Recibido: 1.5.
2017
Aceptado: 30.7.2017
Hito, Rito, Mito
Event, Rite, Myth
Xaverio Ballester*
Una de las mayores y más frecuentes dificultades en el estudio científico
de los mitos la constituye su contaminación espacial y temporal. El mito es
esencialmente adaptación, por lo que suele actualizarse o modernizarse. Los
mitos pueden tener orígenes monogenéticos o poligenéticos, estos últimos
suelen tener una motivación psicológica. En muchos casos el mito proba-
blemente tiene su origen en un acontecer, material o no, bien concreto y
natural. En ese sentido, puede decirse que la naturaleza precede al mito.
Palabras clave: Mitología, Etnología, Historia.
The scientific study of myths is usually hampered by their spatial and tempo-
ral contamination. The myth is essentially adaptation. Thus, it is usually up-
dated or modernized. Myths can have monogenetic or polygenetic origins,
the latter usually having psychological motivation. In many cases the myth
probably has its origin in a specific and natural event. In that sense, it might
be said that nature precedes the myth.
Keywords: Mythology, Ethnology, History.
apa trece, pietrele rămân
“las aguas pasan, las piedras quedan”
(proverbio rumano)
* Facultat de Filologia. Universitat de Valéncia.
Correspondencia: Avenida Blasco Ibáñez, 32. 46010 Valencia. España.
e-mail: [Link]@[Link]
Lıburna 11 [Noviembre 2017], 27–56, ISSN: 1889-1128
Xaverio Ballester
❶ Para un protocolo mitográfico
S
i bien desde hace ya bastante tiempo parece definitivamente
aceptada la idea de que muchos mitos ofrecen un notable in-
terés antropológico, etnológico, histórico, psicológico… su es-
tudio científico presenta todavía en la actualidad dificultades metodo-
lógicas, enormes a veces, para acceder a esos sus tesoros escondidos.
Determinar, por ejemplo, tres tan cardinales aspectos cuales los de
dónde, cuándo y por qué se hubo generado un mito, determinar sus
primeros actores, su primaria escenografía y geografía, precisar la épo-
ca de su originaria aparición, dilucidar qué episodio o creencia, qué
acontecer o emoción motivó su emergencia… todo ello sigue cons-
tituyendo una tarea esencialmente creativa e individual antes que el
resultado de la aplicación de una metodología universal y objetiva. En
ese sentido podríamos decir que la mitología―considerada esta ahora
como el genérico estudio científico de creencias, cuentos, leyendas o
relatos tradicionales, considerada como el estudio del material mito-
gráfico―se halla todavía en pañales, se encuentra aún en un estadio
casi precientífico.
Por recurrir a una analogía: no es que en el campo, por ejemplo, de la
toponimia o estudio de los nombres de lugar la aplicación rigurosa de
una metodología o―si se prefiere expresarlo con más humildad―de
un recetario de prácticas orientativas signifique siempre y de modo
automático la obtención de resultados seguros, pero sí y al menos que
un buen número de errores desaparecerá del camino si seguimos una
serie de principios, los cuales nos pondrán en la buena pista para la
resolución de los diferentes problemas. Ante el mito, en cambio, el
investigador se encuentra a menudo como el profesional que debe
apelar sobre todo a sus propios recursos, con frecuencia a su inventiva
personal, alguna vez incluso a su creativa fantasía para solventar un
problema, descifrar un enigma, para, en definitiva, explicar un mito...
o al menos intentarlo.
Especialmente enojoso resulta―anticipemos―el comprobado y de-
formante estiramiento temporal de los mitos, es decir, la constante mo-
dernización de su marco temporal, de suerte que estos van actualizán-
28 Lıburna 11 [Noviembre 2017], 27–56, ISSN: 1889-1128
Hito, Rito, Mito
dose como un programa informático, y también y no menos enojoso
resulta su desbordamiento espacial, su mezcolanza de pueblos y cultu-
ras, pues a menudo podemos encontrarnos con las mismas historietas
diseminadas por vastísimos territorios y entre pueblos variadísimos
que, sin embargo, históricamente nunca llegaron a tener directo con-
tacto, a veces incluso nos topamos con verdaderos contares planetarios.
Esa doble connatural contaminación y espacial y temporal constituye,
pues, una de las mayores dificultades en el estudio del mito. Y es-
tas contaminaciones, estas mezclas, estas, en definitiva, convergencias
pueden ser de lo más exóticas e insospechadas...
❷ Estudiando el mito: adáptame
Así, Benozzo (2012: 147), por ejemplo, nos recuerda que la unidad
mínima significativa en mitología o―por utilizar un término pomposo
pero práctico―mitema del arco iris como serpiente bebedora se en-
cuentra en varios lugares del globo: «La serpiente–arco iris es además
uno de los mitos más conocidos en sociedades etnográficas cuales los
aborígenes australianos, los nagos de la costa africana o los pueblos de
Guinea septentrional» («Il serpente–arcobaleno è inoltre uno dei miti
più conosciuti presso società etnografiche quali gli Aborigeni austra-
liani, i Nagos della costa africana o i popoli della Guinea settentriona-
le»). Otro mitema habitualmente relacionado con el arco iris, como es
la posesión de un objeto mágico, encontramos, al lado del aludido ca-
rácter bebedor de tal colorido fenómeno celeste, en el cuento haitiano
“El Gorro del Arco Iris”, a propósito del cual Pedrosa, Kalzakorta
y Astigarraga (2008: 167) señalan: «Maravilla descubrir que las le-
yendas vascas y asturianas que acabamos de conocer están estrecha-
mente emparentadas con un tipo de relato que es relativamente común
en la lejana Haití».
Pero para que esencialmente una misma idea, un mismo relato pueda
servir en tantos y tan diversos lugares y tiempos, este debe poseer,
por lógica, una cierta capacidad adaptativa, una cierta ductilidad. En
efecto, como los seres vivos, como la lengua y como tantos otros fe-
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nómenos humanos también el mito es esencialmente adaptación, pero
veamos brevemente en qué concretos parámetros fundamentales suele
el mito adaptarse.
En primer lugar, la actualización puede ser cosa de modas y nuevos
tiempos, es decir, el mudar de las circunstancias culturales, ideológicas
o en general sociales puede comportar una readaptación de mitos o
creencias a los nuevos gustos de la sociedad. Así, con buenos argumen-
tos deduce Pedrosa (2010: 44) que la más frecuente asociación de las
rimas que relacionan el número de cucús del cuclillo con los años que
quedan hasta la muerte del escuchante es más antigua que aquellas que
relacionan ese número con los años que quedan para el matrimonio,
de modo que, por ejemplo, «en Gran Bretaña [...] la superstición que
liga al cuco con la predicción de la muerte se halla documentada ya
en el siglo xiv, mientras que la que lo liga a los matrimonios solo está
registrada a partir de 1852». Así pues, en un determinado momento
una innovación, sin duda ahora más atractiva, comenzó a extenderse
en un contexto social ya menos receptivo al macabro y arriesgado rito
anterior. Como el número de cuquidos es normalmente muy alto, en
algún momento se consideró más llevadero el postergar el matrimonio
que el hacer esperar a la muerte...
❸ El estiramiento temporal: de romanos a moros
Para afrontar el problema que supone el aggiornamento de los mitos
cuando precisamente lo que se pretende investigar es su más primitiva
esencia, contamos, en todo caso, con algunos útiles consejos proto-
colariamente disponibles, como en primer lugar el de simplemente
mantener alerta la conciencia de que dicha modernización se produce
de modo regular, de suerte que, por ejemplo, los moros de nuestros
hispánicos contares y cantares puedan en realidad no ser otra cosa que
unos más antiguos romanos, tal como también precisamente en nues-
tra toponimia muchos acueductos, castillos o puentes romanos han
sido popularmente conocidos como puentes, castillos o acueductos de
moros, pues la invasión y larga ocupación musulmana constituye en la
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colectiva memoria hispánica el último significativo horizonte de con-
tacto con una temporalidad histórica y antigua.
Así, los tarraconenses Castell dels Moros contienen, el de Godall, una
torre romana fortificada con posibles antecedentes ibéricos (Pera 1997:
57 s.u.) y, el de Marçà, restos de una posible torre de época romana
(Hernández 1997: 58 s.u.). El Castillejo de la Romana se asocia a un
asentamiento ibérico más que romano. Fuente de Moros en Yélamos de
Abajo (Guadalajara) es en realidad una fuente romana y el El Castell
dels Moros en Benasal, un ibérico yacimiento. Similarmente encon-
traremos un asentamiento ibérico en Cormulló dels Moros en Albo-
cácer (Castellón; Arasa 1997: 66 s.u.), mientras que, por su parte, La
Torrassa del Moro en Llinars del Vallés (Barcelona) designa un torreón
de origen… romano. También restos romanos fueron encontrados en
la abulense Pared―o Pareja―de los Moros. El yacimiento ibérico de
Puig Castellar cerca de Sant Just Desvern (Barcelona) es actualmente
más conocido como Penya del Moro. En el Serrat dels Moros en Caste-
llolí (Barcelona) se encontró una necrópolis tardorromana. Restos ro-
manos asimismo hay en la Torre dels Moros en Riudecols (Tarragona)
o en el Tossal del Moro en Corbins. En fin y por no abrumar con más
datos, digamos que Vereda de los Moros junto a precisamente un Ca-
mino del Moro, en el término de Siruela (Badajoz), corresponde a un
tramo de una antigua vía... romana. En definitiva, muchos de nuestros
moros toponímicos resultan ser en realidad no musulmanes de época
medieval sino pobladores paganos de la Edad de Hierro, ya ibéricos
indígenas o muchas veces romanos.
En suma, si un mito―o por decirlo de una manera más abstracta y que
pueda incluir todas las variantes de la transmisión oral de conocimien-
tos populares: creencias, cuentos, leyendas, creencias, supersticio-
nes…―si un mitologema o relato mítico esencial compuesto por unos
mismos mitemas mínimos ha llegado hasta nuestros días, este se habrá
inevitablemente estirado y habrá ido integrando elementos actuales o
al menos más modernos, tal como la copia de manuscritos suele casi
inconsciente e inevitablemente comportar la e introducción substituti-
va de términos o grafias actuales en lugar de voces ya obsoletas.
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Xaverio Ballester
❹ La estratigrafía: de Sanhain a Todos los Santos
Por otra parte, también determinadas características de la lengua―el
léxico muy notoriamente―o de la escenografía o bien la localización
de los elementos culturales más vetustos pueden darnos alguna pista
sobre el contexto temporal en el cual un cuento fuera engendrado.
Muy ilustrativo, como de costumbre, Alinei (2000: 480) al tratar las
leyendas vinculadas al imponente yacimiento arqueológico de Tara,
en Irlanda, pues «su leyenda» dice el maestro turinés «se relaciona con
la residencia de los reyes de Irlanda y la visita de San Patricio en el s.
v d.C., pero la Passage Tomb de Tara se puede datar en el iv milenio
a.C. ¡su leyenda no puede sino remontar a dicho período!» («la sua le-
ggenda viene collegata alla residenza dei re d’Irlanda e alla visita di san
Patrizio nel v secolo d.C. Ma la Passage Tomb di Tara è databile al iv
millennio a.C. e la sua leggenda non può che risalire a quel periodo!»)
y añade «Newgrange, famosa Passage Tomb del iv milenio a.C. […] es
el lugar de sepultura de los reyes prehistóricos de Tara […] Newgran-
ge era también tenido por la morada de Dagda, dios del bien […] era,
en definitiva, un lugar mágico. Sin embargo, la Celtística tradicional
atribuye todas estas leyendas a la Edad de Hierro o, como mucho,
al fin de la Edad de| Bronce, mientras que el propio Newgrange es
del iii milenio a.C. ¡Resulta difícil creer que una tradición oral de
tipo mágico–religioso pueda haber comenzado dos milenios después
de la construcción de unos lugares cuya función era precisamente de
tipo mágico–religiosa!» (Alinei 2000: 480–481: «Newgrange, famosa
Passage Tomb del iv millennio a.C. […] è il luogo di sepoltura dei re
preistorici di Tara […] Newgrange era anche considerato la dimora del
Daghda, dio del bene […] era insomma un luogo magico. Ma la cel-
tistica tradizionale attribuisce tutte queste leggende all’età del Ferro,
o al massimo alla fine del| Bronzo, mentre Newgrange stesso è del iii
millennio a.C. È difficile credere che una tradizione orale di tipo ma-
gico–religioso cominci due millenni dopo la costruzione di siti la cui
funzione era proprio magico–religiosa!»).
Similiter pocas dudas puede haber respecto a la continuidad en la cris-
tiana festividad de “Todos los Santos”, el 1 de noviembre, de una
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celebración similar en el antiguo mundo céltico, que marcaba el ini-
cio del año pastoral y era «el único período en que los espíritus del
otro mundo se hacían visibles a los hombres» (Dunning 2004: 77). En
efecto, para los antiguos celtas de Irlanda el año se dividía en verano
e invierno y este «empezaba el primer día de noviembre, tras la fiesta
de Samhain (31 de octubre), fecha en que, en Irlanda, se creía que las
Sidhe (hadas del más allá) abandonaban el país anunciando el tiempo
de los muertos» (Bellingham 1997: 97).
Ha mostrado también Alinei (2013: 23–
35) los posibles antecedentes del culto a la
diosa egipcia Isis escondidos bajo la festiva
y ritual advocación a la Virgen María como
stella maris (‽). El mismo autor (1996: 716)
habla de “reflujos” (Riflussi pagani sul Cris-
tianesimo) para fenómenos lingüísticos de
esta índole, de suerte que paralelamente a
la casi automática cristianización de mu-
chos elementos míticos o folclóricos del
mundo pagano, como hubimos escrito en
otro lugar, muchas «plantas, animales o fe-
nómenos de la naturaleza que recibían un
nombre y una explicación desde una men-
talidad precristiana [...] recibieron cristia-
nísimo barniz [...] flora, fauna y otros fe- Portada del ii tomo de
nómenos del mundo natural europeo se los Origini o “Alineida”
de Mario Alinei
llenaron de Vírgenes o San Antones, Jorges
Santos o Santos Martines».
Más superposiciones: se asume también frecuentemente, por ejemplo,
que nuestros cristianos árboles de Navidad son en esencia un trasunto
del antiguo “árbol cósmico” de las tradiciones chamánicas (Guenther
2002: 431).
Evidentemente algo del helénico perro Cérbero o de tantas otras si-
milares figuras custodias de los mundos del más allá debe de haber
perdurado en el cristiano clavígero San Pedro como portero del reino
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celestial y en otro lugar hubimos mostrado cómo Pedro es precisamen-
te la hipótesis etimológica más verosímil para la voz española perro.
En estos últimos casos, por tanto, el elemento cristiano no es la esce-
nografía original de estos mitos–creencias sino únicamente un reflujo,
un estrato, una capa más, sólo que más reciente, de un fenómeno mu-
cho más antiguo conveniente y debidamente adaptado...
❺ El desbordamiento espacial: las ballenas siberianas
Así pues―primer caueat―si un mitologema ha llegado hasta nuestros
días, habrá inevitablemente sobrepasado los originales límites cronoló-
gicos de su entorno de nacimiento para incorporar detalles y elemen-
tos de otras escenografías y latitudes, es decir, para haberse contamina-
do. Con objeto de discernir dichas latitudes y escenografías, de nuevo
determinadas características de la lengua―el léxico notoriamente―o
la localización de los elementos geográficos y ecológicos más singula-
res pueden orientarnos a precisar su cuna original, siempre y cuando
se trate de un mitologema con un origen único y singular, es decir,
de un fenómeno monogénetico, aparecido originariamente en un úni-
co lugar, aunque luego haya podido propagarse a otros regiones. En
cambio, para aquellos mitologemas poligenéticos, es decir, aquellos
que pueden haber surgido de forma independiente en diversos puntos
del planeta no habrá que plantearse de la misma manera la cuestión,
antes bien, habrá que plantearse la cuestión doble o triplemente o…
Y a veces también ni siquiera habrá que planteársela... En todo caso,
la mayor variabilidad―es decir: el mayor número de variantes de un
mitologema o bien el mayor número de mitemas que este contenga―
puede constituir, como análogamente sucede con la lengua o la gené-
tica de poblaciones, un buen indicio―no una prueba―de que pueda
hallarse allí la zona originaria desde la cual el cuento, mito o supersti-
ción pudo transmitirse a otros territorios con los que en el momento
procesal oportuno existió algún contacto.
Aunque hay muchos puntos comunes entre las creencias de los pue-
blos siberianos, en Asia, y de los esquimales o inuites americanos,
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Hito, Rito, Mito
dentro de otras muchas analogías, en lo tocante a las relaciones entre
humanos y animales, en la escenografía faunística de los asiáticos «los
renos, osos, lobos y zorros son personajes animales dominantes en
mitos y leyendas; mientras que los mitos inuit giran en torno a focas,
ballenas, morsas y peces» (Nuttall 2004: 134). Nada más lógico. Lo
sorprendente sería lo contrario: focas y ballenas poblando los mitos
siberianos y renos y lobos paseándose por los cuentos esquimales. Na-
turalmente también la leyenda del increíble hombre de las nieves es
más fácil que haya surgido en los Himálayas que en la India tropical.
Familia esquimal fotografiada en Alasca por George R. King en 1917
❻ Concatenación de mitemas: Rómulo y Caín, Remo y Abel
En ese sentido y si el atrezzo no es obligatorio, los elementos de la
adaptación son secundarios y modificables o hasta prescindibles según
contextos culturales o entornos ecológicos. En cambio, la obligato-
riedad―la grammatica o ars obligatoria de un relato―en los detalles
de la escenografía sí pueden ser bien indicativos del origen espacial o
temporal de un contar.
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Por otra parte, hay mitos que por su afinidad intrínseca tienden a
asociarse, como a concatenarse, siendo esta una natural y primaria
forma de contaminación. Así, en el planetario mito, por ejemplo, de
los gemelos o mellizos rivales tipo Rómulo o Remo―sólo uno ha de
quedar―puede integrarse cómodamente otro ancestral motivo univer-
sal: el de la rivalidad―y, en consecuencia, normalmente lucha por el
poder―entre afines. El agricultor Caín, celoso de su hermano pastor
Abel, lo matará: “Abel fuera, pues, pastor de ovejas y Caín agricultor”
dice el texto de la Vulgata (Gn. 4,2: fuit autem Abel pastor ouium et Cain
agricola). Estos dos personajes bíblicos son presentados como simples
hermanos, no son gemelos ni mellizos, pero podrían haberlo sido per-
fectamente sin mermar―antes bien: agudizando―esa natural rivalidad
entre una y otra básicas actividades económicas complementarias y
simultáneamente antagónicas.
Así, otra forma básica por la que los mitos se replican es la conca-
tenación: mediante un mitema común significativo un mito puede
enlazar con otro, tal como, por ejemplo, sucede analógicamente en
la composición de los antropónimos de la aglutinante lengua ibérica:
biuriltiř > iltiřbaš > baštařtin > tařtiniscer > isceratin > atin-
bels > belsosin > sosinbiur, lo que permite por combinación aislar
los componentes: biur, iltiř, baš, tařtin, iscer, atin, bels y sosin
(ejemplo de Blasco 2011/12: 181). Claro que, de haberse perdido al-
gún eslabón de la cadena, resulta más difícil llegar a identificar ese
componente mínimo, ese mitema, y podemos tender a creer que en
realidad tengamos una única unidad―si se nos permite la redundan-
cia―donde acaso tengamos dos o más componentes.
En suma, como en otros aspectos de la vida, a la hora de distinguir
entre mitologemas esencialmente monogenéticos y poligenéticos la
diferencia puede estar… en el detalle.
❼ Mono– y poligénesis. Psico– e ideología
Todo ello, como se advirtió, en el supuesto, aparentemente no asaz fre-
cuente, de que un mitologema tenga un único origen y no sea común
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Hito, Rito, Mito
producto―poligénesis―a la vez de la creatividad de diversos pueblos
o culturas, en cuyo caso suele ser explicable como una básicamente
idéntica respuesta al mismo estímulo, lo que en la práctica viene a sig-
nificar que estamos ante una misma motivación psicológica.
Aquí se dan la mano tanto las creaciones inmateriales, cuales cuentos y
leyendas, cuanto las materiales. En este concreto orden material e in-
material, típico producto poligenético es el fenómeno conocido como
desarrollos paralelos y por el cual determinadas culturas de modo in-
dependiente han llegado a producir creaciones muy similares. Harris
(1998: 304–305), por ejemplo, elenca casi un centenar de “Similitudes
entre el Viejo y el Nuevo Mundo” en forma de artículos, conceptos,
creencias o artilugios que estaban presentes en América y en Europa
antes del colombino encuentro de 1492. Sin duda un buen número de
estos no puede deberse a un común pasado paleolítico, a una básica y
ancestral cultural compartida, pues se trata de ideas, manifestaciones o
tecnologías relativamente modernas: aleación, arcos voladizos, arcos a
nivel, pirámides, armaduras de malla, cascos cóncavos, ciudades amu-
ralladas, clase de mercaderes, columnatas, concepto de rey, emblemas
heráldicos, encolado de la superficie de escritura, forja, fundición, la-
drillos al fuego, pirámides, sistema jeroglífico, telares, trabajo de me-
tales en general, trabajo servil, utilización del incienso… responden a
similares reacciones mentales del ser humano ante problemas prácticos
o concretos desafíos.
En definitiva, numerosas veces ante un mito común el problema cén-
trico para el investigador estribará en determinar a qué se debe: o bien
si a nuestra universal condición de humanos, es decir, esencialmente
a nuestra psicología o forma muy parecida de reaccionar ante bien
similares experiencias, o bien si a una compartida historia humana, es
decir, a nuestra ideología. En el segundo caso la coincidencia implica-
rá, por tanto, un pasado común o al menos un pasado con contactos,
directos o indirectos―trámite otra cultura―que ha hecho posible que
un pueblo hiciera suyo―por lo general con modificaciones y adapta-
ciones―la experiencia mitológica de otro.
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❽ Caperuza roja – boina verde
Así pues, cuanto mayor el número de motivos replicados en un mito-
logema y compartidos por culturas diversas y lejanas, tanto mayores
serán las posibilidades de que este sea resultado de un proceso mono-
genético que, aunque haya podido ir adaptándose a entornos y culturas
bien distintas, mantenga sonoros y fuerte los ecos del relato de origen,
ya que difícilmente un alto número de convergencias puede deberse a
la casualidad.
Como anticipábamos, para determinar si es uno o múltiple el origen
de un mito, en muchos casos apenas contaremos con más instrumento
metodológico que la atención al detalle. Sobre todo al detalle super-
fluo, arbitrario, gratuito. O aparentemente arbitrario... en el sentido
de que no imprescindible dentro del engranaje de la mecánica na-
rrativa, pues, en principio ¿qué cambiaría si en vez de una caperuza
la protagonista del famoso relato empleara otra prenda―una boina
verbi gratia―o esta fuera de color diferente del rojo... y fuera ver-
de, por ejemplo? Será así un objeto―por ejemplo, una caperuza―o
un color―por ejemplo, el rojo―el que pueda ayudar a identificar al
menos un mismo original, una fuente única para un relato o―nuevo
caue[at]―para una parte del relato, pues en realidad el mito, como el
propio cuento, como toda la literatura, incluso―o a veces: más aún―
la de tradición oral suele representar un trenzado de cuentos y relatos,
un mosaico de mitos, una constelación de mitemas, tal como venimos
diciendo. Y si la la literatura esencialmente no es otra cosa que infini-
tas combinaciones de motivos, la mitología no es esencia cosa otra que
una combinación ilimitada de mitemas. Ahora bien, precisamente ese
detalle que ahora nos parece gratuito, muy probablemente no lo fuera
en el momento original, sino, bien al contrario, fuera un elemento
necesarísimo y, por tanto, puede darnos una clave para localizar sus
originales contexto espacio–temporal y motivación.
❾ Tras las huellas de Polifemo
En su extraordinario “Polifemo ¿Un Cuento Paleolítico?” establece
D’Huy (2014–5) la existencia de una básica versión originaria de este
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Hito, Rito, Mito
cuento luego diversamente replicado y recreado, pues contar extendi-
do por África septentrional, América del Norte, Asia desde Laponia
hasta Pamir, el Cáucaso, Europa, Oriente Próximo… e inmortalizado
por Homero en su “Odisea” (9,193–479). Nota D’Huy (2014–5: 49)
que son cinco al menos los motivos tradicionales o mitemas que pue-
den señalarse en los cuentos que narran esencialmente esta misma
historia: ① el gigante u ogro peligroso ② el ingenuo al que el tram-
poso ciega ③ el uso de indumentaria animal ④ el empleo de “nadie”
como nombre personal y ⑤ la huida bajo el vientre de un carnero.
Demasiados motivos aunados en un único relato como para suponer
que se trate únicamente de pura casualidad.
Adaptaciones o variantes de los motivos primero, segundo y cuarto
encontramos, por ejemplo, en un cuento vasco (seguimos la versión de
Pedrosa, Kalzakorta y Astigarraga 2009: 120–121) donde un «hombre
hizo fuego con unos palos, puso el tocino en el asador y lo asó. Estaba
untando con la grasa unos trozos de pan, cuando le vino una bruja [...]
También esta tenía su asador, en el que traía atravesado un sapo. Un-
taba su pan en el sapo mientras decía al hombre:| ―“Si tú haces past,
past, yo hago lo mismo”. El hombre se asustó [...] y metió su asador en
el ojo de la bruja, dejándola ciega. Esta empezó a dar gritos. Quería
saber quién era aquel hombre, y le preguntaba: ―“¿Cómo te llamas?”.
Aquel le contestó: ―“Ni naz neu. Yo soy yo”. A los gritos de la bruja
acudieron sus compañeras, y le preguntaron: ―“¿Quién te ha herido?”
―“Me ha herido neu, yo”, contestó ella. ―“Si tú eres la causante, no
tenemos por qué intervenir”, le dijeron sus compañeras».
Como sucede en la música o con las letras del alfabeto, la oportuna
combinación de unos pocos elementos, ya notas musicales o caracteres
escritos, puede generar infinitos conjuntos diferentes, ya canciones o
textos. Así también el saber combinar los apropiados mitemas puede
producir relatos muy diferentes, de suerte que una especie de necesi-
dad de contaminación de relatos―esto es: de empleo de mitemas pro-
cedentes en realidad de mitologemas distintos en su origen―resulta
algo consubstancial a la creatividad que encontramos en los mejores
cuentos, decires y mitos. En suma, el mezclar, combinar, contaminar
nuestros cuentos los hizo desarrollarse cuantitativamente y cualitativa.
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Xaverio Ballester
En cambio, cuando los relatos míticos presentan un único mitema
común, aunque este sea cualitativamente relevante, tienen más posibi-
lidades de remontar a fuentes varias e independientes, especialmente
cuando respondan a básicos procesos de respuesta psicológica ante
un estímulo. Tanto menores los motivos o mitemas en común, tanto
mayores las posibilidades de que nos encontremos ante procesos po-
ligenéticos.
Por sí misma la asociación, por ejemplo, entre el orto solar o levante
y el ocaso o poniente con elementos positivos y negativos respectiva-
mente, como designadamente la vida y la muerte, por responder a una
mental metonimia sinestésica o concatenación sensorial tan básica―
‘orto ¬ luz ¬ día ¬ nacimiento ¬ vida’ y ‘ocaso ¬ obscuridad ¬ noche
¬ agonía ¬ muerte’―ninguna relación puede fehacientemente indicar
entre lenguas y culturas.
Igualmente la ausencia de comunes detalles innecesarios o hasta arbi-
trarios sugerirá una creación independiente a partir de un motivo co-
mún. Pero vayamos ahora a lo que probablemente constituye el meo-
llo de la cuestión ¿cómo se origina un mito?
❿ Hitos, ritos, mitos
En bastantes, quizá en muchos casos el mito probablemente tiene su
origen en un acontecer, material o no, bien concreto y natural. En
ese sentido, puede decirse que la naturaleza o phýsis (φύσις) precede
al mito o mŷthos (μῦθος), tal como, suele decirse, este precedió a la
razón – lógos (λóγος) o explicación racional. Aunque por simplista
nuestra parodia explicativa pueda resultar un poco grosera, se nos per-
mitirá, dada su eficacia ilustrativa, exponerla en toda su crudeza.
Imaginemos que ante un problema práctico y concreto de disputas
fronterizas sobre territorios de caza dos tribus primitivas acuerdan fi-
nalmente marcar con una gran y vistosa señal―un simple pedrusco
erecto, por ejemplo―el límite entre ambos los territorios. Los años,
siglos, quizá milenios pasan y el hito, en su sentido físico y concreto,
ya no cumple su función e incluso el hito, en su acepción inmaterial y
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Hito, Rito, Mito
abstracta de ‘acontecimiento importante’, insólito o excepcional, sim-
plemente se ha borrado de la memoria colectiva. No obstante, ante
monumento tan singular y cuyo respeto, valor o sacralidad se ha trans-
mitido de generación en generación los hombres pueden continuar
durante un tiempo ilimitado practicando ceremonias conmemorativas,
las cuales a su vez se irán sucesivamente modernizando. Nace así el
rito, al que la curiosidad humana, mucho tiempo después, intentará
dar una explicación que a su vez podrá sucesivamente actualizarse,
dando de este modo origen al mito.
Así pues, el reconocimiento de un evento especial habrá de esta mane-
ra perdurado, aunque su celebración posiblemente se haya modificado
y su explicación pueda incluso llegar a ser totalmente novedosa. Como
en el cuento “Emma Zunz” de Jorge Luis Borges (1899–986) podría-
mos concluir que lo esencial de los hechos era verdadero y verdaderas
eran al menos las emociones “verdadero el pudor, verdadero el odio
[...] sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres
propios”.
Un hito, en suma, es cualquier evento importante, relevante, trascen-
dental, ya sea extraordinario y excepcional, como un cataclismo o un
acontecimiento histórico, u ordinario y cotidiano, como la vida o la
muerte. Anticipemos que los hitos extraordinarios suelen asociarse
más a las humanales ideologías y los ordinarios a la psicología humana.
Además los primeros tienden asimismo a ser más bien monogenéticos
y los segundos, monogenéticos.
hito
frecuencia explicación origen
ordinario ideología monogenético
extraordinario psicología poligenético
De modo general y casi por definición, hay más ritos que hitos y más
mitos que ritos, ya que los hitos presentan menores posibilidades de
variación y regularmente menor número de variantes que los ritos y
estos, a su vez, que los mitos.
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Xaverio Ballester
⓫ Puente sobre aguas turbulentas
En otro lugar nos hemos ocupado extensamente de ese viaje a ninguna
parte que realiza el alma y con el cual se representa―y no necesaria-
mente de modo metafórico―la muerte en tantísimas culturas. Viaje
lejano, exótico, habitualmente a una isla occidental―u otro lugar ca-
racterizado por alguna suerte de barrera geográfica―y para el que con
frecuencia hay que proveerse de cum quibus para peajes y otros gastos.
Como de modo general ya señalara la Burne (1997: 81), «Cuando se
cree que el alma deja este mundo por otro [...] tiene que “hacer un
viaje”, cuya caracterización típica es el cruce de un río, lago o mar [...]
Los peregrinos de Bunyan cruzan el Río de la Muerte; los mahometa-
nos llegan al paraíso por un puente formado por un solo cabello. Las
tribus salvajes de la península de Malasia imaginan que un tronco de
árbol caído permite cruzar un lago ardiente y [...] llegar a la isla de las
Frutas, la morada de los muertos [...] en Inglaterra, se ponía una mo-
neda en la boca del difunto para que “pagara su peaje” en el otro lado».
Estos eran más resumidamente algunos de los testimonios con los que
ilustrábamos tal creencia en las diversas culturas del globo.
En Indochina para llegar al cielo el alma
ha de «salvar mil dificultades y escollos,
particularmente los de los guardianes ce-
lestiales [...] monstruos de figura humana
o animal [...] creencia muy extendida es la
del puente lleno de obstáculos y de peligros
que hay que atravesar» (Del Castillo 1962:
i 280). Para los semangos, en Malasia, los
difuntos habitan una isla del mar occidental
a la que se accede sobre un mar férvido por
un precario puente de cuerdas en cuyo fi-
nal les espera un monstruo (Murdock 1981:
92). Según algunas tribus papúas «las almas
han de cruzar un río y pagar un tributo a un
Portada del libro de espíritu que vigila [...] Para ello se ponen
George P. Murdock
junto al difunto unas monedas [...] o algún
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Hito, Rito, Mito
objeto [...] de valor» (Serra–Ráfols 1962: i 407). En la micronésica isla
de Yape «A los muertos les ponen alguna moneda para subvenir a las
necesidades del viaje al cielo» (Serra–Ráfols 1962: i 430).
Inevitable comentar el parecido del rito con aquel del óbolo que los
antiguos griegos colocaban en la boca del difunto para pagar al bar-
quero Caronte el trayecto hasta la otra orilla, lo que―comentábamos
en su día― podría resultar «simplemente la versión moderna, capita-
lista y mercantil de la vitualla depositada en el gaznate del finado como
alimenticio viático para allegarse a idéntica destinación», rito y mito
reencontrable en algunos pueblos de cazadores, como los camchatcos
o los coriacos, quienes proporcionan «provisiones para el viaje en for-
ma de budines o carne de reno» a los osos que han dado muerte (Fra-
zer 2003: 590) y suelen «insertar renuevos de una planta parecida al
madroño rastrero en la boca de los animales que matan» (Frazer 2003:
589). Una estupenda combinación de dos tan básicos hitos cuales el
hambre y la muerte.
Coriacos produciendo fuego fotografiados en 1905 por Rudols Weber
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Xaverio Ballester
También el dayaque cree que el alma «vaga
por la selva, ya hasta llegar a un obscuro
mundo de las almas, ya hasta reencarnar a
un animal [...] Es creencia en algunas tribus
que el alma [...] ha de pasar por un puente
tendido sobre una ciénaga y guardado por
demonios» (Serra–Ráfols 1962: i 357). Para
los bataques con la muerte el alma empren-
de un gran viaje y para alcanzar su miste-
rioso lugar de reposo ha de cruzar un puen-
te, lo que sólo consigue con la ayuda de
otras almas de difuntos (Serra–Ráfols 1962:
i 344). Para los polinesios «las almas de los
muertos, además de residir en diferentes
Portada del célebre libro seres, tenían un imperio llamado Hawaiki
de James G. Frazer
o Hawai’í, situado en los confines del mun-
do» (Serra–Ráfols 1962: i 453). Entre los
naquelos de las islas Fiji se requiere asimismo un barquero para el úl-
timo tránsito fluvial del alma de los jefes (Frazer 2003: 219).
Ya en América, entre los algonquinos era «general la creencia en varias
almas que iban después de la muerte hacia Occidente, teniendo que
cruzar un ancho río sobre un tronco de árbol como puente» (Pericot
1962: ii 62). Por su parte, los interfectos menos distinguidos de los
aztecas «tenían que pasar entre dos montañas que amenazaban aplas-
tarles, evitar a una gigantesca serpiente y a un monstruoso cocodrilo,
atravesar ocho desiertos y ocho montañas repletas de terrores, resistir
la furia de un viento lleno de filosos cuchillos y, por último, cruzar
a nado un gran río» (Murdock 1981: 306). También, en fin, para los
araucanos el «alma de los difuntos va a una isla del mar del Oeste»
(Pericot 1962: 153).
⓬ Cherchez la faim
Ahora bien y máximamente en los más prístinos orígenes, las necesi-
dades vitales, cercanas y perentorias―de nuevo la natural phýsis―de-
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Hito, Rito, Mito
ben de constituir por pura lógica el motivo más primario de todos los
ritos y creencias: por ordinarios, los hitos más primordiales, comunes
y ancestrales. Como escribiera el poeta polaco Tadeusz Różewicz
(1921–2014): «La más plástica/ descripción del pan/ es la descripción
del hambre» («najplastyczniejszym/ opisem chleba/ jest opis głodu»).
Y puesto que las preocupaciones vitales―comer, engendrar, sobrevi-
vir...―del hombre son universales, ello podría explicar en muchos ca-
sos la existencia de tantas historias esencialmente uniformes, historie-
tas fundamentalmente iguales en muy diferentes y hasta remotísimos
puntos del planeta. Así pues, razón principal de muchas poligénesis
independientes de creencias, mitos y leyendas estaría en lo que todos
los seres humanos tienen en común―aparte de su muy similar carro-
cería o anatomía―estaría, como vimos, en su también esencialmente
común psicología, en su mental anatomía interior, en definitiva; con-
tingencia que les habría inducido a dar respuestas fundamentalmente
iguales, a generar reacciones esencialmente similares ante idénticos o
muy parecidos estímulos, aunque sea en muy diferentes y hasta remo-
tisímos puntos del planeta… y siempre que la ideología, mucho más
mudable, endémica y relativa no interfiriera en su psicológicamente
automática respuesta.
En su día notara Leroi–Gourhan (1984: 579–580): «los prehistoria-
dores se han asombrado, durante largo tiempo, ante la presencia fre-
cuente de ocre rojo (hematites) en las sepulturas del Paleolítico Su-
perior. La materia colorante se presenta como un lecho sobre el que
reposa el esqueleto, como una mancha en la región de la cabeza o
espolvoreada por toda la fosa […] muy bien podía haber simbolizado a
la sangre o a la vida». Y aun: «La presencia del ocre rojo se ha conver-
tido, prácticamente, en una constante en las sepulturas y habitaciones
[…] se admite que este colorante poseyó un valor simbólico. El hecho
[…] ha llevado a muchos prehistoriadores a considerar el ocre como un
equivalente de la sangre […] un símbolo de la vida» (Leroi–Gourhan
1984: 619).
Parece además que el uso del ocre pudo mantenerse durante milenios
en determinadas culturas. Así, en la denominada cultura Yámnaya de
tribus nómadas, en un vastísimo territorio al norte de los mares Negro
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Xaverio Ballester
y Caspio aproximadamente entre el 3220 y 2300 a.C., el uso del ocre
era tan común en las tumbas de los difuntos que dicha cultura pasó
a ser también conocida en alemán como “Cultura de las Tumbas de
Ocre” (Ockergrabkultur; Mallory 1997: 240). Ya mucho antes, en épo-
ca mesolítica, en el curso inferior del Dniéper se localizaron también
en el área de Vasilevka (Vasílivka en ucraniano), en Ucrania, numero-
sas tumbas con cuerpos coloreados con ocre (Mallory 1997: 209).
Pero a propósito del empleo del mineral de ocre en la “Europa Pre-
histórica” también observa Ramos (1999: 198): «además de su posi-
ble implicación simbólica o ideológica el ocre se podía utilizar como
componente terapéutico, para decorar el cuerpo, dar color a objetos
y artefactos o en el curtido de las pieles». En realidad el valor simbó-
lico–ideológico del ocre debe de ser, en principio y mientras no se
demuestre lo contrario, secundario respecto al uso práctico del mismo
como medicina o para curtir pieles, pues estas son necesidades mucho
más primarias―literalmente vitales, hitos de pura subsistencia―para
los humanos.
⓭ Ocre es vida
Así pues, para que el ocre alcanzara el valor simbólico de la ‘vida’ de-
bió de haber una frase previa en la que este color fuera visto por los
ojos humanos en su más terrena, concreta y física función práctica
antes―al menos unos minutos antes―de ser conceptualizado como
un elemento simbólico. Hipotéticamente, pues, el ritual de recubrir
con ocre el cadáver pudo haber surgido, por ejemplo, a partir de un
hito, un hecho clave bien práctico. Pues bien, curiosamente en algu-
nas culturas está bien documentado el uso de tal terroso mineral para
repeler insectos, como, por ejemplo, entre la tribu de los onguis u on-
gues en las índicas islas de Andamán (Burenhult 1995: 82). A partir de
tan aconsejable práctica, pongamos por caso, podría haberse generado
el rito de recubrir los cadáveres de ocre, como muchas veces hacían
también los propios vivos, y de ahí el mito del ocre como símbolo de
la vida póstuma.
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Hito, Rito, Mito
Nativos de Andamán. Fotografía de Maurice Vidal Portman (1876)
Desde luego―y aquí nos topamos ya con un factor tan crucial en la
evolución humana como la tecnología―cuando para su primitiva fun-
ción práctica―pongamos por caso: esa de repelente de mosquitos―
se encontrara un producto más eficaz o simplemente la población se
trasladara a un habitat sin esos latosos y zumbones insectos, entonces
automáticamente aquel comportamiento perdería su primaria función
práctica, perviviendo, sin embargo, su uso figurado, translaticio, con-
notativo... En ese sentido los hitos – ritos – mitos se comportan muy
mucho como las palabras en sus derivas semánticas, pues perdiendo
con el tiempo la mayoría de ellas su sentido prístino y original aca-
ban perviviendo solamente como contiguas metonimias o asemejadas
metáforas de aquel primer referente, de modo que, por ejemplo, en
latín clásico carina, que originariamente designaba la simétrica mitad
de una cáscara de nuez, acabó indicando fundamentalmente la ‘quilla’
de una nave por metafórico parecido o toda la ‘nave’ ella misma por
metonímica contigüidad.
En suma, aunque la causa última o últimas concausas pudieron ser di-
ferentes a las aquí aventuradas―en el caso del empleo del ocre cabría
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Xaverio Ballester
también contar con las candidaturas de sus reales o ficticias propieda-
des curativas o de su utilidad para el curtido de pieles―difícilmente
el proceso esencial: hito =› rito =› mito pudo ser diferente. También
aquí, como en tantas otras contingencias, el entorno físico parece ha-
ber condicionado claramente rituales y mituales.
Parecidamente y a propósito de la tribu panameña de los indios San
Blas y al pie de una imagen comenta Weyer (1972: 95 ilustración 48):
«El tinte azul oscuro de la planta genipa es añadido aquí a las tradi-
cionales monedas y otros adornos. Se dice
que el tinte ahuyenta los insectos, pero tie-
ne además su especial significado religioso,
como ocurre en muchas otras partes de la
América del Sur tropical». El material, y el
color son bien distintos, pero esencialmen-
te tenemos el fenómeno de un elemento
útil y a la vez simbólico, práctico y religio-
so. Ahora bien, lo práctico, por más peren-
torio, debe de haber precedido a lo simbó-
lico y lo útil a lo religioso o ideológico. Sin
duda el rito de su empleo como substituto
Portada del informado monetario o como ornamento debió de
libro de E. Weyer Jr. consolidar su nítido simbolismo.
⓮ Primas y suegras. Metáforas y metonimias
Sobre la clara preferencia en tantas culturas ancestrales por los ma-
trimonios entre primos cruzados―el hombre debe preferentemente
casarse con la hija o de la hermana de su padre (tía paterna) o del
hermano de su madre (tío materno) y la mujer uice uersa―hubimos
escrito hace años que tan curiosa práctica probablemente buscaba «es-
tablecer dentro de la proximidad la mayor distancia posible, ya que
entre dos puntos el camino más largo es el zigzag [...] en la mentalidad
primitiva, en la férrea exogamia caracterizante de tantas culturas pa-
leolíticas, la zigzagueante interposición [...] de la serie chica – chico –
chica – chico... propicia[ba] ―creían aquellos― [...] el máximo abismo
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Hito, Rito, Mito
exogámico posible. Si el principio básico era que el matrimonio debía
perpetrarse entre contrarios [...] la aplicación general de ese mismo
principio–clave significaba evitar, por ejemplo, la hija del hijo (chico)
del hermano (chico) del padre (chico)».
También ya hace años intentamos mostrar en otro lugar cómo parece
inevitable relacionar el tabú de la suegra o regulación muy restrictiva
del contacto entre yernos y suegras y que encontramos en numerosas
culturas y ubicaciones―bosquimanos duis (Silberbauer 1983: 180), ca-
fres (Frazer 2003: 296), todas (Murdock 1981: 102), dayaques (Frazer
2003: 296), semangos de Malasia (Murdock 1981: 88, 92), alfures de
las Célebes (Frazer 2003: 296), arandas de Australia (Murdock 1981:
40), tasmanios (Murdock 1981: 24)...―con «lo que técnicamente se
denomina residencia patrilocal, es decir [...] la normalmente conco-
mitante circunstancia de que la esposa pasa a residir con la banda del
marido», mudanza que sigue caracterizando actualmente a las comu-
nidades cinegéticas perviventes (Moure & González 1995: 106) dentro
de la conocida general exogamia practicada por las culturas de caza y
recolección.
Naturalmente, los famosos chistes y cuchufletas sobre la suegra que
con tanta frecuencia encontramos en las sociedades contemporáneas―
como denominar asiento de suegra a un cactus de buenas proporciones
con forma de puff―muy probablemente no serían en esencia más que
un relicto actualizado sobre aquella severísima prohibición de cual-
quier tipo de contacto con la suegra y que durante tantos milenios
acompañó la mayor parte de nuestra vida como especie.
Así pues, como en la lengua, que, en última instancia, es substancial-
mente el resultado de una mentalidad colectiva, también en el mun-
do de los mitos al final están nuestros dos básicos modos de proceso
mental: la esencialmente ritual metonimia y la básicamente mítica me-
táfora, aspecto que, por ejemplo, en el ámbito de la magia ya fuera
reconocido al menos desde el antropólogo escocés James G. Frazer
(1854–41), tal como recordaran en su día Jakobson y Halle (1980:
141), al distinguirse entre la metafórica magia por simpatía―verbigra-
cia el imitativo fetiche con algún parecido con la persona a la que se
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Xaverio Ballester
desea atacar y sobre el que el hechicero vudú clava sus alfileres―y la
metonímica magia por contacto―verbigracia las uñas o el cabello de
la persona a la que se desea hechizar y sobre el que la bruja veneciana
ejercerá sus destructivos rituales. Así pues, ante la visión de un hongo
con llamativa forma de hígado, nuestro asociativo pensamiento meta-
fórico nos inducirá a pensar que pueda tener alguna propiedad―por lo
general, más bien beneficiosa―para nuestro depurativo y vital órgano.
Así pues, ante la visión de un colmillo de lobo, nuestro asociativo
pensamiento metonímico nos hará visualizar el lobo mismo o, ya en
una sucesión de metonimias, suponer que, por ejemplo, colgado de
nuestro pecho, nos infundirá las aptitudes cazadoras propias del feroz
depredador.
⓯ La moneda de Melanesia
Lo susodicho a propósito de ocres o tintes azules podría decirse, mu-
tatis mutandis, de las conchas marinas, para las que en algunas partes
del globo está bien documentado su uso igualmente monetario y or-
namental. En su descripción de una boda bosquimana refiere Weyer
(1972: 219) que la prometida «llevaba alrededor de la frente y colgando
del cuello, todos los abalorios de conchas que poseía [...] también un
collar hecho de dientes de animal, entre los cuales había una concha
de aurí (muy rara tan tierras adentro)», a lo que en nota a pie de pá-
gina añade el traductor: «concha que sirve de moneda entre algunos
poblados de África».
Es, en efecto, muy de destacar la importancia de las conchas para los
pueblos primitivos y específicamente para los pueblos que vivían de
la caza y recolección o, si se prefiere ser más específico, de la pesca y
recogida de moluscos. Así, en «muchas zonas de Melanesia los pagos
y cambios son realizados con discos o anillos de conchas y ristras de
cuentas circulares, asimismo de conchas, la famosa moneda de Mela-
nesia. Para adquirir canoas, cerdos y comida, para pagar las cuotas de
entrada en el club de los hombres, en pago de multas a los jefes y como
ofrendas a los espíritus, deben entregarse ristras de cuentas de concha.
También hay que entregar esta moneda al padre de la muchacha con
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Hito, Rito, Mito
la que un hombre desea casarse» (Forde 1995: 225; ítem 226), detalle
este último que proporciona, de nuevo, una curiosa conexión con lo
nupcial o erótico. También entre lo capaucus, en Papúa, «el precio de
la novia consiste en dinero en forma de conchas» (Harris 1998: 412).
Melanesio de las Fiyi. Fotografía de Francis Herbert Dufty hacia 1870
Además en «algunas zonas de Melanesia los viajes comerciales son es-
timulados y regulados por la kula, intercambio ceremonial de regalos
[…] Las cosas que son objeto primordial de este tipo de intercambio
se reducen a collares de discos de conchas rojas y brazaletes de con-
chas blancas […] Estos objetos constituyen adornos apreciadísimos y
sólo son mostrados en las fiestas y cermonias más importantes» (For-
de 1995: 227). También en ciertos pueblos de Papúa–Nueva Guinea
como parte de algunos ritos funerarios los parientes «reciben una gran
paga mortuoria que siempre incluye valiosas conchas» (Aikhenwald
2010: 12: «receive a large mortuary payment which invariably inclu-
des shell valuables»). Parece que este tipo de prácticas o tradiciones
arranca de épocas muy remotas, cuando un tipo especial de adorno de
concha era trocado por otro, tal como también cierta cantidad concreta
de pescado a cambio de cierta cantidad de sagú o fécula de palmera y
en «Melanesia no había “dinero” ni medio universal alguno de inter-
cambio» (Torrence 1995: 54).
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Xaverio Ballester
Tal práctica no queda, sin embargo, restringida a los pueblos maríti-
mos. Los yocutos, en la Gran Cuenca del oeste norteamericano, «uti-
lizaban ristras de conchas, cuyo valor era calculado de acuerdo con
unidades de longitud medidas con la mano, como presentes y también
para ciertas formas de intercambio. En tiempos relativamente recien-
tes, por lo menos, estas conchas eran obtenidas mediante largas expe-
diciones realizadas hasta territorios lejanos, en la costa del Pacífico»
(Forde 1995: 60).
⓰ La clóchina nos hizo humanos
Hay más que indicios de que esta comercial situación descrita podría
haberse dado en época antiquísima. Ya durante el Paleolítico Supe-
rior: «tanto en Europa occidental como en Europa central […] hay
evidencia de comercio o intercambio de varias especies de conchas
y moluscos marinos a través de áreas muy extensas» (Mellars 1998a:
71). En el Paleolítico Superior extensas redes de intercambios comer-
ciales se dejan documentar en muchas zonas de Europa, acreditando,
por ejemplo, el «transporte de conchas marinas y otros materiales a
lo largo de extraordinarias distancias de hasta 400 o 600 quilóme-
tros» (Mellars 1998b: 92: «transportation of sea shells and other ma-
terials over remarkable distances of up to 400–600 km.»). Siempre
durante esa misma época para la Europa central tenemos evidencias
de la llegada de conchas desde más de 800 quilómetros de distancia
(Ramos 1999: 242–243, 249, 326–327). También, verbigracia, «Los
yacimientos de Quebara (comienzos del Epipaleolítico) en el Próximo
Oriente contienen conchas marinas obtenidas desde unas fuentes de
suministros de hasta 300 quilómetros de distancia» (Kuhn & Stiner
2001: 115: «Kebaran (early Epipalaeolithic) sites in the Levant contain
marine shells obtained from sources up to 300 km away»). Además,
las conchas constituirían el primer tipo de adornos que tenemos en la
actualidad documentado, pues se encontraron unas conchas perforadas
datables hace 100.000 años en los yacimientos de Skhul en Israel y de
Oued Djebbana en Argelia.
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Hito, Rito, Mito
Ahora bien, según los más recientes estudios especializados en la evo-
lución humana precisamente la introducción de moluscos y otros ele-
mentos marinos en nuestra dieta contribuyó sobremanera al desarrollo
cerebral del homo sapiens sapiens. Así pues y según dichos estudios,
por resumirlo casi groseramente en una frase, la almeja nos hizo in-
teligentes, la clóchina nos hizo humanos. En ese contexto ¿qué duda
puede haber de que el primer interés del hombres fue por la carnosa
y nutritiva pulpa de algunos de estos moluscos? Cherchez la faim. De
nuevo hito =› rito =› mito.
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