Teodoro Parra despertó aquella madrugada con la sensación de haber sido
expulsado de un sueño que jamás comprendería. El aire de su habitación
estaba tan quieto que parecía que hasta las partículas de polvo lo
observaban, suspendidas en un tiempo que ya no le pertenecía. Se levantó,
deslizando los pies descalzos sobre el suelo frío, sintiendo cómo la realidad
se desplegaba ante él con la reticencia de un telón mal cosido. Lo que le
sorprendía no era la oscuridad persistente ni el silencio; era la certeza de
que algo en el mundo había cambiado, sin aviso, sin permiso.
Al llegar a la cocina, el sonido de la cafetera, que solía ser un compañero
leal en las mañanas solitarias, le pareció un murmullo lejano, una
conversación que no estaba destinado a escuchar. ¿Y si todo lo que veía, lo
que oía, lo que palpaba, no era más que una interpretación mal hecha?,
pensó, mientras el aroma del café comenzaba a inundar el aire con su
calidez amarga. Sentía que la materia que lo rodeaba, incluso la que lo
constituía, estaba hecha de algo más, algo infinitamente ligero, algo que se
escapaba entre sus dedos como un susurro al viento.
Cuando salió a la calle, un viento extraño —de esos que no levantan las
hojas, pero que revuelven las ideas— le hizo fruncir el ceño. El vecindario,
antes inmutable en su tediosa uniformidad, parecía haber desarrollado un
humor propio. Las fachadas de las casas, ligeramente torcidas, adoptaban
expresiones irónicas, como si de repente las ventanas y puertas hubieran
cobrado vida solo para burlarse de su paso torpe. Todo en el mundo
parecía haber adquirido una nueva gramática, pensó. Las cosas ya no
estaban simplemente ahí; ahora participaban de un diálogo que Teodoro
no lograba entender del todo, pero cuyas palabras le acariciaban los
sentidos con insistencia.
Se detuvo frente a una farola, que se inclinaba de manera teatral, como si
se preparara para contarle un secreto. A su lado, el gato del carnicero lo
observaba con ojos dorados, inmóviles, pero cargados de una sabiduría
arcana, esa que solo los gatos que han vivido demasiadas vidas conocen.
Teodoro, el mundo se ha desordenado, pensó, pero su propia mente se
negó a ahondar en la idea, temerosa de lo que podría encontrar.
De alguna manera, su deambular errante lo llevó al parque, aunque ahora
parecía más un bosque encantado que el lugar familiar donde los niños
solían jugar. Los árboles se alzaban como gigantes centinelas, sus ramas
enmarañadas proyectando sombras que se entrelazaban en el suelo,
dibujando patrones imposibles. Sentía que caminaba por un terreno que
estaba, simultáneamente, dentro y fuera del tiempo.
Al llegar al banco de madera —uno de esos que cruje como si el peso de
los años le hubiera otorgado el derecho de quejarse—, se dejó caer,
exhalando un suspiro que le pareció no solo propio, sino también de las
piedras, de las nubes, del cielo mismo. El aire estaba cargado de una
energía densa, palpable, y el mundo parecía respirar al unísono con él.
Todo lo que lo rodeaba estaba expectante, como si hubiera una revelación
inminente.
Fue entonces cuando lo vio: un hombre alto y delgado, vestido con un traje
que parecía haber sido confeccionado por las manos del viento y la luz. No
caminaba, más bien flotaba a un ritmo pausado, ajeno a las leyes que
regían el suelo. Cuando llegó frente a Teodoro, lo miró con la misma
intensidad con la que se observan los enigmas irresueltos.
—¿Te has dado cuenta? —preguntó, con una voz que no parecía originarse
en sus labios, sino en el eco mismo del entorno.
Teodoro, que hasta entonces había creído que su entendimiento del
mundo, aunque limitado, era sólido, sintió cómo esa estructura se
desmoronaba con la delicadeza de un castillo de arena ante la marea.
—De qué —susurró, aunque sabía, en lo más profundo de su ser, que ya
conocía la respuesta.
El hombre esbozó una sonrisa leve, casi compasiva, como quien observa a
un niño tratando de comprender la inmensidad del océano.
—De lo inevitable —respondió—. De que la realidad no es más que una
trama mal tejida. Una invención que, cuando se mira de cerca, revela los
hilos sueltos, las costuras mal hechas. Teodoro, lo que ves no es lo que es.
Lo que crees que comprendes es solo una ilusión amable.
El viento sopló de nuevo, esta vez cargado de un murmullo sibilante que
parecía provenir de todos los rincones del cosmos. Teodoro cerró los ojos, y
al hacerlo, sintió que el suelo bajo sus pies se desvanecía, que su cuerpo ya
no era más que una amalgama de pensamientos y recuerdos, una
composición temporal que flotaba en el vasto mar de lo que no puede ser
dicho.
Y entonces, lo supo. El universo, en su vastedad, en su insondable juego de
luces y sombras, no le debía explicaciones. No era su tarea entender, sino
aceptar. Lo obvio no existía, porque en un cosmos donde todo está en
perpetua transformación, nada puede ser considerado definitivo. Era solo
parte de la broma cósmica, una pequeña chispa en la danza eterna de lo
incomprensible.
Cuando abrió los ojos, el hombre había desaparecido. Pero en el aire, en el
crujir de las hojas, en el susurro de los árboles, Teodoro entendió: había
visto más allá del velo. Y no había vuelta atrás.
Con una calma recién nacida, se levantó del banco, dejando atrás el parque
y la ilusión de certezas que una vez había acariciado con tanto fervor.
Ahora, caminaba ligero, sabiendo que el mundo, con todo su caos y
misterio, lo llevaba suavemente en su corriente.
Y por primera vez en su vida, Teodoro Parra rió.