Garantías en el Proceso Penal
Garantías en el Proceso Penal
Las garantías procuran asegurar que ninguna persona pueda ser privada de defender su derecho vulnerado (por el
delito) y reclamar su reparación (incluso penal, lo que es incuestionable en casos de acción penal privada, mientras
avanza la idea para el caso de la acción pública) ante los tribunales de justicia (art. 172 inc. 3, Const. Prov., que
autoriza a las leyes a acordar derechos a los particulares sobre la promoción y ejercicio de la acción penal pública)
Asimismo, las garantías procuran asegurar que ninguna persona pueda ser sometida por el Estado, y en especial por
los tribunales, a un procedimiento ni a una pena arbitraria (“acto o proceder contrario a la justicia, la razón o las
leyes, dictado sólo por la voluntad o el capricho”) en lo fáctico o en lo jurídico, tanto porque el Estado no probó
fehacientemente su participación en un hecho definido (antes de su acaecimiento) por la ley como delito, como
también porque no se respetaron los límites impuestos por el sistema constitucional a la actividad estatal destinada
a comprobarla y a aplicar la sanción.
O sea que, en el proceso penal, las garantías se relacionan con quien ha resultado víctima de la comisión de un
delito, a quien se considera con derecho a la “tutela judicial” (arts. 1.1, 8.1 y 24, CADH) del interés (o derecho) que
ha sido lesionado por el hecho criminal, y, por lo tanto, con derecho a reclamarla ante los tribunales (art. 8.1, CADH)
penales, actuando como acusador, aun exclusivo. También se erigen como resguardo de los derechos del acusado,
no sólo frente a posibles resultados penales arbitrarios, sino también respecto del uso de medios arbitrarios para
llegar a imponer una pena.
Judicialidad: Por cierto, que las garantías deben ser "judiciales" lo que implica la intervención de un órgano judicial
independiente e imparcial, que las proporcione efectivamente: es que nada podría minar más el respeto y la
autoridad de los jueces que su propia indiferencia frente a graves injusticias.
Luego de la incorporación a la Constitución Nacional de los principales tratados sobre derechos humanos, y de
situarlos a su mismo nivel (art. 75 inc. 22, CN), puede hablarse de un nuevo “sistema constitucional” integrado por
disposiciones de igual jerarquía "que abreva en dos fuentes: la nacional y la internacional". Sus normas, "no se
anulan entre sí ni se neutralizan entre sí, sino que se retroalimentan" formando un plexo axiológico y jurídico de
máxima jerarquía (Bidart Campos), al que tendrá que subordinarse toda la legislación sustancial o procesal
secundaria, que deberá ser dictada "en su consecuencia" (art. 31, CN). Además, la paridad de nivel jurídico entre la
Constitución Nacional y esa normativa supranacional, obliga a los jueces a "no omitir" las disposiciones contenidas
en esta última "como fuente de sus decisiones", es decir, a sentenciar también “en su consecuencia”.
Este sistema constitucional diseña un esquema de garantías para los derechos que reconoce, las que se proyectan
sobre el proceso penal, esquema que es también ley suprema en Córdoba, conforme a lo dispuesto por el art. 18 de
su Constitución, que dispone que “todas las personas en la Provincia gozan de los derechos y garantías que la
Constitución Nacional y los tratados internacionales ratificados por la República reconocen y están sujetos a los
deberes y restricciones que imponen”, y que además en una “Disposición complementaria” establece que “toda
edición oficial” de ella “debe llevar anexa los textos de la “Declaración Universal de los derechos del Hombre” de la
ONU de 1948 y la parte declarativa de derechos de la “Convención Americana sobre Derechos Humanos”. Pero,
además, la Constitución de Córdoba profundiza para nosotros ciertos aspectos de la normativa “nacional-
supranacional” aludida.
Todo esto forma un verdadero “bloque de legalidad” de máximo nivel jurídico que debe presidir la formulación de
las normas procesales penales y, sobre todo, su interpretación y aplicación prácticas. No es con citar las
constituciones y los pactos que se cumple con ellos: a veces es ese el mejor método para esconder su vulneración.
Fundamento: Porque "tienen como fundamento los atributos de la persona humana" y emanan de su "dignidad
inherente", estos derechos son reconocidos por el sistema constitucional, que establece instituciones políticas y
jurídicas que tienen "como fin principal la protección de los derechos esenciales del hombre" (Preámbulo de la
DADDH), y también procedimientos y prohibiciones para proteger, asegurar o hacer valer su plena vigencia, para
resguardarlos frente a su posible desconocimiento o violación, y para asegurar su restauración y reparación, aun
mediante la invalidación o la sanción de las acciones u omisiones violatorias, provengan o no de la autoridad pública
en el ejercicio de su función penal. Estas garantías son de naturaleza jurídico- política, pues surgen de las leyes
fundamentales, imponen obligaciones a cargo del Estado y establecen límites a su poder.
Límites: Si bien los derechos que las garantías tutelan no son absolutos, pues están "limitados por los derechos de los
demás, por la seguridad de todos y por las justas exigencias del bienestar general y del desenvolvimiento
democrático" (art. XXVIII, DADDH), las restricciones que con tales propósitos establezcan las leyes que reglamenten
su ejercicio por razones de interés general, deberán guardar directa relación con las razones que las autorizan y no
podrán alterarlos en su esencia (art. 28, CN). Es por eso que la interpretación de aquéllas debe ser conforme al
sistema constitucional, es decir con "sujeción a la Constitución, que impone al juez la crítica de las leyes inválidas a
través de su reinterpretación en sentido constitucional y la denuncia de su inconstitucionalidad" (Ferrajoli), e
inspirada en el principio "pro hómine" (Pinto).
Y aun cuando se funden en una ley, las restricciones podrán considerarse arbitrarias si fueren incompatibles con el
respeto de los derechos fundamentales del individuo por ser, entre otras cosas, irrazonables, imprevisibles, o faltas
de proporcionalidad. En otras palabras, la restricción arbitraria a los derechos humanos es aquella que, aun
amparándose en la ley, no se ajusta a los valores que informan y dan contenido sustancial al Estado de Derecho”.
Y no obsta a esta bilateralidad, como se ha dicho (Rodríguez Rescia) el hecho de que en el texto de la normativa
supranacional “las garantías procesales del debido proceso están diseñadas claramente en beneficio del imputado” y
que su “aplicación a los afectados por el hecho ilícito” sea un aspecto que no “fue debidamente desarrollado”, por
ejemplo por la CADH, ya que no es menos cierto que las opiniones y decisiones de los organismos regionales
encargados de velar por su aplicación y guía aceptada para su interpretación han evolucionado decididamente en
“sentido bilateral”. Basta señalar como ejemplo, que luego de entender que el papel del derecho penal es el de
sancionar el delito, distinguiéndolo de la función del derecho humanitario que es la de proteger y reparar a la
víctima, han ido incluyendo, posteriormente, a la sanción penal del culpable como un modo de protección o
reparación de la víctima del delito, a la que se le reconoce el derecho de procurar su castigo ante los tribunales
penales.
Clases de garantías: La normativa supranacional incorporada a la Constitución por el art. 75, inc. 22, hace expresas,
ratifica y amplía los alcances de muchas de las garantías acordadas exclusivamente al acusado, que antes ya estaban
contenidas o se deducían (garantías implícitas o no enumeradas) de la Constitución Nacional. Aunque
tradicionalmente se la ha distinguido entre garantías penales y garantías procesales, desde aquella nueva
perspectiva se acrecienta la tendencia a considerarlas como un todo, agrupadas por su común finalidad de limitar el
poder penal del Estado. Es que ambas clases funcionan como directivas o prohibiciones hacia el Estado, indicándole
cuándo y cómo podrá condenar a una persona a cumplir una pena, y cuándo y cómo no podrá. Pero hay que
destacar que como el derecho penal vive y se encarna en su actuación judicial, todas estas garantías procesales se
combinan con las penales, influyéndose recíprocamente y estableciendo unas los alcances y contenidos de otras,
para el más pleno efecto garantizador de cada una y del conjunto.
GARANTÍAS PENALES: El sistema constitucional argentino, por ideología y en sus disposiciones expresas, consagra
las siguientes garantías penales:
1) LEGALIDAD: Sólo la ley, es decir un acto emanado del Poder Legislativo –y no de los otros poderes–, de
alcance general y abstracto, puede definir qué acción u omisión de una persona es punible como delito,
estableciendo a la vez la pena que le corresponderá al infractor. La automática e inevitable reacción del
estado a través de órganos qué, frente a la hipótesis de la comisión de hecho delictivo de acción pública
comienzan a investigarlo, o piden a los tribunales q lo hagan y reclaman luego el juzgamiento y
posteriormente y si corresponde, el castigo del delito que se hubiera logrado comprobar. No se encuentra
en la Constitución pero sí en el Código Penal en su art 71 el cual sostiene que todas las actuaciones deberán
iniciarse de oficio excepto las de instancia privada.
EXCEPCIONES AL PRINCIPIO DE LEGALIDAD PROCESAL: Art.18 CN: Ningún habitante de la Nación puede ser
penado sin juicio previo fundado en L anterior al hecho del proceso, ni juzgado por comisiones especiales, o
sacado de los jueces designados x la L antes del hecho de la causa.
2) RESERVA: Sólo podrá aplicarse pena a quien incurra en la conducta descripta por la ley como delito (con sus
notas de tipicidad, antijuridicidad, culpabilidad y punibilidad), nunca otras no atrapadas por aquella
descripción (todo lo que no está penalmente incriminado, estará penalmente autorizado), ni con una
especie o cantidad diferente de pena que la prevista (lo que excluye la posibilidad de aplicación analógica de
la ley penal).
LAS GARANTÍAS PROCESALES. El sujeto a quien se le atribuye participación en un hecho delictivo, es decir, el
imputado, es reconocido por el sistema constitucional (Constitución Nacional y tratados internacionales
incorporados a su mismo nivel –art. 75 inc. 22 CN–) como titular de derechos que emanan de su condición de
persona humana, la que se valoriza en su dignidad (Preámbulo de la CADH). De allí que se le reconozcan derechos
como tal y se los proteja aun durante el proceso penal. Pero el sistema constitucional le confiere además otros
derechos y garantías (mínimas) especiales en virtud de su específica condición de penalmente perseguido,
procurando asegurarle un "juicio justo".
Esta concepción debe tener como reflejo (muchas veces no lo tiene en la práctica) una firme actitud de todos los
poderes del Estado en el marco de sus respectivas competencias, tendiente a evitar cualquier afectación a los
derechos del imputado que no pueden ser restringidos bajo ningún concepto (v. gr., la integridad física) durante el
curso del proceso, y a minimizar la restricción de aquellos que sí puedan verse limitados por razones procesales, a la
medida de lo estrictamente imprescindible, limitaciones que siempre serán de aplicación e interpretación restrictiva.
Si bien la hipótesis fundada de que una persona pudo haber participado en un delito, autoriza la iniciación de la
persecución penal en su contra, esto no implica que con motivo de la iniciación o durante el desarrollo de esta
actividad estatal, aquella persona no conserve el ejercicio de todos sus atributos y derechos. Aunque las necesidades
del proceso penal pueden implicar la restricción de algunos, esta posibilidad deberá restringirse a lo estrictamente
indispensable para satisfacer aquéllas razonablemente.
1. IGUALDAD ANTE LOS TRIBUNALES. Derivado de la dignidad personal y como corolario del principio de igualdad
ante la ley (art. 16, CN), la legislación supranacional sobre derechos humanos de nivel constitucional (art. 75 inc. 22,
CN) establece que "todas las personas son iguales ante los tribunales y las cortes de justicia" (art. 14.1, PIDCP).
Ello requiere que se acuerde tanto a la víctima que reclama investigación y juicio, como al imputado, durante el
proceso penal, un trato que será igual, cualquiera sea su condición personal: no puede haber ni privilegios ("ley
privada") ni discriminación de ninguna naturaleza, ni por ninguna razón, ni durante el proceso, ni en la decisión final.
A la vez, cualquiera que sea el sentido que ésta adopte, deberá ser equitativa e imparcial y fundarse solamente en la
prueba y en la ley. Esto exige que no se hagan (ni en la ley ni en la práctica) excepciones personales respecto a la
formación o a la prosecución de las causas penales, ni a la posibilidad de intervenir en ellas, ni a su radicación ante
los tribunales; ni que se impulsen procesos por motivos exclusivamente personales, derivados sólo de quien es la
persona que los impulsa, o quien es la persona contra quien se promueven. Tampoco podrá admitirse un
tratamiento diferencial (ni mejor ni peor) de las víctimas que reclaman penalmente, ni de los imputados, por razones
económicas, sociales, religiosas, políticas o culturales, etc.
2. PRINCIPIO DE INOCENCIA:
ARTÍCULO 8º.- ESTADO DE INOCENCIA Y DUDA. Ninguna persona podrá ser considerada culpable mientras una
sentencia firme no lo declare tal. En caso de duda, deberá decidirse lo que sea más favorable al imputado. Siempre
se aplicará la ley procesal penal más benigna para el imputado.-
Concepto: Por respeto a su dignidad personal, al imputado se le reconoce durante la sustanciación del proceso, un
estado jurídico de no culpabilidad respecto del delito que se le atribuye (que también se denomina principio de
inocencia o derecho a la presunción de inocencia, art.,11, DUDH) que no tendrá que acreditar (aunque tiene derecho
a ello), como tampoco tendrá que hacerlo con las circunstancias eximentes o atenuantes de su responsabilidad penal
que pueda invocar.
Ello significa, que no se lo podrá penar como culpable (ni tratarlo como tal durante el proceso penal) a quien no se le
haya probado previamente su culpabilidad en una sentencia firme dictada luego de un proceso regular y legal; que
esa prueba deben realizarla los órganos encargados de la preparación, formulación y sostenimiento de la acusación;
que el imputado no tiene –ni, por lo tanto, se le puede imponer– la obligación de probar su inocencia; y que si la
acusación no se prueba fehacientemente por obra del Estado, el acusado debe ser absuelto.
Pero el principio de inocencia no es incompatible con las presunciones judiciales de culpabilidad que se exigen para
el avance del proceso penal con sentido incriminador (v. gr., auto de elevación a juicio), en la medida en que aquéllas
no se quieran utilizar para la imposición de sanciones anticipadas disfrazadas de coerción procesal. Tampoco tiene
ninguna connotación ética, pues sólo consiste en una situación jurídica de no culpabilidad que el orden jurídico
estatuye a favor de quien es imputado de un delito y en relación a ese delito, hasta que se pruebe lo contrario.
La prueba de la culpabilidad del acusado (lo contrario de la inocencia) será responsabilidad, en caso de delitos de
acción pública, de los órganos estatales encargados de la persecución penal (policía, Ministerio Público Fiscal), no de
los jueces (aunque a veces también se incluye incorrectamente a éstos. La responsabilidad probatoria conducente a
la determinación de la responsabilidad del inculpado, corresponde al Ministerio Público, pues corresponde "a la
acusación la demostración de la posición que haga procedente la aplicación de la sanción punitiva" (Vázquez Rossi).
Es que "al estar la inocencia asistida por el postulado de su presunción hasta prueba en contrario, esa prueba en
contrario debe aportarla quien niega aquélla, formulando la acusación" (Ferrajoli)
Ello no excluye, por cierto, el derecho del imputado a acreditar su inocencia mediante la introducción de pruebas de
descargo, ni tampoco autoriza a los órganos públicos a pasarlas por alto, ni mucho menos a ocultarlas, como
tampoco a investigar sin objetividad, o sólo según el sentido de sus sospechas.
El principio de inocencia tiene varias derivaciones y repercusiones que se analizan a continuación. Pero la principal,
que es su verdadera contracara, es el principio in dubio pro reo.
3. IN DUBIO PRO REO. Ante la duda, siempre se juzgará a favor del imputado; Por duda se entiende genéricamente la
imposibilidad de llegar a la certeza (positiva o negativa): pero esta imposibilidad tiene diferentes grados.
Stricto sensu, habrá duda cuando coexistan motivos para afirmar y motivos para negar, pero equilibrados entre sí. Si
los motivos para afirmar prevalecen, habrá probabilidad (positiva), la que, si bien se acerca a la certeza positiva, no
la alcanza en virtud de la vigencia no superada de los motivos para negar. En cambio, si son éstos los que
prevalecen, habrá improbabilidad, la que se acerca a la certeza negativa, pero no llega a ella en razón de la
existencia, insuperable, de algún motivo para afirmar. En estos últimos dos casos, la imposibilidad de arribar a la
certeza permitirá incluir la probabilidad y la improbabilidad en el concepto amplio de duda.
La duda –para ser beneficiosa– debe recaer sobre aspectos fácticos (físicos o psíquicos) relacionados a la imputación.
Se referirá especialmente a la materialidad del delito, a sus circunstancias jurídicamente relevantes, a la
participación culpable del imputado y a la existencia de causas de justificación, inculpabilidad, inimputabilidad o
excusas absolutorias que pudieran haberse planteado.
La influencia del principio "in dubio pro reo" se extiende, con distintos pero progresivos alcances, durante todo el
curso del proceso penal, y mientras más adelantado se halle éste, mayor será el efecto beneficiante de la duda. Pero
la máxima eficacia de la duda se mostrará en oportunidad de elaborarse la sentencia definitiva, posterior al debate
oral y público, pues sólo la certeza positiva de la culpabilidad permitirá condenar al imputado. La improbabilidad, la
duda stricto sensu y aun la probabilidad (positiva) determinarán su absolución. Es en este momento donde impera
con total amplitud el principio in dubio pro reo, pues atrapa la totalidad de las hipótesis posibles de duda como
estados intelectuales excluyentes de la certeza.
ARTÍCULO 9º.- LIBERTAD DURANTE EL PROCESO. El imputado tiene derecho a permanecer en libertad durante el
proceso. La libertad sólo puede ser restringida en los límites absolutamente indispensables en caso de peligro real de
fuga u obstaculización de la investigación y a los efectos de asegurar los fines del proceso, con los alcances, modos y
tiempos reglados en este Código.-
ARTÍCULO 23.- INTERPRETACIÓN RESTRICTIVA. Todas las normas que coarten la libertad personal del imputado o
limiten el ejercicio de sus derechos se interpretarán restrictivamente.- La analogía sólo está permitida en cuanto
favorezca la libertad del imputado, o el ejercicio de sus derechos y facultades.-
La interpretación restrictiva de una disposición legal, implica que ésta debe ser "entendida apretadamente a su
texto, sin extensión analógica o conceptual", aun cuando su literalidad "admita lógicamente su extensión a hechos o
relaciones conceptualmente equivalentes o similares a los previstos expresamente por ella".
El principio de inocencia que asiste al imputado durante el proceso impide la afectación de cualquiera de sus
derechos, incluso –y en especial– el de su libertad ambulatoria (art. 7.1 y 3, CADH) a título de pena anticipada por el
delito que se le atribuye, antes de que adquiera firmeza (por no haber sido recurrida, o si lo fue, haber sido
confirmada) una sentencia condenatoria en su contra.
Por tal motivo, la privación de libertad durante el proceso sólo encontrará excepcional legitimación (“no debe ser la
regla general”, dispone el art. 9.3, PIDCP) en cuanto medida cautelar, cuando existiendo suficientes pruebas de
culpabilidad (que muestren como probable la imposición de una condena cuyo justo dictado se quiere cautelar), ella
sea imprescindible (máxima necesidad) - y por tanto no sustituible por ninguna otra de similar eficacia pero menos
severa-, para neutralizar el peligro grave (por lo serio y por lo probable) de que el imputado abuse de su libertad
para intentar obstaculizar la investigación, impedir con su fuga la sustanciación completa del proceso (no hay entre
nosotros juicio en rebeldía), o eludir el cumplimiento de la pena que se le pueda imponer.
Para mantener su naturaleza puramente cautelar, el encarcelamiento procesal sólo puede durar un cierto tiempo: el
imprescindible para tramitar y concluir el proceso en el que se le ha dispuesto, bajo el único argumento y con el
único propósito de proteger sus fines. Más allá deberá cesar, aun cuando la sentencia que procura cautelar no se
haya dictado en ese lapso. Tanto la imposición procesalmente innecesaria del encarcelamiento, como su
prolongación más allá de lo razonable, lo desnaturalizarán transformándolo en una ilegal pena anticipada, contraria
al principio de inocencia.
Existe generalizada aceptación del derecho de quien considere que ha sido injustamente condenado en un proceso
penal, porque la convicción sobre su culpabilidad no fue obtenida del modo que exige la normativa correspondiente,
a intentar que se revise la sentencia en su favor, aun cuando se encuentre firme (art. 14.6, PIDCP). Parecería que en
este caso, el principio de inocencia tuviese una eficacia ultraactiva.
La autoridad de cosa juzgada deberá ceder cuando haya sido lograda a consecuencia de un error judicial,
determinado por falsas pruebas o por prevaricato, cohecho, violencia u otra maquinación fraudulenta, o si nuevas
pruebas, solas o unidas a las ya examinadas hagan evidente que el hecho no existió o que el condenado no lo
cometió (o encuadra en una norma penal más favorable), o cuando los hechos que determinaron la condena fueran
inconciliables con los fijados por otra sentencia penal.
4. PRINCIPIO DE CELERIDAD:
ARTÍCULO 79.- DURACIÓN MAXIMA. Todo procedimiento tendrá una duración máxima de TRES (3) años
improrrogables, contados desde la audiencia de formulación de cargos. No se computará a esos efectos el tiempo
necesario para resolver el recurso extraordinario federal.-
La puesta en tela de juicio del estado de inocencia por obra de la persecución penal, no puede durar más allá de
cierto término, porque la persistencia temporal del proceso, sin una decisión definitiva, implicará un
desconocimiento práctico del principio. De allí que se reconozca el derecho del imputado (art. 14.3.c, PIDCP) a
obtener un pronunciamiento que, definiendo su posición frente a la ley y a la sociedad, "ponga término de una vez
y para siempre, del modo más rápido posible, a la situación de incertidumbre y de innegable restricción de la
libertad" que importa su sometimiento al proceso penal, que lo hace "padecer física y moralmente", pendiendo
sobre él como una permanente espada de Damocles, no porque haya delinquido, sino para saber si ha delinquido o
no lo ha hecho.
Puede también hablarse de un término mínimo de duración: el necesario para la eficacia de la defensa y para
obtener una decisión serena de los jueces, alejados temporalmente del estrépito causado por la violencia del delito.
Término máximo y mínimo procuran evitar que el tiempo provoque injusticias, por decisiones tardías o prematuras.
ARTÍCULO 10.- DEFENSA EN JUICIO. DERECHO A NO AUTOINCRIMINARSE. Ninguna persona podrá ser obligada a
declarar en contra de sí mismo. El ejercicio del derecho a guardar silencio no podrá ser valorado como una admisión
de los hechos o como indicio de culpabilidad.- El derecho de defensa es inviolable e irrenunciable y podrá ejercerse
plenamente desde el inicio de la investigación.- Toda persona tiene derecho a la asistencia y defensa técnica letrada
efectiva, que será garantizada por el Estado a través de la defensa pública.-
ARTÍCULO 44.- MÉTODOS PROHIBIDOS. En ningún caso se le exigirá al imputado juramento o promesa de decir
verdad, ni podrá ser sometido a ninguna clase de fuerza o coacción. Se prohíbe toda medida que afecte la libertad de
decisión, voluntad, memoria o capacidad de comprensión del imputado.-
ARTÍCULO 45.- FACULTADES POLICIALES. La policía no podrá interrogar al imputado. Solo podrá requerirle los datos
correspondientes a su identidad, cuando no esté suficientemente individualizado.- Si expresa su deseo de declarar se
le hará saber de inmediato al fiscal interviniente y a su defensor.-
Si durante el proceso el imputado goza de un estado jurídico de inocencia y nada debe probar, es obvio que nadie
puede intentar obligarlo a colaborar con la investigación del delito que se le atribuye (art. 18, CN; art. 8.2. g, CADH).
Por eso es que se establece que aquél no podrá ser inducido, engañado, constreñido o violentado a declarar ni a
producir pruebas en contra de su voluntad, pues el sistema constitucional así se lo garantiza. Ello implica la exclusión
de la coacción directa y también la "inherente" a ciertas condiciones o circunstancias (v. gr,. la derivada de la
atmósfera de intimidación del lugar en donde se encuentra detenido y se le recibe declaración etc.).
Consecuentemente, la declaración del imputado debe ser considerada un medio para su defensa y no un medio de
prueba.
Además de prohibirse obligar al imputado a declarar contra sí mismo (art. 18, CN), se proscribe igualmente
imponerle su intervención activa como órgano de prueba (v. gr., en una reconstrucción del hecho, en un careo,
etc.). De ello se sigue, naturalmente, que no se podrá utilizar como presunción de culpabilidad en su contra (ni como
circunstancias agravantes para la individualización de la pena que se le pudiere imponer, art. 41, CP), que el
imputado se abstenga de declarar, o que al hacerlo mienta, o el modo en que ejerza su defensa, o que se niegue a
actuar como órgano de prueba; tampoco lo dicho o hecho por aquél en cualquier acto practicado con violación de
tales reglas. Sólo cuando el imputado actúe como objeto de prueba (lo que no significa que sea objeto del proceso)
podrá ser obligado a participar en el respectivo acto procesal (v. gr., en una inspección de su cuerpo).
Si bien la imparcialidad del tribunal siempre fue considerada una garantía implícita (sin ella de poco –o nada–
servirían todas las otras), los tratados internacionales incorporados a la Constitución Nacional a su mismo nivel (art.
75 inc. 22, CN) le han dado carácter expreso. Así, la Convención Americana sobre Derechos Humanos establece con
claridad en su art. 8.1 que toda persona, frente a una "acusación penal formulada contra ella" tiene derecho a un
juez o Tribunal "independiente e imparcial"; tiene derecho a que "el examen de cualquier acusación contra ella en
materia penal" sea realizado por "un Tribunal independiente e imparcial", reza por su parte el art. 10 de la
Declaración Universal de los Derechos del Hombre. La “independencia” está actualmente expresada en el art. 114
inc. 6 de la Constitución Nacional.
La formulación de la normativa supranacional deja en claro que la garantía de imparcialidad es de carácter bilateral,
pues no sólo ampara al acusado penalmente, sino que también alcanza a cualquier persona que procure una
determinación judicial sobre sus derechos, de cualquier carácter que sean, expresión que abarca si duda, el derecho
de la víctima a intentar y lograr –si corresponde– la condena de los responsables del delito (derecho reconocido por
los órganos supranacionales de protección de los derechos humanos).
La imparcialidad es la condición de "tercero desinteresado" (independiente; neutral) del juzgador, es decir, la de no
ser parte, ni tener prejuicios a favor o en contra, ni estar involucrado con los intereses del acusador ni del acusado,
ni comprometido con sus posiciones, ni vinculado personalmente con éstos; y la actitud de mantener durante todo
el proceso la misma distancia de la hipótesis acusatoria que de la hipótesis defensiva (sin colaborar con ninguna)
hasta el momento de elaborar la sentencia.
Por cierto que la imparcialidad así entendida supone la independencia del Tribunal respecto de cualquier tipo de
poder o presión político o social, que impida o esterilice cualquier influencia que intente desequilibrar "desde
afuera" alguno de aquellos platillos. Debe tener plena libertad para decidir el caso, estando sometido sólo a la ley y
a la prueba, o la falta o insuficiencia de ella, de la que "depende" (el adverbio “sólo” es la clave de interpretación
correcta de la independencia). Véase punto I, Bolilla 5.
ARTÍCULO 64.- PRINCIPIOS DE ACTUACIÓN. La actuación del Ministerio Público Fiscal debe regirse por los principios
de LEGALIDAD, OBJETIVIDAD y LEALTAD PROCESAL:
PRINCIPIO DE LEGALIDAD: los representantes del Ministerio Público Fiscal deberán observar en su función el
cumplimiento estricto de las leyes promoviendo la actuación de la justicia en defensa de los intereses generales de la
sociedad, en coordinación con las demás autoridades de la Provincia.- PRINCIPIO DE OBJETIVIDAD: los
representantes del Ministerio Público Fiscal deberán investigar todas las circunstancias relevantes del hecho objeto
del proceso y formular sus requerimientos de conformidad con las pruebas de las que tomare conocimiento, incluso
si ello redundare en favor del imputado.- PRINCIPIO DE LEALTAD PROCESAL: Los representantes del Ministerio
Público Fiscal estarán obligados a exhibir, tan pronto como sea posible, las pruebas que obren en su poder o estén
bajo su control, y que, a su juicio, indiquen o tiendan a indicar la inocencia del acusado, a atenuar su culpabilidad, o
que puedan afectar la credibilidad de las pruebas de cargo.-
8. PRINCIPIO NE PROCEDAT IUDEX EX OFICIO. "No hay juicio sin actor, ni el juez puede iniciarlo de oficio" o "No hay
juicio sin parte que lo promueva"; también se asegura con esto la imparcialidad del juez
Determina el impedimento del órgano judicial de actuar de manera oficiosa cuando el Ministerio Público Fiscal,
exclusivo titular de la acción penal pública, no hubiese instado o promovido la maquinaria jurisdiccional. De esta
manera, en el marco del debido proceso legal, la actividad del Tribunal juzgador deberá estar precedida en la
totalidad de los casos por el impulso de la acción penal por parte del M P Fiscal, viéndose diferenciadas de esta
manera las funciones de decisión y acusación
9. PRINCIPIO NON BIS IN IDEM: ninguna persona puede ser perseguida penalmente (y por cierto, tampoco juzgada)
más de una vez en forma sucesiva, ni tener contemporáneamente pendiente más de una persecución penal con
relación al mismo hecho delictivo (art. 14.7, PIDCP).
10. PRINCIPIO DE IGUALDAD: Nuestro sistema constitucional (v. gr., art. 14.3, PIDCP) exige que la defensa del
imputado se desarrolle en condiciones de "plena igualdad" con la acusación, lo que se grafica con la alocución
"paridad de armas". Esto ocurrirá cuando aquél tenga, no sólo en teoría sino también en la práctica, las mismas
posibilidades (reales) que el acusador para influir en las decisiones de los jueces sobre el caso, lo que dependerá de
las garantías constitucionales, los derechos procesales, la equivalencia de conocimientos jurídicos, y los recursos
humanos y materiales con que ambos cuenten.
La desigualdad existente entre el Estado en función de acusador y el ciudadano en situación de acusado también se
procura nivelar –a favor de éste– con el principio de inocencia, con la responsabilidad impuesta a aquél de probar la
acusación, con la exclusión de toda exigencia al imputado sobre la prueba de su inculpabilidad, y con la imposibilidad
de condenarlo si el acusador no logró acreditar ciertamente su responsabilidad sobre la base de las pruebas
aportadas. Persigue también la igualdad, el carácter de irrenunciable acordado a la defensa técnica y la obligación
subsidiaria del Estado de brindarla a su costa.
11. PRINCIPIO DE CONGRUENCIA: El derecho de defensa exige la identidad del hecho delictivo por el que se dicta la
sentencia, con el contenido en la acusación (en la originaria o en su ampliación), con el intimado al imputado al
recibírsele declaración y con el expresado en la requisitoria fiscal de instrucción (si existiere); entre todos ellos debe
existir una correlación fáctica esencial, en todas las etapas del proceso: es la congruencia.
ARTÍCULO 6º.- FUNCIÓN DE LOS JUECES. Los jueces cumplirán los actos propiamente jurisdiccionales, velando por el
resguardo de los derechos y garantías. Queda prohibido a los jueces realizar actos de investigación. Sólo podrán
autorizar medidas probatorias y de coerción a petición de parte.-
13. PRINCIPIO DE NECESIDAD: obliga al juez a dictar una pena, la cual a su vez debe “servir para la preservación de la
convivencia armónica y pacífica de los asociados”; también debe “encontrar dentro y fuera del proceso penal las
herramientas jurídicas que viabilicen la utilización de medidas alternativas a la pena de prisión y menos lesivas que
esta, así como su respectiva sustentación jurídica”.
14. PRINCIPIO DE PROPORCIONALIDAD: El principio determina que la pena a imponerse debe ser proporcional al
delito cometido. En otras palabras, “(…) la pena debe guardar relación con el grado de responsabilidad del agente,
con la magnitud del daño ocasionado y con la trascendencia del bien jurídico lesionado. Por consiguiente, la
definición y aplicación de sanciones penales debe guardar una equivalencia razonable, en sus dimensiones
cualitativas o cuantitativas, con el tipo de delito cometido, con las circunstancias de su realización y con la intensidad
del reproche que cabe formular a su autor”.
15. PRINCIPIO PRO HOMINE: El Principio indica que el intérprete ha de seleccionar y aplicar la norma que en cada
caso resulte más favorable para la persona humana, para su libertad y sus derechos, cualquiera sea la fuente que la
suministre, ya sea interna o internacional. En efecto, se trata de un criterio hermenéutico que informa todo el
derecho de los derechos humanos, en virtud del cual, se debe acudir a la norma más amplia, o interpretación más
extensiva, cuando se trate de reconocer derechos protegidos e, inversamente, a la norma o a la interpretación más
restringida cuando se trata de establecer restricciones permanentes al ejercicio de los derechos o su suspensión
extraordinaria. Este principio coincide con el rasgo fundamental del derecho de los derechos humanos, eso es, estar
siempre a favor del hombre.
16. PRINCIPIO DE ECONOMIA PROCESAL: El principio de economía procesal aconseja no vedar al Juez la posibilidad
de considerar los hechos constitutivos, modificativos o extintivos, producidos durante el proceso, en la oportunidad
de dictar sentencia, porque de lo contrario se impondría la necesidad de reeditar el litigio con el correspondiente
dispendio de la actividad que ello importa
17. PRINCIPIO DE PROGRESIVIDAD: todas las instancias penales que conllevan el proceso deben realizarse, no puede
saltearse ninguna de ellas. El proceso penal es una serie concatenada de actos, por esto es que es necesario agotar
una instancia para pasar a la otra.
18. PRINCIPIO DE PRECLUSIÓN: Consiste en la pérdida, extinción o consumación de una facultad procesal. Está
representado por el hecho de que las diversas etapas del proceso se desarrollan en forma sucesiva, mediante la
clausura definitiva de cada una de ellas, impidiéndose el regreso a etapas y momentos procesales ya extinguidos y
consumados.
19. PRINCIPIO DE OPORTUNIDAD: admite la posibilidad que se suspenda en forma provisoria el seguimiento o
continuidad del proceso o de la persecución penal, lo que generalmente está condicionado a distintos requisitos que
el imputado deberá cumplir bajo apercibimiento de las consecuencias que cada legislación procesal prevea.
ARTÍCULO 93.- CRITERIOS DE OPORTUNIDAD. Se podrá prescindir total o parcialmente del ejercicio de la acción
penal o limitarla a alguna de las personas que intervinieron en el hecho, en los casos siguientes:
20. PRINCIPIO DE ORALIDAD: ARTÍCULO 68.- ORALIDAD. Todas las peticiones o planteos de las partes que deban ser
debatidas se resolverán en audiencias orales y públicas, salvo las que sean de mero trámite
21. PRINCIPIO DE PUBLICIDAD: ARTÍCULO 75.- PUBLICIDAD. Las audiencias serán públicas. No obstante, el Juez o
Tribunal podrá decidir fundadamente que se realice total o parcialmente en forma privada cuando:
a) Se afecte directamente el pudor, la vida privada o ello implique una amenaza para la
integridad física de alguno de los intervinientes;
b) Peligre un secreto oficial, profesional, particular, comercial o industrial cuya develación
cause perjuicio grave.-
El Juez o Tribunal podrá imponer a las partes que intervinieren en el acto el deber de guardar secreto sobre los
hechos que presenciaron o conocieron. No podrán ingresar a la sala de audiencias personas que se presenten en
forma incompatible con la seguridad, orden e higiene de la audiencia ni las personas menores de DIECISÉIS (16) años
de edad, salvo cuando sean acompañados por un mayor que responda por su conducta.-
23. PRINCIPIO DE CONCENTRACIÓN: ARTÍCULO 179.- CONTINUIDAD Y SUSPENSIÓN. La audiencia del juicio oral se
desarrollará en forma continua y podrá prolongarse en sesiones sucesivas hasta su conclusión. Constituirán, para
estos efectos, sesiones sucesivas aquellas que tuvieren lugar en el día siguiente o subsiguiente de funcionamiento
ordinario del Tribunal.- La audiencia se podrá suspender por un plazo máximo de DIEZ (10) días corridos (en
circunstancias excepcionales).
24. PRINCIPIO DE INMEDIACIÓN: ARTÍCULO 77.- DESARROLLO. Las audiencias se realizarán con la presencia
ininterrumpida de los jueces y de todas las partes salvo las excepciones que se establecen en el Código.- El Juez o
Tribunal otorgará la palabra a las partes, comenzando por aquella que hubiese hecho el planteo o la solicitud.
Siempre la última palabra le será conferida a la defensa. Las partes deberán expresar sus peticiones de modo
concreto y los jueces solo podrán requerir precisiones para determinar los alcances de tales peticiones.-
Este principio de inmediación supone la existencia de un contacto directo y personal entre el juzgador y el presunto
contraventor y su violación.