ELOGIO DE MARTIN TOVAR V TOVAR
V ARISTIDES ROJAS
Por ALFREDO BouLTON
El profundo desinterés que hoy existe entre muchos de nosotros por el tiem-
po de nuestra historia, es en buena parte producto del violento cambio que ha
tenido lugar en la vida nacional durante estos últimos cincuenta años. En otras
épocas del devenir del país el tiempo transcurría con mayor ilación y armonía,
con menos sobresaltos, y las 24 horas del día pasaban sin olvidarnos totalmente
de los nombres de quienes nos precedieron. El desbordamiento gigantesco de
nuestra riqueza ha modificado la actitud más comprensiva, que existió anterior-
mente en el aprecio de nuestros valores nacionales. Actualmente hemos quedado
reducidos a evocar, todavía, algunas presencias. Hemos recordado, como era jus-
to y legítimo, al Libertador con motivo de su Bicentenario. Cuando la ocasión se
presenta, recordamos también, a veces, a Páez, acaso a Bello, pero ya están leja-
nas de nuestra memoria las figuras de José María Vargas, del Gran Mariscal de
Ayacucho, de Agustín Codazzi, o de Juan Lovera. El venezolano de hoy ya no
recuerda más la vida de Cajigal, ni de Rafael María Baralt, ni de Juan Vicente
González, seres sobresalientes que en gran parte llenaron la actividad cultural de
nuestro siglo XIX con sus hechos, sus escritos y sus convicciones. El cambio ocu-
rrido en nuestro país ha sido tan radical que podemos decir que la mayoría de
nosotros vive de espaldas a la historia, olvidando lo que otros hicieron por medio
de tremendos esfuerzos, recogiendo en sus escritos las fuentes de nuestros oríge-
nes, de nuestra historia y de sus héroes o los más simples relatos del folklore, de-
talles que a veces han sido importantes para reconstruir gran parte del tiempo
venezolano. Vicisitudes olvidadas de un tiempo extraordinario pasado a la sombra
de un especial ritmo humano, entre hombres de ciencia y de arte, que supieron
laborar en momentos de tremendas luchas políticas entre facciones regionales,
pero que utilizaron sus vidas para anotar y estudiar, en aquella precisa y exacta
hora, la importancia de los seres que les habían precedido y sin los cuales hoy
muchos de esos nombres históricos que recordamos estarían todavía más olvida-
dos de lo que ya lo están. Por esos estudiosos sabemos que nuestros orígenes no
fueron anónimos y es precisamente a causa de la obra de esos seres de quietud y
de inspiración, de labor investigativa de los aconteceres de nuestro país por lo
que, en parte, nuestro pasado no se ha borrado irremediablemente. Hoy traemos
a este Panteón Nacional los restos de dos grandes venezolanos quienes cumplieron
con aquella labor: Arístides Belisario Rojas Espaillat y Martín José de Jesús To-
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var y Tovar. En este Panteón de hombres de armas, donde también reposan vene-
zolanos de otras ejecutorias, hoy se reciben para la eternidad del tiempo las ceni-
zas de dos eminentes personajes del pensamiento y del arte venezolano cuyas
obras, en la literatura y en la pintura, han servido mejor a la patria, que la estri-
dencia y el alboroto de nuestras pasadas montoneras que no hicieron sido destruir
la cultura del país. El uno hizo su vida en el silencio de su desván, entre libros,
pinturas, colecciones de arte y de historia, brocados y tapices, rodeado del trino
de canarios y de gonzalitos, y el otro envuelto en las imágenes de nuestra historia
patria, creando en el Salón Elíptico del Capitolio Federal la primera obra de di-
mensión heroica de nuestras artes pictóricas y plasmando la semblanza del Pre-
cursor Miranda en la Firma del Constituyente de Venezuela, en su gran lienzo
del 5 de julio, d cual para todos nosotros, venezolanos, equivale en pintura a los
acordes de nuestro Himno Nacional. Tovar y Tovar, iluminó de luz el paisaje y
la vegetación del camino de San Carlos hasta Tocuyito y solicitó el color exacto
del verde plomizo de los chaparrales de La Pica de la Mona, por donde los Bravos
de Apure, con Páez a la cabeza, escalaron las faldas de la Sabana de Carabobo.
Tovar investigó, indagó, estudió los paisajes y los caminos de Venezuela antes
que ningún otro artista venezolano los hubiese recorrido y logró a través de sus
grandes lienzos construir la historia anecdótica del país a base de los relatos prin-
cipales de nuestra Patria, reseñando el momento extraordinario cuando desde la
altura del cerro Buenavista el Libertador comandaba los movimientos de aquella
épica batalla que en 1821 afirmó nuestra independencia. Tovar fue el primero en
mostrarnos al gran héroe popular, Pedro Camejo, Negro Primero, y también el
primero en reseñamos la heroica arremetida de Manuel Cedeño y de Ambrosio
Plaza, y supo igualmente representar el espíritu de libertad en aquel vigoroso ca-
ballo blanco que desgaritado y sin jinete recorría libremente la encendida y en-
sangrentada sabana de Venezuela. Su lección está presente en los muros y en la
grandiosa bóveda del Salón Elíptico del Palacio Federal. Por Tovar, por Arturo
Michelena, por Antonio Herrera Toro, por Cristóbal Rojas, por Tito Salas, nues-
tros niños se han familiarizado con las semblanzas de los hombres de nuestra tie-
rra. Han conocido al fabuloso centauro de Curpa, al magnífico Gran Mariscal de
Ayacucho, a nuestros héroes civiles: López Méndez, Peñalver, Cristóbal Mendoza,
Manuel Felipe de Tovar, Urbaneja y también a Fermín Toro y a Antonio Leoca-
dio Guzmán y en particular al hijo de éste, el general Antonio Guzmán Blanco,
su amigo y protector y de quien ejecutó uno de los mejores retratos que se hayan
hecho en Venezuela. Con Tovar nuestro relato histórico-pictórico inicia definiti-
vamente una etapa en la cual se vuelve materia de gran calidad artística y ad-
quiere un grado de la más pura excelencia plástica. Con él se abre el gran recuento
gráfico de nuestra vida nacional y todos los que hubieron de sucederle quedaron
atados a un patrón estilístico que hoy, con la distancia del tiempo, podemos va-
lorar mejor. Ha sido afortunado para Venezuela tener un pintor de tanto talento
en un momento preciso de la vida del país, pues él, con su inteligencia, impulsó
de manera extraordinaria nuestras artes plásticas que alcanzaron tan alta posición
durante más de un siglo.
Estamos reunidos en esta antigua capilla de La Trinidad al pie del Avila y
de frente a Caracas, con la presencia del Excelentísimo señor Presidente de Vene-
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zuela, doctor Luis Herrera Campíns, y de altos dignatarios venezolanos, para ren-
dir el justo tributo que el país debe a estos dos seres excepcionales. Al hombre
de letras, de búsquedas, de investigaciones, al escritor de grandes relatos de nues-
tro pasado, al apasionado científico que en un mes de mayo recogió en los bosques
del Avila la alba Cattleya Persivaliana, nuestra flor nacional; ese hombre, a quien
los muchachos de la calle llamaban cariñosamente Tío Tigre, por sus largos bi-
gotes y sus ojos claros, quien era médico, naturalista, Geólogo, bibliófilo, herbo-
rista y el Institut de France le pedía consejos y colaboraciones. Arístides Rojas
un ser callado, encerrado en su mundo de investigaciones y de arte. En 1853
viajó a Europa y Estados Unidos. Allá completó su educación y pudo visitar los
más avanzados centros pedagógicos de Francia. Para 1859, en el año del falleci-
miento de Alejandro de Humboldt, se encontraba en París, por entonces el eje
intelectual del mundo. En aquella sociedad, que reunía los grandes espíritus de la
ciencia y del arte, fue donde el joven coleccionista completó su educación artís-
tica. Por algún tiempo Rojas vivió en Puerto Rico y a su regreso a Venezuela en
1864, recorrió intensamente el país, visitando Trujillo, Barquisimeto, Duaca, Ca-
rora, Mérida y Maracaibo. En Caracas lo aguardaban sus hermanos, en su célebre
librería de la esquina de La Bolsa y fue cuando Rojas estableció su residencia en
la antigua casa de don Diego Tovar y Galindo, la Casa del Martillo, donde reunió
su magnífica colección, centro de tertulia de los más avanzados artistas de enton-
ces. En medio de ese mundo de objetos de arte y de historia, Arturo Michelena,
su amigo, hizo su retrato. Su figura personificó para aquel momento un nuevo
modelo de intelectual venezolano, un enciclopedista empapado de una amplia cul-
tura universal, abierto generosamente a todos los caminos del saber patrio y dis-
puesto también a compartirlos con los escasos intelectuales de aquel reducido am-
biente que entonces era Caracas.
Lo que sorprende y resulta admirable en Rojas fue su avidez de conocimien-
tos por diversas materias de nuestra historia. Aquel hombre que el destino situó
en un tiempo privilegiado de Venezuela, recogió el relato del país, al tiempo que
sus contemporáneos hacían la historia de Venezuela: Páez, Vargas, Soublette, Mo-
nagas, Guzmán Blanco. Aquel hombre, que conoció igualmente a Falcón y a Eze-
quiel Zamora, y que vivió en medio de tantos disturbios políticos, tuvo la voca-
ción casi monástica del erudito, del apasionado estudioso, encerrándose en su des-
ván y escribiendo la historia del terruño. Rojas tuvo el acierto de mantenerse en
su aislado mundo vocacional y prefirió el olor de sus libros, el perfume de los
nardos, la textura de sus cacharros, como él llamaba los objetos de su magnífica
colección, a los estruendos de la pugna política.
En verdad, Rojas tuvo la suerte de ser testigo y autor excepcional de una
época en que nuestro país no contaba más de 2.200.000 habitantes y Caracas
llegaba escasamente, según el censo de 1869, a 47 .000 personas y todavía las
ruinas del gran terremoto de 1812 daban a la ciudad un aspecto de desolación.
Fue cuando de entre los escombros del barrio isleño de La Candelaria, del montón
de tierra de la derruida iglesia, de los alrededores de su plaza, rescataron la tarja
infamante que el Gobernador Felipe Ricardos había mandado a clavar en 1752
al destruir la casa de Juan Francisco de León, regándola de sal para escarnio del
"pertinaz, rebelde y traidor a la Real Corona y por ello reo". Recorriendo la ciu-
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dad iba Rojas recolectando platos de las vajillas de viejas familias caraqueñas, loza
de Spode bolivariana con el lema de "Ser Libre o Morir". Desde Bogotá doña
Soledad de O'Leary, viuda del General Daniel Florencio, le enviaba algunos don-
de lucían los retratos de Bolívar, de Sucre, de Páez, y de Montilla. Guardaba con
amor viejos muebles españoles como el sillón frailuno que la Reina Juana La Loca
había enviado al obispado de Coro y no se borra de la mente de un niño el recuer-
do de aquel alto y ancho salón de cuatro ventanas donde el sobrino de Rojas reu-
nió la colección del tío anticuario. En aquella casa, de Conde a Principal, se ve-
neraba ese museo de arte, llenas las paredes de las cosas más extraordinarias que
me aparecían cuando penetraba en la semi luz de la calle, dentro de ese enorme
espacio amueblado, y quedarme atónito y asustado frente a las vitrinas llenas de
objetos de arte y ante la belleza de la Virgen, patrona de la ciudad Mariana de
Santiago de León de Caracas, pintada, luego yo lo averigüé, por uno de los artis-
tas de la Escuela de los Landaeta, que lucía a sus pies la primera vista panorámica
que se había hecho de nuestra ciudad. El artista criollo situó la santa figura flo-
tando en el cielo del Avila, portando en su diestra la cruz arquiepiscopal de tres
brazos de la que pendía una filacteria donde se leía "Consolatrix Caracensi". En
aquel salón oloroso a viejo, repleto de tesoros mágicos, llenos de historia, se veían
copias de Rafael y de Correggio y los bocetos de Antonio Herrera Toro para el
gran cuadro de La Asunción de la Catedral de Caracas. Recuerdo los bocetos de
Cristóbal Rojas para El Purgatorio; los de Michelena para el Vuelvan Caras y sus
dibujos en papel cuadriculado para Pentesilea. Fue entonces cuando se me reveló
el rostro de tío Arístides en el retrato suyo hecho por su ahijado Herrera Toro y
en el gran lienzo de Michelena. En fin, buena parte de lo que era entonces la his-
toria de la pintura de nuestro país, la historia de la cultura en Venezuela, desde
el sillón de San Pedro de la Iglesia de La Guaira, hasta el pequeño juego de por-
celana china en el que se sirvió la primeza taza de café en el Valle de Caracas. En
aquel extraordinario museo semi-sombrío, se guardaba también el primero de los
tres bocetos que hizo Tovar para su gran cuadro de la Firma del Acta de la Inde-
pendencia y no se me olvidan los oros de las cornucopias criollas y las gruesas bo-
tellas carmesí de cristal de Bohemia, y el piso recubierto de tapices de khurrams-
hahr que amortiguaban el ruido. Sobre la pared del fondo presidía un gran lienzo
del dogma de las Tres Divinas Personas, del pintor criollo Francisco Contreras,
en el cual las santas figuras, para asombro mío, tenían las tres un mismo rostro
y estaba fechado en Caracas, en 1819, el mismo año del triunfo de Boyacá. Luego
itprendería, en mis años de estudio, que esa interpretación teológica del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo, con sus característicos atributos simbólicos, apa-
reció por primera vez en las imágenes sagradas del siglo x y particularmente en
un manuscrito de San Dunstan de Cantorbery. Aquel fue mi primer encuentro
con la ausencia de tío Arístides. Muchos años después le conocería mejor en la
lectura de su obra, tan variada, amena e interesante.
Nuestra Biblioteca Nacional reunió en 1944 una primera bibliografía mono-
gráfica sobre nuestro polígrafo que contenía entonces 1.088 fichas, "pues a él le
pertenece ( decía don Pedro Grases en la presentación de ese trabajo) el honor
de haber sido iniciador de la bibliografía venezolana, título que no desmerece a
los muchos que tiene como investigador, cosl!Umbrista, estudioso del folklore y
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de temas de etnografía, así como el de ser piedra sillar de la historiografía del
país. A ello entreg6 noblemente su vida, por lo que habrá de merecer siempre re-
verencia y gratitud". En la segunda edición, aparecida en 1977 bajo los auspicios
de la Fundaci6n para el Rescate del Acervo Documental de Venezuela, fue am-
pliado considerablemente el número de fichas y se registró un total de 1.229 en-
tradas bibliográficas. Esa meritorísima labor permite estudiar la variadísima pro-
ducción de Rojas y ha sido uno de los más valiosos reconocimientos que la Nación
le ha hecho. Este acto por el cual estamos hoy reunidos en el Panteón culmina y
salda la. deuda que teníamos con ese hombre que murió hace 89 años.
.
No es por mera casualidad que en esta ocasi6n les hablaré de un estudio que
hizo Rojas intitulado: "El Constituyente de Venezuela y el cuadro de Martín To-
var y Tovar que representa el 5 de julio de 1811". En este trabajo los nombres
de Rojas y de Tovar están entrelazados y él une a estos dos grandes hombres,
cada uno en la disciplina que mái; cerca estaba de sus corazones, sobre un tema
de la Patria. Ese "Estudio Histórico" permite ver que entre ellos existi6 una
muy viva amistad y admiración. Rojas y Tovar habían sido en su juventud com-
pafieros de aulas en el Colegio Roscio, junto con otros hermanos de Rojas, Mil-
cíades, Epaminondas, Teófilo, José María y Marco Aurelio, nombres que bien
reflejan la cultura de aquel hogar. Habían sido también compañeros de Federico
Uslar, de Antonio Guzmán Blanco y de Crist6bal Rojas, padre. Aquellos dos ami-
gos, eminentes venezolanos, contribuyeron a dar vida al pasado de nuestro país,
cada uno en el lenguaje que mejor manejaba y en ese sentido Tovar llegó a reali-
zarlo de manera magistral, lo que le vali6 ser nuestro más alto exponente pictó-
rico del siglo XIX. Su fecunda tarea abarca desde 1850, cuando estudió en la Real
Academia de San Fernando de Madrid, hasta los últimos días de su vida en 1902.
Cuando el gran muralista mexicano David Alfaro Siqueiros visitó Caracas y co-
noci6 la obra de Tovar y Tovar no pudo retener la expresión de que: "Tovar era
sin duda el más grande muralista latinoamericano del siglo x1x y uno de los más
brillantes del mundo". He querido recordar esta frase de Siqueiros porque con
frecuencia le damos mayor aprecio a la opinión de extranjeros que a la propia
nuestra y de esa manera despertar el ánimo dormido del venezolano para que juz-
gue a su justo mérito la magnífica obra de ese pintor.
Sería por demás mezquino de mi parte callar en este día, en esta ocasi6n y
en este recinto el nombre del General Antonio Guzmán Blanco, puesto que a él
se debe la dedicación de este lugar como Pante6n Nacional. Además, suyo fue el
encargo a Tovar de pintar la mayoría de sus más notables obras. Suya fue la idea
de realizar el lienzo de Junín, el de Boyacá y el de Ayacucho, y también fue suya
la de decorar la b6veda del Sal6n Elíptico con el tema de la Batalla de Carabobo,
y suya igualmente la del lienzo del Congreso Constituyente de 1811. Hace 84
años que los restos de este ilustrado Presidente de Venezuela aguardan el regreso
a la tierra natal y quiero recordar, en este año Bicentenario del Natalicio del Li-
bertador, que en gran parte fue por la atinada visi6n de Guzmán Blanco que To-
var tuvo la magnífica oportunidad de desplegar su gran talento de artista, en la
ocasi6n de los festejos del primer Centenario del nacimiento de Sim6n Bolívar.
Hace precisamente un siglo, justamente un siglo, que Tovar pint6 su gran
lienzo del 5 de Julio; pero escuchemos más bien a su amigo Arístides Rojas cuan-
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do presentó entonces esa obra: "Noble tarea a la par de fecunda, la del artista
que, al tomar por asunto el acto imponente que da comienzo a la transformación
política de Venezuela en 1811, punto de partida de la revolución americana, tiene
la gloria de descollar en medio de una de esas fiestas seculares de la moderna ci-
vilización. Martín Tovar y Tovar, al pintar para el Centenario de Bolívar, por
orden del Gobierno de Guzmán Blanco, el lienzo que representa el Constituyente
de 1811, en los momentos de firmar el acta de nuestra independencia, ha contri-
buido al esplendor de la fiesta, no sólo con lo que el arte tiene de sublime, sino
haciendo resplandecer los albores del sentimiento patrio; porque tal obra des-
pierta en unos recuerdos imperecederos, estimula en otros, a departir sobre los
personajes de una época inmortal, aviva en todos, el amor de la familia y el ho-
menaje de gratitud que debemos a la memoria de aquellos excelsos varones que,
arrostrando todos los peligros, prendieron la llama que iluminó la América es-
pañola desde las costas de Atlanta hasta las cumbres andinas. ¡Gloria al artista
que de etapa en etapa ha podido llegar a la meta deseada, y celebrar desde ésta,
con las obras de su ingenio, las glorias del suelo nativo"!
En ese trabajo Rojas hace el recuento histórico de los personajes que apare-
cen en el cuadro de Tovar y se detiene a relatar sus vidas, como él dice: "sus ac-
tos, estudiarlos, seguirlos en la evolución de un pensamiento, en las asambleas,
campos de batallas, ostracismos, reveses y triunfos". "Es el comienzo de una ga-
lería, donde el arte va a interpretar la historia y a seguir los actores, en el campo
de la naturaleza y en las variadas etapas de la sociedad humana. El arte va a com-
plementar la narración escrita, y a su turno, va a realzar las inspiraciones del artis-
ta, en pos de una resultante: la verdad histórica, en la latitud geográfica y bajo
la influencia de las costumbres y tendencias de una época". En el estudio de ese
lienzo Rojas se detiene especialmente en la figura de Miranda y narra interesantes
episodios de cuando uno de los hijos del Precursor, ya anciano, fue a visitar a To-
var, en su estudio de París y cómo se emocionó Leandro a la vista de la figura
de su padre.
En el estudio que Rojas hizo del cuadro de Tovar fue identificando a cada
uno de los personajes y se refirió a ellos en pequeñas e interesantes notas biográ-
ficas. Son magníficas sus anotaciones sobre Miranda, las que hizo de Roscio, del
doctor Rodríguez Domínguez y del padre Luis Ignacio Mendoza. Refirió datos
sobre la vida de Manuel Palacio Fajardo y que "cerca de Palacio está Peñalver".
Decía que al lado de éstos figuraba Antonio Nicolás Briceño, "El Diablo" como
lo apodaban, y agregaba: "a pesar de que era hombre de fino trato y de distin-
guidos modales". Apuntó que en ese gran lienzo figuraban nueve sacerdotes y
relató las vicisitudes de cada uno de ellos. Mencionó también a Felipe Fermín
Paúl, a Francisco Javier Ustáriz, al Dr. José Angel Alamo y a los diputados de la
Sección Oriental de Venezuela: "Alcalá, Cava, Bermúdez de Castro, Mayz, Ma-
neiro, Ortiz y Ramírez". Anotó asimismo un dato importante que ha sido muy
poco tomado en cuenta por quienes hemos estudiado ese lienzo. Decía Rojas que:
"En el fondo del cuadro, entre los espectadores que llenan la barra, el artista ha
colocado a Coto Paúl, Carabaño, Tejera, Peña, Muñoz Tébar, Espejo, García de
Sena, Salias y otros miembros de la Sociedad Patriótica". Refería que Tovar
había iniciado el estudio de ese tema en 1880, ejecutando previamente tres hoce-
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tos, el segundo de los cuales le fue obsequiado a Rojas por su hermano José María,
el Marqués, quien era para aquel momento Ministro Plenipotenciario de Vene-
zuela en Francia. En el lienzo definitivo, así como en dos de aquellos bocetos,
Tovar y Tovar varía la disposición de los personajes alejándose totalmente de la
presentación que de ellos había hecho Juan Lovera en 1838, donde la colocación
de las figuras sugería una reunión estática, sin movimiento, muy bien reglamen-
tada. En cambio Tovar presentó una animación escénica mucho más acorde con el
temperamento bullicioso de aquel momento, de alegría y fiesta, que Juan Vicente
González describiría, con atinados calificativos de "tempestad de gritos, de aplau-
sos y exclamaciones".
Haciendo un estudio de este lienzo se puede comprobar que Tovar se docu-
mentó en buena parte en Juan Lovera, en relación al parecido fisonómico de al-
gunos de los actores de aquel día. Como es bien sabido, en el caso de Miranda,
transformó la figura del Precursor y le hizo vestir de general girondino, cuando
más probable fuera que para aquel acto vistiera la casaca con que lo pintó Lovera,
testigo de la escena. Sinembargo, ambos pintores hicieron de este personaje el
foco central del tema al situarlo en la parte derecha de la composición y sobre-
poner su figura a la de los otros firmantes. Esta preferencia por destacar a Mi-
randa es bien explicable históricamente debido a la importancia que él tuvo en
aquellos momentos decisivos, y además por la admiración que causaba el anciano
cosmopolita en nuestro pequeño ambiente lleno de titubeos, dudas, contradiccio-
nes e intrigas. Tovar y Tovar se documentó para el parecido del rostro del Pre-
cursor ateniéndose en gran parte a la pintura de Juan Lovera. Lo presentó de
perfil· mirando a la izquierda y reprodujo con exactitud la tan peculiar nariz del
héroe de Valmy.
La solemne ceremonia que hoy nos reúne en ocasión de traer al Panteón Na-
cional, los restos mortales de estos dos ilustres venezolanos, es el homenaje que
la Patria les rinde por lo que ellos hicieron. Nos hemos congregado para recordar
la vida que una vez habitó esos cuerpos, la intensidad que ellos le dieron a su
existencia, para la gloria de Venezuela. Fueron sus investigaciones, sus escritos,
sus libros, sus pinturas, la excelencia de sus cuadros, lo que les ha traído a re-
posar al lado del Padre de la Patria. Sus obras los han hecho llegar a este lugar.
Este acto, Señor Presidente, recordará a las nuevas generaciones que las raí-
ces de nuestro pasado se mantienen vivas. Nuestro pasado histórico, nuestra tra-
dición cultural, nuestra pintura, nuestra literatura, nuestro concepto de ser ame-
ricanos integrados a esta tierra, para que no olvidemos que todos estos factores
son los que forman nuestra identidad venezolana. Ojalá que en el futuro sean
merecedoras de un homenaje como el de hoy las memorias de nuestros grandes
creadores.
Para las artes y las letras de Venezuela, Señor Presidente de la República,
hoy es un día de júbilo.