En un rincón olvidado del mundo, donde los vientos susurraban secretos y las
estrellas brillaban más que en cualquier otro lugar, vivía una niña llamada Ava.
Desde su nacimiento, había sido marcada por un don peculiar: podía escuchar
las voces de las estrellas.
Cada noche, cuando la oscuridad caía sobre su aldea, Ava subía a la colina
detrás de su casa y se sentaba en su roca favorita, mirando al cielo. Allí, las
estrellas le hablaban en un idioma antiguo, uno que solo ella entendía. Le
contaban historias de otros mundos, de reinos lejanos y de criaturas mágicas
que existían más allá del horizonte.
Una noche, mientras escuchaba el relato de una estrella que hablaba de un
reino sumergido bajo el mar, Ava sintió algo extraño. Una de las estrellas
comenzó a brillar más intensamente, como si intentara llamar su atención. Se
acercó a la orilla del río cercano y, con el corazón acelerado, vio cómo la luz de
la estrella parecía moverse, flotando sobre el agua.
Sin pensarlo, Ava se adentró en el río, siguiendo la luz. Cada paso la llevaba
más cerca de algo desconocido, pero su confianza nunca flaqueó. La luz la
condujo hasta una cueva oculta entre las rocas, donde el eco de las estrellas
resonaba con fuerza. Dentro, encontró un espejo antiguo que reflejaba no solo
su imagen, sino también las estrellas danzando en su interior.
El espejo le habló con una voz suave, como un susurro lejano: "Has llegado al
umbral entre los mundos, Ava. Este es el lugar donde los sueños y la realidad
se encuentran. Tu destino te espera en las estrellas."
Ava, con una sonrisa en el rostro, entendió que su viaje apenas comenzaba. Al
tocar el espejo, una corriente de luz la envolvió, y en ese instante, supo que su
vida nunca sería la misma. Las estrellas no solo le contaban historias; la habían
elegido para ser parte de ellas.