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La lucha por justicia de Sasetru

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Heredó millones, la dictadura lo quebró y

ahora enfrenta a la "patria garca"


Su padre era dueño de Sasetru, la compañía de alimentos más grande del país.
Denuncia "delito económico de lesa humanidad" y apunta contra funcionarios
de la democracia.

Jorge Martín Salimei es un extraño en Buenos Aires. Mira a su alrededor como si


caminara por Marte. Fue alguna vez uno de los herederos más ricos de la Argentina.
Cuando murió su padre, en 1975, se sentó con apenas 20 años en el sillón del principal
grupo exportador del país, un conglomerado con 10 mil empleados, el molino más
grande del país, un banco internacional, una flota mercante y muelles propios en los
puertos de Milán y Bruselas. No había una empresa igual en la Argentina. Cuatro
décadas después, Salimei es un desclasado, no tiene auto y debe vender su
departamento. Sin embargo, hace años que el dinero dejó de resultarle importante. El
motor que ahora mueve su vida es la búsqueda empecinada de una reivindicación, una
lucha contra aquello que llama la "patria garca", contra quienes destruyeron y se
enriquecieron con los pedazos de la compañía fundada por su padre. Una empresa que
muchos en la Argentina ya ni siquiera conocen y que se llamó Sasetru. La denuncia.
Salimei y un grupo de veteranos trabajadores que pasaron parte de su vida en la
empresa presentaron ante el juzgado a cargo de Rodolfo Canicoba Corral una denuncia
por “delito económico de lesa humanidad”. Los principales acusados son quienes
durante la dictadura fraguaron la quiebra de la empresa en favor de los aliados de José
Alfredo Martínez de Hoz y Alejandro Reynal, por entonces al frente del Banco Central.
Pero las denuncias no sólo apuntan al pasado. Salimei acusa también a un sector de la
Justicia comercial que desde la dictadura y hasta el presente usa las quiebras para
enriquecerse. Esa es la principal explicación de por qué 32 años después, ya sin bienes
que liquidar, cuando no queda nada de nada, la causa por la quiebra de Sasetru sigue
abierta en los tribunales. “Yo soy un testigo muy inconveniente –dice Salimei–. Hubo
firmas falsas de los síndicos. Y resultaron beneficiadas las empresas que competían con
Sasetru, las grandes molineras de la Argentina. Yo hice un cierre en mi historia
personal, pasé cuatro años con depresión psiquiátrica, y ahora sólo quiero justicia,
denunciar a los integrantes de la Argentina garca.” Una compañía incómoda. La familia
Salimei es de raigambre católica y conservadora. De hecho, el padre del actual
denunciante formó parte del equipo económico del gobierno del general Juan Carlos
Onganía. Pero Sasetru era una empresa incómoda para la última dictadura militar:
había sido pionera en la cogestión entre trabajadores y empresarios y dos integrantes
del directorio eran obreros de la compañía, tenía su propia obra social y había
entregado 1.500 viviendas a sus empleados.

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Además, Salimei se negó a entregar al Ejército la lista de delegados sindicales, un
pedido al cual accedieron otros empresarios. Tras la negativa llamó el temible
Guillermo Suárez Mason, jefe de los escuadrones del Primer Cuerpo del Ejército. “Nos
dijo: ‘será como ustedes desean, pero si llega a aparecer algún guerrillero en alguna de
las fábricas, no voy a ir a buscar a los delegados gremiales. Los voy a ir a buscar a
ustedes’”. La primera liquidación. Cuando Suárez Mason cortó, el plan para acabar con
Sasetru ya estaba en marcha. El fiscal Miguel Osorio, quien ahora investiga la denuncia
por “delito económico de lesa humanidad”, explicó en su requerimiento que Martínez
de Hoz y Reynal provocaron “un deliberado endeudamiento” del banco de Sasetru
para llevar la compañía a la quiebra. Y paralelamente “se inició una persecución contra
los directores, quienes fueron detenidos ilegalmente y acusados de terrorismo
económico”. El gobierno militar forzó la venta del banco de Sasetru al Bank of America.
Los 150 millones de dólares que se pagaron nunca aparecieron. La segunda
liquidación. Salimei y el resto de los socios de Sasetru creyeron que con el regreso de la
democracia iban a poner nuevamente la empresa en pie. Pero se enfrentaron con una
trama de complicidades en la Justicia comercial que enriqueció a los síndicos y
mantuvo intencionalmente la causa abierta durante más de tres décadas. El síndico
designado por los jueces, Jorge Lerner y sus socios, se fijaron “en concepto de
honorarios la suma de 25 mil dólares, por lo cual cobraron 560 mil pesos mensuales,
durante los últimos 27 años”, señala el fiscal Osorio. Se llevaron más que las familias
de los 10 mil trabajadores. Uno tras otro, los bienes de la empresa fueron vendidos.
Los gigantescos silos de Avellaneda siguen vacíos, como monumentos de una tragedia
argentina. Concluye Salimei: “No pido ninguna reparación económica. Al menos estoy
vivo. Otros no. Pero la historia de Sasetru fue un magnicidio industrial. No puede
cerrarse sin culpables".

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