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Entrevista a una bruja en el desierto

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Dalia Ferry

Primera edición digital: marzo 2023


Título Original: El miedo tiene nombre de mujer
©Dalia Ferry, 2023
©Editorial Romantic Ediciones, 2023
[Link]
Diseño de portada: Olalla Pons – Oindiedesign
ISBN: 978-84-19545-33-6

Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en
cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.
Dedicado a mi familia
y a todos los que han creído en mi
Prólogo

Matilda Switch es una bruja, pero ante todo una mujer que ha visto
muchas cosas, tanto reales como fantásticas, pero las has visto y eso nadie
se lo puede poner en duda. Estos acontecimientos han llegado a oídos de un
reconocido periodista, que ve en las historias de Matilda su propio premio
Pulitzer. Tras una larga investigación logra dar con ella. Vive sola en medio
de la soledad de un desierto sin nombre, al que pocas personas, incluido él,
han podido llegar.
Nada más conocerla se da cuenta de que es una mujer poco usual, viste
con vaqueros y una camiseta de color negro que le cubre hasta las rodillas.
Va descalza, por el calor dice ella, y luce un largo cabello rojo con alguna
que otra cana regalada sin duda por el tiempo.
No tiene nada en su pequeña casa, tan solo un gran salón que le sirve de
comedor, cocina y dormitorio. El baño es lo único que se encuentra aparte
en un pequeño habitáculo al final del todo. Lo más extraño es que no tiene
ninguna ventana, así que la luz de la casa es solo artificial y nunca entra la
luz del sol. Parece que no es muy limpia, ya que todo está lleno de polvo
por todas partes. Tampoco es muy educada porque lo recibe de mala gana
sentada en un viejo sofá desgastado por el tiempo.
Entrevista a Matilda Switch

—Sería interesante saber ¿cuántos años tiene usted en realidad señorita


Switch?
—Más de los que debería tener se lo aseguro.
—Pues tengo que reconocer que se ve usted como una chica de apenas
treinta años.
—Debe ser la genética, o quizás esas malditas cremas que me echo cada
día nada más levantarme de la cama elaboradas con baba de caracol muerto.
—Y dígame ¿por qué ha decidido llamar a la redacción de nuestro
periódico? —preguntó el periodista con cara de asco ante la confesión de
que usaba cremas de caracol muerto.
—Bueno, digamos que necesito mostrar al mundo lo que sé.
—Y ¿qué sabe usted señorita Switch?
—No tanto como me gustaría, pero quizás sepa más que nadie del grito
de la sirena.
—¿El grito de la sirena?
—Sí, un grito terrorífico que hace que pierdas todos y cada uno de tus
sentidos y estés a la merced del monstruo.
Matilda permanecía sentada sin apenas moverse sobre aquel viejo sofá
que parecía haber salido de la casa de los horrores por la cantidad de polvo
y tela de araña que tenía encima. La pequeña cabaña en la que vivía
tampoco era mejor y la suciedad se veía por todas partes.
—¿Me va a contar la historia de la sirena señorita Switch? —preguntó
intrigado sin apartar la vista ni un instante de la cara de Matilda, que a cada
rato le parecía más interesante.
—No, primero va a conocer mis orígenes que se remontan a mi
adolescencia, época en la que aún era feliz y lo más importante, libre. —
El aquelarre

Seis de la mañana

—Le dijo sor Marta, que he visto a tres mujeres vestidas de negro
caminando en el pasillo durante la madrugada — gritó Matilda al ver que la
monja no le hacía no caso.
—Primero Matilda, no grites, y segundo ¿se puede saber qué hacías por
el pasillo tan tarde?
—Bueno yo — Matilda bajo la cabeza al comprender que había sido
descubierta.
—Vamos a pensar un poco ¿a quién ibas a molestar? La monja de
alrededor de cuarenta años y metro setenta cruzó los brazos sobre el pecho
sin apartar la vista de Matilda.
—Esa no es la cuestión ahora sor Marta, la cuestión es que he visto a tres
mujeres vestidas de negro y cabellos rojos como la sangre caminando por el
pasillo y adentrarse sin abrir la puerta en la habitación del fondo.
—¿Te refieres a la habitación de las chicas mayores? Preguntó Sor
Marta poniéndose cada vez más enfadada.
—Sí esa misma.
—Eres increíble Matilda, de verdad te inventas cada cosa que no sé si
realmente te lo llegas a creer.
Iba a dar media vuelta para volver a sus quehaceres cuando escuchó unos
gritos que venían de la planta de arriba. Una de las chicas que ocupaba la
habitación del fondo bajó corriendo las escaleras con cara de haber visto un
fantasma.
—¿Se puede saber que te pasa hija mía? — gritó Sor Marta poniéndose
al pie de la escalera para esperar a la joven que bajaba corriendo.
—Sor Marta ha ocurrido algo horrible — nada más tenerla cerca sor
Marta pudo ver el rostro de la joven que estaba totalmente desencajado por
el miedo.
—¿El qué hija?, ¿qué ha ocurrido? — preguntó sor Marta sin obtener
respuesta porque la joven se desplomó allí mismo.
—Ve se lo dije sor Marta, esas tres mujeres vestidas de negro entraron
allí, yo las vi —gritó de nuevo Matilda.
Sor Marta miró a la pequeña Matilda que la miraba con cara asustada y
tras ponerle una mano sobre los hombros para tranquilizarla empezó a subir
las escaleras.
—Espérame aquí hija, voy a ver qué pasa.
Mientras subía por las viejas escaleras de caracol, sor Marta temblaba de
los pies a la cabeza. Estaba allí sola con aquel grupo de huérfanas en medio
de la nada a varios kilómetros de la ciudad y la verdad estaba muy asustada.
La casa había sido un regalo para ellas, pero la realidad era que desde que
habían llegado allí no habían tenido ni un minuto de tranquilidad. Puertas
que se cerraban solas, gritos en mitad de la noche, muebles que se caían al
suelo sin que nadie los tocara y ahora, esto.
—Voy con usted sor Marta— gritó Matilda corriendo detrás de la monja.
Iba a decirle que no se quedara con aquella pobre chica a los pies de la
escalera, pero el miedo era demasiado fuerte y necesitaba a alguien con ella.
Cuando estaban en el segundo piso empezaron a andar lentamente para
llegar a la habitación del fondo. La puerta estaba abierta y se escuchaban
sollozos y lamentos. Sin perder más tiempo ambas entraron en la habitación
y vieron a las chicas llorando en sus camas. Aún estaban tapadas y con los
ojos plegados por el sueño.
—¿Qué pasa, niñas?, ¿por qué están llorando así?
Las chicas lloraban tanto que ni articular palabra podían. En ese
momento, Matilda levantó la mano y señaló hacía la ventana donde había
una cuerda atada a la pata de la cama más cercana a ella.
—Han sido ellas sor Marta, las mujeres de negro — dijo Matilda sin
dejar de señalar aquel lugar.
Sor Marta no se lo pensó más y fue hacía la ventana y con más miedo del
que esperaba sacó la cabeza por la ventana para ver que había al final de la
cuerda. Nada más hacerlo se quedó petrificada ante aquella horrible
imagen. Una de sus pequeñas estaba allí colgada con los ojos abiertos
mirando hacia arriba fijamente.
Fue demasiado para ella y empezó a gritar como una loca sin parar hasta
que perdió el conocimiento. Las otras niñas al ver aquello también
empezaron a gritar sin parar mientras Matilda en silencio iba hacía la
ventana y miraba sin miedo aquella pobre chica muerta.
Ocho de la mañana

—Sor Marta tenemos que irnos de aquí cuanto antes, hay algo aquí
dentro que va a terminar por matarnos a todas —dijo una de las chicas más
mayores con los ojos rojos de tanto llorar.
—Lo sé hija mía, pero ahora mismo es imposible marcharnos de aquí,
tenemos que esperar a mañana cuando llegue el repartidor de la comida. —
contestó sor Marta bajando la cabeza para que las niñas no le vieran la cara
de preocupación.
Las once niñas se miraban una a otras asustadas y temiéndose lo peor,
todas menos una, Matilda que permanecía impasible ante lo que estaba
ocurriendo en aquel lugar.
—Matilda ¿por qué parece que te da todo igual? — preguntó una de
ellas.
—No me da igual, pero tampoco me voy a poner a llorar como una niña
tonta contestó Matilda poniendo los brazos en jarra.
—Pues a mí me parece que todo esto te divierte — gritó la mayor de
todas ellas enfadada —dime ¿por qué no nos avisaste de que esas mujeres
estaban rodando nuestra habitación? Venga contesta — gritó de nuevo
cogiendo a Matilda por ambos brazos para obligarla a hablar.
—Suéltame ¿te has vuelto loca?
—Niñas ¿se puede saber qué están haciendo? Matilda, Elena pidanse
disculpa — gritó sor Marta sobrepasando una vez más el límite de sus
nervios.
—Ni hablar sor Marta, sé que está tiene la culpa de todo, tiene la culpa
de que nuestra compañera Victoria esté ahí colgada, tiene la culpa de que
estemos aquí, tiene la culpa.
—Basta Elena, no puedes atacar así a tu compañera— gritó sor Marta
más enfadada que antes.
—¿Es qué no se está dando cuenta?
—Pero cuenta ¿de qué hija?
—De que Matilda es una bruja — gritó Elena recordando el episodio
ocurrido la noche antes de llegar a ese lugar. — Matilda estaba levitando en
su cama y hablaba cosas en otro idioma, por eso nos tuvimos que ir de allí.
¿Eso era lo que tú querías verdad? Meternos en esta trampa para acabar con
nosotras una a una.
—Elena cállate ya, por favor — gritó sor Marta viendo las caras de susto
de sus otras niñas.
—No me callo — en ese momento se escuchó como golpeaba la mano
de la monja sobre la cara de Elena que la miro con los ojos llenos de
lágrimas tras recibir la bofetada.
—He tenido que hacerlo para que te calmes Elena estabas totalmente
descontrolada y estabas asustando a tus compañeras.
Elena se recompuso tras la bofetada y se encaró con la monja.
—A mí me da una bofetada, pero ¿qué hará con ella cuando nuestra vida
corra peligro sor Marta?
Tras decir esto, Elena empezó a correr escaleras arriba seguida por sus
compañeras. Una vez en lo alto de la escalera se giró y miró a la monja de
frente. —estaremos en su cuarto si no le importa, claro.
Sor Marta se quedó allí quieta mirando fijamente a la pequeña Matilda
que la miraba sonriente. Mientras lo hacía empezó a recordar el momento
en el que se encontró con Matilda. Doce años habían pasado desde aquel
día en el que la vio arropada en un canasto en la puerta del convento. Era
tan pequeña, ¿quién diría que le faltaban menos de veinticuatro horas para
cumplir los trece?
—No les haga caso sor Marta, yo no tengo la culpa de nada — Matilda
se acercó a la monja y le puso una mano sobre su hombro.
—Lo sé pequeña, lo sé.
Su pequeña no podía ser la responsable de nada, casi era como su hija, la
había cuidado desde que era solo un bebe. Sí en ocasiones hacía cosas raras,
pero era normal a su edad, no su pequeña no podía ser mala. Sí, habían
tenido que abandonar el hogar donde todas eran felices en la ciudad por su
culpa, pero ¿qué culpa puede tener una niña de ser atacada mientras duerme
por un espíritu?
—Sor Marta vamos a bajar a la pobre Victoria de la ventana, no
podemos dejarla ahí como un vulgar saco.
Pero hija, yo ahora mismo no tengo fuerzas para hacer nada.
—No se preocupe sor Marta lo haré yo y luego la enterraré en el jardín,
no se preocupe por nada.
Tras decir esto Matilda empezó a subir las escaleras bajo la
desconcertada mirada de la monja que no podía llegar a entender como una
niña de tan solo doce años hablara de aquella manera sin apenas inmutarse.
Mientras sor Marta y sus compañeras se intentaban recomponer de todo
lo que había pasado, Matilda le quitó a su pobre amiga Victoria la cuerda
que tenía alrededor del cuello y la tendió sobre el frío suelo del jardín. Aún
no sabía bien como lo había hecho, pero se las había arreglado para desatar
la cuerda de la cama y bajar lentamente a la chica hasta que tocó el suelo.
No era común en ella tener tanta fuerza, pero algo en su interior había
cambiado. Matilda era la típica niña menuda con poca musculatura.
Además, tenía una tez tan pálida que en ocasiones se burlaban de ella
llamándola muerta viviente. En el pasado no era capaz ni de levantar una
simple botella de agua de cinco litros y ahora era capaz de soportar
cincuenta kilos como si nada.
Una vez hecho todo eso, empezó a cavar una improvisada tumba en el
viejo jardín lleno de malas hierbas para enterrar cuanto antes a la pobre
chica. Con más agilidad de la esperada empezó a cavar y a cavar y en
cuestión de media hora ya tenía frente a ella el agujero de dos metros por
uno hecho.
—Ya se lo dije antes sor Marta, está chica no es normal y usted lo sabe y
se calla — dijo Elena mirando fijamente a la pobre monja que no daba
crédito a lo que estaba viendo. Matilda ya había metido el cuerpo de la
joven en el hoyo y estaba echando tierra sobre ella.
—Matilda espera, vamos a hacer un pequeño responso por el descanso
de su alma — gritó la monja desde la ventana —No eches más tierra sobre
ella.
—No hace falta responso alguno porque no va a descansar mucho —
contestó Matilda sin levantar la cabeza mientras seguía echando tierra sobre
la joven. Elena y sor Marta se quedaron mirando fijamente una a la otra
analizando con miedo una frase que les había helado la sangre a ambas.

Doce del mediodía

—Sor Marta ¿qué vamos a comer hoy? — preguntó la más pequeña de


las niñas que solo contaba con nueve años.
—No lo sé, pequeña voy a ver que hay en la despensa —. La monja se
dirigía hacia el cuartito donde guardaban la comida cuando otra de las niñas
empezó a llorar desconsolada. —Pero, Irene, ¿dime qué te pasa? ¿por qué
lloras pequeña? —preguntó sentándose a su lado para consolarla. La niña
tenía diez años y había sido testigo de todo lo que había pasado en aquella
maldita habitación. Tenía los ojos verdes y dos enormes trenzas de pelo
dorado como el sol.
—¿Cómo pueden pensar en comer con lo que ha pasado hoy? Esa
psicópata de Matilda ha enterrado a la pobre Victoria como si fuera basura,
ni una lágrima salió de sus ojos mientras lo hacía y aún así me hablan de
comida.
—¿Ve sor Marta? No soy la única que piensa que ella es la culpable de
todo. Ha traído la maldición a esta casa.
—Yo también estoy de acuerdo con ese pensamiento —dijo Catalina,
que era otra de las chicas mayores.
—No deben hablar así de su compañera, ser insensible no es señal de
maldad. Muchas personas son así para protegerse a sí mismas y evitar
sufrir.
—No intente defenderla sor Marta, esa chica es una bruja y lo sabe —
gritó Elena enfadada.
En ese mismo momento todas las puertas de la casa se cerraron a la vez
haciendo que temblara como si un terremoto la hubiese sacudido. Tras esto,
se abrieron de nuevo haciendo que crujieran todas las bisagras de manera
espeluznante. La casa debía de tener más de cien años y estaba ubicada a
pocos metros de un sucio pantano de agua negra lleno de mosquitos. No
había nada en los alrededores solo árboles muertos y secos.
La casa no se quedaba atrás a la hora de dar miedo con sus dos plantas
de madera seca por el paso del tiempo y podrida en algunos rincones.
En la planta de abajo estaba el baño, la cocina con la despensa y un
pequeño salón con chimenea. Arriba tres habitaciones que se distribuían
desde la más pequeña, que la ocupaba sor Marta y desde donde se podía ver
el pantano, la central para el grupo de las niñas pequeñas y la del fondo y
más grande, para las mayores de quince años.
—¡Yo no soy ninguna bruja! —gritó Matilda desde la puerta de la
entrada.
—¡Sí!¡Sí lo eres!, eres una bruja, ¿dime quién más podría hacer lo que tú
has hecho hoy?
—¡Una persona que es realista y no una estúpida catastrofista como tú!
—gritó de nuevo Matilda más enfadada que antes.
—Niñas basta —intervino la monja al ver que el ambiente se estaba
calentando demasiado.
—¿Pero en serio tú ves normal lo que has hecho hoy? —comentó Elena
acercándose peligrosamente a Matilda que se mantenía en la puerta de
entrada.
—¿Y qué he hecho según tú?
—Pero ¿cómo me puedes preguntar algo así? Has enterrado a una
persona y ni siquiera te has inmutado ¿ves eso normal?
Elena estaba mirando fijamente a Matilda cuando vio pasar una silueta
por detrás de ella. No la pudo ver con claridad, pero estaba casi segura de
que se trataba de Victoria. Apartó a Matilda de la entrada y salió corriendo
en busca de su mejor amiga.
—Victoria ¿dónde estás?
Todas se quedaron mirando hacia ella menos Matilda que ya sabía que
estaba pasando.
—Voy a cambiarme sor Marta, estoy llena de tierra —dijo subiendo las
escaleras para ir a su habitación.
Sor Marta se quedó allí, mirando como Elena salía corriendo como una
loca de la casa. Rápidamente se levantó para ir tras ella con gran agilidad.
Cuando estuvo en la entrada miró en todas direcciones en busca de la chica,
pero no vio nada. Solo árboles muertos y mucha hierba seca.
—Elena ¿dónde estás? ¡Vuelve inmediatamente aquí! —gritó la monja
sin obtener respuesta alguna.
—¿Ha pasado algo? —preguntó la pequeña Irene poniendo su mano
sobre la falda de la monja.
—No hija, es sólo que tu compañera Elena ha salido corriendo de casa y
no sé dónde puede estar—. Mientras hablaba con Irene, sor Marta, seguía
buscando con la mirada a Elena por todas partes, pero no veía nada. —Voy
a salir en su busca.
—No, no puede irse, ¿qué pasa si hay algo malo ahí fuera?
—No hay nada hija, sólo está tu compañera dando vueltas por ahí como
una loca.
—Y si es verdad lo que dijo antes de salir y la muerta está dando vueltas
por ahí — gritó la pequeña asustada.
—Jesús, María y José, ¡no digas tonterías, niña! Los muertos no van
deambulando por la tierra como si siguieran vivos.
—Si eso es verdad… ¿por qué yo también la he visto pasar?
En ese momento sor Marta miró hacía fuera y vio corriendo una chica
vestida con el mismo pijama que llevaba la noche que murió Victoria. No le
vio la cara porque iba de espaldas, pero se parecía mucho a ella. Sin
pensarlo dos veces, la monja, salió corriendo detrás de ella en busca de una
posible explicación a lo que estaba viendo.
—¡Victoria! ¡Detente de una vez! ¡Si esto es una broma, no tiene
ninguna gracia! —gritó sin obtener de nuevo respuesta alguna. Estaba a
punto de alcanzarla cuando vio que se detuvo en seco mirando hacia abajo,
donde estaba la improvisada tumba que había hecho Matilda. Sor Marta se
detuvo también y se quedó mirando a la joven que parecía una estatua.
—¿Se puede saber qué está pasando Victoria? ¿Qué haces ahí parada?
La monja caminó hacia ella con más enfado que otra cosa. Empezó a
pensar que todo aquello había sido una broma de mal gusto hasta que miró
hacia el agujero y vio a Elena tumbada sobre la tierra, con ambos brazos
sobre el pecho y la tez pálida como la muerte.
—¿Pero qué clase de broma es esta? —gritó alzando la vista para mirar a
Victoria que, en vez de cara, tenía una máscara negra. —Creo que esto ya se
está pasando de castaño oscuro Victoria —dijo sor Marta enfadada
acercándose a ella para quitarle la máscara. Sin perder tiempo, la sujetó con
ambas manos y tiró de ella. Nada más hacerlo empezó a gritar como una
loca. En vez de su bonita cara, la pobre niña tenía una calavera llena de
bichos que le salían por todas partes.
—Pero pequeña ¿qué te han hecho? —logró decir la monja mientras los
ojos se le llenaban de lágrimas —. Mi pequeña niña —susurró mientras se
secaba los ojos y alzaba la vista para ver, frente a ella, a Matilda que le
dedicaba una macabra sonrisa de triunfo desde la ventana de su habitación.
Más enfadada de lo que jamás lo había estado, la monja entró en la casa
y cerró la puerta con llave. Fué hacía las niñas que la esperaban sin moverse
a los pies de la escalera.
—Niñas, no quiero que ninguna se mueva de aquí y mucho menos que
salga de la casa por nada del mundo, ¿está claro?
—Pero ¿por qué sor Marta? ¿Ha pasado algo? —preguntó María, otra de
las chicas mayores que contaba con quince años, pelirroja con ojos verdes.
—Nada que tenga que contar ahora mismo, te dejo al cargo de las más
pequeñas, y espero que no se mueva nadie ¿está lo suficientemente claro,
niñas? —repitió la orden enfadada.
—¡Sí, sor Marta! —gritaron el grupo de niñas a la vez.
Sin perder más tiempo subió escaleras arriba a toda velocidad en busca
de Matilda. En menos de un minuto estaba en la puerta de la habitación, la
abrió rápidamente, miró por todas partes, pero allí no había nadie, sólo las
cinco camas deshechas de las mayores, un pequeño armario de madera y la
ventana abierta de par en par.
—¡Matilda! ¡Sal de donde quieras que estés! —gritó sin obtener ninguna
respuesta.
Fue hacía la habitación que estaba más cerca y abrió la puerta para ver si
estaba dentro, pero no había nadie allí. Solo las camas de las niñas menores
y un viejo armario con las puertas roídas por el paso del tiempo.
—¡Matilda! ¿dónde demonios estás? ¡Estoy perdiendo la paciencia! —
vociferó mientras salía de nuevo al pasillo. Miró a la habitación del fondo y
vio que algo se movía.
—Ahí estás—murmuró.
Fue corriendo hacía el lugar, pero no había nadie. Miró debajo de las
camas, hasta dentro del armario, pero no la encontró. Cansada ya del juego,
se asomó a la ventana en busca de aire y vio a Matilda con la pequeña Irene,
de la mano, corriendo hacía el bosque de los árboles muertos. Salió
corriendo de la habitación, se deslizó por las escaleras con tanta velocidad
que parecía que volaba y fue al encuentro de las niñas.
—¡María! —vociferó alarmada— ¿No te dije que te quedaras a cargo de
las niñas y no las dejaras salir bajo ningún concepto?
—Y así lo he hecho, no ha salido nadie de aquí —contestó la niña
confundida.
—¿Cómo que nadie? Entonces me podrás decir ¿dónde está Irene?
—En el baño Sor Marta, la pobre necesitaba ir y yo pues la dejé ¿hay
algún problema? —preguntó la joven cada vez más asustada.
—Pues que la pequeña no está en la casa, ni mucho menos en el baño,
porque está corriendo ahí fuera de la mano de Matilda.
—¿Qué? —gritó María —Pero ¿cómo es posible? La ventana del baño
es muy pequeña para salir por ella y por aquí no ha pasado. ¿Ve sor Marta?
Elena tenía razón, esa tal Matilda es una bruja.
—No podemos acusar a nadie de eso sin pruebas, aunque he de
reconocer que todo apunta a ello. Pero la verdad es que, la cosa no pinta
nada bien, pero ahora la prioridad es ir en busca de Irene —dijo la monja
abriendo la puerta para salir. —¿Quién me acompaña?
—No pienso salir ahí fuera, no sé lo que le habrá pasado a la pobre
Elena, pero por la cara que traía sé que nada bueno, así que no pienso ir a
ninguna parte.
Al ver la actitud de las niñas, sor Marta, entendió su reticencia y decidió
salir sola en busca de la pequeña. Estaba a punto de hacerlo cuando de
pronto Matilda apareció con la pequeña de la mano.
—¿Se puede saber de dónde vienes Matilda?
—Irene quería ir a ver el estanque de los patos y la he llevado. ¿Por qué?
No me va a decir que desconfía de mí, ¿verdad, sor Marta?
—Lo he pasado genial —dijo la pequeña Irene entre risas.
—Me alegro —contestó la monja a la pequeña de forma sonriente para
no asustarla —, entrad en casa de una buena vez —. Cuando la pequeña
Irene estuvo lo suficiente lejos de ellas, sor Marta puso una mano sobre el
hombro de Matilda para que se detuviese. — ¿Por qué te llevaste a la niña
sin mi permiso?
—Pero ¿de qué está hablando sor Marta? Me dio permiso desde la
ventana de la habitación del fondo, ¿es qué no lo recuerda?
—Yo no te di permiso alguno, tú pasaste por allí con la niña cogida de la
mano, me sonreíste y te fuiste corriendo. Además, en este maldito lugar no
hay ningún estanque de patos ¿dime de una vez dónde llevaste a la niña?
—No todo es muerte en este lugar sor Marta, también hay vida en
pequeños rincones, aunque usted no pueda verla —contestó Matilda.
Después se marchó corriendo escaleras arriba para ir a su cuarto.

Tres de la tarde

—Sor Marta, he hecho lo que he podido para comer, pero he de decirle


que la despensa está casi vacía.
—Está bien hija, gracias por todo lo que haces.
—¿Cuándo llegará el repartidor? Ardo en deseos de marcharme de aquí
cuanto antes —preguntó María sirviendo los macarrones con carne de lata a
todas las niñas.
—Creo que sobre las diez —contestó la monja alzando su plato para que
le sirviera su ración.
Ante la atenta mirada de las niñas, sor Marta, empezó a comer con ansias
sin acordarse de que había que bendecir la mesa antes.
—¿Sor Marta?
—¿Qué quieres ahora María? —contestó la monja mirando a la pobre
chica con cara de pocos amigos.
—Se ha olvidado de bendecir la mesa.
—No se me ha olvidado, es que creo que en estos momentos una
bendición no va a salvarnos.
María se quedó callada y se sentó a comer sin ganas. Mientras esto
sucedía, la monja continuaba comiendo sin detenerse ni para respirar.
—Sor Marta, ¿puedo hacerle una pregunta? —dijo Matilda mirando
fijamente a la monja que volvía a mirarla con cara de pocos amigos.
—¿Qué quieres ahora Matilda?
Las niñas, al ver la actitud agresiva de la monja, miraron a Matilda con
la intención de que no siguiera. La monja parecía estar muy molesta y era
mejor no molestarla en ese momento.
—No entiendo una cosa, si las encargadas de venir con nosotras eran Sor
Consuelo y sor Lucía ¿por qué de repente apareció usted en el autobús?
—Ellas tenían otras cosas que hacer y me pidieron que las acompañara
yo ¿por qué preguntas eso ahora Matilda?
—¿Por qué no? ¿Acaso tiene algo que esconder sor Marta?
—¿Tú qué crees querida niña? —contestó poniéndose de pie, dejando el
plato vacío sobre la mesa, para luego subir las escaleras y dejar a las niñas
mirándola con la boca abierta.
—¿Te has fijado qué rara está hoy sor Marta? —dijo María mirando a
Matilda.
—Sí, la verdad es que es muy rara y eso no me gusta nada.
Matilda se levantó de la mesa y subió las escaleras lentamente para
seguir a la monja. Esperó unos segundos y, cuándo escuchó la puerta de su
habitación, subió. Caminaba lentamente para no hacer ruido con los
zapatos, pero la madera seca y vieja del piso la delataba con cada paso por
lo que decidió quitárselos y caminar descalza. Cuando estuvo en la puerta
de la habitación, pegó la oreja a ella para escuchar. Al principio no se oía
nada, pero tras esperar un poco se empezaron a escuchar voces de varias
mujeres hablando a la vez en un idioma extraño. No se las entendía, pero
con cada palabra que escuchaba, algo se le removía por dentro, miedo.
Matilda estaba a punto de abrir la puerta para ver quien estaba dentro,
cuándo se le adelantó sor Marta.
—¿Se puede saber qué haces aquí Matilda?
—Iba al baño y escuché voces al otro lado, ¿quién está ahí dentro? —
preguntó Matilda empujando a la monja para entrar en la habitación. Miró
por todas partes, pero allí no había nadie más que sor Marta y ella. —
¿Dónde están?
—¿Quiénes Matilda? aquí no hay nadie como puedes ver por ti misma.
—No se haga la tonta conmigo, sé lo que he oído. Había varias mujeres
con usted aquí dentro y hablaban en otro idioma.
—Debes haber escuchado la radio, estaba encendida.
—La radio, ¿en serio me va a tomar el pelo sor Marta? —gritó enfadada
Matilda sabiendo perfectamente que la monja la estaba engañando.
Estaban a punto de empezar una discusión cuando vieron subir a
Margarita, una de las niñas más pequeñas del grupo tras Irene.
Matilda, sor Marta, han desaparecido María e Irene, fueron a la cocina a
buscar agua y no regresaron al salón. Fuimos a buscarlas porque tardaban
mucho y allí no había nadie. Lo peor de todo es que la puerta de la cocina
que da al jardín estaba abierta.
Sor Marta no dijo nada, solo salió de su cuarto y fue a la habitación del
fondo para asomarse por la ventana. Miró y tras un largo minuto se dió la
vuelta.
—Ellas tampoco van a regresar.
Año 1850

Ciento setenta años antes, en la mansión de las brujas de la villa Negra.


Era una noche de tormenta intensa en el valle negro dónde solo la muerte
siempre está presente. El pueblo más cercano, Villa Verde, se ha levantado
en pie de guerra y ha subido al valle de la muerte con antorchas en busca de
las brujas que habitan allí. Un grupo de mujeres despiadadas a las que les
han robado lentamente a todas sus hijas, han ido a por todas con el objetivo
de recuperarlas cueste lo que cueste. Las malditas mujeres iban engatusando
a las niñas, porque solo querían niñas, a base de mentiras y falsas promesas.
Ellas se marchaban de noche de su habitación para no ser vistas y solo
dejaban un rastro de dolor allí donde había pasado. Pero el juego se había
acabado, esta misma noche iban a darles caza.
Cruzaron el valle negro, donde todo está muerto, y llegaron a la
mansión. Allí estaba esa maldita casa hecha de madera en mitad de la nada.
Tiraron la verja abajo a base de patadas y fueron directas a la puerta de
entrada. Empezaron a golpear en ella con todas sus fuerzas. Al ver que
nadie abría, cogieron un tronco a medio pudrir que estaba en el suelo y,
entre cinco hombres que acompañaban a esas mujeres a por sus hijas,
empezaron a golpear con todas sus fuerzas una y otra vez hasta que la
tiraron abajo.
Entraron dentro, y lo que vieron los dejó helados, sus hijas vestidas aún
con el camisón blanco que llevaban puesto cuando desaparecieron estaban
bailando al son de una música invisible alrededor de una hoguera hecha en
medio del salón. Iban descalzas y en lugar de cara tenían una máscara
negra. Tras volver a la realidad los padres fueron en busca de sus hijas que
ni caso le hacían a pesar de que las llamaban por su nombre. Uno de ellos al
no obtener respuesta de ninguna de las niñas se aventuró a quitarle la careta
a una de ellas para ver quien era, y lo que vio le paró todos los sentidos, era
un cuerpo en descomposición lo que había allí bailando. Al ver esto, todos
los padres hicieron lo mismo y fue más de uno el que tras ver aquella cosa
tan horrible se tiró al suelo.
Al darse cuenta del horror de aquella casa salieron todos corriendo y
empezaron a quemarla con sus antorchas. Estaban ya encendiendo parte de
la entrada cuando vieron bajar por las escaleras a tres mujeres pálidas como
la muerte, vestidas completamente de negro. Sabiendo de antemano que
fueron ellas las culpables de todo ese horror, tiraron todas las antorchas
encendidas dentro de la casa. En cuestión de segundos todo empezó a arder
mientras las tres mujeres miraban fijamente a los aldeanos. Lejos de lo que
todos pensaban, las tres mujeres no se movieron ni intentaron huir, se
quedaron quietas a los pies de la escalera sin quitar la vista de sus
ejecutores. Las jóvenes seguían bailando alrededor de la hoguera sin parar,
mientras sus padres lanzaban cada vez más troncos para hacer que todo el
horror que estaban viendo desapareciera.
El fuego terminó por extenderse por toda la estancia y se unió a la
hoguera. Los cuerpos de las chicas empezaban a quemarse uno por uno y se
empezaron a escuchar gritos de dolor. Era un sonido insoportable, tan
insoportable que los aldeanos intentaron taparse los oídos hasta con la tierra
que encontraban por el suelo, pero, aun así, seguían escuchando los terribles
lamentos de las chicas. Las tres mujeres también empezaron a quemarse
lentamente, pero lejos de gritar, miraron con soberbia a los habitantes de
Villa Verde y les lanzaron una advertencia.
—Volveremos y pagaréis uno por uno por lo que habéis hecho.
En la actualidad

Seis de la tarde

Ya sólo quedaban nueve niñas en la casa y el miedo era cada vez más
fuerte. Ya ni al baño querían ir y muchas de ellas evitaban beber hasta agua.
Estaban todas sentadas en el suelo, abrazadas una con otras, intentando con
eso salvar su vida. Matilda permanecía de pie sin moverse, mirando
fijamente a sor Marta que permanecía sentada en el sofá sin quitarle un ojo
de encima a las niñas.
—¿Sabe una cosa sor Marta?, sé lo que oí en esa habitación y sé también
que su repentina llegada no fue cosa del destino, ¿qué les pasó a las
monjas? ¿También desaparecieron misteriosamente como mis amigas?
—¿Me estás acusando de algo, Matilda? —preguntó sor Marta
poniéndose de pie al tiempo que lo hacía la niña. Era mucho más baja que
ella, pero aun así no se amedrentó para mirarla directamente a los ojos.
—Sí, pero aún no tengo ninguna prueba.
—Pues sin cuerpo, no hay delito querida niña así que, si me disculpas,
tengo cosas más importantes que hacer que discutir con una mocosa como
tú.
Dedicándole una sonrisa triunfal a las niñas, se quitó su atuendo de
monja y lo tiró al suelo dejando al descubierto un largo vestido negro que le
cubría todo el cuerpo y una melena roja como la sangre que le llegaba hasta
la cintura. Tras hacer esto, volvió a subir las escaleras y a meterse en su
habitación. Mientras tanto, Matilda, miraba por la ventana de la sala y veía
que se estaba haciendo cada vez más de noche.
—Chica tenemos que salir de este lugar cuanto antes, quedamos nueve y
tal y como yo lo veo, la cosa se va a poner muy fea —dijo a sus ocho
compañeras.
—Pero Matilda ¿a dónde vamos a ir? Este lugar está muy lejos de
cualquier pueblo —
preguntó la mayor de las niñas, Catalina, reuniendo a las seis más
pequeñas.
—Pues donde sea, cualquier sitio será mejor que esto y más cuando esas
mujeres que oculta la falsa monja salgan de su cuarto.
—¿Qué mujeres? —gritaron todas a la vez.
—Unas que sin lugar a duda no van a querer conocer, así que coged
vuestros abrigos que nos vamos de aquí.
Todas las niñas se miraron unas a otras dudando sobre qué hacer.
¿Debían quedarse, o por lo contrario debían escuchar a Matilda y seguirla?
Finalmente, optaron por hacerle caso y subieron, intentando no llamar la
atención de la monja, a sus habitaciones. Iban vestidas con pantalones
vaqueros, camiseta y zapatillas deportivas, así que metieron en sus mochilas
todo lo que creían iban a necesitar. Cogieron sus cazadoras y salieron
pitando de la casa mirando como el reloj de cuco del salón daba las ocho.
Iban cruzando el umbral de la puerta cuando una fuerza sobrenatural tiró
de cuatro de las niñas llevándolas escaleras arriba como si fueran plumas.
Las niñas gritaban y lloraban con todas sus fuerzas, pero al llegar a la
habitación se hizo el silencio. Ya sólo quedaban cinco, entre ellas Matilda,
que salieron corriendo de allí sin mirar atrás.
—Matilda ¿qué vamos a hacer ahora? —preguntó Catalina corriendo
como una loca detrás de ella.
—Correr, no nos queda de otra, tenemos que alcanzar la verja y salir de
este maldito lugar cuanto antes.
Catalina miró atrás y vio que sólo la seguían dos niñas, Natalia y
Alejandra, faltaba otra. Al volver a mirar sólo estaba Natalia. Sin perder
más tiempo le dió la mano y empezaron a correr a más velocidad. Estaba a
punto de llegar a la salida, cuando miró de nuevo hacia atrás para animar a
Natalia a seguir adelante porque, por los tirones que le daba, parecía
cansada. Cuando vio a una mujer de rojos cabellos y ojos como la sangre
tirando de ella. Matilda quiso ayudarla, pero la fuerza sobrenatural de la
mujer fue superior a sus fuerzas. La mujer empezó a absorber la energía
vital de la pobre Catalina dejándola en el suelo seca como una momia.
Solo quedaba Matilda, la número trece del grupo completo que allí
residía, la que más lata había dado, estaba a punto de ser la cena de unas
brujas. Con valentía, la miró fijamente sintiendo de antemano cuál sería su
final. La mujer de rojos cabellos se le acercó y la miró con una sonrisa
maliciosa en los labios, luego vinieron las otras dos con los cabellos igual
de rojos y entre ellas reconoció a sor Marta, la falsa monja que había estado
a cargo de ellas.
—Mamá ya era hora que terminarás con todo esto me estaba aburriendo.
—Ya sabes hija que lo bueno se hace esperar, además, ya está listo
nuestro aquelarre.
—Y ustedes tías, ya les vale, la próxima vez espero que den algo más de
miedo.
—La próxima vez harás tú de monja y llevarás ese dichoso hábito todo
el día y yo seré la dulce huérfana, ¿te parece bien Matilda?
—Sigue soñando.
Entrevista a Matilda Switch

—¿Entonces me quiere usted decir, doña Matilda, que usted es una bruja
que va por ahí matando a niñas inocentes? —preguntó el periodista tras
terminar Matilda de contar la historia.
—Yo no confirmo ni desmiento, sólo cuento lo que viví. Pero dígame
usted, ¿qué piensa de mi historia?
—Demasiada fantasía veo en ella, es imposible llegar a creerse algo así.
Es más, no creo en las brujas, con eso se lo digo todo.
—¿No cree en las brujas? Vaya… que hombre tan inteligente, pero le
advierto algo, no creer en ellas no significa que no existan —. Matilda,
enfadada, se puso en pie y fue a su pequeña cocina, situada a menos de un
metro del sofá donde estaban sentados, en busca de un poco de té. —¿Le
apetece uno? Está frío, pero tiene buen sabor.
—No gracias, yo soy más de café —contestó poniendo cara de asco al
ver aquella vieja tetera llena de polvo.
—Aquí no llega el café, es un lujo muy caro de transportar amigo —
Matilda le dio un sorbo al té y fue directa de nuevo al sofá para sentarse.
—No me va a decir usted que cree en las brujas doña Matilda.
—No solo creo amigo, quizás pueda ser una de ellas. Pero no hablemos
de las brujas como algo negativo, hay muchos tipos de brujas y no todas
tienen que ver con el diablo.
—Pues yo todas las que recuerdo de niño son feas, con narices
deformadas y grandes sombreros de pico.
—Ya veo que es usted muy aficionado a las noches de Halloween amigo
mío, pero créame, las brujas no tienen nada que ver con todo eso y en
ocasiones su belleza es tal, que puede volver loco a cualquiera. Pero ahora
continuemos con la historia que sigue tras cumplir los trece años. ¿Sabe que
una bruja adquiere parte de sus poderes a partir de esa edad?
—No lo sabía —contestó anotando todo lo que decía Matilda en su
cuaderno, ya que en aquel extraño lugar no funcionaba su grabadora.
—Pues sí. Después de ese día, no tuve que ayudar más ni a mis tías ni a
mi madre, y por fin me marché en busca de mi propio aquelarre.
—¿Y para qué sirve un aquelarre? Si puede saberse, claro.
—Un aquelarre es importante porque te sirven, te siguen, te protegen…
y eso es sin duda vital para sobrevivir. Ahora le voy a contar como formé el
mío nada más ingresar en la universidad.
La hermandad

—María, ¿por qué se te ha metido esta estúpida idea en la cabeza? ¿Te


has vuelto loca?
—¡Loca! ¿por qué? No me vayas a decir que no te ha parecido una idea
maravillosa pasar todo un fin de semana de miedo haciendo camping con
todos nuestros amigos en la iglesia de St Mary.
—La verdad es que no era mi idea de un fin de semana divertido en
Londres, hubiera preferido una ruta cultural o algo así.
—Ya hemos hecho eso un millón de veces, Claudia, pero estamos
celebrando nuestro ingreso en la universidad y eso se merece algo más
espectacular.
—No sé.
—Venga, no seas tonta y anímate, no pretenderás quedarte en el hotel tú
sola ¿verdad?
—No, pero...
—Pero nada, prepara una mochila con todo lo que vayas a necesitar este
fin de semana y hazlo rápido, los chicos nos están esperando en la
furgoneta.
—Al menos déjame darte otra alternativa de ocio y si no te gusta pues
vamos a ese maldito camping.
—Te escucho.
—¿Qué te parece si damos una vuelta por Escocia y hacemos la ruta de
la autora de Harry Potter y pasamos miedo en el cementerio?
—No, eso me parece una tontería comparada con lo mío, así que ya estás
tardando en llenar tu mochila.
María y Claudia se conocieron en el instituto y desde ese mismo
momento se hicieron amigas inseparables. Siempre planeaban todas las
cosas juntas, incluso sus vacaciones de verano. Ahora que ambas habían
empezado la carrera de enfermería, querían celebrarlo a lo grande con una
aventura especial. La idea era que la que sacará mejor nota eligiera el lugar
al que ir, pero Claudia prefirió dejar a María la decisión de a donde ir, a
pesar de que era ella la que se había graduado con la nota más alta. No
quería que María se sintiera mal por ello. Así que, muy a su pesar, tuvo que
seguir a su amiga hasta Londres, donde tenían planeado hacer un
campamento de terror a setenta kilómetros al norte de la ciudad.
—Bueno, ¿ya estás preparada?
—No, la verdad.
—¿Has cogido el saco de dormir?
—Sí, lo tengo justo aquí.
—¿El inhalador?
—También, y tengo otro de repuesto en el bolsillo de la maleta por si
acaso.
Iglesia de St Mary

Siete de la tarde del viernes

—¿Están seguras de quedarse solas aquí durante todo un fin de semana?


—preguntó incrédulo el vigilante de la vieja iglesia medieval.
—Pues la verdad sea dicha, yo no estoy del todo segura de nada—gritó
Claudia —así que mejor nos vamos de aquí.
—Tonterías, nos quedamos —protestó María.
—María esto es una locura ¿cómo pretendes que nos quedemos aquí
solas? ¿Dónde está el grupo que iba a venir con nosotras?
—Creo que se echaron atrás en el último momento, ya sabes Claudia,
este tipo de experiencias no le gusta a todo el mundo.
—Yo les aconsejo que…—el guardia comenzó a hablar.
—Nada, usted no nos aconseja nada —María lo cortó antes de que
terminase la frase —, tome sus doscientos euros y márchese ya de aquí.
—María, no hace falta que seas tan grosera con el señor, él solo quiere
hacer su trabajo.
—Su trabajo es alquilar la iglesia, el nuestro pasarlo bien durante el fin
de semana, así que ya está tardando en marcharse.
—Como quieran, pero si pasa algo no me vayan a echar la culpa de nada,
de hecho, el papel que firmó me excluye de toda responsabilidad, así que ya
están advertidas.
—¿A qué se refiere con que pueda pasar algo? —gritó Claudia.
—A que los muertos …
—No diga tonterías, todo eso son viejas historias para atraer a los
turistas —le interrumpió María de mal humor.
—María ¿por qué no has dejado que el vigilante continuará hablando?
—Nos vamos a quedar diga lo que diga, así que me da igual su opinión.
—Pero…
—No hay peros que valgan, nos quedamos y punto.

Nueve de la noche
—María trae las patatas, tengo mucha hambre —gritó Claudia mientras
se sentaba en uno de los bancos de madera de la iglesia para ver la película.
—No seas impaciente, aquí las cosas van despacio porque no hay horno
ni cocina, sólo una pequeña barbacoa.
—Pero llevas ya más de media hora ahí afuera —protestó Claudia
poniéndose de pie —¿Necesitas ayuda?
—No, solo necesito que seas paciente porque, con el frío que hace, el
carbón está tardando más de la cuenta en hacer su trabajo —mientras María
hablaba, un aroma suculento a patata asada entró por la puerta de la iglesia
—. Pues parece que ya están casi listas, voy a por ellas.
—Por fin, me muero de hambre.
—Mientras termino, ve preparando los bocadillos.
—Ya estoy en ello, por cierto ¿qué película quieres ver?
—Pon una que de miedo como noche de muertos o viernes trece.
—Mejor una de vampiros, la del viernes trece me da mal rollo pasando
aquí la noche.
—No seas tonta, ¿estamos aquí para pasar miedo o hacer una fiesta de
pijamas? —protestó María desde la puerta.
—¿Puedo elegir? — suplicó Claudia.
—Pon viernes trece de una vez.
Mientras Claudia ponía sobre una pequeña mesa de madera los
bocadillos y palomitas para picar, María terminó de preparar las patatas
asadas y las sirvió.
—¡Qué maravilla de patatas! —dijo Claudia picando una.
—Pues a comer y a disfrutar con la película, ¿qué te parece si apagamos
la luz?
—Que te estás pasando dos pueblos con eso de lo del miedo.
—¿Estás asustada?
—Pues claro que lo estoy, ¿crees que estar aquí a oscuras viendo esta
maldita película es apto para cardíacos?
—Tú no estás mal del corazón.
—Pero lo voy a estar si no dejas ya de machacarme tanto con eso del
miedo a todas horas.
—Cobarde.
—Di lo que quieras.
Mientras le daban un buen bocado al bocadillo y saboreaban las patatas
asadas, no podían apartar los ojos de la película. Tan atentas estaban que,
cuando por culpa del viento, la puerta de la iglesia se cerró, se sobresaltaron
y casi se atragantaron con la comida.
—¡Maldita puerta! —gritó enfadada María.
—No blasfemes aquí, estamos dentro de una iglesia —protestó Claudia.
—¿Y qué? Me acabo de dar un susto de muerte y tú quieres que controle
la lengua.
—Es solo el viento, María, ¿no eras tan valiente? —dijo Claudia
levantándose para ir a abrir la puerta de nuevo —. ¿No querías una noche
de miedo?
—¿A dónde vas? ¿estás loca? No la abras o se va a volver a cerrar por el
viento y nos va a matar del susto.
—Habló la valiente. Tranquila, voy a poner algo para evitar que se cierre
de nuevo. No vas a pretender que nos quedemos dentro de la iglesia con
todo cerrado. Las paredes están muy húmedas y si no entra el aire
suficiente, el polvo entrará de lleno en nuestros pulmones y …
—Habló la enfermera —protestó María levantándose del suelo con los
platos de cartón en la mano —. Voy a tirarlos fuera antes de que me des un
buen sermón sobre los problemas de bronquios.
—Quizás si hubieras estado más atenta a las clases, tú también te habrías
graduado este mismo año, pero preferiste salir de marcha cada noche con
tus nuevas amigas.
—Son muy buenas amigas y lo pasamos muy bien juntas, además te dije
que te apuntarás y te negaste por los estudios.
—Pues gracias a mi fuerza de voluntad, ya estoy en la universidad y a ti
te queda otro año ¿cómo lo ves amiga?
—Te odio y no sabes cuanto —gritó María mirando con ojos de furia a
Claudia.
—¿Qué te pasa María? —preguntó sorprendida —, nunca había visto esa
reacción de odio en tu mirada.
—No seas tonta Claudia, ¿cómo podría odiarte? Solo te envidio por
haber tenido la fuerza de voluntad que yo no tuve, por eso estamos aquí este
fin de semana, para celebrar tu triunfo.
—¿Qué triunfo? No se trata de ganar o perder María, se trata de luchar
por lo que uno quiere y tú te rendiste de lleno.
—Yo no me rendí, lo que pasa es que me gusta pasarlo bien y una cosa
llevó a la otra... Además, no sé si quiero entrar en la universidad —. María
no había tenido muy buenas notas y no se pudo presentar a las pruebas de
acceso a la universidad como su amiga. Su padre adoptivo aún no lo sabía y
tampoco tenía la intención de contárselo. El pobre estaba obsesionado con
que estudiara enfermería y ella no estaba por la labor de hacerlo. —
Además, tú sabes tan bien como yo que no quiero ser enfermera, es mi
padre el que se empeña.
—¿Por qué entonces no te enfrentas a él y luchas por tu derecho a elegir
tu destino?
—¿Y perder la herencia que me va a dejar ese maldito viejo? —rio con
amargura— ¡Jamás! — su mirada volvió a ser amenazadora.
—No sé qué te pasa María, pero no eres la chica que conocí en el
instituto.
—Y tú tampoco lo eres, ahora eres enfermera y yo no soy nada.
—Si tuviera que decir que el miedo tiene nombre de mujer, sin duda
alguna te miraría en estos momentos a ti —protestó Claudia cogiendo los
vasos de cartón reciclado de la mesa para ir también a tirarlos. Mientras
salía al jardín la mirada asesina de María la siguió con un terrible mensaje
en mente.
—No lo sabes tú bien, aún …

Medianoche del sábado

Claudia permanecía sentada en el banco exterior de la iglesia disfrutando


de la noche más estrellada que había visto en su vida, pensando en cada
detalle de la conversación que había mantenido una hora antes con su
amiga. No entendía muy bien su comportamiento, ni tampoco porque la
culpaba a ella de su fracaso en los estudios. Ella era la única responsable
por su actitud durante todo el curso, pero parecía no entenderlo así.
Claudia miró en el interior de la iglesia y la vio dormida sobre uno de los
bancos de madera. Estaba tan tranquila y relajada que Claudia no podía
entender como tan solo una hora antes se había comportado de esa manera.
Con mucho cuidado de no hacer ruido, se levantó y empezó a caminar
por el jardín teniendo mucho cuidado de no alejarse demasiado de allí, ya
que a pocos metros había un pequeño cementerio, y eso le ponía los pelos
de punta. Tan perdida estaba mirando las estrellas, que no se percató de que
una oscura sombra la observaba.
De pronto, un leve crujido de hojas llamó su atención y miró en la
dirección del sonido, pero no vio a nadie. Otro crujido hizo que girara de
nuevo la cabeza asustada.
—¿Hay alguien ahí? —gritó sin recibir respuesta.
Estaba a punto de meterse corriendo en la iglesia y cerrar la puerta,
cuando vio que un gato negro con brillantes ojos verdes salía de la maleza
corriendo.
—¡Maldito gato! Me has dado un susto de muerte.
El gato, lejos de irse, se quedó mirándola fijamente con ojos fieros.
Claudia se alejó de al ver su actitud, pero él la seguía a cada paso. Al ver
que no la dejaba en paz, cogió una pequeña piedra del suelo y se la lanzó
con la intención de espantarlo, pero no consiguió su objetivo, sino que lo
empeoró. El gato se enfadó mucho más y empezó a sacar los colmillos y las
uñas afiladas como cuchillos. En el momento que Claudia vio como su pelo
se erizaba, supo que se iba a lanzar sobre ella para atacarla. Así que, antes
de que lo hiciera, echó a correr, entró en la iglesia y cerró la puerta con
llave. Iba a girarse para llamar a su amiga cuando se llevó otro susto de
muerte. María estaba detrás de ella mirándola de nuevo fijamente como un
fantasma.
—¿Qué haces ahí parada como una estatua? —gritó Claudia apartándose
de ella rápidamente con el susto aún en el cuerpo.
Lejos de contestarle, siguió plantada en la misma posición mirando hacia
la puerta sin mover ni una pestaña. Al ver que su amiga ni se movía ni decía
nada, intentó llamar su atención.
—¿Sabes que he estado a punto de ser atacada por un gato negro? He
tenido que cerrar la puerta para que se marchara y me dejara en paz —
mientras hablaba, su amiga permanecía inerte.
Claudia, al ver la actitud de su amiga, fue hacía ella pensando que aún
seguía enfadada por la discusión que habían tenido y se colocó frente a ella
de nuevo.
—¿No seguirás enfadada por lo de antes? —el rostro de María volvió a
la vida de repente y vio como su boca se torcía con una sonrisa maliciosa.
Sus ojos marrones ahora parecían fuego.
—¡Sí! —gritó apartando a Claudia de un fuerte empujón que hizo que
perdiera el equilibrio y cayera al suelo. Abrió la puerta y salió dando un
fuerte portazo para cerrar.
Se levantó del suelo rápidamente y se frotó la espalda, para aliviar un
poco el dolor del golpe. Sin perder tiempo abrió la puerta de la iglesia de
nuevo y salió para ir en busca de su amiga, pero ya no estaba allí.
—María ¿dónde estás? —gritó sin éxito.
Estaba tan oscuro que no veía absolutamente nada, así que, sin perder
tiempo fue a su bolso y sacó una linterna que tenía guardada junto a dos
pilas de recambio por si acaso. Cogió también el móvil y salió corriendo al
jardín para ir en busca de María. Una vez en el jardín trasero de la iglesia,
empezó a buscar a su amiga en medio de la oscuridad. Pero lo único que
había allí era hierba seca por todas partes y árboles muy viejos quemados
por el paso del tiempo.
En un primer momento pensó en regresar a la iglesia y esperarla allí,
pero algo le decía que su amiga la necesitaba. Empezó a caminar y se
adentró en el bosque. La luz de la linterna le indicaba el camino a seguir,
pero, aun así, las piernas no dejaban de temblarle. ¿Por qué demonios le
habría hecho caso a su amiga? Este lugar era demasiado tenebroso incluso
para el más valiente. Estaba a punto de retroceder cuando escucho a lo lejos
un cántico que le llamó poderosamente la atención. Le era totalmente
desconocido ese lenguaje con el que cantaban, pero le encantaba el sonido y
las voces que componían el coro. Lentamente, empezó a caminar hacía allí
sin detenerse. Cuando llegó, se encontró en medio de un claro del bosque
iluminado por las llamas de una gran hoguera. Alrededor había muchas
mujeres danzando y cantando vestidas de blanco. Lo que más le aterrorizó
fue ver en lo alto de la hoguera un palo con alguien atado a él. No podía ver
de quien se trataba, así que se acercó un poco más. Al hacerlo, todas las
mujeres que estaban danzando al son de una música imaginaria, se giraron
en su dirección.
—Por fin has llegado Matilda —Claudia se giró en seco en dirección a
las miradas de aquellas extrañas mujeres que llevaban una máscara negra y
se encontró de frente con María.
—Ya he llegado hermanas —gritó María dedicándole una maliciosa
mirada a su amiga.
—¿Se puede saber por qué te llaman Matilda? —preguntó una
confundida Claudia.
—Porque ese es mi verdadero nombre —contestó sin expresión alguna.
—Matilda, hemos preparado todo según tus indicaciones —dijo una de
las integrantes del grupo.
—Muy bien —se fue acercando lentamente hasta sus hermanas.
—¿Qué haces María? No conoces a esas mujeres de nada —gritó
Claudia mientras se alejaba de ella.
—Claro que las conozco, son mis hermanas de sangre —sin hacer caso a
las protestas de su amiga, fue hacia el grupo y se situó junto a ellas. Tan
cerca del fuego, Claudia, pudo ver mejor a su amiga y se dio cuenta de que
iba vestida igual que ellas. Un traje blanco de lino sin mangas. Iba descalza
y en su mano derecha llevaba la máscara negra.
Claudia empezó a sentirse insegura, quería salir corriendo de allí, pero
no podía dejar a su amiga sola con aquellas mujeres por mucho que ella
dijese que eran sus hermanas. Mientras las observaba, vio como María
sacaba una copa de cristal de la hoguera llena de un líquido rojo muy
oscuro y empezaba a beberlo como si fuera el mejor de los vinos.
Las otras integrantes del grupo, un total de doce chicas enmascaradas,
también hicieron lo mismo y empezaron a beber.
¿Qué será ese líquido? Se preguntó Claudia.
Con más curiosidad que cautela, mientras rodeaba la hoguera para mirar
qué había clavado justo encima de ella, se encontró con la imagen más
macabra de su vida. El guarda de la iglesia estaba amarrado en el palo con
los brazos a la espalda. Estaba muy pálido y apenas respiraba. Claudia no
pudo evitar gritar de pánico al ver como la sangre de aquel pobre hombre
bajaba lentamente por el palo hacía una especie de cántaro que ellas estaban
utilizando para beber. Aquello fue demasiado para Claudia, empezó a correr
en dirección a la iglesia para pedir ayuda sin ni siquiera mirar atrás. No
quería mirar porque tenía miedo de que alguna de aquellas locas la
estuviera persiguiendo. Corrió lo más rápido que sus pies la dejaron y en
cuestión de minutos y tras varios tropiezos con piedras y ramas secas que le
arañaron la piel de los brazos, llegó a la iglesia. Sin pérdida de tiempo,
cerró la puerta y puso uno de los pesados bancos detrás para que no la
pudieran abrir. Fue a la parte trasera a ver si había alguna forma de entrar y
no vio nada. En el baño tampoco había ninguna ventana, así que por unos
escasos segundos se sintió segura. Sin pensárselo dos veces sacó el móvil
del bolsillo de su chaqueta. María le había dicho que no llevara ninguno,
pero ella lo había llevado oculto en uno de los bolsillos de la mochila. No
sabía si había cobertura en aquel lugar, pero tenía que pedir ayuda. Por
desgracia cuando puso el móvil se dio cuenta de lo sola que estaba en aquel
lugar.
—Claudia, abre la puerta, ¿no irás a dejar a tu mejor amiga sola aquí
fuera? ¿verdad?
—Tú no eres mi amiga, no sé quién eres, pero no eres la María que yo
conocía.
—¿Cómo que no Claudia? Soy tu mejor amiga y quiero que me abras la
puerta.
—Puedes quedarte sentada, porque vas a terminar por cansarte de
esperar Matilda o como sea que te llames.
Al oír que la llamaba Matilda empezó a dar golpes con mucha fuerza en
la puerta de la iglesia haciendo que retumbará toda la estancia con cada uno
de ellos. Claudia tuvo que taparse los oídos para no acabar sorda.
—Abre la puerta de una vez maldita estúpida o te juro que cuando entre
voy a hacerte sufrir mucho ¿me oyes? —La voz que Claudia escuchó en
aquel momento le heló la sangre, esa no era la voz de su amiga, sino la de
alguien demoníaco.
—¡Vete al infierno, no te voy a abrir! —gritó con todas sus fuerzas.
En ese momento, todo se quedó en silencio. Claudia empezó a respirar
pensando que se habían ido y siguió mirando la pantalla del móvil a ver si
había señal. Por un instante vio que tenía cobertura y envió rápidamente un
mensaje a su madre. Mientras se enviaba el retumbe comenzó de nuevo y
esta vez la puerta de la vieja iglesia no resistió y se abrió de par en par
haciendo que los dos bancos de madera que había puesto detrás de ella
chocarán con la pared.
—¿Ves amiga? Te dije que abrieras o sería peor para ti —dijo María
desde la puerta escoltada por todas sus hermanas.
—¿Esa es la chica de la que siempre nos hablabas en el instituto? —
preguntó una de las enmascaradas que estaba más cerca de ella.
—Esa misma.
—Pues no me parece nada fuera de lo normal —dijo mientras se quitaba
la máscara negra y dejaba al descubierto un rostro pálido y cadavérico
como la muerte.
—¿Se puede saber por qué has roto la puerta de esa manera María? —
gritó Claudia mirando asombrada la cara de aquella chica.
Ellas continuaron mirándola como si fuera el mejor de los manjares sin
decir una sola palabra.
—Pues a mí me parece que está muy flaca, no sé si habrá suficiente para
todas —dijo otras de las chicas que también se quitó la máscara dejando al
descubierto un rostro cadavérico y pálido como la muerte.
—Te aseguro que si te gustará —dijo María sonriendo maliciosamente.
—La verdad es que no sé qué pensar, el último no me gustó nada.
—El último era un guardia viejo y bastante vicioso.
—Dímelo a mí, aún tengo ese sabor a cerveza de mala calidad en la boca
—protestó una de las chicas más menuda que estaba detrás de María.
Claudia no aguantó más tanta tontería y echó a correr con todas sus
fuerzas. Intentó empujarlas para abrirse camino hasta la puerta y poder huir
del lugar, pero fue inútil, ya que era como chocar con un muro de piedra.
—¿Ibas a algún sitio Claudia? Ya estás cansada de aguantarme, ya no te
apasiona ser mejor que yo en todo, tener mejores notas, ser mejor
deportista, ser la primera en la lista de las enfermeras, graduarte en la
universidad primero que yo ¿es qué ya no tienes ganas de ser mejor que yo,
amiga?
—¿De qué estás hablando María?
—Pues de que me cansé de que fueras siempre la mejor en todo, por eso
tengo a mi nuevo grupo de amigas.
—Esas no son tus amigas, ¿es que no ves que parecen muertas con esas
caras tan pálidas?
—¿Muertas? Que va querida Claudia, están bastante vivas y han venido
todas a saludarte y a rendirte un sincero homenaje por tu gran trabajo en la
universidad. Te voy a presentar a Anubis. ¿Sabes? Ella era la dueña de la
vacante en el hospital hasta que tú llegaste con tu gran expediente
académico y lo arruinaste todo. Esta es Nefertiti, la capitana del equipo de
natación que tú terminaste por echar a la calle por tu gran experiencia en la
natación.
—Yo no sabía que…
—Tú no sabías ¿qué? ¿Que yo era la primera de la clase hasta que tú
empezaste a destacar? ¿Que mi madre adoptiva me tenía como referente
ante mis hermanos hasta que tú me quitaste el puesto y te convertiste en su
favorita sin conocerte de nada?
—María, sabes que yo no lo hice con mala intención, es solo que…
—Te gusta ser siempre la primera ¿verdad? Pues déjame que te diga que
ahora también vas a ser la primera.
—¿La primera en qué?
—En morir, ¿qué si no?... ¿Qué pasa Claudia? ¿No estás contenta? Vas a
ser la primera en morir, no te puedes quejar, hasta en eso me has vuelto a
ganar.
Las trece chicas entraron en la vieja iglesia y entre todas sujetaron a la
pobre Claudia para que no se pudiera mover y la oscuridad se hizo para
siempre.

Tres días después …

—Te digo María que mi hija me mandó un mensaje pidiéndome ayuda


desde esta misma iglesia la noche que desapareció ¿Cómo es que tú no
sabes nada si estabas con ella?
—No sé doña Úrsula, la verdad es que me quedé dormida muy temprano
el viernes por la noche y Claudia estaba a mi lado, cuando desperté ya se
había ido. No tengo idea de donde puede haber ido de noche, lo siento —
contestó con tristeza.
—Pero eso es imposible, mi hija nunca se iría a ningún sitio sin decir
nada a nadie y menos ahora que estaba a punto de empezar la carrera.
—No sé qué se le pudo pasar por la cabeza la verdad.
—He ido a la policía y me han dicho que al ser mayor de edad creen que
se pudo haber marchado por voluntad propia, pero yo no me puedo creer tal
cosa ¿por qué ahora que le iban las cosas tan bien?
—No lo sé —contestó María dando la espalda a la madre de Claudia
para así poder reírse sin ser vista.
—Tú debes estar destrozada, Claudia era tu mejor amiga.
—No sabe cuánto me duele no tenerla aquí conmigo ahora, además, mis
hermanas de la hermandad también están destrozadas.
—¿Hermandad?
—Si, tanto Claudia, como yo, somos miembros de la hermandad luna
roja y estamos todas consternadas.
—Qué raro, mi hija nunca me dijo nada de ninguna hermandad ¿estás
segura de que ella era parte de esa hermandad?
—Sí, estoy muy segura.
Mientras hablaban, un hombre hizo acto de presencia. Su gesto era serio,
llevaba unas gafas de sol y caminaba con seguridad hacia ellas.
—Señora Mendoza, soy el comisario de la policía. ¿Tiene un momento
para hablar?
—Señor inspector, dígame que la han encontrado por favor, ¿está viva
verdad?
—Lo siento señora Mendoza, su hija ha aparecido —no le dio tiempo de
terminar su frase porque la señora Mendoza se desmayó en el acto. María
fingió preocupación y se agachó para socorrerla al mismo tiempo que el
inspector.
—Comisario me temo que la señora Mendoza se ha desmayado, ¿me
puede decir que le ha pasado a mi pobre amiga? Estamos muy preocupadas.
—Por favor, avisad a alguien para que ayude a la señora Mendoza —
gritó al grupo de policías que inspeccionaban la zona. —Disculpe, pero creo
que será mejor esperar a que la señora Mendoza recobre el sentido.
—Por favor inspector, dígame qué es lo que le ha pasado a mi amiga, no
puedo más con esta incertidumbre.
—Está bien, esto no es fácil de decir, pero su amiga, ha sido asesinada en
un ritual, la hemos encontrado esta mañana sin una sola gota de sangre en
su cuerpo.
—¡Dios mío! —Matilda reaccionó con estupefacción —¿Quién habrá
podido hacer algo así?
—No lo sé señorita, pero lo averiguaremos.
—¿Dónde está mi amiga ahora comisario?
—Acaban de trasladarla a la morgue para realizarle una autopsia para
poder determinar la causa de la muerte.
—Gracias comisario, puede ir tranquilo. Yo se lo haré saber a la señora
Mendoza cuando recobre la consciencia.
—Pero…
—De verdad comisario, puede marcharse, yo me encargo de todo.
Esperó con calma a que la madre de Claudia despertase, mientras sonreía
con malicia.
—¿Qué ha ocurrido María? ¿Dónde está todo el mundo?
—Ya se están marchando señora Mendoza. Necesito que se calme para
lo que le voy a contar. Claudia ha aparecido, pero…
—¿Mi niña? ¿La han encontrado? ¿Está bien?
En ese momento la paciencia de Matilda se fue al traste y con cuidado de
que nadie la viese, le dio un golpe en la cabeza.
—¡Ups! Un accidente lo tiene cualquiera, además, todos sabemos que
ninguna madre puede vivir sin su hija —rió para sí misma de forma triunfal
mientras colocaba todo dentro de la iglesia de manera que pareciese un
accidente. En ese momento le sonó el teléfono.
—Matilda, soy Nefertiti, todo va según lo planeado ya han encontrado a
Claudia sobre la mesa ceremonial y se la han llevado a la morgue.
—Si lo sé, ahora solo falta que nuestra nueva amiga despierte esta noche
y sé dé un delicioso festín con sus forenses.
—Bien, ese será su bautizo para entrar en la hermandad.
—Hablando de festín, aquí tengo a su madre, le he dado un buen golpe
en la cabeza, pero aún respira, así que no tardéis en llegar. No quiero que se
enfríe la cena.
Entrevista a Matilda Switch

—Tengo que admitir que esta historia me ha puesto los pelos de punta.
—¡Vaya! Por fin algo le hace tilín a ese duro corazón.
—No soy tan duro como aparento, lo que pasa es que en ocasiones
mostrar debilidad ante los demás solo hace que te pierdan el respeto.
—Quizás sea cierto, pero dígame ¿acaso no acaba de mostrar debilidad
en mi presencia?
—Sí, pero usted no cuenta señorita Switch.
—¿Por qué cree eso?
—Fíjese bien en su vida, vive atrapada en medio de un desierto que
nadie conoce, por no conocer, ni siquiera tiene nombre.
—Quizás sea porque no quiere ser conocido por nadie.
—Puede que sea eso, pero la verdad es que se me hace muy raro este
lugar al que nadie llega. He estado mirando todo el rato y no ha pasado por
aquí ni una mosca ¿no le parece a usted raro?
—No, aquí hace demasiado calor, hasta para ellas.
—¿Y por qué vive aquí entonces?
—Me gusta el calor y la soledad —contestó Matilda levantándose del
viejo sofá.
—No lo creo, este lugar no figura ni en los mapas. Créame, lo mire antes
de venir.
—¿Y por qué decidió venir entonces, escritor?
—La curiosidad pudo más que mi cautela.
—Ya sabe el dicho, la curiosidad mató al gato.
—En mi caso yo mataré antes a la curiosidad, pero ahora dígame ya sin
rodeos ¿por qué está aquí?
—Digamos que pregunté más de la cuenta.
—¿Qué clases de preguntas tiene que hacer una persona para acabar en
este lugar?
—Solo una.
—¿Cuál?
—No debería ser tan curioso escritor, mire donde terminé yo por serlo,
¿acaso quiere hacerme compañía? —El joven la miró seriamente a los ojos.
—Como puede comprobar, escritor, mi infancia transcurrió en un orfanato y
luego, tras cumplir los trece años, fui adoptada.
—¿Fue adoptada con trece años? — preguntó sorprendido. —No es
normal que una familia adopte a una chica mayor.
Matilda se levantó del sofá y fue de nuevo a la cocina para poner la vieja
taza de té sobre la encimera. Tras volver y sentarse le dedicó una amplia
sonrisa a su recién estrenado amigo.
—En su mundo, puede, pero en el mío todo es posible. Además, esa
familia tenía mucho dinero y para una bruja en prácticas, eso es muy
importante. Ya que te permite moverte por todos lados sin tener que rascarte
demasiado el bolsillo.
—Me dijo que fue adoptada por una familia, pero según dijo en el relato
que me acaba de contar solo nombró a un viejo.
—Sí, es cierto, es que tras mi paso por su casa la gente fue muriendo o
desapareciendo misteriosamente. Ya sabe, no quería que nadie se
interpusiera entre el dinero y yo. A menos herederos más fortuna.
—O sea, me quiere decir que… ¿Asesinó a esas personas?
—A todos a la vez no, uno por uno y por supuesto cuidando al máximo
al dueño de la fortuna para que me legara todo en su testamento. Una vez
terminé el instituto, comprando las notas claro, entré en la universidad, pero
no para estudiar enfermería, si no criminología.
—¿Quiere decir qué?
—Sí, nada más terminar la carrera y tras morir mi padre adoptivo me fui
a vivir a Whitby para trabajar como inspectora de policía.
El puerto de la sirena

Noche del 31 de octubre de 2017

Puerto de Whitby, tres de la madrugada, un cuerpo flota en el agua


oscura. Unos marineros lo vieron cuando salían a faenar como cada
madrugada y sin dudarlo llamaron a la policía.
Nada más saber la noticia y que no era el primer cuerpo en aparecer
flotando en esas aguas, la inspectora Harley Thomas, se presentó en el lugar
de los hechos en menos de cinco minutos.
—¿Quién ha descubierto el cadáver? —pregunta a uno de los agentes
presentes.
—Han sido esos dos marineros, inspectora Thomas —contestó el agente
mientras señalaba a dos hombres de mediana edad sentados en el bordillo
trasero de una de las ambulancias.
—Voy a hablar con ellos, avísame cuando llegue el forense.
Harley fue hacía los hombres y, sin dejar de prestarles atención, sacó del
bolsillo de su cazadora de cuero negro una pequeña libreta azul y un
bolígrafo.
—Buenas noches, soy la inspectora Thomas —se presentó —, ¿podrían
contarme lo sucedido?
—Pues verá, inspectora —se levantó el mayor de ellos, con barba blanca
de varios días vestido tan sólo con un mono azul marino de trabajo y una
enorme gabardina negra. —Estábamos mi compañero y yo saliendo a
faenar, como cada madrugada, cuando al encender los faros del barco vimos
algo flotando en el mar. En un primer momento pensamos que se trataba de
un tronco o desperdicio enredado en alguna red de pesca, pero, al ir
acercando el barco un poco más, nos dimos cuenta de que era un cuerpo.
—¿Vieron algo sospechoso por los alrededores?
—No, todo estaba muy tranquilo, es decir, más tranquilo de lo normal.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Bueno que hay luna llena y que, normalmente, se suelen reunir aquí
más pescadores ya que, no sé si usted lo sabe, siempre se pesca más cuando
hay luna llena.
—¿A quién echan en falta?
—Bueno, Peter y Simon hoy estaban de bodorrio, pero por el contrario
Sam y Charles no se perderían una noche así, me extraña mucho que no
hayan venido. Pero bueno, seguro que se alegrarán de no haber venido.
—¿Y eso por qué?
—¿Con la que se ha montado aquí?, sin duda, estarán mejor en su cama
que aquí viendo un cadáver y calados hasta los huesos por esta intensa
lluvia que nos está azotando desde hace más de una hora.
—Inspectora Thomas —interrumpió uno de los agentes —, el forense ya
está aquí. La está esperando para examinar el cadáver.
—Ahora mismo voy, agente.
—¿Podemos irnos ya? —preguntó uno de los marineros.
—Aún no, mis compañeros van a tomarle declaración por escrito, así
que pónganse cómodos, ya que la noche va a ser bastante larga para todos
—. Se dio media vuelta y fue en busca del forense, que como ya veía de
lejos estaba arrodillado al lado del cadáver.
—Inspectora, cuanto tiempo pensé que tardaría más en verla. Pero por
desgracia me equivoqué—. Harry Jones era el forense de la comisaría de
Whitby. Llevaba menos de un año dentro y ya había estado inmerso en
varios casos complicados. El último de ellos, y el más difícil, el del asesino
del puerto. Tenía cuarenta años, lucía un cuerpo bien cuidado, musculado y
un impresionante cabello negro que realzaba sus ojos azules.
—Ya veo que no soy de su agrado doctor Jones.
—Dejemos ya el tema, inspectora, nuestro cadáver tiene prioridad por el
momento.
—Pues vamos al asunto, ¿qué puede decirme tras su primera valoración?
—Pues lo que ambos sospechábamos.
—¿Quiere decir qué?
—Sí, es otra víctima del asesino del puerto. Presenta claros indicios de
violencia y, como en los otros cadáveres, el cuerpo está totalmente seco. No
tiene ni una sola gota de sangre.
—No lo entiendo, ¿cómo es posible matar a una persona y nadie vea
nada? Y peor aún, ¿cómo lo hace para no dejar sin ni una gota de sangre a
sus víctimas? No hay restos en ningún sitio, nada que pueda darnos una
pista de cómo hace que se desangren por completo.
—Tranquila Harley, seguro que con tu astucia vas a coger a ese asesino
pronto.
—¿Tú crees? No las tengo todas conmigo, es la cuarta víctima y aún no
hemos podido encontrar ni una sola pista. Por lo visto, le gusta matar
solamente durante la luna llena. En la anterior que hubo fueron tres los
marineros que aparecieron muertos.
—Yo creo en ti, por eso me enamoré nada más verte sentada en aquella
mesa rodeada de papeles por todas partes y esa melena rubia tan sexy que
solo te sueltas para mí.
—¡Vaya! —contestó sonrojada — Sin duda sabes cómo levantarle el
ánimo a una, y eso que decías que el cadáver era quien tenía la prioridad.
—Sí bueno, a veces uno debería pensar antes de hablar y no a la inversa.
—Bueno, será mejor que dejemos el tema antes de que mis hombres se
den cuenta de lo que hablamos y empiecen a cuchichear entre ellos.
—Pues lo dicho —le guiñó un ojo —, por el estado del cuerpo y la
temperatura del hígado, lleva muerto aproximadamente dos horas. Causa de
la muerte probable, desangrado hasta morir, shock hemorrágico.
—Vaya moraleja morir desangrado justo en Whitby, la ciudad que vio
nacer la historia de Drácula —susurró Harley.
—¿Quién le iba a decir a Brad Stoker que su historia se haría realidad
casi un siglo después de crear a su famoso conde?
—¿Qué pensaría? Pues que el mundo está más loco de lo que él pensaba.
—En serio ¿No crees en vampiros?
—Yo creo en realidades, no en personajes de cuentos de Halloween. Así
que, si me disculpas, voy a seguir con mi trabajo, que es atrapar al psicópata
que está dejando seco a estos pobres hombres mientras los demás lucen su
disfraz de monstruo.

1 de noviembre de 2017

—Inspectora Thomas— se acercó uno de los agentes que investigaban el


caso del puerto —, ha llegado el informe de la autopsia de la última víctima
del puerto.
—Perfecto, estaba esperándolo desde hace horas.
—Antes de que abra el informe, quería comentarle que no hay buenas
noticias.
—¿Qué quieres decir?
—Como en los otros dos casos, el asesino no ha dejado ninguna huella.
—Maldita sea, no me lo puedo creer.
—Aún hay más.
—¿Más? Pues hable ya agente Smith
—Ha aparecido otro cuerpo flotando en el puerto y me temo que se trata
del marinero que acompañaba en el barco a nuestra primera víctima.
—¿Quiere decir que se trata de Charles, el compañero de Sam? ¿El
marinero que encontramos de madrugada?
—Sí, hemos encontrado su documentación dentro del bolsillo de su
gabardina.
—Entonces, los atacó a los dos a la vez, pero ¿cómo es posible?
—Dentro de la fatalidad le diré que la víctima tenía bien apretado en la
mano derecha el móvil y creemos que grabó algo antes de morir.
—¿Cree que podrá salvarse la grabación a pesar de que el móvil estuvo
sumergido en el agua?
—No lo sé, ahora mismo está en manos del técnico, pero si hay
novedades será la primera en saberlo inspectora.
—Gracias por la información, Smith.
Mientras salía su compañero del despacho, Harley se quedó pensativa
mirando por la ventana con la esperanza de que hubiese algo grabado en
aquel móvil y pudiese verse.

2 de noviembre de 2017

—Inspectora Thomas, buenas noticias, tenemos la grabación de los


últimos minutos de vida de Charles y le puedo asegurar que no tiene
desperdicio.
—¿Qué quieres decir?
—Será mejor que venga y lo vea por usted misma.
—¿Tan mal está la cosa?
—Juzguelo usted misma —Harley acompañó al agente Smith hasta la
sala de ordenadores donde le esperaba el técnico de informática sentado
delante de la pantalla.
—A ver inspectora, no sé cómo se va a tomar esto, pero la verdad es que
es algo que no he visto nunca, y mire que me he tenido que enfrentar a
muchas imágenes extrañas, pero le puedo asegurar que ninguna como esta.
—Adelante —bajo la atenta mirada de Harley, el técnico le dio al play y
en cuestión de segundos empezó a verse las últimas imágenes grabadas por
la víctima.

—Sam ven rápido, no te puedes perder esto —gritaba Charles desde la


cubierta de su barco con un hermoso fondo estrellado detrás de él.
—Estoy en el camarote preparando el set de pesca, graba lo que sea, yo
después lo veo —protestó Sam.
—Lo estoy grabando, pero necesito que lo escuches por ti mismo, es
algo extraordinario.
—Siempre dices lo mismo y después es una tontería.
—Que no… ¡Sube ya!

Mientras esto sucedía Harley veía en pantalla como Charles grababa el


fondo del mar, que se veía más claro de lo normal por la luna llena.
—¿Se puede subir el sonido a ver qué es lo que está escuchando
Charles? —le preguntó Harley al técnico.
—Lo voy a intentar, pero no sé si va a ser posible ya que como el móvil
estuvo sumergido algunas horas y la tarjeta de memoria ha perdido bastante
calidad.
—Haz lo que puedas.
Al instante, y tras algunos arreglos, se empezó a escuchar de fondo el
dulce sonido de una melodía.
—¿Escucha eso inspectora? Es un sonido maravilloso —gritó el agente
Smith situado al lado de Harley.
—Yo no escucho nada ¿está seguro de que se escucha ese sonido? —
protestó Harley.
—Sí, y es un sonido muy hermoso.
Mientras decían esto vieron en pantalla como los dos hombres presos de
ese sonido que, solo ellos podían escuchar, se asomaban a la barandilla del
barco para buscar su origen.

—Creo que está debajo del barco —dijo Sam.


—¿Crees que es una ballena?
—¿Tan cerca del puerto? Nunca he visto una, pero quizás se haya
desorientado —dijo Charles.
—Mira se mueve algo en el agua, enfoca con el farolillo para que la
imagen se vea más nítida —Sam cogió el farolillo y enfocó directamente
sobre el movimiento del agua.
—Es cierto, hay algo debajo.
Justo en ese momento algo salió del agua a toda velocidad y arrastró a
Sam al agua.
—¡Dios mío Sam! ¿Dónde estás? ¡Socorro, socorro! —gritaba Charles
sin dejar de enfocar con su móvil el lugar por el que había desaparecido su
amigo. En ese mismo momento, algo volvió a salir del agua y, con la misma
velocidad de antes, arrastró a Charles al agua dejando un halo de
oscuridad a su paso.

—¿Ha visto eso inspectora? —Harley permanecía callada sin decir nada
y con cara de asombro —Detenga la imagen justo en el momento en el que
sale esa cosa del agua, por favor —consiguió decir al fin.
El técnico hizo lo que le dijo Harley, detuvo la imagen justo en ese
momento y lo que vieron los dejó sin habla. Unos ojos saltones y una
enorme boca llena de dientes emergieron del agua acompañados de unos
enormes brazos huesudos terminados en garras afiladas. Pero eso no fue lo
que más llamó la atención de Harley, sino el enorme barco que parecía ser
de otra época, con una enorme sirena colgada en la proa que, como por arte
de magia, entró en escena al salir aquel ser del agua.
—¿De dónde demonios ha salido ese barco? —señaló Harley a la
pantalla.
—No tengo ni idea —contestó el técnico. Antes de salir esa cosa del
agua, no había nada.
—¿Es qué no lo reconocen? —gritó el agente Smith.
—No, ¿usted sí? —preguntó Harley.
—¡Claro! Ese es el barco que apareció hace cincuenta años,
aproximadamente, justo a los pies de la Abadía de Whitby.
—Esto es cada vez más tenebroso —protestó el técnico.
—Y que lo digas, ese es el lugar donde Brad Stoker ocultaba a Drácula
durante el día —contestó Smith.
Harley se quedó mirando fijamente a la pantalla y sin mover ni siquiera
un músculo.
—Y ahora aparte de ser la casa secreta de Drácula es el escondite de
nuestro asesino …
La cosa no pintaba nada bien, pensó Harley secándose el sudor de la
frente, pensando en la mejor manera de salir de esta sin perder nada en el
camino. Las imágenes estaban ahí, nítidas y contundentes, no había margen
para ningún error. El puerto de Whitby ocultaba un monstruo y Harley no
estaba segura de querer atraparlo y terminar con una maldición que venía de
años atrás.

3 de noviembre de 2017

—¿Cómo estás tan seguro de que ese barco apareció en el puerto hace
cincuenta años? —le preguntó Harley a Smith mientras conducía.
—Verá inspectora, mi abuelo es marinero y ha dedicado toda su vida a
trabajar en el mar, por eso le puedo asegurar que él conoce todos los
secretos de este puerto.
—¿Qué edad tiene tu abuelo?
—Tiene ochenta años y una memoria de uno de treinta, lo único que por
desgracia le ha atacado por culpa de su edad es la ceguera.
—¿Está ciego?
—No ciego, pero ve poco, y solo nos puede reconocer por nuestras
voces, ya que las caras las ve bastante borrosas.
—Vamos pues a ver que sacamos de todo esto.
Un rato después y tras pasar por varias calles de la ciudad, llegaron a una
pequeña casa situada muy cerca del puerto desde donde se veía la Abadía.
—Entre inspectora, mi abuelo nos espera desde hace rato —el agente
Smith abrió una enorme puerta de madera que chirrió nada más empujarla.
—James, ¿eres tú? — gritó un hombre con voz ronca desde el fondo de
la casa.
—Sí abuelo, soy yo, he traído visita.
—Entra hijo, estoy en el salón.
Tras pasar por un estrecho pasillo, llegaron al salón donde estaba sentado
el abuelo en un enorme sillón de cuero escuchando la radio.
—Abuelo, te presentó a la inspectora Thomas —mientras hacía las
presentaciones el anciano se puso de pie y alzó su mano para dar la
bienvenida a Harley.
—Encantada de conocerle señor Smith —Harley alzó su mano derecha
para saludar al anciano que, por unos instantes, se quedó pensativo mirando
hacia ella.
—¿No nos hemos visto antes inspectora Thomas? Su voz me resulta
muy familiar, y no sé por qué.
—No, esta es la primera vez que nos vemos señor —Harley se puso
tensa y dio dos pasos atrás.
—Bueno, serán cosas de la edad, decidme ¿qué os ha traído a mi
humilde morada?
—Abuelo, necesito que nos hables del barco de la sirena, ese que
apareció misteriosamente en el puerto cerca de la Abadía.
—¿Y por qué queréis saber sobre ese barco? No debéis acercaros a él,
ese barco está maldito. Solo ha traído desgracias desde que llegó hace ahora
cincuenta años.
—¿Maldito? ¿Por qué dice eso? —preguntó Harley mientras se apartaba
lo más posible del anciano que, con cada segundo que pasaba, se ponía cada
vez más nervioso.
—Allí habita el diablo y no quiero que te acerques allí, ¿me entiendes
James? No te acerques a ese maldito barco. Y usted inspectora, haga lo que
tenga que hacer, pero deje en paz a mi familia, ¿me oye inspectora? De lo
contrario, se arrepentirá.
Harley salió corriendo de allí sin mirar atrás escuchando a lo lejos los
gritos del anciano que cada vez eran más fuertes.
—¡¿Me oye bien inspectora?! ¡Haga lo que tenga que hacer, pero deje en
paz a mi familia!
Harley se detuvo en la entrada y esperó a que saliera el agente Smith
que, rápidamente, corrió detrás de ella.
—Lo siento inspectora, no sé qué le ha podido pasar a mi abuelo. Él,
normalmente, es más educado con las visitas, pero esta vez se ha
comportado como un lunático y la verdad no entiendo la razón.
—No se preocupe agente Smith, ahora lo que debemos hacer es ir a ese
barco y ver si se esconde ahí nuestro asesino
—¿Usted cree? Mi abuelo ha dicho que …
—¿No creerá en las supersticiones agente? Además, tenemos que
aprovechar la luna llena, de lo contrario, la oscuridad nos va a dificultar
encontrar a ese psicópata.
—¿Va a ir de noche a ese lugar?
—Pues sí, así que prepárese agente Smith porque esta noche vamos a
atrapar a ese asesino.
—Entonces voy a avisar a los agentes para preparar un operativo.
—¡No! —sentenció la inspectora.
—¿No? ¿Por qué no? —preguntó extrañado el agente. Normalmente, en
ese tipo de operaciones, se suele llevar un equipo de apoyo.
—¿No te das cuenta Smith? Si llamamos al resto, no conseguiremos el
ascenso que estamos esperando desde hace tiempo. Tú inspector y yo
capitán de la comisaría ¿Te imaginas? Todos se van a poner a nuestros pies.
—Pero…
—Pero nada, nos vemos en la Abadía de Whitby a las once de la noche.
—De acuerdo inspectora.
—Y tenga cuidado de no pisar las tumbas que rodean la Abadía, no
quiero que también esta noche se vayan a enfadar con nosotros los muertos.

Once de la noche del 3 de noviembre de 2017

El agente Smith llegó a la hora acordada con la inspectora a la Abadía de


Whitby, conocida en la ciudad por ser el lugar donde Brad Stoker escondía
a su personaje Drácula durante el día. Ahora, en medio de la oscuridad de
la noche y con la escasa luz de la luna llena sobre ella, Smith comprendió
por qué la eligió Stoker para este fin. Con sólo ver las ruinas, se le ponían
los pelos de punta y eso que aún no había visto el cementerio que estaba en
la parte trasera.
—Inspectora Thomas ¿Está por ahí? —gritó Smith mirando en dirección
a la Abadía.
—¿Por qué gritas Smith?
—¡Inspectora! —se sobresaltó al escucharla —No la he visto llegar, ¿por
dónde ha subido?
—Por el mismo sitio que tú Smith, me extraña que no me vieras.
—Pues no, no la he visto.
—Vamos a cruzar el cementerio para bajar por el sendero hasta el puerto.
—Pero usted dijo que era mejor no pisar las tumbas.
—Era broma Smith ¿no creerás en fantasmas ni nada de eso?
—No, pero… ¿Por qué lleva ese vestido blanco? Nunca la había visto
vestida de esa manera inspectora.
—Y… ¿Te gusta?
El agente la miró desconcertado ante su insinuación
—Creo que será mejor que bajemos de una vez al puerto. — contestó
Smith alejándose de la inspectora y evitando darle una respuesta, aunque
debía reconocer que estaba muy guapa con el vestido, pero había algo en
ella que le daba mala espina y no sabía el qué.
Smith echó a caminar dejando atrás a Harley que, atónita, lanzó una
carcajada ante el rechazo del agente.
—¿No me tendrás miedo Smith?
— No sé qué decirle inspectora, está usted muy rara.
—Llámame Harley. Y dime ¿qué te parece tan raro? —Harley se acercó
a Smith peligrosamente, pegando sus labios a su oído para susurrarle —
Hueles muy bien ¿lo sabías?
—Creo que será mejor que nos vayamos —contestó alejándose un poco
de ella.
—¿Por qué? ¿No te gusta lo que ves? —Smith la tenía tan cerca que no
pudo dejar de fijarse en su melena rojiza moviéndose al son del viento que
le llegaba a la cintura y ese vestido blanco sin mangas que dejaba poco
trabajo a la imaginación. Pero lo peor eran esos labios carnosos color cereza
que por momentos lo dejaban sin sentido. —Dime Smith, ¿no te parezco
atractiva?
—La verdad es que… me parece usted encantadora, pero no por eso deja
de asustarme inspectora.
—A ver Smith, cuéntame… ¿Qué te da más miedo de mí? —mientras
Harley decía esto, se acercaba peligrosamente hacía donde estaba el agente,
que por un momento quedó hipnotizado ante ella.
—Bueno… la verdad es que… —iba a terminar la frase cuando sonó el
móvil. Miró la pantalla y vio que era el número de su hermano.
—¿Qué pasa Frank? —contestó rápidamente y sintió cierto alivio al
haber sido interrumpido en ese momento.
—Es el abuelo, James, está muerto.
—¿Cómo?
—No lo sé, he venido a visitarlo como todas las noches y lo he visto en
el salón tumbado en su sillón con los ojos abiertos de par en par y la boca
abierta. He intentado reanimarlo, pero ya era tarde, su cuerpo estaba helado.
En ese momento el móvil empezó a hacer un ruido muy raro.
—Frank, no te oigo bien, ¿me oyes? ¡Frank! ¡Frank!
—¡Déjalo ya! Él no te puede oír —Harley golpeó con fuerza el teléfono
que tenía en la mano James y lo tiró muy lejos.
—¿Has sido tú?
—Te voy a contar algo, no me gustan los entrometidos y tu abuelo lo era
—Harley se acercaba cada vez más a James.
—Pero él era un pobre anciano.
—Ahora vamos a dejar de hablar de él y centrémonos en nosotros. Te
voy a contar un secreto.
—¿Estás loca? ¿De qué secreto estás hablando ahora? ¡Has matado a mi
abuelo! — Gritó James mientras la inspectora caminaba hacia él haciendo
que fuese dando pasos hacia atrás para, finalmente, quedar atrapado entre la
pared de piedra de la abadía y el cuerpo de Harley.
—Todos dicen de nosotras que somos seres maravillosos, llenos de
belleza y que poseemos una voz hipnotizadora capaz de enamorar a
cualquier hombre. ¿Sabes de lo que estoy hablando?
—¿Estás diciendo que eres una sirena? ¿En serio?
—Sí James, exactamente eso. ¿Y sabes de qué nos alimentamos?
—Creo que prefiero no saberlo.
—Cada luna llena —siguió hablando, ignorando completamente a James
—, volvemos a nuestros orígenes y salimos de caza en busca de hombres.
No es la sangre lo que nos interesa, sino su fuerza vital
—Por eso las víctimas aparecían secas. Todos esos hombres… ¿Fuiste
tú? ¡Eres un monstruo!
—No hace falta insultar…
—No sólo eres un monstruo, además eres enrevesada. ¿Cómo se te
ocurrió hacerte pasar por inspectora durante tanto tiempo?
—Es el disfraz perfecto. Yo llevo los casos, controlo todos los
movimientos y vosotros sois simples piezas de un ajedrez hecho a mi
medida. ¿Monstruo? No, los monstruos son los que matan por no saber
aceptar un no o los que critican el amor de dos personas simplemente por
no entenderlo, nosotras lo hacemos por sobrevivir.
—Ya que estás confesando todo, tengo dos preguntas para ti. En esta
luna llena han aparecido dos hombres, ¿quién es el tercero? Y ¿qué tiene
que ver ese barco con todo esto? —mientras hacía las preguntas intentó
alejarse lo más posible de Harley.
—El barco es nuestra sala de reuniones, el lugar donde planeamos todo,
¿qué crees que soy solo yo? Pero dejemos eso y centrémonos en la tercera
víctima de esta luna llena, ¿quién crees que pueda ser?
James se temió lo peor cuando Harley lo acorraló contra el muro y apoyó
ambos brazos a los lados de su cuerpo.
—Hueles muy bien, ¿lo sabías? Tengo tanta hambre que tu aroma me
está volviendo loca —en ese momento, los ojos de Harley se volvieron
rojos como la sangre y sus esbeltos brazos se convirtieron en garras
afiladas. James, como pudo, la empujó y salió corriendo a toda velocidad
dirección al puerto —¿Crees que vas a escapar de mí? —rio con amargura.
James corrió con todas sus fuerzas y logró alcanzar el acantilado. Buscó
con la mirada un camino a seguir hasta que lo encontró y empezó a bajar
por él. Mientras descendía lo más rápido que podía, sus oídos empezaron a
escuchar la misma melodía de la grabación del móvil de Charles. Era tan
hermosa que, por un momento, le hicieron perder el sentido y, para su
desgracia, se escuchaba cada vez más cerca. Logró alcanzar el puerto en
pocos minutos y divisó a los lejos el barco con la sirena situada bajo el
mástil de proa. Sabía que correr hacía él era muerte segura, así que fue en la
otra dirección, aquella que le conducía a la ciudad. El maldito sonido de la
melodía era cada vez más fuerte y lo envolvió de tal manera que le hizo
perder el equilibrio haciendo que cayese de rodillas. Cuando levantó la
cabeza para mirar al frente se encontró con Harley.
—Se acabó el juego chaval.
Sin más, lo levantó del suelo como si fuera una pluma y empezó a
degustar su exquisito menú.
James no podía hacer nada, tan sólo ver cómo ese monstruo mitológico
le arrancaba la vida mientras saboreaba poco a poco su energía vital.

4 de noviembre de 2017

—¡Inspectora Thomas! No va a creerse quien es la tercera víctima —dijo


un consternado agente.
—¿Quién es?
—El agente Smith.
—Pero ¿cómo es posible? ¿Qué hacía el agente Smith en el puerto de
madrugada?
—No lo sé, pero el forense ya está con él.
Harley fue directamente hacía el lugar donde se encontraba el forense
examinando el cuerpo.
—Y bien doctor, ¿cuál es su diagnóstico inicial?
—Lo mismo que las otras víctimas, seco hasta morir.
—¡Maldita sea! ¿No tiene suficiente con los marineros que también
atacan a los míos?
—Pues sí Harley, pero te diré más tras la autopsia.
—Esperaré el informe con impaciencia.
—Te lo llevaré yo mismo al despacho.
—De acuerdo. Debo irme, tengo que examinar el lugar del crimen y
redactar un informe, nos vemos luego.
Harley estaba caminando en dirección al puerto cuando escuchó el
sonido de la voz del forense.
—¡Harley, espera! Quiero hacerte una pregunta.
—Dispara.
—¿Dónde estuviste anoche? Fui a tu casa a llevarte unos informes y no
estabas.
—Si te dijera la verdad, tendría que matarte. Así que confórmate con
saber que estaba preparándome para ti.
Mientras caminaba hacia la escena del crimen para tomar los supuestos
datos y así redactar su informe, Harley no podía dejar de pensar en la
próxima luna llena y en lo bien que lo iba a pasar durante todas esas
semanas en compañía del forense. La verdad era que necesitaba ser madre y
el doctor Jones tenía todas las cualidades que ella buscaba en un hombre
para engendrar a la que sería su heredera.
Entrevista a Matilda Switch

—Realmente me ha dado mucho que pensar esta historia señorita


Swicth, sobre todo el final.
—¿Y por qué el final?
—Bueno, me pareció muy interesante descubrir que era la inspectora
Thomas la causante de todas esas muertes, en fin, que era la sirena.
—Si lo piensas bien, la sirena fue muy inteligente, ya que eligió la
tapadera perfecta. Podía matar tranquilamente y luego encubrir su rastro sin
dejar pistas.
—Todo un genio del mal sin duda alguna.
—Según como se mire, todos tenemos que sobrevivir de una forma u
otra.
—¿Puede contarme cómo lo descubrió y cómo es que sigue viva para
contarlo?
—Soy una cazadora de leyendas y mi trabajo es descubrir y ver lo que
otros no ven por miedo o quizás por no querer ir más allá de lo que saben.
Yo tuve la suerte de hablar con el abuelo antes de que muriera y él me contó
su secreto. No quería morir sin que nadie más lo supiera. ¿Por qué sigo
viva? Porque quizás he sido más lista que sus víctimas, porque no he estado
en el lugar equivocado en el momento más inoportuno o quizás, porque
realmente el nombre de Harley es una tapadera y en realidad se llama
Matilda.
—¿Quiere decir que usted es Harley?
—Muchacho… ¿Y tú eres escritor? Tu imaginación junto a tu intuición
debería haberte llevado a deducir lo que acabo de decirte —contestó
levantándose del viejo sofá para hacer una reverencia al escritor.
—Esto es increíble, ahora mismo estoy hablando con una sirena asesina.
—Ex sirena asesina, ahora aquí encerrada puedo comer bien poco
durante la luna llena.
—¡Cierto! Y ¿qué historia me va a contar ahora?
—¿Cree en las segundas oportunidades escritor?
—La verdad es que no, creo en lo que veo.
—Pues entonces imagino que esta historia no le va a interesar nada.
—¿Y eso por qué?
—Porque es la historia de un barco fantasma que va por ahí de un lado al
otro en busca de nuevas víctimas.
—¿Se trata de un caso real o una historia basada en sus experiencias?
—¿Por qué quiere saberlo?
—El saber no ocupa lugar, sirena.
—Todo lo que yo le cuento es real y más cuando se trata de mi vida,
escritor. Con el paso de los años terminaron por destapar mi tapadera en
Whitby y tuve que buscar alternativas para sobrevivir. Una de ellas fue
partir mar adentro con mi barco fantasma.
En la oscuridad del océano

—Que si Ángela, que el museo del Titanic es una maravilla. ¡Qué pena
que no hayas podido venir!
—No te preocupes Cristina, dime ¿cuánto tiempo te vas a quedar en
Southampton?
—Pues no lo sé.
—¿Crees que escribir un libro de misterio dedicado al Titanic va a ser
rentable?
—Pues si quieres que te diga la verdad, no lo sé, pero es algo que quería
hacer desde hace mucho.
—Está bien, bueno ahora tengo que dejarte, tengo que llevar a las niñas
al colegio.
—Vale, no te preocupes, dales un beso de parte de su tía Cristina.
—Se lo daré y no te olvides de llamarme esta tarde, ¿de acuerdo?
—De acuerdo hermana.
Llevaba tanto tiempo soñando con estar en la ciudad desde donde había
partido el Titanic que, ahora que estaba en el museo SeaCity, no me lo
podía creer.
—Señorita, si quiere fotografiar el barco tiene que quitar el flash a la
cámara.
—Lo siento —contestó sonrojada —, con la emoción no me había dado
cuenta.
El vigilante de seguridad sonrió levemente y continuó vigilando sin
quitarme un ojo de encima.
—Siempre es igual —me susurró una voz a mi espalda.
—Perdón, ¿qué? —me giré rápidamente.
—El segurata, siempre está así, vigilando a los turistas —la voz
pertenecía a un chico de unos treinta años, con una imponente sonrisa que
sobresalía sobre la tez morena de su piel.
—Bueno, imagino que forma parte de su trabajo —me giré de nuevo
para seguir fotografiando la maqueta.
—Sí, pero no creo que esté dentro de sus funciones agobiar a los demás,
por cierto, mi nombre es Henry.
Me giré de nuevo hacía él para darle la mano.
—Mi nombre es Cristina.
—Y dime Cristina, ¿qué hace una chica como tú en un lugar como éste?
—No creo que sea asunto suyo —le miré molesta por la pregunta.
—Bueno —puso las manos en alto en son de paz—, sólo era una manera
inocente de sugerirte una visita más interesante que esta, pero veo que no
estás abierta a nuevas opciones.
—A ver no te hagas el ofendido y dime, ¿a qué clase de opción te
refieres? Mucho cuidado con lo que vas a decir.
—¿Crees que soy un salido o algo así? —sonrió.
—No lo sé, en los tiempos que corren ahora mismo, todo es posible.
—Pues nada más lejos de la realidad señorita, lo único que quería
ofrecerle era un paseo en barco por encima de los restos del Titanic, pero
ahora mismo, y tras su insulto, no sé si estaré disponible —dio media vuelta
y echó a andar.
—¡Espera! —salió detrás de él. —¿estás hablando en serio? ¿Una ruta en
barco por el lugar donde se hundió el Titanic?
—Veo que estás bastante puesta en la historia.
—Más de lo que crees y ¿cuándo sería esa ruta?
—Pues ahora mismo, si te parece bien. ¿Te apuntas?
Cristina lo miró dubitativa, ese completo desconocido le estaba
brindando la oportunidad de cumplir el sueño de su vida. No estaba segura
de aceptar o no. Finalmente pensó en que había ido hasta allí para vivir una
aventura y que no podía dejar pasar esa oportunidad.
—¡Por supuesto que me apunto! ¿De dónde sale el barco?
—Desde el puerto de Berth, amarre número cuarenta y cuatro.
—¡Madre mía! Es el mismo lugar desde donde partió el Titanic hacía
Nueva York.
—Pues sí, mi abuelo era uno de los jefes de la compañía White Star
Line.
—Esa era la compañía a la que pertenecía.
—La verdad es que me tienes muy sorprendido con tus conocimientos
sobre el navío más famoso de la historia. Si te parece, nos vemos a las siete
en el puerto.
—¿Por qué vamos a salir de noche?
—Te aseguro que con la oscuridad la aventura será mucho más real.
El chico en cuestión parecía de otro tiempo, vestido con aquellos
pantalones de tela con tirantes grises, camisa blanca y chaleco a juego.
Llevaba una gorra puesta que le ocultaba un pelo de color rubio oscuro y
completamente lacio. Cristina se quedó allí muy quieta pensando en lo bien
que se había metido en su papel de capitán de otra época y se maravilló
consigo misma pensando en la tremenda aventura que le esperaba.

Llevaba más de media hora esperando en el puerto de Berth y no había


aparecido nadie. Lo único que se escuchaba, además del mar, eran voces.
Pero, por más que miraba, no veía a nadie por ninguna parte. Niños
jugando, gente hablando entre ellos y hasta gritos de pescadores tras
terminar la faena, pero allí no se veía ni un alma. La oscuridad no era
precisamente agradable y el frío mucho menos, pero algo le decía que no se
fuera de allí.
—¿Hace mucho que esperas? —giró en redondo al escuchar aquella voz
a su espalda.
—Pero ¿de dónde demonios has salido? —gritó asustada.
—De aquí —alzó la vista y vio delante de ella un imponente barco de
vela con una sirena de madera en la popa clavada como un estandarte.
—Pero ¿cómo ha llegado este barco hasta aquí? Antes no había nada
atracado en el puerto, es imposible que llegaras sin que me diera cuenta.
—Pues lo hice y, como ves, he sido más rápido que tus sentidos. Aunque
tienes que aceptar que la oscuridad de este puerto tampoco ayuda
demasiado a la vista.
—No sé qué decirte, la verdad es que un barco así no se puede …
—Deja ya de hablar y sube de una vez antes de que me arrepienta de
haberte ofrecido esta aventura.
—Yo, la verdad es que… —Miró al chico de arriba a abajo y se dio
cuenta de que seguía vestido igual que por la mañana.
—Pues tú te lo pierdes, yo ya me voy —dijo mientras subía lentamente
por una escalera hecha de cuerda al barco.
—¡Espera, no te vayas! Voy contigo —gritó aun sabiendo que era
peligroso subir aquel barco salido de la nada.
—Dame la mano, te ayudaré a subir.
Una vez dentro del barco no le dio tiempo ni a reflexionar sobre si
continuar la aventura o no. Zarparon tan rápido que cuando quiso darse
cuenta ya estaban lo suficientemente lejos como para abandonar el crucero
en el que se había embarcado.
—¿Por qué tanta prisa? ¿Quién lleva el barco? No me ha dado tiempo ni
a pensar lo que quería hacer.
—Una vez que te subes en el barco ya no hay vuelta atrás.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Pues qué sería de cobardes bajarse antes de concluir la aventura, y tú
no eres ninguna cobarde ¿verdad Cristina?
—No, no lo soy —contestó a la vez que se lo repetía a sí misma una y
otra vez para convencerse, viendo como el barco se alejaba cada vez más
deprisa del puerto —. Pero eso no quiere decir que… —no pudo terminar la
frase, pues al darse la vuelta vio que allí no había nadie —Henry ¿dónde
estás? —gritó sin éxito. El chico no le contestaba.
De pronto, escuchó unos pasos y se giró rápidamente para ver si era
Henry, pero no. La figura que estaba viendo era la de una mujer ataviada
con un vestido sin mangas de color blanco que le llegaba hasta los tobillos.
Una melena larga y rojiza como el fuego. Se la quedó observando sin que
aquella misteriosa mujer le prestara atención y observó cómo se adentraba
dentro del barco. Decidió seguirla para ver hacia dónde se dirigía y observó
que se metía en uno de los camarotes.
—Señora, señora —la llamó para que se detuviese, pero no le prestó
atención. Fue corriendo hacía ella y abrió la puerta del camarote donde se
había metido. Al mirar en el interior del camarote vio que no había nadie.
Aquello era imposible, no había ninguna otra puerta por la que pudiese
haber salido de allí. Entró un poco más para inspeccionar bien la habitación
y se acercó al armario. Fue a abrir la puerta de este, cuando un fuerte golpe
la sobresaltó. La puerta del camarote se había cerrado. Intentó abrirla, pero
era imposible, alguien la había cerrado con llave.
—¡Déjenme salir de aquí, por favor! —gritó presa del pánico, pero nadie
respondió — Henry, por favor, ¿eres tú? Abre la puerta de una vez, ya está
bien de bromas —volvió a gritar.
Al verse allí encerrada, lo primero que hizo fue visualizar el lugar en
busca de una salida. El camarote era bastante pequeño, debía medir menos
de tres metros cuadrados. Dentro solo había una pequeña cama y un armario
de madera, pero ni una sola ventana. Fue hacia el armario y como pudo, ya
que pesaba bastante, lo arrastró para apartarlo de la pared y poder observar
si había alguna forma de escapar de allí. Para su mala suerte, no había
absolutamente nada. Estaba volviendo a colocar el armario en su sitio,
cuando se dio cuenta de que la puerta del camarote se abría. Miró con
atención por si había alguien, pero no fue así. Era como si la puerta se
hubiera abierto sola, pero eso no era posible.
Se acercó lentamente a la puerta y se dio cuenta de que algo extraño
estaba ocurriendo. Cuando siguió a la señora, el camarote estaba situado en
la popa del barco, pero, curiosamente, la popa había desaparecido y se había
transformado en un estrecho y oscuro pasillo con muchas puertas a los
lados, las cuales estaban completamente cerradas.
No sabía qué hacer, ¿quedarse dentro del camarote? O bien era mejor
salir e investigar. Desde luego el libro que tenía pensado escribir, iba a ser
todo un superventas.
—¿Hay alguien ahí? —gritó mientras salía lentamente. —Como si
alguien me fuese a contestar.
Un fuerte golpe volvió a llamar su atención. A lo lejos, justo en la puerta
del último camarote del pasillo, vio algo moverse. Fue lo más rápido que
pudo hacia ella, pero cuando llegó estaba completamente cerrada. Decidió
armarse de valor y tocar a ver si alguien le contestaba, pero nada. De
pronto, todas las puertas del pasillo empezaron a abrirse y cerrarse a la vez,
sin detenerse. El ruido era muy fuerte y molesto, así que me tapó los oídos
con ambas manos y cerró los ojos. De repente todo se detuvo, volvió a
abrirlos y miró a su alrededor. El escenario había vuelto a cambiar, ya no
estaba en aquel horrible pasillo sino en la cubierta del barco. Lo que antes
era cielo, ahora era como una burbuja enorme que le cubría todo el cuerpo.
—¿Qué te está pareciendo la experiencia Cristina? —Henry apareció de
pronto sorprendiéndola.
—Nada agradable, la verdad, quiero irme inmediatamente de aquí —
suplicó.
—Me parece Cristina que eso no va a ser del todo posible —contestó
saliendo de la oscuridad que hasta ese momento le cubría el rostro.
—Y eso ¿por qué? —preguntó mientras miraba aterrorizada sus ojos.
—Verás, no sé cómo decirte esto, pero como puedes apreciar ya no
estamos en la superficie del mar.
—¿Qué quieres decir con qué no estamos en la superficie?
—Pues que nada es lo que parece.
En ese momento, el barco empezó a tambalearse de un lado a otro
bruscamente, mientras todas sus piezas de madera empezaban a saltar por
los aires. Uno de los tornillos que sujetaban la proa estuvo a punto de darle
en la cara, pero sus reflejos fueron más rápidos y se apartó justo a tiempo.
El mástil se desplomó sobre la cubierta y las velas blancas sobre él. Cristina
estaba allí, impasible, sujetándose como podía al timón ya que era lo único
que se mantenía firme.
Cuando parecía que todo había acabado, el barco empezó a caer a toda
velocidad en lo que parecía un abismo. Mientras todo sucedía, Henry se
mantenía quieto en el mismo lugar sin ni siquiera pestañear. El agua hizo
acto de presencia y empezó a cubrir lentamente a Cristina dejando solo la
cabeza para poder respirar.
Henry se acercó a ella y, con una sonrisa que daba miedo, se transformó
en la mujer que había visto antes caminando por el barco. Su pelo rojizo se
movía al son de un viento que no existía.
—Bienvenida al Titanic Cristina, el barco fantasma del que nunca podrás
escapar —gritó abriendo la boca para robarle la vida.

***

—¿Le digo que mi hermana lleva un mes desaparecida y a usted le da


igual inspector?
—No es que me dé igual señora García, es que no hay ningún indicio de
que su hermana haya desaparecido en contra de su voluntad. Como usted
misma dijo en su declaración, a su hermana le gusta mucho perderse por
lugares insólitos por varios días para dar forma a las historias de sus libros,
quizás eso es lo que ha hecho ahora.
—Le digo que no, mi hermana nunca desaparece más de una semana sin
llamar.
—Bueno, sea como sea, aquí están las cintas de las grabaciones de
seguridad del museo SeaCity, donde se vio a su hermana por última vez el
doce de abril.
—Si ese fue el lugar donde contacté con ella por última vez, me dijo que
me iba a llamar por la noche, pero no fue así.
—¿Se acuerda de la hora de la llamada?
—Sí, eran las dos de la tarde.
—Bien, vamos a visualizar las grabaciones en ese intervalo de hora.
Nada más poner la cinta en marcha se vio a Cristina dentro del museo
con su cámara en la mano tomando fotos de la maqueta del Titanic.
También se vio como el responsable de seguridad se acercaba a ella
mientras Cristina hablaba por el móvil.
—Por ahora todo está normal —comentó el inspector.
—Sí, mire, ese es el momento en el que mi hermana hablaba conmigo.
Tras terminar la conversación se veía como Cristina guardaba el móvil
dentro de su bolso y seguía tomando fotos. Todo era aparentemente normal
hasta que Cristina empezó a hablar sola.
—¿Con quién está hablando mi hermana? No se ve a nadie.
—Que extraño, deje que mire en el video desde varios ángulos —
comentó el inspector y empezó a mover el ratón del ordenador para ir
abriendo todos los archivos de video que tenía de ese día. —Todo esto es
muy raro, por más que visualizo las imágenes desde todos los ángulos, no
veo a nadie hablando con su hermana —refunfuño el inspector— ¿Con
quién demonios está hablando?
—Parece tener una conversación fluida, pero ¿con quién?
—Agente, ¿el responsable de seguridad sigue ahí fuera?
—Sí inspector.
—Hágale pasar, necesito hablar con él ahora mismo.
El agente salió rápidamente del despacho para entrar poco después
seguido de un hombre corpulento de unos cincuenta años, pelo canoso y
con barba de varios días.
—Le he hecho venir para que vea una cosa y nos aclare, si es que puede,
algo —acto seguido le puso la cinta en marcha. Al cabo de unos minutos en
los que el hombre no quitó la vista de la pantalla, el inspector puso en pausa
la grabación —. ¿Me puede decir con quién está hablando Cristina García?
—Con nadie, la sala en ese momento estaba completamente vacía.
—¿Cómo que con nadie? Ha mantenido más de cinco minutos de
conversación con alguien, usted mismo ha podido verlo en las imágenes.
—Le puedo asegurar, inspector, que allí no había nadie. Eran las dos de
la tarde y el museo estaba completamente vacío.
—Entonces, ¿con quién estaba hablando?
—Sola.
—¿Sola? Ve a una mujer hablando sola en el museo y no hace nada.
—Estoy bastante acostumbrado a ver tantas cosas insólitas, que cuando
veo una no suelo prestarle atención.
—Pues que sepa que esta mujer lleva desaparecida casi un mes.
—Pues yo le aseguro que tras salir del museo aquella tarde, no la he
vuelto a ver más.
—Estaba muy cerca de ella ¿sabe de qué estaba supuestamente
hablando?
—No la entendía muy bien, porque no hablaba muy alto, pero por un
momento me pareció escuchar el lugar desde donde partió el Titanic.
—Y eso ¿qué tiene de relevante para el caso?
—No tengo ni idea, pero eso es lo que dijo.
—Yo sí sé que quiere decir —dijo la hermana de Cristina —. Ella
buscaba todo tipo de información del Titanic para su libro, a lo mejor se
refería al puerto.
—¿Al puerto? —preguntó curioso el inspector.
—Sí, yo escuche algo de Berth —dijo el guardia del museo —, quizá se
refería a esa zona del puerto.
—Muchas gracias por la información que nos ha aportado —el inspector
se levantó y le extendió la mano. Después se giró hacia la mujer. —No sé
preocupe, averiguaremos qué es lo que le ha ocurrido a su hermana.

***

—Tal y como me imaginaba, aquí nadie sabe nada de su hermana, señora


García.
—Inspector, a lo mejor vino por la noche y ese es el motivo de que nadie
la haya visto.
—¿Y qué motivo le haría hacer algo tan estúpido?
—No conoce a mi hermana, su curiosidad desmedida siempre le ha
traído muchos problemas.
—Si es así, lo tenemos muy difícil. El puerto, de noche, siempre ha sido
un lugar muy solitario.
—¿Por qué?
—Bueno, no son más que leyendas urbanas, pero muchos de los que se
han atrevido a venir dicen que se escuchan voces, las voces de las personas
que dejaron todo atrás para encontrar un futuro mejor en Nueva York y
perdieron la vida durante el trayecto.
—¿No creerá en ese tipo de leyendas inspector?
—Mi profesión me ha enseñado que nada es imposible en esta vida, ni
siquiera las voces de los muertos.
—Pero eso, ¿qué tiene que ver con mi hermana?
—No lo sé aún, pero quizás haya alguien que nos pueda ayudar.
—¿Quién?
—Un viejo pescador que vive en una de esas barracas, es el único que se
ha atrevido a vivir aquí.
Se acercaron hasta la barraca donde vivía el viejo pescador y golpearon
la puerta. Al cabo de unos segundos se escuchó la voz de un hombre en el
interior.
—¿Quién es?
—Soy el inspector de policía, Peter, ¿puede abrirnos la puerta?
—Buenas noches, inspector ¿qué le trae por aquí? —El viejo pescador
debía rondar casi los setenta y cinco años. Su pelo largo y canoso se unía a
su larga barba de varios años.
—¿Ha visto por aquí a esta mujer? —el inspector sacó una foto de
Cristina.
El hombre miró con atención la fotografía y su rostro cambió de repente.
—A esta chica se la ha llevado la muerte —dijo completamente seguro.
—¿Cómo que la muerte Peter? ¿De qué estás hablando?
—Pues de que esa chica hace mucho tiempo que dejó de estar entre
nosotros, se la llevó el diablo de mar.
—¿Crees que Cristina ha sido asesinada?
—¡Oh dios mío mi hermana! No puede ser.
—No, no ha sido asesinada.
—Entonces, ¿por qué dices eso Peter? —preguntó desconcertado.
—Porque es como digo inspector, a su hermana se la ha llevado el diablo
del mar. Observe esto —, el viejo sacó de su bolsillo izquierdo un móvil y
se lo dio al inspector —ahí va a ver un vídeo que grabé esa noche. En él se
ve que la chica subió a un viaje sin retorno.
—¿Vio que mi hermana iba a ser secuestrada y no hizo nada por
impedirlo?
—Cuando el diablo del mar elige a su presa, nada ni nadie puede
detenerlo señora.
Tras visualizar varias veces el vídeo, no podían dar crédito a lo que
estaban viendo sus ojos. El inspector decidió enviar el video para poder
verlo con detenimiento en la comisaría, aunque tenía muy claro que le
cerrarían la investigación. Lo paranormal no era bien recibido por sus
superiores, así que sacarían conclusiones tales como que la supuesta
desaparecida se había ido por su propio pie.
La hermana de Cristina se acercó al borde del embarcadero y miró con
lágrimas en los ojos el fondo del mar. Este se mantenía oscuro como la
noche. No sabe si fue víctima de una visión real o el delirio que produce el
dolor, pero mientras miraba, le pareció ver a su hermana en medio de un
abismo marino, intentando acceder a la superficie. Se acercó para ver mejor
aquella terrible imagen, pero una fuerte mano la alejó de allí.
—Señora García, nada más podemos hacer aquí. Lo mejor es que nos
vayamos ya — dijo el inspector mientras la guiaba al coche de la policía.
—Pero ¿y mi hermana?
—Sea lo que sea lo que pasó aquí, se escapa a nuestra compresión. Lo
mejor es dejar que el tiempo ponga luz a esta oscuridad.
Mientras el coche de policía se iba lentamente del puerto Berht, una
garra salió del mar y se sujetó con fuerza al embarcadero bajo la asustada
mirada de Peter detrás de su vieja ventana de madera.
Entrevista a Matilda Switch

El escritor caminaba nervioso, de un lado al otro de la pequeña cabaña,


sin parar de pensar en todo lo que acababa de escuchar.
—Matilda, ¿no irá a decirme ahora que usted es ese monstruo del que me
ha hablado?
—¿Monstruo? —dijo con indignación — Yo no soy ningún monstruo.
En ese momento, Matilda, se levantó del sofá y fue a por el escritor
furiosa. Sin darle tiempo a reaccionar, lo sujetó con fuerza con una sola
mano por la garganta y lo alzó del suelo varios centímetros como si fuera
una pluma.
—Suélteme inmediatamente —le gritó él a punto de perder el
conocimiento por la falta de aire.
—No vuelva a llamarme monstruo o la próxima vez no seré tan
benevolente —lo dejó caer al suelo y volvió a sentarse en el sofá.
Por primera vez desde que había llegado allí, el escritor se dio cuenta de
que Matilda no era una mujer normal y de que si, por alguna razón, volvía a
meter la pata con algo sería hombre muerto. Con la mano empezó a frotarse
la garganta para aliviar el dolor.
—Lo siento Matilda, no fue mi intención ofenderla — dijo el escritor
tosiendo para hacer que el aire le llenara los pulmones de nuevo.
—Sé que no lo ha hecho con mala intención, pero no vuelva a hacerlo.
No me gusta el adjetivo de monstruo. Yo tan sólo soy un ser que quiere
sobrevivir y la única manera de hacerlo era a través del cuerpo de Cristina.
Seguir con el de Harley era ya tarea imposible porque estaba siendo
perseguida por la policía. Sin embargo, el de Cristina me permitía ser libre.
Además, tampoco se puede quejar, ya que a cambio de su cuerpo yo le di a
ella su ansiado Titanic.
—No le voy a preguntar qué significa eso, solo voy a pedirle que
continúe con la historia.
—Veo que sigue algo molesto, pero sé que me perdonará tarde o
temprano —lo miró con simpatía. —Tras salir del mar, necesitaba
alimentarme porque había hecho mucho esfuerzo con todo lo de Cristina.
Sé que puede parecer estúpido, pero en aquel momento llamar la atención
atraería sobre mí el peso de la policía, así que decidí ir al cementerio en
busca de una historia que me sirviera para volver de la muerte y
alimentarme. Fue entonces cuando encontré a Aurora. Una chica
brutalmente asesinada en una cabaña del bosque.
El regreso de Aurora

Era la noche de Halloween y ya contaba con tres semanas teniendo la


misma pesadilla.
Era tan horrible que me levantaba gritando en mitad de la noche
despertando al resto de la casa. El sueño se dividía en dos partes, la primera
se representaba en la carretera, cuando en medio de la noche un cuerpo sin
vida esperaba tirado sobre el frío asfalto a que alguien viniera en su auxilio.
La otra parte se desarrollaba en un duelo lleno de gente llorando por el
difunto.
Al principio no le di importancia pensando que era algo normal debido a
mi gran
estrés diario, pero hoy, justo hoy, en una de esas terribles pesadillas mías,
he podido ver quién era el muerto y …
Y hoy justo hoy, me he cruzado con un gato negro en mitad de la calle y
sin darme cuenta, mientras observaba al gato, he pasado bajo una escalera.
Para añadir más leña al fuego, conduciendo mi coche, en mitad de la
autopista me he cruzado con un sepelio que se dirigía al cementerio de la
ciudad.
Y todo esto hoy, justo hoy que he visto que el muerto de ese frío ataúd
era yo.

***

Eran las siete de la tarde, un cuerpo yacía inerte sobre la fría nieve.
Siete menos cuarto, alguien arrastra un cuerpo sin vida por el espeso
bosque.
Seis y media, un coche se detiene bruscamente en las afueras de la
ciudad, justo en el sendero que conduce al bosque.
Seis y cuarto, se escucha un disparo en la carretera.
Seis en punto, un conductor en medio de la lluvia recoge de la autopista
a una mujer que hace auto stop.
Seis menos cuarto, un hombre va por la carretera muy deprisa, ha
quedado para cenar con unos clientes en el mejor restaurante de la ciudad.
Cinco y media, sale de casa a pesar de la lluvia y le da un beso de
despedida a su mujer.
Cinco y cuarto, su mujer dice que ha tenido una pesadilla y le pide que
no vaya a la cena.
Cinco en punto, suena el teléfono en la casa de los Báez. Una voz desde
el otro lado le dice: Hoy será el último día de tu vida.
Y justo hoy, que es día treinta y uno de octubre, la noche de los muertos.

***

Lo que más me molestó esa noche es tener que ayudar a la policía en la


dura tarea de buscar pistas en aquella carretera. Por muy motivada que
estuviera y sabiendo de antemano la fama que me esperaba tras la puerta no
podía dejar de odiar lo que estaba haciendo en ese momento.
Me senté allí y empecé a narrar lo sucedido, atando todo cabo que
permaneciera suelto y, por supuesto, sin dejar ningún cadáver sin
mencionar. Al terminar el interrogatorio, sólo me quedó algo sin decir y
que, sin lugar a duda, era lo más importante de todo.
El policía me dio las gracias y me acompañó hasta mi coche.
—¡Gracias! Su ayuda nos será muy útil a la hora de resolver el caso.
Salí rápidamente de allí y sin volver la vista atrás. Giré la primera
esquina y tras bajarme del coche, deposité con cuidado el arma del crimen,
que tenía escondida bajo la guantera, sobre el contenedor de basura. Sí, la
culpable de la muerte de aquel pobre ingrato había sido yo y no había sido
nada fácil. El muy cretino estuvo a punto de no acudir a su cita en aquel
restaurante.
Esperé varias horas escondida muy cerca de la entrada de su casa
esperando su salida y cuando por fin lo vi salir y despedirse de su mujer,
supe que ese era mi momento.

***

Francisco es un feliz padre de familia y está casado con la mujer de su


vida, además es entrenador de natación en la universidad, deporte que le
apasiona, y a pesar de eso, no es del todo feliz.
Otra vez ha vuelto a tener esa maldita pesadilla, pero ¿hasta cuándo va a
tener que soportar vivir así? Con la dura culpa sobre sus hombros. Es tan
duro levantarse cada noche y sentarse en la cama empapado de sudor
mientras todos duermen. Tiene ganas de gritar y salir corriendo de allí.
Dejar su cama y alejarse todo lo posible, pero al mirar al otro lado ve a su
dulce esposa dormir tranquilamente y se acurruca junto a ella en busca de
consuelo.
Hacía ya más de diez años desde aquel día y, aún hoy, lo revivía cada
noche como si fuera real y no hubiese pasado el tiempo.
—Fue un error de juventud —se repite una y otra vez sin parar mientras
va al cuarto de baño y se lava la cara para refrescarse.
Todos estábamos borrachos, no sabíamos lo que hacíamos, además ella
no debía estar ahí —piensa mientras de nuevo se vuelve a echar agua fría en
la cara. —¿Por qué tuvo que aparecer justo en ese momento?
De repente, se escucha un fuerte portazo en la casa. Sale del cuarto de
baño y ve que su mujer sigue durmiendo plácidamente. ¿acaso el ruido
había sido su imaginación? Rápidamente vuelve a la cama y, tras
acurrucarse de nuevo junto a su esposa, cierra los ojos e intenta dormir y
olvidar lo sucedido.
Pero es imposible, ya que la misma pesadilla vuelve a repetirse de
nuevo.

***

A las ocho de la tarde, un cuerpo flota sin vida sobre la piscina de la


universidad.
Ocho menos cuarto, se escucha el sonido sordo de un disparo.
Siete y media, el entrenador de natación de la universidad se encuentra
cara a cara con su peor pesadilla.
Siete y cuarto, las luces se apagan misteriosamente mientras se escuchan
unos pasos que van directos hacía la piscina.
Siete en punto, el entrenador se lanza a la piscina para entrenar mientras
llegan sus alumnos.
Siete menos cuarto, deja sus cosas en la taquilla del vestuario y se pone
el traje de baño.
A las seis y media, el entrenador llega puntual como siempre a la
universidad de Hunting Hall, para entrenar como cada tarde a sus alumnos.
A las seis de la tarde, va conduciendo mientras escucha música en la
radio y piensa en el mensaje de su contestador.
Cinco y media, sale de su casa tras despedirse de su mujer con un fuerte
nudo en el estómago.
Cinco en punto, suena el teléfono en la casa de los Sánchez. Una voz
desde el otro lado le dice: Hoy será el último día de tu vida.

***

Andrés, el tercer eslabón perdido de esta historia, tras enterarse de la


muerte de sus dos compañeros de universidad en trágicas circunstancias,
sabe de sobra cuál será su destino final.
Al contrario que los otros dos, Andrés no ha tenido el valor de tener
familia y mucho menos enamorarse de nadie. Desde aquel día no ha podido
levantar cabeza y cada noche revive la misma pesadilla una y otra vez.
¿Por qué fue tan cobarde y no hizo nada por ella? ¿Cómo se pudo quedar
allí sentado sin hacer nada viendo como sus dos amigos se pasaban de la
raya con esa pobre chica?
Desde ese mismo día no había podido dormir nada, siempre se
despertaba gritando en medio de una terrible pesadilla. Y siempre la misma.
Él era testigo inerte de un terrible suceso que no podía impedir y que, para
su desgracia, se repetía noche tras noche. Esa había sido su vida hasta hace
tan solo tres días en que las pesadillas desaparecieron para dar paso a la
realidad. Ya no era tan solo un mal sueño, ahora veía a esa chica cada día
pasar delante de él con una sonrisa maléfica en sus labios. Para rematar aún
más su paranoia, sus dos amigos, los causantes de la tragedia habían muerto
en extrañas circunstancias y con tan solo un día de diferencia. Dos días, y él
era el tercero, tres días igual que la tortura a la que sometieron a esa pobre
chica en aquella cabaña del bosque.
La dejaron morir allí de hambre y frío, sola en medio de la nada. Tres
días de larga agonía en una vieja cabaña para impedir que hablara y contara
lo que le habían hecho tres acaudalados estudiantes de medicina de una de
las universidades más importantes del país. Y él, maldita sea, estaba entre
esos tres locos asesinos.
Ahora sabía a ciencia cierta que ella había regresado para vengarse, más
aún, cuando escuchó sonar el teléfono a las cinco en punto y dejaron aquel
mensaje en el contestador.
Hoy será el último día de tu vida.
***

A las ocho de la tarde, un cuerpo aparece de rodillas en medio de la


calzada con un tiro en la sien.
Siete y media, se escucha un disparo que alerta al vecindario de un
posible altercado.
Siete de la tarde, un hombre viene a toda velocidad por la carretera y se
detiene de repente en una curva como si hubiera visto un fantasma.
A las seis y media de la tarde, la radio del coche deja de funcionar y en
lugar del locutor de siempre, Andrés escucha unos sonidos extraños, que en
un primer momento no reconoce hasta que se da cuenta de quién es.
A las seis de la tarde, Andrés sale a toda velocidad de su casa sin mirar
atrás, ya que tiene una cita con el decano de la universidad, para un puesto
como profesor suplente y no quiere hacerle esperar a pesar de la advertencia
de hace tan solo unos minutos. Aquella que le ha dejado un tremendo nudo
en el estómago.
Cinco en punto, suena el teléfono en la casa de Andrés.

***

Era de noche en el cementerio. La lluvia caía con fuerza sobre la tierra y


rebotaba sobre la dura piedra.
Un policía permaneció de pie junto a un agujero. Estaba pensativo, no
era la primera vez que ocurría esto en el cementerio Hunting Hall. Una
semana atrás, otra tumba había sido profanada y, como en este caso,
tampoco habían dejado ningún rastro.
Alguien se le acercó por detrás.
—¿Es usted el detective Buster? Me han dicho que lleva el caso de las
profanaciones.
—Sí, así es, ¿sabe usted qué es lo que ha pasado aquí?
—Verá señor, como cada noche, hacía mi ronda. Al llegar me di cuenta
de que la tierra estaba removida y les llamé enseguida. Y no señor, no tengo
idea de que ha podido pasar, he estado algunos días fuera por enfermedad.
—¿Nadie ha tocado nada?
—No, solo yo vigilo el cementerio cada noche.
—Gracias por la información, puede retirarse —dijo el detective.
Buster se quedó solo bajo la oscuridad y de nuevo volvió a centrar su
atención hacía la tumba profanada. Observa que, como en el caso anterior,
pueden verse unas pisadas que se alejan del hoyo. Lo que más le inquieta es
que pertenecen a unos pies descalzos y por su tamaño, procedentes de una
mujer. Siente pasos a su espalda. Cree que es el guardián que regresa a
decirle algo, pero una mano fría se posa sobre su hombro izquierdo.
En ese momento el miedo se apodera del detective mientras una lúgubre
voz le dice:
—Ya he vuelto de nuevo a mi casa.

***

Han pasado tres días desde el suceso ocurrido en el cementerio de


Hunting Hall.
El detective Buster ha resuelto el caso del asesinato de la carretera y
nadie sabe cómo lo ha hecho. Él solo ha dicho que al ir a ver la tumba
profanada le ha hecho ver la luz y con esto al asesino.
Al no dar más detalle sobre el caso, uno de sus compañeros decide dar
un paso al frente y preguntarle.
—¿Cuándo piensa ir a por ella?
—No hará falta ir en su busca.
—¿Cómo está usted tan seguro detective?
—Lo estoy.
—No sé qué creer en verdad, solo espero que ella se entregue como
usted dice.
Al cabo de unos días el arma aparece por arte de magia en la comisaría
de policía y
junto a ella una carta escrita con letras de sangre.

“Confieso mi culpa y confieso mis crímenes.


Pero también confieso que ha sido por justicia o quizá ha sido por
venganza. O quizá ambas cosas, no lo sé con seguridad.
Así que, si tras saber esto quieren detenerme, pueden hacerlo en el
cementerio de Hunting Hall, justo dentro de la tumba profanada de la joven
asesinada hace diez años. Jover que, por culpa de vuestra negligencia la
hora de investigar su crimen, ha tenido que venir ella desde el más allá
para hacer justicia.”
Aurora Santana
Entrevista a Matilda Switch

—¿En serio Matilda? ¿De verdad quiere que me crea que esa joven salió
de su tumba y mató a esas personas?
—¿Usted no lo haría?
—No creo en la vida detrás de la muerte, ¿cómo voy a creer en
fantasmas? Morimos y eso es todo, no hay nada más.
—Interesante.
—¿Interesante, por qué?
—Por el miedo que tiene a descubrir que hay algo más allá de esta vida.
Matilda empezó a analizar al escritor, sus movimientos y la forma
esquiva que tenía de desviar la mirada para intentar evitar que le leyera la
mente.
—No tengo miedo a nada.
—Pues yo creo que sí, ahora solo me queda saber el porqué de ese
miedo.
—Perdí a mis padres hace poco en un accidente de tráfico y fue en ese
mismo momento cuando dejé de creer en todo lo que me rodea.
—¿Y cree que haciendo eso va a sentirse mejor?
—Pues no lo sé, pero me ayuda y eso, por ahora, es lo importante. Pero
dejemos de momento mi vida y centrémonos en la suya señorita Switch.
—¿Qué quiere saber?
—Hábleme de su familia.
—Mi familia, ha pasado tanto tiempo desde que la perdí que ya no me
acuerdo de ella. Es como usted dice, quizás la distancia es el olvido.
—Vuelve a dejarme como al principio, muchas palabras y poca
información. Por lo menos me puede decir ¿de dónde viene su apellido?
—Hábleme con claridad periodística —se burló —, no con atajos de
escritor. No quiere saber de dónde viene mi apellido, sólo quiere saber si
soy o no descendiente de alguna bruja y que, además, le dé su nombre
¿verdad?
—No puede negar que su apellido es poco común.
—¿Quién le ha dicho a usted que es un apellido?
—Sigue hablando mucho y diciendo poca señorita Switch.
—Y usted sigue deseando escribir mucho y entender poco. Recuerde
esta frase, a buen entendedor pocas palabras le bastan, pero según veo usted
no es de esos.
—¿Y cómo soy según usted?
—Un tipo que se cree duro y que tiene que ver para creer.
—¿No somos todos así realmente?
—Por suerte no, por cierto, llevamos horas hablando y aún no sé ni su
nombre, escritor.
—Joaquín, me llamo Joaquín González.
—¿Ve? Ya sabemos algo más el uno del otro —contestó Matilda
invitando a Joaquín a coger una de sus patatas secas que guardaba en uno
de los bordes del sofá.
—No gracias, quiero seguir vivo cuando salga de aquí —dijo Joaquín
poniendo cara de asco ante aquella patata mohosa. —¿Por qué eligió la
tumba de Aurora Santana?
—Al principio no fue la de ella la que elegí, sino la de otra chica que
estaba justo en frente de la suya, pero tengo que reconocer que llamó más
mi atención su historia. Había sido cruelmente asesinada por esos tres
miserables y nadie había hecho nada por ella. Pues yo lo hice, me alimenté
con mala energía de tres cobardes, pero la vengué.
—Pero no entiendo, ¿qué consiguió con eso? ¿El cuerpo de una muerta?
—¡Que va! —exclamó —Me quedé con el cuerpo del inspector por una
temporada. ¿Quién iba a dudar de un respetado agente de la ley?
—¡Pero era un hombre!
—¿Y eso qué más da? Solo necesitaba una tapadera por unos días y él
me la dio, eso es todo.
—¿Cómo sigue la historia? Porque ya esto pasa de castaño oscuro, usted
más que una bruja parece una ladrona de cuerpos.
—Como le he dicho, solo iba a estar unos días utilizando al inspector y
tras eso decidí buscar una chica. No una chica cualquiera, una que fuera
joven, guapa y además que estuviera comprometida porque llegaba el
momento de procrear.
—Ha terminado por llamar mi atención, cuénteme.
—Hace algunos años decidí hacer el camino de Santiago, es una ruta que
aconsejo siempre hacer en solitario, porque te ayuda a pensar y a conocerte
un poco mejor.
—¿Llegó a conocerse un poco mejor?
—No solo eso, además conocí lugares llenos de misterios como la
Ermita del Orante. Para llegar hasta allí tienes que ir hasta la aldea de
Orante, que se halla situada entre Sabiñánigo y Jaca, sobre el llamado
Cerristón de Orante, a más de novecientos metros de altitud. Desde lo alto
del cerro, en días claros, se pueden llegar a divisar más de cuarenta pueblos.
Hasta ahí puede ser un recorrido ideal para cualquier senderista amante de
la aventura y la naturaleza, pero yo lo utilicé para esperar al que sería mi
siguiente cuerpo por utilizar. La verdad es que el cuerpo del inspector olía
fatal a tabaco y alcohol y eso debilitaba a cualquiera. Así que decidí
permanecer en la ermita esperando a la chica perfecta para mí.
Ahora toca empezar con la historia de Lola y Susana, las incautas
senderistas que se perdieron en la montaña del Orante.
El misterio del Orante

—¿Estás segura de que es por aquí Lola?


—Sí, estoy segura.
—Entonces ¿por qué hace tres horas que damos vueltas en círculo?
—¿Cómo que en círculos?
—A ver Lola, no soy ninguna experta, pero no me trates de tonta.
Además ¿ves ese lazo rojo que está amarrado en ese arbusto?
—Sí.
—Pues lo puse yo sin que te dieras cuenta en nuestra última vuelta, así
que será mejor que me digas la verdad de una vez.
—Está bien… Sí, estamos perdidas, la verdad es que no tengo ni
puñetera idea de donde estamos, lo siento —hizo un puchero para evitar que
su amiga no se enfadase mucho.
—No te disculpes, no vamos a sacar nada con eso, ¿has traído el móvil?
—Sí, pero no va a servir de nada, en este lugar no hay cobertura.
—Lo sé, porque yo tengo el mío en la mano y hace rato que no veo señal
alguna.
—Entonces ¿para qué lo quieres?
—Para saber si te queda más batería que a mí.
—Pues no lo sé —miró la pantalla —, me queda un veinte por ciento, ya
sabes que quería vivir está experiencia en estado puro y sin nada de
tecnología.
—Pues a mí solo me queda un diez por ciento, estamos apañadas.
—Por lo menos estaremos visibles con el GPS, por si nos pasa algo.
—Tú sigue echando más leña al fuego.
— Es lo que hay, las dos queríamos aventura en estado puro y aquí la
tienes.
—Habrás traído un mapa de la zona por lo menos.
—Sí, sácalo del bolsillo delantero de mi mochila.
Susana se acercó a la mochila de Lola, sacó el mapa y lo extendió con
cuidado encima de una roca.
—A ver, nosotras estamos por aquí —dijo señalando el lugar—, en los
alrededores de la montaña del Orante y, como puedes ver, estamos más
cerca de la cima que de la pequeña aldea que está justo a sus pies.
—O sea, estamos en medio de la nada — refunfuñó Lola —. ¿Ves? Por
eso no me gustan los mapas, le quitan el ánimo a cualquiera.
—Mira esto, según el mapa, justo en la cima hay una pequeña ermita
dedicada a San Benito.
—Sí, ¿y eso qué?
—Quizá nos dejen pasar la noche allí.
—No creo que haya nadie.
—Alguien tiene que haber, no pensarás que van a dejar ese lugar sin
vigilancia durante la noche.
—No sé qué decirte.
—Pues no nos queda otra, son las cinco de la tarde y en menos de una
hora se hará de noche y sabes tan bien como yo que la temperatura puede
bajar mucho. Yo no sé tú, pero yo no quiero morir al raso por congelación
—comentó Susana enfadada ante la actitud despreocupada de Lola.
—Está bien, vamos entonces por el sendero a ver si llegamos a la ermita.
—Según el mapa, a pocos metros de ella se encuentra una cruz que
indica el camino a seguir.
—¿Cómo sabes tú que es una cruz? ¿Sale ahí? —preguntó Lola mirando
el mapa por todas partes en busca de la cruz.
—No, la estoy viendo yo delante de nosotras —contestó Susana
señalando la cruz con el dedo índice.
—Pero ¿cómo es posible que no la hayamos visto antes?
—Porque siempre estás tan despistada que no te fijas en lo que tienes
más allá de tu nariz.
—A ver Susana, tengo muchas cosas en la cabeza, la universidad, mi
hermano Luis que anda por mal camino y ya sabes… Marco.
—Sí lo sé, por eso decidimos hacer el camino de Santiago, para
olvidarnos de todo y ser libres por unos días. ¿O crees que yo tengo una
vida perfecta? No, pero por unos días quiero olvidar mis problemas y
disfrutar de este viaje.
—Está bien, vamos entonces a pasar la noche aquí y mañana Dios dirá.
—¿Pasar la noche dónde?
—En la ermita del Orante, ya hemos llegado.
Justo delante de ellas se encontraba una edificación de piedra, de estilo
románico, con una portada clásica a dos aguas y un pequeño ventanal
redondo sobre ella. El camino empedrado que conducía a ella les parecía de
otra época. Las dos chicas iban vestidas con unos jeans y unas camisetas
blancas de manga corta, por lo que el frío empezó a hacer mella en ellas.
Por suerte habían traído ropa de cambio y unas sudaderas de algodón.
—¿Habrá alguien dentro? Necesito tomar algo caliente cuanto antes
porque estoy helada, el móvil marca menos de diez grados.
—No lo sé, llamemos a la puerta a ver si nos contesta alguien.
Las dos jóvenes se aproximaron y tocaron suavemente con los nudillos.
Al ver que nadie respondía, volvieron a tocar algo más fuerte, pero como en
la vez anterior, sin éxito.
—No hay nadie, parece que hemos hecho el viaje en vano.
Estaban dando la vuelta para bajar, cuando la puerta de la ermita se abrió
misteriosamente con el típico chirrido de puerta antigua, que les puso el
vello de punta.
—Vaya, parece que, si hay alguien después de todo, vamos a entrar —
Lola se adelantó primero y vio que dentro de la ermita no había nadie. Solo
se veía en el fondo un pequeño altar con velas encendidas y una pequeña
fila de bancos de madera —. No hay nadie Susana, la ermita está vacía.
—Pero entonces ¿quién ha abierto la puerta?
—No lo sé, quizás fue el viento.
—Pero si no hay.
—Bueno, dejemos el tema, necesitamos un lugar donde pasar la noche y
aquí está, el resto lo dejaremos como anécdota cuando estemos en casa ¿de
acuerdo?
Las chicas entraron y dejaron sus pesadas mochilas sobre uno de los
bancos de madera que estaba más cerca de la puerta. Luego empezaron a
analizar el lugar al detalle, un pequeño altar de madera dedicado a san
Benito, bancos para sentarse y, lo más destacado, un pequeño espejo
redondo de madera sobre una mesa en la parte izquierda de la ermita. No
era gran cosa, pero llamaba poderosamente la atención con solo mirarlo.
Susana fue a por él y lo cogió para verlo mejor.
—¿De quién será? —le preguntó a Lola que al igual que ella lo miraba
embelesada.
—Lo habrá dejado algún peregrino sin darse cuenta —contestó Lola
restándole importancia —. Voy a dar una vuelta por los alrededores a ver si
consigo algo de cobertura para llamar a casa, porque aquí no hay nada de
nada.
—No, deja, ya voy yo. Mientras puedes cambiarte de ropa e ir
preparando algo de comer —contestó Susana dejando el espejo sobre la
mesa con mucho cuidado.
—De acuerdo, pero ten cuidado.
Tras salir Susana de la ermita, Lola empezó a cambiarse, después sacó
las latas de comida que habían traído junto a algunas botellas de agua y
refresco. Luego, de otra de las mochilas, sacó la mini cocina de gas para
hacer café. Mientras se iba calentando el agua de la cafetera, se sentó en la
silla que estaba bajo del altar y apoyó los codos con cuidado sobre la mesa
para descansar la cabeza viendo su reflejo cansado en aquel pequeño
espejo.
De pronto sintió algo extraño a su alrededor, una fuerza salida de la nada
que la envolvía y no sabía bien la razón. Intentó levantarse, pero las piernas
no le respondían, era como si esa fuerza invisible la quisiera ahí sentada.
Mientras esto sucedía, su mente empezó a dar vueltas y sus ojos
empezaron a ver imágenes llegadas de distintos momentos de su vida. Su
hermano Luis marchándose de casa desafiando la autoridad de sus padres.
Su fracaso con las asignaturas de la carrera de derecho, ya que no era lo que
ella quería estudiar si no lo que su padre quiso que estudiará. Su última
pelea con Marcos, su novio, al que culpaba continuamente de todos sus
fracasos y miedos.
Vio esas imágenes pasar una y otra vez en su mente y de repente todo
paró y se vio sola, deprimida, viviendo de un trabajo que no quería después
de su fracaso universitario y ahora trabajaba en un bufete llevando los
recados de los abogados. Para colmo de males, su hermano Luis, se marchó
de casa para realizar su sueño desobedeciendo las órdenes de su padre que
pretendía que fuera arquitecto. Empezó a trabajar y a estudiar a la vez lo
que él quería, restauración y cocina, y ahora disfrutaba de su propio
restaurante. Eso le dolió a Lola, porque había sido siempre una cobarde y al
final por querer hacer lo que otros querían había perdido ella. Pero lo peor
fue ver a su novio Marcos con otra chica y feliz.
Eso fue demasiado para ella, se levantó de la silla y salió corriendo hacía
la puerta de la ermita para coger aire chocando de lleno con Susana que
volvía de su paseo.
—Lola ¿qué te ha pasado? Estás pálida y tienes una cara de haber visto
un fantasma.
—Necesito aire, ve dentro y quita el café del fuego, por favor —dijo
mientras corría para que el aire entrara en sus pulmones.
—Pero Lola, ¿no me vas a decir qué es lo que te pasa?
Fue inútil intentar saber qué le ocurría, Lola salió corriendo de la ermita
sin mirar atrás.

Susana entró en el interior y tras dejar el móvil sobre uno de los bancos
de madera fue hacía la mesa donde apoyó el hornillo donde la cafetera
estaba ya lista. La quitó del fuego y puso el cazo con la leche. Necesitaba
tomar algo caliente cuanto antes.
Se sentó en la misma silla donde antes estaba Lola y se puso a esperar
mientras se calentaba la leche. Al igual que le pasó a su amiga, Susana
empezó a sentir una sensación muy rara en su cuerpo. Sintió cómo sus
párpados pesaban más de lo normal y un extraño sueño la empujaba a
quedarse dormida. Cruzó los brazos sobre la mesa y puso su cabeza sobre
ellos para descansar mejor.
Su mente empezó a ir para atrás, tanto que llegó al mismo día de su
nacimiento, vio a su madre feliz con ella en brazos y a sus queridos abuelos,
ya fallecidos, a su alrededor. En ese momento, no pudo evitar llorar, los
quiso mucho y ahora ya no estaban con ella. Pasaron los años y se vio
discutiendo con su madre por tener que llevar ropa barata al colegio, no
podían permitirse ningún tipo de lujo porque su sueldo de asistente del
hogar no le daba para más. Se vio otra vez discutiendo con su madre porque
la obligaba a estudiar y ella odiaba hacerlo. Y otra discusión llegó a su
mente, esta vez porque su madre le prohibió salir con el macarra del barrio.
A ella en realidad no le gustaba ese tipo, pero lo hacía para molestar.
Entonces su mente corrió más de lo normal y llegó al mismo día del
entierro de su madre y se vio sola, sin nadie a su alrededor porque todos sus
errores del pasado le estaban pasando factura. Por desgracia para ella, la
única que siempre la había apoyado en todo ya no estaba.
Susana se puso de pie de un brinco, apagó la cocina y al igual que Lola
salió corriendo de allí a toda velocidad en busca de aire. Nada más hacerlo
se encontró de frente con Lola que la esperaba de pie en la puerta.
—Por tu cara veo que has visto lo mismo que yo.
—¿Has visto tu vida pasar por delante de ti?
—Completa.
—Pues entonces hemos visto lo mismo.
—Ha sido la experiencia más extraña de toda mi vida y, no sé tú, pero a
mí ya se me ha quitado el cansancio ¿qué te parece si seguimos nuestro
camino?
—Es la mejor idea que he escuchado en todo el día.
Las dos chicas entraron juntas a la ermita y cogieron todas sus cosas.
Tras ponerse las chaquetas y las mochilas a la espalda se tomaron el café
con leche y salieron rápidamente de allí cerrando la puerta con cuidado a su
paso.
—¿Sabes una cosa? Este lugar da miedo, pero tengo que confesarte que
lo que me ha sucedido ahí dentro me ha abierto los ojos —dijo Susana.
—Y a mí, creo que a pesar del miedo que he pasado voy a seguir el
consejo recibido y a cambiar mi vida por completo —Lola sonrió levemente
mirando su móvil —. En cuanto tenga cobertura voy a llamar a mi madre,
estoy segura de que estará muy preocupada y le voy a pedir que venga a
Santiago de Compostela para reunirse con nosotras en la catedral.
—Estoy de acuerdo, yo ya solucionaré mis historias cuando llegue a
casa.
Al amanecer, las chicas ya estaban llegando a la pequeña aldea y se
sentaron sobre unas piedras para desayunar. Mientras se tomaban el café
vieron cómo se les acercaba un hombre mayor que venía a su encuentro.
—Buenos días niñas, ¿de dónde venís?
—Pues de la cima de la ermita del Orante
—¿Habéis pasado por allí solas?
—Sí, la verdad es que nos perdimos y decidimos pasar allí la noche, pero
nos fue imposible pasar dentro más de cinco minutos —contestó Susana.
—¿Es que no conocéis la historia de la ermita?
—No.
—Todo el que pasa por allí siempre se lleva consigo una experiencia
inolvidable ¿Ustedes la habéis tenido?
—Sin duda alguna, pasar por la ermita nos ha cambiado la vida —
contestaron las dos a la vez.
—Pues entonces regreso a mi trabajo con alegría.
—Disculpe, hemos hablado y ni siquiera sabemos su nombre.
—Soy Antonio, el guardián de la Ermita del Orante, así que ya saben
dónde encontrarme.
Sin decir nada más y tras hacer un ligero saludo con la mano en señal de
despedida, Don Antonio subió rumbo a la ermita donde, cómo cada
mañana, le esperaba la gente en busca de una experiencia a la que nadie, ni
siquiera él, podía darle explicación.
—Lola ¿qué es eso que tienes ahí guardado? —preguntó Susana al ver el
mango del espejo de madera en el interior de la mochila de su mochila.
—Tengo que confesarte que me enamoré de ese espejo, es como si al
mirarlo no me viera yo, sino otra persona.
—No sé qué decirte, a mí me da escalofríos —contestó Susana con gesto
molesto —. No debiste sacarlo de ese lugar, quizás también esté embrujado.
—Tonterías —contestó sacándolo de la mochila para mirarse en él —,
mira lo guapa que me veo. Es como si no fuera yo, si hasta siento que me
maquilla y todo.
Mientras Lola se miraba en el espejo otro reflejo la miraba desde el otro
lado esperando la ocasión para robar su cuerpo.
Entrevista a Matilda Switch

—¿No me va a decir que cree en toda esa palabrería barata?


—¿Y por qué no? ¿Acaso no es bueno creer en algo y no vivir como una
sabelotodo que en realidad no saber nada?
—Sé que en esa ermita no ocurre nada, es simplemente el concepto
colectivo que tiene la gente de creer que les va a pasar algo especial por el
simple hecho de haber escuchado que a otra persona le ocurrió antes.
—Si usted lo dice, tendré que creerlo, pero desde ya le digo que no me
convence demasiado.
—¿Por qué?
—Porque puede que exista ese concepto que usted dice, pero nada de eso
implica que las otras personas tengan que sentir lo que otras sienten por el
simple hecho de creer que algo pasó allí. Le puedo asegurar que he pasado
varios días en este lugar y he visto de todo, desde incautos que pasan por
ahí por casualidad sin saber nada, como es el caso de las dos senderistas de
la historia, a personas que van en busca de respuestas.
—¿Y cree realmente que las encontraron en este lugar?
—No lo sé, pero lo que sí sé es que desde ese mismo día empezaron a
creer que las encontrarían.
—Dejando el tema de la ermita de lado ¿qué pasó con el espejo? El cual
imagino que estaba usted escondida esperando a su presa.
—Se lo llevó Lola, justo la que tenía novio y la que por una sola vez en
mi vida me sirvió de algo.
—Es usted increíble, ¿en serio me va a decir qué estaba dentro de ese
espejo? —preguntó un incrédulo escritor cruzando los brazos sobre el
pecho.
—Eso depende de lo que quiera creer, yo no puedo enseñar a nadie a ver
más allá de lo que ve. Si tú quieres creer que estaba dentro, pues estaré
dentro, si quiere creer que no, pues no.
Matilda ya algo cansada de tanto hablar, fue a la cocina en busca de algo
de comer y sacó de la vieja nevera sin electricidad un poco de pasta seca y
rancia por el paso del tiempo. Echó sobre ella un poco de tomate caducado,
luego con el plato en la mano fue de nuevo al sofá bajo la atenta mirada de
un asqueado escritor.
—¿En serio se va a comer eso?
—Tengo hambre escritor y que yo sepa usted no ha traído nada mejor —
contestó Matilda dando un buen bocado a su pasta.
—¿Qué nueva historia me va a regalar?
—Tiene prisa según veo —contestó Matilda dando otro bocado a su
pasta rancia.
—Claro que tengo prisa, no quiero esperar a que esa pasta asquerosa le
dé gastroenteritis y me deje a medias con su historia.
—No se preocupe por eso escritor, mi estómago es a prueba de bombas,
pero tranquilo que voy a seguir contándole mi historia que continúa en un
viejo apartamento.
—¿Apartamento?
—Sí, verá, la idea de que Lola me prestara su cuerpo no fue del todo
buena, ya que era una chica con demasiados problemas personales y de
autoestima que además no fue capaz de superar la ruptura con el que fuera
su novio, así que terminé por quedarme atrapada dentro del espejo por
bastante tiempo.
—¿Y eso por qué?
—Bueno, la verdad es que necesitamos estar dentro de un cuerpo
humano, si no podemos tenerlo a tiempo pues nos quedamos atrapados en la
otra dimensión a la espera de que llegue alguien que se mire en el espejo.
—¿Y lo llego a conseguir? — preguntó Joaquín intrigado.
—Tendrá que esperar para saberlo al final de la historia.
El apartamento del acantilado

—Abuela ¿estás segura de que tenemos que subir tantas escaleras?


La anciana miraba fijamente a su nieta, pero no decía nada.
—Abuela, la verdad es que estas escaleras son cada vez más estrechas, ni
siquiera sé si vas a poder continuar subiendo, ya sabes que tu cadera está
bastante deteriorada para hacer tanto esfuerzo.
La anciana continuaba callada, solo miraba fijamente a su nieta mientras
la seguía escaleras arriba. Estaban ya por el piso número doce, llegando casi
al trece, cuando se tuvieron que detener en seco.
—Abuela, esta escalera es imposible. ¿Ves? es muy alta y además es tan
estrecha que ni siquiera yo puedo subir por ahí.
Natalia se giró en dirección a su abuela para ver qué decía ella y vio que
no había nadie tras de ella.
—Abuela ¿dónde estás? —gritó bajando escaleras abajo. Tan deprisa iba
que uno de sus tobillos se dobló repentinamente y cayó rodando. No veía
nada mientras caía, sólo su vida pasar ante ella como una película.
—¡Noooooooooooo! —gritó Natalia en medio de la oscuridad de su
habitación. —¡Maldita sea! Otra vez la misma pesadilla.
Se levantó de la cama, corrió las cortinas y tras mirar el reloj y ver los
primeros rayos de sol de la mañana, se dio cuenta de que eran casi las
nueve. Fue hasta el baño y se lavó la cara con agua fría. Mientras se secaba,
escuchó el sonido de su móvil. Fue hasta la mesilla de noche, lo cogió y vio
el número de su amiga en la pantalla.
—¡Buenos días dormilona!
—Leticia, ¿se puede saber por qué me llamas a esta hora?
—Son las nueve de la mañana, ¿no estarías durmiendo todavía?
—Anoche llegué super tarde a casa después del hospital y quería
descansar un poco más. Pero, tanto tú, como esa maldita pesadilla, os
habéis propuesto que no lo haga.
—No me digas que has vuelto a tener la misma pesadilla.
—Pues sí, la misma. Pero, dime ¿para qué has llamado?
—Pues para, al contrario que tu pesadilla, darte una buena noticia.
¿Recuerdas esa semana de relax que queríamos tomarnos hace unos meses?
—Sí, claro que lo recuerdo, como para olvidarlo.
—Pues, aprovechando que te van a dar una semana libre en el hospital,
me he tomado la libertad de buscar un apartamento alejado del mundanal
ruido y muy cerca del mar.
—¿Y lo has conseguido? Porque estamos en pleno agosto y dudo mucho
que haya nada libre hasta pasado septiembre.
—Pues te equivocas, he encontrado un apartamento ideal y barato para
pasar esta última semana de agosto.
—¿Dónde?
—Pues en los alrededores de la cala de la Luna Negra.
—¿Dónde está esa cala?
—Pues en plena Costa Brava. Según me dijo la dueña del apartamento,
está en un lugar bastante apartado de todo y de difícil acceso, por eso quizás
no goce de tanta popularidad.
—Y el nombrecito ¿de dónde sale?
—Pues te voy a decir la verdad, a mí también me extraño bastante y le
pregunté la razón de ese nombre.
—¿Y qué te dijo?
—Que se llama así porque la luna nunca se refleja en las aguas de esta
pequeña cala, los acantilados son tan altos que la cubren haciendo que
siempre se vea negra.
—Pues no te voy a negar que se me ha puesto la carne de gallina.
—Y a mí, para que engañarnos, pero necesitamos desconectar del
mundo, así que… ¿Te vienes?
—Bueno, no lo sé aún, Manuel está bastante ocupado estos días llevando
la dirección del hospital y no creo que tenga tiempo para irse de vacaciones.
—Él no, pero tú sí. Además, hace tiempo que no te tomas tiempo libre
para ti. Te aconsejo que te vengas y por si él se anima le dejas la dirección y
si tiene tiempo que se pase, aunque sea un par de horas ¿te parece bien?
—Vale, se lo diré. ¿Cuándo vas a hacer la reserva?
—Ya la hice.
—Pero… ¿estás loca?
—La verdad es que es la reserva más rápida de mi vida, no iba a
consentir que alguien más lo encontrase y nos dejase sin vacaciones. Fue
contactar con la dueña, una señora mayor muy amable, que, por cierto, me
dijo que le hiciera la transferencia a un número de cuenta y me envió la
llave por correo certificado con las instrucciones para llegar.
—Así, sin más.
—Sí, a mí también me pareció raro, pero según me dijo es una persona
muy mayor y no quiere trasladarse a ningún sitio.
—¿Y por qué alquila el apartamento?
—Pues porque no quiere que esté vacío durante mucho tiempo ya que
tiene miedo a que se le llene de ocupas además así se saca un dinerillo.
—¿Cuánto te ha cobrado? Lo digo para mandarte mi parte.
—No te lo vas a creer, me ha dejado la semana en solo cien euros.
—¿Cómo que cien euros? Entonces el lugar debe ser una ruina o algo
parecido.
—No, lo que pasa es que reduce el precio porque carece de servicio extra
como limpieza o desayuno.
—Bueno, si es por eso, me parece bien. Como tú has pagado el
apartamento yo me encargo de la compra ¿te parece bien?
—Pues me parece que vas a salir perdiendo ya que van a ser más de cien
euros.
—Tienes razón, pero teniendo en cuenta el desastre que eres en la
cocina, estoy segura de que me va a salir más rentable, sobre todo para mi
estómago.
—Pues quedamos mañana a las diez.
—Hasta mañana.
Cala Luna Negra

—¿Estás segura de que es aquí Leticia? Es un lugar bastante apartado.


—Es aquí, he seguido al pie de la letra las instrucciones que me dio la
propietaria ¿no es así Pablo?
—Sin duda, aquí es— contestó el novio de Leticia mientras sacaba las
maletas del coche.
—Pues muy buenas vistas no van a tener —refunfuñó Natalia.
—Chica, no se puede tener todo en la vida.
El lugar estaba bastante apartado y además se encontraba en medio de un
frondoso bosque lleno de matas secas.
—Se nota que la propietaria no ha pasado por aquí hace años.
—Ya te comenté ayer que es una persona muy mayor.
—Aun así, podría contratar a alguien para hacerlo ¿no crees?
—Sí, pero entonces no nos habría salido tan barato. Además, lo mejor
está dentro y detrás de la casa.
—Eso espero, porque lo que estoy viendo ahora mismo no me gusta
nada.
El apartamento consta de dos plantas. La primera se dividía entre el
salón comedor y la cocina y la segunda en dos habitaciones con baño. La
fachada estaba tallada en piedra y el tejado era de tejas rojas, algunas de
ellas algo desgastadas por el paso del tiempo.
—No me dirás que no es una maravilla, fíjate en los amplios ventanales
de la cocina y el salón.
—Si están muy bien, aunque algo sucios la verdad.
—Querida, por ese precio creo que podemos coger un paño y dejarlos
como nuevos.
—No sé Leticia, la verdad es que no era lo que yo esperaba.
—Como te veo algo desanimada creo que te voy a dar ya la sorpresa.
—¿Sorpresa?
—Sí, adivina quién va a pasar estos días con nosotros… —dijo con
entusiasmo. —¡¡Mi hermano!!
—¿Tu hermano va a estar aquí? Pero Leticia, sabes que ahora mismo
estoy con Manuel y no le va a hacer ninguna gracia cuando se entere.
—Pues si no le hace gracia que venga y pase una semana de relax con su
novia, lleva años encerrado en ese maldito hospital las veinticuatro horas
del día. Ni siquiera has sido capaz de parar ni en tu cumpleaños.
—Sabes que ha trabajado muy duro desde la universidad para
convertirse en uno de los mejores médicos del país.
—Sí, y también sé que tiene una novia que se llama Natalia que lo
necesita a su lado.
—¿Cuándo llega Martín? —preguntó para redirigir la conversación. El
comentario de su amiga, aunque tenía más razón que un santo, le había
dolido.
—Esta tarde.
—Vamos a entrar antes de que me arrepienta de haber venido.
Natalia había vivido un corto romance de juventud con Martín, y aunque
no habían terminado mal, la verdad era que no le hacía ninguna gracia que
pasara la semana con ella en aquel lugar. Fuera como fuese, el tiempo pasó
y llegó el momento de la temida llegada.
—Martín, ya era hora que llegaras.
—Se me hizo algo tarde debido al tráfico. Además, este lugar es muy
complicado de buscar.
—Es la suerte de querer estar alejada de todo y de todos.
—¿Ya está aquí Natalia?
—Sí, está en la parte de atrás limpiando los cristales de la terraza.
—Voy para allá.
—Recuerda Martín que Natalia ahora está con Manuel.
—Yo no veo a Manuel por ninguna parte ahora mismo, así que es mi
turno de volver a conquistar a Natalia.
Martín dejó a su hermana con la palabra en la boca y se dirigió al lugar
donde se encontraba Natalia, sin antes dejar las maletas en el suelo.
—Veo que aún eres una maniática de la limpieza.
Natalia estaba preparando los utensilios para limpiar el gran ventanal que
se encontraba totalmente tapado con tierra de color marrón.
—Veo que ya estás aquí soldado —Natalia fue al encuentro de Martín y
tras dejar el paño húmedo en el suelo lo abrazó fuertemente.
—Estás tan guapa como siempre.
Al oír ese comentario Natalia se apartó lentamente de él y volvió a coger
el paño del suelo.
—¿Cómo te ha ido en el ejército? —preguntó cambiando de tema. —
Hace tanto que no sé nada de ti que ni siquiera sé si aún eres soldado.
—Ya no soy soldado, ahora soy capitán.
—Me alegro por ti, y dime ¿qué haces aquí capitán?
—Pues lo mismo que tú, supongo, descansar —ambos se dedicaron una
amarga y corta sonrisa.
—Ya que estás aquí, ¿me puedes ayudar a levantar el estor? Es enorme y
debe pesar bastante.
Martín fue a un extremo del estor y Natalia al otro y juntos tiraron de él
hacía arriba. El estor subió lentamente dejando al descubierto unas horribles
pintadas en los cristales de la terraza.

“Vais a morir”

La terrible frase escrita con pintura roja ocupaba casi todo el ventanal y
apenas dejaba entrar la luz del sol.
—¿Qué es esto? —dijo Martín mirando con cara de asombro a Natalia.
—No tengo ni idea, pero estoy segura de que no es nada bueno.

Segundo día en la Luna Negra

—¿Quieres dejar de ser ya tan paranoica Natalia? Seguro que fue obra de
algún gamberro de la zona, no le des más vueltas.
—¿Perdona? ¿Desde cuándo un simple gamberro utiliza sangre para
pintar un grafiti en una ventana en una casa perdida en medio de la nada?
—He trabajado como asistenta social en un centro para jóvenes
problemáticos durante años y te puedo decir que he visto cosas peores que
esta. Así que vete a desayunar en lo que Pablo y yo nos despejamos un poco
¿te parece?
—Leticia, este lugar no me gusta nada.
—Llevamos mucho tiempo buscando algo así Natalia, hemos pasado una
noche muy tranquila, puedo decir que una de las mejores de toda mi vida y
quiero continuar así los seis días que nos quedan, por favor.
—Está bien —Natalia cedió, aunque no muy conforme —, voy a ir
preparando el desayuno.
Bajó lentamente por las viejas escaleras de madera, sintiendo a cada paso
como crujía cada uno de los escalones. Cuando llegó abajo se metió en la
cocina.
—Un café bien cargado me va a venir de maravilla —se dijo a sí misma
mientras recogía el largo cabello castaño en una coleta. Estaba entrando en
la cocina cuando vio ante sí un espectáculo nada agradable. Toda la comida
que había dejado preparada en la nevera estaba tirada en el suelo de la
cocina. No se había librado ni los cereales para el desayuno.
—¡Pablo! ¡Leticia! ¡Bajad inmediatamente a la cocina! —gritó Natalia
enfadada.

—¿Ocurre algo? — gritó Martín que bajaba en ese momento por las
escaleras.
—Mira lo que ha hecho la flamante pareja mientras estábamos
durmiendo.
—¿Mi hermana y su marido han hecho esto?
—¿Qué pasa Natalia? Te dije que… —Leticia se quedó clavada en la
puerta mirando asombrada cómo estaba la cocina —¿Qué ha pasado aquí?
—Eso mismo me pregunto yo —protestó Natalia —. ¿Me vas a decir
que no tienes ni idea de lo que ha pasado aquí? ¿No recuerdas las juergas
nocturnas entre Pablo y tú en la universidad?
—Sí, pero eran otros tiempos, ya sabes éramos jóvenes y teníamos las
hormonas por las nubes. Vale que nos gustaba probar cosas nuevas como
baños de comida y degustación, pero esa etapa ya pasó.
—Puedes ahorrarte los detalles y empezar a limpiar la cocina.
—Yo ¿por qué?
—Ya sabes, baños de comida y degustación, nunca fueron mi fuerte.
—Pero, te juro que no hemos sido nosotros.
—Es verdad, perdona, seguro que fue el chico de las pintadas en la
ventana, se aburrió de escribir y ahora le da por baños de comida.
—¿Tú crees? —contestó Leticia bajo la atenta mirada de Martín y
Natalia, que permanecían firmes con los brazos cruzados.
—Eres muy rara hermanita y la verdad es que prefiero no saber más.
—¿No saber más de qué? —preguntó Pablo mientras entraba en la
cocina —¡Por Dios! ¿Qué es todo esto?
—Dímelo tú —protestó Natalia
—Natalia se ha empeñado en creer que nosotros somos los causantes de
todo este desastre.
—¿Nosotros por qué?
—Ya sabes, por nuestro pasado universitario.
—¿Qué? Eso ya quedó atrás, además era una manera divertida de
practicar con los sabores, ya sabes que soy chef, Natalia.
—No quiero seguir escuchándoos, me voy a la playa y espero que a mi
regreso todo esté tan limpio o más que antes.
Sin decir nada más, tanto Martín como Natalia salieron del apartamento
por la puerta trasera de la cocina en dirección a la cala de la Luna negra.

Medianoche en Luna negra

—Cariño, voy a buscar algo para picar en la cocina y una botella de


vino, ¿te parece bien?
—Sí, pero ten cuidado de no desordenar nada o Natalia nos va a poner a
limpiar toda la semana.
—Tranquila, además ellos están en el salón viendo una película y van a
ser testigos directos de mi honestidad.
—No me hagas reír y ve ya a por ese vino. ¡Ah! y no te olvides de las
copas, aunque no creo que nos vaya a hacer falta.
—Picarona —sonrió Pablo —, te dejo la puerta abierta así no pasarás
miedo aquí sola.
—Venga, ya estás tardando.
Leticia estaba acomodando su almohada cuando sintió que alguien la
miraba desde la puerta. Miró hacía ella pensando que se trataba de Pablo
que había regresado y vio una sombra oscura. Extrañada ante aquella
imagen, se quedó muy quieta mirando sin apenas pestañear. Lentamente la
sombra negra se fue acercando a la luz de la habitación y pudo ver bien su
cara. Era la cara de Natalia, pero con una expresión vacía e inerte.
—Natalia ¿qué haces ahí parada? —preguntó Leticia sin recibir
respuesta. —¿No me digas que aún estás enfadada por lo que pasó esta
mañana? Ya te he repetido un montón de veces que no fuimos nosotros.
Antes de que terminara la frase, Natalia volvió a caminar hacia atrás y se
perdió en medio de la oscuridad.
—Natalia… ¿Quieres volver aquí? Necesito hablar contigo, déjate ya de
juegos infantiles por favor —gritó Leticia.
—¿Se puede saber por qué estás gritando cariño? —preguntó Pablo
entrando en la habitación con patatas fritas y una botella de vino tinto con
dos copas.
—Le gritaba a Natalia, ¿sabes que sigue sin hablarme?
—¿Cómo que sin hablarte?
—Sí, ahora mismo acaba de venir a la habitación y se ha quedado
plantada en la puerta mirándome sin hablar ni una sola palabra.
—Cariño, eso es del todo imposible.
—¿Por qué?
—Porque Natalia estaba conmigo en la cocina ahora mismo preparando
un té.
—Eso es imposible Pablo, Natalia estaba aquí ahora mismo, en esa
puerta.
—Te digo que no, ella estaba en la cocina y no se ha movido de allí. Es
más, aún sigue allí con Martín.
—¿Quieres decir que estoy loca y qué no sé lo que he visto?
—No quiero decir eso cariño, solo que Natalia no ha subido aquí para
nada, quizás el cansancio te jugó una mala pasada, eso es todo.
—Pero…
—Pero nada, además tú y yo aún no hemos terminado con lo que
estábamos haciendo y el vino va a terminar por caldearse demasiado sin
haberlo probado —contestó Pablo cerrando la puerta de la habitación de un
sonoro portazo.

Tercer día por la tarde

—Ya verás qué bien lo vamos a pasar esta noche en la playa. Una
acampada con barbacoa incluida es la mejor decisión que hemos podido
tomar en estas vacaciones.
—No sé yo Natalia, la verdad es que no tengo ganas de nada, solo de
estar tranquila descansando en la habitación.
—Desde esta mañana estás muy rara Leticia, ¿se puede saber que te
pasa?
—Estoy cansada, eso es todo. ¿Te parece mal también? —gritó enfadada
mientras bajaba rápidamente los escalones para llegar a la playa.
—Venga Leticia, no te pongas así, Natalia sólo quiere animarte —dijo
Martín saliendo en defensa de su amiga.
—¿Tú también te vas a poner en mi contra? No me puedo creer que mi
propio hermano me dé la espalda.
—Nadie te está dando la espalda Leticia, eres tú la que estás de un
humor de perros.
—¿Pasad de mí ya! —gritó sentándose en la arena sobre una toalla.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Pablo al ver a su mujer tan alterada.
—Pablo, mi hermana está de un humor de perros.
—Cariño, hemos venido a la playa a pasarlo bien todos juntos, vamos a
tener la fiesta en paz, por favor.
—Eso díselo a ellos —dijo señalandolos —, no a mí. Mira, será mejor
que me vaya a dar un baño mientras preparas la comida, a ver si consigo
relajarme.
—Ten cuidado Leticia, el agua está muy oscura y apenas se puede ver
nada —gritó Natalia al ver que su amiga iba directa a bañarse.
—Tranquila Natalia, sé cuidar de mí misma.
Mientras su amiga se iba al agua a darse un baño, Natalia la miraba
atónita sin comprender muy bien que le pasaba.
—No entiendo qué le pasa, desde ayer está irreconocible
—Tengo que admitir que mi hermana, en ocasiones, puede ser algo
difícil. Pero esto se sale de lo normal.
—Es estrés, seguramente esté sacando ahora lo que ha vivido durante los
últimos meses. Ya sabes, la muerte de vuestro padre y el aborto que tuvo
hace sólo un mes —dijo Pablo mientras sacaba el pescado de la parrilla.
—Habrá que esperar a ver qué pasa estos días, si no tendremos que
llevarla a un buen profesional —dijo Natalia preparando los platos para la
cena.
Mientras esto sucedía, Leticia se preparaba para darse un refrescante
baño.
—Nadie me entiende, ni siquiera Pablo es capaz de darme la razón — se
dijo a sí misma mientras nadaba. De pronto vio la silueta de su marido
aproximándose a ella. —Pablo, sabía que no ibas a dejarme sola, te necesito
tanto —fue hacía él y lo abrazó con fuerza —. Sé que estos días no he sido
la mejor de las compañías, pero quiero que sepas que moriría por ti.
La pareja empezó a danzar en el agua al son de las olas mientras se
dejaban llevar por la marea.
—¿Qué le pasa a Leticia? Cada vez está más lejos de la orilla —comentó
una asustada Natalia al ver como su amiga nadaba cada vez más adentro.
—¡Leticia! ¡Leticia! —gritó su marido —¡Vuelve hacía la orilla!
—¡Dios mío! ¡Ya no la veo! ¿No la veo Martín! —gritó Natalia
desesperada.
Los tres amigos fueron rápidamente hacía la orilla y Martín, un nadador
experimentado, se tiró al agua seguido por el marido de Leticia. Natalia se
quedó en la orilla iluminando el agua con una linterna para intentar
guiarlos.
—Allí, creo que la he visto por allí, he visto sus manos. Date prisa
Martín o se va a ahogar.
Martín nado rápidamente en dirección a la luz que señalaba el lugar
exacto donde Natalia había visto los brazos de Leticia y se sumergió
seguido por Pablo. A los pocos segundos, salieron a flote con Leticia entre
sus brazos.
—¡Gracias a Dios! —gritó Natalia mientras iba al encuentro de sus
amigos —¿Está consciente?
—No, ha perdido el conocimiento.
—¡Oh, Dios mío! Echaos a un lado, tengo que reanimarla —gritó
Natalia poniendo ambas manos sobre el pecho de Leticia —. ¡Uno! ¡Dos!
¡Tres! —repitió en varias ocasiones alternando sus manos con insuflaciones
para que le entrase aire en los pulmones.
En cuestión de segundos, Leticia, sacó toda el agua que tenía en sus
pulmones y empezó a respirar. Poco después abrió los ojos.
—Leticia, ¿estás bien? —preguntó Natalia.
La chica asintió lentamente con la cabeza sin hablar.
—¡Dios mío, cariño! Creí que te perdía —Pablo la abrazó con fuerza —.
¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Por qué te fuiste a nadar tan adentro?
Leticia se levantó y miró a su marido fijamente.
—¿De qué hablas? ¿Cómo que yo me fui para adentro? Fuiste tú el que
me llevabas ¿no lo recuerdas?
—¿Yo?
—Leticia, tu marido estaba con nosotros preparando la comida en la
arena. Ninguno de nosotros se acercó a ti hasta que no te vimos en peligro
—protestó Martín ante las acusaciones de su hermana.
—Te digo que Pablo estaba conmigo ¿cómo crees que me voy a inventar
algo así?
—Pues lo estás haciendo hermana y no me está gustando nada.
—Será mejor que recojamos y nos vayamos ya para el apartamento, creo
que Leticia necesita descansar —dijo Pablo.
—¿Estás haciendo entender a todos que estoy loca? ¿Cómo puedes
hacerme algo así Pablo? Sabes tan bien como yo que estabas en el agua
conmigo y que intentaste matarme.
—Leticia, es mejor que te calles antes de que vayas a decir algo peor —
intervino Natalia al ver a su amiga en ese estado —. Vamos al apartamento.
De repente, en medio de las miradas atónitas de sus amigos, Leticia se
puso en pie y fue hacía la orilla fijando su mirada al cielo.
—Qué hermosa está la luna hoy —dijo de pronto.
—¿Qué luna? Yo no veo más que oscuridad —contestó su hermano.
—Esa luna negra de ahí, oculta tras el acantilado.

Cuarto día por la mañana

—Leticia ¿dónde estás? —gritaba Natalia preocupada al ver que su


amiga no estaba en su habitación.
Desde lo ocurrido en la playa, tanto Natalia como el resto del grupo,
estaban muy preocupados por Leticia y no querían dejarla sola mucho
tiempo. Martín y Pablo se habían ido a comprar y sólo estaban ellas en la
casa.
—Leticia ¿quieres contestar por favor? —gritó de nuevo sin obtener
respuesta.
Justo cuando estaba a punto de salir para ir a buscarla a la playa, vio que
algo se movía en la parte trasera de la casa, cerca del invernadero. Fue
lentamente hacía allí, se paró frente a la puerta, era de cristal con bordes de
metal llenos de herrumbre. Con cuidado la abrió y vio a su amiga al fondo
del invernadero de espaldas.
—Leticia… —dijo en un tono de voz neutro para no asustarla. —¿Se
puede saber por qué no me contestabas? Llevo más de diez minutos
buscándote por toda la casa.
—No te oí —dijo sin mover ni siquiera la cabeza.
—¿Se puede saber que estás haciendo aquí? Y por favor, mírame cuando
te hablo.
De nuevo su amiga permaneció callada y sin apenas hacer ningún
movimiento. Natalia decidió que, ya que ella no se giraba para hablar, se
acercaría y se le plantaría delante. Se acercó lentamente, delante de su
amiga había una especie de mueble de madera de color verde. Cuando llegó
a su altura, pudo observar que su amiga estaba concentrada mirando
fijamente uno de los estantes que estaba lleno de hojas y flores secas por el
tiempo.
—¿Qué estás mirando Leticia?
—Tengo que arreglar los centros de mesa para decorar la casa cuanto
antes.
—¿Qué centros de mesa? —mientras Natalia le hablaba Leticia ni
siquiera pestañeaba.
—Estos centros de mesa —señaló justo donde había unas cestas viejas y
llenas de moho.
—Leticia, cariño, eso está muy viejo y dudo mucho que puedas hacer
nada con ellas —Natalia cogió a su amiga del brazo con la intención de
apartarla de allí, pero era como intentar mover una escultura de piedra. —
¿Se puede saber qué haces? Pareces una estatua de mármol.
—Tengo que dejar terminado los centros de mesa antes del sábado.
—Pero ¿de qué estás hablando? ¿Para qué quieres esos dichosos centros
de mesa? ¿No ves que están viejos y sucios? Vamos a salir de aquí ahora
mismo.
Natalia intentó de nuevo tirar de ella, pero no consiguió moverle ni un
solo pelo. Lejos de rendirse, volvió a tirar con todas sus fuerzas haciendo
que Leticia se enfadara. Se giró rápidamente hacía Natalia y con una mirada
iracunda la sujetó por ambos brazos y gritó mientras la lanzaba por los
aires.
—¡¡Déjame en paz!!
Natalia chocó de lleno contra la pared de cristal haciendo que todo el
invernadero temblara. Dolorida y con pocas fuerzas para levantarse del
suelo, pues se había hecho daño en el brazo, vio como su amiga se acercaba
a ella con una mirada que podría hacer temblar hasta el más valiente de la
tierra.
—Te lo advertí Natalia, pero tú pareces no hacer caso a nadie —su voz
no era la de siempre, ahora era ronca, parecía salida de las tinieblas.
—¿Quién demonios eres? Tú no eres Leticia.
—Soy yo, ¿no me reconoces amiga? — mientras decía esto avanzaba
lentamente hacía Natalia que permanecía inmóvil en el suelo.
—¡Socorro! ¡Socorro! —gritó arrastrándose por el suelo como podía
para llegar a la puerta.
—¿Qué está pasando aquí? —gritó de pronto Pablo entrando al
invernadero.
—¡Dios mío! Menos mal que habéis llegado —dijo Natalia respirando
aliviada al ver a sus dos amigos.
—¿Natalia? ¿Qué haces en el suelo? —preguntó Martín acercándose
rápidamente a ella.
—Es muy torpe —empezó a contestar Leticia —, tropezó sin darse
cuenta con esos palos de ahí y terminó por caerse al suelo —. Miró a
Natalia fingiendo preocupación. —¿Estás bien amiga? Martin, ayúdala a
levantarse anda.
—Ya puedo sola, gracias —refunfuñó Natalia mientras Martín le daba la
mano.
—Vamos dentro para que te cure esa herida del brazo —Martín
acompañó a Natalia dentro del apartamento porque tenía una pequeña
herida que sangraba mucho. Mientras entraban, Natalia lo miró con
expresión seria.
—No sé con quién estaba dentro del invernadero, pero te puedo asegurar
que esa no es tu hermana.

Media tarde

Natalia estaba recogiendo la cocina tras el almuerzo, mientras Martín y


Pablo habían ido juntos a pescar. Leticia había preferido quedarse en la
habitación descansando. Nada más terminar de limpiar, subió a su
habitación para descansar un poco y refrescarse con una buena ducha. Al
llegar a la puerta, escuchó una conversación entre dos personas dentro del
cuarto de su amiga Leticia. Qué raro, ¿habían vuelto sus amigos de pescar?
Aunque no los había visto llegar. Luego se le ocurrió que quizá estaba
hablando con alguien por teléfono, así que le restó importancia y entró en
su habitación. Fue directamente al baño para darse una ducha. Mientras se
relajaba con agua caliente, al otro lado de la pared se escuchaban risas. Por
el ruido del agua al correr y el ancho de la pared, no se podía escuchar con
claridad lo que hablaban, pero el tono de voz era tan alto que estaba segura
de que había dos personas en la habitación de su amiga. Dedujo que, en esta
ocasión, Pablo y Martín ya habrían llegado de su rato de pesca.
—Estos dos no tienen remedio, no sé cómo lo hacen, pero siempre
acaban solucionando sus problemas de la misma forma, bajo la manta.
Fue al armario, sacó unos pantalones vaqueros y una camiseta para
vestirse. Luego fue al tocador, sacó el secador junto con el peine y se
dispuso a secarse el pelo a la vez que lo alisaba. Mientras lo hacía, miró el
móvil inerte encendido sobre el tocador. Se quedó mirando fijamente la
pantalla mientras le daba vueltas a la idea de que llevaba más de tres días
sin hablar con Manuel. Entonces cayó en la cuenta, allí no llegaba la
cobertura, ¿entonces? ¿Con quién estaba hablando su amiga cuando ella
pasó por su habitación? Inmediatamente había deducido que era una
llamada telefónica, pero si ella no tenía cobertura… No quiso darle muchas
vueltas al asunto, así que lo dejó correr, pero sí que se le ocurrió la idea de
ir al día siguiente al pueblo más cercano para poder hablar con su novio.
De pronto, una fuerte carcajada llamó su atención, pero no por
escucharla sino porque el sonido no le era nada familiar. Terminó de
arreglarse y salió de la habitación para tocar la puerta de su amiga y saber
que estaba pasando allí. Al no recibir ningún tipo de respuesta, entró en el
cuarto, pero no había nadie. La cama estaba totalmente deshecha y toda la
ropa tirada por el suelo. Al fondo, al lado del armario, estaba aquel horrible
espejo de madera antigua de cuerpo entero por el cual había rechazado la
habitación cuando llegó al apartamento. Su amiga le había ofrecido
quedarse ahí, ya que tenía mejores vistas, pero ella rechazó el ofrecimiento
nada más ver ese espejo. Había conseguido ponerle la piel de gallina.
—Leticia, ¿estás aquí? —la llamó en voz alta a ver si su amiga le
contestaba. Pero no recibió ninguna respuesta.
Al acercarse al cuarto del baño, escuchó como el agua corría y se acercó
a mirar. Nada más hacerlo vio a su amiga dentro de la ducha a través de la
mampara acompañada por otra silueta. Dio un brinco al darse cuenta de que
había pillado a la pareja dándose un baño, así que rápidamente salió de la
habitación sin hacer ruido y bajó por las escaleras para ir al salón a ver una
película e intentar borrar esa imagen de su mente. Cuando estuvo cómoda
en el sofá, subió el volumen del televisor para evitar escuchar sonidos
innecesarios procedentes de la habitación de arriba. Ya había sido suficiente
con la escena anterior.
—Pesados, ya podrían cortarse un poco cuando tienen más gente
compartiendo su casa —protestó Natalia subiendo aún más el sonido del
televisor.

Dos horas después

—Despierta bella durmiente —Natalia abrió los ojos y vio delante de


ella a Pablo y a Martín —. Mira lo que hemos pescado para la cena —
ambos llevaban en las manos cinco capturas cada uno.
—Vamos a hacer una cena para chuparse los dedos —dijo Martín.
Mientras ellos presumían de sus capturas, Natalia comenzó a darle
vueltas a su cabeza para intentar comprender qué era lo que estaba pasando.
De pronto, se puso en pie.
—¿Qué pasa Natalia? —preguntó Martín.
—Pablo —Natalia se dirigió a su amigo —, ¿cuándo te has ido a pescar?
No te he escuchado salir.
—¿Lo preguntas de verdad? Sabes perfectamente que me he ido este
mediodía con Martín. Llevamos casi cinco horas en la playa pescando.
—Eso no es posible.
—¿Cómo que no es posible?
—Porque os he escuchado toda la tarde a Leticia y a ti hablando, y otras
cosas que no son hablar, en vuestra habitación.
—Natalia, acabo de llegar. No sé de qué estás hablando, seguramente
haya sido un sueño que has tenido mientras dormías. Además, Martín te lo
puede confirmar.
—Doy fe de que ha estado toda la tarde conmigo.
—Os aseguro que no ha sido un sueño. La primera vez fue cuando subí a
darme una ducha, la segunda mientras estaba en la ducha, donde además la
escuchaba reír a carcajadas y la tercera al bajar aquí antes de ponerme la
película. Pero si he tenido que subir el volumen al máximo de la
escandalera que teníais montada ahí arriba.
—Te repito, Natalia, que acabo de llegar de pescar.
—Entonces ¿con quién estaba hablando Leticia?
—No lo sé, pero vamos a averiguarlo ahora mismo —protestó Pablo
subiendo las escaleras. Nada más llegar arriba abrió la puerta del cuarto de
su mujer sin ni siquiera llamar antes. Cuando la abrió vio a su mujer
dormida en la cama plácidamente. —Leticia, cariño —la llamó mientras la
zarandeaba para que se despertara.
—¿Qué pasa Pablo? ¿Por qué me despiertas?
—¿Con quién estabas dentro de la habitación? Natalia me ha dicho que
llevas toda la tarde hablando con alguien.
—Natalia ¿te has vuelto loca? ¿yo con alguien? He estado sola toda la
tarde descansando —protestó Leticia.
—Estabas hablando con alguien Leticia y, no solo eso, te reías a
carcajadas. Además, entré a tu cuarto y te vi dentro de la ducha con otra
persona, no lo niegues.
—Natalia, creo que esta casa te está volviendo completamente loca —
protestó Leticia levantándose de la cama —. Ahora, si no te importa, voy a
hablar con mi marido en privado.
Se dirigió en su dirección y pasó por su lado empujándola de mala gana.
Una vez llegó a la puerta de la habitación, la cerró lentamente al tiempo que
le dedicaba una sonrisa siniestra.
—Martín —se giró desesperada hacia su amigo —, tienes que creerme.
Tu hermana estaba con alguien dentro del cuarto. En todo momento pensé
que se trataba de Pablo, pero ya has podido comprobar por ti mismo que no
era así.
—Puede que estuviera cantando o hablando sola, ya sabes que desde que
llegó aquí, mi hermana no es la que era.
—No, dentro de esa habitación había alguien más, pero no me quedé lo
suficiente para verle la cara porque pensaba que los había pillado en un
momento íntimo.

Madrugada…

—Te doy las gracias por dejar que me quede esta noche contigo Martín.
—No vas a estar muy cómoda que digamos, este sofá es bastante viejo,
pero la compañía te aseguro que va a ser maravillosa.
—Eres un fanfarrón, ¿lo sabías? Además, después de lo ocurrido hoy,
cualquier lugar es mejor que estar sola en esta casa.
—¡Vaya! Gracias por la parte que me toca —protestó Martín poniendo
un cojín en la espalda de Natalia para que estuviera más cómoda.
—Ya sabes lo que quiero decir, estoy muy asustada y no quiero dormir
sola. Prefiero compartir sofá, manta y peli con mi mejor amigo.
—Debes tranquilizarte, puede que mi hermana simplemente esté sacando
todo el dolor de su interior.
—No sé Martín, pero mañana me gustaría ir a la ciudad más cercana
para llamar a mi familia.
—E imagino que también a Manuel —protestó Martín pulsando el botón
del mando para poner en marcha la película.
—Sí, a él también.
—Lo suponía.
—Sabes que lo nuestro fue un error desde el principio y que nunca debió
de pasar. Tú eres un militar y los militares no pueden tener estabilidad en
ningún sitio, siempre están metidos de lleno en alguna misión.
—Eso lo decidiste tú, no yo.
—Quizá, pero creo que fue la mejor decisión.
—¿Eso crees? Porque la verdad es que yo no lo tengo tan claro como tú
—contestó visiblemente enfadado y mirando fijamente a los ojos de
Natalia.
De repente, la mirada de Martín se centró en otro punto. En la puerta de
entrada al salón había una silueta oscura de mujer.
—¿Qué haces ahí parada como una estatua Leticia? Entra de una vez
para que te sientes con nosotros a ver la película —gritó Martín a la que
creía que era su hermana.
Natalia miró en ese momento para la puerta y se quedó fijamente
mirando la silueta inmóvil.
—Leticia ven con nosotros, lo pasaremos bien, además es tu película
favorita, Titanic — dijo Natalia a ver si su amiga se relajaba después de los
últimos acontecimientos.
—No me digas que sigues enfadada con nosotros, venga Leticia, deja
atrás de una vez los rencores —le dijo su hermano.
La silueta oscura, lejos de entrar en el salón, caminó lentamente hacía
atrás y empezó a subir por las escaleras.
—Esto ya se pasa de castaño oscuro —protestó Martín incorporándose
del sofá para ir en busca de su hermana.
—Déjala, quizá esté cansada y no quiera estar aquí con nosotros —
comentó Natalia sujetando a su amigo por el brazo para detenerlo.
—Ni hablar, vamos a aclarar esto de una vez por todas. ¡Leticia! ¡Ven
aquí ahora mismo! —le gritó de nuevo corriendo escaleras arriba en busca
de su hermana que ya estaba entrando en su cuarto.
Natalia fue detrás de él y encendió la luz de la escalera porque estaba
todo muy oscuro. Martín se metió en el cuarto de su hermana y al cabo de
un minuto salió con la cara pálida.
—¿Qué pasa Martín? —preguntó Natalia al cruzárselo a mitad de
escalera —Ni que hubieses visto un fantasma.
—He entrado en la habitación de mi hermana detrás de ella y he visto
algo que no podía ser normal.
—¿El qué?
—Leticia y Pablo estaban durmiendo abrazados uno junto al otro. Es
imposible que mi hermana se colocara de esa manera sin despertar a Pablo
en menos de un segundo, que es lo que he tardado yo en ir detrás de ella y
entrar en la habitación.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Natalia sabiendo ya de
antemano la respuesta.
—Pues eso que vimos en la puerta del salón, no podía ser mi hermana.
—Entonces no estoy tan mal cómo pensaba, hay un quinto habitante en
esta casa que no conocemos.
—Me temo que sí —susurró Martín.
—Pues entonces ya sé quién es el responsable de esto —Natalia señaló
con un dedo la cocina para que Martín mirara.
Dentro estaba toda la comida de nuevo tirada por el suelo, pero ahora
además había vasos y platos rotos.
—Es imposible que todo esto sucediera a pocos metros de nosotros y no
oyéramos nada.
—Fíjate como está todo, incluso han volcado el mueble de la vajilla, el
cual pesa una tonelada —protestó Natalia.
—Es imposible que una persona normal y corriente pudiese mover ese
mueble tan despacio como para no hacer ruido y depositarlo bocabajo en el
suelo.
—Sea lo que sea, no es nada bueno Martín.
—Mañana, nada más que amanezca, nos vamos a la ciudad para buscar
información sobre esta maldita casa.

Sexto día por la mañana

—No sé si hemos hecho bien en dejar solos a Pablo y Leticia en esa


casa.
—Por ahora no quiero decirles nada, a lo mejor estamos equivocados y
no quiero estropearles lo que les queda de vacaciones.
—La verdad es que no creo que estemos equivocados, pero será mejor
hablar con ellos con pruebas —comentó Natalia.
Mientras se acercaban a la ciudad, la señal de teléfono volvió a funcionar
y empezó a llegarle muchos mensajes al móvil.
—¿Son de Manuel? —preguntó Martín sin quitar la vista de la carretera.
—No, son de mi madre, voy a llamarla a ver qué pasa.
—Deben estar preocupados, llevas más de tres días sin llamarlos.
Natalia asintió con la cabeza y le dio a la tecla de llamada.
—Mamá, soy yo, Natalia.
—¡Hija, ya era hora de que llamarás! ¿Se puede saber dónde te metes?
—Verás mamá, en el apartamento donde estamos no hay línea de
teléfono y tampoco llega la señal.
—Por eso te he estado llamando hija, tu padre y yo hemos estado
investigando, bueno ya sabes cómo es tu padre don gestor inmobiliario, y
no damos con esa propiedad por ningún sitio.
—¿Has buscado por los alrededores de la cala de la Luna Negra?
—A eso voy, esa cala no existe, no sé quién te dijo que se llamaba así,
pero te engañó. ¿Has hablado personalmente con su propietaria?
—No, todos los trámites los hizo Leticia, espera un momento mamá.
Creo que recibió un sobre certificado de la propietaria con las llaves del
apartamento, quizá ahí estén los datos.
—¿Hay manera de ir a casa de Leticia para echarle un vistazo a ese
sobre?
Martín al escuchar la pregunta de la madre de Natalia, asintió con la
cabeza dando su aprobación y confirmando que sí podían ir.
—Sí, tengo a Martín a mi lado y me dice que sí.
—Diles que voy a llamar a mi hermana Cristina, ella tiene una copia de
las llaves.
—¿Lo has escuchado mamá?
—Sí, hija. Cuando lo tengáis, hacérmelo llegar cuanto antes para que tu
padre pueda investigar sobre ella.
—De acuerdo mamá.

Una hora después …

—Vamos a esperar la llamada de mi madre Martín, a ver qué nos dice de


la propietaria.
—Mientras podemos ir pidiendo algo de comer ¿qué te apetece?
—Algo fresco, hace mucho calor.
Martín alzó una mano para llamar la atención del camarero.
—Por favor, una ensalada, dos hamburguesas y dos de patatas fritas con
todo.
—Enseguida, y ¿para beber?
—Una cerveza bien fría y una botella de agua mineral.
Estaban a punto de empezar a comer cuando sonó el móvil.
—Es mi madre —Natalia se puso nerviosa —. Por fin mamá ¿qué ha
averiguado papá?
—Hija, ¿estás segura de que no os han tomado el pelo?
—Quiero pensar que no, pero no sé, todo esto lo organizó Leticia.
—La mujer del remitente se llama Debora Montenegro, pero lo más
curioso de todo esto es que lleva muerta más de cincuenta años y no tenía
ningún heredero.
—¿Cómo? ¿Qué estás diciendo mamá?
—Y no solo eso Natalia, según ha podido ver tu padre en el catastro, la
única casa a nombre de esta mujer es una pequeña casona al borde de un
acantilado que no se ha podido derrumbar aún porque están a la espera de
recursos económicos.
—¿Puedes enviarme una foto de la casa?
—Te la estoy enviando ahora mismo. Por favor, salid de ahí cuanto
antes. —Natalia colgó el teléfono y abrió el archivo que le envió su madre.
De pronto, un escalofrío recorrió toda su espalda, se puso tensa y palideció.
—¿Qué pasa Natalia? —preguntó Martín preocupado al ver la cara de su
amiga.
—Mira esto — le enseñó la pantalla y él miró con atención la fotografía.
—Es nuestro apartamento ¿y qué?
—No es ningún apartamento Martín, es una casa en ruinas a la espera de
ser derruida. Su última dueña falleció hace más de cincuenta años y, según
lo que ha averiguado mi padre, no hay ningún heredero.
—Entonces ¿quién le alquiló la casa a mi hermana?
—No lo sé.
Natalia abrió su botella de agua y le dio un buen sorbo.
—Y lo peor de todo Martín, es que nadie sabe nada de esa cala de la
Luna Negra —al decir ese nombre, la camarera pasaba cerca de su mesa
empezó a ponerse nerviosa y se le cayó la bandeja al suelo, produciendo un
fuerte estruendo en la cafetería.
—¿Está bien señorita? —preguntó Martín al verla tan pálida.
—¿Qué hacen ustedes en ese maldito lugar? —empezó a gritar como una
loca —La muerte va a venir en su busca y nada ni nadie podrá hacer nada
por ustedes —gritó de nuevo.
—Mamá, mamá ¿qué te pasa? —Una camarera más joven salió de detrás
de la barra corriendo para ayudar a la mujer que estaba al borde de un
ataque de nervios.
—¿Puedo ayudar en algo? — dijo Martín poniéndose de pie.
—No, tranquilos, me la llevo dentro para que se tranquilice. Siento
mucho la molestia, no sé por qué se ha puesto así —dijo la joven
arrastrando a su madre detrás de la barra para llevarla al baño.
—La muerte os va a llevar, marchaos de allí antes de que sea tarde —
gritó de nuevo la mujer mientras su hija cerraba la puerta del baño.
—¿Has oído lo que ha dicho Martín?
—Sí, pero no podemos dar crédito a algo así Natalia. Puede que alguien
cercano a ella le ocurriese algo en aquella zona y por eso se ha puesto así.
—Se puso así al escuchar el nombre de la cala de la Luna Negra, ¿qué
habrá querido decir con la muerte os va a llevar?
—Será mejor que olvidemos este momento —dijo Martín sacando
dinero de su cartera para pagar la cuenta.
—No me voy a ir de aquí hasta que hable con esa mujer.
—Estás loca Natalia, esa mujer no te va a decir nada real ¿no has visto
cómo ha perdido los nervios?
—Me da igual, yo de aquí no me voy hasta que hable con ella.

Dos horas más tarde …

Natalia y Martín seguían sentados en la cafetería tomando un café,


mientras esperaban que saliera la camarera.
—No va a volver a salir Natalia y ya son casi las cinco de la tarde,
tenemos que volver —estaban a punto de levantarse cuando salió a la barra
la camarera más joven. Natalia se levantó de la mesa y fue hasta ella.
—¿Aún están ustedes aquí? —preguntó la camarera.
—Necesito hablar con su madre, ¿sería posible?
—No, me temo que mi madre va a estar indispuesta todo el día.
—Es importante, llevamos en ese lugar toda la semana y hemos visto y
oído cosas extrañas, quizás su madre nos pueda dar respuestas.
—Mi madre no va a poder dárselas, pero yo sí. Deben salir de esa casa
antes del séptimo día o ya será muy tarde para uno de ustedes.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Martín.
—Esa casa está maldita, perteneció a una mujer muy mala y su espíritu
atormentado no ha podido salir de ahí.
—¿Cómo puedes estar tan segura de eso?
—Mi tía desapareció misteriosamente en esa casa hace veinticinco años,
todos creyeron que fue su marido, pero tanto mi madre, como yo, nunca
llegamos a creernos esa teoría.
—¿Por qué? —preguntaron los dos al unísono.
—Durante su estancia, mi tía escribió un pequeño diario de las cosas que
le ocurrían, se acababa de casar y quería guardar todos los recuerdos
posibles de su luna de miel.
—¿Qué decía el diario?
—El primer día todo parecía normal hasta que llegó al ventanal trasero
para levantar el estor y que entrara luz en la casa. Entonces fue cuando vio
aquella horrible frase “Vais a morir”, al día siguiente toda la cocina
apareció revuelta con vajilla y comida por el suelo. El tercer día una sombra
atravesó el pasillo oscuro de las habitaciones.
Mientras la chica relataba cada uno de los episodios vividos por su tía,
Martín y Natalia se iban sintiendo cada vez más identificados con la señora.
Ellos estaban viviendo exactamente lo mismo.
—El último día se desató una terrible tormenta en ese lugar. Mi tío
estaba pescando para la cena y se vio sorprendido por ella y fue arrastrado
un kilómetro más allá de la casa. Lo encontraron en la carretera herido y
cubierto de sangre. Mi tía no apareció y solo dejó esto escrito en el diario la
palabra adiós.
—¿No se supo nada más de ella? —preguntó Martín aún alucinado por
el relato que acababa de contarles la mujer.
—No, pero mi madre y yo investigamos un poco más y descubrimos que
esa tal Debora Montenegro, que era la dueña de esa casa, fue una especie de
asesina en serie que mataba chicas jóvenes para mantenerse siempre joven.
Era una especie de ritual para ella. Murió en agosto de mil novecientos
sesenta.
—¿Cómo murió? —preguntó Natalia intrigada.
—Se suicidó ahogándose en su propia bañera. Pero lo peor de todo es
que lo hizo delante de su espejo para ver su reflejo mientras moría, sin duda
toda una psicópata.
—¿Creen que esa mujer puede seguir en la casa?
—No lo sabemos a ciencia cierta, pero de una cosa estamos bien seguras,
salgan de ahí antes del séptimo día o uno de ustedes será el siguiente.

Por la noche…

—Mira qué tarde se ha hecho —dijo Martín mirando su reloj —, son casi
las nueve de la noche.
—¿Crees que puede ser verdad lo que nos ha contado esa chica sobre la
casa? —preguntó una pensativa Natalia.
—No lo sé, pero tenemos que admitir que hay muchas coincidencias en
ese diario.
—¿Muchas? Por ahora ha calcado cada uno de los días que hemos
pasado aquí.
—Hay otro detalle que no te quise comentar delante de la camarera.
—¿Cuál?
—Llamé al banco donde tiene mi hermana la cuenta y hablé con un buen
amigo mío sobre el cobro del alquiler del apartamento para ver si me podía
dar algún dato sobre el dueño o dueña de la cuenta corriente.
—¿Y te lo dio? —preguntó Natalia intrigada.
—El dinero del alquiler llegó devuelto, la cuenta corriente que le facilitó
esa mujer a mi hermana por teléfono no existe.
—¿Eso quiere decir que no hay ningún propietario? —Natalia se asustó
aún más de lo que ya estaba —¡Dios mío! Tenemos que sacar a Pablo y
Leticia de esa casa.
Ambos se subieron rápidamente al coche y salieron pitando de allí.
Mientras iban por la carretera, no podían dejar de pensar que había estado
pasando en aquella maldita casa de la Luna Negra.

En el apartamento, antes de la medianoche…

—No me lo puedo creer Leticia, el último día que vamos a estar aquí y
cae una fuerte tormenta. Ahora ni siquiera sé cómo vamos a avisar a Natalia
y Martín para que se queden en la ciudad hasta mañana.
Mientras Pablo hablaba, Leticia se mantenía en silencio viendo como
caía el agua de la lluvia sobre el acantilado.
—¿Sabes que me apetece ahora Pablo?
—¿Qué cariño?
—Fresas silvestres, se encuentran detrás del invernadero —dijo mientras
se acercaba sigilosamente hasta donde estaba su marido para abrazarlo.
—¿Fresas? ¿Estás segura de que hay fresas detrás del invernadero?
—Sí y además están muy buenas si la acompañas con nata montada —
Leticia le dedicó una sonrisa pícara a su marido.
—Marchando una de fresas entonces. Mientas ve poniéndote cómoda
que enseguida subo.
Mientras decía esto, Leticia subía lentamente por la escalera tirando a su
paso la bata de seda quedándose completamente desnuda a los ojos de su
marido. Cuando llegó arriba, le dedico un beso y entró en la habitación.
Pablo sonrió y salió rápidamente al jardín. Fue directo a la parte de atrás del
invernadero tal y como le había indicado su mujer. Cuando llegó allí se
metió de lleno en los arbustos en busca de las ansiadas fresas. Mientras
buscaba la fruta, el agua de la tormenta que caía sin cesar lo había calado
hasta los huesos. Tenía frío, pero esperaba que la recompensa que iba a
recibir por parte de su mujer, le hiciese entrar en calor. Buscó y buscó, pero
por más que lo hacía, no veía nada. Empezó a caminar maleza adentro sin
darse cuenta de que llegaba al precipicio que separaba la casa de la playa.
—Me parece querida que te vas a tener que conformar con cerezas de la
nevera —mientras decía esto, escuchó un gran estruendo a su espalda y una
fría corriente de agua que lo empujó al vacío.

En la habitación, Leticia totalmente desnuda, se miraba fijamente en el


viejo espejo. Un deseo inexplicable hizo que apoyara la mano derecha sobre
el frío cristal. Nada más ponerla notó como otra mano la sujetaba y observó
cómo del espejo empezó a salir lentamente un ser que se transformó en una
mujer mayor, con un vestido negro y el cabello recogido en un moño
canoso. Las dos, frente a frente, sonrieron siniestramente mientras un halo
negro salía de la boca de la mayor y entraba por la boca de Leticia. Cuando
terminó de entrar en ella, la mujer mayor se desplomó en el suelo. Leticia,
lejos de ayudarla, siguió mirándose en el espejo orgullosa de la belleza de
su juventud. Fue hasta el armario y sacó un vestido rojo de seda y unas
sandalias de tacón de aguja a juego. Soltó su larga melena cobriza después
se acercó al espejo para maquillarse y salió de la casa dando un sonoro
portazo que hizo retumbar hasta los cimientos.

Madrugada…

—¿Pero cuando vamos a llegar Martín? —preguntó Natalia nerviosa —


Ya son más de las tres de la madrugada.
—Con esta lluvia es muy complicado conducir. Si acelero más,
podríamos tener un accidente.
Tomaron una curva y vieron las luces de dos coches patrulla de la policía
parados en medio de la carretera. Entre los dos coches, e iluminado por la
luz de los faros, vieron a Pablo herido y cubierto de sangre.
—¡Dios mío Martín! Es Pablo —gritó Natalia al mismo tiempo que
Martín detenía el vehículo. Ambos se apearon del mismo y echaron a correr
para ver que le había pasado a su amigo y cuñado.
—Agentes ¿qué ha ocurrido? —preguntó Martín con toda la serenidad
que fue capaz de transmitir.
—Este hombre vagaba sólo y de esa guisa por la carretera. Le hemos
parado para poder ayudarle, pero dice que no recuerda nada. ¿Lo conocen?
—Sí agentes, es mi cuñado.
—Pablo ¿qué te ha pasado? — le preguntó Natalia.
—No lo sé, estaba en la casa, iba a recoger unas fresas para Leticia. Me
dijo que se encontraban detrás del invernadero, pero allí no había nada. De
repente una fuerte riada me arrastró ladera abajo. Ya no recuerdo nada más.
—¿Leticia estaba contigo? —preguntó Natalia preocupada por su amiga.
—No, por suerte ella se quedó dentro de la casa.
—Agentes —Martín se dirigió hacia ellos con su acreditación militar —,
ya que mi cuñado parece encontrarse bien y que no hay nada por lo que
preocuparse, ¿les importa que nos marchemos para que pueda darse una
ducha y descansar de tremendo susto?
—Me temo, señor, que hasta mañana no hay nada que hacer. La riada se
ha llevado gran parte del sendero de barro por delante y ha dejado la
carretera obstruida.

Séptimo día

Tras varias horas esperando, por fin la carretera había quedado libre.
Martín y Natalia junto a la policía habían llegado a la cala de la Luna
Negra. Al llegar allí, nada de lo que tenían delante era lo que recordaban
haber visto el día anterior. La casa estaba totalmente deteriorada, con la
fachada llena de grietas y varios de los cristales de las ventanas rotos. Las
tejas estaban la mayoría partidas y el resto por el suelo.
—¿Están seguros de que han pasado aquí toda la semana? —preguntó
uno de los policías mientras se acercaban a la puerta de entrada.
—Quizá la tormenta la haya dañado —dijo Martín.
—¿Y el interior también? —dijo uno de los agentes.
La entrada estaba toda llena de barro, el interior de la casa lleno de
basura, polvo y tela de arañas por todas partes. Los muebles del salón
estaban tapados con sábanas y la pantalla del televisor rota. La cocina
estaba sucia y el grifo del fregadero oxidado.
—Señores ¿no se habrán equivocado de casa? —volvió a preguntar el
policía — Más que nada, porque esta casa lleva años deshabitada.
—Le aseguro agente que estábamos aquí instalados —protestó Martín.
—Será mejor que subamos a la planta de arriba a ver si está Leticia —
dijo Natalia adelantándose a los demás y subiendo lentamente cada uno de
los peldaños de madera que crujían con fuerza con cada paso. Al llegar a
arriba, una de las barandas de la escalera se desprendió y cayó al suelo
formando un gran estruendo.
—¿Natalia, estás bien? —preguntó Martin preocupado.
—Sí, tranquilos, todo bien por aquí.
—Sigo diciendo que esta casa lleva abandonada muchos años —volvió a
decir de nuevo el policía.
—Y yo le digo que no, es más, se lo voy a demostrar. Este de aquí es mi
cuarto y seguro que dentro están todas mis cosas —Natalia abrió la puerta y
ésta cedió. Soltó el pomo en cuanto notó que se vencía y cayó contra el
suelo levantando una gran polvareda. Dentro de la habitación sólo había
muebles viejos tapados por sábanas blancas, polvo y muchas telas de araña.
Se acercó al armario en busca de toda su ropa, pero sólo encontró más
polvo.
—Pero ¿dónde están todas mis cosas Martín? Esto no puede ser real —
gritó Natalia.
—Señorita, ya les he dicho que esta casa está abandonada desde hace
muchos años —comentó de nuevo el agente —. Esta es nuestra ruta diaria y
si ustedes hubiesen estado aquí durante esta semana, tengan por seguro que
los hubiésemos visto y avisado de los peligros de alojarse en una casa en
estas condiciones. Pero no ha sido el caso.
De repente, el otro agente que se había quedado en el pasillo dio un
grito.
—¡Javier! ¡Ven aquí enseguida! —El policía salió al encuentro de su
compañero, seguido por Natalia, Pablo y Martín.
Cuando llegaron a la otra habitación, en la que dormían Leticia y Pablo,
se encontraron con algo siniestro que hizo tambalear a Natalia. Una mujer
aparentemente mayor yacía en el suelo muerta.
—¡Dios mío! ¿Quién es? —gritó Natalia abrazándose a Martín.
—No puede ser, es…— los agentes se miraron sin decir nada.
—¿Quién demonios es esta mujer? —protestó Martín ante su silencio.
—Creemos que es una persona que lleva desaparecida mucho tiempo.
—Hay una cafetería en el pueblo llamada La rosa roja, una de sus dueñas
desapareció hace ya algún tiempo — contestó el otro policía —. El caso se
cerró porque todo apuntaba a que se había marchado por ella misma, pero
su hermana siempre imaginó que algo le había ocurrido para desaparecer de
esa manera.
—¿Esa no es la cafetería donde estuvimos ayer, Martín?
—Sí Natalia y me parece demasiada casualidad— los dos amigos se
miraron fijamente recordando la historia de la camarera.
—¿Cuánto creen que lleva muerta? —preguntó Martín.
—No lo sabremos con certeza hasta que aparezca el forense, pero por la
rigidez del cuerpo, me atrevería a decir que entre diez o doce horas.
—Entonces… —Natalia miró de nuevo a Martín, después empezó a
contar con los dedos de las manos y palideció al darse cuenta de que había
muerto durante la medianoche del séptimo día —Martín…—susurró.
—¿Cómo le digo yo ahora a mi cuñado que su esposa ha desaparecido y
que en su lugar hemos encontrado una mujer desaparecida hace veinticinco
años?

A varios kilómetros de allí…

Matilda Switch había conseguido un nuevo cuerpo, mucho más joven.


Camina lentamente por el arcén de una carretera solitaria con su atrevido
vestido rojo de seda y sus tacones de aguja.
—Por fin me he ido del cuerpo de ese vejestorio —Matilda iba
mirándose en el espejo de madera que siempre la acompañaba, y que le
servía para robar los cuerpos de las pobres incautas que lo tocaban,
observando lo joven y bella que era ahora. Tan perdida estaba en su nueva
imagen, que no se dio cuenta de que un coche descapotable paró cerca de
ella.
—¿Estás perdida nena? —gritó el conductor haciendo que Matilda se
girara.
—No, pero agradecería que un chico guapo como tú me acercara a la
ciudad más cercana. Se me ha averiado el coche y llevo caminando sola
varias horas.
—Mi coche es tu coche belleza —dijo el chico abriendo la puerta del
copiloto para que entrara.
—Gracias, tendré en cuenta tus palabras, tienes un coche espectacular —
contestó sentándose en el asiento y mirando con malicia a su siguiente
víctima, mirada que el joven interpretó de forma muy distinta.
—¿Tienes prisa por llegar a tu próximo destino? —le preguntó el joven
—Si te apetece, podemos parar en alguna de las playas cercanas para darnos
un baño.
Matilda o Leticia, porque ese iba a ser su nombre mientras ocupase ese
cuerpo, sonrió ante la propuesta del chico.
—¿Prisa? Ninguna, tengo un cuarto de siglo para disfrutar a tope de este
nuevo cuerpo y lo voy a hacer con toda la calma del mundo, sin privarme
absolutamente de nada.
El chico no entendió nada de lo que dijo, pero le daba igual, no iba a
dejar escapar una pieza como esa.
Lo que el pobre no sabía es que sería él la presa.

En ese mismo instante, en el apartamento del acantilado…

—Martín, estoy más que segura de que todo está relacionado con ese
maldito espejo —gritó Natalia exasperada al mismo tiempo que buscaba el
objeto. Él la ayudaba a buscar levantando todo lo que se encontraba tirado
por el suelo.
—Natalia, no creo que esté aquí, si estuviera lo habríamos visto ya.
—Dudo mucho que esa maldita mujer se lo haya llevado, era demasiado
grande, estoy segura de que tiene que estar por alguna parte. Seguramente
lo escondió bien para que nadie lo encontrará.
Entró en el baño del cuarto donde dormían Leticia y Pablo, empezó a
mirar por todas partes, pero no encontraba nada. Estaba desesperada, no
entendía nada de lo que estaba ocurriendo, pero de pronto, se percató de que
en la ventana del baño había una enorme cortina que antes no estaba.
—¿Quién ha puesto esta horrible cortina aquí? —dijo Natalia cogiéndola
por uno de los bordes para tirar de ella y quitarla. Al hacerlo el espejo
quedó al descubierto —. ¡¡Martín!! Lo he encontrado, está aquí.
Martín acudió rápidamente a su llamada y se quedó junto a ella
inspeccionando.
—Yo no sé tú, pero yo no le veo nada raro —dijo Martín sentándose en
un pequeño taburete blanco lleno de polvo.
—Yo creo que sí tiene que ver —Natalia se quedó mirando fijamente su
reflejo y llamó a Leticia tres veces.
—Natalia ¿te has vuelto loca? —preguntó Martín al ver a su amiga
gritándole al espejo —Te ha faltado dar tres vueltas sobre ti misma —
añadió a modo de burla —. Mira, nadie más que yo, desea que esto
funcione, es mi hermana la que está desaparecida, pero ¿de verdad crees
que haciendo eso la vamos a encontrar?
En un primer momento nada cambió y Natalia empezó a perder la
esperanza, pero al cabo de un rato cuando estaban a punto de salir del baño,
oyeron una voz muy suave y lejana.
—¡Socorro! ¡Socorro!
—¿Has oído eso? —preguntó Natalia.
—¿Qué si he oído el que?
—¿No lo oyes? ¿De verdad? Es como si alguien estuviera pidiendo
auxilio.
—Pues yo no oigo nada.
—No hables y escucha —Natalia se quedó quieta esperando escuchar de
nuevo aquella voz. En un primer momento no escuchó nada, pero al cabo de
unos segundos volvió a escuchar la misma frase y se dio cuenta de que
venía del espejo —. El sonido proviene del espejo —corrió de nuevo hacia
él.
—No puedes estar hablando en serio Natalia. Las leyendas de este
pueblo te han trastocado y yo me estoy cansando de tanta historia de brujas,
maldiciones o lo que quiera que sea todo esto— Martín no daba crédito a lo
que estaba sucediendo.
—Hablo completamente en serio, estoy escuchando a alguien pedir
auxilio y proviene del espejo. Acércate y compruébalo tú mismo —contestó
Natalia señalando al espejo donde se veía a Leticia al otro lado. Martín
suspiró, pero decidió seguirle el juego. Al acercarse, se quedó paralizado
ante la imagen que le devolvía el cristal del maldito espejo.
—¿Hermana? —gritó Martín poniendo su mano sobre el cristal,
provocándole una ligera descarga.
—Martín ¿te has vuelto loco? No pongas la mano ahí, no sabemos cómo
entró tu hermana en ese lugar —dijo Natalia apartando de un tirón a Martín.
Mientras ellos discutían como podía sacarla de ahí, Leticia escribió un
mensaje indicándoles que rompiesen el espejo.
—Mira Martín, tu hermana dice que rompamos el espejo.
—Pero… ¿Estás segura de que debemos romperlo? ¿Y si te hacemos
daño?
Leticia no se movió, pero sus ojos reflejaban el dolor y el miedo de estar
encerrada en aquel horrible lugar. Natalia no se lo pensó dos veces y cogió
una viga de madera vieja que estaba en el suelo del baño y golpeó con todas
sus fuerzas el cristal consiguiendo que se hiciese añicos.

En una playa apartada.

—Me tienes loco mujer de rojo. No se puede ser más guapa —dijo el
chico quitándose la ropa mientras Matilda lo miraba con ojos seductores.
—Tú sí que estás de toma pan y moja —dijo Matilda acercándose a él
peligrosamente mientras caminaba descalza por la arena.
—En esta playa nunca hay nadie, es un lugar tranquilo, solo para los dos.
La conozco desde niño y es mi lugar especial —dijo el incauto mientras
Matilda lo devoraba con los ojos.
—¿Estás seguro de que no hay nadie?
—Segurísimo, ya puedes ir quitándote la ropa para poder deleitarme con
tu figura, guapa.
Debía de tener alrededor de veinte años, su joven rostro no reflejaba
más. Matilda sabía que el coche no era de él, sino de su padre y que,
seguramente, el muy pillín se había hecho una escapada furtiva de fin de
semana en busca de presas. No era muy corpulento y a buen ojo no debía
pesar más de ochenta kilos, pero eso daba igual. Matilda necesitaba
alimentarse cuanto antes. Sin quitarse el vestido, fue hacía él y lo besó
intensamente provocando que el chico perdiera el equilibrio ante la
emoción. En cuestión de unos segundos, Matilda estaba sobre él sin dejar
de besarlo. El pobre chico seguía tumbado de espaldas sobre la arena
disfrutando de las caricias de ella. De pronto, para Matilda, fue suficiente.
No aguantaba las ganas, necesitaba alimentarse y tras besarlo en el cuello,
lo levantó como si fuera una pluma del suelo con una sola mano.
—Jo chica, eres increíble —volvió a decir el chico aún atolondrado por
las atenciones de Matilda.
En ese mismo momento el rostro de Matilda cambió y se transformó en
un monstruo de ojos rojos y en vez de manos, tenía garras. Abrió la boca
justo al mismo tiempo en que el chico empezó a gritar presa del pánico.
Comenzó a robarle toda su energía vital hasta que algo tiró de ella con
fuerza. No sabía que estaba pasando, lo único que notaba es que tiraba de
ella hasta un abismo del que era imposible escapar.
Un grito desgarrador perturbó por unos segundos la silenciosa playa
haciendo que el chico volviera a respirar. Abrió los ojos, pero allí no había
nada, solo él y la playa de su infancia. Se puso de pie y tomó una gran
bocanada de aire. Tras vestirse, fue hasta su coche que estaba aparcado a
pocos metros de allí y tiró lo más lejos que pudo las drogas que tenía
guardadas en la guantera, así como tres latas de cervezas.
—Después de esta pesadilla no pienso tomar nada más de esta mierda en
toda mi vida.

En el apartamento del acantilado.

El espejo se había roto llenando todo el suelo de trozos de cristal. Natalia


metió la mano por el marco del espejo y sintió como una mano se cogía con
fuerza a ella.
—Martín sujétame fuerte —gritó Natalia. Tiró con todas sus fuerzas para
intentar sacar a Leticia de ahí y, en cuestión de segundos, un grito
desgarrador como de ultratumba hizo que la vieja casa se sacudiese como si
de un terremoto se tratase. Después una luz cegadora hizo que los cristales
que estaban por el suelo se moviesen hacía el espejo como si este los
estuviese absorbiendo. En ese instante, Natalia y Martín dieron un último
estirón con el que consiguieron traer a Leticia hasta ellos. Los tres salieron
del cuarto de baño corriendo y se echaron en el suelo de la habitación para
protegerse del fuerte estallido que provocó que hasta el techo de la
habitación se hundiese. Asustados, y después de asegurarse que todos
estaban bien, se levantaron y miraron dentro del baño sin entrar en él.
Vieron todo lleno de escombros y, al fondo, el viejo espejo brillante
completamente intacto, como si lo acabasen de poner allí nuevo.
Una semana después…

—¿Seguro que estás bien Leticia? —Natalia estaba en el hospital en el


que trabajaba reconociendo a Leticia a ver si presentaba alguna anomalía
después de lo que había pasado durante sus vacaciones.
—Sí, la verdad es que me encuentro muy bien, lo único es que tengo un
apetito voraz. Debe de ser a causa de la ansiedad por lo ocurrido allí.
Leticia se quitó la ropa y se tumbó sobre la camilla mientras Natalia le
hacía un chequeo completo.
—Natalia creo que estás paranoica —Leticia empezó a reírse sin parar
ante las atenciones desmesuradas de su amiga.
—No creo que sea paranoia, sólo quiero asegurarme de que todo está
bien. Ahora, cuéntame, ¿qué viste en ese lugar?
—No sé qué decirte, la verdad era como estar en un reflejo de la
realidad. Yo estaba dentro de la misma habitación que se reflejaba en el
espejo, pero era como si estuviera congelada en el tiempo. No olía a nada,
no se escuchaba nada y cuando intentaba mirar por la ventana para ver que
había fuera, solo veía oscuridad. Me sentía atrapada dentro de una esfera.
—Debió ser muy duro —contestó Natalia abrazando a su amiga tras
darse cuenta de que estuvo a punto de perderla para siempre.
—Natalia basta por favor o me vas a hacer llorar a mí también. Solo
quiero que terminemos el reconocimiento y a poder ser, que me hagas una
ecografía.
—Pero ¿por qué quieres una ecografía?
—Tú házmela y después, según el resultado, hablamos.
Natalia le echó el gel conductor sobre el estómago y empezó a pasarle el
aparato lentamente por toda la zona, hasta que se dio cuenta de que allí
había algo más.
—¡Dios mío, Leticia! ¡Estás embarazada! Pero ¿cómo es posible que no
me lo hayas dicho antes?
—¿Cómo querías que te lo dijese si acabo de enterarme a la vez que tú?
—Leticia miró con asombro a su amiga. —Tenía mis sospechas, no porque
me falte el periodo, sino porque algo en mi interior me lo decía, pero quería
confirmarlo.
—¿Me estás hablando en serio Leticia? Porque según el ecógrafo y las
medidas del feto, estás de cinco meses por lo menos.
—Eso es del todo imposible, antes de ir a ese dichoso apartamento me
hice una analítica completa y dio negativo.
—Puede que fuese un error de laboratorio, no sé qué decirte.
—Te digo que no, además me bajó el periodo unos una semana antes de
irnos de vacaciones.
Natalia se quedó en ese momento pensativa y empezó a caminar de un
lado al otro de su despacho dándole vueltas y más vueltas a la cabeza hasta
que paró en seco.
—¿Y si se engendró en ese lugar?
—Eso es imposible Natalia, el feto tendría menos de un mes, no cinco
como tú dices.
Mientras ambas amigas discutían sobre el tema del embarazo, una
mirada triunfal apareció en el espejo que tenía Natalia en el despacho.
—Ya veréis incautas quién va a ganar ahora.
Entrevista a Matilda Switch

—Y bien, escritor, ¿qué te ha parecido la historia?


—¿La verdad? Con todo lo que me ha estado relatando hasta ahora, no
sé por qué, esperaba que salieran monstruos marinos asesinos de las aguas.
—Creo que ves demasiadas películas de ciencia ficción.
—No me vas a decir que no son las mejores, son las únicas que se salen
de la realidad y dan un paso más allá en busca de respuestas.
—Yo no lo veo de esa forma, para mí tan solo es una manera de escapar
de la monotonía diaria y dejar atrás los miedos.
—¿Y qué miedo me puede dar un espectro que llega de la nada en busca
de almas que llevar a otro mundo?
—Pues debería darte mucho miedo, porque son más peligrosos de lo que
crees y siempre suelen salirse con la suya. Así que, si por casualidad, ves
que estás en su punto de mira… Sal corriendo y no mires hacía atrás.
—¿Y tú Matilda? ¿Has mirado alguna vez hacía atrás?
—Solo una vez y fue cuando un imbécil se atrevió a tutearme sin
conocerme.
—¡Vaya! Veo que sabe sacar las uñas cuando algo no le gusta señorita
Switch.
—Y no sabes que grandes pueden llegar a ser mis uñas, así que no
vuelvas a salirse del contexto, escritor, o lo vas a lamentar.
—¿Y qué me va a hacer? ¿Va a llamar a alguno de sus espectros para
que me lleven al más allá?
—La verdad es que no sé qué castigo te daría, así que no vuelvas a tentar
a la suerte.
—¿Con qué nueva historia va a hacer que me calle y vuelva a escribir
señorita Switch? —preguntó el escritor alejándose un poco de Matilda que
lo miraba con cara de pocos amigos.
—Una de las que no te gustan —contestó. Al darse cuenta de que el
escritor se alejó de ella por miedo a su reacción, Matilda se levantó y fue de
nuevo a la cocina en busca de un vaso de té.
—A ver si adivino ¿otra de fantasmas?
—Pues no querido amigo, no es de fantasmas. Es una historia bastante
impactante la verdad, porque mientras la lees te metes de lleno en la mente
de una chica atrapada en su propio destino.
—¿Y quién es esa chica? —preguntó el escritor poniendo cara de asco al
ver aquel té tan extraño del que salían hasta bichos.
—Yo —dijo sentándose de nuevo en el sofá con la taza de té en la mano
—. Después de volver a nacer por cortesía del vientre de Leticia, pasé mi
infancia con ella. Pero, cuando cumplí los trece años, me marché y formé
de nuevo mi aquelarre de brujas. Todo iba bien hasta que una de ellas me
traicionó y me envió de vuelta a la otra dimensión.
—¿Quién fue la persona que te traicionó?
—Matilde, mi hermana gemela. Leticia engendró dos bebés y mi
hermana, la muy cerda, me quitó el poder en mi propio aquelarre a pesar de
ser yo la mayor.
El castigo

Llevaba mucho tiempo viviendo allí, tanto que ni siquiera lo recordaba.


Lo único que realmente tenía claro, era la razón por la que había llegado a
esta casa perdida en medio de la nada. Por culpa de mi hermana gemela, o
como otros la llamaban, mi otro yo.
La muy… Me había hecho una emboscada con el maldito espejo y me
había encerrado en él sin que me diera cuenta. Estábamos en el bosque,
preparando nuestra ofrenda, degustando la deliciosa bebida que nos había
proporcionado el guardabosques, cuando de pronto empecé a sentirme muy
cansada, desorientada, apenas podía moverme y todo me daba vueltas.
Hasta que, al final, me desplomé en el suelo. Mi hermana había metido en
mi bebida varios somníferos para poder lanzar el conjuro y que yo no lo
contrarrestase.
Por lo menos la casa estaba bien, la típica casona de campo de una sola
planta con amplios ventanales, donde solo se puede ver árboles y mucha
nieve. Todo lo que necesitaba estaba repartido en una amplia estancia. La
cocina, junto al mini salón, donde también hay un pequeño sofá que me
sirve de cama y una mesa de madera en la que me paso las horas
escribiendo en un par de hojas viejas que encontré en uno de los cajones de
la cocina. Tampoco tengo agua ni luz, así que la higiene que tengo en este
lugar deja mucho que desear. Justo al fondo, está el baño, pequeño y sin
muchos lujos, solo un plato de ducha sin ni siquiera mampara, un inodoro y
un mini lavamanos oxidado. La cabaña tiene una enorme abertura en el
tejado por donde entra la nieve, debajo he puesto un cubo para que cuándo
se derrita, utilizar el agua para bañarme, lavar la ropa y los platos.
Sin duda alguna era el lugar idóneo para una bruja estúpida como yo,
que se había dejado engañar por su propia hermana. Al menos, mi pasión
por la escritura me servía de válvula de escape. Llevaba ya trescientas
páginas escritas, y tenía que reconocer que la historia me gustaba cada día
más. Al final, la bruja mayor captura a la traicionera hermana pequeña.
Bueno era eso o que el aburrimiento de estar en este lugar me calaba tan
hondo que cualquier cosa podía llegar a gustarme. Estaba completamente
aislada del mundo.
Los días se me hacían eternos y las noches vacías y llenas de extraños
ruidos que apenas me dejaban dormir. Todas las noches son así y luego,
cuando parece que amanece, desaparecen. Y digo parece, porque al estar en
medio de un frondoso bosque, la luz del sol apenas atraviesa las ventanas.
Estoy atrapada aquí y no me queda otra que aguantar, hasta que no
aparezca alguien que me saque de este lugar, no podré escapar. Cada noche
intento poner en marcha una radio a pilas que había en unos de los cajones
de la cocina, pero no se escuchan más que interferencias. En ocasiones
pienso que he acabado encerrada en el punto exacto del fin del mundo.
En la cocina no hay nada bueno que comer, solo té seco y pasta de varios
siglos. No tengo arroz, ni carne, ni ningún tipo de verduras, pero al menos
algún bicho despistado me sirve de guarnición de vez en cuando. Sí, no es
el mejor de los manjares, pero mi hermana se ha encargado de dejarme aquí
encerrada sin nada que me pueda llevar a la boca, así que me toca hacer de
tripas corazón y alimentarme con todo lo que encuentre.
Este lugar era una verdadera cárcel para una bruja extravagante como yo.
Una bruja que ha podido renacer tantas veces como ha querido, pero no
escapar de la dimensión oscura. Había formado dos aquelarres con tan solo
trece años y una hermandad de sangre con dieciocho años. Había sido
inspectora de policía en Whitby y un espíritu sanador en el camino de
Santiago. Había llegado incluso a esperar cincuenta años detrás de un
espejo, pero esto me estaba consumiendo sin vida.
—Hermana, ¿cómo andas por aquí? —gritó Matilde desde la puerta con
una sonrisa triunfal en los labios.
—Bruja asquerosa, ¿cómo te atreves a venir aquí? Me encierras en este
lugar y encima tienes el descaro de venir a burlarte de mí.
—Por supuesto, ¿acaso tú no lo harías si estuvieras en mi lugar querida
hermana? —Matilde entró en la cabaña y tras cerrar la puerta se sentó en el
viejo sofá.
—Claro que lo haría, es más, te cortaría en mil pedazos ahora mismo por
lo que me has hecho —Matilda se levantó del sofá y fue a la cocina en
busca de más té —. ¿Te apetece uno para beber? Te lo puedo endulzar con
cianuro, si gustas de un toque fuerte.
—No gracias, ya he comido antes de venir aquí. Vamos al grano
hermana, la verdad es has estado metiendo la pata una y otra vez y eso no le
ha gustado nada al gran elenco de brujas.
—¿Y eso a mí qué me importa? —gritó Matilda dando un buen trago al
té.
—Pues debería importarte más ya que vas a pasar aquí una buena
temporada. Este es el castigo que has recibido por todos los errores que has
cometido. El lado positivo, para mí, claro, es que me quedo yo en tú lugar
como jefa de aquelarre —Matilde sonreía muy satisfecha por su gran
victoria y observó cómo su hermana Matilda la miraba con fuego en los
ojos.
—¡Levántate de ese sofá inmediatamente bruja repugnante! Estás
disfrutando con todo esto, ¿verdad?
—¿Cómo no voy a disfrutarlo, hermana? Sabes que todo el mundo te
odia porque siempre has sido una creída, soberbia y traicionera. Nadie ha
dado ni una palabra de apoyo para ti, al contrario, todos votaron a favor de
tu encierro.
Matilda estaba cada vez más enfadada, pero se contenía porque sabía que
tenía las de perder. Al estar encerrada en aquel lugar, había perdido todos
sus poderes y nada podía hacer si su hermana la atacaba. Haciendo acopio
de todo su autocontrol, se sentó al lado de Matilde.
—Sabes que tarde o temprano saldré de este lugar y te voy a borrar esa
estúpida sonrisa de la cara —amenazó desafiante.
—Tienes una condena de quinientos años, hermana, eso si no cabreas
más al aquelarre. Así que deja tus amenazas para más adelante, si es que
sobrevives aquí.
—Y eso ¿por qué?
—Bueno a ver como empiezo —Matilde hizo un gesto con un dedo y
apuntó a una pequeña esfera de cristal, que estaba en la mesa, donde
empezaron a verse unas imágenes. Matilda se acercó para poder mirarla con
atención.

Matilda, o más bien, la inspectora Harley estaba en comisaría cuando


empezó a sentir unas ganas inmensas de comer. Hacía mucho tiempo que
no se alimentaba, porque, tras los terribles acontecimientos en el puerto y
la muerte del agente Smith, la vigilancia se había intensificado y ya era
imposible salir a cazar en las noches de luna llena. Estaba tan desesperada
por alimentarse que fue hasta los calabozos de la comisaría, donde sabía
que estaba un joven que había llegado allí acusado de conducir borracho.
Hasta el día siguiente no le iban a dar la libertad con cargos a espera de
juicio, así que si era lista podría saciarse con él y alegar tras su
desaparición una fuga.
Lo primero que hizo antes de bajar fue desconectar las cámaras de los
calabozos y luego llamar al guardia de seguridad para pedirle unos
informes que tenía que pasarle con urgencia. Tal y como esperaba, el
agente, subió rápidamente a redactar el informe de la detención dejando al
chico solo y sin vigilancia, con una terrible resaca. Lentamente bajó los
escalones acercándose cada vez más al lugar donde se encontraba el chico.
Sin perder tiempo, lo alzó del suelo donde estaba durmiendo y abrió su
boca para disfrutar del manjar, lo que no sabía es que detrás de ella estaba
el forense.
—Harley, ¿eres tú? —sorprendida, Matilda se giró para ver allí al
doctor Johns que la miraba horrorizado.
Ella se quedó callada, aún con el chico a medio degustar entre las
manos. Quería soltarlo e ir a explicarle al forense lo que estaba pasando,
pero el hambre era superior a ella y haciendo caso omiso a la presencia de
su colega, siguió degustando a su presa hasta que le sorbió toda su sangre.
Una vez hubo terminado de comer, tiró el cuerpo del chico al frío suelo de
la celda y se giró hacía Johns, que permanecía quieto como una estatua.
—¿Cómo supiste que era yo? —le preguntó Matilda sabiendo ya de
antemano la respuesta.
—Sabes tan bien como yo, Harley, que dejabas parte de tu ADN en todas
tus víctimas. Como también sabías, perfectamente, que hacía la vista gorda
y te cubría. ¿Qué por qué lo hacía? Con sinceridad, no lo sé, pero esto ya
es demasiado.
El forense se dio la vuelta y empezó a subir uno a uno los peldaños que
lo conducían a la planta de arriba, donde estaba la comisaría.
—¿A dónde crees que va Johns? —dijo Matilda enfadada, tirando de él
con tanta fuerza que lo terminó estampando contra la pared haciendo que
perdiera el sentido.
Al verlo tirado en el suelo, su corazón se estremeció por un momento,
porque realmente sentía algo por él. No sabía si era amor, pero un
sentimiento lo bastante fuerte como para preocuparse por él. Habían
pasado juntos tantas noches de pasión desenfrenada que, ahora que lo veía
ahí inerte y sangrando por la cabeza, le parecía todo un sueño muy lejano.
—¿Sabes que te quiero inspectora? —le decía al oído mientras la
besaba sin parar sobre la cama de su apartamento situado a pocos metros
de la bahía de Whitby. No era gran cosa, pero a ella le gustaba vivir allí y
recibir la visita de su amado forense. Nunca había tenido una vida normal,
ya que desde muy pequeña supo que su destino era ser lo que era, una
bruja capaz de matar, una bruja capaz de cambiar a su antojo de forma,
una bruja macabra sin corazón capaz de sacrificar niños inocentes para su
aquelarre. Pero ahora, aquí se sentía libre, con ganas de ser normal,
aunque en ocasiones tuviera que sacar al monstruo para comer. Matilda
dudaba que hacer, matarlo o dejarlo vivir, pero sabía que si lo mataba su
corazón lloraría para siempre, pero si lo dejaba vivir, cuando despertara,
su vida dejaría de ser lo que era hasta ahora y sin duda alguna sería
castigada por poner en peligro a la congregación.
Pero no podía matarlo.
No, a él no.
Así que, sin perder tiempo, se levantó y tras recomponerse y volver a ser
la inspectora Harley, subió corriendo las escaleras y salió de la comisaría
sin levantar sospecha. Sabía perfectamente que era cuestión de minutos que
todo fuera descubierto y que el forense contará todo, o quizá no, pero de lo
que estaba bien segura era de que tenía que huir. Antes de hacerlo, echó un
último vistazo a la comisaría y se metió en su coche con un destino incierto.
Era madrugada y Matilda había recorrido varios kilómetros después de
haber huido de la comisaría. Iba por la carretera de un bosque oscuro, tan
oscuro como su alma. Lloraba a pesar de que no debía hacerlo, ¿será
verdad que el amor te hace tonta?
De pronto frenó en seco al ver, en medio de la carretera, a los que ella
consideraba su familia.
Las tres brujas ancianas.
Matilda se bajó sabiendo que, dejando vivo a aquel humano, le traería
muchos problemas, quizá hasta la muerte. Hacer algo como lo que ella
acababa de hacer, era la peor de las traiciones, porque ponía en peligro a
la congregación. No la dejaron salir del vehículo, y la que ella consideraba
su madre, fue la primera en conjurar un hechizo que la desprendió de su
cuerpo. Aquellas a las que ella creía sus tías, de cabellos rojos, fueron las
que trajeron la urna en la que metieron su alma. Tras esto último,
prendieron fuego el coche con el cuerpo de la inspectora en su interior.
—¿Ves hermana? Eso te pasa por estúpida. ¿Cómo pudiste enamorarte
como una tonta de ese hombre?
—Pues ya ves hermana, cosas de la vida. Una que quiere progresar y no
quedarse como bruja solitaria toda la vida.
Matilda estaba a punto de perder los estribos, pero se mantuvo tranquila.
—Te dejaron sin cuerpo, y mira que no estaba nada mal, atraías a los
hombres como la miel a las abejas.
—Sí, la verdad es que me costó bastante estar así de buena. Entrenaba
todo el día en el gimnasio y no puedes llegar a saber cómo duelen las
malditas agujetas porque, como puedo ver, estás bastante fofita hermana.
Matilda sabía de sobra que ese comentario le iba a doler y bastante.
—¿Yo? ¿Fofita? Pero ¿de qué hablas? Este cuerpo serrano está de toma
pan y moja — gritó Matilde enfadada.
—En tu mundo hermana, en el mío quieren a mujeres como yo, bien
contorneadas.
En ese momento vio la cara de ira de su hermana, y eso le gustó.
—Será mejor que dejemos este tema si no quieres acabar mal. Vamos a
por el resto de la historia. No contenta con lo que habías hecho, esa misma
noche te escapaste de la urna.
De nuevo Matilde señaló la esfera donde seguían viéndose imágenes.

—Hermana, ¿estás segura de que tienes bien atada a Matilda en esa


urna? —preguntó una de las tres. Su rostro reflejaba el paso de los años y
su piel presentaba muchas arrugas y sequedad.
—De aquí no podrá escapar —dijo la que parecía ser la cabeza de
grupo —. ¿Me estás oyendo bien Matilda? No vas a poder salir de aquí en
mucho tiempo, eso te pasa por coquetear con humanos.
La madre de Matilda era una bruja curtida por el paso del tiempo, al
contrario de sus hermanas, no presentaba tantas arrugas y su piel estaba
tersa como la de un bebe. Su cabello rojo le llegaba hasta la cintura.
—¿Por qué siempre tienes que ser tú la primera en comer? — gritó la
tercera hermana que al igual que la primera estaba vieja y desgarbada.
—La primera en nacer, es la primera en comer —gritó enfadada la
madre de Matilda —. Yo no tengo la culpa de que ese pobre chico no
tuviera suficiente para las tres. Ahora dejemos ese tema, tenemos que
pensar que vamos a hacer con la urna de Matilda.
—¿En serio vas a dejar a tu hija metida en esta urna? —preguntó
enfadada una de las hermanas.
—Por supuesto que sí, ella se lo ha buscado.
—Si le haces eso a tu propia hija, ¿Qué no les harás a tus hermanas?
—Por ahora dejarnos sin comer para que seamos más viejas y feas que
ella. ¿Crees realmente que nos vamos a creer que ese chico no daba para
las tres? Te lo zampaste entero, embustera, mira la piel tan hidratada que
tienes.
Las tres hermanas habían nacido el mismo día, con segundos de
diferencia. Hemelda, era la mayor y madre de Matilda, Himelda, la que
estaba gritando, era la segunda y Homelda la más pequeña de las tres.
Hilmelda, más enfadada de lo que esperaba, dio un fuerte empujón a su
hermana haciendo que volará por los aires y fuera a dar en contra un
árbol. Lejos de hacerse daño, el que sufrió fue el pobre árbol que, aunque
bien robusto, terminó partido en dos.
—Maldita seas Himelda, ¿cómo te atreves? —gritó Hemelda tirando sin
darse cuenta la urna de Matilda al suelo, lo que provocó que se rompiese
en mil pedazos.
Matilda salió de allí y vio asombrada la pelea de su madre con sus tías.
Lejos de alegrarse, las maldijo por lo que le habían hecho y se fue de allí a
la velocidad de la luz. Mientras su familia seguía discutiendo en medio de
aquella carretera, Matilda buscaba un lugar donde esconderse lo
suficientemente alejado de ellas para evitar que la volvieran a capturar.
Encontró una pequeña ermita de piedra en medio de la montaña. Tenía
menos de cinco metros cuadrados, pero su interior le pareció acogedor.
Ahora mismo no era más que un pequeño halo de luz, pero pronto volvería
a ser humana, eso lo tenía bien claro. Lo primero era buscar un espejo, que
le sirviera de portal. Al no tener ninguno cerca, lo conjuró.

—Sí que la montaste buena, las tres grandes brujas del aquelarre
matándose entre ellas —Matilde no pudo contener la risa y empezó a reírse
a carcajadas.
—Veo que te parece divertido. Pues lo cierto es que a mí no, la verdad es
que ese trío de viejas se pasaron tres pueblos, quitarme el cuerpo con lo que
me costó tenerlo así.
—Sea como sea, sabes que no te van a perdonar nunca ¿verdad? Aunque
tengo que reconocer que lo de la casa del acantilado fue un golpe maestro.
—Sí, pero tuve que esperar casi cincuenta años hasta que llegó Leticia.
—Dirás, mamá —dijo una molesta Matilde.
—Yo prefiero llamarla vientre de alquiler y además con fallos. Lo digo
por el hecho de que estés aquí delante de mí. No deberías existir, sólo yo
debía haber nacido.
Matilda miró a su hermana con cara de asco y ella le devolvió el gesto.
—Pero, dime una cosa, ¿por qué te metiste en el caso de Aurora? ¿Era
necesario ayudar a una muerta para encontrar un cuerpo? Porque al final
terminaste escondida dentro de un hombre mayor y vicioso.
—¿Y qué? Era el inspector jefe de la comisaría, por unos días volví a
mis orígenes policiales. Además, no sabes lo que me divertí matando a esos
tres. Primero les absorbía parte de su energía vital y, antes de que se
quedaran como pasas, paraba y les pegaba un tiro en la cabeza. Una
tapadera perfecta, aún me río cuando lo recuerdo. Además, he de reconocer
que ir por ahí como una muerta viviente me encantó. Sí, el cuerpo estaba un
poco, cómo diría yo, ¿podrido? Pero la cara de esos tres, al ver a la chica
frente a ellos, no tenía precio. Lo malo es que, naturalmente, no podía estar
metida ahí mucho tiempo. El cuerpo se caía a pedazos. Así que la devolví a
su tumba y me colé dentro del cuerpo del inspector.
Matilde empezó a dar vueltas por toda la pequeña estancia sin parar de
un lado al otro con una sonrisa macabra en los labios. Hecho que puso muy
nerviosa a Matilda que sabía que tramaba algo, algo que no podía ser bueno
para ella.
—Quiero a tu forense querida hermanita, por eso he venido.
Matilda palideció de golpe ante el propósito de su hermana. Empezó a
ponerse más nerviosa de lo que esperaba, perdió el control y se abalanzó
sobre ella. Pero Matilda pareció olvidar que ya no tenía sus poderes, algo
con lo que su hermana sí contaba. De repente, Matilde, haciendo uso de sus
poderes, la sostuvo en el aire y la lanzó contra la pared.
—Maldito demonio —gritó Matilda —, ¿para eso has venido? —cómo
pudo se puso de pie y se frotó la espalda dolorida por el golpe.
—Estás muerta hermana, ahora yo soy tú y voy a disfrutar de todo lo que
es tuyo y eso incluye al forense. Y ¿sabes por qué lo voy a hacer? Pues
porque no te denunció, el muy estúpido está loco por tus huesos hermana y
yo voy a ir a por él.
Matilda sintió cómo le latía el corazón. No se lo podía creer, no la había
denunciado, la quería de verdad.
—Ahora me voy, púdrete para siempre en este infierno. Nunca vas a salir
de aquí —cerró la puerta con llave al salir de la casa.
Matilda escuchó cómo lanzaba la llave muy lejos y supo que estaría en
ese lugar mucho, mucho tiempo. Pero no podía quedarse allí encerrada,
tenía que ir en busca de su amor, de la única persona en el mundo que la
quería con sus defectos y virtudes y que no la había traicionado. Su
hermana tenía pensado acabar con él porque no creía en nada que no fuera
hacer daño. Matilda empezó a dar vueltas por toda la estancia sin encontrar
una solución, hasta que se dio cuenta de que su hermana se había dejado
olvidada la esfera de cristal y trazó un plan que la sacaría de ese maldito
lugar.
Entrevista a Matilda Switch

—¿Qué le ha parecido la historia, escritor?


—La verdad es que me ha dejado muy sorprendido y ha hecho que le dé
vueltas a mi cabeza sobre varias cosas.
—Interesante… Por fin una historia que le ha hecho pensar un poco.
Aunque yo tengo una pregunta para usted, escritor.
—¡Dispare!
—¿Qué hace un español entrevistando a una bruja en este seco desierto?
—Imagino que trabajar.
—¿No había suficiente trabajo en España que ha tenido que cruzar el
estrecho del Atlántico?
—La verdad es que quería cambiar de aires y aprovechando que soy
bueno hablando inglés pues…—dejó de hablar de repente —Matilda, no se
ofenda, pero he venido aquí para hablar sobre usted, no sobre mí.
—¿Qué quiere saber Joaquín?
—¿Quién es realmente?
—Una mujer, es que no me ve. No tengo nada de especial, solo una
historia bastante larga que contar.
—¿Su familia?
—No tengo, hace tiempo que dejé de tener familia.
—¿Por qué?
—Pues se puede decir que el paso del tiempo no les sentó tan bien como
a mí y terminaron traicionándome.
—¿Su hermana gemela quizá?
—Se puede decir que sí.
—¿Y solo queda usted?
—Bueno, he tenido la suerte de saber envejecer lo bastante bien como
para seguir aquí después de tantos años.
—¿Cuántos años tiene?
—Preguntar la edad a una mujer es de mala educación, así que solo le
diré, Joaquín, que quizá pueda llegar a ser más vieja de lo que usted cree.
—¿Cincuenta?
—No.
—¿Sesenta?
—No.
—¿Quiere que siga subiendo décadas? Porque puedo seguir sin
problemas hasta llegar a cien. Teniendo en cuenta que usted estuvo
cincuenta años en el apartamento del acantilado… La cuenta puede subir
mucho más.
La edad de las brujas no se medía como la de los humanos, un año
humano equivalía a diez de brujas. Matilda no pudo contestar porque sabía
que él no lo iba a comprender.
—La curiosidad mató al gato, Joaquín, así que será mejor que siga con la
entrevista y se olvide de mi edad, no tengo tan buena paciencia como
aparento.
—¿Me está amenazando de nuevo, señorita Switch?
—No, si le estuviera amenazando ya estaría muerto, y no quiere morir
¿verdad Joaquín?
—Cambiamos de tema entonces, porque veo que lo de la edad le molesta
demasiado.
—No me molesta, es solo que en ocasiones la curiosidad no es una
buena aliada, ¿o es que no ha aprendido nada de la historia del Titanic?
—¿Quiere decir que la curiosidad fue la responsable de la muerte de esa
pobre chica? Pero si ella lo único que quería era escribir una buena historia.
—Quizá ese sea el problema, la historia, ya que no todos son tan
generosos como yo y llegan a ser muy recelosos con la verdad.
—No creo que nadie pueda llegar a matar por guardar un secreto
eternamente.
—Pues yo le aseguro, Joaquín, que hay muchos por ahí que matarían.
—Bueno… ¿Y qué nueva historia viene ahora?
—Buena pregunta, ¿cree en la vida eterna, escritor?
—La verdad es que no, creo que vivimos, morimos y desaparecemos
para siempre.
—¿Entonces cree que solo estamos de paso?
—Creo en lo que puede ver, pero tengo que admitir que ha llamado
profundamente mi atención.
—¿Por qué?
—Porque, en ocasiones, dejamos de lado lo que más queremos y
avanzamos dejando todo atrás, pero cuando llegas a la meta, te das cuenta
de lo solo que estás.
Joaquín, desde que había llegado allí, no se había atrevido a beber nada,
pero tenía tanta sed que fue en busca de un poco de té.
—¿Es ese su caso escritor? ¿Está tan solo que ha decidido poner en
peligro su vida para remediar su soledad?
Joaquín se quedó callado sin hablar.
Su vida no había sido nada fácil, perdió a sus padres en un terrible
accidente de tráfico con tan solo siete años y había tenido que dejar todo
atrás para irse a vivir con sus tíos a un pueblo solitario donde la gente se
marchaba, no llegaba. Jugaba solo todos los días en una calle empedrada
donde apenas pasaban coches, solo viejos tractores para ir a trabajar la
tierra. Estudiaba a distancia en casa cuando tenía tiempo, porque si quería
comer tenía que trabajar, y no por obligación porque sus tíos siempre fueron
muy buenos con él si no por deber, ya que la vida en el campo era así.
Cuando cumplió los dieciocho y tras terminar el bachillerato a distancia, se
preparó el acceso para la universidad y se marchó de allí para estudiar
periodismo en Madrid. Llegó con lo puesto y algo más en una pequeña
maleta. Trabajaba por la mañana y estudiaba por las noches y así se pasó el
tiempo que duró la carrera, hasta que empezó a trabajar como redactor en
un periódico local de la ciudad. Con el paso de los años pasó de un
departamento a otro, hasta llegar a redactor jefe en la sección de sucesos. Su
vida iba cambiando poco a poco y conoció a Lucia, una chica tan joven
como hermosa que vivía atrapada en medio de un mundanal vicio, la droga.
Joaquín se enamoró de ella como un loco e intentó sacarla de ese mundo,
pero fue imposible y una triste mañana falleció entre sus brazos de una
sobredosis.
Se castigaba a sí mismo por no haber estado con ella aquella noche, pero
tenía que cubrir un suceso en la Gran Vía, y su jefe había contado con él por
primera vez para algo importante. Quizá, si en vez de elegir el éxito
profesional, la hubiese elegido a ella, ahora estaría viva.
Joaquín se dio cuenta de que su vida pasaba por delante de sus ojos, y
todo era por culpa de aquella esfera de cristal que estaba sobre la mesa.
Matilda la miraba también, analizando al detalle cómo aprovechar aquella
información.
—Hay más té en la cocina por si le apetece —dijo Matilda dando un
sorbo a su taza.
—Voy, creo que voy a necesitar algo más fuerte después de esto, pero
como aquí no hay ningún tipo de bebida alcohólica… Tendré que beber este
té, que, sin ánimo de ofender, parece repugnante.
—Uno termina por acostumbrarse a él —comentó en voz baja Matilda
dando otro sorbo.
—¿Qué le ha parecido mi historia, Matilda? Porque sé que la ha visto en
esa esfera. ¿Cree que soy un maldito perdedor y un egoísta?
—Un ser humano, eso es lo que es, con sus defectos y sus virtudes, pero
creo que ambos podemos ayudarnos.
—¿Cómo? —contestó intrigado el escritor.
—Yo necesito un cuerpo para salir de aquí y solucionar mis problemas.
Cuando todo esté en regla, vendré a por ti y, a cambio por haberme dejado
el cuerpo, haré retroceder el tiempo para que salves a Lucia.
—¿Me crees tan tonto para confiar en una bruja? Sé que si hago eso no
volverás jamás y me dejarás aquí pagando tu cautiverio.
—Sí, pero tampoco vas a hacer nada si sales de aquí y me dejas
encerrada, tu vida va a seguir siendo tan asquerosa como lo ha sido hasta
ahora, porque, cada noche, cuando cierres los ojos pensarás en Lucia y al
día siguiente para borrar tu culpa pensarás en qué nueva locura harás para
aplacar tu dolor.
—¿Qué es lo que propones? —contestó Joaquín dando un sorbo con cara
de asco al té.
—Voy a ir al grano, tengo que salir por las razones que ya conoces y
necesito que ocupes mi lugar para poder hacerlo. Sé que en un primer
momento te puede parecer una locura, pero te aseguro que no lo es. En el
mismo momento en el que yo recupere mis poderes, vendré a por ti y te
liberaré. A cambio de este gran favor, como te he dicho, haré que el tiempo
retroceda para que puedas salvar a tu chica.
—¿Crees que soy tonto? Eres una bruja sé que me vas a engañar. Me
dejarás aquí y te olvidarás de que existo.
—No lo haré —contestó Matilda sonriendo pícaramente.
—¿Y qué garantía me das para confiar en ti? —Joaquín miró fijamente a
Matilda analizando al detalle cada uno de sus movimientos.
—La mejor garantía que puede haber, no te puedo abandonar porque
somos iguales. Somos seres que hemos vivido al margen de todo ocultando
nuestros sentimientos y ya es hora de demostrar lo que realmente somos.
—Sé que me voy a arrepentir, pero lo que me ofreces bien vale la pena
¿qué tengo que hacer?
—Tú nada, yo te daré mi sangre por tu sangre, tu vida por mi vida y por
todo ello la libertad que tanto anhelo.
Tras decir esas palabras hubo una especie de choque magnético que
traspasó a Matilda y pasó directamente a Joaquín, que se quedó petrificado
sintiendo una sensación de vacío en su interior.
—Matilda, ¿qué acaba de pasar? —
—Que ya soy libre. tú por ahora te quedarás aquí, yo tengo previsto
regresar en algunas horas. Recuerda que mientras en el exterior puedan
pasar días aquí no lo notarás y sentirás a mi regreso que solo han sido horas.
—Eso espero porque como puedes ver solo el papel y el lápiz serán mis
aliados — dijo Joaquín sentándose en el viejo sofá con la taza de té en la
mano.
Matilda no dijo nada más solo abrió aquella maldita puerta y tras salir de
la que había sido su prisión tomó aire fresco y se prometió a sí misma que
haría arder todos los cimientos de la congregación de brujas.
Liberación

En la ciudad.

Matilda se estaba preparando para el asalto final. Lo primero que quería


hacer era ir a por su madre y luego a por su hermana. Antes debía
cambiarse de ropa y darse una ducha. Estuvo más de media hora bajo el
agua, lo necesitaba, llevaba mucho tiempo sin sentir el agua caliente correr
por su piel. Se había colado en un piso en el que, al parecer, no vivía nadie,
de esta manera podía pasar completamente desapercibida y tenía un lugar
en el que esconderse. El piso estaba situado en pleno centro de Madrid.
Fue hasta el vestidor y se quedó completamente asombrada de lo grande
que era y las vistas al centro de la ciudad que tenía. Echó un vistazo a la
ropa que había allí y se decantó por un conjunto cómodo pero intimidante
formado por unos vaqueros de color negro, unas botas estilo militar y una
chupa de cuero también negro. Su cabello rojizo lo recogió en una coleta,
ya estaba preparada para matar. Estaba revisando su estilo frente al espejo
del tocador cuando sintió algo extraño dentro del pecho. Era una sensación
diferente a todo lo que había sentido hasta ahora, y le gustaba. Su corazón
estaba latiendo tan fuerte, tan apasionadamente, que hasta mariposas tenía
en el estómago. ¿Estaba acaso enamorada? ¿Había conseguido el forense lo
que otros no habían podido? Convertir a esta bruja sin sentimientos en
humana. Pero ahora no podía pensar en eso, tenía que estar completamente
centrada para ir a por su madre y tías. Lo de Johns tendría que esperar por
ahora.
Matilda sabía que su madre estaría hoy de cacería porque era luna llena.
Lo ideal era ir a cazar a lugares solitarios donde no llamar la atención y, sin
duda, iría a un campamento solitario. Las niñas eran su debilidad así que,
atando cabos y sabiendo que adoraba a las huérfanas porque nadie iba a
preguntar por ellas. Cogió el teléfono móvil del escritor y, tras varias
búsquedas en internet, salió el campamento para niñas La Esperanza. Se
organizaba cada año en la finca Los Gorriones. Analizando los detalles,
Matilda supo al instante que ese era el lugar escogido.
Campamento La esperanza.

—¡Niñas! Llegó el momento de dejar nuestras cosas en las habitaciones


—dijo sor Marta a las doce niñas que había traído al campamento.
—¿Cómo nos organizamos sor Marta?
—Las mayores de trece en una y las menores en la otra, yo me quedaré
en la del centro.
Sor Marta empezó a subir lentamente las escaleras que la conducían al
piso de arriba donde estaban las habitaciones. La mediana, para las peques,
la del centro para mí y la del fondo para las mayores se dijo así misma con
una amplia sonrisa de triunfo en los labios.
—¿Por qué ha venido usted en vez de sor Lourdes y sor María? —
preguntó la mayor de las chicas. Tenía dieciséis años, el cabello negro como
el carbón y recogido en dos trenzas.
—¿Para qué quieres saberlo Esperanza? —contestó sor Marta poniendo
sobre el hombro de la chica su mano para tranquilizarla.
—Es sólo que no me cuadra que se hayan marchado, así como así, ellas
siempre han estado con nosotras y me molesta que se hayan ido sin
despedirse.
—Han tenido que salir corriendo por problemas familiares.
—¿Las dos a la vez? —preguntó la chica sorprendida.
—Sí, la dos a la vez —contestó la monja algo enfadada —. Ve ya a tu
habitación que es muy tarde y hay que cenar para acostarnos temprano.
—De acuerdo sor Marta —contestó la chica entrando en la habitación
del fondo mientras sor Marta la seguía y cerraba la puerta detrás de ella.
Miraba a la chica con gran interés analizando al detalle todos sus
movimientos.
—Y dime Esperanza ¿de dónde vienes? ¿No te he visto antes en algún
sitio?
—No que yo sepa, porqué usted no ha estado antes en mi orfanato o por
lo menos eso creo —contestó Esperanza con una amplia sonrisa en los
labios.
—Es que me parece extraño que estés aquí, bueno no me malinterpretes,
pero ¿no se supone que eran doce las chicas que tenían que venir?
—Sí, pero en mi orfanato me dijeron que, si quería venir al campamento,
aún estaba a tiempo para apuntarme. Así que al final somos trece. ¿No será
usted supersticiosa sor Marta?
—No, para nada —contestó la monja con cara de pocos amigos.

Medianoche del primer día.

—¡¡Sor Marta, sor Marta!! —gritó una de las niñas en el pasillo.


—¿Se puede saber qué pasa? —contestó enfadada la monja saliendo del
cuarto donde estaba descansando.
—¡No se va a creer lo que he visto! —seguía gritando la chica sin parar,
alarmando al resto del grupo que, al igual que ella, ya estaban en medio del
pasillo.
—¿Qué has visto, Esperanza?
—A tres mujeres vestidas de negro con el cabello rojo como la sangre
entrando en la habitación del fondo de las chicas mayores. ¿Se lo puede
creer?
—¿Cómo? Pero ¿estás segura de eso? —gritó la monja sorprendida por
la descripción.
—Tan segura como de que usted está ahora mismo delante de mí.
—Pues nosotras nos vamos de aquí ahora mismo —gritó Noelia del
grupo de las mayores —. Ya sabe lo que le pasó a aquel grupo de chicas,
desaparecieron sin dejar rastro y nunca se supo nada de ellas.
—¡Tonterías! —dijo sor Marta —De aquí no se mueve nadie, seguro qué
todo ha sido un sueño de Esperanza.
—No ha sido un sueño sor Marta, le puedo asegurar que estaba bien
despierta. ¿quiere que vayamos a comprobarlo? ¿O es que acaso tiene
miedo? —preguntó sin dejar de sonreír.
—Claro que tengo miedo, pero no me dejo influir por él. Además, ¿a
dónde se supone que vamos a ir de madrugada?
—No sé preocupe por eso sor Marta, yo tengo un tío que es conductor de
minibus y estoy segura de que estará encantado de ayudarnos.
—Pero ¿tú no eras huérfana? —gritó la monja enfadada a Esperanza.
—De madre y padre, pero mis tíos están vivos y mantengo el contacto
con ellos.
—No me parece buena idea — dijo la monja enfadada porque aquella
chiquilla no hacía más que ponerla en evidencia constantemente.
—¿Por qué sor Marta?
Esperanza no dejaba de burlarse una y otra vez de la monja.
—Eso sor Marta ¿por qué? —preguntó Noelia poniéndose al lado de
Esperanza —. ¡Venid todas! En el salón estaremos más cómodas mientras
esperamos a que venga el tío de Esperanza con el mini bus —dijo Noelia
dando la mano a las más pequeñas para que bajaran las escaleras.
—¡Nadie se va a ir de aquí sin mi permiso! ¿Lo habéis entendido? —
gritó completamente exaltada la monja.
—Realmente no sé qué le pasa sor Marta, le he dicho que he visto a tres
mujeres de negro, con rojos cabellos, andando por ahí en medio de la
oscuridad y usted ni se inmuta. Le digo que podemos salir de aquí y se
opone, me estoy empezando a preocupar.
Mientras Esperanza le daba el sermón a la monja, las niñas bajaron las
escaleras y se empezaron a sentar en el sofá. Llevaban el pijama puesto y
cara de pocos amigos por haber sido despertadas en plena madrugada.
—No te preocupes por ella, Esperanza, vámonos de aquí y que se quede
aquí sola dijo Noelia desde los pies de la escalera.
—¿Ve sor Marta? Está más sola de lo que cree.
Esperanza estaba bajando por la escalera cuando la monja la sujetó con
fuerza por uno de los brazos y tiró de ella.
—¿Quién demonios eres?
—¿Es que ya no me reconoces mamá? Soy yo, tu querida y amada hija,
Matilda.
—Suéltala inmediatamente sor Marta o voy a llamar a la policía —gritó
Noelia.
—Ya la has oído —se burló Matilda sabiendo que bajo aquel ridículo
disfraz de monja la rabia la estaba consumiendo por completo.
Matilda bajó lentamente las escaleras y nada más llegar al último
peldaño donde la esperaban las chicas, se escuchó llamar a la puerta.
—Debe ser mi tío con el mini bus.
—¿Tan pronto? —gritó Noelia.
—Seguro que tenía algún servicio por aquí cerca y aprovechó la vuelta
para pasar por aquí.
Sin esperar más, abrió la puerta y entró un hombre cincuentón de pelo
canoso vestido con unos pantalones azul marino y camiseta blanca.
—¿Se puede saber qué hacen aquí? ¿Es qué no han oído la leyenda de
esta casa?
—¿Qué leyenda, señor? —preguntó una de las niñas más pequeñas.
—Pues que esta casa tiene termitas y es mejor que nos vayamos de aquí
cuanto antes —contestó el hombre tras recibir una señal de Esperanza para
que se callara.
—Será mejor que nos vayamos ya —dijo Esperanza empujando a todas
las niñas fuera de la casa bajo la atenta mirada de la monja que permanecía
como una estatua en lo alto de la escalera.
—Pero ¿tú no vienes? —Noelia se giró preocupada al ver que Esperanza
no subía al vehículo.
—Iré más tarde, tengo cosas que hacer aquí antes de irme — le guiñó un
ojo para tranquilizarla. Cuando vio alejarse al mini bus, Matilda entró de
nuevo en la casa cerrando la puerta a su paso.
—¡Mamá! ¡Ya estoy en casa! ¡Ven a jugar conmigo! —gritó Matilda
quitándose el disfraz de niña.
—Matilda —la llamó su madre desde lo alto de la escalera, lanzando a
los pies de Matilda su disfraz de monja. No le dio tiempo ni de reaccionar,
en cuestión de segundos estaba frente a ella con los ojos rojos como el
mismo infierno mirándola fijamente.
—Mamá, ¿por qué estás tan enfadada? No deberías, recuerda que te
arrugas con facilidad, más cuando no puedes alimentarte en luna llena por
tiernas jovencitas como las que acabo de liberar.
—¡Te voy a matar! —gritó la bruja cogiendo a Matilda por el cuello con
una mano áspera, rugosa, llena de garras.
—Mamá, por favor, ¿así es como recibes a tu hija? A la misma hija que
metiste en una urna para que se pudriera dentro.
—Tú te lo buscaste por enamorarte de ese idiota, nos pusiste en peligro
por un humano. Debimos matarte, era lo menos que te merecías por
traidora.
Matilda permanecía suspendida en el aire por la que ella siempre
consideró su madre. Sin moverse ni un milímetro, calculó su siguiente
movimiento.
—¿Qué pasa con tus hermanas mamá? ¿Las has vuelto a dejar de lado
otra vez?
La bruja miró a su hija con sumo interés porque sabía de sobra que
tramaba algo, alguien como ella no daba una puntada sin hilo jamás.
—¿Por qué lo preguntas?
—Simple curiosidad. Ya que me vas a matar, me gustaría poder
despedirme de mis tías, si se puede claro, ¿o también te has deshecho de
ellas?
—¿Qué tramas, Matilda? No me creerás tan tonta como para pensar que
te preocupan tus tías, ¿verdad?
Hemelda empezó a apretar con más fuerza el cuello de Matilda, que ya
se estaba poniendo cada vez más morada por la falta de aire. Estaba a punto
de perder el sentido cuando sacó del bolsillo de su cazadora un puñal de
plata con empuñadura de oro y esmeraldas. Sin perder tiempo se lo enterró
a su madre justo en el corazón. En ese momento, la garra aflojó un poco el
cuello de Matilda y ella aprovechó para coger aire y empujar a su madre
contra la pared de la vieja casa, que retumbó con el choqué haciendo que
cayeran pequeñas piedrecitas del techo sobre ella.
Matilda se quedó de pie mirando a su madre con cara de asco.
—Fíjate, ni sangre sale de tu cuerpo, ¿no te da asco ver lo poco que
vales? Ni una gota de sangre pasa por tus venas, no eres más que un cuerpo
viviente putrefacto por el paso del tiempo.
—Tú eres igual que yo, un cuerpo viviente sin alma —gritó la bruja
haciendo un último esfuerzo mientras su cuerpo se iba desintegrando poco a
poco.
Matilda se arrodilló a su lado y con una sonrisa de triunfo en los labios le
dijo.
—Te equivocas mamá, mi corazón ha empezado a latir y voy a ser feliz
por primera vez en mi vida. Mientras, tú y tus malditas hermanas, os vais a
pudrir en el infierno.
Un gritó hizo retumbar la casa por última vez.
Matilda vio como su madre se terminaba de desintegrar y sin perder
tiempo empezó a echar gasolina por toda la planta baja de la casa. Al ver
aquel viejo edificio, su mente se trasladó a su infancia y al momento en el
que creó su primer aquelarre. Aquellas pobres chicas no merecían ese final,
pero por lo menos ahora había hecho lo que debía haber hecho antes,
aunque esto no la eximiera de las otras veces.
Tras salir, tiró una cerilla encendida y la casa empezó a arder, pero esta
vez sin continuidad porque las tres brujas estaban muertas. Ahora tocaba ir
a por su hermana gemela.
Varios días después…

Tal y como esperaba, ya no estaba viviendo en Whitby, se había mudado


a Notting Hill con el forense. Harry había vivido en ese barrio desde que
nació y estaba segura de que ella había aprovechado cualquier oportunidad
para mudarse lo más cerca posible. Además, había indicios de
desapariciones misteriosas por la zona en las noches de luna llena, así que
muy lista no debía ser para darse cuenta. Necesitaba una buena tapadera
para no ser descubierta por ella antes de lo necesario y debía de ser buena o
la reconocería de inmediato. Harry tenía un hijo de su anterior matrimonio y
solía llevarlo a la guardería antes de ir a trabajar, ya que su madre viajaba
mucho, porque era azafata, y él se encargaba del niño la mayor parte del
tiempo. ¿Qué mejor tapadera que la de profesora de primaria? Incluso
estaba segura de que su hermana tarde o temprano iría a por ella para
satisfacer su apetito y, justo en ese momento, le arrancaría el amuleto que
llevaba en el cuello para poder anular todos sus poderes.
—¿Es usted la nueva profesora? —preguntó el forense al ver a Matilda
en el recibidor de la guardería.
—Sí, hoy es mi primer día —contestó Matilda arrodillándose para
saludar al pequeño Tomás de cinco años —. ¿Y tú pequeño? ¿Vienes con
muchas ganas de pasarlo bien hoy aquí con tus compañeros?
—Sí —dijo dedicándoles su mejor sonrisa y dejando la mano de su padre
para coger la de Matilda.
—Vaya, es increíble, normalmente no se abre tan rápidamente con nadie
—comentó sorprendido Harry al ver la actitud de su hijo.
—Bueno, la verdad es que siempre he tenido buena mano con los niños,
por cierto, mi nombre es Matilda ¿y el suyo es?
—De tú por favor, me llamo Harry, encantado de conocerla Matilda —
Harry le dio la mano a Matilda y en ese mismo instante sintió una especie
de descarga, la misma que notó el día que vio a Harley por primera vez en
la comisaría de Whitby.
—¿Te pasa algo? —le preguntó Matilda al ver su rostro descompuesto.
—Me recuerdas a alguien, ¿nos hemos visto alguna vez antes?
El forense miró a Matilda de arriba a abajo haciendo que, por primera
vez en su vida, se sintiera intimidada ante la mirada de un hombre.
—No que yo sepa —contestó poniéndose cada vez más sonrojada.
Matilda se sentía cada vez más rara, estaba experimentando sensaciones
que jamás había sentido. ¿Qué era ese calor? ¿Por qué estaba sintiendo que
le ardían las mejillas? Su corazón no dejaba de latir a mil por hora, mientras
el estómago le daba vueltas y más vueltas. Sin perder tiempo se despidió
del forense y entró en el interior de la guardería con Tomás de la mano.
Estuvo toda la mañana pensando en él, en sus caricias y besos. No
entendía cómo era posible que no sintiera nada en aquellos momentos
porque solo estaba pensando en alimentarse, en matar, en satisfacer sus
propias necesidades sin preocuparse de nada más. Pero ahora era diferente,
se sentía más viva que nunca y sentía pasar por sus venas la sangre que
antes estaba congelada.
—Señorita Matilda, ¿qué tal el primer día? —le preguntó la directora del
centro, una mujer de unos cincuenta años con un impecable recogido de
color rubio oscuro.
—Maravilloso, me encanta estar con los niños. Le agradezco mucho la
oportunidad que me ha dado doña Francesca.
—No hay nada que agradecer. Recuerda los horarios y procura leerte
cada ficha de los alumnos para evitar errores.
—Ya me las he leído y también he echado un vistazo a los horarios, de
hecho, ahora mismo es la hora del recreo.
—Veo que estás al día, me alegra que seas tan aplicada. Pues te dejo
tranquila, yo tengo mucho papeleo que hacer en el despacho.

La mañana se le pasó deprisa, tanto que, cuando vio llegar al forense


para recoger a su hijo, no pudo evitar mirar el reloj para comprobar la hora.
—¿Tienes una cita? —le preguntó Harry al verla mirar el reloj.
—¿Qué? No, que va, es que se me ha pasado muy rápido la jornada.
—Eso es porque estás entretenida cuidando a estos encantadores niños
—dijo en voz alta una voz femenina. Matilda supo al instante que se trataba
de su hermana.
La muy estúpida había venido con Harry y estaba vestida de manera
exagerada con un vestido rojo que dejaba muy poco espacio a la
imaginación. Se había teñido el cabello y lo llevaba rubio platino. Pero lo
peor era el maquillaje y aquellos labios rojos tan espantosos. ¿Se habría
vuelto loca tras conseguir ser la hermana mayor? Matilda se arqueó ante
aquella imagen y se preguntó cómo era posible que Harry estuviera con
alguien así, aunque lo que más llamó su atención fue el amuleto de su
cuello. “Te lo voy a arrancar sin que te des cuenta maldita desgraciada”, se
dijo para sí misma sin apartar la mirada de la estúpida de su hermana.
—¿Nos vamos ya cariño?, el restaurante nos espera.
—No tenía muchas ganas de salir hoy, pero ya ves como es esta mujer
—dijo Harry guiñandole un ojo a Matilda.
—Que lo pasen bien —contestó ella dándose la vuelta sintiendo un ardor
interior que la estaba devorando poco a poco por ver a su amor con la
maldita de su hermana. Por otro lado, la satisfacción de ver que no la habían
reconocido la mantenía en un estado de euforia y esperanza. ¿Tenía celos?
Era esa la sensación que la estaba perturbando tanto, los celos.
Miró por la ventana de la guardería y vio como Harry metía a su hijo en
la parte trasera de su coche y su hermana entraba en la del copiloto. El
forense se detuvo unos segundos antes de entrar al coche y miró hacía la
ventana donde estaba Matilda, que molesta, le dio la espalda.
Un rato después, y tras marcharse todos los alumnos, Matilda salió de la
guardería y fue directa a una pequeña casita que había alquilado cerca de
allí. No era gran cosa, pero sin duda era perfecta para sus planes. Tenía que
atraer a su hermana como fuese hasta allí y quitarle el amuleto del cuello,
pero ¿cómo?
Ella tenía todo el poder, pero si Matilda era lo suficientemente lista y
rápida, podría acabar con ella de una vez por todas.

Una semana más tarde…

Matilda estaba preparando la cena, porque, aunque pudiese parecer


extraño, desde que su corazón había empezado a latir siempre tenía hambre.
Era un hambre natural como la de cualquier ser humano y lo que más le
apetecía comer siempre, era pasta italiana.
Estaba a punto de sentarse a comer cuando escuchó que llamaban a la
puerta. Miró por la mirilla y vio que se trataba de su hermana. Tal y como
esperaba, la trampa había surtido efecto. Sabía perfectamente que Matilde
no podría aguantar la tentación de disfrutar del mejor de los manjares, una
chica joven y que encima le atrae al chico que pretende conquistar.
—Buenas noches, ¿puedo ayudarla en algo? —dijo Matilda con un claro
acento extranjero.
—No, bueno sí, he venido a conocerla porque he visto que mi ahijado
Tomás no para de hablar de usted. ¿Me permite entrar? —le preguntó con la
mejor de sus sonrisas.
—Verá, no me importaría invitarla, pero ahora mismo tengo invitados y
bueno, ya sabe cómo funciona la cosa.
—¿No está usted sola?
—No, la verdad es que no —contestó Matilda con una sonrisa pícara en
los labios, sabiendo de antemano que ella estaba pensando que estaba con
Harry.
—¿Y se puede saber con quién está?
—Se lo diría, pero no creo que sea de su incumbencia —contestó
Matilda con toda la educación posible —. Ahora, si me disculpa, los
invitados esperan y la comida se enfría —le guiñó un ojo al mismo tiempo
en el que iba cerrándole la puerta en la cara.
Nada más hacerlo sintió una gran satisfacción en su interior, sabía que su
hermana en ese momento estaría rabiosa y que su trampa había funcionado
a la perfección. Había picado, de eso no tenía duda alguna.

***

—¡Matilda! Veo que sigue usted recibiendo a los niños en la puerta—


dijo Harry más contento de lo habitual.
—Es mi deber como maestra de la escuela.
—Ya veo.
—Y tú ¿cómo estás, señor Tomás? —le preguntó Matilda al pequeño que
la miraba embelesado con un dibujo en las manos. — ¿Y este dibujo?
—Es para usted señorita —dijo el pequeño con una sonrisa en los labios.
—¿Para mí? ¡Es una maravilla! Lo vamos a colgar en clase para que lo
vean también tus compañeros, ¿te parece?
El niño no dijo nada, solo le dedicó la mejor de sus sonrisas y entró
corriendo en clase.
Matilda y Harry se quedaron solos.
—Bueno —se rascó la cabeza nervioso —, creo que mejor me voy ya.
Harry quería invitar a Matilda a cenar, pero le daba miedo su rechazo.
Mientras él le daba vueltas a la pregunta, Matilda se preguntaba si alguna
vez se lanzaría y la invitaría a cenar.
—Bueno, creo que voy a entrar en clase ya, todos los alumnos están
dentro y me esperan.
Matilda se iba a dar la vuelta para entrar cuando Harry la cogió de la
mano y tiró de ella suavemente para que le mirara. Otra vez volvió a sentir
la misma descarga que había sentido el día que la vio por primera vez, pero
esta vez no se reprimió y la besó. En un primer momento el beso fue
delicado, pero al sentir que Matilda se lo devolvía, el beso se volvió
pasional y casi febril. De pronto, uno de los niños de la clase los
interrumpió.
—Profe, tengo ganas de ir al baño.
Matilda se giró hacia él, sonrojada por el beso, le dio la mano al niño y
lo acompañó hasta el baño más cercano. Cuando regresaron, Harry aún
continuaba en la puerta esperándola. El niño volvió a la clase y de nuevo se
quedaron solos.
—Matilda —se le notaba nervioso —, ¿Qué te parece si…? Bueno, lo
cierto es que… me gustaría invitarte a cenar, bueno si quieres —ella sonrió
ante la propuesta —. La verdad es que no sé qué me pasa contigo, pero es
como si te conociera de toda la vida. A lo mejor te ha parecido mal lo del
beso, sé que no debí, no suelo ser así —el forense no dejaba de titubear de
lo nervioso que estaba.
Lejos de alterarse lo más mínimo, Matilda tiró de él cogiéndolo por la
corbata y tras darle un tímido beso en los labios le dijo.
—Nos vemos esta noche en mi casa.

***

Tal y como esperaba, a las ocho en punto el forense tocó a su puerta.


Según le había dicho por mensaje, había dejado al niño con su madre.
Nada más abrir la puerta, Matilda se encontró con el hombre más guapo
que había visto en toda su vida. No sabía si era por el efecto de adrenalina
que le producía el paso de la sangre por sus venas, pero lo veía así. Iba
vestido de manera informal, con unos pantalones vaqueros y una camiseta
blanca que marcaba a la perfección su perfecto y musculado torso. En una
mano traía un ramo de flores y en la otra, una botella de vino tinto. A
Matilda eso le dio igual porque, sin perder el tiempo, tiró de él y empezó a
besarlo de forma apasionada sin parar. No quería soltarlo, solo besarlo y
tocarlo por todas partes como si fuera el mejor de los tesoros. Tenía tantas
ansias de él que, tras cerrar la puerta, empezó a empujarlo suavemente con
una sonrisa pícara en los labios para llevarlo a su habitación.
—Espera un momento Matilda, creo que, antes de llegar más lejos,
debemos hablar
—¿Hablar? Estoy harta de hablar y hablar, pero te escucho —contestó
Matilda de mala gana.
—Sé que eres Harley —Matilda abrió los ojos sorprendida por la
confesión —, sé también lo que eres y sé también cómo acabaré si sigo
ahora mismo contigo.
Matilda por primera vez en su vida tuvo miedo, miedo de perder al
hombre que amaba. Qué sensación más amarga tenía ahora mismo en su
pecho, era como si le estuvieran oprimiendo el corazón lentamente para
matarla.
—¿Y cuál es tu decisión? — preguntó Matilda pensando en que lo peor
que le podía pasar en aquellos momentos era perderlo. Sin perder más
tiempo fue hacía la entrada y abrió la puerta de salida por si el forense
decidía marcharse de allí.
Harry se quedó mirando a Matilda seriamente y tras unos segundos que
para ella fueron interminables, la cogió por la cintura y la besó
delicadamente.
—Me da igual lo que seas o lo que hayas sido. Hace mucho tiempo que
tengo claro lo que siento por ti. Te quiero Harley o Matilda o como sea que
te llames.
Matilda sintió correr por sus mejillas un calor que la hizo ruborizarse,
calor que se extendió por toda su cara hasta llegar a los labios, donde un
sabor salado la alertó que por primera vez en su vida que estaba llorando,
pero de felicidad. Su corazón estaba latiendo a tal velocidad en aquel
momento que pensó que se le iba a salir del pecho y el color sonrosado de
sus mejillas le hizo entender que pasaba sangre caliente por su cuerpo.
Estaba viva, viva por amor.
Cerró la puerta de un portazo y se tiró encima del Harry, rodeándole las
caderas con sus piernas sin dejar de besarlo por la cara, por el cuello y en
los labios.
Con gran esfuerzo, porque las ganas eran muy fuertes entre ambos,
llegaron al dormitorio de Matilda. La apoyó con cuidado sobre la cama,
lentamente le quitó el bonito vestido de flores que llevaba puesto y luego el
sujetador para empezar a saborear sus pechos. Sabía de sobra cómo era el
sabor de su piel, no era la primera vez que la saboreaba. Pero ahora era
distinto, la calidez y el dulce sonido de su corazón, que lo notaba agitado
mientras la besaba y mordisqueaba y su sonrosado pezón que apuntaba
hacia él, hacía que le excitara aún más que en las anteriores ocasiones
cuando ella era la inspectora. Matilda ya no podía aguantar más, el deseo
era más intenso de lo que jamás había experimentado y le bajó la cremallera
del pantalón. Tal y como ella esperaba, su miembro salió rápidamente
grueso y duro para ella, solo para ella. Lo empezó a acariciar lentamente,
disfrutando de cada caricia como si fuera la primera. Pero fue demasiado
para el forense que, con tanta excitación, estaba a punto de estallar. Le
arrancó las bragas de un fuerte tirón y de una embestida entró en su interior
por completo.
Pretendía haber sido delicado, pero no pudo, la deseaba demasiado para
esperar y empezó a embestirla una y otra vez mientras Matilda le pedía más
y más. Se estaba volviendo loca de placer. Una última embestida hizo llegar
a Matilda al mejor de sus orgasmos, había tenido muchos en su larga vida,
pero ninguno como ese, porque ahora estaba viva. Otra embestida, más
profunda aún, hizo correrse al forense en el interior de Matilda haciendo
que la conexión entre ambos fuera total. Los dos amantes se quedaron
exhaustos mirándose mutuamente.
—¿Por qué te fuiste aquel día de la comisaría, Harley? ¿Pensaste que te
iba a delatar?
—En aquel momento lo vi todo negro y pensé que habías visto el
monstruo que había en mí, que me ibas a odiar y, por primera vez en mi
vida, sentí asco de mí misma.
—Monstruo, no hay ningún monstruo en ti Harley, solo una mujer que
quería sobrevivir.
—No intentes cubrir lo ruin que era, maté a gente y lo sabes.
—Siempre lo supe Harley, pero mi amor por ti fue más fuerte que todo
eso. Te quiero tanto, lo que siento por ti es tan fuerte, que estoy aquí ahora
mismo contigo sabiendo de antemano que esta noche puede ser la última de
mi vida. Pero me da igual porque la estoy pasando contigo.
Matilda se quedó mirando a Harry y le acarició suavemente la cara.
—¿Crees que te haría algún tipo de daño? Antes me mataría.
—No lo hagas porque sería como matarme con el más cruel de los
castigos.
—Jamás te dejaría.
—Casémonos, empieza una nueva vida a mi lado. Da igual el pasado,
juntos podemos crear un nuevo futuro.
Matilda sonrió ante su propuesta.
—Lo haremos, no te quepa duda de que me voy a casar contigo, porque
te quiero y porque gracias a ti ahora estoy viva. Pero antes tengo que
cumplir una promesa.
Matilda en aquel momento pensó en Joaquín y de nuevo sintió unos
deseos inmensos de llorar, pero ¿por qué? ¿Acaso su nueva humanidad
también la hacía sentir mal ante el dolor ajeno?
—¿Y qué promesa es esa, si se puede saber? —preguntó intrigado el
forense poniéndose de nuevo encima de Matilda para besarle lentamente el
cuello y bajar por todo su cuerpo.
—Una promesa que hice a un buen amigo —susurró Matilda entre
jadeos.
En ese momento Harry paró en seco y miró enfadado a Matilda.
—¿Y quién es ese amigo sí sé puede saber?
Matilda en ese momento sonrió porque sabía que ese enfado era por
celos, tenía celos por ella, era increíble e indescriptible la sensación que la
invadía por todo su cuerpo en aquel momento.
—Un amigo del que no te tienes que preocupar, está profundamente
enamorado de su chica, Lucia. Por cierto, ya que hablamos de amigos
especiales, ¿me podrías decir quién es esa tal Matilde?
—Pues si quieres que te diga la verdad, no tengo ni idea. Es una chica
que me está persiguiendo desde el mismo día que tú desapareciste. Primero
en Whitby y luego aquí, debe tener una obsesión o algo así.
—Pues tú bastante cómodo que ibas a cenar con ella —protestó Matilda
dándole un suave pellizco en el brazo.
—Por educación nada más y aburrimiento, pero ahora que te tengo a mi
lado soy yo el que te pregunta ¿quién es esa tal Matilde?
Matilda empujó a Harry y fue ella la que está vez se puso encima para
controlar al hombre que amaba y disfrutar sin prisa de todas y cada una de
sus atenciones por primera vez en su vida.

Dos días después…


Matilda había enviado a Harry y a su hijo Tomás fuera de la ciudad, a un
lugar seguro. Esa noche sería la batalla final y fuera cual fuera el resultado,
ellos estarían a salvo. Era luna llena y Matilda estaba esperando a su
hermana gemela en el puerto de Whitby, donde todo había comenzado.
—¿Me esperabas hermana? —dijo Matilde nada más llegar.
—¿Acaso tú no, hermana? —contestó Matilda encarando a su hermana.
Ambas hermanas se miraban fijamente observando al detalle cada
movimiento. Era como estar paradas frente a un espejo donde el reflejo es
tu fiel imagen. Iban vestidas de negro y llevaban el pelo rojo suelto hasta la
cintura. El único detalle diferente era el amuleto que le concedía el poder a
una sola de ellas.
—¿Sabes una cosa, hermana? Me he dado cuenta de un detalle en el que
no había caído antes y del cual me alegro.
—Me tienes intrigada hermana, ¿qué detalle es ese?
—Me he dado cuenta de que, al nacer, te llevaste contigo toda la maldad
que había en mí —dijo Matilda mirando fijamente el amuleto.
—¿Sabes que fue a propósito? Una gemela bruja nace para preservar a
las futuras generaciones. El clan supo desde el principio que las ibas a
traicionar por un simple mortal.
—Un simple mortal que, corrígeme si me equivoco, anhelas tanto como
yo —contestó Matilda con ironía.
—Solo lo deseo porque tú lo deseas, pero cuando estés muerta seré libre
y lo mataré.
Matilde estaba muy segura de su victoria porque tenía el poder en sus
manos, era cuestión de tiempo que lo usara para acabar con ella de una vez,
pero antes había varias cosas que debían aclarar.
—Celebras muy pronto hermana, típico de los perdedores, es mejor
celebrar antes y no sufrir sin más al final, bueno, aunque tú no vas a sufrir
porque no tienes sentimientos.
Matilda analizaba al detalle cada uno de sus movimientos de su hermana
sin perder de vista el amuleto.
—¿Sabes una cosa hermana? Debiste quedarte en el fondo del mar y no
regresar jamás. Allí eras libre, pero no, decidiste liberarte utilizando a esa
tal Cristina. Ella se puso a tiro por su pasión por el Titanic, el resto ya lo
conoces. Fíjate, aquí era donde matabas a todos los marineros en luna llena
y donde acabaste con el pobre James ¿lo recuerdas Matilda?
—No fui yo, si no tú. Ahora eres tú quien lleva la parte más monstruosa
de mi ¿lo recuerdas? Ahora soy humana.
—Exacto —gritó Matilde conjurando el amuleto para lanzarle un rayo
mortal a su hermana y acabar con ella para siempre. Lo que no esperaba era
que, justo cuando el rayo le iba a dar de lleno en el corazón, Matilda sacará
un pequeño espejo de madera y lo interpusiera en el camino. El rayo rebotó
contra el espejo y le devolvió el toque de gracia a Matilde consiguiendo que
la bruja se convirtiese en polvo.
Matilda fue hacía los restos que estaban en el suelo y cogió el amuleto.
Se lo colgó en el cuello y conjuró un fuerte soplo de viento que empujó los
restos polvorientos de su hermana al mar.
—Siempre te preguntaste por qué pasé casi un año en la ermita del
Orante, la razón era el espejo y ahora sabes por qué —les recitó a las
cenizas de su hermana mientras estas se movían a través del viento, como si
aún pudiese escucharla.
Sin esperar más conjuró el amuleto y volvió de nuevo al origen, a la
cabaña del fin del mundo donde su madre la había encerrado como castigo
y entró en su interior.
Joaquín estaba sentado en el sofá, tomando tranquilamente un té y
empezando a escribir en sus hojas de papel. Para él había pasado solo una
hora, pero la realidad es que había pasado más de un mes.
—Es hora de volver —dijo Matilda cogiendo a Joaquín de la mano.
En cuestión de segundos estaba de nuevo en su casa, la casa que
compartía con Lucia. Era Nochebuena y Joaquín lo supo porque estaba
colgado en la puerta de la entrada a su casa, un pequeño papa Noel de
madera que habían comprado juntos en un puesto callejero.
—Es tu momento Joaquín y ten en cuenta que una vez que cruces esa
puerta, no nos volveremos a ver más, será como si esto no hubiese ocurrido
nunca.
—Pero ¿me olvidaré de ti?
—Sí, pero tendrás a Lucia.
Joaquín le dio un fuerte abrazo a Matilda en señal de agradecimiento por
lo que estaba haciendo por él y se dispuso a abrir la puerta para entrar en su
casa.
—Recuerda que nada es gratis en la vida, si entras, perderás todo lo que
habías ganado hasta ahora, ese es el precio.
—No te preocupes por eso Matilda, el mismo día que murió Lucia lo
perdí todo, nada es más importante que ella —dijo mientras entraba y
cerraba la puerta de su casa no sin antes guiñar un ojo a Matilda.
Una vez dentro de la casa, vio a su bella y amada Lucia sentada en el
sofá mirando fijamente el árbol y la mesa puesta con la jeringuilla entre las
manos. Joaquín se sentó a su lado y tras quitársela la besó y le prometió que
iba a hacer lo posible para sacarla de esa espiral de destrucción donde se
había metido. Juntos eran más fuertes y el amor que sentían el uno por el
otro, haría que venciesen cualquiera de las barreras que les pusiese la vida.

Matilda volvió a sentirse vulnerable y de sus ojos volvieron a fluir gotas


saladas que no solo mojaban su cara, sino que también su recién estrenado
corazón. Todo lo vivido hasta ahora había sido un aprendizaje que la había
llevado a ser la mujer que es ahora.
En el fondo del océano encontró su alma y la sacó a la superficie tras sus
crímenes en Whitby. Ayudar a Aurora le había aportado el perdón que
necesitaba para encontrar lo que sería su salvación, la ermita del Orante.
Donde no solo estaba el espejo, sino la razón de su existencia. Esperar en el
apartamento del acantilado a Leticia, su madre, le reportó la libertad y el
hecho de volver a ser humana gracias a su gemela. Su vida había dado un
giro de ciento ochenta grados. Tenía, por fin, la oportunidad de estar con la
persona que amaba y no pensaba desperdiciarla. Una nueva vida la
esperaba.
Era libre para ser feliz y por fin podía decir que el miedo siempre tiene
nombre de mujer hasta que el amor lo convierte en esperanza.
Agradecimientos

A todas las personas que me apoyan día a día.


A ti que estás leyendo esto, gracias por darme una oportunidad.
A Romantic Ediciones por darme la oportunidad de ver cumplido uno se
mis sueños.

Dalia Ferry.

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