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"La Calma en la Tempestad de la Guerra"

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Recargar. Apuntar. Disparar.

Luego, respirar. Vivir.

Y luego, pensar.

Una explosión repentina estalla a su lado, permitiendo a su mente entrenada salir del estupor por
un momento, como luchando para mantenerse a flote en la razón antes de hundirse de nuevo bajo
el mar tempestuoso. Porque bajo el mar en tempestad, hay una fría calma. La calma necesaria para
asesinar sin perder la cabeza. Sin perderte en la locura.

Recargar.

Un enorme reptil siendo atravesado por la lanza de un compañero de patas marrones empapadas
de sangre y, pronto, de viseras frescas. Por la cantidad de sangre, no hace falta dar el golpe de
gracia.

Apuntar.

Otro reptil enorme, demasiado cerca. El artillero que debía manejar la máquina, decapitado y
descartado como todos los otros, a un lado de la munición, donde no estorba, donde no quita
tiempo. No queda nadie más que sepa cómo funciona con la precisión necesaria. No hay tiempo
para buscar a alguien más que salve la vida del compañero de patas marrones que lucha por zafarse
del agarre del reptil que asoma entre la mira del arma.

Disparar.

El tiro, limpio, atraviesa la sien del lizardfolk, que estalla en un violento chisporroteo de sangre
justo a tiempo para que el harengon pueda perforar el cuello del enemigo que sigue, detrás del
anterior.

Respirar es complicado cuando sabes que ese microsegundo de aire ardiendo en tus pulmones
podría costar la vida de un compañero. Vivir lo es aún más sabiendo que tus patas estarán
manchadas hasta el fin de tus días con la sangre de enemigos y compañeros por igual. La idea es tan
insoportable de pensar que...
Pensar.

El par de ojos fríos y calculadores se encuentra por un momento con los de su reflejo y a la agotada
harengon le recorre un escalofrío por la espalda al darse cuenta que no son ojos enemigos, sino los
propios mirándole en el reflejo de una de las piezas de metal de la máquina que no está oscurecida
con sangre seca; el desconcierto es tal que le hace titubear un momento, un fragmento de segundo
interrumpido por el grito de crudo dolor de un compañero cuyo ojo, oreja, brazo o pierna ha sido
cercenado como el de cientos: el estallido le vuela el brazo con la misma rapidez. Eficaz. Como todo
lo que Harelot hace. Como cada máquina de matar en este campo de batalla.

Una vez que su mente vuelve por completo al frente, es demasiado tarde. Con los dientes tan
apretados que podrían romperse maniobra como puede con el arma, sudando pesadamente con el
click de cada engranaje moviéndose a posición: cada descarga le causa un vuelco en el corazón al
fallar su objetivo, y las ganas de vomitar le sobran cuando impacta, volando trozos de carne
chamuscada por los aires. Las costillas de un harengon caído son aplastadas bajo el lizardfolk al que
le vuela la mandíbula con un proyectil mientras intenta ignorar sin éxito los gritos de victoria y de
dolor, de metal contra metal contra piel atronándole en los oídos... todo cosas que podía soportar
cuando mantenía la cabeza fría y los pensamientos a raya, cuando el olor nauseabundo de la sangre
no parecía intentar ahogarla por la fuerza en la tempestad que hace unos momentos era su refugio,
pero que ahora es demasiado aplastante a su alrededor. El húmedo peso de la sangre coagulada,
que bien podía ser suya o de alguno de los caídos por otras patas, se le apelmaza en el pelaje y el
horrible frenesí de la adrenalina corriendo por sus venas es lo único que le mantiene sin pestañear
aunque la sangre le empañe la visión y el juicio; lo que le mantiene de pie cuando lo único que
quiere es caer al lado de sus hermanos y esperar la muerte que se le obliga a repartir, y lo que evita
que se ahogue en el lago de sangre fresca, caliente y espesa que crece alrededor de sus patas en un
charco, una laguna, un mar que-...

La voz preocupada de un amable elfo joven le regresa al presente, con trabajos.

— Lot, ¿te encuentras bien?

Y es claro que no, pero asiente temblorosamente, aferrando la llave con las garras de sus dos patas
desesperadamente, Con cada parpadeo su mente se llena de recuerdos que le marean tanto como el
aroma de la sangre de la bañera que le cubre de patas a cabeza, porque esta es la principal
protagonista en cada uno de ellos. Un parpadeo evoca imágenes del regreso después de la guerra,
pisando un mar apenas reconocible de enemigos y aliados destazados en el húmedo calor del
Flamerule, nubes de moscas oscureciendo el camino de vuelta sobre el horrible hedor y las larvas
retorciéndose entre la carne podrida de los cientos de cuerpos apilándose en la entrada del
campamento para la ceremonia final, los lideres harengon preparando los cuerpos para la
exanguinación ritual, y después, lo que termina por destrozarle: el recuerdo de un pequeño
harengon inerte en sus brazos, con sangre fresca borboteándole de una herida del pecho,
mezclándose con la de su familia, ya seca, que le mancha el suave pelaje de gazapo... a manos de su
propia tribu, asesinado. La imagen tan vívida tras sus parpados apretados le recuerda por que
abandonó su vida anterior y la dejó muy lejos, y por qué no puede dejar que el miedo la controle
ahora que es necesario mantener la cabeza fría y centrada para terminar con lo que necesita hacerse.
La mano del joven hada que le dio fuerzas para entrar y salir de la bañera sigue presente y
confortante en su hombro, y su respiración termina de calmarse cuando el conjuro de
prestidigitación del elfo mago lava la sangre de su pelaje; aunque el latir de su corazón no deja de
atronarle en las orejas, la compañía de su familia le da la tranquilidad que necesita para seguir aun
después de haberse enfrentado al mayor de sus miedos.

— Estoy bien, jovencito. Ahora deberíamos irnos de aquí. Pronto.

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