Nena querida William Saroyan
Autor de novelas y piezas de teatro, es en el género cuento
donde William Saroyan sobresale como uno de los escrito-
res más importantes de la literatura norteamericana de este
siglo. Su mirada, llena de ter nura, se dirige a los perdedo-
res, a los seres atrapados en la gran máquina del éxito nor-
teamericano y observa con delicadeza los pequeños deta-
lles de la vida cotidiana. El relato que da título a este libro
es una pieza antológica: el boxeador sentimental y enamo-
rado, el gran gorila que se enter nece con un disco del gra-
mófono.
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Nena querida William Saroyan
Este libro es para
Carol Saroyan
Lo que en este librito se cuenta no
es lo que ter minaría diciéndote; pero
que sea la primera entre muchas ofren-
das de amor: un regalo fruto de todo
cuanto he sido durante mis muchos
años de vida, antes de verte.
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Nena querida William Saroyan
Nena querida
Era una de las habitaciones grandes de la séptima plan-
ta del Blackstone Hotel, en O’Farrell Street, San Francisco.
Nada le impulsaba a ir, excepto la radiogramola portátil, un
disco y la oscuridad.
Entró en la habitación sonriendo, y empezó a pasear,
tratando de decidirse. Le quedaban seis horas por delante,
y, además, no quería pensar en ello tanto tiempo.
Ya no veía la habitación. Durante el día, la persiana de la
única ventana se bajaba para mantener el cuarto a oscuras.
Por la noche, encendía la luz y dejaba la puerta entor nada,
de modo que sólo dejara pasar la claridad necesaria para
no tropezarse con algo. De todos modos, tropezaba. No
porque no viese, sino porque de nuevo estaba solo y no
miraba. Ya nada le inducía a mirar.
Lo retenía todo en su memoria.
Y en el fondo de todo estaba el recuerdo de ella.
Paseaba despacio, yendo y viniendo, y tropezaba con el
marco de las puertas, con las sillas y otros muebles, mo-
viéndose sin darse cuenta, cegado por el recuerdo. De
pronto, se detuvo, quitóse el sombrero y el abrigo, despe-
rezóse y sacudió la cabeza como hacía en el cuadrilátero
cuando estaba aturdido.
No era nada.
Podía continuar como si no la hubiera conocido. Podía
actuar alborotadamente y reírse con estrépito, y no tardaría
en superarlo. Podía seguir viviendo como cualquier otro
mortal, pero ¿acaso lo deseaba? Lazzeri afir maba que esta-
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Nena querida William Saroyan
ba en mejor for ma que nunca; pero Lazzeri ignoraba lo que
él sabía.
El aroma de sus cabellos, el sabor de sus labios y todo
su semblante le asaltaban sin cesar. Sentía náuseas. Son-
riendo, se sentó en la cama. Al cabo de un momento se le-
vantó, se dirigió hacia el gramófono portátil, accionó la pa-
lanca y apoyó la aguja en el disco. Luego se tendió en la
cama, boca abajo, y escuchó la música, recordándola y di-
ciendo: «Nena querida, tu recuerdo es mi única verdad. Si
algo her moso me ha ocurrido en la vida es haberte conoci-
do. En mi corazón no queda más que una sonrisa, la sonrisa
de tu corazón en el mío cuando estábamos juntos».
Al sonar el teléfono, sabía que era Lazzeri. Se levantó y
paró el gramófono.
—¿Joe? —preguntó Lazzeri.
—Sí.
—¿Estás bien?
—Claro.
—¿Recuerdas lo que te dije?
—¿Qué me dijiste?
—Que lo tomes con calma.
—Eso estoy haciendo.
—No te pongas nervioso.
—De acuerdo.
—¿Qué te ocurre?
—He estado dur miendo.
—¡Ah! —dijo Lazzeri—. Está bien. Nos veremos a las
nueve.
—De acuerdo.
—Te pasa algo —dijo Lazzeri.
—¡Déjate de tonterías!
—A ti te pasa algo —insistió Lazzeri—. Ahora mismo voy
para allá.
—He estado dur miendo —insistió Joe—. Nos vemos a
las nueve.
—Te encuentro un tanto raro.
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Nena querida William Saroyan
—Estoy perfectamente.
—Hay alguien ahí contigo, ¿verdad?
—No.
—Joe —inquirió Lazzeri—, ¿qué te ocurre?
—Hasta las nueve —contestó Joe.
—¿No te habrás enfadado conmigo otra vez?
—No.
—Bueno, bueno —dijo Lazzeri—. Yo sólo quería saber si
te pasaba algo.
—Estoy bien.
—Como tú digas. Si quieres estar solo, allá tú. Pero no
te disgustes.
—Hasta las nueve —repitió Joe.
Volvió al aparato, lo puso en marcha, y luego resolvió
no escuchar más la música. Eso es lo que haría. No escu-
char más aquella música. Rompería el disco y regalaría el
gramófono. Subiría la persiana; encendería todas las luces y
abriría los ojos. No iría al cuarto más que a dor mir. Y ahora,
a los billares de Turk Street, a reunirse con los amigos. Ju-
garía una partida con ellos y los oiría hablar de naipes y ca-
ballos y de todas esas complicaciones sobre las que tanto
entendían. Luego se daría una vuelta por algunos de los si-
tios que solía frecuentar, e invitaría a alguna antigua conoci-
da, para que le contara qué había sido de ella entre tanto y
le hablara de sus complicaciones. No estaba dispuesto a
seguir solo un momento más.
Empezó a reír, primero calladamente y luego con fuerza.
Se reía de sí mismo, de la mísera comedia de su dolor. Lue-
go siguió riéndose de todo bicho viviente, y tuvo la impre-
sión de que la vida volvería a su curso nor mal. Quien puede
reír, puede vivir. Quien puede mirar las cosas bajo este as-
pecto, puede resistirlo todo. Mientras reía, la oyó reír con
él, tan claramente como si se encontrara en la habitación.
De nuevo le invadió la tristeza y dejó de reír, convencido de
que era inútil.
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Nena querida William Saroyan
La recordaba como si aún viviese, paseando a su lado
por una calle cualquiera de cualquier ciudad, con su carita
infantil y solemne, su aire tímido y lleno de inocencia junto
a él, su voz tan joven y agradable que le impulsaba a parar-
se no importa dónde para estrecharla entre sus brazos
mientras ella le advertía, seria: «¡Joe, nos están mirando!».
Se acordaba de ella, sola con él en una habitación cual-
quiera, de su presencia, bondad y belleza primeras de su
vida. Recordaba la dulzura de sus labios, y el delicado lati-
do de su corazón, aumentando hasta convertirse en un so-
llozo repentino que le inspiraba una ter nura tan intensa que
casi era feroz, una ter nura que siempre había ocultado por-
que jamás encontró a nadie con quien manifestarla.
Reanudó sus paseos por el lóbrego cuarto, recordando
cuán desconsiderado había estado con ella la noche que
volvió a casa y la encontró escuchando aquel disco. Él se-
ñaló el aparato diciendo: «¿De dónde ha salido eso?».
La recordaba corriendo hacia él y echándole los brazos
al cuello. Recordó cómo la había rechazado y cómo ella,
entonces, se apartó de él, explicándole: «Sólo he pagado
un plazo. Les diré que vengan por él, si tú quieres. Creí que
iba a gustarte».
El disco seguía sonando, y aunque él sabía que era muy
de su gusto, y que lo necesitaba, y que debería haberse
dado cuenta mucho antes, se empecinó en su aspereza.
Ella estaba a punto de llorar, y no sabía dónde ir ni qué ha-
cer. Se acercó tímidamente al aparato, y ya se disponía a
pararlo cuando él le gritó que lo dejara. Ella se escabulló
casi corriendo a la otra habitación, y él per maneció en pie,
frente al gramófono, con el sombrero puesto, hasta que
ter minó el disco. Cerró luego la gramola, volvió a la ciudad,
y no regresó hasta las cinco de la mañana. Ella dor mía. No
se explicaba qué derecho tenía a conocerla, a hablarle, a vi-
vir con ella bajo un mismo techo, a tocarla. Se inclinó sobre
el rostro dor mido, rozó sus labios con los suyos, y la vio
abrir los ojos. «¡Perdóname!», suplicó.
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Nena querida William Saroyan
Ella se incorporó y le abrazó, y él la besó en los labios,
en la nariz, en los ojos, en las orejas, en la frente, en el cue-
llo, en los hombros, en los brazos, en las manos, diciéndole
mientras la besaba: «Nena, recuerda siempre una cosa. Te
diga lo que te diga, yo te quiero. A veces pierdo el control,
pero no olvides que te quiero. Tenlo siempre presente».
Se desnudó, se metió en la cama y no tardó en dor mir-
se. Cuando ella se acostó a su lado, él se despertó y la
abrazó riendo, mientras la muchacha susurraba su nombre
con aquella actitud tan seria que adoptaba cuando a él se
le pasaba el enfado.
Esto había sucedido en Ventura, donde tuvieron alquila-
do un piso, porque eran tres los combates que tenía pen-
dientes cerca de allí: uno en Los Ángeles, otro en Holl-
ywood, y el tercero en Pismo Beach. La llevó al combate de
Hollywood, la noche en que peleó contra Kid Fuente, el in-
dio, porque sabía que ella tenía grandes deseos de verle
en el ring. Hizo reservar para ella un asiento en primera fila,
y, después de la pelea, le dijo que había estado sentada
junto a Robert Taylor y Bárbara Stanwyck y que habían sido
muy amables con ella.
—¿No les habrás pedido un autógrafo? —había dicho
él.
Y ella, tras un instante de rubor, contestó:
—Pues, sí Joe, se lo he pedido.
—Vaya —objetó él—; ellos deberían habértelo pedido a
ti.
—Pero si me han tratado muy bien —replicó ella—. Y
han disfrutado mucho viéndote pelear.
—Ya, ya —respondió él—. No me extraña. Ese bruto de
indio por poco me hace picadillo. No sé ni cómo he gana-
do. Supongo que se ha cansado de atacar. Como siga así,
en tres o cuatro meses, sonado.
—Estabas maravilloso en el ring —dijo la muchacha.
Se acordaba del combate por lo mucho que ella lo sacó
a relucir en sus conversaciones. Había sido a seis asaltos.
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Nena querida William Saroyan
Durante el cuarto estuvo a punto de caer. Ella se había da-
do cuenta y siempre hablaba de ello; hasta que un día dijo:
—Casi se me saltaban las lágrimas.
—¿De qué me estás hablando? —preguntó él.
—Es que me acuerdo del combate —explicó—. Todo el
mundo gritaba, y yo no sabía si era en tu favor o contra ti, y
por poco no me eché a llorar.
—Pero ¿cuándo fue eso?
—No lo sé. ¡Estaba tan exaltada! El otro atacaba duro y
tú estabas en un rincón, y todos se pusieron en pie, gritan-
do. Era como si me pegaran a mí.
Se volvía a ver arrinconado, bajo una lluvia de golpes,
sin acertar a cubrirse, sin saber si aquello era el fin, y dicién-
dose: «A este paso no tardará en tumbarte». Intentaba una
y otra vez escapar, pero no encontraba la salida, hasta que,
de pronto, el indio cedió, agotado, y él le dijo entonces:
«Está bien, Kid, se acabó». Se daba cuenta de que podría
salvar la situación, pues no quedaban más de quince se-
gundos de aquel round; y durante ellos se defendió como
buenamente pudo. El indio no podía más, y, a punto de so-
nar el gong, encajó un golpe muy duro y cayó hacia atrás,
mirándole con expresión de asombro, sin comprender có-
mo era posible aguantar tanto y mantenerse tan fir me.
El gong salvó al indio; pero ya no hizo nada bueno, y lo
derribó una vez en cada uno de los asaltos restantes.
—Me vi apurado —dijo a la muchacha—. En justicia de-
bí caer; pero el indio se cansó. No se puede golpear así en
mitad de un asalto y pretender seguir al mismo ritmo hasta
el final.
—Pero estuviste magnífico —dijo ella—, y no se te veía
furioso. ¿No te enfadas cuando luchas?
—¿Enfadar me? —replicó—. ¿Y con quién? Aquel pobre
indio combate sólo por un poco de dinero, lo mismo que
yo. Ni él tiene nada contra mí ni yo contra él. Si puede de-
rribar me, mejor para él, y si yo lo consigo, mejor para mí.
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—Pues casi lloré —dijo ella—. Después estuviste magní-
fico, pero cuando te acorraló en el rincón, lo único que veía
era a una persona encajando un golpe tras otro.
—Tampoco a mí me gustaba —replicó él.
Se alegraba de que ella no hubiera presenciado algunos
de sus peores combates, los del principio, en los que no hi-
zo más que cosechar golpes. Después aprendió a boxear y
a librarse de más de un tropiezo. Casi nunca se agarraba a
su contrario; pero si las cosas se ponían muy feas y no que-
daba otro recurso, no venía mal descansar unos segundos y
tratar de planear una estrategia para llegar con bien al final
del asalto. Generalmente ter minaba los asaltos dignamen-
te, creciéndose si se había visto apurado en el comienzo.
Claro es que poseía facultades, buenas pier nas, y ni los gol-
pes más duros le hacían perder estabilidad.
Después de ver la pelea contra Kid Fuente, ella ya no
quiso asistir a ninguna más. Los días de combate se ponía
enfer ma, se quedaba en la cama, y no hacía más que rezar.
A veces se entretenía oyendo el disco, que había llegado a
convertirse en la música de los dos, la canción de su vida
en común. Y cuando él regresaba a casa, la encontraba pá-
lida, abatida y llorosa, escuchando la canción. Él la estre-
chaba entre sus brazos largo rato, advirtiendo el sobresalto
de su corazón que, poco a poco, recobraba la tranquilidad
perdida y, luego, apartándola un poco de sí, la miraba a los
ojos, y ella sonreía. Finalmente, él explicaba: «Son sólo cin-
cuenta dólares extra, nena, pero he ganado». Ella sabía que
no era vanidoso; comprendía lo que quería decir, y le pre-
guntaba si quería que le preparase algo de su gusto. ¿Hue-
vos con jamón? ¿Whisky con soda? ¿Qué se le antojaba? Y
después andaba de un lado a otro con su delantal, atarea-
da con la comida y los platos, poniendo la mesa.
Él solía comer aun sin tener apetito. Precisamente por
eso no había perdido el combate. De haber sido derrotado,
se hubiese mostrado de mal humor, tan furioso consigo
mismo que la hubiera tratado groseramente, y ella no hu-
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Nena querida William Saroyan
biera sabido qué hacer; pero en medio de su vileza se inte-
rrumpía siempre de pronto para decirle en voz alta:
—Y no seas tonta, no hagas caso de nada de lo que di-
go, porque estoy como loco. He echado a perder el com-
bate.
Cuando volvió a pelear contra Sammy Kaufman, de
Nueva York, estaba hecho una pena. Le pesaba la cabeza,
tenía hinchados los labios y un temblor nervioso en el pár-
pado izquierdo; le dolían todos los músculos y no cesaba
de maldecir, aunque había peleado bien y logrado comba-
te nulo.
Sin embargo, no se portó mal con ella aquella noche, y
ella le suplicó:
—Joe, deja el boxeo. Puedes ganar dinero de otra for-
ma. No necesitamos mucho.
Comenzó a pasear por la habitación, hablando solo.
Luego se calmó de pronto, apagó las luces, puso el disco
en la gramola y se sentó al lado de ella para escuchar su
canción. Era de Jan Sibelius, de la Suite King Kristian, y se
titulaba «Elegía». Lo hizo sonar tres veces seguidas, y luego
se dur mió, exhausto, y ella continuó poniendo el disco has-
ta que él se despertó media hora más tarde. Estaba son-
riente, y le dijo a la muchacha:
—Sí, me gustaría dejarlo, nena, pero no conozco otra
manera de ganar me la vida.
A la semana siguiente probó suerte en el juego y per-
dió.
Desde entonces no dejó de pelear. Habían viajado jun-
tos, siguiendo la costa en ambas direcciones, subiendo has-
ta San Francisco, Sacramento, Reno, Portland y Seattle, y
bajando a las ciudades costeras y del llano, interesadas en
el boxeo, a Hollywood, Los Ángeles y San Diego. Hasta
que un día se enteró. Desde el principio, un miedo terrible
se apoderó de él, a pesar de que se sentía muy feliz. Trató
de serenarse y de animarla, pero no cesaba de pensar en
ello. ¡Si ella misma era aún una niña! ¡Tan joven! ¡Tan menu-
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da! No sabía qué hacer. Recordaba que ella le había roga-
do una noche:
—Déjame tenerlo, Joe; por favor. ¡Me hace tanta falta!
—¿Crees que yo no lo deseo? —había contestado él—.
¿Crees que no quiero que lo tengas? Es mi mayor deseo;
siempre lo ha sido.
Luego empezó a mur murar, hablando consigo mismo.
—¿Qué dices, Joe? —preguntó ella.
—¿Te encuentras bien? —dijo él—. ¿Crees que podrás
resistirlo? No tienes miedo, ¿verdad?
—Un poquito —dijo ella—, pero me figuro que todas lo
tienen la primera vez.
Los meses de espera fueron los más felices de su vida.
Todo lo bueno que había en él salió al exterior, a pesar de
que la preocupación no le abandonaba. Incluso en el ring
se portó mejor que nunca. Sus combates fueron buenos,
con una sola excepción, el que sostuvo contra el campeón,
Corbett, y que ter minó en combate nulo, muy discutido por
cierto, pues unos cronistas lo señalaban como ganador, y
otros atribuían a Corbett el triunfo, y todos pedían la revan-
cha, especialmente Lazzeri.
Así que esa noche iba a celebrarse la repetición del
combate entre él y Corbett. Le quedaban seis horas hasta
la pelea. Si ganaba, él y Lazzeri serían al fin ricos. Creía que
podía vencer; pero ¿y qué, si ganaba? ¿Qué le importaba
ya el dinero? Suponiendo que ganara, ¿adónde iría des-
pués del combate?
—Estoy muerto —dijo—. ¿De nada sirve engañarse?
Recordando a la muchacha, se quedó dor mido, y al des-
pertar fue al teléfono, sin darse cuenta, y pidió a la telefo-
nista del hotel una comunicación con Corbett, en el gimna-
sio de Ryan, y que le llamara de nuevo. Un momento des-
pués sonó el teléfono; lo cogió y oyó la voz de Corbett:
— ¡Hola! ¿Eres tú, Joe?
—Ralph —contestó Joe—, quiero decirte que esta no-
che salgo a ganar. Creo que ya es hora de que te retires.
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Nena querida William Saroyan
Al otro extremo de la línea, Corbett rio a carcajadas y le
insultó en italiano.
— ¡Ya te arreglaré yo las cuentas! —dijo—. Ya sabes que
siento debilidad por los boxeadores agresivos.
—No digas luego que no te previne —dijo Joe.
—Te veré en el ring —repuso Corbett.
En el ring, al darse las manos, Joe le advirtió:
—Ésta va a ser tu última pelea.
Corbett no podía figurarse que estaba hablando consi-
go mismo.
—Enterado, Joe —dijo.
El primer asalto fue rapidísimo y feroz. Ni siquiera los
periodistas se lo explicaban. Lazzeri estaba que echaba
chispas.
—Joe —le dijo—, ¿te das cuenta de lo que estás ha-
ciendo? Así no puedes ganar a Corbett. Ten calma. Síguele
la corriente.
El segundo asalto fue más rápido y salvaje que el prime-
ro. Probablemente estaban nivelados, pero sólo porque
aún no se habían agotado sus fuerzas. La música sonaba in-
cesante dentro de él, fundiéndose con el griterío de la mul-
titud y flotando en su interior, mientras su corazón seguía
hablando a la muchacha, soñando que aún vivía, que esta-
ba en casa escuchando la canción, su canción, y aguardan-
do a que él volviera y la abrazara como otras veces.
Lazzeri, después del segundo asalto, quería pegarle.
—Joe —le dijo—, hazme caso. Atente a su manera de
llevar el combate. Te va a matar.
(«¡Eso es lo que quiero! —se decía en sus adentros—.
¡Nena querida, eso es lo que quiero!»).
El tercer asalto fue, si cabe, más rápido que los anterio-
res, y al salir de una agarrada, Corbett le dijo:
—¿Qué te propones, Joe?
—Dejarte fuera de combate —dijo Joe.
Corbett se echó a reír, y reanudaron el martilleo, golpe
a golpe. Los periodistas se miraban unos a otros, tratando
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Nena querida William Saroyan
de comprender lo que ocurría.
Lazzeri estaba fuera de sí.
—Joe —dijo—, no quiero saber nada más de ti. Te he
dedicado seis años. De un pelele he hecho un gran boxea-
dor. Y ahora estás malogrando el campeonato, la oportuni-
dad que sería el premio a nuestros esfuerzos. Puedes irte al
infierno, Joe. Espero que te tumbe en el próximo asalto.
Durante el cuarto asalto, las cosas se pusieron al rojo vi-
vo. La ceja izquierda de Corbett, partida, sangraba abun-
dantemente, y él parecía desconcertado y con menos fuer-
zas que en otras ocasiones.
(«¿Qué diablos pasa? —decía para sí—. ¿Va a fallar Cor-
bett precisamente ahora?»).
Después del asalto, dijo Lazzeri:
—Joe, creo que ya lo tienes, pero después hablaremos.
Tu próxima pelea será en el Madison Square Garden. Ire-
mos a Florida a pasar una temporada. Pero ya hablaremos
a su debido tiempo.
En el quinto asalto, Corbett luchaba con lentitud, sus
golpes partían sin fuerza y parecía aturdido. Hacia el final
del asalto cayó y se sostuvo sobre una rodilla hasta que
contaron nueve.
—Estás haciendo la mejor pelea de tu vida —le dijo Laz-
zeri—. Los periodistas no saben qué hacer contigo. Eres un
campeón de los pies a la cabeza, Joe.
El combate tuvo que suspenderse hacia el final del sex-
to asalto, porque Corbett tenía el ojo tumefacto.
Lazzeri estaba loco de alegría, pero no acertaba a expli-
carse lo ocurrido. Era evidente que Joe había efectuado un
combate estupendo, que su estilo, durante aquellos seis
asaltos, había sido impecable. Y, sin embargo, algo le decía
que no todo había salido bien.
—Joe —le dijo, una vez en el coche—, ya eres cam-
peón. ¿Qué es lo que te pasa?
—No voy a pelear en tres o cuatro meses, ¿verdad?
—Dos o tres, al menos —contestó Lazzeri—. ¿Por qué?
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Nena querida William Saroyan
—Tenemos más dinero que nunca, ¿no?
—Tenemos bastante para los dos, y para dos años por
lo menos —dijo Lazzeri—. Pero ¿por qué? ¿A qué viene eso
ahora?
—No hagas caso —dijo. («¡Nena querida!», decía para
sí)—. Me creo con derecho a celebrarlo un poco.
—Claro que sí —dijo Lazzeri—. No quiero que te apoli-
lles. ¿Qué te apetece hacer?
—Reír me. Quiero reír me —dijo—. Subo a mi cuarto.
Tráete a unas chicas. Y whisky. Quiero reír me.
—Claro —dijo Lazzeri—. Claro, Joe. Organizaremos una
fiestecita. Yo también necesito reír me después del susto
que me has dado.
Al entrar en su habitación, encendió todas las luces, qui-
tó el disco de la gramola y, por un momento, pensó en
romperlo. Pero fue incapaz. Colocó el disco debajo de la
cama, como para esconderlo. Y empezó a dar paseos por
el cuarto, hasta que el malestar se apoderó de él. Pero esta
vez era más fuerte que nunca, y, sentado en la cama, rom-
pió a llorar.
Cuando Lazzeri y las dos muchachas entraron en la habi-
tación, estaba a oscuras, y sólo un débil rayo de luz se filtra-
ba por la puerta del cuarto de baño. Se oía la gramola, y el
boxeador, sentado en la cama, lloraba con la cabeza entre
las manos.
— ¡Marchaos, haced el favor! —dijo en voz baja.
Sin decir palabra, Lazzeri se llevó a las chicas.
—Ya se le pasará —dijo.
—Nena querida —siguió diciendo el boxeador una y
otra vez.
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FIN DEL FRAGMENTO
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