Transición Española: De Franco a la Democracia
Transición Española: De Franco a la Democracia
EDITORIAL
EZCURRA
Tema 5
La transición española a la democracia. El consenso constitucional de 1978. La
consolidación del sistema democrático
LA TRANSICION ESPAÑOLA
A) EL DECLIVE DEL FRANQUISMO Y LA REINSTAURACION DE LA
MONARQUIA
La transición española a la democracia fue un proceso pacífico y gradual que supuso
una profunda transformación institucional y política, pasando de un Estado autoritario
y centralizado, que había durado casi cuarenta años, a otro democrático y descentra-
lizado, una transición que en opinión de muchos es el mejor negocio que hemos hecho
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ese predominio se consolidara en el futuro, con la monarquía de Juan Carlos. El asunto EDITORIAL
Matesa pareció ser el modo perfecto para restablecer el poder falangista. EZCURRA
Matesa era una empresa radicada en Pamplona y dirigida por el catalán Juan Vila
Reyes, íntimo amigo de Laureano López de Rodó, ministro del Plan de Desarrollo. La
empresa se había visto involucrada en una gigantesca apropiación ilegal de fondos del
Estado obtenidos fraudulentamente del Banco de Crédito Industrial. Junto a López
Rodó, los ministros directamente implicados, Faustino García Moncó, de Comercio, y
Juan José Espinosa San martín, de Hacienda, junto con el gobernador del Banco de
España, Mariano Navarro Rubio, eran todo miembros del Opus Dei. Solís y Fraga
vieron llegado su momento. Fraga permitió que la cadena de publicaciones del Movi-
miento lanzase una violenta campaña contra el Opus, con el discreto apoyo de otros
grupos igualmente hostiles al Opus Dei. Sin embargo, ambos habían cometido un grave
error de cálculo al sopesar la situación. Y, además, a Franco no le había gustado nada
la leve liberalización impulsada por Fraga en el Ministerio de Información.
Por todo ello, en un reajuste ministerial a fines de octubre de 1969, Franco destituyó
a tres ministros del Opus Dei como castigo por el asunto Matesa, pero también cesó a
Solís y a Fraga, como castigo por intentar capitalizar políticamente un incidente que
había dañado el prestigio del Gobierno. Con todo, los tecnócratas del Opus Dei pudieron
conservar sus posiciones en el nuevo Gobierno, en el que las figuras dominantes eran
el almirante Carrero Blanco y López Rodó, además de Gregorio López Bravo, también
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del Opus.
Por otra parte, en esos momentos se produjo un hecho que no podemos dejar de
mencionar. Nos estamos refiriendo al juicio de Burgos, una vista pública contra miem-
bros de ETA que daba comienzo el 3 de diciembre de 1970. El fiscal pedía seis penas
de muerte para otros tantos procesados y cientos de años de prisión para diez, entre
ellos dos sacerdotes1.
Para llamar la atención, dos días antes un comando de ETA secuestraba en San
Sebastián a Eugen Beihl, cónsul de Alemania en esa ciudad, anunciando que su suerte
dependería de la de los seis etarras sobre los que pesaban las peticiones de sentencias
de muerte en el juicio. Estaba claro que ETA pretendía propagar el proceso a nivel
mundial y que las autoridades alemanas presionaran al Gobierno español para que
las sentencias de muerte no se llevasen a cabo.
Asimismo, el obispo Cirarda, de Bilbao, y el de San Sebastián, Argaya, publicaron
una carta pastoral, leída en todas las iglesias de Guipúzcoa y Vizcaya, en la que con-
denaban el procedimiento judicial y pedían clemencia para todos los acusados que
pudieran ser condenados a muerte. El Gobierno reaccionó de inmediato, acusando a
los obispos de instigadores políticos y de prejuzgar un asunto que estaba sub iudice.
El juicio acaba bruscamente el día 9, en medio de un tumulto indescriptible, al
enfrentarse los presos, secundados por el público, con el jurado y negarse a seguir
siendo defendidos. El día 28 son dictadas las seis penas de muerte y una gran parte
de la opinión pública internacional protesta ruidosamente. Liberado Beihl dos días
antes, sano y salvo, solicitado por los gobiernos y personalidades de todo el mundo,
Franco decreta el día 30 de diciembre el indulto, conmutando las penas de muerte.
En su tradicional discurso de fin de año, Franco hizo saber que, ante el ingente
plebiscito favorable al régimen, la clemencia quedaba justificada, pero también se
salió de lo acostumbrado al alabar al ejército por su patriotismo, por haber aprobado
las sentencias. En un asunto que puso de manifiesto claramente la rivalidad entre el
Opus Dei y los duros del régimen, Franco fue un árbitro hábil, apaciguando al búnker
(1) Uno de los procesados era defendido por el abogado Gregorio Peces Barba, que más tarde sería uno de los padres
de la Constitución.
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EDITORIAL (como eran conocidos los leales a Franco) con unas condenas feroces y a los aperturistas
EZCURRA con los indultos.
Los últimos años del régimen franquista se desarrollaron bajo una profunda crisis,
con la fragmentación de la clase política en el poder, crítica situación económica, mo-
vimientos obreros, acciones terroristas, etc.
Por todo ello, y quizás porque también era consciente de que su vitalidad iba decre-
ciendo, Franco nombró a Carrero Blanco como Vicepresidente y primer ministro de
hecho, al considerarlo como la persona adecuada para llevar adelante la política de
continuismo y garantizar que Juan Carlos no se desviara de las normas establecidas.
Quería dejarlo todo «atado y bien atado».
Pero, asesinado Carrero Blanco por ETA el 20 de diciembre de 1973 --en un atentado
minuciosamente preparado y dirigido a intensificar las latentes divisiones entre las
fuerzas del régimen, como indicó claramente el comunicado de ETA en el que aceptaba
la responsabilidad del mismo--, puede decirse que ahí se acabaron las esperanzas del
inmovilismo, inaugurándose una nueva etapa de inestabilidad en el gobierno.
En efecto, Franco nombra a Arias Navarro como sucesor de Carrero, nombramiento
que no dejó dudas: se emplearía la fuerza bruta frente a cualquier amenaza contra el
orden establecido. La inclusión en el gabinete de tres vicepresidentes, los ministros
de Gobernación, Hacienda y Trabajo, indicaba que las principales preocupaciones del
Gobierno tenían que ver estrechamente con los problemas de la inflación, del descon-
tento de la clase trabajadora y de la cuestión del orden público.
En concreto, Arias conservó a ocho ministros de Carrero Blanco e introdujo o rein-
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acusado de lanzar ataques subversivos contra la unidad nacional, Arias se plegó a las EDITORIAL
presiones y condenó a Añoveros y a su vicario general, monseñor Ubieta López, a EZCURRA
arresto domiciliario. Poco después, las esperanzas de una reconciliación con la Iglesia
fueron barridas por un intento de expulsar a Añoveros de España. El obispo se negó
a abandonar el país, alegando que sólo lo haría bajo órdenes directas del Papa. Una
expulsión forzada sería considerada una violación del Concordato y traería consigo la
excomunión de todo católico que pusiera las manos encima al obispo. El asunto atrajo
mucha expectación y se convirtió en cuestión extremadamente delicada para el Go-
bierno español. Arias se vio forzado, al final, a proceder a una humillante retirada, y
tras haber logrado sólo acelerar la retirada de la Iglesia de la órbita de las fuerzas del
régimen.
Así las cosas, la disociación entre la realidad política y la socioeconómica, y la reti-
rada del apoyo de sectores que habían sustentado al dictador durante décadas, llevaron
al régimen a una crisis de legitimidad y autoridad, contribuyendo a crear el contexto
político propicio para asegurar el triunfo de la democracia.
A todo esto, Franco enfermó de flebitis y fue ingresado en un hospital el 9 de julio,
momento en que las esperanzas de liberalización parecieron reanimarse por breve
tiempo. Se pensaba con cierto optimismo que quizá el Caudillo pudiera dimitir en
favor de Juan Carlos. El 19 de julio, Franco delegó poderes, provisionalmente, en el
Príncipe. Pero el 30 de julio abandonó el hospital, y sin perder tiempo, reasumió sus
poderes.
Franco vuelve a recaer y fallece el 20 de noviembre de 1975. Dos días después don
Juan Carlos I se convirtió en rey de España y jefe del Estado, imposibilitando de esta
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forma la restauración del sistema republicano anterior a la Guerra Civil.
En su discurso, deja claras don Juan Carlos I sus ideas: hoy comienza una nueva
etapa de la historia de España ... Una sociedad libre y moderna requiere la participación
de todos en los foros de decisión, en los medios de información, en los diversos niveles
educativos y en el control de la riqueza nacional .... Hacer cada día más cierta y eficaz
esa participación debe ser una empresa comunitaria y una tarea de gobierno.
Pero no cabe duda que el Rey se enfrentaba en esos momentos a un dilema terrible.
En efecto, había diversas posibilidades de cambio, desde las tendencias más continuis-
tas hasta las más rupturistas.
Pero había muchos factores en favor de la democratización. Juan Carlos no podía
ignorar que importantes sectores del capitalismo español estaban ansiosos por aban-
donar los mecanismo políticos del franquismo. Optar audazmente por esta solución
significaba obtener un amplio apoyo popular. Con todo, tampoco ignoraba que el búnker
seguía teniendo fuerza y que él mismo se veía atado por lo mecanismo de la constitución
franquista. Así pues, en los primeros momentos de su reinado avanzó con cautela.
La supervivencia a largo plazo de Juan Carlos dependía de que pudiese llegar a un
compromiso con el cada vez más fuerte deseo de los españoles de vivir en democracia,
pero las leyes del anterior régimen mermaban las posibilidades de acción del Rey. Las
instituciones del régimen, el Consejo del Reino, el Consejo Nacional del Movimiento
y las Cortes, se hallaban en manos de franquista convencidos. Por otro lado, existía
una apoyo internacional en favor de un proceso de democratización; y en la misa de
la coronación, el cardenal Enrique y Tarancón había hecho partícipe al Rey de las
esperanzas populares, cuando le había exhortado a convertirse en Rey de todos los
españoles.
La primera decisión del Rey fue la de elegir a la persona que iba a dirigir el Gobierno.
Se decantó por mantener a Carlos Arias, pero el gobierno formado por éste fue, a
primera vista, algo decepcionante para aquellos que tenían esperanzas de una reforma
más radical. Presidido por Arias, incluía a gran número de elementos de la línea dura,
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EDITORIAL pero también había cierto número de innovaciones significativas: Manuel Fraga, en
EZCURRA Gobernación; Areilza, en Asuntos Exteriores, y Antonio Garrigues, en Justicia. Todos
ellos eran hombres comprometidos, como era sabido, con el cambio. Lo que parecía
sugerir que, pese al búnker, se entreveía algún tipo de cambio.
Gran significado tuvo también el nombramiento (se dice que a solicitud del Rey) de
Torcuato Fernández Miranda, antiguo preceptor de Juan Carlos, como presidente de
las Cortes y del Consejo del Reino. Es un catedrático de Derecho Político, hábil e
inteligente, tímido y brillante, pero antipático y distante, odiado por los franquistas,
que tiene estudiada y muy clara la forma en que se puede producir la reforma del
Régimen. Por esta razón, era la persona adecuada para ser el perfecto guía en el
laberinto en el que Juan Carlos estaba atrapado.
Pero el Rey se sentía cada vez menos satisfecho con Arias. El 9 de junio de 1976 las
Cortes aprobaron una nueva ley de asociaciones políticas, pero se negaron a modificar
el código penal, lo que habría permitido legalizar a los partidos políticos, tal como
preveía la nueva ley. Incapaz de negociar con el búnker, e incapaz de negociar con la
oposición, Arias dimitió (algunos dicen que fue cesado por el Rey) el 1 de julio de ese
mismo año.
Todos creían que el Rey entregaría el testigo al liberal José María de Areilza, pero
confió el gobierno a Adolfo Suárez, un hombre que pertenecía al Movimiento franquista,
pero que promovió la neutralización de las Cortes franquistas asentadas en el poder
y criticó la pervivencia de los aparatos del régimen. Otorgó la amnistía que reclamaba
la sociedad, aunque en un primer momento no fue total, y pactó con la burguesía vasca
y catalana, dejando de lado el nacionalismo de izquierdas.
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base a qué promesas, pero lo cierto es que más de los dos tercios necesarios de las EDITORIAL
Cortes franquistas votan a favor del proyecto de ley, firmando con ello su misma acta EZCURRA
de defunción.
Y posteriormente la Ley era refrendada por el pueblo español en referéndum el 15
de diciembre de 1976. La campaña se desarrolló en una atmósfera de fiesta popular.
Los carteles, los mítines, los programas televisivos y la pegadiza canción «habla pue-
blo, habla» llegaron a todos los hogares. En la consulta votaron nada menos que die-
ciocho millones de personas, casi un 80 por 100 del electorado, y aproximadamente un
94 por 100 de los votantes se decantó claramente por el cambio.
Sin embargo cabe destacar que no fue un plebiscito democrático, por la sencilla
razón de que las fuerzas de la oposición todavía no estaban legalizadas, por lo que sólo
hubo campaña institucional a favor de la participación al voto (Habla, pueblo, habla)
y por el sí, y leves llamamientos a la abstención de las fuerzas de la oposición, no
legales pero toleradas. Durante la campaña circuló esta explicación de Miguel Herrero
de Miñón, alto funcionario por entonces del Ministerio de Justicia: no es, sin duda, un
referéndum democrático, puesto que no existen las libertades propias de la democracia;
pero es un referéndum para establecer la democracia y las libertades que le son propias.
De todas formas no cabe duda de que es un referéndum viciado, puesto que pregunta
algo así como: «¿Quieren ustedes la libertad o no?», sin consultarle a nadie de qué
forma se va a dar esa libertad y dando a entender que el proceso va a consistir en
renovar las leyes del franquismo para que todo quede redondo, para que no haya
discontinuidades. Por lo tanto las fuerzas democráticas que, inevitablemente, están
a favor de la ruptura, es decir de hacer borrón y cuenta nueva y de replantear todo el
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sistema, no pueden aprobar el referéndum.
La abstención alcanzó el 23 por 100 del censo electoral, pero los que se abstuvieron
estaban deseando que ganara el sí. Porque, ¿qué hubiera pasado de ganar el no? ¿Se
hubiese ido todo el proceso al traste? Mejor no pensarlo.
EDITORIAL Por otro lado, Suárez estaba de acuerdo con la oposición en que la democracia no
EZCURRA podría ser completa si se excluía a un partido de la importancia del PCE. Además, ya
llevaba mucho tiempo en contacto indirecto con Santiago Carrillo, a través de José
Mario Armero, y sabía de la predisposición del líder comunista a aceptar la monarquía
parlamentaria. E incluso Fraga, siendo Ministro de la Gobernación, había declarado
un año antes al The New York Times que «algún día tendrá que ser legalizado el Partido
Comunista».
Bajo tales auspicios, el 27 de febrero Suárez se veía con Carrillo. A cambio de la
legalización, Carrillo aceptó reconocer la monarquía, adoptó la bandera monárquica
y ofreció su cooperación para llegar a un futuro pacto social.
Para refrescar la memoria al Gobierno sobre la capacidad del PCE para organizar
un escándalo internacional si quedaba excluido de las elecciones, el 2 de marzo Carrillo
hizo de anfitrión en el Hotel Meliá-Castilla, de Madrid, al recibir a Berlinger y a
Marchais, respectivamente secretarios generales de los partidos comunistas italiano
y francés, donde se va a celebrar la «Conferencia Eurocomunista».
Sea como fuere la conversación entre Suárez y Carrillo, lo cierto es que el 9 de abril
(el Sábado Santo Rojo), cuando la mayoría de la élite política y militar se hallaba fuera
de Madrid por las vacaciones de Semana Santa, Suárez anunció la desaparición del
Movimiento, el partido único franquista, y a la vez la legalización del PCE y del PSUC
(Partit Socialista Unificat de Catalunya), lo que provocó la última y más seria crisis
en el camino hacia la democracia: el almirante Gabriel Pita da Veiga, ministro de
Marina, presentó la dimisión instantánea como protesta por la legalización y se ru-
moreó que los ministros de Aviación y del Ejército y cierto número de jefes militares
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mi hijo y heredero, don Juan Carlos I. Majestad, por España. Todo por España. ¡Viva EDITORIAL
España! ¡Viva el Rey! EZCURRA
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las diversas componentes de UCD. Sólo hay un militar, el teniente general Gutiérrez
Mellado, de origen franquista, pero persona de talante moderado y, desde luego, un
demócrata de cuerpo entero, que recibe el cargo de Vicepresidente del Gobierno y
Ministro de Defensa. Las otras dos vicepresidencias son para Enrique Fuentes Quin-
tana (economía) y Fernando Abril Martorell (asuntos políticos), políticamente inde-
pendientes. Otros ministros son Francisco Fernández Ordóñez (Hacienda), socialde-
mócrata, que posteriormente formará su propio partido y volverá a ser Ministro en la
década de los 80 con el PSOE, Alberto Oliart (Industria y Energía), independiente,
muy estimado por el Rey, Joaquín Garrigues Walker (Obras Públicas), empresario
liberal integrado a la UCD, y Landelino Lavilla (Justicia), ya ministro en el anterior
Gobierno y por lo tanto senador por designación del Rey.
Dos son los principales objetivos de las Cortes recién elegidas: dar una solución a
la dramática situación económica y social del país y elaborar una Constitución que
formalice la renovada situación democrática.
Gobierno y oposición optaron entonces por una política que ayudara a realizar un
cambio político sin sobresaltos ni tensiones, sin fuertes enfrentamientos en el Parla-
mento, por consenso, una palabra que por vez primera salió de la boca de Abril Martorell
y que jamás había sido utilizada hasta esos momentos en la jerga usual. Pero a partir
de entonces todos la empleaban y la ponían en práctica. Por consenso hubo cambio,
no ruptura como algunos proponían; por consenso se firmaron los Pactos de la Moncloa
por todas las fuerzas políticas y sindicales en un intento de paliar la inflación, el paro
y el déficit exterior; también por consenso se fue fraguando la Constitución; Todo por
consenso, era la moda.
B) LOS PACTOS DE LA MONCLOA
Quizás éste fue el momento más delicado de la transición, pero a la vez el más
determinante. En aquellos momentos (octubre de 1977) la situación económica era
alarmante. Veamos algunos datos:
• Importábamos el 60 por 100 de la energía, pero los últimos gobiernos franquistas
(2) Precisamente por la inexperiencia en el escrutinio de los votos, los resultados electorales se hicieron esperar
varios días.
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EDITORIAL no habían tomado ninguna medida para paliar la crisis del petróleo de 1973,
EZCURRA donde el barril había pasado de 1,65 a 14 dólares.
• Las exportaciones únicamente cubrían el 45 por 100 de las importaciones, ha-
biendo acumulado en cuatro años 14.000 millones de dólares de deuda exterior,
lo que representa un importe superior al triple de las reservas de oro y divisas
del Banco de España.
• La inflación está a niveles insoportables: del 20 por 100 anual en 1976 se pasa
a julio de 1977 al 42 por 100, frente al 10 por 100 de promedio de los países de
la OCDE.
• Las empresas españolas están excesivamente endeudadas, lo cual contribuye a
que el paro empiece su largo crecimiento.
En estas condiciones, alguien tenía que dar un golpe en la mesa. Fue Enrique Fuen-
tes Quintana, uno de nuestros grandes economistas, hoy desaparecido, quien, bajo el
lema «o los demócratas acabamos con la crisis económica española o la crisis acaba
con la democracia», redactó un documento base con una serie de medidas socioeconó-
micas, comprometiéndose los sindicatos a una congelación salarial a cambio de diver-
sas contrapartidas: reforma fiscal, ampliación de las prestaciones de la Seguridad
Social, etc.
C) LA REDACCION DEL TEXTO CONSTITUCIONAL
La redacción del texto constitucional fue un proceso largo, no exento de problemas.
Además, la no participación de los nacionalistas vascos en el pacto y la escasa parti-
cipación en el referéndum popular de ratificación son algunas de las manchas de esta
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la ponencia para forzar concesiones. Los mediadores fueron Miquel Roca y, paradóji- EDITORIAL
camente, Jordi Solé Tura, que siente, como Santiago Carrillo, la necesidad de dejar EZCURRA
claro su sentido de la responsabilidad y la capacidad de los comunistas de llegar a un
acuerdo.
Por estas razones, el texto final resultó en algunos casos bastante ambiguo, pero
fue el punto clave en el proceso de democratización, marco de convivencia y de orde-
namiento del Estado.
El texto era mayoritariamente aprobado el 31 de octubre de 1978 en el Congreso,
con seis votos en contra (del diputado de Euskadiko Eskerra y de diputados de Alianza
Popular) y catorce abstenciones (entre las que figuran las del PNV, porque esta for-
mación insistía en la soberanía nacional, inaceptable para los demás partidos), y en
el Senado, con cinco votos en contra y ocho abstenciones.
El 6 de diciembre fue sometido a un referéndum que se caracterizó por la baja
participación: tan sólo votó el 69 por 100 de la población, y únicamente un 60 por 100
ratificó el contenido del texto. En el País Vasco sólo ejerció su derecho al voto un 30
por 100 del electorado.
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El PSOE obtuvo 121 diputados, forjándose ya la orientación bipartidista en el sis-
tema electoral español y la tendencia de la población hacia posiciones centristas que
facilitaron en esos años la consolidación de la democracia.
Aunque generalmente se considera la entrada en vigor de la Constitución y las
elecciones de 1979 como el final del proceso de transición, la consolidación democrática
se retrasa por la mayoría de los historiadores hasta el fracaso del golpe de Estado de
23 de febrero de 1981 o hasta la victoria electoral del PSOE, en octubre de 1982,
distinguiendo así entre transición institucional y transición política.
Fue precisamente en la consulta de 1982 cuando de produjo por primera vez la
alternancia política; la transmisión de poderes se llevó a cabo en un clima de enten-
dimiento y colaboración entre los partidos.
Hasta entonces el mando lo tuvo la UCD, siempre con el PSOE como principal fuerza
de la oposición, con unos Gobiernos que duraron una media de siete meses.
Pero en 1981 se vivía en un clima de crispación general. Los crecientes atentados
de la desintegración de la UCD, con un Suárez desgastado incluso dentro de su propio
partido, la balbuceante democracia y la impaciencia de los militares por imponer «es-
tabilidad» a cualquier precio, dibujaba un panorama algo más que preocupante.
En medio de ese escenario tomaba cuerpo la figura del general Alfonso Armada.
Según dice Jesús Palacios, su sombra comenzó a proyectarse «of the record» sobre la
península como la única solución posible, pues contaba, además de con su talante
moderado, con la confianza del Rey Juan Carlos. Los distintos partidos políticos --in-
cluso los nacionalistas-- estaban siendo bombardeados por los rumores y hasta por
documentos como el preparado por el Cesid en noviembre de 1980 que, bajo el título
«Panorámica de las operaciones en Marcha», desgranaba las conspiraciones que se
gestaban en algunos círculos militares.
Los coqueteos privados entre las fuerzas del orden y los grupos parlamentarios
perseguían la constitución de un gobierno de coalición presidido por un militar y con
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EDITORIAL representación de los principales partidos, para constitucionalizarlo hasta que la si-
EZCURRA tuación recuperase la normalidad.
En una carta abierta al Rey, publicada en el periódico El Imparcial a finales de
enero de 1981, Antonio Tejero, Teniente Coronel de la Guardia Civil, afirma que ... en
el proyecto de Constitución hay demasiadas banderas haciendo sombra a la única y
en este proyecto no van incluidos algunos valores por los que creemos vale la pena
arriesgar nuestras vidas. En él no están nuestros muertos...
La debilidad creciente de Adolfo Suárez en el seno de su propio partido propicia la
presentación de su dimisión el 29 de enero de 1981 como presidente del Gobierno y de
UCD, en una intervención televisiva, tras la cual, los acontecimientos van a precipi-
tarse. El testigo lo toma Leopoldo Calvo Sotelo, pero ya se oyen ruidos de sables.
En efecto, Tejero tomó el Congreso el día 23 de febrero de 1981, junto con 200 guardias
civiles, cuando los Diputados en pleno votaban la investidura de Calvo Sotelo como
presidente del Gobierno. Simultáneamente, Jaime Miláns del Bosch, Capitán General
de la III Región Militar, sacaba los carros de combate por las calles de Valencia para
controlar los puntos neurálgicos.
El objetivo de la operación era el que un militar relevante, el llamado «elefante
blanco», que nunca se ha sabido bien quién era, aunque todo hace suponer que se
trataba de Armada, se reuniera con el Rey y le obligara a aceptar un Gabinete de
salvación nacional, modelo De Gaulle en Francia; es decir, con el beneplácito y la
participación de todas las fuerzas políticas democráticas.
Todo formaba parte de la «Operación Galaxia», en alusión a las conversaciones que
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los golpistas venían celebrando desde tiempos atrás en la madrileña cafetería Galaxia.
Pero el «elefante blanco» no llegó, o al menos no se dio a conocer. Sobre esto hay
varias versiones. Unos dicen que antes quiso entrevistarse en La Zarzuela con el Rey,
y éste no quiso, y otros piensan que apareció en el Congreso de los Diputados por la
noche, pero cuando le enseñó a Tejero la composición del Gobierno de salvación nacional
con miembros del PSOE y del PCE, éste se sublevó contra su superior y decidió con-
tinuar en el Congreso por su cuenta.
A todo esto, a las nueve de la noche, un comunicado del Ministerio del Interior
informaba de la constitución de un gobierno provisional con subsecretarios de diferen-
tes instancias ministeriales, bajo las instrucciones del Rey, para asegurar la goberna-
ción del Estado y en estrecho contacto con la Junta de Jefes del Estado Mayor.
La indisposición del Rey a apoyar el golpe permitieron abortarlo a lo largo de la
noche. El propio monarca se aseguró mediante gestiones personales y de sus colabo-
radores la fidelidad de los mandos militares. Hasta la una de la noche tuvieron lugar
negociaciones en los alrededores del Congreso, donde participó el gobierno de urgencia
e incluso el general Alfonso Armada, quien sería relevado por sospecharse que parti-
cipaba en el golpe.
Sobre la una de la madrugada del día 24 de febrero, el Rey apareció en televisión,
vestido con traje de Capitán General de los Ejércitos para situarse claramente en
contra los golpistas, defender la Constitución y desautorizar a Miláns del Bosch. Este,
viéndose aislado, canceló sus planes a las cinco de la mañana y fue arrestado, mientras
que Tejero resistió hasta el mediodía del día 24, poco después de liberados los Dipu-
tados.
Fueron veinte horas de tensiones, órdenes y contraórdenes, de angustia y de espera
en la noche más larga de la democracia, que desembocaron en el fracaso de la «cons-
piración de la pólvora», en la consolidación de la figura del Rey y en el debilitamiento
de las Fuerzas Armadas.
Tras el golpe quedaron algunos interrogantes (y todavía hoy quedan), especialmente
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referidos al papel que jugó cada uno de los principales golpistas y especialmente a las EDITORIAL
intenciones y apoyos de Armada. Sin embargo, la consecuencia más inmediata fue que EZCURRA
el sistema democrático quedaba institucionalmente consolidado, con una monarquía
que salió poderosamente reforzada entre la población y los medios políticos.
Al año siguiente, concretamante en octubre de 1982, se producía la gran victoria
del PSOE por mayoría absoluta, con un pletórico Felipe González y el no menos efectivo,
Alfonso Guerra.
Fue el año del cambio político. El año que supuso la referencia fundamental para
la autonomía y la reproducción del nuevo régimen democrático, esto es, el año de la
consolidación política de la democracia en España.
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