Notas sobre la anorexia:
la batalla por la comida
Héctor Ferrari
INTRODUCCION
En todo proceso analítico se manifiestan fuerzas, representadas en
vínculos intra e inter-subjetivos, dinámicamente en pugna. La sesión
analítica convoca trabajo y un esforzar (drängen) pulsional desde
ambos lados. En ocasiones, como en casos graves de anorexia,
alcanzan la magnitud de una batalla, donde la vida misma puede estar
en juego. Por suerte no siempre es así pero, llamados a intervenir, nos
lleva a repensar nuestra propia función como analistas. No menos
importante es preguntarnos, más allá de las teorías consabidas, qué
hace que los trastornos de la alimentación tengan tan difundida
presencia en la cultura. En atención a esta última cuestión, comienzo
con un relato de ficción literaria.
Kafka (1922) escribió un cuento corto: “Un artista del hambre”.
Es la historia de un ayunador profesional, a quien exhibían pública-
mente por períodos de cuarenta días, al cabo de los cuales, cuando le
interrumpían el ayuno e insistían en darle de comer, protestaba
airadamente: ¿por qué querían suspender el ayuno precisamente
ahora si podía resistir mucho más, un tiempo ilimitado? ¿Por qué
finalizar cuando estaba en lo mejor del ayuno? ¿Por qué interrumpir
el ayuno si él decía ser, al mismo tiempo, “un espectador de su
hambre completamente satisfecho?” “¿Por qué arrebatarme la
gloria de seguir ayunando?” El público, entre sorprendido e incré-
dulo lo observaba. Cuando el espectáculo perdió vigencia, sus
guardianes se olvidaron de él y de la jaula, pero él siguió ayunando
hasta que un día lo encontraron al borde de la muerte.
Entonces se lo oyó decir: “Había deseado toda mi vida que
admiraran mi resistencia al hambre. Pero no deberían admirarla”.
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“¿Por qué no?” le preguntaron.
“Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo” –dijo el
ayunador.
“Pero, ¿por qué no puedes evitarlo?”
“Porque –dijo el artista del hambre, levantando apenas la cabeza–
no pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado,
puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría
hartado como tú y como todos”.
Estas fueron sus últimas palabras. En sus ojos quebrados, mostrábase
la firme convicción, aunque ya no orgullosa, de que continuaría
ayunando. Es de notar la intención “esforzante” de querer seguir la
batalla hasta sus últimas consecuencias. Lo enterraron y en la jaula
pusieron una pantera joven. Era un gran placer, ver a la hermosa fiera
que se revolcaba y daba saltos. La comida que le gustaba se la traían sus
guardianes sin largas cavilaciones. Ni siquiera parecía añorar la
libertad. Aquel noble cuerpo, provisto de todo lo necesario para
desgarrar lo que se le pusiera por delante, parecía llevar consigo la
propia libertad, escondida en cualquier rincón de su dentadura. Y la
alegría de vivir brotaba con tan fuerte ardor de sus fauces, que no les
era fácil a los espectadores poder hacerle frente. El contraste sugerido
entre el ayunador y la pantera es por demás significativo.
El ayunador –cuenta Kafka– estaba fanáticamente enamorado
del hambre. No encontraba una comida que le gustara porque esa
comida no existe. He aquí, expresada a medias, la ‘verdad’ del
síntoma. Se entiende porqué Lacan (1995) dice: lo importante no es
que el anoréxico no come, sino que come nada. Nada es el objeto de
deseo, de nada. El anoréxico se deleita en comer nada, lo otro que no
existe, el vacío.
Se podría plantear si el ayunador era o no un anoréxico. El no
expresa en ningún momento tener hambre. En su lugar, dice “estar
satisfecho con el hambre”, esto es colmado o saciado por el hambre.
Curiosa inversión. ¿Podemos suponer aquí el resultado de una enérgi-
ca desmentida (verleugnung) con el agregado sintomático de una
dislocación, mudanza o tras-torno 1 (Ver-kehrung) que el ayunador
1
Tras-tornar: (Ver-kehrung) torcer, dar la vuelta, inversión en lo opuesto, contrario. Son harto
numerosos los pasajes en que Freud sostiene que los opuestos coinciden en el inconsciente
aunque es la segunda instancia la que introduce el tras-torno. ¿Podría responder a algún aspecto
genérico básico del ser humano? ¿Resultado de la represión primordial? Acaso etimológica-
mente perversión también sea una buena traducción para Ver-kehrung, y que en el síntoma y
en el sueño aparezca con tanta frecuencia un mundo tras-tornado por la cultura. En sintonía,
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hace de sus sensaciones corporales? Las sensaciones de hambre y
saciedad parecen estar tras-tornadas en la anorexia bulimia. Estos tras-
tornos constituyen un punto frágil de la desmezcla pulsional y en
consecuencia el lugar de la posible emergencia de la pulsión de muerte,
a un paso del negativismo terapéutico. Como sea, el ayunador se separa
de su cuerpo y cicatriza autocráticamente su Yo por medio de un
delirio de grandeza cuyo contenido manifiesto es el ayuno.
COMENTARIOS GENERALES
Las referencias a la comida y la multiplicidad de complicaciones
que genera inundan las horas de análisis y la vida social. No hay
asombro posible: nuestra temprana vida mental se organiza en torno
a la alimentación y el primitivo vínculo con el objeto es la devora-
ción. El circuito libidinal más originario involucra a la nutrición.
Pero en análisis, el alimento puede ser un referente más o trasformar-
se, como en el artista del hambre, en el hilo conductor de una batalla.
Este campo es tan inabarcable que me limito sólo a unas pocas notas.
Recortaré mi exposición sólo a la anorexia. Pero, como dice
Recalcati (1997): “La bulimia es un dialecto de la anorexia”. Es que
la anorexia y la bulimia constituyen los polos de una oscilación
recíproca, en vez de indicar dos posiciones subjetivas diferentes. Es
llamativo que no se haya incluido este movimiento junto a otras
polaridades del ‘alma’ como activo-pasivo, sadismo-masoquismo,
ver-ser visto, etc. las que para Freud son expresión de un tras-torno
(Ver-kehrung) hacia lo contrario en los destinos de pulsión o en el
mecanismo de formación de síntomas (ver nota a pie de página).
Y en especial, un tema apasionante: la feroz batalla centrada en la
alimentación que puede llegar a poner en vilo la autoconservación.2
Porque acá interviene la estructura inconsciente de las relaciones
objetales, pero también, como en ningún otro trastorno, la ferocidad
del circuito pulsional.
Meltzer (1998) señala que la compulsión anoréxica es una necesidad desesperada de un objeto
bueno llenando un espacio vacío “pero se equivoca del lugar y del objeto con que llenarlo”.
2
En el “Esquema del Psicoanálisis”, Freud (1938, pág. 180) dice: “Entre los neuróticos hay
personas en quienes, a juzgar por todas sus reacciones, la pulsión de autoconservación ha
experimentado un tras-torno (Ver-kehrung). Parecen no perseguir otra cosa que dañarse y
perseguirse a sí mismos. Quizá pertenezcan también a este grupo las personas que al fin perpetran
realmente el suicidio”.
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Aunque cada vez hay más trabajos desde la Psiquiatría sobre el
tema, no hay muchos desde el Psicoanálisis. En éstos, algunos
(Meltzer, D., 1998; Lawrence, M., 2002) destacando las dificultades
en términos de relaciones objetales y su incidencia en la transferen-
cia; otros, desde la vertiente lacaniana (Lacan, J., 1984), acentuando
la dimensión del goce pulsional y ‘el apetito de muerte’. Desde esta
última interpretación, el rasgo discursivo dominante en la anorexia es
una pasión narcisista por el vacío, el punto más íntimo del sujeto, una
falta radical incalmable en el ser que no puede ser saturada por ningún
objeto.
La fenomenología clínica es infinita, pero la estructura subyacen-
te es crucial. Distinguiría tres agrupamientos: la anorexia que remite
a una estructura fóbico neurótica, la anorexia nerviosa, con una
estructura dinámicamente psicótica y una anorexia que es casi parte
de una psicosis clínica. No hay una literatura psicoanalítica unificada
pero detallo algunos funcionamientos que habitualmente se desta-
can:
Distintas vertientes teóricas acentúan el tras-torno del Ideal: el
perfeccionismo, la tendencia al sacrificio, el ascetismo, rasgos que se
describen, principalmente en las anorexias restrictivas, expresiones
de un riguroso Superyó narcisista en su constitución y que además se
nutre de manera anómala de ciertos valores de la cultura, como
delgadez, belleza, perfección, auto-control, etc. Por eso, la condición
que precipita la descompensación suele ser una falla en el sentimien-
to de dominio para alcanzar una meta y de poder controlar su vida.
Simplemente, una herida narcisista al sistema de control omnipoten-
te. Los imperativos del Superyo no tienen tanto que ver con la
obligación del cumplimiento de preceptos morales –cuidado del otro,
sentimientos de culpa– sino con la imposición de metas que conduz-
can a la identificación idealizada con un Yo infatuado, repleto de
certezas cuasi delirantes referidas a la alimentación y al cuerpo. Y, en
la medida en que el cuerpo no responde a sus deseos, la anoréxica
redobla sus esfuerzos para separarlo, alienarlo, desmentirlo, tratando
de controlar el desorden orgánico, incluso castigarlo masoquístamente,
a contra corriente de cualquier esfuerzo terapéutico.
El predominio de la anorexia en la mujer habla de dificultades en
torno a la femineidad, típicamente pre-edípicas. La clínica acredita
tres momentos para la anorexia bulimia: menarca, premenstruo y
posparto, ocasiones en que ‘la madre reingresa en el cuerpo’ de la
mujer, una intromisión indeseable y conflictiva. La facilita las
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enérgicas tendencias introyectivas y la fuerza de los impulsos
orales presentes en la niña (Klein, M., 1928). Existe en ella, más que
en el varón, la necesidad de un desgarrón del Otro materno, evitar
ser un todo con la madre y quedar atrapada en ella. La anorexia
puede ser una salida a la madre intrusiva e invasora: diciendo
obstinadamente ‘no’, introduce un principio de separación con el
Otro materno.
La anorexia toca un aspecto central de la sexualidad femenina: la
clínica muestra una diversidad y singularidad de configuraciones
subyacentes que tienen sólo en común la profunda vulnerabilidad
narcisista del período de la pubertad y la adolescencia femenina,
desbalance que encuentra una ilusión compensatoria en la
fetichización 3 de la delgadez que la cultura le ofrece.
Freud (1931) señala claramente los distintos motivos en la mujer
para separarse del objeto madre y dirigirse al padre, entre otros, el
reproche de no haberla dotado de pene, de haberla parido mujer. Pero
además:
“No sin sorpresa se oye otro reproche, que se remonta un poco
menos atrás: la madre dio escasa leche a su hija, no la amamantó el
tiempo suficiente… parece que nuestras niñas permanecieron in
saciadas para siempre, como si no hubieran mamado el tiempo
suficiente del pecho materno… ¡Tan grande es la voracidad de la
libido infantil (la madre la nutrió de manera insuficiente)”.
Más adelante señala los deseos agresivos orales y sádicos reprimi-
dos que aparecen “como angustia de ser asesinada por la madre, a
su vez justificatoria del deseo de que la madre muera, cuando éste
deviene consciente... Uno quiere devorar a la madre de quien se
nutrió”. Basta observar una anoréxica en la mesa para comprobar el
sadismo oral y sus defensas.
Por último, los estudios coinciden en señalar que en la relación a
menudo fusional madre hija hay falta o ausencia de la función
paterna, una debilidad en el ejercicio de su función ordenadora,
normativa, respecto a poner límite a los deseos maternos canibalís-
3
Si la delgadez es un fetiche de la cultura, vale la pena recordar cómo cierra Freud su trabajo
sobre Fetichismo: “Un paralelo del fetichismo en la psicología de los pueblos, sería la
costumbre de los chinos de mutilar primero el pie femenino para luego venerar a lo mutilado
como un fetiche. Se diría que el hombre chino quiere agradecer a la mujer haberse sometido a
la castración” (Freud, S., Fetichismo, 1927, A.E., XXI). La delgadez como Ideal estaría también
sostenida en la cultura por la angustia de castración del varón.
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ticos. Cuanto más acentuada esta constelación, más grave es la
situación, más fallas en la capacidad de simbolización.
UNA MIRADA DESDE LA CULTURA
Se ha insistido mucho en el impacto que tiene el discurso social en
la difusión creciente de la anorexia, entendida casi como un ‘síndro-
me cultural’. ¿Qué lugar tiene la cultura en la patología? Por empezar,
hace pensar en el complicado ‘salto’ de la ferocidad de la pantera a
los deseos tras-tornados del ayunador.4 Luego, la cultura se originó
por el desasimiento a los deseos humanos más primitivos, entre ellos
el canibalismo (Freud, S., 1927). Visto desde la horda primitiva (y del
niño contemporáneo) el acto de comer sigue siendo una destrucción
del objeto con la meta última de la incorporación (Freud, S., 1940).
En el banquete totémico el primitivo se animaba a reiterar el caniba-
lismo siempre que participaran todos, en una ceremonia ritual que
compartía la culpa de la devoración. Hoy día la ruptura moderna de
la comensalidad, el comer con otro, está en cuestión. La anoréxica no
está dispuesta a participar en la comida sino, en el mejor de los casos,
a dar de comer. Es cierto que la cultura ‘alimenta’ con valores e
ideales socialmente compartidos (delgadez, dietas, autocontrol, etc.)
pero que encuentran su ‘nicho’ colectivo en efectos inevitables de
una represión primordial tan primitiva como poderosa. Aunque la
anorexia parece un acontecimiento ajustado a los tiempos modernos,
es parte de un hecho estructural mayor que se entiende mejor desde
el ‘ruido de fondo’ que genera el “Malestar en la cultura” (Freud, S.,
1930).
MATERIAL CLINICO
Deseo rescatar para la presentación un historial de Freud (1892-3),
Un caso de curación por hipnosis, una histeria de ocasión: una
joven señora de 20 a 30 años, deseaba conscientemente alimentar
a sus hijos. Hubo un primer ensayo de lactancia fallido de 15 días,
4
Nietzsche (1887) se pregunta en la Genealogía de la Moral, antes que Freud, por el sentido
de la Cultura. “El proceso de la Cultura ha consistido en sacar del ‘hombre’ como animal rapaz,
mediante la crianza, un animal manso y civilizado, un animal doméstico”.
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no tenía leche, estaba inapetente y con náuseas. Insomne y excitada
no pudo amamantar. Tres años después, tiene un segundo hijo y los
empeños para amamantarlo resultaron más penosos aún. Devolvía
todo, irritada cuando le traían el alimento, insomne. Al cuarto día
lo llaman a Freud, a quien reciben con mucha desconfianza. Freud
la encuentra furiosa por su incapacidad para alimentar al niño.
Entonces, le hace una serie de sugestiones bajo hipnosis: ‘No tenga
miedo, será una excelente nodriza, el niño se criará divinamente,
tiene usted un gran apetito y está deseando comer’. La intervención
tuvo su resultado favorable pero al día siguiente frente a la vista del
almuerzo copioso recae: reaparecen los vómitos, tiene repugnancia
y desde ese momento no le pudo dar el pecho, con los riesgos
consiguientes a la vida del bebe. “Decidí –dice Freud– ser más
enérgico, dije a la enferma que cinco minutos después de mi
partida, ella increparía a los suyos reprendiéndolos un poco, que
donde estaba su comida, si tenían el propósito de hambrearla, con
qué creían que alimentaría al niño si no comía nada, etc.”. Al día
siguiente, cuando vuelve, la mujer tenía un apetito excelente y leche
abundante para el bebe, cuando lo ponían al pecho no experimen-
taba la menor dificultad. Al marido le había parecido un poco
ominoso que la noche anterior ella exigiera alimento con tanto
arrebato apenas Freud se hubiera ido y dirigiera a la madre unos
reproches que nunca se había permitido antes. Lo cierto es que
desde ese momento todo anduvo bien. La vio y certificó el buen
estado de ambos durante ocho meses. Un año después hubo otro
episodio similar. “Sólo halle incomprensible e irritante que nunca
se hablara entre nosotros de aquel asombroso logro”. Parece que
Freud también esperaba ser alimentado.
Freud le dice a una paciente agitada por una depresión posparto
que ella se debe despertar furiosa y embestir contra la madre. Su
interpretación reconoce el deseo consciente de alimentar al bebé y
sus deseos inconscientes frustrados de ser alimentada. Indirectamen-
te interpreta sus deseos orales agresivos y los redirecciona hacia la
madre reclamándole que la alimente. Le pone de manifiesto su
identificación envidiosa con el bebe y su rabia por su propio hambre
infantil insatisfecha. Sus propias necesidades de ser nutrida habían
sido reactivadas bajo las demandas de la alimentación materna.
Necesitaba la autorización paterna en la persona de Freud (que
conocía a la paciente desde que era niña) para reclamarle a la madre
su lugar.
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Freud capta lo que parece sentir la pacienta: Yo quiero alimentar
a mi bebe. No quiero que mi madre lo haga por mí. No quiero
sentirme fusionada con ella. Con la interpretación Freud parece
suplir una función paterna fallida: exija que ella le dé comida para
que usted alimente su bebe. Freud pudo despegar a la paciente de la
madre e instalarla a ella como madre nutricia (la anorexia es no comer
para no ser comido). En este caso, no se trataba de una forclusión de
la función paterna sino de un debilitamiento en su función ordenado-
ra del deseo materno que Freud suple con su intervención. Después
de un tiempo la madre confesó: “Me daba vergüenza que algo como
la hipnosis saliera adelante donde yo, con toda la fuerza de mi
voluntad, resulté impotente”. En esta ocasión, con una meta terapéu-
tica clara, y con una actitud más enérgica (sic), Freud ganó la batalla
y pudo con la anorexia.
Paso a una situación clínica más comprometida: una paciente de
unos 20 años, una anorexia crónica, extremadamente delgada y
clínicamente frágil, con internaciones previas, es presionada por el
equipo clínico que la asiste y la familia para que se analice nuevamen-
te. Como es de rigor, la paciente no encuentra razones para hacerlo,
no reconoce su gravedad pero cede pasivamente. Hija única de padres
profesionales, mostraba la clásica obsesión con el peso, las calorías,
rechazo al alimento y, cada tanto un atracón del que salía con vómitos
provocados, hiperactividad y redoblando la dieta. Cuando era presa
de un ataque de voracidad iba a la heladera, sin que nadie la viera, y
con una cucharita revolvía y raspaba un poquito todo lo que encon-
traba, mezclaba todo, lo dulce, lo amargo, lo salado, como si fueran
los desperdicios del tacho de basura y luego iba al baño a vomitar.
Primero retenía el objeto ideal y luego lo expulsaba en el vómito
como objeto inmundo. Parecía confundir el alimento con las heces,
mientras idealizaba el recto y los contenidos fecales. Era parte del
alejamiento emocional del pecho, negando su dependencia de él y
desvalorizándolo en su capacidad nutricional (Ferrari, H.; Barugel,
N., 2008).
Hablaba del cuerpo todo el tiempo, del horror a aumentar de peso.
“Me aburre la comida, busco algo diferente, exquisiteces, algo raro,
no tiene que ver con comer sino con buscar algo exótico, no es un
atracón, a veces ni siquiera tengo hambre”. No tenía menstruaciones
desde hacía meses y en un momento el material y mis intervenciones
giraban en torno a su sexualidad y la angustia que le generaba la
fantasía de una penetración violenta. Un sueño mostraba su sadismo
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oral autodestructivo con las interpretaciones. Soñó que había mordi-
do un vaso y se había clavado los vidrios en la boca. Sangraba
profusamente Trataba de sacar los fragmentos con la mano, sentía
náuseas que le provocaban vómitos. Cuando le señalé que aunque
ella parecía cortar mis intervenciones en pedacitos para no permitir
que hicieran efecto, se le transformaban en heridas dolorosas, res-
pondió: “No se haga ilusiones con lo que me dice, yo no como
vidrio”.
Su discurso sobre el cuerpo mostraba problemas de simboliza-
ción. Comer una galletita podía deformarle la cadera o las nalgas. No
se trataba de un síntoma neurótico, como retorno simbolizado de lo
reprimido. Así, por ejemplo, cuando hablaba de tener el cuerpo
‘hinchado’, sentía en forma concreta la presión agobiante e intrusiva
de una madre metida en ella ‘que la hinchaba’. Más que una
alteración de la imagen corporal, parecía un delirio somático, un
intento limitado de restitución psicótica. El cuerpo deseado de la
anoréxica, la deformación corporal que implica, nos recuerda al
‘miembro fantasma’ del amputado.
Tempranamente, la relación transferencial mostró la pelea por la
autonomía, el carácter de indómita y rebelde. Revelaba un intenso
deseo de controlar y tomar posesión del analista y simultáneamente
terror a cualquier actividad de mi parte que fuera considerada
intrusiva. Ella estaba a cargo de su cuerpo, nadie más sabía de él y de
sus riesgos, como si lo hubiera engendrado ella misma. Ni el analista
ni los clínicos podían opinar. Es bastante frecuente que la batalla por
la autonomía comience, como en este caso, por dificultades en torno
al encuadre –cambios de horarios y de sesiones– que efectivamente
son usados para poner a prueba tal condición de control por su parte.
De manera que el reto técnico que se presentaba era generar una
relación terapéutica en que la paciente mantuviera algún grado de
control sobre la relación –por medio de la distancia u otros recursos–
y, al mismo tiempo, se pudieran generar condiciones que le permitie-
ran el reconocimiento de la profunda necesidad de contacto afectivo.
Muy difícil.
Lo mismo sucedía con las interpretaciones transferenciales que la
paciente consideraba una suerte de intrusión, control excesivo o
humillación. La desconfianza y reticencia era la norma y debemos
entenderla como la extrema sensibilidad de la paciente en querer ser
ella la única que ponía las reglas para la constitución de esa identidad
tan ansiada y tan extraviada que perseguía. Si su analista fuera una
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persona autónoma sería intolerable para ella, todo sentido de relación
con el objeto era impensable y amenazante.
Gradualmente empezó a traer material a las sesiones relacionado
con los miembros del equipo clínico que la atendía, en especial el
médico, el ginecólogo, la nutricionista. Trataba de sorprenderlos en
contradicciones mutuas y en posiciones divergentes que, de hecho
muchas veces aparecían en el manejo de su cuidado clínico. Los
trataba indistintamente de manera hostil o seductora. No sólo se
encantaba de percibir enfoques encontrados (¿Es momento o no es
momento para internarla, está en riesgo o puede seguir ambulato-
ria? ¿Hay que exigirle que coma o no?) sino que se deleitaba en
potenciar las diferencias en un intento proyectivo masivo de contro-
lar su amenazado mundo interno en el equipo clínico. Destacaba
quien percibía su fragilidad clínica y la consiguiente amenaza de
muerte o quien asumía la insistencia en el control de la dieta y las
calorías y acentuaba las divergencias entre ellos. Se agregaba a veces
que me confesaba que concebía ‘trampas’ con alguno de ellos, como
negar el uso que hacía de purgantes o de vomitivos. Guardaba en
extremo secreto el vomitar. También buscaba y encontraba sutiles
‘diferencias’ entre el trabajo nuestro y el de los clínicos. Las interpre-
taciones intentaban recuperar esos aspectos proyectados y desplega-
dos también en la transferencia, con éxito relativo (una de sus
maniobras defensivas consistía en brindar lo que parecía un ‘excelen-
te’ proceso analítico en torno a aspectos infantiles de su sexualidad,
mientras las variables clínicas se desbarrancaban y el peso llegaba a
los 40 kilos).5
Pero una vez, en un momento de evidente fragilidad clínica, luego
de un intento interpretativo de mi parte, me preguntó porqué me
ocupaba de lo que le pasaba con el equipo clínico. Le recordé que le
había dicho al comienzo del análisis: que yo, si lo consideraba
necesario, iba a estar en contacto con el equipo para conocer su estado
clínico, que no iba a ser parte del mismo ni de sus decisiones, y que
5
Casi como al pasar, en su trabajo sobre la transferencia, Freud (1912) se pregunta si la
resistencia de transferencia se manifiesta sólo en el psicoanálisis. Por el contrario, encuentra
que es de lo más activa en los establecimientos de salud no analíticos. Esta transferencia
institucional (al grupo humano asistencial que la sostiene) tiene, dice Freud, por un lado una
excepcional intensidad negativa (a menudo erotizada) y por otro, está velada (beschögnigt),
sofocada, desconocida por los destinatarios del equipo de salud, lo cual la hace potencialmente
más explosiva.
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por supuesto quedaría preservada la privacidad de su análisis. Mi
recordatorio fue enérgicamente desmentido por ella y originó una
explosión de furia y reproches: había violado su intimidad, la
traicionaba, la dejaba expuesta, etc. Recibí una andanada de reclamos
que duraron varias semanas pero le reiteré varias veces mi postura:
me iba a manejar con la libertad necesaria cuando yo lo considerara
imprescindible y no sólo ella. Amenazó varias veces con abandonar
el análisis y de hecho faltó a muchas sesiones. Pero me mantuve en
mi posición
Curiosamente, luego de un tiempo, y al cabo de una verdadera
batalla, su declamada arrogancia y control omnipotente sobre nuestra
tarea comenzó a ceder y a mejorar significativamente el trabajo que
llevaba con ella el equipo médico. Simultáneamente sentí un cierto
desasimiento de ella. Parecía como si algo se hubiera roto, creado un
espacio, se hubiese abierto una grieta que permitía un diálogo más
revelador y fecundo. Logramos trabajar algo de su participación
personal en todo aquello de lo que se quejaba, reconocer qué parte
tenía ella en su sufrimiento. En una ocasión me dijo: “Pero no le
perdono que haya roto mi dieta”. El análisis siguió unos años más,
la estructura anoréxica se mantuvo más o menos intacta pero el
peligro de muerte, esta vez, se alejó de su vida. Por un momento se
había podido conmover la estructura monolítica de la paciente,
producir una resquebrajadura en la identificación idealizante de la
anorexia y posibilitar una entrada más profunda en análisis.6
Una reflexión sobre el trabajo analítico en labor simultánea con un
equipo clínico. Con la anorexia, el equipo de salud tiene sus propios
objetivos clínicos: que la paciente aumente de peso, que se aleje del
riesgo de muerte, que se alimente, etc., entablando en sus propios
términos, la batalla por la comida. Si bien en sí mismos son
inobjetables, a menudo significan obturar el síntoma (en paralelo al
reclamo familiar y social). Por su parte, el dispositivo analítico no
puede dejar de escuchar el fragor de la batalla ni estar ajeno a sus
secuelas, pero debe procurar atender la exigencia de verdad del
6
Cabe recordar un comentario de Meltzer (1998) en una situación similar con una paciente
anoréxica: “Creo que en estos tiempos me siento muy impaciente cuando tropiezo con la
transferencia preformada porque es una pérdida de tiempo... Prefiero dejar que ella juegue su
juego y mostrarle que no está trabajando sino que está en un fraude o una farsa”. Por el
contrario sostengo que si el analista siente que está ante una ‘pérdida de tiempo’ con la paciente,
debe analizar su propia posición en la contra-transferencia.
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síntoma. El análisis no está para sofocar sino para develar el síntoma.
Es clave, entonces, dejar coexistir los cuidados médicos y los del
análisis, por contradictorios que parezcan. Si surgen conflictos, su
resolución será una tarea que en última instancia correrá por cuenta
del analista dentro del propio análisis del paciente.
A MODO DE CIERRE
Hay acuerdo en sostener que un análisis no debe apuntar ni
centrarse específicamente en el síntoma. Pero hay síntomas, como en
la anorexia, que monopolizan el proceso analítico y despliegan la
ferocidad de una batalla. La situación es más difícil si por un lado
existe o se presume amenaza de muerte y por el otro una desmentida
monolítica del paciente sobre su condición. En este trabajo se
presentaron dos intervenciones que, de alguna manera intentaron de
manera diferente, romper el circuito de la batalla por la comida.
También se hizo mención al problema que plantea la simultaneidad
de cuidados médicos y psicoanalíticos en la anorexia.
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Trabajo presentado: 3-6-2010
Trabajo aceptado: 23-6-2010
Héctor Ferrari
Laprida 1898, 12º “K”
C1425EKR, Capital Federal
Argentina
E-mail:hferrari@[Link]
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