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Naufragio de una librería en Sevilla

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Rialto, 11.

Naufragio y pecios de una librería Belén Rubiano

Un día de principios de otoño de 2002, la luz de una pe-

queña y recóndita librería de la plaza del Rialto de Sevilla

se apagó, sin ruido ni apenas despedidas, definitivamente.

Su fundadora había empezado a vender libros diez años

antes en otras librerías, donde aprendió muchas cosas,

además de su oficio. En la sucesión de vivencias que con-

for man estas deliciosas memorias parciales, Rubiano com-

parte con los lectores la insobor nable vocación que le llevó

a establecerse como librera en una esquina del mapa. Y lo

hace con humor y con cándida sinceridad, porque salvo la

satisfacción de trabajar entre libros y lectores entendemos

desde el principio que nada es como había soñado y que

en el oficio no faltan tor mentas, marejadas y amargas de-

cepciones. Pero también hay, afortunadamente, momentos

delirantes, impagables lecciones y grandes alegrías. Ante

todo, la valía de estas páginas, que el lector recorrerá entre

la carcajada libre y la más profunda empatía, reside en la vi-

talidad y el personalísimo estilo con el que Rubiano nos ha-

bla de su particular devoción por los libros y de cómo uno

puede llegar a arriesgar cualquier seguridad por perseguir

un sueño.

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Rialto, 11. Naufragio y pecios de una librería Belén Rubiano

Para Beatriz

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Rialto, 11. Naufragio y pecios de una librería Belén Rubiano

Yo tenía una librería en Sevilla. Era tan her mosa como

pequeña, de techos altísimos con elegantes molduras, vitri-

nas con luz y azulejos catalogados por Patrimonio que no

se debían horadar aunque viniera Dios y te lo ordenara él

mismo y porque sí. Estaba en el número once de la plaza

Padre Jerónimo de Córdoba, pero no preguntéis a un sevi-

llano por esa dirección, pues a menos que viva al lado os

dirá que, aunque le suena mucho, no la ubica. Se conoce

como la plaza del Rialto por un antiguo cine que también lo

apandó el tiempo y sus estragos. En mi vida, hasta ahora,

he conocido dos revoluciones: aprender a leer y Billy. Billy

es el gato con el que vivo y tener y no tener una librería son

mis dos maneras de leer.

Recuerdo con absoluta nitidez mi aprendizaje de la lec-

tura. Una revista que compraba mi madre incluía en sus pá-

ginas centrales, apaisadas, unas viñetas que me encanta-

ban. La protagonista era una niña, la ilustración muy tosca y

yo imaginaba todo lo que le ocurría. Un día me di cuenta

de que, a menudo, sobre la niña y su familia había una nu-

be con un piquito como de pájaro, y dentro de la nube los

mismos caracteres esotéricos que inundaban el resto de la

revista. Aquel día intuí que esa grafía contenía un relato.

Que el argumento que yo atribuía a esa niña hasta enton-

ces era el mío, no el de ella, y tenía que conseguir descifrar

el verdadero. Empecé con las palabras cortitas (los artículos

y nexos) y aún hoy puedo evocar con claridad las dificulta-

des y el esfuerzo, tan arduos hasta que se reveló el miste-

rio, de aquella niña tumbada en el suelo de la cocina de

Marchena, con el sol de invierno en las páginas y las pier-

nas. El resto, con la ayuda de una amiga, nombre que en el

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Rialto, 11. Naufragio y pecios de una librería Belén Rubiano

pueblo se les daba a las solteronas que improvisaban una

guardería en sus casas y adonde iba con mi sillita de enea a

pasar las mañanas, fue fácil. Descubrí entonces que la niña

era bastante cursi y, cuanto le ocurría, mucho más aburrido

que mis ingenuas interpretaciones pero, a cambio, podía

devorar toda una revista mensual. Tenía tres años y sabía

leer.

Si la pobre criatura del doctor Frankenstein solo tuvo a

su alcance tres libros que le hicieran de linter na para des-

pejar la oscuridad del mundo al que acababa de nacer (Plu-

tarco, Milton y Goethe), en aquella casa nuestra yo también

encontré tres únicos libros: Los siete pecados capitales en

USA, de Fer nando Díaz-Plaja; Tres muchachas de París, de

Max Catto, y el Estatuto de los trabajadores en una edición

con las cubiertas en tela de Tecnos. Los dos primeros los

devoré y aún los tengo. La novela de las tres pilinguis de

París me pareció sosa y mal escrita, a Díaz-Plaja le sigo

guardando cariño desde entonces, y el Estatuto —que era

el único que me servía de texto cuando jugaba a ser maes-

tra con todos mis aplicados muñecos sentados en severas

hileras atendiendo a mis enseñanzas, o de biblia cuando ju-

gaba a ser cura y los mismos juguetes eran mis feligreses—,

por desatenta puntería, aunque en mis dedos resista la me-

moria de su tacto, no lo conservé.

Tras los primeros cuentos, pocos, vino el asalto literal a

la biblioteca de mi colegio. Enid Blyton me duró un suspiro

y, a la par, recuerdo haber leído Nada, de Car men Laforet, y

El Jarama, de Sánchez Ferlosio, que me hicieron sentir que

andaba perdiendo el tiempo con Torres de Mallory. Tam-

bién leí La colmena, de Cela, ya que, al ser la mayor de seis

her manos, todas las restricciones pedagógicas que luego

se fueron suavizando con los años caían sobre mí con pri-

mogénita saña: si no me dejaban ver la película, yo busca-

ba el libro sin que nadie me preguntara nunca si lo que leía

era adecuado para mi edad.

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Rialto, 11. Naufragio y pecios de una librería Belén Rubiano

En aquel entonces, en mi pueblo solo se podían com-

prar libros en la imprenta Pruna. Según entrabas y queda-

bas delante del mostrador, a la derecha y a tu espalda una

pequeña estantería contenía todas las existencias librescas

(Bruguera, Anaya y Cátedra, sobre todo) y creo que casi to-

das las compré poquito a poco y con mi paga infantil. Esta-

ría cursando sexto o séptimo del antiguo plan de estudios,

por lo que andaría por los once o doce años, cuando, para

celebrar el final de curso, la profesora propuso que al día si-

guiente lleváramos un regalo de amigo invisible. A mí me

tocó una niña que yo sabía que celebraría un libro tanto co-

mo una trampa para ratones o un arado pero, egoístamen-

te, me fui corriendo a la imprenta Pruna a comprar mi rega-

lo. Elegí Si una noche de invierno un viajero, de Italo Cal-

vino, que llevaba meses torturando mi voluntad de ahorro

cada vez que iba por un cuaderno o un rotulador. Por su-

puesto, lo leí esa noche casi entero y fui incapaz de des-

prender me de él. Total, pensé, me va a odiar igual por re-

galarle un libro; de modo que envolví en papel de regalo

un viejo ejemplar de Maria Gripe al que limpié las cubiertas

y apenas si se le notaba que lo había leído dos o tres veces

ya. No quedé en paz con mi conciencia hasta el día siguien-

te, cuando desde el colegio recorrí la calle Marcos Ruiz ca-

mino de mi casa con el regalo que otra niña me había en-

tregado a mí, que no me hacía la menor ilusión y que soy

incapaz de recordar. Pero que no era un libro.

Como una de las grandes hazañas de mi vida recuerdo

también lo que me costó convencer a mi padre para que

me dejara ir sola, por las tardes, a la biblioteca municipal.

Cuando al fin lo logré, me convertí en un mueble más de

aquella sala. Allí cayeron, al completo, lo escrito hasta la fe-

cha por Car men Martín Gaite y, menos su autobiografía, to-

da Agatha Christie. También Doris Lessing, quien, compara-

da con las dos anteriores, me pareció que no tenía tan cla-

ras sus ideas y que le costaba expresarlas de corrido. Pero

me esforzaba en leerla con la ilusión de que estuviera algo

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prohibida o, al menos, mal vista. Sin embargo, gracias a

ella y a sus libros hice mío el penúltimo consejo de su sabio

aviso: «Solamente hay una manera de leer, que es huronear

en bibliotecas y librerías, tomar libros que llamen la aten-

ción, leyendo solamente esos, echándolos a un lado cuan-

do aburren, saltándose las partes pesadas y nunca leer na-

da por sentido del deber o porque for me parte de una mo-

da».

A pesar de la gratitud que sentía por las bibliotecas,

nunca me gustó tener que devolver algunos libros. No sa-

bía qué cosa era una librería porque en Marchena no había

ninguna, pero que las amaba y necesitaba era seguro.

En uno de los números de la revista que compraba mi

madre y con la que aprendí a leer, venía una larga entrevis-

ta con Esther Tusquets que hizo que me cayera del primer

caballo de mi vida rural y sin alicientes. Hasta entonces, no

se me había ocurrido que detrás de cada libro había una

persona que los escogía y los construía casi desde la nada;

desde que no eran más que un montón de folios o cuader-

nos. Creo que, de tantas veces como releí esas páginas, lle-

gué a aprendér melas de memoria. Esta señora tenía una

editorial y, claro, editaba libros. Los seleccionaba, confiaba

en ellos y creía en su necesidad aunque, muchas veces,

hasta perdiera dinero. Decía que tenía dos autores que le

per mitían financiar a todos los demás. Puedo ver, como si la

tuviera delante, aquella entrevista. Las fir maba una perio-

dista que se llamaba Eva y cuyo apellido no recuerdo, aun-

que juraría que tenía dos sílabas. Un primer plano en blan-

co y negro de la editora, con unas gafas que me parecieron

enor mes y terribles, porque ya andaba temiendo que me

las acabarían por recetar a mí (como así fue) llenaba las dos

primeras páginas. Ese día decidí que sería editora, que en-

contraría a un Umberto Eco y a un Quino que no me hicie-

ran pasar hambre y que, si me prescribían gafas, usaría len-

tillas. Lo segundo, sí que lo cumplí.

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Un poco más tarde, viendo el desembolso y la locura

que harían falta para ser editora, pensé que podría intentar

ser escritora, pero me daba mucho miedo ser fea. Me apa-

cigüé un poco en mis temores con una fotografía de Ana

María Matute que ilustraba mi libro de Lengua y Literatura

de séptimo u octavo. En esa imagen andaría ella por los úl-

timos años de la treintena o pisando los primeros cuarenta,

aunque a mí se me antojara muy mayor. Parecía como si el

disparo fotográfico la hubiera sorprendido entrando en una

habitación y miraba al frente con esa desesperación valien-

te de quien anticipa una presencia pero no se per mite te-

merla. Como quien, si la encuentra, la enfrenta y no por

ello se muere. Tras la escritora, se veían dos hombres que

carecían del halo de misterio que la envolvía a ella. Llevaba

una media melena apenas por encima de los hombros y,

aunque la fotografía era en blanco y negro, era evidente

que se había maquillado de rojo los labios. Me parecía más

guapa y más todo que Jeanne Moreau, aunque de ese cor-

te. Igual no estaba tan mal eso de escribir, me dije, pero lo

que no estaba tan mal, ni mucho menos, era eso de leer. El

único inconveniente que le encontraba era que nunca po-

dría ganar lo suficiente para financiar mi pasión. Compraba

todo lo que podía en la imprenta, me hice socia de Círculo

de Lectores y, cada cuatro o cinco días, aparecía por la bi-

blioteca para devolver tres libros y tomar prestados otros

tantos. Entonces decidí que lo mejor que podía hacer de

mayor era trabajar en una librería, lugares donde todos los

prodigios eran posibles y que solo conocía por los libros

mismos, ya que hasta los dieciocho años cumplidos y vi-

viendo en Sevilla, no pisaría una de verdad. Y, quién sabe,

si tenía las cualidades necesarias para el oficio y no dejaba

de desearla con todas mis fuerzas, quizás con el tiempo lo-

graría levantar mi propia librería en alguna esquina de al-

gún mapa.

Todo eso sucedió. Me coloqué en una librería, monté la

mía, la cerré, ter miné de pagarla con sus intereses de de-

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mora algunos años después y aún la añoro, pero mereció la

pena. Se anhela lo que nunca se ha tenido y se añora lo

que se tuvo y se perdió. Hay tanta buena suerte en todos

los rincones del verbo añorar que si la juventud no está pa-

ra arruinarte por pagar su uso, no sé para qué otra cosa

puede valer. De verdad que no.

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PRIMERA PARTE

Yo tuve veinte años, pero no me di cuenta.

Y ahora no los recuerdo.

JULIA UCEDA

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A veces los deseos se cumplen

Con veinte años ya me había casado. Mi marido y yo vivía-

mos en Sevilla y andábamos, tras algunos trabajos tempo-

rales, a la búsqueda de otro mejor. El corazón me dio un

brinco cuando leí la oferta de empleo que insertaba ese

domingo el diario ABC.

SE NECESITA VARÓN FUERTE Y LICENCIA-

DO

PARA TRABAJAR EN LIBRERÍA

Y un número de teléfono, nada más. El año anterior había-

mos vivido en un pequeño ático en Los Remedios, conocía

el prefijo telefónico y sabía que solo podía tratarse de una

de dos librerías: la buena o la mala. De las dos habíamos si-

do clientes asiduos. La primera, Palas, nos gustaba mucho y

de la otra, aunque tenía el aliciente del libro descataloga-

do, huíamos despavoridos cuando la atendía la dueña, una

señora de Burgos que solía tratar regular a los empleados y

con bastante aspereza a los mismos clientes si, por ejem-

plo, le dolía un pie o tenía un poco de acidez. Todo el do-

mingo y el lunes los pasé dándole vueltas a aquella notita

de empleo.

—Mira esto —le dije a Ángel, tendiéndole el periódico.

—Me quedan dos asignaturas para acabar la carrera,

pero puedo intentarlo.

—No, si te lo digo para mí.

—¿Tú? No eres varón, ni licenciado, ni fuerte.

—Cuando me enfado soy bastante fuerte.

—Aunque trabajaras todo el tiempo enfadada, te sigue

faltando la licenciatura y ser un hombre.

—Ya.

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Pero no conseguía desanimar me y, al caer la tarde, esta-

ba decidida.

—Voy a llamar. Siempre estamos a tiempo, si me dice

que no, de que te ofrezcas tú.

Desde el bar de al lado, ya que aún no teníamos telé-

fono, marqué los nueve dígitos, crucé los dedos y deseé

que fuese la librería buena la que estuviera al otro lado. El

teléfono lo descolgó la voz de la señora de Burgos que tan

bien conocía, aunque ella no me recordase.

—Buenas tardes, llamo por el anuncio de ABC.

—Pero ¿eres una mujer, verdad?

—Sí, pero puedo hacer que no se dé ni cuenta.

—¿Cuáles son tus estudios?

—Empecé Psicología y Filosofía.

—¿Cuánto del total empezaste?

—Muy poquito. No he tenido tiempo.

—Mira, bonita, nadie puede acusar al anuncio que he-

mos publicado de falta de claridad.

—No, eso me ha gustado mucho. Les felicito.

—Solo contratamos a hombres, licenciados y que sean

capaces de cargar y descargar camiones llenos de libros sin

sudar.

—Verá, yo puedo hacer todo eso. Y sería una empleada

excelente. El periodo de prueba no me da miedo. Es de

tres meses y aún lo pueden rescindir en los primeros quince

días. No es un riesgo tan grande el que asumirían, ¿no?

—Soy tan dura como transparente. Quien ha vetado

que las mujeres trabajen en nuestras librerías soy yo misma.

Tuvimos malas experiencias en el pasado y esa condición

no es negociable si no es con mis pies por delante, circuns-

tancia que pienso dilatar todo lo que pueda. Lo siento mu-

chísimo, aunque me has despertado la curiosidad y me

gustaría conocerte.

—¿Cuándo?

—¿En media hora?

—Allí estaré.

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—¿No necesitas la dirección?

—No hace falta, su voz es inconfundible.

De diez minutos, nos sobraron seis para poner nos de

acuerdo. Mi marido me acompañaría y esperaría en Nova

Roma, un salón de té que también se lo llevó el tiempo al-

gunos años después y que quedaba, en la misma calle

Asunción, muy cerca de la librería. En cuanto la señora de

Burgos colmara su curiosidad y me volviera a rechazar, le

avisaría para que optara al puesto. Por entonces, Ángel lle-

vaba el pelo bastante largo y justo al lado de nuestra casa

trabajaba su oficio un barbero.

—¿Debería cortar me el pelo, verdad?

—Es la librería mala.

—Me lo corto. Coge tú el taxi y yo te sigo.

Cuando llegué, un empleado se disponía a bajar la can-

cela y ella empezaba a hacer la caja del día. Al dependien-

te le dijo sin ninguna amabilidad que ya se podía marchar y

él me miró con gratitud, pues se veía que su jor nada diaria

solía acabar mucho más tarde. La señora de Burgos se de-

dicó a preguntar me todo lo que le apeteció y yo me dedi-

qué a responderle sin llegar a colmar su apetito pues sabía,

como Sherezade, que esa era mi única carta buena. Le lla-

mó mucho la atención que, tan joven, anduviera ya casada.

Al final, una hora larga después, me pidió que pasara de

vez en cuando a verla y charlar un ratito, prometiéndome

reconsiderar su veto. Hasta entonces no le dije que mi ma-

rido esperaba muy cerquita y que estaba dispuesto a em-

pezar a trabajar cuanto antes. Que él sí era varón, casi li-

cenciado y bastante fuerte.

—¿Dónde está ahora?

—En Nova Roma. Voy corriendo y lo aviso.

—Si te has casado con él dile que venga, que lo contra-

to.

La empresa, con los años, había ido creciendo y tenía

varias librerías en Sevilla. Las de Asunción, República Ar-

gentina, Montecar melo y avenida de la Constitución eran

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las de entonces, aunque después abrirían bastantes más,

incluso en otras ciudades. Ángel empezó a trabajar a la se-

mana siguiente en la librería de República Argentina y yo

apenas tardé unas semanas en conseguir otro trabajo en la

misma calle. Como sus horas de cierre y de hacer caja se

dilataban tanto por costumbre de la casa, a menudo pasa-

ba a recogerlo y llegué a conocer bien a los otros emplea-

dos.

Iban corriendo los meses y la señora de Burgos no deja-

ba de preguntarle por mí a la menor ocasión, a la par que

se reiteraba en su promesa de hacer me sitio en cuanto en-

contrara la oportunidad. Los compañeros de Ángel, todos

varones, licenciados y, algunos, fuertes como pajaritos con

algún hueso roto, solían bromear con el tema y creo que

habían hecho apuestas. Ninguno de ellos arriesgaba el pre-

cio de una alcayata por que cumpliera su palabra, pero yo

jamás dudé de que lo haría. Le había hecho gracia y le

complacía la idea de tener me cerca. A pesar de mi juven-

tud, ya sabía que quienes habían apagado muchas más ve-

las de cumpleaños que yo a menudo defendían con más

bravura un capricho que sus verdaderas creencias, si es que

las tenían.

A los pocos días de tener que renunciar a mi empleo de

entonces por razones que a esta historia no atañen, estaba

una tarde en casa sellando sobres con mi currículum a la

tinta de Olivetti dentro, cuando llegó Ángel con una gran

sonrisa y unos benjamines de cava.

—Que la señora de Burgos se ha enterado de que estás

libre, que vayas a verla mañana y que has ganado la apues-

ta.

Yo ya conocía de primera mano las condiciones en las

que trabajaban. La tensión diaria, la ínfima o inexistente to-

lerancia con el menor error o demora, el trabajo de carga y

descarga que hay detrás del libro de oferta y de ocasión,

los continuos y amanuenses cambios de precio, la avalan-

cha diaria de novedades y pedidos a los que había que dar

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entrada y salida (pues las devoluciones no iban a la zaga),

el plumero continuamente en mano para defender los li-

bros de su polvo, las horas extras porque sí, las salidas al

camino en tiempos de corredor keniata (ya lo explicaré), la

puesta en marcha de nuevas librerías con el trabajo gratuito

de nuestros domingos a cambio, nada más, de un montadi-

to de lomo y otro de melva. Las horas extras no se paga-

ban, sino que acumulaban días libres que se apuntaban con

lápiz en una agenda cuya alma carecía de honor. De esos

días, luego y por los más variopintos motivos o codicia em-

presarial, no se podía disponer. Quedaban atrás las Navida-

des, se estrenaba año viejo y los días libres seguían allí ano-

tados, como presos perpetuos sin revisión ni piedad. Si en-

fer mabas, solo de imaginar que tenías que pedir dos horas

para que te atendiera un médico, contraías una segunda

enfer medad que, casi siempre, reunía síntomas de inconti-

nencia digestiva y debilidad mental. En justicia, la cadena

pagaba puntual y levemente por encima del sector en la

ciudad y, si no te ibas derecho a que un psiquiatra se ocu-

para de ti y te inter nara en algún lugar tranquilo, te hacían

fijo enseguida.

Pero nada me parecía tan grave que no tuviese consue-

lo o remedio. Por fin, cincuenta y muchas horas de mis se-

manas, al precio de cuarenta, transcurrirían dentro de una

librería y fui feliz, solo de anticiparlo, como pocas veces lo

he vuelto a ser después.

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FIN DEL FRAGMENTO

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The protagonist's story embodies persistence in adversity by exhibiting determination despite repeated rejection based on gender. Her decision to pursue the bookstore job, and her subsequent strategy of enrolling her husband in the role when faced with discrimination, highlight an unwavering resolve to achieve her goals. Additionally, her continuous engagement with the literary field through personal learning and professional endeavors signifies a relentless pursuit of her passion, which serves as a case study for overcoming structural and societal barriers .

The interactions reflect deeply ingrained societal attitudes towards gender roles in employment, where women are systematically excluded from certain job opportunities. The narrative details the protagonist's encounter with a bookstore manager who refuses to hire women, citing strength and licensure as prerequisites traditionally associated with males. This reflects a broader social bias that restricts women's employment opportunities based on outdated notions of capability and suitability for particular roles .

The protagonist attempted to break gender and job market stereotypes by applying for a bookstore job that traditionally hired only men. Despite being initially rejected due to her gender and lack of formal qualifications, she persisted and had her husband apply for the position instead. She expressed confidence in her ability to perform well, challenging the preconceived notions held by the female manager who imposed the gender-based hiring rule .

Early exposure to a limited array of literature instilled in Rubiano a profound appreciation for books and a longing to connect with the literary world. Her independent foray into reading adult literature due to pedagogical restrictions led her to cherish the personal exploration of libraries and bookstores, which she later equated with her understanding of a place filled with possibility and choice. These experiences cemented a lifelong commitment to literature, demonstrated by her desire to work in a bookstore and her reflection on the valuable role of bookstores in discovering literature beyond prescribed readings .

The author's nostalgic recollection of childhood books serves a significant role in highlighting the formative nature of early reading experiences. By describing her attachment to specific books, such as the works of Enid Blyton, Díaz-Plaja, and others, Rubiano emphasizes how these readings fostered her imagination and established a benchmark for literary engagement. This nostalgia underscores a dichotomy between the simplicity of childhood reading and the complexity of adulthood literary pursuits, which flavors her narrative with a longing for the pure, unfettered engagement she experienced as a child .

The lack of bookstores in Marchena initially left Rubiano unaware of the concept of bookstores and the dynamic presence of living authors behind books. It was through an interview with publisher Esther Tusquets in a magazine that Rubiano first realized the importance of bookstores and the role of publishers in selecting and believing in books, despite financial risks .

Belén Rubiano describes her childhood reading experiences as being limited to a few books available at her home and the resources she could access at her school library. She mentions starting with children's magazines, then moving on to works like 'Nada' by Carmen Laforet and 'El Jarama' by Sánchez Ferlosio, which made her feel as though she was wasting her time on lesser books like those by Enid Blyton. Despite the limitations, she developed a deep relationship with the available literature, describing how she would sneak books that she was not allowed to read due to her age .

Personal initiative was paramount in Rubiano's education and discovery of literature. Growing up in an environment with limited access to diverse literary resources, she took it upon herself to explore and interpret the books she could find. Her tenacity is showcased in her willingness to read beyond her years and to secretly seek out books that were restricted due to her age. This proactivity not only expanded her understanding of the world but also laid a foundation for her later endeavors in the literary field .

The final resolution reveals that opportunity within the narrative is influenced by strategic maneuvering and social dynamics. While the protagonist faced gender-based rejection, she adapted by having her husband apply for the bookstore position, which he secured, illustrating that opportunities in this context were contingent on aligning with prevailing social norms. Yet, the narrative also hints at a shift, as the manager, intrigued by the protagonist's potential, opened the possibility of future opportunity, suggesting a gradual challenge to existing discriminatory practices .

The magazine article about Esther Tusquets profoundly influenced the protagonist's career ambitions by exposing her to the inner workings of the publishing world and the role of a publisher. This revelation illuminated a path within the literary field that combined her love for books with practical business knowledge, thereby expanding her career possibilities beyond traditional paths. Tusquets' example of selecting and supporting books despite financial risks inspired Rubiano to aspire for a position that integrated passion with pragmatism, marking a pivotal shift in her career aspirations .

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