CUENTO
S
Los Tres Cerditos
Al lado de sus padres, tres cerditos habían crecido alegres en
una cabaña del bosque. Y como ya eran mayores, sus papas
decidieron que era hora de que construyeran, cada uno, su
propia casa. Los tres cerditos se despidieron de sus papas, y
fueron a ver como era el mundo, y encontraron un bonito
lugar cerca del bosque donde construir sus tres casitas.
El primer cerdito, el perezoso de la familia, decidió hacer una
casa de paja. En un minuto la choza estaba ya hecha. Y
entonces se fue a dormir.
El segundo cerdito, un glotón, prefirió hacer la cabaña de
madera. No tardó mucho en construirla. Y luego se fue a
comer manzanas.
El tercer cerdito, muy trabajador, opto por construirse una
casa de ladrillos y cemento. Tardaría más en construirla, pero
estaría más protegido. Después de un día de mucho trabajo,
la casa quedo preciosa. Pero ya se empezaba a oír los
aullidos del lobo en el bosque.
No tardo mucho para que el lobo se acercara a las casas de
los tres cerditos. Hambriento, el lobo se dirigió a la primera
casa y dijo:
– ¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme la puerta o soplare y tu casa
tirare!
Como el cerdito no la abrió, el lobo soplo con fuerza, y
derrumbo la casa de paja.
El cerdito, temblando de miedo, se fue corriendo y entro en la
casa de madera de su hermano. El lobo le siguió.
Y delante de la segunda casa, llamo a la puerta, y dijo:
– ¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme la puerta o soplare y tu casa
tirare!
Pero el segundo cerdito no la abrió y el lobo soplo y soplo, y
aunque la casita de madera aguantó mucho más que la casita
de paja, al final la casita se fue por los aires.
Asustados, los dos cerditos corrieron y entraron en la casa de
ladrillos de su otro hermano. Pero, como el lobo estaba
decidido a comérselos, llamo a la puerta y grito: – ¡Ábreme la
puerta!
¡Ábreme la puerta o soplare y tu casa tirare! Y el cerdito
trabajador le dijo:
– ¡Soplas lo que quieras, pero no la abriré!
Entonces el lobo soplo y soplo. Soplo con todas sus fuerzas,
pero la casa ni se movió. La casa era muy fuerte y resistente.
El lobo se quedo casi sin aire. Pero aunque el lobo estaba
muy cansado, no desistía. Después de dar vueltas y vueltas a
la casa, y no encontrar ningún lugar por donde entrar, pensó
en subir al tejado, trajo una escalera, subió a la casa y se
deslizo por la chimenea. Estaba empeñado en entrar en la
casa y comer a los tres cerditos como fuera. Pero lo que él no
sabía es que los cerditos pusieron al final de la chimenea, un
caldero con agua hirviendo. Y el lobo, al caerse por la
chimenea acabo quemándose con el agua caliente. Dio un
enorme grito y salió corriendo y nunca más volvió por
aquellos parajes. Así los cerditos pudieron vivir
tranquilamente. Y tanto el perezoso como el glotón
aprendieron que solo con el trabajo se consigue las cosas. Y
enseguida se pusieron manos a la obra, y construyeron otras
dos casas de ladrillos, y nunca más tuvieron problemas con
ningún lobo.
La Caperucita Roja
Había una vez una adorable niña que era querida por todo
aquél que la conociera, pero sobre todo por su abuelita, y no
quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le
regaló una pequeña caperuza o gorrito de un color rojo, que
le quedaba tan bien que ella nunca quería usar otra cosa, así
que la empezaron a llamar Caperucita Roja. Un día su madre
le dijo: “Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una
botella de vino, llévaselas en esta canasta a tu abuelita que
esta enfermita y débil y esto le ayudará. Vete ahora temprano,
antes de que caliente el día, y en el camino, camina tranquila
y con cuidado, no te apartes de la ruta, no vayas a caerte y se
quiebre la botella y no quede nada para tu abuelita. Y cuando
entres a su dormitorio no olvides decirle, “Buenos días”, ah, y
no andes curioseando por todo el aposento.”
“No te preocupes, haré bien todo”, dijo Caperucita Roja, y
tomó las cosas y se despidió cariñosamente.
La abuelita vivía en el bosque, como a un kilómetro de su
casa. Y no más había entrado Caperucita Roja en el bosque,
siempre dentro del sendero, cuando se encontró con un lobo.
Caperucita Roja no sabía que esa criatura pudiera hacer
algún daño, y no tuvo ningún temor hacia él.
“Buenos días, Caperucita Roja,” dijo el lobo. “Buenos días,
amable lobo.”
– “¿A dónde vas tan temprano, Caperucita Roja?”
– “A casa de mi abuelita.”
– “¿Y qué llevas en esa canasta?”
– “Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre
abuelita enferma va a tener algo bueno para fortalecerse.”
– “¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?”
– “Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su
casa está bajo tres grandes robles, al lado de unos avellanos.
Seguramente ya los habrás visto,” contestó inocentemente
Caperucita Roja. El lobo se dijo en silencio a sí mismo: “¡Qué
criatura tan tierna! qué buen bocadito – y será más sabroso
que esa viejita. Así que debo actuar con delicadeza para
obtener a ambas fácilmente.” Entonces acompañó a
Caperucita Roja un pequeño tramo del camino y luego le dijo:
“Mira Caperucita Roja, que lindas flores se ven por allá, ¿por
qué no vas y recoges algunas? Y yo creo también que no te
has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. Es que
vas tan apurada en el camino como si fueras para la escuela,
mientras que todo el bosque está lleno de maravillas.”
Caperucita Roja levantó sus ojos, y cuando vio los rayos del
sol danzando aquí y allá entre los árboles, y vio las bellas
flores y el canto de los pájaros, pensó: “Supongo que podría
llevarle unas de estas flores frescas a mi abuelita y que le
encantarán. Además, aún es muy temprano y no habrá
problema si me atraso un poquito, siempre llegaré a buena
hora.” Y así, ella se salió del camino y se fue a cortar flores. Y
cuando cortaba una, veía otra más bonita, y otra y otra, y sin
darse cuenta se fue adentrando en el bosque. Mientras tanto
el lobo aprovechó el tiempo y corrió directo a la casa de la
abuelita y tocó a la puerta. “¿Quién es?” preguntó la abuelita.
“Caperucita Roja,” contestó el lobo.
“Traigo pastel y vino. Ábreme, por favor.”
– “Mueve la cerradura y abre tú,” gritó la abuelita, “estoy muy
débil y no me puedo levantar.”
El lobo movió la cerradura, abrió la puerta, y sin decir una
palabra más, se fue directo a la cama de la abuelita y de un
bocado se la tragó. Y enseguida se puso ropa de ella, se
colocó un gorro, se metió en la cama y cerró las cortinas.
Mientras tanto, Caperucita Roja se había quedado colectando
flores, y cuando vio que tenía tantas que ya no podía llevar
más, se acordó de su abuelita y se puso en camino hacia ella.
Cuando llegó, se sorprendió al encontrar la puerta abierta, y
al entrar a la casa, sintió tan extraño presentimiento que se
dijo para sí misma:
“¡Oh Dios! que incómoda me siento hoy, y otras veces que me
ha gustado tanto estar con abuelita.” Entonces gritó: “¡Buenos
días!”, pero no hubo respuesta, así que fue al dormitorio y
abrió las cortinas. Allí parecía estar la abuelita con su gorro
cubriéndole toda la cara, y con una apariencia muy extraña.
“¡!Oh abuelita!” dijo, “qué orejas tan grandes que tienes.”
– “Es para oírte mejor, mi niña,” fue la respuesta. “Pero
abuelita, qué ojos tan grandes que tienes.”
– “Son para verte mejor, querida.”
– “Pero abuelita, qué brazos tan grandes que tienes.”
– “Para abrazarte mejor.” – “Y qué boca tan grande que
tienes.”
– “Para comerte mejor.” Y no había terminado de decir lo
anterior, cuando de un salto salió de la cama y se tragó
también a Caperucita Roja.
Entonces el lobo decidió hacer una siesta y se volvió a tirar
en la cama, y una vez dormido empezó a roncar fuertemente.
Un cazador que por casualidad pasaba en ese momento por
ahí, escuchó los fuertes ronquidos y pensó, ¡Cómo ronca esa
viejita!, Voy a ver si necesita alguna ayuda. Entonces ingresó
al dormitorio, y cuando se acercó a la cama vio al lobo tirado
ahí. “¡Así que te encuentro aquí, viejo pecador!” dijo él.
”¡Hacía tiempo que te buscaba!”
Y ya se disponía a disparar su arma contra él, cuando pensó
que el lobo podría haber devorado a la viejita y que aún
podría ser salvada, por lo que decidió no disparar. En su lugar
tomó unas tijeras y empezó a cortar el vientre del lobo
durmiente.
En cuanto había hecho dos cortes, vio brillar una gorrita roja,
entonces hizo dos cortes más y la pequeña Caperucita Roja
salió rapidísimo, gritando: “¡Qué asustada que estuve, que
oscuro que está ahí dentro del lobo!”, y enseguida salió
también la abuelita, vivita, pero que casi no podía respirar.
Rápidamente, Caperucita Roja trajo muchas piedras con las
que llenaron el vientre del lobo. Y cuando el lobo despertó,
quiso correr e irse lejos, pero las piedras estaban tan pesadas
que no soportó el esfuerzo y cayó muerto.
Las tres personas se sintieron felices. El cazador le quitó la
piel al lobo y se la llevó a su casa. La abuelita comió el pastel
y bebió el vino que le trajo Caperucita Roja y se reanimó.
Pero Caperucita Roja solamente pensó:
“Mientras viva, nunca me retiraré del sendero para internarme
en el bosque, cosa que mi madre me había ya prohibido
hacer.”
Pulgarcito
Érase un pobre campesino que estaba una noche junto al
hogar atizando el fuego, mientras su mujer hilaba, sentada a
su lado.
Dijo el hombre: – ¡Qué triste es no tener hijos! ¡Qué silencio
en esta casa, mientras en las otras todo es ruido y alegría! –
Sí -respondió la mujer, suspirando-. Aunque fuese uno solo, y
aunque fuese pequeño como el pulgar, me daría por
satisfecha. Lo querríamos más que nuestra vida.
Sucedió que la mujer se sintió descompuesta, y al cabo de
siete meses trajo al mundo un niño que, si bien perfectamente
conformado en todos sus miembros, no era más largo que un
dedo pulgar.
Y dijeron los padres: – Es tal como lo habíamos deseado, y lo
querremos con toda el alma. En consideración a su tamaño,
le pusieron por nombre Pulgarcito. Lo alimentaban tan bien
como podían, pero el niño no crecía, sino que seguía tan
pequeño como al principio. De todos modos, su mirada era
avispada y vivaracha, y pronto mostró ser listo como el que
más, y muy capaz de salirse con la suya en cualquier cosa
que emprendiera.
Un día en que el leñador se disponía a ir al bosque a buscar
leña, dijo para sí, hablando a media voz: «¡Si tuviese a
alguien para llevarme el carro!». – ¡Padre! -exclamó
Pulgarcito-, yo te llevaré el carro. Puedes estar tranquilo; a la
hora debida estará en el bosque. Se puso el hombre a reír,
diciendo: – ¿Cómo te las arreglarás? ¿No ves que eres
demasiado pequeño para manejar las riendas? – No importa,
padre. Sólo con que madre enganche, yo me instalaré en la
oreja del caballo y lo conduciré adonde tú quieras. «Bueno -
pensó el hombre-, no se perderá nada con probarlo».
Cuando sonó la hora convenida, la madre enganchó el
caballo y puso a Pulgarcito en su oreja; y así iba el pequeño
dando órdenes al animal: «¡Arre! ¡Soo! ¡Tras!». Todo marchó
a pedir de boca, como si el pequeño hubiese sido un
carretero consumado, y el carro tomó el camino del bosque.
Pero he aquí que cuando, al doblar la esquina, el rapazuelo
gritó: «¡Arre, arre!», acertaban a pasar dos forasteros.
– ¡Toma! -exclamó uno-, ¿qué es esto? Ahí va un carro, el
carretero le grita al caballo y, sin embargo, no se le ve por
ninguna parte. – ¡Aquí hay algún misterio! -asintió el otro-.
Sigamos el carro y veamos adónde va. Pero el carro entró en
el bosque, dirigiéndose en línea recta al sitio en que el padre
estaba cortando leña.
Al verlo Pulgarcito, gritó: – ¡Padre, aquí estoy, con el carro,
bájame a tierra! El hombre sujetó el caballo con la mano
izquierda, mientras con la derecha sacaba de la oreja del
rocín a su hijito, el cual se sentó sobre una brizna de hierba.
Al ver los dos forasteros a Pulgarcito quedaron mudos de
asombro, hasta que, al fin, llevando uno aparte al otro, le dijo:
– Oye, esta menudencia podría hacer nuestra fortuna si lo
exhibiésemos de ciudad en ciudad. Comprémoslo. -Y,
dirigiéndose al leñador, dijeron: – Vendenos a este
hombrecillo, lo pasará bien con nosotros. – No -respondió el
padre-, es la luz de mis ojos, y no lo daría por todo el oro del
mundo.
Pero Pulgarcito, que había oído la proposición, agarrándose a
un pliegue de los calzones de su padre, se encaramó hasta
su hombro y le murmuró al oído: – Padre, déjame que vaya;
ya volveré. Entonces el leñador lo cedió a los hombres por
una bonita pieza de oro. – ¿Dónde quieres sentarte? -le
preguntaron. – Ponme en el ala de vuestro sombrero; podré
pasearme por ella y contemplar el paisaje: ya tendré cuidado
de no caerme. Hicieron ellos lo que les pedía, y, una vez
Pulgarcito se hubo despedido de su padre, los forasteros
partieron con él y anduvieron hasta el anochecer. Entonces
dijo el pequeño: – Déjame bajar, lo necesito. – ¡Bah!, no te
muevas -le replicó el hombre en cuyo sombrero viajaba el
enanillo-. No voy a enfadarme; también los pajaritos sueltan
algo de vez en cuando. – No, no -protestó Pulgarcito-, yo soy
un chico bien educado; bájame, ¡deprisa! El hombre se quitó
el sombrero y depositó al pequeñuelo en un campo que se
extendía al borde del camino.
Pegó él unos brincos entre unos terruños y, de pronto,
escabullóse en una gazapera que había estado buscando. –
¡Buenas noches, señores, pueden seguir sin mí! -les gritó
desde su refugio, en tono de burla. Acudieron ellos al agujero
y estuvieron hurgando en él con palos, pero en vano;
Pulgarcito se metía cada vez más adentro; y como la noche
no tardó en cerrar, hubieron de reemprender su camino
enfurruñados y con las bolsas vacías. Cuando Pulgarcito
estuvo seguro de que se habían marchado, salió de su
escondrijo. «Eso de andar por el campo a oscuras es
peligroso -díjo-; al menor descuido te rompes la crisma». Por
fortuna dio con una valva de caracol vacía: «¡Bendito sea
Dios! -exclamó-. Aquí puedo pasar la noche seguro». Y se
metió en ella.
Al poco rato, a punto ya de dormirse, oyó que pasaban dos
hombres y que uno de ellos decía. – ¿Cómo nos las
compondremos para hacernos con el dinero y la plata del
cura? – Yo puedo decírtelo -gritó Pulgarcito. – ¿Qué es esto?
-preguntó, asustado, uno de los ladrones-. He oído hablar a
alguien. Sa pararon los dos a escuchar, y Pulgarcito
prosiguió: -Llévenme con ustedes, yo los ayudaré. – ¿Dónde
estás? – Busca por el suelo, fíjate de dónde viene la voz -
respondió. Al fin lo descubrieron los ladrones y la levantaron
en el aire: – ¡Infeliz microbio! ¿Tú pretendes ayudarnos? –
Mira -respondió él-. Me meteré entre los barrotes de la reja,
en el cuarto del cura, y les pasaré todo lo que quieran llevar. –
Está bien -dijeron los ladrones-. Veremos cómo te portas. Al
llegar a la casa del cura, Pulgarcito se deslizó en el interior
del cuarto, y, ya dentro, gritó con todas sus fuerzas: –
¿Quieren llevarse todo lo que hay aquí? Los rateros,
asustados, dijeron: – ¡Habla bajito, no vayas a despertar a
alguien!
Mas Pulgarcito, como si no les hubiese oído, repitió a grito
pelado: – ¿Qué quieren? ¿Van a llevarse todo lo que hay?
Oyóle la cocinera, que dormía en una habitación contigua, e,
incorporándose en la cama, se puso a escuchar. Los
ladrones, asustados, habían echado a correr; pero al cabo de
un trecho recobraron ánimos, y pensando que aquel diablillo
sólo quería gastarles una broma, retrocedieron y le dijeron: –
Vamos, no juegues y pásanos algo.
Entonces Pulgarcito se puso a gritar por tercera vez con toda
la fuerza de sus pulmones: – ¡Se los daré todo enseguida;
sólo tienen que alargar las manos! La criada, que seguía al
acecho, oyó con toda claridad sus palabras y, saltando de la
cama, precipitándose a la puerta, ante lo cual los ladrones
echaron a correr como alma que lleva el diablo.
La criada, al no ver nada sospechoso, salió a encender una
vela, y Pulgarcito se aprovechó de su momentánea ausencia
para irse al pajar sin ser visto por nadie. La doméstica,
después de explorar todos los rincones, volvió a la cama
convencida de que había estado soñando despierta.
Pulgarcito trepó por los tallitos de heno y acabó por encontrar
un lugar a propósito para dormir. Deseaba descansar hasta
que amaneciese, y encaminarse luego a la casa de sus
padres.
Pero aún le quedaban por pasar muchas otras aventuras.
¡Nunca se acaban las penas y tribulaciones en este bajo
mundo! Al rayar el alba, la criada saltó de la cama para ir a
alimentar al ganado. Entró primero en el pajar y tomó un
brazado de hierba, precisamente aquella en que el pobre
Pulgarcito estaba durmiendo.
Y es el caso que su sueño era tan profundo, que no se dio
cuenta de nada ni se despertó hasta hallarse ya en la boca de
la vaca, que lo había arrebatado junto con la hierba. –
¡Válgame Dios! -exclamó-. ¿Cómo habré ido a parar a este
molino? Pero pronto comprendió dónde se había metido. Era
cosa de prestar atención para no meterse entre los dientes y
quedar reducido a papilla. Luego hubo de deslizarse con la
hierba hasta el estómago. – En este cuartito se han olvidado
de las ventanas -dijo-. Aquí el sol no entra, ni encienden una
lucecita siquiera.
El aposento no le gustaba, y lo peor era que, como cada vez
entraba más heno por la puerta, el espacio se reducía
continuamente. Al fin, asustado de veras, se puso a gritar con
todas sus fuerzas: – ¡Basta de forraje, basta de forraje! La
criada, que estaba ordeñando la vaca, al oír hablar sin ver a
nadie y observando que era la misma voz de la noche
pasada, se espantó tanto que cayó de su taburete y vertió
toda la leche.
Corrió hacia el señor cura y le dijo, alborotada: – ¡Santo Dios,
señor párroco, la vaca ha hablado! – ¿Estás loca? -respondió
el cura; pero, con todo, bajó al establo a ver qué ocurría.
Apenas puesto el pie en él, Pulgarcito volvió a gritar: – ¡Basta
de forraje, basta de forraje! Se pasmó el cura a su vez,
pensando que algún mal espíritu se había introducido en la
vaca, y dio orden de que la mataran. Así lo hicieron; pero el
estómago, en el que se hallaba encerrado Pulgarcito, fue
arrojado al estercolero.
Allí trató el pequeñín de abrirse paso hacia el exterior, y,
aunque le costó mucho, por fin pudo llegar a la entrada. Ya
iba a asomar la cabeza cuando le sobrevino una nueva
desgracia, en forma de un lobo hambriento que se tragó el
estómago de un bocado. Pulgarcito no se desanimó. «Tal vez
pueda entenderme con el lobo», pensó, y, desde su panza, le
dijo: – Amigo lobo, sé de un lugar donde podrás comer a
gusto. – ¿Dónde está? -preguntó el lobo. – En tal y tal casa.
Tendrás que entrar por la alcantarilla y encontrarás bollos,
tocino y embutidos para darte un hartazgo -. Y le dio las
señas de la casa de sus padres. El lobo no se lo hizo repetir;
se escurrió por la alcantarilla, y, entrando en la despensa, se
hinchó hasta el hartarse. Ya harto, quiso marcharse; pero se
había llenado de tal modo, que no podía salir por el mismo
camino. Con esto había contado Pulgarcito, el cual, dentro del
vientre del lobo, se puso a gritar y alborotar con todo el vigor
de sus pulmones. – ¡Cállate! -le decía el lobo-. Vas a
despertar a la gente de la casa. – ¡Y qué! -replicó el
pequeñuelo-. Tú bien te has llenado, ahora me toca a mí
divertirme -y reanudó el griterío.
Despertaron, por fin, su padre y su madre y corrieron a la
despensa, mirando al interior por una rendija. Al ver que
dentro había un lobo, volvieron a buscar, el hombre, un
hacha, y la mujer, una hoz. – Quédate tú detrás -dijo el
hombre al entrar en el cuarto-. Yo le pegaré un hachazo, y si
no lo mato, entonces le abres tú la barriga con la hoz. Oyó
Pulgarcito la voz de su padre y gritó: – Padre mío, estoy aquí,
en la panza del lobo. Y exclamó entonces el hombre, gozoso:
– ¡Alabado sea Dios, ha aparecido nuestro hijo! -y mandó a
su mujer que dejase la hoz, para no herir a Pulgarcito.
Levantando el brazo, asestó un golpe tal en la cabeza de la
fiera, que ésta se desplomó, muerta en el acto. Subieron
entonces a buscar cuchillo y tijeras, y, abriendo la barriga del
animal, sacaron de ella a su hijito. – ¡Ay! -exclamó el padre-,
¡cuánta angustia nos has hecho pasar! – Sí, padre, he corrido
mucho mundo; a Dios gracias vuelvo a respirar el aire puro.
– ¿Y dónde estuviste? – ¡Ay, padre! Estuve en una gazapera,
en el estómago de una vaca y en la panza de un lobo. Pero
desde hoy me quedaré con ustedes. – Y no volveremos a
venderte por todos los tesoros del mundo -dijeron los padres,
acariciando y besando a su querido Pulgarcito. Le dieron de
comer y de beber y le encargaron vestidos nuevos, pues los
que llevaba se habían estropeado durante sus correrías.
El Gigante Egoísta
Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños jugaban en
el jardín de un gran castillo deshabitado. Se revolcaban por la
hierba, se escondían tras los arbustos repletos de flores y
trepaban a los árboles que cobijaban a muchos pájaros
cantores. Allí eran muy felices.
Una tarde, estaban jugando al escondite cuando oyeron una
voz muy fuerte.
- ¿Qué hacéis en mi jardín?
Temblando de miedo, los niños espiaban desde sus
escondites, desde donde vieron a un gigante muy enfadado.
Había decidido volver a casa después de vivir con su amigo
el ogro durante siete años.
-He vuelto a mi castillo para tener un poco de paz y de
tranquilidad -dijo con voz de trueno-. No quiero oír a niños
revoltosos. ¡Fuera de mi jardín! ¡Y que no se os ocurra volver!
Los niños huyeron lo más rápido que pudieron.
-Este jardín es mío y de nadie más -mascullaba el gigante-.
Me aseguraré de que nadie más lo use.
Muy pronto lo tuvo rodeado de un muro muy alto lleno de
pinchos.
En la gran puerta de hierro que daba entrada al jardín el
gigante colgó un cartel que decía “PROPIEDAD PRIVADA.
Prohibido el paso”. Todos los días los niños asomaban su
rostro por entre las rejas de la verja para contemplar el jardín
que tanto echaban de menos.
Luego, tristes, se alejaban para ir a jugar a un camino
polvoriento. Cuando llegó el invierno, la nieve cubrió el suelo
con una espesa capa blanca y la escarcha pintó de plata los
árboles. El viento del norte silbaba alrededor del castillo del
gigante y el granizo golpeaba los cristales.
- ¡Cómo deseo que llegue la primavera! -suspiró
acurrucado junto al fuego.
Por fin, la primavera llegó. La nieve y la escarcha
desaparecieron y las flores tiñeron de colores la tierra. Los
árboles se llenaron de brotes y los pájaros esparcieron sus
canciones por los campos, excepto en el jardín del gigante.
Allí la nieve y la escarcha seguían helando las ramas
desnudas de los árboles.
-La primavera no ha querido venir a mi jardín -se lamentaba
una y otra vez el gigante- Mi jardín es un desierto, triste y frío.
Una mañana, el gigante se quedó en cama, triste y abatido.
Con sorpresa oyó el canto de un mirlo. Corrió a la ventana y
se llenó de alegría. La nieve y la escarcha se habían ido, y
todos los árboles aparecían llenos de flores.
En cada árbol se hallaba subido un niño. Habían entrado al
jardín por un agujero del muro y la primavera los había
seguido. Un solo niño no había conseguido subir a ningún
árbol y lloraba amargamente porque era demasiado pequeño
y no llegaba ni siquiera a la rama más baja del árbol más
pequeño.
El gigante sintió compasión por el niño.
-¡Qué egoísta he sido! Ahora comprendo por qué la primavera
no quería venir a mi jardín. Derribaré el muro y lo convertiré
en un parque para disfrute de los niños. Pero antes debo
ayudar a ese pequeño a subir al árbol.
El gigante bajó las escaleras y entró en su jardín, pero
cuando los niños lo vieron se asustaron tanto que volvieron a
escaparse. Sólo quedó el pequeño, que tenía los ojos llenos
de lágrimas y no pudo ver acercarse al gigante. Mientras el
invierno volvía al jardín, el gigante tomó al niño en brazos.
-No llores -murmuró con dulzura, colocando al pequeño en el
árbol más próximo.
De inmediato el árbol se llenó de flores, el niño rodeó con sus
brazos el cuello del gigante y lo besó.
Cuando los demás niños comprobaron que el gigante se
había vuelto bueno y amable, regresaron corriendo al jardín
por el agujero del muro y la primavera entró con ellos. El
gigante reía feliz y tomaba parte en sus juegos, que sólo
interrumpía para ir derribando el muro con un mazo. Al
atardecer, se dio cuenta de que hacía rato que no veía al
pequeño.
-¿Dónde está vuestro amiguito? -preguntó ansioso.
Pero los niños no lo sabían. Todos los días, al salir de la
escuela, los niños iban a jugar al hermoso jardín del gigante.
Y todos los días el gigante les hacía la misma pregunta: -¿Ha
venido hoy el pequeño? También todos los días, recibía la
misma respuesta:
-No sabemos dónde encontrarlo. La única vez que lo vimos
fue el día en que derribaste el muro.
El gigante se sentía muy triste, porque quería mucho al
pequeño. Sólo lo alegraba el ver jugar a los demás niños.
Los años pasaron y el gigante se hizo viejo. Llegó un
momento en que ya no pudo jugar con los niños.
Una mañana de invierno estaba asomado a la ventana de su
dormitorio, cuando de pronto vio un árbol precioso en un
rincón del jardín. Las ramas doradas estaban cubiertas de
delicadas flores blancas y de frutos plateados, y debajo del
árbol se hallaba el pequeño.
-¡Por fin ha vuelto! -exclamó el gigante, lleno de alegría.
Olvidándose de que tenía las piernas muy débiles, corrió
escaleras abajo y atravesó el jardín. Pero al llegar junto al
pequeño enrojeció de cólera.
-¿Quién te ha hecho daño? ¡Tienes señales de clavos en las
manos y en los pies! Por muy viejo y débil que esté, mataré a
las personas que te hayan hecho esto.
Entonces el niño sonrió dulcemente y le dijo:
-Calma. No te enfades y ven conmigo.
-¿Quién eres? -susurró el gigante, cayendo de rodillas.
-Hace mucho tiempo me dejaste Jugar en tu jardín -respondió
el niño-. Ahora quiero que vengas a jugar al mío, que se llama
Paraíso.
Esa tarde, cuando los niños entraron en el jardín para jugar
con la nieve, encontraron al gigante muerto, pacíficamente
recostado en un árbol, todo cubierto de llores blancas.
Las Habichuelas Mágicas
Periquín vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña de
bosque. Con el tiempo fue empeorando la situación familiar,
la madre determino mandar a Periquín a la ciudad, para que
ahí intentase vender la única vaca que poseían. El niño se
puso en camino, llevando atado con una cuerda al animal, y
se encontró con un hombre que llevaba un saquito de
habichuelas. -Son maravillosas -explico aquel hombre-. Si te
gustan, te las daré a cambio de la vaca. Así lo hizo Periquín, y
volvió muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al
ver la necedad del muchacho, cogió las habichuelas y las
arrojo a la calle.
Después se puso a llorar. Cuando se levantó Periquín al día
siguiente, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas
habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se
perdían de vista. Se puso Periquín a trepar por la planta, y
sube que sube, llego a un país desconocido. Entro en un
castillo y vio a un malvado gigante que tenía una gallina que
ponía huevos de oro cada vez que él se lo mandaba. Espero
el niño a que el gigante se durmiera, y tomando la gallina,
escapo con ella. Llego a las ramas de las habichuelas, y
descolgándose, toco el suelo y entro en la cabaña.
La madre se puso muy contenta. Y así fueron vendiendo los
huevos de oro, y con su producto vivieron tranquilos mucho
tiempo, hasta que la gallina se murió y Periquín tuvo que
trepar por la planta otra vez, dirigiéndose al castillo del
gigante. Se escondió tras una cortina y pudo observar como
el dueño del castillo iba contando monedas de oro que
sacaba de un gran bolso de cuero.
En cuanto se durmió el gigante, salió Periquín y, recogiendo
el talego de oro, se echo a correr hacia la planta gigantesca y
bajo a su casa. Así la viuda y su hijo tuvieron dinero para ir
viviendo mucho tiempo. Sin embargo, llego un día en que el
gran bolso de cuero del dinero quedo completamente vacío.
Se cogió Periquín por tercera vez a las ramas de la planta, y
fue escalándolas hasta llegar a la cima. Entonces vio al ogro
guardar en un cajón una cajita que, cada vez que se
levantaba la tapa, dejaba caer una moneda de oro. Cuando el
gigante salió de la estancia, el niño cogió la cajita prodigiosa y
se la guardo. Desde su escondite Periquín vio que el gigante
se tumbaba en un sofá, Periquín vio un arpa, oh maravilla!,
tocaba sola, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una
delicada música.
El gigante, mientras escuchaba aquella melodía, fue cayendo
en el sueño poco a poco. Apenas le vio así Periquín, cogió el
arpa y echo a correr. Pero el arpa estaba encantada y, al ser
tomada por Periquín, empezó a gritar: - Eh, señor amo,
despierte usted, que me roban! Despertándose sobresaltado
el gigante escuchó que empezaron a llegar de nuevo desde la
calle los gritos acusadores: -Señor amo, que me roban!
Viendo lo que ocurría, el gigante salió en persecución de
Periquín.
Resonaban a espaldas del niño pasos del gigante, cuando, ya
cogido a las ramas empezaba a bajar. Se daba mucha prisa,
pero, al mirar hacia la altura, vio que también el gigante
descendía hacia él.
No había tiempo que perder, y así que grito Periquín a su
madre, que estaba en casa preparando la comida: - Madre
tráigame el hacha en seguida, que me persigue el gigante!
Acudió la madre con el hacha, y Periquín, de un certero
golpe, corto el tronco de la trágica habichuela. Al caer, el
gigante se estrelló, pagando así sus fechorías, y Periquín y su
madre vivieron felices con el producto de la cajita que, al
abrirse, dejaba caer una moneda de oro.