Los secretos del conde Vanny Ferrufino
© 2019 Vanny Ferrufino. Todos los derechos reservados.
Los secretos del conde.
Edición: Jennifer Mijangos
Todos los derechos están reservados. Esta publicación no puede ser repro-
ducida, en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de re-
cuperación de infor mación, en ninguna for ma ni por ningún medio sea mecáni-
co, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cual-
quier otro sin el per miso previo del autor.
“A veces, en el amor hay que ser imperfectos para ser
perfectos.”
1
Los secretos del conde Vanny Ferrufino
2
Los secretos del conde Vanny Ferrufino
Agradecimientos
A todos ustedes, que pacientemente aguardaron por la
siguiente entrega de esta serie y la recibieron con emoción.
A mis amigas, que siempre están en las buenas y en las
malas apoyándome y brindándome el entusiasmo para con-
tinuar.
PD: Lord Marcus Woodgate, conde de Hamilton pertenece a S. Z.
3
Los secretos del conde Vanny Ferrufino
Prólogo.
Surrey, 1828.
Bonnie Stone, hija de los barones de Churston y miem-
bro de una familia muy bien acomodada económicamente
que ahora requería de una mejor posición social, sabía que
era de muy mal gusto espiar al abogado de su padre, quien
cuando era sólo un joven fue su protegido al que ayudó a
acomodarse socialmente como un buen profesional a pesar
de su corta edad de veinticinco años.
A decir verdad, por ahora sólo era el ayudante del abo-
gado de su padre.
Benjamin Stone no estaba y Marcus Woodgate estaba
aprovechando del día soleado para descansar en el agrada-
ble césped del jardín de su casa. Se quedaría todo ese ve-
rano con ellos y Bonnie no sabía cómo acercarse a él. Le
gustaba, Marcus tenía algo que alteraba todos sus sentidos
y la convertía en una niña tonta e incapaz de articular dos
palabras frente a él.
Era alto, de cabello oscuro y piel bronceada, sus rasgos
no eran fuertes ni mucho menos amenazadores, en él se
podía apreciar a un hombre bueno y lleno de amabilidad;
por lo que cada día estaba más convencida de que ese ca-
ballero sería su punto débil por la eter nidad.
Era perfecto para ella y a pesar de que en dos años sería
presentada en sociedad, no podría casarse con él porque
para su padre —por más que apreciara a Marcus— no era
el indicado porque carecía del título que todos en su casa
querían —menos ella— que consiguiera para poder escalar
un peldaño socialmente.
4
Los secretos del conde Vanny Ferrufino
Era un poco injusto, pero comprendía a la despiadada
sociedad; no importaba cuánto dinero tuvieras, sino eras
par del reino no tenías valor alguno dentro de la nobleza.
Para esa gente sin escrúpulos, su padre era un don nadie
porque toda su fortuna se la ganó trabajando como comer-
ciante antes de heredar el título en su juventud.
Las cosas estaban claras para Bonnie: hasta que ella no
consiguiera un buen matrimonio, nadie tomaría en serio a
Benjamin Stone.
Esperaba, de todo corazón, que hasta el día de su pre-
sentación el amargado y despiadado conde de Hamilton
abandonara este mundo. Ese ser era lo peor que su padre
pudo llegar a conocer y para lamento de Marcus era su tío;
no obstante, no todo era tan malo, pues el hombre no te-
nía un heredero y una vez muerto, el título pasaría a ser úni-
camente de Marcus, algo que a ella podía generarle un po-
co de esperanza.
No todo estaba perdido.
Aún existía la oportunidad de tener una vida junto a él;
sin embargo, su verdadero problema radicaba en que no
sabía a ciencia cierta cuando moriría el conde de Hamilton.
Su madre, Aurora Stone, garantizaba que se casaría en su
primera temporada, puesto que para su desgracia, Bonnie
era muy her mosa y contaba con una dote bastante atractiva
que podría conseguir muchos pretendientes que aspiraran
a adueñarse de la misma.
Quiso ponerse a llorar allí mismo.
Marcus la apreciaba y lo sabía, pero no había nada que
indicara que sintiera una atracción física hacia ella. No po-
día culparlo, sólo tenía dieciséis años y su cuerpo no tenía
curva alguna, era delgada; una ventaja según su madre
porque se la consideraría una beldad, y una desventaja se-
5
Los secretos del conde Vanny Ferrufino
gún ella, dado que había escuchado una conversación en-
tre Hamilton y el abogado con el que trabajaba respecto a
lo sabroso que podría ser tener una mujer con curvas bajo
sus cuidados.
Debía confesar que no los entendió del todo bien; pero
sabía de sobra que ella no tenía curvas y si no las obtenía
en los años que le quedaban hasta su presentación, Marcus
no querría cuidar de ella.
Todo aquello le resultaba tan frustrante que quería con-
társelo a alguien para que pudiera darle una serie de con-
sejos y respuestas. Era una lástima que su her mano estuvie-
ra por su tour por Europa y sus padres no fueran los mejo-
res oyentes que podría llegar a tener. Estaba sola y sola
tendría que contestar sus propias preguntas, como también
recibir sus propios consejos.
Nada podría salir mal, ¿verdad?
Esperando por más de una hora que Marcus se desper-
tara, para generar un casual encuentro, arrugó el entrecejo
al ver que el hombre no se movía ni un ápice. Era extraño,
¿quién se dor mía en medio de la nada donde los lobos pu-
dieran atacarlo?
Bueno… quizás no lobos, pero sí hor migas hambrientas.
Gruñona y cansada de esperarlo, avanzó hacia el atracti-
vo cuerpo con deter minación. Al ver que efectivamente es-
taba dor mido, su ceño se suavizó y muy cuidadosamente
ter minó de acercarse al cuerpo laxo que dor mía en el
césped.
—¿Marcus? —inquirió con delicadeza, en ellos existía
una gran confianza y para Bonnie ya era nor mal llamarlo
por su nombre.
Él no se movió.
6
Los secretos del conde Vanny Ferrufino
—¿Marcus? —Traviesamente, le dio un suave toque con
la punta del escarpín en la costilla.
La sonrisa se le borró y rápidamente se arrodilló junto a
él; inclinó la cabeza para poder verificar que estuviera respi-
rando —sí, siempre solía dramatizar todo—. Sus bucles do-
rados acariciaron la mejilla masculina y los retiró de sope-
tón con la respiración entrecortada.
—Marcus —volvió a susurrar, sin alejarse de él y su fra-
gancia masculina inundó sus fosas nasales. Incapaz de sos-
tenerse, posó una mano en el pecho masculino e inspiró su
olor. No se apartaría, ese momento era tan mágico que es-
taba segura que jamás tendría uno igual.
Ar mándose de valor, giró levemente el rostro hasta en-
contrarse con los finos rasgos del pelinegro. Sus espesas
cejas estaban rectas y quietas, algo poco común, pues él
tenía la manía de juguetear con ellas cada vez que hablaba.
Sus pómulos altos y cubiertos por una barba incipiente es-
taban pálidos. Miró sus labios y tragó con fuerza, estaban
pegados en una fina línea y el suave color rosa delataba su
suavidad.
Era her moso.
Sus osadas manos acariciaron la pálida mejilla y rozó la
punta de sus narices con parsimonia. Estaba caliente y rela-
jado, ¿estaría igual si despertara y la viera casi encima de
él?
Lo más probable era que no.
Estaban a una distancia razonable de su casa, su madre
jamás se enteraría de nada y ese era el único momento a
solas que tendría con él ese verano, por lo que no saldría
huyendo; al menos no hasta que él despertara.
—Marcus… —volvió a llamarlo con suavidad, mante-
niendo los labios a menos de un centímetro de distancia de
7
Los secretos del conde Vanny Ferrufino
los de él—. Lo siento —musitó con un hilo de voz y lo besó.
Sus bocas se juntaron y Bonnie gimió deleitada, inexper-
tamente acarició los labios llenos con los suyos y poco a
poco fue ganando distancia. Antes de que pudiera soltar-
los, una presión en su nuca la hizo jadear y abrió los ojos,
sorprendida, entrando en pánico al encontrarse con la os-
cura mirada de Marcus sobre ella.
Antes de que pudiera excusarse o decirle cualquier
mentira, su boca fue sellada por la suya, dejándola aturdi-
da. Incapaz de moverse, ahora por la conmoción, Bonnie
parpadeó varias veces escuchando los gemidos ahogados
de Marcus.
La estaba besando y…
—¡Ah! —chilló cuando la hizo rodar, hasta dejarla boca
arriba sobre el césped—. Mmm… —gimió al sentir la ruda
invasión de su lengua y juntó cerró los ojos entre asustada y
excitada.
Su primer beso estaba siendo tomado por el hombre
que deseaba, por lo que olvidó sus prejuicios y se concen-
tró en hacer un buen trabajo para que él también disfruta-
ra. Pronto cumpliría diecisiete, no era una niña ignorante,
podía desempeñar un buen papel en un beso pasional.
—Ah… —Se arqueó al sentir un golpe en su pelvis y
buscó con la mirada, respirando con dificultad. Era Marcus,
quien se mecía sobre ella y generaba un agradable roce
entre sus cuerpos—. Ma… —le cubrió la boca con una ma-
no y no la miró, tenía los ojos cerrados, como si le doliera
verla en esa situación.
Con sus manos buscó liberar su boca, pero él la acalló
con otro beso voraz. Lo abrazó por el cuello, dejándose ha-
cer todo con él. Se aferró a sus hombros cuando la forzó a
separar las pier nas y con los latidos desbocados sintió la
8
Los secretos del conde Vanny Ferrufino
mano masculina sobre su muslo derecho, apretando la tier-
na piel con una fuerza desmedida que le generaba todo un
estremecimiento en su centro palpitante.
Mordió el labio inferior que apresaba los suyos y él gru-
ñó, adolorido, liberando sus labios. La fulminó con la mira-
da y Bonnie, quien adoraba toda la situación, hizo una
mueca de dolor ante la mano que presionaba su muslo.
Él la soltó de golpe, ganando distancia, y se preocupó al
verlo tan pálido y asustado.
¿Qué le sucedía?
—Ma…
—¡¿Marcus?!
El pánico la invadió, ¡su padre no llegaría hasta mañana
a primera hora!
Sin esperar a que le dijera algo, Bonnie se puso de pie y
salió huyendo lo más lejos posible para que su padre no la
viera en aquel estado tan desastroso. No se volvió para mi-
rarlo, no necesitaba su arrepentimiento, estaba lo suficien-
temente feliz como para sentirse triste por lo que hicieron.
Dios santo… ¡¿qué demonios fue todo aquello?!
9
Los secretos del conde Vanny Ferrufino
Capítulo 1
Londres, enero de 1830
En menos de dos semanas sería presentada en sociedad
y Bonnie debería sentirse feliz y ansiosa, ¿verdad?
Pero no… no lo estaba y dudaba poder estarlo en un fu-
turo.
Desde aquella tarde —hace dos años— en la que Mar-
cus y ella compartieron un beso en el jardín de su casa, él
no había vuelto a dirigirle la palabra más que para un sim-
ple y for mal saludo que no hizo más que helarle la sangre y
las esperanzas.
Todo estaba acabado pese a que efectivamente él había
heredado el condado de su tío hace unos meses. No había
for ma que sintiera deseo alguno de ser su esposa, su indi-
ferencia le había herido cada minuto de esos horribles dos
años en los que lejos de salirle lindas curvas, sus rasgos se
hicieron más her mosos.
Gruñó.
Ella no quería un rostro angelical, quería las curvas que
Marcus anhelaba en una mujer.
Cuando lord Hamilton, como debería llamarlo ahora en
vez de sir Woodgate, venía a su casa, Bonnie evitaba topar-
se con él para no tener que ser víctima de sus fríos y distan-
tes ojos oscuros. A esas alturas del juego Hamilton ya de-
bería saber lo mucho que lo ambicionaba, por lo que su re-
chazo era incluso más humillante para ella.
—Cariño —Su madre ingresó a su alcoba sin tocar y, sin
muchas ganas de suspender su lectura, alzó la mirada.
—¿Madre?
—Tu padre quiere verte.
10
Los secretos del conde Vanny Ferrufino
Cerró el libro.
—Como usted desee.
Se puso de pie y sin mirarse al espejo, dado que según
las personas que vivían en esa casa no hacía falta, porque
siempre lucía her mosa, se dirigió al piso inferior. Ella sabía
que su vestimenta en ese momento no era la mejor, llevaba
un simple vestido de algodón y un improvisado recogido
hecho justamente para que no le presionara el cráneo
mientras disfrutaba de su lectura.
Se posicionó junto a la gran puerta de roble fino y con
los delicados nudillos dio dos suaves toques. Se miró las
manos desnudas, ceñuda, no se había puesto los guantes.
Alzó un hombro como sinónimo de encogimiento. No te-
nían visitas así que eso era lo de menos.
—Adelante —Se escuchó del otro lado de la puerta y
ganando un poco de aire, dado que sospechaba que ha-
blarían de los posibles candidatos para futuro esposo, in-
gresó.
La sombra de dos grandes hombres se alzó gracias al
fuego de la chimenea y Bonnie alzó el rostro, confundida,
para buscar al segundo hombre que estaba en el despacho
de su padre.
Por inercia y sin siquiera quererlo, dio un paso hacia
atrás.
—Entra, cariño —pidió su padre con una cálida sonrisa
en el rostro y, tragando con fuerza, obedeció—. Como ya
sabes, Marcus heredó el condado de su difunto tío por lo
que ahora debes llamarlo lord Hamilton.
Hizo una venía.
—Mis condolencias, milord. —No conectó sus miradas y
se dirigió a su padre—. ¿Desea ver me?
11
Los secretos del conde Vanny Ferrufino
—En efecto. —Asintió el hombre de avanzada edad y
Bonnie apretó los labios cuando Hamilton retiró la silla que
estaba junto a la suya para que tomara asiento frente a su
padre. Su expresión sombría volvió a herirla en silencio. Si
alguien le hubiera dicho que él la odiaría después del beso;
no se habría sentido tan feliz durante tres horas completas
—. Siéntate, cariño. Hamilton y yo tenemos algo que decir-
te.
Tratando de esconder sus manos desnudas —era una
suerte que su vestido fuera manga larga—, se sentó en su
respectivo lugar y ambos hombres hicieron lo mismo.
Hamilton, al igual que ella, evitaba conectar sus miradas
y eso la inquietaba de sobremanera, algo no andaba bien.
No era como si el conde fuera un cobarde, en todos sus
encuentros había dejado claro su desagrado y no exacta-
mente porque hubiera retirado la mirada, sino porque la
miraba con tal fijeza que en más de tres ocasiones se le ha-
bía erizado la piel.
—¿Recuerdas que hace dos noches hablamos de tu fu-
turo en cuanto al matrimonio? —inquirió su padre e hizo
una mueca, mirando de soslayo a Hamilton, quien per ma-
necía tan tenso como de costumbre cada vez que ella esta-
ba cerca.
—No creo que sea el momento indicado para hablar de
aquello, padre. Lord Hamilton no tiene por qué saber de
nuestras conversaciones familiares. —Además, esa conver-
sación la tenían cada noche desde que habían llegado a
Londres.
—Al contrario, cariño —espetó, endureciendo levemen-
te su semblante—. Como sabes el anterior conde era un ju-
gador de primera, Marcus está en serios problemas econó-
micos y he decidido cederle tu mano para que pueda solu-
12
Los secretos del conde Vanny Ferrufino
cionarlos. Van a casarse, pronto será de la familia y él más
que nadie deberá de saber respecto a nuestras conver-
saciones.
¿Cómo? ¿Había escuchado bien? ¿Iba a casarse con el
amor de su vida sólo porque él necesitaba su dote y su pa-
dre veía beneficioso el acuerdo? Vaya… el poder que te-
nían cincuenta mil libras era bastante peligroso.
Pocas veces solía perder el control sobre sí misma, por
lo que no supo en qué momento empezó a respirar pesa-
damente con la visión cristalizada.
—Dijiste... —musitó con un hilo de voz— que podría
elegir.
—Es Marcus, ¿acaso no deseas un matrimonio con él?
Se mordió el labio inferior con impotencia. Debió sospe-
char que su padre sabría respecto a su amor por Marcus,
pero incluso así, por más que ella lo amase, él no sentía na-
da por ella y eso sería condenarse a una vida llena de sufri-
miento.
—No, no quiero —confesó quedamente, provocando
que su padre sellara los labios en una fina línea.
—¿Puedo saber el por qué? —farfulló y Bonnie ladeó la
cabeza en modo de negación.
Benjamin era un buen hombre, pocas veces lo vio mo-
lesto y esperaba que esa no fuera la primera vez que ella
provocara tal estado anímico en él. No obstante, tuvo que
encogerse cuando se puso de pie con enojo, dispuesto a
continuar.
Un carraspeo hizo que ambos aguardaran y dirigieran la
mirada hacia el conde, quien ahora sonreía relajadamente
mirando a su padre. Sólo a su padre, nunca a ella.
—Quedamos en que la cortejaría primero, querido
Churston.
13
Los secretos del conde Vanny Ferrufino
No podía creer que Marcus, el hombre que ella adoró
por años, estuviera dispuesto a casarse con ella sólo por su
dinero. ¿De verdad cumpliría el capricho de su padre de
casarla con un noble?, ¿qué tanto era lo que debía que la
situación lo llevó a confor marse con ella, una mujer que lle-
vaba detestando desde hace dos años?
¡¿Cómo demonios pretendía cortejarla si odiaba besarla
y mirarla?! ¿No era por eso que su amistad se rompió?
—No, padre —Se puso de pie, exaltada, al darse cuenta
de lo malo que sería cuadrar ese matrimonio con esos tér-
minos—. No puedo casar me con Marcus, no quiero hacer-
lo. Píenselo, nunca hubo interés alguno después de años
de amistad, no puede casar nos ahora.
Claramente, su padre no tenía la menor idea del beso
que compartieron en Surrey años atrás.
—¿Podría hablar con ella a solas?
Se volvió hacia Marcus, enfrentándolo con la mirada.
Ellos no tenían nada de qué hablar y menos a solas. Si
bien ahora parecía ser un hombre con mucho autocontrol
—dado que el día del beso mostró todo menos eso—, no
quería quedarse a solas con él. No era una mujer que tuvie-
ra mucho autocontrol y como su sentido común salía de pa-
seo cada vez que veía al conde, lo mejor sería mantenerse
prevenida.
—Les daré todo el tiempo que necesiten y luego irán al
comedor, la cena estará lista dentro de poco.
Genial... cenaría en su casa, ¿de verdad? ¿Por qué tenía
que pasarle toda esa farsa justo ahora cuando se había he-
cho la idea de que Marcus nunca sería para ella?
Su padre se retiró del despacho, dejándola totalmente
sola junto al hombre que le arrebataba los sentidos y, tra-
14
FIN DEL FRAGMENTO
Sigue leyendo, no te quedes con las ganas
Adquiere este eBook
Dando Click Aqui