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Teoría del Conocimiento en Descartes

Descartes (1596-1650)

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DESCARTES (1596-1650)

TEORÍA DEL CONOCIMIENTO (EPISTEMOLÓGICA)

Para Descartes el pensamiento piensa ideas y no cosas. Las ideas son


representaciones de las cosas, pero las cosas no están de ninguna manera en el
pensamiento, como trataba de explicar la teoría de la abstracción. Nada sé fuera de mi
pensamiento y de mis ideas. La realidad exterior al pensamiento no me es dada.

Descartes advertirá, por tanto, de que ninguna falsedad puede haber en las ideas
mientras no atribuyamos a algunas de ellas una realidad fuera del pensamiento. El
error sólo puede sobrevenir al hacer juicios, y a la voluntad corresponde, por ello,
evitar tanto el apresuramiento como la prevención. El pensamiento, buscando
seguridad, se ve obligado al ensimismamiento respecto a todo el mundo exterior. Se
ha abierto la puerta del idealismo filosófico: el pensamiento piensa ideas, y la realidad
exterior al pensamiento es una incógnita. La teoría del conocimiento de Descartes es
un sistema deductivo, descrito en su obra El discurso del método (1637), y es el
máximo representante del método racionalista.

Para el aristotelismo todo conocimiento parte ciertamente de los datos sensibles, pero
el entendimiento tiene la capacidad de abstraer de ellos la esencia que podía ser
tomada como principio universal para, por deducción, obtener nuevas verdades. Sin
embargo, el nominalismo había suprimido esta teoría de la abstracción como
fantástica e inútil, invalidando el método deductivo aristotélico (empírico-racional).

Desde el siglo XIV la ciencia natural había comenzado a liberarse de los principios de la
física aristotélica por la discrepancia de ésta con las nuevas observaciones. Descartes,
tras una etapa de intenso escepticismo, llegó a la convicción personal de la unidad de
la ciencia. La ciencia es una y la misma en todo hombre. Es necesario un método
universal que sea acorde con la razón.
Considerando entonces que la matemática era la única ciencia con un progreso y unos
resultados incuestionables, comienza a concebir la idea de una matemática universal
como método. Piensa que está por descubrir un método universal oculto en la
racionalidad matemática. En 1619 afirmaría haber llegado por una suerte de revelación
a la “visión de los fundamentos de una ciencia admirable”.

Descartes define como esencia del proceder matemático dos únicas fuentes de
conocimiento válido: la intuición y la deducción. Se entiende por intuición la captación
inmediata de una verdad simple por el entendimiento.
La deducción que define Descartes no es la deducción aristotélica, que obtiene lo
particular a partir de lo general, sin hacer progresar el conocimiento, sino un proceso
inventivo de la mente que sigue siendo intuitivo en todos sus pasos.

Descartes establece cuatro principios o reglas fundamentales para pasar con seguridad
de unas verdades a otras y verificar así los pasos sucesivos que se dan en la deducción.
La primera se refiere a la intuición y las tres restantes a la deducción.

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Las reglas del método :
1. La evidencia: No hay que admitir nada que sea dudoso, sino suspender el juicio
hasta que la idea se presente en la inteligencia con claridad y distinción tal que
no quepa duda alguna. Se trata pues de una intuición.
2. El análisis: Por medio de la intuición sólo podemos percibir con evidencia las
ideas simples. Para poder percibir las complejas, no evidentes, basta con
descomponerlas en sus elementos simples, o en simples ideas, las cuales serán
también claras y distintas, aptas para ser percibidas por intuición.
3. La síntesis: Se trata de la composición, procediendo de forma ordenada en
nuestros pensamientos, debemos recomponerlos ; y procedemos pasando de
los objetos más fáciles de conocer y también los más simples, hasta llegar al
conocimiento de los objetos o conceptos más complejos y menos claros.
4. La enumeración y la revisión: El análisis se comprueba con la enumeración, y
la síntesis con la revisión. Así se obtiene una intuición general y una evidencia
simultánea del conjunto.

La duda metódica
Para Descartes, la causa principal de nuestros errores proviene de los sentidos y de la
imaginación. Desde la infancia, en la cual vivimos bajo el dominio de los sentidos,
hemos adquirido muchos prejuicios, y es necesario eliminarlos previamente si
queremos llegar a la verdad y a la certeza.

Se trata de poner en duda los conocimientos hasta ahora tenidos por ciertos con tal
que quepa el menor motivo para ello, aunque la duda nos parezca exagerada e incluso
ridícula. Se entiende por duda la suspensión del juicio ante dos términos
contradictorios. Descartes utiliza la duda como punto de partida del pensamiento
filosófico y se convierte en una duda metódica (la duda es el método).
En la duda metódica se distinguen tres niveles:
1. La falacia de los sentidos: duda del testimonio de los sentidos porque: “si los
sentidos alguna vez nos han inducido a error, como es bien seguro, nunca más
podré aceptarlos como fuente de conocimiento absolutamente cierto”. A partir
de aquí se debe dudar de la existencia de un mundo exterior al pensamiento.
2. Ello invalida toda certeza científica, porque la física, la astronomía, la medicina
y las demás ciencias se basan en los datos de los sentidos. Esto le lleva a dudar
hasta de la existencia del propio cuerpo, que solamente conoce por los
sentidos.
3. La imposibilidad de distinguir la vigilia del sueño: En los sueños, tenemos a
veces experiencias que se nos presentan con tanta y más viveza que las
experiencias que tenemos despiertos. ¿Cómo decidir con absoluta certeza que
aquéllas son falsas y éstas de la vigilia reales?
4. El genio maligno: La duda metódica permite dudar de las verdades
matemáticas: esté yo dormido o despierto, 2+3 son 5, los ángulos de un
triángulo suman 180 grados. A no ser que haya un Dios que todo lo puede y
haya querido que yo me engañe cuantas veces sume 2 más 3. Pero Descartes
prefiere no atribuir a Dios este engaño y supone la existencia de “un genio
maligno” responsable de que yo me engañe.

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Tras dudar absolutamente de todo, surge en Descartes la primera y radical certeza. Así
lo expone en el Discurso del método: “Inmediatamente después caí en la cuenta de
que, mientras de esta manera intentaba pensar que todo era falso, era absolutamente
necesario que yo que lo pensaba fuese algo; y advirtiendo que esta verdad: “pienso,
luego existo”( cogito, ergo sum), era tan firme y segura que las más extravagantes
suposiciones de los escépticos eran incapaces de conmoverla, pensé que podía
aceptarla sin escrúpulo como “el primer principio de la filosofía que andaba
buscando”.

Lo singular y único de esta verdad del cogito es que es una autoevidencia, porque
incluye un pensamiento y al sujeto que lo piensa. El cogito es una evidencia absoluta
y primera, la única que resiste a la duda metódica. Descartes ha encontrado el
fundamento último o primera realidad de la que puede partir la deducción.

La deducción cartesiana de la metafísica.


Se distinguen tres momentos deductivos:
1.- De la evidencia del cogito a la res cogitans o sustancia que piensa:
En este punto se pregunta Descartes: “Ahora bien, ya sé que soy, pero no sé con
claridad qué soy”. Sólo estoy cierto de mi atributo de pensar. Finalmente dice: ¿Qué
soy entonces? Una cosa que piensa (res cogitans). ¿Qué es una cosa que piensa? Es
una cosa que duda, que entiende, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere,
que imagina también, y que siente”. Descartes entiende el término “cosa” en el
sentido de la sustancia aristotélica (sustancia como un compuesto de materia y
forma). El pensar es una actividad que requiere un sujeto, y el sujeto que piensa es una
sustancia (traducida al latín: res), luego es una “res cogitans”.

La sustancia que piensa es el alma inmortal, porque el alma, forma del cuerpo, y
distinta de él, no tiene necesidad de ningún lugar ni depende de ninguna cosa material,
y aunque el cuerpo no existiese, el alma no dejaría de ser todo lo que es. En este
aspecto se trata de un dualismo distinto al aristotélico, y más próximo al de Platón. La
absoluta independencia del pensar demuestra para Descartes la existencia y la
inmortalidad del alma.

El “cogito, ergo sum” es el modelo por excelencia de la idea clara y distinta, que se
afirma con la máxima certeza, por encima de toda duda, pues del hecho del propio
pensamiento y de la propia existencia no es posible dudar ; incluso si dudo, eso
demuestra que existo, pues dudar es pensar.

Claro es lo inmediato que se capta por intuición, en contraposición a lo deducido o


razonado. Distinto es lo inconfundible en su realidad simple, en su simplicidad
inmediata. En este momento de la deducción nada puede afirmarse todavía respecto a
toda hipotética realidad. El pensamiento no puede salir de su ensimismamiento. Es el
momento del solipsismo (reducción de la realidad a mi propia conciencia y sus
contenidos).

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2.- De la res cogitans a la res infinita :
El progreso de la deducción cartesiana tendrá que partir del contenido del
pensamiento, que son sus ideas. Aplicando ahora la regla metódica del análisis, en
primer lugar se han de identificar y clasificar las ideas.

La clasificación de las ideas:


● Ideas adventicias: son las que parecen provenir de un mundo exterior al
pensamiento a través de unos supuestos sentidos del cuerpo.
● Ideas facticias: son aquellas ideas de las que me encuentro como factor, ideas
que mi pensamiento construye a partir de otras previas, como “quimera”,
“sirena”,etc.
● Ideas innatas: son ideas que no las he construido yo, puesto que son simples, y
por otra parte, no pueden derivar de una supuesta experiencia del mundo
exterior. Sirven de base para todo el pensamiento. Son ideas como
“pensamiento”, “existencia”, “libertad”, etc.
La existencia de ideas innatas era una exigencia de la actitud racionalista.
A partir de la imperfección del ser que duda llega Descartes a la demostración del ser
infinito, es decir Dios.

La existencia de Dios:
Descartes no puede aceptar, sin más, cualquier idea que se le presente como evidente.
El genio maligno aunque es incapaz de hacerle dudar de la propia existencia, sí puede
confundirle en cualquier otra cosa que parezca evidente. Ha de probar, pues, que no
puede existir un genio maligno, sino que el hombre, y con él la razón humana, es obra
de un Dios omnipotente y bueno.
La perfección de Dios, permite conocer que Dios no engaña al hombre. Es
imprescindible demostrar la existencia de Dios para poder proseguir sus deducciones
filosóficas.
Pruebas:
1.- Existe la idea de lo “Perfecto”.
2.- Está seguro de la imperfección y dependencia de los hombres.
3.- La misma idea de Dios (de su esencia) contiene en sí misma la de su existencia.
(Argumento ontológico de San Anselmo).

3.- De la res infinita a la res extensa:


Una vez descartada la existencia de un “genio maligno” con la demostración de la
existencia de Dios, dice Descartes que podemos fiarnos del testimonio de los sentidos
en lo referente a la “res extensa”, al mundo exterior a la conciencia.

Existe el mundo de los cuerpos, pero ¿qué es un cuerpo? Realiza aquí un conocido
análisis. Toma como objeto un trozo de cera recién sacado de la colmena, con su olor,
figura, dureza, frialdad y manejabilidad. Una vez calentado al fuego, ha perdido todas
aquellas cualidades por las que creíamos conocerlo: tiene otra forma, color, olor. Si yo
sé claramente que es el mismo trozo de cera que había antes de calentarlo, ha de
admitirse que no lo conozco por ninguna de aquellas cualidades sensibles. Lo que
ahora hay ante mí es simplemente algo extenso, flexible y cambiante. La conclusión es

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que conozco los cuerpos sólo por su propiedad de ser extensos, por el atributo de la
extensión, pudiendo cambiar de forma y situación. No son los sentidos sino una
“inspección del espíritu”, la intuición intelectual, lo que nos da a conocer el mundo
físico.

Hay otras ideas atribuidas a los cuerpos, como sustancia, duración y número, que son
innatas y se recuerdan y transfieren después a los cuerpos. Hay otras ideas confusas y
no definidas del mundo físico, como olores, colores, frío y calor y sonidos, que no se
pueden tomar como reales, sino como afecciones propias de cada uno. Son las que
Galileo había llamado cualidades secundarias de los cuerpos. Pueden considerarse
cualidades primarias las que pueden conocerse en términos matemáticos como la
longitud, la anchura y la profundidad, pues son ideas claras y distintas que tienen
correspondencia en el mundo real. El movimiento mismo ha de entenderse de manera
puramente geométrica como el cambio de relaciones de distancia entre los cuerpos,
con eliminación del concepto de “fuerza” o de “impulso”, que son ideas confusas para
Descartes.
Sólo cuando se evita la precipitación en el juicio y se afirman ideas claras y distintas
los juicios son ciertos y científicos.

TEORÍA ONTOLÓGICA
Como consecuencia de su teoría del conocimiento en el desarrollo de la deducción
metafísica, Descartes distingue tres esferas de la realidad: Dios o sustancia infinita, el
yo o sustancia pensante y los cuerpos (el mundo) o sustancia extensa. (Ya hemos
señalado que, según Descartes, la esencia de los cuerpos es la extensión: Descartes
niega la realidad de las cualidades secundarias).

El concepto de sustancia es un concepto fundamental en Descartes y, a partir de él, en


todos los filósofos racionalistas. Una célebre definición de sustancia (que no es la única
ofrecida por Descartes, pero sí la más significativa) establece que sustancia es una cosa
que existe de tal modo que no necesita de ninguna otra cosa para existir. Tomada
esta definición de un modo literal, es evidente que sólo podría existir una sustancia, la
sustancia infinita (Dios), ya que los seres finitos, pensantes y extensos, son creados y
conservados por Él.

Descartes mismo reconoció que tal definición solamente puede aplicarse de modo
absoluto a Dios, si bien la definición puede seguir manteniéndose por lo que se refiere
a la independencia mutua entre la sustancia pensante y la sustancia extensa, que no
necesitan la una de la otra para existir.

La sustancia pensante se rige por leyes propias que no coinciden con las que rigen
para la sustancia extensa. Cada yo, cada conciencia individual, es una sustancia
pensante que además es simple, y por tanto indivisible, y como consecuencia es
inmortal, ya que toda destrucción natural se produce por división. Descartes usa
también las expresiones alma, conciencia, yo, pensamiento, sujeto, para denominarla.

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La sustancia corpórea es el reino de lo cuantitativo, su estudio corresponde a la física
(cinemática) y en ella rige un determinismo absoluto. Descartes usa también los
nombres de extensión y mundo para denominarla. Pero Descartes distingue, además
de las sustancias, los atributos y los modos. Cada sustancia es definida por un atributo
y cada atributo se expresa en diferentes modos.
Los atributos son lo que constituye la esencia o naturaleza de una sustancia. El
atributo de los cuerpos es la extensión; el de la conciencia el pensamiento; y los de
Dios son infinitos de los cuales conocemos su infinita bondad, la eternidad, la
veracidad, la omnisciencia, la omnipotencia, etc. Pero Descartes también define los
atributos como lo que se da siempre de la misma forma en la sustancia, así, la
existencia y la duración.

Los modos son las distintas formas de darse los atributos. Así la extensión se puede dar
como figura o como movimiento, a los que Descartes llama a veces cualidades
primarias, para distinguirlos de las cualidades secundarias (color, olor, sonido, etc.) las
cuales sólo tendrían una validez subjetiva. El pensamiento puede darse como
imaginación, sensación, deseo, recuerdo, duda, etc., aunque todos estos modos son
reductibles a dos generales: entendimiento y voluntad. Los modos en que se expresan
los atributos de Dios son las distintas perfecciones que pueden ser concebidas.
Además de sustancias, atributos y modos, se puede hablar de accidentes, pero a
diferencia de los anteriores, no tienen realidad objetiva alguna.

El objetivo último del pensamiento de Descartes al afirmar que el alma y el cuerpo,


pensamiento y extensión, constituyen sustancias distintas, es salvaguardar la
autonomía del alma respecto de la materia. La ciencia clásica (cuya concepción de la
materia comparte Descartes) imponía una concepción mecanicista y determinista del
mundo material, en el cual no queda lugar alguno para la libertad. La libertad, y con
ella el conjunto de los valores espirituales defendidos por Descartes, solamente podía
salvaguardarse sustrayendo el alma del mundo de la necesidad mecanicista y esto, a su
vez, exigía situarla como una esfera de la realidad autónoma e independiente de la
materia. Esta independencia del alma y el cuerpo es la idea central aportada por el
concepto cartesiano de sustancia.

La autonomía del alma respecto de la materia se justifica en la claridad y distinción


con que el entendimiento percibe la independencia de ambas: “puesto que, por una
parte, poseo una idea clara y distinta de mí mismo en tanto que soy una cosa que
piensa e inextensa, y, de otra parte, poseo una idea distinta del cuerpo en tanto que es
solamente una cosa extensa y que no piensa, es evidente que yo soy distinto de mi
cuerpo y que puedo existir sin él” (Meditaciones Metafísicas, VI).

El mecanicismo.
Desde Descartes se ha empleado “mecánico” principalmente para designar una teoría
destinada a explicar las obras de la naturaleza como si fuesen obras mecánicas, como
si fuesen máquinas. El mecanicismo es, pues, la doctrina según la cual toda realidad
natural tiene una estructura comparable a la de una máquina, de modo que puede
explicarse a base de modelos de máquinas.

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El universo será concebido como un gigantesco mecanismo que puede definirse parte
a parte algebraicamente en ecuaciones a partir de los ejes cartesianos. Se cumple así la
aspiración de la total y definitiva eliminación de lo sensible y lo imaginativo en la
comprensión de la realidad entera. . La afirmación intuitiva de los científicos de la
nueva ciencia de que el libro de la naturaleza está escrito en caracteres matemáticos
queda ahora fundamentada metafísicamente.

Cuando Descartes admite que, a veces, lo que se deriva de unos principios no


concuerda con la experiencia, no duda de sus principios. Reconoce que habría que
buscar experiencias de resultados diferentes y resultarían interminables. En realidad,
la seguridad que tiene de haber descubierto los principios de la física es tanta, que
piensa que respecto a la experiencia le basta con basarse en la multitud de sus
recuerdos.

En la obra de Descartes Principios de Filosofía (1644), elabora su manera de introducir


la geometría en la naturaleza a través de la definición de cuerpo como mera extensión
susceptible de movimiento (lo que implica la exclusión del vacío). Estas dos entidades,
extensión y movimiento, son los principios de las cosas naturales. El movimiento,
como la materia, procede de la acción creadora de un Dios mecánico, que, del mismo
modo que creó la materia, creó también una cantidad dada de movimiento que se
conserva sin destruirse.

Establece tres leyes del movimiento:


1. Todo permanece en el estado en que se halle mientras nada externo interfiera.
2. El movimiento inercial es un movimiento en línea recta.
3. Esto es algo ideal, pues sólo se daría en un vacío que no existe. En condiciones
reales todo se mueve a base de partículas que han de ser apartadas. En
resumen esta ley dice que si un cuerpo se topa con otro con más materia
inerte, rebotará sin perder nada de su rapidez; pero si se encuentra con otro
menos, lo arrastrará consigo perdiendo tanto cuanto le comunica.

En lo que respecta al mundo celeste, Descartes sabe que el movimiento inercial


rectilíneo no puede ir muy lejos en un mundo pleno, por más infinito que pueda ser;
de manera que los choques e intercambios de movimiento tienen que acabar
degenerando en grandes vórtices de materia. Para explicar esto, comienza imaginando
que la materia uniforme y divisible al infinito, como la magnitud continua que
constituye la extensión, se haya dividida en tres tipos de partículas. Las partículas más
gruesas componen los cuerpos de los planetas, y las partículas más sutiles, redondas y
uniformes llenan los espacios interplanetarios e interatómicos, constituyendo un éter
capaz de transmitir las interacciones de los cuerpos separados. De este modo se puede
explicar mecánicamente la apariencia de acciones a distancia entre astros. Por último,
las partículas más finas y ágiles constituyen el elemento fuego que forma el sol y las
estrellas.

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TEORÍA ANTROPOLÓGICA

El ser humano es para Descartes un compuesto de alma y cuerpo; es por tanto un


dualismo filosófico. Esta es una teoría que hunde sus raíces en tradiciones órficas y
pitagóricas y que se ha mantenido en occidente por la influencia de Platón y del
neoplatonismo. Descartes continuó esta teoría en la Edad Moderna y explicó el ser
humano como un compuesto de dos sustancias: la sustancia pensante (psíquica) o res
cogitans y la sustancia corporal o res extensa.

Alma y cuerpo son dos sustancias separadas, hasta tal punto es así que según
Descartes la muerte no se produce porque se separe el alma del cuerpo, sino que,
como cualquier máquina, éste deja de funcionar. En esto discrepa de la concepción
aristotélica y escolástica según la cual el alma es la forma sustancial del cuerpo. Estas
dos sustancias separadas interactúan entre sí en un proceso cognitivo en el que el
alma comunica al cuerpo pensamiento y operaciones y recibe del cuerpo las
impresiones sensibles. También el alma sufre las pasiones (odio, deseo, alegría,
tristeza, etc.)

La relación entre cuerpo y alma consiste en la interacción entre ambas reflejada en el


conocimiento sensible (que es siempre confuso y que por lo tanto no es conocimiento
en sentido propio) se produce cuando las cosas impresionan los órganos de los
sentidos.

Esta impresión debe entenderse como si los cuerpos emitieran determinados tipos de
figuras (que corresponderían a los determinados colores, olores, etc.), las cuales se
grabarían en los sentidos externos produciendo en ellos ciertas modificaciones. Las
modificaciones en los sentidos externos provocarían, a su vez, modificaciones en una
parte del cuerpo llamada sentido común.

El sentido común transmite, a su vez, las modificaciones de su estado a otra parte


llamada imaginación. Tanto las modificaciones del sentido común como las de la
imaginación deben ser entendidas también como figuras diversas, que no tiene por
qué parecerse a las figuras que llegaron del cuerpo a los sentidos externos. En la
imaginación las figuras pueden quedar retenidas durante un tiempo, y en esto consiste
la memoria.

En la parte del cerebro donde está localizada la imaginación y el sentido común, se


originan los movimientos de los espíritus animales. Descartes llama así a una multitud
de partículas que, según él, recorrerían las venas y los nervios. Estos espíritus animales
al desplazarse más hacia unos sitios que hacia otros provocan los movimientos de los
músculos. De este modo podemos decir que la imaginación es la que mueve el cuerpo.

Este proceso, que es un proceso puramente corporal, es común a hombres y animales,


por lo que los cuerpos de los seres vivos no son sino máquinas. Lo que diferencia al
hombre es la posesión de un yo o conciencia que no es cuerpo. Es más, el cuerpo es un

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objeto como cualquier otro. Los animales tienen un movimiento mecánico porque no
tienen pensamiento y por lo tanto carecen de alma.

Los efectos que puede tener la interacción entre el alma y el cuerpo se reflejan en que
el pensamiento se da de dos modos: como entendimiento, o como voluntad. La
voluntad se da bajo los modos de admirar, desear, odiar, afirmar, negar, dudar, y
asintiendo o no sintiendo, a los juicios. En la voluntad radica precisamente la
posibilidad del error, Cuando algo es claro y distinto la voluntad no puede más que
asentir a ese conocimiento. Pero la mayoría de nuestros conocimientos no son claros y
distintos y entonces es la voluntad la que se pronuncia sobre ellos. La voluntad es libre
y puede pronunciarse sobre cualquier cosa, por lo que tiene un campo de acción
mayor que el entendimiento, es más, tiene un campo de acción infinito. Y es por esto
que Descartes llega a decir que es por la voluntad por la que nos asemejamos a Dios.
En Dios voluntad y entendimiento se identifican.

Descartes presenta en el Discurso del método su descubrimiento del “cogito” como la


definitiva demostración de la existencia del alma espiritual, esencialmente libre e
independiente. Pero como es preciso admitir una unión, aunque sea accidental, entre
el alma y el cuerpo, puesto que los fenómenos corporales tienen repercusión en el
alma, así como las decisiones del espíritu se ejecutan por el cuerpo, se ve en la
dificultad de explicar la dependencia de dos sustancias que por definición son
esencialmente independientes.

Recurre para ello Descartes a la curiosa e insostenible teoría de unos “espíritus


animales” de materia sutil, que harían de mecanismo de comunicación entre el alma y
el cuerpo a través de esa zona del cerebro, única impar, recién descubierta, que es la
glándula pineal. La solución no parecía muy satisfactoria, y el propio Descartes
reconocerá al final que no hay sobre esta cuestión una idea clara y distinta. El
problema de la comunicación de las sustancias quedará abierto, y otros filósofos
racionalistas intentarán superar el dualismo cartesiano que separa el alma y el cuerpo
de manera mucho más radical que Platón, al considerarlos sustancias autónomas e
independientes.

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