1.
Antes de empezar a contarles todo al respecto de la penitenciaria de Pinewood, hay algo que
necesito que entiendan desde ya: sí, lo hice. Las maté. Me ayudé de estas manos viejas que ahora
tiemblan cuando quiero sujetar la taza de café. No lo digo para buscar perdón ni compresión. Solo
quiero que quede claro desde el principio, porque no me interesa que ningún entrometido se quede
con dudas. Lo hice, y lo voy a pagar.
Dicen que pronto saldaré mis deudas. Puede que ocurra en un mes, o puede que en una semana,
pero llegará. En esta prisión, cuando los guardias empiezan a tratarte de manera más amable de lo
habitual, es porque ya saben la fecha de tu paseo final. Todavía no me lo han dicho, aunque lo noto
en cómo Earl McKinley, ese cabrón que lleva años tratándome como si no valiera ni la mierda que
pisa, ahora no me escupe cuando pasa frente a mi celda. Incluso me ofreció tabaco la otra noche, y
créanme, soy viejo, pero no tan tonto como para no entender lo que eso significa.
Aunque no me importa. Al menos, ya no tanto como antes. Estoy cansado, más cansado de lo que
nunca pensé que un hombre podía estar. Hay algo en esperar la muerte que te roba toda la fuerza,
como si alguien te exprimiera lentamente, como lo haría con una olla a vapor, vieja y sucia que
apenas tiene un resquicio de agua adentro. Y mientras estoy aquí, sentado en esta cama que rechina
cada vez que respiro, todo lo que me queda es el tiempo. Tiempo para pensar, para recordar, para
volver a repasar una y otra vez las mismas malditas escenas que llevo clavadas en la cabeza desde
hace diez años.
La celda no es grande. Nunca lo fue, pero con el paso de los años se sienta más pequeña. Son cuatro
paredes de cemento gris, agrietadas, con manchas de humedad que parecen expandirse como
hongos venenosos cada vez que llueve. Hay una litera, aunque nadie duerme arriba desde que
mataron al último hombre que compartió celda conmigo. Eso fue hace cinco años, cuando un tipo
llamado Sammy perdió la cabeza y apuñaló a su compañero con un trozo de metal oxidado que
había sacado de una bandeja del comedor. Sammy no duró mucho más después del accidente; lo
encontraron colgado de su sábana al día siguiente. Desde entonces, he estado solo aquí, y no es que
me moleste. La soledad es algo que aprendes a apreciar cuando has pasado tanto tiempo encerrado.
Frente a mí está la puerta de barrotes, y más allá de eso, el corredor. Lo llaman así porque no hay
otra palabra que lo describa mejor. Es un pasillo largo, siempre en penumbra, con un olor a sudor,
orina y lejía que nunca se va del todo. A veces, durante las noches, puedo escuchar cómo el viento
pasa por las rendijas del techo. Hace un sonido extraño, como un silbido ahogado. Últimamente me
gusta pensar que es el mundo allí afuera, recordándome que todavía existe.
Cuando pienso, no puedo evitar recordar el bosque. ¿Ya les hablé del bosque? Creo que no, pero si
voy a hablar de esto, necesito empezar por ahí. El bosque era un lugar real, y al mismo tiempo no.
Era un trozo de tierra detrás de la casa de mi madre, por allí, en Franklin County, donde crecí. Pero
para mí, de niño, siempre fue algo más que árboles y musgo. Fue un refugio. Me pasaba horas allí,
trepando los robles, lo grandes y altos robles, tan nobles y serenos como siempre. A veces, solo me
tumbaba en el suelo, mirando las hojas moverse con el viento. He caído en la hipótesis de que fue el
bosque lo que hizo mantenerme cuerdo durante esos primeros años, cuando todo lo demás parecía
irse al infierno.
Mi madre no era mala mujer, pero la vida la había golpeado tan duro que no le quedaba mucha
dulzura para repartir. Mi padre… Bueno, de él ni siquiera tengo recuerdo claros. Sé que estuvo ahí
alguna vez, pero se fue antes de que yo pudiera entender que significaba tener un padre. Mamá
hacía lo que podía, trabajando como sirvienta en casas de ricos, trayendo un poco de dinero que no
era suficiente. Y yo, como hijo único, me las arreglaba para no ser una carga más.
La primera vez que maté fue en el otoño de 1962. Recuerdo el olor a hojas quemadas en el aire, el
sonido de las ramas secas crujiendo bajo mis pies. Era una noche fría, pero yo estaba sudando. La
niña tenía apenas ocho años, un cabello rubio tan pálido que parecía plateado bajo la luz de la luna.
No voy a entrar en detalles, porque no creo que los necesiten. Lo que hice esa noche fue algo que ni
yo mismo entiendo del todo, incluso ahora. Pero sé que, en el momento, sentí algo que no había
sentido nunca: control. Poder. Como si, por primera vez en mi vida, tuviera el mundo entre mis
manos, aunque fuera sólo por un instante.
Las siguientes veces fueron más fáciles. No muchas, sólo un par más, pero suficientes para sellar mi
destino. Siempre era en otoño. Nunca lo planeé así, pero creo que hay algo en esta estación que me
habla de una manera que no puedo ignorar. El crujido de las hojas, el viento que sopla como si
estuviera tratando de arrancarte el alma... Es un recordatorio de que todo en este mundo está
destinado a morir, tarde o temprano.
Así que aquí estoy ahora, esperando mi turno en "la Vieja Gloria". Y mientras espero, pienso en esas
niñas, en sus rostros, en sus voces. No intento justificar lo que hice, porque no hay justificación
posible. Pero tampoco me arrepiento, no del todo. ¿Eso me hace un monstruo? Probablemente sí.
Pero si lo soy, es porque este mundo me hizo así.