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Smile Dog: La historia maldita

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“SMILE DOG: EL PERRO MALDITO”

Rafael Asis Canto


7° básico
Bueno, sé que no estoy vivo y ustedes se preguntarán cómo morí; entonces se los contaré.
Vivía en Chillán junto a mi familia. Mi nombre es Javier y tenía 16 años. Me gustaba jugar fútbol y hacer
natación todos los fines de semana. Mi padre me acompañaba a hacer deportes, mientras mi madre cuidaba a mi
pequeño hermano.

Uno de mis grandes sueños era tener una mascota, un perrito a quien cuidar y me acompañara día a día. En
muchas ocasiones le pedí a mi padre que adoptáramos uno en las jornadas que organizaban las instituciones
dedicadas a rescatar animales. Pero siempre tuve una respuesta negativa. Mis padres me daban muchas razones:
no tenemos un patio amplio, puede destruir las cosas, podía morder a mi hermano porque él es muy inquieto,
requiere de cuidados permanentes y mucha atención. Entonces, nunca insistí.

Un fin de semana, viajamos a Pinto a disfrutar un día en familia. Fue un día hermoso, compartimos un picnic y
jugamos fútbol. Nuestro regreso fue alrededor de las diez de la noche, estaba oscuro y comenzaba a llover. Yo
iba atento a la carretera ya que me gustaba acompañar a mi papá para que no se quedara dormido. Fue en esa
oscura noche que observamos dos pequeñas luces que se cruzaron abruptamente. Mi papá detuvo
repentinamente la marcha del auto y se bajó a ver qué era. Gran sorpresa, era un pequeño perro blanco con
machas negras. Mi padre lo revisó para verificar que estaba bien de salud y cuando corroboró esto nos preguntó
qué hacíamos. Lo dejábamos a su suerte o lo llevábamos a casa. Quizás no lo creerán, pero finalmente
decidimos llevarlo a casa. Mi gran sueño se había cumplido.

El perro, a quien llamé Smile, era un jusky siberiano de siete meses, aproximadamente. Sin embargo, con los
días este nuevo integrante a nuestro hogar nos comenzaba a asustar con sus extraños comportamientos. Durante
las noches sus ojos se tornaban rojos, sus colmillos crecían y cubrían su boca, a las doce de la noche aullaba y
ladraba con enojo y no nos dejaba acercarnos al patio. En las noches era muy agresivo, pero en el día era un
perro amable. Un comportamiento dispar.

Un día mis padres, ya cansados de esta conducta de Smile, le tomaron una fotografía y regresaron al lugar
donde lo encontramos para saber más de él. Decidieron ir solos, mientras que mi hermano y yo nos quedamos
en casa. Fue un momento entretenido ya que vimos dibujos animados toda la tarde.

Nada hacía presagiar la reveladora noticia que recibirían mis padres en aquel viaje. En el lugar donde lo
encontramos había una humilde casa rodeada de verdes cultivos que eran cuidados por una pareja de ancianos.
Mis padres se acercaron a ellos, le mostraron la fotografía de Smile y le preguntaron si conocían a sus dueños.
Los ancianos quedaron perplejos pues ese animal había sido su mascota, pero lo habían sacrificado hace 30 años
luego de que atacara y diera muerte a su único hijo. Mis padres no lo podían creer, el perro que habíamos
adoptaba estaba muerto y temieron por nuestra integridad. Rápidamente se subieron al auto y velozmente se
dirigieron a casa. Un doloroso y triste momento los esperaba.

En un descuido, mi hermano salió al patio y Smile se abalanzó sobre él para atacarlo. En ese instante me
interpuse para protegerlo, lo empujé y el perro me dio una mortal mordida en mi cuello. Comencé a
desangrarme y pedí ayuda a quien lograra escucharme. Fue en ese momento que mis padres abrieron la puerta y
me encontraron con débiles signos vitales. Llamaron a la ambulancia, pero todo fue en vano. Nada sirvió para
reanimarme. Mis padres estaban desconsolados pero mi hermano estaba a salvo. Fui su héroe. Y de Smile, no
había rastros, luego del ataque despareció frente a mis padres acompañado de un destello de luz intensa que
iluminó todo el hogar. El perro estaba maldito y fui su nueva víctima fatal.

Desde ese día mis padres viven con tristeza en su corazón. Ya no estoy físicamente con ellos. Pero desde el
plano donde me encuentro, los acompaño siempre.

FIN

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