Tengo 19 años y mi mente se siente como una tormenta: caótica, abrumadora, llena de
pensamientos que chocan entre sí como olas. Hay tantas cosas dentro de mí, emociones que no sé
cómo expresar. A veces siento que me estoy ahogando en ellas, incapaz de salir a tomar aire. Me
pregunto si alguna vez podré seguir adelante. Creo que estoy lidiando con la depresión y la
ansiedad, aunque nunca me han diagnosticado. He pensado en tomar medicamentos, pero la idea
de depender de pastillas me asusta.
La gente que me rodea ve una versión de mi vida que yo no reconozco. Creen que todo es
perfecto, pero para mí no lo es. Me siento atrapada en mi propia cabeza. Tal vez sólo los grandes
pensadores y lectores lo entiendan. Pero aquí estoy, escribiendo en este espacio vacío, sabiendo
que, si estás leyendo esto, probablemente sientas curiosidad por lo que está pasando dentro de
mí. Este no es el comienzo de un libro bien escrito, soy sólo yo, cruda y real, contándote lo que hay
en mi corazón.
Estoy enamorada de alguien que ha sido mi mayor alegría y mi mayor dolor. A veces ni siquiera sé
qué pensar al respecto. Hay momentos en los que siento que él también me ama, como si fuera
real. Otras veces, no estoy tan segura. Pero sigo aferrándome a la esperanza de que no sea solo
una ilusión.
Y luego está mi mejor amigo. Creo que es un ángel enviado por Dios para ayudarme en los días
más oscuros. Puede hacerme reír incluso cuando tengo ganas de llorar y, de alguna manera, me
hace olvidar por qué estaba molesta en primer lugar. No sé cómo lo hace, pero lo hace.
También tengo una mejor amiga que es una chica, pero nuestra conexión es diferente. Y luego
está mi tía, la mujer que me crió, pero que nunca fue mi madre. Por alguna razón, me resulta difícil
hablar de ella, pero no puedo negar que ha sido una parte importante de mi vida.
No tengo un momento en mi vida donde pueda decir que fui completamente feliz. Ni en mi
infancia ni en mi adolescencia. Aunque ahora, al comenzar mi vida adulta, siento una pequeña
chispa de libertad, no es suficiente. Es solo por momentos. Recuerdo uno en particular, aunque los
detalles se desdibujan en mi memoria.
Tenía alrededor de 8 años. Era una mañana como cualquier otra, en la que debía alistarme para ir
al colegio. Sin embargo, el ambiente estaba extraño, algo pesaba en el aire, pero no me atrevía a
preguntar. Vivía con mi tía y su familia; mis padres estaban cerca, pero no vivía con ellos. Ese día
fue distinto. Mi papá estaba arrodillado, mi mamá sentada en la cama, ambos lloraban. Recuerdo
a mi padre pidiéndole a mi madre otra oportunidad. En ese momento, aunque no entendía todo lo
que ocurría, supe que algo estaba por cambiar, algo que haría mi vida más triste.
Mi tía me apuró para ir al colegio y no pude saber más. Mi hermano mayor sabía lo que estaba
pasando, pero yo no. Ellos ya no estarían juntos y desde ese día, sentí que todo comenzó a
desmoronarse.
Ahora, años después, me encuentro en un punto diferente. Mi tía siempre ha querido que me
convierta en una profesional, que cumpla esa meta que ella considera tan importante. Estoy en mi
tercer semestre de una carrera que elegí, pero ya no estoy segura de querer continuar. No quiero
fracasar, pero al mismo tiempo, esta meta me está consumiendo. Siento que hay demasiadas
expectativas sobre mí, y no sé si estoy haciendo las cosas bien. Me siento abrumada por la
cantidad de trabajo, y hay un curso que sé que voy a reprobar. Aquí estoy, escribiendo en lugar de
estudiar, porque a veces escribir es la única forma que tengo de desahogarme.
Me siento sola. Ellos solo quieren que termine la carrera, pero nadie me pregunta cómo me siento
o cómo voy realmente. No recibo ese afecto que podría animarme. ¿Cómo les digo que estoy
cansada? ¿Que no quiero seguir? Estudiar de forma virtual no es lo mismo que presencial. Es más
difícil de lo que imaginaba. Todo depende de mí, y si no entiendo algo, tengo que buscar
soluciones, porque no hay nadie que me lo explique.
No quiero aferrarme al amor para llenar este vacío. Quiero salir adelante con mis propios sueños,
pero si no lo hago, si no doy ese salto, sé que me dolerá toda la vida. Siempre he tenido dudas,
nunca he sido segura de mí misma. Solo Dios sabe lo que pasará conmigo.
He tenido mil amores, o al menos eso creía, pero solo uno se clavó dentro de mí de tal forma que
no lo puedo soltar. Él tampoco me suelta a mí. Me hizo mucho daño en el pasado, y aunque hubo
un momento en el que lo odié, sigo amándolo, a pesar de todo.
Mi madre… ella no pudo estar en mi vida como yo hubiera querido. Me apoya, sí, pero no es lo
mismo sentir un amor de madre o de padre. Yo, personalmente, nunca lo he sentido.