INTRODUCCIÓN
En nuestros días predomina una concepción de democracia poco exi-
gente. Muchos representantes políticos sostienen que para calificar de
democrática a una sociedad bastaría con la presencia de dos elementos:
la práctica electoral y la libertad de mercado. Una apreciación muy pró-
xima a la anterior, también bastante popular, precisa algo más, asimilán-
dola a la existencia de elecciones libres y de un sistema de partidos,
dando por supuesto la presencia del mercado como un eje destacado en
la regulación de la vida social. La diferencia entre una y otra concepción
se podría determinar comparando lo que había en nuestro país en la pri-
mera etapa de la transición con el resultado de lo que ahora hay. Y es
que, como se desprende de la mirada a la participación política en
España que nos ofrece el artículo del Colectivo Ioé, si algo se ha des-
arrollado en el transcurso de las últimas décadas en España ha sido pre-
cisamente la participación indirecta a través del fortalecimiento del pro-
tagonismo de los partidos en la vida pública, pero sin que con ello se
hayan atenuado las estructuras autoritarias en la toma de decisiones.
Esto ha llevado a calificar de partitocracia a nuestro sistema político.
Asunto que, combinado con el reconocimiento de la creciente tecnifica-
ción, mercantilización y oligarquización de la actividad de unos partidos
casi exclusivamente centrados en las cuestiones del poder, ha propicia-
do la advertencia, proveniente de los sectores más críticos, de que en
realidad nos encontramos –más que en un proceso de profundización y
mejora de la democracia– encallados en medio de la cratopolítica (esto
es, en una actividad reducida a girar en torno a las cuestiones de poder
en las instituciones).
Lo que buscamos con el Especial sobre democracia que incluimos en
este número de Papeles no es tanto enredarnos en calificaciones reso-
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nantes, como señalar algunas facetas escasamente subrayadas e incorporar algunos com-
ponentes nuevos que aparecen de manera recurrente en los debates actuales sobre la
democracia. Entre los rasgos insuficientemente enunciados a la hora de hablar sobre demo-
cracia se encuentran el tipo y calidad del debate público en torno a los asuntos comunes, el
grado de arraigo de la participación en el tejido social, el nivel de confianza y reconocimiento
de las instituciones políticas por parte de la ciudadanía o la cuestión de las actitudes y valo-
res que conforman la cultura democrática entre la población. Todos ellos constituyen aspec-
tos relevantes tanto para cultivar una noción sustantiva de democracia que vaya más allá
del voto, como para la mejora de la propia práctica electoral. Sólo si se dan ciertas condi-
ciones (información veraz y suficiente, posibilidad de valorar las alternativas, debate públi-
co razonado, revocabilidad de los elegidos, etc.) las elecciones se convierten en un recurso
fundamental de la democracia.
En todos los artículos de este Especial subyace la idea de que la democracia es, antes
que cualquier otra cosa, el “gobierno mediante el debate” y que, en ese sentido, construir la
democracia equivale a crear un espacio público que permita el acceso –en condiciones de
igualdad– de todas las personas a la formación de la voluntad colectiva a través del diálogo
crítico. Más que un orden instituido, es un proceso instituyente que hay que impulsar con el
esfuerzo y la participación ciudadana, ya que en caso contrario, si no suscita implicación y
echa raíces profundas en el tejido social, termina por agostarse y mantenerse como un tron-
co vacío. Sin la existencia de condiciones para la expresión audible de las voces de la gente
y sin mecanismos de participación y deliberación públicos, la democracia se convierte en un
mundo de sordos y mudos a los que se convoca ceremoniosamente a un ritual cada cierto
tiempo.
La conciencia de que la democracia es un desafío histórico en proceso continuo de cons-
trucción debe recoger también la posibilidad de incluir nuevos componentes en su defini-
ción. Así, en la reflexiones actuales acerca del tema, van adquiriendo cuerpo preocupacio-
nes vinculadas a las demandas que se derivan de una realidad crecientemente multicultu-
ral, a las relaciones que existen entre empobrecimiento de la democracia y el deterioro
ambiental, a los problemas que surgen del hecho de que los principios democráticos rijan
únicamente en el interior de los Estados o a la necesidad de que, en el tiempo de la mun-
dialización, el ámbito global sea también un espacio para la democracia.
En lo que se refiere a la primera cuestión no está de más enfatizar que la diversidad,
más que la similitud, se ha convertido hoy en una base fundamental de la construcción cul-
tural y política de una sociedad. La diversidad cultural es una característica de la vida social
que posiblemente resulte incomoda porque pone a prueba la calidad de nuestras democra-
cias. El desafío de hacerse cargo de la diversidad y respetar las identidades culturales –tal
y como ha señalado acertadamente el PNUD en su informe del año 2004– no es sólo para
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algunos “Estados multiétnicos”, pues ningún país escapa al hecho de que sus sociedades
sean cada vez más multiculturales. A ello se suma, además, a diferencia de otras cuestio-
nes, la identidad cultural y sus controversias apasionan incluso al más flemático. Sin entrar
por estos derroteros, lo que conviene señalar al respecto es que las democracias sufren del
intento de la mayor parte de los Estados por crear naciones culturalmente homogéneas con
identidades singulares. Reconocerlo es un buen punto de partida, ya que de lo contrario se
corre el riesgo de pasar por alto, una vez metidos en harinas culturales, algunos rasgos
estructurales de cómo se han construido en la práctica los modernos Estados-nación y el
ejercicio de los derechos ciudadanos. El artículo de Nieves Zúñiga aborda el debate del mul-
ticulturalismo en relación con la democracia liberal desde las controversias que se suscitan
en torno a los derechos.
Federico Aguilera, por su parte, centra el análisis en el papel de los desequilibrios de
los procesos decisorios. Muchos problemas y conflictos ecológicos de nuestros días reve-
lan estructuras de toma de decisiones que, al prescindir de la participación y debate, devie-
nen en autoritarias a pesar de ser realizadas por quienes fueron elegidos para representar
a los ciudadanos. Estas circunstancias muestran, por un lado, la relación directa que se da
entre deterioro medioambiental y empobrecimiento de la democracia, y, por otro, las con-
tradicciones entre la defensa de intereses generales y la presencia de importantes intere-
ses económicos. Aguilera pone el dedo en una de las llagas de nuestra democracia: mien-
tras se han ido asentando formalmente las instituciones, no se han abierto paralelamente
cauces de participación reales para una adopción democrática de las decisiones públicas.
Esto explica la dificultad para hacer audible –tanto en lo concerniente a la definición de los
problemas como a la elección de las opciones– la voz de las personas directa o indirecta-
mente afectadas por los costes ecológicos de la actividad económica o por el deterioro eco-
lógico de la actuación pública. Parece que la democracia se afana en ignorar lo que la
buena sociología no se cansa de repetir: que, en asuntos de participación, tan importante
como solicitar la respuesta a un cuestionario es otorgar la posibilidad de que la gente for-
mule las preguntas, pues –como dijo Gramsci en su día– las conclusiones de un debate se
juegan en las premisas.
Otro de los principios fundamentales de la democracia consiste en la capacidad de esta-
blecer acuerdos institucionales para regular los antagonismos. Los estudios históricos y
empíricos revelan que esa capacidad que muestra el régimen democrático hacia su interior
no tiene traducción hacia el exterior. Un reto especialmente importante en nuestro tiempo
consiste en saber plantear adecuadamente un programa de investigación que indague cómo
podemos conseguir que las normas que regulan los conflictos en el interior de la democra-
cia puedan también tener su expresión en el ámbito internacional. Desgraciadamente,
según ponen de manifiesto Daniele Archibugi y Mathias Koening-Archibugi, se están dedi-
cando excesivas energías a una línea de investigación en las relaciones internacionales, la
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de la “paz entre democracias”, que no sólo está plagada de juicios de valor y asentada en
clasificaciones muy discutibles, sino que además está siendo utilizada, aunque de manera
no deseada por los propios investigadores que la llevan a cabo, como arma ideológica por
parte de la actual Administración Bush para justificar sus intervenciones bélicas. Andrew
Strauss, por su parte, reclama la organización democrática del actual sistema mundial. A
este respecto, evalúa la propuesta de crear un Parlamento Mundial no sólo desde el prisma
de su conveniencia, sino también desde la perspectiva de su viabilidad política.
La reflexión acerca de la democracia no termina en la sección Especial pues, de algún
modo, otros artículos plantean asuntos fuertemente vinculados con la praxis democrática.
En uno de ellos se reclama la conveniencia de situar los debates sobre el consumo más en
la esfera ciudadana que en el ámbito privado de las decisiones individuales. La aportación
del grupo de investigación sociológica Colectivo Ioé, por su parte, permite constatar que la
participación directa de la población en los asuntos públicos está bajo mínimos en España
y que la confianza de la ciudadanía en las instituciones de representación política no le va
a la zaga. Manejando la información estadística disponible señalan, por ejemplo, que el
tiempo que dedica un español a la participación social es más de cien veces inferior que el
que destina a la televisión. Todos estos hechos han de ser interpretados, no como el resul-
tado de una particular inclinación española al absentismo de lo político, sino como la con-
secuencia de la forma histórica concreta en que se ha institucionalizado la democracia en
nuestro país. Con este artículo inauguramos la sección Periscopio, que consiste en una
mirada –a través de información empírica y otras herramientas– a las distintas facetas pre-
sentes en un tema de análisis o en un acontecimiento.
Presentamos además las colaboraciones de dos prestigiosos investigadores británicos
que sitúan su reflexión en el Estado. Ian Gough, a través de un recorrido histórico por el pro-
ceso de construcción de los Estados sociales, democráticos y de derecho, fundamentalmen-
te europeos, desarrolla un estudio comparativo de las políticas sociales que puede ser de uti-
lidad también para los llamados países en desarrollo. Kevin Morgan trae a colación la nece-
sidad de considerar el proyecto político de crear un “Estado verde”, esto es, una concepción
del Estado que se construya más sobre la visión de una democracia ecológica que sobre la
idea de la democracia liberal. Señala un aspecto del que no se ha tomado suficiente con-
ciencia: el potencial estratégico que representa el componente público del consumo final y la
capacidad de maniobra que se desprende de la contratación pública para afrontar el desafío
de un desarrollo sostenible que vaya más allá de las formas convencionales en las que habi-
tualmente queda formulado. A partir del análisis del suministro público de alimentos, y aten-
diendo a aspectos clave como la procedencia geográfica de los mismos y la cadena que va
desde “la granja al tenedor”, propone poner el énfasis en el estudio de la capacidad organi-
zativa del Estado para poder llegar a una apreciación más cabal acerca de si es posible o no
la compatibilidad de las economías capitalistas con un sistema social sensible a lo ecológico.
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En lo que respecta a los conflictos armados, concentramos la atención en la guerra de
Afganistán. Uno de los rasgos que caracterizan a las guerras de nuestros días es el eleva-
do porcentaje que representan los civiles en el cómputo total de las víctimas mortales. En
los conflictos contemporáneos no existe un campo de batalla bien delimitado en el que sea
posible identificar los contornos y los movimientos de los ejércitos enfrentados. Es más,
suele ocurrir que tampoco existe una imagen visible y clara de algunos de los actores direc-
tamente implicados en la contienda, de manera que los perfiles de buena parte de los con-
tendientes se diluyen hasta confundirse por completo con los del conjunto de la población
de un país. Por otro lado, como sabemos por la actual guerra en Irak, el conflicto, aunque
no se origine por una confrontación civil, con el tiempo adopta (o se busca que adopte) esa
forma. Las consecuencias para la población son catastróficas. El artículo de Nuria del Viso
señala el impacto creciente que sobre la población está teniendo la guerra en Afganistán.
Una entrevista a Abdelkader Taleb Omar, a la máxima autoridad del Frente Polisario, un
diálogo centrado en torno a la polémica del papel que pueden desempeñar los microcrédi-
tos como un instrumento más de desarrollo social y reseñas de libros completan este núme-
ro de Papeles que, además, se presenta en sociedad con su nuevo subtítulo: “de relaciones
ecosociales y cambio global”. Como hemos anticipado en números anteriores, los desafíos
de la sostenibilidad, la cohesión social y la democracia obligan a ampliar una perspectiva
que nos permita comprender de manera más profunda lo que ocurre en nuestro mundo.
Santiago Álvarez Cantalapiedra
Director
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