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Conflictos amorosos entre Tomás y Cristóbal

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Lunes 29 de mayo.

No dejé de pensar en Tomás durante toda esa semana.

Traté de autoengañarme pensando que, obviamente, me gustaba más Cristóbal y que Tomás sólo
era un buen material para ser mi amigo en caso de necesitar un buen aliado, si es que decidía,
finalmente, vengarme de Cristóbal, después de haberme hecho pasar el papelón del siglo.

Pero, aunque la idea de venganza sonaba muy fuerte en mi cabeza, en el fondo, tenía claro que
Tomás me había gustado más que Cristóbal, desde el momento en el que lo vi dando una charla a
unas pendejas del Villa María, ese día sábado, en la Galería 3.14 en Franklin.

Con Tomás había logrado comunicarme y hablar de esas cosas que dejan al descubierto mi lado
más funable. Con él, logré pasarlo bien siendo yo misma desde un comienzo. A veces, muy yo
misma como él me lo dijo. En cambio, con Cristóbal, tenía que esconder mi fascinación de reírme
de las guaguas feas; tenía que fingir que a veces soy políticamente incorrecta a propósito; tenía
que esconder lo ridículo que me parece cuando la gente pituca, a cierta edad, empieza a
reemplazar el sonido normal de la T con la R, por la T con la R y con la CH. A Cristóbal, no le
hubiese dicho jamás lo que pasó con Felipe, pero a Tomás si se lo dije, y no me juzgó.

El día que nos fuimos de after a su casa, después de haber dado la vida en Aeróbica, me dijo que su
casa era mi zona de confort, que, si quería, podía sentirla como un hogar. Que podía ser libre, que
podía ser honesta. Casi como si supiera de memoria, que esa libertad de la que hablaba,
efectivamente formaba parte de los principios de mi esencia y de mi personalidad.

Y así fue.

Su casa se sintió como un refugio desde un principio. Se sintió como un lugar real, a diferencia de
la casa de Cristóbal que parecía una de esas casas de Zapallar, que aparecen en la revista Vivienda
y Decoración, guardando las proporciones de tamaño, eso sí.

La casa de Cristóbal era incómoda, con la luz perfecta, con el olor perfecto. Todo estaba ordenado
en extremo, todo decorado con gusto y delicadeza, todo dentro de una misma gama de colores,
todo divinamente bien orientado hacia el ventanal sin cortinas, que da hacia la calle Pocuro y que
permite que los vecinos puedan ser testigos de la serie de perturbaciones narcisistas, derivadas del
trastorno obsesivo compulsivo que forjan su personalidad.

Cristóbal estaba hecho de red flags. Tomás, no.

Lo supe desde el momento en el que él insistía en que tomáramos Eme e hiciéramos un trío con la
Jose, una vecina del barrio Andacollo, mamá soltera, super mina, pero más loca que una cabra o
que el rebaño completo, para ser honesta.

Lo supe desde el momento en el que, no contento con eso, me citó en su casa, ese día que yo
estaba en La Isla, con harta agua en el bote, y cuando llegué y toqué su puerta, él estaba teniendo
una cita con una rubia parecida a la loca de Andacollo, pero más vieja.

Su intención era ponernos a pelear por él, mientras él prendía un pito, y nos miraba a las dos de
una forma ufana, mientras tratábamos de sostener una conversación sin precedentes, acerca de
los colegios cuicos. Ella terminó peleando sola y pidiendo un uber.
La pelea la gané yo.

Pero no porque esa noche me quedé a dormir con el hueón, sino que, porque después de ese
episodio, decidí cortar todo tipo de contacto con Cristóbal, porque me causó tanto asco, que ya no
quería verlo más, y porque cuando cerraba los ojos, sólo se me venía una sola cosa a la mente:
Tomás.
Eso si la mina debió pensar que ganó ella

que, en un futuro no muy lejano, se convertiría en su polola, por puro despecho. Porque yo lo
mandé a la chucha. Primero enchuchada, y después, de la forma más dulce y educada que la Jesu,
me pudo escribir en un mensaje de texto.

Aún así, quise hacer las cosas bien.

Juro por Dios, que traté de hacer las cosas bien con Tomás, porque realmente sentí que me gustó
desde que lo vi exponiéndole sus obras a un grupo de niñitas con cara de Villamaria, y porque su
simpatía me atrajo de inmediato.

También se suma el hecho de que ya tenía medio decidido terminar las cosas con Cristóbal, porque
algo de él no terminaba por cerrarme, porque de alguna forma y otra, había perdido el interés en
él, después de aquel episodio en su casa con esa mina desagradable con la que me involucró sin yo
quererlo, y por las constantes red flags que comencé a percibir.

Igualmente, el hecho de que fueran primos, y mejores amigos, resonaba en mi cabeza. Lo


encontraba no medio, sino que bastante tóxico, estar metida entre estas dos personas que se
profesaban amor de hermanos, y no puedo negar que eso, me perturbó desde un comienzo, aun
cuando en la verdad de los hechos, fue a Tomás a quien vi primero, en más de una ocasión,
sentado en la misma mesa con Felipe en el Rapanui.

Si bien Cristóbal me gustaba desde mucho antes, él no era más que parte de mi listado de amores
platónicos de juventud, que abandoné cuando cumplí mis treinta y que, gracias a un momento de
despecho, me vino como anillo al dedo para dejar atrás la mierda que tenía con Felipe.

Debo confesar que la semana anterior a esa, el día en el que nos encontramos en la galería, fui con
un dejo de esperanza de encontrármelo, aunque reconozco que también tenía curiosidad de ver
sus obras. Y porque el universo sabe confabular, la mayoría de las veces, a mi favor, ahí lo encontré.
Estaba en medio de una visita guiada, haciendo una especie de turismo de sus obras, a un montón
de niñitas pelolais que no parecían ponerle mucha atención.

Arrastré a la Dani a ese encuentro casual en la Galería 3.14, y la obligué a quedarse a escuchar al
artista. Frente al cuadro que más llamó mi atención, una especie de deconstrucción de La Piedad
de Miguel Ángel, hicimos contacto visual. No sé si realmente se habrá puesto nervioso, pero creo
que sí, porque se pasó la mano por el mentón como denotando timidez, y prosiguió con su
explicación del cuadro, con la mano puesta otro rato más sobre su cara.

Convencí a la Dani que no podía irme sin saludarlo, porque ya me había visto, incluso cuando ya
habíamos dado como tres vueltas por la galería y nos habíamos mamado las fotos del zorrón que
posaba de una forma antinatura, en las fotos que estaban siendo expuestas en la sala contigua de
la galería.

Esperamos como media más para que terminara con su tour, y, mientras, para entretenernos,
leíamos una entrevista de él, que me llamó la atención, por la lúdica redacción que utilizaba para
todas las descripciones que contenía. Evidentemente, la entrevista la debe haber hecho otro
artista amigo. Cuando se desocupó, lo fui a saludar y nuevamente se tocó la cara. Yo, tratando de
lucir relajada y no tan alta, crucé las piernas.

Nos interrumpió una vieja, de unos cincuenta y tantos, más cercanos a los sesenta, que no dejaba
de tocarle el hombro y de apretárselo. La mujer le tenía ganas, era evidente, porque no sólo lo
acechó directamente, sino que omitió mi presencia dándome la espalda, pasando por alto que yo
estaba conversando con él, todo esto, hasta el punto en que yo me reí, y no fue sino hasta esa risa,
en que la vieja tuvo la deferencia de notar mi presencia, excusándose y procediendo a
oldsplainnearme, diciendo que Tomás era tan buen artista.

Jamás pensé que se acordaría de mi cara, menos de mi nombre, porque la verdad es que, el día
que nos conocimos, no sé si lo tomé mucho en cuenta.

Opuesto a lo que yo pensaba, fue sumamente amigable al saludar, incluso acogedor, hasta el punto
de sentir una cierta calidez en su persona. Igualmente, pude notar el típico ego del artista, cuando
me entregó una copia de la entrevista que habíamos estado ojeando con la Dani, la que doble en
cuatro partes y guardé en mi banano, por si después me animaba a releer. Nos preguntó que hacia
dónde íbamos y se nos sumó camino a la feria donde estaban la Jesu y la Isi, no sin antes pasar por
el Victor Manuel para comprar café y dar unas vueltas medias absurdas para extender el camino
hasta Espacio Obrecht.

Al llegar a Obrecht me encontré de frente con mis papás y con la Javi, y no tengo idea por qué,
pero si bien, me pareció rarísimo el hecho de tener que presentarlo, me agradó, porque
estéticamente presentí que podía encajar en un álbum familiar. Mi mamá lo encontró “buen
mocito” y mi hermana “un poco perno, pero amoroso”, todo de primera impresión, porque no
interactuaron mucho más que eso, a pesar de que él se quedó ahí, esperándome, supongo que
para ver la feria.

Me dijo que le mandáramos una selfie a Cristóbal, la cual yo evadí casi haciendo como si no
hubiese escuchado lo que me decía.

Cuando avanzamos y llegamos donde estaban mis amigas, le comenté que el sábado siguiente
harían una fiesta de Aeróbica, ahí, donde estábamos, y me sorprendió no tener que explicarle qué
era Aeróbica o a qué tipo de música me refería. Me dijo que se animaba a ir, y me pregunto si yo
también. Le dije que sí, omitiendo a propósito, que tenía el cumpleaños de la Jesu.

Si miro en retrospectiva, puedo asegurar que mi cuerpo habló más rápido que mi cabeza, porque
era inevitable no sentir esa sensación de bienestar y placer que sentía estando cerca de Tomás.
Pero como soy una controladora hasta de mis propias sensaciones, las suprimí mentalmente,
porque no era posible que me agradara más estar con el primo que con el que, se suponía, que, en
algún momento, quería avanzar al punto de quizás tener una relación.

Intercambiamos Instagrams y quedamos en que nos pondríamos de acuerdo para ir a la fiesta,


pero todo de manera muy superflua, y muy como algo que no se fuera a concretar jamás, ni de su
parte ni de la mía. Pero no fue así.

El domingo recibí su primer mensaje: “Vamos, cierto? Yo compro entrada mañana.”. Mi respuesta
fue afirmativa, sin saber hasta qué punto sería capaz de sostener la mentira de que no iría porque
el cumpleaños de mi amiga estaba y estaría siempre primero.

Debo confesar que esa fue mi única piedra de tope: no Cristóbal, sí, la Jesu.

Esa misma semana Cristóbal, que venía dando luces de que en cualquier momento volvería a
aparecer, me mandó un mensaje desde París. Él tenía clarísimo que había hecho las cosas mal, y
por lo mismo, me preguntó si yo lo odiaba. Luego de un par de intercambios de frases que
hablaban del odio y de la energía que este implica, le di como respuesta algo que no le gustó: una
demostración de desinterés, un golpe al ego de Cristóbal Palma, algo que parecía inquebrantable
hasta ese momento.

A los dos días, traté de reivindicar lo que le había escrito, porque, en realidad, no era que no me
importara en absoluto, sino que, muy por el contrario, me importaba y me había afectado lo que
había hecho. Escribí y cambié el mensaje diecisiete veces, a pesar de que el Choche, el día anterior
me había dicho que no le escribiera más. Pero con la ayuda de mi hermana y la Jesu, redacte el
mensaje perfecto para un receptor como Cristóbal. A pesar de todo, sólo obtuve una notificación
de lectura, más no de respuesta.

Quizás en mi cabeza di por terminado, en parte, todo el asunto con Cristóbal. Quizás, de manera
inconsciente, para poder salir con su primo sin sentir culpa. Pero también asumo que no tenía la
certeza en un cien por ciento de que quería que se terminara todo ahí.

El Choche también me dijo que no saliera con Tomás, y que, a lo más, si decidía ir a la fiesta, que
fuéramos cada uno por su lado, porque sino la única que quedaría mal, sería yo, a dos bandos, con
dos primos mejores amigos. Me retumbaron sus palabras acerca de la falta de códigos entre
primos y amigos, y lo tóxico que podía llegar a ser estar al medio de algo así.

Me convenció, un poco, de huir a tiempo de esa situación, así como también me convenció de
preguntarle a Tomás si Cristóbal iría a la fiesta. “Pregúntale, al menos, para que no sea tan obvio
que querí ir con él”. Le pregunté y la respuesta era obvia, no iría ya que no estaría de vuelta en
Chile sino hasta el martes 30. Mi respuesta fue un simple “bu” y me mantuve firme con la decisión
de ir juntos, pero no revueltos.

El día del cumple de la Jesu me arreglé pensando más en el post cumpleaños. No sabía si quería
verme bonita para alguien más que no fuera Tomás, aunque siempre el autoengaño estaba ahí
presente, ya que, a pesar de querer sentirme bonita para captar la atención de Tomás, me obligué
a pensar, que, quizás, si Tomás encontraba que me veía bonita esa noche, le diría a Cristóbal lo que
se estaba perdiendo. Pero no. Esa no era la real intención, porque yo no quería verme bonita para
Cristóbal, sino que quería verme bonita para Tomás, y quizás, a lo más, para algún mijito rico muy
mijito rico desconocido que apareciera en la fiesta.

Ese día Tomás me había hablado temprano, después, al medio día, y nuevamente, en la tarde para
ponernos de acuerdo. Después en la noche, para hacer una previa, y luego de que le dije que tenía
el cumple de mi amiga, me dijo que me podía pasar a buscar. No le contesté.

No quería ir sola a aeróbica, pero a esa altura, estaba dispuesta a hacerlo, aunque me diera miedo
tomar un uber sola hasta Franklin. Por suerte encontré a las mejores aliadas en la Cami y la Joji,
que cada vez que ponen un pie fuera de sus casas, las ganas de bailar son superiores a cualquier
cosa.

Tuvimos problemas en la entrada, querían dejar a una de mis amigas fuera y la verdad es que yo
prefería sacrificar mi estadía allá antes de mandar de vuelta sólo a una. Entré a buscar a Tomás, y
mi corazón latía fuerte esos quince metros que separaban la entrada de la barra, donde estaba él,
esperándome. Le dije lo que pasaba y le expliqué que prefería devolverme antes de dejar a una de
mis amigas fuera de la fiesta, pero él no iba a dejar que eso pasara, y así fue.

Me encontré con mucha gente, quizás, más gente de la que habitualmente en esa fiesta me
encuentro. Él también se encontró con un par y me dijo que eran sus alumnas. La verdad es que
me tenía sin cuidado quienes fueran porque yo ya estaba disfrutando por el solo hecho de estar
ahí. En un momento, Tomás me dice que le mandemos una selfie a Cristóbal, y lo hicimos.
Probablemente es una de las peores selfies que guardo en mi celular, la luz no nos favorecía ni a él
ni a mí, pero sí encajábamos perfecto en cuanto a altura y armonía compleja.
Por más fea que fuera la foto, probablemente ese sería el único recuerdo que tendría de Tomás,
porque lo que pasó el fin de semana pasado, me sepultó con estos dos que parecen más hermanos
en una relación incestuosa que primos mejores amigos.

Después de aeróbica, decidimos hacer after en su departamento. Nos fuimos la Cami, la Joji, Julián,
su amigo, y yo. La primera en caer fue la Cami. Julián y la Joji subieron, pero no estuvieron mucho
rato, por lo que el resto de la amanecida, fue de Tomás y mía.

Hace mucho rato que no me sentía tan cómoda y honesta como esa mañana en la casa de Tomás.
Conversamos de todo. Yo le conté de mi historia con Felipe, y él me confesó que le gusté desde el
momento en el que me vio entrar por su puerta, el fin de semana del primero de mayo. El tacto se
hacía inminente entre los dos. Me saqué la chaqueta, y comenzó haciéndome masajes en los
hombros. Le llamó la atención que no llevara puesto un sostén, lo cual tornó todo de un ambiente
mucho más sexy.

A pesar de que con sus manos tocándome el cuello y la cara, lo único que quería era que me diera
un beso, pude contener esas ganas, aun cuando él me pidió que le diera uno. Le expliqué que no
podía, que la única que quedaría mal si le daba un beso, sería yo. Tuve que contextualizar a Tomás
en qué estaba mi no relación con Cristóbal, aunque estaba segurísima de que él, ya sabía todo.

Finalmente entendió y no siguió insistiendo, pero si pidió mi mano para masajearla. Y así nos
quedamos hasta las 10:30 de la mañana, hora en la que decidí emprender rumbo hacia mi casa.

Durante la tarde del domingo, sin haber dormido nada, y el lunes en la mañana, recibí mensajes de
Tomás, los que se fueron desvaneciendo a medida de que iba pasando la semana. Parece que se
había tomado muy a pecho que le dije que me gustaba su primo

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