Alegrame la vista Megan Maxwell
Alicia es una joven enfer mera que adora su profesión y a la
que le gusta divertirse, leer, viajar y disfrutar con sus ami-
gos con «derecho a roce».
Sin embargo, todo cambia cuando entra a trabajar en el
hospital Víctor Molina, un joven obstetra, morenazo y de
ojos verdes, que le alegrará la vista todas las mañanas.
El problema es que Víctor no solo es su superior e hijo de
su jefe, sino también el hombre que se ha dispuesto a con-
quistarla.
Alicia trata de huir del influjo que ejerce sobre ella, pero en
ocasiones, cuanto más lo intentas, menos aciertas, hasta
que el destino toma cartas en el asunto y les hace entender
que sus corazones ya han elegido.
1
Alegrame la vista Megan Maxwell
Capítulo 1
Suena el despertador y maldigo a quien inventó madru-
gar.
Pero vamos a ver, con lo a gustito que se está en la ca-
ma ¿a qué iluminado se le ocurrió jorobar este gran mo-
mento de placer?
Cansada de escuchar el "Piticlín… piticlín" extiendo la
mano y apago el despertador. Es mi segunda alar ma y dán-
dome la vuelta, vuelvo a hacer me un ovillito y espero a que
suene la tercera.
Vale. Lo sé… esto que hago es masoquismo, pero es mi
masoquismo y me gusta.
Como es de esperar cinco minutos después suena la
alar ma y tras acordar me de ya imaginas, la apago y con ra-
pidez me levanto.
Cuando salgo al pasillo me encuentro con Tina, una de
mis compañeras de piso. Hace guardia en la puerta del ba-
ño en pijama y mirándome dice.
—Siento decirte que se nos ha adelantado Doña puntos
negros.
Escuchar eso me hace resoplar.
Begoña es un terror ante el espejo del baño y acercán-
dome a la puerta golpeo.
—Bego, tienes cinco minutos o tiro la puerta abajo.
—¡Ya ter mino! ¡Joder! —se escucha de fondo.
Tina y yo sonreímos, cuando de pronto se abre la puer-
ta, Begoña aparece y mirándonos dice.
—Ya había ter minado ¡pesaditas!
2
Alegrame la vista Megan Maxwell
Tina rápidamente entra, Bego se va y yo con paciencia
guardo mi turno.
Media hora después las tres estamos en la cocina, asea-
das, vestidas y desayunando. Como cada mañana me meto
entre pecho y espalda una gran tostada de pan con mante-
quilla y mer melada y un tazón de leche con Cola-Cao.
Sé que la mantequilla engorda. Sé que más tarde me
arrepentiré. Pero también sé que si no me lo tomo, en un
par de horas estaré que me caigo por las esquinas y por mi
trabajo no me lo puedo per mitir.
Begoña, que es la loca de la tecnología y trabaja de
programadora en una empresa de infor mática, mirando su
Ipad dice:
—Abrigaos. Entre hoy y mañana llega una ola de frío
polar.
Tina que trabaja en un súper de cajera, sonríe y mirán-
dome dice.
—Por suerte tenemos una enfer mera en casa para que
nos cuide.
Eso me hace gracia y ter minando mi tazón de leche, lo
meto en el fregaplatos y respondo.
—Abrígate y olvídate de mí. Ya bastantes pacientes cui-
do en el hospital.
Una vez salimos de casa, Tina se va para el autobús y
Bego y yo para el metro.
Como cada mañana nos dejamos espachurrar por la
gente hasta que llego a mi parada, le guiño el ojo y me
voy.
Con paso seguro camino hacia el hospital, cuando oigo
a mi lado.
—¡Buenos días Duendecilla!
Sin mirar, sé que es mi compañera Marieta. Solo ella me
llama así.
A Marieta en el hospital se la conoce como Radio Macu-
to. No hay dato, cotilleo o problema que a ella se le escape
y mirándome dice.
3
Alegrame la vista Megan Maxwell
—He recibido un whatsapp de Car mela la de Rayos.
—¿Y?
Marieta se acerca a mí, me coge por el brazo y cuchi-
chea.
—Por lo visto, Amina, la de Urgencias ¿sabes quién es?
¿'La Extensiones'?
—¡Exacto! Pues al parecer anoche estuvo tirándole la
caña al doctor Villalón y han quedado para cenar esta no-
che y ya sabes lo que viene tras una cenita ¿qué te parece?
Escuchar aquello me hace reír. Si alguien disfruta de su
cuerpo y sexualidad en libertad, es 'La Extensiones' y enco-
giéndome de hombros respondo:
—Pues a mí me parece bien. ¡Viva el sexo!
Marieta me mira, resopla y mur mura. Es una mujer bas-
tante chapada a la antigua.
Una vez llegamos al hospital, esperamos el ascensor, y
cuando este se abre aparece nuestro jefe rodeado por va-
rios hombres. Marieta y yo nos miramos. Sobran las pala-
bras.
Una vez aquellos salen, nos metemos en el ascensor
abarrotado y esta cuchichea.
—¿Has visto lo que yo Duendecilla?
—Sí.
Doy a la planta tres y Marieta insiste.
—Esto cada día se parece más a un parque jurásico.
Asiento y sonriendo respondo.
—El tiranosaurio Rex cada día tiene peor gusto para
contratar. Vaya tela. Así no hay quien se alegre la vista.
Reímos por aquello y cuando llegamos a nuestra planta
nos bajamos.
Diez minutos después, ya con nuestros unifor mes co-
rrectamente puestos, Marieta se marcha a su planta y yo
me dirijo a Mater nidad.
Al llegar, mis compañeras me saludan y Luisa, con cara
de sueño, me entrega la hoja donde apuntamos las inci-
dencias de la noche y dice.
4
Alegrame la vista Megan Maxwell
—Vaya nochecita toledana la de hoy.
—¿Mucho jaleo? —pregunto yo.
Luisa asiente.
—Tres partos y una cesárea.
Observándola estoy cuando suena el teléfono. Rápida-
mente lo cojo. Es de recepción para indicar me que suben a
una parturienta.
Dos minutos después aparece, Fer nando el celador, con
la parturienta sentada en una silla y mirándome pregunta.
—¿Te han avisado verdad?
Asiento, sonrío a la chica que me mira con cara de susto
y digo.
—Llevémosla a la habitación 323.
Una vez Fer nando la deja allí y se va, miro a la joven y
esta tremendamente nerviosa susurra.
—Mi… mi marido y su her mano estarán subiendo.
Su gesto de pronto se contrae. Pobre, tiene una con-
tracción e intentando tranquilizarla mur muro con cariño.
—Tranquila… tranquila. Y respira. No olvides respirar.
La joven lo hace. Veo que ha ido a las clases de prepa-
ración al parto y cuando el dolor pasa, intentando que se
olvide del tema pregunto.
—¿Cómo te llamas?
—Patricia.
Con una candorosa sonrisa le hago saber que sé lo que
hago, que ha de estar tranquila e indico.
—Yo soy Alicia. Y voy a estar a tu lado para todo lo que
tú y tu bebé necesitéis.
La muchacha sonríe, pero la sonrisa se le corta cuando
entra Rosa, la matrona, y mirándonos dice en tono seco.
—Que se cambie de ropa y se tumbe para examinarla.
Con mimo y dedicación ayudo a Patricia sorprendida
por el tono seco de Rosa y una vez ter minamos, Rosa se
5
Alegrame la vista Megan Maxwell
acerca a la cama y tras examinarla en silencio dice antes de
marcharse.
—Tienes ocho centímetros de dilatación. Vas rápida pa-
ra ser primeriza. En breve te subiremos al paritorio.
Instantes después la puerta se abre y aparecen dos
hombres que no pueden negar ser gemelos. Por Dios son
iguales, a excepción del peinado y la ropa. Boquiabierta
me quedo mirándolos y entonces veo que uno tiene los
ojos azules y el otro verdes ¡Vaya pivonazos!
Ambos se acercan a la cama y Patricia soltando mi mano
se la da a ellos y vuelve a tener otra contracción. Sin dejar
de mirarla aquellos dos respiran con ella, la animan, la rela-
jan y cuando todo acaba, el que debe ser el marido, la be-
sa en los labios y dice.
—Cariño, lo estás haciendo fenomenal.
Sus palabras me hacen gracia ¡Qué mono! Y tras mirar al
otro que tiene unos ojazos verdes increíbles, sonrío y salgo
de la habitación.
Veinte minutos después, Rosa vuelve a examinar a Patri-
cia y cuando sale de la habitación, se acerca al control de
enfer meras y dice:
—Hay que subir a la paciente de la 323 al quirófano
seis.
Con diligencia hago las gestiones y cuando llego con la
paciente y el celador al pasillo de los quirófanos, de pronto
me fijo en que el marido y el cuñado de aquella están allí
vestidos con pijamitas verdes y mirándolos digo con serie-
dad.
—Lo siento, pero solo puede entrar el marido.
Los dos se miran, sonríen y el de los ojazos verdes suel-
ta.
—Sigue tu camino y llévala a quirófano y…
—Por favor —lo corto molesta por sus palabras—. ¿Se-
ría tan amable de salir de aquí?
Aquellos vuelven a sonreír. Eso me lleva los demonios y
conteniendo mi lengua viperina, llevo a la paciente al qui-
6
Alegrame la vista Megan Maxwell
rófano, pero una vez la tengo preparada, salgo al pasillo
dispuesta a decirles cuatro cositas a aquellos listillos, cuan-
do se abre una puerta, entra el jurásico de mi jefe y acer-
cándose a nosotros pregunta.
—¿Ya está preparada Patricia?
—Sí papá —suelta el marido.
¿Papá? Ay Dios. ¿Es su padre?
—Bueno hijo tranquilo —prosigue aquel—. Tengo una
reunión pero mantenedme infor mado de todo lo que ocu-
rra. Anda, ve con Patricia, seguro que se alegra a verte.
El joven se metió en el quirófano cuando mi jefe me mi-
ra y sin anestesia me suelta.
—Alicia, son mis hijos Ar mando y Víctor. Ar mando es el
marido de Patricia, la mujer que esta a punto de dar me mi
primer nieto —incrédula asiento como si fuera tonta—.
Aprovecho para decirte que Víctor se incorporará en unos
días como obstetra en el hospital, y como ha sido él quien
ha llevado el embarazo de Patricia, va a llevar el parto. Tú
lo ayudarás.
Asiento, mi jefe se marcha ante mi cara de asombro
cuando escucho.
—¿En serio a mi padre lo llamas Tiranosaurio Rex? —in-
crédula lo miro y este sonriendo se agacha y cuchichea ba-
jando la voz—. Has de tener cuidado con lo que hablas en
público. Nunca se sabe quién te puede escuchar en un as-
censor.
Madre… madre… ¡qué bocazas soy y lo que me entra
por el cuerpo!
Y cuando voy a disculpar me, comienza a caminar y dice
con seguridad.
—Vamos Duendecilla —y mirando hacia atrás el listillo
me suelta—. Espero que mi trasero mejore tus vistas.
Avergonzada, horrorizada y abochor nada lo sigo sin sa-
ber qué decir, mientras me pregunto ¿por qué siempre me
meto en berenjenales?
7
Alegrame la vista Megan Maxwell
Capítulo 2
Por suerte para todos el parto de Patricia es estupendo.
Para ser primeriza, ha ido todo genial y verla con su be-
bé sobre ella y su marido con cara de tonto mirándola, me
emociona.
Cada vez que nace un bebé y veo la emoción en esos
padres, me pongo tontorrona e imagino el día que yo ten-
ga a mi bebé. Porque sí, algún día quiero ser madre y ten-
go muy claro que para ello no necesito tener una pareja.
Ese tema, mi sufrida madre lo lleva fatal. Alguna vez que
lo he comentado, se santigua horrorizada y sé que reza un
rosario por mí pidiendo que me salga novio.
Ay pobre ¿cuándo se dará cuenta que yo no soy mi her-
mana?
Mi her mana Sagrario es todo lo opuesto a mí.
Para empezar, se quedó viviendo en el pueblo y yo me
vine a vivir a Madrid. Ella se echó novio con dieciocho
años. Yo he tenido varios amigos especiales a lo largo de
los años. Su noviazgo duró cuatro años. Los míos apenas
superan el mes. Se casó por todo lo alto. Yo en lo último
que pienso es en una boda y después tuvo a mi preciosa
sobrina Genoveva. El juguetito de la familia.
Según mi madre, Sagrario hace las cosas como se han
de hacer, mientras yo con eso de la mater nidad, quiero co-
menzar la casa por el tejado.
Pero soy así y le guste a mi madre o no, la que dirige mi
vida soy yo.
8
Alegrame la vista Megan Maxwell
Mirando estoy a los recién estrenados padres cuando
Víctor, ahora doctor Molina, se levanta de la butaca donde
se había sentado para ter minar su trabajo y mirando a su
her mano y su cuñada dice.
—Todo está perfecto —y acercándose a su sobrino mur-
mura tocándole la manita—. Hola amigo, qué ganas tenía
de conocerte.
Sin saber por qué sonrío, cuando aquel coge al bebé en
sus brazos e indica mirándome.
—Que el celador baje a mi cuñada a planta. Tú y yo
ahora bajaremos al bebé.
—¿Pasa algo? —pregunta el her mano de aquel alerta-
do.
Víctor sonríe y mirándolo dice.
—No. Tranquilo. Quiero que lo vea la pediatra. Son
unas pruebas de rutina. No te preocupes ¡papito!
Ambos her manos sonríen. Veo el buen rollo que hay en-
tre ellos y cuando llega el celador se los lleva a la habita-
ción.
Una vez solos, con el bebé en brazos Víctor me mira y
susurra cogiéndole una manita al pequeño.
—Hola pequeño Tiranosaurio Rex.
Al escuchar aquello maldigo. Aquel listillo piensa vaci-
lar me y dispuesta a ser yo quien lo vacile a él suelto jugán-
dome el tipo.
—¡Oh Dios! Sus manos ¿las has visto?
Rápidamente siento como su mirada se alerta. Mira
aquellas perfectas manitas en busca de algo raro cuando
mur muro.
—Tiene cinco dedos, cuando en la familia de los Tirano-
saurios Rex soléis tener dos.
Víctor me mira.
Lo acabo de vacilar y no sabe si mandar me a freír espá-
rragos por el susto que le he dado o reírse. Al final opta por
reírse. ¡Menos mal! Eso me tranquiliza porque siempre me
he dejado llevar por mi impetuosidad.
9
Alegrame la vista Megan Maxwell
En ese instante entra Eloisa, la pediatra, que mirando a
Víctor dice.
—Perdona por hacerte esperar pero estaba atendiendo
a unos gemelos.
—Tranquila mujer, solo quería que le echaras un ojo a
mi sobrino —indicó aquel.
Con mimo, veo como la pediatra coge al bebé, lo tum-
ba sobre una mesita, lo destapa y tras hacerle un examen
rutinario mur mura con cariño.
—Vaya chicarrón fuerte, sanote y guapo.
Víctor asiente y mirándome se mofa.
—Eso es de familia.
Al escucharlo sonrío y dándome la vuelta me voy. Que
baje él al bebé hasta sus padres.
Diez minutos después, veo entrar en la habitación 323 a
mi jefe con varios hombres y mujeres de su edad. Imagino
que es la familia por lo felices que están.
En el control de enfer meras estoy mirando unos papeles
cuando escucho.
—El pequeño Rex y yo ya estamos aquí.
Al ver a Víctor con el bebé en brazos sonrío, cuando
aquel pregunta.
—¿Crees que Rex es un buen nombre?
—Nooooooooo —mur muro divertida y al ver que nadie
me puede escuchar mur muro—. Oye, ahora en serio, dis-
cúlpame por lo que dije sobre tu padre.
—Disculpada.
—Se me fue la lengua y…
—Yo lo he llamado cosas peores —me corta.
Parpadeo ¿ha dicho lo que ha dicho? Cuando de pronto
aquel pregunta.
—¿Cenas conmigo?
Boquiabierta lo miro. Este es directo… directo… y dis-
puesta a ser tan directa como él respondo.
—No.
Nos miramos, sonreímos e insiste.
10
Alegrame la vista Megan Maxwell
—Conozco un sitio precioso para llevarte y…
—No —lo corto y antes de que diga nada más indicó
marcando las distancias—. Doctor Molina, no salgo con
compañeros del trabajo.
—¿Por qué?
Incrédula porque me pregunte eso respondo.
—Primero porque no quiero y segundo porque en el
hospital, las relaciones entre el personal no están bien vis-
tas —aquel asiente cuando suelto—. Debería usted cono-
cer ciertas nor mas del centro si va a trabajar aquí, o pre-
siento que se va a meter en líos.
Según digo eso ya me estoy arrepintiendo cuando
aquel insiste.
—Duendecilla ¿y si quedamos y me enseñas esas nor-
mas?
Bueno… Bueno… Bueno… aquí el guaperas de los ojos
verdes va de chulito y espabilado.
Y no dispuesta a dejar me caer en las redes de un depre-
dador como aquel, voy a responder cuando de pronto se
escucha a mi jefe decir.
—Hijo… vamos, queremos conocer al nuevo integrante
de la familia.
Víctor asiente, sonríe y dándole al bebé un besito en la
cabecita oigo que cuchichea.
—Rex, despídete de la Duendecilla.
Y sin más, se aleja de mí con una sonrisa que me pone
nerviosa, mientras siento que el nuevo doctorcito, tiene
más peligro que un cirujano con hipo.
11
Alegrame la vista Megan Maxwell
Capítulo 3
Cuando salgo el jueves de trabajar tras haber doblado
turno para devolver a Lluisa la tarde que le debía, en la
puerta me encuentro a Paco y sonrío.
Paco es un amor.
Es un tipo con el que se puede hablar, se puede viajar y
se puede pasar un agradable fin de semana sin complica-
ciones posteriores y lo digo por propia experiencia.
Paco es como yo pero en hombre. A los dos nos gusta
divertir nos, leer, viajar y tener nuestra propia libertad, y
cuando me acercó a él pregunta.
—¿Tienes planes esta noche?
Lo pienso. Mañana no entro a trabajar hasta las tres de
la tarde y sonrío.
De entrada pensaba ir me a casa a tirar me en el sofá a
ver Gran Her mano, pero necesitada de un poco de movi-
miento divertido en mi vida, respondo.
—Mi plan es cenar contigo y luego tomar nos algo ¿qué
te parece?
Paco asiente, le gusta lo que escucha y mofándose cu-
chichea.
—Justo… justo… lo que yo pensaba.
Felices y encantados nos dirigimos a un restaurante
chino que nos gusta. Allí al ver nos entrar la china llamada
"Xuxu" nos saluda con afecto y tras indicar lo que quere-
mos cenar, la mujer se marcha y nosotros no paramos de
hablar.
12
Alegrame la vista Megan Maxwell
Paco es arquitecto, me cuenta los sinsabores de su tra-
bajo y yo le cuento los míos y ambos nos escuchamos con
atención.
Quien nos observe desde fuera estoy segura que piensa
que somos una pareja en sus primeros meses, pues no pa-
ramos de reír y de hacer nos bromas. Pero la realidad es
muy diferente.
Paco y yo nos conocemos desde hace al menos ocho
años y tenemos muy claro que somos amigos con derecho
a roce y nada más. Él no busca nada más de mí ni yo de él.
El día que cuadra y a ambos nos apetece un ratito de sexo
divertido, lo disfrutamos y después, cada uno a lo suyo ¡y a
otra cosa mariposa!
Si mi madre se entera de eso ¡me excomulga! Pensaría
que soy un pendón desorejado, pero oye… ¡es mi vida y la
disfruto a mi manera! Como mi her mana Sagrarito la disfru-
ta haciendo magdalenas con sus vecinas los vier nes por la
tarde.
Cuando ter minamos de cenar y salimos al exterior, al ir-
nos a montar en la moto, a Paco le suena el móvil. Habla
con alguien y cuando cuelga mirándome dice.
—El Cuqui, Dolores, Fonsi y Nieves están tomándose al-
go en "Nacha´s" ¿te apetece que vayamos?
Sin dudarlo asiento.
Nacha’s es el local de moda y las veces que hemos ido
lo hemos pasado muy bien y tras poner nos los cascos nos
dirigimos hacia allí.
Tras aparcar la moto en la acera, al entrar, rápidamente
vemos a nuestros amigos. Nos besuqueamos con ellos y
sedienta me dirijo a la barra. Allí le pido al camarero un cu-
batita de ron con Coca-cola y canturreando estoy Born This
Way de Lady Gaga, cuando escucho a mi lado.
—¿Pero Duendecilla qué haces aquí?
Al mirar a la derecha, me encuentro con el Doctor Moli-
na. Él guaperas de ojos verdes, que me ha estado guiñan-
do el ojo todo el día en el hospital cada vez que se cruzaba
13
Alegrame la vista Megan Maxwell
conmigo. Mi cara de sorpresa debe de ser un poema por-
que cuchichea divertido.
—Sí. Es cierto. Los doctores también nos divertimos.
Al escuchar la guasa en su voz, asiento, sonrío y respon-
do.
—Sin duda alguna las Duendecillas también, doctor Mo-
lina.
Su sonrisa se ensancha.
¡Madrecitalindayrelindacomoestaestehombredebueno!
Entonces acercándose a mí, baja el tono de voz y mur-
mura.
—Llámame Víctor. Lo de doctor Molina, lo podemos de-
jar para el hospital.
Asiento y sonrío.
Menudo peligro tiene el colega y dispuesta a dejar cris-
talino aquel encuentro respondo.
—Creo que no doctor. Es mejor tener las cositas claritas,
aún sin estar en el hospital.
—Mujer…
—No doctor… —le corto—. No se equivoque.
De nuevo sonríe. Por Dios ¡qué dentadura más perfecta
tiene!
Sin dejar de sonreír lo miro.
El doctorcito a mí no me amilana por muy cañón que
esté y cuando siento que va a decir algo, cojo el cubatita
que ha puesto ante mí el camarero y sacando esa parte
chula que tengo y que todas las mujeres tenemos cuando
nos lo proponemos, mur muro acercándome a él.
—Adiós doctor Molina. ¡Que lo pase bien!
Dicho esto y sintiéndome muy bien, me doy la vuelta y
camino hacia donde están mis amigos sin mirar atrás, aun-
que en ocasiones como esta, me encantaría tener ojos en
el trasero para ver si me mira o no.
Al llegar a mi destino Paco me agarra por la cintura y yo
con disimulo bebo de mi copa mientras por el rabillo del
ojo miro hacia la barra. El doctorcito ya no está allí y ha-
14
FIN DEL FRAGMENTO
Sigue leyendo, no te quedes con las ganas
Adquiere este eBook
Dando Click Aqui