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La vida de Magic Johnson

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Earvin

Mi vida Earvin ‘Magic’ Johnson y William Novak


‘Magic’ Johnson
«De la misma manera que Michael Jordan Earvin ‘Magic’ Johnson (1959) es
fue el galardón individual que el balonces- un exjugador de baloncesto estadouni-
to se concedió tras un siglo de vida, ‘Magic’ dense, considerado uno de los mejores de
Johnson fue la recompensa colectiva del todos los tiempos. Militó en Los Angeles
«A nadie ha favorecido más el paso
juego por el mismo trayecto. De otro modo:
uno y otro completaban el círculo del todos
del tiempo que a ‘Magic’ Johnson. y William Novak Mi vida Lakers desde 1979 hasta 1991, con los que
conquistó cinco campeonatos, y ganó la
para uno y uno para todos. Como la ten- Sigue sin haber nadie como él.» medalla de oro en los Juegos Olímpicos de
dencia posterior se decantó sensiblemente Barcelona con el Dream Team, el mejor
a favor de replicar al primero, es posible equipo de la historia.
asegurar que a nadie ha favorecido más Mi vida ofrece una visión reveladora sobre la carrera del legendario
jugador, treinta años después de que el VIH precipitara su retirada
el paso del tiempo que a ‘Magic’ Johnson. William Novak (1948) es un escritor
Porque sigue sin haber nadie como él.» de las canchas. Desde su infancia en una familia humilde de Lan-
norteamericano, co-autor de varias me-
sing hasta su despedida triunfal con el Dream Team en los Juegos
morias de celebridades como Lee Iacocca,
Del prólogo de Gonzalo Vázquez Olímpicos de 1992 en Barcelona, pasando por su imborrable legado
Tip O’Neill o Nancy Reagan.
con los Lakers del Showtime.

‘Magic’ escribe con sencillez y honestidad de sus compañeros de


equipo, entrenadores y rivales, como Kareem Abdul-Jabbar, Pat Ri-
ley, Larry Bird, Michael Jordan o Isiah Thomas. El resultado es un
relato personal e íntimo de un personaje inigualable, pero también
un retrato de la edad de oro de la NBA a cargo de uno de sus prota-
gonistas principales.

[Link] 10295904
10280554
20,90 €
PVP. XX,XX

@geoplaneta Diseño de cubierta: Sophie Guët


@geoplaneta_libros 9 788408 256847
Ilustración de cubierta: © Iván Floro

A.F. Magic [Link] 1 23/2/22 10:52


Mi vida
EARVIN «MAGIC» JOHNSON
Y WILLIAM NOVAK

T-Mi [Link] 3 22/2/22 15:35


MI VIDA
Título original: My Life

geoPlaneta
Diagonal 662-664. 08034 Barcelona
info@[Link] - [Link]

DE LA EDICIÓN ORIGINAL
© June Bug Enterprises, 1992
© del texto: Earvin ‘Magic’ Johnson y William Novak, 1992
Esta traducción se publica por acuerdo con Random House, un sello y división
de Penguin Random House LLC

DE LA EDICIÓN ESPAÑOLA
© Editorial Planeta, S.A., 2022
© Traducción: Joaquín Adsuar, 1993
© Imagen de cubierta: Iván Floro
© Prólogo: Gonzalo Vázquez, 2022
Revisión técnica: César Cornejo

ISBN: 978-84-08-25684-7
Depósito legal: B. 1.454-2022
Impresión y encuadernación: Black Print
Printed in Spain – Impreso en España

Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial


de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión
en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por
fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito
del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constituti-
va de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código
Penal).
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fo-
tocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO
en la web [Link] o por teléfono en el 91 702 19 70/93 272 04 47.
El papel utilizado para la impresión de este libro está calificado como papel
ecológico y procede de bosques gestionados de manera sostenible.

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SUMARIO

Prólogo IX
Reconocimientos 11
Prefacio 13
Amor y disciplina 21
Negros y blancos 45
Tres amigos 61
La hora de la decisión 71
Estudiante universitario 81
Aquella temporada del campeonato 105
El siguiente nivel 123
La temporada de novato 137
Un tío muy grande 155
Mi triste segundo año 179
Los chicos del autobús 199
Míster Intensidad 225
Los Celtics 249
Larry Bird 267
Isiah y Michael 279
Las mujeres y yo 295
Malas noticias 323
Mi nuevo empleo 345
Un partido 373
La retirada 385
Una nueva vida 403
Epílogo — Un mensaje para los adolescentes negros 413
Posdata 417
Índice onomástico 421

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CAPÍTULO 1

AMOR Y DISCIPLINA

Crecí en el seno de ese tipo de familia negra que mucha gente


añora hoy en día, porque está desapareciendo. Aunque éramos
nueve, teníamos lo que necesitábamos: un padre y una madre
maravillosos, comida en la mesa y tiempo para reunirnos en fa-
milia. Para poder mantenernos, mis padres tenían que trabajar
muchísimo. Mi padre tenía dos empleos a jornada completa y
mamá tenía que trabajar tanto como él para llevar la casa. Por si
no tuviese suficiente con siete hijos, también buscaba otros tra-
bajos fuera del hogar.
Vivíamos en Lansing, Michigan, a hora y media de Detroit.
Nuestra familia vivía en el número 814 de Middle Street, en una
modesta casa amarilla de madera situada en la parte oeste de la
ciudad. Era un barrio tranquilo, de gente trabajadora. No era un
barrio residencial, pero tampoco era un gueto.
Además de ser la capital del estado, Lansing es también una
gran ciudad industrial. La General Motors estaba en plena ebu-
llición durante la década de los cincuenta y había puestos de
trabajo en abundancia. Los salarios eran buenos, y por ese moti-
vo muchos negros, entre ellos mis padres, se trasladaron a Lan-
sing desde el sur rural. La mayoría de los padres que conocía,
incluido el mío, trabajaba para la General Motors o para alguna
de sus filiales.
Lansing era un lugar estupendo para crecer y hacerse mayor.
El ambiente era el típico de una ciudad pequeña; la gente se sa-
ludaba al encontrarse por la calle. Nosotros conocíamos a todos
los vecinos, y las familias con las que me crie lo hacían casi todo
juntas: ir a la iglesia, al colegio, al centro juvenil, a patinar sobre
hielo y a los partidos de baloncesto en Sexton, el instituto local.

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22  MI VIDA

Todo lo que hiciera, cualquier pequeño problema que tuviese,


llegaba a oídos de mis padres..., a veces incluso antes de volver a
casa.
Era imposible escaparse en un vecindario como aquel. La
gente se encontraba en la tienda y decía:
—¡Hola, hoy he visto a tu hijo!
Los chicos y las chicas sabíamos que, si hacíamos algo que
estuviera mal, podíamos recibir una bronca de cualquier adulto
que anduviese por allí, lo que no evitaba que nuestros padres nos
castigaran también al volver a casa.
Nací el 14 de agosto de 1959, soy el mediano de siete herma-
nos. Quincy, Larry y Pearl eran mayores que yo, y Kim y las ge-
melas Evelyn e Yvonne nacieron después. Mi madre dice que yo
fui un bebé precioso que sonreía mucho, y que dejaba que todo
el mundo me cogiera en brazos y jugase conmigo. Y creo que no
miente.
La familia se apretujaba en tres pequeñas habitaciones en la
segunda planta: una para mis padres, otra para mis cuatro her-
manas y la tercera para los tres chicos. Cada mañana, antes de ir
al colegio, todos hacíamos cola para entrar en el único cuarto de
baño y la casa se convertía en un auténtico manicomio. Ensegui-
da aprendías que había que darse prisa.
Aparte de nosotros siete, mis padres tenían otros tres hijos
de matrimonios anteriores: Michael, Lois y Mary, que vivían en el
sur pero venían con frecuencia a quedarse con nosotros. Y siem-
pre los consideramos parte de la familia.
Antes de dar el estirón yo era un chico regordete, y de peque-
ño me llamaban June Bug.1 Los mayores del barrio iban a traba-
jar y, cuando me veían pasar con mi balón, los oía decir:
—Ahí va ese loco de June Bug, siempre jugando al balon-
cesto.
Mis padres me llamaban Junior, pero para mis amigos era E. J.
y, a veces, solo E. En Lansing me siguen llamando así.
Ya hace tiempo que dejaron de llamarme por mi primer apo-
do, lo cual me complace. Estoy contento por no haber tenido que
arrastrar ese sobrenombre toda mi carrera profesional: «¡Damas

1. Escarabajo de junio.

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AMOR Y DISCIPLINA  23

y caballeros, jugando en la posición de base con el equipo cam-


peón de la NBA, Los Angeles Lakers, les presento a Escarabajo
de junio Johnson!».
Formábamos una familia muy unida y lo pasábamos muy
bien juntos. Casi todos los sábados por la noche hacíamos una
cena especial. Mamá asaba en el horno una tanda de empanadas
caseras con cebolla, pimientos, champiñones y hamburguesas.
Después de cenar, íbamos de la cocina a la sala de estar con unos
boles enormes repletos de palomitas para ver la televisión.
Cuando era pequeño veíamos mucho la televisión: progra-
mas y series como Barnaby Jones, Mannix, Colombo y Agentes
C.I.P.O.L. Por aquel entonces no había muchos programas de
negros, pero vimos Sanford and Son, El Show de Flip Wilson y Julia,
con Diahann Carroll. Los domingos por la noche siempre veía-
mos a Ed Sullivan, en parte porque en su programa actuaban
muchos artistas negros.
Pero cuando echo la vista atrás y pienso en cómo influyó en
mí la televisión, lo que me viene a la memoria no es un programa,
sino un anuncio del jabón Camay en el que se veía a una señora
joven, alta y elegante que parecía vivir en un castillo y estaba a
punto de meterse en una gran bañera empotrada. Por algún mo-
tivo, aquella bañera gigantesca ejercía sobre mí una poderosa
atracción. Así que decidí que cuando me hiciera mayor viviría en
una gran mansión con una bañera como aquella.
Una de las veces que pasaron el anuncio, me volví hacia mi
hermana Pearl, un año mayor que yo.
—¿Ves esa bañera? —le indiqué—. Algún día tendré en mi
casa una exactamente igual.
—Sí, muy bien —respondió Pearl, y nunca volví a mencionar
el asunto.
Pero hoy día tengo una gran casa con una enorme bañera que
me recuerda a la del anuncio. Y Pearl se ha bañado en ella.
Mi otra noción de lo que significa ser rico tuvo su origen en
uno de mis trabajos a media jornada. En Lansing había dos em-
presarios negros de éxito: Joel Ferguson y Gregory Eaton. Po-
seían unas casas preciosas, conducían buenos coches y todo el
mundo los admiraba. Yo limpiaba sus oficinas. Cada vez que en-
traba en ellas me sentaba en aquellos enormes sillones de cuero

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24  MI VIDA

y subía los pies a aquellos escritorios tan amplios. Me imaginaba


que era el dueño de aquel inmueble y empezaba a dar órdenes a
mi personal. «¡Haz esto! ¡Ocúpate de esto otro!» Me imaginaba
que todas las personas del edificio trabajaban para mí y que con-
taba con el respeto de toda la ciudad.
Al contrario que Detroit, Lansing era una ciudad mayorita-
riamente blanca. Casi todas las familias negras de la ciudad vi-
vían en la parte este o en la oeste, pero aquellos dos hombres
eran propietarios de unas casas enormes y muy bonitas, y podían
permitirse el lujo de vivir donde quisieran.
Por entonces jamás soñé que me ganaría la vida jugando al
baloncesto. El objetivo que me había fijado era convertirme en
un rico empresario como el señor Ferguson o el señor Eaton.

Con tantos críos que alimentar, a mis padres no les quedaba mu-
cho dinero para caprichos. Siempre tuvimos comida suficiente,
pero eran muchas las cosas que yo deseaba y que, simplemente, no
podía tener, como por ejemplo una bicicleta de diez velocidades o
unos vaqueros de marca. La ropa constituía para mí un tema espe-
cialmente problemático, porque cambiaba de talla cada dos sema-
nas. (Mis hermanos y mis hermanas eran más altos que la media,
pero no podían compararse conmigo.) La mejor prenda que tenía
era un traje con chaqueta reversible que me ponía para ir a la igle-
sia. Una semana era negra y al domingo siguiente le daba la vuelta
y era a cuadros.
Mis padres creían en el trabajo, y no solo para ellos, sino
también para sus hijos. Esperaban que todos nosotros ayudára-
mos en las tareas domésticas. Al igual que el resto de mis herma-
nos y hermanas, yo lavaba los platos, sacaba la basura, pasaba el
aspirador, hacía la comida y cuidaba de las gemelas, pese a que
tan solo era dos años mayor que ellas.
Papá no era partidario de regalar nada. Por esa razón, de
niño, la única oportunidad que tenía a mi alcance para tener al-
gún dinero para mis gastos era ganármelo fuera de casa. A los
diez años de edad ya tenía mi propio negocio. Quitaba las hojas
caídas y limpiaba los jardines de los vecinos, o apartaba la nieve
de sus aceras en invierno. Con el dinero que ganaba podía ir al
cine y, de vez en cuando, comprarme un disco.

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AMOR Y DISCIPLINA  25

Mi padre era mi ídolo, así que siempre me fijé mucho en cómo


administraba el dinero. Seguía un método mediante el cual se obli-
gaba a ahorrar, que consistía en llevar siempre en la cartera dos o
tres cheques sin cobrar. A veces yo llegaba a pensar que era dema-
siado cuidadoso con su dinero, sobre todo cuando no me compraba
algo que yo creía necesitar. Pero no tardaba mucho en oírle decir:
—¿Quieres cinco dólares, Junior? Toma, coge el cortacés-
ped. En esta ciudad hay mucho césped que cortar. Seguro que
enseguida te ganas ese dinero.
Mi padre odiaba tener que pedir dinero prestado y solía ad-
vertirnos de los peligros de contraer deudas. Uno de los días más
felices de su vida fue cuando pagó el último plazo de la hipoteca
de nuestra casa. Pero también era un hombre generoso. Cuando
sus amigos necesitaban unos dólares, siempre estaba dispuesto
a ayudarlos.
Gracias al baloncesto y a mis inversiones en negocios, he te-
nido la gran suerte de obtener grandes cantidades de ingresos,
mucho mayores de lo que jamás soñó mi padre. Un par de años
antes de casarme con Cookie compré una casa nueva y grande
que me costó siete millones doscientos mil dólares. A pesar de
ello, sigo siendo hijo de mi padre y hay cosas que no cambiarán
nunca.
Cuando compré la casa, mi contable me aconsejó que no pa-
gara mucho en concepto de entrada. Por cuestión de impuestos,
me explicó, era mejor pagar la hipoteca repartida en muchos
años. Yo sabía que tenía razón, pero no pude hacerlo así y pagué
una entrada de seis millones doscientos mil dólares, es decir,
más del 85 por ciento del precio total. Aun así, no me quedé sa-
tisfecho y, pocos meses más tarde, extendí un cheque por el últi-
mo millón. No soportaba la idea de tener una hipoteca —o
cualquier otra deuda— pendiendo sobre mi cabeza.
Rara vez he visto a mi padre con una copa en la mano y en
nuestra casa no se permitía fumar, pero mis padres tenían mu-
chos amigos y a papá le gustaba ponerse elegante para ir a las
fiestas. Yo estaba deseando que llegara el día en que pudiese
vestirme como él. Cuando la revista GQ me sacó en portada hace
unos años, me sentí tan orgulloso que enseguida se la envié a mi
padre.

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26  MI VIDA

A él le encantaban los antiguos cantantes de blues, como B. B.


King y Muddy Waters. Tenía sus discos de 45 revoluciones —los
LP eran demasiado caros— y cada tres minutos, cada vez que
terminaba uno de aquellos discos, mi tarea era levantarme para
ir al tocadiscos y volverlo a poner en marcha. Las tardes del fin
de semana nos sentábamos juntos en el sofá de la sala de estar y
yo esperaba que mi padre se adormeciera y, cuando creía que se
había dormido, quitaba su disco para poner uno de los míos: The
Jackson Five, The Commodores o The Temptations.
Papá oía la música incluso dormido, o quizá solo oía mi mú-
sica, que no le gustaba nada.
—¡Chaval! —me gritaba—. ¡Vuelve a poner esa canción!
A medida que me hago mayor mis gustos musicales se van
pareciendo más a los de mi padre. Hace unos años me aficioné al
blues, y hace poco compré algunos discos de los que a él le gusta-
ban. Cada vez que pongo uno de ellos, Cookie se burla de mí y
me llama viejo.
Si bien mi espíritu de trabajo y algunos de mis hábitos proce-
den de mi padre, una gran parte de mi personalidad la he here-
dado de mi madre. La gente habla de mi sonrisa, pero mi sonrisa
es la suya, la de mi madre. Muchas personas pueden darnos feli-
cidad haciendo ciertas cosas, pero Christine Johnson puede ha-
cernos felices casi con cualquier cosa que haga. Es capaz de
iluminar cualquier lugar con su sola presencia.
Mamá se lleva bien con todo el mundo y era como una madre
para todos los niños del barrio. Incluso hoy, siempre tiene algún
huésped en casa o está cocinando para mucha gente. Mientras
estuve en los Lakers, cada vez que jugábamos en Detroit papá y
ella venían en coche desde Lansing con montones de comida
casera para todo el equipo.
Siempre estaba trabajando. Cuando las mellizas empezaron
a andar, mamá se buscó un empleo como conserje en un colegio.
Más tarde trabajó en una cafetería. Después de pasarse todo el
día de pie, volvía a casa para ocuparse de nosotros siete, con to-
das nuestras quejas y riñas. Casi siempre estaba agotada, ex-
hausta, y el cansancio se reflejaba en su rostro.
Mamá es muy religiosa, y, cuando yo era pequeño, todos íba-
mos a la iglesia de la Unión Misionera Baptista. Cuando yo tenía

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AMOR Y DISCIPLINA  27

unos diez años, una mujer comenzó a ir de casa en casa con bi-
blias y otros libros religiosos. Pertenecía a la Iglesia Adventista
del Séptimo Día y, como vio que mamá estaba dispuesta a escu-
charla, volvió varias veces. Los adventistas son cristianos que
guardan el sabbat del Antiguo Testamento y algunos preceptos
alimenticios bíblicos, como los judíos ortodoxos.
Cuando mamá se convirtió al adventismo, el ambiente en
casa se tensó durante algún tiempo. Papá estaba profundamente
integrado en la iglesia baptista y formaba parte activa de todos
los comités. Él y yo cantábamos en el coro. Mamá deseaba que
toda la familia se convirtiese a la Iglesia Adventista del Séptimo
Día, y así lo hicimos durante algunas semanas; todos menos papá.
Yo lo odiaba. Mis partidos de la liga infantil de baloncesto se
jugaban los sábados y, de pronto, resultó que no podía jugarlos.
La televisión no podía ponerse en casa desde la puesta del sol del
viernes hasta la noche del sábado, no se podía utilizar el coche
los sábados salvo para ir a la iglesia y no podíamos escuchar mú-
sica que no fuera religiosa.
Me enojaba tener que adaptarme a todos esos cambios. Lo
consulté con mi padre, que también estaba molesto. Mamá ha-
bía dejado de guisar los sábados, y también dejó de servirnos
jamón, carne de cerdo y beicon. Eso resultó muy duro para mi
padre, porque le encantaban el jamón y las salchichas.
Durante unas semanas vivimos en estado de guerra, pero mis
padres se querían mucho y arreglaron las cosas. Papá se dio
cuenta de que mamá se había tomado en serio su nueva religión,
y ella comprendió que su marido nunca se uniría a ella en su
nueva fe. Mis hermanas se hicieron adventistas, mientras que
papá, mis hermanos y yo seguimos siendo baptistas. Mamá y papá
aún lo viven así y asisten juntos a las respectivas iglesias, tanto
los sábados como los domingos.
Ahora bien, que mamá tuviera una sonrisa fantástica no sig-
nificaba que fuese una mujer blanda. Como nuestro padre siem-
pre estaba trabajando, era ella la que se encargaba de impartir
disciplina en el hogar. Y también era una mujer severa. Si alguno
de nosotros no cumplía sus tareas o daba problemas en la escue-
la, lo pasaba mal. Si ocurría algo muy grave, lo que no era muy
frecuente, esperaba a que papá llegase a casa.

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