CAPÍTULO 23
Mi mente divaga a través de sombras, una cabellera castaña que resplandece con el sol, ojos
verdes repletos de curiosidad y un intenso aroma a arroz con leche es que se encarga de
envolver a la visión que me mantiene embelesado.
En el momento en que estoy por acercarme a ella, a la desconocida que ha puesto a mi
mundo de cabeza, me percato de que piso un suelo pegajoso y al bajar la mirada me
encuentro con nieve cubierta de sangre. Cada centímetro de mi piel termina frío y
paralizado, cada uno de mis órganos es perforado por cuchillas que no alcanzo a esquivar y
la última bocanada de aire escapa de mis pulmones.
Sé que he caído al agua, el hielo debajo de mis pies se quebró y ahora lucho por volver a
respirar. Mi abdomen sangra debido a la puñalada que recibí, por lo que un visible camino
carmesí me acompaña en cuanto trato de subir a la superficie que se aleja cada vez más y
más de mis manos. Moriré ahogado, envuelto en hipotermia y siendo un fracaso.
La pesadilla se desvanece en el instante en que una gota de rocío cae sobre mi mejilla.
Parpadeo y sacudo la cabeza en un intento de deshacerme del frío que quemaba a mis huesos.
El alba apenas ha comenzado, yo me encuentro recargado contra un viejo árbol y los rayos
del sol disipan a la niebla de a poco. Estoy cubierto por la gruesa capa negra de lana, aun así,
el viento frío se vuelve desagradable.
El bufido de mi caballo me hace reaccionar, pienso que Rohke pasta por ahí de manera
despreocupada, pero su gruñido indica que se siente amenazado por algo.
Con una mierda, no debí haber dormido en una zona profunda del bosque.
Entre la oscuridad creada por las copas de los gigantescos árboles, escucho el crujir de los
arbustos y Rohke relincha inquieto. Me acerco a mi caballo para protegerlo de cualquier
ataque y me aferro con fuerza a mi anillo de piedra constelación.
No le tengo miedo a los animales salvajes que puedan aparecer por aquí, sé que lo más
inofensivo que podría encontrar es a una criatura que tenga garras y mandíbula fuerte.
Pero lo que nos observa desde la oscuridad, no es una bestia. Aun así, puedo sentir su
presencia, su aliento feroz y su mirada hambrienta.
Mi anillo acaba por transformarse en una daga en cuanto veo a una sombra emerger de entre
los arbustos, que pierden sus hojas al tacto de unas raquíticas manos y del suelo brotan flores
de pétalos negros.
La mujer está tan pálida como un cadáver, su cabello largo carece de brillo y viste como si
fuera una campesina de los alrededores.
No obstante, carece de un alma propia.
—El destino de un príncipe… —murmura con una expresión maliciosa. Es bellísima, pero las
garras en sus manos demuestran a su verdadero ser.
Mis manos sudan frío al escuchar esas palabras.
Tengo que recordarme a mí mismo que ya no estoy dentro de ninguna pesadilla, si rajo a una
de mis muñecas sangraré y sentiré dolor, pero no moriré.
—Lárgate, y te dejaré vivir. Devka.
Esa última palabra la hace sonreír y mientras camina, más flores podridas brotan a su
alrededor. Puedo ver que sus pies descalzos también muestran piel arrugada y cubierta de lo
que parecen ser cicatrices.
—Hablas skovari de una manera tan preciosa que creo poder enamorarme de tu lengua —
halaga con una sonrisita de picardía—, ¿quién te enseñó el idioma de los primeros astros,
gran emperador?
En un parpadeo, está frente a mí acariciando mi rostro y por la magia que proviene de ella
termino inmóvil. Los ecos que tratan de perforar a mi cráneo son simples cosquillas para mí,
esta prueba la he superado cientos de veces y ahora hasta puedo sonreír al mostrar resistencia.
—¿Para qué quieres saberlo? —pregunto mientras ella pasa sus manos por mi clavícula y
luego por mi espalda.
Su nariz olfatea al aroma de mi piel e intento apartarla de mí, aunque es inútil.
—Un conjuro te protege —musita con fascinación—, no, no es sólo uno…sino dos. ¿Has
negociado con mis hermanas, gran emperador?
—No, hace mucho que no me gusta lidiar con rameras.
Sus uñas rasguñan a una parte de mi espalda y gruño ante el dolor. La hija de perra ha
conseguido que sangre.
—Pero…también huelo a la esencia de una de mis hermanas en tu propia sangre. Parte de su
taikre llena a tus venas y aunque no pertenece a mi aquelarre…puedo sentirla —susurra a mis
espaldas y yo trato de escapar de su control—. Gran y sabio emperador… ¿Acaso la
asesinaste?
—Lo que haga, no debería interferir con tu destino, devka.
Entonces, siento como si estuvieran a punto de apuñalar a mi corazón.
—¿Mataste a tu propia madre, gran emperador? —pregunta en un susurro y yo dejo de
respirar.
No sé cómo es que lo consigo, pero la mano que sostiene a la daga logra liberarse y asesto un
golpe fatal en el cuello de la mujer. La sangre negra, hedionda y putrefacta, se desparrama
por el suelo. Ante la herida, suelta un chillido que hace volar en espanto a cientos de aves y
yo retrocedo.
Asquerosa arpía, le voy a cortar la lengua.
De inmediato, observo cómo es que su cuerpo se transforma a través de una visión horrenda:
Sus huesos se rompen para dar paso a una figura gigantesca, su piel se rasga al convertirse en
un pelaje grueso y sus extremidades crujen en cuanto cuatro patas rasgan a la tierra.
Su rostro se marchita como los pétalos negros que riegan al suelo y sus iris rojos se vuelven
la mirada de un depredador que gruñe al ser atacado. Y su boca se deforma hasta volverse
una dentadura que muestra dos pares de colmillos al sonreír.
Ruge y el grito es un estridor que consigue aturdirme, pero no pierdo el equilibrio. Rohke
busca abalanzarse sobre el animal, más lo detengo. Lo que hago es lanzar la daga en
dirección a su rostro y sonrío satisfecho al ver que la punta se entierra sobre uno de sus ojos.
La devka se rasguña el hocico en un intento por quitarse a la daga de encima, lo que me da
tiempo para acercarme y arrancarle el ojo. Evito que su sangre me salpique, porque no quiero
que ninguna maldición me persiga por el resto de mi vida.
Activo a mi signum en el instante en que una de sus garras consigue aferrarse a mi hombro y
le rebano a la extremidad que me sujeta. La energía de mi poder ya se ha fusionado con mi
daga, de modo que cada corte me permitirá hasta partir el acero. El –filo se entierra hasta sus
ligamentos y le cerceno una de sus patas.
—Repugnante fenómeno —le digo una vez que se retuerce en el suelo, agonizando—, ¿acaso
no conseguiste olfatear a la magia que me protege? Es un conjuro poderoso, pero no tuve que
matar a nadie para conseguir lo que tengo. Yo no soy tan miserable como tú o tus hermanas.
El único iris rojo que le queda voltea a mi dirección.
—Si hiciste un trato con una de nosotras —habla con voz ronca y distorsionada—, significa
que eres igual o peor de despreciable…gran emperador.
Y esas son sus últimas palabras, porque entonces le rajo la mandíbula y su cráneo se parte en
dos.
El cadáver no tarda en volverse una pila de polvo, como si su cuerpo hubiese construido a
base de cenizas. Sé que es porque no tienen un corazón de sangre y carne, también carecen de
alma, pues todo se lo han entregado a los espíritus del inframundo.
Mujeres desesperadas que acudieron a contratos desesperados.
Para calmar a Rohke, que permaneció inquieto durante toda la pelea, tomo a una de las
manzanas que empaqué dentro de mi bolso de cuero, al pobre lo he mantenido trotando desde
ayer y ninguno de los dos ha obtenido un descanso favorable.
Hace tres días que me interné en el bosque de Cerridwen bajo la excusa de patrullar a las
comunidades rurales, pero la realidad es que deseaba olvidarme del mundo.
—Buen chico. —Acaricio el pelaje negro de Rohke, que luce imponente a pesar de estar
hambriento.
Es estúpido aceptar que le tengo cariño a un caballo, sin embargo, Rohke me ha acompañado
a todas partes desde que era un potro. Conoce a los desafíos tan bien como yo lo hago.
Mientras que le doy a comer otra manzana, me aseguro de preparar mi propio cargamento y
desayuno la carne seca que preparé anteayer. Fue una buena caza, no todos los días se
encuentra a un ciervo deambulando por ahí. Tomo la cantimplora para llenarla con el agua
que herví y monto al caballo de un salto una vez que acabo de prepararme.
Kadmus no perderá la oportunidad para regañarme una vez que vuelva al palacio, así que
tomo la cabalgata con calma. No sé hasta cuando podré aventurarme en otra expedición, por
lo que saboreo cada segundo del recorrido.
El bosque dejó de aterrarme hace años atrás y sé de memoria el camino de regreso; no
cualquiera se atreve a adentrarse a la distancia en la que yo lo hago, pues no es secreto que
esta parte de la región se encuentra maldita.
Yo lo sé bien, estoy al tanto de cada rumor que rodea al bosque de Cerridwen; conozco que
los senderos cambian de rumbo y que las brújulas dejan de funcionar, me sé de memoria a las
leyendas de las bestias que devoran hombres y no soy ignorante al hecho de que las brujas
ejercen su dominio sobre este lugar.
La viva prueba está en el encuentro que acabo de tener.
Al pasar sobre un río, admiro la vista repleta de grandes árboles de hojas cobrizas y doradas,
así como también a las montañas que se alzan en el horizonte. Si no fuese por la maldad que
habita aquí, por supuesto que el bosque sería un lugar agradable.
Rohke galopa con rapidez, lo que nos permite llegar a las lindes a salvo y pronto lo encamino
para que nos dirijamos al palacio.
No me extraña ser recibido por Maurer, quien lleva consigo a una enorme expresión de
aflicción. Todo su rostro se ve demacrado a causa de lo mismo.
—¿Quién ha muerto? ¿Kadmus? —interrogo al bajar de un salto de mi caballo, quien
relincha complacido una vez que vienen a llevárselo hacia los establos.
—¡Majestad imperial! —chilla Maurer, realmente afectado—. ¡Nadie supo nada de usted
durante tres días, esas expediciones algún día le traerán un destino fatal!
Mi consejero me gana con dos décadas de vida y estoy acostumbrado a su carácter
complaciente, así que su nueva actitud solo me hace reír. Por el rabillo del ojo noto a su
cabello marrón despeinado y a todas las arrugas sobre su traje.
—Soy el emperador de Scorpius ¿No crees que los dioses habrían de bendecirme en cualquier
situación? —rebato con enorme orgullo.
—¡Majestad, el bosque es conocido por sus tragedias! ¿Cómo es que no le aterra aventurarse
más allá de las lindes? —exclama mi consejero una vez que entramos al palacio.
—Porque soy el hombre más afortunado que conocerás.
Varios sirvientes yacen esperando en el recibidor, me ayudan con la pesada capa y con el
bolso de cuero. Sé que debo de ir a tomar una ducha, pero si Maurer vino a recibirme
significa que mi gabinete se ha reunido el día de hoy.
Tal parece que por fin tendré el honor de anunciar que desposaré a una campesina de Ettelhal.
Maurer no deja a su parloteo de lado y yo me enfoco en dirigirme hasta la sala de reuniones.
Una vez que arribamos los hombres se levantan en señal de respeto e inclinan la cabeza para
saludarme.
—Que la lealtad y la grandeza de los dioses siempre acompañe al soberano de Scorpius —
pronuncian las voces a coro.
—Imagino que Maurer los tuvo al tanto de cómo va la situación con Ettelhal —digo tras
fingir una sonrisa.
—Su alteza, Kadmus, nos.… nos habló sobre un futuro compromiso —murmura uno de ellos
y nadie se atreve a mirarme—. ¿Dijo que madame Sherazade lo había contactado?
—Maurer —llamo a mi consejero, quien no tarda en entender la instrucción.
—Madame Sherazade reunió a una pequeña asamblea hace unas semanas atrás —dice
Maurer y me entrega la carpeta con el documento enviado por la líder del Concejo Blanco—,
su majestad imperial está de acuerdo con la propuesta decidida, por lo que pronto cumplirá
con el deber establecido.
—¿Qué es esto? —Uno de los ministros inspecciona cada centímetro de la hoja,
desconcertado al ver las firmas de todos aquellos que asistieron a dicha asamblea.
Por mi parte, dejo que mi consejero prepare a la cera con la que firmaré el documento y
muestro una sonrisa de soberbia una vez que el anillo imperial queda grabado sobre la cera
plateada.
El pacto ha sido sellado: Sherazade me entregará varias ciudades de Ettelhal y yo me casaré
con una de sus mujeres.
—Mi apoyo total y absoluto hacia el Catálogo de Selección —contesto tras terminar de
admirar al emblema de mi dinastía sobre el papel—. Pronto se celebrará mi compromiso y
juraré proteger a Ettelhal.
—¿Qué hay de la señorita Dámina? —interviene el secretario Hatchett, pálido—. ¿Usted no
iba a…?
—Yo nunca prometí nada, que sus ínfulas de grandeza la hicieran esparcir rumores sin
sentido no es ningún problema mío —digo con una risa sardónica.
Le entrego la carpeta a Maurer para que la guarde bien, realmente no le presto atención a
ninguna de las quejas de mi gabinete.
—Estuvo en una relación con ella durante años, incluso el Consejo negro llegó a aprobar la
unión. Su familia sería de gran utilidad para la corona —opina el ministro Gaile,
levantándose de su asiento como parte de una actitud impaciente—. Dámina Mirela es la
mejor candidata para ocupar el puesto de emperatriz.
Por supuesto que Dámina, con todo y su personalidad vanidosa, es superior a una mera
campesina ¿Cómo podría compararse una condesa con una mujer que ni siquiera es parte de
una familia noble? Es ridículo tratar de buscar a las diferencias y semejanzas, aunque odie
admitirlo, Dámina arrasaría con cualquier mujer en mayoría de aspectos.
...Pero hace años que dejé de sentirme atraído por ella. Hace años que la quiero lejos de mí.
Miro a cada uno de los miembros de mi gabinete y la angustia los carcome vivos.
A ellos les resultaría más fácil morir que darle el puesto de emperatriz a una mujer de
Ettelhal, pero no hay remedio: Mi palabra es la ley, nadie puede contradecir a mi voluntad.
—Les aseguro que a la señorita Mirela no es la mejor opción, al contrario, yo me libré de un
futuro espantoso al romper con ella —respondo con una sonrisa afable, dando por terminada
a la conversación.
Mis intenciones son abandonar al palacio, por lo que al paso rápido me dirijo rumbo al pasillo
principal y suspiro aliviado al reconocer que me encuentro solo...O eso es lo que pienso hasta
que, debido a mi descuidado andar, mi hombro choca contra el de un desconocido.
Podría seguir caminando, pero al reconocer esa opulenta túnica blanca sé que he sido
atrapado.
—¡Ah, majestad imperial! Justo lo estaba buscando a usted, lord Kadmus me dijo que estaba
en una reunión —habla el hombre con delgado bigotillo y un peinado que no deja ni a un
mechón suelto. Como parte del protocolo, él hace una reverencia—. Honro con lealtad y
grandeza al legítimo soberano. Mi nombre es Davin Marlon, uno de los allegados de madame
Sherazade.
Por culpa de todo lo que bebí, lo barro con la mirada. Bueno, más bien creo que lo hago con
toda la intención del mundo.
Le voy a cortar la lengua a mi abuelo por haberme delatado.
—Ajá.
—Por favor, permítame guiarlo para que hablemos en un lugar privado. Le prometo que no
tardaré mucho tiempo —dice el tipo y yo no tengo otra opción más que aceptar.
Acabamos en una sala perteneciente al recibidor. Al entrar, lo que llama mi atención es ver
que el Blanco ya se ha adelantado: Sobre la mesa hay una fina laminilla de cristal, que
contiene a un par de gotas de sangre y un aparato extraño, además de una carpeta que parece
albergar escasos documentos.
—¿Para qué es todo esto? —pregunto tras que él me indique sentarme sobre uno de los sofás.
—La prueba de compatibilidad, majestad. Madame Sherazade quiere que cada uno sea
testigos de la efectividad del lazo.
—Entonces, ¿esa sangre de ahí...?
—Pertenece a su Elegida, majestad. Ahora, permítame a su dedo índice. —Miro estupefacto
en dirección a la laminilla y reacciono cuando el dolor causado por una aguja me hace
reaccionar—. Lo siguiente que haré, será mezclar una gota de su sangre con la de ella a través
de este artefacto; el Ideality, que nos dirá si ambos son aptos el uno para el otro.
Quisiera reírme, pero he visto cosas más absurdas que esto.
Miro con atención cómo mi sangre se une a la de esa desconocida y, esa mezcla, es puesta
sobre una tira reactiva que se introduce en el Ideality. La diminuta máquina emite un ruido y
luego un porcentaje parpadea en letras azuladas.
100%.
—¿Eso significa que somos tal para cual? —pregunto bromista mientras Davin saca una
pequeña pipeta para extraer más sangre de ella de un tubo de muestra.
Sonríe sin mirarme, concentrado en verter una gota en lo que parece ser un frasco repleto con
un suero transparente. Agrega más gotas, esta vez de un líquido amarillento, y comienza a
agitar con suavidad.
—Así es, majestad —responde y la sonrisa desaparece de mi rostro—. Y esto de aquí, es la
esencia. Le entregará resultados...fascinantes.
No me aparto cuando Davin deja caer un chorrito de la famosa esencia sobre el interior de mi
muñeca. Me dice que espere un poco para que el efecto sea el apropiado y luego, da la
instrucción más rara que he escuchado hasta ahora.
—Olfatee un poco, le aseguro que será un momento único.
Obedezco con desconfianza, acerco a mi nariz a centímetros de mi piel y me impresiono de lo
rápido que llego a identificar un fuerte aroma a arroz con leche.
Arroz con leche.
Es...embriagador.
De repente, algo cambia dentro de mí.
Es como si una fuerza invisible me envolviera, una presencia desconocida pero irresistible.
El aroma es intoxicante, una mezcla perfecta de dulzura y misterio que penetra mis sentidos y
se instala en mi mente. Siento cómo el mundo a mi alrededor se desvanece lentamente,
dejándome sumergido en un océano de emociones intensas y desconocidas.
Reconozco que mi instinto permanece a flote, porque cada partícula de la esencia despierta
algo primitivo dentro de mí.
Mi corazón late con fuerza, y una calidez inexplicable se extiende por mi pecho.
—Esta es una fotografía de su vínculo, majestad, y aquí están los documentos en los que se
necesita la firma de usted. —Todavía absorto en aquel aroma, apenas si puedo recibir a la
carpeta que me entrega el Blanco.
Le presto poca atención.
Lo que me interesa, lo que me carcome por dentro es saber quién es ella. La que me está
volviendo loco con un simple aroma.
Reconocería a mi preciosa desconocida en cualquier parte. Incluso si fuese ciego, sé que
también podría saber que se trata de ella.
Y es...ella.
En verdad la mujer de mis sueños existe.
Una simple fotografía de ella es suficiente para abrumarme, como si estuviera hecha de la
misma esencia que ahora inunda mis pulmones.
El cabello caramelo, ondulado como la hojarasca de otoño, enmarca su rostro con una calidez
que evoca el oro derretido por el sol. Cada rizo parece tener vida propia, moviéndose con
gracia y libertad, añadiendo un toque de magia a su presencia. Sus ojos verdes oscuro, como
gemas místicas, brillan con una intensidad y misterio que solo se encuentra en seres que están
en sintonía con la magia de la naturaleza.
Los labios, suaves y perfectos, son una promesa de cuentos y leyendas, de besos que pueden
despertar a los soñadores más profundos. Y su piel es como la luz de la luna que baña los
bosques en noches serenas, radiante.
Ella es una musa viviente, una criatura que, al igual que las hadas, trae consigo un toque de lo
fantástico, un recordatorio de que la verdadera belleza no solo se ve, sino que se admira y se
adora.
Una emoción voraz se apodera de mí.
La quiero, la deseo con una intensidad que nunca antes había experimentado. Es una
sensación que va más allá del simple anhelo; es una adicción pura, cruda.
Mi mente se llena de imágenes de nosotros juntos, de momentos compartidos que aún no han
ocurrido pero que siento como recuerdos vívidos.
La necesidad de encontrarla se vuelve casi física, un dolor dulce que me atraviesa cada vez
que exhalo. No importa que no la conozca, no importa que nunca la haya visto cara a cara.
En este momento, sé que mi vida está incompleta sin ella.
La necesidad de poseerla se vuelve abrumadora, casi dolorosa en su intensidad.
Quiero tocarla, sentir su piel contra la mía, escuchar su voz susurrando mi nombre. Es una
necesidad espiritual, un hambre que solo ella puede saciar.
Siento que cada vez estoy más cerca de ella, de esa mujer que domina mis sueños y
pensamientos, que ha invadido cada fibra de mi ser con su esencia.
Esta adicción es una daga que se clava lentamente en mi pecho, un anhelo que solo se
esfumará cuando finalmente la tenga en mis brazos y pueda susurrarle al oído cuánto la he
deseado.
Intento parpadear para disipar a esa densa sensación que envuelve a cada latido de mi
corazón. Al reaccionar, mi respiración es entrecortada y me cuesta volver a mis sentidos.
—¿Los Blancos buscan intoxicarme? —pregunto con una risa de confusión.
—No, majestad imperial, es simplemente el vínculo. —Sonríe Davin mientras yo trago saliva
—. Ahora, por favor, coloque su firme aquí.
Él me entrega un bolígrafo y yo me encuentro estupefacto porque sé que la mujer que veía en
mis sueños es real y tangible. Y ella va a casarse conmigo en un futuro.
A duras penas si puedo leer lo que está escrito en el documento.
“Como emperador de Scorpius, juro que cumpliré con mi palabra y prometo respetar a cada
parte del acuerdo pactado. Prometo perseguir y masacrar a cualquiera que lastime a las
Elegidas de la familia del Norte, prometo y juro que no habrá tregua para quien amenace a
la futura emperatriz de Scorpius.
Estoy a favor de lo establecido, doy mi palabra como Escarlata y haré que la dinastía
Adonis sea fiel parte de estas causas.”
Sé que debería encontrarme feliz porque sé lo especial que es ella para mí, pero me encuentro
asustado debido a que ya no sé el cómo es querer a alguien.
Mi habitación posee una vista exquisita del bosque de Cerridwen, el gran ventanal me
muestra a las enormes montañas y a los encinares cuyas hojas van desde tonalidades verdes
hasta doradas. De niño, solía creer en los cuentos que hablaban acerca de majestuosas plantas
que poseían oro y esmeraldas como parte de sus ramas.
Mi madre era una fanática de la fantasía, vivió enamorada de los cuentos de hadas y esa
ingenuidad fue lo que la llevó a casarse con un hombre que sólo la quería tras dejar a su
rostro amoratado. Era una mujer de cuerpo frágil, pero risueña y fiel creyente de una magia
que nunca logró salvarla, empedernida con el destino y amante de las casualidades.
Su presencia era tan sublime como la de un hada del bosque.
Los recuerdos que la involucran a ella arrastran consigo a la que fue la época más feliz de mi
vida, cuando no tenía idea de lo que significaba ser un Escarlata y estar al lado de mi madre
era el hecho más relevante de toda mi vida.
En tardes tan silenciosas como esta, la misma pregunta ronda por mi cabeza y reflexiono en
soledad lo que habría sido de mí si ella jamás hubiese muerto. En medio de tantas visiones
inciertas, solo estoy seguro de que no habría conocido a mi hermano mayor, que fue un
parteaguas para mi vida.
Supongo que una vida siempre tendrá el valor de otro destino.
Dejo mi vaso de brandy sobre la mesa de noche y salgo de mi estudio personal con una
expresión de desagrado en el rostro. No me molesté en inspeccionar mi aspecto porque sé que
me veo bien incluso con ropas sencillas.
Llego al comedor sin entusiasmo, percatándome de que la mesa dispone de un elegante
banquete y el adorno principal es un candelabro rodeado de cerastios, la flor nacional de
Scorpius. El mantel plateado permanece impecable al igual que la fina vajilla y oigo al
rítmico crepitar de la chimenea.
—Que la lealtad y la grandeza de los dioses siempre acompañe al soberano de Scorpius —
saluda una sensual voz que me pone los vellos de punta.
De inmediato, alzo la mirada y me encuentro con el hermoso rostro de Dámina sonriéndome
con suavidad.
¿Cómo logró entrar? Tengo que estar alucinando, ella no tiene por qué estar aquí.
Su vestido es de un intenso color borgoña, combinado con algunos detalles ocre en la parte
del bordado en su falda y corsé. Su largo cabello oscuro se encuentra peinado en un
elaborado moño y su maquillaje demuestra lo mucho que se esmeró para esta noche.
—¿Qué haces aquí? —pregunto con espanto, peor de temeroso que si me encontrara con la
muerte.
—Quería conversar contigo. Eso es todo.
No, ella siempre quiere más de mí.
La escucho parlotear sobre lo bien decorada que se encuentra la sala, veo su sonrisa y algo
dentro de mí termina conmovido al recordar el pasado que estuvo atestado de promesas hacia
ella. Por supuesto que me lastima reconocer que mi primer amor fue una decepcionante
ilusión, me hiere el saber que Dámina nunca logró enamorarse de mí y sólo le entregué a mi
corazón para que jugara con él.
Pero, durante los últimos años, ella se ha convertido en una total pesadilla.
—¿Por qué? Voy a casarme —hablo de repente.
Aunque no tarda en cambiar su faceta, esa chispa de vivaz alegría en sus ojos parece
ensancharse.
—Eso sí que fue gracioso —dice con una animada carcajada y hasta se limpia las lágrimas
del rabillo de los ojos—, pero preferiría que no bromearas con ello.
—¿Crees que estoy jugando? Mi compromiso se celebrará pronto, Dámina.
La misma sonrisa de orgullo no desaparece de sus labios.
En el instante en que trato de retroceder, un mareo azota a mi cabeza y tengo que recargar
una mano sobre la mesa para no perder al equilibrio. Todo mi alrededor da vueltas y apenas si
observo a mi entorno con claridad. El asco me llena al paladar por culpa del vértigo.
¿Qué fue lo que…?
Maldita sea, el brandy.
—Veo que el sedante hace su efecto de manera maravillosa —dice mientras acuna a mi
rostro. El terciopelo de sus guantes me provoca escalofríos—. Dioses, eres tan, pero tan
hermoso…
No la quiero cerca de mí.
Quisiera darle un manotazo, pero al alzar mi brazo este se desploma y Dámina lo sujeta con
todo el cariño del mundo. Deposita un beso sobre mi muñeca y jadeo con desagrado al sentir
a su lengua recorrer mi antebrazo.
Mi corazón late como si planeara escapar de mi pecho. ¿Qué es lo que tengo que hacer? Es
patético que me encuentre en esta situación, si en la mañana logré matar a una bruja.
¿Kadmus vendrá si grito su nombre? Quiero que me quite a Dámina de encima, su perfume
me provoca arcadas y ya ni siquiera puedo mover los pies. Me derrumbaré sobre el suelo, lo
que me hará ser más vulnerable.
Me duele la cabeza.
—Aléjate de mí —balbuceo, pues mi voz ya ni es tan firme como antes.
Dámina me acaricia el rostro con afecto e incluso aparta a unos mechones empapados en
sudor de mi frente. Me toca como si me deseara y eso me repugna.
—Yo soy la que debería de permanecer a tu lado —dice antes de empujarme con cautela para
que mi cuerpo caiga sobre el diván más cercano.
Todo sigue dando vueltas.
—¿Para qué? ¿Para que de nuevo presumas que conseguiste enamorar a un estúpido? —
interrogo con dificultad.
—Bien sabes que yo te quería, que aún te sigo queriendo.
Su maldita voz parece que también forma parte de cada una de las sensaciones que intentan
ahogarme.
—Qué graciosa te has vuelto, aparte de ser una arrastrada ¿ahora eres comediante?
Sus besos escalan hasta mi clavícula, donde se toma el tiempo para desabotonar mi camisa y
lo único que puedo hacer es cerrar los párpados con fuerza. ¿Qué carajos le puso a mi
brandy? He perdido a cada gramo de mi fuerza.
—¿Cuántas veces tendré decirte que estoy arrepentida? Yo te amo, Kyros.
Los ojos avellana de Dámina están bañados en lágrimas que se deslizan por sus mejillas y
arruinan su maquillaje.
Lágrimas de cocodrilo, putas lágrimas de cocodrilo.
—Las veces que gustes, arrodíllate si quieres. No voy a perdonarte ni a creer en tus putas
mentiras —le suelto mientras siento a su lengua recorrer mi clavícula.
Quiero que todo termine. Ya no quiero sentirla.
Estoy asustado.
Hace años que dejé de sentir afecto por ella, ahora la veo y el estómago se me revuelve en
asco. En el pasado, la adoré con una devoción llena de ternura, pero de ese amor no queda
nada y Dámina aún lucha por recuperarlo.
Quiere recuperar a las cenizas que alguna vez fueron llamas.
—¡Creéme, por favor! Lo que pasó un accidente.
—¿Un accidente? ¿Ser infiel fue un maldito accidente? —reclamo iracundo—. ¡Te juré mi
lealtad a ti y en el funeral de mi hermano estabas acostándote con otro!
Dámina llega a morder a mi piel.
—Si tan sólo me dejaras explicarte...
—¿No te basta con seguir perdiendo tu dignidad?
La miro sin ser discreto con mi odio.
—¡Tú y yo compartimos un pasado, no puedes olvidarte de él!
Como lo sospechaba, no dejará de llorar. Ni su boca dejará de besar a mi pecho en contra de
mi voluntad.
—Te voy a cortar las manos en cuanto tenga la oportunidad —prometo en medio de un
mundo entre el sueño y la realidad.
—Tú no quieres casarte, maldita sea. ¡Tú no quieres casarte!
—¡Suéltame!
—No me dejes ir —suplica devastada.
—Tú me soltaste primero.
Intento apartarme, pero al empujarla ella consigue poner a todo su peso sobre mí. Si no
estuviera bajo el efecto del sedante, estoy seguro de que ya le habría roto ambos brazos.
—Bésame —pide atormentada—, y si después de eso sigues sin sentir deseo por mí, entonces
me rendiré.
No.
Un fantasmal aroma a arroz con leche sofoca a mi sentido del olfato.
No puedo pensar en nadie que no sea la extraña que suele invadir mis sueños, la que ahora sé
es mi vínculo, lo cual me hace sentir culpable.
—No necesito besarte para reconocer que ya no queda nada de ti en mí —escupo con un odio
que hasta llega ser palpable para mí.
Entonces, los ojos de Dámina se llenan de desprecio.
—Sólo eres un hombre cruel y engreído —susurra contra mi boca.
Y en el instante en que creo que su lengua tocará a mis labios, como si un velo se levantara
de mis ojos, todo se disuelve en un remolino de confusión y miedo.
Con un sobresalto, abro los ojos en la oscuridad de mi habitación, el sudor frío empapando mi
frente. El eco de la voz de Dámina aún retumba en mis oídos.
Me siento en la cama, jadeando mientras trato de recobrar el aliento, y me paso una mano por
el rostro. Respiro hondo para calmar los latidos acelerados de mi corazón.
No hay rastro de ninguna copa con sedante ni de Dámina.
Sólo me encuentro yo, a solas con mi mente atormentada y el sabor amargo en mi lengua al
recordar que pronto mi matrimonio se celebrará.
Sólo estoy yo, el hombre que todos dicen que es cruel y engreído; aquel que siempre pensará
en sí mismo y nunca en los demás.