Diálogos de Platón: República IV
Diálogos de Platón: República IV
son exclusivamente didácticos. Prohibida su reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial correspondiente.
IV
POR
PLATÓN
EDITORIAL GREDOS
INTRODUCCIÓN, TRADUCCIÓN Y NOTAS
DIÁLOGOS
son exclusivamente didácticos. Prohibida su reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial correspondiente.
© EDITORIAL CREDOS. S. A.
Sánchez Pacheco, 81. Madrid. España. 1988.
ISBN 84-249-1027-3.
Impreso en España. Printed in Spain.
Gráficas Cóndor, S. A., Sánchez Pacheco, 81. Madrid, 1988. — 6162.
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REPÚBLICA V 245
—¿Y qué? —prorrumpió Trasímaco—. ¿Acaso pien- groso; y no por incitar a la risa, ya que eso sería pueril;
sas que hemos venido aquí para buscar algún tesoro, el peligro consistiría más bien en que, al fracasar res-
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en lugar de asistir a argumentaciones? pecto de la verdad, no sólo caiga yo sino que arrastre
—Sí —repliqué—, pero argumentaciones con me- en mi caída también a mis amigos en relación con las
dida. cosas en que menos conviene errar. Imploro la gracia
—Bien, Sócrates —dijo Glaucón—, mas la medida de de Adrastea1, Glaucón, por lo que voy a decir. Consi-
argumentaciones como éstas es, para la gente inteligen- dero, en efecto, que llegar involuntariamente a ser ase-
te, la vida entera. Pero no te preocupes por nosotros; sino de alguien es una falta menor que la de engañarlo
por ningún motivo debes titubear en exponer tu parecer respecto de las instituciones nobles, buenas y justas. Y
c acerca de lo que te preguntamos: en qué consistirá esta vale más la pena correr este riesgo con los enemigos
comunidad de mujeres y niños para nuestros guardia- que con los amigos, de modo que no haces bien en dar- b
nes, y en qué la crianza de los niños cuando aún son me ánimo.
pequeños, en el período intermedio entre el nacimiento —Querido Sócrates —repuso Glaucón, echándose a
y la educación, que parece ser lo más espinoso. Trata reír—, si sufrimos algún perjuicio por causa de tu argu-
de decirnos de qué modo debe desarrollarse. mento, te absolveremos como si se tratara de un homi-
—No es fácil exponer tal tema, bendito amigo —con- cidio, y te declararemos limpio de toda mancha y de
testé—, pues arroja muchas más dudas aún de lo que todo intento de engaño. De manera que habla con con-
hemos descrito hasta ahora. En efecto, se dudará de que fianza.
lo dicho sea posible, e incluso en el caso de que lo fue- —Está bien —asentí—, ya que, como dice la ley2,
d ra, cabrá la duda de que eso sea lo mejor, y de ese mo- el absuelto en tal caso3 queda limpio. Y es natural que
do. Por ello vacilo en tratar estos asuntos, ya que la lo que valga para tal caso valga para el caso presente 4.
exposición puede parecer una expresión de deseos, que- —Por eso mismo, pues, habla.
rido mío. —Y para hablar debemos ahora retornar a lo que,
—No vaciles, porque los que te escuchan no son des- en aquel momento, le correspondía el turno en nuestra
considerados, ni incrédulos ni hostiles. exposición. Pero tal vez sea correcto proceder así: que, c
—Excelente amigo, sin duda me hablas de ese modo una vez completada la actuación masculina, se cumpla
porque quieres darme ánimo. a su vez la femenina, máxime dada tu exhortación a ello.
—Sí, por cierto. Porque, en mi opinión, no hay, para hombres nacidos
—Pues bien, produces el efecto contrario. En efecto,
1
si yo estuviera confiado en saber aquello de lo cual de- La primera mención de Adrastca en la literatura griega conser-
bo hablar, seria excelente tu manera de darme ánimo, vada se halla en el verso 936 de Prometeo encadenado de ESQUILO: «LOS
sabios se inclinan ante Adrastea» (es el mismo verbo que aquí; por
ya que, quien conozca la verdad, puede hablar con se- el contexto, traducimos «imploro»)- Un escolio a ese verso aclaraba:
guridad y audacia sobre los temas más caros e impor- «una diosa que castigaba a los orgullosos».
e tantes en medio de personas inteligentes y queridas. 2
Adam remite aquí a Layes 869e y a DEMÓSTENES, XXXVII 58-59.
3 O sea, en el caso de que el homicidio sea involuntario.
Pero exponer teorías cuando aún se duda de ellas y se
4 0 sea, en el caso de los presuntos errores a que puede inducir
451a las investiga, tal como debo hacer yo, es temible y peli-
la argumentación de Sócrates.
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y educados de la manera que hemos descrito, otro mo- —Por lo que dices, es probable.
do recto de posesión y trato de sus hijos y mujeres que —Claro que tal vez muchas de las cosas que, contra
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el de seguir en conformidad con el impulso que origina- lo acostumbrado, exponemos parezcan ridículas si se
riamente le hemos imprimido. Y en nuestro discurso las pone en práctica.
nos hemos esforzado en establecer a estos hombres co- —Si, por cierto.
mo guardianes de ganado. —Pero ¿qué es lo más ridículo que ves en ellas? ¿No
—Así es. es obviamente el hecho de que las mujeres hagan gim-
d —Sigamos con la comparación, entonces, y démosles nasia desnudas en la palestra junto a los hombres, b
la generación y la crianza de modo similar, y examine- y no sólo las jóvenes sino también las más ancianas,
mos si nos conviene o no. como esos viejos que se ejercitan en los gimnasios cuan-
—¿En qué sentido? do están ya arrugados, y gustan de la gimnasia, aunque
—En éste: ¿creemos que las hembras de los perros- presenten un aspecto desagradable?
guardianes deben participar en la vigilancia junto con —Si, ¡por Zeus! Parecería ridículo, al menos en las
los machos, y cazar y hacer todo lo demás junto con actuales circunstancias.
éstos, o bien ellas quedarse en casa, como si estuvieran —Con todo, puesto que nos hemos propuesto hablar,
incapacitadas por obra del parto y crianza de los cacho- no debemos temer las pullas de los graciosos, digan
rros, mientras ellos cargan con todo el trabajo y todo cuanto digan y lo que digan sobre tal transformación
el cuidado del rebaño? referente a la gimnasia y a la música, y no menos al c
—Deben hacer todo en común, excepto que las trate- manejo de armas y a la equitación.
e mos a ellas como más débiles y a ellos como más fuer- —Tienes razón.
tes. —Más bien, dado que hemos comenzado nuestra ex-
—Pero ¿se puede emplear a un animal en las mis- posición, hay que avanzar hacia el aspecto áspero de
mas tareas que otro, si no se le ha brindado el mismo la ley en cuestión, y les rogaremos a aquellos graciosos
alimento y la misma educación? que dejen de lado sus bromas, y que se pongan serios
—No, no se puede. y recuerden que no hace mucho tiempo a los griegos
—Pues entonces, si hemos de emplear a las mujeres —como ahora a la mayoría de los bárbaros— les pare-
en las mismas tareas que a los hombres, debe enseñár- cía que era vergonzoso y ridículo mirar a hombres des-
seles las mismas cosas. nudos. Sólo cuando comenzaron a hacer ejercicios gim-
452a —Si. násticos5 los cretenses primeramente, y después los d
—Y tenemos que a los hombres se les ha brindado lacedemonios, les fue posible a los chistosos de enton-
la enseñanza tanto de la música como de la gimnasia. ces ridiculizar todas esas cosas. ¿No lo crees?
—Así es, —Sí.
—Por consiguiente, también a las mujeres debe ofre- 5 La traducción de gymnasia por «ejercicios gimnásticos» no
cérseles la enseñanza de ambas artes, así como las que muestra el matiz de desnudez (gymnós= «desnudo») que implica el
conciernen a la guerra, y debe tratárselas del mismo vocablo griego.
modo que a los hombres.
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—Pero después de que la experiencia reveló a los mos negarlo. «¿Y acaso no hay una gran diferencia
hombres que era mejor desnudarse que cubrir todo el entre la naturaleza de la mujer y la del hombre?» Pre-
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cuerpo6, pienso, lo que parecía ridículo a los ojos se gunta a la que tendríamos que responder afirmativa-
desvaneció por obra de lo que, a la luz de la razón, se mente. «En tal caso, corresponde asignar a cada uno
mostró como excelente. Y esto ha puesto de manifiesto una tarea distinta, según su propia naturaleza». A lo c
que es un tonto aquel que considera ridículo otra cosa cual deberíamos asentir. «¿Cómo negar, por ende, que
que el mal, y quien trata de mover a risa mirando como ahora os equivocáis y os contradecís a vosotros mismos,
e ridículo cualquier otro espectáculo que el de la locura al afirmar que los nombres y las mujeres deben reali-
y el de la maldad, y que, a su vez, se propone y persigue zar las mismas tareas, aun cuando cuenten con natura-
seriamente otro modelo de belleza que el del bien. lezas tan distintas?» ¿Puedes alegar algo, mi admirable
—Por entero de acuerdo. amigo Glaucón, frente a tales objeciones?
—Lo primero en que debemos ponernos de acuerdo —Así, repentinamente, no es fácil. Pero yo te rogaré,
es sobre si estas propuestas son posibles o no. Y debe- te ruego ahora mismo que expongas nuestro propio
mos abrir el debate, para quien quiera discutir —sea argumento, cualquiera que sea.
453a en broma o en serio—, si la naturaleza humana femeni- —Hace rato, Glaucón, que yo preveía estas cuestio-
na es capaz de compartir con la masculina todas las nes y muchas otras de la misma índole, y por eso temía d
tareas o ninguna, o si unas sí y otras no, y si entre las y titubeaba en tocar la ley concerniente a la posesión
que pueden compartir están o no las referentes a la gue- y educación de las mujeres y niños.
rra. Si comenzamos tan bien, ¿no es natural que tam- —Y en efecto, ¡por Zeus!, no parece fácil.
bién concluyamos de la mejor manera? —No, pero hay que tener en cuenta esto: tanto Si
—Por cierto. alguien se cae en una pequeña piscina como si cae en
—¿Quieres que debatamos la cuestión contra noso- el mar más grande, debe ponerse a nadar.
tros mismos, en nombre de los demás, para que la par- —Por supuesto.
te del argumento contrario no sucumba al asedio por —Así también nosotros debemos nadar e intentar po-
falta de defensa? nernos a salvo de la discusión, sea con la esperanza de
b —Nada lo impide. que algún delfín nos permita montarnos sobre su lomo,
—Hablemos, pues, en nombre de ellos: «No es nece- o bien con alguna otra forma desesperada de salvación.
sario, oh Sócrates y Glaucón, que otros os discutan. Pues —Parece que sí. e
vosotros mismos, al comenzar la fundación de vuestro —Veamos, pues, si hallamos de algún modo la sali-
Estado, habéis convenido en que cada uno debía reali- da. Hemos convenido, en efecto, que a cada naturaleza
zar una sola tarea, acorde a su naturaleza» 7. Nosotros le corresponde una ocupación, y que la de la mujer es
lo habíamos convenido, creo, de modo que no podría- diferente a la del hombre. Pero ahora afirmamos que
6
a estas naturalezas diferentes corresponden las mismas
Literalmente serla: «Pero después de que, a quienes hicieron la
experiencia, el desnudarse se reveló como mejor que el cubrir todas ocupaciones. ¿Es esto lo que se nos reprocha?8.
8
las cosas de esa índole.» Nos apañamos de Adam y, con Burnel, seguimos la lección del
7 Cf. II 369a-370c,
Vindobonensis 55.
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c meras expresiones de deseos, puesto que implantamos generen en él los mejores hombres y mujeres posibles?
la ley conforme a la naturaleza: sino que más bien lo —No lo hay.
que se hace hoy en día es hecho contra naturaleza, se- —Y esto lo lograrán la música y la gimnasia lleva-
gún parece. das a cabo del modo descrito. 457a
—Parece, en efecto. —No puede ser de otro modo.
—¿Y no decíamos que nuestro examen debía versar —Por consiguiente, la prescripción que establecimos
sobre si esas normas eran posibles y además las mejo- no sólo es posible sino también la mejor.
res ?
—Debía versar sobre eso. —Así es.
—Ahora, que eran posibles, hemos estado de acuerdo. —Deberá entonces desvestirse a las mujeres de los
—Sí. guardianes, de modo que se cubran con la excelencia
—Lo que entonces debemos acordar después de eso en lugar de ropa, y participarán de la guerra y de las
es que son las mejores, demás tareas relativas a la vigilancia del Estado, y no
—Evidentemente. harán otra cosa, pero las más livianas de estas tareas
—Ahora bien, con respecto al proceso en que se Lle- han de confiarse más a las mujeres que a los hombres,
ga a ser mujer guardiana, no hay una educación para dada la debilidad de su sexo. En cuanto al varón que b
d el hombre y otra para la mujer, ya que es la misma
se ría por la desnudez de las mujeres, que se ejercitan
naturaleza la que la recibe. en vista a lo mejor, «arranca antes de que madure el
—No es distinta. fruto»11 de la risa, y desconoce por qué ríe y lo que
—Pues bien, ¿cuál es tu opinión sobre esto?
hace. Porque lo mejor que se dice y que será dicho es
—¿Sobre qué? que lo provechoso es bello y que lo pernicioso feo.
—Sobre el concebir de tu parte a unos hombres me-
—Completamente de acuerdo.
jores y a otros peores; ¿o tienes a todos por similares?
—En esto, pues, hemos esquivado algo así como una
—De ningún modo.
ola, al hablar de la ley sobre las mujeres, de modo que
—En el Estado que hemos fundado, ¿quiénes crees
no hemos sido completamente inundados por ella, pres-
que serán los mejores hombres: los guardianes que he-
mos formado con la educación que describimos, o los cribiendo que tanto nuestros guardianes como nuestras
zapateros que han sido instruidos en el arte de Fabricar guardianas deben ejercer en común todas sus ocupacio-
calzado? nes; incluso de algún modo el argumento ha convenido c
—Es ridículo lo que preguntas. consigo mismo en que dice cosas posibles y provechosas.
—Comprendo —dije—, Y bien, ¿no son éstos los me- —Y por cierto, no es pequeña la ola que esquivaste.
e jores entre todos los ciudadanos? —Pero dirás que no es grande cuando veas la que
—Y con mucho. viene después.
—¿Y sus esposas no serán las mejores de las mujeres? —Habla sobre ella, para que la vea.
11 PÍNDARO, fr. 209 SCHRÖDER (86 de origen incierto, PUECH).
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—De esto y de las demás cosas precedentes —dije—, ser llevado a la práctica, lo más conveniente de todo
en mi opinión, se sigue esta ley. para el Estado y para los guardianes. Esto es lo que
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por Zeus, a algo en sus apareamientos y procreacio- —Y era correcto lo que dijimos.
nes? —Pues entonces en los matrimonios y en las procrea-
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—Y cada vez que nazcan hijos, de ellos se encarga- —Por cierto que para ambos es el florecimiento en 461a
rán los magistrados asignados, sean éstos hombres o cuanto al cuerpo y en cuanto a la inteligencia.
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mujeres o ambos a la vez; pues las magistraturas son —Y si alguien de mayor o menor edad que ésa inter-
sin duda comunes a las mujeres y a los hombres. fiere en las procreaciones en común, diremos que su
—Sí. transgresión es una profanación y una injusticia, ya que
c —En lo que hace a los hijos de los mejores, creo, está engendrando para el Estado un niño que, si pasa
serán llevados a una guardería junto a institutrices que inadvertido, se generará sin los sacrificios y las plega-
habitarán en alguna parte del país separadamente del rias que para todos los matrimonios celebran tanto sa-
resto. En cuanto a los de los peores, y a cualquiera de cerdotes como sacerdotisas y el Estado íntegro para
los otros que nazca defectuoso, serán escondidos en un que siempre nazcan de padres buenos hijos mejores, y
lugar no mencionado ni manifiesto, como corresponde. de padres útiles hijos más útiles aún. Este niño, por b
—Así se procederá, si ha de ser pura la clase de los el contrario, habrá nacido en la oscuridad y tras una
guardianes. terrible incontinencia.
—Estos magistrados también se encargarán de la —Bien,
crianza, y de conducir a las madres a la guardería cuan- —La ley es la misma si alguno de los que aún pro-
d do estén con los pechos henchidos, poniendo el máximo crean toca a una mujer en edad debida sin que un go-
ingenio para que ninguna perciba que es su hijo; y si bernante los haya acoplado; bastardo, ilegítimo y sacri-
ellas no tienen suficiente leche, la proveerán otras que lego diremos que es el hijo que ha impuesto al Estado.
sí la tengan, y de éstas mismas cuidarán de modo que —Sumamente correcto.
amamanten un período razonable de tiempo; y en cuan- —Pero cuando las mujeres y los hombres abando-
to a las vigilias y otras penurias, las transferirán a las nen la edad de procrear, pienso, los dejaremos libres
nodrizas e institutrices. de unirse con quien quieran, excepto al varón con su c
—¡Grandes facilidades para la crianza das a las es- hija y su madre, las hijas de sus hijos y las ascendientes
posas de los guardianes! de su madre, y también a la mujer excepto con su hijo
—Es lo que conviene —respondí—; pero prosigamos y con su padre y con sus descendientes y ascendientes;
con lo que nos hemos propuesto. Hemos dicho que se no sin antes exhortarlos a poner gran celo en que nada
debe engendrar los hijos en la flor de la vida. de lo que hayan concebido, si así ha sucedido, vea la
—Es verdad. luz, y, si escapa a sus precauciones, plantearse que se-
e —¿Y no compartes mi opinión de que el período ra- mejante niño no será alimentado,
zonable de tiempo de este florecimiento es de veinte años —Dices estas cosas razonablemente —dijo Glaucón—;
en la mujer y treinta en el hombre? pero ¿cómo distinguirán entre sí los padres, las hijas d
—¿Y cuándo ubicas esos años? y todo lo que acabas de decir?
—La mujer, a partir de los veinte años y hasta los —De ninguna manera; pero desde el día en que se
cuarenta, parirá para el Estado; y el hombre procreará convirtió en novio, a toda criatura que nazca en el déci-
para el Estado después de pasar la culminación de su mo mes o en el séptimo después la llamará ‘hijo’ si es
velocidad en la carrera hasta los cincuenta y cinco años. macho, ‘hija’ si es hembra, y éstas a aquél ‘padre’; del
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mismo modo los hijos de éstos serán llamados ‘nietos’, nes del Estado, o de los ciudadanos, unos se ponen muy c
y éstos los llamarán ‘abuelo’ y ‘abuela’: y los nacidos afligidos y otros muy contentos?
en aquel tiempo en que sus madres y sus padres pro- —Sin duda.
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e crearon se llamarán unos a otros ‘hermanos’ y ‘herma- —¿Y no se produce esto porque no se pronuncian
nas’, por lo cual, cómo acabo de decir, no se tocarán al unísono en el Estado palabras tales como lo ‘mío’
entre sí. Pero la ley permitirá que hermanos y herma- y lo ‘no mío’, y lo mismo respecto de lo ‘ajeno’?
nas cohabiten, si el sorteo así lo decide y la Pitia lo —Así precisamente.
aprueba. —Por lo tanto, el Estado mejor gobernado es aquel
—Muy justo. en que más gente dice lo ‘mío’ y lo ‘no mío’ referidas
—Esta es, pues, Glaucón, la comunidad de las muje- a las mismas cosas y del mismo modo.
res y de los niños con los guardianes de tu Estado. Aho- —Y con mucho.
ra, que es consecuente con el resto de la organización —¿Y no será éste el que posea mayor similitud con
política y que es con mucho lo mejor, es lo que en el hombre individual? Por ejemplo, cuando uno de no-
seguida debemos confirmar por la argumentación. ¿O sotros se golpea un dedo, toda la comunidad del cuerpo
haremos de otro modo? se vuelve hacia el alma en busca de la organización uni-
462a —Así, por Zeus. taria de lo que manda en ella, y toda ella siente y d
—¿Y no es acaso el principio del acuerdo el siguien- sufre a un tiempo, aunque sea una parte la que padece,
te: preguntarnos a nosotros mismos cuál es el más gran- y es así como decimos que ‘al hombre le duele el dedo’.
de bien que podemos mencionar en cuanto a la organi- Y el mismo argumento cabe respecto a cualquier otra
zación del Estado, que el legislador tiene en vista al es- parte del hombre, en cuanto al dolor por la parte que
tablecver susu leyes, y cuál es el más grande mal, y a con- padece y el placer por el alivio de su dolor.
tinuación examinar si las cosas que ahora he descrito —El mismo, en efecto —repuso Glaucón—. En cuan-
se nos adecuan a la huella del bien, y no se adecuan to a lo que preguntas, el Estado mejor organizado polí-
a la del mal? ticamente es el más similar a tal hombre.
—Más que cualquier otra cosa. —Si a uno solo de los ciudadanos, pues, le afecta
—¿Y puede haber para un Estado un mal mayor que algo bueno o malo, pienso que semejante Estado dirá, e
b aquel que lo despedaza y lo convierte en múltiple en con el máximo de intensidad, que es suyo lo que pade-
lugar de uno? ce, y en su totalidad participará del regocijo o de la pena.
—No puede haber un mal mayor. —Es forzoso, si está bien legislado.
—¿No es entonces la comunidad de placer y dolor —Es hora —proseguí— de retornar a nuestro Esta-
lo que une, a saber, cuando todos los ciudadanos se re- do para observar en él si lo acordado en nuestro argu-
gocijan o se entristecen por los mismos casos de ganan- mento lo contiene nuestro Estado más que cualquier
cias o de pérdidas? otro.
—Absolutamente de acuerdo. — Es necesario.
—¿Y no es la particularización de estos estados de —Bien; ¿existen en los demás Estados gobernantes y 463a
ánimo lo que disuelve, cuando, ante las mismas afeccio- pueblo, como existen en éste?
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b —Ahora bien, hemos convenido que éste es el bien —Es forzoso que se desembaracen de eso.
supremo para el Estado, al comparar un Estado bien —Y tampoco por violencias o ultrajes habrá entre
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fundado con la actitud de un cuerpo hacia una parte ellos razón para que haya pleitos; pues diremos que es
suya respecto de un dolor o de un placer. digno y justo que un camarada se defienda de sus ca-
—Y lo convenimos rectamente. maradas14, imponiéndoles la obligación de mantener el
—Así, la causa del más grande bien en el Estado se cuerpo en buen estado.
nos aparece como la comunidad de mujeres y niños en- —Correcto
tre los auxiliares. —También dicha ley aporta este otro aspecto correc- 465a
—Ciertamente. to: si alguien se enardeciera, una vez satisfecha su ira
—Y también en esto concordamos con lo dicho ante- de semejante modo, menos probable será que vaya a
riormente; pues dijimos que los guardianes no debían parar a querellas mayores.
c tener privadamente casas ni tierra ni propiedad algu- —Sin duda.
na; sino, tras recibir de los demás ciudadanos susten- —Por lo demás, al hombre más anciano se le pres-
to como compensación de ser guardianes, hacer su gas- cribirá mandar y castigar a todos los más jóvenes.
to todos en común, si habían de ser realmente guar- —Claro.
dianes. —Y a su vez el más joven, como es natural, no inten-
—Y lo decíamos correctamente. tará hacer violencia al que es mayor, golpeándolo, salvo
—¿No es, entonces, como digo, cuando las cosas an- que se lo ordenen los gobernantes; ni lo deshonrará, creo,
tes dichas y las que decimos ahora las realizan más aún de ningún otro modo; pues son suficientes para impe-
como verdaderos guardianes y les impiden despedazar dírselo dos guardianes, el temor y el respeto; el respeto,
el Estado, al denominar ‘lo mío’ no a la misma cosa que lo aparta de poner la mano sobre quienes pueden b
sino a otra, arrastrando uno hacia su propia casa lo que ser sus padres; y el temor de que vayan otros en ayuda
ha podido adquirir separadamente de los demás, otro del afectado, unos como hijos, otros como hermanos,
d hacia una casa distinta, llamando ‘míos’ a mujeres y otros como padres.
niños distintos que, por ser privados, producen dolores —Ha de ocurrir eso, en efecto.
y placeres privados? ¿No tenderán, por el contrario, to- —En cualquier caso, los hombres mantendrán la paz
dos a un mismo fin, con una sola creencia respecto de entre sí gracias a las leyes.
lo familiar, y serán similarmente afectados por el pla- —Una gran paz.
cer y la pena? —Y puesto que entre ellos no hay luchas intestinas,
—Claro que sí. no hay peligro de que alguna vez el resto del Estado
—Y los pleitos y acusaciones entre ellos, ¿no se es- entre en querella contra ellos o entre sí.
fumarán por así decirlo, entre los guardianes, en razón —No, no hay peligro.
de no poseer nada privadamente excepto el cuerpo, y
todo el resto en común? De allí que les corresponda 14 Traducimos por «camarada» el vocablo hélix, cuya traducción
e estar exentos de las disensiones que, por riquezas, hi-
literal sería «de la misma generación» (padres con padres, hijos con
jos y parientes, separan a los hombres. hijos).
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c —De los más pequeños males de los cuales se de- tal lo más feliz posible, plasmándolo sin dirigir la mira-
sembarazarán, titubeo en hablar, por no parecerme de- da hacia la felicidad de una sola clase.
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—Así, lo que queda por decidir es si es posible que —¿Y piensas que tiene poca importancia, y que no c
se genere esta comunidad entre los hombres, como en- vale la pena correr el riesgo, el que observen lo referen-
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tre los demás animales, y de qué modo es posible. te a la guerra los niños que, cuando sean hombres, ha-
—Te has anticipado, al hablar de lo que me estaba rán la guerra?
moviendo a interrumpirte. —No; tiene gran importancia con respecto a lo que
e —Porque, en lo concerniente a la guerra, es evidente dices.
el modo en que combatirán. —Debemos comenzar, por consiguiente, por hacer a
—¿Cómo? los niños observadores de la guerra, pero también pro-
—Emprenderán la guerra juntos, y conducirán a ella curarles seguridad, y esto estará bien, ¿no?
a sus hijos cuando estén crecidos, para que, como los —Si.
hijos de los demás artesanos, contemplen los trabajos —¿Y no serán sus padres conocedores de las campa-
467a que deberán hacer una vez adultos; y, además de con- ñas militares y, en cuanto eso cabe a hombres, quienes
templarlos, prestar sus servicios y su asistencia en todo podrán juzgar cuáles de éstas entrañan peligros y cuá- d
lo referente a la guerra, y auxiliar a sus padres y ma- les no?
dres. ¿O no te has percatado de lo que sucede en las —Es probable.
distintas artes, donde, por ejemplo, los hijos de los alfa- —En ese caso los conducirán a unas y tomarán pre-
reros pasan largo tiempo observando y ayudando antes cauciones en las otras.
de poner sus manos en la cerámica? —Correcto.
—Sí. —Y no les asignarán, para comandarlos, gente me-
—¿Y han de ocuparse éstos de instruir a sus hijos diocre, sino jefes y pedagogos capaces, por su edad y
por medio de la experiencia y de la observación de las por su experiencia.
cosas respectivas más que los guardianes? —Es lo que corresponde.
—Sería ridículo, ciertamente. —Pero aún podremos decir que muchas cosas suce-
—Además, todo animal combate de modo más sobre- den a mucha gente en contra de lo esperado.
b saliente cuando están presentes sus hijos. —Sí, muchas.
—Así es, Sócrates. Pero no es pequeño el peligro de —Para prevenir tales cosas, querido amigo, es nece-
que en caso de caer, cusa usual en la guerra, al morir sario dar alas a los niños desde temprano, de modo que
con ellos sus hijos, se haga imposible al resto del Esta- puedan escapar volando cuando sea preciso.
do recuperarse. —¿Qué quieres decir? e
—Dices la verdad —repliqué—; pero, en primer lu —Hay que montarlos a caballo desde muy niños y,
gar, ¿consideras que sólo se ha de procurar no correr una vez enseñados, se los conducirá cabalgando para
jamás peligro alguno? que observen, pero no sobre caballos de guerra ni fogo-
—De ninguna manera. sos, sino lo más veloces y mansos posible; así observa-
—Y si alguna vez han de correr peligro, ¿no será rán del modo más bello y seguro la tarea que les es
cuando, al tener éxito, llegan a ser mejores? propia y, si es necesario, se pondrán a salvo siguiendo
—Evidentemente. a jefes mayores que ellos.
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—Creo que hablas correctamente —dijo Glaucón. —Pero, además, de acuerdo con Homero, honraremos
468a —Ahora bien, en lo relativo a la guerra, ¿cómo se a cuantos de los jóvenes sean buenos, en las formas d
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comportarán los militares entre sí y frente a los enemi- siguientes. Pues cuenta Homero que, habiéndose distin-
gos? ¿Te parece que es correcto lo que opino? guido Ayante por su valentía en la guerra lo homenajea-
—Dime qué es lo que opinas. ron con un lomo entero de res, en el pensamiento de
—El que de ellos abandone su puesto o arroje sus que ése era el homenaje apropiado para un hombre va-
armas ¿no será convertido, por causa de esa vileza, en liente y en la flor de la vida; con lo cual lo honraban
artesano o labrador? y a la vez acrecentaban su fuerza17.
—Completamente de acuerdo. —Sumamente correcto es lo que dices.
—Y el que es apresado vivo por el enemigo, ¿no será —Obedeceremos a Homero, entonces, al menos en
obsequiado a sus captores como un presente, para que esto. Así, pues, en los sacrificios y en todo lo demás,
hagan con su presa lo que quieran? honraremos a los buenos guardianes, en la medida que
b —Por completo. revelen ser buenos, con himnos y las otras cosas que
—Y al que se distinga y sobresalga por su valentía, acabamos de mencionar y, además, con sitiales de honor,
¿no te parece a ti que deberán coronarlo durante la cam- carnes y copas llenas18; para que, a la. vez que los ho- e
paña, antes que nadie, cada uno de sus camaradas de menajeamos, entrenemos corporalmente a los hombres
armas, jóvenes y niños, por turno? y mujeres buenos.
—A mí sí. —Es lo mejor.
—¿Y no le estrecharán la diestra? —Sea; y de los que mueren en combate, aquel que
—También eso. al morir sobresale por su valentía, ¿no diremos en pri-
—Pero lo que sigue, pienso, no te parecerá ya bien. mer lugar que es de la raza de oro?19.
—¿Qué cosa? —Más que cualquier otro.
—Que bese a cada uno y sea besado por cada uno —Y haremos caso a Hesíodo en eso de que, cuando
de ellos. mueren hombres de esta raza,
—Eso más que todo lo demás —replicó Glaucón—. 469a
c Y a la ley añado que, en tanto permanezcan en campa-
se vuelven demonios puros, terrestres,
buenos, apartadores del mal, guardianes de hombres de
ña, nadie se podrá rehusar a que él lo bese, si quiere;
[voz articulada20,
a fin de que, si por casualidad ama a alguno, varón o
—Sin duda le haremos caso.
mujer, ponga más celo en obtener el premio a la valentía.
—Muy bien —asentí—. Y ya hemos dicho que, para
el buen guardián, se tendrán dispuestas mayor número
de bodas que para los demás, y que las elecciones de 17 Cf. II. VII 321-322.
éstas serán más frecuentes para con él que para los 18 Cf. ibid. VIII 161 162.
19
demás, para que de él sea de quien se engendren más Cf. supra III 415a.
20 Trabajos y Días 122-123. Al citar de memoria. Platón sustituye
hijos. el final del v. 123. «[guardianes] de hombres mortales», por el de los
—Lo hemos dicho. versos 109 y 143, «hombres de voz Articulada».
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—Inquiriremos al dios, pues, sobre cómo y con qué cuerpo del muerto, cuando el verdadero enemigo se ha
distinción debe sepultarse a estos hombres demoníacos volado de él y lo que ha quedado es sólo aquello por
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y divinos, y los sepultaremos del modo que indique el medio de lo cual combatía? ¿O crees que los que hacen
exégeta. esto actúan de modo diferente a los perros que se enfu- e
—No podríamos hacer de otra manera. recen contra las piedras que les son arrojadas, pero sin
b —Y desde allí en adelante cuidaremos y veneraremos tocar a quien las lanza?
sus tumbas como si fueran de demonios. Y observare- —No hay ni una pequeña diferencia.
mos las mismas prácticas cuando alguien muera de ve- —Debe terminarse, entonces, con el despojo de ca-
jez o de cualquier otro modo, con cuantos en vida ha- dáveres y con los impedimentos para que éstos sean res-
yan sido juzgados como sobremanera buenos. catados.
—Es justo. —Debe terminarse, por Zeus.
—Ahora bien; con respecto a los enemigos, ¿qué ha- —Tampoco hemos de llevar a los templos las armas
rán los soldados? de los enemigos como ofrendas votivas, sobre todo las
—¿En qué aspecto? de los griegos, si es que en algo nos preocupa estar 470a
—En primer lugar, en lo que concierne a la esclavi- en buenas relaciones con los demás griegos; más bien te-
tud, ¿parece justo que los griegos esclavicen a Estados meremos que sea una ominosa mácula llevar al templo
griegos, o no deberían permitirlo incluso a ningún otro despojos de parientes, salvo que el dios diga otra cosa.
c Estado, y acostumbrarlos a respetar la raza griega, —Es lo más correcto.
previniéndose de ser esclavizados por los bárbaros? —En cuanto al asolamiento de los campos griegos
—En todo sentido importa que la respeten. y del incendio de sus casas, ¿cómo obrarán los solda-
—Por consiguiente, no adquirirán ellos mismos es- dos respecto de sus enemigos?
clavos griegos, y aconsejarán a los otros griegos proce- —Si me revelas tu opinión, la oiré gustosamente.
der así. —Pues yo creo que no se debe hacer ni una cosa ni
—Completamente de acuerdo —dijo Glaucón—. Más la otra, sino sólo quitarles la cosecha del año. ¿Quieres b
bien, deberían volverse contra Los bárbaros, y abstener- que te diga qué es lo que tengo en vista?
se de combatir entre sí. —Claro que sí.
—¿Y acaso está bien despojar a los muertos después —Me parece que, así como hay dos nombres para
d del triunfo, como no sea de las armas? ¿No es para designar, por un lado, a la guerra, y, por otro, a la dis-
los cobardes un pretexto para no ir al combate, como puta intestina, hay allí también dos cosas, según aspec-
si estuvieran haciendo algo necesario, quedándose en- tos diferentes. Las dos cosas a que me refiero son, por
corvados sobre el cadáver? Por lo demás, muchos ejér- una parte, lo familiar y congénere, y, por otra, lo ajeno
citos han sucumbido por causa de semejante rapacidad. y lo extranjero. A la hostilidad con lo familiar se le lla-
—Así es. ma ‘disputa intestina’21, a la hostilidad con lo ajeno
—¿Y no crees que es propio de una codicia servil ‘guerra’.
el pillaje de un cadáver, y que es propio de una mente
21 Nosotros
mezquina y afeminada considerar como adversario al diríamos «guerra civil».
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en efecto que la raza griega es familiar y congénere res- griegos, por ser éstos familiares suyos, la considerarán
pecto de sí misma, ajena y extranjera respecto de la como una disputa intestina y no le darán el nombre de
raza bárbara, ‘guerra’.
—Muy apropiado. —No, en efecto.
—Entonces, si los griegos combaten contra los bár- —Consiguientemente, litigarán como quienes han de
baros y los bárbaros contra los griegos, diremos que reconciliarse.
por naturaleza son enemigos, y a esa hostilidad la lla- —Claro.
maremos ‘guerra’. En cambio, cuando combaten grie- —Entonces los enmendarán amistosamente, sin lle-
gos contra griegos, habrá que decir que por naturaleza gar a castigarlos con la esclavitud o con el exterminio,
son amigos y que Grecia en este caso está enferma y ya que son enmendadores, no enemigos.
d con disensiones internas, y a esa hostilidad la denomi- —De ese modo, en efecto.
naremos ‘disputa intestina’. —Por ser griegos, no depredarán la Hélade ni pren-
—Estoy de acuerdo en considerarlo así. derán fuego a las casas, y no aceptarán que, en cual-
—Observa ahora, cuando ocurre algo de esta índole quier Estado, todos, hombres, mujeres y niños, sean sus
que hemos convenido en llamar ‘disputa intestina’, en enemigos, sino que sólo son sus enemigos los culpa-
la que el Estado se divide en facciones, y cada una de bles de la desavenencia, que siempre son pocos. De ahí b
éstas devasta los campos de la otra e incendia sus ca- que no estarán dispuestos a asolar territorios donde la
sas, cómo la disputa intestina parece abominable y nin- mayoría son amigos, ni a arruinar sus casas, sino que
guna de las Facciones patriotas; si no, no habrían some- llevarán la contienda hasta que los culpables sean for-
tido a su madre y nodriza22 a tales estragos. Lo que zados a expiar su delito por los inocentes que sufren.
e parece razonable es que los vencedores quiten los fru- —Estoy de acuerdo —dijo Glaucón— en que así de-
tos a los vencidos, de modo que pueda pensarse que ben tratar nuestros ciudadanos a sus adversarios, y a
se reconciliarán y no estarán combatiendo siempre. los bárbaros como hoy los griegos se tratan unos a otros.
—Y esa actitud será más noble que la otra. —¿Estableceremos por esta ley, entonces, que los
—Bien; ¿no es un Estado griego el que fundas? guardianes no deben asolar los territorios ni incendiar c
—Necesariamente. las casas?
—Entonces, ¿los suyos serán hombres buenos y —Lo estableceremos, y damos esta ley por buena,
nobles? tal como en los casos anteriores. Pero creo, Sócrates,
—Por cierto que sí. que si se te permite seguir hablando de estas cosas, ja-
—¿Y no serán helenófilos, que considerarán como más te acordarás de lo que anteriormente hiciste a un
propia la Hélade, y no compartirán el culto religioso lado para hablar de todo esto: si es posible que llegue
con los demás griegos? a existir tal organización política y de qué modo es po-
sible. Por cierto que, si llegase a existir, el Estado con-
22 Cf. III 414e. taría con todas esas bondades. Y menciono otras que
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d has omitido: combatirían como los mejores contra los —Con miras a un paradigma, pues, buscábamos la
enemigos, y, menos que nadie, se abandonarían los unos justicia misma, y el hombre perfectamente justo, si po-
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a los otros, al reconocerse y darse los nombres de her- día existir, y lo mismo con la injusticia y el hombre
manos, padres e hijos; y, si el sexo femenino se añadie- completamente injusto, para que, dirigiendo la mirada
se en las expediciones militares, ya fuera en la primera hacia éstos, se nos revelaran en lo que hace a la felici-
fila o bien ordenado más atrás, con el fin de infundir dad y a la desgracia y nos viéramos constreñidos a conve-
temor al enemigo y de servir de reserva si es preciso, nir, respecto de nosotros mismos, que quien sea más d
bien sé que en ese sentido serían por completo irresisti- semejante a ellos tendrá un destino semejante al suyo.
bles. Y veo que has omitido aquellas bondades de que No con miras a demostrar que es posible que lleguen
e disfrutan en paz. Pero yo admito todas ellas y mil otras, a existir.
si esa organización política llega a existir, por lo que —En esto dices verdad.
no hables ya más de ésta, sino intentemos convencer- —¿Piensas, acaso, que un pintor que ha retratado
nos nosotros mismos de que es posible y cómo es posi- como paradigma al hombre más hermoso, habiendo tra-
ble, y despidámonos del resto. ducido en el cuadro todos sus rasgos adecuadamente,
472a —Repentinamente —dije— has asaltado mí exposi- es menos bueno porque no puede demostrar que seme-
ción, sin perdonarme que divagara. Tal vez no te das jante hombre pueda existir?
cuenta de que, cuando apenas he esquivado las dos pri- — ¡Por Zeus que no!
meras olas, ahora me conduces frente a la tercera, que —¿Y no diremos que también nosotros hemos pro-
es la más grande y la más peligrosa. Después de que ducido en palabras un paradigma del buen Estado? e
la hayas visto y oído, serás más indulgente conmigo, —Ciertamente.
porque con razón yo titubeaba y temía exponer e inten- —Pues entonces, ¿piensas que nuestras palabras so-
tar el examen de un argumento tan paradójico. bre esto no están tan bien dichas, si no podemos de-
—Cuantas más cosas de esa índole digas —replicó mostrar que es posible fundar un Estado tal como el
b Glaucón—, menos te librarás de exponernos de qué que decimos?
modo es posible que aquella organización política exis- —Claro que no.
ta. Habla, pues, y no pierdas tiempo. —Por consiguiente, eso es lo cierto; ahora, si, para
—Pues bien, ante todo cabe recordar que llegamos complacerte, debo poner celo en demostrar de qué mo-
a este punto indagando qué es la justicia y la injusticia. do y en qué sentido es posible al máximo, respecto de
—Cabe, en efecto, pero ¿por qué lo dices? tal demostración me has de conceder lo mismo.
—Por nada. Pero, si descubrimos qué es la justicia, —¿Qué?
¿consideraremos que en nada debe diferir el varón jus- —¿Se puede poner en práctica algo tal como se di- 473a
c to de ella, sino ser en todo sentido de la misma índole ce? ¿O no es acaso que la praxis, por naturaleza, alcan-
que la justicia, o bien nos contentaremos con que se za la-verdad menos que las palabras? Podría parecer
aproxime al máximo posible y participe de ella más que que no, pero tú ¿lo concedes o no?
los demás? —Lo concedo.
—Con esto nos contentaremos.
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—No me obligues, entonces, a que muestre cómo lo eso se producirá, en la medida de lo posible, ni verá
que describo con el discurso debe realizarse en los he- la luz del sol, la organización política que ahora acaba-
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chos completamente; pero si llegamos a ser capaces de mos de describir verbalmente. Esto es lo que desde ha-
descubrir cómo se podría fundar el Estado más próxi- ce rato titubeo en decir, porque veía que era un modo
b mo a lo que hemos dicho, debes decir que hemos descu- de hablar paradójico; y es difícil advenir que no hay
bierto lo que demandas: que tales cosas pueden llegar otra manera de ser feliz, tanto en la vida privada como
a existir. ¿No te contentarás si arribamos a eso? Por en la pública.
mi parte me conformaría. Glaucón exclamó:
—Yo también —respondió Glaucón. —¡Qué palabras, Sócrates, qué discurso has dejado
—Después de esto, me parece que hemos de intentar escapar! Después de hablar así, tienes que pensar que
indagar y mostrar qué es lo que actualmente se hace se han de echar sobre ti muchos hombres nada insigni- 474a
mal en los Estados, por lo cual no están gobernados ficantes, se quitarán sus mantos, por así decirlo, y, des-
del modo que el nuestro, y con qué cambios —los míni- pojados de éstos, cogerán la primera arma que tengan
mos posibles— llegaría un Estado a este modo de orga- a mano, dispuestos a hacer cualquier barbaridad; de mo-
nización política: preferiblemente con un solo cambio, do que, sí no te defiendes con tu argumento o esquivas
si no con dos, y, si tampoco así, con el menor número los golpes, verdaderamente expiarás tu falta convirtién-
de cambios de menor significación. dote en objeto de burla.
c —Completamente de acuerdo. —¿Y acaso no eres tú el culpable de esto? —me
—Con un solo cambio, creo, podría mostrarse que quejé.
se produce la transformación, aunque no sea un cam- —Sí, e hice bien. Pero no, te he de abandonar, sino
bio pequeño ni fácil, pero posible. que te defenderé tanto como pueda; y lo que puedo es
—¿Cuál es? poner buena voluntad y alentarle; y tal vez yo sea más
—He arribado a lo que hemos comparado con la más complaciente que otros para responderte. Ahora, pues, b
grande ola. Sin embargo hablaré, aunque, como una ola que estás provisto de semejante ayuda, trata de demos-
de carcajadas, me sumerja sin más en el ridículo y en trar a los incrédulos que es como tú dices.
el desprecio. Examina lo que voy a decir. —Lo he de tratar, puesto que tú me ofreces una alian-
—Habla. za tan importante. Pues bien, creo que se hace necesa-
d —A menos que los filósofos reinen en los Estados, rio, si hemos de esquivar de algún modo a los que has
o los que ahora son llamados reyes y gobernantes filo- mencionado, determinar a qué filósofos aludimos cuan-
sofen de modo genuino y adecuado, y que coincidan en do nos atrevimos a afirmar que ellos deben gobernar,
una misma persona el poder político y la filosofía, y de modo que, distinguiéndolos, podamos defendernos,
que se prohíba rigurosamente que marchen separada- mostrando que a unos corresponde por naturaleza apli- c
mente por cada uno de estos dos caminos las múltiples carse a la filosofía y al gobierno del Estado, en tanto
naturalezas que actualmente hacen así, no habrá, queri- a los demás dejar incólume la filosofía y obedecer al
do Glaucón, fin de los males para los Estados ni tam- que manda.
e poco, creo, para el género humano; tampoco antes de —Es la hora de determinarlo.
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—Vamos entonces, sígueme, si es que de un modo —En cuanto a los que aman los honores, pienso que
u otro soy un guía adecuado. percibes que, si no pueden llegar a ser generales, son
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der, me parece a mí, son de esa índole; y aún más insó- —Aquellos que aman las audiciones y los espectácu-
litos son los que aman las audiciones, al menos para los se deleitan con sonidos bellos o con colores y figu-
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ubicarlos entre los filósofos, ya que no estarían dispues- ras bellas, y con todo lo que se fabrica con cosas de
tos a participar voluntariamente de una discusión o de esa índole; pero su pensamiento es incapaz de divisar
un estudio serio; antes bien, como si hubiesen arreada- la naturaleza de lo Bello en sí y de deleitarse con ella.
do sus oídos, recorren las fiestas dionisíacas para oír —Así es, en efecto.
todos los coros, sin perderse uno, sea en las ciudades, —En cambio, aquellos que son capaces de avanzar
sea en las aldeas. A todos estos aprendices y otros se- hasta lo Bello en si y contemplarlo por sí mismo, ¿no
e mejantes, incluso de artes menores, ¿llamarás ‘filósofos’? son raros?
—De ningún modo —respondí—, más bien ‘pareci- —Ciertamente. c
dos a filósofos’. —Pues bien; el que cree que hay cosas bellas, pero
—Entonces, ¿a quiénes llamas ‘verdaderamente filó- no cree en la Belleza en sí ni es capaz de seguir al que
sofos’? conduce hacia su conocimiento, ¿te parece que vive so-
—A quienes aman el espectáculo de la verdad. ñando, o despierto? Examina. ¿No consiste el soñar en
—Bien, pero ¿qué quieres decir con eso? que, ya sea mientras se duerme o bien cuando se ha
—De ningún modo sería fácil con otro, pero piensa despertado, se toma lo semejante a algo, no por seme-
que tú vas a estar de acuerdo conmigo en esto. jante, sino como aquello a lo cual se asemeja?
—¿Qué cosa? —En efecto, yo diría que soñar es algo de esa índole.
—Que, puesto que lo Bello es contrario de lo Feo, —Veamos ahora el caso contrario: aquel que estima
son dos Cosas. que hay algo Bello en sí, y es capaz de mirarlo tanto d
476a —¡Claro! como las cosas que participan de él, sin confundirlo con
—Y que, puesto que son dos, cada uno es uno. las cosas que participan de él, ni a él por estas cosas
—También eso está claro. participantes, ¿te parece que vive despierto o soñando?
—Y el mismo discurso acerca de lo Justo y de lo —Despierto, con mucho.
injusto, de lo Bueno y de lo Malo y todas las Ideas: ca- —¿No denominaremos correctamente al pensamien-
da una en sí misma es una, pero, al presentarse por to de éste, en cuanto conoce, ‘conocimiento’, mientras
doquier en comunión con las acciones, con los cuerpos al del otro, en cuanto opina, ‘opinión’?
y unas con otras, cada una aparece como múltiple. —Completamente de acuerdo.
—Hablas correctamente. —¿Y sí aquel del que afirmamos que opina se enco-
—En este sentido, precisamente, hago la distinción, leriza contra nosotros y arguye que no decimos la ver-
apartando a aquellos que acabas de mencionar, aman- dad? ¿No tendremos que apaciguarlo y convencerlo de c
tes de espectáculos y de las artes y hombres de acción, que se calme, ocultándole que no está sano?
b de aquellos sobre los cuales versa mi discurso, que son —Convendrá que así lo hagamos,
los únicos a quienes cabría denominar correctamente —Vamos, pues, examina qué hemos de responderle.
‘filósofos’. ¿O prefieres que lo interroguemos, diciéndole que, si
—¿Qué quieres decir? sabe algo, no le tendremos envidia, sino que nos rcgoci-
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jaremos de ver que sabe algo? «Pero dinos: ¿el que cono- Pero antes me parece, más bien, que debemos distin-
ce, conoce algo o no conoce nada?» Respóndeme en lu- guir algo.
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94. — 19
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ner un poder distinto, está asignada por naturaleza a —No, por cierto.
algo distinto. —Por ende, la opinión no es ignorancia ni conoci-
—Necesariamente. miento.
—Y tal vez el conocimiento científico está por natu- —Así parece.
raleza asignado al ente, de modo que conozca cómo es. —¿Está entonces más allá de ambos, sobrepasando
—Sí. al conocimiento en claridad y a la ignorancia en
—La opinión, en cambio, decimos que opina. oscuridad?
—Así es. —Ni una cosa ni la otra.
—¿Y conoce lo mismo que el conocimiento científi- —¿O te parece que la opinión es más oscura que el
co? ¿Y lo mismo será cognoscible y opinable, o es impo- conocimiento y más clara que la ignorancia?
sible esto? —Eso sí.
—Es imposible —respondió Glaucón—, dado lo que —¿Yace entre ambos? d
hemos convenido. Si un distinto poder corresponde por —Sí.
naturaleza a un objeto distinto, y ambos, opinión y co- —¿La opinión es, pues, intermedia entre uno y otro?
b nocimiento científico, son poderes, pero cada uno dis- —Exactamente.
tinto del otro, como decimos, de allí resulta que no hay —¿Y no dijimos anteriormente25 que, si se nos apa-
lugar a que lo cognoscible y lo opinable sean lo mismo. recía algo que a la vez fuese y no fuese, una cosa de
—Por lo tamo, si lo que es es cognoscible, lo opina- tal índole yacería entre medio de lo que puramente es
ble será algo distinto de lo que es. y de lo que por completo no es, y ni le correspondería
—Distinto, en efecto, el conocimiento científico ni la ignorancia, sino, como
—¿Se opina entonces sobre lo que no es, o es impo- decimos, algo que parece intermedio entre la ignoran-
sible opinar sobre lo que no es? Reflexiona: aquel que cia y el conocimiento científico?
opina tiene una opinión sobre algo. ¿O acaso es posible —Correcto,
opinar sin opinar sobre nada? —Pero se ha mostrado que lo que llamamos ‘opinión’
—No, es imposible. es intermedio entre ellos.
—¿No es, más bien, que el que opina opina sobre —Ha sido mostrado.
una cosa? —Nos quedaría entonces por descubrir aquello que, e
—Si. según parece, participa de ambos, tanto del ser como
c —Pero lo que no es no es algo, sino nada, si habla- del no ser, y a lo que no podemos denominar rectamen-
mos rectamente. te ni como uno ni como otro en forma pura; de modo
—Enteramente de acuerdo. que, si aparece, digamos con justicia que es opina-
—A lo que no es hemos asignado necesariamente la
ignorancia, y a lo que es el conocimiento.
—Y hemos procedido correctamente. 25 En 477a-b.
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ble, y asignemos las zonas extremas a los poderes extre- den interpretar en doble sentido, y no es posible conce-
mos y las intermedias a lo intermedio. ¿No es así? birlas con firmeza como siendo ni como no siendo, ni
—Sí. ambas a la vez o ninguna de ellas.
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479a —Admitido esto, podré decir que me hable y respon- —¿Sabes entonces qué hacer con tales cosas — pre-
da aquel valiente que no cree que haya algo Bello en gunré—, o las ubicarás en un sitio mejor que entre la
sí, ni una Idea de la Belleza en sí que se comporta siempre realidad y el no ser? En efecto, ni aparecerán sin duda
del mismo modo, sino muchas cosas bellas; aquel amante más oscuras que el no ser como para no ser
de espectáculos que de ningún modo tolera que se le menos aún, ni más luminosas que el ser como para ser d
diga que existe lo Bello único, lo Justo, etc. «Excelente más aún.
amigo», le diremos, «de estas múltiples cosas bellas, ¿hay —Es muy cierto.
alguna que no le parezca fea en algún sentido? ¿Y de —Por consiguiente, hemos descubierto que las múl-
las justas, alguna que no te parezca injusta, y de las tiples creencias de la multitud acerca de lo bello y de-
santas una que no le parezca profana?», más cosas están como rodando en un terreno interme-
b —No, necesariamente las cosas bellas han de pare- dio entre lo que no es y lo que es en forma pura,
cer en algún sentido feas, y así como cualquier otra de —Lo hemos descubierto.
las que preguntas. —Pero hemos convenido anteriormente en que, si apa-
—¿Y las múltiples cosas dobles? ¿Parecen menos la recía algo de esa índole, no se debería decir que es cog-
mitad que el doble? noscible sino opinable y, vagando en territorio interme-
—No. dio, es detectable por el poder intermedio.
—Y de las cosas grandes y las pequeñas, las livianas —Lo hemos convenido.
y las pesadas, ¿las denominaremos con estos nombres —En tal caso, de aquellos que contemplan las múlli- e
que enunciamos más que con los contrarios? ples cosas bellas, pero no vea lo Bello en sí ni son capa-
—No, cada una contiene siempre a ambos opuestos. ces de seguir a otro que los conduzca hacia él, o ven
—¿Y cada una de estas multiplicidades es lo que se múltiples cosas justas pero no lo Justo en sí, y así con
dice que es más bien que no es?26. todo, diremos que opinan acerca de todo pero no cono-
—Esto —señaló Glaucón— se parece a los juegos de cen nada de aquello sobre lo que opinan.
palabras con doble sentido que se hacen en los banque- —Necesariamente.
c tes, y a la adivinanza infantil del eunuco y del tiro al —¿Qué diremos, en cambio, de los que contemplan
murciélago, en que se da a adivinar con qué le tira y las cosas en sí y que se comportan siempre del mismo
sobre qué está posando27. Estas cosas también se pue- modo, sino que conocen, y que no opinan?
—También es necesario esto.
26 Seguirnos a Shorey en la licencia de subrayar el «es» (y el «no
es») de la oración principal para ayudar al lector a evitar la confusión le arrojó y no le arrojo una piedra que no era piedra». Las palabras
con el «es» de la oración de relativo. claves son «eunuco», «murciélago», «caña», «piedra pómez», con las
27 Según el escoliasta [GREENE, 235) la adivinanza respectiva po- que J-C reconstruyen la solución: «un eunuco vio imperfectamente un
dría ser ésta: «adivinanza: un hombre que no era hombre/ vio y no murciélago posado en una caña y le arrojó, sin acertarle, una piedra
vio a un pájaro que no era pájaro,/ posado en un leño que no era leño,/ pómez».
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294 DIÁLOGOS