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Cristianismo y Poder en Roma

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LECCION 2: Del cristianismo primitivo al Sacro Imperio Germánico

Introducción:
La civitas romana presenta una evidente estructura religiosa que, aunque se irá
secularizando a lo largo de la República, hace que la religión se convierta en el
aglutinante político, sin que pueda distinguirse entre un poder religioso y un
poder político o laico. En sus albores, al igual que el resto de las civilizaciones
precedentes, Roma se configura como un estado-ciudad, como un Estado-Iglesia,
en el que la concepción religiosa opera como ideología política, sin que puedan
separarse los ideales religiosos de los políticos al constituir una unidad.
El planteamiento cristiano
Cuando surge el cristianismo, hacia los años 30, no deja de ser un fenómeno
religioso más de entre los muchos que procedían de Oriente. Sin embargo,
supuso un choque frontal con la civilización romana, con su organización política
y religiosa, lo que le convirtió en enemigo del Imperio.
Entre las variadas razones que convertían al cristianismo en un elemento de
confrontación con el orden romano se pueden destacar estas dos. La primera, su
doctrina política conocida como “dualismo cristiano”. Frente al monismo del
mundo antiguo, en el que existe una confusión entre lo político y lo religioso, el
cristianismo plantea una alternativa radical: el dualismo. Es decir, la distinción y
separación entre el mundo de la política y la religión, entre el poder secular y el
poder religioso: “lo que es del César devolvédselo al César, y lo que es de Dios, a
Dios”. Los romanos integraban los pueblos conquistados y los insertaban en una
estructura política unitaria. El emperador era el pontífice máximo y reclamaba
adoración. Los cristianos eran condenados a muerte sin no aceptaban los cultos
oficiales del Imperio y de aquí surgieron las persecuciones.
La segunda, el hecho de que el cristianismo, aunque proclama la obediencia a las
autoridades romanas, partiendo del principio de que toda autoridad procede de
Dios, defendía que en caso de conflicto el cristiano debía obedecer antes a Dios.
De esta forma se apartaba del deber general que tenía el ciudadano romano de
obedecer de forma ilimitada a la autoridad legítima.
La comunidad cristiana se sintió diferente de la comunidad política (decía Pedro
“linaje escogido, sacerdocio real, gente santa y pueblo singular).
Entre los cristianos había una tensión inherente: tender hacia la nueva vida
“éxtasis milenarista” o acomodarse al modus vivendi del momento (san Pablo).

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San Pablo en sus cartas a los romanos y colosenses hace un llamamiento a la
coexistencia entre el orden religioso y político.
El cristianismo revivió el pensamiento político sobre bases nuevas: indiferencia
hacia las cuestiones sociales. La ecclesia (comunidad política) es “pneumática”
(espiritual). “Mi reino no es de este mundo”: El reino de Dios es un reino
espiritualista y místico.
Si bien los judíos tenían la intención del establecimiento de un reino político y
tenía elementos políticos-temporales, muchos cristianos como San Pablo
predicaban el apoliticismo: rechazo del nacionalismo judío y griego. Se basaba
en la negativa de Jesús a aceptar el papel del Rey-mesías temporal.
Lo importante era la actitud hacia el orden religioso más que hacía el orden
político. El ideal es la participación de los hombres en comunión: solidaridad y
pertenencia.
La paradoja vendrá cuando se complejiza y se institucionaliza el cristianismo que
adopta la lengua y la conducta del modelo organizativo romano. Entonces,
mantendrá los fines religiosos pero lo modos de la conducta política. Luego las
reformas en el entorno de la Iglesia exigirán el retorno al evangelio original.
El cristianismo y el Imperio romano
Con el cristianismo se inicia el problema de las relaciones entre el poder político
y el poder religioso, en términos actuales, entre la Iglesia y el Estado.
Para favorecer el estudio de las relaciones entre el cristianismo y el Imperio
romano, pueden distinguirse cuatro etapas:
La primera, comprendería los primeros años de nuestra era hasta la primera
persecución decretada por Nerón en el año 64 contra los cristianos y otras sectas.
Durante este tiempo el cristianismo resulta irrelevante para el Imperio romano,
al ser considerado como un movimiento religioso más dentro del judaísmo.
La segunda, abarcaría los dos siglos y medio de persecuciones sufridas por los
cristianos, aunque de muy distinta intensidad según los lugares y el momento
histórico. En esta etapa histórica la religión cristiana fue considerada como una
religión ilícita, contraria al orden público romano.
Es necesario destacar la importancia de Tertuliano: Padre de la Iglesia y un
prolífico escritor durante la segunda parte del siglo II y primera parte del siglo III.
Su padre fue centurión en el Ejército romano en África. El África romana se
destacó por albergar grandes oradores y esta influencia puede verse en su estilo,
sus arcaísmos, su gran imaginación. Perteneció al montanismo: montanistas
decían que con ellos había comenzado una nueva era, rechazo del poder civil,

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pertenencia a una sociedad mejor, son ciudadanos del cielo. Abogó por la estricta
separación del poder civil del religioso. Gran teólogo.
Una diferencia entre las comunidades políticas-civiles y religiosas fue que los
cristianos pertenecían a una “comunidad espiritual-mistica”, “corpus christi”
cuyo símbolo era el sacramento de la eucaristía y el signo de pertenencia era el
bautismo. Mientras que paras los griegos la pertenencia política no era una
obligación sino la esencia del individuo.
Pregunta: considerando lo anterior ¿por qué los cristianos primitivos
considerándose superiores cumplían los deberes cívicos y respaldaban el orden
constituido? Por TEMOR. El imperio romano era lo único que se interponía entre
la anarquía y la civilización
El poder romano estabilizaba: cuando el imperio se mueve, todas las partes
también del imperio también se mueven.
Idea fundamental: la idea de comunidad y orden (ordo) amenazado por una
fuerza exterior es un elemento constitutivo de la política occidental desde los
griegos, persas, el pontificado medieval hasta el imperium christianum de
Carlomagno. Por lo tanto, los cristianos primitivos consideraban/aceptaban al
Imperio romano como el baluarte de la civilización. A partir del siglo II, la Iglesia
transfiere a su organización los modos y atributos heredados del orden político.
Por ejemplo: asumen términos romanos: presbíteros (sacerdotes antiguos);
epíscopos (vigilantes), diáconos (servidores) y aplican términos políticos a la
Iglesia: gobierno divino, Dios monarca, monarquía divina.
Las comunidades cristianas favorecían la unidad, la cohesión y la participación,
pero también dieron lugar a muchas herejías. El obispo de Roma prevaleció sobre
el resto. La Iglesia emplea técnicas de gobierno como el acuerdo, la conciliación,
los concilios, uso de la fuerza cuando fuese necesaria contra el cisma y la herejía.
La finalidad era mantener la unidad del grupo y la unificación de doctrina.
La tercera se iniciaría en el año 311, con la publicación por Galerio del Edicto de
tolerancia, por el que se reconocía a los cristianos, y que fue reiterado en el año
313 por Licinio y Constantino.
Constantino se convierte en protector del cristianismo, interviniendo en
cuestiones religiosas, a la vez que inicia una política en la que la religión cristiana
constituirá el soporte de la unificación del Imperio, sustituyendo con su pujanza
a una religión pagana en evidente decadencia.
La iglesia acepta el “poder” como como instrumento legítimo para el logro de sus
fines pero siente la amenaza de perder su identidad. Sin embargo, cede, acepta
el apoyo del gobierno amigo y en beneficio de la misión universal de la Iglesia. El

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Imperio romano concede favores y privilegios a la nueva religión semejante a una
religion civil moldeada sobre el antiguo modelo imperial.
es necesario destacar a Eusebio de Cesarea, consejero de Constantino: identifica
cristianismo con orden político vigente hasta inferir que Dios había enviado a
constantino con la finalidad de realizar la promesa de cristo: orden político como
medio para difundir la verdad cristiana. aparece la primera crisis en el seno del
cristianismo primitivo:
¿Cómo puede apoyar el cristianismo al Estado (poder político) sin convertirse en
otra religión cívica más?
¿Cuál es la identidad del Estado (poder político) en una situación histórica en que
la iglesia se había vuelto cada vez más política en cuando organización?
¿Cuál es el lugar de ambos poderes? San Agustín formulará la respuesta
A la injerencia y constantinización de la Iglesia se le conoce como
CESAROPAPISMO
Comienza en el 311 con el Edicto de Licinio que decretó la libertad religiosa en la
mitad oriental del imperio poniendo fin a las persecuciones y le confirió el estatus
de igualdad al cristianismo junto a las otras religiones paganas.
Edicto de Constantino, 313: otorga a la Iglesia occidental una situación de claro
privilegio en materia fiscal, jurídica e institucional
Por último, la cuarta etapa, se iniciaría con el edicto de Teodosio I, en el año 380,
mediante el cual la religión cristiana se convierte en la religión oficial del
Imperio, y terminaría con la caída de Roma. Mediante el Edicto de Tesalónica,
380, Teodosio: prohíbe los cultos religiosos paganos. Las decisiones doctrinales
eclesiásticas se imponen a los súbditos, se institucionaliza la Iglesia según el
modelo de la administración imperial romana.
En el CESAROPAPISMO Se confunde la sociedad política y la comunidad religiosa.
El poder político y religioso reside en el emperador como dominus de “cuestiones
disciplinares” a clérigos y obispos, jurisdiccionales, castigar delitos religiosos, y
doctrinales: puede convocar concilios y dar fuerza legal a sus decisiones. Aparece
la idea de la “Iglesia Imperial”.
La Iglesia imperial reconoce tres sedes (concilio de Nicea 325): Roma, Alejandría
y Antioquía y pronto los llama “patriarcas”. ¿Qué hacen los obispos de Roma?
Ven ese reconocimiento como un regalo envenenado porque no pueden clamar
la Communio universal pero lo utilizan para reclamar la primacía del roma sobre
el conjunto de la Iglesia y se van asentando las bases de la futura “doctrina del
primado” inaugurando una interpretación jurídica de la formula petrina “Tu eres

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Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” (Mateo, 16, 18), es decir, una
superioridad moral. El obispo de Roma es sucesor de Pedro no es solo autoridad
moral sino que Teodosio lo respalda.
Lentamente se produce la imperialización de la curia romana: de la cancillería
del obispo de Roma salen cartas que ya no son cartas partenalistas sino mandatos
de aplicación general: las decretales. Las decretales son respuesta a una consulta
concreta que adquieren el carácter de norma universal (como los rescriptos
imperiales). A partir del siglo IV el término Papa se asocia al obispo de Roma y el
obispo Siricio es el primero que lo recibe en vida.
Con la muerte del emperador Teodosio I, 395, el Imperio romano queda
definitivamente dividido en dos partes. Esta división, fijada en el año 396,
constituirá un hecho de indudable trascendencia histórica pues dará lugar a dos
civilizaciones distintas. Pillaje de Roma por Alarico, 410, el primer obispo romano
se refugia en la corte en Rávena. Sobre las ruinas de la parte occidental se
levantará una nueva civilización, mientras que el Imperio romano asentado en
Bizancio permanecerá hasta el siglo XV, hasta la invasión de Constantinopla por
los turcos en el año 1453.
En Oriente la autoridad imperial, que no resulta menoscabada por las invasiones
bárbaras, ve aumentada su autoridad frente a la Iglesia, que, por el contrario,
necesita de su apoyo para luchar contra las herejías.
La iglesia busca definirse sobre bases nuevas y prevalece la autoridad el
pontificado
Los patriarcas de Constantinopla, que recelan del poder del papado, se apoyan
en la autoridad imperial y son ayudados en los sínodos por la propia
administración imperial que interviene en cuestiones de fe, dando origen a lo
que se ha dado en llamar cesaropapismo (el césar es también Papa). Este sistema,
que permitirá a los emperadores intervenir en cuestiones de fe desde la época de
Constantino, se verá favorecido por la obtención de numerosos privilegios por la
Iglesia, y por la autoridad casi ilimitada impuesta por los emperadores,
destacando en este sentido Justiniano. El máximo exponente será Justiniano,
quien recupera la concepción política del emperador como una especie de
divinidad terrena, en virtud de la cual ejerce un poder absoluto sobre sus
súbditos.
Por el contrario, en Occidente, pasada una primera etapa de afianzamiento del
poder eclesiástico, la Iglesia constituirá su propio poder que terminará por
imponerse a la autoridad secular, apoyado en la debilidad y dispersión de ésta en
la Edad Media, tras la caída del Imperio romano. La Iglesia, con un poder central
que gira en torno a la figura del Papa, sucederá a aquél y, a su semejanza,
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constituirá el llamado Imperio cristiano. Se establecerá un sistema de relaciones
entre el poder secular y el religioso, conocido bajo el nombre de hierocratismo
(el poder de lo religioso).
La influencia del agustinismo político
Agustín de Hipona es el filósofo más representativo de este periodo y el que
mayor influencia tuvo en el desarrollo del pensamiento medieval hasta el [Link].
Por este motivo, se ha relacionado con suma facilidad el pensamiento del de
Hipona con el denominado agustinismo político y gran parte de las posturas que
defendían la superioridad del papado y de la Iglesia sobre el Imperio. Realmente
no está tan claro que el pensamiento de Agustín de Hipona, como veremos a
continuación, sea un pensamiento puramente político y aplicable a las relaciones
Iglesia Estado. Habría que definir el agustinismo político, como una corriente de
pensamiento, que apoyado en algunas ideas del obispo de Hipona, intenta dar
una solución o respuesta al problema de las relaciones Iglesia Estado
identificando la ciudad terrenal con el imperio romano y la ciudad celeste con la
Iglesia.
Agustín y la Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios (De civitate Dei contra paganos) es una obra de Agustín de
Hipona en la que se manifiestan varios temas, aunque la cuestión fundamental
que se plantea es la distinción entre la sociedad orientada por el amor a Dios y la
sociedad orientada por el amor propio. La idea de Agustín es que las sociedades
paganas han sido insuficientes para conseguir la paz, que es el objetivo de toda
sociedad.
La sociedad o la dimensión social del ser humano, no es algo que se base en la
naturaleza humana, sino más bien es una circunstancia transitoria generada por
la situación de pecado. La sociabilidad humana no estriba en la naturaleza del ser
humano, en su esencia, sino que es una consecuencia del pecado. Al perder el
Paraíso el ser humano tiene que convivir socialmente, algo que era innecesario
en el Paraíso, en la que tiene que ir realizando un camino para la recuperación
del estado de bienaventuranza. Por tanto, como el propio Agustín afirma, hay que
recuperar el estado perdido.
Esta recuperación hay que realizarla mediante la vida social, que llevamos en la
tierra. El fin de la sociedad es la consecución de la paz y el camino para lograrlo
es la justicia. Lo que hace felices a los hombres es lo que hace felices a las
ciudades, que no es otro que el deseo de paz que es quién mueve los esfuerzos
del ser humano en sociedad. Puesto que es la justicia quien posibilita la paz, no
habrá verdadera paz sin verdadera justicia, sin orden que la ley eterna manda

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conservar. Para ello se necesita la fe, que ordena las cosas en intención al único
Dios.
Por tanto, solo una sociedad verdaderamente orientada hacia Dios nos permitirá
conseguir la paz y la bienaventuranza. Por ese motivo Agustín establece la
diferenciación entre la ciudad terrena y la ciudad celeste, esta diferencia viene
dada por el objeto de interés de ambas, así como la ciudad terrena pone su
objetivo en el amor propio, la ciudad celestial lo pone en el amor a Dios.
Esta distinción, realizada por Agustín, de las dos ciudades y la superioridad de la
ciudad celeste sobre la terrena, fue interpretarlo como una distinción aplicable al
ámbito de las relaciones Iglesia Estado, identificando Iglesia con ciudad celeste
y estado con ciudad terrena. Sin embargo, esa forma de aplicar la distinción de
las dos ciudades no es atribuible al pensamiento del obispo de Hipona, por las
siguientes razones:
(1) Frente a los que afirman un supuesto teocentrismo, Agustín acepta como
legítimas sociedades aquellas comunidades que coinciden
racionalmente en los objetos amados, aunque las sociedades se
diferenciarán según el orden de sus amores (terrenal al espiritual). No hay
un exclusivismo social espiritualista, más propio de un agustinismo
posterior.
(2) Tampoco puede afirmar que esta distinción corresponda una al Estado y
otra a la Iglesia, sino que la a la ciudad celestial pertenecen todos los que
aman a Dios y el vínculo de sus ciudadanos es la caridad y no el imperio
autoritario. La ciudad terrenal, todos los que anteponen el amor propio y
asienta su unidad en la autoridad que logre dominar los intereses
particulares.
(3) Hay que tener en cuenta que los ciudadanos de ambas ciudades viven en
el mismo seno de sociedades históricas. A ellas pertenecen no solo los
vivos, sino los pasados y futuros. Por ello podemos decir que Agustín
mantiene una visión idealista o teologal de la historia, por lo que se hace
difícil establecer una exacta relación con la Iglesia y el Estado. Ambas
ciudades no tienen su razón en la experiencia actual, sino en la razón
oculta del amor no evidente de sus miembros, la mayoría no realmente
presentes en este mundo.

¿Qué tipo de relaciones se establece entre las dos ciudades?


Aunque la ciudad terrena no vive según la fe aspira a la paz, por eso es necesario
armonizar en ella las voluntades humanas en el mandar y obedecer. La ciudad
celeste, o la mejor parte de ella, aún desterrada en esta vida mortal, se rige por
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la fe y también busca la paz. Por ello no duda en obedecer las leyes de la ciudad
terrena, promulgadas para la administración y mantenimiento de esta vida
transitoria.
Pese a lo anterior, la ciudad de Dios es superior a la ciudad terrena, pues es el
modelo de toda sociedad, ya que solo en ella puede reinar la justicia, el orden y
la paz verdadera. Las sociedades terrenas, que no reconocen a Dios como su
amor, no pierden su categoría de sociedad, aunque son incapaces de conocer la
verdadera justicia.
Así la ciudad celeste es el ideal de la ciudad terrena, que es primera en el tiempo
y la ciudad celeste un ideal a alcanzar en la historia. Por tanto, todos los
habitantes de la ciudad celeste lo fueron anteriormente de la ciudad terrena,
aunque no todos los de la ciudad terrena lo serán de la celeste. La ciudad celeste
tendrá su culminación, no en este mundo, sino en Dios. Si bien Agustín tiende a
una influencia del ámbito religioso sobre el civil, propició la obediencia de las
leyes justas del Estado buscó la sumisión del derecho civil a las leyes y mandatos
de la Iglesia.
El hierocratismo medieval
Antecedentes
El sistema hierocrático no surge de la noche a la mañana ni se construye de la
nada. Por el contrario, comporta un proceso complejo en el que destacan una
serie de acontecimientos históricos, así como la elaboración de una doctrina que
lo justifica y que se elabora a lo largo de la Edad Media, ambos se encuentran
estrechamente relacionados.
Los hechos históricos más relevantes pueden concretarse en los siguientes:
(1) El primero, la extensión del cristianismo por todo el Imperio y,
posteriormente, entre los pueblos germánicos, que originó una exaltación
de los valores religiosos, en especial, del más trascendente: la salvación
del hombre. Toda la actividad del hombre debía dirigirse a la consecución
de este fin tan preciado. Aparecía así una nueva visión del mundo y de la
vida humana, presidida y dirigida por la idea de Dios. Si ésta era común a
todos los hombres, éstos podían agruparse bajo una única realidad
histórica: la “republica cristiana”. Dentro de ésta, la Iglesia y el Imperio
aparecerán como dos realidades complementarias, unidas por la tarea
común de conducir al hombre a Dios. Como destinataria del mensaje
divino, la Iglesia es la principal protagonista de este trabajo, si bien el
poder secular también aparece investido de una función religiosa, en
cuanto que la misión más importante de su gobierno es la protección y

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defensa de la fe. Se origina una confusión entre lo religioso y lo político,
entre lo espiritual y lo temporal, que tiene su expresión en el imperio
carolingio. Carlomagno lleva hasta el último extremo su función
ministerial, hasta el punto de constituir la fe el núcleo central de su
gobierno.
(2) La personalidad y actividad desplegada por gran parte del pontificado,
reafirmando su primacía sobre toda la Iglesia, e interviniendo en
numerosos asuntos de carácter temporal, sin olvidar su titularidad sobre
su extenso patrimonio. La consolidación del primado pontificio sobre toda
la Iglesia, convierte al papado en la máxima autoridad de Occidente.
Aunque esta actividad será muy desigual, dependiendo en gran medida de
la personalidad de cada papa, no cabe duda que determinados
pontificados dejarán una huella imborrable.
La doctrina del primado
Roma pasaba a ser la cabeza de la cristiandad con el poderoso imperio romano
en crisis. En el siglo V se van perfilando los argumentos claves para la alta edad
media:
Patriarcado romano sobre occidente: Roma era la fuente directa de la
jurisdicción de otras iglesias de las diócesis occidentales. Roma se sentía segura
de su dominio. Esto significaba que los usos litúrgicos-disciplinarios de toda la
iglesia de occidente se armonizaba con los criterios romanos; los nombramientos
de los obispos debían contar con el beneplácito del papa y la intervención del
papa en todas las reuniones sinodales o asamblearias. De hecho, Bonifacio I fue
el primer papa el primero que utilizó el término principatus para designar al papa.
Roma locuta, causa finita (S. Agustín) cuando se pronuncia Roma, asunto
zanjado. Se produce la clericalización del aparato eclesial con la exclusión de la
mujer.
El Papa León I, el Grande, uno de los pocos papas denominado El Grande.
Consolida la doctrina del primado apostólico como garantía de la ortodoxia
cristiana. Tuvo ideas firmes, sencillas y gran jurista. Usa los conceptos de la
tradición romana y desarrolla cuatro conceptos claves:
1. La herencia petrina: los papas no se heredan unos a otros, sino que el
legado es siempre de Pedro, son vicarios de Pedro. Una
despersonalización del ministerio pontificio. Quiere decir que la dignidad
de su ministerio no dependía de las cualidades personales.
2. El principado. El papa recibe el principado y la plenitudo potestatis:
supremacía del papa sobre los sínodos episcopales mediante
representaciones iconográficas de Pedro el legislador. León I en su

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“imperialización” del poder pontificio adopta por primera vez el título de
pontifex maximus que solo tenían los emperadores.
3. La Sede Apostólica tiene responsabilidad sobre las demás. Desarrolla la
idea de la Sollicitudo sobre el conjunto de iglesias. Preocupación por todas
las iglesias como responsable directo. Saca la idea de San Pablo de la
Communio pero no en el sentido de exigir la participación del Roma en la
responsabilidades de las iglesias sino la responsabilidad del papa sobre
ellas.
4. El Derecho, estructura del imperio romano, se pone al servicio de la
construcción de las Iglesia de los papas.
El papa León I fue el interlocutor ante Atila a quien consiguió parar. Lo veían como
el único papa capaz de defender/responder por Roma. Luchó para que Roma
primara sobre Constantinopla.
Desde el punto de vista litúrgico: liturgia romana se convierte en la unificadora
para el conjunto de la Iglesia. En esta etapa se desarrolla los principios doctrinales
del hierocratismo medieval:
Principios doctrinales:
1. El dualismo cristiano, que constituirá la base y punto de partida de toda la
doctrina posterior. Gelasio I es el genuino representante del dualismo.
2. Todo poder viene de Dios, por lo que hay que obedecer a la autoridad
legítimamente constituida, salvo que vaya contra la fe.
3. En cuestiones relacionadas con la fe la competencia de la Iglesia es exclusiva,
extendiéndose sobre el propio emperador.
4. La ley positiva debe ser la expresión de la ley natural. El Estado debe estar
imbuido de los principios cristianos, debe colaborar en la salvación del hombre.
5. Esta colaboración se transforma en la llamada función ministerial o religiosa
del poder secular, que constituye su tarea primordial. En sentido inverso, se
produce el lento deterioro del derecho natural del poder secular que termina por
justificarse, prácticamente, en razón de esta función.
6. El poder sacerdotal implica una responsabilidad mayor que la de los reyes,
pues debe de responder de ellos ante el tribunal de Dios.
7. La suerte del Estado y de la Iglesia van estrechamente unidas, la paz de la
Iglesia es la del Estado.

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Desarrollo de estos principios
Los primeros enfrentamientos entre el poder imperial y la Iglesia surgen ya en el
mismo siglo IV. Aunque con Constantino se inaugura una nueva etapa para la
Iglesia, que marcará el inicio de una estrecha colaboración con el emperador y
que será de gran ayuda para combatir la herejía y afianzar el cristianismo, la
intervención imperial en materias de fe, originará los primeros conflictos, al
afectar a la libertad de la propia Iglesia. En la oposición al emperador aparecerán
los primeros intentos de la doctrina por delimitar las respectivas competencias y
reclamar al mismo tiempo la suficiente autonomía para la Iglesia.
Estos enfrentamientos no faltarán tampoco en el propio siglo V, en el que
destacará la actuación y la doctrina elaborada por el Papa Gelasio I (492-496),
que se convertirá en el máximo exponente del dualismo cristiano. Su carta
dirigida al emperador Atanasio I constituye uno de los textos capitales en las
relaciones entre la Iglesia y el Estado, al establecer una serie de principios que
serán doctrina común hasta el siglo IX.
El contenido de esta carta se puede resumir en las siguientes afirmaciones:
1. El mundo se rige por dos poderes distintos: autoritas de los pontífices y la
potestad real.
2. Ambas potestades tienen su origen en Dios.
3. De estos dos poderes, el sacerdotal implica una carga más gravosa, una mayor
responsabilidad, pues tendrá que responder de los propios reyes ante el tribunal
divino.
4. Cada poder es independiente dentro de sus propias competencias. El
emperador, a pesar de su dignidad, debe obedecer a los obispos en lo
concerniente a la administración de sacramentos, mientras que éstos deben
someterse a la disciplina pública.
5. El Papa posee, por disposición divina, la supremacía sobre todo los sacerdotes.
Ningún ser humano podría situarse por encimad de aquel a quien Cristo ha
situado por encima de todos los hombres.
El valor de Gelasio I no se encuentra tanto en su originalidad como en haber
compendiado la doctrina anterior en unos principios que serán de aplicación
generalizada en las relaciones Iglesia-Estado.
El Papa Gelasio elabora un reparto del poder soberano en el seno del Imperio
que es indivisible (tal y como pensaban los emperadores romanos). Sin
embargo, el aboga por una diarquía funcional, un margen a la iglesia, frente a la
concepción imperial que la había considerado parte del imperio.

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El reparto funcional de ambos poderes incluye el respeto absoluto a las
directrices políticas del Estado, a cambio de reconocimiento de las funciones
espirituales. Dada la responsabilidad estas funciones, la salvación de las almas es
una función superior.
Gelasio aboga por un entendimiento entre los dos poderes. La dirección estaba
trazada para el itinerario de la superioridad de la Iglesia. Fue el primer teórico
formula la doctrina de los dos poderes.
Una vez que ha asentado su prestigio y autoridad, el papado necesita contar con
el apoyo del poder político para mantener su independencia y evitar la amenaza
de los longobardos. El papa Esteban II (752-757) construirá las bases de la alianza
con la dinastía franca, obteniendo la administración de unos territorios, entre
ellos el ducado de Roma, bajo la tutela del rey franco, haciéndose realidad el
“Estado de la Iglesia”.
Cuando la independencia de Bizancio queda consumada, el papado inicia una
política de alianza con los francos que tendrá su máxima expresión en tiempos
del sucesor de Pipino, Carlomagno. Al mismo tiempo, surgirá una costumbre,
universalmente aceptada en la Edad Media, la consagración real. El Papa será
quien, en lo sucesivo, otorgue la dignidad imperial. Este hecho de indudable
trascendencia servirá a la monarquía franca para consolidar y reforzar su poder.
Breve apunte sobre San Isidoro de Sevilla (570-636)
La concepción política de Isidoro de Sevilla conjuga el pensamiento pagano con
el pensamiento cristiano, así podemos ver en su definición de sociedad como
sigue a Cicerón al definirlo como multitud humana asociada por la conformidad
con el derecho y la concordia.
La validez del orden político viene dada por ajustarse al orden moral, así los
creadores de las leyes o del derecho solo serán legítimos si son justos.
Igualmente, la legitimidad del rey se posee cuando se obra rectamente y se pierde
cuando se obra mal. Por lo que el príncipe está obligado por la ley.
El orden político, al igual que ocurría en San Agustín, está ocasionado por el
pecado, pero este orden político no tiene por qué ser injusto, a no ser que obre
injustamente y en contra de los ciudadanos.
El poder viene de Dios y aunque en la monarquía visigoda era costumbre que los
reyes intervinieran en los asuntos de la Iglesia e Isidoro admite la posibilidad de
su intervención para imponer la disciplina eclesiástica, cuando esto no es posible
solo se optara por la predicación. Sin embargo, desautoriza el uso de la fuerza
para obligar a abrazar la fe. Por otro lado, los reyes, tienen que estar sometidos
a la disciplina religiosa y sus leyes deben ser conformes a la fe y a la preservación

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de la misma. En el siguiente texto se observa cómo para San Isidoro de Sevilla, la
autoridad divina se expresaba mediante el Derecho y el rey se convierte en el
primer integrante que está sujeto a obediencia del Derecho. Además, está
obligado a tener una actitud ejemplar en el cumplimiento del Derecho, es decir,
en guardarlo y hacerlo guardar. Si dicho rey no conoce el Derecho, lo ignora, lo
incumple, lo vulnera o consiente en su incumplimiento y trasgresión, los súbditos
del rey tienen la facultad y, el deber de cumplir y hacer cumplir el Derecho,
levantándose contra el rey y destronándolo.
En el libro III, en su capítulo 49, “De la justicia del príncipe” San Isidoro de Sevilla
comienza indicando que la persona que dispone del poder real, ya sea el rey o el
príncipe, debe llevar a cabo dicho poder de una manera ejemplar, de acuerdo
con lo establecido por Dios, con humildad y sin ninguna maldad ni codicia. En el
Libro III, en su capítulo 51, “Que los príncipes estén obligados a las leyes”, San
Isidoro de Sevilla indica que el príncipe también debe atenerse a sus leyes y por
tanto dar el ejemplo que debe al pueblo, debido a que si el príncipe cumple con
las leyes, el pueblo al seguir su ejemplo también lo hará.
La obligación que el rey con sus súbditos estaba basada en el cumplimiento de las
leyes, cuya naturaleza, ya fuera tanto divina como humana, estaba contenida
según las virtudes que demostraba en el ejercicio de su poder.
Asimismo, en el segundo punto se recalca que el príncipe debe guardar sus leyes,
esto indica que debe hacerlas cumplir a sus súbditos, y por tanto no puede
quebrantar los derechos que impone a sus súbditos, ya que se le considerará un
rey justo si él mismo no hace lo que le prohíbe a su pueblo.
Véase:
SAN ISIDORO DE SEVILLA: Libro de las Sentencias, 3, 49, “De la justicia del
príncipe”, y 3, 51, “Que los príncipes estén obligados a las leyes”:
3.49. “1. Quien rectamente usa del poder real establece el dechado de la Justicia
más con actos que con palabras. No se vanagloria con ninguna propiedad, ni se
turba con ninguna adversidad; no confía en sus propias fuerzas, ni su corazón se
aparta del Señor; preside en lo alto del reino con ánimo humilde; no
ama la iniquidad ni le inflama la codicia…
3. El principado debe ser provechoso a los pueblos, no nocivo; no debe oprimir
mandando, sino ayudar condescendiendo para que verdaderamente sea útil este
Poder insigne”.
3.51. “1. Es justo que el príncipe se atenga a sus leyes. Pues sus
derechos se guardarán por todos cuando él mismo los respete.. 2. El príncipe ha
de guardar sus leyes, y no puede él quebrantar los derechos que impone a los

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súbditos. Pues es justa la voz de su autoridad, sí lo que prohíbe a los pueblos no
lo considera lícito para él”.

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