El vector fascista en la conspiración contra la
República (2/20): La versión militar ante los XXV
“años de paz”
Ángel Viñas
11 de abril de 2023 17:47h Actualizado el 12/04/2023 06:00h
Las conmemoraciones que puso en marcha el entonces ministro
de (Des)información y Turismo, profesor Manuel Fraga Iribarne
(para los lectores jóvenes: fue el encargado de presentar la imagen
“amable” del régimen, incluida la revisión no demasiado sustancial de la
política de censura de guerra que duraba desde 1936, y posterior
fundador de Alianza Popular, hoy PP).
A pesar de su cobertura técnica (los dos artículos de la Revista de Historia
Militar versaron sobre el esfuerzo de guerra en ambas zonas durante la
también denominada “Cruzada”) no suelen mencionarse en las obras
profranquistas. No sé muy bien por qué. Las ignora, por ejemplo, el
general Dávila Álvarez. También lo hace una supuesta historia total de la
guerra civil publicada hace pocos meses y en la que se pone el énfasis en
los aspectos militares y económicos (con exclusión de casi todos los
factores internacionales, como si no hubieran tenido la menor
importancia).
Los artículos de 1964 son, sin embargo, muy relevantes porque los
autores gozaban del monopolio de acceso a las fuentes documentales.
Aquí interesan los factores que, para ellos, explicaban el sentido y
finalidades de la guerra civil. Es decir, el meollo de la cuestión. Los
probos historiadores militares diferenciaron los casos.
En el republicano señalaron que no había gobierno desde las elecciones
de febrero de 1936 y que las últimas apariencias legales se habían
pulverizado; que los frentepopulistas estaban enterados de los propósitos
de los nacionales y habían tomado las medidas oportunas para que
abortasen en las grandes capitales, sin preocuparse demasiado de lo
que pudiera ocurrir en las pequeñas (en esto, y no por casualidad como
veremos ulteriormente, dieron en el clavo); los “rojos” contaban con las
milicias socialistas, comunistas y anarcosindicalistas. Todas ellas
adiestradas desde hacía tiempo en los métodos revolucionarios de lucha y
sus efectivos totales ascendían a varios centenares de miles de
combatientes (atención: siempre es bueno inflar las posibilidades del
enemigo según la máxima mussoliniana del “molti nemici, molto
honore”).
Los historiadores de uniforme no se arredraron ante nada. Tenían bien
cubiertas sus espaldas. Así que, a exagerar: la ayuda exterior fue
inmediata a favor de los “rojos”, primero desde París y, casi sin solución
de continuidad, desde Moscú. Armas procedentes de México, Bélgica,
Checoslovaquia y la URSS siguieron poco después (NB: sobre tan
debatido tema hoy se dispone de la monografía de Miguel I. Campos,
Armas para la República (Crítica, Barcelona, 2022), pero ya antes Gerald
Howson había puesto los puntos sobre las íes en Armas para España
(Península, Barcelona, 2000). Ni que decir tiene que impugnadas por
destacados historiadores militares franquistas.
Además, los “rojos” contaban con la simpatía de los restantes
países que se titulaban democráticos, mal informados de lo que
ocurría en España (NB: quienes estaban mal informados eran los
historiadores militares franquistas. Los diplomáticos sublevados no lo
estuvieron en general).
La sovietización: Moscú intervino decisivamente en la política y la guerra,
usando como arma coactiva principal la amenaza de suspender los
constantes y copiosos (sic) envíos de material y la participación de
los internacionales. La misión militar soviética decidió las principales
operaciones. El comercio y la economía quedaron supeditados a los
intereses soviéticos. La Comintern dirigió el cotarro. Moscú contaba para
sus manejos con la riqueza de España, en particular las reservas de oro.
Los comunistas triunfaron al imponer la defenestración de Largo
Caballero y “situar” de presidente del gobierno al doctor Negrín,
“socialista totalmente afecto al comunismo”. Prieto no era un enemigo de
altura y en su momento podía prescindirse de él. Etc, etc. (NB: los más
listos incluso se apoyaron en una parodia del conocido libro de Bolloten,
autorizada por el ministro Fraga Iribarne)
¿Y en el lado “nacional”? Todo lo contrario. A saber:
Las represiones resultaron mínimas (sic); el general Franco tenía
extraordinarias dotes de mando que le constituyeron tácitamente en jefe
supremo del Alzamiento; la ayuda recibida fue posterior a la prestada a
los “rojos” y consistió en un principio solo en el envío de algunos (sic)
aviones, para compensar los suministrados al adversario; la descarada
intervención de las BBII obligó (sic) a solicitar una ayuda más cuantiosa a
las potencias totalitarias, interesadas en que nuestra Patria no se
convirtiera en una sucursal de la URSS; los primeros combatientes
italianos que prestaron “algún” apoyo no llegaron hasta finales de
septiembre (sic) de 1936. La Cóndor, que arribó en noviembre, la
componían pilotos y mecánicos, artilleros antiaéreos y especialistas
diversos, nunca infantes. Pero en aquella época ya eran muchos miles
(sic) los extranjeros combatientes a favor de la causa roja; las compras al
extranjero fueron minúsculas; la ayuda exterior no alcanzó el
volumen de la que obtuvieron los adversarios y no fue pagada,
como hicieron estos, con una total sumisión a las consignas de fuera.
En definitiva, una sarta de mentiras de corte estalinista o, mejor
dicho, goebbelsiano. Sentaron cátedra y marcaron la dirección por
dónde las cosas debían ir. El mensaje no quedó olvidado para los
historiadores que, dentro del SHM o fuera de él, recibieron un mensaje
inequívoco de lo que podía contarse a partir de los XXV años de paz.
También hay que decir que para los historiadores militares españoles todo
el monte era orégano. En 1964 solo cuatro autores, extranjeros por
más señas, habían osado poner en duda las afirmaciones grandes y
pequeñas sobre las verdades eternas del régimen. Uno fue un joven
historiador, entonces laborista y totalmente desconocido, llamado Hugh
Thomas. Basándose en una amplia literatura secundaria (mucha de la
cual no se conocía en España fuera de los círculos oficiales interesados),
alguna evidencia documental de origen nazi (dada a conocer desde finales
de los años cuarenta en inglés y a principios de los cincuenta en alemán
—más tarde en versión recortada y abreviada en francés, que es la que se
utilizó en el SHM)— abordó una obra de síntesis que se publicó en el
extranjero y, en castellano, por Ruedo Ibérico en París. Le siguió una
interpretación netamente poumista o trotskista, según se prefiera, de dos
historiadores franceses, Pierre Broué y Émile Témime. Se publicó en
castellano en México. Finalmente, un historiador norteamericano y que
durante la guerra civil había trabajado al servicio de la embajada
republicana en Washington, Herbert R. Southworth, publicó, también
en París en Ruedo Ibérico, El mito de la Cruzada de Franco. En mi
modesta opinión, el libro más duro jamás escrito contra las estupideces
que seguían publicándose en España.
La respuesta del régimen, fuera de la Revista de Historia Militar, no fue de
altura, pero Fraga Iribarne, catedrático hiperamnésico de universidad al
fin al cabo, no tardó en encontrar la persona que se necesitaba. Un
jesuita que ya no lo era, que había ganado las oposiciones de Técnicos de
Información y Turismo, que había dedicado con líneas babeantes su
primer libro sobre política de turismo al genio de los genios hispanos, el
general Francisco Franco. El hombre necesario. De la Cierva continuó
alabando la luz suprema del régimen y no tardó en convertirse en
la respuesta unipersonal del mismo a las asechanzas que los malvados
historiadores extranjeros estaban montando contra la dictadura. Al año
siguiente apareció, para colmo, la obra de Gabriel Jackson La República y
la guerra civil, desde una perspectiva más favorable a la primera.
No crean, pues, los lectores que la dictadura no estaba dispuesta a dar la
“batalla por la historia”. Lo hizo de dos maneras. En primer lugar,
“actualizando” conocimientos de índole militar y político-militar. En
segundo lugar, volviendo a los orígenes. Para esto el SHM estaba
particularmente bien cualificado. Hemos, pues, de dedicarle nuestra
atención en la próxima entrega.
(Continuará. Ver aquí capítulo anterior).
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