Todas las personas tenemos heridas, marcas y cicatrices que hemos ido adquiriendo con el
correr de los años. De eso se trata vivir. Entre la afanosa muchedumbre de metáforas que
relacionamos con la vida, la de la cicatriz es una que nos atañe a todos. El mundo se
encarga de agrietarnos, de llenarnos de fisuras, y es allí donde reside para nosotros un
crisol de posibilidades; la cicatriz se convierte en una ocasión para enfrentarnos al mundo.
El Kintsugi es una técnica centenaria japonesa que consiste en reparar las piezas de
cerámica rotas y en lugar de disimular las rajaduras y las líneas de rotura, se les otorga un
nuevo valor y se las hace más visibles utilizando polvo de oro o plata líquida. Este método
exhibe esas heridas del pasado, y así, adquieren una nueva vida. Además, así no hay dos
piezas iguales nunca.
La filosofía kintsugi nos enseña que todos podemos reconstruirnos y centrarnos en
nuestros puntos fuertes.
En lugar de disimular las líneas de rotura, las piezas tratadas con este método exhiben las
heridas de su pasado, con lo que adquieren una nueva vida. Se vuelven únicas y, por lo
tanto, ganan en belleza y hondura. En lugar de tratar de esconder las grietas. Esta filosofía
japonesa las honra mostrando la fragilidad y, a su vez, la capacidad de resiliencia. Cada
una de estas roturas y fisuras forman parte de la historia viva de un objeto. Una
trayectoria de la que sentirse orgulloso y no ocultarse jamás.
Una vez aprendes a valorar todo lo que se llega a romper en tu interior, adquieres
serenidad y templanza. Por ello, es importante apreciarse como uno es: nuevos, rotos,
únicos y en constante cambio. Esta técnica trata de destacar la belleza de las cicatrices.
Para muchos, las elegantes líneas doradas del kintsugi añaden belleza a la pieza y en vez
de destacar su «rotura», destacan su «historia».
El Kintsugi también apunta a la paciencia como factor clave para el resurgimiento personal
y la recomposición. El proceso de curación es determinante en todos los individuos: la
sanación tarda varias semanas e incluso meses para endurecer el espíritu, pero de esta
manera se garantiza una durabilidad y cohesión. En el kintsugi, el proceso de secado es un
factor determinante. La resina tarda semanas, a veces meses, en endurecerse. Es lo que
garantiza su cohesión y durabilidad.
Muchas veces hay que esperar tiempo para poder acceder a estas reparaciones, por lo
costoso o porque no hay artesanos disponibles, pero la familia suele guardar las piezas
que quiere reparar y las van heredando para que cuando llegue el momento, se reparen
reconociendo el valor que envuelven.
No se trata solo de hacerla estéticamente más bonita: se trata de impregnarla de un
mensaje inspirador. La pieza se rompió, pero fue reparada, y ese episodio es una parte de
su historia que la hace más valiosa por su capacidad de resiliencia. De hecho, los
ejemplares antiguos de cerámica que fueron reparados usando esta técnica son más
valorados que los que se han conservado intactos, sin haberse roto nunca. Esta técnica es
capaz de convertir los añicos de la cerámica rota en obras de arte.
Siglos después, las piezas reparadas con el arte del kintsugi son valiosísimas y únicas. Las
tazas de té con signos de Kintsugi, espejos de la vitalidad del destino, son las más
apreciadas. Nunca es posible romper dos objetos de la misma manera, así que el resultado
final siempre será una obra de arte única en el mundo.
La lección que nos enseña esta milenaria técnica nipona es que la verdadera perfección,
tanto estética como interior, puede surgir de la imperfección y las heridas. Algunos
estudiosos han llamado a esta técnica "el arte de aceptar el daño", en el que no se debe
avergonzar ni ocultar las heridas, sino realzarlas.
Kintsugi sugiere diferentes significados: la ruptura no representa el final del objeto, por el
contrario, sus fracturas se vuelven preciosas. Debemos tratar de obtener algo de una
experiencia negativa, de esta manera podemos mejorar y comenzar de nuevo más fuerte
que antes.
Podemos ver las experiencias negativas como momentos terribles en nuestra vida, o
podemos verlas como una fase de crecimiento esencial (e inevitable) que nos hace crecer
y ser más conscientes.
El ser humano a veces se rompe. A veces necesitamos que nos cuiden, que nos «reparen».
Pero de esta experiencia, como si fuéramos una pieza de cerámica rota, podemos obtener
una mayor belleza.