Introducción
Tras un cierto agotamiento del debate sobre el liberalismo contemporáneo alrededor de la obra
de John Rawls como punto de referencia, otras corrientes de pensamiento político se han
abierto paso en los últimos años, entre las que se encuentra el republicanismo con sus varias
vertientes. La línea orientada por Philip Pettit tiene la particularidad de rescatar el
republicanismo como tradición, aspecto que no es marginal sino definitivo para su
comprensión, hasta el punto de llegar a afirmar que aquél no se entiende sin la última. Esta
apuesta indica que el republicanismo no es un invento contemporáneo, sino una herencia
probada en el tiempo como sabiduría de los antiguos, con lo que se desliga del republicanismo
liberal.
Los contenidos de la teoría política republicana se han constituido a través de una larga
trayectoria, la cual muestra las recias vicisitudes que han hecho su camino fatigoso. Su estudio
implica al mismo tiempo la comprensión sobre la manera como la tradición ha llegado hasta
hoy, y sus condiciones de recepción contemporánea tras la caída del Muro de Berlín como
último experimento alternativo a la democracia liberal. Este acontecimiento capital ha dado
paso a un doble desafío, uno interno en forma de la crisis de la democracia, y otro externo
como choque de civilizaciones tras la caída de las Torres Gemelas.
Así puede entenderse mejor que la historia del republicanismo es inseparable de la historia del
derecho, y que esta última puede ser reconstruida desde un punto de vista republicano. En
cuanto actitud contraria al populismo que conlleva la aclamación del gobiernos autoritarios, el
republicanismo es una historia de la libertad como anhelo y como frágil realidad.
Resultados de investigación
1. Poder, derecho y autoridad
El poder es un concepto relacional, esto es, referente a la rivalidad por los recursos de poder y
descriptivo de su dinámica. En tal sentido se expresa Norberto Bobbio a propósito de su
interpretación sobre Max Weber:
La esfera de la política es aquella donde se desenvuelven las relaciones de poder
(Herrschaft), relaciones que están marcadas por la lucha incesante entre clases y
pueblos, cuyo fin es siempre el poder en su doble forma de poder de hecho y poder
legítimo […]
Es un entramado de relaciones caracterizado por la tensión permanente, porque esa es su
naturaleza, y que sólo se resuelve transitoriamente:
[…] La lucha es incesante porque no hay para ella ninguna catarsis definitiva en la
historia (Bobbio 2003, 147).
La humanidad a través de su historia ha practicado recurrentemente relaciones de poder
caracterizadas por la dominación, esto es, una radical asimetría en la distribución de los
recursos de poder, generalmente en favor del linaje de sangre, asimetría que implica un
monopolio en el acceso a los recursos materiales, pero también de información. Es así como
Philip Pettit define la dominación como el tipo de relación en que “la parte dominante puede
interferir de manera arbitraria y con impunidad en las elecciones de la parte dominada” (Pettit
1999, 40; Pettit 2004, 121). Ésta implica que los recursos de poder y las relaciones que
conllevan siempre son asimétricas, constituyendo un problema fundamental para la teoría
política en cuanto a las condiciones de posibilidad de la relaciones entre gobernantes y
gobernados. Estas asimetrías suelen resolverse por medio de guerras, como se advirtió, o
también por medio de revoluciones, cuya consideración teórica permite entenderlas como un
aspecto de la política en cuanto acción organizada (Arendt 1967; Scokpol 1984).
Así, es posible advertir que el artificio sobre la fundación de la sociedad civil pasa
directamente de la lucha universal —es decir, de cada uno contra cada uno—, al “cuerpo
político” que da origen al soberano (Hobbes 2000), sin pasar también por una lucha entre
bandos organizados —precisamente porque toda guerra termina en una mesa de negociaciones
—. Por ello resulta preciso no perder de vista el objetivo primario e irrenunciable de tal
fundación; Hobbes deja en claro que si en el estado de naturaleza cada quien depende para su
supervivencia de su propia fuerza y astucia innatas, entonces sería un despropósito transferir
semejante poder al Leviatán —la fuerza de mil machos alfa— solamente para que ejerza
opresión. El sentido político-racional de la reflexión indica que el mayor propósito del Estado
radica en ser un instrumento capaz de instituir los derechos fundamentales que no son
concebibles en la sociedad natural, esto es, vida, libertad y propiedad (Hobbes 2000, 106 ss;
Bobbio 1996, 35 ss). Tal institución es, así, producto de una decisión política, y por lo tanto la
protección de estos derechos sólo puede darse dentro de la vida estatal. De ahí el monopolio
legítimo de esta fuerza descomunal del soberano —que en Hobbes es una institución, no una
persona—, diseñado para proteger a los débiles frente a la natural inclinación de los fuertes a
abusar de su poder, esto es, puesto al servicio de relaciones de poder más equilibradas, lo que
permite entenderla precisamente como “fuerza pública”.