Influencia de Catulo en la literatura española
Influencia de Catulo en la literatura española
1. OBJETIVOS
• Mostrar los distintos modos en los que un autor fundamental en el desarrollo de la literatura
latina y especialmente apreciado por los lectores modernos está presente en manifestaciones
diversas de la literatura española.
• Para ello se realiza un recorrido cronológico por una serie de autores y obras especialmente
representativas al respecto, desde el Siglo de Oro hasta la poesía española contemporánea,
con especial hincapié en esta última, en el que se pone de relieve tanto la discontinuidad como
la variedad de dicha influencia.
2. MÉTODO DE TRABAJO
3. Introducción
Catulo es, probablemente, el poeta de la antigüedad grecolatina que más ha conectado con
la sensibilidad moderna: en efecto, sus poemas breves y directos, en los que se exponen
sentimientos apasionados y conflictivos han sido capaces en el último siglo de atraer a una
amplia gama de lectores. Además, Catulo desempeñó un papel muy destacado en la historia de
la literatura romana, ya que aclimató a la lengua latina una serie de elementos provenientes de la
poesía helenística griega que fueron luego decisivos e imprescindibles para el surgimiento de
figuras como Virgilio, Horacio y el resto de poetas de la época augústea.
Sin embargo, y frente a casos como de Virgilio, en el que el peso del modelo es abrumador y
omnipresente, o al de Marcial, que muestra la configuración de un género con características
formales y de contenido bastante precisas, en el de Catulo se presentan coincidencias que
obedecen a afinidades a veces mucho más profundas y a veces más superficiales, pero que no
están tan motivadas, tan condicionadas como en los casos anteriores.
Añadir, por último, que hay otras dos razones que imponen límites a la influencia de los
poemas de Catulo. En primer lugar, su extensión: la obra de Catulo constituye conjunto
relativamente reducido de poemas (116, que suman algo más de dos mil versos), frente a, por
seguir con los ejemplos, Virgilio o Marcial. Además, los poemas más influyentes son todavía un
número menor, ya que unos pocos poemas, aunque ni muchos menos los únicos, son los que
con más frecuencia se imitaron y sirvieron de fuente de inspiración a la posteridad. De no menos
importancia, quizá, es la barrera del pudor: el hecho de que muchos de los poemas de Catulo
traten temas escabrosos de manera cruda ha influido negativamente en su difusión, hasta el
punto de que entre las traducciones modernas completas sólo algunas (las de las editoriales
Alianza y Gredos, consignadas en la Bibliografía) son absolutamente fieles, o de que comentarios
eruditos publicados por la Universidad de Oxford omiten algunos poemas con la pacata
justificación de que "hay cosas que no merecen expresarse en la lengua inglesa."
Marco Valerio Catulo nació en Verona, en el norte de Italia, alrededor del año 84 a. de C. en
el seno de una familia acomodada y que tenía lazos de amistad con Julio César. Enviado a Roma
por sus padres para que recibiera educación superior y desarrollara su carrera en el mundo de la
política, Catulo se dedicó sin embargo al cultivo de la poesía. Según parece, por la falta de
noticias suyas que se tiene a partir de ese momento, Catulo murió en Roma hacia el año 55 ó 54
a.C.; en cualquier caso, Nepote alude a él como ya muerto en el año 32 a. de C.
Entre los episodios de su vida en Roma, hay uno que debe destacarse por la repercusión
que tuvo en la propia poesía de Catulo: se trata de su apasionada y tormentosa relación amorosa
con una mujer casada a la que llama Lesbia en sus versos, y que, aunque de manera no
unánime, la crítica suele identificar con Clodia, hermana del Clodio que desempeñó un papel
preponderante en la política de la época.
Todos estos rasgos están presentes de manera destacada en la obra de Catulo que hemos
conservado, que se suele denominar Liber Catulli (es decir, Libro de Catulo) o, más
genéricamente, Carmina (Poemas). Se trata de un conjunto de 116 composiciones de
características, temática y extensión diversa, que se pueden agrupar en tres grandes bloques,
cada uno de los cuales correspondería probablemente en Roma a un rollo de papiro.
• El primero de ellos abarca los poemas del 1 al 60, y tienen en común el estar escritos en
una serie limitada de tipos de versos (que en la métrica antigua se denominaban líricos y
yámbicos).
• El segundo bloque, que comprende los poemas 61 al 68 está constituido por los poemas
‘largos’: en efecto, ese es el rasgo compartido que los unifica, su extensión
considerablemente mayor que el resto, junto con la temática, mayoritariamente mitológica.
• El tercer y último grupo de poemas son los numerados desde el 69 hasta el 116, todos los
cuales son epigramas (breves poemas escritos en un tipo de miniestrofa llamada dístico
elegíaco) que, en su mayor parte, están dedicados a atacar a los personajes más diversos
del entorno de Catulo (Cicerón, César, el amante de éste, la amada del propio Catulo, etc.)
El poema que lleva el número 64 de la colección es el más largo de todos (poco más de
cuatrocientos versos) y está dedicado a cantar las bodas de Tetis, una divinidad marina, y Peleo,
un mortal, los futuros padres de Aquiles. Como ya se ha señalado, la poesía alejandrina que
Catulo y su círculo toman como modelo es altamente elaborada en el nivel formal, lo que afecta
tanto a la expresión verbal como a la estructura narrativa de las composiciones. Pues bien, esta
elaboración es algo que puede verse de manera especialmente clara en este poema, que se
resume a continuación.
Pues bien, la descripción de estas escenas y lo que el poeta recuerda y evoca a partir de
ellas ocupan unos doscientos versos, esto es, más o menos la mitad del poema. Así, se
presenta, en primera persona, el largo lamento de Ariadna, que ha sido abandonada por Teseo
en la isla de Naxos, pasaje que constituye uno de los episodios más conocidos e influyentes de la
poesía de Catulo en particular y de la literatura latina en general. Catulo presenta sólo ese
episodio, y no narra la historia completa, que ya era de sobra conocida por su auditorio, sino
que solamente presenta algunos de sus elementos.
Sin embargo, se recuerda a continuación: Minos, rey de Creta, impone a los atenienses un
terrible tributo, consistente en la entrega periódica de un número de jóvenes de ambos sexos
para que sean devorados por el monstruoso minotauro, mitad toro y mitad hombre, que está
recluido en el laberinto. Llega un día, sin embargo, en el que Teseo, hijo del rey ateniense Egeo,
decide marchar a Creta para acabar con la situación. Cuando Teseo llega a su destino, Ariadna,
hija del rey Minos, se enamora de él y le ofrece la famosa solución del hilo para que pueda
encontrar el camino de salida, traicionando así, por amor, a su padre y a su pueblo. Teseo entra
en el laberinto, da muerte al minotauro, consigue salir del laberinto y huye de Creta llevándose a
Ariadna consigo. Sin embargo, Ariadna no acompaña a Teseo hasta su Atenas natal, porque éste
la abandona en la isla de Naxos. Tras el abandono, Teseo prosigue su navegación hacia Atenas,
donde le espera su padre Egeo. Antes de partir, padre e hijo habían acordado que, para que
Egeo y los atenienses supieran cuanto antes si Teseo había tenido éxito, utilizarían una
contraseña: las velas de las naves serían blancas si todo había ido bien, negras si habían
fracasado. En un terrible olvido, Teseo no se acuerda de cambiar las velas negras con las que
había salido de Atenas, y al regresar su padre, desde el punto más alto de Atenas, ve las velas
negras y piensa que su hijo ha muerto en el intento. Desesperado, se suicida arrojándose al mar,
que desde entonces lleva su nombre.
Pues bien, el poema de Catulo no presenta más que algunos episodios de esta historia, y
además alterando el orden de los acontecimientos gracias al procedimiento del recuerdo y la
anticipación. Así, comienza por la descripción de Ariadna en la playa de Naxos y la reproducción
del lamento de ésta, para recordar a continuación cómo se enamoró ella de él; después,
retrocede al momento en el que Teseo y Egeo acuerdan la contraseña, y luego adelanta para
describir la otra escena de la colcha nupcial. En ella, como ya se ha indicado, se representa al
dios Baco que viene a recoger a Ariadna para desposarse con ella, versión de este mito muy
poco difundida y que precisamente por eso es del agrado de un poeta como Catulo.
A esta complejidad estructural hay que añadirle también una deliberada complejidad en la
mezcla de tonos, estilos y registros. En efecto, la crítica ha discutido ampliamente la cuestión de
a qué género literario pertenece este poema, que por sus rasgos formales (el tema mitológico, el
verso en el que está escrito, el estilo y el vocabulario utilizados) hay que incluir dentro de la épica.
Se trata, sin embargo, de una épica particular, de extensión más reducida que la de la épica
tradicional y que, además, mezcla con los elementos propios de la épica otros pertenecientes a
otros géneros. Así, el lamento de Ariadna tiene puntos en común con la tragedia y con la elegía;
un pasaje en el que se recuerda la feliz edad de oro se aproxima bastante a la poesía pastoril,
etc. En suma, se trata de un epilio, esto es, un poema épico, con tema mitológico de contenido
amoroso, de extensión reducida y muy elaborado formalmente, en el que se introducen
características de otros géneros. Es el género favorito de los poetas neotéricos, del que ya había
precedentes y modelos en lengua griega pero que son estos poetae novi, con Catulo a la cabeza,
quienes lo introducen en Roma y lo aclimatan a la lengua latina.
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TRADICIÓN CLÁSICA Y LITERATURA ESPAÑOLA Módulo 4. Catulo en la literatura española
5. Influencia posterior y transmisión del texto
Es ya en el siglo XV, cuando en Castilla y Aragón van penetrando diversos elementos del
humanismo italiano y de su renovado interés por los clásicos grecolatinos, cuando aparece el
primer ejemplo de la presencia de Catulo y su obra en lengua castellana. Se trata de una alusión
de Enrique de Aragón, marqués de Villena (1384-1434), en su Tratado de la consolación, que ya
señaló Menéndez y Pelayo y que, como indica J. L. Arcaz (pág. 252, ver Bibliografía), es, con
toda probabilidad, una cita de segunda mano. El caso de de Villena es, además, aislado, y para
encontrar una presencia más viva, directa y significativa de Catulo en las letras castellanas hay
que esperar al pleno Siglo de Oro.
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TRADICIÓN CLÁSICA Y LITERATURA ESPAÑOLA Módulo 4. Catulo en la literatura española
• Primero, que la nueva lírica clasicista tiene que competir con la lírica preexistente.
• En segundo lugar y directamente relacionado con ello, que en el ‘sistema’ de los géneros
literarios del momento no había la necesidad de llenar el ‘hueco’ de la lírica.
Por otro lado, y como fácilmente puede esperarse, la influencia de Catulo en la literatura del
Siglo de Oro se ejerce especialmente en el ámbito de la poesía, en la que la atención se centrará
a partir de aquí; no querríamos, sin embargo, dejar de señalar al menos que también en prosistas
como Cervantes (Quijote II, 44) o Mateo Alemán (Guzmán de Alfarache 2, II, 7) se deja oír la voz
de diversos pasajes de Catulo (véase Arcaz, pág. 253).
Como bien dice J.L. Arcaz (pág. 256), Cristóbal de Castillejo (1490-1550) es uno de los
poetas de este período que presenta "más hondas influencias catulianas". Frente a versiones
más o menos fieles que se inspiran en un poema de Catulo, como las que se verán después de
Quevedo a título de ejemplo o el poema "Al Amor" (Documento 1, que sigue fielmente el carmen
5 de Catulo (Documento 2)) del propio Castillejo, este poeta toma elementos de tres carmina de
Catulo (5, 51 y 85) para construir una sola de sus composiciones, la titulada "A una dama
llamada Ana" (Documento 3). Castillejo comienza aludiendo a cómo nunca llegaría a cansarse de
besar los ojos de su amada, idea muy afín a la que constituye el eje argumental de los poemas 5
y 7 de Catulo:
(…)
mi penado corazón
Pero inmediatamente después introduce una adaptación casi entera del poema 51 de Catulo,
que presenta en primera persona los síntomas físicos que padece un enamorado. La
correspondencia entre los versos de Castillejo (a la izquierda) y las tres primeras estrofas del
poema de Catulo (a la derecha, en traducción de A. Ramírez de Verger, Madrid, Alianza, 1988,
pág. 77) es la siguiente, que apunta, como ya señaló Menéndez Pelayo (según refiere Arcaz,
pág. 259, ver Bibliografía), a una "traducción suelta y ocasional":
Catulo 51 C. de Castillejo
"Aquél me parece igual a un dios, "¡Oh cuán bienaventurado
aquél, si es posible, superior a los dioses, es aquél que puede estar
quien sentado frente a ti sin cesar te do os pueda ver y hablar
contempla y oye sin perderse de turbado
como yo suelo quedar!
tu dulce sonrisa; ello trastorna, desgraciado ¡Ay de mí!
de mí, todos mis sentidos: en cuanto te Que ante vos, después que os vi
miro, Lesbia mi garganta queda y quedé de vos herido,
sin voz, no hay en mí ningún sentido
que sepa parte de sí.
mi lengua se paraliza, sutil llama La lengua se me entorpece,
recorre mis miembros, los dos oídos me y de locos aturdidos
zumban con su propio tintineo y una doble me retiñen los oídos;
noche
cubre mis ojos. y la lumbre se oscurece
a mis ojos doloridos.
Viva llama
por mi cuerpo se derrama,
y hago con pies y manos
mil ademanes livianos,
ajenos del que no ama."
Para terminar, Castillejo recurre aún a un tercer poema de Catulo, que, al igual que el
anterior, integra plenamente en su composición sin que el lector advierta fisuras o transiciones
excesivamente violentas. En efecto, uno de los lugares comunes tanto de la tradición de la
poesía cancioneril, en la que se inspira Castillejo, como del petrarquismo, tan en boga en todo el
siglo XVI, es la de la naturaleza contradictoria de los sentimientos que puede experimentar el
enamorado. Por ello los dos famosos versos del poema 86 Catulo, que comienzan con el
conocido "Odi et amo" y dicen (traducción de A. Ramírez de Verger, Madrid, Alianza, 1988, pág.
126):
le vienen muy bien a Castillejo para, adaptándolos como sigue, culminar el suyo:
"Amo y quiero,
aborrezco y desespero
preguntado, no lo sé,
Se trata, como puede verse, de una reutilización fecunda e ingeniosa de los versos de
Catulo, que sirven para adaptarse a las convenciones temáticas de una poesía de coordenadas
considerablemente distantes de la Roma del siglo I a.C. Señalar, por último, que a pesar de su
‘conexión clásica’, Castillejo escribe este poema y casi toda su producción en octosílabos, el
metro tradicional castellano, y no en los versos de origen italiano (endecasílabo y
heptasílabo) aclimatados al español definitivamente por su contemporáneo Garcilaso de la Vega
y en los que se escribió la mayor parte de la poesía de inspiración clasicista del Siglo de Oro.
Precisamente en Garcilaso, sin embargo, al igual que en otros poetas del siglo XVI con él
relacionados como Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575) o su comentarista Fernando de
Herrera (1534-1582), los ecos de Catulo que proponen los diversos estudiosos son, en su mayor
parte, bastante vagos y casi todos ellos pueden explicarse tanto o más satisfactoriamente con el
recurso a Virgilio u Ovidio, como bien señaló ya en su momento M. Menéndez y Pelayo (véase
Arcaz, págs. 254-255).
Sin embargo, tres de las cumbres más destacadas de la poesía del Siglo de Oro, Luis de
Góngora y Argote (1561-1627), Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) y Félix Lope de
Vega y Carpio (1563-1635) sí que demostraron claramente su gusto por la obra de Catulo. El
primero deja oír los ecos de este autor, sobre todo, en la primera de las Soledades y en el
Polifemo (véase Arcaz, pág. 266), mientras que Quevedo recrea el poema 7 de Catulo en el
madrigal "A Fabio preguntaba" (Documento 4). La comparación entre ambos textos, el latino (o
su traducción) y el madrigal de Quevedo, ofrece un excelente ejemplo de cómo operaban los
poetas de la época con los modelos clásicos en los que se inspiraban. Quevedo toma casi todo
del original: la situación argumental, la pregunta de la amada al amado y hasta varias de las
hipérboles con las que el amante quiere aludir a su insaciabilidad (las arenas de Libia, las
estrellas del cielo). Sin embargo no es una traducción, ya que la expresión verbal concreta se
separa considerablemente del poema de Catulo.
Lope, por su parte, acude a Catulo para modelar sobre él la apertura de la segunda parte de
sus Rimas (Documento 5). Los dos poemas con los que arrancan ambas colecciones, la de Lope
y la de Catulo, comienzan preguntándose a quién van a dedicar el libro que sigue a continuación.
Catulo dice:
que en traducción de A. Ramírez de Verger (Madrid, Alianza, 1988, pág. 49) es:
Mientras que la primera de las sextinas aliradas que componen el poema de Lope da el
siguiente texto:
y amorosos cuidados,
En la misma época aparece, como último ejemplo que se citará de una lista que podría
alargarse, Francisco de Rioja (1583-1659), destacado representante de la escuela sevillana de
poesía del siglo XVII, y en especial de un amplio grupo de poetas que se suelen llamar '
clásicos'
,
tanto porque continúan la dirección clasicista del siglo anterior como por su gusto más que
evidente por los temas relacionados con la Antigüedad. Entre su amplia producción poética, los
sonetos XIX y XXII ("¿En qué excelso lugar, Lesbia, formada" Y "¡Oh, cómo cuando vi tu blanca
frente", ver Documento 6) presentan los síntomas que padece el amante al contemplar
directamente la belleza de su amada, y varios de sus elementos tienen rasgos comunes con la
descripción que Catulo hace de la misma situación en su poema 51, que ya se ha visto al tratar
sobre Castillejo.
Hay, sin embargo, otro soneto del mismo autor (Documento 6) que está directamente
modelado sobre el poema 4 de Catulo, en el que se evocan las glorias pasadas de un barco,
propiedad de poeta, que hace ya bastante tiempo que no navega. El comienzo de ambos
poemas es muy similar: los dos se dirigen directamente al lector en su supuesta contemplación
del barco ya retirado:
frente a:
Y, unos versos más adelante, entre otros puntos en común, los dos poemas aluden al monte
Citoro, en Asia Menor, como el lugar del que procede la madera con la que se fabricó el barco.
Sin embargo, hay una desproporción considerable en el número de versos de ambas
composiciones: frente a los catorce endecasílabos del soneto de Francisco de Rioja, el texto de
Catulo consta de veintisiete trímetros yámbicos (versos que en el poema de Catulo son todos
dodecasílabos). Se invierte así la que es la tendencia más habitual en esta época al traducir en
verso castellano poemas latinos, ya que lo más frecuente es que la composición resultante en
romance sea apreciablemente más larga que el original, por la necesidad de recurrir a perífrasis
que traduzcan con precisión el texto antiguo y por las restricciones que impone el número de
posibilidades, rico pero limitado, de las estructuras estróficas castellanas.
En los siglos XVIII y XIX la aparición de manifestaciones literarias con base en los poemas
de Catulo es tan azarosa y ocasional como en los dos siglos anteriores; en todo caso, si se
quiere, la vitalidad de la presencia de la voz de Catulo se reduce aún más. Es, sin embargo, en
uno de los poetas más destacados del neoclasicismo del siglo XVIII en quien más claramente se
advierte la influencia de Catulo: se trata de Meléndez Valdés (1754-1817), que en veintiséis de
sus poemas recogidos en La paloma de Filis recrea hasta la saciedad unos pocos versos de
Catulo. En efecto, todos ellos se inspiran en el segundo de los poemas de Catulo, dedicado a un
pájaro propiedad de Lesbia, la amada de Catulo. En traducción de A. Ramírez de Verger (Madrid,
Alianza, 1988, pág. 50), dice así:
Y los poemas de Meléndez Valdés (Documento 7), escritos, todo hay que decirlo, en unos
monótonos hexasílabos, recrean una y otra vez diversas situaciones en las que Filis, la mujer
amada a la que se dedica el poemario, juega con una paloma. Ello que da ocasión al poeta
neoclásico de reiterar las ideas de la envidia que tiene del pájaro que puede estar en el regazo
de la amada dedicándose a todo tipo de juegos con ella, que son descritos con profusión de
detalles. Estamos así ante el aprovechamiento de uno de los elementos más superficiales de la
poesía de Catulo, a partir del cual se construye un ciclo poético que, para la sensibilidad
moderna, raya en la ñoñería en el mejor de los casos.
Si durante los siglos en los que la literatura clásica es un referente insoslayable para la
construcción de las diferentes literaturas vernáculas europeas, la presencia de Catulo es algo
que va y viene y que se aflora sólo en contadas ocasiones, ello es todavía más acusado en el
siglo XX, en el que la necesidad de acudir al mundo clásico como punto de referencia ha
desaparecido por completo. Por eso mismo, las decisiones conscientes de los poetas de esta
época de recurrir a Catulo son especialmente significativas, por estar intensamente motivadas y
no ser fruto de presión alguna. Quizá por ello, y también por la mayor proximidad con respecto a
la actualidad, son estos poetas los que ponen de relieve una aproximación más madura, libre y
fecunda a la poesía de Catulo.
Uno de los primeros casos es el de Jorge Guillén (1893-1984), que, en su última obra, Y
otros poemas, tiene un lugar precisamente para la Ariadna de Catulo a la que se acaba de aludir
al tratar de M.J. Quintana, tema de su "Ariadna en Naxos" (Documento 9). Guillén estructura su
composición en tres largas tiradas de versos, cada una de las cuales presenta una situación. La
primera describe la llegada a Naxos y la paulatina toma de conciencia por parte de Ariadna de
que ha sido abandonada. La segunda se centra en la desesperación de Ariadna y en su angustia.
La tercera y última anuncia la solución feliz: Dionisos está a punto de desembarcar en Naxos.
Del tríptico de Guillén, el pasaje que más se aproxima al poema de Catulo es el siguiente,
perteneciente a la segunda parte del poema, en la que se evocan las quejas de Ariadna y su
situación:
"Mira Ariadna hacia el mar:
Implacable su azul.
Olvidado, perdido?
Y la creciente angustia
se dispone a la muerte.
Abandono ya es hambre.
(…)
La en absoluto sola
Columbra anulación.
Pesadilla indolora.
Algo similar se da en otro poeta de la generación del 27, Pedro Salinas (1891-1951). Es la
‘variación’ (así se llaman las partes en las que se va subdividiendo lo que el autor concibe como
un solo y extenso poema) 19 de La voz a ti debida (Documento 10) el texto de Salinas en el que
se deja oír más claramente la voz de Catulo. Basado una vez más en el carmen 5 de Catulo, en
el que el poeta pide a su amada Lesbia un número enorme de besos. Precisamente en esa idea
de la acumulación aritmética referida al ámbito amoroso es el paralelo entre ambos poemas más
claro:
"(…)
A subir, a ascender
de docenas a cientos,
de cientos a millar,
en una jubilosa
de tu amor, unidad.
todo a multiplicar,
y que no sepan ya
esbeltas, al pasar,
* * 0,& 1 -2 ) -. 3 "
TRADICIÓN CLÁSICA Y LITERATURA ESPAÑOLA Módulo 4. Catulo en la literatura española
y amo. (Amo
Una presencia igualmente oblicua y diluida de Catulo, pero fundamental para comprender su
obra (según dice Pere Gimferrer, citado por Arcaz, pág. 282), se da en Jaime Gil de Biedma
(1929-1990), probablemente el autor más influyente de este grupo poético a pesar de lo poco
extenso de su producción. Uno de los poemas más significativos de Gil de Biedma es
"Pandémica y celeste" (Documento 12), que aparece encabezado por la cita de tres versos del
carmen 7 de Catulo ("quam magnus numerus Libyssae arenae / (…) / aut quam sidera multa,
cum tacet nox, / furtivos hominum vident amores"; esto es, "cuantos infinitos granos de arena
Libia / (…) / o cuantas estrellas en la noche callada / contemplan los furtivos amores de los
hombres", trad. A. Ramírez de Verger, Madrid, Alianza, 1988, pág. 53). La conexión entre Catulo
y Gil de Biedma, sin embargo, y a pesar de la cita, no se materializa en ecos verbales concretos
o en esquemas conceptuales que se repitan, sino que se da a un nivel más profundo: en la
utilización de la pasión erótica furtiva como tema para su poesía y en la actitud hacia ello, con
una "aceptación libre y franca de la sexualidad" que también deja lugar, "y un lugar especial, para
la ternura." (Javier Alfaya, citado por Arcaz en pág. 282).
* * , 4 "5 , 2 ) 6)4 3
TRADICIÓN CLÁSICA Y LITERATURA ESPAÑOLA Módulo 4. Catulo en la literatura española
"[…] lo que aún falta es la asimilación poética de la lírica catuliana. El ver y sentir su poesía
tal cual es, en su mundo y su idea, sin recortes ni pudores. Sin tópicos tampoco del pajarillo de
Lesbia o de los besos. Un Catulo real y vivo –como es– que hable directamente al poeta de
hoy. Y eso que no ha podido ser en tantos siglos de historia, me parece que ahora es el
momento adecuado para que ocurra. Porque puede entenderse una poesía directa, mordaz,
preciosista, ética o viva, sin que nada de ello niegue la lírica, y se puede uno acercar a las
palabras sin miedo, y gozar del poema como de una salvación estética –en arte y lenguaje– de
los momentos intensos de la vida."
Eso es lo que intenta hacer el propio de Villena, con éxito, en su "Homenaje a Catulo de
Verona" (Documento 13), en el que recrea, en circunstancias modernas, elementos claramente
identificables de la poesía de Catulo, como son la pasión que siente el poeta al contemplar a un
bello muchacho y el contraste deliberado entre la situación cotidiana, sórdida incluso, y le
nacimiento de un sentimiento espiritual elevado. Como dice Arcaz (pág. 284), lo que hace aquí
de Villena es "imitar a Catulo sin imitarlo", con un poema que "expresa la visión de de Villena del
mundo catuliano."
Y es en esa línea de asimilación más plena y liberada de tópicos hay que situar a varios otros
poetas recientes (N. Pérez, ver Bibliografía, cita además de a varios autores que ya se han visto,
a Ángel Crespo, Mariano Roldán, José Manuel Caballero Bonald, Lázaro Santana), de los que,
para terminar, será destacado sólo uno: el asturiano Víctor Botas (1945-1994). Traductor de
Catulo, Botas compone una "Variación sobre un tema de Catulo" (Documento 14), para la que se
apoya en el carmen 52 del veronés, que también manifiesta la desesperación del poeta ante el
encumbramiento de un personaje de escasa valía.
7 7 8 "
TRADICIÓN CLÁSICA Y LITERATURA ESPAÑOLA Módulo 4. Catulo en la literatura española
9. RESUMEN
La poesía de Catulo, en la que conviven registros muy diversos que van de lo espontáneo a
lo muy elaborado, y que influyó decisivamente en la literatura latina posterior, ha sido un referente
al que han recurrido los poetas castellanos en contadas pero destacadas ocasiones.
El siglo XX, más libre de restricciones estéticas y literarias, ve el nacimiento de una vigorosa
línea de poesía que se inspira muy de cerca en Catulo, pero que no produce obras que
necesariamente sigan los textos antiguos, sino que los recrean a través de afinidades temáticas y
de actitud.
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TRADICIÓN CLÁSICA Y LITERATURA ESPAÑOLA Módulo 4. Catulo en la literatura española
10. BIBLIOGRAFÍA
Arcaz Pozo, J.L.: «Catulo en la literatura española», Cuadernos de Filología Clásica, 22, 1989,
págs. 249-286.
Cortés Tovar, R.: «Catulo en Pedro Salinas», Cuadernos de Filología Clásica. Estudios Latinos,
10, 1996, págs. 83-98.
Pérez García, N.: «Catulo y los poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX»,
Cuadernos de Filología Clásica. Estudios Latinos, 10, 1996, págs. 99-113.
Ramírez de Verger, A.: «Introducción», Catulo, Poesías, Madrid: Alianza, 1988, págs. 11-41.
Soler Ruiz, A.: «Introducción», Catulo, Poemas, Tibulo, Elegías, Madrid, Gredos, 1993, págs.
42-46.
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TRADICIÓN CLÁSICA Y LITERATURA ESPAÑOLA Módulo 4. Catulo en la literatura española
Documentos
DOCUMENTO 1. Cristóbal de Castillejo: «Al Amor» (ed. R. Reyes Cano, Madrid: Castro, 1999,
págs. 177); CatUll. 5.
DOCUMENTO 2. CATULO: carmen 64, trad. de A. Ramírez de Verger, Madrid, Alianza, 1988,
págs. 96-108.
DOCUMENTO 3. Cristóbal de Castillejo: «A una dama llamada Ana» (ed. R. Reyes Cano,
Madrid: Castro, 1999, págs. 19-22); CatUll. 5, 51 y 85.
DOCUMENTO 5. Lope de Vega, "¿A quién daré mis Rimas…?" (Rimas humanas y otros
versos, ed. A. Carreño, Barcelona: Crítica, 1998, págs. 105-106) y CATULL. 1.
DOCUMENTO 6. Francisco de Rioja: Sonetos XIX, XXII y Sonetos morales, «Este que ves, oh
huésped, vasto pino» (ed. B. López Bueno, Madrid: Cátedra, 1984, págs. 236, 168 y 159-160);
Catull. 51 y 4.
DOCUMENTO 7. Meléndez Valdés, Odas (ed. E. Palacios Fernández, en Obras completas,
Madrid: Castro, 1996, págs. 175 ss.) y Catull. 2.
DOCUMENTO 9. Jorge Guillén: «Ariadna en Naxos» (Y otros poemas, Buenos Aires, Muchnik,
1973, págs. 53-63) y Catull. 64.
DOCUMENTO 10. Pedro salinas: La voz a ti debida 19 (ed. M. Escartín, Madrid, Cátedra, 1996,
págs. 146-147) y Catull. 5.
DOCUMENTO 11. Jose Ángel Valente: «Odio y amo» (A modo de esperanza, 1954) y Catull.
85.
DOCUMENTO 12. Jaime Gil de Biedma: «Pandémica y celeste» (en Las personas del verbo,
ed. C. Riera, Barcelona, Lumen, 1998, págs. 143-146) y Catull. 7.
DOCUMENTO 14. VÍctor Botas: «Variación sobre un tema de Catulo» (en Poesía completa, ed.
J.L. García Martín, Oviedo, Llibros del Pexe, 1999, pág. 254) y CATULL. 52.