cuerpo, yacía allí, con la
mano aún entre las piernas.
Dejé caer las piezas de armadura lo más rápido posible y me desnudé
antes de acercarme al borde de la cama. La agarré por el tobillo y la arrastré
hacia mí, acercando ligeramente su culo al borde.
—Lo siento...
La doblé en el borde y clavé uno de sus pies contra mi pecho antes de
hundirme dentro de ella, embadurnado de la humedad que había empezado
sin mí. Se sentía tan bien que parecía la primera vez, como si nunca hubiera
estado con ella antes. —Cariño, ya estoy aquí. —Mi mano se hundió en su
pelo y lo apretó mientras ella se aferraba a mis hombros y brazos.
La penetré con fuerza y rapidez, haciendo lo contrario de amarla, pero
hacía tanto tiempo que no la tenía que no podía ir más despacio. Sólo quería
penetrarla una y otra vez, hacer que su cuerpecito se estremeciera debajo de
mí, oírla gemir mientras la empujaba al borde del clímax. Ya había llegado a
ese punto antes de que yo entrara por la puerta, así que estaba preparada
para correrse cuando yo estuviera dentro de ella, y así fue.
—Aurelias... —Echó la cabeza hacia atrás y las lágrimas se
derramaron.
La agarré con fuerza por el pelo y la obligué a mirarme fijamente,
viendo cómo las lágrimas caían de sus ojos a sus orejas. Me la follé como si
hubiera pagado por ella esa noche, excepto que mi corazón estaba lleno de
amor en lugar de lujuria. No pareció importarle, la tortura de la sequía
también fue para ella. Con un fuerte gemido, la llené, le di la carga de una
semana en una sola descarga.
Su mano me cogió la cara y su pulgar me rozó el labio inferior mientras
me miraba fijamente. —Ahora puedes hacerme el amor....

***

Tenía los brazos bloqueados detrás de sus rodillas mientras la mantenía


doblada debajo de mí, con su cuerpecito tan flexible. Habían pasado horas,
y habíamos estado encerrados juntos todo ese tiempo, besándonos,
tocándonos, moviendo nuestros cuerpos juntos porque aún estaban
empapados. Era la primera vez que le hacía el amor de verdad, porque ahora
sabía quién era yo en realidad.
Cuando le conté la verdad, esperaba que se horrorizara... y que tuviera
miedo. Pero ninguna de esas emociones ardió en su cuerpo. De algún modo
complejo, parecía que me amaba más. No había ojos amargos de juicio.
Ojalá se lo hubiera dicho antes.
—No creo que pueda volver a correrme. —Su estrechez me había
tenido toda la noche, y una vez que llegara la mañana, estaría demasiado
dolorida para tenerme de nuevo.
—Vamos, nena. —Incliné la pelvis para apretarme contra ella, para
darle mi beso y mi lengua. Las sábanas estaban húmedas y pegajosas por
nuestro sudor y la humedad que caía por su raja hasta la cama. La penetré
con más fuerza, empujando su clítoris con la fuerza suficiente para que se
acercara al límite.
Empezó a gemir en mi boca, primero bajito y luego, poco a poco, cada
vez más fuerte y exigente. Sus dedos se clavaron en mi pelo sudoroso
mientras sus caderas se movían contra las mías, luchando por esa fricción
que la hacía estrecharse a mi alrededor.
—Ya casi... —Podía sentir cómo me apretaba como un puño firme.
Podía sentir el temblor de sus labios mientras empezaba a jadear. Mi polla
se endureció dentro de ella porque ahora quería correrme. Mi ego estalló
con mi logro, y ahora estaba justo al borde de la liberación.
Sus hermosos gemidos resonaron en la casa de piedra, enmascarando el
sonido de las llamas que se extinguían en el hogar. Se agarró a mí mientras
se retorcía y sus uñas me arañaban el pecho. Sus caderas se agitaron
incontrolablemente cuando terminó, con los ojos húmedos de nuevo.
Me dejé llevar y la llené tantas veces que perdí la cuenta con el paso de
las horas. Fue nuestra sesión más larga, el mejor sexo de reconciliación que
había tenido nunca. Había estado encima de ella todo el tiempo porque
echaba de menos estar entre aquellos muslos suaves con su cuerpecito
debajo de mí. Pero ahora el cansancio me invadía las venas.
Me aparté de ella y mi cabeza golpeó la almohada por primera vez
aquella noche.
Ella se metió inmediatamente en mi cuerpo e ignoró el sudor que nos
cubría a los dos. Me dio un beso en el hombro y cerró los ojos, quedándose
dormida casi de inmediato. Su respiración cambió de inmediato.
Me quedé mirando las sombras que se movían en el techo y sentí que
me pesaban los ojos. El mundo estaba tan tranquilo, sólo las llamas del
hogar. Era fácil olvidar todo lo que había pasado, todo lo que iba a pasar, y
dejarse llevar en paz.
Pero entonces sonó la alarma... y esa paz desapareció para siempre.
Capítulo 23
HUNTLEY

Faltaba una hora para el amanecer.


Sonó el cuerno de los exploradores en la distancia, así que los guardias
hicieron sonar también nuestro cuerno, alertando a todos en HeartHolme de
que la batalla había llegado a nuestras puertas. No dormía en mis aposentos,
sino que me quedaba en los barracones con los demás soldados, echando
siestas aquí y allá. Sabía que la advertencia del ataque sería limitada, y no
era justo esperar que mis hombres estuvieran en guardia todo el día y toda
la noche si yo no estaba dispuesto a hacer lo mismo.
Pero había llegado.
Sentí una sacudida de excitación en el corazón, no porque disfrutara de
la emoción de la batalla, sino porque casi había terminado.
Esta pesadilla casi había terminado.
Podíamos recuperar nuestras vidas. Reconstruir nuestro mundo. Llorar
a los muertos. Mis hijos podrían tener las vidas pacíficas que quería para
ellos. Mi esposa y yo podríamos volver a tener nuestras tardes tranquilas,
nuestras aventuras en Pyre cuando nos aventurábamos en el campo donde
nadie nos encontraría jamás.
Mi hermano se unió a mí en la pared. —¿Están a la vista?
—No. Pero llegarán pronto.
Llevaba una armadura idéntica, su pesada espada a la espalda, y miraba
las antorchas. —Son estúpidos por venir aquí.
Miré hacia el campamento de vampiros. En cuanto sonó el cuerno, se
prepararon de inmediato para la batalla, abandonando las tiendas con sus
espadas y armaduras. Los distintos vampiros vestían colores diferentes,
igual que los hermanos de Aurelias. Rey Serpentine era el más distinguido,
su armadura era diferente a todas las demás. Como yo, luchaba junto a su
pueblo, y aunque no me caía bien personalmente, respetaba su liderazgo.
—No tendrán ninguna oportunidad contra los vampiros.
Sin ellos para luchar con nosotros, habríamos sido demolidos. La única
razón por la que los Reinos sobrevivirían era porque Aurelias amaba a mi
hija. Siempre lucharía por mi pueblo, pero sabía en mi corazón que
habríamos caído ante los demonios sin Aurelias. Si él no se hubiera llevado
a Harlow, otro lo habría hecho, y ahora estaríamos todos muertos.
Aurelias apareció a mi lado, vestido con la armadura que le habíamos
regalado,
dándole el símbolo de su pueblo junto con el nuestro. Miró hacia la
oscuridad, viendo mucho más lejos que nosotros. —Acabemos con esto.
Atticus bajó las murallas y vino a mi lado, un hombre adulto como
todos los demás, pero de algún modo seguía siendo un niño a mis ojos. Era
tan musculoso como yo, heredaba mi dura mandíbula y mi fría mirada, pero
aún podía verle sonreír cuando le lanzaba por los aires y le atrapaba de
nuevo. Ahora parecía serio, respondiendo a la llamada de la batalla.
Le agarré por el hombro. —Ganaremos esta batalla, pero lucha como si
pudieras perder.
Asintió.
Quería mantenerlo a salvo con Ivory y Harlow, protegerlo de los
horrores de la guerra, pero ¿por qué iba a pedir a mi pueblo que arriesgara a
sus hijos en la batalla y no a los míos? Por mucho que me doliera arriesgar a
mi único hijo, tenía que entender que la vida consistía en servir a los demás,
no en ser servido.
La voz de Storm vino a mi cabeza. Estamos listos.
—Los dragones tienen las rocas listas, —dije—. Vamos al campo. —
Me volví hacia Ian. —Lidera a los arqueros.
—El general Atticus protegerá el muro mientras unimos filas, —dijo
Ian.
Mi hijo era ahora el único general después de que Henry y Macabre
habían pasado. Se me había olvidado. —Vámonos.
Bajamos hasta la puerta principal, que seguía abierta para permitir a los
soldados pasar al campo abierto. Allí nos encontramos con Kingsnake y
Cobra, ambos con la misma armadura que le habíamos regalado a Aurelias.
—Estoy listo para ir a casa, —dijo Cobra.
—Yo también, —dijo Kingsnake—. Quién sabe en qué mierda se habrá
metido Viper....
Aurelias sonrió satisfecho. —A lo mejor se suelta de una vez.
—O se le ha apretado más el culo. —Cobra caminó junto a sus
hermanos hacia el campo, para librar otra batalla que no les afectaba en
absoluto. Pero vinieron por Aurelias, que se quedó por mi hija.
Un dolor cayó en mi corazón cuando supe cómo terminaría esto, que
Aurelias volvería a casa y dejaría a mi hija con el corazón roto.
Debió de sentirlo porque se volvió para mirarme.
Evité su mirada y seguí adelante, sabiendo que ahora tenía cosas más
importantes de las que preocuparme.
Llegamos al principio de la fila, donde estaba el Rey Serpentine con su
armadura negra y la serpiente dorada en el pecho. Echó un vistazo a sus
hijos, y el desdén pesaba en su rostro, repugnado de que fueran equipados
con armaduras construidas por humanos. Si no lo hubiera necesitado para
mantener vivo a mi pueblo, tendría un par de cosas que decir.
Aurelias permaneció de pie junto a su padre y no habló, con la espada a
la espalda mientras se ajustaba los guantes.
Permanecimos allí un rato, esperando, y entonces se oyó el ruido de sus
pesadas pisadas. Sus masas se hicieron visibles minutos después, una larga
hilera de demonios que corría directa hacia nosotros.
Empezamos.
Storm tomó la delantera y voló hacia delante, con una enorme roca
agarrada entre las garras. Se abalanzó sobre ellos y dejó caer la roca
directamente sobre la línea, aplastándolos bajo su peso. Los demás dragones
siguieron su ejemplo y lanzaron enormes rocas que hicieron temblar la
tierra.
Siguieron corriendo, rompiendo filas al esquivar las rocas que caían del
cielo. Ahora, cuando morían, se habían ido de verdad, ya no eran
inmortales. Nunca volveríamos a verlos.
Se acercaron, sus gritos de guerra se hicieron más fuertes, las
vibraciones de sus botas sonoras.
Preparé mi espada.
Todos los demás hicieron lo mismo, adelantando sus armas para hacer
frente a la embestida.
Mi corazón se había ralentizado mucho, lo que me llevó a una calma
espeluznante. Demonios un palmo más altos que yo me acorralaban para
cortarme la cabeza de los hombros, pero no tenía miedo. Sabía que esto
acabaría, tanto si sobrevivía como si no. Mi familia estaría a salvo. Mi
mujer enviudaría y mis hijos se quedarían sin padre, pero ese sería el peor
resultado.
Podía aceptarlo.
Fui el primero en dar un paso adelante, blandiendo mi espada para
abatir al primer demonio que se cruzara en mi camino. Cuando estuve lo
bastante cerca, me di cuenta de la diferencia. Antes no llevaban armadura,
pero ahora sí, y era de oro macizo.
Puede que esta batalla no sea tan fácil de ganar como esperaba.
Las líneas chocaron entre sí y comenzó la batalla. Un demonio blandió
su pesada espada hacia mi cabeza, y yo me agaché, golpeando mi espada
contra su armadura de oro y rebotando inmediatamente.
—¡A por el cuello! —gritó Aurelias a unos metros de distancia.
Su cuello no era fácilmente accesible, no cuando era medio metro más
alto que yo, así que bloqueé sus golpes y me mantuve con vida, pero no
causé ninguna herida a cambio. Eran más formidables que antes porque
ahora tenían más que perder. El demonio se movió con una velocidad
impactante, estrellándose contra mí y obligándome a esquivar en lugar de
luchar. Cuando caí de espaldas, le golpeé el tobillo con la espada, lo que
afortunadamente le hizo arrodillarse. Sólo duró un segundo, pero me dio
tiempo a levantarme de un salto y atravesarle el cuello con la espada. Sólo
lo atravesó por la mitad, pero el daño estaba hecho. La sangre manó de la
herida una vez que liberé mi espada. Se desplomó y se desangró en el suelo.
Pero era sólo uno... y me quedaban cientos.

***

Los dragones seguían lanzando sus rocas y diezmando a docenas de


demonios a la vez, pero con su armadura dorada, eran un enemigo mucho
más duro de lo que había previsto. Si hubieran llevado esta armadura en la
última batalla, probablemente habríamos perdido.
Lentamente nos hacían retroceder, empujados contra nuestra propia
puerta porque su asalto era muy intenso. Pero cuanto más nos acercábamos,
más fácil les resultaba a los arqueros ayudarnos. Las flechas llovían sobre
nuestros oponentes, atravesándoles el cuello. Hacían falta al menos doce
flechas en el cuello para derribarlos, por lo que aún era un reto derribarlos.
Pero nuestros hombres estaban empezando a ser aplastados contra la pared
porque nos estaban haciendo retroceder mucho.
—¡Adelante! —Intenté hacer retroceder a los demonios para evitar los
gritos que venían de detrás de mí, pero su armadura era casi impenetrable.
Cuando miré a los vampiros, les estaba resultando más fácil derribarlos,
pero seguía sin ser una victoria fácil.
—¡Rooaaaaarrrr!
Miré al cielo, viendo aparecer la silueta de Storm a la luz del amanecer,
y luego una línea de fuego incendió a los demonios del frente. Voló a través
de toda su defensa, desatando un poderoso chorro de fuego que casi me
quemó, sólo de estar tan cerca. Son invulnerables al fuego, Storm.
Pero el oro no lo es.
Miré al demonio que tenía delante. La armadura había perdido su
estructura y se estaba derritiendo lentamente de su piel... convirtiéndose en
líquido.
Eres brillante, Storm.
Tu esposa es la brillante.
El resto de los dragones se acercaron, continuaron quemando a los
demonios y derritiendo sus armaduras hasta que cayeron al suelo. Con una
sonrisa de satisfacción en el rostro, empujé hacia delante, desatando una
furia de golpes que derribó a mi oponente en apenas unos segundos.
Los demonios que tenía detrás ya no parecían jubilosos. De hecho,
parecían asustados.
Jodidamente asustados.
—¡Adelante! —Levanté mi espada en el aire y ordené a mis hombres
que corrieran hacia delante. Los acosamos, alejándonos de la puerta
mientras los dragones arrojaban más rocas, su armadura no valía nada. Los
demonios eran duros oponentes incluso sin la armadura, pero una vez que
perdían su defensa, sus golpes y bloqueos se volvían descuidados. Las
flechas se dispararon y acabaron con ellos en rápida sucesión. Pronto
estuvimos demasiado lejos de la muralla para que nuestras flechas pudieran
alcanzarlos, y empujamos hacia atrás a los demonios restantes.
Los de la retaguardia intentaron huir.
—¡Que no escape ninguno! —Ningún demonio viviría mientras yo
siguiera siendo rey. No se arrastrarían de vuelta a su cueva y se
reagruparían. Todos morirían y tendríamos paz. —¡Atrápenlos a todos!

***

Perseguí al último grupo de demonios y los derribé con los hombres


que me seguían. Ni uno solo escapó. Ni un solo demonio se iría después de
diezmar a mi pueblo, después de quemar a mi esposa, después de destruir el
mundo pacífico que yo había forjado. La sangre me había salpicado por
todas partes, y mi armadura estaba mellada por todos los golpes que había
recibido.
Estaba cansado... pero joder, se había acabado.
Caí de rodillas y miré el mundo más allá, los cristales de agua en el
suelo que reflejaban la luz del sol. Los árboles muertos con las ramas
afiladas. Las montañas nevadas a lo lejos. Era la primera vez que respiraba
de verdad en mucho tiempo... pero seguía pesando la pena.
Más hombres habían muerto en esta batalla. Y muchos más ya habían
sido asesinados. Nuestro mundo se había vuelto mucho más pequeño.
Ahora había el doble de mujeres que de hombres porque muchos habían
muerto. Aunque me regocijaría en la victoria, todavía se sentía como una
pérdida.
Una mano se posó en mi hombro.
Sin mirar, supe quién era.
—Lo sé. —La voz de mi hermano era suave. —Lo sé...
Seguí mirando al frente, con la espada clavada en la tierra delante de
mí. —¿Cuántos perdimos?
—Tal vez un cuarto...
Solté un doloroso suspiro.
—Pero se acabó.
—No estoy seguro de cómo reconstruir después de esto.
—Agradece que hay un mundo que reconstruir. —Retiró la mano de mi
hombro y me la tendió para que pudiera levantarme.
Dudé antes de cogerla, quería quedarme de rodillas para siempre y
evitar las secuelas de la guerra. Pero lo cogí y dejé que me levantara. Agarré
mi espada y nos volvimos juntos hacia el castillo, con las espadas aún
empuñadas.
Cuando nos acercamos, los médicos estaban en el campo subiendo a los
heridos en camillas. Harlow era una de ellos, vendando la herida de un
soldado caído. La dejé cumplir con su deber y me acerqué a la puerta.
Aurelias y sus hermanos habían sobrevivido. También su padre, que
permanecía apartado mientras hablaba con su general.
Atticus se acercó a mí, sin un rasguño. —¿Estás bien?
Era una pregunta complicada de responder. —Sí... físicamente.
—Al menos ya ha terminado. No viene nadie más.
Asentí mientras le daba un abrazo con un solo brazo. —Espero que esta
sea la única guerra que conozcas. Y que tus hijos nunca conozcan ninguna.
—Le solté y me acerqué a mi mujer, que estaba ansiosa por saludarme
desde que me vio entrar por la puerta. Sus ojos brillaban de emoción, no
sólo porque había vuelto con ella, sino porque la guerra por fin había
llegado a su fin.
La envolví en mis brazos y ella se desplomó contra mí, como si hubiera
perdido la voluntad de ser fuerte, como si por fin hubiera dejado que su
cuerpo fuera derrotado por el dolor y la angustia.
La sostuve contra mí, con la barbilla sobre su cabeza, y me quedé allí
largo rato, sin prisa por estar en otro sitio. Mi familia estaba a salvo.
Nuestro reino había vencido. Ahora era el momento de sanar. —Nos
salvaste... con el oro.
Ella no reconoció el cumplido, y nunca lo reconocería. Se apartó y me
miró, sus manos ahuecando mis mejillas y limpiando las manchas de
sangre. —¿Qué puedo hacer por ti?
—Sólo quiero una ducha caliente... y un poco de carne asada.
A pesar de la tristeza de sus ojos, sus labios esbozaron una sonrisa. —
Venga, vamos.
Capítulo 24
AURELIAS

Harlow estaba en el campo de batalla, ayudando a un soldado a


limpiarse la herida con antiséptico antes de envolverle el brazo con la gasa.
Hizo una mueca de dolor al sentir la presión antes de mover los dedos para
asegurarse de que aún podía moverse.
Me coloqué detrás de ella y esperé una oportunidad para hablar con
ella, sin querer interrumpir su trabajo. No discriminaba con sus pacientes,
también ayudaba a los vampiros. Los soldados trabajaban para colocar a los
muertos en la pira para que ardieran, mientras todos los demás trataban de
salvar a tanta gente como podían. Los demonios quedaron donde cayeron,
un problema para otro día.
Cuando se levantó y se giró, se fijó en mí, y el rubor de emoción que la
inundó fue embriagador. Se acercó a mí con una bolsa de suministros al
hombro y las manos sucias de los pacientes que había tocado.
Probablemente por eso no me acarició las mejillas como hacía
normalmente. —Me alegro de que estés bien.
Incliné la cabeza y la besé. —¿Necesitas ayuda?
—No, —dijo—. Ya has hecho tu parte.
Quería ducharme con ella y luego dormir juntos en nuestra cama. No
quería decir ni una palabra, sólo estar juntos. Probablemente debería
alimentarme, pero ni siquiera quería hacerlo. Todo lo que quería era a ella...
especialmente ahora que nuestro tiempo juntos pronto terminaría. Pero
sabía que ella nunca abandonaría su deber... y yo nunca se lo pediría.
—¿Tus hermanos están bien?
—Están bien, —dije—. Mi padre también. Perdimos muy pocos
vampiros.
—Me di cuenta. Es bueno oír eso.
—Perdiste muchos más de los tuyos.
—Pero eso era de esperar.
—Después de hablar con mi padre, voy a ducharme y descansar.
Despiértame cuando vuelvas. —Estaba muerto de cansancio, pero nunca
estaría demasiado cansado para abrazarla y besarla, para atesorarla a mi
lado.
—Lo haré.
Me incliné y volví a besarla. —Te amo.
—Yo también te amo. —Lo dijo contra mis labios, con sus ojos
clavados en los míos.
Ya no tendría muchas oportunidades de decírselo. No pensé mucho en
el final de nuestra relación durante las batallas y los conflictos, pero ahora
que estábamos al otro lado de ellos, eso era lo único que me quedaba. Había
hecho mi trabajo y la había protegido... y ahora era el momento de irme.
Me alejé y encontré a mi padre minutos después. Su guardia se
interpuso en mi camino y no me permitió entrar... y supe que era porque mi
padre estaba ocupado con su puta favorita. No es que se la estuviera
follando... sino alimentándose de ella.
Yo debería hacer lo mismo, pero intenté luchar contra ello.
El guardia acabó por dejarme pasar y entré en su tienda, con la mujer
desnuda desmayada en la cama y gotas de sangre en la almohada.
Padre ya se había quitado la armadura y sólo llevaba los pantalones, sin
que le molestara el frío. Tenía algunos moratones en los brazos por los
golpes recibidos, pero aparte de eso, parecía estar perfectamente. Abrió una
botella que tenía en el escritorio y se sirvió un vaso para quitarse la sangre
que le quedaba en la boca. Miró a la mujer antes de volver a mirarme. —
¿Quieres un poco?
No miré a la mujer. —Estoy bien.
—Se nota que no te has alimentado.
—Lo haré más tarde.
Sirvió otro vaso y lo deslizó por el escritorio hacia mí. —Conseguisteis
vuestra victoria.
—Perdimos buenos hombres. —Cogí el vaso y bebí un trago.
—Y unos cuantos vampiros buenos. —Se sentó detrás de su escritorio.
Era varias décadas mayor que yo, pero el veneno de serpiente le había
alisado la piel y rejuvenecido, pareciéndose más a un hermano mayor que a
un padre. Atraer la atención de las presas le resultaba tan fácil como a mí.
Su mayor edad en realidad lo hacía más atractivo de alguna manera.
—Sí.
Me miró fijamente. —¿Y ahora qué?
Miré fijamente el cristal de mi cabeza, temiendo la respuesta. —Nada.
—¿Nos vamos?
Asentí con la cabeza. —Puedes irte en cuanto quieras.
—¿Y tú?
—Me iré... eventualmente. —No tenía una hora o fecha en particular.
—Supongo que cuando Kingsnake y Cobra se vayan.
Se sirvió otro vaso. —Sus dragones son exquisitos.
—Lo son.
—Y tienen muchos.
Seguí mirando el vaso.
—Muy impresionantes.
—Si los demonios no fueran invulnerables al fuego, esta batalla habría
terminado antes de empezar.
Padre me miró fijamente, con ojos duros e intensos. —Efectivamente.
Acabé el resto del contenido y dejé el vaso sobre la mesa.
—Con el poder de los dragones y el poder del cristal, el rey Rolfe sería
el rey más poderoso que jamás haya existido.
Levanté los ojos para mirarle. —Aunque hubiera un cristal bajo esta
tierra, nunca lo usaría.
—Los hombres se dejan tentar fácilmente por el poder.
—Él no, —dije con orgullo. —Es feliz con lo que tiene.
Mi padre me miraba fijamente, con el cuerpo vacío. No había emoción
en él, sólo oscuridad. Era como si hubiera reprimido a propósito sus
verdaderas emociones para que yo no pudiera sentirlas, pero no podía
imaginar por qué.
—Gracias por venir, —le dije. —Realmente lo aprecio... más de lo que
las palabras pueden decir.
Su mirada no cambió.
Nuestra cercanía y camaradería habían desaparecido. Me miró
exactamente como miraba a Kingsnake. —Descansa y recupérate.
Hablaremos de nuestra partida en un par de días. —Me levanté y coloqué el
vaso vacío en la esquina del escritorio. —Y gracias por la copa.

***

Estaba muerto de sueño cuando la sentí encima de mí. Sus suaves


muslos se colocaron a horcajadas sobre mis caderas y me puso las manos en
el pecho.
Abrí los ojos y la vi encima de mí, con el pelo húmedo porque acababa
de salir de la ducha, desnuda y con las tetas justo encima de mí. Mis manos
se movieron hacia sus caderas y le di la vuelta, poniéndome encima de ella
para poder besarla, aún medio dormido pero excitado al instante por su olor
y el suave tacto de su carne. Besé sus tetas y bajé por su vientre hasta
encontrar los labios que quería besar.
Sabía que estaría dolorida después de nuestra larga cita en mitad de la
noche, así que la besé en su lugar, saboreé su dulzura mientras la hacía
jadear de placer. Cuando terminara, su boquita estaría alrededor de mi polla,
chupándome con fuerza con aquellos labios carnosos.
Sus dedos se clavaron en mi pelo mientras mecía sus caderas contra mí,
sin dejar de darme amor, con sus pezones apuntando al techo.
Estaba cansado y dolorido, no del todo despierto incluso mientras
succionaba su pezón en mi boca, pero prefería delirar y estar despierto con
ella que perder estos momentos que teníamos juntos, porque pronto ya no
los tendríamos...

***

Estaba dormido con ella en mis brazos cuando alguien aporreó la


puerta.
—¡Aurelias!
El golpeteo se repitió, tan fuerte que sacudió toda la casa.
Me desperté de un tirón, y ella hizo lo mismo, dando un grito de susto.
Las cortinas estaban echadas sobre las ventanas, pero la luz del sol
asomaba, como si fuera pleno día.
—¡Aurelias, abre la maldita puerta! —Era Cobra, intentando girar el
pomo cerrado.
—Mierda, ya voy. —Me levanté de la cama y me moví por mi ropa.
Esta vez, lanzó su cuerpo contra ella, casi rompiéndola de las bisagras.
Me deshice de la ropa y abrí la puerta. —¿Qué?
Cobra traspasó el umbral y casi se cae al suelo.
Cerré de un portazo. —¿Qué coño es tan importante?
Harlow seguía en la cama, con las mantas echadas sobre el cuerpo para
ocultar su desnudez.
Sabía que fuera lo que fuera, iba en serio porque Cobra no hizo ni una
sola broma sobre mi dura polla colgando. —Padre... —Se tomó un segundo
para recuperar el aliento. —Se ha apoderado de HeartHolme.
—¿Qué? —exclamé.
La respuesta de Harlow fue la misma. —¿Qué?
—Kingsnake intentó detenerlo, pero Padre lo encerró bajo el castillo.
Larisa, Clara y Fang también. Yo escapé...
Parpadeé varias veces porque no podía procesar nada de lo que acababa
de decir, ya fuera porque estaba agotada o conmocionada. —No lo entiendo.
—Va a matar a Huntley si no cede.
Harlow estaba fuera de la cama, dejando caer las sábanas delante de
Cobra porque le importaba una mierda su vanidad ahora mismo.
—¿Cómo coño ha pasado esto? —Solté.
—Los soldados estaban agotados, así que durmieron... no había
guardias en el puesto porque ya no había amenaza... todos los demás se
fueron a la cama... así que marchó a HeartHolme con los vampiros y se
cargó a todos los guardias y encarceló a cualquiera que se les resistiera.
No podía creerlo. ¿Era todo un sueño?
—Tenemos que hacer algo rápido, —dijo Cobra. —Porque me están
pisando los talones, y nos van a agarrar a los dos en unos cuarenta y cinco
segundos.
—Mi culo. —Harlow estaba vestida con su uniforme y su espada en la
cadera. —Vamos, Aurelias.
Me puse el uniforme y la armadura que había tirado al suelo,
vistiéndome rápidamente y enganchando mi espada en su sitio.
Cobra atendió la puerta, comprobando la mirilla en busca de los
soldados. —Ya vienen. —Dio un paso atrás y sacó su espada.
Yo hice lo mismo. —Harlow, mantente fuera del camino.
—¡No me digas que me aparte!, —siseó.
La puerta se abrió de golpe, y doce vampiros entraron. Clive estaba a la
cabeza, el general de mi padre. —Aurelias, no queremos hacerte daño. Así
que vamos a saltarnos el teatro...
—Golpeo para matar, Clive. Mataré a cada uno de ustedes si se
interponen en mi camino. Así que te sugiero que te muevas y nos dejes
pasar.
Clive me miró con frustración.
—Muévete.
—No puedo hacerlo.
—Está loco.
—Tiene sus razones, y son buenas razones.
—Le pido que luche por la mujer que amo, ¿y lo único que ve es una
oportunidad? —pregunté con incredulidad. —Esto es ridículo.
Clive mantuvo la mano en la empuñadura de su espada. —No puedes
detener esto. Así que ríndete...
Golpeé con mi espada. —Te lo advertí.
Su espada se encontró con la mía, y Cobra y yo entramos rápidamente
en una batalla de doce contra dos. Corté a Clive por el brazo y luego le di
una patada tan fuerte que su espalda golpeó la chimenea de piedra. Quedó
inerte, inconsciente pero no muerto. Cobra derrotó a otro de los guardias, y
Harlow agarró uno de los troncos de la chimenea y noqueó al que tenía más
cerca.
Los demás se detuvieron y dieron un paso atrás.
—Dejadnos pasar, —ordené. —O los mataremos a todos y luego
pasaremos.
Intercambiaron una rápida mirada antes de envainar sus espadas y
apartarse del camino.
—Buena decisión. —Cobra fue primero.
Harlow y yo fuimos después y corrimos hacia el castillo. Ya podíamos
ver la diferencia por el camino, guardias vampiros apostados en diferentes
distritos, y cuando llegamos al castillo, no había humanos, sólo vampiros.
Mantuve a Harlow detrás de mí mientras Cobra y yo abatíamos a los
guardias vampiros antes de entrar en el castillo.
—La sala del trono. —Cobra abrió el camino, llevándome escaleras
arriba y a la derecha, matando a los de nuestra especie por el camino hasta
que llegamos a la sala del trono, una sala que nunca había visto porque
Huntley parecía no pisar nunca el lugar.
Era un espectáculo horrible. Huntley estaba atado por los tobillos y las
muñecas, de rodillas en el suelo, mientras mi padre le ponía una espada en
el cuello. Vi dos marcas rojas en su cuello y un reguero de sangre, como si
alguien se hubiera alimentado de él. Detrás de mi padre estaba una de sus
comandantes, Ravine, con sangre en la comisura de los labios.
Ivory no estaba en la habitación, así que debieron ordenarle que se
fuera.
—¡Suéltenlo! —Harlow entró corriendo en la habitación con la espada
en la mano, dispuesta a enfrentarse a mi padre, lo que acabaría en desastre.
El rostro de Huntley se contorsionó de terror al verla correr hacia él. —
¡No! —Su grito no fue nada comparado con la agonía dentro de su pecho, el
terror indescriptible que un padre sentía al temer por su hija.
Mi padre sintió la intención asesina de Harlow y en su lugar volvió la
espada contra ella. Sucedió tan rápido, que mi padre no sintió empatía
alguna por ella, dispuesto a abatirla. Huntley intentó levantarse, pero lo
único que hizo fue volcarse y gritar.
Llegué a tiempo, bloqueando la espada de mi padre con la mía y
empujándola hacia atrás con tanta fuerza que rodó por la alfombra.
Mi padre me miró fijamente.
Yo le devolví la mirada.
Fue el primero en apartarse, pero no me dio la espalda.
Huntley miró a Harlow y le dijo: —Corre.
Ella permaneció en la alfombra, con lágrimas de rabia en los ojos.
Bajé la espada pero la mantuve en la mano. —¿Qué. Mierda. Estas
.Haciendo? — Dije cada palabra más despacio de lo que lo haría
normalmente, cabreado y abrumado por su traición. Mi padre tenía una fibra
moral cuestionable, pero nunca había esperado que fuera tan traidor. —Te
pedí que los salvaras...
—Y lo hice. No tengo intención de herir o matar a esta gente.
—Entonces corta las ataduras del rey y déjalo levantarse.
Padre miró a Huntley en el suelo, magullado y ensangrentado por la
batalla que había perdido con los míos. —Ya no es Rey de HeartHolme ni
Rey de Reinos. —Se llevó la mano al pecho. —Yo lo soy.
—Estás mal de la cabeza, ¿lo sabías?
Mi padre sonrió como si eso fuera un cumplido. —Los salvé de la
aniquilación. Ahora es el momento de pagar el precio. Estas son mis tierras
ahora, y también lo son los dragones.
—Los dragones no pertenecen a nadie, —espetó Harlow. —Se volverán
contra ti en cuanto intentes...
—Harlow. —Huntley intentó silenciarla con su gruñido reprimido.
—Si no cooperan. —Padre volvió a presionar la hoja contra el cuello de
Huntley, lo bastante cerca como para hacerle sangrar.
Harlow empezó a llorar de nuevo. —Por favor, detente.
—Cariño, estoy bien, —dijo Huntley con calma, preocupándose más
por estar a su lado que por su propia muerte.
—Entonces mataré a su amado héroe, —dijo Padre, la punta de su
espada permaneciendo contra la piel de Huntley. —Cavaremos para
encontrar esos cristales. No sólo seremos inmortales, sino invencibles.
Tenía que hacer que esto se detuviera. —Padre, eres Rey de Reinos en
nuestras tierras. ¿Cuánto poder más necesitas?
—Todo, —dijo simplemente. —Todo el poder.
—Madre estaría disgustada contigo. —Estaba disgustado conmigo
mismo por estar de su lado todos estos años. Por tratar a los humanos con
tan poca amabilidad cuando eran mucho mejores que nosotros.
—Nunca lo sabremos, —dijo sin emoción. —Porque su alma ha sido
usada como troncos en un hogar.
—¿Y esto te hace sentir mejor? —pregunté con incredulidad. —Luché
por la mujer que amo, y tú desmontas todo lo que hice....
—Dijiste que no te casarías con ella.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Porque ella no es familia. Y la familia es el único código que honro.
—Entonces me casaré con ella, —espeté—. Me casaré con ella ahora
mismo. Déjate de gilipolleces.
No apartó la espada de la garganta de Huntley. —Demasiado tarde,
hijo.
—Eres un mentiroso. Incluso si la convirtiera en vampiro y me casara
con ella, seguirías haciendo este truco...
—Probablemente tengas razón. —Miró a Huntley, con una leve sonrisa
en los labios. —Aurelias, siempre hemos sido mejores que esa escoria que
llamamos humanos. Sirven para muy pocas cosas: alimentarse y follar. A
diferencia de tus hermanos, siempre hemos estado de acuerdo en esto. No
dejes que un buen polvo cambie tu percepción.
La ira me recorrió la espalda.
Padre me miró, como si pudiera sentir mi rabia y le divirtiera.
—Aurelias. —Huntley habló con voz calmada. —Saca a Harlow de
aquí.
—Me parece prudente, —dijo padre. —Ninguna hija debería ver cómo
ejecutan a su padre.
Harlow ahogó un sollozo.
—Padre. —Levanté ligeramente la mano. —Quítale la hoja del cuello y
retrocede.
Padre clavó la hoja más profundamente, hizo la línea de sangre más
gruesa.
—Para, —suplicó Harlow. —Por favor, detente.
Di un paso adelante. —Detente. Por mí. Por favor.
Padre relajó la presión. —Vine hasta aquí por ti, Aurelias. ¿Y me pides
más? —Sus dos ojos se levantaron ante mi petición, como si estuviera
equivocado.
—¿Cómo puedes gobernar dos continentes a la vez?
—Con dragones, —dijo Padre, con la respuesta ya preparada. —Con
mi hijo mayor, Príncipe de los Reinos, gobernando en mi ausencia. Lo
haríamos juntos, Aurelias. Gobernaríamos dos mundos... y luego tres... y
luego cuatro.
—No comparto tus ambiciones, Padre. Sólo podemos follar y
alimentarnos hasta cierto punto.
Sonrió. —Bueno, tenemos toda la eternidad para intentarlo.
Mantuve mi mano levantada. —Te lo ruego, Padre. Me pondré de
rodillas ahora mismo y haré lo que carajo quieras... sólo déjalo ir.
Sus ojos se entrecerraron ofendidos. —¿Cuál es tu fascinación con este
hombre? Soy el vampiro más fuerte que jamás ha existido y, sin embargo, te
preocupas por este hombre de rodillas con la cara contra el suelo.
—¿De eso se trata? —Pregunté en voz baja. —¿Estás celoso?
—No tengo celos de ningún humano.
—Pero estás celoso de mi respeto por él, un respeto que se ha ganado.
Siento que mi admiración por su integridad y su valor te amenace. Quizá si
tuvieras más amabilidad y empatía, sentiría lo mismo hacia ti. —Lo último
que debía hacer era cabrear a mi padre, pero las palabras se me escaparon.
—Ahora quita tu maldita espada de su cuello y déjalo ir.
—¿Quieres que te quite la espada? —Se volvió hacia Huntley,
moviéndose hasta estar en posición de arrancarle la cabeza de los hombros.
—Huntley, dame tu palabra de que revocas tu título de rey y me lo concedes
a mí. Que vivirás tu vida como un simple ciudadano para obedecer mis
órdenes. Que nunca intentarás reclamar el título por la fuerza o en secreto.
Dame tu palabra y te dejaré marchar.
La respuesta de Huntley fue inmediata. —No.
No esperaba otra respuesta.
Mi padre me miró. —Tuvo su oportunidad.
—¡No! —Harlow se puso en pie de un empujón. —¡Alto!
Padre levantó su espada para atravesar el cuello de Huntley.
Lo único que le importaba a Huntley era su hija. —Cariño, está bien.
Mi padre bajó la espada de golpe.
Sólo tuve un segundo para reaccionar. Mi espada no detendría la suya
en este ángulo. Hice lo único que tenía sentido y salté encima de Huntley.
La espada se clavó en mi espalda al instante, el arma se blandió con
tanto ímpetu que me estrellé contra Huntley. La armadura que me había
regalado era tan resistente como decía, porque la espada no la atravesó. El
golpe fue lo bastante fuerte como para sacarme el aire de los pulmones y
dejarme un moratón que duraría semanas, pero no me mató. Me puse en pie
y empujé a mi padre hacia atrás, levantando la espada para bloquear el
espadazo que se avecinaba.
Ravine se unió a la lucha, acercándose a mí junto a mi padre.
—¡Cobra!
—¡Los tengo! —Corrió hacia Huntley y le cortó las ataduras. Harlow
también estaba allí, sollozando encima de su padre.
Luché contra ambos, teniendo una oleada de fuerza que nunca antes
había tenido, rabia unida a pura locura. Incluso mi padre se sorprendió, sus
ojos se abrieron de par en par ante la ráfaga de golpes que descargué sobre
ambos.
Asssesino de ssserpientes. Fang entró en acción y saltó sobre Ravine,
rodeándole el cuello con el cuerpo y apretándola tan fuerte que le partió la
columna vertebral. Ella cayó al suelo. Kingsnake y los demás entraron
corriendo en la habitación, luchando contra los vampiros más leales a mi
padre.
Yo quería ver cómo estaba Harlow, pero para contrarrestar los ataques
letales de mi padre, tenía que concentrarme en él. Nuestras espadas se
movían más rápido de lo que podían ser vigiladas, y yo tenía que confiar en
sus emociones para anticiparme a los ataques y hacer los míos.
Normalmente, él enmascaraba sus pensamientos y sentimientos, pero la
batalla era tan acalorada que no tenía energía para ello. Yo tampoco
enmascaré los míos porque no podía.
Me cogió desprevenido dándome un fuerte puñetazo en la cara.
Me tambaleé hacia atrás, y él aumentó su ventaja, golpeándome con su
espada. —¿Cómo te atreves a levantarme la espada?
Bloqueé su espada con la mía y empujé, empujé contra su peso
mientras nuestros ojos permanecían fijos. —Detén esto. Por favor.
Se apartó y volvió a golpearme. Todos sus golpes eran para herir, no
para matar.
—No quiero matarte.
—Entonces ríndete. —No se detuvo. De hecho, lo estimuló, dándole
más energía.
Asssesino de ssserpientes. Fang se deslizó hacia adelante para
deslizarse por su cuerpo.
Fang, no. Sabía que mi padre no dudaría en matarlo. Ayuda a los
demás.
—Hiiisssssss. —Fang hizo lo que le pedí y se apartó.
—¿Vas a matarme?, —se burló mi padre.
Nuestra batalla se detuvo momentáneamente y nos rodeamos.
—No me dejas elección.
—Traje a nuestros ejércitos a estas costas, ¿y así es como me lo pagas?
—Detén esta locura y podremos olvidar lo que ha pasado, —dije—.
Podemos volver a casa y vivir nuestras vidas. Estas son buenas personas.
—No hay tal cosa, Aurelias.
—Sólo he amado a tres mujeres en toda mi vida, y todas eran humanas.
Se calmó, sabiendo que mi madre era la tercera.
—Detente. No me obligues a hacer esto...
Se abalanzó sobre mí y sus golpes alcanzaron un nuevo nivel, volando
por el aire y apuntando a mi cuello. Antes apuntaba a herir, pero ahora
apuntaba a matar. Yo era lo único que se interponía en su dominio, y si no
me sacaba de la situación, no conseguiría lo que quería. Él tomó su
decisión.
Así que yo tomé la mía.
Fingí hacia mi derecha, golpeé mi espada contra la suya para hacer la
abertura, y entonces mi hoja atravesó su cuello.
Me di la vuelta antes de ver nada.
Pero lo oí. Oí cómo su cabeza caía al suelo. Luego el resto de su
cuerpo, el sonido de su armadura golpeando el suelo de madera. La lucha
continuaba en diferentes partes de la habitación, pero yo no podía verla. Mi
vista estaba borrosa... borrosa por las lágrimas.
Caí de rodillas, abrumado por el peso de mi decisión, por lo que había
detrás de mí.
Había matado a Renee... y ahora había matado a mi propio padre.
Alguien se movió delante de mí, pero no pude distinguir su cara. Ni
siquiera podía ver el suelo. La habitación quedó en silencio. Una mano
poderosa se movió hacia mi hombro, y entonces, lentamente, mi mirada se
agudizó.
Era Huntley.
Sus ojos dolían de dolor mientras me miraba, como si de algún modo
pudiera tener empatía después de que mi padre hubiera intentado arrebatarle
su reino y su cabeza. —Lo siento. —Su otra mano fue a mi otro hombro
para sostenerme porque empecé a volcarme. —Lo siento, hijo. —Se movió
hacia mí y me abrazó, me abrazó fuerte como hacía con su propio hijo, un
abrazo de oso que apretaba y apretaba.
Yo seguía mirando al suelo, con las lágrimas tan pesadas que corrían
por mis mejillas. Estaba entumecida y, al mismo tiempo, embargada por la
pena. A pesar de que acababa de ocurrir, mi mente ya intentaba fingir que
no había sido yo quien lo había hecho. Que otra persona lo había matado y
yo no había llegado a tiempo. Mi padre era el único padre que me
quedaba... y ahora no tenía padres.
Huntley se apartó y me miró, como si quisiera decir algo pero no
tuviera palabras. Kingsnake y Cobra se acercaron, y fue entonces cuando se
despidió para dejarnos espacio.
Yo permanecí de rodillas, con mi espada ensangrentada en el suelo a mi
lado.
Mis hermanos se arrodillaron para estar a mi altura.
No les miré, demasiado avergonzado por lo que había hecho. —No
sabía qué más hacer....
Ninguno de los dos habló.
Cerré los ojos durante varios segundos para detener las lágrimas.
Cuando volví a mirar al suelo, estaban secas... pero el calor seguía en mi
garganta. —Lo siento.
La voz de Kingsnake era suave. —Está bien, Aurelias.
—No está bien.
Fang se deslizó hacia nosotros, serpenteando por mi cuerpo y
rodeándome los hombros en señal de consuelo. Era un asssesino de
ssserpientes.
—Fang, ahora no, —dijo Kingsnake sin mirarlo. —Después de que
absorbiéramos a los Etéreos y derrotáramos a los hombres lobo, Padre se
apoderó de todos los Reinos y se proclamó rey de todos los Reinos, cosa
que nos pareció innecesaria. Si no le hubiéramos desafiado contra los
Etéreos -gente inocente que ni siquiera era consciente de sus crímenes-, los
habría masacrado a todos. Quizá llevaba tanto tiempo siendo vampiro que
había olvidado por completo su humanidad.
—Había que detenerlo, —dijo Cobra. —Esto probablemente habría
ocurrido de todos modos.
—Algunas personas cambian, como tú, —dijo Kingsnake—. Pero otros
no.
Mis ojos permanecieron en el suelo.
Kingsnake movió su mano hacia mi hombro. —Hermano.
Levanté los ojos automáticamente.
—Has tomado la decisión correcta. —Kingsnake lo dijo con la
confianza de un rey. —En lugar de venir en ayuda de su hijo, vino a esta
tierra con una agenda. Siempre ha sido un oportunista. Debería haber
respetado tu amor por Harlow, sin importar si ese amor duraría para
siempre.
—Pero-pero ahora no tenemos padre...
Kingsnake intercambió una mirada con Cobra.
Cobra me dio una palmada en el otro hombro. —Pero nos tenemos el
uno al otro.
Capítulo 25
AURELIAS

En aquel momento pasaron muchas cosas.


Harlow e Ivory se sintieron tan aliviados de que Huntley estuviera ileso
que pasaron varios largos momentos juntos alegrándose como una familia.
Los soldados sacaron el cuerpo de mi padre de la habitación para quemarlo
o enterrarlo, pero probablemente fue para evitarme el dolor de lo que había
hecho.
Harlow se separó de su familia y luego me miró.
Sentí el cambio dramático, el alivio transformado en un ardiente
cataclismo de dolor. Al acercarse, se hizo visible el brillo de sus ojos,
acompañado de la agonía de su corazón. Sabía que la miseria que albergaba
era por mí, por lo horrible que había hecho y que nunca podría retirar... lo
horrible que había hecho por ella.
Se movió hacia mis brazos y me abrazó con fuerza, apretándome con la
misma fuerza con la que lo hacía su padre.
Apoyé la barbilla en su cabeza y cerré los ojos. El consuelo que me dio
fue instantáneo, un calor que calmó todos los dolores de mi corazón. Era
como una manta gruesa en una noche fría. O el sol sobre el pétalo de una
flor en invierno. Era el consuelo que nadie más podía dar, sólo ella.
—Lo siento mucho. —Lo dijo en voz baja contra mi pecho, tan baja
que sólo yo podía oírla.
Le di un beso en la frente. —Debería ser yo quien se disculpara...
Se apartó para mirarme a la cara, con los ojos aún húmedos. Sacudió
sutilmente la cabeza. —No.
Metí la mano en su pelo y le acaricié la cara, viendo a una mujer tan
hermosa que me dolían los ojos. Con unos ojos azules del mismo color que
el cristal que había destruido, era impresionante. Ojalá pudiera mirarla
todos los días. Ojalá pudiera verla con la armadura de nuestro pueblo,
cientos de años en el futuro, perfectamente conservada así.
Pero no podía... y eso hizo que todo me doliera de nuevo.
Volvería a casa, un hogar que sería siempre diferente sin mi padre, y me
enfurruñaría sola. —¿Tu madre está bien?
—Sí. Los habían encerrado a todos en el calabozo.
—¿Cómo salieron?
—Fang lo logró de alguna manera.
—No me sorprende. —Mi padre siempre lo había subestimado. A pesar
de que las serpientes nos habían dado estos poderes, él no las trataba muy
amablemente. Las trataba como trataba a todos los demás, como si
estuvieran allí para servirle.
Kingsnake se acercó a mí. —Siento interrumpir, pero necesito hablar
contigo.
Harlow se puso de puntillas para besarme antes de marcharse.
La vi marcharse antes de mirar a mi hermano.
—Esto sonará insensible, pero debido a la complejidad de nuestra
situación, es una conversación que hay que tener. Eres el sucesor de padre,
y ahora que se ha ido, eres el Rey de los Reinos. ¿Aceptas?
Mantuve mi silencio.
—Porque ahora hay que dar órdenes.
—¿Por qué me seguirían si acabo de asesinar a su rey?
—Porque saben que ha estado trastornado durante mucho tiempo.
Deberían volverse contra mí por lo que había hecho, pero ni un solo
vampiro se movió contra mí.
Kingsnake continuó observándome. —Nuestro propósito aquí ha
terminado. Los demonios han sido derrotados. Están a salvo de la ira de
Padre. No queda nada más que hacer que regresar a casa, y sé que todos
estamos ansiosos por volver.
El temido momento había llegado. Se había sentido tan lejano durante
tanto tiempo. —Que entierren a Padre en el cementerio. En dos días,
partiremos hacia los barcos.
Kingsnake me observó, comprendiendo que acababa de aceptar el
nuevo cargo. —¿Y qué harás con los reinos?
—No lo he pensado, —dije fríamente. —Porque acabo de matar a mi
padre hace veinte minutos.
Kingsnake retrocedió. —Nos iremos dentro de dos días.

***

Era difícil hacer el amor.


Había muchas razones para ello. Uno, mi corazón estaba cargado de
dolor. También estaba cargado de culpa. Y dos, estaba jodidamente
deprimido. Deprimido porque la dejaría atrás en dos días y nunca la
volvería a ver. Había hecho todo esto por ella... sólo para irme.
Ella no podía sentir mis emociones como yo sentía las suyas, pero
sospechaba que sabía exactamente lo que yo estaba experimentando. Estaba
en mis brazos en la cama, su mano acariciaba mi pecho mientras apoyaba la
cabeza en mi hombro. No habíamos hablado mucho desde que volvimos a
la cabaña, y todas nuestras miradas estaban cargadas de palabras que
decidimos no compartir. Lo peor había quedado en el pasado, pero parecía
que estaba en el futuro.
—Aurelias. —Ella levantó la cabeza, su largo cabello cayendo detrás
de ella como una cortina.
—Sí, cariño. —Mis dedos se movieron automáticamente hacia ella,
tocando las sedosas hebras.
Una opresión se formó en su pecho, un doloroso nudo en la garganta.
—Sé que ya hemos hablado de esto, pero... Sus ojos se posaron en mi pecho
mientras se quedaba sin palabras. —¿Estás seguro de que no puedes
quedarte? —Tragó saliva, bajando los ojos para protegerse de la decepción.
Mis dedos se congelaron en su pelo, incapaz de responder a la
pregunta.
Se hizo el silencio y ella no me miró.
Por fin me atreví a hablar. —Lo siento, cariño.
Una oleada de dolor la recorrió, pero su expresión no cambió.
—Si yo estuviera dispuesta a ser un vampiro, ¿estarías dispuesto a vivir
aquí?
Justo cuando pensaba que no podía doler más, mi dolor alcanzó nuevas
profundidades. —No quiero eso para ti.
Sus ojos se alzaron hacia los míos. —Es mi elección...
—No.
—Mi padre me dijo que lo entendería...
—¿Lo hizo? —pregunté en voz baja.
Ella asintió.
Este dolor no acabaría nunca. —Si yo no seré mortal por ti, entonces tú
no deberías ser inmortal por mí.
—Son incomparables. Es una vida por una vida eterna...
—Cariño. —Mi mano acarició su mejilla. —Mi respuesta no cambiará.
Cuando se dio cuenta de que el futuro estaba decidido y no podía
alterarlo, sus ojos empezaron a humedecerse. —¿Por qué?
Ahora era yo quien evitaba su mirada.
—Estoy dispuesta a hacerlo por ti para que podamos estar juntos, pero
tu respuesta sigue siendo no. ¿Es sólo una excusa? ¿Es porque no quieres
sentar la cabeza...?
—No. —Volví a mirarla.
—Entonces, ¿por qué no cambias por mí? —Sus lágrimas empezaron a
ser más pesadas.
Esto era jodidamente insoportable. —Porque tengo tres hermanos,
Harlow. Moriré dentro de ochenta años y ellos seguirán sin mí. Porque ya
he vivido mil quinientos años, y han pasado en un abrir y cerrar de ojos. No
es tiempo suficiente...
—¿Tiempo suficiente para qué?, —preguntó ella, con las lágrimas
desbordándose. —¿Para acostarte con mujeres a las que nunca amarás tanto
como a mí?
—Harlow...
Ella dejó la cama.
—Cariño.
Cogió su ropa del suelo y se preparó para salir furiosa.
Me levanté de la cama. —Cuando hablamos de esto antes, entendiste...
—Ahora las cosas son diferentes. —Se puso el sujetador y luego el top,
moviéndose tan rápido como podía, como si no pudiera alejarse de mí lo
bastante rápido.
—¿En qué son diferentes?
Metió las piernas por las perneras de los pantalones y tiró de ellos hasta
la cintura. —Mataste a tu padre para proteger al mío. ¿Cómo puedes hacer
eso y luego zarpar para no volver jamás? —Las lágrimas se derramaron por
sus mejillas. —¿Cómo puedes arriesgarlo todo por mí? ¿Y luego marcharte?
—Mi afecto por tu padre es independiente de mi amor por ti.
Apartó la mirada y empezó a marchar.
Puse la mano en la puerta para que no pudiera escapar. —Harlow.
Intentó abrirla contra mi peso.
—Me voy en un día, y no quiero pasar el tiempo que nos queda
peleando...
—No tienes que irte. —Se abalanzó sobre mí, dolorida y furiosa. —
¿Por qué no valgo la pena? Si hubieras muerto en batalla, habrías perdido tu
vida y tu alma. Pero esto es demasiado pedir....
Respiré hondo. —Yo no volvería a ser el mismo, Harlow.
Sus ojos se entrecerraron.
—No sería tan fuerte como soy ahora. No sería capaz de protegerte
como lo he hecho. No habría podido salvar la vida de tu padre porque
habría sido demasiado débil para hacerlo. No sería el mismo.
—Mi padre es un humano, y luchó contra esos demonios a tu lado
perfectamente.
—Fue un millón de veces más difícil para él que para mí...
—Entonces mejórate. Hazte más fuerte. Lucha más duro. —Ahora ella
gritó. —Has luchado por mí todo este tiempo, ¡así que lucha por mí ahora!
—No entiendes...
Salió de la cabaña.
Todavía estaba desnudo, así que no podía seguirla.
Pero probablemente no debería ir tras ella de todos modos.

***

No tenía idea de adónde había ido Harlow.


No estaba en su dormitorio en el castillo o en la gran sala. Pregunté a
mis hermanos si la habían visto, y no. Tampoco estaba en la parte delantera
del castillo, ni con los dragones en el campo.
Esta vez no quería que la encontrara.
Me senté en el gran salón y supuse que volvería a sus aposentos al
anochecer porque prefería dormir sola que conmigo. Ya había una botella de
whisky allí, así que me serví, sabiendo que la última vez que había estado
tan deprimido fue cuando Renee murió. O yo la había matado... era lo que
debía decir.
Se oyeron pasos, pero eran demasiado fuertes para pertenecer a Harlow.
Un momento después, salió Huntley, vestido informalmente con unos
pantalones marrones y una camisa negra. Aún se le veían los moratones en
la cara de donde mi padre lo había torturado, pero la luz de sus ojos sólo
mostraba paz.
Me echó una rápida mirada y reconoció mi dolor. Se sentó frente a mí y
se sirvió un vaso. Bebió un trago y se lamió los labios antes de relajarse en
la silla, mirándome y dándome la oportunidad de elegir la conversación.
Volví a llenar mi vaso.
Huntley hizo una pregunta que nunca antes había hecho. —¿Cómo
estás?
Me corté y me crucé de brazos. —De mierda.
Hizo un sutil gesto con la cabeza. —¿Puedo hacer algo?
Negué con la cabeza. Mi padre había sido enterrado en su cementerio, y
Huntley no había puesto ninguna objeción. Me permitió grabar su lápida
con honor y no con corrupción. No me guardaba rencor, aunque mi padre lo
habría matado y se habría apoderado de su reino si yo no hubiera estado allí.
—¿Las cosas no van bien con Harlow?
Lo miré fijamente.
—Supuse que estarías con ella ahora, ya que te irás pronto.
—Creo que eso se acabó... —No veía un escenario en el que nos
reconciliáramos antes de irme. Ella había salido furiosa, y basándome en el
hecho de que había desaparecido, no quería reconciliarse. Probablemente
sería más fácil para ella si me iba en estos términos.
—¿No has cambiado de opinión, entonces?
Casi aparté la mirada antes de negar con la cabeza. —Dijo que
aceptarías su decisión de convertirse en vampiro. ¿Es cierto?
Era una pregunta sencilla, pero tardó mucho en contestarla. —Sí.
—Me pediste que nunca la convirtiera.
—Y eso estuvo mal por mi parte. Si al padre de Ivory le hubiera
importado lo suficiente como para prohibirle estar conmigo, eso no habría
cambiado nada. Veo el amor que se tienen y sé que es real. Nunca
intervendría... aunque eso significara perderla.
Si Harlow se convertía, eso lo arreglaría todo. Pero todavía no podía
hacerlo. —Se ofreció a ser vampira para que pudiéramos estar juntos.
La expresión de Huntley no cambió, pero todo su ser dio una sacudida
de dolor.
—Le dije que no.
Hizo todo lo posible por mantener la misma expresión, pero era una
batalla perdida. El alivio apareció en su rostro. —¿Por qué?
—Su alma es demasiado pura. Nunca permitiría que la abandonara.
Nunca permitiría que renunciara a todo lo que le importa sólo para poder
estar conmigo, no si yo no estoy dispuesto a hacer lo mismo por ella.
Estaría mal.
Huntley asintió levemente. —Aprecio tu integridad.
—Pero ahora, ella no quiere hablar conmigo, y no puedo encontrarla.
¿Sabes dónde está?
Hubo una pausa. —Creo que sí. Pero no puedo decírtelo, Aurelias.
La decepción me recorrió, pero la oculté. —Lo comprendo.
—No me corresponde a mí decir nada, pero voy a decirlo de todos
modos. —Me miró fijamente a la cara. —Mujeres hermosas las hay a
montones, pero una mujer hermosa con un alma hermosa... eso es una aguja
en un pajar. Encontrar a alguien a quien amar... amar de verdad... es casi
imposible. Si pudiera elegir, elegiría una vida con Ivory antes que una
eternidad con alguien inferior.
Le miré fijamente a la cara.
—Harlow lo superará con el tiempo. Se casará. Tendrá hijos. Sé que el
tiempo funciona de otra manera para ti, así que puede que pasen diez años
antes de que te des cuenta de lo que has perdido, pero para entonces ya será
demasiado tarde. Puede que vivas para siempre, pero eso significa que tus
remordimientos también duran para siempre. Algo en lo que pensar...
No quería imaginármela casándose con otro. No quería imaginármela
con el vientre hinchado esperando su primer hijo. No quería imaginarme al
hombre que me habría reemplazado.
—Pase lo que pase entre vosotros, quiero que sepas que he llegado a
quererte profundamente. —Huntley dijo todo eso sin incomodarse,
demostró más afecto por mí del que mi padre había demostrado jamás. —
No sólo por lo que has hecho por nosotros, sino por tu carácter noble y tu
corazón robusto. Si te casaras con mi hija, no te amaría como a un yerno,
sino como a mi propia sangre. Sería un honor. Pero si no te casas con mi
hija... seguiré viéndote siempre como un hijo o un sobrino. Si alguna vez
necesitas ayuda, sabes que HeartHolme responderá a esa llamada.
Capítulo 26
HARLOW

Mis padres tenían una vieja casita en el pueblo, un lugar que habían
utilizado cuando se habían juntado por primera vez. Ya no se quedaban en
ella porque ocupaban el castillo cuando venían de visita, así que era mía
para usarla cuando quisiera.
Allí me quedé, sabiendo que Aurelias nunca me encontraría. Aunque le
preguntara a mi padre, no obtendría la respuesta que quería. Por mucho que
mi padre se preocupara por Aurelias, siempre me sería leal a mí primero.
Me senté frente al fuego con el corazón roto, sabiendo que
desperdiciaba el poco tiempo que nos quedaba evitándole. Pero saber que se
marchaba al día siguiente me hacía imposible no pensar en ello, apartarlo de
mi mente y vivir el momento con él. Nuestras interminables noches juntos
se habían acabado.
Se había acabado.
No quería que se acabara.
Sabía que era joven y que encontraría a otra persona en los años
venideros, pero también sabía que él no sería Aurelias. Que por muy vieja
que fuera, pensaría en el vampiro del otro lado del mar... el hombre que
siempre tendría un trozo de mi corazón.
No quería que eso sucediera.
No quería conformarme con otra persona.
Salí de la cabaña y me dirigí al castillo.

***
Kingsnake abrió la puerta, Fang envuelto alrededor de sus hombros.
Estaba claramente sorprendido. —¿Harlow? —Sus ojos se desviaron detrás
de mí, esperando ver allí a Aurelias, pero sólo estaba yo. Se volvió hacia
Fang, que estaba sobre su hombro. —Ahora no.
—¿Perdón?
—Lo siento, Fang quería saber si estabas aquí para jugar con él.
—Ah. —Le sonreí. —Tal vez más tarde.
—¿Todo bien? —Preguntó Kingsnake.
—En realidad... ¿puedo hablar contigo un segundo?
—Claro. —Abrió la puerta de par en par y me permitió entrar en sus
aposentos. Iba vestido de manera informal, y cuando me adentré un poco
más, vi que Larisa iba vestida de manera similar, con un vestido de manga
larga.
El fuego rugía en la chimenea y las cortinas estaban cerradas, a pesar
de que hacía un día precioso. Vi cómo Fang abandonaba los hombros de
Kingsnake y tomaba asiento en el sofá. Su cola acarició el asiento vacío a su
lado.
—¿Todo bien? —preguntó Larisa, uniéndose a nosotros en la entrada.
—No estoy segura. —Kingsnake cruzó los brazos sobre el pecho
mientras me miraba. —¿Qué pasa, Harlow?
Ya había tomado mi decisión y no había vuelta atrás. —Quiero que me
conviertas en vampiro. —No era mi primera opción para estar con Aurelias.
Prefería vivir una vida humana con él que para siempre, sin hijos con mi
familia fallecida. Pero si esta era la única manera... que así fuera.
Kingsnake me miró sin comprender durante varios segundos.
Larisa hizo lo mismo.
Incluso Fang pareció tensarse.
—Lo he pensado... y esto es lo que quiero. —Continué mirando a
Kingsnake.
Kingsnake intercambió una mirada con Larisa. —Pero esto no es lo que
quiere Aurelias. Si no, no necesitarías pedírmelo.
—Le pedí que fuera humano para mí, pero no lo hará. Esta es la única
manera.
Sus ojos se suavizaron. —Harlow...
—Por favor.
Kingsnake volvió a mirar a Larisa.
—Sé que no me convertirá por lo que pasó con Renee. Tiene miedo
de... ya sabes. Pero si lo haces...
—Nunca convertiría a la mujer de otro hombre, —dijo—. Esa no es
una conducta aceptable.
—Pero esta es una circunstancia diferente.
—Harlow. —Sus ojos se entrecerraron. —Se me revolvería el estómago
si Aurelias convirtiera a mi mujer. Yo nunca convertiría a la suya, no sin su
consentimiento. —Sus ojos se suavizaron de nuevo. —Lo siento. Puedes
preguntarle a Cobra si quieres, pero te dirá lo mismo. Esto es algo que
Aurelias y tú tenéis que acordar juntos.
Larisa movió su mano hacia mi brazo. —Pero estoy de acuerdo con
Aurelias. No es justo que tú hagas el sacrificio si él no está dispuesto a
hacer lo mismo por ti. Sé que lo amas, pero mereces más que eso.
—Te convertiste en vampiro por Kingsnake...
—Pero él se habría convertido en humano por mí si se lo hubiera
pedido. Al final decidimos que era lo mejor para nosotros como pareja.
Mis ojos cayeron al suelo, la tristeza me atenazaba por la garganta. —
Creo que nunca lo superaré.
Larisa se acercó a mí y me abrazó.
—¿Hizo todo esto por mí... sólo para dejarme ir?
—Lo siento. —Me frotó la espalda.
Empecé a llorar, con la barbilla apoyada en su hombro.
Kingsnake se acercó, poniendo su mano en mi hombro. —Yo también
lo siento. Fang también.

***

Los vampiros habían recogido sus pertenencias y se disponían a


regresar a la costa, donde les esperaban sus barcos. Navegarían de vuelta a
sus tierras lejanas a través del mar, a un lugar que no podría volver a
encontrar aunque quisiera.
Una parte de mí no quería despedirse de Aurelias. Sólo esconderme en
la cabaña hasta que fuera demasiado tarde. Verle alejarse por última vez y
dejarme aquí sola, un lugar que nunca volvería a ser el mismo después de
que él hubiera dejado su huella por todas partes.
Pero sabía lo mucho que le dolería a Aurelias que aquella fuera nuestra
última conversación, cuando salí hecha una furia con lágrimas en los ojos y
él estaba demasiado desnudo para seguirme. Y lo último que quería era
hacerle daño.
Así que me vestí y salí de la cabaña, encontrándome directamente con
mi padre.
Iba vestido con su uniforme, pero sin su armadura ni su espada. Me
miró, viéndome con un vestido de manga larga y botas. Llevaba el pelo
arreglado y la cara maquillada. Si esta era la última vez que Aurelias me
veía, quería que su recuerdo de mí fuera el más bonito que jamás hubiera
tenido.
Mi padre me dio una rápida mirada. —Me alegro de que hayas
cambiado de opinión.
Caminamos juntos por la ciudad y bajamos por el sendero hasta la
puerta. Los vampiros estaban listos para partir, sus corceles ensillados para
el viaje, ya alineados en sus filas. Mi madre y mi hermano estaban allí para
despedirse. Kingsnake y Cobra estaban con Fang y sus esposas.
Y Aurelias estaba en el centro, con la armadura que le había regalado
mi padre, el escudo de su familia combinado con el nuestro. Era apuesto a
la luz de la mañana, pero tenía los ojos negros y rotos. Aún no se había
fijado en mí, pero cuando me acerqué lo suficiente para que me sintiera, sus
ojos se desviaron hacia los míos.
Nuestras miradas se cruzaron, y cada momento que habíamos
compartido pasó entre nosotros.
Fue la sensación más dolorosa que jamás había soportado.
Me detuve a varios metros de él, porque ahora que estaba allí, me daba
cuenta de lo brutal que iba a ser. Nos miramos fijamente, ninguno de los dos
dando el primer paso, ninguno de los dos queriendo despedirse.
Cuando no pasó nada, Kingsnake se acercó a mí. —Cuídate, Harlow.
—Me dio un abrazo con un solo brazo.
—Gracias por todo.
—Puedes recurrir a tus amigos vampiros para lo que sea. —Asintió con
la cabeza antes de alejarse.
Cobra fue el siguiente. —Sé que esto apesta...
Una sonrisa dolorosa apareció ante su franqueza.
—Y siento que así sea.
—Lo sé.
Me dio un breve abrazo y luego se alejó.
Larisa y Clara también me abrazaron. Fang estaba sobre los hombros
de Larisa, así que se inclinó y me dio un pequeño beso con lengua. —Dice
que eres una gran jugadora de cartas, —dijo Larisa—. Y que nunca te
olvidará.
Eso casi me hizo llorar. —Yo tampoco te olvidaré nunca, cariño.
Se apartaron.
Fue entonces cuando vi a mi padre abrazar a Aurelias, abrazándolo del
mismo modo que abrazaba a Atticus, apretándolo fuerte como si no quisiera
soltarlo. Su palma apoyaba la nuca de Aurelias. Se apartó y miró a Aurelias.
Intercambiaron palabras en voz demasiado baja para que nadie más pudiera
oírlas. Mi padre le dio un último apretón en el brazo antes de soltarlo por
última vez. Pasó junto a mí y, junto con mi madre y mi hermano, subieron
por el sendero hacia el castillo, probablemente para darnos algo de
intimidad.
Kingsnake y los demás hicieron lo mismo, se dirigieron a sus caballos
en el campo y los montaron para el paseo.
Aurelias me miró fijamente.
Yo le devolví la mirada.
Había silencio, tanto que oía a los caballos relinchar y mover la cola.
Cuando cambiaban de peso, sus cascos golpeaban la dura tierra. El sol
brillaba en aquel día despejado, aunque había estado nublado durante la
última semana. Hacía que su piel estuviera más brillante que de costumbre.
No sabía qué decir. ¿Cómo decir adiós al amor de tu vida?
Estaba claro que él tampoco sabía qué decir, porque bajó
momentáneamente la barbilla.
Me acerqué a él.
Sus ojos me observaron, respirando hondo cuando me acerqué.
Me puse de puntillas, metí los dedos en su pelo y lo besé muy
suavemente.
Inmediatamente me rodeó la cintura con los brazos y tiró de mí.
Las lágrimas querían escapar de mis ojos, pero las mantuve encerradas.
Le besé como si fuera la primera vez y no la última, sin miramientos ni
prisas. Esos labios pertenecerían a otra persona algún día. Yo sería otro
recuerdo, igual que Renee era un recuerdo para él. Sólo esperaba que no le
causara tanto dolor.
Fui la primera en apartarme.
Sus brazos permanecieron sobre mí como si no quisiera dejarme ir. —
Cariño...
—Te amo. —No quise decir más que eso, retomar la terrible
conversación que no tuvo una resolución positiva. Sólo era dolorosa para
los dos.
Sus ojos se movieron entre los míos antes de comprender. —Te amo.
No me despediría. Jamás.
Él tampoco lo dijo.
Sus brazos abandonaron mi cintura y se apartó por completo.
Sabía que no volvería a tocarme, que ya era un recuerdo incluso cuando
estaba de pie ante mí.
Dio un paso atrás y luego se dio la vuelta, con su musculosa espalda
hacia mí. Se agarró al cuerno de la silla, se levantó y cogió las riendas. Era
el momento en que debía clavar los talones en el caballo y arrancar, pero
dudó. Dudó durante mucho tiempo.
Recé a los dioses para que cambiara de opinión.
Por favor...
Pero entonces clavó los talones... y se fue.
Capítulo 27
HARLOW
TRES SEMANAS DESPUÉS

Llegó el invierno.
Siempre hacía frío tan al sur, pero ahora que había llegado la estación,
empezó a nevar.
Y no paró.
El campo donde había tenido lugar la batalla estaba cubierto del polvo
blanco, ocultando todas las manchas de sangre de aquellos que habían dado
su vida. La paz había sido restaurada en los Reinos, y Atticus comenzó la
desalentadora tarea de preparar a todos para viajar a través de la nieve y
regresar a sus hogares.
Suponiendo que aún estuvieran allí.
Pasé mi tiempo en la cabaña del pueblo, deseando estar lejos de las
miradas indiscretas de mi familia. Les dolía verme herida, así que era mejor
evitarlos por completo. Lila me visitaba a menudo, e íbamos a tomar algo a
la taberna cercana o nos sentábamos frente a la chimenea mientras la
escarcha presionaba las ventanas.
Yo pasaba la mayor parte del tiempo en casa, tumbada en el sofá con
una pesada manta encima, reconstruyendo el fuego una y otra vez, haciendo
que ardiera constantemente. Empecé a quedarme sin leña, pero no tenía
fuerzas para comprar más a los leñadores del pueblo.
No tenía energía para hacer nada.
Habían pasado tres semanas, pero me parecía que Aurelias se había ido
ayer.
Me preguntaba si habría regresado sano y salvo a sus tierras. Sería un
desperdicio que se hubiera ahogado de camino a casa.
Llamaron a la puerta.
Yo estaba en el sofá y casi no tenía fuerzas para levantarme y abrir,
pero me obligué a levantarme y cruzar la habitación, en pantalones de
chándal y camiseta de manga larga, con el pelo recogido en un moño
grasiento porque me había saltado la ducha varios días seguidos.
Volvieron a llamar a la puerta.
Abrí la puerta sin comprobar quién estaba al otro lado. —¿Padre? —
Hacía un par de semanas que no lo veía. Me habían dado espacio y no había
tenido que pedírselo, pero parecía que su paciencia se había agotado.
—Acabo de cenar con tu tío. Pensé en pasarme. —Levantó el plato
cubierto. —Tenían carne asada, así que pensé que te gustaría un poco.
—Oh, gracias. —Se lo cogí y lo llevé a la encimera. Todavía estaba
caliente como si hubiera venido directamente a mi casa después del pub.
Cerró la puerta tras de sí y echó un vistazo a su alrededor, sus ojos se
posaron en el estante vacío junto a la chimenea. —Mañana te traeré más
leña. Parece que va a ser un invierno largo.
—Está bien, padre, —dije mientras me sentaba en el sofá. —Puedo
conseguirla.
—No hay problema. —Se acercó al sillón, vistiendo su ropa informal
con su pesado abrigo de piel encima. Miró las escaleras que llevaban al
siguiente rellano, donde estaba el dormitorio. —Hay tantos recuerdos en
este lugar...
—Mamá me lo contó. Incluso me contó la vez que la abuela te
envenenó para llevarse a mamá.
Puso los ojos en blanco. —No fue su mejor momento.
—Me sorprende que la perdonaras.
—No fue de la noche a la mañana. —Se quedó mirando el fuego.
—Mamá me dijo que ésta fue tu primera casa después de casarte.
—Lo fue.
—Me gusta estar aquí, —dije—. Tiene buena energía.
Una sonrisa se dibujó de repente en sus labios. —Tu madre me pilló
una noche hablando con Elora en el pub, sin darse cuenta de que era mi
hermana. Cuando entré por la puerta, tu madre estaba tan celosa que me
apuñaló.
—¿Te apuñaló?
Su sonrisa se ensanchó. —Sí.
—Joder, se puso como una psicópata.
—Sí. —Lo dijo con orgullo. —Esa es tu madre.
Mis padres habían sido felices como recién casados, y seguían siendo
felices como nidos vacíos. Me hacía sentir más solo, porque sabía que
Aurelias y yo habríamos sido así si hubiéramos seguido juntos.
Mi padre debió de notar el cambio en mi energía porque preguntó: —
¿Cómo estás?
Tiré de la manta hacia mí y me tapé antes de encogerme de hombros.
—Igual.
Se quedó mirando las manos unidas. —Lo siento.
—No pasa nada.
—Llevará algún tiempo, pero será más fácil.
—Sí...
—Podemos volver a Delacroix cuando estés lista. Sé que prefieres el
clima cálido.
Mis ojos se movieron hacia el fuego, recordando aquellas largas noches
en las que el fuego se apagaba y ni siquiera nos dábamos cuenta. La primera
vez que me dijo que me amaba, hacía frío como ahora, tanto que te dejaba
sin aliento. Sabía que cuando me fuera, pasaría mucho tiempo antes de que
pudiera volver. —No me importa estar aquí.
Capítulo 28
AURELIAS

Nuestros barcos llegaron por fin a nuestras costas, y nuestros galeones


atracaron. Primero descargaron los caballos, que llevaban tanto tiempo
parados, y después llegaron todos los demás, junto con los esclavos y las
provisiones.
Caminé por el muelle y me detuve a contemplar las montañas nevadas,
el castillo negro visible contra el contraste del blanco. La última vez que
había contemplado este lugar, había sido una persona diferente. Ahora ya no
me reconocía.
Kingsnake vino a mi lado. —¿Sigue siendo como lo recuerdas?
—Sí.
Me dio una palmada en la espalda y siguió caminando, con Fang
rodeándole los hombros.
Ahora que era el Rey Aurelias, Rey de los Originales y Rey de Reinos,
el General Ashworth me rendía cuentas y me pedía órdenes cada cinco
minutos. Mi pueblo se volvía hacia mí y esperaba que liderara, algo que se
me daba naturalmente bien después de ver a mi padre demostrar sus
habilidades durante toda mi vida. Era un puesto que habría deseado en el
pasado. Pero ahora que lo tenía sólo porque había matado a mi propio
padre, no tenía el mismo significado.
El General Ashworth se me acercó. —¿Nos quedamos en Crescent
Falls o regresamos a los Reinos?
—Crescent Falls está bien.
Cobra se acercó a mí a continuación. —Viper está en los Reinos
manteniendo tu posición hasta tu regreso. Voy a ir allí con Clara para ver
cómo van las cosas.
Asentí con la cabeza.
—¿Estás bien?
—Estoy bien, —dije fríamente.
Cobra me miró como si no creyera una palabra de eso. —Olvidé
mencionar... que estás colgado.
Giré la cabeza hacia él, sorprendido.
—Cuando vine a buscarte después de que Padre se pusiera como un
psicópata con nosotros, ¿recuerdas? Me abriste la puerta desnudo.
Seguí mirándole fijamente.
—Mira, no intento ser raro, pero parecía que necesitabas que te
animaran, así que....
—¿Y piropear mi polla es la forma de hacerlo?
—Oye, ¿a quién no le encanta un piropo? —Le guiñó un ojo y se
marchó.
Clara vino detrás de él un momento después.
—Dile a tu marido que deje de mirarme la polla.
Sus dos cejas se alzaron ante el comentario.
Me alejé antes de que pudiera preguntarme.

***

Era agradable volver a pisar tierra firme. Mi cabeza tardó un día en


dejar de agitarse. Pero ahora que el mundo estaba estable y no había más
distracciones, no me quedaba más que pensar.
Pensar en lo miserable que era.
Mis antiguos aposentos parecían pertenecer a otra persona.
Normalmente, ya tendría a una mujer desnuda entre las sábanas, liberando
toda la frustración contenida de la larga travesía por el mar, pero la polla no
se me ponía dura por nada.
Bueno, excepto por una persona.
Pensaba en ella a menudo. No a menudo... sino todo el tiempo. Me
preguntaba cómo estaría. Si había vuelto a Delacroix. Si ella ya se había
enganchado con alguien más para reemplazarme. Cuánto tiempo pasaría
antes de que dejara que otro la tocara como yo la había tocado.
Esos pensamientos eran como veneno, siempre me llevaban a un estado
de miseria del que no podía escapar. Bebía, pero eso sólo empeoraba las
cosas. Dormirme y despertarme crudo parecía ser la única cura, pero era
débil.

***

Me senté ante el escritorio de mi padre y repasé sus notas sin sentido,


las palabras que había grabado en la madera cuando se aburría. El nombre
de mi madre había sido grabado con su daga. La marca era tan profunda y
tan clara que era evidente que la trazaba todos los días, como si refrescara
las letras de una vieja lápida.
Sonó un golpe antes de que Kingsnake entrara. —Recibí un mensaje de
Cobra. —Lo dejó sobre el escritorio para que lo cogiera.
No lo cogí.
—Dice que los Reinos han funcionado bien en nuestra ausencia. Pero
Viper está de mal humor y dispuesto a volver a casa para reanudar sus
deberes como general.
Seguí trazando el nombre de nuestra madre con el índice.
—¿Me estás escuchando?
—Sí. —Me enderecé y le miré. —He oído lo que has dicho.
—¿Vas a leerlo?
—Acabas de decirme lo que ha dicho.
Kingsnake me miró durante unos segundos antes de sentarse en el
sillón que daba al escritorio. —¿Qué pasa ahora?
—Supongo que viajaré a los Reinos....
—¿Y gobernar como su rey?
—¿Qué creías que iba a hacer? —pregunté fríamente. —¿Ir de
compras?
—Sólo pensé que... como tu política ha cambiado, quizá no te interese
gobernar a los humanos como hizo padre.
Volví a mirar fijamente el nombre de mi madre. —¿Es eso lo que
quieres?
—Quiero saber lo que quieres, Aurelias.
Quería lo único que no podía tener. —Realmente no me importa, para
ser honesto.
—Entonces, ¿qué tal si retiramos nuestro gobierno y permitimos que
los humanos nombren a su propio rey. Pueden vivir separados de nosotros.
Podemos formar una tregua. Usurpamos el trono del Rey Hombre Lobo, así
que no deberían tenernos rencor. Sería una oportunidad para que tengamos
la paz que siempre hemos querido.
—¿Y no crees que querrán vengarse por haberles quitado el trono?
—No veo por qué lo harían si somos nosotros quienes se lo damos.
Mis ojos volvieron al nombre de mi madre.
—¿Qué es lo que sigues mirando?
Volví a mirarle. —Supongo. Yo puedo ser el Rey de los Originales, y tú
y Cobra podéis retomar vuestros reinos. Podemos tener una alianza con los
humanos.
—Creo que eso sería lo mejor.
Me hundí de nuevo en la silla, esperando a que se marchara porque la
conversación había terminado.
Pero se quedó. Y se quedó mirando. —Estás hecho una mierda, tío.
—No me digas... —Mi padre había muerto. Mi mujer se había ido.
—Podemos hablar de ello.
—¿Hablar de qué? ¿Que es difícil dormir porque sueño con matar a mi
padre o dejar a mi mujer? ¿A veces las dos cosas? —Mi puño cerrado se
apoyó debajo de mi barbilla mientras mi codo descansaba en el
reposabrazos de la silla.
—Lo siento.
—¿Que maté a mi prometida y a mi padre?
—Esas dos cosas no son lo mismo....
—Cállate, Kingsnake.
No se inmutó ante mi frialdad. Recibió la paliza porque yo le importaba
más que su orgullo.
—Mi vida tenía sentido. Luché para salvar su mundo de los demonios.
Luché para proteger a la mujer que amo. Ahora estoy aquí... y no tengo
nada por lo que vivir. —Renunciaría a mi título sobre los humanos para
vivir una vida tranquila en Crescent Falls, alimentándome de presas y
follándolas durante y después.
—Aurelias, —dijo suavemente. —No tienes que quedarte.
Ignoré lo que dijo.
—No tenías que volver con nosotros. Podrías haberte quedado un poco
más...
—La relación había terminado de todos modos. Ella la terminó cuando
no le di lo que quería.
—Pero ella intentó darte lo que querías.
Mis ojos se centraron en él.
—Ella vino a mí y me pidió que la convirtiera, pero le dije que no.
Si me hubiera latido el corazón, se habría parado en ese momento. —
¿Ella hizo qué?
—No quisiste convertirla, así que me pidió que lo hiciera.
—¿Y me lo dices ahora?
—Sabía que vuestra relación ya era tensa, no quería echar más leña al
fuego.
Me pasé la palma de la mano por la boca, molesto porque hubiera
hecho algo así... pero tampoco sorprendido. —Hiciste lo correcto,
Kingsnake.
—¿Lo hice?, —preguntó en voz baja. —Ella quiere estar contigo,
cueste lo que cueste, y tú te fuiste de todos modos.
—No es la decisión correcta para ella...
—Pero es su decisión. Podrías estar con ella ahora mismo, pero te
negaste.
—Kingsnake, convertir a Larisa puede haber sido la decisión correcta
para ti, pero no es la decisión correcta para nosotros.
—Sé que tienes miedo después de lo que pasó con Renee...
—Te advertí que no la mencionaras de nuevo.
—Cobra o yo podríamos convertir a Harlow...
—Nunca dejaría que otro hombre convirtiera a mi esposa, y si no puedo
hacerlo yo mismo, entonces no soy lo suficientemente hombre para ella.
—¿Tu esposa?, —preguntó. —Entonces, ¿te casarías con ella si
pudieras?
Apreté la mandíbula. —Obviamente.
—Aurelias...
—Déjalo ya.
—¿Cómo?, —espetó—. ¿Cómo puedo dejarlo cuando eres miserable?
—Yo era miserable después de Renee, y lo superé ...
—Nunca lo superaste. Aún no lo has superado. Y tardaste quinientos
años en amar a otra persona. Amamos a Harlow...
—Bien por ti.
—Imbécil, la amamos por ti.
Desvié la mirada.
—Conviértela.
—No.
—Aurelias...
—La respuesta es no. Siempre será no. Tal vez algún día seré lo
suficientemente inteligente como para amar a un vampiro en lugar de otro
humano .
Kingsnake inclinó la cabeza en señal de derrota.
Me alegré de que por fin se hubiera rendido.
—Y tú no eres.... —Respiró hondo como si no quisiera decir lo que
estaba a punto de decir. —¿No estás dispuesto a ser mortal por ella?
Asombrada, le miré fijamente. —¿Quieres que lo haga?
—No, —dijo rápidamente. —Pero querría que fueras feliz.
Ahora evité su mirada por una razón totalmente diferente.
—Ahora que tengo a Larisa, conozco la verdadera felicidad. Quiero esa
felicidad para ti. Estaría dispuesto a renunciar a mi inmortalidad por ella si
tuviera que hacerlo.
—No voy a hacer eso, —dije en voz baja.
—¿Así que tu solución es... ser miserable?
—Esa siempre ha sido mi solución. —Había sido miserable durante
mucho tiempo. La única interrupción fue el breve tiempo que pasé con
Harlow. Ahora había vuelto a mi frialdad habitual.
Kingsnake se quedó callado, su discusión oficialmente terminada.
Esperé a que saliera de mi despacho para volver a tallar el nombre de
mi madre en lugar del de mi padre.
Mi hermano se levantó y se llevó la mano al bolsillo trasero. —Harlow
quería que te diera esto. —Dejó el trozo de pergamino doblado sobre mi
escritorio. —Dijo que cuando llegara el momento... pero supongo que
nunca llegará. —Salió de mi despacho, con el trozo de pergamino doblado
donde lo había dejado.
Me quedé mirándolo.
Mis dedos dejaron de trazar el nombre en la madera. La habitación
estaba en silencio, el fuego de la chimenea repentinamente apagado. La nota
podía ser cualquier cosa. Podía ser una declaración de amor eterno... o
podía estar llena de resentimiento por mi marcha. Ella quería estar conmigo
el resto de su vida, estaba dispuesta a renunciar a su lugar en el más allá con
tal de tenerme, pero yo no lo permití. Yo era la razón por la que no
estábamos juntos.
Por mí.
Dejé la carta donde estaba, y no tenía intención de volver a tocarla.

***

El palacio parecía un lugar diferente. Las sombras acechaban en los


rincones, y la potente presencia de mi padre ocupaba de algún modo la
piedra del dominio. Yo era el Rey de los Originales, pero seguía
sintiéndome empequeñecido por su poder.
Dormir era imposible. Todo lo que hacía era retorcerme en pesadillas.
Mi espada atravesó el cuello de mi padre, pero lo vi todo, vi cómo la hoja
cortaba el hueso y luego su cabeza caía al suelo. Vi cómo la luz abandonaba
sus ojos. Vi cómo la sangre se acumulaba en la piedra y empapaba la
alfombra. Entonces sus ojos se animaron y me miró. —Mi primogénito...
mató a los suyos.
Las pesadillas eran diferentes cada vez, pero más de lo mismo. Ahora
que la paz residía en nuestro continente, no había nada que me distrajera.
Normalmente encontraría una concubina que compartiera mis mismos
deseos pervertidos y me acostaría con ella, pero no podía contemplar la
idea. Me negaba a pensar en Harlow, pero ella seguía siendo la mujer de mi
corazón, la mujer que poseía mi cuerpo.
Una vez que me follara a alguien, se acabaría de verdad, y yo no estaba
preparado para esa dura realidad.
Estaba en el patio, de pie bajo el cielo abierto mientras la nieve caía
sobre mis hombros. Respiraba intencionadamente sólo para contemplar el
vapor que escapaba de mis fosas nasales. El frío era insoportable para los
humanos, pero para mí era tranquilizador. La nieve seguía amontonándose
sobre mis hombros y el mundo estaba en silencio. Quería caminar hasta la
tumba de mi padre para contemplar la lápida y pedirle perdón, pero su
cuerpo estaba a un mundo de distancia.
Sonaron pasos detrás de mí.
Sabía que era Kingsnake.
Vino a mi lado y miró al cielo oscuro. —Se avecina una tormenta.
—Me encanta cuando hay Tormenta. —Me encantaba el aullido del
viento, la ráfaga de nieve al pasar por las ventanas, los truenos al resonar
contra la ladera de la montaña. El sol estaba sobrevalorado.
Kingsnake permaneció a mi lado en silencio.
—¿Por qué estás en Crescent Falls?
—Hace tiempo que no hablamos.
—Te vi hace unos días.
Kingsnake se volvió para mirarme, con los ojos entrecerrados. —Eso
fue hace semanas, Aurelias.
¿Eso fue? —Eso es lo que quería decir...
—Estás bebiendo demasiado.
Ahora estaba borracho. —No es como si pudiera matarme.
Volvió a callarse.
Seguí mirando el patio, los bancos de piedra cubiertos de nieve, las
hojas verdes de los pinos ahora blancas.
—No estás bien.
—Yo maté a padre. Claro que no estoy bien...
—Se lo merecía.
Me volví para mirarle.
—Su amargura había envenenado su mente. Su ambición era el único
antídoto para su miseria y esa ambición se convirtió en obsesión y esa
obsesión por hacer que otros sufrieran tanto como él había sufrido era la
única cura para su dolor. Era una causa perdida.
Volví a mirar al patio.
—Siento que fueras tú quien tuviera que hacerlo, pero habría sido otra
persona en otro momento. Ojalá hubiera sido yo... para ahorrarte este dolor.
—¿Desearías haber matado a padre? —pregunté en voz baja.
Dudó. —Eres mi hermano. Haría cualquier cosa para evitar tu dolor...
incluso eso.
—Qué conmovedor...
Kingsnake ignoró mi frialdad. —Cortarme para proteger tu
vulnerabilidad. Pero eso no funcionará para siempre, Aurelias. Este dolor no
desaparecerá hasta que lo enfrentes de frente.
—Sólo hay una forma de hacerlo desaparecer. —Su palma en mi
mejilla. El dolor dentro de su pecho, el dolor que sentía por mi miseria.
Ojos azules como el cristal que eran a la vez traviesos y jodidamente puros.
Ella era la única vaina de mi espada, el único bálsamo para mi sufrimiento.
—Entonces vuelve, Aurelias.
Aún podía imaginar su mente con tanta claridad, a pesar de que habían
pasado dos meses desde que me había despedido. Probablemente supuso
que ya estaba en la cama con alguien nuevo... cuando yo ni siquiera podía
contemplar la idea. Se sentía como una traición, incluso cuando no le debía
nada. —No.
—Convertirla en una de nosotras...
—Nunca. —La amaba demasiado como para quitarle su alma. Su alma
pura y buena.
—¿Leíste la carta?
Mi silencio fue mi respuesta.
—¿Por qué no?
—No quiero oír su voz en mi cabeza...
—Aurelias...
—¿Estás aquí para hacerme sentir mejor o para darme por culo? —le
espeté.
Se llevó la mano al bolsillo y sacó el trozo de pergamino,
probablemente habiéndolo encontrado exactamente donde lo había dejado
en mi escritorio y dándose cuenta de que yo no lo había tocado. Lo abrió, lo
leyó en silencio y luego empezó a leerlo en voz alta para que yo lo oyera. —
Aurelias.
Cerré los ojos con fuerza.
—No puedo predecir el futuro, pero sé con certeza que en el momento
en que leas esto, me sentiré tan miserable como la mañana en que te fuiste.
Paso las noches sola y las tardes evitando a las personas que amo. La
soledad es la única amiga tolerable en una miseria como ésta....
Mis ojos permanecieron cerrados, escuchando las palabras de mi
hermano pero oyendo la voz de Harlow.
—Siempre habrá una parte de mí que esperará a que vuelvas. Ya sea
dentro de unos meses... o de unos años. Algunos dirán que soy demasiado
joven para saberlo, pero sé que nuestro amor era real. Sé que la mayoría de
la gente nunca sentirá una pizca de él en toda su vida. Sé que la mayoría de
la gente tachará mis palabras de encaprichamiento infantil porque ni
siquiera pueden imaginar un amor como el nuestro. Pueden decir lo que
quieran. Yo sé lo que sentí... lo que sigo sintiendo.
Volví a abrir los ojos, con un dolor en el pecho mucho más intenso que
hacía unos minutos. Era insoportable, pero no me atrevía a silenciarlo
porque me colgaba de cada palabra que decía... como siempre.
—Si alguna vez decides volver, te estaré esperando. Si tengo marido, lo
dejaré por ti. Si tengo hijos, los compartiré contigo. Si alguna vez vuelves a
mi vida, será como si no hubiera pasado el tiempo. Incluso al otro lado del
mar, mi amor por ti siempre perdurará... para siempre. —Kingsnake dobló
la hoja y volvió a guardársela en el bolsillo.
Me quedé mirando la nieve, con el calor en lo más profundo de los
ojos, encerrada en la cámara acorazada que nunca se abriría.
Kingsnake tomó aire mientras miraba el patio conmigo. —Aquí no
queda nada para ti, hermano.
El cielo estaba nublado y había niebla en el aire. El paisaje lejano era
imposible de ver a través de la espesura. Era exactamente como yo veía mi
vida, como si no fuera más que opaca. —Tengo tres hermanos y dos
hermanas... y una serpiente.
Kingsnake me miró fijamente a un lado de la cara.
—A todos los cuales he tratado como a una mierda....
—Perdona y olvida, Aurelias.
Sacudí sutilmente la cabeza. Tenía más cosas que decir, pero no salían.
—Siempre seremos tu familia. Pero ahora tienes otra familia al otro
lado del mar.
No podía mirarle.
—Es donde perteneces... y lo sabes.
El dolor se hizo insoportable. —Me perderás en un abrir y cerrar de
ojos, Kingsnake.
—No puedo fingir que eso no duele... porque duele. —Tragó saliva. —
Pero prefiero verte sonreír en una sola vida que ser desgraciado durante
toda la eternidad.
Por fin encontré fuerzas para mirarle.
Sus ojos estaban doloridos, igual que su corazón. —No pasa nada.
—Creo que una vida mortal es lo que merezco, después de haber
matado al hombre que me bendijo con la vida eterna.
—No, —dijo—. Así es como yo lo veo. Viviste mil quinientos años
para encontrar a Harlow. Y ahora, puedes vivir la vida mortal que se
suponía que debías tener, sólo que en un tiempo diferente. Y cuando esta
vida termine, podrás seguir con ella... en lo que venga después de esto.
El dolor era peor que nunca, pero, de algún modo, me sentí bien.
Su mano se movió hacia mi hombro. —Esta no fue la decisión correcta
para Larisa y para mí. Pero creo que es la decisión correcta para ti.
Me di cuenta de una horrible verdad, una horrible verdad que había
sabido desde el momento en que llegué aquí. —Si me quedo, me convertiré
en él... Padre. Amargado, enojado y rencoroso... Me volveré retraído e
implacable. Mi humanidad se desvanecerá, y no quedarán más que sombras
y desesperación. Haré cosas terribles... y no sentiré nada al hacerlas.
—El hecho de que te des cuenta de eso por ti mismo... es la razón por la
que no eres él. —Su mano apretó mi hombro antes de soltarla. —Vamos a
resolver esto y llevarte a casa.
—Kingsnake.
—¿Sí?
Una sonrisa forzada se dibujó en mis labios. —¿Es todo esto una
estratagema para deshacerte de mí? ¿Para que puedas ocupar mi lugar como
Rey de los Vampiros?
Me miró fijamente durante un segundo antes de que una sonrisa se
dibujara en sus labios. —Me has pillado.

***

Tomé la delantera, montando mi semental hacia el oeste, más lejos de


Crescent Falls y del resto de los Reinos. Nunca habíamos viajado tan al
oeste porque sólo había pueblos remotos, montañas y otras criaturas.
Tardamos varios días en llegar a la pequeña aldea, sus edificios hechos
de piedra negra y su calle principal de tierra en lugar de adoquines. Mi
padre había capturado a una bruja y la había liberado cuando ya no le era
útil. Ella nos había dicho el nombre de su aldea, y hacia allí nos dirigimos.
Cuando llegamos, interrogamos a los habitantes hasta que nos hablaron
de la cabaña en lo alto de la colina. Era pequeña, de madera sobre cimientos
sólidos, rodeada de sauces. Tomamos el camino hasta la cima y dejamos
nuestros caballos bajo el árbol. Era el atardecer, así que se veían luciérnagas
verdes.
Kingsnake llamó a la puerta y esperó respuesta.
Cobra vino a mi lado. —¿Crees que seguirás colgado cuando seas
humano?
Le di un empujón juguetón en el brazo.
—No quieres que Harlow se decepcione, ¿sabes?, —preguntó. —Si
vuelves a ella con una polla pequeña, puede que ya no te quiera. Todo lo
que digo...
—Cobra. —Clara sólo tuvo que decir su nombre y él retrocedió como
un perro bien educado.
Larisa vino a mi lado. —Tu polla estará bien, Aurelias. —Me frotó el
brazo. —¿Alguna duda?
—Siempre tendré dudas.
—No tienes que hacer esto.
—No quiero ser humano, —dije simplemente. —Pero quiero estar con
ella más de lo que no quiero ser humano. Así que ahí está mi respuesta.
Kingsnake habló con la bruja en el umbral, y permanecieron
conversando un rato.
Fang dejó su bolsa en el caballo y se deslizó por mi cuerpo,
rodeándome los hombros como hizo con Kingsnake. Te echaré de menos.
Volveremos a vernos, amigo.
Pero no podremosss hablar.
No... no podremos.
No siento que tu padre haya muerto. Pero lo sssiento por ti.
Lo sé, Fang.
Todosss están tristesss de que te vayas. Yo también.
Esto es lo más difícil que he tenido que hacer. Incluso más duro que
matar a mi padre...
Pero por mucho que duela, esss la decisión correcta. Sabía que
Larisssa era la adecuada para Kingsssnake. Sé que Harlow es la adecuada
para ti. Es decente con las cartas.
¿Así es como apruebas a la gente? ¿Si son buenos con las cartas?
Puedes aprender todo lo que necesitas saber sobre alguien en las
cartasss. Es competitiva, pero nunca hace trampasss. No se desanima
cuando pierde y sigue intentándolo. Essstá dispuesta a jugar conmigo
aunque no quiera, sólo para hacerme feliz. Mucha gente tiene miedo de las
ssserpientes, pero ella no juzga un libro por su portada. Me dio una
oportunidad cuando la mayoría de la gente no lo haría. Su corazón es puro.
Puedo verlo.
Gracias por tu aprobación, Fang.
La bruja se acercó, vestida con una ondulante túnica negra y el pelo
oscuro como la medianoche. Era joven y atractiva, pero sabía que las brujas
podían cambiar de aspecto a su antojo. —Tu padre era engañoso y cruel. No
me importaba y no lamento tu pérdida.
No tenía nada que decir a eso.
—Me negaría a ayudarte, pero tu hermano me dice que haces esto por
amor. ¿Es eso cierto?
Todavía no podía creer que estuviera a punto de hacer esto. —Sí.
—Eliges pasar una vida con un humano antes que pasar una eternidad
con un vampiro.
—Sí.
—Sólo por esa razón, te ayudaré. ¿Estás seguro de que esto es lo que
quieres?
Miré a los miembros de mi familia, todos los cuales vivirían miles de
años después de mi muerte. Yo sería un recuerdo para ellos y un día
probablemente olvidarían mi aspecto. La elección me dolía, pero era la
única que podía hacer. —Sí, estoy seguro.

***

El galeón estaba preparado para el viaje a través del mar. Tenía una
tripulación que me escoltaría hasta la orilla, me dejaría atrás y luego
regresaría. El barco se balanceaba en el muelle, la tripulación ya a bordo,
preparándolo para zarpar de la cala. Era otro día frío, la niebla era espesa y
densa, pero los marineros experimentados podrían hacerse a la mar con
seguridad.
Kingsnake y los demás estaban en el muelle, listos para despedirse.
Pero nadie dijo una palabra.
Ni yo tampoco.
Los miré a todos, sin palabras. Sabía que era lo que quería, pero seguía
siendo lo más difícil que había tenido que hacer nunca. Ahora realmente
deseaba que Cobra dijera algo inapropiado para hacer esto más fácil, pero
no lo hizo. Estaba completamente serio, su expresión dura. No podía sentir
sus emociones como solía hacerlo, pero podía decir que todos tenían el
corazón roto. —Los amo a todos. —Fue todo lo que pude decir.
Kingsnake hizo un leve gesto con la cabeza antes de darme un abrazo.
Le devolví el abrazo, Fang me rodeó el cuello para abrazarme con su
cuerpo.
—Yo también te amo, —me dijo Kingsnake mientras me daba una
palmada en la espalda. Se apartó, con los ojos ligeramente húmedos.
Larisa fue la siguiente y me abrazó por el cuello. —Te quiero. —Me
besó en la mejilla antes de alejarse.
Viper la siguió, con la misma expresión pétrea que yo, encerrando sus
emociones tras puertas de hierro mejor que el resto. —Te amo, hermano. —
Me dio un abrazo.
Le di una palmada en la espalda y luego miré a Cobra.
—Esto es una mierda... pero me alegro por ti. —Me abrazó más fuerte
que todos los demás.
Le devolví el abrazo. —Gracias. —Resoplé y le dejé marchar.
Clara llegó la última, indecisa porque sabía lo que yo sentía hacia los
de su clase.
Pero la dejé ir y la abracé. —Cuida de mi hermano. Eres la única
persona a la que escucha.
Se relajó en mi abrazo y me devolvió el abrazo. —Lo haré. Cuídate,
Aurelias. —Se apartó.
—Avísanos cuándo es la boda, —dijo Kingsnake—. No nos la
perderíamos.
Asentí. —Lo haré. —Volví a mirarlos a todos, sabiendo que no había
nada más que hacer que subir al barco y zarpar. —Lo visitaremos. Lo
prometo.
—Lo sé, —dijo Kingsnake—. Nosotros también iremos de visita. —
Contuvo sus emociones lo mejor que pudo, no por él, sino por mí. —Buen
viaje.
Me aparté de mi familia, subí por la rampa hasta la cubierta del barco y
sentí cómo mi cuerpo se movía y mecía con las olas que se mecían en el
puerto. La tripulación retiró las cuerdas que ataban el barco al muelle, y el
galeón comenzó inmediatamente a adentrarse en el mar, el viento llenando
las negras velas al instante.
Me acerqué a la orilla para verlos de pie en el muelle, saludándome,
con sonrisas forzadas en sus rostros.
El calor me abrasó el fondo de los ojos y, cuando estuvieron demasiado
lejos para ver los rasgos de mi rostro, dejé que las lágrimas cayeran por fin
por mis mejillas.
Capítulo 29
AURELIAS

Después de que el barco me llevara a tierra, cogí mi caballo y cabalgué


por el paisaje helado hacia el pasadizo que conectaba la parte inferior de los
acantilados con la cima. Había nieve en el suelo, y ahora el frío me afectaba
mucho más que antes. Cabalgué con fuerza, pegándome a la orilla donde la
nieve era menos profunda, y luego atajé por tierra una vez que los
acantilados estuvieron a la vista.
La rampa era estrecha y con curvas cerradas, así que tuve que ir a paso
ligero, pero a medida que subía, empecé a notar el cambio de temperatura.
El frío era ya un recuerdo lejano.
Cuando llegué a la cima, el castillo de Delacroix estaba a la vista. La
hierba era verde y los árboles estaban en flor. Pero la luz se desvanecía
rápidamente, y si quería llegar antes de que oscureciera, tendría que
cabalgar duro por el sendero. Era el mismo lugar donde Harlow y yo
habíamos estado juntos y debatido nuestro próximo movimiento. Yo quería
llevarla a los muelles para poder tomar un barco y alejarme de esta tierra,
pero ella me había engañado para que volviera a Delacroix.
Ese truco era la razón por la que estaba allí en ese preciso momento.
Cabalgué por el camino de tierra, pasando junto a mercaderes con
carros que se apresuraban a entrar por las puertas de la ciudad antes de que
oscureciera. Las puertas estaban abiertas, así que las atravesé y entregué mi
caballo al mozo de cuadra. La mayoría de ellos me reconocieron y me
miraron un poco demasiado fijamente, como si supieran que había
cambiado pero no pudieran determinar cómo.
Entré en Delacroix, tomando el largo camino que sube la colina hacia el
castillo. Puede que Huntley y su familia siguieran en HeartHolme, pero
sospechaba que habían regresado una vez terminada la guerra para
reconstruir sus otros reinos.
Antes habría sabido si Harlow estaba aquí porque habría podido sentir
su mente. Ahora no sentía nada.
Cuando llegué a las puertas, los guardias me dejaron entrar sin
preguntar, sabiendo exactamente quién era.
Entré en el castillo, las grandes escaleras ante mí, los muros de piedra
protegiéndome de la luz del sol. Pero me di cuenta de que ya no quemaba.
De hecho, me sentí bien. Podía dirigirme directamente al dormitorio de
Harlow con la esperanza de que estuviera allí, leyendo en el sofá o
contemplando el pueblo desde su ventana abierta.
Pero giré a la derecha y me dirigí al estudio de Huntley.
La puerta estaba abierta de par en par y él estaba sentado detrás de su
escritorio, garabateando una nota con mano apresurada. La terminó
rápidamente y luego enrolló el pergamino y lo dejó caer en un tubo de cobre
para enviarlo a la pajarera. Parecía distraído porque no se dio cuenta de que
yo estaba en el umbral. O tal vez simplemente había bajado la guardia
porque la guerra había terminado y la paz había vuelto a sus tierras.
Llamé a la puerta abierta.
Los ojos de Huntley se desviaron inmediatamente hacia los míos, fríos,
como si esperara que yo fuera un guardia que le había interrumpido. Pero
cuando se dio cuenta de que era yo, todo su cuerpo se quedó inmóvil,
incluidos los ojos. Pasaron varios segundos de intenso contacto visual y
luego todos los músculos de su cuerpo se relajaron por la sorpresa.
Se puso en pie detrás de su escritorio y siguió mirándome, sus ojos
recorrieron rápidamente mi cuerpo para identificar las diferencias en mi
aspecto, el cambio en el tono de mi piel, la luz de mis ojos. Entonces una
sonrisa se dibujó en su rostro, la sonrisa más grande y grandiosa que jamás
le había visto.
El puño que rodeaba mi corazón se abrió ante su alegría.
Rodeó el escritorio y se acercó a mí, con un cálido afecto en los ojos y
una alegría contagiosa. Me acarició el cuello con las palmas de las manos
mientras me miraba fijamente. —Sabía que volverías, hijo.
El calor ardía detrás de mis ojos, la emoción pesaba en mi pecho. —
¿Lo sabías?
Asintió. —Bienvenido a casa.
Capítulo 30
HARLOW

Me senté en la ladera, a la sombra del sicomoro, con los muros del


castillo a lo lejos. Habían brotado pequeñas flores en la hierba, y arranqué
una antes de metérmela detrás de la oreja. Llevaba un vestido color crema,
el aire cálido y húmedo de este hermoso día. Había pasado la mayor parte
del tiempo sola y, tras meses de ausencia de Aurelias, había llegado a
aceptar que no volvería.
Pero seguía tan destrozada como en el momento de su partida.
Siempre había sido delgada, pero había adelgazado por no comer, había
perdido masa muscular por no ser activa. Mis padres intentaban pasar
tiempo conmigo, pero yo solía rechazar sus insinuaciones o inventaba una
excusa para evitarlos.
—¿Te importa si te acompaño? —Mi madre se sentó en la hierba a mi
lado, también vestida, después de deshacerse del uniforme y la armadura en
cuanto regresamos a Delacroix. Mientras yo me sentía miserable, todos los
demás estaban en paz ahora que la guerra había terminado.
—Claro. —Cogí otra flor y se la di.
—Gracias, cariño. —Se la puso detrás de la oreja.
Con las piernas cruzadas, me senté y miré los campos de Delacroix más
allá, los dragones que dormían la siesta en la zona que reservamos sólo para
ellos. Pyre estaba por ahí con Storm, los dos hechos un ovillo como si
tuvieran frío.
—¿Cómo estás?
Esa pregunta me la hacían constantemente, y mi respuesta nunca
cambiaba. —Bien.
Mi madre no me presionó. —Mejorará.
Solté una risita tranquila. —Nunca mejorará....
—El tiempo cura todas las heridas.
—No cuando la herida está en el corazón, —dije—. Me siento tan
estúpida.
—¿Por qué? —Su mano se movió hacia mi espalda, frotándome
suavemente.
—En realidad pensé que volvería... —Pero llevaba meses fuera, así que
obviamente prefería mujeres diferentes para el resto de su vida eterna en
lugar de una mujer para una vida. —Yo estaba dispuesta a dejarlo todo por
él, pero él no haría lo mismo por mí. No era una relación... sólo una
aventura.
—Un hombre no da su vida por una aventura, cariño.
Sabía que hablaba desde la rabia, pero eso no detuvo mi rabieta. —Me
ofrecí a cambiar por él, y aun así no me quiso.
—Porque le importaba demasiado como para dejarte. Eso no es malo.
—Siguió frotándome la espalda. —Te prometo que será más fácil.
Me pregunté si ya se había acostado con alguien nuevo. O si se había
estado acostando con otras personas desde el momento en que su barco
atracó. Ni siquiera había mirado a nadie más, con el corazón tan
irrevocablemente roto. No deseaba las cosas que solía desear, como una
copa de vino en la cena, una fresa cubierta de chocolate en el mercado, un
buen libro. No deseaba nada en absoluto, y mucho menos a otra persona.
Un guardia se nos acercó en el césped. —Reina Rolfe, Su Majestad
desea hablar con usted.
Madre se puso en pie. —Volveré, Harlow.
Me alegré de que el deber la llamara a otra parte. Mi madre siempre fue
mi confidente, mi mejor amiga, la persona a la que le contaba todo. Pero en
esta situación, ella no podía ayudarme. Nadie podía.
Me senté allí sola, con la brisa moviéndome el pelo y el sol poniéndose.
Pronto anochecería, y ésa era la parte más dura del día para mí. Significaba
que estaba sola en una alcoba, sola entre las sábanas, sabiendo que otros
amantes del mundo estaban acurrucados juntos frente al fuego. Me resultaba
difícil imaginarme deseando eso otra vez, deseando eso con alguien que no
fuera Aurelias.
Sonaron pasos detrás de mí. Eran fuertes, lo que significaba que era mi
padre para animarme tras el fracaso de mi madre. Disminuyeron la
velocidad a medida que se acercaban y luego se callaron del todo.
Seguí mirando las sombras de los árboles, que se alargaban más y más
a cada minuto que pasaba. El aire estaba helado, como para que me salieran
escalofríos en los brazos.
Se acercó a donde yo estaba en la hierba y se sentó a mi lado. En sus
piernas se veía una armadura negra.
Mi padre no llevaba armadura desde la última batalla.
Me volví para mirarle, esperando ver un pelo rubio sucio y unos ojos
azules idénticos a los míos. Pero unos ojos del color del bosque me
devolvieron la mirada. Tenía el pelo oscuro, tan oscuro que parecía
obsidiana.
Me quedé inmóvil ante su aspecto y parpadeé, suponiendo que mi
mente me estaba jugando una mala pasada como en el pasado. Pero mis
ojos volvieron a concentrarse y su aspecto no cambió. Su mirada era
intensa, igual que en mis recuerdos.
Las palabras me abandonaron porque no podía hablar. Lo único que
podía hacer era respirar cada vez más fuerte. La garganta se me calentó y se
me humedeció, y entonces empezaron a dolerme los ojos mientras las
lágrimas cubrían la superficie. —Y... —Sacudí la cabeza, incapaz de
hilvanar palabras porque estaba sorprendida, feliz y abrumada. Parecía el
mismo, pero también diferente. Ya no tenía la cara tan pálida. Ahora sus
ojos tenían un aspecto humano. Sabía que era una versión diferente de
Aurelias de la que se había ido.
Era humano.
Finalmente, pude decir algo. —Aurelias... —Las lágrimas corrieron por
mis mejillas cuando la emoción salió a la superficie.
Su mano me acarició la cara y se inclinó para besarme, en un suave
abrazo. Fue suave y lento, un beso para curar nuestras heridas abiertas.
Luego me secó las lágrimas con un beso antes de volver a mirarme a la
cara. —Estoy en casa, cariño.

***

Entramos en la cabaña abandonada donde estuvimos juntos por primera


vez, con el aire estancado por la falta de uso. Estaba oscuro porque no había
velas ni fuego, pero conocíamos el lugar como la palma de nuestra mano,
así que entramos y subimos a la cama que habíamos usado por última vez.
La ropa cayó al suelo antes de que llegáramos a la cama y nuestras
bocas se cerraran en el abrazo más abrasador que jamás habíamos
compartido. Mi espalda chocó contra las sábanas y él se movió entre mis
muslos, con su cuerpo caliente por primera vez. Podía sentirlo cuando mi
palma tocaba su piel, sentir la sangre que corría por debajo.
Me besó mientras se mecía conmigo, su boca devoraba la mía con
besos decididos y respiraciones acaloradas. Me apretó el pelo con la mano.
La espera me estaba matando. Tiré de su espalda. —Métete dentro de
mí, —dije entre sus labios, con las palabras amortiguadas por su lengua en
mi boca.
Se guió hasta mi entrada y se hundió en ella con un gemido.
Mi gemido se escapó como un grito silencioso porque había pasado
tanto tiempo. Le arañé la espalda con las uñas y nos balanceamos juntos, los
dos temblando porque me sentía mejor que nunca. Se sentía diferente, más
íntimo, más potente.
—Cariño...
Había soñado que me llamaba así. Fantasías con su voz profunda en mi
mente, mis dedos en la parte delantera de mis bragas. Ahora era real, y era
tan difícil de aceptar que casi me hizo llorar.
Mi orgasmo fue casi instantáneo, apenas unos minutos después de que
él estuviera enterrado dentro de mí, su carne caliente calentando la cama y
las sábanas a mi alrededor. Lo apreté con mis muslos mientras mi centro
latía, mientras mis ojos brillaban con lágrimas de satisfacción.
Estaba a punto de correrse. Podía sentirlo. Lo notaba en su dureza, lo
veía en las manchas de color de su piel.
Pero entonces se corrió y se soltó sobre mi estómago, balanceando sus
caderas con fuerza dentro de mí mientras terminaba.
Fue abrupto, y no lo había previsto. Nunca lo había hecho. Y entonces
recordé que ahora era humano... así que su semilla era fértil. No me
preguntó si había estado tomando las hierbas, y no lo había hecho porque no
había habido nadie desde él.
Pero mi decepción duró poco, porque lo único que importaba era el
hombre que tenía en mis brazos, que estaba sobre mí en ese mismo
momento, con las mejillas rojas de sangre y la piel chisporroteante.
—Estoy deseando que vuelvas a correrte dentro de mí.
Sus labios atraparon los míos y me besó con fuerza, con un gemido
sexy saliendo de su pecho.

***

Encendió un fuego para mí en la chimenea, aunque el amanecer se veía


a través de las cortinas cerradas. Habíamos estado despiertos toda la noche,
y ni siquiera ahora estaba cansada. Era la primera vez que el dolor
desaparecía de mi pecho, la primera vez que volvía a sentirme yo.
Mis dedos tocaron su mandíbula, sintiendo el grueso vello que había
crecido durante su viaje. Seguí mirándole a la cara, incapaz de creer que
realmente estuviera allí conmigo, que hubiera sacrificado la eternidad por
una sola vida conmigo. —No pensé que volverías.
Me agarró el muslo y lo subió sobre su pierna, acercándonos más.
Ahora olía diferente, todavía a sándalo pero con una mayor dosis de
virilidad. —No quería... pero me sentía miserable.
Mi pulgar rozó su labio inferior.
—Y sabía que siempre sería desdichado.
—Yo también, —susurré.
—Sabía que me convertiría en mi padre si no volvía contigo. Acabaría
como él, amargado y enfadado, sin importarme a quién hiciera daño porque
hacía daño. Fue duro dejar a mi familia, pero lo entendieron.
No podía imaginarme dejando a mi familia. Elegir vivir en un lugar
diferente al de mis padres. Ver a mi padre despedirse de mí. —Lo siento.
—Ya no puedo sentir tus emociones, pero sé que lo dices en serio.
Mis dedos bajaron hasta su pecho, sintiendo los duros músculos que
eran tan fuertes como los recordaba. —¿Qué se siente... al ser humano?
—No me encanta, la verdad.
—¿Por qué?
—La debilidad es algo a lo que nunca me acostumbraré. Mis reflejos no
son tan agudos. Soy más vulnerable a la temperatura, haga frío o calor.
Tengo mucha más hambre que antes, necesito comer constantemente.
—Deberías ver lo que desayuna mi padre.
—Pero todo merece la pena... sólo por este momento. —Me rodeó la
espalda con el brazo y me acercó más, compartiendo ambos la misma
almohada. El mundo empezaba a agitarse al otro lado de la ventana,
mientras la gente empezaba a trabajar, pero nosotros permanecíamos
encerrados en la cabaña, nuestros cuerpos unidos.

***

Pasamos los días siguientes juntos, buscando comida en el mercado y


cocinando en la cabaña. Hicimos nuestro el espacio, limpiando el desorden
y cambiando las sábanas. Abríamos las cortinas para que la luz llenara la
habitación y la chimenea brillaba cuando las noches se volvían frías.
Era un tipo de vida que nunca habíamos tenido. La guerra siempre nos
rondaba por la cabeza, pero ahora sólo había paz. Encontramos nuevos
temas de conversación, como nuestros platos favoritos y las flores. Llegué a
conocerle de una forma totalmente distinta a como lo había hecho antes.
Pero siempre tenía un tono de melancolía. Cuando estábamos juntos en
la pasión o la conversación, desaparecía, pero en cuanto lo dejaba a su aire,
volvía. Se formaban nubes de tormenta sobre él, y llovía a cántaros.
Ahora estaba atrapado en uno de esos momentos, sentado en el sofá
mirando por la ventana, con el sol dándole en la cara y resaltando la
profundidad de sus ojos.
—¿Aurelias?
Se calló al oír su nombre y me miró.
Me coloqué a su lado y acerqué mi mano a su brazo. —¿Qué pasa?
—¿Qué es qué?, —preguntó, con los ojos endurecidos mientras me
miraba. Una vez interrumpido su hilo de pensamientos, volvió a ser él
mismo, mirándome como si yo fuera la única flor de su jardín. En sus ojos
había un amor que antes no existía.
—La fuente de tu desesperación...
Ahora sus ojos se volvieron cautelosos.
—Está bien que estés triste... por haberte ido.
Cambió su mirada para evitar la mía. —No se trata de eso.
—Porque si lo es, puedes decírmelo. Sé que estaría triste si hubiera
dejado atrás a mi familia.
—Cariño. —Su mano se movió hacia la mía. —No me arrepiento de
nada. Es imposible que me arrepienta de esto... mi única fuente de felicidad.
Hizo que me derritiera en el acto, que me flaquearan las rodillas.
—Yo sólo... —Mantuvo la mirada perdida. —Llevo mucho dolor y
culpa... por mi padre.
Esa había sido mi siguiente suposición. —Lo siento.
—Mis hermanos no me guardan rencor. Kingsnake incluso dijo que lo
merecía. En mi corazón, sé que no había otra salida a la situación. Pero no
obstante, duele, joder. —Tragó saliva. —El único momento en que me
siento mejor es cuando estoy contigo... y no pienso en ello.
—Está bien no estar bien, Aurelias. Aunque tu padre no fuera un buen
hombre, está bien llorar por él. —Apreté su mano, sintiendo el calor de su
carne. Me daba calor por las noches, y eso era un cambio que me encantaba.
—Está bien estar triste.
Asintió sutilmente en señal de comprensión.
—Siempre puedes hablar de ello conmigo... si quieres.
—Lo sé, cariño. —Por fin volvió a mirarme y me acercó, rozándome la
sien con un beso. —¿Qué vas a preparar para cenar?
—Te estás convirtiendo en el típico hombre, —dije riendo entre
dientes. —Lo único que te importa es la comida y el sexo.
—Antes de ti no me importaban tanto esas cosas.
Capítulo 31
AURELIAS

Entré en el despacho de Huntley y encontré a Ivory leyendo en el sofá,


tumbada con los pies apoyados en el reposabrazos opuesto. Huntley estaba
trabajando en algo en su escritorio, vistiendo ropa informal porque ya no
había razón para llevar su voluminosa armadura. Estaban encerrados en un
cómodo silencio y no quise molestarlos, así que me alejé.
Pero Huntley me oyó. —Aurelias.
Me volví lentamente, ligeramente incómodo por no haberle visto en
días... porque había estado con su hija en una cabaña durante una semana
seguida. Ni siquiera había visto a Ivory hasta ahora.
Pero me miró con afecto en los ojos mientras se levantaba de detrás del
escritorio.
Ivory dejó su libro y se acercó a mí, abrazándome con un abrazo que
me recordó al de mi madre. Fue cálido y con el apretón perfecto. Cuando se
separó, me agarró por los hombros y me miró. —Me alegro de que estés en
casa, Aurelias. —Incluso me besó en la mejilla antes de marcharse.
Huntley la miró irse antes de dirigir su mirada hacia mí. —Debes de
gustarle, porque no besa a nadie más que a mí. —Se volvió hacia la barra y
cogió una botella y un par de vasos. —Tomemos una copa para celebrarlo.
—¿Qué celebramos?
Llenó dos vasos antes de acercarme uno a mí y chocar su vaso contra el
mío. —Vamos, Aurelias. —Me miró fijamente, con una ligera sonrisa en la
cara.
Bajé la mirada hacia el vaso y vi el líquido ámbar que había bebido en
botella cuando estaba en Crescent Falls. Había sido la época más
deprimente de mi vida. Levanté la barbilla y volví a mirarle. —Tengo algo
que preguntarte.
—Ya lo sé.
—¿Me entrenarás en la espada?
La sonrisa de Huntley desapareció lentamente. —Eso no es lo que
pensaba que me pedirías.
—Ya no soy el luchador de antes. No estaría bien pedirte su mano si no
puedo protegerla.
Me miró fijamente un momento más antes de dejar el vaso sobre la
mesita. —Aurelias. —Me quitó el vaso de la mano y también lo dejó en el
suelo. —Tus habilidades no han cambiado. No hay nada que pueda
enseñarte que suponga una mejora de tus capacidades actuales.
—Pero mis habilidades se basan en mis capacidades anteriores, que ya
no tengo. Necesito aprender habilidades basadas en lo que puedo hacer. —
La debilidad es prominente. Lo siento en todo lo que hago ahora. Lo echo
de menos... profundamente.
—Aurelias, sigues siendo mejor que cualquier soldado de este reino, ya
sea como humano o como vampiro.
—Todavía me gustaría que me entrenaras. Luchaste bien contra los
demonios. Tus parientes no.
Su mirada se endureció como si eso no fuera un cumplido. —Si eso te
hace sentir mejor, estaré encantado de hacerlo.
—Gracias. —Nunca pensé que pediría ayuda a un humano, pero mis
responsabilidades hacia Harlow eran más fuertes que mi orgullo.
—Aurelias.
Mis ojos se habían desviado, así que lo miré de nuevo.
—Te has ganado a mi hija. Ahora tómala.
Solté un fuerte suspiro porque me sentía mal.
—Estás siendo demasiado duro contigo mismo. —Su mano se dirigió a
mi hombro—. Pídele a mi hija que se case contigo. No cruzasteis el océano
y abandonasteis una vida inmortal para ser algo menos que marido y mujer.
—¿Todavía me das tu bendición? —pregunté en voz baja.
Su mano me dio un apretón antes de dejar de abrazarme. —He temido
este día desde el momento en que nació. Y cuando se hizo mayor y vi que
había heredado mi fiereza y la actitud intransigente de su madre, supe que
no necesitaba mi bendición. Me casé con mi esposa en contra de los deseos
de mi madre. Ella era el enemigo de mi pueblo, y lo hice de todos modos.
Lo volvería a hacer. Así que, aunque aprecio que lo preguntes, es
innecesario. Confío en su juicio. Ella sabe lo que es mejor para ella. Y mira
a quién ha elegido. —Me señaló. —El héroe que salvó nuestros Reinos de
la aniquilación. Ella sabe lo que hace. Así que, si quieres casarte con mi
hija, adelante, pídelo.
Capítulo 32
HARLOW

Aurelias entró por la puerta con su pesada armadura, el sudor en la


frente y la espada a la espalda. Acababa de entrenarse con mi padre y,
siempre que volvía, estaba hambriento como un oso.
Se desabrochó todas las piezas de la armadura y las dejó junto a la
puerta, mostrando el uniforme que llevaba debajo. Seguía siendo el suyo,
con la serpiente dorada en el pecho, aunque ya no era un vampiro Original.
Pero parecía ser importante para él porque seguía llevándolo.
—¿Cómo te fue?
Se acercó a mí y me dio un beso rápido. —Tu padre no me lo pone
fácil.
—¿Te gustaría que lo hiciera?
Me dedicó una sonrisa y se dirigió hacia las escaleras. —¿Qué hay para
cenar?
—¿Por qué me lo preguntas? —Le pregunté. —¿Parezco una criada?
Su sonrisa se ensanchó. —¿Quieres cenar en el pub?
—¿Tendremos sexo en el callejón después?
—Por supuesto.
—Entonces me parece estupendo.
Subió las escaleras y desapareció.
Unos minutos después, llamaron a la puerta. La abrí y vi a mi padre al
otro lado, duchado y aseado. —Hola, padre.
Se le iluminaron los ojos al verme. —Cariño. —Me rodeó el cuerpo
con un solo brazo y me dio un beso en la sien antes de entrar—. Hacía
tiempo que no te veía, así que he pensado en pasarme por aquí.
El tiempo había pasado volando desde el regreso de Aurelias. Hacía
dos semanas que no veía a nadie más que a él. —Lo siento, desde que
Aurelias ha vuelto, he perdido la noción del tiempo. —Solía desayunar con
mis padres todas las mañanas y normalmente cenaba. Ahora, no los veía
para nada.
—No pasa nada, —dijo rápidamente. —Me alegro por ti. —Por
primera vez, no parecía incómodo ante la perspectiva de que tuviera un
hombre en mi vida. No parecía importarle que básicamente estuviera
viviendo con un hombre que no era mi marido. —Quería invitarte a volver
al castillo. No tienes que quedarte aquí en esta casita. Y te echamos de
menos.
Mis brazos se cruzaron sobre mi pecho en señal de incomodidad. —Yo
también os echo de menos. Pero... creo que prefiero quedarme aquí con
Aurelias. —No quería ir y venir a escondidas. No quería que estuviéramos
separados en dos edificios diferentes.
—Esta invitación se extiende a él también.
—¿En serio? —pregunté sorprendida.
—Por supuesto. Eres parte de la familia real. Mereces todas las
comodidades que tu madre y yo tenemos en el castillo. —Miró hacia la
cocina—. En lugar de cocinar tus propias comidas y lavar tu ropa... y todas
esas otras cosas.
—Le preguntaré lo que piensa.
—De acuerdo, —dijo, echando un vistazo a la pequeña casita, que
contenía muebles viejos y alfombras polvorientas—. ¿Le gustaría unirse a
nosotros para la cena?
—Creo que Aurelias y yo íbamos a cenar en la taberna esta noche.
Pero, ¿qué tal mañana?
—Pues mañana, —dijo contento—. Nos vemos entonces, cariño. —Me
dio un beso de despedida y se fue.
Aurelias bajó las escaleras instantes después, vestido con pantalones y
camisa, y su cuerpo musculoso estirando la tela de la forma más sexy. Aún
tenía el pelo ligeramente húmedo y la mandíbula bien afeitada. Sonrió con
satisfacción al mirarme, como si supiera que estaba a punto de babear sobre
él. —¿Lista? —Me rodeó la espalda con el brazo y me besó.
—No voy a estar lista si vuelves a besarme así.
Su sonrisa creció antes de cogerme de la mano y acompañarme a la
puerta.

***

Nos sentamos frente a frente en el pub, ambos con jarras de cerveza y


platos de carne asada.
—Este es mi favorito, —dije—. También el de mi padre.
Dio un par de mordiscos y, como no dijo nada, supe que le había
gustado porque siguió comiendo y comiendo, mojando el pan en el caldo
antes de meterse más comida por la garganta.
Sonreí con satisfacción. —Creo que también es tu favorito.
—Está bueno, —dijo, sentándose sobre su cuenco con los brazos sobre
la mesa.
—Tú también comes como él, como un oso.
Sonrió con satisfacción. —Comer es agotador.
—¿Con qué frecuencia necesitabas comer antes?
Se encogió de hombros. —Quizá una vez a la semana, dependiendo de
lo activo que fuera.
—Como una serpiente de verdad, entonces...
—Supongo. —Siguió comiendo, limpiándose el cuenco.
Recordé cuando lo vi al otro lado de la habitación y cómo se me
apretaron los muslos al verlo. Lo había deseado en ese momento y no podía
creer que lo hubiera conseguido. Era mío para siempre.
Cuando terminó de comer, cogió su jarra y bebió un trago. —Admito
que la comida sabe mucho mejor ahora que mi cuerpo realmente la necesita.
Y hay mucha más variedad. Con la sangre... no hay tanta variedad.
Bebí un trago de mi vaso. —Mi padre pasó por aquí...
—¿Qué dijo?
—Bueno, puedo decir que te ama, porque nos invitó a los dos a vivir en
el castillo.
—¿Lo hizo?
—Dijo que merecemos todas las comodidades como miembros de la
familia real. Alguien que cocine para nosotros, nos lave la ropa, cosas así.
—Sabía que Aurelias debía de estar acostumbrado a ese tipo de estilo de
vida como príncipe en sus tierras, no es que se quejara nunca de nuestra
modesta vida en aquella casita. —¿Qué te parece?
—Lo que quieras, cariño.
—Quiero saber cómo te sientes realmente.
—Estoy feliz de vivir en esa casita si quieres privacidad de tu familia.
Pero si quieres estar cerca de tu familia, también estoy feliz de hacerlo.
—Entonces creo que me gustaría vivir en el castillo, si te parece bien.
—Me parece bien.
—Tomaremos una de las habitaciones más grandes, no mi antiguo
dormitorio. No hay suficiente espacio para los dos.
—No sabía que necesitábamos mucho espacio.
—No tienes idea de cuánta ropa tengo...
—No usas ropa conmigo, así que no veo por qué eso importa. —Sonrió
satisfecho.
Yo le devolví la sonrisa. —Nunca te había visto sonreír como ahora.
Su sonrisa se desvaneció lentamente.
—Me gusta.
—Hacía mucho tiempo que no me sentía tan feliz.

***

Caminamos hacia casa en la oscuridad, las antorchas iluminando la


calle principal y los callejones. Caminamos cogidos de la mano, los dos un
poco borrachos por la cerveza que habíamos bebido. Caminamos en
silencio, y luego Aurelias nos llevó a dar un rodeo, por los pequeños
callejones entre los negocios y las casas.
Mi cuerpo ardía de excitación porque sabía lo que me esperaba.
Cuando encontró una callejuela completamente desierta, me arrinconó
contra la pared y me besó, un beso posesivo mientras su mano me retorcía
el pelo. Me agarró el culo antes de que sus dedos se colaran por debajo de
mi vestido para enganchar su pulgar dentro de mis bragas.
Envuelta en la oscuridad, le besé, ansiosa por quitarme las bragas y por
tener su polla dentro de mí.
Me las bajó por el culo y levanté las piernas para quitármelas antes de
que él se las metiera en el bolsillo.
Le desabroché los pantalones y liberé su polla antes de que me subiera
la pierna por encima de la cadera y me penetrara.
Gemí contra su boca cuando me penetró, dolorida por todo el sexo que
hacíamos a diario, pero no lo suficiente como para pedirle que parara. No
había estado dentro de mí en todos esos meses, y no quería que se fuera
nunca. —Aurelias...
Igual que cuando éramos amantes clandestinos, follábamos en el
callejón, gimiendo y rechinando mientras el mundo se olvidaba de que
estábamos allí. Le había amado entonces, le había amado cuando debería
haberle odiado, y ahora mi amor se había profundizado hasta un nivel tan
intenso que era indescriptible. Quería dar a luz a sus hijos e hijas, envejecer
con él y ver a nuestros hijos convertirse en adultos, apreciar cada día juntos.
Quería colarme en callejones oscuros para hacer cosas así, sin importar la
edad que tuviéramos. —Te amo... —Lo dije entre nuestros besos, deseando
que pudiera sentir lo mucho que le amaba. Él sabía lo que yo sentía mucho
antes de que lo dijera, y eso era un regalo que echaba de menos.
Ralentizó sus embestidas, sus ojos clavados en los míos como si fuera
la primera vez que se lo decía. Se detuvo por completo, mirándome como
nunca antes lo había hecho.
El calor seguía ahí, pero ahora había una nueva tensión añadida.
—Cásate conmigo.
No me lo esperaba, así que la petición me sorprendió. Sabía que algún
día me pediría que fuera su esposa, pero no estaba segura de si sería ahora o
en el futuro. Pero también me encantó que no me lo pidiera. Simplemente
me lo dijo.
Luego volvió a besarme, sin esperar una respuesta que no necesitaba.
Epilogo
AURELIAS

Me quedé fuera del templo y miré la estatua que había en lo alto, la


piedra tallada de forma detallada y masculina, mostrando la presencia del
dios Adeodatus, uno de los dioses a los que adoraban los humanos. El pilar
de piedra rivalizaba con la fuerza del castillo, las vigas circulares eran tan
grandes como el flanco de un dragón.
Kingsnake vino a mi lado. —Siempre me han parecido impresionantes
los templos humanos, pero esto realmente es algo. —Fang estaba sobre sus
hombros, y su cabeza se inclinó hacia atrás mientras miraba todo el camino
hasta la cima.
—¿Nervioso? —Cobra apareció a mi otro lado. —Es normal estar
nervioso.
—No estoy nervioso, —dije, con los ojos puestos en las grandes
puertas de hierro que había delante.
—Bien, —dijo Cobra. —Porque yo no estaba nervioso en absoluto.
Ansioso, en todo caso.
—¿Puedo hablar con Aurelias un momento? —Huntley apareció,
vestido con su armadura y uniforme, su espada a la espalda.
Mis hermanos se dispersaron como peces asustados.
Huntley se paró a mi lado mientras miraba el templo. —¿Te dijo
Harlow que su madre y yo nos casamos aquí?
—Sí.
—Pagué al sacerdote para que nos casara a pesar de las objeciones de
mi madre. Ella no estaba contenta.
—Bueno, me alegro de que Harlow no tenga que experimentar eso.
Asintió. —A mí también. ¿Nervioso?
—No.
—Cuando me casé con Ivory, lo hice para salvarle la vida... pero sólo
era una excusa.
Le miré.
—Hice una gran apuesta, pero gané a lo grande. —Sonrió.
—¿Cómo funciona esto?
—El sacerdote unirá vuestras almas para siempre. Es irreversible.
Seguí mirándole fijamente.
—Así que si algún día alguien odia a su mujer... mala suerte.
Caminaréis juntos por los cielos, discutiendo entonces igual que lo hicisteis
aquí abajo. —Me observó. —¿Estás nervioso ahora?
Mis sentimientos no habían cambiado. —No.
—Bien, —dijo—. Pero hay algo más que deberías saber. Hablé con el
sacerdote, y con la forma en que funciona esta magia, no sería posible que
volvieras a ser vampiro algún día... si quisieras. Esto lo haría férreo, sin
vuelta atrás.
Le sostuve la mirada.
—Debería haberte avisado de eso, pero no pensé en ello en ese
momento.
—No pasa nada.
—Si necesitas más tiempo, Harlow lo entenderá....
—En el momento en que decidí convertirme en humano, supe que eso
era todo. He aceptado esta vida por completo. No hay vuelta atrás.
Asintió con la cabeza. —De acuerdo. Me alegra oírlo. —Su mano se
movió hacia mi hombro. —Es hora de casarse, entonces.
Todos entramos en el templo, la entrada de cincuenta pies en el aire.
Había una fuente en el centro con una estatua, y el suelo era un tablero de
ajedrez. Caminamos más adentro, hasta el obelisco de fuego en la parte de
atrás, donde nos esperaba el sacerdote.
Harlow ya estaba allí con su madre, vestida con un traje blanco con
flores entretejidas en el pelo.
Me detuve al verla, nunca la había visto tan guapa en mi vida. El
vestido tenía mangas y se extendía por el suelo detrás de ella. No tenía
espalda y la tela era fina y de encaje, lo que dejaba entrever su piel. Llevaba
el pelo recogido en suaves rizos, con flores blancas entre las trenzas.
Tragué saliva, incapaz de creer que estuviera a punto de casarme con
ella.
Sus ojos se encontraron con los míos y, al instante, brotaron las
lágrimas.
Me acerqué a ella despacio, respirando más de lo necesario, y cuando
me acerqué, levantó las manos para que las cogiera.
Las cogí como si estuvieran a punto de caer al suelo. Junté la parte
superior de sus manos con las mías y me las llevé al pecho. Un dolor me
quemaba en el pecho, un dolor que no desaparecía, un dolor tan profundo
que me hacía sentir bien. Apreté sus manos mientras la miraba, olvidando a
todos los que habían venido a presenciar nuestra unión eterna.
Las lágrimas caían por su hermoso rostro.
Mis manos se separaron de las suyas para secárselas.
Entonces me di cuenta de que ella me había hecho lo mismo a mí,
atrapando mis propias lágrimas que no me había dado cuenta de que
derramaba.
Mi familia y la suya se separaron, dándonos un momento para estar
juntos en silencio.
El sacerdote nos esperó antes de empezar. Comenzó a leer los ritos de
su texto, pero mis ojos estaban fijos en ella y ajenos a todo lo demás. Había
renunciado al regalo más importante de mi vida... mi inmortalidad. Pero
ahora que estaba con ella, esa vida se sentía como una maldición. Esta era la
vida que siempre debí haber tenido.
El sacerdote terminó y me entregó el cuchillo sagrado.
Me lo llevé a la palma de la mano y lo presione en la carne, sacando
sangre.
Cuando le llegó el turno a Harlow, no dudó en coger la hoja y hacerse
un corte.
Agarré su mano con la mía, apretando nuestras palmas, nuestra sangre
uniéndose y goteando al suelo.
Entonces habló el sacerdote. —Por el poder de Adeodatus, vuestras
almas están unidas para siempre. La muerte os separará en esta vida, pero
no en la próxima. Caminaréis por este mundo como marido y mujer, y
entraréis en la otra vida como almas entrelazadas para siempre...

Fin

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