EL CACHORRO Y EL CAZADOR
Erase una vez un perro cazador que tuvo descendencia. Un buen día, uno de sus cachorros pensó
que era el momento de empezar a valerse por sí mismo y decidió salir solo de cacería. Tras
olisquear durante bastante rato sin mucho éxito empezó a encontrarse cansado y decidió buscar un
lugar para refugiarse. Tras merodear unos instantes, encontró la madriguera de una liebre y empezó
a ladrar ante ella.
La liebre, algo temerosa y desconcertada por el extraño ruido que hacía los ladridos del cachorro, se
asomó a ver qué ocurría y cuando lo vio desde lejos le dijo: “¿Qué es ese ruido? Si ni siquiera sabes
ladrar. Eres un cachorro. Debería darte pena ladrar así”.
El pequeño perro se acercó un poco más y volvió a intentar ladrar para ganarse el respeto y la liebre
se rió a carcajadas de él.
Tras unos minutos, el cachorro se aproximó un poco más a la liebre y puso más énfasis y energía en
su ladrido. La liebre lo observaba y seguía haciéndole gracia los intentos del pequeño por hacerse
respetar. En un incontrolable ataque de risa, la liebre cayó de espaldas al suelo y el cachorro se
abalanzó sobre ella y le dio un bocado. Pese al susto, la liebre herida salió corriendo y aún desde la
lejanía, seguía diciendole al cachorro que tampoco mordía como un verdadero cazador.
EL JOVEN PASTOR Y EL LOBO
En un pueblo muy lejano, había un joven pastor que cuidaba un rebaño de ovejas. Pero este joven
tenía una mala costumbre: engañaba a las personas del pueblo gritando:
—¡Es el lobo! ¡Es el lobo!
Las personas venían a ayudarle, solo para descubrir que el joven mentía, una y otra vez.
Un día, ocurrió que el lobo se apareció entre las ovejas, y el joven pastor, desesperado, comenzó a
gritar, esta vez en serio:
—¡Es el lobo! ¡Es el lobo! ¡Está matando a las ovejas del rebaño!
Pero nadie le creyó y no recibió ayuda. Y así, el lobo se encontró a sus anchas y todas las ovejas
murieron.
Moraleja: Nadie le cree a un mentiroso, aun cuando diga la verdad.
El zorro y la cigüeña
Sucedió que un día el señor Zorro quiso dárselas de importante e invitó a comer a la señora
Cigüeña. El menú no era otra cosa que un sopicaldo, una sopa con pocos sólidos que comer, la cual
fue servida en un plato llano.
Como es de esperarse, la señora Cigüeña no pudo comer debido a la forma y extensión de su pico,
en cuanto que el señor Zorro, con su lengua, lamió todo el plato a gusto.
Ofendida, la señora Cigüeña decidió desquitarse por la humillación del señor Zorro, y para ello, lo
convidó a comer a su casa. El señor Zorro dijo:
—¡Enhorabuena! Para los amigos siempre tengo tiempo.
A la hora de la cita, el señor Zorro se presentó en casa de la señora Cigüeña, hizo todas las
reverencias del caso y se sentó a la mesa, donde encontró la comida servida.
La señora Cigüeña había preparado un sabroso guisado, servido en un recipiente de cuello largo y
embocadura muy angosta, por donde solo ella podía pasar su pico, mientras que el señor Zorro no
podía introducir su hocico.
Así, el señor Zorro, el mismo que se daba ínfulas de importante, tuvo que regresar a casa humillado,
con las orejas gachas, el rabo entre las piernas y, claro, el estómago vacío.
Moraleja: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti.
El nacimiento de la col
En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese
tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda rosa nueva en el momento en
que ella tendía, a la caricia del celeste sol, la roja virginidad de sus labios.
—Eres bella.
—Lo soy —dijo la rosa.
—Bella y feliz —prosiguió el diablo—. Tienes el color, la gracia y el aroma. Pero…
—¿Pero?...
—No eres útil. ¿No miras esos altos árboles llenos de bellotas? Ésos, a más de ser frondosos, dan
alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es
poco…
La rosa entonces —tentada como después lo sería la mujer- deseó la utilidad, de tal modo que hubo
palidez en su púrpura.
Pasó el buen Dios después del alba siguiente.
—Padre —dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza—, ¿queréis hacerme útil?
—Sea, hija mía —contestó el Señor, sonriendo.
Y entonces vio el mundo la primera col.
El monólogo del mal
Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragárselo para acabar de
una buena vez con aquella disputa ridícula; pero al verlo tan chico el Mal pensó:
«Esto no puede ser más que una emboscada; pues si yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil,
la gente va a pensar que hice mal, y yo me encogeré tanto de vergüenza que el Bien no
desperdiciará la oportunidad y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la gente pensará
que él sí hizo bien, pues es difícil sacarla de sus moldes mentales consistentes en que lo que hace el
Mal está mal y lo que hace el Bien está bien».
Y así el Bien se salvó una vez más.
El avaro y el oro, de Esopo
Un avaro que tenía muchas riquezas, las vendió todas para comprar con el dinero una única pieza
de oro. Para que no se perdiera y la durara para siempre, el avaro la enterró próxima a una pared
antigua y todos los días iba a cerciorarse de que siguiera allí, sin notar que un vecino siempre lo veía
pasar.
Curioso, el vecino fue un día a aquel lugar para descubrir el misterio. Cuando vio que se trataba de
un tesoro, lo desenterró y se robó la pieza de oro.
Al día siguiente, el avaro encontró el agujero vacío, y se lamentaba de lo que había perdido.
Pero otro vecino lo vio, y al conocer el motivo de sus lamentaciones, le dijo:
—Agradece que no ha pasado nada grave. Toma una piedra, sepúltala en el agujero y haz de cuenta
de que el oro sigue allí. Da lo mismo si es oro o no, porque por tu avaricia, jamás le ibas a sacar
provecho.
Moraleja: No acumules cosas por acumularlas. Estas no tienen valor por su apariencia, sino por su
utilidad y provecho.
Las vacas que dan leche con sabor,
Ustedes conocen esa canción de las vacas que dan leche con chocolate y leche condensada.
Bueno, hay muchos científicos que han quedado traumados desde niños intentando lograr esto,
hasta que llegó Hans Fritz Chucrut para solucionar este problema.
“Solucionar”, esa era su idea.
El profesor Chucrut investigó el tema durante muchos años, mientras destacaba por otros inventos.
Alimentó a una vaca solo con chocolate, pero no dio resultado y quedó súper acelerada la pobre. A
otra le dio kilos de azúcar, pero solo le salieron caries. A otra la llenó de manjar hasta que se volvió
vegetariana de puro odio al manjar.
“¿Será algo de la mente?”, pensó el inventor.
Entonces pintó a una vaca de color frutilla, pero nada. Después pintó a una amarillo —por la vainilla,
no por el plátano—, pero tampoco. Entonces subió a una vaca a un helicóptero, para ver si después
daba leche batida. Pero no. La pobre vaca se mareó y nada más. La leche salió normalita y el pobre
animal no pudo pararse durante dos días. Fue entonces que las vacas se organizaron para protestar,
porque estaban aburridas de los abusos del profesor. Y desde ese día declararon una huelga y
dieron pura leche en polvo.
El burro canelo
Tras un día de camino para encontrar al hijo que regresaba del colegio después de algunos años de
ausencia, el padre tuvo el primer disgusto. Apenas se habían saludado, el muchacho en lugar de
preguntar por su madre, por los hermanos o al menos por la abuela, ansiosamente le dijo:
—Padre, ¿y el burro canelo?
—El burro canelo… se murió de roña, de garrapatas y de viejo.
Al muchacho se le habían olvidado costumbres y hasta los nombres de las cosas que lo rodearon
desde que nació. ¡Cómo era posible que para montar pusiera en el estribo el pie derecho! Pero el
asombro del padre fue mayor cuando el chico preguntó con gran curiosidad si aquello era trigo o
arroz al pasar junto a unos campos sembrados de maíz.
Mientras el muchacho descansaba, el padre sorprendido y triste informó a su esposa lo ocurrido. La
madre no quiso darle mucho crédito, pero cuando llegó la hora de la cena, la mujer sintió el mismo
desencanto. El muchacho solo hablaba de la ciudad. Uno de sus maestros le había dicho que el
jorongo se llamaba “clámide”, y el huarache, el sufrido huarache del arriero, se le llama “coturno”.
La madre había preparado para su hijo querido lo que más le gustaba: atole de maíz tierno, con
piloncillo y canela. Cuando se lo sirvió, caliente y oloroso, el hijo hizo la más absurda pregunta de
cuantas había hecho:
—Madre, ¿cómo se llama esto?
Y mientras esperaba la respuesta se puso a menear el atole con un circular ir y venir de la cuchara.
—Al menos, si has olvidado el nombre, no has olvidado el meneadillo —dijo la madre suspirando.
Los juguetes
Cuando mi madre estuvo grave, nosotros salimos de nuestro hogar. Mi abuela se llevó a mis
hermanos más chicos y yo fui a la casa que era la más lujosa del pueblo. Mi compañero de banca
vivía allí.
La casa no me gustó desde que llegué a ella.
La madre de mi compañero era una señora que andaba siempre recomendando silencio. Los criados
eran serios y tristes. Hablaban como en secreto y se deslizaban por las piezas enormes como
sombras. Las alfombras atenuaban los ruidos y las paredes tenían retratos de hombres graves, de
caras apretadas por largas patillas.
Los niños jugaban en la sala de los juguetes sin hacer ruido. Fuera de aquella sala no se podía jugar.
Estaba prohibido. Los juguetes estaban alineados cada uno en su lugar, como los frascos en las
boticas.
Parecía que con aquellos juguetes no hubiera jugado nadie. Yo hasta entonces había jugado
siempre con piedras, con tierra, con perros y con niños. Pero nunca con juguetes como aquellos.
Como no podía vivir allí, mi padrino don Bernardo me llevó a su casa.
En lo de mi padrino había vacas, mulas, caballos, gallinas, un horno de cocer pan y un cobertizo
para guardar el maíz y alfalfa. La cocina era grande como un barco. En el centro tenía un picadero
de leña enterrado en el suelo. Cerca de la chimenea una llanta de carreta reunía pavas, parrillas y
hombres. Pájaros y gallinas entraban y salían.
Mi padrino se levantaba a las cinco de la mañana, y comenzaba a partir la leña. Los golpes que daba
con el hacha resonaban por toda la casa. Una vaca mimosa venía hasta la puerta y mugía apenas lo
veía. Luego un concierto de golpes, balidos, gritos, cacarear y batir de las alas, conmovían la casa. A
veces al entrar en las piezas, el vuelo asustado de un pájaro que se sorprendía nos paraba
indecisos. Era una casa viva y trepidante.
La leche espumosa y el pan casero, suave y dorado, nos acercaba a todos a la mesa como a un
altar.
Nuestras mañanas transcurrían en el granero oloroso de alfalfa. De unos agujeros altos, que el sol
perforaba, caían hacia el piso unas listas de luz donde danzaba el polvo.
Las ratoneras entraban y salían por todos lados, pues allí había muchísimas.
En casa de mi padrino supe que los juguetes y los juegos que hacen felices a los niños no están en
las jugueterías.
El duendecillo fraile,
Había una vez tres hermanitas que se mantenían amasando de noche una faneguita de harina. Un
día se levantaron de madrugada para hacer su faena, y se la hallaron hecha, y los panes prontos
para meterlos en el horno, y así sucedió por muchos días. Queriendo averiguar quién era el que tal
favor les hacía, se escondieron una noche, y vieron venir a un duende muy chiquito, vestido de fraile,
con unos hábitos muy viejos y rotos. Agradecidas le hicieron unos nuevos, que colgaron en la cocina.
Vino el duende y se los puso, y en seguida se fue diciendo:
«Frailecito con hábitos nuevos,
ni quiere amasar, ni ser panadero».
Esto prueba, niños míos, que como el duendecito hay muchos, que son complacientes y oficiosos
hasta que logran un beneficio, y que una vez recibido, no se vuelven a acordar de quien se lo hizo.