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Llegada a Calysandae: La Casa de los Libros

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REDHEAD

Estaba ya acostumbrada a oír el tropel de las ruedas y el constante paso firme de los caballos

cuando Miranda llegó al destino de sus sueños. Bueno… más bien de sus pesadillas.

Calysandae, tierra del norte, donde el misterio y los sueños iban caminando de la mano. La

gente viajaba desde muy lejos por esas historias. Cuentos más que todo, creía Miranda, donde

herreros pobres terminaban con grandes fábricas al hacer realidad sus sueños. Donde

pequeños comerciantes, terminaban siendo importantes lores de incomparables fortunas y

donde niños sin hogar encontraban el calor de una amorosa familia.

Se creía que la mayoría de los habitantes le rendían tributo a la Santísima Blanca. A ellos,

rara vez se le veía fuera del norte y cuando salían, se avistaban con túnicas y capuchas

blancas con el símbolo de la Santa. Mucho era el misterio que había alrededor de esas tierras

y su gente. Siempre se oían historias, unas fantásticas y otras simplemente absurdas.

Ciertamente, a Miranda no le molestaba todo eso, mientras fuera una buena historia, podía

escuchar una versión completamente distinta de alguna viuda o sirviente que se supiera

alguna. Más, nunca se imaginó tener que viajar todo el reino para llegar a Calysandae y

mucho menos para jamás volver a su tierra.

Eran las 5:30 de la tarde, por lo que faltaban exactamente unas 70 horas para la ceremonia.

Unos tres días más o menos. Su hermano Julián la acompañaba en el carruaje. No había

parado de hablar en todo el camino de cómo tenía que comportarse con el duque de

Calysandae. Un anciano, que se decía, gobernaba todo el territorio desde hacía unos 50 años.

Ella, había pasado los últimos días escuchando los (muy poco sutiles) consejos de su

hermano. Había hecho que empezara anhelar por fin llegar y dejar de escuchar la odiosa voz

de Julián.
—Hermano, te lo ruego, ya basta. Si no dejas de hablar, me voy a lanzar por el próximo risco

por el que pasemos —le había dicho varias veces en los últimos 5 días que llevaban de

camino.

Por supuesto, Julián había ignorado completamente sus advertencias. Así que había acudido

a la única solución posible, ignorar también a Julián. Sobrevivió el camino dejando a su

mente vagar en el mundo de fantasía y prestándole una mínima atención para saber cuando

asentar y negar con la cabeza.

Llegar a la propiedad del duque suponía el fin de una era. El triunfo de los deseos de su

padre. Sin embargo, para ella, en el momento en el que por fin la puerta del carruaje se abrió,

lo único que podía pensar era en estar al aire libre y poder dejar de oír la odiosa voz de su

hermano.

Sujetó la falda de su vestido y salió disparada del carruaje, empujando a Julián otra vez al

asiento del que se había empezado a levantar.

— ¡Siete Santos Misericordiosos, gracias! —exclamó lentamente al cielo, cerrando los ojos y

respirando el frío aire de Calysandae.

Al abrirlos, se dispuso a detallar en donde estaba. Para su sorpresa la casa no era ni de cerca

lo que se había imaginado. Empezando por el hecho de que a eso, no se le podía llamar casa.

Un pequeño castillo se imponía a unos pocos metros de donde estaba. Una fachada de colores

cafés y enredaderas verdes le daban un aire primaveral a pesar de estar en pleno invierno.

A su espalda, se bajaba su hermano del carruaje, el cual había dejado justo al lado de una

hermosa fuente con la forma de un libro.

—Una futura duquesa no debe estar atropellando a la gente —habló indignado Julián.

—Esta futura duquesa realmente hará lo que le venga en gana —le susurró Miranda.
Dándole la espalda, se dirigió a lo que parecía ser un comité de bienvenida. A los pies de

unas escaleras de piedra se encontraban un grupo de sirvientas vestidas con simples camisas y

pantalones cafés.

—Bienvenida Srta. White, es un placer recibirla en La Casa de los Libros —habló una joven

chica de cabello chocolate—. El duque nos ha dejado instrucciones precisas para su llegada.

Mi nombre es Clara, seré su dama de compañía de ahora en adelante.

La chica aparentaba tener unos 18 años a lo mucho, pero en sus ojos, Miranda pudo ver que

unos cuantos años le pesaban en el alma. Se preguntó si estaba en una de esas casas donde

trataban a los del servicio como esclavos. Solo por un momento se preocupó de qué clase de

hombre sería el tal duque, luego recordó su propósito y se tranquilizó.

—¡¿No está el duque?! —exclamó Julián, quien se acercaba con su sombrero en mano—

¿Cómo no va a estar? ¡La boda es dentro de 3 días! No pretenderá deshonrar a mi familia de

este modo —terminó fúrico.

A Miranda, realmente, no le molestaba en sí que el duque no estuviese. De hecho, en el fondo

se alegraba, porque sin novio no habría boda. Al pensar eso, sintió en su pecho una punzada

de esperanza de no tener que casarse con un completo desconocido. Quizás si el viejo se

desaparecía podía simplemente volver a montarse en el carruaje y volver al calor de su tierra,

con Ana.

—Me temo que el señor Agustine, no se encuentra por los momentos —contesto una de las

mujeres en lugar de Clara—, se ha sentido indispuesto estos últimos días, por lo que acudió al

médico por unas yerbas. — La mujer que había hablado se encontraba a la derecha de Clara.

Era una anciana bajita con mechones grisáceos y un elegante recogido—. No esperaba

sentirse mal, y fue en contra de su voluntad a buscarlas —continuó la mujer—, llegará al

anochecer.
La esperanza de Miranda se fue como había venido.

—Está bien —Julián torció el gesto—. ¿El duque padece de algo en particular?

Una risa burlona vino de lo que parecía ser un jardín lateral de la casa.

—Para nada —dijo la voz risueña, cuyo portador resultó ser un joven no mucho mayor que

su hermano—. Solo es la temporada, el cambio de clima le afecta un poco. Además, tiene

demasiadas cosas qué hacer como para morirse.

El joven quizás sería un jardinero, intuyó Miranda, estaba vestido con unos pantalones más

anchos pero parecidos a los de las damas del servicio, con una pala al hombro, un sombrero

de un material extraño y para el rubor de Miranda sin camisa y sudado.

— ¿Y usted es? —preguntó Julián viendo al muchacho de arriba abajo.

— Soy Aaron, es un placer —estiró una mano hacia Julián, quien la miró y la dejó extendida.

Aaron estuvo varios segundos incómodos con la mano al aire, hasta que Julián con algo de

desconfianza se dignó a estrecharla.

—Señor Aaron… ¿qué?

—Solo Aaron —este se incorporó y pasó sus manos por detrás de la pala en sus hombros—.

Tengo que seguir, pero confío en que con Clara y Ronda —se inclinó haciendo reverencia a

estas, pala en hombro— tendrán la bienvenida que se merecen a La Casa de Los Libros.

Con un gesto vago se despidió de las damas del servicio, pero no se fue antes de dirigir la

mirada a Miranda y sin apartarla inclinarse y decir:— Mi futura duquesa.

Por solo unos segundos, Miranda se sintió intimidada. Finalmente, se irguió y siguió su

camino. Dándole la espalda a todos en la entrada. «¿Quién eres tú?» se preguntó ella curiosa,

viéndolo alejarse.
—Clara —Miranda frunció el ceño—, ¿podrías enseñarme donde me puedo quedar?

— Sí, claro, señorita —respondió haciéndole señas al cochero y su acompañante que traían el

equipaje— por acá, señores, síganme. Señor Julián, puede seguir a la Señora Ronda a sus

habitaciones.

Estaba empezando a agarrarse sus faldas para seguir a la muchacha cuando vio que la señora

Ronda llevaba a Julián con sus maletas por el camino de donde había venido Aaron.

—¿A dónde lo están llevando?

—A la casa de invitados —le respondió la muchacha a Miranda, y al ver su expresión

agregó—: No se preocupe, señorita. Su hermano va a estar muy bien atendido, la señora

Ronda se encargará de su servicio.

Miranda lo vio alejarse, mantenía lo que parecía una discusión con la señora Ronda.

—Si lo desea podemos ir por el camino largo para que así se vaya familiarizando con toda la

casa —Clara caminaba dos peldaños más arriba—. Ya entenderá por qué se llama La Casa de

los Libros.

LA FAMILIA

Clara le había dado un paseo por todos los pasillos. La había mostrado el comedor, la azotea,

la sala de estar, la cocina, el patio interno, la sala de reuniones general y la biblioteca.

Aunque, esta última, a Miranda le pareció que era más bien una sala de estantes,

considerando que toda la casa era literalmente una biblioteca. Porque sí, La Casa de los

Libros era una biblioteca entera.

Cada sala que había conocido hasta ahora, tenía un mínimo de dos estanterías llenas de libros,

y lo que le pareció a Miranda lo mejor del mundo, un bonito diván en una esquina para
sentarse a leerlos a lado de una pequeña mesita rectangular. Sin excepción, en todas las salas.

Hasta en el comedor.

La casa la había maravillado enteramente, y no solo por los libros, sino por todo el arte que

había en ella. Reliquias en cada mesa de centro, pequeñas estatuas decorando cada estante y

esquina, paredes llenas de pinturas. Tapices hermosos en cada habitación y pasillo. Todos los

espacios tenían un estilo distinto. En uno encontró cuadros de lo que creyó era la cultura

oriental de un país lejano.

Clara, justo antes de instalarla, había llevado a Miranda al último piso. A la biblioteca, y esta,

se maravilló al subir su mirada y encontrarse en el techo abovedado con la historia de la

Santísima Blanca y los Siete Santos, cada parte de esta. Se preguntó qué artistas habría hecho

todo eso, y cuánto tiempo habría pasado haciéndolo.

La Casa de los Libros, más que solo una biblioteca, era una casa que le rendía tributo al arte y

no solo al que se encontraba entre las páginas de sus libros, se dio cuenta Miranda. Para

cuando llegaron por fin a sus habitaciones estaba feliz por todo el arte que había visto, pero

agotada por todo el viaje y el recorrido de Clara.

Le pidió a la doncella que la disculpara ante todos en la cena, le preparara un baño caliente y

le pidiera a alguna cocinera hacer un poco de sopa de cebollas para irse a dormir. No le dio

tiempo de explorar más allá del baño y la cama en su habitación. Cuando Clara regresó a ver

qué le faltaba, Miranda ya estaba dormida.

Ahora, que entraba la luz del día por la ventana, Miranda se sintió algo desorientada al no ver

el techo del carruaje que tenía unos 5 días viendo, ni a Julián roncando frente a ella. Estaba

extendida sobre una gran cama rodeada de unos delicados postes en cada esquina. Le tomó

unos cuantos segundos recordar que ya estaba en Calysandae, se sintió extraña, pasó tanto

tiempo aterrada por venir que ahora que estaba aquí, se sentía ridícula.
Era consciente de que apenas comenzaban las cosas, pero, en su interior de niña pequeña,

creyó que unos hombres con capas blancas se la llevarían y matarían en lo que pisara tierra

norteña. Más tonta se sintió al ser consciente de que jamás en toda su vida había dormido tan

bien y en una cama tan cómoda. Tanto así, que simplemente no quería levantarse y afrontar

todo lo que venía.

Miranda se encontraba aún disfrutando de su recién descubierto amor por su cama cuando

escuchó que alguien llamaba a la puerta.

— Voy —respondió. Se tardó unos segundo más en su cama, pretendía tardar mucho más,

pero el ruido incesante de la puerta la obligó a levantarse e ir a ver quien era—. ¡Ya voy!

—Volvió a responder algo más fuerte.

Con el camisón con que se había cambiado después de su largo baño de anoche se levantó.

Salió de la habitación a su estancia personal y se dirigió a la puerta exterior de sus

habitaciones. Solo tuvo que abrir la puerta un par de segundos para que él dijera—: No puedo

creer que ya andes gritando como si nada en esta casa y aún no has conocido ni al novio.

—Julián —pronunció cada sílaba lentamente— si esta va a ser mi casa me tengo que sentir

cómoda en ella, ¿no?

Se apartó de la puerta y lo hizo pasar a la estancia de sus habitaciones. Señaló el mueble

aterciopelado y su hermano se sentó. Miranda se recostó a la pared frente a Julián mientras

este desempolvaba los cojines de forma laboriosa.

—Me parece que este señor Agustine tiene un muy buen gusto —desempolvó y golpeó un

poco un cojín que tenía entre manos—. Aunque en realidad lo que debe tener es una muy

buena decoradora o ama de llaves que se encargue de estas cosas.


—Sí, pensé lo mismo cuando vi la sala de baño anoche —concordó Miranda—. ¿Cómo son

las tuyas?

—Son bastante cómodas, no son tan grandes como estas —enfatizó señalando la

habitación— pero son acogedoras. Además, la casa de invitados tiene una curiosa sala común

en donde hay botellas de licor por todas partes, pero en realidad estoy empezando a creer que

son de Aaron.

—¿De Aaron?

—Sí, resulta que Aaron es sobrino de Agustine —dijo algo receloso.

—Bueno, ahora tendremos que ser todos familia, qué maravilloso.

—Sí, claro, tú tendrás que estar bien con todos ellos, mientras te encargas de que tu nueva

familia financie la empresa de tu antigua familia.

—No me lo dejarás de recordar, ¿verdad?

—No, quiero que no se te olvide —él apartó la mirada y dudó de lo que estaba a punto de

decir—. Oye, Miranda, sabes que todos tenemos que hacer sacrificios, ¿no? Es por el bien de

la familia.

Ella se apartó de la chimenea y caminó hacia el ventanal. Toda una vida planeada, tantos

proyectos por seguir y cambiaron por los deseos de su padre, por un bien mayor.

—Algunos sacrificios, son más grandes que otros —respondió secamente.

—Espero que algún día puedas entender que todo esto es por nuestra familia.

Una braza de ira en su interior quiso chisporrotear, encenderse. Pero las líneas de esa

conversación eran palabras que ya habían agotado su existencia. La tristeza y resignación

ocupaban más espacio que la ira allí dentro.


—Yo solo espero, hermano, que cuando sea el momento reconsideres con quién estás jugando

—dijo pausadamente.

La mirada de Julián sin que ella lo notara se oscureció, y se odió asimismo por dejar que su

padre hiciera esto, que le hiciera esto a ellas. Siempre había otros métodos, siempre se podía,

pero esta vez, todo se complicó, se dijo a sí mismo.

—No te preocupes Miranda, todo saldrá bien —trató de convencerla, aunque no sabía

exactamente cuál, en ese caso, era la definición de bien—. Podrás empezar una vida con un

esposo generoso que seguramente te amará y cuidará de ti por el resto de su vida.

—Sí claro, unos diez años más. Cinco si soy afortunada de que el anciano se muera antes—

respondió—. Por no hablar de que es un completo desconocido.

—¡Por los Siete Santos, Miranda! No es un completo desconocido, es primo de Leonard,

confiamos en Leonard —Julián intentaba hallar las palabras mientras inconscientemente se

despeinaba el cabello—. Además, es por tú bien, te asegurará un buen futuro, uno estable,

con una buena posición.

Miranda no dijo nada y siguió con la mirada perdida hacia el ventanal.

—De no ser así —continuó Julián—, ¿Cómo terminarías, en una esquina en la Ciudad

Adoquinada, con Axel?

Los recuerdos se avivaron, la decepción, la tristeza, la traición. Provocó que la ira helada

volviera. Miranda se volteó lentamente. Mantenía una oscuridad en sus ojos que a Julián

muchas veces le helaba la sangre. Como si cambiaran de color. De un ópalo brillante, se

transformaban en un mar negro de tormentas y monstruos marinos.

—No te atrevas a meter al traidor de Axel en esto —habló en voz baja—, sabes muy bien

que no tiene nada que ver.


—Ya sé que no tiene que ver con esto, pero sabes muy bien que esos planes tuyos no

caminarían a ningún lado, algún día tendrías que sentar cabeza y buscar estabilidad. Padre

solo… —titubeó al tratar de enmendar la mentira, notó Miranda—, adelantó el proceso con

alguien de muy buena posición.

A pesar de todo, ella solo estaba agotada de tanta mentira, de llegar siempre a lo mismo y de

haber caído en los mismos argumentos de siempre, no pudo más.

—Julián, por favor, es suficiente, quiero descansar otro rato, el viaje estuvo muy pesado y

quiero terminar de arreglarme —se dirigió a la puerta, la abrió y vio a Julián, quien aún se

encontraba en el sofá entre cojines.

Él la miró y se sintió la peor persona del mundo, pero sabía que tenía que mantenerse firme,

ayudarla a superar esto y concretar la alianza. Se tenía que hacer, sea como sea.

—Está bien, aunque también te venía a decir que harán una cena para que podamos

conocernos y conversar todos un rato —Julián aún estaba sentado—. Agustine no llegó ayer,

Ronda dijo que llegará mañana, tuvo que quedarse para otros análisis. —Miranda lo vio con

cautela, aun con la puerta en la mano mientras él se levantaba—, por alguna razón es buena

idea conocer a la novia un día antes de la boda.

Se enderezó, y se dirigió a la puerta. Justo antes de salir al pasillo, le dijo a su hermana: —

Sabes que jamás dejaré que te pase nada malo, ¿verdad?

Miranda no respondió, él asintió y salió de la habitación.

Ella terminó de cerrar la puerta y se dirigió a la recámara. Le pareció que de pronto todo el

viaje había sido más eterno y exhausto de lo que había vivido. Sintió todo ese cansancio y el

equivalente a unos veinte años. Puso un pie en la alfombra junto a la cama y se dejó caer

entre las sabanas.


Sus pensamientos empezaron a llegar, uno tras otro, tras otro, y cuando se dio cuenta, había

un huracán en su cabeza que le cortaba la respiración, no la dejaban poder ver más allá del

remolino que todos ellos formaban. Empezó a contar sus respiraciones y aclarar su mente,

pero los pensamientos seguían girando. «Puedo con esto» se repetía a sí misma. «Solo tengo

que ser paciente».

Los pensamientos seguían llegando y llegando y las respiraciones trataban de consolar todos

y cada uno de ellos hasta que, de pronto, sintió como el sueño se apoderaba de ella. Quizás

una lágrima se deslizó por su mejilla, pero estaba demasiado embriagada por el alivio del

sueño como para notarlo. Pasaron unas respiraciones más, muchas angustias y pensamientos,

cuando de pronto algo la sacó de su trance.

Abrió los ojos, no sabía qué la había despertado. Le molestaba el hecho de que le quitaran su

único momento en el que podía convencerse de que estaría todo bien. Esperó unos segundos

y no escuchó nada. Quizás solo fue un insecto o algo que la molestó.

Alguien volvió a tocar la puerta. Se dio cuenta de que lo que la había despertado era eso, la

estaban llamando. Julián se había ido hacía unos veinte minutos. No podía ser que ya quisiera

otra vez seguir con lo mismo, estaba harta de sus charlas de “todo saldrá bien, es por el bien

de la familia”.

Se paró de la cama hecha una furia, y descalza abrió la puerta de un solo halón.

—¡¿Qué quieres?!

—Bueno, realmente lo único que quería era asegurarme de que se hubiese instalado en la

habitación correcta.

Al terminar de oír las palabras, más que sentirse apenada, se sintió confundida. Pues, aún

estaba media dormida y no era Julián como había esperado, y tampoco era Clara, la mucama.
Era Aarón, el cual estaba algo expectante y para sorpresa de Miranda, sin rastros de molestia

por gritarle.

—Ehm bueno, si yo… —se dio cuenta de que le había gritado al sobrino de su futuro y

desconocido esposo—. Lamento haber gritado, y sí, sí, todo bien, todo en orden.

—Muy bien, espero que puedas encontrar en esta casa un hogar, como todos nosotros lo

hicimos.

“Todos nosotros…” se dio cuenta Miranda. ¿Cuántas personas vivían allí? ¿A quién se

estaba refiriendo? Se preguntó, pero antes de poder expresarlo en voz alta, Aarón continuó—:

Bueno, como sea. También, pensé que sería bueno avisar que Gus no llegará sino hasta

mañana, a eso de las diez.

—¿Gus?—preguntó ella.

— Ahm… Sí, lo siento, Agustine—dijo Aarón—, debe estar de regreso, pero pasará por la

granja de los Borquiu antes de llegar.

Agustine ya venía, no estaba tan lejos. Miranda entró en pánico. «Y si era un horroroso

anciano cascarrabias, o si era un viejo verde. ¡Ay Siete Santos Misericordiosos! Por favor,

hagan que por lo menos tenga dientes» rezó en silencio Miranda.

一 ¿Decirle Gus a tu tío no es irrespetuoso?

Aaron se encogió de hombros.

一 Después de ganarle tantas veces en empuja y corre de niños y verlo llorar por toda la

casa gritándonos tramposos—sonrió distraídamente—, se pierde algo la formalidad.

一 ¿Llorando por… la casa? —Miranda había intentado imaginar muchas formas de

cómo sería el duque, pero imaginárselo llorando al jugar con un pequeño niño no fue una de

ellas.
一 Sí, con eso creía que me podía ganar, pero realmente todos sabíamos que era un

excelente interprete —le confesó—. El tramposo era él.

Miranda se sintió algo extrañada. Aunque así se había sentido desde que había despertado.

Al menos ahora sabía que Agustine jugaba con su sobrino.

— ¿De dónde es que viene?—preguntó centrándose en lo importante—. ¿Está muy lejos?

—No, fue a verse con la Doctora Mairé en la Ciudad Perla.

Miranda sintió que quizás le ocultaban algo, que solo quizás, si tuviera suerte, el anciano

estaría enfermo. Entonces solo aceleraría lo inevitable, justo como había pensado. Repasó

mentalmente lo que planeaba hacer luego de la boda. Su plan para conseguir su libertad.

Desde el inicio había sido el mismo, envenenar al anciano, poco a poco para que pareciera

natural, algo debido a su avanzada edad.

—Bueno —dijo ella centrando su atención— Espero que pueda llegar bien y podamos…

Apartó de su mente todos los pensamientos para poder hablarle y al hacerlo, se encontró en

sus ojos esa mirada extraña del día anterior. Quizás ya estaba ahí y no lo había notado, al

igual que el gris en sus iris, pero le hizo sentir que tenía que ser precavida con este sujeto.

Había mucho más que solo amabilidad en esa mirada despierta—. Podamos compartir todos y

conocernos mucho mejor —terminó Miranda.

Algo sucedió, algo pasó por su mente, su neutralidad se quebró y una pequeña sonrisa se vio,

y así, ella descubrió lo nerviosa que podía ponerla ese pequeño gesto.

—Eso —apuntó él— Definitivamente hay que conocernos mucho mejor.

Su respuesta, sumada a su actitud, la desconcertó y por primera vez Miranda se quedó en

blanco. En ese momento, no pasó nada más por su cabeza que decir—: Ajá.
— Los duques de Calysandae, siempre ha tenido buena suerte con las mujeres —comentó

él—, esperemos que Gus no sea la excepción.

Miranda no había terminado de procesar lo que acaba de decir, cuando él simplemente se fue.

Ella se quedó en la puerta viéndolo doblar el pasillo. Se quedó más de lo que debió, pero

estuvo tratando de juntar los pedacitos de su mente que se habían dispersado. «Tengo que

tener cuidado de él» pensó. Unos momentos después entró en su estancia. Se sentó en el sofá

y suspiró. Estaba decidida, no había espacio de dudas. En esa cena tendría que ser la pobre

mujer inocente que podría llegar a enviudar joven.

MI FUTURO DUQUE

Miranda había pasado el resto del día anterior encerrada en sus habitaciones. No quería ver a

nadie, no quería saber nada del mundo, así que aprovechó la mayor parte del día en recuperar

el sueño perdido por la semana de viaje. A eso de la una de la tarde, Clara le había

preguntado si deseaba unirse al resto en el comedor para almorzar. Miranda se había negado

rotundamente diciendo que se encontraba aún mal por el viaje.

Si la joven doncella se dio cuenta de que eran solo excusas, no mostró signo de ello. En

cambio, regresó a los 10 minutos con un carro en el que traía distintos platos y una pila con

unos 10 libros de distintos autores. «Sí, definitivamente Clara sería una buena amiga, si las

condiciones de mi vida fueran otras» pensó Miranda.

Con suficiente comida y una pila de libros a su lado, se quedó todo el día acostada, leyendo y

durmiendo de a ratos hasta que oscureció. En un determinado momento el sueño la envolvió

en el olvido y pudo estar de nuevo con Ana. Pudo ver el sol caer poco a poco sobre el agua,

oír las gaviotas volando en el cielo, sentir la brisa calidad despeinando su cabello, y ver a su

pequeña hermana reírse mientras Miranda la salpicaba con la espuma salada del mar.
一 Deberíamos quedarnos a vivir en el agua.

一 Creo que a mamá no le gustaría tanto la idea. —Dijo con un pincel entre dientes.

Miranda trataba de recrear la escena mientras se encontraba sentada en un viejo taburete en

la arena frente a un lienzo a medio pintar.

一 Entonces, quizás debamos traerla a vivir con nosotras — dijo Ana sumergiendo los

tobillos cada vez más en el mar, mechones rojos de cabello salían sin parar de su peinado—

Si a las sirenas le salen piernas cuando salen a tierra firme, a nosotras nos deberían salir

aletas al pasar suficiente tiempo en el agua— concluyó mientras salpicaba con sus pies.

一 Quizás si nos mudamos al mar, en vez de convertirnos en sirenas, nos salgan pinzas y

nos convirtamos en cangrejos —Miranda se paró y caminó de lado como tal, su hermana

rio— No podría pintar siendo cangrejo, Ana.

一 ¡Yo tengo fe en los Santísimos Siete, Miranda! —le respondió dramáticamente,

alzando sus manitas al cielo— Nos convertiremos en sirenas y podremos ser libres para

nadar —miró a su hermana— o pintar todo el mar.

一 Sí —sonrió tristemente— yo también tengo fe en que podamos ver el mundo en

libertad.

Con la imagen de su hermana toda despeinada mirando al cielo, y con lágrimas en sus

mejillas, Miranda se despertó. Solo había sido un recuerdo, sus sueños últimamente le servían

para poder verlos. Miró a su alrededor, el amanecer se acercaba, la ceremonia ya sería

mañana. Aunque su preocupación se centró en que hoy por fin conocería al novio. El

desconocido que insistió en casarse con ella y forjar una alianza entre familias. Era un

desgraciado. Los hombres negociaban y trataban a las mujeres como fichas de cambio,

trofeos a los que intercambiar. La sociedad se llenaba la boca hablando sobre los avances de
los derechos de las mujeres, pero a puerta cerrada, esto era solo otras medallas que ponerles

para que brillaran más, para hacerlas más bonitas, su propia familia no era la excepción.

Miranda se sentó abruptamente en la cama, no podía permitirse sentir pena por ella misma,

no la llevaría a nada. Ella era alguien con objetivos, proyectos claros, con una hermana

esperando en casa. Empezar a hacerse un ovillo y lamentarse no lo solucionaría y

definitivamente no la acercaría a Ana. Encendió la llama de la lámpara que había dejado

Clara en su mesa de noche y se levantó.

Miranda hasta ahora no había explorado la totalidad de sus habitaciones. Solo sabía que

estaba dividida por el ambiente principal y las puertas a su alrededor. De las cuales había

abierto nada más que la sala de baño y la recámara. Estaba tan cansada de todo, que le

hubiese dado igual si la hubiesen puesto a dormir con la mismísima Reina. Así que sin nada

de sueño y con ganas de despejarse un poco se dirigió a su pequeña chimenea en la estancia.

Dejó la lámpara sobre la repisa y se sentó en el mueble.

Desde que había llegado no se había sentado en ese sofá. Había estado en la recámara,

tratando de ignorar su realidad. Pero ya la boda sería mañana, simplemente no podía seguir

ignorando todo a su alrededor. Tampoco podía ignorar que hoy conocería al anciano, el que

se supone era el novio, y que una vez se casaran tendría que empezar a ganarse la confianza

de su esposo y de todos en la casa.

Luego de que todos la conocieran, su plan sería irlo envenenando hasta quedar como la pobre

viuda del duque, heredera de toda su fortuna y poder en las tierras del norte. Solo así se

liberaría del control de los hombres. Así, podría traer a Ana a vivir con ella y evitar que su

padre la casara con algún viejo bocazas el año entrante.

A pesar de querer centrarse y mantener la mente despejada, Miranda se sintió algo abrumada

por todo ello. Realmente ella no era una mala persona, en 19 años, nunca antes había querido
herir a nadie. Todo lo contrario, su sueño había sido estudiar con los grandes médicos en la

Ciudad Adoquinada, donde se encontraban los médicos reales, a servicio exclusivo de los

reyes y de la Academia Luz. Por eso se había esforzado siempre en sus estudios, en leer

libros de Biología, Alquimia y Herbología. Aunque, ese era el por qué había aprendido

alguna que otra cosa sobre las plantas y sus efectos. «Y por eso también sabía cómo ir

envenenando al duque» pensó con tristeza.

En la estancia, había un enorme ventanal, un cristal que recorría desde lo alto del techo hasta

el suelo. Aunque este estaba cubierto en su mayoría por una pesada cortina. Miranda se

levantó y las corrió, dejando ver la inmensidad en dónde se encontraba la propiedad del

duque.

Dio unos cuantos pasos hacia el centro del ventanal y apoyó su palma extendida en él. Por un

momento todo desapareció, su mente se vació al contemplar aquel paisaje a sus pies. Podía

ver cómo el jardín trasero de la casa se inclinaba hasta desaparecer en lo profundo del

bosque, pero no era la belleza de este la que le quitó el aire, no. Era el inmenso bosque que se

extendía a kilómetros, a pie de montaña.

La naturaleza y su belleza estaban ahí. Sus dedos le gritaban que buscara sus cosas, que

inmortalizara el paisaje que veía. Era una injusticia no hacerlo. Un mar verde de pinos y

árboles frondosos, de los cuales, en su mayoría, solo podía ver las copas. El amanecer

imponiéndose a cada segundo, como si encendieran una llama muy lentamente. Le fascinaba

la vista que tenía ante sí, le recordaba el basto mundo que aún había ahí afuera y que no

conocía. Lo insignificante que resultaba ante la inmensidad de la tierra y su belleza. Toda

ella, todos sus problemas, no eran nada en comparación. Todo seguiría creciendo y

expandiéndose al igual que ese paisaje de la madre tierra. Por un momento, deseó que Ana
estuviera ahí. Así también podría observar toda esta imagen y maravillarse en ella, al igual

que hacían juntas a la orilla del mar, en casa.

En ese momento se dio cuenta. Tenía que ser valiente, por Ana. No sería ni la primera ni la

última mujer en sufrir esto, lucharía para que al menos su hermana no lo viviera, y que a

pesar de todo, tenía que ver el lado bueno de las cosas. Estaba en Calysandae, sería la

duquesa de la tierra del misterio y los sueños. Algún sueño se le tenía que cumplir. Con eso

mente, empezó a ver a su alrededor.

Se suponía que se encontraba en las habitaciones de la duquesa del Norte. No podía hacer

nada por el momento para volver y rescatar a su hermana, pero sí podía explorar toda la casa,

o por lo menos todas las puertas de sus habitaciones.

No estaba segura si las habitaciones del duque serían así, o si las habitaciones de la casa en

general eran así, pero este era un espacio demasiado grande. Pensó que quizás sería una

ventaja. Podría encerrarse ahí una vez casada y nunca más salir, de esta manera evitaría al

viejo Agustine lo más posible, mientras llevaba a cabo todo su plan.

También pensó que podría traerse a Ana a su habitación y mantenerla oculta ahí hasta que

supiera qué hacer con ella y su familia. Podría ser otra opción si nada salía como esperaba.

Había bastante espacio, varias puertas cerradas se encontraban a ambos lados de la estancia.

Una al lado de su habitación y dos más en la pared opuesta, al lado de la sala de baño y la

chimenea.

Miranda se apartó del ventanal y se dirigió otra vez al sofá. Sintió curiosidad. En su momento

no las detalló porque solo quería dormir, pero se dio cuenta de que las demás puertas eran

más pequeñas que las del baño y su recámara.

Se inclinó sobre el mueble, tejió una larga trenza en su cabello rojo y tomó la lámpara que

había dejado en la repisa. Alzó la mirada y observó el gran candelabro apagado que dominaba
el centro de la habitación. Le rezó a la Santísima Blanca para que jamás permitiera que

cayera sobre su cabeza. Alcanzó la puerta al lado de su recámara y la abrió. Descubrió un

pequeño espacio con algunas repisas vacías y algunos abrigos colgados.

—Y madre preocupándose por meter más abrigos entre mis cosas.

Salió del pequeño ambiente y se dirigió a la chimenea. Empujó la puerta angosta de ese lado

y la abrió. Miranda solo pudo gesticular un vago «ah» al iluminar el espacio con la lámpara.

Recordó las palabras de su joven doncella al decirle que encontraría todo lo que le haría falta

en su habitación. No mintió. Sus maletas se podían quedar empacadas, si así lo quisiera, todo

el mes, el año o el resto de su vida.

La sala que tenía delante era quizás dos veces la sala de estar y su habitación. En la

penumbra, apenas iluminada por la escasa luz, pudo ver cómo un diván color crema era el

centro de lo que parecía ser el armario más grande que habría tenido jamás.

Guindados, en perchas había abrigo tras abrigo, vestido tras vestido, ropa para dormir, ropa

interior, de todo se mostraba en cada uno de estos en las cuatro paredes del armario. Miró su

camisón de seda y pensó que realmente se había equivocado al creer que su closet era el

armario de batas que había conseguido en la sala de baño.

Miranda dio un paso a la pared que tenía de frente y acercó la lámpara al vestido verde de

gasa que guindaba delicadamente desde el percho. Al hacerlo, vio que la habitación no era

todo lo que veía, y que tampoco eran las cuatro paredes que había visto al entrar.

En un rincón había un pequeño anexo de la habitación en dónde el nivel del piso bajaba unos

tres escalones. Dio unos pasos y se acercó. Había un espacio con un ventanal desde donde

también podía ver el jardín. En este lado del armario la luz del amanecer iluminaba el lugar.

Aunque Miranda en ese momento supuso que armario no era una buena definición para aquel

espacio.
El pequeño sitio era hasta ahora la sala más sencilla, si no consideraba la enorme peinadora

de madera. Pero del resto, solo era eso, una delicada peinadora con su butaca, una alfombra

blanca y una lámpara apagada colgada en la pared derecha. Miranda sintió tranquilidad al

estar ahí. Se veía algo de polvo y algunas telarañas por el tiempo sin usar, pero aun así, podía

respirar toda la paz que tenía el lugar.

Dio unos cuantos pasos hacia la peinadora y se sentó en el asiento acolchado. Miró a su

alrededor, dejó la lámpara a un lado y se miró en el espejo.

—Tengo fe, Ana —dijo a una Miranda ojerosa y pálida.

Era una promesa, un juramento, más que con su hermana, con ella misma. No dejaría nunca

que las volvieran a humillar. A jugar con ellas como meras muñecas. Jamás. No con su

hermana, ni mucho menos con ella.

Con una determinación tintada a fuego en sus ojos y una rabia helada, Miranda se levantó, le

escribiría una carta a su hermana y le diría que todo estaría bien, que ya faltaría menos para

que ellas pudieran estar juntas. Pero en lo que dio el primer paso sintió algo lastimarle el pie.

Miró hacia bajo y no vio nada, solo estaba la alfombra algo sucia.

Quizás fue porque estaba paranoica, quizás solo fue curiosidad o quizás estaba centrado su

ansiedad en algo en específico. Pero Miranda se centró en qué había ahí. Sabía que era una

tontería, tenía problemas más graves que un bulto en la alfombra. Pero por alguna razón

necesitaba saber qué era eso.

Miranda se agachó y paso sus dedos por el sitio que había pisado. Sí, había algo ahí. Sus

pálidas cejas se juntaron. La curiosidad y un mal presentimiento se instaló en su corazón con

la misma fuerza.
Con algo de esfuerzo rodó la peinadora que aplastaba la alfombra y la levantó.Había una

pequeña trampilla en el piso. Esto tenía muy mala pinta, por lo que Miranda sintió la

necesidad de saber más. Con la lámpara en mano terminó de hacer un lado la polvorienta

alfombra y la abrió.

Al mirar qué había, una sensación de inquietud la desbordó, así como unas ansias por saber

qué era todo eso. Unas escaleras empinadas le daban la bienvenida y descendían

desapareciendo en la oscuridad. No lo meditó más de un minuto, sujetó bien la lámpara y

empezó a descender los escalones.

Los escalones crujían bajo el peso constante de las pisadas de Miranda, y cada uno de ellos se

sentía más ensordecedor en sus oídos. Si seguía así, probablemente alguien la escucharía

dentro del pasillo oculto.

Para su alivio, llegó al final de las escaleras y observó una especie de bodega de vinos

abandonada. Había algunos barriles polvorientos apilados en un extremo y varios estantes

botelleros llenos de elegantes frascos sucios. Al extremo opuesto de las escaleras vio un

diván con algunas sábanas cuidadosamente dobladas y un pequeño librero, como en el resto

de la casa.

«Hasta en las bodegas escondidas, esta sigue siendo La Casa de Los Libros» pensó.

Se acercó a los botelleros y sacó uno de los vinos. Pasó la mano por la etiqueta curtida y leyó

1685. «Estos vinos tenían que costar una fortuna si tenían tanto tiempo de ser añejados».

Se giró a ver qué más había y observó un enorme retrato de un anciano con una larga barba

grisácea. Ella supo quién era de inmediato. Con un traje de color café y una barba tupida, ahí

se encontraba retratado. Agustine Monteval duque VI de Calysandae. Lo confirmaba la

inscripción del cuadro a un lado. Miranda por fin pudo concentrar su rechazo a una cara en

particular.
Toda una vida planeada, todo un rumbo que seguir y este anciano con una escueta carta había

derrumbado cada uno de sus planes. Los hombres no podían ser tan mezquinos, haciendo y

deshaciendo a su antojo solo porque tenían dinero y poder. Sabía que su padre no era un

santo, pero lo que no sabía era lo poco que ella le importaba, hasta que prácticamente la

regaló a este completo desconocido.

Pero no se daría por vencida, ella pelearía hasta lograr viajar, ver el mundo, estudiar y

recuperar a su hermana, esto último sobre todas las cosas. Primero se quemaría el reino

entero antes de quedarse ella como la dócil esposa del duque. El viejo Agustine, ni su padre,

lograrían truncar todo eso.

La rabia la desbordó, las lágrimas mojaron sus pómulos. Esa era la cara del hombre que más

odiaba en el mundo. El hombre que le había arrebatado sus sueños. Miranda tomó una de las

botellas de vino de la bodega y la lanzó contra el cuadro sollozando, toda la pintura quedó

empapada, tomo otra botella y la pego contra el marco.

De un momento a otro, toda su rabia fue remplazada al quedar perpleja ante lo que había tras

el cuadro. Las bisagras que mantenían la pintura se movieron dejando ver la abertura que

estaba detrás de ella.

Miranda, con la cara aún mojada, una avalancha de emociones y la firme convicción de que

la gente de aquella casa les gustaba demasiado el misterio, pasó por aquella entrada con su

lámpara en mano. Un pasillo poco iluminado la guiaba hacia lo que podría ver como un

salón.

Dio unos cuantos pasos y al entrar en aquella habitación su mente se vació, dejando solo

polvo y cenizas en sus pensamientos. Estaba perpleja, no tenía sentido. Se acercó al cuadro

más cercano y allí estaba la firma “Redhead”, su firma. Todas aquellas eran sus pinturas, una

tras otra. Era un estudio, un estudio de su arte, ella había pintado todo eso por años. Cada vez
que se sentía sola o frustrada fue lo que la ayudó a superarlo. ¿Quién era Agustine y desde

cuando coleccionaba todas sus pinturas?

AGUSTINE

En la propiedad del duque, esa misma mañana, se encontraba un carruaje bordeando uno de

los caminos internos para llegar a la casa.

一 A la izquierda —gritó el muchacho desde la ventanilla tratando de que el anciano lo

oyera—. Edmundo es a la izquier... Ya pasamos el cruce—dijo resignado.

Metió su torso nuevamente al carruaje y se alisó la camisa blanca que quedaba de su traje. Se

había vestido para la ocasión. Un bonito traje verde con una de sus corbatas color crema

favoritas. Sin embargo, en todo el camino se dieron…“inconvenientes” que ameritaban que

se arremangara la camisa y anduviera en tirantes. Pero eso no le iba a quitar su felicidad,

había decidido que hoy sería un buen día. Hoy era un día importante. El duque y la futura

duquesa se conocerían.

Miró su arrugada camisa. La corbata a un lado estaba intacta, gracias a que se la había

quitado al salir y ayudar a Edmundo a arreglar una de las ruedas del carruaje.

一 Cuando te escribí para que vinieras a la granja de los Borquiu, era con la idea de que

trajeras algún traje contigo —torció la boca.

一 Me parece que elegiste un muy mal emisario para enviar —le reprochó Aaron— ¿A

quién se le ocurre enviar a Samy con una carta? Me imagino que el chico la perdió al salir de

la granja. Lo único que me dijo fue que tú y el cascarrabias me necesitaban.

Dieron un salto involuntario y Agustine pegó su cabeza al techo del carruaje.


一 Edmundo ha querido llegar desde hace una semana —se llevó una mano a donde se

había golpeado— ya sabes cómo es. No puede vivir tanto tiempo sin la señora Ronda —se

encogió de hombros—. Pero, háblame de ella, ¿ya la viste? ¿Es tal y como dijo Leonard?

一 En particular, creo fielmente en que si la descuidas te quitará el ducado de todo el

norte —dieron otra sacudida y Aaron se sujetó al techo del coche—, aunque creo que sí.

Tiene esa mirada despierta que te hace preguntar qué estará planeando, una tez dorada que

contrasta con los rojos rizos de su cabello y Clara dijo que quedó fascinada con los libros y

todas las piezas de arte que compulsivamente acumulas de tus viajes.

Una compañera fiel, la promesa de una igual para compartir su gusto por el arte, la lectura y

el mundo. Llenar aún más La Casa de los Libros. Eso había estado buscando.

Gus suspiró.

一 Una mujer con agallas y con ganas de luchar por el mundo —respondió el joven

duque— yo sé que ella será así.

一 ¿Realmente piensas que este matrimonio te dejará en posición para desafiarla a ella?

¿A la Reina en la Ciudad Adoquinada?

一 No es solo eso, Aaron —Gus miró a su sobrino. Aunque era más un hermano para él

en esos momentos. Le fue honesto—. El matrimonio, sí, me permitirá ganarme el apoyo de

un importante lord del sur. También me sorprendió al averiguar quién era Miranda. Pero no,

no es eso, si voy a luchar por esta tierra no quiero luchar solo, ni tampoco luchar y regresar

para encontrarme vacío cuando termine todo. Quiero una igual, alguien que esté conmigo al

inicio y al final. Derrocar a la Reina es mi objetivo, pero no por eso traje a Miranda.

一 ¿Entonces es eso? —Aaron no lo podía creer— ¿solo quieres una niña bonita que te

espere cuando regreses a casa? Te hubieses casado con Clara, estaba más cerca.
一 Con lo mucho que ustedes se quieren, seguramente me hubiese rechazado — bromeó

Agustine. La doncella, Aaron y él, habían crecido juntos, pero Clara y su sobrino pasaban

más tiempo discutiendo que existiendo—. Yo la busco a ella, la pintora del mar.

一 Me parece una tozudez que busques a alguien a quien no conoces de nada, Gus.

一 Es ella, yo lo sé—sus ojos se iluminaron— en sus pinturas lo vi Aaron, a ella la vi.

Pintaba a su hermana mientras jugaba en el mar.

一 No la conoces, Agustine. No sabes si algún día podremos confiar en ella.

一 ¡Conozco su arte! —Aaron pudo ver en sus ojos la locura de quien planeaba derrocar

a una Reina—. Todo este tiempo estuve siguiendo todos sus cuadros, Leonard me ayudó. Y lo

vi, Aaron, lo vi. La esperanza, el desafío, y el amor que en ellos plasmaba, y no se plasma

algo que no se tiene. Conozco su arte, Aaron, conozco lo que es ella.

Con un golpe seco, el coche se detuvo y Edmundo desde el asiento delantero gritó:

—¡Llegamos, señor!

一 Por los Siete Santos, tu padre estaría decepcionado —dijo Aaron aun sentado frente a

él. Lo vio un largo momento y sonrió— Menos mal el anciano ya murió. Ve, ve y conoce a tu

futura esposa.

El Joven duque sonrió y salió para encontrarse a Miranda en La Casa de los Libros.

Escrito por Carmen Díaz

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