Dido
Colección de poesía argentina Astrolabio
Editorial detodoslosmares
Rivadavia 381 local 3
(5184) Capilla del Monte, Córdoba, Argentina
e-mail: [Link]@[Link]
© 2021 Emilia Carabajal
© 2021 Editorial detodoslosmares
Ilustración y diseño de tapa: Leda Rensin
Ilustraciones de interior: Raquel Barboza
Queda hecho el depósito que marca la Ley número 11.723
ISBN: 9789874723673
Impreso en la Argentina
Libro de edición argentina
Carabajal, Emilia
Dido / Emilia Carabajal; ilustrado por Leda Rensin; prólogo de Jotaele
Andrade.- 1a ed.- Capilla del Monte: Detodoslosmares, 2021.
68 p.: il.; 20 x 14 cm. - (Astrolabio; 15)
ISBN 978-987-47236-7-3
1. Poesía argentina. I. Rensin, Leda, ilus. II. Andrade, Jotaele, prólog.
III. Título.
CDD A861
Emilia Carabajal
Dido
osl o s m
tod ar e s
de
Algunos apuntes sobre Dido,
de Emilia Carabajal
Construcción coral y búsqueda identitaria
Conocida es la historia de Dido, reina de Cartago,
reino que levanta y conduce con mano piadosa y sabia.
Conocido el funesto momento en que el amor la inflama
por Eneas. Virgilio nos lo cuenta con lujo de detalles en
el Libro IV de la Eneida, completamente dedicado al des-
lumbramiento, la entrega y el sacrificio. En Sobre el amor
y la muerte —un texto en el que, sobre todo, anuda a Eros
y Tánatos con un mismo hilo de Amor—, Patrick Süskind
afirma: “En el enamoramiento y en el amor se mani-
fiesta una buena porción de estupidez”. Patrick Süskind
no habla de Dido y sí de otros personajes mitológicos,
tales como Eurídice y Orfeo, pero también pensaba en
la desdichada reina cuando en ese mismo texto escribía:
(...) nuestro interés decae y deja sitio a una repugnan-
cia pura cuando Eros se echa tan violentamente en
brazos de Tánatos como si quisiera unirse a él, cuando,
por consiguiente, el amor busca en la muerte su ma-
nifestación más alta y noble, es decir, su realización.
“Nuestro interés decae y deja sitio a una repug-
nancia pura” suena a algo muy personal. Toda trage-
dia es un imán. Dido es parte de una tragedia. Dido
es la tragedia amorosa consumada. Ella se echa en
brazos de la muerte luego del abandono de Eneas.
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En Dido y Eneas, la ópera de Henry Purcell con libreto
de Nahum Tate, opera —nunca mejor dicho— un ele-
mento subversivo: un Eneas inflamado de amor. Este no-
vedoso troyano proclama: “¡Eneas no tiene más destino
/ que tú!” y exige una capitulación amorosa que inmis-
cuya asuntos de Estado y tálamo.
A su vez, en dicha ópera, aunque se nombre a los dio-
ses y se siga a pie juntillas que Mercurio, la Fama mali-
diciente, Júpiter tonante y demás se encargan de hilar y
deshilar a su antojo el destino del héroe y la heroína, se
introduce la figura de las brujas, cuyo único propósito es
servir a su odio: “la reina de Cartago, a la que / odiamos,
como hacemos con todos aquellos Estados prósperos”.
Este enemigo invisible de los Estados prósperos parece
una propaganda política, además de un factor trágico en
una ópera. Junto a los protagonistas, encontramos a Be-
linda, primera dama de la reina, que toma el lugar que
ocupa Ana en la Eneida; a la Maga, la Hechicera y las
denominadas brujas de modo genérico; y al Coro.
La Dido que titula este libro de poesía no es distin-
ta de las mencionadas. Más aún: se trata de la misma.
Mismo drama. Misma pasión y amor y muerte. Misma
consumación en la misma cueva. Mismo amante fugitivo
y misma Roma en el futuro esperando ser fundada.
¿Qué es lo que separa a esta Dido de las otras, entonces?
Además de los siglos, la poesía. Y, con esta, unos elemen-
tos discursivos sutiles donde el rostro de Dido se asoma
refrescado a ver las naves troyanas por el mar del tiempo.
Barce, la nodriza, abre el libro. Con ella se inmiscuye
un elemento social nuevo: la intimidad del poder vista
y enjuiciada por la servidumbre. Los temores de Barce
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son los temores del pueblo ante los cambios que traen
aquellas gentes que hasta el mar ha exiliado.
Barce, quien dice de sí —y nos cuenta—: “mudé tres
veces de patria”. Tal un oráculo barrial, huele la desgracia,
la percibe o directamente la conjura. O todo eso junto.
Entonces reza: “No permitan los dioses alterar nues-
tro olvido”. Como quien ya ha asistido a nacimientos y
muertes y ha visto romperse demasiadas veces el huevo
de la tragedia, advierte: “Y yo me digo que no es bueno
albergar en nuestra casa aquello que se agita”. Proba-
blemente, sea el elemento poético más acertado en esta
nueva versión de Dido, junto con la voz del jovencísimo
Ascanio y el coro de troyanas.
Barce comprende, desde su situación de servidumbre
y nodriza, la bidimensionalidad en que Eneas y Dido se
conectan inmediatamente:
Y ha de ser en ese idioma selecto de los nobles
Que Dido y el extraño se comprenden
O acaso no
Acaso los ligue un dolor oscuro
Una llaga común los asemeje
Y sea ese el idioma en que se hablen
El peligro, la desgracia que presiente, le llega desde
algo que todos parecen olvidar: las barcas que todavía
esperan allá, sobre el mar, es decir, sobre el continente
de lo indeciso:
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Yo no sé
Solo veo que el cielo se oscurece
Y oigo un crujir de maderas que llega hasta el palacio
Cada vez que el viento golpea las barcas
Nadie ha quemado las naves.
Desde esas mismas naves las Troyanas, un coro que
el vaivén del mar ha terminado por llevar a los vaivenes
de la duda, es otra voz nueva en esta tragedia.
Traen consigo sus desdichas y su desamparo, sus te-
mores y sus esperanzas. Y, más que nada, la incertidum-
bre filial.
“Se poblaron de sales los sonidos”, una magnífi-
ca imagen poética en que el gusto y lo auditivo con-
jugan para decir no solo que ya no hay un lenguaje
asido a la antigua patria en tanto esta también es el
territorio, los árboles, sus rocas, la parte de cielo ina-
movible, es decir, lo que se habita con el cuerpo, sino
también que el llanto es la lengua diaria sobre los bar-
cos: mar hacia afuera, la voz donde la patria se corroe,
se diluye, pierde la frontalidad de lo real; mar aden-
tro, donde se hunde la solidez de la patria cada día.
Esta búsqueda de sentido identitario estará entre-
lazada de un modo u otro en cada personaje y pesará
como pesan las grietas en el muro.
La Dido de este libro está contada a través de un coro
de voces femeninas (la única salvedad a ello es la voz
de Ascanio). Emilia Carabajal va entretejiendo en este,
10
su primer libro editado, no solo la historia de una heroí-
na desdichada llamada a ser un escollo entre el héroe y
la grandeza de un futuro imperio, no solo una moneda
de intercambio ni mucho menos la joya que se aparta
con fervor en busca de un tesoro mayor, sino la historia
de las acciones y sus consecuencias en todo el aspecto
social.
Hábilmente la autora ha quitado de la vista a los im-
portunos dioses y sus recelos y camarillas. Apenas se los
nombra para cuestionar su validez:
¿Son nuestros, aún, los dioses?
Se dice que reniegan de las patrias vencidas
Se cuenta que ellos derribaron nuestros muros
Los mismos que habían ayudado a construir
Esto, dicho por las Troyanas, no solo pone en entredi-
cho la filiación divina, sino que también muestra, como
una herida que va camino a la infección, lo que conlleva
de crisis de la identidad: ¿cuán troyanas son sin Troya?
Ese se es uno de los temas centrales del libro: la identi-
dad.
El joven Ascanio, que es tenido por “un niño de agua,
entre los hombres nuevos”, según la mirada de Ana, la
hermana menor de Dido, dice de sí mismo:
Pero yo no guardo de Frigia más memoria que el
[fuego
¿Qué es la patria para mí sino la hoguera que al mar
[me expulsó?
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En esta línea asombrosa las cenizas de la patria hacen
el suelo que solo puede pisar ese “niño de agua” que
bien describe Ana:
Que se duerme al arrullo del oleaje
Y despierta al luminoso llamado del sol
Coronan sus rizos diademas de espuma
Y el esplendor de la arena viste sus miembros
Se interna en las olas
Como quien entra a casa
Y sus pies, habituados al vaivén de los navíos
Pisan temblorosos la firmeza del suelo
La autora escribe de modo contundente esa patria
movediza de cenizas, que son aguas, donde el jovencito
se encuentra atrapado:
Mi corcel galopa
Como ágil navío
Con flancos repletos de ardientes remeros
Y riendas que forman un timón preciso
En su carrera hiero la espesura
Como antes hiriera las rompientes
¿Qué es el monte en que cabalgo
Sino un mar embravecido?
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Las primeras palabras de Dido en este libro, ya en el
segundo canto, sitúan la verdadera dimensión de Eneas:
rey de lo perdido, navegante de lo incierto: “Hay entre
los hombres nuevos / Un rey sin tierra / Habituado al
imperio ingobernable del mar”.
Aun así, esta visión de rey destronado pierde espesor
ante otra que se impone en la palabra de la reina: “Hay
entre los nuevos / Un hombre”.
Un hombre. Que comiencen las danzas y las fiestas.
Todo está dispuesto. Esta Dido, este Eneas, son los mis-
mos de hace siglos atrás. No hay novedad en su historia.
El suceso acá es la pericia poética con que Emilia Carba-
jal recuenta una historia y pone en Dido las aprehensio-
nes aunque ella no se dé cuenta: “Hay en tu suspiro un
rumor de algas”. Ya está la espada que la atravesará, el
fuego en lo alto del promontorio visto desde las naves ya
irretornables. Ya está Roma, incluso.
También está, desde inicio al final, no un acierto poé-
tico, sino un despliegue de potencialidad lírica en el que
cada palabra es una piedra pulida arrojada al río de la
lengua, por ejemplo, esta muestra del atributo poético
del libro:
Los artesanos se aplican al rigor de los cinceles
El bronce adquiere el rostro de un dios
Baste esa muestra. El momento de la consumación en
la cueva, dicho por la boca enmielada de Dido, merece
ser tenido en cuenta como una joya del erotismo sin es-
tridencia. Un línea sutil y perfecta, como una piedra que
se descorre para que salga el río de lo que vendrá.
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Ya todo ha sido consumado, entonces. Ya Virgilio can-
ta una épica. Ya Tate y Purcell escriben y musicalizan una
de las arias más hermosas, “When I am laid in earth”.
Ya Emilia Carabajal torsiona hacia la tragedia, no solo
de una mujer, sino de toda una condición femenina so-
metida a los vaivenes de la política tanto divina como
humana, hasta decirnos que la tragedia amorosa es irre-
ductible a cualquier otro plano de poder. Nos cuenta
Cartago como algo más que un pasaje tentador para el
héroe épico. Cartago es, entre otras cosas, el sitio don-
de las Troyanas desean quedarse. Recuérdese que, en la
Eneida, parte de las mujeres que viajan con Eneas de-
cidirán permanecer en Sicilia, cansadas de dioses y de
obstinaciones épicas. En la versión de Emilia Carabajal,
las frigias dirán: “Nosotras nunca dormimos con un rey”
y “Nosotras nunca hablamos con un dios” (de lo que se
desprende un: “nosotras nunca hablamos”).
La historia de esta Dido se cuenta en la ciudad y desde
la ciudad. La voz de Barce cierra:
Cesen en Cartago los oficios
Guardias
Labriegos
Pescadores
Olviden
Los muros
Los puertos
La siembra
Abandone el mercader la plaza
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El sacerdote el templo
Y acudan a los fúnebres rituales
Es toda una ciudad levantada en duelo. Lejos de las
barcas que ya se hunden en el sueño de Roma.
De los cinco cantos que componen la obra, la reina
aparece dos veces en el II, en un diálogo con Ana, y una
sola vez en cada uno de los restantes, abarcando su inter-
vención casi la totalidad del canto IV y siendo muy breve
en el V. Todo un equilibrio coral donde destaca cada voz
elegida para cantar esta tragedia y la suya propia: Troya-
nas, Ascanio, Barce, Ana. Entre estas dos últimas suce-
den varios diálogos deliciosos, poéticos, perfectos. Vejez
y juventud, experiencia y deseo en pleno encontronazo.
Y, tras la consumación de la huida, piedad y acatamiento,
ternura filial en ambas.
Para cantar una tragedia hacen falta otras voces donde
esta también hace llegar su remo aciago. Emilia Carabajal
lo sabe y ha escrito un libro maduro, coral, potentemente
lírico y poético.
Una gran obra insoslayable.
Jotaele Andrade
15
Emilia Carabajal
Dido
Sometime I was a Trojan mighty Queen:
But Troy is not, what shall I say I am?
Christopher Marlowe
I met a young woman
Her body was burning
Bob Dylan
I
Barce
Amanece
La ciudad se agita
Desde la costa arriban pescadores
Y parten los labriegos a la siembra
Los mercaderes se instalan en sus puestos
Y los colman de frutos
Perfumes
Especias
Los artesanos se aplican al rigor de los cinceles
El bronce adquiere el rostro de un dios
Cartago se alza en edificios nuevos
Construidos por hombres entusiastas
Que orgullosos reciben la aprobación de su reina
¿Quién diría al vernos que fuimos desterrados,
Que eran otras las tierras que labraba el campesino
Y eran otras las maderas que el escultor tallaba?
¿Quién diría de aquel que forja dioses apacibles
“Ese hombre vio las furias de Neptuno”?
¿O de esa mujer que regatea en el mercado
“Ya no verá a su padre
Pues se rehusó a partir”?
¿Quién iría a decir que la reina, que hoy contempla
[la ciudad en su carruaje
Conoce las desdichas del luto
Y la traición fraterna?
21
¿Quién diría que yo, Barce,
Mudé tres veces de tierra
Y en la primera abandoné mi libertad?
¿Se adivina acaso, por mis gestos, que un hombre
Que no es hijo de mi estirpe pero sí de mis desvelos
Yace en un rincón incierto de mi segunda patria?
Nadie dirá tales cosas de nosotros
Nadie siquiera ha de recordarlas
Esta es ahora nuestra tierra
Estos sus frutos
Este el rostro afable de los dioses
Que contemplan aquiescentes
Las calles bulliciosas
Los templos donde se alza el olor del incienso
El mercado al que acude el pescador
Que retorna de la playa
Y refiere las visiones de un naufragio
Y exhibe vestigios que llegaron a las costas
Peplos impregnados de aromas oceánicos
Metales despojados de su empuñadura
El bronce en que se borra el semblante de un dios
Los curiosos se agolpan en torno a aquel hombre
Que gesticula y señala la orilla distante
Donde el mar replica el incendio de la Aurora
Y un estrépito de voces invade el aire de Cartago
Yo rehúyo a conjeturas y rumores
Pero elevo una plegaria silenciosa:
No permitan los dioses alterar nuestro olvido
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Troyanas
Enfurecieron los dioses
Dicen que ellos partieron los remos
Rasgaron las velas
Quebraron el timón
Dicen que ellos hundieron nuestras barcas
Y que ellos a esta orilla las trajeron después
¿Son nuestras, aún, las barcas?
El mar las despojó de su aroma boscoso
Aquel que exhalaban los leños que cortamos
El día en que los dioses nos urgieron a partir
Nuestra ciudad ardía
Y con ella sus templos
Las calles
El bastión
La patria era una pira irreversible
Que nos empujaba a los navíos
Que aún desconocían los vaivenes del mar
Y olía nuestra carne al humo de los nuestros
Y olían nuestras barcas a los campos de Ilión
Pero el agua se llevó
Aquel rastro de frutas
De incienso
De hierbas
De olivo
De miel
23
El mar borró todo vestigio de la tierra
Toda huella de pájaros
De savia
De flor
Y olvidó nuestro idioma la plegaria de la siembra
Y olvidaron los troncos el sostén de la raíz
¿Hablamos, aún, nuestro idioma?
Es extraño el acento
Con que cantamos estas cosas
Se poblaron de sales los sonidos
Y hay palabras que es difícil pronunciar
Árbol
Camino
Frontera
Insecto
Recodo
Trigal
Y los niños aprenden canciones en los puertos
Y los viejos no saben qué quieren decir
¿Cómo hablar con los muertos ahora?
¿Cómo a nuestros dioses elevar oración?
¿Son nuestros, aún, los dioses?
Se dice que reniegan de las patrias vencidas
Se cuenta que ellos derribaron nuestros muros
Los mismos que habían ayudado a construir
Y cargamos los frigios con sus ritos y su furia
Con su imagen arribamos a ciudades hostiles
Con sus aras nos hundimos hasta el fondo de la sal
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Dicen que por ellos dimos en Cartago
Y por ellos su palacio se abrió a nuestro rey
Dicen que por ellos daremos las troyanas
Hijos que recreen la gloria de Ilión
¿Somos, aún, troyanas?
El fuego consumió nuestros hogares
Y en ellos el tálamo
Los enseres
El altar
¿Somos, aún, troyanas?
El mar despojó nuestro paso
Arrastró nuestros símbolos en la rompiente
Estrelló entre las rocas nuestro orgullo imperial
El mar nos trajo hasta las costas de un pueblo
Que se yergue entero sobre el cuero de un buey
Se aquietaron los dioses
No sabemos por cuánto
No sabemos qué abrupto designio
Nos condujo a la tierra
Ni cuándo ha de ser imperioso zarpar
Entretanto cantamos
Pisamos la arena
Escuchamos un grillo
Nos da sombra un laurel
Y el mar se aletarga como un monstruo antiguo
Y en su lomo las barcas parecen dormir
25
Barce
Oscurece en Cartago
El viento arremete
Llegan de las calles los pasos y las voces
Y dentro del palacio se alza un rumor
Son los nuevos
Aquellos que hoy dejaron sus navíos en la orilla
E irrumpieron en el templo
Aquellos que hablan una lengua ignota
La reina los oyó
Cual si entendiera
Aprobó sus razones
Y ahora ofrece un banquete en honor a su rey
Y por él los esclavos escancian el vino
Y por él los sacerdotes iluminan los altares
Ante él brinda sus frutos esta ciudad nueva
Y él habla
Despliega su oratoria
Que mi ama apenas parece descifrar
Pero hay algo que entiendo
Por más que procure mostrarse imperturbable
Hay visiones que lo asaltan como hachazos
Palabras que lo queman
Y yo me digo que no es bueno albergar en nuestra casa
[aquello que se agita
No es sensato abrir la puerta a los incendios
26
Dido observa a su huésped
Por él levanta la copa
Y ella, reina desterrada, llora el destierro de otro rey
Es extraña la suerte. Hay a quien la tierra de otro depara
[servidumbre
Y hay quien recibe laureles al llegar
Ha de ser que los reyes se distinguen aun en los
[naufragios
Que su estirpe se conserva en el exilio
Y por ello unos a otros se agasajan
Y ha de ser en ese idioma selecto de los nobles
Que Dido y el extraño se comprenden
O acaso no
Acaso los ligue un dolor oscuro
Una llaga común los asemeje
Y sea ese el idioma en que se hablan
Yo no sé
Solo veo que el cielo se oscurece
Y oigo un crujir de maderas que llega hasta el palacio
Cada vez que el viento golpea las barcas
27
II
Dido
Hay entre los hombres nuevos
Un rey sin tierra
Habituado al imperio ingobernable del mar
Es el remo su cetro
De sal su corona
Es de peces el tributo que su pueblo le brinda
(¿Has visto, Ana?
Un manto de algas lo cubría después de su naufragio
Y se aferraban caracoles a sus rizos)
Su pueblo, como el nuestro, partió de Asia
Y dejó allí telas, especias, perfumes
Allí olvidó estepas y colinas
Su pueblo y el nuestro huyeron del suelo que labraban
Y erraron en los infinitos círculos de este mar cerrado
Donde se vierten sus historias y sus muertos
(¿Oíste, Ana?
Contó su historia de agua y de fulgores
En esa lengua que conocemos poco
Y nos trajo destellos de un mundo distante)
Sus muertos le hablan a veces
Como los nuestros
Sin que haya tumba en que llorarlos
Los muertos son una sombra incandescente
La sangre de una afrenta que ya no hemos de vengar
29
(¿Recuerdas, Ana?
En Tiro dejamos a Siqueo
Después que en sueños se me apareciera)
Hay entre los nuevos
Un hombre solo
Cuyo tálamo asolaron los ultrajes del fuego
Su tálamo
Como el mío
Abriga recuerdos de un pasado inasequible
Antes que promesa de futuros placeres
(¿Sabes, acaso, Ana
Cómo he de conciliar mis votos al difunto
Con el clamor impetuoso que en mi sangre anida?)
Hay entre los nuevos
Un hombre
Su sangre, como la mía, es una llama
Que a él mismo lacera
Ana
No persistas, hermana, en tus recuerdos
Cuando la vida se impone con el brío del mar
¿Por qué te empeñas en que perduren
Palabras que tú misma te impusiste
Para agradar a los muertos y a los dioses?
El tiempo y la palabra pertenecen a los vivos
Ni a las deidades inmortales
Ni a los hombres difuntos
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Dar promesa a estos es hundir luciérnagas en un abismo
Jurar ante aquellas es lanzar cenizas contra el sol
¿Quién sabe, hermana, si te escuchan?
¿Quién sabe, amiga, si te entienden?
Observa, más bien, este mundo desbordante
Que palpita de urgencias
De hermosura
De desvelos
¿Has visto, acaso?
Hay entre los hombres nuevos
Un niño de agua
Que se duerme al arrullo del oleaje
Y despierta al luminoso llamado del sol
Coronan sus rizos diademas de espuma
Y el esplendor de la arena viste sus miembros
Se interna en las olas
Como quien entra a casa
Y sus pies, habituados al vaivén de los navíos
Pisan temblorosos la firmeza del suelo
Aun así, la tierra lo recibe complacida
Y pareciera ablandarse al compás de sus plantas
Se abren las ventanas de Cartago
Y asoman miradas expectantes
Que procuran descifrar su misterio de niño
Y escrudiñan sus ojos
Que vieron bajo el mar lechos de estrellas
Flores marinas
Bosques sombríos
31
Se agolpan tras las puertas oídos intrigados por el
[graznido oceánico de su voz adolescente
Que guarda el estrépito de las tormentas
Junto al silencio pétreo del coral
Se colman las calles de manos que se afanan en rozar
[el oro lánguido de sus dedos
Diez espigas serpenteantes consagradas al sol
Ajenas a la tierra y sus oficios
No insistas, hermana, en prolongar tu infortunio
Hoy nos llama a las dos la misma estirpe
Deja que Asia renazca en costas nuevas
Permíteme olvidar los rigores del exilio
Y conocer las dichas del himeneo
Ya hizo suyas mi niñez tus desventuras
No impongas a mi cuerpo de muchacha
Tu obstinación por viejos sufrimientos
Ascanio
Dice mi padre que Ilión fue más hermosa
Que eran raras y altivas las puertas de sus muros
—Aquellos que los dioses supieron levantar—
Que las lenguas más antiguas se mezclaban en el puerto
Y en las plazas relucían las glorias de Asia
Que mil telas voluptuosas cubrían el mercado
Despertaban los templos al sonar de las liras
E impregnaban los altares delicados inciensos
32
Que guardaba el palacio el vigor de cien príncipes
Ataviados en ricos mantos de púrpura
Y prosternados ante el trono de un rey venerable
Dice mi padre que Ilión fue más hermosa
Y acaso sean ciertas sus palabras
Pero yo no guardo de Frigia más memoria que el fuego
¿Qué es la patria para mí sino la hoguera que al mar me
[expulsó?
Y es en cambio Cartago la que del mar me libera
La que abre los portales de sus frescas murallas
Que recios albañiles aún han de extender
Es aquí donde resuenan los idiomas del Sur
Es aquí donde convergen los misterios de África
Aquí exhiben los tenderos las pieles de mil bestias
[prodigiosas
Aquí el puerto se agita al compás de tambores forasteros
Aquí hay resinas agrestes con que los dioses se perfuman
Es Cartago la ciudad que pone fin a mi destierro
Y me invita a las cámaras reales
Donde alaba mi porte una joven princesa
Y una reina me estrecha contra el ligero vestido
Dice mi padre que Ilión fue más hermosa
Soberbia y memorable
Y yo, acaso, debiera creerle
Dido
Que esta noche
En Cartago
Todos duerman
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Descansen los hábiles constructores
Cesen en su acopio mercaderes
Depongan su vigilia los guardianes
Que nadie presencie mi extravío
La oscuridad mis pasos aligere
Dispensándome de títulos y emblemas
Es curioso errar en la ciudad que mi deseo ha levantado
(¿Fui yo, acaso, quien urdió este laberinto?)
Forzoso es mi desvelo
Preciso es que me pierda
Es un nombre el que me priva del sueño y de sus dones
Un nombre me impulsa a fatigar las calles,
Como si en él se cifraran los arcanos que me ciñen
Y nombrándolo conmigo también diera
Lo pronuncio
Otra vez
Fulgura en la noche su acento peregrino
Mas no por eso su misterio se revela
Preciso es conducirme a los portales del templo
Aquí, ante el fuego consagrado a las deidades,
He de ofrecer mis sacrificios
Con que espero deshacer los votos que me ligan
[al que me fue más próximo
Y descifrar el sino que me une a un desconocido
Acepten los dioses este cordero
Sus miembros blandos
La perpleja tensión que los asalta
Cuando el metal presienten
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Escuchen los dioses
Su alarido
Y el silencio estremecido que le ha de suceder
Reciban su herida fresca
Rebosante
Espejo del mundo
Y su manar perpetuo
Y así como el grito en silencio deviene
Y así como la muerte se hace ofrenda y alimento
Es justo que mi suerte también mude
Concédanme mis palabras de otrora
Y alumbren las entrañas de la bestia
Para en ellas leer lo que a dos hijos de Asia el hado nos
[reserve
Pero es intrincado el camino de la sangre
Corre hacia dentro su maraña oscura
Su río feroz y minucioso
Su cauce diverso y palpitante
Mas apenas se lo puede vislumbrar
Pues si el vértigo sutil de su periplo se cercena
Entonces se desboca
Se vuelve escurridiza
Y da rápido en el suelo donde se torna espesa
Es la sangre un misterio que se rehúsa a hablar
¿Cómo entender los signos que presagia?
¿Cómo saber lo que adelanta
Un cuerpo destinado a la agudeza del puñal
Y la avidez del fuego?
¿Qué hacer, entonces?
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Solo resta contemplar la extinción de la carne
Al mismo tiempo que la noche empalidece
Y recibir el alba como otra incertidumbre
Solo resta actuar a tientas
A la caza de una fiera trashumante
Que esta aurora
En Cartago
Nadie observe
Que finja disimulo aquel guardián que ha visto
Vagar a su reina por la urbe
Con el peplo ensangrentado
Y vencida por el alba
36
III
Ascanio
Galopan los corceles
Se pierden en el bosque
Y dejan en el aire su relincho
Galopan
Retumban en el monte sus cascos
Como címbalos
Dan voces sus jinetes
Si alguien pregunta qué he visto en Cartago
Diré:
“Vi sus playas abrirse a mi naufragio
Vi muros que se alzaban con el día
Vi una reina llorar desde su lecho
El incendio de mi patria
Y vi también diestros cazadores
Que huían de la lluvia”
Yo, en cambio, desdeño los refugios
Pues ya he visto el ímpetu del fuego
Y ya conozco el rigor de la intemperie
Mi corcel galopa
Como ágil navío
Con flancos repletos de ardientes remeros
Y riendas que forman un timón preciso
En su carrera hiero la espesura
Como antes hiriera las rompientes
37
¿Qué es el monte en que cabalgo
Sino un mar embravecido?
Galopo
Me aferro a mi corcel encabritado
(Es ola despeñada su descenso)
Y place estremecerse a la par de sus ijares
Cada vez que en su lomo reverbera
El estrépito del suelo
Dido
¿Con qué nombre, extranjero, he de llamarte?
Pronuncio con torpeza unos sonidos
Y dudo de que en ellos te reconozcas
No sé cómo has de entender esto que digo
Ni qué palabras esta lluvia te recuerde
¿Acaso hay una con que evoques
El murmullo tenaz de su caída
Y el impacto minúsculo
Fatal
Contra la roca?
¿Acaso hay otra con que digas
El perfume de su enlace con la tierra?
(No lo sé)
Es tu lengua un misterio que te envuelve
Como envuelve la oscuridad a esta gruta
Y es a tientas que te llamo
Como es a tientas que tus manos me descubren
¿Cómo es, forastero, que me nombras?
38
Es tu voz un ópalo que irradia destellos inasibles
Hay en tu suspiro un rumor de algas
Un vaivén de espumas
Hay un pájaro que se alza voraz en tu gemido
Hay en tu garganta una fragua enceguecida
Y es orden
Y súplica
Y ofrenda
El grito en que te pierdes
¿Qué llama de Ilión resplandece en tu quejido?
¿En qué mar aprendiste el nombre que me otorgas?
Callas
Anochece
No persisto en mis preguntas
Necio es pretender que des respuesta a tu misterio
Cual si yo conociera las brasas que me forjan
Yo, forastero, ignoro el abismo en que se gestan mis
[rompientes
Tanto como el fondo de esta gruta
Yo no sé qué palabras digo
Ahora que me olvido de mi nombre
En el incendio común que nos traspasa
Es poco, en fin, lo que sabemos
Tal vez, hermoso mío, no haya más certeza que esta lengua
[que inventamos
Este arrullo indescifrable que nos nombra para siempre
Justo antes de perderse en la tormenta
39
Ana
Escampa
Enmudece el trueno
Vencido por el canto de los labradores
Se impregnan de sol los olivares
Y reanudan las aves sus cortejos
Se aparta el manto gris que nos ceñía
Y tras las nubes disipadas
Cartago se descubre
Casas
Palacios
Altares
A lo lejos el bosque
De allí vienen presurosos los jinetes
Los precede un dulcísimo rumor
No es completo su retorno
El monte guarda aún dos cazadores
Ajenos a la dicha inesperada
Que en otros amantes
Su unión prodiga
Es esta, nodriza, la hora de los goces
Que hasta hoy me han sido esquivos
Ya se acerca
Ya viene
Gracioso efebo ondeante en su corcel
Y ya es palpable la ventura de tan próxima
Y sus manos, de tan deseadas, ya son mías
40
Barce
¿Qué prodigio, doncella, albergas en tu pecho
Para creer concluidos los dolores que aún te asedian
Y pensar triunfante el goce que vislumbras?
¿No han sido tus pies los que pisaron esta tierra
Cuando nos era hostil?
¿No durmió tu cuerpo a la intemperie
Mientras la ciudad se construía?
¿No sintió tu corazón
La traición del hermano
El súbito abandono de la patria?
¿No vieron tus ojos
En la precipitada fuga
Las olas encresparse?
Han de ser nobleza y juventud dulces embrujos
Con que ocultar al alma verdades ya aprendidas
¿Ignoras, princesa, que son frágiles las horas
Y una sola es concluyente
Que son más las de infortunio
Y que el goce es más bien un instante
Una cumbre que a sí misma se despeña?
Ana
Han de ser vejez y servidumbre agrios venenos
Que inducen a elucubrar penas futuras
Si con temple has soportado
Más pesares que los míos
¿Por qué esta cobardía adelantada
Cuando asoma al fin un buen augurio?
41
Es innoble, anciana, ser valiente solo en la desdicha
Ve a palacio a anunciar las dobles nupcias
Y regocíjense teucros y fenicios
Ve
No demores el recado
Un corcel se aproxima
Y su jinete me nombra
Barce
Sería innoble, muchacha, alabar lo que no veo
Y afirmar por complacerte que hay presagios dichosos
En la tarde escampada
Sube tú, que sí los ves, al corcel de tu mancebo
Yo obedezco tu orden
Mas no pidas que calle lo que sé
Ora escampa, ora oscurece
Es tan mudable el sol como las nubes
Y el cielo mismo parece amenazado
Ascanio
Ana sabe que yo conozco el mar
Se lo conté esta tarde
Le dije:
“Cuando era pequeño
Me durmió Neptuno
Me bañaron las ninfas
Proteo me arropó
Me asomé a las proas
Corrí entre los muelles
Confié mis secretos a las caracolas
42
Me alumbraron medusas
Me arrullaron nereidas
Me alimenté de peces que me obsequió Tritón
Me asustaron los pulpos
Me espantaron sirenas
Me visitaron ahogados a la hora de dormir
Vi en los puertos hombres vendidos como esclavos
Vi al mar tragar un barco y escupir despojos
Oí bestias antiguas aullar de soledad
Cuando crecí
Me hundí en las aguas
Y en el fondo azulado abrí los ojos
Las grutas y los monstruos me miraron
Me ungieron las algas
Me perfumó la sal”
Ana comprendió
Aceptó mi olor oscuro
No la asombró la aspereza de mis manos
Ni el ronquido que a veces se me filtra en la voz
Ana es como yo
En su voz también hay viajes que emprendió por otros
También canta en lenguas que no entiende
Himnos que el exilio le enseñó
Una tarde Ana desatará sus trenzas
Su piel promete
Bosques
Campos
Senderos
Cosas que no tuve
Todo lo que existe
Distante del mar
43
Troyanas
Esta es la tierra
No importa el augurio que los profetas vaticinen
Ni la gloria distante que los dioses nos reserven
Es aquí el suelo
Aquí la hierba
Aquí el trigo y la amapola
Es aquí su oscura firmeza
La humedad fructífera
El rumor de las especias
Aquí la siembra y su canto impostergable
Cuando broten las semillas que nos dio el bosque frigio
Y Cartago se impregne de nuestros aromas
Es esta la tierra
¿Qué adelanta el sino que los vates le consagren
O el periplo que los reyes nos impongan?
Es aquí la piedra y su cerrazón impenetrable
Es aquí la sangre espesa de la arcilla
El oro volátil de la arena
Aquí los niños hundirán los pies en el dúctil corazón del
[barro
Y aquí nuestras manos fatigarán la cerámica
Hasta dar en el ánfora que la habita
Aquí los hombres más recios han de abrir las montañas
Para extraer frutos subterráneos que doblegarán al fuego
44
Aquí los más piadosos han de surcar los campos
Para enterrar los muertos
Y resguardarlos del mundo
Y sus vaivenes
La tierra es esta
No importa el límite que se dirima en las batallas
O en los acuerdos de los nobles
Es aquí la inmensidad de los trigales
Agitadas crines de un corcel dorado
En que el viento galopa
Aquí el silencio infinito de la piedra
Aquí el brotar irrefrenable de las amapolas
Es grande nuestra tierra
Han de caber todos los muertos
Incluso aquellos con que sembramos el mar
Entonces la dicha irrumpirá en un aire transparente
Y un verde hipnótico nos concederá el olvido
Esta, hermanas, es la tierra
Desoigan las prédicas
Los himnos
Ignoren los títulos con que los sabios la invistan
Son las manos que la siembran
Las que sabrán su nombre
45
IV
Ascanio
¿Sabrá ella que yo conozco el fuego?
Un día iba a contarle
“Esa noche, en Ilión, me despertaron las llamas
Era pequeño y no sabía hablar
Pero entendí lo que las llamas me decían”
Y ella, reclinada, me miraría desde el lecho
Jugaría entre sus manos con la copa de vino
Me pediría, curiosa, que contara más
Entonces diría
“Esa noche, en Ilión, me iluminó un rayo
Era pequeño y mis miembros, frágiles
Pero ese rayo me encumbró de luz”
Y ella, admirada, contemplaría mi rostro
Tantearía mis rasgos buscando destellos
Reclamaría, ávida, que dijese más
Entonces diría
“Esa noche, en Ilión, murió mi madre
Era pequeño e ignoraba la muerte
Confiaba en que mi madre fuese a volver”
Entonces ella evitaría mirarme
Haría a un lado la copa de vino
Ya no querría oír
Barce
No creas que me place
Ver mis conjeturas realizadas
Querría más bien que fuese tuya la jactancia
47
Y cabalgaras a la grupa todavía
Pero las barcas se aprestan en las costas
Sabe, al menos, que no es él quien lo dispone
Y encuentra en ello algún alivio
Ana
Exiguo es el consuelo que sugieres
Poco importa que aborrezca el paternal designio
Cuando en su pecho la sumisión se impone
¿Por qué no alza su vigor contra la estirpe?
¿Por qué no irrumpe su corcel como una antorcha
Y arrasa tiendas y navíos?
¿Por qué no traspasa los muros de Cartago
Cual si vengara el destino de Ilión?
¿Por qué no burla guardias y portales
Y acude hasta mi lecho?
Barce
No demandes un arrojo que tú misma no ostentas
Tantos pasos lo alejan del palacio
Como te apartan a ti de sus bajeles
E iguales reparos los asaltan
Quien franquee las puertas de Cartago
Renuncia a su linaje
Y al trono que este le reserva
A la par que torna desdichados los días venideros
De aquel que en la niñez lo protegiese
48
Son oscuros los lazos que nos ligan a los nuestros
Tumulto de nombres y de sangre
Que a pocos es dado deshacer
Ana
Sea la obediencia nuestra falta
Secunde él a su padre en la conquista
Conforte yo a mi hermana en la tristeza
Marchen los navíos hacia el Norte
Y olvide Cartago
El estrépito que estos días la habitase
Retorne mi efebo al oleaje que antes lo arrullara
Y recíbanlo al anclar las costas nuevas
Relumbren para él todos los templos
El Tíber y su cauce enrojecido
El fuego inextinguible de la guerra
Ya se marcha
Incansable jinete de la espuma
Es el barco en que navega
Un corcel que se aparta
Y es el mar que arremete
Un monte enfurecido
Troyanas
Arráiguese a Cartago el pensamiento
Cuando seamos de nuevo cautivas del mar
Perduren la fragancia de los campos
La apacible visión de sus colinas
La recta gallardía de sus torres
49
Perdure el regocijo de la siembra
¿Por qué este rey que el exilio ha coronado
Persiste en refundar un imperio que él nunca gobernó?
¿Por qué se afana en llevarnos consigo?
¿Por qué nuestros hombres le obedecen?
Ellos nos acucian a levantar las tiendas
Apilar los enseres
Racionar el alimento
Ellos nos urgen a retirar el polvo
De las viejas estatuillas de los manes de Ilión
(Qué extraños los rostros se descubren)
Ellos nos instigan
A entonar canciones
Que exalten las glorias del reino perdido
Y auguren los triunfos del que hemos de alzar
Insensato es su pedido
¿Cómo hemos de cantar a tierras tan difusas
Cuando el unánime oleaje nos vuelva a ceñir?
¿Por qué se empeñan nuestros hombres en llevarnos?
¿Por qué insistimos en obedecer?
Querríamos, más bien, que un fuego piadoso asolase los
[navíos
Y nos dispensara de zarpar
Dido
Que Italia es tu patria, me dices
Que allí te aguardan las colinas del Lacio
Los campos de olivo
Las costas espejadas del Tirreno
50
Que allí desposarás a una princesa
Que allí has de volver a empuñar la espada
Dices, Eneas, que Italia es tu destino
Que esa tierra de imperios venideros
Que han de poblar césares
Y vates memorables
Es la que debes a tus vástagos
¿Eres tú, Eneas, quien lo dice?
¿O es la divinidad que ayer te visitara
Ese dios obsecuente
Que siempre cumple los encargos
Que otra deidad le ordena?
Han de ser de ese dios subalterno las palabras
Que inspiran las tuyas
Que Troya es tu patria, me dices
Que allí impulsaron tu barca las aguas del Helesponto
Que allí desposaste a una princesa
Que allí empuñaste por primera vez la espada
Dices, Eneas, que Troya es tu anhelo
Que ese imperio de glorias evocadas
Es el que debes a tus manes
¿Eres tú, Eneas, quien lo dice?
¿O es tu padre, al que otrora cargaras
Ese pastor jactancioso
Que amó a una diosa
Y que hoy descansa solitario en las costas de Sicilia?
Ha de ser de este anciano la nostalgia
Que inspira la tuya
Dices, Eneas, que en los navíos
Has de llevar tus lares
Para construirles sagrarios en Italia
51
Y elevar plegarias
Y ofrecer sacrificios
Que así has de culminar, hermoso mío
El círculo de tu estirpe
Y nacerá un hijo de tu sangre
En la tierra de tus ancestros
¿Eres tú, Eneas, quien lo dice
O es acaso ese poeta laureado
Aquel que nos consagra a un imperio futuro
En una lengua que los dos desconocemos?
Ha de ser de este funcionario elocuente
La dialéctica que inspira la tuya
Callas ahora
Los dioses te han hecho juicioso
Y rehúsas, por tanto, malgastar tus palabras
Sabes bien, hermoso mío, que no podría creerte
Podrá acaso el poeta imperial
Ese que sentirá la patria como un suelo firme
Como el centro expansivo de una conquista irrevocable
Que abarca a vástagos y ancestros
Él ha de complacerse ante tu doble devoción ciudadana
A él ha de contentar tu obediencia a dioses y difuntos
Él, hermoso mío, nunca ha de conocerte
Él no ha de recibirte en tu zozobra
Ni ha de velar por tu sueño intranquilo
Él no sabrá de las febriles visiones que lo asaltan
Fui yo, ingrato mío, quien te ofreció un palacio
Cuando las olas te privaron de tu porte de rey
Si a tu sueño retornaban las hogueras de Ilión
Era yo quien procuraba disiparlas
52
Yo adiviné en tus brazos las fatigas de los remos
Y te brindé mi alcoba para que reposaras
Sin importar que le infundieras tu esencia salobre
Esa tristeza oceánica que exhalan tus ropas y tu pelo
Era yo quien te estrechaba
Aunque en tu abrazo presintiese el estupor de los
naufragios
Y en tus gemidos la queja inagotable del mar
Yo, Dido, y no el célebre lombardo
Me abrí a los rigores de tu exilio
Y vi en ellos un espejo invertido de mi suerte
¿Qué son los mares estériles que surcaste
Sino hermanos húmedos de mis desiertos?
Y es por eso, hermoso mío
Por haber palpado la extensión y la hondura de tu pena
Que no puedo creerte
¿Cómo consentir en que es tu patria
Una región ignota
Donde te esperan cien tribus hostiles?
¿Cómo admitir, ahora que una tierra te cobija
Que reanudes los suplicios del mar y de la guerra
Por designio inescrutable de los dioses?
No hallo más que insensatez en tu obediencia
¿Acaso una patria se designa?
¿Qué saben los dioses de la patria?
Ellos existen sin apremios
Ajenos al tiempo y sus vejámenes
53
¿Qué ha de señalarles el límite de un suelo?
A ellos les fue dado
Surcar cielos y países
Y adoptar otras voces y otras pieles
Ser niño
Anciano
Suplicante
Volverse toro
Cisne
Lluvia
Has de saber, Eneas
Que la patria es dominio de los hombres
¿Qué es la patria sino un báculo
Donde apoyar la vejez
Y el dolor de ser uno
Y de perderse?
Podrá ser nuestro báculo el cetro que te extiendo
Por él han de ser tuyos mis dominios
(Esos que gané con jirones de cuero)
Y allí has de aquietar tus barcas y tu sangre
¿Cómo concebir que desdeñes tal amparo
Y retomes tu martirio de aguas y contiendas
Por decreto inexpugnable de tus muertos?
Señal de desquicio es que lo acates
¿Acaso una patria se decreta?
¿Qué saben los muertos de la patria?
Ellos olvidaron la acechanza de la duda
Ajenos al devenir y sus desmanes
¿Qué ha de serles el nombre del suelo que los cubre?
Les fue dado prescindir de fronteras y palabras
54
Y habitar el silencio rotundo de las cosas
Ser tierra
Piedra
Ceniza
Volverse árbol
Sombra
Viento
Has de entender, Eneas
Que la patria es asunto de los vivos
¿Qué es la patria sino un lecho
Donde aliviar la inquietud
Y la costumbre de esperar
Y preguntarse?
Fue nuestro lecho la gruta que habitamos
Ungidos de deseo e intemperie
Iguales a las bestias en la cópula y el miedo
Yo te obsequio, Eneas, aquel recodo umbrío
Pero rechazas mis presentes
Reniegas por igual de cetro y gruta
E invocas frente a ellos un destino mayor
Trazar el surco con que unir dos patrias imperiales
Retornar tu sangre a su cauce inaugural
¿Eres tú, Eneas, quien lo dice?
Comprenderás, hermoso mío
Que no puedo creerte
Sabes bien que no existen las patrias que celebras
¿Qué es Ilión más que las urnas de tus lares?
¿Qué Italia, más que los grabados de un escudo
Que un dios renco ha de forjar?
55
Sabes también, aunque lo niegues
Que un azar antiguo nos dispersa
Y nos priva de origen y destino
¿Dónde fijar el inicio de un linaje? ¿Dónde su meta?
Es incesante el periplo de los hombres
Maraña insondable
De senderos
Y puertos
Y riberas
Podrán ignorarlo algunos
Los que no huyeron de su solar derrotado
Pero tú, aunque te empeñes, no has de olvidar
Aquello que el exilio nos enseña
Son frágiles las patrias
No hay suelo firme y triunfal que nos aguarde
No hay imperio que no se desvanezca más presto que una
[gruta
Ni se deshaga en menos jirones que una tela
Hemos de cargar esta verdad como una herida
Más íntima que todos los ultrajes
Llaga secreta con que el mar nos horadó
Has de saber, hermoso mío
Que aunque partas
Y navegues
Y luches
Y conquistes
Nunca habrá patria más cierta
Que una cueva
Y que has de constatar tu exilio imprescriptible
Cada vez que vislumbres
La breve majestad de las rompientes
56
V
Ascanio
Dice mi padre que me ama
Que procura mi gloria
Que por mí reemprende el camino del mar
(Dice esto y prepara las barcas
Consulta designios
Rechaza a una mujer)
Dice mi padre que está en deuda conmigo
Que ha de retribuirme la ciudad que perdiera
Que por eso las armas vuelve a blandir
(Dice esto y alza las velas
Suelta amarras
Sujeta el timón)
Dice mi padre que en mí confía
Que espera que venza pueblos enemigos
Y me brinda la espada que he de empuñar
(Dice esto y las naves se adentran
Se encrespa el oleaje
Se ve amanecer)
Dice mi padre que me ama
(Dice esto y yo quisiera agradecerle
Perdonar sus deudas
Alabar su intención)
(Dice esto y yo quisiera doblegar las barcas
Retornar a tierra
Olvidar el mar)
57
Troyanas
El viento sopla. Amanece
Llegan rumores del navío del rey
Un dios en sueños le ordenó nuestra partida
Y él, piadoso, se dispone a cumplir
Por eso los hombres cargan los navíos
Mas blanden las armas
Prestos a atacar
Temen los hombres la furia de Dido
Dicen que acaso incendie nuestras barcas
Y en las frigias maderas se reanude Ilión
(Dicen los hombres que el delirio la acecha
Desdeñado por Eneas su lecho nupcial)
Es por eso que se alinean raudos los remeros
Se alistan los jefes
El sacerdote descifra las entrañas de un buey
(Dicen que la reina desgarró su peplo
Destrozó sus trenzas
Los ojos inyectados de sangre real)
Nosotras entretanto llenamos las ánforas
Dispensamos ungüentos
Hacemos dormir
Nosotras arropamos a los niños que lloran
Cuando sienten que el navío empieza su vaivén
Son muchos los niños
Los concebimos en las barcas
Sobre el piso impregnado de polvo y alquitrán
58
(Nosotras nunca dormimos con un rey)
El viento sopla. Los navíos zarpan
Las proas reabren las heridas del mar
(Dicen que yacieron los dos en una gruta
Empapados de lluvia y de regios humores
Semejantes a las bestias que intentaban perseguir)
Nosotras entretanto ajustamos vendajes
Remendamos telas
Amasamos pan
Nosotras calmamos a los viejos que gimen
Cuando entienden que al cabo la flota zarpó
Son pocos los viejos
Nosotras los velamos en las barcas
Cerramos sus párpados
Para que no los perturben los monstruos del mar
(Nosotras nunca hablamos con un dios)
El viento sopla. La tierra se aleja
El humo se eleva sobre el cielo de Cartago
Y trae un olor a incienso de pira real
Dido
Yo te maldigo, Eneas
Yo, que supe erigir una ciudad
Y hoy reino en una pira
Que enseñoreé un trono de oro y púrpura
Y hoy me encumbro en el lecho de un himeneo adelantado
Que ostenté un cetro
Y hoy empuño la espada que me diste
Yo te maldigo
59
Pronto he de hundir, por primera vez, el filo
Quemarán después mi cuerpo en este túmulo
Una combustión de carne y de maderas
Se esparcirá sobre Cartago
Si en el mar vuelves la vista
Divisarás la hoguera
Que acaso a la de Ilión te rememore
No desdeñen tus ojos tal visión
Este fuego también te pertenece
Aquí, como en Asia, han de quemarse
Tus armas y tus ropas
Un lecho en que has amado
Una mujer con que has yacido
Dejas aquí también, ingrato mío, una amada espectral
Ve a la popa a contemplarla
¿Vislumbras acaso
Las fúnebres guirnaldas que la adornan
Sus trenzas deshechas
Su peplo desceñido?
¿Adivinas acaso
Que aún antes que el frío de la espada la recorra
Anuncian sus ojos el abismo despeñado de la muerte?
Ya no pido que retornes
Ajeno es para mí cualquier deseo
Se han retirado de mí todas las cosas
Y nada me habita más allá de tu desprecio
Aunque tus naves volviesen a estos puertos
Aunque tú mismo a este lecho regresaras
60
No por ello cejaría mi dolor
Es tu ofensa un golpe irrevocable
Que torna irrisoria toda dicha
¿Cómo he de jactarme de las altas murallas de mi reino
Cuando ellas observaron indolentes tu arribo y tu partida?
¿Cómo solazarme en recuerdos
Que presagian la traición?
¿Cómo confiarme a los dioses que premian tus ultrajes?
¿Cómo he de amar
Al mundo
Y a las cosas
Si el que ayer me amó
Tiene a bien negarme?
Es cruento tu abandono
Cual las verdades que revela
No es la ternura prenda compensada
Mas depara glorias la perfidia
¿Dónde aprendiste, ingrato, esas lecciones
Para enseñármelas a mí con tal rudeza?
Acaso seas un discípulo ejemplar de tus rivales
Esos que tú, ingenuo como Dido, ingresaste a tu reino
Esos que forzaron tu huida
Súbita y fulgurante
Como la que hoy emprendes
Ten presente, hermoso mío
Que esta vez tu mano encendió la llama
La encenderás también en los suelos del Lacio
Donde has de irrumpir, soberbio argivo
Reclamando el amor de una princesa
Y por ti han de ser luctuosos los días postreros de ancianos
[venerables
61
Por ti han de cesar para el labriego las delicias de la paz
Por ti han de perecer jóvenes insignes
Consagrado su vigor a las piras tumultuosas
Al mar lanzo, forastero, mi condena
Has de cargar para siempre
Por esta carne en que tu acero se abre paso
Con el incendio que de Troya te expulsara
Sea tu pecho una lumbre infatigable
Sea tu estirpe de brasas y de afrentas perpetuo sucederse
Sea tu vida
Por esta sangre que impregna mis manos y tu espada
Una fuga aun en el reposo
Y en las barcas
Y en las tiendas
Y en el lecho
Y en el trono
La misma herida haya de acecharte
Llaga que abrieron en Ilión teas hostiles
Salada eternamente por el mar
Ana
¿Qué flor alucinada es la que veo?
Alza el tallo de metal
Y ofrece al cielo una raíz de empuñadura
A la par que hunde los pétalos oscuros
En la tierra de tu carne
Es tu pecho un campo florecido
Que tus manos labraran
Sin pensar en que las nuestras cosecharían los frutos
62
Barce
Es pródigo el amo en su infortunio
Mucho más que en la victoria
Poco obtuve, reina mía, desollando aquel buey
Que una urbe te brindara
Mas hoy, que pereces, mía es la inquietud por la zozobra
En que sumes a tu reino
Bien sé que expías traiciones que otros cometiesen
Que los dioses te impusieron desventuras
Distantes de aquellas que tu anhelo esperaba
No fueron tuyas las penas que deseaste
El parto y su estampida
Los maternales desvelos
La vejez compartida con aquel cuyo vigor te desposara
Las exequias de los tuyos en el solar paterno
Otras fueron las tristezas concedidas
Y se rehusó tu pecho a contenerlas
Dicen los sabios
Que a nadie incendian otras llamas que las propias
Mas poco importa si ha habido en ti desde un principio
Un fulgor precipitado
Un secreto furor inoportuno
Que forjó tu suerte
No es tu culpa, muchacha, que los dioses castiguen con más
[celo
A los incautos que a los crueles
Aun así, pienso en el hado que tu muerte nos depara
Y no puedo contemplarte con el candor que debiera
63
Ana
Es este, hermana, el último beso que en tu rostro imprimo
Y es este el primer llanto que a tu ausencia ofrendo
Quisiera que el dolor del que se forman
Fuese tuyo por entero
Quisiera ofrecerte
Un dolor limpio
Redondo
Pero carga mi luto los reproches
De una vida atada a tus suplicios
Y no lloro solo por perderte
Me aquejan también un navío que se aparta
Y un reino asediado que me espera
Acepta, pues, mi dolor turbio
Sabe que hay en él cuanto de amor poseo
Enciéndase la pira en que han de consumirse
Las manos que adornaron mis trenzas
Los ojos que velaron mi sueño
¿Han de extinguirse
Las visiones que ellos guardan?
¿Se tornarán ceniza
La gruta y la tormenta
Los frescos esplendores de Cartago
Los mil despojos bestiales
Dispuestos en círculo en el suelo?
¡No! Retiren las odiosas teas
Que no ardan tus gráciles miembros
No han de ser humo
Los mares que surcaste
Él tálamo nupcial en que yacieras
Los valles de Tiro en que jugabas
El noble solar donde creciste
64
Barce
Todo eso, muchacha, ya está extinto
El acero que la invade
La colmó de ausencia
Así su cuerpo conservara la hermosura
No habrá palabra que sus labios articulen
Ni portento en que sus ojos se sorprendan
Ni brío que asalte su sangre caudalosa
Partió
De un modo tan definitivo
Que ni en su carne habrás de reencontrarla
Ana
Fulguren entonces las antorchas
Divísese en el mar y en la espesura
El misterio al que asistimos
Se incendia una mujer que ya no existe
Barce
Solo resta obedecer al vértigo impetuoso de las cosas
Ve, reina, a palacio
Y anuncia el duelo
Ve
No evadas el luctuoso compromiso
El dolor no es viajero suplicante
Que solo entre si lo admiten
Es más bien invasor victorioso
Que ha de irrumpir aunque lo nieguen
Y cuya furia aumentarán las resistencias
65
Y así nos fuese dado eludir tales rigores
No place a los muertos un olvido apresurado
Cesen en Cartago los oficios
Guardias
Labriegos
Pescadores
Olviden
Los muros
Los puertos
La siembra
Abandone el mercader la plaza
El sacerdote el templo
Y acudan a los fúnebres rituales
¿Quién diría, al vernos, que fuimos dichosos?
Pero es indigno emular goces que perdimos
Acatemos los deberes que el día nos impone
Ignorantes del designio del alba venidera
66
ÍNDICE
Algunos apuntes sobre Dido, de Emilia Carabajal.
Construcción coral y búsqueda identitaria.
por JotaeleAndrade...................................................................7
I .................................................................................................21
II ...............................................................................................29
III ..............................................................................................37
IV ..............................................................................................47
V ...............................................................................................57