Ecos 5
Ecos 5
VULNERABLE…
Esa fue la primera palabra que parpadeó en mi mente, la primera vez que
la vi. Así la describí.
Vulnerable. Delicada, gentil, abierta, dulce. Pura.
Todo lo contrario a lo que yo soy, y a lo que necesito en realidad.
La quiero, ¿para qué negarlo? Pero me resisto. Mi cuerpo la reclama, lo
ignoro. Hasta que la negación ya no es una opción llevadera.
Soy débil en lo que a ella se refiere. Pierdo. Caigo.
Pero prometo que la empujaré lejos cuando los ecos de mi pasado decidan al
fin disparar contra mí.
Ya he amado una vez y salió mal. No cometeré el mismo error dos veces.
TEMPESTUOSO…
Es todo lo que sus ojos dorados cuentan sobre él.
Está lleno de sombras e intenciones oscuras.
Y ansío saber todos sus secretos bien guardados.
No es la clase de hombre que alguna vez creí que me atraería. Pero lo hace,
me tiene con solo un roce. Mi cabeza da vueltas y mi sangre bulle con sólo
permanecer juntos en la misma habitación. Lo quiero de todas las menaras que
existen, tan intensamente que me es imposible soltarlo.
Lo sostendré incluso cuando su pasado le caiga encima.
O… ¿será él quien me sostenga a mí?
Es una súplica, pero el hombre no se da por aludido, gira y gira sin parar en torno a su
víctima. Como un león al acecho, con promesas claras en los ojos. Sus manos se abren y cierran,
forman puños de acero preparados para golpear cualquier cosa sin resquebrajarse. Piedra,
granito duro y filoso, capaz de hacer un daño irreversible si se lo propone con seriedad.
—Te lo advertí—la voz de Santiago rasga el aire, y por primera vez en la vida alguien
que no es su chica lo está viendo perder el control.
A punto de saltar a la superficie, su pecho quema por dentro, duele. Y sus pupilas
dilatadas son la ventana al interior de su alma torturada. Ambos hombres están afectados,
adoloridos. Sólo que uno de ellos es el que está dispuesto a matar. Y el otro, listo para morir.
—Sólo te pedí una maldita cosa—se ahoga, trepidando, los ojos medianoche hacen
agujeros en las cuencas de los otros, dorados, a poca distancia—. Y no la tuviste en cuenta, ¿y
ahora? Ahora es demasiado tarde.
—Hacé lo que tengas que hacer—dice Jorge, sin vacilar y con los hombros caídos.
Apenas se puede mantener en pie por el dolor y la culpa, a estas alturas ya está
convencido de lo que merece. Lo espera. Es malo para el mundo, siempre lo supo, sólo cometió el
desliz de creer por un momento que podía ser como los demás. Que merecía una buena vida,
que las segundas oportunidades valdrían la pena. Y lo hizo por enamorarse de un par de ojos
azules. Grandes, brillantes e inocentes. ¡Qué equivocado estaba! No la merecía, no merecía nada
más que castigo.
Santiago da un paso hacia él, decidido y firme. Adela se cruza a tiempo entre los dos,
dándole un empujón lejos. Él se zafa con un gruñido y vuelve a hacer el movimiento. Ella lo lee
bien y termina deteniéndolo de nuevo en sus brazos, ésta vez sujetándolo a ambos lados de su
cabeza. Lo fuerza a mirarla a los ojos. Directo a esos espejos, manchados por el maquillaje
corrido a causa de las lágrimas.
—Por favor—su voz tiembla, y traga para hacerse oír con la fuerza que siempre
demuestra—. No lo hagas, por favor. Pensá en ella—sus labios se agitan y aprieta los dientes.
Una tenebrosa sombra atraviesa los irises medianoche de Santiago, y a Adela le duele el
corazón. No puede estar pasando esto. El hombre que ama no puede perder el control de esta
forma. Él intenta desviar lejos la vista y ella lo oprime, lo sujeta con más fuerza. Le ruega. Y
maldice a la lágrima que se le escapa justo en frente de él. Santiago la ve, y no reacciona ante
ella. En realidad no reacciona ante nada, está perdido ahí adentro y ella tiene que mantenerse
estable para traerlo de vuelta.
Ella niega.
Los oídos de la Máquina no parecen funcionar. Arremete contra Jorge, lo toma de sus
ropas, formando puños y soltando un gruñido. De un solo empujón lo envía al piso, él tipo cae
sobre todo su peso, emitiendo un grave estruendo de huesos y músculo pesado. Se queda allí,
mirando a la Máquina caminar recto a su alrededor con la respiración enloquecida. Furioso es
poco decir.
Adela cierra los ojos con lamento, su cuerpo entero se tambalea y comienza a temblar.
Jorge lo observa con ojos entrecerrados y el cuerpo tenso, mete un par de aspiraciones
por la nariz y se remueve.
—No te muevas, Jorge—salta Adela, casi chillando por la desesperación—. No te
levantes.
Aun así, él no la tiene en cuenta. Se apoya sobre sus rodillas lentamente como si todo le
doliera, y nunca abandona su atención en el tipo que lo espera con anticipación. Lleno de sed de
sangre. Dispuesto a todo. Un par de respiraciones más y se encuentra de pie, esperando el
primer golpe.
Asintió.
Toda la vida fui un bicho raro. ¿Qué había en mí que repelía a las personas? No tenía
idea. No tengo ni idea. Era demasiado enérgica, nunca parando de hablar y siendo presa de
fetiches raros. A raíz de ello, me gustaba enroscarme en solitario a mirar películas, o leer libros.
Y en mi mesilla de luz nunca faltaban las golosinas y los chocolates. Era tan alegre que
repugnaba. Aprendí poco a poco a vivir en soledad. Y me volví muy buena en eso. Pero ahora,
con veintidós años, sé que me estaba protegiendo. De la gente. Me estaba escondiendo de sus
prejuicios y su forma rara de mirarme. Ellos creían que era tonta. Aún lo creen. En la escuela lo
pasé mal, nadie era lo suficientemente confiable para ser mi amigo. Y los pocos que se
acercaban lo hacían con algún oscuro propósito secundario. Era una nerd también, y nunca
tenía problemas en ayudarlos con las tareas. Tonta, tarde me daba cuenta que se aprovechaban
de mí.
Hasta que uno murió. O mejor dicho, nos hicieron creer que murió.
Fui una niña feliz, poco a poco fui aceptando el hecho de que nunca tendría demasiados
amigos. Después de todo el drama que ocurrió en mi familia, llegó un momento en el que me
dejó de importar lo exterior. Dejé la mierda atrás y salí de mi capullo, aprendí a no dejar que la
gente me afectara. Me visto y actúo como quiero, como la chica que realmente soy. No escondo
mi personalidad burbujeante y mi risa exagerada. Para el mundo puedo ser una excéntrica loca,
que se viste de colores chillones y le encanta cantar en voz alta, y está perfecto. Eso es lo que
soy, me es imposible cambiar. Ahora hay cosas más importantes en mi cabeza: mi familia.
Volver a unir a mi familia.
Lo cierto es que yo no soy nada sin ellos juntos. Empezando por el principio de los
tiempos, Santiago, Nacho y yo estábamos pegados con pegamento universal. Y era la que nos
unía, en realidad. Los tres diferentes, pero inseparables. Santiago, el mayor, era el más
inteligente y seguro de sí mismo, con el futuro brillante en sus manos. Un hijo demasiado
perfecto, en todos los sentidos imaginables. Yo, la segunda, llegué cuando él tenía cuatro y fue
como mi modelo a seguir. El mayor siempre dirige la batuta, ¿no? Enseguida, casi sin darme un
respiro, llegó Nacho. Tenemos un año de diferencia. El menor, y no por eso el más mimado. Los
tres éramos tan unidos que la gente veía extraño que nunca nos peleáramos y apenas
creáramos conflictos. Sí, demasiado bueno para ser verdad. Y sorprendente, si tenemos en
cuenta que fuimos concebidos por dos personas que no sentían ni la más mínima pisca de amor
entre ellas.
Yo tenía casi catorce años cuando Santiago “murió”. La tragedia nos golpeó de lleno en
la cara, y nos destrozó. Mamá dejó de ser ella completamente, se metió más de lleno en el
trabajo y el estrés. Perdía peso y se enfermaba cada pocos meses. Era un desastre, y entre
Nacho y yo hicimos lo que pudimos para que no se viniera abajo. ¿Papá? Siguió como si nada
hubiese pasado, como si su preferido hijo de casi dieciocho años nunca hubiese muerto. Y bueno,
es que esa no era la verdad. Santiago nunca estuvo muerto.
La verdad es que los acontecimientos nunca me habían cerrado del todo. Jamás. En mi
corazón intuía que él seguía vivo. Por eso me filtré una noche en su oficina, revisé todo y
encontré recibos que provenían de España. Un lugar extraño, con un nombre inentendible. Leí
algo sobre cuotas mensuales por la estadía de alguien allí. Asumí que era un hospital, papá
siempre estaba en contacto con ellos. Obviamente, era un doctor de renombre. Para ese
entonces yo ya tenía quince años y estaba cada vez más segura de que mi hermano estaba en
algún lugar. Vivito y coleando. Y por alguna razón nunca olvidé el hecho de haber encontrado
esos papeles en su cajón con candado.
Hablé sobre ello miles de veces con Nacho y no lo soportaba, cada vez que sacaba el
tema le dolía y lo único que repetía una y otra vez era que quería dejar descansar en paz a
Santiago. Por supuesto, creía que yo estaba loca por pensar semejantes barbaridades. ¿Por qué
inventarían la muerte de nuestro hermano? ¡Era un disparate!
Entonces, una noche, meses después de que cumpliera los dieciséis, mis padres
pelearon. Discutieron muy violentamente, y papá intentó herir a mamá usando la muerte de su
hijo. Anunció algo que la dejó destrozada. Él chico no estaba muerto, pero le convenía olvidarse
de él, porque jamás volvería a verlo. Y todo ocurrió justo delante de nosotros, los hijos. Mamá
cayó al suelo de rodillas, toda hecha de huesos afilados y ojeras oscuras, nunca voy a olvidar su
llanto y las súplicas de que le dijera a dónde se había llevado a su hijo. Nacho atacó a papá y yo
fui a ella, la ayudé a elevarse y la deposité en el sillón, recostada. Lloramos las dos, y Nacho se
unió después de echar a patadas a Guillermo. Fue tristísimo. Nos sentíamos estafados, y de la
peor manera: la emocional. Nos habían mentido, y lloramos una muerte que no era.
Pero ganamos esperanza. Porque si mi padre creía que nos quedaríamos de brazos
cruzados, estaba muy, muy equivocado. A partir de allí me propuse encontrar a Santiago,
costara lo que me costara, doliera lo que me doliera y llevara el tiempo que me llevara. Yo se lo
devolvería a mi madre. Yo lo traería de regreso a casa.
Ahora soy una adulta, he dejado de ser esa niña con complejos, ya no me importa lo que
la gente piense. Porque la búsqueda de mi hermano me dio algo en qué creer, y en lo que
ocuparme. Maduré gracias a eso. Y considero que fui la única que puso todo su corazón en el
objetivo, mamá y Nacho también buscaron, no lo voy a negar. Sin embargo, ellos no se
engancharon tanto como yo, la vida siguió para cada uno. En la actualidad, mi hermano menor
está a cargo de sus propios negocios, los que comenzó después de deshacernos de la mierda
sobre medicina que heredamos de papá. Está haciendo montañas y montañas de dólares con su
nueva cadena de hoteles cinco estrellas, algo grande para un jovencito de veintiuno. Pero es
inteligente y nació para invertir. Por otro lado, mamá conoció a alguien hace un par de años, se
enamoró y volvió a nacer. No han abandonado la búsqueda, eso nunca, no niego que todo eso les
haya quitado el sueño en ocasiones. Entiendo que también era inteligente salir adelante, sin
pausar sus vidas a causa de la búsqueda.
Cada cual siguió pagando por investigadores privados, que, al parecer, no fueron tan
buenos como el mío, que me consiguió hasta el paradero justo. Resulta que mi hermano estaba
en el país, más cerca de lo que nunca creímos. Justo frente a nuestras narices. Jamás se había
cambiado el nombre como sospechamos en un principio. Pero es entendible, ¿quién iba a
rebuscar por alguien que supuestamente yacía en una tumba? Confió en que nunca sabríamos
que estaba vivo.
Estoy aquí con él, pero no he dicho absolutamente nada a nadie. Junté mis cosas y partí
a buscarlo por mi cuenta. A los ojos de mi familia estoy paseando por Europa, derrochando las
toneladas de dinero que tengo. Todo porque mi hombre me advirtió que ya no existía quien yo
buscaba. Que ahora tenía que enfrentarme a algo completamente diferente a lo que vi por
última vez. Entonces decidí acercarme sola y, cuando llegara el momento y estuviera
preparado, llevarlo de regreso a casa para que viera a mamá y Nacho.
La cosa es que nada sucedió como planeé. Nada. Y mi vida ha dado un giro de ciento
ochenta grados. Llegar al recinto de los Leones me cambió por completo.
Sí, ya no me afecta, pero me da curiosidad lo que ella piensa. De pie justo a mi lado, me
da una media sonrisa torcida y llena de picardía.
—Pero te voy a decir una cosa—susurra, confidente y seria—. Si fueras una chica
comunacha, serías aburridísima… Me gustas así como sos.
Sonrío, sonrojándome. Y pensar que cuando nos vimos por primera vez casi me deja
calva y con el rostro lleno de morados. No se jode con Adela Echavarría. Pensó que yo era una
amante de Santiago. ¡Qué locura! Ahora que hace un tiempo que vivo con ellos se me hace más
que evidente que están locos el uno por el otro. De una manera insana, combinada con ese amor
del bueno e increíblemente fiel. Como ningún otro. O, no, desde que llegué a este lugar he visto
más parejas enamoradas genuinamente que en toda mi vida. Considero que todo este tiempo he
estado en el lado equivocado, perdiéndome lo que verdaderamente vale la pena, y es
emocionante. Y también es verdad que acá no me siento tanto como un bicho raro.
Siempre dejo algo de comida preparada por si Adela o Santiago se permiten una
escapadita del bar en la noche, así comen algo rápido antes de volver.
Asiento, aunque todavía estoy en la fase de preguntar si puedo hacer esto o aquello.
Aun soy una recién llegada, por más que ya haga un mes que estoy acá. Me separo de ella y le
ordeno que vigile las milanesas, mientras voy a darme una ducha. Me preparo, y como he hecho
desde que soy una adolescente con el permiso de ir por mi cuenta, me tomo bastante tiempo en
arreglarme. Consigo una de mis faldas, es verde loro, y la combino con un top corto negro que
deja al descubierto mi ombligo con piercing incluido. Es sexy, y me gusta. Lo hice hace un par
de años y siempre estoy comprándome joyería nueva para rotar. Ahora llevo uno de piedras
blancas. Brillan como diamantes. En este lugar no dirían nada sobre él, todos tienen alguna
perforación y ni hablar de los tatuajes. Hablando de eso, quiero uno. Pronto preguntaré si
puedo conseguirlo en el estudio escondido debajo de las escaleras. Sé que allí se juntan los
artistas.
Seco mi pelo castaño largo y se forman ondas naturales de inmediato, no las aliso, me
gustan así. Después delineo mis párpados, coloco rímel, algo de colorete en las mejillas y brillo
labial. Enseguida voy a mi par de zapatos negros preferidos, son los más altos que traje. Tengo
otra docena de pares en mi casa en la ciudad, pero decidí traer sólo la mitad. Soy una chica de
tacones. Y carteras. Y brillos. Y ropa cara. Y puedo seguir. Me rio de mí misma y salgo de la
habitación que mi hermano y Adela me cedieron en su departamento.
En la sala me los encuentro a los dos, absorbiéndose el uno al otro. Lo juro, son como
aspiradoras adictas. Cada vez que encuentran ocasión se devoran. Me aclaro la garganta y
Santiago da un paso atrás, su rostro de granito ni siquiera demuestra una pisca de descontrol.
Es tan frío. Y me estremezco cuando me mira fijamente un momento antes de inclinar la cabeza
como saludo. Trago.
—Hola—susurro.
Lo peor de todo es que nunca consideró volver a casa, me lo dijo el día que llegué. Nos
dejó atrás. A mamá, a Nacho y a mí. Nos olvidó. Lo justificó diciendo que, en realidad, el viejo
Santiago estaba muerto y que era mejor que las cosas quedaran así. Me pregunto si cuando
tomó esa decisión al menos le dolió un poco. No sería fácil para mí enterrar un pasado y gran
parte de mí misma. ¿Ahora cómo hago? Cada vez que lo veo siento que encontré al tipo
equivocado. Pero es su rostro, son sus ojos. Sólo que viene con un combo de cuerpo enorme y
enteramente tatuado. Una mirada aguda y filosa. Y un semblante sin expresiones.
—Yo te aconsejo que regreses a casa, Bianca—fue lo que dijo después de soltar la bomba
de que nos había convertido en nada junto con el resto de su pasado.
No le hice caso. Me levanté y tomé la manija de la gigante valija que traía a cuestas.
—Gracias por el consejo—respondí, firme y sin vacilar por primera vez en mi vida—.
Pero no voy a tomarlo.
Enfilé en dirección al pasillo. Había visto tres puertas al entrar al apartamento para
poder hablar con privacidad después de mi dramática entrada al bar, en medio de un banquete.
—Veo que les sobra una habitación, creo que me quedaré un tiempo—les sonreí con un
poco de tensión tironeando mi cara y me perdí dentro del cuarto libre, adueñándome de él.
Por un momento creí que mi hermano vendría a sacarme a patadas y arrastrarme de
las mechas fuera de su casa, pero creo que la charla baja que tuvo con Adela lo detuvo de
echarme. Ellos me permitieron quedarme. Y yo aprovecharía la estadía para conocer más sobre
mi nuevo hermano mayor, y convencerlo de viajar a casa a ver a mamá y Nacho. Ellos no
merecen ser desechados como si fueran basura, les dolió mucho la pérdida, y los haría feliz
recuperarlo.
Me coloco el grueso abrigo que me compré en la ciudad hace unos días porque, cabe
aclarar, no había traído nada ni remotamente aceptable para las temperaturas que arremeten
con este lado del país. Acá o te abrigas o te morís congelado. Y como me gusta llevar poca ropa
encima, me conseguí este sobretodo que me cubre casi entera, y no deja que el estómago se me
escarche.
Una vez en el bar me deshago de él y lo dejo abandonado en el perchero de pie que está
en el rincón de la cocina. No pierdo tiempo en colarme tras la barra y colocar algo de música.
Siempre escuchan lo mismo, me gusta cambiar, para que no sea repetitivo y se vuelva aburrido.
Acabo encontrando algo de Marilyn Manson y me decido con interés. Enseguida comienza a
sonar “Personal Jesus” y le subo al volumen. Nadie parece quejarse por el hecho de que la
forastera les maneje el ordenador, y sonrío para mis adentros. Ya he sido del todo aceptada. No
es que no me esté sintiendo bienvenida, todos son muy amables y me incluyen en sus vidas sin
problema, pero soy una persona a la que le cuesta un poco sentirse del todo incluida. Ahora
estoy soltándome y teniendo más confianza en que mi presencia es apreciada.
Estoy comenzando a entender por qué Santiago siente que ésta es su casa y su familia
en vez de nosotros, los de su sangre. Pero eso no me permite soltarlo y dejarlo ir, primero quiero
que al menos dé la cara con mamá y Nacho. Después de eso, él puede seguir con la vida que
lleva. Yo no tengo la intención de robarlo, sólo necesito que mire en nuestra dirección sólo un
momento. Para que su madre sepa de su propia boca que se encuentra bien y es feliz con la vida
que tiene. Eso es lo que una madre desea y merece de un hijo.
Me entretengo allí, siendo yo misma, riendo a carcajadas con los piropos torpes de estos
tipos gigantes y brutos. Algunos son groseros, otros lo suficientemente dulces, pero todos tienen
su encanto, tengo que decirlo. Mejores que los de cualquier albañil cada vez que he paseado por
la ciudad, seguro. En algún momento Adela me separa, llevándome a la cocina para
cuchichearme.
—No está bueno que te rías así de esos pobres hombres—suelta, mirándome fijamente.
Está seria, pero sus ojos tienen una chispa brillante de diversión.
Adela levanta una ceja y pone todo su peso en una pierna, llevándose la mano a las
caderas.
Pestañeo, desorientada.
Ella niega y se sopla un mechón de pelo que ha caído de su cola de caballo en la nuca.
—Los estás volviendo locos, Bianca—susurra, consistente—. Créeme estás así de buena.
Los piropos son serios, no son bromas. Y que vengas vestida así no ayuda…
Llevo mis ojos a los hombres alrededor del bar, sólo los que están cerca, en la barra,
esperando por sus bebidas me están echando una mirada. Y no sólo a mí, Adela también tiene
su conjunto justo. No se siente denigrante ni nada, no hacen que me sea incómodo. Pero ahora
que lo sé, no me siento tan segura.
—Mira—Adela me enfrenta y se vuelve firme—. En este lugar cada cual se viste como
quiere, ¿okey? Sólo fue un desliz mío, estaba incrédula de que no te dieras cuenta que cada uno
de estos hombres te está comiendo con la mirada. Y realmente creí que estabas ridiculizando
sus piropos. Ahora sé que te falta mucha calle, y que sos una especie rara entre modelo sexy e
inocente chica insegura. Resulta que tu ropa no tiene nada malo, venís de la ciudad y supongo
que allí se visten así. Acá nadie te va a tratar diferente o va a hacerte sentir incómoda
sexualmente porque lleves una falda y un piercing en el ombligo, ¿está bien? Sólo deja pasar mi
comentario malintencionado…
Toma un respiro cuando acaba y me da la espalda para atender a sus chicos. La sigo,
retomando mi trabajo, poniendo mi mejor cara pero por dentro, las palabras de Adela siguen
quemando. No sé si me ofendieron, es más, creo que me sorprendieron en gran medida y ahora
no puedo dejar de pensar cosas estúpidas. Mi mente es un caos la mayor parte del tiempo, no es
un lugar fácil en el cual entrar, y cuando hay alguna cosa que choca conmigo se queda allí
rondando por un tiempo. La palabra puta acaba de estallar.
Todos los tipos en este lugar están buenos, todos. Ninguno se salva de las fantasías de
ninguna mujer. Hay para todos los gustos. Y no caben dudas de que Alex Castillo es mi tipo.
Demasiado perfecto a la vista, y estoy segura de que es un buen hombre también. La chica que
vaya a llamarle la atención será muy afortunada. Yo, en cambio me conformaré con mirarlo de
lejos. Y tratar de no ponerlo incómodo, porque parece que no le gusta que se enfoquen tanto en
él. Me pregunto si será gay. No lo creo, niego para mí misma. Sólo asumo que es de los que son
exigentes, ¡y vaya! Él puede serlo tranquilamente, no lo culparía jamás.
Siempre deduje que acabaría casada con algún abogado, senador o empresario. De los
que viven de trajes y ponen el trabajo primero que todo en la lista. Me estaba resignando a ser
la típica esposa trofeo, la que llevan del brazo con orgullo por su elegancia en las galas. Y las
que organizan cenas benéficas sólo para presumir. Ya me estaba figurando así en unos diez
años, y lo único que esperaba era encontrar a alguien que, al menos, fuera bueno en la cama.
No soy tan exigente. Sólo no soporto la idea de vivir intocable e insatisfecha. Como lo he hecho
desde que tengo uso de razón. El único novio que tuve me dio la peor pérdida de virginidad de la
historia, y la segunda prueba fue igual de catastrófica. Me arruinó para las próximas
experiencia sexuales, ahora me la paso asumiendo que todos los hombres serán igual de
impacientes y directos que él.
Aunque… viendo a estos tipos, tengo que considerar que, tanto desprendimiento de
masculinidad tiene que significar algo. Ellos deben ser muy buenos satisfaciendo a las mujeres
que arrastran a sus alcobas.
Regreso al presente para ver toda una cola de tipos esperando que acabe de servirles.
Ups, me quedé tildada de nuevo. Pido disculpas y acabo con ellos, hasta que no queda nadie
más aguardando por su turno. Tomamos el respiro para secar las marcas de las botellas y el
líquido derramado sobre la superficie de la barra y acarrear copas desechadas para lavar
después, al final de la jornada.
Un par de horas pasan y extrañamente comienzo a bostezar sin parar, así que decido
que hasta aquí llegué. Debo volver a casa y meterme en la cama. Lavo y seco algunas copas
porque me parece injusto dejarle todo el trabajo a Adela al terminar y voy a por mi abrigo. Me
cubro y salgo por la puerta de atrás, despidiéndome de ella desde lejos. Me levanta una mano y
guiña, entonces estoy fuera. Rodeo el bar y con pasos tranquilos camino de regreso, entrando
por las rejas del complejo de departamentos. El nuestro es uno de los que están al final. Meto
las manos en los bolsillos gordos del saco y escondo la mitad de mi rostro en el cuello.
Realmente hace frío. Apresuro un poco mi avance.
En mi apuro por llegar a mi caliente cama, y de refilón, veo a alguien parado en el vano
de la puerta de uno de los mono-ambientes, soltando humo denso de cigarrillo por la boca. Me
refreno un poco y lo estudio. Es Jorge Medina, y eso es todo lo que sé de él. Lo he visto pocas
veces rondar acá y allá con su hijo, un niño precioso de largas pestañas y lindo cabello castaño
claro que le cae sobre los ojos. Ninguno de los dos reparan en que le vendría bien un corte de
pelo, aparentemente. Del padre sólo puedo decir que parece un gorila, tan tosco y grande que da
un poco de miedo. Nunca sonríe, ni se integra demasiado.
La primera vez que reparé seriamente en él fue en el fogón que los Leones organizaron
gracias a mi sugerencia. Estábamos en ronda, escuchando la hermosa e impresionante voz del
líder, todos al borde de las lágrimas—bueno, yo ya estaba dejando salir todo, no me cuesta nada
lloriquear— entonces levanté la mirada húmeda hacia los pocos tipos que se habían quedado de
pie y allí me lo encontré a él. Con la espalda apoyada en un árbol y un cigarro en los labios, su
rostro inamovible reflejaba dureza ante el fuego y sus ojos se veían como si en los irises se
arremolinara un líquido caliente. Podría decir miel, pero parece más apropiado el whiskey. Y
pega más con él, ya que la miel es demasiado dulce.
Me estaba mirando.
Fijamente. No tuve otra opción que quitar mi atención de él, ruborizándome. Sentí mi
piel erizarse en un escalofrío. Es un tipo demasiado intenso y en ese momento yo estaba en
medio de un ataque emocional. No tengo dudas de que pensó que era una tonta, su ceño
fruncido hablaba fuerte y claro. Nunca charlé con él, tampoco considero hacerlo, no se ve muy
accesible que digamos.
De repente, lo que menos quiero ahora mismo es pasar frente a él y tan de cerca. Y
bueno, ni que tuviera otra opción, así que me preparo y lo hago. Pongo la mejor sonrisa
simpática en mi cara roja por el frío y disparo hacia él. Porque no quiero que piense que me
asusta. No importa qué tan grande sea la verdad que me contradice.
—Hola—le suelto.
Me ordeno seguir adelante sin que me afecte, miro al frente. No hay que darle ni un solo
pequeño pensamiento al “señor antipático”. Ni uno. ¡Ja! Señor antipático. ¿Y qué tal señor
amargado? Cualquiera de los dos le pega, y es una lástima porque, bueno, hay que reconocer
que está muy sexy. Tiene unos labios muy deseables. Y el aro en el lóbulo de su oreja lo hace
ver muy atractivo. Y se nota que está bien armado y es fuerte. Y puede tranquilamente mojar
las bragas de cualquiera. Y…
Pero, ¿qué…?
Entro en nuestro apartamento, cuelgo mi abrigo y corro hacia mi habitación. Ah, todo es
infinitamente mejor debajo de unas sábanas calentitas.
Capítulo 2
JORGE
«—Yo… creo que va a ser lo mejor—le susurré, sosteniendo su cabeza en mis manos, mi
frente en la suya.
Ella sorbió por la nariz y asintió con los ojos cerrados. Todo para esconder sus ojos
húmedos de mí. Sabía que me dolía verla llorar.
Sí, esa pequeña muñeca de piernas largas y ojos inocentes acaba de llamarme señor
amargado. Y realmente dudo mucho que se haya dado cuenta que lo dijo en voz alta. De todos
modos, eso no cambia que sea verdad. Soy un hijo de puta amargado. La chica intentó ser
amable y simpática conmigo y la traté como basura, ignorando su saludo. Pobre, creo que dañé
un poco ese orgullo de ahí adentro. Pero, aunque sería entendible, no me siento culpable. Estoy
vacío, no hay nada en mi pecho, no hay emociones latiendo dentro.
Aunque sí existe algo en mi cuerpo que late y no es precisamente mi corazón. Sólo echen
un vistazo un poco más abajo.
No puedo culpar a mi cuerpo por reaccionar, esas piernas largas enfundadas en sexys
tacones hacen que la mente de cualquier hombre muera en electrocución. Y se despierte la zona
sur. No me sorprenden las ansias de querer verla completamente, arrancarle ese jodido saco,
sabiendo de ante mano que lleva el vientre al descubierto, mostrando orgullosamente una
cintura delgada y tonificada, un maldito piercing en el ombligo que quiero meter en mi boca y
hacer rodar, hasta que se estremezca y chille mi nombre.
Puta mierda.
Tomo un respiro y lanzo la colilla de cigarro al suelo, la apago con la bota y me meto en
la casa. He perdido la cuenta del tiempo que hace que no toco a una mujer, demasiadas cosas en
la cabeza para pensar con el pene. Ni siquiera las putas que vienen al bar a conseguir un
revolcón me han atraído. Mi exigente amigo tenía que fijarse en la inalcanzable hermana de La
Máquina, el cual me arrancaría la cabeza con un torniquete si la tocara. No es que tenga la
intención, esa chica está fuera de mi liga. En todos los sentidos. Demasiado joven, demasiado
inexperta, demasiado inocente. Alguien como ella no sabría cómo manejarme en absoluto.
Me paseo por la oscuridad de este mono-ambiente que nos han prestado, manteniendo
el silencio. Me siento en el sofá del rincón y poso la vista en Antonio, que duerme plácidamente
con una despreocupación que envidio. Y más me vale que siga siendo así para él, siempre. Por
eso, más que nada, tengo que seguir adelante con mis planes. No puedo demorarme más. Tengo
que sacar la mierda que no me deja avanzar en mi camino. Precisamente no son baches, son
bichos. Mugre de la peor, y tengo que exterminarla para siempre.
“Mugre en la que naciste…”, me recuerda una voz escondida en mi cabeza. Lo sé, carajo,
sé eso bien. No necesito recordatorios. Uno nunca olvida de donde proviene. Puede que los
elimine a todos, pero seguiré siendo una extensión de ellos, la misma mierda y con el mismo
olor. Si estuviera solo en la vida, no me importaría nada. Pero tengo a mi hijo y quiero un
camino brillante como oro reluciente frente a él y se lo conseguiré. Lo haré a cualquier precio,
podría morir al final, pero al menos sabré que él estará bien. Fallé con Cecilia, creí que dejarla
era lo mejor, pero con esa gente nada es seguro, una vez que adivinan tu punto débil te
machacan sin piedad. Cecilia era mi talón de Aquiles, y no sé cómo fue que Tony se salvó.
Supongo que se lo debo a ella, lo escondió cuando intuyó que vendrían a buscarlos. Se puso
entre ellos y nuestro hijo. Lo protegió. Y ese se suponía que era mi trabajo, sólo mío: cuidar de
ambos. Y fallé miserablemente.
Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas y jadeo. Froto mi rostro
con las manos y oigo mi respiración acelerándose. Detengo todo. El pasado, los recuerdos. Todo.
No me permito hundirme en ellos porque sé que jamás podré salir. Sólo tengo que enfocarme en
mis objetivos, poner todo mi empeño en ellos y atacar. Vengar. Destrozar. Moler. Hacer
desaparecer.
Estoy siendo un padre de mierda y nadie puede negarlo. No sé cómo tratar con él, y me
derrumbo las veces que pregunta por su madre. Últimamente no lo hace más, pero el
sentimiento está allí, la extraña. Él se crio estos tres años con ella, hace sólo meses que está
conmigo. Es un niño dulce y me aceptó desde el principio, si fuera más mayor y entendiera todo
tal como fue, me habría mandado a la mierda cuando aparecí a buscarlo. Porque entendería que
los abandoné a su madre y a él. Mi justificación es que lo hice por su bien, y nunca estuve
separado del todo. De vez en cuando los espiaba de lejos, hundiéndome en el pensamiento de
que ambos eran demasiado buenos para mí.
Antonio es demasiado bueno y admirable para haber sido procreado por mí.
Sin embargo, acá estoy haciendo todo mi esfuerzo. Se lo debo. Le debo absolutamente
todo. Lo dejé con sólo un par de meses de nacido, perdió a su madre por mi culpa y mi gente.
Salvarlo se convirtió en mi propósito número uno y por eso tengo que poner mi venganza en
marcha.
Lo antes posible.
***
Después de dejar ir a Antonio con León y Abel al jardín de infantes, me cambio con ropa
cómoda y me interno en el gimnasio detrás del salón de la piscina. Generalmente es tranquilo y
el entrenamiento me mantiene ocupado, agregando que siempre resultó rehabilitador para mi
cabeza. Catarsis. Arribo y me agrada ver que está vacío, lanzo de pasada el bolso en un rincón y
estiro. Pongo a tronar mis huesos, luego el cuello, y empiezo liviano con una de las cintas de
correr. Cuarenta minutos después ya estoy sudando copiosamente y me quito la camiseta, me
seco la frente y acabo. La tiro sobre mis pertenencias yendo hacia el final del salón para
colgarme de la barra. Estoy allí suspendido, de espaldas a la puerta, cuando escucho pequeños
pasos rápidos en movimiento a la entrada. No le doy importancia y sigo con lo que estoy
haciendo, pestañeando ante el sudor que cae en mis ojos.
Por un momento no se advierte nada más, como si la persona que acaba de entrar se
hubiese quedado estancada allí, como estatua. La ignoro, mejor es que se quede así y no se le dé
por querer charlar. No estoy aquí para hacer amigos, sólo para quemar mierda. Unos minutos
pasan hasta que una de las cintas comienza a rodar y, por la liviandad del trote, deduzco que es
una chica la que está encima. Bien, acaba de tener mi curiosidad. Giro un poco la cabeza para
echar un vistazo y allí está la muñeca trotando, sus ojos azules abiertos al frente y los
auriculares encajados en sus oídos. Toma suaves respiros por la nariz y los deja ir por la boca, y
la larga cola de caballo castaña que cuelga de su nuca se balancea de un lado al otro con el
movimiento.
Media hora después me he movido para hacer abdominales y ella sigue en la cinta.
Ahora su piel luce una leve película de brillo por el sudor, y su respiración es más afectada. Se
ve blanda y relajada mientras trota, pero se nota a leguas de distancia que intenta con fuerza
evitar voltearse a mirar en mi dirección. No quiere saber nada conmigo, a causa de que
resquebrajé su orgullo por hacerle tragar el saludo anoche. Debe estar pasándolo fatal. O no,
quizás es lo suficientemente inteligente como para dejarlo pasar y no dedicarle ni un segundo
pensamiento al señor amargado. Pero algo me dice que está molesta. Que mi presencia le
pincha justo en la herida. Mujeres. ¿Por qué no puedo dejar de analizarla?
Sólo mira ese culo, mierda. Y me olvido de lo que puede llegar a haber en su cabeza de
princesa.
Toda ella es exquisita y firme, y siento deseos poderosos de ir, empujarla al suelo y
montarla. Sí, como el animal que soy. Y ese piercing, ¿realmente está tan orgullosa de él?
Engreída, le encanta mostrarnos a los hombres lo que nos perdemos cada vez que esquiva los
avances. He visto su manera de lidiar con tantos perros alzados. Se ríe como si le contaran
chistes cada vez que coquetean con ella. Los tipos se quedan congelados al no recibir respuestas
a sus insistencias. O es demasiado inocente para notar que cualquiera se moriría por envestirla,
alzarla sobre un hombro y correr lejos. Para meterse entre sus piernas. O de verdad se hace la
tonta. Hablando de piernas, tiene las mejores que he visto. Finas, suaves, entonadas. Y ahora
veo por qué tiene ese cuerpo, no le esquiva al ejercicio. Se esfuerza en verse así de perfecta.
Intento ordenarme, empezar de cero. Imposible. Ella es miel, yo soy una cargosa y
desagradable mosca zumbando. Me alzo sobre mis pies, rindiéndome, y voy a mi bolso, donde
tengo la toalla preparada. No tenía la intención de darme una ducha acá, esperaría a llegar a
casa, pero he cambiado de opinión. Justo ahora. Suerte que en el bolso siempre tengo lo que se
necesita en estos casos. Desfilo hacia los cubículos de las duchas y de pasada no le queda otra
opción que toparse conmigo. Sus labios, que antes estaban modulando la letra de alguna
canción, se detienen, transformándose en una línea recta. Por lo demás, ella sólo se ve
agradable, sociable, accesible. Sus ojos nunca se endurecen ni muestran rencor alguno. Está
dividida, hay una lucha interna.
Bueno, parece que no he perdido del todo mi actitud juguetona en ciertas situaciones.
BIANCA
Esta mañana desperté con la intención de hacer mucho ejercicio. Mucho. Porque estos
días no he parado de comer dulces y es mi deber nivelar mi cuerpo un poco. Quemar algunas
calorías extras con las que estuve llenando mis cachetes mientras me ponía al día con una de
mis series favoritas. Pilas, pilas, si no se quiere salir rodando. Así que una vez que les di de
comer a esos dos osos gruñones que tengo como compañeros de apartamento, me comí mis
verduras, hice la digestión y crucé el recinto al ritmo de “Shake it off” de Taylor Swift. ¿Qué
hacía yo con una canción de ella en mi celular? Ni idea. Yo soy una chica a la que le va la
música vieja, con unos cuántos años encima. Aun así me prendí porque estaba de buen humor y
tenía ganas de mover el culo. Y lo moví, todo el camino al gimnasio. Incluso me mandé unos
ridículos pasos de baile que nadie vio porque estaban todos durmiendo la borrachera. Punto
para mí. Siempre es bueno mirar a los costados antes de hacer el ridículo. Lo sé por experiencia.
Él es de los que parece que se inflan los músculos con un inflador. Aguanta, macho, no
pongas la piel tan tirante, se va a rasgar. Siempre me pregunto cuánto músculo es capaz de
soportar un cuerpo. El suyo no necesita más, de verdad. Se va a romper. Y así está bien, es el
punto justo. No es que no se viera atractivo, era más que eso. Era ardiente y de pronto empezó a
hacer mucho calor en el cuartito. Tanto, que empecé a sudar antes de subirme a la maldita
máquina de correr. Suspiré, dejé mi abrigo a un lado, y subí en el aparato. Enganché la soguita
de seguridad en mi top, y lo encendí. Empecé lento y fui subiendo la velocidad gradualmente.
Intenté no mirar en su dirección, lo juro. Pero tengo que declararme culpable porque
esos bíceps de inflador estaban para el infarto. Y se tensaban cada vez que se esforzaba en
elevar su cuerpo. Y los tatuajes se veían tan resbalosos que incluso estuve a punto de salir
volando de la cinta y beberlo todo de él. Limpiarlo. Con mi lengua. Asqueroso. Pero sexy. No,
horrible. Ah, vamos deja de fingir recato. ¿Qué? Soy una mujer de carne y hueso y él es un tipo
que está fuertísimo. Que me dé un respiro.
Me pongo un ocho en el arte de ignorar, porque lo hice bien. Por un rato, pero no fui esa
clase de chica evidente. No me arrepentí de no haber salido corriendo en otra dirección cuando
vi que estaba ocupando el gimnasio. Tengo mi orgullo, no voy a esquivarlo. Que se joda. Que se
joda. No iba a ganar esta batalla. De la cual, él no tenía ni idea porque esto estaba sólo en mi
cabeza. Uff, estaba pensando en exceso y realmente me abrazaban los calores. Entré a
sofocarme muy rápido, ¡si hasta me aguantaba una hora y media sobre la cinta! El trote en el
mismo lugar que él no resulta ser bueno para mi salud.
Y la vista de la serpiente tensándose en su brazo era demasiado para mi salud…
mental. Por un momento sentí como si me rodeara el cuello y me asfixiara. Agua, necesitaba
agua. Pero como soy un poco tonta, no había traído ninguna botella. Así que sólo estuve allí
tratando de no verme como un perro sediento con la lengua afuera. No ayudó que en mis
auriculares comenzara a sonar “Juegos de Seducción” de Soda Stereo. No está bueno que te
canten sobre fantasías sexuales al oído cuando hay un macho alfa todo bañado en sudor en el
rincón, mostrando una perfecta espalda grandota y fibrosa. Y tatuada.
Y Dios, yo no tengo una cura para tanta estupidez. Para tanta locura.
¿Por qué mi cabeza daba vueltas como un remolino? ¿Por qué no podía ser normal en
vez de estar enloqueciendo así? Apuesto a que una chica promedio no pensaría tantas cosas
tontas por segundo. Además, me regañé, ¿no se suponía que estaba loca por el Perro? Él era
exquisito, más de mi tipo y me ponía. ¿O no? No, realmente no. Ahora me doy cuenta de que no
llegaba ni a un cincuenta. Nunca ningún otro hombre, aparte del señor amargado con bíceps de
inflador, me puso así de caliente. Eso era un cien, no me queda ninguna duda. Por favor, que
nunca nadie sepa lo que estuvo en mi cabeza en ese momento. ¡Es bochornoso!
¡Alto ahí!
No duró mucho su fase de abdominales, y casi suspiro con alivio cuando se levantó y
consiguió su bolsa desde el rincón. Creí que se iba y estaba a punto de dar el salto de la victoria,
pero no... Demasiado bueno para ser verdad. Él se tenía que dar una ducha. Pasó caminando
frente a mí y me echó un vistazo, me esforcé en trabar mis ojos al frente para que no dieran la
vuelta hacia atrás en éxtasis, porque sus irises dorados hervían. Y me cocinaban viva. Porque,
no sólo su torso era precioso, su mirada era igual de fogosa. Y soy, por lo vivido en la última
hora, la chica más fácil de descolocar que existe. Eso es porque he tenido poco sexo, y malo.
Así que fui fuerte, y en vez de enviarle un mensaje sexual con los ojos le sonreí lo más
dulce e inocentemente que pude. No hay lugar para el rencor en este cuerpo, amigo. Tampoco
hay lugar para la excitación. Me abstuve de levantarle el pulgar por mi guerra interna
acabando. Él me ignoró por segunda vez, pero no me importó, ya me estaba acostumbrando a su
actitud cerrada y tirante. Nunca iba a verlo sonreír. Nunca me hablaría de vuelta. Mensaje
entendido perfectamente. Los latidos de mi corazón se estaban refrenando ya, pero entonces
tuvo que… deslizar abajo sus pantalones cortos de deporte.
En ese mismo momento tropecé y la máquina se frenó de golpe. Y supe dos cosas: no
llevaba ropa interior y…
Me doy cuenta de que tengo a uno de los gemelos en brazos y su madre me está
tendiendo un mate. Pestañeo, desorientada, regresando poquito a poco. Tomo el mate y me
encojo de hombros, sorbiendo la bombilla.
Siento que mis mejillas se ponen rojas y por dentro rezo para que ella no lo note. Dios
parece escucharme por una vez en la vida y me concede ese mínimo deseo. La rubia sólo se
vuelve a meter en las páginas de la revista femenina que tiene sobre la falda, esperando a que
yo acabe de tomar.
Realmente tengo que regresar a mi terapia, suspiro por dentro y le devuelvo el mate.
Ahora que estoy enfocándome, sujeto al niño y lo levanto para verlo cara a casa. Sus
ojitos castaños se fijan en mí y le dedico una sonrisa ancha, para después acercarlo y besar cada
rincón de su carita. No más pensamientos morbosos sobre la estrella tribal que el señor
amargado tiene al comienzo de la nalga derecha. Antes de volver a eso, le suelto a Lucre lo
primero que se me viene a la mente.
— ¿Sabes? Podrían ser mis sobrinos—comento, y mi atención recae en ella que se olvida
de la sección moda de la revista mensual.
Alza una ceja en mi dirección y después chupa por la bombilla hasta que el mate truena
vacío, estudiándome. Analizándome. Ella es hermana de Lucas Giovanni que a su vez es mi
medio hermano. Si no me hubiesen avisado ya que ella no es realmente hija de mi padre, la
habría asumido como hermana. De hecho, no me importa, es buena gente. No tengo ni idea de
Lucas, pero también aparenta ser un buen hombre.
—Si querés que sean tus sobrinos—habla ella, sin pestañear siquiera—, ellos pueden
serlo.
—Lo siento, no iba a preguntar. Pero, ¿sabes que no podés mantener secretos cuando
hablas en voz alta y ni siquiera te das cuenta?—pregunta, azorada.
Tuerzo el gesto, ese asunto de divagar en voz alta siempre me trae problemas. Por eso la
gente se aleja, soy tan rara que no puedo mantener mis pensamientos para mí. ¿Por qué se
escapan?
—No es que sea entrometida—sigue pinchando ella, sus ojos en modo curioso—. Pero
ahora me pica la curiosidad.
Lo que es lo mismo a ser entrometida, ¿no? Me río por un momento y luego trago la bola
de vergüenza que se me atasca. A la mierda todo. Se lo voy a contar.
—Es Jorge Medina—sus ojos ahora son como platos hondos de sopa—. Él se bajó los
pantalones justo frente a mí en el gimnasio. Fue tan grosero…
¡Ay, que mentirosa! Si lo último que te pareció fue grosero. Chito, antes muerta que
confirmar que hizo explotar mis sesos. Aunque no era necesario bajarse los pantalones, ya
estaba toda babosa por él desde antes. Supongo que Medina no hace ninguna cosa a medias.
—Puff—chilla ella riendo—, eso es normal, nena, los hombres se bajan los pantalones
en el gimnasio todo el tiempo—aclara.
—Así que…—sigue ella como si nada, pasando las páginas nuevamente—, ¿qué tiene
tatuado en el culo?
Sus hermosos ojos azul claro se vuelven juguetones y se clavan en mí, esperando el
jugoso detalle.
—Creo que a tu hermano no va a gustarle que te pongas caprichosa con Jorge, Bianca—
suelta Lucre, ahora toda cautelosa.
Bah, lo superaré.
Santiago estuvo afuera demasiado tiempo como para venir estas alturas a fingir
preocuparse por mí. Además no estoy en este lugar para comenzar una relación con nadie, vine
para unir a mi familia. Y ese asunto está por encima de todo. Y si quisiera una relación, estoy
segura de que no la conseguiría en un lugar como este, donde desencajo tanto. Los hombres que
viven aquí son atraídos por mujeres fuertes, decididas, que no toman mierda de nadie. No soy
nada parecida a ellas. Lucre, Fran y Adela son de hierro y tienen que pasar por muchas cosas,
elegir vivir junto a estos hombres no es nada fácil.
¿Estás diciendo que preferís acabar siendo la esposa trofeo de algún pomposo
empresario? No. No lo sé. No tengo ni idea.
Y eso tiene que ver con que ni siquiera me conozco a mí misma, no he encontrado mi
verdadera esencia. Por estar demasiado ocupada poniendo todo mi tiempo y mente en el
hermano que echaba en falta, tan mal, que dolía cada segundo de su ausencia.
CAPÍTULO 3
BIANCA
—Tengo una duda—modulo mientras tengo un pedazo de carne en la boca y meto un
poco más—: si llevas un chaleco como todos los demás, ¿por qué no montas de viaje con ellos?
Sé que la pasa muy mal cuando Santiago se marcha de viaje, odian estar separados.
Tanto que ella se vuelve un poco dura y malhumorada.
— ¿Imposible?—insisto.
—No podría conducir una moto por tanto tiempo—interviene Santiago, bajando la vista
a su plato casi vacío.
—Jorge Medina—dice ella, limpiándose con una servilleta—. Él nos secuestró a Lucre y
a mí, cuando su clan y el nuestro estaban en guerra.
La noticia me cae como un balde de agua helada en el rostro.
—Lo hizo para despistar un poco a las Serpientes, que estaban demasiado ansiosas por
atacarnos. A él le interesaba más cambiar las cosas con ellas, que venirse sobre nosotros—
explica, haciendo girar su copa con algo de vino—. Le salió mal. Ordenó que nos cuidaran de los
mayores, pero su gente fue inepta y esos gordos sucios y rastreros entraron en la habitación
para violarnos… Luché con ellos cuanto pude, justo acababa de quitarme las esposas, partiendo
en pedazos mi mano.
Estoy horrorizada, y hasta me quedo corta. Y ella lo cuenta como si fuera una anécdota
cualquiera de su infancia. Como si nada. Y es muy grave que las secuestraran y quisieran
violarlas. ¿Qué clase de mundo es éste y qué tan a salvo estoy de él al permanecer aquí? Noto que
mi hermano está demasiado enfocado en mi reacción, seguro esperando que me levante de la
mesa y corra a hacer mi valija para salir pitando al grito de “¡Fuego!”. No voy a darle el gusto.
Wow. ¿Qué carajo? Él se va sin decir nada más y escuchamos el portazo proveniente de
su habitación. Él no es el Santiago que recuerdo, jamás diría algo así de alguien, ni le desearía
la muerte. Ni se ofrecería a asesinarlo. Es tan… espeluznante. Y no me gusta la idea de
temerle.
Adela llama mi atención nuevamente cuando comienza a juntar los platos sucios para
llevarlos al fregadero.
»Jorge no es el monstruo que él dice, nos protegió. Yo sé que suena raro y contradictorio,
pero no tenía pensado hacernos verdadero daño. Su gente era pesada y mala, él sólo deseaba
limpiar su clan. Desaparecerlos a todos. Pero en el medio estaba este conflicto con los Leones, y
los mayores no querían acabarlo… En fin, él llegó a tiempo y nos salvó de ser salvajemente
abusadas, y sin pensarlo dos veces nos devolvió. Un tiempo después, cuando no pudo sostener la
lacra de su clan, se abrió y nos avisó de antemano que vendrían a atacarnos.
—Y gracias a ello, está aquí—cierro, sacando las conclusiones que faltan, casi sin voz
por el nudo en mis cuerdas.
Ella asiente, guiñándome.
—Pidió refugio para su hijo, pero León es León y les permitió a los dos quedarse—pausa,
y me mira con el rostro relajado—. El jefe es así…
Estoy de acuerdo.
—Demasiado bueno para ser el líder de toda esta masa de salvajes gorilas pecadores—
se ríe, bromeando.
JORGE
Consigo uno de los tantos desechables que traje entre nuestras pertenencias y lo activo.
Marco el número que me he aprendido de memoria desde hace un tiempo y espero a que
acepten la llamada desde el otro lado. Al quinto tono una voz profunda me recibe.
Estoy de acuerdo y me disculpo. Estaba tratando de pensar bien las cosas, porque lo que
menos deseo es cometer errores. Antes de comenzar planes con él, debía ordenar mi mierda.
Además quería complementarme con Antonio, conocerlo mejor, pasar tiempo con él. No
descuidarlo como lo he hecho los años anteriores.
Esteban era mi mano derecha en el clan, él estaba siempre un paso tras de mí,
sirviéndome como ninguno. Como un perro fiel, pero eso no es por lo que lo aprecio. Es mi mejor
amigo, mi confidente y siempre estuvo allí, apoyando cada una de mis malditas decisiones. Sin
él yo no habría trepado a la cima del clan. Está bien, las cosas no salieron del todo como
deseaba, ahora estoy con los Leones, he sido derrocado unos cuántos meses atrás y Esteban y yo
tuvimos que tomar caminos separados, pero poco a poco iremos volviendo al ruedo. Tenemos con
qué.
— ¿Cómo te tratan los Leones?—quiere saber, preocupado—. Espero que bien. Dios sabe
que de este lado tengo que cuidarme bien las espaldas, apenas estoy durmiendo, viejo. Estos
hijos de puta me tienen en la mira todo el tiempo. Un desliz y estoy muerto.
—Sin duda estoy mejor que vos—digo, apesadumbrado—. Estoy bien. Me aceptan, soy
ignorado la mayor parte del tiempo, eso es bastante bueno para mí—termino.
Él se ríe desde el otro lado, y lo siento bajar un poco la guardia. Es de oro por hacer
tantas cosas por mí. Está camuflado entre los viejos, justo en el mismo agujero que ellos.
Sacando información para mí. Los dos sabemos que una equivocación lo mandaría tres metros
bajo tierra. Acá, el único que está a salvo soy yo. Debería haberle negado hacer esto, pero él
desea lo mismo que he querido por tanto tiempo: vivir en paz de una buena vez y tener un clan
como Dios manda, sin mierda dando vuelta. Sin su apoyo yo estaría estancado aquí
eternamente, es mi única opción de salir e ir a por lo que deseo desde que me di cuenta que
quería ser mejor que sólo la herencia de una basura asquerosa como Rober Medina.
—No muy bien, tengo que decirlo—responde, apagado—. No confían en mí, todavía. Es
lógico. Tampoco se comen del todo el cuento de que estás muerto…
Me muevo hacia el sofá y tomo mi abrigo que está allí enrollado, me lo coloco y salgo al
exterior, palmeándome el bolsillo en busca del atado de cigarrillos. Necesito uno
desesperadamente, para sobrepasar la noticia de que las cosas serán más lentas de lo que
deseo.
—Mostrales las fotos—le ofrezco, asomándome en la puerta—. Las que hicimos antes de
que viniera con los Leones.
Truchamos una escena del crimen, conmigo en el centro de todo. Cubierto de sangre y
con una herida profunda en la garganta. Eso tiene que alcanzarles, carajo. Tengo que estar bien
muerto a sus ojos para poder seguir adelante con el plan.
—Sí—está de acuerdo—. Lo haré, voy a llamar a Tania para que me las traiga, ella se
encargó de tenerlas por si acaso.
Tania es su novia, ella maquilló la herida, es demasiado buena en eso. Una actriz que
fracasó y acabó en brazos de Esteban, no sé cómo ni me importa. Estoy agradecido por estos dos
y todo lo que hacen por mí y mi hijo.
Es un hijo de puta muy inteligente, sabrá cómo arreglárselas. Lo escucho reírse por lo
bajo y hasta puedo imaginar sus ojos oscuros arrugándose en las comisuras por la diversión.
Tenemos la misma edad, pero no podemos ser más distintos. Él, al menos, sabe cómo divertirse,
yo siempre he sido un ser apagado y lleno de cosas en la cabeza. Preocupaciones, planes, mierda
emocional. He lidiado con mucho, en especial desde que perdí a Cecilia.
Y cuando hablo de “perderla” no me refiero al día que giré sobre mis pies y la abandoné
con nuestro hijo. Sino a la noche en la que fui a buscarla para salvarla, y llegué demasiado
tarde.
—Me alegra saber que estás bien, viejo—dice él, volviéndose demasiado sombrío—.
Estaba preocupado, hasta que al fin llamaste.
—Sabes por qué lo hago… quiero lo mismo que vos—murmura, pensativo—. Hay cosas
por las que vale la pena luchar y arriesgarse—afirma, con tono firme y decidido.
Sigue hablando, ahora aflojando la tensión con temas banales, intentando hacerme reír,
llevándome al límite, completamente negado a hacer que mi amargura gane por sobre todas las
cosas. En algún momento, cerca del final de mi cigarro dejo de escucharlo, frunciendo el ceño en
dirección al final del complejo. A una silueta con calzas fucsias y zapatillas doradas que está allí
meneándose, compenetrada en alguna mierda. Bianca Godoy y sus particularidades.
—Viejo, ¿me estás prestando atención?—se ríe, de alguna pavada que acaba de decir.
—Está bien, llámame la semana que viene y te pasaré las novedades, ¿ok?—pausa,
estoy a punto de decir adiós cuando él salta de nuevo—. ¡Espera! ¿Cómo está Antonio? Que
estúpido, ¿cómo voy a olvidarme de ese campeón?
Bianca da una voltereta de caderas, otra vez tiene los auriculares puestos y ¿está
limpiando los vidrios del departamento de su hermano? Por lo visto, así es.
—Me hace muy feliz eso—dice, puedo oír la sonrisa en sus labios—. Bueno, entonces,
hablamos pronto.
— ¿Sí?
—Claro que sí, jefe. Soy un hueso duro de roer—sigue, confiado—. No por nada me
elegiste como tu mano derecha, ¿eh?—presume.
Me rio secamente a causa de una pizca de diversión en mis venas que se disuelve
rápido, y corto la llamada. Guardo el aparato en mi bolsillo mientras voy caminando hacia la
chica más allá, haciendo un espectáculo. No sé por qué me estoy acercando, pero eso no es algo
que merezca importancia ahora, parece. Bianca se agacha y enjuaga el trapo en el balde con
agua, después lo escurre y limpia los rincones llenos de tierra en la ventana. ¿Quién iba a decir
que una chica como ella haría el trabajo sucio de limpieza? Uno siempre asume que las de su
tipo crecen rodeadas de sirvientes. Y bastante buenas para nada.
El culo enfundado en la calza fucsia se balancea y ella canta en voz alta, incluso hace
caras muy raras que alcanzo a ver por el reflejo del vidrio. ¿De dónde salió esta chica tan
inquieta? Se compenetra en sacar todo el barro del hueco, que entiendo que debe ser difícil de
limpiar, sin embargo lo hace con una sonrisa. Estoy lo suficientemente cerca para que me note
ahora, y no lo hace, está perdida en su mundo. Desplaza el trapo y se vuelve a agachar sobre el
balde para enjuagarlo, mete las manos en el agua con espuma y hace un movimiento giratorio
con sus caderas que provoca que la sangre bulla directo a mi ingle en un tiempo
considerablemente rápido. Mis vaqueros ya empiezan a estorbar.
Bianca clava los ojos azules en mí y se da cuenta de que está meneando su culo en mi
dirección. Se atiesa y se levanta de golpe. Abro la boca para lanzarle una advertencia pero es
muy tarde, su movimiento es brusco y torpe, no sabe que tiene la persiana justo a su medida. Se
da un golpe horrible en la cabeza con el filo de la madera. Tan terrible que hago una mueca de
dolor.
Unos cuantos pasos más y estoy frente a ella, observándola de cerca mientras se
endereza. La alejo de la ventana y me permite maniobrarla a mi antojo, demasiado aturdida
por el golpe. La piel de su rostro está pálida y temo que vaya a desmayarse. La sujeto firme, y
lleva una mano al costado de su cabeza.
—Sí, creo que sí—susurra, temblorosa—. Sólo acomodé un poco las ideas en mi cabeza—
se ríe intentando bromear, todavía fuera de juego.
BIANCA
Soy levantada en el aire de manera imprevista y me olvido por un momento de lo que
está pasando. No he perdido la consciencia, sólo estoy algo mareada por el golpe. Y,
retrocediendo unos minutos, ¿cómo es que fui tan tonta de golpearme así? ¿En qué estaba
pensando? Ah, sí, acababa de horrorizarme porque Jorge me descubrió haciendo mis
movimientos pélvicos al ritmo del “Electro movimiento” de Calle 13 que estaban pasando en la
estación de radio. Me encendí. Me olvidé de que alguien podría estar viendo.
Jorge regresa y el colchón se hunde profundamente en el borde porque se deja caer sin
mucho miramientos, haciéndome rebotar. Mi cabeza va a explotar. Me mantengo quieta al ver
que se inclina sobre mí, está todo en modo doctor y su toque es impersonal, pero igual me
afecta. No puedo quedarme quieta. Presiona una gasa en el cuero cabelludo rasgado y absorbe
la sangre. Me trago los chillidos, realmente esa cosa no está preparada para ser tocada. Me
desinfecta, por suerte el líquido no arde. Se queda un rato allí, limpiando, secando, despejando
la herida. Lo dejo trabajar, me trago cualquier palabra estúpida que se me venga a la boca. Si
suelto la lengua soy peligrosa y justo ahora no estoy del todo en mis cabales.
Mi cabeza da vueltas y esta vez no es por el mareo. Es porque estoy en su casa, sobre su
cama enorme, y él está todo sobre mí. El calor de su cuerpo no le hace cosas bienvenidas a mis
nervios. Estoy inquieta por dentro. Una, porque hice el ridículo, como siempre he hecho en mi
vida. Y otra, porque no tengo un respiro con él. Estaba justo allí parado, mirándome fijamente.
Entonces tuve que enloquecer y darme el golpe.
Me arrastro lejos, ya me siento mejor como para hacerlo, de verdad. Hago el movimiento
para salir de la cama, pero soy inmovilizada y de pronto él termina a horcajadas en mi espalda.
Dejo de respirar y me tenso.
— ¡Quieta, mujer!—me dice con voz enronquecida—. Sólo déjame trabajar, no voy a
hacer nada que un médico no haga en una situación como esta. El pegamento es medicinal.
Ahora, ¡abajo!
Me empuja abajo y busca la herida, ya que se ha perdido entre el pelo de nuevo. Vuelve
a hacer todo el procedimiento de secado, luego siento un líquido viscoso y fresco justo en el
borde y me muerdo el labio, duele y hace cosquillas. Y ni hablar cuando ejerce un poco de
presión para unir la piel.
No hace más que terminar que sale de encima de mi cuerpo y reordena lo que usó
dentro del botiquín. Se pierde en el pasillo y sé que es mi momento de levantarme e irme, pero
mi cuerpo se ha quedado laxo allí, indefenso y cansado. Debería salir pitando de este lugar, él
no me quiere acá. Cierro los ojos un segundito. La cama está muy cómoda, además me ha
dejado su calor impregnado en la espalda. A decir verdad, no se sentía mal todo su peso encima
de mí, no me dejaba respirar bien, pero era agradable. ¿En qué estoy pensando?
Movete, Bianca.
No sé por qué me resisto aquí, será que la colcha es demasiado suave y huele tan bien.
Un chorro de agua fría me moja en toda la cara y termina con mis letárgicos
pensamientos. Grito, moviéndome lejos. Allí está él, de pie junto a la cama, viéndome
atragantarme con el líquido que acaba de entrar por mi nariz. Es tan áspero, ni siquiera tiene
piedad de mí, ¡acaba de mojarme! Toso, y me seco con las mangas de mi abrigo.
Mi boca se abre. Okeeeey. Mensaje recibido. ¡Qué grosero! Está echándome. Me esfuerzo
por levantar mi culo, entrecierro los ojos cuando el chichón late al elevarme sobre mis pies.
Suspiro y enfilo hacia la puerta sosteniendo mi cabeza en ambas manos, como si fuera a
desprenderse y caer. Mis pasos son lentos y cortos, pero como puedo me las ingenio para
salirme de su camino. Parece estar muy ansioso por eso.
—Bueno—me freno en la salida, y me giro a medias para mirarlo, todo sea para hacerlo
más difícil, ¿no?—. Gracias… por todo…
No sé qué más tenía pensado decir y queda todo allí suspendido en el aire entre los dos.
Me da una mirada que no dice absolutamente nada y me rindo. No se puede lidiar con ese tipo,
mejor dejarlo solo. ¡Solo y amargado como se merece! Atravieso el trayecto entre su casa y la
mía y no necesito darme vuelta para fijarme, él está en su puerta supervisando mi llegada. No
vaya a ser que me acabe desmayando. ¡Qué atento! Ni que fuera Flash, para llegar a mí antes
de que acabe redondita en el suelo. Idiota. Suerte que no estoy mareada y no caeré. Entro y doy
un portazo que hace latir mis sienes y la herida. Apenas me rozo y sé que tengo una hinchazón
del tamaño de una bola de tenis, corro al congelador para sacar hielo y acabo con una bolsa de
ravioles en la cabeza. Desprendo los auriculares enganchados en el cuello de mi abrigo y me
quito todas las capas de ropa pesada de encima.
Dejo caer mi peso en el sofá y enciendo la televisión. Soy consciente de que hay que
ordenar todos los artículos de limpieza que abandoné afuera, pero no estoy en condiciones. Le
pediré el favor a Adela una vez que vuelva a darse la ducha para entrar a su horario de trabajo.
Me relajo en mi posición, teniendo el cuidado de no apoyar mi cabeza justo en esa zona, y capto
en un canal la repetición de una vieja serie. Me quedo viendo pero a la vez ni prestando
atención, mi mente no está en ello esta vez.
No paro de darle vueltas a la escena que acabo de vivir con Jorge Medina.
Agradezco lo que hizo por mí, de verdad, pero que me haya echado como un perro de su
lugar me pone toda rabiosa. Tengo un orgullo, y parece que al señor amargado le encanta
pisotearlo.
Escucho a mi cuñada salir del baño como veinte minutos después, y en ese momento
llega mi hermano, que me dedica un seco “hola” y pasa de largo al pasillo, sin darme una
segunda mirada. Ambos se encierran en el cuarto y, sólo por si acaso, subo el volumen del
televisor lo más alto que mi cabeza pueda aguantar. No sé si van a tener sexo, pero mejor
prevenirme. Ha habido un par de movimientos caóticos desde que me he mudado con ellos,
prefiero no preguntar a qué se deben. Me figuro que les gusta el sexo rudo, se ven como un par
de pervertidos. Me sonrío por el uso de esa palabra, los hago ver como dos enfermos cuando,
tengo que confesar, un poco de envidia siento por ellos y sus liberaciones.
Un rato pasa hasta que se muestran los dos relucientes en la sala. Mi hermano hasta
tiempo tuvo de darse un baño. Adela se inclina sobre mí y me pregunta cómo estoy, le sonrío
cansada, confirmando que me encuentro perfectamente y que pronto pasaré a la fase cama. Sí,
acabaré durmiéndome temprano hoy. Santiago pregunta por mi situación y repito toda la
historia que antes recité a su chica. Él amaga con acercarse a revisarme, no le permito, me
salgo del sofá repentinamente y enfilo hacia mi cuarto. No quiero que finja que le importo en
alguna medida, además no es conveniente que sepa que alguien más me curó la herida. No me
siento con ánimos de aguantar preguntas incómodas.
Se van y, una vez sola, me desnudo y visto mi cuerpo con un pijama de invierno que me
queda un poco grande. Me zambullo dentro de la cama y, por un segundo, se me viene la idea de
encender mi laptop para ver alguna película, sin embargo, me lo niego. Ya he mirado suficiente
televisión, unas horas de sueño va a despejarme la mente y aclarar el dolor de cabeza. El
chichón parece haber achicado un poco su tamaño y eso es bueno. Me acurruco allí, muy
consciente de mi soledad, pensando en que ahora mismo, si estuviera en la ciudad, me
encontraría, posiblemente, preparándome para algunas rondas de copas con ciertas compañeras
de salidas casuales. O simplemente yendo de compras.
¿Por qué me engaño? Estaría metida en mi casa, leyendo algún libro o buscando alguna
película para ver. Yo no soy tan sociable como aparento. Sólo, por un nanosegundo, pienso que
estaría mejor allí. Sola, también, pero mejor. No habría ningún hermano gruñón rondando por
ahí, deseando que me dé la vuelta y regrese por donde vine. No existiría ningún hombre
musculoso y sombrío mirando cómo meneo el culo y curándome heridas por compromiso. Sólo
sería yo, como lo he sido la mayor parte de mi vida adolescente y adulta.
Me entran unas fuertes ganas de llamar a mamá, pero ella estaría en su consultorio,
hasta bien entrada la noche. Y luego su novio la pasaría a buscar para ir a cenar afuera, a
algún restaurante súper caro y elegante. ¿Y mi hermano menor? Apuesto que está en su
pequeña mansión, rodeado de amigos, jugando a la play, preparando algunos tragos y pidiendo
pizza. Después, en la madrugada, saldría a la disco a emborracharse y pasarla bien. Porque
está en la edad perfecta para hacerlo. La universidad no es un impedimento para él, tampoco
sus responsabilidades en su empresa. Él es organizado y tiene tiempo para todo. Incluso para
su única hermana. Si lo llamara, estoy segura de que me atendería y se quedaría hablando
conmigo cuanto sea necesario. No. Me quedo con las ganas, no está en mi naturaleza molestar.
O bueno, quizás un poco. Porque, definitivamente, es ese el papel que estoy cumpliendo
ahora mismo. El de hermana molesta y colada.
Así, hundida en la autocompasión que casi nunca dejo entrar, acabo durmiéndome. Y
como me dejo ir de un mal modo, acabo despertando igual. O peor. Horas después, soy víctima
de una nueva parálisis, y acabo abriendo los ojos, sin que mi cuerpo responda. Trago e intento
nivelar mi respiración, enfocada en el techo. ¿Qué es lo que siempre dice mama que debo hacer?
Ah, contar. O pensar en recuerdos o sueños felices. Nunca lo logro a la perfección, porque
despertar y no poder mover el cuerpo es aterrador, no importa cuántas veces en la vida me
pase. Nunca termino acostumbrándome.
Concéntrate.
Hay alguna parte del cuerpo que puedo mover, tiene que haberla. Siento mi lengua
pastosa y cierro los ojos mientras la muevo en mi boca al mismo tiempo que procuro calmar mi
respiración. Ese es el secreto, aspiraciones alineadas y controladas, consciencia de la capacidad
de algún movimiento. Los dedos de mis pies reviven poco a poco. Las sombras ya no se
esfuerzan en arrastrarme fuera de la cama. La que estaba inclinada sobre mí se esfuma cuando
abro de nuevo los ojos. Pronto, el techo se limpia y las voces se apagan, gradualmente.
Mis manos se estimulan de a poco, y así las sensaciones van volviendo a mí. Y humedad
llena mis ojos por el estrés. Unos minutos después al fin me encuentro capacitada para
sentarme y prosigo lentamente, llevándome una mano al pecho. Con la otra formo un puño en
la sábana, y cierro los ojos mientras dejo entrar libremente el aire a mis pulmones agarrotados.
Dios, lo he superado sin acabar hecha una loca al final. Voy mejorando. Hacía tiempo no pasaba
por esta experiencia, pero supongo que los últimos acontecimientos de mi vida han enloquecido
mi sistema. He dejado el yoga, algo que me ayudaba mucho. Y las meditaciones. Voy por la vida
acelerada, dejo que el estrés tenga fácil acceso. La parálisis del sueño es una mierda, y puede
dejarme noches enteras sin poder volverme a dormir.
Trago saliva y salgo de la habitación para conseguir un vaso de agua. Estoy lúcida y no
hay cansancio, no podré conciliar el sueño nuevamente por un rato. Decido colocarme unos
vaqueros anchos y abrigarme, para ir al bar. Sentarme allí me detendrá de darle demasiadas
vueltas al asunto. Esto es normal en mí, sucedió por primera vez cuando era una
preadolescente, lo primero que hice cuando salí del estupor fue correr llorando y gritando hacia
Santiago. Él me dejó entrar en su cama y me contuvo. Después de eso hablamos con mamá y
nos explicó que no era nada que debería preocuparme, que para algunas personas es normal.
En mí ya es una normalidad. Pero eso no quita que sea horrible, y necesito olvidarlo justo
ahora.
Salgo al exterior y le echo llave a la puerta, después camino con tranquilidad hacia el
bar, un refresco me va a venir bien, y quizás algo de charla. No debí haberme quedado sola en
casa, estaba inquieta y nunca es bueno para mí sentirme de esa forma.
CAPÍTULO 4
JORGE
Cerca de las dos de la mañana estoy sentado en el sofá, sólo iluminado por las luces del
complejo que entran a través de la ventana, aun con las persianas abiertas. Estoy inquieto
como cada noche antes de meterme en la cama. No por nada dicen que los demonios salen con la
oscuridad. Es una jodida verdad de mierda. Cada vez que baja el sol, se sube el telón y mis
sombras se arman un festín conmigo. Me echo hacia atrás, frotándome los ojos y luego enfoco la
vista al exterior, a las farolas que rodean el patio.
A Bianca. Y por primera vez desde que la conozco, lleva una leve arruga en su tierno
entrecejo que demuestra cansancio, o posiblemente estrés. Sus pasos son tranquilos, con su
atención puesta al frente y la mitad del rostro escondida en su enorme abrigo. Por un breve
segundo rezo para que voltee y me deje ver el reflejo de aquellos preciosos ojos azules. Cierro los
ojos una vez que desaparece y niego, maldiciéndome por dentro.
Por el resto de la tarde estuve luchando contra los malditos impulsos de cruzar el patio
para comprobarla. Además de que me sentí un poco culpable por despacharla así de mi casa,
aun cuando cabía un riesgo de que se desmayara por el golpe. Fui un hijo de puta sin
consideración. Sin embargo, me contuve, tanto en el deseo de ir a verla como de pedirle
disculpas por tratarla tan secamente, porque es mejor no dejarla entrar. Si me ablando, si dejo
de ser el señor amargado con ella, intentará acercarse. Lo he visto en su mirada, cada vez que
la pone sobre mí, siente curiosidad y, si me descuido, entrará.
No quiero tener nada que ver con nadie mientras estoy acá. Y menos con la chica que
me provoca erecciones casi instantáneas. Para ser realista. Hoy, mientras estaba sobre ella,
inmovilizándola para curarla, estuve al borde, a un centímetro de la línea de pérdida de control.
Que se retorciera y gimiera cada vez que la tocaba no ayudó en absoluto, realmente quise con
todas mis fuerzas doblegarla. Ponerla sólo a mi merced. Mi apetito tuvo un subidón de aquellos
y creo que también por eso la desplacé bruscamente, si se quedaba un instante más allí, tendida
sobre mi cama y con ese culo respingón hacia arriba, mis reservas de fuerza se acabarían. Y no
existiría ningún Dios divino que la salvara.
Y justamente ahora, verla cruzar el complejo con una apariencia tan vulnerable,
removió algo en mi pecho. Podría negarlo mil veces, pero sería una gran mentira, ella me atrae.
Sin embargo, todo se quedará como algo platónico, cueste lo que me cueste.
Me levanto y desvisto, al fin listo para tomar un poco de descanso, hacer que mi mente
se aplaque. Acabo relajándome bajo las mantas con Tony acurrucado a mi costado, ya que ha
adoptado la costumbre de hacerlo al sentir mi calor y peso hundirse a su lado. No demoro
demasiado en dormirme, como suele suceder en otras ocasiones, y me alegra perderme tan
rápido.
La mañana no comienza muy temprano, Antonio despierta cerca de las nueve, una hora
después que yo. Pide su desayuno y lo tiene un rato después en la mesa y se sienta a
disfrutarlo. No soy yo el que hace las compras, generalmente hago una nota y se la doy a León
aprovechando que algunos de los chicos viajan a la ciudad o el pueblo. A veces Lucrecia se
acerca para cerciorarse de que estamos bien y alimento como se debe a mi hijo. Me muestro
reservado con ella, pero en el fondo ha nacido un profundo aprecio en mi interior.
Me quedo observando con atención al niño tomar su taza de leche y no puedo creer que
esté tan grande y vivaz. Cuando lo dejé era un bebito de dos meses, fui teniendo destellos de él
mientras crecía, pero ahora que está frente a mí, todo hecho un hombrecito que marcha todos
los mediodías hacia el jardín de infantes, me llena de un orgullo y amor que jamás sentí antes
por nadie. En mi antigua vida no tenía tiempo para ser el padre que él merecía—, de hecho,
tampoco lo estoy siendo ahora—, porque era mejor que se mantuviera lejos de la gente que me
rodeaba. Tanta mierda contagia. Todavía no sé cómo es que fui iluminado para al fin notar que
todo lo que estaba a mí alrededor era basura de la peor. Que todo lo que me habían enseñado
desde pequeño era terrible e inhumano, y necesitaba salir. Creo que fue Max, y luego Cecilia
que terminó de arremeter, los que me abrieron los ojos. Ellos me demostraron que había algo
mejor que andar por las calles engendrando violencia, maltratando mujeres y consumando
negocios sucios.
Max escapó y demostró ser mejor que todo eso, quedándose con esta gente. Y Cecilia
llegó en un momento puntual, justo, porque la estaba necesitando con fiereza. A causa de ella
supe lo que era el amor por primera vez en la vida. Conocí el sentimiento de preocuparse por
alguien más. Y también sufrí en carne propia el verdadero miedo. Porque yo no había entendido
nada de eso, hasta que tuve que luchar no sólo por mí, sino por ella y mi hijo. No quiero volver a
pasar por eso nunca más. No deseo revivirlo de nuevo, no sobreviviría una segunda vez.
Así que miro bien a mi hijo allí sentado y le prometo en silencio que su futuro no será
menos que prometedor y brillante.
Un par de golpes resuenan desde la puerta y soy expulsado lejos de mis intensas
manifestaciones interiores. Tony no me da tiempo ni a moverme, salta de la silla y corre a abrir,
siempre hace eso por más que yo le grite que espere a que un mayor se encargue. Baja el
picaporte y empuja la puerta hacia dentro, y allí está Lucre, con Abel tomado de su mano. Los
niños no se dicen ni hola, enseguida se proponen corretear por ahí. Grito el nombre de mi hijo
antes de que salga expulsado hacia el exterior y le ordeno abrigarse. Lo hace sin rechistar,
consiguiendo su campera y permitiendo a Lucre cerrar al frente y cubrir sus orejas. Ninguno de
los dos nos vuelve a mirar antes de perderse de vista.
La chica rubia se cruza de brazos, sonriéndome y deambula por ahí echando un vistazo
al lugar. Estoy un poco tenso por su presencia, pero la sobrellevo, ella siempre está apareciendo,
como ya dije, visitándonos para corroborarnos. Se preocupa genuinamente y me siento
agradecido por ello, aunque parezca todo lo contrario. No soy bueno demostrando mis
sentimientos.
— ¿Cómo estás?—me pregunta y se ocupa de levantar la taza olvidada por Tony, casi
vacía.
—Ni se te ocurra hacer eso—le gruño y voy a ella para sacársela de encima, nadie va a
venir a limpiar nuestra mierda.
Ella se ríe y deja que tironee la cosa de su mano, se encoge de hombros sin darle mucha
importancia a mi brusquedad. Supongo que está acostumbrada a mí. O será que tiene práctica
con los Medina.
Lucrecia se pasea de acá para allá, oigo sus botas caminar tranquila y con confianza.
—Me alegro—dice jovialmente—. Espero que los Leones te estén tratando bien, ¿ya se
acostumbraron a tu presencia? Seguro que sí, Max ya no gruñe cada vez que te nombro—se ríe.
Pongo los ojos en blanco como cada vez que habla de Max, creo que ella está más
ansiosa de que él me perdone que yo. Y eso que quiero. Pero sospecho que jamás pasará, los
Medina somos rencorosos, viene en nuestra sangre. ¿Por qué entonces mi padre se dedicó a
tratar de cazarlo cuando desertó? Por rencor, porque no soportaba la idea de que su hijito
preferido lo abandonara. Pobre infeliz de mierda. Debería haberlo asesinado yo, justo después
de ganar las elecciones, pero Max me ganó de mano. Supongo que así debía pasar, el destino lo
decide todo.
—Lo llevo bien—me encojo de hombros—. No voy mucho por allí y cuando lo hago, me
toleran.
No es que tuviese tiempo, no puedo dejar a Tony solo en las noches. No le digo eso, sólo
concuerdo con una agitación de cabeza y le doy el cierre al asunto. Ella se da la vuelta y enfila
hacia la puerta, creo que va a despedirse cuando se frena de golpe y saca otro tema, inesperado.
Esa cosa es muy personal, aunque haya sido ella la que lo creó.
—Creí que te lo habías llevado sólo para despistar—dice, con sus ojos claros fijos en mí,
ahora me está viendo de una manera diferente y me incomoda—. Que sólo entraste al local para
chequearme… ya sabes—titubea.
Sí, lo entiendo perfectamente. Piensa que entré en la tienda aquella tarde para espiarla
y después dar el golpe. Se refiere a cuando la secuestré. Pero nada está más lejos de la verdad
que eso. Ese día pasé por allí de pura casualidad y vi el cuadro, estuve frente a la vidriera por
mucho tiempo hasta que tuve el impulso de comprarlo.
—Lo llevé porque me gustó—explico, inquieto—. Lo que pasó después fue sólo un giro
inesperado…
Que Adela entrara en su tienda mientras la seguíamos fue una sorpresa. No iba a
llevarme a Lucrecia, sólo quería a la chica que formaba parte de los Leones. Sin embargo, una
vez que estuve allí adentro, tuve el monstruoso impulso de llevarme a la rubia. Sólo para
montar una escena. El odio hacia Max habló fuerte y claro en mi cabeza y lo dejé ganar. Ahora,
regresando al pasado, siento un intenso asco por mí, y por el motivo que me movió en aquella
ocasión.
— ¿Qué más?—pincha, sabe que hay algo más—. A mucha gente le gusta el arte, pero a
la hora de comprar tiene que ser especial. Tiene que llegar al espectador muy adentro. No lo
has colgado… de hecho, me atrevo a confirmar que jamás estuvo en alguna pared. Entonces,
preguntaré de nuevo, ¿por qué lo compraste?
Aprieto los dientes, tensando la mandíbula con fuerza. No me llevo bien con el hecho de
ser acorralado. No quito mis ojos de los de ella, de alguna manera quiero intimidarla para que
salga corriendo, para que me deje en paz. Pero de algún modo, me encuentro a mí mismo
respondiendo con sinceridad y no sé por qué. ¿Cómo lo hace?
Me doy cuenta de que sus ojos están húmedos, y permanece allí de pie, abrazándose a sí
misma como si tuviera frío.
Me encojo, aun así me recordó a la mujer atada a la cama aquel día, tantos años atrás.
—Se parecen…
—Bastante…
Ninguno de los dos habla durante los siguientes cinco minutos. Estoy allí, esperando
que gire y se marche. Aparenta encontrarse lejos de darme el gusto. Al volver a clavar mi
mirada en ella me doy cuenta de que me está dedicando una expresión de profunda tristeza. La
puta, Max va a matarme por hacer llorar a su mujer.
— ¿Sabes?… tenés mucho más en común con Max de lo que creí en un principio—
agrega apagada y acongojada.
Yendo al principio de todo, una vez que tuve un par de cervezas y alguna que otra
charla unilateral con Santiago, el bar cerró más temprano de lo normal y estuve lista para
volver a la cama. Sin embargo no pude pegar los ojos, di vueltas y vueltas bajo las mantas,
cambié posiciones e incluso la almohada, y no hubo resultado. Estaba en medio de ello cuando
recibí el texto de Adela, pidiéndome que fuera al estacionamiento con algunas mantas. Me
levanté, vestí y abrigué hasta las orejas. Apilé todas las mantas que encontré por ahí, en ambas
habitaciones y corrí hacia el frente del bar. Estaba nerviosa porque no tenía ni idea de lo que
estaba sucediendo. Entonces una de las SUV irrumpió en el estacionamiento y se detuvo, allí
mismo Adela se me acercó y se llevó las mantas. Unos minutos pasaron hasta que Alex dejó el
asiento trasero con una chica pequeña e inconsciente en sus brazos. Quedé en shock por unos
segundos antes de comenzar a preguntar como una posesa. La chica no demoró en despertar
una vez que estuvimos en el altillo sobre el bar. Y vaya sorpresa nos dimos.
Ema es ciega.
Y me ha caído bien desde la primera palabra. No me hicieron falta tantos análisis para
saber que seremos buenas amigas y que es una persona que vale la pena tener cerca. Incluso en
tan poquitas horas tomamos una confianza increíble. Me quedé a descansar con ella un rato,
pero no pudimos dormir demasiado.
Ahora mismo acabo de intercambiar lugar con Alex, mientras regreso a casa para
darme una ducha y descansar como Dios manda. Estoy pasando las rejas del complejo en el
momento en que levanto la mirada en dirección al mono-ambiente de Jorge y Tony, y allí lo veo.
De pie como la otra noche, fumando un cigarrillo y con el hombro apoyado en el vano. Una
mano en el bolsillo de su vaquero y, por supuesto, la expresión ilegible en el rostro que sólo se
lee como agria. Amargada. Lo que sea, este hombre no tiene cura para eso, ¿no? Él me ve,
encajamos contemplaciones por un segundo, mientras camino recta. Entonces, antes de que me
toque pasar frente a él, se da la vuelta y desaparece en el interior de su casa, cerrando la puerta
silenciosamente.
Me esfuerzo para que su mierda no me afecte y lo logro, un poco. Paso de largo hacia
nuestro departamento y me cuelo dentro, directo a mi habitación, me saco todas las capas de
ropa y me dejo caer en la cama sin muchos miramientos. Allí mismo, hago un esfuerzo para
cubrirme y estoy dormida en tiempo récord, toda la agitación de anoche y el día anterior al fin
dando sus resultados.
Me despierto a las cuatro de la tarde y de un muy buen humor, por lo que llevo conmigo
el celular al baño y me doy una buena ducha disfrutando de la música. Garbage es mi mejor
compañía y, literalmente, me vuelvo un poco loca cantando “Stupid Girl” bajo los chorros de
agua. Una vez lista, me esfuerzo un poquito más en arreglarme. Seco mi largo pelo castaño, me
doy algunos toques estratégicos de maquillaje y retorno a mis faldas tableadas, tops y tacones.
Esta vez estoy de azul eléctrico, y me guiño en el espejo, porque—oh, vamos, hay que
reconocerlo—, ¡Estoy divina!
Y casi voy flotando hasta la cocina, donde allí se encuentra mi hermano, con un vaso de
agua fresca en su mano. Me echa una miradita corta y se desvía, entonces me quedo clavada
allí, en la puerta. Esperando, no sé qué, pero, definitivamente esperando. Hasta que se me
ocurre abrir la boca.
Él levanta sus preciosos ojos medianoche y encierra los míos en su mirada muerta. Sé
que hay algo allí, un poco más debajo de la superficie. A veces, cuando estoy positiva y me
pongo a pensar, me convenzo de que aún me quiere. De que todavía nos quiere. Y ahora bullo de
esperanza, me expongo de la manera en la que siempre he evitado.
Esto es como remar en dulce de leche. Él gira, me muestra su gran espalda y le coloca la
tapa a la botella. Mis hombros caen de golpe, y mi corazón deja de latir tan fuerte para
desinflarse. Incluso puedo escuchar el ruido en mi cabeza, como una piñata perdiendo aire. No,
pinchándose, explotando en pedazos. Santiago abre la heladera para guardar la botella, lo
abordo antes de que haga más. Empujo la puerta, cerrándola bruscamente y le quito la botella
de las manos, lanzándola al suelo. Suerte que es de plástico, pero me sentaría mejor haber
escuchado el choque del vidrio, destrozándose.
Entrecierra los ojos pero no dice nada. Nunca dice absolutamente nada y me vuelve tan
loca. Me lastima tanto su silencio.
Sorbo.
Entonces se va, me deja sola. Allí de pie, temblando en la cocina, con los ojos ciegos por
el llanto. Entumecida salgo al exterior un momento después, y veo su espalda alejándose en
dirección a la salida del complejo. Me limpio la cara y decido que no tengo ganas de ver a nadie
ahora mismo. Y de alguna manera me encuentro caminando hacia los árboles, internándome en
ellos. La tristeza se va despejando dando lugar a la furia, y comienzo a caminar más rápido.
JORGE
Necesito esconderme, incluso de mí mismo.
De vez en cuando tengo ciertos ataques que me ruegan por algo de soledad. Sólo me voy,
aprovechando que mi hijo está en la casa de León, con su mejor amigo, Abel. Más que mejor
amigo, parecen hermanos, todo el día pegados el uno al otro. Y sé que eso le hace bien, al fin
encontró a un chico de, más o menos, su edad para quemar energías. A los niños no les puede
faltar eso.
No quiero cruzarme con nadie, así que me pierdo en el bosque y consigo un buen árbol
en el que bajar y apoyarme. Me siento y no le doy importancia a la suciedad que va a manchar
mis vaqueros. Descubro un porro desde el bolsillo y lo enciendo, dando una larga pitada
necesitada. Esta es otra cosa que no debo hacer delante de un niño de tres años, lo anoto en mi
mente. Quizás éste se vuelva mi lugar especial para fumar porros. Me encojo, no está mal, el
problema vendrá cuando comience a nevar. Me relajo contra el tronco mohoso y despido humo
por la nariz y la boca, concentrándome en las formas grises esfumándose con la brisa fresca,
alejándose de mi cara.
Aquí me quedo por lo que parecen horas, el silencio y el contacto con la naturaleza me
dan eso que mi sistema estaba pidiendo. Tendido, regreso sobre mis pensamientos y me doy
cuenta de que estoy pensando a largo plazo, me veo todavía en este recinto para cuando llegue
el invierno, y me froto los ojos sintiendo un fuerte nivel de estrés. No quiero joder más a estos
tipos, demasiado amables han sido ya. Pero si todo avanza tan pobremente como viene
haciendo, estaré acá atascado por unos cuantos meses. Me atrapa el impulso de volver a llamar
a Esteban, como si eso apurara los trámites, pero recién ha pasado un día desde que hablamos
y no es recomendable conectarnos tan seguido. Me pidió que lo llamara la semana que viene y
eso haré, por más que me sienta a un paso de rasguñar las paredes del pequeño mono
ambiente.
Tengo que repetirme varias veces que este esfuerzo es necesario, que pronto podré tener
las cabezas de todas esas viejas serpientes colgando de mis manos. Que si soy paciente e
inteligente seré nombrado vencedor y todo lo que venga después serán nuevos y mejores aires
para respirar y éxito. Cuando me quiera acordar estaré poniendo en marcha mi nuevo clan, sólo
mío y mejor. Nada de drogas y juegos sádicos con pobres mujeres inocentes. No más asesinatos
a sangre fría sin motivo alguno, y robos innecesarios. Mi clan no va a creerse el mejor y más
invencible del mundo, trabajará duro y subsistirá de la mejor manera. Y sin competir con
ningún otro, ni tampoco querer arrebatar terrenos que no nos corresponden. Pensándolo así,
suena como un sueño, como una utopía. Pero sé que soy capaz y lo lograré.
—“¿Por qué tuve que venir?... Que nunca haya regresado a casa tendría que haber sido
una señal clara para dejarlo en paz… Bianca Godoy siempre hace todo al revés… La tonta
Bianca tiene que ser la maldita perseguidora… Debería irme a la mierda de acá… No, no
puedo… ésta es mi misión”
Gruñe adorablemente y se limpia las mejillas con las manos. No puedo creer que aún no
me haya notado, está tan perdida en su frustración que va ciega por ahí, sólo mirando al frente,
aunque es notable que no se percata de nada. Justo en medio de un trance. De pronto, parece
descubrir el árbol frente a ella y arremete contra él, lo patea y hago una mueca, porque sus
altísimos zapatos no demuestran haber sido hechos para eso. No le importa, por lo que se ve,
sigue haciéndolo aun a riesgo de partirse un dedo en dos. Me divierte verla así, toda
enloquecida y berrinchuda. Sin embargo, otra parte de mí se enternece. De un segundo a otro
me encuentro queriendo consolarla, ¿qué-carajo-me-pasa?
—No voy a rendirme—le dice al árbol, perdida—. No importa lo que pase, no pienso
rendirme…
Me enciendo el último porro que me queda a la par que soy testigo de cómo entierra un
tacón en la blanda y desnivelada gramilla y pierde el equilibro. Su culo enfundado en una
increíble falda azul acaba sepultado en el barro y un hipido se filtra por entre sus labios llenos y
fruncidos por la rabieta. Suelto humo tranquilamente intentando no reírme de ella, endurezco
mi semblante y ahí es cuando gira un poco el rostro y me ve directamente.
Su primera reacción es tensarse al tiempo que sus mejillas se ruborizan con un vivo
color rojo brillante, bajo la humedad de las lágrimas. Por un interminable momento nuestros
ojos no se mueven, los suyos azules como el océano y redondos por la sorpresa, estáticos en los
míos, tal vez demasiado serios para su evaluación. Traga y cae sobre el porro humeando entre
mis dedos, un pestañeo, luego dos y parece que algo hace click en su cabeza nerviosa. Se coloca
sobre sus rodillas y gatea los pocos metros que hay entre los dos, estoy estupefacto viéndola
ensuciar sus medias y palmas. Acaba justo frente a mí, tan cerca que su respiración agitada
llega a mi cara y su perfume dulzón me envuelve. Sin decir ni una sola palabra toma el porro de
mis manos, y con la suya temblorosa lo dirige a sus labios.
—Vas a tener que pagármelo—escupo, sólo para seguir con la tradición malhumorada y
amargada—era el último que me quedaba.
Se recompone, otra vez tiñéndose de rojo. Me chupo el labio inferior pensando en los de
ella. Y Bianca lo nota, sus ojos se quedan demasiado tiempo mirándome la boca, y alzo una ceja
con anticipación. No estará pensando lo mismo que yo, ¿o sí? De ninguna manera.
Inmediatamente se estira y apoya brevemente sus labios en los míos. Es sólo un roce
inocente, insignificante. Y no se necesita más, me deja fuera de combate por un instante, el cual
aprovecha para levantarse del suelo y salir corriendo como si la persiguiera de cerca el diablo.
Estoy a punto de decidir hacer eso mismo. Ponerme de pie y alcanzarla, ¿para qué? No sé. No lo
permito, me freno y dejo ir la tensión en mi espalda.
Le doy un pisotón al porro para apagarlo y hago sonar los huesos de mi cuello.
Realmente no entiendo lo que acaba de pasar y qué carajo cruzó por la cabeza de Bianca para
actuar así. Supongo que es verdaderamente rara, y está como una cabra. Bajo la vista hasta
donde estuvo arrodillada hasta recién, imaginándola todavía allí. Y mi atención recae en la fina
cadena de dijes brillantes justo entre mis botas. Una pulsera, y se ha cortado, seguro con algún
brusco movimiento alocado de esos que hizo ahí, maltratando el árbol. La enrosco en mi dedo y
me quedo viéndola con atención.
Casi no me doy cuenta de que una media sonrisa me dobla los labios, pero lo hago. Y no
puedo estar más desconcertado por ello.
CAPÍTULO 5
BIANCA
¡Putísima mierda! ¿Qué acabo de hacer?
Hay decenas de tipos buenos en este lugar, podría ir por todos, o elegir alguno y tontear.
Gusto parece estar siempre allí, al acecho. Es divertido, tiene una hermosa sonrisa fácil, y no le
cuesta nada hacer reír a los demás. Él sería perfecto para sentir atracción, pero no, soy una
complicada. Toda la vida lo he sido, ¿por qué ahora sería diferente? Tiene que gustarme el
intocable Jorge Medina, con su cara de pocos amigos y su mirada intensa y enredada a millones
de cosas detrás. Lo cierto es que me muero por saber todo lo que hay allí, bajo la superficie.
Ansío que se ablande conmigo, porque sé que él no es así. Las chicas me contaron que era un
culo arrogante y desafiante.
Me bajo las medias rasgadas y estudio las rodillas con una mueca torcida, están sucias.
Como mis manos y culo. Voy a tener que darme otro baño. Suspiro y me desvisto entera, ato el
pelo en un moño a lo alto para no mojarlo, me rodeo con la toalla y entro en el cuarto de baño.
Esta vez la ducha es corta, y al rato estoy vistiéndome. Dejo a un lado el conjunto azul, con algo
de lástima porque me encanta, pero ahora la falda está marrón por detrás. Elijo un vestido rosa
claro, no muestra estómago, tiene una abertura que deja la espalda descubierta. Soy una
provocadora, ¿verdad? Adela tenía razón cuando dijo que me vestía como una puta. Una puta
seré, porque no tengo otra ropa además de ésta, es mi estilo, no voy a cambiarlo. Retoco el
maquillaje, consigo unos nuevos tacos y me voy. Ema me espera, y estoy resuelta a ser su
amiga, porque es abierta y en las pocas horas que la he conocido supe que va dispuesta a dejar
entrar a las personas.
Llego al bar al mismo tiempo que Alex y después de saludarnos subimos juntos al
altillo. Allí están Adela y Ema, completamente preparadas para bajar. El entusiasmo de la
recién llegada se me contagia y me olvido de todo, convencida de disfrutar. No me pierdo la
forma en la que Alex trata a Ema, es tan considerado, suave y la mira como un cachorrito
enamorado. Al contrario de sentirme mal por eso, me parece grandioso, porque veo que ha
conseguido al fin una chica de su talla. Ema es preciosa, dulce y a la legua se ve que funcionan
como imanes. No van a tardar demasiado con acercarse, lo intuyo. Suspiro, soñadora. Ufff, ya
quisiera yo que me miren así. Como si fuera apreciada, significara mucho y no tuviese valor
calculable. Ellos dos crean una burbuja, en la que sólo están conscientes el uno del otro, y no me
siento alejada porque me dejen afuera.
Recibo mi primera cerveza y casi la engullo con un par de tragos largos. Esta noche es
perfecta para emborracharse. Preciso la bruma, la anestesia en mi cerebro. La despreocupación.
Liberación. A la mierda todo. He puesto el mundo entero antes que mi persona en la lista.
Estoy empezando a darme cuenta de que toda esa gente de la cual me preocupo hasta la muerte
no merece tanta consideración. Nadie se preocupa así por mí, es hora de que lo haga yo. Porque
hay algo que es claro como el agua: al final del día, siempre seré yo. No importa cuánto haga por
los demás, siempre permaneceré en soledad al final de todo. Me trago las lágrimas y pido otro
trago, más fuerte.
Lo cierto es que lo que pasó ahí afuera con Jorge me había consolado. Sí, raro. Por un
momento me olvidé de toda la mierda que estoy pasando con la nueva personalidad oscura de
mi hermano mayor. Salir ahí, hacer todo ese espectáculo frente a él, se llevó lejos la desazón e
impotencia. El enojo se esfumó. Y sólo quedó la vergüenza, el bochorno infinito que parece estar
reservado para mis momentos con él. De modo que, hay algo muy claro ahí, prefiero mil veces
sentir eso antes que la inmensa tristeza que amenazó con hundirme después de que Santiago
confirmó que ya no sabía cómo ser mi hermano. Exacto, mejor hacer el ridículo que deprimirme.
Siempre.
Me quedo cerca de Ema, charlando y me entusiasma que esté atenta y no me deje fuera.
Como dije, vamos a ser muy buenas amigas. Pero tendré que alejarme un poco cuando me
ponga borracha, no quiero dar una mala impresión. Me río sola de mí misma. La puerta se abre
justo en el momento en que me llevo la copa a la boca y casi me atraganto cuando veo a Jorge
entrar. Wow, paren todo, pedazo de hombre viajando por la pasarela. Las bragas de cada tipa
en este lugar se mojan de repente. Es taaaan intenso. ¿O sólo las mías? Bah. Manos en el
bolsillo, pasos pausados y largos, hombros anchos balanceándose, lo tiene todo bien puesto. Si
no fuera por el… ah, espera, ¡no hay ceño arrugado! Genial. ¿Está de buen humor? ¿O sólo es
una fachada? ¡Señor amargado tiene un semblante accesible esta noche! No lo mires a ver si lo
regresas a su estado anterior.
Se acerca, camina sin mirar a nadie directamente, posa sus codos al otro lado de Ema y
pide a Adela lo más fuerte que tenga. Ajá, ¿intenciones de borrachera? Si es así, somos dos.
Prácticamente estoy saltando en mi lugar, así que procuro tranquilizarme. En el proceso pido
un tequila. Adela me mira con advertencia y le guiño. Soy una adulta, tengo derecho a llenarme
la barriga de alcohol. Y todo lo que pase esta noche será culpa de tu novio, quiero lanzarle pero
me freno. Ella no tiene nada que ver con nuestro drama.
La voz de Jorge ha llamado la atención de Ema que parece muy interesada en él.
Entonces me inclino y le explico quién es.
—Ese que estas escuchando es Jorge—largo—. No es de los Leones, viene del clan
enemigo, las Serpientes, y por años y años ellos han estado en guerra. Pero ahora el otro clan se
disolvió y Jorge ayudó a los Leones cuando los otros atacaron… Creo que busca redención por
todas las cosas malas que hizo… es lo poco que te puedo ofrecer porque él llegó antes que yo a
este lugar, y mucho no sé sobre el asunto.
Decímelo a mí. En la primera ocasión que lo oí hablar no fue muy satisfactorio que
digamos. Acababa de darme el marote contra el filo de la persiana, estaba mareada y él
impaciente. Y todo gruñón encima de mí. Me ayudó, aunque me dio la sensación de que era lo
último que quería hacer.
Me entretengo un momento observando los alrededores a todos los que han venido. Mi
atención recae en la zona donde una carcajada divertida y relajada resuena y me fijo en Gusto.
Ojalá me atrajera él, con alguien así la pasaría en grande, estoy segura. No hay manera, el
cuerpo quiere lo que quiere. Jorge gana en el departamento de las pieles de gallina. Y los
ovarios alterados.
Me doy la vuelta nuevamente para notar que el objeto de mis pensamientos le está
hablando a Ema. Raro, y completamente verdadero. Está tratándola con una amabilidad que
me descoloca. Ella le tiende una mano con simpatía y él la toma, tan dulcemente que siento que
voy a derretirme. Pestañeo para corroborar que no estoy soñando. Evidentemente no. Alex se
arrima, un poco alerta, y no hay motivo, Ema ha ablandado el rocoso corazón del señor
amargado. Es tan espectacular de ver.
Él saluda a Alex con una cabezadita y también estrecha su mano. No pasa un minuto
más y sus ojos dorados como el whiskey que ha dejado sobre la barra se encajan en los míos. Ni
siquiera puedo pestañar. Da un paso más dentro de la ronda, mete una mano en su bolsillo y
saca una cadenita con dijes incorporados. Oh-oh. La había perdido y ni cuenta me di. Me la
tiende.
Me ruborizo. ¿En serio tiene que ser tan específico? ¿Qué van a pensar los demás que
estuvimos haciendo los dos en el bosque? Cualquier cosa menos la escenita que actué para él,
seguro. Estiro la mano y la tomo.
Él levanta una comisura en una extraña pero impresionante sonrisa de lado que le hace
cosquillas a mi estómago, inclina un poco la cabeza en retirada y se marcha. Toma su vaso y se
sienta en la misma mesa que Gusto, porque parece el único que lo acepta. Los demás sólo lo
toleran con un poco de desconfianza. Me fijo en la pulsera y noto que está intacta, es ajustada y
para perderla debió haberse cortado. Eso indica que él la arregló. Es un gesto simple, incluso
estúpido, pero hace que el corazón se me suba a la garganta.
Regreso al presente y pido otro trago, no entiendo a ese tipo. Y tratar de hacerlo me
marea, así que hago lo que está a mi alcance. Trago otro tequila. El tiempo pasa y estoy allí,
charlando y bromeando, pasándola bien, pero con la pulsera pinchando en mi mano y
escarbando mi cabeza. Trato fuertemente en ignorarlo y es un fracaso total.
Adela se mueve hacia el equipo de sonido y sube el volumen, poniendo a rodar “Closer”
de los Nine Inch Nails. El ambiente explota un poco y se vuelve algo sensual. Tengo que admitir
que esa canción realmente come las neuronas de cualquiera, ¿quién no saca su instinto animal
con ella? Ema se ve cansada y Alex se ofrece a llevarla arriba, un minuto después están
subiendo las escaleras. Estoy a punto de seguirlos para corroborar a la chica, y no logro ni
siquiera adelantar un paso, me quedo allí, estancada en mi lugar. Entumecida a causa de un
par de ojos de oro fundido que de la nada misma me recorren de arriba abajo. Llegan a mi cara
y me caliento, ruborizándome. Es demasiado para tomar ahora mismo, y estoy alcoholizada.
Hay que tener en cuenta eso. Le doy la espalda y decido que esperaré un poco antes de pedir
otro tequila, he estado ingiriendo bastante en tan poco tiempo.
Mi vejiga pide un viaje al baño y le hago caso, mejor dar un paseo. Calmar las aguas, y
mi sangre diluida en alcohol. Estoy a medio camino cuando noto que la pulsera aún está en mi
puño y tendré que ponérmela si no quiero volver a extraviarla. Es mi preferida, sería una
lástima. Me freno y apoyo contra la pared, justo en el pasillo que va hacia los baños, comienzo a
luchar con el enganche. Y que esté un poco oscuro no ayuda en nada. Suspiro exasperada e
intento regresar y pedirle a Adela que me eche una mano.
No llego muy lejos, choco con un ancho pecho enfundado en una ajustada camiseta
negra de mangas largas, y soy arrinconada contra la pared de nuevo. Me muerdo el labio con
fuerza, evitando subir mis ojos a los suyos, está tan cerca que me quita el aire. Lo respira todo
él. Observo cómo obtiene mi mano en la suya y quita la pulsera de mis dedos temblorosos. Y
rodea con ella mi muñeca, engullo una bocanada de oxígeno porque sus dedos en mí se sienten
muy bien, y suaves. Cordiales. Mi percepción se cruza un poco, y caigo en la cuenta de que mis
ojos están nublados. Y no por el alcohol. Ni nada de llanto. Es una bruma extraña y no se
marcha aunque pestañee. La prenda está puesta en su lugar de inmediato y él sostiene mi
mano en la suya un instante más, su pulgar acariciando brevemente mi pulso.
Tarda muchísimo en darme lo que quiero: una respuesta simple que me haga entender
sus intenciones. De repente, de la nada, tiene un gesto así y necesito muchísimo que me
explique. Se inclina hasta detenerse en mi oído.
—Combina con tus ojos—dice.
Acto seguido, estoy viendo su espalda salir por el pasillo, volviendo al bar.
JORGE
«Mi celular sonó en el momento justo, estábamos en una parada para llenar los tanques,
de regreso a casa. Cansado y contracturado, lo único que deseaba era que el viaje llegara a su fin
y disfrutar de un largo baño caliente. Luego iría a la cama y me desmayaría sin esperar más.
— ¿Qué pasa, viejo?—traté de ser simpático, era uno de nuestros negocios fijos de
siempre.
De los pocos que valían la pena en mi clan. Había logrado cortar con unos cuantos que
siempre atraían problemas. Sin embargo, siempre quedaba algo suciedad en los rincones,
demasiado pesada como para eliminarla así como así.
Se oyó un suspiro enojado desde el otro lado y mis nervios se crisparon. Comencé a
estresarme aún sin saber lo que estaba pasando. Aunque estaba teniendo una leve sospecha.
Esos malditos viejos.
—Acabo de recibir a uno de tus enviados habituales con un mensaje directo que explica
que ustedes se salen del acuerdo—gruñó el tipo, perdiendo los estribos—. ¿Qué mierda está
pasando? No podés salirte ahora, estamos a dos días de una puta entrega, Medina. ¡Si hay
mierda pasando en tu hermandad, es tu problema! ¡No jodas conmigo, viejo!
Apreté la mandíbula, mis ojos casi saliéndose de sus órbitas de tanta ira creciendo en mi
interior.
—Esteban—lo recibí—. ¡Decime ahora qué puta mierda está pasando! López acaba de
llamarme, dice que le enviamos un mensaje… ¡YO NO ENVIÉ UN PUTO MENSAJE A NADIE!
—Te están derrocando justo ahora Jorge—su voz se oía tensa y baja, como si estuviera
escondiéndose—. Miserables y enfermos cobardes, ¡esperaron a que te fueras!… Están quemando
todos los trámites de nuestros mejores negocios, han entrado a tu habitación y destrozado todo.
Jorge—dijo mi nombre temblando—… un… un grupo de viejos salió, se robaron algunas
motos… ellos… ellos…
Detuve el aliento.
Mi ritmo cardíaco amenazó con detenerse, dejé de escuchar la mierda que mi amigo
decía y corrí hacia mi moto. Por suerte ya tenía la carga hecha y no demoré en salir rajando…
aterrado de llegar demasiado tarde…
No quería entender que estaba a más de dos horas de arribar la ciudad. Y que, en
realidad, ya era demasiado tarde.»
Mi hijo se remueve en su lado y abre los ojos grandes y adormilados, poniéndolos en mí.
Hace una especie de puchero con su mirada dorada aguándose. Acabo de asustarlo. Cierro los
ojos y froto mis párpados y vuelvo a mirarlo, sólo por si estoy soñando o algo. La pesadilla se ha
ido, pero me cuesta volver a ser yo. El niño llora en silencio, inquietándose y lo atraigo a mí.
Soy brusco mientras lo aprieto contra mi pecho jodido y agitado. No puedo ver nada, mi vista
está nublada.
Lo repito incontables veces sin poder salir del trance. Y, como no pasaba desde hace
tiempo, lloro. Lloro sin poderme contener un segundo para respirar. Y eso hace que Tony se
ponga más nervioso y se agite en mis brazos.
Lloriquea y aflojo el agarre, acariciándole la cabeza. Una vez que lo hago se queda laxo
sobre mí, con su pequeña mejilla recostada en mi pecho y su respiración sosegándose. Es tan
pequeño. Pequeño e indefenso y no puedo aguantar pensar en lo que habría pasado. Le limpio
las lágrimas con el pulgar mientras cierra los ojos para volver a dormirse. Sin embargo, no
puedo limpiar las mías, siguen saliendo, insistentes.
—Lo siento—susurro, tapándome los ojos con el antebrazo libre—. Siento no haber
estado ahí. Siento no haberlos protegido mejor.
—Siento dejar que se llevaran a mamá—su cabello fino se escurre entre mis dedos.
Y por sobre todas las cosas… siento que tengas este padre y esta porquería de apellido.
Lo siento.
BIANCA
A la mañana siguiente soy bombardeada por las preguntas de Adela. Ni tiempo a
despertar del todo me da, mi cabeza late tanto que se sienten como constantes tambores
golpeando en mis sienes. Apenas abro los ojos la tengo sobre mí, y quiere saber todo sobre
Jorge. Parece que cierta chica pelirroja nueva en el recinto metió la pata. Pero está bien,
necesito desahogarme y decido contarles la escenita en el bosque. Nada más. Hay cosas que
simplemente una debe guardarse y el asunto de la pulsera permanece en silencio, justamente
atado a mi muñeca. Lo cierto es que cada vez que pienso en él y yo en ese pasillo, en medio de la
oscuridad, tan cerca, me echo a temblar y mi corazón da vuelcos sobre sí mismo. La manera en
la que me sentí mientras me colocaba la pulsera. Me volvió loca. Y no me refiero a mi cabeza.
Formó un caos en mi pecho y en mí estómago sentí las famosas mariposas de las que
todo el mundo habla. Nunca antes me había tocado sentirme así. Y es malo. Muy malo. No
necesito estar más atraída hacia él. Sólo me dio un dije, lo demás ha sido… nada. Él no me
quiere de la misma forma que yo. No le gusto. Si fuera así no sería tan agrio conmigo, ¿verdad?
Para el momento en que corro a la ducha dejando a las chicas regodeándose con los
jugosos detalles de mi ridiculez. Me encierro a conciencia y estudio la pulsera. La única joya que
llevo a diario. El dije azul brilla ante la luz y tiene un peso enorme colgando allí. Todavía
necesito analizarlo con detenimiento, entender a este hombre. Siento que voy a explotar si no lo
hago rápido. El problema es que es prácticamente imposible acercarse, es hermético y no está
abierto a hablar de nada con nadie. Y mucho menos con esta ridícula y loca chica. La misma
que le dio un piquito en los labios y salió corriendo como una adolescente inexperta.
Bufo y me desvisto para entrar bajo el agua caliente y me tomo unos buenos minutos en
volver a ser yo. Quizás el agua limpie mi obsesión por Jorge Medina y su mente enredada y
compleja. Se ha vuelto una especie de necesidad saber sus secretos más profundos. Lo que hay
en su cabeza, pero también tras los confines de los muros de roca que rodean su corazón.
Y necesito sacarlo fuera antes de que me contamine. No puedo forjar una fijación
enfermiza por alguien como él. Necesito hablar de esto con alguien. Sin embargo, no puede ser
Adela. Ni Ema. Una va a darme una patada en el culo, y la otra apenas me conoce. Las quiero,
en tan poco tiempo he llegado a enamorarme de esas dos. Sí, así de rápido. Las aprecio mucho.
Lamento que en este asunto no pueda dejarlas entrar. Tal vez más adelante. Una vez que me
visto, le pregunto a Ema si no le importa quedarse un ratito sola. Ella sonríe y se deja caer en
la cama, alegando que se quedará descansando un poco más.
Salgo corriendo en dirección a las cabañas. A la única persona que me entendería, creo.
— ¡Hola, Bianca!—chilla Lucre al abrirme la puerta con bienvenida, tiene uno de sus
bebés en brazos.
Max está en la cocina paseándose con el otro. Trago. No puedo hacer esto delante de él,
y tampoco quiero echarlo de su propio lugar. Esto fue un error. Lucre me lee un momento,
mientras observo fijamente a su prometido, después se da la vuelta y va hacia él. Lo besa
profundamente en los labios y me estremezco. Son más que hermosos juntos. Max toma el otro
bebé con su poderoso y tatuado brazo libre e, inesperadamente, nos deja solas. Se marcha en
dirección a las habitaciones y de pasada me dedica un guiño. Le sonrío.
— ¿Pasa algo malo, Bianca?—pregunta ella sentándose en el sofá de la sala, da
palmaditas a su lado para que la acompañe.
—Estoy obsesionada—la miro fijamente con los ojos desorbitados, aparentando ser la
loca que en realidad soy—. Con Jorge.
Sin siquiera darme cuenta tengo apretada la gota de lapislázuli entre mi dedo pulgar y
el índice. Nerviosa. Ella se ríe y me da palmaditas en la rodilla, tratando de tranquilizarme.
—No puedo dejar de pensar en él, y de hacer el ridículo cada vez que aparece—explico, a
un paso de tartamudear, afectada—. Ni siquiera es amable conmigo, todo lo contrario, ¡es
horrible! Salvo ayer, me recuperó esta pulsera que había perdido, la arregló y además le agregó
un dije. ¿Por qué haría eso, Lucre? Por qué jugar así con mi cabeza, soy una chica débil. No
puedo aguantarlo, y menos dejarlo pasar. Creo que estoy enferma. De un día para el otro
comenzó a gustarme y ¿fue porque no me devolvió un saludo, la otra noche, que pasé frente a
él? Seguro tengo algún síndrome de esos a los que le dan a la gente, como que me gusta que me
traten mal y…
—Bianca, cálmate—me aconseja, poniendo una voz dulce—. Baja un cambio, nena. No
hay nada malo en vos, ¿está bien?
Tomo una bocanada de aire y bajo. No entiendo por qué esta estupidez es motivo para
que me ponga histérica. Mamá tenía razón al analizarme todo el tiempo, hay algo que funciona
mal en mí.
Niego.
Ella se queda en silencio un tiempo largo, su mano pasea en mi espalda arriba y abajo.
Y tomando lentos respiros para calmarme, vuelvo a su rostro.
—Tuve un novio—le suelto, sin más—. A los diecinueve. Y era precioso, y amable con
todos. Pero conmigo era distinto, siempre tenía que estar por encima de mí y nunca fue amable
o me demostró cariño. ¿Por qué me metí en esa relación? Estaba perdida por él, me gustaba
incluso en los peores momentos—sorbo—. No tengo amor propio, si fuera de otra manera no
habría dejado que nadie me ninguneara…
En realidad.
Sonríe y me quita el pelo del costado de la cara, pasándolo por encima del hombro.
Lucre suelta una carcajada y, extrañamente, me oigo reír con ella. Nuestras risas
llenando el lugar y… ya me siento un poco mejor.
— ¿Le diste?—chilla.
Niego.
—No, perdí ese hermoso jarrón por nada—rio un poco más—. Se atajó, lo esquivó y me
miró como si no me conociera. Y ahí supe que en realidad no me conocía, no tenía ningún
interés en mi persona además de manipularme y amoldarme a sus gustos y planes… me di
cuenta de que él era tóxico para mí y que me convenía echarlo de mi vida. Así que lo hice, el
jarrón le dio un toque especial, ya que creo que fue por eso que salió corriendo. Pensó que iba a
matarlo, ¿quizás?—me encojo mientras ella se deja las costillas escuchándome—. Intentó
llamarme un par de veces después de eso y no lo atendí… Es más, cambié mi línea. No más
mierda de nadie…
—Bianca… al contrario de lo que pensás, tenés mucho amor propio y sos una chica muy
fuerte, ¿sabes?—se inclina más cerca de mí, buscando mis ojos y reteniéndolos en los de ella—.
No pienses que sos débil o que hay algún síndrome, ¡por Dios! ¿De dónde sacas esas cosas? Lo
cierto es que tenés todo lo que una mujer debe y que hayas tenido momentos de debilidad no te
hacen una chica con un pobre amor propio… ¿me crees?
Me encojo.
»Sos una mujer de esas que valen la pena, y Jorge lo sabe. Te quiere, estoy segura de
que se muere por tus huesos. Y por eso se resiste…
Un silencio incómodo cae entre las dos y la miro con los ojos muy abiertos. Un
sentimiento de estar siendo estafada me carcome por dentro.
—De todas las maneras, Bianca—me corrige, muy seria—. Lo atraes, pero él está
lidiando con mucha mierda y no quiere mezclarte en eso. ¡Dios mío! ¡SI ES OTRO MEDINA!—
grita, dando una palmada.
Se ríe y esta vez no la acompaño. Acto seguido, una voz interrumpe viniendo desde el
pasillo y me atieso en mi lugar. No puede ser que Max lo haya escuchado todo. ¡Me están
tomando el pelo! ¡Qué vergüenza! Estaba espiándonos.
—Miren, siento meterme—se pone las manos en los bolsillos del vaquero, y ni de cerca
suena arrepentido—. Está mal de mi parte, pero no pude evitar escuchar eso último y, tengo
que reconocer que mi mujer tiene razón… Jorge es un hijo de puta resistidor como yo. Y no te
está lastimando adrede. Es más, seguro ni se da cuenta de que lo que hace te afecta tanto…
Creo que lo mejor es enfrentarlo de una buena vez y decirle algunas verdades en la cara. Los
Medina sólo funcionamos si nos aprietan entre la espada y la pared—acaba con una sonrisa
torcida muy parecida a la de su hermano mayor.
Pestañeo, mareada, y salto bruscamente de mi lugar. Les sonrío a los dos y les doy las
gracias por los consejos. Que no pienso tomar, está clarísimo. No voy a resquebrajar más mi
orgullo por un hombre que está lleno de problemas. Y ni siquiera hay una pisca de confianza
como para enfrentarlo y exigirle explicaciones. No somos nada. Ni siquiera lo fuimos. Creo que
ya me he desahogado y me siento mejor. Este tipo de ataques no sucederán de nuevo.
Los despido amable y alegremente. Y los dejo atrás, de regreso a mi apartamento para
cambiar mi ropa y ponerme cómoda durante el día para pasarlo con Ema. Relajadas.
Ahora mismo estoy confina entre las cuatro paredes de mi habitación comiendo
paragüitas de chocolate y revisando en línea en busca de alguna buena peli para ver. Y de
pronto un parpadeo de color en la pantalla. La alarma de una llamada de Skype. Y estoy
sonriendo como boba mientras la acepto, sin importarme una mierda sobre dónde me
encuentro.
Lo primero que veo es a un tipo despatarrado en un sillón giratorio enorme, con los
brazos bajo el cuello y las piernas sobre el escritorio. Luce unos vaqueros desgastados y una
camiseta ceñida con escote en V. Pongo los ojos en blanco. Nunca va a ir a las oficinas con un
traje, como Dios manda. Así nadie lo va a tomar en serio. Puff, ¿qué estoy diciendo? Me corrijo.
A él todo el mundo lo toma en serio. Es el puto amo del universo.
—Mi chica al fin se ha dignado a recibirme—suspira, dramático, con sus ojos azules
risueños—. Sabes, si también ignorabas esta quinta llamada mía, iba a pensar que me estabas
desplazando por debajo de algún otro… Presuntamente algún novio francés o quizás, ¿un
italiano? Estaba preparándome para ir a rescatarte, preservar tu virtud un poco más... A ver—
cambia de posición frente a la cámara y se inclina para verme más de cerca, pongo mi mejor
cara de inocentona—. Creo que todavía seguís siendo la misma, esos ojos son de lo más
inocentes… Pero no me fío, esa sonrisa tiene que ser producto de mucho sexo desenfrenado, un
estado agravado de satisfacción pura...
Bufo, le vuelvo a poner los ojos en blanco. Con él lo hago todo el tiempo.
—No importa cuánto aparentes saber de mí, hermanito menor, nunca adivinarás qué
hay en esta cabeza—me golpeo la sien, sonriendo ancho.
Me río, dejando escapar una carcajada. Es tan poco serio, e inteligente, y divertido. Y su
sonrisa funciona como una piraña que se traga de un bocado el corazón de cada pollita que
revolotea alrededor. Eso, y su billetera. No es un secreto. Las oportunistas son de terror, pero él
tiene bien en claro cómo mantenerse a raya con ellas. No importa qué tan grandes sean sus
tetas, nunca te inclines y metas la nariz en ellas, siempre corres el riesgo de encontrar vacío tu
bolsillo trasero. Sus palabras, no las mías.
Se ríe.
— ¡Opa! ¿Así que no son tan buenos los europeos como los pintan?—sus ojos se ponen
brillantes cuando bromea y actúa ésta clase de papeles conmigo—. Que se jodan, Branca—
siempre me llama así, como la marca del fernet—. Tengo un millón de tipos forrados para
presentarte, no te puedo garantizar ahora mismo el tamaño de sus miembros, pero siempre
puedo ponerlos en filita y tenderles un centímetro... y anotar medidas—me guiña.
Me esfuerzo por no reír, pero es imposible. Él me limpia el alma. Está allí, todo
despeinado, balanceándose y viéndose como el tipo más despreocupado del mundo, cuando estoy
segura de que debe tener mil cosas en la cabeza, y sonríe ancho. Me sonríe ancho. El pelo negro
luce amasado hacia arriba y un rastrojo de barba oscurece su precioso rostro. Los chispeantes
ojos son una réplica de los míos.
—Ajá, lo que sea para que mi hermana no pase el resto de su vida siendo una amargada
mujer mal zamarreada en la cama—acerca la silla a la pantalla—. Si te van a despeinar, que
sea con destreza…
—Ese es tu lema con la chicas, Nacho—me acomodo apoyando los codos en el colchón
sosteniendo mi mentón en las manos—. No el mío.
Asiente y se muerde el labio inferior, sus ojos entrecerrándose con picardía. Y
¿ansiedad?
— ¿Vas a mostrarme las vistas de ese hotel de lujo en el que estás instalada?—se apoya
con un codo en el escritorio, sus ojos muy grandes estudiándome fijamente.
—Espero que esos moteros sí la tengan grande, milady—no se muestra risueño por
estar bromeando—. Al menos vas a tener algo con lo que fantasear cuando vuelvas a este triste
y aburrido lado de la realidad.
Me lanza un beso y ¡plop! Desaparece de mi vista. Puta mierda, Nacho lo sabe todo. ¿Y
por qué me sorprendo? Es un zorrito hijo de puta. Lo sabe todo de todos, nadie lo engaña. El
muy… desgraciado. Mira si se aparece acá, ¿qué hacemos? Santiago apenas puede lidiar
conmigo, que se nos una Nacho lo empeoraría más. Tomo mi celular desde la mesita de noche y
le marco. Naturalmente, no atiende. Ni la primera vez, ni la segunda. Ni la décima. Me ignora
por completo.
“Por favor, no vengas, ¿está bien? Déjame esto a mí” le envío por texto. Una respuesta
casi inmediata resuena. “¿Por qué querría ir? ¿Eh?”. Hago una mueca, está molesto ahora.
Respondo rápido: “No sé, pensé que querrías. ¿No te da curiosidad?”. Me mastico el labio,
nerviosa esperando su réplica. “No. No me da curiosidad. Simplemente lo estoy dejando en paz.
Estoy siendo inteligente, Bianca. No quiero revolver su mierda”.
JORGE
La siguiente semana comienza mejor, las pesadillas no vuelven y puedo descansar
perfectamente, sin despertar a mi hijo y enloquecer. Mi humor mejora gracias a eso, un poco. Y,
por otro lado, a causa de mi siguiente llamada a Esteban. Los viejos le están comenzando a
creer. Un poco. Gradualmente. Él cree que no le falta mucho para ser incorporado a los planes,
espera que, para final de mes, sepa algo de lo que vienen teniendo en mente. La noticia aflojó
mi tensión, bastante. Y creo que también por eso estoy recuperando mis noches de sueño. Ojalá
que todo vaya cada vez más alto a partir de ahora.
El martes al mediodía estoy intentando cocinar algo que no sea comida de porquería
para mi hijo. Algo que me frustra y amarga un poco, pero ¿qué cosa no me transforma en un
ogro gruñón? Exacto, ese es el punto. No tengo paciencia, soy un tosco hijo de puta que ha
vivido toda la vida siendo un bruto e inútil para otra cosa que no sea poner orden en un clan,
manejar una moto y empuñar armas. No sirvo para más. ¿Cocinar? Jodidamente no.
Un niño que perdió a su madre y debo cubrir ambos papeles para él. No quiero que le
falte nada. Pongo una chuleta sobre la plancha y lo oigo venir, entrando por la puerta. Está
despeinado, sudado y ruborizado por el aire fresco de afuera. Tose y se afloja el abrigo. Lo
observo mientras cierro la puerta de la cocina para que el olor a carne cocida no se impregne en
las colchas y cortinas. Algo de sentido común casero tengo. Algo.
Veo que sus pantalones están rasgados en las rodillas y me entra una ola de enojo. Me
retengo de gritarle.
—Antonio—se frena, quedándose inmóvil con sus ojos grandes dorados hacia mí.
Sabe que ha hecho algo que acaba de molestarme. No sé si me teme o es que todavía no
hay una confianza afianzada entre los dos. Le he gritado, es cierto, soy culpable de eso. Pero
jamás lo golpeé. Sólo quiero que entienda ciertas cosas, que aprenda. No sé si gritarle es la
mejor manera, ¿qué otra cosa puedo hacer?
—Es el segundo pantalón que rompes en medio mes—pestañea y se mira las rodillas.
Suspiro, no es que hayamos traído más de tres o cuatro mudas. Realmente no tengo
ganas de enviarlo a comprarse ropa con alguien. No puedo salir del recinto y mucho menos
molestar a León o a quien sea para que lo haga. Debe cuidar lo que tiene. “Vamos, hacelo
entender a un nene de tres años”. Sólo piensa en jugar.
— ¿Podés tener un poco más de cuidado cuando juegues la próxima vez?—le pido,
cordial.
Asiente, observándome con la cabeza ladeada y el pelo cayéndole en los ojos. Lo barro
hacia atrás y le sonrío, cuanto puedo.
Cubro, con una curita, la pequeña herida. Se está cambiando mientras ordeno todo, y
comienzo a sentir un fuerte olor a quemado. Lanzo lo que tengo en las manos sobre la mesa sin
muchos miramientos y corro a la cocina.
—Hola—saluda y sigo sin ser capaz de responder porque se entromete dentro—. Tengo
la intuición de que hay problemas culinarios por acá—canturrea.
Tengo que decirle que se vaya, que no tiene derecho. Y menos que menos puedo aceptar
que trabaje para nosotros. Aun así, estoy mudo. Y en lo profundo de mi ser hay un
encantamiento con ella.
—Es fácil—le habla a Tony que está justo a su lado, sujeto al borde de la mesada en
puntillas de pie—. Espero que hayas estado comiendo bien todo este tiempo y no te estén dando
mucha comida quemada…
Entrecierro los ojos captando la indirecta, no le ha alcanzado con entrar a la cueva del
oso, sino que se anima a pincharlo con un palo, también. ¿Quiere enojarlo? No me presta
atención, es como si yo no existiera. Se dirige a la heladera y la revisa, pensativa. Toma algunas
zanahorias y papas. Les raspa las cascaras, forma cuadraditos, las mete en un recipiente de
vidrio con un poco de agua y acaban dando vueltas en el microondas mientras se entretiene con
las siguientes chuletas.
En poco tiempo la carne está hecha y las deja en una fuente, cubiertas con una tapa
para que no se enfríen. El timbre del microondas avisa que la verdura está lista y la saca, quita
el agua y condimenta. Entonces me sorprende cuando se da la vuelta y enfila hacia donde estoy,
espera a que le abra paso para irse. No me mira ni una sola vez a la cara, ¿qué le pasa? ¿La he
jodido tanto como pienso con mi actitud tan mezquina? No era mi intención, no tengo buen
contacto con las personas. Mucho menos con mujeres desconocidas. Salvo que sea para meterlas
en mi cama, y eso era antes. Actualmente, hace tiempo que no actúo de ese modo tan
despreocupado.
Bianca sale por la puerta sin siquiera decir adiós y mi hijo y yo nos quedamos allí de
pie, mientras la cierra despacio a su espalda. Los dos estamos sorprendidos y descolocados.
Pasan unos minutos antes de que me recupere y baje la vista a él.
Asiente muy enfáticamente y pongo la mesa. Gracias a ella Tony estará listo a tiempo
para el jardín. Voy a tener que hacer algo para agradecerle después. Incluso hasta debería
pedirle disculpas por mis malas formas. No merece ninguna mierda de nadie, y mucho menos la
mía. Y, ¿después de hacer esto? No sé cómo puedo devolvérselo. Nunca conocí a nadie que actúe
de esa manera tan desinteresada.
***
León aparece en mi puerta a media hora de la una y me sorprende. Nunca viene a
buscar a Tony, siempre soy yo quien lo lleva al estacionamiento a la una menos veinte. Ni bien
abro me sorprendo por segunda vez en una hora. Él aparece ante mí, acompañado de Max. Y los
dos están allí de pie esperando para que los deje entrar. Lo hago, poniéndome un poco nervioso
por el otro Medina en mi casa. No es nuevo que Max y yo no estamos en muy buenos términos,
aunque él parece haber llegado a un acuerdo consigo mismo para no intentar lanzarme sus
cuchillos a la cara cuando estamos en la misma habitación. Ahora que lo veo bien, él me está
estudiando directamente con un brillo risueño en los ojos.
Me quedo allí inmóvil junto a la puerta, esperando. Tony sólo tiene que ponerse el
delantal y el abrigo. Todo está sobre la cama, junto a su mochila, esperando por él. Permanece
sentado en la mesa mirando a los tres tipos grandes con curiosidad. Acaba de devorarse la
comida que Bianca le hizo, jamás lo vi comer con tanto entusiasmo. Supongo que es bastante
insulso lo que yo cocino.
— ¿Cómo va Medina?—me pregunta León, sonriendo.
—Venimos a pedirte un favor—sigue él—. Dentro de un par de días tenemos una misión
y me llevo a la mayoría de los que siempre están rondando acá, me preguntaba si podés ponerte
a cargo del bar por una noche…
Tengo que esforzarme para que la mandíbula no se me afloje y mi boca se abra. Creo
que incluso he dejado de respirar. ¿Por qué me lo está pidiendo a mí? ¿Realmente confía tanto?
¿Por qué Max no está poniendo el grito en el cielo? Tardo bastante tiempo en encontrar mis
cuerdas vocales y responder.
—No te preocupes por él, se quedará en casa con Fran—se adelanta León.
Termino de vestir a Tony mientras ellos esperan junto a la puerta, después el chico
acepta la mano de León y se van. Permanezco ahí afuera viéndolos alejarse, las espaldas
anchas de los dos, y mi pequeño en el medio. Max va hablando con él, y le despeina el cabello
sonriendo, siendo simpático con él. Algo se retuerce y enrosca alrededor del corazón. De un
momento a otro mi hijo se da vuelta y sacude su mano libre hacia mí. Le devuelvo el gesto, sin
siquiera darme cuenta de que estoy sonriendo.
Las cosas están yendo muy bien, debería relajarme un poco más.
BIANCA
He pasado los últimos días preocupada por Nacho y lo que siente. Él es como yo, no va a
llamarme y decírmelo. Con tal de no molestar o exponerse. Me siento culpable de no haberle
aceptado las cuatro anteriores llamadas, seguramente estaba enloqueciendo silenciosamente
por estar al tanto de mi estadía actual. Bromeó conmigo como si nada hasta que no pudo
aguantar más, me soltó toda el agua hirviendo en la cara. Me dolió que cuando le prometí que
llevaría a nuestro hermano de vuelta no demostrara ni una pizca de esperanza en que lo
lograré. En fin, siempre estoy dándole vueltas a las cosas en mi cabeza, no pude evitar
hundirme en el asunto.
Entre eso, y mi exitosa táctica de evitar a cierto Medina gruñón, estaba hecha por
completo. No había más lugar en mi mente. Lo había estado haciendo bien, hasta que hoy me
llegó ese terrible olor a quemado acompañado de maldiciones que harían temblar al mismísimo
infierno. No pude resistirme a echar una mano, quisiera él o no. Lo hice lo mejor que pude,
estoy segura de que mientras invadía su espacio personal rumiaba mierda para lanzarme. Me
sorprendió que no dijera absolutamente nada y me dejara tranquila, supongo que realmente
necesitaba que lo ayudaran. Hice acopio de energía en ignorar lo que su mirada dorada le hacía
a mi cuerpo, cubriéndolo con sensaciones que se parecían a la electricidad. Lo sentí hasta en las
yemas de los dedos. Le di la espalda la mayor parte del tiempo, cociné sin abrir la boca, y en
tiempo récord. Me apresuré a salir antes de que abriera la boca y me mandara a freír churros.
Una vez que estuve afuera tuve que cerrar los ojos y aflojar mi tensión, eché un suspiro lento e
interminable al aire porque salí viva de ahí adentro. Tanto mi mente como mi corazón. El
segundo sólo amenazó un par de veces con salirse por mi garganta, pero lo sobrellevé.
A la sazón me di cuenta de que rompí algunas normas que me había impuesto para
evitarlo. Otra vez se impuso mi necesidad de ayudar a la gente. Me dije que bien podía tachar
este desliz de la lista, porque de verdad lo estuve haciendo bien por unos días. Que me acercara
a darle una mano con la comida que era para su pequeño hijo no significaba nada. No era un
error.
Ahora estoy acabando de mirar una película, porque evité dormir la siesta después del
almuerzo. Adela y Santiago ni siquiera se levantaron para comer, y supongo que tomarán las
sobras que dejé en la heladera cuando despierten. O simplemente en la cena. Se acuestan tarde
en la noche, hasta cuando el bar cierra temprano, a veces los oigo hablar en susurros hasta el
amanecer. Son tan raros, pero juntos son explosivos y se aman con una locura que envidio.
Nunca vi algo igual. Ya que estoy alrededor de eso, en cuanto a la relación con mi hermano
mayor no hay mucho para decir. Después de ese encontronazo del otro día, en el que exploté en
su cara como una piñata inflada en exceso, es como que todo empeoró para nosotros. Fui una
tonta, porque se nota a la legua que él no soporta ser encasillado y presionado. Ahora sé que
hay que ir despacio, pasito a paso. Empezaré desde cero cuando tenga la oportunidad.
Los títulos finales comienzan a pasar de largo en la pantalla y con un suspiro perezoso
salgo del sofá y junto las cosas sucias del almuerzo que dejé en la mesa. Hoy realmente me
sentía con pocas ganas de hacer nada. Me muevo al fregadero y comienzo a lavarlo. No sin
antes poner un poco de música en mi celular. “Rockstar” de Nickelback es lo primero que suena.
Y sigo la canción cantando en voz alta, mientras me balanceo y hago caras raras con el cambio
de voces. Acabo y dejo la pequeña pila escurriéndose y me seco las manos moviendo las caderas.
Me siento rara por llevar vaqueros. Aunque no son nada como los que usan las mujeres acá,
como tiene que combinar con mis tops, compré uno con cintura alta, está por encima del
ombligo. Me queda un poco suelto en las caderas, es verdad, pero marca la cintura y, dentro de
todo, es bastante cómodo. No puedo estar todos los días de entrecasa con mis mejores ropas.
Estoy a tope con la canción, abriendo de postre un pico dulce1, cuando veo a alguien
pasar de largo hacia el bosque. No tengo que suponer mucho para saber de quién se trata y me
estanco allí, de pie en medio de la cocina considerando mis opciones. Si voy tras él, entonces se
irán a la mierda todos los límites que me he estado imponiendo. El éxito en ignorar acabará
desechado en la basura, también. De todos modos, ahora tengo algo en mente y tironea de mí.
Corro hacia mi dormitorio y abro el cajón de mi mesa de luz, allí está lo que conseguí un par de
días atrás. Lo tomo entre el índice y el pulgar para no destrozarlo. Me coloco una capa liviana
sobre mi top elástico negro y salgo por la puerta principal. Hoy no hace intenso frío, está más o
menos soportable. ¿O será que con el tiempo me estoy acostumbrando? Vaya a saber.
Me interno entre los árboles, sabiendo el lugar que él ha bautizado como su refugio para
fumar porros. Es evidente que eso es lo que significa el escondite. Nadie se mete por ahí, es
húmedo y oscuro, incluso de día. Es apartado. Las ramas espesas no dejan pasar la luminosidad
y tengo que decir que aquello no le quita lo hermoso al lugar.
—No me digas que te lo tomaste en serio—dice, su voz ronca llegándome a cada rincón
del cuerpo.
—Bueno—digo, mirándolo a los ojos—con vos es mejor tomarse todo en serio—le suelto.
Porque es verdad, él estaba enojado porque acabé con su preciado último porro. Yo sólo
estoy devolviéndoselo, como insinuó. ¿No? Para mi sorpresa deja ir una carcajada. Sólo una,
1
Pico dulce: marca de chupetines.
pero no se ve tensa ni con mala intención. Genuina. Ahora no puedo dejar de mirarlo con los
ojos muy abiertos.
—Yo creí que habías intentado pagarlo con el beso—dice, soltando humo relajado contra
el tronco.
—Bueno, creí que quizás en tu mundo era un beso—me pincha, y no lo puedo creer.
De verdad piensa eso de mí. Y está siendo arrogante conmigo. Tal como yo quería, pero
no sé si es algo bueno para presenciar. Sigue siendo tosco y su humor es un desastre.
—Porque seguro abdujeron al verdadero Jorge Medina y nos dejaron una réplica que es,
infinitamente, una mejor versión—escupo.
Un silencio intenso viene de su parte y regreso la atención a ese rostro hermoso que
parece tallado en piedra y me encuentro su mirada dorada refulgiendo en la mía. No molesta,
divertida.
Trago un montón de saliva que apenas pasa a través del nudo en mi garganta.
—Y perdón por ser tan hijo de puta—agrega, se rasca la sien y es el único indicio que
demuestra nervios—. No te mereces ninguna mierda de nadie. Mucho menos la mía.
No sé qué me inquieta más. Que Jorge Medina sea antipático y duro conmigo, o que se
ablande y actúe de esta forma. Queda claro que todas sus fases me desestabilizan.
—Está bien—murmuro, sin aire—. Ahora… ¿vas a agarrar lo que te estoy dando?
No creo que quiera desperdiciar esa cosa conmigo, sólo seré capaz de vomitar el humo
en su cara y sin demasiada delicadeza. Ya vivimos esto. Retomo mi camino en dirección a la
salida del bosque. Y él no me deja, ésta vez, ordena que me quede. Y su voz podría hacer que
hasta el diablo le obedeciera.
—En serio, no creo que esto sea una buena idea—le digo, apoyándome contra otro árbol
simulando aburrimiento.
Eso es lo último que siento, la electricidad ha vuelto a mis venas. Levanta una ceja en
mi dirección y camina más cerca, encendiendo el porro. Su expresión es seria pero sus ojos
están brillando muy intensamente mientras me recorren de pies a cabeza. Me ponen la piel de
gallina.
— ¿Tenés miedo?—pregunta.
Estoy inquieta por dentro. Su pulgar empuja abajo mi mentón, separando mis labios. De
hecho, su yema está muy cerca de mi labio inferior, el interior de mi boca se pone áspero como
un desierto. Me empuja a abrir más y baja su cabeza, cerca. Tan cerca. Me mareo. A sólo unos
poco centímetros. Deja ir el humo, introduciéndolo en mi boca. Y antes de comenzar a ahogarme
y toser como si estuviera siendo poseída, lo absorbo hasta hacerlo pasar a mi garganta. Lo meto
dentro, porque su intención es clara y me ayuda a hacerlo. Aspiro todo al mismo tiempo que mi
respiración enloquece. Trago y en la siguiente exhalación se escapa un poco de humo por mi
nariz. Sonrío a medias. Acabo de fumar, pero directamente de su boca. ¿Qué tal eso?
Abro mis párpados para ver el humo salir de mi sistema, regresando al aire. Jadeo sin
querer cuando Jorge arrastra su mano en dirección a mi nuca, paseando por el costado de mi
cuello y debajo de mi oreja. Terminaciones nerviosas se activan por esa zona. Por suerte estoy
apoyada en el árbol, si no fuera así estaría cayendo redondita a sus pies. Se aleja mientras me
estudia, el porro ya casi se ha consumido del todo y lo lanza al pasto. Lo pisa con una bota, sin
dejar de fijarse seriamente en mi rostro ruborizado y acalorado. El mundo ha desaparecido, y
sólo existimos él y yo en esta burbuja de humo gris.
Por un momento su expresión cambia, se endurece, y logro captar que hay algo rodando
en su cabeza. Algo que lo molesta mucho.
Da un paso atrás y mis rodillas se aflojan, me agarra con fuerza. Y, de todos modos,
acabo con la espalda sobre el césped húmedo. Y con ese gigante encima de mí, volviendo a
tomar mis labios. Me toca por todos lados y arqueo la espalda, cediéndome, no tengo voluntad
para detenerlo. Amo lo que me hace. Amo sentirme así. Jadeo como si estuviese haciendo
demasiado esfuerzo, y sólo le estoy dejando hacer lo que desee conmigo. Ya no hay miedo, ni
reservas. Me he entregado sin siquiera verlo venir.
Arrastra la lengua por mi cuello. Niego mientras las ramas de los árboles se inclinan en
todas direcciones. Una de sus manos está subiendo por mi estómago, hasta el borde de mi top
negro, siseo entre dientes al notar que levanta la tela y avanza.
No quiero que frene. Nunca. Necesito sentirme así por todo lo que me queda de vida.
Abandona mi cuello y lo canjea por mi escote, entierro los dedos en la tierra.
Estoy drogada y no tiene nada que ver la marihuana. Es él. Él hace que no me importe
estar revolcándome en el bosque con alguien encima de mí, comiéndome. Dios, me encanta.
Necesito que vaya más allá. Más hacia el final. Regresa a mi boca y encierro con mis manos
sucias su cara, suspendiéndolo sobre mí. Mientras está a horcajadas, reduciéndome a un ser
tembloroso y necesitado. Quiero pelo para tironear, lo tiene demasiado corto, y acabo con las
uñas encajadas en su nuca. Eso lo obliga a gruñir con mi lengua en su boca.
No desnuda mis pechos, sólo los amasa sobre el top y me muero por sentirlo piel a piel.
Estoy inquieta debajo de su consistencia, mis piernas se retuercen, los talones de mis zapatillas
cavan en la tierra blanda. No puedo soportarlo más. Lo quiero. Dentro. Y realmente no se me
da la gana pensar que eso puede ser un error garrafal.
Al fin respiro cuando me suelta y se alza sobre mí, con su rostro rojo y torcido con
lujuria. Se muerde los labios mientras me observa allí, despatarrada, despeinada. Sucia,
adormecida. Y por sobre todas las cosas, hambrienta.
Me vuelvo un poco loca cuando libera el botón de mis pantalones, jadeo con fuerza.
Finalmente va a ocurrir. Baja el cierre. Y luego va al suyo, hace exactamente lo mismo. Será mi
primera vez luego de dos años sin sexo, y justo en medio del bosque, rodeada de tierra húmeda
y oscuridad excitante. No me importa nada.
Suelta una seca risa sin humor y desvía los ojos de mí. Que no me venga a decir que se
echará para atrás, no puede hacerlo. Estoy empapada y anhelante. Y él lo comenzó todo. Es su
culpa. Ahora que se haga cargo.
Bramo cada vez más alto a medida que el clímax va tomando mi cuerpo, y él me castiga
con más ímpetu. Se deja caer sobre mí y mis piernas quedan olvidadas al costado. Me besa y
exploto en su boca. Dejo de respirar, tensándome, mi espalda arqueándose. Le rodeo el cuello y
sigue bombeando hasta que se sosiega de golpe y los músculos de su espalda se vuelven piedra
bajo mis palmas. Ruje y gime en mi oído y se desploma en el mismo barro que yo.
JORGE
No me gusta la manera en la que Bianca me está mirando.
Como si fuera un monstruo. Un animal. La veo allí, recuperándose de lo que sea que
acaba de pasar, levantándose poco a poco del suelo justo después de que le acomodo las ropas.
Las mismas que yo forcé abajo en sus piernas un rato antes. Está pálida, ha perdido todo el
rubor que antes teñía sus mejillas, y se mira las manos sucias de tierra. Como recién
despertando de un sueño. Está despeinada, y su ropa se encuentra en un estado desastroso. Es
como si la hubiese arrastrado por todo el bosque. Me agacho y la ayudo a ponerse en pie, la
sujeto de los brazos cuando se tambalea. Y clava sus preciosos ojos azules en los míos, brillan.
Buscan una respuesta racional en mí. Y yo ni siquiera sé qué ha pasado entre nosotros, no
entiendo cómo pude perder el control de esa manera.
Se ve asustada, intranquila, confundida. Y no puedo ayudarla porque me siento del
mismo modo. La he depositado en el piso mugriento para… para… ni siquiera puedo decirlo en
mi mente. La he ensuciado, a la chica más pura del recinto. Me he metido con ella y merezco
que su hermano me persiga y arranque las tripas.
Niega, aún me observa con sus ojos muy grandes. Parece una niña pequeña encogida
sobre sí misma.
—N-no—susurra.
Salimos del bosque y por suerte no hay nadie rondando por ahí, no sería bueno que la
vean en este estado. ¡Debería haber frenado! Sólo quería besarla, probarla, había estado allí
muy quieta y receptiva mientras me tenía tan cerca. Vi el deseo en su mirada y me convencí de
que un simple beso no sería tan grave. Entonces, una vez que la probé, no pude parar. Y el
sentido común explotó en mil pedazos, sólo quedó el deseo intenso. La lujuria imparable. Tanto
tiempo imaginando las cosas que podría hacer con su cuerpo, y ahora he acabado por tomarla
en medio del bosque. En todo ese barro. ¿Qué mierda tengo en la cabeza? Ninguna chica debe
ser tratada así. Se suponía que yo era mejor de lo que me habían enseñado.
Le tomo la mano y ella permite que enrosque nuestros dedos. Camina, un poco detrás
de mí mientras la dirijo. Lleva la vista al suelo y me está preocupando en gran medida.
Llegamos a su puerta y trato de ver a través de la ventana si hay movimiento, no puedo
permitir que la vean así. Eso sin nombrar que se ha puesto un poco vulnerable.
—Bianca—digo con voz graduada y ella salta, alza su atención a mí—. ¿De verdad estás
bien? No te ves nada bien…
Ella da un paso hacia mí.
—Por favor—pide, en tono muy bajo—, que no se entere nadie… mi relación con mi
hermano no está nada bien… y él te odia… y-y me estoy esforzando mucho en recuperarlo…
y…—se pone frenética, y no puede seguir, sus manos temblando entre nosotros mientras
intenta explicarlo.
Creo que acaba de cavar un profundo hoyo en mi pecho. Trago el nudo áspero en mi
garganta. Que no se entere nadie, perfecto.
No dejo de echar vistazos alrededor por si alguien nos ve. Asiente y me deja rodearle la
nuca con una mano y acercarla.
Me siento una basura ahora mismo, tanto si lo quiso como si no. ¿Qué tan distinto soy
de los viejos? Acabo de tomar a una chica a los apurones, lanzándola al suelo y sin pensar.
¿Cómo es que no se siente usada? Siento que lo he hecho todo mal.
—Yo… no—no sueno seguro, para nada—. No de lo que hicimos… sino de cómo…
Ni siquiera sé si me estoy explicando bien. Ella asiente pero no agrega nada más, se da
la vuelta para abrir la puerta y yo le echo otra mirada al interior de la sala por si alguien está
ahí, a punto de verla entrar en ese estado. O viéndonos acá afuera estando muy cerca. No hay
nadie.
— ¿Sí?—pregunta, girándose.
Avanzo hacia ella y me inclino, poso mis labios en los suyos. La beso suave, lenta y
profundamente. Como se merece. No atacándola como si fuese un pedazo de carne y yo un
animal hambriento. Ella lo devuelve con una pisca de cautela y la aprieto contra mí,
aferrándome a la parte trasera de su cuello, al sentir que se estremece. Dios, es… su sabor es…
inexplicable. Único. La libero y me vuelvo antes de romper los límites de nuevo y hacérselo
contra la puerta. La oigo abrir y entrar con tranquilidad en su casa y hago lo mismo. Me apoyo
en la madera una vez que la cierro y aprieto los párpados, un largo suspiro sale desde lo
profundo de mi pecho.
“Todo lo contrario a lo que estabas planeando”, responde la voz de la razón desde algún
rincón de mi mente.
CAPÍTULO 7
BIANCA
Esta noche me organizo para ir al bar y pasarla bien con las chicas, así no tener nada en
qué pensar demasiado. Trato de no darle tantas vueltas a lo que pasó con Jorge en el bosque,
pero es imposible. Es algo en lo que me ahogaré por mucho tiempo. Difícil de olvidar.
Pasamos de ni siquiera hablar a revolcarnos en el pasto sin tener suficiente el uno del
otro. Y cada vez que pienso percibo un nudo inmenso tensar las cuerdas en mi estómago. Jamás
me sentí así. Borracha, solamente centrada en las sensaciones. El mundo entero no significó
absolutamente nada para mí en ese momento. Incluso me olvidé de mis problemas, de mis
complejos, de mis luchas. Fui enteramente yo, sintiendo hasta casi reventar. No adquirí las
frecuentes maracas resonando en mis oídos, portadoras de las malas ondas. Me sentí realmente
bien, como nunca antes.
Y no me olvido del casi ataque de pánico que tuve al recordar a mi hermano y el odio
que siente por Jorge. Me hundí en la desesperación, porque si él se entera de lo que pasó me va
a alejar más y yo necesito que nuestra relación mejore. He pasado unos terribles años
teniéndolo lejos, deseando encontrarlo. No soportaría que él me desplazara aún más de su vida.
Llegué acá con un solo objetivo: recuperarlo. Y no puedo irme sin lograrlo.
Me siento en la barra y no necesito ni abrir la boca para que mi cuñada lance una
cerveza en mi dirección. Le guiño un ojo y levanto la botella en son de brindis, ni siquiera
alcanzo a entrar en calor con Ema que llega Alex y la acapara toda para él. Me rio y niego, no
pueden estar separados ni un ratito. El amor. Están en todo su florecimiento. Es entendible, así
debe ser. En algún momento Ema salta de su butaca y se mueve hacia las escaleras. Genial.
Señor Perro la ha tentado. Lo veo mirarla mientras sube, con sus ojos de lobo muy hambrientos.
Y cuando la persigue sé lo que vendrá después.
Bueno, de nuevo solita. Suspiro y me quedo allí, entreteniéndome con mi bebida. Gusto
se acerca para sentarse a mi lado y comenzamos a charlar de cosas tontas. Con él no hay lugar
para seriedades.
Sonrío, y procuro no ruborizarme. Sin éxito. Me hago la tonta, desviando los ojos lejos y
dándole un sorbo largo a mi pico. Bueno, resulta que no era para mí. Tenía que devolvérselo a
alguien, que acabó por querer compartir. ¡Ja! ¡Ya nunca pensaré en esa palabra de la misma
manera! Ahora, “compartir”, tiene un significado muy distinto en mi cabeza. Tendrá mucho que
ver con fluidos corporales, succiones y partes íntimas desnudas colisionando. Aspiré de su
propia boca y… todo se volvió muy intenso. Tan intenso que caímos al suelo y terminamos
teniendo sexo salvaje sobre el pasto, en medio del bosque. Fue tan… irreal.
— ¿Irreal dijiste?—se ríe, coqueteando—. Supongo que al ser tu primera vez te pegó un
poco duro… puede ser que se haya sentido irreal. Pero es una sensación de puta madre…
Mi cara se pone colorada, y el calor es sofocante. Dios, tengo que contenerme más.
¡Basta de hablar conmigo misma delante de la gente!
—A veces…—susurro.
Buenísimo. Ahora piensa que estoy un poco loca. Lo que no debería afectarme en nada
porque, en realidad, lo estoy y de remate. Y sobre todo después de lo que ha pasado hoy. Mis
hormonas están alteradas y, no les importa que tan adoloridos se encuentren mis rincones,
quieren otra tanda de danza desenfrenada. Me pregunto si después de conocer ese sexo tan
fantástico no me quedaré arruinada de por vida. Eso sería terrible para mi destino como esposa
trofeo. Estaré cachonda de por vida sin ningún buen hombre que juegue con mis teclas de la
forma adecuada. Seré una eterna desnutrida sexual.
Escucho bochinche provenir desde la mesa de mi hermano, la del rincón. Es raro porque
siempre está allí solo, y sus compañeros pocas veces se le acercan entendiendo que es mejor
dejarle espacio. Hoy, en cambio, se han acomodado a jugar unas manos de truco. Me siento
atraída de inmediato y me mudo a la parte más oscura del bar para mirar cómo se despluman
los unos a los otros. No sin antes conseguir una nueva cerveza. Acabo con el culo apoyado en la
mesa de al lado, entusiasmada. Porque sé de antemano que Santiago va a despacharlos a todos.
Y así lo hace. Hasta que pido un lugar y me coloco en el que abandona el último
perdedor. Santiago y yo nos enfrentamos y me regocijo a causa de que le cuesta un poco más
ganarme. Siempre tuve buena suerte con las cartas. Pero al final lo hace, mirándome con sus
ojos azul medianoche que apenas contienen emociones, dándome la puñalada final. Esto me
recuerda a lo que fuimos, a los encuentros de algunos fines de semana, a los momentos que
pasábamos juntos. Se me estruja el corazón mientras me levanto para cederle lugar a alguien
más. Y me dirijo a la barra para tomar algo un poco más fuerte. Me estoy aburriendo, y todavía
es temprano. Ni siquiera media noche. De última, me pongo de acuerdo en irme a casa y
relajarme. Aunque eso me lleve a poner mi cabeza a mil por segundo.
Estoy cerca de doblar hacia la parte delantera del bar cuando escucho mi nombre.
Levanto la mirada del suelo y veo un hombro sobresaliendo, apoyado contra la pared. Jorge. Y
está hablando con alguien, tampoco se oye muy amigable que digamos.
—Sí, Bianca—dice el otro hombre, dándome a entender que es Max—. ¿Qué te parece
ella?
Me freno ahí, descansando mi hombro en la pared. Estoy bastante cerca de ellos, pero
no me notan. Algo me dice que no tengo que quedarme a escuchar nada. Pero están hablando de
mí, siento curiosidad. Por más que el gato haya muerto por sentirse del mismo modo.
—¿Por qué me preguntas eso?—carraspea Jorge, no hay dudas de que está molesto—.
¿A qué viene esta mierda? No me hablas, ¿y ahora te me acercas para hablar de mujeres? ¿Qué
carajo estás planeando? No me jodas, Max…
Ufff. Molesto se queda corto. Max se ríe, y el sonido rasposo que deja salir es muy
atractivo.
—Mira, sólo estoy tratando de acercarme, de conocerte—suspira Max, debe estar
fumando—. Todavía quiero arrancarte la cabeza, eso no ha cambiado, pero estoy tratando de
ser tolerante y entenderte. Ser más amigable. Tengo una mujer en casa que se toma muy en
serio esto, no quiero defraudarla y… para el caso, he estado pensando en que nunca nos
sentamos a hablar entre nosotros, para darnos una oportunidad…
Jorge se alza en toda su estatura, como preparándose para golpear. Un silencio tenso
viene después, donde puedo imaginarlos observándose el uno al otro, midiéndose. Sólo espero
que no comiencen a golpearse o algo.
— ¿Y por qué carajo me salís con la hermana de Godoy?—quiere saber, su voz ronca
parece retumbar desde lo profundo de su pecho.
—Porque te he visto mirarla mucho… cada vez que están en el mismo lugar, no podés
sacarle los ojos de encima—dice, y me figuro que está sonriendo con arrogancia.
—Es un buen envase, todo el mundo la mira—explica Jorge y hago una mueca.
— ¿Crees que me gustan esa clase de mujeres?—sigue el mismo hombre que hoy me
lanzó al suelo y se desquició conmigo—. Bueno, definitivamente no—suena muy, muy enojado—
. Es inmadura, ridícula… una chiquita mimada. Y vengo de un club de motociclistas, ¿qué
mierda crees que haría yo con ella?
Oh, bueno. Parece que ahí tengo mis respuestas. Claras. Más claras de lo que quería.
Tomo una bocanada de aire para tranquilizar mi pulso acelerado y estoy a un paso de dar la
vuelta. Entonces mi mala suerte tiene que levantar la cabeza. Max cambia de posición,
colocándose frente a Jorge y me ve, directo a la cara. Ambos nos paralizamos. Y Jorge voltea un
poco, justo para clavar su mirada en la mía. No hay nada en su rostro que lo delate. Si es
mentira o verdad lo que acaba de decir sobre mí. Su mirada es fría, impersonal. Ha vuelto a ser
de piedra, inquebrantable y agrio. Nada de lo que hicimos esta tarde cambió nuestra tensa
relación. Nada.
¿Quién es él para juzgarme así? ¿Eh? Nadie. No-es-nadie. Sólo un tipo con quien me
revolqué en un momento de debilidad.
Estoy a unos metros de casa, y escucho que alguien viene corriendo detrás de mí. Ni
siquiera me giro para corroborar. Sé que es él, y no me interesa lo que tenga que decir. Las
excusas que vaya a inventar. Así que también corro, casi ahogándome y doblándome los tobillos
en mis altos zapatos. Consigo mi llave del bolsillo y abro la puerta. Entro en mi casa.
Le cierro la puerta casi en la cara y ruedo la llave, encerrándome. Nunca más voy a
volver a caer por un hombre como él. Porque si hablamos de envases él es quien
verdaderamente está vacío por dentro.
***
Paso el día siguiente encerrada en mi cuarto, despatarrada en mi cama simulando ver
películas. Lo cierto es que cada una a las que les pongo play acaba en la nada, sólo rellenando el
insoportable silencio. Y me termino toda la provisión de golosinas guardadas en mi mesa de
noche. Es la primera vez en mi vida que no tengo ganas de levantar el culo y hacer algo. Es la
primera vez en mi adultez que dejo que un hombre me afecte lo suficiente como para
deprimirme. No lloro, no señor. Pero permanezco allí, recluida, en un rincón paralelo al mundo.
Todos siguen sin mí. Paralizada, anestesiada. Acabada.
— ¿Hay algo que pueda hacer para que te sientas menos deprimida?—escarba.
Trago, y lanzo el papel de la golosina en el suelo. Sólo para desafiarla. Uno más, uno
menos, no hace la diferencia. Mi habitación es un desastre, llena de basura y ropa
desparramada por ahí. Y ni siquiera soy esta clase de chica. Nunca me deprimo, pero cuando lo
hago, tiene que ser así de intenso y dramático. Así soy yo. Así es la inmadura y ridícula Bianca
Godoy.
—Bianca, no estoy jodiendo—dice, poniendo esa voz blanda que hace que se me estruja
el alma.
Sé que estoy siendo injusta con ella. Yo les hago de cocinera porque quiero, no porque
ellos me lo pidan o exijan. Lo considero como una forma de colaborar, ya que estoy viviendo acá
de colada. Y no me gusta sentirme una carga. Pero aunque no quiera reconocerlo, estoy siendo
una carga emocional para mi hermano.
—Yo sé que toda esta situación es dura—comienza, muy seria—. Tanto para vos como
para Santiago. No les sienta bien esto. Yo sé que él te quiere, Bianca, sos su hermanita. Él te
ama, y que te haya abandonado lo demuestra. No quiere que te mezcles en su vida actual
porque podés salir lastimada, no quiere que tengas nada que ver con su nueva personalidad.
Mereces…
—Nadie tiene el derecho a decirme lo que merezco, eso lo decido yo—la corto, mi vista
desenfocándose, aún sigo sin mirarla a la cara—. Me merezco a mi familia de vuelta. A mis
hermanos juntos. Me merezco que me vengan con la verdad… Me merezco que, al menos, me
devuelvan una pizca del amor que doy…
Salto de la cama, enojada, alterada. Ordenando a mis lágrimas a volver por donde
vinieron, completamente negada a dejarlas salir.
» Además, esto es todo lo que tengo… Esto es lo que hay para mí… a veces, arrastrarte
es lo único que te queda por hacer…
Adela baja la mirada al suelo, incapaz de decir nada más. Y sé que acabo de hacerla
sentir una mierda. Ella no tiene la culpa. Nadie tiene la culpa de que me haya tocado esta
misión en la vida.
Asiente, cabizbaja y se levanta del borde de mi cama. Sale y cierra la puerta muy
lentamente, prolongando el poderoso y pesado silencio. Así, me tiro entre las mantas y tapo un
grito con mi almohada. Ésta soy yo. Esto es lo que soy. Una pobre chica desplazada por el
mundo. Parece que ni siquiera en un lugar lleno de exóticos perfiles hay espacio para mí. Toda
esta gente, cada uno de los integrantes de los Leones, alguna vez se sintió fuera de lugar. Y se
encontraron con su verdadera esencia al pararse aquí y ser recibidos por León. Como yo. Por
eso, en un momento creí que encajaría, porque nací teniendo siempre esta personalidad de
mierda que nadie entendía. Tan asquerosamente positiva. Porque a mis ojos nunca nada está
perdido. Pero, así es como la vida explota siempre sus misiles en mi cara.
El positivismo apesta.
Sin embargo, no importa cuántas veces repita eso, siempre acabo saliendo del agujero
negro en busca de una nueva flor. O persiguiendo de un rayo de sol. Un nuevo color radiante.
Nunca voy a cambiar. Siempre seré la chica que se alimenta de ilusiones. Sin importar cuántas
de ellas se acaben transformando en desilusiones.
Y para probar eso mismo, me levanto a la tardecita y arreglo para ir al bar. Porque
alguien tiene que entretener a Ema mientras su hombre se va con el resto a una misión. Una
nueva lucha, por ella. Me coloco un vestido rosa que ya usé, tiene la espalda descubierta
completamente, y la falda me encanta porque tiene caída y movimiento. Lo acompaño con
tacones dorados y un rodete desordenado. Estoy vestida para matar y coloco mi mejor sonrisa
frente al espejo. La verdad es que tuve que colocar varios quilos de tapa ojeras, y aun así estoy
divina y me alegra que mis ojos se vean vivaces como siempre. Haré de cuenta que no pasé toda
la tarde emborrachándome de autocompasión, e iré allá a darle a mi sistema algo con lo que
relajarse. Alcohol. Desde que llegué a este lugar parezco necesitarlo todo el tiempo.
Una vez dentro, veo que hay muy poca gente y las putas calienta-braguetas siguen con
su asistencia perfecta. Genialísimo. Paso directo a las escaleras frente a ellas, ignorándolas y le
guiño a Adela que sonríe ancho al verme resplandeciente de nuevo. Sí, la oscuridad no es lo
mío. Busco a Ema y bajamos, entonces hago un buen espectáculo quitándome el saco y
mostrándoles a las zorras que hoy puede que tenga ganas de competir con ellas. No les gusta
nada que me haya vestido tan sexy. Le lanzo a Adela el abrigo y ella lo cuelga en la cocina. Me
acomodo en una butaca y recién ahí me encuentro con unos ojos dorados al final de la barra,
observándome fijamente.
Y sé que se muere por acercarse a hablar conmigo y explicar ciertas cositas. No se lo voy
permitir, me mantendré toda la noche rodeada de gente.
Estoy en mi primer trago cuando dos de ellas, la rubia y una de las morenas, se acercan
a él y mi sangre comienza a arder. Sí, de celos. Malditos e innecesarios celos de mierda. Y odio
la manera en la que le tocan los bíceps y se franelean contra sus costados, mientras él no hace
nada para frenarlas. Tampoco para corresponderles, aunque me parece distinguir el aleteo de
una pequeña sonrisa de lado, llena de malicia. No puedo creer que le atraigan, que tenga el
nefasto gusto de mirarles las tetas y no empujarlas lejos.
Si tuviera la fuerza del mismísimo Hulk, pero sin hincharme y ponerme verde, la
botella en mis manos se astillaría en pedazos por mi puño tan apretado. Juro que si llega a irse
en busca de privacidad con alguna de ellas, después de tenerme a mí en el suelo… ¿Qué? Si
pasa eso, ¿qué? Nada, pequeña tonta. Se burla de mí esa voz interior. No tengo derecho a nada.
Porque no somos nada, y no puedo reclamarlo. Y él no me soporta. A sus ojos soy inmadura,
ridícula y mimada. Rujo por dentro. Que se vaya, que tenga sexo sucio y desenfrenado con ellas.
No-me-importa. No me afecta en nada.
— ¿Por qué hay tan pocos hombres esta noche?—quiere saber una de ellas, pero no
ahonda más en el tema, ¿para qué? Si tiene a ese pedazo de roca frente a ella a la cual
aferrarse—. Venís poco por acá, ¿no? Sos bastante nuevo, no pareces uno de los nuestros—
risitas.
Casi podría soltar humo por los orificios de mi nariz. Alcanzo a ver las garras y colmillos
brillando con hambre desde aquí. Lo quieren, se mueren por él.
— ¿De los nuestros?—escupo, rumiando mi rabia—. ¿De los nuestros? No tiene cara…
—Claro que no tiene cara, ¿no ves? Es una máscara de botox—me dice Adela, igual de
molesta que yo.
Sólo que por puntos muy diferentes. Ella no quiere que ellas pisen más este lugar. Y yo
no puedo soportar que toquen lo que justo ayer tuve en mis brazos, bajo las palmas de mis
manos. Y enterrado en lo más profundo de mí ser.
Hasta que la verdad me golpea, justo ahora, y caigo en la dolorosa realidad: para él, soy
exactamente lo mismo que ellas. Un envase atractivo al que cogerse como un animal y desechar
enseguida, sin mirar atrás. Soy otra puta en su lista.
—Hola—canta otra voz justo a nuestro lado, entre Ema y yo, regreso a la actualidad
viendo a las otras dos putas abordar a mi amiga—. ¿Sos nuevita, nena?—una de ellas apoya
una mano en su menudo hombro y me tenso.
Ema intenta zafarse, tratando de no ser tan evidente, siempre tan amable. A diferencia
de Adela y yo, que lo que menos seremos será amables.
—Apártate—gruñe Adela con sus ojos plateados peligrosos—. O voy a prenderte fuego.
Elige. Sabes bien que soy capaz.
No me gusta el veneno que contienen sus palabras y mirada. Ema se encuentra molesta
también notando sus malas intenciones. Se ruboriza, manteniéndose silenciosa por más que se
sienta amenazada.
Jamás he sido así. Ellas sacan lo peor de mí, y acabo poniéndome a sus tan bajos
niveles, volviéndome una patotera de la peor calaña. Mi estado de ánimo ayuda a la situación.
La puta perra se ríe, desafiándome.
—Estás molestando a mi amiga, si crees que no voy a romperme una puta uña por ella,
entonces estás equivocada—gruño.
Para hacer peso en ello, levanto un puño y lo estrello en su horrible cara plástica y llena
de maquillaje. La pelirroja cae hacia atrás, tambaleándose y su amiga toma la delantera. Saca
sus uñas y las clava en mi cara. Adela salta la barra como la ágil leona que es y le da una
patada en la cabeza que la derriba al suelo, casi inconsciente. La teñida se recupera de mi
puñetazo y me caza de los pelos, pierdo el equilibro sobre mis altos zapatos y acaba siendo
arrastra por el suelo de madera, mis rodillas llevándose la peor parte. Me trago el dolor, antes
muerta que gritar o lloriquear, mejor me esfuerzo en abrazar sus piernas y derrumbarla de
espaldas. Funciona y acabo a horcajadas sobre ella consiguiendo dos puños a los costados de su
cabeza, tironeando fuerte sus cabellos duros como paja de tanta tintura barata. Grita y recibo
su puño en la mandíbula, no la suelto, rugiendo como una tigresa. Arrancando mechas. Si
estuviera viéndome ahora mismo desde algún escenario paralelo a éste, temería de mí misma.
Ni siquiera me reconozco.
— ¡BASTA YA!—grita una voz grave y eficaz que congela a todo el mundo.
Incluso a mí. Todas se alejan, y me empujo a mí misma sentada sobe mi culo, sacando
todo el pelo de mi rostro. Me duele todo, es como si un camión acabara de pasarme por arriba
cien veces. Alguien lloriquea y sé que es la contrincante de Adela, que seguro se llevó la peor
parte de todas.
Avanzo hacia Ema cuando la veo, cerca de las puertas que dirigen a los pasillos del
baño. Trastabillo un poco, haciendo resonar muy fuerte mis tacos. Jorge me toma firmemente
del brazo y me zafo bruscamente.
Ufff. Como si me importara, fue sólo una pequeña paliza, no necesito la ayuda de nadie.
Menos que menos la suya. Que se pudra en el infierno, bien lejos de mí.
—Aléjate de mí—lo enfrento, parándome sobre mis pies, cara a cara, ignorando lo que
me hacen sus ojos dorados—. No vas a volver a tocarme. Andá con ellas para que te sigan
frotando, ugh.
Él me vuelve a cazar del brazo y me arrastra con cuidado más allá, lejos del bochinche
del centro del bar. Pasamos a una quieta Ema, con los ojos muy grandes, tratando de
orientarse. Apuesto a que está escuchando mi pelea con Jorge.
Bien. Para echarle más leña al fuego. Se me escapa una seca carcajada, cero rastros de
humor. Mi corazón no se está tomando muy bien esto.
—Claro que sí—canturreo agudamente—. Vos lo dijiste: soy tonta, superficial… y una
chiquilina inmadura— ¿no eran esas sus palabras? No importa, no es nada que otros no hayan
dicho antes. Estoy un poco mareada—. Ya entendí tu maldito punto, déjame en paz—tomo un
respiro que suena a una bocanada desesperada.
Antes de estallar en pedazos delante de todas estas personas, corro hacia Ema y la
engancho suavemente del brazo. La traigo conmigo arriba, luchando con mi dolor. He hecho un
espectáculo, y ahora no sólo estoy rota por dentro, sino también físicamente. Llegamos al altillo,
ignoro cada punzada que me provoca subir los escalones, y entramos. Ema se ve culpable y
afectada, una expresión triste en su rostro bonito. Está preocupada por mí. Sonrío, quitando
importancia para que se quede tranquila y paso directo al baño.
Me encierro allí, respirando con dificultad. No atiendo de inmediato mis heridas, y evito
el espejo. Sólo me dejo caer, sentada sobre la tapa del inodoro y me deshago. Las lágrimas, que
estuvieron insistiendo todo el día en el borde, ahora se dan el permiso para ser libres. Se
derraman por mis mejillas, las bañan, y no sé cómo frenarlas, así que las dejo fluir. Hasta
quedarme seca.
Y por eso me relajé y comencé a tomar. Mezclé todo tipo de bebidas y ahora estoy
sentada en una mesa viendo mi entorno tornarse doble. Y mientras metía todo ese alcohol en
mi sistema, fulminaba a Jorge con la vista, que permanecía enfurecido en un rincón, inquieto
porque no pudo acercarse a mí en lo que quedó de la noche. No se lo permití, le pedí a Adela que
no me dejara sola y ella así lo hizo. Lo que conlleva a que ahora sospecha que algo pasa entre él
y yo. Y no me interesa. Necesitaba un guardaespaldas y pensé que la chica dura sería la mejor
en ello, manteniéndolo a raya con un par de miraditas de advertencias.
Me hizo sentir mejor que él se viera así de afectado por no lograr su objetivo de
explicarme lo que sea que ronda en su cabeza. La verdad es que no es algo a lo que valga la
pena darle vueltas, él dijo toda esa mierda sobre mí porque en el fondo lo piensa. Fin de la
historia.
Me paro frente a ellos, intentando verme coherente. Fallo miserablemente, mis rodillas
se aflojan. Mi hermano me tiene en brazos antes de que quede despatarrada en el piso y me
levanta en el aire, cruzando un brazo bajo mis rodillas. No tengo energías para pelear o decir
algo inteligente, sólo apoyo la mejilla en su hombro y lo miro sin perderme ninguna de sus
facciones tan hermosas. Adela coloca algo sobre mí: mi abrigo. Y nos vamos, despidiendo a los
demás que se quedan, mi cuñada entre ellos porque pasará la noche con Ema en el altillo.
Nuestros cuerpos se pegan, yo dentro de las sábanas y él afuera, pasa su grueso brazo
tatuado bajo mi cabeza, permitiéndome descansar en él. Me acurruco en su calor y suspiro,
escondiendo el rostro en el hueco de su cuello. Se advierte rígido e incómodo, pero acepto la
sensación de tenerlo conmigo. Tan cerca. Y abrazándome.
Por fin.
Se mantiene fijo en el techo, podría estar actuando como muy impersonal, y de todos
modos absorbo lo que está intentando darme. Lo escucho atentamente, aun cuando me
encuentro en el borde. Me esfuerzo por no perderme nada de esto, conformándome con lo que
esté dispuesto a ceder.
—Es como si no hubiera más lugar en mi corazón para más gente…—sigue, su tono
apretado—. Lo poco que tenía, se lo di a ella… ¿Y cómo siquiera iba a pensar en regresar a casa
si ya no era el mismo? El viejo Santiago está muerto… esa es la verdad, Bianca. Tu hermano
mayor está muerto, él desapareció en algún momento y jamás lo recuperé. Nunca más volví a
ser el mismo. Soy otro… mi esencia es otra, mi mente es otra… incluso mi cuerpo es otro… Y
creé otra vida para esto que soy ahora. Me reinventé, lejos de todo lo que fui antes. No fue por
algo personal con ustedes… Fue por mí. Lo hice porque lo necesitaba. Y punto…
»No significa que no te quiera, ¿bien? Sólo… no quise imponerles a ustedes, ni a mamá,
alguien que ya no se sentía como parte de la familia… Los dejé atrás porque decidí que era lo
mejor para todos, no sólo para mí… ¿Entendés?
Asiento y al fin me mira a los ojos. Le sonrío, froto mi mejilla en su camiseta, con mi
mano le rozo el costado de la cara. Está bien. Elijo entenderlo. Elijo no presionarlo más. Me
ocuparé en conocer y comprender a su nuevo yo de ahora en adelante. No más planteos
dramáticos.
»Te amo.
JORGE
No puede ser que me esté pasando esto. Y que encima me importe.
¡Qué jodida tan oportuna! Carajo, me dolió su mirada destrozada. Me dolieron sus ojos
grandes y heridos. Y más me dolió que me mirara con odio después. Que me esquivara como si
fuera portador de alguna plaga. No me dejó la oportunidad de explicarme. Y sé que, en cierto
modo, no tengo excusas creíbles. Fui duro, soné odioso. Rabioso. Y puede que alguna vez haya
creído todo eso de ella, pero ahora definitivamente no. He aprendido a no juzgar por la portada.
Bianca es el ser más alegre, dulce y desinteresado que he conocido. La única que tengo la suerte
de conocer. Nunca me rodeé de gente así, y pensaba que no existían. Entonces ella apareció, me
sonrió y mi cabeza explotó. Lo que menos quería era lastimarla, odio cuando llora. Odio que se
sienta tan mal por algo que yo le hice. No soy bueno en esto, en todo lo que tenga que ver con el
trato adecuado a las mujeres.
Amé una vez, pero fue una extraña relación, nunca estuvimos juntos oficialmente. La
mantuve escondida, nunca aprendí a tratarla como se merecía. Siempre la estaba dejando al
amanecer, e incluso, a veces, no la veía por meses. Y era a causa del miedo lo que me hacía
actuar así. La conocí en mi peor momento, fue mi cable a tierra y también la fuente de mis
pesadillas. Porque no podía soportar la idea de que los viejos supieran de ella. ¿Y al quedarse
embarazada? Más aterrorizado estuve. La perdí de vista por meses y meses, hasta que volví y la
tuve frente a mí con un vientre redondo y abultado que la hacía verse más preciosa todavía. Y
tan sola. Cecilia siempre fue una chica solitaria, y yo la estaba volviendo una paria completa.
Se tomaba en serio todo lo que yo le decía, me hacía caso. Yo era como su religión. Estaba
consumida por mí. Y creo que por eso los viejos tardaron tanto en encontrarlos. Porque me
escuchaba cuando le decía que tuviera cuidado. Me quedé a su lado el resto del embarazo, yendo
todas las noches a sostenerla, a hacerle compañía. Porque era injusto que pasara por esa
experiencia sola. Y el bebé nació en lo que para mí fue un pestañeo y mis visitas se estiraron un
par de meses más. Hasta que la dejé. Para siempre. Y ella me permitió marchar. Sin trabas. Le
di todo lo que necesitaba a lo largo de los años para mantener a nuestro hijo y a su vez fue la
mejor madre que Tony podría haber tenido.
Entonces, ¿qué clase de tipo soy al ser capaz de hacer eso? No tengo idea sobre mujeres.
La mayoría que rondaban en mi vida eran putas que estaban dispuestas a aceptar un polvo de
una noche. No sé cómo tratar a un ser tan especial como Bianca. Y ya la he lastimado, sin
siquiera llegar a conocernos mejor. Estoy seguro de que ahora no quiere saber nada de mí.
¿En qué te afecta? Sabes que así las cosas serán mucho mejor.
Exacto. Dejar que permanezca lejos de mí, odiándome, es lo mejor después de todo. No
tengo nada para darle a alguien como ella. De hecho no hay nada en mí para nadie. Salvo para
mi hijo. Ahora él es el centro de mi universo.
Una vez que dejo a Tony irse con León hacia el jardín del pueblo camino en dirección a
las cabañas, ahogándome con el cigarro en mis manos. La adrenalina va subiendo con cada
paso y mi sangre se desvive por un poco de acción. Curvo mis puños al llegar a la segunda
edificación, hermosa toda de madera que combina tanto con este paisaje, y aporreo la puerta.
Ese hijo de puta me va a escuchar. Pedazo de podrida mierda. Es mi culpa, me hago cargo, pero
a esto lo comenzó él.
Lucre abre y se asoma, sus ojos y boca sobresalen con sorpresa. Sí, es la puta primera
vez que me acerco a ellos por mi cuenta.
— ¿Está Max?—escupo.
No tengo ganas de ser amable hoy. Ella se ruboriza con cautela y asiente. No le gusta
nada mi forma de llamar a su puerta, sin embargo, me permite entrar. Se retira para darle la
bienvenida al lobo feroz que quiere romperle la cara a su hombre. Doy un paso dentro y miro en
todas direcciones, tomando nota de que ninguno de los peques esté cerca. No me meto con
bebés.
Jodeme que está lavando los platos el malnacido. No, en realidad está sentado,
despatarrado en una silla con una expresión de pura felicidad cuando me ve y salta, su
semblante volviéndose desconfiado. Sí, tiene motivos para desconfiar de mí. En un único
movimiento hacia él y le planto el puño a un costado de la cara, se queja y tambalea atrás, casi
directo al suelo. Lucre chilla a mi espalda, tapándose la boca, afectada. Sujeto al tonto por el
frente de su chaleco y lo sacudo.
— ¿Querés conocerme?—le aúllo en la cara, él me mira con el ceño fruncido, sus ojos
volviéndose peligrosos.
Soy más grande que el pequeño Maximiliano, puedo revolcarlo por todo el lodo si
quisiera.
Lo siento en la silla nuevamente, haciéndola traquetear, la cosa amenaza con ceder bajo
su peso. Intenta salir pero saco mi navaja, descubro la hoja filosa y la apoyo en su garganta.
No está asustada, sólo molesta porque tengo a su amado Max bajo amenaza.
Ella se queda de pie en un rincón, de brazos cruzados, mientras Max me da una mirada
llena de deseos homicidas. Su pómulo se está hinchando y la vista me llena de una insana
satisfacción.
—Tenía quince cuando maté por primera vez—digo, guardando el arma en el bolsillo y
sentándome frente a él, como si ésta fuera mi casa—. Era un vagabundo que dormía en nuestro
porche. Rober me levantó una mañana muy temprano y me arrastró hacia él. Me ordenó que le
disparara en la cabeza…
»Me negué. Dije que no. Y él anunció que, incluso vos, con jodidos doce años sabrías
recibir sus órdenes y hacer todo lo que él quería. No lo miré a la cara, me fui. Le di la espalda.
Porque a mi manera de ver, era sólo un pobre tipo durmiendo bajo un techo. No molestaba, no
era ningún traidor, ningún espía. A mis ojos era sólo un zaparrastroso que no tenía a donde ir.
Me fui y allí comenzó su odio hacia mí. Y volcó su atención enteramente sobre su pequeño bebé
con verdadera sangre Medina. Su Maximiliano.
Max se estremece porque odia la manera en la que supone que fue concebido. Y no voy a
confirmárselo nunca. Tiene razón, papá violó a su propia hermana, pero él no tiene que saberlo.
Con que sospeche ya alcanza. Yo tampoco querría que me lo aseguraran.
»Luego resulta que el croto le robó algo, entró en su habitación y se llevó algunas cosas.
Y, por supuesto, yo tuve la maldita culpa por creer que era inofensivo. Así que fue a buscarme y
me partió la cabeza con un fierro, me desmayé y desperté colgado boca abajo del techo. Me usó de
saco de boxeo durante toda la puta tarde, por supuesto, cuidándose de no matarme. Me
necesitaba, al igual que a Jesús. Después me envió a buscar al tipo y llevarlo hacia él. Lo hice,
no fue difícil encontrarlo y cuando lo tuve allí para su inhumano disfrute, me ordenó que lo
matara. Si yo no le hacía caso me tendría sin comer un mes, y de paso me seguiría usando para
descargar su rabia contra el mundo. Además, te pondría antes en la lista que a mí. Ya no
tendría mis privilegios, porque se los daría a su precioso hijo menor Max…—suspiro, y me froto
los ojos, frustrado—. Lo hice, le di un certero tiro en la cabeza al pobre linyera y le mostré la
espalda a papá. Me alejé de él, pero nunca olvidé sus palabras. Y la manera en la que me había
mentido, porque al final de todo, siempre fuiste su referido. Jesús y yo sólo éramos unas sucias
extensiones a las cuales usar cuando le convenía…
»No me quería para sucederlo algún día en la presidencia. O al menos ser su mano
derecha. Sólo me necesitaba para que me ensuciara las manos a cualquier precio, mientras te
preparaba y entrenaba para ser el gran rey… Mientras se regodeaba de tus agallas y buena
puntería con los cuchillos… Mientras tu inteligencia superaba la de cualquier otro infeliz del
clan…
Salgo de la silla, parándome frente a él en toda mi gloria. Aprieto los dientes hasta que
mi mandíbula se queja y resuena. Trago mi rabia, que parece haber crecido el triple de su
tamaño entre mis costillas. Lo tengo acá, justo cara a cara y quiero retorcerle el pescuezo. Y me
refreno porque el odio por él ya no me gobierna, y tengo mejores cosas que hacer.
No puede ni mirarme a los ojos, mantiene la cabeza baja, su semblante poniéndose rojo
de rabia. No me enfrenta ni una sola vez. Niego para mí mismo. No tiene la culpa, me digo por
dentro. Nada de esta mierda es su culpa. Pero a mi sistema todavía le cuesta entenderlo,
aceptarlo por lo que es. Lo sigo odiando. Sigo pensando que es el gusano que me jodió la vida al
nacer. Mi mente sigue creyendo que es mi desgracia.
Retrocedo media vuelta y salgo. Los dejo allí, obviando el hecho de que son la única
familia que me queda. Sangre de mi sangre. Y todavía no puedo apreciarlos. Ni amarlos. Nada.
Tal vez nunca suceda. A mi forma de ver siguen siendo invisibles.
BIANCA
La resaca me ha durado dos días, y recién ahora, en la tarde del segundo, puedo decir
que estoy del todo recuperada. No he salido afuera desde que Santiago me trajo a mi habitación
y se quedó hasta que me dormí. Estoy de un humor renovado, lo que no es raro en mí, porque no
me sale eso de ser sombría por mucho tiempo. Aunque nuestro mutuo entendimiento entre
hermanos ha logrado un milagro conmigo, debo aclarar.
Me lo he pasado tomando aspirinas para el dolor, tanto el de mi cabeza como el del resto
de mi cuerpo, a causa de la paliza que me dieron las putas. Por suerte, León aprobó que no las
dejaran entrar al recinto nunca más, algo que todas las chicas festejaron. Incluso la siempre
callada Francesca. Los hombres son una historia aparte, se vieron un poco molestos, pero aquí
la palabra del líder es la única que vale y ellos tendrán que buscar compañía femenina en otro
lado.
Ya he almorzado algo rápido y ahora estoy preparándome para mirar alguna serie que
me haya quedado pendiente de la semana pasada. Después, tengo pensado quedarme acostada
y leer alguna novela que traje en la valija y nunca saqué desde que llegué. Estos días es
preferible quedarme tranquila y recuperar energías. Además, Ema está muy ocupada pasando
el rato en el departamento de Alex. Si pasar el rato es una buena forma de referirse a ello.
Adela duerme hasta muy tarde y las otras mujeres tienen familias que atender. Estoy sola, y
aprovecho este tiempo al máximo. Siempre fui experta en llevarme bien conmigo misma.
Tiro un puñado de granos en la olla caliente y le coloco la tapa, esperando el
chisporroteo que indica que comienzan a saltar, convirtiéndose en deliciosas palomitas de maíz.
Amo el ruidito y el aroma, y ya tengo listo el caramelo para echárselo encima cuando estén
listos. Esto es vida. ¿Comer dulces todo el día? Pues, claro. Soy la reina de las golosinas. Tengo
la leve sospecha de que el chocolate es el que me mantiene activa, se dice que mejora el estado
de ánimo. Y yo siempre tengo a mano una tableta. Mi receta para siempre estar burbujeante y
contenta.
Decido que tengo muchas ganas de reír, entonces elijo darme una maratón de Friends.
Me siento de chinito en la cama, con el enorme tupper redondo lleno de pochoclos abrazado al
pecho y me quedo embobada con mi grupo de amigos favoritos. Mi habitación es un caos de
diversión, entre mis risitas y el ruido molesto que hago al masticar. Estoy en mi salsa. Esto es
lo mío.
Jorge está ahí. Su oh-tan célebre ceño fruncido en un cuadro clarísimo hacia mí. ¡¿Qué se
cree?!
Me levanto de la cama, quedándome de pie junto a ella, como una tensa estaca clavada
en el suelo. Está viéndome con mi mini camisón de gatitos y mis gafas violetas. Mi pelo
desordenado en una cola alta y con la boca llena de pochoclos. Estoy respirando con dificultad y
ni siquiera puedo tragar lo que está inflando mis cachetes. Lo fulmino con los ojos mientras
sigue insistiendo, golpeteando el vidrio. Mastico y lo veo perder la paciencia, con sus ojos
dorados entrecerrados en mi dirección. Al fin trago la pasta de palomitas y me activo,
caminando hacia la ventana. Le sonrío, falsa, mientras me demoro bastante en bailar e
inventar algunos pasos de baile, sabiendo que se está volviendo loco, desesperado para que le
abra la maldita ventana. ¿Qué quiere? Pensé que este tipo tenía un orgullo igual de imponente
que su imagen y dejaría el asunto atrás. Pero parece que se ha tragado las reservas y se
arriesgó a aparecer para rogarme.
Cierra los ojos con clara frustración al ver que me tardo mucho en avanzar hacia él.
Giro, muevo las caderas, y hago el movimiento de empuje con las manos. Entonces la canción
termina y la página sigue reproduciendo Sorry de Justin Bieber. Sonrío como el Gato de
Cheshire. Qué oportuno. Modulo la letra mientras me acerco. Sí señor, es muy tarde para pedir
perdón. La canción no combina nada con este hombre. Eso me da más risa. Al fin llego a la
ventana y él se tensa con anticipación. Le dedico mi mejor mirada angelical y su semblante se
ablanda un poco. Cree que voy a abrirle y darle el gusto. Alzo las cejas con desafío.
Jorge salta la ventana como si no estuviera haciendo nada malo. ¡Está usurpando la
habitación de una señorita! Pestañeo para corroborar que no es un sueño. Sí, definitivamente se
acaba de meter en mi habitación, saltando la maldita ventana. Y camina hacia mí como un
lento felino a punto de atacar.
Me da una media sonrisa llena de autocomplacencia. ¿De verdad está actuando como si
no le importara nada? Él me insultó días atrás. Dijo cosas horribles de mí.
¡No tiene ningún derecho! ¿Cómo tiene la cara de colarse en mi dormitorio? No puede
ser posible. Y a todo esto, ¿dónde se ha dejado el entrecejo arrugado y la amargura en los ojos?
¿En el vano de la ventana?
—No voy a irme, primero vamos a hablar—ordena, como si fuera el rey del universo—.
Sentate justo ahí, y escúchame…—señala el final de la cama.
Me adelanto hacia él y le lanzo las palomitas en la cara, sólo porque soy una chiquilina
dramática. Y como la frutilla del postre le doy una fuerte cachetada en la mejilla afeitada. De
las que pican. Tanto, que tengo que frotar mi palma en la tela del camisón.
— ¿Terminaste?—pregunta, carraspeando.
Resoplo, ahora se ha ido toda mi falta de formalidad. Me cae muy mal que me diga que
fueron mentiras cuando los dos sabemos que no es así.
—No, no fueron mentiras—arrojo, cortante—. Sé que no, sonó muy real… muy
verdadero.
—Me dijiste que tu hermano no debía enterarse de lo que pasó entre nosotros—
murmura, esperando alguna reacción de mi parte—. Y te prometí que nada de eso pasaría.
Entonces Max apareció de la nada esa noche y comenzó a interrogarme… lo primero que dijo
fue tu nombre. ¿Cómo crees que reaccioné? Perdí la cabeza porque no me gustó su tono, me
estaba apretando. Tanteándome. Porque sospechaba—resopla, tomando aire inmediatamente—
. Supongo que he sido más evidente de lo que creí cada vez que te miraba…
—Bianca…—ains, ¿por qué me gusta tanto cuando dice mi nombre en ese tono?—.
Realmente necesito que me perdones…
Trago.
—Pero realmente no me conoces… ¿cómo es que has dejado de creer todo eso de mí?
—Créeme que he visto lo suficiente como para cambiar de opinión, no tardé mucho en
comprobar que estaba muy equivocado—responde, seguro y siempre mirándome a los ojos.
Es sincero. O al menos suena así. Y por dentro ya me muero por perdonarlo. Pero…
¿realmente puedo hacerlo tan rápido? ¿Así como así? Quiero ser más dura que esto. Me remojo
los labios, nerviosa y me miro las manos por un minuto. Pensando. Después de su discurso
tengo que esforzarme mucho en no aceptar sus disculpas.
Me paro allí y se gira hacia mí. Él afuera, yo dentro. Nos miramos por unos cuantos
segundos, entonces se inclina. Desciende la cabeza como un halcón y toma mis labios con los
dientes. Se me escapa un suspiro y aprovecha el instante para colar la lengua en mi interior. No
puedo acallar el gemido que sale de lo profundo de mí, a medida que ahonda el beso. No es
suave, nada de lo que él hace lo es. Debería saberlo a estas alturas. Me retiene pegada a él con
su enorme mano anclada en mi nuca. Toma mi boca. Hace lo que quiere con ella y no tengo la
fuerza para ponerme firme y resistirme. Me saborea entrañablemente y succiona mi lengua,
luego va por mis labios.
JORGE
Me levanté esta mañana con una agradable sensación bajo las plantas de mis pies. Supe
que sería un buen día. Y desde hace tiempo estaba necesitando uno de esos. Ya ni me acordaba
lo que se sentían. No estaba equivocado, pienso, mientras me alejo después de comerle la boca a
esa hermosa y dulce muñeca de ojos azules y piernas largas, luciendo un camisón de gatitos
nerds y unas gafas de montura violeta. Que, por cierto, han quedado torcidas precariamente
sobre su nariz, cerca de caer, luego de mi asalto. Me gusta la expresión congelada en su cara al
tiempo que me ve irme, dejándola sola como me pidió. Por supuesto iba a respetar su solicitud,
no sin antes demostrarle al menos una pizca de lo que habría pasado si me hubiese dejado
quedarme en su habitación un ratito más.
Sólo para verla inclinada sobre el suelo mostrándome un primer plano de su culo, sólo
siendo cubierto y dividido por una tanga de lo más estrecha. Estaba casi desnuda bajo ese
camisón minúsculo. Quise avanzar hacia ella, pegarme a su parte trasera y obligarla a gritar
mi nombre una y otra, y otra vez. La maldita ponía mi cabeza, y otras partes, a bullir. Tuve que
reorientarme varias veces, recordándome la intención por la que fui allí, en principal. Y
doblarla para domarla no era ni de cerca una opción. ¡Mírenme, tratando de ser respetable!
Tengo que reconocer que me tomé muy en serio el asunto de conseguir su perdón,
porque lo quería. Incluso hasta lo necesitaba, porque no podía sacarme de la mente sus ojos
dolidos luego de escucharme decir toda esa basura sobre ella. Y al mismo tiempo quería romper
la distancia que me cuidé de mantener, porque sabía que Bianca la necesitaba. Quería ver de
cerca sus heridas, reconfortarla, hacerla sentir mejor. Pero ella sabía hacer todo eso para sí
misma sin ayuda de nadie, tenía todo controlado. Esa certeza me llenó de un orgullo nuevo. Por
ella. Por su fuerza y convicción.
Ni siquiera esa duda borra mi sonrisa socarrona, porque todavía tengo su sabor
impregnado en la lengua. Y no puedo dejar de pensar en que quiero más. La quiero toda.
Necesito volver a tenerla. Y no importa si caigo en un pozo sin fin, seguro acaba siendo
sensacional. Como lo fue tenerla debajo de mí en el bosque, provocándole gritos de abandono a
causa del placer.
Me dirijo a casa, siempre cuidando de que nadie me haya visto colarme en su cuarto.
Los vigilantes de León se camuflan bien, aunque no hay nadie alrededor por estas horas. Entro
y me dejo caer en el minúsculo sofá, abriendo la ventana para no llenar de humo el cuarto.
Estoy ansioso, preciso volver a llamar a Esteban. No sólo porque quiero saber todo lo que pasa
de su lado, sino que también temo por su seguridad. Y llamarlo a cada rato le podría traer
graves problemas, debo refrenarme de hacer alguna estupidez. Es que estar acá, a resguardo,
pasando los días tras otros sin hacer una puta mierda me hacen sentir como el peor inútil del
mundo. Y mi mente no quiere detenerse. Necesito acción, incluso en mi cabeza, y ni siquiera
tengo una pisca de información para, aunque sea, comenzar a meditar planes. A este ritmo
siento que la venganza será dentro de una eternidad.
Le levanto la mano a uno de los Leones que lo acompañó de regreso desde la cabaña de
León. Me acomodo con los codos en las rodillas y llamo a mi hijo, para que se acerque a mí. Lo
hace y me ocupo en aflojarle el abrigo y quitarlo. Le despeino el pelo lacio castaño con mechones
dorados y lo miro a los ojos. Nadie puede negar que sea mío, tiene exactamente mí mismo color
de ojos y cabello. Sus facciones se parecen mucho a las mías cuando fui niño. Pero también tiene
muchísimo de su madre. La nariz, el gesto de la boca y la sonrisa angelical. El brillo en la
mirada cuando algo le llama la atención. Y su personalidad, espero que la saque de ella a final
de todo.
Asiente, fijándose en alguna cosa en la pared detrás de mí. Tengo muchas ganas de
preguntarle si extraña a su madre, y sé bien que no es una buena idea. Supongo que cuando
crezca y entienda mejor las cosas podremos sacar el tema. Ahora, ¿cómo le explico? Cuando lo
encontré estaba en el sótano bajo la alfombra. Cecilia lo había metido allí, escondiéndolo de los
viejos. Ella sabía que tarde o temprano vendrían por Tony. Yo le había advertido sobre esa
posibilidad. Y también prometí que nada les pasaría, porque me encargaría de cuidarlos bien. Y
mis hombres, los que se encargaban de protegerlos cuando yo estaba lejos, se vendieron.
Dejaron que las viejas Serpientes se metieran en la pequeña casita de barrio y fueran a por mi
familia. Los desprotegieron, se cagaron en mí y se unieron al enemigo. Dejaron que una
inocente mujer fuera brutalmente asesinada. Todavía no me atrevo a dejar entrar la imagen, y
el pensamiento de lo que ella tuvo que vivir en los últimos minutos de su vida. Lo que sintió, y
lo último que vio.
Me aclaro la garganta.
Asiente de nuevo. Me gustaría que fuera más hablador conmigo, como lo es con los
demás. ¿Qué puedo hacer para ganarme su confianza? Para que no sólo me busque cuando baja
la guardia. Para que sepa que estaré siempre que me necesite. Esto me está superando. Me
levanto y voy a ver qué puedo darle de merienda. Hay pan y mermelada. Supongo que puede
funcionar. Con una buena taza de leche. Me siento frente a él mientras come y le doy charla,
aunque sólo responde con monosílabos o gestos con la cabeza. Es imposible abrirlo. Y es
imposible abrirme. Somos iguales. Estoy empezando a frustrarme.
Y a tener miedo de que nunca logre quererme. De que nuestra relación no prospere ni
funcione.
Lo vuelvo a abrigar cuando quiere volver a salir, tan inquieto como siempre. Toma su
moto, la que los Leones fabricaron para él, y sale al patio que une los departamentos a jugar.
Solo. Me siento en el suelo a verlo, fumando. Últimamente estoy metiendo mucho humo en mis
pulmones, y aun sabiéndolo no me puedo calmar. Necesito uno a cada rato. Jodida porquería.
Una puerta suena en frente, al final del complejo y allí veo a Bianca saliendo. Lleva un
vaquero y las famosas zapatillas doradas, combinando con un abrigo grueso. Tony justo está
yendo hacia ella, creando el sonido de la moto con la boca. La chica lo obliga a frenar y se
agacha para mirarlo a la cara. Le pide un beso, y el pequeño que no es nada tonto, ni siquiera
duda al besar su mejilla. Bianca lo festeja como si fuera lo mejor del mundo recibirlo. Ni
siquiera soy consciente de que me encuentro sonriendo, mientras ella le barre el flequillo fuera
de los ojos. Tony sigue camino y ella arranca hacia el otro lado, en dirección a las escaleras que
llevan a los apartamentos de arriba.
Bianca se frena, las manos en los bolsillos y me mira. Su rostro en blanco, no me deja
ver qué hay en su cabeza y es raro. Ella suele ser muy transparente.
—Ya tuviste el tuyo hace un rato—dice secamente, como si no le hubiese gustado lo que
le hice a su boca con mi lengua.
Sonrío de lado, entrecerrando los ojos, logrando que se ruborice. Me pongo de pie sin
esfuerzo y la persigo. Eso es todo de lo que se ha tratado mi vida las últimas setenta y dos
horas. Perseguirla. Se está volviendo interesante, debo confesar. Se queda plantada allí de pie,
viéndome acercarme y no me engaña, lo único que quiere es salir corriendo en la dirección
contraria. Así de nerviosa la pongo.
Me rio. No me engaña.
—Lo romántico es aburrido—me acerco más, rondándola—. Y los dos sabemos que
ahora mismo lo estás deseando…
La tomo del mentón, obligándola a enfrentarme, antes de que salga disparada lejos.
La dejo ir y giro para volver sobre mis pasos. Ella retoma su camino en dirección al
departamento del Perro, un poco tambaleante y sofocada. Estoy seguro de que se la pasará
pensando en lo último que le dije. ¿Será verdad? ¿Será mentira?
Incluso sé que puedo confiar en ella y soltarle de una sola vez lo que vengo acumulando
a causa de cierto hombre de peligrosos ojos dorados que ha cambiado su actitud sombría,
pasando a ser un arrogante y desvergonzado que parece estar muy interesado en volverme loca.
Pero cada vez que estoy a punto de vomitarlo todo, algo me refrena. Quizás es miedo.
Miedo a que sólo esté jugando, y yo no le interese en realidad. Miedo a que todo esté en
mi cabeza. Miedo a perder para siempre a mi hermano. O, tal vez, sólo temor a que Jorge
Medina sea mucho con lo que lidiar para una chica tan débil como yo. Quizás darle la
bienvenida a mi vida, a mi cama, simbolice a terminar rota para siempre. Más rota de lo que
estoy. Hay muchos factores que me empujan para atrás, obligándome a retroceder. No obstante,
también es cierto que existen muchos otros que me inclinan en su dirección. Me vuelve loca de
las mejores formas. Altera mis sentidos en el buen nombre. Me siento viva cuando ronda cerca y
mucho más cuando me toca. Mi mente, siempre hecha un caos, se adormece junto a él, y lo
único que me importa en ese momento es sentirlo. Es verdad que, racionalmente, él significa
una amenaza. Pero, tal vez, para mi cuerpo sea todo lo contrario. ¿Para mi corazón? Es muy
pronto para decidir.
Alex viene cerca de la tardecita y preparo café para todos mientras Ema intenta
comunicarse con una vieja amiga suya. Paso el rato con ellos hasta que llega la hora de cenar y
decido volver. Tengo que pensar lo que voy a cocinar para la cena, ya que me estoy tomando un
descanso del bar, y pienso irme a dormir temprano esta noche. Será mejor cocinar algo rico.
Espero encontrar algunas verduras en la heladera para hacer una tarta.
Entro ya sabiendo de ante mano que no hay nadie y dejo el abrigo olvidado por ahí,
dirigiéndome a la cocina. Antes de empezar lo que sea coloco mi cd de éxitos en el equipo de
música. Lo primero es lo primero y yo no funciono sin ritmo. Y estoy toda romántica, así que
comienza a rodar Savage Garden con Truly Madly Deeply. Buena opción. Abro la heladera y
comienzo a trabajar, pensando en que una vez que tenga lista la cena podría llevarles sus
porciones a los chicos al bar. No me gusta que se salteen las cenas. Mamá Bianca cuidando a
sus polluelos. Debo hacerme cargo de mi vena hospitalaria, me preocupo por la gente quiero. Si
no lo hiciera no sería yo. La lista de reproducción cambia a los Backstreet Boys y canto I Want It
That Way en voz alta. Hay algo en cocinar con compañía musical, me libera del estrés. Me
vuelve despreocupada y me olvido de todas las cosas que molestan en mi cabeza.
Estiro la masa y armo la tarta para meterla al horno por cuarenta minutos. Mientras
espero, corro a mi habitación, me desvisto para la ducha caliente y me pierdo en el baño. Me
ocupo por tardar lo mínimo para cuidar de la cena. En mi mundo no está permitido que se
queme. Salgo del cuarto lleno de vapor y me interno en mi dormitorio para conseguir alguna
muda de ropa Me coloco mi pijama de invierno, que me queda bastante holgado, y es calentito,
para cuando tenga que ir al bar a dejar el resto de la cena que me sobre. Me seco el pelo y lo ato
en la cima con un rodete desprolijo y corro a abrir el horno. Justo a tiempo. Quito el recipiente y
lo dejo enfriar sobre la mesada, mientras consigo un plato para mí.
—Hola, bebé—dice ella con la vocecita dulce que sólo usa con sus hijos.
Ella se ríe, y la oigo remover papeles. Lo que indica que todavía está en sus oficinas.
Esa mujer debería tomarse un descanso muy largo. Creo que nunca se permite vacaciones
porque eso daría lugar a pensar demasiado. Siempre tengo la sensación de que Candelaria
siempre evita el tiempo libre porque eso le haría deprimirse. Es su forma de lidiar con la
mierda que ha pasado en nuestra familia.
—Hay mucho para ver, sí—concuerda—. Trae muchas fotos para compartir con
nosotros. Disfruta por mí, nena, estoy atascada de trabajo, ni siquiera puedo darme el lujo de
una escapadita—sonríe y teclea en la computadora—. Quería escuchar tu voz, saber que estás
bien, ¿eh?
Pestañeo ante el sonido tierno en su tono, y los ojos se me aguan un poco. Pocas veces
ella me ha dicho algo tan bonito.
—Siento que no he sido una buena mamá estos últimos años—sigue, y ya no hay ruidos
de actividad extra de su lado de la línea—. Ahora, que decidiste salir a recorrer el mundo, me
doy cuenta de que haces mucha falta por acá… tu risa es lo que más extraño.
Trago.
—Mamá…—suspiro
—Sí, lo siento. Me puse algo intensa—rie y sorbe por la nariz, y yo sé que no es capaz de
llorar, la última vez que lo hizo fue cuando papá prometió que jamás volvería a ver a su hijo
mayor—. No he sido justa con vos y tu hermano, y ahora que ha pasado tiempo y están grandes
y volando alto por sí solos, me doy cuenta de ciertas cosas… Y también noto que cuando no
estás, la rutina es infinitamente más dura y vacía. Lo haces todo más fácil, chiquita… Te
extraño.
Las líneas de las baldosas bajo mis pies se desdibujan y no tengo idea de qué responder
a ese profundo ataque de sinceridad. ¿Dónde se llevaron a la verdadera Candelaria?
Me quedo allí recuperándome, y ni siquiera un rato después logro deducir lo que poseyó
a mamá para llamarme y decir todas esas cosas. Entonces me paro de golpe y corro hacia el
almanaque. Y allí lo descubro. Ocho años. Ocho años desde que “enterramos” a Santiago. Es
muchísimo tiempo. Una eternidad para una madre desesperada. Y ella nos necesita ahora. Por
eso me llamó. Oh, Dios. Estoy tan perdida en este lugar, ni siquiera soy consciente del día en el
que vivo. No estoy pendiente de ninguna fecha. Y en esta ocasión se me acaba de olvidar lo
terriblemente mal que estábamos hace ocho años justos. Ese fue el día que mi familia se vino
abajo, desmoronándose a pedazos.
Sujeto mi celular y tecleo un mensaje de texto: “¿Vas con mamá?”. Nacho me responde
de inmediato. “Casi llegando. Voy a arrastrarla fuera de esas oficinas”. Asiento, él siempre un
paso delante de los demás. “Cuídala bien, ¿está bien?” le escribo. Espero la respuesta y llega un
momento después: “Siempre”. Sonrío, mi corazón latiendo rápido. “Te quiero”, envío. El aparato
vibra y leo: “¿Y quién no? Soy irresistible”. Pongo los ojos en blanco, levantándome de mi
asiento. Enseguida recibo otro mensaje: “Te quiero, también”.
Así está mejor, sonrío, y me abrigo para llevarle la cena a los tortolitos.
***
Me meto en el cuarto de baño para asearme antes de ir a la cama. Mientras me cepillo
los dientes observo mis morados y los rasguños que ya son simples costras a punto de caer.
Igual que los arañazos de la espalda. Aunque esas son mucho más profundas. La suerte es que
ya no escuecen cuando duermo boca arriba. Acabo y apago la luz, me encierro en mi dormitorio
y me cambio el pijama de invierno por mi camisón de gatitos, ya que es mucho más cómodo. Me
recuesto en la cama, aun pensando en mamá y las ganas que tuve de decirle a Santiago que
hablé con ella, sólo para leer su reacción. No le dije nada, porque no soportaría que él se lo
tomara con frialdad. Conmigo puede ser todo lo insensible que quiera, pero no con ella. Una
madre es una madre. Y si Santiago ya no siente nada por la nuestra, significa que debería
darme por vencida definitivamente. Me niego a hacerlo tan rápido, y tampoco me quiero ir de
este lugar.
Estoy enamorándome de todo lo que rodea este sitio. La gente, el paisaje, el sentimiento
de que en este lugar puedes encontrar mucho más que paz. No, no estoy lista para irme.
Ésta vez es más intenso, con todas las sombras acosándome con insistencia, y mis ojos
lagrimeando porque apenas puedo pestañear. Son cuatro y se inclinan sobre mí diciendo mi
nombre, insistiendo en tocarme. No soporto que me toquen. No me gusta no poder ver sus
rostros. Y que sus sonrisas jueguen con mi cabeza. El sudor es una capa gruesa a medida que
los minutos se suceden y sigo sin poder moverme. Mi cuerpo completamente dormido, inmóvil,
no siente absolutamente nada. Y mi corazón se enfurece ante el nivel de desesperación, un
gemido ronco abandona mi garganta. Los tambores llenan mis oídos, son insistentes y rápidos
Tampoco puedo llenar mis pulmones, algo pesado aprieta mi torso, y la mano que yace muerta
sobre mi estómago también lo siente. La sensación de que voy a morir aumenta, hasta que los
dedos de mis pies reaccionan y comienzo a salir, poco a poco.
“No permitas que el pánico te gobierne”, me repito. “Ya se fue, ya pasó”. Indudablemente,
la parálisis se va por completo. Y ahora sólo me queda luchar contra el ataque a los nervios, los
efectos residuales que deja el sentimiento de estar en peligro. Justo en el borde, a punto de caer
al vacío. El miedo. Los temblores. La sensación de que acabo de ser presa de la peor de las
pesadillas. Salgo de la cama, me paro sobre mis pies y me concentro en sentir mi cuerpo.
Entero. Después corro al lavabo para refrescarme la cara. Y a la cocina, por un trago de agua
que venza la sequedad en mi boca. Miro el reloj: la una de la madrugada. Dormí un par de
horas. Sólo eso.
¿Y ahora no podré seguir mi sueño por el resto de la noche? No, no voy a dejar que esto
me afecte tanto como para desvelarme por completo. Regresaré a la cama, ya. Enfilo por el
pasillo, entro en mi habitación y cierro la puerta. Giro y se me escapa un alarido, apretándome
contra la madera.
Jorge está ahí, de pie en medio de todo. Sus ojos mirándome a través de la suave luz del
velador.
Me llevo una mano al pecho, masajeándome. Esto es demasiado para tomar en una sola
noche. ¿Acaso no querías que viniera? ¡Dejaste la persiana abierta! Es verdad, deseaba que
viniera. Y acá está, glorioso, ocupando casi todo el espacio con su presencia tan poderosa. Es
enigmático. Por un momento, no nos movemos, ni hablamos. Su mirada es la única que sube y
baja, tomando nota de mi cuerpo.
Trago saliva porque al fin da un paso hacia mí. Y luego otro. Y otro. Hasta que me tiene
arrinconada contra la puerta.
—Si así lo preferís, puedo irme—murmura, su tono ronco erizando cada poro de mi
piel—.Pero si permitís que me quede, te prometo que no te vas a arrepentir…
Está inclinado sobre mí, ya bebiendo mi aliento acelerado. Calor puebla mi sistema en
un segundo, me transformo en mantequilla derretida escuchando su respiración. Sintiéndola
golpear en mi mejilla. No sé cómo me las arreglo para dedicarle un simple gesto con la cabeza.
No hay más demora porque no necesita más que sólo eso, se dobla y toma mis labios. Y esta vez
es un poco más suave, sólo al principio. Porque agarra mi nuca con firmeza y me separa de la
puerta, apretándose contra él. Siento cada ángulo duro de su cuerpo fibroso chocar contra el
mío, más blando, débil y pequeño.
Se mueve, me lleva y lo dejo, como fluyendo entre olas de mar. Me suelta el pelo, cae en
cascadas por mi espalda, y la mano en mi nuca forma un puño para tomar algunos mechones.
Me olvido de mi ataque, del pánico, de la molestia porque no iba a poder dormir por el resto de
la noche. El desvelo ahora ha tomado otro significado. Uno mucho mejor, más favorable. Más
intenso y abrazador.
Abro la boca y le doy permiso para entrar, y su lengua se hunde en mis profundidades.
Él ni siquiera tantea si le gusta lo que está a punto de llevarse, sólo lo toma todo. Se adueña de
mis rincones, y me deja sin nada más que la disposición al abandono. Incluso raspa con sus
dientes para no dejar absolutamente nada. Soy débil, me dejo arrastrar y por eso mis piernas
ceden bajo mi peso, y Jorge me sujeta. Me eleva y empuja a la cama.
Me deja allí, esforzándome por respirar mientras se quita la ropa. Ya me tiene jadeando
incluso antes de ver la verdadera extensión de piel. Trago cuando al fin cae su camiseta y puedo
ver el torso grueso y lleno de relieves y tatuajes. Sus abdominales marcados a fuego, sus
pectorales voluminosos. Sus bíceps y las venas gruesas de sus antebrazos. Uno cubierto por una
serpiente rodeándolo, el otro con varios dibujos que no se leen bien desde mi posición. No se
dirige al frente de sus vaqueros, baja sobre mí y apenas me doy cuenta cuando desliza mi ropa
interior por mis piernas. Y luego se deshace de mi camisón. Ahora estoy completamente
desnuda en la cama y me excita que él me mire con esa hambre en los ojos. No siento ni una
pizca de vergüenza. Inclina la cabeza a un lado y, mientras se relame los labios y pone una
nueva mirada llena de promesas sucias, se desabrocha los pantalones. Sin ningún pudor los
deja caer al suelo. Tengo que esforzarme en mantener mis ojos dentro de las cuencas porque
realmente es… admirable. E impresionante. Y, mierda santa, con razón dolió tanto la primera
vez. Es grande. Es glorioso. Y lo quiero ya.
—Un poco…
Obviamente tenía que ser bastante engreído. ¿Y quién no lo sería con ese lomo? Clava
las rodillas en la cama y traquetea un poco. Ups, creo que no fue hecha para los dos. A él no
parece interesarle, me abre las piernas y no puedo quitar mis ojos de su tieso miembro
levantando cabeza entre los dos. Creo que me va a dar un infarto.
Da un tirón a mis rodillas para acercarme más a él, y acabo acostada sobre mi espalda,
mis piernas dobladas sobre mi estómago y pecho. Su cabeza baja a mi entrepierna, lame. Y
tengo que sujetarme de algo porque me sobre viene una sensación muy parecida a la caída
libre. Y grito. Primero, aguda y brevemente. La segunda vez es un alarido largo y henchido de
goce, porque interna su lengua entre mis paredes. Es directo, sin vueltas, abre la boca y devora
lo que quiere, sin preámbulos, sin permisos. De tal manera que mi carne se sobre-sensibiliza
muy rápido. Mis terminaciones nerviosas se extenúan. Y advierto que puedo llegar al orgasmo
con un toque más de su experimentada lengua. Allí se detiene, como si leyera mis
pensamientos, dejándome con la boca abierta y a punto de quejarme.
— ¿Crees que vas a tenerlo así de fácil?—pregunta, pasándose la lengua por los bordes
de los labios.
Saboreándome.
Vuelve a dejarme extendida por completo y posa besos suaves en mi vientre, juega con
la extensión de piel, inventa nuevos planos. Rodea mi ombligo, el piercing brilla a la luz
artificial. Jorge me muestra una media sonrisa que bien podría pertenecer al mismo diablo y se
mete el accesorio en la boca. Siseo entre dientes, alzando las caderas del colchón, él me aplasta
para que me quede quieta y tira del piercing, hasta un punto en que casi se convierte en dolor.
Lo suelta y pasea la lengua calmando el pinchazo, y luego repite el tirón. Gruñe a la par que
gimoteo. Un minuto después lo deja, subiendo al norte, arrastrando la lengua y humedeciendo
mi piel, hasta llegar al valle entre los pechos. ¿Qué puedo hacer? También puedo tener mi
momento descubrimiento, ¿no? Acaricio sus costados, la piel tirante y dura de sus costillas, la
espalda resbalosa, y no me queda otra opción que cerrar los ojos cuando consigue uno de mis
pezones y lo arrebata. Contrarresto conquistando el hermoso culo bajo mis palmas, tan
delicioso, firme y tenso, me siento obligada a clavar las uñas. Supongo que lo hago bastante
fuerte porque él devuelve encerrando con filo de sus dientes la punta rosada de mi seno. Me
estremezco, lamiéndome los labios, tratando de todavía permanecer civilizada. Aunque cueste
tanto.
Jorge me aplasta.
— ¿Sabes por cuánto tiempo estuve soñando esto?—habla contra mi oído, rudo,
lujurioso—. Mucho… y con los lindos tops y esas calcitas fucsias que usas me lo hacías muy
difícil…
Jadeo cuando restriega su pene entre la humedad en medio de mis nalgas. Se balancea
y la fricción quema mi cerebro. Acto seguido, la puerta del frente es cerrada de un golpe y las
botas de Adela resuenan en la cocina. Me congelo, mi cuerpo enfriándose.
Lo observo de reojo desde mi precaria posición, y precisamente en ese instante sus irises
se espesan y su expresión se vuelve peligrosa. Mucho más peligrosa de lo que venía mostrando.
Sonríe y es pura malicia. Se frota más duro, se me escapa el aire de golpe. Pánico y placer se
mezclan.
Aprieta ambas nalgas con sus manos, amasando tan apretado que podría dejarme
moretones.
—Por favor—suspiro.
Estoy sudando. Y nunca creí que podría ser por sentir tantas cosas a la misma vez,
entremezcladas. Si Adela entra en la habitación ahora, se pudre todo. Se separa un poco y creo
con alivio que va a bajar de la cama para ponerle la traba a la puerta. No es así. Nada está más
lejos de su intención.
Un aullido nace en mi garganta y Jorge lo ahoga con su mano justo a tiempo. Estoy
temblando, perdida. No sé ni dónde me encuentro.
Su mirada demuestra locura, una que es capaz de durar toda la noche. Me escuece todo
el cuerpo, pero no podría parar ni aunque quisiera. Jamás. Niego.
Los rugidos que abandonan su garganta me visten con piel de gallina. Y podría gritar
toda la noche mientras se clava en mí como un salvaje, pero me cubre con su boca y se refrena
un poco. La lenta fricción es igual de exquisita, y cierro los párpados, ronroneando. Abandona
mis labios y toma mi cuello, dejando pequeños pellizcos con los dientes mientras interna sus
dedos entre los dos y estimula mi clítoris. No hace falta que se esfuerce demasiado, exploto en
mil pedazos con el primer contacto de la yema de su pulgar. Y el orgasmo es tan intenso que veo
blanco, todo desaparece. Menos él. Allí permanece, elevado entre mis piernas, acelerando las
estocadas para obtener también la liberación. Deja ir maldiciones acompañadas de sucias
palabras sopladas en mi oído, a la par que lo siento latir en mi interior y derramarse con aullido
animal que marca el desenlace.
Definitivamente.
JORGE
Con la poca reserva de impulso que me queda, me muevo de encima de ella, siseando
mientras me deslizo de su sensible rincón. Bianca ronronea con los párpados cerrados. Ahí
mismo creo que podría estar listo para una buena tanda de segundas rondas. Bajo de la angosta
cama y desfilo desnudo hasta la puerta para ponerle la bendita traba. La que debería haber
puesto cuando ella me lo pidió desesperada, temiendo que su cuñada entrara y nos viera.
Supongo que su inquietud me excitó más, simplemente no me pude contener, lo que menos
deseaba era alejarme de su fuente de calor.
Vuelvo a la cama y Bianca me espera, incluso se queda a un lado para darme lugar. Me
dejo caer de espaldas y aprovecha para subirse encima, estirándose. Abro las piernas para
ceder más comodidad. Acaba con su torso descansando en el mío y pega la mejilla en mi pecho,
volviendo a cerrar sus ojos. Echa un suspiro al aire al mismo tiempo que yo me pregunto qué
hago acá acurrucándome con ella. Y la respuesta es simple, llega por sí sola. Bianca no es una
cualquiera, y por ella puedo ser más blando. Para que se sienta bien con lo que acabamos de
hacer, puedo ser el hombre que se queda un poco más, abrazándola. Lo hago, además la acaricio
lentamente, arriba y abajo, a lo largo su elegante espalda desnuda. Y peino el pelo largo y
sedoso fuera de su bonita cara. Y tomo una bocanada de aire a causa de lo que me provoca su
belleza, justo sobre mí. Su expresión pacífica me contagia el estado, me doy cuenta de que si
bajo sólo un poco la guardia, acabaría durmiéndome. Y eso es peligroso, podría volverme adicto
a su calor.
No nos conocemos. No sabemos absolutamente nada el uno del otro. Esto es sólo un
intercambio sexual, ¿verdad? ¿Qué más puede ser? En mi mundo, es normal. En el suyo, lo
dudo. Pero por algo ha dejado de lado su naturaleza romántica y me ha dejado entrar, aun sin
saber nada de mí. Dos veces. Dos. Se dejó llevar, se entregó sin dudar. Me gustaría leer lo que
está pensando justo ahora, aunque no parece nada malo ya que hay una pequeña sonrisita
hundiendo sus comisuras. Sus facciones relajadas y los párpados suavemente juntos. No parece
estar contrariada, ni arrepentida, ni dándole vueltas a cualquier mierda. Creo que está más
ocupada en dejarse llevar por el sueño.
— ¿Mmm?
Una enorme sonrisa florece en su cara, sus dientes blancos brillan hacia mí. Enseguida
tengo ese redondo par de ojos azules dedicándome una mirada dulcificada.
¿Así que la curé de los rubores? Dónde está la chica que se pone nerviosa ante mi
presencia, o intenta ser indiferente. Me rio por lo bajo. Ya pasamos el punto de no retorno.
—Solo para que sepas que de ésta no te salís fácil…—aviso, clavando los dedos en las
dos esferas que conforman el culo más apetitoso que he visto.
—Lo que usted diga, señor…—se frena, y me mira con los ojos entrecerrados.
Arruga la nariz.
Sonrío de lado.
—Ya sé—la modelo a mi entorno para que se siente a horcajadas sobre mi ingle, ya
completamente recuperada—. ¿Me dejas compensarte?
Subo mis manos y aprieto sus tetas, mientras comienza a restregarse. Se inclina y me
huele, rozando su nariz por todo mi pecho, hasta el cuello. Elevo las caderas para frotarla con la
suya. Entonces se levanta y mira abajo, entre sus piernas, cuando los residuos de nuestra lucha
anterior comienzan a bajar. No le doy tiempo a decir ni hacer nada, ruedo y la pongo debajo. Se
le acelera la respiración por la expectación, le beso el cuello. La dejo abrazarme por la espalda,
y acariciarme con gestos tiernos. Entonces corro el pelo de su cara y busco en sus ojos azules. La
penetro lentamente, porque ahora el plan es menos alocado. Más sosegado. Me apoyo en mis
codos junto a su cabeza y me muevo, despacio, sin perderme el cambio en su mirada, que se va
tornando espesa.
Por un momento pienso que me encuentro en el cielo, aquí acunado entre sus piernas. Y
aun teniendo claro que el lugar que merezco es el infierno, me convenzo de que no sería un mal
mayor fingir por algún tiempo que pertenezco a ella. Y que fue hecha sólo para mí.
Me doy una ducha caliente a media mañana, después de ordenar las cosas en mi cabeza
y procurar que esta nueva relación con ella no me lleve por el camino lejos de mi venganza. Ya
que eso es lo primero en mi lista, después de todo. Me cambio y abrigo para ir a buscar a Tony a
la cabaña de León, ya que pasó la noche allí. A veces creo que el niño está ansioso por alejarse
de mí todo el maldito tiempo. Le encanta quedarse en esa casa. Supongo que allí tiene algo que
conmigo no. Una familia normal y amorosa.
De camino me encuentro con el líder, que va en dirección al bar, seguro a meterse en las
oficinas. Lo saludo con un apretón de manos y me avisa que hay correspondencia para mí. Me
sorprendo y me desvío para seguirlo así me la da.
—El sobre llegó ayer en la tardecita, me extraña que nadie te lo haya alcanzado—
comenta, abriendo la puerta.
Lo sigo por las escaleras y entramos en la oficina. Me da el sobre y me pongo ansioso por
alejarme, no puedo fingir que no estoy desconfiado por esto. Con un agradecimiento me
apresuro afuera, mis pasos son pesados y rápidos mientras vuelvo al mono ambiente por
privacidad. Me encierro allí, y rasgo el papel grueso de color madera. Es grande, hasta puedo
sentir que lo que hay adentro quema mi tacto. Mi respiración es inestable, y me apresa ese
sentimiento que no he tenido la oportunidad de permitirme sentir en mucho tiempo. El miedo.
Meto la mano dentro y mis dedos enganchan algo. Una foto. Dudo, por un momento me
digo a mí mismo que es mejor quemarla antes de verla. Pero tengo que saber de qué se trata.
¿Qué carajo me han enviado? ¿Y quién? La descubro y la observo, por un par de segundos no
reacciono, mi mente poniéndose en blanco.
Pero no es ella la que me hace desprenderme de la foto con un siseo de dolor, como si me
hubiese quemado los dedos. Adentro, mi pecho se retuerce a la par de mis entrañas se tensan.
No es la acusación en sí la que me mata. Esa palabra no me afecta. Es más, podría aceptarla
con tranquilidad porque no me importó traicionar a esa masa de monstruos.
No. No es ella la que me derriba sobre mis rodillas, quitándome toda la fuerza.
Me lanzo a por el bolso de viaje que yace en el rincón buscando mis aparatos
desechables. Con sostén inestable marco el número y espero. Espero y espero. Cada maldito
tono equivale a un eterno segundo de tortura. “Por favor”, ruego. “Por favor. Por favor, atendé la
llamada.”
—Hola—sopla Esteban desde el otro lado y vuelvo a meter aire en mis pulmones con
alivio.
Me trago un lloriqueo, de lo más maricón que existe. Evito actuar como un bebé sin su
mamá.
—Ya sé—digo, con tono derrotado—. ¿Dónde estás? ¿Te guardaste? Escóndete bien.
Sálvate. Ya saben dónde estoy, me enviaron un…—vacilo, mis dientes chasquean—presente.
Mis palabras son amargas y frágiles, me esfuerzo mucho en no doblarme acá mismo y
rendirme. Todavía hay fuerza en mi interior, todavía quedan intentos por hacer. Y sobre todo,
hay esperanza. Estoy convencido de ello.
—Viaja para acá, te vas a cubrir en el pueblo—le digo—. Cuando llegues, me avisas y
voy a buscarte… conseguiremos un buen lugar para guardarte por un tiempo… ellos saben que
estoy con los Leones, pero no van a acercarse acá, no son tontos. Son pocos, si los encuentran
rondando por esta zona los van desaparecer…
—Voy a ir—suspira, igual de molesto—. Lo único bueno de eso es que al fin nos vamos a
ver las caras—sonríe, y el sonido apagado es desolador—. En un par de días saldré… deséame
suerte para que no me atrapen de salida…
—Nos vemos…
Y se va, el silencio volviendo. Dios, suspiro. No sé qué voy a hacer ahora. Estamos
atascados, de nuevo en el comienzo de todo. Y otra vez estoy lleno de ira, resentimiento, asco.
Odio profundo. Recuerdo la foto y mi garganta se cierra. Lo que es peor, porque el sentimiento
de indignación no me ayuda, porque no los tengo en frente a ninguno de ellos para
descargarme. La necesidad de venganza es como un animal alimentándose en mi pecho,
creciendo, poniéndose fuerte, llenándose de seguridad. Cada vez más convencido de ir a
cobrarles lo que nos hicieron. Darles lo que se merecen.
***
No vuelvo a ver a Bianca en lo que resta del fin de semana, lo que me es muy
conveniente porque apenas puedo yo con mi humor de perros. La amargura otra vez
transformándome. El lunes, preparo a Tony para el jardín después de un almuerzo rápido—
nada se me quemó por suerte, no habría soportado otra escena como esa—. Abrigo al chico y lo
llevo al estacionamiento, donde Abel ya se encuentra en uno de los camiones. León, allí de pie,
esperándonos, mientras fuma un cigarro. Nos saludamos dándonos la mano y él rodea el coche
para ponerse tras el volante e irse, después de que ayudo a subir a Tony. Le meneo una mano
mientras se van, él pequeño me sonríe y devuelve el gesto. Entonces regreso a casa, con un
sentimiento de profunda penumbra en mi pecho. Entro en el lugar y ordeno todo el desorden
que quedó del almuerzo. Lavo los platos y los coloco a un lado para que se sequen solos, con aire
ausente, pensando en mil cosas a la vez.
Esteban, los nuevos planes, la maldita foto… toda la mierda junta en un solo lugar,
como si pudiera encargarme de ella. Y no, parece que no soy capaz. Aún.
Tres golpecitos me llegan a los oídos desde la puerta y me seco las manos para ir a ver
quién es. Por supuesto, tenía que ser ella, llamando en uno de mis peores momentos. Está allí,
de pie. Las manos en los bolsillos, el mismo vaquero que tenía puesto aquella vez en el bosque,
y un abrigo rojo. El cabello castaño suelto, cayéndole por los hombros y espalda. Y una mirada
dulce y nerviosa en los ojos azules que se han vuelto casi una razón de ser para mí. Tengo que
reconocer que verla me ablanda de inmediato. Algo que me sorprende.
— ¿Puedo pasar?—pregunta.
Y casi me río, teniendo en cuenta que la última vez que vino se metió como si fuera su
casa.
—Por supuesto—digo.
Ah, vamos, muñeca. Esa actitud no es necesaria. Formulo en mi mente, divertido con su
forma de actuar. Ella se mueve hacia el juego de comedor que está más hacia el rincón opuesta
a la cama y se desprende el saco. Lo acomoda cuidadosamente en el respaldo de una de las
sillas.
—Me preguntaba si habías estado evitándome durante el resto del fin de semana—
pregunta, tragando.
Alzo las cejas. No se ve ofendida ni nada, pero bien podría estarlo. La verdad es que
necesitaba un tiempo para mí mismo, porque me era urgente resolver la mierda que estuvo
pasando este último tiempo, después de que me fui de su habitación.
Forcejea con mi camiseta y le doy el gusto de quitármela, lleva sus labios hinchados y
húmedos a mis pectorales, besándome con la boca entreabierta. Y lame mi pezón, robándome
aire de golpe. Levanto su ropa por encima de su cabeza y veo que no lleva sostén, sus tetas
saltan ante mi vista. Gloriosas, firmes y todas mías. Sonrío torcidamente, y sólo con eso me
olvido de todo lo que estuvo girando y envenenando mi cabeza las últimas horas. Le desprendo
el pantalón, ella hace lo mismo con el mío. Los desliza abajo y aprieta mi pene en su puño,
mirándome a los ojos y mordiéndose el labio inferior.
Dirijo mi mano sobre la suya y aprieto, mostrándole cómo me gusta. Duro, firme,
directo. Incluso hasta con algo de dolor. Sigo nuestros movimientos con las caderas, penetrando
nuestros puños juntos y cierro los ojos, tragándome los rugidos, guardándolos en lo profundo de
mi garganta. Allí de pie junto a la cama, con ella sentada en el borde, masturbándome con los
ojos azules contaminados de lujuria, creo que podría caer muerto al suelo en cualquier
momento. Se acerca y planta besos en mis abdominales, bajando gradualmente hasta mi bajo
vientre, mi piel se tensa allí en respuesta. Estudia los tatuajes un par de segundos, y a
continuación los lava con la lengua, rematando con un mordisco.
— ¿Qué esperas para ir por el plato principal, preciosa?—le pregunto, la voz sonando
como si mis cuerdas vocales estuviera cubiertas por lijas.
Alza la mirada hacia mí, y hasta parece un ángel con la claridad entrando por la
ventana. Si no fuera porque se dirige mi pene a la boca me lo creería, sus ojos cuentan historias
muy sucias. Las venas que rodean mi masculinidad laten al tiempo que lo sujeta suavemente
en su mano y arrastra la lengua desde la base al glande. Me muerdo la lengua sin querer, y me
esfuerzo en no cerrar los ojos y entregarme a las sensaciones, porque todo lo que pretendo es
verla. No me quiero perder ni uno solo de sus movimientos sensuales.
Por un momento hay incertidumbre en su rostro, puedo notar que su cabeza da vueltas,
considerando mi orden, intentando deducir cómo proceder al respecto. Y, como esperaba, ella se
las arregla muy bien. No, me quedo corto, es tan malditamente perfecta que tengo que
esforzarme por no derramarme en su boca. De una sola vez lo entierra, presionando la punta en
su paladar con dureza. No es cuidadosa, sino áspera, mejor de lo que pedí que fuera. Va
tomando cada vez más de mi longitud hasta que su garganta se revela y me deja ir, raspa
apenas el filo de sus dientes en el proceso y siseo, tomando su pelo en tirantes puños. Va a
destrozarme si sigue así.
Mis palabras le dan más valentía, y sin dejar de mirar mi cara raspa de nuevo
ligeramente con sus dientes, haciéndome saltar y adelantar las caderas. No se queja ante mi
avance, gimotea y siento las vibraciones hasta en las puntas de los dedos de mis pies, mis ojos
ruedan hacia atrás. Y casi me desmayo cuando cuela una mano y aprieta mis testículos,
firmemente. Asiento.
Gruñe cerrando los ojos y tomo su nuca enterrándome en ella con cuidado. Su lengua se
remolinea a mí alrededor mientras se retira y toma un hondo respiro para volver a llevarme
más profundo. Aulló un poco demasiado alto porque cierra sus dedos, rozando con las uñas la
piel sensible de mis testículos. Ante el peligro de venirme encima, la empujo hacia atrás hasta
que cae de espaldas, su respiración acelerada retumbando en la habitación. La observo,
empuñándome a mí mismo, sus labios rojos e hinchados, su mirada de abandono total. Se
limpia con las manos los rastros de saliva por chuparme tan duro y después comienza a
terminar de quitarse los vaqueros.
La dejo caer de nuevo sobre el colchón, su cuerpo laxo salta y apenas se puede mover y
eso que no le he permitido llegar a la cumbre. Antes de eso, tengo que estar dentro de ella,
sentirla. Y me ocupo de ello. Irrumpo en su rincón de una sola vez y su espalda forma un arco
perfecto dándome la bienvenida. Acaricio sus piernas, las fuerzo más abiertas, tanto como sea
capaz. Me balanceo, la lleno y la vacío en un ida y vuelta que le eriza la piel. Y estoy
hipnotizado mirándola. Sin poder quitar la atención un solo segundo de su pequeño cuerpo
siendo tomado por el mío.
Grita mi nombre una y otra, y otra vez. Y me encanta. Jodidamente me hechiza cada
maldita cosa que ella hace.
— ¿Te gusta así, muñeca?—le pregunto con los dientes apretados, sin detener los golpes.
Entierro los dedos en su pelo húmedo y sigo meciéndome hasta que encuentro mi propio
final, vertiéndome en su interior. Una vez que me recobro de los temblores, ruedo a un lado
para no aplastarla, trayéndola conmigo. Ella descansa su mejilla en todo el sudor de mi pecho, y
traza mi estómago con las yemas de los dedos, ensimismada en recuperarse.
—No podía estar ni un segundo más sin tenerte—susurra, con un tono desgastado y
débil—. ¿Que me hiciste?—termina, su sonrisa rozando mi piel.
Suelto una seca carcajada.
Y por dentro también me resuena una pregunta más: ¿Qué me hiciste vos a mí?
Se queda tranquila un rato, pensativa, sin parar de acariciarme. Y eso se siente igual de
bien que el sexo entre los dos, lo reconozco. Nunca pensé que acurrucarme después de los
ataques se podía sentir tan perfecto. Bianca me transmite paz, hace que mi humor negro se
esfume en la nada con sólo una leve cercanía. Y cuando es así de cuidadosa y cariñosa conmigo,
aun cuando ni siquiera estamos hablando, sólo permaneciendo allí, me hace querer más. Mucho
más. Todo lo que no tuve la oportunidad de apreciar antes.
Cualquier otra persona diría que es aterradora y de mal gusto. Sin embargo, estamos
hablando de Bianca Godoy, y esta chica encuentra todo de su agrado.
Fue en la época que más amaba formar parte de las Serpientes. Hice todo con tal de
avanzar y olvidarme de lo que sucedió con Max aquella noche, en la que tenía dieciocho. Me
cerré ante la culpa, no la dejé entrar, porque estaba convencido de que el clan era lo que más
amaba. El único lugar al que pertenecía. Irme de allí me significaba la muerte. No me
imaginaba fuera.
Y mira ahora.
Asiento.
—Ahora ya no existe, eso me contaron—comenta, jugando con mis dedos.
—No. Se desintegró—confirmo.
No puedo dejar de observar la manera en la que nuestras manos lucen juntas. Su piel
pálida contra la mía tatuada. Es como un sueño, y por primera vez en mucho tiempo me
encuentro tan relajado que podría dormirme en cualquier momento.
Engancho la punta de un mechón de pelo entre mis dedos, a la altura de uno de sus
senos. Deposita mi mano sobre mi estómago y la muevo hacia su muslo, para acariciar esa
pálida y suave piel. Bianca inclina la cabeza a un lado, estudiando mi mirada. Enseguida se
desvía a otro de mis tatuajes.
Sí, me lo hice poco tiempo después de ser elegido líder. Para mí, era un logro muy
importante y al fin los tenía a todos en mi puño. Deseaba hacerme cargo de muchos cambios,
tanto políticos como comerciales. Ya no estaba dispuesto a que siguiéramos actuando tan
inhumanamente con todo el mundo. Tarde me di cuenta de que ese poder era efímero, ellos
terminaron haciendo lo que quisieron, destrozándome y enterrándome en el proceso. Me
destituyeron, me arrebataron el poder. Pero me consuela la certeza de que acabaron siendo su
propia destrucción. Ya no existen. Ahora sólo queda una docena de infelices que espero, pronto,
poder arrancarles las cabezas.
Observo el dibujo, recordando. Es uno de los más nuevos, aun fresco. A simple vista, y
para quien no lo comprenda, es sólo un medio círculo. Puede pasar por una C. También puede
ser relacionado con Cecilia. Está rodeado de alambres púas, porque eso fue lo que mi amor por
ella significó. Dolor, y un montón de riesgo y sacrificio.
—Es un medio círculo—me aclaro la garganta, intentando con todas mis fuerzas no
cerrarme, quiero ser abierto con Bianca—. Venganza—busco en sus ojos por algún indicio de
juicio o algo por el estilo, y ella sólo me mira con gentileza—. Cuando mis planes se completen,
cerraré el círculo.
Suspira y se inclina sobre mí, apoya sus labios en los míos. Recibo el beso con
intensidad, lo persigo, tomando todo lo que esté dispuesta a darme. Encierro su rostro en mis
manos, y entro en su boca. Un suspiro largo se le escapa y la abrazo, recorriendo lo largo de su
espalda, hasta sus nalgas. Las aprieto y se retuerce. Se separa un momento, tomando una
bocanada, sus ojos brillantes con deseo renovado en los míos. Advierte mi dureza entre sus
piernas. Ruedo y la llevo debajo. Entonces toma la oportunidad y acaricia mi culo. Luego se
detiene sobre mi nalga tatuada.
Se me levanta una ceja por sí sola, y en mis labios es pintada una sonrisa torcida,
respondiendo a su juego.
—Fue uno de los primeros que tuve—me froto, y ella entierra las uñas en la estrella—.
Era un chico idiota, creí que sería atrevido…
Se me escapa una carcajada y ella la atrapa justo en su boca, me empuja para volver a
colocarse encima de mí. Abre la boca para decir algo, y se frena a causa de golpes en la puerta
que nos interrumpen. Sus ojos se abren como platos. Saltamos fuera de la cama con rapidez y
Bianca gira hacia todos lados sin saber qué hacer, intento no reírme mientras junto sus ropas
del suelo y se las doy, señalándole el baño.
Destrabo la cerradura y abro. León está allí de pie, me sonríe y pasa cuando le invito.
Trato de no mirar a la cama, sabiendo que está hecha un desastre. ¿Y eso que sobresale de bajo
ella es la tanga de Bianca? Puta mierda, espero que no la note.
—No hay problema, estoy de pasada—dice, sin moverse—. Vengo a comentarte algo…—
asiento, escuchando—. En un par de días nos vamos de viaje, la mayoría. Quiero saber si te
parece bien quedarte a cargo del bar, ésta vez es por un tiempo considerable… Un mes, quizás
más. Quiero dejarlo en manos de alguien que viva en el complejo, que sea confiable y esté
cerca…
Pestañeo. Estoy soñando, ¿cierto? De nuevo este tipo confiándome sus cosas. No lo
entiendo, estoy aquí, sí, pero no puede venirme con el cuento de que cree más en mí que en
cualquier otro León, aunque no viva en el recinto. Cualquiera de ellos merece más su confianza
que yo. Aun así, borro todo lo dudoso o negativo de mi cabeza y acepto sin pensar más. No
puedo dejar pasar una oportunidad como ésta, se siente bien tener su voto.
Lo miro a los ojos, él ya parece muy convencido de su decisión. No veo ni una pizca de
prueba en su mirada. Después me lanza una sonrisa ancha y encantada.
Y sin otra mirada atrás se va, cerrando la puerta tranquilamente a su espalda. Me froto
la cara suspirando, contrariado y aliviado de que no rebuscara alrededor con interés. Bianca
aparece, asomándose desde el pasillo, su ropa aún enrollada contra su pecho. Camino a ella y la
acerco buscando en sus ojos, ya no se ve preocupada, me sonríe. Bien. Estamos bien.
Me encojo de hombros.
—Supongo…
Lo que lo complica todo, ahora que me doy cuenta. Esteban no tardará en llegar al
pueblo y no voy a poder centrarme del todo en nuestras cuentas pendientes si estoy a cargo del
bar. Además, mi hijo, voy a necesitar a alguien que lo cuide. Suspiro.
— ¿Qué?—murmura, acercándose.
—Voy a tener que conseguir a alguien que cuide a Tony—digo, yendo a la cocina por
algo para tomar.
—Bueno—coincido.
Una sonrisa ancha de dientes blancos nace en sus facciones y no me queda otra que
devolverle el gesto. Entonces se va a la otra habitación para vestirse. Al final, nunca llegamos a
la segunda ronda, pienso, mientras se agacha obteniendo su ropa interior del suelo. No le quito
la vista de encima, encantado con sus movimientos elegantes y ese cuerpo que siempre me lleva
cerca del infarto. Así que ahora tendremos que vernos en muchas más ocasiones aparte de sólo
por sexo.
No sé por qué me gusta tanto la idea de ella alrededor por mucho más tiempo.
BIANCA
Vuelco mi parte más grande de azúcar en el bol donde ya tengo la mezcla de huevos y
espero a que Tony también eche su parte. Tiene una pequeña tacita de plástico en la que separo
nuestros ingredientes para que me ayude a preparar la torta.
Está de pie sobre una silla, sin perderse nada de lo que hago. Lo llevamos perfecto,
podría decir que es un niño fácil y tranquilo. Es obediente y simpático, no da problemas. Y
siempre se encuentra dispuesto a hacer cualquier cosa conmigo. Hoy ya hace una semana que
los chicos se fueron del recinto y comencé a cuidar al chico todos los días a partir de la tardecita.
Estoy muy entusiasmada y me alegra poder sentirme útil. Y Tony, justo a mi lado, también se
ve contento por sentirse integrado en “actividades” de adultos. Como cocinar.
Entre los dos agregamos la harina y mezclo con la espátula mientras vuelco la leche,
rapidamente obtengo la consistencia que quiero y miro a Tony, que tiene los ojos muy grandes
mientras espera mi próxima orden.
— ¿Y ahora?—pregunto, frotándome las manos—. Lo más importante…
Alzo las cejas y tomo el paquete del cacao, mido la porción y separo un poco en la taza
de Tony. Voy revolviendo a medida que él hecha su parte, y el menjunje empieza a tomar un
color oscuro. Bien, mucho chocolate. Bato hasta que todos los ingredientes están bien unidos y
después lo echo todo en el molde. Bajo al niño de la silla y lo alejo para llevar la torta al horno
ya encendido y caliente.
Dios, es demasiado tierno. Le pregunto si le gustaría tomar un baño ahora, antes de que
el bizcochuelo esté listo y duda por un momento al tiempo que lo observo tratando de no reírme.
Al final llegamos rápido a un acuerdo. Es un chico muy bueno, no se queja de casi nada, apenas
habla, pero es muy inteligente y vivaracho. Sé que lo último que tiene ganas de hacer ahora es
bañarse, sin embargo, ya es de noche afuera, y es mejor que esté listo antes de la cena e ir a la
cama. Vamos al baño y abro la ducha caliente, él deja que le lave el pelo mientras permanece
ahí de pie en su ropa interior, después le permito que siga solo, como él prefiere. Lo espero al
otro lado de la cortina con una toalla y lo envuelvo antes de que se enfríe, apretándolo contra mi
pecho. Haría esto toda la vida, es adorable. Permanece quieto cuando le desenredo el pelo con el
cepillo, haciendo una mueca por lo largo que lo tiene. Una vez hecho, él corre aun enrollado en
la toalla con sus piecitos descalzos hasta la cama donde tiene su muda de ropa limpia. Ordeno
el cuarto de baño mientras se viste, luciendo una gran sonrisa en mi cara, encontrándomela de
frente en el espejo.
Siempre fui una chica feliz, alegre con algunos pocos intervalos de agotamiento
emocional, lo normal. Pero ahora es distinto, es otro tipo de felicidad. Más completa, más
intensa. Siento como que estoy de pie en una nube, flotando a la deriva. Realmente no quiero
pensar si podría caer, no me interesa. Y si va a pasar, espero que no dentro de poco. Necesito
más de esto.
Si un mes atrás alguien me hubiese dicho que en un futuro cercano iba a conectar tanto
con este hombre tan contrario a lo que soy, me habría reído o simplemente asustado, pero, por
cómo han ido yendo las cosas… nada de eso pasó. No estoy asustada, no se siente como un
chiste de mal gusto. Y no es raro. Nuestro tipo de relación es más carnal que otra cosa, y aun
así me llena. No me estoy sintiendo usada, hay una conexión. Está allí latiendo todo el tiempo.
Interactuar tanto con él y su hijo me hace sentir que tengo un lugar importante. Que mi vida
tiene más sentido, que estoy avanzando correctamente. Ya no es sólo la búsqueda de mi
hermano mayor lo que me define. Hay miles de cosas más que no conocía sobre mí. Y las estoy
descubriendo ahora porque paso mucho tiempo con ellos. Me siento parte, aunque Jorge se abra
poco conmigo. No me preocupa mucho, porque estoy segura de que poco a poco va a confiar lo
suficiente para dejarme entrar más allá. Porque quiero llegar allí. Encontré una nueva puerta y
la abrí, me mostró un camino. Lo estoy recorriendo, y está en mis planes llegar al final. Me
lleve a donde me lleve, presiento que será bueno. Que definirá mucho de mi esencia.
Lo veo restregarse los ojos y despejarlos de todo ese flequillo castaño y espeso que le cae
por la frente. Ahora que él y yo entramos en confianza, se me ocurre una idea.
Levanto el índice para decirle que me espere, regreso a la cocina y consigo unas tijeras,
estas tienen que servir, tienen buen filo. Cuando vuelvo él está parado en la silla esperándome,
curioso. Levanto la mano con la tijera.
Se queda mirándome seriamente por mucho rato, considerándolo. Los ojos caen fijos en
la tijera. Necesita un corte, tiene el pelo demasiado largo y sé que le resulta molesto, le llueve
sobre los ojos continuamente. Y si lo dejamos, seguirá creciendo hasta que tengamos que
agarrarlo en una cola.
Se encoge de hombros, y eso es un pase libre para así ponerme manos a la obra. Pido
que se acomode en su silla y siga mirando el episodio mientras consigo una gran toalla y le
rodeo el cuello. Peino el pelo aún un poco húmedo y comienzo a cortar en la nuca. Ya dije que
era polifacética, puedo encargarme de su pelo sin dejarlo hecho un payaso de circo. Él se pone
en mis manos con confianza, inmóvil y entretenido con el dibujito animado. No quiero cambiarle
el estilo, le dejaré el mismo peinado pero un poco más corto. No quiero que llegue su padre y se
fastidie, después de todo no he tenido su permiso para hacer esto. Aunque parece que ninguno
de los dos se ha estado preocupando por marchar a un estilista, apuesto a que ni ha cruzado la
cabeza de Jorge. Puedo entender que siempre está pensando en mil cosas a la vez. La mayoría
serias, y sombrías.
Cuando al fin termino, me llega el olor de las empanadas ya listas para comer. Así que
apago el horno para que no se quemen, barro el pelo del suelo y arreglo a Tony, que ha quedado
perfecto.
— ¿Y?—le pregunto, quiero saber si se siente más cómodo—. ¿Mejor?
—Sí—asegura.
Sonrío satisfecha. Eh, que soy una excelente niñera. ¡La mejor! Me adulo a mí misma,
orgullosa. Chocamos los cinco y traigo la cena a mesa. Comemos juntos, mirando un nuevo
episodio de mi querido Dibu, reímos a carcajadas por un rato. Después de limpiar toda la
cocina, le digo a Tony que se lave los dientes y coloque el pijama para dormir. Lo hace sin
rechistar y al fin nos recostamos a seguir mirando tele. No tarda mucho en dormirse, cansado
de su día atareado. Entre el jardín, los juegos con Abel y nuestra carrera de actividades
culinarias, ha tenido toda su cuota diaria de energía consumida. Me quedo mirándolo dormir de
a ratos, justo a su lado, velando por sus sueños hasta que me voy también.
No sé bien a qué hora despierto, lo primero que percibo es a alguien sentado en el sofá
junto a la ventana, con la atención silenciosa fija en nosotros. Logro ver Jorge posado allí, el
cuerpo flojo y sus hombros anchos sobresaliendo, creando sombras ante las luces que entran
desde la ventana, por las farolas del pequeño patio del complejo. Me quedo un rato inmóvil,
todavía fingiendo dormir, así poder espiarlo sin que me note. Está pensativo, quieto, y sus ojos
son como miel derretida, bullendo. Muy vivos, y eso indica que está pensando muchas cosas. Tal
vez se sienta un poco contrariado o saturado.
Sonrío, removiéndome. No estoy bajo las cobijas, sigo vestida y apretada en posición
fetal, en dirección a él. Apenas puedo pestañar, eso es lo que Jorge Medina me hace. No quiero
perderlo de vista ni un solo segundo, cada vez que estamos en la misma habitación mi cuerpo
funciona como un imán, siempre yendo a pegarse a él. Y la forma en la que me mira… no hay
descripción para eso. Es intenso, fuerte, posesivo, forma nudos apretados en mi estómago. Y,
Dios… lo deseo tanto que no puedo estar un día sin tenerlo, sin buscarlo para conectar. Cada
vez que me toca pierdo consciencia de la realidad, el mundo es negro a nuestro alrededor. Se
siente como estar en un escenario iluminado, y el resto de los espectadores a oscuras,
rodeándonos. Sólo que ni siquiera cuentan las otras personas, no existen. Sólo somos él y yo.
Nada más. Nadie más.
Además, a medida que paso tiempo bajo el poder de sus manos y cuerpo, más descubro
en cuanto a mí misma. Reacciones, placeres, adicciones. No me quedan dudas de que me estoy
volviendo adicta-dependiente de su calor, como una sustancia que no me puede faltarme
diariamente, o incluso a cada hora. No hago más que salir de su apartamento que lo extraño.
Estoy en graves problemas, pero, ¿saben qué? No me importa. No le tengo miedo a su equipaje,
a su sed de venganza, a las sombras que oscurecen sus ojos. Todo eso lo hace ser como es y me
encanta así. No cambiaría nada. Ni siquiera sus momentos como “señor amargado”, que, por
cierto, cada vez son menos frecuentes.
Haciéndole justicia a mis impulsos de estar encima, salgo de la cama y caigo en él.
Sentándome en su regazo, encerrando su cuello en mis brazos. Se atiesa por un momento, no le
hago caso, apoyo mi cabeza en su hombro y no se demora en acunarme, soltando un respiro
denso y largo. Se suaviza. Y me gusta pensar que es a causa de mi presencia. Paso una mano
por el costado de su cuello, rozando con los dedos los rastros de barba en su mandíbula. Lo beso,
no puedo evitarlo, justo bajo su oreja. Él me provoca el deseo de ser cariñosa y pegajosa. Y hasta
ahora no da indicios de molestarle. Creo que, en cierto sentido, aprecia esto. Aunque ante los
ojos de los dos no seamos una pareja oficial ni estable.
Cierra los ojos y se recuesta, cayendo hacia atrás, su cuello se estira más y sigo
plantando pequeños besos mudos y rozándolo con mi nariz. ¿Cómo terminamos así nosotros
dos? No tengo ni idea.
—No deberías estar activando esos botones—carraspea, y puedo ver sus pestañas
cerradas a través de la luz exterior.
—No vas a ganar, muñeca—una de las comisuras de su sensual boca se estira hacia
arriba—. No con el niño dormido en la cama…
Me río por lo bajo, despatarrándome encima de él, siento su mano pasear en toda la
extensión de mi espalda. Exquisito. Podría dormirme contra su duro cuerpo, me relaja y me
hace sentir protegida. Y pocas veces en la vida me he sentido de esa manera, siempre me las he
arreglado sola con todo.
Cierro los ojos y suspiro, encantada. Por un momento no hago caso de sus palabras.
Aprovechamos la intimidad cuando Tony está en su rutina de jardín, es el único momento que
tenemos el departamento para nosotros solos, además de que ésta parte del recinto duerme
hasta tarde, no somos ni descubiertos ni interrumpidos. No nos hemos salteado ni un solo día,
por ello escondo un puchero de aflicción. Está bien, no es la muerte de nadie.
—Tengo una reunión con este amigo—cuenta en tono bajo—. Al fin llegó al pueblo.
Asiento, me habló un poco de éste amigo, Esteban. Su mano derecha cuando era el líder
de las Serpientes. Y amigo de la infancia. Por lo poco que he escuchado, parece bueno y leal. Y
Jorge lo tiene en un pedestal, lo que es interesante, ya que no confía en nadie. Me cae bien.
Aunque no creo que alguna vez lo conozca.
— ¿Es por todo ese asunto de la venganza?—pregunto, allí, recostada en su firme pecho,
oyendo los fuertes latidos de su corazón.
— ¿Por qué?
Una seca carcajada, mitad humor mitad acidez, se le escapa desde el fondo. Entonces se
endereza y me despega un poco para mirarme a la cara.
No insisto en el tema, si él está seguro, entonces no tengo nada más que decir. Yo sólo
estoy pintada, soy la chica con la que tiene sexo de vez en cuando—o todos los malditos días—y
la niñera de su hijo. No tengo ni voz ni voto en el asunto. En lo que sí puedo ir más allá es en el
pedido de que se cuide a sí mismo. Porque me preocupo.
—Está bien—sonrío, apenas—. Pero prométeme que vas ser cuidadoso, no quiero que te
pase nada…
Lo acaricio con el índice justo en el cuello de su camiseta, a la par que me contempla con
intensidad, como atravesándome bien en el fondo. Parece que el hecho de que yo me preocupe lo
descoloca.
Le dedico mi mejor sonrisa conforme y pego mis labios en los suyos, en un beso lento y
devastador. Él lo vuelve más aniquilador, cuando mi intención era sólo algo más casto y
cariñoso. Él es un tipo al que no le va lo suave.
— ¿Hay algo con lo que no te las arregles lo bastante bien?—pregunta, medio divertido.
Me encojo entre mis hombros y lo beso un poco más, hasta que las cosas se ponen un
poquito alteradas y decido que es suficiente. Por respeto a Tony. Salgo de encima de él y se
queja al perder mi peso.
—Es mejor que me dejes ir—me rio, desenganchándome de sus manos grandes y
trepadoras.
Me lanza una inclinación de cabeza en conjunto una media sonrisa que me derrite la
consistencia de las rodillas. Estoy negando y sonriendo como una tonta para el momento en que
entro a mi casa.
Entonces allí la veo. De pie, muy quieta, vestida de negro. ¿Por qué negro? Ella odia ese
color, es neutro. Y oscuro. Prefiere el blanco o el celeste. O el rosa claro. Nunca negro. Supongo
que es porque se ve triste, está apagada. Sus largos y perfectamente armados tirabuzones, de un
brillante rubio oscuro, vuelan a su alrededor con la brisa fría. Su rostro pálido me observa
fijamente, desentonando con la negrura que nos encierra, su expresión es nula. No hay nada que
delate sus sentimientos, o pensamientos. Sólo me mira. Me mira. Y me mira.
Una lágrima cae lentamente de su ojo, quiero limpiarla pero me es imposible moverme.
Estoy tieso, y sólo hay indicios de que sigo vivo a causa de mi desequilibrada respiración. Abro y
cierro mis párpados para alejar el líquido y despejar mi imagen de ella.
Baja su rostro abajo, a su regazo, se mira las manos unidas allí, los dedos elegantes
enganchados.
—Lo siento—murmuro.
Cierra los ojos y niega. Niega sin parar, lento y con lamento.
Trago, asintiendo.
—Lo sé. Lo tengo. Está conmigo a salvo—cada una de mis palabras duele como si
quemaran mis cuerdas vocales.
—Está en el sótano… el que construiste para nosotros… lo dejé justo allí… antes de que
ellos entraran—se lleva una mano al pecho, doblándose sobre sí misma.
Gime y me altero.
Se está asfixiando y no puedo hacer nada para ayudarla porque no me puedo mover.
Sólo consigo el primer plano mientras va cayendo. Cuando al fin levanta el rostro de nuevo
hacia el mío intento pedirle que se quede fija en mis ojos, deseando tranquilizarla con ellos.
Traga, más lágrimas caen, y a continuación su garganta se rasga de lado a lado a causa del filo
de algo invisible. Sangre comienza a bajar de la herida profunda, como una cascada, violenta e
imparable. Se baña en ella en sólo segundos. Se ahoga, y también se le escapa por las comisuras.
Y niega ante mi voz. Cae desplomada en el césped frente a mí, su vestido negro se
desgarra al medio, su cuerpo desnudo y cubierto de sangre se muestra por completo. Marcas por
toda su hermosa y luminosa piel, la que tantas veces yo había adorado. No puedo verlo, me niego
a memorizar los detalles. No aguanto verla morir. No. No. Necesito llegar a ella, sostenerla, y me
es imposible. Mi cuerpo no responde.
Ruedo en la cama y caigo al piso, en un golpe seco, gimiendo. Me muerdo los nudillos de
una mano para no dejar escapar el grito que punza insistente en mi garganta. No quiero volver
a asustar a Tony, que duerme plácidamente como un angelito rodeado de paz en su lado del
colchón. Me atraganto con mi respiración, jadeando, manchando las baldosas del suelo con la
humedad de transpiración a lo largo de mi torso desnudo. Hay llanto en mis ojos, esperando a
ser derramado. Los aprieto, negándome a llorar. Si comienzo ahora, no voy a parar.
Me esfuerzo sobre mis pies y camino tambaleante hasta la cocina, me encierro allí. Me
doblo, apoyando las manos en la mesada y procuro tranquilizarme. Que los recuerdos se vayan,
que la pesadilla termine de parpadear en mi mente. Mis dientes castañean, tan violentamente
que mi mandíbula duele. Observo mis pies descalzos, fijamente. Esperando a que el rocío se
limpie de mí enfoque. No puedo permitirme caer. Derrumbarme. No ahora. Tal vez nunca.
Tengo que seguir en pie, persiguiendo con firmeza mi próximo objetivo. Venganza.
Por ella. Sólo por ella. Por lo que le hicieron sólo por amarme. Sólo porque la amaba.
Porque dio a luz a mi hijo. No se lo merecía, se suponía que tenía que seguir su vida, siendo esa
madre tan amorosa y especial para Tony. Se suponía que yo permanecería lejos por su
seguridad. Que nadie los encontraría.
¿Por qué? Aprieto los párpados y pregunto. ¿Por qué ella? ¿Qué culpa tenía? ¡Ninguna!
¡Ninguna culpa! Era una inocente. La culpa es toda mía. Yo no frené eso cuando tenía que
hacerlo, no los borré del mapa en el momento que era conveniente. Tendría que haberlos
matado a todos cuando menos se lo esperaran, ni bien convertirme en el presidente. Allí mismo
todo habría terminado. Y en la actualidad, mi hijo estaría junto a su madre viva y feliz. En un
mundo seguro y lleno de colores.
Dios, que estúpido fui. ¡Qué inservible! Es verdad, todo lo que ha pasado es mi culpa.
No los protegí.
***
Me deslizo fuera del vehículo desde detrás del volante después de aparcar en un callejón
escondido en el pueblo. Camino la distancia que me queda hasta el pequeño apartamento de
una sola habitación que alquiló Esteban. Parece un lugar seguro, pero no podemos fiarnos de
nada. La verdad es que salir del recinto para mí significa una tonelada de peligro encima,
nunca se sabe cuándo ellos estarán viendo. Soy bueno rastreando presencias indeseables a mi
espalda, sin embargo, jamás se está seguro del todo. León tiene un montón de hombres en el
pueblo, vigilando. Se volvió incluso más cuidadoso desde que ocurrió el intento de secuestro de
aquellas dos chicas que lograron rescatar en una fiesta. El tipo ama este pequeño pueblo
rodeado de nada, jamás dejaría que pasara algo malo. Así que, digamos, la autoridades tienen
un poco de ayuda, aunque ellos lo vean como una forma de desautorizarlos. Tampoco pueden
hacer mucho, la gente se siente segura con los Leones alrededor. No importa cuántos rumores
de mafia y contrabando corran, nadie tiene pruebas sólidas, y a nadie parece interesarle en
realidad. El clan de León no es una amenaza directa y lo saben perfectamente.
Levanto mis nudillos fuera del bolsillo del abrigo y golpeo la puerta de madera maciza
frente a mí. No tarda ni dos segundos en abrirse. Allí mismo, de pie, me encuentro cara a cara
con Esteban por segunda vez en la semana. La primera nos juntamos por poco tiempo para
conseguirle un buen lugar donde vivir provisoriamente.
Se ríe, mostrando una blanca hilera de dientes perfectos y hoyuelos, que le da una
imagen más juvenil a sus treinta y dos años. Se ha afeitado y cortado el pelo, se ve más
civilizado. Si se lo puede llamar así.
Alza las cejas, y nos sentamos frente a frente en los únicos dos sofás individuales, junto
a la pequeña estufa a leña. Despatarrado allí, nos demoramos unos minutos en degustar la
bebida, que corre quemando por dentro al bajar. Es tranquilo, esto de tener su presencia justo
frente a mí, me apacigua de una manera increíble. Está salvo, es lo único que me importa.
Se encoje de hombros, sus ojos oscuros brillando con la alarma de algún recuerdo. Sí,
seguro se asustó lo suficiente. Yo lo hice, también.
—Me crucé con uno de los jóvenes, de los últimos reclutados—explica, tomando un largo
sorbo, negando sombríamente—. Lo noté raro, sabes que ellos no sirven para esconder ninguna
mierda, son muy transparentes. Actuó inquieto, incómodo en mi presencia, entonces supe que
algo iba realmente mal. Lo primero que hice fue darme la media vuelta y rajar. No entré en el
agujero, fue una terrible sensación de advertencia. Menos mal, si entraba ahí, salía con los pies
para adelante… o ni salía—suspira, estremeciéndose.
—Tomé mi moto y volé, un par de los viejos me persiguió—sigue—. Sabían que no iba a
regresar. Me dispararon, dándome en el costado. Me costó un huevo perderlos, no sé ni cómo lo
hice—suelta una ronca carcajada sin humor—. Entonces corrí a los amigos de Tania, eran la
única opción que me quedaba. Ni mi casa, ni la de ella y, mucho menos, un hospital, eran
seguros… Sin ellos, yo no estaría acá—afirmó, frotándose los ojos.
Acaba su vaso y enseguida va a llenarlo, necesitando una segunda ronda. El mío sigue
por la mitad, me lo estoy tomando con calma. Pero claro, no he sido yo quien estuvo al borde de
ser atrapado por los viejos. Tampoco fui yo quien estuvo infiltrado en el nido de víboras
venenosas por meses. Ahora me doy cuenta del estrés que todo eso le ha traído a mi amigo.
No digo nada, la verdad es que juntos siempre somos mejores, tiene toda la puta razón.
Pero tiene como amigo a alguien que necesitaba hacer todas las malditas cosas mal para llegar
a esto: un callejón sin salida. Ahora hay que empezar desde cero.
No necesito decir más, su tez se vuelve cenicienta y sus irises oscuros se espesan. Traga
con fuerza y esquiva mis ojos, tomando un momento. A los dos nos mata. Él estuvo allí, lo vio
todo. Presencio la manera en la que me desmoroné. Tuvo que salir a vaciar sus entrañas afuera.
Incluso sé que lloró allí, mientras yo permanecía dentro, enloqueciendo. No es algo que
cualquiera de los dos haya podido sacudirse con éxito. Nadie podría superarlo en realidad.
—Son unos…—aprieta los dientes con fuerza—. No hay palabra que se les ajuste,
sobrepasan todos los límites—concluye áspero.
Me tenso. Por supuesto, sé que tiene razón. Toda la razón. Sin embargo, no estoy listo
para irme. Todavía no. Necesito más tiempo.
—Lo sé—susurro, apagado—. Pero todavía no está en mis planes irme… por eso te hice
venir. Acá te tengo más cerca y sé que estás a salvo…
Sigo ahí, dándole la espalda, fijo en un punto en la pared. Una voz interior grita que no
es sólo ese motivo. Que hay más. Mucho más.
Bufo, encogiéndome sin ánimos, regreso a enfrentarlo. Sus ojos oscuros ahora están
muy abiertos, y no es una novedad para mí que se encuentre leyéndome como a un libro abierto.
—La última vez que estuviste así de inseguro fue cuando…—sus cejas se alzan ante la
relación que ejerce su inteligentísima cabeza—, ¿hay una chica?
— ¿No estás durmiendo bien?—me estudia, seguro notando las enormes ojeras que
luzco—. ¿Pesadillas?—niega, y se frota la cara—. Sabes que no logras nada con culparte, sólo es
envenenarte por dentro, y ya es suficiente con el resentimiento. Esa mierda tiene que caer toda
sobre ellos… ellos son los animales, no nosotros… hay que hacerlos pelota, hermano… cuanto
antes.
Asiento sin siquiera pestañear, mi rostro tenso como una piedra. No todo lo que dice es
cierto. Sigo sin estar de acuerdo con una parte. Es mi puta culpa, y tengo que hacerme cargo de
ella. Merezco ese veneno.
BIANCA
En lo poco que va del día he hecho bastante, pasé la mañana ordenando mi cuarto, que
a causa de mi tiempo con Tony y Ema he ido descuidando. Separé la ropa para lavar y doblé la
limpia, acomodándola en los estantes y perchas del ropero. No la tenía allí antes, la mantenía
dentro de la valija, no sé si lo hacía porque me preocupaba ser arrastrada de patitas a la calle
en cualquier momento o qué, pero ya me siento segura de quedarme. Además, lo que menos
quiero hacer es irme. ¿Justo ahora? Definitivamente no.
Fui a casa a sacar la ropa del lavarropas y tenderla en la sala, algo cerca de la estufa,
para que se secara. Pero no me quedé allí. Me fui al mono-ambiente de Jorge. Así que ahora me
encuentro terminando de lavar los platos que esos dos hombres, el chiquito y el grandote,
dejaron sobre la mesa, sucios desde el almuerzo. Sé que Jorge no lo hizo adrede, tuvo que salir
corriendo para ver a su amigo en el pueblo, apuesto a que cuando regrese será lo primero en lo
que piense. Y también deduzco que no le va a gustar nada que yo haya hecho todo el trabajo por
él. Va a enojarse. Y no es lindo cuando eso pasa. Me encojo, no le tengo miedo a ese
temperamento, de hecho, como que me excita un poco. Me rio sola, mientras guardo cada
utensilio en su lugar en las alacenas.
Estoy allí, masticando y sonriendo cuando mis ojos se fijan en la caja que sobresale de
debajo de la cama. Siempre está allí, la he visto y movido de lugar varias veces, cuando me
insisto en pasar el lampazo sin que el ogro gruñón me venga detrás. Nunca me atrevo a abrirla,
porque no quiero ser entrometida, aunque no puedo negar que me tiene curiosa. Seguramente
es de herramientas, estos hombres no van a ningún lado sin uno de esos cajones. A pesar de mi
vena entrometida, me niego a revisar nada. No es mi asunto. Al igual que el sobre de papel
madera que ha llegado, el que encontré en el suelo cuando abrí la puerta, alguien debió haberlo
pasado por debajo ya que no había nadie. Es tentador el impulso de abrirlo, tampoco voy a
sucumbir. Lo dejé en la mesita de noche junto a la mama. Soy una buena chica. Y puede ser que
el haber actuado como una chusma me haya dado respuestas antes, sin embargo, ahora no me
siento con el derecho de nada. Y es mejor que me quede quietita en mi lugar.
Un segundo después, Jorge abre y se cuela dentro. Y no logro borrar la sonrisita que
estira las comisuras de mis labios.
— ¿Qué estás haciendo?—me frunce el ceño de una manera adorable… bueno, no
adorable, esa palabra no va con él—. ¿Qué…—se corta, notando la mesa recién lustrada—. ¿Yo
qué te dije, Bianca?
Pongo los ojos en blanco ante los suyos viéndome entrecerrados, acusatorios. Me salgo
de mi lugar y voy a él, riéndome. Bajo el cierre de su abrigo y lo ayudo a sacarlo, como si
realmente lo necesitara, sigue mirándome con molestia. Niego y me muevo para colgarlo en el
perchero junto a la entrada.
Suelto una risita mientras se sienta en una silla sin dejar de mirarme fijamente.
Entonces caigo en la cuenta por primera vez de sus enormes y oscuras ojeras y de lo cansado
que se ve. Incluso parece haber ganado unos años más. Trago, ni siquiera estoy pensando
cuando voy a él y me siento en su regazo a horcajadas, clavando mi mirada en su rostro pálido
directamente. Es verdad que nuestra conexión es meramente sexual, pero él me importa. Para
mí es más que sólo sexo.
Si es posible, arruga más el entrecejo, dándome una mirada llena de restricción. Claro
que no va a revelar nada que tenga que ver con ello, pero yo no necesito que lo haga. Sé bien la
respuesta. Sonrío y me apoyo en él, porque me percato de que sus músculos están menos duros.
Comienzo a besarlo en el cuello, la mandíbula, las comisuras. Después de un rato, al fin tengo
sus labios y me alegra que no se retire, eso me quita un suspiro de gusto, me permite entrar,
haciéndome sentir como si fuera su debilidad. Yo sí estoy segura de que él es la mía. Interno mi
lengua en su boca y su respiración enloquece. Su enorme y áspera palma se entierra en el pelo
de mi nuca y me mantiene allí, el pequeño beso romántico se nos va de las manos. Raspa mis
labios con los dientes, hasta que se echa hacia atrás, sus irises dorados encendidos. Echa un
vistazo al reloj y me froto contra la erección creciendo en sus pantalones.
—Hey, hey—intenta tranquilizarme—. Son menos cuarto, no falta mucho para que
Tony…
Aplasto sus palabras con mi boca, balanceándome y tomando su cuello en mis manos,
jadeo. Se preocupa en vano, el niño sale a las cinco de la tarde y tiene un camino de diez o
quince minutos hasta el recinto. Tenemos tiempo.
Gimo cuando engancha mi labio inferior entre sus dientes y tironea, ya frenética y
necesitada, bajo las manos entre nosotros para desprender sus vaqueros, me lo permite sin
chistar y sonrío porque sé que he ganado. Salgo de encima, poniéndome de pie a su lado y llego
a mi ropa interior bajo la falda, la engancho en mis dedos y la deslizo por mis piernas. Jorge me
observa embobado, ni le doy tiempo a moverse porque enseguida estoy sobre él, encargándome
de su ropa. Mete las manos y rebusca entre la tela hasta que tiene los globos de mis nalgas en
sus manos y me arqueo mientras me atrae más al ras de su pecho.
Gruñe y se aferra a ambos lados de mi cabeza para ahondar el beso. Dios, estoy tan
mojada, y eso que nos lo estamos tomando con calma. Pero él me mata de cualquier manera,
siempre y cuando esté dispuesto a tomarme. Me suelta y entre los dos luchamos con sus
pantalones, despejando sus partes íntimas. Su pene completamente erecto salta hacia afuera y
se me hace agua la boca. Despacio, me ordena que me eleve un poco, lo hago, apoyándome sobre
mis pies. Se acomoda a sí mismo en mi entrada y, despacio—tortuosamente despacio—, voy
tomándolo centímetro a centímetro al tiempo que bajo. Nos miramos fijamente, bebiendo las
reacciones de uno y de otro al dejarnos arrastrar por las sensaciones. Para cuando acabo entera
sobre él, completamente empalada, ambos estamos jadeando en busca de aire. Intento que mis
ojos no rueden hacia atrás en estasis porque no quiero perderme sus rasgos ahora laxos. Ya no
hay tensión, ni estrés, ni preocupación. No más sombras. Su tez ha tomado color, sus pupilas
están dilatadas, casi abarcando todo el whiskey de sus irises. Sonrío, sintiéndome borracha.
Lo que menos deseo es moverme, tengo el cuerpo flojo y débil, aun así me esfuerzo por
levantarme e ir a limpiarme. Lo dejo allí, arreglándose las ropas para ir al estacionamiento a
buscar a Tony. Sale por la puerta sin decir ni una palabra, ni siquiera mirar atrás. Bien, está
abrumado. Porque en esta ocasión, lo que hicimos fue más que un momento desenfrenado, y sé
que lo apreció tanto como yo. Una vez que salgo de su baño, consigo mi abrigo y mis bragas
olvidadas en el suelo. Las guardo en el bolsillo. Enseguida me marcho a casa para tomar una
larga ducha, al calcular que me quedan un par de horas para mí antes de venir a encargarme
del pequeño Tony.
***
— ¡Hola bonito!—chillo entrando al mono-ambiente.
Tony está en torno a la mesa, masticando torta de chocolate. Sus labios y mejillas
tienen migas marrones y luce un gran bigote blanco de leche. Me sonríe después de pasarse la
lengua por la comisura. Mi corazón late, es un niño demasiado dulce, sinceramente estoy
enamorada de él. Dejo mi campera en el perchero y corro a su lado para llenarle los cachetes de
besos, ni siquiera se mueve o se queja, aunque arruga un poco la nariz. Creo que en el fondo le
encanta que lo arrulle todo el tiempo, sólo que le encanta dar una imagen ruda. Como la de su
padre. Copia muchas cosas de él, Jorge ni siquiera se da cuenta, demasiado preocupado por no
ser suficiente para su hijo.
Tomo una servilleta y lo limpio antes de que se vaya a corretear por ahí, busco una
rejilla húmeda y me dispongo a limpiar las migas de la mesa. Realmente no llego muy lejos,
una presencia dura se posa a mi espalda y su enorme mano apresa mi muñeca, impidiéndome
moverme.
Tiemblo, tragando un montón de saliva. Dejo ir el trapo con una risita, sólo porque a él
le gusta que yo le obedezca. Y, aunque siempre estoy desafiándolo y haciendo todo lo contrario a
lo que pide, ésta vez le doy el gusto y me quedo a un lado viendo cómo se encarga del desorden
de Tony. Llama al niño y suavemente le pide que regrese la taza a la cocina y la deje junto a la
pileta, para ser lavada. Tony abandona todo lo que está haciendo con sus juguetes y corre para
cumplirle y volver rápido a su juego. Jorge entra en la cocina y la taza con apariencia ausente.
Me dan muchas ganas de entrar ahí con él y cerrar la puerta que nos separa de Tony, sólo
porque no tuve suficiente con el rapidito de esta tarde. Nunca tengo suficiente de él en mis
venas.
Suspirando, me alejo de mis ansias y caigo de culo en el piso junto al chico para jugar
con él. Armamos una torre con los ladrillitos, nos inventamos una historia interesante sobre
invasiones y guerras con sus soldados miniatura, mientras Jorge se pierde en el baño por una
ducha. Me entretengo intentando impetuosamente no imaginar cómo se vería ese cuerpo
grueso, fibroso y tatuado mojándose bajo la lluvia. Cuando la puerta se abre dejando salir el
vapor no consigo evitar voltear a verlo salir tan glorioso, con sólo unos vaqueros oscuros y el
torso lleno de gotitas que brillan ante la luz. Hambre. Eso me provoca.
Me tengo que poner de pie para saber de lo que está hablando. Camino hacia él justo
cuando está tomando el sobre marrón desde la mesita de luz. Pestañeo, confundida.
Niego, sin despegar mi mirada de la suya. Tengo que saltar fuera de su camino, porque
enfila hacia la cocina como un toro enfurecido y se ve como si fuera a chocarme o lanzarme lejos
de un empujón. Me fijo en Tony y está pálido. Bueno, sin duda, no soy la única que se siente
como la mierda ahora. La verdad es que el temperamento de Jorge no me afectaba nada, pero
éste no es como ninguna explosión anterior. La manera en la que me miró, como si fuera mi
maldita culpa que el sobre estuviera allí… me lastimó. No sé qué hay adentro, y sospecho que
debe ser algo que le preocupa y lo molesta. Ahora me gustaría haber mirado cuando quise más
temprano.
No me siento preparada para que Jorge salga de la cocina, no quiero volver a enfrentar
esa mirada. Y no me queda otra opción que hacerlo porque la puerta que lo separa de nosotros
se abre y nos ve allí, sentados inmóviles en el borde de los pies de la cama. Enseguida baja la
cara al suelo, como si se avergonzara y no tuviera las pelotas de enfrentarnos después de la
explosión. Sabe que nos hirió con su manera de actuar.
—Me parece que—trago—, creo que fue injusto lo que hiciste ahí…—aprieta la
mandíbula y esquiva mis ojos viéndose muy culpable—. No tengo nada que ver con tu mierda,
ni yo ni el niño. Y si de verdad querés que él confíe y se adapte no podes tener ataques como ese
en su presencia, lo único que logras es que te tenga miedo… que te tengamos miedo—culmino,
susurrando.
Se tambalea y acaba apoyado en la mecada, se frota los ojos como si le doliera algo. O
simplemente estuviera agotado. Sé que hay miles de cosas que lo atormentan, pero realmente
me dolió que me hablara así. Aun cuando estoy segura de que se sintió acorralado y aterrado.
Me aborda, arrinconándome contra la pared, toma mi mentón en su mano para que no barra la
mirada lejos.
No soporto mirar sus ojos y descubrir qué tan roto se encuentra y en qué medida lo
retienen y dominan el resentimiento y la venganza.
—Bien—digo, firme.
Jorge se inclina con los ojos cerrados y esconde su rostro en el hueco de su cuello. Mi
vista se borronea al tiempo que lo rodeo con mis brazos y froto con tranquilidad su espalda
desnuda. Su respiración se calma en un rato. Y así nos encuentra Tony al asomarse a la cocina,
sus ojos redondos e inocentes posándose en nosotros con interés. Le sonrío mientas sigo
sosteniendo a su padre. Él se afloja y me muestra sus dulces hoyuelos, con alivio en su precioso
semblante.
— ¿Bianca?—emite, cuidadoso.
Me rio y dejo que me tome la mano para llevarme a la mesa, donde ha vaciado su
pequeña mochila de súper héroes. Nos distraemos ahí, mientras Jorge va y viene acomodándose
para salir. Llega rápido al perchero y descuelga su abrigo negro, está a punto de abrir la puerta
cuando reclamo su atención diciendo su nombre y se gira para mirarme. Tiene los ojos rojos y
las ojeras están más profundas que antes. Camino la poca distancia que nos separa con
seguridad y lo atraigo, dándole un pequeño y corto beso en la comisura de los labios. Esa que
siempre se levanta formando una atractiva e insolente sonrisa de lado. Sólo que ésta vez no me
la dedica, sino que asiente con tristeza y desaparece, cerrando la puerta silenciosamente.
JORGE
Me tomo un momento antes de entrar al bar, no quiero repartir tanta tensión. Estoy
avergonzado, dolido y me siento muy culpable por dejarme llevar tan abajo de esa manera. Es
verdad, Bianca no merece que la arrastre en la mierda por la que estoy pasando y mucho menos
ser objetivo de mis descargas. Por un momento, cuando vi el sobre, creí que el mundo se me
caería encima. Y la sensación empeoró ante la idea de que ella pudiera haberlo abierto para
mirar adentro. Tuve miedo. No por mí, no por ellos. Tuve profundo y helado terror irracional de
que ella lo hubiese descubierto, que encontrara ese trozo tan doloroso de mi pasado. Porque eso
significaría que podría perderla. Y no estoy preparado para que ese momento llegue. Aún no.
La necesito.
Ella me calma. Su fresca y pura mirada me ablanda, su sonrisa me hace sentir más vivo
que nunca y tenerla en mis brazos me hace feliz. No sé cómo arreglármelas ya para seguir
negando que ella me tiene enganchado, por entero. Que estoy cayendo, o más bien, he caído. Y
que el día que tenga que dejarla ir, sé que esa gran parte de mí que esa mujer ha revivido se irá
con ella.
Por eso el pánico. Porque me niego a que me dé la espalda ahora. La necesito
demasiado, es más que sólo un cable a tierra que me mantiene erguido.
Suelto una seca carcajada sin humor mientras piso la colilla que acabo de tirar al
asfalto. Y yo que la creía vulnerable. Sensible. Débil. ¡Que mierda tan equivocada, hombre! Ella
es fuerte como un roble. Incluso en el dolor más hondo, tiene una sonrisa valiente en la cara.
Sus ojos dicen miles de historias sobre su corazón, son ventanas abiertas que dejan ver un alma
bondadosa. No, ella no es vulnerable. De ninguna manera. Es única, y no sé por qué motivo ha
caído justo en mi camino. Un hombre como yo no merece a una mujer tan llena de divinidad e
integridad como ella. No tengo alma, y lo que queda es sólo un envase vacío.
Presto especial atención a la pelirroja sentada sola a un lado sosteniendo una cerveza
bien fresca en la mano. Tiene el semblante iluminado con simpatía y sus ojos grandes están
llenos de un brillo que atrae a cualquiera. El aura que rodea a Ema Fontaine es dulce, radiante
y llena de paz. Me acerco y enseguida me percibe, inclinando el rostro hacia mí. Sus ojos no me
encuentran directamente, no me ven, así que estira el brazo y consigue mi antebrazo, dándome
un apretón como saludo amable. Se lo permito, sin sentirme raro ante el contacto.
Las pecas en su rostro hacen que no pueda sacarle la vista de encima lo suficientemente
rápido.
Soy seco la mayor parte del tiempo, y después de lo que acaba de pasar en mi
departamento, no puedo evitar serlo un poco más de lo normal. La chica ni siquiera ladea la
sonrisa, es como si me conociera desde siempre y no se esperara más de mí, mucho menos
acabaría ofendida por mi tono. Lo aprecio. Es como si me aceptara como soy, sin buscar extras
que no tengo.
Tomo un buen primer sorbo. Y registro el lugar. Demasiado tranquilo, en extremo. Los
habituales se marcharon con los demás y sólo quedan unos pocos jugando billar o dardos,
tomando algo con tranquilidad. La mayoría vive fuera del recinto, tal vez en el pueblo, o la
ciudad, unos kilómetros más allá.
—Revisé la correspondencia hoy, había algo tuyo, mandé a uno de los chicos a
dejártelo—explica Adela, agachada, ordenando la parte baja de la heladera mostrador—. ¿Te
llegó?
Tomo una bocanada entre dientes, cualquier cosa, menos una conversación que me
recuerde ese maldito sobre. Lo carbonicé sin siquiera mirar adentro, aunque me figuro
perfectamente que era otra fotografía.
Su pregunta es de lo más inocente, ¿cierto? No hay nada que indique doble sentido en
sus palabras, ni siquiera en su expresión. Sólo quiere saber cómo está yendo Bianca en su
“trabajo”.
Asiento, aunque sé que no puede verme. Adela sí, y está ahí agachada con el oído
pegado en nuestra charla. No es buena en disimularlo, ya que voltea a mirarme de vez en
cuando, escarbando en mi expresión. Tengo ganas de soltarle algo no muy caballeresco, sin
embargo me lo guardo. Será que ellas dos deben de sospechar algo, ¿Bianca cree de verdad que
estamos siendo precavidos? Eso es último que somos. Pasa demasiado tiempo metida en mi
departamento, incluso cuando Tony no está. Piensa que Adela no repara en ello porque duerme
hasta muy tarde. No lo creo, esa chica es bicha. La verdadera cuestión es que Santiago no está
alrededor, y es por eso que Bianca va por ahí más relajada.
Y lo digo en serio, no hay nada oculto detrás de mis palabras, sólo sinceridad. Ella tiene
un sueldo a mano cada quince días. La obligué a tomarlo, no me importa qué tan rica sea y que
ni siquiera lo necesite. Tiene que ser recompensada, porque si no fuera por su apoyo,
permanecería preocupado por Tony en cada lado que fuera.
Yo puedo ponerme a su nivel si quiere. Sus ojos plateados suben hacia los míos,
entrecerrados. Me leen, y no hay nada que ella pueda conseguir de mi mirada. Me da una
sonrisa de lado, llena de dobles intenciones. Se levanta y cierra la heladera, dejándola aún sin
completar. Se acerca, apoya los codos en la barra para enfrentarme.
—Imagino la forma en que le pagas—me muestra los dientes—. Tengo muy buena
imaginación, y certera.
— ¿Estás insinuando que me acuesto con ella a cambio de que cuide a mi hijo? Eso es
una locura—expreso con los dientes apretados.
—No sé…
—Es hermosa—suelto, agrio—. Pero no sólo eso, es mucho más. Y acabas de insultarla,
y a mí también. No se merece que crean eso de ella... Además, si me acostara con Bianca, lo
haría sin ningún puto precio en medio, ¿entendido, sabelotodo?
Si me pidieran que fuera sincero… Bien, si fuera por mí ya todos estos idiotas sabrían
en qué cama duerme Bianca su siesta diaria. Pero respeto su decisión de esperar a que la
relación con su hermano se consolide más. Además, pensándolo mejor, por la situación en la que
me encuentro, es mejor que ella no exista para el mundo exterior que espera a que yo salga de
la guarida para caerme encima. Ellos no pueden tener ninguna información sobre nuestra
relación.
Hace bailar su mano entre los dos para quitarle importancia al asunto. Pero, entre esa
perra de Adela y yo, las cosas han quedado más claras de lo que me gustaría. Sólo espero que no
se le dé por insinuar mierda por ahí.
***
Adela cierra el bar muy temprano esta noche y no nos vamos hasta que tenemos todo
ordenado y subo a las oficinas a dejar unos papeles y trabar las puertas. Generalmente evito
entrar muy seguido ahí, no me siento con el derecho, nada de esto es mío y fui enemigo por
años, lo que menos quiero es tener algo que ver con lo que hay dentro. León me dejó a cargo, sí,
y no entiendo por qué lo hizo, teniendo a Adela que es de confianza y una Leona cuando se trata
de su bar.
Una vez todo hecho, la chica me deja salir para después rodar la llave. Ema y ella
pasarán la noche en el altillo y les doy una cabezadita como despedida a través del cristal de la
puerta. Adela me muestra el pulgar y corre las cortinas. Mientras regreso me fumo el último
cigarrillo permitido del día, estoy tratando de medirme con esto, he notado que se me estaba
yendo la mano. No es que alguna vez me haya importado pero, no sé, siento como que ahora los
tiempos han cambiado, que yo he cambiado y hay otras prioridades que marcan esta nueva
etapa. Lo que sea que quiera decir esa mierda. Lanzo la colilla al suelo y la aplasto con la bota
junto a mi puerta, después la levanto para tirarla en el tacho de la basura adentro porque el
patio es demasiado bonito para dejarle basura de decoración.
Me llama la atención que la luces estén encendidas al entrar, porque eso indica que
Tony está levantado a estas horas y no es recomendable, para nada. Cierro a mi espalda y giro
para encontrarme con la cama vacía, ni rastros de mi hijo.
No puedo evitar echarle un largo vistazo a sus piernas desnudas y el resto de su cuerpo
cubierto por una de mis camisetas blancas de cuello en v.
Aunque debería, Bianca me está desacreditando delante de mi hijo. Pronto Tony correrá
a pedir permisos a ella en vez de a mí. Bueno, simplemente puedo dejarlo pasar por hoy, no
consigo pescar dos pensamientos lógicos juntos con esta mujer contoneándose de acá para allá
con sólo una muda de ropa.
Me quito el abrigo y lo cuelgo, recibo el trago sin decir ni una palabra mientras ella me
sonríe provocando un revoloteo en mi pecho. Nada es más irresistible que esa sonrisa. Excepto
cuando pone aquella expresión provocativa que me asegura sin palabras lo que quiere de mí.
Me mantengo relajado, sin demostrar que estoy entrando a sentirme acorralado porque
sé que quiere hablar de…
Bianca estudia mi cara por un rato, volviendo a llevarse el borde del vaso a los labios.
¿Por qué está tomando? ¿Se siente nerviosa? La observo en la misma medida que ella a mí,
midiéndonos. De pronto se traga todo el líquido de una sola vez y suspira, mordiéndose el labio.
—Lo que pasó hoy me dolió—confiesa en tono bajo—. Por un momento volví a esa época
en mi vida en que todo el mundo me trataba de idiota y nadie me tomaba en serio porque me
veían como una atolondrada… y, lo peor, me consideraban una niña metida y molesta.
—Yo no soy ninguna chusma—me mira—. Bueno, suelo ser entrometida a veces—
arregla, soltando una risita ahogada—, pero no en el nivel de revisar el correo de alguien…
—Además—me corta de lleno—me hizo ver una nueva parte tuya, capaz de explotar de
ese modo… y sin querer me chocó la verdad de que ni siquiera te conozco. Que me estoy
acostando con un tipo que me encanta, pero no conozco ni un poco. Luego me-me quedé ahí
parada como una tonta con una cantidad de cosas en la cabeza que apenas podía considerar, y
se mezclaron. Me di cuenta de que yo no podía pedirte ninguna cosa y, mucho menos una
explicación de tu ataque, porque no tengo ni idea de lo que somos… nosotros dos… ¿Y cómo
puedo exigir respeto si me entrego con los ojos cerrados…? Así que supe que no quiero ser esa
chica con la que te acuestas y después envías a casa sin un adiós… aunque seamos buenos en la
cama…
—Bianca…
—Bianca…
Lanzo el vaso con hielo al suelo, el estruendo la sobresalta y levanta los ojos vidriosos a
los míos. Hay algo adentro que me duele, no sé bien qué es pero lo siento perfectamente. Me
pongo de pie muy despacio y la tomo de la muñeca para atraerla a mí. Le quito la bebida ya
vacía de las manos, lentamente y con cuidado, entonces la abrazo. Ella apoya su mejilla en mi
pecho, no dice más. Ni siquiera se mueve. Y yo tampoco, mantenemos un silencio tolerable para
ambos. Me doy cuenta de que está en medio de un ataque de intensa sinceridad y que fui yo
quien lo desató. Tiene miedo, porque jamás fue tomada en serio, y yo no he hecho ningún
esfuerzo para hacerla sentir de manera diferente. Ni una sola vez.
»No soy bueno demostrando sentimientos, ¡por Dios! Ni siquiera sé cómo tratar con mi
propio hijo… pero sé bien que no quiero que te alejes. Aunque no merezca todo eso que tenés
para dar, lo quiero, porque soy un hijo de puta egoísta y no soy lo suficientemente fuerte para
empujarte lejos del caos que es mi vida ahora… Por eso lo siento. Lo último en mi lista de
intensiones es dañarte, lo siento… Estoy seguro de que mereces más que un idiota jodido como
yo, y no voy a pelear si decidís salir corriendo por esa puerta ahora mismo… Tampoco puedo
dar muchas promesas, aunque me gustaría que sepas que realmente me gustas y que estoy
dispuesto a…
Bianca alza una mano y me tapa la boca, sus ojos azules muy grandes y sorprendidos.
Brillan mientras repasa cada línea de mi expresión tensa, y sus labios se curvan en las
comisuras.
Niego.
—Estabas abriéndote a mí—digo, alejando sus dedos—. Y a causa de eso ahora sé que
soy capaz de hacer lo mismo…
La sonrisa se le ensancha y ya siento que puedo respirar tranquilo de una vez por todas,
porque el miedo ha desaparecido y su rostro está ruborizado.
—No voy a salir por la puerta, si es eso lo que temes—me guiña—. Pero podemos ir a
dormir, tengo mucho sueño y realmente me gustaría quedarme en tu cama.
Y así como así, ella descarta todo el drama. Mi corazón vuelve a latir con normalidad al
ver a la burbujeante Bianca renacer, abriéndose como un capullo de rosa, regresando a sus
colores. Alzo una ceja y la observo de pies a cabeza, entrando en el jueguito.
—No es mala idea que te metas en mi cama, muñeca—le digo con la voz ronca.
Ella salta sobre el colchón y se apresura a meterse bajo las sábanas como una niña
entusiasmada. No me queda otra que reírme, efectivamente, está un poco loca.
Junto a mí, Bianca se ve bastante pequeña y delicada. Pálida en contraste con mi piel
tatuada. Es suave en todos sus ángulos, mientras que yo soy áspero con músculos endurecidos
por años de trabajo duro y ejercicio. Aparte, en casi toda la extensión de piel tatuada también
se pueden encontrar cicatrices. De caídas en moto siendo un chico, luchas, balas, peleas mano a
mano.
Yo soy un delincuente, nací para nadar entre los marginados, tratar de pescar y a la
vez ser un pez gordo. Pero no en los ríos de clara agua dulce, sino en la suciedad de los
pantanos. Mi vida era peligrosa—y aún lo es—, cada día con nuevos inconvenientes, casi
siempre marcados por la violencia. Por eso me llama la atención la vida de los Leones, ellos sólo
se van de viaje y vuelven como si no hicieran nada malo, y ninguna mierda pasara. Incluso
hasta parece que es lícito lo que hacen, no son oscuros. Si bien siempre están preparados para
cualquier altercado, ellos jamás serán los incitadores. Los admiro, tengo que reconocerlo. Los
problemáticos de antes éramos nosotros, claramente. Mi clan los atacaba a la primera
oportunidad, porque nos gustaba molestar y joderles la existencia. En realidad, nuestra
enemistad comenzó por culpa de mi padre y los viejos, ellos querían más que nada estas tierras.
Y vivir aquí me hizo entender por qué. El lugar es desierto, paradisíaco, no obstante, no era eso
lo que más envidiaban. No. Era el puerto. Las buenas rutas para el tráfico de armas, o lo que
fuera que quisieran. Éste es un punto muy significativo, sin duda, los Leones son muy
afortunados de que éste sea su territorio.
Y así como he aprendido mucho del asunto, también tengo la certeza que ninguna
porquería que mi padre hubiese instalado acá habría funcionado. ¿Por qué? Simple. León es
nativo y amado en este pueblo casi aislado. El clan es idolatrado y la gente inclusive se siente a
salvo a causa de ellos. Ninguna autoridad vecina se metería en medio, si hasta son respetados
por los mismos. Y esos privilegios no habrían sido cedidos a las Serpientes, ni en un millón de
años. Por el contrario, nunca nos habrían dado la bienvenida en este lugar. Éramos pájaros de
mal agüero, llevábamos negrura pesada en las espaldas, habríamos roto cualquier seguridad y
código respetable en la zona. Estoy seguro de que mi padre hasta se habría adueñado del
pequeño pueblo, lo imagino sembrando miedo en cada paso que diese.
Concuerdo en que estaba vacío, siempre lo estuve, hasta que llegó Cecilia a mi vida y
terminé de abrir los ojos, me volví consciente de muchas cosas. Supe que no quería ser más ese
malhechor hijo de puta que sólo arrastraba sangre a cada paso. Porque lo cierto es que muy
diferente de mi padre no soy. He hecho cosas terribles, si bien no violé mujeres ni maté niños, sí
hay mucha sangre en mis manos y eso siempre pesa al final del día. Sobre todo cuando entiendo
que por ese ritmo de vida perdí lo que más me completaba, lo que más feliz me hacía. Y, sobre
todo, lo que realmente me convertía en un ser humano.
Cuando Cecilia murió el frío volvió a mi corazón, y sinceramente, costó mucho que el
hecho de tener aún a Tony me calentara nuevamente. La presencia de mi hijo evitó que me
hundiera, sin embargo, gran parte de mí seguía bajo la superficie. Entonces ésta chica puso sus
ojos tan azules en los míos sólo durante dos segundos en aquella fogata y logró forzar una
pequeña fisura en mi armadura. En la actualidad supongo que no hay nada que analizar ni
negar, lo que ocurrió anoche no da lugar a muchas dudas. Me tiene y la tengo. Lo que me aleja
un poco de mis planes principales. Y, sorprendentemente, no me importa, he esperado mucho
tiempo, puedo seguir haciéndolo un poco más. Siempre y cuando el motivo sea seguir
sintiéndome así de liviano al sostenerla en brazos y verla dormir. Y penetrar sus defensas y
quedarme allí enterrado mientras me acuna, haciéndome creer por un celestial momento que
puedo pertenecer a cielo. Un poco más de eso, sin pararme a considerar que no soy merecedor.
— ¿Vas a contarme ese gran secreto?—susurra esta bonita chica, todavía entre
dormida.
Pestañea ante mi escrutinio y me dedica una diminuta sonrisa, volviendo a cerrar los
ojos unos segundos más. Caigo en la cuenta de que estoy frotando entre mis dedos el dije que le
agregué a su pulsera perdida, aquel día, después de arreglarla. Un impulso que todavía no
logro explicar con exactitud. Ciertamente el color me recordó a sus ojos, pero eso no es
suficiente para llevar a un hombre como yo a hacer eso, ¿cierto? Tiene que haber más detrás de
ese gesto.
Su mirada pura y abrumada por las horas de sueño leen mi semblante, al mismo tiempo
que su mano viaja por mi pecho, suave como una pluma.
Trato de no demorar la vista en sus tetas, sino tendré que tumbarla y hacer cosas muy
malas con ella. Y parece que amaneció con ganas de hablar.
—Sí—canta, derritiéndome con una preciosa gran sonrisa—. Mis ojos. Pero… ni
siquiera entendí por qué. Todavía estabas en tu etapa de gruñón—arruga la nariz.
Se me escapa una carcajada ronca. Tiene razón estaba en ese período en el cual repartía
mala onda a todo el mundo. No importaba si era una hermosa chica con sonrisa deslumbrante,
mirada amable y modos dulces. Apesté con ella. Supongo que tenía que ver con la resistencia.
Se ruboriza, sin borrar la curvatura en sus labios. La miro por un largo momento,
fijamente, sin perderme ningún gesto suyo. Considero mis opciones.
Bianca se queda allí, sobre sus rodillas, intentando procesar lo que le estoy pidiendo.
Frunce el ceño delicada e, incluso, dulcemente. La curiosidad gana la batalla y se desenreda de
las sábanas para caer de rodillas en el suelo, junto a la cama. La escucho arrastrar hacia ella la
única cosa que hay allí y se mantuvo en el lugar desde que llegué y me instalé.
—Oh, por Dios—suelta en una bocanada de aire, quedándose maravillada con sus ojos
muy abiertos e instalados en el interior de la caja.
—Las creas—murmura con tono apretado—. ¿Has creado cada una de estas joyas? ¿De
qué son? ¿Plata, oro?
—Si te pidiera que hicieras una hoy, ¿se puede?—quiere saber, tomando algunos anillos
y colocándolos en sus dedos, la mayoría le quedan grandes.
Seguro los viejos destrozaron todo, apuesto a que ya no quedan ni los cimientos de esa
casa. Nunca regresé para comprobarlo. No me afecta, no me ha quedado ni una pizca de afecto
por el lugar donde crecí. Tengo lo que necesito conmigo, lo material ni me va ni me viene.
Bianca toma un anillo en especial y lo estudia a través de la luz que entra por la
ventana.
—Sos todo un artesano—dice ella, sonriendo, si no me equivoco puede que sea orgullo lo
que hay en el brillo en sus ojos—. Tengo que invertir en esto—susurra, como si se le acabara de
ocurrir una gran idea—. La verdad es que no pensaba hacer negocios de ningún tipo, no me
importa el dinero, iba a gastarlo hasta que no quedara nada. No me interesan los consejos de
inversiones que Nacho me ha estado dando a lo largo de los años, no quiero ampliar mi pequeña
fortuna. Pero… si necesitas… si te interesa, éste podría ser un gran negocio y yo podría
ayudarte…
—Es un pasatiempo, Bianca—digo, tenso—. Además, tengo mil cosas en la cabeza ahora
como para pensar en lucrarme con esto. Y no me hace falta dinero, tengo muchísimo ahorrado.
Ella cierra el cajón y salta a la cama encima de mí, me sonríe y escucha con interés. Y
hasta puedo ver algo de decepción en sus ojos.
—Sos muy bueno—me insta, sentándose a horcajas en mi estómago, con sólo esas
braguitas de encaje blanco—. Es un desperdicio que estén ahí escondidas, debajo de tu cama.
Son muy bonitas y elegantes, podrías ganar mucho dinero…
—Bueno, cuando todos esos planes de venganza se vayan, podemos abordar el tema de
nuevo, ¿tal vez?—insiste, sonriendo con entusiasmo.
—Bien—acaricia mi pecho y se inclina para besarme—. Así que… hiciste este dije,
¿cierto?—pincha poniendo su pulsera entre los dos.
Le creo, por la sinceridad en su mirada clara. Ella considera ese dije algo muy
significativo a partir de hoy. Además, me doy cuenta de que le dio mucha importancia desde el
momento en que lo descubrió en su cadena. Me avergüenzo de la manera en la que se lo di, a
escondidas, como si fuera un maldito delito. Debería haber dado la cara, soy un hombre adulto.
Ella merecía eso. Pero ¿cómo podría? Si apenas habíamos tenido una conversación de dos
palabras y no estábamos en buenos términos. De nuevo, por mi culpa.
Bianca se recuesta encima de mí sin más, suspirando cuando la rodeo y aprieto contra
mí. Por primera vez, no me preocupa tanto el hecho de que estamos volviéndonos
irremediablemente profundos el uno con el otro, y que puede ser peligroso. Ahogo el punzante
recordatorio de que tenerme puede afectarla muy directamente si no voy con cuidado.
***
Una última bocanada de humo y lanzo la colilla de cigarro en el suelo, aplastándola con
la suela de mi bota. Estoy sentado en el piso, mi espalda contra la pared, a un par de metros de
la entrada del bar. Espero a que el camión regrese con mi hijo que acaba de salir del jardín, son
casi las cinco de la tarde. Es día gris, pero no le quita el encanto a la vista, por el contrario. Me
imagino cómo será todo esto cuando la nieve comience a caer sin control, y tal vez nos quedemos
todos atascados en el recinto por algunos días. O semanas. No es algo que en la actualidad me
preocupe demasiado. Eso me hace pensar en lo mucho que han cambiado mis prioridades en tan
poco tiempo.
En mi vida pasada, la gente que me rodeaba habría dicho que estoy siendo un pollerudo.
Las Serpientes no respetaban a las mujeres, ni siquiera como para darles el título de novias y
mucho menos esposas. Nadie hubiese entendido mi relación con Cecilia. Y nadie entendería mi
nueva cercanía con Bianca. Me pregunto cómo es que yo puedo ser capaz de sentirme así al
respecto, teniendo en cuenta la manera en la que fui criado. ¿Cómo es que puedo apreciarlas y
no verlas como meros objetos sólo para placer propio cuando eso fue todo lo que me enseñaron
sobre ellas?
Estoy tan metido en mi cabeza que no noto que alguien se me acerca, hasta que es tarde
y cae sentado a mi lado, sin ninguna vacilación. Ni siquiera tengo tiempo de sorprenderme.
Arrugo el entrecejo, mirándolo como si estuviera loco. De todos modos, ¿ya regresaron?
¿Cuándo? Se gira hacia mí porque no respondo nada a su abrupto arranque. Retiene el
cigarrillo en los labios mientras pita y deja ir una considerable humareda entre los dos. Se ha
sentado muy cerca de mí y, por primera vez, no hay una expresión agria en su cara. O
mandada, como aquella vez en la que quiso jugar el jueguito de conocernos. Sus ojos verde-
dorado están un poco más apagados que de costumbre. Tensa la mandíbula y eso provoca que
su cicatriz se pronuncie más entre el corto nacimiento de barba. Eso me recuerda a que es obra
mía.
—Todo eso—dice, mirando al frente, a lo lejos—. Todo lo que tuvimos que vivir cuando
éramos chicos, no es mi culpa. Ni la tuya—suelta humo por la nariz.
—Supongo.
Se encoge.
Fue por eso que he hecho bastante mal por ahí a lo largo de mi juventud, me hago cargo.
Estaba ciego, quise ser el favorito. Por todas las razones equivocadas, claro. Y todavía recuerdo
aquella noche como si hubiese sucedido ayer. Los ojos de un Max de quince años llegando a la
rápida y clara conclusión de que lo que se le estaba haciendo a esa hermosa mujer sobre la
cama era inhumano e injusto. Mientras él tuvo el valor, yo jugué al matón, apoyándome ahí,
contra la pared, como si nada en la vida me preocupara. Como si ver a un grupo de hombres
torturando y violando a una mujer fuera mi pasatiempo habitual. Oculté mi asco, mi miedo, mi
rabia y me quedé callado. Entonces Max hizo todo el trabajo, y recibió una terrible paliza por
ello. Una que yo comencé, por cierto. No está de más recordarlo. Una vez que le disparó a la
pobre en la frente tuve que dar el primer paso y golpearlo para ocultar el hecho de que quería
hacer lo mismo que él. Llorar. A eso lo hice una vez en soledad, dejándome caer en un rincón
alejado de mi habitación, escondiendo mi rostro en las manos. Todo mi cuerpo temblaba y las
arcadas me poseían una tras otra. Lo peor era no tener ningún aliado con el cual descargarme y
aliviarme de todo lo que me abrumaba. Me sentí como un gusano que merecía ser aplastado por
un zapato. Jesús nunca había sido una opción para abrirme, éramos demasiado distintos. Y ¿no
se supone que los gemelos se complementan en un solo ser? Farsa. Es el día de hoy que me
pregunto cómo es que él no era preferido de Rober, ya que era igual me inmundo que los demás.
Mi gemelo había estado acomodándose la erección durante todo el rato, echando miraditas
curiosas hacia los demás que tomaban turnos sobre el maltratado cuerpo femenino.
—Ese odio que tenías por mí—sigue él, como ausente—era bastante retorcido.
Me rio. Algo en lo profundo de mí se deleita ante eso, porque ese había sido mi puto
objetivo en cuanto a él.
Se encoge entre sus hombros, consiguiendo un nuevo cigarro ni bien acabar el otro. Algo
que, veo, tenemos en común cuando estamos nerviosos. Seguro se está preguntando en qué
podría afectarme un desgarbado adolescente llorón. Y lo hacía, él era la principal fuente de
motivaciones que hacían que yo actuara como lo hacía, porque quería sobresalir. Tenía tanto
poder sobre mí que, aquella mañana en la que despertamos y descubrimos que se había
escapado, me sentí liberado. Sin él, mi camino sólo podía inclinarse hacia arriba. Incluso me
obligué a olvidarme de la pobre mujer y lo que habían hecho con ella, la salida de Max marcó un
nuevo comienzo. Estaba muy ciego y enfermo de dominio. Sin embargo, eso es lo único de lo que
no me siento tan mal en la actualidad, porque gracias a esa obsesión llegué muy arriba. Fue
oportuno que en el camino mis ideales fueran mutando. Para el momento en que me hice cargo
de la presidencia, ya era un tipo seguro de mí capacidad, que lo único que quería era dejar de
causarle mal a inocentes y blanquear los negocios. Tenía grandes sueños de limpiar el clan y
hacerlo mejor. Hacerme mejor.
Tengo que dar gracias a Cecilia por el cambio de chip en mi cabeza. Fue su aparición lo
que me terminó de abrir los ojos. Lo que más me mata es el precio que tuvo que pagar porque
su Dios decidió colocarla en mi camino. Me demostró lo que era el amor y a cambio perdió su
vida.
—Sólo tres—dice, rascándose la cabeza—. Gusto se mandó una cagada y tuvimos que
irnos rajando del recinto de los Cóndores, León nos envió, a Alex y a mí, a escoltarlo de regreso.
El camión que trae a Tony desde el jardín entra en el estacionamiento y salto sobre mis
pies al mismo tiempo que Max. No hacen más que abrir la puerta a los niños que se apresuran
en bajar y correr hacia nosotros. Max se agacha a la altura de Tony le despeina el pelo
sonriéndole, mostrándome lo fácil que es hacer feliz a un niño. Sólo con bajar la guardia a su
alrededor alcanza, el vínculo hace todo el trabajo extra. Abel se queda a una distancia
prudencial, esperando. Me toca llevarlo a casa con Francesca, y ya que Max también va hacia el
lado de la cabaña avanzamos todos en grupo.
Los chicos corren hacia la puerta cuando la mujer de León la abre y se pierden adentro,
apenas soy consciente de ello.
—Cierto—modulo, ilegible.
Tengo la boca bastante seca por lo que mejor me inclino por sacudir la cabeza arriba y
abajo en respuesta. Podemos darnos esa oportunidad, sobre todo porque parece que pasaré
mucho más tiempo bajo el techo de los Leones. Max asiente torpemente en respuesta y
sacudimos nuestras manos. Se da vuelta, enseguida se pierde en dirección a su cabaña.
Abandonándome allí, inmóvil como una estatua, abrumado por la rara sensación de sólo
estrechar su mano, la piel de mi palma picando.
***
Como se hizo costumbre, aparco el coche prestado a un lado de la calle y me interno en
el pequeño pasillo parecido a un callejón para golpear la puerta del apartamento de Esteban.
Las llaves se escuchan de inmediato y un tipo con cara de cansado me da la bienvenida adentro.
Al pasar el umbral me interno en el fuerte olor a alcohol y cigarrillos, y tampoco me pierdo la
mugre que hay alrededor, aparte de los platos sucios amontonados en el fregadero. Él se tira sin
muchos preámbulos en el sofá, mirándome con ojos rojos y una sonrisa torcida.
Alza las cejas como si no le importara una mierda la manera en la que está viviendo.
Niego ante su pregunta, tal parece que no ha madurado nada. O está pasando por un
mal momento.
—Las cosas han cambiado, tengo un hijo ahora, y por él tengo que ser responsable—le
cuento acabando con lo último—. No soy más aquel tipo, hombre. El viejo yo ya no existe.
Silencio denso se instala entre los dos y sé que mis palabras le han chocado. Él fue
testigo de la noche en la que una gran parte de mí murió y cambié por completo. Estuvo allí, lo
vio todo. Y también le afectó. Tuve que tomar a mi hijo del sótano y traerlo conmigo mientras
lloraba desesperado, pidiendo a su madre. Lo sostuve contra mi pecho a la par que subíamos a
un coche y permanecíamos allí hasta que supimos cómo seguir. En ese mismo momento las
prioridades cambiaron y Tony pasó a ser mi vida entera.
Le dedico una risa seca, quitándole importancia. La verdad es que esto no me afecta
pero quiero ayudarlo, y no me parece bien que se esté abandonando de este modo. Él se marcha
a la pequeña sala y comienza a recoger las cajas de comida rápida y las mudas de ropa sucia.
Pronto, el lugar se ve mucho más presentable. Nos sentamos uno en frente del otro, cada cual
con una bebida, como ya se ha hecho costumbre en nuestros encuentros.
—Mira… esto de estar acá encerrado no me sienta muy bien—comienza, pensativo—.
No lo soporto. Y voy entendiendo que por ahora esto va a seguir así. La verdad es que prefiero
regresar… Tengo varios lugares donde esconderme y contactos que pueden ayudarme hasta que
decidas qué hacer—acaba, seriamente.
—Entiendo—carraspeo, me froto los ojos con cansancio—. Te hice venir porque estaba
preocupado, hombre… Lo que menos quiero es que ellos te cacen, creí que tenerte cerca de mí
era una buena opción—murmuro.
—Lo sé, pero ¿ves lo que soy?—señala alrededor—. Estar acá solo me deja pensar
mucho, hombre, no puedo con eso. Necesito actividad. Prefiero irme y ponerme manos a la obra
a medida que te vayas decidiendo con el plan. No sirvo de nada acá estancado. No paro de
tomar y fumar, un poco más y me trepo las paredes. Creo que lo mejor va a ser que vuelva—
insiste, y sé que está desesperado—. Fue bueno verte después de todo ese tiempo, hermano.
Incluso creo que lo necesitábamos. Tuve un descanso de mi experiencia de casi ser atrapado y
no contarla, me hizo bien. Pero mi ciclo aquí recluido tiene que terminar… ¿me entendés?
Sonríe y el color vuelve a su rostro que antes había lucido ceniciento. Puedo imaginar lo
inútil que se ha estado sintiendo acá, entre cuatro paredes, en un apartamento al que apenas le
entra luz por la ventana. Él siempre fue un pájaro libre, y lo que menos debo hacer es
subestimarlo porque es inteligente y sabe cómo cuidarse solo. Tal vez lo hice venir aquí en un
arrebato egoísta de tenerlo cerca como apoyo, porque sólo es con él que puedo hablar del pasado
y mostrarme como realmente soy.
Cuanto más lejos esté Tony de mí cuando salgo del recinto, mucho mejor.
—Estoy seguro de que sos un buen padre—sonríe, mostrando una hilera de dientes
blancos—. Es cuestión de tiempo hasta que se vuelvan inseparables. Además, lo amas y te
esfuerzas, hombre, eso les traerá frutos—me guiña.
Estoy haciendo lo mismo, pero nunca llego a estar completamente erguido. La puerta es
pateada con fuerza y se abre de un tirón, golpeándose. El ruido retumba en mis oídos mientras
me dejo caer al suelo detrás del sofá de dos cuerpos. No sé dónde ha acabado Esteban, pero
puedo oírlo gritando mi nombre por debajo de los ensordecedores disparos de una metralleta.
Me arrastro por el suelo hasta la cocina, me protejo en el vano de pasada y consigo mi arma
desde mi cinturón. Todo alrededor explota y las paredes se llenan de agujeros. Me asomo un
poco para ver a un tipo grande de pie en la puerta disparando a quemarropa por toda la sala.
Me las arreglo para apuntarle y disparar, no alcanzo a darle porque se da la vuelta y se va
corriendo, el silencio regresando. En mis oídos aún resuenan los ecos del caos que acaba de
terminar.
—Estoy bien—aseguro, moviéndome por entre los cristales y madera astillada para
encontrarlo, todavía arrastrándome—. ¿Te dieron?
Lo encuentro estirado detrás de una mesa caída, debe de haberla volcado para usarle de
protección. Hay sangre brotando de un corte en su frente y corre hacia su ceja. Se la limpia de
un manotazo, sus ojos enfurecidos en mí.
Enfurecido corro hacia el exterior en busca del hijo de puta, con la esperanza de que no
haya ido muy lejos.
Sigue aullando mientras me persigue, pero lo dejo atrás sin una segunda mirada. Veo al
extraño subir a una camioneta de una sola cabina, con caja trasera. Se está alejando, calle
abajo. No pierdo mi maldito tiempo, consigo las llaves de la SUV que me prestaron los Leones y
lo persigo. No tiene ni una puta posibilidad con este monstruo. Me alegra que tome la salida del
pueblo, hacia la carretera. Murmuro maldiciones y me seco la sangre y el sudor de la frente.
También debo estar herido en algún lado, y el dorso de una de mis manos chorrea desde una
herida. Me doy cuenta de que hay un cristal atravesándome la piel y lo quito de un tirón. No
siento dolor, la determinación me ha llenado de adrenalina. Este enfermo no pasa de hoy.
Acelero y lo alcanzo, lo golpeo desde atrás con la intención de sacarlo de ruta. Él tipo
intenta alejarse y no lo consigue con precisión. Vuelvo a chocarlo. No tengo tiempo de
preguntarme por qué hay uno solo de ellos. Tampoco considero la idea de que puede haber más
y ahora cabe la posibilidad de que estén rodeando a Esteban. Jodida mierda, mi mente está
trabada sólo en este gusano. Va a morir. Piso el acelerador y le doy a la culata nuevamente, el
impacto zamarreándome de mi lugar.
Me tropiezo fuera, apenas sintiendo el frío cortando mi piel. Avanzo tambaleante hacia
la cabina de la camioneta que ha quedado depositada con las ruedas hacia arriba. Distingo a mi
objetivo removerse, claramente tratando de salir de ahí abajo. Agitado, espero a un lado, casi
doblándome a causa del dolor que siento en todos lados. El tipo va reptando fuera, gruñendo por
el esfuerzo. Es grande, tiene unos cuantos quilos de más y su pelo largo está bañado en canas
allá y acá. Tengo una vaga idea de quién puede ser. Está ya de pie cuando me muestro ante él,
seguro de que no tiene ningún arma para defenderse. Me ve. Lo veo. Y lo reconozco de
inmediato.
La barba larga y descuidada también tiene zonas blancas. Está más viejo y demacrado
de lo que recuerdo. Camina hacia atrás, intentando alejarse de mí. Pero no existe nada que
pueda hacer para zafar de ésta.
— ¿Decidiste hacernos una visita?—muestro los dientes, sin perderlo de vista con los
ojos entornados.
Tengo que hacer mucho esfuerzo para no matarlo de una vez por todas. No puedo
soportar ver directo a sus ojos vivos. Él es uno de ellos, uno de los que me destituyeron y
destruyeron mi vida. Viejo mugriento. Le quedan sólo segundos.
—Tenía que darles un sustito—me sonríe, mostrando sus dientes cubiertos de sangre y
sarro.
Lo apuñalo en el costado y el aire lo abandona de golpe, me observa con los ojos muy
abiertos, comenzando a boquear. No me aguanto y entierro la hoja filosa en su prominente
barriga, sacándole un chillido lleno de agonía. Después sujeto su rostro en mi palma,
estirándole el cuello para dejarlo a la vista.
—Serás el primero—digo, reteniendo sus ojos vidriosos—de una larga lista, viejo.
Empieza el conteo final.
Apenas acabo mis palabras, rebano su garganta de un solo corte a lo ancho. Se ahoga,
gorgotea, se sacude debajo de mí. Me quedo allí observando cómo su sangre escapa a borbotones
de su cuello y las heridas en su torso. Poco a poco me voy poniendo de pie y, con su último
aliento, sonrío encantado.
BIANCA
—Oh, Dios mío—chillo sin aire cuando la puerta se abre—. ¿Qué ha pasado?
Mi boca cae abierta mientras veo a Jorge entrar en su casa rengueando y tocándose el
costado. Hay heridas superficiales en su rostro algo sucio y sangre en sus manos. Mi corazón se
paraliza ante la idea de lo que sea que le haya sucedido. Me doy cuenta de que no puedo
soportar verlo herido de ninguna forma. Trae una mueca ilegible, pero soy muy capaz de leer
sus ojos ahora, y ellos evidencian furia. Mucha furia.
Detrás de él, se acerca un sombrío Max con los hombros caídos y una mirada parecida a
la de su hermano. Voy a Jorge y lo sujeto del brazo sin importar si quiere o no y lo empujo
abajo, con cuidado, a una silla. Entonces reparo en la profunda herida abierta en el dorso de su
mano. Corro tropezándome hacia el baño para conseguir el botiquín de primeros auxilios.
Cuando regreso aún siguen en silencio y con los ceños arrugados.
Le da una sonrisa y Tony asiente sin decir nada. Voy a él y lo abrigo asegurándole que
nada malo pasa y que su papá necesita que lo cuide ahora. Le doy un gran beso en la frente. Él
es un ángel y lo entiende todo, toma la mano de Max sin dudar. Mientras se marcha se gira a
mirarnos y dedica una sonrisita tranquilizadora, sacudiendo su manito. Le regreso un beso por
el aire y la puerta se cierra. De inmediato soy consumida al completo por la preocupación y me
fijo sólo en Jorge que está abriendo el botiquín y rebuscando adentro. Encuentra alcohol y gasas
y le quito todo de las manos con nerviosismo.
No me gusta nada verlo en este estado. Así sea sólo un rasguño de nada, no puedo
soportarlo. Dejo de lado el alcohol elijo la otra sustancia desinfectante de color óxido que es
indolora, vierto bastante en la gasa y en la herida de su mano, y limpio. Concentrada en el
ritmo sosegado de su respiración mientras me observa maniobrar sobre él. Me doy cuenta de
que me he convertido en una mamá pata con ellos. Padre e hijo me tienen, acaparan mi tiempo
y he llegado al extremo de necesitarlos diariamente. Como si estar sin ellos me dificultara hasta
respirar.
Con la otra mano también atiendo el corte sobre su ceja, notando un feo morado cubrir
la piel tirante de su pómulo sobresaliente.
—Tuve un encontronazo con una vieja Serpiente—dice, monótono—. Pateó la puerta del
departamento de Esteban y comenzó a disparar a quema ropa con una metralleta, destrozó
todo.
Se me seca la boca y me ocupo de revisarlo por todos lados en busca de más sangre o
alguna herida de bala, mi pulso tiembla ante la idea. A simple vista parecen rasguños menores,
casi insignificantes, no sé si puedo sobrellevar otra cosa más grave.
—No nos dio—me saca de mi miseria, mirando dentro de mis ojos—. Creo que su
objetivo era sólo darnos un aviso… A ellos les encanta jugar y pensar que tienen en control.
— ¿Y lo tienen?—pregunto con un nudo en la garganta—. ¿Tienen el control?
—No—responde, rotundo—. Puedo ser más inteligente que ellos, sólo necesito un buen
plan.
Sorbo por la nariz, inquieta. Y no es porque vaya a llorar o algo por el estilo, sólo estoy
demasiado preocupada para reaccionar tan tranquilamente como aparenta sentirse él. Está acá
sentado como si nada, como si no acabara de encontrarse con un loco disparando a su cabeza.
Puedo ver la sangre seca en cada rincón de sus uñas cortas y sus nudillos amoratados.
Es increíble que lo diga con tanta naturalidad. Y lo es más que yo no salte lejos y corra en otra
dirección ante sus palabras llenas de veneno y ausencia de arrepentimiento. Son heladas y
determinadas, obviamente lo volvería a hacer. Me recuerdo a mí misma que está en medio de
una venganza, y para ganar tiene que matar al resto de sus enemigos. A lo largo de su vida éste
hombre ha asesinado personas. ¿Cómo me siento al respecto? No lo sé. De lo único que estoy
segura es que no quiero alejarme, que estoy loca por él. ¿Qué tan enfermizo es eso?
—Lo llevamos a un motel para que se duchara y cambiara, ahora mismo se encuentra
en un avión de regreso a la capital. No se sentía bien acá, y llegamos a un acuerdo…
Reviso la caja, obtengo todo lo que necesito para coser el corte en su mano, sin embargo
una vez listo todo para comenzar me freno. No sé si pueda hacerlo, no soy buena con la sangre y
todo eso. Además tengo que clavarla en su piel, simplemente…
No puedo alejar mi atención de sus manos curándose. Parece que lo ha estado haciendo
toda su vida. Bueno, de hecho, he sentido bajo las yemas de mis dedos todas las cicatrices
camufladas en sus tatuajes. En la extensión de su espalda y torso, es un hombre que ha estado
viviendo bajo la violencia desde pequeño. Y la sobrelleva como algo enteramente normal.
Mientras que para mí, cada herida que él sufre, significa una abominación. Y me duele.
Acaba y se limpia con destreza, sosteniendo el silencio entre los dos. Recorro la suciedad
en sus ropas y cada marca nueva en su rostro. Cuando encuentro sus ojos él me está
contemplando con un brillo nuevo, que nunca vi en él hasta ahora.
— ¿Qué pinta Max en esta historia?—susurro, separándome un poco, sin dejarlo ir.
— ¿Ves?—no pierdo el tiempo en saltar—. Necesitas más gente. Deja que los Leones te
ayuden, son muchos y pueden acabar con esto más rápido…
—Los Leones ya han hecho demasiado por mí—explica seriamente—. Les debo mucho.
Me acogieron por tiempo indefinido. Me dieron protección. Y hasta me han brindado más
confianza de lo que me merezco. Cuando me vaya de acá, tendré que dejar a mi hijo con ellos,
porque no puedo arrastrarlo a la lucha conmigo. ¿Qué más puedo pedirles, Bianca? Esta guerra
es toda mía para librar, y tarde o temprano voy a ganar. Que no te queden dudas.
No estoy muy convencida, pero ya no replico más. He dicho lo que pienso, y un poco
agradecida tengo que estar porque me toma en cuenta y me deja entrar cada día un poco más.
Tal vez más adelante logre volver a apretarlo y obtener distintos resultados. Esteban y él son
un número menor contra doce. Y no importa cuántos contactos tengan, están solos al fin y al
cabo. Necesitan manos extras y sé que este clan podría estar dispuesto a ayudar si Jorge lo
permitiera. Ojalá no estuviera tan lleno de sí mismo, y razonara conmigo. Comprendo que no
quiera molestar más a León, que se siente una carga muy grande desde ya. No obstante, el
mundo es muy grande para enfrentarlo solo.
Estoy con Jorge y Bianca pasando un buen momento en el bar, temprano en la tarde.
Ordenando, preparando chocolate caliente, riendo. Max arriba en las oficinas, haciéndose cargo
de lo importante. Y no me estoy esforzando mucho en esconder mi locura por el hombre de los
ojos de oro. Adela ya sospecha y nos da miradas de reojo cada vez que él y yo interactuamos
aunque sea a distancia. No estamos siendo muy evidentes, pero siento que tenemos una
conexión que es difícil de ocultar.
Ema y Alex son los últimos en llegar, viéndose ruborizados por el aire frío del exterior, y
no puedo guardarme la sonrisa que ellos le traen a mi rostro. Están enamorados y no consiguen
estar lejos el uno del otro por mucho tiempo. Los ojos plateados de Alex brillan cada vez que
pone la mirada en su chica, que vive sólo para tener su toque. Están felices, lo que me hace feliz
a mí también. Y también me hace desear lo mismo. Esto de fingir que Jorge y yo no tenemos
nada, cada día se me hace más tedioso. Me he dado cuenta de que a mi hermano no tienen por
qué afectarle mis decisiones personales, que puedo estar con quien yo ame. Él no tiene ni voz ni
voto. Al principio, tuve miedo a causa de su odio desmedido por Jorge, que pudiera alejarlo
mucho más de mí. Ahora, estoy considerando seriamente dejar de darle importancia a su
oscuridad. Si me quiere, lo hará sin importar con quién me acueste y comience una relación.
Mis reflexiones son sacudidas lejos en el instante en que Max baja por las escaleras a
anunciar que la policía está entrando en los límites, y viene directo hacia aquí. Alex se inquieta
por Ema y ella se niega a ocultarse. Ya no está escapando de sus padres, cortaron todo el trato
con ella cuando escogió quedarse con los Leones. Ya no la buscan las autoridades, no las supone
una amenaza.
El coche que tiene a Alex se marcha y Jorge escolta a una tambaleante Ema de regreso
adentro donde ya hemos ingresado todos en un preocupante estado de shock. Me esfuerzo en
detener el torrente, limpiarme la cara y aclarar mi voz. Un par de ojos dorados me toman
mientras ayudan a la chica paralizada por el dolor y el miedo a asentarse a mi lado. Él intenta
consolarme a través de un penetrante repaso y lo logra, un poco. Me da fuerzas para
permanecer pacífica y brindarle apoyo a Ema que se aferra a mí. Me necesita. Sostengo su
mano mientras Max mueve los hilos desde las oficinas y avisa a León la terrible situación en la
que está enredado Alex.
Confiamos en que se solucionará rápido, sin embargo, con el correr de la semana todo se
estanca y la situación empeora, por lo que la mayoría decide viajar a la capital, a donde
trasladaron a Alex luego de arrestarlo. El recinto se queda verdaderamente desierto y más a
cargo de los hombros de Jorge de lo que ya estaba. Adela, Ema, Max, Gusto, todos se han
marchado. Nos dejaron solos y desolados, la preocupación aumentando cada vez más. Nos
mantenemos en contacto durante los días que siguen. Mi hermano, León y el resto de los más
cercanos ya están allí también para echar una mano, para mover cielo y tierra con tal de liberar
a Alex.
Lo persigo, sintiéndome con ganas de hostigarlo. Ah, por favor, necesito que me
levanten el ánimo. Arruga el entrecejo de la manera más encantadora que existe y me da una
mirada hastiada. Pero ambos sabemos que está fingiendo, le encanta nuestra manera de jugar.
No me engañas, pequeño.
Juego un poco sucio a veces, lo sé. No es justo para el niño, pero él sabe que estoy siendo
sólo un poco tonta. Sólo me gusta lo indignado que se pone cuando lo chantajeo, es un justiciero.
Y ahora mismo no estoy siendo justa con su ilusión de armar los huevos de pascua. Apago todas
las hornallas ya que todo está cocido y me doy la vuelta para mirarlo. Está allí en la puerta,
arrugando sus pequeños labios con frustración y sus brazos cruzados a la altura del pecho. Me
encantaría tomarle una foto, nunca olvidar esa mueca asesina.
Voy a él y lo alzo en el aire, cruzando un brazo por sus piernas y el otro en su espalda, lo
pego a mí y comienzo a girar y saltar, regalando algunos pequeños pasos de baile al ritmo de
“Hey Mickey” de Tony Basil. No puedo evitar reírme a carcajadas de su cara y de cómo el pelo
castaño dorado se le despeina en cada movimiento. Lo bajo al suelo y sigo sola, meneando y
haciendo payasadas lo que lo lleva a olvidarse de que está molesto conmigo. Canto en voz alta, y
me equivoco la letra. Realmente soy un desastre, pero al menos uno que divierte. Adoro el
sonido de su risita aguda.
Después de nuestro momento, ponemos los platos en la mesa y lo alimento antes de que
se haga tarde para su paseo al pueblo. Un rato después aparece Jorge para escoltarlo al
estacionamiento como cada día de la semana. Cuando regresa ya tiene su plato caliente en la
mesa y me siento frente a él, los dos almorzamos en silencio hasta que comienzo a interrogarlo
amistosamente. Se marchó muy temprano en la mañana con otros cinco tipos y estoy muy
curiosa.
—Había que retirar un cargamento en el puerto, León me llamó ayer para preguntarme
si podía encargarme—se mete un gran bocado en la boca y mastica un momento—. Necesita
mano seria con algunos de los chicos que quedaron, son algo descontrolados y temía que
pudieran causar algunos disturbios. No es recomendable llamar demasiado la atención cuando
están descargando mercancía ilegal por ahí.
Sus apetitosos labios se estiran hacia arriba en una comisura, divertido en una pequeña
medida.
Cruzo mis cubiertos, ya satisfecha y me quedo embobada viéndolo servirse un poco más.
Me fijo en las venas sobresalientes de sus grandes manos, la fortaleza que demuestran incluso
en movimientos suaves y rutinarios. Todo él es inmenso y amo abrazarlo, si fuera por mí estaría
el día entero colgada a sus hombros. Caigo en la cuenta de que me he vuelto muy posesiva con
él. Y él conmigo. He visto cómo fulmina con la mirada a cada tipo que encuentra mirándome
cuando estamos en el bar, aunque se esfuerza en mantener la distancia.
—No a él—me guiña—, a mí mismo. Mi vida no está del todo perdida, todavía soy capaz
ponerme al hombro unos cuantos hombres. El día de mañana podré resurgir mi clan, y será
para bien. Algún día… podré volver a confiar en otra gente y ellos en mí.
Sus ojos están llenos de esperanza por un nuevo y mejor futuro, y me apresa la
tranquilidad de saber que él sigue siendo capaz de soñar aun detrás de toda esa sombra que lo
cubre en consecuencia de su pasado tormentoso. Ahora hay menos dolor en su forma de mirar, y
sonríe un poco más. Además de que he descubierto que es infinitamente más arrogante de lo
que me habían contado. Y está lleno de un extraño humor negro. Cada día que pasa más
perdida estoy por él.
—Con Adela. Las cosas están más duras de lo que creían—trago, mordiéndome el
interior de las mejillas con nerviosismo.
—Ya sé—susurro—. Sólo no soporto que ellos estén sufriendo así. No lo merecen.
Recuerdo el estado en el que Ema quedó después de que se lo llevaran… no puedo evitar
ponerme en su lugar, imaginar cómo me sentiría si…
Me besa el cuello y cierro los ojos. Oh, Dios. Sabes lo que significa todo eso, ¿cierto?
***
Como prometí, a las cinco de la tarde estoy esperando a Abel y Tony para merendar y
ponernos manos a la obra con los huevos de pascua. Han estado muy entusiasmados los últimos
días, cuando les conté la idea. Pascua vino y se fue rápido, ni lo notamos, estábamos en medio
de todo el caos que significó la detención de Alex. Nadie se acordó ni le dedicó un segundo
pensamiento. No se le dio ninguna importancia. Por lo tanto, también nos olvidamos de los
niños. Una vez que el shock nos despejó un poco sentí pena porque ellos no hayan podido
disfrutar de esas mini vacaciones como se merecían. Los problemas de los adultos muchas veces
eclipsan la infancia, y más en este lado de la línea. Me propuse ponerme en marcha para que al
menos compartieran un huevo de pascua con su familia y comieran algo de chocolate. No me
enfoco en lo religioso, la verdad es que no soy una loca creyente en absoluto, sólo quiero que
ellos pasen un momento agradable. ¿Y qué mejor que armar nuestros propios huevos de
chocolate?
Los chicos entran corriendo en el apartamento y atacan. Me sorprendo cada día más de
lo grandes que están, los conozco desde muy poco y en los meses que he estado aquí he notado lo
hombrecitos que se han hecho. Sirvo dos tazas de chocolatada caliente y galletitas y los ayudo a
quitarse los delantales, colgándolos en el perchero junto con sus mini mochilas. Se devoran todo
en escasos minutos. Lo que hace el nivel de ansiedad. Tengo que poner un poco de orden antes
de empezar, porque están muy alterados. Tengo que esforzarme en sonar convincente y seria
con ellos, aunque me cuesta muchísimo. No soy buena con los límites y menos cuando se trata
de dos muchachitos simpáticos llenos de energía. Son una debilidad.
Les arremangos los puños de ropa y los acomodo en sus sillas, arrodillados mientras le
muestro qué hacer. Me encargo de amoldar el chocolate, mientras ellos los decoran una vez
endurecidos. En poco tiempo creamos un enchastre por todos lados, incluso ellos mismos. No
paran de reír y mostrar sus dibujos decorativos. Llega un momento en que ninguno de los dos
está concentrado ya en trabajar y no tengo la fuerza para ahogar su diversión. Sólo espero que
cuando don obsesivo por el orden llegue no se ponga todo gruñón. Me haré cargo.
—¿Qué?—levanto la vista a él, que está sentado a mi lado, con sus coditos apoyados en
la mesa.
No hago más que girar y obtengo una mano embardunada en chocolate derretido en mi
mejilla y el costado de la boca. Abro los ojos reteniendo el aliento, lo miro fijamente por un rato,
sorprendida mientras el pequeño pone ojitos de ángel inocente. Abel está en su lugar mirando
con atención del uno al otro. Esperando mi reacción.
— ¿Así que estás todo travieso hoy?—pregunto, apretando los dientes para no reírme.
Nunca lo había oído reír a carcajadas. Mi corazón se hincha en sus confines, entre mis
costillas, ante el sonido ronco y grave saliendo desde lo profundo de su enorme pecho. Se
adelanta y llega a mí rápido. Me ayuda a levantarme tomándome de ambos brazos, rozándome
a lo largo en su cuerpo en el proceso. Es como si no fuese capaz de quitar su atención de mi
rostro. Me limpia la mejilla con el pulgar y se lo mete en la boca. Lo hace como si fuera un
reflejo normal, y paraliza mis latidos.
Trago y pestañeo fuera del trance, coloco el radar en los chicos, de pie a nuestro lado,
lejos del montón de chocolate derrochado. Me aclaro la garganta.
Al tenerlos listos y presentables de nuevo, Francesca golpea nuestra puerta y los chicos
insisten en ir con ella para repartir los huevos.
—También quiero darle uno al tío Max, cuando vuelva—dice Tony, mientras le coloco el
abrigo.
No soy capaz de resistirme a mirar de reojo a Jorge, apoyado en la pared con sus brazos
cruzados. Alza una ceja, entrecerrando los ojos puestos en su hijo, aunque no pierde tiempo en
corregirlo.
—Y a los gemelos—agrega Abel sujetando las bolsas que contiene los sagrados primeros
cinco huevos que pudimos hacer.
Francesca y yo sonreímos al mismo tiempo. Saludo a los tres con la mano mientras
salen, de regreso al frío, para ir en dirección a las cabañas. Trato de no pensar demasiado en lo
callada y pensativa que se encontraba la mujer. Apuesto a que ella y Lucre extrañan demasiado
a León y Max. He visto que se han unido, trabajando conjuntamente con sus niños. En cada
ocasión que obtengo tiempo, también me acerco a darles una mano y pasar el rato con ellas.
Somos pocos en el recinto ahora y el principal tema de conversación en cada reunión es la
preocupación por la situación crítica que están viviendo Alex, Ema y el resto en la ciudad.
Todavía no hay noticias alentadoras.
—Ese vaquero fue hecho para los problemas—expresa, mirándome el culo con costras de
chocolate.
Sonrío a medias, cerrando los dientes en mi labio inferior. Es el mismo pantalón que
deslizó abajo en el bosque, aquella desenfrenada primera vez. La sangre en mis venas se
calienta al recordar la locura del momento y lo irreal que se sintió. Sólo… fue real, completa y
vivamente. Me encierro en el baño aun con eso en mi cabeza y dejo mi ropa enrollada en un
rincón para cuando llegue su momento de ser lanzada al lavarropas. Me doy una larga y
caliente ducha, escondiendo hacia el final mi desilusión de que él no irrumpiera para
compartirla conmigo. Tenía la leve sospecha de que lo haría.
Me coloco a su lado a revisar las pocas sobras de chocolate que hay, pensando en que me
he quedado sin huevos de pascua. Se los di todos a los chicos para que tuvieran su festín. Coloco
un poco en un plato y lo llevo al microondas para derretirlo. No me voy a privar de aunque sea
uno pequeñito. Sí, soy como una niña más.
Me acerco tanto que casi estamos rozándonos, meto un dedo en el espeso chocolate y lo
chupo, provocándolo. Ahora sí, tengo esos ojazos dorados bien amarrados, y han perdido
cualquier diversión. Sólo delatan hambre. Y no de chocolate. Recojo un poco más y lo sello en su
piel, a la altura del pectoral.
Su mandíbula se marca porque aprieta los dientes, observa el lugar donde lo manché.
Me trago una risita y me inclino, tomándolo desprevenido. Lo limpio con la lengua. Se tambalea
un poco en el sitio reteniendo la respiración, y no le doy tiempo a nada. Lo ensucio nuevamente
en el pecho.
—Ups—repito.
Y lamo una vez más. El sabor dulce se mezcla con el salado de su piel y es como éxtasis
en mi sistema. No consigo abandonar mi treta, y sigo un poco más, pasando también por uno de
sus pezones. Ese es mi último movimiento porque me quita el plato hondo de un tirón,
abandonándolo de un golpe encima de la mesada y me arrincona contra la pared, ni siquiera
puedo pestañear ante la vista clara de sus irises entrando en ebullición, el oro fundiéndose.
Empuja mis piernas abiertas, levantando el ruedo del camisón. Su mano callosa acaba en mi
rincón, corriendo a un lado mi ropa interior. Estoy mojada, comencé a estarlo con la primera
probada de su piel en mis papilas. Me toca, abriéndome y echo la cabeza hacia atrás soltando
una larga y densa exhalación.
—Te gusta jugar sucio, ¿cierto?—me gruñe al oído, su aliento golpeando en mi mejilla.
Sostenerme sobre mis pies es casi imposible, mis piernas están flojas como gelatina. Me
penetra con los dedos y meneo las caderas en busca que más profundidad. No me permite más
movilidad. Con mi primer gemido me prohíbe la sensación y abro los ojos con un quejido para
verlo meterse los dedos en la boca. Me prueba, sin despegar sus pupilas dilatadas de las mías.
Me demuestra qué tan dulce soy para él y lo que puedo conseguir si sigo tensando los hilos.
—Yo puedo jugar más sucio—aclara, respirando con agitación—. Mucho más sucio.
Me incita abajo y acabo doblada en el brazo del pequeño sofá, a un lado de la cama. Mi
culo todo expuesto ante él. Me muerdo el labio inferior con tanta presión que casi me lastimo.
Esto es pura ansiedad ante lo que tiene en mente hacerme. Nunca deja libres mis brazos, así
que están doblados a mi espalda, sujetados con una de sus manos. La que tiene libre indaga,
levantando mi falda y tironeando de mi tanga de encaje a lo largo de mis piernas, queda
estancada a mitad de mis muslos. Otro golpe con su palma abierta y siento mi piel ardiendo en
un cachete trasero. Y mi centro también. Tengo la mejilla enterrada en los almohadones, por
más que deseo ver cada uno de sus movimientos, me es imposible y eso desencadena más
excitación.
El oxígeno espeso es expulsado por entre mis labios con vehemencia cuando escucho que
abre la bragueta de sus vaqueros, el sonido inconfundible de la tela bajando y dejando libre sus
partes. Su pene cae pesado entre la abertura de mis nalgas y me vuelvo incapaz de respirar.
Intento restregarme, sentirlo más a fondo, darme un poco de alivio, sin embargo no me lo
permite, tiene todo el control de la situación. Lo que me lleva a lloriquear a medida que más me
baña el sudor de la expectativa. Percibo su retiro y de inmediato está adentrándose donde más
lo ansío. Su cabeza se interna más allá, jugando con el dolor de mi sexo anhelante. Se va y
vuelve varias veces, manteniendo mi mareo. Hasta que grito porque lo tengo dentro de un
solitario y rudo empujón, llenándome de golpe. Mis manos forman puños, inamovibles en la
espalda y me estremezco por lo inexplicable de la sensación. Aun hoy, después de todo ese sexo
desenfrenado con él, sigo sin ser capaz de describirlo.
—Oh, Dios. Oh, Dios—repito una y otra vez por debajo de sus gruñidos y estacazos.
Me falta el aire, pero tengo algo mucho más importante. Su cuerpo sobre mí,
dominándome, penetrándome como sólo él es capaz de hacer. Estoy cerca. Increíblemente cerca.
Se detiene en seco.
No sólo eso, todo mi cuerpo está entumecido por la posición, mi vientre encajado en el
duro apoya-brazo. Consigo despertar un poco de piedad en sus intenciones y prosigue con la
danza, acelerando las arremetidas y zamarreándome en el proceso. Él es de los que van directa
y rigurosamente, toman lo que quieren sin preguntar, y en el proceso les roban el alma a chicas
como yo. Jamás veré el sexo de la misma forma que antes. Sería imposible hacerlo después de
él.
ADELA
Podría acostumbrarme a esto de pasar tantos días en un hotel. Mucho. Las sábanas son
frescas y suaves, tenemos desayuno al cuarto, bastante variado. Y no hay más preocupaciones,
lo que me permite disfrutar al cien por cien. Alex y Ema ya están sanos y salvos, los tenemos de
vuelta y más afianzados que nunca. Esperando un bebé. Imagínate la maldita sorpresa de
todos, y más la del futuro padre, que fue golpeado directo a las neuronas. Meses enteros y
desesperantes sin ver a su mujer y cuando al fin la recupera, ¡bum! ¿Sabes, hombre? Vas a tener
un hijo dentro de los próximos cinco meses. Eso me hace reír, es lógico porque no me ha pasado
nunca. Y no hay planes para que me suceda, tampoco. Jamás.
Estamos todos bien, pasando los últimos días en la capital antes de tomar el avión de
regreso a casa. Mierda, extraño el fin del mundo. Echo en falta todo lo que tiene que ver con él.
Las noches de bar, mi barra, nuestros chicos. Ya tuvimos nuestra cuota anual de preocupación,
por favor, ya no más. Necesitamos normalidad de nuevo. Esperemos que las tormentas de nieve
nos dejen el camino libre para volver cuanto antes.
Amasa mis nalgas con ambas manos grandes, casi abarcándolas por completo. No ríe,
no bufa, no hace ningún jodido sonido que indique humor alguno. Pero no me importa, soy
capaz de captar sus estados sin ayuda de ninguna pista. Y amo su incapacidad para demostrar
emociones. Bueno, excepto ésta. Su excitación no necesita ser leída dos veces. Un solo vistazo a
sus ojos y lo sé. Lo tengo, lo aprovecho. Somos inseparables, insaciables y a estas alturas sé que
seremos así de por vida.
—Desde que te pusiste toda llorona durante los meses que pasaron—me da una
nalgada.
—Es imposible no ablandarse—le digo, elevándome sobre mis codos con dificultad,
porque lo tengo a horcajadas encima y no es para nada liviano.
Me sentí culpable por no cuidar bien de Ema cuando se me dio la orden explícita de ser
su sombra. La perdí de vista una mañana y desapareció por meses. Y no ayudó en nada que
Alex acabara en una cama de hospital, postrado y en coma por medio mes. Sufrí. Todos
sufrimos. Incluso estoy segura de que Santiago lo sintió. Somos una familia y no queremos
vernos mal entre nosotros. Cuando alguien se está hundiendo, todos nos vamos abajo con él.
Una vez que al fin se arreglaron las cosas, y días atrás regresaron de Francia con la pareja de
nuevo unida y a salvo, no pude evitar llorar. Fueron eternos meses de tensión acumulada, por
algún lado tenía que salir.
Niego y suelto una risita. ¿Acabo de decir que no bromea? Retiro lo dicho. Bromea. A su
estilo. Pocos entienden su sentido del humor oscuro, el que pocas veces aparece y cuando lo hace
toma al resto desprevenido. Menos a mí. Yo lo entiendo y disfruto todas sus fases. Me arqueo y
jadeo cuando cuela una mano entre mis piernas y nalgas e indaga allí, la humedad surge de la
nada. Un dedo suyo y soy activada. Ya lo aseguré: magia. Lastima que mi teléfono celular
comienza a cantar y el momento intenso se interrumpe.
Tengo que atender, porque es la jodida Bianca. Mi cuñada. Dios no quiera que la ignore
y después amenace con amputarme los senos. Ya he vivido eso, cinco de cada diez llamadas
fueron dejadas a un lado en los anteriores meses, lo que fue cruel de mi parte porque ella lo
estaba pasando fatal sin información exacta de lo que estaba sucediendo con Ema y Alex.
Su hermano sigue encima de mí, ni se inmuta ante el hecho de que estoy hablando con
su hermanita menor. La dulce y amable Bianca.
Santiago corre mi pelo largo negro para descubrir la parte trasera de mi cuello y
espalda. Se inclina y me respira, trago con fuerza para no gemir al teléfono.
—Tampoco es para tanto, ¿no?—murmuro, entrecerrando los ojos ante las atenciones
cada vez más directas de Santiago.
La verdad es que ahora mismo no tengo tiempo para escuchar a una chica ofendida.
—Buf—bufa—. Lo que sea. ¿Cuándo vuelven? Acá estamos hasta la frente de nieve, no
creo que puedan llegar dentro de los próximos días.
—Exacto. Sabemos eso—digo, dándole una palmada a la mano tatuada subiendo por mi
costado, remarcando mi cintura desnuda. Pongo el celular en alta voz para que su hermano la
escuche quejarse también—. Te llamaremos para avisarte el día, nena, ¿también querés la hora
exacta?—prosigo con sarcasmo—. Lo haremos, reina.
—Y, ¿qué has estado haciendo?—pregunto, sólo por ser educada y no cortarle con
brusquedad.
Picándolos. Porque a mi lado tengo a un hermano que ha perdido por completo su libido.
— ¿Cuál es tu problema?—me inclino hacia él, besando la línea que forman sus labios.
Porque la verdad es que no entiendo este nivel de insensatez de su parte. Creí que
Santiago tenía una mente muy abierta y no daba ni mierda por terceros. Entonces llega su
hermana y se vuelve loco porque tiene algo con un tipo. Está bien, sé que no es cualquier tipo,
pero ya… no es taaaan grave, ¿cierto?
— ¿Volver a su vida?—me quejo—. ¿Con todos esos idiotas trajeados que sólo la ven
como una muñequita? ¿Los que la consideran una pieza de tablero de ajedrez? No estoy de
acuerdo. Creo que ella tiene gran capacidad para decidir sobre su vida y las personas con las
que quiere compartir su tiempo y su cama. Está contenta con Jorge. Y él la mira como…
Un nudo se atasca en mi garganta, porque son contadas con la mitad de los dedos de
una mano las veces que lo he visto así.
—No podemos hacer nada—acaricio y beso su espalda, abrazándolo desde atrás—. Deja
que ella tome su camino, va a salir todo bien. Jorge es inteligente y la aprecia, tal vez no la
ama, tal vez sí, pero sé que la quiere y no va a dejar que nada le pase. Lo he visto en sus ojos
cada vez que la mira—susurro en su oído, aflojándolo como mejor sé, a veces surge este estado a
causa de sus pesadillas, aunque nunca con él estando consciente—. No podemos manejar esto,
no es nuestra vida.
—Si puedo—susurra, ya más tranquilo—. Si puedo hacer algo para que se aleje de él,
para que vuelva a casa.
Cierro los ojos y niego ante su insistencia. ¿Qué le pasa? ¿Por qué tanta desesperación?
— ¿Qué?—insisto, preocupada.
—Volver a casa con ella—responde, seguro, decidido como nunca antes—. Enfrentar de
una vez por todas a mi familia.
CAPÍTULO 15
BIANCA
— ¡EMA!—grito ni bien la puerta del bar se abre y ella pasa dentro, amarrada a Alex.
La visión de su pelo rojo cayendo desde el gorro de lana abrazando su cabeza, lloviendo
sobre sus menudos hombros, y sus pómulos llenos de pecas tan ruborizados por el frío le trae
alegría y alivio a mi corazón. Por supuesto, ver a Alex justo a su lado, sosteniéndola, me
termina de serenar y puedo, al fin, sentirme feliz por ellos y por tenerlos de nuevo en el recinto.
Corro a ella y la aferro en un abrazo de oso, la estrujo contra mí y ella me regala una ancha
sonrisa acompañada de ojos llorosos. Me devuelve el abrazo con la misma potencia.
—Te extrañé—le digo, clavando los ojos en Alex que tiene una mirada intensa plasmada
en su increíblemente hermoso rostro mientras nos observa.
Se mete las manos en los bolsillos y se desvía cuando los chicos se le acercan para darle
la bienvenida. Por detrás viene Adela, pasando por la puerta y enseguida nos rodea a las dos.
Ufff, nunca creí que nuestra conexión llegaría tan lejos como para que la intocable Adela se
abrazara a nosotras como si fuéramos su salvavidas. Nos besamos en las mejillas después de
apretarnos juntas y las invita más adentro para que se sienten y puedan tomar algo caliente.
Estuve entretenida haciendo litros y litros de café y té para todos, sabiendo que llegarían
pronto.
Jamás esas palabras tuvieron un significado tan verdadero. Nunca me sentí tan
burbujeante y contenta, como si pudiera tocar el cielo con las manos. Como si estuviera
elevándome más y más hacia arriba, donde puedo alcanzar lo que sea que ansíe. Tengo amigas
y amigos, a los que de verdad les importo como persona. Estoy enamorada hasta los huesos de
un hombre maravilloso, el cual me dio los mejores meses de mi vida, sin dudas. Incomparables
con nada. Me falta arreglar mi relación con mi hermano para poder decir que estoy completa de
nuevo, pero por ahora sé que estoy bien así. Tengo tiempo con él.
Adela atrae a Santiago y yo voy a él, paso los brazos alrededor de su cintura y me
aprieto contra su torso firme. Siento sus manos en mis hombros y, por un segundo, creo que va
a empujarme hacia atrás, sin embargo, sólo me da unos apretones tratando de que el abrazo no
sea tan torpe e incómodo. Me conformo con eso, antes de darme la vuelta e ir a la cocina a traer
las infusiones calientes. Ema me persigue de cerca, se ha quitado el gorro y el abrigo y veo que
lleva calzas térmicas y un gran suéter tejido color crema. Sus ojazos redondos como caramelos
de miel están muy abiertos, expectantes. Entramos en la cocina, lejos de todos y ella tironea de
mi brazo.
—Tengo que contarte algo—susurra, como una niña impaciente—. Iba a esperar… pero
sos mi mejor amiga… vos y Adela han sido un sostén inmenso para mí y no puedo aguantar,
necesito que lo sepas…
La observo con los ojos muy abiertos y curiosos, expectante. Toma mi mano en las suyas
y la tironea para meterla por debajo del suéter. Ni siquiera puedo pestañear, y mi boca cae
abierta con el primer contacto contra la fina camiseta que hay debajo. Mi palma abierta es
capaz de percatarse de la pequeña elevación en su vientre, y retengo el aliento. Con la mano
libre me tapo la boca, jadeando. Ema se ríe ante mi reacción exagerada.
La chica asiente y está que desborda de electricidad. Tan feliz que es imposible que no
lo contagie a todos nosotros.
Hago lo mismo, despejándome la vista y la abrazo. No puedo creer que esté de vuelta, y
que vaya a formar una familia con Alex. Para otros, esto podría resultar un poco pronto, pero
después de todo lo que han tenido que pasar ellos dos, tanto juntos como separados, todos acá
sabemos que es un amor fuerte que durará toda la vida.
Quiero soltarle todo esto a Ema, pero recién acaba de pisar el recinto nuevamente y
estos días se trataran solo de ella y Alex volviendo a la normalidad. Así que sólo esperaré, ya
sabré cuál será el momento ideal.
Volvemos al frente, llevando dos bandejas de tazas cada una y riendo entre nosotras,
recuperando el tiempo perdido.
***
La tarde se pasó demasiado rápido para mi gusto, y justo después de una comida rápida
la mayoría se fue a dormir, cansados por el viaje. Cerca de las dos de la madrugada ya no ha
quedado nadie, sólo Adela acomodando el lugar de trabajo a su gusto, ya que ella tiene el
control de ese lado de la barra y Jorge y yo le dejamos las cosas fuera de los espacios que ella
prefiere. Se cae del cansancio pero no parece estar lista para la cama todavía. Mi hermano está
en su rincón, como siempre, esperándola. E intercala su atención entre ella y yo, y aseguro que
no me agrada nada la expresión que se mantiene en su rostro sombrío. Tengo que agradecer
que Jorge se fue con Tony hace ya un buen rato, sino esto sería incómodo. No soy tan tonta
como para creer que mi hermano no sabe nada de nuestro acercamiento, creo que si no lo tiene
del todo claro, al menos sospecha. No he estado siendo cuidadosa, nada de nada, me relajé del
todo cuando Adela se marchó. Aunque ella sabe bien en qué estoy metida.
Para calmar la tensión entre los tres, me marcho escaleras arriba para dejar algunas
cosas en el depósito de limpieza. De pasada me encuentro con la puerta de la oficina abierta y
me atrevo a asomarme para encontrarme a un ojeroso León poniéndose al día con los papeles.
Asiento y me acomodo en el sillón frente a él. Está concentrado más allá de su cansancio
y estrés. Seguro no se aguantaba hasta mañana, tenía que asegurarse que todo está en orden.
—Jorge acomodó todo por fecha y dejó anotaciones con todos los detalles de cada retiro
en el puerto y cada lugar del depósito donde los acomodó—explico, viendo que tiene en las
manos la pila de papeles que tienen que ver con eso.
Él me dedica una sonrisa agradecida, aunque mi aclaración resulta ser muy estúpida
porque es evidente que él ya se ha dado cuenta de todo. Además apuesto a que se ha reunido
con Jorge para ponerse al día. Debería sólo cerrar mi boca, aparte ¿qué es lo que hago acá
sentada con él metiéndome donde no me llaman?
—Lo sé—aseguro.
Me pone muy contenta y orgullosa que Jorge haya demostrado su valía durante todos
estos meses teniendo el recinto bajo su control. Estoy eufórica por él, porque sabía
perfectamente que sería más que capaz y no defraudaría a León.
— ¿Qué fue lo que te hizo saberlo? Tengo entendido que odiabas a muerte aquel otro
clan, y Jorge no era precisamente de tus favoritos—ahora que estamos abriendo el tema, tengo
que preguntar.
Se detiene, pensativo y sombrío, como siendo absorbido por los recuerdos. Juega un poco
con la birome en sus manos y yo espero, todavía con la atención pegada a él y su semblante.
Respondo con una sacudida de cabeza. Lo sé, hemos estado hablando un poco de la
relación que tenía y tiene en la actualidad con Max. La tregua que acordaron y las pocas
palabras que cruzaron sobre el pasado. Parece que le hace mucho bien que ya no intenten
matarse entre sí cada vez que se cruzan.
—Exacto, chica—me da una preciosa sonrisa, sus ojos azules brillando—. Luchó contra
el ideal de hombre que la vida quería que fuera.
Me muerdo el labio porque me abruma el orgullo y el amor inmenso que siento por
Jorge. Tengo la sensación de que León quiere dejar salir mucho más, y permanezco allí,
aguardando. Escondo la decepción cuando abre un cajón y lo revisa, rompiendo el momento.
Me pongo de pie alisándome el vaquero y tomo el sobre de papel marrón de sus manos.
Va dirigido a mí, aun así no puedo esquivar el pensamiento de aquel que recibió Jorge y lo
volvió tan loco, ese día, meses atrás. Sonrío aunque me estoy ahogando en malestar y
curiosidad.
—Gracias—digo.
Doy la media vuelta, despidiéndome. Cierro la puerta con cuidado al salir y después me
encierro en el depósito de limpieza. Hago lo que tenía planeado antes de demorarme con León.
Y luego el pinchazo del sobre en mi mano lo abarca todo. Mi mente me ordena que no lo abra,
que lo lance al fuego cuanto antes. La alarma me tiene presa. Y aun así todavía no puedo
sucumbir a ella, porque el sobre tiene mi nombre y ahora me siento con el derecho de abrirlo.
Por más miedo que tenga. Sólo echaré un leve vistazo, pequeñito, antes de destruirlo. ¿Qué tan
malo puede ser?
Miré el suelo, la imagen perdiendo calidad. Borrosa. Más borrosa en cada pestañeo.
Tragué con fuerza y dejé que me ayudara a ponerme de pie. Trastabillé hacia la entrada,
estremeciéndome.
Me dirigí a las habitaciones, adentrándome por los pasillos igual de decorador con
marcas de manos ensangrentadas. Las huellas de un cuerpo arrastrado por el camino. ¿Qué
hicieron? ¿Lo montaron todo por espectáculo? ¿Era sólo una escena? ¿Tan terribles habían sido?
Me detuve antes de pasar a la pieza principal, la de Cecilia. Me topé con la misma cama en la
que habíamos estado tantas veces antes de que decidiera dejarlos atrás por su bien, dos meses
después del nacimiento de Antonio. Me frené en seco cuando tuve el primer atisbo de un pie. Al
otro lado de la cama.
Me adelanté sin más opción, porque no podía escapar de la realidad que me rodeaba,
tenía que enfrentar mi destino. Porque todo esto, directa o indirectamente, era mi culpa. El
primer sollozo desgarró las paredes de mi garganta cuando tuve la primera imagen directa de la
mujer en el suelo. Me tapé los ojos, no sólo para limpiar las lágrimas, sino para darme un
respiro. Era espantoso. Más de lo que imaginé. Pero claro, yo ya sabía de lo que mi gente era
capaz. Yo era uno de ellos, me gustara o no, estaba pegado a esa actuación. Nací y me crie entre
ellos. Debería haber sabido que harían esto. Que la maldad en sus venas les convertía en seres
capaces de hacer algo tan horroroso y desalmado.
Vomitó afuera mientras lloraba, yo nunca había presenciado ese tipo de acción en él. Era
fuerte, duro e inquebrantable. Pero ahora teníamos en frente el cadáver de una joven mujer y
madre inocente. La que amé con mi vida. La que abandoné por seguridad. La que no pude
salvar. Y era imposible no doblarse y desmoronarse ante ello.
Me dejé castigar de rodillas en el suelo para arrastrarme hacia ella. Encerré su rostro en
mis manos y lo levanté hacia mí. La acuné, besé su frente y la empapé con mis lágrimas. No
recuerdo las veces que le pedí perdón. Lloriqueando y balanceándome. No era capaz de captar
nada más que su aroma, ahora contaminado con el olor de la muerte. Me teñí las manos y la
ropa con su sangre, recorrí con mi pulgar cada morado en su bello rostro ceniciento. Enrede mis
dedos en sus risos rubios oscuros. Rocé sus labios semi abiertos, intenté mirarme a través de sus
pupilas congeladas. No me encontré. Porque los ojos verdes eran opacos, la muerte les había
robado todo el brillo.
—Los dejé, los abandoné para que no les hicieran nada—susurré, temblando, Cecilia
todavía en mis brazos—. Para que nunca supieran de ellos. Sacrifiqué mi amor, mis sueños de
familia, para nada… Para que me los arrebataran en la primera oportunidad.
—Debí haberme ido cuando tuve la oportunidad—me senté en el suelo y sequé mi cara
con los puños de mi camiseta—. Como hizo él. Max. Él se fue, hizo bien. Escapó. Es tan
afortunado por haberse dado cuenta, por correr. Debería haber seguido su ejemplo... O no. Tal
vez sólo debí haberme metido una bala en la cabeza. Habría sido más fácil… una basura menos
en la tierra…
—Jorge…—advirtió mi amigo, derribado.
—Revisé por todos lados, Antonio no está—se apresuró a corregirme—. Puede estar vivo,
Jorge, no pierdas las esperanzas… todavía podés encontrarlo.
Me limpie los residuos de llanto por última vez, levantándome en un envión. Me ocupé en
corroborar que él decía la verdad, que no había sangre de mi hijo. Que no existía otro cadáver.
La esperanza surgió en mi pecho como una flor en medio del desierto. Mi corazón volvió a latir.
Temía ese sentimiento. ¿Y si era en vano? ¿Y si se lo habían llevado lejos de mí? ¿Y si ya se
desquitaron con él como hicieron con su madre? Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza en el
primer intento de imaginar el mismo destino en un pequeño niño inocente y dulce de tres años.
No, no era cierto. Me negaba a creer que él también había obtenido aquello.
Vociferé tan alto y tantas veces, que casi perdí mi voz. Y dio resultado, porque el llanto
de un niño revivió mis oídos y el enorme peso del alivio casi me derriba en el suelo. En ese
momento recordé aquel pequeño sótano que yo mismo había hecho diseñar para la casa. Di
gracias a mi paranoia, porque gracias a ella mi niño estaba a resguardo. Su propia madre lo
puso a salvo. Corrí a la última habitación y descorrí el mueble del rincón, que mantenía cubierta
la puerta. Con desesperación traté de encontrar la llave del candado, no sé cómo lo logré. Ni
siquiera lo recuerdo. Despegué la pequeña puerta y allí estaba él. Antonio. Con el pelo lacio
cayendo sobre su enrojecido rostro lloroso, pegándose en sus mejillas mojadas. Parecía recién
despierto. Lo revisé. Cada pequeña extensión de él, me di cuenta de que había estado durmiendo,
que Cecilia le había dado algo.
— ¿Cómo es que tuvo tiempo para hacer todo esto?—se preguntó mi amigo justo a
nuestro lado, a la par que yo rodeaba al lloroso niño—. Para drogarlo, esconderlo…
Me encogí. No lo sabía. Y era inútil darle vueltas al asunto, porque ya era tarde y mi
mujer ya estaba muerta. Sin embargo, mi bebé seguía allí, conmigo. Ella lo protegió con alma y
cuerpo. Ella luchó por él, sobre las cenizas de mis promesas incumplidas. Perdió la vida. Y por
ella tenía que proteger a nuestro hijo en todos los sentidos. Por Cecilia. Por mí. Porque no iba a
soportar perderlo también a él.»
Todo ha regresado a la normalidad, y mentiría si dijera que me siento bien con eso. La
verdad es que extraño estar a cargo. Ello me insiste que ya debería estar poniéndome manos a
la obra para volver a la ciudad, enfrentar a las Serpientes que quedan y despejar el camino
para una nueva vida. Un nuevo clan. Y el futuro que llevo soñando de hace muchísimo tiempo.
Para Tony y para mí.
Ya no necesito que nadie cuide del niño, por lo tanto, ya no tengo a Bianca
constantemente alrededor. Y no me gusta. Estaba acostumbrándome a ella, a su presencia, su
alegría. Su voz, su risa aguda. Su contacto. No sé cómo lo logra, pero lo hace todo más fácil para
el mundo, incluso Tony extraña tenerla en casa cada tarde al llegar del jardín. Ahora está
forzado a permanecer más tiempo a solas con su silencioso y sombrío padre. ¿Debería estar
extrañado porque apenas la he visto desde que regresaron todos? No. Sé que tiene que ver con
su hermano y el miedo a acabar separándolo más de ella.
Lo que sea. Me doy cuenta que estoy comenzando a sentirme molesto por eso mismo. No
me agrada tener que compartir su atención. Y que los ojos insensibles de ese maldito la alejen
de mí. Y aun así, después de todo, sé que es lo mejor. ¿O no? Pronto voy a irme y tendré que
dejarla atrás. Y a mi hijo, hasta que mi vida esté resuelta y limpia de todo peligro. Y cuando
regrese no será por ella también, ¿cierto?
Aunque quisieras.
No alguien. Bianca. Como si mis pensamientos la hubiesen llamado. Escucho sus botas
resonar en el piso mientras se acerca por el pasillo, se queda atorada en la puerta al
encontrarse conmigo, afeitándome. No quiero mirarla directamente, que lea cómo me siento
ante su pronta lejanía. De hecho, sólo la ignoro un rato. Por más que no pueda evitar echarle un
corto vistazo a través del espejo y notar las marcas cansadas bajo sus ojos en contraste con una
cenicienta palidez. Si ese malnacido de Godoy la ha molestado voy a… nada. No tengo derecho
a nada. Intuye mis pocas ganas de hablar y se apoya en el vano, cruzando los brazos en su
pecho, por encima de un suéter tejido que combina con sus ojos. No sé porque me aguijonea
tanto sentir como que me ha estado evitando. Tampoco entiendo por qué se revive una úlcera en
mi estómago al pensar que me desplaza por debajo de su hermano. Es completamente
entendible que la familia vaya siempre primero en la lista.
Acabo y, de mala gana, me limpio con una toalla. Entonces me toca enfrentarla y me
vuelvo piedra helada al notar su nariz demasiado roja e hinchada y sus ojos húmedos.
— ¿Qué pasa?—a la mierda mi artimaña sobre ignorarla.
Se abalanza sobre mí, pegando su mejilla en mi pecho y apretándome con sus brazos la
cintura. Necesitando un abrazo.
—Te extraño—solloza, temblando—. No quiero que nada nos separe. No quiero que
nada te suceda.
Se estira y consigue mis labios con los suyos, y me besa como si yo fuera el oxígeno que
le ha estado faltando durante días enteros. Y respondo de la misma forma, porque para mí ella
lo es. Significa demasiadas cosas para mí, muchas más de las que estoy dispuesto a confesar.
Las lágrimas nunca abandonan sus ojos, se van mientras nos arrastramos el uno al otro a la
cama con una necesidad que sobrepasa todos nuestros antiguos momentos. Nada se compara a
esto. Se quita el suéter, luego la camiseta y el sostén. Un segundo después viene a mí, como si
necesitara su ayuda para hacer lo mismo.
Quito mi ropa interior del medio y me empujo en ella, ninguno de los dos necesita más
preliminares.
Procedo despacio, contorneándome sobre su cuerpo, yendo más profundo, rozando los
rincones correctos. Percibo sus manos a lo largo de mi espalda, en mis nalgas, y los costados.
Como si estuviera memorizándome para la eternidad.
—Te extrañé—gime, como si hubiésemos estado separados por años y no por únicamente
un par de días.
—Siempre—jadea.
—Uno igual al que te hizo enloquecer ese día, estaba dirigido a mí.
—Sí.
—Sí—no dice nada, ni siquiera se mueve—. Y ves lo que le sucede a la gente que quiero.
Es mejor que te vayas.
Salgo de la cama con violencia y la afronto, calcinándola con los ojos, sin pararme a
pensar que en realidad no es ella la que me enoja. La estaco allí con la fuerza de mi escrutinio
contra el suyo. Tiene que hacerme caso, maldita sea. Ahora saben de ella, no hay nada que
podamos hacer, aparte de separarnos. Ir por caminos diferentes a partir de ahora.
—No.
—Bianca—advierto.
—No.
—Bianca—carraspeo, nervioso.
—No—estira el brazo y toma mi mano en las suyas tironeándome contra ella—. No voy
a irme, a menos que me lo pidas con sinceridad. A menos que te despiertes una mañana y no
me ames más.
Desvió la cara a un costado, incapaz de seguir aguantando esos ojos tan decididos y
fuertes. ¿Vulnerable? Esa palabra quedó atrás hace mucho tiempo. En realidad, acá, ahora, el
débil soy yo. Y ella funciona como un sostén, sin dejarme caer al suelo de rodillas por el miedo.
Se pega a mi pecho y desplaza una cadena de besos en cada pequeño punto de piel que hay a su
alcance, inhala mi aroma, que se ha mezclado con el suyo. Mis piernas tiemblan, quieren ceder,
rendirse. Bianca me abraza.
—Te amo—me anuncia al oído, sobre las puntas de sus pies descalzos, acaricia un lado
de mi rostro tirante—. Como nunca amé a nadie. No tenía idea de lo que representaba este
sentimiento hasta que me tocaste. Hasta que me dejaste entrar. Y me tomaste. Ya no soy mía,
no me pertenezco más. Soy toda tuya.
»Por eso mismo, ahora, vas a volver conmigo a la cama y demostrarme que me aceptas,
que no me dejarás ir. Que juntos somos fuertes. Vas a hacerme el amor hasta que ninguno de
los dos ya ni recuerde su nombre. Y olvidaremos que alguna vez alguien tuvo el poder de
obligarte a creer que dejar ir lo que te hace feliz cuenta como una solución.
Me froto los ojos con frustración e incomodidad. Están logrando lo que quieren, sin duda
alguna, que no pueda dormir en las noches por la preocupación. Que no pare de recordar las
fotos. Y hace que me imagine millones de formas en la que ellos pueden afectar a Bianca. Los
sudores fríos han aumentado desde que ella aseguró recibir un sobre. No les alcanza con
cagarme la existencia recordándome la peor experiencia que he vivido nunca, la que ha matado
una buena parte de mí. Provocan a la culpa y la tristeza que remolinean entre mis costillas,
girando como alambres de púas, pinchando, agujereando, reabriendo cicatrices que nunca
terminaron de soldarse del todo. Además de hacer que el miedo se vuelva más fuerte, más
poderoso. Tangible.
—No puedo entender ese cruel revanchismo, tanta brutalidad—y eso que viví entre
ellos casi toda mi vida, pero ¿esto? No tiene nombre—.Es una obsesión. No van a parar hasta
matarme. O hasta que los mate.
—Hasta que los matemos—corrige, riendo sin humor, puedo oírlo inhalar humo por la
boca—. Están enfermos, una vida entera cubiertos de la peor porquería que existe, ¿qué cosa
buena va a haber en sus mentes? Violadores, asesinos, drogadictos, delincuentes… son
psicópatas, Jorge. De los que no tienen cura, por eso tenemos que deshacernos de ellos, cuanto
antes. Le haremos un bien al mundo, no sólo a nuestras vidas.
Asiento, claro que sí. Más que convencido. No necesito ponerlo en palabras para que mi
amigo lo intuya a través de mi silencio.
— ¿Cuándo?—pregunta, ansioso.
—Sabes que nunca querrás irte—me dice, un poco molesto—. Pero vas a tener que dejar
a Bianca, y al niño tarde o temprano. No querés ahora, ni lo querrás más adelante. No entiendo
realmente lo que te detiene. Es un esfuerzo que tenés que enfrentar, un sacrificio.
—Ya sé—mi voz retumba entre las paredes de cada cubículo en el baño—. Sólo…
necesito un tiempo para dejar las cosas en orden antes de irme. Pueden pasar meses y meses
antes de que los vea de nuevo.
Niego, justo frenándome ante mi imagen reflejada en el espejo. No soy más ese tipo, he
cambiado. Sí, quiero sangre, ansío venganza y no lo voy a negar. Mis palmas pican con
ansiedad, y mi mente se recrea anticipadamente con cada herida, cada tortura, que les haría a
esos bastardos. Sin embargo…
Él no dice nada al respecto, y ese silencio es el claro indicador de que está contrariado y
es mejor dejar esto para otro momento. Voy a viajar, no tiene que estar preocupado por eso,
quizás el mes que viene al fin sienta que puedo dar el siguiente paso. Interrumpimos la
conexión con una despedida un poco tensa y guardo el aparato en mi bolsillo. Un par de golpes
de nudillos contra la puerta de madera me rescatan de la avalancha de preocupaciones y
secuencias en mi cabeza. Max está allí, ambos nos observamos fijamente cuando giro a él.
Bufo y pongo los ojos en blando, es tan… predecible. Obvio que es un fisgón y le encanta
meterse en donde no le llaman.
— ¿Qué? ¿Te estás poniendo al día con el papel del entrometido hermano menor?—
suelto, sin lograr mantener a raya mi ronquera.
—Así que… no estás preparado para marcharte a la lucha, ¿eh?—finge estar relajado.
Ambos estamos más tensos que las cuerdas de un violín—. Entiendo el sentimiento, irse y dejar
a los que amas, sabiendo que no los verás por un tiempo es… una rotunda mierda—grazna.
—Es difícil… pero si hablas sinceramente con Tony, él esperará tu regreso y estará
seguro—traga, y se mete las manos en los bolsillos con timidez—. Nosotros, Lucre y yo, nos
vamos a ocupar bien de él… para los niños, el tiempo pasa rápido.
—Ella… lo pasará fatal. Lo sé porque las mujeres siempre se deprimen cuando nos
vamos—pestañea robóticamente y después sonríe—. Tanto tiempo sin… ya sabes… a todos nos
pone un poco…em…—el intento de broma es un fiasco.
—Estoy tratando de tener una conversación normal, podrías ayudar un poco—se ofende.
—No voy a hablar de Bianca con vos—resoplo, qué ridículo si cree eso.
— ¡Qué lástima! Porque ella recurrió una vez a nosotros porque no tenía ni idea de cómo
manejar a semejante imbécil gruñón—comienza a despotricar, como si estuviera vomitando
mierda—. A decir verdad, no sé cómo mierda te aguanta. Todo el día por ahí con esa mirada de
asesino serial, relájate un poco, hombre… sácate el palo del culo…
Alzo las cejas, sin poder creer que justo él de todo el mundo me esté soltando este
discurso de porquería.
—Mira quién lo dice—gruño, cruzándome de brazos—. El tipo que tardó años en aceptar
a su mujer y dejar de abrazar botellas de vodka.
Claro, acabo de patearle en las bolas y si yo no estuviera justo acá de pie se encogería a
causa del dolor.
—Puedo notar que estás en un enredo por ella—se rasca la nuca, mira los azulejos
detrás de mí, demasiado acobardado para fijarse directo a mis ojos—. Entre el peligro que trae
el tener una relación y las ganas de tirar todo a la basura por ella… Créeme, he estado ahí, por
mucho tiempo, alejando lo que de verdad me sanaba y hacía feliz, porque creía que era lo
correcto. Yo… si me dejas aconsejarte, te diría que no la sueltes… hay muchas formas de
protegerla sin dejarla ir por completo…
Después de eso, permanezco callado e inmóvil por mucho rato, poniéndolo más nervioso
y agitado de lo que estaba mientras hablaba. Lo estudio, viendo que es del todo sincero, y
sorprendentemente no tengo la impetuosa necesidad de patearle el culo. Es como si le
importara lo que pasa en mi vida… lo que es estúpido.
—Él es un niño, si lo dejo acá él crecerá a salvo, irá a la escuela—niego—. Sí, estoy
sacrificando nuestra relación, tal vez no le haga bien estar alejado de mí… pero lo hago por él,
para que su futuro sea brillante. En cambio, no puedo pedirle a una mujer que me espere
indefinidamente, eso es egoísta. No puedo mantenerla estancada. Soy un hijo de puta egoísta,
pero no lo suficiente para hacer eso…
Definitivamente no.
Esta lucha es mía. Y si alguien va a sacrificarse y arriesgar el pescuezo, seré yo. Sólo yo.
BIANCA
— ¡Hija de puta!—escuché chirriar desde la cocina y corrí a calmar las aguas.
Asiento y pego la vuelta. Esta noche ha sido la cena de celebración por tener de vuelta
en casa a Alex y Ema. Por supuesto León no podía evitar organizarla, para él todo tiene que ser
celebrado con intensidad y me encanta su entusiasmo y su forma de valorar cada pequeño
segundo de la vida. Sus fiestas son emotivas y muy familiares, lo que hace a cada uno de
nosotros nos volvamos cada vez más conscientes de quienes y lo que nos rodea. Al final de cada
jornada cada uno de nosotros regresa a casa como nuevo, satisfecho y feliz de formar parte. Me
pasó aquella primera vez, en la fogata, cuando lo oímos cantar, no volví a ser la misma. León es
el pegamento que logra mantenernos a los demás unidos en una bola sólida y resistente, no
rodaríamos a ninguna parte sin él. Amo profundamente este lugar, y ya he entendido
exactamente por qué una vez que la gente llega no quiere irse. El por qué mi hermano decidió
formar parte, dejando todo atrás. Aunque eso no es remedio para mi dolor y la sensación de
cruel abandono.
Retengo su mirada en mí mientras tomo uno a uno los escalones hacia arriba, me
contoneo con delicadeza, moviendo grácilmente mis extremidades y dando pasos lánguidos. Mis
ojos lo atraen, le dedican promesas en la distancia. Si me sigue, las oleadas de malestar pueden
irse, en su lugar sólo obtendría una grata satisfacción. La mente adormecida y el cuerpo
encendido. Oh, Dios, me encanta jugar a esto. Nos compenetramos tan bien que entiende
perfectamente lo que quiero ahora mismo. Y el dorado de sus irises resplandece con hambre. Sí,
sólo un paso más y se olvidará de cualquier mierda. Y quiero ser yo la que haga pleno uso de
ese poder.
Me aproximo, exprimiendo el ardor en sus pupilas, encendiendo las mías. Soy sujetada
por los brazos con firmeza y empujada contra la madera de la puerta cerrada. En el proceso
todo el aire se me queda atascado en el pecho. Me relamo los labios y entrecierro los ojos, casi
dejándome ir cuando sus dedos trazan un mata ascendente por el exterior de mis muslos, se
mueven, desvían hacia el interior. Y su palma se estaciona en mis necesitados labios externos,
me acuna. Su pecho se suelda al mío y los dos respiramos con violencia nuestros alientos. Sofoco
un sonido agudo ante la sensación de las yemas de sus dedos abriéndome e internándose en mi
interior. Es celestial, pero no necesito preliminares, por lo que sujeto su muñeca y lo detengo.
Con mis ojos le transmito que lo quiero rudo, rápido y sin pausa. Mi mano libre acaba
en su bragueta y libero el botón con destreza. Sonrío de manera sucia y responde con una media
sonrisa llena de poder erótico. Listo, ahí se ha ido todo lo malo en sus pensamientos, he echado
a dormir cada inquietud. Este es nuestro momento, no son bienvenidas.
Será porque he estado contando los minutos hasta el momento en que me abandone.
Porque intuyo que lo hará, tarde o temprano. Ha estado tan retraído desde nuestra
conversación, desde que nos dijimos el uno al otro que nos amamos. Va a soltarme la mano,
simplemente lo sé. Y no podré hacer nada cuando suceda, porque ya he puesto todas mis cartas
sobre la mesa, todo lo que tenía se lo he dado. Si él no cree en nosotros, ni que nuestro amor es
fuerte, entonces ya no queda nada más por hacer, ¿o sí?
Entierro eso cuando él mismo baja el cierre y libera su masculinidad entre ambos, a
continuación me toma firmemente del culo y eleva en el aire. Pierdo mis tacones ante la furiosa
imperiosidad del movimiento. Aplasta mi boca con la suya y me come al tiempo que gimo, sus
dedos cavan en mi carne y el dolor aviva el placer. Me penetra con la fuerza que deseo, nunca se
queda atrás al darme lo que quiero. Y conseguir lo que desea, también. Mi cuerpo golpea la
puerta en cada arremetida, por eso él se me traslada a la pared de enfrente, la única que no
está cubierta de estanterías. Soy apresada y aporreada contra la pared brutalmente, tanto que
cierro los ojos en cada perfecta y profunda penetración.
Y, malditamente, amo ese dolor. Ojalá todo doliera de la misma forma tan preciosa. Le
araño la nuca y el cuello, y me golpeo la nuca cuando mi cabeza cae atrás, en la pared. El
comienzo de un grito arranca mis cuerdas vocales y él se apresura a cubrirme la boca, gruñe
sobre mi hombro, entierra los dientes debajo de mi oreja.
Y cumplo su orden al segundo que sigue. Mi vagina aprieta su grosor encajado hasta la
empuñadura, lo retiene dentro. Es tan inexplicable llegar al orgasmo teniéndolo tan encajado e
inmóvil en lo más hondo de mi cuerpo. Mi carne húmeda lo ciñe, aferrándose a él sin pretender
soltarlo. Mantiene mi boca cubierta hasta que me aflojo en sus brazos, entonces se da el
permiso para empujar unas cuantas veces más hasta claudicar.
Su cuerpo entero se estremece y siento su pene latir adentro mío, lo que hace que mi
interior reviva nuevas ondas del último orgasmo. Mariposas revolotean en mi bajo vientre a
medida que la tensión se va desplazando cada vez lejos. Cada rincón de mi ser pica y escuce
después de este asalto, y se siente como las últimas cosquillas de una droga. Y sabemos que
pronto vamos a querer más, porque así funcionamos.
Se separa de mí lentamente y el frío aprovecha para tomarme una vez que me siento
desesperadamente vacía. Se acomoda las ropas todavía con manos inestables y luego arregla mi
cabello enredado, me mira con una dulzura que estruja mi corazón. Quisiera rogarle ahora
mismo que no piense que tiene que alejarme de su vida para protegerme.
Voy hacia la salida, obtengo de vuelta mi ropa interior para esconderla en mi sujetador
y calzo mis pies. Antes de irme, regreso a él y deposito un corto beso en sus labios. Una vez
abajo me escabullo en dirección al baño para asearme y limpiarme para volver a poner mi tanga
en su lugar.
Una vez de regreso me encuentro con que Jorge ya ha bajado y los demás están
enfrascados en un partido de truco. Genial. Me entusiasmo y ruego que me dejen jugar en la
próxima ronda. Tramo una estrategia para, a la larga, acabar emparejada con mi hermano,
tratando de revivir viejos tiempos en los que éramos imparables con los juegos de cartas.
Hacíamos alarde una conexión inigualable. Y ahora quiero probar que la seguimos teniendo.
Evidentemente, hace falta sólo un par de manos para asegurarme de que sí. Definitivamente.
Lo que hace que mi corazón lata irrefrenablemente con alegría y esperanza.
Cuando Jorge es invitado a una ronda no entro en mí misma de la euforia. Si tan sólo él
y mi hermano se dieran una oportunidad… No. No voy a pensar en esto, sólo disfrutaré de mi
momento con ellos. Estoy tan fuera de mí que comienzo a acariciar las pantorrillas de Jorge con
el costado de mi tacón, lo tengo justo a mi izquierda. Alex está a mi derecha y mi hermano justo
enfrente. Mi piel se eriza y no puedo detenerme de hacer cosas peligrosas debajo de la mesa.
Jorge responde con un rebaño de caricias allá y acá en mi muslo más cercano a él. Y ambos
sabemos perfectamente que estamos jugando con fuego, y parece que no es de nuestra
importancia.
Hasta que todo se descontrola. O mejor dicho… hasta que mi hermano salta enfurecido,
perdiendo todo su control.
—Voy a molerte, hijo de puta—Santiago aprieta su agarre, las venas de sus manos
tatuadas sobresalen y me echo a temblar—. Te voy a matar.
Empujo abajo la angustia subiendo por mi garganta. Juguetear bajo la mesa no fue una
idea inteligente, lo sé, me hago cargo, pero nunca creí que pasaría algo como esto si Santiago
nos descubría. Creí que… ¡no sé qué mierda creí! Indudablemente soy una inconsciente.
Lo empujo y logro que afloje su agarre en Jorge y lo deje ir. Da un paso atrás, y puedo
oír la bocanada de aire justo en mi nuca, mi piel se eriza. De pronto, hace demasiado frío en
este lugar.
—Vas a armar tus valijas—me señala directamente con el dedo y tengo que esforzarme
mucho en no encogerme de dolor—. Te quiero lejos de acá, mañana a primera hora.
Mi hermano se inclina sobre mí y me toma del brazo, soy levantada como una pluma y
separada de Jorge con un movimiento brusco. El tacto de la dureza de su agarre me quema y
estoy a un paso de perder la compostura. Me deshago de él inmediatamente, la ira llenando mi
tan habitual pacífico interior.
— ¡Te vas!—me grita él, como pocas veces lo ha hecho—. Nunca debiste haber venido,
Bianca. Regresá a donde perteneces, éste no es tu maldito lugar.
Me trago el torrente violento de lágrimas, antes muerta que mostrarlas ante todos. Y
menos ante él. Y se equivoca, éste sí es mi maldito lugar. Me he ganado una baldosa, llegué a
este lugar para encontrarlo, pero ya no creo que haya sido esa la intención de mi destino. Me
trajo acá porque había calculado lo que necesitaba. Brazos fuertes que me retuvieran. Porque
nunca supe lo que se sentía. No siendo una mujer. Y necesitaba que me notaran, que me
sostuvieran, que me demostraran pasión y amor verdaderos. Lo merecía. Lo merezco. Santiago
no va a arruinar mi vida, no consentiré que lo haga dos veces—haya tenido o no culpa de la
primera vez—.
Los mismos brazos fuertes me contienen ahora, me abrigan y protegen de la ola de frio
que avanza en nuestra dirección con violento desdén. Adela retiene a su novio antes de que
llegue a nosotros y golpee a Jorge para desprenderlo de mí. No entiendo lo que le pasa, y la
verdad es que, ya no me importa. Mi hermano ya no es el centro de mi universo. Lo amo, pero
también amo a otras personas que necesito y me necesitan. Mi mano es entrelazada a una más
grande y áspera, me llevan lejos, para resguardarme. Cuando quiero al fin reaccionar, me veo a
mí misma siendo cubierta enteramente con mi abrigo, y después Jorge levanta a Tony de su
posición entre dormida en una mesa. Salimos al exterior sin siquiera mirar atrás y el aire
helado que corta mi respiración es bienvenido. Me aflojo y relajo mientras atravesamos el
complejo de la mano, en silencio. La tensión me abandona.
Sin embargo, sé que lo peor está por venir. Y ya me estoy haciendo a la idea.
Sencillamente… me resigno.
Sin mediar palabra nos metemos en la cocina y él cierra la puerta para no despertar a
Tony con nuestra conversación.
—Tu hermano tiene razón al ordenarte que te alejes—es lo primero que se le ocurre
lanzarme.
Bufo y pongo los ojos en blanco de la manera más hiriente de la que soy capaz. ¿Él
también? No puede ser.
Traga y por un par de segundos aprieta los párpados como si le doliera algo por dentro.
Como si tan sólo el fluir de su sangre le quemara cada rincón del sistema. Ni siquiera se mueve,
subsiste allí, apoyado en la pared, con los hombros caídos. Está roto, confundido y lastimado,
por un tiempo creí que yo era suficiente para revivirlo, pero en la actualidad veo que no. Llego a
la conclusión de que no importa lo feliz que yo le haga sentir, va a dejarme porque cree que es lo
correcto. Sí, piensa que romperme el corazón es hacerme un bien.
—No voy a tragar mi verdad por miedo a herir tu susceptibilidad, voy a decirte como me
siento. Siempre. Porque confío en la sinceridad. Pocas personas han sido auténticas conmigo, y
puedo asegurar que se siente como la mierda. No voy a ser una de ellas. Y te estoy diciendo que,
me lo pidas o no, voy esperarte. Sos mi vida, vuelvas o no… seguiré siendo tuya.
Maldice en voz baja, deslucido porque sabe que tengo razón. Sabe que dejarme no es un
acierto. No le doy tiempo a contestarme, he hecho y dicho lo que debía. No tengo más para
ofrecer que esto. Cumplo mis primeros pasos hacia la partida, dejando las cosas como están.
Ahora, después de todo lo que ha sucedido, no es un buen momento para decidir nada.
Me voy, atormentándome con las circunstancias de la despedida, nunca fue así entre
nosotros. Fría e impersonal. Siempre que nos separábamos, durante el día o después de
nuestros encuentros en la hora de la siesta, apenas podíamos despegarnos el uno del otro.
Besos, toqueteos, caricias, risas. En esta ocasión no hay nada de eso. Lo que me manifiesta de
ante mano cómo sería tener que dejar de verlo y nunca más aprisionar sus labios en los míos.
No acudo, por más miserable que suene. No es un buen momento, creo que me pondría
violenta o probablemente lloraría como una loca. No le hago caso y se rinde después de unos
minutos, lo que me alivia y seca mis pestañas. Espero un buen rato hasta que decido salir,
sintiéndome a resguardo. Transito precipitadamente el camino hacia la salida, tironeando de
mi valija detrás de mí. Cierro mi abrigo sobre mi boca y nariz e intento no alterarme porque no
sé a dónde mierda iré a parar. Llamé a un remis, espero que llegue pronto antes de que me
congele. Me he cambiado de ropa, más caliente para esperar por él en el exterior. Iré al pueblo,
me alojaré en hotel, mañana pensaré en alquilarme algo. Lo que sea. Me da igual.
—No vas a irte—me dice, tranquilo, tomando un lugar a mi lado—. Esta es la llave del
altillo, podés quedarte todo el tiempo que quieras.
Consigue mi mano y coloca el llavero con la insignia de los Leones en mi palma con
suavidad, como si yo fuera un pequeño pájaro herido al que hay que tratar con cuidado. Se me
hace muy… paternal, lo que provoca que el nudo vuelva a obstruir mi faringe.
—Pero…
—No hay discusión, sé muy bien que no estás preparada para irte—me mira con un
cariño casi palpable y sonríe—. Cuando llegaste y te vi allí—señala la entrada del
estacionamiento—, saliendo del lujoso coche, toda encogida y tímida, se me cruzó por la cabeza
que estabas acá para cosas grandes…
Sonrío, no me queda otra opción, por más que mis ojos estén hasta el borde de agua.
—Tenés las manos bastante llenas con esos dos hombres—chasquea la lengua,
rascándose la barba con preocupación—. Cuando nosotros somos los que tenemos miedo, no
sabemos para qué lado disparar—resopla, encogiéndose—. Podemos enfrentarnos a un millón
de adversidades. Un mano a mano con otros hombres, mirar directamente a los ojos de la
muerte, días y días de dura carretera, juegos sucios con la ley—menea la cabeza—, pero cuando
las personas que amamos son amenazadas, por lo que sea, nos cagamos encima. No quiero
justificar a tu hermano, ni a Medina, ni a nadie… sólo creo que deberías quedarte y esperar que
las aguas se calmen.
—No, sos fuerte y valiente. Admiro eso. Lo que me lleva a insistir en que sigas mi
consejo—encuentra mi mirada—. Mantente al margen, deja que ellos acepten por sí solos de sus
errores, tarde o temprano pasará. Créeme. Que tengan algún momento dándose la cabeza
contra la pared y se les acomoden las ideas. Solitos caerán. Se darán cuenta que han estado
equivocados y te han lastimado en vano… se van a morir por tu perdón. Y estarán preparados
para poner las cartas boca arriba, como estoy seguro de que has hecho ya…
Sus palabras me hacen sonreír como la vieja Bianca. Ancho e iluminado. Sinceramente
amo sus palabras de aliento, el tiempo que se toma para hacerme sentir mejor. El alma de este
hombre ha caído del cielo, es el ángel que todos aquí necesitan tener sobre su hombro. Es la
ayuda discreta y desinteresada a quienes sufren. Es la fuerza de los que están en peligro de
hundirse. León Navarro nos hace bien, y como líder, es impecable. Por supuesto. El hombre más
puro que he conocido.
—Está bien—tomo una bocanada—. Voy a quedarme. Que conste que sólo iba a parar
en el pueblo, no tan lejos…
Asiente.
Seguido, se encarga de dejar contento al remisero por su viaje sin frutos y vuelve para
instalarme. Acarrea mis pertenencias escaleras arriba y me dedica las buenas noches. Estoy
muchísimo mejor de ánimos, aunque sé que cuando pegue mi cabeza en la almohada lo último
que haré será dormir.
CAPÍTULO 17
SANTIAGO
“Éste no es el hombre del que me enamoré”.
Adela no tiene ni idea de lo que sus palabras me hacen, si bien estoy dolorosamente al
tanto de que me las merezco. E incluso me hacen falta más castigos que ese, por lo tanto,
aceptaré si mi hermana no me perdona, será justo. Aun siendo ésta frase ya suficiente para
hacerme estremecer.
Anoche ninguno de los dos durmió, yo me encontraba demasiado tenso y ella dolida. Lo
que le hice a mi hermana la lastimó, nos lastimó. Y rompió a Bianca. Pero, por más que sabía
que acabaría mal, no encontré la neblina que siempre me mantiene en mi sitio, rodeado de
control. Nada me sacaba de las casillas si no tenía que ver con Adela, y hace tiempo descubrí
que la vuelta de mi hermana las convierte en dos personas. Dos personas que se meten bajo mi
piel. A veces me golpea la necesidad de arrancármela a girones, porque el escozor es
desconocido e insoportable. Y aun así no es posible, y si lo fuera, tampoco lo haría.
Lo sé bien desde que una chica de ojos espejados se propuso enlazarme y nunca más
dejarme ir. Y cuando Bianca apareció, sentí que el mundo se me caía encima, comencé a
preocuparme por ella aun sin tener ni idea de cómo acercarme o hacerla sentir mejor en mi
presencia. No bienvenida, no. Hubiese sido todo más fácil si ella nunca me hubiese encontrado.
Será que la vida no es fácil por naturaleza, yo más que nadie debería saberlo. Al tenerla en
frente después de tantos años, ya crecida, convertida en una mujer hecha y derecha, estuve
dividido. Euforia y terror. Alegría y desconcierto. Creí que estaba muerto para mi familia, por
eso nunca tuve una idea de volver, a decir verdad, no les dediqué ni un segundo pensamiento
largo. Porque yo no era el mismo que los había dejado antes y con mi nueva personalidad
encontré una nueva vida que me vino como anillo al dedo. Nada más. No había otra cosa allí
afuera para mí.
Que mis dos vidas se cruzaran me cayó como un balde de agua helada en la cara. Una
cachetada seca en la mejilla que me hizo trastabillar y rodar fuera de mi sitio.
Bianca apenas ha hablado de ella y Nacho, supongo que no quiere ponerme incómodo, lo
que aprecio. Me vuelvo loco al pensar en ellos, tanto que no logro pensar con claridad. Mi
hermana ha sido paciente, se ha esforzado mucho en alcanzarme, y sé que sufre al respecto
porque siente que estoy demasiado alto para llegar. Revivo una y otra vez esa promesa, la que
hice hace tanto tiempo, cuando estaba planeando mi vida en la universidad. Tenía tanto miedo
de que me olvidara de ella, que la dejara atrás. Le prometí que la protegería incluso en la
distancia.
Y le fallé.
— ¿Vas a dejar de mirar fijamente esa cama?—viene Adela por el pasillo, clavando esos
ojos tan penetrantes en mí, de pie en la entrada de la habitación—. Si en ese helado corazón
tuyo hay culpa, entonces todo lo que tenés que hacer es ir a hablar con ella. Y pedir perdón.
Se cruza de brazos, inclinando la cabeza a un lado mientras deja caer su hombro contra
la pared.
—No es fácil para nadie, por lo que me figuro bastante bien lo que significa para vos—
suspira, echando un vistazo al cuarto desocupado—. La extraño. Y eso que no se fue.
No digo nada, no necesito hacerlo porque Adela me lee tal como a un libro abierto. Con
el tiempo ha perfeccionado tanto eso que ya me he acostumbrado. Aunque odio que a veces
entienda lo que siento incluso mucho antes de que yo mismo lo descifre. Y ahora sabe bien que
estoy arrepentido y muy, muy sofocado por mi actuación de mierda. Por la podrida actitud que
he tenido desde que mi hermana llegó.
Se aleja de inmediato para ir a atender y el frío me abraza justo donde su calor estuvo
segundos antes. Maldito sea el que interrumpe. Adela abre y se estaca en su lugar, su espalda
atirantándose a la defensiva. Me aproximo para ver por mí mismo a quién tiene cara a cara. Me
envaro al ver a Jorge Medina allí de pie, en el mismo estado de alarma que el nuestro. Aprieto
los dientes, noto que Adela se ha tensado no sólo por su presencia, sino esperando otra de mis
atípicas explosiones sin sentido. Permanece a la defensiva no por él, sino por mí.
Con el ceño fruncido ella se aparta un poco más de la entrada y el hombre está adentro
en dos zancadas. Tenerlo en mi sala hace que la sangre en mis venas comience a correr
demasiado rápido y caliente. La adrenalina provoca que mis manos comiencen a abrirse y
serrarse en puños. Adela acaba a mi lado, casi pegada, con la intención retenerme al primer
atisbo de violencia. No voy a promover una pelea, no. Me mantendré en mis cabales, por ella,
porque ya la he decepcionado anoche. Y por mi hermana. No va a apreciar que su hombre
obtenga un juego de morados en su cara.
Ninguno dice nada, concentrados en la misma posición por mucho rato. Y termina
siendo Jorge el primero en remover el aire denso a nuestro alrededor.
—Así que voy a ir a buscar mi venganza, por ella y por mi hijo. Porque esa es la única
forma de darles un futuro en paz, y una vida que se merecen. Y cuando yo gane—no da lugar a
la duda, señalándose a sí mismo con el pulgar—, la buscaré y la llevaré conmigo. Va a vivir a
mi lado y tendrá lo mejor, como se merece.
—Si algo le pasa, cualquier cosa… sea por algún error, una causa de esta venganza tuya
o la lastimas de alguna manera—enfatizo, sintiendo la mano de Adela agarrar la mía a mi
costado—, voy a matarte.
—Hecho—firma.
Hice alarde de mi negatividad, y aseguré que con él las cosas ya no daban para más,
cuando ni siquiera había nada definido entre los dos. Lo que sólo me deprimía más. Fingí que
no lo amaba, que el hecho de que termináramos no me partía el alma en pedacitos.
“No era como si quisiera casarme y tener hijitos… Era sólo sexo y nada más… blah,
blah, blah” aseguré y me encogí de hombros. Mentira. Mentira. Mentira. ¡Maldita mentirosa de
cuarta! Yo quería todo de él. Todo.
Creo que fui una buena actriz porque mi cuñada me creyó e intenté enseguida regresar
a ese trato tan característico de las tres, no tenía por qué haber sombras entre nosotras. El
aplomo se fue por un rato, hasta que Adela se marchó y, Ema y yo, terminamos de cocinar. Fui
invitada a quedarme para el almuerzo y me negué rotundamente, me estaba desmoronando y
ella iba a ser testigo si no salía rápido de ahí.
La miré por unos segundos, tomando nota de su ceño arrugado y la expresión de dulce
preocupación en su rostro. Ella parecía entenderme más allá de cualquier actuación.
—No, como que quiero estar sola un rato—le dediqué una sonrisa, fracasando
duramente al no querer que sonara triste.
Ella asintió, viéndose incluso más desolada. No quería afectarla con mis problemas.
Ema había recuperado su felicidad hacía muy poco tiempo, estaba en la dulce espera con el
hombre que amaba y que había luchado con la muerte para recuperarla. No quería ser injusta y
mala persona, pero una parte de mí no podía negar que se sentía un poquitito envidiosa por eso
y todo lo que ella había conseguido tan merecidamente. Aquel día era más como una catarata
catastrófica de crueles emociones, lo que me hizo odiarme más. Tomé el picaporte un momento,
y mi vista se empaño, un pestañeo después estaba vomitando mi miseria en su bonito rostro
angelical.
Miré el suelo y ella se tragó un nudo de lágrimas. Dios, no quería hacerla llorar y sentir
lástima por mí. Sin embargo, no podía parar, necesitaba el alivio del desahogo y mi amiga me
había demostrado comprensión y apoyo incondicional. Agradecía tanto su sostén, que me aferré
bastante a él.
—Bianca…—murmuró, compasiva.
Tenía un problema antes de llegar aquí. Estaba obsesionada por volver a unir a mi
familia. Y no lo vi, llegué muy lejos a causa de eso. Quizás debería haberle hecho caso a mi
madre cuando decía que necesitaba un poco de terapia, porque no podía hacer las paces con
todo lo que nos había pasado. Ella al menos se recuperó y encontró a alguien que la quería y
mimaba en sus peores momentos de debilidad. Mi hermano menor se encerró en su trabajo, el
imperio que levantó fue como un consuelo. ¿Y yo? Nunca hubo nada que me diera paz. Ahora
entiendo cómo las vidas de los que me rodean siempre avanzaron, incluso de quienes he
conocido desde hace poco, mientras que la mía es sólo una masa derretida en un pozo del que no
puede escapar. Dependo mucho de que otras personas me hagan feliz, cuando soy yo misma la
que debe darse satisfacción. Necesito sentirme plena con mi vida.
—Por supuesto que lo quiero, es mi hermano—“sin importar lo idiota que fue anoche”
deje ir en mi cabeza—. Lo amo.
La dulce Ema asintió con una sonrisa a medias en su cara, todavía un poco
contorsionada por la tristeza que le obligué a sentir.
—A Jorge—aclaró.
Y mis últimas palabras sí se referían a una verdad universal sobre mí. No más pensar
en los demás, tenía que aprender a ponerme primera en mi lista y preocuparme más. Yo, sobre
todo el resto. Porque era claro que jamás había sido la primera opción de nadie. Todos estaban
ocupados con sus cosas y la tonta Bianca debía dejar de revolotear alrededor, sin saber qué
hacer consigo misma.
Algo que iba a poner en marcha… no sabía cuándo, tal vez en la primera ocasión en la
que me sintiera capaz de salir de mi estupor. Tal vez.
Me fui al altillo y me resguardé debajo de las mantas de la gran cama. Pasé un par de
horas ahí hasta que se me secaron al fin los ojos y decidí que podía meter alguna dosis de dulces
en mi sistema y mirar alguna buena película. Fui a la heladera y me hice con una tableta de
chocolate. No me duró ni dos segundos, cuando quise acordarme iba a comenzar la película sin
nada. Y me conseguí una paleta. No alcancé a darle play al DVD en mi portátil porque tuve una
llamada insistente desde Skype.
Nacho.
—Hola, hola, mi…—se frenó en seco al ver el estado enrojecido de mis ojos—. ¿Quién es
el hijo de puta que te hizo llorar?—escupió.
Me reí y tomé nota de su vestimenta, se veía elegante por primera vez en… vaya a
saber cuánto.
—Al fin pisaste la oficina luciendo un traje pulcro—bromeé, ignorando el brillo letal en
esos atractivos ojos—. Hay que reconocer que te va muy bien, te ves como un creíble empresario
serio y mayor…
—Por eso nunca uso esta mierda—explicó, tirando del nudo de la corbata—. Me encanta
cuando nadie me toma en serio… ¿vas a decirme por qué estuviste llorando?
—Iría sólo con la intensión de patearle el culo al que te provocó esas lágrimas—
carraspeó, malhumorado—. Nadie deja a mi hermosa hermana con los ojos rojos…
Me carcajeé en tono alto, no pude evitarlo porque no paraba de ajustarse el frente del
traje como si le molestara continuamente. Parecía un niño fingiendo ser un adulto, no tenía
caso. De pronto me desinflé.
—Me enamoré…
Sus ojos se abrieron de golpe y los míos se llenaron de agua instantáneamente, lo que
me provocó una ola imparable de rabia.
— ¿Qué dijiste?—habría sonado como un chillido si no tuviese una voz tan grave y
masculina.
No aportó nada más que silencio mientras intenté recuperarme del llanto, le envié
vistazos cortos entre lágrima y lágrima sólo para encontrarme con unos cuantos atisbos de ira
en su tan alegre y abierto semblante. Dios, ¿por qué tuve que dejarme arrastrar así delante de
él? No tenía perdón por arruinar su ingenioso temperamento. Cuando al fin dejé ir mi último
suspiro y me sequé las mejillas, y él se reacopló en su comodísimo sillón de oficina.
— ¿Quién es el hijo de puta afortunado que te hace tan desafortunada?—quiso saber,
secamente.
— ¡Ja! ¿Quién es? ¿Un anciano? ¿Todavía existen Jorges de menos de cuarenta años?—
preguntó, ensañado.
—Por Dios—puse los ojos en blanco a partir de su cháchara en contra de los tipos que se
llamaban Jorge—para un poco… ¿Y qué si tiene cuarenta o más? ¿Eh?
—Voy a asesinarlo si lo llego a cruzar alguna vez—dijo, sin emoción—. O no, voy a
comprarle un andador fallado…
—Basta. Está en los treinta, ¿bien?—le informo—. Y lo amo. No vas a asesinar a nadie.
Además, es posible que él te quiebre el cuello sólo con un manotazo, tenés todo que perder si te
enfrentas a alguien así, lo aseguro…
—Es uno de esos tipos que van en moto, ¿cierto?—respondí con un asentimiento, no iba
a explicar toda la historia, sea uno de los Leones o no, era un motociclista—. ¿Está lleno de
tatuajes y perforaciones? ¿Se viste con cuero?
Nacho no era un estirado, pero vaya a saber qué diría sobre alguien así que estaba
saliendo con su hermana.
—Y te hace llorar…
—El asunto es muy complejo, han sucedido algunas cosas y estoy abrumada—lo
endulzo—. Y Santiago no ayuda mucho en nuestros acercamientos. Además, ellos dos no se
quieren y anoche hemos tenido un enfrentamiento…
—Jorge está pasando por una etapa dura de su vida, lo que complica nuestra relación—
trago, mordiéndome los labios resecos—. Quiere dejarme porque cree que es lo correcto.
—He intentado convencerlo de que somos fuertes y podemos superarlo, que no tiene que
alejarme…
Se echa hacia atrás, pensativo y muy serio. Desde mi lado escucho la puerta de su
oficina abrirse y la voz de una mujer que le anuncia que alguna reunión está por comenzar.
Nacho asiente y le avisa que irá en un momento.
—Tengo que irme—se acerca a la pantalla, y puedo notar que no quiere cortar la
conversación—. Sólo déjame decirte que… si te abandona por lo que cree correcto, es porque es
cagón… y los cagones no valen la pena.
“Hacer cosas por ti misma, ¿recuerdas?” Sí, vamos a buscar un poco de buena vibra.
JORGE
Sobre las tres de la tarde me preparé por dentro y caminé al bar con potente
disposición. Se terminaron las vueltas, las huidas, los infortunios. No quería escapar más. Ya
había dejado claras las cosas con Godoy, tuve toda una noche sin pegar un ojo tratando de
decidir lo que era mejor. Que Tony preguntara por Bianca cada cinco minutos antes de
dormirse profundamente no ayudó. Acepté lo inevitable. Dejé de atarme a mí mismo a la
infelicidad, porque no lograba nada con eso. La vida me está dando una segunda oportunidad,
supongo que será por algo. No sería inteligente dejarla pasar. Voy a arriesgarme como no fui
capaz con Cecilia. Hundiré el miedo, mantendré a Bianca a salvo hasta que esté seguro de que
puedo darle todo lo que se merece.
Subí las escaleras hacia el altillo del bar con la cabeza gacha, ensimismado. Enfrentar a
Godoy se sintió como si un gran peso se me bajara de encima, me dejó respirar y pensar con
claridad. Ahora él no se oponía a nosotros estando juntos, hasta creo que me gané una pizca de
su respeto por ir a él y largarle las cosas directamente en la cara. Al menos, Adela estuvo
conforme y sus ojos me demostraron orgullo y esperanza. Ella más que nadie deseaba ver feliz a
Bianca. Y me doy cuenta de que, de alguna forma o de otra, la hago feliz. La complemento,
aunque no la merezca. “Dios, no sé de qué manera voy a agradecerte por colocarla en mi
camino.”
Planté mis nudillos en la gruesa madera unas tres veces y aguardé. Esperé. Y nada. No
había más que silencio dentro, ni un solo indicio de movimiento. Quizás no quería atenderme, o
estaba profundamente dormida. O hundida. Golpeé de nuevo, no podía permitirme tardar más
para hablar y dejar las cosas claras. Y esperaba que me aceptara después de todos los peros que
puse en nuestra relación casi desde el comienzo de ella. La puerta nunca se abrió, así que, aun
sabiendo que debería moverme y volver en otro momento, me dejé caer en el suelo con la
espalda contra ella. Doblé las rodillas para apoyar los codos y sostener la cabeza en mis manos.
La esperaría el tiempo que fuera necesario. Tony se encontraba en la casa de Max, eso me daba
la posibilidad mantenerme aquí, no importaba qué tan obsesivo me viera.
Pasaron treinta minutos, luego una hora y seguía allí, poniéndome sombrío a cada
segundo. Y no pensaba irme por más ridículo que me sintiera. Tomé mi teléfono recargable y
marqué el número de Esteban, hablaría con él para hacer la espera más llevadera.
—Jódeme, viejo, ¿al fin te decidiste?—su tono era contento y me alegró que al menos
uno de nosotros estuviera entusiasmado con comenzar lo antes posible.
Cuanto más temprano empezáramos la cacería, más rápido podría regresar en busca de
los que amaba para llevarlos a casa. Donde sea que decidiéramos que fuera nuestro hogar. Mis
venas picaron con esa posibilidad, hablar con Bianca sobre un hogar en algún lugar, vivir
juntos. De pronto estuve más motivado que nunca antes en mi vida, tenía mucho que ganar si
las cosas salían como esperábamos. Y si nos equivocábamos, también perdería mucho, o todo,
pero no permití que ese pensamiento me amedrentara. Por primera vez en mucho tiempo me
sentí fuerte y capaz, más convencido que de lo normal.
Hubo un par de segundos donde dejamos que el silencio lo abarque todo, y pude sentir
su culpabilidad desde mi posición, tan lejos de él. Su voz apesadumbrada me hizo lamentarlo
también. Y comprendí su anterior estado ansioso para que yo me uniera al fin a él, quería que
la mierda se acabara de una vez por todas y yo lo fui retrasando todo porque no quería irme
todavía. Por Tony y Bianca. Ellos me retenían, aún me retienen. Sin embargo, después de que
arregle las cosas con mi mujer, partiré, porque no aceptaré otra cosa que no sea un futuro
prometedor con ella y el niño. Como una familia. Un nudo obstruyó mi garganta, tuve que
respirar con brusquedad y tragar para deslizarlo abajo.
Era una verdad que esperaba aclarar, si era posible, antes de irme. El chico necesitaba
saber que su padre lo amaba, por sobre todas las cosas. Y más que saberlo, quería que lo
sintiera en lo profundo del corazón, que haría todo por él.
—Sí, son tal para cual—relacionó, riendo—. Es por eso que sé que ambos se quieren con
fuerza, y superaran lo que sea. No me quedan dudas de que Tony te ama y te siente como un
padre… es cuestión de decir las palabras, amigo, los dos las necesitan.
Suspiré un poco aliviado ante eso, sin embargo, no tan confiado. Lo que faltaba era que
Bianca se fuera a la ciudad y terminara siendo atrapada. No importaba qué tan seguros
estuviéramos de que no había más Serpientes rondando la zona, mejor nunca arriesgarse.
Respondí con un asentimiento y dejé que me arrastrara abajo, a la barra. A estas horas
no había nadie ahí, era demasiado temprano todavía. Aunque la dueña de las bebidas no podía
faltar e hizo a un lado su regla número uno de “sin alcohol antes de las nueve” y nos tendió dos
vasos de una muy buena marca de whiskey. Estuvimos allí un buen rato, hablando de asuntos
muy banales, sin importancia, hasta que vi las dos SUV entrar en el estacionamiento. Por lo
que me terminé mi vaso de un trago y me despedí para subir, y esperarla junto a su puerta.
No pasó mucho tiempo hasta que escuché subir sus inconfundibles y livianos pasos. La
vi aparecer mientras se desprendía el abrigo grueso de color rojo chillón, su cabello suelto y un
poco húmedo por el agua nieve que caía afuera. Noté que el vaquero ajustado que lucía era
nuevo y abrazaba sus largas piernas con estilo, no pude evitar comérmela con los ojos. Era
hermosa. No, más que eso. No había otra con su belleza y corazón. Estaba seguro.
—Hola—saludó, agitada.
Sacó unas llaves de su bolso y abrió la puerta para nosotros. Le permití entrar primero
y la ayudé con las bolsas que traía enganchadas en el brazo.
—Un poco—sonrió.
Dejó su abrigo abandonado en una silla y despejó su rostro de todo ese sedoso cabello
cayendo en sus mejillas mojadas. Se veía bien, lo que me reconfortó, no habría aguantado la
culpa de encontrarla triste por lo que había sucedido entre los dos y su hermano.
— ¿Puedo preguntar qué hiciste en la ciudad?—sólo era curiosidad, no quería
controlarla ni nada por el estilo.
Juntó las manos delante de ella y las enganchó de los dedos, como si no pudiese
aguantar el entusiasmo. Después de un tiempo bastante largo estando juntos, había
descubierto que con el sólo simple hecho de preguntarle cómo había estado su día se iluminaba
como un árbol de navidad.
—Bueno… estaba acá encerrada, jugando un poco con la autocompasión y…—dejó pasar
mi mueca de pesadumbre—y tuve una divertida charla con mi hermano menor. Me levantó el
ánimo y decidí que no podía quedarme acá y seguir llorando, así que calcé mis botas de chica
valiente y corrí a la ciudad. Quería mimarme un poco—hablaba tan rápido que apenas podía
seguirle el ritmo—. Anduve de tienda en tienda en el centro, renovando algo de mi guardarropa.
Tenía planes de ir al cine, hoy justamente había un buen éxito en cartelera, pero…—sus ojos se
agrandaron—no llegué ahí. Antes me encontré con un comedor.
Su mirada floreció, y una enorme sonrisa satisfecha y feliz explotó en su bonita y dulce
cara. Se llevó ambas manos entrelazadas al mentón y suspiró.
— ¡Sí! Y no pude frenarme, tuve que entrar—se acercó unos pasos a mí—. Había al
menos tres docenas de niños, de entre dos y quince años, esperando por una rica merienda. Me
quedé maravillada junto a las tres mujeres que calentaban la leche en una enorme olla como de
cinco litros—abrió los brazos para enfatizar—. Me quedé, el impulso fue más fuerte que yo. Las
ayudé a prepararlo todo, incluso envié a los guardaespaldas que León me impuso para que
compraran bollos de dulce de leche en todas las panaderías que encontraran. Y ayudé a servir
la chocolatada y morí de amor cada vez que ellos me dieron las gracias con sus sonrisitas tan
sinceras—tomó una bocanada para tranquilizarse—. La felicidad de esos chicos al recibir una
pequeña y simple taza de leche me llegó al corazón, fue tan… liberador. Esperanzador. Me hizo
considerar un millón de cosas sobre mi vida… encontré lo que quiero hacer, lo que me
complementa como persona.
No supe qué decir, creo que hasta tartamudeé una respuesta que nunca salió completa.
No lograría rivalizar contra esas palabras y esa pureza que se hallaba en sus ojos azules.
Estaba tan… cambiada. Pero a la vez seguía siendo la misma Bianca de siempre: burbujeante,
amable. Abierta, perspicaz. Un ángel caído directamente del cielo para hacer un mundo mejor.
—Por supuesto, hacerme cargo de algunas inversiones, tendré que hacerle caso a los
consejos de Nacho. Sólo para financiar comedores por todo el ancho y largo del país. Sobre todo
en el norte, allá tiene que haber muchos más… Y tal vez crear alguna fundación, para que la
gente que pueda permitírselo se anime a donar, cualquier cosa… dinero, alimentos, ropa… todo
sea para que esos niños tengan todas sus comidas diarias, no pasen hambre y frío ni un solo día
más de sus vidas y…
Le provoco un suspiro de sorpresa antes de que se derrita contra mí, y me ceda el pase
libre para mantenerla y probarla en la medida que deseo. Como un maldito adicto, me
desespero por sus labios llenos, el alimento de los míos. Me acaricia los bíceps y hombros hasta
que llega a mi cuello y me atrae a su cuerpo, como si quedara algo más de espacio para matar.
Se le escapa una especie de lloriqueo y se estremece ante mis palabras dichas con tanto
impulso. La quiero tanto, por la eternidad si eso fuera posible en esta vida.
—Nunca más voy a dudar de nosotros—le prometo, peinándole el pelo lejos de los ojos
mientras pestañea, extraviada—. Nunca más voy a lastimarte con mis idioteces, te quiero en mi
vida. Ansío con toda mi alma que seas mi mujer, te seguiría a donde fueras, con cada proyecto
que tengas…Deseo un hogar con vos, una vida en tus brazos. Sos una de las pocas personas que
me hacen enteramente feliz, y son esenciales para mí—inhalo profundamente—. En realidad,
solo hay dos: Tony y vos. Nadie más. Por favor, perdóname. Por favor—rogué, y nunca me había
abierto así con nadie.
»Tenés toda la razón, dejarte no cuenta como protección. Y hacer lo correcto sólo nos
rompería y yo soy absolutamente nada sin tu amor. Te amo. Y quiero hacerte feliz. Cuando
vaya allá, a luchar, no sólo será por mi hijo, sino también por nosotros…
Los labios de Bianca temblaron y una única lágrima se impulsó por el borde de su ojo
izquierdo, rociando su piel ruborizada. La borré con el pulgar, antes de que se perdiera más
abajo.
—No tengo nada que perdonarte, sólo te di un momento para pensar las cosas. Y no te
das una idea de lo dichosa que me hace saber que me querés de la misma forma en que te
quiero. Y no tenés que seguirme a ningún lado, no. Podemos inventar un camino que nos quede
bien a los dos, ir en la misma dirección. Tenerte me hace infinitamente feliz, ¿te lo dije?—sonrió
con la mirada empañada, me señaló el pecho con el índice—. Sí, te lo dije. Vos y Tony, se han
vuelto tan imprescindibles para mi vida que me rompería en pedazos tener que dejarlos, los
quiero para siempre. Quiero ser tu mujer, y también una madre para tu hijo, si cabe esa
posibilidad…
Mi nariz comenzó a picar de improvisto y tuve que desviar el enfoque para que no viera
lo que su discurso me hacía. No obstante, luchando como siempre, no me permitió esconder mis
sentimientos, me obligó a sostener sus ojos en la misma línea que los míos.
Todo esto era tan cursi, jamás me había derramado tanto antes frente a otra persona,
y… no me importaba un carajo. La tenía, me amaba. Y yo la amaba. Tony nos tenía. Y nació
una extraña sensación dentro mí, agrandándose desde el interior de mis costillas. Aun sin
conocerla desde antes, tuve la certeza de lo que significaba.
Paz.
BIANCA
Los siguientes días son de ensueño, perfectos. Siento que estoy en el cielo, en la tierra
donde todo es color de rosa. Bueno, la verdad es que sería así si mi hermano hubiese venido a
verme para hablar. Hasta ahora me he conformado con que él haya aceptado mi relación con
Jorge, estoy muy agradecida por eso. Adela me aseguró que está planeando acercarse, sólo
necesita un poco más de tiempo para adaptarse a la idea. Contó que fue muy dura la
experiencia cuando ella le apretó para abrirse y me aconsejó que tuviera paciencia. Así que la
tengo. Voy a darle espacio, sobre todo porque me quedan sólo un par de semanas con Jorge
antes de que se marche, y necesito estar completamente pegada a él. Después de ese adiós no
sabemos por cuánto tiempo no volveremos a vernos de nuevo. Y me deprime, pero intento no
pensar, lo que menos deseo es opacar estos últimos días con él.
Ahora mismo me encuentro organizando el desorden que quedó del almuerzo, limpiando
las migas de la mesa. Jorge ha ido a llevar a Tony para tomar el camión hacia el jardín. Ah, se
siente como regresar a la normalidad. Esto es lo que hicimos durante esos meses que el recinto
estuvo desierto.
— ¡Hola!—saludo, sonriendo.
—Max quiere que él vaya—explica—, pero ninguno de los dos sabe que éste cuadro
estará ahí. Tiene algo que ver con el pasado de ambos… algo que tiene que cerrarse hoy
mismo—acaba con decisión.
Lo cierto es que esa cosa con el cuadro es algo inquietante, me preocupa. Sin embargo,
el nombre de Max y la palabra pasado me tienen ahí, dispuesta a arrastrarlo a su casa. Sólo
espero que no sea nada malo.
—Sí, ¿podemos ir? Creo que es una idea genial—me volteo entre sus brazos y lo atraigo
por los anchos hombros.
—Bueno—murmura, ilegible.
La sonrisa que le dedico es ancha. Sé que está lleno de peros, y que no es su gran deseo
pisar la casa de su hermano, pero me alegra que no se haya negado rotundamente. Eso
demuestra que tiene ganas de una segunda oportunidad con Max, al menos bien en el fondo.
Un rato después nos encontramos tocando a su puerta y una Lucre confiada nos recibe,
invitándonos a pasar. Jorge se ve reacio, y casi parece como que espera una guillotina caer en
su cuello al dar un paso adentro. Max no está a la vista, así que es más fácil para él proceder a
ayudarme a quitarme el abrigo y luego hacer lo mismo con el suyo. Lucre los cuelga en un
elegante perchero de pie. Nos acomodamos en un gran sofá uno al lado del otro mientras ella
trae las tazas humeantes. Max aparece en ese momento y los cuatro acabamos enfrentados y
con nuestros cafés calientes en las manos. Decir que esto es incómodo se queda corto.
—Bueno… con Bianca hemos decidido comenzar una fundación, ¿no es así?—suelta
Lucre, relajada contra el costado de su prometido—. Me parece que vamos a hacer un buen
equipo.
Los dos hombres asienten, sincronizados y en silencio tenso. Lo que parece frustrarnos
a nosotras, sus mujeres, que lo único que queremos es que se amiguen de una vez. Seguimos
hablando sobre nuestras ideas para las donaciones y fundaciones, de vez en cuando ellos acotan
algo, aunque poco y nada. Cuando el tema se desgasta Lucre y yo nos miramos, casi dándonos
por vencidas.
—Y yo lo compré—responde, helado.
El dolor cruza la mirada de la mujer rubia de pie ante nosotros al escucharlo entrar casi
en pánico.
El dolor de Jorge y Max es palpable y hasta siento que me traspasa con crueldad.
—Dejé que la violaran una y otra vez, merezco esa tortura…—dice Jorge, sujetándose a
mí como si fuera su salvavidas.
Lucre lanza el cuadro a suelo y planta su boca encima, Jorge se estremece. Y Max no
puede dejar de ver los ojos del ángel con los suyos empañados.
—Voy a reembolsarte lo que pagaste por él, lo juro—le dice ella al hombre a mi lado, su
rostro severo—. Ahora, vení acá—ordena como si fuera su madre.
— ¿Por qué? ¿A qué puto juego enfermizo estás jugando? ¿Has visto como se ha
puesto?—estira el brazo para señalar a Max, al borde de la locura—. ¿Qué mierda te pasa?
Lucre pisotea el cuadro un poco más, eléctrica. Como si sus palabras revivieran más su
intención.
Desbordante de ira él se agacha y recoge el cuadro. Y lo parte en dos, sin quitar los ojos
desafiantes de ella. Luego en cuatro. El papel elegantemente trazado es rasgado en varios
retazos al mismo tiempo que la respiración de Jorge se acelera con agitación. En cuestión de
nada, y con una rapidez casi inhumana, él se deshace de todo y lo lanza a las llamas. Tomo una
bocanada de aire, sin siquiera darme cuenta de que había estado reteniendo todo adentro.
Desvío mi atención a Max, que ahora está siendo sostenido por Lucre.
Max eleva sus preciosos ojos verde-dorados hacia su hermano y lo observa fijamente,
parece que ve algo nuevo en él. Lucrecia le enseña un asentimiento firme.
—Ahora volvé a casa, abraza a tu mujer y deja de poner peso innecesario en tus
hombros—suspira, y besa la sien de su hombre como si fuera un niño pequeño.
Voy hacia él y tiro de su mano, atrayéndolo hacia mí. Siento su desolación pasar a
través de cada uno de mis sentidos.
No puedo creer lo que acabamos de vivir, simplemente fue… una locura. Lucre es tan
valiente por llevar a estos dos hombres hacia el borde del precipicio, sin saber con seguridad
cómo reaccionarían. Dios, no sé si yo habría sido capaz de hacerlo. Jorge me saca de mi estupor
consiguiendo mi abrigo y envolviéndome con apuro, como si no pudiese salir lo suficientemente
rápido de allí. Salimos y recorremos con rápidos pasos el camino hasta el mono-ambiente. Una
vez adentro, él toma una larga inhalación y cierra los ojos, apoyándose contra la puerta que
acaba de cerrar. Puedo percibir la intensa oleada de sentimientos contradictorios que lo apresa,
pero me percato perfectamente del principal, el cual lo está partiendo al medio.
—Ella…—se atraganta—. Ella simbolizaba todas esas mujeres que permití que
dañaran. Equivalía a mi cobardía… a todas esas veces que rodé la vista lejos y los dejé salirse
con la suya…
Mi nariz pica y sorbo con fuerza, sólo para que las primeras lágrimas caigan. Me
apresuro hacia él y lo abrazo. Lo sostengo para que no se derrumbe, y el comienzo de su llanto
silencioso amenaza con ponerme de rodillas. Odio, detesto profundamente, su sufrimiento. Y
quiero que se termine, supongo que éste es el gran y terrible cierre. Tengo que permitirle
dejarlo ir.
—No te merezco…
Nos acurrucamos juntos en la cama, lo dejo desahogarse y sacar los últimos vestigios de
dolor y culpa de su sistema. Confío en que después de esto, él sólo seguirá floreciendo a mi lado.
Para mí y para su hijo. Para la familia que planeamos.
Capítulo 19
JORGE
Un mes. Un mes desde que abandoné el recinto, con Bianca y Tony allí, a resguardo. No
puedo describir con exactitud lo que me hace estar tan lejos de ellos, la sensación de vacío no se
va y me muero tanto por llamarlos y escuchar sus voces que tengo que alejarme de cualquier
maldito teléfono. La tentación es insostenible. Y no ayuda que la despedida que tuvimos haya
sido tan épica. Recuerdo la infinitud de besos que Bianca me dio y la fuerza con la que me
abrazaba, porque era claro, no quería que me fuera. León se llevó a Tony esa noche para que
nosotros pudiéramos tener privacidad. Dios, ni siquiera dormimos, hicimos el amor tantas veces
de lo que pueda ser capaz de contar y hablamos muchísimo. Todavía siento el efecto de sus
piernas pálidas y cálidas acunándome y las ocasiones en las que gritó mi nombre. Algo así no se
olvida, jamás. Puede que sea mi combustible para sobrevivir a esta venganza de mierda. La
mañana llegó demasiado rápido para mi gusto, pero sabía que tendría un día perfecto con Tony
y simplemente no podía estar más ansioso. Creo que nuestro acercamiento forjó una unión más
sólida ese día, y se lo debo a Bianca, por supuesto. Tuvimos veinticuatro horas para ser una
familia con todas las letras. Me atrevo a asegurar que Tony lo disfrutó como nunca antes le vi
disfrutar nada, salvo su amistad con Abel. A las seis de la mañana siguiente llegó la hora de
despedirnos, fuimos los tres al bar, desde dónde tomaría una de las SUV que me llevaría al
aeropuerto de la ciudad. Allí estaban León, Max, Lucre, Alex, una muy embarazada Ema,
Godoy y Adela.
—Bueno, chico—tragué—. Papá tiene que irse ahora, pero prometo que voy a volver,
¿bien?
Mi nariz comenzó a picar y tuve que aclararme la garganta varias veces, no quería ser
un maricón, pero su mirada triste me mató por dentro.
—Te amo—le dije y me incliné para besarlo en la frente, despeinándole el flequillo que
había vuelto a crecer—. Te quiero mucho, Tony, y te voy a extrañar.
Lo atraje y envolví con mis brazos, él sacudió su cabeza bajo mi barbilla para asentir.
Levanté la vista hacia Bianca y la vi abrazarse a sí misma, aguantando las lágrimas. Le
dediqué una sonrisa débil que devolvió enseguida. Tony se soltó y con la cabeza gacha se hizo a
un lado, Bianca lo sujetó antes de que saliera corriendo y mientras yo la encerraba en un
abrazo, él quedó entre los dos. Mierda, su rostro reflejaba la pura agonía, y el de mi mujer
estaba empapado porque lo último que quería era dejarme marchar. Además estaba aterrada
de nunca más verme de nuevo.
—Me voy a volver loca—lloriqueó—. No podré llamarte, ni sabremos nada de vos por
¿cuánto tiempo? Dios, no sé si soy lo suficientemente fuerte para soportarlo…
Sabía bien que su intención no era complicarme más la marcha con sus desesperadas
palabras, sencillamente no podía mantenerlas encerradas. Bianca Godoy era así de
transparente y era una de las tantas cosas que amaba de ella. No importaba cuánto dolor me
contagiara al expresarse así.
—Lo sos—le sonreí sin poder dejar ir la tensión—. De alguna forma o de otra voy a
hacerte saber que estoy a salvo, pero no esperes nada por un tiempo, ¿de acuerdo? Prometo que
todo irá bien.
¡Y carajo! Sabía que no podía prometer algo así, pero lo hice en contra de todos mis
principios. También le aseguré a mi hijo que volvería cuando había probabilidades de que no lo
hiciera. Me tenía fe, sí, sin embargo no era justo lo que hacía. Ni sensato. Y no soy un hombre
invencible. Aun así, en ese instante me convencí de ello, porque no podría aguantar la idea de
que tal vez esa podría ser la última vez que los viera y los tocara.
La besé con fuego y energía, sin importarme una mierda toda la gente que nos rodeaba,
ni siquiera su hermano. Bianca se prendió a mí con ardor, y Tony se sostuvo en pie agarrado de
nuestras ropas, entre los dos. Bien, ya era momento de salir o llegaría tarde para tomar el
avión. Me despegué de ellos con movimientos lentos, les di el último beso y con todo el dolor de
mi corazón giré hacia la puerta, no sin antes dedicar una cabezadita a la gente que estaba allí,
apoyando a mi familia. Tuve que frenarme porque Ema estiró una mano, mientras que con la
otra enredaba la de Alex a su lado, con una sonrisa agradecida la tomé y la apreté, la chica
dulce me sonrió. Entonces su hombre también lo hizo, y cuando quise reaccionar y entender lo
que estaba pasando, todos—menos Godoy, claro—me estaban despidiendo con calidez y
deseándome lo mejor. Incluso Max.
Llegué a la puerta en unas cuántas zancadas y la abrí, entonces el frío del exterior me
golpeó. Y un grito agudo también.
— ¡Papá!—Tony salió despedido hacia adelante, corriendo hacia mí—. Papá. Papá.
Papá.
—Hago esto por ustedes—le dije a mi hijo, que no quería soltarme—. Es necesario. Para
que seamos felices y libres. Para que puedas ir por la vida sin preocupación o miedo. Voy a
volver a buscarte cuando termine, lo juro.
Así que, me aferré a lo bueno. Y soñé con un futuro brillante por primera vez en mi
existencia.
—Por esos tres infelices, que los gusanos se den un buen festín—ríe, y el sonido es ronco
y un poco salvaje.
Está encantado, y confieso que si no hubiese cambiado tanto estos últimos meses,
estaría igual. Sin embargo, sólo puedo pensar en que nos quedan ocho todavía. El mapa sigue
lleno de puntos, y para que yo festeje tienen que borrarse. Todos. Encontramos a estos tres en
un prostíbulo en un pueblo de mala muerte en el interior de la provincia. Los fusilamos nada
más los vimos salir por la puerta, llenándolos de agujeros. Tres en un mes no era un mal
número, pero quería más, me hubiese encantado que fueran al menos cinco para este tiempo.
—Estás muy apagado, teniendo en cuenta que acabamos de cargarnos tres putos viejos
de mierda—suspira mi amigo, terminándose el whiskey—. Haces que no sea para nada
divertido.
—No lo estoy haciendo por diversión—le gruño, tomando un sorbo—. Lo que más quiero
es regresar con mi familia.
—Okeeeey. Pero mírale el lado positivo a esto, son tres menos— insiste, muestra tres
dedos—. Tres. El camino de regreso a tu familia ha comenzado, querido amigo.
Me remuevo y sonrío, bueno, si lo pinta de ese modo… no me queda otra que estar de
acuerdo. Si seguimos así, puede que en un par de meses o tres esté volviendo a reencontrarme
con ellos. Bueno, soñar es gratis, ¿no? Lo cierto es que nuestras víctimas de hoy eran los menos
peligrosos, los más débiles y tontos. Todavía queda el grupo sólido, el que maneja todo. Son
cinco, y a ellos sí quiero darles una muerte lenta y dolorosa.
Concuerdo completamente.
—Es lo que quiero para el grupo mayor—digo, permitiendo que la chica me rellene el
vaso aunque no estuviera vacío todavía—. Sólo… pensaba en que nosotros dos no… ya sabes—
trago—. No creo que podamos darle ese tipo de final, nos ganan en número. Sólo tenemos
chances si los tomamos desprevenidos y procedemos como hoy…
—Max me ofreció…
Entrecierro los ojos hacia él. Bien, parece que lo he enfurecido un poco. Se traga su
ración de líquido ambarino y se baja de su butaca, encarando hacia la salida. Bueno, parece que
alguien se ha puesto quisquilloso.
Un año atrás no habría analizado tanto las cosas, habría ido tras ellos con un cuchillo
en la mano, sin importarme un comino. Mi hijo estaba a salvo con su madre y nadie me echaría
en falta si moría. No respetaba la vida, a decir verdad, ni siquiera me quería a mí mismo.
¿Ahora? Todo ha dado un giro de ciento ochenta grados. Necesito vivir, tengo la ilusión de un
futuro.
—Sí—le grito—. Tengo miedo porque por una vez en mi vida valoro lo que hay a mi
alrededor. Me valoro a mí mismo y a mi familia. Y, por sobre todas las cosas, amo. Amo
locamente a mi familia—lo empujo hacia atrás y tropieza un poco.
Sonrío también, asintiendo. Todavía quiero ser un presidente justo, menos sucio y más
serio. Esteban se endereza y toma un respiro, va a decir algo cuando sus ojos se posan en algún
punto detrás de mí. Descubre algo que lo interrumpe.
Me doy la vuelta, y en ese momento un tipo sale corriendo desde detrás de un árbol.
Estaba espiándonos, y una vez que lo descubrimos, entró en pánico. Esteban y yo no
demoramos en perseguirlo, empuñando nuestras armas y acelerando las piernas. El tipo es
desgarbado y va vestido todo de negro. Apuesto, por su complexión, que es bastante joven. Llego
a él primero, tironeando de su abrigo contra mí. Tropieza y cae al suelo con un jadeo aterrado.
Mientras meto aire en mis pulmones agarrotados, lo levanto sosteniéndolo de la ropa a la
altura del pecho y lo arrastro al primer agujero oscuro que encuentro. Este es un barrio de mala
muerte, y hay sucios callejones de sobra.
Esteban nos alcanza y se posa a mi espalda, el chico abre los ojos muy grandes cuando
lo registra. Lo remuevo un poco más para que tenga las agallas de responder a mis preguntas.
Niega, tembloroso y no puede despegar los ojos de Esteban. Apuesto a que pronto podría
mearse en sus pantalones. Para apretarlo un poco más, apoyo la punta de mi arma en su
mejilla llena de espinillas.
—No… jefe… Por favor—ruega, sin aire—. Sólo quiero… quiero… tengo que…
El rostro de Esteban es severo y me empuja lejos del chico para rebuscar en sus
bolsillos. A continuación levanta una navaja entre sus dedos.
Lo observo con una sensación amarga en la boca del estómago, siento que me estoy
perdiendo algo clave en todo esto y ese chico podría haber sido quien me lo dijera. Pero este
imbécil tuvo que matarlo, cualquier cosa antes de que algo siquiera me amenace. Me guardo el
arma con movimientos lentos y agotados. ¿Por qué me siento tan decepcionado?
—Buena idea—ruje y se mete en el asiento del acompañante sin decir más nada.
Me pongo tras el volante y revivo el motor, de inmediato comienzo a transitar las calles,
lo bastante rápido para llegar cuanto antes al motel de mierda que elegimos no muy lejos de
acá. De pronto, no puedo estar más ansioso por una buena ducha caliente y varias horas de
sueño. Tengo que reacomodar mis ideas, y es mejor que lo haga una vez que descanse.
BIANCA
Mi hermano detiene el coche alquilado delante de las rejas negras que dan ingreso a la
enorme casa que se ve detrás. La manera en la que aprieta las manos en el volante me hace
poner incluso más nerviosa de lo que he estado a lo largo del viaje. Adela, en el asiento del
copiloto, estira el brazo y le frota el muslo, sobre la tela del vaquero oscuro que él usa. Ella no
ha parado de mantener el contacto acá y allá y entiendo que es su forma de brindarle apoyo y
recordarle que está allí, justo a su lado.
Sé que esto le hace mal, me siento terrible por arrastrarlo. Cuando al fin vino a mí hace
un par de semanas, para hablar de una vez por todas, me alegré. Él mismo sugirió venir y lo
acepté con ilusión. Ahora no sé si es lo correcto, se siente como una presión muy grande. Para él
y el resto de mi familia. No avisé que veníamos, y ya me estoy gritando por dentro que debería
haberlo hecho. Sólo… tenía miedo de que Santiago cambiara de opinión a último momento y
dejara a mamá y Nacho plantados. Estuvo actuando como una sombra estos últimos días, me
tenía desconfiada. Sin embargo, pienso en la sorpresa que van a llevarse en un momento y me
entra el pánico.
Era verdad. Adela es el alma gemela de Santiago y no importa qué tan cursi eso suene,
es lo que pienso con respecto a la pareja. Y tenía derecho a estar allí, además mi hermano no
me intimidaría tanto con su inquietud. Preparé café para los tres y nos sentamos en torno a la
mesa del mono ambiente de Jorge. Ya que vivía allí con Tony, esperando el regreso de él cada
día, sintiendo la ausencia hasta en los huesos.
Y en ese mismo proceso egoísta nos hundió al resto de la familia, en especial a mamá.
¿Cómo pudo ser tan insensible?
—Estuve dos años en un centro clandestino… de—se frenó, y Adela arrastró su mano
todo el camino hasta la suya sobre la superficie lisa de la mesa, eso pareció funcionar como su
combustible—. Era un centro que experimentaba y creaba…asesinos.
Supe que él realmente era un asesino. No en tiempo pasado, sino en presente. Él seguía
siéndolo. Me pregunté por qué me asustaba y afectaba tanto cuando sabía que éste clan no era
trigo limpio y quizás todos tuvieran sangre en sus manos. ¿Por qué me ponía tan mal si el
mismísimo hombre que yo amaba se había marchado para hacer exactamente lo mismo? Matar.
Pero era distinto, ¿cierto? Santiago era mi hermano mayor. Mi amable y cariñoso protector.
Había tenido una infancia, dentro de lo que se puede decir normal, teniendo en cuenta la
naturaleza del matrimonio de nuestros padres. Habíamos sido bastante bien educados y
sostenidos, como para salir con traumas. ¿No es que los niños con infancias disfuncionales son
más propensos a…
No.
A Santiago lo rompieron desde los cimientos. Crearon a otro tipo, con otra personalidad.
Por eso ya no se sentía conectado a su familia de sangre. Al fin comprendí lo que tan
desesperadamente había tratado de decirme: el viejo Santiago estaba muerto. Dentro de ese
cuerpo tatuado ya no había nada que lo relacionara con él. Podía tener su cara, sus ojos, su
pelo… y aun así no era más mi hermano mayor. No era más aquel chico que quería ser
arquitecto y formar una familia con…
Me envaré.
— ¿Qué pasó con Lucía Fuentes?—se me ocurrió preguntar, porque de alguna forma yo
intuía que ella tenía mucho que ver.
—Ella era el proyecto—indicó él, así sin más—. Por eso interferí, su vida estaba en
peligro. Y mientras estuve encerrado, todo lo que quería era volver y salvarla, pero de eso ya se
estaba encargando nuestro hermano, Lucas Giovanni.
— ¿Me estás diciendo que el bastardo de papá, el que tanto odiabas, te robó a Lucía?—
entrelacé.
Una sonrisa de lado, que se pareció más a una mueca, adornó los labios de Santiago.
Adela se rio por lo bajo.
—Algo así—se encogió mecánicamente—. Cuando volví ya era tarde, él la había
salvado, y en el proceso todos creían que había muerto. Por lo que, cuando quise recuperar a la
chica, estaba demasiado rota porque el amor de su vida estaba muerto. Pero en realidad seguía
vivo y volvió unos meses después y… lo que sea—escupió, quitándole importancia—. Ella ahora
está con él y van a tener su segundo hijo…
Un escalofrío me recorrió la espalda. Lo vi el día que llegué a este lugar en medio de esa
fiesta que León había organizado. Estaba con Lucía, y un pequeño bebé rubio. Yo me
encontraba tan fuera de mis cabales que ni les dediqué una segunda ojeada, ni siquiera por
curiosidad. Mi mundo acababa de ser reducido al reciente reencuentro dramático con mi
hermano mayor.
—Tal vez algún día—murmuré, confundida—. ¿Qué pasó con papá y Fuentes? Ellos
nunca volvieron a aparecer…
Mi hermano clavó esa mirada tan pesada en la mía, casi como si estuviera penetrando y
friendo mi cerebro.
Me tapé la boca en estado de shock. ¿Había matado a papá? ¿Al mismo padre que tanto
había admirado de pequeño?
—Sí, lo quería y que me fallara de esa forma hizo que el odio fuera incluso peor—gruñó,
cerrando sus puños—. Se lo merecía. Merecía que sus propios hijos lo mataran mirándolo a los
ojos, por todo el daño que hizo. Él y el bastardo de Fuentes. Si algún día hablas con Lucas y
Lucía, te contarán todo lo que tuvieron que pasar a causa de ellos… un infierno, Bianca. Un
infierno. Y para liberarnos de ellos, tuvimos que hacerlo. Pero eso no es una excusa, lo habría
matado de cualquier manera. Volví al país con esa única intensión clavada entre mis sienes, yo
mismo iba a matarlo con mis propias manos, Lucas fue una ayuda extra de último momento
que me vino muy bien…
Mis ojos se llenaron de lágrimas, y tuve que agachar la mirada a mis manos
entrelazadas en la mesa. Sabía que mi padre era cruel y muy mal hombre, lo descubrí aquel día
que se rio de mi madre diciendo que su hijo mayor estaba vivo y que él mismo lo había alejado
de ella para que jamás lo recuperara. En ese mismísimo instante Nacho y yo divisamos la
verdadera cara que había bajo la máscara.
—No sólo Lucas y Lucía pasaron un infierno por su culpa—interfirió Adela, apretando
los dedos de Santiago—. Hizo que tu hermano lo viviera por dos años consecutivos, sin respiro…
Las cosas que hicieron con él no tienen nombre Bianca… son terribles.
Los labios me temblaron, y no supe cómo responderle, porque no entendía qué tenía que
ver una cosa con la otra.
Ya no pude refrenar el llanto, las gotas salieron a borbotones, una tras otra,
empapándome las mejillas. Intenté limpiarme y no hacer ruido, sin mucho éxito. Él temía por
mí, y eso quería decir que le importaba. Que detrás de toda esa coraza de hielo todavía podía
sentir algo por mí.
—No hay por qué tener miedo, estoy a salvo—le aseguré, sollozando.
—Hasta que él no los haya matado, no estás a salvo. Nadie está a salvo—expuso Adela,
pegándose más a su hombre que estaba tenso sobre la silla.
La inmovilidad de mi hermano provocó que me derrumbe aún más.
—No temas por mí, por favor, voy a estar bien. Lo prometo—le insistí, estirándome para
sujetar su mano inmóvil.
Jorge me juró que me protegería, y le creí. Por eso podía prometerle lo mismo a
Santiago. Suspiré cuando él no separó su mano, permitiéndome tocarle.
—Aun así tengo miedo—replicó, respirando con fuerza—. Tengo miedo de que te
rompan como a mí…
Conseguí un pañuelo para limpiarme, al tiempo que dejaba salir más lágrimas. La
vulnerabilidad que él me estaba mostrando me aniquilaba por dentro, mi corazón se estrujó en
sí mismo hasta casi desangrarse. No creí que fuera tan doloroso que él se abriera un poco a mí.
Y digo “un poco” porque sé que hay más, pero no quiero que se vea obligado a decírmelo. Esta es
la cuota que los dos estamos dispuestos a soportar. Miro a Adela y noto que también sus ojos
están llenos de conflictos, porque sabe lo que Santiago está sintiendo al hacer esto.
Estaba dispuesta a aceptar ese riesgo por amor. Asintió, aunque no muy convencido, y
bajó la mirada de una vez por todas. Ahí fue cuando me di cuenta de que la conversación se
había terminado, y no daba para más.
—Está bien—me cortó Adela en su nombre—. Ellos saben que está vivo, es mejor que lo
vean de una vez, creemos que es lo mejor sacarlos de esa miseria…
Llamé a Nacho y a mamá para avisar que estaría volviendo pronto, les confirmé el día.
Lo que me trae acá, justo frente a nuestra casa. No les advertí sobre mis acompañantes y ahora
me arrepiento. Bueno, ya no hay vuelta atrás. Bajo el vidrio y me comunico por el
intercomunicador con el tipo de la seguridad. Enseguida nos permite pasar. Las rejas se abren
y mi boca se seca, sobre todo porque percibo el pánico venir en oleadas desde la posición de
Santiago.
CAPÍTULO 20
SANTIAGO
Está hecho. Me encuentro acá, justo en frente de la casa donde viví gran parte de mi
vida. Niñez y juventud despreocupada, llevando el nombre de un chico bueno, nacido para cosas
grandes, y apañado por el dinero. Mucho dinero. Sólo que esa etapa es recordada como
únicamente un sueño lejano, no queda nada de ella dentro de mí. Debería sentirme culpable por
enterrar a mi familia de esa forma y olvidarme de ellos, después de todo es mi sangre y fui feliz
teniéndolos a mi lado a medida que me transformaba en una joven promesa. Pero entonces
pienso en que no es mi culpa, fue de mi padre, él nos partió al medio. Él me envió lejos para que
me convirtiera en el hombre que ahora soy.
Estoy conforme con mi vida, y en ella casi no hay lugar para reingresar el pasado.
Por eso hoy estoy justo en su puerta, para que confirmen que de verdad el Santiago que
ellos esperan que vuelva ha muerto. Y es mejor que dejen de ilusionarse y cierren una etapa
que tanto dolor les ha producido durante años. Me tendrán cara a cara y simplemente…
renunciarán. Respiraran.
Una vez que las rejas se abren, marcando un camino libre de piedra gris que refleja los
cegadores rayos del sol, avanzo el coche con estoicismo. Mi mandíbula duele de tanto
comprimirse y mis párpados se entrecierran con resignación. No deseo verlos, prefiero seguir mi
vida ignorando esta parte de la misma. Por más egoísta e insensible que eso se considere.
Estaciono con cuidado a un costado, donde dos coches relucientes ya le dan un toque
esplendoroso al paisaje del jardín que rodea la casa. Un descapotable plateado y un importado
blanco. Casi puedo adivinar cuál le pertenece a quién. Nos bajamos, pisando el verde césped y
Adela no pierde tiempo en rodear el vehículo para aferrarse a mi mano, completamente negada
a interrumpir el contacto. Y eso es lo único que ahora mismo me tiene cuerdo.
Bianca se desliza desde el asiento trasero y su falda tableada revolotea alrededor. Por
descontado, ella debe vestir para contrastar con nosotros. Le da todo el color al mundo. La falda
azul eléctrico y el top rosa pálido, un abrigo blanco largo acompañado de un pañuelo que parece
la paleta de colores de un pintor loco. Ah, y tacones, no importa qué tan cerca de la muerte la
lleven al enterrarse en la gramilla. Adela no puede evitar sonreír de lado con diversión
mientras la seguimos hacia el portón de doble hoja, de entrada a la casona. Bianca está tan
nerviosa que no hay absolutamente nada más que silencio moviendo sus labios. Y mi hermana
pocas veces suele permanecer callada mucho rato.
Introduce una contraseña en un pequeño tablero y la cerradura chasquea como por arte
de magia. Adela chifla a mi lado, por lo bajo.
—Mi familia era rica, pero no en esta medida—comenta, tratando de matar la tensión.
—La paranoia hace cosas como éstas—le responde, sonriendo en medio de una mueca y
señalando la puerta ya abierta.
Me echa un vistazo para que le dé la orden e inclino la cabeza para que pase al interior
de una buena vez y se deje de tanto drama. Aunque sólo lo haga porque le preocupa mi estado
mental. Mi mujer ejerce presión en mi mano, pegándose a mi costado como si tratara de
transformarse en un escudo humano. Bianca entra, dejándonos espacio para ir detrás de ella, se
hace cargo de dirigirnos como una experta. No hago más que dar un paso dentro que me
envuelve ese característico olor a difusores ambientales florales que mamá tanto amaba colocar
por cada rincón de la casa. Y sigue amando, por lo visto.
Bilis sube por mi garganta, él sí sabe cómo dar un golpe aun teniendo esa sonrisa
conciliadora en su rostro asquerosamente feliz.
Nacho le guiña.
—Soy…
Mi chica entrecierra los ojos hacia él y se cruza de brazos, repasándolo de arriba abajo.
— ¿Cómo mierd…—escupe.
— ¡Ja! Lo sé todo sobre todos, siempre estoy un paso delante del resto—se gira,
presuntuoso, y regresa al sofá—. Bienvenidos a este humilde castillo. Ya no es mi hogar, pero
me mudé hace sólo unos meses, así que me siento aun calificado para recibirlos y, por favor,
pedirles que se acomoden—abre los brazos señalando los demás lugares.
Estamos allí un buen rato, en silencio. Las mujeres ocupándose en rellenar la sala con
charla insignificante, y puedo notar desde mi posición toda la inquietud y descontento que mi
hermana siente ante la primera impresión con Nacho.
—Tienen impacto, hay que reconocerlo—se encoge, mirando los dorsos de mis manos—.
Te quedan. Por supuesto, son parte de la metamorfosis del viejo Santiago al que papá obligaba
a entrar en la universidad de medicina hasta el que hoy está sentado frente a mí, retorciendo
los puños como si fuera a partirme el marote…
Adela se aclara la garganta inmediatamente, lo que hace que todo se vuelva muy
sospechoso.
Mi hermano curioso levanta las cejas, entretenido. Después se vuelve hacia mi novia.
Va a abrir la boca de nuevo, seguro para decir alguna otra cosa rara que cree
inteligente, sin embargo el sonido de una puerta abriendo y cerrando en el piso de arriba lo
estorba. Y de pronto, de la nada misma, pierde toda esa actitud llena de sí misma, quedándose
inmóvil en su sitio. Preocupado. Escuchamos pasos pequeños comenzando a bajar las escaleras,
por lo que brinca lejos de nuestra ronda y se aproxima a ellas, apresurado. Me pongo de pie,
girándome en esa dirección, las chicas siguiendo mi ejemplo. Entonces Bianca sigue a Nacho y
los dos esperan, uno al lado del otro. Es temprano en la tarde, por lo que deduzco que mi madre
estaba preparándose para ir a la oficina.
Lo primero que veo es un pequeño par de botas bajas y elegantes y un pantalón formal.
Recuerdo muy bien el estilo de Candelaria Godoy, con sus trajes serios y bien planchados. Una
camisa blanca pulcra y entallada le sigue al descenso. Y demasiado rápido acabo teniendo un
primer plano de su rostro pálido enmarcado con una corta melena de pelo oscuro, acentuando
su mentón. Se ve bien, aunque más mayor. Cuando yo fui alejado de ella, usaba maquillaje más
osado y su cabello era largo, como el de Bianca en la actualidad, y siempre lo trenzaba en su
espalda, consiguiendo una controlada imagen severa.
—Oh, por Dios—jadea, tapándose la boca al notar a mi hermana allí mismo y se lanza
sobre ella para abrazarla—. Mi chiquita, ¡volviste!—canturrea.
Trago el nudo que se forma en la base de mi garganta al notarla más suelta, más
abierta. Más dispuesta a demostrar cariño. Lo que antes sucedía muy poco, principalmente
porque papá la convertía en una mujer fría y amargada. Ella nos amaba, claro que sí, sólo… no
se llevaba bien con el hecho de demostrarlo. Por eso Bianca corría a mi habitación cada vez que
tenía sus ataques nocturnos, cualquiera de sus hermanos era más accesible que nuestros
padres. Ahora, verla abrazarla y besarla, me hace pensar que quitarle a Guillermo de encima
fue, tal vez, muy conveniente. No sólo funcionó para mi satisfacción propia de venganza.
Sí. Jodido. Lo sé en el momento en que sus rodillas se aflojan y Nacho la atrapa antes
de que se desplome. Lo sé a causa de lo que su palidez le hace a mi respiración descontrolada. Y
lo sé porque sus ojos producen un aceleramiento masivo en los bombeos de mi pecho. Estoy
jodido porque no importa cuánto tiempo hay en medio, sólo tuve que tener un simple destello de
ella para saber que, en realidad, me importa.
El corazón me late fuerte en mi pecho cada vez que me comunico con Tony, no puedo
calcular con exactitud todo lo que lo extraño. Lo único que sé es que me estoy arrepintiendo
mucho por dejado, debería haberlo traído conmigo y llevarlo a pasear por la ciudad. Es mi bebé,
y lo amo tanto, casi no puedo respirar al permanecer lejos. Me siento igual con respecto a Jorge,
la diferencia es que con él ni siquiera puedo darme el lujo de llamarlo.
—Bien—dice, tan tímido como siempre—. Y hoy comí tarta. Adivina cómo se llamaba—
dice, entusiasmado.
Angustia sube por mi garganta al notar el leve deje de ansiedad en su tono agudo, lo
que menos quiero es que se sienta miserable por mí. Y sé que debe de haberse sentido
abandonado en los momentos en que su padre y yo tuvimos que irnos. Trago y pongo mi mejor
voz alegre.
—Ese chico te extraña con locura—susurra ella, alejándose del ruido que hacen Max y
Tony, vaya a saber lo que están haciendo esos dos—. Tiene un grave apego, Bianca.
Me muerdo el labio, y los ojos se me llenan de agua. ¿Qué pasa? Últimamente vivo más
sensible de lo normal, sólo ha sido emoción tras emoción desde que llegamos a casa de mamá.
—Durante el día se entretiene muy bien, pero a la noche… como que le cuesta dormirse
un poco. No creo que le haya venido muy bien todo ese tiempo durmiendo en la misma cama
que su padre—comenta, preocupada—. Y no ayudó que hayas ocupado ese lugar cuando Jorge
se fue…
—Dios, decime que no les pide dormir con él—pregunto, mi corazón rompiéndose en
pedacitos.
—No, no confía tanto como para pedirnos eso a ninguno de los dos—suena cansada—.
Pero juro que he escuchado algunos sollozos a la hora de dormir…
—Me he asomado para ver si estaba bien, pero es experto en esconder sus sentimientos.
Lo que me asusta viniendo de un niño de sólo casi cuatro años…Cuando vuelvan a la
normalidad, van a tener que conseguir un dormitorio aparte para él—recomienda ella,
regresando al ruido—. No más noches entre papá y mamá—sonríe.
Me estremezco cuando dice eso último, pero dudo de que se haya dado cuenta. No soy la
madre de Tony, aunque daría todo por haber sido yo la mujer que lo dio a luz, sin embargo me
siento tan protectora con él que podría serlo. No es que quiera reemplazar a Cecilia, no, nada de
eso. Pero prometo ser lo más parecido a una mamá para él, toda mi vida.
—Bueno… voy a ir a la cama—me froto los ojos—. Cuatro días—le aviso, y me digo a mí
misma también—. Cuatro días y estaremos de regreso.
—Bueno—dice Lucre—. Me alegro de que todo vaya bien, y que Santiago haya aceptado
quedarse un poco más allá. Creo que les viene bien a todos ese acercamiento…
Sonrío a medias, completamente de acuerdo. Aunque estos días hayan sido agotadores
en el sentido emocional. Y eso que yo no estoy ni en el lugar de mi madre ni en el de mi
hermano mayor, por lo que ni siquiera puedo imaginar lo que ellos están sintiendo. Sólo me
alegro de que ellos estén tratando de congeniar, por más que las diferencias los mantengan un
poco contrariados y titubeantes el uno con el otro. Lo que sí es seguro es que mamá lo quiere en
su vida de nuevo y no va a parar hasta que al menos él lo acepte. No pide que se mude acá con
ella, no, sólo quiere algo más de contacto. Quizás un par de llamadas al mes, la psiquiatra se ha
dado cuenta de las barreras que ha conseguido su hijo a lo largo de los años, simplemente sabe
que no podrá derribar la mayoría, sólo unas pocas.
—También lo creo, todo esto se siente como un sueño hecho realidad—le confío, en un
tono bañado en satisfacción—. He soñado mil veces con este reencuentro.
—Lo sé—asegura ella, comprensiva—. Lo imagino, y por eso me alegro mucho por
ustedes.
—Gracias—murmuro—. Por el apoyo y por cuidar a mi bebé estos días. Mándale besos a
Max de mi parte. Y a Fran y León, ellos también han hecho mucho por nosotros.
Acabo la llamada con una réplica de sus últimas palabras y dejo el celular a un lado,
sobre la mesita de noche. Con cansancio, me quito el vestido que me puse para la cena familiar
y lo reemplazo por mi camisón. Estoy agotada, me duele todo el cuerpo y es porque las
emociones me están pasando factura. Cada vez que mi madre da un paso cerca de Santiago y
sus ojos se cruzan, opto por tragarme el llanto, porque no quiero arruinarlo todo con lágrimas,
por más que sean de felicidad.
Cuando se vieron por primera vez, estaba tan tensa que dejé de respirar, observando en
las dos direcciones con inquietud. Mamá se congeló de pie entre Nacho y yo, y su expresión fue,
literalmente, como si acabara de ver un fantasma. Creo que se le bajó un poco la presión
arterial porque las piernas se le aflojaron y, si no fuese porque mi hermano estaba justo a su
lado, habría castigado las rodillas en el suelo. Primero pensé que se había desmayado, me fijé
mejor y la vi consciente. Y muy fijamente atenta en su hijo mayor.
En cambio, Santiago, permaneció de pie, inmóvil junto a una Adela con lágrimas en los
ojos que sostenía su mano como si la vida de él dependiera de ello. Creo que la chica podía
percibir todo lo que mi hermano sentía, a su vez demostró todo lo que él no era capaz.
Nacho llevó a mamá al sillón y la recostó, Santiago dio unos cuantos pasos atrás.
—No estoy teniendo alucinaciones, ¿verdad?—preguntó Candelaria, con sus ojos muy
abiertos—. Díganme que no estoy loca y es mi bebé quien está parado ahí—señaló con el dedo.
Tragué sin ser capaz de hablar por la bola de sentimientos atravesada en mis cuerdas
vocales. Nacho sólo fue capaz de asentir. Nadie se movió. Y mamá se cubrió el rostro.
—No, ma—le susurró Nacho en el oído—. Es tu hijo, y está justo ahí. No tengas miedo
de abrir los ojos.
No aguanté más y mis lágrimas salieron con fuerza, ahogué cualquier sollozo para no
romper la esencia del instante. Dios, había esperado esto por mucho tiempo. Mamá merecía
este encuentro más que nadie. Justo allí, observándolos, estuve tan agradecida con Santiago
por aceptar venir que podría haber saltado sobre él y sofocarlo. Si no fuera porque las
demostraciones de afecto lo incomodaban tanto, no habría dudado.
Candelaria bajó las manos y volvió a mirarlo. Pálida, de pronto muy ojerosa y
demasiado débil por dentro como para creérselo del todo. Ahí fue cuando se levantó,
manteniendo a raya sus temblores, y caminó a él dejando que Nacho la sostuviera del codo
durante los primeros pasos, hasta cerciorarse de que no caería redondita.
Me ablandé cuando mi hermano mayor dejó que se le acercara lo bastante como para
tocarlo. Rozarle la cara con las yemas de los dedos. Era tan grande en comparación a ella, tan
oscuro y frío. Y aun así, sus ojos perdieron un poco de insensibilidad al sentir su tacto en la
mejilla. Adela no podía despegar los ojos de ellos dos, anonadada e hipnotizada. Casi con la boca
abierta.
Adela le acarició el brazo y soltó su mano, como pidiéndole que lo hiciera. Santiago
asintió una única vez, tenso. Entonces la pequeña mujer se alzó sobre las puntas de sus pies y
rodeo su cuello con los brazos. Lo llevó abajo. Y no fue un abrazo común, no. Mamá acunó su
cabeza en el pecho y comenzó a llorar. Como si estuviera sosteniendo a un niño en vez de a un
adulto grande e intimidante. Mi vista se borroneó, aun así pude ver que mi hermano le
agarraba los codos, correspondiendo como mejor le salió.
—Sabía que él no podía ganarnos—sollozó ella—. Sabía que volvería a tenerte en mis
brazos. Él no es rival para el amor de una madre... ¿Me perdonas?
—Porque no fui la madre amorosa que te merecías—soltó ella, las gotas caían desde su
mentón enterrándose en el cabello oscuro de él—. Porque me di cuenta tarde, cuando ya te
había alejado de mí. Y he estado tratando de recompensar a tus hermanos… ahora sólo puedo
pensar en recompensarte a vos. Bienvenido de vuelta.
Él no fue capaz de decir nada, sin embargo, mamá pareció entender y llevarse bien con
su silencio. Bueno, ella era buena con las personas, ¿no? Su trabajo lo ameritaba. Era una
buena psiquiatra, y podría arriesgarme a decir que entendía mucho a su hijo, incluso sólo al
verlo por primera vez en tanto tiempo.
Santiago se tensó, y no demostró otra reacción. Tampoco se alejó. Una vez que mamá lo
soltó, le acarició el rostro con una sonrisa brillante, como si fuera lo más preciado para ella. No
pareció importarle que su hijo se viera al límite, cerca de saltar y correr. Le tomó la mano y la
besó tantas veces como pudo, sin parar. Sin prestar atención de los tatuajes y el resto de los
cambios en su cuerpo y actitud. Ella sólo veía a su hijo, al fin, lo demás no le afectaba.
Después de eso, Adela fue presentada y cada uno tomó su lugar en los sofás. Había
mucho de qué hablar, no obstante, el pasado fue un tema que ninguno quiso traer a colación.
Todos lo ignoramos. Mamá se puso al día con la nueva versión de su hijo y no se horrorizó ni
una sola vez con todo lo que descubrió sobre su nueva vida, que fue más contado por Adela que
por él mismo. La mujer estuvo encantada con saber, fuera lo que fuera. Por supuesto nadie dijo
que lo llamaban Máquina porque era capaz de matar a otro ser humano sin una pizca de
remordimientos. Hay cosas que una madre nunca debe saber.
Así que… sí, puedo decir de una vez por todas, dos días después, que las cosas salieron
mejor de lo que planeé. Ahora mamá tiene a su primer hijo con ella, y está recuperando el
tiempo que les quitaron. Santiago no se abre demasiado, pero no hay dudas de que está dándole
a esto una oportunidad. Todo ha regresado a la normalidad, y ya puedo respirar tranquila.
Estoy más que contenta, ya que íbamos a quedarnos sólo dos días y acabamos convirtiéndolos
en una semana, de tanta insistencia por parte de mamá. Y Santiago ni siquiera se quejó.
Definitivamente, mejor de lo que soñé jamás.
Ya estoy metida en la cama, con la luz apagada y suspirando, mientras revivo los dos
últimos días y trato de no deprimirme por mi pequeño Tony estando tan lejos de mis brazos.
Casi cayendo en la nubosidad del sueño. Entonces la luz de la pantalla de mi celular titila
anunciando la entrada de un mensaje de texto. Frunzo el ceño, preocupada, porque ya es
bastante pasada la medianoche. Le echo un vistazo.
“Te extraño” leo. Y viene de un número que no tengo agendado y tampoco reconozco. Mis
latidos se vuelven un poco alocados, por más que trate de obligarme a no reaccionar con
desesperación.
“¿Quién sos?” pregunto, reteniendo el aire. Por dentro reviven un millón de voces
gritando en nombre de la ilusión y la esperanza.
“¿Quién más puede ser, muñeca?” responde de inmediato. Trago, mi boca secándose de
golpe. No, esto tiene que ser un engaño.
“Sí, lo es. Y me estoy muriendo por tenerte en mis brazos”. Me muerdo el labio inferior,
nerviosa. Me demoro en encontrar una contestación inmediata, en ese interbalo me llega uno
nuevo. “Sé que dije que te llamaría cuando estuviera a salvo, pero… no pude aguantarlo. Te
necesito tanto”.
Me tapo la boca antes de soltar un sollozo y mi vista se nubla. Mierda, ¡es él!
“Me encantaría, muñeca. Pero falta un poco para eso. Lo siento” Suspiro, mi fe siendo
barrida y lanzada a la basura.
“¿Estás en la capital?” Pregunto sabiendo que podría estar el cualquier parte del país.
Las Serpientes nunca se quedan mucho tiempo en el mismo lugar.
“Por favor”, suplico, “Necesito besarte, abrazarte. Por favor, no me lo niegues. Por favor.”
JORGE
« Estoy de nuevo en el bosque que rodea el recinto de los Leones, adentrándome en la
noche y camuflándome entre la neblina. Por dentro siento todos mis órganos acelerados y en
alerta, como si me alegrara de estar de vuelta. ¿Qué? ¿Ya terminó todo? ¿Estoy de vuelta? La
última vez que fui consciente nos faltaban siete viejos, la tarea no estaba cien por ciento hecha.
Necesito volver para completarla, aunque sí que me alegro de estar acá. Necesito verla.
Logro distinguir movimiento unos diez metros de mi posición, un vestido blanco largo se
va perdiendo entre los árboles y la espesa niebla. Apenas logro deducir la imagen
completamente. Sólo, no me pierdo los largos rizos que caen por la espalda de su silueta.
La mujer voltea la cabeza para verme, sus ojos asustados se posan fijamente en mí. Un
par de pasos en su dirección y parece espantarse. Comienza a correr para alejarse de mí,
adentrándose más y más profundo, en la oscuridad. Mi aliento sale en forma de vapor por mi
boca al tiempo que me apresuro tras ella antes de perderla de vista.
Tengo que alcanzarla, no puedo dejarla ir. Necesito… necesito decirle… no, pedirle
perdón. Y asegurarle que a partir de ahora haré las cosas mejor, seré más inteligente y que
nuestro hijo tendrá una buena vida. Mejor de lo que soñó para él. Le daré todo lo que se merece.
Y, lo más importante, mi amor. Cecilia debe saberlo ya, porque no sé cuándo volveré a
encontrarla.
Y se esfuma. De repente me encuentro con que su vestido blanco ligero cuelga de mis
dedos. Sorbo por la nariz, sorprendido, y lo dejo caer como si me quemara. Avanzo unos pasos
lejos de él y giro en mi lugar, tratando de encontrarla. No puede haber ido muy lejos, estaba
justo aquí hace sólo un instante, estaba tocándola. No puede borronearse en un pestañeo. Giro y
giro, agitado, desesperado. En un lamento, mi entorno cambia por completo. Ya no hay
oscuridad, una luz parpadea desde el techo de una habitación. Es cálida, y hay un perfume
agradable, pero se siente como si algo alterara el aire. Zumba en mis oídos y me siento como si
fuera a desfallecer.
Reacciono brincando hacia atrás ante el horror que se come mis entrañas. Mis pulmones
se cierran y soy capaz de leer la señal aun en mi estupor. Me mareo, sostengo mi cabeza entre
mis manos, entrando en pánico y angustia.
“Traidor”
Talladas tan perfectamente en un vientre liso y hermoso. ¡No! ¡Ellos no pudieron hacerle
esto! No es verdad.
Caigo en mis rodillas con todo mi peso junto al cuerpo que tanto abracé en las noches, y
besé en cada rincón. Ahora lo habían profanado, cuando nació para ser adorado. Amado.
Sangre fresca aun sale a borbotones de la garganta que en tantas ocasiones acaricié con mis
dedos. El cuerpo convulsiona al tiempo que lo levanto en mis brazos y llevo su rostro hermoso al
hueco de mi hombro. La sujeto mientras va dejando atrás la vida y encuentra al fin la paz. Los
rizos rubio oscuro se enlazan entre mis dedos y beso su frente helada.
Hasta que caigo en la cuenta de que no son rizos. Y el color es castaño oscuro.
Me sacudo, en estado de shock. Ojos azules van muriendo en los míos, no hay pestañeo,
no hay sonrisas dulces. Ni risa burbujeante. Los morados labios llenos ni siquiera se mueven. Se
ha ido. Mi mujer se ha ido.
Mi estómago se contrae, las náuseas suben arriba. Toso, sintiendo cómo mi pecho se
retuerce y mi corazón se detiene por completo.
No importa lo que Esteban quiera, no es racional. Y nos hacen falta refuerzos. Por lo
que antes de ir a la cama decidí que en la mañana temprano llamaría a León para preguntarle
si podía tomar prestados algunos de sus chicos. Y faltan como ocho horas para eso. Anoche me
dormí temprano, lo suficiente destrozado como para aguantar siquiera hasta la medianoche.
Habíamos tenido éxito con dos, derribándolos en el baño de un bar de mala muerte. No podía
creer que se pasearan tan campantes sabiendo que tenían enemigos dispuestos a todo para
destruirlos. Me encojo, no voy a ser quien le mire los dientes al caballo regalado. De todos
modos, siguen siendo los que no quiero. Me quedan siete, y cinco de ellos son los
verdaderamente peligrosos. Cuanto antes los mande al infierno, mucho mejor.
Lo que sea, me enferma saber que es posible que me haya escuchado gritar en mis
terrores nocturnos. Quito la llave de la puerta con brusquedad y la abro de un tirón.
Y no creo que sea Esteban quien se me lance así para besarme. De todas las personas
que conozco, sólo una usa este delicioso perfume floral. Los labios de mi mujer se pegan a los
míos con hambre y sus brazos se aferran a mí como si fuera a morirse si no me tiene cuanto
antes. Apenas puedo respirar o pensar con ella restregándose contra mí, comiéndome la boca.
Mis neuronas no conectan con claridad por un rato demasiado largo para mi gusto. La
lengua de Bianca tiene la mía, y es demasiado adictivo como para detenerlo.
Me visto, demasiado entumecido por el terror, casi enredándome con cada prenda
pretendiendo ser rápido. Ella alcanza su abrigo y se cubre, llorando. Tiene miedo. Está bien, yo
me siento exactamente igual.
—No dudé de que eras vos—sorbe—. Cada uno se leyó exactamente como algo que
dirías… yo… estaba tan desesperada por verte que ni siquiera pensé que… podría…
No se resiste cuando la dirijo a la puerta. Pero, inclusive antes de estar demasiado cerca
de ella, se abre y Esteban entra a medio vestir, cerrándose la cremallera de los vaqueros, todo
despeinado.
Después de soltar eso se fija al fin en la chica a mi lado, temblando y con lágrimas en los
ojos.
Ahora mi vida se ha terminado para siempre, la mujer que amo está conmigo y pagará
las consecuencias. La he arrastrado a éste destino. He vuelto a fallar.
***
Los primeros vestigios de consciencia vienen con serios ramalazos de dolor. Por todos
lados. Me siento comprimido y agrietado, tanto física como emocionalmente. Aplastado. Me
demoro un buen rato en abrir los ojos, por más que apenas estoy rodeado por alguna luz, lo que
agradezco. Mi cabeza pisoteada no aguantaría ninguna claridad, ni siquiera debilucho, en mi
dirección. Pestañeo de regreso, tomando nota mental de mi cuerpo, al menos todavía no me
falta ningún miembro. Recuerdo el momento exacto en el que tironearon a Bianca lejos de mí y
fui lanzado al suelo e inmovilizado por tres tipos. Mi mano siguió abrigada con la calidez de la
suya unos segundos más después de ser arrancada de la mía, pero se enfrío rápido para mi
gusto, y en ese mismísimo momento supe que estaba muerto. Su pérdida se sintió como un
fallecimiento instantáneo. Lo último que vi antes de que unas pesadas botas me aplastaran los
sesos fue una bolsa de tela negra cubriendo sus hermosas facciones llenas de dolor, la oí gritar
mi nombre y con eso desaparecí, la conmoción dejándome inconsciente.
Esteban no está conmigo, lo han separado también, porque es importante para ellos
jugar con mi cabeza. Hacerme sacar conclusiones cada maldito segundo. Volverme loco. Podría
estar muerto para ahora, o siendo torturado. O permaneciendo en la misma posición que yo.
¿Y Bianca? Dios mío, no puedo. No paro de volver a ella. Ya no soy capaz de soportarlo
por más tiempo. Comienzo a respirar con trabajosa agitación, inquietándome. Me remuevo y las
punzadas no me controlan en mi lugar. Mi percepción se marea y el contundente chichón en el
costado de mi cabeza late, líquido caliente manando de él, corriendo hasta mi oreja. Apenas me
puedo mover y me vuelve loco. Grito, los maldigo. Los llamo para que vengan a mí. Yo podría
tomar todo lo que quieren causarle a ella, sin una duda. Moriría por sus delicados huesos,
aguantaría cualquier tortura con tal de que la liberen. Con tal de que la devuelvan a su vida
normal y la dejen en paz. Cambiaría mis latidos por los de ella sin siquiera pensarlo dos veces.
¿Cuánto tiempo ha corrido? ¿Cuánto ha pasado desde que nos capturaron? No tengo ni
idea de nada. Podrían ser un par de horas, o cinco. O veinte. Mi enfoque se borronea y no es a
causa del mareo y la hinchazón en mi cráneo. Es por la humedad que produce la desesperación.
Sí, jodidamente estoy en el límite del llanto. Me tienen colgando de las pelotas, saben que me
matan de la peor manera al alejarla de mí así.
¡Carajo! ¿Por qué no le expliqué que no soy un tipo que envía mensajes de texto?
Cuando dije que me comunicaría con ella, me refería a llamarla. Nunca, en mi vida, he escrito
mensajes. Soy directo, voy al grano. Uso aparatos recargables para evitar ser rastreado. ¿Por
qué mierda no la iluminé mejor? ¿Y por qué carajo tuvieron que sacarla del recinto? ¿Qué hacía
en la capital?
Y, la clave, ¿Cómo es que ellos nos encontraron tan fácilmente? ¿Estábamos siendo
vigilados desde hace tiempo? ¿Nos tenían en la mira y atrincherados sin que siquiera lo
sospecháramos? Entonces los subestimamos, fuimos unos estúpidos. Los tontos terminamos
siendo nosotros. Esto estaba destinado a fracasar desde el principio.
La cerradura de una puerta chasquea en alguna parte a mi espalda. Mis oídos no son lo
suficientemente confiables ya que tienen este constante zumbido alterando los sonidos,
consecuencias del golpe en la cabeza. Un gusto amargo puebla mi lengua, que se pega a mi
paladar reseco. Aprieto los dientes a medida que los pasos pesados se acercan, burlones.
Acechando.
—Al fin nos volvemos a encontrar, traidor—canta una voz rasposa por tantos años de
nicotina y otras sustancias.
La conozco bien. Él era el vicepresidente del clan, la mano derecha de mi padre. Víctor.
O simplemente Vic. Rober lo amaba, será porque eran tal para cual, unos reverendos bastardos
hijos de puta, enfermos de poder e inmundicia. El tipo se posa frente a mí y me obliga a
tragarme su imagen indeseable. Lleva, como toda la vida, el cabello grasiento suelto que le cae
sobre sus hombros, rizos oscuros tiesos y sucios entretejidos en mechones blancos. Su barriga
prominente sobresale del chaleco abierto sobra una camisa manchada y maloliente. Cuando era
un tipo joven, recuerdo haberlo visto usando el cuero directamente sobre la piel, sin nada en
medio. Pero ya no hay abdominales que mostrar, ha perdido todo el “encanto” después de tantas
birras, cigarros y cocaína.
—Nunca creí que algo como esto pasaría, confiaba en tu fuerza—dice, meneándose acá y
allá sólo para impacientarme—. Todos confiábamos en vos. Creíamos que Rober te había hecho
lo suficiente valiente y rudo para tomar el mando. ¡Qué equivocados estábamos!
Por supuesto, para ellos la fuerza no es más que brutalidad infundada. Mujeres
desgarradas, niños indefensos reclutados o borrados del mapa como si nada, saqueos, drogas.
Todo eso era lo que amaban, y como yo no lo quise dentro del clan, me llamaron debilucho. No
fui lo suficientemente bueno. No importaba cuánta plata le había hecho ganar al clan con los
tantos negocios que acordé. Para la época en que ellos me derrocaron éramos tan ricos que
podríamos haber subsistido sin trabajar de nuevo durante años. Una década, quizás, por dar un
ejemplo. Suerte que no pudieron hacerse con todo ese monto, lo tengo bien guardado. Nadie, ni
siquiera Esteban, sabe dónde se encuentra.
Pensaba usarlo para remontar vuelo una vez que tuviera el camino libre. Para alzar los
cimientos de un nuevo y mejor club. Pero ya es tarde, me tienen en sus garras. Y existen muy
pocas probabilidades de salir de esto. Van a salirse con la suya. Pronto seré historia.
¡Qué iluso! Permitirme enamorarme, soñar un futuro brillante. Nada en mi vida tuvo
buen brillo antes, me iré por donde vine, por el mismo camino que estos miserables con lo que
me crie. Soy basura. Y la basura nació para ser desechada. Pienso en Tony, en mi promesa de
volver a buscarlo y, sin querer, sin que logre detenerla antes de tiempo, una lágrima se me
escapa por el rabillo de un ojo. Pero ya ni siquiera me importa que Víctor la vea. No. Ya nada
más me interesa, lo he perdido todo. He arruinado vidas. Y he arrastrado a la mujer que amo a
este ruin destino. No tengo perdón.
Godoy tenía razón, debí alejarme de ella. Debí dejar el egoísmo y mis necesidades de
lado.
— ¿Vas a decirnos dónde ha ido a parar todo ese dinero? Registramos todos los libros de
cuentas, sabemos que existe— insiste, ansioso por saber.
— ¿Por qué lo quieren? Si suponen que fue ganado gracias a este pobre blandito
traidor—escupo, lleno de resentimiento.
—Vamos a renacer con ese dinero, volveremos a ser los de antes con él—se me acerca,
midiéndome—. Yo te quiero hijo, no me obligues a hacerte daño.
Un golpe me sobresalta y elevo la vista, descubro que ha lanzado una silla contra la
pared, rugiendo enfurecido. Quiere tanto esa información. Pero incluso aunque les dijera, jamás
encontrarían el lugar. Y, lo mejor de todo, de ninguna manera tendrían acceso, al menos no en
esta vida. Lo tengo excelentemente custodiado.
Se pasea como un animal acorralado de un lado a otro, repitiendo una y otra vez que no
es su intención golpearme, que prefiere evitarlo, lo que me da exactamente igual. Se apoya
contra una pared y deja que el silencio llene este agujero negro con olor a moho. Y es por eso
que los dos alcanzamos a escuchar los pequeños ecos ahogados que parecen provenir de otra
habitación, lo bastante cerca para que sea claro.
Golpe. Gemidos. Golpe. Sofocos. Golpe. Grito. Más golpes. Más aullidos agudos.
Reconozco cada alarido. Cada enunciado de abandono. Me hielo por dentro, me desinflo.
Cada pequeñita parte de mí se contrae y arde. No. Me encojo. No consigo meter aire en mis
pulmones, mi sistema respiratorio se ha quedado congelado. Y el circulatorio parece acelerarse,
mi corazón bombeando en mis oídos, y quisiera que fuera capaz de ahogar el ruido.
— ¿Ves lo que logras?—se inclina el bastardo sobre mí—. Escucha bien como lo disfruta.
Cada maldito empuje. No le falta mucho para terminar, está tan excitada. Estaba tan mojada
cuando la dejé allí para venir a hacerte una visita.
Presiono la mandíbula para que mis dientes no castañeen. Estoy en shock. No puedo
esconder las lágrimas que me nublan la vista, noto la silueta del tipo frente a mí, pero no
distingo sus facciones. Sólo consigo oler el penetrante olor a sucio que emana de él. Mi mente se
va a otro lado, tratando de evitar el entendimiento de lo que realmente está ocurriendo.
»Con tu otra novia ocurrió exactamente igual, le encantó tener cada una de nuestras
vergas en su interior…
La bilis amenaza con subir y la trago enviándola bien abajo, al agujero revuelto que es
ahora mi estómago. Tomo un respiro violento, atragantándome, mientras él sigue encima de mí
tratando de pincharme. Pero realmente no reacciono, he sido drenado. El gruñido de un hombre
traspasa las paredes mientras los golpes siguen y siguen. Y ella suena tan… irreal. Tan
forzada. Demasiado aguda y potente. Lo que me hace pensar que le dieron algo, alguna droga.
Abro los ojos con entendimiento, de golpe, deteniendo el aliento. Yumbina. Mis hombros caen y
me estremezco. Necesito que se detengan. ¡Ya!
Lo soy. Soy tan tonta e ingenua, yo sola me metí en esto. Se las hice tan fácil que siento
vergüenza. ¿Cómo pude ser tan idiota? Tenía que conectar un poquito las neuronas, deducir que
él nunca me enviaría un mensaje, porque después de tanto tiempo sin vernos me habría
llamado. Él siempre llamaba, yo nunca lo había visto enviar textos. Pero… pero… los mensajes
parecían ser escritos por él, como algo que él diría, sus expresiones, su forma de comunicarse.
Incluso se refirió a las promesas que él me había hecho. Debe haber sido alguien que lo conoce
bien. Aunque, bueno, las Serpientes lo vieron crecer, lo conocen lo suficiente. Acá la estúpida
que cayó en la trampa soy yo, por desesperada. ¿Por qué no pensé? ¿Por qué no se me ocurrió
que podría ser un engaño antes se saltar a la pileta tan ciegamente?
Ahora estoy atada al respaldar de una vieja cama que rechina cada vez que me muevo
aunque sea apenas, tengo los ojos vendados y me han quitado el abrigo. O sea que… estoy
siendo exhibida solamente en ropa interior, delante de los dos hombres que me han estado
rondando desde que desperté. Hablan de mí, de mi cuerpo, es tan obsceno que la piel se me
eriza y no precisamente por el frío que roza mi piel expuesta.
—Él siempre tuvo suerte con las mujeres—dice uno de ellos, el que siempre se mantiene
cerca, y ha estado tocándome acá y allá—. Todas hermosas y siempre dispuestas. Su reputación
de tipo malo hace eso, pero… yo también soy un tipo muy malo y no consigo esta clase de carne
tan…exclusiva y de alta calidad.
Me doy la vuelta lejos de su voz que suena tan cerca de mi rostro. No se oye como un
hombre mayor, creí que las Serpientes eran todos viejos. Hombres de unos cincuenta y hasta
más, como Jorge me había contado. Éste no parece muy mayor que él. Y tiene una voz atractiva
dentro de lo normal, sino fuera porque me tiene atada sólo para disfrute de su cabeza enferma,
tal vez no sonaría tan amenazante.
No sé con certeza cuánto tiempo pasa después, sólo me doy cuenta de los cambios. En
mi cuerpo. Me vuelvo muy consciente de lo que me rodea, mi piel acaparándolo todo, incluso la
tela que cubre el colchón debajo de mí se vuelve…estimulante. Y no me asusto en el instante
que el hombre vuelve a tocarme, deslizando las manos a lo largo de mis piernas. Mi boca se
reseca, de pronto, ni siquiera soy capaz de tragar. Mis extremidades, que antes estaban heladas
y temblorosas, se calientan y hormiguean. Mi ropa interior es hurtada, y el sólo roce del encaje
en mis pantorrillas me tiene respirando con agitación.
Es la cosa que tragué antes, sí, eso es lo que induce esta reacción. Y no quiero. Necesito
que se detenga, tengo miedo. Tengo mucho miedo. Nunca me sentí así, nunca probé ninguna
droga. ¿Por qué tengo que sentirme así?
El colchón se hunde a mis pies y el peso se va moviendo más arriba, hasta que sus
manos me abren las piernas para darle espacio, justo donde ansía estar. Me atraganto,
temblando, tironeo de mis muñecas atadas. ¿Por qué no estoy luchando? Tengo las piernas
libres, podría patearlo, pero ellas sólo reaccionan enterrando los talones en la superficie
espumosa una vez que el tipo me toca. Y estoy mojada. ¿Cómo puede ser que me excite así
cuando es lo último que deseo?
Como si rogarle vaya a detenerlo, de ninguna manera, sólo lo incita a obtener más. Su
pulgar me abre y doy un tirón con la intención de cerrar los muslos, al mismo tiempo que mis
caderas se menean. A mi cuerpo le gusta la sensación. ¡Oh, Dios, no quiero que me guste!
—Ah, sí me querés—sonríe él, tan encima de mí que tengo que esquivar su aliento,
estirando mi rostro a un costado—. No tengas miedo, será bueno. Te lo aseguro.
El inconfundible sonido de un condón abriéndose entra a través de la bruma en mis
oídos, traspasando los retumbantes latidos de mi corazón. Procuro alejarme, pero eso hace que
me frote más contra él y mis sentidos se manifiesten mejor, con más poder. Toman el control de
mi cuerpo sin que mi mente lo acepte.
—Voy a irme ahora—avisa el otro hombre, su voz ronca excitada atiranta mis nervios—.
Que te sea placentero—sonríe.
Una puerta se abre y cierra, el ruido de una llave trabándola marca mi destino tan
claramente que me olvido de tomar aire. El cuerpo grande y pesado se inclina más sobre mí,
erizando cada poro que me cubre. Incluso los dedos de mis pies se crispan. Un movimiento de
caderas lento hacia adelante y soy penetrada. Me tenso, grito e intento alejarme y eso hace que
mi sexo se alerte a más no poder, y le gusta la intrusión. Me contraigo alrededor de la
masculinidad de mi violador.
¡Se supone que tiene que doler! Grita mi mente al mismo tiempo que él comienza el
bombeo. ¡Se supone que debe lastimarme! Arderme. Molerme. Destrozarme. No gozarlo. ¡No
quiero aceptarlo dentro de mí así de fácil! No lo deseo en mi interior. Necesito que me duela,
que algo me asegure que no me estoy ablandando para él. Mis lágrimas mojan la venda que me
mantiene ciega. Nunca estuve más dividida, horrorizada y aterrada. Mi existencia se separa en
dos, mi cuerpo disfrutando tanto que ahoga la parte racional, la que aúlla con negación en mi
mente, desesperada para que esto se acabe pronto. No pretendo gritar cada vez que me golpea,
tampoco que mi centro se contraiga a su alrededor demostrándole que le encanta. Y sin
embargo, lo hago.
Es denigrante. No, por favor. Puedo soportar que no haya dolor cuando es lo que
realmente quiero, pero no que un extraño obtenga esta parte tan íntima de mí. La que sólo yo
tengo el poder de entregar y disponer. ¿Dónde está Jorge? ¿Dónde lo tienen? ¿Le están haciendo
daño? Lo necesito. Lo único que quiero es que venga a buscarme, que me quite a este tipo de
encima, que lo mate. Sí, que lo asesine de la manera más brutal que desee. No lo voy a
lamentar. Y que luego me abrace, me asegure en el oído que todo va a estar bien. Que sólo fue
un mal sueño.
Pronto, cada pedazo de mí se queda flojo, mi respiración apurada por recuperarse. Abro
los ojos y me doy cuenta de que la venda se me ha corrido, y la primera imagen que consigo con
mi único ojo descubierto es el dorso de una enorme mano morena por el sol apoyada junto a mi
cabeza. Me quedo mirándola fijamente mientras el abusador busca encontrar su final feliz,
estudio cada trazado de los tatuajes que cubre las venas sobresalientes y los dedos entre los
nudillos. Mi mente ya no puede conectar nada más, me siento muerta, no siento nada tampoco.
Solamente frío. Mis extremidades hormiguean y el sudor que se me pegó durante la actividad
ahora está congelando mi piel.
La cama chilla mientras su peso me libera, lo oigo tirar algo en la basura y cerrarse los
pantalones. Mi enfoque se borronea un poco y, cuando lo escucho venir a mí de nuevo, me
apresuro a esconder mi cara y volver a arrastrar la venda en su lugar. Lo último que me hace
falta ahora es verle la cara, prefiero que el recuerdo obtenido venga sin facciones que reconocer.
El hombre me da la vuelta, otra vez contra mi espalda y me barre el pelo fuera del rostro,
enseguida ajusta el nudo de la venda a la altura de mi nuca. A continuación, me coloca de
nuevo la ropa interior, como si quisiera simular que nada ha pasado, regresando todo a como
estaba en un principio. Cada cosa en su lugar.
Y se va. Distingo el chasquido de la cerradura y su charla en voz baja con otro hombre.
Mi llanto es silencioso, para no molestarlos o hacerles saber que acaban de destrozarme por
dentro. No físicamente, sino emocionalmente. Considero que jamás voy a recuperarme de esto.
—Tengo que irme ahora, bonita—anuncia mi violador, fingiendo tristeza—. Pero acá te
dejaré con mi amigo, él te va a mantener entretenida hasta que vuelva— se ríe.
Escucho su risa retumbar en la habitación hasta que él se aleja entre los pasillos—o lo
que supongo, son pasillos—. De nuevo me quedo encerrada, esta vez con otro hombre, que ni
siquiera simula lo encantado que se encuentra al respecto. Se acerca demasiado rápido para mi
gusto y me manosea. Por favor, no. Otra vez no. No soy lo suficientemente fuerte para
aguantarlo una segunda. El olor que trae consigo es horrible, penetra mis fosas nasales y pone
mi piel de gallina.
Mi boca es obligada a abrirse de nuevo y no le permito salirse con la suya. Me aparto en
un impulso. El primer grito desgarra mis cuerdas vocales, y los que le persiguen las hacen
sangrar, el dolor no es suficiente para callarme. Nada me detiene de aullar con todas mis
fuerzas el nombre del hombre que amo.
JORGE
Víctor está sobre mí cuando todo mi cuerpo se desencaja en un click. De alguna forma
inesperada estoy lleno de adrenalina, mi sangre corriendo muy rápido, reviviendo mis impulsos.
Hacía tiempo no me sentía así, dispuesto a todo. La burla del tipo que tengo encima se acaba
cuando estiro un poco el cuello hacia arriba y cierro mis dientes en su oreja. Muerdo tan
enloquecidamente que su sangre se filtra por mis labios de inmediato. Lucha para soltarse,
gritando y gruñendo gracias al dolor. Se da cuenta de que tiene muy pocas probabilidades, por
lo que termina echándose hacia atrás, a riesgo de perder la oreja.
La ansiedad no me juega una mala pasada, no logro saber en cuánto tiempo dejo libres
mis manos, al fin. Sólo miro fijamente a mi objetivo, tratando de pensar en una forma de
liberarme del alambre de púas que mantiene mis brazos sujetos a mi torso. Lo tironeo hacia
adelante, tratando de que quede espacio para colarlos hacia arriba, mi espalda se está llevando
la peor parte, los dientes arrancándome pedazos de cuero, dejándome en carne viva. Poco a poco
me voy liberando mientras Víctor apoya los antebrazos en una pared para recuperar energías y
oxígeno. Ya no es tan fuerte como en su juventud, agradezco que se haya arruinado la vida
ingiriendo tantas porquerías. Cuando se da la vuelta para venir a mí, no se da cuenta de que
tengo los brazos fuera del alambre, simplemente sigo simulando mi posición anterior, como si
todavía estuviera esposado a la silla. Lo tomo por sorpresa al estar lo suficientemente cerca,
arrancándome una tira de la púa, y enroscándola en su cuello gordo. Estoy gritando mientras lo
hago, por la ira carcomiéndome y por el dolor punzante de cada corte a lo largo de mi torso. Las
heridas son tan profundas que me empapo de sangre en segundos. Salto fuera, de pie,
apretando las púas en el cuello de Víctor. Su sangre empieza a manar y sus ojos se ponen rojos
y saltones a medida que le quito el suministro de aire. Está a un paso de desmayarse cuando
hago mi último movimiento sobre él, quebrándole el cuello. No hay tiempo para luchas largas y
ensañamiento. Una vez que cae desplomado, le reviso los bolsillos, encuentro un manojo de
llaves y una navaja.
No hago más que asomarme que veo a un solo bastardo luchando con ella, atada en la
cama y ciega a causa de una venda. Bianca lo está maldiciendo con fuerza y rabia. Y él sólo se
ríe creyendo que va a conseguir una segunda probada de mí mujer. O… al menos creo que sólo
la tuvieron una vez. Me estremezco, quitándolo de mi cabeza, y me lanzo a él. Me coloco a su
espalda y grito que la deje en paz, Bianca se inmoviliza y lloriquea, y su alivio me retuerce las
entrañas. Descubro la navaja y le corto la garganta al viejo, su sangre se derrama sobre el
cuerpo casi desnudo de ella y antes de que lo deje caer a un lado para que termine de drenarse
en el piso. Con mis manos llenas de sangre voy a ella y le quito la tela de la vista, antes de
probar las llaves en sus esposas. Un solo vistazo a sus ojos amenaza con derribarme de rodillas.
—Estoy acá, nena—murmuro con mis cuerdas apretadas y los ojos húmedos—. Nunca
más van a tocarte de nuevo…
El blanco que rodea sus irises está demasiado rojo como para tenerme tranquilo, y su
palidez es enfermiza. Incluso sus labios están morados. Sus manos caen inertes cuando las dejo
libres y las tomo con las mías.
—Te-tengo frío—castañea.
Asiento, muy cerca del borde, encuentro el abrigo que había tenido puesto cuando
golpeó mi puerta en el motel. Lo recojo del rincón y la visto, está tan flácida que me tiene a un
paso de hiperventilar. No está bien, nada bien.
Tenemos que salir de acá, cuanto antes, así que la alzo en mis brazos y su cabeza se
choca con mi hombro, quedándose allí mientras se deja ir.
—No te duermas, nena—susurro, apoyando los labios en su frente—. Por favor, sólo
aguanta un poquito más.
Lo que va a hacer pronto, no tengo chances de salir con vida después de lo que Bianca
acaba de sufrir. Trago, y voy a responder cuando Adela se agacha y levanta entre sus dedos un
gotero.
—Esto—dice, tensa.
Todo el mundo queda mudo. La respiración de Godoy se acelera y parece que tiene el
poder de derribar esta casa con cada soplo. Adela sorbe por la nariz y Max le quita el tarro para
leerlo, empalidece completamente y lo deja caer al suelo como si le quemara. Santiago me quita
a Bianca de las manos.
—Hay que cerrar todas estas heridas—me dice, manteniendo el control de su voz—.
¿Con qué te las hicieron? Se ven horribles, y pueden infectarse.
—Jorge…—llama mi hermano.
Sigo entumecido, sin percibir nada más que sus gritos reproduciéndose en mi cabeza,
los golpes que retumbaban en estas mismas paredes, y encima de esa cama. Max se coloca de
pie, enfrentándome e intenta darme ánimos para levantar mi culo de ahí. Entre lágrima y
lágrima alcanzo a tomar un primer plano de la pistola en su puño, y soy tan rápido para
arrebatársela que no le doy tiempo para más que maldecir. Alzándome sobre mis pies me alejo
hacia el rincón más cercano de la habitación.
—Mierda—escupe Max, sin quitar sus ojos redondos en los míos—. Baja esa puta cosa—
me ordena.
—He dado vuelta la cara demasiadas veces—le digo, con tono muerto—. He ignorado
cada mierda que ellos les hicieron a sus mujeres. Y… en las únicas dos que realmente deseé con
toda mi alma detenerlo, no pude. Y esas dos tenían que ser ellas… Éste es mi castigo por
quedarme de brazos cruzados…
—Si haces esto… qué vamos a decirle a Bianca, ¿eh?—salta Adela, sus ojos enojados
ahora—. Por si no te has dado cuenta, ella te necesita. Se fue de acá gritando tu nombre.
Eso surte efecto y, de nuevo, se me desenfoca la vista, sus siluetas se borronean. Bajo el
arma y Max suspira una maldición, tratando de recuperarla. No le impido desengancharla de
mis dedos.
Paso entre ellos chocando sus hombros y me dirijo a la salida. Ya es tiempo de comenzar
a contar las horas que me quedan. Transito los pasillos, recordando bien hacia donde queda la
salida, no obstante, justo antes de llegar al exterior me acuerdo de algo. O, mejor dicho, alguien.
Esteban. ¿Dónde carajo lo tenían? Supongo que tiene que estar en esta misma casa. Me vuelvo
y comienzo a revisar, una a una, las habitaciones. Me cruzo de frente con Max y Adela en el
camino.
Camina a mi lado, abriendo las puertas al otro lado del pasillo, contrarias a las de mi
lado.
—No lo vimos por ninguna de las que revisamos al llegar, deben tenerlo al final de éstas
o en las de arriba—comenta, concentrado, encendiendo y apagando luces—. Y sí, estaba en
casa, pero ayer decidí que no podía quedarme de brazos cruzados. Después de todo, yo también
fui perseguido por ellos—dice, sin siquiera mirarme.
Trago súbitamente, se me hace muy difícil digerir lo que acaba de decir. Decidió venir a
ayudarme por cuenta propia, meter sus narices en donde no le corresponde y ponerse en
peligro. ¿Y qué pasaba si llegaba antes y lograba unírsenos? ¿Qué habría pasado si lo
capturaban junto a nosotros? Tal vez ahora no estaría vivo para contarlo, y yo estaría siendo
culpable de ello, también.
—Me importa una mierda lo que me dijiste—ruje, revolviéndose con firmeza—. No iba a
dejarte venir solo contra ¿cuántos? ¿Una docena? Eso es un suicidio, me llevó un mes
carcomerme la cabeza sabiendo que podía ayudar… Además—suspira, negando—sabías que
tarde o temprano ibas a necesitar refuerzos…
Bajo la vista al suelo. Tiene razón, tiene toda la maldita razón. Yo no los llamé antes
porque estaba teniendo dificultades con Esteban y no quería ponerme en contra a la única
persona que había estado a mi lado por tanto tiempo. Quería llegar a una conclusión civilizada
con él, hacerle entender de a poco que era lo mejor aceptar ayuda. Bajamos las escaleras que
llevan al sótano.
Agrando los ojos, ni siquiera esperando esa clase de pregunta. ¿Cómo “desde cuándo”?
Si él sabe bien que crecimos juntos.
Los labios de Max se tuercen con confusión y duda, como si desconfiara de mi seguridad
al decirlo. Hay algo de eso con lo que no está de acuerdo.
Frunzo el ceño a la par que rebusco por la llave correcta en el conjunto que conseguí
antes. Sus palabras me hacen pensar, bueno… sí, Esteban era el mejor amigo de Jesús, por
ende siempre estábamos juntos. Jesús y yo éramos unidos siendo niños, por más que
tuviéramos intereses diferentes. Nosotros y Esteban éramos un buen trío.
Ahí está mi amigo atado a una silla, inmovilizado aunque no con púas, gracias a Dios.
Le han dado un puntazo en el costado y tiene la cara destrozada. Pero deduzco que va a estar
bien. Cuando Max se le acerca para liberarlo, él lo observa con ojos mareados, casi adormecidos.
— ¿No te quedas? Tenés que tratarte las heridas—me dice, antes de que su amigo lo
lleve adentro.
—No, yo estoy bien… y—trago con fuerza—. Necesito hacer unas cosas…
Extrañado asiente sin decir nada, y me voy aun sabiendo que se queda preocupado por
mí. No hablo durante el viaje al motel, Max y Adela tienen la dosis justa de palabras. Y yo solo
estoy siendo adormecido por el dolor y los recuerdos. La preocupación y el miedo constante por
Bianca. Todavía no tenemos noticias de ella. Una vez instalados en la habitación, lo primero
que hago es correr a la ducha, ignorándolos. Y me permiten adentrarme en mi privacidad.
Mientras el agua caliente lame mis heridas, logrando que el ardor sea más insoportable
y a la vez, calmando mis músculos tensos, me derrumbo. Me hundo como jamás lo he hecho,
apoyándome contra los azulejos ya sin fuerzas para sostenerme en pie. ¿Por qué tenía que
sucederle eso a ella? ¿Por qué al ser más puro y bueno que he tenido la suerte de conocer? ¿Por
qué? La han roto, pude verlo en sus ojos azules. La han destrozado, ¿qué va a quedar de su viejo
espíritu? ¿Va a convertirse en una chica sombría y sin ganas de vivir? Ella es fuerte, pero
¿tanto como para superarlo?
Su presencia me hace saltar casi fuera de mi piel y me recompongo como puedo, lo más
rápido posible, para poder hablar.
— ¿Qué?
—Tenés que salir para que pueda atender tus heridas—explica con voz triste, ni
siquiera esforzándose en esconder que acaba de escuchar mis lamentaciones—. Y tal vez tengas
que ponerte una vacuna cuando vayamos a ver a Bianca…
Su nombre me devasta, formo puños a mis lados, y el agua se va enfriando poco a poco.
Me froto los ojos y la cara hinchada por los golpes.
—Ya voy—murmuro y ella me deja.
— ¿Por qué estaba ella en la ciudad?—pregunto, fijo en las baldosas del suelo.
Niego, sin abrir la boca. Quiero decirle que no es su culpa, en realidad es toda mía por
consentir tener algo con Bianca. No soy bueno para la gente, debí haberme aferrado a los
errores del pasado y no permitirme un acercamiento con ella. Al final, no es como ella decía.
Alejarme de las personas sí cuenta como protección.
—Nadie tiene la culpa—se entromete Max, caminando hasta la otra cama y dejándose
caer—. Los únicos que deben pagar por esto son ellos, los viejos… tienen que morir.
Por supuesto, los que pudieron escaparse tuvieron que ser los que más quiero cargarme.
Al menos me deshice de uno, Víctor. Y saber que todavía quedan tres allí afuera, sólo me
enfurece más. Sin embargo, lo que menos deseo ahora mismo es salir a cazarlos. Sólo… lo único
que necesito es saber sobre Bianca. Nada más.
El teléfono de Adela vibra por la entrada de una llamada y ella le pide a Max que lo
atienda. Él, al saber que es Godoy, lo coloca en alta voz para que todos escuchemos.
—Estuvo muy cerca de resultar una sobredosis—es lo primero que deja ir, me encojo por
dentro—. Le hicieron un lavaje pero la sustancia ya había llegado a la sangre, así que no ayudó
mucho. Ahora está dormida, estable, le dieron un calmante para los fuertes dolores de cabeza y
la taquicardia. Si tenemos suerte...—se detiene para tomar una bocanada de aire— si tiene
suerte, tal vez no recuerde lo que le hicieron cuando despierte…
Pestañeo para alejar el líquido que se amontona en las cuencas de mis ojos y alzo la
vista para ver a Max que tiene el ceño fruncido. Adela sorbe por la nariz, aunque no se detiene
de cocer mi herida, hasta que casi está lista.
—Voy a ir para allá, Nacho se va a quedar con ella—murmura—. Y más vale que ese
hijo de puta esté ahí cuando llegue.
Voy a enfrentar mi destino. Así fue el trato que hicimos, y yo cumplo y pago todas mis
deudas. No nos llega nada más de su parte, sólo el click del final de la llamada. Adela y Max
suspiran al mismo tiempo e intercambian miradas perturbadas.
Me relamo los labios, porque están tirantes y cortados, pero mi lengua es como lija y no
ayuda en nada. Entreabro un poco los ojos, consciente de que alguien se encuentra sentado
justo a mi lado.
Mis cuerdas están gastadas, como si hubiese estado gritando sin parar hasta
estropearlas.
—Sí, acá—se apresura mi acompañante para llevarme el borde de un vaso a los labios.
—Sí—respondo, monótona.
Mentira. No estoy bien, estoy rota de alguna manera retorcida, y todavía tratando de
juntar mis pedazos. Pero a eso nadie tiene que saberlo, ni siquiera podría explicar cómo me
siento. Es como… como si me hubiesen cambiado de cuerpo. No me siento yo misma.
—Lo siento—susurro.
—No digas esa mierda, Bianca—me arroja, enojado—. No quiero volver a escucharte
decir algo como eso porque… porque te juro que… que—se atasca.
Brinca fuera de la silla y se aleja al rincón opuesto a la cama. Lo veo apoyarse contra la
pared para intentar tranquilizar su respiración acelerada. También sé que está escondiendo
algunas lágrimas y eso hace que las mías también salgan.
»Entonces, este tipo… ¿Max? Se comunicó con ellos, para avisar que acababa de llegar y
estaba bajando del avión. Nos indicó algunos lugares donde esos enfermos podrían haberlos
llevado, se nos unió lo más rápido que pudo… lo demás, ya lo sabes. Sólo… nos hubiese gustado
llegar antes.
Asiento y desvío la mirada lejos de él y sus lamentaciones. Lo hecho, hecho está, ¿cierto?
Está bien. Estoy sana, ¿no? Estoy físicamente completa, no importa si me siento perdida o como
si existieran cicatrices profundas adentro, en algún lugar. Voy a superarlo. Sí, siempre y
cuando…
Mi hermano regresa a la silla y me agarra la mano para calentarla entre las suyas.
—No sé—contesta—. Está con Adela y Max, por lo que entendí… Y Santiago fue para
allá, pero no dijo dónde…
Me tenso.
Estoy hiperventilando para el momento en que se rinde y decide tratar con el de Adela.
— ¡Adela!—suspira cerrando los ojos con alivio—. Gracias a Dios… decile a Santiago
que pare lo que sea que tiene en mente hacer… ¡Bianca se está volviendo loca ahora mismo,
apenas puedo lidiar con ella! No es saludable que esté preocupada…
Nacho me sostiene la mirada mientras Adela habla del otro lado, puedo escuchar desde
acá sus palabras alteradas y temblosas. Si ella está desesperada, entonces lo que está
ocurriendo es grave. Me lanzo contra mi hermano, robándole el aparato.
Gruño.
— ¿El qué? Oh, es muy sencillo—lloriqueo, de repente—. Yo fui la idiota que cayó en la
trampa, y no conectó ni dos neuronas. Fui yo quien lo complicó todo. Ahora necesito que lo dejen
en paz, porque él es la única persona que me hace bien. Sólo nosotros dos podemos ayudarnos
mutuamente a salir de esto—sorbo, mis manos tan inestables que el teléfono se me resbala.
Por un momento ella no devuelve nada, está respirando con dificultad, debatiéndose por
dentro. Sé que está de mi lado, y también apuesto a que sólo ella puede frenar a Santiago.
—Más vale que cuando despierte él esté justo aquí—exijo, llena de veneno, al estar solos
de nuevo.
JORGE
Me dio opciones. Me avisó que si no me levantaba, que si me quedaba en el suelo, me
dejaría en paz. Pero si me alzaba sobre mis pies, me mataría. Elegí pararme, enfrentarlo.
Tomar todo lo que tuviera para darme. Godoy está fuera de sí, y cada golpe que recibo es más
letal que los anteriores. Sus puños son de acero, confieso que nunca me dieron una paliza igual
a esta. Hay sangre por todos lados y ni siquiera puedo oír con claridad. Lo que agradezco
porque no podría aguantar el llanto de Adela que se acurruca contra el rincón, viendo a su
novio destrozarme. Lo ha intentado de todo para detenerlo, y se le rompió el corazón cuando él
la miró como si no la reconociera.
Escupo una gran bola de sangre y saliva, al mismo tiempo que más líquido carmesí
chorrea por todo el suelo. Creo que me ha roto el tabique, y también sé que se está divirtiendo.
Que esto no es lo mejor que tiene. Pero como no estoy dispuesto a tomar represalias, es lo
mismo. Lo haga de la forma que lo haga, lo tomaré y al final, le dejaré ganar.
Ya no puede desfigurar más mi cara por lo que pasa a mi estómago y costillas, soy
expulsado hacia atrás y choco contra la pared. Las heridas con puntos en mi espalda se sienten
como si rebalsaran desde dentro, estoy seguro de que están volviendo a sangrar. Me limpio las
líneas rojas bajo mis orificios nasales y los labios con el antebrazo. Godoy arremete de nuevo
contra mí pero ésta vez alguien interviene.
Max.
Él había salido afuera porque Godoy lo echó nada más llegar, sin muchos miramientos.
Adela y él quisieron protestar, pero era mejor obedecer si no quería terminar como yo. Parece
que el llanto de Adela lo ha llamado y alterado, supongo que ya no pudo aguantarse. Ahora sí se
ha dado el permiso para entrometerse.
Max lo observa fijamente con expresión dura. Me las arreglo para murmurarle que le
deje terminar lo que comenzó conmigo y él se da la vuelta para fulminarme.
—No voy a quedarme de brazos cruzados—dice, y saca dos cuchillos de sus vaqueros
cuando Godoy da un paso en su espacio personal—. No voy a dejar que hagas esto más. Ya le
has dado suficiente.
— ¿Por qué? ¿Qué te interesa? Lo odias—escupe el otro, flexionando los dedos hinchados
y ensangrentados como garras.
—Me interesa, y… ya no lo odio—indica Max, seguro—. Paro esto porque estoy seguro
de que si sigues te vas a arrepentir…
—Le duele igual que a vos, viejo—sigue metiéndose Max, ahora suena ronco y lleno de
alguna emoción que no reconozco, tampoco alcanzo a verle la cara desde mi posición—. ¿Crees
que le importa el daño físico? Ya ha demostrado que no. Está destrozado por dentro, le da
exactamente igual. No necesita más castigo, ya hay lo suficiente en su interior…
Adela agacha la cabeza y se seca la cara, noto el estremecimiento de sus hombros, lo que
indica que no ha parado de llorar.
—Le duele, porque la ama. Justo lo mismo que estás sintiendo—pincha mi hermano,
todavía trabajando en apaciguar al tipo ensañado—. Así que, ya es suficiente. Se acabó. Lo
mates o no, nada va a borrar lo que le hicieron a Bianca.
Detrás de la hinchazón de mis párpados se acumula agua, y si siquiera hay lugar para
ella por lo que comienza a escapar por si sola. Silenciosamente. La chica sorbe, encuadra los
hombros y se arrima, consiguiendo la mano de Godoy, entrelazando los dedos. Por primera vez
desde que lo conozco da indicios de resquebrajarse, afloja los músculos y baja la mirada al suelo.
»Si algo como eso me pasara… serías lo único en el mundo que me mantendría cuerda.
Serías mi única salvación, ¿lo sabes? Por favor, termina esto, no le hace bien a nadie… No te
ayuda a calmar el dolor, tampoco. Lo único que va a darte paz es verla florecer de nuevo, y él es
el único capaz de lograr eso… Déjalo ir a ella.
Me encojo, dándome exactamente igual. Pone a correr el agua a la par que me quito los
pantalones.
—Creo que mejor será hacerte atender en el hospital cuando vayas a ver a Bianca—
comenta, sentado en la tapa del inodoro, cruzado de brazos—. Tus heridas se ven muy mal, y tu
nariz necesita un… empuje—sopla.
Me apoyo contra la pared al manifestarse un mareo y bajo la cabeza para que el agua
caliente me golpee la nuca. Ni siquiera me doy cuenta de que formo un intento de sonrisa
muerta hasta que todos los músculos de mi cara se contraen dolorosamente. Tengo que
reconocer que este tipo ayuda a bajar un poco los niveles de tensión. Le concedo eso, al menos.
***
Llegamos una hora después al hospital, luego de que Adela volviera a coser las heridas
de mi espalda. Una vez allí, soy atendido por un par de enfermeras que se encargan de todos los
golpes y de bajar la hinchazón en mi rostro. Hacen una pequeña incisión encima de mi parpado
para que la sangre acumulada salga y pueda ser capaz de ver con más claridad. Las dejo
trabajar sin tomarlas en cuenta, teniendo la vista fija en la nada. Mi piel escuece y mis ojos
arden por ver a Bianca. Y del miedo por el estado en el que vaya a encontrarla. Aterrado.
Al salir de la salita, no tanto como para decir “como nuevo”, pero sí bastante más
completo, Max se levanta de su asiento donde había estado esperándome y me lleva unos pisos
más arriba, a la habitación. Me muevo con dureza, tensionado por el dolor, aunque me tomé los
calmantes que me recetaron abajo. Realmente me veo y me siento como si un tren me hubiese
arrollado y cortado al medio. En el pasillo nos topamos con Adela y Santiago, acompañando a
una pequeña mujer de pelo corto y ojos azules. Tan azules como los de Bianca. Al caer en la
cuenta de quién se trata, me envaro por dentro, sintiéndome más culpable por tener que verla a
la cara sabiendo lo que le sucedió a su hija por mi culpa. Ella da un paso atrás al notarme, sus
ojos llorosos tan grandes y alarmados que bajo la mirada al suelo. No dice nada y yo siento
como que no debo quedarme callado e ignorarla. Amo a su hija, de alguna manera me encuentro
deseando su aceptación.
Asiente rápidamente.
No toma mi mano, por lo que retrocedo una baldosa para darle espacio, parece que mi
cercanía la obliga a hiperventilar. En cambio, hace un movimiento que nadie espera, y me toma
completamente por sorpresa: me abraza. Pasa sus cortos brazos alrededor de mi torso
magullado y se apoya contra mí suavemente, con cuidado, detiene el aliento hasta que me
suelta, con palmaditas en mi espalda baja. No lo puedo creer, de hecho, ninguno, ni siquiera su
hijo puede dar crédito de ello. Adela la mira como si la admirara, y Max casi esconde una
sonrisa. La señora se aleja, colocándose contra la pared sin decir nada más. Parece que se tragó
el miedo por mí e hizo un esfuerzo para reconocerme. Por su hija.
Tomo una temblorosa bocanada de aire, afectado hasta el punto que casi me derriba un
mareo. Pongo algo de distancia del grupo, apoyando mi hombro bueno contra la pared. Justo en
ese instante, la puerta del cuarto se abre y una copia más suave de Godoy sale, cerrándola con
serenidad. Tiene los ojos rojos, la piel pálida y sombras moradas bajo la mirada. Drenado por la
situación, se voltea hacia los demás sin reparar en mí.
—Se durmió hace como una hora—los pone al tanto, y se fija en su hermano—. Imagino
que no te habrás pasado de la raya con…
Se frena cuando todos me buscan con la mirada, haciéndole notar que me posiciono
justo detrás de él. Gira y conectamos por primera vez. Su rostro no deja entrever nada,
descubro que es bastante bueno escondiendo lo que piensa. Después de dedicarme una sonrisa
torcida y agotada, avanza, tendiéndome la mano. La estrecho sin dudar, brindándole respeto.
Bianca me ha contado mucho sobre él, me caía bien incluso antes de conocerlo.
—Sos un poco más grande y rudo de lo que me imaginé—comenta, y sonríe—. Creo que
voy a pasar de llamarte Jorge. Me gusta más Mole, te queda. ¿Has visto los Cuatro Fantásticos?
Si pudiera gesticular estaría levantando las cejas hasta por encima de mi frente,
confundido. Únicamente soy capaz de entrecerrar un poco los ojos. Su comentario es de lo más
extraño que me ha ocurrido. Uno no pensaría que actuaría así en una situación tan crítica como
esta. Entonces, me doy cuenta de que su actitud se parece demasiado a la de su hermana.
Realmente… muchísimo.
—No sos una chica… y estás a punto de mearte en tus pantalones igual—comenta
Adela, cruzada de brazos con expresión aburrida, sus ojos aun rojos por todo lo que ha llorado.
Me muero por entrar en la habitación, pero Nacho dijo que Bianca estaba pacíficamente
dormida y no quiero molestarla. Además, siento que necesito un pase válido de parte de algún
integrante de la familia. Un permiso. Así de inseguro me encuentro. Como si no tuviera ningún
derecho a ella.
Casi grito cuando un alarido agudo, profundo y terrorífico nos llega desde adentro del
cuarto. Me lanzo hacia adelante, en dirección a la puerta, al mismo tiempo que los dos
hermanos y la madre. Todos reparando en el pánico que deja salir Bianca, desgarrando su
garganta. Nos frenamos al mismo tiempo, mirándonos, esperando que alguien se decida a dar el
paso al frente. No voy a ser yo, claro. La familia primero, ¿cierto? Los dos hermanos se
adelantan, e instantáneamente la mamá los frena.
La observo casi con la boca abierta, y ambos tipos se miran entre ellos, tratando de
estar bien con su orden. Godoy aprieta la mandíbula y da la media vuelta de regreso a su
mujer. Nacho se frota el punto entre los ojos y asiente de mala gana. Al final, me dejan la vía
libre para pasar. No puedo estar más agradecido con esa mujer, tanto que los ojos se me llenan
de agua. Sí, lo sé, estoy lloriqueando demasiado últimamente.
Ella se quita el brazo desnudo de los ojos y me mira, al fin. Deja ir un jadeo, luego lo
estira hacia mí, mostrándose como una niña asustada. Tomo su mano y me inclino para besarle
la frente.
—Hola…—le quito el pelo de la cara, me siento al borde de la cara para secarle las
lágrimas—. ¿Una pesadilla?—trago antes de desmoronarme.
Agarra tan fuerte mi muñeca que siendo sus uñas anclarme. Pestañea, todavía
sollozando.
Asiento, preocupado, mientras tironea para llevarme abajo, contra ella. Le permito que
me rodee el cuello, y entierre su rostro mojado en mi hombro. Me duele, pero no tanto como el
caos entre mis costillas. Entierro los dedos en su pelo.
—Pensé que se habían terminado—dice, suspirando—. No tenía uno desde antes de…
de que comencemos a estar juntos… Y era-era porque me sentía feliz…
La levanto un poco para rodearla con mis brazos, sosteniéndola. Tragándome el bulto en
las cuerdas vocales, respirando su aroma para meterlo bruscamente en mi sistema. Dios, la
necesito tanto. Y necesito tanto verla sonreír de nuevo.
Se estruja tanto contra mi calor que entierra los dedos en mis omoplatos, quitándome el
aire por unos segundos a causa de las heridas. No importa… estoy bien. Lo estaré siempre y
cuando sea por ella.
—Dejé que me tocara—llora—, no luché… No pude. Permití que hiciera lo que quisiera,
y-y… y a mi cuerpo le gustó—se estremece, asqueada, atormentada—. ¡Me gustó! No quería, lo
juro, yo no quería… estaba tan mal, me robó todo… no pude elegir, ni defenderme… ¡Lo odio!
¡Odio esto! ¡Odio mi cuerpo!—chilla y se retuerce, llena de rabia y dolor.
La separo un poco para que me vea los ojos, despejo su vista. La obligo a mirarme, a
creer de verdad lo que voy a decirle.
—No te gustó. La droga hizo el trabajo, eso no significa que lo aceptaras—comienza a
negar y el brillo desesperado en sus ojos me mata por dentro—. Nunca te tuvo… no le cediste
nada, y sí luchaste. Lo hiciste, y fuiste fuerte. Te amo—gruño, negado a llorar—. Te amo. Y
vamos a salir de esto, juntos.
—Él no me tuvo…
—No—le aseguro.
Me dedica una pequeña sonrisa y suspiro, cerrando los ojos para volver a besarla.
BIANCA
Me dan el alta esa misma noche, ya que me siento muy bien físicamente, sin más
efectos secundarios de la maldita droga. Mamá se niega a que me quede en otro lugar que no
sea su casa, incluso deja que Jorge viva ahí conmigo. Acepto, porque si estaba dispuesta a poner
una excusa era sólo por él. Así que todos terminamos ocupando habitaciones en la casona, él y
yo dormimos en mi cama. Adela y Santiago en la antigua pieza de él, la que mamá se ha
ocupado de mantener igual a través de los años. Nacho también elige tomar su viejo cuarto, y
no regresar a su departamento de lujo. Mamá parece contenta de que estemos todos a su
alrededor. Ahora puedo entender que tal vez se sintió sola cuando yo me marché de “viaje” y mi
hermano se independizó. Me siento egoísta por no haber pensado en ella ni en una mínima
ocasión, ahora comprendo del todo aquella llamada desesperada de anhelo y melancolía, tantos
meses atrás. Pero ella insiste en que no ha estado sola, tiene un buen hombre que la ama de
verdad y la hace feliz. Sus palabras exactas. Por eso permite que el hombre del que me he
enamorado se quede en mi cama por las noches y me cuide en los días, a pesar de que
seguramente él no es ni de lejos lo que imaginó para su hija. Conjuntamente, me alivia y me
hace feliz que lo acepte, incluso después de todo lo que ha pasado. No lo culpa, aunque sabemos
que Jorge lo hace por sí mismo todo el jodido tiempo.
Estoy durmiendo demasiado, me paso la mayoría de los días tirada en la cama, tapada
hasta las orejas y en posición fetal. Me levanto sólo para las comidas diarias, porque todos
insisten en que tengo que comer. Lo hago, porque por supuesto no voy a ser esa mujer que se
deja morir. Yo sólo estoy tomando fuerzas, haciéndome a la idea de que nunca más voy a
olvidar lo que me sucedió. Meterme en la cabeza que puedo volver a tener mi vida de antes sin
inconvenientes, que si deseo, puedo superarlo todo. Estoy en una especie de pausa, y entiendo
que a ellos les preocupe que sea para siempre. Soy fuerte, esta depresión no va a ganarme. Lo
cierto es que duermo poco, los ataque son frecuentes, presentes noche tras noche y se debe al
infinito estrés. Sé que es hora de posarme sobre mis pies y caminar directo a terapia. Me
gustaría que mamá fuera mi psiquiatra, ella se negaría, claro, y me derivaría a un médico de su
mismo rango y confianza. Confío en lo que proponga, estoy dispuesta a ser una paciente fácil y
respetaré a mis médicos.
Paso cada noche acurrucada contra Jorge, que no desprende sus brazos de mí ni aunque
se estuviera muriendo. Él me ayuda al despertar de cada parálisis y me atiente hasta que soy
capaz de volver a dormir. Si él no estuviera a mi lado, estoy segura de que sería imposible
volver a cerrar los ojos después de cada episodio. Ahora las sombras que me rodean al tiempo
que estoy paralizada están dispuestas a agredirme sexualmente también. Las parálisis nunca
fueron más aterradoras y dolorosas como las actuales. Creo que me va a costar muchísimo
superarlas. La clave para combatirlas es sencilla, descubrí en el período que viví en el recinto
junto a Jorge: sentirme bien conmigo misma, también conforme y feliz con mi vida. Y no
esperar que venga una a la hora de meterse en la cama. Va a pasar un tiempo hasta que me
sienta capaz de hacerlo, lo sé, únicamente puedo confiar en que saldré adelante. Siempre y
cuando Jorge esté a mi lado. Después de esto no puedo pensar en una vida sin él, lo necesito
demasiado. Y dependo completamente de su presencia. Dios no quiera que la vida lo aleje de mí,
simplemente me moriría.
Hoy se cumplen tres días desde que nos mudamos con mamá, y no tengo ni idea cuándo
nos iremos. O si lo haremos alguna vez. Todavía no me siento como si pudiera volver al recinto,
agreguemos que no quiero que nadie más sepa de mi situación. Quiero ser la vieja Bianca a la
hora de reencontrarme con todos.
Jorge sale de la cama y les da tirones a las cortinas para que el sol ilumine el cuarto.
Con la claridad me doy la vuelta para enfrentarlo, tomando nota de su cuerpo. Sus heridas
están mucho mejor, todavía en proceso de curación. Su cara ya no es una masa hinchada y roja,
ahora está teñida de morados y zonas un poco verdosas. Su nariz se ha llevado la peor parte,
todavía parece modificada bajo la pequeña bandita que le cruza el tabique. Ellos le dieron una
buena paliza, y mi hermano se encargó de empeorarlo. No sé cómo responder ante eso, estoy
enojada, no he permitido que ingrese a mi habitación. Por más que sé que le hiero con mi
actitud, gradualmente iré perdonándolo. Yo siempre perdono a la gente que amo. Estoy enojada
porque no pudo dejarlo en paz como se lo pedí, y tuvo que agravar sus heridas.
Jorge se voltea en mi dirección y consigue sus pantalones desde una silla. Lo observo
vestirse, sin perderme el detalle de que ya no duerme desnudo junto a mí, incluso usa camiseta
con su bóxer. No sé qué pensar sobre eso. No puedo evitar creer que quizás nunca más quiera
tocarme de nuevo. No sexualmente. Trago mi angustia, acepto su cercanía cuando viene a mí y
me planta un pequeño beso en los labios. Pregunta si me siento bien y si prefiero bajar a
desayunar. Observo fijamente sus grandes manos buscando las mías, encierra mis dedos fríos
en sus palmas. Le pregunto si está bien con enviar a alguien que me lo traiga a la habitación.
Está de acuerdo, y no se me pasa desapercibida la sombra que cruza sus ojos dorados. Lo dejo
marchar a la cocina y me enrosco mucho más en las mantas, volviendo a caer en un leve sueño,
con el sol dándome de lleno en la cara.
No estoy segura por cuánto tiempo permanezco así, tal vez una media hora o cuarenta
minutos. Hasta que algo se interpone entre los rayos y yo, provocando que separe los párpados
para saber qué. Pestañeo varias veces, notando un pequeño niño de cabello castaño claro y ojos
de oro fundido mirándome con atención. Mi boca se abre.
—Cuando sea grande voy a ser piloto de avión y de motos—comenta, mirando alrededor,
a la habitación colorida—. Es linda tu pieza…
—Son los colores del arcoíris—le cuento—. Cuando tengas la tuya podemos pintarla así.
—No, es de chica…
Ahora si se me escapa una risa ronca. Y se siente como si no hubiese reído por años y
años. Como algo completamente nuevo y que poco tiene que ver conmigo, cuando yo era la reina
de las risitas. Eso me causa una dosis dura de melancolía.
Sea cuando sea que nos mudemos a una casa. O… ellos se muden. Sin mí. Tal vez el
futuro con Jorge y Tony se convierta en una utopía a causa de mi deplorable estado. No quiero
hacerlos infelices. Trago, desviando la vista, al tiempo que los ojos se me inundan rápidamente.
El niño se remueve y siento sus zapatillas caer al suelo. Entonces está dentro de la cama en lo
que dura en pestañeo, tratando de mirarme a la cara. Me limpio rápido las lágrimas antes de
que las vea, pero es inútil, no es tonto y se da cuenta de que algo me sucede.
Una lágrima se me escapa y él la ve. Le sonrío y lo beso en la mejilla. Me hace bien que
esté acá conmigo. Muy bien. Es como si me curara el corazón.
—Bueno—dice como si se tratara de un secreto—. Está bien estar triste a veces, me dijo
la tía Lucre—cuenta, tomando un lugar en su lado de la almohada.
—Podemos mirar Dibu y comer pochoclos para que te pongas feliz de nuevo—sonríe,
orgulloso de su propuesta.
Me rio por lo bajo, secándome las últimas gotas y lo abrazo, apretándolo contra mi
pecho. El olorcito de su pelo me envuelve y casi se me detiene el corazón porque me permite que
lo sostenga contra mí sin chistar.
—Es una buena idea, peque—estoy de acuerdo—. Después del desayuno vamos a bajar
a hacer pochoclo, ¿te parece?
Y nos quedamos así hasta que su padre sube con mi café con leche y medialunas. Me
ilumina por dentro ver cómo le brilla la mirada al vernos acurrucados en la cama, esperando.
Tal vez haya esperanza para los tres después de todo.
CAPÍTULO 24
JORGE
Abandono la habitación de Bianca reteniendo el aliento en mi pecho, cierro la puerta
con cuidado sin siquiera hacer ruido. Verla con Tony casi me pone de rodillas, si no hubiese
estado llevando una bandeja en las manos seguramente habría sucumbido y caído. Tampoco
quería ser dramático y asustar al chico con mi inestabilidad mental, él se veía muy contento de
venir. Al verme, soltó la mano de León y corrió a mí, aferrándose a mis piernas. Lo levanté en
brazos y lo rodeé, y él me apretó el cuello. Nunca habíamos estado así de cerca, además de la
última vez que lo vi, la mañana de nuestra despedida. Se siente como si hubiese pasado una
eternidad. No perdió tiempo en preguntar por Bianca, y lo llevé arriba para verla. Lo dejé
entrar en el cuarto, y les cedí privacidad. Confié en que su conexión con ella la ayudaría. Y no
me equivoqué.
Él levanta los ojos a los míos cuando me nota en la arcada de ingreso a la cocina.
—Mira… tengo una situación grande entre manos ahora. Me acabo de reencontrar con
mi hijo y realmente lo único que hay en mi cabeza ahora es mi familia. Sólo él y Bianca. Espero
que sea importante, porque…
—Me encantaría haberlos conseguido yo, pero no—se aclara la garganta—. No puedo
decir nada más. Todo se sabrá en su debido momento. Ahora, lo que importa de verdad es que
tenés la venganza servida en bandeja de plata, ¿vas a rechazarla?
Ni siquiera pestañeo.
Subimos en uno de los coches alquilados, Max al volante. Yo a su lado y el resto atrás.
El portón de entrada a la casona se abre cuando el tipo de la seguridad nos ve acercarnos.
Salimos a la calle, tomando rutas que nos llevan directamente a los barrios más bajos. La gente
alrededor mira el coche caro con el ceño fruncido, desconfiada y molesta. Y estoy tan
desesperado por lo que estoy a punto de encontrar que me da igual. El vehículo es aparcado a
las afueras de un galpón que parece abandonado y no hago más que bajarme que un olor agrio a
suciedad se purifica en mi nariz. Asqueado, observo los alrededores tratando de conseguir una
señal sobre algo. Cualquier cosa, lo que sea. Alcanzo a ver un par de tipos alrededor,
reconociéndolos como los que Max trajo con él al decidir venir a darme una mano con mi misión.
Están vigilando discretamente, atentos a nuestras presencias, saludándonos con leves
cabezaditas.
Los cuatro avanzamos hacia la entrada del galpón y Max abre el candado del portón de
doble hoja de chapa oxidada. El sonido al abrirse es ensordecedor y crea ecos que pinchan los
tímpanos, demostrando que el interior es hueco y vacío. Oscuro. El inconfundible olor a
humedad nos golpea, no me importa. No me afecta. Porque estoy viendo a tres tipos gordos
tirados en el suelo, sobre sus redondos estómagos borrachos. Tienen las manos esposadas en la
espalda y los pies atados con cadenas soldadas al suelo. No se pueden mover, porque alguien se
ha encargado de enroscarlos tal como ellos hicieron conmigo. Con púas. Son ellos, malditamente
son ellos. Y no sé cómo mierda Max los ha conseguido.
—Ya lo dije, se va a saber en el momento indicado, no antes—se aleja hasta una mesa
destartalada que tiene dos cajones de herramientas encima.
Niego, obviamente de acuerdo con su punto. Tiene toda la razón, sea quien sea, me ha
dado a estos tres tipos—los que le faltaban a mi rompecabezas—serviditos en bandeja sólo para
mi disfrute. Sólo para mi venganza. La que ahora se ha multiplicado, luego de lo que Bianca
tuvo que experimentar. Ninguno de ellos deseará haber nacido dentro de los próximos diez
minutos. Ellos se metieron con la gente que amo. Amenazaron, buscaron y me quitaron a
Cecilia. Intentaron lastimar a mi hijo. Y por último, rompieron a la mujer que amo. A la chica
más dulce y feliz que he conocido en mi vida. Al ser más puro y angelical. Y la redujeron hasta
que sólo es capaz de estar tirada en una cama en posición fetal, buscando entre las sábanas una
razón para levantarse y vivir. Y ahora puedo hacerles pagar por ello. Por todo.
Lo haré. Con creces y sin vacilar. Tal vez esto no devuelva el brillo a los ojos de mi
mujer, pero al menos podré prometerle un futuro en paz, sin que ninguna de estas lacras
amenace nuestra existencia de nuevo.
Sin quitar los ojos de mi hermano, destrabo ambos baúles sabiendo de ante mano lo que
encontraré dentro. Por supuesto, objetos de tortura. Revuelvo allí, interesado en todo, sabiendo
que voy a usar cada uno. Especialmente éste, el mismo que engancho en mis dedos y levanto
para estudiar de cerca. Sonrío. Max traga.
—Eso…
Y sé exactamente para qué sirve. Me viene como anillo al dedo. Lo sostengo, probando el
peso del hierro, es una excelente pieza. Creo que es ideal para plantar miedo, sólo que ésta vez
la voy a usar para provocar dolor. Para hacerles rogar que acabe y los mate de una puta vez.
Acatan órdenes sin demorar, León y Max tomando la delantera. Al mismo tiempo me
dirijo al que elegí y le libero las piernas para arrastrarlo donde lo quiero, sentado contra la
pared. Me gusta el sonido de sus quejas, a causa de las púas removiéndose y perforando sus
pieles. Están semidesnudos, llevando sólo un pantalón. Apenas se pueden mover.
Mientras me entretengo, el resto mantiene con la cabeza elevada a los otros dos para
que no se pierdan nada. Godoy permanece de pie, en el mismo lugar donde lo vi por última vez.
Cruzado de brazos, seguro esperando el momento justo para intervenir. Sabe que voy a darle
lugar en esto, porque él también quiere vengar lo que le hicieron a su hermana.
— ¿Fuiste vos quien tocó a mi mujer?—pregunto, devolviendo mis ojos a los del viejo
baboso y hediondo.
Suelta una carcajada burlona y la Máquina se tensa al mismo tiempo que yo. No le
permito que me llegue hondo. No le doy el gusto.
No sonríe cuando lo fuerzo a abrir la boca y enchancho una de sus paletas delanteras
con una pinza. No sonríe cuando la hago bailar un poco, aflojando la pieza. Y, por supuesto,
tampoco sonríe en el momento en que le doy el tirón. El grito retumba, y todos menos sus
compañeros, lo recibimos como si fuera música de la buena. Me río a carcajadas, Max me sigue
el juego. No espero más, consigo el diente de al lado, y recibe el mismo destino que el anterior.
Lágrimas de dolor caen de los ojos del bastardo, que se retuerce mientras dejo caer sus
primeros cachos en su regazo.
Pestañea despejando su enfoque en mí, está pálido y verde, como si fuera a vomitar.
Sangre y más sangre se desprende de los orificios donde antes estuvieron sus negros dientes.
— ¿Qué era lo había hecho para merecerlo?—finjo pensar, aunque no hace falta porque
recuerdo todo como si hubiese sucedido ayer—. Ah, se había olvidado de comprar tu cerveza…
tu amada cerveza…
No puedo creer que conviví tanto tiempo con estos hombres. ¡Carajo! ¿Por qué no los
maté? ¿Por qué no frené cada maldita locura que les veía cometer? Nunca voy a entender cómo
es que fui tan débil, tan estúpido de quedarme con los brazos cruzados. Puede que fuera un
adolescente de mierda, pero llevaba siempre un arma y podría haberla usado. Debería haberla
usado. Debí haber sido más valiente.
Jadea y se remueve, el terror agravando su mirada roja y húmeda. Está respirando con
dificultad, y casi que podría estar al borde de un infarto. No creo que ese jodido corazón lo
aguante todo, ha tenido una vida llena de excesos. Encuentro su miembro oloroso bajo toda esa
masa de grasa peluda que tiembla como gelatina. Me cercioro de que sus amigos estén siendo
testigos de primera fila, porque quiero que sepan bien lo que les espera.
—Sublime—sonrío, y amo saber que el tipo a mi disposición está temblando ante lo que
le han hecho a su compañero—. Hermoso, de verdad. Increíble.
El segundo párpado es tratado con la misma amabilidad, por lo que somos aturdidos por
más gritos. Ahora se agregan los lloriqueos de los otros dos hombres. Esto, antes de enviarme
una oleada de piedad, me dan más ganas hacerlos retorcer en miserias. Claro que cualquiera es
macho con gente más débil, ahora que están del lado receptor se mean en sus pantalones. Los
demás obligan a esos otros dos maricas a mirar mi trabajo. Y tengo que reconocer que me
encanta esta audiencia, así que... consigo unas oxidadas tijeras de podar y las ajusto a la mitad
del pequeño pene flácido de Cacho. La cierro en un chasquido, dispuesto a no perder más
tiempo. Un chillido es ahogado a mitad de camino a causa del vómito que sale disparado de su
interior.
—No puede soportar que su pequeño pito, se haya vuelto aún más pequeño—me burlo,
mientras todos se inquietan de alguna forma.
Los viejos luchan y los que están de mi lado responden. Cacho no se ha desmayado para
mi suerte, porque quiero seguir jugando con él. Una última cosa mientras sus genitales se
desangran. Le muestro los dientes.
—Tranquilo, lo que viene no puede ser peor que castrarte, ¿no?—le palmeo el hombro.
Saco la cosa en forma de pera de mi bolsillo trasero y la agito delante de él. Lo obligo a
abrir la boca para encajarla en su lugar, luego comienzo a pasearme. Levanto el primer dedo.
—Torturaste cada mujer que tuviste—le doy una rosca al artefacto y la cosa se abre un
poco, lo suficiente para hacer que los ojos se salgan de sus órbitas, alarmados. Segundo dedo—
reclutaste niños para unirlos al clan y convertirlos en guerrilleros de la calle, con droga como el
único suministro de alimento—otra rosca—. Mataste gente inocente—tercera ventaja.
La pera suena como un pesado engranaje, como una caja de la muerte a cuerdas. Y no
habrá una muñeca bailarina en el centro al final de todo. Sus muelas son las primeras en
aflojarse, desencajarse y saltar hacia afuera. Y sus gritos son ahogados a través de su garganta
obstruida.
—Y… lo que más me vuelve loco y furioso—le doy más cuerda a la pera, mirando
fijamente cómo se abre, aflojándole cada diente que queda, desencajándole cada hueso de la
mandíbula—. Tocaste a la madre de mi hijo, participaste en su tortura, la violaste, la
mutilaste—rosca, rosca y más rosca, él comienza a sacudirse, incapaz de tomar todo el
tamaño—. La degollaste. ¡Le quitaste la madre a mi hijo! Jugaste con la vida de una pobre
mujer inocente y fuiste a por un niño que nada te había hecho.
—Esto es sólo el comienzo—les prometo, mirándolos a los ojos, lleno de una nueva
energía, dispuesto a cualquier cosa—. Lo que le hice a él, realmente no es nada. ¡NADA! Sólo
un juego de niños… voy a devolverles con creces cada maldito daño que han hecho, y después…
después… malditamente me voy a declarar vencedor...
***
Ya es de noche cuando abandonamos el galpón. Nos tomamos la venganza muy en serio,
más lenta y dolorosamente con los dos que quedan. Me esforcé mucho en no volver a perder el
control, porque quería que sufrieran lo indecible. Godoy y yo estuvimos al frente, en algún
momento nos pusimos a la par, trabajamos juntos en lo que queríamos, ambos desarrollando los
mismos propósitos. Sufrieron. Mucho. Con cada diente, cada uña, cada pedazo de piel y carne
arrancado. Tengo que reconocer que Godoy es muy bueno en ello, tiene sus conocimientos y se lo
toma muy a pecho. Mejor que yo, que tuve que frenarme y mantenerme frío, cediéndole tiempo
para que él tomara la delantera. No sé cómo lo hace, es admirable. Yo apenas podía pensar con
detenimiento, sabiendo que les estaba haciendo pagar por todas las brutalidades que habían
hecho y estaba a cada minuto que pasaba más desesperado. En especial por las horribles cosas
que les hicieron a la gente que amaba. Y amo. A Cecilia. A Bianca. Junto a la certeza de que
estaban dispuestos a arrebatarme a mi hijo de tres años cruelmente. No podía dejar de pensar
en el dolor que nos causaron.
Puede que la venganza no sirva. Tal vez no me libere de la culpa y el dolor por haber
perdido a Cecilia y poner en peligro a Bianca. No se va a llevar el trauma que la última tuvo
que vivir hace unos días atrás. Pero al menos resiste la seguridad de que nadie más va a
volverle a hacer daño, que nunca nos amenazarán de la misma manera otra vez. Y eso es una
gran fuente de alivio. Con el resto, sólo podremos ir trabajándolo poco a poco. Somos capaces de
curar esas heridas, confío. El tiempo nos volverá a traer cosas buenas. Bianca sanará, porque
haré lo que sea para ayudarle. La amaré con cada pedacito de mí, cada día. Necesito creer que
Tony y yo seremos suficientes para ella.
— ¿Qué vas a hacer ahora?—me pregunta Max, de nuevo tras el volante—. ¿Qué pasará
con tu familia?
Cuando dice “familia” se me hincha el corazón y late con mucha fuerza. Una potencia
que se llama esperanza. En la actualidad soy capaz de advertirla y llamarla por lo que es.
Después de lo que acabamos de hacer, me siento libre. Libre para amar. Y me doy cuenta que
Bianca, Tony y yo somos una familia. Mi familia. De pronto estoy demasiado ansioso por
comenzar este nuevo camino junto a ellos.
—Algo así—asiento—. Y una vez que estemos listos, buscaremos un buen lugar para
asentar el nuevo clan—cuento, confiado—. Pero, siempre y cuando, estemos listos. No antes.
En silencio, vemos virar el coche hacia una nueva calle que nos lleva derecho hasta el
hotel. León propuso ir allí a quitarnos esta pinta, porque no creo que la señora Candelaria
aprecie nuestra actual presencia. Tenemos las ropas y manos manchadas de sangre y sudor.
Además no quiero que Bianca me vea así, no es necesario que tenga nada más que ver con la
violencia, de ningún tipo. Se ha terminado.
—Sí…—sonríe Max.
No puedo hablar así que sólo me quedo allí, sin creer que de verdad se ha terminado.
Que ahora, efectivamente, voy a poder perseguir mis proyectos. Tengo una mujer especial y
hermosa y un pequeño chico a los que cuidar. Y sé que puedo hacerlo bien. No dejo que la
emoción sobre todo ello me controle hasta que estoy bajo la ducha limpiando las pruebas de
nuestra libertad.
De regreso a la casona de los Godoy, nos chocamos con un aroma delicioso viniendo
desde la cocina. Allí encontramos a dos cocineras preparando una abundante cena, mientras
Bianca, Nacho y Tony están en el living tratando de jugar videojuegos. Bueno, ella está
acurrucada en el sofá, enroscada en una manta, viéndolos interactuar. Nacho enseñándole a mi
hijo su jerga nerd. Se están divirtiendo bastante, el niño excesivamente entusiasmado. Bianca
es la primera en notarnos al ingresar y se pone de pie sobre sus pantuflas, esperándome. Me
acerco y lo primero que hago es rodearla permitiéndole descansar en mi pecho cuando caemos
en los almohadones. Se acurruca en mi costado y cierra los ojos con sentimiento, sonriendo con
los labios cerrados. Su palidez sigue en pie de guerra profundizando sus ojeras. Al menos está
sonriendo un poco y eso me serena. Sé que la presencia de Tony la ha levantado, y estar acá con
todos la ayuda a no caer todavía más en la depresión.
Nadie jamás habría imaginado a Bianca Godoy siendo presa de esta oscuridad.
Ojalá lo hubiese conocido antes. Ojalá él hubiese sido el presidente del clan en el que
crecí y no el sádico de mi padre. Su sencillez y sensatez son dignas de admiración. Es evidente
que, con un hombre como él de nuestro lado, habríamos hecho cosas grandes. Y buenas, sobre
todo. Tal vez los Leones no sean santos, pero están varios escalones más arriba de las
Serpientes. Mucho más lejos de infierno que nosotros.
—Me gusta el sur, amo esos paisajes—dice ella, casi bostezando, luego me mira—. ¿Eso
es cierto? ¿Cuándo lo decidiste?
Peino su cabello largo con los dedos, enredándolos. Y no puedo quitar mis ojos de ella
por nada del mundo, viendo su interés en los planes a futuro.
—Hoy—le cuento, sonriendo apenas—. Lo decidí hoy. Creo que merecemos un tiempo
alejados de todo, unas pequeñas vacaciones. Y sé que te gusta mucho el sur, por lo que podemos
comprar una casa de vacaciones ahí, e ir algunas veces al año para estar cerca de los Leones,
¿qué tal?
Ahora su sonrisa es enorme y sus párpados se abren del todo, cuando antes estaban
caídos, como si no tuviera fuerzas ni para sostenerlos.
—No sé—me encojo—. Hay tiempo para pensarlo. Pero no vamos a copar el sur, no se
preocupen—rio—. Es de ustedes.
León se queja.
—Tiene una gran extensión, no somos los dueños. Hay espacio para todos—asegura,
guiñando.
—Aun así, creo que nos vendría bien algo cerca de la costa—propongo.
Adela pone los ojos en blanco y Bianca sonríe. Voy a contestarle cuando una de las
cocineras avisa que ya está servida la comida y todos nos levantamos para ir a la mesa. Asiento
a su petición con despreocupación, el chico me cae bien. Podría pasar algunos veranos con
nosotros, y eso hará feliz a mi chica. Y a Tony, que parece haberse pegado a él con devoción. Los
pequeños hermanos Godoy tienen algo que deslumbra a cualquiera.
La cena es espontánea y tranquila. Nacho y Max son los que más hablan, el resto
disfruta de sus ocurrencias. Seguimos considerando el futuro, en especial el nuestro y Bianca se
ilumina ante los planes. Le encanta la idea de tener un lugar sólo para nosotros y convertirnos
en una familia.
—Nunca pensé que realmente algún día hiciera planes para convivir con alguien—dice
al entrar en su habitación—. Antes, mi vida era muy predecible. Estaba segura de que
terminaría como una esposa trofeo de algún rico infeliz—suspira.
Y eso me enoja bastante. Que no esperara más de la vida, que no se animara a soñar en
que podría conseguir algo como esto. Un amor como el nuestro.
—No tengo dudas de que lo vas a hacer—susurra, encajando sus brazos alrededor de
mis costillas.
—No dudo de que vas a hacerme feliz—se aprieta contra mi pecho hasta casi dejarme
sin aire—. Pero… es que… no sé si yo voy a poder hacer lo mismo…
Sus palabras duelen tanto que mi estómago se revuelve, y comprimo la mandíbula para
no soltar una maldición que sea mal interpretada. Bajo toda la angustia por mi garganta antes
de hablar, porque quiero sonar seguro. Sólido.
—Sos todo lo que quiero, nena—le digo en el oído—. Todos los días agradezco haberte
encontrado. Soy un tipo afortunado, y no te merezco. Aun sabiéndolo, me haces tan
inmensamente feliz que no me importa ser egoísta y atarte a mí. Te necesito en mi vida, haces
que todo valga completamente la pena.
Beso su frente a la par que su mirada se humedece. Puedo leer el consuelo en sus
lágrimas, la creencia en mi seguridad. En mi promesa.
—Así fue—juro.
—Se siente bien saberlo. Es horrible, lo sé, pero se siente demasiado bien—tiembla.
Lo entiendo más que nadie. También me siento así. Liberado, sin más dudas y temores.
Ya no más escondites, no más estar vivo sin vivir. Nunca más demorar nuestras vidas,
dejándonos gobernar por la cautela y la paranoia. Ya no hay más amenazas.
—Me siento igual—la abrazo—. Como respirar aire limpio por primera vez, después de
tanto tiempo enterrado…
La dejo ir para meternos en la cama. Un rato antes, los dos acostamos a Tony en el
cuarto justo en frente del nuestro, esperando que estuviese dispuesto a dormir solo. Dejamos
una pequeña luz encendida, por si acaso se sentía inseguro. Nos acurrucamos juntos,
suspirando, Bianca en mi brazos. Y todo se siente como si volviera a estar en su lugar, justo en
el hueco donde pertenece.
Bianca me mira, expectante. Y tengo que esconder la sonrisa que quiere tirar de mis
labios, sólo dejo escapar un sonido resignado.
—Vení acá, chico—le doy permiso, haciendo lugar entre medio de nosotros—. Sólo por
hoy.
Bianca está sonriendo mientras permite al niño colarse bajo las sábanas.
Y los tres sabemos bien que es una blanda, Tony es su debilidad. El niño asiente,
encantado porque su pequeña treta ha funcionado tan fácil. Se acurruca, protegido por nuestros
calores y se duerme en dos pestañeos. Sintiéndose seguro y amado. Allí, al tiempo que los
observo dormir, me doy cuenta de que no sólo el niño nos necesitaba. Sino que a nosotros
también a él. Los tres nos precisábamos mutuamente, para ser envueltos por la verdadera
calidez de la familia. Así que… está bien que compartamos la cama.
Hace apenas dos días que viajamos al sur, y ha sido gratificante para mi estado de
ánimo. Por supuesto, existen muchas secuelas de mi terrible experiencia y ya he organizado la
primera cita con el psiquiatra al que mamá me derivó. Ella estaba muy reacia a dejarme ir,
pero sabía bien que era lo mejor para mí. Cuanto antes me asentara con Jorge y Tony, más
rápido sanarían mis heridas. Quedarme en su casa, en la ciudad, ocupando su espacio, me
recordaba todo el tiempo lo que me pasó. Sobre todo porque todo el mundo estaba pendiente de
mí día a día. Lo hacían cuidadosamente, sin ahogarme, sin embargo me sentía observada todo
el tiempo. Evaluada.
Las noches han sido la peor parte, mi subconsciente dormido es frágil y saca a relucir
mi experiencia. Los ataques no ayudan cuando cada noche me recuerdan a mi violador. No veo
caras, sólo sombras, pero ellas son él. Las manos que me tocan son de él. Y el aliento en mi cara
sólo lo relaciono con él. La imponente presencia de Jorge es mi consuelo luego de las pesadillas
y las parálisis, si no fuera por su causa yo no descansaría en absoluto.
Aun así, durante el día estoy estable, casi en la superficie del ser que fui antes de que
todo lo malo viniera. He vuelto a escuchar música, la disfruto al igual que la cocina. Puede que
todavía no haya ido a mi primera cita con el doctor, pero me siento lo suficientemente bien al
abrir los ojos por la mañana. Ya no paso los días escondida bajo los edredones de la cama, o
acurrucada en el sofá con mi pijama. Y es un alivio. Porque noto que eso apacigua a Jorge y
Tony. El primero ya no va de acá para allá pisándome los pies y preguntando si necesito algo
cada quince minutos. Es un avance.
Otra buena cosa fue decidir tener mi propio coche para llevar a Tony al jardín cada día.
Me hace sentir útil y ocupada. Y segura. Cuando antes no podía salir del recinto sin
guardaespaldas. Me tranquiliza el hecho de que Jorge esté tan liberado también, ensimismado
en planes para su clan. Además me ha dado el visto bueno para comenzar a invertir en sus
joyas, incluso ha estado rediseñando algunas. En el garaje de la nueva casa tiene sus
herramientas y estas dos últimas tardes se lo ha podido encontrar allí, trabajando. Me alegra
mucho verlo así: menos oscuro, más despreocupado. Hace que me enamore mucho más, si es
que eso puede ser posible. ¿Su sonrisa? Ha estado derritiéndome cada día. Eso, y la forma en la
que ha aprendido a interactuar con su hijo. Me hace soñar en que juntos vamos a poder
olvidarlo todo y seguir adelante.
Ambos tenemos mucho equipaje que separar de nuestras espaldas, tal vez él mucho más
que yo. Se siente muy culpable, es algo con lo que he estado tratando de luchar. Porque si bien
él es amoroso y atento, no me toca. No ha hecho ni un mínimo movimiento sexual en mi
dirección. A veces temo que sea porque ya no me desea como antes, pero me repito todo el
tiempo que tiene que ser la culpa que siente por lo que me sucedió. Porque está tan ligado a él.
En ciertas ocasiones me atrapa una intensa necesidad de sentirme deseada con fuerza, en otras
considero que quizás todavía no estoy preparada para permitir que me toque. Me frustra. Tanto
que no he parado de pensar en eso en el último mes.
El teléfono de línea suena mientras ambos nos encontramos limpiando los restos de la
cena de la mesa. Soy la primera en dejar lo que estoy haciendo para ir a atender, llego antes de
que Tony se entrometa. Le levanto una ceja alzando el tubo lo bastante alto para que no lo
alcance. Le guiño cuando gira de regreso a sus juguetes, molesto por no conseguir llegar
primero.
—Hola—saludo, sonriendo.
—Hola—una voz rasposa, aunque liviana me responde desde el otro lado—. ¿Bianca?
— ¿Sí?
—Soy Esteban—me aclara, y puedo distinguir una sonrisa en sus labios a causa de su
tono de voz—. Me alegra escucharte, espero que esté todo bien.
—Está todo perfecto, ¿querés que te pase con Jorge?—pregunto, atenta y simpática.
Ellos no han estado en buenos términos este último tiempo, por lo que sé. Esteban se
ofendió cuando Jorge le contó que ya había hecho el trabajo sucio con las viejas Serpientes. Se
sintió desplazado a un lado y provocó una fuerte discusión que hizo que Jorge se sintiera
responsable. Sinceramente, opino que fue todo por celos, también. No le gustó ser reemplazado
por los Leones. Y, menos que menos, por Max. No le agrada el otro hermano Medina. Por un
lado entiendo su enojo, después de años y años luchando codo a codo con Jorge, ni siquiera ser
tomado en cuenta para el verdadero final tiene que haber sido insultante. Pero, no, no me cayó
tan bien que haya saltado con tanto drama después todo lo que sucedió. Tiene que comprender
que Jorge hizo lo mejor que pudo, y en la desesperación de acabar de una vez por todas con la
mierda, no pensó en su amigo.
Bueno, no es que cada cosa sea completamente cierta, sólo son conjeturas mías.
Me desinflo. Bien, parece que se están arreglando. Me muevo hacia Tony para ayudarle
a juntar sus ladrillos de juguete y así llevarlo a la cama, ya es bastante tarde. Sin darnos
cuenta casi cenamos a las once de la noche.
Por lo que tironeo de Tony hacia el pasillo con una sonrisa de alivio. En su muy
masculina habitación—en diferentes tonos de verde, claro—, le ayudo a colocarse el pijama y
meterse bajo las colchas. Me pide que le cuente un cuento, así que me siento junto a él y abro
un tomo de Los Tres Chanchitos. Porque me niego a que se le pase la infancia sin conocer cada
uno de los cuentos que me han leído en la mía. En la cocina se oye que Jorge se ha puesto
manos a la obra con los platos, la llamada ya finalizada. Estoy casi llegando a la mitad del libro
cuando de nuevo suena el teléfono. Unos segundos avanzan antes de que él venga a mí para
avisarme que Lucre está en espera. Me levanto y voy a la puerta, pegando el cuento en su pecho
de pasada.
—Te toca seguir—le digo y antes de que intente liberarse lo empujo hacia la cama
donde su hijo nos observa, ni siquiera con una pizca de sueño en los ojos—. Sin peros…
— ¿Qué tal?
Me entrometo al mínimo hueco que deja. Algún día ella tiene que parar de hablar.
Quién se queja, ¿no? Yo era parecida. Trato de no angustiarme por ese “era”. Pronto volveré a
ser yo completamente. Va a suceder, de una u otra forma. Me niego a otra versión de mí.
—Tuvo algo con Gusto durante la visita de los chicos allá y… bueno… se quedó
embarazada—cuenta, bajando el nivel de su tono como si fuera un secreto—. Su padre la trajo,
la obligó a enfrentarse a Gusto. Se negó a llevarla de vuelta. La dejó…
—La pobre no sabe qué hacer, y es tan joven—dice, sintiéndose igual que yo—. Gusto
está muy enojado, apenas la registra, aunque sí le permitió quedarse en su casa. Se hará cargo
del bebé, pero nada más… Ayelén sólo quiere volver a su lugar, está siendo muy infeliz. Pero su
padre no la aceptará de vuelta.
Siento tanto oír de esta chica que me encuentro ya dispuesta a conocerla. La verdad es
que no estaba muy en paz con la idea de ver a alguien del recinto todavía, no quería. Tampoco
sé si quiero. Me niego a que noten que he cambiado, sin embargo, no soy capaz de comunicarle a
Lucre que prefiero no recibir visitas. Porque quiero, de verdad. Tal vez sólo tengo miedo de
demostrar mis nuevas debilidades, y es mejor que lo supere pronto. Ahora, después de lo que
acaba de contar, me parece excelente que trate de alejar a Ayelén de Gusto por un rato.
—Oh, no, ahora me dejas con la intriga. Quiero un adelanto—me quejo, curiosa.
Su risa retumba contra mi oreja y es tan bulliciosa que tengo que alejar el aparato un
poco. No me queda otra que reír un poco también, percatándome de la piel tirante a los costados
de mi boca. Hacía rato no sonreía tan ancho.
Negando con una media sonrisa en los labios encajo el tubo en su lugar y me interno de
nuevo en el pasillo, encargándome de apagar las luces a la pasada. En su cuarto, Tony ya está
dormido, iluminado con una pequeña luz que consiguió Jorge, que se coloca en el enchufe.
Arrimo un poco su puerta y entro a través de la nuestra.
Jorge está de pie, descalzo, junto al final de nuestra cama, desprendiéndose los
vaqueros. Su tatuado torso desnudo me recibe brillando ante la luz del velador en su mesita de
noche. Lo recorro con los ojos sin que me quede otra opción, es una pieza que miraría hasta
morirme. Mi mente regresa instantáneamente a todo ese tiempo que ha pasado sin que nos
acerquemos íntimamente. Parece que no puedo esconder la pesada expresión de anhelo. Me
acerco en un impulso y lo beso justo donde su tatuaje del círculo ya completo se está curando.
Lo acaricio con mis labios, invento mi propio camino hacia arriba a su cuerpo. Su aroma se
impregna en mis sentidos y mi respiración se acelera porque sus manos se encajan en mis
caderas, alrededor de mis calzas de deporte azul oscuro. El calor de sus dedos me quita la
capacidad de pensar del todo correctamente.
Lo abrazo, alzando los brazos hacia su cuello. Consigo su boca sin siquiera pedirla. Nos
besamos y, aunque estoy del todo metida en ello, percibo que falta algo. Tal vez es él quien no
está del todo cómodo. Porque no me besa como antes, no profundiza su lengua en mi boca como
si tuviera esa misma hambre salvaje que tanto recuerdo. Me volvía loca. Ahora se contiene. Doy
un paso atrás mordiéndome el labio con fuerza, apretando los párpados para esconder la
consternación antes de alzar mi atención a él.
—Bianca…
Niega, lo distingo a través del manto de humedad que se forma en el interior de mis
ojos. Está dolido, y molesto, lo sé porque su rostro comienza a teñirse de un rojo oscuro.
— ¿De verdad pensás eso de mí?—pregunta, muy quieto, afectado—. Yo… sólo asumí
que necesitarías tiempo…
—Que te tomaría un poco volver a sentirte… bien de nuevo… en la intimidad. Creí que
si te—corta y se acerca, encierra mi rostro en sus manos y lo eleva para poder tomar mi
imagen—. ¿Me querés? ¿Ahora? Me tenés, nena. Me tenés, no necesitas hacer más que pedirlo.
¿Me deseas?
Las lágrimas se desprenden, caen de mis ojos, bañan mis mejillas. Le veo las pupilas
turbias por el sufrimiento. Porque me desmorono y a él le duele. Lo lastimo haciendo esto, y
aun así no puedo detenerme.
—Ahora no—le pido—. No quiero. Tal vez mañana—me oigo a mí misma como una niña
pequeña.
—No pasa nada—asegura, acariciándome el pelo—. Yo… sólo quería cuidarte… ¿Está
bien?
Asiento, calmándome poco a poco con sus sinceras y dulces atenciones. Lo último que
quería era hacer una escena. Mis peores miedos me jugaron una mala pasada. Me da terror
nunca volver a disfrutar del sexo con él de nuevo. Temo que se termine cansando de mí porque
no soy capaz de satisfacerlo, tal como una pareja común y corriente.
***
No hago más que acabar de colocar el agua al fuego para hacer té y café, que dos
vehículos provenientes del recinto de los Leones entran en mi campo de visión, desde la
ventana de la cocina. Con una sonrisa cerrada en mi cara, avanzo hacia la puerta para darle a
esa manada la bienvenida. Me he estado preparando para el bullicioso encuentro desde que
desperté. Y evité completamente hablar con Jorge de lo que ocurrió anoche porque lo último que
me hacía falta era que mis ánimos se ensombrecieran. Quería estar accesible para mis amigas y
los niños.
Tony corre alterado detrás de mí, desesperado por reencontrarse con su mejor amigo,
que viene de la mano de su tía Adela, en un ataque de ansiedad. Me rio, es imposible no
hacerlo. Me agacho junto a él para ayudarlo con su abrigo y besarlo en la mejilla, vamos a
perderlos de vista dentro de dos segundos. Adela se me abalanza y enrosca sus brazos a mi
alrededor. Siempre me pareció una chica un poco torpe con las demostraciones en público, al
menos, con mi hermano son siempre discretos mientras piensen que alguien los está viendo. Me
reconforta mucho su abrazo, tengo que reconocerlo. La sentí como de la familia de inmediato,
eso sí, unos cuantos días después de que se me abalanzara y casi me dejara calva.
Ella pestañea y asiente, poco a poco ablandándose a mi atención. Parece callada y muy
prudente. Además de hermosa, ahora entiendo por qué Gusto se ha metido en tan grandes
“problemas” con ella. Estoy segura de que ningún hombre piensa claro cuando tiene a esta
belleza exótica en frente. Sus ojos son negros y profundos, se ven conocedores y muy maduros.
Su mirada parece ser una lectora de mentes, directa y abierta. El pelo lacio y negro como las
alas de un cuervo cae en sus hombros y espalda, grueso y brillante. Va vestida con sencillez,
vaqueros y zapatillas. Aunque… la prenda que deja ver una vez que se quita el abrigo me deja
jadeando.
—Oh por Dios, es hermoso—se me escapa, viendo el increíble poncho colorido hecho en
telar—. Perdón—me río—, soy una chica, no puedo evitar caer por la moda y el estilo. Y amo tu
poncho.
Lucre que está liberando a los gemelos de todo el abrigo que llevan, se ríe y asiente.
Por supuesto, no puedo estar más e acuerdo con ellas. Esta vida les hace feliz, y
mientras lo estén, nosotras seremos incondicionalmente el apoyo que necesitan. Estoy
entusiasmada en que Jorge levante de una vez por todas ese nuevo imperio de Serpientes,
porque sé que ha hecho demasiado esfuerzo para obtenerlo. Y una vez que lo consiga estará
completo.
— ¿Cómo han estado?—pregunto, volviendo con las tazas en las bandejas, colocándola
en la mesa del living.
—Tener dos mini-Medinas debe ser desgastante—comenta Fran, sorbiendo con su mano
libre, tratando de que Esperanza no manotee su bebida.
Las demás nos reímos y escuchamos sus anécdotas, demostrándonos así que su vida es
bastante alocada, pero interesante. El nombre de Max y sus hijos coloca un brillo
resplandeciente en su mirada y sabemos que no podría estar más enamorada de la familia que
han formado. Me fijo en Ayelén, que la oye alucinada, completamente succionada por sus
relatos, se resaltan muchas emociones desde el fondo de sus hermosos ojos negros rasgados.
Puedo ver el destello de grandes sueños allí.
—Mmm no he ido mucho por allí—duda, frotando los dedos en la tela preciosa de su
poncho.
— ¿No?—trato de no arrugar el entrecejo.
Parece contrariada al saber que, en realidad, Gusto vive en la ciudad. Parece que él
tiene dos hogares. O, ¿la está escondiendo?
La jovencita sonríe, tratando de borrarle importancia. Sin embargo, todas acá sabemos
que saber esto la ha molestado.
Lucre respira lentamente por la nariz, parece estar intentando mantener fluyendo su
molestia. Yo trago mi incomodidad, sintiéndome muy mal por la chica.
Está tan roja debajo de esa bonita piel morena que siento como que tengo que cortar la
mierda. No la está pasando nada bien. Y, a pesar de que nosotras sólo queremos incluirla,
estamos haciéndola sentir incómoda. No quiero que desee estar en cualquier otro lugar.
—Es niño, Nahuel—se detiene porque todas expresamos que nos encanta la elección del
nombre, sinceramente nos gusta muchísimo—. Y será en un mes, más o menos. Es un embarazo
fácil, no me siento como si tuviera que estar en reposo. Ni tuve síntomas…
—Un acuerdo y ocho cuartos—niega Lucre—. No puede ser tan cerdo. Me va a escuchar.
La chica se acaricia la panza con nerviosismo, frunce las esquinas de la boca como si
estuviera tratando de esconder sus ganas de llorar.
Ayelén deja se taza vacía en la mesa, se encoje. Quiere verse desinteresada y no actúa
tan bien como cree.
—Lo más justo es que vaya con una familia que lo ame y le dé lo mejor. Podría irme y
llevarlo conmigo, pero se sentiría como si estuviera robándolo de su padre. Augusto va a darle
el apellido porque cree que es correcto, nada más. Creo que lo conveniente es que ninguno de
los dos se quede con él…
— ¿Se lo dijiste?—susurro.
Me pica la nariz, es evidente que estoy abrumada emocionalmente la mayor parte del
tiempo, y esta historia me duele de alguna extraña forma. Me fijo en las demás, y se ven igual
que yo, tratando de esconder la pena por ella. Pasa un largo rato hasta que soy capaz de hablar
de nuevo.
—Podés contar con nosotras, siempre, ¿sabes?—le aseguro, sonriendo un poco—. No nos
conocemos bien, pero nos preocupamos y siempre tenemos lugar para una más…
Y mañana tengo mi primera sesión con el psiquiatra. Tal vez pueda él hacerme sentir
más segura. Es mucho pedir que suceda en la primera cita, ¿verdad? Supongo.
Por eso la llamé ni bien pisar mi casa al mediodía. Necesitaba expresarle mis
sentimientos y gritarle las gracias cuanto antes.
—Mi chica es fuerte—dijo, sonando segura y seria—. Has sido inquebrantable, hija. Y el
pilar de esta familia cuando los cimientos cedieron y me perdí por completo. Tu amor se puso
nuestros pedazos a la espalda y nos reparaste, porque sos fuerte. Y más valiente que cualquier
otra persona. Siempre. ¿Crees que no me di cuenta? Tu hermano y yo fuimos testigos. Nunca te
diste por vencida, aun cuando nosotros tiramos la toalla. Porque lo hicimos, Bianca… nosotros
no creímos lo suficiente en nuestra lucha. Sos el pegamento de esta familia, y se terminó de
confirmar cuando trajiste a Santiago directo a nuestra puerta. Nunca perdiste la fe, siempre te
mantuviste erguida. La que tiene que darte las gracias, soy yo.
»Lo que te sucedió no va a quebrarte. Duele, yo sé que lo hace. Tal vez te dobles y
sientas ganas de abandonar todo el esfuerzo a la mitad del camino, pero no lo harás, porque te
conozco bien. Las horribles sensaciones y el sentimiento de impotencia se marcharán
gradualmente. Bianca Godoy no permitirá que la gobiernen. Poco a poco, volverás a ser la
misma. Siempre tené presente que el tiempo te limpiará. Y el amor. A parte, tenemos que
agregar que siempre estuviste abierta a la ayuda, y ese es el primer paso hacia el camino
correcto. La mayoría de las personas que pasan por situaciones similares no reconocen que
necesitan una mano para levantarse, se estancan. Y eso hace que la herida nunca se cierre. Así
que, te puse en las mejores manos que conozco, el doctor Suárez te ayudará. Cicatrizarás. No
tengas dudas.
Me limpié los dos ríos salados que desbordaron mis ojos cuando su primera frase salió.
Noté lo cambiada que mi madre estaba, lo mucho que la abrieron todas esas situaciones
difíciles que tuvo que pasar. Perder a un hijo, descubrir las terribles mentiras de mi padre,
buscar por todos lados. Recuperarlo. Cualquier madre se habría quebrado como ella lo hizo.
Pero ahora me hizo muy feliz sentir que está bien, y comenzando pura y completamente desde
cero.
—Ma—susurré, todavía limpiándome la cara—, te creo. Estaré bien. Y gracias por tus
palabras. Y por el apoyo incondicional. También por aceptar a Jorge y Tony en mi vida, tu
aprobación es muy importante para mí…
— ¿Por qué no habría de aprobarlos? Fue mirar sólo una vez a los ojos de ese hombre
para saber que te ama. Estaba tan destrozado por vos que su dolor me abrumó. De todos modos,
yo no soy nadie para impedirte nada, es tu vida… Y sé que él te hace feliz. Por lo tanto, yo soy
feliz. Una madre quiere lo mejor para sus hijos, y con los años he aprendido que lo esencial en
la vida no es para todas las personas lo mismo…
Ambas explotamos por eso, deteniendo el lloriqueo. Claro que recibió un shock eléctrico
al ver de nuevo a su hijo luego de ocho años. Y fue incluso más fuerte de lo que podría haber
sido si el viejo dulce y corriente Santiago aun existiera. La nueva versión de él provocó que todo
fuera más chocante para ella.
Tragué el nuevo nudo en mis cuerdas vocales y trabajé duro en no derramar más
lágrimas. Había tenido mi cuota justa de llanto, y un dolor de cabeza estaba intentando
asomarse.
—Lo sé—dije, sonriendo, feliz por mi familia unida de nuevo—. Las cosas están bien
entre ustedes, ¿no?—quise saber.
—Por supuesto, puede que ese chico duro quiera correr en la dirección contraria, pero lo
tengo bien amarrado y no se me va a volver a escapar—aclara, firme en su posición, y hasta
arrogante—. Se va a acostumbrar de nuevo a mí, ya verás.
—No creo que desee escaparse. Te ama. A su nueva manera, pero te ama y sólo tenemos
que aprender a convivir en su selva…
—Nunca voy a presionarlo, veo exactamente hasta donde una persona puede llegar. Y él
puede confiar en que no voy a insistir en romper sus escudos…
Y con eso como final, nos despedimos. Prometió venir a conocer la casa y quedarse unos
días. Vacaciones. ¡Ja! Apuesto que Candelaria Rufino no sabe el verdadero significado de esa
palabra. Me uní a la mesa con Jorge y Tony y disfruté un almuerzo cálido. Y la comida no
estaba quemada, fue un bonus extra. Jorge accedió a enterrar su culo orgulloso y me permitió
enseñarle algunos tips básicos de cocina saludable. Los necesitaba si pensaba avanzar bien
aquellos días en los que yo volvería tarde desde la terapia. Es un buen alumno, aprendió rápido
y respetó mucho mis consejos. Me sentí un poco más que orgullosa, si me preguntan. Se puede
decir que me llené bastante de mí misma y lo presumí por ahí.
Durante la tarde me di un baño una vez ordenada y limpia la habitación de Tony. Pasé
el resto en el sofá leyendo, mirando series y masticando caramelos. Jorge trabajó un poco más
en su taller improvisado, entusiasmado porque la moto estaba tomando forma ya. Podía sentir
sus ansias de probarla desde mi posición. Una vez llegó la hora, me marché en mi coche a
recoger a Tony a la salida del jardín. Le di su merienda y pronostiqué la cena de esa noche
mientras lo enviaba obligado a tomar un baño. Se entretuvo fácil con su nueva técnica de dibujo
aprendida, sobre la mesa de la cocina. Sobre las siete Jorge accedió a aparecer y meterse a la
ducha para sacarse de encima todo ese aceite de motor.
No obstante, esquivé abordar el tema respecto a aquella noche en la que enloquecí y dije
todas esas cosas horribles. Y tampoco quiero afrontarlo ahora, tengo un buen ánimo, me niego a
estropearlo. Le beso la piel tirante el cuello, justo encima de su pulso. A cambio él mete las
manos bajo mi camisa de algodón y las arrastra arriba, entre inocente y atrevido. Hasta que
llega a los aros de mi sujetador. Mi boca se seca porque los roza con los dedos.
—No, no voy a hablar—susurro, sin aire—. Mejor usar la boca para otra cosa.
Me elevo para apresar sus labios con los míos. Me sobresalto cuando el filo de sus
dientes me abre y su lengua se olvida de una vez por todas de ser tímida. Froto mi centro en el
suyo, y trago una bocanada de aire en el mismísimo momento que las tiras de mi sostén se
aflojan.
— ¿Crees que…—se frena contra mis labios, buscando mis ojos, dudando.
Nuestras respiraciones son huracanes que colisionan, desesperados, ansiosos. Hay una
enorme tormenta formándose en mi interior. Y me pregunto cuánto tardará en expandirse en
descontrol. No hay mierda mala pasando en mi cabeza, mi cuerpo es receptivo. Mi piel sabe que
es él. Que es quien yo amo el que me está tomando, y lo quiero. No hay drogas fluyendo que me
obligan a sentir esto. Soy sólo yo y él. Nada más. Sin barreras.
Una de sus manos viaja abajo y palmea tiernamente una de mis nalgas, luego clava los
dedos en la carne. Sonrío, y lo abrazo por el cuello. Está siendo él, completamente. Sin capas,
sin cautela. Y amo la sensación, es como volver a la normalidad. Y necesito eso tanto como
respirar. De golpe se pone de pie, llevándome con él. Me acarrea en brazos hasta el gran espejo
de cuerpo entero que cuelga de la pared. Me enfrenta a él, soldando su ingle contra mi culo. Mi
boca cae abierta al vernos a los dos en el reflejo, acalorados y con la mirada encendida. Estoy
ruborizada, y me la he pasado mirando fijamente mi rostro pálido por más de un mes en cada
despertar.
Tengo que estirar un brazo y apoyarme en el borde del espejo para mantenerme estable,
mientras Jorge juega con el cordón de mis pantalones de entrecasa. Caen al suelo, alrededor de
mis tobillos, y me muerdo el labio inferior con fuerza. Ha revelado mis sencillas braguitas
blancas de algodón. Y no se detiene de tocarme. Las caderas, muslos, bajo vientre. Me tambaleo
a su ritmo intenso y tranquilo, me derrito con las caricias ásperas de sus dedos, marcando
caminos carmesí en mi piel blanca. Nunca, ni siquiera por un segundo, deja de frotarse contra
mí. Su erección insistente encajada entre mis nalgas. Y estoy húmeda. Se supone que debo
odiar sentirme así. Porque la última vez que lo hice todo salió terriblemente mal. Y aun así, mi
cerebro está nublado por completo, y sólo es Jorge quien existe en su mundo difuso.
Él quiere que lo observe, que nunca lo pierda de vista. Necesita que siempre recuerde
que es él quien está detrás de mí, y debo sentirme segura. Permitir que me sostenga. Por lo que
fijo mis ojos en los suyos a la par que cuela los dedos en mi ropa interior. Soplo con fuerza un
mechón de pelo que ha caído de mi cola floja en la nuca, nunca perdiendo las doradas piscinas
de whiskey caliente.
Me aclaro la garganta.
— ¿Quién vino?—me remojo los labios secos, una gota de sudor rueda a lo largo de la
parte trasera de mi cuello.
Entrecierra los ojos, tratando de entender por qué su padre sigue sin voltear, con las
manos en las caderas y los hombros temblorosos.
—Un coche—dice, muerde el lápiz naranja que tiene en la mano—. ¿Qué pasó con tus
pantalones?—me pregunta.
Aprieto los labios, avergonzada. No puedo ser tan rápida como quiero con el cordón de la
cinturilla.
Jorge se estira a por la camiseta que había dejado antes de la ducha sobre la cama y se
la coloca. Entonces se siente preparado para enfrentar a su hijo de casi cuatro años que
desaprueba totalmente que me haya visto las bombachas. Si tan sólo supiera que estaba
haciendo más que eso. Algo así como… casi enterrando los dedos adentro.
El timbre nos rescata. El visitante siendo de lo más oportuno. Tony gira y corre de
regreso a la sala y Jorge no tarda en perseguirlo. Me da un beso de pasada acompañado de una
mirada divertida. Sí, como sea. A él no acaban de retarlo porque estaba mostrando sus bragas.
De todos modos me encuentro riendo en silencio, negando. Sabemos que después de esto nunca
más vamos a olvidar que no estamos del todo solos para ponernos cachondos. De ninguna
manera.
Escucho la voz nueva de un hombre que saluda con simpatía a Tony y Jorge. Decido que
antes de aparecer necesito refrescarme y cambiar este aspecto poco favorecedor. Así que me
meto en el baño, me mojo la cara y la nuca con agua fría. Luego consigo un vaquero de cintura
alta y un top negro, al cuerpo, aunque sin mostrar ni un centímetro de piel aparte de los brazos.
Encima, elijo un chal de lana suave de color rosa. Arreglo el moño en mi cabeza, y salgo al
encuentro de nuestra visita.
En medio de la sala me topo a Jorge de pie frente a un hombre igual de alto que él, y de
complexión más atlética. Ya lo había conocido aquella fatídica noche en la habitación de motel,
no oficialmente. Ahora se ve mejor, más arreglado y vestido. Además, había estado tan afectada
por haber caído en la trampa de mensajes de texto que nunca lo consideré, realmente. Sólo
recuerdo con claridad su cuerpo pesado cayendo inconsciente en el suelo. Es moreno, y luce
unos ojos oscuros brillantes y atractivos. El pelo negro tiene corte moderno, más largo en la
cima y bastante rapado en los lados. Va de vaqueros gastados, botas de motociclista y abrigo de
cuero. Su aura es oscura y misteriosa. Al sentir mi presencia sondea la atención hacia mí.
Sonrío, sintiéndome de repente bastante retraída. Jorge me recibe con todo el amor que siente
por mí reflejado en sus ojos, estirando un brazo para atraerme. Voy a él sin dudar.
—Me alegra tenerte acá, por favor pasa. Ponete cómodo—señalo los sillones de la sala—
. Voy a preparar una buena cena de bienvenida.
—Eso suena exquisito—se frota la panza—. Mis tripas están sonando, y he escuchado
de buena fuente que cocinas de maravilla.
Sustento a mi mujer luego de cada parálisis, cada pesadilla. Seco sus lágrimas y le
recuerdo siempre que me tiene justo a su lado. A cambio, ella me da los mejores días de mi vida
quedándose a mi lado y empujándome en el sentido correcto. Me ayuda con mis planes a futuro,
creamos debates, me cuenta todas sus ideas—que son, aclaro, muy interesantes—. He dejado
que tome el mando de la próxima empresa de joyas, es donde quiere invertir su dinero. Ha
ofrecido comenzar despacio, pero una vez levantados los cimientos del imperio—porque está
segurísima de que formaremos un imperio—, iremos a por una gran fábrica. Y para eso tengo
que reclutar Serpientes, muchas. Nuevos miembros dispuestos a todo y, por sobre todo,
manejados por la lealtad. Va a ser difícil que confíe en nueva gente, aunque no imposible.
Me sentía entusiasmado de contarle todo esto a Esteban cuando lo invité a través del
teléfono días atrás. Además quería ya decirle dónde se encontraban los ahorros de años y años
de manejos en el viejo clan. Sin embargo, sorpresivamente, ahora que lo tengo en frente,
sentado en mi sofá relajadamente consumiendo unas buenas medidas de un buen whiskey, no
me parece correcto ni recomendable. Lo que es una estupidez. He confiado en él durante toda
mi vida adulta, crecimos juntos. Lo conozco. ¿Lo conozco? Ha sido mi mano derecha desde que
me convertí en un líder elegido. Claro que lo conozco. Entonces, ¿por qué su presencia en mi
lugar es incómoda? Posiblemente es por la terrible pelea que tuvimos cuando lo cité para
encontrarnos y le conté lo que había sucedido con el resto de los ancianos. Se enfureció. Explotó.
Me llamó traidor y me dio la espalda. Fue un shock para mí. Tiempo después llamó para
disculparse y sonaba más miserable que nunca, obviamente disculparlo era lo que me sentía
bien al hacer. Porque lo quería en mi vida, de verdad. Pero si es tan así, si tengo tantas ganas
de que forme parte del brillante futuro que he estado planeando, ¿por qué siento que no me
conviene ahora ponerlo al tanto?
Hay un aire extraño recorriendo mi nueva sala, como si hubiese estado limpio y
refrescante desde que nos mudamos aquí y en su llegada se pusiera pesado y turbio. Creo que
he cometido un error al invitarlo, demasiado pronto, mi familia necesita tiempo en paz. Y
Esteban nunca se llevó bien con ella, es por eso que le va tan bien estar metido en clubes de
motociclistas. Le encanta el caos. Y a mí también, sólo que ahora he cambiado. He madurado,
tal vez. Y quiero más que caos, quiero una vida feliz para Bianca y Tony, eso deja
definitivamente el barullo afuera de la ecuación.
—Así que… ¿me dijiste que estabas haciendo planes?—pregunta él, apoyado en sus
codos, balanceando el vaso para hacer girar el líquido ambarino.
—Así es—carraspeo, cauteloso—. Una fábrica de joyas es la primera cubierta, sólo que
no será un telón. Va a ser auténtica.
— ¿En serio?—pregunta, con una mueca burlona que no me agrada nada—. ¿Joyas?
¿Esas cosas tontas que te pasabas creando cuando te sentías “inspirado”?—forma comillas con
los dedos en la última palabra.
Frunzo el ceño. Perfecto, otra faceta suya que no recordaba, antes no me importaba.
Ahora me cae pesada. Me aclaro la garganta, observándolo fijamente con mi mejor expresión
inescrutable.
—Bueno, hombre, no pensé que estabas tan ligado—se rasca la nuca, nervioso—. Por
favor, perdóname. Nunca hablas de ello conmigo, me dejas fuera. Realmente creí que no eran
importantes en tu vida. Quiero decir… jamás me dejaste entrar…
Niego, echándole un vistazo a Tony que ha abandonado sus dibujos sobre la mesa de la
cocina, tampoco cayó en su rincón de juguetes desde que llegó Esteban. El tipo lo trató con
energía estando feliz de verlo y el niño sólo lo observó con desconfianza. No se movió de su lugar
ni una sola vez, en el sillón de un cuerpo enfrentado a nosotros. Observa nuestra charla con
interés e inmovilidad, haciendo sólo bailar sus piecitos al aire.
¿Por qué siento que esa última afirmación me eriza los pelos de la nuca? ¿Por qué la
palabra muerte me cae tan mal viniendo de su boca? ¿Qué es lo que está fallando entre
nosotros? Tony observa a mi mejor amigo con fijeza, como si tuviera el don de leer dentro de su
mente y no le gustaran los resultados. Completamente, me doy cuenta de que fue demasiado
apresurado hacerlo venir.
Perezosamente nos movemos hacia el conjunto del comedor. Una larga mesa de
brillante algarrobo ya acomodada para el banquete. Bianca se ha esforzado mucho, veo. Hay
hasta una entrada de fiambre y pan fresco que Esteban aprecia, porque de inmediato se lanza a
ella. A cambio, yo acomodo a mi hijo en su lugar habitual, y le sirvo un poco de jamón en el
plato, también jugo en su vaso. Y él no toca nada, sólo está… no sé cómo describirlo…
¿desconectado? Esteban va a pensar que es un bicho raro, y no es que eso me importe. Mi
problema es que mi hijo jamás ha actuado así.
Mi mujer viene con una enorme fuente humeante con asado y papas hechas al horno.
Jugoso y con el aroma más exquisito que he sentido, y sin embargo mis tripas no suenan. Y eso
que he estado la tarde entera sin poner nada en mi estómago. Ella deposita la fuente y,
protectoramente, besa el costado de la cabeza de Tony. Le sonríe a Esteban, ancho, mostrando
la perfecta fila de dientes blancos, mientras se pone manos a la obra cortando el gran pedazo de
carne con una gruesa cuchilla. ¿Por qué esa sonrisa me resulta tan chocante de ella? Ha
mostrado demasiado los dientes, como si estuviera siendo falsa. Y Bianca es todo, menos eso.
Tony sale de su silla y camina hasta el centro de la sala, alejándose de nosotros en silencio.
—Hijo, ¿no vas a comer?—le pregunto, preocupado.
Esteban lo está mirando con el ceño arrugado, tratando de leer su actitud cerrada.
Midiéndolo. El niño no responde, sólo se queda de pie allí, estudiándonos a los tres adultos con
precaución. ¿Qué mierda le sucede? Me muevo en la silla, posando de nuevo la vista en mi
mujer. Lo que viene luego es una secuencia tan rápida que ni siquiera me da tiempo a
pestañear. La dulce chica sirviendo la comida alza un poco la cuchilla e inserta la punta en la
mano de Esteban, atravesándola y clavándola en la mesa. El grito que sale de él es tan fuerte
que el cuerpo podría haberle quedado chico. Los ojos oscuros de mi mejor amigo saltan hacia
afuera a causa del dolor. Bianca retuerce la hoja filosa de la cuchilla, escarbando en su carne.
Esteban suda, suda y suda. Temblando.
—Bianca—murmuro.
Ella me ignora, toma las papas calientes de la fuente y comienza a tirárselas en la cara,
ni siquiera parece sentir las quemaduras en sus dedos. Intento detenerla, calmarla. Mi hijo
sigue alejado de nosotros, observando la escena con ojos grandes. Y me encantaría ser capaz de
leer su expresión.
Y eso es un golpe que realmente no esperaba, justo en la boca del estómago. Pero no
tengo tiempo de retorcerme. Me giro con toda mi atención al tipo grande con la mano
atravesada por una cuchilla, anclada a mi nueva mesa de algarrobo.
—Lo envidias—se ríe, seca—. Envidias todo lo que él es y tiene. Toda su entereza.
Porque el gusano siempre sueña con ser mariposa, pero jamás será más de lo que está
destinado a ser, ¿cierto? Siempre se arrastrará por la mugre incapaz de llegar muy lejos.
Creí que Bianca Godoy no era capaz de odiar, ni de lastimar a nadie. Pero sus actuales
palabras tienen todo el efecto y la intensión.
—Puta de mierda—gruñe Esteban, desintegrándola con la mirada—. Putita, te encantó
mi pito, ¿eh? Lo amaste. Gritaste por más desde la primera cogida—sonríe, y me muestra su
verdadera cara, dejando caer todas sus máscaras psicópatas.
Bianca chilla desde lo profundo del pecho, llena de odio, y levanta la cuchilla de nuevo,
para volver a apuñalarlo. Error. Haciendo eso lo libera y él se pone de pie con una rapidez que
no me sorprende para nada, dispuesto a atacar. Sin pensar, con la mente completamente en
blanco y mi sangre bullendo, salto encima de él y lo lanzo al suelo duramente. Yo encima. Peleo.
Puño tras puño en su cara. Lucha, se retuerce, también me golpea y ni siquiera lo siento de
verdad. Estoy más que sólo furioso. Adentro estoy repleto de un fuego que jamás—jamás—,
había sentido antes. La sangre de su rostro reventado se salpica por todos lados, y aunque mis
músculos duelan por tanta adrenalina, no me detengo hasta que siento la boca de un arma
justo debajo de mi mentón. Me inmoviliza.
Mis ojos pestañean despiertos, mirando directo a los de mi hijo. Todavía de pie en el
mismo lugar.
Tomo un respiro lento y largo, mi mandíbula comprimida. Los ventanales del frente son
difíciles de atravesar, pero la ventana a espaldas de Tony no, y él puede estar en la mira. O…
tal vez no hay nadie afuera. Tampoco me debo fiar. Conozco a Esteban—bueno, creía eso,
supongo—, puedo ser capaz de leer cómo procedería. Me doy cuenta ahora que él vino a
matarnos. A los tres. Lo más probable es que no esté solo. Me empuja lejos de él, moviéndose
para alzarse. Ahora su pistola apunta a la cabeza de mi hijo, que sigue frío ante la situación.
Por Dios, tiene tres años. ¡Tres años! No puedo perdonarme por exponerlo de esta forma.
Va a lastimarlo, salgamos de esto o no, la situación le marcará para el resto de su vida. Me
muevo, queriendo levantarme y recibo una patada en la sien. Escucho a Bianca gritar detrás
del estupor, y al regresar del mareo me encuentro al gusano, tomándola del cuello, pegando la
punta del su arma en su mejilla pálida.
—Podríamos darle una demostración de lo que somos juntos a tu hombre valiente, ¿qué
decís, muñeca?—carraspea, imitándome.
Y ahí mismo los dos nos damos cuenta de que estuvo detrás del engaño de los mensajes
de texto. Y vaya a saber qué otra mierda más. Estuvo todo el tiempo detrás de mis talones con
la intensión de hacerme daño a mí y a los que amo. ¿Por qué no me di cuenta? ¿Por qué ni
siquiera sospeché? Soy un imbécil, un inservible bueno para nada.
Bianca escupe en su cara y recibe un golpe que la envía al piso, sobre su estómago.
Esteban se agacha y tira de la cintura de sus pantalones, poniéndose de rodillas, encima de
ella. La posición me enfría en pánico. Sin dejar de apuntar a Tony él se frota contra ella,
relamiéndose. Tengo que tragarme a toda costa las náuseas. Gruño y me remuevo, dispuesto a
arremeter. Y él sonido del “click” me congela en mi sitio. Gruño de nuevo cuando ella intenta
liberarse de él y la toma de los cabellos con la mano herida, tirando, obligándola a mirarme. No
hay lágrimas en esos ojos azules que tanto adoro, sólo ira. Ira pura, me asegura en silencio que
está bien. Pero sé que no, sé que tenerlo de nuevo encima es su peor pesadilla.
Bianca y yo nos estremecemos al mismo tiempo. Tira de ella y se inclina sobre su oído.
—Es inteligente—comenta él, despreocupado—. Sabe que no debe luchar porque puedo
volar la cabeza del pequeño Tony.
Tomo una bocanada de aire, mi cuerpo doliendo por la inmovilidad obligada. Necesito ir
contra él y matarlo. Cuanto antes.
No sé cómo decirle que los Leones están bastante lejos ahora. No quiero matar sus
esperanzas.
— ¿Vas a decirme la mierda o no?—se impacienta Esteban, encima del cuerpo de mi
mujer—. No tengo toda la noche, amigo.
Si se lo digo o no, sé que no hace la diferencia, porque antes de salir por esa puerta va a
matarnos a los tres.
—Si te lo sigo, ¿qué me garantizas?—digo, respirando con fuerza—. ¿Qué nos das a
cambio?
Cierro los ojos cuando el primer desconocido, seguido por dos chicos más, levanta su
arma. Me estremezco, con el primer disparo grito. Porque si no me atravesó a mí, es porque fue
para Bianca o mi hijo. Me niego a abrir los ojos para ver la sangre, para ver la vida
escapándose. Me cubro la cara, Bianca lloriquea. Ruido llena la habitación. Hombres.
Demasiados hombres. Un cuerpo se estrella contra mí, enviándome de espaldas. Tardo
interminables segundos en notar que es Bianca y me está abrazando y besando. Llorando
contra mi cuello. Abro los párpados, y también veo a mi hijo, de pie a nuestro lado mirándonos.
Respiro al fin, estiro el brazo hacia él, manoteándolo y atrayéndolo a nosotros. El acaba en mis
brazos también.
— ¿Qué mierda está pasando?—se me escapa de las cuerdas tensas—. ¿Quiénes son
ustedes?
—Ah, no nos presentamos, perdón—se acerca el chico y me tiende la mano—. Somos los
novatos. León Navarro nos liberó después de la batalla, desde entonces hemos estado buscando
a nuestro verdadero líder. Usted, señor—asiente.
— ¿Cómo?
—Ustedes…
Ahora entiendo por qué Esteban mató sin siquiera dudar al chico que nos estaba
siguiendo aquella noche. El pobre había querido advertirme.
Se encoge.
—Eso ya pasó—sonríe un poco—. Lamentamos no poder evitar lo que sucedió en la vieja
casa… no lo vimos venir y… bueno—se inquieta, nervioso—. Tratamos de recompensarlo
capturando a los viejos que se escaparon…
Se encoge.
—No nos pareció importante… queríamos que pusiera toda su atención en vengarse…
pensábamos aparecer pronto, pero antes queríamos despejar el camino de éste…—señala a
Esteban, asqueado—. Se nos escapó. Lo siento, de nuevo…
—Cállate—ordeno.
No me entra ni una sola vez más la palara “señor” en los sesos. Ni eso, ni una pizca más
de información. No puedo procesarla del todo bien. Mi atención confusa recae en el cuerpo
tirado en mi comedor.
— ¿Está…
Se me escapa una seca y tonta carcajada. Niego. No sé de dónde carajo salieron estos
idiotas pero no me importa una mierda. Nos salvaron. Sin ellos no sé qué habría sucedido.
Asienten todos a la vez y Esteban es acarreado sin más preguntas. Así como así. En ese
mismo ínterin aparecen Godoy y Max, atravesando violentamente nuestra puerta. Bien, parece
que llegaron justo para unirse a la fiesta.
Nos fuimos de la casa, mi garaje no está hecho para estas cosas, además Bianca y Tony
estarían justo en la siguiente habitación, no podría haber actuado como realmente quería sin
preocuparme por ellos. Ahora estamos en el famoso galpón de los Leones, el que fue inventado
exclusivamente para esto. Y Esteban tendrá su merecido, necesito que sea el infierno antes del
descenso al verdadero. Necesito que sufra como nadie, que ruegue, que deje caer lágrimas. Más
de las que le provocó a Bianca.
Todavía hay gran parte de mi mente que no acepta esto. Era mi mejor amigo, el que iba
codo a codo conmigo a todos lados. Siempre recurría a él cuando se me ocurría algo, ambos
queríamos lo mejor para el clan, siempre me gustaba tener su punto de vista en las decisiones
que tomaba, su aprobación. Creí que estábamos en la misma página. Una vez que los viejos
estuvieran fuera del mapa, él y yo alzaríamos un nuevo imperio. Y ¿ahora? Simplemente no
puedo creerme del todo esta situación. Saber que tengo que torturarlo y matarlo porque me
traicionó. Pero… al fin y al cabo, su traición me da igual. Lo que realmente me duele, muy, muy
en el fondo, es lo que le hizo a mi mujer. Abusó de Bianca. Ojalá no tuviera que hacer tanto
hincapié en ello, pero si no me lo repito una y otra vez no seré tan cruel como planeo.
De su boca se suspenden tiras de baba y sangre, su cabeza gacha hacia el suelo, un poco
grogui. No puedo culpar a la Máquina por no lograr aguantarse, la paliza que le dio no se
compara con ninguna otra. Y sé, por su posición en el rincón más cercano, que planea tener
más. Se lo daré, porque este tipo lastimo a la mujer que ambos amamos con locura, y tiene que
pagar.
—Estaba honrando los planes que Jesús y yo teníamos—tose, elevando un poco el rostro
para mirarme.
Su mirada me asquea. A continuación, mis ojos van a Max, detrás de Esteban, de brazos
cruzados, observando todo con el ceño encogido. Él no se mueve, pero hablamos con los ojos.
Tenía razón, había sido el mejor amigo de mi hermano, no el mío en realidad. Tarde me he dado
cuenta.
— ¿Sólo por simple ambición hiciste lo que le hiciste a mi mujer?—me río secamente,
sin una pizca de humor, entierro el dolor al referirme a esto—. No es sólo eso, lo sé. Ambos
sabemos que hubo más moviéndote en esta dirección de mierda…
¿Durante años estuvo fingiendo? Es de locos. O al menos yo me siento muy inestable con
respecto a esto. Se ríe, mostrando la hilera de dientes manchados de rojo.
—Quería una probada—ríe, casi sin potencia—. Siempre tuviste a las mejores putas, me
pareció justo que me diera el gusto…
Cualquier mueca en mi cara se borra, cada una de mis facciones endureciéndose como
cemento. Un calor inhumano sube a través de mis venas, directo a mi pecho y cabeza. Godoy se
adelanta un paso, tenso y con promesas de sangre en los ojos severos. Llego antes, pateo con
fuerza los tobillos de Esteban y él pierde estabilidad, gruñe cuando queda colgando y
balanceándose de los ganchos. El cuero de su espalda casi rasgándose. Tarda unos cuántos
minutos en descansar de nuevo sobre sus pies, apenas respirando por el dolor insoportable. Me
desquito con puñetazos acá y allá en su cuerpo, con el protector de nudillos, marcando y
agujereando su piel.
Alzo las cejas, congelándome en mi lugar. Max me envía un mensaje silencioso con los
ojos, los dos sospechando.
—La llamé, le dije que se fuera de la maldita casa—gruñe él, como si le doliera—. Y la
idiota se quedó, todo para cubrir al pendejo…
Trago y cierro los ojos, respirando, por su referencia tan despectiva a mi hijo. Me acerco
y le coloco un collar de pinches. La ajusto, insertándolos un poco en su garganta, no lo suficiente
como para matarlo. Se queja, dejando escapar el aire de golpe.
Lo que es un error porque los ganchos lo devuelven violentamente hacia atrás, pierde
equilibrio y grita al volver a quedar colgado antes de reponerse. Pequeñas líneas de sangre
descienden desde el collar, hacia su torso desnudo.
Escupe mis pies de nuevo, con odio. Es la verdad, Cecilia demoró en esconderse porque
se ocupó de dejar a Tony a resguardo. Le dio algo para que se durmiera y lo metió en el agujero.
Deduzco que nunca llegó ir muy lejos. Ahora estoy al fin comprendiendo algunas cosas.
Esteban cambia de color, volviéndose rojo intenso. Odia a Max, incluso más de lo que yo
lo odiaba. Supongo que será porque le quitó a su amado mejor amigo. Luego comienza a reírse
por lo bajo, negando. Como si acabáramos de decir alguna broma.
—La querías para vos—insiste Max, sus manos en el bolsillo como si nada.
Estoy tenso, no me gusta esto. No me agrada nada saber que Esteban codició a mi
mujer.
Sí, él fue quien me llevó a ese club una noche, alegando que le gustaba una mesera, pero
nunca me dio un nombre. Jamás. ¿Era ella? Nunca me habló sobre ello. ¿Habría mantenido las
distancias si él me lo pedía? Supongo. Cecilia y yo tuvimos una conexión rápida, una única
mirada y me enamoré de ella casi sin darme cuenta. Y ese amor me abrió los ojos a un millón de
cosas, me hizo ansiar ser un mejor hombre. Gracias a que entró en mi vida fui cambiando,
pensando mejor las cosas. Es por eso que el caos vino después, porque empecé a actuar aún más
diferente de lo que venía haciendo y yendo muy lejos de lo que los ancianos deseaban. De pronto
ya no era quien sólo retrasaba las cosas, sino quien tomaba decisiones sin tenerlos en cuenta,
dirigiendo el clan en una dirección mejor.
—Qué enfermo que estás—murmuro, incrédulo.
—Al menos me voy de este mundo con un precioso regalo…—respira agitado—. Un buen
recuerdo de la jugosa vagina de la dulce Bianca—canturrea.
Enfermo hijo de puta. Godoy le cruza la cara con un cinturón, tan violentamente que
uno de sus dientes delanteros sale volando. Lo dejo tomar la delantera porque me siento como si
me hubiese golpeado en los huevos, tengo que hacer bastante esfuerzo en no doblarme. No
puedo ser débil, tengo que estar bien puesto sobre mis pies a la hora de enviarlo directo a la
hoguera. Consigo un manojo de tanza de pescar desde el cajón de herramientas y camino a él,
erguido. Evito su cara con la marca del cinturón hinchándose de un feo color morado. Sus ojos
son burlones, ignora el dolor. Mi dolor lo hace fuerte, veo. Así que tengo que ser el hijo de puta
más frío. Y sé que soy capaz, toda la vida lo hice, no voy a ser menos ahora. El problema es que,
antes, las tragedias no me tocaban tan de cerca y eliminar a alguien era como un trabajo
necesario e impersonal. Esta vez es demasiado directo. Arde un infierno vivo dentro de mí.
Max lo rodea, posicionándose a su espalda. Tira del pelo oscuro en la nuca, la cabeza
hacia atrás, ajusta el collar en un solo movimiento. Más sangre sale por debajo, proviniendo de
los agujeros en su piel. Estoy justo frente a él, respirándole de cerca, mientras desenrosco la
tanza. Esteban pierde la sonrisa socarrona cuando siente que envuelvo el nacimiento de sus
pelotas, dando varias vueltas con la tanza de pesca. Formo nudos apretados, ajustando la piel
colgante, se atraganta con cada uno. Cada vez más ajustado, sin circulación. Podría dejarlo así
por días, hasta que caigan secos a sus pies. Veo su nuez de Adam subir y bajar con la terrible
anticipación de que algo horrible va a sucederle.
—No vas a abusar de nadie más—le aseguro, frente a frente—. No vas a joderle la vida
a otra persona de nuevo. Estos van a ser los peores días de tu vida.
Otro ajuste a su collar y traga bruscamente, soltando un jadeo por la boca. Sonrío. Me
separo de él, alargando la tanza dándole el sobrante a Godoy, que lo acepta encantado.
—Así que…—prosigo—. No estabas ni del lado de los viejos, ni del mío. Sólo querías las
ganancias de todos estos años…
—El pendejo debería haber muerto esa noche… debería haber sido él, no Cecilia—gruñe
porque mi hermano ajusta más los clavos en su garganta.
Asiento otra vez, y Godoy hace su trabajo a la perfección. Sus huevos ya están morados,
perdiendo poco a poco el color. Y sé que duele. Me río. Como la mierda que está sufriendo y esto
recién empieza. Con mi hijo no. Haría lo que sea por Tony, moriría por él. Y fallé con Cecilia, lo
sé, y me mata por dentro. No fui lo suficientemente rápido e inteligente. Y ella tuvo la peor
muerte mientras protegía a nuestro hijo. Esteban no tiene derecho a hablar así. No tiene
derecho a nombrar más a la gente que amo.
***
—Ya—ruega con la voz apagada—. Ya es suficiente…
¿Sus huevos? Todavía atados, ya inservibles allá abajo, secos y listos para desechar. Sus
genitales van a sufrir el peor destino, es un violador hijo de puta, se metió con mi mujer y a
cambio obtendrá la peor parte de mí. La más inhumana posible.
—Tengo que reconocer que todavía estás un poco duro—digo, burlón—. Has comenzado
a rogar en el quinto día, creí que te mearías encima ni bien empezar…
Me envía un intento de risa, que no llega a nada porque apenas hay fuerza en su
cuerpo. Está recostado en el suelo, boca abajo, sus ataduras en muñecas y tobillos tan tirantes
que cada articulación podría desencajarse. Los extremos atados vilmente, de forma que cada
vez que se mueve, sus músculos truenan en protesta. Respira con dificultad, la debilidad
ganando batalla, pero todos en esta habitación sabemos que es un tipo grande y bien
construido, aguantará hasta el día siete. Vivirá para sentir el verdadero infierno de la tierra
sobre él. Mi infierno personal. Me recordará incluso mientras se esté deslizando por la entrada
del diablo. Y me esperará, también, porque cuando llegue mi hora bajaré sólo para perseguirlo.
Asiente sin siquiera dudar, blando y abierto. Entre nosotros ya no hay tensión, parece
haber desaparecido después de todo lo que ha pasado estos últimos meses. Él mismo me llamó
para contarme que se casará al fin en diciembre. No sé por qué tuvo la necesidad de que yo lo
supiera por él mismo, pero confieso que me sentí tomado en cuenta y apreciado. Por mi
hermano menor. Con el mismo que existió siempre una guerra interna por envidias y
favoritismos. Ahora que hemos crecido, que cada cual es feliz a su modo, parece que se ha
abierto una puerta que nos conecta y nos mantiene en paz el uno con el otro. Agradezco eso. Y
me arrepiento mucho de las cosas que dije, sobre envidiarlo y despreciarlo. Ya no me siento así,
es más, los malos sentimientos han desaparecido por completo, no tengo idea de cuándo. Sólo
me siento más liviano, con más lugar en mi cuerpo para amar y ya no para odiar. De hecho, el
último vestigio de odio se irá con la muerte de Esteban. Cuando toda esta mierda quede atrás,
sólo voy a ocuparme en darle lo mejor a mi familia. Y levantar mi clan.
Ahora que sé que no estoy solo, me siento más incentivado. Y es hora de comenzar a
movernos en dirección a ello. Saliendo del galpón, con Max a mi espalda, me encuentro con los
novatos que salvaron la vida de mi familia. Todos en fila, esperando por mí. No sé cómo
tomarme tanto nivel de lealtad, y que me traten tan formalmente. Estos últimos días he estado
trabajando en cortar con eso, para que se suelten cuando están conmigo y no parezca soldados
fríos e inmóviles a un lado esperando mis órdenes. No quiero perros falderos, quiero
compañeros de verdad. Que me acompañen a la par, no que vayan detrás de mí esperando
órdenes incluso para ir a mear.
Ninguno le contesta, porque pronto podrá verlo por sí mismo. Este es un depósito de los
Leones, aquí saben guardar algunas armas antes de ser transportadas. El líder se ocupó de
vaciarlo para mí cuando llegué al recinto. Él no sólo nos dio resguardo a Tony y a mí. Sino que
se encargó de todo, incluido esto. Hay un segundo portón al abrir el primero y oigo a Max
chiflar mientras me aseguro de abrir todos los candados. Para llegar a este lugar, antes
tendrían que pasar por encima de un montón de mierda. Una vez abierto, entramos, León justo
detrás de mí enciende los interruptores de la luz y el enorme galpón se ilumina.
Todo está cubierto por encima con telones, no puede ver nada. Pero cualquiera se daría
cuenta de lo que hay exactamente debajo. Quito la primera funda y ahí está, una reluciente
Harley cero kilómetro, reluciente y hermosa. Tanto que puedo reflejarme en ella. Max abre la
boca, yendo a tironear de otro telón, uno bastante grande. Un jeep aparece ante nosotros,
también nuevo y brillante.
—Está bien equipado, eh—comenta Max yendo y viniendo—. Todo esto es una locura.
—Los camiones ya pueden irse de acá estrenados con alguna buena carga—me guiña el
líder, con una sonrisa presuntuosa—. Sería un comienzo con el pie derecho, bien completo.
Asiento, riendo. Puede ser. Estoy pensando que hacer negocios con ellos no estaría nada
mal, y él está insistiendo mucho en ello últimamente. Voy a darle el gusto más temprano que
tarde, supongo. ¿Quién otro más confiable que él? Hasta ahora, nadie que yo realmente conozca.
León Navarro sabe cómo hacer negocios de los buenos. No por nada su clan está tan bien
parado.
—No es mala idea—murmuro, revisando el lugar ocupado con mis pertenencias—. Para
nada.
Él se adelanta, su mano estirada en mi dirección. Sin dudar ni una sola vez, la tomo y la
sacudo, lleno de convicción.
—Trato hecho—murmura, entusiasmado—. No te vas a arrepentir.
Me volteo para encontrar a Max también pidiendo mi mano en acuerdo. Acepto, ambos
sin vacilar. Asentimos el uno al otro con aceptación. Y no es por causa de ningún cierre de
contrato apalabrado. No, está lejos de serlo. Es más como un acuerdo emocional, fraternal.
Parece que no sólo he cerrado un trato comercial improvisado con León, sino que he dado por
terminada esta guerra sin sentido entre hermanos. Mejores posibilidades de negocio. Adiós
definitivo al rencor.
***
Séptimo día.
El cuerpo sucio, mutilado y herido de Esteban es descolgado del techo, ambos brazos
desencajándose bruscamente. Cae al suelo en un estruendoso choque de huesos débiles y
machacados. No queda mucho de él, ni siquiera orgullo. Las sonrisas burlonas y desafiantes se
han acabado para este entonces, sólo sacando a relucir una máscara que únicamente es capaz
de torcerse a un lado y a otro por el dolor, y el abandono. Ha rogado más veces de las que he
podido contar y con cada una, he reído sin parar, dejándole saber en qué medida disfruto a
causa de su culo derribado y sin más impulso. Intenta arrastrarse lejos de nosotros, por todo el
charco de agua y sangre que Max provocó antes cuando estaba tratando de limpiar un poco el
desastre. Apenas se puede mover, sus extremidades sacudiéndose y su respiración pujando en
busca de energía con cada miserable centímetro alcanzado. Lo dejamos un rato, permitiéndonos
ser arrogantes, disfrutando de su débil intento destinado a fracasar.
Llamé a Bianca hace más o menos una hora. Le avisé que esta noche dormiría en
nuestra cama con ella, que la sujetaría. Y prometí que no me perdería de vista ni un segundo
más. Pude oír su alivio y entusiasmo. Luego preguntó si Esteban estaba sufriendo lo suficiente.
Le respondí un rotundo sí. Para que después fuera más allá, queriendo saber si iba a matarlo
hoy mismo. Nuevamente, mi contestación fue positiva. Le aseguré que nunca más iban a volver
a tocarla, ni él ni ningún otro. Y lloró detrás de la línea, sollozando que me creía. Y que me
amaba. También le dije que la amaba, con las cuerdas vocales estranguladas y los ojos cerrados
apretados tras mis dedos índice y pulgar. Corté la comunicación para venir aquí y terminar con
esto de una vez por todas.
— ¿A dónde vas, gusano?—gruñe Max, atrayéndolo del tobillo roto e hinchado hacia sí
mismo.
Esteban grita, mientras Godoy y yo lo tomamos como una señal, a la par, a cada lado
del cuerpo debilitado. Max lo voltea sobre su espalda, y entonces sus hundidos ojos negros se
elevan chocando con los míos, más decididos que nunca. Sus pupilas están dilatadas y su
mirada es afiebrada. Sería posible que, si planeáramos dejarlo así un par de noches más,
moriría rápido, agonizando.
Consigo el cuchillo guardado en mi bota y lo hago danzar en mis dedos, jugando con
despreocupación. Miro desde él hacia mi víctima, con insensibilidad. Max está sentado sobre
sus piernas flojas e inservibles y Godoy ha plantado sus botas en cada una de sus muñecas,
para mantenerlo en el suelo. Me han dejado todo el espacio que necesito. Me remuevo, más al
sur, inclinándome sobre la virilidad maltrecha de mi pequeño mejor amigo. Él intenta luchar,
jadeando con fuerza.
El órgano en mi pecho se ha dado la vuelta ahora, mira para otro lado. Más
exactamente en la dirección donde se encuentra mi nueva casa, con mi verdadera familia
esperando por mí en el interior.
Con la punta del cuchillo desplazo su pene a un lado, provocándole escalofríos. Un grito
inconsciente se le escapa, tarde se da cuenta de que aún no he hecho nada. Me rio, mis
compañeros me siguen la corriente. Acabo más sobre él, agarrando sus huevos deteriorados en
mi puño, los corto en dos movimientos de muñeca y se los muestro. Se horroriza, vociferando
una y otra vez, y ni siquiera sabemos de dónde viene esa fuerza para sonar tan alto. Godoy
sonríe y abre la cinta de embalaje que sostiene entre manos, aprovecho que Esteban tiene la
boca entreabierta, lo obligo a abrirla más y meto mi reciente adquisición de un empujón en el
interior. Lo mantengo apretado para que no intente escupir nada hacia afuera y Santiago sella
el asunto con el pedazo de cinta. Ahora Esteban ya no grita, sólo emite sonidos ahogados desde
detrás de su boca forrada y sus testículos contra el inicio de su garganta. Los ojos se le van
hacia atrás, se agita, sus conductos respiratorios casi obstruidos del todo.
A continuación, me muevo más allá, junto a la mesa para tomar mi última herramienta
de la caja. Una vez de nuevo junto a él, la dejo caer frente a sus ojos, que repiquetean con
cansancio a punto de ceder. Saltan hacia afuera con reconocimiento.
Esteban gime y se retuerce, otra vez siendo víctima de las náuseas vacías.
—Ojo por ojo—gruño en cerniéndome sobre su oído—. Metiste tu podrido pito dentro de
mi mujer… entonces yo puedo hacerte lo mismo… con esto…
Ellos lo liberan, al mismo tiempo que me alejo, encienden a bomba de agua y lo limpian.
Quitan el vómito y la sangre y luego lo cubren para enviarlo lo antes posible a que lo quemen. A
hacerlo desaparecer. Me limpio a mí mismo con profundidad, en el lava-mano que hay en el
rincón. No me pierdo la vista de la bolsa negra cubriendo el cuerpo sin vida, respiro profundo, y
el aire, aunque huele a muerte, se siente como el más puro en mucho tiempo.
Max sonríe de lado y me permite salir. La noche me recibe, el frío penetra mis defensas
y sólo soy capaz de apresurarme hacia el estacionamiento. Consigo mi coche y caigo en el
asiento del conductor con un suspiro. Alguien golpea mi ventanilla cuando enciendo el motor.
Bajo el vidrio para encontrarme de cerca con León, apoyado en el borde, relajado.
—Vuelvan pronto…
Y con eso cierro la ventana y acelero fuera del recinto de Los Leones. Corro como un
desquiciado, directo a los brazos de mi mujer y las risitas de mi hijo. Y, juro por Dios, nunca
antes sentí mi sangre burbujear con tanta ansiedad y desesperación.
Había mejorado, estaba volviendo a ser yo. Entonces ese hijo de puta tuvo que regresar.
Fingir que no lo reconocí fue lo más difícil que me ha tocado en la vida. Temblaba, tratando de
enfocarme en la maldita cena de mierda. Lo único que deseaba hacer era acurrucarme en un
rincón y llorar. Gritar que lo sacaran de mi casa. Sin embargo, mantuve la frialdad. Había
llamado a mi hermano, era sólo cuestión de tiempo. Y seguir con la actuación hasta que fuera
necesario. Le serví su copa varias veces, sonreí cada vez que me fijaba en sus despreciables ojos
oscuros y diabólicos, llenos de malas intenciones. Y odié el hecho de que mi abusador había
conseguido una cara. Una que preferiría nunca volver a materializar en mi mente. Me sentí
muy bien al perder el control y atravesar su mano con mi cuchilla. Me sentó de maravilla tanta
adrenalina disparada en mi sangre. Fue una forma de desquite. Y también un error, porque
puse en peligro a mi familia. No me frené a considerar a Tony, que tuvo que ser testigo de todo.
Temo que pude haberle provocado algún trauma. Junto con todo lo que vino después, que fue
repulsivo. ¿El cuerpo de Esteban sobre mí, frotándose? Demasiado familiar. Quise morir
realmente. Desaparecer. Logró que mis avances retrocedieran considerablemente.
Adela está despatarrada en el sofá, golpeando los dedos con mensajes de texto en su
celular y me alegra no tener sus penetrantes ojos encima por una vez. La semana con ella
respirándome en la nuca ha sido pesada, no es que la culpe, pero no necesitaba una niñera. Sólo
necesitaba al hombre que me hace feliz. Aunque agradezco su presencia y ayuda con Tony, ya
he tenido suficiente, quiero estar sola. Y apuesto a que ella desea más que nada volver con mi
hermano.
—Terminaron—murmura, sabiendo que estoy de pie a su espalda, varios metros lejos
de ella, expectante y de brazos cruzados.
Inmóvil, así he estado sobreviviendo esta última semana. Y sólo me cambié la opaca
ropa insípida y dejé la casa para ir a terapia y llevar a Tony al jardín. No me gusta más que al
mundo esta versión fea de mí.
—Tu hombre salió disparado como una cañita voladora para acá—dice, volteándose
para sonreírme de costado.
Inclina la cabeza a un lado, aflojando los puntos claves en sus facciones, viéndose muy
inocente y angelical por una vez en la vida. La preocupación hace eso en ella, y el cariño
sincero. Enrosca un dedo en el extremo de mi largo pelo cayendo sobre un hombro.
—Que conste—levanta el índice, enfocando al cielo—, al único que le digo cosas cursis es
a tu hermano—entrecierra los ojos—. Pero no cuentan como dulces cuando lo estoy golpeando
duro…
Sus carcajadas retumban en mi sala, y tardo al menos cinco segundos en unirme, contra
mi voluntad. Por Dios, ella y Santiago están tan jodidos. No quiero saber nada que tenga que
ver con ellos y sus adictivas actividades sexuales. Porque es cierto que parecen adictos, todo el
tiempo esperando por eso.
—Hola—susurro.
Se pasa una mano por la cima del pelo oscuro bien corto, y su boca generalmente tosca
me ofrece una media sonrisa, suavizándose.
—Hola—carraspea.
Mi piel se eriza. Sabemos que no hace más de dos días que no nos vemos, pero se han
sentido como una eternidad y no me importa que estemos siendo un poco ridículos. Sin él no soy
nada, y lo necesito ahora más que nunca. Me adelanto al mismo tiempo que él y entro en sus
brazos abiertos. Salto sobre su valiosa y pesada contextura, rodeo su cintura con mis piernas.
Aferrándome. A mi gigante roca. Me sostiene, como sé que hará por siempre. Y la manera en la
que lo hace me dice que ya todo ha terminado, no necesita expresarlo con palabras.
Otro auto se escucha en la lejanía, indicando que mi hermano se acerca por la huella
que marca el camino de entrada. Escucho la puerta del frente abrirse y cerrarse, luego la del
coche con el mismo patrón. Sin embargo, no se van, el motor se detiene y el silencio es
aplastante y pacífico, mientras Jorge me lleva hacia la mesada de la cocina, me sienta allí, para
rodearme por más tiempo. Pasos vienen detrás de nosotros, y levanto la frente del gran hombro
caliente de mi hombre para encontrarme de frente con los ojos medianoche de mi hermano
mayor. Ha rotado alrededor de la casa para entrar por la cochera, y ahora está en la puerta
esperando. Quieto, pero no tenso.
Jorge se aleja de mí, me desliza abajo, en mis pies. Besa mi sien y avisa que irá
corriendo por una ducha. Nos deja en compañía de la privacidad.
No sé por qué, será que verlo justo ahí en medio de todo me hace feliz. Entonces sólo…
lo comprendo. Y es tan doloroso como liberador. No necesito mendigar para que se mueva en mi
espacio personal y me abrace, ni siquiera me importa que sea torpe y le cueste tocarme del todo.
Yo lo hago por él y mojo su abrigo de cuero negro con mis lágrimas saladas.
Lo oigo tragar, no responde nada a eso. Tampoco espero que lo haga. Simplemente no
entiendo cómo es que lo he descubierto. Será que esta mañana, frente al espejo, mis propios ojos
me recordaron a los suyos. O porque me ha costado tanto sonreír últimamente, cuando sólo he
querido arrastrarme por ahí. Y no sentir nada.
—No. Aceptarse a uno mismo cuando se está roto no es el camino fácil—me separo y lo
observo frente a frente—, es el más difícil. Saber que una parte de vos se ha ido y seguir
viviendo con esa certeza… uno tiene que ser muy fuerte para lograrlo. Pero, no quiero ser fuerte
para aceptar esta versión de mí. Necesito luchar contra ella, y lo haré. Aunque ahora me siento
vacía, confío que pronto voy a mejorar, porque es lo único que deseo. Necesito paz.
Me brinda un asentimiento, y en sus ojos hay algo nuevo. Brillan con respeto y una
nueva calidez que no es tan difícil de descifrar. La he visto antes, cuando se ha fijado en Adela.
Ella logró traspasar su armadura. Y me doy cuenta, ahora mismo, que yo también fui capaz de
hacerlo. Y mamá. Estoy segura de que Santiago sintió algo fuerte al verla de nuevo. Hay una
ranura en la piedra que lo protege, y fue Adela quien la impulsó. Por ahí conseguimos entrar.
Voy a estar agradecida con ella toda la vida por eso.
—Yo también—traga, y mi sonrisa es tan grande que la piel alrededor de mis labios
arde—. Y quiero que seas feliz—remata.
Enseguida veo su espalda salir por la puerta, corriendo hacia el coche, donde lo espera
su chica. Me seco los restos de lágrimas, echo un suspiro al aire y una vez que vuelve a entrar
en mis pulmones parece que se ha liberado algo de mi interior. Me siento más liviana, más
orientada.
Y cuando Jorge vuelve a aparecer, limpio y con sus pantalones grises largos y sueltos de
deporte, le doy la bienvenida con una sonrisa. De nuevo caigo en sus brazos y el calor me
envuelve instantáneamente.
— ¿Bailar?
Un largo rato después decido que es suficiente y mejor ir a la cama, los dos siendo
tironeados por el cansancio. Justo en el pasillo, en frente de nuestra puerta, lo freno tomando
su brazo para atraerlo de nuevo. Sus ojos dorados enlazan los míos.
Y no existe pausa, se inclina y toma mis labios. Fuerte, decidido, dispuesto a saquear.
Me roba el aliento y pellizco su cuello con mis dedos. Suspiro cuando me rodea la cintura con
uno de sus gruesos brazos y me suelda a él. Acepto su lengua con un estremecimiento y la
persigo con la mía. Siempre.
Nos detenemos porque oímos a Tony decir mi nombre con voz dormida desde su
habitación, y nos separamos enseguida. Mirándonos, enviando mensajes silenciosos.
Nuestra familia.
Diciembre, 28.
—Bianca, estás preciosa—viene Francesca a colocarse junto a mí, ambas con una copa
de vino blanco en mano.
Sonrío, y le agradezco el cumplido. Aunque, en realidad, la que realmente está hermosa
este mediodía es Lucre. Ella resplandece con un sencillo vestido blanco, suelto, que la hace lucir
delicada y casi etérea. La falda vuela liviana en la brisa en cada paso, acompañando las suaves
ondas en su cabello muy rubio suelto. Parece un ángel. Y Max no obtiene éxitos en dejar de
mirarla, siguiéndola por toda la celebración con los ojos brillantes.
La ceremonia fue sencilla, sólo acudimos los más allegados a la pareja. Se casaron en un
claro, junto a la entrada del bosque de lengas detrás del bar, rodeados de un sol de verano.
Lucre y Fran se encargaron de la decoración y el altar el día anterior, y colocaron mesas con
manteles blancos bordados en torno a él. Ha quedado, muy fino y acogedor. Acabamos de
almorzar bajo el sol, y ahora la gente se ha dispersado en pequeños grupos, charlando, riendo,
disfrutando de una copa. Me he quedado sola a un lado observándolo todo con atención,
sintiendo una felicidad y liviandad que estaba extrañando.
Los pasados cuatro meses que transitaron hasta la actualidad han sido tranquilos y
agotadores en la misma medida. Nuestros momentos de familia en casa con Tony y Jorge ha
sido, con mucha ventaja, lo mejor de mi vida entera. Aparte están las luchas casi diarias en el
interior de la oficina de mi psiquiatra, los primeros dos meses fueron tan duros que me
encontraba perdida en tiempo y espacio después de cada sesión. Tanto, que a veces ni recordaba
volver en coche a casa. El pasado era como una serpiente enroscada en mi cuello, apretando y
aflojando cuando se le daba la gana. Los últimos sesenta días han sido considerablemente
mejores. Gracias al cielo. Porque odio preocupar a la gente que quiero y, principalmente, Jorge
era quien se llevaba la peor parte. Él también pasa por sus terapias, y lo logra como un
campeón. Mucho mejor que yo. Porque es más fuerte, y tiene el impulso necesario e imponente
para poder sostenernos a todos. Es por ello que es un gran cabeza de familia y un líder
excepcional, aunque él lo niegue cada vez que se lo digo.
—Lo hizo. No quería molestarla porque está muy ocupada con su bebé, pero Lucre soltó
el tema hace un par de meses y Aye insistió—se encoge, negando.
Esos bebés están enormes, casi comenzando a dar los primeros pasos. Corro mi atención
hacia los mayores que corretean por ahí, vigilándolos, y sonrío enamorada, parecen estar en su
salsa, encantados con cada fiesta. Hace apenas unos días estuvimos acá para pasar navidad con
todos, esto ya se ha vuelto una rutina. Y si fuera por León festejaríamos algo cada día de la
semana.
— ¿De qué van tantos secretitos, señoras?—dice una voz, retumbando a nuestras
espaldas.
León nos rodea para colocarse frente a nosotras, sonriendo. Le echa un vistazo largo a
su mujer, tan intenso que hasta yo me sonrojo.
El hombre alza las cejas, un segundo después echa la cabeza hacia atrás y se ríe.
—Nada más que decir—dice después, buscando a Max con la mirada risueña.
Éste se encuentra entre Alex, Gusto y Jorge. Los tres no han parado de hablar desde
que los novios se separaron para ir por sus caminos a saludar a los invitados. Tanto a mí como
al resto de los más íntimos nos encanta que los Medina ya no sean dirigidos por el rencor del
pesado, han estado pasando mucho tiempo juntos esta semana. No voy a decir que son
inseparables, sería exagerar, sólo se están llevando bien y ese es un comienzo más que
favorable.
“I want you” de Kings of Leon comienza a sonar suavemente en los parlantes y León tira
de Francesca para llevársela a la pista, que tampoco está muy llena. Sonrío al ver que ella se
pone roja cuando el líder la aprieta contra sí y la besa, puedo sentir las ganas de esconderse de
ella, tan tímida de una manera bastante adorable. Termino mi copa y me muevo entre la gente,
pasando a mi hermano y Adela que están acorralándose el uno al otro, tal vez discutiendo
alguna cosa. Todos acá sabemos que les excita pelear. Les doy un guiño, siguiendo camino.
Estoy dirigiéndome directamente hacia mi hombre para obligarlo a bailar, también. No
obstante, antes de que rompa un poco más nuestra distancia, me choco con un ancho y fuerte
pecho, rebotando mi hombro en él.
Enseguida consigo una servilleta de tela que hay en la mesa más cercana e intento
secarlo. Una mujer mucho más baja que yo se acerca riendo y me la quita de las manos.
—Está bien, no pasa nada—me asegura, divertida—. Bianca— advierte cuando no la
suelto.
Entonces la miro. Obviamente, no soy tan tonta para no saber que no se encontraban en
la fiesta, de hecho había permanecido estudiándolos desde lejos, cavilando sobre acercarme o
no. La que fue noviecita de un Santiago adolescente me está asimilando con sus enormes ojos
verdes, llenos de reconocimiento. Curvo mis labios con aceptación, dejando que tome la
servilleta y termine de secar un poco más a Lucas. Lucas Giovanni. Me animo a elevar mi
escrutinio, él me está mirando con una mueca torcida, aunque no malintencionada. Podría
decirse que está igual de divertido que su mujer, pero… es difícil saberlo con seguridad.
“Es tu medio hermano, Bianca”, me recuerdo a mí misma. Me pone nerviosa estar cerca
de él, porque realmente no nos conocemos. Nunca hemos hablado. Sin embargo, ambos sabemos
perfectamente quiénes somos, y qué lazos nos unen. Es muy extraño.
—Me alegra volver verte, Bianca—salta Lucía, ahora alisando el frente de la camisa—.
Ha pasado mucho tiempo.
—También a mí…
Los ojos de Lucas podrían traspasarme con su rigor. Me aclaro la garganta, sin saber
cómo seguir. Entonces un niño rubio con el pelo muy corto— una réplica de Lucas—, aparece.
Corre y lloriquea hasta pegarse a la pierna de su madre. Lucía se agacha junto a él, que debe de
tener unos dos años, y lo arrulla.
—Ay, pobrecito mi bebé—canturrea, parece que se ha caído y raspado las palmas de las
manos—. No pasa nada—se las limpia con una toallita descartable húmeda que saca de su
cartera—. Ya está arreglado.
Sonríe de lado, y hasta podría jurar que se hincha de orgullo por dentro. Me rio bajito
por eso, y asiente.
—Así es, nos mudamos hace unos meses—le cuento, mis hombros menos tiesos
agradecen la conversación—. Cualquier día de estos puedo pasar—y no estoy mintiendo, lo
haré, sin importar lo incómodo que sea.
Esta es otra parte de mi familia, y quiero ser cercana. Tal vez no vaya sola, seguro voy a
conseguir el apoyo moral de Lucre que hará que el encuentro sea menos raro entre nosotros.
Me doy cuenta, recién ahora, del carrito de bebé que está justo a su espalda, donde yace
una bebita dormida.
—Me gusta mucho su nombre, y es preciosa—los felicito con sinceridad por los dos hijos
y la familia perfecta que han formado.
Pongo los ojos en mi destino, decidida a llegar a él. Lo observo sonreír y prestar atención
a la conversación que está teniendo con el grupo. Seguramente hablando de motos o los nuevos
planes para el clan. Tal vez contándoles que todavía no vamos a mudarnos a nuestra casa en la
costa. No queremos cortar nuestras sesiones de terapia tan rápido, vamos a esperar a que
ambos nos sintamos aún mejor en nuestras pieles. Los avances han sido claros y satisfactorios,
sería un retroceso abandonar a nuestros doctores ahora que empezamos a ver los cambios con
más claridad.
Llego a él y engancho nuestras manos al mismo tiempo que todos se ríen de algún chiste
que dejó caer Gusto. Su tacto enseguida reconoce el mío y me insta a apoyar la cabeza en su
hombro, para después atraerme más y abrazar mi cintura. Al segundo siguiente sólo tiene ojos
para mí, olvidando a sus amigos. Sonrío. Sus irises son todavía más dorados cuando les da el sol
de lleno. Y amo la forma en que su mandíbula afeitada se afloja a causa de la curva en las
comisuras de sus labios. La calidez me envuelve, y es seguro que no se trata del día soleado. Es
su cuerpo, y las pequeñas caricias acá y allá en mi cuello y detrás de la oreja que me obsequia
con el pulgar.
Por supuesto, Jorge Medina detesta bailar. Únicamente he podido obligarlo un par de
veces, estando a solas. Tenía la esperanza de que me concediera ese deseo justo acá, en esa
pista. Pero no va a pasar, además, tengo otra cosa mejor en mente.
— ¿En serio? ¿Con esa ropa tan inadecuada?—resopla, todavía sin borrar esa mueca
torcida en los labios.
El motor ruge a la vida y salimos disparados fuera del recinto. El aire a nuestro
alrededor me hace sentir libre y contenta. Mi sangre llena de burbujas, nuevas cosquillas en el
estómago. Y su mano libre ajustando las mías en su vientre me brindan toda la seguridad que
necesito.
Ahora sólo tengo la certeza de que la vida nos regalará los mejores años.
Al terminar, hace ademán de querer levantar su plato para llevarlo al fregadero, pero
Bianca estira el brazo y lo retiene de la muñeca en su asiento. Los ojos dorados de Tony la
alcanzan de inmediato, atentos y siempre con respeto.
Cada vez que él la llama de esa forma una descarga eléctrica la traspasa desde la
cabeza a los sensibles dedos de los pies. Todavía no puede dejar de recordar la primera vez que
se refirió a ella usando esa pequeñita palabra que a la vez sostiene un significado tan grande.
Estaba ayudándolo a cambiarse y arreglarse para su primer día de clases en la primaria. Tenía
ya preparado el guardapolvo encima de la cama, planchado y listo para usar. Tony frente a ella,
luchaba con los pequeños botones de su camisa a cuadros. Ella sonrió y acabó con los últimos
dos, doblándole el cuello.
—Es sólo por hoy, hombrecito—le aclaró ella, al ver que le molestaba—. Hay que estar
lindo y presentable para el primer día—guiñó.
Se habían mudado a un pueblo cerca de la costa un tiempo largo atrás, y el pobre tuvo
que volver a adaptarse en el último año del jardín de infantes. Ahora, en tan poquito tiempo
debía hacer lo mismo con la escuela. Ella entendía su nerviosismo, aunque cada vez que le
preguntaba él aseguraba que tenía muchas ganas de empezar. Era un niño fácil, atento,
simpático y muy inteligente, confiaba en que no iba a costarle nada. Había perdido el silencio
una vez que la familia estuvo estable, ya no más sombra en esos hermosos ojos dorados.
Bianca se movió para conseguir sus botas desde el ropero y él metió los brazos en su
pulcro guardapolvo blanco. Se enredó.
— ¿Qué?
No quería que él se olvidara que ya había tenido una madre, Jorge y ella siempre
desearon que la tuviera en cuenta y presente. Después de todo, Cecilia dio su vida para
salvarlo.
—Ya sé—responde él, muy serio—. Pero sos mi madrastra, y te puedo llamar “Ma”—
sonrió.
Bianca soltó una bocanada de aire junto a una risita ahogada y emocionada. Se relajó
enseguida. Se había sentido fatal porque no quería reemplazar a Cecilia, sin embargo, en el
fondo de su corazón había amado que él le soltara ese diminutivo de “mamá”. Pensó que era
una persona horrible por alegrarse. Le sonrió al niño con los ojos aguados, casi al borde del
llanto.
—Bueno—asintió, pasándole los dedos por el pelo castaño dorado muy corto y recién
peinado—. Me gusta mucho que me digas así.
Fue una de esas escenas que no se olvidan jamás en la vida, y se llevan marcadas en el
alma hasta el último día.
Regresando al presente, observa al chico de trece años y le sonríe con anchura. Frente a
ella, Jorge está muy tenso, aunque también ansioso. Aprieta la mano de Tony con amor y lo
insta a permanecer en la mesa un poco más.
No tienen ni idea de cómo va a tomarse el adolescente esta noticia. Puede que la ame o
la aborrezca. Nunca se sabe.
—Sabes que estuvimos muchos años…—se aclara la garganta porque Jorge hace una
mueca herida.
Sí, bueno. Puede que esa no sea una buena forma de encarar el tema. No tiene que
saber cuánto intentaron. Le envía un mensaje silencioso a su hombre, abriendo los ojos muy
grandes. Si él piensa que va a lograr un mejor trabajo, pues que siga. No lo hace, así que de
nuevo la pelota está en su cancha. Suspira y prosigue.
—Lo que queremos decir es que…—se detiene, notando la leve arruga que el chico tiene
entre las cejas.
El silencio que sigue es espeso y hace que los latidos se agolpen en los oídos de Bianca.
Ella ha sido, desde el principio de los tiempos, muy indulgente con Tony, en cambio, Jorge es el
que pone las reglas y los límites en la casa porque no se le estremece el corazón a la hora de
poner las cartas sobre la mesa. Ella es débil. Demasiado blanda. Aunque eso nunca ha llevado a
Tony a faltarle el respeto ni pasarla por encima. El chico la adora.
Bianca se muerde el labio, rezando para que no se lo tome mal. Lo último que quiere es
que él se disguste. Ha sido hijo único por demasiado tiempo. Mientras que, en secreto, Bianca y
Jorge pasaron años tratando de tener otro bebé. Fue duro y frustrante, casi perdieron las
esperanzas hasta que un retraso y un rápido test de embarazo lo cambiaron todo. Bianca cree
que todo ha sucedido por algo, tal vez antes no podía quedar embarazada porque no estaba
preparada emocionalmente. Jorge estuvo de acuerdo con su teoría, lo cierto es que no tenían ni
idea de los motivos por los que algunos tratamientos que eligieron no funcionaron.
Posa la mirada en el chico sentado junto a ellos en silencio, preocupada. Luego del
examen médico y los análisis se sintieron preparados y decidieron contárselo. Más temprano
que tarde, para que se fuera haciendo a la idea. Jorge no cree que sea capaz de ponerse celoso o
sentirse desplazado, pero nunca se sabe y ella está aterrada. Después de todo, es un
adolescente, y eso lo convierte en un chico impredecible.
—Nunca querés herirlo, siempre lo proteges. Deja de una vez que él crezca, que
enfrente sus propias luchas. Acá tiene la primera: un hermano en camino. No hay mucho que
pensar, ¿cierto? No es tan complicado. El bebé vendrá y tendrá que aceptarlo…
Bianca deseaba tener un hijo con el hombre que ama desde hace larguísimo tiempo.
Desde que se sintió en paz consigo misma y el pasado. Desde que sanó sus heridas. Los años se
le escapaban como arena entre los dedos y todavía temía nunca traer un bebé al mundo. Hasta
ahora. Lleva casi tres meses de embarazo.
Corre hacia el coche, cayendo en el asiento del copiloto mientras él se coloca detrás del
volante. Furioso. Lleno de adrenalina. Y Dios proteja a Tony cuando éste lo alcance.
—Está loco—murmura, mientras salen marcha atrás—. Y te dije que era demasiado
joven para comprarle una moto…
Jorge voltea la cabeza para observarla fijamente con el ceño fruncido. Ella se aprieta los
labios con los dedos y se obliga a sí misma a callar. Tony les ha sacado bastante carrera y teme
no poder alcanzarlo. Por la dirección que ha tomado parece que se mueve hacia el recinto de los
Leones.
Bianca no agrega nada, mira nerviosa hacia el frente tratando de encontrar la silueta
de Tony. ¿Qué tan rápido marcha? Tiene que ser mucho, porque es imposible que les haya
sacado tanta ventaja.
La distancia entre la casa y el bar no es tan larga, pero a ellos se les vuelve eterna. Para
el momento en que llegan, la moto del chico ya está a un lado del estacionamiento, y Bianca
salta del coche incluso antes de que Jorge frene del todo. Ambos se apresuran a entrar, casi
arrancando la puerta. Hallan al chico rodeado de sus primos, Abel, Max, León y unos cuantos
Leones más. Todos chocando los cinco, riendo alto y frotándole la espalda con felicitación.
El despeinado adolescente abre los ojos como platos y se queda congelado en el lugar.
Lleva su chaleco de las Serpientes y un vaquero suelto. A Bianca no le sorprende, ya que usa el
atuendo en cada ocasión en la que está en cualquiera de los dos recintos, juntándose con los
clanes.
— ¡Tony, casi nos matas de un susto!—gimotea ella, apresando al padre del brazo antes
de que llegue a él.
—Pero…
—Pero nada—escupe Jorge, rabioso, lo señala con el dedo a la vista de todos los testigos
sorprendidos—. Vas a subir al coche con Bianca y volver a casa, ¡ahora!
—Quería decirle a mis amigos que voy a tener un hermanito—su mirada inocente y
pulcra derrite el corazón sensible de Bianca.
Se mitiga, llevándose una mano aliviada al pecho. Jorge también parece confundido, se
limpia el sudor de la frente con la mano, matando el nerviosismo que pasó durante el viaje.
Bianca se lleva los dedos al entrecejo, frota el comienzo de un dolor de cabeza. Está
entre divertirse con él y enfurecerse como la mierda. El miedo que pasó en ese coche no se
compara con nada.
—No te das una idea de lo que nos hiciste pasar—lo culpa Jorge.
La mueca de suficiencia abandona el semblante del chico, ahora que está fresco y lo
piensa bien. Su impulso fue un poco exagerado. No está bien hacer sufrir así a Bianca y a su
padre.
—Bueno…—se resigna.
— ¿Qué tal si nos tomamos una copa? ¿Eh?—dice León, cruzado de brazos, tratando de
no verse divertido.
Max y él mismo estuvieron enseñándole a montar durante unos cuantos veranos atrás,
y sabe bien lo que el chico es capaz de hacer al volante. Lo que le sorprende es que su propio
padre no esté al tanto. No sería raro que fingiera no saber una mierda para entretener a Jorge.
Tony es brillante. Y astuto cuando quiere. Tal vez no quería herirlo al decir que ya sabía
conducir una moto mucho más grande que la que le había regalado. En fin, no va a entrar en
eso. Es asunto entre padre e hijo.
Jorge y Bianca se acercan a una mesa, dejándose caer allí con extenuación. Todos se
acercan a ellos para felicitarlos y Tony acaba encima de ella para consolarla y pedirle perdón.
Ahora están allí porque Abel vino de visita y quiere recorrerla, además de ver cómo se
labura adentro. A este tipo, todo lo que tenga que ver con mecanismos y funcionamiento, lo
vuelve loco. La joyas que diseña el padre de Tony se venden fácil, el negocio tuvo éxito casi
instantáneamente y la fábrica se fue para arriba en un suspiro. Por lo que no le hace falta
meterse en negocios ilegales con los Leones, pero a eso ya lo tiene cubierto. Tony será el que se
haga cargo de esa parte, su padre ya está para quedarse en casa con su familia. No han
necesitado ni hablarlo por más de dos minutos para llegar a un acuerdo que les viene como
anillo al dedo a los dos. Valga la redundancia.
—No entiendo por qué tu viejo sigue haciendo negocios con nosotros—comenta Abel
después de entrar a la segunda sala de fundición, ahora yendo a la de modelación—. Con esto
ya es un rey, su joyería es de las más famosas del país…
Tony se encoge.
—Será que los clanes como los nuestros no pierden del todo las malas costumbres—se
mete las manos en el bolsillo, avanzando por los pasillos.
Un grupo de mujeres de diferentes edades viene en sentido contrario y las más jóvenes
se envaran con ojos brillantes al ver al chico de diecinueve años de nuevo por ahí.
Sencillamente se vuelven locas cuando se lo cruzan, llenándose de la pura necesidad de
coquetear. Sólo que ahora no es sólo él, sino otro bombón acompañándolo y es demasiado para
sus radares. Los dos les sonríen, con esa expresión que ya está estudiada para bajar bragas, les
quitan el aliento de golpe. Las más viejas ponen los ojos en blanco, tratando de ocultar que
también se les van tironeando un poco en esa misma dirección.
—Hola, Tony—saluda una de las pequeñas, aunque sigue siendo mayor que él por unos
dos o tres años.
El chico le guiña y le da un beso en la mejilla cuando ella se le va encima. Y una vez que
sucede, las otras cuatro actúan exactamente igual. Y se ocupan bien en no dejar afuera a Abel.
Tres, dos, uno. Abel pone los ojos en blanco ante su forma de referirse a ellas. Tony lo
ignora, sabe que ser cortés aunque un poco juguetón las mantiene en un charco. Siempre
derretidas. Hablan por un rato, algunas casi arrinconando a Abel, también. Insisten en que
deberían salir esa noche, ya que es viernes y Tony no pierde el tiempo en aceptar. Va a
arrastrar a su mejor amigo a ese bar como sea, hay un par de estas morenas que le llaman la
atención. Tal vez podrían tener alguna probadita de nada. Ya se ven más que dispuestas.
—Hombre, que no te cuesta nada—ríe Abel, otra vez ambos regresando a sus
motocicletas.
Tony resopla.
—Lo dice el burro con las orejas más grandes que he visto—enciende el motor—. Ya te
conseguiste otro par también, eh.
Los dos niegan, divertidos, y se colocan los cascos. Toman la calle que sigue y les lleva
directo a casa. Es casi mediodía y sabe que Bianca va a esperarlos con la comida preparada. Es
la mejor, lejos. Incluso cuando sus pequeños hermanos la vuelven loca. Al menos su padre le
ayuda bastante y tiene una niñera que los vigila a la hora de su rutina de cocina diaria o
cuando está en medio de sus otras tareas. Como organizar eventos cien por ciento benéficos
pero no lujosos y hacer funcionar a la perfección los comedores que llevan codo a codo ella y
Lucrecia Medina a lo largo del país. Tiene los días hechos. Aunque la pobre ya no lo puede todo,
es lógico. Tony la ve como una súper heroína desde que tiene uso de razón.
Pasan el alto portón negro ya abierto y se internan por el largo jardín en dirección a la
sencilla, pero bastante grande, casa de sus padres. Ambos introducen sus vehículos en la
cochera, justo debajo de donde Tony está viviendo provisoriamente antes de comprarse un
apartamento. Rodean por el costado para meterse por la puerta trasera que da a la cocina,
hacen caso omiso de la cantidad de juguetes que hay desparramados por todo el patio.
Tony se olvida de todo al notar a su hermanita, justo ahí, de pie en la puerta que une el
comedor con la cocina. La niña tiene el pelo oscuro corto y enredado, completamente despeinado
y las mejillas rojas. Los ojos castaños lo miran asustados y a punto de llorar. Sorbe por la nariz,
preocupada.
— ¿Qué pasa, pequeña Bet?—el protector hermano mayor le sale por los poros cuando
se inclina hacia ella—. ¿Por qué estás llorando?
Tony se traga una risa. Hace un gesto de sellarse la boca con un cierre y le guiña.
—Top secret—promete.
Betsabé se estira para conseguir su mano grande y tironea de él hacia la sala. A todo
esto, ¿dónde está todo el mundo? ¿La niñera? ¿Jorge, Bianca? ¿Emiliano? Abel se queda en la
cocina, husmeando en la heladera, algo rápido para picotear. Le deja tiempo con su hermana.
Bet se suelta para agacharse y agarrar algo desde detrás del mueble del televisor. Se lo
muestra. Tony alza las cejas.
Un tacón. Un tacón roto. El taco como de unos siete centímetros se ha desprendido del
resto del zapato, cuelga a un tirón se desprenderse. Betsabé baja la mirada al suelo, enrollando
sus manitos con culpa.
Ella hace puchero y asiente, apesadumbrada. Por dentro, Tony se ríe. Pero entiende
bastante bien lo que su hermanita está sintiendo ahora. Se mandó una cagada con los zapatos
favoritos de mamá. La ve arrugar la nariz de la manera más adorable que existe. Se agacha
junto a ella y le quita todo ese pelo enmarañado de la cara, Bet frunce los labios, deprimida.
—Bueno…
La niña salta y abre los ojos gigantes cuando la niñera entra en la sala buscándola.
Tony se apresura a meter el tacón debajo del primer almohadón que encuentra, en uno de los
sofás, el de tres cuerpos. Le guiña a su hermana y ella se alivia, dándole una sonrisa. Lo mira
como si fuera su héroe.
—Top Secret—repite, y ella asiente, entusiasmada.
Como si lo que acabara de hacer fuera importante de verdad, cuando es posible que más
que pronto encuentre alguien el tacón ahí encajado. Tony va a ocuparse de eso cuando nadie
esté cerca, se promete. Y hablará con Bianca en privado para contarle lo que ha pasado. Si le
dicen a Jorge, va a castigar a la niña, porque para él sus hijos tienen que hacerse cargo de las
cosas. Ah, pero Betsabé es muy pequeñita. No vaya a ser que su padre le prohíba tomar jugo en
el almuerzo, o no le permita a mamá leerle un cuento antes de dormir. Pobre piojita.
Caos, como siempre. Entre Betsabé que destroza tacones y Emi que siempre está
tirándose cosas encima, no sé cómo esta gente sobrevive sin ponerse un poco demente. Señala el
pasillo opuesto a las habitaciones, donde está la oficina, y Marga asiente dejándolo marchar.
Ella se va junto a Abel en la cocina y lo obliga a ordenar la mesa para el almuerzo porque ella
debe marcharse a su hogar. Él no se queja y se pone manos a la obra, con la boca llena de vaya
a saber qué. Por su lado, Betsabé le pisa los talones, y cuando quiere acordar, otro piojo se une
a la banda. Emi. El niño tiene tres y está más loco que una cabra, a alguien tenía que salir. No
hacen más que ponerse a la par que sus hermanitos empiezan a pelear, corriendo carreras.
Tienen prohibido venir por este lado de la casa, pero es con él, así que no se preocupa.
Generalmente sus padres temen que esos dos terremotos asalten la oficina y lo destrocen todo.
Bet le hace la trabadilla a su hermano y éste cae casi dándose la nariz con el suelo.
Tony la reta, levantando al enano para revisarlo, pero no le duele nada, está enojado porque
Bet hizo trampa y llegó primera a la puerta. Ella baja el picaporte y la abre. Tony la sigue de
cerca, sólo para tironearla de los pelos por el apurón y alcanzar a taparle los ojos, así no ve lo
que sus padres están haciendo en la silla detrás del escritorio.
El mayor salta, alzando las cejas. Él es completamente inocente esta vez. Suerte que
sólo estaban en los preliminares. Sólo besos, y bueno, tal vez algún franeleo de nada. Puaj, se
estremece y echa a sus hermanos de una vez por todas.
—Hombre, echa llave—aconseja, tratando de no reírse.
En eso, la puerta se abre de nuevo y el tema de conversación se asoma, con una risita.
Emiliano la empuja adentro de nuevo, y Tony tiene que agarrarla antes de que se caiga.
Lo hace sólo por joder, porque Bianca ya está presentable y no hay nada inadecuado
para ver. Ella se remueve, avergonzada, y murmura que va a llevar a los niños a la mesa. El
embarazo la tiene un poco sensibilizada, por lo que ve. Le da un guiño de apoyo a la pasada y
ella le sonríe.
—Ah… pero tampoco le han dado la baja al telón, ¿eh?—se burla Tony.
Años sin poder tener hijos, entonces llegó Bet y cuando quisieron acordar no pudieron
parar de venir bebés. Tony no entiende nada. ¿Los tratamientos eran a largo plazo? Bromea en
su interior, ya que su padre no se lo tomaría muy bien.
—Cállate—le gruñe él, siendo fiel a su temperamento—. Ahora decime que el viaje fue
un éxito y vamos a estar en paz vos y yo—le exige, yendo a la puerta.
—Por supuesto, fue más que un éxito—asegura él, lleno de suficiencia—. ¿Por quién me
tomas?
Acaban todos en la mesa, Bianca atendiendo a Bet, Jorge a Emi. Abel los observa,
metiéndose bocado tras bocado y Tony intenta que la mesa no se convierta en una batalla
campal. Bianca equivale a media ayuda porque está tan enorme que no puede moverse. Debería
tomarse un descanso, a su edad y con semejante embarazo no parece que sea recomendable
estresarse tanto con los terremotos. Terminan de comer, y todos ayudan a levantar la mesa,
como es costumbre en el clan Medina. Incluso los niños llevan sus vasos de plástico al
fregadero. Abel y yo nos encargamos de los platos sucios y ella, en un tortuoso suspiro se deja
caer en el sofá.
Se queda mirando el tacón roto con la boca abierta. Bet corre hacia ella, exaltada.
—Noooo—se queja el chiquito, el pelo dorado enfocando en todas direcciones y los ojos
azules molestos—. Eso es de nenas…
— ¡PAPÁ!—chilla Emiliano.
Jorge está dormido, boca abajo, abrazando su almohada. Un entrecejo forma una
arruguita con el llamado, el sueño siendo barrido por la luz que entra por la ventana. Gruñe, se
coloca el brazo encima, cubriéndose la cara. Bianca suelta una risita ahogada en suspiros y
comienza a besarlo a través de toda la extensión de su espalda tatuada y morena. Lo huele,
como si no le alcanzara el sólo hecho se apoyar sus labios en su piel y consumir su sabor. Abre
los ojos, una pequeñita rendija de nada, para que la claridad no le provoque dolor en las sienes.
La enfoca, con los párpados a medio abrir y la frente encogida, tiene la marca de la
almohada en la mejilla afeitada.
Tiene los botones del escote desprendidos por completo, mientras amamanta a una
entusiasta Celina. Se sienta, frotándose los ojos, y nota a la niña de casi diez meses sonriéndole,
todavía con el pecho de su madre en la boca. Jorge le alza las cejas, asintiendo. La chica levanta
su manito al aire en su dirección y él se inclina para besarle la palma.
Bianca bufa y niega con la cabeza, cuando él se estira para besarla a ella consigue el
inconfundible sabor del chocolate de sus labios. ¿De nuevo comenzando la mañana con un
bocado dulce? No dice nada al respecto, va a pensar que lo hace porque la ve gorda y él ama
esos quilitos de más. Además tiene el permiso de darse cualquier gusto que desee, es momento.
Todo marcha de maravilla. Muy de vez en cuando es víctima de las parálisis, algo que no se va
a ir pero que ha menguado considerablemente porque ella ya no se siente estresada ni
atemorizada. Las pesadillas salieron del mapa hace tiempo. Y ahora sólo sirve para él hacerla
feliz, mantenerla contenta. Porque para eso deseaba esta segunda chance, para darle todo lo
que merece.
La vida ya no es capaz de ser más considerada con ellos. Jorge llama a eso un milagro.
—Dormiste las ocho horas que indican los médicos, exagerado—se relame las
comisuras, separando a Celina de su pecho.
—Escuché playa—comenta Bet, con la nariz en alto, observando a su padre con interés.
— ¿Hay algo de lo que esta chusma no se entere? —la acusa, tratando de no reír.
Los nudos en su pelo fino oscuro son muy cómicos, parece que metió la mano en el
enchufe más cercano. Las mejillas regordetas están rojas y sus ojos son grandes y curiosos,
como siempre. Jorge jura que llegó al mundo viéndolo todo, apuesta que ya sabía los nombres
de sus médicos antes de que le dieran el cachete en el culo para que llorara.
Sí, celos. Perros celos, pero ya están casi desapareciendo. Entendió de una vez que
Celina no venía de visitas sólo por un tiempito de nada. Se acerca a su madre para ver lo que
está haciendo, interesada.
—Es una bikini y la dejas ahí—la reta Bianca, arrancando sus manos del cajón—. No
hay nada para nenas chiquitas acá adentro.
Bet entrecierra los ojos, herida. Ya ha tenido su merecido varias veces por hurgar en el
guardarropa de su madre. Como no obtiene colaboración de Bianca, corre a entretener a su
padre, subiéndose a la cama.
—Dijeron que van a ir a la playa y yo ya preparé mis cosas, están en el garaje. ¿Vamos a
ir en coche? Porque son muchas, y muy pesadas. Espero que Emiliano no las olvide enterradas
por ahí, si quiere hacer eso, entonces que lleve sus juguetes… los míos son más lindos—sonríe
angelical, y engañosa—. ¿Tony también viene? Yo puedo ir a buscarlo, puede traer a su amiga…
Bianca se da la vuelta, lanzando un bañador de una sola pieza sobre los pies de la cama.
—La amiga que estaba anoche con él, la que invitó a subir. Era linda. Rubia. Y después
voy a preguntarle cómo se llama, porque quiero saber. Él tiene que decirme el nombre de sus
novias…
—Sí, porque el otro día subió a una morocha y de pelo largo—dice Bet, encantada de
proveer información jugosa.
Bet se calla, pestañeando. Después le da una linda sonrisa que intenta ser conciliadora.
Pretende derretirlo para que no se dé cuenta de que era muy tarde a la noche y ella no se
encontraba dormida en su cama, como debe ser, sino encaramada a la ventana.
—No me acuerdo—responde.
Después sale corriendo por la puerta, su hermano persiguiéndole los talones. Bianca
cierra y toma el bañador para entrar en el baño y colocárselo. Jorge abandona las sábanas y,
mientras Celina se queda quieta recostada sobre el colchón, él se viste con un par de vaqueros.
Observa a la niña de grandes ojos azules y pelo castaño, pensando en que será imagen idéntica
a la de Bianca. Se pregunta si tan inquieta como Bet y Emi. O tan charlatana. Candelaria ya
les aseguró que la actitud de Bet se asemeja a la de su mujer de pequeña, lo que le divirtió
bastante. Se imagina a la mini Bianca hablando sin parar, estando en mil lugares a la vez, y
tratando de comprar a todos con su falsa inocencia.
— ¿Qué tal?—sale su mujer del baño luciendo una maya estilo vintage con escote
corazón, negra con rosas rojas y bordes blancos.
Su familia, su fortuna.
Nadie es más feliz que él, y se siente demasiado agradecido por esta nueva oportunidad
de hacer las cosas bien. Bianca regresa sin bebé a la vista y cierra la puerta, sin olvidarse de
echar llave. Después camina apresurada hacia la ventana y cierra las cortinas, sólo por si
acaso. Una vez preparado el terreno, él se baja los pantalones y avanza a ella para bajar el
cierre del bañador en el costado. Marca con los dedos el contorno de su cintura. La prenda cae,
liberando sus pechos.
—No tenemos mucho tiempo—dice ella, con la respiración acelerada—. Marga no estaba
y tuve que improvisar.
—Sí, subí y desperté a Tony—cuenta, ahora jadeando porque tiene la boca de su hombre
en la elevación perfecta de uno de sus senos—. Lo obligué a cuidar un rato de sus hermanos.
—No van a durar mucho en ese pequeño apartamento—dice, bajando por su vientre.
Bianca cierra los ojos y tararea por lo bajo, entrando en el mundo sensitivo que tanto
estaba extrañando este último tiempo. Bueno, hace como… un día.
Asciende sobre ella y tiene su boca, poniéndose manos a la obra. La besa con ganas, con
ardor. Como si hicieran más que sólo unos días desde que lo hizo. Saquea el interior con su
lengua. Se consigue lugar entre sus piernas, empujando con sus caderas. No cubre la boca de
Bianca cuando ésta comienza a gemir y retorcerse. No hay niños en la casa que vayan a
escuchar y preguntarse qué serán esos ruiditos. Están bastante lejos para escuchar los ecos.
Son sólo suyos, y extrañaba oírlos. Extrañaba eso de no cuidarse cuando están teniendo sexo.
Se desenfrena, golpeándola y tambaleando las patas de la cama. El pinchazo de las
uñas de Bianca en sus hombros lo incitan, le aceleran más la sangre. Su sexo lo acuna y
comprime y allí es cuando ella explota. Él cierra la boca y se traga los ecos de sus aullidos, los
consume, como su desayuno favorito.
No hace más que culminar y derrumbarse sobre el caliente cuerpo femenino que
escucha nuevo barullo que persigue los pasillos desde la cocina llegando a la habitación. Los
niños acaban de volver. Tony manda en la manada. Pero esta vez no está contento de pasar
tiempo con sus hermanitos. Se queja de una resaca. Refunfuñando que Emi rompió algo de su
apartamento. Refiriéndose a Bet como una charlatana a la que sus oídos y cabeza no aguantan.
Y amenazando que si no se hacen cargo ellos mismos de sus propios hijos es capaz de
abandonarlos en uno de los comedores de Bianca.
Jorge se menea.
—Seh—gruñe, creciendo en su interior, listo para una segunda ronda—. Que se joda—
chasquea.
Pasan el resto de la mañana ahí metidos, tomándoselo con bastante calma, haciendo
oídos sordos a los ecos del caos que parece poblar cada uno de los demás rincones de la casa.
Fin
Elisa d’ silvestre
Nací un 2 de Marzo de 1992, en un pequeño
pueblo rural dentro de la provincia de Buenos Aires,
lindando La Pampa. Pellegrini.
Cabe agregar que siempre fui una soñadora. Si hay una palabra que me define, sin
duda, es esa.
Soñadora.
Escribir es mi escape, donde puedo colocar una realidad paralela en la cual perderme
cada vez que lo deseo. Lo hago para entretenerme, para soñar. Y porque me hace feliz. Y ese es
también mi verdadero objetivo para con mis lectores: que lo disfruten tanto como yo. De mi
parte, un regalo, un buen momento en el cual distenderse y ser quienes quieran ser.
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¡Hasta la próxima!