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SOBRE LA VIGENCIA DE LOS PRINCIPIOS DE
ORGANIZACIÓN ADMINISTRATIVA 1
Isaac Augusto DAMSKY 2
Este propósito mínimo, hacer realidad
los derechos del ser humano, es, preci-
samente por su sencilla elementalidad,
el más grande y difícil que puede
hacerse el ser humano.
Hanna Arendt
La tradición oculta 3
SUMARIO: I. Introducción. II. La teoría del órgano.
III. Los principios jurídicos de la organización
administrativa. IV. Reflexiones finales.
I. INTRODUCCIÓN
El estudio de la organización administrativa en la
actualidad se encuentra --en mi opinión-- enmarcado
dentro del análisis de un fenómeno mayor; el de la
comprensión de la crisis y transformación del Esta-
1 El autor agradece la invitación del Profesor Dr. Jorge Fernán-
dez Ruiz a quien le dedica este trabajo a modo de modesto
homenaje por su fecunda labor en la construcción de un reno-
vado derecho del poder para la libertad.
2 Profesor de derecho administrativo de la Universidad de Bue-
nos Aires, Argentina.
3 La Tradición Oculta, Buenos Aires, Paidós, 2004, p. 74
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do, 4 lo que determina la necesidad de replantear las
categorías desde las cuales fueron pensadas las teorí-
as organizacionales de la administración pública, aún
vigentes en los sistemas jurídicos iberoamericanos.
Así, un buen ejemplo de ello lo constituye la
complejidad cada vez mayor que actualmente pre-
senta todo intento de comprender las actuaciones de
sujetos privados bajo formas de poderes públicos y
consecuentemente las actuaciones de poderes pú-
blicos bajo formas privadas 5 , a lo que se agrega el
problema de los contornos difusos que ya presenta-
ba la pregunta por la identificación de la adminis-
tración pública. Respecto de este último elemento,
4 Al respecto, se sugiere ampliar en Cassese, Sabino, La Crisis
del Estado, Buenos Aires, Lexis Nexis 2003, y en los siguientes
trabajos del Profesor Argentino Jorge Luis Salomoni: Interés
público y emergencia, Buenos Aires, Fundación de Derecho Ad-
ministrativo, 2003 y “La defensa del Estado Argentino en los
conflictos derivados de la aplicación de los Tratados Bilaterales
de Protección Recíproca de Inversiones: El caso de las prestado-
ras privadas de servicios públicos” en El Derecho, Buenos Aires,
28 de octubre de 2003.
5 Como lo señala Salomoni: “La crisis del Estado nos trae, como
observará y percibirá el lector, un intento certero de racionaliza-
ción de la novedad, del nuevo entramado jurídico que se está
produciendo día a día, y que trastoca los paradigmas sobre los
que se construyeron el estado nacional, sus vinculaciones jurí-
dicas con otros Estados y con sus propios órganos, como así
también sus vinculaciones con los particulares, en sus distintas
expresiones, colectivas, individuales, empresariales, etc., y por lo
tanto, se trastocan la producción y la aplicación de los ordena-
mientos jurídicos. En ese contexto aparece con claridad el con-
cepto de ordenamiento público global o global governance[…] la
aparición de nuevos poderes públicos que no necesitan distin-
guir su naturaleza estatal o no estatal y que son productores y
aplicadores del derecho, mas allá de sus formas y procedimien-
tos estatales nacionales, y aún en contra de estos” (Salomoni,
Jorge Luis, “Estudio Preliminar” en Cassese, Sabino, La crisis del
Estado, p. 7 y 8).
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se apreciaba que en su noción subjetiva como orga-
nización que pende del Poder Ejecutivo, resulta in-
aprensible dada la existencia de estructuras buro-
cráticas en los otros poderes y la existencia de otras
formas de gestión pública realizada por sujetos pri-
vados. En su noción material, se presenta el pro-
blema de determinar cuándo una actividad se com-
prende dentro de la imprecisa noción de “función
administrativa”.
A lo expuesto se agregan otras circunstancias: en
primer lugar, la falta de coordinación entre las orga-
nizaciones públicas, y, la consecuente falta de in-
mediación --de las administraciones públicas tradi-
cionales-- con los particulares. En segundo término,
los vallados que encuentran las estructuras de con-
trol público, las cuales están limitadas en la modali-
dad de sus funciones y condicionadas en cuanto a
la oportunidad de su ejercicio. Finalmente, la difi-
cultad de acceso a la información generada por las
autoridades administrativas en tiempo oportuno,
tanto por los individuos como por la organización
estatal de control.
Las circunstancias descriptas son significativas
de la insuficiencia de las categorías normativas aún
imperantes, en la materia. Al respecto resultan elo-
cuentes las expresiones del catedrático español Lu-
ciano Parejo Alfonso, quien, una década atrás, en la
introducción a su –-ya célebre-- obra Eficacia y Ad-
ministración, señalaba:
Cualquier reflexión actual sobre la Administra-
ción Pública debe partir y ser conciente del
clima de desorientación e incluso confusión
que se padece en la materia. Las causas de la
desorientación son variadas, pero entre ellas
destaca, el cuestionamiento hoy del Estado, y
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la paralela reafirmación, como paradigma, de
la sociedad civil, con postulación de la retirada
de aquél a favor de dicha sociedad. 6
Sin lugar a dudas, el cuadro de situación presen-
tado ya evidenciaba que las desconexiones e impre-
cisiones existentes en torno al contenido organiza-
cional de lo que debe entenderse como
administración pública, su rol, sus cometidos y sus
fines, obedece, entre otros componentes, a la inutili-
dad de buscar un concepto único totalizador de to-
das sus formas y predicable en todo tiempo y lugar.
En realidad, la comprensión de qué es, o qué re-
presenta, la administración pública en la actualidad
--si es que representa algo, o solo constituye un re-
sabio de una estructura estatal en crisis-- cuál es su
rol y cuáles son sus técnicas, solo se logrará dimen-
sionar a la luz de un proceso mayor; el de compren-
sión de la crisis del Estado y las peculiaridades con
que ella se manifiesta en las respectivas dimensio-
nes temporales y espaciales específicas.
Dentro de este contexto, se inscribe –-a mi enten-
der-- la problemática de los principios jurídicos de
organización administrativa. Por ello, creo necesario
formular algunas reflexiones que --a modo introduc-
6 Parejo Alfonso, Luciano, Eficacia y Administración. Tres Estu-
dios, Madrid, INAP, 1995, p 19. Asimismo en la presentación
refiere: “en muy breve tiempo el sujeto central y razón de ser del
Derecho Administrativo, La Administración Pública, ha experi-
mentado cambios, que forman parte de un proceso aún no con-
cluido en tanto que parte del mas amplio de transformación
social y del Estado al que estamos asistiendo. Los datos mas
significativos son, el peso adquirido por la actividad económica y
la asunción progresiva de responsabilidades en nuevos sectores
de alta sensibilidad social. Tales datos hacen realidad la crisis
del Estado y de lo público, y su teorización como factor clave de
la vida social”.
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toria-- motiven al análisis en torno a la vigencia de
su formulación tradicional.
Así es que, en orden a los clásicos principios jurí-
dicos de la organización administrativa, se invitará a
pensarlos a la luz del impacto que la reforma consti-
tucional argentina de 1994 produjo sobre la mate-
ria, al constituirse en uno de los basamentos de la
internacionalización del ordenamiento jurídico ar-
gentino. 7 Así, inicialmente se advierte que mediante
la jerarquización constitucional del sistema inter-
americano de derechos humanos, principios como el
de “jerarquía” --en el derecho público argentino-- se
han visto impactados en orden a la reducción de la
intensidad de sujeción del poder sobre los agentes
públicos, y, asimismo, se han dado los condiciona-
mientos para el desarrollo de otros principios en
seguridad de los derechos humanos fundamentales
de los particulares frente al estado, los cuales po-
seen un caríz procedimental y se perfilan como ver-
daderas garantías instrumentales, como se analiza-
rá a continuación.
En consecuencia, desde la perspectiva expuesta,
en el presente trabajo se pretende revisar las si-
guientes categorías: el órgano, entendido a través de
los postulados de la “teoría del órgano”, la noción de
potestad, y los principios jurídicos de la organiza-
ción administrativa.
7 Al respecto me remito a los trabajos citados del profesor ar-
gentino Jorge Salomoni, y, a lo dicho por el autor en: “Los dere-
chos de participación en el control administrativo del sector
público a partir de la reforma constitucional de 1994”, Damsky,
Isaac Augusto, en VVAA, A una década de la reforma constitucio-
nal, Bidart Campos–Gil Domínguez, Coordinadores, Buenos
Aires, EDIAR, 2004.
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II. LA TEORÍA DEL ÓRGANO
Una considerable cantidad de autores nacionales
y extranjeros se han ocupado de esta formulación
para explicar un tipo especial de vinculación entre
funcionario-función administrativa, y los efectos
jurídicos de los actos dictados bajo esta habilitación
competencial. Básicamente se persigue justificar
porqué las consecuencias jurídicas de las volunta-
des de las personas físicas que integran la persona
jurídica estatal son imputables a esta y no a dichas
personas físicas. Y de esta forma se superan las in-
suficiencias de las anteriores teorías, del mandato,
y de la representación. 8
Adviértase una primera idea: La importancia de la
teorización del órgano es tal, que en la génesis his-
tórica de su formulación se la entroncó con la idea
de la existencia misma del Estado. Así Jellinek 9 sos-
tuvo en 1892 que “El Estado es una persona jurídi-
ca y no puede alcanzar sus fines si no valiéndose de
personas físicas–órganos”. Y enfatiza: “El estado solo
puede actuar por medio de sus órganos; si se elimi-
nasen, desaparecería también la figura misma del
Estado”.
En el siglo XX Forsthoff, 10 continuando la línea
expositiva, enseñó: “toda unidad administrativa,
8 A fin de no distraer el objeto central de esta exposición, no se
abordaran las nociones que inspiran a las teorías del mandato y
de la representación. En aras de una mejor comprensión de ellas
se sugiere ampliar en las obras de Marienhoff y Cassagne.
9 Autor citado, System der subjectiven öffentlichen Rechte
(1892), 2ªed, Tübingen, 1905, p. 225.
10 Forsthoff, Ernst, Lehrbuch des Verwaltungsrecht, t. I, 8ª ed.,
München, 1961, p. 103.
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toda autoridad de la Administración del Estado,
forma parte del conjunto de la institución del Esta-
do”. En Argentina, Marienhoff continuo la argumen-
tación señalando: “el estado y todas las personas
jurídicas estatales de que el se vale para el cumpli-
miento de sus fines expresan su voluntad a través
de personas físicas que las integran. Estas personas
constituyen los llamados órganos personas”. 11 Y
entonces con acierto observa Cassese, resulta ser
que no es la organización en su conjunto, sino que
es el órgano el tema dominante; estableciéndose por
esta razón una ligazón, aún subsistente, estado–
órgano como sujeto representante inmediato del
Estado.
Llegados a esta altura pasaré revista a las nocio-
nes que integran la teoría del órgano, para luego
ensayar las criticas que pueden formularse en aras
de superar sus postulados organizativos.
Esta formulación se basa en la inexistencia de la
relación jurídica de representación entre el órgano y
la organización, en virtud de que ambos son expre-
sión de una misma realidad que es la persona jurí-
dica. Por esto se explica que entre la noción de ór-
gano y la de representación hay una diferencia
esencial. La calidad de representante deriva de una
norma o acto precedente; en cambio la calidad de
órgano deriva de la propia constitución de la perso-
na moral: integra la estructura de esta y forma parte
de ella, El órgano nace con la persona jurídica. 12
Dicho en otras palabras, el órgano deriva de la
propia persona jurídica por ser elemento integrante
de su estructura; al actuar el órgano actúa la perso-
na jurídica, no existiendo vínculos de representación
11 Marienhoff, Miguel, Tratado..., t. I, p. 516.
12 Marienhoff, ob. cit., p. 518.
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entre ambos. 13 De esta forma no actúa en base a un
vínculo exterior con la persona jurídica estatal sino
que la integra, formando parte de la organización.
La dinámica de su actuación resulta explicada en
base a la existencia de dos elementos, uno objetivo y
otro sujetivo. El primero se caracteriza por un “haz
de competencias” que resultan integradas en un
cúmulo de potestades. El segundo se encuentra re-
ferido a la persona física del funcionario que actúa
al órgano en los aspectos que hacen a su voluntad y
capacidad, contextualizada dentro del “principio de
especialidad” por virtud del cual se imputa al órgano
la expresión de voluntad del acto administrativo.
Ello llevó a la doctrina a conformar una “idea unita-
ria” sobre el órgano para así unificar el haz de impu-
taciones de órgano físico-órgano institución, por
cuanto ninguno de estos tiene existencia autónoma.
1. Critica a la teoría
En síntesis, puede decirse con Santi Romano 14
que el principal carácter distintivo del órgano no
13 Cassagne, Juan Carlos, Derecho Administrativo, t. I, p. 160 y
ss. El autor demuestra la importancia de esta formulación teóri-
ca a partir de los presupuestos de configuración de la responsa-
bilidad estatal, enseñando que “es presupuesto para la existen-
cia de responsabilidad la conducta de un órgano o funcionario
que le sea jurídicamente imputable, y de ahí la importancia de
establecer cómo se imputa la voluntad al órgano estatal”. Y se-
ñala luego: “La Corte Suprema nacional ha dicho en este sentido
que la actividad de los órganos y funcionarios del Estado reali-
zada para el desenvolvimiento de los fines de las entidades de
las que dependen ha de ser considerada propia de éstas, que
deben responder de modo principal y directo por sus consecuen-
cias dañosas” (autor y obra citados, p. 161).
14 Santi Romano, Fragmentos de un diccionario jurídico, voz “ór-
gano”, Milán, 1983, p. 148.
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esta en su función, sino, todavía antes, en su com-
penetración con un ente jurídico, el cual recurre
para la obtención de sus fines, a personas que,
prestándole su propia voluntad, y su propia activi-
dad, desaparecen en los engranajes del conjunto,
transformándose en medios idóneos para hacerle
querer y obrar. Esta y todas las explicaciones nos
retrotraen a las nociones extraídas desde Jellinek a
Forsthoff en torno a la importancia de la figura: es el
órgano quien actúa o hace actuar al Estado. Se pre-
guntara el lector el porque de la critica desde su
aspecto fundante.
La crítica inicial apunta a denotar que el enfoque
expuesto trae como consecuencia que se desentien-
da de la organización y su conjunto, pero se interese
por el órgano. Vale decir, se liga Estado–órgano pero
con prescindencia de toda vinculación con la organi-
zación --o repartición pública-- en la que se haya
inserto el órgano. Su efecto será, como lo señala
Palomar Olmeda, “el abandono científico de la orga-
nización administrativa”. 15
A la luz de esta teoría, un sector de la doctrina
italiana encarnada en Sabino Cassese, se encarga
de señalar que “una organización en sentido propio,
como conjunto de órganos, no existe siquiera, ni
puede existir, si la unidad de los órganos se realiza
15 Palomar Olmeda, Alberto, La organización administrativa:
tendencias y situación actual, Granada, Ed. Comares, 1998, In-
troducción, p. XIII. Allí remarca la importancia del estudio con-
textualizado y regionalmente situado de la organización adminis-
trativa, al decir: “no puede disociarse el estudio de la
organización de la Administración misma y ésta, a su vez, del
modelo de sociedad a la que aquella sirve. Aquí ha habido cam-
bios notables con una incidencia plural que han transformado
los esquemas preexistentes. De esta forma, el modelo de socie-
dad es un condicionante evidente de todo cuanto se refiere a la
Administración pública”.
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en el Estado-persona”. 16 Así se critica a la teoría
puesto que el enfoque propuesto resulta parcial y no
abarca el fenómeno en su conjunto, sino solo en
cada una de sus partes, engendrando importantes
disfunciones, como por ejemplo en el régimen de la
responsabilidad del Estado y la difusa imputación a
los agentes públicos. Ello se aprecia a poco que se
comprenda que si bien la función del órgano es la de
permitir obrar al Estado, siendo el órgano el indivi-
duo; este al no identificarse completamente con
aquel por ser solo su titular y necesitar del “elemen-
to objetivo”, torna difusa la imputación del acto y el
deslinde de responsabilidades, ya que, por ejemplo,
¿Es responsable el órgano director general o la per-
sona que lo encarna?
Le sigue a su vez otra duda, si el órgano se inte-
gra por un sujeto bajo un supuesto régimen de res-
ponsabilidad de funcionarios públicos, ¿Cómo puede
suceder que luego se imputen todas las consecuen-
cias de sus actos al Estado? Y concediendo que se
distingan hipótesis en las cuales ciertos efectos del
acto recaigan sobre el funcionario, ¿Puede el órgano
para algunos efectos ser parte del Estado, y para
otros no serlo?
Relativa a la desconexión del órgano con las rela-
ciones y los circuitos administrativos internos de
cada repartición, cuadra recrear una observación
formulada por Cassese: ¿Qué relación existe entre el
Estado y sus órganos y entre los propios órganos? Al
no ser los órganos personas jurídicas, no podrían
existir relaciones entre el Estado y los órganos, ni
entre los órganos entre si. 17
16 Cassese, Sabino, Las Bases del Derecho Administrativo, p.
132.
17 Autor y obra citada, p. 133.
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En este sentido denuncia Cassese que detrás de
la unidad de la persona-Estado se vienen a escon-
der, algunos de los problemas mas importantes del
derecho administrativo moderno, aquellos relativos
a la relación jurídica entre órganos, cuya compleji-
dad es tal que requiere no solo una minuciosa regu-
lación procedimental (que establece qué órgano to-
ma la iniciativa, cuál dicta el acto, y cuál lo
controla), sino el recurso frecuente a acuerdos, con
los cuales los órganos públicos, después de haber
negociado al igual que los particulares, estipulan
contratos relativos a obligaciones recíprocas.
Puede afirmarse sin hesitar que esta desconexión
es la pretendida por esta teoría. Piénsese en sus
consecuencias: no justiciabilidad de toda la activi-
dad administrativa que no ocasione efectos jurídicos
directos a terceros, pero que sin embargo pueda
generar efectos indirectos por los perjuicios al erario
público o la insatisfacción del interés público que
puedan ocasionar las distintas formas del relacio-
namiento administrativo y los consecuentes actos de
administración. Piénsese asimismo en los males que
aquejan a nuestra administración: excesiva presu-
puestación para satisfacer a un núcleo mínimo de
necesidades, o el geométrico crecimiento del aparato
administrativo mediante la incorporación incontro-
lada de agentes.
Se sigue la peligrosa afirmación de que si tales re-
laciones, Estado–órgano, u órganos entre si, no son
relaciones jurídicas, no son actos administrativos
por no trascender en sus efectos a los particulares.
Esta suerte de actos son los que Marienhoff llamaba
actos de administración. Desde esta postura, tradi-
cionalmente aceptada por la praxis burocrática, es-
tos actos se encontrarían dentro de la zona de reser-
va y, consecuentemente, exentos de revisión judicial
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y fuera del control tanto legislativo cuanto de los
órganos extrapoder.
Sin embargo aclaro que --en el caso argentino--
frente a dicha postura, se inscribe otra que compar-
to plenamente y que parte de sostener que en “nues-
tro sistema constitucional, por imperio de los artícu-
los 18, 109 y 116 de la Constitución argentina, no
puede en caso alguno excluirse la revisión judicial
plena de cualquier acto estatal”. 18 En el capítulo
respectivo será abordada con mayor precisión.
Apreciará el lector que esta teoría del órgano aca-
rrea otras consecuencias jurídicas:
En primer lugar, se encuentra a un órgano inves-
tido de potestades y facultades para actuar en el
mundo jurídico. Esto se traduce en la posibilidad del
funcionario de establecer normas, dictar actos ad-
ministrativos y en definitiva, realizar afectaciones
presupuestarias y obligar patrimonialmente a la
administración, con entera libertad ya que no es
pasible de las sanciones por mandatario infiel, por
la inexistencia de la relación de mandato.
En segundo lugar, se aprecia que el funcionario u
“órgano persona” es parte integrante de la reparti-
ción o persona pública estatal. Pero adviértase con
claridad que dicho órgano no es sujeto de derecho. 19
Ello acarrea dos consecuencias: la primera que no le
es alcanzado el régimen jurídico de la responsabili-
18 Gordillo, Agustín, Tratado de Derecho Administrativo, t. 3, pp.
I-7.
19 Cassagne, ob. cit., p. 162. Siguiendo la obra del autor uru-
guayo Aparicio Méndez, enseña que “la relación orgánica suele
ser distinguida de la relación de servicio. En la primera, la per-
sona física titular del órgano actúa en la organización, identifi-
cándose con ella, mientras que en la relación de servicio el agen-
te público es titular de derechos y obligaciones entablándose
una relación jurídica de tipo inter–subjetiva”.
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dad del Estado, y que aun en los casos en que le
quepa responsabilidad esta nunca tendrá la entidad
y alcances que aquel. La segunda es la relativa a la
escasa posibilidad de control administrativo y repro-
che personal sobre los actos y compromisos a los
que anude a la administración, ya que al obligar a
aquella y no tener éste personalidad jurídica, 20 solo
será posible auditar, controlar o enjuiciar a aquella
y no a éste.
Finalmente, y en los aspectos organizativos que
aquí interesan, se la critica por su pretendida con-
tribución a la “impersonalidad del poder”, a la que
llega la teoría al proponer que “no es el Estado sino
sus órganos los que estipulan los contratos”. Ello
fue muy loable en el contexto histórico en el cual se
formuló, pero ya no es más predicable.
Adviértase que lo pretendido fue “hacer imperso-
nal el poder del soberano, desvinculando el Estado
de la figura del monarca y sometiendo el mismo mo-
narca al Estado y al derecho, allí donde, preceden-
temente, el monarca era soberano del Estado y so-
bre el Derecho. Por tanto la primera exigencia a
resolver era la de permitir el paso del Estado absolu-
to al Estado de Derecho”. 21 Sin embargo, hoy día no
puede sostenerse la “impersonalidad del poder” por
20 No es casual el énfasis con el cual Marienhoff señalo esta
circunstancia. En reiterados pasajes de su obra se encargo de
puntualizar: “los órganos que, como tales, integran una persona
jurídica, no pueden considerarse como sujetos de derecho, con
personalidad jurídica distinta de la persona a que pertenecen. La
personalidad, en tal caso, le corresponde a la persona jurídica...
los meros órganos de una entidad no tienen personalidad: no
son sujetos de derecho... Así, los órganos legislativo, judicial y
ejecutivo, integrantes de la persona jurídica estado, carecen de
personalidad, la cual le corresponde al estado.” (autor y obra
citada, t. I, pp. 520 – 521).
21 Cassese, Sabino, ob. cit, p. 134.
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el hecho de encontrar una administración apropiada
por el Estado. No existe más la necesidad de supo-
ner la existencia de una ficción jurídica para “despo-
jar a sus ejecutores de su capacidad de desear in-
tereses personales, porque basta que los titulares de
los órganos estén al servicio del pueblo soberano”.
Así, si para Europa vale la máxima de “los emplea-
dos públicos están al servicio exclusivo de la Na-
ción”, a nosotros nos basta el principio representati-
vo contenido en la manda del artículo 22 de la
Constitución Nacional: “el pueblo no delibera ni go-
bierna sino por medio de sus representantes”.
De esta forma, si bien esta teoría significo un
avance en la conformación de la voluntad adminis-
trativa, no puede desconocerse que en los términos
actuales de conformación del Estado, se contribuyo
a conformar un vallado al control y un principio de
desconexión en los circuitos administrativos, y en la
organización administrativa en su totalidad. Final-
mente, sobre estas conclusiones, deberá erigirse
una nueva teorización en la cual sea la organización
administrativa y no el órgano quien tenga el lugar
preponderante.
III. LOS PRINCIPIOS JURÍDICOS DE LA
ORGANIZACIÓN ADMINISTRATIVA
Se entienden por tales a aquellos de los cuales
surgen reglas y normas organizativas dirigidas a
establecer, ordenar, y regular las relaciones entre
los componentes de la organización administrativa,
la cual comprende tanto a las relaciones “interorgá-
nicas” cuanto a las “intersubjetivas”. Si bien la ge-
neralidad de la doctrina se ha ocupado de su distin-
ción, debe precisarse que por relación interorgánica
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se entiende a las que se refieren al ejercicio de las
potestades de los poderes públicos frente a otros
poderes públicos, las cuales, como se vio, tienen
como partes a figuras subjetivas que no son necesa-
riamente sujetos. Por su parte las intersubjetivas
consisten en relaciones que se dan entre figuras
subjetivas que tienen la “cualidad” de sujetos. 22 Re-
cuérdese que en su acepción doctrinaria tradicional,
solo las últimas resultan controlables. Es por esto
que, como fuere adelantado, se propondrá el control
y revisión plenos de los actos anudados bajo rela-
ciones interorgánicas; no solo por virtud del princi-
pio de plena revisión, sino básicamente porque to-
das estas relaciones, son relaciones jurídicas. 23
22 Giannini, Massimo, Diritto Amministrativo, Milano, 1991, p.
285
23 Esta es una postura que se abre paso día a día en la doctri-
na. Autores como Gordillo, Bidart Campos, Spisso y tantos otros
han ya teorizado con mucha mayor profundidad las implicancias
de este pensamiento. Por ello para una mejor comprensión del
tema, sugiero al lector ahondar en el análisis de sus textos. No
obstante ello, me parece oportuno citar las expresiones del céle-
bre catedrático italiano Massimo Giannini, quien al respecto
señaló: “las relaciones interorgánicas no formalizadas son tam-
bién relaciones jurídicas: la relación entre el soberano absoluto y
los estados generales es una relación jurídicamente definible. En
el estado moderno existe la formalización de dichas relaciones
no solo en el sentido de una mayor extensión, sino también en el
sentido de que se dá un principio general de organización que
impone esta definición como una regla; es decir, un principio
normativo de formalización. La función de dicho principio está
vivamente debatida entre sociólogos y políticos: garantías de las
libertades, equilibrio de poderes, control recíproco de poderes,
necesidad de asegurar niveles mínimos y máximos para el desa-
rrollo de funciones. Es probable que en el terreno jurídico no se
pueda individualizar una sola función, sino que antes bien exis-
tan todas al mismo tiempo”. (obra y autor citado, nota a la p.
286).
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Ello supondrá, que los principios jurídicos de or-
ganización administrativa sean formulados no ya
desde la prerrogativa o privilegio estatal, sino en ga-
rantía y seguridad del particular para exigir una ad-
ministración eficiente, contextualizada en un marco
de actuación temporal y regional determinado. Desde
esta perspectiva la organización administrativa argen-
tina para lograr su legitimidad necesita satisfacer las
garantías constitucionales consagradas por el orde-
namiento supranacional de los derechos humanos, lo
cual implicará una adecuación de los principios rec-
tores de su estructura --a abordar a continuación-- al
igual que el procedimiento.
Al estudiarse “los principios”, tanto la doctrina,
como la jurisprudencia, y las normas de procedi-
miento administrativo, hacen alusión a los siguien-
tes: Jerarquía, competencia, avocación-delegación, y
centralización-descentralización.
En su acepción tradicional ello obedece a que
constituyen los pilares básicos sobre los cuales se
organiza y estructura el andamiaje del poder estatal.
Como lo señalara Marienhoff: “esencialmente, el po-
der de organización se concreta en la estructuración
de órganos y en la atribución de competencias, o mas
bien dicho, en la asignación de funciones a dichos
órganos”. 24 A lo que pueden agregarse las reflexiones
de Diez, para quien la organización administrativa es
“un conjunto de normas que regulan las atribuciones,
la composición y el funcionamiento de un aparato
administrativo” siendo su finalidad esencial “la coor-
dinación entre los distintos organismos”. Desde esta
perspectiva, expondrá con claridad que por organiza-
ción administrativa ha de entenderse: “el conjunto de
24 Autor y obra citada, t. I, p. 511. En sentido concordante,
Forsthoff, Spiegel, y Alessi.
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reglas de derecho que determina la competencia de
los órganos por los cuales manifiesta su voluntad el
Estado, sus relaciones jerárquicas, su situación jurí-
dica, su forma de actuar, cómo debe controlarse su
acción, cómo debe coordinarse en interés de la uni-
dad del Estado”. 25
Si bien estos principios serán analizados a conti-
nuación, entiendo que a partir del impacto de la
supranacionalidad y la jerarquización constitucional
de los tratados de derechos humanos, la organiza-
ción administrativa será vista --insisto-- como ga-
rantía del particular, todo lo cual contribuirá al re-
conocimiento de “otros principios”, que aseguren
esta pretendida vigencia. Me refiero a los siguientes:
publicidad de los actos de gobierno, cooperación,
programación–desarrollo y control de gestión, servi-
cio efectivo.
A continuación analizaré el contenido de los prin-
cipios expuestos.
1. Jerarquía
No cabe duda de que se trata de un principio
esencial y que permite explicar en la historia la or-
ganización y funcionamiento de toda estructura de
poder, sea político, económico o religioso. Pero como
tal, no cabe establecer un contenido universalmente
predicable a todas las estructuras, sino que su for-
mulación debe respetar la peculiaridad de cada ám-
bito de aplicación. O dicho de otra forma, no puede
sostenerse su importación acrítica de un modelo
junto con su respectivas construcciones jurispru-
denciales.
25 Diez, Manuel María, Derecho Administrativo, t. II, pp. 21-22.
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Si bien se trata de un principio basal, para su
aplicación deberán observarse las distintas gradua-
ciones vinculadas a las circunstancias fácticas y
momento histórico de una organización, las ampli-
tudes normativas, las garantías constitucionales y la
concepción filosófico política del poder y la libertad
imperantes en el Estado que se trate. 26
La importancia de reparar en estas aclaraciones
previas se comprende a poco de reparar en el impac-
to que posee su tratamiento normativo. Es valor en-
tendido que el principio de jerarquía “ha sido siem-
pre un instrumento político fundamental cuyas
consecuencias jurídicas negativas se han conocido
desde antiguo, aunque curiosamente la Ciencia de
la Administración no se ha preocupado de analizar
el fenómeno y describirlo”. 27 Se explica entonces la
necesidad de iniciar una reconstrucción teórica. Si
bien excede el objeto del presente, baste con formu-
lar algunas apreciaciones que partiendo de formula-
ciones hipotéticas orienten en futuros estudios. Para
26 El método de análisis expuesto permite apreciar la inaplica-
bilidad de los conceptos construidos por Marienhoff a las rela-
ciones de empleo y función pública establecidos con posteriori-
dad a la reforma constitucional del 1994, en virtud del impacto
del ordenamiento supranacional de derechos humanos.
Con exacerbación del poder por sobre la libertad, en forma
terminante Marienhoff iniciaba su explicación sobre el principio
de jerarquía diciendo: “no se concibe una organización
administrativa donde todos los individuos adscriptos a ella --
funcionarios y empleados-- tuvieren igual rango, lo cual impedi-
ría que unos dieren órdenes y otros las cumpliesen... imperaría
el caos y todo sería inoperante. De ahí la existencia de superio-
res y de inferiores vinculados entre sí por una relación de su-
premacía y de subordinación”. (Autor citado, Tratado..., t. I, p.
591, acápite 191).
27 Palomar Olmeda, ob. cit, p. 92, siguiendo a Nieto García, “La
jerarquía administrativa”en Doc. Administrativa, nº 229 (enero–
marzo 1992).
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ello y procurando una mejor claridad expositiva,
iniciaré reseñando la concepción tradicional.
La doctrina definió a la jerarquía como “el con-
junto de órganos armónicamente subordinados y
coordinados”. Se trata del principio que los reduce a
unidad dado que constituye una relación entre ór-
ganos de una misma persona jurídica. 28
En los términos de Villegas Basavilbaso, el prin-
cipio es visto como “una relación de superioridad de
los órganos superiores respecto de los inferiores”, 29
y años mas tarde Marienhoff reitera la caracteriza-
ción en estos términos: “la relación de supremacía
de los funcionarios superiores respecto a los inferio-
res y de subordinación de estos a aquellos”. 30
Por su parte, Rafael Bielsa definió la jerarquía en
idénticos términos. 31 Solo añadió: “la dependencia
de los funcionarios referida a un centro constituye,
pues, base o sistema de coordinación, y consideran-
do este sistema respecto de los funcionarios, forma
lo que se llama «jerarquía administrativa»”. 32
Se puede establecer en la doctrina contemporánea,
encarnada en el profesor Gordillo, una sistematiza-
ción de las nociones anteriores. El autor encuentra
en la jerarquía “una relación jurídica administrativa
28 Cassagne, Juan Carlos, Derecho Administrativo, t. I, p. 184,
siguiendo las formulaciones de los autores españoles Santa
María de Paredes y Gallego Anabitarte.
29 Villegas Basavilbaso, Benjamín, Tratado de Derecho Adminis-
trativo, t. II, p. 270.
30 Autor y obra citados, t. I, p. 592.
31 Si el lector compara las fuentes de las notas al pie de los au-
tores citados descubrirá que la identidad textual de conceptos
obedece a haber extractado la noción brindada por el profesor
uruguayo Aparicio Méndez en sus obras Teoría del Órgano y La
Jerarquía(p. 33 y ss).
32 Bielsa, Rafael, Derecho Administrativo, t. III, Buenos Aires, La
Ley, 1964, p. 14.
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interna, que vincula entre sí los órganos de la admi-
nistración mediante poderes de subordinación, para
asegurar la unidad de acción”. 33
Finalmente en el plano comparado interesa resca-
tar la noción de Baena de Alcázar, quien se ajusta al
concepto de Gordillo en estos términos:
la vertebración de las organizaciones mediante
la distribución de los órganos en escalones su-
cesivos subordinados unos a otros, existiendo
en dicha organización unas relaciones desper-
sonalizadas que se basan en la obediencia a
los titulares de los órganos de acuerdo con
normas reglamentarias. 34
Caracterizando sus elementos explica la doctrina
que la línea jerárquica se forma por el conjunto de
órganos en sentido vertical, siendo que el grado es la
situación jurídica que cada uno de los órganos ocu-
pa en dicha línea. 35 De esta manera la relación je-
rárquica se determinará siempre que haya superio-
ridad de grado en la línea de competencia y al
mismo tiempo identidad de competencia en razón de
la materia entre los órganos superior-inferior. 36
33 Gordillo, Agustín, “Tratado de Derecho Administrativo”, T 1,
pag. XII-31. No hay duda de la claridad expositiva que refleja su
definición dado que atempera el rigor exacerbado de las formu-
laciones anteriormente comentadas.
34 Baena de Alcázar, Curso de Ciencia de la Administración, Ma-
drid 1985, p. 73.
35 Cassagne, Juan Carlos, ob. cit., p. 184.
36 Gordillo, Agustín, op. cit., pp. XII-32. En estos términos ex-
plica la tradicional “organización administrativa lineal”, con una
dirección en estricta línea jerárquica directa. Sin embargo resul-
ta de interés sus innovadoras apreciaciones que se citan a con-
tinuación: “se propugna el sistema de doble o múltiple comando,
en el cual se admite la relación de jerarquía, no solo por parte de
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De las nociones expuestas se aprecia que durante
casi cien años, tanto en el derecho argentino como
en el comparado, el concepto “jerarquía” no ha sido
para los autores mas que el agrupamiento de “una
serie de órganos” 37 bajo una intensa potestad de
sujeción, llamada “poder jerárquico”. 38 Esto engen-
dró algunas consecuencias.
En primer lugar “el poder jerárquico” determinó
una vinculación de connotaciones negativas propias
de la relación feudo–vasállica, por implicar “el some-
timiento de unos funcionarios a la autoridad de
otros”. 39 Esta es la concreción del concepto “subor-
dinación”, manifestado por el “deber de obediencia”.
En este orden de ideas se sostuvo que “la subordi-
nación tiene carácter absoluto” pudiendo también
incidir en la vida privada del funcionario. Ahondan-
do esta línea argumental se llegó a sostener, incluso
en el ordenamiento positivo, que “para algunos fun-
cionarios ese deber es más riguroso que para otros;
así ciertas categorías deben requerir autorización
para contraer matrimonio, suministrando al respec-
to los datos personales del futuro cónyuge”. 40
Si bien estos conceptos han perdido legitimidad,
sus formulaciones teóricas y previsiones normativas al
mantenerse incólumes, reclaman de un profundo re-
planteo de las categorías desde las cuales se teorizó.
En segundo lugar, al llevar implicada una rela-
ción de superioridad de órganos incardinados bajo
los superiores jerárquicos directos, sino también por parte de
otros superiores, siempre, desde luego, que las ordenes se refie-
ran a las tareas propias del inferior”.
37 Nieto García, ob. cit., p. 23.
38 Ver Bielsa, Rafael, ob. cit., p. 15.
39 Bielsa, ob. cit, p. 15.
40 Marienhoff, Miguel, Tratado..., t. I, Ed Abeledo Perrot, edición
1964, pp. 595 y 596.
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los principios de línea y grado, reduce la organiza-
ción a esto: una serie de órganos. Esto genera otra
connotación negativa consistente en la más absoluta
despersonalización de la relación jerárquica. Este
rasgo fundante de la organización burocrática ha
demostrado ser rígido, poco dinámico e ineficaz. Su-
giero reparar en lo siguiente:
El proceso de plasmación normativa de las prin-
cipales potestades y efectos de la jerarquía, fue con-
temporáneo con el modelo de burocracia construido
por Weber a principios del siglo XX. Este modelo
contendría tres características estructurales típicas:
la rígida división del trabajo por competencias, esta-
blecida a través de normas objetivas, que constitui-
ría la dimensión horizontal del modelo; la continui-
dad de los órganos administrativos y la estructura
jerárquica, que completaría el modelo en su dimen-
sión vertical. 41
En su contexto histórico, esta estructura de ór-
ganos alineados en relación jerárquica, dio respues-
ta a la exigencia de la revolución industrial de deci-
siones rápidas y previsibles, estableciendo una red
geométrica de estructuras y procesos diferenciados.
De esta manera, las formas de legitimidad surgidas
con el ideal racional–weberiano partían de un ejerci-
cio del poder rigurosamente impersonal. Con tales
elementos este esquema implicó un gran avance ya
que superó el desorden y la tortuosa arbitrariedad
de las antiguas administraciones señoriales.
Es entonces que tienen nacimiento algunas de las
potestades inherentes a la jerarquía, que la doctrina
41 Para una mejor comprensión de las ideas expuestas se su-
giere consultar la obra de Weber, Max, Economía y Sociedad,
México, Fondo de Cultura Económica, 1944.
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uniformemente calificó como de: dirección, supervi-
sión, revisión de actos y fiscalización. 42
Pero esa situación compatible con el bajo nivel de
prestaciones que el Estado de principios del siglo XX
debía asumir, resultó menos adecuada al aumentar
el intervencionismo estatal y al modificarse luego
sus fines. Los ulteriores procesos políticos y econó-
micos provocaron un cambio de tal entidad que tor-
naron obsoleta esta estructura de trabajo. Ello de-
terminó --en algunos modelos-- que el poder
impersonal, cuya expresión paradigmática sería la
máxima “gobierno de las leyes y no de los hom-
bres”, 43 fuese adquiriendo características cada día
mas personalizadas. La introducción de grupos an-
tagónicos en el poder modificó el proceso decisorio y
la base de legitimación, que si antes se fundamen-
taba en la superioridad del poder impersonal, ahora
lo es en la relación personal, basada más en el re-
sultado y la eficiencia que en la legalidad o confor-
midad con los procedimientos. 44
Sin embargo, en otros modelos como el nuestro, a
contrario del cambio operado en el plano filosófico-
político y el rol de Estado, se solidificaron los postula-
dos de la jerarquía, se mantuvieron --en algunos ca-
sos se forzaron-- las facultades que el poder jerárquico
42 En la doctrina argentina, Cassagne ha sistematizado los
principales efectos que se derivan de dichas potestades nacidas
de la relación jerárquica. Por ello recomiendo ampliar en su obra
(autor y obra citada, p. 184 y ss.)
43 En este punto se recomienda ampliar en la obra de Bobbio,
Norberto, El futuro de la democracia, 1984, p. 148 y ss.
44 Sobre las cuestiones relativas al policy-making se sugiere
ampliar en la obra de Subirats, Joan, Análisis de políticas públi-
cas y eficacia de la administración, Madrid, INAP, parte I.
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entrañaba, generándose una disfuncionalidad y con-
secuente pérdida de legitimidad del ordenamiento. 45
Solo en fechas relativamente recientes ha sido sus-
tituida esta visión material por otra muy distinta que
centra la jerarquía no en órganos sino en el modo
peculiar en que estos se estructuran, sustituyéndose
la dependencia orgánica por la dependencia funcio-
nal, dadas las fuertes críticas que se le han formula-
do y la deslegitimación que el “valor social jerarquía”
ha experimentado en los últimos años. Así señala
Santamaría Pastor que a este fenómeno de descrédito
contribuye la desconexión entre el principio real de
jerarquía y la jerarquía funcionarial.
De allí, la moderna tendencia de la organización
administrativa de recurrir a organigramas matricia-
les con desconcentración de los niveles de decisión,
que sustituyan las vetustas estructuras piramidales
basadas en rígidas líneas de mando. Esto demuestra
la necesidad de replantear el alcance del poder de
dirección y de las técnicas para dirigir, más allá de
las “autorictas personales”, 46 la que debe ser reem-
plazada por el liderazgo de la persuasión.
45 Debe advertir el lector que España no ha sido ajena a la dis-
funcionalidad denunciada. Prueba de ello lo constituyen diver-
sas previsiones de la “Ley de Procedimiento Administrativo” del
17 de julio de 1958, que exteriorizan las potestades jerárquicas
criticadas. Así a las potestades de dirección del art. 7º le corres-
ponden estrictas de avocación y sujeción del artículo 8 incisos
“cuatro” y “cinco” mediante las cuales se prohíbe a los inferiores
“requerir de incompetencia a otro jerárquicamente superior”, y
se autoriza a los superiores a resolver su competencia “si así lo
entiende”. (Procedimiento Administrativo, Madrid, Ed. Segura,
1983).
46 Autor citado, Fundamentos de Derecho Administrativo, t. I,
Madrid, 1998, p. 943. En igual sentido ver en Palomar Olmeda,
ob. cit., p. 95.
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Debido a que las principales facultades y efectos
que confiere la jerarquía se nuclean en torno a di-
versas potestades como las de avocación y delega-
ción, entiendo necesario formular a continuación
algunas consideraciones relativas a su atributo fun-
damental: la potestad.
A. Referencia sobre la noción de potestad
Enseñaba Santi Romano que en la escala de las
manifestaciones jurídicas subjetivas, el poder y la
potestad aparecen muchas veces como un momento
intermedio entre la capacidad y el derecho subjetivo:
es consiguiente a la primera, pero precedente res-
pecto del segundo, un preliminar y un presupuesto
de este último, como la capacidad es preliminar y
presupuesto del poder. De ello se sigue que un po-
der, como manifestación directa y primaria de la
capacidad jurídica, no puede ejercitarse más que en
el presupuesto de que se tenga un cierto derecho o
título jurídico preexistente. 47 Por esto no se traduce
en una relación, está por encima de las relaciones
singulares y es limitado y condicionado --en su vi-
gencia-- al respeto de esos “límites”. De esta forma
se presentan deberes negativos, atinentes a la ob-
servancia de sus límites, y positivos por los cuales
deviene obligatorio ejercitarlo de un modo determi-
nado. Esto último funda el carácter de irrenunciabi-
lidad e imprescriptibilidad de la prerrogativa, que
dará como consecuencia la distinción entre “potes-
tad” y “derecho subjetivo”, que impide hablar de
derechos potestativos y su consecuente posibilidad
47 Romano, Santi, Diccionario Jurídico, voz “pode-
[Link]”, p. 345 y ss.
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de renuncia. Las notas que los distinguen son las
siguientes:
En primer lugar, la potestad es general, y ejercida
sobre una pluralidad de personas, sea esta determi-
nada o no. Ello determina que en su ejercicio, dicho
poder, continúa único e inagotablemente idéntico no
resolviéndose en tantos poderes distintos cuantos
sean aquellos casos en los que se verifican sus rela-
ciones. 48 Esto último, como sucede en el plano rela-
cional de los derechos subjetivos que se despliegan y
se contienen dentro del círculo de una actual y con-
creta relación con una cosa y un sujeto determinado.
En segundo lugar, la potestad que es normativa-
mente habilitada por el principio de legalidad pre-
existe a las relaciones y derechos que por conse-
cuencia serán anudadas. Luego se afirma la
posibilidad de que del ejercicio de un poder nazcan
relaciones jurídicas. En cambio el derecho subjetivo
es una posición jurídica establecida en el contexto
de una relación, si bien creada su favor por el dere-
cho objetivo mediante un concreto mandato jurídico
pero que no la preexiste; del derecho subjetivo no
nacen relaciones jurídicas.
Corolario de la anterior es la siguiente; la potes-
tad no es facultativa, los derechos sí. Todo derecho
subjetivo se resuelve en un número más o menos
amplio de facultades, las cuales son pasibles de re-
nuncia y de subrogación. La potestad es irrenuncia-
ble, debe ejercerse, y su no ejercicio a más de aca-
rrear la responsabilidad estatal por omisión,
legitima al particular a su reclamo judicial.
48 Es el principio formulado por Santi Romano de inagotabili-
dad e identidad del poder a través de los singulares ejercicios
suyos, autor y obra citada, p. 319.
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En cuanto la índole de las relaciones, en la de
potestad se aprecia con mayor o menor intensidad
una relación “de sujeción” en la que se encuentran
los sujetos pasivos de ella.
Concretando la anterior se aprecia una distinción
fundamental; la potestad entraña la competencia
para el dictado de actos normativos, mientras que el
derecho subjetivo es la cristalización del status jurí-
dico enmarcado por la potestad normativa.
2. Competencia
Junto con el principio de jerarquía, constituye uno
de los pilares fundantes de la organización adminis-
trativa en su acepción tradicional y elemento esencial
de validez del acto administrativo, como --para el caso
argentino-- se establece en el artículo 3º y 7º de la
Ley de Procedimientos Administrativos. 49
Se la entiende como el conjunto de funciones que
un agente puede legítimamente ejercer, siendo por
ello una suerte de medida de las actividades que
conforme el ordenamiento corresponden a cada ór-
49 El artículo 3º de la Ley Nacional de Procedimientos Adminis-
trativos nº 19549, establece: “La competencia de los órganos
administrativos será la que resulte, según los casos, de la Cons-
titución Nacional, de las leyes y de los reglamentos dictados en
su consecuencia. Su ejercicio constituye una obligación de la
autoridad o del órgano correspondiente y es improrrogable, a
menos que la delegación o sustitución estuvieren expresamente
autorizadas; la avocación será procedente a menos que una
norma expresa disponga lo contrario”. Por su parte el artículo 7º
inc. a), del citado cuerpo normativo, al establecer los requisitos
esenciales del acto administrativo, estipula lo siguiente: “son
requisitos esenciales del acto administrativo los siguientes:
competencia a) ser dictado por autoridad competente”.
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gano administrativo; es su aptitud legal de obrar. 50
También se ha dicho que la competencia es lo que
verdaderamente caracteriza a una repartición admi-
nistrativa y la distingue de otra, en virtud de lo cual
pudo ser definida como el complejo de funciones
atribuido a un órgano administrativo, o como la me-
dida de la potestad atribuida a cada órgano. 51
Como lo enseña el profesor argentino Julio Co-
madira: “la competencia surge, según los casos, de
la Constitución, las leyes o los reglamentos dictados
en su consecuencia. Es objetiva, ya que solo puede
surgir de una norma”. 52
Desde esta concepción doctrinaria se han enarbo-
lado algunas de las siguientes consecuencias jurídi-
cas: que la competencia es objetiva, por encontrar sus
bases en una norma preexistente que perfila su apti-
tud con sustento en el principio de la especialidad,
que es obligatoria, por el deber de efectuar la actividad
dentro de las atribuciones conferidas, y, finalmente,
su carácter de improrrogable e irrenunciable.
Sin embargo, la contracara de lo expuesto genera
algunos interrogantes. Así, respecto de la obligato-
riedad se afirma que por dicho carácter la compe-
tencia no constituye un derecho subjetivo. Precisa-
mente, se sostiene que constituye una obligación del
órgano dado que [la competencia] es un concepto de
la esfera institucional, en la cual los derechos subje-
tivos son desconocidos. 53 Siendo ello así, podría
50 Gordillo, Agustín, ob. cit., t. I, pp. XII-8, siguiendo a Saya-
gués Laso.
51 Marienhoff, Miguel, Tratado de Derecho Administrativo, t. I, p.
570.
52 Comadira, Julio Rodolfo, Procedimientos Administrativos. Ley
Nacional de Procedimientos Administrativos, Anotada y Comenta-
da. Buenos Aires, La Ley, 2003, pp. 116 y 117.
53 Cfr. Marienhoff, Miguel, ob. cit., t. I, p. 571.
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pensarse que las cláusulas de las leyes de procedi-
mientos administrativos se encuentran desvirtua-
das, ya que al no reconocerse el derecho a reclamar
su vigencia, se torna abstracta. Ergo, si no es exigi-
ble, lo obligatorio deviene en facultativo.
En base a la especialidad se sostiene que ella de-
be surgir de norma expresa, fundado en su distin-
ción con la capacidad de los sujetos privados, por
cuyo conducto se afirmó que la competencia es la
excepción y la incompetencia la regla. Pero sucedió
que paralelamente a la construcción del postulado
de la permisión expresa, se erigieron las teorías de
las competencias implícitas e inherentes, de lo cual
resulta que además de lo expresamente establecido
en la norma, el agente podrá realizar otras funciones
no expresadas pero que condigan con la misma fina-
lidad. 54 Ergo, si para evaluar la validez de un acto
administrativo debo atender a la finalidad y a lo im-
plícito en lo expreso, me pregunto entonces cuál es
la vigencia del principio de la competencia expresa.
Si bien el principio de competencia genera un
sinnúmero de interrogantes que exceden al presen-
te, las cuestiones planteadas evidencian la necesi-
dad de un nuevo enfoque del tema, mediante el cual
se conecten sus distintos niveles de argumentación,
ya que como se verá el problema tiene su raíz en el
campo normativo.
Si se analizan los textos legales, se verá que las
competencias de las reparticiones son establecidas
con carácter genérico. De la misma manera, la re-
54 En este sentido, explica Juan Carlos Cassagne, que el prin-
cipio de la especialidad no desplaza la posibilidad de que la apti-
tud del órgano surja en forma expresa o implícita de una norma.
La especialidad surge de la finalidad de la norma. (Autor citado,
Derecho Administrativo, pp. 208 y 209).
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glamentación, que debiera tener por objeto especifi-
car las funciones establecidas por ley, las desarrolla
de manera ambigua --cuando no yuxtapuesta-- en-
tre los diversos órganos que componen la reparti-
ción. Es lo que sucede con las llamadas “misiones y
funciones” y las “responsabilidades primarias” que
en lugar de establecer un núcleo de habilitaciones
competenciales, se limitan a la enunciación de una
cantidad de finalidades. Siendo ello así, los deberes
de actuación quedan difusos y con ello se reduce el
ámbito de certeza y la consecuente posibilidad de
ejercer controles efectivos sobre el desempeño insti-
tucional de las áreas administrativas.
Así, creo necesario pensar en un punto de partida
que permita reconectar la teorización de las compe-
tencias administrativas con una realidad que se nos
muestra bien diversa. En primer lugar, puede postu-
larse el reemplazo de la ecuación “competencia- de-
ber”. Ello, dado que la praxis nos exhibe la comple-
jidad, multiplicidad e imprevisibilidad de la acción
estatal. Ésta, hace imposible la predeterminación de
las competencias a través de normas precisas, ya
que nunca se presenta la actividad administrativa
como una traducción automática de prescripciones
generales en prescripciones concretas. 55
De esta forma, ya no se hablará de la competen-
cia como “medida de poder”, sino como atribución
de funciones a los integrantes de un órgano estatal.
De ello se sigue que si las grandes reparticiones del
Estado tienen atribuciones en su conjunto y cada
uno de los órganos que las componen tiene su pro-
55 Cfr. Giannini, Máximo, ob cit., p. 240 y Cassese, Sabino, ob.
cit., p. 333.
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pia competencia, 56 ésta resulta sólo una unidad de
medida de distribución interna de funciones.
Lo expuesto, si bien puede atenuar el contenido
de los caracteres tradicionales, llevará consigo el
desarrollo de otros principios de organización admi-
nistrativa de caríz procedimental que permitirán
una reconexión con los particulares, destinatarios
del quehacer estatal. Tales principios serán analiza-
dos mas adelante.
3. Las técnicas de erigidas a la jerarquía de principio
Hasta aquí se trataron aquellos principios de or-
ganización administrativa que resultan uniforme-
mente receptados por los ordenamientos particula-
res y, reconocidos, por la doctrina especializada
como umbral mínimo de validez de cualquier diseño
de repartición pública, sus reglamentos operativos y
el régimen de validez de sus actos. Sin embargo, me
parece útil plantear la necesidad de diferenciarlos
respecto de otras técnicas organizativas, que tradi-
cionalmente fueron equiparadas a la jerarquía de
principios, acaso para legitimar actuaciones de po-
der, en algunos casos, con mengua de los derechos
individuales. Así, se abordaran seguidamente el con-
tenido de las siguientes técnicas: avocación y dele-
gación, centralización y descentralización.
A. Avocación y delegación
Atributo de la potestad jerárquica, la avocación es
la posibilidad de que el superior ejerza competencia
que le corresponde al inferior. Con un criterio res-
trictivo de la competencia, hay autores que recaban
56 Cfr. Giannini, ob. cit., p. 239.
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la expresa habilitación legal para su ejercicio 57 . Sin
embargo, el sistema que presentan las normas de
procedimiento administrativo da cuenta de la crea-
ción de una autorización genérica salvo idoneidad
específica o previsión legal en contrario.
A diferencia de la delegación en la cual los efectos
son continuos hasta el acto de su revocación, en la
primera no se precisa de un acto de autorización
para ejercerla; en el ordenamiento ella surge como
una potestad inherente a la superioridad jerárquica.
Esto no resulta compartido por Gordillo quien seña-
la que sus efectos se agotan con cada uno de sus
ejercicios dado que es competencia primordial del
inferior, mientras que en la delegación la competen-
cia es del superior.
Es necesario distinguir la delegación de la des-
centralización, y la desconcentración, diciendo que
en la primera de las figuras no se opera una modifi-
cación de las estructuras administrativas, como sí
sucede en las restantes. La delegación es una técni-
ca que solo incide en la llamada “dinámica adminis-
trativa”, es un medio jurídico concreto e individual
para desgravar en forma temporal, el peso del ejerci-
cio de la competencia propia. 58
B. Centralización y descentralización
Por intermedio de la centralización las facultades
decisorias se encuentran reunidas en los órganos
57 Siguiendo los lineamientos jurisprudenciales, Gordillo en-
tiende que su ejercicio no es legítimo salvo que la ley la haya
autorizado, ob. cit., pp. XII-26
58 Sostiene el profesor Agustín Gordillo, ob. cit., pp. XII-23.
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superiores de la repartición de que se trate; 59 de ahí
que la desconcentración sea una técnica recurrible
para su morigeración, por consistir en la atribución
de “porciones de competencia” a órganos inferiores de
la misma repartición, y por ello no es abordada aquí
como un principio de organización administrativa.
Con acierto ha señalado Giannini que la descen-
tralización “ha sido objeto de discusión mas por par-
te de políticos que por parte de los juristas, con un
resultado de confusión nada común”. 60 Formalmen-
te se trata de un sistema contrario al de la centrali-
zación, en el cual se sustituyen las reglas jerárqui-
cas por las de supervisión, que no es otra cosa que
el poder de tutela exteriorizado en las previsiones
del recurso de alzada previsto por las normas marco
de procedimiento administrativo.
Este es quizás el principio que apunta directa-
mente al modelo de Estado ya que se identifica con
la transferencia del poder desde una estructura cen-
tralizada a otros centros situados en la periferia que
tienen, a partir del momento de la transferencia,
poder de decisión sobre los asuntos y competencias
objeto de la misma. 61 Se distinguen dos clases; la
territorial y la funcional. En esta segunda el acento
se coloca no en el trasvase territorial sino en el tras-
vase funcional específico.
Entre los efectos jurídicos de la descentralización
se cuentan: personalidad jurídica propia del orga-
nismo descentralizado, asignación de partida presu-
59 Así, sostiene Gordillo que la centralización es el estadio mas
primitivo en la evolución estructural de la administración públi-
ca (ob. cit., pp. XIV-1).
60 Autor y obra citados, p. 289.
61 Palomar Olmeda, ob. cit., p. 96.
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puestaria para su ejecución, y potestad de adminis-
trarse a sí mismas.
4. La jerarquización de otros principios
Mas arriba señalé que en mi opinión, la reformu-
lación de los principios tradicionales de jerarquía y
competencia precisaban no sólo del establecimiento
de contornos más precisos, sino también del desa-
rrollo de otros que establezcan mecanismos de in-
mediación tanto de los particulares con la adminis-
tración cuanto de la organización pública entre sí.
De allí su caríz procedimental.
Es útil aclarar que los principios que a continua-
ción serán tratados modifican su concepción tradi-
cional. Ello por cuanto los principios abordados fue-
ron pensados como mecanismos auto-organizativos
de circuitos y niveles internos de las estructuras bu-
rocráticas. Como contrapartida, esta nueva visión que
dan los principios que se pasan a tratar, invita a su
replanteo a la luz de la técnica constitucional argen-
tina, que antepone el sistema de derechos al sistema
de poder. Si bien un análisis de mayor extensión ex-
cede el propósito de este trabajo, me limitaré a su
formulación y planteo de sus notas esenciales.
A. Publicidad de los actos de gobierno
Si bien se destaca el neto contenido procedimen-
tal de este principio, se enlaza con el principio de
transparencia que es claramente instrumental en el
ámbito de la administración, introducido por con-
ducto de la Convención Interamericana contra la
Corrupción (Ley 24.759 en adelante CICC). Así, su
impacto en la organización administrativa reside en
el deber que tiene la administración de conformar
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su aparato burocrático y establecer sus circuitos
internos de manera que se asegure al particular la
publicidad de toda la gestión pública, entendida
como el acceso en tiempo oportuno a la información
adecuada y veraz de la gestión.
Por ejemplo, en materia contractual los efectos de
la CICC determinan la obligatoriedad para la admi-
nistración de dar a publicidad --mediante su publi-
cación en el Boletín Oficial-- toda contratación admi-
nistrativa, incluso las contrataciones directas. Con
acierto señala Gordillo que con ello la administra-
ción “no pierde la facultad de contratar directamen-
te, pierde la facultad de hacerlo en secreto y sin de-
bate. La contratación directa que conocíamos queda
modificada para siempre con esta norma”. 62
Asimismo este principio se encuentra reconocido
--en Argentina-- en el artículo 1º de la Constitución
de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires al estable-
cer: “todos los actos de gobierno son públicos”.
Es claro que la mentada publicidad o “transpa-
rencia” es una forma de control de la actuación ad-
ministrativa por la facultad que otorga al particular
de conocer el funcionamiento de la administración
en general y de cada antecedente o expediente, en
particular. Y sus consecuencias van mas allá de la
toma de conocimiento y el acceso a la información:
si la publicidad se integra como uno de los princi-
pios de la organización administrativa, y por imperio
de la CICC de la contratación pública, de ello se si-
gue que su inobservancia por la administración aca-
rrea una violación estatal de tales principios, que
62 Gordillo, Agustín, Tratado de Derecho Administrativo, t. I, pp.
XVI-13.
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habilitan la legitimación del particular para ocurrir a
la sede judicial. 63
Esta garantía se encuentra también reconocida
en la Ley 104 de “acceso a la información” de la
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, al establecerse
la facultad del particular de ejercer acciones judicia-
les expeditas para el acceso a la información. Más
adelante volveré sobra algunas cuestiones que plan-
tea el sistema.
Sin embargo con ello no basta. La formulación
real del principio exige de la administración su con-
creción en las distintas normas organizativas que
deben ir recogiendo las diferentes formas de plas-
mar la transparencia, mediante técnicas que permi-
tan su realización dentro de los circuitos internos de
cada repartición, 64 como condición de validez.
B. Cooperación
Unido al principio de coordinación, constituyen
dos caras de una misma moneda y tienden a fomen-
tar la interacción recíproca entre los distintos apara-
tos administrativos. Se encuentran llamados a regir
el campo de las relaciones interorgánicas e intersub-
jetivas, y se refieren al conjunto de pautas de rela-
ción entre poderes. Así, partiendo del respeto a la
“autonomía funcional” de cada parte o repartición
pública, permite, mediante procedimientos acorda-
dos, el entendimiento de todos ellos.
63 Gordillo, Agustín, ob. cit., pp. XVI-14, lo entiende como princi-
pio jurídico rector de la contratación pública conforme el artículo
III, inc. 5º, de la CICC.
64 Este tema ha sido mejor analizado por la doctrina española,
destacándose la obra de Sánchez Morón, El principio de partici-
pación en la Constitución Española, RAP nº 89, Madrid, 1989, y
Palomar Olmeda, ob. cit., p. 116 y ss.
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Resáltese que su finalidad es garantizar al parti-
cular la toma de decisiones en forma conjunta por
las distintas reparticiones en aquellos asuntos que
afecten la determinación de competencias, o que las
mismas resulten compartidas, o exijan articular una
actividad común 65 la cual trascendiendo lo mera-
mente potestativo, emerge como obligación jurídica
para la administración. 66 Ya no basta el cumpli-
miento de metas o cometidos propios de cada repar-
tición para excusar la responsabilidad del Estado,
sino que reclama la acción conjunta de todo el apa-
rato burocrático para la efectiva satisfacción del in-
terés en juego.
Dada la virtualidad de constituir un supuesto de
responsabilidad del Estado por omisión, es que sus
alcances no se encuentran clarificados por la doc-
trina extranjera. Así se ha entendido que su obser-
vación es voluntaria para la administración y por
ello no necesita invocación expresa, siendo un
“principio finalista que enlaza con el objetivo o fin a
perseguir”, esta postura resulta matizada por quie-
nes analizan una serie de supuestos en los que exis-
te cooperación forzosa impuesta por ley... Es lo cier-
to que en los supuestos indicados se produce una
sustitución de la voluntad por una imposición de la
norma hasta el punto de que la cooperación podrías
65 Se sugiere ampliar en la obra de Hernández Lafuente, Coor-
dinación, colaboración, y cooperación. El desarrollo del principio de
cooperación. El funcionamiento del Estado autonómico, Madrid
1996.
66 Habrá de tenerse presente la opinión del prof. Cassagne
quien lo entiende en sentido diverso al de esta obra, al señalar
que “en la doctrina no existe acuerdo acerca de algunos otros
principios como el de unidad y el de coordinación. el mismo
constituye en realidad un requisito de toda organización y su
base, no revistiendo carácter jurídico” (autor citado, Derecho
Administrativo, t. I, p. 183).
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no estar aquí bien utilizada como concepto jurídico.
Sin embargo adviértase que la jurisprudencia del
Tribunal Constitucional español ha matizado su
configuración como “facultad de cooperación” hasta
el punto de hablarse de un “deber de coopera-
ción”. 67 En el mismo sentido, con carácter instru-
mental y no material la jurisprudencia del citado
tribunal se ha pronunciado respecto del intercambio
de información como elemento de cooperación.
C. Programación, desarrollo de objetivos y control
de gestión
Hasta el momento la administración ha utilizado
la técnica de los objetivos esencialmente para con-
feccionar sus presupuestos. Sin embargo es una
crítica común la fuerte desconexión entre la activi-
dad o circuito presupuestario y la gestión, dado que
en muchos tramos del circuito ambas se ignoran
mutuamente y conviven como si se tratase de reali-
dades perfectamente diferenciadas. Como lo explica
Palomar Olmeda, una vez definidos los objetivos
macro, se convierten cada vez mas en algo ajeno a
los intereses de las propias organizaciones. De allí la
importancia y necesidad de que las normas incorpo-
ren esta formulación como uno de los principios
jurídicos de la organización administrativa.
Por esto parto de la hipótesis de que no puede
existir legitimidad en la organización administrativa
si no se erige al control, entendido como un conjun-
to de actos que van desde la programación, supervi-
67 Se tratan de las sentencias 80/1985 y 125/1988, comenta-
das en la obra de Morell Ocaña, Una teoría de la cooperación,
Documentación Administrativa nº 240 (octubre – diciembre),
Madrid, 1994.
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sión del desarrollo y culminan en la revisión de ges-
tión, como uno de sus principios jurídicos rectores.
En este punto debo señalar que si bien esta no-
ción fue trabajada en la doctrina comparada, su
“idea” no es extraña a la tradición nacional y ha sido
motivo de advertencia por el antiguo publicista ar-
gentino Rodolfo Bullrich, quien en 1921 escribió:
Si la administración pudiese obrar a su albe-
drío, sin ninguna restricción, sería de temer
que se violaran los derechos individuales y se
lesionaran los intereses de los ciudadanos, cu-
yo patrimonio se vería absorbido por las nece-
sidades crecientes del erario, pues la adminis-
tración tiene detrás de si la fuerza entera del
gobierno, de tal manera que el pueblo se haya
en cierta medida a merced de ella.
Y mas adelante agrega:
cualquiera sea la organización de los poderes
públicos, en una monarquía absoluta o en un
régimen representativo, la gestión de la fortuna
del Estado, deben estar resguardados por un
contralor eficaz y una contabilidad ordenada.
Toda gestión requiere un control, así como to-
do mandato implica una rendición de cuentas.
No es necesario realizar un gran esfuerzo de
análisis para discernir los intereses sociales y
económicos que pone en juego el contralor
administrativo. La prosperidad financiera del
Estado depende tanto de una sabia adminis-
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tración de los dineros públicos basada en un
control severo. 68
Esta ejecución por objetivos y por programas, im-
plica una atenuación de las rígidas potestades de
control jerárquico, y su reemplazo por técnicas que
implican el autocontrol: en la medida en que se co-
nocen y determinan a priori los requerimientos que
la organización demanda de cada uno de sus com-
ponentes, se contribuye a una mejor medición de
cumplimiento de los objetivos mediante el recurso a
“indicadores de gestión”. Su importancia es más
grande de lo presumible ya que pueden cumplir di-
ferentes funciones, como el apoyo a la planificación
y a la presupuestación, a la mejora de la gestión y la
eficacia, y a la evaluación de políticas y programas
públicos.
Piénsese, ¿Cómo podemos formular juicios de
presupuestación y gestión si no contamos con eva-
luaciones de resultados para medir la idoneidad de
la aplicación de los recursos?
D. Servicio efectivo
Lleva implicados los de participación y control por
el particular. Tiende a que la administración garan-
tice al particular los siguientes extremos:
a) La efectividad de sus derechos cuando se rela-
cionen con la administración.
b) La continua mejora de los procedimientos, ser-
vicios y prestaciones públicas, de acuerdo con las
68 Bullrich, Rodolfo, Curso de Derecho Administrativo...dictado
en la Facultad de Derecho de Buenos Aires por el Profesor Titular
de la Materia, Buenos Aires, 1932, pp. 112 y 113.
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políticas fijadas por el gobierno y teniendo en cuenta
los recursos disponibles, determinado al respecto las
prestaciones que proporcionan los servicios estata-
les, sus contenidos y los correspondientes estánda-
res de calidad.
Este principio formulado desde la corriente del
new public management, 69 hace a la posibilidad de
participación y control permanente de todo particu-
lar que entre en relación con la administración, y
tiene como efecto obtener una mayor libertad en la
gestión de recursos y personal, y una mas oportuna
medición del rendimiento. Como lo destaca Palomar
Olmeda, se apunta a una figura que comienza a te-
ner cierta implantación y que se ha identificado con
la denominación “cartas de servicios”, que constitu-
yen un instrumento de compromiso sobre “stan-
dards de gestión y calidad”, al que pueden ligarse
criterios de resarcimiento ante el mal funcionamien-
to del andamiaje burocrático. En suma, concluye el
autor, “el potencial de las cartas consiste en expre-
sar un consenso sobre un modelo social que afecta
al comportamiento y las responsabilidades, a los
derechos y deberes, a las expectativas y a la con-
fianza de funcionarios y particulares”. 70
No escapará que este precepto tiene también un
cariz procedimental ya que una de sus aristas se
centrará en la garantía de efectividad de las normas
de procedimiento administrativo.
69 Si bien se desarrollará en otra parte de este estudio, para
una mejor comprensión del tema sugiero ampliar en las obras de
Löffler, La modernización del sector público desde una perspectiva
comparativa: conceptos y métodos para evaluar y premiar la cali-
dad en el sector públicos de los países de la O.C.D.E., Documen-
tos INAP, Nº 8, Madrid, Julio 1996. También en Lane, Jan - Erik,
New Public Management, London, Routledge, 2000.
70 Palomar Olmeda, ob. cit., p. 125.
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IV. REFLEXIONES FINALES
Los distintos modelos de organización adminis-
trativa desarrollados en los sistemas internos, me
refiero en especial al caso argentino, no han sido
pensadas desde la peculiar realidad a la cual debi-
eran haber servido y que por ello, acaso no satisfa-
gan las necesidades propias de sus contextos, agra-
vándose ello a partir del reconocimiento de un
proceso de crisis del Estado que desde tiempo atrás
ha comenzado a transformar las esferas de actua-
ción del poder.
Ello evidencia, de que aún la teorización vigente,
no ha sido el producto de un pensar situado, sino
que por el contrario han sido el fruto de una incor-
poración acrítica de modelos. Es que, como señaló el
politólogo norteamericano Dwight Waldo, varias dé-
cadas atrás:
El Estado es una institución humana, es
humano de arriba abajo; no se basa solamente
en un sistema formal, en capacidad y número,
sino más aún en actitudes, entusiasmo y leal-
tad. No es ciertamente una máquina que se
pueda desmontar, proyectar y montar de nue-
vo sobre la base de leyes mecánicas. Es más
semejante a un organismo vivo. La reorganiza-
ción del Estado no es una tarea mecánica. Es
una tarea humana y ha de enfocarse como un
problema de moral y de personal, a la vez que
como una cuestión de lógica y organización. 71
71 Waldo, Dwight, The administrative State, N.Y., Ronald Press
Company, 1961, p. 262.
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De ello se sigue que no puede disociarse el estu-
dio de la administración pública misma, y, ésta, a
su vez, de las especificidades del contexto al que se
encuentra destinada a servir.
Siendo ello así, se piensa en la necesidad de re-
formular los postulados desde los cuales se constru-
yó la concepción actual de la organización adminis-
trativa, que así permitan aprehender la nueva
realidad que presentan nociones tales como la de
“arena pública”. 72
Relativo a la estructuración de sus principios ju-
rídicos, estos podrán ser abordados no ya desde la
prerrogativa, sino desde la óptica de los derechos
fundamentales, con la consecuente vertebración de
aquellas garantías instrumentales que otorguen a
los individuos la posibilidad de utilizar herramientas
concretas para exigir una administración eficiente,
oportuna y eficaz, a partir de una reflexión contex-
tualizada dentro de un marco de actuación temporal
y espacial determinado.
Desde esta perspectiva, aprecio que la organiza-
ción administrativa argentina, para lograr su legiti-
midad, necesita satisfacer las exigencias provenientes
del plexo de derechos fundamentales especificados en
su texto constitucional --con motivo de la reforma
constitucional de 1994-- no solo por intermedio de
72 Si bien la detenida consideración de esta noción excede en
mucho el marco del presente, baste con señalar que “el para-
digma de la arena pública comprende, por un lado, el espacio en
el cual se desarrollan la actividad pública y el intercambio Esta-
do- sociedad, y por el otro, es expresión de confin con la de “es-
fera pública” de origen habermasiano, que indica el espacio
social en el cual se desarrollan diálogos y conflictos y que sirve
para la transferencia de las demandas sociales al cuerpo políti-
co” (Cfr. Salomoni, Jorge Luis, “Estudio Preliminar” en Cassese,
Sabino, La Crisis del Estado, p. 9).
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sus nuevos derechos y garantías, sino por las amplia-
ciones producidas por intermedio de la recepción --en
sus condiciones de vigencia-- del orden público su-
pranacional de los derechos humanos.
En consecuencia, lo anterior implica --desde mi
perspectiva-- la necesidad de que se produzcan en el
plano normativo las adecuaciones necesarias y sufi-
cientes provenientes del nuevo orden constitucional
--como plano superior-- sobre los principios y reglas
de organización, al igual que sobre el procedimiento
administrativo.
Un pensar situado en esta materia debe partir de
evaluar el modelo de estado, en crisis, dentro del
cual se inscribe, ya que una organización adminis-
trativa establecida sin relación con la forma y la filo-
sofía política del Estado en que funciona sería miope
y estaría edificada sobre una base falsa. La organi-
zación administrativa debe llevar adelante la parte
que le corresponde de las cargas del gobierno demo-
crático. La administración sola, como fuerza social,
es inadecuada. 73
Es entonces que, para el caso concreto argentino --
dentro de la realidad iberoamericana-- el análisis de-
be tener su inicio en la consideración del impacto del
orden público supranacional sobre nuestra organiza-
ción administrativa, para que de manera efectiva,
ésta, logre operar como una auténtica garantía ins-
trumental para la protección y promoción de sus des-
tinatarios, los particulares, individuales y colectivos.
73 Waldo Dwight, ob. cit., p. 264.
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