Secta Celestial
Secta Celestial
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Lou Carrigan
Secta Celestial
Bolsilibros: Selección Terror - 484
ePub r1.0
xico_weno 10.02.18
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Título original: Secta Celestial
Lou Carrigan, 1982
Ilustraciones: Miguel García
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La víctima y el asesino
EL conferenciante se llamaba Murray Saville, tenía unos cuarenta años, y era un
hombre de gran atractivo físico y emocional. De gestos sobrios, de voz sonora y
vibrante, de ideas claras, que exponía con extraordinaria lucidez; tenía subyugado al
público que llenaba la sala.
No era, ni mucho menos, una de esas conferencias a las que se acude por
compromiso y en las que el público, en su mayor parte, se duerme antes de la mitad.
Lo que decía Murray Saville era importante o, cuando menos, interesante. Pero
también estaba cómo lo decía, su voz, sus gestos, su hermoso rostro enérgico. Sobre
la amplia frente caía de cuando en cuando un rubio mechón de cabellos, que el señor
Saville echaba hacia atrás con un gesto viril que tenía encantado al público femenino.
—Porque en definitiva —decía Murray Saville en aquel momento—, lo único que
realmente tiene el ser humano es la vida, y es un terrible absurdo adulterarla. Un ser
humano puede tener muchas riquezas materiales, pero ni la mayor del mundo puede
compararse a la riqueza que representa vivir en perfecta armonía consigo mismo. Y la
vida armónica interior, no lo olvidemos, es el punto de partida para una vida
armónica exterior, es decir, en nuestra relación con nuestros semejantes, los cuales, a
su vez, tienen derecho a esa misma vida de armonía interior y exterior. Está clarísimo
que todo lo que no sea vivir así es una adulteración criminal de la vida, y en
consecuencia…
—Dios mío, ¡qué hombre! —murmuró una mujer, inclinándose un poco hacia su
compañera de asiento.
—No me cansaría de oírlo —murmuró también la otra—. ¡Es la clase de hombre
al que una seguiría hasta el fin del mundo!
—Sst —chistó alguien, pidiendo silencio.
La conferencia llevaba el título de La Calidad De La Vida Humana, y,
ciertamente, el apuesto y electrizante Murray Saville se estaba ciñendo al tema, sin
divagaciones de ninguna clase. Era imposible aburrirse con él. Era imposible no
entenderlo. Era, en fin, imposible no estar de acuerdo con lo que decía.
—… y contra lo que mucha gente cree, esa armonía fuente de la felicidad no se
consigue cuando el cuerpo físico está en malas condiciones, cuando la mente está
ofuscada por preocupaciones, odios, envidias, o cualquier pensamiento o sentimiento
de tendencias negativas. Suponer que la mente o el espíritu están disociadas, que no
forman parte del mismo conjunto vital, es sencillamente demencial. Todo es la misma
cosa, todo forma parte de la maquinaria, del mismo modo que en un automóvil no es
más importante una rueda que el carburador, una tuerca que el volante. Si una pieza
falla, falla todo el automóvil. Lo mismo sucede con el cuerpo humano: todo él debe
funcionar perfectamente, en condiciones ideales de ajuste y equilibrio. Entonces,
¿cómo podemos esperar que la calidad de vida sea buena en lugares donde el cerebro
está deteriorado por sentimientos negativos que provienen del hambre, de la
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injusticia, de la incultura, de todo un cúmulo de insatisfacciones físicas? La calidad
de la vida humana debe ser puramente perfecta. Todo cuanto implique grados de
calidad de vida humana es un atentado contra esa vida. No puede haber grados de
calidad en la vida humana: toda la vida humana debe ser de una sola y altísima
calidad, y por lo tanto, igual para todos los seres humanos y en todas las partes del
mundo…
—¡Está loco! —aulló una voz destemplada—. ¡Este sujeto no sabe lo que dice!
El conferenciante calló, y su mirada, reposada, fue hacia el hombre que le había
interrumpido. En sus ojos hubo una expresión de desconcierto al ver la silla de ruedas
que desde un lado de la sala se desplazaba hacia delante del escenario. La
estupefacción era general, pero muy pronto comenzaron a oírse protestas contra el
hombre que había gritado, y que ahora detenía la silla de ruedas frente a la tarima
desde la cual Murray Saville le miraba apaciblemente.
—¡Usted no es más que un farsante! —volvió a gritar el inválido.
Uno de los promotores de la conferencia apareció por un lado del pequeño
escenario, en dirección al interruptor de la conferencia, pero Saville le hizo un gesto
de espera, y preguntó:
—¿Qué ha oído usted en mi conferencia que sea farsa, señor?
—¡Maldito seas, esclavizador de mentes!
Y diciendo esto, el inválido sacó una pistola, apuntó a Murray Saville, y apretó el
gatillo. El estampido atronó la sala, y enseguida comenzaron a sonar gritos y muchas
personas se pusieron en pie. En la tarima, Saville se había tambaleado fuertemente al
recibir el impacto en pleno pecho, y miraba ahora con incredulidad al inválido, que
disparó de nuevo, desde menos de tres metros.
La segunda bala acertó a Saville justo en el corazón, y lo derribó de espaldas
violentamente, muerto. El pánico había cundido ya en toda la sala de conferencias, la
gente gritaba y corría, se atropellaban unos a otros. El asesino apuntó todavía otra vez
hacia Murray Saville, y la tercera bala dio en la cabeza de éste, que fue sacudida
trágicamente.
Luego, el asesino se metió en la boca la punta del cañón de la pistola, apretó el
gatillo, y su cabeza estalló como un surtidor por la coronilla.
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Capítulo primero
—ESTOY hasta la coronilla —mascullé Morgan Morrison—. ¡Y digo hasta la
coronilla en plan fino, porque hasta dónde estoy de harto es hasta los…!
—¿Por qué no te tranquilizas? —le sonrió la mecanógrafa-secretaria—. Lo que ha
hecho esta vez es llamarte a su despacho. A lo mejor es para aumentarte el sueldo.
—Muy graciosa —puso cara de asco Morgan—. ¡Eres graciosísima, vamos!
—Yo sí, pero ella no. Será mejor que entres cuanto antes, querido. Y a ver si sacas
partido de tu fantástica belleza masculina.
Morgan Morrison masculló una palabrota, y se dirigió hacia la puerta de sólida
madera artísticamente trabajada tras la cual estaba el suntuoso despacho de Daisy
Colman, la directora de la revista Playlife, para la cual trabajaba desde hacía algo más
de dos meses.
Daisy Colman no le había gustado desde el primer día. Era una mujer joven y
hermosa, pero sería como un zapato. Y además, de unas exigencias profesionales que
lo tenían hasta… la coronilla. ¡A ver si se creía que estaba dirigiendo la Time!
Llamó a la puerta, la empujó, y entró. La señorita Colman estaba, cómo no,
sentada majestuosamente tras su magnífica mesa. Alzó la mirada, lo miró de arriba
abajo, y dijo:
—Pase y siéntese, señor Morrison.
Éste cerró la puerta, se acercó a la mesa, y se dejó caer en una de las butacas
colocadas delante. La señorita Colman pareció olvidarle, sumida en la lectura de unas
páginas escritas a mano. Morgan Morrison frunció el ceño, apretó los labios, y eso
fue todo. Si aquella jovencita de procedencia universitaria y cargada de dinero creía
que lo iba a intimidar o impresionar, estaba lista. Él también procedía de la
universidad y, aunque no era ni mucho menos rico, no bajaba la cabeza ni para
mirarse los zapatos. ¿Qué se había creído la bella de piedra? Hombre, aquello estaba
bien: la Bella de Piedra…
Con las cejas bajas, Morgan se dedicó a escrutar el rostro de Daisy Colman.
Bueno, no se podía negar que era bonita. La verdad es que era preciosa, qué
demonios. Y encima, pelirroja, que eran las mujeres que, por lo general, gustaban a
Morgan Morrison. Le encantaban las pecas, y además, las pelirrojas solían tener unas
carnes blancas, sólidas, magníficas… Los ojos de la señorita Colman eran verdes
claro. La boca, roja y llena. La barbilla, redonda y firme. Era un plato exquisito…, en
el supuesto de que a alguien puedan gustarle las piedras.
«Si alguna vez sonriese —pensó Morgan— seguro que me desmayaría. Pero ésta
no sonríe ni aunque la nombren Miss Universo».
La señorita Colman terminó la lectura, se puso en pie con las hojas en la mano, y
fue hacia el archivo personal, en una de cuyas gavetas metió las páginas escritas…,
mientras Morgan miraba sus bien torneadas piernas. Sensacionales. Ella se volvió un
poco, y el perfil de sus senos quedó modelado en el azul del fino jersey. Fuera de
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serie.
Morgan respingó cuando se dio cuenta de que ella le estaba mirando.
—Perdone que le haya hecho esperar, señor Morrison. No es una pose, es que
quería terminar este asunto, y creí que usted tardaría más en venir a mi despacho.
—No tiene que disculparse —murmuró Morgan—. Trabajo para usted, ¿sabe?
—Trabaja para la revista, no para mí. Yo también trabajo para la revista, aunque
sea como directora. Me pregunto si es usted de esa clase de hombres que detesta
trabajar a las órdenes de una mujer.
Morgan pensó que lo que él detestaba era a las mujeres que nunca sonreían. Pero
dijo:
—No, no soy de ésos.
—Estupendo. —Daisy Colman volvió a sentarse—. Quería comentar con usted el
reportaje que ha presentado esta mañana sobre el asesinato de anoche en aquella
conferencia. Es interesante y está muy bien escrito.
—Ah… Vaya, muchas gracias.
—La verdad ante todo. Supongo, señor Morrison, que usted también lee la prensa
diaria.
—Naturalmente.
—Entonces sabrá que éste no es el primer caso… insólito de asesinato, seguido
de suicidio.
—Lo sé.
—¿Qué opina usted al respecto?
—¿Al respecto de esos casos tan raros? Bueno, hay mucho que hablar de eso,
señorita Colman.
—Pues hablemos. Salvo que tenga usted algo mejor que hacer.
—No —gruñó Morgan—, no tengo nada mejor que hacer.
—Entonces, vamos a ver qué le parece mi punto de vista. Nuestra revista es
semanal, de modo que, por ejemplo, su reportaje del asesinato de anoche no podrá ser
leído por el público hasta dentro de cuatro días. En nuestra profesión, un reportaje
que cuenta cuatro días es viejo. ¿Está de acuerdo?
—Casi completamente.
—¿Casi?
—Hay cosas de las que se puede escribir mucho tiempo después de que hayan
ocurrido.
—Sí, es cierto, siempre y cuando aporten una solución, que no sea una repetición
de lo que días antes ha publicado la prensa diaria. Si usted publica dentro de cuatro
días lo que hoy han publicado todos los diarios del país, el reportaje es viejo y carente
de interés. ¿Cierto?
—Cierto. Pero en una revista no se puede hacer más.
—Si usted piensa así, simplemente me he equivocado: no es el hombre que busco.
Gracias por venir y buenos días, señor Morrison.
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—¿Qué clase de hombre busca usted? —masculló Morgan.
—Busco un periodista que no se conforme con lo que hay a la vista, digamos a su
alcance normal, y que persiga el gran reportaje cueste lo que cueste y sea como sea.
¿Contesta eso su pregunta?
—Desde luego. Y naturalmente se refiere usted concretamente al asunto de los
asesinatos suicidas.
—Naturalmente.
—Ya estoy en ello.
Daisy Colman irguió graciosamente la cabeza. Su cuello era delicioso, pensó
Morgan.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Bueno, en ese caso tal vez sea usted el hombre que busco. ¿De qué forma está
usted en ello, señor Morrison?
—Estoy investigando.
—¿Y cómo ha orientado usted esas investigaciones?
—Hasta el momento, han sido asesinadas once personas por otros tantos asesinos
suicidas. Dos de esos asesinos eran mujeres. Todos los asesinados eran hombres.
Entre las víctimas había dos muertos de hambre, cinco personas muy ricas, y cuatro
personas que merecen quizá un cierto interés especial por sus ocupaciones. Aparte de
la última víctima, el conferenciante Murray Saville, había un senador de los Estados
Unidos, un exdiplomático que estuvo trabajando en Alemania, Suiza y Francia, un
abogado que formó parte del gabinete de prensa del expresidente James Carter, y un
traductor de la ONU. Si analizamos a todos y cada uno de esos personajes, podemos
pensar que tal vez había alguna relación entre estos cuatro, pero no es así…
—¿Cómo lo sabe?
—Tengo amigos en la Policía y en otros sitios, y ya le he dicho que estoy
investigando. Sé seguro que nunca había habido ninguna clase de relación personal
entre las once víctimas. Así que lo estoy enfocando desde otro punto de vista.
—Los asesinos suicidas.
—Claro. Los once asesinos han hecho lo mismo, y siempre en lugares públicos,
como salas de convenciones, vestíbulos de grandes hoteles, salidas de cine, o un
mitin político… Sitios así, y siempre a la vista de mucha gente. Luego, todos y cada
uno de los asesinos se han suicidado. Si esto no es un factor común que los une, yo
soy un pigmeo.
Hubo un destello como de risa en los ojos de la señorita Colman, porque si algo
no parecía Morgan Morrison, con su metro ochenta y tres de estatura, era un pigmeo.
Rubio, atractivo, ojos grises, mentón enérgico, atlético… Un sujeto impresionante.
—Entonces, señor Morrison, debo entender que usted está orientando sus
investigaciones directamente sobre los asesinos suicidas.
—Naturalmente. Es imposible que esas cosas las hayan hecho once personas,
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cada una por su lado, por simple casualidad. ¡Vamos, haría falta ser tonto para creer
una cosa así! Y, además, hay algo que los… agrupa, en cierto modo. En un sentido u
otro, los once asesinos eran… gente marginada.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, el asesino de Murray Saville era paralítico. Hubo también un
alcohólico, un drogadicto, y una de las mujeres asesinas era una anciana a la que en la
autopsia se le encontró un cáncer en el estómago. La otra mujer era una muchacha
más bien fea, y que además tenía una pierna más corta que la otra, debido a la polio
infantil. Uno de los hombres era manco. Había también un epiléptico, otro paralítico,
un par de muertos de hambre comidos por la miseria y los vicios… ¡Demonios,
cualquiera ha tenido que darse cuenta de esto!
—En efecto. Perdóneme, pero como usted no decía nada en sus últimos reportajes
al respecto pensé que no había reparado en ello.
—Señorita Colman, por el momento, todo lo que yo quiero hacer es escribir el
reportaje de cada asesinato. Pero mientras tanto, como ya le he dicho, estoy
investigando, y quizá consiga el gran reportaje de mi vida si tengo suerte. Hasta
entonces, no tengo por qué dedicarme a elucubraciones fáciles, como hacen los
demás.
—Me parece bien —asintió Daisy Colman—. ¿Y cuándo investiga usted, señor
Morrison?
—Cuando tengo tiempo. La Playlife me exige otros muchos trabajos, ¿sabe
usted? No me mantiene sólo para que escriba algo de ese asunto cuando se produce.
—A partir de ahora va a ser así.
—¿Qué?
—Si no le molesta a usted, claro.
—¿Quiere decir que puedo dedicarme únicamente a ese asunto?
—Sí. Y si necesita dinero para sus investigaciones tanto aquí, en Nueva York,
como en los demás lugares donde se han producido asesinatos, pase por caja. Espero
que nos hayamos entendido.
—Desde luego que sí. ¿Algo más?
—Por mi parte, no.
—En ese caso, buenos días.
—Buenos días, señor Morrison.
El teléfono del apartamento de Morgan sonó aquella noche alrededor de las once,
cuando el periodista se disponía a acostarse tras haber estado haciendo un completo
resumen de todo el asunto de los asesinos suicidas.
—¿Sí?
—…
—Ah, hola, Prince, ¿qué hay?
—…
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—¡No me digas! ¡De modo que esta vez habéis encontrado un familiar! ¿Cómo es
la chica?
—…
—Ya. Bueno, te agradezco mucho la información, viejo coyote. Pero supongo que
no me permitiréis acercarme a esa muchacha…
—…
—Sí, entiendo. ¿Y cuándo terminaréis con ella?
—…
—¿Y en qué cementerio será?
—…
—Bien. Ya verás como los demás también se enteran, y todo el cementerio se
llenará de periodistas. Pero, en fin, sería una idiotez por mi parte no ir también…,
aunque detesto los cementerios.
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Capítulo II
EL buen olfato de la prensa funcionó una vez más.
Tal como Morgan Morrison había temido, no fue ni mucho menos el único en
acudir aquella mañana al cementerio donde iban a ser depositados los restos mortales
de Sam Baxter, el asesino de Murray Saville que luego se había suicidado.
Pero, aparte de algunos periodistas, había muy poca gente. En la cabecera de la
tumba estaba el reverendo, murmurando rutinariamente una despedida. A un lado de
la tumba estaba la hija del asesino, la muchacha llamada Donna Baxter, y detrás de
ella algunas personas, ni siquiera una docena, que habían decidido demostrar su
amistad al inválido Sam Baxter aunque éste hubiera cometido un asesinato.
Morgan sabía que aquella muchacha era la hija del asesino; en primer lugar
porque había visto cómo sus colegas la habían asediado a su llegada, y en segundo
lugar porque se había colocado en el lugar de preferencia.
La muchacha mantenía la cabeza baja, los párpados caídos, de modo que Morgan
no podía ver su expresión. Era bonita, de cuerpo esbelto y muy agradable, y vestía
bien. No se había puesto luto, ni siquiera un detalle.
Sí, Donna Baxter era bonita, pero en sus bellas facciones había algo… frío,
distante. A lo peor era de las que nunca sonreían. Claro que la situación no se
prestaba a sonrisas: estaba allí para enterrar a su padre, un asesino suicida. No, no era
una situación agradable bajo ningún concepto.
Pero no fue Donna Baxter la única mujer que llamó la atención de Morgan
Morrison aquella mañana.
A la derecha y un poco detrás de Donna Baxter, había una muchacha que, desde
el primer momento, había llamado su atención, a decir verdad incluso más que la
propia Donna. Además de ser pelirroja, que eran las chicas que le gustaban a Morgan
Morrison, era alta, de cuerpo esbelto y muy bien proporcionado. ¡Vaya si era alta!
Con los zapatos de tacón alto seguramente debía alcanzar el metro setenta y ocho.
Todo un tipazo. Su rostro parecía discretamente agraciado, quizá demasiado redondo
para el gusto de Morgan Morrison, y, sobre todo, le disgustaba que utilizase lentes de
sol.
Aquellas lentes de sol. Grandes, de cristales tan oscuros que posiblemente debía
verlo todo negro. Vaya, un chiste.
Y otra cosa. Pese a la distancia, Morgan podía asegurar que la chica de los lentes
negros utilizaba demasiado maquillaje. Toda una capa de maquillaje, inapropiada no
sólo por su cantidad, sino por la hora. ¿A quién se le ocurría maquillarse tanto por la
mañana? Definitivamente, la chica de los lentes negros debía ser vulgar. Bastante
vulgar, lástima.
El reverendo terminó su oración, se despidió de Donna Baxter, y se alejó. Los
periodistas, que habían tomado algunas fotografías, también comenzaron a
despedirse, y lo mismo hicieron los supuestos amigos que habían acudido al sepelio.
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De éstos, sólo quedó junto a Donna Baxter la muchacha de los lentes negros.
Manteniendo su prudente distancia, Morgan Morrison seguía observando a las
dos mujeres, que todavía permanecieron allí unos minutos más, solas, incluso
después de que la fosa fuese tapada. Por supuesto, ellas se dieron cuenta de su
presencia, y tal vez, en sus cuchicheos, se preguntaban quién era él y qué esperaba,
por qué no se marchaba, como habían hecho los demás.
Por fin, las dos mujeres se dirigieron a la salida del cementerio. Allí, algunos
periodistas más esperaban su oportunidad de obtener información. Donna Baxter
parecía paciente, o quizá resignada con la situación. Para Morrison era indudable que
ella contestaba siempre lo mismo: que no sabía nada.
Le pareció normal, perfectamente creíble. ¿Cómo podía la muchacha saber lo que
le había impulsado a su padre a matar y luego suicidarse?
Finalmente, las dos mujeres volvieron a quedar solas y tomaron un taxi.
Morgan Morrison tomó otro, y pidió al conductor que siguiera a las dos mujeres.
El conductor ni se inmutó. Sorprender a un taxista de Nueva York es algo que ha
quedado ya fuera del alcance de cualquiera.
Veinte minutos más tarde, ambos taxis se detenían en una calle del West End.
Allá, las dos mujeres se apearon, y, desde dentro de su taxi, Morgan las vio entrar en
un portal. Pagó al taxista, se apeó, y fue directo al portal en cuestión. Allá, en la
hilera de buzones, vio el nombre de Samuel Baxter en uno de ellos. Ocupaba una
vivienda en la planta baja, que Morgan localizó detrás de la escalera que subía a los
pisos.
Esto también tenía lógica. Un hombre que utiliza una silla de ruedas no podía
vivir en un apartamento para llegar al cual fuese necesario subir escaleras.
Cuando pulsó el timbre de aquella puerta, había un par de pensamientos que
cruzaban por la mente de Morgan Morrison. Uno de ellos, referido a que tenía que ser
hábil y persuasivo. El otro, referido a que tenía deseos de contemplar a sus anchas a
la pelirroja de los lentes negros y cuerpo escultural.
Abrió la puerta Donna Baxter, y se quedó mirándolo con expresión entre fatigada
y distante.
—¿Sí? —preguntó.
—Señorita Baxter, soy Morgan Morrison, de la revista Playlife. ¿Puede recibirme
unos minutos?
—Ya he dicho todo lo que sé.
—Lo supongo —sonrió Morgan—. Pero quizá no ha escuchado todo lo que la
prensa tiene que decirle a usted.
—¿Qué? —Se pasmó Donna.
—Creo que sería conveniente para ambos un cambio de impresiones. Una
conversación, no un interrogatorio.
Donna pareció vacilar, pero por fin se apartó, y Morgan entró en el apartamento.
Enseguida vio a la pelirroja de los lentes, de pie junto a una mesita, encendiendo un
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cigarrillo, vuelta hacia él, y Morgan le envió una cortés sonrisa.
—Buenos días —saludó.
—Buenos días —replicó la pelirroja.
Tenía una voz preciosa, pensó Morgan. Como… tibia y dulce, bien modulada.
Donna Baxter había cerrado la puerta, y con un ademán mostró el apartamento.
—La Policía ya terminó aquí, señor Morrison, de modo que podemos ponernos
cómodos…, si ello es posible. Siéntese donde más le guste.
Morgan asintió, y se dirigió hacia un sillón, junto al cual esperó a que las dos
mujeres se sentaran. Ciertamente, el apartamento era minúsculo y sórdido. Constaba
de aquella pieza, que era a la vez recibidor, sala y comedor, y había en ella tres
puertas que debían comunicar con la cocina, el cuarto de aseo y un único dormitorio.
Por un instante, Morgan pensó en un hombre inválido, viviendo allí, solo, sin
grandes recursos. Se sintió deprimido.
Donna y la pelirroja se habían sentado. Morgan comenzó a sentirse altamente
molesto por los lentes de la pelirroja. Era absolutamente imposible ver sus ojos con
aquellos cristales tan negros ante ellos. Sí, llevaba demasiado maquillaje…
Demonios, llevaba una barbaridad de maquillaje.
—Oh, bueno —dijo Donna Baxter, mirando a la pelirroja—. Querida, no sé si lo
has oído: él es el señor Morgan Morrison, de la revista Playlife. Señor Morrison, le
presento a mi amiga Rebeca Swanson.
—¿Cómo está, señorita Swanson?
—Muy bien, gracias, señor Morrison. ¿Y usted?
—Perfectamente, gracias.
¡Malditos lentes! Le pareció que por los bonitos labios de la tal Rebeca pasaba
algo parecido a una sonrisa. Las dos le estaban mirando expectantes. Morgan
carraspeó, y miró alrededor.
—¿Quiere un cigarrillo, señor Morrison? —ofreció la pelirroja.
—Oh, sí, estupendo… Muchas gracias.
Se echó un poco hacia adelante para tirar de uno de los cigarrillos del paquete que
le ofrecía Rebeca Swanson. Ésta tenía unas manos extraordinariamente bonitas, con
las uñas lacadas en suave color rojo perla. Unas manos bellísimas, y que a Morgan le
parecieron, además, desconcertantemente fuertes. Femeninas, bonitas, pero fuertes.
Encendió el cigarrillo y carraspeó de nuevo.
—Aunque tal vez no debería usted fumar —dijo la pelirroja—. Parece que su
garganta no está muy bien.
—Está perfectamente, se lo aseguro. Es un tonto carraspeo de indecisión. No sé
bien por dónde empezar.
—Si ello es debido a mi presencia, puedo marcharme a dar una vuelta —sonrió la
pelirroja.
—Claro que no —saltó Donna—. Tú te quedas. Eres mi mejor amiga, y el señor
Morrison tendrá que aceptarlo así.
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—Por supuesto —asintió Morgan—. Bien, la idea, señorita Baxter, consiste en
hacerle algunas preguntas después de haberle leído yo a usted un resumen que tengo
preparado sobre este caso. Bueno, no solamente del caso de su padre, sino de todos
los casos parecidos de los últimos meses. Usted debe saber, claro está, que ésta es la
undécima vez que sucede una cosa tan… extraña.
—Sí. Hace algunas semanas que voy leyendo sobre eso, pero no le había prestado
una atención a fondo. Comprenderá que jamás me pasó por la imaginación que mi
padre entrara a formar parte de… una cosa semejante. Cuando la Policía me llamó a
Atlantic City no podía creer lo que me estaban diciendo.
—Ah, vive usted en Atlantic City.
—Sí. Trabajo allí.
—¿Usted también, señorita Swanson? —Miró Morgan a la pelirroja.
—No. Yo trabajo generalmente en Nueva York. Hacía algún tiempo que no veía a
Donna, así que, cuando sucedió esto y supe que venía, me apresuré a reunirme con
ella.
—Sí, claro, es natural. Y… ¿de qué trabaja usted, señorita Baxter? —preguntó
Morgan cortésmente.
—Soy prostituta.
Morgan se quedó mirándola pasmado a través del humo de su cigarrillo. Su
mirada saltó vivamente hacia Rebeca Swanson, que se limitó a apretar los labios en
una seca sonrisa, sin duda adivinando sus pensamientos.
—Ah… Bueno, caramba… Perdone mi sorpresa, pero…
—No se preocupe, señor Morrison, me hago cargo.
—Sí, claro… Es usted muy amable. Sí. Esto… Bueno, creo que podemos
dedicamos al tema central de esta charla, si le parece bien.
—¿A mí no me pregunta en qué trabajo, señor Morrison? —preguntó suavemente
Rebeca Swanson.
—Pues… Vaya, no es necesario, señorita Swanson, ya que usted no forma parte
de esto… Bueno, creo que no es necesario.
—Como quiera.
—Sí. Bien, empezaré por decir que…
—Señor Morrison —le interrumpió Donna Baxter, que parecía empezar a
encontrar divertida la situación—, creo que no es necesario que usted se moleste. Yo
ya he leído todos esos casos, y…
—Pero, querida —la interrumpió Rebeca—, quizá el señor Morrison te diga algo
que no sepas. Parece un hombre muy dinámico e inteligente. Y hasta se me ocurre
que él está dedicando una especial atención a todo este asunto. ¿Me equivoco, señor
Morrison?
—No, no se equivoca —gruñó Morgan.
—Es fácil de comprender, puesto que ha hablado usted de un resumen. A mí,
francamente, me gustaría escucharlo… ¿Hay algo que le esté molestando a usted,
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señor Morrison?
—La verdad es que sí: sus lentes. Ya sé que es muy vulgar, pero me gusta ver los
ojos de las personas con las que hablo.
—Me parece que en mi caso no sería así —replicó Rebeca.
—Pues yo creo que sí.
—Como quiera.
Rebeca Swanson se quitó los lentes de golpe. Esta vez, Morgan se atragantó con
el humo del cigarrillo y comenzó a toser violentamente, sin dejar de mirar, con
expresión de sobresalto, los ojos de Rebeca Swanson.
Es decir, miraba sólo uno de sus ojos. El otro era normal, azul, sin duda bonito,
pero toda su posible belleza quedaba anulada por aquel ojo enorme y vitrificado, que
destaca entre los párpados muy abiertos. El ojo derecho no parecía… ni siquiera
humano. El iris era de color blancuzco, la córnea se veía rodeándolo como una
nube…
—Lo siento —jadeó Morgan—. Señorita Swanson, perdóneme, no he podido
evitar esta… esta reacción. Lo siento de veras.
—Tranquilícese. De todos modos, usted debió comprender que yo tenía mis
buenos motivos para tener puestos los lentes incluso aquí dentro. Ya he dicho que me
parece usted un hombre inteligente.
—Sí, sí. Perdóneme. Bueno, si… si quiere volver a ponerse los lentes…
—¿Prefiere no verme? ¿Le horrorizo?
—No, no, por Dios, yo… yo lo digo por usted. Quizá se… se encuentre más…
más cómoda con los lentes puestos.
Rebeca se puso los lentes, y permaneció en silencio. Morgan miró a Donna
Baxter, que le contemplaba con curiosidad.
—Le escuchamos, señor Morrison.
Morgan asintió, carraspeó tontamente de nuevo, y comenzó a leer su resumen,
que sacó de un bolsillo interior de la chaqueta. Al terminar la lectura de las páginas
las dobló cuidadosamente y las guardó.
La primera en hablar fue Rebeca Swanson.
—¿Debemos creer, señor Morrison, que es usted el único periodista que ha
preparado un resumen como ése?
—Ah, no lo sé. ¿Por qué lo dice?
—Porque me atrevo a creer que otros periodistas han hecho lo mismo, o sea,
recopilar los casos, analizarlos un poco… Lo que ha hecho usted. Sin embargo, los
otros periodistas se han limitado a hacerle a Donna una serie de preguntas más o
menos interesantes e incisivas, y usted nos estuvo… vigilando en el cementerio y
luego nos siguió en un taxi.
—¿Se dieron cuenta?
—Mi ojo sano ve perfectamente, se lo aseguro. Tengo la impresión de que usted,
que en la redacción de su resumen ha sido más bien vulgar, está… buscando, en
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cambio, algo especial por parte de Donna. ¿No es así, señor Morrison?
—Pues… francamente, sí, así es.
—¿Y qué es eso especial que quiere usted de mí? —preguntó Donna.
—¿Se escribían usted y su padre?
—Claro que no, qué tontería. De vez en cuando, yo venía a Nueva York a verlo,
pasaba unos días con él, le daba una cantidad de dinero, y me volvía a Atlantic City a
trabajar.
—Bueno, se me ocurre que, si periódicamente pasaba unos días con él, debían…
conversar de sus cosas, ¿no?
—¿De las mías o de las de él? —sonrió irónicamente Donna.
—Bueno, de las cosas de ambos, ¿no?
—¿Qué es lo que quiere usted exactamente?
—Una lista de las personas con las que su padre se relacionaba y que me permita
a mí registrar a fondo este apartamento.
—Por fin lo dijo —intervino Rebeca—. Pero, señor Morrison, eso ya se lo pidió
la Policía a Donna, y ya registraron aquí.
—En cuanto a la lista —dijo Donna—, no tengo ni idea. Me imagino que tenía
algunas relaciones por ahí, pero no se me ocurre nadie. Las únicas personas que se
relacionaban con cierta asiduidad con mi padre eran los vecinos del edificio.
—Tal vez su padre le habló alguna vez de alguien en especial —comenzó a
desanimarse Morgan.
—No, que yo recuerde.
—Mire, señorita Baxter, una pistola no debió conseguirla su padre así como así.
—Ya dije a la Policía que no tengo idea sobre eso. Señor Morrison, entiéndalo, no
sé nada de todo esto. Todos ustedes están perdiendo el tiempo conmigo; así de
simple. Y francamente, lo que estoy deseando es terminar de una vez y volver a
Atlantic City. Creo que me he explicado con claridad.
—Sí. Y me temo que mi presencia empieza a fastidiarla.
—Un poco.
—Bien… Dadas las circunstancias se diría que no es el momento más oportuno
para pedirle que me deje registrar aquí.
—No, no lo es. Recogeré algunas cosas y me marcharé, eso es todo.
—Pero yo me quedo, señor Morrison —dijo Rebeca, sonriendo—. Últimamente
las cosas no me van muy bien, y Donna ha tenido el gesto de permitirme ocupar este
apartamento, hasta que encuentre algo que me saque del bache. Con gusto le recibiré
en un momento… oportuno, y le permitiré registrar todo lo que quiera.
—Es usted muy amable —masculló Morgan, poniéndose en pie—. Espero no
haber sido una visita excesivamente molesta.
—No ha sido excesivamente molesta.
—Ya. Bien, gracias por todo, y adiós.
—¿Quizá hasta la vista, señor Morrison? —deslizó Rebeca—: Donna se va esta
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misma tarde, así, que… yo estaré aquí sola.
—Lo tendré en cuenta. Buenos días.
Alcanzó la puerta con unas zancadas, abrió, y salió. En tres segundos más estuvo
en la calle. Por Dios, aquel apartamento le había empezado a resultar poco menos que
siniestro. ¡Y aquella chica con aquel ojo tan horrible…! En cuanto a los vecinos, ¿qué
podrían decirle a él que no les hubieran dicho ya a la Policía? Había sido un iluso, eso
era todo…
El ojo.
El ojo derecho de Rebeca Swanson.
Morgan Morrison quedó de pronto clavado a la acera por la que caminaba
furiosamente. El ojo de Rebeca Swanson. ¿Acaso aquel ojo no incluía a Rebeca
Swanson en el grupo de personas… taradas, más o menos marginadas de un modo u
otro? Una vieja asesina que tenía un cáncer en el estómago, un drogadicto, una chica
con una pierna más corta que la otra debido a la polio, un alcohólico, dos
paralíticos…
¿No encajaba Rebeca Swanson perfectamente en este grupo de asesinos suicidas?
Lentamente, como si estuviese sobre una plataforma giratoria, Morgan Morrison
fue girando, hasta quedar encarado hacia el edificio que acababa de abandonar. Vaya
que sí: hasta la vista, señorita Swanson.
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Capítulo III
HACIA las seis y media de la tarde, Donna Baxter abandonó el apartamento de su
padre, y tomó un taxi que la llevó a la terminal de autobuses donde tomaría uno hacia
Atlantic City.
Así pues, Rebeca Swanson quedó sola en el apartamento. Las cosas de Samuel
Baxter que su hija no había querido formaban ahora un montón cerca de la puerta. En
el armario, la señorita Swanson había colocado sus escasas pertenencias, contenidas
hasta entonces en una vieja maleta. Prácticamente, Rebeca Swanson había quedado
instalada.
Y, aprovechando que, como quien dice, estaba en su casa, emprendió un lento y
minucioso registro del apartamento, buscando por los sitios más insólitos, e incluso
dando pataditas en el suelo en busca de algún sonido hueco. Aunque en los casos
anteriores la Policía nunca había encontrado nada en los domicilios de los asesinos
suicidas, siempre puede haber una primera vez, siempre puede sobrevenir un fallo,
siempre puede quedar algo revelador. Peligrosamente revelador.
Hacia las siete y media, sonó el timbre de la puerta.
La señorita Swanson miró hacia allí, sonrió secamente y, acto seguido, entró en el
cuarto de baño, del que salió a los quince o veinte segundos poniéndose los lentes.
Para entonces, el timbre había sonado un par de veces más, y, cuando Rebeca abrió,
Morgan Morrison ya se alejaba.
Se volvió hacia la puerta al oírla abrirse, y se quedó mirando a Rebeca, que le
sonrió.
—Caramba, señor Morrison, ¡no esperaba volver a verlo tan pronto!
Morgan regresó sobre sus pasos.
—He insistido en llamar porque he visto luz bajo la puerta —murmuró—, pero
finalmente pensé que no deseaba recibir a nadie.
—A usted, sí. Pase, por favor.
—Gracias.
Rebeca cerró la puerta, vio que Morgan miraba el montón de pertenencias de Sam
Baxter, y lo señaló.
—Espero desprenderme de esto por la mañana. Estaba poniendo un poco de orden
aquí… ¿Prefiere que me quite los lentes, señor Morrison?
—Como usted guste.
—Tengo la impresión de que prefiere que los conserve puestos. Me gustaría
invitarle a algo, pero la verdad es que apenas he tenido tiempo para ordenar esto un
poco. ¡Ni siquiera tengo algo para cenar!
Morgan estaba haciendo de tripas corazón, y se disponía a invitar a Rebeca a
cenar juntos por ahí, cuando, de pronto, vio las pequeñas cicatrices. Antes no había
estado lo suficientemente cerca de ella para verlas, pero ahora, frente a frente y a tres
pies de distancia uno del otro, las vio, de pronto, bajo la densa capa de maquillaje.
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Un lento escalofrío recorrió el cuerpo de Morgan desde la nuca a los pies.
Ahora comprendía también lo del abundante maquillaje. Bajo éste, en la mejilla
derecha de Rebeca Swanson, había un entramado de pequeñas cicatrices que
formaban un conjunto disperso, que a Morgan le pareció como si hubiera allí, en
aquella mejilla, varias arañas aplastadas.
—Me parece, señor Morrison —susurró Rebeca—, que tiene usted una vista
demasiado aguda. Lo siento por usted. Bueno, lo único que puedo ofrecerle es otro
cigarrillo…, aunque no creo que usted haya venido a fumar. Y tampoco a verme,
¿verdad? Quiero decir que espera obtener algo de mí… ¿Qué es ello?
—Le aseguro que no soy tan cruel como… como parece, señorita Swanson. Es
que… Bueno, usted tiene que comprender que hay cosas que… sorprenden.
—Me hago cargo. ¿Realmente no es usted cruel?
—Creo que no —sonrió Morgan.
—En ese caso, quizá sería tan amable de invitarme a cenar, y luego podríamos
pasar la noche juntos, haciendo el amor. No le cobraría nada por ello. A usted, no.
—¿Quiere decir que también es… prostituta?
—Claro. ¿Qué esperaba? Donna y yo nos conocimos aquí, en Nueva York, hace
algunos años, y siempre fuimos buenas amigas. Hubo un tiempo en que
callejeábamos juntas y las dos ganábamos mucho dinero. Ahora, ella sigue ganando
bastante, pero a mí las cosas se me están poniendo cada vez más difíciles. Oh, sí,
siempre encuentro algún tipo más o menos masoquista que me lleva a la cama, y con
eso voy saliendo adelante. Hay gente para todo, ¿sabe? A algunos les hace gracia ver
mi cara y mi ojo… Les estimula. Y a veces, cuando me doy cuenta de que son así, les
saco una buena cantidad. Pero, claro, una cosa es acostarse con un masoquista o un
sádico porque él quiere divertirse, y otra muy diferente es llevarme a la cama a un
hombre que me gusta a mí, como es su caso. Pero usted no haría eso, ¿verdad, señor
Morrison?
—Lo considero todo un poco… precipitado.
—¡Ah! Vaya, entonces quizá sea amable conmigo si llegamos a conocemos
mejor. ¿Ha querido decir eso?
—Podría llegar a suceder. Su cuerpo es hermoso, Rebeca.
—Eso, sí. ¿Le gustaría verlo completamente desnudo? ¡Estoy muy satisfecha de
mi cuerpo! ¿Me desnudo? Vamos, no se turbe tanto: ¡estoy acostumbradísima a
desnudarme delante de los hombres!
—Creo captar en su tono un profundo rencor.
—¿Y qué espera? ¿Que ame a la humanidad que me rechaza, que vive feliz
pensando que soy el plato excitante de unos cuantos tarados mentales, que nunca
piense siquiera en la posibilidad de ser amada de nuevo de un modo normal?
Siéntese, señor Morrison. ¡Quiero que vea mi cuerpo!
—Mire, yo…
Rebeca estaba ya desnudándose. Incluso antes de que terminara, Morgan no podía
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creer lo que estaba viendo. Cuando ella estuvo totalmente desnuda tuvo que rendirse
a la evidencia: jamás en su vida había visto un cuerpo tan hermoso, esbelto y
proporcionado; la piel era tersa, dorada, como hecha de seda y sol, y las formas de
una belleza impresionante: senos altos, elásticos, preciosos los rosados pezones de
tamaño regular; los muslos eran increíbles; el vientre era una delicia para los ojos…
Los hombros, los brazos… El vello sexual era de una negrura densa e insólita.
—¿Le parece a usted que un cuerpo como éste merece una cara como ésta? —dijo
Rebeca, quitándose los lentes.
—No… No.
—¿Le parece que vayamos a la cama y apaguemos la luz, señor Morrison?
Supongamos que lo hacemos. ¿Podría usted olvidar mi rostro?
—Creo que no.
—Entonces…, ¿por qué se sorprende si nota un tono de rencor en mi voz?
—Le ruego que se vista. O quizá será mejor que yo me marche. Había venido a
pedirle que me permitiese registrar por aquí, pero me parece que tampoco ahora es el
momento oportuno. De todos modos… Bueno, quizá aceptaría que la invitase a cenar.
—¿En un restaurante y a la vista de la gente?
—Podría ir a comprar algo por ahí… y cenar aquí.
—Ya, claro. ¿Y dice que no es usted cruel?
—¿Qué le pasó? —señaló Morgan su rostro.
Rebeca se dirigió hacia la puerta, la abrió, y señaló enérgicamente hacia fuera.
—Márchese.
—Escuche, Rebeca, mi intención…
—¡Márchese, o soy capaz de matarlo!
Morgan Morrison parpadeó, se pasó la lengua por los labios, y asintió. Pasó junto
a Rebeca sin mirarla, murmurando un lacónico «buenas noches». Ella cerró
violentamente la puerta a su espalda, se relajó en el acto, y sonrió.
Desnuda sobre los zapatos de alto tacón, se acercó a la mesita, tomó el paquete de
cigarrillos y encendió uno, mirando de nuevo a su alrededor. ¿Podía haber dejado
algo comprometedor Sam Baxter, algo aclaratorio…? Volvió vivamente la cabeza
hacia la puerta cuando sonó el timbre. Dejó el cigarrillo en el cenicero, fue allá, y
abrió, componiendo un gesto de furia.
—¡No vuelva nunca a ven…!
No dijo más.
La sorpresa fue mutua. Rebeca esperaba ver ante ella a Morgan Morrison, pero no
era él, sino dos sorprendentes ancianos de blancos cabellos y ataviados con sendas
túnicas largas hasta los pies, de color celeste. Uno de ellos llevaba en las manos un
bote con una rendija en la parte superior, para monedas; el otro sostenía unos folletos.
Los dos se quedaron mirándola con los ojos muy abiertos, presa del sobresalto.
Rebeca fue la primera en reaccionar.
—¿Qué quieren ustedes? —preguntó acremente.
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—Perdone… Perdone, perdone…
—¿Qué demonios quieren?
—Nada, nada. Bu-bueno, estamos… pidiendo aportaciones para…
—¿Es dinero lo que quieren? ¡Pasen!
—Podemos esperar a que…
—¡Pasen!
Los dos ancianos entraron, titubeantes y Rebeca cerró la puerta con estrépito. Se
encaró con los dos ancianos, que parecían al borde del desmayo contemplando aquel
ojo vítreo, blancuzco, enorme, que dilataba los párpados como si fuese a salir
despedido.
—De modo que quieren dinero… ¡Y vienen a pedírmelo a mí!
—Pe-perdone usted, pe-pero… Bueno, no sabíamos… Pasamos por aquí de
cuando en cuando, y… y todos los vecinos siempre han contribuido… El señor
Baxter siempre nos daba algo…
—El señor Baxter murió, ¿no lo sabían? ¿No leen los periódicos?
—No. Las cosas de este mundo… no nos interesan demasiado.
—¿Y para qué quieren dinero, entonces? ¿Para comprar una parcela en el cielo?
—Por desgracia, necesitamos dinero para mantener con vida nuestros cuerpos,
señorita.
—¿Sí? Vaya, eso lo entiendo. Pues miren, seguramente habrá gente mucho más
rica que esta pobre prostituta que les niega su apoyo. ¡Pero yo no se lo voy a negar!
¿Cuánto tengo que darles?
—Oh, por favor, no…
—¿Cuánto?
—La cantidad es voluntaria, señorita.
—Muy bien. Tengo unos cuantos asquerosos dólares, pero les daré un par de
billetes. ¿Qué les parece?
—Es usted muy generosa… Gracias.
Rebeca buscó su bolso, sacó un par de billetes arrugados y los metió como pudo
por la rendija del bote. Acogió con una sonrisa el folleto que le entregó uno de los
ancianos y dijo:
—Me parece que ustedes ya no se ponen nerviosos ante una chica desnuda, ¿eh?
¡Pero buen susto se han llevado con mi cara!
—¿Qué le pasó al señor Baxter? —murmuró uno de los ancianos.
—Mató a un hombre y luego se suicidó. Yo soy amiga de su hija, que ha estado
en Nueva York para el entierro y se ha vuelto a fornicar a Atlantic City. ¿De verdad
no leen los periódicos, ni ven la televisión, ni escuchan la radio…?
—Tenemos otras ocupaciones.
—¿Qué ocupaciones?
—Meditamos.
—Aaaah… ¿Y por qué visten así?
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—Es la túnica de nuestra secta, señorita.
—Cielos, lo que oigo ahora, ¡una secta! ¿Qué secta?
—La Secta Celestial. ¿No le habló de ella la hija del señor Baxter, o el propio
señor Baxter?
—Claro que no. Yo ni siquiera conocía al señor Baxter. A su hija, sí, pero no a él.
¿Y sobre qué meditan?
—Sobre el modo de ser cada día mejores.
—¿Qué me dice? ¿Y cómo se consigue eso?
—Con fe y con buena voluntad.
—Ya. Ya, ya… Bueno, miren, ya les he dado mi contribución para que mantengan
con vida sus cuerpos, ¿no? Pues lárguense y déjenme en paz.
—La fe y la buena voluntad son armas celestiales que…
—Oiga, corte el discurso, anciano, que mi paciencia tiene un límite. ¡Y será mejor
que se vayan antes de que me arrepienta de haberles dado esos billetes! ¡Hala, sigan
mendigando por ahí, largo!
Abrió la puerta, y los dos hombres salieron atropelladamente, agitando sus
celestes túnicas. Rebeca cerró la puerta de golpe, y se quedó con el ceño fruncido,
pero una sonrisa en los labios. Miró el folleto que le habían obsequiado. Constaba de
una sola hoja doblada, de modo que había cuatro páginas escritas. En la primera de
ellas, arriba, había el dibujo de unas nubes, un par de alas, y un sol grande y hermoso.
Luego, separado de esto por una raya negra, estaba el texto:
«Hermanos:
»De nuevo os visitamos para hablaros de la paz en la Tierra y del amor entre
todos los seres que la pueblan. En nuestras largas meditaciones en busca de una
postura definitiva del Hombre hacia la Bondad, estamos obteniendo importantes
conclusiones, y una de ellas, la más importante de todas, es que el Hombre es
básicamente bondadoso. Así, si sabemos aprovechamos de esta hermosa cualidad,
todos podemos alcanzar un estado tal de gozo y amor que el cielo esté siempre
abierto para nosotros…».
Desde su coche, Morgan Morrison vio salir a la calle a los dos sujetos con túnica
que habían entrado unos minutos antes. Ni se inmutó. En Nueva York había cientos,
por no decir miles de tipejos raros que lucían uno u otro uniforme o lo que fuese.
Santones, y gente así. Nunca se había interesado por estas cuestiones, ni siquiera
profesionalmente, pues era un tema ya muy sobado el de los santones…
Rebeca no salía. No tenía cada para cenar, pero no salía. ¿Se acostaría sin cenar?
Lo lógico, lo normal, era que ella saliese a comprar algo. Es decir, podía salir con ese
pretexto, comprar en efecto algo para cenar, pero además, ¿quién sabe?, quizá se
encontrara con alguien o hiciese algo… interesante.
De todos modos, quizá se estaba precipitando. El hecho de que Rebeca Swanson
tuviera aquellas características que la hacían encajar en el grupo de asesinos suicidas
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no implicaba que pudiera pertenecer al grupo.
Dos horas más tarde, Morgan Morrison se convenció de que, por lo menos
aquella noche, Rebeca no tenía intención alguna de salir a la calle.
Puso el coche en marcha, y se alejó. Él no estaba dispuesto a acostarse sin cenar,
aunque fuese tardíamente.
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Capítulo IV
REBECA SWANSON salió temprano de casa aquella mañana, la siguiente al entierro
de Samuel Baxter. Bien maquillada, con los lentes de sol, un bolso un tanto ajado, un
vestido aceptable. Su roja cabellera resplandecía al sol. Quizá eran las nueve y media.
Metido en un portal, Morgan la vio y se apresuró a ocultarse más hacia el interior.
Rebeca ya había demostrado tener muy buena vista, aunque fuese sólo con un ojo.
Desde el fondo del portal, la vio pasar, caminando con un estilo realmente
sorprendente. Vista así, en conjunto, tenía un porte poco corriente… ¡La sorpresa que
se debían llevar algunos cuando se acercaran a ella buscando el contacto!
La seguiría a pie, naturalmente. Era una locura intentar seguir en coche por Nueva
York a una persona que caminaba, y que en cualquier momento podía enfilar una
calle de dirección contraria para el tráfico automovilístico.
Lo primero que hizo Rebeca Swanson fue entrar en un snack, sentada en cuyo
mostrador consumió dos o tres emparedados acompañados de una cerveza. Morgan la
estuvo viendo desde lejos, borrosamente, a través del cristal. No invirtió mucho
tiempo en esto, apenas quince minutos. Luego, volvió a la calle, con un cigarrillo
entre los dedos. Por supuesto, la mayoría de los hombres se volvían a mirarla.
«Si la hubieseis visto desnuda —pensó Morgan— correríais tras ella…, hasta
verle la cara de cerca claro».
Hacia las diez y cuarto, Rebeca se detuvo ante el escaparate de una zapatería. Al
poco, un hombre se colocó a su lado, y le habló. Morgan sonrió irónicamente.
«Espera a verle bien la cara, amiguito…».
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—No estaría de más. ¿Cuál es su nombre?
—Anda éste… ¿No se ha dado cuenta? ¡Soy Bo Derek!
—Para ser lo que es, no resulta muy simpática, la verdad.
—Oiga, yo trabajo en la cama, no en la pista de un circo, ¿me comprende? Venga
a la cama conmigo y ya verá cómo le resulto más simpática.
—Vamos a hacer una cosa: yo le pago cien dólares y usted me escucha.
—He tenido clientes de todas clases, así que pierda la esperanza de sorprenderme.
Pero está bien, por cien dólares puedo escucharle a usted una hora. ¿Qué le parece?
—De acuerdo. Sé dónde hay un hotel por aquí cerca…
—Toma, y yo también. Oiga, usted sí que es gracioso, ¿eh?
—Es usted demasiado cáustica. Bien, vamos a ese hotel que usted conoce.
—Prefiero ir al suyo. A lo mejor conozco un sitio mejor que los habituales.
—De acuerdo.
Apenas tres minutos más tarde, ambos entraban en un hotel que no sugería
precisamente salas principescas. En la recepción había un sujeto de unos cincuenta
años, calvo y gordo, grasiento, que miró con cierta curiosidad a Rebeca, y eso fue
todo. Recogió el billete que el desconocido le tendió, entregó la llave de una
habitación, y se desentendió del asunto, regresando su atención a la página deportiva
de un periódico.
La habitación estaba en el primer piso. El desconocido la abrió, dejó pasar a
Rebeca, entró y cerró con llave. Rebeca, que había encendido la luz, comentó.
—Este sitio es nuevo para mí, pero tan asqueroso como los demás. Tengo ganas
de que alguien me lleve a una habitación del Sheraton.
—No se desanime —sonrió el hombre, sentándose en el borde de la cama, y
señalando la única silla de la habitación—. Siéntese y charlemos.
—¿De verdad sólo quiere charlar?
—De verdad.
—¿No tengo que desnudarme siquiera?
—Sólo tiene que quitarse los lentes.
Rebeca estuvo unos segundos inmóvil. Luego, despacio, se quitó los lentes. El
hombre no se alteró en absoluto. Sacó un paquete de cigarrillos, y lo ofreció.
Encendió el cigarrillo que tomó Rebeca y otro para sí.
—Dígame quién es usted y qué hace exactamente en el apartamento de Sam
Baxter.
—¿Por qué le interesa eso? ¿Conocía usted a Sam Baxter?
—Éramos buenos amigos.
—Pues yo lo soy de su hija. Me llamo Rebeca Swanson, y hace tiempo que
Donna y yo nos conocemos. Cuando leí en los periódicos lo que había pasado, y que
ella venía…
Rebeca lo explicó todo. El sujeto asintió y señaló su rostro.
—¿Qué le ocurrió en la cara?
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—No le importa. Además, ¿de qué se trata? ¿De que hable usted o de que hable
yo? ¡Creí que quería contarme su vida, no enterarse de la mía!
—Es su vida la que me interesa. ¿Qué opina de ella?
—¿De mi vida?
—Sí.
—Pues que es un asco. Oiga, ¿a qué viene todo esto? Y otra cosa: todavía no he
visto los cien dólares, ¿sabe?
El hombre sacó su billetera, extrajo varios billetes y se los tendió a Rebeca, que
los tomó, los contó rápidamente, y murmuró:
—Aquí hay doscientos dólares.
—¿Qué le pasó en la cara? Porque eso no es de nacimiento, ¿verdad?
—No —jadeó Rebeca—. Tuve un accidente de motocicleta con un estúpido.
¡Maldito sea! Tenía que haberme visto hace cinco años… Bueno, si no hubiera
ocurrido aquello, no estaría aquí con usted, en este sitio asqueroso. Y seguramente, ni
siquiera en el Sheraton, sino en sitios mejores. ¿Le gustaría ver mi cuerpo?
—¿Por qué no?
Rebeca se desnudó y el hombre quedó verdaderamente impresionado. No acertó a
decir nada. Rebeca le miraba fijamente con su ojo sano, y por fin preguntó:
—¿Qué, me visto o hacemos algo? Por doscientos dólares usted tiene derecho a
elegir.
—Vístase. Estoy pensando que, si su rostro correspondía en belleza a su cuerpo,
debía usted ser bellísima.
—Le enseñaría algunas fotografías, pero las quemé todas. No podía soportar
verme como era antes. Tenía malas ideas.
—¿Qué quiere decir?
—Nada… Nada.
—Me gustaría saber a qué llama usted malas ideas.
—A veces pensaba en matarme y a veces en matar al hijo de puta aquel de la
motocicleta. Nena, sube, que vamos a volar hasta el cielo, me dijo… ¡Maldito sea!
—Bueno, supongo que lo demandaría usted.
—¿Sí? Mire, yo era una putilla cara, y él era hijo de alguien importante,
¿comprende? Me habrían aplastado.
—Me parece que está usted resentida.
—No quiero hablar más de eso.
—De acuerdo. Antes ha dicho que su vida es un asco… ¿Le gustaría…
cambiarla?
—¿Cambiarla?
—Si le dieran la oportunidad de comenzar de nuevo a vivir, ¿qué le gustaría?
—Me parece que no sería prostituta —reflexionó Rebeca; y de pronto se echó a
reír—. ¡Me gustaría ser reina! Creo que ha de ser más emocionante que ser puta, ¿no
le parece?
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—Pues no lo sé —rió también el hombre—, porque no recuerdo haber sido nunca
reina.
Rebeca volvió a reír.
—Usted me cae bien. Es simpático y amable. Y no se ha… asustado demasiado al
ver mi cara sin los lentes.
—He visto cosas peores.
Había terminado de vestirse y tendió la mano hacia el hombre, que la miró
sorprendido. Rebeca se sentó de nuevo en la silla, ya fumando, y cruzó las piernas
con un gesto sobrio y elegante.
—Tiene usted más clase de la que parece —dijo el hombre.
—Lo he aprendido en el cine y en los documentales —rió ella—. ¿Cómo se llama
usted?
—Jerry Morrow.
—¿A qué se dedica?
—A vender vidas nuevas.
—¿Qué?
—Me gustaría seguir charlando con usted, Rebeca, pero no en este lugar. Ni usted
ni yo nos lo merecemos. ¿Puede disponer de la noche libre?
—¿Para qué? ¿Y qué es eso de vender vidas nuevas?
—Bueno, más que vender digamos que las proporciono. Me gustaría verla esta
noche, y presentarle a unos amigos. ¿Le va bien a las ocho?
—Bueno, supongo que sí… ¿Dónde nos vemos?
—Le apuntaré la dirección; está en el Bronx.
Sacó de nuevo la billetera, de ésta una cartulina en blanco, y con un bolígrafo
apuntó una dirección. Tendió la tarjeta a Rebeca, que la leyó rápidamente, y luego
quedó como indecisa.
—Me gustaría saber exactamente qué quiere usted de mí, señor Morrow —
murmuró.
—Piense mejor en lo que yo puedo proporcionarle a usted. A las ocho, Rebeca.
Salga dentro de un par de minutos, que todo parezca normal.
Jerry Morrow abandonó la habitación. Rebeca guardó la tarjeta en su bolso y
quedó pensativa. Cuando terminó el cigarrillo se puso en pie y se dirigió hacia la
puerta del sórdido habitáculo.
«Ahí sale ella. Lo ha despachado con rapidez, al pobre sujeto. Bueno, supongo
que ahora irá a por otro. Dios mío, esto es repugnante».
Rebeca había salido del hotel y se alejaba caminando sin prisas, como paseando.
Morgan Morrison le concedió la suficiente ventaja y partió tras ella, abandonando el
portal en el que había estado esperando.
Tal vez estuviese perdiendo el tiempo con Rebeca Swanson, pero lo cierto era que
no tenía otra cosa que hacer. La revista Playlife quería profundizar en el caso de los
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asesinos suicidas y él era quien debía presentar el reportaje.
En cuanto a Rebeca, seguía pensando que encajaba perfectamente en el grupo de
asesinos, ateniéndose a sus características. Intentó imaginarse a Rebeca matando a
una persona y luego suicidándose, y de pronto recordó el ojo sano de la muchacha, el
ojo azul cuya belleza quedaba eclipsada por el horrendo ojo derecho. ¿Qué había
visto él la noche anterior en aquel ojo azul?
Preguntándose esto, desazonado, Morgan Morrison continuó en pos de Rebeca
Swanson.
A fin de cuentas, no tenía ninguna otra pista en aquel extraordinario asunto.
Pero… ¿qué había visto él en el ojo azul?
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Capítulo V
A las ocho menos dos minutos de la noche, Rebeca Swanson llegaba a la dirección
que Jerry Morrow le había apuntado. Estaba en el Bronx, en efecto, en un callejón
entre las Avenidas Lexington y Tercera, cerca de la estación del ferrocarril de la calle
Ciento Treinta y Ocho.
Era un viejo edificio que constaba de planta baja y dos pisos. Había luz en un par
de ventanas del segundo piso. En la planta baja estaba la entrada al edificio, y, junto a
ésta, una tienda en cuyo escaparate pudo ver, a través del sucio cristal, varios libros
viejos y algunas estampas, o quizá eran láminas, no pudo distinguirlo bien.
La puerta también tenía de mitad para arriba un sucio cristal, pero no podía verse
nada tras él, porque había sido bajada una cortinilla. A la derecha vio el timbre, que
pulsó. Por detrás de ella, pasó una pareja de jóvenes besándose.
Se abrió la puerta y apareció un hombre alto, apuesto, de edad parecida a la de
Jerry Morrow.
—¿Rebeca? —preguntó.
—Sí… El señor Morrow me…
—Pasa —sonrió el hombre—. Jerry está ocupado en este momento, pero me
advirtió que vendrías. ¿Qué tal? —Le tendió la mano—. Yo soy Arnold. Arnold
Faith.
—Hola.
Se estrecharon la mano, Faith cerró la puerta y la condujo tomándola de un brazo
hacia el fondo de la tienda, sin encender la luz. Abrió una puerta, dejó pasar a
Rebeca, entró él, cerró la puerta y encendió la luz, iluminando un corto y amplio
pasillo que no encajaba con la miserable tienda de libros y grabados. Estaba limpio,
alfombrado el suelo, y había bellas láminas de alegres paisajes en las paredes. En uno
de los lados había un par de banquetas tapizadas en rojo vivo, estimulante.
Había dos puertas a cada lado del pasillo. Arnold Faith abrió una de ellas, y
entraron ambos. Era un vestuario alegre, confortable. En dos de las paredes que
formaban ángulo se veían colgadas ropas de varias personas. En las otras dos paredes
colgaban túnicas celestes, y Rebeca recordó en el acto a los dos ancianos que la
noche anterior habían ido al apartamento de Sam Baxter pidiendo una limosna.
Faith descolgó una de las túnicas.
—Ésta es de tu talla —sonrió—. Mientras te cambias, iré a decirle a Jerry que has
llegado.
—¿Tengo que esperar aquí?
—No, no. Si quieres puedes pasar a la sala de al lado y así irás conociendo a los
demás. Hoy hay mucha animación, porque tenemos un tránsito.
—¿Un qué?
—Ya lo verás —rió Faith—. Hasta ahora mismo… Y sé bien venida a la Secta
Celestial.
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Faith salió, dejando a Rebeca con la pregunta en los labios. Se desvistió, colgó
sus ropas en una de las perchas y se puso la túnica azul celeste, que contrastaba con
sus rojos cabellos. Salió del vestuario y se acercó a la siguiente puerta del mismo
lado. Antes de empujarla, miró las otras dos puertas. Tras éstas no se oía nada, pero sí
se oían voces tras la que se hallaba.
La empujó y entró.
Había por lo menos veinte personas allí dentro. Unos catorce hombres y seis
mujeres. Todos volvieron la cabeza hacia la puerta, y, enseguida, un hombre jorobado
se acercó a ella, sonriente.
—¿Qué tal? —Le tendió la mano—. Soy Elmer. ¿Quieres que te presente a los
demás?
—Sí, gracias… Yo soy Rebeca.
—Bien venida. Ven, éste es Bob…
Los fue presentando. Todos eran amables, sonrientes, simpáticos. Parecían
encontrarse muy a gusto allí, lo que no era sorprendente, pues el ambiente era muy
grato, luminoso, y todo resultaba confortable. Había hermosos divanes y sillones, una
librería, televisor, tocadiscos, un mueble bar… Cuadros, una gran alfombra de
excelente calidad. Parecía el confortable salón de un club de personas amantes de la
buena vida, de las buenas cosas.
Y sin embargo, todos los presentes tenían una tara u otra, un defecto físico que, en
el fondo, debía amargar sus vidas, aunque no lo pareciera. Además del jorobado,
había un manco, un cojo, un epiléptico… Una de las mujeres también era jorobada.
Otra tenía la cara completamente comida por la viruela, y caminaba encorvada,
vencida por el peso de los años. Todos estaban alegres, parecían felices, pero había
un… estremecedor patetismo en aquellas gentes.
—Y éste —presentó finalmente Elmer— es Michael Tanner, el más importante en
la reunión de hoy. Va a efectuar el tránsito.
Rebeca tendió la mano a Tanner. Éste era un hombre de mediana estatura,
delgado, de unos cincuenta años. Tenía la mitad izquierda de la cara ocupada por una
mancha de color violáceo, como si le hubiesen puesto allí un enorme chicle que
incluso tapaba el ojo. Era horrendo.
—¿Cómo estás, Rebeca?
—Bien, gracias…
—¿Por qué no te quitas los lentes? Aquí nadie va a asustarse por nada, querida.
Rebeca se quitó los lentes. Ni siquiera la miraron con curiosidad. Tanner la tomó
de un brazo, y la llevó hacía la mesita donde había varias bandejas con canapés y
copas de champaña.
—Estaba invitando a todos mis amigos a la despedida —dijo—, y me gustaría
que lo celebrases con nosotros. ¿Te gusta el champaña?
—Sí… Claro.
—¡Puedes beber todo el que quieras! Naturalmente, no pago yo, sino la Secta.
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¡Yo no podría pagar ni una cerveza! En fin, ya no vale la pena hablar de estas cosas,
¿verdad? Por suerte para mí, todas las miserias del mundo han dejado de afectarme.
—Me alegro mucho, Michael.
—Gracias. Ya les he hecho promesas a todos, así que pídeme tú lo que quieras.
¿Deseas saber algo, enviar algún recado a alguien en especial, establecer alguna
comunicación…?
Rebeca se quedó mirándolo por encima de la copa de champaña, tras beber un
sorbo.
—Me parece que no te comprendo muy bien —susurró.
—Oh, bueno, claro, tú has ingresado hoy, es cierto. De todos modos, aquí todos
somos hermanos, así que pídeme lo que quieras, y si no hay prohibición al respecto,
me comunicaré contigo.
—Bueno, ya lo estás haciendo, ¿no?
—¡Pero ahora estoy vivo, mujer! —rió Tanner.
Los demás también rieron.
—Lo que Michael quiere decir —intervino Bob—, es que se comunicará con
nosotros después del tránsito.
—¿Después de la muerte?
—Claro.
—¿Quieres decir que vas a morir pronto?
—¡Esta misma noche!
—¿Y cómo lo sabéis?
Estallaron todos en carcajadas. Era sencillamente horripilante.
La puerta se abrió en aquel momento, y entraron Morrow y Faith, el primero de
los cuales se acercó a saludar amablemente a Rebeca, y luego puso una mano en un
hombro de Tanner, sonriente.
—Bueno, Michael, viejo pillastre, ¡lo has conseguido! ¿Estás contento?
—Desde luego que sí, Jerry. La verdad es que ya no podía esperar más.
—Te comprendo. Bien, todo está preparado: Star, Moon y Sun, nos están
esperando.
Rebeca dejó la copa de champaña. ¿Star, Moon y Sun[1]? ¿Qué quería decir Jerry
con eso de que a Michael le estaban esperando la Estrella, la Luna y el Sol? Jerry
Morrow se dio cuenta de su expresión pensativa y le dio una palmadita en un
hombro.
—Ya lo irás comprendiendo todo. Por ahora, te ruego en nombre de todos que,
puesto que todavía no sabes cómo comportarte en la Secta, procures no intervenir.
—Si no puedo estar presente en…
—No, no, no es eso, ni mucho menos. Precisamente, nos complace mucho que
estés presente, porque así luego no tendremos que darte explicaciones ni convencerte,
ya que lo habrás visto todo por ti misma desde el primer momento. No todos tienen el
privilegio de presenciar un tránsito, y mucho menos el primer día.
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—¿Michael va a morir esta noche? ¿Realmente?
—Así es.
—Pero… ¿cómo?
—Ya lo verás. Lo que puedo decirte ahora es que lo hará dulce y voluntariamente.
Morrow tomó del brazo a Rebeca, y la condujo fuera del salón, en pos de los
demás, que, en el pasillo, esperaban su turno de entrar por una de las puertas de
enfrente; la otra permanecía cerrada. Rebeca comprendió por qué cuando entró las
dos habitaciones de aquel lado formaban ahora una sala espaciosa. A su derecha, en
la pared del fondo de aquel lado, vio lo que parecía un altar, tapizado de azul. Las
paredes y el techo también estaban tapizadas de azul celeste. En el centro de la
estancia había una fila de bancos, que iban siendo ocupados silenciosamente por los
«hermanos» de la Secta Celestial.
—Siéntate donde quieras —susurró Morrow.
Cerró la puerta y se dirigió hacia el altar. Rebeca se sentó en el extremo de uno de
los bancos, sin dejar de mirar a Morrow, que pasó tras el altar y abrió una puerta que
no se veía debido a su perfecto encaje en la pared tapizada.
Arnold Faith estaba de pie a un extremo del altar, y Jerry Morrow, tras decir algo,
se colocó en el otro extremo. Michael Tanner estaba ahora de pie ante el altar. Todas
las voces habían cesado, el silencio era total, impresionante.
La iluminación era indirecta, apenas un leve resplandor que procedía de unas
instalaciones cerca del techo, lo justo para ver por dónde se movía uno allí dentro,
pero también fue más que suficiente para que Rebeca identificara a dos de los tres
ancianos que aparecieron por la puerta que había abierto Jerry Morrow.
Tal como había intuido, eran los que habían llamado a la puerta del apartamento
pidiendo limosna la noche anterior. Al otro no lo había visto nunca, pero era muy
parecido a sus compañeros. Llevaban unas largas túnicas azul celeste, pero no raídas,
sino que parecían de finísima seda. Había en sus bondadosos rostros como un halo de
suave felicidad, de complacencia.
«Todo esto no puede ser verdad —pensó Rebeca—, tiene que haber algún
truco…».
Los tres hombres, que naturalmente debían ser Estrella, Luna y Sol, se colocaron
uno junto a otro y los tres frente al altar, al lado opuesto de donde se hallaba Tanner.
—Buenas noches, hermanos —saludó Sol—. La paz y la felicidad sean con
vosotros.
—Y que la Bondad reine en el mundo —replicaron todos en alargado murmullo.
Rebeca miró los rostros de Morrow y Faith. Permanecían impasibles,
inescrutables. De reojo, miró a sus vecinos de banco y vio en sus expresiones una
felicidad que se aproximaba al éxtasis.
—Hermanos —dijo Sol—, hace unos días nuestro amado Samuel Baxter
emprendió el tránsito violento, por su propia voluntad, y no sin antes realizar uno de
los actos más meritorios de nuestra Secta Celestial: la exterminación física de un
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espíritu maligno. Es decir, la aniquilación de una materia malvada que, con engaños,
hipócritamente, intentaba convencer a nuestros hermanos todavía no captados por la
Secta Celestial, de que la felicidad puede conseguirse en esta vida.
Sol dejó de hablar y tomó la palabra Estrella.
—El espíritu malvado a que nos estamos refiriendo tenía en esta vida el nombre
de Murray Saville, el conferenciante. Como tantos otros, estaba sirviendo intereses
puramente terrestres de gentes dedicadas a la explotación, humillación y degradación
del ser humano en todo el mundo. Les interesa que haya siempre gentes conformes,
gentes que acepten su papel en la vida sin rebelarse contra su destino cruel, su
sometimiento a quienes nos humillan, explotan y degradan. Y así, Murray Saville
hablaba de la bondad y la felicidad en la Tierra, incluso, para ser mínimamente
creíble, hablaba de la felicidad interior.
Estrella calló, y, tras unos segundos de silencio, tomó la palabra Luna:
—Sin embargo, esa felicidad interior no es posible mientras el espíritu que alienta
en todo ser humano esté torturado por la rebeldía contra el destino de su cuerpo.
Todos sabemos que cada uno de nosotros tiene dentro su propio espíritu, y,
ciertamente, ese espíritu está aquí, en la Tierra, para cumplir una misión de
perfeccionamiento. Un perfeccionamiento que jamás podrá conseguir si el cuerpo que
habita es sometido a presiones, torturas y desequilibrios; en esas condiciones, el
espíritu que ha pedido su estancia en la Tierra en busca de la perfección, no podrá
caminar hacia ella, jamás podrá conseguirla, y así, vez tras vez habitando cuerpos
torturados, sus sucesivas migraciones serán interminables, y nunca conseguirá una
superación que tan ansiosamente busca.
—Y ello —tomó de nuevo la palabra Sol— porque lamentablemente también
aquí, en esta vida, hay espíritus malvados y malignos, como el de Murray Saville y
otros, que intentan entorpecer el desarrollo y perfeccionamiento de los demás
espíritus, recurriendo a diversos procedimientos. El procedimiento de Murray Saville
era la palabra. Posiblemente, durante su estancia en el éter pidió venir esta vez dotado
de una gran elocuencia, y, erróneamente, se le concedió. Tan erróneamente que,
posteriormente, nosotros fuimos informados de ello, y, como consecuencia, se
decidió la exterminación de ese cuerpo que albergaba un espíritu maligno. Nuestro
hermano Samuel Baxter se encargó de ello, y acto seguido emprendió él a su vez el
tránsito, violenta pero voluntariamente. Hoy, esta noche, tenemos la esperanza de que
Sam nos confirme que consiguió su objetivo. Vamos a invocarlo.
Rebeca Swanson se removió en el banco.
Alguien carraspeó contenidamente.
Sol, Luna y Estrella pasaron delante del altar, portando cada uno de ellos un
pequeño taburete, en los que se sentaron. Morrow acercó otro a Tanner, que también
se sentó frente a los tres ancianos.
Nadie se movía.
El silencio era impresionante.
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Pasó un minuto, dos, tres…
De pronto sonó la voz de Sol, suave, baja, profunda, como desfigurada:
—Hermano Samuel Baxter: te estamos esperando.
Rebeca miró lentamente a uno y otro lado. Cerca de ella, oía las respiraciones de
los seres tarados, componentes de la Secta Celestial.
De pronto, por encima de su cabeza percibió el resplandor y la alzó vivamente.
Hubo un parpadeo en sus ojos, y eso fue todo. Se quedó mirando fijamente aquella…
mancha luminosa que se estaba desprendiendo del techo, atravesándolo como
atravesaría el humo una tela de saco, filtrándose.
Todos los demás presentes alzaron también de pronto la cabeza, para contemplar
aquella mancha de un delicado y bello color rosado, como una nube al principio de la
puesta del Sol. Hubo algunos murmullos y algunos suspiros. La mancha tenía una
forma ovalada, y su tamaño era de unos sesenta centímetros de altura por treinta de
anchura.
Quedó suspendida sobre el altar, y ninguno de los tres ancianos alzó la cabeza
para mirarla. Parecían en trance.
La voz brotó de pronto. Una voz retumbante que parecía en principio provenir del
techo, pero que enseguida se expandió y pareció brotar de todos los rincones de la
sala:
—Hermanos, estoy bien…
Eso fue todo, de momento. Hubo como una oscilación en la luminosidad de la
mancha, que terminó por estabilizarse de nuevo y, a los pocos segundos, adquirió
mayor luminosidad.
—Hermanos, estoy bien —retumbó de nuevo la voz—. Estoy todo lo bien que se
me prometió en mis visiones cuando era un humano como vosotros y era yo quien
recibía la visita de espíritus orientadores. Hoy, sois vosotros, queridos hermanos,
quienes me veis a mí, y deseo que recibáis todos mis efluvios de amor hacia los que
todavía sufrís en las injustas circunstancias de esa vida en la que se os está privado el
desarrollo de vuestra fuerza espiritual debido a las miserias físicas de los espíritus
malvados que están ocupando vuestro cuerpo en la Tierra…
La anciana encorvada y cuyo rostro estaba comido por la viruela se puso
temblorosamente en pie y gimió suplicando:
—Sam… ¡Sam, llévame contigo, llévame cont…!
Y rodó fulminada entre dos bancos.
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Capítulo VI
LA primera en reaccionar fue Rebeca Swanson, que se apresuró a desalojar su asiento
y a pasar entre los dos bancos siguientes. La anciana yacía como arrugada, como
deshinchada, entre sus dos vecinos de asiento.
—Ayúdenme —dijo Rebeca—. Se ha desmayado.
No la ayudaron. La miraron como ausentes, y se apartaron. La luminosidad de la
mancha rosada decreció casi hasta desaparecer. En alguna parte se oyeron gemidos.
Rebeca se las arregló para alzar a la anciana y sentarla de nuevo en el banco,
apoyándola en el respaldo. Los ojos estaban abiertos, la boca desencajada, el rostro
crispado. En los ojos desorbitados se reflejó la luminosidad levemente rosada del
techo.
Rebeca puso dos dedos en un lado del cuello de la anciana, estuvo así unos
segundos y murmuró:
—Ha muerto.
Silencio total. Rebeca miró hacia Sol, Luna y Estrella.
—¿No me han oído? ¡He dicho que está muerta!
Alzó la cabeza, pues de pronto la mancha luminosa volvió a adquirir gran
intensidad. Pareció que el rostro de Rebeca, alzado hacia el techo, se tomase de color
rosa.
La voz retumbó de nuevo:
—La hermana Agatha acaba de efectuar el tránsito, y todos debemos
congratulamos de ello. Ha muerto carnalmente en el momento en que tan
fervientemente lo ha deseado, para liberar su espíritu y reunirse conmigo y con los
otros hermanos que nos precedieron. Dentro de poco, estará entre nosotros, y, como
es de precepto, se le buscará una vida carnal nueva durante la cual, esta vez sí, podrá
ejercitar acciones que acelerarán su evolución. Esta vez, la hermana Agatha regresará
hermosa, afortunada, dotada de una vida plena y feliz y de gran poder para hacer el
bien. Hermanos, alegrémonos: ¡la hermana Agatha ha escapado de su cárcel humana
para pedir ahora a nuestros espíritus influyentes un cuerpo mejor! ¡Alegrémonos!
En la sala se oyeron los murmullos de los sectarios, entre los que sonaban las
palabras «Nos alegramos, nos alegramos, nos alegramos…». Rebeca miraba de un
lado a otro. Ahora, Sol, Luna y Estrella la estaban mirando fijamente a ella.
Rebeca Swanson se sentó cómodamente junto a la anciana y unió su voz a las
gozosas de los demás:
—Nos alegramos, nos alegramos, nos alegramos, nos alegramos, nos…
Arriba, flotando, la mancha sonrosada resplandecía de un modo cegador.
—Hermano Michael —retumbó la voz, haciendo enmudecer a los sectarios—,
aunque sólo te esperábamos a ti, recibiremos gozosos a la hermana Agatha, que te
acompañará en tu traslación. Afortunado tú también, hermano Michael, que en breve
estarás en el reino de los espíritus selectos para reencarnar próximamente en la Tierra
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en cuerpos sanos y poderosos. Te estamos esperando, hermano Michael. La luz
espiritual sea con todos vosotros.
La mancha luminosa ascendió, pareció ser absorbida por el techo, desapareció. La
iluminación indirecta recuperó su tono e intensidad. Sol, Luna y Estrella se pusieron
en pie, agarraron sus taburetes, y pasaron de nuevo tras el altar. Michael Tanner se
acercó a éste, con el taburete en las manos. Lo depositó junto al altar, se subió al
taburete y se tendió sobre el altar, estirado, cara al cielo.
Rebeca se puso en pie.
—Creo que estamos…
Hubo como un estallido en alguna parte. Como el fragor de un trueno lejano. Y, al
mismo tiempo, un viento frío sopló dentro de la sala de reuniones de la Secta
Celestial. Todo cesó en menos de un segundo, y Rebeca sintió un repeluzno en todo
el cuerpo, y captó las miradas de aterrado reproche que le dirigieron todos. El hombre
que estaba sentado a su derecha le agarró de una mano y tiró de ella.
—¿Estás loca? —susurró—. ¡Siéntate y calla!
Rebeca se sentó. Lejos, muy lejos, volvió a tronar, y un suave vientecillo pasó por
encima de todos, terminando bruscamente. En el altar, Michael Tanner permanecía
inmóvil, con los ojos muy abiertos, casi desorbitados.
Nadie se movía ahora, el silencio era tangible. Sol hizo una seña a Morrow y
Faith, y éstos se acertaron al banco que ocupaba ahora Rebeca junto a la anciana
muerta. Faith y Morrow se ocuparon de ésta, sacándola al pasillo, no sin que antes
Morrow susurrase junto al oído de Rebeca:
—Luego hablaremos tú y yo.
Llevaron entre los dos el cadáver de Agatha hacia el altar, y lo acomodaron junto
al tenso cuerpo de Michael Tanner, que volvió la cabeza para mirar el cadáver. Hubo
una crispación en sus facciones, y miró sobresaltado hacia el techo. Morrow y Faith
regresaron a sus puestos.
Ahora sí.
Ahora el silencio y la inmovilidad eran absolutos en la sala. Pasaron casi dos
minutos antes de que Michael Tanner emitiera un suspiro débil, como un aliento
tembloroso. La iluminación comenzó a decrecer una vez más, tan lentamente que
tardó más de un minuto en convertirse en tinieblas casi totales.
Sentada en el banco, Rebeca miraba fijamente hacia el altar. Veía detrás de éste
los torsos de Sol, Luna y Estrella, inmóviles.
Michael Tanner volvió a suspirar.
Un minuto más tarde, una pequeña mancha rosada se desprendió de su cuerpo y
comenzó a elevarse. Casi en el acto, sucedió lo mismo con Agatha. Las dos formas
luminosas fueron ascendiendo lentamente, lentamente, lentamente, muy juntas, casi
confundiéndose una con otra. En alguna parte se oyó una dulce risa femenina, y
enseguida una carcajada masculina.
Las manchas luminosas llegaron al techo y desaparecieron.
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La luz volvió, completamente.
Detrás de Rebeca, una de las mujeres comenzó a llorar. Se volvió a mirarla y vio
su rostro transfigurado por la felicidad. Volvió a mirar hacia el altar, donde, en aquel
momento, Estrella y Luna procedían a cerrar los párpados a Agatha y Michael.
—Doble motivo de gozo —susurró Sol, mientras tanto—: hemos asistido a dos
tránsitos. Hermanos, id con Dios.
Los sectarios comenzaron a ponerse en pie y a abandonar la sala. Rebeca
permaneció sentada, inmóvil. Sol, Luna y Estrella desaparecieron por la puerta del
fondo, y Morrow se acercó a ella, y le hizo una seña. Rebeca se puso en pie, y salió
de la sala precediendo a Morrow. En el pasillo, los sectarios cambiaban gozosas
expresiones y deseos. Algunos entraban en el vestuario.
—¿Se puede saber qué pretendías? —La miró irritado Morrow.
—Lo siento. No pude contenerme, Jerry. Tenía… tenía una persona muerta al
lado, y…
—Todos hemos de morir y no todos podemos hacerlo con el gozo con que ha
muerto Agatha. Ni con el de Michael.
—Te aseguro que lo siento. Estaba… estaba desconcertada y asustada… ¡Debiste
prevenirme de las cosas que podían ocurrir!
—¿Me habrías creído?
—Bueno, no sé… Quizá no.
—¿Pero lo crees ahora? ¿Crees en todo lo que has visto?
—¿Cómo no había de creer, si lo he visto con mis propios ojos? ¡Dios bendito,
jamás creí que pudiera… ser verdad todo eso! Creo… Bueno, si no ha sido un sueño
o una… alucinación, diría que… que he visto tres espíritus…
—El de Sam Baxter, el de Michael y el de Agatha. Sí, Rebeca, los has visto. Igual
que todos nosotros.
—Pero esto… No sé, estoy aturdida… Jerry: ¿qué es todo esto? ¿Cómo… cómo
ha muerto Tanner?
—Él lo ha pedido a los espíritus amigos que tenemos en el éter, y se nos
comunicó que iba a ser complacido. ¿Cómo ha muerto? Simplemente, sabían que él
lo deseaba, y se lo han llevado. Es mucho más simple de lo que parece.
—¿Qué hará ahora? Quiero decir… ¡Oh, no sé qué decir! Y no comprendo
nada… Sam Baxter cometió un asesinato y…
—No vuelvas a decir eso —amonestó Morrow—. Lo que hizo Sam Baxter fue
hacer regresar al éter a un espíritu malvado que en la Tierra estaba colaborando en la
humillación y explotación del ser humano. Ya oíste a Star, Sun y Moon. Sam Baxter
tuvo el privilegio de hacer una labor meritoria antes de emprender el tránsito
impulsado por su propia mano. Y ello, para evitar que las fuerzas de la llamada Ley o
Justicia lo apresaran y obligaran a su cuerpo a delatarnos a todos. Cumplió su
cometido, emprendió el tránsito, y ahora es feliz.
—Y nadie sabe que esas cosas las está haciendo la Secta Celestial… Tengo…
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tengo la impresión de estar soñando… Jerry, como todo el mundo, sé que hace
tiempo que vienen pasando estas cosas. ¿Todas las han hecho los hermanos de la
Secta Celestial?
—Así es —sonrió Morrow—. Cumplen una labor meritoria, y, como Sam Baxter
y por los mismos motivos, se lanzan voluntariamente al tránsito. Saben que una vez
arriba serán recompensados.
—¿De qué modo?
—Ya lo oíste: su espíritu será enviado la próxima vez a un cuerpo que llegará a la
Tierra con un destino feliz y afortunado, y así podrán evolucionar espiritualmente, al
no tener que sufrir bajo las miserias del cuerpo físico.
—¿Y cómo volverán Sam, Agatha y Michael?
—Eso lo deciden arriba, pero generalmente son ellos mismos los que piden un
destino, un cuerpo, una situación en la Tierra. Y si vuelven a sufrir interferencias, de
nuevo iniciarán el tránsito, para volver a intentarlo de nuevo, todavía en mejores
condiciones.
—¿Eso quiere decir… que si yo emprendiese el tránsito y ellos me recibiesen y
me guiasen…, podría volver a la Tierra ocupando… una situación deseada por mí?
—Siempre es así, Rebeca. Sólo que a veces, aunque ocupes una situación
deseada, no puedes evolucionar debido a las interferencias de los espíritus malvados
que también vienen a la Tierra. Es por eso que nosotros, la Secta Celestial, los vamos
enviando de nuevo al éter, donde nuestros compañeros que nos han precedido
procuran retenerlos, para que no vuelvan a incordiar en la Tierra. ¿Me entiendes?
—Sí… ¡Sí, sí, sí! Jerry, ¿podría… podría yo… volver a la Tierra… ocupando una
situación… de reina? ¿Podría ser reina siempre amada, admirada…? ¿Podría, Jerry?
—Supongo que sí, pero habría que consultarlo con Sam Baxter y los demás, con
cualquiera de ellos que esté disponible, que tenga permiso para hacer contacto con
nosotros, o que todavía no haya regresado a la Tierra, claro está.
—¿Y cuándo podría yo…?
—Vamos, cálmate —rió Jerry—. ¡No es tan fácil ni tan rápido! Además, todo
depende de tu buena disposición a colaborar en la limpieza espiritual. Quiero decir
que, si quieres emprender el tránsito como lo hizo Sam Baxter y los otros, tienes
prioridad sobre los que quieren hacerlo como lo ha hecho Michael Tanner. Los que se
ofrecen para cumplir una misión de limpieza son atendidos muy pronto.
—O sea, que si yo… eliminase el cuerpo físico de algún ser maligno, de un
espíritu malvado, y luego me… me forzase yo misma al tránsito…, ¿podría ser
pronto?
—Desde luego.
—¡Jerry, quiero hacerlo, quiero…!
—Tranquilízate —insistió Morrow—. Desde luego comunicaré tu deseo a Sol,
Luna y Estrella, y ellos harán lo que sea más conveniente.
—¿Eso significa que ellos son quienes lo deciden todo?
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—En Nueva York, sí.
—Pero entonces ellos pueden autorizarme, pueden… ¡Jerry, quiero hacerlo, por
favor, pídeles de mi parte…!
—Bueno, ya está bien. —Morrow sonrió, y le palmeó de nuevo en un hombro—.
Queda tranquila, que me ocuparé de eso. Todo lo que has de hacer es tener un poco
de paciencia.
—¡Pero no veo por qué! —De pronto Rebeca pareció tener la gran idea, sus ojos
se abrieron mucho—. ¿Y si yo misma me impulsara al tránsito esta misma noche?
¡He pensado muchas veces en el suicidio, pero como no sabía…!
—Rebeca, si emprendes el tránsito por tu cuenta, sin nuestro apoyo y dirección,
sin que te estén esperando nuestros hermanos de la Secta Celestial que han adquirido
influencias arriba, ni mucho menos podrás estar segura de que volverás como una
reina. —Morrow sonrió con amable ironía—. No es tan fácil, querida. Si lo fuese,
todos harían el tránsito inmediatamente.
—Eso quiere decir que si lo hago yo sola, por mi cuenta… podría volver en otro
cuerpo humano que pasara en la Tierra por situaciones peores que las de mi actual
cuerpo.
—Sí, eso quiere decir. Naturalmente, todos los espíritus podemos elegir destino,
pero no todos vuelven contando con la ayuda que desde aquí y desde arriba recibirán
para que aparezcan más interferencias en su evolución. Rebeca, entiéndelo: somos la
Secta Celestial, y ése no es un nombre caprichoso. Y ahora, perdóname, pero tengo
cosas que hacer.
—Jerry —le retuvo ella por un brazo—, ¿qué pasará ahora? Hay dos cadáveres
ahí dentro… ¿Cómo explicaremos su muerte, qué haremos con ellos?
—Deja eso de nuestra cuenta.
—Está bien. ¿Cuándo volveremos a vemos?
—Serás avisada de la próxima reunión, no te preocupes. De todos modos, si antes
necesitas alguna ayuda o consejo, como suele suceder, lo único que has de hacer es
colocar una flor en tu puerta. Una flor blanca, Rebeca. Aunque sea de plástico, o de
cera, o hecha de papel por ti misma. Sólo eso. Vamos, vamos, vas a ser la última en
salir.
Cinco minutos más tarde, Rebeca Swanson abandonaba la vieja librería y, tras
ella, Jerry Morrow cerró la puerta.
Desde la oscuridad de un portal, Morgan Morrison la vio, como había visto salir a
los demás sectarios de la Secta Celestial. Y cuando Rebeca se alejó el periodista
partió discretamente tras ella.
Eran más de las doce de la noche cuando Rebeca Swanson se acostaba en la cama
del único dormitorio del apartamento de Sam Baxter. Apagó la luz, y todo fue
devorado por la oscuridad y envuelto en el silencio.
Ningún ruido llegaba a aquel apartamento interior. Todo el edificio estaba en
[Link] - Página 41
silencio.
Rebeca se acomodó bien en el lecho, y al poco se oía su respiración lenta y
acompasada, fuerte y sana. Transcurrió quizá una hora.
De pronto, comenzaron a oírse extraños ruidos en alguna parte fuera del
dormitorio. Rebeca se removió en la cama, acabó por abrir los ojos, y aguzó el oído.
Había unos ruidos que eran como susurros de voces…
—¿Quién hay ahí? —preguntó Rebeca, con voz tensa.
Hubo un instante de súbito silencio.
Luego, volvieron a oírse los susurros. Rebeca se volvió y encendió la luz de la
lamparita de noche. En el acto, cesaron de nuevo los susurros. Rebeca permaneció
unos segundos mirando hacia la puerta del dormitorio, pavoroso su ojo blancuzco,
visibles ahora las horribles cicatrices de su mejilla derecha, crispada la boca.
Apagó de nuevo la luz, y esperó, hasta que, en efecto, los susurros volvieron. Se
acercaban, como procedentes de la sala del apartamento. Parecieron expandirse
alrededor de ella. Los susurros aumentaron de volumen, comenzó a distinguir alguna
palabra.
—¿Sois la Secta Celestial? —preguntó Rebeca, con voz cada vez más crispada.
—Re… beca… Re… beca, has sido… has sido…
El susurro se perdió, pero volvió a los pocos segundos:
—Rebeca, has sido bien acogida…, has sido bien acogida… Sé obediente, y
pronto… pronto te reunirás con nosotros…
—Seré obediente —jadeó Rebeca—. ¡Lo seré, lo juro!
—Has sido bien acogida… Has sido bien acogida…
—Obediente…
—… reunirás con nosotros…
—Rebeca… Rebeca…
—… bien acogida, formarás… de la… Secta Celestial…
Los susurros cesaron de pronto.
De nuevo, el silencio total.
Durante más de un minuto, Rebeca Swanson permaneció inmóvil, aguzando el
oído, pero acabó comprendiendo que ya no oiría nada más. Se tendió de nuevo en la
cama, quedando boca arriba.
En la oscuridad, parecía que su ojo blancuzco relucía siniestramente.
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Capítulo VII
UN poco antes de las nueve y media de la mañana, Rebeca Swanson oyó la llamada a
la puerta del apartamento cuando estaba terminando de maquillarse profusamente
ante el espejo. Hizo un gesto como de rechazo, y continuó con su especialísima labor
de ocultar las cicatrices con el maquillaje.
El timbre volvió a sonar, Rebeca decidió dar por terminado el maquillaje y fue a
abrir.
Ante ella, Morgan Morrison se quedó mirándola atentamente, con una extraña
expresión en los ojos. Ella frunció el ceño, suspiró como resignada, y se apartó,
diciendo:
—Pase. Pero por favor, sea breve. Tengo que salir.
—Sí, ya sé.
Morgan entró, Rebeca cerró la puerta y le miró con su ojo azul, mientras el otro
parecía emitir destellos siniestros.
—¿Lo sabe? ¿Qué quiere decir?
—Bueno, sé que sale a esta hora a… a trabajar. Y por eso he venido temprano,
para que charlemos un poco.
—¿Usted y yo? No creo que tengamos nada de qué charlar. Es decir, lo único que
podría escuchar de usted sería sus disculpas por lo de ayer. Su crueldad…
—Ayer la estuve siguiendo, Rebeca.
Ella ladeó la cabeza, y entornó los párpados. Morgan evitaba mirar su ojo
blancuzco.
—¿Y por qué hizo eso? —susurró ella.
—Se me ocurrid que usted encajaba en el asunto más o menos como encajó Sam
Baxter y los demás.
Rebeca parpadeó, lentamente. De pronto dio media vuelta, desapareció en el
cuarto de aseo, y reapareció con los lentes puestos. Morgan Morrison contuvo un
suspiro de alivio.
—¿Qué quiere usted decir exactamente? —preguntó Rebeca, con voz áspera—.
¿Debo entender que encuentra algún… insano placer en espiar a una prostituta?
—Usted estuvo ayer sólo con un hombre, por la mañana. El resto del día no tuvo
más… clientes. Incluso me pareció que no los buscaba. Estuvo por ahí, paseando
tranquilamente. Pero por la noche fue a la vieja librería. Y cuando salió, el mismo
hombre que había estado con usted por la mañana en el hotel estaba allí,
despidiéndola y cerrando la puerta. También vi a las demás personas que salieron de
aquella tienda. ¿Me comprende?
—No.
—Pues se lo diré más claro: tanto usted como las demás personas que salieron de
allí encajan en el asunto. Dios mío, nunca vi un grupo de personas tan… tan…
—¿Extraordinario?
[Link] - Página 43
—Digámoslo así.
—Señor Morrison: ¿qué es lo que quiere usted de mí?
—Lo hago por su ojo azul.
—¿Mi ojo azul? No comprendo.
—Estoy… asustado. Presiento algo horrible en todo esto, Rebeca, y todo encaja
en mis suposiciones. Todo, menos su ojo azul. No he podido dejar de pensar en él, ha
sido como si en todo momento hubiera estado viéndolo. Y puede que yo esté loco,
pero su ojo azul no encaja en todo esto.
—No entiendo nada de lo que está diciendo.
—Su ojo azul no es siniestro.
—¿Qué es lo que quiere usted? —Se encrespó Rebeca—. ¿Mortificarme?
—No, no. ¡Desde luego que no! Mire, en ocasiones, como ahora, parece… que su
ojo azul exprese maldad, pero yo lo vi en determinado momento, y… Bueno, creo
que usted no es mala, Rebeca.
—¿Y por qué tendría que serlo?
—Porque lo que está sucediendo es malo, y usted se está involucrando en ello,
quizá sin saber exactamente lo que hace. Todo aquel grupo de gente… Era es
estremecedor verlos juntos. Uno a uno quizá inspirasen… No sé, un poco de rechazo,
tal vez compasión, cosas así. Pero todos juntos me parecieron estremecedores. Y sé
que están haciendo algo malo. He venido a decirle que no se mezcle en eso, que se
sincere conmigo, y que entre los dos resolvamos el asunto. Ya sabe de qué le hablo.
—Usted está loco.
Morgan Morrison bajó la mirada, y estuvo unos segundos contemplando sus
manos. Sin mirar a Rebeca, dijo:
—Si usted no quiere escucharme, si no colabora conmigo diciéndome qué hay en
aquella librería, yo renunciaré a la fama que pudiera conseguir continuando por mi
cuenta en esto, y avisaré a la Policía para que hagan una visita a la librería. Creo que,
si hacen eso, llegarán a descubrir todo este misterio de los asesinos suicidas. Perderé
la gran oportunidad periodística de mi vida para hacerme famoso, pero… creo que
hay cosas más importantes. Si puedo descubrirlo yo con su ayuda y luego avisar a la
Policía, bien. Si usted se niega a colaborar conmigo, al salir de aquí iré al primer
precinto que encuentre y explicaré todo lo que sé.
—Usted no sabe nada… ¡Nada!
—Puedo saberlo, ahondar en ello, si usted me dice qué hicieron allá dentro
aquellas personas y usted misma, y quién es el hombre con el que estuvo en el hotel.
Rebeca titubeó visiblemente.
—Si le digo lo que sé… ¿no avisará a la Policía?
—Espero no tener que hacerlo. Es decir, lo deseo, pero me temo que al final no
habrá más remedio. En realidad, lo que estoy intentando son dos cosas. Una,
conseguir mi reportaje. Dos, que usted no se vea mezclada en el asunto, si eso es
posible.
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—Y todo por mi ojo azul…
—Sí.
Rebeca suspiró profundamente.
—Estoy preparando café, señor Morrison. ¿Quiere un poco?
—Bueno.
—Venga. Lo tomaremos en la cocina y allí charlaremos. Se está mejor que aquí.
Rebeca precedió a Morgan a la pequeña cocina. En efecto, había una cafetera
sobre la vieja cocina eléctrica. Rebeca señaló una silla junto a la destartalada mesa, y
Morgan se sentó, sin dejar de mirarla.
—Me está poniendo nerviosa.
—Lo siento —desvió él la mirada.
Rebeca abrió un armario dentro del cual había algunos vasos y platos. A un lado
había un recipiente de grueso cristal lleno de sal. Rebeca lo tomó, y se volvió hacia
Morgan, que en aquel momento no la miraba…
El recipiente de cristal hizo sonar con escalofriante chasquido la cabeza de
Morgan Morrison, que lanzó un grito de dolor, cayó de cara un instante sobre la mesa
y realizó un intento para ponerse en pie, derribando la silla. Rebeca Swanson le
golpeó de nuevo en la cabeza, y Morgan suspiró, puso los ojos en blanco, y se
desplomó lentamente, agarrándose a la mesa, que casi arrastró con él. Quedó tendido
en el suelo, boca arriba, con un gesto crispado en su atractivo rostro. A los pocos
segundos, una manchita de sangre comenzó a aparecer debajo de su cabeza, por un
lado.
Rebeca dejó el enorme salero sobre la mesa, se acuclilló junto a Morgan
Morrison, y tocó su cuello con las yemas de dos dedos. Estaba vivo. Podía haberlo
matado si hubiera golpeado más fuerte, desde luego…
Unos cuatro minutos más tarde, cuando Morgan Morrison recobró el
conocimiento, vio el suelo ante sus ojos, a pocos centímetros. Quiso gemir, y
entonces se dio cuenta de que no podía emitir sonido alguno. Quiso moverse, y
comprobó que tenía los pies atados uno a otro, y lo mismo sus manos, colocadas a la
espalda. Le dolía la cabeza horriblemente…, y algo estaba pasando en ella. Volvió la
cabeza, y vio las esbeltas, las hermosas piernas femeninas por el borde de la falda,
que se habían alzado considerablemente.
—No se mueva —dijo Rebeca—: le estoy haciendo una pequeña cura en la
cabeza. Y es inútil que intente hablar, y mucho menos soltarse, porque lo he
amordazado y amarrado bien con varias tiras de esparadrapo.
Morgan Morrison cerró los ojos. El dolor en la cabeza era espantoso. No el dolor
del lugar donde había recibido los golpes, simple dolor de carne y hueso, sino el dolor
interior; era como si tuviera allá dentro mil martillos de dura goma golpeando en
todas partes. Le dolían incluso los ojos.
Rebeca terminó de colocarle el apósito en la cabeza, y luego, para sorpresa de
Morgan, lo alzó fácilmente por las axilas y lo sentó en una de las sillas. Las miradas
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de ambos se cruzaron, de nuevo Rebeca sin los lentes.
—Ha cometido usted un gravísimo error, señor Morrison. Debió ir en primer
lugar a la Policía, porque le aseguro que yo no pienso de ninguna manera traicionar a
la Secta Celestial, ni por usted ni por nadie de este maldito y asqueroso mundo. ¿Me
ha comprendido?
Morgan abrió mucho los ojos, en muda pregunta. Le dolieron tanto que tuvo que
cerrarlos. Rebeca estuvo unos segundos mirándolo, expectante, como desconfiada.
Por fin salió de la cocina, y fue a la sala, donde procedió a confeccionar una flor con
papel y esparadrapo; un viejo bolígrafo le sirvió de tallo para la improvisada flor, que
finalmente colgó, utilizando de nuevo esparadrapo, en la puerta del apartamento.
Cuando regresó a la cocina, Morgan estaba con los ojos abiertos y haciendo
esfuerzos por romper las tiras de esparadrapo que le sujetaban. Se quedó inmóvil al
ver a Rebeca, que lo miró malignamente.
De pronto, sonrió, se proveyó de un cuchillo y lo colocó ante el rostro del
periodista.
—¿Quieres que te pinche los ojos? —propuso—. ¿Es eso lo que quieres? ¿Eh?
Me parece que no, ¿verdad? Pues entonces estate quietecito mientras esperamos a mis
amigos. Y tómatelo con calma, guapo, porque no tengo ni idea de cuándo aparecerán
por aquí…
Hacia las seis de la tarde, Jerry Morrow llegó al apartamento de Sam Baxter, y,
nada más cerrar la puerta tras franquearle la entrada, Rebeca exclamó:
—¡Ya era hora! ¡Llevo todo el día esperando, con ese hombre en la cocina…!
—Cálmate —murmuró Morrow—. ¿Qué ha pasado?
Rebeca lo explicó, todavía irritada. Morrow la escuchó en silencio, y luego fue a
la cocina. Hubo un destello de reconocimiento en los ojos de Morgan al verlo.
Morrow movió la cabeza.
—No se puede ser listo, señor Morrison: su inteligencia le ha metido en un mal
paso, créame.
—¿Qué vamos a hacer con él? —preguntó Rebeca.
—Sacarlo de aquí cuanto antes, no sea que alguien sepa algo y venga a interesarse
por él. Si hubiera sabido que era un asunto tan importante habría venido mucho antes.
—¿Qué creías? ¿Que era un capricho mío? —refunfuñó Rebeca—. No soy de las
que pondrían la flor por capricho.
—Está bien, ya me doy cuenta.
—¿Cómo lo vamos a sacar de aquí?
—Yo me encargo de eso. Pero tendremos que esperar a que sea de noche. Sigue
controlándolo, yo voy a encargarme del traslado del inteligente señor Morrison. Y no
te descuides.
Jerry Morrow se marchó.
Regresó poco después del anochecer acompañado de Arnold Faith, cargados
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ambos con una gran caja de madera en dos de cuyos lados constaba la inscripción de
una tienda de artículos de decoración. Metieron a Morgan Morrison en la caja tras
sacar de ésta el montón de libros viejos que le había dado peso, y Morrow dio unas
instrucciones a Morgan en el sentido de que cualquier intento de dárselas de listo
mientras lo trasladaban a la camioneta sería fatal para él.
Ya cerrada la caja, Faith y Morrow cargaron de nuevo con ella, y salieron del
apartamento, acompañados de Rebeca, que efectuó la pantomima indicada por
Morrow, por si alguien se fijaba en ellos.
—¡No son esos artículos los que yo pedí! ¡Quiero que el apartamento quede
mucho mejor, más alegre…! ¡Me va a oír el jefe de ustedes! ¿Qué se han creído…?
Dentro de la caja, Morgan Morrison supo cuándo fue metido en la camioneta, y
cuándo ésta emprendió la marcha. Finalmente, la camioneta se detuvo, y fue
descargado de ella. De nuevo fue transportado a mano. Sus intentos por desprender
las tiras de esparadrapo que sellaban su boca solamente le habían causado dolor, y lo
mismo las muñecas. Le pareció oír cerca de la caja el taconeo de los zapatos de
Rebeca. ¡Su ojo azul…! ¿Cómo había podido ser tan cándido? ¡Aquella horrible
prostituta…! La caja se ladeó. Comprendió que lo estaban bajando por unas
escaleras. Oyó voces que pudo identificar, ruido de puertas, el taconeo de Rebeca, su
voz… Oyó abrirse una puerta.
La caja fue depositada en el suelo y abierta. Morgan cerró los ojos al recibir de
lleno en ellos la luz de la simple bombilla con portalámparas de porcelana que pendía
del techo.
Morrow y Faith lo sacaron de la caja y lo tiraron sobre una cama de metal, cuyo
colchón crujió bajo su peso. No había ventana alguna en aquella habitación húmeda.
—Señor Morrison —dijo una voz desconocida—, nos ha creado usted un
pequeño problema que me temo sólo podrá ser resuelto de una manera.
Miró hacia los pies de la cama, y vio a los tres ancianos con túnica celeste. Había
hablado uno de ellos. Ahora lo hizo otro.
—Y salvo que usted se sincere realmente con nosotros me parece que su muerte
no va a ser precisamente dulce.
—Esto es lo que queremos saber, señor Morrison —dijo el tercer anciano—:
¿realmente no ha hablado usted con nadie de esto? Por favor, afirme o niegue con la
cabeza: ¿habló con alguien?
Morgan se había estado llamando a sí mismo imbécil desde hacía horas, pero no
lo era. Comprendió que si decía que no, podía darse por muerto inmediatamente. Si
decía sí, se podría establecer un diálogo, una prolongación de su vida, una esperanza
de intentar algo, lo que fuese…
Movió la cabeza afirmativamente.
—¡A mí me dijo que no! —exclamó Rebeca, a su derecha.
—Jerry, quítale la mordaza —ordenó Sol.
Morgan lanzó un grito ahogado cuando Morrow le arrancó las tiras de
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esparadrapo de la boca sin contemplaciones. Luego aspiró con avidez, miró a Rebeca,
y jadeó:
—Eres un monstruo…, pero no de fealdad, sino de maldad. ¡Maldita seas!
—Señor Morrison —preguntó Luna—: ¿a quién le habló usted de esto y de su
interés por Rebeca como posible… integrante del grupo de nuestros amigos?
—A dos compañeros de la revista para la que trabajo —dijo Morgan—. Dos
fotógrafos. Esperaba contar con ellos para obtener un reportaje fotográfico que
acompañase el mío escrito.
—¡Está mintiendo! —rió Rebeca agudamente.
—Puede que esté mintiendo incluso por partida doble —deslizó Faith—. Quizá ni
siquiera sea un periodista, sino un policía.
—Si fuese un policía —dijo Morrow—, ya se nos habrían echado encima. No
olvides que estuvo todo el día en el apartamento de Sam Baxter con Rebeca. Habrían
ido a ver qué pasaba.
—Tengo una idea —dijo Rebeca, que había quedado pensativa… Este tipo me
dijo que trabajaba para una revista llamada Playlife. ¿Qué tal si buscamos esa revista
en la guía telefónica y yo llamo preguntando por los dos fotógrafos, diciendo que soy
una amiga del señor Morrison y que tengo que pasarles un recado? Si todo es
mentira, nadie sabrá nada de esos fotógrafos. Y al mismo tiempo, sabremos si el
señor Morrison es o no es un periodista.
—Bien pensado —aprobó Estrella—. ¡Muy bien pensado, Rebeca! Vamos arriba
a llamar. Jerry, tú quédate vigilando al señor Morrison. Parece un hombre muy fuerte,
y no quiero ninguna sorpresa… Vamos, Rebeca.
Sol, Luna, Estrella, Rebeca y Faith salieron del cuarto a un corto pasillo que
desembocaba en un sótano donde había cajas con libros. Un tramo de escalones
comunicaba con la planta, en un pequeño cuarto que quedaba detrás del altar,
separado de la sala de reuniones por la puerta por la que Rebeca había visto aparecer
la noche anterior a los tres dirigentes de la Secta Celestial. Desde este cuarto, otro
tramo de escalones conducía al primer piso del edificio, todo él ocupado por un solo
apartamento que dejó boquiabierta a Rebeca.
—Pero… ¿qué es esto? —exclamó.
El lujo era visible en todos los detalles; el apartamento no podía ser más
confortable y moderno. Sol, Luna y Estrella emitieron una risita, y Faith comentó:
—Eres la primera sectaria en ver esto, Rebeca. Esperamos que sabrás mantener la
boca cerrada.
—Ella será discreta —dijo Luna—. Es una mujer inteligente, sin duda, de modo
que no la utilizaremos del modo habitual. Pero de eso ya tenemos tiempo de hablar,
Rebeca. Ahora, veamos eso de la revista Playlife. Busca tú misma en la guía.
Le indicaron dónde estaba, y Rebeca buscó. La revista Playlife constaba en la
guía, en efecto. Rebeca llamó, pese a que Faith comentó que era ya muy tarde, y que
todo el personal habría salido. Sin embargo, a los pocos segundos la llamada fue
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contestada. Los cuatro hombres escucharon en silencio la conversación, que Rebeca
llevó con elogiable habilidad. Cuando Rebeca colgó el auricular, miró a los tres
ancianos y murmuró:
—Bueno, ya han oído… Me ha atendido esa tal señorita Colman, que ha dicho ser
la directora de la Playlife, y que se ha interesado mucho por el paradero del señor
Morrison…, pero que no sabe nada de los dos fotógrafos. Bien claramente ha dicho
que ella no tiene noticias de que el señor Morrison hubiera solicitado la ayuda de dos
fotógrafos de la revista. Parecía muy preocupada. A lo mejor —se echó a reír—, hay
algo entre ella y Morrison.
—Eso ya no interesa —sonrió Luna—. Arnold, baja a reunirte con Jerry y haced
lo que tenéis que hacer.
—¿Qué van a hacer? —preguntó Rebeca.
—Pues matarlo —la miró Faith—. Matarlo y enterrarlo en el sótano, como
hacemos siempre con los que fallecen aquí por una causa u otra.
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Capítulo VIII
—¿QUÉ quiere decir eso de una causa u otra? —preguntó Rebeca, tras un instante de
silencio.
—Por ejemplo —explicó amablemente Estrella—, la pobre Agatha falleció
anoche de un colapso cardiaco provocado por la emoción. En cuanto a Michael
Tanner, él creyó que se iba a… dormir bajo el influjo del espíritu de Sam Baxter y
que éste se lo llevaría, pero no fue así: simplemente, murió envenenado.
—Tal vez nos estamos precipitando al decirle todo esto a Rebeca —deslizó Sol.
—No lo creo. Tengo la certeza de un elemento muy útil en la… dirección de la
Secta Celestial. ¿No es así, Rebeca?
—No sé exactamente qué ha querido decir —miró Rebeca a Estrella, expectante.
—Bueno —dijo Faith—, mientras le explicáis a Rebeca de qué va el asunto, yo
voy a liquidar a ese periodista. Cuando terminemos…
—Un momento —le interrumpió Rebeca—. ¿Por qué matarlo… tan pronto? ¡A
mí me gusta!
Se quedaron mirándola desconcertados.
—¿Qué quieres decir? —se interesó Luna.
—Ese maldito cerdo me despreció… Parecía que yo le gustaba, pero cuando vio
mi ojo y mi cara —se quitó los lentes— me di cuenta de que sentía asco y horror. Le
dije… le dije que podía pasar la noche conmigo, y se burló de mí… ¡Quiero violarlo
antes de que lo matéis!
—¿Violarlo? —rió Arnold Faith.
—¡Sí, violarlo! —Le miró furiosamente Rebeca—. ¡Quiero pasar la noche con él!
Y yo sabré cómo conseguir lo que quiero… ¡Sé cómo conseguirlo! ¡Voy a disfrutar
de él, de su virilidad, y luego de su horror…! ¡Voy a gozar de él, reiré de él, y le
arrancaré los ojos…! ¡Lo quiero para mi toda esta noche!
Rebeca Swanson quedó jadeante, espeluznante su expresión. Faith estaba mudo
por la impresión. Sol, Luna y Estrella cambiaron una mirada, y el primero dijo:
—De acuerdo, Rebeca. A nosotros nos gusta vivir bien, gozar a nuestra manera
todo lo posible, así que te comprendemos. Pero si sueltas a ese hombre…
—¿Soltarlo? —rió la prostituta—. ¡Nada de eso! ¡Lo voy a tener atado,
convertido en mi esclavo…, haciéndole… todo lo que me venga de gusto! ¡Lo quiero
toda la noche, lo quiero, me gusta!
—De acuerdo, de acuerdo. Ve abajo con él, y mañana, con más calma todos,
hablaremos del servicio que una mujer como tú puede prestar a la Secta Celestial.
Arnold, acompáñala abajo. Y será mejor que tú o Jerry os quedéis esta noche allí, por
si el señor Morrison se las arreglase para engañar a Rebeca.
Ésta soltó una carcajada aguda, como de burla, y se dirigió hacia la puerta. Arnold
se fue tras ella. Bajaron de nuevo al sótano. Cuando entraron en el cuarto donde
estaba Morrison, Jerry Morrow volvió la cabeza hacia ellos.
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—¿Qué? —preguntó—. ¿Lo eliminamos ya? Tengo que…
—Hay un pequeño cambio sorprendente en la situación —rió Faith—. Ven,
dejemos solos a los tortolitos.
—¿Qué?
—Ya te lo explicaré, hombre. Déjalos solos.
Morrow miró a Rebeca, sonrió irónicamente, y salió del cuarto, cerrando. Morgan
miraba a Rebeca todavía estupefacto, resistiéndose a creer lo que implicaban las
palabras de Faith.
Rebeca se acercó a él, y se quedó mirándolo.
—Eres hermoso —susurró—. Me gustaste en cuanto te vi…, y no debiste
despreciarme.
Se inclinó sobre Morgan, que ladeó la cabeza. Ella tuvo un acceso de furia, y le
agarró por los cabellos, con violencia, forzándole a mirarla.
—¿Tanto te repugno? —gritó.
—No —jadeó Morgan—. No es eso. Es que… no es momento de cosas de
éstas…
—¿Ah, no? ¿De qué es momento? ¿De sentir horror al mirarme?
—No… No, no.
—¡Pero tú sientes horror hacia mí!
—No… De veras, no.
—¡Pues entonces, bésame! ¡Bésame como si fuese la mujer más hermosa del
mundo! ¡Si no lo haces, llamaré para que te maten! Y no esperes ayuda de nadie.
Nadie sabe nada, ni mucho menos que estás en este lugar. He llamado a tu revista, y
lo sé todo ahora, incluso que esa mujer llamada Colman está muy preocupada por
ti… ¿Cómo es ella? ¿Es muy hermosa? ¿Os habéis acostado juntos muchas veces?
¡Contesta!
—Es… la directora de la revista, no hay… no hay nada entre ella y yo, Rebeca.
—¡Mentira! ¡Ella estaba muy preocupada, lo noté, yo sé percibir esas cosas en
una mujer!
—Te equivocas… Te juro que te equivocas, Rebeca.
Es natural que ella esté preocupada por mí, pues trabajo para ella, para la revista.
Pero de lo otro… No, nada, de verdad.
—Está bien. Además, ¿qué importa? Ahora eres mío, y estarás aquí, conmigo,
hasta que yo quiera. Serás… como un esclavo: te daré de comer y de beber, me
aseguraré continuamente de que tus manos y tus pies están bien amarrados… ¡Nadie
te encontrará nunca! Y así, los dos, aquí juntos…
La boca de Rebeca Swanson descendió de nuevo sobre la de Morgan, que intentó
ladear la cabeza. Pero la presión de los dedos de la prostituta en sus cabellos era
fortísima, y no pudo lograrlo. La boca de Rebeca se posó en la de Morgan Morrison.
Y, mientras lo besaba ardientemente, Rebeca deslizó su mano por el pecho y el
vientre de su prisionero…
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—Te traeré algo para desayunar —dijo Rebeca—. Y también más esparadrapo,
para atarte mejor las manos y los pies. Eres un hombre muy fuerte, y acabarías por
soltarte si no vigilase eso… Sí, ¡eres muy fuerte!
Salió del cuarto, riendo. Morgan quedó solo, sumido en un silencio total. Cerró
los ojos, fatigado, pero los abrió enseguida, respingando, pues las imágenes de lo
sucedido aparecieron como una película que se proyectara en sus párpados. Se
estremeció. La naturaleza humana era un misterio cada vez más grande para él.
¿Cómo había podido…? ¿Cómo había podido conseguir ella que él…?
Cuando la puerta se abrió, miró hacia allá, sobresaltado. Rebeca entró con una
bandeja con comida, la puso sobre la mesita y le miró sonriente.
—No creas que voy a soltarte las manos para que puedas comer —dijo
alegremente—. ¡Yo misma te daré la comida!
—No tengo apetito —murmuró Morgan.
—¡Pues comerás! Quiero que comas, quiero que estés fuerte… para mí. Pero
antes, ponte boca abajo, para que yo vea bien tus manos y pueda ponerles más
esparadrapo. ¡Haz lo que te digo!
Morgan se volvió, tras mirar el rollo de esparadrapo que Rebeca había tomado de
la bandeja. Ella se aseguró de que tenía las manos bien sujetas, y luego se sentó en el
borde de la cama y procedió a darle el desayuno. Morgan Morrison se resignó…,
pero conservando la esperanza de que en un momento u otro se produciría una
circunstancia que le permitiría salir de allí.
Se equivocó.
Durante todo aquel día y el siguiente, Rebeca estuvo casi todo el tiempo con él,
viviendo ambos como en un mundo aparte. Ella era terriblemente apasionada, y
Morgan estaba al borde del desfallecimiento, y varias veces temió que fuese a
vomitar. Pero Rebeca sostenía la situación con alegría, satisfecha, como si todo fuese
hermoso y lo más natural del mundo. Lo afeitó los dos días, le limpiaba la boca, que
luego besaba, y le contaba cosas extrañas de su vida de prostituta, de los hombres
sórdidamente repugnantes que había conocido.
Una de las ideas de Morgan para intentar escapar fue la de pedir ir al cuarto de
baño. Naturalmente, para eso, ella tendría que dejarle libre los pies, y, aunque fuese a
patadas, él saldría de allí…
También en esto se equivocó. Cuando él quería ir al cuarto de baño ella iba
primero a buscar a Faith o a Jerry Morrow, o a cualquiera de los otros dos hombres
que parecían estar siempre por allí cerca, dos tipos parecidos a Faith y Morrow, y
que, como éstos, llevaban pistola, con las cuales amenazaban a Morgan. Así que éste
iba al pequeño recinto húmedo donde había solamente un retrete, hacía sus
deposiciones y volvía al cuarto donde estaba la cama de latón con el colchón
crujiente convertido en tálamo para Rebeca Swanson.
La desesperación de Morgan Morrison estuvo a punto de costarle muy cara: nada
menos que la vida. Al tercer día por la mañana, al salir sumisamente del retrete, se
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lanzó de pronto contra el hombre que ayudaba a Rebeca a vigilarlo. Consiguió
sorprenderlo a medias, pero estaba débil, le dolían las muñecas y los tobillos, y el
hombre se lo quitó de encima con un rodillazo en el bajo vientre y un golpe de pistola
en la frente…
Cuando recuperó el conocimiento, Morgan estaba de nuevo en la cama, otra vez
bien atado de pies y manos. Y allá estaba Rebeca, sentada a su lado, mirándole como
fascinada.
—No debiste hacerlo —susurró—. ¡No debiste querer escapar de mí, Morgan! Si
yo no hubiera estado allí, ese hombre te habría matado… ¿No lo entiendes? ¡Estás
vivo gracias a mí, a mi amor por ti!
—Déjame en paz —musitó Morgan, desalentado—. Pero no permitiré que te
maten —dijo ella, como si no lo hubiera oído—. Ahora soy uno de ellos, ¿sabes?
¡Pertenezco a la Secta Celestial! Pero no creas que pertenezco al grupo de los tontos,
sino al de los listos, al de ellos, los dirigentes.
—¿Qué quieres decir? —se interesó Morgan.
—Yo quería morir y ser reina cuando volviera a la Tierra, pero me han
desengañado. Han dicho que soy demasiado lista para tratarme como a los otros, y
que yo debo formar parte de su grupo directivo… ¿No tiene gracia?
—¿Qué grupo directivo?
—El de Nueva York. La Secta Celestial tiene… sucursales en todo el país, en casi
todos los Estados, y hay una Junta Directiva Central que dirige todas las sucursales…
¡La Secta Celestial es como una gran telaraña que tuviese dentro a los Estados
Unidos! He estado charlando muchos ratos con Luna, Estrella y Sol, y me lo han
explicado. Tienen unos ficheros y todo, no te creas… ¡Estamos muy bien
organizados!
—Pero… ¿qué pretendéis, qué hacéis?
—¡Ganamos dinero! —rió Rebeca—. ¡Ah, eso es lo que me ha convencido! No
podré volver a la Tierra siendo reina, pero mientras esté aquí viviré como si ya lo
fuese. Ya no tendré que ir con más hombres asquerosos… ¡Yo elegiré los que me
gusten, como he hecho contigo! Porque el dinero lo puede todo, y yo tendré mucho…
¡Y si alguna vez ya no me gustas, te mataré, y ellos me proporcionarán el hombre que
yo les pida, y me lo traerán aquí, como estás tú…!
—Rebeca… Rebeca, creo… que estás loca.
—No. ¡Claro que no! Los locos son esos pobres diablos que creen en los espíritus
y todo eso. ¡Todo son trucos, como en los teatros! Tienen unas instalaciones de luces,
humos y altavoces, y con ellos hacen lo que quieren: pueden hacer aparecer
«espíritus» de color rosa, ¡o de otro color; si quisieran! Y tienen cintas grabadas con
conversaciones preparadas con los que van a morir, a los que engañan diciéndoles
que son pruebas… Y luego, cuando vienen los sectarios que todavía están vivos,
hacen aparecer los «espíritus», y emiten su voz por los altavoces. A veces, incluso,
conversan con ellos, porque son conversaciones que ya saben de memoria, ellos
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preguntan y saben lo que va a responder la cinta grabada… ¡Es todo tan fantástico!
—Pero ¿cómo ganan dinero haciendo eso?
—Porque engañan a los sectarios, a esos pobres tarados de la vida y la fortuna.
Les hacen creer que tal o cual persona es desalmada, o que ha cometido alguna
atrocidad… ¡Les mienten, les mienten siempre! Por ejemplo, el otro día, cuando
Michael Tanner murió, todos creyeron que había sido por la emoción de ir a reunirse
con Sam Baxter y los que le habían precedido y por las perspectivas de regresar luego
sanos, hermosos y afortunados. Y lo mismo creyeron de Agatha…
—¿Y no fue así?
—¡Claro que no, mi amor! —rió Rebeca—. A Tanner le puso Morrow un veneno
en su copa de champaña, y la idiota de Agatha falleció de un colapso cardíaco debido
a la excitación. ¡Pero nada de emociones ni de… llamadas de los espíritus a los que
habían sido «seleccionados»! ¡Todo eso es mentira, como lo de las luces y todo lo
demás!
—Todavía no me has dicho cómo gana dinero la Secta Celestial.
—¡Mucho dinero! Y lo ganan matando gente por encargo.
—¿Qué? —jadeó Morgan.
—¿No lo comprendes? Siempre que haya alguien que conviene eliminar hay
gente que acude a la Secta Celestial, y se lo indica. Como el caso de un senador, o un
militar incómodo, o un traductor de la ONU que se ha enterado de algo… poco
conveniente. O bien es un hombre o una mujer muy ricos, cuya muerte interesa a
socios o parientes. De cuando en cuando, se mata a alguien pobre y sin interés
ninguno, para despistar, del mismo modo que la Secta permite que en sus
instalaciones se hagan todas esas tonterías como lo de Michael Tanner, para que estén
convencidos de que todo es verdad. Unos mueren estúpidamente porque se les ofrece
una vida mejor a su pronto regreso. Otros, se suicidan después de matar a la persona
que se les ha señalado, creyendo que están haciendo algo… elogiable, cuando en
realidad los convierten en simples asesinos cuya pista jamás podrán seguir, porque se
suicidan, y porque la Secta Celestial ya se cuida muy bien de que no dejen rastro
alguno de ella… ¡Pobres imbéciles asesinos tarados…!
—Dios mío… ¡Esto es horrible, Rebeca!
—¡No digas tonterías! Por cada asesinato, ¡la Secta cobra mucho dinero! Pero
además —Rebeca rió agudamente—, ¡además, cobran herencias!
—¿Herencias? ¿Qué herencias?
—Algunos de los sectarios son gente que tienen mucho dinero, que creen en estas
cosas de los espíritus. Primero los tratan exquisitamente, los convencen de que han
encontrado… El Camino De La Luz, y, luego, cuando el pobre idiota ha testado en
favor de algún personaje de la Secta Celestial del que nadie sospecharía en absoluto,
es eliminado… ¡Es todo tan perfecto! Morgan: ¿quieres que traiga algunas luces y te
haga una demostración de cómo aparecen los espíritus?
—No… ¡No!
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—Es una lástima que yo no puedo volver para ocupar un trono de reina —
reflexionó Rebeca—. ¡Pero comprendo perfectamente que los sectarios más
desdichados, o los crédulos, acepten el juego en el que los meten! ¡Sería tan hermoso!
Imagínatelo: una persona que en esta vida, en esta encarnación, es desdichada, o fea,
decide morir y volver como el ser más encantador del mundo… ¿Quién no aceptaría
un negocio como éste?
—Me equivoqué contigo —casi tartamudeó Morgan—. ¡Me equivoqué contigo y
con tu maldito ojo azul! ¡Apártate de mi vista!
—No hables así, Morgan, querido.
—¡Fuera de aquí!
La puerta se abrió, y apareció Faith, fruncido el ceño.
—¿Qué demonios pasa aquí? —Gruñó.
—Nada —replicó rápidamente Rebeca—. Morgan se ha excitado un poco, pero se
le pasará. Adiós, querido. Hoy tengo mucho trabajo, porque tenemos reunión de
infelices arriba, pero haré lo posible por visitarte aunque sólo sea un par de veces…
Rebeca salió, y Faith, tras dirigir una malévola mirada a Morgan, cerró la puerta.
De nuevo solo y en silencio, Morgan Morrison comenzó a sentir
estremecimientos de horror. No era ni mucho menos un hombre cobarde, pero lo que
había oído tenía todavía de punta sus cabellos. Le parecía todo una pesadilla. Sí, tal
vez despertase de un momento a otro en la cama de su apartamento…, y con Daisy
Colman al lado, desnuda, sonriente, dulce…
—Dios…
¿Por qué se le había ocurrido aquello con la antipática directora de la Playlife
precisamente? Y de pronto, para su enorme sorpresa, se dio cuenta de que en todo
aquel tiempo de cautiverio especialmente había estado pensando en ella, y que
incluso, en determinados momentos, cuando Rebeca lo esclavizaba, había cerrado su
mente a la realidad esforzándose en pensar que aquello le estaba sucediendo con
Daisy Colman.
Era horrible.
¡Todo era horrible!
Y sobre todo, aquella loción aftershave que Rebeca le ponía siempre después de
afeitarlo, extendiéndola con gestos amorosos por su rostro…
—Tengo que salir de aquí —jadeó Morgan Morrison.
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Capítulo IX
CUANDO, una vez más, la puerta se abrió, habían pasado varias horas. Morgan no
sabía cuántas, pero sí sabía, o creía saber, que ya era nuevamente de noche. Debía ser
tarde.
Y cómo no, quien le visitaba era Rebeca Swanson de nuevo. Pero esta vez,
evidentemente, algo había cambiado, y Morgan lo comprendió en el acto cuando vio
el largo cuchillo de cocina en la mano de Rebeca y la pistola en la mano de uno de los
dos sujetos cuyos nombres no conocía, uno de los encargados de la «luminotecnia»
de la Secta Celestial. La pistola del hombre portaba silenciador, y había en los ojos
del sujeto una expresión de divertida malicia, algo cruel, pérfido, que estremeció a
Morgan.
Pero su mirada fue enseguida hacia Rebeca, que se plantó junto a la cama y
movió el cuchillo de modo que lanzó siniestros reflejos.
—Querido —dijo Rebeca—, nuestros amados Sol, Estrella y Luna han decidido
que debes ser eliminado de una vez, porque yo me estaba poniendo un poco pesada
con exigencias para ti. Y creo que tienen razón. Pero no vas a morir de cualquier
manera, sino desangrado… ¿Te imaginas lo que voy a hacer?
La desorbitada mirada de Morgan saltó hacia el sujeto, que soltó una risita y
guardó la pistola.
—Peters va a ayudarme a hacerlo. Bueno, él sólo te mantendrá inmóvil mientras
yo te hago la pequeña operación…
Se echó a reír. Peters también rió, se acercó a Morgan y le puso sus manazas en
los hombros, apretándolo contra la cama. Detrás de Peters, Rebeca Swanson alzó el
cuchillo y lo dejó caer, con una fuerza escalofriante.
El cuchillo sonó estremecedoramente en la espalda de Peters, al rasgar ropa, piel
y carne, hundiéndose profundamente y alcanzando el corazón. Peters emitió un
quejido horroroso y cayó de bruces sobre Morgan, que giró para quitárselo de
encima, tenso, crispado su rostro. Vio a Rebeca alzando de nuevo el cuchillo,
pavorosamente siniestro su ojo blancuzco, y entonces Morgan hizo lo único que se le
ocurrió antes de que esta vez el cuchillo le alcanzase a él: giró las caderas, alzó
fuertemente los dos pies a la vez y acertó de lleno en la barbilla a Rebeca,
derribándola de espaldas como fulminada.
Morgan se sentó rápidamente en la cama y se quedó mirándola, jadeante. Ahora
no se oía nada. En el suelo, al otro lado de la cama, yacía sin vida Peters. Ante él,
estaba Rebeca. Y entre ella y él, el cuchillo manchado de sangre.
¡El cuchillo!
Morgan se dejó caer al suelo, se colocó de espaldas y se deslizó hasta que sus
manos quedaron encima del cuchillo. Sujetándolo con los dedos con la hoja hacia
arriba y, tras asegurarse con la yema del pulgar de que el filo estaba orientado hacia
las tiras de esparadrapo, comenzó a mover las muñecas, siempre sujetando con fuerza
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el cuchillo.
Dos minutos más tarde, estaba sudando, le dolían las muñecas y los dedos. Pero,
tan sólo quince o veinte segundos más tarde, y con un último tirón el esparadrapo
terminó de separarse. Conteniendo un grito de alegría, Morgan agarró el cuchillo,
cortó de un tajo las tiras que sujetaban sus pies, y se incorporó. Le dolía todo. Cuando
caminó rodeando la cama incluso creyó que iba a marearse. Cerró los ojos y estuvo
quieto casi un minuto, atento el oído.
Pero nadie acudía.
Terminó de rodear la cama, se inclinó sobre Peters y, sin mirarlo, le quitó la
pistola. Con ella en la mano, se acercó a mirar a Rebeca Swanson, que permanecía
sin sentido, cara al techo. De un puntapié, Morgan metió el cuchillo bajo la cama, y
acto seguido salió del cuarto donde había pasado los más horribles días de su vida.
Horribles y repugnantes.
Miró el sótano, desde el pie de la escalera. Luego, despacio, comenzó a ascender
por ésta. No era un campeón olímpico de tiro, pero, si alguien se le interponía en su
camino, sabía cómo abatirlo con la pistola. Y no vacilaría.
Llegó al descansillo de la planta baja sin haber visto a nadie. A través de la puerta
le llegó el rumor de muchas voces… Los sectarios estaban en la sala, esperando la
sesión de maravillas. Miró escaleras arriba. Tal vez por allí la huida fuese más fácil, o
menos comprometida. Llegó al descansillo del apartamento. No había más camino
que aquél, y Morgan Morrison empujó la puerta.
Se quedó en el umbral, contemplando el apartamento, el sorprendente, inesperado
lujo. Hacia el fondo oyó voces, y se acercó sigilosamente.
Cuando apareció en el dormitorio, ocasionó un sobresalto mayúsculo a Sol y
Estrella, el primero sentado en un sillón esperando al segundo, que, en calzoncillos,
tenía en las manos la túnica azul celeste, dispuesto a ponérsela. Ante el sobresalto de
los dos criminales, Morgan Morrison, lívido, extendió el brazo armado y susurró:
—Quietos ahí… ¿Dónde está el otro?
Estrella tragó saliva, y murmuró:
—Abajo, preparándolo todo…
—Vengan hacia aquí, despacio y sin brusquedades de ninguna clase. Quiero
llamar por el teléfono que he visto en el salón… ¡Les digo que vengan, no quiero
perderlos de vista!
Los dos obedecieron. Estrella todavía con la túnica en las manos. A una seña de
Morgan, se sentaron ambos en el sofá. El periodista descolgó el teléfono, y marcó un
número, desviando la mirada brevísimamente hacia el disco cada vez que su dedo
buscaba el dígito. Frente a él, sentados muy tiesos, crispados sus rostros, Estrella y
Sol le miraban con furia maligna.
—¿…?
—¿Es la revista Play…? ¿Es usted, señorita Colman?
—¡…!
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—Sí, soy yo, pero no tengo tiempo para darle explicaciones ahora. Anote la
dirección que voy a darle, llame luego a la Policía, cuyo número no recordaría ahora
ni que me mataran, y dígales que vengan aquí, con cuidado, pues hay una pandilla de
criminales locos… ¿Preparada? —Morgan dio la dirección, esperó un par de
segundos, y preguntó—: ¿Lo ha anotado?
—…
—Bien. Llame inmediat…
En los rostros de Estrella y Sol vio el cambio de expresión, y eso le salvó la vida.
Soltó el teléfono, se volvió velozmente, y vio en la puerta del salón a Luna, ataviado
con la túnica…, y apuntándole con una pistola, también provista de silenciador.
Plop, plop, sonaron los dos disparos al mismo tiempo.
Morgan Morrison gritó al recibir la bala en el hombro izquierdo; un impacto
tremendo, que lo derribó dando giros. Luna salió peor librado. Definitivamente mal
librado: la bala le acertó en el lado derecho de la frente, la reventó, y lo derribó
también de espaldas, como un muñeco.
Como en una pesadilla, Morgan oyó las veloces pisadas. Se revolvió en el suelo,
y vio a los dos ancianos, ahora con expresión satánica, cargando contra él. Se sentó
rápidamente, disparó, y Sol lanzó un alarido y cayó de espaldas, con un agujero en la
túnica, sobre el corazón. Al mismo tiempo, Estrella disparaba su pie hacia la mano
armada de Morgan, arrancándole la pistola y provocándole un dolor horrible en el
hombro al ser sacudido tan bruscamente su cuerpo.
Estrella gritó y quiso correr hacia donde había caído la pistola. Morgan alargó el
brazo derecho, asió el tobillo del hombre, y dio un tirón. Estrella volvió a gritar
mientras caía de bruces. Su rostro crujió contra el piso, el hombre emitió un gemido y
quedó inmóvil.
Morgan se puso en pie, como alucinado. La cabeza le daba vueltas, le parecía que
sus piernas eran de trapo y tenía la sensación de que en su hombro izquierdo llevaba
agarrado un gato furioso. Recogió la pistola, y se dejó caer en un sillón. Parecía que
nadie había oído nada.
Sacudió la cabeza. No podía quedarse allí, no podía dejarse vencer por el dolor…
Vio, el teléfono colgando cerca de él, respingó, y lo agarró. Nada más colocar el
auricular junto al oído se dio cuenta de que la comunicación había sido cortada.
Se puso en pie, entró en uno de los dormitorios, y desde la ventana vio la calle.
En condiciones físicas normales el salto desde allí no habría significado nada especial
para él, pero sabía que si saltaba estando herido…
De pronto vio aparecer a Faith en la calle, caminando hacia la casa. Se escondió
rápidamente, y regresó al salón. Tenía que salir de allí como fuese. Aunque… ¿Y si
se escondiera hasta que llegara la policía? Porque, indudablemente, si la señorita
Colman había cortado tenía que haber sido para llamar cuanto antes a la Policía…
Salió del apartamento y bajó a trompicones hasta la planta baja. Volvió a oír las
voces detrás de la puerta. Y de pronto vio la otra puerta, a su izquierda, más pequeña,
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perfectamente encajada en la pared. No vio tirador alguno, así que probó empujando.
La puerta cedió en el acto, suavemente.
El estupor dejó paralizado a Morgan. Estaba en un cuarto pequeño, donde había
dos pantallas de televisión y un tablero de mandos de luces, como los utilizados en el
teatro. Frente a todo este conjunto de mandos había dos sillas, vacías. Las dos
pantallas de televisión estaban encendidas, y en ambas se veía la sala, desde dos
ángulos diferentes. Los sectarios estaban allí al parecer excitados, desconcertados por
la tardanza de Sol, Estrella y Luna en aparecer. Se oía todo lo que decían… De
pronto, se abrió la puerta lateral y apareció Faith, acompañado de Morrow. Todos
comenzaron a preguntar, pero Faith alzó ambas manos, sonriente, amistoso,
simpático.
—Calma, calma —dijo—. Tuve que salir para visitar a uno de nuestros hermanos
que no podía venir, y quise saber si necesitaba alguna cosa. Sol, Luna y Estrella
bajarán ahora mismo, en cuanto les avise de que todo está bien.
Faith se dirigió hacia la puerta del fondo, la que estaba detrás del altar, y Morgan
tuvo la intuición de lo que iba a ocurrir. Se desplazó hasta la puerta de aquella salita
de control, y la cerró, quedándose detrás. Oyó las pisadas, y enseguida la voz de
Faith:
—Chesman, ya estoy aquí, voy a avisarlos. Prepáralo todo.
Oyó las pisadas en la escalera. Faith subía a buscar a los tres criminales de las
túnicas celestes. Unas túnicas como las que llevaban todos los seres deformes
reunidos en la sala.
—Dios bendito…
Faith había entrado por aquella puerta. Si había entrado por allí, y poco antes lo
había visto en la calle, era que por allí se podía salir a la calle. Pero en la sala estaba
Morrow… No sabía qué podía temer de los sectarios, pero Morrow debía estar
armado, como los demás, naturalmente.
Tenía que salir.
Atrajo la puerta, salió al descansillo…, y vio aparecer la cabeza del compañero de
Peters, el tal Chesman, por la escalera del sótano. Se vieron a la vez, ambas miradas
expresaron el mismo sobresalto, y la de Chesman, enseguida, una furia terrible…
Morgan empujó la puerta que daba a la sala, y apareció en ésta, tras el altar. Las
voces cesaron enseguida, todos los rostros quedaron vueltos hacia Morgan,
expresando sorpresa.
Junto a la puerta, Morrow lanzó una exclamación y sacó rápidamente la pistola de
su funda axilar, para pasmo inaudito de los sectarios que acudían a relacionarse con
los espíritus celestiales.
Plop, disparó Morgan, lívido.
Morrow lanzó un grito, se estremeció y cayó de rodillas pero enseguida alzó la
pistola para apuntar a Morgan, que se volvió hacia la puerta por la que ya debía haber
aparecido Chesman, pero éste no apareció, la puerta permaneció inmóvil.
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De pronto, en la sala sonó la voz de Rebeca Swanson:
—¡Morgan, amor, mío, no te muevas de ahí, enseguida voy a ayudarte! ¡Acabo de
matar también a Chesman con el cuchillo, no temas nada, voy…!
La voz de Rebeca se cortó de pronto.
Dentro del cuarto, recién empujada la puerta, Faith todavía la apuntaba después
de haber disparado contra ella. La bala dio en su ojo horrendo, lo hizo explotar, y
salió por el otro lado de la cabeza, que fue sacudida brutalmente. Luego, con las
manos como garras tendidas hacia los controles, Rebeca se deslizó hacia el suelo,
tirando de palancas y moviendo resortes.
En la sala, todo pareció dislocarse cuando la luz se apagó.
Comenzaron a aparecer luces rosadas por todas partes, y Morgan Morrison,
acuclillado tras el altar, creyó que se había vuelto loco. Los sectarios comenzaron a
gritar, pero por encima de ellos se oyó una voz retumbante:
—Hermanos, a requerimiento de la Secta Celestial, vengo a daros esperanzas de
una vida mejor para vuestra próxima encarnación. Soy Sam Baxter, y ya sabéis que
en mi despedida de la vida con ese nombre realicé una meritoria labor de…
Morgan volvió la cabeza, y vio a Faith tras él, desconcertado, manchado de luces.
Parecía que docenas de «espíritus» color de rosa se paseaban por todo su cuerpo, por
el rostro… De pronto, Faith vio, apenas a tres pasos de él, al acuclillado Morgan
Morrison, asimismo bañado por luces de color rosa que brotaban de la parte de atrás
del altar, y lanzó un grito de rabia. Morgan disparó, la bala dio en el vientre de Faith,
y éste soltó la pistola, se llevó ambas manos allí, y retrocedió, desapareciendo.
—¡Faith! —gritó Morrow—. ¡Faith!, ¿lo has matado?
Todos gritaban, corrían hacia la puerta ahora, tras aquellos momentos de
estupefacción bajo el influjo de la inesperada voz de Sam Baxter, un truco más de la
Secta Celestial. En su aturdimiento, Morgan estaba comprendiendo la verdad de lo
sucedido en el sótano: Rebeca no había querido hacerle daño a él, sino que había
querido ayudarlo. Por eso se había llevado abajo con ella al sujeto armado, para
disponer ambos de un arma después que ella lo hubiera matado…
—¡Rebeca! —gritó—. ¡Rebeca!, ¿dónde estás?
—… y en este estado de gracia en que me hallo ahora —decía la voz de Sam
Baxter—, la existencia es simplemente maravillosa, toda ella continuamente feliz, de
una dulzura…
—¡Faith! ¡Maldito seas, Faith, contesta! —gritó de nuevo Morrow.
Morgan veía ahora el resplandor en la puerta que cerraba la sala. Todos salían
atropelladamente al pasillo, gritando, mientras los «espíritus» rosados seguían
enloquecidos saltando de un lado a otro de la sala, y seguía sonando la voz de Sam
Baxter:
—… celestial que todos merecemos. Estoy aquí para deciros, ahora desde mi
morada espiritual, que nada hay más cierto que la vida después de la muerte, ni más
cierto que el premio de un regreso esplendoroso a todos los que, como yo y otros de
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nuestros hermanos de la Secta Celestial…
La cabeza de Morgan Morrison comenzó a dar vueltas. El gato rabioso colgado
de su hombro parecía haberse vuelto loco, además.
Un instante antes de rodar desvanecido por el suelo, le pareció oír, en alguna
parte, una sirena policial.
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Éste es el final
—Y esto es todo —murmuró Morgan Morrison.
Daisy Colman asintió, y detuvo la marcha del pequeño magnetófono.
—Lo daré a pasar a máquina a una de las mecanógrafas, y le enviaré las páginas
para que las corrija, señor Morrison.
—Si… Está bien.
—Siempre y cuando se encuentre usted en condiciones, claro está.
Morgan se quedó mirándola fijamente. Había dictado todo lo que sabía, pero
omitiendo la parte repugnante de sus… relaciones forzadas con Rebeca Swanson. Se
había limitado a los «negocios» de la Secta Celestial, de la cual la Policía había
encontrado los archivos en el apartamento de Sol, Luna y Estrella, y con los cuales
procederían a la desarticulación total de la Secta en todo el país. Además, tanto Faith
como Morrow, heridos, y el propio Estrella, con la cara rota, habían sido capturados,
y sus declaraciones completarían todo el asunto.
—Estoy bien —murmuró Morgan—. Siento que la prensa diaria ya haya dado la
noticia, pero ya ve… Así están las cosas.
—No se preocupe por eso. En primer lugar, está usted herido, así que demasiado
ha hecho permitiéndome visitarle y ofreciéndose a dictarme todo esto. Por otra parte,
lo que la prensa diaria ha dicho hasta el momento no tiene comparación con lo que
nosotros publicaremos en nuestro próximo número. Le felicito.
Tendido en la cama de aquella habitación de la clínica, Morgan se quedó mirando
estupefacto a Daisy Colman.
—¿Me felicita? ¿De veras?
—¡Naturalmente! Tanto en lo personal, porque demostró usted mucho valor,
como en lo profesional, porque la Playlife publicará un reportaje de primera mano
que no publicará ninguna otra revista del mundo.
—Sí… Claro. Claro. ¿Sabe?, casi está empezando usted a parecerme simpática,
señorita Colman.
—Pues ya sería hora —refunfuñó Daisy.
—¿Qué?
—¡Que es usted un estúpido! ¿Acaso no se dio cuenta en ningún momento de que
me enamoré en cuanto le vi aparecer en mi despacho hace tres meses pidiendo
trabajo? ¡Estúpido!
—Pe-pero, señorita Colman…
—¡Estúpido mil veces! —gritó ella.
Y se marchó dando un portazo.
FIN
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LOU CARRIGAN (1934, Barcelona, España), es el seudónimo de Antonio Vera
Ramírez. Es un prolífico escritor de novelas, tanto de aventuras como del oeste,
ciencia ficción o terror. Ha utilizado otros seudónimos como Angelo Antonioni,
Crowley Farber, Mortimer Cody, Lou Flanagan, Anthony Hamilton, Sol Harrison,
Anthony Michaels, Anthony W. Rawer, Angela Windsor y Giselle.
[Link] - Página 63
Notas
[Link] - Página 64
[1] En inglés, Star = Estrella, Moon = Luna, Sun = Sol. <<
[Link] - Página 65