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El defensor

JEFFERSON MORENO NIEVES

El defensor

Título de la obra:
El defensor

© Jefferson Gerardo Moreno Nieves, 2022

Primera edición, abril 2022

Tiraje: 2000 ejemplares

Editado por:
© Clic Derecho SAC
para su sello editorial
LP Pasaje Puerto Rico,
131
Jesús María, Lima
Teléfono: 921 492 114
Correo electrónico: editorial@[Link]

© JMN ABOGADOS SAC


Para su sello editorial 9 MILÍMETROS
Av. Salaverry 575, departamento 901
Jesús María, Lima
Teléfono: 954 782 299
Correo electrónico: milimetrosnueve@[Link]

Diseño y diagramación:
Anyela Carla Aranda Rojas 7

ISBN: 978-612-48629-6-0

Registro del Proyecto Editorial: 31501132200218

Hecho el depósito legal en la


Biblioteca Nacional del Perú:
2022-03558

Impreso por:
Page & Design EIRL
Av. Ancón 1016, Puente Piedra,
Lima Abril, 2022

Queda prohibida la reproducción total o parcial


de esta obra sin el consentimiento expreso de
los titulares del copyright.

CONTENIDO
Sobre el
autor ..................................................... 11
La
emboscada ...................................................
13
La Sala Penal
Nacional ..................................... 23
El brillo de los
ternos ........................................ 29
La
revelación ....................................................
35
Prisión
preventiva ............................................. 47
La
apelación .....................................................
55
Los
consejos .....................................................
59
Nace una
estrella .............................................. 67
El primer
político ............................................ 75
La
cita ..............................................................
89
La estrategia de
defensa .................................... 97
La Corte
Suprema ............................................
105
Una «bolsita» para los
jueces ............................. 111
Desayuno en el
Sheraton .................................. 117
Malas
noticias ...................................................
125
La acusación
fiscal ............................................ 131
Los principios no se
negocian ........................... 135
El delito de
robo ............................................... 159
El delito de
daños ............................................. 165
A puño
limpio ..................................................
171
Derecho y
amor ................................................ 177
Contenido

Más
pruebas ...................................................
.. 183
El control de
acusación ..................................... 197
Los archivos también se
celebran ...................... 207
El derecho es de
buceo ..................................... 211
La
entrevista ................................................
..... 217

8
Les digo que no soy un
abogado al uso. No tengo
un bonito despacho con
muebles de caoba y
tapizados de cuero. No
pertenezco a un gran
bufete, ni prestigioso ni de
ningún otro tipo. No me
dedico a las obras de
caridad a través del
colegio de abogados. Soy
un pistolero solitario, un
granuja que lucha contra
el sistema y odia las
injusticias.
Un abogado
rebelde
John
Grisham
SOBRE EL AUTOR

Los hechos que se narran en esta


historia constituyen experiencias
reales por las que el autor ha pasado.
Mas no son una sindicación directa
contra alguna autoridad en especial.

Las instituciones mencionadas son


meramente referenciales, pues han
sido especificadas con fines
dramáticos.
11
La emboscada

—Prevenidos —dice el comandante


Burga después de colgar el teléfono
—: el objetivo está a menos de
ochocientos metros.

Dentro del patrullero, junto al


comandante, va el técnico Fernández,
quien descubrió que aquella posición era
la mejor para la captura: Las curvas del
tramo Churcampa-Huanta son las más
cerradas, mi comandante —dijo mientras
13
planeaban el operati- vo—. Tiene el río
Mantaro a un lado y el abismo al otro,
cuando nos vean será demasiado tarde
para que puedan escaparse de vuelta.

El comandante Burga evaluó la


propuesta de Fernández, vio el
despeñadero junto a la carretera y
supo que tenía razón: tendrían al
sujeto totalmente acorralado.

Pero las balas iban a correr a su antojo,


de eso también estaba seguro.

—¿Todo bien, doctor? —le pregunta


el comandante al hombre que va tras
El defensor

él, en la segunda fila de asientos. Se


trata del fiscal supraprovincial Fausto
Martínez, quien lleva orgulloso, por
ahora, una cinta blanca de la que va
colgando un emblema: un varayoc
que sostiene con ambas manos una
balanza, y de fondo, un sol tan
flameante como el que se siente en la
carretera de la zona del Vraem.

—Todo en orden —responde el


defensor de la legalidad, con la
esperanza de que el policía junto a
él, un suboficial de tercera al que
todos llaman Yarita, no note lo
mucho que está transpirando.

A Fausto no le gustan las


intervenciones: ni siquiera cuando se
trata de allanar en casas alrededor
de las cinco de la mañana, hora en la
que todo
14 mundo está durmiendo. Pero esta vez
el esfuerzo —y altísimo riesgo— vale
la pena: en los más de tres años que
está tras la pista de Marco Villanela
nunca ha tenido una oportunidad
como esta.

Y no cree que la vuelva a tener.


Jefferson Moreno Nieves

De modo que ha desoído a su


pertinaz instinto de supervivencia y
se ha anotado a presenciar en vivo y
en directo la captura del
narcotraficante que le ha quitado el
sueño durante tanto tiempo.

—Todo en orden —repite Fausto,


intentando convencerse de que es
así.

—Bien —responde el comandante y


saca el revólver de su funda.

Dos segundos después aparecen las


«liebres».

Van de dos en dos: un par delante


del convoy y el otro, ciento cincuenta
metros atrás. Las liebres son soldados
motorizados cuya función es alertar
sobre cualquier peligro que pueda
haber en la carretera; no siempre van
armados, lo que importa es que sean
rápidos.

Y que estén muy atentos.


El defensor

No como ahora.

Un segundo antes de tomar la curva,


15
ambos hombres ven el retén: conducen
directamente a los brazos de las
autoridades.

Como si lo tuvieran planeado de


antemano, vuelven a enderezar los
manillares de sus motocicletas para
enfilar hacia el despeñadero. El
riesgo de acabar muertos es
preferible al de terminar esposados y
tras las rejas.

La tumba también les suena mucho


mejor que tener que arreglar cuentas
con Marco Villanela, de modo que ni
siquiera desaceleran: se precipitan al
borde de la curva y dejan que la
gravedad haga lo suyo.

Cayito, el conductor de la
camioneta en la que va su padre, el
jefe de la organización, junto con su
preciado cargamento, ve a los
motorizados desaparecer a un lado
de la carretera, pero su mente no es
lo suficientemente aguda como para
Jefferson Moreno Nieves

detectar a tiempo que algo va mal.


Es justo la misma razón que ha
mantenido a Cayito tras un volante,
impidiéndole escalar a un puesto de
mayor responsabilidad o confianza.

Sin embargo, decide que se


detendrá en la curva para ver qué es
lo que ha ocurrido exactamente.

—Papá —le dice a Villanela, mirándolo


por el
16 espejo retrovisor, al tiempo que
empieza a frenar—, creo que algo
está pasando…

Pero no tiene tiempo de más.

La voz en el megáfono les


comunica que están todos
arrestados.

El primero en disparar es, por


supuesto, Villanela: sabe que vienen
por él y no está dispuesto a ofrecer
su captura tan barata.
El defensor

Lo que le sorprende es recibir


fuego de vuelta casi
inmediatamente.

El comandante Burga tampoco está


dispuesto a «regatear» demasiado:
tiene a sus hombres listos para
repeler el ataque.

Entonces las balas empiezan a


hacer su trabajo. Cayito y uno de los
guardaespaldas de Villanela que sacó
la cabeza de la camioneta para
apuntar mejor son alcanzados por
ellas.

A diferencia de las liebres que iban


delante del jefe, las de atrás sí van
armadas. Un par de fusiles se unen a
la fiesta e intentan nivelar el
marcador. El técnico Fernández
recibe un disparo en la pierna, y los
policiales ven aparecer una serie de
nuevos
agujeros en sus carrocerías. 17

Son los segundos más largos en la


vida del fiscal Fausto. Está echado
debajo del patrullero, cubriéndose la
cabeza con ambas manos, la cinta
Jefferson Moreno Nieves

blanca de fiscal ya ha desaparecido.


Mientras una lluvia de vidrios cae
sobre él, piensa en lo mucho que
quiere volver a ver a su familia.

Escucha al comandante Burga —


también a buen recaudo tras el
patrullero— gritar órdenes a sus
hombres.

Ahora también hay un par de fusiles


disparando del lado de los buenos.

Las otras dos liebres caen al suelo


y el fuego cesa de un segundo a otro.

Burga y su equipo no pierden


tiempo: piden ayuda médica para los
heridos y van con las esposas por
delante en busca de Villanela.

Pero no lo encuentran.

Las liebres no han matado a


ningún uniformado, pero le han dado
a su jefe los segundos necesarios
para huir del lugar.

El fiscal y el comandante acaban de


incautar los
El defensor

18 trescientos kilos de pasta básica de


cocaína proveniente del Vraem que
Villanela había decido transportar
por sí mismo. Un cargamento que, al
llegar al puerto, le reportaría una
ganancia de dos millones de dólares
al criminal.

Ni siquiera se habían molestado en


utilizar un vehículo con caleta: la
droga ocupaba toda la tolva de su
pick-up. Así de confiado se sentía
Villanela.

Pero ni el fiscal ni el comandante


están contentos. Ellos querían
llevarse el paquete completo:
droga más narco.

Y eso es justo lo que piensan llevarse


de regreso. —¡Búsquenlo por el
despeñadero! —ordena el comandante
Burga a sus hombres—. ¡Aún está
cerca!

La caída le deja a Marco Villanela el


pantalón destrozado y las rodillas
abiertas, pero no parece haber hecho
Jefferson Moreno Nieves

mella en su objetivo: al llegar a una


planicie, corre con la energía de un
joven velocista.

La furia que lo embarga es el


combustible que necesita precisamente
ahora.

Corre a través de los matorrales, pero


pronto tropieza. Observa que el daño en
sus piernas es más 19 grave de lo que
suponía.

—Mierda…— murmura apretando las


mandíbulas.

Se pone de pie y sigue andando.

No tiene por qué engañarse: sabe que


lo van a capturar.

Casi puede oír las voces de los policías


a su espalda.

Aquel iba a ser un fin de año muy


diferente al que había pensado: la
fiscalía tiene una oportunidad de oro
para meterlo en prisión por una
buena cantidad de años.
El defensor

Un pase gol, como solía decir su


hijo cuando era menor.

Pensar en él le quita el aliento y


Marco Villanela vuelve a caer.

Con dificultad logra escapar,


aunque es capturado una semana
después.

Marco Villanela es el narco más


poderoso del sur del país. Controla
toda la droga que sale del Vraem,
también a las autoridades.
20
O eso solía creer.

Ahora sabe que su única


oportunidad es contratar una buena
defensa.

La mejor.

Por la cantidad de droga, la


imputación por crimen organizado
que prepara el fiscal y por la
característica de traspasar regiones,
su caso no terminará en Huamanga,
Jefferson Moreno Nieves

sino en la Corte Superior Nacional


de Justicia Especializada, también
conocida como la Sala Penal
Nacional.

A estas alturas no se necesita de


un clásico abogado arreglador, sino
de alguien que conozca el derecho,
que —por irónico que suene— es lo
más difícil de encontrar.

Necesita un abogado tenaz, con


experiencia, al que no le tiemble la
voz al momento de hablar a su favor:
un verdadero tiburón en la sala de
audiencias, alguien cuya sola
presencia incline la balanza a su
favor.

En definitiva, un defensor muy distinto


a Joaquín Montero.

21
La Sala Penal Nacional

Joaquín Montero nunca antes ha estado


en la Sala Penal Nacional. De hecho,
nunca ha estado más de dos veces en
cualquier otra sala mucho menos
importante que esa.

En ambas ocasiones, ni siquiera ha ido en


calidad de abogado defensor, sino asistiendo
a uno.

—¡Te vas a jugar la Champions, flaco! —le


dijo 23 Emerson cuando se juntaron en el bar
de siempre a celebrar la noticia.

La comparación con la Liga Europea, la


más prestigiosa a nivel de clubes de todo
el mundo, estaba más que justificada: a la
Sala Penal Nacional llegaban solo los
casos más complejos y relevantes de todo
el país. Los imputados llegaban a
comparecer en grupos hasta de veinte,
cuando se trataba de casos de
narcotráfico o terrorismo. O en menor
cantidad, pero con un mayor grado de
importancia cuando el acusado era, por
ejemplo, un expresidente.

Un reto con el cual la mayoría de


abogados nunca llega a probar su suerte.
Jefferson Moreno Nieves

—Gracias, hermano —respondió


Joaquín, levantando su botella de cerveza
y haciéndola chocar con la de su amigo
—. Prometo no defraudar.

—Sin duda, hermano. Como dice el


dicho: «Sé malo en la cama, pero nunca
en la sala».

Ambos estallaron en carcajadas,


vaciaron sus botellas y pidieron un par
de rondas más para que la celebración
no perdiera kilometraje.

Aquello había sido dos semanas atrás,


horas antes de que Joaquín superara la
fuerte resaca, interiorizara la enorme
responsabilidad que entrañaba el
24 encargo que le había confiado el doctor
Zapata y empezara a temer perder el
caso.

O su pellejo.

El doctor Zapata le había dicho algo


similar a lo que luego le diría Emerson,
pero en términos mucho más graves:
—Joaquín, este es el tipo de
oportunidad que le cambia la vida a un
abogado joven como tú —había
sentenciado con los ojos clavados en los
de su practicante—. No olvides que un
defensor es tan bueno o tan malo como
en su última audiencia.

El defensor

—Lo sé, doctor, y créame que le agradezco


mucho la confianza.

—Olvídalo, no agradezcas todavía.


Mejor espera a que sea yo quien lo haga
cuando me traigas un buen resultado.

Después le había extendido su huesuda


y cada vez más temblorosa mano por
sobre su escritorio, ubicado al centro de
su despacho.

Con ello, Joaquín Montero había sellado el


trato. Sin saberlo, estaba oficializando la
despedida de Vladimir Zapata del ejercicio de
la profesión que había esgrimido por más de
cincuenta años. 25 Pero no había opción.

—Esta vez no puedo defender a


Villanela —había empezado diciéndole a
Joaquín cuando lo llamó a su despacho—.
Hay cosas que… ya escapan de mi
conocimiento.

Resultaba algo doloroso escucharlo,


pero para Joaquín aquello no era una
novedad: desde que empezó a asistirlo
como su nuevo practicante, varios meses
antes, la memoria del doctor Zapata era
cada vez menos confiable.

Por otro lado, había un efecto colateral en


el desmedro de las capacidades del que en su
momenJefferson Moreno Nieves

to fuera el abogado más solicitado de la


ciudad de Huaraz y todo Áncash: Joaquín
Montero se había visto obligado a estar
el doble de atento en las audiencias y a
revisar aún con mayor detenimiento los
escritos de su jefe antes de presentarlos.

Y aun así, no habría esperado tanta


franqueza por parte del doctor.

Zapata había intentado calmarlo:

—No pongas esa cara, no es que me


vaya a morir mañana. Tranquilo. Pero
entiendo que ya estoy demasiado viejo para
aprender trucos nuevos. ¿Sabes 26 a lo que
me refiero?
Al Nuevo Código Procesal Penal, pensó
Joaquín, al tiempo que asentía
lentamente.

Vladimir Zapata no era el primer


penalista en renegar del nuevo sistema.

Ni tampoco sería el último.

A partir de 2006 se había


implementado el tan ansiado Nuevo
Código Procesal Penal en Huaura, y
venía siendo aplicado progresivamente
en todo el Perú. No se trataba solo de
una nueva legislación, sino también de
un nuevo sistema. Lo nuevo poco a poco
iba expectorando a lo viejo, incluidas las
personas.

El defensor

—Tú tienes todos esos trucos muy


frescos ahí adentro —continuó diciéndole,
mientras se llevaba un dedo a la cabeza—.
Tú has estudiado con ese bendito Nuevo
Código, yo soy más del Código de
Procedimientos Penales de 1940. Así que
necesito que pongas en práctica lo
aprendido, porque hay un caso muy
importante del que necesito que te
encargues.
Entonces le contó lo ocurrido con Marco
Villanela, su cliente estrella por más de dos
décadas.

27
El brillo de los ternos

Joaquín Montero camina por los pasillos


de la Sala Penal Nacional, ubicada en la
prolongación de la avenida Tacna, sede de
los juzgados penales más importantes del
país: el lugar al que van a parar los
verdaderos peces gordos y al que sus
abogados llegan a lucir sus trajes de
diseñador y la sagacidad propia de un
depredador. Esta no es cualquier

Corte: fue creada para que conozca a

exclusividad casos de transcendencia

nacional, tanto de crimen 29 organizado como

de corrupción de funcionarios.

Por seguridad, solo se puede acceder a


las salas de audiencias de esta Corte por
dos ascensores controlados por miembros
de seguridad del Poder Judicial. Previo
registro, claro está.

A Joaquín le toca compartir el ascensor


con algunos de esos abogados de camino
a la sala de audiencias asignada: el traje
que ha alquilado en el mercado central de
Huaraz lo hace sentir como el primo al
que obligan a hacer de chambelán de la
quinceañera.

Jefferson Moreno Nieves

—¿Pero qué tiene de malo el que


tienes? —le preguntó su madre cuando
llegó a su casa con el traje alquilado
envuelto en celofán.

—Nada, mamá. Es solo que la ocasión


amerita algo mejor —le respondió
Joaquín en ese momento.

Ahora se da cuenta de que ese «algo


mejor» está años luz de lo que realmente
amerita la ocasión.

Recibe miradas por sobre el hombro


que lo hacen sentir aún más incómodo.

30 Si bien es cierto que el traje no pasa


desapercibido, lo que es
escandalosamente evidente es su
juventud: acaba de cumplir veintisiete
años, pero su rostro delgado y su
expresión tímida gritan diecinueve.
Cuando siente las primeras gotas de
sudor asomar por su frente, se obliga a
concentrarse. Lo que piensen de él no
importa. Tampoco lo fuera de lugar que
parezca. Su misión debe prevalecer por
encima de sus temores: ha sido enviado a
la capital a lograr la liberación de su
cliente y eso es justo lo que va a hacer.

Y, de paso, conocer por primera vez la


Sala Penal Nacional y a dicho cliente.

El defensor

La sala en la que habrá de litigar es


inmensa. A Joaquín le recuerda un poco a
la catedral de Huaraz. También esto se lo
advirtió el doctor Zapata:

—No te dejes intimidar, tú ve seguro de lo


que tienes en la cabeza.

Mientras va de camino a su asiento,


observa a un puñado de asistentes
sentados en la última fila. A las niñas no
las reconoce, pero sí a la mujer que va
con ellas.

Es Olga Merino, esposa de Marco


Villanela. Por lo tanto, las niñas deben ser
hijas del acusado, pien-
sa Joaquín. 31

La señora Merino también lo ve pasar y


le dedica un breve movimiento de cabeza.
Los ojos de la mujer parecen haber estado
llorando hasta hace muy poco. Joaquín le
devuelve el saludo y sigue adelante.

Ocupa su lugar y empieza a sacar los


documentos que ha llevado en el maletín,
el cual tampoco es suyo: se lo ha prestado
el doctor Zapata, con la promesa de
obsequiárselo para cuando termine la
audiencia.

Mientras va acomodando papeles sobre la


mesa, poco a poco se va sintiendo más
relajado.

Jefferson Moreno Nieves

Pero el oasis de calma no dura


demasiado.

Sus inseguridades vuelven a la carga


cuando ve aparecer a Marco Villanela. El
acusado llega escoltado por dos
miembros de la Subunidad de Acciones
Tácticas (SUAT), con el aspecto de
alguien que espera que le quiten las
esposas para estrangular a quien tenga
más a la mano. Definitivamente, las
fotografías que ha visto de él fueron
tomadas en momentos más agradables:
Villanela tiene los ojos inyectados y las
bolsas de alguien que lleva varias noches
sin descanso.

Se sienta junto a Joaquín y lo queda


mirando. 32
Joaquín no puede evitar recordar todo
lo que sabe —o cree saber— de Marco
Villanela: la fortuna que tiene, el poder
que ostenta en todo el Vraem y las
personas que dicen ha mandado a
desaparecer.

—He oído que mandó a ejecutar a toda


una firma de droga solo por no estar
dándole el peso real en su cargamento —
recuerda que comentó Emerson bien
avanzadas las cervezas—. Al final resultó
que la que estaba mal era la balanza y no
que quisieran robarle. Claro que cuando
se dieron cuenta ya era muy tarde.

Joaquín maldice mentalmente a su


amigo e intenta recordar más bien los
alegatos que lleva consigo.

El defensor
También maldice que las sillas estén tan
juntas. Tener a Marco Villanela a menos
de cinco centímetros de distancia y
percibir el olor inconfundible que genera
el dormir en la cárcel le revuelve el
estómago: su defendido transforma el
lugar, haciendo sentir que una de las salas
más grandes del país no es más amplia
que un baño de autobús.

—Buenas noches, señor… —dice el


abogado, procurando que los nervios no se
filtren en su voz.

Villanela frunce el ceño:

—Son las nueve de la mañana —responde.


33
—Sí, eso, perdón, digo, buenos días —se
apresura a corregir Joaquín y le ofrece la
mano.

Por supuesto, Villanela no la toma.

—Carajo —se limita a murmurar.

Entonces da inicio a la audiencia.


La revelación

Suena la campana del juez de


investigación Richard Contreras, un
hombre en la plenitud de sus
sesentas, y el primero en hablar es,
por supuesto, el fiscal supraprovincial
Fausto Martínez: se levanta de su
asiento, se acomoda la medalla sobre
su pecho y empieza a hablar tan
seguro de sí como si su nombre
estuviera impreso en la pared
exterior del juzgado.
35

—Señor juez —dice Martínez


dirigiéndose a la mesa donde se
encuentra el juez de investigación
preparatoria—, en los próximos
minutos, expondré los graves y
fundados elementos de convicción
recabados en contra del señor Marco
Villanela en el lapso de los últimos
tres años. Para ello, realizamos unas
diligencias preliminares sumamente
exhaustivas, y, ahora, cumplimos con
traer ante usted un caso grave que
supera ampliamente la pena de
cuatro años. Sin duda, señor juez,
El defensor

encontrará el máximo peligro


procesal…

El discurso de Martínez se extiende


algo más de la cuenta. Está
disfrutando su momento, piensa
Joaquín, quien, a pesar de lo nervioso
que está, no ha pasado por alto las
miradas de extrañeza que Martínez le
dedicó desde que entró en la sala.

—Te van a querer meter miedo —le


había advertido el doctor Zapata—,
pero tú no debes caer en el juego.
Que seas joven no implica que no
sepas lo que estás haciendo. Yo te
conozco y sé lo que puedes dar.

Lamentablemente, dentro de la
sala nadie parece pensar lo mismo
que el viejo abogado.

Quizá, ni siquiera el propio


Joaquín.

36 Villanela tiene los ojos clavados en un


lugar indeterminado del suelo,
mientras el fiscal sigue sacando
argumentos de debajo de la manga.
Jefferson Moreno Nieves

Joaquín tiene que aceptar que


Fausto Martínez es un gran orador:
su voz retumba firme en el lugar, con
la misma autoridad que la de un
predicador en su iglesia.

—Como puede ver, señor juez —


dice para finalizar al cabo de un
tiempo infinito—, no solo se trata de
las declaraciones de distintos
colaboradores eficaces. Contamos
con cientos de horas de escuchas
telefónicas donde es evidente quién
es el señor Villanela en el mercado
de tráfico de drogas en el país. Por si
fuera poco, también tenemos las
actas de la intervención en la que el
señor Villanela fue capturado, y,
aunque haya sido varios días
después, estamos convencidos de
que participó el día del
enfrentamiento con la Policía en la
carretera Vraem-Huamanga. Eso sin
contar los análisis químicos
practicados al enorme cargamento
incautado y que, como su despacho
ya habrá adivinado, dio positivo a
pasta básica de cocaína.
El defensor

Joaquín Montero es muy consciente


de que, desde el momento en que
recibió el encargo del doctor Zapata,
ya jugaba con desventaja: no había
contado con el tiempo de preparación
de la parte acusadora, ni la
oportunidad de entrevistarse
previamente con su cliente. Pero
había una cuestión que le extrañaba
aún más. 37

De hecho, fue lo primero que le


preguntó a su mentor cuando este vino
con la propuesta:

—Doctor, disculpe, pero ¿por qué


yo? Estoy seguro de que debe de
haber abogados que tengan el
conocimiento y la experiencia que yo
no tengo.

Zapata lo había mirado largamente


antes de responder:

—Por lo mismo que acabas de hacer


ahora, Joaquín, y lo que me llevó a
fijarme en tu desempeño durante tu
último año de carrera y abrirte las
puertas de este mi estudio para que
continuaras aprendiendo.
Jefferson Moreno Nieves

La interrogante en el rostro del


practicante dio pie a que Zapata se
explicara mejor:

—Tienes ambición, pero esta no te


ciega. Si le hubiera propuesto esto
mismo a cualquier otro abogado de
los que hablas, lo primero en lo que
hubieran pensado habría sido en
todo el dinero que podrían sacarle a
Villanela. Pero tú no has pensado en
eso: lo primero en lo que tú piensas
es en tus posibilidades de hacer una
buena defensa, Joaquín. Mantener
los pies en la tierra y los ojos en lo
que realmente importa es el reto
más grande de muchos de nuestros
colegas.

38 Es cierto, pero no es el único reto,


piensa Joaquín, mientras le toca a él
ponerse de pie frente al juez: es hora
de demostrar de lo que está hecho.
No puede evitar recordar aquel
refrán que solía decirle su padre
cuando lo llevaba a jugar fútbol con
los demás niños: «De nada vale estar
en la banca si, cuando te toca jugar,
no estás en forma».
El defensor

Su padre. El viejo. Joaquín ya no lo


ve tan seguido como quisiera desde
que él y su madre se separaron, pero
espera poder encontrárselo después
del juicio para contarle cómo le
están yendo las cosas ahora.

Joaquín ya casi se ha puesto de pie


para iniciar su alocución frente al
juez, cuando siente un tirón en el
brazo: Marco Villanela ha cerrado
una de sus manos en torno al puño
de su terno de segunda mano.

—¿Qué…?

Villanela tiene una expresión de furia


contenida capaz de helar la sangre.

—Más vale que hagas un buen papel —


le murmura el imputado antes de
soltarlo.

Las palabras que Joaquín venía


pensando y con las que pensaba iniciar
sus alegatos se le quedan atascadas en la
garganta. Se toma un tiempo consi- 39
derable antes de animarse por fin a pedir
la palabra.
Jefferson Moreno Nieves

El silencio es apabullante. Para el


joven abogado lo es aún más sabiendo
que son sus palabras las que habrán
de llenar un espacio como aquel: uno
por el que muchas de las mentes más
brillantes del ámbito penal pasan a
diario.

El peso de la responsabilidad no
deja de aumentar sobre los hombros
de Joaquín, quien solo quisiera
detener el mundo para repasar una
vez más lo que está a punto de decir.

Pero es inútil.

—Señor juez de garantías —dice,


utilizando el que cree es el tono más
alto que ha usado jamás en su vida
—, ¿qué es lo que discute aquí?

La mirada de todo el salón —con


una que otra expresión de burla—
hace mayor la presión.

«Sí, como escuchó, ¿qué se discute


en esta audiencia? —repite, de la
misma forma en la que solía oralizar
durante su época estudiantil—.
Usted, su señoría, tiene dos caminos:
El defensor

o autoriza la prisión preventiva de


Marco Villanela o garantiza la
vigencia del Nuevo Código Procesal
Penal. La decisión es suya.

40 »Si opta por la segunda opción, debe


cuestionarse sobre si la fiscalía le ha
presentado elementos que tengan
dos características: primero, que
sean graves y, segundo, que sean
fundados. Pero, además, que no solo
acrediten la existencia de un hecho,
sino que también vinculen a la
persona con ese hecho —dijo
Joaquín, intentando que su expresión
de desconcierto fuera lo más
verídica posible—. Ah, y no se olvide
de que, por sobre todas las cosas,
estos elementos también sean
legales.

»Para combatir una bestia, no hay


que convertirse en una, ¿cierto?».

Joaquín no está seguro de dónde


ha salido aquella última frase, pero
es el tipo de conclusión que siente
que puede hacer virar las cosas a su
favor: no necesita mirar hacia la
mesa donde se encuentra el fiscal
Jefferson Moreno Nieves

para comprobar la sonrisa de


condescendencia que ahora lleva en
su rostro.

Para Fausto Martínez, aquel muchacho


va más despistado de lo que cree: ni
siquiera sabe lo que
hace…

¿O sí?

«Juez de garantías, es así como


llaman los más estudiosos a su
persona, precisamente por su labor
de hacer valer los derechos de los que
pisan esta
sala. 41

»En primer lugar, vamos a


descartar los elementos que el fiscal
presentó pero que son improductivos.
Iniciemos con el acta de intervención
policial, un documento que no tiene
nada que ver con lo que discutimos:
en ella no hay ni una sola palabra de
Marco Villanela, lo único que
demuestra es que existió un operativo
en el que no se capturó a nadie. Nada
más.
El defensor

»Sigamos con el examen químico,


con el que se pretende demostrar que
la droga es droga. Eso también se lo
concedo al fiscal, no he venido a
discutir banalidades. Lo que sí quiero
discutir son dos cosas: las
declaraciones de tres colaboradores
eficaces y el registro de escuchas
telefónicas que, como ha dicho el
fiscal, son “centenas”».

Un rumor incómodo llegó hasta los


oídos de Joaquín: estaba
sorprendiendo a los concurrentes.

Y lo sabía.

Sin embargo, no permitió que


aquello lo distrajera y continuó con
sus alegatos:

—Según la fiscalía, las


declaraciones de los tres
colaboradores eficaces son
fundamentales, pero olvida que el
Nuevo Código Procesal Penal, en su
42 artículo 158, inciso 2, trata a estas
declaraciones como sospechosas,
justamente porque se trata de
delincuentes que declaran para
Jefferson Moreno Nieves

obtener beneficios, de ahí que sus


declaraciones deban ser
corroboradas con otros elementos, y
sucede que aquí los colaboradores se
corroboran entre colaboradores, y
perdóneme, pero «tres enfermos no
hacen un sano».

Otra de las frases del viejo se


colaba en la Sala Penal Nacional.
¿Quién lo hubiera dicho?

«Sobre las “centenas” de escuchas


telefónicas a las que alude el fiscal,
usted ni siquiera debe voltear a
mirarlas, la orden judicial de
escuchas telefónicas fue para otro
caso, y no para el celular del señor
Marco Villanela. El fiscal nunca
solicitó una ampliación de
autorización, ni siquiera tuvo el
gesto de informar al juzgado que
había escuchado la comisión de
delitos ajenos a los que le
autorizaron escuchar, y en eso el
Nuevo Código Procesal Penal, en su
artículo 231, inciso 2, es bastante
claro.
El defensor

»De hecho, si me permite, aquí tengo el


documento firmado por el juez Suárez, en
el que se lee perfectamente que a quien
la fiscalía tenía intención de escuchar no
era el señor Villanela, sino un tal señor
Vargas Astorga. —Joaquín avanza hasta la
mesa del juez, donde deposita una copia
del documento. Descubre con agrado que
sus pasos son más firmes de cuando entró
a la sala—. De modo, juez de garantías,
que todos aquellos audios presentados
por el señor fiscal son ilegales para sos-
43 tener las imputaciones que quiere
realizarle a mi defendido».

El juez Contreras se toma algunos


momentos para verificar el
documento. Corre traslado a la
fiscalía, que no tiene oposición.

Joaquín espera hasta que el magistrado


vuelva a dirigir su mirada hacia él.

—Finalmente, no existe ningún


elemento que vincule a mi defendido
con el lugar del tiroteo más que el
hecho de haberlo encontrado días
después muy cerca de una de sus
propiedades. Salvo que alguien me
diga en este momento lo contrario,
Jefferson Moreno Nieves

hasta donde yo sé, su señoría, vivir en


tu casa propia no constituye delito.

Su voz ha ganado aún más


autoridad y solo entonces se da
cuenta de lo mucho que le gusta la
acústica de la sala.

Joaquín ya no se siente tan


pequeño dentro de ella.

—En ese sentido, quisiera poner


ante usted, señor juez, la prueba de
absorción atómica realizada al señor
Villanela, la misma que le realizaron
después de ser capturado a más de
medio kilómetro
44 del lugar de la intervención. Aquí está
—dice Joaquín, al tiempo que camina
una vez más hacia el frente de la
sala. Regresa a su lugar y continúa
—. Como podrá observar, el
resultado es claro: negativo para
plomo, bario y antimonio.
¿Conclusión? Cero disparos. Esto,
sumado al hecho de que no fuera
encontrado en el lugar, ni que haya
sido herido de bala, demuestran que
nada tuvo que ver con la
El defensor

intervención a la cual el Ministerio


Público ha hecho referencia.

Ojalá Emerson pudiera


escucharme ahora, piensa Joaquín al
tiempo que se siente otra persona:
durante los últimos minutos de su
intervención ha obrado el milagro.

O la revelación.

Se siente capaz de seguir hablando por


horas, pero ya ha terminado.

Es momento de decir las palabras


mágicas:

«Por todo lo expuesto, señor juez,


debe usted escoger entre la ilegalidad
o el respeto de un nuevo sistema
procesal. La decisión es suya, señor
juez de las garantías. Muchas
gracias».

Y así, vuelve a tomar asiento.

Mira a Villanela y ya no parece tan fiero


como 45 antes de su intervención: el
imputado asiente con la cabeza en señal
de aprobación.
Jefferson Moreno Nieves

Ahora, Joaquín tiene que esforzarse


para que no se le note la satisfacción
en la cara: acaba de debutar nada
menos que en la Sala Penal Nacional.
Un salto cuántico para un joven cuyo
cartón de abogado aún tiene la tinta
fresca.

El doctor Zapata tenía razón, piensa.

Voltea a ver a la mesa del fiscal:


Fausto Martínez tiene una expresión
confundida, como si no recordara el
haber apagado la hornilla antes de
salir de su casa.

El juez Contreras da por


suspendida la sesión hasta después
de la hora de almuerzo:

—Volveremos para emitir la


resolución —dice Richard Contreras.
Suena la campana nuevamente y
todos se ponen de pie para despedir
al magistrado.

Joaquín Montero sería capaz de


abrazarlo.
El defensor

46
Prisión preventiva

El almuerzo se enfría en las narices


de Joaquín, cuyos pensamientos
vuelven una y otra vez sobre su
intervención en la sala de audiencias.
A tan solo una cuadra de distancia,
ocupando una de las mesas en aquel
menú de dos cobres (es todo lo que su
presupuesto puede aguantar), repite
algunas partes de lo que ha dicho con
la única intención de escucharse a sí
mis-
mo y sacar en claro cuál será la decisión.
47

Por cuarta vez desde que pusieron


aquel plato de lentejas y arroz frente
a él llega a la misma conclusión: lo
hizo mejor de lo que esperaba.

Entonces se permite dar las


primeras cucharadas a su almuerzo
de lentejas con arroz. El clima de la
capital se ha encargado de enfriar la
comida a una velocidad inclemente.
Pero a Joaquín no parece importarle:
se dedica a pensar en qué es lo que
El defensor

hará una vez le den la libertad a


Villanela.

¿Llamar primero a su madre o al


doctor Zapata?, se pregunta.

Mejor a Zapata, quien sin duda


estará a la espera del resultado, de
su apuesta por él como su
reemplazo.

O su sucesor.

Ese segundo término le gusta


mucho más: se imagina recibiendo
las felicitaciones de vuelta en
Huaraz y una propuesta para ser
abogado titular de más casos
importantes, con un mejor sueldo y
mejores posibilidades.

Y un terno nuevo y propio, por qué no.

48 Cuando se da cuenta, el plato está


vacío. Pero Joaquín sigue con el
apetito casi intacto.

Su primer partido ganado en las


ligas mayores. «En la Champions»,
como le había dicho Emerson.
Jefferson Moreno Nieves

¡Emerson!, tengo que llamarlo


también a él, recuerda Joaquín: su
amigo le había prometido una nueva
ronda de cervezas para cuando
volviera triunfante, quizá de ahora
en adelante cambiarán a whisky.

Antes de continuar con sus planes,


decide mirar la hora: el reloj de Inca
Kola anuncia que faltan menos de
treinta minutos para volver a la sala.
Deja un billete sobre la mesa y no se
queda a esperar el vuelto: se permite
dejar una propina porque, aunque su
presupuesto es apretado, no siente
que sea justo que solo a él le vaya
bien aquel día.

Joaquín Montero sale del restaurante


con un sabor de boca distinto al de las
lentejas.

El sabor de la victoria.

La sala vuelve a entrar en sesión y


lo que ocurre después toma apenas
unos minutos: aquello acrecienta el
efecto devastador que tiene la
El defensor

resolución judicial en Joaquín


Montero:

—Luego de haber oído ambas partes —


49
declara el juez Richard Contreras—,
este despacho resuelve declarar fundado
el pedido de prisión preventiva contra el
imputado Marco Villanela por el plazo de
36 meses que deberán ser cumplidos de
manera inmediata, siendo trasladado al
penal que designe el INPE.

Joaquín Montero siente como si le


hubieran abierto un enorme agujero a
la mitad del vientre: tiene intención
de decir algo, pero lo único que
ocurre es que su boca se abre para
dejar escapar el aliento que tenía
contenido.

Gira la cabeza para mirar a su


defendido, quien ahora sí se ve
realmente furioso. Por suerte, el
momento de tensión no dura demasiado:
los mismos miembros de la SUAT que se
acercaron a dejarlo ahora vienen a
levantar a Villanela por las axilas y
llevárselo de vuelta a la celda que ha
estado ocupando hasta entonces y,
Jefferson Moreno Nieves

después, al penal de máxima seguridad


de Ancón I. Junto con las pocas
pertenencias que tiene se llevará
también una orden de prisión preventiva
de 36 meses y, luego, posiblemente, por
cómo van las cosas, una condena de
aproximadamente 15 años.

De pronto, todo mundo se pone de


pie: ahí ya no hay nada que hacer.

50 Los llantos de la mujer se oyen


desgarradores, como salidos de una
película de terror.

Olga Merino y sus hijas corren


hacia el acusado, quien ya no es
presa de la furia, sino de una tristeza
que lo lleva a hacer algo que, de
seguro, un hombre como él no ha
hecho en mucho tiempo.

Marco Villanela llora.

Es lo más impactante que a


Joaquín le toca ver ese día.

—Por favor —pide Villanela a los


guardias—, solo déjenme
despedirme de ellas.
El defensor

Los de la SUAT se miran por un


momento. Luego voltean a solicitar la
aprobación del juez Contreras, pero
este ya se ha ido del lugar.

—Por favor —suplica también la esposa


de Villanela.

Uno de los agentes se encoge de


hombros y decide quitarle las esposas
que lleva en las muñecas, pero no las
de los tobillos.

Una vez libre, Marco Villanela envuelve


a su familia en sus enormes brazos. Todo
es murmullos y sollozos dentro de aquella
cápsula familiar. El único miembro de la
familia ausente es el hijo mayor 51 de
Villanela, Cayito, quien, según se sabe, no
ha podido dejar de culparse por la
captura de su padre.

Joaquín mira la escena a menos de


dos metros de distancia, como si se
encontrara en la primera fila de un
teatro.

No sabe qué decir o si debería decir


algo siquiera.
Jefferson Moreno Nieves

Ya no siente miedo: acaso lo que lo


embarga ahora es la indignación de
haber presenciado una injusticia o
una ilegalidad.

De pronto, uno de los guardias le dice


a la familia que ya es hora.

Marco Villanela le da un beso a


cada una de sus hijas y luego a su
esposa. Y Olga Merino lo acaricia en
la mejilla antes de decirle, por última
vez, cuánto lo ama.

Joaquín Montero tiene un nudo en


la garganta.

De pronto, Villanela se vuelve


hacia él.

Solo espero que puedan encontrar


mi cuerpo fresco, piensa, temiendo
una represalia por no haber logrado
su libertad.

Sin embargo, de la boca de su


defendido no bro 52 ta ninguna amenaza
ni nada que se le parezca.

Todo lo contrario:
El defensor

—Nos vemos en la apelación,


doctor.

Y le tiende la mano.

Joaquín se la estrecha. Asiente, al


tiempo que dice:

—Así es, señor Villanela. Vamos a


seguir luchando.

Mientras los guardias se llevan al


imputado, la esposa también se
acerca a estrecharle la mano.

Los ojos anegados en lágrimas de


las niñas, que acaban de despedir a
su padre y que saben que este irá a
pasar la noche en la cárcel, laceran el
alma de Joaquín como dardos en
llamas. Desearía pedirles perdón,
pero no está seguro de que aquello
sea lo correcto.

De camino a la salida, el joven


abogado logra aprender una de las
grandes lecciones que le ha tenido
preparada la vida hasta ese momento.
Jefferson Moreno Nieves

«No cantes victoria antes de


tiempo», o como diría su viejo en una
muestra infinita de saber popular:
53 «Nunca te limpies el culo antes de
cagar».
La apelación

El plazo para presentar el escrito de


apelación es de tres días. Sin embargo,
Joaquín no está dispuesto a dejar pasar ni
siquiera uno antes de poder ingresarlo a
la mesa de partes de la Corte. Pasa toda
la noche metido en una cabina de
internet, luchando con un teclado viejo y
con la culpa de no haber dado más de sí
aquel día en la sala.

—Tranquilo, no es el fin del mundo —le dijo


el 55 doctor Zapata cuando por fin se animó a
llamarlo para contarle lo ocurrido—. Para eso
existen las apelaciones, para darles uso. ¿El
juez dijo cuáles eran los motivos por los que
le dio prisión?

—No —respondió Joaquín, intentado


recordar con mayor claridad aquellos
últimos y aciagos minutos dentro de la
sala—. De hecho, se limitó a repetir lo que
había dicho el fiscal. Nada de lo mío.
Decidió prisión y se fue.

—Bueno, eso es. Ahí tienes un buen punto


para la apelación: el juez siempre debe
responder al abogado.
—Entiendo. Me pondré a trabajar ya mismo
y entregaré el documento antes de subir al
bus.

Jefferson Moreno Nieves

—De acuerdo.

—Gracias, doctor. Ya le hablo luego.

—Joaquín —dijo Zapata antes de


despedirse—, ¿sabes por qué el juez se
fue sin decir nada sobre tus argumentos?
¿Sabes qué es lo que creo?

—¿Qué?

—Se fue porque tenías razón en tus


alegatos. Se fue sin decir nada porque,
como se dice coloquialmente, lo dejaste
con la boca cerrada. Piensa en eso.

56 Y colgó.
Después de eso, Joaquín había
preferido evitar dar explicaciones
adicionales a cualquier otra persona y
ponerse a trabajar. También quiso evitar
perder el tiempo en comer o, incluso,
cambiarse de ropa. Para cuando llega a
la mesa de partes de la Corte, minutos
antes de las nueve de la mañana, va
vestido exactamente igual que al salir de
ella hace menos de veinticuatro horas.

Quizá no había logrado lo que


esperaba, que Villanela recobrara su
libertad, pero sin duda no se había ido de
allí con las manos vacías. Había
conseguido algo también muy
importante.

La confianza de su cliente.

El defensor

Oír a Marco Villanela proponerle verse


en la apelación y, por si fuera poco,
llamarlo doctor infundió nuevos bríos en
el cuerpo de Joaquín: no estaba dispuesto
a defraudarlo.

Se retira de la sala y va hacia la agencia


de viajes. Aborda el bus de vuelta a
Huaraz al mediodía y siente que está de
nuevo en carrera por la libertad de su
defendido.

Joaquín Montero tiene toda la intención de


aprovechar el viaje para seguir revisando sus
documentos y encontrar mejores argumentos
que pueda aportar en la nueva audiencia que,
si todo sale como espera, se llevará a cabo
dentro de un mes; 57 pero las horas de sueño
pendiente se acumulan pesadísimas sobre sus
párpados: no ha salido siquiera de Lima
cuando cae dormido.

Sus ojos no vuelven a abrirse durante las


diez horas siguientes.

No experimenta sueño alguno: está


demasiado agotado para eso.
Los consejos

—No lo entiendo, flaco —le dice don


Felipe Montero, su padre, mientras
revisa que al parabrisas de su auto no
le haya quedado ninguna mancha—.
De verdad que no lo entiendo.

—¿Qué es lo que no entiendes, papá?


—Joaquín lo observa apoyado en la pared
de su casa mientras bebe el vaso de
cerveza que minutos antes su padre le
puso en la mano. Sobre ellos, el cielo azul
de 59 Huaraz lo cubre todo como pintado
al óleo.

—Al pata lo chapan porque dicen


que es narco, ¿y no le bajan billete a
nadie? —Deja tranquilo el parabrisas
por un momento para que su hijo
pueda apreciar mejor su cara de
desconcierto—. ¿No le chancan la
mano a nadie? Es increíble, flaco, ese
pata tendría que estar suelto por ahí,
con los tombos limpiándole las tabas.

A Joaquín no le sorprende que


aquello salga de la boca de Felipe
Montero, quien ha hecho de la
Jefferson Moreno Nieves

palomillada y los atajos su forma de


vida.

Tienen una buena relación, pero desde


que Joaquín pisó la adolescencia lo siente
más como un amigo que como un padre:
un amigo que no tiene reparos en dejarle
saber exactamente lo que pasa por su
cabeza.

Para muchas personas, incluida la


madre de Joaquín, la franqueza de
Felipe Montero es algo difícil de
manejar.

«Frescura», le llama ella.

—No es la forma en la que se


pueda resolver algo como esto, papá.
Se trata de un caso para la Sala
Penal Nacional, no es cualquier
juzgado donde los jueces son los
mismos que te puedes encon-
60 trar en la fiesta de un amigo o en la
losa deportiva un sábado por la
tarde. Estas son las ligas mayores,
aquí sí vale la capacidad que pueda
tener uno para litigar y hacer una
defensa como se debe.
El defensor

Joaquín siente que la cerveza se ha


ido calentando en su mano y prefiere
terminarla de un trago.

—No interesa dónde sea —


responde su padre, apresurándose a
volver a llenar el vaso—. Hasta los
presidentes transan y nadie sale a
llorar. Tienes que pensar, flaco, mira
cómo te va costando una primera
derrota. Así no vas a avanzar. Tienes
que aprender la jugada ganadora. Y
no te molestes, te estoy haciendo un
favor. Salud.

Choca su vaso con el de su hijo y


vuelve hacia su carro, que utiliza para
llevar a cabo paseos turísticos.

Es el tipo de cosas que esperaba oír


cuando decidió ir a visitar a su padre.
Felipe Montero jamás vio con buenos
ojos que su hijo quisiera estudiar
derecho. Para él, lo más sensato
hubiera sido meterse de policía o
hacer carrera política.

—Con eso, te la llevas fácil —le dijo


alguna vez cuando conversaron del tema.
Jefferson Moreno Nieves

Aun así, Joaquín ha aprendido a valorar


ese punto de vista sobre la vida que a él
se le hace tan 61 esquivo: sabe que nadie
está libre de necesitar una buena dosis de
«viveza» en la vida.

—¿Cómo va el negocio? —pregunta


Joaquín, cambiando de tema.

—Bien, ahí —dice su padre,


pasándose ahora a las ventanas del
costado derecho—. De cuando en
cuando caen unos gringos que me
paran el mes.

—Qué bien.

—¿Cuándo tienes que regresar a


Lima? —le pregunta su padre
señalando su vaso con la mirada para
que siga tomando.

—En cinco semanas. Justo me


llamaron ayer para notificarme.

—Flaco, hazte un favor y arregla


esa vaina como se tienen que
arreglar, ¿okey? —Se acerca a
Joaquín y le pone una mano en el
hombro—. Tienes mucho futuro, hijo,
El defensor

no te lo voy a negar. Naciste con una


inteligencia que hasta ahora no sé a
quién le sacaste. Pero tú decides si
ese futuro es como abogado o aquí
conmigo, paseando turistas por unos
cuantos mangos al mes. Te lo digo
con cariño. Salud.

Y siguieron tomando hasta


acabarse la botella.

62

La próxima parada es al día


siguiente, jueves, en el despacho del
doctor Zapata. Habría acudido el
mismo miércoles, el día que llegó a
Huaraz, pero el doctor le ordenó
tomarse el día libre. Fue entonces
cuando, después de desayunar con
su madre y hermano, decidió visitar
a su padre.

Cuando el doctor ve llegar a


Joaquín con el maletín por delante,
lo detiene:

—Quédatelo, lo has hecho bien.


Todavía puedes ganar esto.
Jefferson Moreno Nieves

A veces Joaquín se pregunta cómo


habría sido su vida con un padre
como el doctor Zapata en lugar del
que le había tocado. Tenía razones
para pensar que podría haber
resultado bien, de no ser por el
hecho de que ninguno de los cuatro
hijos del abogado había seguido sus
pasos.

—Gracias, doctor.

—Siéntate. Quiero que me digas cómo


te sientes.

Joaquín ocupa su lugar frente a su


jefe y pasea la mirada por los
anaqueles abarrotados de libros
empastados: otra cosa que se
pregunta es cuánto tiempo le tomará
tener una colección como esa.

—Bien, más tranquilo, doctor. Gracias. 63

—Escucha, hijo —dice el doctor


Zapata como si hubiera adivinado lo
que Joaquín venía pensado—. En la
nueva audiencia podrás desarrollar
mejor tus argumentos, son bastante
sólidos, así que no quiero que estés
El defensor

estresado. Conversé con la esposa de


Villanela y me confirmó algo que yo
ya sabía, que te luciste en la sala.

—¿En serio dijo eso?

—Claro que sí, dijo que se sentía


tranquila de que tú estuvieras
defendiendo a su esposo. Me felicitó.

—Eso no lo esperaba —responde


Joaquín, reprimiendo una sonrisa.

—Así lo hizo y fue lo correcto. Y


con respecto a la decisión del juez,
tampoco debes preocuparte, ese
Richard Contreras es conocido por
hacerles el trabajo a los fiscales. La
vida te da revanchas, Joaquín, pero
para dártelas primero tiene que
darte algunas derrotas.

Quizá la intención de su padre al


hablarle el día anterior sobre lo que
debería hacer fue de las mejores. Sin
embargo, lo que Joaquín realmente
necesitaba escuchar era algo parecido a
lo que el doctor 64 Zapata le está
diciendo en ese momento.
Jefferson Moreno Nieves

—Entiendo lo que me dice, doctor.


Muchas gracias… otra vez.

—Nada que agradecer. Olvídate


por unos días del caso Villanela, deja
que tu cerebro se oxigene.

—Buena idea.

—Y, para ayudarte, tengo unos


escritos con los que quiero que me
apoyes. —A diferencia de Joaquín, el
doctor Zapata no reprime nada, deja
escapar una carcajada. Más allá de
lo sucedido con el caso, se nota feliz
de que su aprendiz esté de regreso
—. Ve con Chris y pregúntale por
ellos.

Joaquín se despide y va donde la


administradora del estudio: se para
frente al escritorio de Chris y le
pregunta por los documentos.
Mientras la chica busca entre los
expedientes, Joaquín le hace un
comentario sobre su nuevo peinado.

—Te queda bonito —hacía rato que


quería hacerle un comentario como ese.
El defensor

—Gracias… Joaquín —Chris procura


no levantar la mirada para que nadie
vea que se ha sonrojado.

Después de haber logrado su cometido


con éxito, Joaquín va a su escritorio y
empieza el papeleo. 65 Hace un par de
llamadas y resuelve algunas consultas de
posibles clientes.

Si de eso se trata el día a día de un


abogado litigante, le está gustando más
de lo que esperaba.
Nace una estrella

Cinco semanas después, Joaquín Montero


está de vuelta en la Sala Penal Nacional y
en una sala incluso más grande que en la
que se celebró la audiencia anterior. Todo
luce exactamente igual, salvo por un par
de detalles: esta vez son tres jueces, ya
no uno. El fiscal Fausto Martínez es
historia, quien se encuentra en la mesa
de la fiscalía es el jefe de este, el fiscal
superior Armando Quispe, quien se ha
acer- 67 cado a estrechar la mano de
Joaquín, y que él ha interpretado como un
buen signo de la audiencia por delante; y,
por último, el terno que lleva el joven
abogado ya no es alquilado.

Es propio: se lo compró la semana


anterior con un bono extra que le dio
el doctor Zapata por una gestión en
favor de otro de sus clientes, un
hombre al que libraron de pagar una
indemnización absurda.

Una vez más, Marco Villanela


vuelve a sentarse junto a él: la cárcel
le ha quitado varios kilos de encima,
Jefferson Moreno Nieves

pero eso no impide que estreche la


mano de Joaquín con energía.

—Me alegro de verlo, doctor —le dice.

Su esposa e hijas también están


presentes, el grupo de mujeres está
inmerso en una plegaria colectiva.
Excelente, piensa Joaquín, toda
ayuda es bienvenida.

El reloj marca las nueve en punto de la


mañana.

Cuando la sesión da inicio, Joaquín


Montero se siente más que listo:
después de que los jueces le otorgan
la palabra, se presenta e inicia su
alocución. Tal como se lo aconsejó el
doctor Zapata, hace especial énfasis
en la ausencia de motivación en la
decisión tomada por el juez Richard
Contreras.

68—Lamentablemente, el juez concluyó la


au-
diencia antes de que cualquiera de
los allí presentes hubiera tenido
oportunidad de conocer los motivos
de su decisión. Creo yo, señores
El defensor

miembros del tribunal, que el


destino de una persona requiere una
mayor responsabilidad por parte de
aquellos a quienes les toca decidir
acerca de dicho destino.

Y ahí está, el toque humano, otro


de los aspectos que se prometió
resaltar en su nueva intervención. Es
importante aprender y recordar que
el derecho penal no son solo libros,
sino las personas a las que puede
afectar o no lo que está escrito en
ellos.

También le gustaría decir eso, pero


ya sería un exceso.

No puede afirmarlo a ciencia cierta,


pero cree que su desempeño es aún
mejor que la vez anterior. Es todo.

Cuando termina, Joaquín Montero


vuelve a sentarse para oír el discurso
de su contraparte, que es, palabras
más, palabras menos, la misma que
diera en su momento el fiscal Fausto
Martínez.
Jefferson Moreno Nieves

Poco después, los jueces llaman al


receso y, otra vez, Joaquín va a buscar
refugio al menú que tiene a dos
cuadras de la Corte.

69
De camino a la salida, se encuentra con
algo que antes no estaba allí: un grupo
de periodistas.

Al parecer, un juicio sumamente


importante se lleva a cabo en otra de
las salas. Uno de los periodistas se
acerca a Joaquín para preguntarle si
él también forma parte de la defensa
de aquel político que ha ido a
comparecer ese mismo día.

—No —responde, sin tener en


cuenta el celular que el periodista le
aproxima a la cara—, yo he venido a
defender a un hombre acusado de ser
el mayor narcotraficante del país.

Sin esperar a que el periodista pueda


realizarle otra pregunta, sigue su
camino, cruzando los dedos para
encontrar una mesa disponible en el
restaurante.
El defensor

Ese día la fortuna le sonríe, hay


una mesa esperando por él y, por si
fuera poco, el plato del día es el
lomo saltado, su favorito.

Una hora después, al regresar a la


sala, escabulléndose entre los
periodistas que ahora son más,
Joaquín Montero se promete no
cometer el mismo error de la vez
anterior y cantar victoria antes de
tiempo: escuchará el veredicto de los
jueces con la mayor prudencia
posible.

70 —¿Qué pasará si me ratifican la


prisión, doctor? —le pregunta
Villanela, quien apenas puede
contener su desesperación.

—No pensemos en eso aún —


responde Joaquín, comprobando que
su aplomo no solo es una cuestión de
apariencia, sino que lo tiene
totalmente interiorizado—,
esperemos la decisión con confianza.

—Está bien, doctor. Está bien.


Jefferson Moreno Nieves

Cuando los jueces vuelven a


ocupar sus lugares y la sala queda
en silencio, Joaquín se encarga de
eliminar cualquier otro pensamiento
que lo pueda distraer. Incluida
aquella afectuosa despedida de Chris
de hace dos días que lo dejó algo
encandilado: «Vuelve para que me
cuentes todo», le dijo la
administradora del estudio del
doctor Zapata después de darle un
tibio beso en la mejilla.

—Los miembros de la sala hemos


tomado una decisión —dice el miembro
más joven de la terna, un juez apellidado
Carsasto, que no debe tener menos de
sesenta años—. Esta sala ha decidido
revocar la resolución de prisión en contra
del imputado Marco Villanela debido a la
ilegalidad evidente con la que se
realizaron las escuchas telefónicas, la
ausencia de corroboración de la
declaración de los colaboradores eficaces
y la ausencia de argumentación de un
peligro procesal concreto. Por lo tanto,
ordenamos la liberación inmediata del
señor Villanela. 71
El defensor

El grito de Olga Merino rompe la


solemnidad de la sala. El juez
Carsasto hace un llamado a la calma y
continúa con la lectura de la nueva
resolución.

Si fuera por Joaquín, habría dado un


grito aún más potente: ha ganado su
primer caso como abogado titular.

Y nada menos que en la Sala Penal


Nacional.

«¡En la Champions!», como diría


Emerson.

Los ojos de Villanela vuelven a estar


anegados en lágrimas, pero esta vez de
alegría. Ni siquiera espera que los
agentes de la SUAT le quiten las
esposas para intentar darle un abrazo a
Joaquín, quien no lo evita.

—¡Gracias, doctor! ¡Muchas


gracias!

El juez Carsasto desiste de hacer


un segundo llamado al orden:
prefiere terminar de leer la nueva
Jefferson Moreno Nieves

resolución cuanto antes y dar por


concluida la sesión.

Junto con los abrazos de su cliente,


llegan los de la familia. Las hijas de
Villanela se arremolinan a su
alrededor como si el padre liberado
fuera él.

72 Es el final feliz con el que vienen


soñando desde hace más de dos
meses.

—Venga a cenar con nosotras,


doctor —lo anima Olga Merino, cuyo
rostro también luce bañado en
lágrimas—. Venga mientras
esperamos que dejen salir a mi
marido.

—Sí, doctor —agrega Villanela—,


para celebrar el resultado.

Joaquín agradece la invitación y


acepta: se pondrán en contacto más
tarde para ver el lugar de encuentro.

—Mientras tanto, me gustaría ir a


mi hotel a descansar un poco —dice
para disculparse. —Excelente,
El defensor

doctor, no hay problema —responde


Olga Merino. Antes de volver a
abrazarlo, le pregunta—: ¿Le gusta
el chifa?

El rostro de Joaquín Montero debe


lucir más sonriente de lo que cree,
pues, al salir, es abordado por tres
periodistas, incluido el que se le
acercó más temprano, cuando iba de
salida para almorzar.

—Doctor, ¿cómo concluyó la audiencia?


—pregunta este.

—Cuéntenos, ¿qué va a pasar con el


señor Villa- 73 nela? —dice otro.

—¿Son ciertas las acusaciones que


hacen de él diciendo que es un peligroso
narco?

—Doctor…

Lo acribillan a preguntas. Joaquín


no sabe a quién responder primero,
de modo que ensaya un breve
Jefferson Moreno Nieves

resumen de lo ocurrido desde la


captura de su cliente.

Mientras va relatando lo ocurrido,


más periodistas se suman. Un par de
flashes sorpresivos lo hacen parpadear.

Joaquín Montero aún no lo sabe,


pero aquella es su primera rueda de
prensa.

Está a punto de convertirse en la


nueva y prometedora estrella del
derecho penal.

74
El primer político

Fueron tres días de felicitaciones y


fiesta ininterrumpida. Joaquín piensa
que quizá el alboroto habría sido
menos de no haber aparecido
aquellas notas en los periódicos.

A su llegada a Huaraz, su madre lo


había recibido con la mesa de
desayuno cubierta con todos los
ejemplares que fue capaz de
conseguir en el quiosco.
75

«Villanela libre de cargos», rezaba El


Comercio en una de sus páginas
centrales.

«Joven abogado huaracino libra a


Villanela de acusación por
narcotráfico» o «Abogado huaracino
gana prisión en la corte más
importante del país», era lo que
decían los diarios locales.

Sin embargo, había uno que resaltaba


entre todos. El titular de El Men decía lo
siguiente:
Jefferson Moreno Nieves

«Abogado pulpín la rompe y saca de


cana a terrible narco».

Diego, el hermano menor de


Joaquín, compró una copia de este
último solo para él:

—Lo voy a tener a mano para que


no te la vayas a creer mucho,
abogado pulpín —después de eso,
había empezado a carcajearse hasta
que acabó doblado en el suelo.

Su padre tampoco tardó mucho en


ponerse en contacto con él para
felicitarlo.

A su manera.

—Bien jugado, flaco. La próxima vez


que salgas
76 en el periódico quiero verte abrazado
de una vedete, ya sabes.

Su madre preparó una cena con


todo lo que a Joaquín más le
gustaba: picante de cuy y su
respectivo tocosh. Llamó a un par de
tías y primos, y la casa se llenó de
El defensor

música hasta la madrugada. Por


suerte, al día siguiente era sábado.

La invitación de Emerson tampoco


se hizo esperar:

—Los goles se gritan y las


libertades se celebran, esa es la
cábala, hermano. Nos encontramos a
las siete —y, antes de colgar, le soltó
el puntillazo—:
¡Abogado pulpín!

La mañana del domingo, Joaquín se


encontró a sí mismo en un
restaurante que atendía las
veinticuatro horas, frente a un gran
plato de caldo de cabeza. Junto a él,
encontró a Emerson dormido, con la
frente pegada a la mesa y su plato
vacío.

Joaquín se pasó el resto del día


durmiendo.

Al día siguiente tenía que estar a


primera hora de vuelta en la oficina.
Jefferson Moreno Nieves

En el estudio del doctor Zapata, nadie


se ha detenido demasiado en analizar los
titulares de la 77 prensa. El verdadero
impacto de la audiencia ganada se
traduce en las constantes llamadas
telefónicas y solicitudes de consulta que
están recibiendo desde que empezó la
mañana.

Al llegar, Joaquín encuentra a Chris


con el teléfono en una oreja y el
celular del estudio que no para de
sonar.

Al ver a Joaquín le dedica un breve


guiño que él no tarda en interpretar
como la promesa de, cuando esté
menos ocupada, saludarlo
apropiadamente.

Sus demás compañeros también se


apresuran a saludarlo. Joaquín recibe
más invitaciones a comer y beber, que lo
único que logran es revolverle el
estómago.

Las acepta mientras piensa en


alguna excusa de último momento
para cada una de ellas.
El defensor

—El doctor te está esperando —le


dice Gianfranco, un practicante que
no tiene más de dos semanas en el
estudio.

Joaquín se dirige al despacho del


doctor Zapata y toca la puerta. Al no
obtener respuesta, se asoma. Su
jefe, al igual que Chris, también está
al teléfono.

78Le hace una seña y Joaquín entra.

—Jamás me gustó dar entrevistas


ni ese tipo de cosas que poco tienen
que ver con articular una buena
defensa —le dice a Joaquín después
de terminar la llamada—, pero
entiendo que hoy en día lo que
piense la opinión pública suele
importar casi lo mismo que lo que
piensen los jueces, ¿verdad? ¿Qué
tal tu fin de semana?

Joaquín le hace un breve recuento


de lo que fueron las constantes
celebraciones con sus familiares y
amigos: su resaca y ojeras son
prueba de ello.
Jefferson Moreno Nieves

Luego, aprovecha la oportunidad


para agradecer una vez más la
confianza puesta en él.

—Sabía en todo momento lo que


estaba haciendo. Así que «de nada»,
pero el mérito es todo tuyo. Lo cual
me lleva al tema del que quiero
hablarte con urgencia. En realidad
son dos, pero vamos por el primero.

—Lo escucho, doctor.

—Antes de escuchar, quiero que leas


esto.

El doctor Zapata desliza un documento


hacia él.

Joaquín lee las primeras dos líneas y


de inmediato sabe de qué se trata.
79
—Es un contrato —dice volviendo a
levantar la mirada.

—No, no es «un» contrato. Es «tu»


contrato. Desde ahora, si decides
firmar, pasarás a ser abogado titular.
Con todo lo que implica ser un
abogado titular. Te acondicionaremos
El defensor

una oficina solo para ti y, claro está,


el sueldo acorde con tu nuevo cargo.

Joaquín no necesita preguntar de


cuánto dinero se trata, lo sabe de
sobra.

Su rostro sorprendido —o turbado—


le hace saber a su jefe que quizá
necesite explicar un poco más la
situación.

El doctor Zapata se aclara la


garganta:

—En cualquier momento


empezarás a recibir llamadas de
otros estudios, cada cual con
promesas que van a entrar a tu
cabeza como cantos de sirena. Te
van a querer jalar a sus filas. No
digo que esto esté mal, para nada, lo
tienes más que merecido; pero, ya
que vas a recibir muchas propuestas,
quiero aprovechar mi lugar de
privilegio para hacerte llegar la mía
primero. Si gustas puedes pensarlo,
llevarte el documento a casa y leerlo
con más…
Jefferson Moreno Nieves

Joaquín no lo deja terminar: toma


el bolígrafo que tiene más a mano y
firma el contrato en un
80segundo.

Se lo desliza de vuelta a su jefe:

—Doctor, yo…

—Felicidades —el doctor Zapata le


extiende la mano para cerrar el
trato: el apretón dura lo suficiente
para dejar constancia de la confianza
que se tienen uno a otro—. Bien —
dice finalmente el abogado—,
resuelto este primer asunto,
pasemos al siguiente.

—¿De qué se trata, doctor?

—Tu próximo caso, ¿qué otra cosa


puede ser? Debes estar listo, vienen
a verte hoy por la tarde.

Y mira cómo son las cosas, igual que


tú, tu cliente también ha salido en los
periódicos durante el fin de semana.

El doctor Zapata retira el contrato


del escritorio y, en su lugar, coloca la
El defensor

primera página de un diario: el titular


le resulta familiar a Joaquín.

Es un tema del que todo mundo parece


estar hablando en Huaraz.

«Gobernador regional en prisión,


acusado de recibir sobornos».

La foto que acompaña es la de


Manrique Vargas, 81 máxima autoridad
en la región: camina cabizbajo entre un
par de policías y lleva una chaqueta sobre
las manos para cubrir las esposas.

—¿Él? —pregunta Joaquín mirando a


su jefe.

—Así es, muchacho —el doctor


asiente satisfecho—: estás a punto de
defender a un verdadero pez gordo,
tu primer político.

Manrique Vargas tiene cincuenta y


nueve años, y los últimos treinta los
ha dedicado a la política. Empezó
como regidor de la Municipalidad de
Huaraz y desde entonces no se ha
Jefferson Moreno Nieves

detenido hasta ocupar el máximo


cargo de la región. Entremedio fue
alcalde durante un periodo y
congresista durante dos, lo que calza
en la descripción de lo que se conoce
como un «político de carrera».

También ha sido acusado de unos


cuantos delitos durante aquellos
treinta años, lo que tampoco parece
estar muy alejado de dicha
descripción.

El más conocido de todos ellos es


una curiosa falsificación en su hoja de
vida, dentro de los documentos remitidos
al Jurado Nacional de Elecciones.
Durante algunos de sus varios procesos
de postulación figuraba un diploma
expedido por una presti 82 giosa escuela
de cocina de Chile. Nada menos.

Todo parecía estar en regla, salvo


por un pequeño —aunque evidente—
error en el nombre que figuraba en
el encabezado:

«Instituto Culinario Le Gordon


Bleu».
El defensor

No fueron pocos los periodistas


que se apresuraron a constatar que,
en sus más de cien años de historia,
el prestigioso instituto jamás habría
cometido un error como ese.
También constataron que, en dicho
lapso, tampoco había tenido a un
alumno proveniente del Perú
llamado Manrique Vargas.

«Falsa declaración en proceso


administrativo»:
una raya más al tigre.

Más allá del escándalo y las bromas


que desató, el impasse fue rápidamente
solucionado.

Manrique Vargas ganó la elección


con un margen que solo el
sensacionalismo fue capaz de
otorgarle.

Sin embargo, esta vez, es diferente.

No se trata de simples rumores o de


trascendidos de la prensa a raíz de
algún comentario de sus opositores
políticos.
Jefferson Moreno Nieves

Esta vez, la fiscalía está de por medio:


es el tipo de oportunidad por la que los
miembros del Minis- 83 terio Público han
estado esperando. Para ellos, es el típico
sujeto impune al que le ha tocado su
hora.

Y hasta donde saben, el objetivo se


está cumpliendo. Vargas, gobernador
de la región Áncash, lleva ya dos
noches durmiendo en una celda a la
espera de ser trasladado al penal.

Aunque en primera instancia fue


absuelto, la apelación de fiscalía
había dado frutos. La Sala de
Apelaciones revocó la decisión, lo
condenó a una pena privativa de
libertad efectiva y ordenó su
internamiento en el establecimiento
penitenciario de Huaraz.

Son las cuatro y veinte de la tarde


cuando Bety Aguirre, esposa de
Vargas, entra a la sala de reuniones
donde la esperan Joaquín y el doctor
Zapata:
ambos abogados se levantan en
señal de respeto.
El defensor

La señora Aguirre va vestida con


un elegante traje rojo y usa unas
gafas oscuras que, por el
enrojecimiento en su nariz, Joaquín
no cree que vaya a quitarse: es la
segunda esposa sollozante que ve en
menos de una semana.

—Disculpen la demora —dice


obviando el saludo.

84 —Descuide, señora, tome asiento, por


favor — el doctor Zapata es quien
llevará adelante la entrevista.

—Gracias.

—Recibimos la sentencia de la sala


hace unos minutos y ya la estamos
imprimiendo. Mientras tanto,
quisiera que nos cuente cómo han
sucedido las cosas hasta ahora,
señora Aguirre.

La mujer escarba entre su bolso en


busca de algo, poco después saca un
pañuelo para secarse la nariz:

—Se lo llevaron hace tres días,


entraron durante la noche como si
Jefferson Moreno Nieves

fueran ladrones. Nuestros hijos no


han vuelto a dormir desde entonces.
Tienen miedo, como es lógico. —La
mujer se toma un segundo para
evitar romper en llanto nuevamente,
el tiempo de lamentarse ya pasó—.
Lo están involucrando injustamente,
lo acusan de colusión y de no sé qué
cosas más.

—Es por lo del estadio, ¿verdad? —se


anima a preguntar Joaquín.

La mujer asiente mientras se lleva el


pañuelo a la nariz por enésima vez:

—Es cosa del comité de selección, de


los ingenieros y del contratista: ellos son
los que han cometido el delito. Mi esposo
no tiene nada que ver con eso, lo único
que hace es trabajar por la gente y 85
soportar el ataque de sus enemigos
políticos.

El breve discurso de Bety Aguirre


es el que cabe esperar de una mujer
que ha sido parte de un buen número
de campañas políticas. Aun así,
Joaquín se guarda de establecer
cualquier juicio al respecto.
El defensor

Después de todo, la mujer que tiene al


frente y su esposo son sus clientes.

—Descuide, señora Aguirre —la


tranquiliza el doctor Zapata—, nos
encargaremos personalmente del
caso de su esposo. Por si no lo sabe,
aquí el doctor Montero acaba de
obtener un veredicto favorable en la
Sala Penal Nacional, por lo que ya
tiene una buena experiencia a su
favor.

Algo de lo dicho por su jefe causa


cierta extrañeza en Joaquín. Sin
embargo, no cree conveniente
interrumpirlo, las preguntas las hará
cuando la mujer se haya marchado.

—Eso está bien —dice ella—, pero


lo que quiero es que saquen a mi
esposo de prisión ya mismo. Sé que
lo piensan trasladar al penal de
Huaraz hoy, de modo que no hay
tiempo que perder.

Zapata asiente:
Jefferson Moreno Nieves

—Entiendo su preocupación, pero


en ese caso no hay nada que se
pueda hacer: lo único que queda
86 es esperar la audiencia de casación. —
Antes de que la señora Aguirre
pueda protestar, el abogado pone
ambas manos por delante y continúa
—. Aún tenemos un par de semanas
hasta la audiencia, de modo que
estamos a tiempo de prepararnos
bien y llevar adelante una buena
defensa. Puede estar tranquila.

Bety Aguirre abre la boca para


decir algo más, pero se detiene.

Vacila un poco y, finalmente,


guarda su pañuelo en su bolso y se
pone de pie.

—Les agradezco mucho, doctores


—les ofrece una mano de uñas color
carmesí—. Estoy disponible a
cualquier hora por si necesitan algo.

—Lo mismo le digo —dice el doctor


Zapata.

La mujer abandona la sala dejando tras


de sí un perfume dulzón e intenso.
El defensor

El doctor Zapata se vuelve hacia


Joaquín:

—Puedes pasar por tu copia del


expediente donde Chris en media hora,
son varias hojas. Dale una leída, luego
dale otra y otra más, y conversamos
mañana por la mañana aquí mismo. Anda
pensando quién del estudio quieres que
te asista porque lo vas a necesitas. Ahora
tengo una reunión, pero 87 si tienes
alguna duda, envíame un mensaje, no hay
problema. De más está decir que este
caso es importante, Joaquín. Incluso más
que el de Villanela.

La mención al caso anterior le


recuerda a Joaquín que tenía una
pregunta para su jefe.

—Doctor.

—Diga.

—Creí escuchar que mencionó a la


Sala Penal Nacional. ¿Fue por
alguna razón en específico?

—Claro —el doctor Zapata se alisa


el cabello, preparándose para
Jefferson Moreno Nieves

abandonar la sala también—, es


importante recalcar tu resultado
anterior en vista de que vas a ir a
litigar a la Corte Suprema.

—¿A la qué? —Joaquín está seguro


de haber oído mal.

—A la Suprema, con jueces


supremos, cinco de ellos —y después,
mirando lo pálido que su discípulo se ha
puesto, añade—. Qué bueno que te 88
compraste un traje nuevo.

El doctor Zapata sale. Joaquín se


queda de pie durante unos instantes.

Pronto se da cuenta de que la


impresión aún anida en sus piernas,
de modo que decide sentarse.
La cita

Han pasado más de veinticuatro


horas y los nervios que lo recorren
son aún peores que los que sintió al
enterarse de que iba a litigar en la
Corte Suprema. La transpiración
recorre el cuerpo de Joaquín
haciéndole pensar que, si Chris se
demora un par de minutos más, no le
va a quedar otra que ir a conseguir
una camisa nueva.

La gente que entra al cine pasa junto a


89
él sin per- catarse del aspecto que
tiene: de hacerlo, creerían que lleva una
bomba a punto de estallar bajo los
zapatos o algo por el estilo.

Para Joaquín se siente justo así. La


idea de correr de vuelta a casa a
sumergirse en el expediente Vargas le
ha pasado por la cabeza una
inquietante cantidad de veces.

Pero se ha obligado a no moverse.


Jefferson Moreno Nieves

A esperar que den las ocho en punto


para ver llegar a su cita.

¿Cita?, se pregunta.

La sola palabra lo pone aún más


tenso. Ha intentado convencerse de
que solo se trata de una salida de
amigos, de compañeros de oficina,
aunque no ha tenido mucho éxito.
No puede evitar ser su propio
abogado e intentar defenderse de las
acusaciones que su misma
conciencia le hace. Sus alegatos son
los siguientes:

1. No puede demostrarse que quiera


entablar alguna relación
sentimental con Chris. Su salida
no va más allá de la intención de
seguir cultivando una linda
amistad.
2. En ningún momento mi invitación
ha teni-
90 do sesgo de índole romántico o sexual.
No tengo testigos para
afirmarlo, pero tampoco los hay
para afirmar lo contrario.
El defensor

3. En tanto la cita aún no se ha


llevado a cabo, no existe hecho
susceptible de juicio.
4. Además…
En el momento que se imagina el
rostro enojado del doctor Zapata ha
reculado y ha empezado a pensar en
cualquier otra cosa.

Le parece que lleva parado ahí


varios días, cuando, en realidad, no
hace más de cuatro minutos que ha
llegado al centro comercial. ¿Se
habrá puesto la suficiente cantidad
de perfume? ¿Tendrá algún cabello
levantado a mitad del cráneo?
¿Debería haber comprado alguna
menta para el buen aliento? ¿Hay
tiempo aún para eso?

Cuando cree imposible seguir


aguantando los nervios y teme acabar
desmayado o ser víctima de un paro
cardiaco, una figura llama su atención
a media cuadra de distancia.

Le es familiar, aunque no del todo.


Jefferson Moreno Nieves

Los jeans, las botas largas, la blusa


y el corte de cabello son nuevos, y,
cuando la tiene más cerca, se da
cuenta de que el maquillaje también
lo es.

Lo que resulta igual es la mirada


chispeante y la 91 expresión en el rostro
de Chris: siempre a punto de dejar
escapar una sonrisa.

En apenas una fracción de segundo,


Joaquín alcanza a preguntarse cómo
fue que se animó a invitarla a salir, ya
no está seguro de si fue premeditado
o si surgió en el momento que se le
acercó a pedirle la copia del
expediente. Quizá fue un efecto
colateral del shock que llevaba luego
de la entrevista con la esposa de su
nuevo cliente.

De todas formas, nada de eso importa


ya: Chris llega hasta él y le ofrece la
mejilla para que puedan saludarse.

Cuando Joaquín acerca los labios a


la mejilla de la chica, lo único de lo
El defensor

que está seguro es que se alegra de


haberlo hecho.

Dos horas después, Joaquín


Montero apenas recuerda nada de la
película: había un sujeto con un
perro (¿o era un tipo de dragón?),
algunos policías y una puerta a otra
dimensión.

O algo así.

El grueso de su atención ha estado en


Chris y to-
92 das las veces que sus manos se han
rozado al tomar canchita del mismo
balde.

Salen del cine y caminan en


dirección al paradero. A Joaquín le
hubiera encantado invitarla a cenar,
pero sabe que lo mejor para ambos
es irse a casa temprano.

—Me gustó mucho la película. Me


reí como una loca en la parte de la
Jefferson Moreno Nieves

boda —dice Chris, aún ensimismada


en lo que acaba de ver.

—Sí, también fue mi parte favorita


—responde Joaquín sin tener la
menor idea de a qué se refiere la
chica.

—Joaquín —Chris se planta frente a


él con los brazos en jarras—: no hubo
ninguna escena de boda en la
película. ¿En qué has estado pensado
todo este tiempo?

Está acorralado.

Intenta elucubrar alguna excusa


que no suene demasiado incómoda,
pero es la misma Chris quien se
encarga de dársela.

—Es por el caso de Vargas,


¿verdad? El doctor Zapata dijo que
era un caso muy importante y que
ibas a litigar en la Corte Suprema.
93
Bastante convincente, piensa Joaquín, y
decide seguir por ahí:
El defensor

—La verdad es que sí —clava la


mirada en el suelo—. Lo lamento, no
quiero que pienses que no me divertí
contigo. De hecho… me gusta mucho.
Es solo que sigo pensando en que
tuve suerte en el caso anterior y que
quizá esta vez no me vaya igual.

Lo que sucede a continuación no se


lo espera: Chris toma su rostro con
ambas manos y, suavemente, vuelve a
levantar su mirada:

—Tranquilo, te entiendo
perfectamente, pero estás equivocado:
no fue suerte. Fuiste tú.

Joaquín la mira a los ojos y siente


que sería capaz de creer cualquier
cosa que Chris le dijera en ese
momento.

Es cierto que no se conocen hace


mucho, pero, sin saber cómo, la
humildad y la alegría que todo el
tiempo parecen gobernar el alma de
Chris salieron a relucir muy pronto:
su manera de dar los buenos días, el
trato que deparaba a todos por igual
Jefferson Moreno Nieves

y una costumbre de tararear alguna


canción mientras tecleaba en la
computadora. Todas ellas señales de
una persona cuya bondad y buen
corazón es solo equiparable a los
finos rasgos que componen su
belleza física.
94
—Sí, quizá será difícil, pero
también es cierto que cuentas con
toda la capacidad y el talento
necesarios para poder hacer una
buena defensa.

—¿Tú… estás segura de eso?

—Tan segura como que no hubo


una boda en la película que
acabamos de ver. O bueno, que yo
acabo de ver —por fin quita las
manos del rostro de Joaquín y se ríe
dejando a la vista su blanca y
perfecta dentadura.

—Oye, yo también la vi —ahora es


Joaquín quien pone los brazos en
jarras—. Me gustó la parte en donde
aparece el doctor y le dice que… —
Joaquín, no había ningún doctor.
El defensor

—¿Enfermera?

—Nada.

—¿Científico?

—Frío, frío. —Chris se da media vuelta


y empieza a caminar hacia el paradero.

La noche es tibia e invita a disfrutar


de la vida en la calle: no son la única
pareja que camina entre abrazos y
risas.

—Tiene que ser algo como eso, el tipo


95
tenía bata. —Joaquín la sigue a medida
que disfruta cada segundo de aquella
despedida—. ¡Cocinero! ¡Tiene que ser un
cocinero!

Chris vuelve a negar con la cabeza.

Se despiden pocos minutos después.

Ambos con una sonrisa en el rostro.


La estrategia de defensa

Los días corren entre denuncias,


defensas y, claro está, entre los
documentos que comprenden el caso
de Manrique Vargas. Joaquín siente
que conoce la vida del político mejor
que la suya propia.

La acusación de la fiscalía es clara:


creen haber encontrado irregularidades
en el proceso de licitación para la
construcción del nuevo estadio deportivo
de la región, un megaproyecto de varios
97
millones de soles que Vargas prometió
durante su campaña. Otra de las
empresas que se presentó a la licitación y
perdió había dado la alerta.

¿Los indicios de colusión? Un


aparente soplo por parte del comité
seleccionador para que la empresa
que resultó ganadora diera un monto
de apenas unos soles menos
inmediatamente después de que las
otras empresas concursantes enviaran
sus propuestas. Además de eso, una
supuesta coima, una carta fianza
Jefferson Moreno Nieves

falsificada y, por si fuera poco, unas


fotografías tomadas en una playa del
Caribe en las que aparecen,
bronceados y sonrientes, abrazados el
uno del otro, el presidente del comité
de selección junto con el dueño de la
empresa ganadora.

Era claro por qué los fiscales a


cargo del caso, quienes desde hacía
mucho venían tras la pista de Vargas,
se encontraban salivando por iniciar
el juicio y celebraron su condena a
nivel de la Sala de Apelaciones.

—Eso, y que también hay mucha


envidia —afirmó Emerson, mientras
Joaquín y él se encontraban pasando
una tarde de viernes en El Rincón del
Chato, su cebichería preferida.

—¿Envidia?

—Claro. Piénsalo, hermano —


Emerson apartó las botellas de
cerveza vacías para acercarse más a
98 su amigo—: los políticos y empresarios
se la gozan mucho más que los
fiscales. Siempre andan en mejores
carros y se van de viaje más seguido.
El defensor

—Eso parece —respondió Joaquín,


haciendo «salud» y apurando su
vaso. Empezaba a pensar que
durante los últimos dos meses había
ingerido la misma cantidad de
alcohol que durante el resto de su
vida, empezaba a ganar experiencia
también en ese aspecto—. ¿Y qué me
dices de nosotros, los abogados?
¿También nos tendrán envidia?

Emerson soltó una risotada:

—¿Envidia? ¡Envidia es poco,


hermano! Ponte a pensar —hizo una
breve pausa para llamar al mesero y
mostrarle dos dedos—. Imagínate
que tú andes chambeando duro y
parejo por años de años, y que venga
un chibolo de veintitantos y se siente
frente a ti en un juicio con un reloj
que vale lo mismo que tú ganas en
seis meses.

—Yo no uso reloj.

—Pero seguro lo vas a usar,


hermano, y pronto. Y ahí te vas a dar
cuenta lo que les jode que así sean las
reglas del juego.
Jefferson Moreno Nieves

—Tú hablas como si tuvieras más


experiencia que todos los abogados
juntos, compadre —dijo Joaquín—, y eso
que recién vas a entrar a practicar. 99
Emerson se ruborizó mientras
sonreía muy a su pesar. Casi se había
olvidado de que aquella era la
verdadera razón por la que habían
quedado en la cebichería: celebrar
que Joaquín le acaba de conseguir
prácticas en el estudio del doctor
Zapata.

Inmediatamente después, Joaquín lo


había convocado para el equipo que
se encargaría de la defensa de Vargas.

—Ya, ya, compadre, no me vaciles


tampoco — dijo Emerson, después de
volver a llenar su vaso—. Lo que te
digo no es por experiencia, es por
sentido común. Y algo me dice que te
va a tocar verlo cuando estés ahí en la
Suprema.

—Veremos, compadre. Salud.

—Doctor, por favor.

—¡Ah caray! Perdón. Salud, doctor.


El defensor

—Salud, colega.

No les ha tomado más de una


semana delinear los pilares de su
defensa: la clave es el principio de
confianza. Manrique Vargas, como
gobernador regional, no puede tener
la cabeza en todos los asuntos
100 que conciernen a su gestión; por lo
tanto, debe poder delegar ciertas
responsabilidades en su equipo.

Si acaso había cometido un error,


fue confiar en las personas
incorrectas.

—Sobre el soborno, no hay más


que una sospecha —le dice Joaquín a
su equipo. Lo conforman Giuliana
Moreno, Nino Morales y, por
supuesto, el más reciente fichaje del
estudio: Emerson Delgado. Todos
ellos con distintas funciones
dependiendo de su nivel de
experiencia—. La carta fianza y las
fotos del Caribe son asuntos de los
que se tendrán que ocupar los
Jefferson Moreno Nieves

abogados de los demás acusados.


¿Alguna pregunta?

Los practicantes —a cuyo grupo


pertenecía Joaquín hasta hace poco
— niegan con la cabeza al unísono.
—Bien, a trabajar, entonces —y los
despide.

Ocasionalmente, Joaquín toca la


puerta del despacho del doctor
Zapata para mostrarle partes de su
argumentación y preguntarle si va
por buen camino: el abogado siempre
le responde con un pulgar arriba.

Además de sus continuas visitas a El


Rincón del Chato, Joaquín Montero
empieza a tomar otros nuevos hábitos: se
queda en la oficina hasta pasada la
medianoche. Las veces en las que se
olvida por completo de la hora, su madre
se encarga de recordársela: siempre lo
espera con la luz de la cocina prendida y
presta a calentarle un plato de comida.
101 —No tienes que hacerlo, mamá. Yo
veo qué como.

—Nada de eso —le responde su


madre, sin apartar la ceñuda mirada
El defensor

de la hornilla—. Con lo flaco que


estás, no quiero que desaparezcas.

Una de esas noches, al llegar a


casa, se percata de que su madre no
es la única que está despierta,
sentada a la mesa.

También está su padre.

—Flaco —lo saluda Felipe Montero,


poniéndose de pie rápidamente—,
¿vienes de la oficina o de otro lado?

Joaquín le pasa un brazo por los


hombros, al tiempo que repara en la
actitud de su madre: a diferencia de
cualquier otra noche, lo saluda sin
mirarlo, escondiendo su rostro como
avergonzada de algo.

—¿Qué estás haciendo por acá? —


le pregunta Joaquín a su padre,
sospechando que es el culpable.

—Nada, nada, quería preguntarle a


tu mamá si tenía los documentos del
carro porque yo no los encuentro por
ningún lado. Me ha dicho que los va
a buscar. —El hombre también evita
Jefferson Moreno Nieves

mirar a Joaquín a la cara. Avanza en


dirección a la salida—. Ya tengo que
volar. Si tú ves algo, me avisas, pues.
102
—Sí, claro, papá.

—Bueno. Nos hablamos. Chau, flaco.

Y, sin más, se marcha.

—¿Qué quería? —pregunta Joaquín


cuando el rugido del motor termina
de perderse a lo lejos.

Su madre remueve la comida en la


sartén con la concentración de un
cirujano:

—Nada, hijo, ya sabes cómo es tu


padre. Anda metido en mil cosas de
las que después no sabe cómo salir.

—¿De qué se trata ahora?

—Quiere un favor, dice.

No es necesario que sea más


específica:

—Quiere plata, ¿no? —Joaquín deja


su saco en el respaldo de una silla y
El defensor

se acerca más a su madre—. ¿Cuánto


quería? ¿Para qué?

—Dice que para un tema con unos


amigos o de un negocio, ya ni sé, ya
ves lo engatusador que es y no se le
entiende nada.

Continuaron la conversación cuando el


plato de comida ya humeaba sobre la
mesa.

—¿Pero cuánto quería, mamá? —Joaquín


103
hace la pregunta con desgano,
simplemente por llenar el silencio que
corresponde a las horas de sueño, las
horas en la oficina han consumido toda la
energía que le quedaba en el cuerpo.

—Creo que cinco mil o diez mil —la


mujer vuelve a colocar la sartén,
ahora limpia, sobre la hornilla. Se
sienta frente a su hijo y se abraza a sí
misma para ahuyentar el frío—. Era
un monto fuerte.

—Debe estar medio desesperado para


venir a hablarte de eso a estas horas.
Jefferson Moreno Nieves

—Supongo, pero esa cantidad yo no la


tengo.

—Pero algo le vas a prestar.

—No lo sé, no creo.

En el fondo, Joaquín sabe que su


madre acabará cediendo: verá un
modo de conseguir lo que pueda y se
lo dará a su padre.

No sería la primera vez.

Antes, sobre todo con Diego, han


discutido por eso: el menor de los
Montero no soporta que su madre
tenga que correr a apagar los
incendios que el viejo provoca.

A Joaquín tampoco le hace mucha


gracia, pero nunca se ha creído con la
suficiente autoridad mo 104 ral para
reclamarle algo, lo que sea, a su madre.

Ella sospecha lo que está pensando


y se levanta de la mesa, acerca sus
labios a la frente de Joaquín y le da
un beso.
El defensor

—Ya olvídate de tu padre, estás


cansado, come.

—Sí, gracias, mamá.

—A fin de cuentas, el viejo ese


siempre se sale con la suya.

Joaquín prefiere creer que sí y


dedicarse únicamente a dar cuenta
del plato de comida que tiene frente
a sí.

Su cuerpo pide cama. Su mente,


descanso.
La Corte Suprema

Tres semanas más tarde, Joaquín


Montero está de vuelta en Lima, listo
para la primera audiencia del caso
Vargas. Son las nueve en punto de la
mañana cuando el joven abogado
llega al pie de las escaleras que dan
la bienvenida al Palacio de Justicia en
Paseo de la República: le recuerda a
las imágenes que ha visto del Olimpo
griego.

Joaquín inicia el ascenso cuando el


105
doctor Zapa- ta lo detiene:

—El ingreso no es por ahí. Es por el


costado, por la puerta principal solo
entran los dioses, los supremos.

Algo decepcionado, Joaquín regresa


al nivel de la calle y sigue a su
maestro, que va camino de una
entrada mucho menos teatral: más
parecida a una discreta puerta de
servicio que a la entrada a la Corte
más importante del país.

El equipo en pleno acompaña a


Joaquín y al doctor Zapata. Giuliana,
Nino y, en especial, Emerson, avanzan
por los pasillos del edificio sin poder
contener la emoción: hacen algún
comentario ligero o sueltan una risita
que rebota en los techos altísimos del
lugar. Emerson va más allá:
se toma selfis que luego subirá a sus
redes sociales.

Aquello, sin embargo, no consigue


distraer a Joaquín: la última semana
se ha dedicado únicamente a
practicar la exposición de sus
alegatos de apertura. En más de una
ocasión, su madre ha llamado a la
puerta de su habitación para
comprobar si todo estaba en orden.

—¿Con quién te andas peleando, hijo?

106 Es un aviso, pensó Joaquín en su


momento, tengo que ir buscando un
lugar propio.

Esa es otra de las razones que lo


llevan a querer lucirse durante la
audiencia: si todo sale como espera,
recibirá un bono adicional por
resultados, suficiente para empezar
a ver algunos departamentos en
alquiler.
Jefferson Moreno Nieves
Nada exagerado: un par de
habitaciones, una cocina y un juego
de llaves cuyo único poseedor sea él.

—Es por aquí —dice el doctor


Zapata, señalando un pasillo junto a
las escaleras.

Metros más allá, se ubica la


entrada a la sala donde está
programada la audiencia: Joaquín y
compaEl defensor

ñía encuentran un grupo de elegantes


trajes listos para entrar junto con ellos.

—Son los abogados de los demás


sentenciados, ¿verdad? —pregunta
Joaquín.

El doctor Zapata asiente. En ese


momento, uno de los abogados —alto,
con lentes y patillas plateadas— se
aproxima hacia ellos con una gran
sonrisa excesivamente blanca en el
rostro.

—Doctor Zapata, ¿cómo le va? —saluda


el abogado.
—Doctor Nices, nos volvemos a
encontrar — 107 responde el veterano,
devolviendo el apretón de manos.

—Así es, doctor. —Inmediatamente


después, se centra en Joaquín—. Y
usted debe ser el doctor Montero,
¿verdad? ¡Qué gusto!

Joaquín saluda y agradece el


comentario. Mientras su jefe hace las
presentaciones:

—Así es, Joaquín es nuestro nuevo


alfil en el estudio. Joaquín, este es el
doctor Osman Nices, un buen colega
que trabaja en el estudio Figueroa,
Hinostroza y Nices. Si mal no
recuerdo, tiene a su cargo la defensa
del presidente del comité
seleccionador.

—Así es, doctor, pero ustedes


tienen al «pez más gordo» —dice
Nices y vuelve a mostrar su
dentadura casi fosforescente.

Joaquín nunca ha sido dado a


juzgar a la gente por anticipado,
pero algo en su interior le dice que
su sonrisa no es lo único falso que
tiene Osman Nices. De modo que se
Jefferson Moreno Nieves
limita a asentir y a sostener la
sonrisa, un amable muro de
contención para no seguir
intimando.

Poco después, las puertas de la


sala se abren y la docena de
abogados congregados allí ingresan
a ocupar sus lugares.
108
Como es costumbre, el relator
encargado de verificar la presencia
de todos pasa lista antes de iniciar,
para que el presidente de la sala no
reniegue por la ausencia de los
sujetos procesales. Pronto se suma
una multitud de asistentes, entre
prensa, chismosos, enemigos
políticos encubiertos, pero también
las esposas e hijos de los
sentenciados.

Manrique Vargas se acerca al


asiento vacío que hay junto a Joaquín
y le ofrece la mano:

—¿Cómo le va, doctor? Manrique


Vargas para servirle.

—Mucho gusto, gobernador.

El defensor
El sentenciado va bien acicalado,
nadie podría creer que lleva ya varias
semanas tras las rejas: como buen
político de carrera, sabe que no
puede descuidar su imagen. Ni
siquiera ahora que ha sido
sentenciado de un delito tan grave.

—¿Todo listo, doctor?

—Listo. Usted no se preocupe: tenemos


una defensa sólida.

—Es lo que quería escuchar —


responde Vargas y, finalmente, se
sienta.

109

Es como estar a mitad de un teatro


o la corte de un rey: la madera oscura
y la moqueta de color rojo le otorgan
una solemnidad imposible de
encontrar en otra sala en el país.

¿Cómo rayos he llegado hasta


aquí?, se pregunta una vez más
Joaquín, recordando que hasta hace
pocos meses no era más que un
practicante que luchaba para que el
dinero le alcance para algo más que
un par de zapatos nuevos.
Jefferson Moreno Nieves
El doctor Zapata repara en el
asombro de Joaquín y, desde el
asiento que ocupa tras él, le da un
breve toque con el hombro:

—Espera a que escuches cómo se


oye tu voz aquí. Te vas a volver
gigante —después gira hacia
Emerson y le pide que de una vez
por todas guarde ese maldito celular.

Joaquín se siente tranquilo: tener a


su maestro en su «esquina» es un
gran aliciente. Ni siquiera la prensa
—que sabe se encontrará a la salida
de la audiencia— le quita el enfoque.
Revisa sus documentos y notas por
última vez cuando uno de los
magistrados empieza a hablarle al
micrófono.

Entonces sabe que pronto le tocará


tomar la palabra a él.
110
Una «bolsita» para los jueces

Horas más tarde, el equipo se


encuentra almorzando en el
restaurante Arturo —que tiene los
platos necesarios para levantar los
ánimos de los litigantes—. Celebran la
que confían será una gran victoria.
Esta vez es el mismo doctor Zapata
quien lo ha dicho:

—La argumentación ha sido sólida.


Quien sí está en problemas es el
111
presidente del comité selec- cionador
—dice el abogado más viejo y curtido que
hay en la mesa—. Cuando Nices dijo que
su cliente se había encontrado
casualmente con los empresarios
ganadores en aquel viaje de vacaciones,
todos los magistrados pusieron cara de
ofendidos. ¿Te fijaste?

—Les pareció una cachetada a su


inteligencia — responde Joaquín.

—Un escupitajo, más bien.

Los demás también tienen sus propios


comentarios:
Jefferson Moreno Nieves
—La verdad, no creí que fuera a
durar tanto — dice Giuliana, dejando
a un lado su cuenco de sopa.

—A mí se me salió un aplauso
después de que Joaquín terminó sus
alegatos de cierre —dice Nino,
ruborizado.

—Y bueno, doctor —dice Emerson,


arrimando su silla a la que ocupa el
doctor Zapata—. Ya que la victoria es
un hecho, quizá sería bueno ir
hablando del bono de resultados, ¿no
le parece?

Nadie sabe si está hablando en


serio. Mucho menos el aludido,
quien mira al practicante entornan-
112 do los ojos y frunciendo el ceño, como
si le acabara de estornudar encima.

Justo cuando todo mundo espera


que lo despida en ese preciso
momento, el doctor Zapata estalla en
una carcajada que nadie creer
haberle oído nunca, que aleja la
tensión y permite que la celebración
continúe.

O eso es lo que Joaquín espera.


Se sirve un nuevo vaso de gaseosa
cuando ingresa la llamada: es Bety
Aguirre, la esposa del gobernador.

Joaquín se disculpa y va a
contestar lejos de la mesa, junto a
los baños del restaurante:

El defensor —Señora Aguirre,

dígame.

—Doctor… Quisiera… hablar con usted.

A Joaquín Montero solo le basta oír


aquella primera frase para saber que
lo que sigue no le va a gustar.

Uno de los otros abogados —Nices,


supone Joaquín— se había puesto en
contacto con ella. Le dijo que «tenía
llegada» con dos de los jueces y que
estos, en representación de los cinco, le
habían pedido una «bolsa» a cambio de la
absolución de 113 todos.

—Quince mil dólares por cada uno,


doctor — dice la señora Aguirre,
abatida como solo puede estarlo
quien se encuentra entre la espada y
Jefferson Moreno Nieves
la pared—. Dice que tenemos mañana
hasta el mediodía.

Joaquín se toma un momento antes


de contestar. Como todo buen
abogado, los argumentos para rebatir
la propuesta acuden a su mente
raudos. Sin embargo, quiere llegar a
la esposa de Vargas con toda la
delicadeza posible.

—Señora Aguirre, déjeme


preguntarle una cosa con todo
respeto. Su esposo y los demás están
aquí por una acusación de
corrupción, ¿y ahora usted me está
diciendo que dicha acusación la
vamos a solucionar cometiendo un
acto de corrupción?

Aquello deja a Aguirre sin


palabras: no encuentra mejor
respuesta que su silencio.

Joaquín continúa:

—Dígame, señora, con toda


sinceridad, ¿no cree que lo hemos
hecho bien?
—Pues sí, doctor, de eso no hay
duda. Es solo que usted sabe cómo
suelen ser las cosas en nuestro país.
114
—Señora, disculpe, pero me
parece que usted se está
confundiendo: su esposo está siendo
juzgado en la Corte Suprema. Ese
que usted ha visto hoy no es un
juzgado cualquiera: todos ellos son
jueces supremos titulares. Además,
¿qué tal si le están tomando el pelo?
¿Cómo sabe usted que no le están
tendiendo una trampa para
perjudicar a su esposo?

—Pues… la verdad, no estoy


segura. El abogado dijo que…

—Lo único que debe preocuparle a


usted es lo que dice el abogado de su
esposo, es decir, yo —si bien es
cierto que ya no suena tan delicado
como al inicio de la conversación, lo
que ahora preocupa a Joaquín es
sonar firme: lo último que necesita
ahoEl defensor

ra es que una jugarreta como aquella


eche a perder su gran desempeño.
Continúa—: Usted nos buscó por
Jefferson Moreno Nieves
nuestros buenos resultados, ¿verdad?
Si
es así, ¿de qué sirve entonces ser tan
buenos si al final el veredicto se va a
arreglar por lo bajo? ¿No le parece a
usted el colmo? Confíe usted en
nuestro trabajo, señora Aguirre, y ya
no vuelva a prestar oídos a esa clase
de propuestas.

«¡Confíe en mí, confíe en el derecho!».

Casi le ha parecido escuchar a su


madre en su voz: acaba de resondrar
a un cliente por primera vez.
115
No acaba de gustarle, pero Joaquín
siente que ha sido necesario.

—Tiene razón, doctor —dice al fin la


mujer—. No se preocupe, mi esposo y yo
confiamos en usted.

—Muchas gracias, señora. Estamos


en contacto para la lectura de la
decisión que estamos seguros será
favorable.

Joaquín cuelga y aprovecha para


meterse al baño. Dentro se encuentra
con el doctor Zapata, que se ha
deslizado tras él mientras hablaba por
teléfono y que ahora se está lavando
las manos.

—¿Quién era? —pregunta.

—Pues adivine qué, doctor —le


dice Joaquín, para luego contarle la
conversación que ha mantenido con
Bety Aguirre.

—Pues muy bien contestado —el


doctor Zapata le da un par de
palmadas en la espalda después de
secarse las manos—. Y sí, lo más
seguro es que sea Nices intentando
ganarse unas sucias monedas con tu
trabajo. Lamentablemente, es ese
tipo de abogado. En fin, volvamos a
la mesa, sino ese gordo de Emerson
se va a terminar la ronda de
wantanes él solo.

Joaquín le cede el paso a su


maestro para que 116 este salga del baño
primero.

Cuando ambos llegan a la mesa,


ninguno está pensando ya en aquella
desagradable llamada telefónica.
Jefferson Moreno Nieves
Desayuno en el Sheraton

Los únicos que se han quedado en


Lima para escuchar la resolución del
juzgado son Joaquín y el doctor
Zapata: los demás ya han vuelto a
Huaraz para ocuparse del trabajo
pendiente.

El día de la lectura, Joaquín y su


maestro desayunan frente a la Corte
Suprema, en el Sheraton. Este hotel
limeño es de los más elegantes y a donde
concurren los abogados que tienen un
117
tiempo libre antes de cruzar a pelear
como leones en las salas del Poder
Judicial. Cuando el mesero les deja la
carta, Joaquín hace un esfuerzo por que
no se le note el espanto que le generan
los precios.

—Tú tranquilo —le dice el doctor


Zapata, para quien no ha pasado
desapercibido el breve sobresalto de
Joaquín—. Esto también corre por mi
cuenta. —Gracias, doctor.
Jefferson Moreno Nieves

—De nada, hijo. Y te aconsejo que


mejor te vayas acostumbrando a este
tipo de lugares y este tipo de precios.

—¿Por qué lo dice, doctor? ¿Vamos


a volver seguido?

—Yo no, pero tú sí —le responde y


le dedica una sonrisa que expresa
cariño y a la vez admiración.

Joaquín desearía poder responderle


con una de vuelta, pero la duda se
impone sobre su deseo de
corresponderle.

—Creo que no le entiendo, doctor.

—Ahora te lo explico. No te
preocupes, pero primero hagamos el
pedido, no falta mucho para 118 que la
Corte abra sus puertas.

Joaquín ordena un desayuno


continental, mientras que el doctor
Zapata se conforma con una
butifarra y una taza de café bien
cargado. A su alrededor, las
personas comen y ríen como si fuera
El defensor

un domingo por la mañana y no un


día de semana.

Una vez que tiene la mesa servida,


el doctor Zapata vuelve a tomar la
palabra:

—¿Te acuerdas de Osman Nices?

—Claro, es el abogado del


presidente del comité.

—El mismo. Me llamó ayer por la


noche. ¿Tienes idea del porqué de su
llamada? Te adelanto que no tiene
que ver con lo que te contó la esposa
de Vargas.

Joaquín espera en silencio a que sea


el doctor quien le diga la respuesta.
Si no es sobre la bolsa de dinero para
los jueces, no se le ocurre ninguna
otra razón para la llamada de Nices.

—Quería hablar sobre ti —continúa


Zapata y aquella sonrisa paternal
vuelve a aparecer en su rostro.
Jefferson Moreno Nieves

—Creo que todavía no comprendo del


todo — responde Joaquín, aunque una
idea ha empezado a
formarse en su cabeza. 119

—Admito que me alegra que haya


tenido la decencia de hablarme
primero a mí y no haberse dirigido
directamente a ti, como podría haber
esperado. Le concedo ese punto a
Nices. Sin embargo, no creo que
tarde mucho en saltarse mi autoridad
como tu jefe. Está realmente
interesado en contratarte.

Aunque ya había intuido cuál era la


intención de Nices, Joaquín no sabe
cómo tomarse la noticia: es de las
últimas cosas que se le hubiera
ocurrido que iba a tratar aquella
mañana con el doctor Zapata.

Se lleva la taza de café a la boca,


intentando ganar tiempo para dar una
respuesta.

—Ya veo —es todo lo que atina a


decir al cabo de un momento.
El defensor

—Bueno, ya te había dicho que


algo así pasaría pronto. Y de seguro
que Nices te tendrá una oferta
mucho mejor de lo que te imaginas:
te ha oído en la sala y está muy
impresionado. En eso coincido con
él: los dos sabemos que tienes un
gran futuro por delante. Lo segundo
en lo que coincidimos es que
ninguno de los dos quisiera que ese
talento tuyo se quede relegado a
provincia.

No son los primeros halagos que


recibe Joaquín desde su desempeño
en la audiencia anterior: un
120 día antes, algunas horas atrás de la
llamada de Nices, Joaquín recibió
otra por parte de LP, una revista
jurídica digital que había seguido de
cerca el caso de Vargas y cuyo editor
había quedado gratamente
sorprendido por los alegatos de
Joaquín.

Querían saber si no tendría


problema en facilitarles sus escritos
para armar un artículo sobre la base
de dichos documentos.
Jefferson Moreno Nieves

Joaquín, por supuesto, había accedido.

Pero por encima de los elogios que


ahora estaba recibiendo por parte de
Osman Nices, en boca del doctor
Zapata, hay otras cuestiones que el
joven abogado piensa deben tomarse
en cuenta. —Supongo que sí —
responde después de acordarse de
ellas—, pero tampoco es que no haya
buenos casos allá en Huaraz o en las
demás ciudades de Áncash. Solo
basta ver a dónde nos trajo el de
Vargas.

—Claro, tienes razón, pero no son


más que tiburones. Aquí en la capital
es donde realmente están las
ballenas.

Es el turno del doctor Zapata de


tomarse un largo trago de café.

El mesero se acerca a preguntar si


desean ordenar algo más y ambos niegan
con la cabeza. 121

—Bueno, quizá la oferta sea buena


—dice Joaquín—, pero, después de
conocer sus métodos de trabajo, de
El defensor

seguro que no es el tipo de abogado


con el que me gustaría seguir
haciendo carrera.

—Eso mismo pensé yo —responde el


abogado, visiblemente complacido—.
Además, tú estás para cosas aún más
grandes, y no estoy hablando
únicamente de dinero. Eso llegará, no
te apresures a ir tras él. Lo que
importa es seguir forjándote a fuego
en un buen lugar, con las personas
correctas. ¿Sabes dónde me gustaría
verte?

—¿Dónde?

—¿Conoces el estudio Phillipe &


Aragaki?

Joaquín deja escapar una risa:

—Doctor, no existe abogado en el


Perú que no conozca ese estudio.

—Así es, siempre lleva adelante el


tipo de casos que tienen en vilo al
país. Es como cuando juega la
Selección: todo el mundo está
pendiente de él. Aragaki forma parte
Jefferson Moreno Nieves

de una categoría distinta de letrado:


es abogado de presidentes, de
mandatarios. Harina de otro costal.

122 —Seguro que sí, doctor, y es por eso


que no creo que sea tan sencillo
entrar a trabajar con él.

—Bueno, déjame preguntarte una


cosa. —El doctor Zapata se termina
su café y se pasa una servilleta por
los labios—. ¿Hubieras creído
posible, seis meses atrás, que hoy
por hoy estarías litigando en la Sala
Penal Nacional o en la Corte
Suprema?

Joaquín se ve expuesto:

—No lo creo.

—Entonces, ¿por qué piensas que


no es posible que puedas entrar a
trabajar ahí? —Y dirigiéndose al
mesero—: Joven, la cuenta, por
favor. —El doctor Zapata se saca un
par de billetes del bolsillo de la
camisa y los deja sobre la mesa—.
Además, me he enterado de que
dentro de tres meses
El defensor

aproximadamente van a empezar a


reclutar.

El mesero toma los billetes y los


mete dentro de un cartapacio más
pequeño que las cartas. Promete
volver pronto con el vuelto, pero el
doctor Zapata le hace un gesto
negativo con la mano.

La imaginación de Joaquín ha
echado a andar: se ve a sí mismo
ingresando a una gran oficina con
vistas que dominan la ciudad de Lima
y estrechando la mano de César
Aragaki.

Parece más un sueño que una realidad,


piensa. 123

—Una vez más, doctor, le agradezco


la confianza, pero quizá no sea el
momento. Hay mucho trabajo en el
estudio ahora y no quisiera tener que
dejarlo con todo eso.

—Es muy generoso de tu parte,


muchacho, pero te voy a ser
absolutamente franco: no te haría
algo como eso.
Jefferson Moreno Nieves

—¿Hacerme qué, doctor?

—Encadenarte allá y esperar a que


el tiempo corra. —Zapata se pone de
pie, se acomoda el saco y se quita
alguna migaja que haya ido a parar
en su corbata—. Alguna vez yo tuve
esa misma oportunidad y no la
aproveché como tendría que haberlo
hecho. Me sentía cómodo, como quizá
te sientas tú ahora con los casos que
te tocan en Huaraz. Pero te diré qué
es lo terrible: nunca sabré hasta
dónde pude haber llegado, y esa es
una pregunta que sigue ganando peso
con los años, ¿comprendes? Hay
muchas cosas que te puedo enseñar,
pero quedarte en tu zona de
comodidad no quiero que sea una de
ellas. Así que prepárate, porque quizá
esta sea la última lectura de
sentencia que tengamos que oír
juntos. Vamos.

124
Malas noticias

Esta vez la sala está menos


concurrida: sin los practicantes de los
distintos estudios y la ausencia de
algunos familiares de los
sentenciados, poco menos de la mitad
de los asientos ha quedado libre.

Joaquín y el doctor Zapata ocupan los


mismos lugares que hace dos días. El
joven abogado tiene planeado volver por
la noche a Huaraz. Ha llegado hasta sus
oídos que Chris y Emerson están pre- 125
parando una pequeña celebración a su
regreso. El doctor Zapata, lejos de
impedirlo, les ha autorizado sacar algo de
dinero de la caja chica.

A pesar del cielo encapotado de la


capital, para Joaquín Montero es un día
luminoso.

—Buenos días, doctor.

La voz de Bety Aguirre le llega desde la


fila de atrás.

Joaquín voltea y le estrecha la mano:

—Buenos días, señora.


Jefferson Moreno Nieves
—Buen día, doctor Zapata —agrega ella
y,
dirigiéndose al otro abogado—: ¿Cómo
están los dos? —Muy tranquilos y
confiados, señora —responde Zapata—, y
espero que usted también lo esté.
—Claro, sí.
Intercambian un par de
comentarios más sobre el caso y
sobre el sentenciado: la esposa les
cuenta que el gobernador regional
ya no puede esperar más para volver
a su ciudad. También a él lo está
esperando una fiesta, solo que la
suya será en el gobierno regional,
con una gran orquesta y la gente de
su partido político.
—Espero nos puedan acompañar,
doctores.

126Ambos abogados le aseguran que allí


estarán.
La mujer les agradece una vez más
por todo y vuelve a estar en silencio.
Algunos sitios más allá se
encuentra Osman Nices. Dirige un
saludo hacia donde están ellos, que
no tarda en ser correspondido.
Cinco minutos después, los jueces
ingresan a la sala: la concurrencia se
pone de pie.
La secretaria inicia entonces con la
lectura de la sentencia.
Una punzada de mal augurio toca
a Joaquín por la espalda, pero trata
de ignorarla.
El defensor

Otros quince minutos después,


cuando la lectura que realiza la
secretaria casi se ha convertido en un
ruido de fondo al que nadie parece
prestarle la debida atención, llega la
parte importante.
El veredicto:
—Por todo lo antes expuesto —
termina diciendo la secretaria—, el
presente juzgado ha decidido
absolver a todos los imputados del
delito de colusión en perjuicio del
Estado. —Un murmullo de excitación
se eleva por encima de la
concurrencia: Joaquín y el doctor
Zapata se estrechan la mano por
debajo de la mesa—. Asimismo, ha
decidido absolver del delito de
Jefferson Moreno Nieves
negociación incompatible a los
imputados…
127
Joaquín va contando los nombres que
menciona la secretaria del juzgado: uno,
dos, tres. Pero falta uno.
El de su defendido.
Cruza una mirada con el doctor Zapata
en el momento en que sus peores miedos
se ven confirmados:
—Por otro lado, resuelve condenar a
siete años de pena privativa de la
libertad al imputado Manrique Vargas
Guerrero por el delito de negociación
incompatible en perjuicio del Estado.
A Joaquín le gustaría pedirle que se
detenga, que le permita revisar dicha
sentencia, pues está seguro de que
hay un problema con ella. Pero la
secretaria continúa leyendo hasta dar
por terminada la audiencia.

En un parpadeo todo ha
terminado. El resto de abogados se
levantan a felicitar a sus clientes,
mientras que Manrique Vargas los
mira consternado.
Una furia sorda se apodera de
Joaquín, quien no puede aceptar el
hecho de ser presa de una jugarreta
como aquella. Observa con furia a
los jueces, quienes también han
emprendido la retirada.
Se largan a contar su dinero,
piensa el joven abogado y se levanta
de su asiento como si este tuviera un
resorte:
—Discúlpeme, su seño…

128 La mano del doctor Zapata lo toma


con fuerza del antebrazo,
impidiéndole erguirse por completo.
De hecho, lo devuelve a su asiento
de un tirón.
—No es ni la forma ni el momento,
muchacho.
—Pero, doctor, usted sabe que…
Una figura pasa por delante de él y
Joaquín enmudece: Bety Aguirre,
anegada en lágrimas, le dirige una
de las miradas más terribles y
elocuentes que ha recibido en su
vida: siente que es él quien ha
enviado a prisión a Vargas.
Jefferson Moreno Nieves
Voltea a ver al doctor Zapata en
busca de respuestas, su maestro
finalmente retira la mano de su
antebrazo.
—Ve a hablar con ella.

El defensor

Joaquín se levanta, mucho más


lento que durante su primer intento y
camina en pos de la mujer: le dirá que
van a interponer un hábeas corpus y,
de ser necesario, conseguir pruebas
de las coimas que les habrían pagado
a los jueces para así poder
denunciarlos.
Le va a asegurar que aquello no se
va a quedar así, que no va a permitir
tal injusticia y que agotará hasta la
última instancia competente con el fin
de…
Pero ninguno de todos aquellos
planes y promesas llega a oídos de
Bety Aguirre, quien se marcha
cuando Joaquín aún está a un par de
metros de ella.
Joaquín se queda varado en medio de la
sala: su cabeza se ha convertido en un
cúmulo de sensa- 129 ciones indeseables,
incómodas y de pensamientos oscuros.
Viene a su mente las palabras: «Nosotros
confiamos en usted».
Se gira para retornar junto al
doctor Zapata, pero todavía hay una
escena adicional que el destino ha
preparado para él: el momento en el
que Manrique Vargas es tomado por
ambos brazos por los miembros del
INPE con el fin de devolverlo al penal
en el que, al parecer, pasará una muy
larga temporada.
Cuando abandonan el Palacio de
Justicia, Joaquín no necesita que
nadie lo convenza de que aquel es
quizá el peor día de su vida. Lo que
ignora es que aún no ha terminado.

Siente la cabeza tan cargada que


por poco no contesta la llamada.
Y pronto se lamenta de haberlo
hecho.
—¿Hola?
—Flaco, soy yo.
—Papá, hola. ¿Sabes?, ahora
mismo no es un buen…
Jefferson Moreno Nieves
—Tranquilo, te lo digo rápido: me
quieren meter preso.
Joaquín trastabilla a dos escalones
de llegar a la vereda, el doctor Zapata le
130
extiende una mano para que no caiga
y termine desparramado en el suelo.
—¿Qué dices?
—El fiscal me está acusando y está
pidiendo doce años. Ojalá… me
puedas ayudar.
Ahora sí ya no le queda duda
alguna a Joaquín Montero: aquella
mañana no debió salir de la cama.
La acusación fiscal

Joaquín Montero aprovecha sus


últimos minutos que le quedan en la
habitación del hotel donde se hospeda
para revisar la acusación fiscal que su
padre le ha hecho llegar a su teléfono.
Los dos delitos de los que se le acusa
son bastante graves: daños a la
propiedad privada y robo agravado.

—¿Cómo carajo has terminado siendo


acusado de eso? —le espetó a su padre
cuando este se lo co- 131 mentó durante la
llamada.

Felipe Montero pasó por alto el


hecho de que su hijo le hablaba de
esa forma por primera vez en su vida
y se dedicó a hacer un resumen de lo
sucedido.

Los hechos habían tenido lugar


cinco meses atrás, tiempo durante el
cual su padre había mantenido la
boca cerrada, sin comunicarle
absolutamente nada a ningún
miembro de su resquebrajada familia.
Jefferson Moreno Nieves
Un día, mientras su padre se
encontraba almorzando con un par de
amigos, había recibido una llamada de su
hermano, Eduardo Montero, un tío que
Joaquín no recordaba haber visto más de
tres ocasiones en total. Eduardo
necesitaba ayuda para evitar un abuso
que estaban cometiendo contra Eliza
Montero, la hermana de ambos, y Viviana
Suárez Montero, la hija de Eliza y su
sobrina.

—El novio y su familia las están


botando de su casa —le había dicho
Eduardo, con la indignación
vibrando en cada sílaba—: las están
sacando como perros, a patadas.
Tenemos que hacer algo.

No hubo necesidad de darle mayor


explicación a Felipe: dejó a un lado
su plato de comida y su
132 cuarto vaso de cerveza y se levantó
para acudir al llamado de su
hermano.

No era la primera vez que iba en


defensa de algún familiar o amigo.
Quizá no había sido el mejor padre o
el mejor esposo, pero si algo lo hacía
especial, era su capacidad para
propinar y recibir golpes. En su
juventud, había sido uno de los
mejores boxeadores de la liga de
Áncash, pero la misma desidia que
después le costaría su familia, se
había llevado por delante aquella
prometedora carrera.

Aun así, Felipe Montero nunca


había perdido el toque. Joaquín
todavía recordaba aquella vez en la
que, durante una mañana deportiva
de confraterEl defensor

nidad, había visto a su padre partirles la


boca a tres miembros del equipo
contrario sin ayuda de nadie.

Y era justo para eso para lo que sus


hermanos lo necesitaban.

—¿A cuántas personas golpeaste? —


preguntó Joaquín: ya no le interesaba
si el doctor Zapata lo escuchaba o no.

—A cuatro: el novio de Vivianita, el


papá del novio, el hermano del papá y
un amigo del novio que se me tiró por
la espalda. Cobarde de mierda.
Jefferson Moreno Nieves
—Ya, y ahora dime, ¿cómo es eso de…?

133 —Ah, no, había uno más.

—¿Quién?

—El primo del novio, el que estaba


filmando todo desde el segundo piso.

—¿A ese fue al que le quitaste la


cámara que han reportado como robada?

—A ese mismo, sí.

Fue entonces cuando Joaquín le


prometió que lo vería al día siguiente.
También le pidió que le enviara la
acusación completa y sus anexos lo
más pronto posible con el fin de
analizar los fundamentos de la fiscalía
y poder responder a la brevedad. El
plazo máximo para hacerlo es de diez
días, de otro modo, Felipe Montero
perdería la última oportunidad de
poder defenderse.

—¿Cuándo fue que la recibiste? —


le preguntó Joaquín siguiendo al
doctor Zapata al interior del taxi.

—Hace cinco días —respondió Felipe.


Fue la segunda vez que Joaquín le
soltó un carajo a su padre.
134

Los principios no se negocian

La primera idea que había tenido


Felipe Montero había sido la de
solucionar el asunto por el único
camino que le resultaba confiable: el
soborno.

Está relatándole a su hijo acerca del


periplo que había sido intentar conseguir
el dinero que un contacto del fiscal le
había pedido, cuando a la mente de
Joaquín acude una imagen relativamente
reciente: aquella noche en la que, al
135
llegar de la ofi- cina, lo había
encontrado en la cocina de la casa de su
madre en actitud sospechosa.

—Fuiste a pedirle el dinero a mamá,


ya lo recuerdo —le dice la segunda
vez que hablan, a poco de llegar a su
habitación del hotel. Durante el
trayecto en taxi, el doctor Zapata se
había enterado a grandes rasgos de lo
ocurrido e intentaba calmarlo—.
Jefferson Moreno Nieves
Necesitabas algo de diez mil,
¿verdad?

—En realidad, necesitaba veinte y no


en soles.

—¿Te pidió veinte mil dólares? —


exclama Joaquín, cansado de sentirse tan
indignado.

—Así es, solo alcancé a conseguir


algunos miles de soles y esperaba
que tu madre me pudiera completar
con algo.

Joaquín se restriega la cara con


impotencia.

—¿Y te dio lo que le pediste?

—Solo dos mil. No quiso prestarme más.

—Pues hizo bien —responde


Joaquín, sin la convicción a la que
está acostumbrado.

Quisiera culpar a su padre y reclamarle


por ha-
136 ber intentado el camino de la
corrupción. Sin embargo, con lo que
acaba de vivir con el caso Vargas, no
siente tener la autoridad moral para
hacerlo.

Si no hubiera convencido a Bety


Aguirre de ignorar el trato que le
estaban ofreciendo por debajo de la
mesa, su esposo ahora estaría libre,
igual que el resto de acusados que,
sin lugar a dudas, sí habían
contribuido con aquella famosa bolsa
de dinero.

Joaquín va a pasar el resto del día


sentado a la mesa de un café, aún
faltan algunas horas para abordar el
bus hacia Huaraz. El doctor Zapata
tiene sus propios quehaceres: visitar
a un amigo y darse una vuelta por
sus librerías favoritas. Invitó a
Joaquín a
Jefferson Moreno Nieves

acompañarlo, pero este se disculpó


hablándole de aquella acusación que
debía responder.

Mejor así, piensa ahora. Ya es


bastante vergonzoso cargar con el
fiasco de la sentencia contra el
gobernador regional como para
soportar que su maestro le tenga
lástima por un asunto personal.

—Al menos déjame llevarme tu


maleta —le propuso Zapata—. Pasaré
por la agencia y la dejaré encargada
allí hasta que sea la hora del viaje.

Joaquín accede y vuelve a agradecerle


por todo. Su maestro se despide de él
con un par de palmadas
en el hombro. 137

Emerson lo ha llamado y le ha
dejado un par de mensajes, lo mismo
Chris. Pero a ninguno de los dos ha
contestado, no tiene intención de
hablar de la fiesta de bienvenida —
que ya es historia— ni mucho menos
de contar sobre el resultado obtenido.
El defensor

Hay cosas mucho más importantes


ahora.

Joaquín tiene que concentrarse en el


documento que hay en la pantalla de su
teléfono.

Pero es inútil.

Las frases se entreveran unas con


otras, pierde el hilo del texto
constantemente y, por primera vez
en mucho tiempo, los términos
jurídicos no tienen ningún
significado para él.

No pasa mucho hasta que se


convence de que es inútil. Guarda el
teléfono de vuelta en el bolsillo, deja
su café a medio terminar y sale del
lugar.

Echa a andar por unas calles que


no conoce, sin un rumbo fijo,
únicamente con la consigna de
despejar su mente y no pensar
durante, al menos, cinco minutos.

138 Le es difícil pensar en lo bien que


empezó el día y lo mal que está
Jefferson Moreno Nieves

terminando: siente que ha


defraudado a todo el mundo.

En especial, a él mismo.

Afortunadamente, el doctor Zapata


ha dormido durante la mayor parte
del viaje y Joaquín no ha tenido que
compartir el insomnio con él: se la
ha pasado viendo las luces de la
capital ir disminuyendo junto a su
ventana a medida que la dejaba
atrás.

Al llegar a la agencia de viajes en


Huaraz, ambos van por su maleta.
Joaquín le pide un minuto antes de
que el doctor se vaya.

—Quería decirle que… siento


mucho lo que pasó con Vargas.
Supongo que a veces hacer un buen
trabajo no es suficiente.

Zapata, con los ojos hinchados y algo


despeinado, asiente:
El defensor

—Pues, como ya te dije antes, a


veces se pierde y otras se gana.
Recuerda tu caso anterior, el de
Villanela: aquí también se puede
hacer algo. ¿Quién te dice que no
puedes ganar en esta próxima
oportunidad?

—Esa es la cuestión, doctor, no creo que


me vaya a hacer cargo del caso para el
hábeas corpus. 139

Las cejas del doctor se elevan hasta la


mitad de su frente. Joaquín se apresura
a explicarse:

—Es por el caso de mi papá, doctor.


Voy a ocuparme de él a tiempo
completo durante el próximo mes.
Como usted sabe, afronta una
acusación que podría llevarlo doce
años preso y, por lo que he alcanzado
a revisar de la acusación fiscal, lleva
todas las de perder. Con toda
sinceridad, doctor, me sería imposible
concentrarme en los demás casos que
hay en el estudio si tengo el futuro de
mi padre entre manos.
Jefferson Moreno Nieves

—Ya veo. —El doctor Zapata


también ha tenido un viaje largo.
Joaquín sabe que, aunque no lo
demuestre, lo de Vargas lo ha dejado
muy bajo de ánimos. A pesar de eso,
guarda la compostura—. Lo
entiendo. Vuelve cuando te sientas
listo.

Se despiden, finalmente, con un


apretón de manos.

El doctor Zapata se pierde entre


los demás pasajeros que van de
salida, cada cual con su maleta y los
cabellos despeinados.

140
Vuelve a casa, donde su madre lo
espera con los brazos abiertos y la
aflicción a flor de piel:

—Ese viejo me quiere matar de


una cólera. ¿Qué tiene en la cabeza
para meterse en esos problemas?
Ahora sí está contento, al fin
consiguió acabar peor que nunca.
El defensor

Hace algo más de diez años que la


relación sentimental entre ambos se
ha terminado. Ella, sin embargo, aún
siente cariño y se preocupa por el
viejo, aunque le cueste aceptarlo.

Joaquín se dedica a consolar a su


madre durante los siguientes
minutos. Diego los mira desde su
lugar en la mesa de la cocina,
mientras sigue engullendo sus panes
con queso, da la impresión de que
todo lo que ocurre ahora le da un
poco lo mismo.

—Tranquila, mamá, tranquila —le


dice Joaquín, acariciando su cabeza—,
todavía no todo está perdido.

—¿Tú lo vas a ayudar, hijito? Tú eres un


buen abogado, tú lo puedes salvar.

Joaquín no tiene el corazón para


contradecir a su madre: intenta
ignorar el fantasma de la condena a
Vargas y le dice que sí, que él se va a
encargar de su padre.
141
Jefferson Moreno Nieves

—Gracias, hijito, muchas gracias.


Ahora está en la agencia de tours. Anda
a verlo, te está esperando.

—Está bien, allá voy.

—Pero primero siéntate, tómate algo,


cómete un pancito con tu hermano.

Diego le extiende la panera y el


cuchillo. Continúa en silencio, debe
ser su forma de lidiar con la
situación, piensa su hermano mayor.

El desayuno no le toma a Joaquín


más de diez minutos. Le toma otros
cinco imprimir la acusación para
llevarla consigo y revisarla con su
padre. No se da un baño, ni siquiera
se cambia de camisa: no hay tiempo
que perder, ya transcurrieron cinco
días.

Encuentra a su padre sentado en


el volante de su miniván blanca: está
fumando un cigarrillo y apenas si
reacciona cuando ve llegar a su hijo.

—Papá, necesitamos hablar.


El defensor

—Sí —responde Felipe—. Sube.

Joaquín rodea el vehículo y se


monta en el asiento del copiloto. Se
apresura a alcanzarle las hojas impresas
con las marcas que ha hecho mientras iba
142 en el taxi.

—Primero quería que me


explicaras exactamente a qué se
refiere el fiscal cuando dice que…

Felipe le responde con una


bocanada de humo que exhala
despreocupadamente de su boca.

—Necesito que me escuches tú a


mí primero, flaco.

Algo en el tono que utiliza hace


que Joaquín se ponga en guardia:
sospecha que lo que su padre tiene
para decirle no le va a gustar.

Y está en lo cierto.

—Te agradezco que hayas


respondido tan rápido y que me
quieras ayudar, pero ese no es el
camino. No lo es, flaco.
Jefferson Moreno Nieves

—Papá, no me vas a decir que estás


pensando
en…

—Ya lo redujeron a quince mil


dólares. He hablado con tu tío
Eduardo, que tiene un amigo que me
puede prestar la mitad. Me va a dejar
a un buen interés y le puedo ir
pagando por partes.

—Escucha, papá, yo te quiero ayudar,


pero…

—Pues si realmente me quieres ayudar,


flaco, 143 ayúdame a conseguir unos cinco
mil dólares. — Felipe Montero lo mira
directo a los ojos: más que un pedido de
ayuda, es una confrontación—. Tú tienes
amigos, gente de plata, puedes hacerlo.
Yo sé que puedes.

Joaquín abre la boca para responder,


pero no encuentra las palabras correctas
para negarse.

Hubo una época —muy lejana— en


la que su padre jamás le hubiera
propuesto algo así. A Joaquín no le
quedan demasiados recuerdos de ella,
El defensor

salvo por uno que lo involucra


precisamente a él.

Tenía once años y estaba terminando el


sexto grado de primaria. Sabía que sus
notas no habían sido las mejores, pero
Joaquín no se imaginaba la bomba que
iba a dejar caer su maestra cuando le
pidió que trajera a sus padres, pues
necesitaba hablar con ellos.

—Señores, Joaquín va a repetir el año.

Su madre se puso a llorar en


silencio, mientras su padre, con el
ceño profundamente fruncido entre
las cejas sin canas, le sostenía la
mirada a la maestra.

La mujer continuó:

—Es una pena, pues se nota que


Joaquín es un
144 muchacho inteligente. En lugar de
aprovechar eso para el estudio, lo
hace para hacer bromas y escaparse
de clase.

—¿Escaparse…? —era como si la


madre de Joaquín estuviera
Jefferson Moreno Nieves

escuchando una blasfemia contra


Dios.

—Así es —continuó la profesora—.


Lamentablemente, a estas alturas no
hay mucho que se pueda hacer: no
va a salvar el año aunque se saque
puros veintes.

Para ese momento, el sudor


chorreaba por el rostro y el cuello de
Joaquín a mares. No había que ser
un genio ni sacarse veintes para
saber lo que le esperaba cuando la
familia volviera a casa.

—Si no hay nada que se pueda


hacer, ¿entonces para qué quería
hablar con nosotros? —le espetó
Felipe a la maestra, sin abandonar
jamás la rigidez de su postura militar.

—Bueno, —empezó la maestra,


rebajando el tono de su voz y
paseando la mirada por los pocos
papeles que tenía en su escritorio—
es cierto que no hay nada que Joaquín
pueda hacer para solucionar el
asunto, pero quizá sí podamos llegar
El defensor

a un arreglo con ustedes, señor y


señora.

—¿Arreglo con…? —la madre de


Joaquín sentía que cada vez entendía
menos.
145
—¿Qué clase de arreglo? —dijo el
padre. La pregunta se escuchó potente,
como un ladrido.

La maestra intentó sonreír al tiempo


que ponía unas tarjetas de color rosado
frente a los padres:

—Vea, nosotros tenemos la


chocolatada de maestros en unas tres
semanitas. Si gusta, puede comprar
unas diez o quince tarjetitas. Yo creo
que con eso podemos quedar bien. O,
si gusta, me pueden alcanzar unos
cuatro o cinco cuyes para poder
prepararlos ese día. Cualquiera de las
dos opciones podría ser. Eso sí, si se
deciden por los cuyes, lo más
importante sería ver…

Pero Felipe Montero no la dejó


terminar: se puso de pie tan
Jefferson Moreno Nieves

bruscamente que por poco la silla


termina volcada.

—Escúcheme bien, señora: si mi


hijo tiene que repetir el año,
entonces va a repetir, pero lo que yo
no voy a hacer es estar regalando
cuyes y plata como si esto fuera un
matrimonio.

Y se fue sin esperar respuesta:


tomó a Joaquín del brazo y se lo llevó
a rastras hasta su casa.

A Joaquín no le queda claro cuándo


fue exactamente que su padre dejó
de lado los principios que
146 aquella tarde quiso inculcarle a
golpes, pero supone que pudo haber
sido poco después, cuando se dio
cuenta de que su hijo iba a perder un
año completo de su vida porque él no
quiso conseguir un par de cuyes.

Pero ahora hay algo mucho más


importante en juego: no se trata de
un año escolar, sino de doce años a
la sombra.
El defensor

Para Joaquín es como volver a


estar hablando con Bety Aguirre y
tener la oportunidad de hacer las
cosas de otra forma.

—Está bien, papá —responde


finalmente—.
Veré qué hacer, de dónde conseguir.

—Gracias, flaco. Gracias.

Después de una eternidad, Joaquín


vuelve a sentir un abrazo de su padre.

Es la mañana siguiente. Joaquín


Montero camina por aquel barrio de
enormes casas amuralladas. Cada
pocos metros se encuentra con un
vigilante que lo mira con
desconfianza. No cree haber pasado
por ahí nunca antes en su vida. Es
más, es la primera vez que oye sobre
aquella urbanización tan elegante y
segura.
147
El día de ayer se ha comprado una
camisa nueva y un pantalón color
arena: quería lucir elegante, pero
Jefferson Moreno Nieves

menos formal. Intenta que aquella sea


una visita entre amigos.

Porque solo un buen amigo accedería


a prestarme la cantidad de dinero que
necesito, piensa.

La noche anterior ha sido una


batalla constante entre obedecer a
sus principios y aceptar la realidad de
las cosas. Quiere hacer las cosas bien,
pero está más convencido que nunca
de que las buenas intenciones no son
suficientes.

Aunque su padre no ha vuelto a pasar


por la casa de su madre, la tensión allí
casi puede cortarse con la hoja de un
cuchillo. Una imagen le ha impedido
volver a dormir también la noche
anterior: la de su madre, sentada en los
lugares destinados a los familiares de
los acusados, escuchando la sentencia
con su padre.

Doce años.

Felipe Montero no es precisamente


un jovencito. Si los cálculos de
Joaquín son correctos, la próxima
El defensor

vez que llegue el dieciocho de enero,


su padre debería estar apagando
sesenta y tres velas.

Por lo que ha visto y oído, la prisión les


pesa mu-
148 cho más a los hombres de la tercera
edad. Y aunque los puños de su
padre aún tengan fuerza para
defenderlo de cualquier ataque, no
podría confiarles su seguridad
completa.

El solo pensar en que su madre


tendría que ser registrada por
policías cada domingo para entrar a
verlo, dota a los pasos de Joaquín de
una mayor determinación.

Hará lo que tiene que hacer por


encima de cualquier reparo.

Pronto llega a la dirección


indicada. Le parece que es una de
las casas más grandes que ha visto
en medio de ese barrio de casas
grandes.

Se planta frente a la puerta, se


ajusta el cuello de la camisa, toca el
Jefferson Moreno Nieves

timbre y espera. Por el


intercomunicador, una mujer le avisa
que enseguida saldrá a abrirle. Pasan
algo menos de diez segundos hasta
que finalmente una muy sonriente
Olga Merino sale a recibirlo.

—¡Doctor, qué alegría verlo! —le dice


la esposa de Marco Villanela, para
después abrazarlo.

El siguiente abrazo que Joaquín recibe


es del propio Villanela: el hombretón que
en algún momento le inspirase tanto
miedo actúa ahora como 149 si fuera un
amigo de la infancia.

Cuando por fin lo suelta, le invita a


tomar asiento y le ofrece algo de beber.
Joaquín acepta:

—Agua estaría bien, gracias.

Joaquín pasea la mirada por la sala:


está algo cargada de adornos y
cuadros, pero no por ello menos
elegante. Cuadros con paisajes al
óleo, grandes fotos familiares y, aquí
El defensor

y allá, salpicadas en la estancia,


figuras doradas de la Virgen de
Guadalupe.

Aquello le sirve a Joaquín para lanzar


su primer comentario:

—Es una casa muy bonita la suya,


señor Villanela. Felicitaciones.

—Muchas gracias, doctor —


responde el aludido, ocupando el
sillón que hay frente a Joaquín—. Y
me parece más bonita todavía
después de haber pasado una
temporada lejos de ella. Le aseguro.

—Me imagino.

—Y todo gracias a usted, doctor,


eso nunca lo voy a olvidar.

Aquello suena como música a oídos de


Joaquín,
150 quien cuenta con el agradecimiento
de Villanela para poder pedirle lo
que necesita.

El hombre continúa:
Jefferson Moreno Nieves

—Por eso he mandado a que me


preparen un cabrito para almorzar.
No me vaya a desairar, doctor, he
elegido al mejor ejemplar pensando
en su visita. Me alegro mucho de
que se haya dado una vuelta por acá.

—Sí, yo también, siempre es bueno


visitar… a la gente que uno más
aprecia.

—Muchísimas gracias, doctor. Pero


venga, vamos allá atrás, a tomarnos
alguito mientras queda el cabrito.
Vamos.

Joaquín abandona la sala para pasar a


un jardín trasero el doble de grande que
su propia casa.

La piscina es mejor que la de


cualquier hotel que Joaquín haya visto
antes. El día es soleado y las hijas de
Marco Villanela chapotean en ella al
tiempo que ríen y juegan con los
flotadores: el tipo de imagen que todo
padre anhela ver en el jardín trasero
de su casa.
El defensor

—Sírvase, doctor, por favor —dice


Villanela, alcanzándole un vaso de
cerveza helada—. Salud,
doctor. 151

Después de chocar sus vasos,


Joaquín le da un pequeño sorbo a la
cerveza. Le resulta tan refrescante
que el siguiente es mucho más
grande.

—Está buena, ¿no? —le dice Villanela,


ofreciéndole una sonrisa satisfecha.

—Muy buena —responde Joaquín y


vuelven a hacer salud.

—Y cuénteme, doctor, ¿cómo le va a


usted? Leí por ahí que estaba en la
defensa del gobernador regional.
Vargas, me parece.

—Sí, así es… Perdimos en la Corte


Suprema.

—Ah bueno, pero lo mismo pasó


conmigo y ya ve.

—Sí, exactamente —dice Joaquín y,


cuando se vuelve a llevar el vaso a la
Jefferson Moreno Nieves

boca, se da cuenta de que ya se


acabó su cerveza.

—Permítame, doctor.

En un parpadeo, Joaquín vuelve a


tener el vaso lleno.

Una de las hijas de Villanela se acerca


hacia ellos:
le pregunta a su padre si pueden
tomar helados y,
152 cuando este le responde que sí, da
brincos de felicidad y su cabello
salpica gotas de agua de piscina.

El próximo en acercarse a ellos es


el hijo mayor de Villanela, Cayito,
quien, después de saludar, se
apresura a servirse en un chop que
ha traído desde la cocina.

—Después de la prisión, acá Cayito


tomó una gran decisión, doctor —
comenta Villanela—. Cuéntale, hijo.

El muchacho, que ya debe rondar


los veinte, sonríe avergonzado hasta
que finalmente se anima a revelar la
buena nueva:
El defensor

—Quisiera estudiar derecho.

—¡Abogado, doctor! Igual que usted


—dice Villanela, palmeándole el
hombro a su hijo—. ¿Qué le parece?

—Felicitaciones —responde Joaquín


y hace salud con los otros dos—, y
cuentas con mi apoyo para lo que
necesites.

—Muchas gracias, doctor.

—Usted lo inspiró mucho, doctor, la


forma en la que le habló al juez y todo
eso. Hay que reconocerlo, en una sola
audiencia hizo por mi hijo lo que su
madre y yo no pudimos lograr en diez
años.
153
El trío rompe en una carcajada que
hace que las niñas de la piscina volteen
a verlos. También llama la atención de
Olga Merino, que sale al jardín con un
par de botellas de cerveza.

—En diez minutos ya estará servido


el cabrito —anuncia—. Después de
estas dos últimas, las demás las
tendrán que tomar en la mesa.
Jefferson Moreno Nieves

El comedor va acorde con la sala:


una gran araña de cristal pende sobre
la mesa con capacidad para doce
personas. Todo en aquella casa
parece gritar abundancia.

Por supuesto, también el plato de


comida que ponen delante de
Joaquín: un suculento plato de
cabrito con la presa más grande que
haya intentado comer nunca.

—Muchas gracias —le dice a la


cocinera.

Una vez que todos están sentados


a la mesa, Marco Villanela, a la
cabecera, pide un nuevo brindis por
la visita de Joaquín, y ninguno de los
comensales tarda en responder.

Quien toma las riendas de la


charla ahora es Olga, que busca el
cotilleo con sutileza:
154
—Y, cuéntenos, doctor, ¿es usted
casado?

—No, todavía no.


El defensor

—Pero alguna novia tendrá.

Joaquín siente sus mejillas


encendidas, no sabe si es por el
efecto de las preguntas o la ingente
cantidad de cerveza que ya ha
bebido para entonces.

Intenta torear la pregunta


argumentando que no tiene el
tiempo que quisiera, que tiene
mucho trabajo, etcétera.

—Pero alguien habrá por ahí: un


profesional joven, de éxito, no se
queda soltero mucho tiempo. —Ya
sabe lo que dicen por ahí, doctor:
«Soltero maduro…».— Villanela
estalla en risa.

—Bueno… —empieza Joaquín,


preparándose para dejar caer el nombre
de Chris.

Pero Villanela se le adelanta:

—Si gusta, doctor, Olguita tiene un


par de sobrinas muy simpáticas que
le podemos presentar. Con toda
confianza.
Jefferson Moreno Nieves

El almuerzo fluye en medio de un


ambiente ameno, de familiaridad. Durante
una hora, Joaquín olvida el verdadero
motivo por el cual ha ido 155 a la casa de
su antiguo cliente y se dedica a disfrutar
del momento.

Son casi las cuatro de la tarde


cuando finalmente la cocinera vuelve
a recoger los platos y, en su lugar,
deja uno más pequeño con el postre:
torta de chocolate con helado.

Joaquín no cree que, después de


todo lo que ha comido, aquella sea
una mezcla con la que quiera lidiar
más tarde, de modo que espacia las
cucharadas lo más posible.

Una vez que han terminado el postre,


los hijos de Villanela salen de vuelta al
jardín. Olga también se disculpa para ir
al baño, dejando a Joaquín a solas con el
dueño de casa.

Ha llegado el momento.

—Muchas gracias por todo, don


Marco. Ha sido una comida
estupenda.
El defensor

—Usted no se merece menos,


doctor, antes bien, se había tardado
en hacernos esta visita. ¿Cómo así se
animó?

Joaquín se aclara la garganta:

156 —Pues, don Marco, la verdad es que…


quería pedirle un favor.

—Dígame, ¿de qué se trata? —


responde Villanela inclinándose
hacia adelante.

—La verdad, es un poco…

«Doctor —lo corta Villanela y se


pone de pie para sentarse más cerca
de Joaquín—: tenga usted la
confianza de pedirme lo que sea.
Usted no sabe lo que hizo por mí: me
dio la posibilidad de limpiar mi
nombre, de poder salir a la calle y
dar la cara sin nada que temer. Mire
usted a mi familia —voltea a ver el
jardín a través de la mampara,
Cayito juega con sus hermanas como
si fuera un niño más—.
Jefferson Moreno Nieves

Usted lo hizo posible: si yo estuviera


preso, esta casa parecería un cementerio.

»¿Y sabe qué es lo mejor? Que lo hizo


limpiamente, que no se valió de ninguna
treta, y eso le ha quedado claro a todo el
mundo. ¿Usted sabe cuántos abogados
llegaron hasta mi esposa para querer
sacarnos dinero? ¿Cuántos querían
negociar un soborno para sacar su buena
tajada sin hacer nada? Ni se imagina
cuántos. Esto era algo que quería decirle,
doctor, y que lo tenía guardado desde que
me dieron la libertad: usted, tan joven y
todo, me demostró muchas cosas. Que
uno puede ser honesto y lograr buenas
cosas. Y no solo me lo demostró a mí, ya
vio que a mi hijo también. Mi esposa y yo
157 estaremos en deuda con usted para
toda la vida. Así que, por favor, lo que sea
que necesite, pídamelo, con toda la
confianza del mundo».

Joaquín se ha dedicado a oírlo: le


parece escucharse a sí mismo cuando
habló por teléfono con Bety Aguirre y
le puso las cosas en claro.

El peso de la razón cae sobre él, al


tiempo que ve todo con claridad:
El defensor

tener la razón y obrar con honestidad


va más allá que cualquier veredicto
judicial.

Es algo que se vive.

También se da cuenta de que no


podría vivir con la idea de ser uno
más de esos abogados que fueron a
succionar la sangre de Villanela en
su peor momento.

Todo menos eso.

El anfitrión aún está a la espera de


que Joaquín haga su pedido.

Y él ya sabe exactamente cuál


será:

—Pues lo que yo quería pedirle


es… que me recomiende con sus
amistades. Ahora hay mucha
158 competencia, usted sabe, y no viene
mal que a uno le hagan la mejor
publicidad que existe: la del boca a
boca.

Villanela sonríe ampliamente:


Jefferson Moreno Nieves

—Descuide, doctor, corre de mi


cuenta.

Una hora después, Joaquín va


caminando de vuelta a casa: está
algo mareado, pero también muy
motivado, con la moral en alto.

Entre las manos lleva un paquete


con torta de chocolate y dos presas
de cabrito.
El delito de robo

Es el día nueve desde que Felipe


Montero recibió la acusación. Las
últimas cuarenta y ocho horas han
sido para Joaquín una locura total. No
ha dormido, apenas si ha comido,
pero está satisfecho, porque ha
encontrado lo que estaba buscando.

La solución.

Al menos parte de ella. 159

Se reúne con su padre esa misma


mañana, en casa de su madre.
Joaquín ni siquiera espera a que el
viejo se acomode en su silla para
soltarle que la opción del soborno
queda totalmente descartada.

La respuesta de Felipe Montero resulta


una verdadera sorpresa:

—Eso mismo quería decirte yo: tu


tío Eduardo no ha podido conseguir ni
un peso, de modo que la única opción
es que tú me defiendas a la buena.

En sus palabras no hay el más


mínimo entusiasmo, sino todo lo
Jefferson Moreno Nieves
contrario: lo dice como si ya le
hubieran dictado la sentencia.

—Bien —responde Joaquín—, así


será. Toma, esta es una copia de la
respuesta a la acusación que estoy
por llevar al juzgado. Si gustas,
léela, revísala, y si tienes alguna
duda, estaré de vuelta en menos de
media hora. —Se pone de pie y toma
el saco que descansa en el respaldar
de la silla.

—Espera —dice su padre, tomando


el paquete de papel que le alcanza
su hijo como si fuera un objeto hasta
ahora desconocido por el hombre: es
un buen montón de hojas que hasta
hace dos días no existían—. ¿Cuándo
hiciste esto?

—Lo empecé ayer a las ocho de la


mañana y lo
160 terminé hace exactamente… —
observa el reloj colgado en una
pared de la cocina— cincuenta
minutos. Quizá se me hayan ido
algunas erratas, pero sé que está
bastante bien.
Debe ser una de las maratones de
trabajo más extenuante que ha
tenido, pero, a pesar de eso, todavía
le quedan energías suficientes para
ir él mismo a dejar la respuesta y,
luego, tratar el tema con su padre.

—Buena, flaco.

—De nada, papá.

—¿Y has podido encontrar algo que


me pueda servir?

El defensor

—Así es, pero te lo contaré cuando


vuelva. O puedes intentar descifrarlo tú
mismo.

—No. —Felipe deja el documento


como si le hubiera quemado la yema
de los dedos—. Te espero, anda
nomás. Te espero con café.

Dio con el primer hallazgo la misma


noche que llegó a su casa después de la
charla que tuvo con Villanela: en realidad,
la solución para la acusación por el delito
de robo estaba a plena vista. Quizá, si no
Jefferson Moreno Nieves
hubiera estado tan mortificado por el
veredicto de Vargas y las malas noticias
de su padre, habría 161 dado con él en
menos de cinco minutos.

Según la acusación fiscal, Felipe


Montero se había robado la cámara
de fotos del último familiar del dueño
de casa al que había golpeado con el
fin de evitar ser descubierto.

Sin embargo, el delito de robo es


considerado uno de tendencia interna
trascendente, es decir, implica la
intención de un ánimo de lucro de
parte del sujeto, no la intención de
ocultar otros delitos.

El lucro es una parte fundamental para


que dicho delito pueda darse.

Y eso es justo lo que Joaquín, a su


regreso de la fiscalía, intenta
explicarle a su padre:

—Según la fiscalía, te llevaste esa


cámara, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y por qué lo hiciste?


—Para intentar ocultar los
supuestos daños.

La madre de Joaquín atestigua el


pimpón de preguntas y respuestas desde
atrás de su taza de man 162 zanilla
caliente.
—Justo de eso se trata, papá —dice
Joaquín—: en ningún momento se te
ocurrió llevártela para lucrar,
venderla o cosa parecida, pues el
único motivo por el cual tú te la
llevaste fue…

—Para que no me vieran pegándole


a todo el mundo.

—¡Exactamente! Pero eso no lo vuelvas


a repetir.

—Si quieres vamos y la


devolvemos, así quizá sumamos un
punto más frente a la fiscalía.

—No —responde Joaquín, pegando


un brinco sobre el asiento—. Al
menos no todavía. Lo que El
defensor

vamos a debatir no es si los hechos


sucedieron o no, solo cuestionaremos
Jefferson Moreno Nieves
si, como está planteada la acusación,
estos pueden ser delitos.

—Bien, no entiendo, pero bien.

—Escucha, lo que tienes que saber por


ahora es que en el caso de la acusación
por robo no hay delito. Lo cual nos deja
solo con el otro, el delito de daños.

—Y sobre ese, ¿qué piensas responder?

—Sobre ese aún estoy buscando la


clave.
163
—Lo que tú digas —dice Felipe
Montero, sonriendo a medida que aprecia
la astucia de su hijo.

—Podemos conseguir testigos que


digan que seguiste almorzando y
tomando con ellos, que no te
levantaste de la mesa del restaurante.

—Sí, estaba con dos amigos, pero el


dueño y los mozos también me
conocen, seguro que se prestan para
apoyarnos.

—Bien, eso está bien. Quizá eso nos


libre, pero seguiré buscando más
respuestas que sean acordes a la
verdad, esa es mi labor.

—¿Y qué harás ahora?

—Ahora, dormir.

—Anda, hijito, anda —dice su


madre abandonando su postura de
mera espectadora.

Dicho esto, Joaquín se levanta de


su silla y se despide de sus padres.

Entra a su habitación y se duerme


tal como llegó de la calle. Incluso
con los zapatos puestos.

164
El delito de daños

El juez de investigación fija la


audiencia para dentro de un mes,
tiempo en el que Joaquín planea
encerrarse cual ermitaño a descifrar
la clave para librar a su padre del
segundo delito.

Durante la primera semana revisa


la información que tiene a la mano,
navega en internet en busca de algún
precedente que pueda servirle, pero
no está
satisfecho con lo que encuentra. 165

Decide acudir a una segunda


instancia: hacerle una visita al doctor
Zapata y al que espera sea todavía su
centro de trabajo.

Todos sus compañeros se levantan


de sus escritorios y dejan lo que están
haciendo cuando lo ven entrar por la
puerta.

Joaquín recibe abrazos y todo tipo


de comentarios. Emerson es uno de
los más entusiasmados con la visita:
—¿A qué debemos el honor de su
visita, doctor? Mínimo de aquí toca su
cebiche —sugiere, para
inmediatamente después guiñarle el
ojo.

Chris también se acerca a


saludarlo, pero es mucho menos
efusiva de lo que Joaquín espera.
Está molesta, piensa y recuerda que,
desde aquella vez que salieron al
cine, no volvió a llamarla.

Con todo el mundo rodeándolo, no


puede hacer más que encajar el
golpe de su indiferencia y
prometerse que hará lo que pueda
para remediarlo: es una buena chica,
y sospecha que pueden llegar a
tener algo que valga la pena.

Hasta la idea del matrimonio ronda


la cabeza de Joaquín.

166 Después de algunos minutos de


bromas, Joa-
quín se disculpa y señala la puerta
del despacho del doctor Zapata.

—Joaquín, ¡qué gusto verte! —lo


saluda su maestro y le indica un
Jefferson Moreno Nieves
asiento—. Cuéntame, ¿cómo te va
con lo de tu padre?

Media hora después, ha terminado


de ponerlo al corriente del caso.

Otra de las ventajas de no haberle


pedido dinero prestado a Marco
Villanela es que Joaquín Montero
puede seguir mirando a los ojos a su
jefe sin El defensor

remordimiento alguno: solo ahora es


consciente de lo bajo que ha estado a
punto de caer.

No cree que, de haberse enterado,


el doctor Zapata lo haya resondrado:
su silencio y posterior
distanciamiento habría sido el peor
castigo en el que Joaquín puede
pensar.

—Sí, estás en lo cierto —dice


Zapata, luego de oír el abordaje que
ha tenido Joaquín con respecto al
delito de robo—. Eso no debe haber
sido muy complicado.
—Sí, sufrí al inicio, pero ahora parece
bastante
obvio. 167

—Así es.

—Lo que aún no sé cómo abordar es


la defensa por el delito de daños: he
visto las fotografías y al parecer sí se
trata de varios objetos que destruyó.

—¿Te dio alguna razón para haberlo


hecho? ¿Algún atenuante quizá?

—No, ni siquiera se acuerda


demasiado: él dice que, una vez que
levanta los puños, todo va en
automático.

—Mala cosa —dice el abogado y se


reclina en su sillón, cavilando el asunto.
Al cabo de unos minutos en los que
pasea la mirada por su despacho,
pregunta—: ¿Quién es el fiscal?

—Un tal Álvaro Pacheco, ¿lo


conoce?

—Sí, lo conozco: un tipo que dirige


su trabajo con mala entraña. No me
cae muy bien y sospecho que a ti
tampoco.
Jefferson Moreno Nieves
—Sospecha bien. Lo que quería
pedirle, doctor, era si podía llevarme
algunos expedientes en los que se
imputara el delito de daños para
poder analizarlos y ver si encuentro
algo que me sirva.

168 —Pero, hijo, eso no tienes ni que


pedirlo, estás en tu casa. Llévate lo
que necesites.

El doctor Zapata se pasa los


siguientes minutos haciendo
memoria: recuerda al menos una
decena de casos en los que la fiscalía
acusó por daños a la propiedad
privada. Va salpimentando el
recuento con anécdotas que le
recuerdan a Joaquín lo buen
conversador que es su jefe.

Por eso es tan buen abogado,


piensa.

Después, se pasa a hablarle sobre


cómo van las cosas en la oficina. Han
presentado un hábeas corpus por el
caso de Vargas, pero el doctor
Zapata tampoco alberga muchas
esperanzas.

El defensor
Hay un nuevo dato que ha llegado
hasta sus oídos y que podría zanjar el
destino del gobernador regional.

—O exgobernador —precisa—. Todo


parece indicar que alguien pagó para que
lo condenaran.

—¿Quién?

—El vicegobernador: con Vargas


preso, el que se encarga de ocupar el
sillón regional es él. Así que, quizá, la
condena no fue porque la esposa
decidió no pagar, sino porque alguien
lo hizo para obtener aquel resultado.
169 —Un puñal directo a la espalda.

—Un corte fino y profundo, así es.

Finalmente, el doctor habla un poco


de sí mismo. La idea de la jubilación
vuelve a rondar por su cabeza; su
esposa le insiste en que ya ha pasado
demasiado tiempo en salas penales y
muy poco en casa. No quisiera ser
una estadística más en la lista de
abogados penalistas exitosos pero
divorciados.

—Debe tener razón. La verdad, mi


mente no trabaja de la misma forma
Jefferson Moreno Nieves
que antes, por eso lo mejor es que no
dejes de venir y aprovechar lo poco
que queda de ella, muchacho. El
tiempo no perdona. Y la esposa
tampoco.

Ambos se permiten una última


carcajada compartida.

—Muchas gracias, doctor. —


Joaquín se pone de pie, ya no puede
esperar por elegir los expedientes y
regresar a su guarida para empezar
a revisarlos—. Le prometo que
volveré apenas quede todo
solucionado.

—Antes de que te vayas, déjame


decirte una cosa.

—Claro, lo escucho —responde


Joaquín y vuelve a tomar asiento.
170
—Quizá ya te lo he dicho antes,
pero esto te debe quedar muy claro:
el derecho no es un deporte de
chapoteo, es un deporte de buceo,
¿me entiendes? La solución la
encuentras siempre en aguas
profundas y, si no la encuentras, es
porque no has ido lo suficientemente
lejos. Si es que algo vas a aprender
de mí, muchacho, quisiera que fuera
esto. Es lo que más te va a servir.

Joaquín Montero llega a su casa


cargado de carpetas y de una dosis
adicional de motivación.

Necesita toda la que pueda


conseguir para afrontar este caso.
A puño limpio

La reunión tiene lugar en una diminuta


habitación en el cuarto piso de una
pensión. Es lo mejor que Eliza Montero y
su hija, Viviana, habían podido conseguir
desde que el novio de esta última las
echara del que —estaban seguras— ya era
su hogar.

Han pasado casi dos meses desde el


incidente y Viviana aún llora lo sucedido como
si hubiera sido
171
ayer.

—Nunca pensé que llegaríamos a esto.


Yo… siempre intenté llevarme bien con la
familia de él, pero su madre, su hermana y
la abuela siempre me hacían la vida
imposible —relata la joven, prima de
Joaquín, entre sollozos—. A mi mami
también, siempre la trataron con la punta
del zapato, como se dice. Y ella con las
justas si salía del cuarto que tenía en el
tercer piso, en el que vivíamos.

—Sí, más que el papá del chico, la mamá


era la mala —dice Eliza. No llora, pero
mira al suelo con una severidad invariable
—. Por eso yo mejor ni salía, ni nada.
Prefería quedarme ahí sin que me vieran
para que luego no le reclamaran nada a
ella. —Y fue por eso que decidimos
construir la nueva entrada. —Viviana toma
el trozo de papel higiénico que Joaquín le
pone al frente—. Lo conversé con Miguel,
mi novio, y él estuvo de acuerdo. Ahí me
gasté hasta el último de mis ahorros.
Incluso una puerta bonita le compré, más
bonita que la de
la entrada principal de la casa y ahora…
no tenemos ni dónde dormir…

El llanto reinicia con fuerza. Eliza


abraza a su hija, al tiempo que se
disculpa en silencio con Joaquín.

Este le devuelve un gesto que quiere


decir que no se preocupe, que no hay
nada que disculpar.
172
El resto de la historia se la tiene que
contar su tía:

—Al final, ellos empezaron a usar la


entrada como si fuera suya. Miguel les
había dado una llave y su mamá sacó
como cinco duplicados, todo el mundo
entraba por ahí cuando quería y volvió a
pasar lo mismo que antes, si me veían
salir por ahí me miraban mal y luego le
decían cosas a tu prima —dice Eliza, sin
dejar de prodigar caricias a su hija—. Lo
Jefferson Moreno Nieves
último que pasó fue la gota que derramó
el vaso: yo venía del mercado, cargada de
bolsas y me di cuenta de que me habían
puesto candado. ¿Puedes creer eso,
Joaquín? ¡Candado!

—Me imagino.

El defensor

—En ese momento mi mamá me llamó al


trabajo —dice Viviana, levantando por fin
la cabeza: tiene los ojos inyectados y la
nariz roja—. Salí corriendo a buscar a un
cerrajero, lo llevé a la casa e hice que
quitara ese mugroso candado y cambiaran
la chapa. Y fue ahí cuando la abuela de
Miguel se asomó por la ventana y se dio
cuenta de lo que estaba pasando. Empezó
a gritar como una loca, a pedir ayuda
como si le estuvieran robando. Fue
horrible, primo, todos los vecinos de la
cuadra salieron a ver. Ahí fue que llamé a
mi tío Eduardo para que nos ayude,
porque la vieja esa, con ayuda del primo
de Miguel, empezaron a sacar nuestras
cosas a la calle.
173
—Ya veo —dice Joaquín, comprendiendo
mejor lo sucedido—. ¿Y cómo empezó lo de
los daños? ¿Cómo se les ocurrió empezar a
romper todo?
—Fue por desesperación, hijo —
responde Eliza—. Tanta rabia tenía de ver
nuestras cosas tiradas por la ventana que
me cegué, me metí a la casa, al primer
piso, y cogí lo primero que encontré, ya ni
me acuerdo qué fue. Tu papá llegó en ese
momento y me comenzó a ayudar. Todo
fue muy rápido. Ahí fue que bajaron los
hombres de la familia de Miguel a querer
detenerlo y pegarle. Pero bueno, ya sabes
que eso no fue lo que pasó, y mi
hermanito, de tan buena gente, los sonó a
todos. Y él solo quería ayudar, eso le debes
dejar en claro a los jueces, hijo, que él es
inocente.

La visita no dura mucho más, después


de aquellas precisiones por el incidente
que ocasionó todo, lo demás son una
sarta de lamentos sobre los que Joaquín
no puede hacer nada.

Viviana ahora ya no tiene trabajo.


Después del incidente no pudo volver a
su puesto y, según su exempleador de la
galería de ropa, fue ella la que provocó
que, ese mismo día, alguien aprovechara
su ausencia y se llevara todo el dinero
que había en la caja chica.

La joven alegaba que le había


encargado el negocio a la dueña de la tienda
Jefferson Moreno Nieves
del costado, pero la 174 señora no se hacía
responsable de nada.

—Bien podría haber sido ella la ladrona


y nadie lo sabría —dijo Viviana antes de
echarse a llorar otra vez.

Ahora, sin ahorros, sin pareja y sin


hogar, se encontraba viviendo el peor
momento de su vida. Aunque, claro, ella
no afrontaba una posible condena de
varios años tras las rejas.

Joaquín sale de la pensión sin ningún


dato importante adicional que vaya a
servirle. Lo único que siente es una
creciente necesidad de reclamarle a su
padre lo imprudente e irresponsable que
ha sido.

El defensor

Los daños se cuentan por miles de soles:


un televisor pantalla plana, un equipo de
sonido, una mesa de centro, sillas,
ventanas, incluso una pared de drywall
con menos de tres semanas de haberse
levantado.

Por suerte, no han presentado cargos


por la agresión física a los hombres de la
familia. Joaquín supone que debe ser por
vergüenza. Ninguno de ellos quiere
admitir que un sesentón les partió la cara
a todos a mano limpia.

Mientras camina por las calles del centro de


Huaraz, su celular empieza a vibrar: es una
llamada de Emerson, otra vez ha dejado
colgado a su amigo. 175

Tampoco esta vez le contesta: no puede


permitirse ni un minuto de descanso
mientras no encuentre la solución.

Apura el paso en dirección a su casa,


donde lo espera otra torre de expedientes
que el día anterior pidió que le enviaran
de la oficina.
Derecho y amor

Su mamá lo detiene antes de que


Joaquín termine de cruzar la puerta de
su casa:

—Hay alguien aquí que quiere verte


—le susurra mientras le acomoda el
cuello de la camisa.

Joaquín entra a la sala y se encuentra a


Chris sentada en uno de los muebles.
177
—Hola, Joaquín —saluda Chris. Se
levanta y le da un beso en la mejilla—.
Vine a traerte los expedientes que le
pediste al doctor Zapata.

—Gracias —responde Joaquín, aún


un poco desencajado. Observa las dos
tazas de café que hay en la mesa de
centro y sospecha que hace un buen
rato que su madre no está sola en
casa.

Chris se encarga de corroborarlo todo:

—Tu mami es linda. Estuvimos


hablando un ratito.
Jefferson Moreno Nieves
La madre de Joaquín entra en ese
momento para llevarse las tazas y
despedirse de Chris, lo hace como si
fueran amigas de toda la vida y no como
si acabara de conocerla hace
aproximadamente media hora.

Mientras se marcha, sin que Chris


se dé cuenta, le guiña un ojo a su
hijo por encima del hombro.

—¿De dónde vienes? —pregunta


Chris cuando los dos están sentados
frente a frente.

—De entrevistar a mi tía y a mi


prima. Es por el caso de mi papá.

—Algo de eso oí en la oficina,


¿cómo ves tu de 178 fensa? ¿Te está dando
problemas?

Joaquín le cuenta el caso completo,


desde la tarde de los hechos hasta
sus últimos hallazgos. Chris lo oye
con el cien por ciento de su
atención: sus grandes ojos café lo
observan como si estuvieran en
medio de un concurso de no
parpadear.
Mientras habla, Joaquín se lamenta
no tener la oportunidad de ver aquel
rostro más seguido.

—Entiendo —dice Chris, una vez


que él se calla—. Lo bueno es que
aún te quedan algunas semanas para
dar con la respuesta.

—Así es, pero llevo unos días


estancado y eso no me gusta.

El defensor

—¿Y después de…? —Chris deja la


pregunta a la mitad.

—¿Después de qué?

—Nada, olvídalo. Supongo que ya me


tengo que ir.

Chris empieza a tomar su cartera y se


levanta.

—¿Sí? ¿Tan pronto? Ni siquiera me has


dicho cómo estás, cómo te va a ti.

—Bueno, lo que te puedo contar es que,


desde que no estás, en la oficina parece
que hay muchas 179 más cosas que hacer.
El doctor me ha pedido que sea yo quien
Jefferson Moreno Nieves
le revise preliminarmente los escritos de
tus practicantes antes de enviárselos a él.
Y, si mal no recuerdo, debo tener ya un
par esperándome a que les dé una
mirada.

—Claro, sí.

—Además, sé que tienes que revisar los


expedientes que te acabo de traer.

—Sí, es cierto, pero…

—Descuida, Joaquín. Yo entiendo. Ya


conozco la salida.

En ese momento él reacciona, se


levanta como si un resorte lo hubiera
propulsado de su asiento.

—Chris, escúchame, no es que yo


no haya querido…

Ella vuelve sobre sus pasos, se


empina junto a él y le da un beso en
la mejilla.

—Joaquín, no soy ese tipo de chica,


sé perfectamente lo que estás haciendo,
la responsabilidad que tienes y lo
entiendo. Haz lo que tengas que hacer y,
cuando lo hagas, puedes llamarme. Y
hablaremos de otras cosas que nada
tengan que ver con juicios 180 o
denuncias. Cuídate y procura dormir un
poco.

Y se va sin que Joaquín atine a


decir nada.

Lo único que sabe es que le gusta


mucho más que antes.

Su madre lo espera en la cocina,


lavando el mismo plato por cuarta
vez:

—Ella te quiere —dice la mujer,


con el tono cantarín de una niña.

—¿Qué tanto oíste, mamá?

El defensor

—¿Oír? No mucho. Pero sí vi cómo


te miraba cuando entraste a la sala.
Eso fue suficiente para que yo lo
supiera todo.

—¿Ah sí? Y yo que creía que el


estofado de res era tu único superpoder.
Jefferson Moreno Nieves
Su madre se ríe y deja a un lado el
plato.

—No te diré nada más —dice


mientras se seca las manos en su
delantal—, solo quiero que sepas que
esa tal Chris tiene mi bendición.

Joaquín la mira durante un momento,


intentan-
do averiguar si lo dice en serio. 181

Resulta que sí:

—Pues gracias, mamá, pero por el


momento no puedo hacer mucho con
eso. No puedo destinar ni un poco de
mi atención y energías a nada que no
sea el caso de papá.

—Lo sé, todos lo sabemos, y esa


chica también lo sabe. Y aunque no
puedas llevarla al cine ahora o
dedicarle el tiempo que ambos
quisieran, le estás demostrando
mucho más de lo que cualquier otro
podría.

Su madre le regala una de aquellas


miradas que Joaquín siente le arreglan el
alma.
—Gracias, mamá.

—Yo confío en ti. Sé que lo vas a lograr.

Allí está otra vez la mujer que


sostuvo un hogar con dos hijos
varones cuando su esposo estaba en
cualquier otro lugar, perdiendo el
tiempo; la misma mujer que su
hermano y él encontraban a un lado
de la cancha durante sus partidos de
fútbol, corriendo más que el
entrenador inclusive; la misma mujer
que le dio la seguridad de que si se
esforzaba, podría llegar a ser un
gran abogado y que, después, le
aseguraba que pronto estaría al
frente de los casos más importantes.
182
Joaquín la abraza con todas sus
fuerzas y vuelve a agradecerle.

No es mucho de rezar, pero, con su


madre entre sus brazos, le pide a
Dios que le dure para siempre.
Más pruebas

Felipe Montero es noticia. Uno de los


muchos vecinos que se asomó a ver la
trifulca filmó parte de ella y ahora
está en las redes y principales medios
de Huaraz.

Se ha vuelto viral.

Joaquín sospecha que uno de los


agraviados se ha encargado de filtrar el
183
video con el ánimo de poner a la
opinión pública de su lado: en YouTube, es
posible encontrarlo con el título: «Tío
pegalón masacra a familia».

Diego es el primero que lo ha


encontrado: le ha enviado el enlace a
su hermano mayor junto con emojis
de risas.

—Varios periodistas han venido a


entrevistarme —dice su padre al
teléfono, muerto de risa, como si
fuera una travesura de lo más infantil
—. Les he dicho que, si me quieren
entrevistar, les va a costar alguna
El defensor

platita y pueden hablar con mi


abogado para eso.

—No se te ocurra volver a decir


algo como eso, papá —le dice
Joaquín, tirándose de los cabellos—.
Salvo que quieras que el día de la
audiencia los jueces crean que eres
un desadaptado que no tiene reparo
en portarse como un destructor para
luego lucrar con el daño causado.

Las noches en vela le han pasado


factura al joven abogado, quien ve correr
el calendario sin poder encontrar algún
argumento adicional con el cual lidiar
contra el otro delito, el de daños. A pesar
de estar siguiendo el consejo del doctor
Zapata al pie de la letra y de estar
buceando entre decenas de expedientes
distintos, la suerte no parece estar de 184
su lado.

Y ahora, por si fuera poco, un clip


de video de apenas veinte segundos,
pero con más de doscientas mil
reproducciones, ha echado por tierra
el único argumento que creía le
Jefferson Moreno Nieves

podía servir para librarse del


segundo delito.

Queda claro que fue él quien ha


roto todo lo que se denunció como
dañado.

No necesita que su padre se ponga


a hacerse el tonto mientras tanto.

—Ya, flaco, tranquilo, tampoco es


para que te pongas así. Además, esa
plata no nos vendría mal si es que
vamos a tener que pagar alguna
reparación, ¿no te parece? Digo, son
un par de cosas las que dicen que les
hemos roto la gente esa.

—Papá, lo que estoy tratando de


hacer aquí es que no tengas que
pagar reparación alguna. Solo te pido
que no contestes ese tipo de llamadas
mientras me ocupo del caso, no me
des algo en qué distraer mi atención.
¿Comprendes?

Felipe Montero deja escapar un


suspiro:

—Ya, flaco, tranquilo. Me quedo quieto.


El defensor

—Gracias, papá. 185

Joaquín cuelga y mira en lo que se


ha convertido su habitación. No
parece distinta del cuarto de archivo
que hay en la oficina del doctor
Zapata, salvo por la ropa tirada por
cualquier lado y las envolturas de
frituras que hay aquí y allá sobre su
escritorio. Pero también le recuerda a
algo más.

Su habitación de estudiante en la
ciudad de Chiclayo.

Joaquín recuerda aquel lugar y los


días que pasó allí como jornadas
interminables de estudio. Apenas
terminadas las clases, volvía
inmediatamente a su habitación para
repasar lo que acababa de oír. No
tenía muchas opciones: el dinero le
alcanzaba justo para comer y pagar
su cuarto, no para conocer la ciudad y
hacer vida social.

Aunque sabe que son los años que


lo formaron como abogado, Joaquín
nunca pudo quitarles aquel velo
sombrío del desánimo y la soledad.
Jefferson Moreno Nieves

Se le viene a la mente el recuerdo de


cuando tuvo que cargar con lo único
que tenía, colchón y catre, para
mudarse del cuarto donde lo habían
acusado de coger una fruta que
pertenecía a otra persona. Los
mismos sentimientos vuelven a
atacarlo ahora que parece ir en
reversa antes que continuar
avanzando.

Ayer estaba litigando en la Corte


Suprema y aho-
186 ra me juego la libertad de mi padre
en un juzgado de Huaraz, piensa, y
su ánimo decae una décima más.
Ayer incluso estaba barajando la
posibilidad de ganar una vacante en
el estudio de César Aragaki, y ahora
teme incluso por su lugar en la
oficina del doctor Zapata.

Pero sabe que eso no es lo peor.

Lo peor podría ser perder, incluso,


este caso.

La sola idea hace que Joaquín se


espabile, borre de su cabeza los
recuerdos universitarios que no le
El defensor

sirven ahora y siga revisando


expedientes.

La próxima vez que se detiene son


las siete y cuarenta de la mañana del
día siguiente.

Ha dado con un caso bastante


similar, ocurrido en 2019, en el
mismo Huaraz. Una pareja de
inquilinos que acusaban al propietario
del departamento en el que vivían de
haber dañado sus pertenencias al
querer desalojarlos a la fuerza.

El hombre había esperado a que la


pareja saliera del departamento para
poder sacar las pertenencias a la calle. Le
había pedido ayuda a su hijo para que
pudieran bajar todo desde el tercer piso
mediante una escalera exterior. El
propietario, un hombre de cincuenta años,
no había tenido intención de dañar nada,
pero, mientras bajaba una mesa de centro
especialmente pesada, esta había
resbalado de sus manos para caer sobre
el televisor, el horno mi- 187 croondas y,
de paso, hacerse trizas contra la vereda.
Jefferson Moreno Nieves

Lejos de querer lavarse las manos,


el propietario esperó a la pareja con
el fin de poder negociar —de todas
formas, ellos eran los que le debían
una buena cantidad de dinero—. Sin
embargo, la pareja decidió ir a juicio.

La mujer fue la encargada de


presentar los cargos y llamó a su
esposo como testigo. Asimismo, le
pidieron a una amiga que había
estado con ellos ese día que también
prestara su declaración en contra del
propietario:

—Se notaba que el viejo lo había


hecho a propósito —dijo la amiga en
la audiencia—. Había que tener
buena puntería para hacer tremendo
desastre con una sola mesa de
centro.

Más allá de los triviales


argumentos de la testigo, el
inconveniente de la acusación era
otro, según pudo leer Joaquín. Lo
que estaba fallando era el principio
de fiabilidad de los testigos.
El defensor

El juez desestimó la acusación,


pues era claro que tanto la posición de la
mujer como la de su esposo y la amiga de
ambos configuraba una misma posición:
ambos testigos tenían un sesgo hacia una
188 de las partes del proceso.

Ahí había una posible solución. El


grupo familiar agraviado que
acusaba al padre de Joaquín, cuyos
integrantes vivían juntos, sin duda
tenía una marcada orientación en
común.

El argumento era bueno y quizá


podría funcionar, pero con el nuevo
video de la agresión aparecido en las
redes su efectividad tendía a la baja.

Por fin, con el sonido de los autos y


el silbido del pan llegando desde la
calle, Joaquín decide cerrar aquel
último expediente. Al leerlo, no pudo
evitar imaginarse que el papel de la
mujer agraviada era interpretado
por Chris.

De hecho, su imagen se le ha
presentado una y otra vez durante sus
últimas noches en vela. La ha visto
Jefferson Moreno Nieves

con distintos atuendos y peinados,


pero siempre con el aura irresistible
de un espejismo.

En este preciso momento, Joaquín


Montero no se siente cansado, pues el
sueño no es su única carencia ahora.
Hay algo mucho más urgente que lo
tiene acorralado.

Ya ha esperado demasiado.

Se levanta de su escritorio, se ciñe el


cinturón y va al baño a mojarse la cara y
ponerse algo de perfume. Tiene una única
idea en la cabeza y la está 189 llevando a
cabo. No sabe si su falta de reparo es
producto del desvelo, pero cada acción se
le hace totalmente natural y correcta.

Sale de casa ignorando las


preguntas de su madre y los
comentarios de su hermano. En la
calle se sube al primer taxi que
encuentra y le indica la dirección.

Lo único que espera es encontrarla


despierta. No está seguro, pero cree
que es fin de semana. De otro modo,
El defensor

no tendrá mucho tiempo hasta que


ella tenga que ir a la oficina.

Chris abre la puerta y Joaquín


entra a su habitación. Les toma una
fracción de segundo a ambos
reconocer lo que el otro quiere y
comprobar que es lo mismo en lo
que vienen pensando por semanas.

Apenas le da tiempo de volver a


cerrar la puerta cuando Joaquín
avanza hacia ella y la besa. Los
brazos de Chris se cierran en torno a
su cuello como si aquel fuera su
lugar natural.

El beso y el abrazo se prolongan


hasta que ambos van a parar a la
cama. Joaquín entonces abandona la
boca de la chica para ir en busca de
su cuello.
Se ve tentado a pensar que aquella
es otra más de
190 las fantasías que lo han atacado
durante sus noches en vela, pero el
perfume y el sabor de la piel de
Chris son tan intensos como los de
una fruta fresca.
Jefferson Moreno Nieves

La primera prenda va a parar al


suelo de la pequeña habitación.
Luego, la segunda y la tercera…

Pierden la noción del tiempo, del


lugar donde se encuentran y toda su
realidad se transforma en una
sucesión de caricias, gemidos y
movimientos que lo único que
consigue es seguir aumentando el
placer.

A lo lejos, oyen los que parecen ser


golpes en la puerta. Los reclamos de
Johana, la chica con la que Chris
comparte el minidepartamento, se
oyen furiosos: dice algo de una
videollamada sumamente
importante.

Pero a ninguno de los dos les


importa. Siguen en lo suyo hasta que
los reclamos cesan; la mañana da
paso a la tarde y, luego, a la noche.
Las ganas que tienen provienen de un
pozo de deseo infinito.

Cuando por fin se acuestan uno


junto al otro, completamente
exhaustos, el producto de su pasión
El defensor

ha empañado la ventana, y la única


luz que hay en la pequeña habitación
es la que proviene del alumbrado
público.

191

Al cabo de algunos minutos mirando


el techo, disfrutando de la atmósfera
que ha dejado el encuentro, Joaquín
se anima a quebrar el silencio:

—Creo que tu amiga vino a buscarte.

Los dos ríen aferrados a las sábanas.


Podría quedarme aquí durante días,
piensa Joaquín.

—Johana es así, lo hace por


molestar. Si supieras el escándalo que
monta cuando llego acá después de
las diez…

—Eso quiere decir que… —dice


Joaquín, girándose sobre sí para ver
a Chris directamente a los ojos—
¿sueles llegar aquí después de las
diez?
Jefferson Moreno Nieves

—Algunas veces sí, como la mujer


independiente que soy.

—Ah, mira, eso está muy bien.

Sus labios vuelven a encontrarse.


Esta vez, el beso ya no es
apasionado; ahora es tierno.

Es la primera vez en semanas que


todo dentro de Joaquín se siente en
orden. Compartir aquel mo-
192 mento con Chris es como haber
llegado a la orilla después de haber
nadado durante mucho tiempo para
salvar la vida.

—¿Cómo va el caso? —pregunta


ella.

—No quisiera arruinar este


momento hablando de eso.

—Pienso que sería muy difícil


arruinar un momento como este.

—En eso tienes razón —dice


Joaquín y le hace un breve resumen
de sus avances, y los reveses, que ha
tenido. Chris lo escucha mientras le
El defensor

acomoda el cabello sobre la frente y


a los costados de su cabeza. —
¿Cuánto falta para la audiencia? —
pregunta cuando él termina el
recuento.

—Estamos a una semana y dos días.

—¿Y luego de eso?

—Luego de eso… dependiendo del


resultado, apelaré.

—¿Y luego?

—Y luego tendré que vivir con lo que


sea que ocurra.

Pero la verdadera pregunta que Chris


193
quiere ha- cer, aquella que nada en el
centro mismo de sus ojos, Joaquín no la ha
contestado.

Y lo intenta:

—Después, podré retomar todo lo que


haya quedado pendiente en mi vida.

—Esa es una buena noticia, supongo.


Se te extraña mucho en la oficina.
Jefferson Moreno Nieves

—No me refiero solo al trabajo.


Chris, no quiero que creas que lo
nuestro no es importante para mí. De
hecho, es en lo que más pienso
después del proceso de mi padre. Y
me siento mal de tener que… —¿Irte
ahora?

Responder aquello le sabe a


Joaquín como declararse culpable de
algo.

Chris no está molesta. Eso es lo


peor.

—Ya te dije antes que entiendo


perfectamente tu situación. Sigue
adelante, sé que lo harás bien. Pero
debes entender una cosa: en este
caso eres el abogado, no el hijo del
acusado. Quizá sea difícil
diferenciarlo ahora, hay muchos
sentimientos en medio, pero es
necesario. Nada de lo que ocurra
con tu padre es tu culpa, Joaquín. Si
no lo entien-
194 des ahora, podría convertirse en el
tipo de cosa que te haga tropezar
más adelante. Y ni tú ni yo ni nadie
quiere eso. Tienes un gran futuro, el
El defensor

doctor Zapata no deja de decirlo. No


seas tú quien empiece a sabotear al
abogado que puedes llegar a ser.

Joaquín no tiene respuesta.

Se ha quedado mirando fijamente


a Chris y no está dispuesto a
parpadear por miedo de que las
lágrimas empiecen a rodar por sus
mejillas.

Tan solo atina a volver a besarla.


Se ha revelado, en aquellas breves
palabras, como una mujer dueña de
una sabiduría solo equiparable con
su belleza.

Cada beso se siente como el


regreso a casa.

—Gracias —dice Joaquín—. Haré mi


mejor papel.

—Lo sé.

—Pero… ¿qué hacemos ahora?


¿Seguimos siendo compañeros de
trabajo? No creo que el doctor Zapata
Jefferson Moreno Nieves

vaya a estar muy de acuerdo con este


tipo de visitas tan casuales.

—Pues, técnicamente, tu pertenencia a


la empresa está suspendida, ¿no? —Chris
vuelve a abrazarlo y Joaquín cree notar un
leve aumento en su temperatura corporal
—. Es casi como si no pertenecieras a ella
y, si no perteneces, ¿cómo 195 podría
haber un reclamo por lo que estamos
haciendo?

—Tienes razón. Supongo que, si


quieren reclamarnos algo, tendrán que
esperar a que yo…

Joaquín se queda con la boca


abierta, sus párpados se retraen y
Chris piensa que le está dando un
ataque cardiaco.

Él la tranquiliza, le dice que está


mejor que nunca e intenta explicarle lo
que le ocurre.

Es como si alguien hubiera


descorrido la cortina para dejar
entrar el sol de mediodía dentro de su
mente. Joaquín puede ver con una
claridad absoluta todos aquellos
El defensor

espacios en los que, hasta ese


momento, había andado a ciegas.

En uno de ellos, encuentra la solución.

A la mañana siguiente, vuelve al


cuartucho en el que ahora viven
Eliza Montero y su hija, con más
preguntas para ellas.

196
El control de acusación

La sala de audiencias no es ni la
tercera parte de la de la Sala Penal
Nacional. De hecho, no parece más
grande que la sala de su casa, piensa
Joaquín.

Junto a él están su padre, su tía y su


prima. Ninguno de ellos se guarda de
echarles miradas asesinas a los
agraviados, quienes se encuentran en el
lado opuesto, a medio paso de distancia, y
que tampoco se quedan atrás. Parecen
197
estar esperando que suene la campana
para continuar con la pelea que los ha
llevado hasta ese lugar.

Joaquín no pudo ver cómo quedaron


después de haberse enfrentado a su
padre, pero constata que uno de ellos
—el antiguo novio de Viviana— aún
lleva las marcas en el rostro, y otro ha
ingresado cojeando a la sala.

En el fondo, Joaquín se alegra de


que los cargos contra su padre no
incluyan el de tentativa de homicidio,
o al menos, lesiones.
El defensor

El fiscal encargado del caso, un sujeto


al que llaman Pacheco y que Joaquín no
ha tenido el placer de conocer, lo saluda
con un movimiento de cabeza, para luego
hacer como que Joaquín ya no está allí. El
abogado de los agraviados, el doctor
Coronado, ni siquiera se molesta en
saludarlo.

—Flaco —le susurra su padre al


oído—, ¿estás nervioso?

—No, papá. Estoy bien.

—Qué bueno, quiero que estés tranquilo.

—Gracias.

198 —Sí, ya tengo todo coordinado.


—¿Cómo?

—Ya hablé con tu tío Eduardo.


Mira, si al final me condenan, él me
va a estar esperando en la esquina.
Lo que necesito es que pidas que me
dejen ir rápidamente al baño, dices
que es un tema de mi próstata y en
ese momento… —Se detiene cuando
ve el rostro de su hijo palidecer
Jefferson Moreno Nieves

hasta niveles fantasmagóricos—. Es


broma, flaco. Una bromita para
relajar el ambiente.

No le da tiempo de responderle. El
juez ingresa a la sala, les dedica un
saludo general a los presentes y se
sienta en su lugar para empezar.

El tal Pacheco resulta ser bastante


bueno: presenta su acusación con
soltura, con solvencia. Tiene buena
escuela, piensa Joaquín y se permite
recordar que aquella es una de las
cosas que más le gusta de la
profesión, el litigio.

De hecho, fue lo que le hizo querer ser


abogado.

Tenía diecisiete años cuando,


mientras se encontraba sirviendo
mesas en el restaurante en que
trabajaba, vio por primera vez una
audiencia y a un abogado defensor en
acción.

Se trataba precisamente del mismísimo


César
Aragaki. 199
El defensor

La voz del abogado que salía en ese


momento de la pantalla transmitía un
tipo de seguridad y autoridad que
Joaquín Montero no había conocido
hasta entonces, aquellas que otorgan
la sabiduría y el conocimiento.

En aquella ocasión, Aragaki se


encontraba defendiendo a un
expresidente. Un caso tan importante
que era la primera vez en la historia
que los canales de señal abierta
decidían transmitir las audiencias en
directo. Los índices de sintonía no
mentían: las personas no podían dejar
de mirar el segundo a segundo del
proceso legal.

Fueron los cuatro minutos más


emocionantes de la vida de Joaquín,
hasta que el dueño del restaurante,
Juan José Morán, un amigo de copas
de su padre y de Dios sabe de qué
más, le llamó la atención,
recordándole que él no le pagaba
para que viera televisión.

—¿Él es abogado? —se animó a


preguntarle a Morán al día
siguiente, mientras en canal cuatro
Jefferson Moreno Nieves

transmitían la nueva audiencia. En


realidad, solo necesitaba una
confirmación.

—Claro pues, flaco, ni que fuera una


bailarina.

En ese momento, Joaquín Montero


supo exacta 200 mente qué era lo que
quería hacer de su vida.

Se pregunta si a su colega del


Ministerio Público, Pacheco, le habrá
pasado igual. Parece un poco mayor
que yo, pero no demasiado, piensa
Joaquín; quizá también vio las
audiencias con la misma emoción
que yo.

Pacheco da las gracias y toma


asiento: ha terminado. Coronado lo
espera con la mano extendida para
estrechársela, algo que no suele
verse en las audiencias.

Es el turno de Joaquín, quien,


motivado por la agudeza mental y
argumentativa del Aragaki que vio
en acción tantos años atrás, se
El defensor

aclara la garganta y deja caer la


artillería pesada.

Va en el orden en el que fue


encontrando la respuesta para cada
delito. Primero, el de robo.

—Con todo respeto, señor juez,


estoy seguro de que para usted no
será difícil recordar lo que exige el
delito de robo para su comisión en su
aspecto subjetivo, el cual necesita de
parte del sujeto un ánimo especial, el
ánimo de lucro, ¿verdad? —Joaquín
hace una pausa esperando que el juez
responda a la pregunta mentalmente
—. Pues bien, siendo ese un requisito
indispensable para la comisión de
dicho delito, debo decirle que en esta
ocasión no se ha configurado tal.

—Según la propia acusación fiscal, mi


defendido 201 arrebató la cámara
fotográfica para evitar ser descubierto de
los daños que venía realizando a la
propiedad. Su única intención fue, señor
juez, evitar que la filmación, en la que se
le aprecia luchando contra los agraviados
y provocando los daños que se le
adjudican, fuera vista por un tercero.
Jefferson Moreno Nieves

Al menos, eso dice expresamente la


acusación fiscal.

Joaquín continúa:

—Por lo tanto, sin necesidad de


discutir la prueba o la acreditación de
los hechos, solo a partir del
planteamiento fiscal, se puede
verificar la ausencia de tipicidad
subjetiva en el delito, lo que
determina que el hecho no puede ser
llevado a juicio.

Luego de decirlo, un breve silencio


de aprobación se extiende por la
pequeña sala. Joaquín se siente
satisfecho. Es tiempo de ir por la
segunda presa, piensa.

—Ahora bien, con respecto al


delito de daños, lo que me veo
obligado a reconocer es la pericia
con la que los agraviados han
detallado uno a uno los bienes
materiales afectados. De hecho, si
me permite su señoría, quisiera
hacer un recuento de estos, tal como
mi contraparte ha hecho, con la
única
El defensor

202 diferencia de nombrar el número de


serie de cada aparato y el lugar en el
que fue adquirido.

Pacheco frunce el ceño: algo de lo


que está haciendo su contrincante
no tiene sentido. Coronado le habla
al oído, pero el fiscal lo manda a
callar. No quiere que lo distraigan
ahora.

El juez da su aprobación y permite


que Joaquín siga adelante.

Al terminar, se acerca a la mesa


del juez para dejar la lista con los
datos que acaba de leer.

—Me parece que se trata de los


mismos elementos que figuran en la
acusación, ¿verdad?

—Todo parece indicar que sí —


responde el juez, y deja de lado el
documento.

—Bien. Ahora permítame decirle la


razón por la que en la defensa hemos
logrado ser tan específicos al
momento de enumerar dichos bienes.
Jefferson Moreno Nieves

—Joaquín saca de su maletín una


bolsa de plástico con cierre hermético
en la cual figuran una serie de boletas
y comprobantes de compra—. La
razón por la cual tenemos dichos
datos es porque contamos con los
recibos de compra de cada una de las
cosas.

Se da vuelta para que los agraviados


también puedan ver la bolsa.
203
Pacheco tiene cara de querer objetar
algo, lo que sea, con tal de mandar a
callar a su contrincante en ese
momento. Ya sabe lo que viene a
continuación.

—Debo reconocer que, si mi colega


aquí presente ha sido lo
suficientemente cuidadoso como para
no olvidar ninguno de los bienes que
sufrieron daño, mi representado y las
mujeres que solicitaron su ayuda
tampoco han dejado de ser
cuidadosos al momento de guardar
los recibos y boletas de todos aquellos
artefactos que ellas mismas han
comprado. Y he aquí lo interesante,
su señoría, puesto que la persona que
El defensor

compró, que pagó por los bienes que


ahora le reclaman a mi defendido no
ha sido ninguna de las del grupo
agraviado.

—Explíquese, abogado —dice el


juez, impaciente por saber adónde
lleva todo aquello.

—Con todo gusto, juez de


garantías. Lo que quiero decir es
que los objetos dañados fueron
adquiridos por la señorita Viviana
Suárez Montero durante el tiempo
que vivió en la casa de quien por
entonces era su pareja. La señorita
Viviana, como una forma de
contribuir al hogar en el que había
sido acogida, no tuvo reparo en
adquirir un televisor nuevo, un
equipo de sonido, una mesa de
centro y todos los demás objetos
que, según la acusación, fueron
dañados por mi cliente.

204 El juez no tarda en empezar a


contrastar cada boleta con la lista de
bienes dañados.
Jefferson Moreno Nieves

—Como verá, los objetos por los


cuales los agraviados reclaman, de
hecho, no son de su propiedad, sino
de la otra parte, la que, digamos, fue
responsable de los daños. Dicho
esto, me permito recordar el
principio de libre disponibilidad del
patrimonio, mediante el cual, la
lesión a bienes propios no configura
delito alguno. Por otro lado, tampoco
es posible reclamar por bienes
ajenos, como es el caso de la
presente acusación, en tanto que,
como dije antes, los bienes dañados
ni siquiera pertenecen a nadie de la
familia supuestamente agraviada.

La reacción no se hace esperar: el


novio, el padre, la madre, la abuela y
todos los demás miembros de la
familia que han acudido a la sala con
la esperanza de ver a Felipe Montero
irse preso, ahora se ven sorprendidos
y con las manos vacías.

El doctor Coronado conferencia con


Pacheco mientras los susurros
continúan hasta transformarse en
palabras a todo volumen.
El defensor

Lo que ocurre poco después no resulta


una sorpresa: el juzgado ordena archivar
la acusación en contra de Felipe Montero
Osores, quien, fiel a su 205 estilo, levanta
a su hijo entre sus brazos.

También se permite lanzar un mensaje


a la contraparte en medio del bullicio de
salida:

—Y la próxima les va peor.

Joaquín sabe que la familia habrá


de apelar, pero eso no lo inquieta,
pues se trata de casi un acto reflejo.

Sabe mejor que nadie, mejor que


nunca, que ahí no hay caso.
Los archivos también se
celebran

Las cajas de cerveza no paran de


llegar a la casa. Tampoco los
invitados. Entre ellos están los
familiares y amigos de Felipe y, por
supuesto, los compañeros de oficina
de Joaquín.

A los pocos segundos de haber llegado,


Emer- 207 son ya se encuentra tomando,
abrazado a quien esa misma mañana aún
era el acusado, como si se conocieran de
toda la vida.

—Yo sabía que Joaquín lo iba a lograr,


don Felipe, le enseñé todos los trucos.
¡Salud!

La música tampoco se hace esperar:


pronto, aparecen dos guitarras y la
gente empieza a bailar. Diego saca a
bailar a su madre, mientras que
alguien más saca a bailar a Viviana
Suárez.

—Muchas gracias, Joaquín —le dice


su tía Eliza, quien, por primera vez en
quince o veinte años, vuelve a tener
Jefferson Moreno Nieves
un vaso de cerveza helada en la
mano. Se esfuerza para que su voz
resulte clara a pesar del ruido—.
Quisiera recompensarte por la lección
que les diste a esas malas personas.
Si me esperas un poquito, te prometo
que…

—Tía, olvídese de eso. La


recompensa ya la tengo. Mire usted
—responde Joaquín y señala a su
padre, que ahora es levantado en
brazos por dos de sus amigos que
trabajan con él en la empresa de
tours—, esa es mi mejor
recompensa.

Joaquín sabe que habrán de tener


una conversación muy seria sobre el
tipo de conducta que lo llevó a
meterse en un problema tan serio,
pero tam-
208 bién confía en que, luego de haber
visto el triunfo de la buena práctica
del derecho, Felipe Montero
reconsiderará lo que cree saber
sobre el sistema de impartición de
justicia.

A Joaquín le gusta la fiesta —el


olor a comida anuncia que lo mejor
está por venir—, pero está realmente
cansado. Sin duda, ha sido el caso
más arduo de su aún corta carrera.
Va en busca de la salida. A su paso,
hace salud unas cinco veces con
distintas personas que lo felicitan.

En la calle está todo más tranquilo.


Joaquín Montero se recuesta contra
el auto de su padre, se permite
cerrar los ojos, echar la cabeza hacia
atrás y respirar con la satisfacción
que da la tranquilidad.

El defensor

Lo sorprenden unas manos que se


posan sobre sus párpados cerrados:

—Adivina quién soy —le dice Chris.

Caminan uno al lado del otro sin


rumbo fijo. Durante los primeros
metros, Joaquín duda si tomarla de la
mano, no quiere incomodarla. Por
descuido, sus dedos rozan la falda
floreada de Chris. Pero es ella quien
Jefferson Moreno Nieves
toma la iniciativa y entrelaza sus
dedos con los suyos.

—Me imagino que ya estás aburrido de


que la 209 gente te felicite.

—No, para nada. —Y luego de pensarlo


mejor, Joaquín agrega—: Bueno, un poco
quizá.

—Es un precio muy bajo que pagar


para lo que has conseguido.

—Lo que estaba pensando era en la


forma en la que cada abogado va
construyendo su experiencia y
armando una especie de cuarto de
archivo mental con el que enfrentarse
a casos futuros.

—Como un banco de preguntas y


respuestas ya descubiertas.

—Sí, algo como eso. Pienso en los


abogados con experiencia, como el
doctor Zapata, y se me ocurre que,
llegado a ese punto, pocas cosas te
sorprenden y, de alguna forma, te
resulta más sencillo encontrar las
soluciones. Claro, siempre y cuando
el contrincante no tenga su cuarto
de archivo más lleno y ordenado que
el tuyo.

—Tienes razón. —Chris se detiene


y se cuadra frente a él—. Pero ya fue
suficiente de casos y delitos por hoy,
¿no crees?

—Por hoy y por mañana —


responde Joaquín y la besa.
210
Se entrega a los labios de Chris sin
preocuparse de nada.

Ni siquiera del doctor Zapata, que


acaba de doblar la esquina y viene
caminando hacia ellos.

El derecho es de buceo

La audiencia de apelación tiene lugar


un mes después, esta vez, en una sala
más grande e importante que la
anterior.

Ingresa el público y las partes.


Están todos menos el exnovio de
Viviana y quien fuera su abogado, el
doctor Coronado, el encargado de
firmar la apelación.
Jefferson Moreno Nieves
Esta vez, los jueces son tres: dos
211
hombres y una mujer de aspecto
macizo y diabólico.

Del lado de Joaquín se encuentran


su padre y su tía. Viviana ha tenido
que acudir a su tercer día en su
nuevo trabajo y no ha podido
acompañarlos esta vez.

Confía en su primo, sabe que lo tiene


todo bajo control.

—Eres el mejor, Joaquín —le dijo el día


anterior para avisarle de las cosas que
tenía que hacer.

Lo que Viviana no sabe es que quien


está del otro lado, litigando contra
Joaquín, ya no es el fiscal Pacheco, sino
un fiscal superior llamado Germán
Cuenca.

Joaquín, al igual que la mayoría de


abogados de la región, sabe quién es
Cuenca: ha formado parte de
equipos especiales encargados de
investigar los casos de corrupción
más importantes —y mediáticos— de
los últimos años.
Además, es un caballero. Se acercó
a Joaquín para saludarlo y
presentarle sus respetos. El opuesto
exacto de Pacheco y, de seguro,
cinco veces mejor preparado.

212Y encima, pepón, piensa Joaquín.

El fiscal superior va ordenando los


documentos sobre su escritorio,
dueño de una serenidad que a
Joaquín no le gusta para nada. No
viniendo de alguien que no tiene por
costumbre aparentar ninguna de sus
actitudes.

Piensa también en la gran fiesta


que celebraron en su casa debido a
la victoria del caso en primera
instancia y empieza a temer haber
cometido el mismo error que en su
primer caso en la Sala Penal
Nacional: haber cantado victoria
antes de tiempo.

Después de todo, él mejor que


nadie sabe que las apelaciones
suelen voltear el marcador.
Jefferson Moreno Nieves
El
defensor

Mira a su alrededor, evaluando los


rostros de cada uno de los presentes y,
una vez más, vuelve a notar la ausencia de
Coronado, el abogado de la familia
agraviada.

Un leve cosquilleo de satisfacción empieza


a trepar por su mente.

Una coincidencia.

Coronado no está, se dice a sí mismo,


parece que no va a venir.

Entonces, justo cuando los jueces están a


punto de dar inicio a la audiencia, Joaquín se
pone de pie 213 y dice:

—Señores miembros de la sala, solicito


que se rechace el pedido de apelación y
que no se lleve a cabo la audiencia.

Los tres jueces lo miran como si se


hubiera vuelto loco.
Una vez más, los consejos del doctor
Zapata han dado en el blanco. Joaquín lo
entiende mejor que nunca: el derecho sí es
un deporte de buceo y solo quienes están
dispuestos a ir a las profundidades del
océano son los que encuentran los tesoros
más impresionantes.

Como es el caso ahora.

Durante alguna de sus muchas noches


en vela, Joaquín Montero dio con un caso que
le llamó la atención, uno en el que se hablaba
de un acuerdo plenario de la Corte de Áncash,
específicamente. En dicho acuerdo, fechado
en julio de 2004, se establecía que, de no
encontrarse presente durante la audiencia la
persona que había solicitado la apelación,
entonces el pedido quedaba automáticamente
rechazado y la audiencia no se llevaba a cabo.
Así 214 de claro y tajante.

—En esta ocasión, su señoría, el


responsable de solicitar la apelación fue
el abogado de la parte agraviada, Wilson
Coronado —dice Joaquín después de
explicar brevemente de qué va el acuerdo
plenario—. Y, al no estar el abogado
Jefferson Moreno Nieves
presente, no queda más remedio que
rechazar el pedido.

La fiscalía no fue la que interpuso el


recurso de apelación.

Los jueces cruzan miradas y anuncian


un breve receso para poder conferenciar
fuera de la sala al respecto.

El defensor

Seguro van a ver si lo que digo es cierto,


piensa Joaquín.

La espera no toma más de diez minutos.

Al volver a la sala, uno de los jueces toma la


palabra y declara rechazado el pedido de
apelación.

El fiscal Germán Cuenca se pone de pie y


va hasta donde Joaquín para volver a
estrechar su mano.

—Ya me habían dicho que usted era de


los buenos, doctor. De los buenos
abogados, pero ahora también sé que de
los buenos hijos.
215 —Gracias, doctor. Nos veremos pronto.

Espero que la próxima sea del mismo lado —
responde Cuenca.
La entrevista

La dirección es la correcta. Joaquín lo


comprueba con el guardián del edificio
antes de ingresar. Es una mole de acero y
cristal de seis pisos, todos ellos ocupados
por los mejores abogados del país.

Se presenta ante la recepcionista, quien le


da un carné y le pide que suba al cuarto piso y
espere. Joaquín agradece y se dirige al
ascensor, a pesar de que no sabe cómo
217
funciona. En la sala, hay quince abogados
más que, como él, esperan ser entrevistados.
Todos ellos alcanzaron el ticket dorado para
probar su suerte.

El de Joaquín se lo facilitó el doctor


Zapata, quien lo llamó cuatro días atrás
para decirle que tenía una entrevista en
Lima.

—¿Entrevista? ¿Dónde, doctor?

—En las ligas mayores —respondió el


abogado.

Joaquín se encontraba en ese momento


pasando unos días en Máncora, en
compañía de Chris. Habían empezado a
planear el viaje inmediatamente Jefferson
Moreno Nieves

después de recibir la aprobación de su


jefe, quien llamó a Joaquín para decirle
que tenían que interrumpirlo.

Por un momento, temió que Chris


tomara a mal el hecho de querer probar
suerte en Lima. Sin embargo, una vez
más, ella se reveló como la mujer
inteligente que era:

—Ve y haz lo mejor que puedas. El


resto lo veremos después. En esta vida,
todo tiene solución. Además, en Lima
también necesitan administradoras
serranas y tercas como yo.

218 Y ahora Joaquín está ahí, con sus


esperanzas y las de quienes lo aprecian,
preparándose para los que
probablemente sean los quince o veinte
minutos más importantes de su carrera.

Los otros candidatos van entrando uno


a uno a la sala de conferencias que hay
frente a ellos. Atraviesan las grandes
puertas de caoba con la actitud propia de
gladiadores romanos.
Pasan casi tres horas hasta que es el
turno de Joaquín, el último de la fila.

—Señor Montero, por aquí, por favor —


le indica otra señorita quien, luego de
hacerlo entrar, se retira.

El defensor

Solo hay una persona más aparte de él en


la sala de conferencias.

Un hombre de gesto afable, raya al costado


y ojos rasgados le pide tomar asiento.

César Aragaki en persona.

—Buenos días, doctor —saluda Aragaki—,


¿qué tal el viaje desde Huaraz?

—Bien —dice Joaquín, intentando que no


se le note lo sorprendido que ha quedado
por la pregunta—. Solo un poco largo.
219
—Sí, hace tiempo que no voy por allá,
pero uno de estos días voy a aceptar la
invitación de mi buen amigo el doctor
Zapata para darme una vuelta.

—Será estupendo, doctor. Cuando guste, lo


recibiremos con los brazos abiertos.
—Salvo que tú ya estés aquí trabajando
con nosotros —dice Aragaki, volviendo a
sonreír—. Es una posibilidad, Joaquín, de
otra forma no estarías aquí. Pero déjame
decirte algo, pues no quiero que me
malentiendas: la mayoría de los
muchachos que pasaron antes que tú
también son recomendados de amigos
míos. Es inevitable, pero eso no significa
que no se trate de jóvenes valiosos, ¿me
dejo entender?

Jefferson Moreno Nieves

—Claro que sí, doctor.

—Perfecto. Entonces, dicho esto,


déjame iniciar la entrevista
preguntándote por qué te gustaría
trabajar aquí.

—Por la misma razón que tendría para


querer jugar en Alianza si fuera
futbolista: para estar en el mejor equipo
que sea posible.

—Es una pena que digas eso, ¿nadie te


dijo que yo soy de la U?

—Sí, y es justo la razón por la que lo dije.


Jamás
220 escuchará de mí una mentira o excusa
para caerle bien o congraciarme con
usted, doctor. Si este lugar es el mejor, es
precisamente porque, por encima de
todo, se encuentra la ética profesional, el
esfuerzo y el talento. Nada de poses o
patrañas, si me permite la palabra. Eso es
justo lo que me motiva.

Aragaki lo contempla por un momento.

—Eso es nuevo. Es la primera vez que


uno de los muchachos que he
entrevistado hoy me pone las cosas tan
claras.

—Es la única forma en que se me


ocurre poner las cosas.

El defensor

—Bien, pero quizá no sea suficiente.


Háblame un poco más de ti, de dónde
viene tu deseo de ser abogado.

Fue el turno de Joaquín para sonreír.

Se pasó la siguiente hora contando la


historia de aquel chico a quien no le había
ido bien en la escuela, que no tenía
mayores aspiraciones en la vida que
dedicarse a servir mesas o a algún
quehacer parecido y que, al fin, un día,
viendo la televisión, encontró su destino.

La entrevista se prolongó durante una hora


más. 221
Al salir de la sala de conferencias,
mientras bajaba en el ascensor, Joaquín
Montero se dio cuenta de que tenía una
nueva y única preocupación por resolver:
encontrar un buen lugar donde vivir en
aquella gran ciudad que desde ese día se
convertiría en su hogar.

Un hogar con algo más que un colchón y un


catre, como en Chiclayo.

Aquí, sin duda, empezaba una nueva


historia.

Lima, marzo de 2022.


Este libro está dedicado a todas las
dificultades que se presentaron en
mi vida hasta ayer. Gracias a ellas,
soy el hombre de hoy.
JMN
El defensor
Este libro se terminó de imprimir en abril de 2022 en las
instalaciones de la imprenta
Page & Design EIRL, por encargo de LP.

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