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El desafío del futuro
Siempre que entrevisto a alguien en busca de un candidato a un puesto de trabajo, me gusta hacerle
esta pregunta: «Dígame una verdad importante para usted con la que concuerden muy pocas
personas».
A priori parece algo fácil, porque la pregunta es directa. Pero en realidad es muy difícil de
responder. Es intelectualmente complejo porque los conocimientos que todos aprendemos en el
colegio son por definición acordados. Y es psicológicamente difícil porque cualquiera que trate de
responder debe decir algo que él/ella sabe que es impopular. La brillantez escasea, pero el coraje
escasea todavía más que el genio.
Normalmente escucho respuestas como éstas:
«Nuestro sistema educativo está en quiebra y necesita medidas urgentes»,
«América es excepcional»,
«Dios no existe».
Ésas son malas respuestas. La primera y la segunda afirmación pueden ser ciertas, pero mucha gente
está ya de acuerdo con ellas. La tercera supone simplemente adoptar una postura en un conocido
debate. Una buena respuesta adopta la siguiente forma: «La mayoría de la gente cree en x, pero la
verdad es lo contrario a x». Daré mi propia respuesta al final de este capítulo.
¿Qué tiene esta paradójica pregunta que ver con el futuro? En el sentido más estricto, el futuro
es sólo el conjunto de todos los momentos que están por venir. Pero lo que hace del futuro algo único
e importante no es el hecho de que esté por llegar, sino que será un tiempo en el que el mundo será
diferente al mundo de hoy. En este sentido, si nada cambia en nuestra sociedad durante los próximos
cien años, entonces diremos que el futuro está a más de cien años de distancia. Si las cosas cambian
radicalmente durante la próxima década, entonces el futuro estará casi al alcance de la mano. Nadie
puede predecir el futuro de manera precisa, pero todos sabemos dos cosas: va a ser diferente y debe
enraizarse en el mundo de hoy. La mayoría de las respuestas a la pregunta paradójica obedecen a
distintos modos de ver el presente: las buenas respuestas son aquellas que se acercan lo más posible
a vislumbrar el futuro.
De cero a uno: el futuro del progreso
Cuando pensamos en el futuro, esperamos un futuro de progreso. Ese progreso puede adoptar dos
formas. Progreso horizontal o extensivo significa copiar cosas que funcionan: ir de 1 a n. El progreso
horizontal es fácil de imaginar porque ya conocemos su aspecto. Progreso vertical o intensivo
significa hacer nuevas cosas: ir de 0 a 1. El progreso vertical es más difícil de imaginar porque
implica hacer algo que nadie ha hecho antes. Si coges una máquina de escribir y construyes cien, has
hecho un progreso horizontal. Si coges una máquina de escribir y construyes un procesador de textos,
has hecho un progreso vertical.
A gran escala, la palabra para progreso horizontal es globalización: coger cosas que funcionan
en alguna parte y hacer que funcionen en todo el mundo. China es el ejemplo paradigmático de la
globalización: su plan a veinte años vista es convertirse en lo que hoy es Estados Unidos. Los chinos
se han limitado a copiar todo cuanto ha funcionado en el mundo desarrollado: desde las vías férreas
del siglo XIX, el aire acondicionado del siglo XX, y hasta ciudades enteras. Puede que se salten unos
cuantos pasos por el camino —yendo directamente a la tecnología inalámbrica sin instalar líneas
fijas—, pero lo están copiando de todos modos.
La palabra para vertical, el progreso de 0 a 1, es tecnología. El acelerado progreso de la
tecnología de la información en décadas recientes ha convertido a Silicon Valley en la capital
mundial de la «tecnología». Pero no hay razón por la que la tecnología deba limitarse a los
ordenadores. Entendida como es debido, cualquier modo nuevo y mejor de hacer las cosas es
tecnología.
Dado que la globalización y la tecnología son modos diferentes de progreso, es posible tener
ambas, cualquiera de ellas, o ninguna de las dos al mismo tiempo. Por ejemplo, los años que van
desde 1815 hasta 1914 conforman un periodo tanto de rápido desarrollo tecnológico como de rápida
globalización. Entre la primera guerra mundial y el viaje de Kissinger para retomar las relaciones
con China en 1971, hubo un rápido desarrollo tecnológico pero no mucha globalización. Desde 1971,
hemos visto una rápida globalización junto con un desarrollo tecnológico limitado, en su mayoría
confinado a la tecnología de la información (IT).
Esta era de globalización nos permite vislumbrar fácilmente que las décadas venideras están
abocadas a traernos más convergencia y más de lo mismo. Incluso nuestro lenguaje cotidiano sugiere
que creemos en una suerte de final tecnológico de la historia: la propia división del mundo entre los
llamados países desarrollados y países en vías de desarrollo implica que el mundo «desarrollado»
ya ha conseguido todo lo conseguible, y que las naciones más pobres sólo necesitan ponerse al día.
Sin embargo, yo no creo que eso sea cierto. Mi respuesta a la pregunta paradójica es que aunque
la mayoría de la gente piensa que el futuro del mundo estará definido por la globalización, la verdad
es que la tecnología es más importante. Sin cambio tecnológico, si China duplica su producción de
energía durante las dos próximas décadas, también duplicará su contaminación. Si cada uno de los
cientos de millones de hogares de la India viviera como viven los estadounidenses —utilizando las
herramientas de hoy—, el resultado sería medioambientalmente catastrófico. Propagar por el mundo
los viejos modos de crear riqueza generará devastación, no riqueza. En un mundo de escasos
recursos, la globalización sin nuevas tecnologías es insostenible.
Las nuevas tecnologías nunca han sido una característica automática de la historia. Nuestros
ancestros vivían en sociedades estáticas de suma cero, donde el éxito radicaba en apoderarse de las
cosas de los demás. Rara vez se creaban nuevas fuentes de riqueza, y, a largo plazo, nunca se podía
crear lo suficiente para salvar al individuo medio de una vida extremadamente dura. Luego, tras diez
mil años de avance intermitente que partió de la agricultura primitiva, pasando por los molinos de
viento medievales, hasta los astrolabios del siglo XVI, el mundo moderno experimentó de pronto un
implacable progreso tecnológico a partir del advenimiento de la máquina de vapor en la década de
1760, durante un periodo que se prolonga hasta 1970. Por consiguiente, hemos heredado una
sociedad más rica de lo que ninguna otra generación anterior podía siquiera imaginar.
Todas las generaciones, salvo la de nuestros padres y abuelos, es decir: durante la década de
1960, todos esperaban que este progreso continuara. Anhelaban un trabajo semanal de cuatro días,
una energía a precio de saldo, y vacaciones en la Luna. Sin embargo, no sucedió. Los teléfonos
inteligentes que nos distraen de nuestro entorno también nos distraen del hecho de que nuestro
entorno es extrañamente arcaico: sólo los ordenadores y las comunicaciones han mejorado
radicalmente desde mediados del siglo XX. Eso no significa que nuestros padres se equivocaran al
imaginar un futuro mejor: únicamente se equivocaron al esperar que sucediera de manera automática.
Hoy nuestro desafío consiste en imaginar y crear las nuevas tecnologías que puedan hacer del siglo
XXI un siglo más pacífico y próspero que el XX.
Pensamiento startup
Las nuevas tecnologías suelen provenir de nuevas startups. Desde los padres fundadores en política,
pasando por la Royal Society en ciencias, a los «ocho traidores» de la Fairchild Semiconductor en el
mundo empresarial, pequeños grupos de personas unidas por un sentido de misión han cambiado el
mundo a mejor. La explicación más sencilla de esto es negativa: es difícil desarrollar nuevas cosas
en una gran organización, y más difícil todavía es hacerlo solo. Las jerarquías burocráticas son
lentas, y los intereses creados huyen del riesgo. En las organizaciones más disfuncionales, afirmar
que se está trabajando en algo se convierte en una estrategia mejor para escalar puestos que la propia
acción de trabajar (si éste es el caso de tu compañía, deberías marcharte ipso facto). En el otro
extremo, un genio solitario puede crear una obra clásica de arte o de literatura, pero nunca podrá
crear una industria global. Las startups operan sobre el principio de que necesitas trabajar con otra
gente para que las cosas salgan adelante, pero también necesitas mantener un tamaño lo
suficientemente pequeño para poder llevarlas a cabo.
Desde un punto de vista positivo, una startup es el mayor grupo de personas a las que puedes
convencer para llevar a cabo el plan de construir un futuro diferente. La fortaleza más importante de
toda compañía nueva es el pensamiento nuevo: por encima de la agilidad que comporta, mantener un
tamaño pequeño ofrece espacio para pensar. El presente libro aborda las preguntas que te debes
plantear y responder para triunfar en el negocio de hacer algo nuevo: lo que sigue no es un manual o
un registro de conocimientos, sino un ejercicio de pensamiento. Porque eso es precisamente lo que
una startup debe hacer: cuestionar las ideas recibidas y repensar el negocio desde cero.