Temario
TEMA 1. ¿Qué es la ciencia? Capítulos 1-7
TEMA 2. Los límites de lo científico. Capítulos 4 y 8-11 (12 y 15 optativos).
TEMA 3. El problema de la demarcación de la ciencia. Capítulos 5-11.
Capítulo 1. La ciencia como conocimiento derivado
de los hechos de la experiencia
Acerca del tópico: “La ciencia se basa en hechos”, incluyendo tres asunciones a contrastar:
- Los hechos se dan directamente al observador a través de los sentidos.
- Los hechos son previos e independientes a la teoría.
- Los hechos constituyen una base firme para la ciencia.
Los hechos no son puramente objetivos, dependen del observador (ejemplo de la escalera que
se ve desde arriba o desde abajo; las tribus africanas ni siquiera ven una escalera). Dependen
de la experiencia pasada y del conocimiento del observador, aunque la imagen retinal sea la
misma. Sin embargo, es fundamental tener algo de conocimiento para hacer observaciones
científicas (ejemplo de mirar por el microscopio, o del radiólogo). La experiencia perceptiva de
dos observadores no es la misma aunque “vean” la misma cosa, porque esa experiencia
depende de la mente de cada uno.
Nótese el doble sentido del término “hecho”: a veces se refiere a un estado de cosas, y a veces
a un enunciado sobre ese estado de cosas. Cuando decimos que la ciencia se basa en hechos,
nos referimos a los hechos en tanto que enunciados. En cuanto nos damos cuenta de esto, la
asunción general de que “los hechos se dan inmediatamente a la percepción” se torna
problemática: los enunciados-hechos no proceden de los sentidos, sino que requieren un
marco conceptual (ejemplo de un niño que confunde una pelota, una manzana y un
membrillo; o ejemplo del científico que “ve” más cosas/formula más hechos que un lego; o del
aristotélico que cree ver la substancia del fuego en lugar de entender lo que el fuego es; o del
geocentrista que cree ver el movimiento del sol).
Pero todo esto no impide que la ciencia deba ser respaldada por hechos. Una vez se formula
un enunciado-hecho (lo cual requiere cierto conocimiento), se puede comprobar si ese hecho
concuerda con la observación. Ejemplo: la molécula de agua tiene dos átomos de hidrógeno y
uno de nitrógeno; se hace el experimento y se ve que no.
Capítulo 2. La observación como intervención
práctica
La observación no es ni pasiva ni privada. Ejemplos de cómo nos molestamos en ver mejor
cuando tenemos dudas, o cómo hay experimentos que no arrojan observaciones concluyentes,
y entonces se ponen medios para eliminar interferencias, y se dan opciones para verificar la
observación (y que cualquiera puede replicar).
Las observaciones que pueden constituir la base de la ciencia son objetivas y falibles.
Objetivas, porque se pueden verificar públicamente por procedimientos claros. Falibles,
porque nuevos ensayos con técnicas más avanzadas, o desde un nuevo marco conceptual,
pueden socavarlas.
El fallo puede venir de la insuficiencia de la capacidad de observación del sujeto, pero también,
de la teoría que use. Ejemplo: a simple vista parecía que Júpiter no tenía lunas, pero con el
telescopio de Galileo se vio que sí (le técnica suple la incapacidad). Pero Galileo pensaba
calcular el tamaño de los planetas y las estrellas por trigonometría a partir de ángulo que
subtiende al ojo un trozo de cuerda que “tapa” el astro, y hoy sabemos que todo eso no vale
para nada porque el tamaño aparente del astro depende de la atmósfera y muchas otras cosas
(la técnica era buena, y sería igual de buena hoy, pero estaba aplicada en una situación en la
que no procedía).
Capítulo 3. Experimento
Para la ciencia no todos los hechos son relevantes. Hay que quedarse con los que lo sean, que
dependerá del estado de la ciencia. Pero incluso los hechos relevantes no son evidentes, o no
siempre se producen por sí mismos. Las observaciones que hacemos están condicionadas por
muchos procesos (ejemplo de la hoja que cae: gravedad + resistencia del aire). Para que una
observación sea relevante nos debe permitir concluir algo, pero muchas veces esa
concomitancia de procesos hace que el hecho observado sea inútil. Para ello recurrimos al
experimento.
Los experimentos requieren una intervención práctica, guiada además por un marco
conceptual que busca una determinada observación. Sus resultados pueden ser falsos si la
teoría no es correcta. También pueden verse superados por avances en la tecnología que
permitan resultados más precisos, por avances en la teoría que indiquen que el set up es
inadecuado, o pueden tornarse irrelevantes por un cambio de paradigma teórico.
No basta con que los experimentos se hagan correctamente, también deben ser significativos y
relevantes, y eso cambia con los propios avances de la ciencia. Es normal que avances técnicos
o teóricos desplacen experimentos considerados como fundamentales. Esto atenta
directamente contra esa visión monolítica de que la ciencia se asienta sobre bases sólidas.
Parecería que hay un razonamiento circular en el establecimiento de la validez de la ciencia: la
ciencia se valida mediante experimentos, pero la validez de éstos depende de las teorías
científicas. Pero contra una forma de relativismo o escepticismo extremo, siempre cabe apelar
a la objetividad del mundo: para un experimento realizado de una determinada manera, el
resultado es el que es según el mundo, no según la teoría. Aunque la teoría condicione nuestra
manera de mirar, no puede cambiar el resultado del experimento a su antojo, siempre hay un
límite de objetividad.
Capítulo 4. Derivar teorías de los hechos: inducción
Asumiendo que podamos encontrar hechos apropiados para fundar la ciencia, veamos cómo
se deriva ésta de aquéllos. Ya hemos visto que esa derivación no es cronológica: los hechos
necesitan de una teoría preexistente. Podría pensarse que esa derivación puede ser lógica,
pero vamos a ver que no.
Primero, la lógica estudia la validez de los razonamientos, pero no proporciona información
acerca de su verdad (ejemplo de un silogismo válido cuyas premisas son falsas) (en el fondo es
lo típico de que los juicios de la lógica son analíticos, no aportan o producen verdad).
Segundo, la acumulación de hechos que apunten a una cierta regularidad en el mundo no vale
para deducir lógicamente una ley universal (falacia naturalista).
Esto es un argumento inductivo, y a eso nos referimos con “derivar” teorías de los hechos.
Puesto que la validez de este argumento no puede ser lógica, cabe preguntarse cuándo
diremos que un razonamiento inductivo es bueno. Requerimos lo siguiente.
- Gran número de observaciones independientes.
- Observaciones repetibles en condiciones diferentes.
- No hay observaciones que contradigan la ley.
Esta caracterización es problemática porque hay ambigüedad en cuanto al número necesario
de observaciones, también en cuanto a la necesaria variabilidad de condiciones diferentes bajo
las cuales ha de poder repetirse el experimento. Por ejemplo, apelamos a nuestro
conocimiento de los metales y su comportamiento para discernir lo que es relevante, pero de
nuevo caemos así en una circularidad: si el conocimiento viene de la inducción, ¿cómo es que
cierto conocimiento previo es necesario para aplicar el razonamiento inductivo? Parece que,
por tanto, no todo conocimiento podrá ser inductivo. Incluso la tercera condición es
problemática, porque habría que caracterizar qué constituye una excepción, y hasta qué punto
permite refutar una ley.
Además, la justificación de la validez del propio principio de inducción sólo puede hacerse por
lógica o por experiencia. Por lógica ya hemos visto que no vale. Pero justificarlo por
experiencia (la inducción funciona bien en muchos casos, por tanto es válida) implica usar el
propio principio de inducción, por lo que tampoco es válido.
Una formulación más débil, basada en probabilidades, tampoco vale, porque las
probabilidades se pueden cuantificar y también expresan leyes universales.
Capítulo 5. Introducción al falsacionismo
Karl Popper se forma en el círculo de Viena. Rechaza teorías como el psicoanálisis o el
marxismo porque son lo bastante flexibles como para acomodarse a cualquier hecho, para
explicar cualquier hecho. Para Popper, si nada puede caer fuera del marco de una teoría, ésta
sirve para predecir cualquier cosa, luego no explica nada.
Un falsacionista no comparte las ideas del empirista sobre la fundamentación de la ciencia en
los hechos, ni necesita de la inducción para dar validez a sus teorías. Las teorías son
formuladas para tratar de explicar el mundo, pero son ensayadas y refutadas sin piedad. No se
llega a decir que una es la verdadera, sino la mejor disponible en cada momento.
Nótese que, si bien la veracidad de una teoría no se puede fundar en los hechos, su falsedad sí
(porque uno solo basta para refutar).
Pero lo importante para el falsacionista es que una teoría sea falsable, o sea, que se pueda
concebir un conjunto de observaciones que sea inconsistente con ella. Ejemplos de no falsable:
El “grado de falsabilidad” de una teoría da una idea de lo buena que es. Si existen muchas
posibilidades de observaciones distintas que la refuten, es que la teoría abarca mucho, luego
es más general. Por tanto, mientras no sea refutada, esa teoría será preferible, será la mejor
disponible. En relación a la idea de progreso en la ciencia, también hay que entender que la
mejor teoría es la que resiste las observaciones que falsearon a sus precedesoras.
Sobre el tópico: “La ciencia empieza con un problema”. Es distinto del anterior “la ciencia
empieza con hechos”. Un problema sólo es problema en el marco de una teoría, lo que para el
falsacionista es el mecanismo que lleva a ponerla a prueba, a refutarla y sustituirla por otra, o
a mantenerla.
Capítulo 6. Falsacionismo sofisticado, nuevas
predicciones y el crecimiento de la ciencia
Una teoría es mejor cuanto más falsable es: así progresa la ciencia, unas teorías remplazan a
otras porque abarcan más (= más casos de falsación). Aunque cuantificar la falsabilidad es
imposible (porque siempre encontraremos infinitos ejemplos), sí podemos ordenar el grado de
falsabilidad de las teorías. Una es menos falsable que otra si sus contraejemplos sirven para
ambas, pero los de la otra no.
En cuanto a las modificaciones que las teorías pueden sufrir para adaptarse a las nuevas
observaciones, vamos a ver cuáles pueden aceptarse:
Las modificaciones ad hoc son las que añaden una condición a la teoría que no tiene
más consecuencia que adaptar una observación particular, y por tanto no se puede
refutar (no añade falsabilidad, de hecho la pierde). Ejemplo: si decimos que todos los
cisnes son blancos, y vemos uno negro, podemos modificar la teoría diciendo: todos
los cisnes son blancos menos ese de ahí. El conjunto de observaciones de la teoría
antes era todos los cisnes, y después de la modificación es todos los cisnes menos uno.
Estas modificaciones son rechazadas por el falsacionista.
Otras modificaciones no ad hoc sí son aceptadas. Por ejemplo: todos los cisnes son
blancos excepto la raza X. Esta teoría abre la puerta a nuevos tests para distinguir razas
de cisnes. Es “independientemente testeable”.
En cuanto a la importancia de una teoría para el edificio científico, además de ser preferible
que sea “muy” falsable, hay que tener también en cuenta cómo de arriesgada, cómo de
innovadora es. Si una teoría que propone algo muy transgresor es validada
experimentalmente, eso es un gran avance (la relatividad); también lo es si una teoría muy
conservadora es rechazada (la inconsistencia la teoría de conjuntos). Pero tiene menos valor
que una teoría transgresora sea rechazada, o que una conservadora sea validada. Ahí importa
menos el grado de falsabilidad que el aporte de nuevo conocimiento. O sea, no vale con que
una teoría sea la más falsable del mundo, tiene también que ser validada al menos unas
cuantas veces para empezar a tomarse en serio.
En este sentido, el falsacionista suele pecar de abrazar demasiado las teorías locas (porque
enfatizan el grado de falsabilidad), mientras que el empirista peca de ser demasiado
conservador (porque enfatiza la gran cantidad de observaciones favorables antes de dar la
teoría por buena, y por tanto ninguna de sus teorías será nunca muy interesante).
Todo esto solo tiene sentido en su contexto histórico. Una teoría es arriesgada o conservadora
respecto de un fondo de conocimiento históricamente dado.
Capítulo 7. Las limitaciones del falsacionismo
Si se tiene una teoría, y se observa un hecho que no encaja, la teoría queda invalidada. Pero
esto en realidad no es tan simple: puesto que hemos establecido que los hechos por sí solos no
existen, sino que dependen de la teoría, ante una incongruencia entre teoría y hechos
sabemos que alguno debe ser falso, pero la lógica por sí sola no permite concluir cuál. Ejemplo:
la teoría heliocéntrica de Copérnico preveía una variación del tamaño aparente de los planetas
de hasta 8 veces, pero sólo se observaba una variación de factor 2: en este caso, la teoría era
correcta, y era la observación la que estaba mal informada (el tamaño aparente también
depende de la atmósfera, la óptica, etc.).
Más aún, en la práctica real de la ciencia no hay teorías que se enuncien en una frase y hechos
que se nos den de manera inmediata: las teorías son una estructura de enunciados, y las
observaciones dependen de asunciones sobre el funcionamiento de los instrumentos, etc.
También hay condiciones iniciales o de contorno que hay que determinar y que influyen en el
resultado. Ejemplos: Brahe previó paralaje estelar si la Tierra se movía pero no lo detectó; en
realidad, suponía que las estrellas estaban mucho más cerca, y su instrumental no era lo
bastante preciso para el paralaje realmente existente. La desviación observada en la órbita de
Urano no sirvió para refutar la teoría de Newton; fue el no considerar la presencia de Neptuno
(aún por descubrir) lo que explicaba la discrepancia entre teoría y observación.
Por tanto, la observación de hechos discordantes no permite una falsación concluyente de
una teoría. De hecho, si una teoría parece lo bastante fiable, es fácil suponer siempre que la
culpa no es de la teoría, sino de fallos en la observación (ejemplo de la historia de la mecánica
de Newton). Y, por otro lado, sería muy difícil desarrollar nuevas teorías porque al principio no
suelen encajar con el fondo de conocimiento. En realidad, como pone de manifiesto la
revolución científica desde Copérnico a Newton, el desarrollo de nuevas teorías es un proceso
largo y complejo que no se explica ni desde el induccionismo ni desde el falsacionismo.
Popper ya respondió a esto afirmando que cierto dogmatismo es necesario, que hay que
perseverar a veces con una teoría, aunque parezca refutada por una observación. Pero esto
parece que nos devuelve al principio: sin un criterio para decidir cuándo el dogmatismo es
aceptable, no hay forma de demarcar el territorio de la verdadera ciencia.
Capítulo 8. Teorías como estructuras I: los
paradigmas de Kuhn
Ya hemos visto que la complejidad del desarrollo científico exige una visión más amplia y
compleja de la ciencia. En particular, el significado de los conceptos científicos sólo se define
por el lugar que ocupan en una teoría. Por tanto, la estructura de la teoría es fundamental
porque de ahí se siguen el lugar que ocupa cada concepto y su significado. Además, hay una
retroalimentación en el desarrollo de la teoría y del concepto (ejemplo del campo eléctrico).
El progreso científico según Kuhn: noción de paradigma
Un paradigma se compone de las asunciones teóricas y técnicas que se aceptan por una
comunidad científica. Antes de alcanzar ese paradigma, podemos imaginar unas actividades
diversas y desorganizadas, que sólo tras la unificación se convierten en lo que Kuhn llama
“ciencia normal”. Cuando, avanzando en este paradigma, surgen dificultades, puede llegarse a
una crisis que se resuelve cuando se adopte un nuevo paradigma. Ahí ocurre una revolución
científica.
Según Kuhn, tener un paradigma es lo que define a la ciencia. Por eso la mecánica Newtoniana
lo es, y la sociología no. La comunidad científica está de acuerdo en el ámbito de aplicación de
la mecánica newtoniana y en el significado que cada concepto (masa, fuerza, etc.) tiene dentro
de ella. No así en sociología, donde hay varias corrientes, y sobre todo no hay acuerdo en el
sentido de los términos (democracia, pueblo, etc.).
El paradigma es lo bastante amplio e impreciso para dejar espacio al progreso: nuevas teorías,
nuevas técnicas, nuevos experimentos. Pero un científico normal debe aceptar firmemente su
paradigma para poder hacer ciencia dentro de él. Si no, está expuesto a abandonar su trabajo
a la primera dificultad (según los problemas del falsacionismo que hemos visto antes). Si no
hay acuerdo sobre los fundamentos del paradigma, es imposible avanzar hacia un trabajo
preciso y profundo.
Está en la esencia del paradigma el ser algo impreciso y rehuir toda definición (analogía con el
concepto de juego de Wittgenstein). Hay una especie de acuerdo tácito acerca de las
asunciones que constituyen el paradigma: éste no se agota en una serie de reglas.
Kuhn afirma que los científicos que adoptan paradigmas diferentes e incompatibles “viven en
mundos distintos”, y asemeja un cambio de paradigma a una conversión religiosa. No hay
argumento lógico para convencer de la superioridad de un paradigma, sino que cada científico
prioriza unas razones sobre otras para preferir su paradigma. Para Kuhn es cuestión de
psicología y sociología estudiar los factores que llevan a los científicos a elegir un paradigma en
favor de otro. Por eso habla Kuhn de paradigmas “inconmensurables”.
Aparte de esta descripción del funcionamiento de la ciencia, Kuhn aporta también elementos
teóricos para permitir demarcar la ciencia de lo que no lo es. Según Kuhn, tanto la ciencia
como la pseudociencia pueden emitir enunciados falsables, e incluso pueden encontrar
observaciones incompatibles con la teoría. La diferencia estaría en que la ciencia tiene las
herramientas para aprender de esas incongruencias y proponer nuevas teorías o
experimentos, pero la pseudociencia no. Así funciona la ciencia normal: los científicos aceptan
la teoría acríticamente, pero constantemente tratan de mejorar su adecuación al mundo; en el
momento en que se atasquen, puede haber una revolución.
Hay una ambigüedad en la posición de Kuhn relativa al progreso científico. Según lo que
acabamos de decir, podría tomarse su visión como relativista: no hay forma de argumentar
lógicamente en favor de un paradigma, por tanto no podemos concluir que hay progreso tras
una revolución. Pero el propio Kuhn rechazaba el calificativo de relativista y se definía como
abogado del progreso. El problema es que toda noción de progreso debe referirse a la
resolución de ciertos problemas científicos, pero éstos son dependientes del propio
paradigma, por lo que no siempre será posible alcanzar una conclusión.
El libro tratará de proporcionar una respuesta a esta cuestión. Un elemento de esa respuesta
es distinguir el conocimiento subjetivo del objetivo. El autor entiende subjetivo como aquello
que uno tiene en la cabeza, algo que uno sabe y que otro no sabe por mera cuestión
circunstancial del acceso que se ha tenido a ese conocimiento. El conocimiento objetivo tiene
que ver con la propia estructura de enunciados y hechos y no depende de que alguien lo sepa.
La ciencia se ocupa de conocimiento objetivo, pues es independiente del científico, cualquier
puede replicar un experimento.
Hay que distinguir las razones psicológicas o sociales por las que los científicos, cada científico,
cambia de paradigma, de la razón por la que diremos que un paradigma es mejor que otro. La
defensa del progreso debe apelar, a juicio del autor, al concepto de objetividad, y evitar
factores subjetivos.
Capítulo 9. Teorías como estructuras II: programas
de investigación
Imre Lakatos: influido por Popper, pero consciente de las dificultades del falsacionismo. Su
visión de la ciencia tiene mucho común con la de Kuhn, en particular su rechazo del
positivismo y el inductivismo. Ambos dan prioridad a la teoría (o paradigma) sobre la
observación: el paradigma es el marco en el que ocurren las observaciones, los experimentos,
etc. Lakatos quiso evitar el posible relativismo de Kuhn, y desarrollo el concepto de “programa
de investigación” (research program) como alternativa al paradigma.
Lakatos distingue los principios fundamentales (“hard core”) de una teoría de los elementos
periféricos o suplementarios. En principio, son estos últimos los que se adaptan cuando una
observación no cuadra. Ejemplo: el hard core de la teoría copernicana es que los planetas
orbitan un sol estacionario y que la Tierra gira sobre sí misma una vez al día. Los suplementos
son los epiciclos o las hipótesis sobre la distancia de las estrellas lejanas a la Tierra; también
son suplementarias las hipótesis de que el ojo humano es un sensor válido para recoger
información acerca de los planetas observados.
Las hipótesis suplementarias actúan como un “cinturón de protección” del “hard core”, porque
son ellas las que se falsifican cuando la teoría no encaja. Por ejemplo: los epiciclos del sistema
copernicano fueron sustituidos por órbitas elípticas. Así, no es tan importante la falsación de
teorías, porque realmente esta no ocurre de forma definitiva, sino la confirmación, porque
contribuye a afianzar nuestra confianza en la teoría (ver cap. 12-Bayes).
Lakatos habla de una heurística positiva, que son como sugerencias sobre cómo suplementar
el núcleo duro y cómo adaptar los suplementos para adaptar y mejorar la teoría. Esto puede
abarcar tanto la teoría como la práctica experimental (ej: desarrollo de telescopios).
Lakatos evalúa el mérito de un programa de investigación con dos criterios: 1. Que permita
nuevas predicciones que puedan confirmarse. 2. Que ofrezca, en efecto, un programa de
investigación. Un programa que deja de cumplir estos criterios entra en decadencia. El cambio
de un programa por otro es la versión de Lakatos de una revolución científica.
Metodología de los programas según Lakatos. Queda proscrito aceptar reglas ad hoc para
acomodar observaciones; en lugar de eso, es preferible ofrecer una explicación que pueda
verificarse empíricamente (ejemplo de la órbita de Urano: se propone hipótesis de otro
planeta, Neptuno, que se puede buscar con un telescopio. Ejemplo de hipótesis ad hoc: los
epiciclos de Ptolomeo: solo se incluyen para explicar la retrogradación, por lo que no dan
ningún apoyo al programa). O sea, lo interesante es que la teoría se ajuste a las observaciones
sin tener que deformarse y sin añadir teoremas específicos para ello. Dicho de otro modo: se
trata más de hacer predicciones sobre cosas ya conocidas, que inventarse predicciones nuevas.
Se busca evitar el caos del falsacionista que no sabe qué parte de la teoría rechazar: aquí hay
jerarquía entre el núcleo duro y los suplementos, y se prioriza aquello que se puede testear.
Bajo este punto de vista se tiene también un criterio para preferir un programa a otro
(capacidad de acomodar predicciones), evitando el posible relativismo de la posición de Kuhn
con sus paradigmas (cf. supra).
Lakatos da mucha importancia a la historia de la ciencia. Cree que Kuhn era excesivamente
descriptivo. Él se propone dar cuenta de la evolución de la ciencia históricamente mediante su
teoría de los programas de investigación. Aunque Lakatos encuentra algunos buenos ejemplos
en la historia, también hay casos que no se pliegan a su sistema (p. ej: científicos que
modificaban la ley de la gravitación para tratar de explicar la variación del perihelio de
Mercurio). También hay casos de científicos que se aferran a un programa en decadencia
porque quizá puedan revitalizarlo (ej: sistema copernicano estancado 100 años hasta Galileo).
En resumen, la metodología de Lakatos solo aplica a toro pasado, con distancia histórica
suficiente, pero no proporciona criterios para manejarse en el mundo presente de los
programas científicos. En definitiva, Lakatos no se libera del relativismo de Kuhn, porque
carece de criterio para juzgar un programa, si no es mediante el juicio de la historia.
Capítulo 10. La teoría de la ciencia anarquista de
Feyerabend
La idea principal de Feyerabend es que, en ciencia, todo vale. No hay un método que pueda
resumir la manera en que progresa la ciencia. Feyerabend coge las teorías de otros filósofos de
la ciencia y las confronta a momentos de progreso, como la física de Galileo, para demostrar
que no funcionan.
Un ejemplo, contra los positivistas e induccionistas, es que Galileo no desarrollaba sus teorías
a partir de las observaciones, sino contra ellas: contra la aparente inmovilidad de la tierra,
contra la variación del tamaño aparente de los planetas, etc. Incluso el uso del telescopio, que
sí permitía observaciones más fiables, había que justificarlo frente a la observación directa.
Mediante la razón, Galileo tuvo que someter a los sentidos. Más aún, Feyerabend da mucha
importancia a la capacidad de persuasión de Galileo, a su elección de interlocutor, y al hecho
de que escriba en italiano y no en latín.
Con una defensa humanista de la libertad individual (a lo J. S. Mill), Feyerabend concluye que
la ciencia ocupa hoy el papel de la religión, un dogma incuestionable que se impone a todo el
mundo. Él prefiere considerarlo un sistema de creencias entre otros, para que cada individuo
sea libre de decidir. Igual que se puede elegir confesión religiosa, que se pueda elegir ciencia o
magia; igual que la Iglesia y el Estado están separados, que también el Estado se separe de la
ciencia.
Crítica a Feyerabend. Primero: su concepción de la libertad es enteramente negativa y no tiene
en cuenta las condiciones de acceso al conocimiento de los individuos. La gente piensa en el
marco de lo que ya conoce y condicionada por ello; no hay un vacío donde un llega y, en pleno
uso de sus facultades, elige libremente entre varias teorías. Su propuesta de un Estado neutral
es aún más inverosímil.
Capítulo 11. Cambios metodológicos en el método
Chalmers coincide con Feyerabend en que no hay un método universal (aplicable a todas las
ciencias) y ahistórico (aplicable en todo tiempo) para las ciencias. No obstante, no está de
acuerdo en irse al extremo contrario y propugnar la ausencia de método. Va a buscar un lugar
intermedio de estándares y criterios que, aunque no sean eternos y omniabarcantes, sí son
útiles en algún momento y permiten hablar de método científico y de progreso.
La primera dificultad es que cualquier estándar o método debe poder evaluarse, y los criterios
de evaluación deben sustentarse en otro estándar, lo que nos remite a un criterio absoluto.
Pero Chalmers responde que, en realidad, incluso en los momentos de revolución o cambio de
paradigma (como Galileo), todos los científicos siguen teniendo mucho en común. No se trata
de abandonar por completo todo el edificio científico y erigir otro sobre el vacío, sino de
cambiar alguna cosa para seguir avanzando.
Capítulo 12. El enfoque bayesiano
Se trata de ir más allá del popperianismo que afirma que todas las teorías son falsas. Aquí
vamos a asignar probabilidades a las teorías para hacernos cargo de que algunas teorías, para
ciertos fenómenos, parecen funcionar muy bien, y no da lo mismo usar unas que otras.
La idea, en cuanto al progreso científico, es que si una nueva teoría predice algo coincidente
con la teoría vigente, que ello se produzca no aumenta mucho la probabilidad de esa teoría,
porque de todas formas se esperaba que ocurriera. Mientras que, al contrario, si la nueva
teoría predice algo improbable según la teoría actual, y eso ocurre, la nueva teoría adquiere
gran probabilidad de ser cierta. O sea, si P(e) alta, P(h/e) baja, y viceversa. Nótese, por último,
que todo esto ocurre en el marco de un sistema de creencias establecido.
Existe bayesianos objetivos y subjetivos. Los objetivos creen que, en principio, todas las
hipótesis deben considerarse como equivalentes, y a partir de ahí las pruebas irán decantando
la balanza en favor de algunas. Pero sin una preferencia inicial por algunas teorías, el estado de
partida sería de infinitas hipótesis con probabilidad cero, por lo que no podríamos ni empezar.
Por eso la postura subjetivista parte de que hay unos grados de creencia preexistentes hacia
las teorías. Aunque esto parece devolvernos a la guerra de creencias entre científicos, los
bayesianos sostienen que esto es más bien un método que permite, independientemente de
las creencias iniciales, ir ajustando las probabilidades que cada uno cree a partir de la
evidencia disponible, devolviendo así una cierta objetividad a la idea de progreso científico.
Esto conecta con la idea de Lakatos de que cuando la evidencia no coincide con la teoría,
conviene descartar parte del “cinturón protector”, y seguir confiando en el núcleo de la teoría.
El problema con el subjetivismo es que no impide que los científicos puedan creer tan
fuertemente en sus hipótesis, que ninguna evidencia les haga cambiar de opinión. Los
bayesianos responden que lo suyo es sólo un método para, dadas unas probabilidades, calcular
otras, pero eso nos deja finalmente con el problema de partida: ¿cuáles son los criterios que
permiten distinguir la ciencia de lo que no lo es?
Capítulo 13. El nuevo experimentalismo
Los bayesianos caen en el mismo problema que se encuentran otras filosofías de la ciencia que
ponen el foco en la teoría (y no en los hechos): Popper, Kuhn, Lakatos… todos son incapaces de
explicar qué parte de la teoría queda falseada, por qué un paradigma es mejor que otro, etc. El
nuevo exprimentalismo (Robert Ackermann) busca fundamentar la ciencia sobre los
experimentos, y explicar el progreso científico como la acumulación del conocimiento
experimental.
La idea de base es que hay experimentos que aportan datos observables para todos y que no
dependen de ninguna teoría en concreto (ej: el motor eléctrico de Faraday, que es obvio que
funciona aunque no se explique por qué). [Para que esto sirva, hay que restringir lo que
llamamos teoría a un ámbito concreto de la ciencia, y no a cosas generales de la vida en
general.]
Deborah Mayo añade que para considerar que un experimento sostiene una ley, debemos
asegurarnos de descartar posibles resultados que pudieran ser positivos aunque la ley fuera
falsa (por ejemplo, si tenemos mucho margen de error). O sea, que el experimento debería
salir probablemente negativo si la ley fuera falsa. Si no creemos eso, entonces el experimento
no sostiene la ley (esto permite eliminar, por ejemplo, casos de causalidad a partir de
correlación).
Esto es útil para recordarnos que un experimento tiene vida propia, que no necesariamente
depende de una teoría o busca responder a una pregunta concreta. No obstante, a veces sí
que la teoría impulsa el experimento. Además, la teoría es necesaria para llevar la conclusión
del experimento más allá del marco experimental.
Capítulo 14. ¿Por qué debería el mundo regirse por
leyes?
1. Leyes como regularidades. Visión muy limitada, porque no explica el mundo fuera del
entorno experimental. Si añadimos la coletilla “en ausencia de factores
perturbadores”, entonces descartamos el caso de varias leyes aplicándose al mismo
tiempo.
2. Leyes caracterizadas como poderes o disposiciones. A menudo rechazada por los
filósofos, esta visión es utilizada con frecuencia por los científicos (por ejemplo cuando
hablamos de la elasticidad como capacidad de absorber energía). Esto concuerda bien
con la visión de una ley como causalidad, dada la disposición de algo a causar otra
cosa.
3. Pero hay leyes, como las de la termo, y las que tienen que ver con energías (como los
Lagrangianos, etc.) que no requieren conocimiento del mecanismo subyacente, solo
indican que algo se tiene que cumplir.
Capítulo 15. Realismo y antirrealismo
La posición realista sostiene que las teorías describen el mundo (a todos los niveles, no solo a
nivel de la observación), mientras que la antirrealista afirma que las teorías son solo una ayuda
para investigar que es descartada cuando la ciencia se asienta sobre la evidencia experimental.
Aquí Chalmers acepta, como a lo largo de todo el libro, que no tenemos un acceso inmediato a
la realidad. Pero, dicho esto, toma como noción de verdad la clásica teoría de la
correspondencia: un enunciado es verdadero si corresponde a un estado de cosas (y no
consideramos que ese estado de cosas sea, a su vez, otro enunciado).
El antirrealismo con el que Chalmers se quiere medir es un instrumentalismo: afirma que una
teoría solo concierne a aquello que puede verificarse observacional y experimentalmente. Esto
conecta con los nuevos experimentalistas del cap. 13: la teoría solo es útil como herramienta, y
luego se descarta (es como cuando se tomaba la teoría de Copérnico o de Ptolomeo
indistintamente porque daban buenos resultados, sin preocuparse de si representaban algo
real).