Módulo 2.
Roles y estereotipos de género
Estereotipos de género. División sexual del trabajo. Tareas de cuidado. Masculinidades.
¿Qué es el género y qué relación tiene con los estereotipos de género?
Cuando hablamos de género, nos referimos a los comportamientos y atributos que la sociedad
considera deseables y esperables según el sexo asignado al nacer. A partir de esta definición se
atribuyen roles y características que influyen en casi todos los aspectos de nuestra vida, y es por
esto que cuando decimos “género” no nos estamos refiriendo a la diferenciación entre masculino o
femenino, varón o mujer, sino que hablamos de un “sistema de organización social de los cuerpos”
que, además de ordenar, facilita o dificulta tipos de experiencias para cada cuerpo. Que el género
sea un sistema significa que atraviesa procesos culturales, históricos, sociales y políticos, en los
que puede reproducirse o transformarse.
Esta definición evidencia la importancia de la construcción social y cultural que, a partir de los
diferentes procesos de socialización, define las características emocionales, afectivas,
intelectuales, así como los comportamientos y conductas que cada sociedad asigna como
“propias” y “naturales” a los géneros, según los criterios y valores de los distintos grupos
humanos.
El género como categoría analítica es una herramienta teórica que nos permite comprender cómo
se definen los estilos de vida, y nuestras maneras de existir y de habitar el mundo.
Estereotipos de género
Los estereotipos de género son modelos de “cómo ser” que la sociedad atribuye a varones y a
mujeres según su género. El estereotipo de “lo masculino” asocia a los varones con la fuerza, los
deportes, los autos, el trabajo fuera del hogar, la dominación. El estereotipo de mujer o de “lo
femenino” asocia a las mujeres con la maternidad, los cuidados de la casa, de les niñes y adultes
mayores o enfermes, las emociones románticas, la sensibilidad.
Frases que escuchamos…
“Las mujeres son más sensibles”, “Los hombres no lloran”, “Hay trabajos que sólo pueden hacer
los hombres porque son más fuertes”, “Las mujeres traen muchos problemas”, “Sos demasiado
sensible”, “¿No querés tener hijos?”, “¿Qué tenías puesto esa noche?”, “Serías mucho más linda
si sonrieras.”, “¡Qué te pasa! ¿Sos gay?”, “¿Todavía sos virgen?”, “No seas mandona”, “Antes
había hombres de verdad.”
¿Quién no ha escuchado alguna vez algo de esto?
Tal vez alguna de ellas la hemos dicho nosotras y nosotros mismos. Parecen frases inocentes,
son pocas palabras que encadenadas significan y enuncian modos de pensar, de vivir, de
organizar las relaciones de poder en las que quizás no hemos reparado. Nuestra vida está
plagada de esas frases y esas palabras. ¿Recuerdan algunas otras? ¿Las dijeron alguna vez?
Estas frases responden a lo que conocemos como ESTEREOTIPOS DE GÉNERO.
Un estereotipo es una percepción exagerada, con pocos detalles y simplificada, que se
tiene sobre una persona o grupo de personas que comparten ciertas características,
cualidades y habilidades.
Se basan en prejuicios que la sociedad establece a partir de generalizaciones -no
comprobadas-, pero que se presumen verdaderas.
Las características que asociamos a las mujeres se conocen como femeninas y las que
asociamos a los varones como masculinas, y ambas se (re)producen en base a estereotipos
(prejuicios y generalizaciones) y roles (normas, comportamientos, actividades asignadas) de
género, que van determinando todos los aspectos de nuestra vida, inclusive los que consideramos
más íntimos, como podría ser la sexualidad.
Convivimos con estereotipos desde nuestra temprana niñez: la forma en la que se nos habla, los
juguetes que se nos compran, la ropa que usamos y los colores que se nos asignan. En los
jardines de infantes y las escuelas, por ejemplo, se puede ver un uso desigual del espacio escolar:
los varones tienden a ocupar el lugar principal del patio con juegos como el fútbol y el básquet, y
las mujeres los bordes o lugares periféricos con juegos como el elástico y la rayuela. ¿Y en los
espacios sociocomunitarios que habitamos? ¿Qué pasa con el uso del espacio en nuestros
clubes, sedes de Envión, organizaciones?
Los estereotipos de género se caracterizan por:
1) Estar jerarquizados. Es decir, se valoran más algunas características que otras. Esto es
un problema porque, por lo general, las características masculinas están más valoradas
que las femeninas, lo que deja a las mujeres y otras identidades en un lugar de
desvalorización con respecto a los varones.
2) Convertirse en mandatos sociales: se les exige a las personas, en función de su género,
seguir esos estereotipos. A los nenes se les dice: ¡los hombres no lloran! y a las mujeres
se les dice: ¡no seas marimacho! Quienes no se adaptan a estos modelos sufren
discriminaciones, burlas y violencias.
Sobre este tema, les sugerimos ver este video realizado por el Ministerio de las Mujeres, Políticas
de Género y Diversidad Sexual de la provincia de Buenos Aires, en el marco de los materiales del
curso de Ley Micaela Bonaerense: “Para empezar a hablar de género, Ley Micaela de la Provincia
de Buenos Aires”: [Link]
Estereotipos y lenguaje
Al lenguaje que toma lo masculino cómo universal se lo conoce como “lenguaje sexista”. La
repetición permanente de este lenguaje hace que las mujeres y personas LGBTI+ sean entendidas
como lo “otro” y no nombradas. Y como seguramente hayan escuchado: aquello que no se
nombra, no existe.
Es por esto que en muchos lugares se debate el uso del lenguaje no sexista o inclusivo, es
decir, un lenguaje que incluya y visibilice en sí mismo a todas las personas que formamos
parte de la sociedad.
Esto implica un cambio profundo en términos sociales y genera incluso algunas resistencias, ya
que es difícil desacostumbrarnos a lo que hemos aprendido y, más aún, transformar el lenguaje.
En el caso de este curso, proponemos que cada cual decida cómo prefiere expresarse: todos y
todas, todes, etc e incluso solicitamos que nos indiquen con qué pronombre1 prefieren ser
nombrados/as/es.
División sexual del trabajo
Las mujeres siempre trabajaron en el espacio público y fueron parte de ese mundo. El problema
radica en que, aun así, siguen siendo ellas quienes mayoritariamente se ocupan del trabajo
doméstico y de cuidados, esto es, del trabajo no remunerado. Hoy en día, podemos decir que,
gracias a la lucha del movimiento feminista, algo está cambiando. Pero, si nos ponemos a pensar:
¿son equitativas las tareas domésticas en nuestros hogares? ¿Quién lava la ropa, quién la
plancha, quién la dobla y guarda? Tal vez en sus casas los varones cocinan, pero: ¿quién se
encarga de las compras?, ¿quién sabe qué hay y qué falta en la heladera y las alacenas? Si bien,
lentamente, estas tareas están siendo democratizadas, aún falta mucho por revisar y transformar.
Pensemos en el siguiente ejemplo:
Las divisiones de tareas y trabajos que parecen asignadas “naturalmente” tienen una marca de
género profunda y se inscriben en procesos históricos. Las mujeres han trabajado desde siempre
en actividades fundamentales para el desarrollo de las naciones, los pueblos, los Estados. Sin
embargo, éstas han sido -en general- invisibilizadas. No se trata acá de desplegar un recorrido
1
Los pronombres son palabras que sustituyen a los sustantivos en una oración (él, ella, elle). Qué
pronombres elegimos utilizar se vincula a nuestra expresión de género.
analítico por la historia, pero sí de dar cuenta de esta marca de origen en lo que llamamos
“división sexual del trabajo”.
La especialista Nora Goren y asesora del Ministerio de las Mujeres, Políticas de Género y
Diversidad Sexual de la Provincia de Buenos Aires sostiene que:
“A esta distribución del trabajo entre varones y mujeres se la denomina división sexual del trabajo.
Consiste en la diferenciación que se hace de las actividades que deben realizar las mujeres y las
que deben realizar los varones, adjudicando diferentes espacios en función del sexo,
correspondiendo fundamentalmente a las mujeres desarrollar su actividad en el ámbito doméstico
-privado- considerado y denominado como reproductivo y a los varones en el ámbito público
considerado y denominado como productivo, remunerado” [s/d].
El ámbito reproductivo o doméstico abarca múltiples tareas relacionadas con actividades de
cuidado de personas (hijas/os, adultas/os mayores) y del hogar (lavar y planchar la ropa, cocinar,
comprar, limpiar, entre otras), y de organización. “A pesar de que este trabajo constituye un aporte
al bienestar de la familia” -continúa Goren- “y de la sociedad en su conjunto, es una tarea que
carece de valoración social y económica. Hoy existen estudios que dan cuenta del aporte de ese
trabajo al producto bruto interno (PBI) de los países, así como también su reconocimiento a través
de políticas tales como la jubilación de amas de casa”.
Sólo a modo de ejemplo, vemos las marcas de esta división sexual del trabajo en lo cotidiano. Si
él lava los platos y ella mira la TV, entonces él “es un pollerudo”. O al revés: ¿Cuántas veces a las
mujeres les tocó lavar los platos o levantarse a servir más comida tan sólo por “ser mujeres”? o
¿Cuántas veces los varones se vieron obligados a hacer un arreglo del hogar por ser los “hombres
de la casa”?
Es decir, las tareas y trabajos tienen una impronta basada en los estereotipos de género, que
hacen que la sociedad crea que estamos destinadas y destinados a un tipo de labor, según el
género que nos asignaron al nacer.
Esa división históricamente ha sido pensada de manera binaria: a las mujeres se les dan tareas
vinculadas al hogar y cuidado (espacio privado) y, a los varones, actividades que se desarrollan
mayoritariamente fuera del hogar (espacio público). Por eso, al mismo tiempo que
desnaturalizamos el pensamiento binario, nos cuesta salir de esa matriz dicotómica para lograrlo.
Con el objetivo de visualizar mejor esta idea, podemos recurrir a la imagen de “iceberg”, según la
cual existe una parte visible sobre el nivel del mar que se corresponde a lo tradicionalmente
considerado “trabajo”, y que aquí vamos a llamar “trabajos productivos o remunerados”, tales
como labores en el campo, en una fábrica, un banco, la salud o la construcción. En este ámbito,
aunque hay mujeres, predominan los varones.
Sin embargo, existe una enorme cantidad de tareas que se realizan en los hogares (por ejemplo,
cocinar, limpiar, hacer los mandados, cuidar a las/os más pequeñas/os o a las adultas/os mayores,
enfermas/os), indispensables para el desarrollo de los otros trabajos y para la reproducción social
de la vida en general. Estas actividades -vinculadas a lo doméstico y al cuidado- no suelen
considerarse trabajos como tal y, mayoritariamente, recaen sobre las mujeres. Al ser invisibilizadas
socialmente, ellas se encuentran en la parte hundida (es decir, debajo del agua), donde no se
ven. A dichos trabajos, les vamos a llamar trabajos reproductivos o no remunerados.
A continuación, abordaremos en detalle cada una de estas esferas (trabajos reproductivos no
remunerados y trabajos productivos o remunerados), para comprender su dinámica y cómo se
retroalimentan.
Durante mucho tiempo, se creyó que este tipo de actividades -anteriormente llamadas “labores
domésticas”- no eran consideradas un trabajo valioso para la reproducción de las nuevas
generaciones y, menos aún, una contribución a la economía. No sólo su existencia e importancia
era invisibilizada y devaluada, también determinaba un deber, una obligación de realización, de
responsabilidad exclusiva del colectivo de las mujeres. No es posible pensar en la emancipación
de las mujeres, en la vigencia plena de sus derechos, en su independencia económica, sin aspirar
a modificar esta situación, ya que las mujeres, sobre todo las más empobrecidas, destinan mucho
tiempo a este trabajo no remunerado.
Hoy en día, esta situación se está reformulando. La principal consigna del feminismo, en este
sentido, es “eso que llaman amor es trabajo no pago”. Es decir, que todas las cargas domésticas
-que históricamente se asignaron a las mujeres- estuvieron basadas en estereotipos de género y
en una función vinculada al “dar amor”, cuando en realidad esconden un tipo de explotación
particular y un trabajo socialmente imprescindible, pero invisible y no valorado por el resto de la
sociedad.
El trabajo reproductivo se define como todas las actividades no remuneradas realizadas en
el hogar. Comprende los quehaceres domésticos, limpieza de casa y de ropa, preparación
de alimentos, compras para el hogar, y las actividades de cuidado y educación de niñas/os
del hogar, cuidados de personas enfermas y/o personas con discapacidad, y de adultas/os
mayores que son miembros del hogar.
Resaltamos la noción de trabajo porque, por un lado, si no pudiéramos hacer muchas de estas
tareas por nosotras/os mismas/os (como limpiar, planchar, cocinar, ordenar, cuidar a las/ os
niñas/os y adultas/os mayores), tendríamos que pagar por ellas. A modo de ejemplo: contratar a
una empleada doméstica para que limpie la casa, llevar la ropa a lavar, comprar la comida en una
rotisería, o pagar un jardín maternal; actividades que -claramente- costarían mucho dinero. Sin
embargo, cuando las realiza una persona en su casa, se pierde su valor económico y, por ende, se
invisibilizan. Por otro lado, son tareas socialmente fundamentales para la reproducción social y,
por lo tanto, podemos considerarlas como trabajo, aunque nadie pague por ellas.
¿Te detuviste a pensar -alguna vez- cuánto tiempo dedicás a limpiar, alimentar, cuidar y hacer las
compras? ¿Y en cuál es el aporte económico que todas estas tareas representan?
Les sugerimos sobre este tema el video de “Caja de Herramientas, Capítulo 3: Amor, cuidados
y trabajo doméstico” [Link]
Esta situación se agudiza en el caso de la población LGTBI+, principalmente para las personas
travestis y trans, pues la discriminación opera dificultando y obturando su entrada al mercado labo-
ral formal. Por eso, ha sido muy importante la sanción -en 2015- de la Ley Provincial de Cupo
Laboral Travesti-trans No 14.783.7. A partir de su reglamentación en diciembre de 2019, se
conformó una comisión mixta que interviene y monitorea el cumplimiento del cupo laboral, a la vez
que se creó un registro de personas travestis, transexuales y transgénero solicitantes de empleo.
Actualmente, muchos municipios adhieren a la ley.
Llamamos trabajo remunerado a toda aquella tarea por la cual recibimos un
pago, conocido como salario o sueldo.
Como consecuencia de las desigualdades de género que venimos viendo (vinculadas -en gran
medida- a estereotipos de género), y al tener una cantidad de tiempo disponible menor (por todas
las tareas que realizan en sus hogares), las mujeres participan menos en el ámbito del trabajo
productivo o remunerado. Además, cuando logran conseguir un trabajo, lo hacen bajo peores
condiciones: más inestabilidad, jornadas más reducidas, altas tasas de desempleo, mayor
precarización, salarios más bajos, entre otras.
Trabajos feminizados, trabajos masculinizados
Entonces, como venimos viendo, la lógica de la división sexual del trabajo se reproduce también al
interior de los ámbitos laborales. Los estereotipos de género y la idea simplificada que instala que
las mujeres se “desempeñarían mejor en las tareas de cuidado”, y que tales tareas resultan menos
valoradas socialmente, se traduce en una sobrecarga para las mujeres, en un salario menor, en
obstáculos en el desarrollo de su trayectoria laboral, en situaciones de discriminación y en
distintos tipos de violencias.
Masculinidades
Podemos pensar la masculinidad como una construcción social, aunque muchas veces pase
desapercibida. Se “aprende” a ser varón en sociedad. ¿Qué características tiene el modelo de
masculinidad que se propone como ideal? ¿Por qué es importante que revisemos este modelo?
¿Qué riesgos tiene esta forma de vivir la masculinidad para los propios varones y para quienes los
rodean?
Tomando las definiciones de Agustina Chiodi, Luciano Fabbri y Ariel Sanchez “La masculinidad en
singular (cisgénero y heterosexual) es un dispositivo de poder que opera mediante mandatos, es
decir, conjuntos de normas, prácticas y discursos, que de ser asumidos de forma más o menos
“exitosa”, asignan a los varones una posición social privilegiada respecto de otras identidades de
género”
Este tipo de masculinidad se define como normativa e implica la manera en que se les enseña a
los hombres cómo deben comportarse, qué tienen que pensar y cómo tienen que manejar los
sentimientos.
Son mensajes, mandatos y roles, que se incorporan (in-corpore, es decir, portan en sus cuerpos)
desde que nacen y durante todos los días de sus vidas, a través de los distintos procesos de
socialización, y que buscan mantener el dominio y los privilegios masculinos. Estos mandatos son
posibles, y habilitados, porque se enmarcan en la configuración social en la cual estamos
inmersos: la sociedad cisheteropatriarcal.
La masculinidad es un concepto moderno, que no ha existido desde siempre, ni en todas las
culturas. La masculinidad no es estática, ni atemporal, es histórica. “Si se puede definir
brevemente, es al mismo tiempo la posición en las relaciones de género, las prácticas por las
cuales los hombres y mujeres se comprometen con esa posición de género, y los efectos de estas
prácticas en la experiencia corporal, en la personalidad y en la cultura” (R. W. Connel:1995)
Masculinidad como dispositivo de poder
En ese sentido, es imprescindible que problematicemos la masculinidad en singular como un
dispositivo que produce y reproduce relaciones desiguales de poder.
Las masculinidades en plural, en cambio, dan cuenta de que pueden existir diversas formas de ser
varones, e incluso, diversas identidades masculinas, como ya mencionamos: personas no
binarias, lesbianas o mujeres que se identifican y expresan desde una apropiación singular de la
masculinidad. Es decir, hablar de masculinidades en plural supone habilitar distintas expresiones
de género que performan identidades que se autoperciben como masculinidades,más allá de su
genitalidad.
La perspectiva de género nos propone problematizar la masculinidad en singular para desarmar
los mandatos, roles de género y pactos de complicidad machista sobre los que se reproduce la
desigualdad estructural del patriarcado.
Los mandatos representan una orden expresa y explícita que otorga sentido a una manera de
existir. La masculinidad hegemónica se encarga de elaborar estos sentidos a partir de lo que
nuestra sociedad define como normativo, bueno, ordenado y recomendable para los varones; pero
también engloba lo que en ellos se considera inadecuado, desordenado o desechable. De este
modo, el ideal de masculinidad es un referente construido y condicionado por los mandatos:
● El varón como proveedor: En nuestra sociedad sigue vigente la exigencia de ser
proveedores, mandato que dispone a los varones a ser los “jefes de familia”, los que
“llevan el sustento a la casa”, los que “mantienen”. El varón tiene la responsabilidad de
garantizar el bienestar económico propio y de aquellas y aquellos que “están a su cargo”.
Los hombres se deben al trabajo, y su capacidad de constituir una familia y hacerse
responsable se deriva de la posibilidad de ser proveedor del núcleo familiar. Esta situación
le permite al varón gozar de ciertos privilegios como: ocupar los espacios públicos, no
responsabilizarse de las tareas de cuidado y crianza, administrar los recursos económicos,
y gozar de prestigio y reconocimiento. Por otro lado, de esta forma se constituyen
jerarquías ordenadas a partir de la manera en que el varón cumple con este mandato. Pero
a una importante proporción de varones, su trabajo remunerado, en las condiciones
actuales, no les permite cumplir como proveedores, lo que supone faltar a una de sus
principales obligaciones. Si bien la realidad del mercado laboral relativiza el rol del varón
como único proveedor, debido a la incorporación de las mujeres al mismo, este mandato
sigue pesando mucho en la subjetividad de los varones, que padecen la frustración y la
angustia, sin contar, muchas veces, con herramientas para tramitar estas emociones de
manera sana.
● El deber de proteger: Es un mandato que le impone al varón cis la responsabilidad de
proteger a las personas vulnerables: niñas, niños, etc., pero en especial a las mujeres. Los
cuerpos de los varones son fuertes, los que defienden o protegen de la agresión, pero esos
mismos cuerpos pueden agredir a aquellas o aquellos que están a su cuidado. Este
mandato permite a los varones cis gozar de libertades como: habitar sin restricciones los
espacios públicos, la autonomía, el derecho al control y el poder de decidir sobre aquellas
y aquellos que se suponen más vulnerables. Aquellos varones cis que no pueden cumplir
con esta función sufren el desplazamiento, la marginación y el no reconocimiento como
pares.
● Las obligaciones en la sexualidad activa: La genitalidad tiene un rol central porque es
sinónimo de virilidad. Se habilita, pero al mismo tiempo se le exige al varón cis a vivir su
sexualidad de manera siempre activa, poniendo en juego la potencia viril ante la mirada de
las demás personas. La mirada heterosexista es una de las formas de entender el mundo
más arraigadas en nuestras identidades. Esa masculinidad dominante se caracteriza por la
centralidad de la heterosexualidad como mandato, conjuntamente con una activa
sexualidad que se corresponda con el ejercicio viril de ese modelo masculino. La hombría
puede probarse en la práctica sexual con las mujeres como un registro de importancia vital
para demostrar atributos. Elizabeth Badinter (1994) afirma que la característica distintiva de
una verdadera masculinidad contemporánea es la heterosexualidad, convirtiéndola en un
fenómeno que aparece como “natural”. Es decir, la sexualidad es una prueba central de la
identidad masculina, de cómo y con quién se tiene sexo. El privilegio que otorga este
mandato se centra en la posibilidad que tiene el varón de vivir sin restricciones su
sexualidad lo que también representa, en ocasiones, un riesgo para su propia salud. Quien
no cumpla con el precepto será cuestionado y/o quedará excluido de la grupalidad
masculina, lo que genera presiones y obligaciones para ser y pertenecer. En este sentido,
el deseo es regulado y construido para seguir sosteniendo la supuesta complementariedad
del par varón-mujer, no habiendo lugar para las prácticas no heterosexuales.
● La autosuficiencia: Se espera que el varón resuelva cuestiones relativas a su persona y a
las del resto. Esta suficiencia se basa en la suposición de que es poseedor de las
cualidades de racionalidad y autodeterminación. Las ventajas de este mandato se ven,
claramente, en los ámbitos laborales, donde se les otorga mayor valor que, por ejemplo, a
las mujeres, ya que se valora esta cualidad como un elemento necesario para el liderazgo
y el trabajo productivo. Esta situación condiciona la manera en que los varones construyen
sus vínculos, generando la imposibilidad de construir una intimidad donde se muestren
vulnerables, necesitando de las demás personas. Esto complica la capacidad para pedir
ayuda y puede fomentar un sentimiento de soledad
El Ministerio de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la provincia de Buenos Aires,
elaboró este cuadernillo para el curso de “Promotores y Promotoras en Masculinidades para la
Igualdad” que les recomendamos leer y recorrer para profundizar sobre la temática:
[Link]
nidades_para_la_igualdad (este material está sugerido en la plataforma y también pueden
descargarlo de este link)
PARA REFLEXIONAR
Muchas veces, en los espacios comunitarios juveniles, como en los que ustedes trabajan,
coordinan, participan y/o militan, estos estereotipos de género y mandatos están presentes,
algunas veces de manera explícita y la mayoría de manera naturalizada. Tanto los/as/es
jóvenes que participan del espacio que están socializados en este sistema social, como el modo
en que está dispuesta la organización de la institución o el espacio, las normas implícitas y
explícitas de convivencia, el uso del espacio pueden estar reforzando estereotipos y mandatos.
De la misma manera, nosotros/as mismos/as como coordinadores, tutores y/o acompañantes no
somos ajenos a este sistema social y cultural de varones que ha naturalizado al machismo (o
los micromachismos cotidianos) los estereotipos y los mandatos de género. Como vimos en el
módulo 1, la primera puerta de entrada a los temas vinculados con la sexualidad, somos
nosotres mismos/as, que somos seres sexuados y también socializados, educados, formados
como educadores, militantes, coordinadores también en esta sociedad heterocispatriarcal.
Luego está lo que emerge, lo que traen les pibis a un taller, a una mateada. a un partido de
fútbol, a una actividad artística. Por último, está la planificación en la cual, sin darnos cuenta,
también podemos estar reforzando estereotipos y mandatos de género o reforzando la
masculinidad hegemónica en las actividades que planificamos y proponemos, en los materiales
que seleccionamos para hacer una jornada (láminas, dibujos, frases, juegos, roles en diferentes
actividades).
¿Estamos reforzando roles, mandatos y estereotipos de género? Les invitamos a responder esa
pregunta a través del ejercicio de mirar con los lentes de la ESI y de los conceptos trabajados
en este módulo, el espacio del que participan y/o coordinan, repasar las últimas planificaciones
y actividades que les propusieron a los/as/es jóvenes, las pautas de convivencia, qué hacemos
frente a los emergentes, cómo dividimos las tareas de cuidado y la limpieza del lugar (incluso
entre los y las adultas que coordinan el espacio) cómo se utilizan los espacios comunes en
momentos recreativos, etc, etc el uso del espacio, etc, etc, etc, etc.
Bibliografía
- Connell, R. (2003) La organización social de la masculinidad. En Lomas, C. (comp).
¿Todos los hombres son iguales? Identidades masculinas y cambios sociales. (pp. 41)
Barcelona: Paidós.
- Esquivel, V. (2011). La Economía del cuidado en América Latina. Poniendo a los cuidados
en el centro de la agenda. Panamá: PNUD.
- Merchán, C. y Fink, N. (Eds.) “Ni un menos desde los primeros años” (pp 83-101) Buenos
Aires: Las Juanas- Chirimbote.
- MinMujeresPBA (2022). División sexual del trabajo, Graciela Queirolo. YouTube
[Link]
- MinMujeresPBA. (2022) Qué es el género Eleanor Faur. YouTube.
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- MinMujeresPBA. (2022). Masculinidades clases.
[Link]
masculinidades_para_la_igualdad
- MinMujeresPBA. (6 de abril de 2022). Para empezar a hablar de género, Ley Micaela de la
Provincia de Buenos Aires. [Link]
- País Andrade, M. (2016). Prácticas culturales y género.
- UNITV. (19 de julio de 2018). Caja de Herramientas, Capítulo 3: Amor, cuidados y trabajo
doméstico. [Link]