Written by Kevin Padilla
Biografía
La familia Montenegro, buscando escapar del bullicio de la ciudad, decidió mudarse a una
vieja casa en las afueras de un pequeño pueblo. Era una construcción antigua, de madera
oscura y techos altos, rodeada de árboles retorcidos cuyas ramas parecían manos huesudas
que rasgaban el cielo. La casa había estado vacía durante años, y la razón de su abandono era
un misterio que ningún aldeano parecía dispuesto a discutir.
Los Montenegro eran una familia unida. Laura, la madre, se enamoró del carácter rústico de
la casa; Tomás, el padre, veía en ella un refugio perfecto para trabajar en sus escritos; y sus
dos hijos, Clara y Diego, consideraban el vasto terreno que rodeaba la casa como un lugar
ideal para explorar.
Las primeras noches en la casa fueron tranquilas, salvo por el viento que soplaba fuerte a
través de las viejas ventanas. Pero pronto, pequeñas cosas comenzaron a suceder. Clara
notaba que sus juguetes no estaban donde los dejaba; Diego decía que a veces escuchaba
pasos en el pasillo cuando todos dormían. Tomás no les daba importancia, atribuyendo todo a
la imaginación de los niños y al estado envejecido de la casa.
Sin embargo, una noche, Laura se despertó por un sonido inusual: el crujido de la madera en
el pasillo, como si alguien caminara lentamente. Miró el reloj. Era la una de la madrugada. Se
levantó con cautela y abrió la puerta de su habitación. El pasillo estaba oscuro, pero pudo
percibir algo en el aire, como una presencia que la observaba. Llamó en voz baja a Tomás,
pero él seguía profundamente dormido.
Al día siguiente, decidió investigar más sobre la historia de la casa. En el pueblo, preguntó a
algunos de los vecinos, pero todos parecían reacios a hablar del lugar. "Esa casa tiene su
historia", dijo uno de los veladores del cementerio cercano, "pero no es nuestra para
contarla". Ante la insistencia de Laura, el anciano susurró: "Los anteriores dueños, los
González, huyeron sin dar explicaciones. Algunos decían que veían sombras dentro de la
casa, siluetas que no eran de este mundo. Otros creían que eran solo paracaidistas buscando
un lugar donde quedarse". Laura sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Las palabras del
hombre se quedaron con ella mientras regresaba a casa.
Esa noche, Tomás estaba trabajando tarde en su oficina, ubicada en el sótano de la casa. A la
una de la madrugada, escuchó un suave golpeteo en la puerta. Pensando que era Laura, se
levantó y abrió, pero no había nadie. Cerró la puerta, sintiéndose un poco incómodo, y
regresó a su escritorio. De repente, las luces parpadearon, y en la penumbra pudo ver una
figura alta y delgada, inmóvil en el umbral de la puerta. Su rostro era una sombra indefinida,
pero sentía su mirada fría. Antes de que pudiera reaccionar, la figura desapareció.
Asustado, Tomás subió corriendo las escaleras. Encontró a Laura despierta en la cama, con la
misma sensación de que algo no estaba bien. Esa noche ninguno pudo dormir.
Al día siguiente, mientras los niños jugaban en el jardín, Clara encontró algo enterrado entre
las raíces de un viejo árbol. Era una pequeña caja de madera, y dentro de ella, fotos antiguas
de una familia que claramente había vivido en la casa mucho tiempo atrás. Pero lo más
inquietante era una nota escrita a mano que decía: "Ellos nos observan desde las sombras.
Ya no estamos solos."
El miedo comenzó a apoderarse de la familia. A medida que pasaban los días, los ruidos
aumentaban. Las siluetas en las ventanas ya no eran un mito; podían verlas claramente cada
noche. Las sombras se movían entre las paredes, susurrando palabras incomprensibles. Diego
juraba que veía figuras en su habitación, acechándolo desde las esquinas oscuras.
Laura y Tomás, desesperados, decidieron que debían irse, pero no sin antes investigar una
última vez. Bajaron al sótano, donde Tomás había visto a la figura, y comenzaron a remover
algunas tablas del suelo, sospechando que algo estaba oculto allí. Lo que encontraron les heló
la sangre. Un cementerio improvisado, lleno de pequeñas tumbas marcadas con cruces hechas
de madera podrida. No había nombres, solo fechas antiguas. Eran los cuerpos de los que
habían vivido allí antes, tal vez los González, o tal vez aún más antiguos.
Esa misma noche, la familia Montenegro huyó, dejando atrás todas sus pertenencias. No
dijeron nada a nadie del pueblo, tal como habían hecho los anteriores inquilinos. Sabían que
las almas que habitaban esa casa no los dejarían ir fácilmente, pero estaban dispuestos a
intentarlo.
Las luces de la vieja casa permanecieron encendidas una semana más después de su partida,
aunque no había nadie dentro. Las siluetas seguían viéndose a través de las ventanas,
moviéndose entre las sombras, esperando a que llegara la próxima familia.
Índice
CHAPTER 1