La Estética Filosófica: Belleza y Arte
La Estética Filosófica: Belleza y Arte
Introducción
La utilidad y la eficacia no son los únicos móviles de la acción humana. El ser humano está tan
necesitado de útiles y herramientas eficaces como de acciones y objetos que, a pesar de su inutilidad,
enriquezcan y den sentido a la propia existencia. La acción bella es, precisamente, este tipo de actividad
que, desde los albores de la humanidad, ha logrado saciar esta ansia de expresión y sentido. La Estética, a
su vez, es la disciplina que se ha centrado en estas cuestiones y, sobre todo, ha reflexionado acerca de la
belleza y el arte.
1. La Estética
La belleza y el arte han interesado al ser humano desde que éste tiene historia; sin embargo, ¿qué
relación tienen el arte y la belleza con la filosofía? Desde el nacimiento de la filosofía en la antigua Grecia,
los filósofos se han interesado por la belleza y, en consecuencia, también por el arte. Ya Platón
consideraba que la contemplación de la belleza era uno de los caminos para acceder al verdadero
conocimiento. Según este filósofo, la belleza atrae al ser humano y le lleva a ascender desde lo terreno y
efímero hasta la auténtica y elevada realidad, y, de esta manera, se hace «propiamente amigo de Dios e
inmortal, si puede serlo el hombre mortal».
Advertimos pues, que existe desde antiguo un interés filosófico en torno al arte y a la belleza; por
ello, no es disparatado considerar que la reflexión filosófica por la belleza, es decir, lo que tradicionalmente
llamamos Estética, es tan antigua como la filosofía misma.
Lo primero que debemos averiguar al comenzar a hablar de la estética es qué queremos decir con
este término, teniendo en cuenta que todos y todas conocemos, al menos, un “uso vulgar o cotidiano” de
esta palabra, tan abundante en nuestro entorno cultural. Si tomamos como referencia los usos cotidianos
parece que "la estética" o "lo estético" aluden a todo aquello relacionado con la apariencia externa de las
personas o las cosas, tomando siempre como referente un ideal determinado de belleza; por eso, decimos
de alguien que "cuida mucho la estética" o de un edificio que "es antiestético”, y siempre usamos esta
palabra para emitir un juicio sobre algo que nos gusta, nos agrada, nos parece bueno o, por el contrario,
nos disgusta, desagrada u ofende.
Pero la Estética también es una rama de la Filosofía que se ocupa de analizar problemas
relacionados con el arte, la belleza y las experiencias que se producen al contemplar determinadas
manifestaciones o expresiones artísticas.
El término "estética" fue introducido por vez primera en 1750, cuando el filósofo alemán
Baumgarten lo utilizó para denominar a la supuesta ciencia del conocimiento sensorial cuyo objeto era la
belleza, en oposición a la Lógica, que se ocupaba de la cuestión de la verdad. A partir de entonces, esa
denominación se ha ido generalizando para pasar, posteriormente, a designar a aquella disciplina filosófica
que reflexiona sobre el arte y la belleza.
Tradicionalmente se han identificado arte y estética con belleza, pero el campo de la Estética es
mucho más amplio y no sólo abarca los objetos o circunstancias supuestamente bellos sino también
aquellas que, no siendo bellas, son susceptibles de ser juzgadas estéticamente, como por ejemplo, la
contemplación de un desastre natural, que no siendo bello, puede despertar en nosotros y nosotras
sentimientos estéticos (de asombro, terror o admiración).
2. La experiencia estética
La experiencia estética es una emoción que ciertos objetos nos pueden provocar, pero sólo si nos
acercamos a ellos de una determinada forma. Sólo una actitud desinteresada puede proporcionarnos el
placel característico de la experiencia estética. Pero ¿en qué consiste? ¿Supone un acercamiento
indiferente y pasivo al objeto estético? No. Cuando se habla de una actitud desinteresada, no utilizamos el
término interés « en su acepción positiva, como atención e inclinación entusiasta hacia algo, sino en la
negativa, entendiendo interés como provecho o utilidad de algo. Así, en este sentido, tener una actitud
interesada supone acercarnos a algo fijándonos en la utilidad y en el beneficio que podemos extraer,
mientras que mantener una actitud desinteresada significa apartar esta finalidad utilitarista. En otras
palabras, aproximarnos al objeto estético sin convertirlo en un medio o instrumento para nuestro
provecho, sino respetándolo como a un fin en sí mismo.
De esta forma debemos acercarnos a las obras de arte y a la naturaleza si queremos gozar de una
verdadera experiencia estética En cambio, debemos evitar actitudes que, sin ser propia estéticas, a
menudo acompañan la contemplación artística y natural. Esas actitudes son entre otras:
Actitud decorativista. Es la que mantiene quien valora un objeto estético sólo por la función
y utilidad decorativa que puede proporcionar. Mantiene una actitud de este tipo quien compra un cuadro
porque el estilo y los colores combinan perfectamente con los colores y la tapicería del sofá. Es patente
que esta actitud no permite gozar de las obras en toda su magnitud.
4. La belleza
A pesar del interés casi universal, que provoca la belleza, ésta se mantiene inaprensible
intelectualmente, no solo por la variedad de los objetos que la sustentan, sino por la diversidad de las
opiniones que suscita. No nos cuesta opinar sobre la belleza o la fealdad de lo que nos rodea. Sin embargo
parece que existe cierta incapacidad para definir en qué consiste la belleza. Definirla tendrá que ser algo
así como abstraer lo que tienen en común todas las cosas que consideramos bellas. Pero no resulta fácil.
Una simple prueba bastará para mostrarlo, nos preguntamos qué tienen en común una puesta de sol, una
persona, una voz melodiosa, una casa, Las meninas de Velázquez...Aunque todos/as podamos estar de
acuerdo en calificar como bellos estos, posiblemente a la hora de decir por qué, habrá tantas opiniones
como personas opinando. Así ha ocurrido tradicionalmente en el ámbito de la filosofía: se han sucedido
tantas definiciones y concepciones como pensadores.
Otro problema de esta definición es la cuestión de si la belleza es una cualidad del objeto o una
emoción que éste suscita en el sujeto. Cada una de estas ideas se enmarca en una postura distinta:
Postura objetivista. La belleza es una cualidad del objeto que logra provocar una
determinada emoción en el sujeto que lo contempla. Por lo tanto, todos sentimos lo mismo y
tenemos que estar de acuerdo al valorar la belleza del objeto.
Postura subjetivista. La belleza está en la mente del sujeto porque es la emoción
que siente ante ciertos objetos. Por lo tanto, la belleza no es algo objetivo sobre lo que tengamos
que estar todos de acuerdo, sino que depende de cada espectador.
Estas dificultades han llevado a muchos autores a cuestionar la posibilidad de una definición. Sin
embargo, por justificado que esté el escepticismo estético, partiremos de la base de que belleza es
sinónimo de valor estético; es decir, bello es aquello que puede suscitar en el sujeto una experiencia
estética.
Sea cual fuere la razón por la que calificamos como bello un objeto hay cinco teorías que se han
ofrecido para definir la belleza. Son las siguientes:
Esta teoría ha sido defendida, sobre todo, por Platón y los platónicos. Consiste en afirmar que lo
bello es una manifestación del bien, un camino para acceder al conocimiento de la idea suprema que es la
idea del Bien. ¿Cómo se traduce esto a las obras de arte? Para Platón las artes pueden encarnar, en
diversos grados, la cualidad de la belleza en la medida en que se aproximen más o menos a la belleza
ideal. Pero, ¿qué condiciones se requieren para que la belleza se encarne en un objeto? Sobre todo, que
resulte agradable a través de los sentidos del oído y la vista y, también, que guarde proporción y armonía
entre las partes. Esas cualidades hacen del objeto bello un bien, algo valioso que nos acerca al
conocimiento de la idea de Bien. La teoría platónica sobre la belleza está subordinada a su teoría de las
ideas y por eso, supedita lo bello a lo bueno. En realidad, afirma que las obras de arte nos parecen bellas
cuando entendemos que son buenas para algo, porque producen agrado, porque conducen a un nuevo
conocimiento o porque sirven para la educación del individuo, como puede ocurrir con la música o la
poesía. En cada caso, lo que hace bello a algo es la consideración de su bondad, del beneficio que supone
para nosotros/as.
La teoría que concibe lo bello como lo verdadero tiene su máximo auge en la época del
Romanticismo (SXIX) y, también, está relacionada con una visión intelectualista de la estética, puesto que
se interpreta que, si el arte es una forma de conocimiento, ha de ser capaz de expresar conocimiento
verdadero. Por ejemplo, si una estatua ofrece una visión realista de su modelo, la consideraremos bella.
Esta teoría fue expuesta, por vez primera, por Aristóteles. Según él, la belleza consistiría en
la ordenación interna de una obra de arte; por ejemplo, si estamos ante un edificio, la belleza
dependería de que sus partes estuvieran conjuntadas de forme: armónica, agradable a la vista y
formando un todo proporcionado. Dicha teoría fue aceptada y defendida, posteriormente, por los
estoicos, en la época helenística, y por los escolásticos, en la Edad Media. Para los primeros, la
belleza los objetos tenía mucho que ver con la belleza del alma, de acuerdo con su concepción
general de la concordancia entre todos los elementos del universo. Si la belleza del alma residía
en la armonía entre sus partes, tesis muy aceptada en el pensamiento griego, también la belleza
de las cosas, en general, y del arte, en particular, debía consistir en la unión y coherencia entre
todos los elementos que las forman. Esta teoría de origen aristotélico, como gran parte de las
suyas, perdura hasta nuestros días, ya que, en general, se interpreta que algo bello ha de ser
necesariamente proporcionado, armonioso, equilibrado, etc. Por ejemplo, una estatua, a menudo,
se percibe como bella porque sus extremidades están proporcionadas y guardan una armonía con
el conjunto; una sinfonía porque las notas musicales forman acordes ordenados y melódicos, etc.
Ésta es una teoría que nace con el surgimiento de la Estética propiamente dicha, con Baumgarten,
para quien lo estético representaba una parcela de conocimiento sensorial, inferior al intelectual por ser
sensible, pero superior a la experiencia de los sentidos por representarlo de un modo más perfecto.
Esta teoría ha sido compartida por los empiristas ingleses, corno por ejemplo Hume o Burke,
quienes veían la belleza como el mundo de lo sensible expresado del modo más excelente y superior; el
ser humano, al percibir esa representación, experimenta una profunda sensación de agrado y de placer.
Ese efecto placentero es lo que, más tarde, Kant destacaría como específico del juicio estético en general,
y del juicio de lo bello en particular. Para Kant, lo bello se define, de hecho, como una representación
sensible que produce un placer inmediato libre de toda consideración teórica. En la doctrina kantiana, el
concepto de belleza quedó reconocido como poseedor de una esfera específica, de manera que se
constituía por sí mismo como un valor. No tenía por qué reducirse a otros valores como lo bueno o lo
verdadero, sino que, por sí mismo, constituía una clase distintiva de actividad humana: la del sentimiento.
Esta concepción teórica de lo bello está bastante alejada de aquellas que consideran a las obras de
arte como representaciones conceptuales o intelectuales, puesto que ahora lo bello es, simplemente, algo
que percibimos como una experiencia sensible que nos agrada de forma casi instantánea. Es precisamente
el placer sensible que experimentamos ante una obra de arte, el que hace que la llamemos bella; en este
caso, lo bello es un sentimiento de agrado. Al margen de los cánones de belleza* que puedan existir en
cada momento, todos/as poseemos nuestra propia idea de la belleza que, a menudo, no sabremos
conceptualizar, pero que reconoceremos por el sentimiento de agrado y de placer que produce en noso-
tros/as. Tradicionalmente, llamamos bello a lo que nos gusta y feo a lo que nos desagrada, sin pararnos a
tomar en cuenta otro tipo de consideraciones como el orden, la temática, la coordinación, etc.
Por último, mencionamos la teoría que considera que algo es percibido como bello cuando
entendemos que es útil. Fue defendida en la época antigua siendo uno de sus máximos representantes D.
Hume, para quien existe una conexión especial entre belleza y utilidad: el confort de una casa, la fertilidad
de un campo o la duración y resistencia de un mueble, son los rasgos que conforman su belleza.
5. Clases de belleza
Una primera clasificación que podemos hacer respecto a la belleza se basa en el tipo de objeto que
la suscita. Así, igual que existen dos tipos de objetos estéticos (objeto natural y objeto artístico), existen,
también, dos clases de belleza:
Belleza natural. Es la que suscitan los objetos naturales. Poseen este tipo de belleza
una flor, un rostro, un paisaje,..
Belleza artística. Es la que suscitan las creaciones artificiales del ser humano; es
decir, las obras de arte. Así, poseen este tipo de belleza una pintura, una sinfonía o un soneto.
La relación entre estas dos clases de belleza ha variado a lo largo del tiempo. Mientras la
concepción estética fue naturalista y mimética (en muchas culturas se ha considerado el arte una copia de
la naturaleza), la belleza artística se hizo depender de la belleza natural. Entonces, se consideraba que el
arte era bello en la medida en que lograba reproducir la armonía y perfección de tos objetos naturales. En
la Modernidad, en cambio, se da un proceso de independización del arte respecto a la naturaleza. El arte
deja de concebirse como espejo de la realidad y pasa a verse como una manifestación de la libertad y la
creatividad humanas, que no está estéticamente obligada a respetar las leyes de la naturaleza. Por ello, la
belleza artística deja de valorarse según criterios naturalistas y adquiere importancia y sentido en sí misma.
Kant establece otra división o clasificación de la belleza. El tipo de belleza no depende tanto del
objeto que la suscita, sino de aquello que lo hace bello. Kant distingue entre:
6. Belleza y fealdad
Definir en qué consiste la fealdad representa tantas dificultades como definir en qué consiste la
belleza, puesto que tradicionalmente se ha identificado lo feo con la negación de lo bello. Habitualmente se
considera feo todo aquello en lo que se da una disminución o ausencia total de belleza. Esta oposición a la
belleza puede entenderse a un doble nivel: por un lado, formal y, por otro, material. Formalmente, la
fealdad consiste en la deformación y la desfiguración; en cambio, en lo que se refiere a la materia o el
contenido, la fealdad se asocia a lo éticamente negativo, es decir, a la maldad, la depravación, lo criminal...
Esto se debe a que muchos autores, a lo largo de la tradición occidental, han querido ver dos
ámbitos estéticos y éticos encontrados: el claro y puro ámbito de la belleza y la bondad, y el oscuro y
depravado ámbito de la fealdad y la maldad.
7. El arte
La palabra arte procede etimológicamente del término latino “ars”. Éste, a su vez, es el correlato del
vocablo griego “techné”, que denominaba cierta habilidad o capacidad para hacer algo eficazmente.
Como muestra la etimología, en la Antigüedad, y durante mucho tiempo después, el arte se consideró la
pericia y habilidad en la producción de algo. En este sentido, para un griego o un romano, lo que hacía el
poeta y lo que hacía el carpintero constituían el mismo tipo de actividad. Para los antiguos, en ambos casos
se trataba de producir algo (un poema o una silla, por ejemplo), gracias a ciertos conocimientos y siguiendo
ciertas normas. Quien dominaba estos conocimientos y hábitos era un artista o técnico (indistintamente), y
lo que hacía o producía era arte. En la Modernidad, en cambio, empieza a producirse una escisión en este
ámbito único y comienza a distinguirse entre artesanía (lo que hace el técnico/a o artesano/a) y bellas artes
(lo que hace el/a artista).
Esta distinción surge de la observación de que entre la actividad del/a carpintero/a y la actividad
del/a poeta existen ciertas diferencias. Aunque tengan algo en común: en ambos casos se produce alguna
cosa (una silla o un poema), entre el arte y la artesanía existen también diferencias importantes. Por
ejemplo, en la actividad del/a carpintero/a lo que prima es la función a la que se destinará ese objeto, es
decir, lo más importante es su utilidad: una silla sobre todo ha de servir para sentarse. En la actividad de la
poeta y del escultor, en cambio, la utilidad ocupa un lugar marginal: lo central es proporcionar belleza o
causar cierta experiencia estética superior. Además de esta diferencia pueden destacarse otros aspectos
que permiten separar claramente el arte de la artesanía. Por esta razón, en la Edad Moderna se habla de
dos tipos de acciones: acción técnica (artesanía) y acción bella (arte). Sin embargo, a causa de
determinados factores, como el auge del diseño, la introducción de nuevas técnicas de producción y
reproducción artística o la aparición de ciertas tendencias, esta distinción tan clara en el pasado parece
tambalearse en la actualidad.
Artesanía Arte
Se basa en la aplicación de ciertos conocimientos y Aunque requiere conocimientos y habilidades,
habilidades también intervienen la imaginación y la creatividad
Es muy importante la experiencia y la tradición Es muy importante la originalidad
Su producto debe adaptarse a una función y Su producto es autónomo, no se adapta a ninguna
finalidad. Debe ser útil. función y puede ser inútil.
Su producto no es único, sino que a menudo es
Su producto es único e irrepetible
fruto de la repetición
Es una obra anónima Es una obra de autor
Aunque puede resultar más o menos claro distinguir entre arte y artesanía, no es tan sencillo, en
cambio, definir de forma precisa en qué consiste exactamente el arte. Esta actividad, que no se reduce a la
aplicación de ciertas reglas, es lo que intentan definir el/a filósofo/a del arte, el/a esteta, e incluso, a veces,
el/a artista. Una de las principales dificultades con las que se hallan es la pluralidad de artes que existen.
Una definición válida de arte debería explicitar lo que tienen en común la pintura, la escultura, la poesía, la
novela, el cine, la fotografía, la música, el teatro... Y, además, debería ser lo suficientemente restringida
para no incluir nada de lo que no consideramos arte. Precisamente, esto es lo que resulta tan complicado.
Tanto que algunos pensadores han dudado de la posibilidad de llevarlo a cabo. Un grupo de filósofos,
siguiendo a Wittgenstein, ha señalado que entre estas actividades tan diversas (pintar, esculpir, componer
música, interpretar...) existe un cierto aire de familia que nos hace considerarlas actividades emparentadas,
es decir, del mismo tipo (actividades artísticas). Sin embargo, cuando intentamos precisar en una definición
eso que tienen en común y que les da ese aire de familia, nos encontramos con enormes dificultades.
Dicho de otro modo, este aire de familia, que es lo característico de las artes, resulta, según estos autores,
indefinible.
Por las dificultades que entraña la definición de arte, han abundado a lo largo de la historia distintas
concepciones. Algunas de las más importantes son:
El arte como imitación. Esta concepción surgió en las culturas antiguas y predominó hasta
prácticamente el Romanticismo. Para los que la mantienen, el arte debe ser una copia o imitación
de la realidad o naturaleza. Expresado de forma metafórica, el arte constituye un espejo que
reproduce fielmente la realidad. Por eso, en general, al/a artista no se le valora por su originalidad y
creatividad, sino por su capacidad para reflejar de manera fidedigna lo que le rodea. Sin embargo,
esta concepción no es tan radical y suele considerar el arte, más que una copia, una representación
de la realidad. Entre las corrientes artísticas que con más claridad se basan en esta postura, están
el naturalismo y el realismo artístico.
El arte como expresión. Esta concepción del arte se inicia con el Romanticismo, época en la que
se concede especial importancia a la imaginación creadora del/a artista. Por eso, el arte deja
de concebirse como reproducción de la realidad, y pasa a verse como expresión de emociones y
sentimientos vivenciales difícilmente expresables de otro modo. También para los expresionistas, el
arte se entiende como un modo que posee el/a artista para expresar los sentimientos propios o
ajenos. Lo consideran, asimismo, un mecanismo que permite al/a espectador/a revivir o vivenciar
esos mismos sentimientos. Por eso, para estos autores, el arte vendría a ser un tipo especial de len
guaje, capaz de transmitir y hacer entender sentimientos incomunicables mediante el lenguaje
común.
El arte como forma. Esta concepción es más tardía y parece exclusiva de algunas corrientes
estéticas contemporáneas. Los/as que la mantienen defienden que lo propio del arte es la forma, y
no el contenido o historia que ésta pueda contener. Es preciso señalar que en toda obra de arte,
existen dos planos diferenciables: el plano del contenido (el tema o los sentimientos que la obra
intenta comunicar) y el plano de la forma (el medio para materializar y expresar ese contenido). Así,
un mismo contenido o tema (la crucifixión, por ejemplo) puede expresarse mediante formas muy
distintas (las numerosas representaciones de este tema que existen en la historia del arte). Pues
bien, para los/as formalistas, el arte debe vaciarse de todo contenido, porque lo específicamente
artístico es la forma. Por eso, reivindican la autonomía del arte respecto a toda intención
representativa de la realidad. El arte abstracto es el exponente más claro de esta concepción.
El arte como realidad imaginativa. Ésta es quizá la concepción más minoritaria de todas. Sostiene
que el arte no es una realidad física, por ejemplo, El grito de Munch, sino una realidad imaginativa:
la idea que tenía Munch al pintar El grito y, también, la imagen mental que se forma cada
espectador/a. Por lo tanto, según esta concepción, es preciso diferenciar el arte (imagen mental) de
su plasmación física (obra de arte). Esta última es imperfecta e inferior comparada a la primera; sin
embargo, es la única forma que posee el/a artista para hacer partícipes de lo artístico al resto de los
seres humanos.
A la diversidad de concepciones acerca del arte, se le añade la pluralidad de opiniones sobre cuáles
son el sentido y la función que éste ejerce en el seno de la cultura humana. Las posturas a este respecto
son muchas y muy variadas. Algunas de las que han tenido una incidencia más relevante son:
El arte por el arte. Algunos autores, sobre todo contemporáneos, han sostenido que la pregunta
por la función que desempeña el arte es una pregunta ilegítima. El arte, tanto la actividad del/a
artista como la obra, no cumple ni debe cumplir ninguna utilidad. Por ello, consideran rechazable
cualquier criterio utilitarista que se imponga a la creación artística. Además, sostienen que es
injustificado valorarlo según determinados aspectos, como los valores éticos que entraña, lo que
nos puede enseñar o la serenidad que puede proporcionarnos. El arte, según los/as defensores/as
de esta conocida postura, debe tener como único criterio el arte mismo; por esta razón, sus
partidarios enarbolan como única bandera el lema del arte por el arte. Esta consigna tiene que
entenderse en toda su dimensión: la única finalidad que debe perseguir el/a artista (por encima de
principios éticos, políticos, sociales, comerciales, pedagógicos...) es producir y crear una obra
auténticamente artística; esto es lo único que se le puede exigir al artista y a su producción. Esta
postura constituye, en definitiva, la reivindicación de un arte ajeno a cualquier propósito didáctico o
moralizador, y la defensa de un arte radicalmente puro.
El arte como evasión. Según esta postura, una de las utilidades que proporciona el arte, tanto al
artista como al público, es ser un medio para huir de una realidad que no les satisface. Ante la
fealdad la miseria, la depravación, e incluso, ante la rutina que rodea a la existencia cotidiana, el
arte proporciona una manera de escapar a otro mundo: un mundo, extraordinario y bello, capaz de
hacer olvidar al/a espectador/a su insignificante vida.
El arte como purificación. Una de las funciones que cumple el arte es purificar al/a espectador/a
de ciertas pasiones que podrían serle perjudiciales si no se liberase indirectamente de ellas. Esta
concepción de la función que cumple el arte surgió en la Antigüedad clásica, en concreto de la
mano de Aristóteles. Según este filósofo, en la tragedia y en la música, el/a espectador/a se
conmueve y revive las pasiones que mueven a los personajes. Este contagio de sentimientos
consigue liberarle de esas mismas pasiones, que, vividas personalmente, serían desastrosas para
el que las padece. Este revivir purificador de pasiones nocivas fue denominada por Aristóteles
catarsis.
La obra de arte es el resultado de esta actividad especial que hemos estado analizando: la acción
bella o acción artística. Por ser el producto de una acción, es evidentemente una creación humana, es
decir, algo artificial. Queda claro, entonces, que, de los dos tipos de objetos estéticos que vimos (objeto
natural y objeto artificial), la obra de arte se inscribe en el ámbito del objeto artificial. Ahora bien, igual que
estamos de acuerdo en que toda obra de arte es un objeto artificial, seguramente también estaremos de
acuerdo en que no todo objeto artificial es obra de arte.
Pero ¿hay algún criterio que nos permita diferenciar qué objetos artificiales son obras de arte y cuales no lo
son? Aquí, precisamente, reside la dificultad. Podríamos decir lo mismo que dijimos respecto al arte: entre
todos los objetos artísticos existe un cierto aire de familia, pero, según muchos estetas, éste resulta
indefinible. Desde la estética, se ha respondido a la pregunta sobre lo específico de la obra artística desde
dos posturas que ya hemos visto:
Postura objetivista. Los objetos artificiales que consideramos obras de arte lo son en función de
una propiedad objetiva que poseen. Por lo tanto, en teoría es posible el consenso al declarar o
catalogar algo como obra de arte. En la práctica, sin embargo, los/as estetas no se ponen del todo
de acuerdo sobre cuál es esa propiedad que definiría lo artístico.
Postura subjetivista. No existe una propiedad que pueda identificarse con lo artístico; por eso,
considerar artísticos ciertos objetos artificiales y no otros depende de cada espectador/a. En
definitiva, es el/a espectador/a el/a que otorga a algo (subjetivamente, y según sus preferencias y
gustos) la categoría de artístico.
Como vemos, en la valoración concreta de las obras de arte se reproducen los mismos problemas que se
daban en la valoración y concepción del arte en general.
Dejando al margen el problema de la naturaleza o esencia de la obra de arte, vamos a abordar otro
de los problemas que ha promovido mayores discusiones entre los filósofos del arte. Se trata de su
interpretación. Una vez estamos de acuerdo en que ese objeto que contemplamos constituye una auténtica
obra de arte, al/a espectador/a común (el/a que no es especialista) le surge un problema no menos
importante: el de su interpretación. Los/as críticos/as y los/as filósofos/as del arte suelen señalar que en la
fruición estética se pueden diferenciar claramente dos momentos: el de la contemplación y el de la
reflexión. Para muchos/as autores/as, en un primer momento es preciso acercarse a la obra de arte con
una actitud desinteresada y, simplemente, gozar de ella, sentir lo que comunica. Para sentir ese placer y
vivir esta experiencia, no es necesario ningún cocimiento sobre arte: todos/as por igual podemos gozar de
la belleza y la sublimidad que proporciona la obra artística. Luego, puede venir o no un segundo momento,
el de la reflexión. Entonces, se analiza y estudia esa obra para poder interpretarla y entenderla. Ahora bien,
como señalan los/as estetas, para disfrutar de una sinfonía o de una pintura, sólo hace falta contemplarla y,
para ello, no se requiere ningún conocimiento especial. Otra cuestión distinta es si estos conocimientos son
necesarios para interpretarla y entenderla mejor. A este respecto existen básicamente dos posturas.
Contextualismo. Para entender e interpretar correctamente la obra artística de un/a autor/a, así
como para poder apreciarla en su justa medida, es necesario conocer el contexto global o el marco
en el que se inserta esa obra particular. Así, se hacen necesarios, según esta concepción, ciertos
conocimientos acerca de la vida del/a artista, la intención que perseguía, el bagaje cultural y
artístico que poseía, la época y el lugar en el que desarrolló su actividad, los adelantos técnicos que
estaban a su alcance... Todos estos datos se consideran imprescindibles para entender esa obra
particular
Aislacionismo. Para poder apreciar y entender una obra de arte no es necesario salir fuera de la
obra misma. El arte sólo requiere una contemplación abierta y una auténtica atención, pero no
precisa de ningún otro conocimiento externo. Una obra artística es autosuficiente y autónoma, no
necesitamos saber nada de su autor/a ni de su época para darnos cuenta de su grandiosidad y su
belleza: el arte auténtico conmueve y deleita por sí mismo.