1.
El tanque de tiburones y el polígrafo
«Imagina que estás sentado al borde de un tanque rodeado de tiburones y además
estás conectado a un polígrafo sensible.
Tu tarea será evitar a toda costa presentar algún atisbo de ansiedad. Si presentas
esta sensación, el asiento sobre el que estás sentado basculará e irás a parar
al tanque de los tiburones. ¿Qué crees que va a ocurrir? Como ya te habrás
imaginado, es muy posible que acabes experimentando eso que debías evitar
sentir».
Esta metáfora es muy apropiada para aquellas personas que sufren
ataques de pánico. Empiezas sintiendo un poco de ansiedad que no
estás dispuesto a tolerar y al querer evitarla, porque piensas: ¡esto es
horrible, no debo sentir ansiedad!, acabas sintiendo aun más esta
sensación. Cuando te quieres dar cuenta, ya has caído al tanque de
los tiburones.
2. Metáfora del tigre hambriento
«Una mañana te despiertas y frente a la puerta de tu casa encuentras un
adorable cachorrito de tigre. Lo adoptas y te lo quedas en casa.
Tu precioso tigre empieza a maullar y tú intuyes que siente hambre. Le das un
pedazo de carne de hamburguesa y repites esta misma operación cada vez
que lo escuchas llorar.
Cuando pasados los días, tu mascota empieza a crecer, ya no puedes darle un
poco de hamburguesa, sino que tienes que proveerle de costillares enteros y
piezas grandes de buey».
PUBLICIDAD
Esto mismo es lo que ocurre con los pensamientos: crecen y
crecen como el tigre cuanto más los alimentas, es decir, cuanto
más valor les das. Así, les otorgas mayor poder y estos acaban
controlando gran parte de tu vida.
3. Metáfora del juego de la trampa china
«Si alguna vez has jugado a la trampa china, sabrás que este juego consiste
en un tubo de paja trenzada del grosor del dedo índice. Cuando colocas ambos
índices dentro, uno en cada extremo y tiras hacia fuera, la paja se encoge y se
tensa.
Cuanto más fuerte tiras, más estrecho se vuelve el tubo y más te atrapa. Sin
embargo, si empujas los dedos hacia adentro, tendrás más libertad de
movimiento».
Ahora piensa que la vida es como una trampa china. Cuanto más luchas, más
limitados quedan tus movimientos. Pero si dejas de luchar, consigues mayor
libertad para hacer elecciones nuevas.
4. Metáfora del hoyo y la pala
«Te caes a un hoyo profundo y lo único con lo que cuentas para salir de ahí es con
una pala. Como no sabes muy bien qué hacer y te desesperas, empiezas a
usar tu pala.
Poco a poco, te hundes más en el hoyo, ya que al quitar tierra, este se hace más
profundo y a ti te es mucho más difícil salir. ¿No hubiese sido mejor usar la
pala de otra manera? ¿No podríamos haber esperado a que pasara alguien y
nos ayudase a salir?»
Esto es lo que ocurre en la evitación experiencial. El ansia por salir del malestar
provoca que nos enterremos aun más en ese malestar. Sin embargo, la aceptación
del mismo podría ayudarnos a buscar estrategias alternativas. Puede que al
principio tengamos que tolerar el sufrimiento, pero a la larga la solución será
más beneficiosa.
5. Dos escaladores
«Imagina que somos dos escaladores que están subiendo por dos montañas
diferentes pero enfrentadas. Yo puedo ver un camino por el que puedes subir,
no porque conozca esa montaña, ni tampoco porque sea más inteligente; sino
porque estoy situado en una posición diferente donde puedo ver cosas que tú
no.
PUBLICIDAD
Yo estoy escalando mi propia montaña y tú, llegado el caso, podrías hacerme
indicaciones sobre el camino que me espera a mí. Mi única ventaja con respecto
a ti durante la terapia será la perspectiva. Aunque hay cosas que yo no puedo
saber sobre tu montaña; esas tendrás que contármelas tú.
Asimismo, aunque yo te pueda aconsejar sobre el camino que veo, no subiré la
montaña por ti. Por lo tanto, tú tendrás la tarea más difícil».
El objetivo de esta metáfora es explicar el rol del psicólogo
dentro de la terapia y el contexto de la relación que se
establecerá durante el tratamiento. En este caso, el terapeuta es
un guía y un acompañante, pero nunca será el que solvente los
problemas del paciente, pues es este último quien debe hacerlo.
6. Metáfora de la gárgola
«Imagina que cargas una gárgola en tu hombro. Como las gárgolas son de
piedra y, por lo tanto, pesadas hace que se te dificulte moverte para realizar
cualquier tipo de actividad.
Además, te susurra al oído mensajes negativos, humillantes, y te culpabiliza de
todo. Si te encuentras mal, la gárgola te afirma que así te sentirás siempre. Y lo
peor, es que tú te crees todo lo que te dice.
En las próximas semanas deberás aprender a identificar cuáles son estos
mensajes y reconocer que vienen de la gárgola. Es imposible no escucharla, pero
si eres consciente de cuáles son sus mensajes, sabrás que estos son sus
opiniones y dejarás de creerle.
Llegará un punto donde la gárgola gritará más para convencerte, no obstante,
con el tiempo, si no se siente escuchada, tal vez se marche de tu hombro».
Por lo general, este tipo de metáforas se utiliza para que el paciente identifique
sus creencias, pensamientos o ideas negativas que están afectando su manera
de sentir, su autoconcepto y autovaloración. Resulta muy útil en personas con
depresión y baja autoestima.
7. Metáfora del calor
«Los pensamientos, sensaciones y emociones negativas son como el calor: muy
desagradables. Pero seguro que no te culpas de tener calor. No estás pensando
todo el día que el calor es horrible, insoportable, etc. Es molesto, pero sabemos
que de vez en cuando hemos de pasar por eso, sobre todo en verano, y no le
damos mayor importancia que esa».
Esta metáfora es útil cuando la persona se culpabiliza de los pensamientos
negativos que le aquejan. La idea es que reconozca que somos seres pensantes
y que no podemos dejar de pensar.
8. Arenas movedizas
«Si estuvieras atrapado en arenas movedizas. Lo primero que intentarías hacer
es salir de ellas, pero cuanto más intentas escapar, más te sumerges. Cuánto más
luchas, más te hundes.
Cuánto más intentamos luchar contra un pensamiento, una emoción, un hecho
o situación exterior, etc., más grande y pesado se vuelve, y más nos
hundimos».
Esta metáfora de la terapia de aceptación y compromiso refiere a cómo las
personas suelen esforzarse para sentirse bien en todo momento, recurriendo a la
evitación. Sin embargo, esto no les ha dado buenos resultados.
Es importante tener en cuenta que, en nuestro día a día, hay muchas
emociones o pensamientos que no deseamos tener, pero mientras más
evitemos o peleemos contra ellos más se quedarán con nosotros.
La otra opción es vivir con ellos, aceptarlos y observarlos como lo que son:
pensamientos, emociones, sensaciones. Tenemos que acercarnos al contenido
de nuestra mente sin juicios y valoraciones.
9. El asno y el granjero
«Había una vez un granjero que tenía un asno muy viejo. Un día, el asno cayó al
fondo de un pozo abandonado. El granjero cuando lo vio pensó que el asno era
viejo y ya no podía realizar ningún trabajo en la granja. Por otro lado, el pozo se
había secado hacía muchos años y, por tanto, tampoco tenía utilidad alguna.
Entonces, el granjero decidió que enterraría al viejo asno en el fondo del pozo.
Cuando comenzó a palear tierra encima del asno, este se puso más inquieto de
lo que ya estaba. No solo estaba atrapado, sino que, además, lo estaban
enterrando en el mismo agujero que le había atrapado. Al estremecerse en llanto,
se sacudió y la tierra cayó de su lomo de modo que empezó a cubrir sus patas.
Entonces, el asno levantó sus cascos, los agitó, y cuando los volvió a poner
sobre el suelo, estaban un poquito más altos de lo que habían estado
momentos antes.
Los vecinos echaron tierra, tierra y más tierra, y cada vez que una palada caía
sobre el lomo del asno, este se estremecía, sacudía y pisoteaba. Para sorpresa de
todos, antes de que el día hubiese acabado, el asno apisonó la última palada
de tierra y salió del agujero a disfrutar del último resplandor de sol.
Las paladas de tierra son como nuestros problemas, esos que nos entierran.
Pero ¿y si hubiera alguna forma en la que, como el asno de la historia, pudieras
encontrar la manera de pisotear tus dificultades? Si hubiera un modo por el cual
las mismas cosas que ahora parecen estar amenazando la existencia pudieran
en realidad usarse para elevarse, ¿podrías entonces alcanzar esa vida que
tanto anhelas?
Es importante notar en esta narración que el asno no podría haber salido del
pozo de no ser por la misma tierra que amenazaba enterrarlo».
Como vemos, el objetivo de esta metáfora es hacer notar cómo las dificultades
de la vida pueden hacernos crecer como persona.
10. El mazo de cartas
«Imagina que estás jugando cartas y que te reparten una mano determinada.
La partida que te dieron no es la mejor y no te gusta. Deseas tener otras cartas
para jugar, pero no puedes. Ahora, reflexiona en lo siguiente, ¿qué te dará
mayores probabilidades de éxito: jugar la mano que tienes o jugar la mano que
te gustaría tener?».
La vida o nuestras decisiones nos ponen en situaciones que no deseamos.
Anhelamos otras condiciones para vivir, pero solo tenemos aquello que no
queremos. La metáfora del mazo de cartas nos invita a aceptar lo que no podemos
cambiar y a sacarle el mejor partido a lo que ya tenemos.
En ocasiones, perdemos el tiempo y la energía al intentar vivir como si
tuviéramos lo que nos gustaría poseer. Es decir, jugamos con el mazo de cartas
que no nos han repartido. Y perdemos porque no vivimos de acuerdo a lo que
yace frente a nuestros ojos.
11. La pelota en la piscina
«Imagina que estás en una piscina y que en ella flota una pelta que te
incomoda y no te gusta ver. Intentas con todas tus fuerzas sumergirla, pero
apenas la sueltas emerge a la superficie nuevamente. Luchas por mantenerla
debajo del agua, ahí donde no la veas, sin embargo, todos tus esfuerzos son
en vano porque sigue apareciendo una y otra vez ante tus ojos».
Esta metáfora es un instrumento para que el paciente tome consciencia de que
la resistencia no es una buena estrategia para lidiar con lo desagradable. En
lugar de desperdiciar recursos y tiempo luchando contra lo que no se puede
cambiar, es mejor usar esa energía para comprometerse con la propia vida.
12. Esperando el tren equivocado
«Imagina que estás en una estación tren esperando el tren que deseas.
Mientras esperas, otros trenes van llegando y van saliendo, pero el tuyo nada
que se aproxima. ¿Qué pasa si tu tren nunca llega o si estás esperando el
equivocado? ¿Qué tal si eliges uno de los tantos trenes que están a punto de
salir?».
Muchas veces posponemos el disfrute de la vida por estar esperando que
llegue el momento justo para hacerlo. No vivimos aquí y ahora, sino en el
mañana. Creemos que cuando se realicen nuestros sueños, cuando tengamos
lo que deseamos o estemos mejor en el aspecto económico, es cuando
gozaremos de nuestra existencia. La metáfora del tren nos recuerda que la vida
se vive ahora, en cada momento.
13. Apostar entre dos caballos
Hay personas que le temen al fracaso y por eso no se comprometen con nada.
Ante esta situación, Kelly Wilson y Carmen Luciano, en su libro Terapia de
aceptación y compromiso, proponen la siguiente metáfora:
«No querer establecer compromiso por miedo al fracaso, por ejemplo, es como
apostar en una carrera de caballos en la que puedes elegir entre dos caballos,
solo que uno de ellos está muerto y el otro vivo. Hacer un compromiso es
apostar por el caballo vivo; puede que gane o puede que no gane. No hacer un
compromiso es como apostar al caballo muerto».
14. La tortuga temerosa
Estas mismas autoras proponen la siguiente metáfora: «Imagínate una tortuga
que se dirige hacia su cueva, donde están sus crías. Pero la tortuga, cada vez
que llueve, cuando sopla el viento, cuando se topa con piedras, se mete en su
caparazón.
A veces sale del caparazón, avanza un poco, pero en cuanto ocurre algo
inesperado a su alrededor (aparece una mariposa, ve un relámpago…) se mete
dentro del caparazón… ¿Crees que de esta forma puede alcanzar lo que
pretende?
La mejor alternativa es avanzar con todo el cuerpo afuera, en pleno contacto con el
suelo, abierta a todo lo que pueda surgir en ese camino, y notar lo qué surja
mientras avanza en dirección a sus crías. Es posible que a la tortuga no le
gusten muchas de las cosas que estén en ese camino, o tal vez sí, sin
embargo son razones externas, distintas de su compromiso de avanzar por el
sendero».
Con esta metáfora, los paciente entienden que para conseguir lo que quieren
deben comprometerse con el camino, con avanzar, a pesar de las dificultades y
obstáculos que se puedan ir presentando al andar.
15. El punto en el horizonte y las olas
Cuando se empiezan a trabajar los valores de un paciente se toman también
en cuenta las direcciones que este puede tomar en su vida. En medio de este
proceso, se puede sugerir la siguiente metáfora, tal como lo señala Wilson y
Luciano en su libro:
«Le decimos al cliente que tener una dirección es como nadar en el mar hacia
un punto en la costa. Cada brazada tiene una dirección. Sin embargo, las
brazadas que demos pueden estar al servicio de las olas si cambiamos la
dirección al nadar dependiendo de ellas. Entonces, perdemos de vista el punto
en el horizonte hacia el que deseamos ir. Por otro lado, podemos nadar con la
vista en el punto de la costa al que nos dirigimos teniendo en cuenta el oleaje,
pero sin que este dirija la dirección de nuestras brazadas».
PUBLICIDAD
Esta metáfora le ayuda a la persona a reconocer que luchando en
contra de las situaciones no es como se llega al destino, sino usando
esas circunstancias para sacar lo mejor de sí. Hay que usar las
emociones y los pensamientos (el oleaje) como aliadas y no como enemigas y
directoras de nuestro destino.