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Sinopsis
Beneficios de un romance de verano: siempre es divertido, siempre
breve y nadie termina con el corazón roto.
Ali Morris es una organizadora profesional cuya propia vida es un
desastre. Su mamá murió hace dos años, luego su esposo la dejó y ella
no ha usado pantalones con cremallera desde hace más tiempo del que
puede recordar.
Nadie se sorprende más que Ali cuando la primera vez que se quita el
anillo de casada y se pone pantalones con herrajes (los monos cuentan,
¿no?) conoce a alguien.
O mejor dicho, su perro reclama un hombre para ella...
Ethan le sonríe a Ali como si sus pantalones fueran perfectos, como si
le gustara lo que ve. Él la mira como si fuera una versión más joven y
valiente de sí misma.
Lo último que Ali necesita, recién estrenada como mamá soltera, es
hacer su vida más complicada, pero no hay nada de malo en un pequeño
. ¿Verdad?
Para mi mamá, Joany, que aún está tan cerca como mi respiración
1
A veces solo tienes que tirar la mierda en la despensa. Harina,
garbanzos, galletas Oreo. Mételo ahí y cierra la puerta. A veces los niños
se pelean o hay un rotulador sin tapa entre el perro y el único sofá
bueno, así que no tienes tiempo de deshacer la compra siguiendo un
sistema. A veces hay que improvisar. Son palabras que nunca les digo a
mis clientes. Creo de verdad en el almacenamiento consciente de los
alimentos, según la actividad. ¿Estás horneando? ¿Estás merendando?
¿Desayunas? Pero en los últimos años, me he dado cuenta de que estoy
haciendo todas esas cosas a la vez. Con un pantalón deportivo sucio.
Empiezo a pensar que no hay suficientes tarros de cristal etiquetados
para contener el desorden que es mi vida.
No es ningún secreto que estoy más que un poco atascada. Estoy en
un patrón de espera, como un avión que intenta aterrizar con demasiada
niebla. Estoy aquí, pero también no estoy. Casada, pero también no.
Instagram cree que necesito dedicarme a mí misma para volver a vivir
mi mejor vida. Están obsesionados con mis niveles de cortisol y la
profundidad de mi práctica de meditación, pero estoy bastante segura
de que este es un trabajo para algo más grande que el baño de pies de
magnesio que estuvieron poniendo en mi feed toda la semana. Hoy es el
segundo aniversario de la muerte de mi mamá, lo que lo convierte en el
primer aniversario del día en que Pete anunció que no quería seguir
casado. Para ser justos con Pete, nunca le ha gustado recordar fechas
especiales.
Esta mañana me desperté llena de dolor. El calendario no debería
tener ese efecto sobre nosotros; el paso de trescientos sesenta y cinco días
no tiene nada de mágico. Podría haber sido un año bisiesto y yo habría
tenido un día más antes de derrumbarme. La noche anterior decidí que
prepararía las galletas de avena y chocolate de mi mamá para
desayunar. Es el tipo de cosas que ella hacía siempre: romper la
monotonía de la vida haciendo algo divertido e inesperado. Iba a
demostrarles a mis hijos que la diversión no muere.
Dejé la mantequilla en la encimera para que se ablandara durante la
noche y me levanté a las seis para empezar a hornear. Era finales de
junio, como ahora, y ya había salido el sol. Moví mi tambaleante pila de
correo sin leer al fregadero para hacer sitio a la batidora de mi mamá.
Hice una crema con la mantequilla y el azúcar y mezclé la harina, el
bicarbonato y la canela en un cuenco aparte. Cuando añadí las tres tazas
de avena, ya estaba llorando y me secaba las lágrimas con las mangas
del pijama. Es realmente increíble la cantidad de avena que lleva esta
receta, y por alguna razón eso me hizo extrañar aún más a mi mamá.
Así es como Pete me encontró. Llorando en la caja de avena del
tamaño de Costco, de espaldas a un fregadero lleno de correo sin abrir.
―Jesús, Ali ―dijo. Por supuesto, lo decía todo el tiempo, pero su tono
no era enojado, como cuando no encontraba una camisa limpia o cuando
uno de sus zapatos de vestir se había llenado de Cheez-Its y se había
metido debajo del sofá, y no era sarcástico como cuando agitó la mano
sobre la Torre Inclinada de Papel y me preguntó qué había hecho
durante todo el día. Fue un suave “Jesús, Ali” como si se hubiera
quedado sin energía para volver a decirlo.
No solía reaccionar ante Pete. Su exasperación era una especie de
ruido blanco en el fondo de mi vida. Esquivaba esos comentarios y me
dirigía a los niños o al perro, o a mi mamá, pero hacía un año que se
había ido, así que me quedé llorando. Por la avena, por la forma en que
Pete me miraba y también por la que no, y por la gran parte de mi vida
que pasé casada con un hombre que no cruzaría el ancho de una cocina
para consolarme.
―Quiero el divorcio ―dijo. Como no dije nada, agregó―: Ya no
quiero estar casado.
―Eso es lo que suele significar el divorcio ―dije. Fue sarcástico y ni
siquiera sonó realmente como mi voz. Sentí una presión en el pecho y un
zumbido en la cabeza, como si fuera a salir de mi cuerpo. Recuerdo
haber tenido esta sensación antes, pero fue cuando la voz de un médico
puso un límite de tiempo a los días de mi mamá en esta tierra. De doce a
dieciocho meses, y yo quise decir: ¿Por qué no diecinueve? Me enfureció la
arrogancia de su especificidad.
Pete se fue esa noche, y todo ha estado bien. Actuamos como si
estuviéramos en un reality show llamado La Mejor Pareja Separada de
América. Somos civilizados, -casi cariñosos-, delante de los niños. Viene a
buscar a las niñas a los entrenamientos de fútbol de los martes por la
noche y a los partidos de los sábados, y después las lleva a tomar un
helado con Cliffy a cuestas. A Cliffy no le gustan en absoluto los
deportes de equipo, un hecho que Pete no reconoce, así que lo lleva para
que sea su ayudante. Cliffy lleva lápices de colores y un cuaderno.
Durante las temporadas de otoño y primavera voy a los partidos, por
supuesto, y luego tenemos una incómoda despedida en el
estacionamiento durante la cual actúo como si tuviera prisa por
encontrarme con una amiga para hacer algo escandalosamente
divertido.
No lo hago. En lugar de eso, me meto en el auto y hablo con mi
difunta mamá. Es una nueva costumbre mía, y me resulta extrañamente
terapéutico contárselo todo y dejar que mis palabras resuenen en el
salpicadero. Espero a que intervenga con sus labios rojos y su amplia
sonrisa para asegurarme que al final todo saldrá perfecto, pero no lo
hace, y lo extraño como se extraña una mentira. Extraño que se
materialice en mi puerta con una bandeja de pollo y que insista en que la
vida en casa es fácil y divertida. Debo de ser yo, pienso, porque esto no
me está pareciendo ni fácil ni divertido. El tiempo real con los niños,
buscando piedras en el arroyo o cantando canciones en la bañera,
siempre fue fácil y divertido, pero el resto -la casa y el césped y los
electrodomésticos que se rompen por turnos y el fontanero que dice que
vendrá pero no viene y me hace el cargo en la tarjeta de crédito de todas
formas y la espera al teléfono y la explicación al banco de que sí, tenía un
baño roto, y que sí, todavía no está arreglado, y luego la explicación a
Pete de por qué todavía tiene que usar el baño de los niños en mitad de
la noche y su mirada como diciendo, ¿de verdad? No soy capaz de nada.
Ni fácil ni divertido.
Pero cuando estaba ella era más fácil porque tenía una compañera. Me
hacía compañía los sábados por la tarde, cuando Pete debería haber
estado más ocupado, pero necesitaba para dar un paseo de cincuenta
kilómetros en bicicleta. Ella fue la que me ayudó con el control de
esfínteres y a encontrar un dentista pediátrico que aceptara nuestro
seguro. Fue la que me llamaba la atención y sonreía cada vez que Cliffy
decía “panes de ángel” en lugar de “panes ingleses”. Si sonaba estresada
al teléfono, lo dejaba todo, preparaba un picnic y se llevaba a mis hijos a
la playa para que yo pudiera limpiar un armario en paz. Era la única
persona viva que comprendía lo reparador que es para mí limpiar un
armario.
Mis hijos la llamaban Fancy, porque se llamaba Nancy y le quedaba
bien. No era una persona a la que yo describiría como fancy; mucha de
su ropa estaba cosida a mano y conducía el mismo Volkswagen desde
hacía veinticinco años, pero era propensa a actuar por deseo o capricho,
cualquier cosa fácil y divertida, una fancy pasajera. A veces su nombre
me juega malas pasadas. Una fancy pasajera. Fancy muriendo. El cáncer
golpeó a Fancy. Ahora estoy sin Fancy. Lo que realmente necesito es yo
misma ser Fancy.
Por eso esta mañana volví a probar lo de las galletas para el desayuno.
No lloré mientras añadía esa extraordinaria cantidad de avena, y cuando
mis hijos bajaron por el olor de la mantequilla y el azúcar, sintieron un
cosquilleo que hacía mucho tiempo que no les veía. Sentía como si ella
estuviera ahí mismo, con su larga coleta castaña, a juego con la mía, y sin
un ápice de maquillaje aparte de su labial rojo brillante, urdiendo una
idea para una excursión al parque o un experimento científico llamado
Horneado Alaska. Daría una palmada, con las pulseras tintineando, y
diría: “¿Sabes qué sería divertido?” Y esto era retórico porque siempre
era ella la que sabía lo que sería divertido. Tuvieron que pasar dos años,
pero al ver a mis hijos comer esas galletas esta mañana, sentí que se me
quitaba un poco la pesadez. Un alivio en el pecho que me dio la energía
para contratar mis propios servicios y ocuparme hoy de mi despensa.
Abro Instagram en mi portátil para poder ver todas mis publicaciones
a la vez: las despensas de mis clientes parecen pertenecer a asesinos en
serie. Bidones de cristal iguales etiquetados con mi fuente de letra
característica. Las imágenes me dan un rápido subidón de dopamina.
Poner orden en sus casas satisface una necesidad tan profunda en mí
que estoy segura de que es innata. De niña no me iba a la escuela hasta
que mi cama estaba hecha y mis peluches ordenados por tamaño. Mi
habitación, mi escritorio, mi juego de siete lápices. Todo eso me bañaba
en quietud. Lo bueno de ser hija única es que, al final del día, lo
encuentras todo justo donde lo dejaste.
Me cuesta creer que alguna vez fui esa persona mientras tomo la
tercera caja casi llena de maicena y la coloco a mis pies junto a una
docena de paquetes abiertos de galletas saladas y tortillas rancias. Hay
tantas cosas en el suelo que temo que se levanten y me engullan. Me
tragará entera la caja de barritas de cereales tamaño Costco que no le
gustan a nadie pero que no puedo tirar. Ferris apoya la cabeza en las
patas, esperando a que le llegue algo de esta abundancia.
Hay que ensuciar para limpiar. Siempre me pongo nerviosa cuando
les digo esto a mis clientes. Se sienten abrumados cuando saco todos los
artículos de sus armarios y los extiendo por el suelo. Yo nunca me siento
abrumada en sus casas. Hablo a medida que avanzo y mi voz transmite
energía. “Ahora lo tenemos todo fuera. Vamos a elegir las cosas que usas
más a menudo para desayunar”. De este modo, los guío con calma por
las partes de su día, dividiendo sus estanterías en categorías con
agradables paisajes de almacenamiento, o mejor dicho, paisajes de
almacenamiento MR. Es una palabra que me inventé como cuenta de
Instagram, y estoy intentando convertirla en algo. Mientras estoy aquí
de pie frente a mi despensa viendo toda esa maicena, me doy cuenta de
que la calma que siento en esas situaciones es porque no es mi propio
desorden. No le guardo rencor al hombre que compró la gran jarra de
proteína en polvo de otra persona. No extraño a la mamá que les trajo el
tarro de salsa navideña. Los problemas de mis clientes son sencillos, los
míos son complicados.
Encuentro una cuarta caja de maicena y me desanima. Uso una
cucharadita de maicena una vez al año para hacer una tarta de nueces
para Acción de Gracias. ¿Cómo es posible que me haya convertido en
una persona que no tiene tiempo ni energía para revisar la despensa
antes de comprar más maicena? ¿Cómo es posible que sea una
organizadora profesional que ni siquiera hace una lista de compras? Me
hago esta pregunta y la oigo en la voz de Pete. Ya me lo preguntó antes
y no recuerdo cómo se lo expliqué. Tendrías que estar aquí. Tendrías
que vivir un día entero de mi vida, dentro de mi cabeza, para entender
cómo es posible. No estoy segura de entenderlo yo misma.
Me rindo y meto todo lo que hay en el suelo en una bolsa de basura.
De todos modos, ya es hora de ir a buscar a mis hijos. Es la última
semana de escuela y quiero que empiece ya el verano. El verano pasa
afuera, y el desorden de mi jardín es un desorden mucho más feliz en el
que estar. Encuentro mis llaves bajo el formulario de pedido de
camisetas del campamento que debía entregar la semana pasada.
Encuentro mi teléfono debajo de una tostada con mantequilla. Tengo
perdidas tres llamadas de Frannie, así que la llamo de camino al garaje.
―Vas a enloquecer ―me dice. Oigo el latido de la cafetería de fondo,
platos golpeando el mostrador y cubiertos tirados en un cubo de
plástico.
―No puedo esperar. ¿Qué?
―Mis papás están dejando el código postal.
Encuentro esto muy difícil de creer. Los papás de Frannie nunca salen
de Beechwood.
―¿Como para ir al Home Depot o qué?
―Se ganaron el Sorteo Nacional Sunbelt. Unas vacaciones de dos
semanas en Key West.
―¿Qué? ¡Qué divertido! Me los imagino ahí abajo con camisetas con
flamencos. ―Sonrío al teléfono porque adoro a los papás de Frannie.
Llevan trajes verdes a juego para el día de San Patricio. Una vez se
presentaron a una reunión importante del ayuntamiento con pelucas
blancas y togas negras. Mi mamá se refería a ellos como “esa pareja con
temáticas”. Son las personas más entusiastas del mundo.
Frannie y yo no éramos buenas amigas de la infancia, pero estábamos
en el mismo grado, y todo el mundo conoce al señor y la señora Hogan
porque son un poco excéntricos y también porque son los dueños de los
dos pilares de nuestro pueblo: el Hogan Diner y el Beechwood Inn.
Frannie y yo volvimos a conectar después de que Pete y yo dejáramos
Manhattan y volviéramos a Beechwood, así que he estado viendo cómo
envejecían. Me preguntaba si el señor Hogan se cansaría de llevar su
(ahora vintage) camiseta de fútbol del Beechwood High a cada partido
en casa, o si dejarían de llevar sus uniformes de los Yankees al desfile de
las ligas menores, pero aún no ha habido señales de desaceleración.
―Lo sé ―dice―. Se volvieron completamente locos. Mi mamá se
cortó el cabello en un bob hace una hora, dice que es un look más de
Florida. Se van el sábado.
―Va a haber mucho rosa, y bebidas con sombrillas, creo. ―Salgo del
garaje y la luz del sol me sorprende. Mis geranios florecen en las macetas
junto a la puerta de entrada. Los planté el Día de la Madre porque tienen
el tono exacto del pintalabios de mi mamá, y también su terca
resistencia. Los geranios soportan un día caluroso mucho mejor de lo
que cabría esperar. No los riegues en exceso ni seas demasiado exigente
con ellos. Recoge las partes muertas y florecerán de nuevo. Mis ojos
captan la mancha de café en mi pantalón deportivo gris, que solía ser de
Pete. No puedo imaginarme cómo reaccionaría al ver lo mal que la he
pasado sin ella.
―¿Estás bien? ―Frannie pregunta cuando llevo demasiado tiempo
callada.
―Estoy bien.
―Dejaste escapar un pequeño suspiro.
―Debo estar envejeciendo.
―Basta con eso, Ali. Tenemos treinta y ocho años. Podríamos estar
teniendo bebés, empezando la carrera de medicina.
―¿Por qué eliges las dos cosas más agotadoras del mundo como
ejemplos de cosas que aún podríamos llegar a hacer? ―Frannie acaba de
tener un bebé el año pasado y no parece que eso la frene demasiado. Lo
lleva todo a la perfección, al mismo tiempo que dirige el restaurante. Es
una persona diferente a mí, y Marco es un esposo diferente.
―Suéltalo. ―Me imagino a Frannie acunando el teléfono en el cuello
y limpiando los mostradores de la cafetería después de la hora punta del
almuerzo.
―Instagram me agotó y anoche compré un montón de velas flotantes
de aromaterapia. ¿Crees que soy un desastre?
―Por supuesto. Dime qué pantalones llevas y te diré exactamente qué
tan desastre eres.
Me río.
―Sin comentarios. ―Frannie ha estado intentando que empiece a
arreglarme desde que murió mi mamá. Le digo que, sin la ayuda de mi
mamá, no tengo tiempo para cosas tan frívolas como arreglarme. Ella
argumenta que se tarda lo mismo en ponerse unos jeans y una blusa que
en ponerse un chándal y una camiseta. Le digo: “¿Para qué?” Ella
responde: “Para ti”. Y acordamos no estar de acuerdo.
Entro en el estacionamiento de la primaria Beechwood y tomo la
última plaza.
―Okey, tengo que ir a hacer tiempo duro en el asfalto. Felicita a tus
papás por mí y diles que quiero fotos.
Mientras pulso el botón rojo para terminar la llamada, ella grita las
dos palabras que realmente cree que cambiarán mi vida:
―¡Pantalones duros!
Antes de salir del auto, digo:
―Mamá. ―Apoyo las manos en el volante, en posición de diez y
dos―. Estoy harta de estar atascada, y sé que me apoyo mucho en ti,
pero ¿puedes colaborar conmigo en esto? ¿Como darme una señal?
―Ella creía en las señales más que yo, pero necesito ayuda, así que se la
pido. No responde, pero la oigo reír. Es su risa social, la que le hacía
saber a la gente que la divertía. No la risa que le destrozaba el cuerpo y
le hacía llorar, que reservaba para las películas de Will Ferrell y para
cuando Cliffy decía “Massa-Cheez-Its” en vez de “Mas sachusetts”. O
“baby soup” en vez de “bathing suit”. Guardaba un pañuelo de papel en
la manga de su jersey por si ocurría algo realmente gracioso. Hay que
querer a una persona que sale de casa preparada para reírse.
Iris está en lo alto del gimnasio reunida con las chicas alfa de quinto
grado. Es fácil reconocerla con su camiseta de tirantes morada, sus
pantalones cortos naranjas y sus calcetines de fútbol subidos por encima
de las rodillas. Iris tiene mil looks que no acaban de funcionar, pero los
domina por completo. Hago como que no veo a Greer, que está sentada
en un banco viendo el celular. Todos los días viene caminando desde la
escuela para evitar el horror de que yo la recoja. El primer día de sexto,
paré delante de la escuela, bajé la ventanilla y la saludé delante de sus
amigas. Así que ya no lo hacemos.
Me paro frente a la salida de la guardería para esperar a Cliffy. Su
profesora ya está afuera hablando con otros papás, pero no me
preocupa. Siempre es el último en salir del edificio. Cuando por fin sale,
con la mochila bien sujeta sobre su camiseta de Bob Esponja, me dedica
la sonrisa de un niño de seis años que lleva más de seis horas sin ver a su
mamá. Esta sonrisa podría dar energía a una pequeña ciudad, y cada día
me pregunto cuándo terminará. Me pregunto cuándo saldrá de la
escuela, me saludará con la cabeza y se irá con sus amigos. Nunca había
visto a un hombre de cuarenta años mirar así a su mamá.
Cliffy me abraza por la cintura y empieza a hablarme de zarigüeyas
justo cuando las nubes bajan y el cielo se oscurece. Las chicas nos ven y
todos corren hacia sus autos. Agarro a Iris de la mano y me río mientras
las fuertes gotas de lluvia me golpean la cara. Cuando estamos en el
auto, me tomo un momento detrás del volante y sonrío al ver la lluvia
golpeando mi parabrisas. Esta es la señal que estaba pidiendo. Una
tormenta es un nuevo comienzo, y quiero quedarme en este momento.
Greer, Iris, Cliffy y yo, acurrucados en este auto con el sonido de la
lluvia llenando nuestros oídos. Estamos todos juntos, estamos a salvo, y
vamos a estar bien. Realmente me siento un diez por ciento mejor hoy.
Tal vez fueron las galletas, tal vez fue el movimiento hacia adelante de
tirar una bolsa de basura de comida vieja. Tal vez es solo el tiempo.
Greer levanta la vista del teléfono y veo un atisbo de la chica que era
antes de que las cosas empezaran a torcerse.
Suena mi teléfono e Iris me lo entrega con su bondad de “todavía
tengo once años y no te odio todavía”.
―Es papá ―me dice.
―Hola, Pete ―digo con el teléfono en la oreja. Nunca tomo las
llamadas de Pete con el altavoz delante de los niños porque no quiero
que oigan lo despreocupado que suena cuando cancela planes―. Está
diluviando.
―Sí, puedo verlo. Escucha, no quería mandarte un mensaje. Quiero
decir, ya pasó un año. Creo que deberíamos seguir adelante y pedir el
divorcio.
Supongo que Pete recuerda fechas especiales.
Le digo, con mi voz más alegre:
―¡Genial! Mándame un mensaje con los detalles ―como si me
acabara de invitar a una fiesta.
Cuando cuelgo, Greer pregunta:
―¿Por qué sonríes?
Porque ahora me siento un quince por ciento mejor. Voy a hacer una
verdadera ruptura con Pete. Voy a averiguar cómo hacer mi propio
dinero. Ahora sé exactamente cuántas cajas de maicena tengo. “Fancy”
sigue enviándome señales. Vamos a tener un verano de champán.
2
Mi mamá y yo solíamos celebrar el primer día de verano
levantándonos antes del amanecer para ver la salida del sol sobre el
agua en el Beechwood Inn. Mi primer recuerdo es de cuando tenía
cuatro años, el año en que mis papás se divorciaron. Llegábamos en la
oscuridad, nos escabullíamos a la terraza trasera y nos sentábamos en
los escalones mientras el sol se alzaba sobre Long Island a lo lejos.
Mientras esperábamos, ella me preguntaba: “¿Qué quieres este
verano?”. Y yo le respondía en la oscuridad: “Quiero aprender a montar
en bicicleta o ganarte al ajedrez. Quiero crecer cinco centímetros. Quiero
que me besen”. Ella seguía diciendo: “¿Qué más?” Mientras yo lanzaba
mis deseos de verano a la oscuridad. No había límite para lo que podía
desear. Después de mi último deseo, ella decía: “Puedes tenerlo todo” Y
yo le creía, y entonces, justo cuando el sol empezaba a despuntar en el
cielo, me rodeaba con el brazo y me apretaba el hombro. “Por un verano
de champán” me decía.
Beechwood, Nueva York, es un pequeño pueblo suburbano, al norte
de Manhattan y al sur de Connecticut, con kilómetros de costa a lo largo
del estrecho de Long Island. Nuestra versión de la playa no es más que
la orilla del mar donde las pequeñas olas te salpican los tobillos y
reparten cangrejos. La vista del agua termina en Long Island a lo lejos,
un dedo de tierra que nos protege del Atlántico. Debido a nuestra
geografía, nuestro pueblo se siente arropada y sin dramas. Es un pueblo
en el que conoces a tu cartero y a tu tendero de ultramarinos por su
nombre, pero si quieres que ocurra algo emocionante, probablemente
deberías ir a otro sitio.
Retomamos la tradición del primer día de verano de mi mamá cuando
volví a Beechwood y, por supuesto, trajimos a los niños. Ella sonreía en
el agua mientras mis hijos gritaban sus deseos. “¿Qué más?”
preguntábamos una y otra vez. Fue idea de Iris empezar a hacer esto en
paddleboard después de que muriera mi mamá. Me resistí al cambio
porque una tradición es una tradición, pero me di cuenta de que las
niñas se sentían más tristes que nostálgicas, y el cambio les sentó bien.
Hoy es nuestro segundo amanecer anual en paddleboard, nos
estacionamos en la posada y caminamos por el muelle hasta el cobertizo
para botes en la oscuridad. Mi profesora de historia en la escuela, la
señora Bronstein, que ahora gestiona los botes e insiste en que la llame
Linda, me dio mi propia llave hace años. Sacamos tres paddleboard y
nos lanzamos al agua. Greer es cautelosa, se arrodilla antes de levantarse
y se queda muy quieta. Iris se levanta y da una voltereta en el agua. Yo
me pongo a horcajadas sobre mi tabla para mantenerla estable mientras
Cliffy se acuesta de espaldas, con la cabeza en mi regazo, esperando a
que salga el sol.
El verano siempre está marcado por algo. El verano en que nos
mudamos a Beechwood. El verano en que Greer aprendió a nadar. Estos
dos últimos veranos estuvieron marcados por la muerte y la separación,
y me pregunto cuál será nuestro recuerdo de éste. Cliffy le dice a la
oscuridad que quiere construir un puente sobre el arroyo de nuestro
jardín. Iris quiere marcar tres goles en un partido. Greer murmura sus
deseos para sí misma.
―¿Qué más? ―digo una y otra vez. Yo también quiero pedir un
deseo, pero los tengo todos revueltos en la cabeza.
―Di algo, mamá. Date prisa ―dice Cliffy. El cielo empieza a clarear,
pero aún no vemos el sol. Iris está parada de manos sobre su tabla. Es
intrépida y segura de una forma que me hace desear que fuera una
píldora que pudiera tragarme. Greer se aleja remando, no demasiado, y
luego vuelve.
No me he divertido desde que esta roca de dolor aterrizó en mi pecho.
Quiero reír y ser espontánea con algo tan imposible como el Horneado
Alaska. Quiero limpiar un solo armario.
―Quiero que todo parezca más ligero ―digo mientras el sol aparece y
me concede mi deseo.
―Brindemos por un verano de champán ―gritamos todos al sol.
Cliffy se ríe, porque tiene gracia gritarle al sol, pero las chicas y yo nos
quedamos calladas, todavía un poco desubicadas aquí afuera.
3
Todos los lunes paso una hora sentada en la pequeña oficina de
Frannie, registrando sus depósitos y organizando sus facturas mientras
ella rellena el café de la gente en la barra. Hace dos semanas que no
vengo porque mis hijos estuvieron en casa, pero hoy empezaron el
campamento en el centro recreativo, así que vuelvo a estar en mi
elemento. Puedo oír a Marco en la parrilla cantándole tonterías a Theo
en su corralito. Theo siempre huele a hamburguesas con queso, que creo
que es la única manera de mejorar el olor de un bebé.
Esta es mi parte favorita de la semana, sentarme en este espacio a
solas y darle sentido a este pequeño negocio. Organizar los armarios de
la gente es una solución rápida, pero apuntalar el caos de la cafetería es
profundamente gratificante. A los repartidores de pan fresco les gusta
que les paguen semanalmente en efectivo, a los de la granja lechera les
pagan trimestralmente, pero aun así hay que registrar los gastos. La
factura de los servicios públicos se paga automáticamente con la tarjeta
de crédito personal de los papás de Frannie. Me lo deja todo en
papelitos, facturas descoloridas y Post-it con signos de interrogación y
caritas felices. Cada semana, cuando me voy, el problema está resuelto y
me siento satisfecha de la misma manera que me sentía cuando era
contadora y hacía el ajuste final de una auditoría.
Hoy termino en cuarenta y cinco minutos, así que pido huevos
escalfados.
―¿Qué pasa con el divorcio? ―Frannie pregunta―. ¿Encontraste un
abogado?
―No vamos a tener abogados.
―¿Qué significa eso? ―Frannie tira su trapo en el fregadero detrás de
ella.
―Llevamos un año viviendo por separado, tranquilamente. Seguimos
compartiendo una cuenta corriente y pagamos todo con ella. Ha sido
bastante amistoso, pero con los nuevos gastos de su apartamento, no
estamos ahorrando nada, así que no queremos gastar los ahorros que
tenemos en abogados. Encontró una mediadora.
―Qué hippies tan new age son.
―Es bueno que los niños vean que las cosas son fáciles entre nosotros.
―¿Está saliendo con alguien?
―No tendría forma de saberlo. ¿Ya es tiempo de eso?
―No es tiempo de citas hasta que empieces a usar pantalones duros.
Veo mis sucios pantalones deportivos grises, que creo que son
diferentes de los sucios pantalones deportivos grises con los que dormí.
―Lo sé.
―Y tu mono no cuenta. ―Me hace un gesto con la cafetera
descafeinada que me parece ligeramente agresivo―. No intentes
pegarme con la exención de que son de mezclilla; son suaves y holgados,
y en su espíritu son pantalones deportivos.
―Tienen herrajes, como ganchos y hebillas. Son pantalones
totalmente duros.
―Hasta que no te pongas un par de pantalones con cremallera, no
saldrás con nadie.
―Es la cremallera lo que atrae a un hombre. Tomo nota.
―Podría ser justo lo que necesitas ―dice―. Una cita. Solo para que te
despegues y superes las primeras cosas: la primera cita, el primer beso.
―Dios, para. ―Solo de pensarlo me siento más atascada que nunca.
―¿Puedo ir contigo?
―¿A una cita?
―No. A la mediación.
Casi sonrío al pensar en Pete entrando en el despacho de un abogado
y encontrándose a Frannie a mi lado sosteniendo un gran bloc de notas
amarillo.
―No, gracias.
―Bueno, ya sabes que mi hermano menor es abogado, si quieres
hablar con alguien.
Esto me hace sonreír.
―¿Scooter es abogado? Es imposible que seamos tan viejas.
―Tiene treinta y seis años. Podría ser presidente.
―¿Scooter? Divertidísimo.
El timbre de la puerta tintinea y el señor y la señora Hogan aparecen
con pantalones deportivos y sombreros de panamá a juego.
―Ah, se me olvidaba, volvieron ―dice Frannie.
―¡Chicas! ―dice la señora Hogan―. Me alegro de que las
encontramos juntas. ―Se sientan a ambos lados de mí y me doy cuenta
de que llevan la misma colonia. Esto es de otro nivel.
―¡Bienvenidos de vuelta! ¿Qué tal Florida? ―pregunto.
―Nos encantó ―dice la señora Hogan―. Estábamos en un pequeño
bungalow sobre el agua. Era como si pudiéramos ver todo hasta Cuba.
Nos hicimos amigos de los jóvenes que compraron el bar al que solía ir
Hemingway.
―Realmente no fue ahí ―dice el señor Hogan.
―Bueno, es verdad, pero es tan divertido imaginar que lo hizo. ―Da
una palmada y su sonrisa es pura enjundia. Qué no daría por una onza
de la energía de esta mujer.
―El desfile del 4 de julio no fue lo mismo sin ustedes ―les digo.
Siempre van vestidos como el Tío Sam y una Betsy Ross deslumbrante.
El desfile empieza en el pueblo y termina en la posada, donde los Hogan
sirven perritos calientes y Coca-Cola a todo el que llega hasta ahí. Este
año, Frannie hizo que el personal del hotel le sirviera a todo el mundo
con sus uniformes habituales, y la verdad es que no estuvo nada bien.
―Seguro que fue encantador ―dice el señor Hogan. Sus ojos se posan
en la mancha translúcida de la parte delantera de mis pantalones
deportivos. Solo yo sé que es miel, y me gustaría que siguiera siendo
así―. ¿Todo bien, Ali? ―me pregunta.
―Sí, todo bien. Todos estamos muy bien ―digo, pasando una
servilleta de papel en mi regazo y sintiendo cómo se adhiere a la mancha
de sirope.
La señora Hogan mira a Frannie.
―Bueno, vengan a la Fun-tastic Noche de Viernes. Estamos
celebrando nuestro regreso. Trae a los niños, por supuesto. Incluso va a
venir Scooter.
―Claro, gracias ―digo. Me vendría bien algo Fun-tastic.
4
Es el tercer día de campamento y tengo seis cosas en mi lista de tareas
para hoy. De momento me acuerdo de dos. Una consiste en comprar una
pijama menos embarazosa para Greer y la otra tiene que ver con un
retenedor perdido. Mientras escucho el glorioso goteo de mi café
preparándose, me tomo un momento para disfrutar de la certeza de que
gestionar la tintorería de Pete no está en esa lista.
Antes de tener hijos, yo seguía la lista. Me levantaba por la mañana,
me preparaba café y salía a correr o hacía yoga antes de ir a trabajar. Si
quedaba café en la cafetera, Pete podía tomarlo al levantarse. Si no
quedaba, no era mi problema. Teníamos el mismo trabajo, el mismo
sueldo... entonces todavía me veía como una adulta.
Cuando dejé de trabajar, empecé a hacer el café al gusto de Pete. Le
gustaba que añadiera canela a los posos, lo que creo que arruina por
completo el sabor del café, pero lo hacía así porque era él quien se iba a
trabajar. Parecía que su momento del café importaba más que el mío.
También sus tardes y fines de semana. Es difícil decirle a tu pareja que
necesitas un descanso cuando no tienes trabajo, o si tienes un trabajo que
parece un hobby y no da mucho dinero.
Estuve a punto de añadir la canela al café la primera mañana en que
Pete se fue, pero la vertí de nuevo en el recipiente y pulsé el botón con
gran ceremonia para preparar mi propio café puro. Estaba delicioso de
una forma que ni siquiera puedo describir.
Ahora me sirvo mi café personal y le doy unas vueltas al anillo de
casada en mi dedo. Pienso en la canela y en lo bien que me sentó dejarla.
Me quito el anillo y lo hago girar. Cuando aterriza, abro el armario de
las especias y lo coloco encima de la canela. Respiro hondo mientras el
olor a café inunda la silenciosa cocina. Me paso los dedos sin joyas ni
palabras por el cabello. Afuera de mi ventana, los geranios están
creciendo con fuerza. Es miércoles y no tengo que ver a Pete los
miércoles. Tengo la sensación de ser un miembro que se entumeció y
empiezo a sentir un cosquilleo de nuevo.
―Estás viendo tu taza como si fueras a besarte con ella ―dice Greer al
entrar en la cocina. Este comentario es ligeramente burlón y sarcástico,
pero al menos me habla. Greer está un poco resentida desde que Pete se
fue. Tiene doce años, es insegura y probablemente está enojada conmigo
por lo que le pasó a nuestra familia. Realmente no sé cómo defenderme.
Acabo de pasar un año entero de ser mamá soltera y ella acaba de pasar
un año entero de sexto curso. Ninguna de las dos la ha tenido fácil.
―Puede que sí ―digo, y bebo otro sorbo. Cliffy baja las escaleras y me
dedica la sonrisa de un niño de seis años que lleva diez horas sin ver a
su mamá.
―Hoy es tiro con arco a primera hora en el campamento, ¿podemos
llegar un poco tarde? ―Greer pregunta. No está entusiasmada con el
campamento de verano de Beechwood Rec. El año que viene tendrá
edad suficiente para ser consejera junior, así que este año se siente
avergonzada. No me gusta llegar tarde, y no me gusta que mis hijos
lleguen tarde, pero acabo de quitarme el anillo y lo más probable es que
mis hijos no crezcan y cacen su propia comida.
Nos sorprendo a las dos diciendo:
―Claro. Subiré a vestirme.
―¿Vestirte? ―dice Iris, sentándose frente al tercer plato de huevos.
No tengo que explicar cuál es de quién: la forma de cocinarlos -
revueltos, estrellados y hervidos-, es como una tarjeta de presentación.
―Sí, vestirme ―me río, y me miran. Esto no es nuevo. Desde que Pete
se fue, me estuvieron viendo en busca de pistas sobre cómo me va, lo
bien que voy a ser capaz de dirigir este barco. Los grandes ojos marrones
de Iris asoman bajo el flequillo torcido que ella misma se cortó la semana
pasada. Va toda de verde, incluidos los calcetines, y parece la locura
perfecta, y Greer, con la amplia sonrisa de mi mamá y una cara que está
cambiando de niña a adolescente de una manera que evoca tanto
asombro como pánico. En septiembre entrará en séptimo año. Este es el
año en que hará un repaso de alto nivel de la historia del mundo y se
hundirá en un infierno maquiavélico. Todavía puedo sentir la pesadilla
de séptimo: el repentino e inexplicable abandono de mis amigas. Mi
mamá me metió en el auto y condujo hasta Rockport para comer rollos
de langosta y pasear. Nos reíamos de los refranes cursis de los cojines de
punto de aguja y compramos llaveros de chanclas. Cenábamos
palomitas y nos quedábamos hasta tarde viendo Auntie Mame bajo la
manta amarilla de ganchillo de mi abuela. Quiero ser esa mamá, tanto
dirigiendo el barco hacia la seguridad como siendo la propia seguridad.
Voy a necesitar pantalones más duros.
Cuando estoy vestida con mi mono y mi camiseta de rayas azules y
blancas favorita, le envío un mensaje a Phyllis para ver si está despierta.
Phyllis es mi vecina de noventa y cuatro años que vive en la casa
demasiado cercana de al lado. Hace poco que descubrió el amplio
mundo de los emojis en su teléfono. Me responde con el emoji de la taza
de café, que me dice que no querrá sus huevos hasta más tarde. Yo le
respondo con el emoji del pulgar hacia arriba, y ella me contesta con el
emoji de reír hasta llorar, que casi nunca tiene sentido pero que parece
ser su forma favorita de terminar una conversación.
Dejo a todos en el centro recreativo para el campamento y llevo a
Ferris al parque para perros. El parque para perros de Beechwood es un
jardín gigantesco con sicomoros centenarios que acaba dramáticamente
en un malecón. Más allá está la playa y luego el sonido. Desde aquí no se
ve Manhattan, la vista está a la vuelta de la punta, pero me gusta saber
que está ahí. El parque termina en el hotel Beechwood Inn, blanco
brillante contra el cielo azul, con sombrillas amarillas que salpican la
arena frente a él. Una brisa cálida sale del agua, agitando la lavanda que
acaba de empezar a florecer. Todo esto me parece algo que debería
disfrutar, pero, la verdad, el parque para perros es lo peor. A Ferris le
encanta correr y oler al azar los traseros de los perros y obligarme a
mantener conversaciones incómodas. Es como una fiesta de cócteles sin
cócteles, y mi deseo de huir cuando todo el mundo parece feliz de
quedarse me hace sentir que soy el tipo equivocado de persona.
Hoy, a pesar de estar reforzada por mi dedo sin anillo y lo que
algunos llamarían un conjunto, no quiero entablar conversación.
Cuando vives en el pueblo donde creciste, cada pregunta educada está
cargada de historia. No quiero ver a los ojos de la gente que me conoce
de toda la vida y ver su sorpresa colectiva ante el hecho de que sea
huérfana, esté separada y no esté a la altura de mis posibilidades. No sé
cómo responder a la pregunta despreocupada de todo el mundo ¿Cómo
te va? Mejor de lo que te imaginas. Por fin me estoy divorciando, y mira
mis pantalones.
Ferris está siendo acosado por una manada de chihuahuas y corre
hacia mí en busca de consuelo. Me tumbo en la hierba mojada y sé que
me iré del parque canino con una mancha oscura y húmeda en el
trasero. Ferris es un perro de siete kilos con una nariz larga y húmeda y
una melena de pelo color caramelo que suelta como si fuera una florista
esparciendo pétalos por el pasillo. Apoya el peso de su cabecita en mi
muslo y yo le rozo ese punto perfecto de la nuca. Mantiene la cabeza
apoyada en mi muslo todo el tiempo que lo froto, y así entablamos una
relación perfectamente simbiótica. Su respiración me tranquiliza y cierro
los ojos para sentir la ligera brisa de julio. Mamá, digo en mi cabeza, me
vestí. Oigo su voz: Cariño, ¿no fue fácil? Bueno, solo me costó dos años.
Ferris me da un respingo saltando de mi regazo y corriendo hacia el
extremo del jardín, junto a la entrada de la posada. Me levanto para ver
qué le llamó la atención, esperando por Dios que no sea el cadáver de
una ardilla en el que quiera revolcarse. Se detiene junto a un tipo de
cabello desgreñado castaño claro, casi rubio, que lleva en brazos a un
pequeño perro negro como si fuera un bebé. Una mujer con un San
Bernardo del tamaño de Mike Tyson parece disculparse. Mientras me
acerco, murmuro en voz baja la frase de mi mamá “La comparación es el
ladrón de la alegría”. Ella es un poco más joven que yo, lleva unos jeans
ajustados y una blusa rosa pálido metida por dentro. Al acercarme, me
doy cuenta de que lleva cinturón. ¡Un cinturón! Ahora veo que el tipo es
guapo. Lleva una camiseta verde descolorida y un bañador amarillo
chillón. De lejos podría ser un adolescente, pero hay algo en su forma de
comportarse que irradia una confianza más adulta. Atiende a su perro,
pero también es amable con la señora del cinturón. Es casi como si
supiera por su mirada que lo que hizo su perro tuvo que ser un
accidente, porque está claro que ella tiene las cosas claras.
Ferris está a sus pies oliendo y, justo cuando me acerco a unos metros
de ellos, sucede en cámara lenta: Ferris levanta la pata trasera y se orina
en el tenis izquierdo del tipo.
―¡No! ―grito, cuando ya es demasiado tarde. Él se da cuenta y
sacude la pata.
―Dios, lo siento mucho ―digo mientras llego hasta ellos y me
arrodillo para agarrar a Ferris por el cuello.
La mujer me ve y luego le dice al tipo:
―¿Ese perro te acaba de orinar encima?
Él vuelve a sacudir el pie.
―Eso parece. Hasta el calcetín.
―Estoy tan horrorizada ―digo, porque estoy tan horrorizada―. Juro
que él no hace esto. Quiero decir que lo hizo una vez cuando llevé a mi
hija a casa del hospital. Porque había nacido, no estaba enferma. Como
sea, es su favorita.
―¿Así que tal vez esto es un cumplido? ―Levanto la vista y él me
está sonriendo. No tiene sentido, dado el estado de su zapato, pero casi
parece feliz de verme. Probablemente tenga mi edad, aunque hay una
ligereza en él que lo hace parecer más joven de lo que me siento. Sus ojos
son castaño claro, un tono más oscuro que su cabello, y no hay ni una
pizca de ira en ellos. Es posible que sea un tipo que sabe cuándo un
problema puede resolverse con una pasada por la lavadora. Me fijo en
cada detalle de sus ojos, sobre todo porque intento no ver sus hombros y
la forma en que su camiseta se estira sobre su pecho.
―¿Te orinan a menudo? ―pregunta la mujer, y hay una extraña
coquetería en eso que me molesta―. Porque yo me volvería loca. ―Me
resulta extraño que ella, con su estupendo atuendo, sus zapatos secos y
su perro potencialmente agresivo, no tenga la delicadeza de dejarme en
paz.
―Lo siento mucho ―vuelvo a decir, y me levanto.
―De verdad, no es nada. Todo se puede lavar ―dice. Hay casi algo en
él que reconozco. No lo reconozco a él, sino la mirada. Me ve como me
veían los hombres cuando era más joven. Como si de verdad me viera.
Me pregunto si mi alianza habrá servido de capa de invisibilidad o si tal
vez son mis pantalones casi duros. Estoy a la vez aterrorizada y
encantada. Este mono ni siquiera tiene cremallera.
El San Bernardo sale galopando detrás de otro perro y la mujer lo
sigue de mala gana. No comprobé si llevaba anillo de casada, pero este
tipo no. Creo que nunca me había fijado en un escenario para solteros en
el parque canino, pero quizá la haya. Me paso el pulgar por el dedo
anular sin anillo y me sorprende el hecho de que soy soltera, de que soy
una persona que formaría parte de un escenario para solteros. Es como
si ese hecho hubiera estado zumbando alrededor de mi cabeza durante
un año, dando vueltas de una forma que podía oír débilmente, y ahora
ha aterrizado. Soy soltera.
―¿Cómo se llama? El bandido meón.
―Ferris ―le digo―. Es rescatado, vino con ese nombre. ―Veo al
perrito en brazos, presionando la cabeza contra el pecho de su dueño―.
¿Cómo se llama?
―Se llama Brenda.
―¿Brenda?
―Sí, porque se parece totalmente a Brenda ―dice como si no pudiera
creer que yo no hubiera hecho esa conexión―. La pateó la pata gigante
de ese perro, pero creo que está mayormente asustada por los otros
perros. Quizá ahora que me bautizó Ferris, le resulte familiar. ―Sus ojos
se posan en mí como si no hubiera otro lugar al que prefiriera mirar. Me
sostiene la mirada hasta que yo tengo que apartarla.
―De verdad, me siento fatal.
―Para, tal vez le gusto. ―Brenda es un peso muerto en sus brazos, y
le envidio ese tipo de comodidad. Me gusta este hombre de grandes
hombros. Me gusta su expresión abierta, como si hubiera una risa
esperando detrás de sus ojos. Hace mucho tiempo que no me fijo en
ningún hombre, y es posible que me esté fijando demasiado en éste.
―No te he visto por aquí. ¿Vives en Beechwood? ―También podría
haber dicho: “¿Vienes aquí a menudo?” ¿Por qué estoy prolongando esta
conversación? No estamos en un bar. No soy buena siendo soltera.
―Solo estoy visitando a mi familia.
Asiento con la cabeza y no se me ocurre nada que decir. Por eso no
soporto el parque para perros. No hay contexto, no hay nada en común
excepto las indignidades que nuestros perros se infligen unos a otros, o
en este caso, a nosotros.
―¿Es tu primer perro? ―pregunto. Inmediatamente me arrepiento.
Está claro que intento mantener la conversación y que la respuesta va a
ser “Sí” o una historia muy triste sobre la muerte de un perro. Es lo que
tienen las historias de perros, que solo acaban de una manera.
―Siempre he tenido un perro, salvo en mi primer año en la
universidad.
―Es mucha responsabilidad. Quiero decir para un universitario.
―Supongo. Es una especie de hábito. Creo que no sabría levantarme
por la mañana y hacer otra cosa que sacar al perro.
―Espera a tener hijos ―le digo. Eso es algo raro de decir en un millón
de niveles. No sé si no tiene hijos. También hace obvio que he
conjeturado que es soltero. Que lo he pensado―. Quiero decir, si no los
tienes ya.
―Ninguno mío, no.
Esto se volvió personal rápidamente, y quiero saber qué significa, o
tienes hijos o no los tienes.
―Yo tengo tres. Doce, once y seis.
―¿En cuál se orinó? ―pregunta.
―En la de once. Iris ―le digo―. Ella es adorable. Me sorprende que
todos los perros no orinen sobre ella.
Él sonríe y la sonrisa se apodera de toda su cara.
―Creo que me acabas de llamar adorable.
―No lo hice. ―Se me calienta la cara, como punzadas de calor en las
mejillas. Estoy totalmente fuera de control. Conozco a un chico guapo en
una década y me vuelvo loca.
―Lo hiciste, es la propiedad transitiva de adorable. Si reproduces
todo lo que acabas de decir, se suma a que piensas que soy adorable.
Estoy un poco avergonzado por ti.
Me avergüenzo de mí misma desde antes de que empezara esta
conversación, pero ahora que ha salido a la luz, es algo divertido. Veo a
mi alrededor.
―¿Dónde está el equipo de cámaras? No pueden probar esto.
―Es obvio para mí, los perros, supongo que todos en el parque. Te
gusto totalmente.
―No es cierto ―digo, y cruzo los brazos sobre el pecho.
Él se ríe, en lo que admito que es una risa adorable.
―Soy Ethan. ―Reequilibra a Brenda y libera una mano para que la
estreche.
―Ali.
Me agarra la mano demasiado tiempo. Tengo la extraña sensación de
que quiero que me siga agarrando la mano, y también de que quiero
contárselo todo. Quiero decirle que hoy me quité el anillo. Quiero decirle
que acabo de darme cuenta de que estoy soltera y que no sé cómo ser esa
cosa. Que me fascina que esté al borde del coqueteo conmigo y que me
pregunto qué vendrá después. ¿Cómo supera la gente todas esas
primeras veces? ¿Se ponen de acuerdo para tomar un café? ¿O van
directamente a comer? ¿Esto es lo que pasa cuando deslizas a la
derecha? Hay algo embriagador en cómo me ve como si fuera alguien
que solía ser.
Para no decir nada de esto, me inclino y engancho la correa de Ferris a
su collar.
―Bueno, encantada de conocerte, y siento otra vez lo de tu zapato.
―Está bien. Es un perro muy lindo.
―Lo es ―le digo. Brenda está profundamente dormida con su
cabecita negra en el pliegue de su codo.
―Ella va a estar bien ―dice, pero yo le he estado viendo los brazos,
no a Brenda.
―Por supuesto, okey. Adiós. Perdón de nuevo. Encantada de
conocerte. ―Me doy la vuelta para irme y noto a cada paso que la parte
trasera de mi mono está empapado por la hierba. Definitivamente
mañana vuelvo al parque para perros.
5
Después del parque para perros, Ferris y yo paramos en casa de
Phyllis para prepararle huevos. Los huevos, en un giro argumental de la
mediana edad, son mi lenguaje de amor.
Phyllis se siente no como una abuela, ni como compañera de piso.
Nuestras casas se llaman las Hermanas porque se construyeron para un
par de hermanas solteronas en 1919. Sus papás vivían en una gigantesca
casa de piedra sobre el agua, donde construían los veraneantes, y
cuando quedó claro que ninguna de sus hijas iba a casarse, las echaron a
lo que ahora es un barrio familiar más cercano al pueblo. Nuestras casas
eran las primeras de la calle: una hermana quería una Tudor de ladrillo
(la mía) y la otra quería una que pareciera diseñada por Hans Christian
Andersen (la de Phyllis). De hecho, la casa de Phyllis era mi favorita de
Beechwood cuando era niña, porque parecía de cuento de hadas. Mi
mamá y yo vivíamos en un apartamento encima de la tintorería del
pueblo y, aunque éramos felices ahí, siempre olía un poco a queroseno.
Siempre imaginé que la casa de Phyllis olía a galletas. Está hecha de
estuco con un tejado alto y puntiagudo cubierto de tejas de madera
colocadas a mano. Puedes imaginarte a Hansel y Gretel entrando por la
puerta de madera redondeada. Es acogedora, con techos de vigas y toda
la carpintería y herrajes originales. Nuestras casas se construyeron
incómodamente juntas para que las hermanas pudieran cuidarse
mutuamente a medida que envejecían. Puedo ver la cocina de Phyllis
desde la mía, y así supe cuándo dejó de cocinar para sí misma.
Nuestras casas parecerían estar en el mismo terreno si no fuera por la
valla en mal estado que alguien levantó hace décadas. Se extiende a lo
largo de nuestros patios hasta el arroyo y es una verdadera
monstruosidad. Hace seis años, Phyllis hizo que su empleado de
mantenimiento añadiera una puerta a la valla para que Greer e Iris
pudieran ir y disfrutar de su viejo columpio. Phyllis es lo bastante mayor
como para que no le importen los pleitos ni el tétanos.
Llevo viendo a Phyllis desde que compramos la casa hace diez años,
pero he empezado a pasar más tiempo ahí desde que murió mi mamá.
No es que sea una mamá sustituta, pero admito que no está muy claro
quién cuida de quién. La principal diferencia entre las dos, además del
hecho de que Phyllis no es mi mamá, es que Phyllis se queda atrás y deja
que yo me acerque a ella. Cuando Pete se fue, ella no se asustó ni
intervino para arreglarlo. Tomó mis manos entre las suyas, me dijo que
estaba mejor sin él y me dio su ejemplar de El despertar. Cree en el valor
de plantar plantas perennes en lugar de anuales, para haber cultivado
algo que la sobrevivirá. Sus lemas de paternidad y jardinería son el
mismo: “Arranca las malas hierbas y deja que Dios haga el resto”. Tiene
una confianza en el orden de las cosas y en la capacidad de todas las
criaturas para convertirse en lo mejor de sí mismas que podría parecer
ingenua, pero si habláramos con ella cinco minutos, sabríamos que,
como su jardín, florece maravillosamente.
Cuando le apetece, pasamos las tardes paseando por su jardín y he
aprendido lo básico para cuidar plantas perennes. Ahora tengo arbustos
de forsitia y hortensias de color rosa intenso que bordean el camino de
hierbas que baja hasta el arroyo, y también Susans de ojos negros,
margaritas gerbera y asclepias a lo largo del borde de mi patio de
ladrillo. Nada tiene por qué coincidir en la naturaleza, y me parece
totalmente contra intuitivo el modo en que mi jardín se adapta a la
muerte y le da la bienvenida a lo que venga después. “La primavera
siempre llega” dice Phyllis. “Nunca deja de llegar”.
La mayoría de las veces, cuando le apetece respirar aire fresco, nos
sentamos en la parte de atrás y admiramos el sauce llorón gigante que se
encuentra en el borde de su parte del arroyo. Ella saluda al árbol con un
“¿Por qué lloras?” y luego se ríe de su propia broma. Phyllis adora los
huevos, adora a mi perro y creo que me adora a mí.
―¡Alice! ―grita cuando ya he entrado. Como mi mamá, insiste en que
Ali es un lugar estrecho detrás de un edificio que huele a basura―.
¿Dónde está Cumbres Borrascosas?
Es lectora, y sus estanterías se desbordan en montones que me
preocupan porque pueden ser un peligro para la seguridad. Me llevaría
todo el día encontrar ese libro, y tengo un cliente dentro de una hora.
―Tengo un ejemplar ―le digo―. Deja que te prepare los huevos y
voy a buscarlo.
Se baja los lentes para leer cuando entro en su salón.
―Bueno ―me dice.
―Bueno, ¿qué? ―Ferris ocupa su sitio junto a sus pies resbaladizos.
―Pareces un poco una granjera, y todavía no puedo ver un poco de tu
querida figura, pero al menos no estás en pijama. Mucho mejor. ―Me
sonríe, como si acabara de hacerme el mayor de los cumplidos.
―Gracias ―le digo―. Y también me quité el anillo. ―Levanto la
mano para enseñársela mientras tomo el plato de la cena de anoche y su
vaso de agua para llevarlo a la cocina.
―¡Bien! ―dice desde su sala de estar―. ¡Que le vaya bien!
―Ferris pareció darse cuenta ―le contesto―. Encontró al único
soltero del parque y orinó sobre él.
―Estás rodeada de ayudantes ―dice.
Revuelvo dos huevos y los condimento con la menor cantidad de sal
que puedo. Me siento en el sillón frente al suyo mientras ella come.
―¿Qué pasa? ―me pregunta.
―¿De qué?
―Hay un zumbido en ti. Un cambio.
―Te dije que Pete quiere el divorcio; supongo que esa fue la primera
ficha de dominó en caer, luego me quité el anillo y me vestí. ¿Y tal vez
ese tipo en el parque para perros estaba coqueteando conmigo? No lo sé.
Me siento como una adolescente, como si alguien fuera a invitarme al
baile.
Phyllis asiente hacia sus huevos.
―Ya era hora. Eres joven. Eres una chica hermosa.
―Gracias ―le digo―. Por seguirme la corriente.
Cuando ella termina de comer y yo he limpiado su cocina mientras
escucho que se ducha, corro a casa a buscar mi ejemplar de Cumbres
Borrascosas y lo dejo junto al mando de su televisor. Phyllis se pasa el día
leyendo hasta las tres, cuando ella odia-ve Dr. Phil. No se pierde ni un
episodio ni una oportunidad para decir: “No es un hombre muy
agradable”
Desde ahí me dirijo a casa de Jeannie Lang. Solo necesito una hora de
trabajo intensamente satisfactoria para renovar su armario de la entrada
con perchas de madera uniformes y ganchos decorativos para gorras de
béisbol. La convenzo de que tire un único guante negro de cachemira, ya
que su par lleva desaparecido más de tres años. A veces me siento como
un cura paseando por las casas de la gente. Entro y los absuelvo de culpa
y les devuelvo la tranquilidad. Sí, está bien dejar ir la esperanza de que
alguna vez aprenderás a tocar ese ukelele. Dejémoslo en manos de su
próximo dueño. Publico una foto con el título Objetivo del perchero de
abrigos completada, y soy la primera en poner los ojos en blanco.
Mientras conduzco hacia el centro recreativo para recoger a mis hijos,
el cielo es de un azul intenso de principios de julio y las hojas de los
olmos de Main Street ondean casi imperceptiblemente. Mis sentidos
están alerta y me siento bien.
―Ethan ―digo en voz alta. Me gusta cómo vibra la palabra en el
interior de mi auto―. Mamá, creo que él estaba coqueteando conmigo.
¿Lo has visto? ―Espero una respuesta, pero solo siento una burbujeante
sensación en el pecho―. Ethan ―vuelvo a decir.
6
El jueves por la mañana, me pongo un par de jeans que no me he
puesto desde antes de que naciera Cliffy y una camiseta blanca que me
queda bien pero que no parece que me esté esforzando demasiado. Me
cepillo el cabello y en el último momento me pongo brillo de labios. Le
digo a mi reflejo en el espejo del baño:
―Perdiste completamente la cabeza.
Ethan no está en el parque para perros. Lo sé porque recorrí el
perímetro y lo crucé en diagonal. Se me acercaron la mamá de Caroline,
la amiga de Greer, que es la peor de las esnobs, y la señora Wagner,
amiga de mi mamá. Les aseguré a ambas que estoy perfectamente y
agoté todas las vías de conversación sobre el tiempo.
Ferris y yo volvemos al auto. El sol ha calentado el volante y apoyo la
mejilla en él.
―Mamá, en serio, ¿qué estoy haciendo? Acabo de pasarme una hora
con los labios pintados buscando a un hombre que me dijo que ni
siquiera vive aquí. ―Por qué no, dice ella―. Hay un millón de razones
por las que no, mamá. ―Y sueno igual que Greer.
Conduzco hasta el pueblo para comprar carne picada porque le
prometí a Cliffy hamburguesas para cenar. No suelo comprar carne
picada en la carnicería porque cuesta tres dólares más por kilo que en el
supermercado, pero hoy lo hago. Me digo a mí misma que es un
capricho, pero en realidad lo hago porque un hombre soltero que visita a
su familia no va a estar en la tienda de comestibles, pero podría estar
paseando por el pueblo.
Ethan no está en el pueblo.
Conduzco a casa con mi carne sobrevalorada y mi mamá y yo nos
echamos a reír. Esto se parece un poco a Dónde está Waldo, dice. Estoy
haciendo el ridículo, pero hay algo en ese rápido coqueteo en el parque
canino que me hace sentir incómoda.
Cuando llego a casa, veo que Cliffy olvidó su almuerzo,
probablemente porque estaba tapado por el paquete gigante de papel
higiénico que no guardé anoche. Vuelvo al auto y lo encuentro en el
extremo del centro recreativo, junto al parque de skate y las canchas de
tenis, donde un grupo de niños ha soltado una familia de milpiés. Cliffy
me aprieta con todas sus fuerzas, toma su almuerzo y desaparece entre
el grupo.
Me quedo viendo porque sopla una brisa a través del viejo roble que
hay justo detrás de ellos y me gusta cómo me da el sol en la cara. Me
siento bien aquí. Nunca tuve la intención de volver a Beechwood. En la
escuela, imaginaba una vida más cosmopolita llena de taxis y bodegas.
Diría “bolso” en vez de “cartera” y aprendería a bajar corriendo las
escaleras del metro con zapatos imposibles. Iba a ganar mucho dinero y
a tener una única hoja de cálculo que controlara los saldos de todas mis
cuentas. Una carrera en contabilidad sería un hermoso vehículo para
poner orden en el caos, equilibrio en la inestabilidad, pero me quedé
embarazada de Greer inesperadamente, y Pete y yo nos casamos. Hubo
complicaciones y dejé mi trabajo, luego tuvimos a Iris, y dos niños y un
perro empezaron a parecernos demasiado lejos de mi mamá. Así que
volvimos. Beechwood no es lo que me imaginaba, pero es un lugar muy
agradable para vivir. Solo por los árboles vale la pena, y rara vez estoy a
más de un kilómetro del agua. Una pareja mayor está jugando tenis en
las canchas a mi derecha, a un ritmo tan fácil, de un lado a otro. Me
gusta el ritmo de esta vida.
En el parque de skate hay chicos alrededor del medio tubo. La
mayoría son adolescentes, como viendo y esperando su turno. Me
pregunto si Cliffy crecerá y querrá volar por una pared curva en un
aparato con ruedas sin cinturón de seguridad. Todas las miradas se
centran en un tipo que patina hasta la cima del medio tubo, salta por los
aires y aterriza en medio de su tabla. Es casi como un baile
coreografiado en el que la patineta es su pareja y él sabe exactamente
dónde aterrizará. No sé por qué acabo de comparar esa patineta con una
mujer, y me pregunto si de alguna manera acabo de sexualizar a este
skater y la poderosa forma en que controla su cuerpo, como si pudiera
volar. Me acerco y, cuando mis manos están agarrando la valla metálica,
veo que el de la patineta es Ethan.
Siento la emoción de haber encontrado lo que buscaba. No se fue del
pueblo, y es un placer culpable poder contemplarlo desde la distancia.
Controla completamente su cuerpo mientras sube por el medio tubo y se
eleva en el aire. Hay un atletismo en él que no asocié antes con el skate.
La fuerza y el ritmo de sus movimientos me hacen pensar, solo por un
segundo, que la patineta es lo más sexy del mundo. La idea me recorre el
cuerpo mientras me agarro a la valla metálica y observo.
Hay una ligereza en este hombre, y tengo la sensación de que sabe
cómo divertirse. Quiero catalogar cada detalle: la forma en que su
cabello ondea sobre su cara, cómo sus pantalones cortos azul marino
suben por la parte delantera de sus piernas y revelan sus largos
músculos. La forma en que su camiseta blanca se agarra a las crestas de
su espalda.
Termina su turno y me doy cuenta de que tengo que irme. No me lo
encuentro casualmente en el parque para perros, donde tengo todo el
derecho a estar. Aquí, soy yo de pie mirándolo mientras él se limpia la
frente en cámara lenta con el dorso del brazo. No tengo forma de
explicarle por qué estoy apoyada en esta valla metálica viendo a los
skaters. Va a pensar que lo estoy acosando. Lo cual, bueno.
Me pongo de espaldas a la valla, y ahí está el grupo de insectos de
Cliffy a lo lejos enroscando tapas en tarros. Esa es mi salida. Podría ser
una mamá sobreprotectora viendo a mi hijo disfrutar del campamento.
―¿Ali? ―Está justo detrás de mí, al otro lado de la valla. Él recuerda
mi nombre.
Me doy la vuelta y fracaso en mi intento de parecer casual.
―Oh, hey. Ethan, ¿verdad? ¿Del parque para perros?
―Sí, hola. ¿Qué haces aquí? ―Está sin aliento y un poco sudoroso de
la forma más atractiva posible. Está lo suficientemente cerca como para
que pueda ver motas doradas en sus ojos marrones. Lleva el cabello
peinado hacia atrás apartado de la cara, y las puntas parecen haber sido
bañadas en rubio, como vestigio del verano pasado.
―Nada en realidad. Campamento de verano. Mi hijo está ahí. Dejé su
almuerzo. Papel higiénico. ―Se me corta la voz y no sé a dónde mirar,
porque verlo directamente a los ojos va a hacer que me ruborice. Siento
el calor burbujeando bajo mi piel.
―Ah, campamento de verano. Suena divertido. ―Sus manos se
agarran a la valla metálica y sus dedos están justo a la altura de mis ojos.
Son elegantes, si eso es posible. Sus manos son las de un hombre que
trabaja en la construcción todo el día y luego corre a casa para
interpretar un concierto de piano. Creo que tomé demasiado sol.
―Supongo. Están soltando milpiés y desearía no llevar chanclas.
―No es algo interesante, pero me da una excusa para mirarme los
pies―. ¿Y qué fue todo eso? ¿Eres un skater profesional o algo así?
Se ríe.
―No, solo soy un skater de toda la vida. Por diversión. ―Ve por
encima del hombro a los chicos que siguen patinando detrás de él y
luego vuelve a mirarme. Me vuelvo a agarrar a la valla, con los dedos
enroscados en el metal, y estamos más cerca de lo que estaríamos si no
hubiera una valla entre nosotros. Me ve directamente a los ojos y luego
al cabello. Estoy fuera de mí cuando me ve así. Estoy fuera del tiempo y
en otro cuerpo, más ligera, más libre. No quiero moverme.
―¿Por qué me miras así? ―Me oigo preguntar.
Apenas parpadea.
―Apuesto a que todo el mundo te ve así.
―Solo Cliffy. ―Raro, raro, raro. Este hombre está coqueteando
conmigo, estoy segura de eso, y lo comparo con mi hijo. Desvío la
mirada hacia los campistas.
―¿Quién es Cliffy?
―Mi hijo.
―Entonces definitivamente no es así como te estoy viendo. ―Sus ojos
sonríen. Quiero que esta sea la parte en la que me pregunta si estoy libre
para cenar, y entonces le digo que sí, que mis planes para cenar se
acaban de cancelar, y entonces corro a casa para llamar a Frannie para
que haga de niñera y me ayude a encontrar algo que ponerme. Le sonrío,
avergonzada de mí misma por un millón de razones.
―¿Quieres hacer algo conmigo más tarde? ―pregunta.
Me sorprenden tanto esas palabras saliendo de su boca que, por un
segundo, me pregunto si dije en voz alta lo de que Franny haga de
niñera.
―¿Esta noche? ―le pregunto.
―Sí, esta noche. ―Sus ojos escrutan los míos como si viera mi
respuesta ahí.
Me está invitando a salir. Este hombre atractivo que tiene unas manos
hermosas y un breve historial de coqueteos conmigo. Esto es un milagro,
pero también es como si alguien me dijera que me voy de safari dentro
de veinte minutos; siempre he soñado con ir, pero no estoy del todo
preparada.
―¿Qué haríamos? ―pregunto.
―Algo divertido. ¿Te gustan las sorpresas?
Casi le digo que la última sorpresa que tuve fue encontrar el cadáver
de un cangrejo ermitaño en mi bañera. La sorpresa anterior fue que Pete
se fuera. Esto se siente diferente de aquellas.
―Seguro ―le digo.
―¿Seguro? Seguro no es sí.
―Sí ―digo, y nos miramos, como si no pudiéramos creer lo que acaba
de pasar.
Sonríe.
―Genial. ¿Te recojo a las siete?
―No ―digo, demasiado rápido―. Quiero decir sí a las siete, pero no
a recogerme. ―No dice nada―. Es que tengo hijos. Quiero decir que no
estoy casada. Estoy separada, pero realmente no he tenido una cita, y no
estoy segura de que mis hijos estén listos para eso. Si esto es una cita.
Quiero decir, no es por asumir, es solo que se siente como una... ―¿De
dónde vienen todas estas palabras? Puedo decir que piensa que esto es
gracioso―. Di algo.
Él sonríe.
―Definitivamente es una cita.
―Okey.
―Nos vemos aquí a las siete ―dice―. Ponte algo informal, y puede
que quieras una gorra.
7
Frannie no contesta al teléfono. Marco contesta al teléfono fijo de la
cafetería, y le digo que le diga que revise sus mensajes.
Yo: CODIGO ROJO. ¡¡Conocí a un hombre y tengo una cita!! ¿Puedes venir
a pasar el rato con mis hijos esta noche? Te pagaré con horas ilimitadas de
niñera para toda la eternidad. ¡UNA CITA!
Frannie contesta por fin.
Frannie: OMG, ¡sí!
Cuando estoy en casa y me pongo a asar pollo para la cena de mis
hijos, me siento completamente abrumada por lo que me espera. Por un
lado, es un golpe de suerte: yo, que me quito el anillo y puedo practicar
tener citas con un chico que solo está de visita en la ciudad. Al final de la
noche, podré tachar “primera cita después de la separación” de la lista
de cosas que temo. Además, podría ser divertido. La última
conversación real que tuve con un hombre fue sobre espinilleras.
Estoy sudada y necesito volver a ducharme para cuando decido qué
ponerme. Me gustaría llevar un vestido para esta cita. Me gustaría poder
cruzar las piernas sin sentir el roce de la tela de mezclilla contra mi
misma, pero un vestido me parece demasiado, como si esperara un
ramillete o algo así. Además, él dijo informal. Como solución, me decido
por un vestido de verano blanco con una chaqueta de mezclilla por
encima, junto con un par de sandalias que elegí específicamente porque
no son chanclas. Unas sandalias con una tira en la parte trasera
seguramente enviarán la señal correcta sobre lo madura que soy.
Mientras me aplico lo que creo que es la cantidad adecuada de
máscara de pestañas, me doy cuenta de que estoy infinitamente más
preparada para un safari que para esta cita.
―Háblame un poco de ti ―le digo al espejo, como si fuera una
entrevista de trabajo.
Les digo a mis hijos que me voy a mi club de lectura y acepto el
entusiasta apretón de mano de Frannie mientras me dirijo a mi auto.
―Estaré aquí, con todo el tiempo del mundo para escuchar cada
detalle cuando vuelvas ―me dice.
―No quiero parecer rara ―digo. Tomo la gorra roja de Greer del
gancho que hay junto a la puerta y la meto en el bolso. Es imposible que
necesite una gorra.
―Entonces no lo hagas ―dice.
Ethan espera junto a un Audi familiar gris en el estacionamiento vacío
del centro recreativo. Lleva unos pantalones cortos azul claro y una
camisa blanca abotonada. Va informal, pero también vestido para una
cita. Cuando me ve llegar, se acerca a mi auto para abrirme la puerta.
―Puedo conducir ―digo a modo de saludo.
―Apuesto a que eres una gran conductora ―dice―. Pero yo
conduciré.
―No te imaginaba como un tipo de camioneta ―le digo.
―¿Esperabas una minivan? ―me pregunta. Empiezo a decir que no,
que esperaba un Jeep o un todoterreno, pero luego pienso que quizá esté
bromeando. Yo también quiero bromear, pero de repente he olvidado
cómo se bromea.
Me abre la puerta del copiloto y subo. Su auto está inmaculado, y
enseguida agradezco que no vayamos en el mío. Yo guardo un rodillo
quita pelusas en la guantera por los pelos de perro.
Él se sienta en el asiento del conductor y se gira hacia mí.
―¿Lista?
Parece una pregunta muy capciosa. ¿Estoy lista? Veo sus manos en el
volante y sus mangas arremangadas. En los confines de este auto, puedo
oler como a pino y a una vela encendida en una vieja iglesia.
―Estoy lista ―miento. Gira a la izquierda y se dirige por Magnolia
Drive, saliendo de Beechwood, hacia Baxter. Me aliso el vestido sobre las
rodillas y cruzo las manos. Intento pensar en algo que decir, pero tengo
la mente en blanco. Ni siquiera recuerdo las preguntas de mi entrevista
de trabajo.
Paramos en un semáforo y se gira hacia mí.
―Primera cita, ¿eh?
―Sí. ―Daría cualquier cosa por no estar tan nerviosa. Mi corazón late
demasiado rápido y no tengo forma de controlarlo sin respirar
profundamente, lo que, por supuesto, me haría parecer que estoy
hiperventilando. Lo cual, estoy segura, es algo que no está permitido en
las citas.
―Es un honor. ¿Cuándo fue tu última primera cita?
―Tenía veinticuatro años. ―Quiero que siga haciéndome preguntas
de las que sé las respuestas.
―¿Cómo estuvo? ―Me ve y sus ojos atrapan los míos de una forma
que es más que una mirada. Es desarmante, la forma en que me ve
directamente a los ojos.
―Bien ―digo, pero entonces me imagino a Pete con sus pantalones
cortos de ciclista y hago una mueca.
―¿A qué viene esa cara? ―se ríe, y eso me relaja un poco. Es la
segunda vez que oigo su risa. Suena como si saliera de algún lugar más
profundo que su pecho.
―Fuimos en bici por el puente de Brooklyn. Esa fue la cita. Él llevaba
unos pantalones cortos de ciclista y, no sé, no creo que le queden bien a
todo el mundo.
―Te hacen pensar en una salchicha rellena.
―Exacto ―le digo, y me giro para observarlo ver la carretera. Tiene
una ligera protuberancia en la nariz que hace que toda su cara parezca
fuerte.
Se gira hacia mí y el rápido contacto visual me invita a entrar.
―Luego, ¿qué? Aparte de los pantalones salchicha, ¿cómo estuvo la
cita? Quiero saber qué trampas evitar.
―Bueno hasta ahora estás ganando con la ropa apropiadamente
suelta.
―Los skaters no llevan mucha licra ―dice―. ¿Entonces qué?
¿Cruzaste el puente en bici?
―Sí ―digo―. Fue emocionante y agotador, pero también un poco
raro. Como una primera cita en la que lo estoy siguiendo, sudando. Sin
contacto visual. ―Eso es en realidad una metáfora perfecta para nuestro
matrimonio, pero no lo digo.
―Eso es raro. Vamos a tener mucho contacto visual esta noche.
―Mucho ―digo, y esto me hace reír.
Cuando llegamos a Baxter, gira hacia el puerto deportivo.
―¿Trajiste una gorra? ―pregunta.
―Sí. ¿Iremos en bote? ―le pregunto.
―Vamos a un partido de béisbol, en bote. ―Me sonríe, esperando una
respuesta, y lo único que puedo hacer es devolverle la sonrisa. Una parte
de mí solo quiere quedarse en el auto con él, donde pueda olerlo y ver
cómo agarra el volante con las manos, pero el resto de mí está deseando
saltar a la noche―. Estamos arrasando en todo el asunto del contacto
visual ―dice por fin. Me vuelvo a reír, y eso acaba con el resto de mis
nervios.
Caminamos por el puerto deportivo y Ethan se detiene ante un bote
motor biplaza con un asiento en la parte trasera.
―No es mío ―dice―. Me lo prestó un amigo porque el tráfico puede
ser horrible para llegar a Connecticut. ―Lo dice como si viajar en bote
fuera la forma más normal posible de combatir el tráfico.
Me quito las sandalias y subo justo cuando me tiende la mano para
ayudarme. Lamentando haber perdido la oportunidad de tocar su mano,
me acomodo en el asiento del copiloto. Está muy ocupado arrancando el
motor y desatando las cuerdas del muelle. Estoy un poco inquieta por
no saber a dónde voy, pero también emocionada. Desde que mi mamá
enfermó, no había hecho una salida que no hubiera planeado.
―Espera, ¿qué béisbol hay en Connecticut?
Él se aleja del muelle.
―Liga menor. Liga de novatos, de hecho. Los Southport Rockets. Un
tipo que conozco está lanzando. ―Pone el motor en punto muerto y se
gira hacia mí―. ¿Esto está bien? Pensé que una sorpresa sería divertida,
pero probablemente debería haberte preguntado. ―Tiene una arruga en
la frente que no había visto antes. Es la primera vez que lo veo inseguro.
Voy a cruzar fronteras estatales con un completo desconocido porque
espero eliminar algunas primicias de mi lista de recuperación. Tiene
razón, pero el aire de verano es cálido, y el sol es tan bajo como las
apuestas. Béisbol de la liga de novatos. Una cita única con un chico
guapo.
―No, esto es genial ―digo, y me pongo la gorra de Greer.
El trayecto por la costa hasta Southport dura unos treinta minutos. El
motor hace mucho ruido, así que no hablamos. Me gusta cómo el rocío
del mar se posa en mis brazos, cómo el viento en mi cara me hace sentir
libre. Le robo miradas mientras conduce, y él me atrapa.
Atracamos y apaga el motor. El nuevo silencio es sustituido por el
sonido de las gaviotas y el chasquido de un bate al golpear una pelota.
Él salta al muelle y me ayuda a salir del bote. Su mano se siente fuerte y
segura y, por un segundo, parece que ninguno de los dos va a soltarse.
Nos abrimos paso a través del pequeño puerto deportivo y el sonido de
los vítores se hace más nítido a medida que avanzamos una manzana
hacia el estadio. Creo que deberíamos hablar.
―¿Cómo conoces al lanzador? ―le pregunto.
―Es de Devon. Ahí es donde vivo.
―¿Massachusetts? ―Massa-Cheez-Its. Oigo a mi mamá resoplar.
―Sí. ―Se gira hacia mí y, con esta luz, puedo ver que tiene una
cicatriz en la ceja derecha, pero ya no hay pliegue junto a ella. Su cara
está completamente abierta y relajada.
El estadio se anuncia con un cohete de doce metros en la fachada. Un
cartel de madera nos anima a VOLAR HACIA EL VERANO. Un
anciano nos quita las entradas y nos sentamos en primera fila, junto a la
tercera base. Nunca me había sentado tan cerca en un partido de béisbol,
pero éste no es precisamente el estadio de los Yankees, . La mitad de los
asientos están vacíos y, unas filas más atrás, hay un hombre
profundamente dormido. Es la tercera entrada y los Rockets pierden uno
a cinco.
―¿Cuánto tiempo has vivido en Devon? ―le pregunto.
―Seis años.
―¿Y a qué te dedicas?
―Soy abogado. Se te dan bien las citas, veo que dominas esta parte.
―Me sonríe de lado y me da un codazo con el hombro.
―Sí, soy una profesional ―le digo―. ¿Quieres que adivine tu signo?
Apoya los pies en el muro de concreto y se relaja en su asiento. Yo
pongo los míos junto a los suyos y me reclino, feliz con la vista de sus
piernas.
―Leo ―dice.
―Lo sabía. ¿Has estado casado alguna vez?
―No.
―¿Por qué no?
―En realidad nunca he salido con nadie con quien quisiera casarme, y
además me dicen que no soy de fiar. ―Me giro hacia él y entrecierro los
ojos. Poco fiable. Menos mal que no estoy buscando esposo, porque esto
sería decisivo. Espero a que diga algo más, pero no lo hace.
Un hombre se acerca con una enorme caja atada al pecho y mi poco
fiable acompañante me invita una cerveza helada y un perrito caliente.
―Puede que esta no haya sido la buena cena que esperabas en tu
primera cita, pero te prometo que los sándwiches de helado son
excelentes.
Chocamos nuestros vasos de plástico y brindamos por eso.
―Ahí está ―dice Ethan cuando un nuevo lanzador sube al montículo.
Vemos cómo calienta y luego batea a tres jugadores, seguido de un
grand slam.
―Al menos la cerveza está fría ―digo. Tomo un sorbo y noto cómo
me sonríe. Me reclino en el asiento y mi brazo roza el suyo en el
reposabrazos compartido. Me quedo atónita al sentirlo y me quedo
perfectamente quieta para que no se mueva.
Es la novena entrada, los Rockets pierden por doce y yo me he comido
dos perritos calientes y dos cervezas. Ethan pela cacahuates y me los da
mientras vemos cómo los Southport Rockets anotan una carrera tras
otra. Hablamos de todo y nada. Es una conversación fácil y fluida que
parece arrastrarme, cada tema lleva a otro. Me habla de las
peculiaridades de los conductores de Massachusetts. Le gusta San
Diego, pero solo de visita. Resulta que vivimos en el mismo barrio de
Manhattan durante un mes hace más de una década.
Le hablo de mi negocio de organización.
―Me estoy quedando sin casas que organizar en Beechwood, pero
estoy intentando que sea algo en Instagram.
―¿Porque eres muy organizada?
―Sí ―digo, e inmediatamente pienso en el año entero de obras de
arte de mis hijos que actualmente están en el suelo junto a la puerta de
mi casa―. Bueno, no es tanto que sea organizada actualmente, pero me
gusta poner orden en las cosas. Me ayuda a relajarme.
―A mí también ―dice, y me sorprende―. En eso consiste más o
menos mi trabajo jurídico. Trabajo sobre todo en vivienda y daños
personales. Resolver problemas, restablecer el equilibrio. Me siento bien.
―Sí ―le digo, y antes de pensarlo, me inclino hacia él y le digo―:
Ayer saqué todo del guardarropa de una mujer, limpié los estantes y
solo volví a poner la mitad para que hubiera espacio entre cada par de
zapatos.
―Debió sentirse muy bien. Ella debió de ser muy feliz. ―Ahora
estamos apoyados el uno en el otro, hombro con hombro, los brazos aún
compartiendo el reposabrazos y las cabezas casi tocándose.
―No tan feliz como yo estaba.
Se ríe y observo su boca tan cerca de la mía. No sé cuánto tiempo
puedes pasar viendo la boca de alguien antes de que resulte incómodo,
pero probablemente me estoy pasando.
―Me alegro de que aceptaras venir conmigo. Eres divertida, y por
supuesto las alternativas eran venir yo solo u otra noche con mi familia.
―¿Tu familia no es divertida? ―Tomo un cacahuate de su mano.
―En realidad son muy divertidos, pero ya sabes cómo puede ser.
No realmente. No tengo una idea de cómo son la mayoría de las
familias.
―No lo sé.
―Son geniales. Realmente lo son, pero yo soy la persona de la familia
que no encaja. ―Mira hacia el campo y luego hacia mí―. El atípico,
¿sabes? Creo que tal vez siempre quisieron que fuera alguien diferente.
―¿Cómo diferente?
―Bueno, como jugador de americano, para empezar. Mi papá nunca
superó que no me interesara el americano. ―Se mete un cacahuate en la
boca―. Era como si esperara que algún día bajara a desayunar con
protecciones y casco e hiciera realidad sus sueños.
Pienso en Cliffy y siento un nudo en el estómago. Sé que esta es la
vibración que está recibiendo de Pete.
―Eso apesta ―digo, sin encontrar mejores palabras. Lo mejor de mi
mamá era que me veía exactamente como yo era.
―Sí, y en cierto modo sigue siendo así. No entienden por qué vivo en
Devon. Tengo una gran vida ahí, pero es como si estuvieran esperando a
que reaccione, vuelva a trabajar en un bufete de abogados en Manhattan
y lleve a mi mujer y a mis dos punto cinco hijos a la cena de los
domingos.
―Nadie te dice nunca que el niño punto cinco se convierte en un niño
completo, siempre ―digo.
Se ríe.
―¿Deberíamos trabajar en nuestro contacto visual un poco más?
Nos miramos a los ojos, y es divertido. Él se metió en un tema
vulnerable y salió de inmediato. Me gustaría ser capaz de hacer eso.
Pedimos sándwiches de helado a la salida y nos los comemos mientras
caminamos de vuelta al barco. Son del tipo clásico con finas obleas de
chocolate que se pegan al paladar. Están deliciosos, y nos chupamos los
dedos y compartimos servilletas mientras el helado de vainilla nos gotea
por las muñecas.
A medida que nos acercamos al agua, la luna proyecta una raya
perfecta que termina en el muelle. Me detengo a ver, porque es mágica
la forma en que se alinea tan perfectamente. Una posibilidad entre un
millón, algo así como un hombre guapo que pasa por mi ciudad en el
día exacto en que me quito el anillo. Empieza a parecer un verano de
champán.
Ethan enciende el bote y nos adentramos en el mar. Conduce despacio
y me alegro, porque no estoy dispuesta a que acabe la noche, al cabo de
unos minutos apaga el motor.
―¿Tienes prisa por volver? ―pregunta.
―Ni un poquito ―digo, y sonrío, porque es verdad.
Él me devuelve la sonrisa.
―Vamos a flotar un poco.
Lo sigo hasta la parte trasera del bote, donde se sienta en el asiento y
apoya los pies en la consola central. Yo hago lo mismo y volvemos a
estar como en el estadio: reclinados, con los hombros en contacto y
apoyados el uno en el otro.
―¿Cómoda? ―pregunta.
―Sí. ―Es extraño que el espacio vuelva a ser tan pequeño. El cielo se
extiende por encima de nosotros y hay agua hasta donde puedo ver,
pero me siento cómoda aquí con Ethan.
―¿Cómo es tu vida? ¿Soltera con tres hijos?
Giro la cabeza hacia él. Me ve con esa expresión de cara abierta, como
si estuviera dispuesto a enfrentarse a cualquier cosa.
―Es como te lo imaginas ―le digo.
―¿Cómo me lo imagino?
―Algo ajetreada pero bonita. Tengo unos hijos estupendos. Mi
esposo. Mi ex esposo, supongo. Pete, el de los pantalones salchicha. No
interviene mucho. ―Okey, regla número uno en una cita: no digas
“esposo”.
―¿Alguien te ayuda?
Regla número dos: no digas “mamá muerta”.
―Mi amiga Frannie es genial. Ella está con mis hijos esta noche.
Algo pasa por su rostro. Es un leve cambio de expresión , casi una
mueca de dolor, que me hace pensar que está a punto de llevar la
conversación por otros terrenos.
―¿Qué?
―¿Qué, qué? ―pregunta, y se gira hacia la luna.
―Parecía que ibas a decir algo.
―No. ―Sacude un poco la cabeza―. No es nada. Me alegro mucho de
que hayamos podido hacer esto. ―Y hay algo que no dice. Es casi como
si las palabras que quisiera añadir fueran “solo esta vez”. Lo cual, por
supuesto.
Nos quedamos un rato en silencio y me concentro en el tacto de su
brazo junto al mío y en el ligero balanceo del bote debajo de mí.
―¿Cómo vas con tu divorcio? ―me pregunta.
―Es inminente.
―¿Quieres hablar de eso? Soy un abogado bastante bueno.
―Sí, pero no en Manhattan, según escuché. ―Me giro hacia él para
ver si sabe que estoy bromeando.
Sacude la cabeza y se pasa una mano por el cabello.
―Sinceramente, creo que la única razón por la que estudié Derecho
fue para que mis papás me tomaran en serio, pero incluso cuando era
abogado en una empresa, seguían tratándome como si tuviera catorce
años y estuviera a punto de quemar la casa.
Me río.
―¿Te criaste por aquí?
Mira hacia otro lado, hacia la luna.
―¿Creciste en Nueva York? ―Lo intento de nuevo.
La arruga volvió a su ceño.
―Connecticut ―dice.
―Soy una gran fan de los Southport Rockets ―digo―. ¿Así que fuiste
una especie de desastre en la escuela?
―Por supuesto. ―Me ve a los ojos y su rostro se abre de nuevo. Siento
esa conexión que ha estado construyendo toda la noche, como si me
estuviera diciendo algo que importa.
―¿Cómo? ―pregunto.
―De forma discreta. No hice un gran escándalo al respecto. Mis actos
de terror fueron sobre todo contra mí mismo. ―Vuelve a ver al cielo y sé
que es algo de lo que no quiere hablar. Quiero saber más y seguir
oyendo el sonido de su voz.
En lugar de eso, nos quedamos un rato en silencio. Escucho el sonido
del agua golpeando contra el bote. Observo nuestros pies descalzos uno
junto al otro sobre la consola. Veo pasar una nube sobre la luna por
encima de nosotros. Intento memorizar esta divertida noche con este
divertido hombre. Una noche así podría no volver a repetirse nunca, y
quiero poder ver hacia atrás y recordarla: el sonido del agua golpeando
el bote, la franja de luz de la luna, la presión de su hombro contra el mío.
Me giro hacia él justo cuando él se gira hacia mí.
―¿Cómo estuvo nuestra primera cita? ―pregunta.
―Tanto contacto visual ―digo.
Sonríe, solo un poco. Hay una tristeza en su sonrisa que está
totalmente fuera de lugar.
―Me alegro de haber sido el tipo.
El agua sigue golpeando el bote a un ritmo lento. La luna sigue
marcando su raya ondulada en medio de todo, Ethan sigue mirándome
como si fuera a besarme en cualquier momento, pero no lo hace.
Me toma la mano y me sobresalto. Tanto el fuerte tacto como la forma
en que entrelaza nuestros dedos es algo que hacemos todo el tiempo. Es
suave y fuerte a la vez, y creo que lo del albañil reconvertido en pianista
de concierto puede haber dado en el clavo.
―Voy a llevarte a casa ―dice, y se sienta, soltándome la mano.
Volvemos a Baxter más rápido de lo que me gustaría. Apaga el motor
y ata el bote, y mientras bajamos por el muelle hasta el auto, con la
mente en blanco, vuelve a tomarme la mano.
Se estaciona junto a mi auto y se baja. Ahora sí que va a besarme.
Estoy muy nerviosa. Se acerca a mi lado del auto y me tiende la mano
para ayudarme a salir. Salgo y él no me suelta. Estamos frente a frente y
doy un pequeño paso hacia adelante para dejar claro mi consentimiento.
―Gracias por esta noche ―dice―. Fue perfecta. ―Y no me besa.
8
―¿Quién se siente fun-tastic? ―La señora Hogan nos recibe en la
puerta la noche siguiente con un vestido de tirantes estampado de piñas
y, sobre todo, con el tocado de frutas al estilo Carmen Miranda. Cliffy
suelta un gritito de alegría. Creo que le encantaría vivir en un mundo en
el que todo el mundo fuera tan juguetón como los Hogan. Iris sonríe,
Greer aparta la mirada, avergonzada por sí misma, por la señora Hogan
y por todos los que alguna vez han pensado en comer fruta.
―Bueno, ahora sí ―le digo, dándole un abrazo y apretando mi cara
contra el lado de un plátano de plástico. Este plátano es la realidad. No
estoy en una vida de manos suaves y entrelazadas y labios demasiado
apretados. Estoy en una vida con fruta de plástico. Necesito abrazar mi
realidad y recalibrar después de esa cita. Además de no besarme, Ethan
no me pidió mi número de teléfono. Soy oficialmente mala en las citas,
como si necesitara un seminario, y eso es todo―. Te ves fabulosa.
―Solo una cosita que hice. Florida nos ha hecho a Charlie y a mí
eternamente tropicales.
Entramos en el vestíbulo y nos quitamos los zapatos. Siempre pienso
en esta casa en femenino; es una de las casas más antiguas de
Beechwood y es una gran dama. Es la única casa residencial en el centro
de la ciudad, y sus vecinos son el ayuntamiento a la derecha y la
biblioteca a la izquierda. Está hecha de ladrillo encalado y sus grandes
ventanas emplomadas lo iluminan todo. El suelo es de caoba oscura y la
escalera de roble fue tallada por los mismos artesanos que ese mismo
año construyeron la iglesia episcopal local. Tiene pequeñas habitaciones
separadas de otras para fines que nunca sabremos. Incluso hay un
armario de metro y medio de altura bajo la escalera delantera, exclusivo
para los abrigos de los niños. Crecí admirando esta casa, y siempre
siento que exige y merece mi respeto, así que nos quitamos los zapatos.
El señor Hogan llama desde la cocina:
―¿Dónde está lo de mi cabeza?
―Justo en la mesa ―le dice de regreso la señora Hogan―. Pasen.
Frannie tiene bebidas en el patio, espero que hayan traído sus trajes de
baño.
Greer le responde con una bolsa de mano y nos dirigimos al patio
trasero a través de la cocina. Hay una zona para sentarse al aire libre
junto a un muro de ladrillo cubierto de hiedra y una pequeña cocina
exterior. Frannie está junto al fregadero sirviendo una jarra de piña
colada en una piña tallada con una sombrilla en un lado. Levanta la vista
y se encoge de hombros.
―Un invento de mi papá. ―Y a mis hijos―: Hola, chicos, ¿quieren
nadar antes de cenar? Algo me dice que será divertidísimo. ―Pone los
ojos en blanco y me abraza.
Mis hijos entran corriendo a cambiarse y yo le doy un sorbo a mi
bebida. Es fuerte y me apunto mentalmente que no me la acabaré.
―Cuéntamelo. La cita. ¿A dónde fuiste? Todo ―dice Frannie. Ella,
Marco y Theo estaban profundamente dormidos cuando volví, así que
los mandé a casa sin decirle nada.
―Estuvo bien, o quizás genial. No lo sé. Él es un tipo perfecto, como
de película. El tipo que sintoniza y no es todo acerca de sí mismo. Hace
preguntas de seguimiento.
―Okey, así que es un unicornio, o es horrible. Los hombres atractivos
no hacen preguntas de seguimiento.
―Es muy atractivo. Como con ese cabello y esos ojos. ―Realmente no
sé cómo describirlo.
―Todo el mundo tiene cabello y ojos, al menos en algún momento,
Ali.
La ignoro porque necesito seguir.
―Es sexy. Tiene unas manos hermosas, como un obrero de la
construcción que también es concertista de piano, pero hay algo que no
encaja. No me besó y siento que hay algo que no me dijo.
―¿Como si estuviera casado?
―Me sorprendería. ―Y mientras lo digo, me escandalizo de verdad
porque Ethan entra en el patio.
Tengo que estar imaginándomelo. Vuelvo la vista a mi bebida, que, de
hecho, es fuerte, pero solo he bebido un sorbo. Definitivamente es él y
está de pie junto a las puertas francesas. Lleva una camiseta azul marino,
pantalones cortos blancos, una bolsa de hielo en una mano y a Brenda en
el otro brazo. Parece relajado, no parece que haya irrumpido en casa de
los Hogan sin invitación. El corazón se me acelera e intento respirar
hondo, pero no lo consigo. Ahora le está dando un beso en la mejilla a la
señora Hogan.
―¿Qué? ―Frannie dice. No le quito los ojos de encima―. Ali, ¿qué?
Es solo Scooter.
―Scooter ―digo. No, no, no, no, no, no. Es imposible que Scooter sea
el tipo en cuyos ojos dorados me fijé anoche. Es imposible que Scooter
sea el dueño de los hermosos dedos que rodearon los míos de una forma
que hizo que el calor se acumulara en mi vientre. Scooter tiene cabello
desgreñado y una patineta. Scooter fue suspendido en su primer año por
robar un congelador lleno de sándwiches de helado de la cafetería. Dios.
Por supuesto, el primer chico con el que salgo en catorce años resulta ser
el hermano menor de Frannie. Creía que estaba recuperando mi vida,
tachando cosas de mi lista de recuperación, y aquí estoy, hecha un
desastre.
―Sí, solo tardó cuarenta y cinco minutos en conseguir una bolsa de
hielo. Clásico ―dice Frannie.
Ethan levanta la vista y me ve. No es una mirada de Oh, yay, ahí está la
mujer con la que me tomé de la mano anoche. Es más bien la cara que
pondrías si empezaran a salir murciélagos del retrete.
No sé cómo organizar mi cara ni hacia dónde ver mientras él camina
hacia nosotras.
―Ali ―dice.
―Scooter ―digo. Suena como una acusación. Le sostengo la mirada
porque estoy un poco enojada y no quiero dejarlo libre. Es imposible que
no supiera quién era yo anoche. Mencioné a Frannie y él hizo una
mueca.
―Hola ―me dice. Me ve un poco avergonzado, como si le diera
vergüenza que lo atraparan haciéndose pasar por alguien que no es el
hermano de Frannie.
Puedo ver a Frannie mirándonos en mi visión periférica, de un lado a
otro, como si estuviera esperando a que cayera la pelota. La señora
Hogan la llama para que se acerque a la parrilla, y ella duda antes de
alejarse.
―Dijiste Connecticut ―le digo.
―Puedo explicarlo ―dice justo cuando mis hijos se acercan corriendo,
empapados. Cliffy me abraza con sus brazos mojados con la exuberancia
innecesaria de un niño de seis años.
―Cliffy ―dice Ethan.
―Hola ―dice Cliffy.
Frannie vuelve con una vibración de “¿Qué me perdí?”
―Y estas son mis hijas, Greer e Iris ―digo, intentando recuperarme―.
Este es Scooter, el hermano menor de Frannie, y su perra, Brenda.
―¿Conoces a Brenda? ―Frannie pregunta.
Seguro que lo hago. Él debe haber sabido quién era yo todo el tiempo.
Pensé que iba a besarme y estaba... ¿qué? ¿Engañándome? Necesito
cambiar el tono de esta conversación para no echarme a llorar o romper
algo.
―Nos conocimos en el parque para perros. Ferris eligió a Scooter, ya
me entiendes. ―Veo a Iris.
―Dios, mamá. Dime que Ferris no se orinó encima ―dice Greer.
―Sí, lo eligió entre la multitud. Le empapó hasta los calcetines. ―Tal
vez se lo merecía.
Ethan está visiblemente incómodo. Tiene el ceño fruncido, la cara
desencajada y parece querer salir corriendo. Se gira hacia el jardín,
donde hay un túnel de juegos para niños y un montón de juguetes para
perros.
―Estoy intentando enseñarle a Brenda a correr por ese túnel ―les
dice a mis hijos―. Se supone que es bueno para su cerebro. ¿Quieren
ayudarme?
―¡Sí! ―dice Cliffy, y corre hacia los juguetes.
Ethan lo sigue. Cobarde, pienso. Greer e Iris se miran y luego me miran
a mí.
―Adelante ―digo. Realmente necesito no estar con mis hijos en este
momento.
Cuando cruzan corriendo el jardín, le digo a Frannie:
―Okey, entonces, qué raro lo de Scooter.
―¿Te refieres a que Scooter es raro?
―No, sobre él creciendo para ser un hombre de tamaño completo.
―Le pasa a la mayoría de los chicos, creo, pero en el fondo, sigue
siendo el mismo Scooter que se drogaba y le prendía fuego a la alfombra
del sótano.
―Huh, nunca lo hubiera reconocido. Supongo… ―No sé qué es lo
que quiero decir. Pensé que iba a encontrármelo otra vez esta mañana,
por eso busqué por el suelo de mi armario un par de jeans blancos y un
top de lino amarillo. Como si llevar jeans blancos al parque para perros
fuera algo totalmente racional. Pensé que todo ese esfuerzo me llevaría a
otra cita y a un beso de verdad. Está claro que alucino―. No coincide
con mi vago recuerdo de un niño pequeño en patineta.
―Nos fuimos a la universidad cuando él tenía, ¿qué? ¿Dieciséis?
―Supongo. ¿No era una especie de bicho raro? ¿Como una rata
patinadora?
―Sigue siendo un bicho raro y sigue patinando ―dice―. Pero, por
otra parte, probablemente te recuerda en pantalones duros.
―Llevaba pantalones duros cuando lo conocí, y no me dijiste nada de
esto. ―Señalo la blusa de tirantes y la falda que llevo puestas. Espero a
que mencione que la falda tiene una cintura elástica, así que básicamente
se comporta como un pantalón deportivo.
―Progreso ―dice.
Nos quedamos un rato en silencio, viendo cómo Iris se arrastra hasta
la mitad del túnel para hacer pasar a Brenda mientras Ethan coloca
ceremoniosamente un sombrero de cubo en la cabeza de Cliffy. Iris y
Cliffy se arrastran por el túnel y Greer agita un conejito de peluche.
Brenda no se mueve.
―Es bonito verlos divertirse ―digo para cambiar de tema.
―Iba a decir eso de Scooter.
―Parece el tipo de hombre que siempre se está divirtiendo. Luciendo
así y patinando por ahí. ―Engañando a mamás solteras haciéndoles
creer que es otra persona. Eso es poco fiable.
Frannie me ve de reojo.
―Tiene treinta y seis años y es abogado, Ali. La gente incluso lo llama
Ethan, si lo puedes creer.
―Loco ―digo. Lo veo agacharse y darle a Brenda una golosina por no
hacer absolutamente nada.
―Vino porque mis papás lo convocaron, pero creo que sobre todo
tenía que alejarse un poco.
―¿Por qué?
―Mala ruptura.
Además del tornado de emociones que intento contener -enojo,
tristeza, vergüenza-, odio a esa novia que lo tomaba de la mano siempre
que quería, y también me da pena. Junto a la piscina, Cliffy e Iris
persiguen a la pobre Brenda por el jardín. Ethan y Greer observan y
hablan, y yo daría cualquier cosa por saber de qué.
―Pobre mujer. ―No puedo imaginar tener esos ojos sobre ti todo el
tiempo y luego no tenerlos ahí en absoluto. Bueno, en realidad, puedo.
―Creo que ella rompió con él. ―No me lo esperaba. ¿Qué más podría
haber estado buscando esa mujer?―. Ella se dio cuenta de que él no está
listo para ser un adulto. ―Ah.
Mis hijos se rinden con Brenda y vuelven a la piscina, Ethan se une a
nosotras en el patio.
―Entonces ―dice, y toma una cerveza de la nevera que hay entre
nosotros. Busco en su cara los restos del chico tranquilo de anoche, pero
está tenso. Como debe ser.
―Scooter ―digo, con énfasis.
―Qué raro es con esa perra ―dice Frannie―. Quiero decir, ¿quién
adopta a una perra con problemas mentales e intenta curarla con trucos
de circo?
―Yo, supongo ―dice. Tiene la mano libre en el bolsillo y los hombros
caídos. No se siente ni un poco cómodo en su piel.
La señora Hogan llama a Frannie desde la cocina y nos deja ahí
mirándonos.
―Lo siento ―dice. A la luz del día todavía hay pequeñas motas de
oro en sus ojos.
―¿Qué fue lo de anoche? ¿Una broma? ―susurro alto, pero me
gustaría estar gritando―. ¿Me estabas tomando el pelo? ―Este
pensamiento me aprieta el pecho.
―Lo siento mucho. Fue tan perfecto anoche, y sabía que se arruinaría
si sabías quién era yo. Estuve a punto de decírtelo un montón de veces,
pero no quería que dejaras de mirarme como lo hacías. Creo que nunca
me miraste a los ojos en la escuela, y yo quería que lo hicieras. ―Da un
paso hacia mí, como si fuera a tomarme la mano. Vuelve a ser Ethan,
seguro de sí mismo y al mando, y me sorprende que el tiempo sea algo
poderoso. Lo ha hecho tan fuerte y seguro, y a mí me volvió inestable.
Esto debe ser lo que quieren decir con la ley de conservación de la
materia: quizá él encontró todo lo que yo perdí.
―Bueno, ahora lo sé ―digo, y le doy un sorbo a mi bebida demasiado
fuerte―. Scooter.
―Debería haber dicho algo después del partido, e iba a hacerlo
cuando estuviéramos en el bote.
―¿Bote? ―Frannie volvió―. ¿Cuándo estuviste en un bote? ―Ve a
Ethan y luego a mí, y veo cómo se da cuenta―. Dijiste 'sexy' ―me dice.
―¿Lo hizo? ―pregunta Ethan, con las cejas levantadas.
―Oh, Dios ―dice Frannie.
Antes de que pueda defenderme, Marco se une a nosotros en el patio
con Theo en un cabestrillo.
―¿Soy yo o esta familia es cada vez más rara? ―Me abraza y yo
entierro la nariz en la cálida cabecita de Theo. Huele a hamburguesas
con queso.
El Señor y la señora Hogan están preparando los platos en la cocina
exterior y nos llaman para que nos sentemos. Busco la tarjeta de palmera
con mi nombre y me siento a la derecha del señor Hogan, que ya
encontró y se puso su sombrero de frutas. Ethan está enfrente de mí e
intento no verlo.
El señor Hogan levanta su cóctel.
―¡Por Florida! ―Todos chocamos las copas.
―Y por tener a Scooter aquí ―dice la señora Hogan―. Es maravilloso
tenerte de vuelta, cariño.
―Gracias, mamá. Siempre es bueno estar en casa.
―¿Por eso nunca estás aquí? ―pregunta Frannie. Es interesante ver
esta dinámica. Conozco a Frannie como adulta, mamá y gerente de un
restaurante. No la conozco como hermana mayor, que es potencialmente
un poco irritable.
Ethan pone los ojos en blanco y le da un sorbo a su cerveza.
―Su trabajo está en Massachusetts ―dice Marco―. No es como si
pudiera venir a cenar los domingos todas las semanas.
El señor Hogan corta su filete y admira el trozo en su tenedor.
―Bueno, estaba bien cuando era abogado de verdad y vivía en
Manhattan. Entonces lo veíamos más.
―Soy abogado de verdad, papá ―dice Ethan de un tirón, como si ya
lo hubiera dicho un millón de veces hoy.
―Por supuesto, lo sé. Quiero decir como en una firma. Como antes.
―El señor Hogan se acerca y palmea la mano de Ethan.
―Es genial que hayas encontrado algo que te mantenga ocupado,
cariño ―dice la señora Hogan―. Maravilloso, y ojalá estuviera más
cerca de casa, pero nadie sabe mejor que nosotros lo estupendo que es
empezar de cero. ¿Verdad, Charlie?
El señor Hogan está de acuerdo.
―Seguro que nos divertimos en Florida.
Miro a Ethan y veo la tensión en su cara. Es exactamente como él lo
describió, solo que sin los dos punto cinco niños. Sospecho que se trata
de una conversación de hace una década en la familia Hogan: Scooter, el
niño problemático que no volvió a casa. Se echa hacia atrás y se pasa una
mano por el cabello. Se da cuenta de que lo estoy viendo y pone los ojos
en blanco. Se siente extrañamente íntimo, como si él y yo fuéramos las
dos únicas personas en la mesa que saben cómo se siente, pero aparto la
mirada porque no necesito compartir intimidades con un tipo que me
tomó de la mano con falsos pretextos.
Cliffy se sube a mi regazo y me quita la pulsera de dijes. La coloca en
horizontal, como hace siempre, y pasa los dedos por los acontecimientos
de mi vida, los diminutos dijes que mi mamá diseñó para documentarla:
hada, bote, balón de fútbol, gorra de graduación, Universidad de
Michigan, gorra de graduación, traje de negocios, vestido de novia, niña,
perro, niña, casita de ladrillo, niño.
Frannie dice:
―Bueno, nos alegramos de que hayas vuelto. No fue precisamente
conveniente que te fueras por primera vez al principio de la temporada
alta de la posada.
La señora Hogan sonríe y asiente con la cabeza hacia su esposo. Él
deja su vaso y dice:
―Bueno, eso es algo de lo que queremos hablar, y en parte por lo que
queríamos a Scooter aquí. ―Él mira a la señora Hogan para darle
ánimos y ella sonríe. Siento una presión en el pecho al observar esta
comunicación silenciosa. Pete y yo nunca fuimos así, ni siquiera al
principio. En la mayoría de los casos, nuestra comunicación chocaba con
nuestros hijos o era desviada y difuminada por mi mamá. Creo que
nunca hablamos con los ojos. Esto es algo que debería haber sabido lo
suficiente como para querer. La comparación es el ladrón de la alegría,
cariño.
La señora Hogan toma el relevo.
―Volvemos el lunes. ―Y sonríe con el resplandor del sol tropical,
juntando las manos como si esperara que la aclamáramos.
―No lo entiendo ―dice Frannie.
―Ella dijo que el lunes se van a Florida ―explica Iris.
―Sí, pero ¿por qué?
―Hemos hablado de esto ―dice el señor Hogan―. Creemos que
puede que hayamos caído en la rutina, y ese viaje a los Cayos nos hizo
sentir jóvenes de nuevo. Encontramos una casita justo en el agua, así que
nos mudaremos a Florida. Están todos invitados a visitarnos cuando
quieran, incluidos ustedes ―dice, guiñando un ojo a mis hijos.
―Nadie se muda a Florida en verano ―dice Ethan.
―Nos encanta estar ahí ―dice la señora Hogan.
―Y vamos a comprar un bote y aprender a pescar ―dice el señor
Hogan―. Así que no nos vamos a quedar sin cosas que hacer.
Frannie deja la servilleta sobre la mesa.
―Espera un momento. No lo entiendo. ¿Van a vender la casa? ¿No
van a volver nunca más? ¿Y la posada? Tienen que estar aquí para la
temporada de verano en la posada. ¿Y qué pasa con Theo?
El señor Hogan ve a su mujer para pedirle permiso para continuar.
―Bueno, esa es la otra cosa. Nos jubilaremos. Harold Webster
asumirá el cargo de gerente general de la posada.
―Y, por supuesto, vendremos a ver a Theo ―añade la señora Hogan.
―Harold Webster es vigilante de la playa. Apila sillas ―dice Frannie.
Su voz es comedida, como si empleara toda su energía en contenerse.
―Sí ―está de acuerdo el señor Hogan―. Era un vigilante de playa
muy competente, y ahora es gerente general, y tú y Marco estarán por
aquí, pueden ayudarlo a apagar incendios.
―Marco y yo llevamos la cafetería. Siete días a la semana, y tenemos
un bebé, por si no te diste cuenta. ―Se le quiebra la voz y creo que va a
llorar.
―Cariño, esto es factible. La posada prácticamente funciona sola
―dice la señora Hogan.
Greer me ve como si quisiera salir corriendo. Este es un momento
familiar tenso y la posibilidad de lágrimas parece bastante alta. No
deberíamos estar aquí para esto.
Ethan rellena la copa de Frannie.
―Esto es mucho ―dice―. Yo seguiré haciendo las cosas legales, pero
para que quede claro, no voy a poder estar físicamente aquí para
ayudar.
―Lo sabemos, Scooter. Nos lo dijiste mil veces. No vas a ayudarnos
―dice Frannie, bebe un sorbo demasiado grande de vino y se limpia la
boca con el dorso de la mano―. ¿Y la casa? ¿Van a vender la casa?
El señor Hogan dice:
―Le daremos la casa a Scooter.
―¿Qué? ―Ethan se aparta de la mesa.
―Y le vamos a dar a Frannie la cafetería ―dice el señor Hogan―. Las
hemos tasado y tienen más o menos el mismo valor. Tu mamá y yo nos
quedaremos con la posada, por supuesto, y vigilaremos a Harold desde
Florida.
―Espera. ¿Qué voy a hacer con esta casa? ―pregunta Ethan―. No
voy a volver a mudarme aquí. ―Sale más como una súplica que como
una afirmación, como si lo siguiente que fuera a salir de su boca fuera:
“No puedes obligarme”.
―Véndela. Cásate y llénala de niños. Haz lo que quieras. Es tuya ―le
dice el señor Hogan.
―No creo que Scooter tenga prisa por casarse, querido ―dice la
señora Hogan.
Frannie mira fijamente su plato. Marco la abraza. Cuando levanta la
vista, tiene lágrimas en los ojos. “Es muy generoso, gracias. No estoy
preparada para perderte”. Fue lo último que le dije a mi mamá,
egoístamente. Como si su sufrimiento e inminente muerte fueran de
alguna manera por mí y lo poco preparada que estaba, pero era cierto,
nunca he estado menos preparada para nada en mi vida. Rodeé a Cliffy
con mis brazos.
―Jesús, Frannie, no se están muriendo ―dice Ethan―. Se jubilan y se
mudan a Florida. Es lo que hace la gente.
―Entonces deberían vender la posada ―dice Frannie―. Acepten la
oferta de Beekman. Es demasiado para manejarlo sin ustedes.
―¿Por qué no te casas? ―Cliffy pregunta.
―Cliffy. ―Greer lanza un suspiro―. ¿Límites personales?
Ethan ve alrededor de la mesa y le dedica a Cliffy una sonrisa de lado
que no le llega a los ojos.
―Al parecer, no soy de fiar. Pregúntale a cualquiera en Beechwood.
9
Es sábado y Pete llevó a los niños al fútbol. Frannie me manda un
mensaje:
Frannie: ¿Sexy? ¿Scooter?
Yo: Dijo Ethan. ¿Cómo iba a saberlo? No volverá a pasar
Frannie: Okey, bien, porque es raro, pero me alegro de que salieras. Te
encontraremos a alguien normal
Veo mi teléfono unos segundos, a la palabra “normal”. Se transforma
ante mis ojos en algo negativo. Normal es un hombre que entra en mi
cocina y no me hace sentir absolutamente nada. Normal es despedirse
en una conversación para que se acabe. Normal es alguien como Pete.
Vuelvo de casa de Phyllis y decido no ir al parque para perros. No
necesito ir a la caza de un hombre que tan pronto inspiró en mi mente
fantasías del tamaño de un agujero negro, a la vez que mentía
completamente sobre quién era. Estoy terminando mi segunda taza de
café y podando los geranios que hay junto a la puerta de la casa cuando
su camioneta entra en mi casa.
Ethan sale y deja las ventanillas bajadas para Brenda en el asiento
trasero.
―Hola ―me dice desde el final del camino. Tiene las manos en los
bolsillos y me alivia un poco que parezca nervioso. No sé si está
nervioso porque ahora sé que es Scooter o porque ahora es él quien
acosa.
―Hola ―le digo.
―Espero que esto esté bien. Mi mamá me dijo dónde vivías. Iba a
llevar a Brenda a Beechwood Point y me preguntaba si querías ir.
―Mis hijos acaban de irse con su papá ―digo.
―Oh, okey. ―Pero no se gira para irse―. ¿Están Ferris y tú libres?
No hay ninguna razón en el mundo para que vaya a una segunda
excursión con este hombre. Me siento humillada pensando en eso, pero
saca una mano del bolsillo y se la pasa por el cabello de una forma que
me hace pensar: “Sí”. Sí a la forma en que se pasa la mano por el cabello.
Sí a que me dé explicaciones. Sí a volver a sentir esa sensación de
ligereza que siento cuando estoy con él. Estoy en casa tomando a Ferris y
una correa antes de tener la oportunidad de pensar más. Ha sido una
semana de pequeños pasos adelante, aunque ahora desearía que uno de
esos pasos hubiera sido lavarme el cabello esta mañana. Me paro ante el
espejo de la puerta principal y me hago una trenza.
Subo al auto y digo:
―¿A dónde vamos exactamente?
―La punta misma de Beechwood Point.
―Por supuesto, eres de aquí. ¿A la casa de los Fairlawn?
―A la derecha.
―¿A la casa de los Schwartz?
―A la izquierda.
―No hay nada entre esas casas.
Sonríe.
―Ya verás. Te debo una disculpa muy grande, y creo que necesito un
escenario mejor que el asiento delantero de mi auto.
―Okey ―digo, y miro por la ventana.
Bajamos por la orilla y pasamos junto al parque para perros y la
posada. Más allá de la posada hay más costa pública y luego unas veinte
casas frente al mar que terminan en Beechwood Point. Todo es
propiedad privada.
―Okey, ahora que conoces a mis hijos, también sabes que no me
pueden arrestar, ¿verdad?
―No nos arrestarán.
―¿Porque no estamos infringiendo la ley?
―No, estamos infringiendo totalmente la ley, pero he hecho esto un
millón de veces. Nunca te arrestan por infringirlas un millón y uno.
Me giro hacia la ventana y agarro a Ferris con más fuerza. Llevo fuera
de mi zona de confort desde el día que conocí a Ethan, y hay un poco de
excitación mezclada con nervios.
―¿No rompes mucho las reglas? ―me pregunta.
―Exactamente nunca.
―Hoy es tu día. ―Se detiene frente a la mansión de piedra gris de los
Schwartz―. Ya llegamos. ―Cuando no me muevo, dice. ―Si nos
atrapan, yo cargaré con la culpa. Diré que te secuestré.
Pongo los ojos en blanco y salgo del auto. Paseamos a nuestros perros
junto al alto seto y la valla de hierro negro de los Schwartz. El aire es
húmedo y denso aquí, cerca del agua, y no hay autos en la calle. Esta
parte de la ciudad parece una novela gótica, con viejas casas gigantes y
un asesino de cuervos vigilando. No sé a dónde vamos, pero siento que
la emoción de arriesgarse me sube por la espalda. Ethan se detiene al
final de la valla de los Schwartz. A la derecha está la casa de los
Fairlawn. Se acerca a un muro de hiedra entre las dos casas y se gira
hacia mí.
―Por aquí.
Mientras corta algunas de las lianas con una navaja, me doy cuenta de
que estamos en la Puerta Fantasma, o al menos así la llamábamos
cuando éramos niños. Es una puerta oxidada entre esas dos casas que
conduce a un camino de arena. Antes de que crecieran estas
enredaderas, se podían ver los primeros metros del camino, donde se
convierte en una arboleda. En la escuela, los chicos solían hablar de lo
que había ahí detrás, pero al único que intentó averiguarlo lo atraparon
las cámaras de seguridad y lo detuvieron. Más o menos como vamos a
ser arrestados hoy. Debería darme la vuelta inmediatamente, pero no lo
hago.
Ethan abre la verja lo suficiente para que podamos pasar y le tomo del
brazo.
―Otra vez, mamá soltera. No me apetece ir a la cárcel.
―Estaremos bien. ―Me ve y parece que me desafía a seguirlo.
Desafiándome a hacer algo increíblemente imprudente que podría
acabar siendo maravilloso. Me doy cuenta de que sigo agarrada a su
brazo y me suelto rápidamente.
―En serio. Mira. Hay dos cámaras de seguridad, una a cada lado.
―Las saludo con la mano―. Salgamos de aquí.
―Realmente quiero que vengas conmigo. Mi gran disculpa no va a
aterrizar bien si no estás ahí. ―Su tono es ligero, pero sus ojos me
suplican―. ¿Te haría sentir mejor saber que cuando tenía dieciséis años,
reorienté esas cámaras de seguridad para que no vieran el lugar exacto
donde estamos parados?
―No lo hiciste.
―Míralas. ―Y lo hago. Están enfocadas a los bordes de la puerta.
―¿Nadie se dio cuenta?
―Bueno, nadie las volvió a mover. ¿Lo ves? Soy un solucionador de
problemas. Vamos.
Atravesamos la verja, la cerramos y dejamos que los perros corran por
el sendero. Nos adentramos en una hilera de arces que tocan las ramas
por encima, de modo que el sendero está más oscuro pero moteado por
la luz del sol. Me detengo y veo las copas de los árboles. Quiero dar
vueltas en ese espacio. Quiero acostarme en el sendero y ser moteada yo
misma. Me doy la vuelta y él me observa con una sonrisa en la cara.
―Es increíble ―le digo.
Mientras caminamos por el frondoso túnel verde, el agua aparece a lo
lejos. Nuestros perros corren hacia adelante y luego hacia atrás. Creía
haber visto todos los rincones de Beechwood, como si hubiera
desgastado este lugar hasta dejarlo raído. Conozco todas las calles y a la
mayoría de la gente, pero nunca había visto este pedazo de cielo.
Cuando salimos de entre los árboles, estamos en el agua. Hay una
pequeña media luna de playa de unos seis metros de ancho, cubierta de
arena blanca y conchas. Estamos rodeados a ambos lados por las altas
hierbas de la playa. El cielo es de un azul oscuro de julio, y delante de
nosotros hay una vista perfecta del horizonte de Manhattan.
―Wow ―digo. Porque, wow―. Esto es hermoso. Nunca lo había
visto desde aquí. Sabía que la ciudad estaba ahí, pero nunca... wow.
Me giro hacia él y me observa.
―Sí, hermoso ―dice.
Nos sentamos en el centro de la media luna de playa y me siento como
si fuéramos dos perlas en el centro de una ostra. Estamos lo bastante
cerca del chapoteo de las olas como para sentir el aire fresco del agua en
las piernas, pero no tanto como para mojarnos. El sol calienta mi cara y
los únicos sonidos que oigo son las gaviotas, las olas y el chapoteo de las
patas de los perros.
―¿Tú y tus amigos pasaban el rato aquí en la escuela? ―pregunto.
―Suelo venir solo.
Sigo sin imaginarme a este hombre siendo un adolescente torpe.
―¿Y qué hacías?
Señala con la cabeza el horizonte a lo lejos.
―Soñaba despierto con salir de aquí, así que fantasías de escapar
sobre todo.
―Yo también las tuve. ―Se gira hacia mí como si quisiera oír mis
fantasías de escape―. Solo quería irme y convertirme en mi propia
persona. ―Necesitaba salir y ver quién era yo separada de mi mamá.
Quería saber que podía cuidar de mí misma.
―Siempre fuiste tu propia persona, Ali. ―Mira hacia el agua y luego
se gira hacia mí―. Recuerdo un Halloween en el que tú y tus amigas
fueron a cenar panqueques por la noche. Tus amigas eran una enfermera
sexy, una vampira sexy, una gatita sexy y tú eras una calabaza. ¿Te
acuerdas?
―Sí.
―Tampoco era una calabaza sexy, más bien como una naranja grande
con una sonrisa negra con dientes. Solo recuerdo que pensaba que eras
la chica más genial del mundo.
Me encanta oír esto. Me encanta saber que una vez fui esa persona y
que alguien se acuerda. Quiero contarle cómo mi mamá convenció al
sastre de la tintorería de abajo para que la dejara usar su máquina de
coser para esa calabaza, pero no lo hago. No se me da bien mencionar a
mi mamá casualmente, siempre se me quiebra la voz.
―¿Fuiste a la ciudad? ―pregunta.
―Sí. Fui y conseguí un trabajo de adulto y todo. Contabilidad. Era
como organizar el guardarropa de alguien mil veces. Me encantaba.
―¿Por qué volviste?
―Es una larga historia. Estuve saliendo con Pete durante un año y
quedé embarazada, así que nos casamos. Entré en pánico porque Greer
nació prematuramente y dejé mi trabajo, y luego tuve a Iris un año
después. Pensé que volver me haría la vida más fácil, con mi mamá aquí
para ayudarme.
―No fue una historia tan larga ―dice.
Sonrío hacia el agua.
―Supongo que no.
Apoya los antebrazos en las rodillas y observa el agua. Mis antebrazos
están apoyados en mis rodillas de la misma manera, y si me inclinara un
poco hacia la izquierda nuestros hombros se tocarían. Ahora desprende
calor e imagino que noto el vello rubio de sus brazos rozando mi piel. La
distancia entre nosotros no parece nada, un susurro.
Se queda callado un segundo mientras una gaviota se abalanza,
arranca algo de la playa y se va volando. Un gran velero pasa a lo lejos y
rompe momentáneamente la línea del horizonte.
―Quería besarte ―dice―. El jueves por la noche, y en el parque de
skate, y en el parque para perros, y un millón de veces antes de eso, en
realidad.
―Oh? ―Me sale agudo. Me sorprende lo que dijo y la facilidad con
que lo dijo.
Se ríe.
―No te pongas rara, intento disculparme. Estaba un poco
obsesionado contigo cuando era adolescente, y cuando me encontré
contigo y me miraste como si no fuera Scooter, me sentí muy bien.
Debería habértelo dicho antes de que saliéramos, pero fue cada vez
mejor. Se sintió tan fácil.
―Fue muy fácil ―le digo al agua.
―Fue quizá la primera vez que me sentí realmente yo mismo aquí. Ya
es algo, porque viví en Beechwood durante dieciocho años. Cada vez
que vuelvo a casa tengo la sensación de que hay algo por lo que tengo
que disculparme, pero olvido lo que es, pero contigo, me sentí bien. No
quería romper el hechizo, pero no podía besarte mientras estaba
mintiendo. ―Se gira hacia el agua―. Planeé pedirle tu número a Frannie
el viernes por la mañana y confesar, pero me acobardé, y entonces ahí
estabas en la cena.
Reproduzco esa noche en mi cabeza, pero con él diciéndome que era
Scooter mientras estábamos sentados en el bote. Probablemente lo habría
besado de todos modos.
―Está bien, Scooter ―le digo―. Te perdono.
―Gracias ―dice. Volvemos a ver la ciudad y nos quedamos un rato
en silencio.
―¿De qué esperabas escapar? ―le pregunto.
―De la gente llamándome Scooter, supongo. ―Se gira hacia mí y sus
ojos buscan mi cara―. Y sin embargo, aquí estamos.
―Te he visto patinar, el nombre te queda bien.
―No me llaman así por eso. ―Vuelve a ver el agua y espera un poco
antes de derramarlo―. Me llaman Scooter porque nunca aprendí a
gatear.
Me río.
―Cliffy hizo eso durante un tiempo. Se sentaba y se movía con el
trasero hacia lo que quería. Al final lo hizo.
―Bueno, aparentemente yo no lo hice. Simplemente lo seguí haciendo
hasta que caminé, y mis abuelos pensaron que era gracioso, así que el
apodo se quedó. Una persona tiene que salir de una ciudad donde le
nombran por su primer hito perdido. Le da un aire raro al lugar.
―Estira las piernas y se apoya en los codos―. Pero sobre todo por las
mismas razones. Quería descubrir quién era, conseguir un trabajo de
verdad. Encontrar una mujer.
―¿Y lo hiciste?
―Eventualmente. Todo menos la mujer. Es fácil encontrar a una
mujer, casi imposible encontrar a la mujer.
―Siempre quise que alguien pensara en mí de esa manera, que yo era
la elegida ―digo.
―Vamos, Ali. Estoy seguro de que todos los chicos de la escuela
Beechwood pensaban que eras la elegida.
―Ni siquiera cerca.
―Quizá solo fui yo ―dice, y vuelve a ver al agua.
Se me calienta la cara y aprieto las rodillas contra el pecho. Estoy
segura de que lo escuché mal y ahora no sé qué decir.
Continúa como si no hubiera dicho nada.
―Te casaste, debiste sentir que eras la elegida entonces.
―No realmente. Creo que a Pete le gustaba la idea de mí. Le gustaba
en el trabajo. Le gustaba con traje siendo buena en las cosas y luego el fin
de semana haciendo actividades de pareja, pero la vida no es un día de
trabajo y actividades planificadas. Se vuelve un desastre.
―Qué desastre ―dice, y la calidez y la diversión abandonan su rostro.
Quiero recuperarla―. ¿Por eso te divorcias de él?
No le contesto. No quiero decirle que en todos esos años miserables,
nunca se me ocurrió divorciarme de él. Simplemente me reagrupaba y
cambiaba de marcha cada vez que las cosas empeoraban. Pensaba que
nos las arreglaríamos así para siempre.
―Me divorcio de él porque él se divorcia de mí ―digo, finalmente―.
Es la primera decisión que ha tomado en mucho tiempo que realmente
he respetado.
―Yo digo que dejes que Ferris elija al próximo tipo. ―Es algo
adorable, y lo dice a la ligera, como si fuera una broma, pero todo lo que
puedo pensar es: Sonríe y quiero acercarme y pasarle los dedos por los
pliegues de los ojos. Quiero tocar la esquina afilada de su mandíbula.
―¿Cuánto tiempo te vas a quedar? ―le pregunto.
―Me iba a ir mañana, pero ahora con todo el tema de Florida no sé.
Tengo que limpiar esa casa para venderla, y eso podría llevarme todo el
verano.
Va a estar aquí todo el verano, dice mi mamá. No es que necesitara esa
aclaración. Lo oí en mi estómago antes de que llegara a mis oídos. Este
hombre de hombros, manos y mirada firme va a estar aquí todo el
verano.
―Y no sé cómo está tu agenda, pero me gustaría verte. ¿Quizás
intentar una segunda cita?
―No estoy segura ―le digo.
―¿Sobre qué? Es una segunda cita, no necesitas estar segura de mí
todavía.
Le sonrío y vuelvo a ver al agua.
―No eres una persona con la que pueda salir. Vives en otro estado, ya
me dijiste que no eres de fiar. Además, eres Scooter.
―¿Recuerdas cuando dije que nos veríamos a las siete y aparecí a las
siete? Tal vez soy totalmente de fiar cuando se trata de ti.
Nos miramos, y siento que podría verlo mirándome todo el día. Quizá
podría tener otra cita.
―Lo pensaré ―digo.
―Me parece justo. Y, mientras tanto, si tienes tiempo, realmente
necesito ayuda con la casa. Me vendría bien una experta en
organización.
―Claro, puedo ayudarte.
―Okey, di tu precio, porque estoy algo desesperado.
―No puedo cobrarte ―digo mientras llega un mensaje a mi teléfono.
Es Pete.
Pete: Vuelvo en 10 minutos. Perdimos el partido, comimos pizza.
Y quizá sea ver el nombre de Pete en mi teléfono, quizá sea la palabra
“pizza” pero el hechizo se rompe y soy expulsada de este paraíso secreto
que Ethan ha creado para mí.
―Lo siento, ¿puedes llevarme a casa?
El auto de Pete está en la entrada cuando volvemos a casa. Él todavía
tiene una llave así que realmente no necesitaba correr a casa. Estoy un
poco desorientada. Me siento como si hubiera atravesado un agujero de
gusano y vuelto a entrar. Tomo a Ferris del asiento trasero y salgo del
auto.
―Gracias por la excursión ―digo.
―Fue divertido.
No quiero cerrar la puerta.
―Empecemos de nuevo ―dice―. ¿Puedo llamarte mañana?
Veo por encima del hombro hacia mi casa.
―Tengo a mis hijos.
―Por supuesto ―dice―. Entonces tú puedes llamarme. ―Saca su
teléfono y espera a que le dé mi número. Lo hago y me envía un mensaje
de texto, mientras yo sigo ahí de pie.
Llámame.
―¿Dónde estabas? ―Pete pregunta como si fuera de su incumbencia.
―Paseando al perro ―digo, colgando la correa―. ¿Cómo estuvo?
―Perdimos ―dice Iris―. Los árbitros estaban totalmente ciegos.
―Además, éramos horribles ―dice Greer.
―Ambas cosas son ciertas ―dice Pete. Levanta a Cliffy para darle un
abrazo y besa a Greer y a Iris en la cabeza. Siempre es conmovedor
despedirse de la gente con la que vivías. Después de pasar un día con mi
papá, siempre me quedaba una sensación de pesadez, como si fuéramos
familia, pero ya no tanto como antes.
―Gracias por la comida ―dice Iris.
―Sí, gracias, papá ―dice Greer.
Veo esa comprensión en su cara. No es una persona a la que solían
darle las gracias. La comida y lo esencial simplemente ocurrían, como si
fueran su derecho de nacimiento.
―Por supuesto ―dice―. Nos vemos el martes por la noche. Tenemos
que trabajar en nuestra ofensiva.
El aire es extraño cuando se va. Todo el mundo está callado y nos
vendría bien una dosis de Fancy. Intento imaginar qué haría ella para
cambiar la energía. “Bueno” diría, y aplaudiría. “Sé lo que deberíamos
hacer”. Y todos nos inclinamos hacia ella, esperando oír qué tipo de
diversión está a punto de tramar.
Trabajo con lo que tengo.
―Iba a asar pollo esta noche, pero ¿y si lo convertimos en un picnic y
comemos en la playa?
―Vamos en bicicleta ―dice Cliffy.
―Deberíamos hacer galletas ―dice Iris.
Greer está viendo su teléfono.
―¿Qué? ―pregunta cuando todos la miramos.
―Un picnic esta noche, en la playa ―dice Cliffy.
―Bien ―dice ella.
Cliffy está en el armario del pasillo sacando un cubo y una pala ya con
arena. Es el mismo armario donde colgamos los abrigos buenos.
―Voy a buscar un cangrejo herradura ―dice.
―No lo vas a traer a casa ―dice Iris―. Apestan.
Saco la mantequilla para las galletas y enciendo el horno. Sé que van a
discutir un rato por esto, pero al menos ya nadie piensa en Pete.
10
El lunes, después de organizar los libros de Frannie, me dirijo
directamente al Beechwood Inn para tomar el kayak individual del
cobertizo para botes. Fue idea de Linda que empezara a navegar en
kayak con regularidad tras la partida de Pete. Cuando volví de mi
primer paseo sola en canoa con mis hijos, me dijo que era hora de volver
a fortalecerme.
Los cinco solíamos salir en canoa los domingos, y Pete y yo
remábamos alrededor de la punta de Beechwood Point. Greer gritaba:
“¡Más rápido!” y nos poníamos en marcha más deprisa. La primera vez
que lo hicimos después de que Pete se mudara, pude sentir su decepción
colectiva al ver que solo remaba yo. Gritaron “¡Más rápido!” hasta que
me dolieron los músculos y tuve que admitir que eso era lo mejor que
podía hacer. Desde entonces, saco un solo kayak cada vez que tengo
ocasión, y no he estado tan fuerte desde la escuela. Es curioso, lo que
haces por tus hijos pero no por ti misma.
Linda me enseñó los fundamentos de la técnica: la diferencia entre
trabajar hasta el agotamiento y hacerlo bien, sin esfuerzo. Solía
preguntarme si ésa era la diferencia entre mi matrimonio difícil y el más
fácil de Frannie: quizá lo estaba haciendo mal. Quizá podría haber
modificado mi técnica y todo habría estado bien. Debería haber sabido
remar en canoa porque he estado en el agua toda mi vida. Mi mamá
solía llevarme los domingos por la tarde, y yo me sentaba delante y
disfrutaba de la vista mientras ella remaba detrás de mí. Era divertido y
fácil que me llevara mi mamá, pero ella hacía todo el trabajo, y yo me
siento extrañamente poco preparada para tener treinta y ocho años.
Durante este último año he estado en el agua con regularidad, a
menos que hiciera mucho viento o frío. En enero, el aire frío se sentía
como fragmentos de cristal, y me gustaba moverme por él e imaginar
que me hacía pequeños cortes en la piel que atravesaban el
entumecimiento.
Por supuesto, julio es más cómodo y fácil con menos ropa. Lanzo el
kayak al mar y me subo el pantalón corto y la camiseta de tirantes. Hoy
no hay brisa, pero la creo mientras remo cada vez más rápido por la
orilla. Me encanta el ardor que siento en el abdomen y la espalda y el
sonido de la estela que voy dejando atrás. Mi lista de tareas pendientes
se evapora en el agua y es sustituida por una sensación de fuerza, de
avance, de pleno dominio. Es una sensación que recuerdo de cuando era
más joven y no tenía límites, y me viene mientras remo, solo para
desaparecer cuando vuelvo a tierra firme. Intento aferrarme a ella de la
misma forma que intentas aferrarte a un sueño al amanecer, pero
desaparece en cuanto me meto en mi sucio auto.
Hoy, mientras atravieso el agua, estoy repitiendo el lindo encuentro
entre Ethan y yo, empapado de orina en el parque para perros, la forma
en que me vio en el estadio de béisbol. Intento oírlo decir algo sobre que
yo soy la elegida, pero no recuerdo las palabras exactas. Me he dormido
imaginándome a mí misma inclinándome para besarlo, y el beso que
imagino es uno que nunca me han dado, pero es como él: fácil y cálido.
Las palmas de mis manos parecen saber cómo sería tocar su cabello.
Me cuesta creer que ese tipo sea Scooter, famoso por incendiar su
sótano y auto diagnosticado como poco fiable. Para una mamá soltera de
tres hijos, un hombre poco fiable es tan bienvenido como una infestación
de piojos, pero hubo un tiempo en que no importaba que un hombre no
fuera el hombre para siempre. Hubo un tiempo en el que podía probar a
alguien durante un tiempo. ¿Y si yo fuera el tipo de persona que pudiera
salir con alguien unas cuantas veces y tal vez pasarle los dedos por el
cabello, solo para saber qué se siente, sin preocuparme de cómo acabará?
¿Y si fuera una persona que pudiera tomarse las cosas con calma
durante un rato? Qué divertido, susurra mi mamá por encima de las olas.
Un romance de verano.
Recuerdo un romance de verano que tuve con Jimmy Craddock el
verano después de mi segundo año de universidad. Yo estaba en casa,
trabajando en el campamento del centro recreativo, y tenía dos meses
antes de volver a Michigan. Jimmy estaba bronceado y besaba bien. Para
dos meses, eso era suficiente. No había que planear el futuro, no había
que tratar de arreglarlo. Podíamos simplemente disfrutarlo, porque era
solo por el verano.
Estoy tan perdida en este recuerdo que remo mucho más lejos de lo
que pretendía. Me doy la vuelta y vuelvo hacia la posada, centrándome
en el paseo de la viuda, que es la única parte visible por encima de la
línea de árboles. Los Hogan nunca dejaban entrar a nadie en el paseo de
la viuda porque, cuando estábamos en la escuela, se enteraron de que
Frannie planeaba una fiesta fuera de temporada y cerraron la puerta de
la vieja escalera permanentemente. Siempre he querido ver cómo sería la
vida desde ahí arriba, imagino que tiene su propio patrón meteorológico
porque la bandera de la posada ondea con una brisa que yo no siento
aquí abajo. Intento evocar a una viuda al pasar, con el cabello alborotado
por el viento, viendo con nostalgia hacia el agua.
Yo misma soy una bola de anhelo desenfocado. Cuando estoy en
silencio, oigo cómo mi corazón anhela cosas imposibles. Quiero un
hogar perfectamente renovado y aferrarme a cada pedazo del pasado.
Quiero un descanso de mis hijos sin perderme ni un minuto de sus
vidas. Anhelo una relación de pareja y anhelo la libertad. Deseo estar
unida a alguien sin perderme a mí misma. Lo quiero todo. Tal vez ésa
sea la esencia de un romance de verano: es algo imposible, una aventura
amorosa sin control de la realidad. Dejo que esta sensación de ligereza
me invada mientras remo. Jimmy Craddock lleva años entrando y
saliendo del sistema penal, pero en realidad era muy guapo.
Cuando llego al muelle de la posada, mi cuerpo está agotado de la
mejor manera posible.
―¿Cómo te fue? ―me pregunta Linda. Está fuera de la recepción con
un portapapeles y la nariz cubierta de óxido de zinc.
―Genial, pero puede que haya ido demasiado lejos.
―Te lo mereces ―dice. Mi mamá habría dicho lo mismo.
11
―No hay limones en la posada ―dice Frannie cuando contesto a su
llamada.
―Esto suena demasiado neo testamentario para las once de la mañana
de un martes. ―Estoy en el parque para perros con Ferris, observando
cómo socializa. Ethan no está aquí, y lo sé porque he vagado por este
lugar durante treinta minutos buscándolo. Sé que podría llamarlo, pero
me parece tan atrevido, como si lo llamara para pedirle una segunda cita
que desemboque en un beso. Creo que si lo deseara menos, ya lo habría
llamado.
―Harold no entiende cómo hacer los pedidos. Es un sistema, uno que
inventaron mis papás, y honestamente, Ali, no es tan difícil. Solo no sabe
cómo usarlo porque no es un gerente general, es un asistente de playa.
―Frannie suena un poco desquiciada.
―¿Quieres que vaya a Costco o algo?
―Tengo que ir ahí y enseñarle cómo funciona, pero tengo a Theo aquí
y Marco no puede llevar la cafetería solo con un bebé en la cadera.
―Yo lo hago, estoy libre. ¿Quieres que vaya a buscar a Theo? O
actualmente, estoy justo al lado de la posada. Ven ahora, y me reuniré
contigo.
―No soy estúpido ―dice Harold mientras esperamos en la entrada.
Está jugando con el cuello rígido de su camisa, y me imagino cómo ansía
volver a la playa, donde el trabajo es sencillo y el uniforme no está
almidonado.
―Ella no cree que seas estúpido. Yo no hablo francés. No porque sea
estúpida, sino porque nunca aprendí. Ya le tomarás el truco.
Ferris levanta la cabeza de mi regazo y me avisa que algo emocionante
está pasando justo antes de que Ethan aparezca a la vista. Viene
caminando desde el estacionamiento con una camiseta blanca y un
bañador rojo y una bolsa gigante de limones en cada mano. Sonríe
cuando me ve, como si yo fuera lo que ha estado buscando por todas
partes.
―Bonita ―dice, y luego se gira hacia Harold. Me escudriño para ver a
qué se puede estar refiriendo―. Entonces ¿Recibí unos mensajes
frenéticos y ligeramente agresivos sobre limones? Fui a Costco. ¿Frannie
se volvió loca?
Harold toma los limones.
―No sé, hombre. Se trata de mucho más que limones.
―Harold no ha tenido oportunidad de aprender el sistema de
pedidos, así que Frannie viene hacia aquí. Yo voy a cuidar a Theo.
Ethan se agacha para acariciar a Ferris. No se ha afeitado y tiene una
pequeña barba en la mandíbula. Me ve y dice:
―Un bebé, un perro y Ali Morris. Me quedo para esto.
Estoy aquí, delante del hombre al que tomé de la mano y con el que
quiero tener un romance de verano, y se me traba la lengua. Intento
pronunciar la palabra “okey” cuando llega Frannie. Deja el auto justo en
la entrada, como si fuera un camión de bomberos y el tiempo apremiara.
―Siento haber gritado ―nos dice a todos, sacando a Theo de su
asiento―. Es que es demasiado. No creo que mamá y papá sepan lo que
nos están pidiendo.
―Sí, espera a ver cuántas cosas hay en esa casa ―dice Ethan―. Ayer
revisé un solo armario y casi me escapo yo mismo a Florida.
―No puede ser tan malo ―dice Frannie―. Ten, llévate a Theo. Te
enviaré un mensaje cuando terminemos. ―Ella empuja al bebé en mis
brazos, pero él alcanza a Ethan en su lugar.
Sé cómo se siente Theo, así que se lo entrego. Frannie y Harold
desaparecen y se dirigen a la oficina de atrás, dejándonos a Ethan y a mí
de pie en la escalera con nuestros cargos.
―Lo cargan demasiado ―dice.
―¿Verdad? ―Estoy de acuerdo.
―Intento no dar consejos de paternidad, porque qué sé yo.
―Pues es verdad, es como un marsupial ―le digo.
―Vayamos a la playa y dejemos que gatee.
―Tengo al perro ―digo.
―Conozco a los dueños.
Entramos en la posada y tengo la misma sensación de asombro que he
tenido cada vez que he estado aquí. Es como si al atravesar las puertas
dobles de roble recuperara un trozo de mi corazón. Mi mamá está a mi
lado y estamos celebrando algo: un cumpleaños, una gran temporada de
fútbol, una buena nota. Mesa para dos en el patio, por favor. Mi mamá pide
pasteles de cangrejo y yo, un filete. Ahí me sorprendió con mi pulsera de
dijes y mi primer dije, que diseñó después de mi obra de teatro de tercer
año. Después de cenar, guardamos los zapatos bajo la terraza y
caminamos por la playa mientras se pone el sol. Pasé el brazo por el
agua y vi cómo el diminuto amuleto de hada brillaba mojado bajo la luz.
Ella me tomó de la mano y repasó cada actuación de la obra. Ella brillaba
de emoción, como si hubiera esperado toda su vida para tener una hija
en una obra escolar. Después de siete abortos en doce años,
probablemente se sentía como si lo hubiera hecho.
Los Hogan acababan de terminar la gran renovación antes del último
cumpleaños de mi mamá, así que pudo verla tal y como es hoy.
Recuerdo nuestro alivio colectivo al ver que la renovación consistió
principalmente en retoques y actualizaciones. El espíritu del lugar es el
mismo de siempre, y me siento extrañamente posesiva con él. La
recepción es un largo escritorio blanco que debe de tener cien años. Más
allá, las contraventanas del suelo al techo están abiertas para que
podamos ver directamente hacia el sonido. Los suelos son originales,
pero se tiñeron de cerezo oscuro, lo que hace que las paredes blancas y
las contraventanas parezcan una explosión de luz. La araña de la
entrada está hecha de conchas marinas, que se balancean un poco con el
movimiento de los ventiladores de techo.
Ethan lleva a Theo a través de la zona de estar hacia la terraza trasera.
Yo llevo a Ferris por respeto a las nuevas alfombras de sisal.
Me guía por las escaleras donde mi mamá y yo solíamos darle la
bienvenida al verano y caminamos por la playa hacia el agua. Ethan deja
a Theo en el suelo y cada uno tomamos una de sus manos y dejamos que
patee la arena caliente.
―Esto está muy bien, ¿verdad? ―pregunta.
―Está bastante bien ―le digo.
Theo nos suelta las manos y se deja caer sobre la arena. Nos sentamos
con las piernas cruzadas a ambos lados de él, formando dos semicírculos
que deberían unirse por las rodillas. Ferris se sube a mi regazo. Ethan
entrecierra los ojos para protegerse del sol y le enseña a Theo a
amontonar arena con la mano. Paso los ojos por su frente y por los
ángulos de sus pómulos. Es un rostro indiscutiblemente hermoso, pero
cuando Theo le hace sonreír es algo más, algo claro y cálido. Intento
relacionar esto con algo que recuerde de él de la escuela, pero no puedo.
―¿Cómo va la casa? ―le pregunto.
―Es una pesadilla.
―Me encanta esa casa.
―Es una buena casa, aunque la ubicación es una locura, justo en
medio de todo.
―Súper conveniente para la biblioteca ―digo.
―Sí, eso fue muy importante para mí mientras crecía ―bromea.
Theo se mete un puñado de arena en la boca.
―¿Qué hacemos? ―pregunta Ethan.
―Déjalo ―le digo. Theo se limpia la arena de la lengua con una mano
arenosa y se ríe.
El viento me revuelve el cabello en los ojos. Me quito una liga de la
muñeca y me hago una coleta. Siento que él me observa y, cuando lo
veo, aparta la mirada como si lo hubieran atrapado. Tengo una
sensación que empieza sobre todo en el pecho y luego me recorre todo el
cuerpo. Es algo desconocido, y casi quiero llamarlo placer. Me gusta
estar con este hombre. No hay nada complicado ni desastroso en eso. Me
siento bien. Esta sensación me envalentona.
―A mí también me gustaría verte ―le digo. No me sale tan atrevido
como esperaba―. Como dijiste el otro día, mientras estés aquí.
No parpadea, se limita a sostenerme la mirada como si pudiera
retenerme aquí con la fuerza de sus ojos.
―Bien ―dice. Nos sonreímos y me siento más tonta de lo que me
siento cómoda, así que miro hacia otro lado y sonrío al agua.
―¿Qué están haciendo? ―Frannie aparece de la nada, y nos atrapa.
Me siento como una adolescente a la que atraparon besándose en un
auto. Tiene las manos en las caderas como la Mujer Maravilla y parece
imponente contra el telón de fondo del cielo despejado y el agua.
―De niñera ―dice Ethan.
―¿Okey? ―dice ella.
Estamos sentados demasiado cerca el uno del otro. Me inclino hacia
atrás y giro mi cuerpo hacia Frannie, pero aún puedo sentir los ojos de
Ethan clavados en mí.
―¿Arreglaste todo con Harold? ―le pregunto.
―Mayormente ―dice―. Creo que lo entiende, pero no creo que
quiera hacerlo. No creo que quiera este trabajo. ―Ella alcanza a Theo―.
Gracias por cuidarlo. ―Ni Ethan ni yo hacemos ningún movimiento
para irnos, y pasan unos segundos antes de que ambos nos demos
cuenta de que no tenemos ninguna razón para quedarnos en la playa.
12
Cinco horas después volví a mi realidad ligeramente complicada. Es
martes de fútbol y estoy haciendo hamburguesas para darle de comer a
los niños antes de que Pete los recoja. Me sacudo el sueño de que Pete
llegue pronto y los lleve a cenar, o incluso que llegue con una pizza.
Además de estar en el agua, creo que este descanso del martes por la
noche es lo que me mantiene cuerda. Pete entrena al equipo de fútbol
femenino (Iris es bastante buena y juega con las de un año más arriba),
así que no puede echarse para atrás. Hay un millón de cosas que podría
hacer con este tiempo, pero normalmente me derrumbo en el sofá con
un bol de palomitas y veo Netflix.
Tengo que ver a Pete una vez más esta semana porque nos reuniremos
con la mediadora el viernes. Se supone que debemos llevar nuestros
registros financieros y declaraciones de impuestos. Pete hizo una lista
completa de nuestros activos. Hay una cuenta de ahorros y una cuenta
de corretaje con algunas acciones y nuestros dos fondos para el retiro.
Dos autos y tenemos algo de capital en la casa. Es un estado de cosas al
revés: estamos dividiendo las cosas que no importan. Son las cosas que
no están en la lista las que cuentan la historia de nuestro matrimonio.
Los libros de viajes que compramos y nunca usamos, la colección de
pequeños listones que eran demasiado bonitos para regalarlos. La colcha
de Etsy que hice con las camisetas de fútbol de las niñas. Él estaba
emocionado porque creyó que la hice yo, y yo me reí, explicándole
cuánto trabajo me costó reunir las camisetas y enviarlas por correo a la
mujer de Etsy en Oregon. Parecía decepcionado de que no me hubiera
tomado más molestias.
Estamos comiendo en la encimera de la cocina cuando aparece Pete.
Lleva un pantalón corto de ciclista y un top a juego que le ciñe el cuerpo
de una forma que me resulta vagamente repulsiva. Besa a las chicas en la
frente y le da un apretón a Cliffy.
―Tengo que cambiarme antes del fútbol ―les explica a ellas, no a
mí―. Ahora vuelvo.
Y con eso, sube las escaleras hasta mi dormitorio, presumiblemente
para desvestirse mientras juzga en silencio mi cama deshecha y el
crucigrama de ayer sin terminar sobre la mesa de al lado. Irá al baño y
bajará con un comentario sobre las velas de aromaterapia que puse al pie
de la bañera.
Estoy a la defensiva y siento que se me aprieta el pecho y que el calor
me sube de las tripas a la cara. Respira hondo, me dice mi mamá, y lo
hago. Me pongo la mano en el corazón palpitante y me sorprende que el
piloto de mi ira parpadee con más fuerza con él en mi habitación que
cuando se fue hace un año. Me he adaptado y me las arreglo bien sola. Él
no puede saber cómo es eso.
Vuelve a bajar las escaleras con sus pantalones cortos deportivos y la
camiseta de Beechwood Soccer, y su aspecto es irritantemente menos
asqueroso.
―Rúcula ―me dice―. Seis horizontal, es 'rúcula'. Vi que te atascaste.
―Pone las manos sobre las cabezas de las chicas y dice―: ¿Listas para
irnos?
Siguen comiendo, así que no. Me molesta que les meta prisa y, sobre
todo, que haya invadido mi crucigrama.
―Ayer se me fue de las manos ―le digo―. ¿Cómo tuviste tiempo
para un paseo en bicicleta después del trabajo?
―Me tomé el día libre. Me reuní con un agente inmobiliario. Alquilé
una casa más grande.
No he revisado los números, pero estoy bastante segura de que no hay
dinero extra. No hay manera de que yo pueda quedarme aquí y él pueda
permitirse un lugar más grande.
―¿Cómo va a funcionar eso? ―pregunto. Uso mi voz despreocupada
para no alertar a mis hijos de que me siento hiperpreocupada.
―Reajustaremos algunos gastos ―dice sin mirarme―. Vamos, niñas,
con los tacos puestos. ―Y me ve por encima del hombro con la sonrisa
de boca cerrada que le he visto usar con los vendedores de autos y con
su papá. Está mintiendo y sé que necesito un abogado.
13
En cuanto se van, subo corriendo al piso de arriba y me pongo una
camiseta que no tenga ketchup por delante. Me pongo brillo de labios y
me veo al espejo con los ojos en blanco. Conduzco un kilómetro hasta la
casa de los Hogan y me estaciono en la calle. Su camioneta está en la
entrada y me doy cuenta de que no lo pensé bien. No estoy segura de
que Ethan y yo tengamos una relación así. Podría estar duchándose o
haciendo una parrillada.
Le envío un mensaje.
Ali: Hola, soy Ali. Tengo una pregunta rápida y me preguntaba si podría
pasar por un segundo.
Ethan: Puesto que estás estacionada justo en frente de mi casa es un poco
difícil decir que no.
No podría ser menos genial. Le contesto:
Ali: ¡Ja-ja! Estoy entrando.
Abre la puerta principal antes de que yo recorra todo el camino y
sonríe con esa sonrisa de satisfacción que se esboza cuando se atrapa a
alguien haciendo una tontería. También en esa sonrisa: puro placer.
Lleva el mismo bañador rojo y la misma camiseta blanca que antes, y
es injusto lo bien que se ve. Se aparta, entro en el vestíbulo y me quito
los zapatos.
―¿Qué es esto? ¿Segunda cita espontánea? ―dice con una media
sonrisa.
―No ―le digo.
―¿No?
―Pues sí, pero hoy no.
Cruza los brazos sobre el pecho. Sus antebrazos son morenos y
musculosos, con esa capa dorada de vello rubio. Muchas cosas de Ethan
son doradas.
―Si has venido a terminar conmigo, esta va a ser la peor casi-relación
de mi vida.
―No ―le digo―. Quiero decir, sé que estás bromeando. Sí a una cita
en otro momento, no a terminar contigo. No a que estemos saliendo.
―Desearía que alguien me metiera un sándwich en la boca para
callarme. Entré nerviosa por culpa de Pete y ahora me siento incómoda
por lo mucho que me gustaría acercarme a él y tocarlo. Él no parece
sentirse incómodo en absoluto. Parece divertido, como si supiera que
lleva las de ganar.
―Entra ―dice―. Parece que estás a punto de huir, y eso es lo último
que quiero. ―Me conduce al gran salón con sus sofás de terciopelo color
caramelo. Las cortinas son de seda color marfil con finas rayas doradas a
juego con la alfombra oriental.
―El lugar se ve muy bien ―le digo―. Parece que está listo para
venderse.
Cruza la habitación y empieza a abrir armarios en las paredes con
paneles de roble. Hay cajas, cajones y cestos llenos de flores secas. Uno
de los armarios contiene nada más que los recuerdos de fútbol del señor
Hogan. Cuando abre seis armarios, dice:
―Esto es lo que tengo entre manos, y cuando digo que es la punta del
iceberg, deberías creerme.
―Es factible. ¿Hay mucho que quieran conservar?
―No quieren nada, lo suyo es esa cosa de limpiar la pizarra.
―Es algo muy bonito ―digo. Pienso en el insoportable proceso de
limpiar el apartamento de mi mamá. Me aterra limpiar la casa de mi
papá y Libby y espero que algún día sea problema de los hijos de Libby.
Pienso en las hijas de Phyllis ordenando todos esos libros. Pienso en mis
propios hijos tratando de vadear el museo demasiado pequeño que he
estado conservando.
―Sí, pensé que podría tirarlo todo, pero revisé algunas cajas y en
todas hay algo importante. Como mil bufandas de mago y la escritura
original de la casa, o una caja de revistas People con las fotos de bebé de
mis abuelos al fondo, así que tengo que revisarlo todo. Estoy totalmente
abrumado. ―Ve los armarios abiertos y reconozco el pánico en su
cara―. ¿Podemos salir? ―Atravesamos la cocina y toma dos cervezas
del refrigerador―. ¿Nueces?
―Unas pocas ―digo.
Sonríe y vierte nueces de un tarro en un cuenco. Es bonito este
pequeño gesto.
Salimos a la zona cubierta del patio y nos sentamos en dos sillones
que están uno frente a otro. Hay un sofá a juego contra la pared de
hiedra, y una parte de mí quiere acostarse ahí y mantener toda esta
conversación como si estuviera en la consulta de un terapeuta.
―Es tan raro que ahora seas el dueño de esta casa. Scooter Hogan,
señor de la mansión.
Hace un gesto de dolor.
―La gente, durante casi dos décadas, me llamó Ethan. Te lo ruego.
Veo a Brenda acostada en la hierba disfrutando de la última luz del
atardecer.
―¿Cómo está? ―le pregunto.
―Está bien. Ahora dime, ¿por qué estás aquí? Pareces un poco
nerviosa. ―Está inclinado hacia adelante con esos antebrazos dorados
sobre sus musculosos muslos, sosteniendo su cerveza con ambas manos,
sus largos dedos juegan con la etiqueta.
Intento retomar el rumbo.
―Se trata de mi divorcio. ―Con solo decir la palabra en voz alta
siento como si me hubiera echado agua fría encima.
―Okey, y lo siento. Creo que no lo dije antes. ―Levanta la vista de su
cerveza―. Bueno, ni siquiera lo conozco. ¿Tú lo sientes?
Es una pregunta más grande de lo que pensé que me iba a preguntar.
No soportaba en absoluto a Pete esta noche, pero me encantaba nuestra
unidad familiar y la comodidad de que otro adulto entrara en casa al
final del día, aunque durante mucho tiempo ese adulto fuera mi mamá.
Me gustaba despertarme por la mañana con el sonido de la respiración
de otra persona, pero en el último año, no he extrañado nada de Pete en
particular. Solo lo he extrañado como sustituto. Así que:
―No.
―Okey, entonces yo tampoco lo siento.
―Iremos a mediación el viernes. Todo ha sido bastante fácil.
Llevamos un año separados, viviendo aparte y pagando las facturas con
las mismas cuentas de siempre. Solíamos poner algo de dinero en
ahorros cada año, pero ahora con el apartamento de Pete apenas nos las
arreglamos.
―Tiene sentido.
―Sí. ―Doblo las piernas debajo de mí como si estuviera en una
pijamada y acabara de llegar a la parte espeluznante de la historia―.
Pero esta noche vino y me dijo que acababa de alquilar un lugar más
grande, y realmente no hizo contacto visual. Nunca hemos hablado de
eso, y estoy segura de que cuesta mucho más, y me dijo que podríamos
'reajustar algunos gastos', que supongo que son los de los niños y los
míos. ―Dejo la cerveza en la mesa de al lado―. Scooter, soy contadora,
o lo era. Llevaba traje y tenía un asistente. Era buena en eso, y le cedí
completamente las riendas. Ni siquiera sé el nombre de la mediadora.
Iba a recogerme y llevarme. ―Y con eso, hay un quiebre en mi voz y es
muy probable que vaya a llorar. Me siento en mi silla y veo a Brenda
respirar.
―Necesitas un abogado.
―El problema es que iremos el viernes. No tengo tiempo de contratar
a un abogado. ―Es una afirmación que también es una pregunta y un
grito de ayuda.
No dice nada. Se limita a asentir y entra en la casa, vuelve con
pañuelos de papel y un bloc de notas amarillo. Esto tiene el efecto de un
médico que entra en la sala de reconocimiento con una bata blanca; de
repente es de fiar.
Le da un sorbo a su cerveza.
―Esto no es tan complicado, y puedo buscar en Google lo que
necesite saber de aquí a entonces. Puedo decirte en este momento que
Pete está intentando aumentar sus gastos personales para que cuando
llegue el momento de la pensión alimenticia le toque un trozo más
grande del pastel. Lo sé por ver la tele, no por la facultad de Derecho.
Por supuesto que eso es lo que está haciendo.
―Esta noche sentí como si estuviera viéndolo todo por primera vez.
Como si acabara de entrar en la habitación y fuera como, espera, ¿es esta
mi vida? ¿Cómo -y cuándo-, le cedí el control de todo a este hombre?
―Confiabas en él, eran una familia. Escucha, iré contigo el viernes.
Llevaré todos mis conocimientos de televisión y te respaldaré. Él tendrá
que firmar algo diciendo que está bien que lleves un abogado.
―¿Y qué va a decir de tus honorarios? No va a estar de acuerdo con
eso. Lo primero que acordamos fue que no podemos pagar abogados.
―Vamos a hacer un trueque de servicios.
Y de repente estoy en una película porno. Se me calienta la cara y
estoy segura de que Ethan, con sus hermosas piernas y sus hombros
caídos, está sugiriendo que cambiemos sexo por servicios legales. Me
siento un veinte por ciento halagada, un veinte por ciento intrigada y un
sesenta por ciento horrorizada de que mi vida haya llegado a esto.
―Tienes que ayudarme a limpiar esta casa. ―Oh―. No puedo
venderla con todas estas cosas dentro, y no puedo hacerlo solo. Me
paraliza, y podría ser divertido. Tiempo extra para verte entre todas esas
citas que vamos a tener. ―Me toma desprevenida y sonrío.
―A mí no me paraliza ―le digo―. Puedo ayudarte totalmente. ―La
idea de limpiar esta casa me hace sentir de nuevo segura, porque es algo
que sé hacer. Lo cual no es algo que pueda decir con confianza sobre el
sexo.
―Okey, trato hecho ―dice, y me estrecha la mano, con una sonrisa en
los ojos que me hace pensar que me ha visto sonrojarme. Su mano está
fría por la botella de cerveza y me la estrecha un segundo de más―. Voy
a empezar a buscar en Google la ley de divorcio del estado de Nueva
York, y dile a Pete que vas a llevar a un abogado sin escrúpulos como
apoyo moral. Tienes mi permiso para decirle que me llamo Scooter. En
este caso, creo que mi alter ego va a ayudar.
No sé por qué parece entusiasmado con esto, aunque presentarse con
una patineta a la mediación puede ser divertido. Me veo las manos y me
siento abrumada por lo mucho que hay que hacer.
―Creo que sé lo que necesitas.
Y así como así, estoy de vuelta en el porno.
―¿Qué?
―Patinar. ―Te equivocas otra vez―. Cuando estoy tenso o ansioso,
me dirijo al parque de skate. Te enseñaré.
14
Toma dos patinetas de la parte de atrás de su auto y empezamos a
caminar las dos manzanas que separan su casa del centro recreativo. El
sol está bajo, casi ha desaparecido. Hay una humedad caliente y los
grillos cantan de una forma que me recuerda a cien veranos pasados,
cuando iba en bicicleta por la ciudad hasta que se encendían las farolas.
Era mi momento favorito del día, con el que siempre se podía contar.
Una pareja de la edad de mi papá camina hacia nosotros.
―Vaya, pero si es Scooter Hogan. ¿Te mantienes alejado de los
problemas? ―pregunta el hombre riendo.
Siento que Ethan se pone rígido a mi lado, como una mueca de dolor
en todo el cuerpo.
―Hola, señor McDermott ―dice―. Señora McDermott. ¿Conoce a Ali
Morris? ―Dicen no y nos saludamos.
―Escuché que sigues en Massachusetts pensando qué quieres hacer.
Ethan suelta una carcajada dura, del tipo con dolor envuelto en su
interior.
―Buenas noticias. Lo he resuelto ―dice―. Que pase buena noche.
Seguimos hacia la pista de skate.
―Empiezo a ver a qué te refieres ―digo.
Sacude la cabeza y se pasa una mano por el cabello. Caminamos
media manzana antes de que empiece a hablar de nuevo.
―Lo que quiero que sepas sobre la patineta es que es más que un
deporte.
―¿Pero es realmente un deporte? ―Lo veo de reojo.
Se detiene, y me alegra ver que la ligereza vuelve a su rostro.
―Claro que es un deporte, pero también es una forma de moverse por
la vida. Una forma de enfocar las cosas.
―Espera, ¿vas a hacerme como el señor Miyagi y obligarme a encerar
tu auto?
―Probablemente ―dice, y sonríe. Me ve durante un segundo, y juro
que puedo ver pensamientos impuros correr por su mente. Empezamos
a caminar de nuevo―. Se trata de encontrar el equilibrio y luego
dominar un truco que estás seguro de que es imposible. Se trata de ver
algo que no se puede hacer y estar dispuesto a intentarlo de todos
modos. Se trata de velocidad y perseverancia, pero también de gracia y
control. ―Se detiene porque se encienden las farolas. Levanta la vista
hacia la luz y las partículas de verano que iluminan sobre nosotros―.
Me encanta. ―Luego vuelve a mí―: Ali, no es broma. Estás hecha para
la patineta.
―Me conoces desde hace una semana, Scooter. No sabes para qué
estoy hecha.
―Te conozco desde hace mucho tiempo ―dice. Su mirada se clava en
mí, llena de un millón de cosas sin decir. Es como si él supiera algo que
yo no sé. Como si viera algo que yo no veo. Me toma la mano y entrelaza
nuestros dedos. Lo siento por todo mi cuerpo y olvido brevemente a
dónde vamos. Me aprieta la mano y me suelta―. Vamos ―me dice.
Seguimos caminando hasta que llegamos a la puerta de la pista de
skate, que, por supuesto, está cerrada. Ethan forza la cerradura con su
navaja como si fuera algo para lo que fue entrenado profesionalmente,
entra y enciende las luces.
―Para que quede claro, ¿entramos y ahora encendemos las luces?
―Voy a necesitar un mapa y una brújula para encontrar el camino de
vuelta a mi zona de confort. Patineta, allanamiento de morada. La
emoción burbujea en mi pecho.
―Sí. Esto es importante. ―El medio tubo está en el centro del parque
de concreto, iluminado por altas luces halógenas. A nuestro alrededor
hay una oscuridad total, como si estuviéramos en el centro de un foco
sobre un escenario vacío. Los grillos chirrian desde el otro lado de la
valla metálica, y las luciérnagas centellean en el rabillo de mis ojos. En el
aire flota el dulce olor a miel de los nardos y los lirios.
Me atrapa asimilándolo todo.
―Admítelo. Es bastante genial.
―Lo es ―le digo.
Caminamos hasta el medio tubo y él deja nuestras tablas en el suelo.
Él se sube a la suya.
―Es inestable pararse sobre ruedas. No tiene sentido, ¿verdad?
Asiento con la cabeza.
―Hazlo de todos modos ―dice.
Me subo a la tabla y la siento como una cáscara de plátano. Se me va a
escapar y voy a caer de nalgas. Él me toma la mano y pierdo la
concentración cuando vuelvo a cerrar los dedos alrededor de la suya. La
aprieto involuntariamente, quizá para intensificar la sensación. Tal vez
para mantenerla ahí.
―Te sujetaré, dobla las rodillas ―me dice. Su cuerpo está lo bastante
cerca del mío para que pueda oler la leve mezcla de pino y crema solar
de su piel. Me hace rodar de un lado a otro varias veces―. ¿Ves? Lo
estás haciendo muy bien. Ahora bájate y vuelve a subirte; intenta
mantener los pies junto a los pernos.
Bajar es fácil, subir es aterrador, y le agarro la otra mano.
―No está mal ―dice―. Ahora déjame que te haga rodar un poco.
―Con mis dos manos en las suyas, camina de lado, haciendo rodar mi
tabla―. ¿Te sientes bien? ―me pregunta.
Le aprieto las manos en respuesta. No quiero hablar. Me gusta el
sonido de las ruedas sobre el cemento y sentir a Ethan tan cerca,
tomándome de las manos. Me sumerjo en mis sentidos: la espesura del
aire nocturno, la electricidad que desprenden las manos de Ethan. El
olor de la hierba y el asfalto en el aire viciado. Me detiene y estamos cara
a cara. Con los pocos centímetros que me da la tabla, estamos frente a
frente, y sé que besaré a este hombre tantas veces como él me lo permita.
―Quiero darte la vuelta ―dice.
―¿Qué? ―No sé por qué todo suena sucio.
―Bájate de la tabla y mira hacia el otro lado. ―Correcto.
Me bajo de un salto, me doy la vuelta y vuelvo a la tabla de cara al
medio tubo. Ethan está justo detrás de mí y vuelve a tomarme las dos
manos con las suyas. Siento su pecho contra mi espalda y quiero que me
rodee la cintura con las manos y se quede ahí. Me habla directamente al
oído.
―Entonces, el objetivo de la patineta es dominar el truco imposible.
Puedes hacerte daño de muchas maneras. Tienes que controlar el miedo.
En algún momento, voy a enviarte a la cima de esa rampa y vas a
patinar hacia abajo, y vas a confiar en que todo va a salir bien. ―Puedo
sentir su aliento en mi mejilla mientras el sonido de su voz recorre mi
cuerpo―. Porque si no sale bien va a ser todo cemento y huesos rotos.
Por eso tienes que practicar como una loca y luego saldrá con gracia y
fácil.
Dejo escapar un suspiro. No quiero que se mueva.
―Dime, Ali. ¿Estás pensando en Pete y su apartamento en este
momento?
―En absoluto.
―Es lo que tiene la patineta. Es el paseo del terror definitivo, así que
todo lo demás se queda flotando.
Doy la vuelta en un solo paso y no vuelco la patineta. Esto se debe
sobre todo a que Ethan me agarra por detrás mientras giro. Dice:
―Así que, en ese sentido, se trata de atención y progresión. Solo
pequeños pasos hacia adelante. ―Nos miramos a los ojos, nariz con
nariz, y finalmente su pecho se aprieta contra el mío. Me he adentrado
en algo completamente desconocido e inesperado, y quiero dar otro
paso adelante.
15
Cuando llego a casa, el auto de Pete ya está en la calle. Está
bloqueando el garaje, y se me ocurre que no está siendo desconsiderado,
solo nunca se le ocurriría que yo no estaría en casa, justo donde me dejó.
Greer e Iris se están quitando los calcetines llenos de barro y los tacos
en la cocina. Cliffy salta a mis brazos. Pete se ha servido un Gatorade del
refrigerador.
―¿Qué tal estuvo? ―pregunto.
―Estuvo bien ―dice Iris―. Vamos a matar en el scrimmage del
sábado.
―¿Matar? ¿En serio? ―dice Greer poniendo los ojos en blanco.
―¿Por qué no van a ducharse? ―les digo.
Cuando se van arriba y Cliffy pone Bob Esponja, me dedico a fingir
que limpio la cocina. Consiste básicamente en mover las cosas de un
sitio a otro, como en el juego de las conchas de Coney Island, para fingir
que estoy ocupada.
―Bueno ―empiezo―. Quería preguntarte. Me siento un poco
abrumada con todo y todos los detalles, ¿te importa si llevo a alguien
conmigo el viernes? ―Saco los platos del fregadero y los apilo en la
encimera. Muevo la olla que usé para el brócoli al fregadero.
―¿Como una amiga? ―me pregunta. Es realmente increíble lo niña
que piensa que soy.
―Como un abogado ―digo, y me doy la vuelta.
―Ali, ya pasamos por esto. No podemos permitirnos abogados y no
hay nada que discutir.
―No, claro que no, pero me siento como mi mamá cuando tenía que
ir al médico todo el tiempo, que era bueno para ella tener un segundo
par de oídos. Voy a administrar esta casa yo sola y realmente quiero
hacerlo bien. Como asegurarme de que entiendo los detalles. ―Me odio
por parecer tan incompetente, pero también me gusta sentirme un poco
subversiva. Como si hubiera colado a la vieja Ali con su traje azul
marino en un caballo de Troya.
―¿Cómo le pagarás a un abogado? Yo no lo aprobé.
¿Cómo vas a alquilar un apartamento más caro? Yo no aprobé eso.
Una década de rabia hierve a fuego lento bajo mi pecho. Es una
sensación familiar, como si quisiera salir pero no supiera cómo. Apoyo
las manos en la isla de la cocina y respiro hondo. Cuando levanto la
vista, mi rostro es todo lo suave que puedo.
―No, no es así. Ni siquiera es un abogado de verdad. El hermano
menor de Frannie, Scooter, es abogado investigador privado y dijo que
iría conmigo a tomar apuntes si le ayudaba a organizar la casa de sus
papás.
Pete se ríe y se bebe el resto de su Gatorade.
―¿Scooter?
―Sí, ese es su nombre. ¿Te lo imaginas?
16
Le digo a Ethan que lo recogeré el viernes porque tengo ganas de
conducir. Siento que estoy harta de estar en el asiento del copiloto.
Me estaciono en la entrada de su casa justo cuando sale con un
esmoquin azul antiguo y una camisa blanca con volantes, sacado
directamente de una foto de graduación de los años setenta. Sus
pantalones son dos centímetros más cortos y su expresión es seria. Abre
la puerta del auto, respira hondo y dice:
―¿Qué te parece?
Estoy aturdida. Intento imaginarme la cara de Pete cuando aparezca
con él como abogado.
―Scooter. ¿Qué demonios? ―Suelto una carcajada. Es lo último en el
mundo que pensaba hacer hoy, y la carcajada acaba con los nervios de la
mañana.
Una sonrisa asoma por la comisura de sus labios.
―Okey, esto ya ha valido la pena. Y, Dios, la expresión de tu cara no
tiene precio. No tengo ropa aquí abajo, y todos los trajes de mi papá son
demasiado pequeños. Encontré esto en su armario y me llamó. ―Su
sonrisa es enorme ahora, como si hubiera ejecutado con éxito una broma
pesada en―. Contrataste a Scooter, más vale ir por todas.
―Pete no va a saber qué pensar ―le digo.
―Ese es el plan ―dice.
Conducimos por la ciudad y no puedo evitar sentirme cohibida por
cómo voy vestida. Si Ethan hace el papel de Burt Bacharach en Las
Vegas, yo hago el de ama de casa oprimida. Llevo una falda de mezclilla
(eso sí que es una falda dura) y una blusa con una rebeca en el bolso por
si se necesita con el aire acondicionado. Quiero estar con mi traje azul
marino o incluso con el disfraz de Carmen Miranda de la señora Hogan.
No quiero parecer un tapete.
La mediadora se llama Lacey. Es más joven que yo, lo cual está bien
excepto por el hecho de que es rubia y encantadora. Saluda a Ethan con
una sonrisa que nos dice que está dentro con la broma de su atuendo, y
siento el extraño impulso de decirle que no, que es solo nuestra broma.
Nos presentamos y nos hace pasar a una oficina que parece más de
terapia que de divorcio. Tiene varias pinturas de puentes cubiertos en
las paredes, que estoy segura de que son metáforas sutiles de nuestro
viaje en esta próxima etapa. Nos reunimos con Pete en una mesa
redonda, que me hace sentir, erróneamente, que no hay bandos.
―Pete, este es Scooter ―le digo.
―No sabía que Frannie tuviera un hermano menor ―dice Pete. Lleva
pantalones caqui y un polo blanco y mira a Ethan con desconfianza.
―Vivo en Massachusetts ―dice Ethan―. No he estado mucho por
aquí. Gracias por dejarme participar en tu reunión. ―Saca su bloc de
notas del maletín y coloca con cuidado un bolígrafo encima. Se alisa los
volantes de la camisa y me ve con seriedad, y yo me muerdo el interior
de la boca para no volver a reírme.
Lacey empieza explicando cómo va a ir todo esto. Hoy es la primera
de tres reuniones. Nos pide a ambos que confirmemos verbalmente que
vamos a dividir todos los activos existentes por la mitad y nos da a cada
uno una copia de la lista de activos que Pete elaboró para que la
revisáramos. La casa, la cuenta corriente, la cuenta de ahorros, una
cuenta de corretaje en la que apenas hay nada, los fondos para el retiro,
dos autos, un tarro lleno de monedas de oro.
―Se ve bien ―dice Pete.
―¿Cuándo compraron estas monedas de oro? ―pregunta Ethan.
Pete levanta la vista de la hoja y estrecha los ojos hacia él.
―¿Por qué? ―le pregunta.
Ethan se gira hacia mí en busca de una respuesta. Es un momento
divertido, porque hace mucho tiempo que nadie me pide que
intervenga. Oigo a mi mamá responder por mí y lo siento como un dolor
en el fondo del corazón. Cuando se trata de algo con Pete, me quedaba
callada.
Le digo:
―No las teníamos, me las dejó mi mamá. ―Recuerdo que saqué del
apartamento el tarro de galletas de cerámica lleno de Krugerrands de
oro y lo coloqué en la encimera de mi cocina, junto a la cafetera. Es un
tesoro a la vista, como a ella le gustaba. Valen unos sesenta mil dólares,
una herencia de su mamá que ella nunca tocó.
Ethan me mira.
―Lo siento ―dice―. No sabía eso de tu mamá.
―Fue hace dos años ―dice Pete, como si dos años fueran hace toda
una vida. Como si no pudiera creer que el tema de mi mamá muerta siga
siendo importante.
―Bueno, lo siento ―dice Ethan, y vuelve a su lista―. Entonces eso es
propiedad separada. ―Tacha las monedas de la lista de bienes―. ¿Qué
sigue?
Lacey asiente y lo tacha también de su copia. Pete suelta un suspiro y
seguimos adelante.
Lacey dice:
―Han acordado repartirse la casa. ¿Cuál es el momento de eso?
Pete dice:
―Acordé que Ali y los niños se queden ahí hasta que Cliffy tenga
dieciocho años, luego la vendemos y dividimos las ganancias.
―Veintidós ―dice Ethan.
Pete deja caer el bolígrafo sobre la mesa y se reclina en la silla.
―¿Veintidós qué?
―Creo que deberían plantearse mantener la casa familiar hasta que
Cliffy tenga veintidós años. Es inquietante volver a casa de tu primer
año en la universidad a un lugar nuevo. Por como yo lo veo, un chico de
dieciocho años sigue siendo un niño.
He quitado y puesto la tapa de mi bolígrafo unas mil veces. Estoy
viendo a Pete mirar a Ethan. También le leo la mente. A Pete no le gusta
quedar como un imbécil. A veces pienso que la única razón por la que
entrena el equipo de fútbol femenino es para que le reconozcan su
participación y para distraer a los espectadores del hecho de que esas
son, literalmente, las únicas horas que pasa ahora con ellas. También sé
que los papás de Pete se divorciaron y vendieron su casa en cuanto él se
fue a la universidad y que quedó totalmente traumatizado por eso. Él
sabe que yo lo sé.
―Veinte ―dice, y estamos de acuerdo.
Después de una hora de revisar extractos bancarios y rellenar
formularios, Ethan y yo le damos la mano a Lacey, saludamos con la
cabeza a Pete y bajamos las escaleras hasta Delaney Street. Hace un calor
húmedo como en julio en Nueva York, y me paro un segundo para dejar
que el sol me caliente después del aire acondicionado.
―¿Te sientes bien? ―me pregunta. Me toma la mano, me la aprieta
demasiado rápido y me suelta.
―Sí.
―Eso fue extrañamente satisfactorio. ―Me sonríe―. No sé por qué,
pero es súper importante para mí que Pete piense que estoy
completamente loco.
―Bueno, empezaste bien, y gracias por rescatar la otra mitad de las
monedas de oro. Creo que sabía que eran mías, pero no estoy segura de
haber dicho nada.
―¿Por qué no?
Es una pregunta más importante de lo que me apetece explorar a
mediodía en medio de la ciudad.
―No lo sé. Quizá me quedé callada.
―Siento mucho lo de tu mamá. Me acuerdo de ella, y de cómo eran
muy unidas.
―¿Sí? ―Lo veo y tengo la sensación de que ella está aquí con
nosotros, como si la hubiera invocado. Espero que diga algo en mi
cabeza, pero no lo hace. Lo que realmente quiero, me doy cuenta, es oír a
alguien decir su nombre.
―Las recuerdo en la cafetería, y viéndolas por la ciudad. Siempre
hablando de algo, y yo pensaba, wow, ¿quién habla tanto con sus papás?
Sonrío. A mí. Éramos muy unidas.
―Ha sido muy duro. ―La gente pasa a nuestro lado por la acera y
retrocedo hasta la ferretería para quitarme de en medio. Ethan se apoya
en la pared a mi lado―. Vivíamos justo ahí ―le digo.
―¿Justo dónde?
Hago un gesto hacia la pequeña puerta amarilla que hay al otro lado
de la calle, junto a la tintorería.
―No lo sabía ―dice.
―Sí, mis papás se mudaron a ese apartamento con la intención de
comprar una casa y llenarla de un millón de niños. Acabé siendo solo yo,
y se divorciaron cuando era pequeña, así que mi mamá y yo nos
quedamos ahí. ―No digo lo de los “siete abortos” porque eso siempre
incomoda a la gente.
―Entonces éramos prácticamente vecinos, ambos vivíamos en la
ciudad.
Le lanzo una mirada que dice que no exactamente.
―Sí, nos gustaba. Por eso siempre estábamos en la cafetería. A veces
yo trabajaba en la tintorería. Ayudaba al sastre. ―No digo lo mucho que
me gusta planchar, porque eso siempre hace que la gente piense que
estoy loca.
―Y luego volviste, compraste una casa y la llenaste con un millón de
niños.
―Sí ―le digo―. Sí. ―Veo hacia el ventanal que hay sobre la puerta
amarilla. Más allá estaba nuestra pequeña mesa de cocina negra con dos
sillas. Ella trabajaba en esa mesa, dibujando sus diseños en cartulinas de
cuatro por cuatro. Al final del día, sujetaba la pila con un clip y, o bien
yo no volvía a ver los diseños, o bien uno de ellos se convertía en la joya
destacada de Macy's esa temporada. Nunca pareció importarle mucho
qué diseños se vendían, simplemente le encantaba el proceso y se
formaba su propia opinión sobre lo que era bueno. “¡Alice!” gritaba
desde la mesita. “¡Hice una rana! ¿Verdad que brilla?” Mi mamá creía
que cuando algo encajaba exactamente de la forma correcta, brillaba.
Ella pensaba lo mismo de algunos de sus diseños, de la mayoría de sus
grandes ideas y de todos mis hijos.
Cuando no digo nada más, lo deja pasar.
―¿Qué quieres hacer ahora, además de limpiar toda mi casa? Ahora
me perteneces. ―Me toma la mano, apenas, y pasa las yemas de sus
dedos sobre los míos.
Esto me hace sonreír porque me muero de ganas de revisar esa casa y
dejarla lista para la inauguración. Es mi tipo favorito de trabajo tranquilo
y satisfactorio, en el que ves tus progresos a medida que avanzas y sabes
cuándo has terminado. Mi jefe solía decirme que yo era la única persona
que conocía que veía belleza en la contabilidad, pero a mí me encantaba
tanto por el proceso como por el momento en que todo se equilibraba.
Lo que pasa con la maternidad es que en el día a día no hay resultados
medibles. La marca de un día exitoso es simplemente conseguir que
todos vuelvan a la cama.
Antes de que pueda detenerme, alargo la mano y vuelvo a rozar sus
dedos con las yemas de los míos. Me encanta cómo ese susurro me
recorre el brazo.
―Empecemos por el almuerzo ―dice.
Nos sentamos en la barra de la cafetería y esperamos con caras serias a
que Frannie salga a vernos.
―Oh, hola, hermanita ―dice Ethan cuando ella sale de la cocina.
―Buen Dios, Scooter ―dice, colocando una pila de panqueques
delante del hombre al otro lado de la barra y caminando hacia
nosotros―. Dime que no llevabas esa ropa a la reunión. Por favor.
―Lo hizo ―le digo―. Y además es un abogado condenadamente
bueno. Me ahorró treinta mil dólares en monedas de oro, y me consiguió
dos años más en mi casa.
Ethan parece muy satisfecho consigo mismo.
―Quién sabe, quizá me ponga el disfraz completo de Carmen
Miranda en nuestra próxima reunión.
Frannie se ríe.
―¿Qué pensó Pete de ti?
―No estoy seguro de ser su favorito ―dice.
―Oh, eso me gusta mucho ―dice Frannie.
―¿Quieres venir a tomar una cerveza y nadar? ―me pregunta Ethan
cuando entro en su casa―. A pesar de lo divertido que fue meterse con
Pete hoy, creo que estoy listo para salir de este esmoquin.
Eso suena tan encantador y glotón. Cómo me gustaría pasar el resto
de este día de verano flotando en una piscina con este hombre tan
guapo. Quiero sacarme a Pete de la cabeza y dejarme llevar por esto, por
la conversación fácil y por la forma en que me hace sentir como si
estuviera encendida por dentro. Esto es lo que parece fácil y divertido.
―Gracias, pero tengo que recoger a mis hijos del campamento.
―Okey. ¿Qué hay mañana?
―Es sábado.
―Lo sé. Quiero decir, ¿qué pasa? ¿Pete se lleva a los niños? ¿Puedes
venir?
―No estoy segura, le preguntaré. ―No sé si se refiere a si puedo venir
a ayudar con la casa o a pasar el rato. Esas palabras -solo pasar el rato-,
me hacen sentir como una adolescente.
Ethan se gira hacia mí en el auto aún en marcha y su expresión es
seria.
―Ali. En algún momento tendrás que obligarlo a cumplir un horario.
Si van a compartir la custodia, vas a necesitar que se responsabilice de
ciertos días para que tú puedas hacer tus propios planes.
Suelto una carcajada.
―En realidad no tengo muchos planes. ―Hago huevos, hago kayak.
Sustituyo las perchas de alambre de la gente por otras de madera.
Se inclina hacia mí, solo un centímetro, pero puedo sentir cómo cruje
el espacio entre nosotros. Hay energía en él. El zumbido de mi auto
encendido nos rodea, y me cuesta saber qué vibra. Se ve tan ridículo con
ese esmoquin, pero quiero saber qué se sentiría al rozar mi mejilla con la
suya. Quiero saber qué se sentiría tener mi cara lo suficientemente cerca
de la suya como para sentir su piel contra la mía. Quiero volver a sentir
sus manos entre las mías; quiero sentir cómo tiran de mi cintura. Me ve
directamente a los ojos, como si pudiera oír mis pensamientos, y tengo
que romper el contacto visual. Me giro hacia el volante y digo:
―¿Qué?
Ethan sigue mirándome.
―Sé que estás ahí, Ali Morris. Eres la chica más segura de sí misma de
la habitación.
―¿Estás recibiendo afirmaciones de Instagram también? ―Sigo
viendo mi volante.
―Así es como te recuerdo. En control total porque eras
completamente tú misma.
Sonrío hacia la palanca de cambios.
―Bueno, eso fue hace mucho tiempo.
Levanta la mano como si fuera a tocarme, pero no lo hace.
―Así es como lo recuerdo. Eras la chica que decía lo que quería, vestía
lo que quería. Te veía en la cafetería tomando un tentempié antes del
fútbol, pasando al lado de Jen Brizbane y sus horribles amigas sin darte
cuenta, y mis amigas patéticas decían: 'Enséñame más, Ali Morris'.
Me río.
―Y sigues siéndolo. Lo vi la otra noche cuando estabas con tus hijos, e
incluso cuando intentabas saltar en esa patineta. Tan natural y segura de
quién eres.
―Gracias ―le digo.
―Cuando era niño y no tenía ni idea de quién era ni de quién podía
ser en el mundo, me gustaba ver lo segura que estabas de ti misma.
Me encuentro con sus ojos, y por un segundo siento que soy la chica
que él recuerda.
―Cliffy definitivamente piensa que eres la chica más genial de la
habitación ―dice.
Esto me hace sonreír.
―Ferris también ―digo.
―Ferris tiene buen gusto. ―Abre la puerta del auto y se rompe el
hechizo. Se inclina hacia atrás en la ventana abierta―. Okey, basta de
palabras de ánimo. Me debes treinta mil dólares de organización y una
segunda cita. Mándame un mensaje con tu agenda más tarde. ―Y sale
del auto con su ridículo traje y entra en la casa.
17
Los niños y yo estamos sentados después de la cena escuchando el
lento goteo del agua en el arroyo. Tenemos un sofá de hierro forjado con
cojines verdes que está pegado a la casa y tiene el tamaño perfecto para
los cuatro. Phyllis me acaba de enviar un emoticón de luna, seguido de
otro de reír hasta llorar, así que sé que se ha ido a la cama. Le mando un
mensaje a Pete:
Ali: El partido es a las dos en Greenville. ¿Cuál es el plan?
Pete: Tu abogado es una pieza de trabajo.
Ali: Sí. ¿A qué hora los vas a buscar y cuánto tiempo los vas a tener? Tengo
que trabajar mañana, así que sería bueno saberlo.
Pete: ¿Puedo avisarte por la mañana? Puede que haga un recorrido largo por
la tarde, pero no estoy seguro.
Así es como es, como siempre ha sido. El hecho de tener que repetirle
esta conversación a Ethan me da escalofríos. Mi agenda/planes/deseos
dependen enteramente de que Pete esté satisfecho primero. Mi
capacidad para saldar mi deuda con Ethan y, lo que es más importante,
conseguir mi segunda cita depende de si Pete decide que quiere salir en
bici. Lo peor es que me siento incómoda pidiéndole esta pequeña
cortesía.
Yo: Avísame en cuanto te decidas.
No es la primera vez que intento volver sobre mis pasos para
averiguar cómo pasé de ser la chica que Ethan recuerda a ser la mujer
que está aquí sentada. Lo más inquietante del equilibrio de poder en mi
relación con Pete es que yo fui cómplice, desmenuzando partes de mí
misma y ofreciéndoselas a él hasta que todo lo que quedó fue lo que soy
ahora. Porque cuando las cosas empezaron a no ir del todo bien entre
nosotros, me entró el pánico. El amuleto del vestido de novia estaba
pegado a mi pulsera y le prometimos a todos los invitados que
seguiríamos casados para siempre. Estaba decidida a hacer que
funcionara.
Probablemente no me habría casado con Pete si no hubiera quedado
embarazada de Greer, apenas llevábamos un año juntos y los dos
trabajábamos tanto que cada vez que estábamos juntos parecía una cita
nocturna. Yo tenía mi propia casa en el West Village y mi propio dinero.
Tenía amigos del trabajo y un bolso que compré en un mercadillo del
centro. Me encantaba que Pete participara en todo: en su trabajo, en el
ciclismo, en la liga de fútbol los fines de semana. Me encantaba que
tuviera una mentalidad única sobre a dónde quería ir y cómo quería que
fueran las cosas. Me encantaba la forma deliberada en que colgaba su
traje al final del día, primero los pantalones doblados a lo largo del
pliegue, luego el saco perfectamente ajustado al perchero de madera
especialmente diseñado. Siempre colgado, siempre viendo a la
izquierda. Pete era una persona junto a la cual las cosas tenían sentido.
Pero entonces quedé embarazada. Yo estaba aterrorizada y mi mamá
estaba eufórica. No cabía en sí de gozo por mi buena suerte, por
“quedarme” embarazada como si fuera algo que te pasara a ti y no algo
que persiguieras con toda tu fuerza vital. Una vez que me hice a la idea,
yo también me emocioné. Ideé un nuevo plan en el que estaría casada
con un bebé y seguiría siendo estupenda en mi trabajo. En casa, Pete y
yo pasaríamos por todo ese caos feliz que se ve en las comedias de
situación, pero con la facilidad y el orden de las parejas de la revista Real
Simple. Nos casamos, y no fue hasta que estuve en reposo y tuve que
pedirle ayuda a Pete cuando me di cuenta de que estaba metido en todo
menos en mí. Era como si viera en mi necesidad de él una debilidad o un
incumplimiento de contrato, y se enojaba. Cuando terminó mi baja por
maternidad, Greer solo llevaba una semana fuera de la UCIN 1, y tuve un
1 Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales.
pequeño ataque de pánico en mi mesa el primer día que volví al trabajo.
Sabía que Pete nunca iba a dar la cara cuando lo necesitáramos. Me dije
que tenía suerte de que pudiéramos permitirnos dejar el trabajo, y así lo
hice. Pete dio otro paso atrás.
Mi nuevo plan consistía en ser una estupenda ama de casa y esposa.
No había escasez de caos que suavizar en un hogar con un bebé. Planché
los pañales y los apilé según el arco iris. Colé las verduras y las envasé
para la semana. Consolidé nuestras finanzas domésticas en una hoja de
cálculo que alimentaba el software fiscal. Adopté a Ferris por razones
que nunca entenderé. Tuvo algo que ver con que la primera palabra de
Greer fuera “perro” y con que me sintiera culpable por volver a quedar
embarazada tan pronto. Las cosas seguían sin ir bien. Entonces nació
Iris, justo dieciséis meses después de Greer, y vino al mundo de una
forma más fácil. Esperé a que él se diera cuenta de lo hermosa que era
nuestra familia. Esperé a que mirara a nuestras hijas como miraba su
nueva bicicleta de montaña.
Mi mamá decía ven a Beechwood. Siempre decía que viniera a
Beechwood. Su sueño era que volviera a casa con mi familia. Me resistía
porque mudarme a casa era como rendirme, y sabía que sería más difícil
volver a trabajar una vez que me hubiera ido de la ciudad, pero ella se
sentía sola, y al final me gustó la idea de que las chicas estuvieran aquí
recogiendo conchas de cangrejo en el estrecho de Long Island y tomando
batidos en el mostrador del Hogan Diner. Me encantaba la idea de que la
conocieran como se conoce a una abuela a la que ves todos los días. Tal
vez incluso llegarían a conocer a mi papá. Pensé que tal vez podría
encontrar un trabajo a tiempo parcial como contadora, solo para ganar
algo de dinero y sentir que le estaba dando sentido a algo. Así que nos
mudamos y mi mamá me dio el amuleto de la casita de ladrillo como
regalo de inauguración.
Las cosas seguían sin estar bien.
La primera vez que vi a mi mamá darse cuenta de lo mal que iban las
cosas en mi matrimonio, había verdadero miedo en su cara. Mi vida con
este hombre y estas niñas era su sueño hecho realidad. Lo contrario de
ese sueño era su peor temor: que yo estuviera sola. Siempre le preocupó
que fuera hija única, pero a mí nunca me molestó.
Ella ayudó con Greer e Iris, y yo intenté preparar nuestra casa.
Después de vivir en la ciudad, no podía creer el tamaño de mi despensa:
un metro de ancho con cinco estantes. Mi mamá, las niñas y yo fuimos
por primera vez juntas a Container Store y pasamos las manos por los
recipientes de cristal y los revestimientos beige de las estanterías. Me
gasté ciento cincuenta dólares en material de organización para aquella
despensa, que estuvo durante años en dos bolsas idénticas en mi garaje.
Pete llegó a casa cansado del tren, desconcertado por el ruido y el
desorden y por el hecho de que tuviera que volver a tomar ese tren por
la mañana. Lo que más le desconcertaba era que yo no. Yo consideraba
que mi trabajo era mantener viva a la gente. Para él, mi trabajo era ir al
patio y holgazanear durante la siesta, el trabajo de un niño. Llegó un
momento en que Pete y yo dejamos de hablar más allá de las
transacciones. Había mucho silencio entre tanto ruido.
Cliffy era nuestra última oportunidad de hacer que funcionara. Tal
vez si nos superaban en número, veríamos a esta familia como algo más
grande que nosotros. Algo lo suficientemente grande a lo que aferrarse,
pero un tercer hijo me empujó más profundamente al agobio, y Pete se
ofreció a hacerse cargo de las finanzas familiares. Me quedé atónita ante
esta oferta de ayuda, la primera en años por lo que yo recordaba.
Hubiera preferido que se encargara de hacer la compra, pero eso no
estaba en la oferta. Así que lo hizo, y yo seguí con los niños y la casa y el
río de ropa sucia que desemboca agresivamente en mi sótano, y cuando
murió mi mamá, me quedé completamente insensible. Fue una
consecuencia inesperadamente dolorosa de su muerte darme cuenta de
que, en mi casa, mi mamá era como las contraventanas recién pintadas
que impedían que nadie se diera cuenta de que los cimientos estaban
podridos.
Greer se ríe de algo en su teléfono. Iris se levanta y está regateando el
balón de fútbol junto al arroyo, y la cabeza de Cliffy pesa sobre mi
hombro. Hay tanta paz aquí sin Pete. Me pregunto cómo reaccionaría mi
mamá al saber que sus peores temores se han hecho realidad y que está
absolutamente bien.
Pete se presenta a recoger a los niños a la una del sábado sin enviar un
mensaje de texto de antemano. Es un acto de agresividad, y lo sé porque
conozco a Pete desde hace quince años. Pete es egoísta, pero le gusta
anunciarse. Estoy en el tren de las 5:26. Saliendo del gimnasio ahora. En casa
en 20. Siempre le pareció un acto de prepotencia, como si quisiera que le
precediera un tipo con una bocina para anunciar su llegada. Greer e Iris
se apresuran a prepararse, y Cliffy mete unos rotuladores y un juego de
acuarelas en su mochila. Le pregunto a Pete cuándo volverán.
―No estoy seguro, te mandaré un mensaje. ―Señala con la cabeza la
isla de la cocina, donde descansa mi cesto roto de la ropa sucia sobre la
montaña de correo sin abrir―. Me encanta lo que has hecho con la casa.
Le sostengo la mirada un segundo. Hay todo un matrimonio de cosas
que decir, pero digo:
―Vamos, chicos, afuera.
Cuando los niños están en el auto, me interpongo entre Pete y la
puerta del conductor. Es como si mi cuerpo supiera que tengo algo que
decir y quisiera forzar la situación.
―Necesito saber cuándo volverán, porque hoy tengo cosas que hacer.
Responde como si yo fuera dura de oído.
―Entendido. Te enviaré un mensaje cuando estemos en camino.
―¿Y si no estoy en casa?
―¿Dónde estarías? ―pregunta. La rabia fresca hierve a fuego lento.
No hierve, pero es un hervor fuerte. Me gusta la forma en que corre por
mis venas y convierte mi pecho en una ráfaga de fuego fundido y
palpitante.
―Estaría trabajando. ―O con un amigo. Estaría nadando o borracha
en un bar o acostada en una camilla de masajes o sirviéndole sopa a los
vagabundos. Tal vez estaría montando mi maldita bicicleta por todo
Kingdom Come―. Estaría fuera, es decir, no aquí. ―Mi voz es
temblorosa y delata las pocas veces que he hablado por mí misma en los
últimos años.
―Jesús, Ali. Relájate. Te mandaré un mensaje.
18
Con los dedos temblorosos, le envío un mensaje a Ethan diciéndole
que tengo unas horas, y me dice que vaya. No quiero que me vea así.
Quiero que coquetee conmigo a través de una valla y me diga algo sobre
que soy la elegida. Quiero que me eche una mirada que me diga que
estamos en la misma broma, pero tal vez ahora que me ha visto con Pete,
es demasiado pedir. No soy la Ali Morris que él recuerda.
Lo encuentro sentado en una caja en medio del salón, rodeado de
otras cajas.
―Literalmente, no puedo arrancar ―me dice.
―Es mucho ―le digo, como a todos los clientes cuando se cierran en
banda. Reconozco sus sentimientos y luego los inspiro a seguir adelante.
Lo vi en un vídeo de YouTube sobre coaching personal.
―¿Estás bien? ―me pregunta, levantándose y caminando hacia mí.
Tengo la sensación de que va a tenderme la mano, pero no lo hace.
―Estoy bien. Pete es un imbécil.
―¿No se llevó a los niños?
―Lo hizo, pero también hizo esta cosa despectiva… es difícil de
explicar. ―Entrecierra los ojos, como si estuviera preocupado. Su cara
está tan clara, como si estuviera listo para asimilar lo que tenga que
decirle. Es casi hipnótica la forma en que me atrae, pero ahora no quiero
ser esa Ali, a la que acaban de decirle que se relaje delante de sus hijos.
Enderezo los hombros―. Vamos a hacer cuatro montones: uno para
guardar, otro para tirar, otro para donar y otro para vender. ―Todavía
siento la adrenalina de querer asesinar a Pete con mis propias manos, y
decir estas palabras que dije un millón de veces con mi voz
tranquilizadora me relaja.
―Okey ―dice―. ¿Por dónde empezamos?
―¿Qué tal con la caja en la que estabas sentado?
Estira los brazos por encima de la cabeza. La camiseta se le sube y deja
ver un poco de su esculpido vientre. Respiro un poco al verlo y desvío
mi atención hacia la caja.
―¿Cuánto tiempo puedes quedarte? ―me pregunta.
―No lo sé. Un par de horas, tal vez más.
―¿No te dijo cuándo los traerá de vuelta?
―No. ―Arranco la cinta y saco una tortuga de cerámica envuelta en
una burbuja―. Y estoy súper enojada. Con él, conmigo misma.
Se gira hacia mí, y realmente no quiero oír lo que tiene que decir.
―Lo sé, Scooter. Yo solía tener el control. Lo entiendo. Ahora,
¿guardar, tirar, donar o vender?
Trabajamos en relativo silencio. (Se queda con la tortuga de cerámica,
que es adorable). Al principio vacío cajas y le pregunto en qué pila
quiere las cosas, luego empieza a abrir sus propias cajas y a tomar
decisiones sin mí. Recibe tres llamadas, que atiende en la cocina. No oigo
lo que dice, pero por el tono de su voz sé que es algo personal, que está
aplacando a alguien. Me pregunto si será la antigua novia y pienso que
debe de haber sido excepcionalmente poco fiable para que ella no quiera
pasarle las manos por el estómago todo el día. Seguro que es rubia, va
completamente arreglada con trajes hechos enteramente de seda porque,
por supuesto, no suda. Compra papel higiénico de diseñador de dos en
dos y nunca ha pisado un Costco. Solo de pensar en ella y en su lujoso
papel higiénico me dan ganas de retorcerle el cuello a esa tortuga de
cerámica.
Su teléfono vuelve a sonar y lo toma delante de mí.
―Hola ―dice―. Sí, está bien. Veré si Vince puede ir a arreglarlo por
la mañana. De acuerdo. Gracias. ―Y cuelga.
―¿Todo bien? ―pregunto, porque soy entrometida y también estoy
encantada de que eso no haya sonado romántico.
―Sí, bien. Solo son unos chicos que conozco de la patineta. La
cerradura de la valla del parque de skate está rota.
―Ah, y sé lo mucho que te opones al allanamiento de morada.
―Son los aficionados los que rompen los candados ―dice―. Yo soy
un profesional.
Abre una caja que contiene una vieja máquina de sumar, un sombrero
de vaquero y un juego de palillos de porcelana. Sacude la cabeza y pone
toda la caja en la pila de donaciones.
―Pero, ¿por qué te llaman por lo de la cerradura? ―Había algo tan
despreocupado en su forma de hablarle a quien llamaba.
―Me llaman para todo. Te lo dije, soy un solucionador de problemas.
Soy como su tío que sabe cómo hacer las cosas.
―¿Y lo sabes por la patineta?
―Todo lo que sé, lo sé por la patineta.
A las cinco, aún no tengo noticias de Pete, y hemos vaciado dos de los
armarios de roble del salón. Solo hemos encontrado un puñado de cosas
que quiere conservar. Una regla fundamental de la limpieza es parar
cada pocas horas para hacer una pausa importante. Si tardas demasiado,
dejas de ver lo que estás ordenando y empiezas a tirarlo todo. Yo lo
llamo Fatiga de las cosas y es un problema real.
Ethan parece estar en la zona, pero tomo dos cervezas de la cocina y le
digo que es hora de dejarlo.
―Gracias a Dios ―dice, y me sigue al patio. Es un día despejado y el
sol del atardecer hace brillar la piscina. Nadie debería estar dentro
revisando cajas.
Nos dejamos caer en nuestros dos sillones frente a frente.
―Una vida feliz acumula muchas cosas ―dice.
―Cualquier tipo de vida lo hace ―digo, y brindamos por eso.
―Apuesto a que tu casa está organizada como un armario militar.
Me ahogo con un poco de cerveza.
―No.
―¿En serio?
―Los hijos del zapatero no tienen zapatos ―le digo.
―Fascinante.
―Es mucho más fácil solucionar los problemas de los demás. Creo
que debo de estar muy apegada a los míos.
Ethan me ve como esperando a que diga más. Tiene una bonita
manera de saber cuándo indagar y cuándo dar un poco de espacio.
Vuelvo a preguntarme qué le pasa para que su novia haya terminado
con él. Ahora que he visto cinco centímetros cuadrados de su estómago,
tiene menos sentido que nunca.
―¿Y por qué terminó tu novia contigo? ―le pregunto.
Se encoge de hombros.
―La razón de siempre.
―¿Por tu sentido de la moda?
Sonríe, y me encanta que tengamos una broma.
―Tengo que madurar.
―¿Por la patineta? ―pregunto. Esta rubia no sabe nada de lo que es
sexy―. Debe haber algo más.
―No le di prioridad a la relación.
Lo veo durante un minuto, registrando su mirada firme y el regalo de
su total atención. Parece una persona que cuida de las cosas que le
importan: su perro, su auto, las pertenencias de sus papás. Me pregunto
qué le importaba más que su relación con esta mujer molesta.
Mi teléfono suena, y es Pete.
Pete: Gran partido, Iris anotó dos. Voy a llevarlos a cenar y luego a dormir a
mi casa. Te mando un mensaje por la mañana.
Estoy encantada de que hayan tenido un gran partido y de no tener
que hacer la cena.
―Pete se va a quedar con ellos toda la noche ―le digo. Levanto los
ojos hacia los suyos y veo bailar por su cara todas las posibilidades
asociadas a lo que acabo de decir.
―Oh ―dice finalmente, y entra.
Estoy libre por toda la noche. Soy una mujer soltera, libre durante
toda la noche. Me alegro de que me haya dejado sola porque mi
respiración se volvió irregular y necesito levantarme y caminar un poco.
Doy una vuelta alrededor de la piscina mientras Iris me envía un
mensaje de texto con toda la jugada del partido.
Ethan vuelve a salir con un plato de rodajas de tomate, mozzarella
fresca y rodajas de salami. Bajo el brazo lleva una baguette.
―Mira, un picnic ―dice. Se acerca a la cocina exterior y saca dos
copas de vino de la alacena. Abre la nevera de vinos, elige un blanco y
abre la botella con cuidado.
Se sienta y nos sirve una copa a cada uno. Mis sentidos están en alerta
máxima. Siento los latidos del corazón en el pecho. Mi mente escudriña
la situación en busca de pistas sobre lo que viene a continuación. La
cerveza, me dice mi mente, es para pasar el rato entre amigos. El vino es
para una cita.
Necesito controlarme. No hay razón para que sienta miedo de cómo
quiero recorrer con la punta de mis dedos el interior de su antebrazo.
Hacía tanto tiempo que no me atraía un hombre que me estoy
obsesionando con los antebrazos de este tipo. Me río un poco. Debo de
estar perdiendo la cabeza.
―¿Qué? ―Se sienta, nos sirve una copa de vino a cada uno y yo
arranco un trozo de baguette.
―Esto es tan encantador.
―¿Gracias? ―dice―. ¿Por qué sería gracioso?
Arranco otro trozo de baguette y me hago un pequeño sándwich con
mozzarella y salami. Me observa. Ha adoptado lo que ahora sé que es su
pose de “tienes toda mi atención”. Inclinado hacia adelante, con los
antebrazos dorados apoyados en los muslos. Es como una invitación a
desahogarme.
―Es que eres este hombre con el vino y la comida encantadora, y
luego también eres Scooter que robó los sándwiches de helado.
―Fue un desafío. La gente tiene que olvidarse de eso. Tenía catorce
años y cumplí mi condena.
Sonrío y veo mi vino.
―Ayer me ayudaste mucho ―digo―. Hacía mucho tiempo que no
me sentía apoyada así, como si alguien estuviera de mi lado.
―Me alegro de haber estado ahí, pero podrías haberlo manejado
totalmente por tu cuenta.
Eso es imposible.
―No estoy tan segura ―digo, y ahora desearía no haber desviado la
conversación en esa dirección. Quiero que vuelva a inclinarse hacia
adelante para poder estudiar sus pestañas, más oscuras que su cabello.
―Claro que puedes ―dice―. Eres la arquitecta de tu propia
experiencia.
Entrecierro los ojos.
―Eso estaba en mi discurso de graduación de la escuela. 'Soy la
arquitecta de mi propia experiencia'. ―Por supuesto que él habría
estado en la graduación de Frannie y mía―. No puedo creer que
recuerdes eso. ―Puedo volver a sentir todos esos nervios y la forma en
que mi mamá me arregló el birrete y me abrazó antes de ponerme en la
fila con mis compañeros. Estaba tan nerviosa, y ella me dijo que los iba a
dejar boquiabiertos.
―Me sentí muy identificado. Yo estaba en segundo año y me juntaba
con completos fracasados porque no sabía qué más hacer, y mis papás
tenían muy pocas expectativas puestas en mí tras el incendio del sótano
y, por supuesto, mi fracaso como estrella de americano. Esas palabras
me hicieron darme cuenta de que no tenía que seguir siendo quien todos
pensaban que era para siempre.
―Wow ―digo. Intento recordar qué tipo de experiencia esperaba
crear cuando escribí ese discurso.
―Es curioso que me conozcas por primera vez y yo te conozca desde
siempre ―dice. Vuelve a inclinarse hacia adelante, así que yo también lo
hago. Está muy cerca, y noto ese crujido entre nosotros, como si el aire se
espesara de repente. De una cosa estoy segura: ya no estoy entumecida.
Siento sus ojos en los míos. Siento el espacio entre nuestras bocas.
Cuanto más nos quedamos aquí, más intenso se vuelve, y me encuentro
moviéndome medio milímetro hacia él y luego hacia atrás, solo para
sentir el crujido contra mis labios.
―¿Sabes? ―dice, y casi puedo sentir su boca mientras se mueve―.
Tengo la manía de no besar a una mujer que se niega a llamarme por mi
verdadero nombre.
Me está viendo a los ojos, esperando. Sus ojos buscan una respuesta
en los míos, y estoy segura de que la ve. He querido besarlo desde el
momento en que mi perro se orinó en él. Me sonríe un poquito y yo le
devuelvo la sonrisa.
―Ethan ―le digo.
Apenas he podido pronunciar la palabra cuando su boca está sobre la
mía, mis labios se separan y me pierdo. Sus manos se enredan en mi
cabello y presionan mi cuello para acercarme. Subestimé la emoción de
besar a alguien por primera vez. No tuve en cuenta su sabor ni el roce de
su ligera barba contra mi cara. No tuve en cuenta lo que sentiría al
respirar su aroma de cerca, las yemas de mis dedos apretándose contra
sus hombros. Tengo la sensación de que podría comerme a este hombre.
Todo a nuestro alrededor se ha quedado en silencio, el tipo de silencio
que se produce cuando se quita el seguro de la granada. Justo antes de la
explosión.
Profundiza el beso y me oigo gemir. Se aparta, con mi cara entre sus
manos, y me ve a los ojos. Respira entrecortadamente.
―Wow ―dice. Me roza los labios hinchados con el pulgar y lo noto
en todo el cuerpo. Después de unos latidos, dice―: Voy a meterme a
nadar. ―Es un reto, y me pregunto si sabe que en este momento lo
seguiría a cualquier parte.
Se levanta, se quita la camiseta y camina hacia las escaleras de la
piscina. Recorro con la mirada sus hombros y su pecho, y sé que sabe
que lo estoy observando. Sus ojos se clavan en los míos y los dos
sabemos que nunca volveré a llamarlo Scooter. Me acabo el vino y, sin
pensarlo, me quito los pantalones cortos y la camiseta y me zambullo en
la piscina en sujetador y ropa interior. El agua sacude mis sentidos ya de
por sí agudizados, y me encanta la deliciosa forma en que se mueve por
mi piel. Cuando estoy cerca del fondo de la piscina y el agua fría ha
tocado cada parte de mí, me doy cuenta de que me olvidé de estar
acomplejada por mi perfectamente buen cuerpo. Olvidé fijarme en la
ropa interior que llevaba. La mayor parte procede de un paquete de seis
que compro en Costco, de algodón en tonos beige con un par azul que es
especialmente sin gracia. En febrero y septiembre está de oferta, así que
me aprovisiono. En este momento no me siento como una mujer que
compra su lencería en el mismo sitio donde compra detergente para la
ropa y bocaditos de pretzel con mantequilla de cacahuete.
Salgo a tomar aire y él se mete en la piscina. Nado desde la parte más
profunda, bajo el agua, hasta donde él está de pie sumergido hasta los
hombros. Es demasiado profunda para mantenerme de pie, así que
coloco mis manos sobre sus hombros para mantenerme a flote. Hay una
realidad en la que aferrarme a él es sólo un juego, o que intento no
ahogarme. Él me ve como si pensara que no es ninguna de esas cosas y
me rodea la espalda con los brazos.
―Entonces ―digo, y le rodeo el cuello con los brazos.
―¿Sí? ―Me acerca para que nuestros estómagos se toquen. Puedo
sentir que esto va de cero a sesenta muy rápidamente. Mi cuerpo me
grita que salte, pero tengo que contenerlo.
―Esto ―digo, y hago un gesto entre nosotros―, esto es un romance
de verano. ―Mi voz se entrecorta cuando mueve su boca por mi
húmedo cuello.
―Es lo que tú quieras ―dice, justo antes de presionar sus labios
contra los míos, primero como una pluma y luego con intención.
―¿Esto puede ser solo besarse? ―pregunto contra su boca.
―Sí. Lo que quieras, Ali Morris. Lo digo en serio. ―Me besa de
nuevo.
―Si no, se complicará mucho. ―digo esto, que pretende
ralentizarnos, mientras exploro su labio inferior con mi boca.
Él asiente con la cabeza.
―Y nada de tocar en público. Mis hijos.
―Okey, te mantendré aquí ―dice contra mi piel, y me estremezco.
Muevo las manos por su espalda, explorando los músculos y sintiendo
cómo se acelera su respiración.
Suena un pitido, y me recuerda al sonido de mi despertador durante
un sueño realmente bueno. Él sigue besándome y yo sigo apretándome
contra él. Entonces vuelvo a oír el pitido. Es mi teléfono.
Lo beso rápidamente y me dirijo hacia los escalones. Me toma de la
mano y tira de mí hacia él.
―No hace falta que lo contestes.
―Tengo hijos. Siempre necesito contestar. ―Le aprieto la mano y
salgo de la piscina.
Es Pete, por supuesto.
Pete: Acabo de quedar con un grupo que va a hacer un paseo súper temprano
mañana por la mañana a través de Manhattan. Voy a dejarlos después de cenar.
Ethan ha salido de la piscina y me tiende una toalla.
―Pete quiere llevar a los niños a casa ―le digo.
―Ah, ¿cambió de planes?
―Básicamente ―digo.
―¿Qué dijiste?
―Aún no contesto. ―Lo veo en busca de orientación. En el fondo, soy
una mamá; mi instinto es ponerme la ropa y correr hacia donde están,
envolverme a su alrededor por si se dan cuenta de que los han dejado
para dar un paseo en bici. Odio la idea de que se sientan como siempre
me sentí yo, como si fueran su actividad secundaria. Y, sin embargo, mi
piel está húmeda en el aire de la noche y quiere estar apretada contra
Ethan, sintiendo su pecho contra el mío. Quiero sus labios en mi cuello.
En este instante entiendo el deseo de una forma que no había entendido
antes, un desprendimiento irracional de todos los demás pensamientos:
Quiero volver a sentir eso. Alargo la mano y la apoyo en su pecho
húmedo.
Siento que respira rápidamente.
―Tengo que irme ―le digo.
―No lo hagas ―dice, apretando mi mano, aumentando la presión
entre nosotros.
Irme es lo último que quiero hacer, pero me alejo porque pienso en
Cliffy entrando en la cocina y esperando que yo esté ahí.
―¿Así que esta era nuestra segunda cita? ―le pregunto―. ¿La gente
se besa en la segunda cita?
―Sí, es una regla ―dice. Me pasa una mano por la cintura y siento
cómo me recorre las piernas―. Fue una cita estupenda. Mi yo de catorce
años no puede creer que haya metido a Ali Morris semidesnuda en la
piscina. ―Toma una toalla y me envuelve con ella.
19
Conduzco a casa aturdida, y me sorprendo a mí misma llevándome
los dedos a los labios tres veces.
Entro en la casa y ya están ahí, Cliffy corre a mis brazos y Pete quiere
saber por qué estoy mojada. Le digo algo sobre hacer paddleboarding
con Frannie y cayendo con el sonido, y ellos preguntan algo sobre hacer
paddleboarding por la noche. Nada de eso tiene sentido, pero está bien.
Es tarde y mis hijos se van a dormir. Me meto en la cama y él me ha
mandado un mensaje.
Ethan: ¿Cuándo podemos volver a hacer exactamente eso?
La sonrisa me sube por los ojos hasta la cabeza. Estoy burbujeando.
Yo: ¿Pronto?
Ethan: Justo ahora sería bueno.
Le sonrío a mi teléfono en la oscuridad.
Yo: Pronto.
Ethan: Buenas noches Ali.
Los domingos llevo a mis hijos a comer a casa de mi papá y Libby en
Twin Rivers.
Siempre le llevo flores a Libby para compensar el hecho de que
realmente no tengo una relación con ella. Le entrego las flores en lugar
de un abrazo, y si hubiera una tarjeta podría decir: Siento que esto nunca
haya sido más natural entre nosotras. Libby es una persona perfectamente
agradable. Quiere a mi papá y es dulce con mis hijos. Se conocieron
cuando él estaba en una visita de ventas en Twin Rivers cuando yo tenía
cinco años. Ella tenía dos gemelos de once años, Marky y Walt, y mi
papá entró en una nueva familia como un personaje de televisión
favorito aparece de repente en un spin-off. Son los mismos, pero todo a
su alrededor es diferente. Nunca supe cómo acercarme a este papá
alternativo, de repente era papá de dos niños, y una parte de mí sentía
que acercarme demasiado a él sería desleal con mi mamá. Sospecho que
lo que le atrajo de Libby fue que ella lo adora como mi mamá me
adoraba a mí.
Mi papá abre la puerta y mis hijos lo abrazan.
―¡Pero si son los Tres Chiflados! ―dice siempre.
Lo abrazo y él me devuelve el abrazo. Es un abrazo más largo de lo
socialmente aceptable, pero es lo único que tenemos. No sé muy bien
cómo hablar con mi papá, pero cuando lo veo, cuento con este largo
abrazo para decir todo lo que necesitamos.
―Son hermosas ―dice Libby, aceptando el tarro de hortensias rosas.
Ella tiene un bob de cabello rubio y un toque admirablemente ligero con
el delineador líquido―. Ven a la parte de atrás. Estamos asando
hamburguesas.
Caminamos por su salón y cuento seis fotos de los nietos de Libby
junto a la nuestra. Veo a mis hijos para ver si están concentrados en estas
matemáticas en particular y me doy cuenta de que soy la única infantil
aquí.
―¿Todo bien? ―pregunta mi papá cuando estamos tirando los platos
a la basura.
―Claro ―le digo. Es lo más cerca que hemos estado en mucho tiempo
de que mi papá me pregunte cómo estoy. No sé quién de los dos está
más asustado por la respuesta―. Creo que no te dije que Pete y yo
vamos a pedir el divorcio. Tenemos nuestra segunda reunión de
mediación la semana que viene. Una especie de formalidad.
―Ah ―dice. Pone dos platos en el lavavajillas y se gira hacia mí―.
¿Necesitas ayuda? ¿Un abogado?
―No. Todo es muy sencillo.
―Okey, avísame si eso cambia ―dice―. ¿Y no pasa nada más?
―No, ¿por qué? ―Hago un rápido escáner de mi vida en busca de lo
que podría estar notando. Mis hijos están bien. Me lavé el cabello, pero
no es que me haya vuelto a poner brillo de labios.
―Revisaste tu teléfono seis veces durante el almuerzo.
Me sonrojo y él lo ve, lo que hace que me sonroje aún más.
―Oh ―dice―. Entendido. ―Y vuelve a salir sonriendo.
Después del almuerzo, nos dirigimos directamente a la posada y
botamos una canoa para nuestro paseo del domingo por la tarde. Desde
hace unos meses hago que los niños remen conmigo, aunque yo hago la
mayor parte del trabajo. Esto es algo que Phyllis me enseñó sobre la
paternidad, la importancia de hacer que los niños hagan pequeñas cosas
que tú podrías hacer más rápido y mejor por tu cuenta. Pídele a un niño
pequeño que haga su cama y sabrás lo que ella quiere decir. Un año dejó
que Greer e Iris plantaran bulbos de tulipán por todo el jardín, les dio
palas pequeñas y ninguna orientación artística. Aquella primavera, el
diseño aleatorio del jardín me pareció un milagro. Veo a mis hijos y me
los imagino crecidos y fuertes, los imagino capaces de llevar una canoa
al agua por sí solos. Quiero que estén preparados para tener treinta y
ocho años.
Reviso mi teléfono inmediatamente cuando volvemos al auto.
Ethan: ¿Puedo verte mañana?
Yo: Soy libre a las 12.
Y estoy burbujeando de nuevo.
Es lunes por la mañana y acabo de darle sentido a los libros de
Frannie. Pido huevos escalfados y un pan inglés en el mostrador.
―¿Quién se encarga ahora de los libros de la posada? ―pregunto.
―Harold. El vigilante de la playa ―dice para enfatizar.
―Wow, tus papás deben tener un sistema más ágil que el tuyo.
―No lo tienen ―dice―. Y es un desastre total ahí. Mis papás tienen
que saberlo. La única gracia salvadora es que todos nuestros
proveedores nos conocen desde hace tiempo y nos avisan antes de que
nos corten.
―Pasaré esta semana a ver si puedo ayudar ―le digo. La posada es
como el cuarto de lavado de alguien totalmente desorganizado pero
hermoso al que me gustaría meterle mano.
Frannie junta las manos en señal de oración e inclina la cabeza.
―Gracias. ―Me rellena el agua y me ve con los ojos entrecerrados―.
Entonces, ¿qué pasa?
Ella lo sabe. Que besé a su hermano y me infiltré en el universo con
pensamientos impuros sobre él. El sábado por la noche me acosté en la
cama y aún podía sentir la presión de sus labios sobre los míos, su mano
en mi cintura. Tiene que saberlo.
―Nada. ―Me meto un bocado de huevo en la boca para evitar una
confesión.
―Ali. Pantalones duros, cabello limpio. Juro que cuando entraste aquí
llevabas brillo de labios. ¿Qué pasa?
Me río aliviada.
―Sí, hoy he empezado de cero, y me siento muy bien. Estos jeans
incluso me quedan bien. ¿Te diste cuenta?
―Lo hice, y si no te conociera mejor pensaría que te estás preparando
para salir con un hombre adulto de verdad.
―Oh, por favor ―digo.
Se aleja porque el pedido de alguien está listo. No voy a admitir ante
ella que hoy voy a verlo al mediodía. Anoche me metí en la cama con
Iris y Cliffy a cada lado, escuchándolos discrepar sobre lo que íbamos a
leer, y me froté los dedos para intentar recrear la sensación de sus manos
en mi piel. Me gusta cómo he contenido las cosas. Nada en público
porque mis hijos no pueden saberlo, y tampoco Frannie. Nada de sexo
porque eso podría ponerme en una pendiente resbaladiza
emocionalmente. Solo un verano fácil y divertido donde el final se
arregla solo. La magia del romance de verano reside en las limitaciones.
Mi teléfono suena, y es él.
Ethan: ¿Ya es mediodía?
Sonrío hacia mi teléfono y se me calienta la cara.
―¿Qué? ―pregunta Frannie mientras vuelve.
―Nada. Es solo Scooter. Quiere que vaya a ayudar con la casa. ―Me
ocupo de responder para no tener que verla.
Ali: Estaré ahí en 15 minutos.
20
Frannie me prepara un almuerzo para llevar con un sándwich de pavo
gigante y una ensalada y me dirijo a casa de Ethan. La puerta está
entreabierta, así que entro. Los cuatro montones en el salón han crecido
desde el sábado, lo que sugiere un pequeño progreso.
―¿Ethan? ―Lo llamo.
―Aquí arriba ―me responde desde el segundo piso. Lo encuentro en
el dormitorio principal, acostado boca arriba en la cama king size.
―¿Estás bien?
Sonríe al verme y hace un gesto hacia el armario.
―No puedo hacer esto.
Me parece natural acostarme a su lado en la cama, así que lo hago.
Me toma de la mano y me siento aliviada. Como si hubiera vuelto a
conectarme a una fuente de energía. El calor recorre mi cuerpo mientras
nuestros dedos se entrelazan.
―¿Qué vamos a hacer? ―me pregunta.
―Vamos a limpiar este lugar. Frannie nos hizo almuerzo, y tenemos
que comer después de haber trabajado durante una hora. Voy a poner
un temporizador en mi teléfono.
Se queja y me aprieta la mano.
―Llevo en ese armario desde las ocho de la mañana. Cada prenda me
parece una reliquia, un trozo de historia. Es como si estuviera vivo y
alguien me pidiera que lo matara.
Es hora de que ejerza mi energía de avance. Tengo un arsenal de
preguntas que desatascarán a este propietario atascado: ¿Piensas usar
estos objetos en el futuro? ¿Bastaría con fotografiarlos y poner las fotos
en un libro para honrar el recuerdo? Pero sé exactamente cómo se siente,
cada vez que intento ordenar nuestro sótano para despejar espacio
alrededor de la lavadora. Pantalones de pana de niño que se arrastraban
por el arenero. Pequeñas Mary Janes que se pavoneaban en el jardín de
infantes. No puedo deshacerme de nada.
Me pongo de pie.
―Vamos a entrar en ese armario y elegir los diez mejores atuendos, y
vamos a guardarlos respetuosamente en cajas. ¿Diez es un buen
número? ¿Puedes comprometerte a solo diez?
―No recuerdo haber estado nunca tan abrumado.
―Es una cosa ―digo. Lo sé porque me siento así en todas las
habitaciones de mi casa.
―¿Podemos pasar al sótano? ―dice.
―No. Una hora en el armario. ―Le suelto la mano y abro el
temporizador de mi teléfono―. Empieza ahora. ―Entro en el armario y
me encuentro con una pared de vestidos de fiesta de cuerpo entero.
Algunos son divertidísimos y otros exquisitos. Se pone a mi lado
mientras saco cada uno de ellos.
―¿Donación? ―pregunta.
―Okey, empieza una pila ahí.
Saco un brillante vestido de flapper plateado y me lo pongo delante.
―¿Y esto? ―Se da la vuelta y me mira, de arriba abajo, y luego se
posa en mi cara con esa mirada que no es en absoluto como me ve Cliffy.
―Guardar ―dice, y me lo quita.
Hacemos esto durante una hora, hasta que una cuarta parte del
armario queda vacía y hay una modesta pila de donaciones en el suelo.
Es incapaz de desprenderse de ninguno de los vestidos buenos, y no lo
culpo. Tienen el reparto completo de Alicia en el País de las Maravillas y
trajes de calidad teatral de El Mago de Oz. Hay un vestido y una peluca
de Morticia Addams que me muero por ponerme.
Apago la alarma de mi teléfono y digo:
―No ha estado tan mal, ¿verdad?
―Fue horrible, necesito una siesta.
Yo siento lo mismo, y no sé por qué. No son mis cosas, pero hay algo
en el cuidado con que se eligió y guardó su ropa que hace que todo
parezca tan importante.
Ethan se deja caer en la cama de sus papás. Ahora es suya, supongo.
Me tiende la mano y la tomo, y me jala para que me acueste a su lado.
Estamos acostados boca arriba, viendo la lámpara de araña color
ámbar que hay sobre la cama, y él sigue tomándome la mano.
―Es como si estuvieran muertos ―dice―. Se me hace raro hacer esto.
¿Y si vuelven? ¿Y si se hartan de Florida y vuelven a tiempo para el
encendido de las linternas y no hay pantalones naranjas? ¿Dónde van a
encontrar pantalones naranjas?
―Durante un año después de que muriera mi mamá, soñé que volvía
y se enojaba conmigo por haber limpiado todas sus cosas. Iba a una
fiesta y no tenía nada que ponerse. ―Me río un poco para quitarme la
pesadez. Han pasado dos años y todavía no soy capaz de compartir
pensamientos ligeros sobre mi mamá. A su tiempo, cariño.
Ethan se gira hacia mí.
―¿Pudiste limpiar las cosas de tu mamá, pero no puedes limpiar las
tuyas? Eso parece mucho más difícil.
―Fue bastante horrible. Había tantas cosas, tanto de su vida como de
mi infancia, pero no había nadie más para hacerlo. Llevaba a Cliffy
conmigo la mayoría de los días, mientras las niñas estaban en la escuela,
así que eso evitaba que me pusiera demasiado oscura con todo aquello,
y de hecho encontré tesoros ahí dentro.
―¿Cómo qué?
Me sacudo la pulsera en la muñeca.
―Me la hizo cuando tenía ocho años. Ella era diseñadora de joyas. No
sé si lo sabías.
Se acerca y toca el pequeño balón de fútbol plateado y sus dedos
rozan el interior de mi muñeca.
―No lo sabía. ¿Encontraste más dijes?
―No, solo más ganchos. Como los que usaría para atar otro dije al
brazalete. ―Espera a que continúe―. No lo sé, se sentía como tuviera
esperanza o algo así, como si pensara que más cosas podrían pasarme.
―Claro que te van a pasar más cosas. ―Una vez que él lo repite, soy
consciente de la voz pasiva que he usado. Quiero corregirme: Me van a
pasar más cosas.
―Tal vez. Así que guardé los ganchos, cientos de ellos, y los
diminutos alicates que usaba para sujetarlos. ―A mis hijas también les
regaló pulseras, pero solo vivió lo suficiente para darles unos cuantos
dijes. Balones de fútbol. Un rayo para cuando Iris terminó la serie de
Harry Potter, un aro de oro para cuando llevó a Greer a hacerse un
piercing en las orejas. He querido seguir con eso porque ahora me toca a
mí, pero no soy diseñadora de joyas, y cuando intento encontrar dijes
similares en Internet, es un poco deprimente―. Probablemente me
quedé con demasiadas cosas suyas, pero el proceso fue bueno para mí.
Supongo que fue una forma de honrarla. Ordenar su vida.
―¿Y eso no es algo que harías por ti? ―pregunta.
Parece que no. Pienso en la compra medio descargada que me espera
en casa. No quiero hablar de esto.
―Me honro bastante. Tengo suficientes velas en mi baño para quemar
la casa.
Se pone de lado para mirarme y yo también lo hago.
―¿Y ahora qué? ―Su boca está tan cerca de la mía que siento su
aliento en mis labios.
―¿Qué quieres decir?
Me pasa un dedo por el cuello, dejándome la piel de gallina.
―Por favor, no me hagas volver a esa pesadilla de armario.
―Quince minutos más ―digo―. Y entonces quizás tengamos nuestra
tercera cita.
21
Veo a Ethan los miércoles y jueves mientras mis hijos están en el
campamento. “Limpiar la casa” se ha convertido en código para
“patinar y besarnos”. Me siento como si tuviera dieciséis años y
estuviera en la cresta de la ola de algo más grande que yo. Alcanzo un
rollo de cinta de embalar, y el roce de un brazo lleva al agarre de un
cuello y, antes de darme cuenta, estoy contra un refrigerador durante
veinte minutos, o quizá cinco. Tengo todo tipo de alarmas programadas
en mi teléfono porque perdí el dominio del tiempo. Detenernos se hace
cada vez más difícil, y la regla de solo besos se ha aflojado.
―Cualquier Ali es mejor que ninguna Ali ―me susurra en el cuello.
No debería sorprenderme que haya un pequeño medio tubo en el
sótano que estuvo a punto de quemar. Me explica los fundamentos de la
patineta y me anima a perder el miedo. Quiere que me haga a la idea de
que hay que patinar hasta la cima y luego volver a bajar. Todo es física y
gravedad, pero también hay que dejarse llevar y cambiar de rumbo, lo
cual, en mi caso, ocurre en incrementos muy pequeños.
El viernes es nuestra sesión de mediación sobre la custodia, y
accidentalmente pasé la mañana con Harold en la posada. Me di cuenta
desde el parque para perros de que no izaron la bandera y, mirándolo
bien, tampoco recogieron la basura. No me dejó otra opción. Me
preocupaba estar extralimitándome, pero en cuanto entré en su
despacho me acercó su silla de escritorio y me dijo:
―Adelante. ―Elaboré una lista detallada de tareas pendientes: qué
pedir y cuándo, y una lista de comprobación de las tareas más
importantes que había que gestionar. Asegurarse de que la basura se
saca a tiempo es lo primero de la lista.
Cuando llego a casa, me animan los progresos de la posada, así que
pongo un temporizador en el celular y dedico diez minutos a cargar el
lavavajillas y fregar los trastes del fregadero. Me siento un poco como si
me cuidara a mí misma.
Recibo un mensaje de Ethan.
Ethan: Nos vemos ahí a las once. Sigo trabajando en mi disfraz.
Yo: Estoy deseando verlo. ¿Qué me pongo?
Ethan: Tu ropa habitual de ama de casa cansada es perfecta.
Yo: Ouch.
Entro en el estacionamiento detrás de la oficina de Lacey y Pete sale
del asiento del copiloto de un Toyota blanco. Se inclina sobre la puerta y
le dedica al conductor su mejor y más nauseabunda sonrisa antes de
cerrarla. La sonrisa se apaga cuando se da la vuelta y me ve ahí de pie.
―¿Qué fue eso? ―le digo.
―Estoy teniendo citas ―dice.
―¿Con una mujer? ―Mi cerebro se está poniendo al día con este
estado de cosas, y no rápidamente.
―Ali.
―Está bien ―digo, y busco a Ethan por el estacionamiento. Solo
necesito terminar esta reunión.
―Tú también podrías tener citas ―dice, y antes de que se me escape
una respuesta sarcástica sobre cuántas citas puede tener una mujer los
sábados entre las doce y las dos, Ethan entra en el estacionamiento. Sale
con un coordinado deportivo de terciopelo granate. Estoy convencida de
que me estoy volviendo loca, porque me gusta cómo le queda.
―Hola, chicos ―dice―. Espero no llegar tarde.
Pete sacude la cabeza y entra en el edificio.
Ethan me dedica su sonrisa conspiradora, como si todo en este mundo
fuera divertido, y me ofrece su brazo granate para acompañarme
escaleras arriba.
―Linda tela ―dice Lacey.
―Es atlético ―dice―. De mi papá.
Nos sentamos a la mesa redonda y Lacey dice:
―Veamos un calendario mensual y empecemos a esbozar nuestras
expectativas.
Pete dice:
―Bueno, lo que hemos estado haciendo es que los niños viven en
casa. Yo los llevo al fútbol los martes por la noche -los días cambian
según la temporada y la liga-, y luego los tengo los sábados, cuando
tenemos entrenamiento o partido, y normalmente un rato después. Yo
entreno.
―Lo que queremos precisar ―dice Ethan―, es el lenguaje.
Eliminemos la palabra “normalmente” y comprometámonos con
periodos de tiempo.
―Con el debido respeto, Scooter, “normalmente” funciona para
nosotros. A veces surgen cosas y necesito cambiar de planes. ―Pete ya
está listo para una pelea.
―¿A ti te surgen cosas, Ali? ―me pregunta Ethan, y gira todo su
cuerpo hacia mí, como sugiriendo que ahora yo tengo la palabra.
Debería estar acostumbrada, porque Ethan siempre me da la palabra, me
escucha de una manera que me hace querer compartirlo todo.
Me siento un poco más erguida.
―No, soy capaz de planificar mi semana y cumplir mis compromisos,
si Pete hace lo mismo.
Pete suelta un suspiro dramático y se echa hacia atrás en su silla, como
si ahora lo hubiera oído todo.
―Esa es Ali, una gran planificadora. Es la única persona que he
conocido que se sorprende de que cada veinticuatro horas haya que
volver a hacer la cena. ―Se ríe de su pequeña broma.
Abro la boca para hablar y no sale nada. He tenido pesadillas como
esta en las que intento gritar pero no soy capaz. Hay demasiada rabia
detrás de cada palabra. He mantenido la boca cerrada durante tanto
tiempo que es casi como si mi cuerpo supiera que si empiezo no pararé.
Ethan se inclina.
―Lacey, supongo que llevas tiempo trabajando con familias. ¿Crees
que es emocionalmente útil para los hijos de Pete pensar que van a pasar
la noche del sábado con él y luego ser trasladados a casa porque surgió
un gran paseo en bicicleta?
―Esto es una mierda ―dice Pete.
―En realidad no lo es, lo tengo en mis notas. ―Ethan hojea las hojas
de su bloc de notas a un ritmo deliberadamente lento solo para irritar a
Pete. Pasa el bolígrafo por cada página, asintiendo, antes de pasar a la
siguiente―. Aquí está. El sábado por la noche. ¿Decidió quedarse con
los niños toda la noche y los devolvió inmediatamente después de
cenar?
―Eso no es de tu maldita incumbencia.
Ethan se ve su atuendo, como si eso demostrara que realmente está en
el negocio.
―Estoy bastante seguro de que sí, Pete.
Quiero cruzar la mesa y abofetear a Pete. Abofetearlo por ser
arrogante, engreído y totalmente desconsiderado. Hay algo aterrador
debajo de toda esta ira. Siento cómo el hecho de que Pete actúe como un
imbécil me hace extrañar a mi mamá, y me la imagino, con su gran
sonrisa, diciendo: “Oh, est{ bien. Déjalo hacer su paseo en bici. ¿Sabes
qué sería divertido?” Lo dejaría pasar. Se me aprieta el pecho de rabia
contra Pete, pero también de la incomodidad desconocida de estar
enojada con mi mamá. Debería haberme dejado hablar, es como si me
hubiera entrenado para ser muda con Pete.
Lacey habla antes que yo.
―Descubrimos que cuanto más consistente es el horario, más fácil es
para los niños. Se ponen ansiosos si no están seguros de cosas básicas
como dónde van a despertarse. ―Lacey mira a Ethan como si quisiera
lamerlo. Esto es ligeramente irritante, pero es bueno tener a otra persona
de mi lado.
Pete me ve con los brazos cruzados sobre el pecho.
―¿Vas a decir algo?
―Sí. ―Mi voz sale más fuerte de lo que espero, como si mi ira fuera
un arma que acabo de encontrar en el bolso y fuera a probarla. Lo veo
directamente porque quiero que vea lo que se está gestando detrás de
mis ojos―. Creo que podemos estar sueltos en las noches entre semana,
porque el horario de fútbol cambia, pero los fines de semana tenemos
que ser coherentes.
―¿Podrías comprometerte a tener a tus hijos desde las diez de la
mañana del sábado hasta las diez de la mañana del domingo cada
semana? ―le pregunta Ethan. Tiene las manos cruzadas y la mirada fija.
Pete suelta un suspiro.
―Son veinticuatro horas.
Y sé lo que quiere decir. Quiere decir que es demasiado tiempo en el
que no puede hacer lo que él quiere.
Supongo que Ethan también lo sabe, pero redobla la apuesta. Apunta
unos números en su bloc de notas.
―Okey, si te los dejamos hasta las cuatro del domingo, serían treinta
horas. Ali, ¿te parece bien? ―Debe de ser el mejor jugador de póquer del
mundo. No hay ni un atisbo de sonrisa en su cara que lo delate. Lacey
está sentada con el bolígrafo preparado para anotar la decisión.
―¿Dónde conseguiste ese conjunto deportivo? ―Pete le pregunta. No
estoy seguro de haberlo visto nunca tan enojado.
Ethan pasa las manos por el terciopelo.
―Pertenece a mi papá. Sería difícil encontrar uno igual ahora, creo,
pero gracias. ―Se gira hacia Lacey―. ¿Dijimos treinta horas?
―Veinticuatro está bien ―dice Pete.
―Vamos a divertirnos mucho esta noche ―dice Ethan cuando
estamos fuera. Pete salió de la oficina antes que nosotros, así que
estamos solos en el estacionamiento.
―Bueno, gracias por lo de hoy ―digo. No es suficiente, pero necesito
entrar en mi auto y hablar con mi mamá. No estuvo bien que no me
dejara resolver mi matrimonio, debería haberme enfrentado a Pete desde
el principio. Siento que se me saltan las lágrimas y no quiero
ensombrecer su ánimo victorioso. Me doy la vuelta para irme y me
agarra del brazo.
―Espera, ¿no vamos a celebrarlo? Ganamos. Se comprometió con el
tiempo y tienes un día libre completo. Cada semana. ―Su expresión en
es expectante. Como si esperara que entendiera el chiste y me riera.
―Lo sé, es genial ―le digo, y se me corta la voz. No quiero estar
llorando en este estacionamiento.
―Ven conmigo. ―Ethan me lleva a su auto. Abre la puerta del
copiloto y entro.
―De verdad, estoy bien ―le digo cuando está en el asiento del
conductor.
―No estás bien. Ganamos y estás a punto de llorar. ―Se gira hacia mí
y espera a que le explique.
―Es todo. El hecho de que Pete tuviera que ser intimidado para pasar
veinticuatro horas con sus hijos. El hecho de que mis hijos nunca hayan
estado con él tanto tiempo, ni siquiera cuando estábamos casados. El
hecho de que no he tenido veinticuatro horas para mí desde que murió
mi mamá. Todo eso.
―Él es una especie de idiota.
―Puede que yo lo haya hecho así. Dejé de pedirle que diera un paso
adelante hace mucho tiempo. Mi mamá. Ella medio que lo cubrió, yo me
convertí en esto. ―Me señalo a mí misma.
―¿Qué quieres decir con “esto”?
―Un ama de casa cansada. Esto no es un disfraz. ―Estoy llorando y
busco en mi bolso un pañuelo de papel que no está. Encuentro la cinta
arco iris de Cliffy y la uso para limpiarme los ojos―. Y también me da
un poco de miedo el tiempo libre. ¿Y si me acabas de comprar
veinticuatro horas a la semana y ahora no tengo excusas?
Ethan mete la llave en el contacto.
―Necesitamos perros y un poco de aire fresco.
22
Ethan conduce hasta mi casa, y yo entro para ponerme unos
pantalones cortos y tomar a Ferris. Quiere entrar, pero ya ha visto
bastante el desastre que tengo hoy, y sé a ciencia cierta que, aunque
cargué el lavavajillas, hay dos juegos de tacos llenos de barro y el
caparazón rancio de un cangrejo ermitaño en el fregadero.
Volvemos a su casa para recoger a Brenda, y él aparece con su
bañador rojo y una camiseta blanca y una mochila colgada del hombro.
Es el atuendo de un salvavidas adolescente, pero me cuesta ver a Ethan
como otra cosa que no sea el hombre adulto que en estos momentos me
mantiene unida.
Conducimos en silencio hasta el parque para perros, que sinceramente
no es mi primera opción. No me apetece hacer de árbitro y charlar con
las amigas de mi mamá. Cuando salimos del auto, hay una brisa que
empuja las nubes a contraluz por el cielo. Agita las hojas gigantes de los
sicomoros de un modo que suena como un aplauso lejano. Como si a
cincuenta kilómetros de distancia alguien hubiera hecho las cosas bien
por fin. Hay un toque de lavanda en el aire, creo que la lavanda es una
fragancia siniestra: te relaja mientras atrae a las abejas.
Ethan me lleva más allá del parque para perros hacia el sonido. La
marea está baja y parece que se pudiera llegar caminando hasta Long
Island. Hay niños pequeños en el agua frente a la posada con cubos y
palas, el agua les llega a los tobillos, y me imagino lo que se debe sentir
al ser tan libre en todo ese espacio. Como si caminaran sobre el agua.
Hay un sendero a lo largo del malecón que recorre todo el parque,
pero que acaba desembocando en una propiedad privada. Empezamos a
caminar hacia el sur en silencio y me encanta sentir la brisa húmeda en
la cara. Me encanta que no espere que le explique por qué estaba
llorando.
Cuando llegamos al final del camino, nos encontramos ante una verja
de hierro forjado que rodea el jardín de una casa frente al mar. Los
Litchfield vivían aquí, pero creo que también se mudaron a Florida.
Ethan se asoma por la verja y dice:
―Aquí vivían los Litchfield.
―Lo recuerdo ―digo―. Sammy solía dar las mejores fiestas. Nadie se
quejaba nunca del ruido de aquí.
Ethan señala una pequeña isla a unos cien metros. Está cubierta por
un par de árboles robustos que se inclinan hacia el norte como si
hubieran quedado atrapados en la fotografía de una tormenta.
―Esa es la Isla Pelícano, o al menos así solíamos llamarla cuando
fingíamos ser piratas. Jason, el hermano de Sammy, y yo nadábamos
hasta ahí y construíamos fuertes en los árboles cuando éramos
pequeños. En la escuela escondíamos cerveza detrás de esos árboles.
―Inteligente.
―Bueno, lo era si se trataba de un día como hoy, pero en varias
ocasiones subió la marea y nos quedábamos esperando a que una caja de
Bud Light llegara a la orilla. ―Ethan sonríe a la Isla Pelícano, y yo quiero
sentirme tan ligera como él―. Llevemos a los perros.
Ethan salta del malecón a la playa y ayuda a Brenda y luego a Ferris.
―Vamos ―dice―. Vamos a sentarnos ahí un rato para tener una
nueva perspectiva. ―Levanta su mochila―. Incluso tengo cervezas.
―Dejamos los teléfonos dentro de los zapatos en la pared y empezamos
a caminar por el agua. La marea está tan baja que el agua apenas me
cubre los pies. Llevamos a Ferris y a Brenda sin correa y corren como
locos, cazando olores y cruzando la orilla. La arena se aplasta bajo mis
pies y presto toda mi atención a su tacto. La arena húmeda se acumula
entre los dedos de mis pies y se enjuaga a cada paso. El sonido de mis
pies chapoteando hacia la isla es rítmico.
Ethan va delante de mí y se detiene cuando estamos a unos tres
metros de la isla. Llama a los perros y los toma en brazos mientras el
agua se vuelve un poco más profunda. Los perros mojados le empapan
la camiseta y cuando llega está sumergido hasta los muslos. Deja a los
perros y la mochila en la orilla rocosa.
―¿Quieres que vuelva por ti? Te vas a empapar.
Veo que me voy a mojar más allá de la cintura si sigo, pero hoy no
tengo ganas de que me vuelvan a rescatar. El sol me da la bienvenida al
agua.
―Estoy bien ―digo, y sigo adelante.
La Isla Pelícano es más grande de lo que parece desde la costa.
Probablemente cabría mi casa en ella, pero nada más. Alrededor de los
dos árboles hay arena y rocas y conchas deslavadas.
―Date la vuelta ―me dice.
Y lo hago. Ahí está Beechwood, donde transcurrió la mayor parte de
mi vida. Se ve diferente estando quieto en otro pedazo de tierra firme.
La posada, el claro del parque para perros, la casa de los Litchfield.
Oculta más allá de la copa de los árboles está la escuela donde fui la
mejor estudiante, la iglesia donde me casé, la casa donde intenté ser
esposa. Desde la distancia, es solo verde. Me relaja no tener que fijarme
en todos los detalles, en el desorden.
Nos sentamos bajo los árboles, abre su mochila y me da una cerveza.
―Realmente eres un gran abogado ―le digo, y se ríe.
―También traje pretzels, sin cargo extra.
―Parece como si estuviéramos viendo la escena inicial de una película
sobre nuestra ciudad, en la que hacen un plano general antes de que
pasemos a la acción.
Él asiente con la cabeza.
―¿Y luego qué pasa?
Me quedo callada un rato, porque no lo sé. La mujer se divorcia, los
niños crecen, el perro muere.
―Me cuesta ver el final feliz.
―No hay final feliz para una historia infeliz.
Le doy un pequeño empujón y bebo un sorbo de mi cerveza.
―Qué fastidio. No puedes seguir citándome mi propio discurso.
―Estiro las piernas mojadas delante de mí y cierro los ojos mientras el
sol las seca.
―Pero es verdad ―dice―. No puedes seguir haciendo lo que haces y
esperar a que se convierta en algo feliz. Tienes que buscar las cosas
felices por el camino.
―Supongo. ―Brenda se acerca y se sienta en el regazo de Ethan,
como si estuviera de acuerdo. Me giro hacia él y observo su perfil
mientras se concentra en pasar la mano por la columna vertebral de
Brenda. Está tan metido en el momento.
―Estoy empapado ―dice, y se quita la camiseta. La repentina visión
de tanta piel dorada me corta la respiración. Quiero estirar las manos y
pasárselas por los hombros, pero en este momento soy demasiado
vulnerable. Quiero que esto con Ethan siga siendo divertido, y en este
momento siento que podría agarrarme demasiado fuerte y estropearlo.
―¿Así que es tu búsqueda Zen de la felicidad lo que te hace poco
fiable?
―Tal vez. Me muevo hacia lo que me hace sentir bien.
―¿Cómo qué? ―Estoy viendo directamente a la orilla de Beechwood,
y puedo sentir que él me mira. Mi pregunta está cargada mientras la
digo, porque me sentiría bien teniéndolo acostado encima de mí en esta
pequeña isla.
―Pegarle a Pete hoy se sintió bastante bien ―dice.
Me río.
―Lo hizo.
―¿Hubo alguna razón en particular por la que saliste con ese tipo?
Me río por lo bajo.
―Pete tenía sentido. Sentía que iba a ser un compañero. Me encantaba
que estuviera tan metido en todo lo que hacía. Siempre había un frenesí
de actividad y me parecía emocionante. ―Me giro hacia él y sus ojos
están clavados en mí. Como si estuviera grabando mis palabras para
escuch{rselas m{s tarde―. Pero luego tuvimos hijos y mis días estaban
llenos de cosas desordenadas y sorpresas alegres, y la vida de Pete
giraba en torno a todas sus actividades. Pensé que podría ayudar
mudarme a Beechwood para que mi mamá pudiera ayudar.
―¿Y lo hizo?
―M{s o menos, ella se deslizó para llenar el vacío entre Pete y yo, y
funcionó.
―Y luego murió.
―Y luego murió.
―Y Pete se fue ―dice.
―Y ahora me estoy divorciando y está bien. Ojalá hubiéramos
terminado hace años. ―Veo mis pies, ahora llenos de arena otra vez―.
Estoy muy agradecida de que hayas estado ahí para ayudarme hoy, pero
no puedo creer que haya tardado tanto en defenderme. Pete dijo que yo
había desaparecido la noche que se fue, y hoy sentí lo ausente que he
estado.
Ethan me rodea con el brazo y me jala hacia él. El calor de su brazo
desnudo y su mano en mi hombro se extiende por todo mi cuerpo. Me
acerco más a él y apoyo la cabeza en su hombro.
―Tú eres la artífice de tu propia experiencia, Ali. Tienes que salir de
debajo de esto ―me dice.
―¿Debajo qué?
―No estoy seguro, pero algo te está pesando.
La ropa para lavar. Una montaña de correo. La pena. Me inclino un
poco más hacia él.
―¿Estás bien? ―me pregunta en el cabello.
―Me siento muy bien estando contigo. ―Espero sentirme
avergonzada por decir esto, pero no es así. Ethan me ha visto en ropa
interior de Costco; me ha visto regañada por mi esposo. Me ha visto
llorar. Siempre se ha sentido seguro.
―¿Ves? Te mueves hacia lo que te hace sentir bien. ―Me agarra con
fuerza y me sujeta mientras miramos el agua. Me concentro en la
sensación de sus dedos en mi brazo y luego en la sensación del agua
salada secándose en mis piernas, en el ruido blanco de la brisa marina
mezclado con el sonido tan cercano de su respiración.
―Es una pena que seas tan poco fiable ―digo, porque sinceramente
me encantaría subirme a este hombre feliz y quedarme para siempre.
―Supongo. ―Se queda callado un rato antes de continuar―.
Catherine se fue sobre todo por las cosas que me hacen feliz. ―Me suelta
y se acuesta de nuevo en la arena. No estoy preparada para que deje de
abrazarme, eso es lo único de lo que estoy segura al cien por ciento. Me
acuesto a su lado para sentir al menos su brazo junto al mío. El cielo es
extraordinariamente azul tras las hojas de este árbol.
―Explícate ―le digo.
―Odiaba crecer aquí, como sabes. Siempre me sentí perdido, como si
no supiera quién era o cómo ser. Incluso en Manhattan, cuando era un
abogado corporativo con un gran sueldo seguía sin saber; era como si
estuviera interpretando un papel. Cuando me mudé a Devon, sentí que
importaba. Los chicos de la pista de skate confían en mí para muchas
cosas. Algunos de los mayores se han escapado de casas de acogida y yo
intento ayudarlos a encontrar trabajo y alojamiento. Los vigilo. Hago el
trabajo legal para Rose en el refugio de animales y trabajo con los perros
cuando me necesitan. Mi vecina de abajo, Barb, me llama cada vez que
ve una araña. Muchas cosas así, y me encanta. Soy una persona diferente
ahí arriba. Como si no fuera inútil. Como si por fin estuviera bien que no
juegue al americano. ―Se ríe un poco―. Como sea, soy feliz siendo un
tipo en el que la gente se apoya, y eso la enloquecía. Cancelé muchos
fines de semana fuera. El último fue un viaje a las Bermudas que se
suponía que íbamos a hacer con algunos de sus amigos. Uno de los
chicos del parque se peleó y se rompió cuatro costillas la noche antes de
que nos fuéramos. No podía irme.
Se gira hacia mí y estamos nariz con nariz. Tiene un poco de arena
bajo el ojo y se la limpio, me encanta poder tocarlo
despreocupadamente. Ni siquiera pestañea.
―Esos chicos creen que soy súper fiable, lo cual es irónico, supongo.
―Deberían hacerlo ―digo, y se me aprieta el corazón.
―Catherine dijo que tengo complejo de héroe, y nunca lo entendí.
Quiero decir, ¿qué clase de complejo tendría si me limitara a ignorarlos?
―Mueve la cabeza, como sacudiéndose el pensamiento―. Como sea, a
mí también me viene bien porque los chicos ayudan a organizar los
eventos de la pista de skate. ―Cuando mi cara no muestra comprensión,
continúa―. La pista de skate es mía. No es más que un terreno vacío con
unas rampas que construimos, pero ahora vienen los niños y es todo un
espectáculo, la hice porque no encontraba ningún sitio para patinar ahí.
Levanto la mano y le acaricio la mejilla, noto la aspereza de su barba
incipiente.
―Eres un buen tipo, Ethan.
―No lo sé, pero todo se siente bien. Se siente bien ser feliz por fin.
―Sus ojos se vuelven intensos, como si quisiera decirme algo. Se acerca,
me pasa el cabello por encima del hombro y me pasa la mano por el
cuello. Veo que decide no decir lo que sea y, en su lugar, me besa. Es un
beso susurrante, más lleno de reverencia que de deseo y tengo la
sensación de que me dijo algo. Nos acostamos así, de lado, mirándonos
mientras el agua baña la orilla y una suave brisa besa nuestra piel. Paso
los dedos por sus pómulos y luego por su labio inferior. Lo estoy
memorizando. La banda sonora para este momento es una gaviota
sobrevolando y el sonido cada vez más intenso de las olas.
Ethan mira por encima del hombro.
―La marea está subiendo.
Salto y agarro a Ferris. Estar varada en una isla desierta con un
hombre atractivo solo funciona si hay un baño portátil.
Lleva su mochila y sostiene a Brenda.
―Sígueme, creo que solo va a ser un poco más profundo de lo que era
al entrar. No tendremos que cargar a los perros muy lejos.
El agua apenas me llega por encima de la cintura, pero tengo que
sujetar a Ferris bastante alto para evitar que se empape. Me gusta vadear
el agua detrás de Ethan y ver cómo se gira para ver si estoy bien.
Cuando el agua es poco profunda, bajo a Ferris y lo dejo correr. Él y
Brenda van delante de nosotros y yo me pongo al lado de Ethan. No
hablamos mientras volvemos a nuestros tenis, teléfonos y correas. Los
dos hemos perdido una llamada de Frannie y me sorprende ver que son
las 2:55.
―Wow, sí que perdí la noción de todo lo que hay ahí fuera ―digo.
―Sí ―dice, sin levantar la vista del teléfono.
―¿Todo bien? ―pregunto.
―Sí, más o menos. Los chicos tienen un evento en el parque de skate
mañana y la ciudad retiró su permiso. Pueden seguir adelante si no hay
más de treinta personas a la vez. Voy a tener que ir mañana para hacer
de portero. ―Mete el celular en la mochila y volvemos al auto.
―¿Así que vas cada vez que necesitan algo? ―pregunto.
―Bueno, normalmente estoy ahí cuando necesitan algo, así que es
más fácil.
―Me alegro. Alguien más podría decirles que lo cancelen.
Se detiene y me sonríe como si acabara de decir Massa-Cheez-Its.
―¿Quieres venir conmigo mañana?
―¿A Devon?
―Sí, un cambio completo de escenario. Te recogeré a las 10:05.
23
Ethan entra en mi calle justo cuando Pete y los niños desaparecen por
la esquina, me quedo afuera porque los estaba viendo irse. Era tan
extraño ayudarlos a hacer la maleta y verlos cargarlas en el auto de Pete.
No puedo pensar en la última vez que estuve lejos de mis hijos durante
veinticuatro horas.
―¿Estás lista para un viaje por carretera? ―pregunta. Tiene un aire
nervioso, como si estuviera de pie, con las manos en los bolsillos y
estudiándose los zapatos. Quiero que estemos como en la Isla Pelícano,
donde me miraba directamente a los ojos, quiero que me toque el
cabello.
―Sí ―le digo. Ferris se sube al asiento trasero con Brenda.
Salimos de Beechwood hacia la autopista y conducimos en silencio
hacia el norte. Los dos nos relajamos, y el silencio resulta tan fácil como
nuestras conversaciones. Los árboles a ambos lados de nosotros son de
un verde profundo de verano, y siento como si me moviera a través de
un túnel, como un tiro directo fuera de mi vida. Es extraño tener un día
entero sin que se avecinen entregas y recogidas. Veo el celular para ver
si las chicas me han enviado un mensaje, pero no lo han hecho.
Suena el teléfono de Ethan y contesta con el altavoz. Siento que estoy
invadiendo su intimidad de algún modo, así que giro el cuerpo hacia la
ventana.
―Hola ―dice.
―¿A qué hora vas a llegar? Está llegando gente y queremos empezar
en una hora. ―Es un tipo joven.
―Tienes que esperar a que llegue, probablemente a las dos y media.
Prométeme que esperarás. De verdad que no quiero que lo cierren
permanentemente.
―Okey, lo prometo. Gracias.
Cuelga.
―Pensé que podríamos parar a comer a las afueras de Devon,y dejar
salir a los perros un rato.
―¿Est{ bien así? Él sonaba como si quisiera que nos diéramos prisa.
―Pueden patinar toda la tarde, y es bueno para ellos tener que
manejar las cosas y esperar a veces.
―Realmente son como tus hijos ―digo.
Sonríe.
―Supongo.
―Eso es absolutamente agotador ―le digo―. ¿Por qué lo aceptas?
―Ya lo verás ―dice.
Salimos de la autopista y entramos en el estacionamiento de tierra de
un café de carretera. Detrás hay un campo de trigo que nos hace señas
para que entremos. Me quedo afuera con los perros mientras Ethan entra
a pedir la comida.
Encontramos dos sillas Adirondack en la terraza de atrás y soltamos a
nuestros perros. Me como un sándwich de ensalada de pollo y miro
hacia el campo de trigo. Ethan me ve como si fuera a decir algo, luego
mira hacia el campo. Gira su cuerpo hacia mí y vuelve a ver al frente.
―¿Qué te pasa? ―le digo.
―No lo sé. No estoy muy seguro de esto.
―¿De tu sándwich? El mío está genial. ―Me zampo la primera mitad.
Sacude la cabeza hacia mí como si no tuviera remedio.
―¿No estás seguro de qué?
―Supongo que de traerte conmigo. Siento que estás a punto de verme
desnudo.
Me sonrojo como si tuviera doce años, y siento rojas las mejillas.
―Dios, Ali, para. No quiero decir desnudo de verdad. Conozco las
reglas. ―Ahora sonríe―. Es solo que vas a ver mi vida real, quién soy.
No sé qué vas a pensar.
Cuando salimos de la autopista en Devon, atravesamos la ciudad.
Ethan señala los distintos barrios, el edificio donde tiene una oficina.
Pasamos por delante de su puesto favorito de hot dogs, y el propietario
nos saluda con tanto entusiasmo que nos detenemos.
―Esto solo tomará un segundo ―dice Ethan―. No podemos
simplemente pasar por Mort.
Salgo del auto y lo sigo hasta el puesto. El delicioso olor salado de los
hot dogs llena el aire. Me recuerda al estadio en nuestra primera cita.
―Creía que te habías ido para siempre ―dice Mort. Toma la cara de
Ethan entre sus manos como si fuera a darle un beso gigante.
―Nunca. ―Ethan se ríe.
―En seis años no pasé una semana sin venderle un hot dog a este
hombre ―me dice, luego a Ethan―: Te perdiste los dos últimos
partidos. Lyle dijo que ibas a dejar el equipo, pero yo le dije: Lyle, eres
idiota. Ethan nunca abandonaría a los Red Hot Pokers. No cuando aún
le debo cuarenta dólares.
Ethan se ríe:
―Creo que son sesenta. ―Me presenta y compra dos hot dogs,
aparentemente por costumbre.
Cuando volvemos al auto, parte los hot dogs para Brenda y Ferris.
―¿Red Hot Pokers? ―le pregunto.
―Es solo póquer, pero sin duda somos un equipo.
―¿Con camisetas a juego?
―Viseras ―dice con una sonrisa, y arranca el auto.
Nos estacionamos en la calle en un barrio deteriorado donde hay una
multitud frente a un terreno baldío y unas luces halógenas, idénticas a
las del parque de skate de Beechwood, marcan cada esquina.
Ethan se acerca para ayudarme a salir del auto y me agarra la mano
un segundo.
―Es muy raro que estés aquí ―me dice.
―Estoy deseando verlo ―digo.
―Ya veremos.
Caminamos hacia la multitud, en su mayoría adolescentes, y uno con
el cabello largo y oscuro grita:
―¡Ethan! ―Se acerca y se chocan los puños.
―Hola. Gracias por esperar. Justin, esta es Ali.
―Oh, hola ―dice, y me estrecha la mano―. Dejé cerrada la puerta y
estoy intentando que la gente haga cola. Estuvo bien, supongo, pero
llevan mucho tiempo esperando.
―Okey, toma a Louie y Michael y los dejaré entrar primero, luego nos
ocuparemos de la fila.
Sigo a Ethan entre la multitud, donde todo el mundo lo conoce.
―Hombre, ¿dónde has estado? ―le preguntan―. Por fin ―dice otro.
Todos se apresuran a cruzar la puerta de entrada al parque. En el centro
hay un medio tubo, y en él está pintado lo que podría ser una vista aérea
de este barrio. Quiero acercarme para ver los detalles, pero Ethan y yo
estamos cuidando la puerta.
Cuando deja entrar exactamente a treinta chicos en el parque, empieza
a trabajar en la cola. Me sorprende ver cómo interactúa con los chicos. Es
a la vez un director de instituto que dicta dónde tiene que estar cada uno
y un hermano algo mayor que bromea. Me pongo al principio de la cola
y lo observo. Conoce a todo el mundo, incluidos los policías
uniformados. Se detiene a hablar con un par de adolescentes y se ríe de
algo que le dicen. En realidad no oigo su risa, pero la veo y la oigo en mi
cabeza. Es la risa profunda que usa cuando estamos los dos solos y es
completamente él mismo.
Lo siento demasiado lejos, inmerso en esta multitud, y quiero
llamarlo, traerlo de vuelta a mí. Me siento aliviada cada vez que levanta
la vista para comprobar que sigo ahí. Mi trabajo consiste en quedarme
junto a la puerta y avisarle si alguien se va para que pueda dejar pasar a
los siguientes chicos. La primera persona de la fila parece tener unos
catorce años. Intento entablar conversación.
―Me gusta tu patineta. ―Dato curioso: no sé hablar con adolescentes.
―Gracias ―dice ella.
―¿Hiciste tú esa obra de arte o vino así?
―Yo la hice.
―Wow, es genial. ―”Genial” no es lo que hay que decir. Nunca digas
“genial”. Cruzo los brazos sobre el pecho para protegerme de cualquier
reacción que merezca.
―Gracias ―dice ella―. ¿Eres la novia de Ethan?
―¿Mmm, no? ―digo, y espero no sonrojarme de nuevo―. Es el
hermano de mi amiga, solo estoy aquí para ver el parque de skate.
―Fue a ver lanzar a mi hermano en Connecticut, porque mi papá no
pudo ir y es supersticioso para perderse partidos.
―Yo también estuve ahí ―digo, atando cabos―. Fue divertido.
―Sonaba como un fracaso total, ahora mi papá es más supersticioso
que nunca. ¿Patinas?
Me río.
―He recibido algunas lecciones, pero me queda mucho por aprender.
Solo estoy aquí para observar.
―Ethan nos enseñó a mí y a mis amigas el verano pasado, antes
éramos como seis, ahora es un gran grupo.
―Me doy cuenta ―le digo. Ethan camina hacia nosotros con un niño
sobre los hombros. El niño tiene las manos en el cabello de Ethan y lo
aprieta como si fuera masa. Cuando llegan hasta nosotros, tiene el
cabello erizado. Si lo sabe, no le importa.
―Hola, Caitlin. ¿Conoces a Ali?
―Sí, creo que deberías enseñarle a patinar.
―Estoy en eso. A ver si podemos meterte ahí. ―No menciona al ser
humano que lleva sobre los hombros, como si fuera un simple apéndice.
Ethan le hace señas a Justin para que se acerque―. ¿Todo bien ahí
dentro?
―Sí, la primera ronda ha terminado, así que algunos chicos deberían
irse ―dice Justin.
―Bien, los policías están bien. Creo que has manejado totalmente esta
cosa.
Justin está radiante, y tengo que apartar la mirada ante su intimidad.
Tengo la sensación de que Ethan acaba de hacerle un regalo que no
entiendo. Este es el superpoder de Ethan, creo. Su capacidad para
encontrar a las personas donde están y darles espacio para que den lo
mejor de sí mismas sin esperar nada a cambio.
Veo cómo Ethan le devuelve a su mamá el niño que lleva en hombros,
y le dice algo que la hace reír. Imagino que ser este hombre todo el
tiempo le sienta muy, muy bien.
Tengo una sensación en el pecho, concretamente en el corazón. Es un
poco como deslizarse por el medio tubo después de haberse dejado
deslizar un poco hacia arriba. Es a la vez terror y emoción saber que
puedes caerte.
―¿Tienes hambre? ―pregunta cuando cerramos el parque a las siete.
Ahora estamos solos en la calle y me siento aliviada de no tener que
compartirlo con toda esa gente.
―Sí.
―Bien ―dice. Nos lleva a Brenda, Ferris y a mí calle abajo y me toma
de la mano. Me gusta estar fuera de Beechwood y en un lugar donde
está bien parecer una pareja. Me gusta intentarlo, presumir ante
cualquiera que pase: mírame con este hombre maravilloso.
―Esto va bastante bien ―dice.
Le aprieto la mano.
―Yo diría que sí. Me gusta tu vida.
―Eso fue la punta del iceberg.
―¿Qué más haces?
―Bueno, dirijo el desfile de perros de Halloween en esta calle todos
los años. ―Me ve de reojo.
―Desfile de perros ―digo.
―Es un caos total, pero es genial. Barb está haciendo un disfraz de
bruja para Brenda, a Ferris le encantaría, deberías venir. ―Deberías venir.
―Claro ―le digo.
Nos detenemos en un pequeño restaurante con una puerta roja y dos
mesas en el exterior. El restaurante en sí está revestido de piedra y ocupa
la esquina de un edificio de ladrillo más moderno. Él abre la puerta y yo
retrocedo en el tiempo. Es el restaurante más pequeño en el que he
estado nunca, con solo seis mesas -tres ocupadas-, y una vieja barra de
madera con cuatro taburetes. Un mesero parece encargarse de todo. Se le
ilumina la cara cuando ve a Ethan, es una reacción que empiezo a
esperar en Devon.
―¡Ethan! No me avisaste. ―Coloca la bandeja que lleva en la barra y
empieza a alisarse arrugas imaginarias de la camisa.
―Esta es Ali ―dice Ethan―. Ali, este es Jamey. Hace todo aquí menos
cocinar.
―Es un lugar hermoso ―le digo―. Nunca he visto nada igual. ―Y
realmente no lo he visto. Se siente como la casa de los Hogan. Algo
minuciosamente elaborado y antiguo que nadie se molestaría en
construir ahora.
―Es único en su clase ―dice Jamey―. Y está aquí para siempre,
gracias a Ethan.
Me giro hacia Ethan en busca de una explicación, pero no me da
ninguna.
―¿Puedes sentarnos a dos para una cena rápida afuera? ―Señala a los
perros.
―Claro, pero dicen que va a llover.
―Siempre dicen lo mismo ―dice Ethan―. Nos arriesgaremos.
Jamey nos lleva afuera y nos sentamos en una pequeña mesa de bistró.
Yo pido una copa de pinot noir, y Ethan dice:
―Agua para mí, por favor. Tengo que llevarla de vuelta a Beechwood.
―Entonces ―Ethan dice cuando tengo mi vino―. Así es mi vida.
―Tienes una vida bastante completa.
―Sí. ―Me ve durante unos instantes, como si no estuviera seguro de
querer seguir―. Hay mucho que hacer aquí, para los niños, y para todos
en realidad. No hay límite para los problemas que hay que resolver.
―¿Y tú salvaste este restaurante?
―No realmente, solo presenté los papeles para convertirlo en
monumento histórico.
―Por supuesto que sí.
―Me llevó una hora.
Se inclina y acaricia a Brenda por debajo de la mesa, como para
cambiar de tema. Pasa un taxi y una pareja mayor se detiene a saludar.
Nos enseñan fotos de sus nietos en sus teléfonos y piden ver fotos
nuevas de Theo.
―¿Conoces a todo el mundo en esta ciudad? ―le pregunto cuando se
alejan.
―Conozco a muchos de ellos. Esos dos son clientes. Los ayudé con su
contrato de alquiler. Hay un casero en Devon que me tiene pánico, así
que todos los de sus edificios acuden a mí con sus contratos de alquiler y
esas cosas. ―Sonríe. Aquí no hay rastro de Scooter; no se le arruga el
ceño. Todos en Devon lo miran como yo.
―¿Cómo llegaste aquí en primer lugar?
―Me asignaron la defensa de una gran inmobiliaria acusada de poner
en peligro a los inquilinos de Devon. Ganaba mucho dinero en la
ciudad, mis papás estaban muy contentos. Llevaba cinco años en el
bufete de Manhattan. Todo iba bien, pero ese caso me paró en seco.
―Toma un sorbo de mi vino―. Tenía treinta años y salía con un montón
de gente con la que no conectaba, me estaba cuestionando cosas, ¿sabes?
―Cuando yo tenía treinta años tenía dos niñas pequeñas y estaba a
punto de quedarme embarazada otra vez. ―Me tomo el resto de mi
vino.
―Al menos ahí hay sentido. Hacer gente.
―Sí ―le digo.
―Como sea, tuve que venir aquí unas cuantas veces a tomar
declaraciones, y me quedó bastante claro que mi cliente estaba
totalmente equivocado. ―Se echa hacia atrás en su silla y quiero que se
acerque de nuevo―. Resumiendo, ganamos el caso y lo dejé. Me mudé
aquí y puse un despacho privado, y por fin me sentí como en casa. Por
primera vez en mi vida, me sentí yo mismo.
―Y les diste a los niños un parque de skate.
―Me di a mí mismo una pista de skate. Fue muy barato. Nadie quería
un terreno vacío en este barrio, y ahora es solo una inversión de tiempo,
y consigo que la policía y el centro de recreación estén involucrados.
―¿Y vale la pena? Quiero decir, todo ese tiempo que dedicas a estas
cosas echó por tierra tu última relación. ―Quiero retirar de la palabra
“última” en cuanto la dije. Hice que pareciera que creo que estamos en
una relación, que por supuesto no lo estamos.
―Vale totalmente la pena. Soy una persona a la que la gente recurre
aquí, y me siento bien. Saber quién soy sienta bien. Puede sonar un poco
loco. ―Respira hondo y mira hacia otro lado. Se queda callado otro rato,
como si estuviera tomando una decisión―. Ali, no creo que entiendas lo
mal que la pasé en la escuela.
No sé qué decir, así que le tomo la mano.
―Salía con un grupo de chicos que estaban drogados todo el tiempo,
y estaba bien. No me gustaban los deportes y no veía ningún otro sitio
en el que pudiera encajar. Creo que había decidido pasar la escuela en
una nebulosa, pero a los quince años, empezaron a pasar a cosas más
difíciles y me quedé en la disyuntiva de decidir si me sumergía con ellos
o me quedaba totalmente solo. Ahora parece una locura, pero en aquel
momento me parecían las únicas opciones.
Pienso en Greer, tan cerca de los quince.
―Eso debe haber sido aterrador.
―Lo fue. Era un niño y quería formar parte de algo. No sentía que
encajara en casa. Estaba perdido. Un día -era abril-, quedé con ellos en el
centro recreativo e íbamos a ir en auto a buscar a un tipo al que uno de
ellos le empezó a comprar. Llegué temprano y había un montón de
chicos en el parque de skate. Me quedé viendo un rato y supe que ahí
había algo que yo quería. Recuerdo que pensé que no se veían
atrapados, ¿sabes? Toda la escena era totalmente intimidante, y yo
nunca habría entrado, pero el señor Kennedy estaba ahí. ¿Te acuerdas de
él? ¿El profesor de música?
―Sí.
―Me hizo señas para que entrara y me pidió que lo ayudara a mover
una nevera de agua. ―Sacude la cabeza.―. Si me hubiera preguntado si
quería probar la patineta, le habría dicho que no y mi vida habría
tomado un rumbo totalmente distinto. Pienso en eso todo el tiempo.
Resumiendo, entré en la pista de skate. Mis amigos aparecieron y se
fueron sin mí. Nicky Bowler murió ocho meses después.
―Recuerdo eso ―le digo―. Era el hermano menor de Ryan.
―Sí, era mi amigo. Fue horrible, y podría haber sido yo. Tuve mucha
suerte. ¿Qué posibilidades había de que el señor Kennedy me viera ahí y
me hiciera señas para que entrara? ―Su mirada es intensa mientras
sostiene la mía.
―¿Entonces los chicos del parque de skate se convirtieron en tus
amigos?
―Yo tampoco encajaba ahí la verdad, pero lo bueno de la patineta es
que requiere tanta concentración que me olvidaba de que no sabía qué
decir o cómo actuar, y por fin era bueno en algo. Me ayudó, luego fui a
la universidad y a la facultad de Derecho e intenté averiguar cómo
convertirme en un triunfador para que mis papás me vieran por fin
como un adulto, y ya has visto lo bien que me va con mis papás. ―Se ríe
un poco y me ve a los ojos―. Vine aquí y sentí que podía ser un nuevo
comienzo. Decidí ser el arquitecto de mi propia experiencia.
Siento la primera gota de lluvia en la muñeca y, antes de que pueda
secármela, el cielo se abre. Agarramos a nuestros perros por las correas y
corremos hacia el pequeño toldo sobre la puerta roja. Estamos rodeados
por tres paredes de agua, y me encanta cómo suena. Me encanta la
forma en que la lluvia de verano llega de la nada y te golpea con fuerza
como un flechazo. Una lluvia así no podría durar más de unos minutos.
―Supongo que tenían razón sobre la lluvia ―grita Ethan.
Me río, me echo el cabello por encima del hombro y me escurro las
puntas. Tengo la blusa empapada y cruzo los brazos sobre el pecho.
Ethan también está empapado y me sonríe. Me gusta estar atrapada en
este pequeño espacio con él.
―Escucha, sé que lo nuestro son los calcetines mojados ―dice―, pero
no creo que lo esté para un viaje de cuatro horas a casa empapados.
Vamos a buscar ropa seca a mi apartamento.
―¿Quieres quedarte aquí esta noche? ―le pregunto. Sus ojos captan
los míos, como si lo hubiera sorprendido.
―Podríamos. Depende de ti.
Ha descorrido el telón de su vida y quiero ver más. Quiero ver su
casa, sus libros, su corazón.
―Quedémonos ―le digo.
24
Ethan está en el tercer piso de un edificio industrial en una calle
arbolada. Hay una pila de cartas esperándolo en la mesa de la puerta,
porque la última vez que se fue pensó que solo iba a visitar a sus papás
unos días. Abre la puerta y entramos en una gran cocina con encimeras
de acero inoxidable. Hay una sola taza de café junto al fregadero y me
resisto a correr en busca de su desorden.
Su teléfono suena en cuanto cerramos la puerta.
―Hola, Barb ―dice―. Sí, estaba en Beechwood. Solo estoy aquí por
esta noche. ―Toma un paño de cocina y empieza a secar a los perros―.
¿Por cuánto tiempo? No. Barb. No te subas a una escalera. Ya voy.
Cuelga y saca una pila de nueve voltios de un ordenado cajón de la
cocina.
―Tengo que ir a cambiar la pila de la alarma de humo de Barb. Lleva
dos días chirriando y ella ha estado esperando a oírme dando vueltas
por mi apartamento. ―Sacude la cabeza―. Deja que te traiga algo seco.
―Okey, gracias ―digo, y me doy cuenta de que me estoy agarrando
las manos. No sé cómo actuar, sola en este apartamento con este hombre
por el que siento demasiadas cosas.
Suelta a los perros y Brenda lo sigue hasta su habitación. Las paredes
interiores del apartamento son de ladrillo expuesto, y una pared entera
de ventanas da a la calle. Su gusto es sencillo: un sofá color óxido, una
mesa de centro Lucite, una alfombra de felpa color crema. Una vez más,
intento imaginar cómo esta Catherine pudo decidir que no quería
despertarse aquí con este hombre todos los días.
Vuelve en pantalón deportivo y camiseta seca, con la parte superior
del cabello todavía un poco húmeda. Me da un montón de ropa: una
pijama, una camiseta azul y unos calcetines gruesos.
―Ve a cambiarte ahí, ahora vuelvo. Deja tus cosas, yo las meteré en la
secadora. ―Alarga la mano, como si fuera a darme un beso de
despedida, pero no lo hace.
Entro en su dormitorio y respiro hondo contra la puerta cerrada. Su
cama está cubierta con un edredón gris oscuro y en un rincón hay un
sillón de cuero marrón sin una sola prenda de ropa sucia. Me desnudo
en el cuarto de baño y me pongo su acogedora ropa. Me seco el cabello
con una toalla, me enrollo la pijama en la cintura para que no se me
caiga y me rindo ante el hecho de que no voy a convertir este aspecto en
algo atractivo.
Le doy la espalda a mi reflejo y susurro:
―Mam{, voy a dormir aquí con él. ¿Estás siguiendo esto? ―No
contesta. Empiezo a caminar, un paso en cada dirección―. Tengo
sentimientos, mamá. Sentimientos. ―Lo menos que podía hacer era
animarme un poco, pero nada―. Okey, está bien, no contestes. No sé
qué va a pasar aquí, pero no mires. ―Y ella se ríe, la gran risa de Massa-
Cheez-Its, y eso me hace reír a mí también. Enrollo mi ropa mojada en
un montón ordenado y oculto cuidadosamente mi ropa interior de
Costco y mi sujetador beige entre mis pantalones cortos y mi camiseta.
No tiene por qué volver a ver eso.
Volvió de casa de Barb cuando entro en el salón.
―Hermosa ―me dice. Hago una reverencia y le doy mi ropa, y
desaparece por la cocina. Me siento en el sofá y subo las rodillas hasta el
pecho. Vuelvo a respirar hondo, no hay nada que temer de Ethan. Lo
que me aterroriza es lo que siento. Soy como un cable en tensión y
quiero quemar mi regla del beso.
Observo cómo se secan las copas de los árboles al otro lado de la
ventana. Ferris olisquea cada centímetro del apartamento, como si tal
vez también buscara el desorden. Brenda se acurruca en una cama para
perros de piel de oveja, y Ferris se une a ella y llena todo el espacio
disponible. Qué sencillo es con los perros. Les gusta el olor del otro. No
perciben ninguna amenaza. Para los perros cada momento es solo ese
momento.
Oigo la secadora en marcha con Ethan en la cocina.
―Supongo que tomaré una copa de vino si no vamos a ninguna parte
―dice―. ¿Quieres una?
―Okey, gracias.
Me trae una copa de vino tinto y se sienta a mi lado. Las puntas de los
dedos de mis pies en calcetines están bajo su muslo en pijama.
―Es todo tan adulto ―le digo.
―Oh, Dios, tú también no. Ali, tengo treinta y seis años. Por supuesto
que tengo un sofá.
―Lo sé, no me refiero a eso. Es solo que este lugar tiene una especie
de vibra de soltero elegible.
―Supongo ―dice.
―¿A las mujeres les gusta esto?
―¿Y a ti? ―Se gira hacia mí, y su rostro está serio.
―Me gusta. Me da una buena sensación, como si tuvieras el control
total.
―No lo tengo ―dice, y me sostiene la mirada.
Me siento un poco fuera de control y agarro mi copa de vino para
tener algo que hacer con las manos.
―Si esa mujer con el San Bernardo te viera aquí, se volvería loca.
―Nunca dejaría que ese perro se metiera en la cama con Brenda ―me
dice.
Tomo un sorbo de vino y veo los calcetines de Ethan en mis pies.
―Es raro pensar en citas de verdad ―digo.
―¿Qué tiene de raro?
―Simplemente estar en una relación completa. Sexo. Pasó mucho
tiempo. ―Acabo de decir “sexo”. Me oí decirlo. Es la palabra que está
rebotando en las paredes de mi mente, y simplemente se deslizó de mi
boca como su propia frase.
―Tú eres la de las reglas, Ali. ―Me ve directamente, con el brazo
apoyado en el respaldo del sofá. Su lenguaje corporal es informal, pero
lo que dice no lo es.
―Sí ―le digo.
Esboza una media sonrisa y estudia su copa durante un segundo. Le
da unas vueltas antes de hablar.
―Hace mucho tiempo que quería esto. En realidad, desde que tenía
catorce años. Desde la primera vez que limpié tu plato en la cafetería.
Estabas en el reservado de atrás con tu mamá bebiendo un batido de
vainilla con pajita y pensé: “Dios, qué pajita más afortunada”. Ese es el
tiempo que te he querido.
Rompe el contacto visual y mira por la ventana. Cuando se gira hacia
mí, no sé qué decir. Dejo mi copa de vino en la mesita y le quito la suya
de las manos para dejarla ahí también y tomo una de sus manos entre las
mías.
Ethan me aprieta la mano.
―Pero necesito que tú decidas lo que quieres.
Sus ojos están llenos de sentimientos y tengo la sensación de estar
viendo dentro de él, como si me mostrara su corazón. Se ha mostrado
más que desnudo, y no le rehúye a eso. Espera y vuelvo a ver nuestras
manos. Me tomo un segundo para disfrutar de la sensación de su mano
entre las mías y del sonido de la lluvia ligera al otro lado de la ventana.
La tranquilidad de esta habitación y el espacio que me da para decidir
cómo me siento, hacía mucho tiempo que un hombre no se preocupaba
por lo que yo quería, y hacía mucho tiempo que yo no quería tanto algo.
Estiro las piernas sobre las suyas y me acerco lo suficiente para apoyar
la cabeza en su hombro y respiro su delicioso olor, ahora mezclado con
la lluvia de verano. Me sujeta y me pasa la mano por el cabello. Creo que
debería decir algo, o que él debería decir algo, pero solo quiero sentir el
movimiento de su mano a lo largo de mi cabello, y oír el sonido de su
respiración cuando mis labios rozan su cuello.
―Ali ―me dice. Levanto la cabeza de su hombro y su cara está a
centímetros de la mía. Me pone la mano en la mejilla y me pasa el pulgar
por el pómulo―. No has respondido a mi pregunta ―dice.
―Sí ―susurro en su boca―. Realmente quiero esto.
Me sube a su regazo y sus manos me aprietan las caderas para
mantenerme ahí. Me besa, y es diferente, es como un beso de tren
desbocado, y toda mi charla sobre la lentitud se ha silenciado. Ya no
oigo la lluvia ni siento el sofá debajo de mí. El mundo exterior se ha
disuelto en partículas tan pequeñas que carecen de sentido.
Cuando su boca baja por mi cuello y yo me agarro a la parte superior
de su coordinado deportivo, me dice:
―¿Estás segura?
―Segura ―le digo, y me muevo para besarlo de nuevo.
―Segura no es sí ―dice, echándose hacia atrás.
―¿De qué estás hablando?
Toma mis dos manos entre las suyas.
―Es que... no quiero que te despiertes con remordimientos, como si
nos hubiéramos adelantado y luego las cosas se pongan raras.
Realmente quiero esto, pero no voy a retroceder desde aquí. ―Me
aprieta las manos. Como si nuestras manos entrelazadas fueran el
“aquí” al que se refiere. Un lugar nuevo.
Mi cuerpo se acelera, pero él habla en serio. Veo nuestras manos
juntas y luego vuelvo a verlo a los ojos. Hoy lo he visto y es mucho más
de lo que pensaba.
―No me arrepentiré ―digo. No hay parte de mi cuerpo que esté de
acuerdo con parar.
―Eso no lo sabes. ―Se echa hacia atrás y se pasa las manos por el
cabello de una forma que no me ayuda a quererlo menos. Le pongo una
mano en el pecho y la toma―. Estamos en una especie de fantasía. Esta
no es tu vida, estamos a cuatrocientos kilómetros de tu realidad y te has
tomado dos copas de vino. ―Se lleva mi mano a los labios―. Si sigues
queriendo esto mañana, cuando estemos de vuelta en Beechwood a la
luz del día, entonces me apunto.
―Estoy cien por cien segura de que lo haré. ―Negociar por sexo no
estaba en mi cartón de bingo para este viaje a Devon.
Sacude la cabeza, como si tuviera algo más que decir, pero lo piensa
mejor. Se levanta y me tiende la mano.
―Mi yo de catorce años me está gritando literalmente, pero voy a
arroparte y luego a sacar a los perros por última vez.
―¿Bajo la lluvia? ―Me levanto de mala gana. No lo puedo creer.
―Sí, este es mi último acto de caballerosidad del día ―me dice,
llevándome de la mano a su habitación.
Retira las sábanas de su cama y me meto dentro. Me tapa y se inclina
para besarme de nuevo. Sus labios son suaves, como si me prometieran
algo. Quiero lo que sea que prometa, y cuando siento que se aleja, me
levanto para seguirlo.
Apoya su frente en la mía.
―Debes de gustarme mucho ―dice. Eso espero, pienso.
―Podrías quedarte aquí, conmigo ―le digo, una última súplica. Qué
delicioso sería pasar la noche en sus brazos y despertarme con su cálido
olor, ya cerca.
―Yo no tengo ese tipo de restricción ―dice, y me aprieta las manos.
Se levanta, apaga la luz y cierra la puerta. Lo oigo sacar a los perros. Me
pongo los dedos en la boca y repito lo del día, su cara bajo la lluvia, y
luego repito toda mi vida desde que tenía dieciséis años y me tomaba un
batido totalmente inconsciente de que estaba preparando a la Futura Yo
para lo que siento ahora. Lo oigo volver y dirigirse al salón. No cambió
de opinión. Me pongo de lado y me imagino el día de mañana, y la
posibilidad de que los dos retomemos esto en Beechwood.
Dios, mis hijos. Me siento erguida. Esta es otra pesadilla que tengo,
por supuesto, en la que estoy lejos y no puedo llegar hasta ellos. El auto
no arranca, no puedo hacer funcionar el teléfono, pero esto es real. Estoy
a cuatro horas de casa, en otro estado, y Pete los llevará a casa mañana a
las diez de la mañana. Le mando un mensaje a Ethan.
Ali: ¿Sigues despierto?
Ethan: Sí
Ali: Acabo de recordar que soy una persona. Cuál es nuestro plan para volver
a Beechwood?
Ethan: Puse el despertador a las 4:30, saldremos a las 5 y llegaremos a las 9.
No puedo creer que alguien haya intentado decirme que este hombre
no es de fiar.
Ali: Oh, okey, gracias
Ethan: ¿Estás enloqueciendo ya?
Le sonrío a mi teléfono.
Ali: solo por mis hijos
Ethan: Te haré llegar a tiempo. Buenas noches.
Contra todo pronóstico, me duermo.
25
También puse la alarma a las cuatro y media porque soy la mamá y la
persona responsable de llegar a casa. Cuando suena, todavía está oscuro
y no sé dónde estoy. Me levanto y me dirijo al baño. Me echo agua en la
cara y me peino con los dedos.
Cuando salgo del baño, mi ropa seca me espera, doblada sobre la
cama hecha. Me ha dejado un cepillo de dientes y esto me conmueve
extrañamente, otro adulto pensando en mis necesidades y mi
comodidad. Sostengo el cepillo en la mano como si fuera un anillo de
compromiso.
Me visto y encuentro a Ethan en la cocina. Está sentado en la isla,
bebiendo café y abriendo el correo, y no sé cómo acercarme a él. ¿Puedo
acercarme a él y abrazarlo, aprovechando el impulso de anoche? Él
levanta la vista del correo y sonríe.
―Hola ―me dice, y me entra una sensación de derretimiento por
todo el cuerpo.
―Hola ―digo, y no me muevo.
―Hay café, pero no leche ―dice.
―Está bien. ―El café me da una razón para mover los pies. Me sirvo
media taza y me pongo al otro lado de la isla de la cocina. Hay un metro
entre nosotros, pero parece más.
―Gracias por secar mi ropa ―digo finalmente―. Dejé la tuya en la
cama.
Me sonríe, tan cómodo aquí en su cuerpo, su casa, su ciudad.
―Ven aquí. ―No sé por qué necesito la invitación, pero la necesito.
Me abraza y me siento peligrosamente bien. Me besa el cabello y respira
hondo―. Tengo que llevarte a casa y, por alguna razón, me preocupa
mucho que tus hijos me vean dejándote, al estilo paseo de la vergüenza.
Así que en marcha.
―Puedes dormirte ―me dice una vez que estamos en la autopista.
―Nunca lo haría. Eso es tan mala etiqueta de copilotos.
―Okey, bien, entonces cuéntame algunas cosas.
―Siento que sabes todas mis cosas. Eres mi falso abogado y lloro
delante de ti todo el tiempo.
―Cierto. ―Se queda callado y yo lo observo ver la carretera. Me
atrapa mirándolo y sonríe―. Te prometo que te llevaré a casa a tiempo.
Me gusta que se preocupe. No hay tráfico y deberíamos llegar a casa
con tiempo suficiente para ducharme, cambiarme y volver a la
normalidad, pero tengo la sensación de que no voy a volver a la
normalidad.
Mientras conducimos en la oscuridad, con los perros roncando en la
parte de atrás, el sol se eleva lentamente sobre la larga cinta de la
autopista. Siento que estamos encerrados en nuestro propio mundo y
que las cosas vuelven a ser fáciles entre nosotros. Del mismo modo que
hablo con mi mamá, le digo cosas a Ethan. Le hablo de la enfermedad de
mi mamá y de lo mal que lo he llevado todo. Le digo que sabía que mi
matrimonio se había acabado antes de quedar embarazada de Cliffy,
pero que no estaba preparada para saberlo. Hablamos de Frannie. Dice
que está agradecido de que ella quiera llevar la cafetería porque él nunca
lo haría. Confiesa que nunca le ha gustado su sándwich estrella de
jamón en galleta.
De lo que no hablamos es de anoche. Algo monumental dentro de mí
se ha abierto, y él es la única persona que lo sabe. Quiero decir, Wow.
Anoche fue algo intenso, ¿no? y que esté de acuerdo conmigo en que pasar
al siguiente nivel es una gran idea. Quiero que me tome de la mano
mientras conduce.
En vez de eso, le digo:
―¿De verdad vas a vender la casa?
―Sí ―dice.
―¿Nunca sientes que quieres ser un Hogan y vivir en el centro de la
ciudad y continuar donde lo dejaron tus papás? ―Anoche me dormí
imaginando despertarme en esa casa con Ethan, y acostándome en esa
casa con Ethan.
―Exactamente nunca.
―Huh. ―Giro mi cuerpo completamente hacia él―. ¿Por qué no? Ya
has crecido y sabes quién eres.
Duda antes de hablar, concentrándose en la carretera.
―Devon parece tierra firme. En Beechwood, me siento como en
arenas movedizas.
―Te sientes bastante sólido para mí.
―Contigo, sí. Por supuesto. ―Me toma de la mano y se gira hacia la
carretera―. Pero por fin tengo una vida con la que me siento bien. No
voy a abandonarla para dirigir la posada o lo que sea.
―¿Quieren que dirijas la posada?
―Dios, ¿estás bromeando? Además de ser quarterback en la escuela,
ese ha sido siempre su gran sueño. Más grande que el trabajo de
abogado corporativo y los dos punto cinco hijos. Frannie en la cafetería,
yo en la posada. Pensar en eso me hace sentir como si estuviera
desapareciendo. ―Se ríe.
Me quedo pensativa un segundo. Intento imaginarme siendo Ethan y
viviendo en Beechwood y cediendo finalmente a la visión que sus papás
tienen de su vida.
―¿Es tan raro que te ha hecho enmudecer? ―pregunta.
―No. Lo entiendo. Tienes una vida allá que es tuya, y si te quedaras
en Beechwood, perderías esa parte de ti.
Son las nueve y quince cuando llegamos a mi casa. Quiero invitarlo a
entrar, lo cual es ridículo porque mis hijos podrían estar en casa en
cualquier momento. Me giro hacia él e intento pensar en algo que
decirle, porque no quiero salir del auto.
―Deberías entrar ―me dice.
―Supongo. ―Debería besarme ahora. Estamos en esa parte de la
película. Una cita nocturna y un beso de despedida. No me gusta pensar
que existe la posibilidad de que esté viendo una película diferente a la
mía.
―Gracias por venir conmigo ―dice.
―Tienes una buena vida allá.
―Me alegro de que lo vieras, gracias. A veces creo que mi familia
piensa que estoy loco.
―Definitivamente piensan que estás loco.
Se ríe y luego nos quedamos sentados mirándonos. Es como cuando
eres adolescente y hablas por teléfono con tu novio a oscuras y ninguno
de los dos quiere colgar.
―Deberías entrar ―vuelve a decir. Se inclina y me besa suavemente,
solo la presión de sus labios contra los míos. Es un beso de “tenemos
todo el tiempo del mundo” pero en este momento estoy deseando el
resto.
―Por supuesto ―digo, y me desabrocho el cinturón―. Gracias de
nuevo, y por la cena. ―Meto la mano en el asiento trasero para tomar a
Ferris, mientras Ethan se acerca para abrirme la puerta y ayudarnos a
salir.
Cuando entro en casa, se me viene todo encima de golpe y no quiero
asimilarlo. Esto no va a ser un romance relajado de verano en el que
montamos en bicicleta con helado en las manos. Va a ser del tipo en el
que las olas chocan contra nosotros mientras hacemos el amor
febrilmente en la arena. Tiene una banda sonora diferente, pero termina
igual.
26
Estoy tan feliz de ver a mis hijos cuando Pete los deja a las 9:50 que me
olvido de estar cansada. Intento modular mi entusiasmo para que sepan
que los extrañé pero que no me sentí fatal sin ellos. Y, por supuesto, no
lo hice. Incluso dejando a un lado este enorme salto adelante con Ethan,
disfruté del descanso y de la oportunidad de moverme por el mundo
como yo sola. Me encantó pasear por su mundo y tener un pase entre
bastidores a su corazón. Ferris, sin embargo, no mantiene la calma y
corretea descaradamente alrededor de los tres.
Tienen mucho que decir sobre el nuevo apartamento de Pete y sus
habitaciones. Greer e Iris tienen dos camas individuales y sillones, y la
habitación de Cliffy da a la estación de tren.
Pete se despide con un abrazo y los hace prometer que no me dirán lo
que cenaron anoche. Le dejo su secreto.
―¿Puedo comer cereal? ―Cliffy me pregunta cuando Pete se va.
―¿No han desayunado? ―pregunto.
Iris es la primera en defender a su papá.
―Nos acostamos un poco tarde y papá dijo que nos necesitabas de
vuelta a las diez.
―Está bien ―le digo al refrigerador al descubrir que nos hemos
quedado sin leche―. ¿Quieren ir por panqueques al restaurante?
Están extasiados, lo cual es divertido. Digo:
―Bien, cinco minutos, déjenme arreglarme y ver cómo está Phyllis.
―¿Arreglarte para ir a la cafetería? ―pregunta Iris.
―Le prometí a Frannie que no me volvería a ver con estos pantalones
―miento―. Seré rápida.
Encuentro un vestido camisero negro que queda muy bien con unas
sandalias. Me cepillo el cabello y me pongo brillo de labios. Nunca se lo
reconoceré a Frannie, pero eso me llevó menos tiempo que quedarme en
ropa deportiva y buscar mis Birkenstocks.
―Te ves bien ―dice Phyllis cuando llevo los vasos de ayer a la cocina.
―Gracias ―le digo.
―Pensé que era guapo, el hombre que te trajo a casa esta mañana.
Me sonrojo y me giro hacia la cocina.
―Lo es ―digo.
―No te mataría tener un romance ―me dice por encima del agua
corriente.
―Puede ser ―le respondo. Le revuelvo los huevos y revivo
mentalmente toda la noche con Ethan. Me permito retroceder al ayer.
―¿De qué tienes tanto miedo? ―Phyllis pregunta cuando sus huevos
están en la bandeja del televisor.
―Se va al final del verano.
―Esos son los mejores amores, el gran amor de mi vida fue un
romance de verano.
―Entonces, ¿qué pasó?
―Volvió al verano siguiente, nos casamos y compró una casa de
cuento de hadas. ―El brillo de sus ojos me hace sentir que él sigue aquí.
―Bueno, eso es uno entre un millón.
Phyllis sacude la cabeza.
―Tonterías. Pasa todo el tiempo.
―He tenido un romance de verano, pero él es… él es algo más. Si
realmente te enamoras de alguien que se va, es tan loco como tener un
perro.
Phyllis parece confundida.
Me explico.
―Te compras un perro y sabes dos cosas: que te vas a enamorar de él
y que un día se va a morir. Te metes de cabeza en un desastre a
sabiendas. Esa es la locura básica de tener un perro.
―Eres demasiado joven para ser tan oscura ―dice.
No digo nada.
―Alice, aparte de ti y de mis hijas, todos los que conozco están
muertos. Los he enterrado a todos. ¿Crees que desearía no haberlos
conocido nunca? ―Ella se concentra en comer otro bocado de huevo con
su tenedor y sin levantar la vista dice―: ¿Desearías no haberme
conocido?
―Por supuesto que no. ―Me siento tan incómoda hablando de esto.
No quiero hablar de su muerte. No quiero involucrarme con la muerte
de ninguna manera. No puedo creer que haya sacado el tema.
Me sonríe.
―Tienes un perro. Eres una persona arriesgada.
Cuando entramos en la cafetería, él está en la barra, igual que en mi
ensoñación. Levanta la vista de su café y me sonríe a mí y luego a todos
nosotros.
―¿Vienen por tostadas francesas?
―Panqueques ―digo, y me muevo el cabello detrás de la oreja de una
forma que creo que no hacía desde la universidad.
―¡Ali! ―Frannie dice mientras le trae a Ethan su omelette―. ¿Quieren
sentarse en la barra o en una mesa?
Quiero sentarme en ese taburete junto a Ethan, pero Greer dice:
―Mesa, por favor.
―Okey, tomen ese reservado de la esquina ―dice, y Ethan me lanza
una mirada que me hace ponerme líquida. Frannie me da una pila de
menús―. ¿Están libres para cenar esta noche? ¿En casa de Scooter?
―¿Será fun-tastic? ―pregunta Cliffy.
―Por supuesto ―dice Ethan―. Vengan a las seis. Frannie pide que no
haya una temática, pero, por favor. Y yo soy el responsable de las carnes.
¿Alguna petición para carnes o alguna temática?
―¿Qué tal un luau? ―pregunta Iris―. Puedes cocinar lo que quieras
y podemos llevar faldas de hierba. Mamá tiene antorchas tiki.
―Sí ―digo, y capto su mirada. Hay tanto en sus ojos que tengo que
apartar los míos.
―Perfecto ―dice―. Y tengo muchas faldas de hierba. De plástico, de
plata, algunas hechas de hierba de verdad. Es un armario entero que
podríamos vaciar.
Volvemos a casa y la cocina parece feliz. No ensuciamos nada en el
desayuno y, antes de irnos, corto algunas flores de mi jardín y las pongo
en un tarro de mermelada junto al fregadero. La sensación que tengo al
volver a mi cocina, más o menos limpia, me hace pensar que cortar
flores puede ser un acto de autocuidado.
Greer me rodea la cintura con el brazo. En realidad no es nada, es mi
propia hija dándome la mitad de un abrazo, pero en este momento es
todo. Hubo un tiempo en que Greer estaba pegada a mi lado con velcro.
Lloraba cuando la dejaba en preescolar, y le prometí que me sentaría
afuera todo el rato. Durante un tiempo quiso dormir en nuestra cama, lo
que extrañamente era un límite difícil para mí y la dejé dormir en el
suelo de nuestra habitación en un saco de dormir hasta que se le pasó.
Lo que daría por tenerla dormida en mis brazos y decirle que todo va a
salir bien. Que entenderá álgebra, que sus amigas serán malas y luego
no lo serán. Que se enamorará y durará, y que nunca la dejaré.
Vamos a nuestra aventura dominical en canoa y hablamos del luau
todo el tiempo.
―¿Las antorchas tiki están en el garaje? ―Greer pregunta por encima
de las olas.
―Creo. ¿Qué más deberíamos llevar?
―¿Qué es un luau? ―pregunta Cliffy.
―Una fiesta hawaiana. Flores y piña, creo ―dice Iris―. Deberíamos
llevar flores en el cabello.
―¡Sí! ―grita Cliffy.
―En realidad deberían ser hibiscos ―le digo―. Pero las gerberas del
jardín también estarían bien. Hagámoslo rosa.
―¡Fun-tastic! ―dice Cliffy.
27
Llegamos a casa de Ethan y salimos del auto con antorchas tiki,
galletas de avena y Ferris. Cliffy tuvo un breve ataque de nervios
cuando Iris le dijo que solo tenía que llevar gerberas para las niñas, pero
le aseguré que los hombres también las querrían. Llamamos al timbre y
él se agarra a la bolsa en la que probablemente se estén marchitando.
Esto ha sido motivo de discusión en el auto durante el trayecto de medio
kilómetro. Greer está firmemente convencida de que Cliffy las está
matando por meterlas en una bolsa, mientras que yo insisto en que las
gerberas son flores resistentes.
Ethan abre la puerta y me olvido de qué lado de la pelea estoy. Lleva
una camisa hawaiana verde y blanca que hace resaltar motas verdes en
el dorado de sus ojos, pero no es solo eso, es la forma en que me mira.
―Trajimos flores ―dice Cliffy, y vuelvo en mí.
―Sí, para el cabello de todos ―digo.
―Genial ―dice Ethan―. Déjame llevar esas antorchas. Las faldas de
hierba están detrás. ―Iris se las entrega y nos dirigimos hacia el patio
trasero, pasando por el salón con su gigantesca pila de donaciones en el
centro, a través de la cocina que ni siquiera hemos empezado.
Frannie y Marco ya están ahí con Theo, y Cliffy les da a cada uno una
flor para el cabello. Ethan se agacha para que Cliffy pueda ponerle la
suya en el lugar exacto detrás de la oreja. Ethan me ve y me pregunto si
todos los hombres deberían llevar siempre una gran flor rosa.
―Encontré música luau ―les dice Ethan a mis hijos. Ellos lo siguen
hasta la barra, donde ha colocado un tocadiscos y una pila de discos.
Hay muchas cosas que limpiar en esta casa. Cliffy elige un disco de Don
Ho, Ethan le enseña cómo funciona el tocadiscos, luego les da a cada uno
una falda de hierba y Cliffy intenta algunos movimientos de hula. Greer
ha subido lo que debe ser un vídeo de baile hula a su teléfono y todos
intentan mantener caras serias mientras él imita el baile. Quiero que
Ethan siga hablando con mis hijos para siempre para poder seguir
viendo hacia él. Es un hombre guapo, lo supe desde el primer día, pero
ahora hay algo que me hace sentir que el corazón se me sale del cuerpo
para llegar hasta él.
Cuando los niños están en la piscina, las antorchas tiki están
encendidas y los perros se persiguen por el patio, Frannie y yo estamos
frente a frente en los sillones y me deleito con la sensación de abrazar a
Theo mientras duerme. Hace dos días me senté justo en medio de lo que
iba mal en mi matrimonio y me empapé de eso. Ayer Ethan encendió un
fuego en mi cuerpo que aún no se ha apagado. Ahora llevo una falda de
hierba sobre los pantalones cortos, y tengo la sensación de haber pasado
por toda la gama de emociones humanas.
―¿Qué te pasa? ―me pregunta Frannie.
―Han sido un par de días importantes.
―Parece que las cosas fueron bien con Pete.
―Bueno, ayer Pete se llevó a los niños durante veinticuatro horas
seguidas.
―Eso es genial para todos ustedes ―dice―. Incluso para Pete. Como
si él pudiera estar a la altura de las circunstancias y tú tuvieras un
respiro.
―Parece que la pasaron muy bien. De hecho fui a Devon con Ethan
para pasar el día.
―¿Tuviste tu primer día libre y condujiste hasta Devon y volviste?
―Lo sé, no es exactamente un día de spa, pero fue divertido. ―Me
ocupo de enderezar el calcetín de Theo porque no quiero verla.
―Cuidado con eso.
―¿Con qué?
―Ya sabes con qué. ―Señala a Ethan con la mirada―. Por mucho que
me asuste, está claro que se está cociendo algo. Marco cree que ya pasó.
―Dios, para.
―Okey, okey.
Ethan me ve por encima del hombro. Sigue hablando con Marco, pero
es como si me siguiera con la mirada.
―Es un chico muy bueno ―le digo.
―Él puede serlo ―dice ella―. Pero nunca jamás dejará Devon.
―Por supuesto ―digo, y mi voz es demasiado alta. Afortunadamente,
Theo se despierta y empieza a llorar.
Ethan llama a Frannie:
―¿Puedes traerme papel aluminio?
―Yo lo hago ―digo, y le paso el bebé a Frannie. La cocina se ha
reformado para que parezca original, si hace cien años la gente tuviera
enormes islas con encimera de mármol y despensas sin puerta. La puerta
de la despensa está abierta. Tiene el tamaño de un armario pequeño y las
estanterías están pintadas de azul real brillante. Decido que
empezaremos aquí mañana. Coloco las cosas en las estanterías al azar y
muevo la harina de avena para que esté junto al Bisquick, luego coloco
una caja de Cheerios al lado y un bote de granola. Ahora parece una
sección de desayuno, pero quiero moverlo todo a la izquierda para que
sea lo primero que veas al entrar. Me gusta una despensa que se mueve
con el día. En el centro debería haber mantequilla de cacahuate y
mermelada, quizá latas de atún.
―¿Qué estás haciendo? ―Ethan está justo detrás de mí.
Me doy la vuelta y verlo con esa flor rosa detrás de la oreja me hace
sonreír.
―No pude evitarlo. ¿Podemos empezar aquí mañana?
―Claro ―dice, y da un paso más hacia mí. Me quita la flor de detrás
de la oreja y me pasa el cabello por detrás de los hombros y la coloca de
nuevo detrás de mi otra oreja―. Perfecto.
No puedo apartar la mirada de él mientras se inclina hasta que sus
labios casi rozan los míos.
―Esto es muy complicado ―susurro.
―Me aterra ―dice, y me besa solo el labio inferior.
Le rodeo el cuello con los brazos y le devuelvo el beso.
―Quiero esto ―le digo―. Para que conste, a la luz del día. No me voy
a arrepentir. ―Cierra la puerta de la despensa de una patada y su boca
me abraza por completo. Me toma por las caderas y me atrae hacia él, en
un estado de deseo que me alarma.
Desde un millón de kilómetros de distancia, oigo la voz de Frannie.
―¿Scooter?
Ethan gime.
―Olvidé dónde estábamos.
Vuelvo a besarlo porque no puedo dejar de hacerlo. Llevo semanas
besándolo, pero ahora es diferente, impregnado de significado e
intención.
―Okey, vete.
―Aquí ―dice, y abre la puerta―. ¿Dónde guarda mamá el papel
aluminio?
Frannie está de pie, con las manos en las caderas, mirándonos.
―Lo sabía. ―Pasa por delante de nosotros, y evito sus ojos mientras
toma el papel aluminio de la estantería y se va.
―Lo siento por eso ―dice Ethan―. Quiero decir, no lo hago. En
realidad estoy muy feliz. ―Se pasa los dedos por el cabello, como si eso
fuera a suavizar sus pensamientos.
―Deberíamos volver, tú primero ―digo.
―Okey ―dice, pero no se va.
―Okey ―le digo. Le doy un empujón en el pecho y él me toma la
mano y la mantiene ahí.
―Empezaremos en la despensa mañana ―dice.
28
―Deja de hacerlo, es tan grosero ―dice Greer de camino a casa. Esto
realmente está pasando entre Ethan y yo.
―Mamá, haz que pare ―dice Iris y Cliffy se ríe. El sabor de Ethan es
narcótico, y me pregunto si eso existe, si la gente se vuelve adicta a otra
persona.
―¡Mamá! ―Iris dice, y me golpea en el hombro.
―¿Qué? Lo siento. Estaba pensando en algo ―digo.
―Cliffy está siendo tan asqueroso ―dice Iris―. No para de intentar
lamerme el codo.
―Para, Cliffy ―digo al entrar en el garaje. Estaciono el auto y me giro
hacia ellos; casi me sorprende verlos ahí sentados conmigo―. Fue
divertido lo de esta noche. Lo fue, ¿verdad?
―Fun-tastic ―dice Cliffy, e Iris lo hace callar.
Él me manda un sms una hora después
Ethan: Tengo mucho que decir que no voy a decir en el texto en caso de que
tenga que negarlo más tarde
Sonrío a mi teléfono y me invade un subidón de burbujeo.
Yo: Sí, yo también
Ethan: Vamos a abordar la despensa a las 9
Él es lo primero en lo que pienso cuando abro los ojos. Vuelvo a
cerrarlos y evoco su olor. Vuelvo a abrir los ojos: esto no es normal. Esto
no es un deseo como cuando quiero comprarme un jersey. Esto es un
deseo como cuando no sé cómo voy a pasar las próximas tres horas
hasta que lo vuelva a ver. Tomo el celular para ver el mensaje de anoche.
Dijo a las nueve. Solo tengo que llevar a mis hijos al campamento, pasear
a Ferris e ir a casa de Phyllis.
Me ducho y me afeito las piernas con los lentes de leer puestos para
asegurarme de que no se me escape nada. Me pruebo una falda blanca
con una blusa azul marino y decido que parezco una azafata de vuelo.
Me pruebo un vestido de flores que tenía sentido para el bautizo de
Theo, pero que no lo tiene para fingir que estoy limpiando una
despensa. Me pongo frenética y me derrumbo en la cama. No necesito
fingir para este hombre. Él es lo imposible, el que me quiere más cuando
soy yo misma.
Me pongo mis pantalones cortos amarillos favoritos y una camiseta
blanca. Dejo a mis hijos en el campamento, doy una vuelta rápida a
Ferris y me paso por casa de Phyllis. Su hija Sandy está ahí y hago como
que me acuerdo de que es lunes y de que va a venir. Normalmente viene
de Manhattan los sábados, pero esta semana cambió al lunes debido a
una tos. Tuvimos una larga conversación sobre esto. Finjo que estoy ahí
para pedir prestado Portnoy's Complaint, que es el primer lomo que me
llama la atención.
Claro que es lunes. Le mando un mensaje a Frannie.
Ali: Lo siento, no voy a poder ir esta mañana. Me pasaré mañana.
Frannie: Nunca pensé que encontraría a alguien besándose con mi hermano
menor en la despensa.
Es una afirmación, no una pregunta. No quiero entrar en esto con ella.
Sobre todo quiero llegar a donde él está.
Yo: Y sin embargo aquí estamos. Te veo mañana.
Cuando envío el mensaje, levanto la vista y veo su auto en mi entrada.
Está de pie, y Brenda en la ventana. No quiero ir al parque para perros,
quiero estar en su despensa, apretados muy juntos. Al acercarme a él,
veo que no parece ligero.
―Hola ―le digo―. ¿No iba a ir yo a ti?
Me toma la mano.
―Sí, pero recibí una llamada de que debemos estar en la corte mañana
por la mañana en un caso en el que he estado trabajando desde siempre.
Necesito volver a Devon para preparar a mi cliente.
―¿Hoy? ―le digo. Me sale tan pequeño, como si me hubiera
atragantado con esta palabra tan pequeña y desgarradora.
Mira detrás de mí hacia la casa de Phyllis.
―¿Podemos entrar?
―Claro ―le digo―. No.
―¿No?
―Es una especie de desastre. ―Yo soy un desastre. Es extraño que
quiera desnudarme completamente con este hombre, pero no puedo
soportar la idea de que vea mi cocina―. ¿Cuándo vas a volver?
―Tan pronto como pueda. El viernes a más tardar. ―Eso son cuatro
días enteros.
―Oh, okey ―le digo. No quiero que vea lo decepcionada que estoy.
Ahora me toma las dos manos.
―¿Entonces te llamo más tarde?
―Seguro ―le digo.
―Seguro no es sí.
Lo veo y sonrío.
―Sí ―le digo―. Llámame.
Vuelve a ver por encima de mi hombro y estoy cien por ciento segura
de que Phyllis está mirando por la ventana. No me importa,
probablemente le esté alegrando el día. Lo llevo de la mano hasta un
lado de mi casa, pasando por delante de las ventanas de la cocina y por
detrás, y estoy contra la puerta trasera, con su boca en la mía y sus
manos en mi cabello, antes de que haya tenido la oportunidad de pensar
otra cosa sobre Phyllis. Cuando me dio el beso de despedida adecuado,
me aprieta las dos manos.
―Esto es una tortura ―dice.
29
Pete entra por la puerta principal el martes a las seis y se detiene en el
comedor para admirar la montaña de correo sin leer que he trasladado
ahí.
―Realmente manejas bien el barco ―dice. Acabo de arbitrar una
pelea entre Greer e Iris sobre a quién pertenece la guitarra que mi papá
les regaló por Navidad. Una de ellas dijo que la otra tenía unas manos
gordas y feas, y hubo lágrimas. No estoy de humor para aguantar a Pete.
―Bueno, es mi barco por los próximos catorce años ―le digo―. Así
que, por favor, toca el timbre cuando vengas. ―No levanté la voz; solo
dije las palabras. Estas palabras son verdaderas y correctas y reflejan
perfectamente mi reacción hacia él en este momento. Debería haber
hecho esto todo el tiempo, y eso me enfurece más.
―Dios, Ali. ¿Cuál es tu problema?
―Estoy enojada ―digo. De nuevo, completamente cierto.
―Bueno, eso es nuevo ―dice.
Me detengo y lo veo fijamente. ¿Es nuevo? Él lo sabría, ya que es la
única otra persona en nuestro casi matrimonio. Bueno, aparte de mi
mamá.
―Creo que siempre he estado un poco enojada, Pete. Solo que nunca
tuve la oportunidad de desbordarme ―digo―. Quizá hoy me he
enojado lo suficiente. ―Ahora que lo digo, sé que es verdad. Cuando
estábamos casados, nunca me enojaba lo suficiente. Me apaciguaba y
distraía, y siempre era más fácil dejarlo pasar, pero ahora estamos aquí,
los dos solos, y estoy enojada.
Él no se disculpa y no cambia el tono. Pone los ojos en blanco y pasa a
mi lado en dirección a la cocina. Lo agarro del brazo y lo giro hacia mí.
―No quiero que vuelvas a hablarme así. Ya no te escucharé más. Así
que, a partir de ahora, elige bien tus palabras o tendrás que ir a buscar a
los niños a la calle. Esta es mi casa.
Cuando se va, siento que enfrentarme a Pete me ha aclarado la vista.
Me siento en la encimera de la cocina entre los escombros del día, de la
semana, posiblemente de varios años. Es como si un día te despertaras y
te dieras cuenta de que te estás ahogando en deudas de tarjetas de
crédito. ¿Cómo permití que esto ocurriera?
―Mamá ―le digo al charco de miel junto a mi mano izquierda. Es
imposible que esta sea mi casa.
Oh, Alice.
Tengo tanto por hacer. No puedo levantarme para enjuagar y cargar.
―Mamá, ojalá me dejaras resolverlo. ―Ella no responde.
El ala roja y brillante de un cardenal pasa por mi visión periférica,
como ocurre tan a menudo cuando pienso en mi mamá. Me giro para
ver y no es un cardenal, es solo más de mi desorden. Dejé abierto el
armario junto a la ventana y lo que me llama la atención es una amapola
roja pintada en un lado de la sopera que me regaló mi mamá en mi
despedida de soltera. Es enorme y ocupa toda una estantería. Me bajo
del taburete y voy a cerrar el armario para no tener que verla, pero en
lugar de eso, la saco de la estantería y la abro. Contemplo las amapolas
rojas pintadas en el interior. Esas amapolas nunca han sido cubiertas por
la sopa. Ni una sola vez en trece años. Incluso apoyada en la encimera,
siento esa sopera pesada en mis manos. Pesada con la idea de mi mamá
de cómo podría ser mi vida. Tal vez una vida que implicaba invitar a la
gente a tomar sopa, una vida en la que no nos quedáramos en la cocina
sirviéndonos nosotros mismos. Nunca he organizado una cena con un
plato de sopa, y no tengo intención de empezar. Ni siquiera tengo seis
tazones de sopa que combinen. Esta sopera está cargada de expectativas
no cumplidas.
Pienso en Ethan diciéndome que me acerque a las cosas que me hacen
feliz. Paso las manos por las amapolas pintadas en la tapa y me siento
mal. Estaba criando niños y tratando de forzarnos a Pete y a mí a
adoptar la forma de una pareja feliz. ¿Cuándo se suponía que iba a hacer
sopa? ¿Cuándo iba a tener tanto control de las cosas que me diera
tiempo a pasar la sopa a una sopera antes de servirla unos segundos
después mientras aún estaba caliente? No necesito acercarme esta sopera
al corazón para saber que es la encarnación de todas las formas en que
soy una decepción.
Honestamente, Alice. Esto es demasiado.
Sonrío al oír su voz y levanto la sopera de la encimera. La arrastro
hasta el garaje y la coloco junto a la pared del fondo. Es el primer objeto
que sale de mi cocina en mucho tiempo, y siento una liberación cuando
lo dejo.
―No era un buen matrimonio, mamá. Las cosas nunca iban a ir bien.
―Me siento unos minutos en el silencio de mi garaje esperando una
respuesta. Ya lo sé.
Tengo lágrimas en los ojos, pero me siento más ligera cuando vuelvo a
la cocina y me recibe ese estante completamente vacío. Mojo una toallita
y lo limpio con reverencia.
Esta ligereza empieza a moverse por todo mi cuerpo. Mis ojos
detectan los platos del desayuno y mis pies me mueven hasta donde
están. Los meto en el lavavajillas y limpio la encimera. Quiero ver
espacios despejados y empiezo a hablar conmigo misma en voz alta, con
mi voz de organizadora profesional.
―¿Cuándo fue la última vez que usaste esto? ¿Es algo que necesitas
tener al alcance de la mano o podemos ponerlo en una estantería alta?
―Tomo una bolsa de basura y tiro los envases de plástico que pueden o
no estar matándome. En cualquier caso, si pienso en morir cada vez que
tomo uno, probablemente no me estén haciendo ningún bien. Llevo dos
semanas de periódicos al contenedor de reciclaje. Llevo el cesto de la
ropa sucia al sótano y empiezo a lavar la ropa blanca.
Sin papeles ni platos sucios en mi campo de visión, veo lo que queda.
Soy mi propio cliente y me muevo por mi cocina de forma objetiva,
como si la pusiera en escena para vendérmela a mí misma. Todo lo que
entra en mi campo visual debe gustarme. La plataforma con un gancho
para colgar decorativamente los plátanos se va. El jabón Palmolive de
tamaño Costco lo escondo bajo la encimera. Tres de los cuatro rollos de
toallas de papel que tengo en uso, al sótano. Trabajo hasta que mi
cafetera es el único electrodoméstico que puedo ver. Me gusta donde
está, junto al tarro de monedas de mi mamá.
Decido hacer dos zonas en el garaje: una para el Ejército de Salvación,
y otra para las cosas que Pete pueda querer. Le daré tiempo a Pete para
que lo revise esta noche, y luego todo desaparecerá.
Amontono platos disparejos y tazas de café de recuerdo en cajas junto
con el exprimidor abandonado de Pete. Encuentro un aparato que
convierte las papas en papas fritas rizadas, y lo deposito en el garaje,
donde acabará llegando a manos de una persona que piense que eso es
un buen uso del tiempo. Tiro las especias que caducaron antes de que
naciera Cliffy. Tiro un plato de tarta roto y tres frascos de pegamento
secos. Lápices rotos, directorios escolares de hace años, tapas de cosas
que ya no tengo. Quiero poner música, pero no me atrevo a interrumpir
mi impulso. El movimiento de cosas en mi garaje parece su propia
sinfonía.
Tardo casi dos horas en vaciar la cocina. Me siento en la encimera y lo
asimilo, mientras mis geranios asienten con la cabeza desde afuera.
Podría haber hecho esto hace años. Me detengo y me pregunto si esto
habría cambiado las cosas, si seguiría casada con Pete si me hubiera
limitado a limpiar. Imagino a Pete entrando por la puerta y viendo a su
alrededor con aprecio, oliendo la cena calentándose en el horno. Trato
de imaginármelo de nuevo, levantándome de un salto para darle la
bienvenida y preguntarle por los detalles de su día. Ni lo uno ni lo otro.
No era solo que la casa se descontrolara, ni que yo me callara. A mí me
molestaba que él se fuera a trabajar y a él que yo no lo hiciera. Él estaba
dolido porque desaparecí; yo estaba dolida porque él me dejó. Nunca
estuvo bien, no creo que el amor deba ser transaccional.
Debo darme un respiro; esas son las reglas, pero no quiero. Esto es lo
mejor que sentí en años. Estoy infinitamente más relajada que después
de tomar un baño a la luz de las velas. Tengo un poco de tiempo antes
de que Pete vuelva con los niños, y me preparo una taza de té de
jengibre y tomo el crucigrama.
Entran en la cocina y Greer es la primera en hablar.
―¿Nos han robado? ―Creo que está bromeando.
―Me inspiré. Se ve genial, ¿verdad?
Iris pasa las manos por la encimera de la cocina.
―Deberíamos recoger flores.
―Sí ―le digo.
Cliffy me da un abrazo.
―Me encanta, mamá.
Pete se queda helado en la puerta.
―Se ve como cuando nos mudamos.
Está sombrío al respecto y no quiero que lo esté.
―Lo sé. Una vida acumula muchas cosas, y supongo que hay que
reducirlo más que cada diez años. ―Iris se quita las espinilleras, pero
también escucha.
―No lo entiendo ―dice Pete.
―Entra en el garaje ―le digo. Soy consciente de lo neutral que me
siento hacia él. No me siento enojada, ni incómoda, ni nada de lo que
suelo sentir. Es como si hubiera aclarado las cosas―. Hice dos
montones. Cosas que ninguno de los dos quiere y cosas que tú podrías
querer. Toma lo que quieras y yo donaré el resto. ―Tengo un poco de
energía de showman sobre mí. Como si fuera el Mago de Oz o el
presentador de un concurso, invitándole a contemplar el museo de
objetos desechados de mi garaje.
Pete toma su exprimidor, y no le digo que tiene diecisiete piezas que
hay que lavar a mano después de cada uso. Toma una taza de El Mejor
Papá del Mundo y unas cuantas toallas de cocina. Es triste verlo hacer
esto y acompaño a los niños de vuelta a la cocina. Quiero ir hacia lo feliz.
Pete mete sus cosas en el auto y vuelve para despedirse de los niños.
―Realmente se ve muy bien, Ali ―dice.
―Gracias ―digo, y vuelvo a sentir la certeza de que esto no habría
cambiado nada, y si lo hubiera hecho, eso no es amor de todos modos. El
amor no es Si limpias, te ayudaré en tu dolor. No estoy segura de lo que es
el amor, pero creo que es algo diferente a eso.
30
Me desperté el miércoles por la mañana con un texto de Ethan.
Ethan: Hey
Yo: ¿Cómo estuvo el juicio?
Ethan: Bien. Creo que Brenda te extraña
Sonrío a mi teléfono como una adolescente.
Yo: Yo también la extraño. ¿Hoy estás en el juzgado?
Ethan: Probablemente mañana también, pero tengo que volver a ponerte a
trabajar.
Yo: Ayer trabajé para mí misma. Se ve bastante bien
Ethan: No puedo esperar a verlo
Burbujeando de nuevo, me levanto y me pongo a hacer panqueques.
Después de dejar el campamento, Phyllis me dice que me ve diferente.
―Yo igual ―le digo, y vuelvo a colocar el forro de plástico en su bolsa
de basura.
―Te ves ligera ―dice, una acusación.
―Limpié mi cocina, y Pete se llevó un montón más de sus cosas.
―Ah. ―Sonríe―. Mucho espacio ahora para algo nuevo, pero, por
favor, ten algo con ese joven tan simpático. No conozcas a alguien por
Internet, antes de que te des cuenta ya se llevaron doscientos mil
dólares.
―¿Eso salió con el Dr. Phil ayer?
―El Dr. Phil, la mayoría de los días. También, metanfetamina. No
hagas eso.
Ethan me envía un mensaje de texto a las diez de la noche.
Ethan: ¿Cómo va todo?
Me siento en la cama pero no enciendo la luz.
Yo: Bastante bien. Hoy me he ocupado del ático de Carla García y de mi
propia habitación. ¿Otra vez al juzgado mañana?
Ethan: Sí, no voy a estar de vuelta hasta el viernes por la tarde
Tengo demasiadas respuestas que quieren salir disparadas de mis
dedos. Solo quiero que vuelva ya.
Yo: Qué mala pata
Ethan: No creo que la gente siga diciendo eso
Sonrío porque lo oigo decir eso en mi cabeza.
Yo: Totalmente lo hacen
Ethan: No lo creo. Bastante seguro de que eres solo tú
Estoy tratando de pensar en algo que decir. Me gusta tenerlo aquí
conmigo. Me vuelve a mandar un mensaje:
Ethan: También quería decirte que he estado pensando mucho en ti...
Mis dedos no pueden teclear lo suficientemente rápido:
Ali: Yo también
Ethan: Bien. Okey, creo que si digo más podría ir demasiado lejos. Así que
buenas noches
Siento estas palabras en mi corazón. Es como si hubiera una esperanza
ahí, nacida del hecho de que Ethan podría tener que contener sus
sentimientos.
Yo: Qué mala pata. Buenas noches.
El jueves limpio mi dormitorio y consigo que Marco venga a
ayudarme a llevar al garaje la vieja cinta de correr que sigue junto a la
cama. Pete puede quedársela o yo la regalaré. Demonios, tal vez incluso
la use. Cosas extrañas están sucediendo por aquí a un ritmo que apenas
puedo seguir.
Cuando mis hijos vuelven del campamento, los siento en el ordenado
salón. Siento como si de repente nuestra casa fuera más grande.
―Así que esta tarde no tenemos nada, pero por suerte para ustedes
contraté los servicios de una organizadora profesional hasta las cinco.
―¿Para qué? ―pregunta Greer.
―Vamos arriba y te lo enseñaré.
A las cinco, están hambrientos y agotados, pero algo entusiasmados
con el aspecto de sus habitaciones. Cliffy ha creado un rincón de lectura
en la esquina de su pequeña habitación con almohadas y exactamente
seis peluches. Llevamos ceremonialmente dos bolsas de peluches al
garaje.
El viernes por la mañana hay poco trabajo en mi cuarto de baño. Todo,
excepto el champú y la pastilla de jabón, debe desaparecer, así que no
hay mucho que decir. Guardo las velas porque me pregunto si realmente
serán relajantes en un baño limpio. Además, cuestan treinta dólares.
Casi me tiro de espaldas organizando el garaje de Serena Howe a
primera hora de la tarde y vuelvo a comprometerme mentalmente a
actualizar mi currículum. Dos días de trabajo a la semana no son
suficientes, aunque transportar el equipo de jardinería a un cobertizo
parece demasiado.
Ethan me manda mensaje a las cuatro.
Ethan: Paré por gasolina. Vuelvo en una hora. Demasiado tarde para verte
hoy, ¿verdad?
Yo: ¡Oh, bien! Pero no, tengo a mis hijos aquí
Ethan: Ok, tal vez nos vemos mañana?
Veo fijamente las palabras tal vez y mañana. No me gusta ninguna de
esas tres palabras y me siento abrumada por las ganas que tengo de
verlo. Quiero invitarlo a cenar. Intento imaginarlo en mi mente, Cliffy
pensando que es divertido y las chicas siendo educadamente cautelosas.
Es un amigo de la familia y ya lo conocen. Además, tengo muchas ganas
de verlo. Le mando un mensaje:
Ali: Voy a hacer una barbacoa de pollo más tarde. ¿Quieres venir? ¿A las 6?
Ethan responde inmediatamente:
Ethan: ¡Divertidísimo! Nos vemos
―¿Qué? ―pregunta Iris. Le sonrío a mi teléfono.
―Nada. Scooter. Está volviendo de Devon. Viene a cenar.
Iris parece confundida.
―¿Aquí?
―Sí.
―¿Viene Frannie?
―No, solo Scooter.
―¿Y Brenda? ―Cliffy pregunta.
―Le preguntaré. ―Le mando un mensaje.
Ali: Los niños quieren saber si vas a traer a Brenda. Nos encantaría
Ethan: Voy a ver si tiene planes
31
Mudamos una mesa plegable del garaje al patio y la cubrimos con un
mantel azul y blanco. Cliffy corta unas cuantas hortensias de color rosa
intenso y las coloca en el jarrón azul cobalto de mi mamá. Vamos a tener
a una persona y un perro para la cena, pero todos actuamos como si
fuera una gran ocasión. Intento recordar la última vez que usamos
mantel.
Son las cinco y tengo papas y zanahorias asándose en el horno. El
pollo está listo para asar y tengo mazorcas de maíz para cocinar al final.
Son las cinco y la cena está organizada. Literalmente, todo ha cambiado.
La televisión está apagada; esto es raro. Greer tiene una amiga en casa;
aún más raro. Las oigo reír en su habitación. Cliffy ha sacado todos sus
camiones al patio y hay una alegre cantidad de zumbidos en el barro.
Greer baja las escaleras con su amiga y dice:
―Oh, vamos a tener unos amigos más tarde ―como si fuéramos la
familia más genial del mundo.
Ethan toca el timbre a las seis. Vuelvo a sentirme burbujeando, así que
le pido a Iris que abra la puerta. Él dice algo que la hace reír y entonces
ahí está, de pie en mi cocina, con una botella fría de vino blanco, una caja
de pretzels cubiertos de chocolate y una perra. Son tres de mis cosas
favoritas, y me pregunto brevemente si lo mencioné en mi discurso de
graduación.
―Hola ―digo, y no me muevo hacia él. No sé cómo proceder. Quiero
correr a sus brazos, pero mis hijos están aquí. Tengo que actuar
despreocupadamente, y eso no parece estar en mi arsenal en este
momento. Lleva una camisa blanca abotonada y pantalones cortos de
lino azul marino, y sus hombros parecen algo de lo que tengo que
apartar la mirada. Yo me quedo ahí, burbujeando.
―¿Dónde está tu desastre? ―pregunta―. Creí que habías dicho que
los hijos del zapatero no tienen zapatos.
―Tenemos zapatos ―dice Cliffy.
―Fue una semana muy productiva ―digo―. Ni siquiera puedo
explicarlo, y si vieras todo lo que hay en mi garaje, enloquecerías.
―Ven a ver mi habitación ―le dice Cliffy, y lo lleva de la mano
escaleras arriba.
Me siento un poco aliviada cuando se va, necesito un segundo para
reagruparme. Brenda me ve fijamente. Greer se sienta en el mostrador y
también me mira.
―Te ves bien, mamá ―me dice.
―Gracias ―digo, y sé que tengo que empezar a comportarme como
una persona normal. Abro la botella de vino y saco dos copas. Me sirvo
la mitad―. Vamos a ver la parrilla.
Cuando Ethan y Cliffy se reúnen con nosotras afuera, Cliffy está
radiante.
―Este chico tiene mucho talento ―dice Ethan―. ¿Viste lo que hizo
hoy?
Cliffy muestra un papel doblado con varios dibujos.
―Dibujé un libro ―dice.
Se lo tomo y me siento a la mesa a ver los dibujos secuenciales. Dos
personas se conocen, juegan a la pelota, se pelean, se alejan y luego se
sientan a la mesa a dibujar.
―Me gusta esta historia ―le digo, y lo subo a mi regazo. Cliffy sabe
cómo deben ir las cosas, y sé que siente la naturaleza transaccional del
amor que Pete le ofrece. Cliffy no va a jugar, a ningún nivel, y va a estar
bien.
Cliffy me da un apretón y se levanta para organizar sus camiones.
Levanto la vista y Ethan me está viendo.
―No te traje tu vino ―digo, y vuelvo a entrar en casa.
La cena es divertida y fácil. ¿Ves? mi mamá susurra desde los
geranios. Iris habla sin parar y le hace preguntas a Ethan sobre los X
Games. Greer le sugiere a Iris que no hable tanto. Cliffy interpreta una
canción sobre pedos que aprendió en el campamento y los perros se
quedan dormidos debajo de la mesa.
Después de cenar, las niñas se van a sus habitaciones y yo me llevo a
Cliffy a la cama.
―Solo será un minuto ―le digo mientras subimos. Le leo el último
capítulo de Cam Jansen y vuelvo a bajar para encontrar a Ethan sentado
en el sofá de afuera. Me siento a su lado y me da una copa de vino.
―Entonces ―dice.
―Entonces ―digo, y nos sonreímos un poquito.
Me toma de la mano y me encanta sentirlo. No sé qué vendrá después,
pero sea lo que sea, espero poder seguir tomándole la mano.
―¿Cómo te fue con tu cliente? ―le pregunto.
―Bien ―dice―. Bueno, creo que muy bien. Lo averiguaremos la
semana que viene.
―Ah ―digo. Ahora tengo la otra mano sobre la suya y exploro una
cicatriz a lo largo de su pulgar.
―También tengo que averiguar qué pasó con el permiso de los chicos
el fin de semana pasado, y tengo un nuevo cliente con una queja por
asbesto. ―Se queda callado un segundo y escuchamos los grillos junto al
arroyo―. En fin, todo eso es aburrido. Tenía muchas cosas que quería
decir.
Lo veo, pero no digo nada. No sé muy bien qué quiero que me diga.
―¿Qué te pasó? ―me pregunta. Mi mano vuela hacia mi cabello por
alguna razón―. Pareces más ligera.
Sonrío.
―No sé. Tenía algo de espacio y estaba lista, así que limpié.
―Dios, soy el príncipe azul ―dice.
―No lo eres. ―Me río.
―No, lo soy totalmente. Te besé y ya no eres una rana.
―En primer lugar, tu conocimiento de los cuentos de hadas es triste, y
no era solo eso. ―Veo hacia abajo, donde sigo tomada de su mano―. Es
todo. ―No me atrevo a levantar la vista, pero me aprieta la mano.
―Supongo que lo que quería decir es que me gustas de verdad. ―Lo
miro para ver si está siendo casual o intenso―. Tengo mucho miedo de
que me rompas el corazón, y creo que vale la pena. ―Qué intenso.
―No quiero romperte el corazón ―le digo.
―Okey, entonces no lo hagas. ―Y se inclina y me besa.
32
Abro los ojos el sábado por la mañana con un texto.
Ethan: Los recogeré a Ferris y a ti a las 10:05. Quiero mi cocina como la tuya
No respondo porque estoy oyendo su voz decir esas palabras. Quiero
que escriba otra cosa para volver a oírla, pero es mi turno.
Yo: Te veo luego
Bajo a preparar café con el sonido de su voz aún en mi cabeza. Me
sirvo una taza, llevo a Ferris a la parte de atrás y cuento las cosas que
tengo que hacer antes de verlo. Dar de comer y recoger a los niños;
Phyllis, pero también depilarme las cejas y secarme el cabello. Creo que
es demasiado tarde para ser una persona que usa perfume. Estoy en la
ducha, afeitándome con los lentes puestos, cuando entra Iris y me dice
que no encuentra su camiseta de fútbol, lo que abre la puerta a la
madriguera de La madriguera de los objetos perdidos. Pasamos las
siguientes dos horas y media buscando en la lavandería del sótano,
vaciando todas las bolsas de deporte y llamando a cada una de sus
compañeras de equipo porque cree que puede habérsela quitado en el
campo el fin de semana pasado. Nos dirigimos al centro recreativo y
buscamos en la sección de objetos perdidos y encontrados y luego
volvemos a casa y descubrimos que está en el asiento trasero de mi auto.
No es un suceso del todo inusual, pero hoy ese tiempo perdido parece
una catástrofe. Hago huevos y le llevo a Phyllis una ración con minutos
de sobra antes de que Pete aparezca.
Ethan entra en mi casa justo después de que ellos se van, y yo me
siento un poco agotada al entrar en el auto. No sé si va a mostrarse
intenso o informal. Dejo a Ferris en el asiento trasero con Brenda y él me
da un vaso de café de papel.
―Gracias ―le digo, y eso se queda corto. Traerle a otra persona una
taza de café significa estoy pensando en cómo le irá en el día. O, como
mínimo, quiero que tú también tengas esto que yo voy a disfrutar. Esto me
conmueve extrañamente.
Empezamos a conducir los 800 metros que nos separan de su casa en
silencio.
―Ha refrescado un poco ―digo―. Me refiero al tiempo.
Me sonríe.
―Es verdad. ¿Qué más puedes decirme sobre el tiempo?
Le doy una palmada en el hombro y miro por la ventana.
―No sé de qué se supone que estamos hablando.
―Bueno, mi casa es un desastre y la tuya no. Así que ahora que sé de
lo que eres capaz, me perteneces.
Ah, casual. Tomo un sorbo de mi café -leche, sin azúcar-, y me relajo.
―Podríamos terminar la cocina en un día, si nos concentráramos de
verdad.
Me lanza una mirada de reojo nada casual.
―A ver qué tal.
Llegamos a su camino de entrada y llevamos a los perros a través de
la casa y al patio trasero. Empiezo a abrir los armarios.
―Ahora, la idea aquí ―digo―, es limpiar esta cocina de tal manera
que parezca que no la hemos limpiado. Entrarás y pensarás: Wow, esta
cocina es enorme, caben todas estas cosas y más, pero en realidad,
habremos tirado la mitad de las cosas.
―Astuta ―dice. Está justo detrás de mí y me lo dice al oído. La
sensación de su aliento y el sonido demasiado cercano de su voz me
calientan todo el cuerpo. Creo que lo sabe porque sigue hablándome al
oído―. ¿Por dónde empezamos?
Sus manos están en mis caderas y su boca en mi cuello. Me doy la
vuelta y sus labios atrapan los míos. Me sube a la encimera, le paso los
dedos por el cabello y le rodeo la espalda con las piernas para acercarlo
más. Tengo la sensación de que el mundo se ha encogido, y el espacio
donde su boca está sobre la mía es mi único punto de conciencia. Oigo
una voz a lo lejos.
―¿Qué? ―dice, apenas rompiendo el beso.
Lo beso de nuevo.
―¿Qué, qué?
―Dijiste algo sobre no la cocina.
―¿En voz alta? ―Estoy delirando―. Sí. En otro lugar ―le digo, y
vuelvo a besarlo.
Me besa durante tanto tiempo que casi olvido que estamos haciendo
un cambio de ubicación.
―Okey ―dice.
Me baja de la encimera y me lleva de la mano a la habitación de
invitados de la planta baja. Realmente esta casa es inusualmente grande.
Las cortinas están cerradas y, afortunadamente, no hace ademán de
encender las luces. La realidad de esta situación -desnuda a la luz del
día-, amenaza con arruinar la perfección de esta situación, e intento
acallar los pensamientos que surgen. Principalmente, ¿cómo no me tomé
cinco minutos para elegir mejor ropa interior antes de lanzarme a la caza
de la camiseta de Iris? ¿Cómo es que estoy aquí con mi ropa interior de
Costco (¡la azul de mala calidad!) en este día concreto? Nota para mí:
una ropa interior mejor es cuidado personal.
―¿Estás bien? ―me pregunta tomándome la otra mano.
Y vuelvo a besarlo, que es la respuesta. Mientras estoy rodeada de su
sabor y su olor, de la sensación de sus manos recorriendo mi espalda,
todo me parece natural. No hay nada en este momento que pueda
impedirme desnudarlo y ponerlo encima de mí en la cama.
―¿Costco? ―dice en mi cuello.
―¿Qué? ―Estoy tan sin aliento que nada tiene sentido.
―Ali, literalmente acabas de decir algo sobre Costco. En voz alta.
―Está acostado encima de mí pero se ha apartado para que pueda verlo
sonreír―. Eres una especie de mujer rara.
Quiero explicarle, pero lo último que quiero aquí es un intermedio.
―Olvídalo, es mi ropa interior. Te lo contaré más tarde.
Me paso la camiseta por encima de la cabeza y él se queda quieto. Me
ve como si fuera arte, como si estuviera hecha de algo tan hermoso que
le quitara el aliento. Vuelvo a ponerlo encima de mí, porque quiero
sentir su peso, su piel sobre la mía. Me besa y me susurra Ali en la boca.
Ali, en mi cuello. El sonido de su voz y la sensación de sus manos
recorriendo mis costados, mis caderas, me enloquecen. Todo lo que nos
une me gusta tanto que me alegro de que hayamos esperado a volver a
mi realidad, a la luz del día. No querría perderme ni un segundo de esto.
―Por favor, no cambies de opinión ―me oigo decir.
―Es demasiado tarde para eso ―dice―. No hay vuelta atrás.
Desde que lo conocí, no ha dejado de llamarme, de recordarme que
soy importante. Ahora es así, pero con su cuerpo, escuchando,
respondiendo, siguiendo. Lo rodeo con los brazos y las piernas y,
mientras hacemos el amor, tengo la sensación de que me descubre.
Quizá más que descubierta, estoy desenterrada. Ya no estoy agobiada,
ya no estoy en esta tierra.
Son las tres y no hemos salido de la cama más que para tomar agua y
abrir las cortinas para ver a los perros que holgazanean junto a la
piscina. Estoy desplomada sobre su pecho y él me acaricia el cabello. No
hay nada entre nuestros cuerpos, como si hubiéramos quemado
cualquier membrana que se ideara para separar a las personas.
―No puedo creer que pueda pasar todo el día contigo ―dice―. No sé
qué hice para merecer esto.
―Hiciste mucho ―le digo, sin aliento.
Y se ríe.
Tengo la cabeza apoyada en su pecho y recorro con la mano las crestas
de su vientre.
Nunca me había sentido así, ni siquiera cerca. Ni con Pete, ni con
Jimmy Craddock. Jamás. No creo que hubiera podido seguir casada con
Pete ni una semana si hubiera sabido que existía esto, una persona que
claramente estaba diseñada específicamente para mí.
Permanecemos acostados en este espacio perfecto durante un rato,
hasta que lucho contra el sueño. No quiero dejar de sentir cómo su brazo
rodea mi espalda y me aprieta contra él. Como si fuera un objeto
hermoso que vale la pena conservar. Le paso la mano por el pecho,
memorizando sus contornos, y él examina los dijes de mi pulsera.
―Déjame adivinar, ¿te gustaban las hadas?
―Obra escolar. Tercer grado.
―Ah. Recuerdo el fútbol. ¿Qué es el barco? ¿Un crucero?
―No. Cuando tenía diez años mi mamá me sorprendió sacándome de
la escuela y llevándome a ver Titanic. Fue una buena película, un poco
larga recuerdo, pero pasamos un día muy divertido. Así que ella diseñó
este amuleto como regalo de Navidad.
―¿Ella diseñó todo esto?
―Lo hizo. Ella era un poco exagerada con todo en mi vida. Todo
importaba. Se centraba en los pequeños momentos. Tal vez porque ella
era mayor, o tal vez porque era solo yo.
Sostiene el dije del vestido de novia.
―¿Podemos quitar este?
―No. Es parte de la historia. ―Ruedo sobre su pecho para poder
verlo. No parece importarle lo que dije―. Me alegro de que viviera lo
suficiente para ver mi vida.
―Bueno, no se ha acabado ―me dice―. Hay sitio para más. ―Veo los
eslabones vacíos entre el dije de niño y el cierre. Es un amplio espacio
abierto.
Apoyo la barbilla en las manos y estamos nariz con nariz.
―Hoy no hemos trabajado nada ―digo.
―Estás despedida ―dice, y me coloca el cabello detr{s de la oreja―.
Te daré otra oportunidad si pasas la noche.
Le beso de nuevo, porque no puedo parar.
―Necesitamos comida ―dice Ethan a las cinco.
―Y tal vez un poco de luz de día ―le digo.
―¿Qué te parece esto? Me levantaré e iré a buscar comida al pueblo si
me prometes que te quedarás a pasar la noche.
―Por supuesto que voy a pasar la noche ―le digo.
Me acerca y me besa el cuello.
―Gracias a Dios.
Cuando se va por comida, me aclimato en la gigantesca cocina. Paso
las manos por los armarios y las lisas encimeras de mármol. Abro y
cierro los dos lavavajillas y compruebo lo que hay en el refrigerador
para vinos. Hay un cajón refrigerado aparte que solo mantiene fríos los
refrescos. Es mucha casa. Me permito imaginarme viviendo aquí con
Ethan. Me gusta más la habitación de invitados que el agobiante
dormitorio principal. Viviríamos aquí abajo y mis hijos estarían arriba.
Por la noche nadaríamos y cocinaríamos fuera, y mis hijos podrían ir
caminando a la escuela. Me gustaría plantar hortensias azules en el
jardín más allá de la piscina. Mientras sueño despierta, saco todos los
vasos del armario y los coloco como a mí me gusta. Los vasos de jugo a
la izquierda, luego los de agua y después los de vino. Como marca el
reloj.
No oigo entrar a Ethan, que está de pie con una bolsa de compra,
mirándome.
―¿Estamos trabajando?
―Un poco ―le digo. Viene y me rodea con sus brazos y parece que se
hubiera ido para siempre.
―¿Qué quieres hacer primero? ¿Comer o nadar? ―me pregunta.
―Comer ―le digo.
Comemos afuera, con los platos en la mesita junto a nuestros dos
sillones. El mismo sitio y todo es diferente.
33
Ethan se presenta en mi casa el lunes por la mañana cuando vuelvo
del campamento. Está en la puerta de la cocina a contraluz del sol. Con
su perra con correa, y dos cafés en la mano. Me deja sin aliento. En un
solo movimiento, deja los cafés, suelta la correa y me abraza.
―Hoy no trabajaremos ―dice con los brazos alrededor de mi cintura
y sus labios rondando los míos.
―Estoy bastante segura de que el sábado no trabajamos ―le digo, y lo
beso.
―¿Ves? Y me encantó el sábado. ―Nos interrumpe un mensaje de
texto. Es Phyllis.
Phyllis: Es hora de que lo conozca.
Yo: ¿A quién?
Phyllis: No seas tímida.
―¿Hay alguna posibilidad de que quieras venir conmigo a ver a mi
vecina? Necesita huevos y es un poco chismosa.
―Claro ―dice, y vuelve a besarme. Podría pasarme el día entero así,
en la puerta de mi casa, besando a Ethan.
Tomo dos huevos del refrigerador y nos dirigimos a su casa. Nos hago
pasar con mi llave y la llamo:
―¡Hola, Phyllis!
―Aquí ―dice desde el salón, innecesariamente.
Atravesamos el salón delantero y veo que se ha pintado los labios.
―Phyllis, este es Ethan Hogan.
―¿El hijo de Charlie? ―le pregunta.
―Sí, señora ―dice.
―Conocí a tu abuelo ―dice―. William. Estaba en mi clase de cuarto
año. Se hizo más guapo con la edad.
―Muchos de nosotros somos tardíos ―dice.
―Tengo mucha hambre ―me dice, lo cual es mentira porque nunca
tiene mucha hambre. Tengo que sentarme y verla comer medio plato de
huevos cada día solo para saber que ha comido algo, pero está bien.
Tomo unos vasos y me dirijo a la cocina, intentando entender su
conversación mientras avanzo.
Cuando vuelvo con los huevos, Ethan está sentado en la silla contigua
a la suya. Ella le da unas palmaditas en la mano y dice:
―Es un joven encantador.
―Sí ―le digo.
Me siento en el sofá del otro lado de la habitación y los veo hablar
mientras Phyllis come. Ella recuerda el banquete de boda de William en
el patio trasero de la casa. Su esposo era de Illinois, pero se hizo amigo
de William porque le gustaba desayunar en la posada. A Phyllis nunca
le gustó preparar el desayuno, por eso estamos todos aquí sentados.
Cuando termina de comer, Ethan la ayuda a levantarse y ella entra a
ducharse.
―¿Y ahora qué? ―me pregunta.
―Me entretengo un poco por aquí hasta que sale de la ducha y se
viste. ―Entramos en la cocina, que es la original de la casa, las encimeras
de madera cuentan la historia de un millón de cebollas picadas.
―Esta casa es increíble ―me dice.
―Sí, siempre ha sido mi favorita desde que era pequeña. Así que
cuando mi casa salió al mercado pensé que era lo más cerca que podría
estar, y está bastante cerca. ―Hago un gesto hacia la ventana de mi
cocina, justo enfrente de la suya―. Quiero hablar con sus hijas de eso, de
lo que va a pasar. ―Se me corta la voz. Odio hablar de esto. La idea de
que Phyllis muera es como un puñetazo en el brazo justo donde ya
tienes un moretón.
Ethan me abraza.
―Es realmente encantadora ―dice―. ¿Volvemos a la hora de comer?
Esto me hace sonreír.
―No. Ella come pudín de vainilla en el almuerzo, y yo finjo no
saberlo.
Mi teléfono emite un pitido con un mensaje de Frannie.
Frannie: Solo un amistoso recordatorio de que es lunes.
Realmente estoy viviendo un largo sábado.
―Tengo que ir un rato a la cafetería ―le digo―. ¿Quieres venir? Y
luego podemos volver a tu casa y no hacer absolutamente nada de
empacar.
34
En cuanto Pete y los niños se van al fútbol el martes por la noche,
Ethan está en la puerta de mi cocina con una botella de Sancerre y
pretzels de chocolate. Me encanta cada palabra de esa frase. Me he
pasado el día limpiando el sótano de Deb Parker y deseando estar en la
piscina de Ethan viéndolo nadar hacia mí bajo el agua, esperando a que
me sumerja con él. Los dos ya hemos cenado, así que nos sentamos
afuera con vino y postre a escuchar el arroyo. Me cuenta que Rose acaba
de recibir un gran cargamento de comida para perros retirada del
mercado para el refugio, y se ríe porque Brenda odia las nuevas
croquetas de marca que compró en la ciudad.
Pongo mis piernas sobre las suyas y él me rodea con los brazos. Es
como si lleváramos años haciéndolo.
―No puedo esperar a que te divorcies ―me dice acariciándome el
cabello.
―Yo también ―digo.
―¿Quieres reunir toda tu información mañana? Podríamos hacerlo
juntos durante el campamento.
Lo miro a la cara y veo que es una oferta sincera. Sospecho que es el
único tipo de ofrecimiento que hace Ethan.
―Gracias, pero siento que tengo que abordarlo yo misma. Sabes que
solía ser un profesional.
―No hay nada más sexy que una contadora ―dice, jalándome hacia
su regazo y acercando su cabeza a la mía.
Se va treinta minutos antes de que mis hijos lleguen a casa y lo beso
junto al auto. Pienso en Phyllis y lo beso de todos modos. Cuando llegan
a casa, Greer intenta estar tranquila cuando me dice que Caroline Shaw
la invitó a quedarse a dormir el viernes por la noche, pero me doy
cuenta de que le parece una gran victoria. Se duchan todos y Cliffy
quiere leer el Capitán Calzoncillos, así que me meto en la cama a su lado
mientras se ríe y pasa las páginas. Cuando se duerme, bajo al sótano y
meto la ropa mojada en la secadora. Aún no he vaciado este espacio, y
tengo ganas de hacerlo, pero sé que antes tengo que revisar el papeleo.
El viernes nos reuniremos con Pete para decidir el presupuesto, solo
faltan tres días.
Voy al comedor y enciendo las luces. La pila de papel ha crecido. En la
oscuridad de la noche puedo oírlo respirar. En realidad hay dos pilas de
papel y lucho contra el impulso de medirlas. Medir las pilas de papel es
una forma exquisita de procrastinación, y no me lo permito. Sin
embargo, tomo mi portátil, que sé que tiene treinta centímetros de
ancho, y lo sostengo verticalmente contra los montones. Sí, cada uno
mide más de treinta centímetros. Hoy planché el pantalón de la pijama,
sobre todo porque estaba esperando a que se secara la ropa de fútbol de
las niñas. Ahora los veo y me recuerdan a un fresco traje de verano. Me
trae recuerdos y los sigo hasta el armario.
Mi armario es una terrible cosa de doble barra en la que todo lo que es
más largo que la mitad de tu cuerpo queda desordenado sobre la barra
de abajo. Busco entre blusas, faldas y el vestido que llevé a la cena de
ensayo hasta que encuentro mi traje azul marino. Lo saco y veo polvo en
los hombros. Ha estado descuidado desde antes de que naciera Greer,
pero aún está en bastante buen estado. La falda es demasiado corta, pero
la americana es sublime, con sus tres botones dorados y la etiqueta justo
dentro del cuello, en la que se leen esas dos hermosas palabras: ANN
TAYLOR. La saco de la percha y me la pongo por encima de la camiseta.
Me queda perfecta. Me quito el polvo de los hombros y me abrocho solo
el botón de arriba. Ahora es un traje pantalón sobre mi pijama
planchado. En alguna parte empieza a sonar la canción de Rocky.
Vuelvo corriendo al salón y pongo un temporizador en mi teléfono.
Abro el portátil y empiezo una nueva hoja de cálculo. El blanco del
fondo y todos esos pequeños rectángulos me dan escalofríos. Escribo
GASTOS arriba y respiro hondo.
El primer sobre que abro es el más difícil. Siento que el agobio se
apodera de mí, como si el volumen de papel que tengo delante fuera a
asfixiarme. Es la factura de la luz, 257 dólares del mes de junio. Decido
hacer un seguimiento de ese único gasto y busco en la pila otras facturas
de suministros para hacer una media. Me avergüenzo y me alegro a la
vez de encontrar datos que se remontan a noviembre, porque hacía
mucho tiempo que no me ocupaba de los sobres. Calculo las primeras
facturas de otoño buscando en Google el tiempo histórico, y ya tengo
una cifra.
Hago lo mismo con las facturas de las tarjetas de crédito. Básicamente
se trata de comida, ropa y gastos generales de la casa, como cortes de
cabello y plantas. Hay una factura aparte para el club de fútbol que me
parece asombrosa. El campamento de verano tampoco es tan barato. La
hipoteca, el seguro de vida, los copagos de la atención sanitaria. El
mantenimiento de la caldera y, por supuesto, el cable y los celulares.
Cuando tengo una cifra de la cantidad media mínima de dinero que
necesitamos para mantener la vida por aquí, me reclino en la silla. No
tenía expectativas sobre la cifra, así que no puedo decir si es alta o baja,
pero me gusta saber cuál es. No había nada en este montón de papeles
que vaya a derribarme. De hecho, el orden creado por estos pequeños
rectángulos me envalentona. Recuerdo mi sueño de una hoja de cálculo
que controlara mis numerosas cuentas. Cuando esto esté resuelto, voy a
averiguar los siguientes pasos para llegar hasta ahí.
Clasifico las facturas en montones y las perforo con tres agujeros en
una carpeta. Una carpeta. Imprimo resúmenes de cada categoría y luego
una hoja de resumen por delante. Formateo mi hoja de cálculo con líneas
gruesas entre las categorías y luego la cambio a fuente Times New
Roman. Vuelvo a imprimir, vuelvo a agujerear. Son las dos de la
madrugada cuando vuelvo a subir, cuelgo la americana y me voy a la
cama.
35
El viernes por la mañana encuentro un par de pantalones navy y una
blusa blanca de manga corta en el fondo de mi armario. En el último
momento le añado un cinturón. Podría ponerme mi americana azul
marino, pero ya estamos en agosto y tengo suficientes motivos para
sudar. Mis hijos no se levantarán hasta dentro de un rato, y Phyllis
tampoco, así que nos quedamos Ferris y yo en el patio viendo cómo el
cielo se ilumina sobre el arroyo. El aire está húmedo por el rocío que
desprende la hierba. El café está caliente en mis manos.
Últimamente me siento tan bien que me permito ser hiperconsciente
de cómo me siento en realidad. Cuando me casé aprendí que todos mis
sentimientos eran erróneos. Debería haberme sentido agradecida, no
abrumada, por estar en casa con tres niños. Debería haberme sentido
aliviada, no triste, por no tener que volver a trabajar. Mi mamá, en
particular, me pintó una imagen de mi vida que me hacía sentir culpable
por no aceptar. Yo tenía todo lo que ella siempre había querido. Creo
que durante mucho tiempo me sentí desconectada. ¿Qué me pasaba que
no estaba extasiada? Adoro a mis hijos con una ferocidad que me
asombra, pero no amaba a Pete, y extrañaba mi trabajo. Mi mamá me
veía tan claramente; tenía que haberlo visto.
―No quiero que Ethan se vaya ―le digo. Lo digo en voz tan baja que
los geranios casi no lo oyen. Es algo que no puedo ignorar. ¿Qué más?
Me pregunta, y me quedo sentada en el silencio de esa pregunta durante
un minuto. Toco los duros bordes de la carpeta que llevo aferrando
desde que me levanté esta mañana. La abro y paso el dedo por las
columnas de números, justificadas a la izquierda―. Quiero trabajar
―susurro. A menos que construyan cincuenta nuevas casas
excepcionalmente desordenadas en Beechwood, mi negocio de
organización se va a acabar. Definitivamente voy a necesitar más
ingresos, pero también quiero volver a ser esa persona. ¿Y qué más?
Quiero un trabajo con un escritorio y hojas de cálculo interminables. De
la misma manera que no sé cómo voy a tener una relación con Ethan
cuando vive a cuatro horas de distancia, tampoco sé cómo voy a
encontrar un trabajo significativo en una ciudad pequeña mientras soy la
mamá casi soltera de mis hijos, pero esta mañana, eso está bien. Me
siento bien aquí sentada sabiendo lo que quiero.
Ethan me manda un mensaje.
Ethan: No puedo creer que ya casi terminamos con Pete.
Sonrío hacia mi teléfono.
Yo: Lo mismo
Ethan: Voy a reunirme contigo ahí, si eso está bien. Tengo una llamada a las
9
Yo: Tómate tu tiempo, puedo manejar esto totalmente
Ethan: Wow, está bien
Yo: En serio, tengo hojas de cálculo, y un cinturón
Ethan: ¿Un cinturón? Pete no va a saber lo que lo golpeó
Después de llevar a mis hijos al campamento y preparar los huevos de
Phyllis, tomo mi portátil y mi carpeta de tres anillos y me dirijo al
despacho de Lacey. Soy consciente de que no es la confianza lo que me
retiene en este momento, es la información. Sin duda, estar preparada es
autocuidado.
Me siento en el estacionamiento un segundo para tomar aire.
―Voy a entrar ―digo. Vas a dejarlos boquiabiertos.
Entro en el despacho y Pete y Lacey me están esperando. Los saludo y
veo a Lacey buscando a mi abogado por encima del hombro.
―Ya viene ―le digo―. Pero est{ bien, tengo lo que necesito. ―Hago
un gesto con mi carpeta y me siento.
―¿Qué es eso? ―me pregunta Pete.
―Nuestras facturas, una lista de gastos. Eso es lo que vamos a hacer
hoy, ¿verdad?
―Sí ―dice Lacey―. Empecemos. Pete hizo copias de los gastos de tu
casa y ha hecho una oferta preliminar de ayuda. ―Me entrega una hoja
de cálculo.
Lo repaso línea por línea.
―Olvidaste el cable y el mantenimiento de la casa ―digo sin levantar
la vista. Consulto mi carpeta y añado los números al margen.
Lacey mira su copia y le dice a Pete:
―Eso tiene sentido añadirlo. ¿Estás de acuerdo?
―¿Qué estás tratando de hacer, Ali? ―Pete se inclina hacia adelante.
Cruzo las manos sobre la mesa redonda y me inclino.
―Intento asegurarme de que los niños y yo tenemos lo suficiente para
salir adelante, y no creo que quieras que nuestra casa se caiga a pedazos,
ya que es mitad tuya. ―Estoy siendo ecuánime, y me encanta la
ecuanimidad de mi voz. Me encanta mi carpeta. Vuelvo a ver su hoja de
c{lculo y la comparo con la mía―. Calculaste los servicios anualizando
la factura de mayo, que, como sabes, es la más baja del año. Yo tengo las
facturas de invierno desde noviembre. ―Le paso mi carpeta abierta a
través de la mesa.
Lacey toma nota, y Pete guarda silencio.
―Hola, siento llegar tarde. ―Ethan está de pie en la puerta. Lleva un
traje azul oscuro y una camisa blanca, y está impresionantemente guapo.
Me gusta que hoy sea el día de dejar los disfraces. Se sienta a mi lado y
deja el bloc de notas y el bolígrafo sobre la mesa. Aprieto las manos
porque tengo miedo de acercarme a él y tocarlo.
―Acabamos de empezar ―le digo, e intento volver a concentrarme.
―Está bien ―dice Lacey por mí―. Solo estamos añadiendo algunas
partidas de Ali a los gastos mensuales.
Pete se reclina en su silla y sé que ve algo entre nosotros, le digo:
―Okey, déjame ver si hay algo más. ―Le devuelvo la carpeta a Pete y
repaso mi hoja de resumen. Voy marcando las partidas a medida que
coinciden.
―Antes era contadora ―le dice Ethan a Lacey. Se quedan callados
mientras repaso línea por línea, sustituyo los números de Pete por los
míos y sumo un nuevo total.
―Este es el número correcto ―le digo, y le devuelvo el papel a Pete.
―¿También es el traje de tu pap{? ―le pregunta a Ethan.
Ethan sonríe.
―No, es mío. Un poco aburrido, lo sé. ―Le sostiene la mirada a Pete.
―Eres un tipo raro ―le dice Pete.
―Por supuesto ―dice Ethan.
Lacey interviene.
―Pete, ¿puedes aceptar esa cifra? Porque si puedes, podemos pasar al
papeleo formal y puedo hacer que se presente el acuerdo de divorcio.
―Bien ―dice.
36
Ethan y yo salimos a la calle y entramos en el estacionamiento, y él me
conduce hasta su auto. Pete está justo detrás de nosotros, así que no
hacemos ruido. El Honda de Pete está estacionado junto al de Ethan y
nos quedamos viendo cómo busca las llaves en su maletín.
―Nos vemos mañana ―dice Pete.
―Sí ―le digo.
Nos ve por encima del capó de su auto. Está a punto de decir algo,
pero niega con la cabeza y sube.
Cuando se va, Ethan me toma en brazos y apoyo la cabeza en la
solapa de su hermoso traje.
―¿Te sientes bien? ―me pregunta.
Compruebo cómo me siento realmente.
―Me siento muy bien ―digo.
―Estuviste increíble. Como si la persona que eras en la escuela
creciera y tuviera superpoderes.
Sí, pienso. Así es como me siento. Soy Super Yo.
―Vamos a celebrarlo ―dice.
―¿A la cafetería?
―No. Entra.
Conducimos hasta la posada y atravesamos el vestíbulo, pero antes de
llegar a la terraza, entramos en un largo pasillo que sube unas escaleras
hasta una puerta cerrada. Ethan la abre y nos encontramos en una suite.
El salón está muy bien amueblado, con telas azules y blancas y papel
pintado amarillo limón. Hay un escritorio antiguo y una pared de libros
de tapa dura. Me quedo un momento asimilando el hecho de que soy el
tipo de mujer que un hombre llevaría a una suite secreta para tener sexo
por la tarde.
―Es el apartamento de mis abuelos ―dice Ethan. Okey, no es
exactamente una suite sexual secreta. Se dirige a la cocina y saca del
refrigerador una bandeja con trozos de pollo y ensalada César.
―¿La tomas? ―dice, y mira la botella de champán que se enfría en la
estantería.
La tomo y lo sigo por el salón hasta la terraza. Estamos en la esquina
de la posada, viendo por encima del agua hacia el final de Beechwood
Point. Han puesto una mesa para comer, con copas de champán
incluidas. Asumo el hecho de que soy el tipo de mujer para la que un
hombre planearía una sorpresa.
Lo tomo de la mano.
―No puedo creer que hayas hecho esto.
―Tenemos mucho que celebrar ―dice―. Siéntate.
Cuando estamos sentados y cada uno tiene una copa, levanta la suya.
―Estoy tan feliz de que estés soltera, y de que Ferris me haya orinado
encima.
―Salud por los calcetines mojados.
Ethan choca mi copa con la suya y se ríe, luego mira hacia el agua,
como sonriendo ante su propio pensamiento.
―¿Sabes cuántas inscripciones reciben para el Sorteo Nacional
Sunbelt?
―No.
―Estaba pensando en esto el otro día y lo busqué. Novecientas treinta
y seis mil entradas.
―Eso es mucho. ―Mi ensalada está deliciosa.
―Así que llamé a mi mamá y le pregunté cuántas veces había
entrado, solo para ver qué posibilidades tenía. ―Me ve como si lo que
va a decir me fuera a dejar alucinada―. Una vez.
―Wow.
―¿Verdad? Una posibilidad entre novecientos treinta y seis mil. Una
posibilidad entre novecientos treinta y seis mil de que ganaran esa cosa,
decidieran mudarse a Florida, y me hicieran venir aquí ese día que me
encontré contigo.
Sonrío y le tomo la mano.
―Podrías haber estado aquí de todos modos.
―No. Ni hablar. Nunca vengo por aquí excepto en vacaciones, y era la
primera vez que iba al parque para perros. Mi perra antes de Brenda,
Sharon, era totalmente antisocial.
―¿Sharon?
―Lo entenderías si la conocieras. Era una Sharon total. ―Me sirve un
poco m{s de champ{n―. Como sea, lo que estoy diciendo es que esto
estaba totalmente destinado a ser. Uno en casi un millón.
Se sienta y me sonríe, encantado por la improbabilidad estadística de
nuestro lindo encuentro, inconsciente de lo ridículos que son los
nombres de sus perros, y siento un calor en el pecho. Me lo imagino
parándose a comprar hot dogs que no quiere a un viejo. Lo veo
plantándole cara a Pete. Lo siento tomándome de la mano cuando me
subo a una patineta, estabilizándome lo justo para demostrar que puedo
mantener el equilibrio yo sola. Lo veo delante de mí en la marea baja,
mirando por encima del hombro para comprobar que estoy bien. Ethan
aparece siempre de la mejor manera posible, y ahí está, justo delante de
mí: estoy enamorada de él. Al darme cuenta, me quedo sin aliento. Me
sorprende y no me sorprende a la vez; es imposible no enamorarse de él.
Claro que estoy enamorada de él, y claro que hay un mundo de dolor
esperando al otro lado de estos sentimientos.
Me toma la mano.
―¿Estás bien?
Tal vez, pienso. Porque ahora soy Super Yo. Me encanta la persona que
soy con él. Me encanta que no me esconda ni me agache ni me
empequeñezca. Tal vez pueda manejar esto.
―Lo estoy ―digo―. Es una sorpresa tan divertida.
Me levanto y me siento en su regazo. Le rodeo el cuello con los brazos
y quiero decírselo todo. Es como si hubiera desaprendido por completo
a alejar mis sentimientos. Quiero creer que él también me ve como si me
amara.
―Terminemos de comer ―dice, y me besa.
―Okey ―le digo, y le devuelvo el beso. Le meto las manos en el
cuello de la camisa y luego se la desabrocho sola. Se levanta, sin apenas
romper el beso, y me lleva al dormitorio.
Nos tendemos en la cama de sus abuelos. Hay un balcón y tenemos las
cortinas abiertas para poder ver Long Island desde la cama. Pasa un
velero y lo sigo con la mirada mientras Ethan me recorre el brazo con la
punta de los dedos. Me pregunta si quiero que me traiga mi copa de
champán. Le digo que no; ya me siento como si pudiera salir flotando.
―Pronto tendré que ir a buscar a mis hijos ―le digo en el cuello.
―No lo permitiré. ―Me acerca m{s―. ¿Y si llamamos a Frannie y le
pedimos que los traiga? ¿No nos debe hacer de niñera?
Imagino a Frannie en recogiéndolos en el campamento intentando
explicarle a mis hijos que su mamá está en la cama celebrando su
divorcio.
―No creo que eso funcione ―le digo―. Además, Greer tiene una
pijamada muy importante esta noche, tal vez la pijamada más
importante de todos los tiempos, así que voy a tener que estar ahí para
prepararla y sacarla por la puerta.
―Parece que hay mucho en juego ―dice.
Perdió a su abuela, sus papás se divorciaron y ahora se acerca de
puntillas al campo de minas de séptimo año. No podría haber más en
juego.
―He estado entrenando para esto toda mi vida ―le digo.
Y así es. Aquí estoy, extraña e inexplicablemente enamorada de este
hombre que me ha abierto y me ha ayudado a sentir cosas de nuevo.
Estoy en posesión de una cocina limpia, una carpeta llena de poder, y un
hombre que quiere sorprenderme con champán. Puedo manejar
cualquier cosa en la que Greer esté a punto de entrar.
37
Es sábado por la mañana y Pete pasará a buscar a Greer a casa de
Caroline para llevarla directamente al fútbol. Hice todo lo que pude.
Nunca, nunca quieres ser el primero en irte de la pijamada. Tu partida
abre el círculo, y cuando se apriete y se cierre de nuevo, el nuevo y más
pequeño círculo hablará sobre ti. Esas son las reglas. No conseguí que
Pete entendiera estas reglas. De hecho, me dijo:
―Pareces un poco loca, Ali.
Le mando un mensaje a las once.
Yo: ¿Qué tal la pijamada?
Greer: Bien
Yo: ¡Oh, genial!
Greer: No genial, bien
Yo: Disculpa, ¿estás bien?
Greer: Estoy bien
Le envío un corazón, no me contesta y se acabó.
Ethan y yo pasamos ese día como una pareja normal. Me encanta
tenerlo en mi casa y verlo interactuar con mis cosas y mi espacio. En su
casa, me siento como si estuviéramos cuidando la casa de sus papás.
Además, están todas las cajas, aunque sinceramente no hemos
empacado mucho y él ha dejado de hablar del agente inmobiliario. En
mi casa, siento que ha entrado en mi vida.
Mañana por la noche es el cumpleaños de mi papá y voy a ser la
anfitriona de la cena del domingo en su honor. No he tenido a mi papá
aquí en unos años porque realmente no tenía el ancho de banda para
eso, y también porque pensé que podría picar demasiado para verlo
mirarme en mi desorden arremolinado. Me hace ilusión enseñarle mi
casa recién renovada: los farolillos en el patio, las flores en cada jarrón.
Los espacios vacíos donde descansar los ojos y oírse pensar.
Invité a Frannie y a Marco. Mi papá conoce a Frannie de las fiestas de
cumpleaños de mis hijos, así que está eso, y además los invitados extra
sin parentesco distraen del hecho de que no sé cómo hablar con él.
Intento explicárselo a Frannie, que siempre me dice: “Pero si es tu pap{”.
Entiendo que no lo entienda; hay una intimidad entre Frannie y su papá,
como si pudiera llorar delante de él o contarle algo embarazoso. Yo
nunca llegué a eso con mi papá; siempre hubo una brecha entre nosotros
que no podía cruzar. Es casi como si hubiéramos estado probando para
una obra sobre una hija y su papá; tenemos las palabras correctas pero
no podemos pronunciarlas de forma natural.
También invité a Ethan, que se apuntó a la fiesta. Fue al supermercado
conmigo y está afuera barriendo mi patio cuando mi papá llama para
ver si Libby puede traer cazuela de atún de Stop & Shop (no, gracias).
Menciono que el hermano de Frannie está en la ciudad y que podría
invitarlo.
―Ya sabes que me encanta tener la mesa llena ―dice.
―Oh bien, es un buen tipo ―le digo.
―¿Oh? ―Y tengo la sensación de que está tras de mí.
―Nada de “oh” ―le digo. No sé qué decir a continuación.
―Ali, está bien que sea un buen tipo. Te mereces un buen tipo.
Se me saltan las lágrimas. Nunca se lo habría dicho, pero me alegro de
que lo sepa.
―Gracias, papá. La verdad es que es un hombre estupendo. ―Miro
por la ventana de la cocina, donde está tirando hojas al arroyo.
―Te lo mereces, ángel ―dice.
Me llega al corazón. Solía llamarme “ángel” cuando era muy pequeña
y dejó de hacerlo en algún momento, quizá cuando se involucró tanto
con los hijos de Libby. Nunca olvidaré la primera vez que lo oí llamarme
Ali, como si fuera uno de mis amigos.
―Gracias por decir eso ―le digo.
―Es verdad. Te mereces tu propia felicidad. ―No añade “separada
de tu mam{” pero sé que lo dice en serio.
La noche siguiente, mi mesa de comedor está puesta para nueve
personas, más una silla de bebé para Theo, y está hermosa. Mi mamá
diría que brilla. Tengo la sensación de haber entrado en mi mejor yo. Me
siento cálida y generosa, como si el amor que me permito sentir tocara
todo lo que me rodea. Mi papá y Libby llegan quince minutos antes, y
Libby trajo una ensalada de macarrones de Stop & Shop.
Iris y Cliffy están encima de mi papá y se llevan a Libby y a él a la
parte de atrás para enseñarles las ranas del arroyo. Llamo arriba a Greer
para avisarle que ha empezado la fiesta, y ella me contesta que va a bajar
pero no lo hace. Esta mañana, cuando llegó de la casa de Pete, le volví a
preguntar por la pijamada con mi voz demasiado impertinente. Para
reiterar, estaba “bien”.
Frannie, Marco, Ethan y Theo llegan juntos.
―¿Tu papá lee? No sé cómo no lo sé, pero le compré un libro ―dice
Frannie, poniendo flores y la tarta de cumpleaños en la encimera de mi
cocina―. ¿Qué pasó con este lugar?
Ethan cruza la habitación y me rodea con el brazo.
―La besé y ahora ya no es una rana. ―Le doy un empujón y él me
abraza más.
―Ahí vienen ―dice Marco, y Ethan me suelta.
Mi papá y Libby entran en la cocina y se intercambian abrazos y
saludos. Él le tiende la mano a Ethan.
―Encantado de conocerte, escuché que eres un gran tipo ―dice.
Nunca había visto a Ethan tan desprevenido.
―Gracias ―dice.
―Y me gustan tus papás ―continúa mi papá.
―Gracias ―dice Ethan de nuevo―. Me gusta tu hija.
La cena es animada. Comemos un corte de Nueva York con salsa de
rábano picante batida, papas asadas y judías verdes. Hay una ensalada
de achicoria, y las empanadas salieron estupendas porque limpié el
horno. La comida, las risas y tal vez la distancia de su teléfono han
animado a Greer. Mi papá quiere el informe sobre el traslado de los
Hogan a Florida y quiere saber por qué Ethan vive en Devon y no en
Beechwood cuando su sobrino vive aquí.
―Es una larga historia ―dice. Espero a que se explaye sobre la larga
historia. Quiero intervenir y explicarle lo del desfile de perros. Solo
dice―: Me gusta mi trabajo.
―La vida no es solo trabajo ―dice Libby. Empiezo a avergonzarme.
Como si se hubieran pasado todo el viaje tramando cómo ayudarme a
lazar un tipo.
Cliffy me salva.
―También está la patineta.
Ethan le lanza una mirada de reojo.
―Sí, y Cliffy y yo empezaremos mañana después del campamento en
el estacionamiento de la escuela. ―No sabía nada, y la idea de que Cliffy
vaya en patineta me aterroriza, pero me encanta que hayan hecho planes
y la forma feliz en que imagino que esto lo hace sentir.
Frannie pone los ojos en blanco.
―Siempre fuiste tan vergonzoso montando esa cosa como si estuviera
pegada a ti.
Ethan le dice a Cliffy:
―Algunas mujeres tardan mucho en darse cuenta de lo que es genial.
38
No voy a no dejarlo ir. Es importante que Cliffy pruebe cosas y agarre
confianza, aunque Cliffy en patineta parece la vía rápida hacia un brazo
roto, pero yo pensé que iba a estrellarme y quemarme la primera vez
que lo intenté, y no fue así. De hecho, estoy empezando a comprender la
ligereza que se produce al concentrarse tanto en una sola cosa. Sin todas
las distracciones, es casi como si pudieras volar.
A Iris no le interesa la patineta, pero trae un balón de fútbol. Greer
viene bajo presión. Esta mañana, antes del campamento, seguía
deprimida, más callada que de costumbre y épicamente preocupada por
su teléfono. Quiero agarrarla y sacarla de esta cornisa psíquica, pero mis
esfuerzos parecen fracasar cada vez. Así que, en caso de duda, aire
fresco.
Ethan se reúne con nosotros en la escuela a las tres. Trajo una pequeña
patineta para Cliffy y otra para él. Intenta que Cliffy se tranquilice, pero
parece asustado. Ethan se inclina y le dice algo y Cliffy niega con la
cabeza. Ethan va a su auto y toma dos gorras de béisbol, cuando vuelve
junto a Cliffy, hace ademán de colocársela en la cabeza y darle la vuelta.
Esto me hace sonreír tanto que tengo que ponerme la mano en la cara.
Le da la otra gorra a Cliffy, que se la pone en la cabeza y la gira con
cuidado, Ethan lo aprueba y chocan los cinco. Pronto Cliffy está de pie
sobre la tabla. Ethan lo toma de la mano y consigue que doble un poco
las rodillas. Cliffy se concentra mucho mientras Ethan empieza a llevarlo
por el estacionamiento lentamente. Van de un lado a otro y yo estoy
hipnotizada. Todo ha cambiado en mi vida desde la noche en que hizo
esto conmigo.
―Esto es muy aburrido ―dice Iris, abandonando su balón de fútbol y
dejándose caer junto a Greer y a mí en el asfalto―. ¿Podemos ir en
canoa?
―Sí ―digo sin pensar realmente. Hoy no quiero estar dentro.
Greer está hojeando su teléfono con una expresión en blanco en la
cara. Conozco esta expresión porque la sentí en mi propia cara. Te
desplazas por las fotos de todas tus amigas que tienen vidas mejores y
más significativas que la tuya hasta que lo único que recuerdas de tu
propia vida es que no estás viviendo tu mejor vida. Instagram lo sabe
porque me envía pausas publicitarias de este desplazamiento sin sentido
para sugerirme cómo podría conseguir esa mejor vida. Esto suele
parecerme gracioso, o al menos irónico, pero no lo es cuando lo veo en la
cara de Greer. Hay un vacío ahí que me hace sentir mal.
Ethan consigue que Cliffy baje el pie derecho y empuje un poco. Es un
comienzo lento, pero lo consigue. Ethan lo levanta de la tabla y lo hace
girar, y se acabó la lección.
―¿Eso es todo? ―pregunta Iris.
―Sí, tienes que parar mientras aún sea divertido.
―Fue divertido ―asiente Cliffy, y se deja caer en mi regazo.
―Estuviste genial ―le digo, y le aliso el cabello sudoroso de la frente.
―Vamos, Ali, tu turno ―dice Ethan, extendiendo la mano para
jalarme hacia arriba.
―¿Mamá? ¿Vas a intentarlo? ―pregunta Greer. Puede que sea lo
primero que le oigo decir hoy, y me entran ganas de ser valiente por ella,
de enseñarle algo que no esté en su teléfono. Me levanto sin tomarle la
mano. No sé cómo tocarlo de un modo que parezca platónico.
―Claro ―le digo―. Scooter me dio un par de lecciones. Creo que lo
tengo. ―Tomo la gorra de Cliffy, me la pongo y la giro hacia atrás, él me
hace un gesto con el pulgar hacia arriba cuando Ethan me entrega su
tabla. Todos me observan y sé que podría caerme de bruces, pero quiero
confiar en esta cosa, en este trozo de madera con ruedas. Quiero confiar
en mí misma para mantener el equilibrio.
Empujo con el pie izquierdo, el estacionamiento es llano, así que solo
consigo la velocidad que intento. Me inclino un poco, giro y noto cómo
controlo la tabla. Una ligera inclinación, casi imperceptible, marca la
diferencia. Giro sobre la marcha, presumiendo ahora. Quién está más
desatascado que yo, pienso. Hago un giro brusco al final del terreno, pero
no consigo mantenerme sobre la tabla. Vuelvo a subirme y noto lo poco
que me pesa. Me imagino subiendo por el medio tubo y girando en el
aire como lo hace Ethan. Imagino a Greer soltando su teléfono para
animar. Vuelvo a patinar hacia ellos y Ethan y Cliffy están radiantes.
Greer pone los ojos en blanco.
―¿Podemos ir en canoa ahora? ―pregunta Iris. Antes de que pueda
contestar, dice―: Scooter, tú también puedes venir. Mi mamá es muy
rápida.
―Eso escuché ―dice―. Hagámoslo. ―Y est{ tan cómodo, como, por
supuesto, deberíamos salir todos en la canoa, hace un día hermoso. Él no
sabe lo cargada que está esa canoa en mi cabeza. Ethan en mi canoa
suena absolutamente perfecto.
Linda tiene una gran sonrisa para mis hijos.
―¡Dos días seguidos! Qué sorpresa tan divertida!
―Cliffy estaba aprendiendo a montar en patineta y hacía calor y era
aburrido, así que vinimos aquí ―dice Iris.
―Eso es más o menos ―digo―. Linda, este es Ethan.
Ethan extiende la mano para estrecharla.
―Hola, señora Bronstein.
Ella lo jala en un abrazo.
―Scooter Hogan. Una leyenda de E.U. No lo puedo creer. Le
pregunto a Frannie sobre ti todo el tiempo, y ella me cuenta sobre tu
vida en Devon. No puedo creer que hayas crecido.
―Me lo dicen mucho ―dice, y le entrega a Cliffy un juego de remos.
Remar es tan fácil. No puedo recordar cuando fue tan fácil. Mis
músculos están adoloridos porque ayer fue nuestro paseo del domingo,
y esto se siente restaurativo en lugar de grave. Estamos en un ritmo, y,
como de costumbre, Greer y Iris lo toman muy en serio y Cliffy toma un
montón de descansos.
―Paremos en la Isla Pelícano ―grita Ethan. Está justo delante de
nosotros, y es marea alta, así que es más pequeña que cuando estuvimos
ahí juntos.
Cliffy se anima y grita:
―¡Sí! ¿Es esa?
Disminuimos la velocidad al acercarnos y Ethan salta para jalar la
canoa hasta la orilla. Salimos sin mojarnos y nos parece un lujo.
―Esto sería divertido con disfraces de pirata ―le dice Ethan a nadie
en particular.
Cliffy salta sobre esto.
―¿Podemos hacerlo la próxima vez? Me gusta el sombrero grande
con las tres esquinas.
Iris está escuchando y veo que oscila entre querer participar con
desenfreno y pensar que tal vez esto sea una cosa de niños.
―Tengo ese sombrero, y ahora tengo una camisa de rayas con un loro
de peluche que se sienta justo en el hombro ―dice Ethan como si fuera
lo m{s normal del mundo―. Y un cofre del tesoro lleno de cosas que les
pueden gustar.
―Okey ―dice Iris―. ¿Y un parche en el ojo?
―Tengo un montón de esos ―dice, y luego a mí―: Menos mal que
somos tan lentos tirando cosas. Incluso tengo una bandera de Jolly Roger
que podríamos colgar de la parte trasera de la canoa, para que sea algo
premonitorio.
Cliffy abraza a Ethan tan espontáneamente que creo que me doy
cuenta antes que él.
―Me voy a explorar ―dice Cliffy, y conduce a Iris entre los árboles
para ver qué puede acechar al otro lado de la isla.
Greer saca su teléfono y está haciendo una foto de Beechwood a lo
lejos. Me molesta porque solo quiero que disfrute de la nueva
perspectiva y del sonido del agua golpeando las rocas desde todos los
ángulos. No quiero que vea esto como otra oportunidad para ganar
terreno a sus amigas.
―¿Puedo ver? ―Ethan le pregunta.
Ella parece sorprendida, pero dice:
―Claro. ―Le entrega su teléfono y casi me desmayo.
―Es una buena foto ―dice―. Me gusta la forma en que mantuviste la
posada a la izquierda para que sea sobre todo la línea de árboles
ininterrumpida. ―Le devuelve el teléfono.
Ella vuelve a ver la foto y casi sonríe.
―Voy a buscar a Iris ―dice, y se aleja detrás de los árboles.
―¿Qué fue eso? ―pregunto.
―¿Qué?
―Como, ¿acabas de comunicarte con mi hija? Te dejó tocar su teléfono
y aceptó un cumplido. ¿Qué clase de hechicería es esta?
Se ríe.
―Creo que no te das cuenta del tiempo que paso con adolescentes. Te
daré indicaciones. ―Da un paso hacia mí y temo que si doy un solo paso
hacia él, no podré mantener las manos quietas.
―Todo lo que digo está mal.
Me aprieta la mano y me suelta.
―Es algo sutil, supongo, pero hay que ir a su encuentro. Hablo de
patineta con los niños para que acaben aceptando mis consejos sobre
otras cosas. Si le van las redes sociales, encuéntrate con ella ahí.
Tiene razón, por supuesto.
―No estoy segura de saber cómo hacerlo.
―Solo en pequeños pasos, creo. Los adolescentes necesitan un poco
de espacio. ―Vuelve a ver hacia la orilla, con las manos en las caderas―.
Solía encantarme ver Beechwood desde aquí porque me hacía sentir
como si lo hubiera dejado. Como si pudiera disfrutar de la ciudad desde
la distancia, cuando no me asfixiaba.
Lo veo y me pregunto qué haría falta para que este lugar dejara de
asfixiarlo.
―Como sea, esto es definitivamente más divertido con niños, y te
garantizo que la próxima vez que hagamos esto, estaremos disfrazados,
incluso Greer.
―Me apunto ―digo.
―E Iris se siente natural en el agua. ¿Lo has notado?
―Lo hice ―digo―. Es fuerte.
Se gira hacia mí y no puedo evitar tocarle el bolsillo delantero de los
pantalones cortos.
―¿Tenemos el día juntos mañana? ―me pregunta. Su voz es ronca,
como si contuviera una avalancha de emociones.
―Sí. A partir de las nueve, y es martes, así que por la tarde también
―le digo. Esta mañana me senté a hacer la lista de compras para toda la
semana, fui a comprar y recogí la receta de los lentes de contacto de
Greer, todo para poder pasar más tiempo con Ethan el resto de la
semana. Es curioso lo que haces cuando estás bien motivada―. ¿Quieres
ir conmigo a casa de Phyllis otra vez?
―Sí. En mi mundo perfecto, estaría contigo todo el tiempo, sin pausas
―dice.
Lo miro para ver si lo dice en serio. Lo dice en serio.
Cliffy ha liberado una docena de rocas de la isla Pelícano, y remamos
de vuelta al cobertizo para botes. Iris está cantando: “Yo ho ho y una
botella de ron” que no es del todo saludable, pero es feliz.
Cuando estamos arrastrando la canoa hasta la orilla, Ethan le dice a
Greer:
―¿Has visto la cuenta de Instagram de tu mamá? ¿Almacenando
algo? ―No estoy segura, pero puede que él haya puesto los ojos en
blanco.
―¿Quieres decir 'objetivos del perchero'? ―dice, y se ríe.
―¿Qué? ―digo―. ¿Eso fue patético?
Ethan pone cara de asco y mis hijos se ríen.
―Te vendría bien algo de ayuda, Ali.
Greer deja su remo en la canoa y me ve con algo parecido al interés.
―¿Me ayudarías, Greer? ―le pregunto―. Realmente no sé lo que
estoy haciendo, y la mitad de las veces no me acuerdo de postear de
todos modos.
―Sí ―dice, y eso es todo. Se da la vuelta y no voy a conseguir nada
más, pero Ethan sonríe para sí mismo y veo lo que ha hecho. Me ha
abierto una puerta.
Voy a la cabeza mientras subimos la canoa por la playa, y por eso veo
a Pete primero. Está caminando por la puerta del parque para perros
hacia el cobertizo para botes cuando levanta la vista y nos ve. Está claro
que los dos nos dirigimos al mismo sitio, así que no puedo hacer como si
no lo hubiera visto. Lo saludo con el brazo libre y se acerca.
―¡Papi! ―Iris y Cliffy sueltan la cola de la canoa y corren hacia él.
Greer se queda atrás.
―¡Somos piratas! ―Cliffy dice.
―Qué divertido ―dice Pete, abrazando a cada uno de ellos―. ¿Traes
a tu abogado por si hay algún problema? ―me pregunta.
―Scooter le estaba dando a Cliffy una lección de patineta ―digo
como si eso lo explicara todo. Naturalmente, si le das a alguien una
lección de patineta el siguiente paso sería usurparle el puesto a su papá
en el barco familiar.
Pete nos ve a los cinco, más allá del viento, como si estuviera a punto
de tomarnos una foto.
―Patineta, ¿eh? ―Y luego a Cliffy―, ¿Cómo te fue?
―Bien, una vez que me puse la gorra. ―Cliffy le sonríe a Ethan―. Y
deberías ver a mamá, es prácticamente una profesional.
―¿En patineta? ―Pete se muestra incrédulo.
―Sí, en patineta ―le digo―. Y me estoy volviendo bastante buena.
―Pete mira a Ethan y luego a mí, y sé que el hecho de que yo monte en
patineta es una prueba irrefutable del tiempo que hemos pasado juntos,
pero también es la prueba de que soy una Super Yo: equilibrada, firme y
alegremente despegada―. Bastante buena ―repito.
Pete me lanza una larga mirada.
―Bueno, salí temprano del trabajo, así que iba a salir a remar un rato.
Para variar.
Linda está visiblemente incómoda detrás de él. Al parecer, Pete no
recibió el memorándum de que perdió los derechos de navegación en el
divorcio. Al parecer, Linda no contaba con que un Hogan apareciera
cuando ella le estaba entregando un costoso equipo a alguien que no es
huésped de la posada. Espero que Ethan reaccione de alguna manera,
que ponga a Pete en su lugar, pero no dice ni una palabra.
Mientras Pete se dirige al agua con su remo individual y llevamos la
gran canoa al cobertizo para botes, pienso: Esto. Este hombre está justo en
nuestra canoa. Amo a este hombre.
39
Greer se hizo cargo de mi cuenta de instagram y su reciente post del
ático de Carla García consiguió treinta y seis likes, más de cuatro veces
más de los que yo conseguí nunca. Ethan y Greer piensan que algo de
esto es hilarante.
Paso casi todas las horas que mis hijos están ocupados con Ethan.
Nuestros días parecen una luna de miel en lapsos de cinco horas.
Sacamos un kayak doble y remamos hasta Connecticut y volvemos.
Comemos tacos de pescado en la terraza de sus abuelos y contemplamos
los veleros desde su cama. Atravesamos la Puerta Fantasma con
nuestros perros y contemplamos la ciudad a lo lejos. Vamos al parque de
skate, donde no corre nada de brisa, y domino los giros sobre una
superficie plana. Una vez que lo hice, no puedo dejar de hacerlo. Con el
peso en la pierna de atrás, mis caderas hacen el giro y me impulsan
hacia adelante. Ethan me enseña a ir y venir por la mini rampa. Solo
tiene un metro de altura y el truco consiste en cambiar mi peso e
inclinarme hacia la transición en la parte superior, pero no me pongo en
marcha con suficiente velocidad para llegar hasta ahí, porque tengo
miedo de caerme por el borde. Después nos refrescamos en su piscina y
no avanzamos absolutamente nada en la casa. Me siento feliz como no
me sentía desde antes de casarme.
Mi papá llama cuando voy en auto a casa de Ethan y, al parecer, él
también se dio cuenta.
―Hola, Ali ―dice, un poco dudoso. No suele llamarme a menos que
sea para hablar de planes concretos, y no tenemos ninguno.
―Hola, papá. ¿Qué pasa?
―Nada en realidad, solo estaba pensando que Cliffy va a ser alto.
―¿Eh?
―Sí, vi a otros niños de su edad en el parque e incluso les pregunté
qué edad tenían. Mucho más bajitos. ¿Dice eso su médico? ―Es
imposible que este sea el motivo de su llamada.
―Sin duda está por encima de la media ―le digo―. Pediré un
percentil la próxima vez que estemos ahí. Entonces, ¿qué pasa contigo?
―Nada, en realidad. Las mismas cosas. ―Se queda callado un
segundo―. Ethan es un buen tipo.
Ah, ahora lo veo.
―Sí, realmente lo es, y la clase de patineta también estuvo bastante
bien. ―Ethan es básicamente la única cosa en el mundo de la que quiero
hablar, pero no tengo suficiente experiencia hablando con mi papá de
cosas personales como para sentirme cómoda en este momento.
―Bien. Bien. Solo quería decírtelo. También que me gustó cómo te
escuchaba.
―Papá, ¿en serio?
―Sí. Cada vez que abrías la boca para hablar actuaba como si
estuvieras a punto de interpretar una canción inédita de los Beatles. ―Se
ríe, y yo también. Estoy tan conmovida de que se haya dado cuenta de
esto―. Pete, quiero decir, está bien, pero siempre hacía eso de esperar a
que terminaras de hablar para decir algo, incluso cuando empezabas.
Odio eso.
―Gracias, me alegra oírlo. Sobre Ethan.
―Hay algo entre ustedes dos que es como...
―Correcto ―digo, casi para mí misma.
―Sí, parece correcto. Eso es exactamente.
―Okey, gracias, papá. ―Entro en la casa de Ethan y tengo la
sensación de que mi papá tiene algo más que decir. Me encuentro
deseando que hubiéramos tenido estas conversaciones todo el tiempo
para que esto fuera más fácil. Desearía que parecieran más bromas de
comedia y menos palabras que caen como un yunque.
―Bueno. Solo quería decir que me gusta este chico nuevo. Eso es
todo.
―Gracias ―le digo―. Por llamar, fue bueno hablar contigo.
―Sí, me sentí bien ―dice, y nos despedimos.
Estoy un poco nerviosa por la conversación cuando entro en casa de
Ethan. Me abre la puerta y me abraza como si no me hubiera visto ayer.
―Hola ―me dice, y me besa. Le rodeo el cuello con los brazos y me
hundo en el beso como siempre. Nunca me acostumbraré a esto. No me
imagino nunca cruzándome con Ethan al salir por la puerta y dándole
un beso en la mejilla.
Se va esta mañana a Devon para comparecer ante el tribunal esta
tarde, y Frannie está aquí ordenando el armario de porcelana de su
mamá. Yo no quería tomar ninguna decisión sobre esas cosas por si son
valiosas, incluso Ethan no quiere verlas.
―¿Quieres este servicio de té de plata? ―le pregunta cuando se
dispone a irse.
―¿Para qué?
―No sé. ¿Té?
―No me gusta mucho el té. Quédatelo.
―No tengo dónde guardarlo, pero era de la bisabuela. Quizá algún
día se lo empaque a Theo como regalo de bodas.
―Perfecto ―dice―. Entonces Theo puede ponerlo en su ático y
dárselo a su hijo.
Frannie se ríe.
―El legado Hogan de empacar y almacenar. Me encanta.
―La agente inmobiliaria vino el jueves y dice que quiere que limpie
ese tipo de cosas de todos modos, así que este lugar atraerá a gente
joven. Es solo que yo no conozco a ningún joven que vaya a querer una
casa vieja y gigante en medio de la ciudad.
―¿Vino la agente inmobiliaria? ―pregunto. No sé por qué me
sorprende. El objetivo de limpiar este lugar era ponerlo en el mercado.
―Sí, el jueves. Sale al mercado en dos semanas.
Tengo la sensación de haber despertado de un sueño. De esos en los
que te despiertas sobresaltado y ese mundo borroso que ha creado tu
mente se desvanece y te quedas viendo el reloj del televisor por cable. Es
hora de levantarse. El verano está a punto de terminar.
―¿Estás bien? ―Ethan debe notar la expresión en mi cara.
―Por supuesto, claro ―digo―. Deberías ponerte en marcha.
Cruza la habitación hacia mí y me toma de la mano.
―Nos vemos, hermanita ―le dice a Frannie―. Voy a dejar que mi
novia me acompañe fuera para que no tengas que verme darle un beso
de despedida. De nada. ―Quiero un poco de esta ligereza en este
momento.
Toma su maleta con la mano libre y me lleva hasta su auto.
―En serio, ¿estás bien? No te ves bien.
―Lo estoy ―miento―. Creo que me cansé mucho. Quizá me vaya a
casa un rato.
―La limpieza falsa no será tan divertida sin mí de todos modos.
―No lo será ―le digo.
―No te voy a decir que te voy a extrañar porque sería vergonzoso,
pero lo voy a hacer. ―Me abraza y quiero quedarme ahí. En este
momento, donde mi cabeza está en su pecho y sus brazos me rodean y él
sigue aquí.
40
Ethan me manda un mensaje esa noche.
Ethan: ¿Descansaste?
Yo: Lo hice
Ethan: Bien. Te extraño.
Yo: Yo también. ¿Cómo estuvo la corte?
Ethan: Salió como queríamos
Yo: Felicidades
Mi teléfono suena; es Ethan.
―¿Qué está pasando?
―Nada, ¿por qué?
―Suenas tan rara, como un robot.
―¿Yo?
―Sí, y lo haces en este momento también, así que no es solo un
mensaje de texto. Como si no me extrañaras, lo que me vuelve un poco
loco porque yo realmente te extraño.
Sonrío un poco.
―Te extraño. Escucha, tengo que ir a acostar a Cliffy. Hablamos
mañana. ―Cuelgo.
Ethan me manda un mensaje inmediatamente:
Ethan: Okey, algo te asustó. Créeme, he estado asustado todo este tiempo...
Yo: Ok, hablamos mañana
Ethan: Robot
Recojo a mis hijos del campamento. Iris y Cliffy quieren invitar a una
amiga y yo les digo que sí. Mi casa está llena de gente y ruido y es una
distracción bienvenida. Tengo un hombre que está realmente
enamorado de mí, lo sé, y debe haber una manera de hacer que esto
funcione. Es demasiado para dejarlo. Me siento enferma de lo mucho
que quiero arrastrarme a los brazos de Ethan y que me ame a través de
esto. Sentir tus verdaderos sentimientos no siempre es tan agradable.
Abandono el caos de la doble cita de juegos y entro en mi garaje y me
meto en el auto.
―Mamá. ¿Qué estoy haciendo? ―Ella no dice nada―. Lo amo. Esto
va a acabar muy mal. ―El sonido de esas palabras me envuelve y
empiezo a llorar. Proteger tu corazón es autocuidado, y no sé cuál de
nuestras voces era esa.
41
No duermo. Intento pensar cómo podría quedarme con Ethan sin
comprometer quién es y la vida feliz que ha construido. No puedo
pedirle que lo deje. No puedo mudarme a Devon. Mis hijos necesitan
estar cerca de Pete y en sus escuelas y sus amigos. Podría ir a verlo un
día a la semana durante los próximos doce años hasta que Cliffy vaya a
la universidad. Son ocho horas de viaje ida y vuelta. Nada de eso tiene
sentido.
Cierro los ojos y le digo a mi mamá:
―Estoy hecha un nudo. ―Sé que ella sabe a qué me refiero. Nos
imagino a las dos intentando desenredar una cadenita de oro,
intentando aflojar un nudo tan fino y tan apretado que no cede. Estás
tirando demasiado fuerte. Sé que tiene razón. Tenemos dos semanas más, y
ya estoy corriendo hacia el final.
Es viernes, cuando Ethan llama.
―Ali, estoy perdiendo la cabeza aquí. Dime lo que está pasando.
Y es difícil estar distante cuando su voz está en mi oído. Solo con oírla
me entran ganas de acomodarme y envolverme en todo lo que tenga que
ver con él. Todos los pensamientos de mi cabeza suenan a locura, y sé
que si comparto uno de ellos el resto se desbordará.
―Tengo miedo ―digo.
―Eso es lo que pasa cuando algo importa. Me parece normal. Yo
también tengo miedo. Estoy aterrorizado, de hecho. Quiero verte.
―¿Cuándo puedes volver?
―Tal vez el martes. ―El tal vez es la peor parte de esa frase―.
¿Alguna posibilidad de que vengas mañana y pasar la noche?
Un viaje de cuatro horas en realidad se siente como nada.
―Okey.
―¿Okey? ¿De verdad? ―Me invade todo el bienestar del mundo. Está
emocionado por verme, y esta vez mañana estaremos juntos.
―¿Por qué no? Suponiendo que Pete llegue a tiempo mañana, puedo
estar ahí a las dos.
Dejo a Ferris en casa de Frannie e intento ignorar su preocupación por
mí. No dice nada en particular, pero hay un signo de interrogación al
final de todos sus comentarios. ¿Es divertido? ¿Y él vuelve el martes?
Mientras entro a la autopista pienso en lo atascada que me quedé tras
la muerte de mi mamá. Atravesando la niebla del dolor y el agobio solo
para sentarme y contemplar mi desorden hasta que llegara la hora de
entrar en pánico por la cena. Conducir cien kilómetros por hora hacia el
norte y ver la distancia encogerse en mi GPS es el sentimiento opuesto.
Me siento eufórica al avanzar, llegaré en trescientos kilómetros. Ahora
en doscientos setenta y cinco.
Mi teléfono suena, y es Greer.
―Hola, cariño.
―Mamá, ¿puedes venir a buscarme? ―Está llorando.
―¿Qué pasa? ―Un pequeño pánico se apodera de mi pecho.
―Todo ―dice, y me relajo. Esto va a ser un pequeño melodrama, y
luego todo irá bien.
―¿Cómo puede estar todo mal? ¿Qué está pasando? ―Cambio de
carril para esquivar un camión de cemento demasiado lento.
―Caroline empezó un nuevo grupo de texto sin mí en él. ―Está
llorando de verdad.
―¿Cómo lo sabes? ―Me preparo. Ah, por fin ha llegado séptimo año.
―Llevo toda la mañana mandándoles mensajes y nadie responde. Es
imposible que las ocho no tengan sus teléfonos. Así que me conecté y
anoche estaban todas juntas en casa de Jessica y hoy están en la piscina
de Olivia. ―Vuelve a llorar y no sé qué decir para hacerla sentir mejor.
Sé que tiene razón, la han dejado en séptimo año. Siento que todo vuelve
a mí con el sonido de su voz. Es como si, en la parte más aterradora de la
creación de tu identidad, tus compañeras se reunieran y te declararan
inútil. Séptimo grado es un experimento social ideado por monstruos.
Esto te pasó a ti. Lo superamos.
Me entretengo porque ahora estoy a solo ciento cuarenta kilómetros
de Devon, lo que no quiero decirle exactamente.
―¿Cómo sabes que hay un nuevo grupo?
―Mamá.
―Okey, ¿y cómo sabes que fue Caroline?
―Por supuesto que fue Caroline. ―Y por supuesto, Caroline es lo
peor―. ¿Puedes venir a buscarme? Solo quiero estar en casa contigo.
―Estoy a cientro treinta y seis kilómetros de Devon.
―¿Hablaste con tu papá sobre esto?
Ella suelta una media carcajada.
―Mamá, vamos. ―Una parte de mí quiere forzar una situación en la
que Pete tenga que escucharla, en la que tenga que vadear el volcán de
sentimientos que está teniendo, pero él no tiene esas habilidades. Siento
que una burbuja de ira me sale del pecho. ¿De dónde iba a sacar esas
habilidades? Nunca le pedí que se involucrara emocionalmente con
ninguno de nosotros. Soy yo quien le enseñó a mis hijos a no esperar
nada de Pete.
Se queda callada un rato, pero juro que oigo los latidos de su corazón
y cómo se le revuelve el estómago.
―Mamá, realmente te necesito. ―Auntie Mame.
Y ni siquiera es una decisión, pongo la intermitente y me pongo en el
carril derecho para salir de la autopista. Arrojaría mi cuerpo sobre una
montaña de granadas vivas para protegerla del dolor.
―Greer, ya voy. En este momento estoy con un cliente, pero puedo
recogerte en casa de papá dentro de tres horas. No voy a decirte que esto
no es gran cosa porque sé exactamente lo que se siente. ¿Por qué no vas
al entrenamiento de fútbol -eso te sentará bien-, y luego tú y yo vamos a
pasar el resto del día juntas? ―Salgo de la autopista, giro a la izquierda
para cruzar el paso elevado y vuelvo a la carretera, en dirección sur. Mi
GPS me dice: “Cambio de ruta”. No me digas.
Llamo a Ethan.
―Hola ―me dice. Por el ruido de fondo, sé que está en la pista de
skate―. ¿Qué tan cerca estás?
Se me atascan las palabras en la garganta.
―¿Ali? ¿Estás ahí?
―Sí. No puedo ir.
―¿Qué? Pensaba que llevabas horas en la carretera.
―Lo hacía, pero Greer llamó. Ella me necesita, y me di la vuelta.
―¿Está bien? ―Y es peor que esté preocupado por ella en vez de
enojado porque arruiné nuestros planes. Quiero volver a sentirme
enojada con Caroline Shaw en vez de hundirme en este pozo sin fondo
de tristeza.
―Lo estará. Son cosas de chicas de secundaria y me necesita.
―Oh, wow, tenía muchas ganas de verte.
―Yo también. Lo siento. Te llamaré mañana.
Se queda callado un rato, y el ruido del parque de skate se cuela por
los altavoces de mi auto.
―Espero que Greer esté bien ―dice.
42
―Maldita sea, mamá. ―Sienta bien decirlo. Las palabras ruedan
contra el ruido blanco del motor y el rumor de los neumáticos contra la
carretera. Me agarro al volante y lo repito―: Maldita sea. ―Si ella no se
hubiera interpuesto todo el tiempo, él habría tenido que inclinarse un
poco. Pete y yo nunca lo íbamos a lograr, terminaríamos
divorciándonos, pero quizá si Pete hubiera estado arrimando el hombro
todo el tiempo, ahora sabría cómo estar ahí para Greer, y yo seguiría
yendo hacia el norte.
Me corren las lágrimas por la cara. Tengo las dos manos en el volante
y lo agarro con tanta fuerza que podría romperlo. Me estoy hundiendo
en un profundo pozo de tristeza y rabia, y no sé a quién más culpar.
―Era mi vida. No la tuya, y sé que me deseabas tanto y que me
amabas tanto, pero eso no significaba que mi vida te perteneciera. Era
para que yo la recorriera, y para que yo la resolviera.
Querida.
―¡No me digas querida! Lo digo en serio, mamá. Sabías que estaba
todo mal. Tenías que haberlo sabido. Podrías haber dado un paso atrás y
dejarme manejar las cosas. Ese matrimonio iba a terminar de cualquier
manera. No tenía por qué perderme yo también. ―Ahora necesito
limpiarme la cara porque me cuesta ver el camino.
Habría arrojado mi cuerpo sobre una montaña de granadas vivas para
protegerte del dolor.
Muy bien, touché.
―Esto es muy duro, mamá.
―¿Estuviste llorando? ―Greer me pregunta cuando sube al auto.
No lo puedo negar. He estado llorando feo y hablando con mi mamá
durante tres horas. En realidad resolvimos muchas cosas. A mitad de
camino de vuelta a Beechwood, sentí que los últimos hilos de ira hacia
ella se aflojaban y cedían. Era mi mamá, por supuesto que quería
intervenir.
―Un poco ―le digo―. Estaba pensando en Fancy y recordando cómo
era estar exactamente en tu mismo sitio.
―Es una mierda ―dice. Lo que daría por ver hoy la amplia sonrisa de
mi mamá.
―Así es. ¿Ya cenaste? ―La tomo de la mano y ella me deja.
―No.
―Vamos a Rockport a cenar temprano. Podemos sentarnos frente al
agua y comer rollos de langosta. ―Sé lo suficiente como para saber que
ella no querría ser vista comiendo con su mamá en la ciudad hoy.
―Okey ―dice, y me dedica media sonrisa.
―Voy a necesitar gasolina.
Estoy intentando ser más ecuánime de lo que fue mi mamá en esta
situación. Cuando me pasó a mí, superamos el primer día y mi mamá
me sugirió inmediatamente que me matriculara en una escuela privada.
No teníamos dinero para una escuela privada, pero ella fingió que sí; así
de mucho quería protegerme de Jen Brizbane. Recuerdo el miedo que
me daba verla tan mal, como si estuviera de acuerdo en que era el fin del
mundo. Mientras me siento al otro lado de la mesa con Greer, que no ha
tocado su rollo de langosta, puedo sentir todos los sentimientos de mi
mamá. Puedo sentir la furia de un millón de mamás dentro de mí, y
quiero rugir mi aliento ardiente de mamá sobre cualquiera que pueda
robar un momento de la felicidad de mi hija. Sé que tengo que dejar que
pase por esto, pero la verdad es que, si pudiera intervenir, lo haría. Si
pudiera chasquear los dedos y hacer que esas chicas aparecieran con
globos y disculpas, lo haría. Si pudiera evitar que sufriera otra pérdida y
que creciera a partir de ella, lo haría, y es en este momento cuando
comprendo el amor de mi mamá por mí. Todavía puedo sentir la
intensidad de ese amor y la forma en que entró en mi casa, brillante
como el sol, y me cegó ante todas las sombras. Qué suerte tuve de que
me quisieran así.
Al final, no cambié de universidad. De hecho, la marea social cambió
antes de que ninguna de las solicitudes llegara al correo. Esa es la otra
parte que tengo que recordar: esto pasará. Mi mamá me enseñó a crear
un capullo para Greer, pero dentro de él le permitiré sentir lo que siente.
―Guarda tu teléfono ―le digo.
―¿Qué? ―Greer me ve como si nunca hubiera oído hablar de tal cosa.
―No están mandando mensajes, ¿verdad? Porque son horribles chicas
de séptimo año, pero esta langosta es deliciosa y esa gaviota está viendo
la tuya.
Se mete el celular en el bolsillo y mira hacia el agua, como si acabara
de darse cuenta de dónde estamos.
―¿Podemos mudarnos? ―pregunta.
―No. ―Le sonrío. A mi mamá le habría encantado esta idea.
―Rockport es bonito.
―Las chicas de secundaria también son horribles en Rockport
―susurro―. Es universal. Es como antropológicamente o algo así; las
chicas que se convierten en mujeres luchan entre ellas por el poder. En
realidad, se aprende mucho por el camino.
Ella no me cree.
―Nombra una cosa que hayas aprendido.
―Bueno, aprendí mucho sobre lo que quería. Quiero decir que al
principio solo quería volver al grupo, pero cuando volvieron y de
repente volví a ser genial y Hillary Epstein fue condenada al ostracismo,
y me di cuenta de que no quería amigas así. Aprendí que me gusta la
gente que me hace sentir segura. ―Oigo mis propias palabras en mi
pecho, y quiero que Ethan me llame y me diga que nunca se irá.
Greer no dice nada, así que continúo.
―Así que cuando vuelvas con ellas o cuando encuentres un nuevo
grupo y todo vaya como tú quieres, tienes que recordar esto y decidir
quién quieres ser. Tendrás la oportunidad de hacerle esto a alguien más,
y ahí es cuando descubrirás quién eres.
―Una broma ―dice en voz baja, como si tuviera que salir, pero no
supiera hacia dónde dirigirla.
―¿Una broma? ¿Qué es una broma?
Ha desmontado su rollo de langosta sin haber probado bocado y
ahora está picoteando la ensalada de col.
―Yo, mamá.
―Greer. ―digo su nombre como una oración, como si fuera una
afirmación que la tranquilizar{―. No eres una broma.
Entonces vuelve a llorar y todo sale a la luz.
―No dejo de pensar en ellas recibiendo mis mensajes cuando están
todas juntas y luego riéndose de eso. Es tan humillante, y Fancy se ha
ido, y nadie se da cuenta de lo que pasa en mi vida, y papá solo se ocupa
de nosotros cuando jugamos fútbol. Es como si me despertara un día y
todo hubiera desaparecido. Sin Fancy, sin papás, sin amigos.
―Por supuesto que aún tienes a papá, y definitivamente me tienes a
mí.
Ella pone los ojos en blanco.
―Apenas.
―¿Qué significa eso?
Va a decir algo, pero no lo hace. Se come un trozo de langosta y se
queda mirándolo.
―Estás aquí, y últimamente estás más contenta, pero durante un
tiempo fue como si te hubieras ido ―dice.
Esto me golpea en el pecho.
―¿Desde que murió Fancy? ―pregunto. Porque, más o menos.
―Bueno, seguro que desde entonces, y entonces papá se fue y pensé
que estarías triste o enojada pero no lo estabas. Fue como si estuvieras
de acuerdo con él en que no valía la pena quedarse, y ahora... ―Deja el
tenedor y me ve a los ojos―. Estoy mucho con papá y estoy viendo
cómo es. Habla de ti como si fueras un problema, como si fueras un
chiste, y creo que siempre te habló así, y tú lo aceptaste. ―Grandes y
gruesas lágrimas frescas caen por su cara, como si el hecho de que su
mamá sea un tapete fuera lo que realmente le está rompiendo el corazón.
Le tomo la mano y ella la aparta.
―Eso es entre papá y yo, y estoy de acuerdo en que estuve demasiado
callada durante demasiado tiempo, pero no tienes que estar triste por
eso.
―Bueno, ahora que es mi turno de ser tratada como una broma,
supongo que lo aceptaré. Eso es lo que hacemos, ¿verdad? ―Hay un
mordisco de rabia en esto que nunca había oído en su voz. Me horroriza
pensar cuánto tiempo ha estado esperando para salir.
―No lo es ―le digo.
Hay más, y las palabras siguen saliendo. Confirman todas las
sospechas que tenía sobre lo mal que la pasó y lo mucho que la he
defraudado, incluido el hecho de no haber aclarado nunca las cosas con
Pete y haberle permitido estar tan ausente todos estos años. Estaba tan
preocupada por lo que Ethan pudiera pensar al ver la forma en que Pete
me trataba, pero no era él quien debía preocuparme.
―Oh, Greer ―es todo lo que puedo decir. Quiero rugir mi aliento
ardiente de mamá sobre mí.
Se limpia la cara y le da un bocado a su rollo de langosta. Como si
liberar a ese demonio le hubiera abierto el apetito. Quiero creer que la
diatriba ha terminado, pero la tensión de su rostro me dice que no es así.
¿Qué más?
―¿Qué más? ―le pregunto―. Te juro que puedo soportarlo.
―Este verano ha sido bonito, con la casa y las flores y todo. Pareces
más tú, como la persona que considero mi mamá.
―Sí ―digo―. Me siento más yo misma.
―Pero est{ esta cosa con Scooter.
Sale de la nada, y su nombre se siente como un golpe.
―¿Qué pasa con él?
―Iris y yo pensamos que estás enamorada de él, a ella no le importa,
pero a mí sí. Él no se quedará, mamá. Igual que papá, igual que Fancy.
Va a volver a ser lo mismo. ―Se limpia los ojos con el dorso de la mano.
Su dije del balón de fútbol est{ mojado―. No quiero que vuelvas a
desaparecer.
Y así, de la forma en que solo nuestros hijos pueden hacerlo, ella ha
mostrado un espejo de mis mayores temores: que me he preparado para
desmoronarme de nuevo. Ethan se va a ir y yo voy a estar en pantalón
deportivo viendo crecer la pila de sobres en el fregadero. Voy a
defraudar a mis hijos.
He estado bailando al borde de este acantilado, a un suspiro -o a ocho
días, para ser exactos-, de una enorme caída. Fue una caída de la que me
advirtieron, con grandes conos naranjas marcando el peligro y subí de
todos modos.
―Ha sido un gran verano ―digo―. Y ha sido divertido conocer a
Scooter, aprender a patinar. ―La palabra se me atasca en la garganta, y
no sé por qué. Doy un sorbo al agua para ganarme un segundo. Ha sido
un verano de aprender a correr riesgos y de confiar en mí misma para no
estrellarme, y sin embargo, como suele decirse, aquí estamos, en
llamas―. Pero llega el otoño, y te prometo que vas a superarlo, con o sin
estas chicas.
Greer se suena la nariz en la servilleta.
―¿Crees que volveré a tener amigas?
―Cien por ciento garantizado ―le digo―. Y, Greer, te prometo que
estoy aquí y no me iré a ninguna parte. Ninguna de las dos es una
broma. ―Me sonríe, es la sonrisa más pequeña, y veo a mi mamá por un
segundo. Me inunda el alivio que produce el perdón, tanto el que se da
como el que se recibe, y sé que si tuviera que elegir entre el amor de mi
vida o el bienestar de mis hijos, siempre elegiría esto.
Cuando estamos en casa, vemos Auntie Mame bajo la manta amarilla y
comemos palomitas. No tengo ni idea de por qué esa película es tan
relajante.
Greer parece sentirse mejor por haber descargado sus dolorosos
pensamientos. Que Greer se sienta mejor contribuye en gran medida a
que yo me sienta mejor, pero ahora soy la guardiana de los
pensamientos dolorosos de Greer. Phyllis siempre me dijo que Dr. Phil
dice que yo soy el principal modelo a seguir para mis hijos del mismo
sexo. Así que, además de mantenerme alejada de las metanfetaminas y
no ser como un gato encerrado, se supone que debo mostrarles a mis
hijas cómo ser una mujer fuerte. En lugar de eso, les he enseñado cómo
dejar que la vida te agarre por el rabo y te zarandee hasta que un día te
despiertas con cuatro cajas de maicena y un esposo que te menosprecia
delante de tus hijos. No puedo ni pensar en lo que Cliffy está
aprendiendo sobre ser un hombre.
Esa noche me meto en la cama y le mando un mensaje a Ethan.
Yo: Estoy molesta porque esto se va a acabar.
Lo borro y lo intento de nuevo: ¿Por qué hacemos esto si te vas en cuanto
vendas la casa?
Tampoco lo envío. Al final mando un mensaje.
Yo: Te he visto desnudo
Ethan: Espera, ¿esto es sexo telefónico? Porque yo realmente no entiendo
cómo funciona eso
Sonrío de la forma más triste. Siento como si fuera la última vez y lo
llamo.
―Me dijiste que nunca te mudarías aquí. Me lo dijiste desde el
principio, pero me metí en esto de todos modos, de la misma forma que
te adelantas y compras un perro aunque sabes que va a morir. Te
escondes de la realidad, porque realmente quieres un perro. Realmente
quería creer que esto iba a durar más que unas pocas semanas.
―No voy a discutir contigo lo de los perros. Además viven como
dieciséis años. Sé que tienes miedo, yo también lo tengo, pero podemos
solucionarlo. Soy un solucionador de problemas, ¿recuerdas? ¿Vendrías
a vivir aquí alguna vez?
―Ethan, tengo hijos.
Se queda callado un segundo.
―Yo también.
―Lo sé ―digo―. Y lo he visto. Tienes hijos y amigos y clientes y un
desfile de perros. En Devon eres la persona que estás destinada a ser. Si
te alejaras de eso te perderías a ti mismo, y te resentirías conmigo. ―Tan
pronto como digo esto, sé que es verdad. Se alejaría de su vida y se
resentiría conmigo como yo me resentí con Pete todos esos años.
―¿Así que eso es todo? ¿Nos rendimos? Somos los arquitectos de
nuestra propia experiencia, por el amor de Dios.
Estoy callada por teléfono. Ese estúpido discurso.
―No sé qué decir.
―Dime lo que quieres. De verdad.
―Te quiero ―digo.
―Hecho.
― Quiero dos como tú. Quiero que seas una persona sin pasado para
que puedas ser la persona que eres en Devon en Beechwood. Quiero que
recojas a toda tu comunidad y la traigas aquí para que yo pueda ir a
dormir a tu lado cada noche. Lo quiero todo. Ese es el problema.
―Okey, veré lo que puedo hacer ―dice.
―Vamos.
―Si te rindes, me romperás el corazón. Lo prometiste, Ali.
―Esto no va a funcionar. ―Lágrimas silenciosas corren por mi cara.
―Por supuesto que va a funcionar. Lo resolveremos.
―Dime que estás dispuesto a dejar a Devon.
Está callado al teléfono.
Lo oigo respirar. Me lo imagino de pie junto a la ventana, viendo las
copas de los árboles. Imagino a Barb abajo, reconfortada por el sonido de
sus pies. Está exactamente donde debería estar.
―Hoy conduje seis horas. Esto es realmente imposible. Tenemos que
parar. ―Mi corazón se acelera como si hubiera encendido una cerilla
bajo las cortinas y estuviera esperando que toda mi casa ardiera en
llamas.
―No. Absolutamente no. ¿Es por la muerte de los perros?
Sí. Es exactamente eso.
―Esto fue genial. Tú eres genial. Vamos a cortar nuestras pérdidas.
―Esto es demasiado frívolo, y sé que lo estoy lastimando. No hay
manera de salir de esto sin un mundo de dolor.
―¿Quién eres? Ni siquiera suenas como tú en este momento.
No digo nada. Soy una mamá, y una broma y un terrible modelo a
seguir. Tengo una hija que nunca ha visto a su mamá dar la cara.
―Lo siento. Creo que he estado viviendo en una fantasía donde el
verano nunca terminaría.
Él no dice nada. Él siempre dice algo.
―Esto es ridículo ―dice finalmente―. Puedo hacer que esto funcione.
―Este no es un problema que puedas resolver. Para que esto
funcione, tendrías que alterar todo el continuo espacio-tiempo.
―Entonces eso es lo que haré ―dice.
Y quiero decirle que madure. No puedes tener lo que quieras todo el
tiempo. Esto fue divertido y fácil durante el verano. Ahora es doloroso y
duro.
―No va a funcionar ―le digo―. Fue un romance de verano, y ha
seguido su curso. Tal vez te vea cuando vengas a cerrar la casa.
No dice nada. Me duele el pecho como si estuviera atada a las vías del
tren y alguien me hubiera colocado una roca encima. Permanecemos en
silencio durante unos instantes. Lo oigo respirar y quiero volver a ayer.
Quiero volver a cualquier momento antes de esto.
―No hagas esto, Ali ―me dice, y cuelgo.
43
Me muevo por el domingo como si me moviera por la vaselina, lento
y turbio. Hay una pesadez en cada paso que doy; soy lo contrario de
burbujeando. Plana.
Vamos a comer a casa de mi papá y Libby, y él lo sabe en cuanto me
ve. Le doy un largo abrazo y desearía conocerlo lo suficiente para poder
llorar. Este es un tipo de dolor totalmente nuevo, algo hermoso que tenía
que morir.
―¿Solo ustedes cuatro? ―pregunta Linda cuando llegamos al
cobertizo para nuestra excursión en canoa. No estoy segura de lo que ve
en mi cara, pero se echa atr{s―. Bueno, ¡genial! Vamos allá, chicos.
Greer da un paso adelante y toma su paleta y la mía.
―Vamos, mamá, será divertido ―dice Iris.
―¡Por supuesto! ―digo―. ¡Vamos! ―Los signos de exclamación son
falso entusiasmo, pero estoy tomando mi ejemplo de Linda. Hoy es el
único entusiasmo que tengo. Salimos remando y yo estoy en piloto
automático. Digo todas las cosas que digo siempre, comento sobre la
ligera brisa, le sonrío a Iris cuando hace una broma sobre las chanclas de
Cliffy, aunque no estoy segura de que haya sido agradable.
―Mamá, parece que te has bronceado un poco ―dice Iris.
―Sí, se ve bien ―coincide Greer.
―Gracias ―digo, y sigo remando. Intento no ver a la posada mientras
avanzamos. No quiero mirar hacia el paseo de la viuda, donde bien
podría estar confinada a pasear el resto de mi vida, como una nueva
figura trágica viendo al horizonte. Todas las veces que vi ahí arriba y
sentí mi propio anhelo, realmente no tenía ni idea de lo que podía ser el
amor, y ahora nunca podré desconocer lo más cierto: la intensidad del
amor que sientes será igual a la intensidad de su pérdida. Esto es
prácticamente física.
―Mamá ―dice Cliffy―. ¿Quieres hacer la cena loca de Fancy esta
noche? ¿Cómo se llama el juego?
―Cena Misteriosa ―dice Greer―. No. Vamos a hacer pizza a la
parrilla. Lo vi en YouTube.
―Es demasiado tarde para hacer la masa ―digo, viendo aparecer la
Isla Pelícano detrás de su cabeza.
―Iré en bici por una cuando lleguemos a casa ―dice Iris. Todas mis
alarmas saltan. Mis hijos me felicitan y se ofrecen a hacer mandados. Mis
pobres hijos.
―Suena genial ―digo―. ¡Comámosla junto al arroyo! Cliffy, tenemos
que trabajar en tu puente.
Se acabó el campamento, así que las chicas duermen hasta tarde el
lunes. Les dejo una nota y llevo a Cliffy al restaurante a comer
panqueques antes de que haga los libros. Marco sale de la cocina con
Theo en la cadera.
―¿Cómo estás cocinando ahí atrás con un bebé en brazos? ―le
pregunto.
―No es fácil y probablemente no sea del todo seguro ―dice―. Tengo
el corralito, pero perdió la cabeza cuando Frannie se fue.
―¿A dónde se fue? ―le pregunto.
―Tuvo que ir a la posada. Otra vez. Harold olvidó programar el
servicio de lavandería, así que no hay toallas limpias.
Extiendo los brazos y me entrega a Theo. Lo balanceo sobre mi regazo
y agarra la nariz de Cliffy. El servicio de lavandería está en la lista que le
envié.
―Frannie cree que deberían vender ―dice―. La oferta de Beekman
sigue siendo buena.
―No. ―Sale de mi boca tan rápido y con tanta rotundidad que siento
que se me calienta la cara. No quiero que alguien lo compre y lo cambie
o, Dios no lo quiera, lo derribe, pero más que eso, es una puerta abierta
para que Ethan la atraviese, una razón para que vuelva aquí. Intento
cambiar de rumbo―. Parece un desastre.
―Hablando de desastre ―dice―, hablé con Scooter esta mañana.
―Se me revuelve el estómago. Quiero oír cada palabra que está a punto
de salir de su boca, y también no quiero. No estoy segura de poder
moderar mi reacción delante de Cliffy.
Hago un gesto con la cabeza hacia Cliffy para advertirle a Marco de
que no diga demasiado.
―¿Ah?
―¿Va a volver? ―pregunta Cliffy―. Todavía tengo su patineta e
íbamos a hacer cosas de piratas.
―Sí ―dice Marco―. ¿Y dice que te llamó algunas veces?
―He estado ocupada ―le digo.
―¿Haciendo qué? ―Cliffy me pregunta.
―No lo sé ―digo. He estado intentando volver a centrarme en la
realidad que tenía antes de conocerlo. Mis hijos, mi perro y Phyllis. He
estado deshojando compulsivamente los geranios de mi jardín para
invocar el consuelo de mi mam{―. Lo de siempre.
44
No puedo comprar comida ni gasolina sin ir al pueblo, y no puedo ir
al pueblo sin ver la casa de Ethan. Han pasado nueve días desde que le
dije que se había acabado, y hoy ha aparecido el cartel de SE VENDE. Se
siente como un asalto.
Su auto ha estado en el camino de entrada de vez en cuando. Debe
haber terminado de preparar la casa él solo, y me siento culpable por
eso, le debía muchas horas. Me mandó un mensaje diciendo que me
extrañaba hace dos días.
Yo: Yo también, pero no puedo hacer esto.
Así que se echó atrás y no volví a saber de él. Yo lo alejé, y me
merezco su ley del hielo. Además, tenía razón.
Me da pavor ir a la cafetería, pero vuelve a ser lunes. Me siento en el
mostrador y pido huevos escalfados antes de ir a trabajar.
―Tienes un aspecto horrible ―me dice Frannie.
―Realmente no duermo.
―¿Has hablado con él?
―Me ha mandado un par de mensajes. Solo tengo que seguir
adelante.
Frannie pone la cafetera en el calentador y vuelve.
―Creo que deberías darle una oportunidad.
―¿Una oportunidad para qué? ¿Para que viva en una ciudad de la
que siempre quiso escapar?
―Podría ser feliz aquí, solo es testarudo ―dice, poniendo los ojos en
blanco.
―No hagas eso ―le digo.
―¿Qué?
―Rodar sus ojos sobre él, y no está siendo terco. Es feliz allá, está
completamente en paz.
―Huh. ―Tengo toda la atención de Frannie, y creo que ambas
sabemos que conozco a su hermano mejor que ella―. ¿Cómo lo sabes?
―¿Sabes esa cosa que hace con la cara? ¿Una especie de mueca de
dolor?
―¿La cara de Scooter? Sí. ―Empieza a poner los ojos en blanco, pero
se contiene.
―Él no hace eso en Devon. Nunca.
Se queda callada un segundo, pensándolo.
―No le he visto hacerlo desde que está contigo.
―Sí ―le digo. No quiero contarle a Frannie cómo era cuando
estábamos solos juntos, en parte porque no sé si podría describirlo, y en
parte porque me haría llorar.
―Eres buena para él ―dice―. Todo esto es muy raro, pero me
encantó verlo tan feliz. He estado preocupada por Scooter toda mi vida.
Siempre se metía en problemas y era un idiota.
―Ese es parte del problema. Preocuparse por alguien es como esperar
que fracase. Odia que se preocupen, como si no pudiera convencerlos de
que la vida que ama es suficientemente buena, o que es lo bastante listo
para decidir por sí mismo lo que quiere.
Frannie aparta la mirada y toma aire.
―Eso es un poco duro. Lo adoramos.
―Si entrara aquí y te dijera: “Frannie, estoy muy preocupada por ti”,
¿cómo te sentirías?
Suelta una pequeña carcajada.
―A la defensiva.
―Exacto, porque lo que estaría diciendo es: “Frannie, no creo que
puedas con la vida que has construido”. O, peor, “Tengo una mejor idea
de cómo debería ir tu vida que tú”. Lo cual nunca haría porque eres muy
buena en la vida, pero si lo dijera, podría sacudir tu confianza. A mi
mamá le preocupaba que no pudiera manejar mi matrimonio, hasta que
realmente no pude. Creo que tenemos que confiar en que la gente puede
resolver sus vidas, y la vida de Ethan es increíble. ―Me falla la voz y
veo el café.
―Lo amas ―dice.
Levanto la vista con intención de protestar, pero claro que lo amo, y
de todas formas no importa que ella lo sepa.
―Por eso nunca lo dejaría venir aquí y perder todo eso.
Mi teléfono zumba con un mensaje de Phyllis. Dice “Ven” seguido del
emoticón de reír hasta llorar.
Estoy en mi auto volviendo a casa a toda velocidad y sé que no hay
nada de lo que reírse. La encuentro sentada en su sillón con el mando a
distancia en la bandeja del televisor y un vaso de té helado derramado
por el suelo.
―Phyllis ―digo―. ¿Qué pasa?
―Siéntate.
Y lo hago.
―¿Necesitas una ambulancia?
Me ve de reojo. Hay un DNR en su nevera especificando que no habrá
ambulancias. Sin cirugías, sin dramas.
―Dime ―le digo.
―Estoy yendo m{s despacio ―dice―. Empezó anoche, y quiero
meterme en la cama, pero no puedo levantarme.
―¿Despacio? ―pregunto, y se me quiebra la voz.
Me toma de la mano.
―No es el momento de que tengas miedo. Yo soy la que se está
muriendo. Tú te quedas aquí con el novio guapo. ―Me sonríe, es una
sonrisa traviesa. La generosidad de esa sonrisa en este momento se
apodera de mi corazón. También el hecho de que no le haya dicho que lo
nuestro ha terminado. Sé que pensaría que soy una cobarde.
―Vamos a la cama ―le digo. La ayudo a levantarse y le paso el brazo
por encima del hombro. Es tan ligera que imagino que ya se ha ido.
Caminamos despacio por el pasillo hasta su habitación, pasando por
delante de las fotos de Sandy y Camille y las tartas de cumpleaños.
Tantas tartas en una vida, pienso, y también que nunca hay suficientes tartas.
Ninguna de las dos tiene prisa y sé que es la última vez que la veré fuera
de la cama. Ya lo hice antes. No estoy preparada para perderla, pero no
voy a decirlo.
Le retiro las mantas y la ayudo a sentarse. Acuno sus piernas bajo un
brazo y su cabeza bajo otro y la acuesto. La cubro hasta los hombros y
me siento a su lado en la cama.
―¿Llamo a Sandy? ―le pregunto.
―Sí ―dice, y me toma la mano. Tiene la mano caliente, la piel fina
como el papel. Su alianza de platino está floja―. Vas a estar bien. Ya
perdí a todos mis amigos, pero valió la pena tenerlos. Espero que sientas
lo mismo por mí.
―Claro que sí ―digo, y mi voz delata lo asustada que estoy.
―Oh, Alice. Vamos. ―Está sonriendo de nuevo, como si esto no fuera
lo más aterrador del mundo―. Pásame mi agua. ―Se la pongo en los
labios y ella bebe un sorbo―. Y llama a Sandy.
Llamo a Sandy desde la cocina y le digo que ya es hora de venir. No
digo mucho más que eso, pero estoy segura de que el tono de mi voz
transmite lo urgente que es.
Cuando vuelvo a su habitación, tiene los ojos cerrados. Sin pensarlo,
camino hasta el otro lado de la cama y me subo. Sé por experiencia que
en las próximas semanas desearé estar cerca de ella, sentir su presencia
aún viva junto a mí. Me acomodo a su lado y la tomo en brazos.
―Dulce Alice ―dice, y me da unas palmaditas en la mano―. He
vivido sola durante treinta años, y siempre supe que no moriría sola.
―Por supuesto que no ―digo―. Somos las Hermanas. Siempre estoy
aquí.
No dice nada durante un rato. Mi mente calcula cuánto tardará Sandy
en llegar y me preocupa no haberle recordado que llamara a Camille.
Claro que llamó a Camille. Intento calmar mi mente y calibrar mi
respiración con la de Phyllis. Pienso en el caos que rodeó las últimas
horas de mi mamá y en cómo corría de un lado a otro buscando
enfermeras y llamando a sus amigos. Casi me pierdo sus últimos
momentos porque estaba rellenando un formulario.
―Sabes que te has metido en esto ―dice, y me asusta.
―¿En qué?
―Te hiciste amiga de una mujer de ochenta y seis años. Esa es la edad
que tenía cuando nos conocimos. Podría haber contratado a alguien
todos estos años, pero en vez de eso tuvimos esta vida juntas con
nuestras flores y nuestros huevos.
―Fue la mejor parte de mi día en muchos días.
Me aprieta la mano.
―La vida va a hacer lo que la vida va a hacer, Alice. Bien podrías
tener un perro.
45
Hablo en el funeral. Estoy de pie en el altar pronunciando un discurso
fúnebre por segunda vez en dos años. Hablo de lo que Phyllis
significaba para mí: nuestras charlas, nuestra pasión por su sauce llorón,
su complicada relación con el Dr. Phil. Estoy a punto de soltar un chiste
sobre el miedo de Phyllis a que me vuelva como un gato encerrado,
cuando lo veo. Está en la quinta fila del pasillo. Con su traje del día del
divorcio y una corbata azul antiguo. Me tropiezo con el chiste, pero
algunos se ríen.
Vuelvo a ver mis notas para reagruparme, pero cuando continúo
hablando, estoy un poco fuera de mí. Me observo a mí misma haciendo
este discurso, y la observadora recuerda a una yo más joven hablando de
cómo yo soy la arquitecta de mi propia experiencia, y supongo que es
verdad: yo he creado este momento. Estoy aquí porque me hice amiga
de una anciana. Me adentré en toda esa belleza por mi propia voluntad.
Tomé mis propias decisiones sobre dejar mi trabajo y esconderme de mi
matrimonio. También soy la arquitecta del muro que construí entre mi
final feliz y yo. Podría haber sido lo suficientemente valiente como para
intentarlo. Entré en pánico porque estaba a punto de salir herida, y me
diezmé en el proceso. Le estoy enseñando a mis hijos a actuar por
miedo, a huir de lo feliz.
Sus ojos se clavan en mí mientras hablo del demasiado breve romance
de cuento de hadas de Phyllis. Todos los ojos están puestos en mí, en
realidad, porque soy lo único que ocurre en la iglesia, pero los suyos son
los que puedo sentir, y aún puedo sentir cómo una simple mirada suya
podría hacerme feliz y entusiasmarme con mi vida. Es insondable que
me haya alejado de eso. Dejé que mi fantasía sobre una vida en
Beechwood con él me impidiera tener cualquier tipo de vida con él.
Atrapo su mirada y pienso: Cualquier Ethan es mejor que ningún Ethan.
Tengo que decírselo.
Ethan está parado afuera de la iglesia con Frannie, Marco, mi papá y
mis hijos, habla con Cliffy e Iris de forma natural y despreocupada.
Greer se queda atrás. Mi papá le dice algo a Ethan y luego se mete las
manos en los bolsillos del traje y se gira hacia Frannie. Me acerco a ellos
con total incertidumbre. No sé cómo saludar a Ethan.
Mi papá me abraza, lo que me hace sentir bien y me da tiempo. Me
giro hacia Ethan y él no hace ningún movimiento hacia mí.
―Gracias por venir ―le digo.
―Por supuesto ―dice―. Sé que esto es muy duro. ―Por un segundo,
siento el hermoso peso de su mirada, pero entonces la aparta, como si tal
vez no me la mereciera.
―Gracias ―digo, y el silencio más ensordecedor del mundo cae sobre
nosotros. Una avalancha de palabras espera a derramarse, pero estoy
rodeada de mis hijos y mi papá. Frannie está intentando captar mi
atención, quizá solo para decirme que lo deje pasar, pero lo último que
quiero es dejarlo pasar.
―Bueno, tengo que irme ―dice Ethan. Estrecha la mano de mi papá,
estira la mano para tocar la cabeza de Theo en el carrito y se va.
Mis palabras no dichas retroceden y pesan en mi pecho. Quédate y
¿Podemos hablar? se asientan podridas en mi corazón, como el amor
retenido.
Antes de que pueda ir tras él, Sandy y Camille se unen a nosotros. No
sé qué decirles ni cómo abordar su dolor. Son mucho mayores que yo
cuando perdí a mi mamá, pero puedo ver en sus ojos que no existe tal
cosa como estar preparado para perder a tu mamá.
Mi papá interviene.
―Lo siento mucho. Sé lo duro que es esto. Ali perdió a su mamá hace
dos años. Se llamaba Nancy, eran muy unidas. ―Y una montaña se
conmueve con esas palabras. No la ha mencionado en tanto tiempo. Solo
decir su nombre me conmueve el corazón. Hay una pizca de gracia aquí,
y a veces eso es todo lo que se necesita.
Le tomo la mano y les digo a las hijas de Phyllis:
―Su mamá me dijo que este dolor vale toda la diversión que hemos
tenido, y yo le creo. ―Necesito ir a buscar a Ethan.
46
―Tengo que hacer algo rápido ―les digo a mis hijos y a mi pap{―.
¿Podemos vernos en la posada en un rato?
―Dejé mi bolso en la iglesia ―dice Greer.
―Okey, el abuelo esperará ―le digo. Tengo que ir a casa de Ethan.
Necesito llevarlo a nuestras sillas junto a la piscina y decirle que me
equivoqué. Que no me rindo, que quiero más, sea lo que sea.
―No, ¿podrías ayudarme a encontrarlo? ―me pregunta.
Algo pasa.
―Claro ―digo, y volvemos a entrar por las grandes puertas dobles.
Empiezo a caminar por el pasillo hacia donde estábamos sentados y
Greer me toma la mano para detenerme.
―No traje mi bolso.
Me giro y la veo.
―Estaba muy mal ―dice―. Por mis amigas, y supongo que también
estaba disgustada por todo lo demás.
―Ya lo sé, y tienes todo el derecho a estarlo ―le digo, y le aprieto la
mano.
Suelta la mía y juega con el tirante de su vestido de verano .
―Pero no quería decir eso de que vas a desaparecer. No creo que
vayas a hacerlo. Sé que has estado triste, pero sé que estás aquí para mí.
―Gracias, está bien no desaparecer ―digo. Súper Yo en un mundo de
dolor sigue siendo Súper Yo.
―Y quizá lo de Scooter fue algo bueno. Él es genial ―dice―. Es tan
fácil estar con él.
―Sí ―digo.
―A Fancy le habría gustado. ―Ella me sonríe como mi mamá.
―Sí. ―Estoy bastante segura de que Fancy lo envió. La jalo para
abrazarla. Qué complicado es ser hija y persona―. Una vez, cuando me
estaba enseñando a montar en patineta, estaba intentando aprender a
subir la rampa con la velocidad adecuada, ¿sabes? Subí y, cuando
bajaba, sentí que perdía el equilibrio. Podía sentirme empezar a caer, y
lo gracioso fue que mientras caía pensé: esto fue muy divertido y ha
valido totalmente la pena.
Me sonríe.
―¿Te lastimaste?
―No ―le digo―. Él me atrapó. Igual que lo habría hecho Fancy, y yo
siempre te atraparé a ti también.
Mi papá lleva a mis hijos a la recepción en la posada. No necesito
decirle a dónde voy. Él lo sabe.
Voy a decirle a Ethan que lo siento, que no se ha acabado. Voy a
decirle que sé quién es, y que sé que puede ser esa persona en cualquier
lugar, que lo resolveremos. No sé por qué nunca le dije que lo amaba. En
la agonía de las últimas dos semanas, de lo único que he estado segura
es de que nunca volveré a sentir esto por otra persona. Es él. Cuando
tenga la edad de Phyllis recordaré este verano y la forma en que cambió
mi corazón, y si no quiere creerme, está bien. Solo necesito decírselo.
Me estaciono delante de la casa de Ethan y su auto no está en la
entrada. Hay otros dos autos y un tipo está subido a una escalera viendo
los canalones. Una mujer con un traje elegante está comprobando cosas
de una lista. El cartel de SE VENDE ya no está. Recupero el aliento y
apoyo la cabeza en el volante. Es solo una casa, me digo, pero es un
final. Es el final del verano que acabo de pasar ahí y el final de Ethan
volviendo aquí. Incluso cuando visite a sus papás en vacaciones, irá a
Florida. Frannie es la última Hogan en Beechwood.
Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano y me dirijo hacia la
posada. Reduzco la velocidad al pasar por la pista de skate, pensando
que lo encontraré en el medio tubo con su traje del divorcio. La posada
es el último lugar donde podría estar, a menos que ya se haya ido de la
ciudad. La idea me produce una sensación de vacío y náuseas en el
estómago. Me imagino a Ethan volviendo a casa, a Devon, para retomar
su vida real. En otra vida, yo iría con él por la autopista.
Me estaciono en el parque para perros en vez de en la posada porque
no quiero quedarme bloqueada y me vendría bien un poco de aire
fresco. Atravieso el parque en sandalias y siento cómo la hierba seca del
final del verano me roza los pies. Paso por el lugar donde Ferris
encontró a Ethan por mí, y me digo que ha valido la pena. No volvería
atrás y dejaría de amar a Ethan para no sentirme tan destrozada como
me siento ahora. Lo volvería a hacer.
Llego al final del parque para perros y atravieso la puerta de la
posada. Hace calor y me vendría bien una brisa. Incluso la bandera que
suele ondear sobre la posada cae en el aire espeso y quieto. A su derecha
veo algo que cuelga de la barandilla del paseo de la viuda. Creo que es
una manta, pero cuando mis ojos enfocan, veo que es un saco de traje. A
su lado hay dos antebrazos apoyados en la barandilla, agarrados a una
cerveza. Reconocería esos antebrazos dorados en cualquier parte. Corro
detrás de la posada y doy la vuelta hasta el lado en el que la estrecha
escalera se ha cerrado con pestillo para siempre, y la puerta está abierta.
Subo los escalones más despacio de lo que quisiera a causa de mis
zapatos, me los quito a mitad de camino y echo a correr. Cuando abro de
golpe la puerta que da al rellano, él está ahí viendo al agua.
Estamos muy arriba. Por supuesto que lo sabía, pero nunca había
estado aquí arriba para hacerme una idea. No hay brisa en absoluto, y
todo parece perfectamente quieto. Delante de mí, puedo ver hasta Long
Island. Detrás de mí, puedo ver hasta el final de la ciudad. En esta
quietud, todo me parece claro.
Él se gira y me ve sujetándome los zapatos.
―Hola ―me dice.
Me acerco a él, pero no lo toco. Los dos nos giramos hacia la
barandilla y observamos cómo baja la marea mientras recupero el
aliento.
―Fue un bonito funeral ―dice.
―Sí.
―Va a ser duro para ti sin ella. Ella era una gran parte de tu vida.
―Sí ―vuelvo a decir, pero valió la pena. Volvería a hacer huevos para
Phyllis y a meter a escondidas pudin de vainilla en su refrigerador,
sabiendo que hoy la extrañaría así. Porque eso es la vida: alegría
salpicada de pérdida. Por eso tienes un perro, y luego tienes otro perro.
La locura se repite solo para volver a saborear la alegría. Me giro hacia él
y no digo nada de esto―. Es raro que no haya brisa aquí arriba.
―Sí. Todo se siente un poco atascado.
―Sí. ―Alguien pasa en un kayak. Hay veleros a lo lejos. Quiero
preguntarle si puedo tocarle la mano, o si podríamos dar un paseo.
Quiero saber si puedo pasar un día más con él antes de que se vaya,
porque un solo día bueno tiene su valor.
―Se te da muy bien hablar del tiempo ―dice finalmente.
―Es un don ―le digo.
Mira hacia el agua.
―Lo siento, me equivoqué ―le digo.
―No me digas. ―Le da un sorbo a su cerveza. Quiero que se gire
hacia mí, que me invite a entrar.
―Esto ha sido muy duro ―digo.
Observamos el agua. Un par de practicantes de paddleboard pasan
por La Isla Pelícano.
―¿De verdad creías que iba a dejar pasar esto? ―pregunta.
―Realmente no tenías opción.
―Siempre tienes una opción, Ali. Rompiste tu promesa.
―Lo sé ―digo―. Yo también me rompí el corazón.
Estoy buscando alguna forma de volver a entrar. Como alguna señal
que me dará hoy, o esta semana, o el resto del verano, pero no me tiende
la mano. Su lenguaje corporal es cerrado. Se queda viendo el agua y yo
me siento excluida.
Desesperada, pregunto:
―¿Cuánto tiempo estarás aquí?
―¿Cuánto tiempo quieres que esté aquí?
―Tanto como sea posible.
No dice nada.
Lo intento de nuevo.
―Pensé que sería demasiado doloroso despedirme de ti, y tenía
razón, por cierto. No puedo hacerlo. ―Quiero decirle que he cambiado
de opinión sobre lo del perro, pero estoy harta de hablar en círculos.
Tomo aire y lo digo―. Te amo.
Se gira hacia mí, por fin, y yo continúo.
―Sé que es mucho decir, pero lo hago. ¿Podemos tener más tiempo?
No puedo hacerme a la idea de que esto se ha acabado. No voy a volver
a sentirme así.
Tiene lágrimas en los ojos. Me estrecha entre sus brazos y apoyo la
cabeza en ese punto de su pecho en el que podría quedarme para
siempre. Estaría bien que él también me dijera que me ama. Mis palabras
se quedan en el aire, pero supongo que está bien. No todo se equilibra.
Me alejo porque también podría decir las cosas.
―Creo que lo que quería decirte, además de eso, es que creo que
serías la parte más importante de cualquier comunidad en la que
vivieras. No creo que te perdieras si te fueras de Devon. Eres tan fuerte y
seguro que también haces fuertes a los demás. No digo que te mudes
aquí, solo digo que aquí también te aman, y si mudarte es imposible,
entonces también está bien. Yo podría conducir hasta Devon cada
semana. Lo haría totalmente.
―Ali ―dice y me toma las manos. El shock de sentir sus manos entre
las mías me saca temporalmente de esta conversación. Sí, acabo de
decirle que lo amo, pero Dios, qué bien se sienten sus manos―. Me
quedo aquí, en Beechwood.
―No, no puedes hacer eso ―le digo. Lo veo directamente a los ojos y
sé con certeza que nadie, ni siquiera yo, le dice a Ethan lo que puede o
no puede hacer.
―No me hagas decir lo del arquitecto. ―Me acerca más―. He tomado
una gran decisión. Puede que no te guste. No lo sé. Lo hice por mí, pero
también espero que por nosotros.
No digo nada. Estoy hipnotizada por la palabra nosotros.
―Regalé la casa. La doné a la ciudad.
Vuelvo en mí.
―¿Qué?
―Deambulaba por Devon intentando que volviera a sentirse como en
casa, intentando volver a ser la persona que era antes de ti, y me sentía
vacío. Me mudé ahí porque me sentía bien. Me di cuenta de que lo que
me hacía sentir bien era que era un lugar al que podía pertenecer, pero
eso ya no es suficiente. Te pertenezco a ti.
Se me para el corazón y ni siquiera pestañeo. Quiero asegurarme de
que lo escuché bien.
―¿De verdad? ―Le rodeo el cuello con los brazos.
―De verdad ―me dice. Me besa, y su sabor salado es mi primera
pista de que estoy llorando. Me siento aliviada por estar tan cerca de él.
Él apoya la frente en la mía y me seca las lágrimas con los pulgares.
Tengo la extraña sensación de que ninguno de los dos tiene la sartén por
el mango.
―¿Pero qué pasa con todos en Devon?
―Eso es algo complicado. Es decir, Barb puede encontrar a alguien
que le cambie las pilas de la alarma y yo puedo hacer trabajo jurídico a
distancia, pero los chicos de la pista de patinaje me siguen necesitando.
Tienen mi número, y voy a volver a Devon una vez a la semana, pero
también estoy organizando la casa de mis papás como un lugar al que
puedan acudir los chicos cuando hayan salido del sistema. Michael y
Louis son los dos primeros que van a venir. Tengo una trabajadora
social involucrada, y Frannie les va a dar trabajo temporal en el
restaurante. Siempre necesitamos gente en la posada en verano.
―¿Frannie lo sabe?
―Sí, ha estado muy callada los últimos días, de hecho, y me ha estado
suplicando que te lo dijera, pero no se había confirmado hasta esta
mañana, y no estaba seguro de lo que pensarías.
―Es algo increíble.
―Y, sinceramente, Ali, no es que nadie me necesite aquí. He estado
volviendo aquí como un adolescente, una especie de regresión a lo que
esperan de mí, pero mis papás necesitan ayuda con la posada y todo eso.
Theo me necesita; ya sabes que nunca van a dejar que ese niño aprenda a
caminar.
―Cierto. ―Me río―. ¿Y pensabas que esto no me iba a gustar? ―Paso
las manos por las mangas de su impecable camisa blanca.
―Bueno, tal vez. Te encanta esa casa. Tal vez imaginaste un futuro
diferente, pero se siente bien, y todo lo demás, puedo imaginarlo. ―Me
sonríe, y siento que quiero pasar el resto de mi vida con esa sonrisa.
―Sinceramente, eres la mejor persona que he conocido. ―Le rodeo el
cuello con los brazos.
―Lo dudo, pero te amo, Ali, de una forma tan intensa que creo que ni
siquiera podría explicártelo. Así que me quedo. ―Me besa de nuevo,
más profundamente, y siento que me derrito en él de esa forma que
nunca pensé que volvería a hacer―. Te amo, ―me dice en la boca―. Te
amo tanto, Ali. ―En la ironía de mi vida, todo lo que siempre he
anhelado se ha materializado en el paseo de la viuda.
Ethan me toma la cara con las manos y presiona su frente contra la
mía.
―No más despedidas, ¿okey? ―Asiento y vuelvo a besarlo. Es una
promesa. El viento se levanta de la nada y siento la brisa rozándome la
mejilla. Un destello rojo me llama la atención cuando la bandera nos
saluda. Esto seguro que brilla, dice.
El sol se oculta sobre la ciudad a nuestras espaldas, pero no quiero
apartarme de él para ver cómo se pone. Quiero quedarme en sus brazos,
donde de algún modo estoy completamente protegida y completamente
libre. Lo imposible.
―¿Dónde vas a vivir? ―le pregunto en el cuello.
―No lo sé, tal vez me quede en la casa por un tiempo. Solo para
asegurarme de que las cosas empiezan bien. Encontraré un lugar, y
mientras tanto siempre puedo quedarme aquí, en la posada. ―Mira a su
alrededor―. Deberíamos conseguir algunos muebles aquí, solo para
nosotros. Soy la única persona en el mundo que tiene llave. La encontré
en el despacho de mi papá.
―No puedo creer que hayas hecho esto.
―No puedo creer que no se te ocurriera. ¿No fuiste la mejor
estudiante?
―Ni en un millón de años pensé que alguien cambiaría
completamente su vida por mí.
―Ni en un millón de años pensé que yo querría hacerlo. ―Me besa de
nuevo y quiero quedarme aquí para siempre.
―Espera, ¿lo saben tus papás?
―Sí, preparé todo un discurso para explicárselo, cómo funcionaría
legalmente como organización sin ánimo de lucro y con la ciudad. Solo
se fijaron en ti. De todas las cosas, creo que de ti es de lo que por fin
están orgullosos de mí. Preguntaron unas cien veces si nos íbamos a
casar. Querían saber qué piensan tus hijos de los abuelos adoptivos.
Sonrío ante esta posibilidad. Más abuelos, más familia, más Ethan.
―Gracias por hacer esto. Por todos.
―Lo hice sobre todo por mí.
47
Bajamos las estrechas escaleras y cruzamos la terraza hasta el
restaurante de la posada. La gente sigue dando vueltas y comiendo
minisandwiches de Frannie. Soy diferente y no hay forma de ocultárselo
a la gente que me quiere. Mi papá lo ve primero y se pone la mano en el
corazón, como para decirle que se esté quieto. Una sonrisa se apodera de
la cara de Frannie y le da un codazo demasiado fuerte a Marco.
Greer me ve con los ojos entrecerrados y veo cómo se le dibuja en la
cara la idea de que algo bueno está pasando. Iris lleva la carriola de Theo
entre la multitud hasta donde estamos hablando con Sandy y Camille.
Su pena se ha disipado temporalmente y parece que están en una fiesta.
Sé que es una trampa, igual que sé que al final se pondrán bien. Cliffy
está a mi lado y me rodea la cintura con los brazos. Le devuelvo el
apretón y siento que Ethan nos observa. En este momento no soy otra
cosa que mi corazón.
Cuando todos se van y me despido de mi papá, encuentro a Ethan en
la terraza llevando a Theo de la mano y hablando con mis hijos. No sé a
quién quiero tocar primero. Puedes quedártelo todo, dice mi mamá al
viento.
―Será mejor que nos vayamos a casa ―digo.
―Sí ―dice Ethan―. Ha sido un gran día.
Greer se cruza de brazos. Iris parece estar conteniendo la respiración.
―Vamos, Scooter ―dice.
―¿En serio? ―él pregunta.
Cliffy suelta el aliento.
―No te acobardes.
Ethan se gira hacia mí, y es excesivamente formal de una manera que
me dan ganas de reír.
―Estos tres me han dado permiso para pedirte una cita.
Intento contener la sonrisa.
―¿Es cierto? ―les pregunto.
―Sí ―dice Iris―. Y dijo un restaurante de verdad. Puede que incluso
aquí.
―Bueno, eso suena bien ―digo―. Acepto.
―Bien ―dice Iris―. Porque el abuelo y Libby vendrán a hacer de
niñeras mañana a las seis.
48
Después de todo no vamos a la posada porque Harold tuvo una
confusión con el pescadero y solo sirven pollo. En lugar de eso, vamos a
un bistró de Rockport, comemos mejillones y nos tomamos de la mano.
Me lleva a casa a las once y me da un beso de buenas noches en la
puerta. No podemos ir a su casa porque la están pintando por dentro.
No podemos entrar en mi casa porque mi papá está dentro. Me siento
como si tuviera dieciséis años.
Cuando por fin es sábado y estamos solos en mi propia casa, en mi
habitación recién limpia, me acuesto en sus brazos y dejo que todos los
sentimientos me invadan. Ethan es algo que nunca creí posible: un
compañero con el que soy totalmente libre de ser yo misma. Un romance
de verano que no tiene por qué acabar.
―¿Cuánto tengo que esperar para preguntarle a tus hijos si puedo
casarme contigo? ―pregunta. No lo dice en serio, pero lo dice.
―Definitivamente unas semanas ―le digo.
Su teléfono zumba y no quiero que se mueva.
―No contestes ―le digo, y paso la pierna por encima de la suya para
atraparlo.
―Tengo hijos ―dice―. Siempre tengo que contestar. ―Me acuesto a
su lado mientras responde a preguntas sobre un evento que tendrá lugar
hoy en la pista de skate.
Recibo un mensaje de Sandy.
Sandy: No sé cómo has podido hacer esto. Es brutal.
Ella y Camille están al lado limpiando la casa de Phyllis. En realidad
solo tienen el fin de semana para hacerlo juntas porque Camille vuelve a
San Francisco el lunes. Después de eso, todo depende de Sandy, y de mí,
por supuesto.
Cuando Ethan cuelga el teléfono, me acerca y me dice:
―No quiero salir nunca de esta cama.
―Yo tampoco ―digo. Mañana mis hijos estarán en casa y él no estará
aquí. Me recuerdo a mí misma que está al final de la calle, y eso es
mucho mejor que Devon―. Pero puede que tengamos que ir a ayudar a
Sandy y Camille un rato.
Ethan se cubre la cara con una almohada.
―Todos esos libros.
―Es mucho, pero es mucho más para ellas de lo que sería para
nosotros. Vamos a darles dos horas de ayuda. Pondré un cronómetro, y
podemos volver aquí.
Puedo decir que Sandy está destrozada en cuanto entramos por la
puerta, y eso antes de que empiece a llorar.
―Todas estas fotos, y las cartas que mi papá le escribió después de su
primer verano juntos. Podría hacer esto durante meses y no acabar con
todo.
Le doy un abrazo.
―Vamos a ayudar, y puedes usar mi garaje para la pila de
donaciones.
Camille sale del dormitorio cargando montones de ropa.
―Oh, gracias a Dios que estás aquí.
―Donaciones, ¿verdad? Lleva eso a mi garaje.
―Y gracias a Dios que tu garaje está tan cerca ―dice―. Solo tenemos
que mover mil cargas más antes de que este lugar salga a la venta.
Ethan está en el salón, pasando las manos por la chimenea de piedra.
―Ella cuidaba muy bien de esta casa ―dice.
Sandy asiente.
―Ella veía su vida como un cuento de hadas. Esta casa era parte del
romance, incluso después de que mi papá se fuera.
―Me encanta ―dice él. Abre un armario de la esquina lleno de libros
y tazas de té―. ¿Te importa si subo?
Sandy asiente de nuevo.
―Date el gusto. ¿Y quizás bajes los abrigos viejos del armario de
arriba de las escaleras?
Camille vuelve de mi garaje y yo empiezo a juntar cajas para las cosas
que quieran conservar.
―Llamemos a esta caja 'tesoros'. Pondremos aquí las cartas de amor y
las fotos antiguas y la trasladaremos inmediatamente a su auto, luego
sacaremos los libros. Sugiero que cada una elija diez, y luego podemos
hacer que el señor Tripodi de la biblioteca venga a llevarse lo que quiera,
y mañana nos ocuparemos de la cocina.
Ethan vuelve a bajar con una pila de abrigos.
―¿Garaje? ―pregunta. Le abro la puerta y le conduzco tres metros
por el césped. Deja los abrigos y me toma de la mano―. ¿Así que me
amas?
Sonrío. No me canso de hablar de esto.
―Lo hago.
―¿Por el resto del verano? ¿O más? Si tuvieras que adivinarlo.
Le rodeo la cintura con los brazos. Nunca me había sentido así y
nunca en mi vida había deseado tanto que fuera para siempre.
―Más tiempo.
―¿Te asustaría si me mudara a esta casa?
Lo veo a la cara para ver si habla en serio y me mira con una
seguridad a la que me estoy acostumbrando. Ethan es una persona que
sabe exactamente lo que quiere.
―Me encantaría ―digo―. De verdad que me encantaría. ―No puedo
dejar de sonreír. Ethan está aquí, justo aquí.
49
A mediados de octubre, cuando la compra está completada Ethan se
muda a casa de Phyllis. Conservó algunos de sus muebles, pero los ha
hecho suyos. Duerme en una habitación de arriba que da a la mía y, para
ser sincera, se escabulle mucho. Va a Devon una vez a la semana si tiene
que estar en el juzgado y para ver cómo están los chicos y el parque de
skate, y cuando vuelve es como si hubiera estado fuera un mes.
Ethan ideó un sistema para ocuparse de Devon. Barb ahora llama a su
vecina de abajo para emergencias rápidas, pero sigue llamando a Ethan
un par de veces a la semana para hablar, que puede haber sido el punto
todo el tiempo. Contrató a un chico de la YMCA para que se encargue
de la pista de patinaje y Mort también cuida a los chicos. Tiene un
ridículo hilo de mensajes con los Red Hot Pokers, que no es más que un
puñado de viejos diciéndole que está hecho polvo. Sigue haciendo el
trabajo legal para Rose en el refugio de animales, y vamos todos al
desfile de perros. Barb le está haciendo a Ferris un disfraz de mono. Me
preocupa.
Ethan ha estado aprendiendo jardinería en YouTube, y con lo que
recuerdo de la rutina de Phyllis hemos mantenido las cosas vivas
bastante bien. Pronto envolveremos los rosales en arpillera para el
invierno. No sé por qué lo hacemos, pero es lo que siempre hemos
hecho. En primavera los desenvolveremos, y nos lo agradecerán
floreciendo. Compramos docenas de bulbos de tulipán en el vivero local
y nos acostamos sobre una manta bajo el sauce llorón mientras mis hijos
los plantan por el jardín y a lo largo de la orilla del arroyo. Nunca en mi
vida había tenido tantas cosas que esperar.
Los cinco hemos intentado mantener viva la sensación de verano
cenando en mi jardín la mayoría de las noches, hasta Ethan ha traído
una pequeña hoguera para evitar el frío. Esta noche he asado filetes y
espárragos, y el calor de la parrilla ayuda. El arroyo está embravecido
por el agua de una tormenta reciente y la puerta de la valla que separa
nuestras casas se ha soltado y golpea con el viento.
―¿Por qué necesitamos esa valla? ―pregunta Greer. Se cortó el
cabello en un inesperado arranque de confianza. Séptimo año parece
darle la razón. Entró en el equipo de fútbol modificado de la escuela, lo
que le ha reportado el beneficio sorpresa de la compañía de un grupo de
chicas totalmente diferente. Cuando se sentó, me di cuenta de que había
vuelto a dejar el teléfono dentro de casa. Pasó un mes desde que
Caroline le envió un mensaje de texto diciéndole que la extrañaba
mucho (emoji triste, por supuesto) y le pidió que fuera a una pijamada.
Ese mensaje ha estado guardado en su teléfono, sin respuesta, durante
un mes entero. Creo que Greer está empezando a entender la naturaleza
del poder.
―Deshagámonos de ella ―dice Iris―. Tendríamos mucho espacio.
―Y podríamos ver todo el arroyo hasta el árbol de Phyllis ―dice
Cliffy, y se sube al regazo de Ethan. Ethan le deja cortar su filete y me
llama la atención. No recuerdo cuándo empezó a ocurrir esto.
―Me parece bien ―digo.
―Hagámoslo ―dice Ethan―. Me encanta la idea de dos casas con un
solo patio. ―A mí me encanta la idea de todos nosotros en una casa,
pero es demasiado pronto para eso. Además, estar en esta relación súper
cercana y al mismo tiempo tener mi propio espacio con mis hijos me
parece exactamente lo correcto.
Suena el teléfono de Ethan y son sus papás en FaceTime.
―Hola, cariño ―dice su mamá. Ethan me tiende el teléfono a mí y
luego a Cliffy, que está en su regazo.
―Estamos cenando en casa de Ali ―dice―. Mañana quitaremos la
valla.
―Oh, cásate con ella de una vez ―dice su papá en el fondo y la
señora Hogan lo hace callar. Greer e Iris intercambian miradas. Cliffy
sonríe como un niño de seis años que piensa que es la mejor idea del
mundo.
―Siento interrumpir la cena ―dice―. Pero quería decirte que vamos
a ir para Acción de Gracias.
―Eso es genial ―dice Ethan―. Vamos a cocinar aquí. Frannie y su
familia van a venir y el papá de Ali y Libby. Pueden quedarse conmigo.
―Eso suena muy bonito, cariño ―dice su mamá.
―Díselo ―dice el señor Hogan. No vemos nada más que un
ventilador de techo durante unos segundos, y cuando vuelven, es el
señor Hogan―. Iremos para Acción de Gracias y nos quedaremos, no
podemos vivir aquí todo el año. Estoy quemadísimo por el sol y nos
sentimos demasiado lejos.
―Theo empezó a caminar ―dice la señora Hogan, tomando el
teléfono―. Y nos lo perdimos. Para cuando vengan a visitarnos, ya
estará corriendo. No puedo soportarlo. Toda nuestra vida está ahí.
―Wow, eso es genial ―dice Ethan―. Pero sabes que la casa ya no es
nuestra, ¿verdad?
―Está bien ―dice ella―. Nos mudaremos a la posada, al apartamento
de tus abuelos. Es perfecto para nosotros, y pueden cocinar todas
nuestras comidas cuando seamos viejos.
Ethan me ve en busca de una reacción, no tengo ninguna, salvo que
me emociona que haya dos personas más en la mesa todo el tiempo.
―Cuando llamamos a Harold esta mañana para decirle que
volvíamos, nos pidió que le devolviéramos su antiguo trabajo y
accedimos, pero la verdad es que no queremos administrar ese lugar.
Frannie está frenética por encontrar a alguien nuevo, porque no quiere
que recaiga sobre ella.
―Yo quiero el trabajo ―digo. Me sale un poco agresivo, pero no voy a
disculparme por eso, porque mi tono refleja lo mucho que quiero este
trabajo.
―Déjame hablar con ella ―dice el señor Hogan, mientras Ethan me
pasa el teléfono.
―Hola ―le digo―. Quiero ese trabajo. Llevo un tiempo asesorando a
Harold, pero hay que hacer cambios importantes. Hay que automatizar
la facturación, renegociar totalmente el contrato de la basura. El menú
de invierno es demasiado amplio, y la ropa blanca debería arreglarse los
lunes, no los viernes. Puedo hacerlo perfectamente.
Sonríe.
―Bueno, eso es... eso es una idea.
La señora Hogan toma el teléfono.
―Es la idea perfecta, pero, por favor, prométeme que el estrés no te
hará dejar a Scooter.
Ethan sacude la cabeza. Realmente hablan de él como si aún estuviera
en secundaria.
―No creo que sea algo que deba preocuparte ―le digo, y él me toma
la mano.
―Puedes trabajar en tu casa si quieres ―dice la señora Hogan.
―Me gustaría ir a la oficina. ―Me sorprendo a mí misma al decirlo.
También me sorprende la forma en que mi corazón se acelera un poco al
pensar en una oficina propia, siete lápices en una taza y todo un lío que
arreglar. Sé exactamente lo que me voy a poner.
―Okey, hecho ―dice el señor Hogan como si acabara de ganar la
lotería―. Enviaré una cifra de salario por la mañana, así como una
descripción completa del puesto.
―Gracias ―le digo―. Esto es maravilloso. ―Ethan me rodea con el
brazo y me besa en la frente.
―Basta de negocios ―dice la señora Hogan―. Frannie me dice que va
a llevar todas las tartas a la cena de Acción de Gracias. ¿Puedo llevar
puré de papas y una ensalada?
―¿Ensalada? ―dicen Iris y Greer al mismo tiempo. Ethan les pasa el
teléfono y me abraza mientras sus papás discuten sobre las ventajas de
la ensalada en la cena de Acción de Gracias.
―Ali Morris, dirigiendo el negocio de mi familia ―dice.
―Es el trabajo de mis sueños ―le digo y siento una descarga de
adrenalina por el salto que acabo de dar, y por un segundo comprendo
lo que se siente al subir corriendo por el medio tubo, girar en el aire y
aterrizar exactamente donde quieres.
―Espera a que negocie tu salario ―dice, y se ríe.
Me acerca y vemos a mis hijos reír con sus papás. Lo siento todo. El
amor por mis hijos que a veces siento como si pudiera envolverme en
llamas. El amor ardiente que aún puedo sentir que viene de mi mamá,
como si fuera algo vivo dentro de mí, y la forma en que Ethan se siente
como algo que he estado esperando toda mi vida.
―¿Qué crees que va a decir Pete de que lleves la posada? Supongo
que Cliffy se lo dirá inmediatamente cuando venga por ellos mañana.
―Los niños se han ido a la cama y estamos sentados en el patio trasero
escuchando el agua correr por el arroyo. Las forsitias que bordean el
camino hacia el arroyo han adquirido su amarillo otoñal oscuro. Las
hortensias han dejado de florecer, al igual que la mayoría de sus hojas,
por lo que mi jardín está lleno de ramitas sin vida. Una yo más joven
habría pensado que esas plantas estaban muertas, pero Phyllis me
enseñó lo contrario.
Le cubro las piernas con las mías y él nos tapa a los dos con una
manta, como es nuestra costumbre.
Estoy tan feliz de que mañana sea sábado que casi me olvido de la
pregunta de Ethan.
―No creo que realmente importe. Pete puede pensar lo que quiera.
―Bien. Ni siquiera me importa si me llama Scooter para siempre. De
hecho, me gusta cuando tus hijos lo hacen.
Esto me hace sonreír, Ethan finalmente deja que Scooter sea feliz aquí.
―¿Podemos probar el medio tubo de nuevo mañana? ―pregunto.
―Me encantaría. ―Me acerca y el viento agita la vieja valla―. No me
lo esperaba, pero ésta es una gran noche: tu nuevo trabajo y la muerte de
esa fea valla. ―Se mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y saca una
cajita―. Te compré algo, hace un tiempo. Me parece un buen momento.
Dudo, porque una cajita del hombre que amas podría significar un
para siempre, pero por la expresión de su cara sé que no es un anillo y
que, de algún modo, sigue significando un para siempre. La abro y
dentro hay un pequeño colgante de plata, un corazón. Paso el dedo por
su superficie lisa, redondeada en el centro y con una punta afilada en la
parte inferior.
―No lo puedo creer ―digo.
Tengo lágrimas en los ojos y él me sonríe.
―¿Qué es lo que no puedes creer?
Las respuestas se persiguen unas a otras por mi cabeza. Que no
llevaba ya un corazón en la pulsera. Que en los dijes de la historia de mi
vida, mi matrimonio estuvo marcado por un vestido, no por el amor.
Que nunca pensé que habría otro dije para esta pulsera―. Que va a
haber más cosas, y está empezando con esto.
Apoyo la cabeza en su hombro y me doy las gracias en silencio por
haberme jugado el corazón. Es una locura amar a alguien así; debo de
ser una arriesgada nata. De hecho, es posible que sea tan temeraria como
para ser feliz. La primavera siempre llega, y sé con certeza que siempre
tendré un perro.
Fin.