Ad tutelam novae urbis sufficere vallum videbatur, cuius dum angustias
Remus increpat saltu, dubium an iussu fratris, occisus est: prima certe
victima fuit munitionemque urbis novae sanguine suo consecravit. Imaginem
urbis magis quam urbem fecerat: incolae deerant. Erat in proximo lucus;
hunc asylum facit, et statim mira vis hominum: Latini Tuscique pastores,
quidam etiam transmarini, Phryges qui sub Aenea, Arcades qui sub Evandro
duce influxerant. Ita ex variis quasi elementis congregavit corpus unum,
populumque Romanum ipse fecit. Res erat unius aetatis populus virorum.
Itaque matrimonia a finitimis petita quia non inpetrabantur, manu capta
sunt. Simulatis quippe ludis equestribus virgines, quae ad spectaculum
venerant, praedae fuere. Et haec statim causa bellorum. Pulsi fugatique
Veientes. Caeninensium captum ac dirutum est oppidum. Spolia insuper
opima de rege Acrone Feretrio Iovi manibus suis rex reportavit. Sabinis
proditae portae per virginem Tarpeiam. Nec dolo—sed puella pretium rei
quae gerebant in sinistris petierat, dubium clipeos an armillas—illi, ut et
fidem solverent et ulciscerentur, clipeis obruere. Ita admissis intra moenia
hostibus, atrox in ipso foro pugna, adeo ut Romulus Iovem oraret, foedam
suorum fugam sisteret; hinc templum et Stator Iuppiter. Tamen furentibus
intervenere raptae laceris comis. Sic pax facta cum Tatio foedusque
percussum, secutaque res mira dictu, ut relictis sedibus suis novam in urbem
hostes demigrarent et cum generis suis avitas opes pro dote sociarent. Auctis
brevi viribus, hunc rex sapientissimus statum rei publicae inposuit: iuventus
divina per tribus in equis et armis ad subita belli excubaret, consilium rei
publicae penes senes esset, qui ex auctoritate patres, ob aetatem senatus
vocabatur. His ita ordinatis repente, cum contionem haberet ante urbem
apud Caprae paludem, e conspectu ablatus est. Discerptum aliqui a senatu
putant ob asperius ingenium; sed oborta tempestas solisque defectio
consecrationis speciem praebuere. Cui mox Iulius Proculus fidem fecit, visum
a se Romulum adfirmans augustiore forma quam fuisset; mandare praeterea
ut se pro numine acciperent; Quirinum in caelo vocari; placitum diis ut
gentium Roma poteretur.
Para la custodia de la nueva Ciudad parecía bastar un foso; al burlar con un
salto su estrechez, Remo fue muerto, no se sabe si por orden de su hermano;
realmente, fue la primera víctima y con su propia sangre consagró la
fortificación de la ciudad nueva. Había creado la imagen de una ciudad más
que una ciudad: faltaban sus habitantes. Había en la proximidades un bosque
sagrado; lo convierte en lugar de asilo y de inmediato acude un sorprendente
número de hombres: pastores latinos y etruscos, algunos, incluso, de allende
los mares: frigios que habían arribado a las órdenes de Eneas, arcadlos, a las
de Evandro. De esta forma, de varios elementos, por así decirlo, él reunió un
cuerpo único y creó al pueblo romano; un pueblo de hombres no podía durar
más de una sola generación: en consecuencia, se solicitaron esposas de los
pueblos vecinos. Puesto que no se obtenían con ruegos, se lograron por la
fuerza: con el pretexto de unos juegos ecuestres, se raptó a las doncellas que
habían acudido a ver el espectáculo, lo que de inmediato motivó la guerra.
Los habitantes de Veyos fueron rechazados y puestos en fuga; la ciudad de
Cenina capturada y destruida; además, consus propias manos el rey ofreció a
Júpiter Feretrio los despojos opimos de su soberano Agrón. Las puertas
fueron traidoramente franqueadas a los sabinos por una doncella
denominada Tarpeya; y sin trampa, ya que, al haber requerido la muchacha
como pago de su acción lo que portaban en su mano izquierda —no está
claro si sus escudos o sus brazaletes—, para mantener su palabra y castigarla,
la aplastaron bajo sus escudos. Introducidos de esta forma los enemigos
dentro de las murallas se entabló en el mismo Foro un combate tan atroz
que Rómulo suplicó a Júpiter que detuviera la vergonzosa fuga de los suyos;
de ahí el templo y la advocación de Júpiter Stator. Finalmente, las mujeres
raptadas, mesándose los cabellos, se pusieron en medio de los enfurecidos
combatientes. Establecida así la paz con Tacio y firmada una alianza, siguió, a
continuación, un hecho admirable de exponer: los enemigos, tras abandonar
sus propias moradas, partieron hacia la nueva ciudad y compartieron con sus
yernos, a modo de dote, sus recursos patrios. Acrecidas en breve espacio sus
fuerzas, el sapientísimo rey implantó esta organización del estado: la
juventud dividida en tribus en caballería e infantería atendía los ataques
imprevistos, mientras el asesoramiento del Estado quedaba en manos de los
ancianos que, por su autoridad, recibieron el nombre de Padres y en razón
de su edad, Senado. Tras haberlo dejado así dispuesto, de repente, mientras
celebraba una asamblea ante la Ciudad, junto a la laguna de la Cabra,
desapareció de su vista. Algunos opinan que fue despedazado por el Senado
a causa de su naturaleza en exceso cruel, pero la tempestad y el eclipse de
sol mostraron que se trataba de una apoteosis; de ella dio fe, luego, Julio
Próculo, al asegurar que Rómulo se le había aparecido con un aspecto más
majestuoso del que había tenido; ordenaba, además, que lo contaran entre
las deidades; que en el cielo se le denominaba Quirino y los dioses habían
decretado que Roma llegara a ser la dueña del mundo