Llegada a Calysandae: La Casa de los Libros
Llegada a Calysandae: La Casa de los Libros
Estaba ya acostumbrada a oír el tropel de las ruedas y el constante paso firme de los caballos
cuando Miranda llegó al destino de sus sueños. Bueno… más bien de sus pesadillas.
Calysandae, tierra del norte, donde el misterio y los sueños iban caminando de la mano. La
gente viajaba desde muy lejos por esas historias. Cuentos más que todo, creía Miranda, donde
herreros pobres terminaban con grandes fábricas al hacer realidad sus sueños. Donde
Se creía que la mayoría de los habitantes le rendían tributo a la Santísima Blanca. A ellos,
rara vez se le veía fuera del norte y cuando salían, se avistaban con túnicas y capuchas
blancas con el símbolo de la Santa. Mucho era el misterio que había alrededor de esas tierras
Ciertamente, a Miranda no le molestaba todo eso, mientras fuera una buena historia, podía
escuchar una versión completamente distinta de alguna viuda o sirviente que se supiera
alguna. Más, nunca se imaginó tener que viajar todo el reino para llegar a Calysandae y
Eran las 5:30 de la tarde, por lo que faltaban exactamente unas 70 horas para la ceremonia.
Unos tres días más o menos. Su hermano Julián la acompañaba en el carruaje. No había
parado de hablar en todo el camino de cómo tenía que comportarse con el duque de
Calysandae. Un anciano, que se decía, gobernaba todo el territorio desde hacía unos 50 años.
Ella, había pasado los últimos días escuchando los (muy poco sutiles) consejos de su
hermano. Había hecho que empezara anhelar por fin llegar y dejar de escuchar la odiosa voz
de Julián.
—Hermano, te lo ruego, ya basta. Si no dejas de hablar, me voy a lanzar por el próximo risco
por el que pasemos —le había dicho varias veces en los últimos 5 días que llevaban de
camino.
Por supuesto, Julián había ignorado completamente sus advertencias. Así que había acudido
mente vagar en el mundo de fantasía y prestándole una mínima atención para saber cuando
Llegar a la propiedad del duque suponía el fin de una era. El triunfo de los deseos de su
padre. Sin embargo, para ella, en el momento en el que por fin la puerta del carruaje se abrió,
lo único que podía pensar era en estar al aire libre y poder dejar de oír la odiosa voz de su
hermano.
Sujetó la falda de su vestido y salió disparada del carruaje, empujando a Julián otra vez al
— ¡Siete Santos Misericordiosos, gracias! —exclamó lentamente al cielo, cerrando los ojos y
Al abrirlos, se dispuso a detallar en donde estaba. Para su sorpresa la casa no era ni de cerca
lo que se había imaginado. Empezando por el hecho de que a eso, no se le podía llamar casa.
Un pequeño castillo se imponía a unos pocos metros de donde estaba. Una fachada de colores
cafés y enredaderas verdes le daban un aire primaveral a pesar de estar en pleno invierno.
A su espalda, se bajaba su hermano del carruaje, el cual había dejado justo al lado de una
—Una futura duquesa no debe estar atropellando a la gente —habló indignado Julián.
—Esta futura duquesa realmente hará lo que le venga en gana —le susurró Miranda.
Dándole la espalda, se dirigió a lo que parecía ser un comité de bienvenida. A los pies de
unas escaleras de piedra se encontraban un grupo de sirvientas vestidas con simples camisas y
pantalones cafés.
—Bienvenida Srta. White, es un placer recibirla en La Casa de los Libros —habló una joven
chica de cabello chocolate—. El duque nos ha dejado instrucciones precisas para su llegada.
La chica aparentaba tener unos 18 años a lo mucho, pero en sus ojos, Miranda pudo ver que
unos cuantos años le pesaban en el alma. Se preguntó si estaba en una de esas casas donde
trataban a los del servicio como esclavos. Solo por un momento se preocupó de qué clase de
—¡¿No está el duque?! —exclamó Julián, quien se acercaba con su sombrero en mano—
se alegraba, porque sin novio no habría boda. Al pensar eso, sintió en su pecho una punzada
con Ana.
—Me temo que el señor Agustine, no se encuentra por los momentos —contesto una de las
mujeres en lugar de Clara—, se ha sentido indispuesto estos últimos días, por lo que acudió al
médico por unas yerbas. — La mujer que había hablado se encontraba a la derecha de Clara.
Era una anciana bajita con mechones grisáceos y un elegante recogido—. No esperaba
anochecer.
La esperanza de Miranda se fue como había venido.
—Está bien —Julián torció el gesto—. ¿El duque padece de algo en particular?
Una risa burlona vino de lo que parecía ser un jardín lateral de la casa.
—Para nada —dijo la voz risueña, cuyo portador resultó ser un joven no mucho mayor que
El joven quizás sería un jardinero, intuyó Miranda, estaba vestido con unos pantalones más
anchos pero parecidos a los de las damas del servicio, con una pala al hombro, un sombrero
— Soy Aaron, es un placer —estiró una mano hacia Julián, quien la miró y la dejó extendida.
Aaron estuvo varios segundos incómodos con la mano al aire, hasta que Julián con algo de
—Solo Aaron —este se incorporó y pasó sus manos por detrás de la pala en sus hombros—.
Tengo que seguir, pero confío en que con Clara y Ronda —se inclinó haciendo reverencia a
estas, pala en hombro— tendrán la bienvenida que se merecen a La Casa de Los Libros.
Con un gesto vago se despidió de las damas del servicio, pero no se fue antes de dirigir la
Por solo unos segundos, Miranda se sintió intimidada. Finalmente, se irguió y siguió su
camino. Dándole la espalda a todos en la entrada. «¿Quién eres tú?» se preguntó ella curiosa,
viéndolo alejarse.
—Clara —Miranda frunció el ceño—, ¿podrías enseñarme donde me puedo quedar?
— Sí, claro, señorita —respondió haciéndole señas al cochero y su acompañante que traían el
equipaje— por acá, señores, síganme. Señor Julián, puede seguir a la Señora Ronda a sus
habitaciones.
Estaba empezando a agarrarse sus faldas para seguir a la muchacha cuando vio que la señora
Ronda llevaba a Julián con sus maletas por el camino de donde había venido Aaron.
Miranda lo vio alejarse, mantenía lo que parecía una discusión con la señora Ronda.
—Si lo desea podemos ir por el camino largo para que así se vaya familiarizando con toda la
casa —Clara caminaba dos peldaños más arriba—. Ya entenderá por qué se llama La Casa de
los Libros.
LA FAMILIA
Clara le había dado un paseo por todos los pasillos. La había mostrado el comedor, la azotea,
Aunque, esta última, a Miranda le pareció que era más bien una sala de estantes,
considerando que toda la casa era literalmente una biblioteca. Porque sí, La Casa de los
Cada sala que había conocido hasta ahora, tenía un mínimo de dos estanterías llenas de libros,
y lo que le pareció a Miranda lo mejor del mundo, un bonito diván en una esquina para
sentarse a leerlos a lado de una pequeña mesita rectangular. Sin excepción, en todas las salas.
Hasta en el comedor.
La casa la había maravillado enteramente, y no solo por los libros, sino por todo el arte que
había en ella. Reliquias en cada mesa de centro, pequeñas estatuas decorando cada estante y
esquina, paredes llenas de pinturas. Tapices hermosos en cada habitación y pasillo. Todos los
espacios tenían un estilo distinto. En uno encontró cuadros de lo que creyó era la cultura
Clara, justo antes de instalarla, había llevado a Miranda al último piso. A la biblioteca, y esta,
Santísima Blanca y los Siete Santos, cada parte de esta. Se preguntó qué artistas habría hecho
La Casa de los Libros, más que solo una biblioteca, era una casa que le rendía tributo al arte y
no solo al que se encontraba entre las páginas de sus libros, se dio cuenta Miranda. Para
cuando llegaron por fin a sus habitaciones estaba feliz por todo el arte que había visto, pero
Le pidió a la doncella que la disculpara ante todos en la cena, le preparara un baño caliente y
le pidiera a alguna cocinera hacer un poco de sopa de cebollas para irse a dormir. No le dio
tiempo de explorar más allá del baño y la cama en su habitación. Cuando Clara regresó a ver
Ahora, que entraba la luz del día por la ventana, Miranda se sintió algo desorientada al no ver
el techo del carruaje que tenía unos 5 días viendo, ni a Julián roncando frente a ella. Estaba
extendida sobre una gran cama rodeada de unos delicados postes en cada esquina. Le tomó
unos cuantos segundos recordar que ya estaba en Calysandae, se sintió extraña, pasó tanto
tiempo aterrada por venir que ahora que estaba aquí, se sentía ridícula.
Era consciente de que apenas comenzaban las cosas, pero, en su interior de niña pequeña,
creyó que unos hombres con capas blancas se la llevarían y matarían en lo que pisara tierra
norteña. Más tonta se sintió al ser consciente de que jamás en toda su vida había dormido tan
bien y en una cama tan cómoda. Tanto así, que simplemente no quería levantarse y afrontar
Miranda se encontraba aún disfrutando de su recién descubierto amor por su cama cuando
— Voy —respondió. Se tardó unos segundo más en su cama, pretendía tardar mucho más,
pero el ruido incesante de la puerta la obligó a levantarse e ir a ver quien era—. ¡Ya voy!
Con el camisón con que se había cambiado después de su largo baño de anoche se levantó.
habitaciones. Solo tuvo que abrir la puerta un par de segundos para que él dijera—: No puedo
creer que ya andes gritando como si nada en esta casa y aún no has conocido ni al novio.
—Julián —pronunció cada sílaba lentamente— si esta va a ser mi casa me tengo que sentir
—Me parece que este señor Agustine tiene un muy buen gusto —desempolvó y golpeó un
poco un cojín que tenía entre manos—. Aunque en realidad lo que debe tener es una muy
las tuyas?
—Son bastante cómodas, no son tan grandes como estas —enfatizó señalando la
habitación— pero son acogedoras. Además, la casa de invitados tiene una curiosa sala común
en donde hay botellas de licor por todas partes, pero en realidad estoy empezando a creer que
son de Aaron.
—¿De Aaron?
—Sí, claro, tú tendrás que estar bien con todos ellos, mientras te encargas de que tu nueva
—No, quiero que no se te olvide —él apartó la mirada y dudó de lo que estaba a punto de
decir—. Oye, Miranda, sabes que todos tenemos que hacer sacrificios, ¿no? Es por el bien de
la familia.
Ella se apartó de la chimenea y caminó hacia el ventanal. Toda una vida planeada, tantos
proyectos por seguir y cambiaron por los deseos de su padre, por un bien mayor.
—Espero que algún día puedas entender que todo esto es por nuestra familia.
Una braza de ira en su interior quiso chisporrotear, encenderse. Pero las líneas de esa
—dijo pausadamente.
La mirada de Julián sin que ella lo notara se oscureció, y se odió asimismo por dejar que su
padre hiciera esto, que le hiciera esto a ellas. Siempre había otros métodos, siempre se podía,
—No te preocupes Miranda, todo saldrá bien —trató de convencerla, aunque no sabía
exactamente cuál, en ese caso, era la definición de bien—. Podrás empezar una vida con un
—Sí claro, unos diez años más. Cinco si soy afortunada de que el anciano se muera antes—
despeinaba el cabello—. Además, es por tú bien, te asegurará un buen futuro, uno estable,
—De no ser así —continuó Julián—, ¿Cómo terminarías, en una esquina en la Ciudad
Los recuerdos se avivaron, la decepción, la tristeza, la traición. Provocó que la ira helada
volviera. Miranda se volteó lentamente. Mantenía una oscuridad en sus ojos que a Julián
—No te atrevas a meter al traidor de Axel en esto —habló en voz baja—, sabes muy bien
caminarían a ningún lado, algún día tendrías que sentar cabeza y buscar estabilidad. Padre
solo… —titubeó al tratar de enmendar la mentira, notó Miranda—, adelantó el proceso con
A pesar de todo, ella solo estaba agotada de tanta mentira, de llegar siempre a lo mismo y de
—Julián, por favor, es suficiente, quiero descansar otro rato, el viaje estuvo muy pesado y
quiero terminar de arreglarme —se dirigió a la puerta, la abrió y vio a Julián, quien aún se
Él la miró y se sintió la peor persona del mundo, pero sabía que tenía que mantenerse firme,
ayudarla a superar esto y concretar la alianza. Se tenía que hacer, sea como sea.
—Está bien, aunque también te venía a decir que harán una cena para que podamos
conocernos y conversar todos un rato —Julián aún estaba sentado—. Agustine no llegó ayer,
Ronda dijo que llegará mañana, tuvo que quedarse para otros análisis. —Miranda lo vio con
cautela, aun con la puerta en la mano mientras él se levantaba—, por alguna razón es buena
Ella terminó de cerrar la puerta y se dirigió a la recámara. Le pareció que de pronto todo el
viaje había sido más eterno y exhausto de lo que había vivido. Sintió todo ese cansancio y el
equivalente a unos veinte años. Puso un pie en la alfombra junto a la cama y se dejó caer
un huracán en su cabeza que le cortaba la respiración, no la dejaban poder ver más allá del
remolino que todos ellos formaban. Empezó a contar sus respiraciones y aclarar su mente,
pero los pensamientos seguían girando. «Puedo con esto» se repetía a sí misma. «Solo tengo
Los pensamientos seguían llegando y llegando y las respiraciones trataban de consolar todos
y cada uno de ellos hasta que, de pronto, sintió como el sueño se apoderaba de ella. Quizás
una lágrima se deslizó por su mejilla, pero estaba demasiado embriagada por el alivio del
sueño como para notarlo. Pasaron unas respiraciones más, muchas angustias y pensamientos,
Abrió los ojos, no sabía qué la había despertado. Le molestaba el hecho de que le quitaran su
único momento en el que podía convencerse de que estaría todo bien. Esperó unos segundos
Alguien volvió a tocar la puerta. Se dio cuenta de que lo que la había despertado era eso, la
estaban llamando. Julián se había ido hacía unos veinte minutos. No podía ser que ya quisiera
otra vez seguir con lo mismo, estaba harta de sus charlas de “todo saldrá bien, es por el bien
de la familia”.
Se paró de la cama hecha una furia, y descalza abrió la puerta de un solo halón.
—¡¿Qué quieres?!
—Bueno, realmente lo único que quería era asegurarme de que se hubiese instalado en la
habitación correcta.
Al terminar de oír las palabras, más que sentirse apenada, se sintió confundida. Pues, aún
estaba media dormida y no era Julián como había esperado, y tampoco era Clara, la mucama.
Era Aarón, el cual estaba algo expectante y para sorpresa de Miranda, sin rastros de molestia
por gritarle.
—Ehm bueno, si yo… —se dio cuenta de que le había gritado al sobrino de su futuro y
desconocido esposo—. Lamento haber gritado, y sí, sí, todo bien, todo en orden.
—Muy bien, espero que puedas encontrar en esta casa un hogar, como todos nosotros lo
hicimos.
“Todos nosotros…” se dio cuenta Miranda. ¿Cuántas personas vivían allí? ¿A quién se
estaba refiriendo? Se preguntó, pero antes de poder expresarlo en voz alta, Aarón continuó—:
Bueno, como sea. También, pensé que sería bueno avisar que Gus no llegará sino hasta
—¿Gus?—preguntó ella.
— Ahm… Sí, lo siento, Agustine—dijo Aarón—, debe estar de regreso, pero pasará por la
Agustine ya venía, no estaba tan lejos. Miranda entró en pánico. «Y si era un horroroso
anciano cascarrabias, o si era un viejo verde. ¡Ay Siete Santos Misericordiosos! Por favor,
一 Después de ganarle tantas veces en empuja y corre de niños y verlo llorar por toda la
cómo sería el duque, pero imaginárselo llorando al jugar con un pequeño niño no fue una de
ellas.
一 Sí, con eso creía que me podía ganar, pero realmente todos sabíamos que era un
Miranda se sintió algo extrañada. Aunque así se había sentido desde que había despertado.
Miranda sintió que quizás le ocultaban algo, que solo quizás, si tuviera suerte, el anciano
estaría enfermo. Entonces solo aceleraría lo inevitable, justo como había pensado. Repasó
mentalmente lo que planeaba hacer luego de la boda. Su plan para conseguir su libertad.
Desde el inicio había sido el mismo, envenenar al anciano, poco a poco para que pareciera
—Bueno —dijo ella centrando su atención— Espero que pueda llegar bien y podamos…
Apartó de su mente todos los pensamientos para poder hablarle y al hacerlo, se encontró en
sus ojos esa mirada extraña del día anterior. Quizás ya estaba ahí y no lo había notado, al
igual que el gris en sus iris, pero le hizo sentir que tenía que ser precavida con este sujeto.
Había mucho más que solo amabilidad en esa mirada despierta—. Podamos compartir todos y
Algo sucedió, algo pasó por su mente, su neutralidad se quebró y una pequeña sonrisa se vio,
y así, ella descubrió lo nerviosa que podía ponerla ese pequeño gesto.
blanco. En ese momento, no pasó nada más por su cabeza que decir—: Ajá.
— Los duques de Calysandae, siempre ha tenido buena suerte con las mujeres —comentó
Miranda no había terminado de procesar lo que acaba de decir, cuando él simplemente se fue.
Ella se quedó en la puerta viéndolo doblar el pasillo. Se quedó más de lo que debió, pero
estuvo tratando de juntar los pedacitos de su mente que se habían dispersado. «Tengo que
tener cuidado de él» pensó. Unos momentos después entró en su estancia. Se sentó en el sofá
y suspiró. Estaba decidida, no había espacio de dudas. En esa cena tendría que ser la pobre
MI FUTURO DUQUE
Miranda había pasado el resto del día anterior encerrada en sus habitaciones. No quería ver a
nadie, no quería saber nada del mundo, así que aprovechó la mayor parte del día en recuperar
el sueño perdido por la semana de viaje. A eso de la una de la tarde, Clara le había
preguntado si deseaba unirse al resto en el comedor para almorzar. Miranda se había negado
Si la joven doncella se dio cuenta de que eran solo excusas, no mostró signo de ello. En
cambio, regresó a los 10 minutos con un carro en el que traía distintos platos y una pila con
unos 10 libros de distintos autores. «Sí, definitivamente Clara sería una buena amiga, si las
Con suficiente comida y una pila de libros a su lado, se quedó todo el día acostada, leyendo y
en el olvido y pudo estar de nuevo con Ana. Pudo ver el sol caer poco a poco sobre el agua,
oír las gaviotas volando en el cielo, sentir la brisa calidad despeinando su cabello, y ver a su
pequeña hermana reírse mientras Miranda la salpicaba con la espuma salada del mar.
一 Deberíamos quedarnos a vivir en el agua.
一 Creo que a mamá no le gustaría tanto la idea. —Dijo con un pincel entre dientes.
一 Entonces, quizás debamos traerla a vivir con nosotras — dijo Ana sumergiendo los
tobillos cada vez más en el mar, mechones rojos de cabello salían sin parar de su peinado—
Si a las sirenas le salen piernas cuando salen a tierra firme, a nosotras nos deberían salir
aletas al pasar suficiente tiempo en el agua— concluyó mientras salpicaba con sus pies.
一 Quizás si nos mudamos al mar, en vez de convertirnos en sirenas, nos salgan pinzas y
nos convirtamos en cangrejos —Miranda se paró y caminó de lado como tal, su hermana
alzando sus manitas al cielo— Nos convertiremos en sirenas y podremos ser libres para
libertad.
Con la imagen de su hermana toda despeinada mirando al cielo, y con lágrimas en sus
mejillas, Miranda se despertó. Solo había sido un recuerdo, sus sueños últimamente le servían
mañana. Aunque su preocupación se centró en que hoy por fin conocería al novio. El
desconocido que insistió en casarse con ella y forjar una alianza entre familias. Era un
desgraciado. Los hombres negociaban y trataban a las mujeres como fichas de cambio,
trofeos a los que intercambiar. La sociedad se llenaba la boca hablando sobre los avances de
los derechos de las mujeres, pero a puerta cerrada, esto era solo otras medallas que ponerles
para que brillaran más, para hacerlas más bonitas, su propia familia no era la excepción.
Miranda se sentó abruptamente en la cama, no podía permitirse sentir pena por ella misma,
no la llevaría a nada. Ella era alguien con objetivos, proyectos claros, con una hermana
Miranda hasta ahora no había explorado la totalidad de sus habitaciones. Solo sabía que
estaba dividida por el ambiente principal y las puertas a su alrededor. De las cuales había
abierto nada más que la sala de baño y la recámara. Estaba tan cansada de todo, que le
hubiese dado igual si la hubiesen puesto a dormir con la mismísima Reina. Así que sin nada
Desde que había llegado no se había sentado en ese sofá. Había estado en la recámara,
tratando de ignorar su realidad. Pero ya la boda sería mañana, simplemente no podía seguir
ignorando todo a su alrededor. Tampoco podía ignorar que hoy conocería al anciano, el que
se supone era el novio, y que una vez se casaran tendría que empezar a ganarse la confianza
Luego de que todos la conocieran, su plan sería irlo envenenando hasta quedar como la pobre
viuda del duque, heredera de toda su fortuna y poder en las tierras del norte. Solo así se
liberaría del control de los hombres. Así, podría traer a Ana a vivir con ella y evitar que su
A pesar de querer centrarse y mantener la mente despejada, Miranda se sintió algo abrumada
por todo ello. Realmente ella no era una mala persona, en 19 años, nunca antes había querido
herir a nadie. Todo lo contrario, su sueño había sido estudiar con los grandes médicos en la
Ciudad Adoquinada, donde se encontraban los médicos reales, a servicio exclusivo de los
reyes y de la Academia Luz. Por eso se había esforzado siempre en sus estudios, en leer
libros de Biología, Alquimia y Herbología. Aunque, ese era el por qué había aprendido
alguna que otra cosa sobre las plantas y sus efectos. «Y por eso también sabía cómo ir
En la estancia, había un enorme ventanal, un cristal que recorría desde lo alto del techo hasta
el suelo. Aunque este estaba cubierto en su mayoría por una pesada cortina. Miranda se
levantó y las corrió, dejando ver la inmensidad en dónde se encontraba la propiedad del
duque.
Dio unos cuantos pasos hacia el centro del ventanal y apoyó su palma extendida en él. Por un
momento todo desapareció, su mente se vació al contemplar aquel paisaje a sus pies. Podía
ver cómo el jardín trasero de la casa se inclinaba hasta desaparecer en lo profundo del
bosque, pero no era la belleza de este la que le quitó el aire, no. Era el inmenso bosque que se
La naturaleza y su belleza estaban ahí. Sus dedos le gritaban que buscara sus cosas, que
inmortalizara el paisaje que veía. Era una injusticia no hacerlo. Un mar verde de pinos y
árboles frondosos, de los cuales, en su mayoría, solo podía ver las copas. El amanecer
imponiéndose a cada segundo, como si encendieran una llama muy lentamente. Le fascinaba
la vista que tenía ante sí, le recordaba el basto mundo que aún había ahí afuera y que no
ella, todos sus problemas, no eran nada en comparación. Todo seguiría creciendo y
expandiéndose al igual que ese paisaje de la madre tierra. Por un momento, deseó que Ana
estuviera ahí. Así también podría observar toda esta imagen y maravillarse en ella, al igual
En ese momento se dio cuenta. Tenía que ser valiente, por Ana. No sería ni la primera ni la
última mujer en sufrir esto, lucharía para que al menos su hermana no lo viviera, y que a
pesar de todo, tenía que ver el lado bueno de las cosas. Estaba en Calysandae, sería la
duquesa de la tierra del misterio y los sueños. Algún sueño se le tenía que cumplir. Con eso
Se suponía que se encontraba en las habitaciones de la duquesa del Norte. No podía hacer
nada por el momento para volver y rescatar a su hermana, pero sí podía explorar toda la casa,
No estaba segura si las habitaciones del duque serían así, o si las habitaciones de la casa en
general eran así, pero este era un espacio demasiado grande. Pensó que quizás sería una
ventaja. Podría encerrarse ahí una vez casada y nunca más salir, de esta manera evitaría al
También pensó que podría traerse a Ana a su habitación y mantenerla oculta ahí hasta que
supiera qué hacer con ella y su familia. Podría ser otra opción si nada salía como esperaba.
Había bastante espacio, varias puertas cerradas se encontraban a ambos lados de la estancia.
Una al lado de su habitación y dos más en la pared opuesta, al lado de la sala de baño y la
chimenea.
Miranda se apartó del ventanal y se dirigió otra vez al sofá. Sintió curiosidad. En su momento
no las detalló porque solo quería dormir, pero se dio cuenta de que las demás puertas eran
Se inclinó sobre el mueble, tejió una larga trenza en su cabello rojo y tomó la lámpara que
había dejado en la repisa. Alzó la mirada y observó el gran candelabro apagado que dominaba
el centro de la habitación. Le rezó a la Santísima Blanca para que jamás permitiera que
Salió del pequeño ambiente y se dirigió a la chimenea. Empujó la puerta angosta de ese lado
y la abrió. Miranda solo pudo gesticular un vago «ah» al iluminar el espacio con la lámpara.
Recordó las palabras de su joven doncella al decirle que encontraría todo lo que le haría falta
en su habitación. No mintió. Sus maletas se podían quedar empacadas, si así lo quisiera, todo
La sala que tenía delante era quizás dos veces la sala de estar y su habitación. En la
penumbra, apenas iluminada por la escasa luz, pudo ver cómo un diván color crema era el
centro de lo que parecía ser el armario más grande que habría tenido jamás.
Guindados, en perchas había abrigo tras abrigo, vestido tras vestido, ropa para dormir, ropa
interior, de todo se mostraba en cada uno de estos en las cuatro paredes del armario. Miró su
camisón de seda y pensó que realmente se había equivocado al creer que su closet era el
Miranda dio un paso a la pared que tenía de frente y acercó la lámpara al vestido verde de
gasa que guindaba delicadamente desde el percho. Al hacerlo, vio que la habitación no era
todo lo que veía, y que tampoco eran las cuatro paredes que había visto al entrar.
En un rincón había un pequeño anexo de la habitación en dónde el nivel del piso bajaba unos
tres escalones. Dio unos pasos y se acercó. Había un espacio con un ventanal desde donde
también podía ver el jardín. En este lado del armario la luz del amanecer iluminaba el lugar.
Aunque Miranda en ese momento supuso que armario no era una buena definición para aquel
espacio.
El pequeño sitio era hasta ahora la sala más sencilla, si no consideraba la enorme peinadora
de madera. Pero del resto, solo era eso, una delicada peinadora con su butaca, una alfombra
blanca y una lámpara apagada colgada en la pared derecha. Miranda sintió tranquilidad al
estar ahí. Se veía algo de polvo y algunas telarañas por el tiempo sin usar, pero aun así, podía
Dio unos cuantos pasos hacia la peinadora y se sentó en el asiento acolchado. Miró a su
Era una promesa, un juramento, más que con su hermana, con ella misma. No dejaría nunca
que las volvieran a humillar. A jugar con ellas como meras muñecas. Jamás. No con su
Con una determinación tintada a fuego en sus ojos y una rabia helada, Miranda se levantó, le
escribiría una carta a su hermana y le diría que todo estaría bien, que ya faltaría menos para
que ellas pudieran estar juntas. Pero en lo que dio el primer paso sintió algo lastimarle el pie.
Miró hacia bajo y no vio nada, solo estaba la alfombra algo sucia.
Quizás fue porque estaba paranoica, quizás solo fue curiosidad o quizás estaba centrado su
ansiedad en algo en específico. Pero Miranda se centró en qué había ahí. Sabía que era una
tontería, tenía problemas más graves que un bulto en la alfombra. Pero por alguna razón
Miranda se agachó y paso sus dedos por el sitio que había pisado. Sí, había algo ahí. Sus
la misma fuerza.
Con algo de esfuerzo rodó la peinadora que aplastaba la alfombra y la levantó.Había una
pequeña trampilla en el piso. Esto tenía muy mala pinta, por lo que Miranda sintió la
necesidad de saber más. Con la lámpara en mano terminó de hacer un lado la polvorienta
alfombra y la abrió.
Al mirar qué había, una sensación de inquietud la desbordó, así como unas ansias por saber
qué era todo eso. Unas escaleras empinadas le daban la bienvenida y descendían
Los escalones crujían bajo el peso constante de las pisadas de Miranda, y cada uno de ellos se
sentía más ensordecedor en sus oídos. Si seguía así, probablemente alguien la escucharía
Para su alivio, llegó al final de las escaleras y observó una especie de bodega de vinos
botelleros llenos de elegantes frascos sucios. Al extremo opuesto de las escaleras vio un
diván con algunas sábanas cuidadosamente dobladas y un pequeño librero, como en el resto
de la casa.
«Hasta en las bodegas escondidas, esta sigue siendo La Casa de Los Libros» pensó.
Se acercó a los botelleros y sacó uno de los vinos. Pasó la mano por la etiqueta curtida y leyó
1685. «Estos vinos tenían que costar una fortuna si tenían tanto tiempo de ser añejados».
Se giró a ver qué más había y observó un enorme retrato de un anciano con una larga barba
grisácea. Ella supo quién era de inmediato. Con un traje de color café y una barba tupida, ahí
inscripción del cuadro a un lado. Miranda por fin pudo concentrar su rechazo a una cara en
particular.
Toda una vida planeada, todo un rumbo que seguir y este anciano con una escueta carta había
derrumbado cada uno de sus planes. Los hombres no podían ser tan mezquinos, haciendo y
deshaciendo a su antojo solo porque tenían dinero y poder. Sabía que su padre no era un
santo, pero lo que no sabía era lo poco que ella le importaba, hasta que prácticamente la
Pero no se daría por vencida, ella pelearía hasta lograr viajar, ver el mundo, estudiar y
recuperar a su hermana, esto último sobre todas las cosas. Primero se quemaría el reino
entero antes de quedarse ella como la dócil esposa del duque. El viejo Agustine, ni su padre,
La rabia la desbordó, las lágrimas mojaron sus pómulos. Esa era la cara del hombre que más
odiaba en el mundo. El hombre que le había arrebatado sus sueños. Miranda tomó una de las
botellas de vino de la bodega y la lanzó contra el cuadro sollozando, toda la pintura quedó
De un momento a otro, toda su rabia fue remplazada al quedar perpleja ante lo que había tras
el cuadro. Las bisagras que mantenían la pintura se movieron dejando ver la abertura que
Miranda, con la cara aún mojada, una avalancha de emociones y la firme convicción de que
la gente de aquella casa les gustaba demasiado el misterio, pasó por aquella entrada con su
lámpara en mano. Un pasillo poco iluminado la guiaba hacia lo que podría ver como un
salón.
Dio unos cuantos pasos y al entrar en aquella habitación su mente se vació, dejando solo
polvo y cenizas en sus pensamientos. Estaba perpleja, no tenía sentido. Se acercó al cuadro
más cercano y allí estaba la firma “Redhead”, su firma. Todas aquellas eran sus pinturas, una
tras otra. Era un estudio, un estudio de su arte, ella había pintado todo eso por años. Cada vez
que se sentía sola o frustrada fue lo que la ayudó a superarlo. ¿Quién era Agustine y desde
AGUSTINE
En la propiedad del duque, esa misma mañana, se encontraba un carruaje bordeando uno de
Metió su torso nuevamente al carruaje y se alisó la camisa blanca que quedaba de su traje. Se
había vestido para la ocasión. Un bonito traje verde con una de sus corbatas color crema
había decidido que hoy sería un buen día. Hoy era un día importante. El duque y la futura
duquesa se conocerían.
Miró su arrugada camisa. La corbata a un lado estaba intacta, gracias a que se la había
quitado al salir y ayudar a Edmundo a arreglar una de las ruedas del carruaje.
一 Cuando te escribí para que vinieras a la granja de los Borquiu, era con la idea de que
一 Me parece que elegiste un muy mal emisario para enviar —le reprochó Aaron— ¿A
quién se le ocurre enviar a Samy con una carta? Me imagino que el chico la perdió al salir de
había golpeado— ya sabes cómo es. No puede vivir tanto tiempo sin la señora Ronda —se
encogió de hombros—. Pero, háblame de ella, ¿ya la viste? ¿Es tal y como dijo Leonard?
norte —dieron otra sacudida y Aaron se sujetó al techo del coche—, aunque creo que sí.
Tiene esa mirada despierta que te hace preguntar qué estará planeando, una tez dorada que
contrasta con los rojos rizos de su cabello y Clara dijo que quedó fascinada con los libros y
Una compañera fiel, la promesa de una igual para compartir su gusto por el arte, la lectura y
el mundo. Llenar aún más La Casa de los Libros. Eso había estado buscando.
Gus suspiró.
一 Una mujer con agallas y con ganas de luchar por el mundo —respondió el joven
一 ¿Realmente piensas que este matrimonio te dejará en posición para desafiarla a ella?
一 No es solo eso, Aaron —Gus miró a su sobrino. Aunque era más un hermano para él
un importante lord del sur. También me sorprendió al averiguar quién era Miranda. Pero no,
no es eso, si voy a luchar por esta tierra no quiero luchar solo, ni tampoco luchar y regresar
para encontrarme vacío cuando termine todo. Quiero una igual, alguien que esté conmigo al
inicio y al final. Derrocar a la Reina es mi objetivo, pero no por eso traje a Miranda.
一 ¿Entonces es eso? —Aaron no lo podía creer— ¿solo quieres una niña bonita que te
espere cuando regreses a casa? Te hubieses casado con Clara, estaba más cerca.
一 Con lo mucho que ustedes se quieren, seguramente me hubiese rechazado — bromeó
Agustine. La doncella, Aaron y él, habían crecido juntos, pero Clara y su sobrino pasaban
más tiempo discutiendo que existiendo—. Yo la busco a ella, la pintora del mar.
一 Me parece una tozudez que busques a alguien a quien no conoces de nada, Gus.
一 ¡Conozco su arte! —Aaron pudo ver en sus ojos la locura de quien planeaba derrocar
a una Reina—. Todo este tiempo estuve siguiendo todos sus cuadros, Leonard me ayudó. Y lo
vi, Aaron, lo vi. La esperanza, el desafío, y el amor que en ellos plasmaba, y no se plasma
Con un golpe seco, el coche se detuvo y Edmundo desde el asiento delantero gritó:
—¡Llegamos, señor!
一 Por los Siete Santos, tu padre estaría decepcionado —dijo Aaron aun sentado frente a
él. Lo vio un largo momento y sonrió— Menos mal el anciano ya murió. Ve, ve y conoce a tu
futura esposa.
El Joven duque sonrió y salió para encontrarse a Miranda en La Casa de los Libros.