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Introducción al Derecho del Trabajo

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21/11/24, 12:20 Thomson Reuters ProView - Introducción al Derecho del Trabajo. 7ª ed.

, agosto 2013

Parte I. El trabajo como realidad jurídica


Parte I. El trabajo como realidad jurídica
Parte I. El trabajo como realidad jurídica

Parte I. El trabajo como realidad jurídica


Capítulo I
El trabajo en cuanto objeto del Derecho
del Trabajo
Sumario:

A. Indicación terminológica
B. El trabajo objeto del Derecho del Trabajo
a. Trabajo humano
a'. Trabajo manual
b'. Trabajo intelectual
c'. Relatividad de la distinción
b. Trabajo productivo
a'. Trabajo de producción, de formación, de entretenimiento
a''. Los criterios para la distinción
b''. Trabajar para vivir
c''. El trabajo productivo como necesidad instrumental
b'. Productividad individual y productividad social y antisocial del trabajo
c'. La satisfacción en el trabajo productivo y su penosidad
d'. El trabajo, esencial para la condición humana
c. Trabajo por cuenta ajena
a'. La atribución inicial de los frutos al ajeno
b'. Caracteres de la ajenidad
c'. Diferenciaciones en el trabajo por cuenta propia
d. Trabajo libre
a'. Libertad en cuanto al tiempo
b'. Libertad en cuanto al lugar
c'. La limitación de las órdenes
d'. Personalidad y libertad
C. Las consecuencias de la ajenidad y de la libertad
a. Trabajo por cuenta ajena y remuneración del trabajo
a'. Las formas de retribución
b'. Trabajo amistoso, benévolo y de buena vecindad
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a''. Amistad y benevolencia


b''. Buena vecindad
c'. Hacia nuevas formas de benevolencia
b. Sobre el sentido de la libertad en el trabajo libre
c. Sobre la dependencia
D. El trabajo prestado a organizaciones
a. El empresario-organización
b. El influjo de la organización sobre el trabajo
c. La empresa como marco de referencia

A. INDICACIÓN TERMINOLÓGICA

Una indicación inicial en cuanto a la terminología; se utiliza para designar la


disciplina en esta Introducción la expresión Derecho del Trabajo (frente a otras
posibles, las más de ellas ya caídas en desuso en nuestro país: Derecho obrero,
Derecho industrial, Derecho social, por citar algunas), en primer lugar, porque es
la académica oficial en nuestro país en los planes de estudios de las Facultades
de Derecho; en segundo término, porque es la generalmente aceptada por la
doctrina española e iberoamericana actual; finalmente, porque es la que se
corresponde con la denominación moderna de la disciplina generalmente
aceptada también en el Derecho comparado que nos es más próximo (Direito do
Trabalho, en Portugal y Brasil; Droit du travail, en Francia; Diritto del lavoro, en
Italia; Arbeitsrecht, en Alemania; Labor o Labour Law, en los países
anglosajones).

No parece que sean necesarios mayores argumentos –ni entrar en los méritos
relativos ni en las razones que puedan justificar otras designaciones– para dejar
solventado el problema terminológico, aunque posiblemente no resulte ocioso
decir que las denominaciones viejas tuvieron fundamentos dogmáticos e
históricos mucho más sólidos que los que les asigna una crítica simplista actual,
por ello mismo anacrónica; por ejemplo, rechazar la denominación Derecho
social con la mera afirmación de que se trata de un pleonasmo porque todo
derecho es social, es ignorar las profundas implicaciones de lo que en su día se
llamó problema o «cuestión social» y la intensidad con que fue vivida ésta por
sus contemporáneos 1)–la que, por ejemplo, era en 1881 para BISMARCK «la
cuestión social de la que hablamos hace cincuenta años..., la cuestión social que
desde hace cincuenta años pende ante nosotros» 2)–, o desconocer una de las
configuraciones primeras del Derecho del Trabajo como un derecho de clase, o
la significación de un derecho de grupos sociales o de fuerte intervención estatal
en favor de los «débiles» frente a un derecho individualista 3), marcando el
tránsito, por muy relativas que las categorías sean, de un «Estado de derecho» a
un «Estado social» o, si se quiere, a un «Estado social de derecho» a la vez
mantenedor de libertades estrictas y de igualdad formal, y a la búsqueda de
libertad e igualdad reales 4); pasar por alto, en suma, las limitaciones de
contenido que existen tras los cambios de denominación 5). Por otro lado,
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quienes utilizaron las denominaciones antiguas tuvieron en ocasiones clara


noción de que el trabajo era la realidad dominante que singularizaba la disciplina
entonces naciente 6), y que «cuestión social» era en realidad «cuestión obrera»
o «trabajadora» 7), y aun precisamente la «cuestión» planteada por la aparición
masiva de trabajadores industriales; puntos éstos sobre los que se volverá
luego 8).

B . E L T R A B A J O O B J E TO D E L D E R E C H O D E L T R A B A J O

La realidad social sobre la que el Derecho del Trabajo descansa no es el trabajo


en general, sino un tipo muy especial y muy característico de trabajo que, por lo
demás, ha surgido históricamente como realidad diferenciada críticamente
importante en un período histórico relativamente reciente. Un tipo de trabajo
singular en cuanto a la relación existente entre la actividad del sujeto que lo
realiza y los frutos de la misma. Cual sea este especial tipo de trabajo como
realidad social es, justamente, lo que se ha de indagar en primer lugar; la
indagación ulterior habrá de ocuparse del proceso de su emergencia, la
consideración de su importancia y la forma como se ha estructurado
jurídicamente.

Anticipando ideas, y como guión de la exposición que sigue, el trabajo objeto del
Derecho del Trabajo es el trabajo humano, productivo, por cuenta ajena, libre.

Su institución central –añadiendo, si se quiere, a sus elementos constitutivos


citados los derivados de remuneración y dependencia, en los términos que se
verán– es el contrato de trabajo, invención jurídica en virtud de la cual el trabajo
del hombre y de la mujer, sin dejar de ser libre, o más bien necesariamente
siéndolo, puede al tiempo ser productivo para ellos aun prestado al servicio de
otros distintos de quienes trabajan.

De forma que lo que a continuación se indaga es a la vez el objeto del Derecho


del Trabajo y el «objeto nuclear» del contrato de trabajo 9).

A. TRABAJO HUMANO

Por lo pronto, el trabajo de que se está hablando es el trabajo del hombre y de la


mujer, y no el de otros seres vivientes o fuerzas que operen fuera del control o
de la intervención de aquéllos. Trabajo humano es el que realiza el ser humano,
bien manejando materia –trabajo manual–, bien usando signos o símbolos –
trabajo intelectual–.

a'. Trabajo manual

El trabajo manual se caracteriza, se acaba de decir, porque la persona que lo


realiza maneja materia, aparte de porque en él el esfuerzo humano se dirija
inmediatamente a la modificación de su entorno físico.

Normalmente, aunque no en todo caso, la persona para trabajar manualmente


interpone entre su cuerpo y la materia sobre la que está operando, o usa para la
manipulación de ésta, otro objeto material por lo general fruto de trabajo previo,
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bien le preste su fuerza y lo maneje directamente –el útil, herramienta o


instrumento sometido y actuado por sus manos, «el instrumento de los
instrumentos» de que tan adecuadamente habló ARISTÓTELES 10)– bien use a
través del mismo fuerzas de la naturaleza que previamente haya sujetado a su
control en un primer tiempo mediante una máquina para después aplicar
aquéllas al movimiento del instrumento mediante una máquina-herramienta. Esta
distinción 11) fue ya formulada claramente por HEGEL (aparte de su cántico a los
instrumentos, como encarnación del espíritu humano, que «subsisten y duran
cuando ya se han olvidado los goces que [a través de su uso] se han obtenido»
y sus imprecaciones contra la «naturaleza hostil») 12), y en términos
extremadamente gráficos, pintorescos incluso: en cuanto a la «herramienta...
sigo teniendo que trabajar yo con ella... al fin y al cabo también me salen callos»,
mientras que respecto de la máquina[-herramienta] quien la maneja «deja que
sea la naturaleza quien se gaste, contempla tranquilamente y se limita a
gobernar el todo sin esfuerzo» 13); mucho más si la máquina manejada es un
robot que además opere en el manejo de sus herramientas, obedeciendo a su
«cerebro» computerizado 14).

Lo esencial y lo que cualifica el trabajo como humano es la presencia de la


persona en el punto inicial de la actuación, aunque existan diferencias profundas
entre el trabajo manual puro y el auxiliado, y, dentro de éste, entre el trabajo con
un instrumento y el trabajo con una máquina o robot (naturalmente, en cuanto a
éste: trabajo humano no es el del robot, sino el de quien lo programa); el
instrumento se adapta a la tarea del trabajador y se sujeta a su control, mientras
que la máquina –aparte de que pueda imponer sus propios ritmo y velocidad–
ejecuta las tareas pensadas para ella, descomposición y/o recomposición de las
del trabajador, que en definitiva es quien tiene que adaptarse 15).

b'. Trabajo intelectual

Se caracteriza el trabajo intelectual –aparte de que el esfuerzo humano se dirija


ahora básicamente a la modificación del entorno social e ideal– por la utilización
de signos, de los cuales el característico es el lenguaje oral o escrito, el segundo
normalmente como representación o complemento del primero 16); éste
cumpliendo además su esencial función de dar al pensamiento su existencia
determinada, que sólo emerge para la persona cuando aquél «es captado en
palabras» 17), y ambos la de exteriorizar significados, que es lo característico y
lo esencial de todo lenguaje, más allá de los sonidos o grafismos que lo
componen 18).

Sin embargo, esta exteriorización sensible mediante signos o símbolos 19) o


entre «signos icónicos y signos puramente simbólicos» 20), y mediante las
significaciones que a estos últimos, al lenguaje de nuevo señaladamente, tanto a
sus sonidos expresivos como a su representación gráfica (lenguaje escrito),
añade la relación de alteridad, esto es, el ir dirigidos a otro u otros distintos de
quien los emite 21) –«socia[bi]lidad del lenguaje»; su «inherente carácter
social» 22)–, la exteriorización sensible, digo, que tipifica el trabajo intelectual,
puede tener otros ropajes más rudimentarios que el lenguaje –los gestos, por
ejemplo– o más diferenciados –las fórmulas matemáticas, por ejemplo–.

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Como en el manual, se puede en el trabajo intelectual utilizar instrumentos o


herramientas –el lápiz o el violín, por ejemplo– o máquinas y tecnologías
especiales –el teléfono, la máquina de escribir, el ordenador en sus distintos
formatos y complementos y las tecnologías digitales, etc.– para su
exteriorización; pero ésta es necesaria en cualquier caso, pues llamar trabajo a
la actividad intelectual pura no exteriorizada sería identificar el trabajo con la
meditación o la contemplación, contra una tradición que arranca cuando menos
de PLATÓN –distingamos entre «un diálogo interior y silencioso del alma
consigo misma» y «un flujo que surge de ella y sale por la boca, acompañado de
sonido» 23)– y de ARISTÓTELES –«... del intelecto práctico, es decir, aquel que
razona con vistas a un fin: es en su finalidad en lo que se diferencia del
teórico» 24)– y que con gran precisión se formuló por DILTHEY: «llamamos a un
comportamiento contemplativo... cuando el sujeto descansa en él, por decirlo
así... de la actividad que transcurre en el contexto de nuestras necesidades, de
los fines que así se originan y de su realización externa» 25).

Aunque la función de la exteriorización no sea sino patentizar la actividad mental


que exterioriza, y en aquélla sea donde verdaderamente se halle el esfuerzo y la
tensión del hombre, sólo qua exteriorizados éstos, insisto 26), hay trabajo, siendo
éste el sentido en que puede hablarse, con COMTE, de un «trabajo de
especulación», o «teórico», o como opuesto al «de acción» o «práctico» 27),
siempre que se tenga en cuenta que existe una diferencia entre la contemplación
pura y simple y el trabajo teórico, en cuanto éste trascienda a aquélla a través de
la exposición, descripción o sistematización de lo contemplado episteme ,
conocimiento científico–, dándose el salto a la técnica o tecnología techno ,
conocimiento pragmático, «orientado hacia la producción», cuando se pasa del
primero al segundo, de la teoría a la creación o conformación de nuevos
hechos 28), consistan éstos en bienes o cosas o en reglas o modos para su
obtención. Si se quiere expresar esto de otra manera, el trabajo humano
comprende tanto la actividad científica, como la inventiva, como la
productiva 29).

En suma, pues, el trabajo humano ha de ser entendido «como una actividad


"transitiva"... que, empezando en el sujeto humano, está dirigida hacia un objeto
externo» 30), natural, artificial o cultural, físico o espiritual, en oposición a la
actividad que no sale del sujeto, que son «pensamientos, sueños, ideas,
fantasías», formas de comunicación «intrapersonal» 31).

Es este sentido en el que puede decirse que «el trabajo es irrevocable»; las
simples y puras «acciones mentales» no afectan al mundo exterior; puedo, si me
place (porque no me satisfaga la conclusión a que llego, por ejemplo),
cancelarlas, revocarlas sin dejar vestigio. No así el trabajo: «mi trabajo ha
cambiado el mundo exterior»; puedo deshacer lo que he hecho, ciertamente,
pero no dejar de haberlo hecho 32), lo que especialmente debe ser tenido en
cuenta por quien piense 33) que el ser humano «está en este mundo más para
hacer que para contemplar».

c'. Relatividad de la distinción

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Ningún trabajo exteriorizado o transitivo de la persona, o ningún trabajo suyo a


secas, en el sentido recién expuesto, es ni simplemente manual ni puramente
intelectual 34), y con toda seguridad es baldío –supuesto que cualquier otra
consideración lo hiciera admisible– el intento de separar radicalmente el
momento de concepción del trabajo, incluido el de concepción sobre su
ejecución, del momento de la ejecución misma, como si ésta fuera una simple
operación material no sujeta in actu a la reacción y control inteligentes de quien
la ejecuta 35). Por otro lado, la exteriorización da consistencia física al trabajo
llamado intelectual, y el trabajo manual, en cuanto se predique del humano,
como se predica por hipótesis, supone la inteligencia de éste y, con ella, «la
actuación en contemplación de fines y siguiendo vías que conduzcan a su
obtención»; y aún más, si se quiere, supone «un sistema lógico de comunicación
simbólica», en cuanto se piense que justamente en esto reside la diferencia
específica de la especie humana 36), a través de la cual se consiga «la
transitividad de la percepción de propiedades comunes en campos de
experiencia diversos», también ésta ingrediente de la inteligencia 37).

La distinción, con toda su relatividad, y aun admitida imprecisión progresiva 38),


es, sin embargo, útil y realista, y se la verá reaparecer en otros lugares. Por
muchos conceptos, aparte de la diferencia obvia que surge de su misma
contemplación –y de las diferencias que de los modos de trabajos puedan
derivar sobre los modos de vivir y de contemplar la vida 39)–, no es lo mismo
trabajar predominantemente con materia o con herramientas que operen sobre
ésta, que trabajar predominantemente con signos o símbolos; porque, en cuanto
actos humanos, «acción técnica» y lenguaje difieren profundamente entre sí 40);
pero de ambos, como dijera QUESNAY, «de sus facultades espirituales y
corporales, así como de los medios e instrumentos necesarios para obrar»,
precisa la persona para acceder a las cosas 41).

Relativizada o no la distinción, ambos, intelectual o manual, son trabajo humano,


nota primera del trabajo objeto de nuestra disciplina.

B. TRABAJO PRODUCTIVO

¿Piensas que los hombres quieren lo que en cada ocasión hacen o quieren aquello
por lo que lo hacen?

PLATÓN, Gorgias, 467c.

Sobre la precisión inicial del trabajo entendido como esfuerzo exteriorizado de la


persona humana, hay que recoger distinciones ulteriores; la inmediatamente
siguiente es la que separa el trabajo productivo del trabajo de autoformación y
del trabajo como juego, atendiendo a la finalidad a la que el esfuerzo humano se
dirige.

a'. Trabajo de producción, de formación, de entretenimiento

El ser humano, en efecto, puede tener como finalidad de su esfuerzo procurarse


los bienes precisos para su subsistencia; o, ya provisto de éstos, por su propio
esfuerzo productivo o por el de los demás –porque aquellos bienes le sean

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suficientes sin que ni su tiempo ni su energía hayan quedado agotados en su


producción– puede dirigir su actividad e invertir la energía y el tiempo sobrantes,
figuradamente el «tiempo» producido por su trabajo productivo, en el
entretenimiento simple de su ocio o en su formación y perfeccionamiento
personales.

En cualquiera de estas tres acepciones –abreviadamente: producción, juego,


formación– la persona trabaja en el sentido de que realiza un esfuerzo, y
extremando la tesis, su condición misma de persona es inconcebible si no es
realizando en algún tiempo algún trabajo, siendo a través de éste como se
autorrealiza y se autodefine 42), aunque la tesis así extremada corre el riesgo de
convertir los haceres del ser humano en un fenómeno puramente biológico,
olvidando la dimensión de saber que implica todo hacer humano y, con ello, la
mediación de la inteligencia esencial a éste, como enseña ZUBIRI 43), olvidos
insidiosos de los que se resiente la concepción del homo faber cuando no se
matiza cuidadosamente.

Es claro, por otro lado, que el ser humano puede dedicar su ocio a la
contemplación y no a la actividad [ociosa] y que de nuevo la tradición aristotélica
hace del primero un tipo más elevado de inversión del ocio que del segundo:
«sería en verdad absurdo que el fin del hombre fuera la diversión y que se
ajetreara y padeciera toda la vida por divertirse»; «afanarse y trabajar por causa
de la diversión parece necio y pueril en extremo» 44); pero ya quedó dicho que la
vida teorética aristotélica, si recóndita posesión de los entes en cuanto tales,
más era meditación o contemplación que trabajo.

De ARISTÓTELES procede también la distinción entre la praxis como acción de


automodificación del sujeto, con la theoría o contemplación como forma suprema
–acción que en sí misma tiene su fin– y la poiesis como acción a través de la
cual el ser humano produce, alterando el mundo externo mediante la generación
de un resultado o fruto tangible 45), apoyado con seguridad en PLATÓN, para
quien praxis era la actividad humana en sí misma y poiesis «lo hecho», el
resultado de aquélla 46). Siendo en ambos probablemente la praxis el
fundamento, si no el presupuesto necesario, de la alteración externa, y en
ARISTÓTELES la teoría, fundamento y presupuesto de toda praxis. El pensador
siempre en el origen.

a''. Los criterios para la distinción

Nótese que la distinción entre trabajo productivo y juego, entre trabajo productivo
y trabajo formativo, no se corresponde con la que separa el trabajo manual del
intelectual; el género es, simplemente, el trabajo humano. La actividad intelectual
puede o no ser productiva; un problema matemático, lógico, o planteado en un
tablero de ajedrez, puede ser resuelto por diversión o entretenimiento, o para
aprender matemáticas, lógica o ajedrez, o como tarea emprendida para la
sustentación de quien lo resuelve, profesionalmente dedicado a su resolución;
un deporte predominantemente manual –y los ejemplos son obvios– se puede
practicar productivamente, siendo su ejercicio la fuente de recursos económicos
del deportista, o improductivamente, para el robustecimiento del cuerpo o para la
distracción de quien lo ejercita (la distinción entre el deporte profesional y el
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deporte aficionado descansa sobre esta base) 47). Lo mismo puede decirse de
muchos otros trabajos –en abstracto, de todos– no deportivos, intelectuales o
manuales, desde el cultivo de una parcela hasta la reparación de un reloj o el
pilotaje de un avión; o en los conocidos ejemplos de y MARSHALL, del trabajo
de cortar leña o de cultivar un jardín al anochecer 48). De nuevo citando a
ORTEGA, «el juego es un esfuerzo... no provocado por el premioso
utilitarismo» 49); o lo que MARSHALL llama esparcimiento «está en aquellas
ocupaciones que se adaptan al capricho del momento y que pueden
abandonarse cuando éste haya pasado» 50).

Es en suma el juego «una tarea a la que nada nos obliga a dedicarnos» y que,
por eso mismo, «somos libres de interrumpir cuando queramos», decía
HEGEL 51). Algo que hacemos sólo porque queremos y no por lo que queremos
al hacerlo, en la agudísima distinción socrática. Sólo en alguna reflexión
extremosa trabajo y juego se asimilan, además de como actividad, como
diversiones o refugios que el ser humano busca ante la angustia de la
meditación sobre la vida 52). Aparte de que, si no exactamente y en sí mismo el
juego, sí la invención de juego sea una característica humana específica 53).

Repárese también en que la distinción entre trabajo productivo y juego no se


corresponde con una que tuviera por términos la actividad presidida por reglas
estrictas de su desarrollo y ejecución para quienes trabajan, frente a la sólo
sujeta a las decisiones e iniciativas libres de quienes juegan; aparte de que hay
trabajos en los que la iniciativa es esencial –piénsese en el trabajo de
investigación–, sin una cierta libertad de acción probablemente no se puede
trabajar en ningún supuesto; como hay juegos inconcebibles sin reglas precisas
para su práctica 54), si efectivamente se quieren jugar 55), y en ocasiones sin
uno o varios árbitros que las apliquen 56). Probablemente en nuestro idioma
deporte –como su equivalente en inglés sport– es un juego, una «actividad
física, ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y
sujeción a normas» 57), por más que las normas no sean el deporte, ya que la
práctica de éste con seguridad debe ser estudiada o sabida antes que sus
reglas 58).

Tampoco es válida la distinción entre una actividad exigente de una habilidad o


especialidad poseída por quien a ella se dedica, de una técnica en el sentido
más clásico y propio de esta expresión 59), frente a la que resultara de una
manifestación de aptitudes humanas indiferenciadas. No hay que insistir sobre
que existen juegos con exigencias técnicas sumamente precisas, complejas y, si
es que a todos asequibles, difíciles de adquirir, mientras que existen trabajos
productivos elementales; la proposición contraria es asimismo cierta, y ello
demuestra que nos manejamos con categorías y criterios claramente
diferenciados en una y otra dicotomía, reflexión que también puede ser aplicada
a la presencia o ausencia de reglas estrictas que presidan la actividad. El trabajo
productivo puede ser perfectamente un trabajo de invención o un trabajo de
creación artística, alejados uno y otro máximamente de normas en cuanto al
hacer; el juego, se insiste, puede estar controlado por reglas precisas, cuya
obediencia incluso –y la obediencia a quien tiene por misión interpretarlas,
aplicarlas e imponerlas; al árbitro del juego– sea la que permita el juego mismo y
la que lo defina; y viceversa también, y con la misma consecuencia.
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b''. Trabajar para vivir

Rechazados por insuficientes los criterios que preceden para la calificación del
trabajo productivo, hay que volver al inicial: la característica esencial y definitoria
del trabajo productivo está en que la persona que trabaja pone su esfuerzo
teniendo como finalidad la obtención a través de éste de los medios materiales,
de los bienes económicos de que necesita para subsistir; finalidad que en todo
tiempo ha sido, y que desde luego hoy por hoy sigue siendo, la motivación
dominante de quienes trabajan 60); o si se quiere la cita, pesimista como suya,
de SCHOPENHAUER, «quien hace profesión de una cosa, ama más el beneficio
que de ella obtiene que la profesión» 61).

El trabajo productivo así definido es el característico de nuestra disciplina.

c''. El trabajo productivo como necesidad instrumental

De lo anterior resulta, aplicando al trabajo productivo la deslumbrante percepción


platónica, que la persona quiere lo que hace –trabajar– no por lo que hace, sino
por aquello para lo que lo hace –vivir–. Más aún que esto; siendo vivir una
necesidad, y precisando el ser humano trabajar para satisfacerla, el trabajo es
también en sentido estricto una necesidad; sólo que (se nos dirá, modernizando
terminológicamente a PLATÓN 62)) una necesidad instrumental o medial
encaminada hacia la satisfacción de una necesidad básica. Pero siempre, se
insiste, una necesidad, no un deseo simple que pueda dejar de ser satisfecho sin
perjudicar la finalidad última o básica 63).

El juego, en cambio, es una actividad libre, no condicionada por necesidad a él


trascendente. Se juega por jugar, sea el juego necesidad o deseo, mientras que
no se trabaja por trabajar y, si se trabaja por trabajar, se está en realidad
jugando 64).

Por el contrario, es con toda seguridad desacertado que el trabajo [productivo]


implique «una alteración planeada del medio», que en cambio fuera ajena al
juego; mas cierto es que la previsión de efectos puede darse en ambas formas
de actividad o de ambas estar ausente. Lo que en ambas está presupuesto, es
claro, es la presencia, ante la persona que trabaja o juega, de las cosas y de sí
misma como realidades. Por supuesto que trabajar «no es el mero gasto de
energía para estar vivo», y en este sentido el trabajo, aun siendo «condición
esencial de la existencia humana» –en cuanto que la persona para vivir
«necesariamente debe vencer la resistencia de la naturaleza, esto es, trabajar...;
por naturaleza el hombre es un ser que trabaja» 65)–, no es una simple
actividad «natural o biológica como la respiración o la digestión» 66); pero
tampoco jugar es el mismo gasto mero ni biología pura para no estar ocioso;
ambas actividades suponen la inteligencia –mucho más y mucho menos que la
planificación de resultados–, lo que no es sino otra forma de decir que el trabajo
es humano, cualificación primera del trabajo que nos ocupa.

b'. Productividad individual y productividad social y antisocial del trabajo

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En este momento de la indagación, no es preciso distinguir entre que el fruto


directo del trabajo sea utilizable o consumible sin ninguna operación de
transformación ni intercambio ulterior y que efectivamente sea consumido por
quien lo produce; o que sea un bien genérico no consumible, pero que sirva para
procurarse otros que puedan ser ya objeto inmediato de utilización o consumo; o
que se produzca un exceso de alguno de éstos sobre lo destinado al consumo
inmediato, que pueda servir para su intercambio posterior; o que sea un bien
instrumental a utilizar por quien lo produce o por otro en la producción de otros
bienes.

También carece de relevancia ahora si lo producido resulta del trabajo singular


de una persona o del esfuerzo cooperativo de varias; la diferencia específica del
trabajo productivo, dentro del género trabajo humano está en la finalidad que
quien trabaja asigna a su trabajo.

Cuestión distinta es si el trabajo productivo para quien trabaja es también


socialmente productivo en mayor o menor medida –o lo es siempre y
necesariamente, como pensaba HEGEL 67)– dependiendo esto de la
esencialidad o marginalidad de los bienes y servicios para la comunidad en cuyo
seno se producen.

La actividad a la vez productiva individualmente y antisocial pertenece a la


patología de las relaciones comunitarias, aunque el estado patológico puede ser
crónico –«siempre y doquiera ha habido hombres que atraen sobre sí la
represión penal», sentenció DURKHEIM 68)– si no se previenen o remedian las
actitudes agresivas y hostiles que estén en su origen. Aparte de la
colectivización de la patología, cuando no se eliminan las sociedades para
delinquir, mafias o grupos similares o redes de autores, cómplices y
encubridores, con lo que la actividad criminal pasa a ser una «elección
ocupacional» válida por la que se puede optar –como en efecto optan por ella el
corrupto y otros tipos de delincuente habitual– calculando racionalmente sus
riesgos, esto es, sus beneficios y sus costos 69); en cualquier caso, como quiera
que conductas «profundamente crimigénicas y antisociales en sus
consecuencias» 70), son rentables para quienes se dedican a ellas, que «la
delincuencia y el crimen producen ingresos» 71), aquéllas y ésta pueden
generalizarse en determinadas circunstancias sociales haciendo endémica su
patología 72).

Todo esto aparte, la productividad social del trabajo depende de los bienes y
servicios que genera –y, añado, de los recursos que para ello consume; de los
que conserva y de los que no malgasta o antisocialmente, consciente o
inconscientemente destruye; de los que no generan, para su obtención o por los
residuos de su producción, degradaciones del medio ambiente local, regional o
mundial–. Productividad que, por cierto, puede no guardar relación con la
estimación social que se otorga a quien los produce o presta, como se destaca
en el inolvidable personaje de DICKENS –el guardavías que, «pese a su
posición subordinada tenía una gravísima responsabilidad» 73)– y como, en
general, resalta GALBRAITH 74).

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Inadmisible, desde luego, es la proposición contraria: son muchos los trabajos


individualmente improductivos de suma utilidad o productividad social, entre ellos
todos los trabajos amistosos o benévolos no remunerados 75); las «buenas
obras» –en cuanto impliquen trabajo, no meras cesiones de bienes– que,
además de buenas, son en efecto obras u «obras libres» en sentido estricto 76),
las «actividades movidas por la generosidad y a las que es ajena toda
connotación de derecho o deber» 77). Con seguridad puede formularse la tesis
de que sin una adecuada dosis de benevolencia, de la que participe el trabajo,
no hay comunidad que sea a la larga viable; cuando menos DURKHEIM pensó,
contra SPENCER, que el altruismo no es «una especie de ornamento agradable
de nuestra vida social..., sino su base fundamental» 78); ha llegado incluso a
decirse del altruismo puro («la conducta que beneficia a otro organismo [o grupo]
en detrimento aparente [o real] de quien la practica») y del altruismo recíproco
(la cooperación entre las personas con sacrificios parciales para el beneficio del
grupo), que tienen en el ser humano un fundamento biológico, al borde mismo
de ser tipos de conducta genéticamente condicionados; aunque esta tesis
sociobiológica diste mucho de ser pacíficamente admitida 79), dada la variedad
de las conductas altruistas 80).

c'. La satisfacción en el trabajo productivo y su penosidad

La distinción entre trabajo productivo y juego no reposa sobre la reacción


psicológica de la persona ante uno u otro tipo de esfuerzo; aunque ésta es
ambivalente –aparte de que depende de actitudes personales, ingrediente de las
cuales es un «componente emocional» 81) muy variable de unas personas a
otras–, el trabajo productivo normalmente se tiene por penoso, se siente como
tal por quien lo ejecuta, y especialmente si es manual y la sociedad está
constituida en régimen de castas o estamentos, como degradante 82); mientras
que el juego, también normalmente, se tiene por y se siente como placentero;
también quizá el trabajo benévolo, aunque por distintas razones.

Pero no se trata sino de una normalidad con numerosos condicionamientos


sociales e influida, además, por la propiedad o ajenidad del trabajo, por el
carácter forzoso o mal retribuido del manual para otro –«... los que viven por sus
manos y los ricos», que dijera Jorge MANRIQUE 83); «... propias de siervos y
gentes torpes son... las artes que se ejercen con las manos o con esfuerzo
físico», en la apreciación de VIVES 84)– y por las condiciones de libertad o
dependencia en que se presten 85), temas que se examinarán más adelante; de
siempre han existido y existen hoy trabajos productivos altamente satisfactorios
en la concepción de quien los realiza –en general tienden a serlo todos aquellos
en los cuales la persona aprecia inmediatamente su resultado como obstáculo
vencido o transformación del medio obtenida–, como existen también
inversiones extremadamente penosas del ocio.

Incidentalmente, uno de los muchos problemas de la organización


contemporánea de los esfuerzos físicos del ser humano es, de un lado, insistir
sobre los elementos de placer en el trabajo productivo y, de otro, buscar
actividades placenteras y humanas sobre las que verter el tiempo de ocio, de
forma que éste no se convierta en un hastío del que se use apáticamente, o del
que surjan necesidades artificiales o modos antisociales y antipersonales de
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satisfacción, que puedan ser manipulados artificialmente, malgastándose así el


tiempo más adecuado para un desarrollo espontáneo y libre de la personalidad,
en cuanto no dominado por la forzosidad del trabajo productivo 86). En cualquier
caso, téngase en cuenta que el «mito de la sociedad del ocio» está en la base
de una larga serie de utopías sociales que se extienden desde CAMPANELLA a
MARCUSE 87) que, en la medida en que no parecen ya tan irrealizables, y en la
que, por tanto, dejan de ser míticas, plantean vivamente el tema de la dedicación
del ocio, de la inversión del tiempo libre «en algo [que esté] lleno de sentido en la
vida del hombre» 88), a medida que el tiempo de ocio crece con el desarrollo de
la capacidad de producción.

Por otro lado, sería preciso distinguir entre las satisfacciones intrínsecas e
inherentes al trabajo y sus satisfacciones extrínsecas, aquellas que éste
proporciona en cuanto medio de satisfacción de otras necesidades; y en ambos
casos tanto de las necesidades biológicas elementales como de las tenidas por
tales en un determinado período histórico y nivel cultural 89), que con mucho
pueden exceder de aquéllas. Contando con el pie forzado de la nueva
civilización que abrió la Revolución industrial, en cuyo ámbito todavía
estamos 90), la liberación relativa ha de buscarse tanto en el trabajo productivo
como en la actividad no productiva que éste es capaz de posibilitar, en
magnitudes hasta ahora desconocidas, para capas muy amplias de población.

De la eliminación o reducción en la penosidad y aburrimiento en el trabajo


productivo –característica de muchas de sus especies manuales– se llegó a
decir, por otro lado, que había de ser una de las finalidades esenciales de la
sociedad industrial 91), cuando menos por una línea de pensamiento para la cual
la insistencia simple sobre el tiempo de ocio y su aumento no haría sino
aumentar la disociación –y con ello una forma de alienación– entre la vida de
trabajo y la de entretenimiento 92); «la sociedad industrial no abrirá los caminos
de una civilización sino... aplicando el interés y la reflexión del trabajador tanto al
trabajo como a sus frutos» 93).

Esta ambivalencia es tema antiquísimo en la reflexión sobre el trabajo


productivo, incluso en los textos sapienciales sagrados 94), y en su versión
contemporánea depende en alguna medida del contexto en que una sociedad
sitúe a las personas y de las percepciones de éstas sobre sí mismas. En una
sociedad vertida hacia la ganancia, el goce y el disfrute se verá siempre el
trabajo como medial y tratará por ello, por todos los medios, de obtener
rendimientos máximos con esfuerzos mínimos –lo que ocasionará una
determinada aproximación «científica» a los problemas de organización del
trabajo 95)–, reservando el esfuerzo ahorrado y aplicando el rendimiento
obtenido para satisfacciones ajenas al trabajo; en otra dominada por los valores
contrarios, a la postre por una «ética de trabajo», tratará de enriquecer el
contenido de éste buscando en él goces y disfrutes o, al menos, afirmando que
el del trabajo productivo es ámbito adecuado para algo más que para luchar por
sobrevivir, aunque sea esto desde luego, y aun quizá en muy primer plano, si se
piensa que el trabajo sostiene no sólo a quien trabaja, sino también a quienes de
quien trabaja dependen, a su familia, y se reflexiona, como punzantemente se ha
hecho, que «no podemos traer a casa nuestra satisfacción en el trabajo para con
ella atender a nuestro cónyuge y a nuestros hijos» 96).
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Debe quedar claro, por otro lado, que la opción, si como tal se plantea, o la
combinación de ambas concepciones, sólo tiene sentido cuando el rendimiento
elevado del trabajo productivo la consiente para colectividades amplias de
personas libres; de ahí su modernidad real como parte de las cuestiones
sociales que emergen de la Revolución industrial; doquiera en este libro se
volverá sobre el tema.

d'. El trabajo, esencial para la condición humana

También hay que dejar a un lado, por el momento, la reflexión sobre si el trabajo
productivo cumple finalidades adicionales, y aun superiores en determinadas
escalas de valores, a la típica de procurar la subsistencia. Si el trabajo
productivo es el puente a través del cual el ser humano vence el extrañamiento
entre realidad subjetiva y realidad objetiva, supera el dualismo sujeto-objeto,
encuentra su libertad haciéndose a sí mismo en su obra, y salva su aislamiento,
convirtiéndose en un ser social, asegurando a través del trabajo la existencia de
su especie 97); o si es un proceso a través del cual el ser humano «inicia, regula
y controla las relaciones materiales entre sí mismo y la naturaleza», combinando
de este modo la causalidad y la libertad 98), y hoy no sólo produciendo arte-
factos, sino «también las mismas cosas que la naturaleza produce y dotadas de
idéntica actividad natural» 99); si es el trabajo «algo divino..., un dios
aprisionado» 100), «fuente de todas las virtudes» 101), inspirador inagotable y
fecundo de las obras artísticas y literarias 102), «aspecto definitorio de la
existencia humana» 103). Si a través del trabajo la persona «conociendo para
transformar» da «al medio un ser nuevo conforme al fin que se ha propuesto» y
es en esencia, en este sentido, antinatural, como todo fenómeno cultural» 104),
si en el trabajo la persona enajena irremisiblemente una parte de sí misma
«poniendo su vida en un objeto, con lo que su vida ya no le pertenece, sino que
la ha trasladado al objeto» 105), o si el trabajo, al materializar un proyecto,
«consuma metafísicamente los desposorios del espíritu con la naturaleza» 106)
si «en la transformación del mundo que la técnica realiza –"el espíritu colocado
en las máquinas, en las más diversas obras"– [se genera] una forma nueva de
unidad... esfumándose los límites entre la naturaleza y la técnica» 107); si
«mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza..., sino que se
realiza a sí mismo como hombre» 108)«creando una segunda naturaleza
ajustada a las necesidades, ideas e ideales humanos» 109); si de la forma del
trabajo humano de cada época se derivan las formas y las leyes del
pensamiento de la misma, sin que en el fondo haya diferencia última entre el
homo faber y el animal 110); si el trabajo productivo es la contribución del ser
humano a su propio perfeccionamiento como imagen de Dios y su colaboración
en la creación 111); si a través de él «puede practicar una verdadera caridad y
cooperar al perfeccionamiento de la creación divina... [y si]... con la oblación de
su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la obra redentora de
Jesucristo» 112); o si «el trabajo crea desde la nada», o cuando menos a través
de él el ser humano realiza «una segunda creación en el seno de la creación
misma» 113)«una obra de creación, recreación y fructificación de la
naturaleza» 114).

Desde otro plano no disociado por completo del anterior, y como éste
demostrativo de la complejidad del trabajo productivo, contemplado desde las
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actitudes de la persona ante él, el trabajo, además de fuente de rentas para vivir
a través del desarrollo de una actividad, puede ser forma de estructurar el tiempo
vital y de expresar los poderes de creatividad y dominio, modo de identificación
personal y de atribución de objeto a la vida, creador de ambiente apto para
relaciones sociales 115), incluidas las familiares 116).

En cualquier caso, se nos dice, el trabajo pertenece, como el amor, al tipo de


«esquemas» personales de vida más generales, «motivos-eje» que por sí
mismos instigan a la acción, sin necesidad de proponerse otros motivos que lo
trasciendan 117).

Estos y similares temas, cualquiera que sea su enfoque, no pueden plantearse


probablemente, ni de hecho se han planteado históricamente –salvo en las
idealizaciones míticas de un pasado rural feliz–, sino ante una modalidad
específica del trabajo productivo de la persona, como lo es el trabajo libre, sobre
el que se ha de hablar más adelante; no tenían sentido cuando «el trabajo como
actividad productiva era considerado como indigno del hombre libre» 118) y
especialmente el manual como «trabajo de esclavo..., despreciado en
consecuencia» 119) y carente, por tanto, de valor moral.

Por otro lado, los mencionados en las referencias que preceden son temas que
pertenecen a la reflexión filosófica sobre el trabajo, que para su consideración
jurídica puede ser aislado y reducido a «un sentido neutro y social» 120) lo que a
su vez permite dejar al margen la cuestión de si la preocupación obsesiva en
torno al trabajo –sobre el ocio negado, sobre el negocio– no está a su vez
históricamente condicionada, ya atisbada socialmente la libertad del propio
trabajo, por una economía de escasez o de miseria padecida, y en cuyo
padecimiento continúan gran parte de los humanos, lo que en alguna medida, y
más si se une a la memoria de los milenios de esclavitud o de servidumbre,
podría también explicar el sentido en que se habla del carácter alienado del
trabajo y de la persona sujeta al mismo 121); recuérdese que en ARISTÓTELES,
«el trabajo [existe] en vista del ocio», «el ocio [es el fin del] negocio», «... hacer
buen uso del ocio que es... el principio de todas las cosas... preferible al trabajo»
122) aunque ARISTÓTELES fuera especialmente exigente en cómo el ocio
había de invertirse –como lo fuera también PLATÓN; en el mito de los pupilos de
CRONO, éstos, «teniendo a su disposición tantísimo tiempo libre», pueden
utilizarlo «con vistas a la filosofía» o a «atiborrarse de alimentos y bebidas» 123);
no el simple ocio, sino el otium cum dignitate ciceroniano, era el ideal clásico– y
partiendo, por otro lado, de la repugnancia estamental citada hacia el trabajo,
especialmente hacia el manual; «no hay ocio para los esclavos» 124) cuya
existencia misma permitía el ocio de ciudadano y su dedicación a la vida política
en las estructuras democráticas de la polis 125), no al trabajo estrictamente
productivo, desde luego no al manual, reservado al, o propio del, esclavo 126).

Cobran las anteriores reflexiones nueva actualidad en las sociedades


desarrolladas –de las que en parte, por ello, se dice que han entrado en la era
postindustrial–, en las que, al tiempo, los incrementos fabulosos del rendimiento
del trabajo, la saturación de las necesidades que con el mismo se satisfacen,
fuerzan a disminuir en general el tiempo global dedicado al mismo –salvo las
deficiencias en el reparto que concentren la escasez o falta de trabajo sobre
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segmentos determinados de la población– y aun a desplazar al trabajo,


precisamente al trabajo productivo, del centro de la vida social, convirtiéndose en
una categoría analítica sin relevancia especial y considerando artificiosos y
anacrónicos los conflictos sociales –el antagonismo de clases entre ellos–
montados en torno al mismo 127). Lo que quizá explique en parte reflexiones
morales como las que continúan haciéndose sobre que «no sólo de trabajo...
vive el hombre»; o sobre que éste no debe rehuir las preguntas sobre su ser
«huyendo al trabajo» 128).

Y cobran actualidad novísima, y aún precisan de nuevos enfoques, ante la


revolución de la tecnología digital, el retraimiento económico-productivo y del
trabajo al que acompaña el incremento del desempleo, especialmente agudo en
las situaciones de crisis económicas, y ante la necesidad de que el trabajo
conserve y/o repare el medio ambiente, manteniendo la habitabilidad del planeta;
que para la humanidad desde luego, y para todo lo orgánico, en general y
cuando menos, se reconozca al trabajo valor medial para el mantenimiento de lo
humano en la biosfera 129), si es que no un valor intrínseco, si el evaluador es
capaz de atenuar el antropocentrismo de su actitud ante la naturaleza 130).

Una última indicación sería la referente a las necesidades a que el trabajo


productivo atiende, variables históricamente –y geográficamente, desde luego–,
en su extensión y en su intensidad, crecientes en general, salvo retrocesos
episódicos o salvo estancamientos por saturación como los recién aludidos en
espera, plausible según la experiencia histórica, del alumbramiento de
necesidades nuevas. Consiste la indicación en que la necesidad no ha de
entenderse en sentido puramente biológico, aparte de que haya un rango
amplísimo en la «satisfacción» de la biología humana, sino también en sentido
cultural general y al nivel del tiempo y era en que se contempla; «no sólo de pan
vive el hombre», se ha dicho, es una máxima económica, además de religiosa y
moral 131), apuntando hacia aquellos planos superiores de satisfacción.

En relación con lo recién dicho, además, las que se reputan como necesidades
envuelven fenómenos de emulación, con lo que aquéllas, superadas las
elementales, son comparativas y relativas por tanto; las diferencias de riqueza,
como las de poder, de las personas en las sociedades libres y abiertas, generan
tensiones «heterónomas» fácilmente configurables como necesidades, cuya no
satisfacción y aun cuya mera contemplación, se aprecia como pobreza o
privación –«el contento con la propia vida es inversamente proporcional al
conocimiento de que otros viven mejor», que dijera MANDEVILLE 132)–. De ahí
que siendo indeterminados subjetivamente los niveles de satisfacción de las
necesidades, de un lado; y de otro que, como ya advirtiera HEGEL,
«dependencia y necesidad crecen ad infinitun» salvo su represión severa e
inhumana en las sociedades y países que se impusieron, o a los que impuso una
especie inicua de forzada autoclausura 133) hasta el desmoronamiento de ésta.

También la emulación puede, en parte, servir para explicar la «centralidad del


trabajo» como actitud psicológica ante este dominante y aún persistente, una y
otra vez constatada por las respuestas a «¿si te tocara el gordo?» 134).

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Lo que sí parece necesario recalcar es que para la especie humana, de un lado,


hay en el trabajo productivo siempre un elemento de forzosidad o necesidad, y
de otro, este elemento de necesidad es irreductible y omnipresente; ni siquiera
las soluciones utópicas, en la medida en que tienen coherencia lógica –no hay
que confundir la utopía con la irracionalidad–, han sabido ni podido prescindir de
este elemento, y aún hoy se mantiene que es utópico, justamente, todo intento
de reducción puro y simple del trabajo al juego 135). No sólo como percepción de
quien trabaja, sino como realidad constatable, todo o parte del trabajo de las
personas será –en el único mundo lógico que podemos concebir; y no podemos
concebir mundos ilógicos– un «coste en el que se incurre para obtener bienes de
consumo y tiempo de ocio» 136).

En cualquier caso es el trabajo productivo, no el juego, el que presta al que es


objeto del Derecho del Trabajo la segunda de sus notas características.

C. TRABAJO POR CUENTA AJENA

El trabajo productivo se traduce en la producción de unos ciertos frutos, la


titularidad sobre los cuales, en principio, corresponde a la persona que trabaja;
«el derecho natural de cada hombre se reduce en realidad a la porción de cosas
que pueda procurarse por medio de su trabajo», en la frase del economista
preclásico 137); y en la del clásico, tales frutos son «la recompensa natural» del
trabajo; cuando menos, en el «estado original» de las cosas o en el de «pura
naturaleza», los frutos del trabajo corresponden a la persona que ejecuta el
trabajo mismo del que son resultado 138).

a'. La atribución inicial de los frutos al ajeno

Sin embargo, el Derecho del Trabajo toma como realidad social justamente la
contraria, esto es, aquella en que frente a la citada «naturalidad» en la
autoatribución, los frutos del trabajo son atribuidos inicial y directamente a
persona distinta de quien ejecuta el trabajo. Esto dejando a un lado, en esta
ocasión, el problema de si los frutos se atribuyen a tercero porque excedan de
los que necesita quien los ha producido, o porque se hayan producido pensando
justamente en esta atribución, o porque el fruto carezca en sí mismo de utilidad
para quien lo produzca.

Esta nueva y sucesiva distinción, actuando ya sobre un trabajo humano y


productivo, es la que separa el trabajo por cuenta propia del trabajo por cuenta
ajena; descansa, según se ha apuntado, sobre la circunstancia de que los frutos
se atribuyan a quien ha ejecutado el trabajo o a persona distinta. En este
momento es indiferente, respecto al trabajo por cuenta ajena, que una porción
de los frutos vuelva o deje de volver, tras la atribución inicial a otro, de nuevo a
quien ha ejecutado el trabajo. Lo esencial y definitorio del trabajo por cuenta
ajena está en la atribución originaria, en que los frutos desde el momento mismo
de producción pertenecen a otra persona, nunca al trabajador.

b'. Caracteres de la ajenidad

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Algunas indicaciones complementarias son, sin embargo, necesarias respecto


del trabajo por cuenta ajena.

La primera de ellas es la de que al hablar del trabajador se está hablando ahora


del trabajador y de su familia; si la persona distinta del trabajador a la que se
atribuyen los frutos está integrada en la comunidad familiar del propio trabajador,
y son los vínculos familiares los que presiden la atribución, el trabajo sigue
siendo por cuenta propia; ha de tratarse de un extraño o ajeno al trabajador, en
el sentido propio del término. La precisión no es artificiosa, sino muy real, sobre
todo si referida a las personas que dependen del trabajador para su
subsistencia; hasta tal punto que en muy numerosas hipótesis puede entenderse
que la atribución inicial de los frutos corresponde al trabajador, siendo actos
posteriores de éste los que actúan la atribución de los mismos a los restantes
miembros de la comunidad familiar. «Las familias –como quería HEGEL– entran
como personas en el mundo de las necesidades» 139).

La segunda consiste en una insistencia sobre que la atribución de los frutos al


trabajador que caracteriza el trabajo por cuenta propia, o la atribución a otro que
caracteriza el trabajo por cuenta ajena, ha de ser una atribución inicial que opere
sobre los frutos en el momento mismo en que se produzcan. La atribución
ocurre, en el trabajo por cuenta ajena, en virtud de una singular relación entre el
trabajador y el adquirente de los frutos, que preexiste a la ejecución del trabajo y
que se estructura jurídicamente de modos –varios y diversos– muy peculiares,
según se ha de ver. Dicho de otra forma, el trabajo por cuenta propia no pierde
su calidad de tal, ni se transforma en trabajo por cuenta ajena, por la
circunstancia de que el trabajador ejecute actos sucesivos por virtud de los
cuales atribuya a tercero los frutos que inicialmente le corresponden.

La tercera indicación sería que la expresión «fruto» debe ser entendida en el


amplio sentido de abarcar toda resultante del trabajo productivo del ser humano,
intelectual o manual, tenga valor por sí mismo o lo tenga asociado al resultado
del trabajo de otras personas, consista en un bien o consista en un servicio; de
ahí que pueda afirmarse que la ajenidad refiere a «la utilidad patrimonial del
trabajo» 140).

Finalmente, hay que indicar que la persona a quien son atribuidos inicialmente
los frutos en el trabajo por cuenta ajena a su vez puede realizar una atribución
instantánea sucesiva de los mismos en favor de un tercero; el trabajo aparece
así como prestado por el trabajador a este tercero; y el primer cesionario de los
frutos como un intermediario; como realmente lo es, puesto que su papel es en
este supuesto coordinador de servicios que provienen de los trabajadores para
su ofrecimiento inmediato al público; pero sobre este punto se ha de insistir más
adelante.

De nuevo se deja al margen la reflexión filosófica sobre el sentido de la ajenidad


propio del trabajo por cuenta ajena; ajenidad se toma aquí en sentido jurídico
estricto próximo a la expresión enajenación, también tomada en su acepción
jurídica estricta y tradicional de transferencia de titularidad; si no se ha usado lisa
y llanamente de ésta es porque, según se ha dicho, en cuanto a los frutos del
trabajo prestado a otro no hay una transferencia a, ni una adquisición derivativa
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por, este otro, sino una adquisición originaria 141); y si no se ha usado del
término alienación, aunque hubiera sido del todo correcto lingüísticamente 142),
ha sido precisamente para sustraer la terminología de la carga filosófica y social
que término tal envuelve 143).

c'. Diferenciaciones en el trabajo por cuenta propia

Hemos dejado dicho que la atribución directa e inmediata de los frutos del
trabajo a quien lo ejecuta es definitoria del trabajo por cuenta propia; dentro de
éste puede distinguirse según que el trabajador titular primero de los frutos sea
también [1] quien los consuma o [2] los venda (los enajene, si se quiere
expresión más amplia) a un tercero-cliente, que a su vez puede ser [2.1] su
consumidor o usuario final, o [2.2] un «intermediario» 144) que se encargue de
su venta o de incorporarlo a su propio proceso productivo, comerciante el
primero, industrial el segundo, en la terminología tradicional.

Es el trabajo por cuenta propia para el industrial «zona gris» característica del
Derecho de Trabajo; la siempre difícil diferencia práctica entre prestaciones de
servicios y ejecuciones de obra, que en algún momento pareció claramente
obtenida, reaparece en la red de contratistas y subcontratistas, bien
«microempresas», primeras intermediarias, que con sus propios trabajadores
trabajan para las intermediarias segundas, bien los mismos trabajadores que,
solos o en grupo, trabajan para unas u otras. Se volverá sobre esto.

El Estatuto del trabajo autónomo (Ley 20/2007, de 11 de julio) define al que


denomina «trabajador autónomo» como la persona física que realiza «de forma
habitual, personal, directa, por cuenta propia y fuera del ámbito de dirección y
organización de otra persona, una actividad económica o profesional a título
lucrativo» (art. 1.1). Y reconoce y regula una nueva figura en que la «zona gris»
se acentúa, el «trabajador autónomo económicamente dependiente», que es
quien realiza la actividad descrita «directa y predominante para una persona
física o jurídica, denominada cliente», del que depende económicamente «por
percibir de él, al menos, el 75 por ciento de sus ingresos por rendimientos de
trabajo y de actividades económicas o profesionales» (art.11.1).

D. TRABAJO LIBRE

Dentro del trabajo humano, productivo y por cuenta ajena, una ulterior
diferenciación ha separado estos dos tipos de trabajo:

– A un lado, aquel en que la atribución originaria a otro de los frutos deriva de


actos o relaciones independientes de la voluntad del trabajador. Las relaciones
sociales de poder o las relaciones jurídicas de subordinación, entre el trabajador
y el adquirente, son de intensidad tal que éste se atribuye a sí propio los frutos
contra o sin la voluntad de aquél. Se trata del trabajo –por cuenta ajena–
forzoso, forzado o involuntario; se trabaja para otro en virtud de una compulsión
cuya naturaleza elimina respecto del trabajador la posibilidad de opción
contraria; se trabaja en virtud de una coacción que consiste «en la amenaza
inmediata de violencia física» 145), si el deber de trabajar se incumple; la propia

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expresión «deber» puede dejar de tener sentido si el trabajador es privado de


calidades subjetivas, cosificado, reducido a la condición de semoviente.

– A otro lado, aquel en que la atribución de los frutos a otra persona deriva de un
acto voluntario del trabajador; las relaciones sociales y/o económicas de
preeminencia, aunque puedan seguir existiendo, no tienen ya exteriorización
jurídica, o conservan ésta con intensidad disminuida hasta el grado en que el
trabajador retiene una libertad en virtud de la cual es de su propia decisión de la
que deriva la atribución de los frutos al «ajeno», que los hace suyos por
hipótesis. Nos hallamos entonces ante el trabajo libre, en oposición al forzoso;
posiblemente sigan existiendo factores de compulsión que impongan al
trabajador la decisión de trabajar por cuenta ajena, frente al no trabajar o al
hacerlo por cuenta propia. Pero la facultad de opción reside en el trabajador; con
la opción adicional, y clave, de que es el propio trabajador quien elige quién haya
de ser la persona a la que los frutos van a ser atribuidos –el «trabajo libremente
escogido o aceptado», derecho «inherente a la dignidad de la persona
humana» 146)–, mientras que en el trabajo forzoso, no ya la necesidad de
trabajar para otro, sino quién sea en particular este otro, escapa por completo a
la voluntad del trabajador.

De estos dos tipos de trabajo el que sirve de soporte al Derecho del Trabajo es
el segundo, esto es, el trabajo libre. Una vez más se ha de llamar la atención
sobre que ni la distinción es artificial, ni arbitraria la elección de uno de sus
términos; la distinción se ha operado en la realidad, que ha traído a primer plano,
diferenciando netamente en la trama de relaciones jurídicas, aquella en que
trabajar para otro depende de la decisión de quien trabaja 147). Como hizo lo
propio respecto del trabajo por cuenta ajena; mientras que, aún más, la
humanidad del trabajo viene dada por la propia naturaleza de la persona, de la
que también deriva que una parte considerable del propio trabajo haya de ser
productivo.

La libertad a que se ha venido aludiendo refiere al momento mismo de


establecimiento de la relación de ajenidad, siendo, por tanto, su sentido el de
que aquélla, en el trabajo forzoso, queda anulada ante la presencia de una
violencia invalidante del consentimiento 148). Por lo demás, en régimen típico de
trabajo forzoso ni se plantea siquiera esta alternativa libertad-coacción en el
surgimiento de la relación de trabajo, sino que, como se apuntó, viene
predeterminada por la presencia de relaciones de dominio o status que sin más
establecen respecto a unos la obligación de trabajar para otros.

La indagación sobre la libertad debe, sin embargo, ser proseguida y


profundizada, por cuanto tiene que ser referida también a las compulsiones
durante la vigencia de la relación de trabajo –en cuanto la relación de trabajo
implica una «reiteración cotidiana del comportamiento» 149) y el trabajo debe
seguir siendo libre– y aun presidiendo su extinción. Todo ello sin perjuicio, se
insiste, de que la propia relación tenga, como jurídica que es, el elemento de
necesidad social que caracteriza a lo jurídico en cuanto tal 150).

a'. Libertad en cuanto al tiempo

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En primer lugar, en cuanto a la indagación, podrían hipotéticamente pensarse


hoy, y hay ejemplos muy reales de ordenamientos jurídicos pasados, en actos
iniciales libres de cesión originaria de los frutos del trabajo a un tercero, esto es,
de establecimiento de una relación de ajenidad laboral, que se estableciera por
toda la vida del trabajador, y aun se extendiera a la de sus herederos, sin
posibilidad de apartamiento o resolución por éstos o aquél o, lo que es lo mismo,
con posibilidad de imposición de la ejecución específica de la obligación de
trabajar en caso de incumplimiento de la promesa.

El pacto de autoventa de la propia libertad, de la reducción voluntaria a la


condición de esclavo o siervo, y la obligación correlativa de trabajar
indefinidamente como tal, han sido sobradamente conocidos en la historia. Sólo
una maduración muy lenta de la realidad y de las ideas lleva a la convicción de
que el pacto de trabajar para otro «por toda la vida» de quien trabaja envuelve
una negación radical de la libertad de quien así compromete sus servicios. Para
HEGEL, si cedo a otro mis servicios para siempre, «hago al otro propietario de la
sustancia de mi ser», me enajeno a mí mismo, y en la enajenación envuelvo y
destruyo mi libertad, que sólo puede ser conservada si la cesión se refiere al
«uso limitado en el tiempo» del propio trabajo, a «la prestación de trabajo por
tiempo limitado» 151). Culmina así en HEGEL la idea –que para HUMBOLT
debiera caracterizar todo contrato 152) de que el tiempo limitado es esencial para
el contrato de trabajo como tal 153).

La temporalidad, pues, es esencial al trabajo libre por cuenta ajena. La


proscripción por las codificaciones, por ejemplo, de una obligación permanente
de trabajar («el arrendamiento [de servicios] hecho por toda la vida es nulo», art.
1.583 del Código civil), envuelve la convicción de que su admisión constituiría un
retroceso hacia situaciones serviles ya superadas.

b'. Libertad en cuanto al lugar

En segundo lugar, una cierta libertad espacial de movimiento del trabajador es


también requisito esencial; las relaciones entre trabajador y empresario deben
respetar «los principios comúnmente aceptados de libertad y movilidad del
individuo» 154). Esto reza especialmente respecto del interior de cada país, cuyo
índice de libertad puede ser medido por el que conceda para el libre
establecimiento y la libre circulación de sus ciudadanos, al tiempo que las
prohibiciones o los obstáculos para los traslados son síntoma o símbolo de
situaciones adscripticias, cuando no enmascaran situaciones crudas de
servidumbre por el asentamiento forzoso del trabajador a un predio o
explotación, en general agrarios, propiedad del Estado o de cooperativas
ficticias.

Pero también tiene su manifestación importantísima en la libertad de salida –y de


vuelta a entrar– del país del que se es nacional. De nuevo la negación del
derecho humano fundamental a emigrar acusa la presencia de formas serviles
de trabajo que pueden comprender a la totalidad de la población 155).

c'. La limitación de las órdenes

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Finalmente, la ajenidad en los frutos que caracteriza el trabajo por cuenta ajena,
que lo define realmente, trae como consecuencia la sujeción del trabajador a las
órdenes del adquirente en cuanto a qué frutos deben ser producidos y en cuanto
a cómo, dónde y cuándo deben producirse los mismos. En el caso usual hoy de
frutos complejos, resultado de trabajos en cooperación, aquella potestad se
extiende a lo necesario para la coordinación de la producción de cada trabajador
con la de los restantes [infra C. c)]. Es éste el sentido en el que la ajenidad de
suyo implica una dependencia del trabajador o en el que el trabajo por cuenta
ajena es un trabajo dependiente.

Sin embargo, aparte de lo que más adelante se dirá, lo característico del trabajo
libre ejecutado por cuenta ajena no es la presencia de la dependencia, sino, por
el contrario, la limitación de la dependencia misma. Las órdenes que se podían
impartir a quien trabaja forzosamente, y que por éste debían ser obedecidas,
carecían de todo tipo de limitación; ni siquiera el trabajo mismo las limitaba,
porque eran en realidad órdenes sobre la persona y actividad íntegras del
sometido, su trabajo incluido, situándole, por consiguiente, si es que se quiere
seguir utilizando la terminología en esta realidad, en una situación de
dependencia y subordinación absolutas.

La libertad del trabajo envuelve así, como importantísima faceta, una limitación
de la potestad de que se viene hablando y de la subordinación o dependencia
que es su correlato; frente a la orden indiferenciada y virtualmente
omnicomprensiva, madura también históricamente con lentitud la concepción de
que son aquellas tan características del trabajo forzoso como sus contradictorias
caracterizan el trabajo libre; éste ha de referir necesariamente, si se contempla
objetivamente, a funciones o trabajos determinados, y si se contempla
subjetivamente, a habilidades o cualificaciones, a la profesión u oficio del
trabajador.

En la limitación de una dependencia derivada de la ajenidad a «lo debido por


razón del oficio», como dijera SUÁREZ 156), se encuentra un ingrediente formal
de la libertad, y, por tanto, del carácter libre del trabajo que se presta a otro. La
dependencia generalizada no ya no define ni caracteriza la relación de trabajo
libre –mucho menos, pues, el contrato de trabajo–, sino que la niega; éste es el
sentido y la realidad subyacente al dicho de Sempronio en su Tragicomedia:
«quien a otro sirve no es libre» 157).

Es claro que la expresión dependencia se utiliza hoy en este sentido limitado; sin
embargo, el análisis de sus antecedentes muestra que se ha de insistir sobre la
limitación precisamente. Al tiempo que un caminar hacia trabajos más libres
debe discurrir hoy –desechando no tanto por utópica como por incoherente la
posibilidad generalizada de dejar de trabajar para otro– pollas sendas de las
limitaciones continuadas y drásticas del tiempo y de la intensidad del
sometimiento a las órdenes de otro en el proceso de producción de los frutos
que a él cede quien para él trabaja.

d'. Personalidad y libertad

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Es claro, hoy también, que la libertad debe ser entendida sin mengua de la
dignidad de quien trabaja. A la dignidad atacan las violaciones del derecho a la
igualdad y demás derechos fundamentales de los trabajadores, así al tiempo de
celebración del contrato como al de su ejecución, representadas, entre otras, por
las discriminaciones basadas en circunstancias personales irrelevantes para la
prestación de servicios, y aun relevantes si a través de ellas se tiende
precisamente al mantenimiento de un ambiente general discriminatorio 158). La
dignidad de las personas significa la interdicción de todo trato que contradiga su
condición de ser racional igual y libre, capaz de determinar su conducta en
relación con la propia persona y su entorno, esto es, la capacidad de
«autodeterminación consciente y responsable de la propia vida»,
inmediatamente ligada al libre desarrollo de su personalidad (art. 10.1
Const.) 159).

Al mismo nivel, o semejante, hay que situar los intentos de penetración en la


intimidad de la persona trabajadora y en su vida privada, de siempre temidos y
con temor hoy acrecentado por los nuevos controles tecnológicos y las
posibilidades futuras, anunciadas ya como inminentes, de datos recónditos de su
personalidad al poder «cartografiarse» su genoma, y con él, los rasgos
particulares de su individuación 160).

***

En suma, y como conclusión de esta reflexión, la realidad social sobre la que el


Derecho del Trabajo descansa es el trabajo humano, productivo, libre y por
cuenta ajena.

Naturalmente, este tipo de trabajo, como todo tipo de trabajo humano, es una
forma de realidad que, si bien puede ser aislada e identificada teóricamente, en
los hechos se presenta unida íntimamente a los recursos naturales sobre los que
opera, a las fuerzas que controla y a los instrumentos de su control, a las
instituciones sociales en cuyo seno se desenvuelve; esto último, quizá, debe ser
subrayado: «como otras formas de actividad social... [el trabajo]... está integrado
con todas ellas en el sistema institucional de la sociedad» 161). Como subrayara
HEGEL, «las capacidades técnicas y la industria por las que [un pueblo]
satisface sus necesidades físicas», están ligadas «a su religión, sus leyes, su
ética, el estado de su ciencia y de su arte, sus disposiciones jurídicas, sus
relaciones con sus vecinos...; todo se halla íntimamente ligado» 162).

C . L A S C O N S E C U E N C I A S D E L A A J E N I D A D Y D E L A L I B E R TA D

El estudio de la realidad subyacente al Derecho del Trabajo, aún muy


someramente hecho, no puede, sin embargo, pararse en la conclusión de que el
trabajo considerado es el humano, productivo, libre y por cuenta ajena, sino que
exige la prosecución del análisis para indagar si del trabajo de tal modo
articulado se desprenden consecuencias implícitas en la articulación, pero no
obvias en la exposición que de la misma se ha hecho.

A. TRABAJO POR CUENTA AJENA Y REMUNERACIÓN DEL TRABAJO

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Del trabajo productivo, por definición, han de resultar los frutos con los que el
trabajador atiende a su subsistencia y a la de su familia; en el trabajo por cuenta
ajena, también por definición, los frutos se atribuyen inmediatamente a persona
distinta del trabajador. Si el trabajo es, conjuntamente, productivo y por cuenta
ajena, la atribución de los frutos a persona distinta de la que los produce
necesariamente ha de estar acompañada por la entrega por la primera a la
segunda de medios de subsistencia sustitutivos de los frutos del trabajo.
Sencillamente, quien hace suyos frutos resultantes del trabajo de otro acepta la
carga de dar un algo en compensación de los propios frutos, de forma que,
traslativamente, éstos sigan cumpliendo respecto de quien trabaja su finalidad
esencial.

a'. Las formas de retribución

En qué consista este algo es punto fácil de precisar genéricamente y difícil de


establecer específicamente. Genéricamente, se trata, por supuesto, de bienes
económicos materiales, o de signos monetarios con los cuales aquéllos puedan
ser adquiridos; para la especificación hay que traer a colación la distinción entre
trabajo forzado y trabajo libre. En el trabajo forzado, quien adquiere los frutos
procura, en virtud de una decisión unilateral suya, y por lo general de forma
inespecífica, la subsistencia del trabajador, atendiendo a su manutención, si
quiere que efectivamente aquél subsista y continúe produciendo; en el trabajo
libre, el cesionario, precisamente en virtud del pacto de cesión, entrega al
trabajador bienes concretos y predeterminados en su especie, y cuya cuantía se
fija atendiendo a los frutos del trabajo, o al tiempo invertido en trabajar, o a
unidades u operaciones parciales de las necesarias para la obtención de los
frutos, o a todos estos factores en combinación varia.

Dicho de otra forma, y éste es el extremo que interesaba destacar, el trabajo


productivo y por cuenta ajena, si es un trabajo libre, es al propio tiempo y de
suyo un trabajo remunerado. Éste es uno de los datos implícitos, aunque no
claramente aparente, en el tipo de trabajo que se ha precisado como base del
Derecho del Trabajo, un corolario de los caracteres que lo definen.

No se entra aquí en los temas, básicamente de teoría económica, de qué


fuerzas o condicionamientos son los que operan en cuanto a la determinación
cuantitativa de las remuneraciones; tampoco en los de sociología de si la
necesidad de obtener éstas, o el deseo de obtenerlas en determinada cuantía,
es sólo uno de los varios motivos en virtud de los cuales se trabaja en general, o
en particular se trabaja para empresario determinado 163), ni en cuáles sean los
restantes, ni en la influencia de los mismos sobre la persistencia de la relación
de trabajo, sobre las incidencias de ésta y sobre la satisfacción o frustración del
trabajador 164), ni sobre si una de las transformaciones psicológicas múltiples
derivadas de la Revolución industrial en cuanto al trabajo consistió en establecer
una relación estrecha entre éste y salario, contribuyendo a mantener en un muy
segundo plano de estimación social el trabajo no directa y explícitamente
remunerado, el de la mujer en el hogar propio, por ejemplo 165).

Quizá convenga añadir que la distinción entre carga de subsistencia del


trabajador y remuneración no es rígida, aparte de que la pureza de esta última
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haya aparecido gradualmente en un desarrollo histórico; pero esto mismo es


cierto respecto de la libertad del trabajo, diferenciado gradualmente de su
forzosidad; sobre el proceso de diferenciación se ha de volver más adelante.

b'. Trabajo amistoso, benévolo y de buena vecindad

La benevolencia se parece al sentimiento amistoso, pero no es amistad; la


benevolencia se da incluso hacia personas que no conocemos... y la amistad no.

Ética a Nicómaco, IX, § 5; 1166 166).

a''. Amistad y benevolencia

Conviene insistir especialmente aquí en que la ya vista correlación entre trabajo


y remuneración es propia del trabajo productivo, rompiéndose en el trabajo
amistoso y en el benévolo; estos tipos de trabajo pueden serlo por cuenta ajena
y ambos son libres por hipótesis, puesto que sin libertad no puede haber
relaciones propiamente humanas; prosiguiendo si se quiere con la distinción
aristotélica, ni la personalizada entre amigos ni la indeterminada en cuanto a las
personas.

Estos trabajos no son remunerados; contemplados desde el trabajador ni el


amistoso ni el benévolo son, pues, trabajos productivos, presuponiendo que
cuenta con bienes o rentas, que pueden proceder de otros trabajos, con las que
atiende a su subsistencia; lo que a su vez quiere decir que para el trabajador
ambos trabajos son de naturaleza ociosa, una inversión altruista o una oblación
del ocio, que se articula jurídicamente a través de instituciones de naturaleza
similar a la donación, y que con seguridad son hoy más frecuentes e importantes
socialmente que ésta (donaciones o cesiones gratuitas de sevicios); derivación
de un altruismo dirigido tanto hacia los parientes, los allegados, los amigos como
hacia los extraños –sentimiento contradictorio del de la hostilidad hacia éstos–
es ingrediente esencial de una evolución cultural, de la que ha llegado a
pensarse si habría en ella un componente genético 167).

b''. Buena vecindad

Del trabajo amistoso debe ser distinguido, cuando menos teóricamente, el que le
es tan próximo «trabajo de buena vecindad», en el que realmente los servicios
que se prestan al vecino reposan sobre la expectativa, generalmente
garantizada por las costumbres, de que se recibirán del mismo –si es que no se
han recibido ya– como contraprestación, con distintos grados de eventualidad,
prestaciones similares; hasta tal punto hay un juego de prestaciones y
contraprestaciones que ha podido hablarse de un «contrato de intercambio de
servicios» 168) figura antiquísima 169), como antiquísima es la cooperación del
conjunto vecinal basada en el principio «según el cual todo servicio merece
correspondencia, y quien ayuda a su vecino tiene derecho a esperar que su
vecino le ayude a él», de la cual siguen existiendo numerosas manifestaciones
actuales, especialmente en el campo 170); una «asistencia mutua libremente
prestada» preside los intercambios vecinales, un conjunto estos de títulos
gratuitos, de ofrendas graciosas de servicios como base de una reciprocidad que
niega el vínculo oneroso propio de las relaciones obligatorias 171). Nos
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hallaríamos así, con todo, en el trabajo vecinal, ante una reciprocidad


condicionada por el altruismo 172).

Sin embargo, por lo general, el derecho escrito o legislado rehúsa entrar en


estas relaciones; en ellas no nos hallamos ante «la irrelevancia jurídica de la
amistad», de la que con exceso hablara RADBRUCH 173), sino ante la remisión
tácita o implícita de su regulación a las costumbres locales, que quizá no olvidan
que sigue persistiendo un cierto factor benévolo en la base de la ayuda al vecino
conjugado con la conducta que de éste se espera.

Otra cosa es que en ocasiones numerosas, en el trabajo por cuenta ajena, el


trabajo prestado y la remuneración percibida no aparezcan en correlación
estricta, o que aparezcan elementos adicionales, en uno y otro lado de la
correlación, tales como mayores rendimientos que obedezcan a la satisfacción
en el trabajo, el deseo de mejora en el mismo, un sentimiento de lealtad; o
mayores salarios que se deban al deseo de promover o crear alicientes, suscitar
o premiar lealtades; y que se conciban esos elementos adicionales como
obsequios fruto de una benevolencia mutua suscitada por la relación de trabajo y
que en conciencia se diga de ésta que puede en parte ser un «intercambio de
regalos» 174), rompiendo o suavizando el esquema según el cual la relación de
trabajo necesariamente ha de ser coercitiva o contractual 175); tan es esto así
que rechazar o devolver un regalo puede ser tenido como un insulto, como
puede serlo el contrarregalo inmediato y más si es de una cosa idéntica 176). Por
más que concebir en general el regalo y aun su intercambio como sustituto
«blando» de una relación obligatoria sea a la vez excesivo y carente de realismo.

c'. Hacia nuevas formas de benevolencia

De alguna forma, la realidad contemporánea parece dirigir su mirada hacia tipos


de servicios no inmediatamente remunerados, o remunerados sin conexión
directa con el trabajo en que consiste ni con la persona a la que se presten,
hacia la benevolencia de ARISTÓTELES. Las crisis económicas periódicas
actuales, y la global en que hoy vivimos inmersos, nos siguen situando ante la
ironía cruel y vieja de «tantos hombres sin hacer nada y tantas cosas que
hacer», porque no hay quien seriamente se ocupe de que se hagan o porque el
despilfarro, en parte hijo de la ignorancia –a su vez en parte hija esta de la
novedad, si no del problema sí de las formas de su planteamiento–, hace
«improductiva» su prestación. En cualquier caso, se dice, «entender la diferencia
entre empleo [remunerado, por cuenta ajena] y trabajo [simple, social para otro u
otros] puede ser de importancia crucial en el futuro» 177), lo que explica la
aparición de formas organizadas colectivas de trabajos benévolos 178). El
problema es de dónde salen los recursos para retribuir a estos trabajadores, o
para proporcionarles medios de subsistencia, si no se quiere hablar de
retribución; la respuesta más probable es que de fondos públicos –dicho de otra
forma, de impuestos que gravan a quienes tienen trabajo– que son en efecto los
que en general sostienen las llamadas «organizaciones [voluntarias, de ayuda]
no gubernamentales».

En cualquier caso con seguridad la inversión en estos «gastos de


mantenimiento» –y aseguramiento, elemental cuando menos, contra los riesgos
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del trabajo– es superior a la que se haga en subsidios de desempleo, como


social y humanamente es superior la situación de trabajador a la de parado.
«Financiar formas alternativas de trabajo en el tercer sector» (el «independiente
o de voluntariado»), es con seguridad inversión preferible a la elemental de
atender a la criminalidad creciente, hija del paro, mediante más protección
policial y más cárceles 179), «futiles medidas represoras» éstas contra aquellos a
los que sólo se ofrecen para «escapar de la amarga realidad... [de carecer de
trabajo]..., las drogas o la violencia» 180); y desde luego lo es al despilfarro de
recursos en el mantenimiento de estructuras redundantes para el mantenimiento
de clientelas políticas desestabilizantes e ineficientes cuando menos.

B. SOBRE EL SENTIDO DE LA LIBERTAD EN EL TRABAJO LIBRE

Si del trabajo se dice que es libre –habiéndose dicho previamente que es al


tiempo productivo y por cuenta ajena– y que la remuneración es lo que el
trabajador ha de recibir a cambio de la atribución al tercero de los frutos de su
trabajo, la realidad ha de mostrar la existencia de esta libertad esencial para la
articulación del contrato de trabajo; éste, en cuanto constitutivo y regulador de la
relación de ajenidad, pide inexcusablemente la libertad de las partes.

La indagación sobre esta libertad es tanto más necesaria cuanto que la idea que
se halla en el fondo de gran parte de la aproximacion económica tradicional a los
problemas del trabajo es que son fuerzas impersonales y objetivas, que escapan
por completo o en gran medida al control humano, las que fuerzan a trabajar por
cuenta de otro y las que, supuesto este tipo de trabajo, determinan su cantidad y
la cuantía de su remuneración.

Dejando a un lado, de momento, el tema relativo a la posible necesidad del


trabajo por cuenta ajena como modo de trabajar opuesto al trabajo por cuenta
propia, impuesto por la división social del trabajo, y situándonos ya dentro del
mismo, hay que decir, en primer lugar, que efectivamente, y aun en el supuesto
del trabajo libre, existen ciertas compulsiones sociales que juegan sobre la
cantidad de trabajo que el trabajador realiza para el tercero cesionario de los
frutos, y sobre la cantidad de remuneración que éste entrega a cambio. Lo que
hay que negar, en cambio, es que tales compulsiones deriven de fuerzas
objetivas; por el contrario, dependen de decisiones estrictamente humanas;
quizá, en lo que aquí importa, la clave de la revolución en la ciencia económica
que normalmente se liga al nombre de KEYNES –iniciada por Adam SMITH y
abandonada por la doctrina ulterior– esté precisamente en la revelación de la
presencia y juego de estas fuerzas del lado de las remuneraciones; como la
importancia de la sociología industrial de MAYO 181) y sus sucesores –y
tampoco es difícil encontrar los antecedentes en SMITH– se halla, si en algún
lado, en el descubrimiento de las decisiones personales de los trabajadores
sobre sus rendimientos. Las remuneraciones resultan fijadas, en principio, por
los empresarios; los niveles de rendimiento, esto es, la cantidad de trabajo,
están fijados, en principio, por los trabajadores (la cualificación «en principio» se
hace para dejar el espacio amplísimo que precisa el desarrollo tecnológico en la
determinación de los rendimientos; sobre ello ilustrarán con amplitud los
capítulos II y VIII).

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Sobre la base, así, de una miríada de decisiones que establecen un nivel


general de remuneraciones y de rendimientos, la remuneración y el rendimiento
concretos en cada caso dependen de la posición en que el trabajador y el
empresario se encuentren el uno respecto del otro y de la forma como uno y otro
interpreten su propia posición, y de la medida en que uno y otro, de nuevo en
virtud de decisiones generales, lleguen a un punto de acuerdo. Naturalmente
que las decisiones generales en buena medida predeterminan las decisiones
concretas; naturalmente también que las decisiones económicas sobre
rendimientos y remuneraciones están influidas por, e influyen sobre, otras
decisiones, asimismo económicas (decisiones sobre ahorro, consumo e
inversión, por ejemplo); naturalmente que las decisiones económicas todas
vienen influidas por, e influyen sobre, decisiones sociales, como lo son, por citar
el ejemplo más próximo, las que llevan a la sustitución del trabajador y del
empresario aislado por fuertes unidades asociativas, con la finalidad, entre otras
varias, justamente de jugar sobre el trabajo y su remuneración; y naturalmente,
por último, que decisiones estrictamente políticas influyen sobre, y son influidas
por, las decisiones a las que se ha llamado sociales o económicas; dentro de
ciertos límites, una decisión política puede fijar, queridos o no por quien la dicta,
un nivel de inversión, un nivel de consumo, un nivel de salarios y un nivel de
rendimientos.

Pero, y esto es lo crucial, todas estas decisiones son humanas, y libres en la


medida en que son humanas; «el obrero vende su trabajo pero él mismo sigue
siendo su propio dueño» 182), lo que reza también respecto de los salarios y de
los rendimientos, si el trabajo es libre, esto es, si la compulsión que fuerza a
trabajar no llega al ejercicio de la violencia física, o la amenaza de muerte,
infligida por quien ejerce la fuerza sobre el trabajador. Y es claro que puede
llegar a ambos extremos; justamente el proceso de diferenciación histórica que
ha creado el Derecho del Trabajo ha consistido en eliminar un tipo de trabajo,
antes históricamente dominante, caracterizado por tal enérgico tipo de
compulsión. La «organización racional del trabajo libre» o la explotación racional
«con capital fijo, trabajo libre y una especialización y coordinación racional de
ese trabajo» constituyen, como señaló Max WEBER, una extraordinaria
mutación que ocurre en Occidente en un período histórico dado, y sin la cual la
Historia posterior de éste –y reflejamente la de todo el globo–no será
comprensible 183).

Como conclusión de este punto, el trabajo libre se nos muestra hoy en la


realidad social como real y efectivamente libre; como prestado en virtud de
decisiones respecto de las que puede predicarse el mismo grado general de
libertad que respecto de cualesquiera otras decisiones de las que la persona
adopta en su medio social; las compulsiones que se derivan de éste, y aun de la
propia naturaleza biológica de cada persona, es claro que limitan y condicionan
esta libertad 184). Pero en esto el trabajo por cuenta ajena sigue la regla general
y no constituye ninguna excepción; espontáneamente el ser humano se nos
resiste doquiera, no se somete a ninguna disciplina, ni siquiera moral, menos a
la sumamente exigente derivada del trabajo 185), y en este sentido el trabajo
mismo, en cuanto sea productivo y quien lo ejecute lo haga «para ganarse la
vida», está en alguna medida gobernado «por la necesidad, no por la finalidad»,
se ejecuta «a causa de una necesidad y no en vista de un bien» 186) Como
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también dijera Max WEBER, en el trabajo libre, aunque desapareza «la


compulsión inmediata al trabajo», subsiste como «estímulo decisivo» el riesgo
de carecer de medios de subsistencia para sí, unido a «la preocupación altruista
por la familia propia», esto es, por aquellos dependientes, «el cuidado de los
cuales es típico que tome el individuo sobre sí» 187).

C. SOBRE LA DEPENDENCIA

Aunque ya se haya hecho referencia al tema, conviene insistir aquí sobre el


mismo. Su enfoque debe ser el siguiente: aun suponiendo que el contrato se
pacte libremente, aun suponiendo que éste tiene limitaciones intrínsecas en
cuanto al tiempo y a las potestades que confiere, y aun suponiendo que haya
una libertad última en cuanto a la fijación de las remuneraciones, la relación de
trabajo por cuenta ajena implica una situación jurídica de dependencia del
trabajador respecto de su empresario; de esta dependencia se dice es
característica esencial del contrato de trabajo y un tipo de trabajo, al que
consiguientemente se llama «dependiente» o «subordinado», se sigue diciendo,
es el que está en la base misma del Derecho del Trabajo.

Al respecto se debe señalar, por lo pronto –aparte de que la expresión


dependencia sea desafortunada, sugiriendo una serie de ideas con las que en
realidad no se corresponde, en buena medida por su anacronismo 188), y
dejando de sugerir otras que son necesarias para caracterizarla–, que la
dependencia es en el contrato de trabajo una consecuencia o un efecto de la
ajenidad. Porque los frutos, en el trabajo por cuenta ajena, pertenecen
originariamente a persona distinta a la que trabaja, ésta se reserva una potestad
de dirección o de control sobre qué frutos deben ser producidos y cómo, cuándo
y dónde deben producirse los mismos; y en el caso usual hoy de frutos
complejos resultado de un trabajo cooperativo, la potestad de coordinar la
producción de cada trabajador con la de los restantes [supra B .d).c')]. Es así
claro que la dependencia es aquí inconcebible sin la ajenidad –en último extremo
sin el a priori de que los frutos del trabajo van a pertenecer a otro– y, por
consiguiente, que la primacía en la realidad social, en su estructuración jurídica y
en el enfoque doctrinal de ambas está en la ajenidad y no en la dependencia.

En segundo lugar, la sumisión a órdenes es muy relativa en numerosos


contratos de trabajo, y en algunos casos virtualmente inexistente, apareciendo
como una potencialidad que no tiene por qué actualizarse, sino quizá en
momentos críticos, que de hecho no se actualiza y que, si se actualizara,
rompería el esquema lógico de prestaciones y su desarrollo normal. Por eso hoy
la dependencia tiende a ser concebida como un mero estar dentro de un cuadro
orgánico de funciones y de competencias, dentro de un «círculo rector» o
«esfera organizativa» 189) empalmando así con la idea de trabajo prestado a
organizaciones, de la que se hablará seguidamente.

Por lo demás, la insistencia sobre la dependencia –especialmente sobre una


noción anacrónica de la misma–, y no sobre sus limitaciones, que son las que
caracterizan el trabajo libre, es perturbadora en grado sumo y produce, como
consecuencia, entre otras, el que trabajos típicos por cuenta ajena,

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señaladamente el trabajo a domicilio y las formas de trabajo «a distancia»,


queden fuera del Derecho del Trabajo o accedan a él por extensión, cuando
precisamente fueron, como también se verá, de las primeras manifestaciones
históricas de trabajo libre por cuenta ajena. Y aún cabe preguntarse si la
discusión no está entrando en el bizantinismo.

Téngase en cuenta, sin embargo, que el tema tiene implicaciones metajurídicas;


en alguna ocasión, por ejemplo, se ha hablado de la irracionalidad, del sistema
económico moderno al apreciar una contradicción entre el sometimiento a
órdenes de quien trabaja por cuenta ajena, y la iniciativa que se le pide, no sólo
para que desarrolle o expanda su personalidad en el trabajo y obtenga
satisfacciones intrínsecas al mismo, sino también y precisamente para la
ejecución de su trabajo 190), aunque la «irracionalidad» está más bien en el
enfoque abstracto y general del tema, derivado del desenfoque al no centrarse la
reflexión sobre las limitaciones y dejar de ver que el imperio progresivo de éstas,
y la reducción consiguiente de la dependencia, es justamente la tendencia
histórica del trabajo libre. Que, en cambio, debe reposar en este respecto sobre
la noción de un rendimiento cuantitativa y cualitativamente debido en virtud del
cumplimiento contractual de buena fe, puesto que una supervisión continuada
del trabajo por el empresario o sus delegados es imposible 191), abstracción
hecha de lo atentatorio que pueda resultar para la libertad del trabajador.

D . E L T R A B A J O P R E S TA D O A O R G A N I Z A C I O N E S

Un último extremo a examinar en la descripción de la realidad jurídica laboral es


si su especificación como trabajo humano, productivo, por cuenta ajena (y
remunerado en cuanto que es productivo por cuenta ajena) y libre es suficiente.
La insuficiencia puede hallarse, si en algún lado, en las especiales
características de la persona cesionaria de los frutos.

A. EL EMPRESARIO-ORGANIZACIÓN

Puede ser ésta otra persona uti singuli o puede ser una organización; el
fenómeno que se halla por debajo de la circunstancia de que el trabajo por
cuenta ajena se preste precisamente a organizaciones es doble: de un lado, la
complejidad creciente de los frutos que pueden surgir y que se demandan del
trabajo humano; de otro, la división del trabajo necesaria justamente para la
obtención del fruto complejo. Ambos fenómenos imponen un trabajo cooperativo
en el sentido inicial de que el trabajo de cada persona es condición precedente,
simultánea o subsiguiente del trabajo de las demás, y exigen una organización
que coordine el conjunto de esfuerzos dirigidos hacia la obtención de los frutos;
con palabras de HEGEL: «en una empresa ningún individuo produce nada real;
sólo la totalidad del sistema en que todos están inmersos produce algo» 192).

Si ocurre que es la propia organización, o sus titulares, la persona distinta del


trabajador a quien se atribuyen los frutos, y efectivamente tal es el caso, puede
pensarse que esta circunstancia refluya sobre la realidad del trabajo de varias
formas, algunas de las cuales se contemplan a continuación.

Ó
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B. EL INFLUJO DE LA ORGANIZACIÓN SOBRE EL TRABAJO

En primer lugar y ante todo, no ya porque la organización haga patente la


frecuente inutilidad del trabajo aislado, sino, además, porque refuerce la
tendencia a su división entre los trabajadores; o porque garantice firmemente la
existencia efectiva de las remuneraciones con asunción correlativa, a su riesgo o
ventura, del destino final del fruto complejo; o porque impersonalice al adquirente
originario de los frutos; o porque agudice –o atenúe– la distinción entre
trabajador intelectual y manual, o concentre los primeros en trabajos directivos o
les atribuya los poderes delegados del empresario 193); o porque la propia
organización impersonal proporcione las herramientas para el trabajo productivo
y los materiales sobre el que éste opera, habiéndolos previamente adquirido con
medios que vienen de una multiplicidad de personas, cuyas inversiones la
organización se encarga, asimismo, de coordinar; o porque más o menos
drásticamente tienda a sustituir las cualificaciones subjetivas del trabajador,
incluidas las del oficio que posee, por las exigencias objetivas del «puesto de
trabajo» en la organización, que pueden ser distintas 194), aunque a su vez
éstas puedan exigir bien la adquisición de cualificaciones nuevas, bien la
adaptación de las que posean al control y manejo de nuevas máquinas 195),
entre éstas las llamadas «trabajadores del cuello de acero», robots cuya difusión
generalizada en la industria ha sido una realidad 196), bien la adquisición y
adaptación de unas y otras a la tecnología digital, cuya difusión en los distintos
sectores de la economía ha cambiado y reorganizado el trabajo de los
«trabajadores de cuello blanco» y los modelos de trabajo 197).

Especialmente esto en épocas como la actual, de cambio tecnológico rapidísimo,


en el seno del cual las posibilidades de empleo («empleabilidad») y de carrera
del trabajador dentro de la organización, y sus ascensos en ella, vienen
ampliamente condicionados por la adaptabilidad de su formación inicial y su
disposición tanto para someterse a procesos formativos que le proporcionen
nuevos conocimientos como para aceptar los cambios de puesto y condiciones
de trabajo que el propio cambio tecnológico impone, y que el empresario querrá
introducir; o porque, últimamente, sea la necesidad de coordinar esfuerzos la
que realmente imponga la sujeción a órdenes y la que así genere, en la
terminología usual, la relación de dependencia, con lo que resultaría ésta
derivada precisamente de la coexistencia y de la conexión que derivan de la
organización.

Si este tipo de realidad hubiera alcanzado ya una nueva diferenciación social –


más allá de la obvia, aunque a veces relegada a un quinto plano, de que
cualquier lugar de trabajo es un complejo sistema social, no simplemente un sitio
donde se desarrolla una actividad 198); es parte sustancial del mundo del
trabajador 199)– entonces a la noción de trabajo humano productivo por cuenta
ajena y libre habría de añadirse una nueva nota de especificación; esta nota
vendría dada por la profesionalización y organización de quienes habitualmente
ofrecen oportunidades de trabajo, y consistiría en la prestación en
organizaciones o empresas del propio trabajo (distinta de la profesionalización o
profesionalidad del trabajador, dato en general poco relevante como
calificador) 200), y del reforzamiento del aspecto colectivo de quienes trabajan;

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las personas hechas personal de la empresa y éste, como quisiera RADBRUCH,


constituyendo una «unidad sociopolítica compacta» 201). Sólo que, como se
verá, la importancia creciente del trabajo intelectual dentro del prestado por
cuenta ajena, intensificada por las tecnologías de la información y del
conocimiento, introduce un factor importante de subjetivización del trabajo, cada
vez menos «abstracto» en la conformación de aquella unidad dificultándola y en
general debilitando las instituciones, así los sindicatos, que de alguna forma
traen de ella su causa 202).

C. LA EMPRESA COMO MARCO DE REFERENCIA

Posiblemente sea ésta una nueva especificación, siendo muy cierto que peca de
falta de realismo el estudio de las relaciones de trabajo sin la referencia a la
empresa, como institución cultural que precisamente es la resultante tanto de la
división social como de la división material del trabajo, «producto natural de
necesidades y presiones sociales» 203).

Por lo demás, en ningún lado está dicho que se haya llegado a una fijación de
los modos de trabajo humano; lo probable, por el contrario, es que –quizá como
el ser humano mismo 204)– siga y esté evolucionando hacia nuevas formas; pero
todo indica hoy que las formas organizativas, en el trabajo como en tantas otras
actividades humanas, seguirán existiendo y aumentarán su complejidad y
diversidad, obligadas por el impacto de la tecnología digital y la mundialización
de la economía, con lo que posibles nuevas formas de trabajo humano se
desarrollarán dentro de estructuras, con independencia de su tamaño,
crecientemente racionalizadas o, si se quiere otra expresión, burocratizadas;
actualice las ideas de jerarquía y disciplina o las de mérito y experiencia, «la
organización burocrática se funda en la necesidad de utilizar al máximo la
división del trabajo» 205).

Los problemas básicos serán acentuadamente entonces, como ya hace tiempo


lo vienen siendo, de un lado, la monotonía del trabajo cuando la división de
tareas se lleva a límites extremos, generando una radical incomprensión del
trabajador en cuanto al sentido y utilidad social de su esfuerzo y en cuanto a la
obra o producción global en la que participa; y de otro, la de reducir tanto las
formas extremas de autoritarismo, desviación viciosa de las necesidades
intrínsecas de toda organización característica de las burocracias «punitivas»,
como la pura y simple obediencia a órdenes «impersonales» dentro de cuadros
de competencias jerárquicas establecidas con rigidez que pretendan hacer tabla
rasa de la personalidad misma de quien trabaja y de sus agrupaciones
informales 206).
1

Ver A. MONTOYA MELGAR, Ideología y lenguaje en las primeras leyes laborales de España,
Madrid, 1975, págs. 41 y sigs.; con indicaciones terminológicas muy precisas en págs. 73 y sigs.;
en el segundo ensayo del mismo autor sobre el tema (Murcia, 1977), que cubre el período 1917-
1927, se aprecia con gran claridad el cambio de lenguaje; ambos ensayos, ampliados, en
Ideología y lenguaje en las leyes laborales de España (1873-2009), 2.ª ed., Cizur Menor,
Navarra, 2009.
2

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Discurso ante el Reichstag en 2 de abril de 1881 defendiendo el proyecto de ley de seguro de


accidentes de trabajo en la industria; no se trata del célebre Mensaje imperial de 27 de
noviembre siguiente, también obra de BISMARCK, al Reichstag que con razón se tiene como
fecha clave en la historia del aseguramiento social (el texto de ambos, el primero dentro de F.
TENNSTEDT, Vorgeschichte und Entstehung der Kaiserlichen Botschaft vom 17. November
1881, en «Zeitschrift für Sozialreform», núms. 11-12, 1981, págs. 663 a 710). Soziale Frage es la
expresión de BISMARCK. Traducción del de 27 de noviembre, hecha por C. MIÑAMBRES, aneja
a M. ALONSO OLEA, Cien Años de Seguridad Social, en «Papeles de Economía Española»,
núm. 12-13, 1982. págs. 117-118.
3

La crítica en el sentido dicho se remonta cuando menos a BONNECASE (La Notion de Droit en
France au XIX siècle, París, 1919); también, muy sumariamente y pese a que utiliza la
terminología vieja, en G. LYON-CAEN, Droit social européen, París, 1969, pág. 2. Para una
exposición primera y tradicional del tema, C. GARCÍA OVIEDO, Tratado elemental de Derecho
social, Sevilla, 1948, pág. 3, para otra posterior, F. SANTORO-PASSARELLI, Specialità del diritto
del lavoro, en «Riv. dir. lavoro», XIX, 1-2, 1967, esp. págs. 5 y 15. Ver, asimismo, L. E. DE LA
VILLA, En torno al concepto del Derecho español del trabajo, en «Rev. de Trabajo», núm. 26,
1969. págs. 15 y sigs. ; P. HANAU y K. ADOMEIT, Arbeitsrecht, 6.ª ed., Frankfurt, 1981, págs. 33
y 36 (14ª ed., Neuwied, 2007).
4

Sobre estas dos concepciones del Estado, y sobre lo «social» como principio constitucional
inspirador de legislación y jurisprudencia, E. LOEBENSTEIN, Sozialstaatlichkeit und Verfassung,
en «Arbeitswelt und Sozialstaat Festschrift für G. Weissenberg», Viena, 1980, págs. 183 a 199.
5

Sobre el tránsito de Derecho obrero a Derecho del trabajo, M. C. PALOMEQUE, Derecho del
trabajo e ideología, Madrid, 1989, pág. 45 (7.ª ed, Madrid, 2011).
6

«Esta rama especial del Derecho tiene tanta más razón de ser... cuanto que condiciona y regula
el más permanente de todos los medios de la vida humana: el trabajo» (J. MONEVA y PUYOL,
Derecho obrero, Zaragoza, 1895, pág. 9).
7

Cfr. E. TÁLOS, Von der «sozialen Frage» zur «Volksversicherung», en «Arbeitswelt und
Sozialstaat ...», cit., págs. 133 y 134.
8

De la indeterminación terminológica primera en nuestro país es significativo el prólogo de D. DE


BUEN a S. ALARCÓN Y HORCAS, Código del Trabajo. Comentarios. Jurisprudencia y
formularios, Madrid, 1927; aunque domina la expresión Derecho obrero (págs. XII y XVIII) se
utilizan también las de Legislación del trabajo (págs. XVIII y XXI), Legislación social (pág. XX), y
aun ya la de Derecho del trabajo (pág. XXV).
9

Proporcionando éste a aquél, si se quiere, «su delimitación unitaria como rama del Derecho», de
nuevo al ser su «objeto nuclear»; extensamente e insistiendo sobre la idea de dependencia –bien
que de ésta se diga que su actual «recorte conceptual... permite gradaciones diversas y basta
incluso con su [mera] potencialidad», M. do R. PALMA RAMALHO, Da Autonomia Dogmática do
Direito do Trabalho, Coimbra, 2000, págs. 61 a 63 y 87 a 90; fenomenal libro éste.
10

«... tan adecuadamente», es comentario de BACON tras la cita (Advancement of Learning, 2.º,
XII, 2.ª ed. A. JOHNSTON, Oxford, 1974, pág. 117). También de BACON, en el mismo sentido,
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Prometheus, or the State of Man, en «The Works of», ed. Nueva York, 1932, pág. 287.

En versión moderna: «... la mano humana, un miembro capaz de manejar objetos de toda clase y
tamaño con gran precisión, mayor sin comparación a la que se da en cualquier otro animal, o a la
de cualquier instrumento construido por los hombres» (F. J. AYALA, La Teoría de la Evolución,
Madrid, 1994, pág. 127).

A su vez, para el ser primitivo «las herramientas son concebidas como extensiones de la mano»
(K. EDER, The Social Construction of Nature, Londres, 1996, págs. 40-41
11

«La acción del cuerpo vivo sobre lo inerte puede ejercerse directamente o por medio de otro
cuerpo inerte... al que llamamos útil» (J. P. SARTRE, Critique de la raison dialectique, I. A., París,
1960, pág. 167). La distinción entre «instrumento» y «máquina» en ORTEGA, Meditación de la
técnica, ed. Madrid, 1968, págs. 90-91 y 97. Ver también J. D'HONDT, Téléologie et praxis dans
la «Logique» de Hegel, en «Hegel et la pensée moderne», París, 1970, págs. 1 a 26.
12

Para las referencias de HEGEL en cuanto a lo primero remito a mi Alienación. Historia de una
palabra, Madrid, 1974, cap. 1.º, I.3, págs. 32 a 35. La importancia y novedad de estos pasajes de
HEGEL fueron en su día subrayadas por LUKÁCS (Zur Ontologie des gesellschaftlichen Seins.
Die Arbeit, Darmstadt, 1973, págs. 27 a 29). En cuanto a lo segundo, en cuanto a La hostilidad
de la naturaleza, el cap. 1.º, I, § 2, de la misma Alienación..., 2.ª ed., México, 1988, págs. 37 a
41. Por supuesto el contraste entre la posición hegeliana, común en su época, y la actual, por
razones «empíricas», además de éticas y estéticas, es clamoroso; al respecto K. EDER, The
Social Construction of Nature, cit. en especial caps. 6.º y 7.º, y S. YEARLEY, Sociology,
Environmentalism, Globalization, Londres, 1996, en especial su cap. 20.
13

Filosofía Real [... del espíritu, I.B. c) ], edición-traducción de J. M. Ripalda, México, 1984, págs.
169-170; también pág. 184. En el mismo sentido, HEGEL, Philosophie des Rechts. Die Vorlesung
von 1819-1820 in einer Nachschrift, ed. D. HENRICH, Frankfurt, 1983, 1.ª, 2. a) , 260, pág. 159.
14

P. HANAU y K. ADOMEIT, Arbeitsrecht, 8.ª ed., Frankfurt, 1986, pág. 145.


15

Ver al respecto P. NAVILLE y P. ROLLE, L'évolution technique et ses incidences sur la vie sociale,
en G. FRIEDMANN y P. NAVILLE, Traité de sociologie du travail, vol. I, París, 1961, págs. 347 a
370; también P. ROLLE, Introduction à la sociologie du travail, París, 1971, págs. 133 y sigs.
16

Sobre la relación entre el lenguaje oral y el escrito, con un notorio prejuicio en cuanto al último,
reflexionó agudamente ROUSSEAU, Ensayo sobre el origen de las lenguas; ver sobre el tema,
actualizado, J. DERRIDA, La lingüística de Rousseau, en «Presencia de Rousseau», Buenos
Aires, 1972.
17

H. G. GADAMER, La idea de la Lógica de Hegel, 3; en el mismo (trad. M. Garrido, Madrid, 1980),


La dialéctica de Hegel. Cinco ensayos hermenéuticos, 1ª ed., Madrid, 1980, págs. 100-101 (6ª
ed., 2005).
18

J. M. EDIE, Edmund Husserl's Phenomenology. A Critical Commentary, Indiana Univ., 1987, pág.
27; «frases y palabras... tienen por encima de sus cualidades acrósticas o gráficas la propiedad
de ser signos portadores de significaciones...» (loc. cit., pág. 26).

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El lenguaje, se dice, trasciende así «la oposición entre materia y espíritu» (W. SCHLACHTER,
Das Wunder der Sprache, Gotinga, 1993, págs. 149, 151, 172-173).
19

Para la distinción entre signo y símbolo y sus implicaciones, L. FLAM, La philosophie au tournant
de notre temps, Bruselas, 1970, págs. 187 y sigs. Como señalara HEGEL el signo es una
representación arbitraria de lo significado, mientras que el símbolo tiene presente en sí algún
elemento de lo simbolizado. Las palabras del lenguaje hablado son «signos de pensamientos», a
las que la escritura proporciona otra serie de signos (Propedéutica, I , 8, Intr., 5, ed. Frankfurt,
1970, págs. 213-214; ver también J. DERRIDA, Le puits et la pyramide. Introduction à la
sémiologie de Hegel, en «Hegel et la pensée moderne», cit., págs. 44-48). A su vez las
matemáticas son técnicas o formas de lenguaje, como dijera PLATÓN (Gorgias, 450d y 415b; cfr.
N. GRIMALDI, Aliénation et liberté, París, 1972, págs. 63-66).
20

Para esta distinción D. VILLANUEVA, Teorías del realismo literario, Madrid, 1992, págs. 25-31;
para supuestos de palabras-iconos («símbolos e iconos no son signos cerrados en sí mismos»,
loc. cit., págs. 42-44, 182).
21

Esta construcción en X. ZUBIRI, El problema del hombre, curso 1953-1954, del que cito por mis
notas.
22

Insistentemente sobre esto (págs. 43-48, 120-121), con tales o similares expresiones, A.
O'HEAR, Beyond Evolution. Human Nature and the Limits of Evolutionary Explanation, Oxford
Univ., 1999.
23

Sofista, 263e (Diálogos, vol. V de la ed. Madrid, 1988; trad. N. L. Cordero, pág. 471).
24

Acerca del alma, 443a; trad. T. Calvo Martínez, Madrid, 1978, pág. 246. En la contemplación el
intelecto es activo y productivo, pero no se dirige a la producción de un resultado distinto de su
mera actividad; su actividad y su producción son una sola y misma cosa y ésta no se exterioriza o
no tiene por qué exteriorizarse necesariamente (cfr. W. JAEGER, Aristotle, 2.ª ed., Oxford Univ.,
1948, págs. 67-68); en ARISTÓTELES «el hombre, haciendo metafísica, realiza una vida
puramente contemplativa» (G. REALE, Introducción a Aristóteles, ed. de V. BAZTERRICA,
Barcelona, 1985, págs. 44-45). «Un hombre puede sentarse y contemplar el mundo sin hacer
nada... [entonces]... su actividad es atentiva, no ejecutiva, indagadora, no motora» (J. B.
GIBSON, The Senses Considered as Perceptual Systems, Boston, 1966, pág. 45; citado por M.
YELA GRANIZO, La estructura de la conducta, Madrid, 1974, pág. 73).
25

«En esta conducta contemplativa –prosigue DILTHEY– se amplía nuestra vida afectiva, en la cual
se experimentan personalmente... la riqueza de la vida, el valor y la felicidad de la existencia,
hasta una especie de simpatía universal» (Los tipos de visión del mundo y su desarrollo en los
sistemas metafísicos, en la ed. de J. MARÍAS, Madrid, 1974, Teoría de las concepciones del
mundo, pág. 81).
26

Ver sobre este punto, R. CUVILLIER, El trabajo y los trabajadores intelectuales ante las ideas y
las prácticas sociales, en «Rev. Int. de Trabajo», vol. 89, núm. 4, especialmente págs. 325 a 329.
27

Curso de filosofía positiva, lección 2.ª, trad. J. M. Revuelta, Buenos Aires, 1973, pág. 76.
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28

Para estas distinciones, T. ENGE, Die Einheit von Theorie und Praxis als Leibnizens doppelte
Bestimmung der Freiheit. Eine philosophische Untersuchung zur Theodizee, pág. 115. Está
contenido este trabajo en el vol. XIX de los «Studia Leibnitiana Supplementa», Wiesbaden, 1980,
con otros muchos que agotan el estudio de «Theoria cum Praxi. Zum Verhältnis von Theorie und
Praxis im 17. und 18. Jahrhundert», tema del III Congreso Internacional sobre Leibniz. B.
FLYVBJERG, Making Social Science Matter, Cambrigde Univ., 2001 págs. 55 a 57.
29

Para esta distinción, presentada como hecho por S. MOSCOVICI, Essai sur l’histoire humaine de
la nature (París, 1968), K. EDER, The Social Construction of Nature, cit., págs. 38-39.
30

Encíclica Laborem exercens, 11.4; por lo demás para la Encíclica sólo el ser humano
verdaderamente trabaja: «el trabajo es una de las características que distinguen al hombre del
resto de las criaturas» (Laborem..., introducción, en el original las cursivas).
31

J. P. CROLLEY, Human Relations in Industry. People at Work, Englewood Cliffs, 1989, pág. 39.
Siguen ejemplos pintorescos de intra comunicación.
32

Para esta elaboración, A. SCHUTZ, Collected Papeers , La Haya, 1962, vol. I, The Problem of
Social Reality, pág. 217, según la larga cita que aparece en J. M. EDIE, Edmund Husserl's
Phenomenology ..., cit., pág. 98; por eso soy responsable jurídicamente de lo que hago, no de lo
que pienso, sigue el texto.
33

Con PUFENDORF, Elementos de jurisprudencia universal, III.I, § 1; trad. C. L. Carr y M. J.


Seidler, Oxford, 1994, pág. 70.
34

Esto aparte el trabajo humano admite numerosas clasificaciones conforme a criterios varios; ver
H. H. HILF, La ciencia del trabajo, ed. Madrid, 1963, págs. 22-23; por lo demás, el puro manejo
de las cosas como realidades, exige la inteligencia (X. ZUBIRI, El origen del hombre, en «Rev. de
Occidente», núm. 17, 1964, págs. 148, 150, 155, 164).

Cuando por alguna razón hay que forzar la distinción se llega a resultados patentemente
absurdos. Así, la jurisprudencia alemana, necesitando distinguir entre Arbeiter y Angestellte
(obrero y empleado, manual e intelectual, grosso modo), ha incluido entre los primeros a los
cajeros y entre los segundos a los futbolistas profesionales (W. GITTER, Sozialrecht, Munich,
1981, pág. 60), pese al evidente carácter complejo del trabajo de ambos.
35

Éste fue el intento de F. W. TAYLOR y de la «organización científica» del trabajo; ver B. MOTTEZ,
La sociologie industrielle, París. 1971, pág. 11.
36

J. MONOD, Le hasard et la nécessité. Essai sur la philosophie naturelle de la biologie moderne,


París, 1970, pág. 161.
37

Para la definición de inteligencia de la que se usa, R. WILSON, Encyclopedia of Neuroscience,


Boston, 1987, pág. 539, citada por G. TURNER, Intelligence and the X Chromosome, en «The
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Lancet», vol. 347, 1996, pág. 1814.


38

A «la distinción cada vez más imprecisa entre los trabajadores manuales y los demás», aludió de
pasada, y a su vez sin gran precisión, la Memoria del Director General a la 72.ª Conferencia de la
OIT, Ginebra, 1986, cap. 3.2. b) , págs. 44-45.
39

Ver al respecto, resumidamente, con gran precisión, J. J. CABALLERO, Sobre el posible


aburguesamiento de la clase obrera «rica» en los países occidentales industrializados, en «Rev.
de Política Social», núm. 131, 1981 [en especial parte 2.ªC) y bibliografía que cita].

Ironizando sobre que la misma expresión «trabajo» (work) se utilice para designar ambos tipos
de trabajo, J. K. GALBRAITH, The Culture of Contentment, Boston-Nueva York, 1992, págs. 32 y
33.
40

Cfr. A. LEROI-GOURHAN, Le geste et la parole, t. I, Technique et langage, París, 1964 (cit. en J.


C. BEAUNE, La technologie, París, 1972, págs. 75 y 76).
41

F. QUESNAY, Derecho natural, cap. III; en Escritos fisiocráticos, ed. J. E. CANDELA CASTILLO,
Madrid, 1985, pág. 8.
42

Ver sobre este punto H. MARCUSE, Acerca de los fundamentos filosóficos del concepto
científico-económico del trabajo (1933), en «Ética de la revolución», trad. de A. Alvarez Remón,
Madrid, 1970, págs. 9 y sigs. Digo en el texto que la tesis se extrema en la medida en que no se
deja resquicio para la intuición y la contemplación, tenida desde ARISTÓTELES y PLATÓN no ya
como la forma más alta de conocimiento, sino como la forma más alta de vida (cfr. JAEGER,
Aristotle, cit., págs. 68 a 70).
43

Curso, citado, en el que también insistió sobre la poca solidez del divorcio entre los juicios teórico
y práctico.
44

Ética a Nicómaco, 1176b, ed. y trad. M. ARAÚJO y J. MARÍAS, con introducción y notas de J.
MARÍAS, Instituto de estudios Políticos, Madrid, 1970, pág. 165.
45

Ética a Nicómaco, 1140a-1140b (ed. cit., págs. 91 a 93); cfr. J. MARÍAS, Historia de la Filosofía
(Obras, 5.ª ed., Madrid, 1969, pág. 59); O. HÖFFE, Aristoteles, en el mismo, ed., Klassiker der
Philosophie, vol. I, Vor den Vorsokratikern bis David Hume Munich, 1981, pág. 83.
46

Cármides, 163b-c-d; ésta me parece la interpretación más plausible de unos pasajes difíciles.
47

Cfr. J. HUIZINGA, Homo Ludens, Boston, 1950 (esp. cap. I); J. CABRERA BAZÁN, El contrato de
trabajo deportivo, Madrid, 1961, págs. 44 y sigs.; N. ANDERSON, Work and Leisure, Londres,
1961; S. DE GRAZIA, Of Time Work, and Leisure, Nueva York, 1962; J. PIEPER, Leisure, The
Basis of Culture, Nueva York, 1952. De varias de estas obras básicas sobre el ocio y el juego hay
ediciones españolas (de la de DE GRAZIA, Tiempo, trabajo y ocio, Madrid, 1966). La distinción

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entre ocio y negocio aparece también claramente formulada por ORTEGA, Meditación de la
técnica, cit., pág. 54.
48

WEBER, Gesammelte Aufsätze zur Wissenschaftslehre, ed. Tubinga, 1958, pág. 553; cortar leña,
dice WEBER, es cosa que se puede hacer por un salario o por diversión; o para el propio
consumo o por rabia; de A. MARSHALL, Principios de Economía: un tratado de introducción, trad.
de la 8.ª ed. (1920) de E. de Figueroa, Madrid, 1957, pág. 56, nota 3; por cierto que no veo con
claridad si el ejemplo es del propio MARSHALL o de W. S. JEVONS, al que cita.
49

Meditación de la técnica, cit., pág. 68.


50

Principios de Economía, cit., págs. 211-212.


51

Introducción a la estética, ed. R. MAZO, Barcelona, 1971, pág. 67.


52

Cfr. L. SCHÄFER, Blaise Pascal, en O. HÖFFE, ed., Klassiker der Philosophie, vol. I, cit., 1981,
págs. 333 y 334.
53

H. BLUMENBERG, Aspekte der Epochenschwelle: Cusaner und Nolaner, Frankfurt, 1976, pág.
94.
54

Típicamente: «las reglas crean la posibilidad misma de jugar al ajedrez. Las reglas son
constitutivas del ajedrez» (en el original las cursivas de la cita de J. SEARLE en C. RENFREW.
Commodification and Institution in Group-Oriented and Individualized Societies, a su vez estudio
éste comprendido en W. G. RUNCIMAN, ed., The Origin of Human Social Institutions, Oxford
Univ., 2001, pág. 98.
55

Jugar «de veras» y no jugar «de broma», aunque no se juegue productivamente; «play for
keeps» o «... for real» frente a «play for fun» en la terminología psicológica anglosajona (D.
SHAPIRO, Neurotic Styles, Nueva York, 1965, págs. 121-122).
56

Hay juegos, los más, en que el acuerdo de los jugadores de cumplir las reglas haría incluso
innecesario el árbitro salvo para mantenerlas, y con ellas el orden, frente a quienes a sabiendas
las incumplen; otros no; «a la pelota-base no puede jugarse sin un árbitro tras el home plate»,
dice J. HAMPTON, Hobbes and the Social Contract Tradition, Cambridge Univ., 1986, pág. 225;
perdón por lo esotérico de la cita. Ampliamente al respecto –bien que reposando sobre el chillón
Sport und Arbeit, de B. RIGAUER (Frankfurt, 1970)–, T. MASON, Sport in Britain, Londres y
Boston, 1988, págs. 71 a 77; traducción al español e introducción de J. GALIANA, Civitas, 1994.

Las reglas pueden ser elementales, breves y precisas, como «las leyes del fútbol» –incluida la
Ley XIV, del fuera de juego–; de ahí quizá, unido a lo bastante de azar que pueden tener y con
frecuencia tienen sus resultados, así en los empates y en las «victorias» por la mínima, y a la
inseguridad arbitral en la aplicación de las «Leyes» no por elementales fáciles de aplicar por los
árbitros, la idiosincracia y el talante de cada uno de éstos aparte, de ahí quizá, la popularidad
mundial de este deporte (ver la ed. oficial, revisada por la FIFA, Laws of the Game, 2011-2012).
57

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Primera acepción de la voz «deporte» en el Diccionario (ed. 2001) de la Española. Para el


«sport», D. ROWE, Sport, Culture and the Media, Open Univ., 1999 (2ª ed., 2004), págs. 18, 19 y
175.
58

B. FLYVBJERG, Making Social Science Matter, cit., pág. 45.


59

Ver G. M. A. GRUBE, Plato's Thought, Londres, 1935, págs. 217-218 y 223-224.


60

Constatación abundante y rigurosa de esto, MOW International Research Team, The Meaning of
Working, Londres, 1987, págs. 112, 129, 130, 161, 250, y cuadros de soporte.
61

Dialéctica erística, trad. L. F. Moreno Claros, Madrid, 1997, pág. 73.


62

Para ella, Ch. J. BERRY, The Idea of Luxury. A Conceptual and Historical Investigation,
Cambridge Univ., 1994, págs. 178 a 180.
63

También para esta distinción (need, necesidad; want, deseo) y el concepto de lujo (lo que se
quiere tener pero de lo que es posible prescindir sin sufrimiento especial; satisfacción de un
deseo, no de una necesidad), BERRY, loc. cit., págs. 8 a 11, y en general el cap. 1.º; así como
para la distinción entre necesidad esencial y necesidad «social» (págs. 38 a 42 y 217 y sigs.).
64

Para una versión literaria extremosa de estas ideas, que demuestran su arraigo, valga la
siguiente cita: «... las acciones de los hombres se reducen a dos clases nada más: aquellas con
las que se hace frente a las urgencias de la realidad, y aquellas otras en que la vida sobrante se
entretiene en ejercicios inútiles: tiempo del trabajo y tiempo del juego» (G. TORRENTE
BALLESTER, prólogo a I. GONZÁLEZ GALLEGO, Trabajo y ocio en el mundo rural. Un estudio
sociológico en Castilla la Vieja, Salamanca, 1979; pág. II mías las cursivas).
65

B. WILLMS, Einführung in die Staatslehre, Paderborn, 1979, pág. 30; en el original las cursivas;
en el mismo sentido págs. 102 y 116.
66

Sobre estos temas, con una cierta falta de claridad expositiva, ver el capítulo V de W. S. NEFF,
Work and Human Behavior, 2.ª ed., Chicago, 1977 (3ª ed., Nueva Jersey, 2006); las referencias
son ambas de pág. 108; ver también págs. 152, 181 y 310.
67

«El trabajo deviene en su singularidad misma un trabajo universal», porque sus frutos sirven para
satisfacer las necesidades de todos. «La satisfacción de la totalidad de las necesidades resulta
del trabajo de todos.» «El trabajo de todos se desliza entre la totalidad de las necesidades del
individuo y su actividad [para satisfacerlas]» (Realphilosophie I, manuscritos de Jena, 1803-1804;
v. b., ed. G. PLANTY -BONJOUR, París, 1969, págs. 124 a 127).
68

Tomo esta referencia de Les règles de la méthode sociologique (ed. París, 1895, pág. 82), de W.
GEPHART, Die Reaktion der «Normalen» und die «Normalität des Verbrechens», en M. T.

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FÖGEN, ed., Fremde der Gessellschaft. Historische und sozialwissenschasaftliche


Untersuchungen zur Differenzierung von Normalität und Fremdheit, Frankfurt, 1991, pág. 21; en
el mismo lugar, pág. 24, también en cita de DURKHEIM (Les règles..., pág. 87): «si hay un hecho
cuyo carácter patológico sea indiscutible, es el delito».
69

D. NORTH y R. M. HARTWELL, Ley, derechos de propiedad, instituciones legales y


funcionamiento de las economías, en «Historia económica. Nuevos enfoques y nuevos
problemas» (Comunicaciones al 7.º Congreso Internacional de Historia de la Economía,
Edimburgo, 1978), trad., Barcelona, 1981, pág. 174. Sobre el delincuente habitual o «criminal de
carrera», frente al delincuente ocasional –«la inmensa mayoría de las personas han cometido
alguna vez algún delito»–, R. BROWN, The New Criminology, en E. KAMENKA R. BROWN y A.
E.-S. TAY, eds., Law and Society. The Crisis in Legal Ideals , Londres, 1978; en especial el
capítulo ¿Existe un tipo [de] criminal?, y dentro de él págs. 89 a 91. Breves, pero de interés
extremado, sobre «la decisión de dedicarse al delito como ejemplo de elección ocupacional
racional», son las consideraciones de P. BURROWS y C. G. VELJANOVSKI, en la Introduction a
su libro, The Economic Approach to Law, Londres, 1981, págs. 6-8.
70

N. SOUTH, Late-Modern Criminology. “Late” as in “Dead” or “Modern” as in “New”?, en D.


OWEN, ed., Sociology after Postmodernism, Londres, 1997, pág. 88; sobre las personas y
grupos «poseídos por una criminalidad intrínseca... más allá de toda rehabilitación posible», M.
DEAN, Sociology after Society , también en D. OWEN, ed., cit., págs. 210 a 214.
71

OIT, El Trabajo en el Mundo, Ginebra, 1984, pág. 1; de ahí que por empleo deba entenderse
«una actividad cuyo producto esté admitido social y legalmente».
72

Y hasta ser aliciente para la emigración; «las oportunidades para cometer crímenes pueden
atraer emigrantes a unos países desde otros en los que las actividades criminales sean menos
atractivas, bien por la pobreza de las víctimas, bien porque la represión es más eficaz» (A. O.
SYKES, The welfare economics of immigration law: a theoretical survey with an analysis of U.S.
policy, en W. F. SCHWARTZ, ed., Justice in Immigration, Cambridge Univ., 1995, pág. 169).
73

«Though in a subordinate position, still he held a most important trust»: DICKENS, Mugby
Junction, en «Selected Short Fiction», ed. D. A. THOMAS, 1986; la cita de pág. 88.
74

J.K. GALBRAITH, The Culture of Contentment, cit. A este y otros temas de GALBRAITH se
refiere mi trabajo Releyendo a Galbraith cuarenta años después, en «Anales de la Real
Academia de Ciencias Morales y Políticas», núm. 71, 1994, págs. 199 a 230.
75

Ver M. ALONSO OLEA, Reflexiones actuales sobre el trabajo realizado a título de amistad,
benevolencia o buena vecindad , en «Trabajo subordinado y trabajo autónomo en la delimitación
de fronteras del derecho del trabajo: estudios en homenaje al profesor José Cabrera Bazán», ed.
de J. CRUZ VILLALÓN, Madrid, 1999, págs. 15 a 20.

«Aunque los amigos pueden prestarse servicios entre sí, éstos no son la base de su relación...; la
amistad "real" o "verdadera" no está sostenida por beneficios materiales extrínsecos» (R.
HOLLIDAY et al., "Room of Our Own". An Alternative to Academic Isolation, en M. KENNEDY, C.
LUBELSKA y V. WALSH, eds., Making Connections, Londres, 1993, págs. 191-192 y bibliografía
que citan).

Ver también infra C. a).


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76

Las obras «liberadas de finalidad y de obligado cumplimiento» que, se sigue diciendo,


«acontecen gratuitamente... para complacer a Dios y por amor al prójimo» (J. MOLTMANN,
Sobre la libertad, la alegría y el juego, Salamanca, 1972, pág. 71).
77

A. MONTOYA MELGAR, Sobre la esencia del Derecho del Trabajo, Murcia, 1972, pág. 4.
78

De la division du travail social, 1.º, VII, IV, ed. París, 1967, pág. 207.
79

En favor de la tesis, R. L. TRIVERS, The Evolution of Reciprocal Altruism en «The Quarterly


Review of Biology», Vol. 46, No. 1, Univ. Chicago, 1971, pp. 35 a 57; comentándolo ampliamente,
M. RUSE, Sociobiology: Sense or Nonsense?, Londres, 1979, págs. 69 a 71; en contra,
enérgicamente, R. TRIGG, The Shaping of Man. Philosophical Aspects of Sociobiology, Oxford,
1982, págs. 112 a 120.
80

La distinción básica es la que separa «altruismo en sentido estricto... hago algo por otro sin
imaginar ninguna ventaja actual o posible para mí, porque quiero su beneficio, sin más»; y
«altruismo recíproco, en el que ambas partes concurren en beneficio común, lo que hablando con
propiedad no es altruismo» (A. O'HEAR, Beyond Evolution Human Nature and the Limits of
Evolutionary Explanation, cit., págs. 103 a 110, precisamente dedicadas a Biological "Altruism";
las citas de págs. 103 y 105). Rotunda y convincentemente, «no hay "gene de agresividad" ni
"gene de altruismo"...; lo probable es que haya genes que controlan características más
generales, como la habilidad para aprender, para observar, para alterar las respuestas...» (R.
FOLEY, Humans before Humanity, Oxford, 1997, págs. 198 y 199).
81

W. S. NEFF, Work and Human Behavior, cit., pág. 222.


82

Max WEBER, Economía y sociedad, 1.ª ed en español de la 1ª ed. alemana de 1922, preparada
por J. Winckelmann y notas de J. Medina Echavarría, México, 1944, vol. IV, trad. de J. Ferrater
Mora, págs. 65 y sigs. A. ELORZA (introducción y selección de documentos), La polémica sobre
los oficios viles en la España del siglo XVIII, en «Revista de Trabajo», núm. 22, 1968, págs. 69 a
283. Son numerosos los estudios que acusan las profundas diferencias de estimación entre el
trabajo manual y el no manual; hay un prejuicio contra el primero, «residuo último de una
mentalidad vieja» (ver N. J. SMELSER y S. M. LIPSET, Social Structure Mobility and
Development, Chicago, 1966, págs. 19, 20, 29, 33, etc.; J. VIAL, L’avènement de la civilisation
industrielle de 1815 à nous jours, París, 1973, pág. 123; R. CUVILLIER, El trabajo y los
trabajadores intelectuales ante las ideas y las prácticas sociales, cit., pág. 349), aunque tienda a
unificarse su regulación (cfr. GIUGNI, La différenciation entre les diverses catégories de
travailleurs, Estocolmo, 1966); en general, el estamentalmente privilegiado considera un
«rebajamiento» no sólo el trabajo físico, sino todo el orientado al lucro o que implique una
«participación abierta en una ganancia [pecuniaria]» (Max WEBER, Economía y sociedad, 2.ª ed.
en español de la 4.ª en alemán, 1956, México, 1964, VIII, § 6, t. II, págs. 691-692). Quizá sea,
como opinara S. WEIL, que con independencia de la estructura social y «sin que una perfecta
equidad social pueda borrarlo», hay en el trabajo manual «un elemento irreductible de
servidumbre» [Condition première d'un travail non servile (1941), en «La condition ouvrière»,
París, 1951, pág. 261]; en lo cual, dicho sea de paso, S. WEIL no hace sino repetir casi
textualmente la vieja afirmación de ARISTÓTELES («el obrero manual tiene una especie de
servidumbre limitada»; Política, I, 13, 1260b, ed. J. MARÍAS y M. ARAÚJO, Madrid, Instituto de
Estudios Políticos, 1970, pág. 25). En general, sobre el tema, J. DUPAQUIER, Problémes de la
codification socio-professionnelle, y coloquio subsiguiente, en L'histoire sociale. Sources et
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méthodes, París, 1967, págs. 157 a 181; sobre el origen histórico de la subestimación del trabajo
manual en nuestra cultura, R. SCHLAIFER, Greek Theories of Slavery from Homer to Aristotle,
en M. I. FINLEY, ed., «Slavery in Classical Antiquity. Views and Controversies», Nueva York,
1968, págs. 93 a 132.
83

Coplas a la muerte de su padre, el Maestre..., pág. 95 en la 31.ª ed., Madrid, 1995, de J.


BERGUA, «Las mil mejores poesías de la lengua castellana».
84

Diálogos, XIII; págs. 64-65 de la trad. de J. F. Alcina, Barcelona, 1988, de los «Diálogos y otros
escritos».
85

Así, en Atenas y Roma lo denigrante no era el trabajo en sí mismo, «sino el pago por su
ejecución o estar a las órdenes de otro al ejecutarlo» (A. R. HANDS, Charities and Social Aid in
Greece and Rome, Cornell Univ., 1968, págs. 33-34; in extenso sobre el tema, págs. 62-76).
86

H. FREYER, La época industrial, Madrid, 1961, págs. 52-53.


87

Cfr. B. M. BERGER, Working -Class Suburb A Study of Auto Workers in Suburbia , Univ. de
California, 1960; J. M. ANDERSON, Industrial Recreation, Nueva York, 1955. Sobre la
degeneración del ocio en hastío y su satisfacción ver capítulo IX, L'Éros Technicien, de L. FLAM,
La philosophie au tournant de notre temps , cit., págs. 165 a 180 también G. FRIEDMANN y J. R.
TRÉANTON, Vie de travail et vie hors-travail, Industrie et société, en G. GURVITCH, Traité de
sociologie, 2.ª ed., t. I, París, 1962, especialmente págs. 508 y 509. La expresión «uso apático
del ocio» la tomo de S. GINER, De la alienación al pensamiento social, en «Rev. Estudios
Políticos», núm. 124, pág. 52, y la del «mito de la sociedad del ocio», de L. GONZÁLEZ SEARA,
Utopía, realidad y ocupación del tiempo libre en la sociedad industrial, Cheste, Valencia, 1972.
88

H. FREYER, La época industrial, cit., pág. 54.


89

Para esta distinción ver A. FOX, A Sociology of Work in Industry, Londres, 1971, especialmente
cap. 1.3; se añade que en general el trabajo productivo tiende a ofrecer más «premios»
extrínsecos que intrínsecos.
90

Sobre este punto insiste especialmente FREYER en el cap. III de La época..., cit.; sobre la
Revolución industrial, infra, parte III de este libro.
91

J. K. GALBRAITH, The Afluent Society, Boston, 1958, pág. 345.


92

Para esta tendencia y su opuesta –reducción radical del tiempo de trabajo– ver cap. XIV de S. R.
PARKER, The Subjective Experience of Work , de S. R. PARKER, R. K. BROWN, J. CHILD y M.
A. SMITH, The Sociology of Industry, Londres, 1ª ed., 1967, págs. 153 a 160 (4ª ed., 1981).
También mi estudio El trabajo como bien escaso y la reforma de su mercado, Madrid, 1995.
93

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A. CAMUS, L’Homme révolté, París, 1951, pág. 338.


94

Para el hombre, «todos sus días son dolor y todo su trabajo fatiga» (Eclesiastés, 2.23); el «gozo
en el trabajo» –y «nada hay para el hombre mejor que gozar en su trabajo»– es un don de Dios»
(id., 2.24; 3.13 y 22).
95

La referencia aquí a F. W. TAYLOR es imprescindible; la esencia de The Principles of Scientific


Management (1911) está en cómo poner al servicio de una producción máxima el esfuerzo
mínimo que el trabajador está dispuesto a realizar para obtenerla. Aunque su fundamentación
sea distinta –en trazo grueso más «sociológica» que la de TAYLOR, más «psicológica»–, el
intento es similar en E. MAYO [The Human Problems of an Industrial Civilization (1933); The
Social Problems of an Industrial Civilization (1949)], bien que en éste aparezca un ingrediente de
búsqueda de satisfacciones intrínsecas al trabajo.
96

A. RYAN, Property and Political Theory, Oxford, 1984, pág. 183; «Locke, Rousseau y Hegel
hubieran convenido... en que trabajamos para soportar a nuestras familias...» (loc. cit., pág. 176);
no estoy del todo seguro respecto del inestable y egoísta Juan Jacobo, y desde luego no le
colocaría, conocida su biografía, en compañía tan honrosa.
97

J. HABERMAS, Erkenntnis und Interesse, en el mismo, Technik und Wissenschaft als Ideologie,
Frankfurt, 1968, págs. 162-163. En la 2ª ed., 1973, HABERMAS incluyó un nuevo e importante
Epílogo ( mit einem neuen Nachwort ). Hay edición española de J. VIDAL BENEYTO,
Conocimiento e interés , Madrid, 1982. A los treinta años de aquella publicación HABERMAS
añadió un apendice: Erkenntnis und Interesse. Im Anhang: Nach dreißig Jahren. Bemerkungen
zu Erkenntnis und Interesse , Hamburgo, 2008.
98

HEGEL, Jenenser Realphilosophie, ed. Leipzig, 1931, pág. 238; en H. MARCUSE, Reason and
Revolution. Hegel and the Rise of Social Theory, Londres, 1955, págs. 77 y sigs., con una
exposición que incluye MARX; J. D'HONDT, Téléologie et praxis dans la «Logique» de Hege, cit.,
págs. 11 y sigs. Es probablemente de HEGEL –y de la explosión tecnológica, ingrediente básico
de la Revolución industrial (infra, cap. VIII.A .c y C)– de donde surge «la convicción de que la
actividad dominante del hombre es... el señorío técnico sobre la naturaleza» (R. FERNÁNDEZ
CARVAJAL, Las grandes transformaciones de la sociedad industrial, en «Société et liberté à l’ère
industrielle», Madrid, 1970, pág. 31). Ver también mi Alienación. Historia de una palabra, cit., cap.
II, A.2 y 3.
99

X. ZUBIRI, Sobre la esencia, Madrid, 1962, pág. 84; un hecho este «de incalculable alcance
filosófico», según ZUBIRI.
100

T. CARLYLE, Past and Present, IV, XII. «La cura de todas las enfermedades y miserias de la
humanidad», dijo también CARLYLE que era el trabajo (según la cita de R. SMITH,
Unemployment and Health. A Disaster and a Challenge, Oxford Univ., 1987, pág. 2).
101

SAINT-SIMON, Catéchisme des industriels, 1823; en «Oeuvres choisies», ed. G. GURVITCH,


París, 1965, pág. 143).
102

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Ver los preciosos apuntes, reflejos del trabajo como fuente perpetua de inspiración, de A.
MONTOYA MELGAR, El Trabajo en la literatura y en el arte, Madrid, 1995; en efecto, «desde que
existe el arte, el trabajo y quienes trabajan son objeto de su atención» (pág. 15).
103

OIT, Memoria del Director General a la 89.ª reunión de la Conferencia Internacional del Trabajo,
Ginebra, 2001, pág. 6; «es también [el trabajo] –prosigue el texto– la actividad mediante la cual
las personas afirman su propia identidad, tanto ante sí mismas como ante quienes les rodean»;
además de «... medio para sustentar la vida y satisfacer las necesidades básicas». La OIT se
basa en el principio de que el trabajo no es una mercancía y defiende que el trabajo debe ser
realizado en condiciones de libertad, igualdad, seguridad y dignidad humana, por lo que la OIT
promueve no sólo el trabajo y el empleo, sino el «trabajo decente»: Memoria del Director General
a la 87.ª reunión de la Conferencia Internacional del Trabajo, Ginebra, 1999.
104

J. P. SARTRE, L'Idiot de la famille, vol. III, libro 1.º, II, ed. París, 1972, pág. 44.
105

MARX, Manuscritos económicos y filosóficos, 1844, en T. B. BOTTOMORE y M. RUBEL, Karl


Marx Selected Writings in Sociology and Social Philosophy, ed. Nueva York, 1964, pág. 170. En
Lohnarbeit und Kapital (1849) el trabajo es «la actividad vital propia del trabajador, la expresión
personal de su vida» (ed. M. RUBEL, París, 1965, pág. 204).
106

N. GRIMALDI, Aliénation et Liberté, cit., pág. 120; y el cambio entre los hombres de los bienes
producidos, un «dar la vida a otros y recibirla de ellos..., una comunión» (loc. cit., pág. 122); en
esta misma obra, una reflexión sobre la influencia conformadora del ser humano de determinados
tipos de trabajo productivo, haciéndose praxis el trabajo poiético (loc. cit., págs. 124 y sigs.).
107

J. RATZINGER, Introducción al cristianismo, 11.9, trad. J. L. Domínguez Villar, Salamanca, 1969,


págs. 281-282.
108

Laborem exercens, 11.5.9, en el original las cursivas.


109

Interpretando a HEGEL, J. M. BERNSTEIN, From self-consciousness to community: act and


recognition in the master-slave relationship, en Z. A. PELCZYNSKI, ed., The State and Civil
Society. Studies in Hegel´s Political Philosophy, Cambridge Univ., 1984, pág. 35.
110

Esta conclusión es obligada desde su premisa, o es la premisa misma del homo faber (M.
SCHELER, El puesto del hombre en el cosmos, 10.ª ed. de la trad. de J. Gaos, Buenos Aires,
1972, págs. 53, 54 y 101).
111

Mater et Magistra, parte IV (el texto de la Encíclica y una colección de estudios monográficos
sobre la misma, en «Rev. Pol. Social», núm. 52); Pío XII, Radiomensaje de Navidad, 1955.
112

Gaudium et Spes, Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, 2.ª, III, 2.67 (ed.
Concilio Vaticano II, Constituciones, Decretos, Declaraciones, Madrid, 1965, pág. 312);
insistentemente sobre estas mismas ideas, Laborem exercens, II, § 4; V, §§ 25-27.

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113

PROUDHON, en «Oeuvres choisies», ed. J. BANCAL, París, 1967, pág. 65; en los cánticos de
PROUDHON al trabajo, éste –«acción inteligente del hombre sobre la materia dentro de un plan
de satisfacción personal»– «engendra a la vez la riqueza y la sociedad», «engendra la justicia»,
«es la fuerza plástica de la sociedad, la idea tipo que determina las diversas fases de su
desarrollo», «implica en su noción la de derecho», «se presenta como modo universal de
educación»; «cuando el hombre trabaja, la sociedad está en él»; «todo conocimiento a priori,
incluido el metafísico, surge del trabajo»; «todo lo que poseemos, todo lo que sabemos, proviene
del trabajo; toda ciencia y todo arte, como toda riqueza, le son debidos»; «la filosofía no es más
que una manera de generalizar y abstraer los resultados de nuestra experiencia, es decir, de
nuestro trabajo»; «a través del trabajo espiritualizamos progresivamente nuestra existencia»; «es
indispensable para el desarrollo de nuestro espíritu»; «si algún día nuestra especie adviene a la
felicidad será a través del trabajo», etc. («Oeuvres...», págs. 66 y sigs., 100, 218, 245, 252 y
358).
114

A. MUÑOZ ALONSO, Sociedad y trabajo, en «Persona, sindicalismo y sociedad», Madrid, 1973,


pág. 264.
115

Ver al respecto el cap. IV de J. HAYES y P. NUTMAN, Understanding the Unemployed. The


Psychological Effects of Unemployment, Londres, 1981, págs. 38 a 63.
116

De ahí la afirmación, «el fracaso en el trabajo arruina la vida del hogar»; y cambiando los planos,
«una vida familiar arruinada debilita la fuerza de la voluntad necesaria para trabajar» (Ch. F.
SABEL, Trabajo y política. La división del trabajo en la industria , trad. E. Rabasco, Madrid, 1986,
nota 440, pág. 149).
117

R. G. D'ANDRADE, Schemas and Motivation , en el mismo y C. STRAUSS, eds., Human Motives


and Cultural Models, Cambridge, 1992, págs. 30 y 31.
118

B. M. BERGER, The Sociology of Leisure, en «Industrial Relations», I. 2, 1962, pág. 34.


119

J. LE GOFF, Les intellectuelles au Moyen Âge, París, 1976, pág. 116.


120

La expresión es de R. ARON, Les désillusions du progrès. Essai sur la dialectique de la


modernité, París, 1969, pág. 147; el texto sigue diciendo «ni castigo divino, ni obligación moral, ni
control de útiles, ni transformación de la materia, el trabajo designa la actividad ejercida... en vista
de un salario o remuneración» (esto es, de un trabajo productivo, puesto que el salario es el
reflejo de la productividad del trabajo cuando éste se realiza por cuenta ajena, como se verá
seguidamente). Para un breve resumen del planteamiento filosófico, H. ARVON, La philosophie
du travail, 5.ª ed., París, 1979. Y para la forma como irrumpen en la Era Moderna nuevas
concepciones sobre el trabajo y cómo se modifican las tradicionales, E. GÓMEZ ARBOLEYA,
Historia de la estructura y del pensamiento social, Madrid, 1957, págs. 119 y sigs., y mi
Alienación. Historia de una palabra, cit., cap. III. c) .
121

La literatura sobre la alienación, diversamente entendida, es muy copiosa; un resumen de su


sentido histórico y moderno, especialmente referido al trabajo, en F. PERROUX, Aliénation et
société industrielle, París, 1970, y H. ARVON, La philosophie du travail, cit., cap. V. págs. 77 y
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sigs. Pero téngase en cuenta que, por supuesto, la Entfremdung hegeliana es una noción general
con derivaciones múltiples, aparte de su diversidad en el propio HEGEL. Son éstos algunos de
los temas que he intentado analizar en Alienación. Historia de una palabra, cit. Para la escasez
como condicionante de la historia humana, J. P. SARTRE, Critique de la raison dialectique, Paris,
1960, cit., especialmente I. C., págs. 20 y sigs.
122

Política, IV, 14 (1333a); IV, 15 (1334a); V, 3 (1337b); págs. 138, 140 y 151.
123

El Político, 272c.
124

Política, IV, 15 (1334a), pág. 140.


125

Cfr. J. B. MORRALL, Aristotle, Londres, 1977, págs. 88-89.


126

Cfr. K. ADOMEIT, Antike Denker über den Staat. Eine Einführung in die politische Philosophie,
Heidelberg, 1982, reflexionando sobre PLATÓN, pág. 70.
127

Exposición general breve de estos temas en C. OFFE, Arbeit als soziologische


Schlüsselkategorie?, en el mismo, ed., Arbeitsgesellschaft. Struktur probleme und
Zukunftsperspektiven, Frankfurt, 1984, págs. 13 a 43.
128

Katholischer Erwachsenen Katechismus, editado por la Conferencia Episcopal Alemana, Munich,


1985, 1.ª, 1.1.2, págs. 14 y 19.
129

Ante la imposibilidad de profundizar aquí sobre este tema remitimos a los ensayos contenidos en
R. ATTFIELD y A. BELSEY, eds., Philosophy and the Natural Environment, Cambridge Univ.,
1994; en págs. 233-245 una selección de bibliografía creciente sobre el medio ambiente, entre la
que para su ámbito sobresale E. ALONSO GARCÍA, El Derecho Ambiental de la Comunidad
Europea Madrid, 1993; E. ALONSO GARCÍA y B. LOZANO CUTANDA , eds., Diccionario de
Derecho ambiental, Madrid, 2006.
130

Hace falta, se nos dice, una nueva actitud ética ante la naturaleza, orgánica e inorgánica, que
incluso en su propio interés, debe ser contemplada por el hombre no con arrogancia y
prepotencia sino con humildad y embelesamiento (K. LEE, Awe and Humility: Intrinsic Value in
Nature. Beyond an Earthbound Environmental Ethics, en ATTFIELD-BELSEY, loc. cit., págs. 90 y
sigs.); en la misma línea, más extremoso aún, también loc. cit., M. MIDGLEY, The End of
Anthropocentrism?. págs. 103 y sigs.
131

H. A. MISKIMIN, The Economy of Early Renaissance Europe, 1300-1460, Cambridge Univ., 1975,
pág. 49.
132

La idea que condensa este breve pasaje de The Fable of the Bees (págs. 317-318) puede verse
explayada, pasados casi tres siglos, en el cap. 1.2, «Relative Deprivation», págs. 14 a 42, de T.

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R. TYLER. R. J. BOECKMANN, H. J. SMITH, Y. J. HUO, Social Justice in a Diverse Society,


Boulder, Col., 1997.
133

Este tema aparece una y otra vez, por ejemplo, al estudiar lo que HEGEL llamó «el sistema de
necesidades»; así en los ensayos de A. RYAN, R. PLANT y A. S. WALTON, en Z. A.
PELCZYNSKI, The State and Civil Society cit., págs. 183, 232 y 253 a 256, respectivamente. La
cita de HEGEL de Filosofía del Derecho, § 195, ed. en español, Buenos Aires, 1968.
134

«Si le tocara la lotería o heredara una fortuna que le permitiera vivir cómodamente el resto de su
vida, ¿qué haría usted?»; el 86,1 por 100 de los encuestados (en ocho muestras de ocupaciones
significativas muy variadas) contestó que seguiría trabajando (MOW International Research
Team, The Meaning of Working, cit. págs. 89 a 91 y 748).
135

«Querer hacer del trabajo un juego es sin duda utópico y cabe interrogarse sobre la sinceridad y
las intenciones de quienes lo proponen»: J. CARPENTIER, Técnicas de organización y de
humanización del trabajo, en «Rev. Internacional del Trabajo», vol. 90, núm. 2, 1974, pág. 127.
136

A. RYAN, Property and Political Theory, cit., pág. 9.


137

QUESNAY, Derecho natural, cap. II, en Escritos fisiocráticos, cit., págs. 6 y 7.


138

A. SMITH, Wealth of Nations, 1.º, VIII; LOCKE, Second Treatise of Civil Government, V, 26.
139

Filosofía del Derecho , § 171.


140

A. MONTOYA MELGAR, Sobre la esencia del Derecho del Trabajo, cit., págs. 11 a 13.
141

Incidentalmente: el uso tradicional en inglés y en francés de alienation, aliénation es el mismo


español de enajenación, en el sentido de transferencia de cosa o derecho (aparte del de
trastorno mental, que por cierto en español es también enajenación [mental]); tal es también el
significado originario alemán de Entfremdung, aunque más bien en el sentido de transferencia
forzada o violenta. Sobre estos temas, mi Alienación. Historia de una palabra, cit., cap. I.
142

En efecto, en el Diccionario de la Lengua Española de la Academia, eds. 1970, 1993 y 2001,


alienación aparece como «acción y efecto de alienar» y alienar, como enajenar, y, por supuesto,
el primer sentido de enajenar es «pasar o transmitir a alguien [otro] el dominio de algo o algún
otro derecho sobre ello». También, dicho sea de paso, otros sentidos de enajenar y, por tanto, de
alienar, los de «desposeerse, privarse de algo», y «apartarse del trato que se tenía con alguien»,
son significados próximos a los de ciertos usos filosóficos y sociológicos de alienación.
143

A partir de HEGEL, se insiste, en quien Entfremdung cobra, entre otros, el sentido de separación
discordante, de mutación en hostilidad o indiferencia de una relación antes íntima o amistosa; el
propio HEGEL para la relación de ajenidad propia de contrato de trabajo habla de Veräusserung,

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y de Entäusserung cuando la ajenidad reposa sobre la completa sumisión del que cede los frutos,
en los supuestos de esclavitud y servidumbre. La comprensión de todos estos fenómenos dentro
del único término de Entfremdung en MARX (y dentro del de aliénation / alienation en las
versiones de MARX al francés y al inglés) explica mucha de la confusión posterior, hasta que el
término aparezca virtualmente desprovisto de sentido preciso salvo el muy vago de separación,
por ejemplo, en E. FROMM, The Sane Society, Nueva York, 1955, y Marx's Concept of Man,
introducción a la versión de T. B. BOTTOMORE de los Economic and Philosophical Manuscripts
de MARX, Nueva York, 1961. Ver R. SCHACHT, Alienation, Nueva York, 1970, págs. 71-72 y 100-
101. Ampliamente en mi Alienación. Historia de una palabra, citada, págs. 13 a 17, de la 1.ª ed.
144

Esta terminología –«... bienes y servicios "intermedios", esto es, los no destinados al consumo
final»; «... buena parte de la producción y del comercio... mundial encaja en el espacio intermedio
que constituyen de ese modo [mediante importaciones de bienes intermedios] las empresas»– en
OIT, El Trabajo en el Mundo, 1997-1998. Relaciones laborales, democracia y cohesión social,
Ginebra, 1997, págs. 91-92. Mías las cursivas.
145

Max WEBER, Economía y Sociedad, 2.ª ed. en español, cit., 1.ª, II, § 25, 1, t. I, págs. 120-121.
Para WEBER este tipo de compulsión sólo es posible cuando ha habido una «apropiación de las
oportunidades de trabajo por el propietario de los trabajadores», que es lo que caracteriza el
«trabajo servil» en sus dos modalidades de esclavitud absoluta y adscripción a la gleba (1.ª, II, §
19, t. I, pág. 98). Sobre estas dos modalidades, ver más adelante en el texto, parte II. Todas las
referencias futuras a Max WEBER, salvo que expresamente se diga otra cosa, lo son
precisamente a la obra y edición citadas.
146

Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, preámbulo y artículo 6.º, 1.


A su vez, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos prohíbe «la esclavitud... en todas
sus formas», la servidumbre y el «trabajo forzoso u obligatorio» (art. 8.º).

La Carta de los Derechos Fundamentales de Unión Europea (2007) continúa prohibiendo la


esclavitud, la servidumbre y el trabajo forzado u obligatorio (art. 5). Continuidad en las
prohibiciones comprensible si se tiene en cuenta que en junio de 2009 el D.G. de la OIT informó
a la 98.ª reunión de la Conferencia que el trabajo forzoso, antítesis del trabajo decente, seguía
atrapando en el mundo, en 2005, a unos 12,3 millones de personas, especialmente
desprotegidas, como las mujeres y los niños, los pueblos indígenas y los trabajadores migrantes,
sometidas a trabajar bajo la amenaza de penas y a otras prácticas abusivas conexas (entre ellas,
la trata de personas, la esclavitud, la servidumbre por deudas o el trabajo en régimen de
servidumbre, y la explotación laboral), y denunció la pérdida por las víctimas del trabajo forzoso
de cerca de 20.000 millones de dólares cada año en salarios no pagados (« El costo de la
coacción » págs. 1, 3 y 7).
147

Este proceso de diferenciación, en la historia de las ideas, es el que he querido examinar en De


la servidumbre al contrato de trabajo, Madrid, 1.ª ed. 1979, 2.ª ed. 1987; ed. alemana, con
prólogo de F. GAMILLSCHEG, Von der Hörigkeit zum Arbeitsvertrag, Heidelberg, 1981.
148

Es ésta una afirmación elemental en el derecho de los contratos; ver, por ejemplo, para su
fundamentación rigurosa, M. HAURIOU, Aux sources du droit. Le pouvoir, l'ordre et la liberté,
París, 1933.
149

P. PETINO, Rapporto di amministrazione e rapporto di lavoro subordinato, Milán, 1968, pág. 207.
150

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J. GUASP, Derecho Madrid, 1971, págs. 60 y sigs.


151

Grundlinien der Philosophie des Rechts, ed. Hoffmeister, 1955, §§ 65-67 y 80; en la ed. en
español (Filosofía del Derecho cit., págs. 86-88 y 98). HEGEL está analizando aquí precisamente
los efectos del contrato de trabajo. La limitación en el tiempo es esencial también en LOCKE para
la distinción entre el trabajador por cuenta ajena y el esclavo (Second Treatise of Civil
Government, VII, 85, ed. T. I. Cook, Nueva York, 1961, pág. 162). He estudiado estos temas, con
más detalle, en La persona humana y la prestación de sus servicios. Un apunte de historia de las
ideas de Bodino a Hegel («Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas», año
XXVIII, núm. 53, 1976, págs. 205 a 245), y después, más extensamente, en De la servidumbre al
contrato de trabajo, cit., eds. 1979 y 1987.
152

Ver al respecto págs. 34-47 (Humboldts aristotelischer Individualismus, II.1.1) de H. KLIEMT,


Solidarität in Freiheit. Von einem liberalen Standpunkt, Friburgo-Munich, 1995.
153

M. ALONSO OLEA, De la servidumbre al contrato de trabajo, cit., 2.ª ed., Madrid, 1987, págs. 11
a 15 y 156. En efecto «la protección de la temporalidad del vínculo contractual... aparece como
una forma primera y elemental de reconocimiento de la libertad de trabajo» (J. RIVERO LAMAS,
Las ideologías jurídicas y la empresa: cooperación y conflicto, en «Estudios homenaje al Prof. H.
H. Barbagelata», Montevideo, 1997, pág. 629).
154

OIT, El Trabajo en el Mundo 1997-1998…, cit., pág. 1.


155

Ver infra cap. IX.G. b).c') ; también ALONSO OLEA y CASAS BAAMONDE, Derecho del Trabajo,
26.ª ed., Madrid, 2009; caps. 4.º, III; 21.º, V-VII y 25.º, VI.
156

Mientras que el servus está obligado sin más «a obedecer a su señor», el «criado» lo está tan
sólo «en lo que por su oficio está obligado a hacer» (De legibus, III, XXI, 7; ed. Instituto Estudios
Políticos, Madrid, 1967, vol. II, pág. 288).
157

Acto 9.º, escena 2.ª, ed. J. MATEOS, reimpresión Barcelona, 1975, pág. 147.
158

De nuevo remito a M. ALONSO OLEA y M.ª E. CASAS BAAMONDE, Derecho del Trabajo, cit.,
caps. 4.º.I, 7.º.V, 14.ºI.C.a), y a la bibliografía que allí se cita.
159

SSTC 53/1985, de 11 de abril, FJ 8, y 192/2003, de 27 de octubre, FJ 7, por todas.


160

Sobre este punto y sobre sus derivaciones posibles en cuanto a los contratos de trabajo –y de
seguro–, insistentemente, Proyecto Genoma Humano: Ética, que recoge las deliberaciones del II
Seminario (Valencia, 1989) sobre el tema, Madrid, 1991; especialmente las relativas a Secreto
profesional y confidencialidad (págs. 309 a 344) y doquiera (págs. 77, 90, 105, 159, 237, 290,
318, 410, 431-432, 442).

Tratamiento extenso del tema en J. J. FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, Pruebas genéticas en el


Derecho del Trabajo, Madrid, 1999. Con brevedad en A. PÉREZ-TENESSA, Proyecto de genoma
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humano. Desde la perspectiva del Consejo de Estado, Madrid, 1999, págs. 104-105.
161

R. F. MURPHY, The Dialectics of Social Life, Londres, 1972, pág. 34.


162

La razón en la historia, ed. Barcelona, 1972, pág. 154.


163

En cualquier caso la «motivación económica» en el trabajo productivo por cuenta ajena está
siempre presente; «dejar por completo fuera el dinero» es un intento ilusorio (W. H. WHYTE, en
A. ETZIONI, ed., Complex Organizations. A Sociological Reader, Nueva York, 1961, págs. 105 y
sigs.). Pero es asimismo erróneo tomar como única esta motivación, y aun sólo las motivaciones
directamente ligadas a la situación de trabajo (H. BEYNON y R. M. BLACKBURN, Perceptions of
Work. Variations within a Factory, Cambridge Univ., 1972, especialmente cap. 7, que recoge sus
conclusiones, págs. 144 a 161).
164

Remito sobre este punto a mi Alienación. Historia de una palabra, cap. IV y bibliografía sobre
satisfacción en el trabajo y temas conexos que allí cito; sorprendentemente, habida cuenta de la
abundante bibliografía sobre el tema, se lee en ocasiones que «no existen instrumentos» de
investigación para precisar ante el caso concreto la naturaleza y causas de la insatisfacción (así,
R. J. FLANAGAN, G. STRAUSS y L. ULMAN, Worker Discontent and Work Place Behaviour,
Univ. de California, Berkeley, reprint, 1974, págs. 122-123).
165

W. S. NEFF, Work and Human Behavior, cit., pág. 268; sobre la influencia de estas concepciones
sobre el trabajo de la mujer, págs. 270 y 271.
166

Ed. y trad. M. ARAÚJO y J. MARÍAS, cit. 1979, págs. 145-146.


167

Remito al respecto a infra, parte II, cap. III.B. b) y a la bibliografía allí citada, de la que destaco las
ponencias y coloquios editados por G. PATZIG, Der Evolutionsgedanke in den Wissenschaften.
Kolloquium der Akademie der Wissenschaften zu Göttingen am 9. Februar 1990, Gotinga, 1991.
168

G. BAYÓN CHACÓN, El contrato de intercambio de servicios, en «Revista de Derecho del


Trabajo», núm. 21, 1957, págs. 33 a 49.
169

Ver L. MAIR, Introducción a la antropología social, trad. C. Martín Ramírez, 2.ª ed., Madrid, 1973,
págs. 78 y 283-284; de la pág. 78 es la cita que sigue en el texto en la que son mías las cursivas.
El regalo es asimismo figura de antigüedad remotísima; ver al respecto el cap. 4.º, The Spirit of
the Gift, de M.D. SAHLINS, Stone Age Economics, Londres, 1972, págs. 149 a 183; y presente
en todo tipo de culturas hasta nuestros días (S. BELL y S. COLEMAN, eds., The Anthropology of
Friendship, Oxford-Nueva York, 1999).
170

Tan tiene derecho el vecino a reciprocidad, que sobra decir gracias, como comprobó J. PITT-
RIVERS (Presentación de W. KAVANAGH, Villagers of the Sierra de Gredos. Transhumant cattle-
raisers in central Spain, Oxford, 1994, págs. XXIII-XXIV).
171

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De ahí la «desmonetización» consciente de estas formas de reciprocidad (W. KAVANAGH,


Villagers..., cit., pág. 35; y de nuevo la Presentación de PITT-RIVERS, loc. cit.).
172

«La reciprocidad es una especie de altruismo condicionado», en el análisis general de E.


SOBER, Philosophy of Biology, Oxford, 1993, cap. 4.6, págs. 110 a 117.
173

Einführung in die Rechtswissenschaft , 13.ª ed. revisada por K. ZWEIGERT, Stuttgart, 1980, pág.
17; se insiste en la misma página: «el Derecho es incapaz de regular la relación entre amigos».
174

Esta original concepción en los conocidos estudios de G. A. AKERLOF, Labor Contracts as Partial
Gift Exchange («Quart. Jour. Economics», vol. XCVII, 1982, núm. 4, págs. 543 a 569) y Gift
Exchange and Efficiency-Wage Theory: Four Views («American Economic Rev.», vol. 74, núm. 2,
1984, págs. 79 a 83).
175

P. SCRANTON, Determinism and Indeterminacy in the History of Technology, en M. R. SMITH y


L. MARX, Does Technology Drive History?. The Dilemma of Technological Determinism,
Cambridge , 1994, págs. 166 y 167.
176

B. FLYVBJERG, Making Social Science Matter , cit., pág. 42; el contrarregalo procede de P.
BOURDIEU, Outline of a Theory of Practice –llamativo título éste–, Cambridge Univ., 1977.
177

R. SMITH, Unemployment and Health pág. 3; con abundante bibliografía. De SMITH también se
toma la amarga frase (escrita en 1934 en su English Journey) por J. B. PRIESTLEY.
178

Ver sobre este tema las consideraciones que a propósito de la Ley española del voluntariado
(Ley 6/1996, de 15 de enero) hacemos ALONSO OLEA-CASAS BAAMONDE, en Derecho del
Trabajo, cit., cap. 1.º, IV.B; así como ALONSO OLEA, Reflexiones actuales sobre el trabajo
realizado a título de amistad, benevolencia o buena vecindad, en «Trabajo subordinado y trabajo
autónomo en la delimitación de fronteras del derecho del trabajo: estudios en homenaje al
profesor José Cabrera Bazán», cit., págs. 15 y sigs.
179

J. B. TERCEIRO, La sociedad digital. Del Homo Sapiens al Homo Digitalis , Madrid, 1996, pág.
227.
180

J. K. GALBRAITH, Una sociedad mejor, trad. A. Desmonts, Barcelona, 1996, pág. 41. E.
McLAUGHLIN y K. MURJI, Drugs, drug culture and European governance, en J. FINK, G. LEWIS
y J. CLARKE eds., Rethinking European Welfare: transformations of Europe and social policy ,
Londres, 2001, págs. 277 a 290.
181

Para la significación que se sigue otorgando a la «dirección científica» de TAYLOR y a las


«relaciones humanas» de MAYO y sus epígonos, con brevedad, J. P. CROLLEY, Human
Relations in Industry..., cit., págs. 19 a 21.
182

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A. MARSHALL, Principios de Economía, cit., pág. 461.


183

Max WEBER, Economía y Sociedad, 1.a, II,§ 31, pág. 134: también en Introducción a la ed. de
1920 de Die Protestantische Ethik und der Geist des Kapitalismus en el Prefacio a su edición de
esta obra, R. H. TAWNEY insiste, asimismo, sobre la modernidad estricta del fenómeno de «la
organización de asalariados legalmente libres para la obtención de beneficios económicos».
184

Cfr. T. DOBZHANSKY, The Biological Basis of Human Freedom, Columbia Univ., 1960, págs. 109
y sigs.; A. MONTAGU, The Biosocial Nature of Man, Nueva York, 1966, págs. 37 y sigs. Como es
sabido, FREUD pensó que «todo individuo es virtualmente un enemigo de la civilización, aunque
se dé por sentado que la civilización es objeto del interés humano universal»; por ello, «toda
civilización debe edificarse sobre la coerción» y «ni siquiera parece seguro que si la coerción
cesara, la mayoría de los humanos estarían dispuestos a ejecutar el trabajo preciso» (Die Zukunft
einer Illusion, Viena, 1927; cito por la versión de J. STRACHEY, The Future of an Illusion, Nueva
York, 1964, págs. 3 y 5). La idea es próxima a la de ORTEGA, según la cual cuando el ser
humano se encuentra atenido a «las necesidades biológicamente objetivas... se niega a
satisfacerlas y prefiere sucumbir» (Meditación de la técnica, cit., pág. 31); idea basada sobre la
concepción de que los actos técnicos «no son aquellos en que el hombre procura satisfacer
directamente las necesidades que la circunstancia o la naturaleza le hace sentir, sino
precisamente aquellos que le llevan a reformar esta circunstancia», arrancando de ella la
adicional, tan cara a ORTEGA, de que el empeño de la persona no es tanto el vivir como el
bienvivir, que el bienestar y no el estar en necesidad es la «necesidad de las necesidades»
humana (Meditación de la técnica, cit., págs. 27 y sigs.).

La reflexión moderna está, ya desde ESPINOSA, bien lejos de la ilusión cartesiana sobre la
virtual ilimitación de la libertad y la voluntad humanas (Méditations, IV, ed. F. MISRACHI, París,
1954, págs. 179 y 180; Ética, IV, pr. 3, y III, pr. 2; Textes choisis, ed. L. MILLET, París, 1970,
págs. 59 a 63; la proposición 3, citada, la formula así ESPINOSA: «La fuerza por la que el
hombre persevera en la existencia es limitada e infinitamente sobrepasada por la potencia de las
causas externas»). También MARX dijo que como «el trabajo no es la satisfacción de una
necesidad, sino un medio para satisfacer otras necesidades», todo trabajo en general, en este
sentido, no es voluntario, sino forzoso, y de ahí que «cuando no haya una compulsión física o de
otra naturaleza se evite como la peste» (Manuscritos económicos y filosóficos, 844; en T. B.
BOTTOMORE, Selected Writings in Sociology and Social Philosophy, ed. cit., págs. 169 y 170), e
insistió en sus últimas obras en que la esfera de la libertad está allende el trabajo productivo,
porque «éste siempre sigue siendo el reino de la necesidad» (Capital, vol. 111.2, en T.
BOTTOMORE y M. RUBEL, Karl Marx, Selected Writings in Sociology and Social Philosophy, ed.
cit., pág. 260). De ahí que E. FROMM diga que «la quintaesencia del pensamiento de MARX»
está dada en esta frase: «el hombre no puede nunca trascender el reino de la necesidad que es
el de la producción material»; Prefacio, a los Selected Writings, ed. de BOTTOMORE, cit., pág.
XVIII).

De nuevo FREUD, aunque el trabajo «cuando menos da al hombre un lugar seguro en una
porción de realidad, en la comunidad humana», esto, no obstante, «la gran mayoría de los
hombres sólo trabaja bajo la coerción de la necesidad y esta aversión natural humana al trabajo
plantea problemas sociales muy difíciles» (Das Unbehagen in der Kultur, 1929; citada según la
versión americana Civilization and Its Discontents, ed. J. STRACHEY, Nueva York, 1961, pág.
27). Incluso PROUDHON, en medio de su optimismo, afirma que «el hombre no sale de su
pereza sino cuando la necesidad le inquieta» (Système des contradictions économiques, 1846,
cap. V; en «Oeuvres choisies», ed. cit., pág. 315). En COMTE, insistentemente, el trabajo es
«una fatalidad material», resultado de «la impulsión irresistible... de nuestras necesidades
físicas»; es cierto que «el trabajo..., nuestra acción útil sobre el medio..., es una fuente de
satisfacción», pero esto es compaginable con «la aversión profunda que el trabajo regular inspira
de inmediato a nuestra defectuosa naturaleza»( Système , vol. II, ed. París, 1912, págs. 165 a
170). Las citas sobre la forzosidad del trabajo así entendida podrían multiplicarse; en general,
sobre el tema, G. GURVITCH, Déterminismes sociaux et liberté humaine, 2.ª ed., París, 1963, y
mi Alienación. Historia de una palabra, cit., cap. III.D.
185

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Cfr. E. DURKHEIM, L’éducation, sa nature et son rôle (1911), en «Éducation et sociologie», París,
1966, págs. 41-42 y 45-46. Las más de las referencias de la nota anterior pueden traerse a
colación aquí, añadiéndose de paso que SAINT-SIMON, dentro de su optimismo general, pensó
también que el ser humano «necesita, para continuar existiendo, de una vigilancia que le impida
abandonarse a sí mismo... y que le fuerce a trabajos útiles para su conservación» (De la
physiologie sociale, 1813; en «Oeuvres choisies», ed. G. GURVITCH, cit., pág. 61).
186

S. WEIL, Condition première d'un travail non servile (1941), en «La condition ouvrière», cit., pág.
261.
187

WEBER, l.ª, II, §§ 14 y 25, t. I, págs. 84, 121 y 122.


188

Aquí habría que incluir todas las que conciben la situación del trabajador como un status
subiectionis (cfr. L. ANGELO, Autonomia e subordinazione nella prestazione lavorativa, Padua,
1974, págs. 30-32; y M. ALONSO OLEA, Inalienabilidad de la persona, alienabilidad de los
servicios. Apunte sobre el tema en Hegel y sus precedentes, en «Anuario de Derecho civil», vol.
28, núm. 4, 1975, págs. 875 a 896).
189

Estas expresiones son inveteradas en la jurisprudencia de la Sala de lo Social del Tribunal


Supremo, y mantenidas en la actualidad; están tomadas en concreto de las Sentencias de 14 de
febrero y de 13 de abril de 1996. Vid. M. ALONSO OLEA, En torno al concepto de contrato de
trabajo, en «Anuario de Derecho Civil», vol. 20, núm. 1, 1967, págs. 117 a 152 y bibliografía allí
citada; y M. ALONSO OLEA y M. E. CASAS BAAMONDE, Derecho del Trabajo, cit., cap. 1.º, III.
Una visión del problema en sus dos vertientes en A. MONTOYA MELGAR, El poder de dirección
del empresario, Madrid, 1965, y G. DIÉGUEZ, Sobre la obediencia del trabajador, en «Revista de
Política Social», núm. 91, 1971. El Estatuto de los Trabajadores (Real Decreto Legislativo 1/1995,
de 24 de marzo), como es sabido, habla en su artículo 1.º, apartado 1º, de servicios prestados
«dentro del ámbito de organización y dirección de otra persona».

Por su parte, debatiéndose entre el anacronismo, en alguna medida ideológico, y lo que la


realidad le muestra, el Informe final del Grupo de Expertos sobre Transformations du travail et
devenir du Droit du Travail en Europe (Bruselas, junio 1998), si bien no quiere llegar a poner en
duda que «la subordinación ocupa el lugar central en la calificación jurídica del contrato de
trabajo», continúa diciendo que «aquélla [la subordinación] deriva no solamente de la sumisión a
las órdenes de ejecución propiamente dicha del trabajo, sino de la integración del trabajador en
una organización colectiva de trabajo concebida por y para otro» (Informe §§ 59-60); mías las
cursivas, significativas del reconocimiento de la ajenidad que implican, y sobre la que razona más
adelante (Informe §§ 80-81), aunque también dude sobre ella, claro que sin rechazarla, porque el
rechazo de ésta, sí que verdadero lugar central de la calificación del contrato como de trabajo, es
tan imposible jurídicamente como lógicamente sería una contradicción en los términos.
190

Es irracional un sistema «que exige del trabajador el máximo de iniciativa en sus tareas técnicas
y una obediencia incondicional al propietario privado o colectivo de los medios de producción»: R.
GARAUDY, Révolte et Révolution, en «Toute la vérité», París, 1970, pág. 41.
191

Cfr. R. W. RIDEOUT, Aberrations of the Implied Terms, en « In memoriam Sir Otto Kahn-Freund:
17.11.1900, 16.8.1979», Munich, 1980, pág. 653; G. BARREIRO GONZÁLEZ, Diligencia y
negligencia en el cumplimiento. Estudio sobre la prestación de trabajo debida por el trabajador,
Madrid, 1981.
192

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Tomo la referencia de H. FREYER, La época industrial , cit., pág. 40; el tenor recuerda los
manuscritos de Jena; la reflexión sobre este tema en mi Alienación. Historia de una palabra, cit.,
págs. 70 a 72.
193

La distinción entre «empleado» y «obrero» ha sido y es la versión común en el seno de las


empresas entre trabajador intelectual y manual; del estamento de los empleados surge
normalmente el personal directivo; ver al respecto (reparando en la nitidez de la distinción en este
país, igual que en Alemania), A. BARYLI, Die Geschichte der Dientsrechts der Angestellten in
Österreich, en H. STEINDL, ed., Wege zur Arbeitsrechtsgeschichte, Frankfurt, 1984, págs. 295 a
368.
194

Desaparecería así el antiguo oficial que llevaba consigo su cualificación con su caja de
herramientas; la imagen, ya anacrónica, es de A. TOURAINE, L'évolution du travail aux usines
Renault, París, 1955, en B. MOTTEZ, La sociologie industrielle, cit., págs. 79 y 80.
195

Las versiones apocalípticas o humorísticas de esta «adaptación» son muy numerosas. Se puede
contribuir a la serie con la cita de la sentencia del lastimosamente suprimido Tribunal Central de
Trabajo de 20 de enero de 1988 (Ar. 757) que decide sobre «el derecho [del trabajador] a
reintegrarse a su... puesto de trabajo de auxiliar de robot» (mías las cursivas de expresión que
aparece hasta tres veces en la sentencia).
196

Al respecto, concisa y pugnaz, la exposición de CROLLEY, Human Relations in Industry , cit.,


pág. 23. El «cuello» de acero quiere marcar la distinción idiomática con el cuello [de camisa]
«blanco» del trabajador intelectual, y el de ropa «azul» del manual, especialmente afectado por la
robática.
197

E. BRIYNJOLFSSON y A. McAFEE, Race Against The Machine. How the Digital Revolution is
Accelerating Innovation, Driving Productivity, and Irreversibly Transforming Employment and the
Economy , Lexington, Massachusetts, 2011, en especial cap. 3.
198

A. RYAN, Property and Political Theory, cit., pág. 182.


199

Un mundo que no puede ser manipulado «sin poner en cuestión la cohesión y mentalidad de la
sociedad» (H. KRÜGER, Offentliche Elemente der Unternehmensverfassung, en H. COING y J.
H. KAISER eds., Offentlich-rechtliche Grundelung der Unternehmensverfassung, Baden-Baden,
1971, pág. 30).
200

Ver L. E. DE LA VILLA y M. [Link], Lecciones de Derecho del Trabajo, Madrid, 1977,


págs. 559 y 560.
201

Einführung in die Rechtswissenschaft, ed. cit., pág. 132; insistentemente, al referirse a la


legislación alemana (así a la de Weimar como a la de Bonn) sobre participación del personal en
la gestión de la empresa (págs. 136 a 140); describiendo el, a su juicio, tránsito desde «la
empresa soy yo [el empresario]», a «la empresa somos todos».
202

[Link] 53/54
21/11/24, 12:20 Thomson Reuters ProView - Introducción al Derecho del Trabajo. 7ª ed., agosto 2013

Al respecto, M. BAETHGE, Arbeit, Vergesellschaftung, Identität. Zur zunehmenden normativen


Subjektivierung der Arbeit, en Die Modernisierung moderner Gesellschaften , ponencias y
comunicaciones al 25.º Congreso Alemán de Sociología, editadas por W. ZAPF, Frankfurt-Nueva
York, 1991, págs. 260 y sigs. Sobre los sindicatos en este respecto, infra, cap. IX.E. b).e') .
203

P. SELZNICK, Leadership in Administration. A Sociological Interpretation, Nueva York, 1957, pág.


5, citado en C. HAM y M. HILL, The Policy Process in the Modern Capitalist State, Nueva York-
Londres, 1993, pág. 125).
204

Así, en la visión antropogenética de TEILHARD DE CHARDIN, El fenómeno humano, ed.,


Madrid, 1963, págs. 338 y sigs.; ver C. CUÉNOT, Lexique Teilhard de Chardin, París, 1963, pág.
34.
205

C. HAM y M. HILL , The Policy Process in the Modern Capitalist State, cit., pág. 121.
206

En cuanto al impacto en las empresas del sector informal y de la «economía sumergida», así
sobre su diversificación a través de redes cada vez más complejas, nacionales e internacionales,
de contratas y subcontratas, infra, cap. II, A. b).c').c''), d'') y e'') .

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"Derecho del Trabajo" is preferred because it is the academically official term in the study plans of Law Faculties in Spain. It is widely accepted by Spanish and Ibero-American doctrine and aligns with modern naming conventions in comparative law, such as "Direito do Trabalho" in Portugal and Brazil, "Droit du Travail" in France, and "Labour Law" in Anglo-Saxon countries .

Work satisfaction and pain are influenced by social structures, with manual labor often perceived as degrading in caste-based societies. Satisfaction may also vary based on whether work is seen as forced or poorly compensated. However, even within these frameworks, individuals may find joy in overcoming obstacles or seeing direct impacts from their work .

Technical action, which involves working with materials or tools, contrasts deeply with working with symbols or signs—rooted in human language. The former is tied to physical processes while the latter involves abstract communication, highlighting a fundamental difference in labor types .

Socio-cultural factors such as societal values, educational systems, and historical contexts often elevate intellectual labor over manual labor. Intellectual work is associated with cognitive abilities and creative processes, while manual labor is sometimes undervalued, perceived as less prestigious, but is equally essential in terms of skill and societal function .

Productivity should not be solely linked to economic outcomes as many socially valuable activities, like voluntary and benevolent work, are not economically compensated but are still highly productive in a social context. Such activities enhance community viability and may have biological roots, although this view is debated in sociobiology .

Hegel viewed the human-nature relationship within a framework of needs and utility, typical of his time. In contrast, contemporary environmental ethics often advocate for a respectful, non-exploitative stance towards nature, viewing it as intrinsically valuable and promoting sustainability and humility .

Working for others can often be seen as an economic necessity, which may constrain personal freedom and potentially reduce satisfaction. However, it remains an integral part of social frameworks wherein individuals may find satisfaction through the social or personal value of overcoming challenges or achieving goals, even within constraints .

Durkheim argues that benevolence is essential to the viability of a community, not as a decorative social nicety but as a foundational element. This implies that a certain level of benevolence enhances social cohesion, although the sociobiological basis of this claim remains contested .

Sociobiology differentiates altruism as a conduct benefiting another at one’s own expense, contrasting with economic self-interest. While some argue altruism is a biologically conditioned behavior, this notion remains debated due to the complex variability of altruistic behaviors .

There is no absolute separation between manual and intellectual work; both require human intelligence and communication. Manual work involves not just physical operations but intelligent control, while intellectual work gains physical consistency through expression. Both forms embody a symbolic communication system, distinguishing human action and connecting diverse experiential fields .

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