Extraños - Dean R. Koontz

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140 vistas551 páginas
Obra maestra del autor Dean R. Koontz. Si te gustan los buenos libros de miedo y misterio

Los protagonistas de esta estremecedora novela comparten

inconscientemente un secreto cuya realidad resulta aterradora. Ninguno sabe


cuál es el secreto, ni se conocen entre sí. Todo lo que saben es que un terror
particular domina y destruye sus vidas.
Para la joven doctora Ginger Weiss, de Boston, significa que objetos sin
relación alguna tienen el poder de hacerle perder el conocimiento y
amenazan con arruinar su carrera de cirujana.
Para Marcie Montanella, una niña de siete años de Las Vegas, supone caer
en estados de trance, en los que sólo dibuja lunas de color escarlata.
Estos y otros «extraños» viven sumidos en el desconcierto hasta que
aparecen una serie de pistas enigmáticas y establecen algunos contactos.
¿Qué pueden haber compartido estos seres tan dispares para que unos
agentes poderosos y sin escrúpulos intenten aterrarles? Buscando la
respuesta, los «extraños» se unen y logran hallar una sorprendente
explicación que cambiará sus vidas para siempre.

«Extraños es la mejor novela que ha escrito Dean R. Koontz. En ella


abundan el suspense, la emoción y las situaciones extrañas». —Stephen
King.

«Disfruté mucho leyendo Extraños. No se le puede llamar ciencia ficción, ni


se trata simplemente de una obra de misterio. Es una novela sobre las
costumbres, la moral, la política y la libertad. Es un libro con L mayúscula».
—John D. MacDonald.

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Dean R. Koontz

Extraños
ePub r1.1
GONZALEZ 13.09.15

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Título original: Strangers
Dean R. Koontz, 1986
Traducción: Juan Luque

Editor digital: GONZALEZ


Corrección de erratas: Swertia
ePub base r1.2

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A Bob Tanner,
cuyo apoyo en una etapa crucial
fue más importante de lo que imagina.

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PRIMERA PARTE

LOS DÍAS DE TURBACIÓN

El amigo fiel es la defensa más fuerte.


El amigo fiel es la medicina de la vida.

APÓCRIFOS.

Una terrible oscuridad ha caída sobre nosotros,


pero no debemos rendirnos. Alzaremos las lámparas
del coraje y hallaremos el camino de la mañana.

(Miembro anónimo de la Resistencia Francesa).

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Capítulo uno
7 de noviembre — 2 de diciembre

1. LAGUNA BEACH, CALIFORNIA

Dominick Corvaisis se acostó solo, bajo una ligera manta de algodón y una
sábana de tacto acartonado, pero se despertó en otro lugar… en la oscuridad del
armario del vestíbulo, oculto tras abrigos y chaquetas. Estaba encogido en posición
fetal. Tenía las manos cerradas con fuerza. Le dolían los músculos del cuello y de los
brazos por la tensión de una pesadilla que no recordaba.
Tampoco recordaba haber abandonado la comodidad de la cama durante la noche,
pero no le sorprendió descubrir que caminaba sonámbulo. Le había sucedido en dos
ocasiones, y recientemente.
El sonambulismo, una práctica potencialmente peligrosa que se conoce
comúnmente como «andar dormido», ha fascinado al hombre desde sus orígenes.
También fascinó a Dom desde el momento en que se vio convertido en una de sus
sorprendidas víctimas. Encontró referencias a los sonámbulos en escritos que databan
del milenio anterior a Jesucristo. Los antiguos persas creían que el cuerpo errante del
sonámbulo andaba en busca de su espíritu huido durante la noche. Los europeos de la
Alta Edad Media lo atribuían a la posesión demoniaca o a la licantropía.
A Dom Corvaisis no le preocupaba aquella enfermedad, pero sí le molestaba y le
causaba cierta humillación. Como novelista, le intrigaban aquellos nuevos paseos
nocturnos, pues siempre tomaba buena nota de sus experiencias para servirse de ellas
al escribir sus novelas.
No obstante, aunque pudiera beneficiarse del aprovechamiento creativo del
sonambulismo, era una enfermedad. Salió arrastrándose del armario y contrajo el
rostro al sentir que el dolor se extendía por la espalda. Tenía las piernas entumecidas
y le costó trabajo ponerse en pie.
Como en las otras ocasiones, se sentía avergonzado. Ahora sabía que los adultos
también eran vulnerables al sonambulismo, pero aún lo consideraba un problema
infantil. Como la enuresis.
Vestido sólo con el pantalón de un pijama azul, descalzo, caminó arrastrando los
pies por la sala, atravesó el pequeño vestíbulo, llegó al dormitorio principal y entró en

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el cuarto de baño. En el espejo, tenía un aspecto disoluto, el de un libertino que
amanecía tras una semana de desvergonzada indulgencia en gran variedad de
pecados.
La verdad es que era un hombre de muy pocos vicios. No fumaba, no comía en
exceso ni tomaba drogas. Bebía poco. Le gustaban las mujeres, pero no era
promiscuo; creía en la estabilidad de las relaciones. De hecho no se había acostado
con ninguna mujer desde hacía —¿cuánto tiempo había transcurrido ya?— casi
cuatro meses.
Pero este aspecto disoluto y cansado sólo era debido a haberse despertado y
descubrir que había realizado una de sus excursiones nocturnas a una cama
improvisada. Siempre se levantaba exhausto. Aunque dormía, las noches que sufría
sonambulismo no descansaba.
Se sentó en el borde de la bañera y se miró las plantas de los pies, primero la del
izquierdo, después la del derecho. Ninguna de las dos tenía cortes ni arañazos, ni
estaban particularmente sucias, de manera que no salió de casa. Se había despertado
en el armario dos veces: una la semana anterior y la otra doce días antes de esa, y
tampoco en aquellas ocasiones se ensució los pies. Al igual que las otras dos veces, se
sentía como si hubiera caminado sonámbulo varias millas, pero si realmente había
caminado tanto fue por recorrer innumerables veces el interior de su pequeña casa.
Una larga ducha de agua caliente consiguió disipar casi por completo el dolor de
los músculos. Dominick era alto y estaba en buena forma, tenía treinta y cinco años y
un poder de recuperación acorde con su edad. Para cuando terminó el desayuno, se
sentía de nuevo como una persona normal.
Tras entretenerse bebiendo una taza de café en el patio mientras contemplaba la
agradable geografía de Laguna Beach, que descendía por las colinas hasta llegar al
mar, fue al estudio, seguro de que el trabajo era la causa de su sonambulismo. No
tanto el trabajo en sí como el sorprendente éxito de su primera novela, Crepúsculo en
Babilonia, que terminó de escribir en febrero.
Su agente puso a la venta los derechos de Crepúsculo y, con gran sorpresa de
Dom, se llegó a un acuerdo con Random House, que le concedió un anticipo bastante
elevado para una primera novela. Un mes después, se vendieron los derechos para
llevarla al cine (con lo que pagó la entrada de la casa), y el Literary Guild la incluyó
en su lista de selecciones. Aunque había invertido siete laboriosos meses de sesenta,
setenta y ochenta horas semanales en escribir aquella historia, además de la década
que tardó en prepararse para escribirla, le seguía pareciendo un éxito repentino, un
gran salto que le permitía escapar de la pobreza.
El Dominick Corvaisis pobre contemplaba en espejos y escaparates al ahora
Dominick Corvaisis rico, lo veía indefenso y se preguntaba si realmente se merecía
todo aquello. A veces, le preocupaba la posibilidad de un gran fracaso. El triunfo y la
aclamación acarreaban una considerable tensión.
Cuando se publicara Crepúsculo en febrero, ¿sería bien acogida y justificaría la

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inversión de Random House, o sería un fracaso y una humillación para él? ¿Podría
volver a repetirlo… o se trataba de una casualidad?
Todos los días, desde que se despertaba, esas y otras preguntas le rondaban la
mente con la persistencia de buitres, y suponía que las mismas preguntas le daban
vueltas en la cabeza mientras dormía. Por eso caminaba dormido: intentaba escapar
de aquella preocupación incesante, buscaba un lugar secreto donde esconderse de sus
problemas.
Se sentó en la mesa del estudio, encendió el procesador de textos IBM, buscó el
capítulo dieciocho en el primer disquete de su nueva novela, aún sin título. El día
anterior la dejó a mitad de la página seis de ese capítulo, pero cuando cargó el
documento, con intención de continuar por donde la había dejado, vio que la página
estaba completa. En la pantalla del procesador de textos aparecían unas líneas verdes
que no le resultaban familiares.
Durante un momento, contempló embobado las nítidas letras luminosas, después
agitó la cabeza con un movimiento de incredulidad ante lo que veía.
Sintió que un escalofrío le recorría la nuca.
La existencia de aquellas líneas que no recordaba no era lo que le atemorizaba;
era lo que las líneas decían. Es más, no debería existir la página siete del capítulo,
pues aún no la había escrito, pero allí estaba. También encontró una página ocho.
Al revisar el material del disquete, comenzaron a temblarle las manos. La
sorprendente adición a su trabajo consistía solamente en una frase de dos palabras,
repetida docenas de veces:
Tengo miedo. Tengo miedo. Tengo miedo. Tengo miedo.

Espaciado doble, cuatro espacios de sangrado, cuatro frases por línea, trece líneas
en la página seis, veintisiete en la página siete, otras veintisiete en la página ocho:
doscientas sesenta y ocho repeticiones de la frase. El procesador no las había escrito
por sí solo, pues no era sino un esclavo obediente que sólo hacía lo que se le decía.
No tenía sentido pensar que alguien había entrado en su casa por la noche con el
único motivo de acceder al manuscrito guardado en la memoria del procesador de
textos. No había signos de que las entradas hubiesen sido forzadas y no se le ocurría
nadie que pudiese gastarle una broma parecida. Estaba claro que él mismo,
sonámbulo, escribió obsesivamente aquella frase doscientas sesenta y ocho veces,
aunque no recordase haberlo hecho.
Tengo miedo.
¿Miedo de qué? ¿Del sonambulismo? Se trataba de una experiencia
desconcertante, al menos al despertar, pero no era un sufrimiento que causara
semejante temor.
Le asustaba la rapidez de su ascensión literaria y la posibilidad de un descenso
equitativo hacia el olvido. Sin embargo, no podía rechazar por completo el molesto
pensamiento de que aquello no tenía nada que ver con su carrera literaria, que la

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amenaza que se cernía sobre él era debida a algo distinto, algo extraño, algo que
conscientemente aún no entendía, pero que su subconsciente percibió e intentaba
hacérselo comprender por medio de aquel mensaje que escribió sonámbulo.
No. Tonterías. Era sólo el producto de la imaginación hiperactiva del novelista. El
trabajo. Esa era su mejor medicina.
Además, tras investigar el tema, supo que el sonambulismo no afectaba a los
adultos durante largo tiempo. Pocas personas experimentaban más de doce episodios,
generalmente en un período de tiempo inferior a unos seis meses o menos. Tenía
motivos para pensar que su sueño no volvería a complicarse con devaneos nocturnos,
y que no volvería a despertarse encogido y con los músculos agarrotados en el fondo
de un armario.
Borró del disquete aquellas palabras no deseadas y continuó trabajando en el
capítulo dieciocho.
Cuando miró el reloj, se sorprendió al ver que era más de la una y que se le había
pasado la hora del almuerzo.
A pesar de que eran los primeros días de noviembre, el tiempo era cálido, incluso
para el sur de California, de modo que almorzó en el patio. Una débil brisa susurraba
en las palmeras, y en el aire flotaba el aroma de las flores de otoño. Laguna, con
gracia y estilo, colgaba de las laderas hasta la costa del Pacífico. El océano reflejaba
la luz del sol.
Al beber el último trago de Coca-Cola, Dom echó hacia atrás la cabeza,
contempló el cielo azul brillante, y se rió. «Ya lo ves… no tienes por qué sentirte
inseguro. No se trata de una caída en picado ni de la espada de Damocles».
Era el 7 de noviembre.

2. BOSTON, MASSACHUSETTS

La doctora Ginger Marie Weiss jamás esperó tener problemas en Bernstein’s


Delicatessen, pero allí es donde comenzaron, con el incidente de los guantes negros.
Generalmente, Ginger resolvía cualquier problema que se le presentara. Le
gustaba afrontar los retos que le ofrecía la vida, y disfrutaba superándolos. Si su vida
hubiera sido fácil, sin preocupaciones, se habría aburrido. No obstante, nunca se le
ocurrió que pudiera enfrentarse a algún problema que no fuese capaz de resolver.
La vida, además de oportunidades, ofrece lecciones, y algunas se asimilan mejor
que otras. Unas lecciones son fáciles, otras difíciles.
Algunas son devastadoras.
Ginger era inteligente, guapa, ambiciosa, trabajadora y excelente cocinera, pero
su principal ventaja en la vida era que nadie le tomaba en serio cuando la conocían.
Era delgada, un alfeñique, un hada graciosa que parecía tan inocente como
encantadora. La mayor parte de la gente la menospreciaba durante semanas y meses,

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hasta que gradualmente comprendían que era una formidable competidora, colega…
o adversaria.
La historia de la lucha de Ginger ya era una leyenda en el Columbia Presbyterian,
el hospital neoyorquino donde ocupó una plaza de residente durante cuatro años,
antes de que comenzaran sus problemas en Bernstein’s Delicatessen. Como todos los
residentes, a menudo trabajaba dieciséis horas y más, día tras día, y se marchaba del
hospital con apenas energía suficiente para llegar a casa. Una noche de julio calurosa
y húmeda, se dirigía a casa poco después de las diez… y fue asaltada por un robusto
tipo neandertaloide con manos grandes como palas, largos brazos, cuello corto y
frente despejada.
«Como grites —le dijo, lanzándose sobre ella repentinamente—, te parto la boca
—le cogió el brazo y se lo torció en la espalda—. ¿Entiendes, zorra?».
Ginger no veía peatones por los alrededores, y los coches más cercanos se
encontraban a dos manzanas de distancia, detenidos ante un semáforo. No había
nadie que pudiera prestarle ayuda.
La empujó por un oscuro y estrecho pasaje de servicio entre dos edificios, hacia
un callejón lleno de basura donde brillaba una débil luz. Fue a dar contra un cubo de
basura, se hizo daño en la rodilla y el hombro, se tambaleó pero no cayó al suelo.
Sintió que la estrechaban los múltiples brazos de las sombras.
Con gemidos inútiles y protestas entrecortadas, consiguió que su asaltante se
sintiera seguro, porque en un primer momento creía que llevaba un revólver.
«Síguele la corriente a un hombre armado —pensaba—. No te resistas. Los que se
resisten acaban con una bala en el cuerpo».
«¡Muévete!», le dijo el tipo con los dientes apretados, empujándola.
Cuando la hizo entrar en un portal hacia el final del callejón, no lejos de la única
bombilla, comenzó a decirle, con lenguaje obsceno, lo que le haría cuando le hubiese
robado, y ella advirtió, a pesar de la poca luz, que no llevaba armas. Tuvo una
esperanza repentina. Su obsceno vocabulario era espeluznante, pero sus amenazas de
abusos sexuales eran tan estúpidamente repetitivas que casi resultaban graciosas.
Comprendió que sólo se trataba de un perdedor corpulento que confiaba en su tamaño
para conseguir lo que deseaba. Los hombres como él raramente iban armados. Sus
músculos les daban una falsa sensación de invulnerabilidad, por lo que
probablemente su forma de pelear tampoco sería muy técnica.
Mientras vaciaba el monedero que ella le dio de buena gana, Ginger reunió todo
su coraje y le dio una patada en la entrepierna. El hombre se retorció con el golpe.
Ginger se movió deprisa, le cogió una mano y le dobló el dedo meñique hacia atrás,
frenéticamente, hasta que debió dolerle tanto como la entrepierna.
La torcedura repentina y violenta del dedo meñique puede incapacitar
instantáneamente a cualquier hombre, independientemente de su tamaño y fuerza.
Con esta acción, torcía el nervio digital en la palma de la mano, a la vez que
atenazaba los sensibles nervios medial y radial en el dorso de la mano. El intenso

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dolor también se extendía por los nervios acromiales desde los hombros hasta el
cuello.
El tipo cogió a Ginger por el cabello con la mano libre y le dio un tirón. El
contraataque le dolió, le hizo gritar, le nubló la vista, pero apretó los dientes, aguantó
el dolor y le torció aún más el dedo. La incesante presión sobre los nervios
desvaneció rápidamente cualquier resistencia del hombre. Comenzaron a manarle
lágrimas involuntarias y se dejó caer de rodillas, desvalido, gritando y maldiciendo.
«¡Suéltame! ¡Suéltame, zorra!».
Parpadeando para quitarse el sudor de los ojos, con el mismo sabor salado en las
comisuras de la boca, Ginger le cogió el dedo con las dos manos, se mantuvo a una
distancia prudente de su adversario y lo sacó del callejón haciéndole caminar
apoyado en una mano, como si fuese un perro peligroso atrapado con un lazo.
Destrozado, fuera de combate, andando a trompicones, encorvado, apoyándose en
una mano y de rodillas, miró a Ginger con ojos enturbiados por un deseo asesino. A
medida que se alejaban de la luz, Ginger dejó de ver su rostro depravado y vil, pero
aún podía distinguir una expresión de dolor, furia y humillación que no parecía
humana: era el rostro de un monstruo. Y con una voz monstruosa lanzó una retahíla
de horribles imprecaciones.
Cuando se las arreglaron para recorrer unos quince metros del callejón, el tipo no
pudo aguantar el dolor de la mano y el que le llegaba en oleadas desde los testículos.
Sintió náuseas, abrió la boca como si le faltara aire y vomitó.
Ginger aún no se atrevía a soltarlo. Ahora, si tuviese la oportunidad de hacerlo, no
sólo la golpearía: la mataría. Indignada y aterrorizada, le hizo acelerar el paso.
Al llegar al pasaje arrastrando al asaltante derrotado y escarmentado, no vio
peatones que avisaran a la policía, de modo que le obligó a arrastrarse hasta la calle,
donde los automovilistas se detuvieron ante aquel espectáculo inesperado.
Cuando finalmente llegó la policía, el alivio del delincuente superaba al de
Ginger.

En parte, la gente subestimaba a Ginger porque era pequeña: con uno cincuenta y
ocho de estatura y cuarenta y seis kilos de peso, su presencia física no resultaba
imponente ni, desde luego, intimidatoria. Tenía una buena figura, pero no era una
belleza. No obstante, era rubia, y la particular sombra plateada de su cabello era lo
que atraía las miradas de los hombres, ya la viesen por primera o por enésima vez.
Incluso bajo el resplandor del sol, su cabello recordaba la luz de la luna. Ese cabello
radiante de un rubio etéreo, sus rasgos delicados, unos ojos azules que eran la
expresión misma de la bondad, un cuello como el de Audrey Hepburn, hombros
esbeltos, muñecas finas, dedos largos y cintura estrecha… Todo ello contribuía a esa
equivocada impresión de fragilidad. Además, era callada y contemplativa por
naturaleza, dos cualidades que podrían confundirse con la timidez. Tenía una voz

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suave y musical en la que no todos percibían la seguridad y autoridad que yacían tras
aquellos tonos dulces.
Ginger había heredado de su madre, Anna, una sueca de uno setenta y siete de
estatura, la cabellera plateada, los ojos azules, la belleza y la ambición.
«¡Mi niña adorable!», le dijo Anna cuando Ginger se graduó en sexto grado con
nueve años, dos años antes de su edad, tras ser adelantada de curso dos veces en vista
de sus aptitudes.
Ginger fue la mejor estudiante de su curso y recibió un diploma orlado en honor a
su excelencia académica. Además, al ser una de las tres estudiantes que amenizaron
la ceremonia de graduación, interpretó dos piezas al piano —Mozart, seguido de una
melodía de ragtime—, y levantó al público de sus asientos.
«¡Mi niña adorable!», le decía Anna sin dejar de abrazarla durante todo el
trayecto de vuelta a casa.
Jacob conducía e intentaba retener las lágrimas de orgullo. Jacob era un hombre
muy emotivo, se conmovía fácilmente. Algo incómodo por la frecuencia con que se
le humedecían los ojos, solía tratar de ocultar la intensidad de sus sentimientos
culpando a una alergia no especificada de las lágrimas y los ojos enrojecidos.
«Hoy debe haber mayor concentración de polen en el aire —dijo dos veces
durante el regreso a casa—. El polen me irrita los ojos».
«Lo tienes todo, bubbeleh —le decía Anna—. Lo mejor de mí y de tu padre. Vas a
ser alguien, ya lo creo, espera y verás. El instituto, la universidad, una carrera de
derecho o medicina. Lo que te propongas. Cualquier cosa».
Las únicas personas que nunca subestimaron a Ginger fueron sus padres.
Llegaron a casa, y Jacob, al detener el automóvil frente a la puerta de la cochera,
dijo con sorpresa:
«Pero ¿qué hacemos? ¿Nuestra única hija se gradúa en sexto curso; nuestra hija
que, como puede hacer absolutamente cualquier cosa, probablemente se casará con el
rey de Siam o llegará a la Luna; nuestra hija luce su primer birrete y no vamos a
celebrarlo? ¿Nos vamos a Manhattan a tomar una copa de champán en el Plaza?
¿Cenamos en el Waldorf? No. Algo mejor. Lo mejor para nuestra futura astronauta.
¡Iremos a tomar una gaseosa a Walgreen’s!».
«¡Viva!», exclamó Ginger.
Debió de ser la familia más extraña que viera el vendedor de gaseosas: el padre
judío, no más alto que un yóquey, de nombre germánico y complexión sefardita; la
madre sueca, rubia y de espléndida femineidad, doce centímetros más alta que su
marido; y la hija, el espectro de un duende, pequeña a pesar de que su madre no lo
era, rubia a pesar de que su padre era moreno, de una belleza completamente distinta
a la de su madre…, una belleza más sutil, más frágil. Incluso cuando era una niña,
Ginger sabía que los extraños, al verla con sus padres, la tomaban por hija adoptiva.
De su padre, Ginger heredó la baja estatura, la voz suave, la inteligencia y la
bondad.

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Los quería tan profundamente que, de niña, su vocabulario era insuficiente para
describir sus sentimientos. Incluso al llegar a la madurez, no encontraba palabras para
expresar lo que habían significado para ella. Los dos fallecieron a temprana edad.
Cuando Anna murió en un accidente de tráfico, poco después de que Ginger
cumpliera doce años, la opinión común entre los parientes de Jacob fue que tanto
Ginger como su padre se sentirían perdidos sin la sueca, a quien el clan de los Weiss
hacía tiempo que dejó de considerar una gentil entrometida y a la que respetaron y
amaron. Todos sabían lo unidos que estuvieron los tres, pero, y esto era más
importante aún, todos sabían que Anna fue el motor que condujo a la familia al éxito.
Fue Anna quien atrapó al menos ambicioso de los hermanos Weiss —Jacob el
soñador, Jacob el dócil, Jacob el de la nariz siempre metida en una novela de
detectives o de ciencia ficción— y lo convirtió en algo. Cuando se casaron, él era
empleado de una joyería, pero cuando Anna murió ya era propietario de dos tiendas.
Después del funeral, la familia se congregó en el caserón que tía Rachel tenía en
Brooklyn Heights. En cuanto pudo escaparse, Ginger buscó consuelo en la oscura
soledad de la despensa. Sentada en un taburete, rodeada del fuerte aroma a especias
de aquel estrecho lugar, rezándole a Dios para que le devolviese a su madre, oyó a tía
Francine hablando con Rachel en la cocina. Fran se lamentaba del futuro tan gris que
les esperaba a Jacob y a su hija en un mundo sin Anna:
«No podrá mantener el negocio, sabes que no lo logrará, ni siquiera cuando se le
pase la tristeza y vuelva al trabajo. El pobre luftmensch. Anna era quien le inculcaba
el sentido común, fue su motivación y su mejor consejera. Sin ella, dentro de cinco
años, estará perdido».
Subestimaban a Ginger.
Para ser justos, Ginger sólo tenía doce años y, aunque ya estaba en décimo grado,
seguía siendo una niña a los ojos de la mayor parte de la gente. Nadie podía prever
que Ginger ocuparía el lugar de Anna con tanta rapidez. Compartía la afición de su
madre por la cocina y, en las semanas que siguieron al funeral, estudió cuantos libros
de cocina cayeron en sus manos; con la sorprendente diligencia y perseverancia que
la caracterizaban, aprendió las técnicas de cocina que aún no conocía. La primera vez
que sus familiares fueron a cenar a casa tras la muerte de Anna, alabaron la comida.
Rollitos caseros de patata y queso kolacky. Sopa de verduras con queso fundido y
buñuelos de carne de ternera. De aperitivo, pescado hervido. Ternera cocida con
paprika, puré de ciruelas y patatas, y macarrones fritos con mantequilla y servidos
con salsa de tomate. Y de postre, budín de melocotón o de manzana. Francine y
Rachel creyeron que Jacob escondía a una nueva y maravillosa ama de llaves en la
cocina. Cuando Jacob señaló a su hija, no se lo creían. Ginger no pensaba que
hubiese hecho nada notable. Necesitaban una cocinera, de modo que se hizo cocinera.
Ahora tenía que ocuparse de su padre, y asumió esa responsabilidad con energía y
entusiasmo. Limpiaba la casa con rapidez y eficiencia, y con una meticulosidad que
desafiaba las inspecciones secretas de su tía Francine en busca de polvo y suciedad.

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Cuando sólo tenía doce años, ya sabía administrarse, y antes de cumplir los trece, ya
llevaba las cuentas de la casa.
A los catorce años, con tres menos que sus compañeras de clase, Ginger
pronunció el discurso de despedida en la ceremonia de graduación del instituto.
Cuando se supo que la habían admitido en distintas universidades y que había
escogido Barnard, todos comenzaron a preguntarse si al fin, a la tierna edad de
catorce años, no se habría comido un bocado demasiado grande y se atragantaría al
intentar engullirlo.
Barnard era más difícil que el instituto. Ya no aprendía más rápido que los demás,
pero aprendió lo mismo que el mejor, y tenía una media por curso de 4,0 sobre cinco,
nunca menos de 3,8…, y aquello fue un semestre del primer año, cuando Jacob sufrió
el primer ataque de pancreatitis, y ella dormía todas las noches en el hospital.
Jacob vivió para verla superar el primer curso y, cetrino y débil, también la vio
obtener el título de medicina, incluso resistió tenazmente hasta que Ginger cumplió
los seis meses del internado. Pero después de tres ataques de pancreatitis recurrente,
se desarrolló un cáncer pancreático, y murió antes de que Ginger se decidiera a
aceptar una plaza de cirugía en el Boston Memorial en lugar de dedicarse a la
investigación.
Como Ginger pasó más años con Jacob que con su madre, era comprensible que
sus sentimientos hacia él fueran más profundos y que su pérdida le resultara más
devastadora que la de Anna. Sin embargo, afrontó esa época de tristeza como
afrontaba todos los retos que se le presentaban, y acabó el internado con informes
excelentes y magníficas recomendaciones.
Retrasó el ingreso en el Boston Memorial y se marchó a California, donde realizó
en Stanford un arduo curso de patología cardiovascular de dos años. Posteriormente,
tras pasar un mes de vacaciones (con mucho, las más largas que había disfrutado
nunca), volvió al Este, a Boston, consiguió que el doctor George Hannaby (jefe de
cirugía en el Memorial y famoso por sus avanzados logros en distintas técnicas de
cirugía cardiovascular) fuese su mentor, y cumplió las tres cuartas partes de su
residencia de dos años sin ningún contratiempo.
Entonces, la mañana de un jueves de septiembre, entró en Bernstein’s
Delicatessen a hacer unas compras, y comenzaron a suceder cosas terribles. El
incidente de los guantes negros. Ese fue el comienzo.

El martes era su día libre y, a no ser que alguno de sus pacientes estuviera en
peligro de muerte, ni la esperaban ni la necesitaban en el hospital. Los dos primeros
meses en el Memorial trabajó, con entusiasmo y vigor incansables, la mayor parte de
sus días libres, pues era lo que más le gustaba hacer. Pero George Hannaby puso fin a
aquel hábito en cuanto se enteró de su existencia. George decía que la práctica de la
medicina era un trabajo con muchas preocupaciones y que todo médico necesitaba

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descansar, incluida Ginger Weiss.
«Si te exiges demasiado, si vas demasiado aprisa y sin descansar —le dijo—, no
sólo eres tú quien sufre las consecuencias, sino también el paciente».
Así, todos los martes dormía una hora más, se duchaba y tomaba dos tazas de café
mientras leía el periódico de la mañana en la cocina, junto a la ventana que se
asomaba a Mount Vernon Street. A las diez se vestía, caminaba varias manzanas hasta
Bernstein’s, en Charles Street, y compraba pastrami, cecina de vaca, crepes,
panecillos caseros o pan de centeno, ensaladilla de patatas, unas veces un poco de
esturión o de salmón ahumados y, otras, requesón vareniki para calentar en casa.
Después volvía a casa con la bolsa de la compra y se pasaba el día atiborrándose
mientras leía alguna obra de Agatha Christie, Dick Francis, John D. MacDonald,
Elmore Leonard y, en ocasiones, de Heinlein. A pesar de que aún no le gustaba
descansar ni la mitad de lo que gozaba trabajando, comenzó gradualmente a disfrutar
de su día de descanso, y el martes dejó de ser el temido día que era cuando empezó a
tomárselo libre.
Aquel terrible martes de noviembre se inició bien —frío, con un cielo plomizo de
invierno, fresco y estimulante más que glacial—, y la rutina la condujo a Bernstein’s
(abarrotado, como era normal) a las diez y veintiún minutos. Ginger recorrió el largo
mostrador de un extremo a otro, curioseando en las estanterías de bollería,
contemplando las vitrinas refrigeradas, escogiendo de entre la gama de manjares con
placer de glotona. El local era un hervidero de aromas deliciosos y alegres sonidos:
masa caliente, canela; risas; ajo, clavo; animadas conversaciones salpicadas de
yidisch, el acento bostoniano y la jerga del rock-and-roll; avellanas tostadas, chucrut,
encurtidos, café; el clink-clank de la cubertería. Cuando Ginger eligió todo lo que le
apetecía, pagó, se puso los guantes azules de lana, cogió la bolsa, pasó frente a las
mesitas donde media docena de personas tomaban un desayuno tardío, y se dirigió a
la puerta.
Llevaba la bolsa en la mano izquierda y, con la mano libre, intentó guardar el
monedero en el bolso, que le colgaba del hombro derecho. Al llegar a la puerta, iba
mirando hacia abajo, y un hombre con abrigo gris de lana y gorro ruso de color negro
entraba en la tienda en aquel momento, tan distraído como ella; tropezaron. Al sentir
el frío aire del exterior, Ginger retrocedió un paso. El hombre le cogió la bolsa de la
compra y evitó que se cayera al suelo, luego la cogió del brazo.
—Lo siento —le dijo—. Ha sido una torpeza de mi parte.
—La culpa ha sido mía —dijo Ginger.
—Iba pensando en las musarañas —le contestó.
—Era yo quien no miraba por dónde caminaba —dijo ella.
—¿Se encuentra bien?
—Sí. De verdad.
El hombre le dio la bolsa.
Ella se lo agradeció, cogió la bolsa… y se fijó en sus guantes negros. Eran unos

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guantes caros, de cuero de primera calidad, tan bien acabados que las costuras apenas
eran visibles, pero no tenían nada que pudiese explicar la instantánea y poderosa
reacción de Ginger, nada raro, nada extraño, nada amenazador. Sin embargo, se sintió
amenazada. No por el hombre, que tenía un rostro ordinario, pálido, fláccido, pastoso,
y ojos amables tras unas gruesas lentes con montura de concha. Inexplicablemente,
irrazonablemente, eran los guantes los que le atemorizaron. Notó que se le atenazaba
la garganta y se le aceleraba el corazón.
Lo más extraño fue que todas las personas y cosas que había en la tienda
comenzaron a desvanecerse como si no fueran reales, sino el simple producto de un
sueño que desaparecía al despertar. Los clientes que desayunaban en las mesitas, las
estanterías repletas de alimentos enlatados y empaquetados, las vitrinas de
exposición, el reloj de pared con el logotipo de Manischewitz, el barril de encurtidos,
las mesas y las sillas, todo se difuminaba y se sumergía en una neblina nivea que
parecía surgir de algún lugar bajo el suelo. Lo único que no se desvanecía eran
aquellos siniestros guantes, y de hecho, a medida que se fijaba en ellos, los detalles
resaltaban más, se hacían más vividos, más reales y más amenazadores.
«¡Señorita!», le dijo el hombre del rostro fláccido con una voz que parecía
provenir de muy lejos, del extremo de un largo túnel.
Aunque las formas y colores de la tienda parecían blanquearse alrededor de
Ginger, los sonidos no se desvanecían, por el contrario, aumentaron hasta que el
rumor de una algarabía sin significado y el golpeteo discordante de la cubertería le
retumbaron en los oídos, hasta que el tintinear de la vajilla y el suave repiqueteo de la
caja registradora se convirtieron en un estruendo insoportable.
No podía quitar los ojos de los guantes.
«¿Le ocurre algo?», le preguntó el hombre, levantando la mano enfundada en el
guante negro con un gesto inquisitivo.
Negro, ceñido, brillante, perfectamente curtido, con unas pequeñas costuras en
los dedos…, terso en los nudillos…
Mareada, desorientada bajo la tremenda presión de un temor indefinido, supo
repentinamente que debía correr a toda costa. Correr o morir. No sabía por qué. No
comprendía por qué estaba en peligro. Pero sabía que debía correr o moriría en aquel
lugar.
El ritmo de los latidos del corazón, ya acelerado, se hizo frenético. Expulsó el
aliento paralizado en su garganta con un débil grito, y se lanzó hacia delante como si
persiguiera al patético sonido que se le había escapado. Sorprendida por su reacción
ante los guantes, pero incapaz de analizarla con objetividad, confundida por su
conducta y sin poder remediarla, apretándose la bolsa de la compra contra el pecho,
empujó al hombre al pasar junto a él. Casi no advirtió que estuvo a punto de tirarlo al
suelo. Debió abrir la puerta de un empujón, aunque no recordaba haberlo hecho, y se
vio fuera, en el frío aire de noviembre. El tráfico de Charles Street —bocinas, rumor
de motores, siseos gemidos-chirridos de neumáticos— se encontraba a su derecha y,

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al continuar la carrera, las ventanas de Bernstein’s relampaguearon a su izquierda.
A partir de entonces fue ajena a todo, pues el mundo que la rodeaba se desvaneció
totalmente, y se sumergió en una niebla sin forma moviendo las piernas
rítmicamente, los faldones del abrigo aleteando, como si huyese por un paisaje
amorfo, cegada por el miedo. Debía haber otras personas en la acera, a quienes
empujaría y apartaría de su camino, pero no las vio. Sólo era consciente de que
necesitaba escapar. Corrió velozmente a pesar de que nadie la perseguía, con una
expresión de puro terror, a pesar de que no podía identificar el peligro del que
escapaba.
Corrió. Corrió alocadamente.
Se quedó temporalmente ciega y sorda.
Se perdió.
Minutos después, al levantarse la niebla, se encontró en Mount Vernon Street, a
mitad de la cuesta, apoyada en una verja de hierro junto a la escalinata de una
majestuosa casa de ladrillo rojo. Estaba agarrada a dos barrotes y los apretaba con
tanta fuerza que le dolían los nudillos, tenía la frente apoyada en la verja, como una
prisionera melancólica echada en las rejas de su celda. Sudaba y jadeaba, tenía la
boca seca y amarga. Le ardía la garganta y le dolía el pecho. Estaba desconcertada,
era incapaz de recordar cómo había llegado a aquel lugar, le parecía haber sido
devuelta a una costa extranjera por la marea y las olas de amnesia.
Algo le había atemorizado.
No recordaba lo que había sido.
Poco a poco desapareció el miedo, y recuperó el ritmo normal de respiración, y la
velocidad de los latidos de su corazón disminuyó ligeramente.
Levantó la cabeza y parpadeó, mirando a su alrededor con timidez y desconcierto
mientras se le aclaraba la vista nublada por las lágrimas. Alzó la mirada hasta que vio
las ramas desnudas y negras de un tilo y el cielo encapotado de noviembre tras el
esqueleto del árbol. Unas antiguas farolas de gas brillaban débilmente, activadas por
solenoides que confundían la mañana invernal con el anochecer. En el extremo
superior de la cuesta se encontraba el edificio de la Cámara Legislativa del estado de
Massachusetts, y en el inferior, en la intersección de Mount Vernon y Charles Street,
el tráfico era fluido.
Bernstein’s Delicatessen. Sí, naturalmente. Era martes, y estaba en Bernstein’s
cuando…, cuando ocurrió algo.
¿Qué? ¿Qué había ocurrido en Bernstein’s?
¿Dónde estaba la bolsa de la compra?
Soltó los barrotes, levantó las manos y se fijó en sus guantes azules de punto.
Guantes. No los suyos, no estos guantes. El hombre miope con gorro ruso. Sus
guantes negros. Eso era lo que la había asustado.
Pero ¿por qué se dejó llevar por la histeria y se sobrecogió de temor al verlos?
¿Por qué le resultaban tan aterradores unos guantes negros?

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Desde la otra acera, una pareja de ancianos la miraban fijamente, y Ginger se
preguntó qué habría hecho para llamar la atención. Aunque se esforzaba por
recordarlo, no conseguía reconstruir ni un solo momento de su carrera colina arriba.
Los últimos tres minutos —¿o quizá más?— estaban completamente en blanco.
Debía haber corrido por Mount Vernon Street presa del pánico. Era evidente, a juzgar
por las expresiones de los rostros de quienes la observaban, que había sido todo un
espectáculo.
Turbada, les dio la espalda y, con paso vacilante, se dirigió calle abajo, volviendo
sobre sus pasos. Al final de la calle, cerca de la esquina, encontró la bolsa de la
compra tirada en la acera. Contempló durante largos segundos el bulto marrón
arrugado, intentando recordar el momento en que lo soltó. Pero aquel momento se
encontraba en blanco.
¿Qué me ocurre?
Había algunos paquetes fuera de la bolsa de papel, pero ninguno estaba abierto.
Los cogió y los guardó.
Intranquila por aquella sorprendente pérdida del control, sintiendo que se le
doblaban las rodillas, se dirigió a casa, respirando entrecortadamente el aire helado.
Tras caminar algunos pasos, se detuvo. Vaciló. Finalmente, se volvió a Bernstein’s.
Se paró frente a la tienda y sólo tuvo que esperar uno o dos minutos a que el
hombre del gorro ruso y las gafas de concha saliera con su propia bolsa.
—Oh —la miró sorprendido—. Eh…, escuche, siento mucho lo ocurrido. Salió
usted corriendo de tal manera que dudé si me había excusado, ya sabe…
Contempló la mano derecha enguantada que sujetaba la bolsa de papel marrón. El
hombre gesticuló con la mano izquierda al hablar, y Ginger la siguió con la mirada al
describir un pequeño y breve dibujo en el aire gélido. No podía imaginar por qué
antes le invadió el pánico al ver los guantes.
—No se preocupe. Le esperaba aquí para excusarme. Me asusté y… y ha sido una
mañana muy extraña —le dijo, alejándose rápidamente—. Buenos días —exclamó
por encima del hombro.
Aunque su casa no quedaba lejos, la vuelta le pareció un viaje épico a través de
vastas extensiones de aceras grises.
¿Qué me ocurre?
Sentía más frío del que correspondía a aquel día de noviembre.
Vivía en Beacon Hill, en el segundo piso de una casa de cuatro que perteneció a
un banquero del siglo XIX. Lo eligió porque le gustó aquel estilo preservado
cuidadosamente: elaboradas molduras en los techos, medallones sobre las portales,
puertas de caoba, ventanales saledizos, dos chimeneas (una en el salón y otra en el
dormitorio) con mantos de mármol tallado y perfectamente pulido. Las habitaciones
daban la sensación de perduración, continuidad, estabilidad.
Ginger valoraba la constancia y la estabilidad más que cualquier otra cosa, quizá
como reacción a la pérdida de su madre cuando sólo contaba doce años.

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Estremeciéndose, a pesar de que el apartamento estaba caldeado, guardó los
comestibles en la panera y en el refrigerador, y fue al cuarto de baño a mirarse
detenidamente en el espejo. Estaba muy pálida. No le gustó la mirada acosada y
atormentada de sus ojos.
«¿Qué te ha ocurrido, shnook? —le dijo a su reflejo—. Te has comportado como
una verdadera meshuggene. Totalmente farfufket. Pero ¿por qué? ¿Eh? Se supone que
eres una buena profesional, así que dímelo. ¿Por qué?».
Al oír el eco de su propia voz, que resonaba en el alto techo del cuarto de baño,
supo que se trataba de algo grave. Jacob, su padre, fue judío en virtud de sus genes y
de su herencia, y estuvo orgulloso de ello, pero no lo fue en virtud de sus prácticas
religiosas. Rara vez acudía a la sinagoga, y observaba las fiestas con el mismo
espíritu secular con el que muchos cristianos apóstatas celebran la Pascua y la
Navidad. Y Ginger se apartó de la fe un paso más que Jacob, pues se calificaba a sí
misma de agnóstica. Es más, mientras que la conciencia judía de Jacob era integral,
evidente en todo lo que hacía o decía, no era ese el caso de Ginger. Si alguien le
pidiese que se definiera, diría: «mujer, médica, adicta al trabajo, apolítica» y otras
cosas, antes de acordarse de añadir: «judía». Sólo recordaba el yidisch cuando tenía
problemas, cuando estaba preocupada o asustada, como si estuviera convencida de
que aquellas palabras actuaban como un talismán que la protegía de la desgracia y las
catástrofes.
«Corriendo por las calles, tirando los comestibles, olvidándote de dónde estás,
asustada sin motivo, comportándote como una verdadera farmishteh —le dijo
desdeñosamente a su imagen—. La gente que te haya visto hacer esas cosas pensará
que eres una shikker, y la gente no acude a una médica borracha. ¿Nu?».
El poder carismático de las viejas palabras causó efecto, no mucho pero sí el
suficiente para devolverle el color a sus mejillas y suavizar la mirada desolada de sus
ojos. Dejó de estremecerse, pero siguió sintiendo escalofríos.
Se lavó la cara, se cepilló el cabello de un rubio plateado y se puso el pijama y la
bata, su indumentaria habitual en aquellos martes de plena indulgencia. Fue al
pequeño dormitorio que utilizaba como despacho, cogió de la librería el manoseado
diccionario médico Taber’s y lo abrió por la letra F.
Fuga.
Sabía lo que significaba aquella palabra, pero no sabía por qué había ido a
consultar el diccionario cuando no le podía decir nada nuevo. Quizá el diccionario era
otro talismán. Si veía la palabra impresa, dejaría de tener influencia sobre ella.
Seguro. Vudú para intelectuales. No obstante, leyó el artículo:
fuga (del latín «fuga», huida). Grave disociación de la personalidad.
Abandono impulsivo del entorno u hogar. Tras la recuperación, se suele producir una pérdida de memoria
que abarca el tiempo del ataque.

Cerró el diccionario y lo devolvió a la estantería.


Tenía otros libros de consulta que le ofrecerían información más detallada sobre

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las fugas, sus causas e importancia, pero decidió no profundizar en la materia.
Simplemente, no podía creer que aquel ataque pasajero fuese el síntoma de un grave
problema médico.
Quizá estuviera sometida a demasiadas tensiones, trabajaba demasiado, y aquella
sobrecarga le habría producido una fuga aislada y transitoria. Una perdida de
memoria de dos o tres minutos. Un pequeño aviso. Continuaría tomándose los martes
libres e intentaría dejar de trabajar una hora antes todos los días. Con eso se acabaría
el problema.
Había trabajado demasiado para convertirse en esa doctora que su madre deseaba
que fuese, para convertirse en alguien y, de ese modo, honrar a su bondadoso padre y
a aquella madre perdida tanto tiempo antes pero bien recordada y añorada. Se había
sacrificado mucho para llegar hasta allí. Trabajó más fines de semana de los que tuvo
libres, se prohibió las vacaciones y la mayor parte de los placeres. Ahora, en sólo seis
meses, terminaría el período de residencia, se establecería por su cuenta, y no
permitiría que nada ni nadie se interpusiera en sus planes. Nada destruiría su sueño.
Nada.
Era el 12 noviembre.

3. CONDADO DE ELKO, NEVADA

Ernie Block temía la oscuridad. En la oscuridad de puertas adentro ya lo pasaba


mal, pero era la vasta negrura de la noche del norte de Nevada lo que más
aterrorizaba a Ernie. Durante el día mantenía las ventanas abiertas y las luces
encendidas, pero por la noche prefería las habitaciones con pocas ventanas o incluso
sin ellas, porque le daba la impresión de que la noche se apretaba contra los cristales,
como si fuese una criatura viva que quisiera entrar y devorarlo. Correr las cortinas no
le proporcionaba alivio alguno, pues era consciente de que la noche seguía allí,
esperando su oportunidad.
Se sentía profundamente avergonzado de sí mismo. No sabía por qué había
comenzado recientemente a temer la oscuridad. Simplemente era así.
Millones de seres humanos compartían su fobia, desde luego, pero casi todos eran
niños. Ernie tenía cincuenta y dos años.
La tarde del viernes, el día siguiente al de Acción de Gracias, trabajó solo en la
recepción del motel porque Faye estaba en Wisconsin visitando a Lucy, Frank y los
nietos. No regresaría hasta el martes. En diciembre, tenían pensado cerrar una semana
y pasar la Navidad en Milwaukee con su hija; pero esta vez Faye había ido sola.
Ernie la echaba mucho de menos. La añoraba porque era su mujer desde hacía
treinta y dos años, y su mejor amiga. La echaba de menos porque ahora la amaba más
que cuando se casaron. Y porque…, sin Faye, las noches parecían más largas, más
intensas, más oscuras que nunca.

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A las dos y media de la tarde ya había limpiado las habitaciones y cambiado la
ropa de cama, y el Tranquility Motel estaba preparado para recibir a la próxima
oleada de viajeros. Era el único alojamiento en veinte kilómetros a la redonda,
situado sobre una loma al norte de la autopista, un pequeño y cuidado lugar de
descanso en las vastas llanuras tapizadas de artemisa, que ascendían hasta convertirse
en prados verdes. Elko se encontraba a unos cincuenta kilómetros al Este, Battle
Mountain a sesenta y cinco al Oeste. La ciudad de Carlin y el pequeño pueblo de
Beowawe quedaban más cerca, pero ninguno de los dos eran visibles desde el «motel
de la tranquilidad». De hecho, desde el aparcamiento del motel no se veía ningún
edificio, y probablemente no había otro motel en el mundo con un nombre tan
apropiado.
Ernie se encontraba en la sala de recepción, trabajando con una lata de barniz,
retocando algunos rasguños en el mostrador de roble, donde los huéspedes se
inscribían y despedían. El mostrador no estaba muy estropeado. Simplemente, mataba
el tiempo hasta que empezaran a llegar los clientes, a la caída de la tarde, procedentes
de la autopista interestatal 80. Si no mantenía la cabeza ocupada, pronto empezaría a
pensar en lo temprano que oscurecía en noviembre, comenzaría a inquietarse por la
llegada de la noche y, para cuando anocheciese, se encontraría tan intranquilo como
un gato con una lata atada al rabo.
La recepción del motel era un templo a la luz. Desde que abrió a las seis y media
de la mañana, todas las luces estaban encendidas. Sobre la mesa de la oficina, tras el
mostrador de roble, había una achatada lámpara fluorescente de cuello flexible, que
proyectaba un rectángulo de luz pálida sobre el libro de registro de terciopelo verde.
Una lámpara de pie de cobre relucía en un rincón junto al archivo. Al otro lado del
mostrador de recepción había un expositor de postales, una estantería de pared con
unos cuarenta libros de bolsillo, otra con folletos turísticos, una máquina tragaperras
junto a la puerta y un sofá gris flanqueado por mesitas bajas y lámparas de vasija
equipadas con bombillas de tres vías —75, 100 y 150 vatios— encendidas a toda
potencia. En el techo también había un plafón de cristal esmerilado con dos bombillas
y, naturalmente, la mayor parte de la pared frontal de la sala de recepción estaba
ocupada por un gran ventanal. El motel estaba orientado al sudsudoeste, y a aquella
hora del día los rayos melosos del sol poniente atravesaban el ventanal y teñían de
ámbar la blanca pared situada tras el sofá, dispersándose en centenares de líneas
erráticas en el resplandor agrietado de las lámparas de vasija y haciendo relucir los
medallones de cobre que adornaban las mesas.
Cuando estaba Faye, Ernie no encendía tantas luces porque ella se lo reprocharía
y las apagaría. El dejar una luz apagada le inquietaba, pero lo resistía para conservar
su secreto. Por lo que sabía, Faye no había notado la fobia que se apoderaba de él
desde hacía cuatro meses, y no quería que lo supiera porque se avergonzaba de
aquella novedad y porque no quería preocuparla. No conocía la causa de aquel miedo
irracional, pero sabía que, antes o después, lo dominaría, de modo que no tenía

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sentido humillarse y causar a Faye una preocupación innecesaria por una condición
pasajera.
Se negaba a creer que fuese algo serio. En cincuenta y dos años había enfermado
rara vez. Sólo había estado en el hospital en una ocasión, cuando recibió un balazo en
el trasero y otro en la espalda durante su segundo período de servicio en Vietnam. No
había precedentes de locura en su familia, y Ernest Eugene Block estaba
absolutamente seguro de que él no sería el primer miembro de la familia en llegar
destrozado al diván de un psiquiatra. «Puedes apostar lo que sea y dejar de
preocuparte en pensar lo que le dirías». Lo superaría, por muy extraño e inquietante
que fuese.
Comenzó en septiembre, una vaga intranquilidad que se iba apoderando de él a
medida que se acercaba la caída de la noche y que no desaparecía hasta el amanecer.
Al principio no sentía inquietud todas las noches, pero fue empeorando y, para
mediados de octubre, el crepúsculo siempre venía acompañado de una inexplicable
intranquilidad espiritual. A primeros de noviembre, la intranquilidad se convirtió en
miedo, y en las dos últimas semanas su ansiedad creció hasta el punto de que sus días
estaban marcados —y casi completamente definidos— por ese desconcertante miedo
a la oscuridad que acabaría por llegar. Durante los diez últimos días, evitaba salir
fuera cuando era de noche, y Faye no lo había notado, aunque no tardaría mucho en
hacerlo.
Resultaba ridículo que una persona tan grande como Ernie Block le tuviese miedo
a algo. Medía uno ochenta y era de una constitución tan corpulenta que su apellido
resultaba el adjetivo más apropiado para describirlo. El recio cabello gris cortado al
cepillo revelaba porciones del cráneo, y sus rasgos faciales eran limpios y atractivos,
aunque tan rectangulares que parecían los de un busto esculpido en granito. El cuello
recio, los grandes hombros y el pecho corpulento le daban el aspecto de un peso
pesado. Cuando era una estrella del béisbol universitario, sus compañeros le llamaban
Toro, y durante sus veintiocho años de servicio en el cuerpo de infantería de marina,
del que se licenció seis años antes, la mayor parte de la gente le llamaba «señor»,
incluso quien tenía su mismo rango. Se asombrarían al saber que, últimamente, a
Ernie Block le sudaban las palmas de las manos todos los días cuando se acercaba la
puesta de sol.
Ahora, con la intención de mantener sus pensamientos apartados del anochecer,
se entretuvo con la reparación del mostrador hasta que, finalmente, acabó a las cuatro
menos cuarto. La luz del día había cambiado. Ya no era del color de la miel sino de
un ámbar anaranjado, y el sol descendía por el Oeste.
A las cuatro entraron los primeros clientes, una pareja de su edad, el señor y la
señora Gilney, que regresaban a casa, en Salt Lake City, tras pasar una semana en
Reno visitando a un hijo. Charló con ellos y quedó contrariado cuando cogieron la
llave y se marcharon.
La luz del sol ya era completamente anaranjada, de un anaranjado tostado, carente

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de tonos amarillos. Las altas nubes aisladas habían dejado de ser veleros blancos para
convertirse en galeones de color dorado y escarlata que navegaban resplandecientes
hacia el Este sobre la Gran Cuenca, que se extendía por la mayor parte del estado de
Nevada.
Diez minutos más tarde, se registró un hombre cetrino, de la Oficina de
Administración Territorial, que estaría dos días por aquella zona en visita de trabajo.
Solo de nuevo, Ernie hacía esfuerzos para no mirar el reloj.
También intentaba no mirar a las ventanas, pues el día moría al otro lado de los
cristales.
«No sientas pánico —se decía—. Has estado en la guerra, has visto lo peor que
puede ver un hombre y aún sigues aquí, ¡diablos!, tan grande y temible como
siempre, así que no te descompongas sólo porque caiga la noche».
A las cinco menos diez, la luz anaranjada cambió a un rojo sangriento.
El corazón se le aceleró, y comenzó a parecerle que su caja torácica se había
convertido en un torno que le apretaba los órganos vitales entre sus fauces.
Fue tras el mostrador, se sentó en la silla, cerró los ojos e hizo algunos ejercicios
de respiración para calmarse.
Encendió la radio. A veces, la música le ayudaba. Kenny Rogers cantaba sobre la
soledad.
El sol rozó el horizonte y comenzó a desaparecer lentamente. La tarde escarlata
palideció hasta el azul brillante, después a un púrpura luminoso que le recordó a
Ernie los atardeceres de Singapur, donde estuvo destinado dos años de guardia en la
Embajada cuando era un joven recluta.
Llegó. El crepúsculo.
Después, algo peor. La noche.
Las luces del exterior, incluido el letrero de neón azul y verde que se divisaba
fácilmente desde la autopista, se encendieron automáticamente al caer la noche, pero
eso no hizo que Ernie se sintiera mejor. Faltaba una eternidad para el amanecer.
Comenzaba el reinado de la noche.
Con la desaparición de la luz, la temperatura exterior descendía hasta alcanzar
valores bajo cero. La estufa se accionaba con más frecuencia para evitar que la sala se
enfriase. A pesar del frío, Ernie Block sudaba.
A las seis en punto, Sandy Sarver se acercó desde el Tranquility Grille, situado al
oeste del motel. Era una pequeña cafetería donde se preparaban sándwiches y un
menú limitado que servía de almuerzo o cena a los clientes del motel y a los
hambrientos camioneros que se detenían a tomar un bocado. (El desayuno de los
huéspedes consistía en bollitos y café y era servido en las habitaciones). Sandy, de
treinta y dos años, y su marido, Ned, trabajaban en el restaurante, contratados por
Ernie y Faye; Sandy servía las mesas y Ned cocinaba. Vivían en un remolque cerca
de Beowawe e iban todos los días a trabajar en su destrozada camioneta Ford.
Ernie hizo una mueca cuando entró Sandy, pues al ver la puerta abierta tuvo el

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temor irracional de que la oscuridad del exterior saltaría, como una pantera, a la
oficina.
—Te traigo la cena —dijo Sandy, tiritando en medio de la ola de frío que había
entrado con ella. Dejó una pequeña caja de cartón sin tapadera en el mostrador.
Contenía una hamburguesa con queso, patatas fritas, un recipiente de plástico con
ensalada de col y una lata de cerveza Coors—. Supuse que necesitarías una Coors
para regar ese colesterol.
—Gracias, Sandy.
Sandy Sarver no era un deleite para los ojos, tenía un aspecto sencillo y
descuidado, incluso cansado, aunque podía ser más atractiva de lo que ella pensaba.
Estaba demasiado delgada, pero, si engordase seis o siete kilos, tendría una línea
razonablemente bonita. Su busto no era prominente, pero una asombrosa flexibilidad
compensaba su escasa amplitud, y poseía una encantadora delicadeza femenina que
se podía apreciar en sus huesos pequeños, los brazos largos y el cuello de cisne.
Además, poseía una gracia poco común y llamativa que generalmente se disfrazaba
en sus movimientos evasivos, cuando caminaba, y en los hombros redondeados y
caídos cuando se encontraba sentada. El cabello castaño le caía fláccido y sin brillo,
probablemente porque se lo lavaba con jabón en lugar de usar champú. Nunca se
maquillaba, ni siquiera utilizaba pintura de labios. Llevaba las uñas mordidas y
descuidadas. No obstante, tenía un buen corazón y era de espíritu generoso, por lo
que Ernie y Faye deseaban que cuidase más su aspecto y le sacara más partido a la
vida.
A veces Ernie se preocupaba por ella de la misma manera que solía preocuparse
por Lucy, su hija, antes de que se casara con Frank y fuese tan feliz a todas luces.
Notaba que a Sandy Sarver le había ocurrido algo malo hacía tiempo, que había
recibido un golpe tan fuerte que, a pesar de no haberla destruido, le había enseñado a
mantenerse en guardia, con la cabeza agachada, a albergar sólo las esperanzas más
pobres para protegerse de la desilusión, del dolor y de la crueldad humana.
Disfrutando del aroma de la comida y abriendo la lata de Coors, Ernie le dijo:
—Ned hace las mejores condenadas hamburguesas que he probado nunca.
Sandy sonrió tímidamente.
—Es una suerte tener un cocinero en casa —su voz era suave, mansa—.
Especialmente en mi caso, que no sirvo para eso.
—Oh, apuesto a que tú también eres una cocinera estupenda —dijo Ernie.
—No, no, ni mucho menos. Nunca lo he sido y nunca lo seré.
Llevaba un uniforme de manga corta, y Ernie observó sus brazos desnudos,
cubiertos de pecas.
—No deberías salir en una noche así sin jersey. Estás cavándote tu propia tumba.
—¡Qué va! —le contestó—. Hace…, hace tiempo que me acostumbré al frío.
Era una respuesta extraña, y el tono de su voz más extraño aún. Pero antes de que
Ernie pensara una forma de hacerla hablar y descubrir lo que quería decir, Sandy se

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encaminó hacia la puerta.
—Nos veremos más tarde, Ernie.
—Eh… ¿Mucho trabajo?
—Algo. Los camioneros empezarán a llegar pronto a cenar —se detuvo con la
puerta abierta—. Qué iluminado está esto.
Cuando Sandy abrió la puerta, a Ernie se le atascó un trozo de hamburguesa con
queso en la garganta. Estaba exponiéndolo a los peligros de la oscuridad.
El aire helado penetró en el interior.
—Aquí podría broncearse una —dijo.
—Me…, me gusta que haya mucha luz. Si entra alguien y está oscuro…, bueno,
da la impresión de que es un lugar sucio.
—¡Vaya! Nunca se me hubiera ocurrido eso. Supongo que por eso eres el jefe. Si
esto estuviese a mi cargo, nunca se me ocurrirían cosas así. No pienso en los detalles.
Tengo que largarme.
Ernie contuvo el aliento mientras Sandy tenía la puerta abierta, y suspiró aliviado
cuando la cerró al salir. Contempló su silueta a través de las ventanas hasta que se
perdió de vista. No recordaba que Sandy hubiese reconocido jamás alguna de sus
virtudes. De igual modo, nunca vacilaba en señalar sus faltas y defectos, tanto reales
como imaginarios. La chica era encantadora, pero a veces no resultaba buena
compañía. Aquella noche, desde luego, incluso las malas compañías eran
bienvenidas. Sintió verla marcharse.
Mientras comía de pie en el mostrador, Ernie hacía esfuerzos para concentrarse en
la comida, sin levantar los ojos de ella hasta que terminó, utilizándola para hacer
desaparecer de su cabeza el miedo irracional que le ponía la carne de gallina y le
hacía sudar.
A las siete menos diez, estaban ocupadas ocho de las veinte habitaciones del
motel. Como era la segunda noche de unas vacaciones de cuatro días, con un número
de viajeros superior al habitual, si mantenía abierto hasta las nueve, alquilaría al
menos otras ocho habitaciones.
No podía hacerlo. Era un infante de marina —retirado, es cierto, pero aún lo era
— para quien las palabras «deber» y «coraje» eran sagradas, y nunca había faltado a
su deber, ni siquiera en Vietnam, cuando las balas silbaban y las bombas explotaban y
la gente moría a su alrededor, pero era incapaz de la simple tarea de tener el motel
abierto hasta las nueve de la noche. Los ventanales de la oficina no tenían cortinas, la
puerta de cristal no tenía persiana, no había forma de escapar a la visión de la noche.
Cada vez que se abría la puerta, enfermaba de miedo porque ninguna barrera se
interponía entre él y la noche.
Contempló sus manos recias. Estaban temblando. Le sonaron las tripas. Estaba
tan inquieto que no podía quedarse parado. Paseaba arriba y abajo de la oficina.
Cogía y soltaba esto y aquello.
Finalmente, a las siete y cuarto, rindiéndose a su ansiedad irracional, pulsó el

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interruptor que había bajo el mostrador para encender el letrero de COMPLETO y cerró
la puerta principal. Apagó las lámparas, una a una, apartándose de las sombras que se
precipitaban donde había reinado la luz, y se retiró al fondo de la habitación. Una
escalera conducía a su apartamento en la planta superior. Intentó subirla a un paso
normal, diciéndose que era una estupidez y una tontería tener miedo, que nada salía
de los oscuros rincones de la oficina y lo perseguía, nada —¡qué idea tan ridícula!—,
nada, absolutamente nada. Pero esas palabras tranquilizadoras no le servían de
mucho, pues no era algo que hubiese en la oscuridad lo que le asustaba; al contrario,
le aterrorizaba la misma oscuridad, la simple ausencia de luz. Comenzó a subir más
deprisa, agarrado al pasamanos. Con gran pesar, le invadió un gran pánico y subió los
peldaños de dos en dos. Arriba, con el corazón latiéndole apresuradamente, entró en
el salón, tanteó la pared en busca del interruptor, apagó la luz que permanecía
encendida en la planta de abajo y cerró la puerta con tal fuerza que la pared pareció
tambalearse, echó la llave y se apoyó de espaldas a ella.
No podía dejar de jadear. Tampoco podía dejar de temblar. Olía su propio sudor
acre.
Durante el día, mantuvo varias luces encendidas en el apartamento, pero algunas
estaban apagadas. Corrió de habitación en habitación encendiéndolas todas. Las
cortinas y las contraventanas estaban cerradas desde la noche anterior, y no vio la
oscuridad al otro lado de los cristales.
Cuando recuperó el control de sí mismo, telefoneó al Tranquility Grille y le dijo a
Sandy que no se sentía bien y que ya había cerrado. Les pidió que guardasen los
recibos hasta el día siguiente en lugar de entregárselos, como todos los días, cuando
cerrasen el restaurante.
Mareado por el punzante olor de su propia transpiración —no tanto por el olor en
sí como por la total pérdida de control que el olor representaba—, Ernie se duchó.
Tras secarse, se puso ropa interior limpia y un grueso albornoz, y se calzó unas
zapatillas.
Antes, a pesar de su desconcertante aprensión sin causa definida, podía dormir en
el dormitorio a oscuras, aunque no sin cierta ansiedad y con la ayuda de un par de
cervezas. Después, dos noches antes, cuando Faye se marchó a Wisconsin y se quedó
solo, no pudo dormir si no era con la constante compañía de la luz de la lamparita.
Sabía que esta noche también necesitaría aquella seguridad luminosa.
¿Y cuando Faye regresara el martes? ¿Sería capaz de volver a dormir sin luz?
¿Y si Faye apagaba la luz… y él comenzaba a gritar como un niño asustado?
La idea de aquella próxima humillación le hizo apretar los dientes con rabia y
acercarse a la ventana más cercana.
Puso una manaza en las cortinas cerradas. Vaciló. Su corazón empezó a imitar una
ráfaga apagada de metralleta.
Siempre había sido fuerte por Faye, como una roca en la que ella pudiera
aferrarse. Eso era lo que se suponía que debía ser: una roca. No debía defraudar a

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Faye. Debía superar aquella extraña aflicción antes de que regresara de Wisconsin.
Cuando pensó en lo que había tras el cristal ahora oculto, se le secó la boca y
volvió a sentir escalofríos, pero sabía que sólo podría superar aquello afrontándolo.
Esa era la lección que le había enseñado la vida: ser valiente, enfrentarse al enemigo,
plantar batalla. Esa filosofía de la acción le sirvió siempre. Volvería a servirle.
Aquella ventana daba a espaldas del motel, se asomaba a las extensas praderas y a las
colinas de las deshabitadas mesetas, y la única luz que existía era la de las estrellas.
Debía abrir las cortinas, enfrentarse cara a cara a aquel tenebroso paisaje, hacerlo con
decisión, aguantarlo. La confrontación actuaría como un purgante, le haría expulsar el
veneno de su organismo.
Ernie abrió las cortinas. Contempló la noche y se dijo que aquella perfecta
oscuridad no era tan mala…, era intensa y pura, vasta y fría, pero no malévola ni,
desde luego, una amenaza para su persona.
Sin embargo, mientras miraba, inmóvil e inamovible, algunas porciones de
oscuridad parecieron…, parecieron cambiar, fundirse, y adoptar formas que, si bien
no eran visibles, sí parecían sólidas; masas de una oscuridad palpitante y más intensa
dentro de otra oscuridad mayor, fantasmas ocultos dispuestos a lanzarse en cualquier
momento contra la frágil ventana.
Apretó la mandíbula, apoyó la frente contra el cristal helado.
Las planicies de Nevada, un enorme espacio vacío, parecían ahora expandirse
más. No podía ver las montañas bajo el manto de la noche, pero sentía que se
retiraban como por arte de magia, que las llanuras entre él y las montañas parecían
crecer, extenderse cientos de kilómetros, miles, expandiéndose velozmente hacia el
infinito, hasta que de repente se encontró en el centro de un vacío tan inmenso que
desafiaba toda descripción. A su alrededor existía un vacío, una ausencia de luz, más
allá de la capacidad de medición humana, más allá de los límites de su pobre
imaginación, un terrible vacío, a izquierda y derecha, delante y detrás, arriba y abajo;
de repente, se le cortó la respiración.
Aquello era considerablemente peor que cualquier cosa que hubiera conocido. Un
temor que llegaba más allá. Más profundo. De un poder asombroso. Un temor que lo
tenía totalmente dominado.
Bruscamente, notó el peso de aquella enorme oscuridad, que parecía dejarse caer
inexorablemente sobre él, presionándole más y más; muros incalculablemente altos
de pesada oscuridad que se derrumbaban, aplastándolo, sacándole hasta el último
aliento…
Gritó y se retiró de la ventana.
Se dejó caer de rodillas mientras las cortinas se cerraban con un susurro. La
ventana volvía a estar oculta. La oscuridad se había retirado. A su alrededor, la luz, la
bendita luz, lo iluminaba todo. Se llevó las manos a la cabeza, se estremeció y respiró
profundamente.
Se arrastró hasta la cama y se dejó caer en el colchón, donde permaneció largo

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rato, escuchando los latidos de su corazón, que eran como pisadas, primero corriendo,
después trotando y, por último, caminando apresuradas. Al afrontar el problema, en
lugar de resolverse, había empeorado.
«¿Qué está ocurriendo aquí? —dijo en voz alta, mirando al techo—. ¿Qué me está
pasando? Santo cielo, ¿qué me ocurre?».
Era el 22 de noviembre.

4. LAGUNA BEACH, CALIFORNIA

El sábado, en prevención desesperada de otro posible episodio de sonambulismo,


Dom Corvaisis se levantó con la intención de agotarse concienzuda y metódicamente.
Pensaba estar tan cansado por la noche que dormiría como una piedra enterrada desde
tiempos inmemoriales en el seno de la tierra. A las siete de la mañana, con la fría
neblina nocturna flotando sobre los desfiladeros y colgando de los árboles, realizó
una tabla de gimnasia en el patio con vistas al mar, después se calzó unas zapatillas
deportivas y corrió once kilómetros por las empinadas calles de Laguna. Las cinco
horas siguientes las pasó ocupado en trabajos pesados de jardinería. Después, como
era un día cálido, se puso un bañador, echó unas toallas al Firebird y fue a la playa.
Tomó el sol un poco y nadó mucho. Tras cenar en Picasso’s, paseó durante una hora
por las calles comerciales en las que se veían algunos turistas de temporada baja. Al
fin, volvió a casa.
Se desvistió en el dormitorio con la sensación de estar en Liliput, donde un millar
de seres minúsculos tiraban de él con cuerdas. Bebía poco, pero ahora tomó un trago
de Rémy Martin. Una vez en la cama, se durmió casi antes de apagar la luz.

Los incidentes de sonambulismo se hicieron más frecuentes, y el problema era


ahora lo más importante de su vida. Se interfería en su trabajo. El nuevo libro, que
marchaba a un buen ritmo —contenía lo mejor que había escrito hasta el momento—,
estaba estancado. En las dos últimas semanas se había despertado dentro del armario
en nueve ocasiones, cuatro veces en las últimas cuatro noches. La aflicción había
dejado de ser llamativa e intrigante. Tenía miedo a dormir porque, dormido, no se
controlaba totalmente.
El día anterior, viernes, se decidió a ir al médico, al doctor Paul Cobletz, de
Newport Beach. Titubeante, le contó a Cobletz todo sobre su sonambulismo, pero se
encontró incapaz y poco dispuesto a expresar el verdadero alcance y seriedad de su
preocupación. Dom siempre fue una persona muy reservada, quizá debido a su
infancia, transcurrida en una docena de casas extrañas y bajo el cuidado de padres
adoptivos, algunos indiferentes o incluso hostiles, cuya presencia en su vida era
desalentadoramente temporal. Era reacio a expresar sus pensamientos más personales

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e importantes si no lo hacía por boca de los personajes de sus novelas.
El resultado fue que el doctor Cobletz no se preocupó excesivamente. Tras un
examen físico completo, le dijo que se encontraba en perfecta forma. Atribuyó el
sonambulismo al estrés, a la próxima publicación de la novela.
—¿No cree que debería hacerme algunos análisis? —le preguntó Dom.
—Usted es escritor, y tengo la impresión de que le está dando rienda suelta a su
imaginación. Piensa en un tumor cerebral, ¿no es eso?
—Bueno… sí.
—¿Tiene dolores de cabeza? ¿Mareos? ¿Se le nubla la vista?
—No.
—Le he examinado los ojos. No hay ningún cambio en sus retinas, no existen
síntomas de presión craneal. ¿Tiene vómitos inexplicables?
—No, nada de eso.
—¿Ataques de vértigo? ¿Risas o períodos de euforia sin motivo aparente? ¿Algo
de ese tipo?
—No.
—Entonces, no veo motivos para hacer análisis por el momento.
—¿Cree que necesito… algún tipo de psicoterapia?
—¡Santo cielo, no! Estoy seguro de que se le pasará pronto.
Mientras terminaba de vestirse, Dom vio que Cobletz cerraba el expediente y le
dijo:
—Pensé que quizá unas píldoras para dormir…
—No, no —le contestó Cobletz—. Aún no. No creo que las drogas sean el primer
tratamiento al que se deba recurrir. Esto es lo que hará, Dom. Deje de escribir durante
unas semanas. No realice esfuerzos mentales. Haga mucho ejercicio. Váyase cansado
a la cama, tan cansado que no tenga tiempo de pensar en el libro antes de dormirse.
Unos días así y se curará. Estoy seguro.

El sábado, Dom comenzó el tratamiento prescrito por el doctor Cobletz y se


dedicó al ejercicio físico, aunque con una tenacidad flagelante y más empeño de lo
que le recomendó el doctor. Consecuentemente, cayó en un profundo sueño en el
momento que apoyó la cabeza en la almohada, y por la mañana no se despertó en el
armario.
Tampoco se despertó en la cama. Esta vez, se encontraba en el garaje.
Recobró el conocimiento en un profundo estado de terror, jadeando, con el
corazón latiéndole con tanta fuerza que parecía capaz de reventarle el pecho con uno
de sus latidos. Tenía la boca seca y los puños apretados. Le dolía el cuerpo y sentía
calambres, en parte por el ejercicio del día anterior y en parte por la posición
incómoda y poco natural en la que había dormido. Evidentemente, durante la noche
había cogido dos lonas que estaban dobladas en una estantería encima del banco de

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trabajo y se había introducido en el pequeño espacio que quedaba entre la caldera y la
pared. Allí era donde se encontraba ahora, escondido entre las lonas.
«Escondido» era la palabra correcta. No se había echado las lonas encima
simplemente para calentarse. Se había refugiado tras la caldera y bajo las lonas
porque se escondía de algo.
¿De qué?
Incluso ahora, mientras apartaba las lonas y luchaba por levantarse, mientras el
sueño cedía y sus ojos nublados se acostumbraban a la penumbra del garaje, la
intensa ansiedad que le acompañaba desde el sueño se aferraba a él tenazmente. Tenía
el pulso acelerado.
¿Miedo de qué?
De soñar. En la pesadilla debía haber estado corriendo y escondiéndose de algo
monstruoso. Sí. Por supuesto. El peligro que corría en las pesadillas le provocaba el
sonambulismo, y cuando buscó en sueños un lugar donde ocultarse, también se
escondió en la realidad, arrastrándose tras la estufa.
El Firebird blanco se dibujaba fantasmalmente en la vaga luz que entraba por las
rejillas de ventilación y por la única ventana, situada sobre el banco de trabajo.
Arrastrando los pies por el garaje, se sentía como si fuese una aparición.
Una vez en la casa, fue directamente al estudio. La luz de la mañana inundaba la
habitación y le hizo parpadear. Se sentó con el pantalón del pijama sucio, conectó el
procesador de textos y estudió los documentos del disquete que tenía en la máquina.
El disquete estaba como lo había dejado el jueves; no contenía material nuevo.
Dom esperaba haber dejado en sueños algún mensaje que le ayudase a
comprender la causa de su ansiedad. Evidentemente, su subconsciente retenía aquel
conocimiento y se lo negaba a su mente consciente. Al actuar dormido, controlaba su
subconsciente, y posiblemente intentaría explicarle las cosas a su mente consciente
por medio de algún mensaje en el procesador de textos. Pero aún no lo había hecho.
Desconectó la máquina. Permaneció sentado largo rato, mirando por la ventana
hacia el océano. Meditando…
Más tarde, en el dormitorio, cuando se dirigía al baño, encontró algo extraño.
Había unos clavos en la alfombra, tantos que tuvo que fijarse dónde ponía los pies. Se
detuvo y cogió algunos. Eran todos idénticos: clavos de acero de cuatro centímetros.
En un rincón del dormitorio vio dos objetos que atrajeron su atención. En el suelo,
bajo la ventana, que tenía las cortinas abiertas, había una caja de clavos junto al
zócalo; estaba medio vacía porque parte de su contenido se encontraba esparcido por
la alfombra. Junto a la caja había un martillo.
Cogió el martillo, lo sopesó, frunció el ceño.
¿Qué había estado haciendo en las solitarias horas de la noche?
Levantó la vista y vio tres clavos sobre el marco de la ventana. Brillaban con la
luz del sol.
Todo indicaba que se había preparado para clavar las ventanas y fortificarse en su

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casa, pero, antes de emprender esa tarea, le invadió el terror y huyó al garaje, donde
se escondió tras la caldera.
Soltó el martillo y se quedó allí de pie mirando por la ventana. Al otro lado sólo
había rosales cargados de flores, una pequeña franja de césped y un terraplén cubierto
de yedra que separaba su casa de la contigua. Una vista preciosa. Relajante. No podía
creer que hubiese sido distinta anoche, que algo amenazador se ocultase en la
oscuridad.
Y aún así…
Dom Corvaisis contempló durante un rato cómo aclaraba el día, las abejas que
iban de una flor a otra, después comenzó a recoger los clavos.
Era el 24 de noviembre.

5. BOSTON, MASSACHUSETTS

Tras el incidente de los guantes negros, transcurrieron dos semanas sin que
sufriera otro ataque.
Durante los días que siguieron a aquella embarazosa escena en Bernstein’s
Delicatessen, Ginger tuvo los nervios de punta, en espera de otro ataque. Estaba
extrañamente pendiente de sí misma, analizaba minuciosamente su estado fisiológico
y psicológico, alerta ante el menor síntoma de una próxima fuga, pero no advirtió
nada inquietante. No tenía dolores de cabeza, ni ataques de náusea, ni dolor en los
músculos o las articulaciones. Gradualmente, su seguridad alcanzó el nivel normal.
Se convenció de que aquella alocada fuga estaba totalmente relacionada con el estrés
y que era una aberración que no se volvería a repetir.
Estaba más ocupada que nunca en el Memorial. George Hannaby, jefe de cirugía
—un hombre alto y corpulento que hablaba y andaba con lentitud, y con un engañoso
aire de gandul—, tenía una agenda de trabajo muy apretada, y aunque Ginger no era
la única residente que trabajaba con él, sí era la única que lo hacía exclusivamente
con él. Le ayudaba en muchas —quizá en la gran mayoría— de sus especialidades:
injertos aórticos, amputaciones, anastomosis poplíteas, embolectomías, anastomosis
portocavas, toracotomías, arteriogramas, implantación de marcapasos temporales o
permanentes, y varias otras.
George observaba todas sus actuaciones y no dudaba en indicarle los más ligeros
deslices en su destreza y técnicas. Aunque parecía un oso simpático, era un maestro
exigente y no consentía la pereza, la ineptitud ni los descuidos. Podía ser un crítico
muy duro, y los jóvenes médicos sudaban en su presencia. Su desdén no era
simplemente mordaz; era deshidratante, abrasador, una onda expansiva nuclear.
Algunos médicos residentes consideraban a George un tirano, pero a Ginger le
gustaba trabajar con él precisamente porque exigía mucho. Sabía que sus críticas,
aunque expresadas a veces con rudeza, estaban motivadas exclusivamente por su

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interés por el paciente, y Ginger nunca las tomaba como algo personal. Cuando
finalmente se ganara la aprobación incondicional de Hannaby, sería casi tan
maravilloso como obtener el beneplácito de Dios.
El último lunes de noviembre, trece días antes de aquel extraño episodio, Ginger
colaboró en una anastomosis triple realizada a Johnny O’Day, un policía de Boston,
de cincuenta y tres años, retirado del servicio por una enfermedad cardiovascular.
Johnny era corpulento, tenía un rostro que parecía de caucho, el cabello revuelto y
alegres ojos azules; era modesto, de sonrisa fácil a pesar de sus problemas. Ginger
sentía especial interés por él porque, a pesar de no parecerse en nada al difunto Jacob
Weiss, le recordaba a su padre.
Temía que Johnny O’Day muriese… y que, en parte, fuera culpa suya.
No tenía motivos para pensar que Johnny fuese más vulnerable que otros
pacientes con problemas cardíacos. De hecho, corría un peligro comparativamente
menor. Su edad era diez años inferior a la edad media de los pacientes con problemas
similares, y tenía grandes posibilidades de recuperación. Su problema cardíaco no
estaba complicado con ninguna otra condición debilitadora, como flebitis o presión
sanguínea excesivamente alta. Sus perspectivas eran prometedoras.
Pero Ginger no podía librarse de la aprensión que le envolvía progresivamente. El
lunes por la tarde, a medida que se acercaba la hora de las intervenciones quirúrgicas,
aumentó su nerviosismo, y sintió cómo se le hacía un nudo en el estómago. Por
primera vez desde la solitaria vigilia junto a la cama de su padre, en el hospital,
viéndolo morir, Ginger fue asaltada por la duda.
Quizá su temor era debido a la injustificada pero ineludible idea de que si le
fallaba a aquel paciente sería, en cierto sentido, como si le volviese a fallar a Jacob.
Quizá su miedo era completamente injustificado y parecería algo estúpido y ridículo
desde un punto de vista retrospectivo. Quizá.
No obstante, al entrar en el escenario de la operación junto a George, se preguntó
si le temblarían las manos. A un cirujano jamás deben temblarle las manos.
Las paredes del quirófano, abarrotado de aparatos cromados y de acero
inoxidable, estaban pintadas de blanco y cubiertas de azulejos. Las enfermeras y un
anestesista preparaban al paciente.
Johnny O’Day yacía en la mesa de operaciones cruciforme, los brazos extendidos,
las palmas arriba, las muñecas expuestas a las vías intravenosas.
Agatha Tandy, una ayudante técnico sanitaria contratada exclusivamente por
George, colocó unos finos guantes de látex en las manos recién lavadas de su jefe y,
después, en las de Ginger.
El paciente ya había sido anestesiado. Estaba bañado en yodo del cuello a la
muñeca y envuelto en sábanas verdes perfectamente dispuestas y dobladas de cintura
para abajo. Tenía los ojos cerrados para evitar que se le secaran. Su respiración era
lenta pero regular.
En un rincón del quirófano, sobre una pequeña mesa, había un magnetófono de

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casetes. A George le gustaba operar con el acompañamiento de Bach, y su música
relajante llenaba la sala en aquellos momentos.
A los demás quizá les sirviera de algo, pero hoy no le ayudaba a Ginger a
relajarse. Algo oculto y huidizo se agitaba en su interior.
Hannaby se acercó a la mesa de operaciones. Agatha se situó a su derecha con
una bandeja de instrumentos perfectamente ordenados. Una enfermera auxiliar
esperaba para coger lo necesario de las vitrinas situadas a lo largo de una pared. Otra
enfermera, de grandes ojos grises, advirtió que un pico de la sábana colgaba fuera de
lugar y rápidamente lo dobló bajo el cuerpo del paciente. El anestesista y su
enfermera se encontraban en la cabecera de la mesa controlando la sonda y el
electrocardiógrafo. El quipo estaba preparado.
Ginger se miró las manos. No temblaban.
Pero por dentro era un manojo de nervios.
A pesar de los temores de Ginger, la intervención transcurrió perfectamente.
George Hannaby operó con una rapidez, seguridad, destreza y profesionalidad
incluso más impresionantes de lo normal. Se retiró dos veces y le pidió a Ginger que
terminase por él.
Ginger se asombró al verse actuar con su habitual seguridad y rapidez. El miedo y
la tensión sólo fueron evidentes en su tendencia a transpirar más de lo normal. La
enfermera siempre estaba allí para limpiarle el sudor de la frente.
Después, en el lavabo, George dijo:
—Como un reloj.
Enjabonándose las manos bajo el grifo de agua caliente, Ginger le dijo:
—Siempre pareces tan relajado, como si…, como si no fueses un cirujano…,
como si fueses un sastre retocando trajes.
—Quizá te parezca eso —le contestó—, pero siempre estoy en tensión. Por ese
motivo oigo a Bach —terminó de lavarse—. Hoy estabas muy nerviosa.
—Sí —admitió.
—Excepcionalmente nerviosa. Eso ocurre —grande como era, a veces parecía
tener ojos de niño bueno—. Lo importante es que no afectó a tu labor. Estuviste
mejor que nunca. De primera clase. Esa es la clave. Tienes que utilizar la tensión en
provecho propio.
—Supongo que estoy aprendiendo.
George sonrió.
—Como siempre, eres demasiado exigente contigo misma. Estoy orgulloso de ti,
mujer. Durante una temporada, pensé que quizá tendrías que renunciar a la medicina
y dedicarte a cortar filetes en un supermercado, pero ahora sé que lo conseguirás.
Ginger le devolvió la sonrisa, pero era una sonrisa de derrota. Estuvo más que
nerviosa. La poseyó un temor misterioso e implacable que fácilmente podría haberla
abrumado, y eso era muy distinto de una tensión saludable. Ese miedo era algo que
no había sentido antes, algo que sabía que el propio George Hannaby no había

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sentido en su vida, ni en el quirófano. Si no desaparecía, si el miedo se convertía en
su fiel compañero durante las operaciones y no podía deshacerse de él…, entonces,
¿qué?

Aquella noche, a las diez y media, cuando leía en la cama, sonó el teléfono. Era
George Hannaby. Si hubiese llamado antes, a Ginger le habría invadido un gran
pánico al imaginar la recaída de Johnny O’Day, pero ahora se encontraba más
tranquila.
—Sentir mucho. Señorita Weiss no en casa. No hablo el inglés. Llame el próximo
abril, por favor.
—Si se supone que eso es acento hispano —le dijo George—, suena terrible. Y si
se supone que es oriental, resulta atroz. Alégrate de haber elegido la carrera de
medicina en lugar de la de actriz.
—Y tú, por cierto, podrías haberte dedicado a crítico de arte dramático.
—No creas que no poseo la perspectiva refinada y sensible, el juicio imparcial y
la intuición infalible de un crítico de primera clase. Ahora calla y escucha: tengo
buenas noticias. Creo que estás preparada, encanto.
—¿Preparada? ¿Para qué?
—Para la gran ocasión. Un injerto aórtico —le respondió.
—¿Quieres decir… que no seré tu ayudante? ¿Que lo haré yo sola?
—Cirujano jefe durante toda la operación.
—¿Injerto aórtico?
—Eso es. No te especializaste en cirugía cardiovascular para pasarte la vida
realizando apendicectomías.
Ginger se había sentado en la cama, el corazón le latía más aprisa, y se había
sonrojado por la excitación.
—¿Cuándo?
—La semana que viene. La paciente ingresa el jueves o el viernes. Se llama
Fletcher. Estudiaremos su caso el miércoles. Si todo marcha según lo previsto, creo
que estaríamos preparados para operarla el lunes por la mañana. Claro que tú serás la
responsable de hacer las últimas pruebas y decidirlo.
—Oh, Dios.
—Lo harás bien.
—¿Estarás conmigo?
—Te ayudaré…, si es que crees que me necesitas para algo.
—¿Me sustituirás si empiezo a fastidiarlo todo?
—No seas tonta. No fastidiarás nada.
Ginger lo pensó un momento y dijo:
—Eso espero.
—¡Así se habla! Puedes hacer lo que te propongas.

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—Incluso llegar a la Luna.
—¿Cómo?
—Era una broma.
—Óyeme, sé que esta tarde estuviste a punto de sucumbir al pánico, pero no te
preocupes. Todos los residentes han experimentado lo mismo alguna vez. La mayor
parte tiene que afrontarlo al principio, cuando comienzan a ayudar en las operaciones.
Lo llaman «la Garra». Pero tú has actuado con frialdad y seguridad desde el
principio, y pensaba que «la Garra» no te atraparía como a los demás. Hoy, al fin, te
ha atrapado. Simplemente, ha tardado más que con los otros. Aunque supongo que
aún estarás preocupada, creo que deberías alegrarte. «La Garra» es una prueba de
madurez. Lo importante es que la superaste de maravilla.
—Gracias, George. Serías mejor entrenador de fútbol que crítico de teatro.
Minutos después, cuando acabaron de hablar y colgó el teléfono, se echó sobre las
almohadas y se felicitó; se sentía tan bien que incluso se rió. Después se levantó, fue
al armario y buscó en sus profundidades hasta encontrar el álbum de fotos familiar.
Se lo llevó a la cama y se sentó a ojearlo, pasando las páginas repletas de fotos de
Jacob y Anna, pues, aunque ya no podía compartir con ellos sus triunfos, necesitaba
sentir que aún los tenía cerca.
Más tarde, en la oscuridad del dormitorio, cuando se encontraba en el estrecho
límite que separa el sueño de la consciencia, comprendió al fin por qué se asustó
aquella tarde. No le había atrapado «la Garra». Aunque no había sido capaz de
admitirlo, tenía miedo de perder la memoria en plena intervención quirúrgica, de caer
en un nuevo estado de fuga, como le ocurrió el martes, dos semanas antes. Si sufría
un ataque con el escalpelo en la mano, mientras efectuaba un corte delicado, o
mientras suturaba un injerto vascular…
Ese pensamiento le hizo abrir los ojos, la encogida sombra del sueño se escabulló
como un ladrón sorprendido en mitad de su faena. Permaneció largo rato tendida,
rígida, con los ojos abiertos en la oscuridad, contemplando las oscuras y ahora
amenazadoras sombras de los muebles, y la ventana, donde las cortinas medio
cerradas revelaban una franja de cristal plateado por un rayo de luna y por el
resplandor de las farolas de la calle.
¿Podría aceptar la responsabilidad de ser cirujano jefe en una intervención de
injerto aórtico? La fuga había sido un episodio aislado. Nunca volvería a suceder.
Estaba segura. Pero ¿podía demostrarlo?
El sueño se apoderó de ella, aunque no durante muchas horas.

El martes, tras una exitosa visita a Bernstein’s Delicatessen, mucha comida y


varias horas perezosas en un sillón con un buen libro, volvió a recuperar la confianza,
y comenzó a prepararse para afrontar aquel reto, sintiendo únicamente la aprensión
normal en aquellos casos.

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El miércoles, Johnny O’Day continuaba recuperándose de la anastamosis triple y
se encontraba de buen humor. Eso era lo más gratificante de los muchos años de
estudio y esfuerzo: conservar la vida, aliviar el sufrimiento, devolver la esperanza a
los que habían vivido en la desesperación.
Intervino en la implantación de un marcapasos, que se desarrolló perfectamente, y
ella misma realizó un aortograma, una prueba cromática en la circulación del
paciente. También acompañó a George mientras examinaba a siete personas enviadas
por otros médicos.
Cuando examinaron a los nuevos pacientes, George y Ginger revisaron durante
media hora el expediente de la candidata al injerto aórtico: Viola Fletcher, una mujer
de cincuenta y ocho años. Tras estudiar el expediente, Ginger decidió que la señora
Fletcher ingresara en el hospital el jueves para que se le realizaran las pruebas
pertinentes y fuera preparada. Si no existían contraindicaciones, la operación podría
llevarse a cabo el lunes a primera hora. George estuvo de acuerdo, y se hicieron todos
los preparativos.
Así transcurrió el miércoles, ajetreado, sin un momento de respiro. A las seis y
media, tras una jornada de doce horas, Ginger aún no estaba cansada. De hecho, no le
apetecía marcharse del hospital. George Hannaby ya estaba en casa. Pero Ginger se
entretuvo en el hospital, charlando con los pacientes, revisando de nuevo las gráficas,
hasta que al fin se dirigió al despacho de George Hannaby, donde tenía intención de
volver a revisar el expediente de Viola Fletcher.
Las oficinas y despachos se encontraban en el ala posterior del edificio, separadas
del propio hospital. A esa hora, las galerías estaban prácticamente desiertas. Las
zapatillas de Ginger, con suelas de goma, chirriaban en el suelo fregado a conciencia.
En el ambiente flotaba el aroma a pino del desinfectante.
El despacho, la consulta y la sala de espera de George Hannaby estaban
silenciosos y oscuros, y Ginger no encendió todas las luces a medida que cruzaba las
salas exteriores y entraba en el sanctasanctórum. Allí, encendió una lámpara de mesa
al pasar junto al escritorio de camino al archivo, que estaba cerrado. George le había
dado las llaves de todo, y tardó un instante en coger los informes de Viola Fletcher de
un fichero y volver con la carpeta a la mesa de George.
Se sentó en el gran sillón de cuero, abrió la carpeta bajo la débil luz de la
lámpara… y entonces advirtió un objeto que atrajo su atención y que le hizo contener
la respiración. Estaba sobre el tapete verde, en el límite del círculo de luz: un
oftalmoscopio, un instrumento utilizado para examinar el ojo. El oftalmoscopio no
era algo extraño ni, desde luego, peligroso. Todos los médicos utilizaban ese
instrumento en los exámenes físicos rutinarios. No obstante, al verlo, no sólo contuvo
el aliento sino que, además, tuvo la impresión de encontrarse en un terrible peligro.
Comenzó a sudar.
El corazón le latía con tanta fuerza, tan alto, que no parecía provenir de su
interior, sino de fuera, como si fuese el tambor de un desfile que pasaba por la calle.

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No podía apartar los ojos del oftalmoscopio. Como le sucedió con los guantes
negros en Bernstein’s Delicatessen dos semanas antes, todos los demás objetos del
despacho de George comenzaron a desvanecerse, hasta que sólo distinguió con
detalle el brillante instrumento. Se fijó hasta en los más pequeños rasguños y muescas
del mango. Cada simple detalle de su diseño pareció cobrar de repente una
importancia enorme, como si no fuese el sencillo instrumento de un médico, sino el
eje del universo, un instrumento arcano con un catastrófico potencial de destrucción.
Desorientada, con una repentina sensación claustrofóbica provocada por el manto
de miedo irracional pesado, insistente, acuciante, que cayó sobre ella como una lona
empapada, apartó la silla de un empujón y se puso en pie. Jadeaba, gemía, se sentía
sofocada y helada hasta los huesos al mismo tiempo.
El mango del oftalmoscopio resplandecía como si fuese de hielo.
La lente brillaba como un ojo extraño, iridiscente y escalofriante.
La decisión que le hizo ponerse en pie se desvaneció rápidamente, a pesar de que
el corazón parecía helársele bajo el gélido soplo del terror.
Correr o morir, le decía una voz en su interior. Correr o morir.
Se le escapó un grito que pareció la súplica torturada de una niña perdida y
aterrorizada.
Se apartó del escritorio, lo rodeó tambaleándose, estuvo a punto de caerse al
tropezar con una silla. Cruzó el despacho, irrumpió en la oficina, se lanzó por el
corredor, gimiendo, buscando seguridad sin hallarla. Buscó ayuda, un lugar seguro,
pero era la única persona en la galería, y el peligro se aproximaba. La amenaza
desconocida que de alguna manera había tomado forma en el inofensivo
oftalmoscopio se aproximaba a ella; corrió con todas sus fuerzas por la galería bajo el
retumbar de sus pisadas.
Correr o morir.
Descendió la niebla.
Minutos después, cuando la niebla se levantó y Ginger reconoció lo que había a
su alrededor, se encontró en un descansillo de la escalera de emergencia, situada en
un extremo del ala de oficinas. No recordaba haber salido de la galería. Estaba
sentada en el descansillo, arrebujada en un rincón, la espalda apretada contra la pared
de ladrillo vitrificado y la vista clavada en la barandilla del lado exterior de la
escalera. Una bombilla desnuda brillaba sobre su cabeza tras un enrejado de alambre.
A derecha e izquierda, los tramos de escalera ascendían y descendían por la oscuridad
hasta llegar a otro descansillo iluminado. El silencio habría sido completo si no se
oyese su respiración entrecortada.
Era un lugar solitario, especialmente cuando su vida se destruía y anhelaba la
seguridad de las luces brillantes y de la gente. Las paredes grises, la luz tenue, las
sombras amenazadoras, la reja de metal… Aquel lugar parecía un reflejo de su propia
desesperación.
Evidentemente, nadie había visto su alocada carrera ni cualquier otra cosa que

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hubiese hecho durante la fuga, pues se encontraba sola. Al menos, eso era de
agradecer. Al menos, nadie lo sabía.
Sin embargo, ella sí lo sabía, y con eso le bastaba.
Se estremeció, no de temor, pues el terror inconsciente que la poseyó ya había
desaparecido. Se estremeció porque sentía frío, y sentía frío porque tenía la ropa
pegada al cuerpo, empapada de sudor.
Se llevó una mano al rostro y se lo enjugó.
Se levantó. Miró escaleras arriba y abajo. No sabía si estaba en una planta
superior o inferior a la del despacho de George Hannaby. Tras un momento, decidió
subir.
Sus pisadas resonaron lúgubremente.
Por alguna razón, pensó en las tumbas.
—Meshuggene —dijo temblorosamente.
Era el 27 de noviembre.

6. CHICAGO, ILLINOIS

La mañana del primer domingo de diciembre era fría, cubierta por un cielo bajo y
pesado que auguraba una próxima nevada. Los primeros copos empezarían a caer por
la tarde y, al anochecer, el rostro gris y sucio de la ciudad y los suburbios quedaría
temporalmente oculto por el maquillaje blanco y prístino del manto de nieve. Aquella
noche, desde Gold Coast hasta los barrios bajos, el tema central de conversación sería
la tormenta. Es decir, en todos los lugares excepto en los hogares católicos de la
parroquia de St. Bernardette, en los que aún se hablaría de las cosas tan extrañas que
hizo el padre Brendan Cronin durante la misa del alba.
El padre Cronin se despertó a las cinco y media de la madrugada, rezó, se duchó y
se afeitó, se puso la sotana y el birrete, y salió de la casa parroquial sin preocuparse
de coger un abrigo. Se detuvo un instante en el porche delantero, respirando
profundamente el frío aire de diciembre.
Tenía treinta años, pero, con sus ojos verdes de mirada franca, su revuelto cabello
castaño y su rostro pecoso, aparentaba menos edad de la que tenía. Le sobraban
veinte o veinticinco kilos, aunque no tenía un vientre particularmente abultado.
Aquellos kilos de sobra los tenía distribuidos uniformemente en la cara, los brazos, el
torso y las piernas. Desde siempre, hasta que estuvo en el segundo año de seminario,
le habían llamado Gordinflón.
Fuera cual fuese su estado de ánimo, el padre Cronin siempre parecía contento.
Su rostro tenía un aire beatífico natural, sus rasgos suaves no fueron creados para las
expresiones fáciles y claras de la ira, la melancolía y la tristeza. Aquella mañana
parecía satisfecho consigo mismo y con el mundo, a pesar de que estaba muy
preocupado.

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Siguió un sendero de losas, pasó junto a arriates desnudos, donde la tierra
formaba duros terrones helados. Abrió la puerta de la sacristía y entró. El aroma de la
mirra y de los nardos se fundía con el de la cera de limón con la que se abrillantaba el
viejo artesonado, los bancos y otros objetos de madera.
Sin encender las luces, guiándose por el tembloroso resplandor rubí de la lámpara
de la sacristía, el padre Cronin se arrodilló en el reclinatorio e inclinó la cabeza. En
silencio, le pidió al Padre Celestial que le diese fuerzas para ser un buen sacerdote.
En el pasado, aquella oración particular, antes de que llegasen el sacristán y el
monaguillo, le levantaba el ánimo y lo llenaba de júbilo ante la perspectiva de
celebrar misa. Pero ahora, al igual que la mayor parte de las mañanas desde hacía
cuatro meses, el gozo parecía esquivarlo. Sólo sentía apatía y tristeza, un vacío que le
oprimía el corazón y le provocaba un frío y enfermizo estremecimiento en el
estómago.
Apretando la mandíbula, rechinando los dientes, como si pudiera inducirse un
arrebato de éxtasis espiritual, repitió su ruego, más elaborado a partir de la oración
inicial, pero la impasibilidad y el vacío no desaparecieron.
Tras lavarse las manos y murmurar Da Domine, el padre Cronin dejó el birrete
sobre el reclinatorio y se dirigió al ropero a vestirse para la celebración sagrada. Era
un hombre sensible, con espíritu de artista, y percibía en la belleza sagrada de la
ceremonia un modelo satisfactorio del orden divino, un sutil eco de la gracia de Dios.
Generalmente, cuando se colocaba el amito de lino sobre los hombros, al arreglarse el
alba blanca de forma que cayera hasta los tobillos, un estremecimiento de asombro le
recorría el cuerpo, asombro de que él, Brendan Cronin, hubiera alcanzado aquel
oficio sagrado.
Generalmente. Pero no hoy. Lo dejó de sentir tres semanas antes.
El padre Cronin se puso el amito, se pasó los cordeles por la espalda y se los ató
en el pecho. Se puso el alba con la misma emoción que siente un soldador al ponerse
el mono para trabajar en la fábrica.
Cuatro meses antes, a principios de agosto, el padre Brendan Cronin comenzó a
perder la fe. Un pequeño pero constante fuego de duda ardía inextinguible en su
interior y consumía gradualmente sus creencias de siempre.
La pérdida de la fe es para cualquier sacerdote un proceso devastador. Pero para
Brendan Cronin era peor que para la mayoría. Nunca se le ocurrió pensar ni por un
instante que pudiera ser otra cosa que sacerdote. Sus padres fueron devotos y
fomentaron en él la devoción a la Iglesia. No obstante, no se hizo sacerdote para
satisfacerlos. Simplemente, por vulgar que pudiera parecer en esta época de
agnosticismo, había sido llamado al sacerdocio a una edad muy temprana. Ahora,
aunque la fe había desaparecido, su sagrada profesión seguía formando parte esencial
de la imagen que tenía de sí mismo; aun así, sabía que no podría seguir diciendo
misa, ni rezar y consolar a los afligidos cuando todo aquello no le parecía sino una
charada.

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Brendan Cronin se arregló la estola alrededor del cuello. Cuando se ponía la
casulla, se abrió la puerta de la sacristía que daba al patio y un joven irrumpió en la
habitación y encendió las luces que el sacerdote prefirió apagadas.
—¡Buenos días, padre!
—Buenos días, Kerry. ¿Cómo te encuentras en esta estupenda mañana?
Excepto por su cabello, mucho más rojizo que el del padre Cronin, Kerry
McDevit podría haber sido familiar del sacerdote. Era ligeramente rollizo, estaba
cubierto de pecas y tenía unos ojos verdes rebosantes de picardía.
—Yo estoy muy bien, padre. Pero ahí fuera hace un frío de mil diablos…
—¿Sí? ¿Un frío cómo?
—Como en una nevera —dijo el chico, azorado—. Frío como en una condenada
nevera. Que ya es decir…
Si no hubiese estado de un humor tan apagado, Brendan se habría reído de la
forma en que el chico trató de evitar una grosería inocente, pero debido al estado
espiritual en que se encontraba, no pudo ni esbozar la sombra de una sonrisa. Sin
duda, su silencio fue interpretado como severa desaprobación, pues Kerry apartó la
mirada y se dirigió con prontitud al ropero, donde guardó el abrigo, la bufanda y los
guantes, y de donde cogió la casulla y la sobrepelliz que colgaban de una percha.
Incluso cuando alzó el manípulo, besó la cruz del centro y se lo puso sobre el
brazo izquierdo, Brendan no sintió nada. Sólo notaba un dolor frío, punzante y vacío
donde una vez existieron la fe y el gozo. Mientras sus manos se ocupaban en aquella
tarea, su mente se refugió en el melancólico recuerdo de la pasión con que se
dedicaba a los deberes del sacerdocio.
Hasta el pasado agosto, nunca dudó de su deseo de dedicarse a la Iglesia. Había
sido un estudiante tan brillante y trabajador, tanto en las asignaturas mundanas como
en las religiosas, que lo eligieron para completar su educación católica en el Colegio
Norteamericano de Roma. Amaba la Ciudad Santa…, su arquitectura, su historia y a
sus amistosos habitantes. Tras su ordenación y posterior ingreso en la Compañía de
Jesús, pasó dos años en el Vaticano como ayudante de monseñor Giuseppe Orbella,
consejero doctrinal y principal redactor de los discursos de Su Santidad. Aquel honor
podría haber continuado con un valioso puesto al servicio del cardenal de la
Archidiócesis de Chicago, pero el padre Cronin, por el contrario, solicitó una
coadjutoría, como cualquier sacerdote, en una parroquia de pequeña o mediana
importancia. Así, tras visitar al obispo Santefiore (un viejo amigo de monseñor
Orbella) en San Francisco y disfrutar de unas vacaciones que dedicó a viajar en
automóvil desde San Francisco a Chicago, llegó a St. Bernardette, donde se dedicó
con gran entusiasmo a las tareas diarias de un párroco sin un asomo de duda o
arrepentimiento.
Ahora, mientras contemplaba al monaguillo ponerse la sobrepelliz, el padre
Cronin anhelaba la fe sencilla que durante tanto tiempo le había consolado y
sustentado. ¿Había desaparecido temporalmente o se había desvanecido para

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siempre?
Cuando Kerry estuvo vestido, se dirigió a la puerta interior de la sacristía y salió
al templo. Evidentemente, unos pasos más allá de la puerta, notó que el padre Cronin
no le seguía, pues volvió la cabeza y le dirigió una mirada de desconcierto.
Brendan Cronin vaciló. A través de la puerta veía el crucifijo que se alzaba en el
muro posterior y la gran losa del altar justo enfrente. Aquella parte, la más sagrada de
la iglesia, le resultaba tristemente extraña, como si la contemplara objetivamente por
primera vez. Y no podía imaginarse por qué pensó siempre que era un lugar sagrado.
Era un lugar como cualquier otro. Si salía ahora, si comenzaba las letanías y rituales
familiares, sería un hipócrita. Sería una estafa a todos los fieles.
El desconcierto del rostro de Kerry McDevit se transformó en preocupación. El
chico miró hacia los bancos que Brendan no veía y después volvió a mirar al
sacerdote.
«¿Cómo puedo decir misa si he perdido la fe?», se preguntaba Brendan.
Pero no podía hacer otra cosa.
Con el cáliz en la mano izquierda y la derecha sobre corporales y velo, mantuvo
el recipiente sagrado junto al pecho y, al fin, siguió a Kerry hasta el altar, donde el
rostro de Cristo en la cruz pareció, por un momento, mirarlo acusadoramente.
Como siempre, menos de un centenar de personas asistían a la misa del alba.
Tenían el rostro inusualmente pálido y radiante, como si Dios no hubiese permitido a
los fieles asistir a misa aquella mañana y hubiera enviado en su lugar una
representación de ángeles del juicio a presenciar el sacrilegio de un sacerdote infiel
que osaba celebrar la misa a pesar de haber perdido la fe.
A medida que progresaba la misa, la desesperación del padre Cronin se
agudizaba. Desde el momento que pronunció el Introito ad altan Dei, cada fase de la
ceremonia agravaba la desesperación del sacerdote. Para cuando Kerry MacDevit
trasladó el misal del atril de la Epístola al del Evangelio, el desaliento del padre
Cronin era tan fuerte que se sintió aplastado bajo él. Su cansancio moral y espiritual
eran tan profundos que apenas podía levantar los brazos, apenas encontraba fuerzas
para concentrarse en el Evangelio y murmurar los pasajes de las sagradas escrituras.
Los rostros de los fieles se difuminaron y quedaron convertidos en manchas borrosas.
Y cuando llegó al Canon, el padre Brendan Cronin apenas si podía susurrar. Sabía
que Kerry lo miraba fijamente y estaba seguro de que los fieles notaban que ocurría
algo. Sudaba y se estremecía. La niebla gris de su interior se espesó aún más y acabó
por oscurecerse, y el padre Cronin se sintió como si cayera a un vacío de una
tenebrosa negrura.
Entonces, al coger la forma sagrada y alzarla en sus manos, pronunciando las
palabras que resumían el misterio de la transubstanciación, se enfadó consigo mismo
por ser incapaz de creer, se enfadó con la Iglesia por no proporcionarle mejor arma
contra la duda, se enfadó porque toda su vida parecía descarriada, malgastada,
consumida en la búsqueda de mitos estúpidos. Su ira se agitó, se calentó, alcanzó el

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punto de ebullición, se transformó en un chorro de vapor de furia, un abrasador vapor
de ira.
Con gran asombro propio, brotó un quejido de su garganta, y lanzó el cáliz contra
el sagrario. Chocó en la pared con un sonoro clank, derramándose el vino, salió
despedido, golpeó una estatua de la Virgen y rebotó en el suelo hasta detenerse al pie
del atril desde el que, no hacía mucho, había leído los Evangelios.
Kerry McDevit retrocedió asombrado y, en la nave, un centenar de personas
lanzaron una exclamación al unísono, pero aquella reacción no afectó a Brendan
Cronin. Con una ira que era su única protección contra la desesperación suicida,
extendió un brazo y arrojó la patena de formas divinas al suelo. Con otro grito
salvaje, mitad de ira mitad de pena, se metió las manos bajo la casulla, rompió la
estola que llevaba alrededor del cuello y la tiró, le dio la espalda al altar y se precipitó
hacia la sacristía. Allí, la ira desapareció con tanta rapidez como había llegado, y se
detuvo, tambaleándose, invadido por la confusión.
Era el 1 de diciembre.

7. LAGUNA BEACH, CALIFORNIA

Aquel primer domingo de diciembre, Dom Corvaisis almorzó con Parker Faine en
la terraza de Las Brisas, bajo la sombra de un parasol, en una mesa con vistas al mar
salpicado de sol. Aquel año se mantenía el buen tiempo. Mientras la brisa les llevaba
los chillidos de las gaviotas, el olor a mar y el dulce aroma del jazmín que crecía
cerca, Dominick le contó a Parker todos y cada uno de los detalles desconcertantes y
angustiosos de la escalada de su batalla contra el sonambulismo.
Parker Faine era su mejor amigo, quizá el único a quien podía hacerle aquellas
confidencias, aunque a primera vista no parecían tener mucho en común. Dom era un
hombre alto, delgado y musculoso y Parker Faine era rechoncho, achaparrado,
rollizo. Dom, barbilampiño, se cortaba el cabello cada tres semanas; Parker lo tenía
enmarañado, como la barba y las pobladas cejas. Parecía una mezcla entre un
luchador profesional y un beatnik de los años cincuenta. Dom bebía poco y se
emborrachaba con facilidad, mientras que la sed de Parker era legendaria y su
capacidad prodigiosa. Dom era solitario por naturaleza y le costaba hacer amigos, y
Parker tenía el don de parecer un viejo amigo una hora después de conocerlo. Parker
tenía cincuenta años, quince más que Dom. Era rico y famoso desde hacía un cuarto
de siglo, estaba muy conforme tanto con su fortuna como con su fama y no entendía
la intranquilidad de Dom con respecto al dinero y la notoriedad que comenzaba a
obtener con Crepúsculo en Babilonia. Dom se había presentado en Las Brisas con
mocasines Bally, pantalones marrones y una camisa a cuadros, de estilo
convencional, de un marrón más claro, pero Parker llegó con zapatillas deportivas
azules, pantalones blancos de algodón bastante arrugados, y una camisa floreada azul

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y blanca ceñida al estómago. Daba la impresión de que se habían vestido para
compromisos diferentes, se habían encontrado casualmente en el restaurante y habían
decidido comer juntos.
A pesar de lo distintos que eran, se hicieron buenos amigos porque coincidían en
las cosas más importantes. Ambos eran artistas, no por elección o inclinación, sino
por impulso. Dom pintaba con palabras; Parker pintaba con pinturas; ambos
realizaban su trabajo con idéntica profesionalidad, dedicación y habilidad. Es más,
aunque Parker hacía amigos con más facilidad que Dom, ambos concedían un enorme
valor a la amistad y la fomentaban.
Se conocieron seis años antes, cuando Parker se trasladó a Oregón durante
dieciocho meses, en busca de un tema nuevo para una serie de paisajes realizados en
su estilo único, en el que lograba combinar con éxito el suprarrealismo con una
imaginación surrealista. Viviendo allí, fue contratado para dar una conferencia
mensual en la Universidad de Portland, en cuyo departamento de inglés trabajaba
Dom.
Ahora, mientras Parker se inclinaba sobre la mesa, engullendo nachos, de los que
goteaba una salsa de queso, aguacate y crema agria, Dom daba lentos tragos a una
botella de Modelo Negra y rememoraba sus inconscientes aventuras nocturnas.
Hablaba en voz baja, aunque probablemente no era necesaria la discreción; el resto de
los comensales de la terraza se encontraban inmersos animadamente en sus propias
conversaciones. No tocó los nachos. Aquella mañana, por cuarta vez, se despertó en
el garaje, tras la caldera, en un estado de puro terror, y la prolongada incapacidad de
controlarse le había dejado abatido y sin apetito. Para cuando terminó la historia, sólo
se había bebido la mitad de la cerveza, pues hasta aquella cerveza mexicana, oscura y
fuerte, le sabía hoy como aguada y sin gas.
Por su parte, Parker se había bebido tres margaritas dobles y ya había pedido el
cuarto cóctel. No obstante, la atención del pintor no disminuyó por el alcohol
consumido.
—¡Hombre, por Dios! ¿Por qué no me has contado esto antes, hace semanas?
—Me sentía algo… estúpido.
—Tonterías. Sandeces —insistió el pintor, gesticulando aparatosamente pero
manteniendo la voz baja.
El camarero mexicano, un Wayne Newton diminuto, se acercó con el cóctel de
Parker y les preguntó si deseaban encargar el menú.
—No, no. El almuerzo dominical es una excusa para beberse varias margaritas, y
aún no me he bebido suficientes. ¡Sería un malgasto pedir la comida cuando sólo me
he bebido cuatro margaritas! Eso nos dejaría toda la tarde libre, nos veríamos en la
calle sin nada que hacer y, entonces, sin duda, nos meteríamos en algún lío y
llamaríamos la atención de la policía. Sólo Dios sabe lo que podría ocurrir. No, no.
Para evitar ir a la cárcel y proteger nuestra reputación, no debemos encargar el menú
antes de las tres. De hecho, me va a traer otra margarita. Y otro plato de estos

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magníficos nachos, por favor. Con más salsa… y que sea más picante, si es que la
tienen. También un plato de cebolla picada, por favor. Y otra cerveza para mi
comedido amigo.
—No —dijo Dom—. Aún no he acabado ésta.
—A eso me refiero cuando digo «comedido amigo», impenitente puritano. Ésa ya
debe de estar caliente.
Normalmente, Dominick se hubiese recostado y disfrutado de la animada
exhibición de su amigo. La exaltación del pintor, su infalible entusiasmo vital,
resultaban estimulantes y divertidos. Sin embargo, hoy Dom estaba tan preocupado
que no se divertía.
Al retirarse el camarero, el sol se ocultó tras una nube, y Parker se metió de nuevo
en la sombra del parasol, ahora más intensa, y volvió su atención a Dom, como si
hubiese leído los pensamientos de su amigo.
—De acuerdo, vamos a ver si se nos ocurre algo. Vamos a tratar de encontrar una
explicación y a pensar lo que podemos hacer. ¿Así que no crees que el problema esté
simplemente relacionado con el estrés…, con la próxima publicación de tu libro?
—Al principio sí, pero ahora no. Es decir, si el problema fuera más sencillo,
aceptaría que tras él se escondiesen las preocupaciones profesionales. Pero, por Dios,
Crepúsculo no me preocupa tanto como para provocar esta conducta tan
extrañamente obsesiva…, esta locura. Padezco sonambulismo todas las noches, y eso
no es lo peor. La profundidad del trance es asombrosa. Pocos sonámbulos caen en un
estado comatoso tan intenso como el mío, y pocos realizan tareas tan complicadas
como yo. Fíjate, ¡intenté atrancar las ventanas con clavos! Y no se intentan clavar las
ventanas para librarte de los problemas profesionales.
—Quizá estés más preocupado con Crepúsculo de lo que te imaginas.
—No. No tiene sentido. De hecho, cuando el nuevo libro comenzó a ir mejor, la
intranquilidad que sentía con Crepúsculo desapareció progresivamente. No puedes
quedarte ahí y decirme sinceramente que toda esta locura se debe a unos cuantos
problemas profesionales.
—No, no puedo hacerlo —admitió Parker.
—Me arrastro hasta el fondo de los armarios para esconderme. Y cuando me
despierto tras la caldera, cuando aún me encuentro medio dormido, tengo la
sensación de que algo me persigue, me busca, algo que me matará si encuentra mi
escondite. Un par de mañanas me he despertado intentando gritar sin poder hacerlo.
Ayer me desperté gritando: «¡Aléjate, aléjate, aléjate!». Y esta mañana, el cuchillo…
—¿Cuchillo? —preguntó Parker—. No me has contado nada de cuchillos.
—Me desperté tras la caldera, escondido otra vez. Tenía un cuchillo de carnicero.
Lo cogí de la cocina estando sonámbulo.
—¿Para protegerte? ¿De qué?
—De lo que quiera que…, de quienquiera que me persiga.
—¿Y quién te persigue?

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Dom se encogió de hombros.
—Nadie, que yo sepa.
—Esto no me gusta. Te podrías haber cortado, incluso podría haber sido grave.
—Eso no es lo que más me asusta.
—Entonces, ¿qué es lo que más te asusta?
Dom miró a su alrededor, observando a la gente que los rodeaba. Aunque algunos
siguieron la pequeña exhibición de Parker con el camarero, nadie le prestaba atención
ni a él ni a Dominick.
—¿Qué es lo que más te asusta? —repitió Parker.
—Que pueda…, que pueda herir a alguien.
Faine dijo con incredulidad:
—¿Quieres decir que cogerías un cuchillo de carnicero… y te pondrías a matar a
la gente sonámbulo? Nada de eso —se bebió el cóctel margarita de un trago—.
¡Santo cielo, qué idea tan melodramática! Afortunadamente, en tu narrativa no se
advierten signos de una imaginación tan activa. Tranquilízate, amigo. No eres el
prototipo de homicida.
—Tampoco creí que fuese el prototipo de sonámbulo.
—Oh, tonterías. Todo esto tiene una explicación. No estás loco. Los locos jamás
dudan de su cordura.
—Creo que voy a tener que ir a que me aconseje un psiquiatra. Y a que me hagan
unas pruebas médicas.
—Las pruebas médicas, sí. Pero déjate ahora de psiquiatras. Es una pérdida de
tiempo. No eres más neurótico que psicótico.
El camarero volvió con más nachos y salsa, un plato de cebolla picada, otra
cerveza y la quinta margarita.
Parker dejó el vaso vacío y cogió el lleno. Con una corteza de maíz cogió una
generosa ración de salsa de aguacate con crema agria, la coronó con unos trozos de
cebolla y se la comió con un deleite distante un solo paso del regocijo maníaco.
—Me pregunto si tu problema no estará relacionado con los cambios que
experimentaste hace dos veranos.
Desconcertado, Dom dijo:
—¿Qué cambios?
—Ya sabes a qué me refiero. Cuando nos conocimos en Portland hace seis años,
eras un caracol tímido, asustadizo y poco aventurero.
—¿Caracol?
—Es cierto, y lo sabes. Inteligente, con talento, pero un caracol al fin y al cabo.
¿Y sabes por qué? Te lo diré. Te daba miedo utilizar tu inteligencia y tu talento.
Temías la competencia, el fracaso, el éxito, la vida. Sólo te interesaba seguir
arrastrándote sin llamar la atención. Vestías anodinamente, hablabas casi
inaudiblemente, temías llamar la atención. Te refugiaste en el mundo académico
porque era menos competitivo. En fin, muchacho, que eras un tímido conejito que se

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pasaba el día escondido en su madriguera.
—¿Ah, sí? ¡No me digas! Si era tan antipático, ¿por qué te molestaste en entablar
amistad conmigo?
—Porque adiviné tu farsa, cabezota. Vi más allá de la timidez, vi a través de ese
aburrimiento ensayado, de esa máscara de insipidez. Advertí el brillo y los destellos
de algo especial. Eso es lo que yo hago. Veo lo que otras personas no pueden ver. Eso
es lo que hace cualquier buen artista. Ver lo que la mayoría no puede ver.
—¿Me has llamado aburrido?
—Sí, lo que te digo es cierto… en lo que respecta a lo que hace un artista y a que
eras como un conejo. ¿Recuerdas cuánto tardaste en tener confianza suficiente para
decirme que eras escritor? ¡Tres meses!
—Bueno, por aquel entonces en realidad no era escritor.
—¡Tenías cajones enteros llenos de historias! ¡Más de un centenar de cuentos y
no habías enviado ninguno a las revistas literarias! No sólo porque temías el rechazo.
También tenías miedo de la aceptación. Temías el éxito. ¿Cuántos meses estuve
insistiéndote hasta que al fin mandaste un par de ellos?
—No lo recuerdo.
—Yo sí. ¡Seis meses! Te halagué, engatusé, exigí, presioné y molesté hasta que
cediste y comenzaste a enviar las historias. Soy un tipo persuasivo, pero tu
obstinación a quedarte dentro de la madriguera casi pudo con mi formidable talento
de persuasión.
Con un entusiasmo casi obsceno, Parker se atiborró de la pringosa masa de los
nachos. Tras acabar el cóctel, dijo:
—Incluso cuando comenzaron a venderse tus historias querías dejarlo. Tuve que
presionarte constantemente. Y cuando me marché de Oregón y regresé aquí, sólo
enviaste las historias durante unos meses. Después te volviste a esconder en la
madriguera.
Dom no discutió porque todo lo que decía el pintor era cierto. Tras marcharse de
Oregón y volver a su casa en Laguna, Parker continuó animando a Dom por carta y
teléfono, pero el ánimo a larga distancia era insuficiente para motivar a Dom. Se
convenció de que, después de todo, no era un escritor que mereciese la publicación de
sus obras, a pesar de las sustanciosas ventas que había obtenido en menos de un año.
Dejó de enviar historias a las revistas y se fabricó con rapidez otro caparazón que
sustituyera al que Parker le había ayudado a romper. Aunque seguía sintiendo el
impulso de escribir, volvió al antiguo hábito de guardar sus obras en el último cajón
del escritorio, sin pensar en publicarlas. Parker continuaba insistiéndole en que
escribiese una novela, pero Dom estaba convencido de que su talento era demasiado
pobre y de que carecía de la autodisciplina necesaria para acometer un proyecto tan
largo y complejo. Volvió a inclinar la cabeza, a hablar en voz baja, a caminar
furtivamente y a intentar vivir una vida anónima.
—Pero todo cambió hace dos veranos —dijo Parker—. De repente, abandonaste

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tu carrera académica. Diste un paso decisivo y te decidiste a vivir de la literatura.
Casi de un día para otro, dejaste de ser un burócrata y te convertiste en un aventurero,
un bohemio. ¿Por qué? Nunca me lo has dicho con claridad. ¿Por qué?
Dominick frunció el ceño, meditó la pregunta durante un instante, y se sorprendió
al advertir que nunca había pensado mucho en aquello.
—No lo sé. De verdad que no lo sé.
Solicitó una plaza fija en la Universidad de Portland, tuvo el presentimiento de
que no se la concederían y sintió pánico ante la perspectiva de quedarse sin su cobijo
protector. Obsesionado con el mantenimiento de aquella vida apartada, pasó
demasiado desapercibido a los ojos de quienes movían los hilos del campus y, cuando
llegó el momento en que el consejo examinó su proposición, se preguntaron si se
dedicaba a la universidad con el entusiasmo suficiente como para garantizarle un
empleo vitalicio. Dom era realista y se dio cuenta de que, si el consejo rechazaba su
petición, le sería difícil encontrar un puesto en otra universidad, pues los comités de
contratación querrían saber por qué se había marchado de Portland. En un inusual
arrebato de auto-promoción, con la esperanza de esquivar la espada de la universidad
antes de que cayera sobre su cabeza, solicitó un trabajo en varias instituciones de los
estados occidentales, haciendo hincapié en la publicación de sus historias porque era
lo único que merecía la pena resaltar.
En el Mountainview College de Utah, con cuatro mil alumnos, quedaron tan
impresionados con la lista de revistas que habían publicado sus trabajos, que lo
citaron para una entrevista. Dom hizo un esfuerzo considerable por mostrarse más
sociable que nunca. Le ofrecieron un contrato estable para enseñar inglés y creación
literaria. Aceptó, si no con gran regocijo, sí, al menos, con enorme alivio.
Ahora, en la terraza de Las Brisas, cuando el sol de California apareció tras una
franja de nubes blancas, bebió un trago de cerveza, suspiró y dijo:
—Me marché de Portland a finales de junio de aquel año. Tenía un remolque
enganchado al coche, uno pequeño, lleno sobre todo con libros y ropa. Estaba muy
animado. No me sentía como si hubiera fracasado en Portland. Nada de eso. Sentía…,
bueno, que aquello era un nuevo comienzo. La verdad es que no recuerdo haberme
sentido más feliz que el día en que me puse en camino.
Parker Faine asintió comprensivamente.
—¡Claro que estabas contento! Tenías un empleo fijo en una universidad de baja
estofa, donde nadie te exigiría mucho y donde tu introversión sería achacada al
temperamento artístico.
—Una madriguera perfecta, ¿eh?
—Exacto. Entonces, ¿por qué no acabaste dando clases en Mountainview?
—Ya te lo dije antes… en el último momento, cuando llegué allí la segunda
semana de julio, no soportaba la idea de seguir con aquella vida. Estaba cansado de
ser un ratón, un conejo.
—Así, por las buenas, te hartaste de aquella vida aburrida. ¿Por qué?

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—No era muy divertida.
—Pero ¿por qué te cansaste de repente?
—No lo sé.
—Tienes que tener alguna idea. ¿No le has dado vueltas en la cabeza?
—Me sorprende, pero no lo he hecho —miró al mar durante largo rato,
contemplando una docena de veleros y un gran yate que navegaban majestuosamente
a lo largo de la costa—. Ahora me doy cuenta de lo poco que he pensado en eso. Es
extraño…, generalmente practico bastante el autoanálisis, pero en este caso no he
profundizado mucho.
—¡Ajá! —exclamó Parker—. ¡Sabía que iba por el buen camino! Los cambios
que experimentaste entonces están conectados de alguna forma con los problemas
que tienes ahora. Venga, continúa. ¿Les dijiste a los de Mountainview que rechazabas
el puesto?
—No les gustó.
—Y alquilaste un pequeño apartamento en la ciudad.
—Una habitación, más cocina y baño. Nada del otro mundo. Pero tenía una
bonita vista de las montañas.
—¿Decidiste vivir de tus ahorros mientras escribías una novela?
—No tenía mucho en el banco, pero siempre me las he arreglado con poco.
—Una conducta impulsiva. Arriesgada. Nada que tenga que ver contigo —dijo
Parker—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Qué te hizo cambiar?
—Supongo que se estaba cociendo desde hacía mucho. Cuando llegué a
Mountainview, mi descontento era tan grande que tenía que cambiar.
Parker se recostó en la silla.
—Nada de eso, amigo mío. Tiene que haber algo más. Óyeme, tú mismo has
admitido que estabas más contento que un pato en el agua cuando te marchaste de
Portland con tu remolque. Tenías un trabajo con un salario aceptable y estabilidad
asegurada, en un lugar donde no te exigirían mucho. Todo lo que tenías que hacer era
establecerte en Mountainview y desaparecer. Cuando llegaste allí, te faltó tiempo para
tirarlo todo por la borda, meterte en una buhardilla y arriesgarte a pasar hambre, todo
por amor al arte. ¿Qué diablos te ocurrió en el largo viaje hasta Utah? Algo te debió
sorprender de verdad, algo tan fuerte que te sacó de tu complacencia.
—No. Fue un viaje normal.
—Dentro de tu cabeza no lo fue.
Dominick se encogió de hombros.
—Todo lo que recuerdo es que descansé, disfruté del viaje, lo hice con
tranquilidad, contemplé los paisajes…
—¡Amigo! —rugió Parker, sorprendiendo al camarero que pasaba junto a ellos—.
¡Uno margarita! Y otra cerveza para mi amigo.
—No, no —dijo Dom—. No…
—No te has bebido esa cerveza —le interrumpió Parker—. Lo sé, lo sé. Pero vas

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a acabarla y a beberte otra, y poco a poco te soltarás y llegaremos al fondo de tu
sonambulismo. Estoy seguro de que está relacionado con los cambios que
experimentaste hace dos veranos. ¿Sabes por qué estoy tan seguro? Pues te lo diré.
Nadie atraviesa dos crisis de personalidad en dos años consecutivos por motivos
completamente distintos. Las dos tienen que estar relacionadas de algún modo.
Dom esbozó una triste sonrisa.
—Yo no lo llamaría exactamente una crisis de personalidad.
—¿Ah, no? —inclinándose hacia delante, bajando su enmarañada cabeza,
poniendo toda la fuerza de su poderosa personalidad en la pregunta, Parker le dijo—:
¿No lo llamarías una crisis, amigo mío?
Dom suspiró.
—Bueno…, sí. Supongo que sí. Una crisis.

Se marcharon de Las Brisas a última hora de la tarde, sin llegar a una respuesta.
Aquella noche, cuando se metió en la cama, Dom se sentía atemorizado y se
preguntaba dónde amanecería al día siguiente.
Y por la mañana prácticamente se vio expulsado del sueño con un grito estridente
y se encontró inmerso en una oscuridad total, claustrofóbica. Algo lo tenía atrapado,
algo frío, pegajoso, extraño y vivo. Forcejeó en la oscuridad, se agitó y arañó, se
retorció y pateó, se liberó, se alejó con pánico en la oscuridad empalagosa,
arrastrándose sobre manos y rodillas, hasta que chocó contra una pared. La habitación
oscura reverberaba con el tronar de golpes y gritos, una cacofonía desconcertante
cuya procedencia no lograba identificar. Se arrastró junto al zócalo hasta que llegó a
la confluencia de dos paredes, apoyó la espalda contra el rincón y se enfrentó a la
habitación sin luz, seguro de que aquel ser pegajoso surgiría de la oscuridad y se
abalanzaría sobre él en cualquier momento.
¿Qué había en la habitación con él?
El estruendo aumentó: gritos, golpes, un estallido seguido por el crujir de madera,
más gritos y otro estallido.
Aún aturdido por el sueño, con los sentidos alterados por la histeria y el exceso de
adrenalina, Dom estaba convencido de que la cosa de la que se escondía al fin había
llegado. Intentó engañarla escondiéndose en los armarios y tras la caldera. Pero esta
noche no se había dejado engañar: venía a por él; ya no podía esconderse más; había
llegado el fin.
En la oscuridad, alguien o algo pronunció su nombre —¡Dom!—, y advirtió que
lo llamaban desde hacía uno o dos minutos, quizá más.
—¡Dom, respóndeme!
Otro estallido estremecedor. El seco crujir de la madera astillada.
Encogido en el rincón, Dom acabó por despertarse completamente. La criatura
pegajosa no era real. Fue producto de un sueño. Reconoció la voz que le llamaba: era

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la de Parker Faine. Mientras la histeria residual de la pesadilla se retiraba, otro
estallido, el más fuerte, provocó una reacción en cadena de destrucción, un crujido-
zumbido-chirrido-estruendo-estallido-bramido-estrépito-tableteo que culminó con la
apertura de una puerta y la aparición de la luz.
Dom parpadeó con el resplandor y vio la silueta de Parker, como si fuera un
gnomo grande y pesado, en la puerta del dormitorio, recortada sobre la luz del pasillo.
La puerta estaba cerrada con llave y Parker la había forzado lanzándose contra ella
hasta hacer saltar la cerradura.
—Dominick, hombre, ¿estás bien?
Dom también había levantado una barricada detrás de la puerta, lo que hizo la
entrada a Parker aún más difícil. Vio que, sonámbulo, había desplazado el tocador
hasta ponerlo contra la puerta, colocó las dos mesillas de noche sobre el tocador y el
sillón del dormitorio contra todo aquello. Los muebles se encontraban ahora
formando un confuso montón en el suelo.
Parker entró en la habitación.
—¡Muchacho! ¿Te encuentras bien? Estabas gritando. Se te oía desde la calle.
—Fue un sueño.
—Ha debido ser terrible.
—No recuerdo nada —dijo Dom, aún en el suelo, en el rincón, demasiado
cansado y débil para levantarse—. Eres una bendición para los ojos, Parker. Pero…
¿qué diablos haces aquí?
Parker lo miró sorprendido.
—¿No lo sabes? Me llamaste por teléfono. No hace más de diez minutos. Me
pediste ayuda a gritos. Dijiste que estaban aquí y que venían a por ti. Después
colgaste.
Dom sintió la humillación como si fuera una dolorosa quemadura.
—Ah, así que me telefoneaste sonámbulo —dijo el pintor—. Me dio esa
impresión. No parecías ser… el mismo. Quizá debí llamar a la policía, pero sospeché
que tenía algo que ver con tu sonambulismo. Sabía que no querrías decírselo a unos
desconocidos, a una partida de polis.
—Pierdo el control, Parker. Algo… se agita en mi interior.
—Se acabó. No quiero ni oír hablar de eso.
Dom se sintió como un niño indefenso. Temía romper a llorar. Se mordió la
lengua, contuvo las lágrimas, se aclaró la garganta y dijo:
—¿Qué hora es?
—Algo más de las cuatro. Noche cerrada —Parker miró hacia la ventana y
frunció el ceño.
Siguiendo la mirada del otro hombre, Dom vio que las cortinas estaban cerradas y
que la cómoda alta había sido trasladada frente a la ventana, cerrando la entrada por
aquel camino. Había estado muy ocupado durante el sonambulismo.
—Oh, Cristo —dijo Parker acercándose a la cama, donde se detuvo con una clara

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expresión de desconcierto en su ancho rostro—. Esto no marcha bien, amigo. Nada
bien.
Apoyándose en la pared, Dom se levantó temblorosamente para ver de lo que
hablaba Parker, pero cuando lo vio deseó haberse quedado en el suelo. En la cama
tenía un arsenal: el revólver del calibre 22 que generalmente guardaba en la mesilla
de noche; un cuchillo de carnicero; otros dos cuchillos de carne; una cuchilla; un
martillo; el hacha que utilizaba para trocear la leña de la chimenea y que, según
recordaba, había visto por última vez en el garaje.
—¿Qué esperabas? ¿Una invasión soviética? ¿Qué temes tanto?
—No lo sé. Algo que sueño.
—¿Y qué sueñas?
—No sé.
—¿No recuerdas nada?
—No —se volvió a estremecer con violencia.
Parker se le acercó y le puso una mano en el hombro.
—Más vale que te duches y te vistas. Yo prepararé el desayuno. ¿De acuerdo?
Después, creo…, creo que será mejor que vayamos a ver a tu médico en cuanto abra
la consulta. Me parece que debe echarte otro vistazo.
Dominick asintió.

Era el 2 de diciembre.

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Capítulo dos
2 de diciembre — 16 de diciembre

1. BOSTON, MASSACHUSETTS

Viola Fletcher, maestra cincuentenaria, madre de dos hijas, esposa de un hombre


fiel, mujer irónica y divertida, de risa contagiosa, estaba ahora callada y rígida,
tumbada en la mesa de operaciones, inconsciente, con la vida en manos de la doctora
Ginger Weiss.
Toda la vida de Ginger había sido como un embudo que se centraba en aquel
momento: por primera vez ostentaba el papel de cirujano jefe en una operación
importante y complicada. Años de ardua educación y una carga inconmensurable de
esperanza y sueños yacían detrás de este momento cumbre. Contemplaba con orgullo,
pero con humildad, la gran distancia que había recorrido en aquel viaje.
Y estaba medio muerta de miedo.
La señora Fletcher había sido anestesiada y envuelta en frías sábanas verdes.
Ninguna parte del cuerpo de la paciente era visible, excepto la zona del torso donde
se efectuaría la operación, un perfecto cuadrado de carne pintado con yodo y
bordeado por un paño de color lima. También tenía el rostro cubierto bajo un paño
estirado, como precaución suplementaria contra la contaminación aérea del corte que
pronto se le practicaría en el abdomen. El efecto consistía en la despersonalización
del paciente, y quizá era ésa, en parte, la intención de las sábanas, evitar que el
cirujano viese la agonía y la muerte en el rostro humano si, desgraciadamente, su
habilidad y formación fracasaban.
A la derecha de Ginger, la enfermera Agatha Tandy estaba preparada con
separadores, rastros, hemóstatos, bisturís, y otros instrumentos. A su izquierda, una
enfermera auxiliar estaba dispuesta a prestar ayuda. Otra enfermera auxiliar, el
anestesista y su enfermera también esperaban el comienzo de la intervención.
George Hannaby se encontraba al otro lado de la mesa, con un aspecto menos
parecido al de un cirujano que al de un delantero de un equipo profesional de fútbol
americano. En cierta ocasión, Rita, su esposa, le convenció para que hiciese el papel
de Paul Bunyam en una obra corta para un espectáculo benéfico, y George se
presentó en casa con botas de leñador, pantalones vaqueros y una camisa roja de tela

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escocesa. Le rodeaba un aura de fuerza, calma y competitividad, de lo más
tranquilizadora.
Ginger alzó la mano derecha.
Agatha Tandy le dio un bisturí.
Un haz de luz fino y brillante resaltó el afilado borde del instrumento.
Con la mano sobre las líneas trazadas en el torso de la paciente, Ginger vaciló y
respiró profundamente.
El magnetófono de casetes de George, en una mesa en el rincón, emitía por los
altavoces los familiares acordes de Bach.
Ginger se acordaba del oftalmoscopio, de los brillantes guantes negros…
No obstante, por muy atemorizadores que hubiesen sido aquellos incidentes, no
habían destruido la confianza que Ginger tenía en sí misma. Desde el ataque más
reciente se sentía mucho mejor: fuerte, activa, vigorosa. Si hubiese notado la más
leve muestra de cansancio o perturbación, habría cancelado la intervención. Por otro
lado, no había adquirido aquella formación, no había trabajado siete días por semana
durante todos aquellos años, para renunciar a su futuro a causa de dos momentos
aberrantes de histeria debida al estrés. Todo marcharía bien, muy bien.
El reloj de pared marcaba las siete cuarenta y dos. Hora de comenzar.
Realizó el primer corte. Con hemóstatos, pinzas de compresión y una pericia
infalible que siempre le sorprendió, profundizó, practicando una incisión a través de
la piel, la grasa y el músculo, hasta alcanzar el centro del vientre de la paciente.
Pronto, la incisión fue lo suficientemente grande para acomodar sus manos y las del
cirujano ayudante, George Hannaby, si era necesaria su ayuda. Las enfermeras
auxiliares se acercaron a la mesa, una a cada lado, asieron los mangos anatómicos de
los retractores y presionaron ligeramente para abrir la herida.
Agatha Tandy cogió un paño suave y absorbente y le enjugó la frente a Ginger,
con cuidado de evitar las lentes de aumento que sobresalían de las gafas de cirugía.
Tras la máscara, los ojos de George brillaron con una sonrisa. Él no sudaba. Rara
vez lo hacía.
Ginger ató con destreza los sangradores y retiró las pinzas de compresión, y
Agatha pidió nuevos suministros a la enfermera circulante.
En los breves espacios de silencio que se producían entre cada obra de Bach y en
el silencio del final de la casete antes de que alguien le diese la vuelta, sólo se oía en
la sala de azulejos los silbidos de las exhalaciones y los gruñidos de las inhalaciones
del pulmón artificial con el que respiraba Viola Fletcher. La paciente no podía
respirar por sí misma porque estaba paralizada por un relajante muscular derivado del
curare. Aunque enteramente mecánicos, aquellos sonidos tenían un poder hipnótico
que impedía a Ginger superar su aprensión.
En otras ocasiones, cuando era George quien abría, se charlaba más. Le lanzaba
pullas a las enfermeras y al residente de turno, se servía de las bromas para reducir la
tensión sin que disminuyera la concentración en la tarea vital que tenían entre manos.

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Sencillamente, ese estilo, que era como jugar al baloncesto, mascar chicle y resolver
complicados problemas matemáticos al mismo tiempo, no era el de Ginger.
Tras practicar la incisión en el vientre, Ginger recorrió el colon con ambas manos
y se cercioró de que estaba en perfectas condiciones. Con gasas húmedas
proporcionadas por Agatha, Ginger cogió los intestinos, situó las hojas curvadas de
los retractores contra ellos y se los dejó a las enfermeras asistentes, que los apartaron
de su lugar, dejando expuesta la aorta, la línea principal del sistema arterial del
cuerpo.
Desde el pecho, paralela a la columna vertebral, la aorta se comunicaba con el
vientre a través del diafragma. Inmediatamente sobre la ingle, se bifurcaba en las dos
arterias iliacas que conducían a las arterias femorales de las piernas.
—Ahí está —dijo Ginger—. Un aneurisma. Como en las radiografías —como
para confirmarlo, dirigió la vista a las radiografías de la paciente, fijadas en la
pantalla luminosa de la pared junto a la mesa de operaciones—. Un aneurisma
disecante justo sobre la bifurcación de la aorta.
Agatha le enjugó la frente a Ginger.
El aneurisma, un punto débil en la pared de la aorta, había permitido que la arteria
se inflamara por ambos lados, formando una extrusión redonda llena de sangre, que
latía como un segundo corazón. Esta anomalía causaba dificultad en la ingestión de
alimentos, ahogos, ataques de tos y dolores de pecho; y si la vena hinchada se
rompía, se producía la muerte instantánea.
Mientras Ginger contemplaba el aneurisma palpitante, le invadió una sensación
casi religiosa de misterio, como si hubiera escapado del mundo real a una esfera
mística, donde se le revelaría el misterio de la vida. La sensación de poder, de
trascendencia, surgía de su capacidad de combatir a la muerte… y vencerla. La
muerte se alojaba en el cuerpo de la paciente, bajo la forma de un aneurisma
palpitante, un pequeño capullo a punto de florecer, pero ella poseía la técnica y la
formación para acabar con él.
Agatha Tandy extrajo de un paquete esterilizado una sección de aorta artificial: un
tubo grueso y anillado que se dividía en otros dos tubos más pequeños, las arterias
iliacas. Estaba fabricado totalmente con Dracon. Ginger lo situó sobre la herida, lo
recortó con unas pequeñas tijeras afiladas para que ajustase y se lo devolvió a la
enfermera. Agatha puso el injerto blanco en una bandeja plana de acero inoxidable
que contenía sangre de la paciente y lo removió de un lado a otro para que quedase
bien impregnado.
Dejarían que el injerto se empapara de sangre hasta que ésta comenzara a
coagularse. Una vez colocado en la paciente, Ginger lo volvería a empapar de sangre,
lo sujetaría, dejaría que la sangre empezara a coagularse otra vez y lo limpiaría antes
de coserlo en su lugar. La fina capa de sangre coagulada ayudaría a prevenir la
percolación y, con el tiempo, la corriente sanguínea formaría una neoíntima, un nuevo
conducto hermético prácticamente indistinguible de la arteria verdadera. Lo más

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sorprendente es que la arteria de Dracon no era simplemente un sustituto adecuado de
la arteria dañada sino que, de hecho, era superior a la naturaleza; cuando
transcurrieran quinientos años y de Viola Fletcher no quedase otra cosa que polvo y
huesos carcomidos por el tiempo, el injerto de Dracon seguiría intacto, flexible y
resistente.
Agatha le enjugó la frente a Ginger.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó George.
—Estupendamente —dijo Ginger.
—¿Nerviosa?
—No mucho —mintió.
—Es un verdadero placer verla trabajar, doctora —le dijo.
—Lo mismo digo —apoyó una enfermera auxiliar.
—Y yo —dijo otra.
—Gracias —les respondió Ginger, sorprendida y satisfecha.
—Tienes una gracia especial para la cirugía, una delicadeza, una espléndida
sensibilidad visual y táctil que, me temo, no son muy comunes en esta profesión.
Ginger sabía que George no era dado a los falsos cumplidos, aunque al proceder
de un maestro tan exigente, parecía una adulación exagerada. ¡Santo Dios, George
Hannaby estaba orgulloso de ella! Al comprenderlo, sintió una cálida oleada de
emoción. Si hubiese estado en otro lugar, las lágrimas habrían acudido a sus ojos,
pero aquí mantenía firmes las riendas de sus sentimientos. No obstante, la intensidad
de su reacción a las palabras de George le hizo comprender hasta qué punto había
ocupado el papel de su padre; sentía casi tanta satisfacción con sus alabanzas como
con las del mismo Jacob Weiss.
Ginger prosiguió la operación con más ánimo. La inquietante posibilidad de otro
ataque se alejó lentamente de sus pensamientos, y la mayor seguridad le permitió
trabajar incluso con más elegancia que antes. Nada podía marchar mal.
Comenzó a controlar metódicamente el flujo de sangre por la aorta, exponiendo
cuidadosamente y cerrando temporalmente todas las ramificaciones, utilizando finos
lazos elásticos de plástico extremadamente flexible, colocando pequeñas pinzas de
compresión y unas más grandes en las arterias mayores, incluidas las iliacas y la
misma aorta. En poco menos de una hora, detuvo por completo el flujo de sangre que
circulaba por la aorta hacia las piernas de la paciente, y el palpitante aneurisma dejó
de imitar al corazón.
Con un pequeño escalpelo, punzó el aneurisma, dejando salir la sangre; la aorta se
desinfló. La abrió por su cara anterior. En aquel momento, la paciente estaba sin
aorta, más indefensa y dependiente del cirujano que nunca. A partir de entonces, no
podía volverse atrás. Desde aquel momento, la operación debía llevarse a cabo no
sólo con el mayor cuidado, sino también con la máxima velocidad que recomendara
la prudencia.
Se hizo un gran silencio en el quirófano. Las pocas conversaciones que se habían

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mantenido cesaron completamente. La casete de Bach volvió a llegar al final, y nadie
se movió para darle la vuelta. El tiempo se medía por los silbidos y gruñidos del
pulmón artificial y por el zumbido del electrocardiógrafo.
Ginger cogió el injerto de Dracon de la bandeja de acero, donde se encontraba
impregnándose de sangre que se coagulaba precisamente como era deseable. Cosió el
extremo superior a la aorta, utilizando un hilo extremadamente fino. Después, con el
extremo superior del injerto cosido a la aorta y el inferior cerrado con pinzas, Ginger
lo volvió a llenar de sangre para que se coagulara una nueva capa.
Durante todos los pasos de esta operación, no fue necesario que le enjugaran el
sudor de la frente. Esperaba que George lo hubiese notado…, estaba segura de que lo
había notado.
Sin que nadie le dijese que era hora de que volviera a sonar la música, una
enfermera auxiliar le dio la vuelta a la casete de Bach.
Le esperaban horas de trabajo, pero continuó sin la menor vacilación. Se desplazó
a lo largo del cuerpo envuelto en sábanas verdes, que dobló dejando al descubierto la
cadera de la paciente. Con la ayuda de una enfermera auxiliar, Agatha había repuesto
la bandeja del instrumental y ya tenía preparado todo lo que necesitaba Ginger para
practicar dos incisiones más, una en cada pierna de la paciente, bajo los pliegues
inguinales, donde las piernas se unen al tronco. Cerrando las venas con hilos y pinzas,
Ginger finalmente dejó al descubierto y separó las arterias femorales. Igual que con la
aorta, utilizó un delgado hilo elástico y una variada gama de pinzas compresoras para
interrumpir el flujo sanguíneo por aquellas zonas vasculares, después abrió las
arterias por el lugar donde quedarían unidas al extremo bifurcado del injerto. Se
sorprendió a sí misma un par de veces tarareando felizmente la música, y debido a la
facilidad con que trabajaba daba la impresión de que ya se había dedicado a la cirugía
en una vida anterior y que, predestinada a aquella labor, se había reencarnado de
nuevo para pertenecer a la elite de la hermandad del caduceo.
Pero debería haberse acordado de su padre y sus aforismos, los retazos de
sabiduría que había recogido y utilizado en benevolentes reprimendas o pacientes
consejos en las raras ocasiones que Ginger no se había comportado como era debido
o cuando los resultados en el colegio no fueron todo lo buenos que se podía esperar
de ella. El tiempo no espera a nadie; ayúdate, y Dios te ayudará; dinero ahorrado,
dinero ganado; el resentimiento sólo daña a quienes lo albergan; no juzgues y no
serás juzgado… Tenía cientos, pero ninguno le gustaba ni repetía tanto como éste: El
orgullo antecede a la caída.
Debería haber recordado aquellas seis palabras. La operación marchaba tan bien,
estaba tan contenta con su trabajo, tan orgullosa de su labor en aquella primera
intervención en solitario, que olvidó la inevitable caída.
Volviendo al abdomen abierto, retiró las pinzas de la parte inferior del injerto, lo
impregnó de sangre e introdujo los extremos inferiores bajo la carne intacta de la
ingle, bajo los pliegues inguinales, por las incisiones que había realizado en las

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arterias femorales. Cosió los extremos inferiores del injerto, liberó la red vascular, y
contempló con regocijo cómo volvía el pulso al injerto aórtico. Durante veinte
minutos, buscó escapes y los cosió con hilo fino y fuerte. Durante otros cinco
minutos, contempló de cerca y en silencio la aorta, que latía como si fuese una arteria
normal y sana, sin ningún síntoma de percolación crónica.
Finalmente, dijo:
—Hora de cerrar.
—Un trabajo perfecto —le dijo George.
Ginger se alegró de llevar la mascarilla, pues bajo ella su sonrisa era tan
exagerada que debía parecer una tonta.
Cosió las incisiones de las piernas de la paciente. Cogió los intestinos de manos
de las enfermeras, que estaban claramente exhaustas y deseando soltar los retractores.
Introdujo el paquete intestinal en el cuerpo y volvió a examinar los intestinos,
buscando irregularidades sin hallar ninguna. El resto era fácil: volver a poner en su
lugar la capa de grasa y músculo, coser capa a capa hasta cerrar la primera incisión
con hilo negro fuerte y grueso.
La enfermera del anestesista descubrió el rostro de Viola Fletcher.
El anestesista le abrió los ojos y dejó de administrarle la anestesia.
La enfermera auxiliar cortó la música de Bach.
Ginger contempló el rostro de la señora Fletcher, pálido pero no más de lo
normal. Aún tenía puesta la máscara, pero sólo recibía una mezcla de oxígeno.
Las enfermeras se retiraron y se quitaron los guantes de goma.
Viola Fletcher soltó un gemido y le temblaron los párpados.
—¿Señora Fletcher? —le dijo el anestesista en voz alta.
La paciente no respondió.
—¿Viola? —le dijo Ginger—. ¿Me oye, Viola?
Los ojos de la mujer no se abrieron pero, aunque estaba más dormida que
despierta, sus labios se movieron y, con voz apagada, dijo:
—Sí, doctora.
Ginger recibió la felicitación del equipo y salió de la sala con George. Mientras se
quitaban los guantes, las mascarillas y los gorros, se sentía como si estuviese rellena
de helio y a punto de vencer la fuerza de la gravedad. Pero con cada paso que daba
hacia los lavabos de los quirófanos, su entusiasmo decrecía. Un tremendo cansancio
se apoderó de ella. Le dolían el cuello y los hombros. Tenía las piernas entumecidas y
los pies cansados.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Estoy destrozada!
—Deberías estarlo —le dijo George—. Comenzaste a las siete y media, y ya ha
pasado la hora de comer. El injerto aórtico es agotador.
—¿Tú también acabas así?
—Desde luego.
—Pero ha sido muy repentino. Ahí dentro me sentía en plena forma. Me parecía

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que aún podía continuar varias horas más.
—Ahí dentro —le dijo George con afecto y regocijo evidentes—, eras como una
diosa, enfrentándote a la muerte y venciéndola, y los dioses nunca se cansan. El
trabajo de los dioses es tan entretenido que nunca te puedes cansar de él.
Abrieron los grifos de los lavabos, se quitaron las batas quirúrgicas que llevaban
sobre el uniforme verde del hospital y cogieron unas pastillas de jabón.
Al comenzar a lavarse las manos, Ginger se apoyó ligeramente sobre el lavabo y
se inclinó hacia delante, con la vista clavada en el desagüe, donde el agua formaba un
pequeño remolino sobre la placa de acero inoxidable y las burbujas de jabón daban
vueltas y vueltas y desaparecían por el orificio, hacia abajo, abajo, abajo… Esta vez,
el miedo irracional la asaltó y se apoderó de ella incluso de una forma más directa
que en Bernstein’s o que en el despacho de George el pasado miércoles.
Instantáneamente, su atención se centró por completo en el desagüe, que parecía latir
y crecer como si repentinamente hubiese adquirido una vida maligna.
Dejó caer el jabón y, con un gemido de terror, se apartó del lavabo de un salto,
tropezó con Agatha Tandy, gritó. Oyó vagamente que George la llamaba por su
nombre. Pero el mismo George desaparecía como se alejaba la imagen de una
película en la pantalla, como si fuera parte de una escena que se disolvía en una
panorámica de vapor, nubes o niebla, y dejó de parecer real. Agatha Tandy, la
antesala y las puertas del quirófano también se desvanecían. Todo desaparecía
excepto el desagüe del lavabo, que parecía crecer y hacerse más sólido, suprarreal.
Una sensación de mortal peligro se apoderó de ella. «Sólo es un lavabo, por el amor
de Dios». Se aferraba a aquella realidad, se agarraba al borde del precipicio y resistía
el empuje que trataba de arrojarla al vacío de la irrealidad. «Un lavabo. Un simple
lavabo. Sólo un…».
Corrió. La niebla cayó sobre ella, y dejó de ser consciente de sus actos.

Lo primero que notó fue la nieve. Grandes copos blancos caían frente a ella,
girando con lentitud, descendiendo perezosamente sobre la tierra como plumosas
semillas de dientes de león, pues no había viento que los agitase. Levantó la cabeza,
fijó la vista más allá de los viejos y altos edificios que se alzaban a su alrededor y vio
un trozo rectangular de cielo plomizo del que descendía la nieve. Mientras
contemplaba el cielo invernal, sin saber dónde estaba ni en qué estado se encontraba,
el cabello, las cejas y los párpados se le quedaron blancos. Los copos se derretían
sobre su rostro, pero poco a poco notó que también tenía las mejillas húmedas por las
lágrimas y que aún lloraba en silencio.
Gradualmente, el frío comenzó a hacerla reaccionar. A pesar de la ausencia de
viento, el aire tenía afilados dientes; le mordía las mejillas, le desgarraba el mentón y
le paralizó las manos con el veneno implacable de incontables mordeduras. El frío le
atravesaba la fina ropa del hospital, y Ginger se estremecía incontrolablemente.

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Después notó el helado suelo de cemento y la gélida pared de ladrillo a su
espalda. Estaba arrebujada en un rincón, con la espalda contra la pared, las rodillas
pegadas a las mejillas, los brazos apretados alrededor de las piernas…, una postura
defensiva y de terror. Perdía el calor del cuerpo por los lugares de contacto con el
suelo y la pared, pero no tenía fuerzas ni voluntad para levantarse y entrar.
Recordaba haber mirado fijamente el desagüe del lavabo. Con ardiente
desesperación, recordó el pánico inconsciente, el encontronazo con Agatha Tandy, la
expresión de sorpresa del rostro de George al reaccionar a sus gritos. Aunque el resto
estaba en blanco, suponía que había huido de peligros imaginarios como una lunática,
con gran sorpresa de sus colegas, hacia la segura destrucción de su carrera.
Se apretó con fuerza contra la pared de ladrillo con el deseo de que acabase de
robarle el poco calor que le quedaba.
Estaba sentada al fondo de un ancho callejón, un pasaje de servicio que conducía
al centro del complejo hospitalario. A su izquierda, unas puertas dobles de metal que
daban a la sala de las calderas, y más allá se encontraba la salida de la escalera de
emergencia.
Inevitablemente, recordó su encuentro con el asaltante cuando cumplía como
residente en el Columbian Presbyterian de Nueva York. Aquella noche, el asaltante la
introdujo en un callejón parecido a éste. Sin embargo, en aquel callejón neoyorquino,
dominó la situación y salió victoriosa…, mientras que ahora era una perdedora, se
hundía en lugar de salir adelante, se encontraba débil y perdida. Advirtió la triste
ironía y la espantosa simetría de haber descendido al punto más bajo de su vida en un
lugar como aquel.
Los exámenes de ingreso, la facultad, las largas horas y la dureza del año de
residencia, el trabajo y los sacrificios, la esperanza y los sueños, todo había sido
inútil. En el último instante, con la carrera de cirugía entre las manos, había
decepcionado a George, a Anna y a Jacob, y se había decepcionado ella misma. Ya no
podía negar la verdad ni ignorar lo evidente: le ocurría algo malo, algo tan malo que,
con toda seguridad, acabaría en la renuncia a una vida dedicada a la medicina.
¿Psicosis? ¿Tumor cerebral? ¿Quizá un aneurisma en el cerebro?
La puerta de la escalera de emergencia se abrió con un traqueteo y un chirrido de
goznes sin engrasar, y George Hannaby salió a la nieve, jadeando. Corrió unos pasos
por el callejón, sin temer el peligro que suponía la nueva capa de nieve de varios
centímetros de espesor. El aspecto de Ginger fue suficiente para que se detuviera en
seco. En su rostro se dibujó una expresión de sorpresa, y Ginger supuso que en aquel
momento George lamentaba la atención, el tiempo extra y los consejos que le había
dedicado. La había creído particularmente inteligente, digna, respetable. Había sido
tan bueno con ella y la había apoyado tanto que la traición a esa confianza, aunque
fuera de su alcance, repugnaba a Ginger y hacía brotar más lágrimas tibias de sus
ojos.
—¡Ginger! —le dijo temblorosamente—. ¿Qué te ocurre?

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Ginger sólo pudo responderle con un gemido ahogado e involuntario.
Tras las lágrimas, se veía una figura temblorosa y desdibujada. Ginger deseaba
que se marchase y la dejara hundida en su humillación. ¿No se daba cuenta del daño
que le hacía quedándose allí, contemplándola, cuando se encontraba en aquel estado?
La nieve caía con más fuerza. Aparecieron otras personas por la misma puerta por
la que había salido George, pero no las pudo identificar.
—Ginger, por favor, háblame —le dijo George al aproximarse—. ¿Qué te ocurre?
Dímelo. Dime qué puedo hacer.
Ginger se mordió el labio, intentó contener las lágrimas, pero sólo logró llorar con
más fuerza. Con un débil gemido, que le atormentó aún más por cuanto que era una
prueba de su debilidad, dijo:
—Me-me ocurre algo.
George se agachó a su lado.
—¿Qué? ¿Qué es?
—No lo sé.
Siempre resolvió los problemas que se le presentaron sin ayuda de nadie. Era
Ginger Weiss. Era diferente. Era una mujer especial. No sabía cómo pedir ayuda de
ese tipo, de esa importancia.
Aún agachado junto a ella, George le dijo:
—Sea lo que sea, lo arreglaremos. Sé que estás muy segura de ti misma. ¿Me
oyes, mujer? Siempre he tenido mucho cuidado contigo porque sé que no te gusta que
te ayuden más de la cuenta. Siempre quieres hacerlo todo tú sola. Pero esta vez,
sencillamente, no puedes ni tienes por qué. Aquí estoy yo para ayudarte, lo quieras o
no. ¿Me oyes?
—Yo… lo he estropeado todo. Te he de-decepcionado.
George se las arregló para sonreír.
—Nada de eso, mujer. Nunca me has decepcionado. Rita y yo sólo hemos tenido
hijos, pero si hubiésemos tenido una hija, nos hubiera gustado que fuese como tú.
Exactamente igual que tú. Eres una mujer muy especial, doctora Weiss.
¿Decepcionarme? Imposible. Sería un honor y un placer que me permitieras ayudarte
a superar esto, como si fueses mi hija, como si yo fuese el padre que has perdido.
George extendió la mano y se la ofreció.
Ginger la cogió con fuerza.
Era lunes, 2 de diciembre.

Transcurrirían varias semanas antes de que Ginger supiera que otras personas —
personas desconocidas—, en otros lugares, sufrían extrañas variaciones de su propia
pesadilla.

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2. TRENTON, NUEVA JERSEY

Unos minutos antes de la medianoche, Jack Twist abrió la puerta y salió del
almacén, bajo el aire y el aguanieve. En aquel momento, unos tipos salieron de una
furgoneta Ford de color gris estacionada junto al muelle de carga más cercano. La
llegada de la furgoneta se confundió con el rumor de un tren que pasaba en aquel
momento. La noche se cernía sobre el almacén, rota sólo por las cuatro débiles
manchas de luz amarillenta de los descuidados y sucios focos de seguridad.
Desafortunadamente, una de aquellas luces se encontraba sobre la puerta por donde
había salido Jack y proyectaba su resplandor enfermizo hasta la puerta del pasajero de
la furgoneta, por donde salió el inesperado visitante.
El tipo tenía un rostro de novela policiaca: mandíbula fuerte, una boca que apenas
si era algo más que una hendidura, una nariz que había sido partida en un par de
ocasiones y unos ojos pequeños de mirada dura. Era uno de esos obedientes pero
despiadados matones que se contratan en el mundo del hampa, un hombre que, en
otra época, podría haber sido un saqueador de las hordas de Gengis Kan, un criminal
nazi de sonrisa despiadada, un verdugo de uno de los campos de concentración de
Stalin, o un morlock del futuro como los imaginó H. G. Wells en La máquina del
tiempo. Para Jack, aquel tipo significaba un problema serio.
Se miraron fijamente, y Jack no alzó inmediatamente su revólver del 38 para
meterle una bala en el cuerpo a aquel bastardo, que es lo que debería haber hecho.
—¿Quién diablos eres? —le preguntó el morlock. Entonces vio la saca de lona
que Jack llevaba en la mano izquierda y la pistola en su mano derecha. Alzó las cejas
y lanzó un grito—: ¡Max!
Probablemente, Max era el conductor de la furgoneta, pero Jack no esperó a que
se lo presentaran formalmente. Se lanzó al interior del almacén, cerró la puerta con
fuerza y se hizo a un lado por si alguien decidía utilizarla para practicar el tiro al
blanco.
La luz del interior del almacén procedía de la bien iluminada oficina, al fondo de
la nave, y de bombillas de bajo voltaje con pantallas metálicas, distribuidas
espaciadamente por el alto techo del edificio, que permanecían encendidas toda la
noche. Era suficiente para que Jack viera los rostros de sus dos compañeros —Mort
Gersh y Tommy Sung— tras él. No parecían tan felices como un par de minutos
antes.
Estaban contentos porque habían logrado dar con éxito un golpe en un punto de
recogida de dinero de la mafia procedente de la venta de drogas en medio estado de
Nueva Jersey. Maletas, bolsas de viaje, cajas de cartón y neveras portátiles llenas de
dinero llegaban al almacén en manos de un equipo de correos, la mayor parte los
domingos y los lunes. Los martes se presentaban los contables de la mafia, vestidos

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con trajes de Pierre Cardin, para calcular el beneficio semanal de la división química.
Todos los miércoles se enviaban maletas llenas de apretados fajos de billetes verdes a
Miami, Las Vegas, Los Ángeles, Nueva York y otros importantes centros financieros,
donde expertos economistas licenciados en Harvard o en Columbia, contratados por
la mafia —o fratellanza, como la llamaban ellos mismos—, los invertían sabiamente.
Jack, Mort y Tommy, sencillamente, se habían interpuesto entre los contables y los
expertos en finanzas, y se habían apoderado de cuatro sacas repletas de dinero.
«Pensad que somos simplemente un intermediario o un abogado más», les dijo Jack a
los tres matones furiosos que, ahora mismo, se encontraban atados en la oficina del
almacén, y Mort y Tommy rieron a carcajadas.
Mort ahora ya no se reía. Tenía cincuenta años, vientre abultado, hombros caídos
y cráneo pelado. Llevaba un traje oscuro, un sombrero de copa baja y un abrigo gris.
Siempre vestía traje oscuro y sombrero de copa baja, aunque no siempre el abrigo.
Jack nunca lo había visto con otra ropa. Aquella noche, Jack y Tommy llevaban
pantalones vaqueros y chaquetas de material plástico forradas, pero Mort parecía uno
de esos tipos que aparecen en las viejas películas de Edward G. Robinson. El ala del
sombrero, baja por delante y alta por detrás, tenía el filo gastado y estaba algo floja,
un poco como el mismo Mort, y el traje estaba arrugado. Tenía una voz cansada y
dura.
—¿Quién es? —preguntó cuando Jack dio un portazo y se apartó a un lado.
—Dos tipos, al menos, en una furgoneta Ford —contestó.
—¿La mafia?
—Sólo vi a uno —dijo Jack—, pero parecía uno de los experimentos del doctor
Frankenstein que no salió bien.
—Al menos, las dos puertas están bien cerradas.
—Tienen llaves.
Los tres se alejaron precipitadamente de la salida y se sumergieron en las sombras
de un pasillo entre dos filas de embalajes de madera y cajas de cartón dispuestos
sobre palés. Las mercancías formaban muros de seis metros de altura. El almacén era
inmenso y en él se guardaba gran variedad de productos: cientos de televisores y
hornos de microondas, miles de batidoras y tostadoras, repuestos de vehículos,
material de fontanería, picadoras Cusinart y otras mercancías. Era un establecimiento
limpio y bien administrado pero, como cualquier edificio industrial por la noche,
adquiría un aspecto misterioso cuando se marchaban los trabajadores. En la nave
flotaban extraños ecos apagados. Fuera, el aguanieve caía con más fuerza que antes,
susurrando, golpeando, tintineando y siseando en el techo de pizarra, como si una
multitud de criaturas desconocidas atravesara vigas y muros.
—Te dije que era un error meterse con la mafia —dijo Tommy Sung. Era
chinoamericano y tenía unos treinta años, siete menos que Jack—. Joyerías, camiones
blindados, incluso bancos, de acuerdo, pero no la mafia, joder. Es una estupidez liarse
con la mafia. Es como meterse en un bar lleno de marines y escupir a la bandera.

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—Pues aquí estás —le dijo Jack.
—Sí, claro —respondió Tommy—, pero no siempre doy muestras de tener buen
juicio.
Con voz de fracaso y desesperación, Mort dijo:
—Una furgoneta aquí a estas horas sólo puede significar una cosa. Están
transportando alguna mierda, probablemente coca o caballo. Y eso quiere decir que el
gorila que viste y el conductor no estarán solos. Habrá otros dos tipos en el
compartimiento trasero de la furgoneta, con la mercancía, y tendrán ametralladoras
Uzis o algo peor.
—¿Y por qué no han empezado a abrirse camino a tiros? —preguntó Tommy.
—Por lo que saben —contestó Jack—, nosotros podríamos ser diez y tener
bazucas. Se moverán con precaución.
—Si se dedican a mover drogas, probablemente tendrán un equipo de
transmisiones —dijo Mort—. Ya habrán pedido ayuda.
—¿Quieres decir que la mafia tiene una flota de furgonetas con equipos de
transmisiones como la maldita compañía de teléfonos? —dijo Tommy.
—Hoy en día, están tan organizados como cualquier empresa —contestó Mort.
Prestaron atención a posibles ruidos que delataran la presencia de hombres en el
exterior del edificio, pero sólo oyeron el golpeteo de la lluvia en el tejado.
El revólver del calibre 38 que Jack tenía en la mano se había convertido
repentinamente en un juguete. Mort llevaba una pistola Smith & Wesson M39 de 9
milímetros, y Tommy una Combat Magnun M19 Smith & Wesson, que escondió bajo
la chaqueta impermeable tras dejar atados a los hombres en la oficina, cuando parecía
que se había terminado la parte peligrosa del trabajo. Estaban bien armados, pero no
podían enfrentarse a unas Uzis. Jack recordó los viejos documentales sobre los
impotentes húngaros enfrentándose a las tanques invasores soviéticos con palos y
piedras. Cuando se encontraba en apuros, Jack Twist tenía tendencia a dramatizar su
situación y, fuera cual fuese su estado, a adoptar el papel del noble indefenso que
luchaba contra las fuerzas del mal. Él reconocía esa tendencia y pensaba que era una
de sus cualidades más valiosas. No obstante, en aquel momento su posición era tan
delicada que no cabían dramatizaciones.
Los pensamientos de Mort le habían llevado precisamente a las mismas
consideraciones, pues dijo:
—No tiene sentido intentar salir por alguna de las puertas traseras. Ya se habrán
dividido: dos por delante y dos por detrás.
Las salidas frontales y posteriores, tanto las puertas como las persianas metálicas
de los muelles de carga, eran las únicas vías de escape. No existían otras aberturas, ni
ventanas ni trampillas de ventilación, no había sótano ni forma de alcanzar el tejado.
Al preparar el robo, los tres estudiaron detallados planos del edificio, y ahora sabían
que estaban atrapados.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Tommy.

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La pregunta iba dirigida a Jack Twist, y no a Mort, porque Jack organizaba todos
los robos en los que tomaba parte. Si los acontecimientos imprevistos requerían
alguna improvisación, siempre se esperaba que fuese a Jack a quien se le ocurriera la
feliz idea.
—¡Eh! —exclamó Tommy, intentando lucirse—, ¿por qué no nos vamos del
mismo modo que hemos venido?
Habían entrado en el edificio con una variación del Caballo de Troya, el único
modo de eludir los complicados sistemas de seguridad activados durante toda la
noche. El almacén era una tapadera para el tráfico de drogas, pero también era un
verdadero almacén, rentable y en plena actividad, que aceptaba regularmente
cargamentos de empresas legales que necesitaban un lugar donde guardar
temporalmente el exceso de mercancía. Así, con el ordenador personal y el módem
que tenía en su apartamento, Jack accedió tanto al ordenador del almacén como al de
uno de sus mejores clientes, y creó un fichero de documentación electrónica para
formalizar la entrega de un gran embalaje de madera, que llegó aquella mañana y fue
almacenado según las instrucciones. Él, Mort y Tommy iban dentro de la caja, que
diseñaron y construyeron con cinco aberturas ocultas, de modo que pudieran salir por
alguna de ellas si era colocada entre otros bultos. Unos minutos después de las once,
salieron de la caja y sorprendieron a los matones en la oficina, seguros de que el buen
funcionamiento de los múltiples sistemas de alarma y las cerraduras de las puertas
convertían al almacén en una fortaleza inexpugnable.
—Podríamos volver a meternos en la caja —dijo Tommy—, y cuando entren y no
nos encuentren, se volverán locos tratando de averiguar cómo escapamos. Mañana
por la noche se habrán enfriado los ánimos. Entonces podremos salir y largarnos.
—Es inútil —dijo Mort agriamente—. Se lo imaginarán. Buscarían hasta
encontrarnos.
—Sí, es inútil, Tommy —reconoció Jack—. Esto es lo que vamos a hacer… —
rápidamente, improvisó un plan que todos aceptaron.
Tommy corrió al cuadro de luces de la oficina para apagar todas las luces del
almacén.
Jack y Mort arrastraron las cuatro pesadas sacas del dinero hasta el extremo sur
del largo edificio, y el sonido seco de la lona rozando el suelo de cemento se repitió
una y otra vez en el aire helado. En aquel extremo del edificio, en lugar de
mercancías había varios camiones aparcados en la zona interior de estacionamiento,
donde, a primera hora de la mañana, serían cargados. Jack y Mort habían recorrido
menos de la mitad de la nave y se encontraban en mitad de aquel laberinto cuando se
apagaron las débiles luces y el almacén quedó sumido en una oscuridad total. Se
detuvieron para que Jack encendiese la linterna antes de continuar en penumbra.
Con su propia linterna, Tommy se unió a ellos y le cogió una bolsa a Jack y otra a
Mort.
A medida que la tormenta se alejaba, comenzó a decrecer el golpeteo y el susurro

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del aguanieve en el tejado, y Jack creyó oír el chirrido de un frenazo. ¿Habrían
llegado los refuerzos tan pronto?
En la zona interior de carga del almacén había cuatro camiones de cinco ejes: un
Peterbilt, un White y dos Mack, cada uno frente a una puerta.
Jack se dirigió al Mack más cercano, dejó la saca del dinero en el suelo, se subió
al estribo de la cabina, abrió la puerta y dirigió el haz de la linterna al salpicadero.
Las llaves colgaban del encendido. Eso era lo que suponía. Confiados en los
múltiples sistemas de seguridad, los empleados del almacén no pensaban que los
vehículos pudieran ser robados durante la noche.
Jack y Mort se acercaron a los restantes camiones, vieron que todos tenían llaves
y pusieron en marcha los motores.
La cabina del primer Mack tenía una litera tras el asiento, donde, en los viajes
largos, dormía el conductor suplente. Tommy Sung dejó las cuatro sacas en la litera.
Jack volvió al camión Mack cuando Tommy subía la última saca. Se puso al
volante y apagó la linterna. Mort se instaló en el asiento del pasajero. Jack arrancó el
motor pero no encendió las luces.
Los motores de los cuatro camiones rugían ruidosamente.
Con la linterna, Tommy corrió hasta la persiana metálica más alejada de las
cuatro que había en el muelle interior de carga y accionó el interruptor, que comenzó
a levantarla laboriosamente por sus raíles. Jack lo contemplaba en tensión desde su
elevado emplazamiento en la cabina del camión. Tommy corrió pegado a la pared,
sus movimientos delatados por el danzante rayo de la linterna, y golpeó con la mano
derecha los interruptores de las restantes puertas a medida que pasaba junto a ellas.
Después, con la linterna apagada, se dirigió al Mack mientras las persianas metálicas
subían lentamente con golpeteos y chirridos.
Fuera, los morlocks verían abrirse las puertas, oirían los motores de los camiones.
Pero sólo verían un edificio oscuro y, hasta que no se las arreglaran para alumbrar el
interior, no sabrían en qué vehículo tratarían de escapar. Podían ametrallar todos los
camiones, pero Jack contaba con ganar unos segundos preciosos antes de que se
decidieran a tomar aquella violenta decisión.
Tommy se encaramó en la cabina del Mack, cerrando la puerta tras sí y
apretándose contra Mort.
—Esas malditas persianas se levantan muy despacio —exclamó Mort, mientras
las persianas desaparecían traqueteando en el techo, revelando gradualmente la noche
lluviosa al otro lado.
—Sal ya —le instó Tommy.
Poniéndose el cinturón de seguridad, Jack dijo:
—No podemos arriesgarnos a quedarnos atascados.
La puerta había subido un tercio de su recorrido.
Aferrado al volante con las dos manos, Jack vio movimientos en el mundo oscuro
y frío del exterior, donde las pocas luces de seguridad no conseguían derrotar a la

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noche. Dos hombres corrían por el asfalto mojado, a la izquierda, resbalando y
patinando, ambos armados, uno de ellos con lo que parecía una Uzi. Intentaban
permanecer agachados para ofrecer un blanco difícil y, al mismo tiempo, procuraban
mantener el equilibrio mientras echaban un vistazo al oscuro interior del almacén,
pero aún no parecían decididos a afrontar la situación con una indiscriminada ráfaga
de metralleta.
La primera puerta, frente a Jack, estaba medio abierta.
Bruscamente, por la izquierda, la misma dirección por donde aparecieron los dos
hombres, surgió la furgoneta Ford gris entre chirridos de neumáticos y estelas de
nieve medio derretida.
Se detuvo con un patinazo entre la segunda y la tercera persiana, y sus focos
alumbraron el cuarto muelle de carga, revelando la cabina desocupada del camión.
Frente a Jack, la puerta había subido dos tercios.
—Agachad la cabeza —dijo.
Mort y Tommy se agacharon cuanto pudieron y Jack se tumbó sobre el volante.
La pesada persiana aún no se había enrollado en su totalidad, pero Jack pensó que
podría pasar por debajo… con un poco de suerte. Con rápidos movimientos, quitó el
freno de mano, metió una marcha y pisó el acelerador.
En el mismo instante que metió la marcha, los de fuera supieron que saldrían por
la primera puerta, y una ráfaga de disparos rompió el silencio de la noche. Al alcanzar
la puerta, Jack siguió conduciendo y bajó la rampa del muelle de carga, oyó las balas
estrellarse contra el camión, pero ninguna penetró en la cabina ni rompió el
parabrisas.
Más allá, una furgoneta Dodge frenó al final de la rampa, intentando bloquearles
el camino. Desde luego, los refuerzos habían llegado.
En lugar de frenar, Jack pisó el acelerador con más fuerza y sonrió al ver las
expresiones de horror de los hombres que había en su interior un momento antes de
que el inmenso radiador del Mack colisionara con ellos. Se estrellaron contra la
furgoneta con tal fuerza que salió despedida diez o quince metros deslizándose por el
asfalto sobre uno de sus lados.
El impacto sacudió a Jack, pero el cinturón de seguridad lo mantuvo en su lugar.
Mort y Tommy fueron lanzados hacia delante, dieron contra el salpicadero y cayeron
al suelo de la cabina. Protestaron con gritos de dolor.
Para ejecutar aquella maniobra, Jack se vio forzado a bajar la rampa más rápido
de lo que debía y, ahora, al tratar de hacer girar el camión a la izquierda, hacia el
camino de salida, dio un bandazo, patinó y amenazó con hacerle perder el control o
volcarse como la furgoneta Dodge. Maldiciendo, Jack se aferró al volante, lo giró con
tal esfuerzo que le pareció que le arrancaría los brazos del cuerpo, y logró tomar el
camino de salida.
Frente a él había tres hombres alrededor de un Buick azul oscuro, y al menos dos
estaban armados. Abrieron fuego cuando se aproximaban a ellos. Uno apuntó bajo, y

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las balas lanzaron chispas al estrellarse contra el borde superior del radiador; el otro,
demasiado alto, y Jack oyó las balas rebotar en el frontal de la cabina, sobre el
parabrisas. Una de las dos bocinas instaladas en el techo fue alcanzada y se
desprendió; cayó a un lado de la cabina y golpeó la ventana de Tommy colgando de
los cables.
Jack estaba casi encima del Buick, y los pistoleros advirtieron que tenía intención
de echárseles encima, por lo que dejaron de disparar y se apartaron. Manejando el
enorme camión como si fuese un tanque, se estrelló contra el coche y lo echó a un
lado. Siguió acelerando, dejó atrás el almacén, se dirigió a otro almacén y también lo
dejó atrás.
Mort y Tommy volvieron a sentarse, gruñendo. Estaban molidos. Mort sangraba
por la nariz y Tommy por un corte sobre la ceja derecha, pero ninguno estaba herido
de gravedad.
—¿Por qué tienen que complicarse todos los trabajos? —preguntó Mort
malhumoradamente, con un tono de voz más nasal que de costumbre debido a su
lastimada nariz.
—No se ha complicado —dijo Jack, accionando el limpiaparabrisas para apartar
los brillantes copos de nieve—. Sólo ha resultado algo más emocionante de lo que
pensábamos.
—No me gustan las emociones —dijo Mort, llevándose el pañuelo a la nariz.
Jack miró por el espejo retrovisor hacia el almacén de la fratellanza y vio que la
furgoneta Ford se dirigía tras ellos. Sólo tenía que ocuparse de esta furgoneta, pues el
Buick y la furgoneta Dodge habían quedado inutilizados. Sabía que no podría dejarla
atrás. Había una traicionera capa de hielo sobre el asfalto, y él tenía demasiada poca
experiencia al volante de un camión como aquel para arriesgarse a llevarlo a toda
velocidad con mal tiempo.
También le preocupaba el inquietante coro de ruidos que, procedente del motor,
se inició tras las colisiones con la furgoneta y el Buick. Algo traqueteaba con un
sonido metálico. Algo silbaba. Si el Mack se estropeaba y los dejaba en la estacada,
probablemente los morlocks acabarían con ellos a tiros.
Estaban en un gran polígono industrial, con almacenes, plantas de envasado y
fábricas, y la calle más cercana se encontraba a más de un kilómetro de distancia.
Aunque en algunas fábricas se trabajaba las veinticuatro horas, la principal carretera
del polígono, por la que iban a toda velocidad, estaba desierta.
Mirando por el espejo, Jack vio que la furgoneta seguía tras ellos y ganaba
terreno. Giró bruscamente a la derecha, por una calle que bordeaba una fábrica con
un cartel en el que se leía JABONES HARKWRIGHT.
—¿Dónde demonios vas? —preguntó Tommy.
—No podremos despistarlos —dijo Jack.
—Tampoco podemos hacerles frente —dijo Mort tras el pañuelo sangriento—.
Nuestras armas no sirven de nada frente a unas Uzis.

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—Confiad en mí —dijo Jack.
La fábrica de jabones Harkwright no tenía turno de noche. El edificio estaba a
oscuras, pero la calle y el gran aparcamiento de camiones estaban iluminados con
farolas de vapor de sodio que emitían una luz amarillenta.
Al final del edificio, Jack giró a la izquierda, hacia el aparcamiento, a través de
copos de aguanieve que parecían de oro fundido de las grandes farolas. Había dos
filas de remolques, sin cabinas, perfectamente alineados, como gigantescas criaturas
prehistóricas decapitadas, pintados de color mostaza bajo la luz amarillenta. Giró el
camión en un amplio círculo y lo aproximó a la pared posterior del edificio, apagó las
luces y condujo paralelo a la fábrica, por la calle que daba entrada al aparcamiento, el
mismo camino que acababan de recorrer. Se detuvo en la esquina, pegado a la pared
de la fábrica, en ángulo recto con la carretera principal.
—Agarraos —dijo.
Mort y Tommy ya sabían lo que se proponía. Apretaron los pies contra el
salpicadero y la espalda contra el respaldo del sillón, para protegerse del impacto.
Tan pronto como Jack frenó en la esquina del edificio —el Mack, quieto como un
gato agazapado en espera del ratón—, se vio un resplandor en la carretera. La luz se
aproximaba por la derecha, procedente de la parte delantera de la fábrica: las luces
largas de la aún invisible furgoneta Ford. El resplandor creció y creció, y Jack se
enervó, tratando de esperar hasta el último momento para abalanzarse sobre la
furgoneta. El resplandor ya se había convertido en dos nítidos haces paralelos que
crecían frente al morro del Mack. Finalmente, Jack pisó el acelerador con fuerza, y el
Mack se abalanzó hacia delante, pero era un gran camión y no tenía una aceleración
rápida. La furgoneta Ford, a más velocidad de la que Jack imaginaba, apareció por la
esquina frente al camión, que surgió a tiempo para alcanzar solamente la parte
trasera. Pero fue suficiente para alcanzar a la furgoneta, que dio un giro de 360 grados
sobre el asfalto helado del aparcamiento antes de colisionar frontalmente con uno de
los remolques de color mostaza.
Jack estaba seguro de que ninguno de los hombres de la furgoneta estaba en
condiciones de salir disparando, pero no lo comprobó. Giró el Mack y dejó atrás la
fábrica de jabones. Al llegar a la carretera principal del polígono, viró a la derecha,
alejándose del almacén de la fratellanza, hacia la entrada del polígono y el laberinto
de las calles de la ciudad que se extendía frente a ellos.
No los siguieron.
Recorrieron unos cinco kilómetros hasta llegar a una estación de servicio Texaco
abandonada que habían localizado días antes. Se deslizaron junto a los surtidores
fuera de servicio y aparcaron junto al pequeño edificio dilapidado.
En cuanto Jack detuvo el camión, Tommy Sung abrió la puerta de su lado, saltó y
se alejó en la oscuridad. Se dirigía a un barrio residencial de clase media a tres
manzanas de distancia, donde el lunes dejaron aparcado un Volkswagen Rabbit
desvencijado y sucio. El automóvil era más nuevo y rápido de lo que aparentaba. Los

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llevaría hasta Manhattan, donde lo abandonarían.
El lunes también dejaron aparcado un Pontiac en el polígono industrial, a dos
minutos del almacén de la mafia. Tenían intención de meter las sacas en el Pontiac y
después cambiarlo por el Volkswagen. Pero como fue imprescindible utilizar un
medio de transporte alternativo, dejaron el Pontiac donde lo habían aparcado.
Jack y Mort sacaron las bolsas del dinero del Mack y esperaron apoyados en la
pared de la estación de servicio, donde el aguanieve comenzó a helarse sobre la lona
de las sacas. Mort subió a la cabina y limpió las superficies donde podían haber
dejado sus huellas.
Jack permaneció junto a las sacas, vigilando la calle al otro lado del camión, por
la que, ocasionalmente, se deslizaba algún coche sobre el asfalto helado. Ningún
conductor parecía interesarse por un camión aparcado. Pero si pasaba una patrulla de
la policía…
Tommy apareció al fin por una calle lateral y aparcó entre las hileras de
surtidores. Mort cogió dos sacas, las arrastró al coche, resbaló, se cayó, se incorporó
y continuó su camino. Jack puso mayor cuidado al seguirle con las otras dos sacas.
Cuando llegó al Volkswagen, Mort ya estaba sentado en el asiento posterior. Jack
lanzó las sacas junto a Mort, cerró la puerta y subió a la parte delantera con Tommy.
—Por el amor de Dios, conduce despacio.
—Cuenta con ello —le respondió Tommy.
Al emprender la marcha entre los surtidores, los neumáticos patinaban sobre el
hielo del asfalto y, al salir a la calle, el coche derrapó antes de estabilizarse.
—¿Por qué se joden todos los trabajos? —se lamentó Mort.
—Este no se ha jodido —dijo Jack.
El Volkswagen pisó un bache y patinó hacia un coche aparcado, pero Tommy giró
el volante y lo controló. Continuaron más despacio aún, llegaron a la autopista y
ascendieron una rampa, bajo un letrero en el que se leía NEW YORK CITY.
Al acabar la cuesta, tras derrapar una vez más antes de entrar en la autopista, Mort
dijo:
—¿Por qué tiene que nevar?
—En la autopista ponen sal y cenizas —comentó Tommy—. Ahora iremos bien
hasta la ciudad.
—Ya veremos —contestó Mort, ceñudo—. ¡Dios, qué noche tan mala!
—¿Mala? —dijo Jack—. ¿Mala? Mort, nunca te admitirían en el Club de los
Optimistas. Por Dios, somos millonarios. ¡Estás sentado sobre una fortuna!
Bajo el sombrero de copa baja, del que aún goteaba el agua, Mort parpadeó
sorprendido.
—Bueno, mmm…, supongo que eso la hace más pasable.
Tommy Sung se rió.
Jack y Mort también rieron.
—Es el mayor botín que hemos logrado en nuestras vidas —afirmó Jack—. Y

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libre de impuestos.
De repente, todo parecía maravilloso. Se situaron a unos mil metros de una
furgoneta de mantenimiento de la autopista con destellantes sirenas amarillas, a una
velocidad cómoda y segura, mientras rememoraban alegremente los momentos más
emocionantes de la huida del almacén.
Después, cuando decayó la emoción y las carcajadas se convirtieron en sonrisas,
Tommy dijo:
—Jack, tengo que admitir que ha sido un trabajo de primera clase. La forma en
que pusiste en regla toda la documentación con el ordenador para la entrega de la
mercancía… y ese pequeño chisme electrónico que creaste para abrir la cerradura y
no tener que volarla…, en fin, que eres todo un genio.
—Yo diría más —apoyó Mort—, en los momentos difíciles eres el mejor artista
que he visto. Piensas con rapidez. Te lo digo yo, Jack, si alguna vez decides aplicar tu
talento en asuntos legales, en una buena causa, no se sabe dónde podrías llegar.
—¿Una buena causa? —manifestó Jack—. ¿No es una buena causa intentar
hacerse rico?
—Ya sabes a lo que me refiero —contestó Mort.
—Yo no soy un héroe —dijo Jack—. No quiero saber nada de ese mundo. Son
todos unos hipócritas. Sólo hablan de la honestidad, de la verdad, de la justicia, de la
concienciación social…, pero la mayoría sólo piensan en llegar más alto que los
demás. Nunca lo admitirían, y por eso no los trago. Yo sí lo admito. Quiero ser el
mejor, y que se vayan al diablo —oyó que el tono de su propia voz cambiaba de la
satisfacción a un amargado resentimiento, pero no lo pudo evitar. Clavó la vista en el
parabrisas mojado, más allá de los rítmicos limpiaparabrisas—. ¿Buena causa, eh? Te
pasas la vida luchando por las buenas causas y al final todos quieren acabar contigo.
Que se jodan.
—No quería molestarte —afirmó Mort, claramente sorprendido.
Jack no dijo nada. Estaba inmerso en amargos recuerdos. Tres o cuatro kilómetros
después, añadió en voz baja:
—No soy un jodido héroe.
Días después, cuando recordase aquellas palabras, tendría ocasión de preguntarse
cómo podía haber tenido una idea tan equivocada de sí mismo.
Era la una y doce minutos de la madrugada del miércoles 4 de diciembre.

3. CHICAGO, ILLINOIS

El jueves, 5 de diciembre, a las ocho y veinte de la mañana, el padre Stefan


Wycazik ya había celebrado la misa del alba, desayunado y retirado al refectorio a
tomar una última taza de café. Apartándose del escritorio, se volvió al ventanal desde
el que se veían los desnudos árboles del patio cargados de nieve e intentó no pensar

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en los problemas de la parroquia. Aquel era su tiempo, y lo tenía en gran estima.
Pero sus pensamientos desembocaban inexorablemente en el padre Brendan
Cronin. El coadjutor descarriado. Quien osó arrojar el cáliz al suelo. Brendan Cronin,
la comidilla de la parroquia. El párroco de St. Bernardette que había enloquecido. El
mismísimo Brendan Cronin. Simplemente, no tenía sentido. No tenía ningún sentido.
El padre Stefan Wycazik era sacerdote desde hacía treinta y dos años, y párroco
de la iglesia de St. Bernardette desde casi dieciocho, y en todo ese tiempo de vida
sacerdotal nunca le había asaltado la duda. La simple idea le dejaba perplejo.
Tras ser ordenado sacerdote, fue nombrado párroco de St. Thomas, una pequeña
parroquia en la zona rural de Illinois, donde vivía el septuagenario padre Dan Tuleen.
El padre Tuleen era la persona de temperamento más dulce, amable, sentimental y
adorable que Stefan Wycazik había conocido. Dan tenía problemas con la artritis y
estaba perdiendo la vista; había envejecido demasiado para poder ocuparse de la
parroquia. Otro sacerdote cualquiera hubiera sido apartado de sus deberes, le habrían
obligado a aceptar una honrosa jubilación. Pero a Dan Tuleen le permitieron
permanecer en su puesto porque llevaba en St. Thomas cuarenta años y era parte
integral de la vida de su rebaño. El cardenal, gran admirador del padre Tuleen, buscó
un coadjutor que pudiera afrontar más responsabilidades de las que habitualmente se
le exigían a un inexperto y, finalmente, se fijó en Stefan Wycazik. Tras pasar el
primer día en St. Bernardette, Stefan comprendió lo que se esperaba de él y no se
intimidó. Prácticamente, acarreó con todo el trabajo de la parroquia. Pocos sacerdotes
jóvenes estaban capacitados para enfrentarse a aquella tarea. El padre Wycazik jamás
dudó de que podría realizarla.
Tres años después, cuando el padre Tuleen murió calladamente mientras dormía,
nombraron un nuevo párroco para St. Thomas, y el cardenal envió al padre Wycazik a
otra parroquia en los suburbios de Chicago, donde el párroco, el padre Orgill, tenía
problemas con el alcohol. El padre Orgill no era un alcohólico impenitente. Tuvo
valor para salvarse, y mereció la pena ayudarle. El trabajo del padre Wycazik
consistió en aconsejarle y guiarle, con delicadeza pero con mano firme, hacia una
salida de su problema. Libre de toda duda, proporcionó a Francis Orgill lo que
necesitaba.
En los tres años siguientes, Stefan trabajó en otras dos parroquias acosadas de
problemas, y los que pertenecían a la jerarquía de la archidiócesis empezaron a
conocerlo como «el mediador de Su Eminencia».
Su destino más exótico fue la Escuela Hogar Nuestra Señora de la Merced, en
Saigón, Vietnam, donde estuvo a las órdenes del padre Bill Nader durante seis años
infernales. Nuestra Señora de la Merced fue fundada por la archidiócesis de Chicago
y era uno de los proyectos preferidos del cardenal. Bill Nader tenía las cicatrices de
dos heridas de bala, una en el hombro izquierdo y otra en la pantorrilla derecha, y
había perdido a dos sacerdotes vietnamitas y al último americano a manos de los
terroristas del Vietcong.

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Desde que Stefan llegó a Vietnam, durante todo aquel período de servicio en zona
de guerra, nunca puso en duda que sobreviviría ni que su trabajo en aquella tierra
infernal merecía la pena. Cuando cayó Saigón, Bill Nader, Stefan Wycazik y trece
monjas huyeron del país con ciento veintiséis niños. En el baño de sangre posterior,
murieron cientos de miles de personas, pero, incluso ante esa matanza, Stefan
Wycazik nunca dudó de que ciento veintiséis vidas era un número muy importante,
nunca permitió que la desesperación se apoderase de él.
De vuelta en los Estados Unidos, como recompensa a su labor de mediador del
cardenal durante década y media, se le ofreció un nombramiento de monseñor, que
declinó con modestia. En su lugar, solicitó humildemente —y le fue concedida— su
propia parroquia. Al fin.
Se trataba de St. Bernardette. Cuando St. Bernardette cayó en las hábiles manos
de Stefan Wycazik no era una parroquia próspera. Tenía un déficit de ciento
veinticinco mil dólares. La iglesia necesitaba urgentemente reparaciones importantes,
incluido un nuevo techo de pizarra. La casa del párroco estaba más que decrépita;
amenazaba con derrumbarse con la primera ráfaga de viento. No había escuela
parroquial. La asistencia a las misas dominicales experimentaba un descenso
constante desde hacía casi diez años. St. Bette, como la llamaban algunos
monaguillos, era precisamente la clase de reto que le gustaba afrontar al padre
Wycazik.
Jamás dudó de que rescataría a St. Bette. A los cuatro años, la asistencia a misa
aumentó en un cuarenta por ciento, liquidó la deuda y reparó la iglesia. A los cinco
años, reconstruyó la casa del párroco. A los siete, dobló la asistencia a misa y empezó
a construir la escuela. En reconocimiento a su infatigable servicio a la Madre Iglesia,
el cardenal, en su última semana de vida, concedió a Stefan el codiciado honor de ser
párroco permanente, lo que le garantizaba el puesto en la parroquia que él solo sacó
de la ruina tanto espiritual como económica.
La pétrea solidez de la fe del padre Wycazik le hacía más difícil comprender por
qué, en la misa del alba del domingo anterior, las creencias del padre Brendan Cronin
se habían disuelto de tal manera que le hicieron arrojar el cáliz sagrado por el
antealtar en un arrebato de ira y desesperación. Frente a casi un centenar de fieles.
Santo Dios. Al menos, no había ocurrido en una de las tres misas posteriores, que
contaban con mayor asistencia.
Al principio, cuando Brendan Cronin llegó a St. Bette hacía más de año y medio,
al padre Wycazik no le hizo mucha gracia.
En primer lugar, Cronin se había educado en el Colegio Norteamericano de
Roma, la institución educativa bajo jurisdicción de la Iglesia con mejor reputación.
Pero a pesar del honor que suponía ser invitado a aquella institución, y aunque sus
graduados eran considerados la crema del sacerdocio, a menudo no eran sino
decadentes presuntuosos, con una elevada opinión de sí mismos, siempre dispuestos a
ensuciarse las manos. Pensaban que enseñar el catecismo a los niños era algo que no

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les correspondía, un malgasto de sus complejas mentes. Y consideraban la visita a los
enfermos una tarea indeciblemente desagradable tras la gloria de la vida en Roma.
Además del estigma de haber sido educado en Roma, el padre Cronin era obeso.
No exactamente obeso, pero sí rollizo, con un amable rostro redondo y unos ojos de
un verde acuoso que parecían, a primera vista, delatar un alma perezosa y de fácil
corrupción. Por su parte, el padre Wycazik era un polaco corpulento en cuya familia
jamás hubo un obeso. Los Wycazik eran descendientes de mineros polacos que
emigraron a Estados Unidos a principios de siglo, sirviendo como mano de obra en
acerías, minas y en la construcción. Formaron familias numerosas que sólo podían ser
mantenidas con largas horas de trabajo honrado, de modo que no tuvieron ocasión de
engordar. Stefan creció con la idea instintiva de que un hombre auténtico era fuerte
pero esbelto, con cuello grueso, hombros corpulentos, y articulaciones nudosas por el
trabajo duro.
Para gran sorpresa del padre Wycazik, Brendan Cronin demostró ser un
trabajador infatigable. No adquirió pretensiones ni opiniones elitistas durante su
estancia en Roma. Era un hombre amable, inteligente y divertido, y le encantaba
visitar a los enfermos, enseñar a los niños y recaudar fondos. Era el mejor coadjutor
que el padre Wycazik había tenido en dieciocho años.
Por ello, el arrebato de Brendan el domingo y la pérdida de fe que lo había
inspirado inquietaban tanto a Stefan Wycazik. Desde luego, por otro lado, ansiaba
enfrentarse al reto de mantener en el rebaño a Brendan Cronin. Inició su carrera en la
Iglesia como firme brazo derecho de sacerdotes con problemas y ahora era llamado a
realizar aquel trabajo una vez más, lo que le hizo recordar su juventud y engendró en
él una firme sensación de fuerza vital.
Entonces, cuando bebía otra taza de café, llamaron a la puerta. Volvió la mirada al
reloj de la chimenea. Era de oro molido y caoba tallada, con un excelente mecanismo
suizo, regalo de un fiel. Aquel reloj era el único objeto elegante que había en aquella
sala amueblada, con un fin estrictamente utilitario, con piezas dispares y una gastada
alfombra persa de imitación. Según el reloj, eran las ocho y media en punto, y Stefan
se volvió hacia la puerta diciendo:
—Entre, Brendan.
Al aparecer en la puerta, el padre Brendan Cronin no tenía un aspecto menos
afligido que el domingo, el lunes, el martes y el miércoles, cuando se reunieron en su
despacho para discutir aquella crisis de fe y hallar algún modo de restablecer su
creencia. Estaba tan pálido que las pecas ardían como chispas en su piel y, por
contraste, su cabello castaño parecía más rojizo de lo habitual. La crisis había dejado
su huella.
—Siéntese, Brendan. ¿Café?
—No, gracias —Brendan ignoró el sofá desvencijado y la silla de estilo Morris, y
se dejó caer en el hundido sillón.
¿Ha desayunado bien —deseaba preguntarle Stefan—, o sólo ha tomado una

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tostada con café?
Pero no quería adoptar una actitud paternal con su coadjutor, que tenía treinta y
dos años. De modo que dijo:
—¿Ha leído lo que le sugerí?
—Sí.
Stefan había eximido a Brendan de todas las tareas parroquiales y le había dado
libros y ensayos que defendían la existencia de Dios y condenaban el desatino del
ateísmo desde un punto de vista intelectual.
—¿Y ha reflexionado sobre lo que ha leído? —le preguntó el padre Wycazik—.
¿Ha encontrado algo que… le haya ayudado?
Brendan suspiró. Negó con la cabeza.
—¿Sigue rezando para encontrar apoyo?
—Sí. No se me concede.
—¿Continúa buscando las raíces de la duda?
—No parece que las tenga.
La frustración que le producía a Stefan la taciturnidad del padre Cronin iba en
aumento. No era propia del joven sacerdote. Normalmente, Brendan era abierto,
locuaz. Pero desde el domingo se había encerrado en sí mismo, comenzó a hablar
lentamente, en voz baja y con frases cortas, como si las palabras fuesen dinero y él un
avaro que escatimara el pago de cada moneda.
—Tiene que existir un motivo para dudar —insistió el padre Wycazik—. La duda
tiene que surgir de algo…, de una semilla, tiene que tener un inicio.
—Simplemente existe —musitó Brendan en un tono apenas audible—. La duda.
Está ahí como si hubiese estado siempre.
—No estaba: usted creía. ¿Cuándo empezó a dudar? Según usted, el pasado
agosto. Pero ¿qué provocó la duda? Tuvo que producirse un incidente o incidentes
concretos que le condujeran a recapacitar sobre su filosofía.
Brendan suspiró suavemente.
—No.
El padre Wycazik quería gritarle, zarandearlo, sacarlo de su estupor. Pero dijo
pacientemente:
—Ha habido muchos buenos sacerdotes que han sufrido crisis de fe. Incluso
algunos santos lucharon contra los ángeles. Pero todos tenían dos cosas en común: la
pérdida de la fe era un proceso gradual que se prolongaba durante varios años antes
de desencadenarse la crisis, y todos podían señalar causas o hechos específicos de los
que surgía la duda. La muerte injusta de un niño, por ejemplo. O una madre santa
invadida de cáncer. El asesinato. La violación. ¿Por qué permite Dios que exista la
maldad en el mundo? ¿Por qué estallan las guerras? Aunque familiares, las fuentes de
la duda son innumerables, y aunque el credo de la Iglesia las resuelve, a veces sirve
de poco consuelo. Brendan, la duda siempre surge de contradicciones específicas
entre el concepto de la piedad de Dios y la realidad de la tristeza y del sufrimiento de

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la humanidad.
—No es ese mi caso —dijo Brendan.
El padre Wycazik insistió con amabilidad.
—Y el único modo de aliviar la duda consiste en centrarse en aquellas
contradicciones que le atormenten y discutirlas con un guía espiritual.
—En mi caso, la fe simplemente… se hundió bajo mis pies… de repente…, como
un armazón que pareciera en perfectas condiciones y tuviese todas las vigas podridas.
—¿No ha estado pensando en la muerte injusta, en la enfermedad, en el asesinato,
en la guerra? ¿Como un armazón podrido, no? ¿Se derrumbó de un día para otro?
—Exacto.
—¡Idioteces! —exclamó Stefan, levantándose de la silla.
La exclamación y el repentino movimiento sorprendieron al padre Cronin.
Levantó la cabeza y abrió los ojos con sorpresa.
—Idioteces —repitió el padre Wycazik, reforzando la palabra con el ceño
fruncido al darle la espalda a su coadjutor. En parte, tenía intención de sorprender al
joven sacerdote y sacarlo de aquel semi-trance de auto-compasión, pero en parte
también le irritaban el ensimismamiento de Cronin y su obstinada desesperación.
Dirigiéndose al coadjutor, pero mirando por la ventana, donde el hielo formaba
decorativos adornos y se estrellaba el viento, dijo—: No dejó de ser sacerdote en
agosto para convertirse en ateo en diciembre. No pudo. Es imposible si afirma que no
ha sufrido experiencias demoledoras que le indujesen a ello. Debe de tener motivos
para cambiar de parecer, padre, aunque pretenda ignorarlos, y hasta que no esté
dispuesto a admitirlo, a afrontarlos, seguirá en ese lamentable estado.
Un silencio plomizo cayó sobre la habitación.
Después se oyó el tic-tac apagado del reloj de oro molido y caoba.
Al fin, Brendan Cronin dijo:
—Padre, por favor, no se enfade conmigo. Le tengo tanto respeto… y valoro
nuestra relación de tal modo que su ira…, aparte de todo lo demás…, es excesiva
para mí en estos momentos.
Satisfecho con aquella pequeña fisura en el caparazón de Brendan, encantado con
los resultados de aquella pequeña estratagema, el padre Wycazik dio la espalda a la
ventana, se dirigió con rapidez al sillón y le puso la mano en el hombro al coadjutor.
—No estoy irritado con usted, Brendan. Inquieto. Preocupado. Frustrado porque
no me permite ayudarle. Pero no enfadado.
El joven sacerdote alzó la mirada.
—Padre, créame, sólo quiero que me ayude a salir de esto. Pero le digo la verdad,
mis dudas no surgen de ninguna de las cosas que usted ha mencionado. Realmente no
sé qué las provoca. Para mí es…, bueno, un misterio.
Stefan asintió, le apretó el hombro a Brendan, volvió al sillón tras el escritorio, se
sentó y cerró los ojos durante un momento, meditando.
—De acuerdo, Brendan, la incapacidad de identificar la causa del

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desmoronamiento de su fe indica que no es un problema intelectual, de modo que las
lecturas inspiradoras no le servirán de mucho. Si es un problema psicológico, las
raíces están ocultas en su subconsciente, esperando la revelación.
Cuando abrió los ojos, Stefan vio que a su coadjutor le intrigó la sugerencia de
que, simplemente, era su subconsciente lo que no funcionaba. Eso quería decir que,
después de todo, Dios no le había fallado a Brendan: Brendan le había fallado a Dios.
La responsabilidad personal era mucho más fácil de afrontar que la idea de que Dios
era irreal o que le había vuelto la espalda.
—Como sabe, Lee Kellong es el provincial de la Compañía de Jesús en Illinois.
Pero quizá no sepa que tiene a su cargo a dos psiquiatras, jesuitas también, que se
ocupan de los problemas mentales y emocionales de los sacerdotes de nuestra orden.
Podría arreglarlo todo para que le tratase uno de esos psiquiatras.
—¿Lo haría usted? —preguntó Brendan, inclinándose hacia delante.
—Sí. En última instancia. Pero no ahora. Si se somete a un tratamiento, el
provincial le dará su nombre al prefecto de disciplina, quien examinará todos sus
actos de los últimos meses para comprobar si ha violado alguno de sus votos.
—Pero yo nunca…
—Lo sé —dijo Stefan tranquilizadoramente—. Pero el trabajo del prefecto de
disciplina consiste en sospechar. Lo peor es que… incluso si se cura con el
tratamiento, el prefecto le vigilará en años venideros para asegurarse de que no recae
en una conducta anti-sacerdotal. Eso limitaría sus posibilidades. Y hasta que ha
aparecido este problema, padre, siempre me pareció que podría llegar a ser algo…,
monseñor, quizá más.
—Oh, no. Desde luego que no —afirmó Brendan desaprobadoramente.
—Sí, usted. Si resuelve su problema, aún podría llegar lejos. Pero una vez que
entre en la lista negra del prefecto, siempre será sospechoso. Como mucho, no
conseguirá ser más que yo, un simple párroco.
En las comisuras de los labios de Brendan apareció una sonrisa.
—Sería un honor —y una vida bien aprovechada— llegar a ser lo mismo que
usted.
—Pero usted puede llegar más lejos y ser de gran utilidad a la Iglesia. Y estoy
decidido a que tenga esa oportunidad. Por eso quiero que me conceda hasta Navidad
para ayudarle a encontrar la salida del laberinto en el que se encuentra. Dejémonos de
sermones. Olvidemos los debates sobre la naturaleza del bien y el mal. En lugar de
eso, aplicaré algunas de mis teorías sobre los desórdenes psicológicos. Se someterá a
mi tratamiento de aficionado, concédale una oportunidad. Sólo hasta Navidad. Si para
entonces siente la misma aflicción, si no estamos más cerca de la respuesta, le pondré
en las manos de un psiquiatra jesuita. ¿Trato hecho?
Brendan asintió.
—Trato hecho.
—¡Magnífico! —exclamó el padre Wycazik, irguiéndose y frotándose las manos,

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como si se dispusiera a cortar leña o a realizar cualquier otro ejercicio vigoroso—.
Tenemos más de tres semanas. Durante la primera semana, dejará sus hábitos
religiosos, se vestirá normalmente y se presentará al doctor James McMurtry, en el
hospital infantil de St. Joseph. Él se ocupará de asignarle un puesto en la plantilla del
hospital.
—¿De capellán?
—De enfermero…, vaciando orinales, cambiando la ropa de cama, haciendo lo
que le ordenen. Sólo el doctor McMurtry sabrá que es sacerdote.
Brendan parpadeó.
—¿Qué sentido tiene hacer eso?
—Lo descubrirá antes de que acabe la semana —dijo Stefan alegremente—. Y
cuando comprenda por qué lo envié al hospital, tendrá una llave importante para
acceder a su psique, una llave que le abrirá las puertas para ver en su interior,
entonces quizá comprenda la causa de su pérdida de fe… y la supere.
Brendan lo miró, dudoso.
El padre Wycazik añadió:
—Me ha prometido tres semanas.
—De acuerdo —Brendan se tocó inconscientemente el alzacuello y pareció
molesto con la idea de quitárselo, lo que parecía buena señal.
—Dejará de vivir en la casa parroquial hasta Navidad. Le daré dinero para que
coma y duerma en un hotel barato. Trabajará y vivirá en el mundo real, fuera del
cobijo de la vida eclesiástica. Ahora, cámbiese de ropa, haga las maletas y vuelva a
presentarse a mí. Mientras tanto, llamaré al doctor McMurtry y lo arreglaré todo.
Brendan suspiró, se levantó y se dirigió a la puerta.
—Quizá haya algo que pueda hacer pensar que mi problema no es intelectual,
sino psicológico. He sufrido unas pesadillas…, lo cierto es que se trata siempre de la
misma pesadilla.
—Un sueño recurrente. Es algo muy freudiano.
—La he soñado varias veces al mes desde el pasado agosto. Pero esta semana se
ha convertido en una experiencia regular. Es bastante desagradable…, una corta
pesadilla que se repite una y otra vez. Corta, pero… intensa. Es sobre unos guantes
negros.
—¿Guantes negros?
Brendan hizo una mueca.
—Estoy en un lugar extraño. No sé dónde. Me encuentro tumbado en una cama.
Tengo los brazos atados. Y también las piernas. Quiero levantarme, correr, salir de
allí, pero no puedo. Hay poca luz. No veo mucho. Entonces, aparecen esas manos…
—se estremeció.
—¿Con guantes negros? —instó el padre Wycazik.
—Sí. Unos guantes brillantes. De plástico o goma. Ceñidos y brillantes, no como
los guantes normales —Brendan soltó el pomo de la puerta, avanzó dos pasos hacia el

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interior de la sala y permaneció en pie con las manos levantadas a la altura de la cara,
como si al contemplarlas recordase mejor los detalles de las manos amenazadoras de
la pesadilla—. No distingo de quién son esas manos. Le ocurre algo a mi vista. Veo
las manos…, los guantes…, pero sólo hasta las muñecas. Lo demás está todo…
borroso.
Por la manera despreocupada en que Brendan había mencionado el sueño, casi
como una ocurrencia tardía, era evidente que no quería considerarlo en serio. No
obstante, estaba más pálido que antes y en su voz se apreciaba un vago pero
inconfundible tono de temor.
Un golpe de viento invernal hizo vibrar una ventana mal cerrada.
—El hombre de los guantes… —manifestó Stefan—, ¿le dice algo?
—No habla nunca —Brendan volvió a encoger los hombros, bajó las manos y se
las guardó en los bolsillos—. Me toca. Los guantes están fríos, pegajosos —el
sacerdote parecía sentir en aquel instante el tacto de los guantes.
Profundamente interesado, el padre Wycazik se inclinó hacia delante y le
preguntó:
—¿Dónde le tocan esos guantes?
Los ojos del joven sacerdote adquirieron un brillo vidrioso.
—Me tocan… la cara. La frente. Las mejillas, el cuello…, el pecho. Están frías.
Me tocan casi todo el cuerpo.
—¿No le hacen daño?
—No.
—¿Tiene miedo de los guantes, del hombre que los lleva?
—Siento pánico. Pero no sé por qué.
—Tiene un gran componente freudiano.
—Lo supongo —dijo el coadjutor.
—El sueño es una forma en que el subconsciente envía mensajes al consciente, y
en este caso es fácil ver el significado simbólico freudiano de los guantes negros. Las
manos del diablo cogiéndole para intentar hacerle perder la gracia de Dios. O las
manos de su propia duda. O podrían ser el símbolo de la tentación, de los pecados en
busca de su indulgencia.
Brendan parecía desagradablemente sorprendido de las nuevas posibilidades.
—Particularmente de los pecados de la carne. Después de todo, los guantes me
tocan todo el cuerpo —el coadjutor volvió a la puerta y cogió una vez más el pomo,
pero se volvió a detener—. Escuche, le diré algo extraño. Ese sueño…, estoy
convencido de que no es simbólico —Brendan apartó la vista de Stefan y la clavó en
la gastada alfombra—. Creo que esas manos enguantadas no representan sino manos
enguantadas. Creo que…, que en algún momento, en algún lugar, en un tiempo o en
otro, fueron reales.
—¿Quiere decir que se encontró alguna vez en una situación como la del sueño?
Con la vista aún clavada en la alfombra, el coadjutor respondió:

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—No lo sé. Quizá en mi infancia. ¿Sabe?, quizá esto no tenga nada que ver con la
crisis de fe. Probablemente, las dos cosas no tienen conexión alguna.
Stefan negó con la cabeza.
—¿Dos aflicciones serias e inusuales, la pérdida de fe y una pesadilla recurrente,
y pretende hacerme creer que no tienen conexión? Demasiadas coincidencias. Tiene
que haber una conexión. Pero, dígame, ¿en qué momento de su infancia pudo haberse
sentido amenazado por esa misteriosa figura enguantada?
—Bueno, de niño sufrí un par de enfermedades graves. Quizá en algún ataque de
fiebre me examinó un médico que fuese algo brusco o que tuviese un aspecto
amenazador. Quizá la experiencia fue tan traumática que la reprimí y ahora vuelve a
mí en un sueño.
—Cuando los médicos utilizan guantes para examinar a los enfermos, suelen ser
guantes blancos de látex. No de plástico grueso ni de goma.
El coadjutor respiró con profundidad y dejó escapar el aire lentamente.
—Desde luego, tiene razón. Pero no me puedo quitar de encima la sensación de
que no es un sueño simbólico. Supongo que es una locura. Pero estoy convencido de
que esos guantes negros son reales, tan reales como esa silla Morris, tan reales como
los libros de esa estantería.
Sobre la repisa de la chimenea, el reloj dio la hora.
El arrullo del viento en los aleros del tejado se convirtió en un aullido.
—Espeluznante —dijo Stefan, sin referirse al viento ni al hueco golpear del reloj.
Cruzó la sala y le dio una palmada al coadjutor en el hombro—. Pero está
equivocado, se lo aseguro. El sueño es simbólico, y está relacionado con su crisis de
fe. Las manos negras de la duda. Se trata de su subconsciente previniéndole de la
batalla que tendrá que librar. Pero en esa batalla no se encuentra solo. Me tiene a su
lado.
—Gracias, padre.
—Y también tiene a Dios de su lado.
El padre Cronin asintió. Pero ni su rostro ni sus hombros caídos mostraron
señales de convicción.
—Ahora vaya a hacer la maleta —dijo el padre Wycazik.
—Va a quedarse muy ocupado cuando me vaya.
—Tengo al padre Gerrano y a las hermanas en la escuela. Ahora, váyase —
cuando salió el coadjutor, Stefan volvió al escritorio.
Guantes negros. Era sólo un sueño y, en esencia, no particularmente espantoso.
Sin embargo, cuando lo describió, la voz del padre Cronin parecía tan angustiada que
Stefan aún se encontraba afectado por la imagen de las manos enguantadas, brillantes
y negras, surgiendo de la niebla, tanteando, palpando…
Guantes negros.
El padre Wycazik tuvo el presentimiento de que aquél iba a ser uno de los casos
de salvación más difíciles que había acometido.

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Fuera, caía la nieve.
Era jueves, 5 de diciembre.

4. BOSTON, MASSACHUSETTS

El viernes, cuatro días después de la catastrófica fuga que sufrió tras la operación
de injerto aórtico a Viola Fletcher, Ginger Weiss continuaba internada en el Memorial
Hospital, donde fue ingresada después de que George Hannaby la sacara del nevado
callejón del hospital en que recuperó el conocimiento.
Durante tres días la sometieron a un reconocimiento exhaustivo: un estudio
electroencefalográfico, radiografías craneales, sonogramas, pneumoventriculografía,
una punción lumbar y un angiograma, entre otras pruebas, que repitieron (excepto,
afortunadamente, la punción lumbar) para confrontar los resultados. Con los
complejos métodos y utensilios de la medicina moderna, estudiaron su tejido cerebral
en busca de neoplasmas, masas císticas, abscesos, coágulos, aneurismas y bultos de
grasa benignos. Durante un tiempo se centraron en la posibilidad de malignidades en
los nervios perineurales. Buscaron síntomas de una presión intracraneal crónica.
Analizaron el fluido de la punción lumbar en busca de proteína anormal, alguna
hemorragia cerebral, un bajo contenido en azúcar que indicase infección bacterial, o
signos de infección fungosa. Como eran médicos que siempre daban lo mejor que
tenían al paciente, y especialmente a Ginger por ser una colega, los médicos fueron
diligentes, decididos, atentos, perseverantes, y estaban firmemente decididos a
averiguar la causa de su problema.
El viernes, a las dos de la tarde, George Hannaby fue a su habitación con los
resultados de la serie final de pruebas y con los informes donde los especialistas
desarrollaban sus conclusiones. El hecho de que fuera él mismo quien se presentara,
en lugar de dejar que el oncólogo o los especialistas del cerebro (los responsables de
su caso) le comunicaran los resultados, probablemente quería decir que eran malas
noticias, y por una vez Ginger lamentó verlo.
Se encontraba sentada en la cama, con un pijama azul que Rita Hannaby, la
esposa de George, tuvo la amabilidad de recoger, junto con una maleta con todo lo
necesario, de su apartamento en Beacon Hill. Se hallaba leyendo una novela de
misterio, suponiendo que los ataques eran el resultado de algún mal fácilmente
corregible, pero estaba asustada.
Pero lo que George tenía que decirle era tan malo que Ginger no pudo mantener
la compostura. En cierta forma, era peor que cualquiera de las cosas para las que se
había preparado.
No encontraron nada.
Ninguna enfermedad. Ninguna herida. Ningún defecto congénito. Nada.
Cuando George le explicó finalmente los resultados definitivos y dejó claro que

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sus locos arrebatos en forma de fuga no tenían una causa patológica determinada,
Ginger perdió el control de sus emociones por primera vez desde que rompió a llorar
en el callejón. Lloró calladamente, sin derramar muchas lágrimas, en silencio y con
enorme angustia.
Un defecto físico podía ser corregido. Y una vez curado, no le hubiese
entorpecido la vuelta a su carrera de cirugía.
Pero tanto los resultados de las pruebas como las opiniones de los especialistas
coincidían en el mismo mensaje insoportable: el problema sólo estaba en su mente,
era una enfermedad psicológica más allá del alcance de la cirugía, de los antibióticos,
de los medicamentos. Cuando un paciente sufría repetidos ataques de fuga sin que se
hallara una causa fisiológica, la única esperanza de curación residía en la
psicoterapia, aunque ni el mejor psiquiatra se podía jactar de un alto índice de
curación en ese tipo de pacientes. Desde luego, la fuga era un síntoma de
esquizofrenia incipiente. Tenía pocas posibilidades de adaptarse a su condición y
vivir una vida normal; las posibilidades de instauración definitiva eran
lamentablemente altas.
Cuando tenía el sueño de su vida al alcance de la mano, a los pocos meses de
comenzar su propia carrera de cirugía, su vida había sido destruida como si se tratara
de un globo de cristal alcanzado por una bala. Aunque su estado no fuese crítico,
aunque la psicoterapia le ofreciera la oportunidad de controlar los extraños ataques,
nunca podría obtener la licencia para practicar la medicina.
George cogió varios Kleenex de la caja que había en la mesita de noche y se los
dio. Sirvió un vaso de agua e hizo que se tomara un Valium, aunque al principio
Ginger se resistió. Le cogió la mano, que parecía la de una niña pequeña entre sus
manazas. Habló con suavidad, tranquilizadoramente. Poco a poco, la calmó.
Cuando Ginger pudo hablar, dijo:
—Pero George, maldita sea, no crecí en un ambiente psicológicamente
destructivo. Éramos una familia feliz, bien avenida. Y desde luego, tuve una dosis
más que suficiente de amor y afecto. Nunca abusaron de mí, ni física, ni mental, ni
emocionalmente —cogió con enfado la caja de Kleenex y sacó algunos pañuelos—.
¿Por qué yo? ¿Cómo puedo sufrir yo, con mi pasado, una psicosis? ¿Cómo? Con una
madre que me quería tanto, un padre tan fantástico, una infancia tan condenadamente
feliz, ¿cómo he podido acabar con una seria enfermedad mental? No es justo. No está
bien. Ni siquiera es creíble.
George se sentó en el borde de la cama; era tan alto que se vio obligado a seguir
inclinado sobre ella.
—En primer lugar, doctora, los especialistas consultados me han hablado de la
existencia de una escuela de pensamiento que sostiene que muchas enfermedades
mentales son el resultado de sutiles modificaciones químicas en el cuerpo, en el tejido
cerebral, cambios que aún no detectamos ni comprendemos porque no hemos
avanzado suficiente. De modo que esto no significa que hayas tenido una infancia

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difícil. No creo que tengas que volver a analizar toda tu vida por esto. Segundo, no
estoy, repito, no estoy convencido en absoluto de que tu estado alcance la gravedad
de una psicosis debilitante.
—Oh, George, por favor, no trates de engatusarme…
—¿Engatusar a una paciente? ¿Yo? —contestó como si nadie le hubiese sugerido
antes algo tan sorprendente—. No, sólo estoy tratando de animarte. Lo digo de
verdad. No hemos encontrado un motivo físico que lo explique, de acuerdo, pero eso
no significa que no esté relacionado con un problema físico. Quizá no se pueda
detectar en el estado en que se encuentra. Dentro de un par de semanas, o de un mes,
o tan pronto como se produzca una agudización del problema o aparezca algún
síntoma de deterioro, haremos más pruebas; echaremos otro vistazo, y apostaría
cualquier cosa a que al final pondremos el dedo sobre la llaga.
Ginger vislumbró un rayo de esperanza. Tiró una masa arrugada de pañuelos y
alargó el brazo para coger la caja de Kleenex.
—¿De verdad crees que podría ser algo así? ¿Un tumor cerebral o un absceso tan
pequeño que aún no se puede detectar?
—Desde luego. Eso me resulta mucho más fácil de creer que la idea de que seas
una persona con alteraciones psicológicas. Y no admito que sufras psicosis o
psiconeurosis y no muestres una conducta inusual entre las fugas. Es decir, las
enfermedades mentales graves no se muestran en pequeños arrebatos claramente
definidos. Se apoderan de toda la vida del paciente.
Ginger no había pensado en eso antes. Mientras meditaba, se sintió algo mejor,
aunque no tenía muchas esperanzas ni, desde luego, estaba más contenta. Por otro
lado, resultaba un poco extraño desear tener un tumor cerebral, pero el tumor podía
ser extirpado, quizá sin excesivo daño en el tejido cerebral. La locura, sin embargo,
no se curaba con el bisturí.
—Las próximas semanas, o meses, quizá sean los más difíciles de tu vida —le
dijo George—. La espera.
—Supongo que por el momento no podré trabajar en el hospital.
—Cierto. Pero dependiendo de cómo te encuentres, no veo motivos para que no
me ayudes en la consulta.
—¿Y si… sufro un ataque?
—Estaré a tu lado hasta que pase para evitar que te hagas daño.
—¿Pero qué pensarían los pacientes? No te haría mucho bien, ¿no es cierto? Una
ayudante que de repente se convierte en una meshuggene y se pone a correr y a gritar
por el despacho.
George sonrió.
—Deja que yo me preocupe por lo que puedan pensar los pacientes. De todos
modos, eso será más adelante. Ahora, al menos durante una o dos semanas, tendrás
que tener calma. Nada de trabajar. A relajarse. A descansar. Los últimos días han sido
agotadores emocional y físicamente.

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—¿Agotadores? Yo me los he pasado en la cama. No derrames la tetera.
George parpadeó, confundido.
—¿No qué?
—Oh —dijo ella, sorprendida de haber pronunciado aquellas cuatro palabras—,
es algo que solía decir mi padre. Es una expresión yidich. Hot nit kain tchynik: no
derrames la tetera. Significa «no digas tonterías». Pero no me preguntes por qué
significa eso. Se trata de algo que oía continuamente cuando era niña.
—Bueno, pues no derramaré ninguna tetera —afirmó—. Te habrás pasado toda la
semana en la cama pero, de todos modos, ha sido una experiencia agotadora, y ahora
necesitas descansar. Quiero que te vengas a pasar unas semanas con Rita y conmigo.
—¿Cómo? Oh, no quiero ser una carga…
—No es ninguna carga. Nuestra ama de llaves vive en casa, de modo que no
tendrás ni que hacerte la cama por las mañanas. Desde la ventana del dormitorio de
los invitados hay una magnífica vista de la bahía. Vivir junto al mar es relajante. De
hecho, es literalmente lo que ordena el médico.
—No, de verdad. Gracias, pero no podría.
George frunció el ceño.
—Me parece que no entiendes. No sólo soy tu jefe, sino también tu médico, y lo
que te estoy diciendo es una orden.
—Estaré perfectamente en el apartamento…
—No —expresó con firmeza—. Piénsalo. Imagínate que sufres uno de esos
ataques mientras haces la cena. Imagínate que vuelcas la sartén sobre el fuego. Podría
declararse un incendio, y quizá ni te dieras cuenta hasta que pasara la fuga; para
entonces podrías haber quedado atrapada en el apartamento en llamas. Esa es una
forma en que podrías dañarte tú misma. Se me ocurren cien más. De modo que me
veo obligado a insistir… No debes vivir sola durante unos días. Si no quieres
quedarte con Rita y conmigo, ¿no tienes parientes con los que irte unos días?
—En Boston no. En Nueva York. Tengo tías, tíos…
Pero Ginger no podía quedarse con ningún familiar. Se alegrarían de tenerla con
ellos, desde luego, especialmente tía Francine o tía Rachel. Sin embargo, no quería
que la viesen en su estado actual, y la idea de sufrir un ataque estando con ellas era
poco menos que insoportable. Casi veía a Francine y a Rachel sentadas alrededor de
la mesa de la cocina, hablando en voz baja, chasqueando la lengua. «¿En qué se
equivocaron Jacob y Anna? ¿Le exigieron demasiado? Anna siempre le exigía
mucho. Y cuando Anna murió, Jacob dependió demasiado de la chica. Tuvo que
hacerse cargo de la casa con doce años. Fue excesivo para ella. Le exigieron
demasiado cuando era muy joven». Ginger recibiría considerable compasión,
comprensión y amor, pero a costa de que se manchara la memoria de sus padres, una
memoria que estaba decidida a honrar, siempre.
George seguía sentado en el borde de la cama y esperaba su respuesta con una
clara preocupación que la conmovió profundamente.

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—Me quedaré en la habitación con vistas a la bahía —le dijo.
—¡Espléndido!
—Aunque me parece una horrible imposición. Y te lo advierto: como me guste,
jamás te librarás de mí. Sabrás que te has metido en un lío el día que vuelvas a casa y
veas que he contratado a alguien para que pinte las paredes de otro color y cambie las
cortinas.
George sonrió.
—Si se te ocurre hablar de pintores y cortinas, te pondremos de patitas en la calle
—le besó en la mejilla, se levantó y se dirigió a la puerta—. Voy a arreglar los
papeles para que te den el alta y puedas estar en la calle en un par de horas. Llamaré a
Rita y le diré que venga a recogerte. Estoy seguro de que superarás esto, Ginger, pero
tienes que mantener una actitud positiva.
Cuando se marchó y sus pisadas se desvanecieron en la galería, Ginger dejó de
luchar para mantener la sonrisa y se derrumbó al instante. Se recostó contra las
almohadas y contempló taciturna el aislamiento acústico del techo, amarillento por el
paso del tiempo.
Un rato después, se levantó y se dirigió al cuarto de baño adyacente, donde se
acercó al lavabo con inquietud. Tras una breve vacilación, abrió el grifo y vio cómo
el agua daba vueltas y vueltas antes de desaparecer. El lunes, en los lavabos del
quirófano, tras haberle realizado con éxito un injerto aórtico a Viola Fletcher, Ginger
sintió pánico al ver el remolino del agua en el lavabo, pero no podía imaginar por
qué.
«Maldita sea, ¿por qué?». Necesitaba desesperadamente poder entenderlo.
«Papá —pensó—, ¡ojalá estuvieras vivo, para escucharme, para ayudarme!».
Las sorpresas desagradables de la vida eran el tema de una de las pequeñas
máximas de Jacob que más gracia le hacían a Ginger. Cuando alguien se preocupaba
por el futuro, Jacob agitaba la cabeza, enarcaba las cejas y decía: «¿Por qué
preocuparse por el futuro? ¿Quién sabe lo que puede ocurrirle hoy?».
Qué cierto. Qué poco divertido lo encontraba ahora.
Se sentía como si estuviera inválida. Se sentía perdida.
Era viernes, 6 de diciembre.

5. LAGUNA BEACH, CALIFORNIA

Cuando Dom fue a la consulta del médico la mañana del lunes, 2 de diciembre, en
compañía de Peter Faine, el doctor Cobletz no recomendó la realización inmediata de
análisis, pues había examinado recientemente a Dom y no encontró síntomas de
desórdenes físicos. Les aseguró que debía probar otros tratamientos antes de llegar a
la conclusión de que era una alteración cerebral lo que hacía que el escritor,
sonámbulo, tratara de fortificarse y defenderse.

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Tras la anterior visita de Dom, el 23 de noviembre, el doctor, según dijo, se
interesó por el sonambulismo y realizó algunas averiguaciones sobre la materia. En la
mayoría de los adultos, el sonambulismo no se prolongaba durante mucho tiempo; sin
embargo, en algunos casos, había cierto riesgo de que se convirtiera en algo habitual
y, en sus formas más graves, se parecía a las rutinas inflexibles y a la conducta
obsesionada de los casos más serios de neurosis. Una vez convertido en algo habitual,
el sonambulismo resultaba mucho más difícil de curar y podía convertirse en el factor
dominante de la vida del paciente, generando el miedo a la noche y al sueño y
provocando un intenso sentimiento de impotencia que culminaba en graves
alteraciones emocionales.
Dom sintió que ya se encontraba en la zona de peligro. Pensó en la barricada que
había montado en la puerta del dormitorio. El arsenal en la cama.
Cobletz, intrigado e interesado, pero no preocupado, aseguró a Dominick —y a
Parker— que, en la mayoría de los casos de sonambulismo persistente, la pauta del
comportamiento nocturno podría alterarse con la administración de sedantes antes de
dormir. Una vez transcurridas varias noches tranquilas, generalmente el paciente
quedaba curado. En los casos crónicos, la administración nocturna de sedantes era
reforzada con un compuesto de Diazepam cuando el paciente sentía inquietud de día.
Como las tareas que Dominick llevaba a cabo durante el sonambulismo eran
anormalmente intensas para un sonámbulo, el doctor Cobletz le recetó Valium para el
día y una tableta de quince miligramos de Dalmane para tomar antes de irse a la cama
todas las noches.
Cuando regresaban a Laguna Beach desde la consulta del doctor Cobletz en
Newport, con el mar a la derecha y las montañas a la izquierda, Parker Faine le dijo a
Dom que no debía vivir solo mientras continuara el sonambulismo. Inclinado sobre el
volante de su Volvo, el artista de barba y melena conducía deprisa, con agresividad
pero no alocadamente. Apenas si apartaba la vista de la autopista del Pacífico, pero
daba la impresión, por la fuerza de su personalidad, de que tenía clavados en Dom
tanto los ojos como la atención.
—Me sobra sitio. Puedo vigilarte. No te controlaré, ojo. Pero al menos estaré allí.
Y tendremos ocasión de hablar de esto, de tratarlo en profundidad, tú y yo, e
intentaremos averiguar en qué medida están relacionados el sonambulismo y los
cambios que se produjeron en ti el verano antepasado, cuando dejaste ese trabajo en
el Mountainview College. Soy el tipo más indicado para ayudarte; te lo juro, si no
fuese un jodido pintor, me habría convertido en un jodido psiquiatra. Tengo el don de
hacer hablar a la gente de sí misma. ¿Qué te parece? Vente a casa una temporada y
déjame jugar al terapeuta.
Dom se negó. Quería estar en su propia casa, solo, pues hacer lo contrario
parecería como esconderse en la misma madriguera donde había pasado tantos años
ignorando la vida. El cambio que experimentó en el viaje a Mountainview, Utah, el
verano antepasado, fue dramático, inexplicable, pero para bien. A los treinta y tres

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años, al fin cogió las riendas de su vida, comenzó a cabalgar y se internó por nuevos
territorios. Le gustaba el hombre en que se había convertido y nada temía más que
volver a caer en su anterior anodina existencia.
Quizá el sonambulismo estuviese misteriosamente relacionado con los cambios
de actitud que había experimentado, como insistía Parker, pero Dom dudaba que esa
relación fuese misteriosa o compleja. Es más, la conexión entre las dos crisis de
personalidad era simple: el sonambulismo era una excusa para esquivar las
oportunidades, la tensión, el estrés de su nueva vida. No lo permitiría. Por eso, Dom
se quedaría en su propia casa, solo, se tomaría el Valium y el Dalmane que el doctor
Cobletz le había recetado, y lo aguantaría como fuese.
Eso es lo que decidió el lunes por la mañana en el Volvo, y para el sábado, 7 de
diciembre, parecía que había tomado la decisión correcta. Algunos días necesitaba un
Valium y otros no. Todas las noches se tomaba una cápsula de Dalmane con leche o
chocolate caliente. El sonambulismo alteraba sus noches con menos frecuencia.
Antes de comenzar la administración de medicamentos, sufría episodios de
sonambulismo todas las noches, pero en las cinco últimas noches sólo había sufrido
dos, abandonando la cama en las horas previas al amanecer del miércoles y el
viernes.
Es más, las actividades durante el sonambulismo no eran tan extrañas ni
inquietantes como antes. Ya no acumulaba armas, ni construía barricadas, ni trataba
de clavar los marcos de las ventanas. En ambas ocasiones, sólo dejo su cama para
hacerse otra en el fondo del armario, donde despertaba con las extremidades
entumecidas y doloridas, y asustado por algún temor desconocido y sin nombre que
le perseguía en unos sueños que no recordaba.
Gracias a Dios, parecía que lo peor había pasado.
El jueves comenzó a escribir otra vez. Trabajó en la nueva novela, retomándola
donde la había dejado varias semanas antes.
El viernes, Tabitha Wycombe, su editora de Nueva York, le llamó con buenas
noticias. Acababan de aparecer dos críticas de Crepúsculo en Babilonia previas a la
publicación de la obra, y ambas eran excelentes. Tabitha se las leyó y después le dio
incluso mejores noticias. Las expectativas de las librerías, despertadas por la campaña
publicitaria y la distribución de varios centenares de copias gratis, continuaban
aumentando, y la primera edición sería aumentada por segunda vez. Hablaron casi
media hora, y cuando Dom colgó sintió que su vida volvía a su cauce normal.
Pero el sábado por la noche se produjo un nuevo cambio, que podía ser tanto para
bien como para mal. Cuando se despertaba por las noches, nunca recordaba ni el más
pequeño detalle de las pesadillas que lo sacaban de la cama. Entonces, el sábado, tuvo
un sueño aterrador y extrañamente vivido que le hizo huir por la casa en un pánico
sonámbulo, pero esta vez recordó algo cuando despertó; no gran parte, pero sí al
menos el final.
En los últimos dos minutos del sueño, se encontraba en un cuarto de baño en

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penumbra, todo borroso. Un hombre que no había visto le empujó hacia el lavabo, y
Dom se inclinó sobre él, con la cabeza metida en la taza de porcelana, alguien lo tenía
agarrado y lo sujetaba, pues estaba demasiado débil para mantenerse en pie por sí
solo. Tenía los miembros fláccidos, le temblaban las rodillas y sentía calambres en el
estómago. Una segunda persona invisible le puso las manos sobre la cabeza,
obligándole a mantenerla dentro del lavabo. No podía hablar. Apenas si podía
respirar. Sabía que estaba muriéndose. Tenía que huir de aquellas personas, salir de
aquella habitación, pero le faltaban las fuerzas para hacerlo. Aunque todo estaba
borroso, veía con detalle la lisa porcelana y el borde cromado del desagüe, pues tenía
el rostro a escasos centímetros de la taza del lavabo. Era un lavabo antiguo, sin tapón
mecánico. El tapón de goma había sido quitado y puesto en algún lugar que no veía.
El grifo estaba abierto y el agua corría por su rostro y caía al lavabo, daba vueltas y
vueltas y se perdía por el desagüe, girando y desapareciendo. Las dos personas que le
obligaban a tener la cabeza metida en el lavabo gritaban, pero no las entendía.
Girando y desapareciendo…, girando… Al mirar hipnotizado el minúsculo remolino,
el orificio del desagüe comenzó a aterrorizarle, pues lo veía como un agujero
succionador que quería atraerlo al abismo de las profundidades. Entonces advirtió
que querían meterlo por el desagüe, deshacerse de él. Quizá hubiese un triturador de
basura oculto, algo que lo haría pedazos y se lo tragaría…
Se despertó gritando. Estaba en el cuarto de baño. Se había levantado sonámbulo.
Estaba inclinado sobre el lavabo, gritando. Se apartó del desagüe, se tambaleó,
tropezó con la bañera y estuvo a punto de caerse. Se agarró a una percha para
mantener el equilibrio.
Jadeando, estremeciéndose, se decidió finalmente a volver al lavabo y a mirar el
interior de la taza. La lisa porcelana blanca, el anillo de cobre del borde del desagüe y
un tapón en forma de cúpula. Nada más, nada peor.
La habitación de la pesadilla no era su cuarto de baño.
Dominick se lavó la cara y volvió al dormitorio.
Según el reloj de la mesilla de noche, eran las dos y veinticinco de la madrugada.
A pesar de que carecía de sentido y de que no parecía tener conexión simbólica o
real con su vida, la pesadilla le inquietó profundamente. Sin embargo, no había
atrancado las ventanas ni había buscado armas, de forma que sólo le pareció una leve
recaída.
De hecho, podía ser un síntoma de mejoría. Si recordaba los sueños, no sólo
partes sino de principio a fin, podría descubrir la causa de la inquietud que lo
convertía en un vagabundo nocturno. Entonces estaría en mejores condiciones de
enfrentarse a ella.
A pesar de todo, no quería meterse en la cama y correr el riesgo de regresar a
aquel extraño lugar del sueño. El bote de Dalmane estaba en el cajón superior de la
mesilla de noche. Se suponía que no debía tomar más de una cápsula por noche, pero
una vez no le haría daño.

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Fue al mueble bar del salón y se sirvió un Chivas Regal. Se metió la píldora en la
boca con mano temblorosa, se bebió el Chivas y regresó a la cama.
Estaba mejorando. Pronto acabaría con el sonambulismo. Una semana más y
volvería a la normalidad. Al cabo de un mes, esto le parecería una curiosa aberración
y se preguntaría cómo se había dejado dominar de aquella manera.
Con un precario equilibrio en la cuerda floja de la conciencia sobre el vacío del
sueño, comenzó a tambalearse. Era una sensación agradable, un suave deslizamiento.
Pero a medida que se sumergía en el sueño, se oyó a sí mismo murmurar en la
oscuridad del dormitorio, y lo que dijo era tan extraño que le sorprendió y le interesó
a pesar de que el Dalmane y el whisky comenzaban a hacerle efecto.
—La luna —suspiró pesadamente—. La luna, la luna —se preguntó qué podría
significar aquello e intentó despabilarse para pensar en aquellas palabras. ¿La luna?
—. La luna —susurró una vez más antes de dormirse.
Eran las tres de la madrugada del domingo 8 de diciembre.

6. NUEVA YORK, NUEVA YORK

Cinco días después de robar a la fratellanza más de tres millones de dólares, Jack
Twist fue a ver a una «muerta» que aún respiraba.
La tarde del domingo, en un vecindario respetable del East Side, dejó el Camaro
en el aparcamiento subterráneo de un hospital privado y subió en el ascensor al
vestíbulo. Firmó en recepción y le dieron un pase de visita.
Se podría pensar que aquel lugar no era un hospital. La zona pública estaba
decorada en estilo Art Decó apropiado para la época del edificio. Había dos pequeños
originales de Erté, sofás, un sillón, mesas con revistas en montones bien ordenados,
todo con un aire de los años veinte.
Era un lugar muy lujoso. Los Erté eran innecesarios, al igual que un centenar de
otros detalles. Pero la dirección pensaba que la imagen era importante para atraer a
una clientela de la clase alta y mantener los beneficios anuales en un porcentaje que
rondaba las tres cifras. Había todo tipo de pacientes —esquizofrénicos catatónicos de
mediana edad, niños autistas, jóvenes y viejos comatosos incurables—, pero todos
tenían dos cosas en común: su estado era crónico y procedían de familias acaudaladas
que podían permitirse las mejores atenciones.
Cuando pensaba en ello, Jack invariablemente se irritaba porque no había ningún
lugar en la ciudad donde los enfermos mentales o personas con daños irreversibles en
el cerebro fueran bien atendidos a un precio razonable. A pesar del enorme gasto de
fondos procedentes de los impuestos, las instituciones neoyorquinas, como las
instituciones públicas de cualquier ciudad, eran una triste broma que el ciudadano
medio tenía que aceptar a falta de otras alternativas.
Si no fuese un ladrón hábil y con gran éxito, no podría haberse permitido el pago

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de la exorbitante factura mensual del sanatorio. Afortunadamente, tenía un gran
talento para el robo.
Con el pase, se dirigió a otro ascensor y subió al cuarto de los seis pisos. Las
galerías de las plantas superiores recordaban más a un hospital que el recibidor. Luces
fluorescentes. Paredes blancas. El aroma limpio, fresco y mentolado del
desinfectante.
Al final de la galería de la cuarta planta, en la última habitación de la derecha,
vivía la «muerta» que aún respiraba. Jack vaciló con la mano sobre el letrero de
EMPUJAR de la pesada puerta batiente, tragó saliva, respiró profundamente y,
finalmente, entró.
La habitación no era tan suntuosa como el vestíbulo, y tampoco estaba decorada
en estilo Art Decó, pero era agradable, parecida a una habitación de precio medio del
Plaza: techo alto con molduras blancas, chimenea con repisa blanca, gruesa alfombra
de color verde oscuro, cortinas de color verde claro, un sofá y un par de sillas con
tapicería estampada de hojas verdes. La teoría era que el paciente sería más feliz en
una habitación así que en una habitación de hospital. Aunque muchos pacientes no
captaban nada de lo que les rodeaba, al menos el ambiente más intimista hacía que
los amigos y familiares se sintieran menos tristes.
La cama de hospital era la única concesión al diseño utilitario y contrastaba
fuertemente con todo lo demás. Pero incluso la ropa de cama tenía un estampado
verde.
Sólo la enferma estropeaba el agradable ambiente de la habitación.
Jack bajó la barandilla de seguridad de la cama, se inclinó y besó a su mujer en la
mejilla. Ella no se inmutó. Le cogió una mano y la mantuvo entre las suyas. La mano
no le respondió con un apretón, no se dobló, permaneció inmóvil, fláccida, insensible,
pero al menos estaba caliente.
—¿Jenny? Soy yo, Jenny. ¿Cómo te encuentras hoy? ¿Mmmmmm? Tienes buen
aspecto. Estás preciosa. Siempre estás preciosa.
De hecho, para ser alguien que llevaba ocho años en coma, para ser alguien que
no había dado un solo paso, ni había sentido el sol ni el aire fresco en su rostro
durante todo ese tiempo, sí que tenía buen aspecto. Quizá fuese Jack el único que
ahora podía decirle, y creerlo, que era preciosa. Ya no era la belleza que fue una vez,
pero desde luego no parecía que llevara casi una década en solemne flirteo con la
muerte.
Ya no tenía el cabello sedoso, aunque sí seguía siendo espeso y del mismo tono
castaño intenso que tenía cuando se conocieron donde ella trabajaba, tras el
mostrador de colonias de caballero en Bloomingdale’s, hacía catorce años. Las
dependientas se lavaban el cabello dos veces a la semana y se lo arreglaban todos los
días.
Podría haberle pasado la mano bajo el cabello, por el lado izquierdo del cráneo,
por aquella depresión antinatural, aquella concavidad enfermiza. Podía haberla

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tocado sin que a ella le molestase, pues ya nada le molestaba, pero no lo hizo. Porque
le molestaba a él.
Tenía la frente lisa, el rostro libre de arrugas, incluso en el rabillo de los ojos
cerrados. Estaba pálida, pero no excesivamente. Inmóvil sobre aquellas sábanas
verdes, parecía de edad indefinida, como una princesa encantada esperando el beso
que la despertara del sueño de un siglo.
Los únicos signos de vida eran el débil y rítmico subir y bajar de su pecho al
respirar y el suave movimiento de la garganta al tragar saliva. El movimiento de la
garganta era una acción refleja e involuntaria y no una muestra de algún tipo de
conciencia.
El daño cerebral era extenso e irreparable. Aquellos escasos movimientos eran los
únicos que podría hacer hasta que diese el último suspiro. No había esperanza. Él
sabía que no la había y aceptaba aquel estado irreversible.
Ella tendría mucho peor aspecto si no recibiese los cuidados que le prodigaban.
Un equipo de terapeutas físicos iba a su habitación todos los días y la sometían a una
serie de ejercicios pasivos. Su tono muscular no era muy bueno, pero al menos tenía
tono muscular.
Jack le cogió la mano y contempló a Jenny durante largo rato. En los últimos siete
años había ido a verla dos noches por semana, y los domingos por la tarde se quedaba
cinco o seis horas, cosa que también hacía otras tardes. A pesar de la frecuencia de
sus visitas y de la impasibilidad de Jenny, nunca se cansaba de mirarla.
Sin soltarle la mano, acercó una silla y se sentó junto a la cama, contemplándola,
y estuvo hablándole más de una hora. Le habló de la única película que había visto
desde la última visita, de los dos libros que había leído. Le habló del estado del
tiempo, le describió la fuerza del gélido viento invernal. Le pintó con palabras los
escaparates de Navidad que más le habían gustado.
Ella no lo recompensó ni con un suspiro, ni con el más leve estremecimiento.
Permaneció como siempre, inmóvil e inamovible.
No obstante, él seguía hablándole, pues le preocupaba que pudiera subsistir un
fragmento de conciencia en el oscuro vacío del coma. Quizá pudiese oír, en cuyo caso
nada sería peor para ella que estar atrapada en un cuerpo insensible, ávida aunque
sólo fuera de una comunicación unilateral y no recibirla porque ellos creían que no
podía oírlos. Los médicos le aseguraron que sus temores eran infundados; no oía
nada, no veía nada, no reconocía nada, decían, excepto aquellas imágenes y fantasías
que surgieran en el chisporrotear del cortacircuito de las sinapsis de su cerebro
destrozado. Pero si se equivocaban —aunque sólo existiera una posibilidad entre un
millón de que así fuese—, no podía dejarla en aquel terrible aislamiento total. Por eso
le hablaba, mientras al otro lado de la ventana el día invernal cambiaba de un gris a
otro.
A las cinco y quince fue al cuarto de baño contiguo y se lavó la cara. Se secó y se
miró en el espejo. Como en incontables ocasiones anteriores, se preguntó qué habría

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visto Jenny en él.
Ni un solo rasgo o aspecto de su rostro podía calificarse de atractivo. Tenía la
frente demasiado amplia, las orejas demasiado grandes. Aunque veía perfectamente,
padecía un ligero estrabismo en el ojo izquierdo, y pocos podían hablarle sin fijar
nerviosamente su atención en un ojo y en otro, preguntándose con cuál de ellos los
miraba cuando, de hecho, era con los dos, al sonreír, parecía un bufón y, cuando
ponía mala cara, tenía un aspecto tan amenazador que Jack el Destripador bajaría la
cabeza y saldría corriendo.
Pero Jenny había visto algo en él. Lo había querido, necesitado y amado. A pesar
de que era guapa, no le concedió mucha importancia a las apariencias. Ése era uno de
los motivos por el que la había amado tanto. Una de las razones por las que tanto la
echaba de menos. Una de las mil razones.
Apartó la mirada del espejo. Si era posible sentir más soledad de la que ya sentía,
le rogaba a Dios que nunca le permitiese conocer aquel estado.
Volvió a la otra habitación, le dijo adiós a su mujer inmutable, la besó, aspiró el
aroma de su cabello una vez más y salió a las cinco y treinta y cinco.
En la calle, tras el volante del Camaro, Jack miraba con odio a los peatones y a
los otros conductores. El prójimo. La gente buena, amable, honrada y justa, la gente
del mundo del bien, que lo mirarían con desdén, y posiblemente incluso con
indignación, si supieran que era un ladrón profesional, aunque delinquiera por lo que
ellos le hicieron a él y a Jenny.
Sabía que la ira y la amargura no servían de nada, no cambiaban nada, y sólo le
hacían daño a él. La amargura es corrosiva. No quería ser rencoroso, pero había veces
en las que no lo podía evitar.

Después, tras cenar solo en un restaurante chino, regresó a su apartamento. Tenía


un espacioso apartamento de un dormitorio en un lujoso edificio de la Quinta
Avenida, con vistas al Central Park. Oficialmente, era propiedad de una empresa con
sede en Liechtenstein, que lo compró con un cheque a cargo de una cuenta en un
banco suizo. Todos los meses, el alquiler y los gastos de la comunidad eran pagados
con dinero procedente de un depósito bancario del Bank of America. Jack Twist vivía
bajo el nombre de «Philippe Deion». Los porteros y otros empleados del edificio y
los pocos vecinos con quienes hablaba le tenían por el raro y algo descarriado vástago
de una poderosa familia francesa, a quien enviaron a Estados Unidos, aparentemente,
como asesor de inversiones, aunque sólo lo hicieran para quitárselo de encima.
Hablaba francés con fluidez y podía hablar inglés durante horas con un convincente
acento francés sin que nadie descubriera el engaño. Naturalmente, no existía tal
familia francesa. Tanto la empresa de Liechtenstein como la cuenta en el banco suizo
eran suyas, y el único dinero que podía invertir era el que había robado a otros. No
era un ladrón cualquiera.

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Al entrar en el apartamento, se dirigió inmediatamente al gran armario del
dormitorio y abrió el fondo falso. Cogió tres sacas del escondite de un metro de
profundidad y se las llevó a la oscura sala, sin preocuparse de encender las luces.
Dejó las sacas cerca de su sillón favorito, junto al gran ventanal.
Sacó de la nevera una botella de Beck’s, la abrió y volvió a la sala. Se sentó a
oscuras durante un rato, junto a la ventana, contemplando el parque, donde las luces
se reflejaban en la capa de nieve que cubría la tierra y formaban extrañas sombras
entre las ramas desnudas de los árboles.
Dudaba y lo sabía. Finalmente, encendió la lámpara situada junto al sillón. Cogió
la bolsa más pequeña, la abrió y comenzó a sacar su contenido.
Joyas. Pendientes, collares y relucientes gargantillas de diamantes. Un brazalete
de diamantes y esmeraldas. Tres brazaletes de diamantes y zafiros. Anillos, broches,
pasadores, alfileres de corbata y sombrero con engarces de joyas.
Era el botín de un golpe que dio seis semanas antes. Debía de haber sido un
trabajo para dos hombres, pero con una planificación extensa e imaginativa encontró
la forma de arreglárselas solo, y todo marchó sobre ruedas.
El único problema era que el golpe no le había producido ninguna satisfacción.
Cuando concluía un trabajo con éxito, Jack pasaba varios días en un excelente estado
de ánimo. Desde su punto de vista, no eran simplemente delitos, sino justos castigos
al mundo, el pago de lo que le habían hecho a él y a Jenny. Hasta que tuvo
veintinueve años le dio mucho a la sociedad, a su país, pero como recompensa acabó
en un agujero de Centroamérica, en la prisión de un dictador, donde le dejaron
pudrirse. Y Jenny… no podía pensar en qué condiciones la había encontrado cuando,
finalmente, pudo escapar y regresar a casa. Ahora, ya no le daba nada a la sociedad,
sino que le robaba, y con gran placer. Su mayor satisfacción era transgredir las leyes,
coger lo que quería y largarse…, hasta el golpe que dio en la joyería seis semanas
antes. Al acabar aquel trabajo, no tuvo la sensación de triunfo, no le produjo
satisfacción alguna. La falta de emoción le asustó. Después de todo, era para lo que
vivía.
Sentado en el sillón junto a la ventana, juntó las joyas entre las piernas,
contempló bajo la luz algunas de las mejores piezas e intentó una vez más sentir el
placer del éxito y la venganza.
Debía haberse deshecho de las joyas en los días posteriores al robo. Pero no
quería venderlas hasta que hubiese obtenido de ellas al menos un poco de
satisfacción.
Preocupado por la prolongada ausencia de emoción, volvió a guardar las joyas en
la bolsa de donde las había sacado.
La otra saca contenía su parte del botín del robo de cinco días antes en el almacén
de la fratellanza. Sólo habían logrado abrir una de las dos cajas fuertes, pero contenía
tres millones cien mil dólares…, más de un millón por cabeza en billetes de veinte,
cincuenta y cien dólares imposibles de localizar.

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Ya tendría que haber empezado a convertir el dinero en efectivo en cheques
bancarios y otros valores negociables para ingresarlos, por correo, en alguna de sus
cuentas en Suiza. Sin embargo, aún no lo había hecho porque, como le ocurría con las
joyas, su posesión no le había producido ninguna sensación de triunfo.
Sacó de la bolsa gruesos y apretados fajos de billetes y les dio vueltas en las
manos. Se los acercó a la cara y los olió. El particular aroma del dinero resultaba, en
general, excitante de por sí…, pero no esta vez. Ahora no se sentía victorioso, ni más
inteligente, ni fuera del alcance de la ley, ni en forma alguna superior a los ratones
obedientes que se movían por el laberinto de la sociedad exactamente como les
decían. Simplemente, se sentía vacío.
Si aquel cambio le hubiese ocurrido con el trabajo del almacén, lo habría
atribuido al hecho de haberle robado a otros ladrones, en lugar de robarle al mundo
normal. Pero la reacción posterior al golpe en la joyería fue la misma, y en aquella
ocasión la víctima fue una empresa legal. Fue el tedio que siguió al robo en la joyería
lo que le impulsó a dar otro golpe antes de lo que tenía por costumbre. Generalmente,
lo hacía cada tres o cuatro meses, y entonces sólo transcurrieron cinco semanas desde
la operación anterior.
En fin, quizá no sintió la emoción habitual en los dos trabajos más recientes
porque el dinero ya no le importaba. Había acumulado suficiente para vivir
desahogadamente toda la vida y para cuidar de Jenny incluso si su vida en coma se
prolongaba lo que una vida normal, cosa que no era probable. Quizá, al final,
resultaba que lo más importante de su trabajo no había sido, como pensaba, la actitud
de rebelión y desafío; quizá sólo lo había hecho por el dinero, y el resto había sido
simplemente una pobre justificación y un engaño.
Pero no lo podía creer. Sabía lo que había sentido y lo que añoraba ahora aquellos
sentimientos.
Le ocurría algo, una transformación interior, un cambio producido como por arte
de magia. Se sentía vacío, a la deriva, indeciso. Temía perder su amor al robo. Era
para lo único que había vivido.
Dejó el dinero en la saca. Apagó la luz y permaneció sentado en la oscuridad,
bebiendo Beck’s y contemplando Central Park.
Además de la reciente incapacidad de disfrutar con su trabajo, le acosaba una
pesadilla recurrente más intensa que cualquiera de las que había tenido nunca.
Comenzó hacía seis semanas, antes del golpe en la joyería, y desde entonces la había
sufrido ocho o diez veces. En el sueño, huía de un hombre que llevaba un casco de
motorista con visera opaca. Al menos, él creía que se trataba de un casco de
motorista, aunque no veía con detalle ni el casco ni al hombre que lo llevaba. Aquel
extraño sin rostro le perseguía a pie por habitaciones desconocidas y corredores
amorfos y, eso lo veía con más claridad, por una autopista desierta que atravesaba un
paisaje vacío bañado por la luz de la luna. En todas las ocasiones, el pánico de Jack se
acumulaba como el vapor en una olla, hasta que explotaba y lo despertaba.

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La interpretación más evidente era que se trataba de un sueño premonitorio, que
el hombre del casco era un poli, que lo iban a atrapar. Pero eso no era lo que sentía.
En el sueño, no tenía la sensación de que aquel tipo fuese un poli. Era otra cosa.
Deseaba de todo corazón no soñarlo aquella noche. Ya había tenido un día pésimo
para sufrir aquel terror nocturno.
Cogió otra cerveza, volvió ál sillón junto a la ventana y se sentó de nuevo a
oscuras.
Era el 8 de diciembre, y Jack Twist —ex oficial de los cuerpos especiales del
ejército de los Estados Unidos, ex prisionero en una guerra no declarada, un hombre
que había salvado la vida a miles de indios centroamericanos, un hombre que vivía
bajo una carga de tristeza que habría acabado con muchos otros, un temible ladrón
con unas reservas inagotables de coraje— se preguntó si no le faltaría valor para
seguir viviendo. Si no recobraba el ideal que le impulsaba a robar, necesitaba
encontrar otro. Desesperadamente.

7. CONDADO DE ELKO, NEVADA

Ernie Block ignoró todos los límites de velocidad al regresar de Elko al motel.
La última vez que condujo con tanta rapidez y temeridad fue la mañana
encapotada de un lunes, cuando estuvo destinado en el Servicio de Información de la
Marina, en Vietnam. Iba al volante de un jeep por lo que debería haber sido territorio
amigo y quedaron inesperadamente bajo el fuego del enemigo. La ráfaga de
proyectiles levantó nubes de polvo y trozos de asfalto a pocos centímetros de los
parachoques delanteros y traseros. Cuando logró salir de la zona de fuego, habían
estado a punto de alcanzarle una veintena de veces, fue herido por tres pequeños pero
dolorosos fragmentos de metralla y se quedó temporalmente sordo por el fragor de las
explosiones mientras trataba de controlar el jeep, que, con las cuatro ruedas
reventadas, corría sobre las llantas. Al sobrevivir, creyó que no volvería a
experimentar un miedo semejante en toda su vida.
Pero al regresar de Elko, el miedo estaba alcanzando una nueva cota. La noche se
acercaba. Había ido a un almacén de Elko en la furgoneta Dodge a recoger un envío
de accesorios eléctricos para el motel. Partió poco después del mediodía, dejando a
Faye al frente del mostrador de recepción, con tiempo suficiente para volver antes de
la caída de la tarde. Pero se le pinchó una rueda y tardó en cambiarla. Después,
cuando llegó a Elko, perdió una hora mientras se la arreglaban porque no quería
arriesgarse a volver sin rueda de repuesto. Entre unas cosas y otras, salió de Elko dos
horas más tarde de lo previsto, y el sol ya se había inclinado sobre el extremo
occidental de la Gran Cuenca.
Mantuvo el acelerador pisado a fondo casi todo el camino, adelantando a otros
coches en la autopista. No se creía capaz de llegar a casa si tenía que hacerlo de

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noche. Por la mañana lo encontrarían al volante del vehículo aparcado en la cuneta,
delirando de locura por haber pasado largas horas en horrorizada contemplación de
un paisaje totalmente oscuro.
En las dos semanas y media transcurridas desde el día de Acción de Gracias,
siguió ocultándole a Faye su miedo irracional a la oscuridad. Cuando Faye regresó de
Wisconsin, a Ernie le resultó más difícil dormir sin una lámpara encendida, pues se
acostumbró a dormir con luz los días que no estuvo ella. Todas las mañanas utilizaba
Murine para limpiarse los ojos inyectados en sangre. Afortunadamente, Faye no le
propuso ninguna noche ir al cine en Elko, de forma que Ernie no había tenido que
inventar excusas. Algunas veces, por la noche, tuvo que ir al contiguo Tranquility
Grille, y, aunque el camino estaba bien iluminado por las farolas y los letreros
luminosos del motel, experimentó una abrumadora sensación de fragilidad y
vulnerabilidad. Pero lo mantuvo en secreto.
Toda su vida, en la Infantería de Marina y fuera de ella, Ernie Block hizo, en la
medida de sus posibilidades, todo lo que se le exigió, todo lo que podía esperarse de
él. Y ahora, ¡santo cielo!, no le iba a fallar a su propia esposa.
Tras el volante de la furgoneta Dodge, dirigiéndose hacia el Oeste a toda
velocidad camino del Tranquility Motel bajo un cielo púrpura anaranjado, Ernie
Block se preguntó si su problema no sería la senilidad prematura, la enfermedad de
Alzheimer. Aunque sólo tenía cincuenta y dos años, tendría que ser algo como la
enfermedad de Alzheimer. A pesar de que le asustaba, al menos podía entenderlo.
Entenderlo, sí, pero no podía aceptarlo. Faye dependía de él. Los hombres de la
familia Block nunca defraudaban a sus mujeres. Jamás. Era impensable.
La autopista rodeaba una pequeña colina, y a algo más de un kilómetro, al norte
de la interestatal, se encontraba el motel, el único edificio en el vasto panorama. El
letrero de luces de neón azules y verdes ya estaba encendido y brillaba con intensidad
sobre el fondo del crepúsculo. Nunca había contemplado una vista que le alegrase
tanto.
Faltaban diez minutos para la oscuridad total, y decidió que era tonto arriesgarse a
que lo detuviese la policía cuando estaba tan cerca de su refugio. Levantó el pie del
acelerador y el indicador de velocidad cayó bruscamente: noventa…, ochenta y
cinco…, setenta y cinco…, sesenta…
Estaba a un kilómetro de casa cuando le ocurrió algo curioso: miró hacia el sur,
lejos de la carretera, y se le cortó la respiración. No sabía lo que le había sorprendido.
Algo en el paisaje. Algo sobre la forma en que la luz y las sombras jugaban en
aquellos campos que se perdían en la lejanía. De repente, le surgió la extraña idea de
que un trozo particular de tierra —situado a casi un kilómetro al frente, en el lado
opuesto de la autopista— era de suprema importancia para comprender los extraños
cambios que había experimentado en los últimos meses.
… cincuenta…, cuarenta y cinco…, cuarenta…
No veía nada que diferenciase aquel trozo de tierra de las miles de hectáreas que

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lo rodeaban. Además, lo había visto incontables veces y no le había llamado la
atención. No obstante, había algo en los pliegues de la tierra, en el suave contorno del
horizonte, en la herida abierta de un arroyo, en la disposición de los matorrales y la
hierba, y en los diseminados y nudosos pedregales, que parecía exigirle una
investigación.
Tenía la sensación de que la misma tierra le decía: «¡Aquí, aquí! ¡Aquí se
encuentra parte de la respuesta a tu problema, parte de la explicación a tu miedo a la
noche! ¡Aquí, aquí…!». Pero eso era ridículo.
Con gran sorpresa propia, se encontró aparcando en el arcén de la autopista y se
detuvo a quinientos metros de casa, no lejos de la salida a la carretera del condado
junto a la que estaba el motel. Miró al otro lado de la autopista, al lugar que tanto le
había llamado la atención.
Le invadió la asombrosa sensación de que se produciría una revelación inminente,
la impresión de que estaba a punto de ocurrirle algo de monumental importancia.
Sintió un escalofrío en la nuca.
Apagó el motor y salió de la furgoneta. En un estado de febril expectación que no
podía entender, se dirigió al lado opuesto de la autopista, desde donde vería mejor el
trozo de tierra que tanto le fascinaba. Cruzó los dos carriles de asfalto, bajó el
terraplén, recorrió los seis metros del arcén central y subió por el otro lado. Esperó a
que pasaran tres grandes camiones y después, en la estela de viento de los vehículos,
cruzó los carriles del sentido contrario. El corazón le latía con un inexplicable frenesí
y, por el momento, se olvidó de la llegada de la noche.
Se detuvo en la cuneta, encima del terraplén, mirando al Suroeste. Llevaba una
gruesa chaqueta de ante con forro de lana, pero su cabello gris cortado al cepillo le
proporcionaba poca protección contra el viento helado, que le acariciaba el cráneo
con sus fríos dedos.
La sensación de que le iba a suceder algo de extrema importancia comenzó a
desvanecerse. En su lugar, le invadió una idea aún más espeluznante. Pensó que ya le
había ocurrido algo en aquel trozo de tierra cubierto de sombras, algo que tenía que
ver con su reciente miedo a la oscuridad. Algo perdido permanentemente en su
memoria.
Pero aquello no tenía sentido. Si le hubiera acontecido algo importante allí,
sencillamente no se le habría olvidado. Tenía buena memoria. Y no era de la clase de
personas que reprimen los recuerdos desagradables.
Aún así, seguía sintiendo un escalofrío en la nunca. Allí cerca, en las llanuras
desiertas de Nevada, le había ocurrido algo olvidado, pero que ahora le aguijoneaba
desde el subconsciente, donde estaba profundamente incrustado, de forma muy
parecida a la que una aguja, olvidada accidentalmente en una colcha, sacaría de sus
sueños a la sorprendida persona que durmiera en aquella cama. Con las piernas
abiertas y los pies plantados firmemente en la cuneta, con la cabeza rectangular
plantada sobre los hombros cuadrados, Ernie parecía retar al paisaje a que le hablara

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con más claridad. Se esforzó en recuperar algún recuerdo olvidado de aquel lugar —
si es que existía—, pero cuanto más se esforzaba en atrapar aquel recuerdo elusivo,
más se alejaba de él. Después se perdió por completo.
El déjà vu le abandonó de la misma forma en que antes se evaporó la sensación
de una inminente revelación. Dejó de sentir el escalofrío en el cuero cabelludo y en la
nuca. Los frenéticos latidos del corazón recuperaron un ritmo más pausado.
Desconcertado y algo aturdido, estudió la escena que desaparecía ante sus ojos —
la tierra angulosa, las espinas y colmillos de las rocas, las convexidades y
concavidades que el paso del tiempo formaba en aquella vieja tierra— y no entendía
por qué le había llamado la atención. Era sólo un trozo de las llanuras, prácticamente
idéntico a miles de otros lugares que había de allí hasta Elko o hasta Battle Mountain.
Desorientado por la brusquedad con que emergió de aquel estado de conciencia
trascendente, miró a la furgoneta, aparcada en el lado norte de la interestatal. Tuvo la
sensación de que había hecho el tonto y el ridículo corriendo de un lado para otro
presa de gran excitación. Deseó que no le hubiese visto Faye. Si por casualidad había
estado mirando por la ventana en aquella dirección, no podía haberse perdido su
actuación, pues el motel se encontraba tan sólo a quinientos metros, y las
intermitentes luces de estacionamiento de la furgoneta llamaban aún más la atención
en aquella creciente oscuridad.
La oscuridad.
Bruscamente, la proximidad de la noche golpeó con fuerza a Ernie. Durante un
tiempo, el misterioso magnetismo que lo atrajo a aquel lugar fue más fuerte que su
miedo a la oscuridad. Pero todo cambió al advertir que el color de la mitad oriental
del firmamento estaba entre el púrpura y el negro, y que sólo quedaban breves
minutos de vaga luz en la mitad occidental.
Con una exclamación de pánico, atravesó a toda prisa los carriles de dirección
este, delante de un vehículo, ajeno al peligro. Sonó una bocina. No le importó, no se
detuvo, corrió como un lunático porque sentía que la oscuridad lo abrazaba y se
apretaba contra él. Llegó a la franja hundida que dividía la autopista, se cayó al bajar,
se incorporó inmediatamente, aterrorizado de la oscuridad agazapada en cada
depresión del terreno, debajo de cada piedra. Subió de un salto el terraplén del otro
lado y se lanzó a la carrera por los carriles de dirección oeste. Afortunadamente no
había tráfico, pues no se detuvo a mirar. Al llegar a la furgoneta, forcejeó con la
manivela de la puerta, consciente de que la oscuridad se escondía bajo el vehículo. Se
aferraba a sus pies, quería meterlo bajo la Dodge y devorarlo. Abrió la puerta de un
tirón. Se libró de las garras que le atenazaban los pies. Subió a la cabina. Cerró la
puerta bruscamente y echó el seguro.
Se sintió mejor, pero no a salvo, y si no hubiese estado tan cerca de casa se habría
quedado paralizado por el miedo. Pero sólo le faltaban quinientos metros para llegar,
y se animó cuando la oscuridad se retiró al encender los faros. Temblaba con tanta
violencia que no se atrevía a conducir por los carriles de la autopista, de modo que

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fue por el arcén hasta llegar a la salida. La rampa estaba iluminada por farolas de
vapor de sodio, y estuvo tentado de detenerse al bajar la cuesta, en el resplandor
amarillo, pero apretó los dientes y continuó por la carretera del condado, alejándose
de la luz. Tras conducir unos doscientos metros, Ernie llegó a la entrada del motel
Tranquility. Dio una curva abierta por el aparcamiento, detuvo la furgoneta en la
puerta de recepción, apagó los faros y paró el motor.
Al otro lado de los ventanales de la oficina, vio a Faye tras el mostrador. Se
precipitó al interior y cerró la puerta con demasiada fuerza. Cuando Faye levantó la
cabeza, Ernie le sonrió con la esperanza de que la sonrisa fuera más convincente de lo
que se sentía.
—Estaba empezando a preocuparme, querido —dijo Faye, devolviéndole la
sonrisa.
—He tenido un pinchazo —anunció Ernie, bajándose la cremallera de la
chaqueta.
Se encontraba algo más tranquilo. La noche se hacía más llevadera cuando no
estaba solo, pero aún se sentía inquieto.
—Te he echado de menos —dijo ella.
—Sólo he estado fuera una tarde.
—Entonces creo que estoy enganchada. Supongo que necesito mi dosis de Ernie
cada dos horas para no sufrir el síndrome de abstinencia.
Ernie se inclinó sobre el mostrador, ella hizo lo mismo desde el otro lado, y se
besaron. El beso no era un acto reflejo. Faye le cogió la cabeza para tenerlo más
cerca. En la mayor parte de los matrimonios estables, incluso si persiste el amor, las
muestras de afecto son superficiales, pero no era ése el caso de Ernie y Faye Block.
Después de treinta y un años de matrimonio, Faye aún le hacía sentirse joven.
—¿Dónde están los nuevos accesorios eléctricos? —le preguntó—. ¿Habrán
llegado, no? ¿Ha habido problemas con el transportista?
Esa pregunta le hizo caer de nuevo en la idea de la noche que le esperaba fuera.
Miró a las ventanas y apartó la vista inmediatamente.
—¿Eh?, no. Estoy cansado. No me apetece bajar las cajas de la furgoneta.
—¡Sólo son cuatro…!
—Sí, pero las bajaré mañana —dijo, esforzándose para que no le temblara la voz
—. No les ocurrirá nada en la furgoneta. Nadie las cogerá. ¡Vaya, has puesto los
adornos de Navidad!
—¿Y ahora te das cuenta?
Una gran guirnalda de ramas de pino con adornos colgaba de la pared sobre el
sofá. En un rincón, junto al expositor de postales, había una figura de Santa Claus en
tamaño natural y, en un extremo del largo mostrador, un pequeño trineo de cerámica
del que tiraban unos renos también de cerámica. Esferas rojas y doradas colgaban de
la lámpara del techo atadas con sedal.
—Has tenido que subirte en una escalera para colgar eso —le dijo Ernie.

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—Sí, en la de tijera.
—¿Y si te hubieses caído? Tendrías que haberme dejado hacerlo a mí.
Faye agitó la cabeza.
—Pero, querido, sabes de sobra que no soy una blandengue, así que cierra la
boca. Los ex marines soléis ser demasiado machistas.
—¡No me digas!
Se abrió la puerta de la calle y entró un camionero solicitando una habitación.
Ernie contuvo la respiración hasta que se cerró la puerta.
El camionero era un hombre de aspecto desgarbado, con chaqueta, camisa,
pantalones y sombrero vaqueros. Faye alabó su sombrero, que tenía una cinta de
cuero repujado con incrustaciones de turquesas. Con sus modales abiertos, hizo que
el desconocido se sintiera como un viejo amigo mientras se inscribía.
Dejándole esa tarea a ella, intentando olvidar la curiosa experiencia en la
interestatal y no pensar en la noche que había llegado, Ernie pasó tras el mostrador,
colgó la chaqueta en la percha de cobre amarillo situada en el rincón junto al archivo
y se acercó a la mesa de roble, donde había un fajo de cartas sobre el fichero.
Facturas, naturalmente. Propaganda. Una petición para obras de caridad. La primera
felicitación de Navidad. El cheque de la pensión militar.
Por último, había un sobre blanco sin remite, que sólo contenía una fotografía
Polaroid en color tomada frente al motel, junto a la puerta de la habitación nueve. Se
veían tres personas: un hombre, una mujer y una niña. El hombre tendría unos treinta
años, era moreno y apuesto. La mujer era un par de años más joven, también morena
y atractiva, y la niña, de cinco o seis años, era preciosa. Los tres sonreían a la cámara.
A juzgar por sus ropas —pantalones cortos y camisetas— y por la luz de la
fotografía, Ernie supuso que había sido hecha a mediados del verano.
Desconcertado, le dio la vuelta en busca de una nota. El reverso estaba en blanco.
Volvió a mirar dentro del sobre, pero no había nada: ni una carta, ni tarjeta de visita
personal o profesional que identificase al remitente. El matasellos era de Elko, del
sábado anterior, 7 de diciembre.
Contempló de nuevo a las personas de la fotografía y, aunque no las reconocía, se
le erizó el vello, como le ocurrió cuando se acercó a aquel lugar junto a la carretera.
Se le aceleró el pulso. Dejó la fotografía con brusquedad y apartó la vista.
Faye seguía hablando con el camionero-vaquero mientras cogía una llave del
casillero y se la entregaba.
Ernie mantuvo los ojos clavados en ella. Faye ejercía sobre él una influenciá
relajante. Cuando la conoció era una encantadora muchachita del campo, y se
convirtió en una mujer aún más encantadora. Quizá su cabello rubio había
comenzado a encanecer, pero era difícil asegurarlo. Sus ojos azules eran limpios y
francos. Su rostro era típico de Iowa, abierto y amistoso, algo picaro pero siempre
sincero, incluso beatífico.
Cuando se ausentó el camionero, Ernie ya había dejado de temblar. Le enseñó la

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fotografía Polaroid a Faye.
—¿Qué me dices de esto?
—Que es nuestra habitación nueve —dijo—. Deben haber estado con nosotros —
frunció el ceño mirando a la joven pareja y a la niña—, la verdad es que no los
recuerdo. Me resultan desconocidos.
—¿Y por qué nos iban a enviar una fotografía sin una nota?
—Bueno, está claro que pensaban que los reconoceríamos.
—Sólo pensarían eso si hubiesen estado aquí varios días y hubiésemos entablado
amistad. Pero no los conozco de nada. Me acordaría de la niña —comentó Ernie. Le
gustaban los niños, que generalmente hacían buenas migas con él—. Es tan guapa
que parece de película.
—De la madre sí que te acordarías. Es una belleza.
—Está sellada en Elko —afirmó Ernie—. ¿Para que querría venir aquí alguien
que viva en Elko?
—Quizá no vivan en Elko. Puede que estuvieran aquí el verano pasado y que
quisieran enviarnos la foto; quizá pasaron por aquí hace poco con la intención de
pararse a dárnosla, pero no tuvieron tiempo y nos la enviaron desde Elko.
—¿Sin una nota?
—Es extraño —admitió Faye.
Ernie le cogió la fotografía.
—Además, esta fotografía está tomada con una cámara Polaroid. El revelado es
automático y no tarda más de un minuto. Si querían dárnosla, ¿por qué no nos la
dejaron cuando estuvieron aquí?
Se abrió la puerta y un tipo de cabello ensortijado y bigote poblado entró tiritando
en la oficina.
—¿Tienen habitaciones? —preguntó.
Mientras Faye atendía al huésped, Ernie se llevó la fotografía a la mesa de roble.
Tenía intención de coger el correo y subir al piso de arriba, pero se quedó junto a la
mesa, estudiando las caras de aquellas personas.
Era la noche del martes 10 de diciembre.

8. CHICAGO, ILLINOIS

Cuando Brendan Cronin fue a trabajar de enfermero al hospital infantil de St.


Joseph, sólo el doctor Jim McMurtry sabía que en realidad era sacerdote. El padre
Wycazik obtuvo del doctor la garantía de que mantendría el secreto y de que Brendan
realizaría las mismas tareas, incluidas las desagradables, que cualquier enfermero.
Por tanto, el primer día de trabajo vació orinales, cambió las sábanas empapadas de
orina, ayudó a un terapeuta con los ejercicios pasivos de los enfermos que no podían
levantarse, dio de comer a un niño de ocho años con parálisis parcial, empujó sillas

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de ruedas, animó a los pacientes desmoralizados, limpió los vómitos de dos jóvenes
víctimas del cáncer que sentían náuseas debido a la quimioterapia. Nadie le trató con
especial atención, nadie le llamó «padre». Los enfermeros y enfermeras, los médicos
y los pacientes le llamaban Brendan, y él se sentía incómodo, como un impostor
representando una farsa.
Aquel primer día, sobrecogido de pena y lástima por los niños internados en St.
Joseph, se retiró dos veces al vestuario de hombres y se encerró en un reservado,
donde se sentó y lloró. Las piernas torcidas y las articulaciones inflamadas de quienes
sufrían artritis reumatoide, la visión de aquellos jóvenes inocentes deformados, era
algo tan terrible que apenas lo podía soportar. Los miembros consumidos de los
afectados por la distrofia muscular, las heridas supurantes de los quemados, los
cuerpos amoratados de quienes habían sufrido malos tratos. Lloró por todos.
No imaginaba por qué el padre Wycazik pensaba que aquella tarea le ayudaría a
recuperar la fe. Al contrario, la existencia de tantos niños destrozados por el dolor
reforzaba su duda. Si el Dios piadoso del catolicismo existía, si existía Jesús, ¿por
qué permitía que los inocentes sufrieran tales atrocidades? La Iglesia decía que la
humanidad, al alejarse de la gracia de Dios, había atraído sobre sí todas las formas del
mal. Pero los argumentos teológicos le resultaban insuficientes cuando se enfrentaba
a aquellas víctimas del destino.
El segundo día, toda la plantilla le seguía llamando Brendan, pero los niños le
llamaban Gordi, un apodo olvidado tiempo atrás que mencionó al contarles una
anécdota divertida. A los niños les gustaban sus historias, sus bromas, sus poesías y
sus tontos retruécanos, y advirtió que casi siempre les sacaba una carcajada o, al
menos, una sonrisa. Aquel día sólo fue una vez a llorar al vestuario de hombres.
Al tercer día, trabajadores y niños le llamaban Gordi. Si su profesión no hubiese
sido el sacerdocio, la habría hallado en St. Joseph. Además de realizar las tareas
normales de un enfermero, entretenía a los pacientes con su charlatanería, les gastaba
bromas, les hacía hablar. Dondequiera que iba, lo recibían con unos gritos de ¡Gordi!
que eran mejor recompensa que el dinero. Y no lloró hasta que estuvo de vuelta en la
habitación del hotel donde vivía mientras se sometía a la terapia informal del padre
Wycazik.
El miércoles por la tarde, el séptimo día, supo por qué el padre Wycazik le había
mandado a St. Joseph. Lo comprendió mientras le cepillaba el pelo a una niña de diez
años, inválida por una extraña enfermedad ósea.
Se llamaba Emmeline y estaba orgullosa, con razón, de su cabello. Era espeso,
sedoso, negro como el azabache, y su brillo saludable parecía ser una respuesta
desafiante a la enfermedad que consumía su cuerpo. Le gustaba pasarse el cepillo por
el pelo cien veces, pero a menudo tenía los nudillos y las articulaciones de las
muñecas tan inflamados que no podía cogerlo.
El miércoles, Brendan la sentó en una silla de ruedas y la trasladó al departamento
de radiología, donde estudiaban los efectos de un nuevo medicamento en la medula

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ósea, y cuando la llevó de vuelta a su habitación una hora más tarde, le cepilló el
cabello. Emmeline estaba sentada en la silla de ruedas, mirando por la ventana,
mientras Brendan le pasaba las suaves púas del cepillo por los sedosos mechones,
entusiasmada con el paisaje invernal al otro lado de la ventana.
Con una mano arrugada, menos llamativa en el cuerpo de una anciana de ochenta
años, señaló el tejado de otra ala más baja del hospital.
—¿Ves aquella mancha de nieve, Gordi? —El calor que desprendía el edificio
había derretido la nieve del tejado. Pero aún quedaba una gran mancha que resaltaba
sobre las oscuras placas de pizarra—. Parece un barco —dijo—. Tiene la misma
forma, ¿ves? Un viejo barco con tres velas blancas navegando por un mar gris.
Por un momento, Brendan no lo vio. Pero ella continuó describiéndole el velero
imaginario, y la cuarta vez que levantó la vista de su cabello vio repentinamente que
el trozo de nieve guardaba, ciertamente, un gran parecido con un hermoso velero.
A Brendan, los largos témpanos que colgaban frente a la ventana de Emmy le
parecían barrotes transparentes, y el hospital una prisión de la que nunca saldría. Pero
para Emmy, aquellas estalactitas de hielo eran unos maravillosos adornos de Navidad
que, según decía, le producían la sensación de estar de vacaciones.
—A Dios le gusta el invierno tanto como la primavera —manifestó Emily—. Las
estaciones son regalos que nos hace para que no nos aburramos en el mundo. Cuando
el sol se refleja en esos témpanos, se forman arco iris en mi cama. Unos arco iris
preciosos, Gordi. El hielo y la nieve son como…, como joyas…, como mantos de
armiño que Dios usa para vestir al mundo en invierno y dejarnos maravillados. Por
eso nunca hace dos copos de nieve iguales: es una forma de recordarnos que el
mundo que creó para nosotros es algo maravilloso.
Como si hubieran recibido una señal, los copos de nieve descendieron del cielo
gris de diciembre.
A pesar de sus piernas casi inservibles y de sus manos torcidas, a pesar del dolor
que sufría, Emmy creía en la bondad de Dios y en la evocadora justicia del mundo
que Él había creado.
La fe firme era, de hecho, una característica de casi todos los niños internados en
St. Joseph. Estaban convencidos de que el Padre cuidaba de ellos desde su reino del
cielo, y eso los animaba.
Se imaginó al padre Wycazik diciéndole: «Si esos inocentes pueden soportar tanto
dolor sin perder la fe, ¿de qué se queja usted, Brendan? Quizá, a pesar de su
inocencia e ingenuidad, ellos saben algo que usted olvidó cuando recibía su
sofisticada educación en Roma. Quizá esto le sirva de lección, Brendan. ¿No cree?
¿No ha aprendido nada?».
Pero aquella lección no era tan definitiva como para devolverle la fe a Brendan.
Seguía profundamente conmovido, no por la posibilidad de que existiera realmente
un Dios protector y compasivo, sino por el sorprendente coraje con el que la niña
afrontaba tal adversidad.

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Le pasó el cepillo por el cabello cien veces, y luego diez más, lo que le encantó, y
después la levantó de la silla y la tumbó en la cama. Al cubrirle las patéticas piernas
retorcidas, sintió un arrebato de la misma ira que le invadió mientras decía misa en
St. Bette, el domingo antepasado, y si hubiese tenido a mano un cáliz sagrado, no
habría vacilado en arrojarlo de nuevo contra la pared.
Emmy se quedó boquiabierta, y Brendan tuvo la extraña sensación de que había
leído sus blasfemos pensamientos.
—Oh, Gordi, ¿te has hecho daño?
Brendan frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—¿Te has quemado? Las manos. ¿Qué te ha pasado en las manos?
Desconcertado por la pregunta, se miró el dorso de las manos, las volvió y se
sorprendió al ver las señales. En el centro de cada palma tenía un anillo de piel
inflamada y enrojecida. Cada círculo tenía cinco centímetros de diámetro y estaba
perfectamente marcado. La franja circular de tejido irritado no tenía más de medio
centímetro de grosor y formaba un círculo perfecto; la piel dentro y fuera de los
anillos tenía un color normal. Casi parecían pintados, pero cuando se tocó uno de
ellos con la yema del dedo, notó la inflamación.
—Qué extraño —dijo.

El doctor Stan Heeton estaba de guardia en la sala de urgencias de St. Joseph. De


pie junto a la mesa de reconocimiento donde se encontraba sentado Brendan, mirando
con interés los extraños círculos en sus manos, le preguntó:
—¿Le duelen?
—No. Nada.
—¿Escozor? ¿Sensación de quemazón?
—No. Tampoco.
—¿No siente ni un hormigueo? ¿No le han salido antes?
—Jamás.
—¿Sabe si es alérgico a algo? ¿No? Mmmmm. A primera vista, parece una
pequeña quemadura, pero debería recordar con qué se la hizo. Le habría dolido. De
modo que no lo es. Lo mismo ocurriría si le hubiese caído algún ácido. ¿Me dijo que
llevó a la niña a radiología?
—Sí, pero no estuve presente mientras le hacían las radiografías.
—Lo cierto es que no parece una quemadura por radiación. Quizá sea
dermatomicosis, una infección por hongos, puede que de la familia de la tiña, aunque
no existen síntomas suficientes para afirmar que sea tiña. No se descama, no le
escuece. Y el círculo está perfectamente delimitado, no se parece a las inflamaciones
de la infección por microsporum o tricófitos.
—¿A dónde nos conduce todo eso?

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Heeton vaciló y, luego, dijo:
—No creo que sea nada serio. Lo más seguro es que sólo se trate de una erupción
cutánea. Si el problema persiste, tendrá que someterse a los análisis habituales para
identificar su causa. —Le soltó las manos, se dirigió a la mesa situada en un rincón y
se sentó a escribir una receta.
Sorprendido, Brendan continuó mirándose las manos un momento, luego las juntó
en el regazo.
Desde la mesa del rincón, mientras continuaba escribiendo, Heeton le dijo:
—Empezaré con el tratamiento más sencillo, una loción de cortisona. Si no le
desaparece la inflamación en un par de días, venga a verme de nuevo —volvió a la
mesa de reconocimiento con la receta en la mano.
Brendan cogió el papel.
—Oiga, ¿existe alguna posibilidad de que les contagie la infección a los niños o
algo parecido?
—Oh, no —le respondió—. Si pensara que existe la menor posibilidad, se lo
hubiese dicho. Ahora déjeme echarles un último vistazo.
Brendan le mostró las palmas de las manos.
—¡Qué diablos! —exclamó el doctor Heeton, desconcertado.
Los círculos habían desaparecido.

Aquella noche, en la habitación del Holiday Inn, Brendan sufría de nuevo la


pesadilla, ya familiar, de la que le había hablado al padre Wycazik. La había sufrido
dos veces durante la pasada semana.
Soñaba que estaba tumbado en un lugar extraño, con los brazos y las piernas
sujetos con cuerdas o abrazaderas. Un par de manos surgían de la niebla frente a él.
Unas manos enfundadas en brillantes guantes negros.
Se despertó enredado en las sábanas empapadas de sudor, se sentó en la cama y se
apoyó contra la cabecera, dejando que el sueño se evaporase mientras se le secaba el
sudor de la frente. En la oscuridad, se llevó las manos a la cara para secársela… y se
quedó rígido cuando las palmas tocaron sus mejillas. Encendió la luz. Los círculos
inflamados y enrojecidos habían aparecido de nuevo en las palmas de las manos. Pero
desaparecieron mientras los contemplaba.
Era jueves, 12 de diciembre.

9. LAGUNA BEACH, CALIFORNIA

Dom Corvaisis creyó que había dormido de un tirón la noche del miércoles. Se
despertó en la cama, exactamente en la misma postura en la que se durmió, como si
no se hubiera movido ni un centímetro en toda la noche.

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Pero cuando se dispuso a trabajar en el procesador de textos, halló con espanto la
prueba de su actividad sonámbula en el disquete de trabajo. Como en otras ocasiones,
se sentó frente al procesador de textos en el trance nocturno y escribió repetidamente
dos palabras. Otras veces había escrito «Tengo miedo», pero esta vez eran dos
palabras diferentes:
La luna. La luna. La luna. La luna.
La luna. La luna. La luna. La luna.

Aquellas seis letras se repetían cientos de veces. Inmediatamente recordó haber


murmurado aquellas palabras cuando se encontraba en un estado de aturdimiento
justo antes de quedarse dormido el domingo anterior. Dominick contempló la pantalla
durante largo rato, asustado, pero no tenía ni idea de cuál era el significado especial
que «la luna» tenía para él, si es que lo tenía.
Le iba bien con el tratamiento de Valium y Dalmane. Hasta entonces, no se
habían producido nuevos episodios de sonambulismo, ni había sufrido pesadillas
desde el fin de semana anterior, cuando tuvo aquella en la que le obligaban a meter la
cabeza en un lavabo. Había visitado de nuevo al doctor Cobletz, y el médico quedó
satisfecho por su rápida mejoría.
—Voy a hacerle nuevas recetas —le dijo Cobletz—, pero no tome más de una
cápsula de Valium, o como mucho dos, al día.
—Nunca lo he hecho —le mintió Dom.
—Y sólo una de Dalmane por la noche. No quiero que se convierta en un adicto.
Estoy seguro de que a comienzos de año ya habremos acabado con esto.
Dom pensó que Cobletz estaría en lo cierto, por eso no quiso preocuparle
confesándole que había días en los que no podía pasar sin la ayuda del Valium y
noches en las que tomaba, con cerveza o whisky, dos y hasta tres cápsulas de
Dalmane. Pero en un par de semanas podría dejar de tomarlas sin miedo a volver a
sufrir sonambulismo. El tratamiento le iba bien. Eso era lo importante. Gracias a
Dios, el tratamiento funcionaba.
Hasta ahora.
La luna.
Frustrado e irritado, borró las palabras del disquete: cien líneas, cuatro veces por
línea.
Contempló la pantalla durante largo rato, poniéndose cada vez más nervioso.
Finalmente, se tomó un Valium.

Aquella mañana, Dom no trabajó. A las once y media, fue con Parker Faine a
recoger a Denny Ulmes y a Nyugen Kao Tran, los dos chicos cuya tutela les habían
asignado en la delegación de la Hermandad de América en el condado de Orange.
Habían planeado pasar la tarde en la playa, cenar unas hamburguesas e ir al cine, y a

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Dominick le apetecía salir.
Se unió a la Hermandad de América años atrás, en Portland, Oregón. Fue su única
relación con la sociedad, lo único que había logrado sacarle de su madriguera.
Dom había vivido su infancia con una serie de familias adoptivas, solitario y
ajeno a todos. Algún día, cuando se casara, esperaba adoptar niños. Mientras tanto,
cuando pasaba el tiempo con aquellos niños, no sólo les ayudaba a ellos, sino que
también consolaba al niño solitario que había dentro de él.
Nyugen Kao Tran prefería que le llamasen «Duke», como John Wayne, cuyas
películas le encantaban. Duke tenía trece años, era el hijo menor de unos refugiados
que huyeron en barco del Vietnam «de la paz». Era alegre, listo y más ágil de lo que
su delgadez podía hacer parecer. A su padre —que había sobrevivido a una guerra
brutal, a un campo de concentración y a dos semanas de viaje en mar abierto sobre un
barco en pésimo estado— lo habían asesinado en un atraco cuando trabajaba en el
turno de noche de una tienda Seven-Eleven en el soleado sur de California.
Denny Ulmes, que tenía doce años y le había correspondido de hermano pequeño
a Parker, había perdido a su padre por el cáncer. Era más reticente que Duke, pero los
dos se llevaban de maravilla, de modo que Dom y Parker a menudo hacían coincidir
sus salidas.
Parker ingresó en la Hermandad, de mala gana, a instancias de Dom.
«¿Yo? ¿Yo? Yo no sirvo para ser padre, ni siquiera adoptivo —le había dicho—.
Nunca he servido ni serviré. Bebo demasiado, soy un mujeriego. Sería un crimen que
dejasen a un chico pedirme consejo. Soy un indeciso, un soñador, un ego-maniaco, un
egocéntrico. ¡Y así me gusta ser! ¿Qué tengo yo que ofrecerle a un chico? No me
gustan ni los perros. A todos los chicos les gustan los perros, pero yo los odio. Sólo
son unos bichos llenos de pulgas. ¿Yo, de la Hermandad? Amigo, estoy seguro de que
has perdido un tornillo».
Pero el jueves por la tarde, en la playa, cuando comprobaron que el agua estaba
demasiado fría para bañarse, Parker organizó un partido de balonvolea y carreras
junto al rompeolas. Ideó un complicado juego y puso a Dom y a los niños a jugar con
dos platillos voladores, un balón de playa y una lata de refresco vacía. Bajo su
dirección, también construyeron un castillo de arena, con su temible dragón y todo.
Después, mientras cenaban en el Hamburger Hamlet de Costa Mesa, cuando los
chicos fueron a los servicios, Parker dijo:
—Oye, Dom, te aseguro que esto de la Hermandad ha sido una de mis mejores
ideas.
—¿Tus ideas? —dijo Dominick, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Tuve
que arrastrarte a la Hermandad pataleando y gritando.
—Tonterías —le aseguró Parker—. Siempre se me han dado bien los niños. Todos
los artistas tenemos algo de niños. Hay que mantenerse joven para crear. Los niños
me estimulan, me mantienen la cabeza despejada.
—Pronto te veré buscándote un perro —afirmó Dom.

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Parker se rió. Terminó la cerveza y se inclinó hacia su amigo.
—¿Te encuentras bien? Hoy parecías a veces… distraído. Como si estuvieras en
las nubes.
—Tengo muchas cosas en la cabeza —contestó Dom—. Pero me encuentro
perfectamente. El sonambulismo está desapareciendo. Y los sueños. El doctor
Cobletz sabe lo que se hace.
—¿Marcha bien el nuevo libro? Venga, no me mientas.
—Sí, marcha bien —mintió Dom.
—A veces —le dijo Parker, mirándolo fijamente—, parece que… estás drogado.
Supongo que seguirás la dosis prescrita.
La perspicacia del pintor desconcertó a Dom.
—Tendría que ser idiota para tomar Valium como si fuera una golosina. Claro que
sigo la dosis prescrita.
Parker lo miró con severidad, después pareció decidir no continuar presionándole.
La película era buena pero, durante los primeros treinta minutos, Dom comenzó a
ponerse nervioso sin motivo. Cuando sintió que el nerviosismo aumentaba hasta el
ataque de ansiedad, fue al servicio de caballeros. Llevaba un Valium para aquellas
emergencias.
Bajo el fuerte aroma a pino del desinfectante, subía el hedor acre de los urinarios.
Dom sintió una ligera náusea. Se tomó el Valium sin agua.
Aquella noche, a pesar de las pastillas, volvió a soñar y recordó algo además de la
parte en la que le obligaban a meter la cabeza en el lavabo.
En la pesadilla, se encontraba en la cama de un dormitorio desconocido, donde el
aire parecía tener un tinte azafranado. O quizá la neblina ámbar estaba sólo en sus
ojos, pues no veía nada con claridad. Los muebles aparecían desdibujados más allá de
la cama, y al menos había dos personas presentes. Pero aquellas siluetas se ondulaban
y se retorcían como si estuvieran en una esfera de humo y líquido donde nada
guardaba una apariencia fija.
Casi se sentía bajo el agua, en las profundidades de un misterioso mar helado. La
atmósfera del lugar del sueño era más pesada que la compuesta sólo de aire. Le
costaba trabajo respirar. Cada inhalación y exhalación eran como una agonía. Sentía
que se estaba muriendo.
Las dos figuras borrosas se aproximaron a él. Parecían preocupadas por su estado.
Se hablaban en tono de apremio. Aunque sabía que hablaban inglés, no entendía lo
que decían. Oyó el tintineo de un vaso. En algún lugar se cerró una puerta.
Con la misma brusquedad que una escena de transición en una película, el sueño
cambiaba a una cocina o a un cuarto de baño. Alguien le obligaba a tener la cabeza
metida en el lavabo o el fregadero. Respirar le resultaba más difícil aún. El aire era
como lodo: con cada inhalación se le obstruía la nariz. Se ahogaba, jadeaba, e
intentaba expulsar aquel aire como barro, y las dos personas que estaban con él le
gritaban, pero seguía sin entender lo que decían, y le metían la cabeza en el lavabo…

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Dom se despertó y aún estaba en la cama. El fin de semana anterior se despertó
sólo para descubrir que había caminado sonámbulo y que se encontraba
representando la pesadilla en su propio cuarto de baño. Esta vez, se sintió aliviado al
verse bajo las sábanas.
«Estoy mejorando», pensó.
Estremeciéndose, se sentó en la cama y encendió la luz.
No había barricadas, ni señales de pánico durante el período de sonambulismo.
Miró el reloj digital: las dos-cero-nueve de la madrugada. En la mesilla de noche
había una lata medio llena de cerveza templada. Se tragó otra pastilla de Dalmane.
Estoy mejorando.
Era viernes, 13.

10. CONDADO DE ELKO, NEVADA

El viernes por la noche, tres días después de su extraña experiencia en la I-80,


Ernie Block no podía conciliar el sueño. A medida que la oscuridad se cernía sobre él,
su nerviosismo se acrecentó, hasta que pensó que se pondría a gritar sin poder
evitarlo.
Tras salir de la cama tan silenciosamente como pudo, deteniéndose de vez en
cuando para cerciorarse de que la respiración tranquila y regular de Faye no variaba,
fue al cuarto de baño, cerró la puerta y encendió la luz. La luz maravillosa. Se deleitó
con la luz. Bajó la tapa del retrete y, en ropa interior, estuvo quince minutos allí
sentado, bañándose en el brillo de la luz, tan feliz y despreocupado como un lagarto
tomando el sol sobre una piedra.
Finalmente, comprendió que tenía que regresar al dormitorio. Si permanecía allí
mucho tiempo y Faye se despertaba, empezaría a pensar que algo marchaba mal.
Estaba decidido a no hacer nada que levantara sus sospechas.
Aunque no había utilizado el retrete, tiró de la cadena para disimular y se dirigió
al lavabo a lavarse las manos. Acababa de enjuagar el jabón y de coger la toalla
cuando sus ojos se fijaron en la única ventana de la habitación. Estaba sobre el baño,
era un rectángulo de unos noventa centímetros de largo por sesenta de alto con un
cristal que se abría hacia arriba. Aunque el cristal estaba helado y no dejaba ver la
noche al otro lado, Ernie se estremeció al contemplar el cristal opaco. Más
inquietante que el estremecimiento, fue el repentino torrente de extraños
pensamientos apremiantes que lo acompañó: «La ventana es suficientemente grande
para pasar, podría salir, escapar, y el techo del cobertizo queda bajo la ventana, no es
un gran salto, puedo esconderme en el arroyo que hay tras el motel, subir a las
montañas, buscar un rancho donde pedir ayuda…».
Parpadeando frenéticamente al tiempo que el torrente de pensamientos fluía por
su cabeza y desaparecía, Ernie advirtió que se había acercado a la bañera. No

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recordaba haberse movido.
Le desconcertaba aquel impulso de escapar. ¿De quién? ¿De qué? ¿Por qué? Esa
era su propia casa. No tenía nada que temer estando entre aquellas paredes.
Pero no podía apartar la mirada de la ventana lechosa. Comenzó a sentirse
soñoliento. Lo notaba pero no podía evitarlo.
«Tengo que salir, escapar, no tendré otra oportunidad, no se me presentará
ninguna como ésta, ahora, huye ahora, vete, vete…».
Inconscientemente, había entrado en la bañera y se había situado directamente
frente a la ventana, que se encontraba al nivel de la cara. Sentía el frío de la porcelana
de la bañera en la planta de los pies.
«Descorre el cerrojo, levanta la ventana, ponte de pie en el borde de la bañera,
súbete al antepecho de la ventana, sal y escápate, tienes tres o cuatro minutos antes de
que adviertan tu ausencia, no es mucho, pero sí suficiente…».
El pánico le invadió sin motivo. Sintió una contracción en el estómago y el pecho
oprimido.
Sin saber lo que hacía, pero sin poder detenerse, descorrió el cerrojo de la
ventana. Empujó. La ventana se levantó.
No estaba solo.
Había algo al otro lado de la ventana, en el tejado, algo con un rostro sin rasgos,
oscuro, brillante. Al retroceder, Ernie advirtió que se trataba de un hombre que
llevaba un casco blanco con una visera oscura, tan oscura que parecía negra y que le
ocultaba el rostro.
Una mano enfundada en un guante negro se extendió hacia la ventana, como si
quisiera cogerlo, y Ernie lanzó una exclamación, retrocedió y se cayó del borde de la
bañera. Al salir arrastrándose de la bañera, se agarró frenéticamente a la cortina de la
ducha, la desgarró, pero no contrarrestó su caída. Dio contra el suelo con un golpe
sordo. El dolor le invadió el lado derecho de la cadera.
—¡Ernie! —gritó Faye y, un momento después, abrió la puerta de un empujón—.
Ernie, Dios mío, ¿ocurre algo? ¿Qué sucede?
—Aléjate —se incorporó lleno de dolor—. Hay alguien ahí fuera.
El viento helado entraba por la ventana y agitaba la desgarrada y medio caída
cortina de la ducha.
Faye se estremeció, pues dormía sólo en ropa interior y con la camisa del pijama.
Ernie también se estremeció pero, en parte, por motivos diferentes. En cuanto
sintió el dolor en la cadera, la somnolencia desapareció. En el repentino arrebato de
lucidez, se preguntó si la figura con casco no habría sido imaginaria, una alucinación.
—¿En el tejado? —dijo Faye—. ¿En la ventana? ¿Quién?
—No lo sé —le contestó Ernie, frotándose la cadera dañada mientras volvía a
entrar en la bañera y miraba de nuevo por la ventana. Esta vez no vio a nadie.
—¿Qué aspecto tenía? —le preguntó Faye.
—No te lo sabría decir. Iba vestido como un motociclista. Casco, guantes… —

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contestó Ernie, advirtiendo lo extraño que parecía.
Se subió a pulso en el antepecho de la ventana y asomó el cuerpo lo suficiente
para poder ver todo el tejado del cobertizo. En algunos lugares, las sombras eran muy
oscuras, pero no tanto como para esconder a un hombre. El intruso, si es que existía,
se había marchado.
Repentinamente, Ernie advirtió la vasta oscuridad más allá del motel, que se
extendía por las colinas hasta las montañas lejanas, una inmensa oscuridad mitigada
sólo por las estrellas. Instantáneamente, le invadió una paralizante sensación de
debilidad y vulnerabilidad. Jadeando, soltó el antepecho, se dejó caer en la bañera y
comenzó a apartarse de la ventana.
—Ciérrala —le dijo Faye.
Cerrando los ojos con fuerza para evitar ver de nuevo la noche, volvió a darle la
cara al viento helado, se acercó tanteando a la ventana y la cerró con tanta fuerza que
casi rompió el cristal. Con manos temblorosas, forcejeó con el cerrojo.
Cuando salió de la bañera, vio la preocupación en los ojos de Faye, y no le
extrañó. También observó la sorpresa, y tampoco le extrañó. Pero vio una penetrante
intuición para la que no estaba preparado. Se miraron durante largo rato sin hablar.
Finalmente, ella le preguntó:
—¿Estás dispuesto a contármelo?
—Ya te lo he dicho…, me pareció ver a un tipo en el tejado.
—No me refiero a eso, Ernie. ¿Estás dispuesto a decirme lo que te ocurre, lo que
te corroe por dentro? —no le quitó los ojos de encima—. Desde hace un par de
meses. Quizá más.
Estaba asombrado. Pensaba que lo había ocultado perfectamente.
—Querido —le dijo Faye—, estás preocupado. Preocupado como nunca te he
visto. Y asustado.
—No. No exactamente asustado.
—Sí. Asustado —aseguró Faye, pero el tono de su voz no era irónico, sólo
mostraba la franqueza característica de los oriundos de Iowa y su deseo de ayudar—.
Sólo te he visto tan asustado una vez, Ernie: cuando Lucy tenía cinco años y sufrió
aquella fiebre muscular, y los médicos creyeron que podría tratarse de una distrofia
muscular.
—Dios, sí que me asusté entonces.
—Pero no desde entonces.
—Oh, a veces también me asustaba en Vietnam —el eco de su confesión resonó
entre las paredes del cuarto de baño.
—Pero yo no te vi —Faye se abrazó a sí misma—. Es extraño verte así, Ernie.
Cuando tú tienes miedo, yo también lo tengo. No puedo evitarlo. Y me asusto aún
más porque no sé lo que ocurre. ¿Comprendes? Es peor estar en la más completa
oscuridad, como estoy yo, que cualquier secreto que puedas ocultarme.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos, y Ernie le dijo:

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—Oh, vamos, no llores. Todo se arreglará, Faye, de verdad.
—¡Cuéntamelo! —exclamó.
—De acuerdo.
—Ahora. Todo.
Lamentablemente, la había menospreciado, y se sintió como un tonto. Después de
todo, era la esposa de un infante de marina y, además, una esposa excelente. Le había
acompañado de Quantico a Singapur, de Singapur a Pendleton, California, incluso a
Alaska, a casi todos sus destinos, menos a Vietnam y, más tarde, a Beirut. Creó un
hogar dondequiera que el ejército permitía que los infantes estuvieran acompañados
de sus familiares, había soportado los malos tiempos con admirable aplomo, nunca se
había quejado, nunca le había fallado. No se imaginaba cómo lo había podido olvidar.
—Todo —accedió, aliviado de poder compartir la carga.

Faye preparó café, y se sentaron en bata y zapatillas en la cocina mientras Ernie le


contaba todo. Faye vio que se sentía avergonzado. Ernie tardó en revelarle los
detalles, pero Faye bebió tranquilamente su café, escuchó con paciencia y dejó que se
explicara a su manera.
Ernie era casi el marido ideal, pero de vez en cuando la tozudez de la familia
Block se hacía fuerte en su cabeza, y a Faye le daban ganas de estrujársela para que
recuperase el sentido común. Toda la familia Block sufría esos ataques de tozudez,
especialmente los hombres. Los Block hacían las cosas de esta manera, nunca de
aquella, y más valía que no se les preguntara el motivo. A los hombres de la familia
Block les gustaban las camisetas planchadas, pero no los calzoncillos. Las mujeres de
la familia Block siempre llevaban sujetador, incluso en casa y con el peor calor del
verano. Los Block, tanto hombres como mujeres, almorzaban exactamente a las doce
y media y cenaban a las seis y media en punto, y más valía que no se sirviera la
comida ni dos minutos tarde: las consiguientes quejas se expresarían con gritos
ensordecedores. Los Block siempre conducían automóviles de la General Motors. No
porque los productos de GM fuesen notablemente superiores al resto, sino porque los
Block siempre habían conducido automóviles de la General Motors.
Gracias a Dios, Ernie no era ni la mitad de tozudo que su padre o hermanos. Fue
lo suficientemente listo para marcharse de Pittsburg, en uno de cuyos barrios vivían
los Block desde hacía cuatro generaciones. En el mundo verdadero, lejos del reino de
los Block, la tozudez de Ernie se suavizó. En la Infantería de Marina no le servían las
comidas exactamente a la hora que exigía la tradición de los Block. Y poco después
de casarse, Faye dejó claro que se haría cargo de la casa lo mejor que pudiese, pero
que no se vería obligada a seguir tradiciones absurdas. Ernie se adaptó, aunque no
siempre con facilidad, y ahora era la oveja negra de la familia, culpable de pecados
tales como conducir automóviles que no habían sido fabricados por la General
Motors.

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En realidad, era en las relaciones entre hombre y mujer donde la tozudez de los
Block seguía afectando a Ernie. Creía que el marido tenía que proteger a su esposa de
ciertas cosas desagradables que ella era demasiado débil para soportar. Creía que un
marido no debería permitir jamás que su mujer lo viese en un momento de debilidad.
Aunque su matrimonio nunca se había regido por aquellas leyes, Ernie no siempre
parecía comprender que habían abandonado la tradición de los Block hacía más de un
cuarto de siglo.
Durante meses, Faye notó que algo no marchaba bien. Pero Ernie siguió
ocultándoselo, esforzándose en demostrar que era un feliz infante de Marina retirado
que se había lanzado con éxito a una segunda profesión. Faye había visto la llama que
lo consumía por dentro, y él ignoró sus pacientes y sutiles intentos de hacerle hablar.
En las pasadas semanas, desde que regresó de Wisconsin tras el día de Acción de
Gracias, Faye advirtió su creciente reticencia —incluso su incapacidad— a salir al
exterior de noche. No se encontraba cómodo en una habitación si no estaban todas las
luces encendidas.
Ahora, sentados en la cocina con una taza de café humeante en las manos, las
contraventanas bien cerradas y las luces encendidas, Faye escuchaba a Ernie
atentamente, interviniendo sólo cuando parecía necesitar una palabra de aliento para
continuar, y nada de lo que le dijo fue tan terrible que no lo pudiera soportar. En
realidad, su ánimo mejoró, pues sabía con certeza la causa de sus preocupaciones y
cómo podría ayudarle.
Ernie terminó, con voz grave y baja.
—¿Es esa la recompensa a todos estos años de trabajo arduo y cuidadosa
planificación económica? ¿La senilidad prematura? Ahora, cuando podemos empezar
a disfrutar de verdad con lo que hemos ganado, ¿voy a acabar con el cerebro
destrozado, babeando, orinándome en los pantalones, inútil, siendo una carga para ti?
¿Veinte años antes de mi turno? ¡Dios! Faye, siempre me he dado cuenta de que la
vida no era justa, pero nunca creí que me jugaría esta mala pasada.
—No será así —extendió el brazo a través de la mesa y le cogió la mano—. Claro
que la enfermedad de Alzheimer puede afectar a personas más jóvenes que tú, pero
no se trata de la enfermedad de Alzheimer. Por lo que he leído, por la forma en que
afectó a mi padre, no creo que el inicio de la senilidad, prematura o de otro tipo, sea
de esta manera. Me parece que es una simple fobia. Fobia. Algunas personas sienten
un miedo irracional a volar o a las alturas. Por alguna razón, tú sientes miedo a la
oscuridad. Puede superarse.
—Pero las fobias no se forman de un día para otro, ¿no es así?
Aún se tenían cogida la mano derecha. Ella se la apretó y le dijo:
—¿Recuerdas a Helen Dorfman? Hace casi veinticuatro años. Nuestra patrona
cuando estuviste destinado en Camp Pendleton.
—¡Claro! La casa de Vine Street, vivíamos en el número uno, en el primer piso.
En la puerta número seis —parecía animarse al recordar aquellos detalles—. Tenía un

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gato… Sable. ¿Recuerdas cómo nos cogió afecto el condenado gato y nos dejaba
regalitos en la puerta?
—Sí, ratones muertos.
—Sí. Junto al periódico de la mañana y la botella de leche —se rió, parpadeó y
dijo—: ¡Oye, ahora entiendo por qué te has acordado de Helen Dorfman! Tenía
miedo a salir de su apartamento. No podía ni pasear por su propio jardín.
—La pobre mujer sufría agorafobia —añadió Faye—. Un miedo irracional a los
espacios abiertos. Era una prisionera en su propia casa. Cuando estaba al aire libre, se
moría de miedo. Creo que los médicos lo llaman «ataque de pánico».
—Ataque de pánico —repitió Ernie en voz baja—. Sí, eso es.
—Y a Helen no le afectó la agorafobia hasta que tuvo treinta y cinco años,
cuando murió su marido. Las fobias pueden aparecer repentinamente en los adultos.
—Bien, sea lo que sea una fobia, venga de donde venga…, supongo que es
mucho mejor que la senilidad. Pero ¡santo Dios, no quiero pasarme el resto de mi
vida teniendo miedo de la oscuridad!
—No tendrás por qué —dijo Faye—. Hace veinticuatro años, nadie sabía nada de
las fobias. No se habían estudiado. No existían tratamientos efectivos. Pero ya no es
así. Estoy segura.
Ernie se quedó en silencio un momento.
—No estoy loco, Faye.
—Lo sé, cabezota.
Ernie reflexionó sobre la palabra «fobia» quería creer plenamente en la respuesta
de Faye. Ella vio en sus ojos azules el brillo de la esperanza.
—Pero la extraña experiencia que tuve en la interestatal el miércoles… Y la
alucinación, porque estoy seguro de que fue una alucinación, del motociclista en el
tejado… ¿Cómo encaja todo eso en tu explicación? ¿Cómo podría formar parte de mi
fobia?
—No lo sé. Pero un experto en el tema podría explicarlo y relacionarlo todo.
Estoy segura de que no es tan raro como parece, Ernie.
Ernie meditó un momento y, después, asintió.
—De acuerdo. Pero ¿cómo empezamos? ¿Dónde buscamos ayuda? ¿Cómo acabo
con esta maldita cosa?
—Ya he pensado en eso —contestó Faye—. Ningún médico de Elko sabrá tratar
un caso así. Necesitamos un especialista, alguien que trate a diario a pacientes con
fobias. Probablemente, tampoco haya ninguno en Reno. Tendremos que ir a una
ciudad más grande. En fin, creo que Milwaukee es lo suficientemente grande como
para que haya algún médico con experiencia en estos casos, y podríamos quedarnos
con Lucy y Frank…
—Y estar más tiempo con Frank y Dorie —dijo Ernie, sonriendo al pensar en sus
nietos.
—De acuerdo. Adelantaremos una semana las vacaciones de Navidad. Nos

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iremos este domingo en lugar del próximo. Es decir, mañana. Ya es sábado. Cuando
lleguemos a Milwaukee, buscaremos un médico. Si para Año Nuevo vemos que
tenemos que quedarnos allí más tiempo, yo vendré en avión, contrataré a una pareja
que se encargue del motel y regresaré de nuevo. De todos modos, ya teníamos
pensado contratar a alguien en primavera.
—Si cerramos el motel una semana antes, Sandy y Ned perderán dinero en el
Grille.
—Seguirán teniendo a los camioneros de la interestatal. Y si no ganan suficiente,
los indemnizaremos.
Ernie agitó la cabeza y sonrió.
—Piensas en todo. Eres una maravilla, Faye. Vaya que sí. Una verdadera
maravilla.
—Bueno, admito que a veces soy deslumbrante.
—Todos los días le doy las gracias a Dios por haberte conocido —dijo Ernie.
—Yo tampoco me puedo quejar, Ernie. Nunca podré quejarme.
—¿Sabes? Me siento mucho mejor que antes de sentarnos a hablar. ¿Por qué tardé
tanto en pedirte ayuda?
—Porque eres un Block —le contestó.
Ernie sonrió y terminó la vieja broma:
—Que es sinónimo de tozudo[1].
Se rieron. Ernie le volvió a coger la mano y se la besó.
—Es la primera vez que me río con ganas desde hace varias semanas. Hacemos
una pareja perfecta, Faye. Podemos enfrentarnos a cualquier cosa, ¿verdad?
—A cualquier cosa —aseguró.
Era sábado, 14 de diciembre, casi al amanecer, y Faye Block estaba convencida
de que resolverían aquel problema, como siempre los habían resuelto, juntos, codo
con codo.
Tanto ella como Ernie habían olvidado la fotografía Polaroid que recibieron en un
sobre sin remite.

11. BOSTON, MASSACHUSETTS

Sobre un paño de intrincado punto de ganchillo, en el tocador de pulida madera


de arce, había unos guantes negros y un oftalmoscopio de acero inoxidable.
Ginger Weiss se encontraba de pie junto a la ventana, a la izquierda del tocador,
contemplando la bahía, cuyas aguas grises parecían un reflejo del ceniciento cielo de
diciembre. Las costas más lejanas quedaban ocultas por la perezosa neblina matinal,
que brillaba con una luminosidad nacarada. En el extremo de la propiedad de los
Hannaby, al final de una pendiente rocosa, un muelle privado se adentraba en el mar
picado. El muelle estaba cubierto de nieve, como la gran explanada de césped que lo

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separaba de la casa.
Era una gran casa, construida hacia 1850 y ampliada en 1892, en 1905 y, por
último, en 1950. El camino de entrada formaba una rotonda bajo un pórtico fastuoso
y una amplia escalinata conducía a unas puertas enormes. Las columnas, las pilastras,
los dinteles de granito esculpido sobre puertas y ventanas, una multitud de gabletes y
buhardillas circulares, los balcones del segundo piso que se asomaban a la bahía y un
largo mirador en el tejado contribuían a producir la impresión de majestuosidad.
Incluso para un cirujano de la categoría de George, la casa podría parecer
demasiado cara, pero no la había comprado. La heredó de su padre, y su padre, del
abuelo de George, y el bisabuelo de George la compró en 1884. La casa incluso tenía
nombre —Baywatch— como las antiguas mansiones de las novelas británicas, y era
aquello, más que ninguna otra cosa, lo que causaba mayor asombro a Ginger. Las
casas de Brooklyn, de donde ella era, no tenían nombre.
En el Memorial, Ginger no se sentía incómoda junto a George. Allí era una
autoridad y se le respetaba, aunque parecía comportarse como todo el mundo. No
obstante, en Baywatch, Ginger se percataba de su herencia patricia, y eso le hacía
distinto. Él nunca se acogía a privilegios especiales. Ese no era su estilo. Pero el
fantasma del patriciado de Nueva Inglaterra vagaba por las habitaciones y los pasillos
de Baywatch y, a menudo, hacía que Ginger se sintiera fuera de lugar.
La suite de los invitados —dormitorio, sala de lectura y cuarto de baño—, donde
vivía Ginger desde hacía diez días, era más sencilla que muchas habitaciones de
Baywatch, y allí se sentía casi tan cómoda como en su apartamento. La mayor parte
del entarimado de roble estaba cubierto con una alfombra de Serapi estampada en
tonos azules y melocotón. Las paredes eran también de color melocotón; el techo, era
blanco. El mobiliario de arce, consistente en varios tipos de cómodas utilizadas como
mesillas de noche, mesas y tocadores, era del siglo XIX y procedía de los barcos
mercantes del bisabuelo de George. Había dos sillones tapizados con seda color
melocotón de Brunschwig & Fils. Los pies de las lámparas de las mesillas de noche
eran en realidad candelabros de cristal de Baccarat, señal de que la aparente sencillez
de la habitación tenía sus pilares en la elegancia.
Ginger se acercó al tocador y contempló los guantes sobre el tapete. Como hizo
innumerables veces los últimos diez días, se puso los guantes, encogió las manos,
esperando un ataque de terror. Sólo eran unos guantes normales que compró el mismo
día que le dieron el alta en el hospital y que no tenían el poder de transportarla al
límite impreciso de la fuga. Se los quitó.
Llamaron a la puerta, y Rita Hannaby dijo:
—Ginger, querida, ¿estás lista?
—Voy —respondió, cogiendo el bolso de la cama y contemplándose por última
vez en el espejo.
Vestía un traje de punto de color lima y una blusa crema con un volante
igualmente de color lima en el cuello. El atuendo se completaba con unos zapatos

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verdes a juego con el vestido, un bolso de piel de anguila a juego con los zapatos y un
brazalete de oro y malaquita. Todo se complementaba perfectamente con su piel y su
cabello dorado. Pensó que tenía un aire «chic». Bueno, quizá no «chic», pero sí al
menos elegante.
Sin embargo, cuando salió al pasillo y vio a Rita Hannaby, Ginger comprendió su
desventaja; no era sino una mera aspirante a la elegancia.
Rita era tan esbelta como Ginger, pero medía uno setenta y dos, quince
centímetros más que ella, y siempre iba rodeada de una aureola de majestuosidad. El
cabello castaño le caía suavemente hacia atrás en un corte perfecto. Si sus rasgos
faciales hubieran sido esculpidos con más exquisitez, su aspecto habría sido más
severo. No obstante, sus luminosos ojos grises, su piel translúcida y sus generosos
labios, aseguraban la belleza y la cordialidad. Rita lucía un traje gris de St. John’s,
collar y pendientes de perlas y pamela negra.
Para Ginger, lo más sorprendente era que la elegancia de Rita no parecía
estudiada. No daba la impresión de haberse pasado horas arreglándose, parecía haber
nacido con aquel estilo impecable y con un ropero repleto de trajes elegantes; la
elegancia era una característica natural.
—¡Qué bien estás! —exclamó Rita.
—A tu lado, parezco una birria en pantalones vaqueros y camiseta.
—Nada de eso. Incluso si tuviera veinte años menos, no podría ni compararme
contigo, querida. Espera a ver a quién trata mejor el camarero durante el almuerzo.
Ginger no sentía falsa modestia. Sabía que era atractiva. Pero su belleza era algo
desgarbada, mientras que Rita tenía el aire regio de alguien que podría sentarse en un
trono y convencer al mundo de que le pertenecía.
Rita no hacía nada que fomentase el recién descubierto complejo de inferioridad
de Ginger. No la trataba como a una hija, sino como hermana e igual. Los
sentimientos de inferioridad de Ginger eran, y ella lo sabía, resultado directo de su
patético estado. Hasta hacía dos semanas había vivido con independencia. Ahora
volvía a depender de alguien, no era capaz de cuidar de sí misma, y su amor propio se
desvanecía un poco más cada día. El buen humor de Rita Hannaby, las salidas
cuidadosamente planeadas, el cotilleo y el aliento incansable no eran suficientes para
que Ginger dejara de pensar en el cruel hecho de que el destino la había relegado, a
los treinta años, al frustrante papel de una niña.
Bajaron juntas al vestíbulo con enlosado de mármol, donde cogieron los abrigos,
salieron y bajaron la escalinata del pórtico hasta el Mercedes 500 SEL negro que
esperaba en la puerta. Herbert, el fiel mayordomo, lo había llevado allí cinco minutos
antes y dejado con el motor encendido, de forma que su interior parecía un cálido
horno en el helado frío de diciembre.
Rita condujo con su habitual seguridad, alejándose de las antiguas mansiones, de
las tranquilas calles con paseos de olmos y arces de ramas desnudas, a través de
avenidas con tráfico fluido, camino de la bulliciosa State Street, donde se encontraba

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la consulta del doctor Immanuel Gudhausen, a quien Ginger había visitado dos veces
la semana anterior. Había sido citada los lunes, miércoles y viernes hasta que llegaran
al fondo de los ataques de fuga. En los momentos de mayor debilidad, Ginger
pensaba que pasados treinta años seguiría tumbada en el diván del doctor Gudhausen.
Rita tenía pensado hacer unas compras mientras Ginger estaba en la consulta.
Después, irían a almorzar a algún selecto restaurante donde la decoración, sin duda,
parecería pensada para favorecer a Rita Hannaby, y donde Ginger se sentiría como
una tonta colegiala intentando pasar por adulta.
—¿Has pensado en lo que te dije el viernes? —le preguntó Rita mientras
conducía—. Lo del Cuerpo Auxiliar Femenino del hospital…
—No creo que me apetezca. Me sentiría muy incómoda.
—Es un trabajo importante —dijo Rita, adelantando hábilmente a un camión de
reparto del Globe.
—Lo sé. He visto el dinero que conseguís para el hospital, el nuevo equipo que
comprasteis…, pero creo que por el momento tengo que mantenerme apartada del
Memorial. Me sentiría muy frustrada, me acordaría demasiado de que no puedo hacer
el trabajo para el que me he preparado.
—Lo comprendo, querida. No lo pienses más. Pero aún nos quedan los Amigos
de la Música Sinfónica, la Liga Femenina para la Defensa de la Tercera Edad y el
Comité de Protección Infantil. Tu ayuda nos vendría muy bien en cualquiera de ellos.
Rita era una infatigable trabajadora en obras de caridad, capaz de presidir
comisiones o de servir en ellas, no sólo organizando festivales benéficos, sino
participando activamente en ellos.
—¿Qué me dices? —presionó—. Estoy segura de que el trabajo con los niños te
resultará particularmente gratificador.
—Rita, ¿qué ocurriría si sufriera un ataque mientras estoy con los niños? Se
asustarían y…
—Oh, tonterías —replicó Rita—. Cada vez que has salido conmigo en estas dos
semanas, has utilizado la misma excusa para tratar de quedarte en tu habitación. «Oh,
Rita —dices—, sufriré uno de mis horribles ataques y haré que te sientas
avergonzada». Pero no los has tenido, ni los tendrás. Incluso si los tuvieras, no me
avergonzaría. No me avergüenzo tan fácilmente, mujer.
—Jamás se me ocurrió ni por un instante que fueras una remilgada. Pero no me
has visto en un estado de fuga. No sabes cómo soy ni…
—Oh, por el amor de Dios, hablas como si fueras el doctor Jekyll y Mr. Hyde, o
Mrs. Hyde, y eso sí que no lo admito. Aún no has golpeado a nadie hasta la muerte,
¿verdad, Mrs. Hyde?
Ginger se rió y agitó la cabeza.
—Eres un caso, Rita.
—Estupendo. A la comisión no le vendrá mal tu ayuda.
Aunque probablemente Rita no pensara que estuviera haciendo con Ginger otra

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obra de caridad, había hecho de su recuperación y rehabilitación una nueva causa. Se
había subido las mangas y se había dedicado a la tarea de cuidar de Ginger mientras
atravesaba la crisis, y no iba a renunciar por nada de este mundo. Ginger se sentía
conmovida por el interés de Rita… y deprimida porque lo necesitaba.
Se detuvieron ante un semáforo, el tercer coche de la fila, rodeadas de otros
coches, camiones, autobuses, taxis y furgonetas de reparto. En el interior del
Mercedes, la cacofonía de la ciudad, aunque apagada, no dejaba de oírse, y cuando
Ginger volvió la cabeza atraída por el ruido particularmente molesto de un motor, vio
una gran motocicleta. El motorista volvió la cabeza hacia ella en aquel momento,
pero no le vio la cara. Llevaba un casco con una visera oscura que le tapaba hasta el
mentón.
Por primera vez en diez días, la niebla de amnesia se cernió sobre Ginger. Esta
vez sucedió bastante más rápido que con los guantes negros, el oftalmoscopio o el
lavabo. Miró la visera opaca y brillante, y el corazón le dio un salto, se quedó sin
respiración y fue arrastrada instantáneamente por una oleada de terror.

En primer lugar, Ginger oyó las bocinas. Bocinas de coches, de autobuses y


camiones. Algunas como estridentes chillidos de animales, otras graves y siniestras.
Gemían, bramaban, ladraban, chillaban, graznaban, balaban.
Abrió los ojos. Su vista se aclaró gradualmente. Seguía en el coche. Aún estaban
frente al semáforo, aunque evidentemente habían transcurrido un par de minutos y el
tráfico se había reanudado. Con el motor en marcha y el freno de mano puesto, el
Mercedes se encontraba diez metros más cerca del paso de peatones, invadiendo
ligeramente el carril contiguo, situación que provocaba el estruendo de las bocinas
cuando los vehículos trataban de esquivarlo.
Ginger oyó sus propios gemidos.
Rita Hannaby se encontraba inclinada sobre la consola que separaba los asientos
delanteros, pegada a Ginger, agarrándole las dos manos, manteniéndoselas sujetas
con fuerza.
—¿Ginger? ¿Me oyes? ¿Estás bien? ¿Ginger?
Sangre. Tras la cacofonía de las bocinas, tras la voz de Rita, Ginger reparó en la
sangre. Su vestido verde-lima estaba salpicado de sangre. En la chaqueta del traje
tenía una mancha oscura. Sus manos, como las de Rita, estaban empapadas de sangre.
—Oh, Dios mío —musitó.
—Ginger, ¿me oyes? ¿Se te ha pasado? ¿Ginger? —Rita tenía partida una de sus
cuidadas uñas, sólo le quedaba un trozo que salía de su cutícula como una astilla
dentada, y sus dos manos parecían desgarradas. Los arañazos en los dedos, dorso y
palma de las manos sangraban profusamente. Por lo que veía Ginger, toda la sangre
era de Rita, no suya. Los puños de su traje gris de St. John’s estaban empapados de
sangre—. Ginger, dime algo.

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Seguían oyéndose las bocinas.
Ginger alzó la mirada y vio que el peinado perfecto de Rita estaba destrozado. Un
arañazo de cinco centímetros de longitud le cruzaba la mejilla izquierda, y la sangre
mezclada con el maquillaje descendía por la mandíbula hasta el mentón.
—Ya ha pasado —dijo Rita con evidente alivio, soltándole las manos a Ginger.
—¿Qué te he hecho?
—Sólo arañazos —contestó Rita—. No te preocupes. Tuviste un ataque, sentiste
pánico, intentaste salir del coche. No podía dejar que lo hicieras. Te podrían haber
atropellado.
Un conductor les gritó airadamente algo ininteligible al esquivar al Mercedes.
—Te he herido —afirmó Ginger. Sintió náuseas al pensar en la violencia de su
comportamiento.
Otros conductores hicieron sonar sus bocinas con impaciencia, pero Rita los
ignoró. Volvió a cogerle las manos a Ginger, no para sujetárselas sino para darle
ánimo y seguridad.
—No te preocupes, querida. Ya ha pasado, y con un poco de yodo me bastará para
curarme esto.
El motociclista. La visera negra.
Ginger miró por la ventanilla; el motociclista se había marchado. Después de
todo, no la había amenazado, sólo era un desconocido que pasaba por la calle.
Guantes negros, un oftalmoscopio, un lavabo y, ahora, la visera oscura del casco
de un motorista. ¿Por qué aquellas cosas le producían las fugas? ¿Qué tenían en
común, si es que tenían algo?
Con las lágrimas corriéndole por las mejillas, Ginger dijo:
—Lo siento mucho.
—No tienes por qué. Ahora será mejor que nos quitemos de en medio —añadió
Rita. Sacó un puñado de Kleenex de la caja que había en la consola y los utilizó para
coger el volante y la palanca de marchas y no mancharlos de sangre.
Con sus propias manos empapadas de la sangre de Rita, Ginger se reclinó en el
asiento, cerró los ojos y trató de contener las lágrimas, pero no pudo.
Cuatro episodios psicóticos en cinco semanas.
No podía dejar pasar plácidamente los grises días del invierno, indefensa, y
aceptar sumisa aquella atroz jugada del destino, no podía quedarse esperando otro
ataque o a que un psiquiatra le explicara lo que le ocurría.
Era lunes, 16 de diciembre, y Ginger decidió firmemente hacer algo antes de
sufrir la quinta fuga. No sabía lo que podía hacer, pero estaba segura de que se le
ocurriría algo si se preocupaba de ello y dejaba de sentir lástima de sí misma. Ya
había llegado al fondo. La humillación, el miedo y la desesperación no podían hacerle
descender a mayor profundidad. La única salida era hacia arriba. Se arrastraría hasta
la superficie, sí, lo haría, hasta alcanzar la luz, hasta salir de la oscuridad en la que
había caído.

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Capítulo tres
24 de diciembre — Navidad

1. LAGUNA BEACH, CALIFORNIA

El martes, 24 de diciembre, a las ocho de la mañana, cuando Dom Corvaisis se


levantó, realizó las abluciones matinales en un estado de sopor, secuela de las dosis
de Valium y Dalmane que había tomado el día anterior.
Era la undécima noche consecutiva que no había sufrido episodios de
sonambulismo ni la pesadilla del lavabo. La medicación le sentaba bien y estaba
dispuesto a tolerar el adormecimiento provocado por los fármacos para acabar con
aquellas desesperantes actividades nocturnas.
No creía que corriese el peligro de caer en la dependencia psicológica o de
convertirse en adicto al Valium o al Dalmane. Había sobrepasado la dosis prescrita,
pero aún no le preocupaba. Antes de que se le acabaran las píldoras, se inventó la
historia de un robo en su casa para que el doctor Cobletz le extendiera otra receta,
diciéndole que se habían llevado los medicamentos, el equipo de música y el
televisor. Dom le había mentido a su médico para obtener los sedantes y, en
ocasiones, veía su acción bajo aquella perspectiva severa y negativa; pero la mayor
parte de las veces, en el ligero estupor que acompañaba a la medicación continuada,
era capaz de disfrazar la lamentable verdad y de engañarse a sí mismo.
No se atrevía a pensar lo que le ocurriría si se volvían a producir los episodios de
sonambulismo cuando le fuese retirado el tratamiento en enero.
A las diez, incapaz de concentrarse en el trabajo, se puso una chaqueta de pana
fina y salió de casa. Era una fría mañana de diciembre. Excepto en los pocos días
inusualmente cálidos, las playas quedarían vacías hasta abril.
Mientras Dom descendía de las colinas en el Firebird hacia el centro de la ciudad,
advirtió que Laguna parecía un lugar triste bajo el sombrío cielo gris. Se preguntó
hasta qué punto era real esa niebla plomiza y hasta qué otro era producto del estado
de sopor producido por las medicinas, pero instantáneamente desechó aquellos
inquietantes pensamientos. En consideración a sus facultades y sentidos ligeramente
mermados, condujo con extremada precaución.
Dom recibía la mayor parte de la correspondencia en un apartado de correos.

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Como estaba suscrito a numerosas publicaciones, alquiló un compartimiento grande
en lugar de una casillero pequeño, y el día antes de Navidad se encontró lleno más de
la mitad del compartimiento. Sin fijarse en la correspondencia, la llevó al coche con
intención de examinarla durante el desayuno.
The Cottage, un popular y clásico restaurante, estaba situado en el lado izquierdo
de la autopista del Pacífico, en la falda de un monte. A aquella hora, ya había pasado
el bullicio del desayuno y aún no había comenzado el del almuerzo. Dom fue
conducido a una mesa junto a la ventana con una estupenda vista. Pidió dos huevos,
tocino, patatas fritas, tostadas y zumo de pomelo.
Mientras comía, repasó la correspondencia. Además de revistas y facturas, había
una carta de Lennart Sane, la maravillosa agente sueca encargada de los derechos de
traducción en Escandinavia y los Países Bajos, y un grueso sobre de Random House.
En cuanto vió la dirección de la editorial en la etiqueta, supo lo que era. Al fin,
comenzó a despejársele la cabeza, el aturdimiento cedió en parte ante la excitación.
Dejó la tostada que estaba comiéndose, rompió aquel sobre grande y apareció una
copia de su primera novela. Ningún hombre puede saber lo que siente una mujer
cuando abraza por primera vez a su hijo recién nacido, pero el novelista que tiene en
sus manos la primera copia de su primera obra debe experimentar un gozo similar al
de la madre que contempla por primera vez el rostro de su hijo y siente su calor bajo
los pañales.
Dom dejó el libro junto al plato y apenas si le pudo quitar la vista de encima. Tras
acabar de comer y de tomar café, logró al fin dejar de prestar atención a Crepúsculo y
examinar el resto de la correspondencia. Entre otras cosas, había un sencillo sobre
blanco sin remite que contenía una sola hoja de papel con dos frases mecanografiadas
que lo dejaron estupefacto:
El sonámbulo haría bien en buscar
la causa de su problema en el pasado.
Ahí es donde se esconde el secreto.

Volvió a leerlo, asombrado. La hoja de papel tembló en sus manos. Sintió un


escalofrío.

2. BOSTON, MASSACHUSETTS

Cuando Ginger salió del taxi, se encontró frente a un edificio de ladrillo de seis
pisos de estilo gótico Victoriano. Una furiosa ráfaga de viento le golpeó el rostro, los
árboles desnudos de Newbury Street crujían, traqueteaban y chasqueaban: el ruido de
huesos entrechocando. Encogida para protegerse del fuerte viento, atravesó una
pequeña verja de hierro y entró en el número 127 de Newbury, el antiguo Hotel
Agassiz, uno de los lugares históricos de la ciudad, convertido ahora en edificio de
apartamentos. Iba a ver a Pablo Jackson, de quien sólo sabía lo que había leído en el

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Boston Globe del día anterior.
Salió de Baywatch después de que George se marchara al hospital y Rita a hacer
las últimas compras de Navidad, pues temía que intentaran retenerla. De hecho,
Lavinia, el ama de llaves, le rogó que no saliera sola. Ginger dejó una nota
comunicándoles su paradero y pidiéndoles que no se molestaran.
Cuando Pablo Jackson abrió la puerta, Ginger se sorprendió. Que fuese negro y
octogenario no le extrañó, pues eso lo sabía por el Globe. Sin embargo, no estaba
preparada para ver a un octogenario tan fuerte y vitalista. Medía uno setenta y tres, y
era delgado, pero la edad no le había curvado las piernas, ni encorvado la espalda, ni
redondeado los hombros. Su rigidez era como la de un militar, vestía camisa blanca y
pantalones negros con una raya muy marcada, y la invitó a entrar en el apartamento
con sonrisa y ademanes vivaces y juveniles. Su cabello ensortijado seguía siendo
espeso, pero había encanecido tanto que parecía brillar con una luz espectral, lo que
le daba una curiosa aureola mística. Acompañó a Ginger al salón con las zancadas de
un hombre con cuarenta o cincuenta años menos.
El salón también le causó sorpresa, no era lo que esperaba de un antiguo
monumento como el Hotel Agassiz ni de un viejo solterón como Pablo Jackson. Las
paredes eran de color crema, y los sofás y sillones de estilo moderno estaban
tapizados con una tela a juego. Una alfombra de Edward Fields del mismo tono
crema rompía el patrón dominante con unos marcados trazos ondulados. El color lo
proporcionaban los cojines de tonos pastel —amarillo, melocotón, verde y azul— y
dos grandes óleos, uno de ellos de Picasso. El resultado era una decoración alegre,
viva, cálida y moderna.
Ginger se acomodó en uno de los dos sillones situados a los lados de una pequeña
mesa junto a una larga ventana salediza. Rechazó un café y le dijo:
—Señor Jackson, siento decirle que he venido bajo identidad falsa.
—¡Qué comienzo tan interesante! —le contestó, sonriendo; cruzó las piernas y
descansó las manos negras de largos dedos en los brazos de la silla.
—No, le hablo en serio. No soy periodista.
—¿No es del Globe? —le dirigió una mirada especulativa—. Bueno, no importa.
Ya sabía que no era periodista cuando la dejé entrar. Hoy en día, los periodistas hacen
gala de una afabilidad pegajosa y, además, son unos arrogantes. En cuanto la vi en la
puerta, me dije: «Pablo, esta chica nerviosa no es periodista. Es una persona
auténtica».
—Necesito ayuda, y sólo usted puede proporcionármela.
—¿Una damisela en apuros? —dijo, divertido. No parecía ni enfadado ni
intraquilo, que era como Ginger esperaba que estuviese.
—Temía que no quisiera recibirme si le decía el verdadero motivo por el que
deseaba verle. Soy médica, ¿sabe? Tengo una plaza de cirugía en el Memorial, y
cuando leí el artículo sobre usted en el Globe, pensé que podría ayudarme.
—Me encantaría verla aunque vendiera revistas. Un viejo de ochenta y un años

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no puede permitirse el lujo de darle la espalda a nadie… a menos que prefiera pasarse
el día hablándole a las paredes.
Ginger agradeció los esfuerzos que hacía para tranquilizarla, aunque sospechaba
que su vida social era más interesante que la de ella.
—Además —continuó—, ni siquiera un fósil acabado como yo le volvería la
espalda a una chica tan encantadora como usted.
Ginger se inclinó hacia delante.
—Primero necesito saber si el artículo del periódico es exacto.
Él se encogió de hombros.
—Tanto como pueda serlo un artículo periodístico. Mis padres eran americanos
expatriados que vivieron en Francia, como decía el periódico. Ella se convirtió en una
popular cantante de café en París, antes y después de la primera guerra mundial. Mi
padre era músico, como decía el Globe. Y es cierto que mis padres conocieron a
Picasso y que reconocieron pronto su genio. Fue mi padrino, por eso me pusieron su
nombre. Compraron cuatro decenas de obras de Picasso cuando eran baratas, y él les
regaló varias más. Tenían bon goüt. No tuvieron cien cuadros, como decía el
periódico, sino cincuenta. Con todo, aquello era un capricho de ricos. Vendidos
gradualmente, proporcionaron a mis padres una jubilación desahogada y a mí algo
con lo que ir tirando.
—¿Fue usted mago profesional?
—Durante cincuenta años —contestó, levantando ambas manos con una elegante
y noble expresión de asombro ante su propia longevidad. Aquel gesto estaba marcado
por el ritmo y la fluidez de la prestidigitación, y Ginger casi esperó verle sacar
palomas blancas de la nada—. Y yo también fui famoso. Sans pareil, aunque sea yo
quien lo diga. No fui tan famoso aquí como en Europa y en Gran Bretaña.
—¿Y en sus actuaciones hipnotizaba a algunas personas del público?
Él asintió.
—Ese era el número central. Siempre los dejaba asombrados.
—¿Y ahora ayuda a la policía hipnotizando a testigos de crímenes para que
recuerden detalles que han olvidado?
—Bueno, no es un empleo fijo —respondió, agitando una de sus finas manos
como para rechazar cualquier idea preconcebida. Pareció que aquel gesto concluiría
con la aparición mágica del jarrón de flores o de la baraja de cartas—. De hecho, sólo
han recurrido a mí cuatro veces en los dos últimos años. Generalmente, soy el último
recurso.
—Pero ¿ha tenido éxito cuando ha trabajado para ellos?
—Oh, sí. Como decía el periódico. Por ejemplo, una persona puede presenciar un
asesinato y ver fugazmente el coche en el que escapa el asesino, pero no logra
recordar la matrícula. Ahora bien, si ha fijado su vista en la placa de la matrícula un
solo instante, el número ha quedado enterrado en su subconsciente, porque en
realidad nunca olvidamos lo que vemos. Nunca. De modo que se hipnotiza al testigo,

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se le hace regresar en el tiempo (es decir, llevarlo hasta los recuerdos del asesinato),
se le dice que mire la matrícula y puede obtener el número.
—¿Siempre?
—No siempre. Pero se gana más veces de las que se pierde.
—¿Por qué recurren a usted? ¿No son capaces de utilizar la hipnosis los
psiquiatras del departamento de policía?
—Desde luego. Pero los psiquiatras no se dedican al hipnotismo. No están
especializados en la hipnosis. Yo me he pasado la vida estudiándola, he desarrollado
mis propias técnicas, que a menudo tienen éxito donde otros métodos fallan.
—¿De modo que, tratándose de hipnotismo, es usted un maven?
—¿Un maestro? Sí, es cierto. Incluso maestro de maestros. Pero ¿por qué le
interesa todo esto, doctora?
Ginger estaba sentada con el bolso en las piernas y las manos encima. Mientras le
contaba a Pablo Jackson sus ataques, lo apretó con más y más fuerza, hasta que los
nudillos se le pusieron blancos.
La postura relajada de Jackson se transformó en una de asombrado interés y
preocupación.
—Pobre chica, pobre chica. De mal en pis…, en pis! De mal en peor. Qué
horrible. Espere aquí. No se mueva —dejó la silla de un salto y salió apresurado de la
habitación.
Cuando regresó, traía dos vasos de brandy. Ella intentó rechazarlo.
—No, gracias, señor Jackson. No bebo mucho, y menos a esta hora de la mañana.
—Llámeme Pablo. ¿Cuánto durmió anoche? ¿No mucho? Estuvo despierta casi
toda la noche, se levantó hace horas, de modo que para usted no es por la mañana, es
media tarde. Y no hay ningún motivo para que una persona no pueda tomarse una
copa por la tarde, ¿verdad?
Volvió a acomodarse en la silla, estuvieron unos momentos callados mientras
bebían el brandy. Después, Ginger le dijo:
—Pablo, quiero que me hipnotice, que me haga regresar a la mañana del doce de
noviembre, a Bernstein’s Delicatessen. Quiero que me retenga en ese momento y que
no deje de hacerme preguntas hasta que le pueda explicar por qué me aterrorizó ver
aquellos guantes.
—¡Imposible! —agitó la cabeza—. No, no.
—Puedo pagarle lo que…
—No se trata de dinero. No lo necesito —frunció el ceño—. Soy un mago, no un
médico.
—Estoy viendo a un psiquiatra y se lo he propuesto a él, pero se niega a hacerlo.
—Debe tener sus motivos.
—Dice que es demasiado pronto para una terapia de regresión hipnótica. Admite
que el procedimiento pueda ayudarme a descubrir la causa de los ataques, pero dice
que puede ser un error porque quizá no esté preparada para afrontar la verdad. Dice

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que la confrontación prematura con la causa de mi problema podría provocar una…
una depresión nerviosa.
—¿Ve?, él entiende más que yo. Estaría entremetiéndome en su trabajo.
—El no entiende más que usted —insistió Ginger, enfadada por el vivido
recuerdo de su reciente conversación con el psiquiatra, que la trató
condescendientemente—. Quizá él sepa lo que le conviene a la mayoría de sus
pacientes, pero no sabe lo que me conviene a mí. No puedo seguir así. Para cuando
Gudhausen esté dispuesto a recurrir a la hipnosis, quizá dentro de un año, ya no estaré
tan cuerda como para beneficiarme de ello. Tengo que enfrentarme al problema,
controlarlo, hacer algo.
—Pero se dará usted cuenta de que yo no puedo responsabilizarme…
—Un momento —le interrumpió Ginger, dejando el brandy en la mesa—.
Esperaba sus reticencias —abrió el bolso, sacó una hoja mecanografiada y se la
ofreció—. Tome. Cójala, por favor.
Él cogió el papel. Aunque Pablo era medio siglo mayor que ella, su pulso era
bastante más seguro que el de Ginger.
—¿Qué es?
—Un documento firmado en el que declaro que vine aquí desesperada y donde le
eximo de cualquier responsabilidad si algo sale mal.
No se molestó en leerlo.
—No me entiende, mi querida señorita. No me preocupa que me acusen de nada.
Teniendo en cuenta mi edad y el paso de tortuga de la justicia, no viviría para que me
juzgaran. Pero la mente es un delicado mecanismo, y si algo marcha mal, si le hago
caer en una depresión nerviosa, me asaría en el infierno.
—Si no me ayuda, si tengo que soportar una terapia de varios meses, insegura con
respecto al futuro, sufriré de todos modos una depresión nerviosa —desesperada,
Ginger levantó la voz, dando rienda suelta a su frustración y a su ira—. Si no me hace
caso, si me deja en manos de la buena voluntad de mis amigos, si me abandona en
manos de Gudhausen, estoy acabada. Se lo juro, será mi fin. ¡No puedo continuar
así! Si se niega a ayudarme, seguirá siendo responsable de mi crisis nerviosa porque
pudo evitarla.
—Lo siento —dijo.
—Por favor.
—No puedo.
—Viejo negro bastardo —replicó Ginger, sorprendida por el epíteto en el mismo
momento en que lo pronunciaba. La expresión dolida de su bondadoso rostro de
duende la avergonzó. Ahora era ella quien decía «lo siento, lo siento mucho». Se
ocultó la cara entre las manos, se inclinó hacia delante y lloró.
Pablo se acercó y se detuvo frente a ella.
—Doctora Weiss, por favor, no llore. No se desespere. Todo se solucionará.
—No, nunca se solucionará —le contestó—. Nunca volveré a ser como antes.

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Pablo le apartó las manos del rostro con amabilidad. Le cogió el mentón y le
levantó la cabeza hasta que ella lo miró. Sonrió, hizo un guiño y le puso la mano
delante de los ojos para mostrarle que estaba vacía. Después, con gran sorpresa de
Ginger, le sacó una moneda de la oreja.
—No llore más —le dijo Pablo Jackson, dándole unas palmaditas en el hombro
—. Se ha salido con la suya. Yo, desde luego, no tengo un âme de boue, un corazón
de piedra, un espíritu egoísta. Las lágrimas de una mujer pueden conmover al mundo.
En contra de mi buen juicio, haré lo que pueda.
En lugar de conseguir que dejara de llorar, el ofrecimiento renovó su llanto,
aunque aquellas eran lágrimas de gratitud.

—… y ahora siente un sueño profundo, profundo, muy profundo. Se encuentra


muy relajada y responderá a mis preguntas. ¿Entendido?
—Sí.
—No puede negarse a responder. No puede negarse. No puede.
Pablo había corrido las cortinas del ventanal saledizo de panel triple y había
apagado todas las luces excepto la lámpara junto al sillón de Ginger Weiss. El
resplandor ámbar caía sobre ella, dándole a su cabello la apariencia de filamentos de
oro y enfatizando la inusual palidez de su piel.
Pablo estaba frente a ella, contemplando su rostro. Su belleza era frágil, de una
exquisita feminidad, aunque su rostro también mostrara una gran resolución casi
masculina. Le juste milieu: el término medio, el equilibrio perfecto, no estaba mejor
definido que en su semblante, en el que el carácter y la belleza se reflejaban por igual.
Ginger tenía los ojos cerrados y apenas si se movían bajo los párpados, señal de
que estaba en un profundo trance.
Pablo volvió a su silla, que se encontraba en la penumbra, más allá de la luz
ámbar de la única lámpara encendida. Se sentó y cruzó las piernas.
—Ginger, ¿por qué le asustaron los guantes negros?
—No lo sé —respondió pausadamente.
—No me puede mentir. ¿Comprende? No puede ocultarme nada. ¿Por qué le
asustaron los guantes negros?
—No lo sé.
—¿Por qué le asustó el oftalmoscopio?
—No lo sé.
—¿Por qué se asustó con el lavabo?
—No lo sé.
—¿Conocía al motorista de State Street?
—No.
—¿Entonces por qué le asustó?
—No lo sé.

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Pablo suspiró.
—Muy bien. Ginger, ahora vamos a hacer algo sorprendente, algo que podría
parecer imposible. No obstante, yo le aseguro que es posible. De hecho, es muy fácil.
Vamos a hacer que retroceda en el tiempo, Ginger. No se preocupe. Vamos a hacerle
retroceder con lentitud y seguridad. Se va a hacer más joven. Ya le está ocurriendo.
No puede resistirse…, el tiempo fluye…, vamos hacia atrás…, siempre hacia atrás…
y ya no es veinticuatro de diciembre. Es veintitrés de diciembre, lunes, y el reloj
sigue retrocediendo… a mayor velocidad, ahora es veintidós…, veinte…,
dieciocho… —continuó de aquella manera hasta que hizo regresar a Ginger al doce
de noviembre—. Se encuentra en Bernstein’s Delicatessen, esperando a que le den lo
que ha pedido. ¿No huele el aroma del pan recién horneado y de las especias? —ella
asintió—. Dígame a qué huele.
Ella aspiró profundamente, y en su rostro se dibujó una expresión de satisfacción.
Su voz se animó.
—A pastrami, a ajo…, a galletas de miel…, a clavo, a canela… —permaneció
sentada, con los ojos cerrados, pero levantó la cabeza y la giró a derecha e izquierda,
como si contemplara el establecimiento—. A chocolate. ¡Qué bien huelen los dulces
de coco!
—Magnífico —dijo Pablo—. Ahora, paga las compras, le da la espalda al
mostrador…, se encamina hacia la puerta, preocupada con su bolso.
—No puedo guardar el monedero —añadió ella, frunciendo el ceño.
—Tiene la bolsa de la compra en una mano.
—Tengo que limpiar este monedero.
—¡Bang! Se da un encontronazo con el hombre del gorro ruso.
Ginger abrió la boca y arrugó el rostro con sorpresa.
—El hombre le coge la bolsa de la compra para evitar que caiga al suelo —dijo
Pablo.
—¡Oh! —exclamó ella.
—El hombre le dice que lo siente.
—La culpa ha sido mía —aseguró Ginger. Pablo sabía que no le hablaba a él, sino
al hombre de rostro esponjoso y gorro ruso, que era ahora tan real para ella como lo
fue aquel martes en Bernstein’s. Excusándose, dijo—: Era yo quien no miraba por
donde iba.
—Él le entrega la bolsa, y usted la coge —el anciano mago la observó fijamente
—. Y entonces ve… sus guantes.
Su transformación fue instantánea y electrizante. Se enderezó en el sillón con los
ojos desmesuradamente abiertos.
—¡Los guantes! ¡Oh, Dios mío, los guantes!
—Hábleme de los guantes, Ginger.
—Son negros —afirmó ella con un tembloroso hilo de voz—. Brillantes.
—¿Qué más?

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—¡No! —gritó, comenzando a levantarse del sillón.
—Siéntese, por favor —le dijo Pablo.
Ella se quedó rígida, medio sentada en el sillón.
—Ginger, le ordeno que se siente y se relaje.
Estaba enervada, con los puños apretados. No tenía los radiantes ojos azules
clavados en Pablo sino en el recuerdo de los guantes. Parecía que volvería a estallar a
la menor provocación.
—Ahora se relajará, Ginger. Se calmará…, ya está tranquila…, muy tranquila,
¿entiende?
—Sí. De acuerdo —le contestó. Su respiración se hizo más acompasada y bajó los
hombros ligeramente, pero aún seguía en tensión.
Generalmente, cuando hipnotizaba a alguien, Pablo mantenía un control
instantáneo y total del sujeto. Estaba sorprendido y algo intranquilo por la continua
angustia de Ginger. A pesar de advertirle repetidamente que se relajara, no logró
tranquilizarla por completo. Finalmente, le dijo:
—Hábleme de los guantes, Ginger.
—Oh, Dios mío —su rostro se contrajo por el miedo.
—Relájese y hábleme de los guantes. ¿Por qué le asustan?
Ginger se estremeció.
—No-no permita que me-me toquen.
—¿Por qué tiene miedo? —insistió.
Ella se abrazó a sí misma y se hundió en el sillón.
—Escúcheme, Ginger. El tiempo se ha detenido en ese momento. El reloj no se
mueve ni hacia atrás ni adelante. Los guantes no pueden tocarla. No permitiré que le
toquen. El tiempo ha quedado detenido. Puedo hacerlo y lo he hecho. Está a salvo.
¿Me oye?
—Sí —respondió con una voz que mostraba la duda y el terror apenas reprimidos.
Se apretó contra el respaldo del sillón.
—Está totalmente a salvo —a Pablo le afligía ver tan aterrorizada a aquella chica
encantadora—. El tiempo se ha detenido y usted puede observar esos guantes sin
temer que le toquen. Los examinará y me dirá qué es lo que le asusta.
Ella estaba en silencio, temblando.
—Debe responderme, Ginger. ¿Por qué le asustan los guantes? —Ginger gimió.
Pablo meditó un instante y añadió—: ¿Es exactamente el par de guantes lo que le
asusta?
—No, no exactamente.
—Los guantes que lleva el hombre… ¿le recuerdan otro par de guantes, quizá de
algún incidente lejano? ¿Es eso?
—Oh, sí. Sí.
—¿Cuando ocurrió ese incidente? Ginger, ¿a qué otros guantes le recuerdan
éstos?

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—No lo sé.
—Sí lo sabe —Pablo se levantó de la silla, se acercó a las cortinas y la observó
desde la penumbra—. De acuerdo…, las manecillas del reloj se mueven de nuevo. Se
mueven hacia atrás…, atrás…, atrás…, hasta la primera vez que se asustó con unos
guantes negros. Está volviendo atrás…, atrás…, y ahora se encuentra allí. En aquel
momento, en aquel lugar, en el momento y el lugar exactos donde se asustó por
primera vez con unos guantes negros.
Ginger tenía los ojos clavados en el horror de un tiempo diferente, no en aquella
habitación ni en Bernstein’s Delicatessen, sino en otro lugar.
Pablo la observó con inquietud.
—¿Dónde se encuentra, Ginger? —al no contestarle, insistió—: Debe decirme
dónde se encuentra.
—El rostro —dijo con una voz atormentada que estremeció a Pablo—. El rostro.
El rostro sin expresión.
—Explíquese, Ginger. ¿Qué rostro? Dígame lo que ve.
—Los guantes negros…, la cara de cristal oscuro.
—¿Qué quiere decir?…, ¿como la del motociclista?
—Los guantes…, la visera —un estremecimiento de miedo le recorrió el cuerpo.
—Tranquilícese, relájese. Está a salvo. Segura. Ahora, dondequiera que se
encuentre, ¿ve a un hombre que lleve guantes negros y un casco con visera oscura?
Ginger comenzó un cántico de puro terror:
—Uh, uh, uh, uh…
—Ginger, debe calmarse. Cálmese, relájese, tranquilícese. Nada puede hacerle
daño. Está a salvo —temeroso de perder el control y de tener que sacarla del trance
pronto, Pablo se acercó bruscamente a ella, se arrodilló a su lado, le puso la mano en
el brazo y la acarició suavemente mientras le hablaba—. ¿Dónde se encuentra,
Ginger? ¿Hasta qué momento ha regresado, Ginger? ¿Dónde está? ¿Hasta dónde ha
llegado?
—Uh, uh, uuuuhhhh —Ginger lanzó un grito patético, un eco procedente del
pasado, la respuesta atormentada a un terror y a una desesperación largamente
contenidos.
Pablo se puso muy serio, y su voz adoptó un tono severo.
—Está a mis órdenes. Se encuentra dormida y bajo mi control, Ginger. Le ordeno
que me responda, Ginger.
Ella se estremeció con más violencia que antes.
—Le ordeno que me responda. ¿Dónde se encuentra, Ginger?
—En ningún lugar.
—¿Dónde está?
—En ningún lugar. —De repente, dejó de estremecerse. Se relajó. El miedo
desapareció de su rostro, y sus rasgos se suavizaron y distendieron. Con voz débil e
indiferente, dijo—: Estoy muerta.

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—¿Qué quiere decir? No está muerta.
—Muerta —insistió.
—Ginger, debe decirme dónde se encuentra, hasta dónde ha llegado en el tiempo,
y debe hablarme de los guantes negros, de los primeros guantes negros, de los que se
acordó al ver los del hombre en Bernstein’s. Es absolutamente necesario que me lo
diga.
—Muerta.
Repentinamente, Pablo, al estar arrodillado junto a ella, advirtió que su
respiración era muy débil. Le cogió la mano y le sorprendió su frialdad. Le apretó la
muñeca con dos dedos y le tomó el pulso. Débil. Muy débil. Desesperado, le puso los
dedos en la garganta y localizó unos latidos lentos y lejanos.
Para evitar responder a sus preguntas, Ginger parecía sumirse en un sueño mucho
más profundo que el trance hipnótico, quizá en un estado de coma, en una
inconsciencia donde no pudiera oír su voz exigente. Nunca se había enfrentado a una
reacción como aquella, ni había leído que pudiera ocurrir tal cosa. ¿Era posible que
Ginger estuviese dispuesta a morir para evitar responder a sus preguntas? Los
bloqueos de memoria erigidos alrededor de las experiencias traumáticas no eran
raros; recordaba haber leído en las publicaciones de psicología artículos sobre ese
tipo de barricadas psicológicas, pero eran barreras que podían eliminarse sin que
falleciera el sujeto. No existía ninguna experiencia que una persona prefiriese morir
antes de recordarla. No obstante, mientras Pablo le apretaba los dedos en la garganta,
los latidos se debilitaron y se hicieron más irregulares.
—Ginger, escúcheme —le dijo con apremio—. No tiene por qué responderme. Se
acabaron las preguntas. Regrese. No insistiré más.
Ella parecía estar al borde de un terrible precipicio, dudando.
—¡Ginger, escúcheme! Se acabaron las preguntas. Se lo juro —tras una larga e
inquietante vacilación, detectó una ligera estabilización del pulso—. Ya no me
interesan los guantes negros ni ninguna otra cosa, Ginger. Sólo deseo que vuelva al
presente y salga del trance. ¿Me oye? Por favor, escúcheme. Por favor. Ya he
terminado de hacerle preguntas.
El pulso le dio un salto sorprendente, pero después recuperó un ritmo normal. Su
respiración también se estabilizó. Al hablarle de aquella manera tan tranquilizadora,
ella mejoró. El color volvió a su encantadora cara.
En menos de un minuto, Pablo la hizo regresar al veinticuatro de diciembre y la
despertó.
Ginger parpadeó.
—No dio resultado, ¿verdad? No ha logrado que caiga en trance.
—Sí, estuvo en trance —le contestó temblorosamente—. En un trance demasiado
profundo.
—Pablo, está temblando —dijo—. ¿Por qué tiembla? ¿Qué le ocurre? ¿Qué ha
sucedido?

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Esta vez fue ella a la cocina a servir el brandy.

Más tarde, en la puerta del apartamento de Pablo, cuando Ginger salía a esperar el
taxi que había llamado Pablo, manifestó:
—Aún no se me ocurre lo que pudo ser; desde luego, nada tan terrible que
prefiriese morir antes que revelarlo.
—Hay algo muy traumático en su pasado —aseguró Pablo—. Un incidente con
un hombre que llevaba guantes negros, un hombre que tenía, según usted, «una cara
de cristal oscuro». Quizá un motorista como el que la asustó en State Street. Es un
incidente que mantiene muy oculto… y que parece decidida a seguir ocultando a
cualquier precio. Creo que debería contarle al doctor Gudhausen lo que ha pasado
hoy aquí para que él actúe en consecuencia.
—Gudhausen es demasiado tradicional, demasiado lento. Necesito su ayuda,
Pablo.
—No me arriesgaré a hipnotizarla y a preguntarle de nuevo.
—A menos que investigue y encuentre un caso parecido.
—No es muy probable. Llevo cincuenta años leyendo obras de psicología e
hipnosis y nunca me he encontrado con nada parecido.
—¿Pero va a investigar, no? Me lo prometió.
—Veré lo que puedo hacer.
—Y si averigua que alguien ha descubierto una técnica efectiva para atravesar
bloqueos de memoria como éste, la utilizará conmigo.
Ginger estaba desconcertada, pero también se encontraba considerablemente
menos consternada que cuando entró en el apartamento de Pablo Jackson. Al menos
habían llegado a algún lugar, aunque aún no supieran dónde. Habían hallado el
problema, alguna misteriosa experiencia traumática del pasado, y aunque aún no
conocieran ni un sólo detalle, sabían que existía, era una forma oscura que tenían que
explorar. Con el tiempo, encontrarían algún modo de iluminarla y, cuando eso
ocurriera, Ginger conocería la causa de sus fugas.
—Hable con el doctor Gudhausen —le volvió a decir Pablo.
—He puesto mis esperanzas en usted.
—Es una testaruda —añadió el viejo mago, agitando la cabeza.
—No, perseverante.
—Terca.
—Sólo decidida.
—¡Acharnée!
—Cuando llegue a Baywatch, buscaré esa palabra en el diccionario, y si es un
insulto se arrepentirá cuando vuelva el jueves —bromeó.
—El jueves no —le replicó—. La investigación llevará tiempo. No voy a
hipnotizarla otra vez a menos que encuentre un caso similar y pueda seguir lo

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procedimientos de otro sabiendo que tuvo éxito.
—De acuerdo, pero si no me llama el viernes o el sábado, probablemente vendré
y le echaré la puerta abajo. Recuérdelo, usted es mi única esperanza.
—Sí, su única esperanza… a falta de otra mejor.
—Se menosprecia, Pablo —le besó en la mejilla—. Esperaré su llamada.
—Au revoir.
—Shalom.
Fuera, al entrar en el taxi, recordó uno de los aforismos favoritos de su padre, y,
como un gran peso, contrarrestó su nuevo optimismo: «siempre hay más luz antes del
anochecer».

3. CHICAGO, ILLINOIS

Winton Tolk —el agente de policía alto, jovial y negro— salió del coche patrulla
para comprar tres hamburguesas y Coca Colas en un pequeño bar, dejando a su
compañero, Paul Armes, tras el volante y al padre Brendan Cronin en el asiento
posterior. Brendan echó un vistazo al bar, pero no pudo ver el interior, pues el
ventanal estaba pintado con motivos navideños: Santa Claus, renos, guirnaldas,
ángeles. Había comenzado a caer una ligera nevada, y los partes meteorológicos
predecían un espesor de veinte centímetros para medianoche: sería un blanco día de
Navidad.
Al salir Winton del automóvil; Brendan se inclinó hacia delante y le dijo a Paul
Armes:
—Sí, «A mi manera» no estaba mal, pero ¿qué me dices de «¡Qué bello es
vivir!»? ¡Esa sí que fue una buena película!
—Jimmy Stewart y Donna Reed —dijo Paul.
—¡Vaya reparto! —estaban hablando de grandes películas navideñas, y ahora
Brendan creía haber dado con la mejor—. Lionel Barrymore hacía el papel de tacaño.
También actuaba Gloria Grahame.
—Thomas Mitchell —comentó Paul Armes mientras, fuera, Winton llegaba a la
puerta del establecimiento—. War Bond. ¡Dios, qué reparto! —Winton entró en el bar
—. Pero se olvida de Milagro en la Calle Treinta y Cuatro.
—Esa no era una mala película, pero sigo creyendo que la de Capra era mejor…
Dio la impresión de que los disparos y la sorprendente cascada de cristales se
produjeron en el mismo instante, sin que existiera ni el intervalo de una fracción de
segundo. Incluso con las puertas del coche cerradas, con el ruido de la calefacción y
de las interferencias de la emisora de la policía, los disparos se oyeron lo suficiente
como para que Brendan se callara en mitad de la frase. Al mismo tiempo que las
detonaciones rompieron la calma navideña de la calle, el ventanal pintado del bar
estalló en un torrente brillante. Nuevos disparos siguieron al eco de los primeros,

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acompañados por la música entrecortada y atonal del cristal cayendo en el techo,
capota y maletero del coche patrulla.
—¡Oh, mierda! —Paul Armes se desabrochó la cartuchera y abrió la puerta bajo
una lluvia de cristales—. ¡Agáchate! —le gritó a Brendan al salir arrastrándose y
deslizarse junto al coche, utilizándolo de escudo.
Estupefacto, Brendan miró por la ventanilla de su lado hacia la entrada del
establecimiento. De repente, se abrió la puerta y salieron dos jóvenes, uno negro y
otro blanco. El joven negro llevaba una gorra de lana, un largo chaquetón marinero…
y una escopeta semiautomática con los cañones recortados. El joven blanco, con
chaqueta de tela escocesa, iba armado con un revólver. Salieron corriendo, medio
agachados, y el negro volvió la escopeta hacia el coche patrulla. Brendan miraba
directamente a la boca de los cañones. Vio un fogonazo y estuvo seguro de que lo
habían alcanzado, pero la ventanilla de su lado permaneció intacta. Sin embargo, el
parabrisas delantero estalló hacia dentro, y una lluvia de cristales y munición cayó
sobre los asientos, destrozando el salpicadero. Aquel disparo sacó a Brendan de su
aturdimiento; se tumbó en el asiento y, después, en el suelo. El corazón le latía casi
con tanta fuerza como los disparos.
Winton Tolk había tenido la mala suerte de irrumpir inconscientemente en el
escenario de un robo a mano armada. Probablemente estaba muerto.
Apretado contra el suelo del coche, Brendan oyó gritar a Paul Armes:
—¡Tirad las armas!
Sonaron dos disparos. No eran de escopeta. Eran disparos de revólver. Pero
¿quien había apretado el gatillo? ¿Paul Armes o el tipo de la chaqueta escocesa?
Otro disparo. Alguien gritó.
¿Quién había sido alcanzado? ¿Armes o alguno de los atracadores?
Brendan quería mirar, pero no se atrevía a hacerlo.
Gracias al acuerdo que habían alcanzado el padre Wycazik y el capitán de la
policía del distrito, Brendan llevaba cinco días de observador patrullando con Winton
y Paul. Con traje laico, corbata y abrigo, se suponía que era un asesor contratado por
la Iglesia para estudiar la planificación de programas católicos de caridad de alcance
social, una tapadera que todos parecían aceptar. Winton y Paul patrullaban por los
suburbios, una zona delimitada por Foster Avenue al Norte, los altos edificios de
Lake Shore Drive al Este, Irving Park Road al Sur y North Ashland Avenue al Oeste.
Era la zona más pobre y con mayor índice de delincuencia de Chicago, el hogar de
negros e indios, pero principalmente de las minorías étnicas de los apalaches e
hispanos. Tras cinco días con Winton y Paul, Brendan les había tomado afecto a los
dos hombres y a todas las almas honestas que vivían y trabajaban en aquellos
edificios ruinosos y aquellas calles inmundas… y que eran víctimas de las hordas de
chacales humanos que los rodeaban. Había aprendido a esperar cualquier cosa
patrullando con aquellos hombres, pero aquel tiroteo era el peor incidente que había
presenciado.

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Otro disparo de escopeta alcanzó el coche y lo meció.
Brendan se hizo un ovillo en el suelo y trató de rezar, pero no le salían las
palabras. Seguía sin encontrar a Dios y se acobardó en su terrible soledad.
Fuera, Paul Armes gritó:
—¡Ríndete!
—¡Jódete! —le contestó el delincuente.
Cuando se presentó al padre Wycazik, tras una semana en St. Joseph, lo envió a
otro hospital, donde le dieron un trabajo en la sala de enfermos terminales, un lugar
horrible donde no había niños. Allí, como en St. Joseph, Brendan comprendió pronto
la lección que el padre Wycazik quería que aprendiese. Para la mayoría de los que se
encontraban al final de sus vidas, la muerte no era algo de temer, sino de agradecer,
una bendición por la que alababan a Dios en lugar de maldecirlo. Al morir, muchos
de los ateos se convertían. Con frecuencia, había algo noble y profundamente
conmovedor en el sufrimiento que acompañaba a las personas a la muerte, como si
compartieran durante un tiempo la carga mística de la cruz.
No obstante, aprendida aquella lección, Brendan seguía sin hallar la fe. Ahora, los
feroces latidos de su corazón golpeaban las palabras de la oración antes de poder
pronunciarlas, hasta convertirlas en un polvo que le secaba la boca.
Fuera, se oyeron gritos, pero ya no entendía lo que decían, acaso porque las
palabras eran incoherentes o, quizá, porque se encontraba medio sordo por los
disparos.
Aún no había entendido totalmente la lección que el padre Wycazik quería que
aprendiera en aquella fase de los suburbios de su terapia informal. Y ahora, al oír el
caos de fuera, supo que la lección, independientemente de su naturaleza, sería
insuficiente para convencerle de que Dios era tan real como las balas. La muerte era
una apestosa, jodida y asquerosa realidad, y, frente a ella, la promesa de una vida en
el más allá no era nada persuasiva.
Se produjeron más disparos, seguidos del estampido de la escopeta
semiautomática, unos gritos y el plap-plap-plap de unos pies corriendo. Parecía una
guerra. Otro estampido. Más cristales destrozados. Otro grito, más horrible que el
primero. Otro disparo más. Silencio. Silencio total.
La puerta del conductor se abrió bruscamente.
Brendan lanzó una exclamación de sorpresa y terror.
—¡Agáchate! —le dijo Paul Armes tras tumbarse en el asiento delantero—. Dos
muertos, pero puede haber más mierdas dentro.
—¿Dónde está Winton? —preguntó Brendan.
Paul no le respondió, sino que cogió el micrófono de la radio y llamó a la Central.
—Agente herido. ¡Agente herido! —Armes informó del suceso, dio la dirección
del bar y pidió ayuda.
Tumbado en la parte trasera del coche patrulla, Brendan cerró los ojos y vio, con
sorprendente claridad, las fotografías que Winton Tolk llevaba en la cartera y que

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mostraba con orgullo cuando le preguntaban por su familia…, fotografías de su
mujer, Raynella, y de sus tres hijos.
—Jodidos bastardos de mierda —dijo Paul Armes con voz temblorosa.
Brendan oyó unos chasquidos metálicos que le desconcertaron, hasta que advirtió
que Armes cargaba el arma de nuevo.
—¿Han alcanzado a Winton?
—Puedes apostar cualquier cosa.
—Quizá necesite ayuda.
—Viene de camino.
—Pero quizá la necesite ahora —manifestó Brendan.
—No podemos entrar. Puede haber otro tipo dentro. O dos más, ¿quién sabe?
Tenemos que esperar a que vengan refuerzos.
—Quizá Winton necesite que le hagan un torniquete… u otra cosa. Puede haber
muerto para cuando lleguen los refuerzos.
—¿Crees que no lo sé? —replicó Paul Armes con furia y amargura. Terminó de
cargar el arma y se deslizó fuera del coche para situarse en una posición desde donde
vigilar el establecimiento.
Cuanto más pensaba Brendan que Winton Tolk estaba allí dentro, tirado en el
suelo, más se enfadaba. Si aún creyese en Dios, podría haber desahogado su cólera
con una oración. Pero la indignación se cebaba en sí misma y creció hasta convertirse
en una intensa ira. El corazón le latía con más fuerza que cuando los disparos
alcanzaron el coche a sólo unos centímetros de su cabeza. La injusticia del destino de
Winton —la iniquidad, la ilegitimidad— era como un ácido que corroía a Brendan.
Salió del coche y caminó por la acera, bajo la nieve, hacia la puerta del bar.
—¡Brendan! —gritó Paul Armes desde una esquina del coche patrulla—. ¡Ven
aquí! ¡Por el amor de Dios, no lo hagas!
Brendan siguió caminando movido por la ira y por el pensamiento de que quizá
Winton Tolk necesitara cuidados de primeros auxilios para sobrevivir.
Un hombre muerto con chaqueta escocesa estaba tumbado en la acera. Un disparo
del revólver de Armes le había alcanzado en el pecho, un segundo disparo en la
garganta. Olía a entrañas abiertas. En la nieve junto al cadáver había una pistola,
quizá la misma con la que le habían disparado a Winton Tolk.
—¡Cronin! —gritó Paul Armes—. ¡Mueve el culo hacia aquí, idiota!
Al pasar junto al ventanal destrozado, Brendan pudo ver el interior, que estaba
sorprendentemente oscuro. Las luces habían sido alcanzadas por las balas o apagadas
por alguien, y la grisácea luz del día penetraba sólo medio metro en el interior. No
veía a nadie, pero eso no quería decir que fuese seguro entrar.
—¡Cronin! —gritó Paul Armes.
Brendan llegó a la entrada, donde encontró al negro del chaquetón marinero.
Había sido alcanzado por los disparos, que también habían destrozado la puerta de
cristal; estaba encogido entre un millar de fragmentos brillantes.

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Pasando por encima del cadáver, Brendan entró en el bar. No llevaba su
alzacuello, que quizá podría haberle servido de protección. Aunque, probablemente,
los degenerados como aquellos matarían a un sacerdote sin pensárselo más que si
fuera un agente de policía. Con el traje, la corbata y el abrigo, era tan normal y
vulnerable como cualquier hombre, pero no le importaba. Estaba furioso porque Dios
no existía, y si existía, no le importaba aquello.
Al fondo del pequeño establecimiento había un mostrador; tras el mostrador, una
parrilla y otros utensilios. A este lado del mostrador había cinco mesas pequeñas y
diez sillas, la mayor parte volcadas. En el suelo se veían un par de servilleteros,
botellas de tomate ketchup y de mostaza, billetes de uno y de cinco dólares, mucha
sangre… y a Winton Tolk. Sin preocuparse de mirar las mesas volcadas para
comprobar que ningún delincuente se ocultaba tras ellas, Brendan se acercó al agente
y se arrodilló junto a él. Winton había recibido dos disparos en el pecho. No eran
disparos de escopeta. Probablemente eran del revólver del otro atracador. Las heridas
tenían muy mal aspecto, eran demasiado graves para controlarlas con un simple
torniquete o con las técnicas de primeros auxilios. Tenía el pecho empapado de
sangre, que también le brotaba de la boca. El charco de sangre que se había formado
bajo su cuerpo era tan espeso que parecía flotar en él. Tenía los ojos cerrados; estaba
inconsciente o muerto.
—¿Winton? —dijo Brendan.
El policía no respondió. Sus párpados no se movieron.
Invadido por una ira parecida a la que le había hecho arrojar el cáliz contra la
pared durante la misa, Brendan Cronin le puso las manos en el cuello, una a cada
lado, buscándole el pulso en las carótidas. No detectaba vida, en su mente vio de
nuevo las fotografías de Raynella Tolk y de sus hijos, y ahora hervía de resentimiento
ante la indiferencia del universo.
—No puede morir —dijo con ira—. No puede. —De repente, le pareció que
sentía un pulso débil, tan débil que prácticamente era inexistente. Movió las manos,
buscando la confirmación de que Tolk vivía. La halló: un pulso menos débil que
aquellos primeros latidos fantasmales, aunque no menos irregulares.
—¿Está muerto?
Brendan alzó la mirada y vio que un hombre salía tras el mostrador, un hispano
con delantal blanco, el propietario o algún empleado. Una mujer, también con
delantal blanco, asomó la cabeza por encima del mostrador.
Fuera, las distantes sirenas se acercaban.
Bajo las manos de Brendan, daba la impresión de que el pulso de Winton Tolk se
hacía más fuerte y regular, algo que parecía imposible. Antes de que llegaran los
enfermeros con el instrumental de primeros auxilios, sus constantes vitales se
deteriorarían irremisiblemente, e incluso el cuidado de médicos expertos no
estabilizaría su estado.
Las sirenas no se encontraban a más de dos manzanas.

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Los copos de nieve entraban por las ventanas rotas.
Los empleados del establecimiento se acercaron.
Mudo de asombro, en un arrebato de ira por la caprichosa brutalidad del destino,
Brendan desplazó las manos del cuello de Winton a las heridas del pecho. Cuando vio
que la sangre brotaba entre sus dedos, la ira cedió ante la inutilidad y la impotencia, y
rompió a llorar.
Winton Tolk se atragantó. Tosió. Abrió los ojos. Al respirar, el aire silbaba
débilmente en la garganta; se le escapó un gemido.
Asombrado, Brendan le volvió a tocar la garganta buscándole el pulso. Era débil,
pero decididamente no tan débil como antes, y casi uniforme.
Levantando la voz por encima del agudo sonido de las sirenas, tan cerca que
hacían temblar el aire, Brendan dijo:
—¿Winton? Winton, ¿me oyes?
El policía no parecía reconocer a Brendan… ni saber dónde se encontraba. Se
atragantó y volvió a toser con más fuerza que antes.
Brendan, rápidamente, le levantó la cabeza unos centímetros y se la volvió a un
lado para que pudiera escupir la sangre y la saliva con más facilidad. Inmediatamente,
la respiración del herido mejoró, aunque continuaba siendo ruidosa: cada inhalación
le suponía un terrible esfuerzo. Aún seguía en un estado crítico, necesitaba
desesperadamente atención médica, pero estaba vivo.
Vivo.
Increíble. Toda aquella sangre y aún seguía vivo, aguantando.
Fuera, tres sirenas callaron una tras otra. Brendan le gritó a Paul Armes. Excitado
por la posibilidad de que Winton aún pudiera salvarse, pero también temeroso de que
la ayuda médica llegase sólo unos segundos tarde, miró a los empleados y les gritó:
—¡Salgan! Díganle que venga. Díganle que vive. ¡Llamen a los enfermeros,
maldita sea!
El hombre del delantal vaciló, después se dirigió hacia la puerta.
Winton Tolk escupió saliva sangrienta y, finalmente, respiró desahogadamente.
Brendan le volvió a apoyar cuidadosamente la cabeza en el suelo. El policía siguió
respirando con lentitud y dificultad, pero acompasadamente.
En el exterior, se oyeron gritos, puertas de coches cerrándose y pisadas de alguien
que corría hacía el bar.
Las manos de Brendan estaban empapadas de sangre de Winton Tolk.
Inconscientemente, se las limpió en el abrigo… y fue entonces cuando advirtió que
los anillos habían vuelto a aparecer en sus manos por primera vez después de dos
semanas. Uno en cada palma. Unas líneas gemelas de tejido inflamado e irritado.
Los policías y los enfermeros se precipitaron al interior, saltando sobre el muerto
del chaquetón marinero, y Brendan se quitó de en medio precipitadamente.
Retrocedió hasta dar contra el mostrador, donde se apoyó con un repentino cansancio,
mirándose las manos.

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En los días siguientes a la aparición de los círculos, había utilizado la cortisona
que le recetó el doctor Heeton en St. Joseph, pero como no reaparecieron, pronto dejó
de aplicarse la loción. Casi se había olvidado de aquellas marcas. Las consideraba
algo curioso…, sorprendente, pero sin importancia. Ahora, al mirarse las misteriosos
marcas, oyó las voces de los que estaban a su alrededor, apagadas y extrañas:
—¡Dios, cuánta sangre!
—No puede estar vivo…, dos disparos en el pecho.
—¡Quítese de en medio, mierda!
—¡Plasma!
—Averigua el grupo sanguíneo. ¡No! Espera… hazlo en la ambulancia.
Finalmente, Brendan contempló la multitud que rodeaba a Winton Tolk. Miró a
los enfermeros mientras trabajaban para mantener con vida al herido, lo tumbaban en
una camilla y lo sacaban del bar.
Vio a un agente que maldecía mientras retiraba el cadáver de la entrada para que
los enfermeros pudieran sacar a Tolk.
Observó a Paul Armes caminando junto a la camilla.
Contempló cómo que la sangre en el suelo no formaba simplemente un charco,
sino un lago.
Se volvió a mirar las manos. Los círculos habían desaparecido.

4. LAS VEGAS, NEVADA

El tejano de pantalones amarillos de poliéster no habría tratado de convencer a


Jorja Monatella de que se acostara con él, si hubiese sabido que ella estaba de tan mal
humor que no le importaría castrar a cualquiera.
Aunque era la tarde del 24 de diciembre, Jorja aún no sentía el espíritu navideño.
Normalmente de buen temperamento y de trato fácil, se encontraba en un pésimo
estado de ánimo mientras iba y venía por el casino, del bar a las mesas de blackjack,
sirviendo bebidas a los jugadores.
Y era por un motivo: odiaba su trabajo. Servir las mesas ya resultaba cansado en
bares o restaurantes normales, pero en el casino de un hotel, mayor que un campo de
fútbol, era criminal. Al final de la jornada, le dolían los pies y, a menudo, se le
hinchaban los tobillos. El horario también era irregular. ¿Cómo se podía darle un
hogar a una niña de siete años cuando no se disfrutaba de un horario normal?
También odiaba el uniforme: una cosita roja de nada, muy ceñida en la cadera y
muy baja en el busto, más pequeña que un bañador. Llevaba un corsé elástico que
estrechaba la cintura y aumentaba el pecho. Y si ya se tenía la cintura estrecha y el
busto prominente —como Jorja—, el uniforme te hacía parecer casi estrafalariamente
erótica.
Y odiaba la forma en que los jefes de sala y los empleados del casino la acosaban.

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Quizá pensaran que cualquier chica que se pavoneara con aquel atuendo era una presa
fácil.
Estaba convencida de que su nombre también tenía algo que ver con aquella
actitud: Jorja. Era llamativo. Demasiado llamativo. Su madre debió estar borracha al
ocurrírsele semejante variación de Georgia. Cuando la gente lo oía, no sucedía nada
porque, al pronunciarse igual, no tenían idea de cómo se escribía, pero ahora llevaba
el nombre en el traje —JORJA— y, al cabo del día, al menos una docena de personas
le hacían algún comentario sobre su nombre. Era un nombre frívolo, tal y como se
escribía, y a los hombres les daba la impresión de que también ella era frívola. Había
pensado en cambiarse legalmente el nombre, pero ello molestaría a su madre. No
obstante, si los tipos del casino continuaban acosándola de aquella manera, no tendría
ningún inconveniente en cambiárselo por el de Madre Teresa, lo que podría
desanimar a algunos de aquellos cornudos bastardos.
Lo peor no era darles el esquinazo a los jefes. Todas las semanas, un jugador de
los que apostaban fuerte —algún pez gordo de Detroit, Los Ángeles o Dallas, que
despilfarraba un fajo de billetes en las mesas—, se encaprichaba de Jorja y le pedía al
encargado que arreglara una cita con ella. Algunas camareras, no muchas, estaban
disponibles… Pero cuando los encargados se lo decían a Jorja, la respuesta era
siempre la misma: «Que se vayan al infierno. Soy una camarera, no una prostituta».
Su fría y rutinaria negativa no evitaba nuevas tentativas, la última de las cuales se
había producido una hora antes. Un magnate del petróleo, un tipo de Houston de cara
verrugosa y ojos saltones —con pantalones de un amarillo fosforescente, camisa azul
y corbata roja de lazo—, uno de los mejores clientes del hotel, le echó el ojo y
preguntó por ella. Su aliento apestaba a los burritos que había comido en el almuerzo.
Ahora, los jefes estaban irritados con ella por rechazar a un cliente tan importante,
por ser tan quisquillosa. Rainy Tarnell, el encargado de la mesa de blackjack en el
turno de día, tuvo la desfachatez de decirlo así —«encanto, no seas tan
quisquillosa»—, como si tumbarse y abrirse de piernas ante un desconocido de
Houston fuese parecido a los caprichos de la moda, como ponerse zapatos blancos
antes del día de los Caídos o después del día del Trabajo.
Aunque odiaba su trabajo de camarera en el casino, no podía dejarlo. En ningún
otro trabajo ganaba tanto. Era una mujer divorciada que mantenía a su hija sin
pensión alguna y, para conservar su solvencia, seguía pagando las facturas de lo que
Alan compró a su nombre antes de abandonarla, así que sabía lo que valía un dólar.
El sueldo era bajo, pero las propinas eran excelentes, especialmente cuando algún
cliente ganaba grandes sumas de dinero a las cartas o a los dados.
El día antes de Navidad el casino estaba a un tercio de su capacidad, y las
propinas eran malas. Durante los días de Acción de Gracias y de Navidad el bullicio
decrecía en Las Vegas, y la muchedumbre no regresaba hasta el 26 de diciembre. Las
campanas, las sirenas y el traqueteo de las máquinas tragaperras habían enmudecido.
Muchos de los encargados de las mesas de blackjack se encontraban de pie frente a

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las mesas vacías, aburridos.
«No me extraña que esté de mal humor —pensó Jorja—. Pies doloridos, dolor de
espalda, un desgraciado cornudo que supone que podría comprarme como las bebidas
que sirvo, una discusión con Rainy Tarnell y ninguna propina».
A las cuatro, cuando acabó su turno, se dirigió a los vestuarios, en el sótano,
marcó la salida en el reloj registrador y fue al aparcamiento de los empleados a una
velocidad que honraría a cualquier atleta olímpica.
El impredecible clima del desierto no contribuyó a fomentar en ella el espíritu
navideño. Un día invernal en Las Vegas podía ser frío, con un viento que helaba los
huesos, o tan caluroso como para vestir pantalones cortos y blusa. En aquellas fiestas
el tiempo era cálido.
El polvoriento y desvencijado Chevette arrancó al tercer intento, lo que debería
haber mejorado su humor. Pero al escuchar el chirrido del motor de arranque y el
carraspeo del tubo de escape, recordó el nuevo Buick que Alan se llevó quince meses
antes, cuando las abandonó a ella y a Marcie.
Alan Rykoff. Más que su trabajo, más que cualquier otra cosa, Alan era la causa
del malhumor de Jorja. Ella, rechazó su apellido cuando se separaron y volvió a
adoptar el de soltera, Monatella, pero no podía olvidar tan fácilmente el dolor que
sufrieron ella y Marcie.
Mientras salía del aparcamiento, Jorja intentó apartar a Alan de sus pensamientos,
aunque, sin embargo, continuaron centrados en él. El bastardo. Se marchó a Acapulco
con su última pareja, una rubia idiota con el impropio nombre de Pepper, sin
preocuparse siquiera de dejarle un regalo de Navidad a Marcie. ¿Qué se le podía decir
a una niña de siete años cuando preguntaba por qué su padre no le regalaba nada por
Navidad ni iba a verla?
Aunque Alan dejó a Jorja cargada de facturas, ella no quiso aceptar la pensión
porque lo odiaba tanto que no quería depender de él. No obstante, sí le pidió una
ayuda de manutención para la niña, ayuda que él denegó al alegar que no era suya y
que, por tanto, no podía responsabilizarse de ella. Al diablo con él. Se casaron cuando
Jorja tenía diecinueve años y Alan veinticuatro, y ella nunca le fue infiel. Alan sabía
que Jorja no había jugado sucio, pero aquel estilo de vida —necesitaba mucho dinero
para ropa, automóviles deportivos y mujeres— era más importante para él que la
reputación de su mujer o la felicidad de su hija. Para evitarle a Marcie la humillación
y el dolor, Jorja eximió a Alan de toda responsabilidad antes de que él declarara sus
falsas acusaciones ante un tribunal.
Así había acabado con él. Podía olvidarlo.
Pero, mientras circulaba frente al centro comercial de la intersección entre
Maryland Parkway y Desert Inn Road, Jorja pensó en lo joven que se había unido a
Alan, demasiado joven para el matrimonio y demasiado ingenua para ver tras las
apariencias. Con diecinueve años, lo consideraba muy sofisticado y atractivo.
Durante más de un año, el matrimonio pareció feliz, pero gradualmente ella comenzó

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a verlo como era en realidad: superficial, presumido, perezoso y asombrosamente
libertino.
El verano anterior, cuando el matrimonio estaba a punto de fracasar, intentó
salvarlo convenciendo a Alan de que debían tomarse unas vacaciones de tres semanas
cuidadosamente planeadas. Creía que parte del problema consistía en que pasaban
muy poco tiempo juntos. Él era croupier de bacarrá en un hotel, ella trabajaba en
otro, y con frecuencia tenían turnos diferentes y dormían a distintas horas. Un
entretenido viaje en automóvil con Marcie parecía una buena forma de arreglar la
deteriorada relación.
Desafortunada y predeciblemente, su plan no tuvo éxito. Tras las vacaciones, de
vuelta en Las Vegas, Alan salía con más mujeres que antes. Parecía decidido
—obsesionado— en perseguir todo lo que tuviese faldas. De hecho, fue como si el
viaje en automóvil le hubiese dado el espaldarazo definitivo, pues la cantidad y la
intensidad de sus escapadas nocturnas alcanzaron un obsesionado frenesí, una
desesperación aterradora. Tres meses después, las abandonó.
Lo único bueno del viaje fue el breve encuentro con la joven doctora que, según
dijo, viajaba desde Stanford a Boston en las primeras vacaciones de su vida. Jorja aún
recordaba el nombre de la mujer: Ginger Weiss. Aunque sólo se vieron una vez, y
durante poco más de una hora, Ginger Weiss había cambiado, sin saberlo, la vida de
Jorja. La doctora era tan joven —tan esbelta, atractiva, femenina— que le resultó
difícil creer que realmente fuese médica, aunque mostraba una seguridad y una
competencia poco comunes. Profundamente impresionada por Ginger Weiss durante
aquel encuentro, Jorja se sintió motivada por el ejemplo de la doctora. Siempre se
consideró una camarera, incapaz de hacer algo más estimulante pero, cuando se
marchó Alan, recordó a la doctora Weiss y decidió exigirse más de lo que había
creído posible.
En los últimos doce meses, Jorja realizó cursos de administración de empresas en
la Universidad de Las Vegas, integrándolos en un horario ya apretado. Cuando
terminase de pagar las facturas que Alan le había dejado, ahorraría para abrir su
propio negocio, una tienda de modas. Había estudiado todos los detalles del plan,
revisándolos y perfeccionándolos hasta que fue un plan realista, y supo que lo
lograría.
Era una pena no haber tenido la oportunidad de podérselo agradecer a Ginger
Weiss. Naturalmente, no era el favor que le pudo haber hecho la doctora Weiss lo que
más afectó a Jorja; no fue tanto lo que había hecho como lo que era. En fin, a los
veintisiete años, Jorja tenía ante sí un futuro más excitante.
Dejó Inn Road y llegó a Pawnee Drive, una calle de cómodas casas situada tras
Boulevard Mall. Se detuvo frente a la casa de Kara Persaghian y salió del coche. La
puerta principal se abrió antes de que llegara a ella y Marcie salió corriendo y se
lanzó a sus brazos gritando alegremente.
—¡Mamá! ¡Mamá!

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Al fin, Jorja pudo olvidarse del trabajo, del tejano, de la discusión con el
encargado y del desastroso estado del Chevette. Se agachó y abrazó a su hija. Cuando
nada lograba alegrarla, podía contar con Marcie.
—Mamá —dijo la niña—, ¿te lo has pasado bien?
—Sí, encanto. Hueles a mantequilla de cacahuete.
—¡Son galletas! ¡Tía Kara me ha hecho galletas de mantequilla de cacahuete! Yo
también me lo he pasado bien. Mamá, ¿sabes por qué los elefantes vinieron…,
ummm, por qué vinieron de Africa a vivir aquí? —Marcie se rió—. Porque aquí hay
orquestas y a los elefantes les encanta bailar —Marcie volvió a reírse—. Qué
tontería, ¿verdad?
Aunque era consciente de la parcialidad maternal, Jorja sabía que Marcie era una
niña adorable. Tenía el pelo castaño, un castaño tan oscuro que era prácticamente
negro, y la piel morena de su madre. Los ojos contrastaban llamativamente con el
resto de su cuerpo, no eran castaños como los de su madre, sino azules como de los
de su padre. Tenía un inconfundible aire de niña traviesa.
Marcie abrió exageradamente sus grandes ojos.
—Mamá, ¿sabes qué día es hoy?
—Claro que sí. Es casi Nochebuena.
—Lo será en cuanto oscurezca. Tía Kara nos va a dar galletas para que nos las
llevemos a casa. ¿Sabes?, Santa Claus ya ha salido del Polo Norte y ha empezado a
bajar por las chimeneas, pero en otras partes del mundo, claro, donde es de noche, no
en las chimeneas de aquí. Tía Kara dice que este año me he portado tan mal que
Santa Claus sólo me traerá una bolsa de carbón, pero bromea. ¿Verdad que bromea,
mamá?
—Sí, es una broma —confirmó Jorja.
—Oh, no. ¡No es ninguna broma! —dijo Kara Persaghian. Apareció en la puerta
y salió al camino de entrada. Era una mujer entrada en años, vestida con traje de casa
y delantal—. Una bolsa de carbón… y quizá todo un saco lleno.
Marcie se rió otra vez.
Kara no era tía de Marcie, sino simplemente quien cuidaba de ella cuando salía
del colegio. Marcie la llamaba «tía Kara», y ella estaba encantada con aquel título
honorífico otorgado con afecto. Kara llevaba la chaqueta de Marcie, un gran libro de
colorear con un cartel de Santa Claus, en el que trabajaban desde hacía días, y un
plato de galletas. Jorja le dio el libro y la chaqueta a Marcie, aceptó las galletas con
una expresión de gratitud y algunos comentarios sobre la dieta, y finalmente Kara le
dijo:
—Jorja, ¿podríamos hablar un momento a solas?
—Desde luego —Jorja mandó a Marcie que llevara las galletas al coche y se
volvió hacia Kara con expresión interrogadora—. Es sobre… Marcie. ¿Qué ha
hecho?
—Oh, nada malo. Es un ángel. No se portaría mal aunque quisiera. Pero hoy… en

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fin, estaba contándome que lo que más le gustaría que le regalasen por Navidad es
ese juego de la Pequeña Doctora…
—Es la primera vez que insiste en que le compre un juego —dijo Jorja—. No sé
por qué está tan obsesionada con él.
—Habla de ese juego todos los días. ¿Se lo vas a comprar?
Jorja miró hacia el Chevette y comprobó que Marcie no la oiría, después sonrió.
—Sí, Santa Claus lo trae en el saco.
—Bien. Se llevaría un disgusto si no se lo regalaras. Pero lo más extraño ha
ocurrido hoy, y me ha hecho pensar si no habría estado alguna vez enferma de
gravedad.
—¿Enferma de gravedad? No. Tiene una salud excelente.
—¿Nunca ha estado en el hospital?
—No. ¿Por qué?
Kara frunció el ceño.
—Bueno, hoy empezó a hablar del juego de la Pequeña Doctora, y me dijo que de
mayor quería ser médica para poder cuidar de sí misma cuando estuviera enferma.
Dijo que no quería que la volviesen a tocar los médicos porque una vez le hicieron
mucho daño. Le pregunté por qué decía eso. Se quedó callada un momento, y yo
pensé que no me contestaría. Finalmente, con una voz muy tétrica, me respondió que
los médicos la habían atado una vez a la cama del hospital para que no se marchara,
que le clavaron muchas jeringuillas, le pusieron luces en los ojos y le hicieron
muchas otras cosas horribles, y añadió que le hicieron tanto daño que estudiaría
medicina para tratarse ella misma de aquí en adelante.
—¿De veras? Bueno, nada de eso es cierto —dijo Jorja—. No sé por qué se habrá
inventado esa historia. Es extraño.
—Oh, eso no es lo más sorprendente. Cuando me contó todo aquello, me
preocupé. Me extrañaba que no me lo hubieses comentado. Quiero decir que, si
hubiese estado gravemente enferma alguna vez, me lo deberías haber dicho por si
sufría una recaída. De modo que le pregunté de pasada, como se les habla a los niños
cuando se quiere que hagan algo, y de repente la pobrecita se echó a llorar.
Estábamos en la cocina haciendo las galletas, y ella comenzó a llorar… y a temblar.
Temblaba como un flan. Intenté calmarla, pero sólo logré que llorase con más fuerza.
Luego se apartó de mí corriendo. La encontré en la sala, en un rincón tras el gran
sillón reclinable verde, encogida como si se escondiera de alguien.
—¡Dios mío! —exclamó Jorja.
—Tardé al menos cinco minutos en conseguir que dejase de llorar y otros diez en
convencerla de que saliera de su escondite. Me hizo prometerle que, si venían
aquellos médicos otra vez, la escondería tras el sillón y no les diría dónde estaba. De
verdad, Jorja, estaba fuera de sí.

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En el camino a casa, Jorja le dijo a Marcie:
—Vaya historia que le has contado a Kara.
—¿Qué historia?
—La historia de los médicos.
—Oh.
—¿Conque atada a la cama, eh? ¿De dónde has sacado eso?
—Es verdad —contestó Marcie.
—No lo es.
—Sí que lo es —su voz era apenas un susurro.
—Sólo estuviste en el hospital cuando naciste, y estoy segura de que no lo
recuerdas —Jorja suspiró—. Hace unos meses que tuvimos una charla sobre las
mentiras. ¿Recuerdas lo que le ocurrió al pato Danny cuando mintió?
—Que el hada buena no le dejó ir a la fiesta de la marmota.
—Exacto.
—No se debe mentir —dijo Marcie en voz baja—. A nadie le gustan las
mentirosas… y menos a las marmotas y a las ardillas.
Desarmada, Jorja intentó contener una carcajada y luchó por conservar el tono
severo de su voz.
—A nadie le gustan los mentirosos.
Se detuvieron ante un semáforo en rojo, pero Marcie mantuvo la mirada al frente,
evitando volverla hacia Jorja.
—Está muy mal mentirle a papá y a mamá —añadió la niña.
—O a cualquiera que cuide de ti. Inventarte historias para asustar a Kara es igual
que mentir.
—No quería asustarla —replicó Marcie.
—Entonces querías que le diese pena. Jamás estuviste en ningún hospital.
—Sí que estuve.
—¿Ah, sí? —Marcie asintió vigorosamente, y Jorja preguntó—: ¿Cuándo?
—No recuerdo cuándo.
—¿De modo que no lo recuerdas?
—Me parece que no.
—Creo que no es suficiente. ¿Dónde está ese hospital?
—No estoy segura. Unas veces… me acuerdo mejor que otras. En ocasiones no
recuerdo nada, otras mucho, y entonces me… asusto.
—Y ahora no lo recuerdas bien, ¿eh?
—No. Pero hoy recordé muchas cosas… y me asusté.
El semáforo cambió, y Jorja condujo en silencio, preguntándose cuál sería el
mejor modo de resolver la situación. No tenía idea de cómo interpretarla. Era una
estupidez creer que se entendía a los hijos. Marcie solía sorprender a Jorja con

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acciones, comentarios, ideas luminosas, momentos de silencio y preguntas que no
parecían provenir de ella, sino de algún libro secreto de conducta sorprendente
conocido por todos los niños y por ningún adulto, alguna obra cósmica titulada Cómo
llevar de cabeza a papá y mamá.
Como si acabara de hojear aquel libro, Marcie dijo:
—¿Por qué eran deformes todos los hijos de Santa Claus?
—¿Qué?
—Bueno, verás, Santa Claus y su mujer tuvieron muchos hijos, pero todos fueron
duendes.
—Los duendes no son sus hijos. Trabajan para él.
—¿De verdad? ¿Cuánto les paga?
—No les paga nada, cariño.
—¿Entonces cómo compran la comida?
—No tienen que comprar nada. Santa Claus les da todo lo que necesitan. —
Aquella sería la última Navidad que Marcie creería en Santa Claus; casi todas sus
compañeras de clase ya dudaban de su existencia. Recientemente, Marcie le había
hecho preguntas parecidas. Jorja lamentaría que desapareciera la fantasía y se
perdiera la magia—. Los duendes forman parte de su familia, encanto, y trabajan
simplemente porque les gusta.
—¿Quieres decir que los ha adoptado? ¿Entonces Santa Claus no tiene hijos
propios? ¡Qué pena!
—No es ninguna pena, porque le quieren todos los duendes.
«¡Dios, cómo quiero a mi hija! —pensó Jorja—. Gracias, Dios mío. Gracias por
darme esta hija, aunque tuviese que quedarme siempre con Alan para estar junto a
ella. No hay mal que por bien no venga».
Entró en el camino que rodeaba el edificio de apartamentos «Los Huevos» y
aparcó el Chevette en el cuarto cobertizo. «Los Huevos». Tras vivir cinco años en
aquel lugar, seguía sin entender cómo se le habría ocurrido a alguien llamar a un
edificio de apartamentos «Los Huevos».
En cuanto se detuvo el coche, Marcie salió con el libro de colorear y el plato de
galletas, y corrió por el camino de entrada. La niña había cambiado con habilidad el
tema de conversación hasta llegar a casa y poder escapar de los confines del coche.
Jorja se preguntó si debía insistir más adelante. Era Nochebuena y no deseaba
estropearla. Marcie era una niña buena, mejor que la mayoría, y esa historia de que
los médicos le hacían daño era una ocurrencia muy extraña. Jorja le dejó claro que no
aceptaba mentiras, y Marcie lo entendió, aunque insistiera algo en su fantasía médica.
El repentino cambio de tema sería, probablemente, su forma de admitir su error. Fue
un desliz. No ganaría nada insistiendo, especialmente si corría el riesgo de estropear
la Navidad.
Jorja estaba segura de que no volvería a oír hablar de aquello.

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5. LAGUNA BEACH, CALIFORNIA

Por la tarde, Dominick Corvaisis debió leer la nota mecanografiada un centenar


de veces:
El sonámbulo haría bien en buscar
la causa de su problema en el pasado.
Ahí es donde se esconde el secreto.

Además de la ausencia de firma y remite, el matasellos había sido estampado dos


veces y estaba borroso, por lo que no pudo determinar si le enviaron la carta desde
Laguna Beach o desde otro lugar.
Tras pagar y salir de The Cottage, se sentó en el coche, la copia de Crepúsculo en
Babilonia olvidada en el asiento de al lado, y leyó la nota media docena de veces. Se
puso tan nervioso que sacó dos píldoras de Valium del bolsillo de la chaqueta y casi
se tragó una sin agua. Pero al llevársela a la boca vaciló. Para examinar las
implicaciones de la nota, necesitaba tener la cabeza despejada. Por primera vez en
varias semanas, se negó el escape químico a sus preocupaciones; devolvió el Valium
al bolsillo.
Fue a South Coast Plaza, un gran centro comercial en Costa Mesa, a comprar
unos regalos de última hora. En cada tienda que visitaba, mientras esperaba a que los
dependientes le envolvieran los regalos, cogía el curioso mensaje y lo leía una y otra
vez.
Durante un rato se preguntó si no habría sido Parker quien le había enviado la
nota, si no lo habría hecho para sorprenderlo, intrigarlo y hacerle salir de aquella
somnolencia producida por las medicinas. Parker sería capaz de practicar aquella
psicoterapia de aficionado tan teatral. Pero, finalmente, Dom desechó la idea. Las
tácticas maquiavélicas no correspondían a la personalidad del pintor. De hecho,
Parker era quizá demasiado directo.
Parker no era el autor de la nota, pero, sin duda, sus especulaciones sobre quién
podría estar detrás serían originales. Juntos, podrían aclarar hasta qué punto
cambiaban las cosas con la recepción de la carta y cómo deberían actuar.
Más tarde, en Laguna, cuando Dom se encontraba a menos de una manzana de la
casa de Parker, le sobrecogió una posibilidad profundamente turbadora que no había
considerado. Aquella nueva idea le desconcertó tanto que acercó el Firebird al
bordillo de la acera y se detuvo. Sacó la nota del bolsillo, la leyó de nuevo, palpó la
hoja. Sintió un escalofrío. Se miró los ojos en el espejo retrovisor y no le gustó lo que
vio.
¿No la habría escrito él mismo?
Podía haberla escrito en el procesador de textos durante un episodio de
sonambulismo, haberla depositado en un buzón, haber regresado a casa y haberse
vuelto a poner el pijama sin despertarse. Imposible. ¿No? Si había hecho tal cosa, su

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desequilibrio mental era más grave de lo que pensaba.
Tenía las manos pegajosas. Se las limpió en los pantalones.
Sólo tres personas en el mundo conocían su sonambulismo: él mismo, Parker
Faine y el doctor Cobletz. Ya había eliminado a Parker. El doctor Cobletz, desde
luego, no tenía nada que ver con la nota. De forma que, si él mismo no lo había
hecho, ¿quién habría sido?
Cuando volvió a ponerse en camino, no continuó hasta casa de Parker, sino que se
dirigió a la suya.
Diez minutos más tarde, en el estudio, sacó la nota, ya arrugada, del bolsillo.
Escribió aquellas dos frases, que aparecieron en la oscura pantalla del procesador de
textos en brillantes letras verdes. Después conectó la impresora y sacó una copia en
papel. Contempló cómo salían aquellas veintiuna palabras de la cabeza de la
impresora.
El procesador de textos tenía dos cabezas de impresión. Compró dos más para
utilizarlas en distintas tareas. Ahora, Dom utilizó las tres cabezas de impresión
restantes para hacer un total de cuatro copias de la nota y con un lápiz escribió en
cada copia el tipo de letra utilizado: PRESTIGE ELITE, ARTESANA 10, COURIER 10,
GÓTICA.
Alisó el arrugado papel del original y fue poniendo al lado cada una de las copias
para compararlas. Esperaba eliminar los cuatro estilos que tenía para desechar la
teoría de que él mismo se envió la nota. Pero el tipo Courier 10 parecía ser idéntico.
Aquella no era una prueba definitiva de que él era el autor de la nota. Debía haber
millones de cabezas de impresión del tipo Courier 10 repartidas por todos los hogares
y oficinas del país.
Comparó el papel del original con el de las copias que había hecho. Ambas hojas
eran de papel de dieciocho kilos, de veintidós por veintiocho centímetros, productos
corrientes de una infinidad de fabricantes vendidos en miles de almacenes de los
cincuenta estados. Ninguna de las dos era de calidad suficiente como para tener
fibras. Dom las miró a contraluz y no vio marca de fábrica ni filigrana alguna, lo que
podía haber demostrado que la nota original no fue escrita en papel suyo.
«Parker, el doctor Cobletz y yo —pensó—. ¿Quién más podría saberlo?».
¿Y qué intentaban decirle exactamente en aquella nota? ¿Qué secreto se escondía
en el pasado? ¿Qué trauma reprimido o hecho olvidado se ocultaba en el
sonambulismo?
Sentado a su mesa, contemplando la noche tras la ventana, esforzándose
desesperadamente en comprender, se intranquilizó. Volvió a sentir la necesidad, casi
la obligación, de tomar un Valium, pero se resistió.
La nota despertó su curiosidad, su lógica, su razón. Pudo aplicar la inteligencia en
la búsqueda de una solución y concentrarse con una intensidad que no había logrado
hacía tiempo y, así, halló la fuerza de voluntad para rechazar el consuelo de los
tranquilizantes.

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Comenzaba a sentirse bien consigo mismo por primera vez en varias semanas. A
pesar de su impotencia, comprendió que, después de todo, tenía voluntad para dirigir
el curso de su propia vida. Todo lo que necesitó fue algo como la nota, algo tangible
en lo que poderse centrar.
Caminó por la casa, con la nota en la mano, meditando. Finalmente, se acercó a
una ventana desde la que vio el buzón —un pilar de cemento sobre el que había una
caja de metal— bajo la luz azulada de una farola de vapor de mercurio.
Como tenía el apartado de correos en la ciudad, la única correspondencia que
recibía en casa era la dirigida al «Inquilino» y algunas tarjetas y cartas de amigos que
sabían tanto su dirección como el número del apartado de correos y que olvidaban
que debían enviarlas a este último. Junto a la ventana, contemplando el buzón, Dom
recordó que hoy no lo había abierto.
Salió, descendió hasta la calle y sacó la llave para abrir el buzón. A pesar del
susurro de la brisa en los árboles, era una noche tranquila. El aire olía a mar y era
frío. La farola de vapor de mercurio alumbraba lo suficiente para que Dom
identificara la correspondencia a medida que la extraía del buzón: seis sobres con
publicidad y catálogos, dos felicitaciones de Navidad… y un sobre blanco de tamaño
formalizado sin remite.
Excitado, atemorizado, volvió apresuradamente al interior, al estudio, rompiendo
el sobre y sacando la única hoja de papel que contenía y, en el escritorio, lo desdobló.

La luna.

Ninguna otra palabra podría haberle sorprendido más que aquélla. Sentía que caía
por la madriguera del Conejo Blanco y que se introducía en un reino donde la lógica
y la razón no se utilizaban.
La luna. Era imposible. Nadie sabía que había despertado de las pesadillas con
aquellas palabras en los labios, repitiéndolas con pánico: «La luna, luna…». Y nadie
sabía que escribió aquellas palabras en el procesador de textos durante los episodios
de sonambulismo. No se lo dijo ni a Parker ni a Cobletz, porque aquellos incidentes
ocurrieron tras el inicio de la medicación, cuando parecía que los tranquilizantes
comenzaban a dar resultado, y no quiso que pensaran que volvía atrás. Además,
aunque aquellas dos palabras le llenaban de temor, no comprendía su importancia. No
sabía por qué tenían el poder de erizarle el vello; instintivamente pensó que no sería
conveniente contarle a nadie este nuevo giro hasta que lo dominara mejor. Temía que
Cobletz pensara que las medicinas no le servían de ayuda y las sustituyese por la
psicoterapia… y Dom las necesitaba.
La luna.
Nadie lo sabía, maldita sea. Nadie…, excepto él mismo.
Bajo el débil resplandor de la farola, no miró el matasellos. Ahora vio que su
origen no era un misterio, como ocurría con la carta que recibió por la mañana. El

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matasellos se leía perfectamente: NUEVA YORK, N.Y., y estaba fechado el 18 de
diciembre. El miércoles de la semana anterior.
Casi soltó una carcajada. Después de todo, no estaba loco. No se enviaba él
mismo aquellos mensajes, era completamente imposible, porque la semana anterior
no salió de Laguna. Le separaban casi cinco mil kilómetros del buzón donde había
sido depositado aquel —e indudablemente el otro— extraño mensaje.
Entonces, ¿quién le enviaba aquellas notas? ¿Por qué? ¿Quién podía haber en
Nueva York que supiera que era sonámbulo… o que había escrito repetidamente «la
luna» en el procesador de textos? Un millar de preguntas se agolparon en la cabeza de
Dominick Corvaisis, y no pudo responder a ninguna. Peor aún, por el momento no
veía la forma de hallar las respuestas. La situación era tan extraña que sus
averiguaciones no podían encaminarse con lógica.
Durante dos meses, pensó que el sonambulismo era la cosa más extraña e
inquietante que jamás le había ocurrido, o incluso que le sucedería. Pero lo que se
escondía tras el sonambulismo debía ser incluso más extraño y más inquietante que el
simple hecho de andar dormido.
Recordó el primer mensaje que se dejó él mismo en el procesador de textos:
Tengo miedo. ¿De qué se escondía en los armarios? ¿Por qué quería clavar los marcos
de las ventanas cuando estaba sonámbulo? ¿A qué quería impedir la entrada en la
casa?
Dom comprendió que el sonambulismo no era debido al estrés. No sufría ataques
de pánico porque temía el éxito o el fracaso de su primera novela. No era algo tan
mundano como aquello.
Era otra cosa. Algo extraño y terrible.
¿Qué sabía al dormirse que olvidaba al despertar?

6. CONDADO DE NEW HEAVEN, CONNECTICUT

El cielo se despejó antes del anochecer, pero aún no había salido la luna. Las
estrellas alumbraban débilmente la fría tierra.
Con la espalda apoyada en una roca, Jack Twist estaba sentado en el tocón de un
árbol, rodeado de nieve, al borde de un pinar, esperando el paso del camión blindado
de la empresa de seguridad Guardmaster. Tan sólo tres semanas después de llevar a
cabo el robo en el almacén de la mafia, se preparaba para dar otro golpe. Llevaba
botas, guantes y un traje blanco de esquí, y tenía la cabeza enfundada en una capucha
atada cuidadosamente bajo la barbilla. Al Sudoeste, a unos dos mil quinientos metros
de donde se encontraba, al otro lado del pequeño pinar, las luces de unas casas
rompía la negrura. No obstante, Jack Twist esperaba en la más completa oscuridad,
entre la nube de vaho que salía por su boca.
Frente a él, al Nordeste, se extendía un oscuro descampado de tres kilómetros

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donde sólo había algunos árboles y arbustos desnudos por el frío. Más allá del
descampado, en la lejanía, se levantaban varias fábricas de componentes electrónicos,
después centros comerciales y, más lejos aún, barrios residenciales que Jack no veía
desde su posición, aunque su existencia era delatada por el resplandor de la luz
eléctrica en el horizonte.
Al otro extremo del descampado, sobre una pequeña loma, aparecieron unos
faros. Alzando los prismáticos, Jack observó el vehículo que se aproximaba por la
carretera a través de la llanura. A pesar del ligero estrabismo de su ojo izquierdo, Jack
tenía una vista excelente y, con ayuda de los prismáticos nocturnos, confirmó que el
vehículo que se aproximaba no era el camión blindado de Guardmaster; por tanto, no
le importaba. Bajó los prismáticos.
En la soledad de la colina nevada, pensó en otro momento y lugar más cálido, en
una húmeda noche en la selva centroamericana, donde había observado el paisaje
nocturno con unos prismáticos como aquéllos. En aquella ocasión, buscaba
ansiosamente las tropas enemigas que les perseguían y acorralaban a él y a sus
compañeros…

Su pelotón —veinte hombres de un comando perfectamente entrenado, bajo el


mando del teniente Rafe Eikhorn y de Jack— cruzó la frontera ilegalmente y penetró,
sin ser detectado, veinticinco kilómetros en territorio del estado enemigo. Su
presencia podría haber sido considerada como una declaración de guerra; por tanto,
vestían trajes de camuflaje sin distintivos de rango o servicio y no llevaban nada que
los identificase.
El objetivo era un peligroso «campo de reeducación», llamado cínicamente
Instituto de la Hermandad, donde el Ejército Popular mantenía prisioneros a un millar
de indios misquitos. Dos semanas antes, unos valerosos sacerdotes católicos
condujeron a otros mil quinientos indios a través de las selvas y los sacaron del país
antes de que también fueran encarcelados. Los sacerdotes les dijeron que si no se
liberaba a aquellos indios serían asesinados y enterrados en fosas comunes antes de
un mes.
Los misquitos pertenecían a una raza extremadamente orgullosa, con una rica
cultura, y se negaron a seguir la filosofía anti-étnica y colectivista de los nuevos
dirigentes del país. La inmutable lealtad de los indios a sus tradiciones aseguraría su
exterminio, pues el gobierno no dudaría en recurrir a los pelotones de fusilamiento
para afianzar su poder.
Sin embargo, no podían arriesgar un comando de veinte soldados sin distintivos
militares simplemente para salvar a los misquitos. En todos los rincones del planeta,
tanto los gobiernos de izquierda como los de derecha asesinaban rutinariamente a sus
ciudadanos, y los Estados Unidos no evitaban —ni podían evitar— aquellos
asesinatos consentidos por los distintos regímenes. Pero en el Instituto, además de los

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indios, había otras once personas cuyo rescate, junto con el de los indios, hacía que
aquella operación mereciese la pena.
Aquellos once ex revolucionarios, que pelearon en una guerra justa contra el
dictador ahora depuesto, se negaron a callar cuando la revolución fue traicionada por
el totalitarismo de izquierda. Sin duda, aquellas once personas poseían una
información muy valiosa. La oportunidad de liberarlos era más importante que salvar
las vidas de mil indios…, al menos para los intereses de Washington.
Sin ser detectado, el pelotón de Jack llegó al Instituto de la Hermandad, en una
zona agrícola que lindaba con la selva. Todo, menos el nombre, correspondía a un
campo de concentración; era un lugar rodeado de alambradas de espino y torres de
vigilancia. Fuera del perímetro alambrado del campo había dos edificios: un bloque
de cemento de dos pisos desde el que se gobernaba el distrito, y un barracón
dilapidado donde se alojaban los sesenta soldados de la guarnición.
Poco después de la medianoche, el comando tomó posiciones y lanzó cohetes de
ataque sobre el edificio de cemento y el barracón. A las primeras descargas de
artillería siguió el combate cuerpo a cuerpo. Media hora después de que sonara el
último disparo, los indios y los demás prisioneros —el grupo más jubiloso que había
visto Jack en toda su vida— formaron una columna que se encaminó a la frontera, a
unos veinticinco kilómetros de distancia.
Dos soldados del comando murieron. Otros tres fueron heridos.
Como primer oficial al mando del pelotón, Rafe Eikhorn abría la marcha y
comprobaba la seguridad en los flancos de la columna, mientras que Jack se quedaba
atrás con otros tres hombres para asegurarse de que todos los prisioneros salieran
ordenadamente del campo. También tenía la misión de recoger los informes
relacionados con el interrogatorio, la tortura y el asesinato de indios y campesinos.
Cuando él y sus tres hombres abandonaron el Instituto de la Hermandad, marchaban
tres kilómetros por detrás de los últimos misquitos.
Aunque Jack y sus hombres caminaron a buen ritmo, no pudieron unirse al
pelotón, y aún se encontraban a varios kilómetros de la frontera hondureña cuando, al
amanecer, aparecieron sobre los árboles, como gigantescas avispas negras, los
helicópteros del ejército enemigo, que dejaban soldados en cada claro que
encontraban. Los restantes soldados del comando y todos los indios alcanzaron la
libertad, pero Jack y sus tres hombres fueron capturados y conducidos a unas
instalaciones parecidas a las del Instituto de la Hermandad. Sin embargo, aquel lugar
era mucho peor que el otro campo de concentración, tanto que su existencia no estaba
reconocida oficialmente. El gobierno no admitía que existiera tal infierno en el nuevo
paraíso de los trabajadores…, ni que entre aquellas paredes actuara aquella
monstruosa inquisición. De acuerdo con la auténtica tradición orwelliana, al no tener
nombre el complejo de cuatro pisos de celdas, éste tampoco existía.
Entre aquellas paredes sin nombre, en celdas sin número, Jack Twist y los otros
tres soldados fueron sometidos a torturas psíquicas y físicas, incesante humillación y

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degradación, períodos controlados de hambre y constantes amenazas de muerte. Uno
de los cuatro murió. Otro se volvió loco. Sólo Jack y su mejor amigo, Oscar Weston,
se aferraron, durante los once meses y medio de cautiverio, tanto a la vida como a la
cordura.

Ahora, ocho años más tarde, apoyado en una roca en la cima de una loma de
Conneticut, aguardando al camión de Guardmaster, Jack oyó ruidos y percibió olores
que no pertenecían a aquella noche invernal y ventosa. Las fuertes pisadas de las
botas en las galerías de cemento. El hedor del cubo rebosante de suciedad, el único
retrete de la celda. El patético grito de algún pobre desgraciado que sacaban de la
celda para otra sesión de interrogatorios.
Jack respiró con profundidad el frío aire de Conneticut. Rara vez le atormentaban
las pesadillas de aquella época y de aquél lugar sin nombre. Le obsesionaba con más
frecuencia lo que le ocurrió tras escapar… y lo que le sucedió a Jenny en su ausencia.
No fueron las penalidades que sufrió en Centroamérica lo que le hizo enfrentarse a la
sociedad; más bien fueron los acontecimientos posteriores los que destrozaron su
vida.
Vio otros faros en el oscuro descampado y levantó los prismáticos nocturnos. Era
el camión blindado de Guardmaster.
Miró el reloj. Las nueve y treinta y ocho. Justo a su hora, como todas las noches
desde hacía una semana. Aunque el día siguiente era fiesta, el camión cumplía su
recorrido. Guardmaster Security era una empresa seria.
En el suelo, junto a Jack, había un maletín. Lo abrió. Los números azules de un
escáner digital estaban sincronizados con el canal de radio de la empresa. Incluso con
aquél moderno equipo, necesitó tres noches para averiguar la frecuencia del camión.
Giró el control de volumen de su receptor. Se oyeron ruidos y silbidos. Después fue
recompensado con un intercambio rutinario entre el conductor del camión y la
central.
—Tres, cero, uno —dijo la central.
—Reno —respondió el conductor.
—Rudolf —añadió la central.
—Tejado —replicó el conductor.
Volvieron a oírse los ruidos y silbidos de las interferencias.
La central abrió el intercambio con el número del camión, y el resto era la clave
diaria utilizada para confirmar que el 301 cumplía el horario previsto sin novedad.
Jack desconectó el receptor. Los números iluminados desaparecieron.
El camión blindado pasó a menos de sesenta metros de su posición en la loma, y
Jack se volvió a contemplar los menguantes pilotos traseros.
Ya conocía con certeza el horario del camión 301 de Guardmaster y no regresaría
a aquel descampado hasta la noche del golpe, que en principio estaba previsto para el

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sábado, 11 de enero. Mientras tanto, aún tenía que planear muchas cosas.
Normalmente, la planificación de un trabajo era casi tan excitante y le producía
casi la misma satisfacción que la propia ejecución del delito. Pero mientras se alejaba
de la loma, camino de las casas del sudoeste, donde tenía el coche aparcado en una
tranquila calle, no sintió regocijo ni emoción alguna. Estaba perdiendo la capacidad
de gozar incluso con la consideración de cometer un delito.
Estaba cambiando. Y no sabía por qué.
Al acercarse a las primeras casas al sudoeste de la loma, advirtió que la noche se
había hecho más clara. Alzó la mirada. La luna crecía en el horizonte, tan grande que
parecía estrellarse contra la tierra, efecto de la extraña perspectiva en las primeras
fases de la ascensión del satélite. Se detuvo bruscamente, con la cabeza torcida,
contemplando la luminosa superficie lunar. Sintió un escalofrío, un estremecimiento
interior que no tenía relación con el viento invernal.
—La luna —dijo en voz baja.
Al pronunciar aquellas palabras, Jack se estremeció con violencia. Le invadió un
temor inexplicable. Sintió la necesidad irracional de correr y esconderse de la luna,
como si la luminosidad fuese un ácido que lo corroería si no se ponía a cubierto.
El impulso de correr cesó un minuto después. No entendía por qué la luna le
había aterrorizado repentinamente. Era la luna legendaria y familiar de las canciones
de amor y los poemas románticos. Era algo extraño.
Reanudó la marcha hacia el coche. El claro rostro de la luna seguía
intranquilizándolo, y alzó la vista varias veces, perplejo.
Sin embargo, cuando llegó al automóvil, entró en New Haven y cogió la autopista
interestatal 95, el curioso incidente había desaparecido de su memoria. Una vez más,
pensaba con angustia en Jenny, su mujer comatosa, cuyo estado le atormentaba más
que nunca en Navidad.
Más tarde, en el apartamento, de pie junto al ventanal, mientras contemplaba la
gran ciudad con una botella de Beck’s en la mano, tuvo la certeza de que, desde la
calle 261 a Park Road, desde Bensonhurst a Little Neck, nadie en toda la metrópoli
estaría celebrando una Nochebuena tan solitaria como la que celebraba él.

7. NAVIDAD

Condado de Elko, Nevada

Sandy Sarver se despertó poco después de que el amanecer llegara a las mesetas.
Los primeros rayos de sol brillaron débilmente en las ventanas del dormitorio del
remolque. El mundo estaba tan callado que parecía haberse detenido.
Podía darse la vuelta y seguir durmiendo si le apetecía, pues aún le quedaban
ocho días de vacaciones. Ernie y Faye Block cerraron el Tranquility Motel y fueron a

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visitar a sus nietos a Milwaukee. El Tranquility Grille, donde trabajaba Sandy con su
marido, Ned, también cerró durante las vacaciones.
Pero Sandy sabía que no volvería a dormirse; estaba bien despierta… y excitada.
Se desperezó como una gata bajo las sábanas. Quería despertar a Ned, cubrirlo de
besos y subírselo encima.
Ned era apenas una sombra en la habitación en penumbra, respiraba con pesadez,
profundamente dormido. Aunque lo deseaba ardientemente, no lo despertó. Tendrían
tiempo de sobra para hacer el amor.
Salió de la cama, fue al cuarto de baño y se duchó. Al final, dejó abierto sólo el
grifo de agua fría.
Durante años, el sexo no le atrajo, fue frígida. No hacía mucho, le turbaba y
avergonzaba ver su propio cuerpo desnudo. Aunque no conocía la razón de los
nuevos sentimientos que experimentaba desde poco antes, decididamente había
cambiado. Todo comenzó el verano anterior, cuando el sexo le pareció
repentinamente… atractivo. Aquello ahora le parecía tonto. Por supuesto que el sexo
era atractivo. Pero antes del verano, siempre había hecho el amor como si fuera una
pesada tarea ineludible. La tardía floración de su erotismo fue una agradable sorpresa
y un misterio inexplicable.
Desnuda, volvió al dormitorio en penumbra. Cogió un jersey y unos pantalones
vaqueros y se vistió.
En la pequeña cocina, comenzó a servirse un zumo de naranja, pero se detuvo
cuando sintió el impulso de salir a conducir. Le dejó una nota a Ned, se puso una
chaqueta con forro de lana y se dirigió hacia la camioneta Ford.
El sexo y la conducción eran las dos nuevas pasiones de su vida, y la segunda era
tan importante para ella como la primera. Aquello también era extraño: hasta el
verano anterior, odiaba viajar en la camioneta, excepto para ir y volver del trabajo, y
rara vez conducía. No sólo no le gustaba viajar por carretera, sino que lo temía como
algunas personas temen viajar en avión. Pero ahora, aparte del sexo, no había nada
que le gustase más que ponerse al volante de la camioneta y conducir a su antojo, sin
destino, a toda velocidad.
Siempre supo por qué le repelía el sexo… no era ningún misterio. Podía culpar a
su padre, Horton Purney, de su frigidez.
Aunque nunca conoció a su madre, que murió al dar a luz, conoció a su padre
demasiado bien. Vivían en una casa desvencijada en las afueras de Barstow, al borde
del desolado desierto californiano, los dos solos, y los primeros recuerdos de Sandy
eran de abuso sexual. Horton Purney era un hombre taciturno, malhumorado, vil y
peligroso. Hasta que Sandy escapó de casa a los catorce años, su padre la utilizó
como si fuera un juguete erótico.
Sólo recientemente descubrió que su odio a viajar por carretera también estaba
relacionado con otra cosa que hacía su padre. Horton Purney trabajaba en un taller de
reparación de motocicletas de su propiedad, un cobertizo sin pintar, semi-derruido y

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calcinado por el sol, en las misma parcela de su casa, pero nunca fue un negocio
rentable. Por eso, dos veces al año, metía a Sandy en el coche y hacían un viaje de
dos horas y media a través del desierto hasta Las Vegas, donde conocía a un canalla
buscavidas llamado Samson Cherrik. Cherrik tenía una lista de pervertidos con
especial interés en los niños, y siempre se alegraba de ver a Sandy. Tras algunas
semanas en Las Vegas, el padre de Sandy hacía las maletas, la metía de nuevo en el
coche y regresaba a Barstow con los bolsillos repletos de dinero. Para Sandy, el largo
viaje a Las Vegas era un viaje de pesadilla, pues sabía lo que le esperaba a su llegada.
El viaje de regreso a Barstow era peor, pues no escapaba de Las Vegas, sino que
volvía a su triste vida en aquella casa desvencijada y a la oscura, imperiosa e
insaciable lujuria de Horton Purney. En cualquier dirección, la carretera conducía al
infierno, y aprendió a odiar el rumor del motor del coche, el siseo de los neumáticos
en el asfalto y la autopista que se desenrollaba delante.
Por tanto, el placer que le causaban ahora la conducción y el sexo parecía algo
milagroso. No entendía de dónde había sacado la fuerza y la voluntad para superar
aquel horrible pasado. A partir del verano anterior, simplemente… cambió, aún
seguía cambiando. Y, ¡oh, era maravilloso sentir que se rompían las cadenas de la
repulsión y el miedo, sentir respeto propio por primera vez en la vida, sentirse libre!
Subió a la camioneta Ford y arrancó el motor. El remolque que les servía de
vivienda estaba instalado en una parcela de tierra sin desmontar en el lado sur de la
minúscula —casi inexistente— aldea de Beowawe, en la estrecha carretera 21. A
medida que Sandy se alejaba del remolque, no parecía haber en mil kilómetros a la
redonda sino llanos vacíos, colinas onduladas, algunos tocones, las rocas que surgían
de la tierra, matorrales, arbustos y arroyos secos. El cielo de la mañana, de un azul
resplandeciente, era inmenso y, al aumentar la velocidad, a Sandy le pareció que se
pondría a volar.
Si se dirigía al Norte por la carretera 21, atravesaría Beowawe y pronto llegaría a
la interestatal 80, que la llevaría, en dirección Este, a Elko y, hacia el Oeste, a Battle
Mountain. Pero se dirigió al Sur, por una bella tierra yerma. Con habilidad y soltura,
condujo la camioneta con tracción en las cuatro ruedas por la carretera del condado,
cuyo firme estaba destrozado por la intemperie, a 110 km/h.
En quince minutos, la carretera 21 se convertía en un camino de grava que se
dirigía al Sur a través de otros ciento treinta kilómetros de tierra desolada y
deshabitada. No continuó, prefirió girar hacia el Este por un carril flanqueado de
hierba y matorrales.
Aquella mañana de Navidad había algunas manchas de nieve sobre la tierra. A lo
lejos, las montañas estaban blancas, pero allí abajo las precipitaciones anuales no
superaban los cuarenta centímetros y pocas eran en forma de nieve. Aquí había una
capa de tres centímetros; allí, un pequeño montículo contra el que se había
acumulado un pequeño montón, y, más allá, un arbusto brillante sobre el que la nieve
arrastrada por el viento se había endurecido y transformado en una helada vestimenta

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colgante, pero la mayor parte de la tierra marrón estaba desnuda y seca.
Sandy condujo a gran velocidad por el camino, dejando tras ella una nube de
polvo. Unos minutos después, dejó el camino y se dirigió campo traviesa, hacia el
Norte y después al Oeste, hasta que llegó a un lugar familiar, aunque no había
pensado ir allí. Por razones que no comprendía, cuando salía con la camionera, su
subconsconciente a menudo la conducía hasta aquel lugar, rara vez en línea recta,
sino dando rodeos, de forma que generalmente se sorprendía al llegar. Se detuvo,
puso el freno de mano. Con el motor en marcha, contempló el paisaje durante un rato
a través del parabrisas polvoriento.
Iba allí porque le hacía sentirse mejor, aunque no sabía el motivo. Los
montículos, las espinas y dientes de piedra, la hierba y los arbustos componían un
hermoso paisaje, aunque no era diferente ni más hermoso que en cientos de otros
lugares cercanos. Sin embargo, allí sentía una paz sublime que no encontraba en
ningún otro lugar.
Apagó el motor, salió de la camioneta y, durante un tiempo, caminó de un lado
para otro, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de lana, ajena al
punzante aire helado. El recorrido a campo traviesa le había llevado de vuelta a la
civilización, y la interestatal 80 quedaba tan sólo a unos doscientos metros al Norte.
Los motores de los pocos camiones que pasaban parecían distantes gruñidos de
dragones, pero aquel día festivo había poco tráfico. Más allá de la autopista, en las
mesetas del Noroeste, se encontraban el motel y el restaurante Tranquility, pero
Sandy sólo miró una vez en aquella dirección. Le interesaba más la tierra que le
rodeaba. Ejercía sobre ella una atracción misteriosa y arrolladora, y parecía irradiar
paz igual que una roca, al atardecer, desprende el calor acumulado durante el día.
No intentaba analizar su afinidad con aquel trozo de tierra. Evidentemente, había
una sutil armonía en el contorno de las piedras, una interacción de líneas, formas y
sombras que desafiaba toda definición. Cualquier intento de descifrar aquella
atracción sería tan inútil como tratar de analizar la belleza de una puesta de sol o la
atracción por la flor favorita.
Aquella mañana de Navidad, Sandy aún no sabía que, el 10 de diciembre, cuando
regresaba de Elko, Ernie Block también se sintió atraído, como un poseso, al mismo
trozo de tierra. No sabía que aquel lugar atemorizó a Ernie y le produjo la electrizante
sensación de vivir un momento trascendental…, emociones que no se parecían
mucho a las que sentía ella. Transcurrirían varias semanas antes de que supiera que su
pequeño refugio ejercía una fuerte atracción sobre otros…, tanto conocidos como
extraños.

Chicago, Illinois

Para el padre Stefan Wycazik —aquel poderoso generador, párroco de St.

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Bernardette, salvador de sacerdotes en apuros—, aquella mañana de Navidad fue la
más ajetreada que tuvo nunca. Y a medida que transcurría el día, se convirtió en la
Navidad más significativa de su vida.
Celebró la segunda misa en St. Bernardette y se entretuvo una hora saludando a
los fieles que pasaron por la sacristía con cestas de frutas, cajas de dulces caseros y
otros regalos; después fue al University Hospital a visitar a Winton Tolk, el policía
herido en un tiroteo en un bar de la parte alta de la ciudad. Tras la intervención
quirúrgica de urgencia, Tolk ingresó en la Unidad de Cuidados Intensivos el día
anterior por la tarde y permaneció allí toda la noche. La mañana del día de Navidad
fue trasladado a una habitación compartida cercana a la UCI pues, a pesar de haber
superado el estado crítico, aún tenía que estar bajo un control exhaustivo.
Cuando llegó el padre Wycazik, Raynella Tolk, la esposa de Winton, se
encontraba junto a la cama de su marido. Era bastante atractiva, tenía la piel de color
chocolate y el corto cabello peinado con elegancia.
—¿Señora Tolk? Soy Stefan Wycazik.
—Pero…
Él sonrió.
—Tranquilícese. No vengo a darle la extremaunción a nadie.
—Estupendo —dijo Winton—, porque yo no tengo pensado morirme.
El herido aún no estaba plenamente consciente, pero sí despierto y, en apariencia,
no sufría dolor alguno. La cabecera de la cama estaba alzada y Winton se encontraba
incorporado. Aunque tenía el pecho corpulento profusamente vendado, y a pesar del
instrumental de telemetría cardiaca que le colgaba del cuello y de la sonda por la que
se le administraba glucosa y antibióticos en la vena basílica media del brazo
izquierdo, su aspecto era bueno, teniendo en cuenta su reciente infortunio.
El padre Wycazik se detuvo junto a la cama, su tensión delatada únicamente por
la forma en que le daba vueltas al sombrero negro entre las manos. Cuando reparó en
ello, lo dejó bruscamente en una silla.
—Señor Tolk, he venido a hacerle algunas preguntas sobre lo que ocurrió ayer, si
no tiene inconveniente.
Tanto Tolk como su mujer parecieron desconcertados por la curiosidad de Stefan.
El sacerdote les explicó, aunque sólo en parte, el motivo de su interés.
—El tipo que patrulló con ustedes la semana pasada, Brendan Cronin, trabajaba
para mí —dijo, manteniendo la coartada de Brendan, la de un laico que trabajaba para
la Iglesia.
—Oh, me gustaría mucho verlo —expresó Raynella con el rostro iluminado.
—Me salvó la vida —afirmó Tolk—. Fue un valiente, pero hizo una locura que
jamás debería haber hecho, aunque yo me alegro mucho de que la hiciera.
—El señor Cronin entró en el bar ignorando si estaban muertos todos los
atracadores, sin saber si le dispararían —añadió Raynella.
—A los policías les está terminantemente prohibido hacer una cosa así —

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continuó Winton—. Yo habría cumplido las normas si hubiese estado fuera. No es
que pueda aplaudir lo que hizo Brendan, padre, pero le debo la vida por haberlo
hecho.
—Extraordinario —comentó el padre Wycazik, como si fuera la primera vez que
oía la hazaña de Brendan. En realidad, el día anterior habló extensamente con el
capitán del distrito, un viejo amigo, que alabó a Brendan por su valor y lo maldijo por
su estupidez—. Siempre he pensado que Brendan era un tipo de fiar. ¿También le
prestó los primeros auxilios?
—Pudo haberlo hecho —contestó Winton—. En realidad, no lo sé. Recuerdo que
recuperé el conocimiento… y allí estaba… inclinado sobre mí…, pronunciando mi
nombre…, pero aún me encontraba medio inconsciente.
—Es un milagro que Win sobreviviera —aseguró Raynella con voz trémula.
—Vamos, vamos, encanto —replicó Winton con dulzura—. Lo logré, y eso es lo
que importa. —Cuando se cercioró de que su mujer se encontraba bien, miró a Stefan
y le dijo—: A todo el mundo le sorprende que perdiera tanta sangre y saliera adelante.
Por lo que he oído, debí perder varios cubos.
—¿Le hizo Brendan un torniquete?
Tolk frunció el ceño.
—No lo sé. Como le he dicho, me encontraba medio inconsciente, aturdido.
El padre Wycazik vaciló y se preguntó cómo averiguar lo que deseaba saber sin
revelar la extraordinaria posibilidad que motivaba su visita.
—Ya sé que no recuerda muy bien lo que ocurrió, pero… ¿no advirtió algo
peculiar en… las manos de Brendan?
—¿Peculiar? ¿Qué quiere decir?
—Él le tocó, ¿no es cierto?
—Desde luego. Supongo que me buscó el pulso…, que miró a ver de dónde salía
la sangre.
—¿No sintió algo…, algo inusual cuando le tocó…, algo extraño? —Stefan se lo
preguntó con tacto, frustrado por la necesidad de ser vago.
—Me parece que no le entiendo, padre.
Stefan Wycazik agitó la cabeza.
—No importa. Lo fundamental es que se encuentra bien. —Miró el reloj y,
fingiendo sorpresa, exclamó—: ¡Santo cielo, se me hace tarde! —antes de que
pudieran responderle, cogió el sombrero de la silla, les deseó buena suerte y salió
precipitadamente, dejándolos, sin duda, sorprendidos por su conducta.
Cuando el padre Wycazik se acercaba a uno, daba la impresión de que era
sargento de instrucción o entrenador de fútbol. Su cuerpo robusto y sus modales
agresivos y seguros no eran exactamente lo que se esperaba de un sacerdote. Y
cuando tenía prisa, se parecía tanto a un sargento de instrucción y a un entrenador de
fútbol como a un tanque.
De la habitación de Tolk, el padre Wycazik salió apresuradamente a la galería,

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abrió con ímpetu una puerta batiente, y después otra que le condujo a la Unidad de
Cuidados Intensivos, donde el policía herido estuvo ingresado hasta apenas una hora
antes. Quería hablar con el médico de guardia, el doctor Royce Albright. Con la
esperanza de que Dios le perdonara algunas mentiras inocentes por una buena causa,
Stefan se identificó como el sacerdote de la familia Tolk y dio por entendido que la
señora Tolk le enviaba para conocer los detalles, aún confusos para ella, del estado en
que se encontraba su marido. El doctor Albright se parecía a Jerry Lewis y tenía la
voz profunda y cavernosa de Henry Kissinger, lo que desorientó al padre Wycazik,
pero estaba dispuesto a responder cualquier pregunta que él deseara hacerle. No era el
médico personal de Winton Tolk, pero estaba interesado en el caso.
—Puede asegurarle a la señora Tolk que apenas si existe peligro de recaída. Está
evolucionando perfectamente. Dos disparos a quemarropa con un 38. Hasta ayer,
nadie hubiese creído aquí que se podrían recibir dos disparos de ese calibre en el
pecho y ¡salir de la Unidad de Cuidados Intensivos a las veinticuatro horas! El señor
Tolk ha tenido una suerte increíble.
—Entonces, las balas no le alcanzaron el corazón, pero… ¿tampoco los restantes
órganos vitales?
—No sólo eso —respondió Albright— sino que, además, tampoco sufrió heridas
de importancia en venas o arterias. Un disparo del calibre 38 hace mucho daño,
padre. Generalmente, destroza a la víctima. En el caso de Tolk, fueron alcanzadas una
arteria y algunas venas importantes, pero ninguna quedó destrozada. Muy afortunado,
desde luego.
—En tal caso, supongo que la bala fue detenida por algún hueso.
—Desviada, sí, pero no detenida. Los dos proyectiles fueron hallados en tejido
blando, y eso es otra cosa extraordinaria…, ni un hueso astillado, ni una pequeña
fractura. Un hombre con mucha suerte.
El padre Wycazik asintió.
—Cuando le sacaron los proyectiles del cuerpo, ¿existía alguna indicación de que
fueran más pequeños que la munición del calibre 38? Es decir, ¿no serían balas
defectuosas, con una cabeza de plomo muy pequeña? Eso explicaría que, aunque
fuese un revólver del 38, los proyectiles hicieran menos daño que los del calibre 22.
Albright frunció el ceño.
—No lo sé. Es posible. Tendrá que preguntarle a la policía… o al doctor
Sonneford, el cirujano que le extrajo los proyectiles.
—Tengo entendido que el agente Tolk perdió mucha sangre.
Con una mueca, Albright dijo:
—En eso tiene que haber algún error. Como es Navidad, aún no he hablado hoy
con el doctor Sonneford, pero según el parte médico, Tolk recibió más de cuatro litros
de sangre en el quirófano. Claro que eso no puede ser correcto.
—¿Por qué no?
—Padre, si Tolk perdió cuatro litros de sangre antes de ingresar en el hospital, no

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le habría quedado ni para mantener una circulación mínima. Habría muerto. Habría
muerto irremisiblemente.

Las Vegas, Nevada

Mary y Pete Monatella, los padres de Jorja, llegaron al apartamento de su hija a


las seis de la mañana del día de Navidad, con la mirada turbia y huraña del sueño,
pero decididos a ocupar sus puestos junto al árbol de Navidad antes de que Marcie
despertara. Mary, tan alta como Jorja, fue una vez casi tan esbelta como su hija, pero
ahora estaba obesa y usaba faja. Pete era más bajo que su mujer, tenía un pecho
abultado y parecía un gallito de pelea que se pavoneaba al caminar, pero era uno de
los hombres más modestos que Jorja conocía. Llegaron cargados de regalos para su
única nieta.
También tenían un obsequio para Jorja, además de los regalos que solían llevarle
cuando la visitaban: una crítica bien intencionada pero molesta, consejos no
deseados, culpa. Mary apenas traspasó el umbral cuando le dijo a Jorja que debería
limpiar la campana de la cocina y, refunfuñando, buscó bajo el fregadero hasta que
encontró un bote de limpiador Windex y un paño, con lo que se dedicó a limpiarla ella
misma. También hizo alguna observación sobre la escasa decoración del árbol
—«¡Necesita más luces, Jorja!»— y, cuando vio cómo estaban envueltos los regalos
de Marcie, no pudo dejar de expresar su desesperación:
—Por Dios, Jorja, esos envoltorios no son nada alegres. Los lazos no son
suficientemente grandes. A las niñas les gustan los regalos envueltos con papeles de
fantasía y con muchos lazos.
Por su parte, Pete se conformó con centrar todo su descontento en la gran bandeja
de dulces que había sobre la mesa de la cocina.
—Estos dulces no son caseros, ¿por qué no los has hecho tú este año?
—Mira, papá, estoy trabajando algunas horas extras y, además, asisto a las clases
en la universidad, y…
—Ya sé que es difícil arreglárselas sola, hija —dijo—, pero hablamos de cosas
fundamentales. Los dulces caseros son una de las mejores cosas de la Navidad. Son
absolutamente fundamentales.
—Sí, fundamentales —admitió Jorja.
Aquel año, a Jorja le costó sentir el espíritu navideño, e incluso entonces no era
muy intenso. Sujeta a las incesantes críticas de sus defectos, bien intencionadas pero
desesperantes, lo habría dejado de sentir si Marcie no hubiese aparecido a tiempo, a
las seis y media, justo después de que Jorja metiera en el horno un pavo de seis kilos
para el gran banquete. Se presentó en la sala en pijama, tan preciosa como las niñas
de los cuadros de Norman Rockwell.
—¿Me ha traído Santa Claus el juego de la Pequeña Doctora?

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—Te ha traído muchas más cosas, preciosa. ¡Mira! ¡Mira cuántas cosas te ha
traído Santa Claus!
Marcie se volvió hacia el árbol, donde «Santa Claus» había dejado una montaña
de regalos. Abrió la boca.
—¡Bien!
La niña transmitió su excitación a los padres de Jorja y, por unos minutos, se
olvidaron de la campana de la cocina y de los dulces caseros. Durante un rato, el
apartamento se llenó de gritos de júbilo y excitación.
Pero cuando Marcie abrió la mitad de los paquetes, el ambiente de celebración
comenzó a transformarse y apareció una sombra que se mostraría de forma más
inquietante en otros momentos del día. Con una voz llorona que no correspondía a la
ocasión, la niña se lamentó de que quizá Santa Claus no se hubiese acordado del
juego de la Pequeña Doctora. Rechazó una muñeca que siempre deseó tener sin
molestarse en sacarla de la caja, cogió el siguiente paquete y arrancó el envoltorio
con la esperanza de que fuera el juego de la Pequeña Doctora. Algo en la conducta de
la niña, una mirada extraña en sus ojos, inquietó a Jorja. Pronto también lo notaron
Pete y Mary. Comenzaron a instar a Marcie a que viera mejor cada regalo antes de
abrir el siguiente a toda prisa, pero sus intentos fueron en vano.
Jorja no había dejado el juego de la Pequeña Doctora bajo el árbol; lo tenía
escondido en un armario, como sorpresa final. Cuando le quedaban tres cajas por
abrir, Marcie estaba pálida y temblorosa ante la expectativa de hallar aquel juguete.
Dios Santo, ¿por qué era tan importante? Muchos de los juguetes que ya estaban
abiertos eran más caros y más interesantes que el juego de la Pequeña Doctora. ¿Por
qué se fijaba exclusivamente en aquél? ¿Por qué le obsesionaba tanto?
Cuando estuvieron abiertos tanto los regalos puestos bajo el árbol como los que
llevaron Mary y Pete, Marcie dejó escapar un gemido de la más pura desesperación.
—¡Santa Claus no me lo ha traído! ¡Se le ha olvidado! ¡Se le ha olvidado!
Teniendo en cuenta que la sala estaba llena de regalos, el desaliento de la niña
resultaba sorprendente. Su hosquedad desconcertó y disgustó a Jorja, que vió a sus
padres sorprendidos, consternados e inquietos por aquella rabieta inesperada e
injustificada.
Temiendo que el día de Navidad se estropeara nada más comenzar, Jorja corrió al
armario del dormitorio, sacó el regalo crucial tras unas cajas de zapatos y regresó a la
sala con él.
Marcie le arrebató la caja a su madre con enloquecida desesperación.
—¿Qué le pasa a esta niña? —preguntó Mary.
—Sí —añadió Pete—, ¿por qué le importa tanto ese juego de la Pequeña
Doctora?
Marcie rompió frenéticamente el envoltorio y vio que aquel paquete sí contenía el
regalo que más deseaba. Inmediatamente, se calmó, dejó de estremecerse.
—¡La Pequeña Doctora! ¡Santa Claus no lo ha olvidado!

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—Cariño, quizá no sea de Santa Claus —dijo Jorja. Se encontraba aliviada de ver
que la niña a quien más quería superaba aquel estado de ánimo extraño y
desagradable—. No todos los regalos son de Santa Claus. ¿Por qué no miras la
tarjeta?
Marcie buscó obedientemente la tarjeta, leyó las pocas palabras que había escritas
y alzó la mirada con una sonrisa insegura.
—Es de… papá.
Jorja sintió que sus padres volvían los ojos hacia ella, pero no afrontó la mirada
que le dirigían. Sabían que Alan se había marchado a Acapulco con su última
conquista, aquella rubia idiota llamada Pepper, sin preocuparse de dejarle una
felicitación a Marcie, y, sin duda, no aprobaban que Jorja se lo hubiera consentido.
Más tarde, cuando Jorja estaba en la cocina, inclinada frente al horno,
comprobando el estado del pavo, su madre se agachó junto a ella y le dijo en voz
baja:
—¿Por qué lo hiciste, Jorja? ¿Por qué pusiste el nombre de ese sinvergüenza en el
regalo que más ilusión le hacía?
Jorja sacó la mitad de la bandeja del horno para ver el pavo. Con un cucharón,
cogió la salsa que se estaba formando y roció el asado. Finalmente, respondió:
—No deberíamos estropearle la Navidad a Marcie sólo porque su padre sea un
canalla.
—No debes ocultarle la verdad —musitó Mary.
—La verdad es demasiado fea para una niña de siete años.
—Cuanto antes sepa lo sinvergüenza que es su padre, mejor. ¿Sabes lo que le han
dicho a tu padre de esa mujer que vive con él?
—Espero que el pavo esté para la hora del almuerzo.
Mary no quería cambiar de tema.
—Presta sus servicios en dos casinos, Jorja. Eso es lo que le dijeron a Pete.
¿Sabes lo que quiero decir? Es una prostituta. Alan vive con una prostituta. ¿Qué le
ocurre?
Jorja cerró los ojos y respiró profundamente.
—En fin —dijo Mary—, si no quiere saber nada de Marcie, mejor. Dios sabe qué
enfermedades le habrá contagiado esa mujer.
Jorja volvió a meter el pavo en el horno y se incorporó.
—¿Podríamos olvidar ese tema?
—Pensé que querrías saber lo que es esa mujer.
—Está bien, ya lo sé.
Bajaron la voz, pero el tono se hizo más apasionado:
—¿Y si viene uno de estos días y te dice: «Pepper y yo queremos que Marcie se
venga con nosotros a Acapulco», o a Disneylandia, o a quedarse unos días en su
casa?
Exasperada, Jorja contestó:

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—Mamá, él no quiere saber nada de Marcie porque le recuerda sus
responsabilidades.
—Pero ¿y si…?
—¡Mamá, maldita sea!
Aunque Jorja no levantó la voz, aquellas tres palabras estaban tan cargadas de ira
que causaron un efecto inmediato en su madre. En los ojos de Mary apareció una
mirada de dolor. Ofendida, le dio la espalda a Jorja. Se dirigió precipitadamente a la
nevera, la abrió y contempló las repisas atestadas.
—Oh, has hecho gnocchi.
—No es del supermercado —dijo Jorja temblorosamente—. Es casero. —Lo dijo
en tono conciliatorio, pero advirtió que el comentario podía interpretarse como una
referencia sarcástica a la decepción que le causaron a su padre los dulces del
supermercado. Se mordió el labio y trató de contener las lágrimas.
Todavía mirando en el interior de la nevera, con la voz algo agitada, Mary dijo:
—¿También has preparado las patatas? ¿Qué es esto…? Oh, ya has picado la col
para la ensalada. Pensé que te haría falta ayuda, pero veo que lo tienes todo listo. —
Cerró la puerta del frigorífico y se volvió buscando una ocupación para salir de aquel
momento de tirantez. Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
Jorja prácticamente voló hasta su madre con los brazos abiertos. Mary le devolvió
el abrazo y, por un momento, permanecieron abrazadas, pues no podían hablar, y
además las palabras eran innecesarias.
Abrazada con fuerza a su hija, Mary le dijo:
—No sé por qué soy así. Mi madre siempre se portaba conmigo de esta manera, y
yo juré que jamás me comportaría igual contigo.
—Yo te quiero tal como eres.
—Quizá sea porque eres mi única hija. Si hubiese tenido más hijos, no sería tan
severa contigo.
—En parte es culpa mía, mamá. Últimamente me molesto con muy poca cosa.
—¿Y cómo no ibas a molestarte? —le dijo su madre, cogiéndola de la cadera—.
Ese sinvergüenza te deja, tienes que mantener a Marcie, ir a las clases… Tienes todo
el derecho del mundo a ser susceptible. Estamos muy orgullosos de ti, Jorja. Hay que
tener mucho coraje para hacer lo que tú estás haciendo.
En la sala, Marcie comenzó a chillar.
«¿Qué ocurre ahora?», se preguntó Jorja.
Al llegar al umbral de la sala, vio que su padre intentaba convencer a Marcie de
que jugase con una muñeca.
—¡Mira esto —le decía Pete—, la muñequita llora cuando la pones así y se ríe
cuando le das la vuelta!
—No quiero jugar con esa muñeca tonta —le espetó Marcie. Tenía en la mano
una jeringa hipodérmica de juguete y estaba poseída de nuevo por aquella inquietante
vehemencia y aquella agitación—. Quiero ponerte otra inyección.

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—Pero, guapa —dijo Pete—, ya me has puesto veinte inyecciones.
—Tengo que practicar —le replicó Marcie—. Si no empiezo a practicar ahora,
nunca me convertiré en mi propia doctora.
Peter miró a Jorja con exasperación.
—¿Qué ocurre con ese juego de la Pequeña Doctora? —preguntó Mary.
—Ojalá lo supiera —contestó Jorja.
Marcie hizo una mueca al apretar el émbolo de la jeringa. En la frente le brillaban
unas gotitas de sudor.
—Ojalá lo supiera —repitió Jorja con inquietud.

Boston, Massachusetts

Fue la peor Navidad que Ginger Weiss pasó en toda su vida.


Aunque judío, su padre, a quien tanto amó, siempre celebró la Navidad con
espíritu secular, porque le gustaban la armonía y la buena voluntad que se
fomentaban en aquellas fiestas, y tras su muerte, Ginger siguió considerando el 25 de
diciembre como un día especial, un día para la alegría. Hasta hoy, la Navidad nunca
le había deprimido.
George y Rita hicieron todo lo posible para que Ginger participara de la
celebración, pero ella era consciente de que no pertenecía a aquella familia. Los tres
hijos de los Hannaby fueron con sus propios hijos a pasar varios días a Baywatch, y
en la mansión resonó la argentina risa de los niños. Todos se esforzaron en que
Ginger participara en sus tradiciones, desde la confección de guirnaldas hasta el canto
de villancicos.
En la mañana de Navidad estuvo presente cuando los niños se abalanzaron sobre
la montaña de regalos. Siguiendo el ejemplo de los demás adultos, se sentó en el
suelo con los niños, los ayudó a montar los nuevos regalos y jugó con ellos. Durante
un par de horas, olvidó su desesperación y entró a formar parte, sin darse cuenta, de
la familia Hannaby.
No obstante, durante el almuerzo —en el que abundaron los manjares, pero que
fue ligero, un preámbulo del gran banquete de la cena— Ginger se sintió de nuevo
fuera de lugar. En la conversación se hacían frecuentes referencias a otras
celebraciones en las que ella no había tomado parte.
Tras el almuerzo, fingió que le dolía la cabeza y escapó a su habitación. La
espléndida vista de la bahía la tranquilizó, pero no logró detener su caída en la
depresión. Deseaba desesperadamente que Pablo Jackson la llamara al día siguiente y
le dijera que había estudiado el problema de los bloqueos de memoria y que estaba
preparado para hipnotizarla de nuevo.
La visita que le hizo a Pablo no molestó tanto a George y a Rita como esperaba.
Se enfadaron porque salió sola a la calle y se arriesgó a sufrir un ataque de amnesia

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sin tener cerca a un amigo que la ayudase y le hicieron prometer que, en el futuro,
serían Rita o alguno de los sirvientes quienes la llevaran y trajeran del apartamento de
Pablo, pero no discutieron la conveniencia de la terapia informal a la que le había
sometido el mago.
El poder que la vista de la bahía tenía para calmar a Ginger era limitado. Le dio la
espalda a la ventana, se levantó y se dirigió a la cama, donde se sorprendió al hallar
dos libros en la mesilla de noche. Uno era de Tim Powers, un autor del que ya había
leído alguna obra, el otro era un ejemplar de algo que se llamaba Crepúsculo en
Babilonia, y no tenía idea de dónde habían salido.
Había otra media docena de libros en la habitación, procedentes de la biblioteca
del piso de abajo, pues en las últimas semanas apenas si había hecho otra cosa que
leer. Pero aquella era la primera vez que veía el libro de Powers y Crepúsculo en
Babilonia. El primero, la historia de unos gnomos que viajaban por el tiempo y
mantenían una guerra secreta contra los duendes británicos durante la revolución
americana, parecía entretenido, la clase de historia fantástica que le gustaba a su
padre. Un papel adosado descuidadamente a la portada lo identificaba como copia de
promoción. Rita tenía un amigo que escribía las críticas literarias en el Globe y que, a
veces, le dejaba obras interesantes antes de que fueran puestas a la venta.
Evidentemente, se los habría prestado ayer o anteayer, y Rita, conocedora de la
afición de Ginger a las novelas, los dejó en su habitación.
Apartó a un lado el libro de Powers para deleitarse después con su lectura y se
fijó en Crepúsculo en Babilonia. Nunca había oído hablar de aquel autor, Dominick
Corvaisis, pero el breve resumen de la historia era intrigante y, tras leer la primera
página, quedó cautivada. No obstante, antes de continuar leyendo, se levantó de la
cama y se sentó en uno de los cómodos sillones, y fue entonces cuando vió la
fotografía del autor en la solapa de la portada.
Se le cortó la respiración. Se sintió invadida por el miedo.
Durante un instante pensó que la fotografía sería el detonante de otra fuga.
Pretendió dejar el libro, pero no pudo; intentó levantarse y tampoco lo consiguió.
Respiró profundamente, cerró los ojos y esperó a que el pulso se estabilizara.
Cuando volvió a abrir los ojos y miró la fotografía del autor, aún se inquietó, pero
no como la primera vez. Sabía que había visto a aquel hombre antes, que lo había
conocido en algún lugar, y no en circunstancias agradables, pero no pudo recordar
cuándo ni dónde. La breve biografía de la solapa le informó de que había vivido en
Portland, Oregón, y que ahora residía en Laguna Beach, California. Como nunca
había estado en aquellos lugares, no se imaginaba cuándo se habrían cruzados sus
caminos. Dominick Corvaisis, de unos treinta y cinco años, le recordó a Anthony
Perkins cuando el actor era joven. Era lo suficientemente apuesto para que Ginger se
preguntase cómo era posible que no se acordara de él.
Su instantánea reacción a la fotografía fue extraña y podría interpretarse como
producto del ardor de una mente sobreexcitada. Pero en los dos últimos meses,

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Ginger había aprendido a respetar los acontecimientos extraños, por descabellados
que pareciesen, y a buscarles una explicación.
Contempló la fotografía de Dominick Corvaisis, esperando que se le despertara la
memoria. Finalmente, casi con la sensación clarividente de que Crepúsculo en
Babilonia cambiaría de algún modo su vida, abrió el libro y comenzó a leer.

Chicago, Illinois

El padre Stefan Wycazik salió del University Hospital y atravesó la ciudad en


automóvil hasta el laboratorio de la División de Investigación Científica del
Departamento de Policía de Chicago. Aunque era Navidad, los trabajadores
municipales aún limpiaban las calles de la nieve caída el día anterior.
Sólo había un par de hombres de servicio en el laboratorio de la policía, que
estaba situado en un antiguo edificio propiedad del gobierno, y las viejas y desiertas
salas daban la impresión de ser una laberíntica tumba egipcia enterrada bajo la arena.
El eco de los pasos resonaba entre el enlosado y los altos techos.
Normalmente, el laboratorio no proporcionaba información a personas ajenas a la
policía o al sistema judicial. Pero la mitad de los agentes de policía de Chicago eran
católicos, y eso significaba que el padre Wycazik tenía más de un amigo en el
Cuerpo. Stefan importunó a algunos de aquellos amigos con el ruego de que le
allanaran el camino en la División de Investigación Científica.
Fue recibido por el doctor Murphy Aimes, un hombre barrigudo, totalmente calvo
y con bigote de morsa. Antes de salir del University Hospital, Stefan habló con él por
teléfono, y Aimes le esperaba. Se sentaron en dos banquetas del laboratorio. Frente a
ellos se alzaba una alta ventana opaca, decorada con oscuras pinceladas de
excrementos de paloma. Sobre el mármol del mostrador, Aimes tenía una carpeta con
informes y otros objetos.
—Debo decirle, padre, que no le facilitaría información de este tipo si existiera la
más remota posibilidad de que se celebrara un juicio por el caso de ese tiroteo en el
bar. Pero supongo que, al morir los autores del delito, no se juzgará a nadie.
—Se lo agradezco, doctor Aimes. Lo digo en serio. Y también le agradezco el
tiempo y el esfuerzo que me ha dedicado.
La curiosidad se reflejaba en el rostro de Murphy Aimes.
—Realmente, no entiendo el interés que muestra usted por el caso.
—Yo tampoco lo entiendo muy bien —dijo Stefan con medias palabras.
No reveló su propósito a las altas autoridades que le abrieron las puertas del
laboratorio y tampoco estaba dispuesto a decírselo a Aimes. Y no lo hacía por un
motivo: si les contaba lo que le rondaba en la cabeza, pensarían que estaba chalado y
se mostrarían menos dispuestos a cooperar.
—En fin —cedió Aimes, molesto por la evasiva del padre Wycazik—, usted

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pregunta por las balas —abrió un sobre de papel recio, de los que se cierran con un
cordel, y vació el contenido en la palma de la mano: dos trozos grises de plomo—.
Son los proyectiles que le extrajeron a Winton Tolk. Dijo Usted que tenía especial
interés en ellos.
—Desde luego —asintió Stefan, cogiéndolos cuando se los ofreció Aimes—.
Supongo que los habrá pesado. Tengo entendido que es el procedimiento normal.
¿Pesan lo que deberían pesar las balas del calibre 38?
—Si quiere decir si se fragmentaron con el impacto, no lo hicieron. Están tan
dañadas que debieron haberse estrellado contra un hueso; resulta extraño que no se
fragmentaran algo, o mucho, pero de hecho las dos están íntegras.
—Lo cierto —dijo el padre Wycazik, contemplando los proyectiles que tenía en la
mano— es que me gustaría saber si no pesan menos de lo que deben pesar las balas
del calibre 38. ¿Es munición defectuosa? ¿Tienen algún defecto de fabricación o son
del tamaño correcto?
—Tienen el tamaño correcto, de eso no hay duda.
—Lo suficientemente grandes como para hacer daño, mucho daño —afirmó el
padre Wycazik pensativamente—. ¿Y la pistola?
Aimes sacó de un sobre mayor el revólver con el que le dispararon a Winton.
—Un Smith and Wesson del 38, modelo Chiefs Special, de cañón corto.
—¿Lo ha examinado y ha hecho pruebas de tiro?
—Sí. Las rutinarias.
—¿No hay señal de que tenga algún defecto? ¿No tendrá un calibre defectuoso o
alguna otra anomalía que provocara una menor velocidad del proyectil?
—Esa es una pregunta extraña, padre. La respuesta es no. Es un Chiefs Special en
perfectas condiciones, con el nivel de calidad que corresponde a un producto de
Smith and Wesson.
Dejando los dos proyectiles en el sobre de donde los sacó Aimes, el padre
Wycazik preguntó:
—¿Y los casquillos de las balas? ¿Existe alguna posibilidad de que tuvieran
menos pólvora o que llevaran una carga inadecuada?
El hombre del laboratorio parpadeó.
—Supongo que una de las cosas que desea averiguar es por qué dos disparos del
38 en el pecho hicieron tan poco daño.
Stefan asintió, pero no le dio más explicaciones.
—¿Quedaban balas sin disparar en el revólver?
—Dos. Además uno de los tipos tenía más en el bolsillo de la chaqueta…, una
docena.
—¿Ha abierto alguna de las balas sin utilizar para ver si llevan una carga
adecuada?
—No hay ningún motivo para hacerlo.
—¿Sería posible comprobarlo ahora?

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—Sí, sería posible. Pero ¿por qué? Padre, ¿a qué viene todo esto?
Stefan suspiró.
—Sé que esto es una imposición, doctor Aimes, y me corresponde recompensar
su amabilidad con una explicación. Pero no puedo hacerlo. Aún no. Los sacerdotes,
como los médicos y los abogados, a veces deben respetar las confidencias, guardar
secretos. Pero si alguna vez tengo libertad de revelar lo que impulsa mi curiosidad,
usted será el primero en saberlo.
Stefan afrontó la mirada de Aimes. Finalmente, el hombre del laboratorio abrió
otro sobre. Este contenía la munición sin utilizar del Chiefs Special del delincuente.
—Espere aquí.
Aimes regresó a los veinte minutos con una bandeja de porcelana donde llevaba
dos balas del calibre 38 desmontadas. Con la punta de un lápiz, le señaló las partes
que las componían.
—Éste es el casquillo en el que se monta todo el dispositivo. El percutor golpea
aquí. La abertura del lado interior es para que se produzca la chispa que prende la
pólvora del compartimiento contiguo. Hasta aquí no hay ningún problema, no tienen
defectos de fabricación. En el otro extremo del casquillo, tenemos una bala de plomo
con un dispositivo de cobre en la base que evita la pérdida de fuerza. Las ranuras
minúsculas que rodean el proyectil están impregnadas de grasa para facilitar su paso
por el cañón. Aquí tampoco hay nada extraño. Entre el proyectil y la base del
casquillo se encuentra el compartimiento de la pólvora, o lo que a veces se llama la
cámara de combustión, de donde he sacado esta pequeña cantidad de material
escamoso de color gris. Es nitrocelulosa, un material altamente combustible; se
prende con la chispa que procede de la base, explota y hace que el proyectil salga
despedido del casquillo. Como ve, hay suficiente nitrocelulosa para llenar el
compartimiento de la pólvora. Para asegurarme, abrí otra. —Aimes señaló la segunda
bala desmontada—. En esta tampoco hay nada extraño. Aquel tipo utilizó munición
Remington en perfectas condiciones. El agente Tolk tuvo suerte, padre, mucha suerte.

Nueva York, Nueva York

Jack Twist pasó el día de Navidad en la habitación del sanatorio con la que era su
esposa desde hacía trece años. Estar con Jenny un día de fiesta era particularmente
triste. Pero estar en cualquier otro lugar y dejarla sola habría sido mucho más triste.
Aunque Jenny llevaba casi dos tercios del matrimonio en coma, los años de
comunión perdida no hicieron mella en su forma de quererla. Habían pasado más de
ocho años desde que sonreía, desde que pronunciaba su nombre y le devolvía los
besos, pero en su corazón, al menos, el tiempo se había detenido, y ella seguía siendo
la bella Jenny Mae Alexander, una chica joven y sana.
Encarcelado en aquella prisión centroamericana, resistió pensando que Jenny le

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esperaba en casa, que lo echaba de menos, que se preocupaba por él y que rezaba
todas las noches para que regresara sano y salvo. Cuando sufría torturas y pasaba
hambre, se aferraba a la esperanza de que algún día volvería a sentir los abrazos de
Jenny y a oír sus maravillosas risas. Aquella esperanza lo mantuvo sano y cuerdo.
De los cuatro soldados capturados, sólo Jack y su amigo Oscar Weston
sobrevivieron y regresaron a casa, aunque escaparon de milagro. Esperaron casi un
año a que los rescataran, seguros de que su país no los dejaría en la estacada. A veces
discutían si serían liberados por algún comando o por canales diplomáticos. Después
de once meses, aún creían que sus compatriotas los liberarían, pero ya no se atrevían
a esperar. Habían perdido peso y se encontraban peligrosamente débiles, desnutridos.
También padecieron desconocidas fiebres tropicales sin recibir tratamiento alguno, lo
que los debilitó aún más.
La única oportunidad de escapar era durante sus periódicas visitas al Centro
Popular de Justicia. Cada cuatro semanas, Jack y Oscar eran sacados de sus
respectivas celdas y conducidos al Centro Popular —una institución sin alambradas,
sin muros, limpia y bien iluminada, en el corazón de la capital—, una prisión modelo
que servía para impresionar a los periodistas extranjeros con el humanitarismo del
nuevo régimen. Allí los duchaban, los desinfectaban, les daban ropa limpia, los
esposaban para evitar que gesticulasen y los sentaban frente a unas cámaras de video
para ser interrogados educadamente. Generalmente, respondían a las preguntas con
obscenidades u ocurrencias. Las respuestas no importaban, porque las cintas eran
dobladas por intérpretes profesionales que hablaban inglés sin acento.
Cuando se filmaba la película de propaganda, los corresponsales extranjeros los
entrevistaban por un circuito cerrado de televisión. Las cámaras nunca tomaban
primeros planos, y sus respuestas no las oían quienes les hacían las preguntas; una
vez más, personas no visibles, sentadas frente a otro micrófono fuera del campo de la
cámara, respondían por ellos.
Al iniciarse el undécimo mes de cautiverio, Jack y Oscar comenzaron a hacer
planes para escapar la siguiente vez que fueran conducidos a aquel lugar
propagandístico, menos seguro, menos vigilado.
La formidable fuerza que antaño tuvieron sus jóvenes cuerpos había
desaparecido, y sus únicas armas eran cuchillos y agujas hechos con huesos de rata, a
los que habían dado forma y afilado laboriosamente contra los muros de piedra de las
celdas. Aunque tenían un filo endemoniado, aquellos instrumentos eran unas armas
ridículas; aun así, Jack y Oscar esperaban reducir con ellas a los guardias armados
con subfusiles.
Sorprendentemente, los redujeron. Una vez en el Centro Popular, fueron dejados
bajo la custodia de un solo guardia, que les condujo a las duchas, en el segundo piso.
El guardia mantuvo la pistola enfundada, probablemente porque el edificio estaba en
el interior de un centro de arresto dentro del enorme centro de arresto que era la
capital misma. El guardia estaba convencido de que Jack y Oscar se encontraban

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desmoralizados, débiles y desarmados, por lo que se sorprendió cuando se
abalanzaron bruscamente sobre él y, con un salvajismo aterrador, lo apuñalaron con
los cuchillos de hueso que escondían bajo la ropa. Alcanzado dos veces en la
garganta y otra en el ojo derecho, sucumbió sin dejar escapar un grito que atrajera a
otros policías o soldados.
Antes de que se descubriera la fuga, Jack y Oscar cogieron la pistola y la
munición del guardia muerto, y salieron corriendo por los pasillos, arriesgándose a
que los vieran, se diese la alarma y los capturaran. Pero, después de todo, era un
centro de «reeducación» con unas medidas de seguridad mínimas, y pudieron llegar a
la escalera y bajar al oscuro sótano, donde recorrieron rápida y sigilosamente una
serie de húmedos almacenes. En un extremo del edificio, encontraron los muelles de
carga y una salida.
Siete u ocho cajas acababan de ser descargadas de un camión de reparto, cuya
parte trasera estaba junto al más cercano de los dos muelles de carga. El conductor
discutía con otro hombre, los dos se agitaban frente a la cara sus respectivos papeles.
Aquellos dos eran los únicos hombres a la vista y, cuando se dieron la vuelta y se
dirigieron a la oficina acristalada, Jack y Oscar se deslizaron sigilosamente hasta las
cajas recién descargadas y de allí a la parte trasera del camión, donde se hicieron un
hueco tras unos bultos. El conductor regresó a los pocos minutos, cerró la compuerta
de carga del camión y se alejó por las calles de la ciudad antes de que se diera la
alarma.
Diez minutos después, a varias manzanas del Centro Popular, el camión se
detuvo. El conductor abrió la compuerta trasera, cogió un paquete sin advertir que
Jack y Oscar se encontraban a unos centímetros de él, ocultos tras unas cajas, y entró
en el edificio ante el que había aparcado. Jack y Oscar salieron de aquel agujero y se
dieron a la fuga.
A las pocas manzanas, se encontraron en un barrio de calles enfangadas y
miserables chabolas, cuyos habitantes, acuciados por la pobreza, no simpatizaban
más con los nuevos tiranos que con los anteriores y, por ello, estuvieron dispuestos a
esconder a dos yanquis con problemas. Al caer la noche, provistos de los pocos
alimentos que aquellas personas pudieron ofrecerles, partieron hacia las afueras de la
ciudad. Cuando llegaron a una granja en campo abierto, entraron en el granero y
robaron una hoz afilada, varias manzanas pasadas, un mandil de herrero, algunos
sacos de arpillera que les podrían servir para fabricarse unos zapatos cuando se
acabaran estropeando los que les dieron en la prisión… y un caballo. Antes del
amanecer, llegaron a la linde de la jungla, donde abandonaron el caballo y
continuaron la marcha a pie.
Débiles, con escasas provisiones, armados únicamente con la hoz —y con la
pistola que le arrebataron al guardia—, sin brújula, guiándose por el sol y las
estrellas, marcharon hacia el Norte por la selva tropical, hacia la frontera, a ciento
treinta kilómetros de distancia. Durante aquel viaje de pesadilla, Jack tuvo una ayuda

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vital para la supervivencia: Jenny. Pensaba en ella, soñaba con ella, la añoraba, y siete
días después, cuando Oscar y él alcanzaron territorio amigo, Jack supo que el éxito de
la empresa se lo debía tanto a Jenny como a su entrenamiento militar.
Entonces creyó que había dejado atrás lo peor. Se equivocaba.
Ahora, sentado junto al lecho de su mujer, oyendo una casete de villancicos, a
Jack Twist le invadió la tristeza. La Navidad era una ocasión triste porque no podía
evitar acordarse de aquella otra Navidad que pasó encarcelado, que soportó soñando
con ella… cuando, de hecho, ya estaba en coma y la había perdido.
Feliz Navidad.

Chicago, Illinois

Mientras el padre Wycazik caminaba por los pasillos y las salas del Hospital
Infantil de St. Joseph, su estado de ánimo mejoró. Y eso no era poca cosa, pues ya se
encontraba rebosante de alegría y optimismo.
Los visitantes abarrotaban el hospital, y la música navideña surgía por el sistema
de megafonía. Madres, padres, hermanos, hermanas, abuelos y otros parientes y
amigos de los jóvenes pacientes habían ido cargados de regalos, dulces y buenos
deseos, y las risas llenaban aquel lugar generalmente triste; se oían más risas de las
que resonarían en aquellas galerías en todo un mes. Incluso los pacientes que sufrían
las enfermedades más graves sonreían abiertamente y charlaban con animación,
olvidándose por un momento de sus sufrimientos.
En ningún lugar del hospital se oían más risas y había más esperanza que entre los
que rodeaban la cama de aquella niña de diez años llamada Emmeline Halbourg.
Cuando el padre Wycazik se presentó, fue saludado calurosamente por los padres, las
dos hermanas, los abuelos, una tía y un tío de Emmeline Halbourg, quienes
supusieron que era uno de los capellanes del hospital.
Por lo que le dijo Brendan el día anterior, Stefan esperaba encontrarse con una
niña que se recuperaba alegremente; pero no estaba preparado para el estado en que
se encontraba Emmy. Estaba verdaderamente radiante. Según Brendan, tan sólo dos
semanas antes era minusválida y estaba muriéndose. Pero ahora la mirada de sus
oscuros ojos era limpia y la antigua palidez había desaparecido, sustituida por
coloretes. No tenía hinchados los nudillos ni las muñecas, ni parecía sentir dolor
alguno. No daba la impresión de ser una niña enferma que luchara por recuperar la
salud; más bien, ya parecía curada.
Lo más sorprendente era que Emily no se encontraba tumbada en la cama, sino de
pie con la ayuda de unas muletas, moviéndose entre sus admirados y felices parientes.
La silla de ruedas había desaparecido.
—En fin —dijo Stefan tras una breve visita—, debo irme, Emily. Sólo he venido
a felicitarte de parte de un amigo tuyo. Brendan Cronin.

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—¡Gordi! —exclamó con alegría—. Es maravilloso, ¿verdad? Fue horrible
cuando dejó de trabajar aquí. Lo echamos mucho de menos.
La madre de Emmy manifestó:
—No conocemos a ese tal Gordi pero, por la forma en que hablan de él, ha debido
ser la mejor medicina para los niños.
—Sólo trabajó aquí una semana —dijo Emmy—. Pero aún viene…, ¿no lo sabía?
Viene a visitarnos de vez en cuando. Esperaba que viniese hoy para felicitarlo.
—Quería venir, pero está pasando la Navidad con su familia.
—¡Oh, qué bien! Para eso es la Navidad, ¿verdad, padre? Para estar con la
familia, para divertirse y quererse.
—Sí, Emmy —le contestó el padre Wycazik, pensando que ningún teólogo ni
filósofo lo hubiese dicho mejor—. Es para eso.
Si Stefan se hubiese quedado a solas con la niña, le habría preguntado por aquella
tarde del 11 de diciembre. Ese fue el día que Brendan le cepilló el cabello frente a
aquella misma ventana. Stefan quería que le hablara de los círculos que le salieron a
Brendan en las manos por primera vez aquel día y que Emmy vio incluso antes que el
mismo Brendan. Quería preguntarle a Emily si notó algo extraño cuando la tocó
Brendan. Pero había demasiados adultos que seguramente le harían preguntas
incómodas. Stefan aún no estaba preparado para revelar el motivo de su curiosidad.

Las Vegas, Nevada

Tras un comienzo difícil, la celebración del día de Navidad en el apartamento de


Jorja Monatella mejoró notablemente. Mary y Pete dejaron de agobiar a Jorja con sus
consejos y críticas bien intencionadas pero no deseadas. Se tranquilizaron y se
dedicaron a jugar con Marcie, como correspondía a unos abuelos, y Jorja comprendió
por qué los quería tanto. El almuerzo estuvo servido a las doce y media, con sólo
veinte minutos de retraso, y fue delicioso. Cuando Marcie se sentó a la mesa, había
agotado su obsesionado interés por el juego de la Pequeña Doctora y comió con
tranquilidad. Fue un almuerzo placentero, salpicado de charla y risas, con el árbol de
Navidad de fondo. Vivieron unas horas maravillosas, hasta que los problemas
surgieron repentinamente cuando tomaban el postre. Con asombrosa velocidad,
evolucionaron hasta alcanzar las proporciones de un verdadero desastre.
Bromeando con Marcie, Pete le dijo:
—¿Se puede saber dónde guarda la comida una cosa tan pequeña como tú? ¡Has
comido más que todos nosotros juntos!
—Oh, abuelo.
—¡Es cierto! Te lo has zampado todo. Un bocado más de ese pastel de ciruelas y
estallarás.
Marcie cogió un gran trozo con el tenedor, lo alzó para que todos lo vieran y,

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teatralmente, se lo llevó a la boca.
—¡No lo hagas! —exclamó Pete, tapándose el rostro como si se protegiera contra
la explosión.
Marcie se metió el trozo en la boca, lo masticó y se lo tragó.
—¿Ves? No he estallado.
—Estallarás con el próximo bocado —añadió Pete—. Aún te cabía otro.
Estallarás… o tendremos que llevarte al hospital.
Marcie frunció el ceño.
—Al hospital no.
—Oh, sí —afirmó Pete—. Te inflarás de tal modo que tendremos que llevarte al
hospital para que te desinflen antes de que estalles.
—Al hospital no —repitió Marcie inflexiblemente.
Jorja advirtió que el tono de voz de su hija había cambiado, que la niña ya no
participaba en la broma, sino que estaba verdadera e inexplicablemente asustada.
Naturalmente, no temía que fuese a estallar; fue la simple idea de ir al hospital lo que
le hizo palidecer.
—Al hospital no —volvió decir Marcie con una mirada aterrorizada.
—Oh, sí —le replicó Pete, que aún no había advertido la transformación en la
niña.
Jorja trató de cambiar de tema.
—Papá, creo que…
Pero Pete añadió:
—Claro que no te podrán llevar en ambulancia, porque no cabrás. Tendremos que
alquilar un camión para llevarte.
La niña agitó la cabeza enérgicamente.
—No iré jamás al hos… hospital. Nunca permitiré que los médicos me toquen.
—Encanto —le dijo Jorja—, el abuelo está bromeando. No lo dice…
Sin calmarse, la niña continuó:
—No me volverán a hacer daño en el hospital. No dejaré que me hagan daño.
Mary miró a Jorja, desconcertada.
—¿Cuándo ha estado en el hospital?
—Nunca —respondió Jorja—. No sé por qué…
—¡Sí he estado! ¡Sí he estado! Me ataron a la cama, me pincharon muchas a…
agujas y me asusté, y no volveré a dejar que me toquen otra vez.
Recordando la extraña rabieta que le contó Kara Persaghian el día anterior, Jorja
actuó con rapidez para evitar una escena similar. Le puso a Marcie una mano en el
hombro y le dijo:
—Encanto, nunca has estado…
—¡Sí! —El miedo y el enfado de la niña se convirtieron en ira y terror. Arrojó el
tenedor, y Pete tuvo que esquivarlo.
—¡Marcie! —gritó Jorja.

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La niña, con el semblante pálido, se bajó de la silla y se apartó de la mesa.
—Cuando crezca seré mi propia médica, para que nadie me vuelva a pinchar
tantas aguja —las palabras acabaron en un gemido lastimero.
Jorja se acercó a Marcie.
—Encanto, no llores.
Marcie extendió los brazos como si se protegiera contra un ataque, aunque no era
a su madre a quien temía. Miraba tras Jorja, quizá veía algún peligro imaginario,
aunque su espanto era real. Su palidez era casi translúcida, como si su cuerpo se
hubiese evaporado con el tremendo calor del terror.
—¿Marcie, qué te ocurre?
La niña retrocedió a un rincón, estremeciéndose.
Jorja le cogió las manos a su hija, que mantenía alzadas en actitud defensiva.
—Marcie, háblame —en el mismo momento de decir aquello, el olor de la orina
flotó en el aire, y Jorja vio la mancha que se extendía entre las piernas de Marcie—.
¡Marcie!
La niña trataba de gritar, pero no podía.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Mary—. ¿Qué le está ocurriendo?
—No lo sé —respondió Jorja—. Dios mío, no lo sé.
Con los ojos aún fijos en alguna figura u objeto que sólo ella veía, Marcie
comenzó a balbucear ininteligiblemente.

Nueva York, Nueva York

La música navideña continuaba sonando en el magnetófono, y Jenny Twist yacía


inmóvil e inconsciente, pero Jack no seguía practicando aquella frustrante
comunicación unilateral a la que dedicó las primeras horas de su visita. Ahora estaba
sentado en silencio, e inevitablemente sus pensamientos volvieron a los años de su
regreso de Centroamérica…
Al regresar a Estados Unidos, descubrió que el rescate de los prisioneros del
Instituto de la Hermandad fue interpretado por algunos sectores del ejército como un
acto terrorista, un secuestro colectivo, una provocación que podía haber acabado en
guerra. Todos los que participaron en la operación fueron considerados criminales de
uniforme y, por algún motivo, las iras de la oposición se centraron en los que habían
sido hechos prisioneros.
Al cundir el pánico político, el Congreso prohibió toda actividad encubierta en
Centroamérica, incluido el plan pendiente de rescatar a los cuatro soldados del
comando. La liberación se realizaría por canales estrictamente diplomáticos.
Por eso esperaron en vano el rescate. Su país los había abandonado. Al principio,
a Jack le costó creerlo. Cuando finalmente lo comprendió, fue la segunda experiencia
más traumática de su vida.

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Tras alcanzar la libertad, de vuelta en casa, Jack fue perseguido implacablemente
por periodistas hostiles y citado ante una comisión del Congreso para testificar sobre
su participación en aquella operación. Esperó tener la oportunidad de hablar
sinceramente, pero pronto descubrió que a nadie le interesaba su punto de vista y que
la comparecencia televisada sólo servía de tribuna para que los políticos disertaran en
la infame tradición de Joe McCarthy.
A los pocos meses, la gran mayoría se había olvidado de él y, cuando recuperó los
kilos perdidos en la prisión, dejaron de reconocer en él al presunto criminal de guerra
que vieron en la televisión. Pero el dolor y el sentimiento de haber sido traicionado
continuaron ardiendo fieramente en su interior.
Cuando su país lo abandonó sufrió la segunda experiencia más traumática de su
vida, la primera fue lo que le ocurrió a Jenny mientras él estaba encerrado en aquella
prisión centroamericana. Un delincuente la asaltó en una galería del edificio donde se
encontraba su apartamento cuando regresaba del trabajo. Le puso una pistola en la
cabeza, la hizo entrar en el apartamento, abusó de ella y la violó, la golpeó
brutalmente con la culata de la pistola y se marchó dándola por muerta.
Cuando Jack llegó al fin a casa, encontró a Jenny en una institución estatal, en
estado de coma. Los cuidados que recibía eran abominables.
El violador que atacó a Jenny, Norman Hazzurt, fue detenido gracias a las huellas
dactilares y a las declaraciones de algunos testigos, pero un abogado defensor
avispado logró retrasar el juicio. Tras llevar a cabo su propia investigación, Jack se
convenció de que Hazzurt, que tenía un largo historial de abusos sexuales, era el
culpable. También estaba convencido de que éste sería absuelto gracias a alguna
argucia.
Durante el calvario con la prensa y los políticos, Jack hizo planes para el futuro.
Tenía ante él dos tareas primordiales: En primer lugar, matar a Norman Hazzurt de tal
forma que las sospechas no recayeran sobre él; después, conseguir dinero suficiente
para trasladar a Jenny a un sanatorio privado, aunque el único modo de obtener tanto
dinero y con tanta rapidez sería robándolo. Como estaba perfectamente entrenado por
el ejército, conocía la mayor parte de las armas, explosivos, artes marciales y técnicas
de supervivencia. La sociedad le había fallado, pero también le proporcionó el
conocimiento y los medios que utilizaría para vengarse, y le enseñó a eludir todas las
leyes que existían sin ser castigado.
Norman Hazzurt murió en una explosión de gas «fortuita» dos meses después de
que Jack regresara a Estados Unidos. Dos semanas más tarde, financió el traslado de
Jenny a un sanatorio privado con el botín de un ingenioso robo a un banco, ejecutado
con precisión militar.
Matar a Hazzurt no satisfizo a Jack. De hecho, le deprimió. Matar en la guerra era
distinto a hacerlo en la vida civil. Sólo había matado en defensa propia.
Sin embargo, el robo le resultó tremendamente atractivo. Tras el exitoso golpe al
banco, se emocionó, se exaltó, se regocijó. Cometer un robo tenía propiedades

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medicinales. El delito le proporcionaba un motivo para vivir. Hasta hacía poco
tiempo.
Ahora, sentado junto al lecho de Jenny, Jack Twist se preguntaba qué le haría
vivir día tras día si no era el robo. La otra única cosa que tenía era Jenny. Sin
embargo, hacía tiempo que reunió suficiente para mantenerla; tenía dinero más que
de sobra para eso. De forma que sólo vivía para ir a verla varias veces a la semana,
contemplar su rostro sereno, cogerle la mano… y rezar para que se produjera un
milagro.
Resultaba irónico que un hombre como él —un individualista acérrimo— sólo
encontrara la esperanza en el misticismo.
Mientras meditaba sobre aquello, oyó que Jenny gorjeaba suavemente. Inspiró
dos veces consecutivas y dejó escapar un largo y sonoro suspiro. Durante un frenético
instante, al levantarse de la silla, Jack casi esperó que hubiese abierto los ojos y
recuperado el conocimiento después de ocho años, produciéndose el milagro en el
mismo instante en que lo pensaba. Pero tenía los ojos cerrados y una expresión serena
en el rostro. Le puso una mano en la cara, después la bajó a la garganta. Le buscó el
pulso. Lo que sucedió no fue un milagro, de hecho fue algo antimilagroso, mundano
e inevitable: Jenny Twist había muerto.

Chicago, Illinois

El día de Navidad había pocos médicos de guardia en el hospital de St. Joseph,


pero un residente llamado Jarvil y un interno llamado Klinet estaban deseosos de
hablar con el padre Wycazik sobre la asombrosa recuperación de Emmeline
Halbourg.
Klinet, de cabello ensortijado, acompañó a Stefan a un despacho para examinar el
expediente y las radiografías de Emmy.
—Hace seis semanas se le puso un tratamiento a base de namiloxiprina, una
nueva sustancia que acaba de ser aprobada por la Administración para la
Alimentación y los Medicamentos.
El doctor Jarvil, el médico residente, hablaba en voz baja y tenía una mirada
soñolienta, pero, cuando se les unió en el despacho, se encontraba visiblemente
excitado por la sorprendente evolución de Emmeline Halbourg.
—La namiloxiprina tiene varios efectos sobre las enfermedades óseas como la de
Emmy —dijo Jarvil—. En muchos casos detiene la destrucción del periosteo,
favorece el crecimiento de osteocitos sanos y, de algún modo, provoca la
acumulación de calcio intercelular. En el caso de Emmy, donde la medula ósea es lo
más afectado por la enfermedad, la namiloxiprina crea un entorno químico en el
conducto de la medula y en los de Havers, un medio ambiente extremadamente hostil
a los microorganismos, pero que, de hecho, favorece el crecimiento de las células

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óseas, la producción de glóbulos rojos y la formación de hemoglobina.
—Pero se supone que no actúa con esa rapidez —comentó Klinet.
—Y es básicamente una sustancia que detiene el progreso de la enfermedad —
afirmó Jarvil—; detiene el deterioro óseo. Pero no posibilita la regeneración. Desde
luego, se cree que, en cierta medida, favorece la evolución, pero no como la que
vemos en Emmy.
—Es una evolución acelerada —añadió Klinet, golpeándose la frente con la
palma de la mano como para meterse aquel hecho sorprendente en su cerrada cabeza.
Mostraron a Stefan una serie de radiografías realizadas en las últimas seis
semanas, donde se veían claramente los cambios en las articulaciones y en los huesos
de Emmy.
Klinet continuó diciendo:
—Se le administró la namiloxiprina durante tres semanas sin que detectáramos
cambio alguno y, de repente, hace dos semanas, su cuerpo no sólo contuvo el avance
de la enfermedad, sino que comenzó a reconstruir los tejidos dañados.
El inicio de la evolución favorable de la niña coincidía perfectamente con la
primera aparición de los anillos en las manos de Brendan Cronin. Sin embargo,
Stefan Wycazik no mencionó aquella coincidencia.
Jarvil le mostró más radiografías y análisis que indicaban una importante mejora
en los conductos harvesianos de la niña, la complicada red que repartía los pequeños
vasos sanguíneos y linfáticos por el hueso para su mantenimiento y reparación.
Muchos se encontraban obstruidos por una sustancia que formaba una placa y
atenazaba los vasos que la atravesaban. Sin embargo, en las dos últimas semanas, la
placa casi había desaparecido, permitiendo la libre circulación necesaria para la
curación y la regeneración.
—Nadie sabía que la namiloxiprina pudiese limpiar los vasos de esa manera —
dijo Jarvil—. No existen antecedentes. Una pequeña limpieza de la capa, sí, pero
como consecuencia del control de la enfermedad. No como esto. Es sorprendente.
—Si la regeneración continúa a este ritmo —aseguró Klinet—, Emmy podría ser
una niña normal y sana dentro de tres meses. Es un fenómeno extraordinario.
—Podría recuperarse totalmente —afirmó Jarvil.
Sonrieron al padre Wycazik, y él no tuvo valor para decirles que la curación de
Emmeline Halbourg no era debida ni a su laborioso trabajo ni a una sustancia
milagrosa. Estaban eufóricos, de modo que Stefan se guardó para sí la idea de que la
curación de Emmy era debida a algún poder que sobrepasaba los misterios de la
medicina moderna.

Milwaukee, Wisconsin

Pasar el día de Navidad con Lucy, Frank y sus nietos les sirvió a Ernie y a Faye

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Block tanto de diversión como de terapia. Cuando salieron a pasear los dos solos a la
caída de la tarde, no se sentían tan bien desde hacía varios meses.
El tiempo era perfecto para pasear: fresco, estimulante y sin viento. La nevada
más reciente cayó cuatro días antes y las aceras estaban limpias. Al aproximarse el
crepúsculo, el aire se cubrió de un resplandor púrpura.
Enfundados en gruesos abrigos y bufandas, Faye y Ernie pasearon cogidos del
brazo, hablando animadamente de los acontecimientos de aquel día, admirando la
decoración navideña en los jardines de los vecinos de Lucy y Frank. Los años
pasaban y Faye tenía la sensación de que Ernie y ella seguían siendo unos recién
casados, jóvenes y soñadores.
Cuando llegaron a Milwaukee el 15 de diciembre, diez días antes, Faye pensó que
había motivos para suponer que todo saldría bien. Ernie parecía mejorar: su paso era
más firme y su sonrisa mostraba un buen humor más auténtico. Evidentemente, estar
rodeado del amor de su hija, su yerno y sus nietos era suficiente para hacer
desaparecer parte de aquel miedo que se había convertido en un elemento
fundamental de su vida.
Las sesiones terapéuticas con el doctor Fontelaine, seis hasta el momento,
también resultaron notablemente beneficiosas. Ernie seguía temiendo la oscuridad,
pero le aterrorizaba menos que en Nevada. Las fobias, según el doctor, eran fáciles de
tratar comparadas con otras alteraciones psíquicas. En los últimos años, los
especialistas habían descubierto que, en la mayoría de los casos, los síntomas eran la
enfermedad en lugar de meros reflejos de conflictos sin resolver en el subconsciente
del individuo. Ya no se consideraba necesario —ni siquiera posible o deseable—
buscar las causas psicológicas de la alteración para poder tratarla. Las largas terapias
fueron abandonadas en favor de la enseñanza al paciente de técnicas de
desensibilización que le permitieran erradicar los síntomas en el plazo de unos meses
o incluso semanas.
Aproximadamente un tercio de quienes padecen fobias no pueden ser ayudados
con estos métodos y necesitan, en su lugar, un tratamiento a largo plazo e incluso
medicamentos, como alprazolam, para evitar los ataques de pánico. Pero Ernie
mejoró a un ritmo que incluso al doctor Fontelaine, optimista por naturaleza, le
pareció sorprendente.
Faye leyó extensamente sobre las fobias y descubrió que podía ayudar a Ernie
relatándole hechos curiosos y asombrosos que le permitieran considerar su estado
desde una perspectiva distinta, menos atemorizada. A Ernie le gustaba especialmente
oír casos de fobias extrañas, junto a las que su miedo a la oscuridad parecía
razonable. Por ejemplo, saber que existían pterófobos, personas que vivían con un
miedo constante e irrazonable a las plumas, convertía su horror ante la llegada de la
noche en algo que no era sólo soportable, sino también casi normal y lógico. A los
ictiófobos les horrorizaba la simple perspectiva de toparse con un pez, y los
pediófobos corrían y gritaban aterrorizados cuando veían una muñeca. Desde luego,

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la nictofobia de Ernie era preferible a la coitofobia (el miedo a las relaciones
sexuales) y bastante menos agotadora que la auto-fobia (el miedo a uno mismo).
Ahora, paseando al atardecer, Faye intentaba que Ernie no pensara en la oscuridad
que se aproximaba y le contaba que John Cheever, el difunto novelista ganador del
National Book Award, fue gefirófobo. Cheever tenía un miedo aterrador a cruzar
puentes elevados.
Ernie escuchaba fascinado, pero no conseguía olvidarse de la llegada de la noche.
A medida que las sombras se alargaban sobre la nieve, apretó el brazo de Faye con
tanta fuerza que le habría hecho daño si no llevase un jersey de lana y un grueso
abrigo.
Cuando se alejaron unas siete manzanas, estuvieron suficientemente lejos como
para poder llegar a casa antes de que se hiciera de noche. Los ojos de Ernie tenían
una mirada extraña, y el vaho de su respiración surgía a un ritmo que indicaba un
pánico incipiente.
—Recuerda que debes controlar la respiración —le dijo Faye.
Ernie asintió y comenzó a respirar con profundidad y a un ritmo más
acompasado.
Cuando desapareció toda la luz del cielo, Faye le preguntó:
—¿Preparado para regresar?
—Preparado —le contestó Ernie con voz hueca.
Salieron del resplandor de una farola y se internaron en la oscuridad, camino de
casa; Ernie resoplaba entre dientes.
Estaban realizando, por tercera vez, una drástica técnica terapéutica llamada
«conductismo», en la cual el paciente que sufre una fobia es obligado a enfrentarse a
lo que le causa el miedo y a soportarlo hasta que deje de aterrorizarlo. El
conductismo se basa en el hecho de que los ataques de pánico son auto-limitadores.
Es decir, el cuerpo humano no puede soportar un pánico intenso indefinidamente, no
puede producir adrenalina continuamente, de forma que la mente debe adaptarse y
hacer las paces con lo que la aterroriza… o al menos lograr una tregua. El doctor
Fontelaine prefería una versión modificada que constaba de tres fases de
confrontación con la causa del miedo.
La primera fase, en el caso de Ernie, consistía en permanecer a oscuras durante
quince minutos, pero acompañado de Faye, que lo alentaba, y junto a zonas
iluminadas fácilmente accesibles. Ahora, cada vez que llegaban a una farola, se
detenían para que Ernie se armara de coraje y se internaban en la siguiente zona de
oscuridad.
La segunda fase, que emprenderían al cabo de dos o tres semanas, tras varias
sesiones más con el doctor, consistiría en ir en automóvil a un lugar en que no
hubiese farolas, donde no existieran zonas iluminadas. Allí caminarían juntos,
cogidos del brazo, en completa oscuridad, hasta que Ernie no lo soportara más, en
cuyo momento Faye encendería los faros del coche para proporcionarle un momento

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de respiro.
En la tercera fase del tratamiento, Ernie saldría a caminar solo por una zona
totalmente a oscuras. Después de varias salidas como aquella, estaría casi
completamente curado.
Pero aún no estaba curado. Cuando recorrieron seis de las siete manzanas que les
separaban de casa, respiraba tan pesadamente como un caballo tras una galopada y se
abalanzó hacia la seguridad de la luz. Sin embargo, no estaba mal…, seis manzanas.
Cada día mejor. A ese ritmo, pronto se habría curado.
Mientras Faye entraba en casa tras él, donde Lucy ya le estaba ayudando a
quitarse el abrigo, intentó sentirse optimista con aquel ritmo. Si continuaban así,
completarían la tercera y última fase algunas semanas —o incluso un par de meses—
antes de lo previsto. Eso era lo que preocupaba a Faye. Su rápida mejoría era
demasiado sorprendente para ser real. Quería creer que pronto se olvidarían de
aquella pesadilla, pero el ritmo de recuperación le hizo preguntarse si sería constante.
Aunque siempre se esforzaba en pensar positivamente, Faye Block tenía la
sensación instintiva y enervante de que algo marchaba mal. Muy mal.

Boston, Massachusetts

Inevitablemente, dada su exótica condición de ahijado de Picasso y de cotizado


artista europeo, Pablo Jackson era una celebridad en los círculos sociales de Boston.
Además, en la segunda guerra mundial, fue enlace entre el servicio de espionaje
británico y las fuerzas de la Resistencia, y su reciente trabajo de hipnotizador para la
policía había acrecentado aún más su carisma. No le faltaban las invitaciones.
La noche del día de Navidad, Pablo asistió a una cena de etiqueta con otras
veintidós personas en casa del señor y la señora Hergensheimer, en Brookline. La
casa era un espléndido edificio de ladrillo del período georgiano colonial, tan
elegante y acogedora como los mismos Hergensheimer, quienes hicieron fortuna en
los años cincuenta con el negocio inmobiliario. En la biblioteca había sido instalado
un bar, los camareros con chaquetas blancas circulaban por el enorme salón con
bandejas repletas de canapés y copas de champán, y en el vestíbulo un cuarteto de
cuerda interpretaba una agradable música ambiental.
De entre aquella escogida compañía, el hombre que más le interesaba a Pablo
Jackson era Alexander Christophson, ex embajador en Gran Bretaña, senador por el
estado de Massachusetts durante un mandato electoral, ex director de la Agencia
Central de Inteligencia, retirado casi una década antes, a quien Pablo conocía desde
hacía cincuenta años. Con sus setenta y seis años, Christophson era el segundo
invitado más anciano de la reunión, pero los años habían sido casi tan benevolentes
con él como con Pablo. Era alto, tenía un aire distinguido y apenas se veían arrugas
en su rostro bostoniano. Su mente continuaba tan ágil como siempre. La verdadera

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dimensión de su paso por la tierra sólo era delatada por un débil rastro de la
enfermedad de Parkinson que, a pesar del tratamiento, le afectaba a la mano derecha.
Media hora antes de la cena, Pablo apartó a Alex de los otros invitados y lo
condujo a la sala contigua a la biblioteca, al estudio de Ira Hergensheimer, cuyas
paredes estaban forradas con paneles de roble, para mantener una conversación en
privado. El viejo mago cerró la puerta tras ellos, y se dirigieron con una copa de
champán en la mano a los grandes sillones de cuero junto a la ventana.
—Alex, necesito tu consejo.
—Bueno, como sabes —dijo Alex—, a nuestra edad resulta particularmente
gratificante dar consejos. Sirve de compensación a tantos años de dar mal ejemplo.
Pero no se me ocurre qué consejo pueda darte que aún no se te haya ocurrido a ti
mismo.
—Ayer —le dijo Pablo— vino a verme una joven. Es una mujer extremadamente
atractiva, encantadora e inteligente, que está acostumbrada a resolverse sus propios
problemas, pero que se ha topado con algo muy extraño. Necesita ayuda
desesperadamente.
Alex enarcó las cejas.
—¿Aún piden ayuda las jóvenes hermosas a los octogenarios? Me impresionas y
me humillas; te envidio, Pablo.
—No se trata de un amor a primera vista, viejo lagarto pervertido. No tiene nada
que ver con la pasión. —Sin mencionar el nombre de Ginger Weiss ni su ocupación,
Pablo le informó del problema (las extrañas fugas inexplicables) y le describió la
sesión de regresión hipnótica interrumpida por la peligrosa crisis que atravesó Ginger
—. Lo cierto es que parecía sumergirse en un profundo estado de coma autoinducido,
quizá incluso hasta llegar a la muerte, para evitar mis preguntas. Naturalmente, me
negué a volver a hipnotizarla y arriesgarme a que sufriera otra crisis de esa gravedad.
Pero le prometí averiguar si existían casos similares. He estado hojeando libros desde
ayer por la tarde y, finalmente, lo hallé… en una de tus obras. Claro que tú escribías
sobre un estado psicológico impuesto como consecuencia de un lavado de cerebro y
el bloqueo de esta mujer es de su propia creación, pero hay algún parecido.
Debido a su experiencia en los servicios de inteligencia durante la segunda guerra
mundial y la posterior guerra fría, Alex Christophson había escrito varios libros, dos
de los cuales trataban sobre los lavados de cerebro. En uno de ellos, Alex describía
una técnica que llamaba bloqueo de Azrael (por uno de los ángeles de la muerte) y
que tenía un singular parecido con la barrera que cercaba en la memoria de Ginger
Weiss unos acontecimientos traumáticos ocurridos en el pasado.
La distante música de cuerda llegaba hasta ellos apagada por la puerta cerrada del
estudio. Alex dejó la copa de champán porque las manos le temblaban
excesivamente.
—¿Supongo que no podrás desentenderte del asunto y olvidarlo por completo? Te
lo aconsejo, sería lo más prudente.

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—Bueno —contestó Pablo, algo sorprendido por el inquietante tono de su amigo
—, he prometido ayudarla.
—Llevo ocho años retirado y mis instintos no son los de antes. Pero todo esto me
da muy mala impresión. Olvídalo, Pablo. No vuelvas a verla. No intentes ayudarla
más.
—Pero, Alex, se lo he prometido.
—Temía que adoptaras esa postura —Alex cerró sus manos temblorosas—. Está
bien. El bloqueo de Azrael es algo que no utilizan mucho los servicios de inteligencia
de Occidente, pero que a los soviéticos les presta una ayuda inestimable. Por ejemplo,
imaginemos que existe un experto agente soviético llamado Iván, con treinta años de
servicio en la KGB, Iván conservará en su memoria una increíble cantidad de
información delicada que, si cayera en manos occidentales, podría utilizarse para
desarticular las redes soviéticas de espionaje. A los superiores de Iván les preocupa
constantemente la posibilidad de que, en una misión en el extranjero, Iván sea
identificado e interrogado.
—Por lo que sé, con las técnicas de hipnotismo y las drogas utilizadas en la
actualidad, nadie puede ocultar información a un interrogador decidido.
—Exactamente. Por muy duro que sea, Iván acabará contándolo todo sin ser
torturado. Por ese motivo, sus superiores prefieren enviar a agentes más jóvenes que,
en caso de ser detenidos, tendrán mucha menos información valiosa que contar. No
obstante, muchas situaciones requieren un hombre experimentado como Iván, de
forma que la posibilidad de que sus secretos lleguen a oídos enemigos es una
pesadilla a la que sus superiores, les guste o no, deben acostumbrarse.
—El riesgo de los negocios.
—Exacto. Sin embargo, imaginemos que entre toda esa información que tiene en
la memoria, Iván sabe dos o tres cosas que son especialmente delicadas, tan
explosivas que su revelación podría destruir a su país. Estos recuerdos particulares,
menos del uno por ciento de sus conocimientos sobre las operaciones de la KGB,
pueden suprimirse sin que eso afecte a su comportamiento en misiones posteriores.
Hablamos de la supresión de una pequeña parte de sus recuerdos. Así, si cayera en
manos del enemigo, aún proporcionaría información valiosa en los interrogatorios
pero, al menos, no podría revelar los pocos recuerdos cruciales.
—Y aquí es donde aparece el bloqueo de Azrael —dijo Pablo—. Los propios
compañeros de Iván se valen de drogas e hipnosis para ocultarle ciertos momentos de
su pasado antes de enviarlo al extranjero en una nueva misión.
Alex asintió.
—Por ejemplo…, digamos que años atrás Iván fue uno de los agentes
involucrados en un atentado contra la vida del Papa Juan Pablo II. Con un bloqueo de
memoria adecuado, su participación en aquella operación quedaría oculta en su
subconsciente, fuera del alcance de posibles interrogadores, sin que eso afectara al
trabajo en su nueva misión. Pero eso no se logra con cualquier bloqueo. Si los

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interrogadores de Iván descubren un bloqueo de memoria normal, trabajarán para
eliminarlo, porque sabrán que lo que se esconde detrás es de enorme importancia. De
modo que la barrera tiene que ser de las que no se puedan eliminar. El bloqueo de
Azrael es perfecto. Cuando se interroga al individuo sobre el asunto secreto, está
programado para caer en un coma profundo en el que no oye la voz del
interrogador…, incluso puede llegar a morir. De hecho, debería llamarse más
exactamente el detonante de Azrael, porque si se intenta profundizar en los recuerdos
bloqueados, se acciona ese detonante y se hace caer a Iván en coma y, si se persiste
en el intento, se puede acabar matando al sujeto.
Fascinado, Pablo preguntó:
—¿Pero no es el instinto de supervivencia lo suficientemente fuerte como para
superar el bloqueo? Cuando llegue el momento en que Iván deba recordar y contar lo
que ha olvidado o morir… bueno, los recuerdos reprimidos saldrían a la luz.
—No —incluso en la cálida luz ámbar de la lámpara de pie, el rostro de Alex
parecía haber palidecido—. No con las drogas y las técnicas de hipnotismo que se
utilizan hoy día. El control de la mente es una ciencia tremendamente avanzada. El
instinto de supervivencia es el más fuerte que poseemos, pero también puede ser
anulado. Iván puede ser programado para autodestruirse.
Pablo vio que tenía la copa de champán vacía.
—Parece que mi joven amiga se ha inventado una especie de bloqueo de Azrael
para ocultarse algún acontecimiento pasado extremadamente angustioso.
—No —opinó Alex—, ella no se hizo el bloqueo a sí misma.
—Tuvo que hacerlo. Se encuentra en una situación apurada, Alex.
Sencillamente… se escabulle cuando intento interrogarla. Así que, como tú conoces
el tema, pensé que podrías tener alguna idea de cómo manejarlo.
—Aún no has entendido por qué te he aconsejado que olvides este asunto —le
dijo Alex. Se levantó del sillón, se aproximó a la ventana, guardándose las
temblorosas manos en los bolsillos, y contempló el jardín nevado—. ¿Un bloqueo de
Azrael auto-impuesto y generado naturalmente? Tal cosa es imposible. La mente
humana no se pondría al borde de la muerte simplemente para ocultarse algo a sí
misma. Un bloqueo de Azrael es siempre una forma de control impuesta desde fuera.
Si te has topado con esa barrera es porque alguien la puso allí.
—¿Me estás diciendo que le han hecho un lavado de cerebro? Eso es ridículo. No
es una espía.
—Estoy seguro de ello.
—No es soviética. ¿Por qué querrían hacerle un lavado de cerebro? A los
ciudadanos normales no se les hacen tales cosas.
Alex se volvió y miró a Pablo.
—Esto es sólo una suposición factible…, pero quizá viese algo que no debería
haber visto. Algo extremadamente importante y secreto. Posteriormente, la
sometieron a un complicado proceso de represión de la memoria para asegurarse de

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que no se lo contaría a nadie.
Pablo le miró con asombro.
—Pero… ¿qué pudo haber visto que hiciera necesarias esas medidas tan
extremas?
Alex se encogió de hombros.
—¿Y quién podría haber accedido a su mente?
—Los rusos, la CIA, el Mossad israelí, el M16 británico…, cualquier
organización con los medios suficientes para hacer esas cosas.
—No creo que haya viajado al extranjero, y eso nos deja sólo con la CIA.
—No necesariamente. Todos operan en este país. Además, los servicios de
inteligencia no son los únicos grupos familiarizados con las técnicas de control de la
mente. También tenemos a los chiflados de las sectas religiosas, a los fanáticos de los
grupos políticos clandestinos… y otros. El saber se propaga con rapidez. Si alguna de
esa gente quiere que olvide algo, no debes inmiscuirte. Sería más seguro tanto para
ella como para ti, Pablo.
—No puedo creerlo.
—Créelo —le replicó Alex sombríamente.
—Pero esas fugas, ese miedo repentino a los guantes negros y a los cascos de
motorista… parecen indicar que el bloqueo de memoria está desmoronándose. Sin
embargo, la gente de la que me hablas no haría un trabajo a medias, ¿no es cierto? Si
implantasen un bloqueo sería perfecto.
Alex volvió al sillón, se sentó y se inclinó hacia delante, clavando la mirada en
Pablo, esforzándose claramente en impresionarle con la gravedad de la situación.
—Eso es lo que más me preocupa, viejo amigo. Lo normal es que una barrera
mental implantada tan firmemente nunca se debilite por sí sola. Los que fueron
capaces de hacerle eso a tu joven amiga son unos expertos. No fallarían. De modo
que sus recientes problemas, el deterioro de su estado psíquico, sólo pueden significar
una cosa.
—¿Sí?
—Los recuerdos prohibidos, los secretos que se esconden tras el bloqueo de
Azrael, son en apariencia tan explosivos, tan aterradores, tan traumáticos, que ni una
barrera creada por expertos puede contenerlos. En esa mujer se esconde un
asombroso recuerdo de inmenso poder que intenta romper las barreras del
subconsciente y salir a la luz. Los objetos que le provocan la pérdida del
conocimiento (los guantes, el lavabo) son probablemente elementos de esos recuerdos
reprimidos. Cuando se fija en una de esas cosas, se aproxima a la ruptura del bloqueo,
al borde del recuerdo. Entonces se pone en marcha el programa y ella se desvanece.
El corazón de Pablo se aceleró con la excitación.
—Luego, después de todo, es posible utilizar la regresión hipnótica para
investigar este bloqueo de Azrael, ampliar las ranuras que ya existen, sin que caiga en
coma. Hay que ser extremadamente cuidadoso, naturalmente, pero con…

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—¡No me estás escuchando! —dijo Alex, levantándose de nuevo. Se quedó entre
los dos sillones, cerniéndose sobre Pablo y apuntándole con un dedo tembloroso—.
Esto es algo increíblemente peligroso. Te has encontrado con una cosa que no puedes
controlar. Si la ayudas a recordar, te crearás enemigos peligrosos en algún lugar.
—Es una chica encantadora, y esto le ha arruinado la vida.
—No puedes ayudarla. Eres demasiado viejo y estás solo.
—Oyeme, quizá no entiendas bien la situación. No te he dicho su nombre ni su
profesión, pero te lo diré ahora que…
—¡No quiero saber quién es! —exclamó Alex, abriendo los ojos.
—Es doctora —insistió Pablo—. O casi. Ha pasado catorce años preparándose
para practicar la medicina y ahora lo está perdiendo todo. Es trágico.
—Maldita sea, piensa esto: es casi seguro que cuando descubra la verdad sea peor
que antes. Si los recuerdos reprimidos intentan aparecer de esa manera, deben ser tan
traumáticos que la destruirán psicológicamente.
—Quizá —admitió Pablo—. ¿Pero no debe ser ella quien decida si continuar o no
buscando la verdad?
Alex se mantuvo inflexible.
—Si no la destruye el mismo recuerdo, probablemente acabará siendo asesinada
por quienesquiera que le implantaron el bloqueo. Me sorprende que no la mataran en
aquel momento. Si hay de por medio un servicio de inteligencia, ya sea el nuestro o el
de otros, debes recordar que para ellos los civiles no son en absoluto imprescindibles.
Le concedieron un extraño indulto al utilizar un lavado de cerebro en lugar de una
bala. La bala es más rápida y más barata. No le darán una segunda oportunidad. Si
descubren que el bloqueo de Azrael se ha desmoronado, si llegan a saber que ha
desvelado el secreto que intentaron ocultarle en la memoria, le volarán los sesos.
—No puedes estar seguro —agregó Pablo—. Además, es una mujer
emprendedora, Alex, una mujer inquieta, un torbellino… Así que, desde su punto de
vista, su situación actual es algo casi tan terrible como que le vuelen los sesos.
Sin hacer un esfuerzo para disimular su frustración con el viejo mago, Alex
advirtió:
—Si la ayudas, también te los volarán a ti. ¿No te hace eso vacilar?
—A los ochenta y un años —contestó Pablo—, no te ocurren muchas cosas
interesantes. No puedes permitirte el lujo de darle la espalda a la poca emoción que se
presente. Vogue la galère… tengo que aprovechar la oportunidad.
—Cometes un error.
—Quizá, amigo mío. Quizá. Pero, entonces, ¿porqué me siento tan bien?

Chicago, Illinois

El doctor Bennet Sonneford, que operó a Winton Tolk el día siguiente al tiroteo

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en el bar, hizo pasar al padre Wycazik a un espacioso estudio con las paredes llenas
de peces disecados: peces aguja, una inmensa albacora, róbalos, truchas. Más de
treinta ojos de cristal clavaban su mirada vacía en los dos hombres. La vitrina de
trofeos estaba repleta de copas de plata y de oro, placas y medallones. El doctor se
sentó sobre el escritorio de madera de pino bajo un pez aguja de sorprendentes
proporciones, que tenía la boca abierta y parecía nadar eternamente, y Stefan, en un
cómodo sillón junto a la mesa.
Aunque en el hospital sólo le proporcionaron el número de teléfono de la consulta
del doctor Sonneford, el padre Wycazik logró averiguar la dirección de su casa
gracias a la ayuda de sus amigos en la compañía telefónica y en la policía. Se
presentó en el domicilio de Sonneford a las siete y media de la tarde de Navidad,
excusándose efusivamente en el umbral por molestarle en aquel día de fiesta.
Una vez en el estudio, Stefan dijo:
—Brendan trabaja conmigo en St. Bemardette, y tengo muy buena opinión de él,
de modo que no querría verlo metido en problemas.
Sonneford, que guardaba cierto parecido con un pez —pálido, ojos ligeramente
saltones, una boca contraída de forma natural—, le dijo:
—¿Problemas? —abrió una caja de herramientas, eligió un pequeño
destornillador y centró su atención en un carrete de pesca que tenía sobre la mesa—.
¿De qué tipo?
—Por entorpecer la labor de la justicia.
—Eso es ridículo —Sonneford desatornilló meticulosamente los minúsculos
tornillos del carrete—. Si no hubiese atendido a Tolk, ese hombre estaría muerto. Le
pusimos cuatro litros y medio de sangre.
—¿Es cierto? ¿No se trata de un error en el expediente médico?
—No es un error —Sonneford abrió la cubierta del carrete automático y miró
atentamente el mecanismo del interior—. Un adulto tiene setenta milímetros de
sangre por cada kilogramo de peso. Tolk es un hombre corpulento…, pesa unos cien
kilos. Normalmente, debería tener unos siete litros. Cuando pedimos la sangre en
Urgencias ya había perdido un sesenta por ciento de su sangre. —Dejó el
destornillador y cogió una minúscula llave inglesa—. Y le pusieron un litro en la
ambulancia antes de que yo lo viera.
—¿Quiere decir que había perdido un setenta y cinco por ciento de la sangre
cuando lo sacaron del bar? Pero… ¿se puede sobrevivir habiendo perdido tanta
sangre?
—No —respondió Sonneford tranquilamente.
Stefan sintió un agradable escalofrío.
—Las balas quedaron alojadas en tejido blando, pero no dañaron ningún órgano.
¿Fueron desviadas por las costillas o por otros huesos?
Sonneford aún escudriñaba el carrete, pero dejó de toquetearlo.
—Si esas balas del calibre 38 hubiesen impactado en algún hueso, lo habrían

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destrozado, se habría astillado, y no hallé nada parecido. Por otro lado, si no fueron
desviadas por ningún hueso, deberían haberle atravesado el cuerpo, dejando grandes
heridas de salida. Pero las encontré alojadas en el tejido muscular.
Stefan contempló la cabeza inclinada del cirujano.
—¿Por qué tengo la sensación de que hay algo que quiere, pero teme, decirme?
Al fin, Sonneford alzó la mirada.
—¿Y por qué tengo la sensación de que no me ha contado el verdadero motivo de
su visita, padre?
—Una buena pregunta —aseguró Stefan.
Sonneford suspiró y guardó las herramientas en la caja.
—De acuerdo. Las heridas de entrada dejaban claro que una bala alcanzó a Tolk
en el pecho y se estrelló contra la parte inferior del esternón, lo que debería haberlo
astillado o fracturado; las astillas, como metralla, hubieran destrozado órganos y
venas vitales. Al parecer, nada de eso sucedió.
—¿Por qué dice «al parecer»? O sucedió o no sucedió.
—Por la herida de entrada, sé que la bala se estrelló contra el esternón, padre, y la
encontré alojada en tejido blando al otro lado del esternón; por tanto…, de algún
modo… atravesó el hueso sin dañarlo. Claro que eso es imposible. Sin embargo, me
encontré con una herida de entrada, el hueso intacto directamente bajo la herida… y
la bala alojada tras el esternón sin ningún síntoma que indicara cómo pasó de un lado
a otro. Es más, la herida de entrada de la segunda bala se hallaba sobre la base de la
cuarta costilla del lado derecho, pero la costilla también estaba intacta. La bala
tendría que haberla destrozado.
—Quizá se equivoque —le replicó Stefan, en el papel de abogado del diablo—.
Tal vez la bala penetrase entre dos costillas.
—No —Sonneford alzó la cabeza pero no miró a Stefan. La intranquilidad del
médico aún resultaba extraña y no la explicaba lo que había dicho hasta el momento
—. No cometo errores en el diagnóstico. Además, las balas se encontraban alojadas
donde debían si se hubiesen estrellado contra los huesos, que habrían atravesado, y
los músculos hubiesen amortiguado la fuerza restante. Pero no existían tejidos
dañados entre el punto de entrada y el lugar donde se hallaban alojadas. Eso también
es imposible. ¡Las balas no atraviesan el pecho de un hombre sin dejar ningún rastro!
—Parece un pequeño milagro.
—Más que pequeño. A mí me parece un milagrazo.
—Si únicamente resultaron dañadas una arteria y una vena, y sólo sufrieron
rasguños, ¿cómo perdió Tolk tanta sangre? Eran esos rasguños tan grandes como para
justificar tal pérdida de sangre.
—No. No pudo sufrir una hemorragia tan intensa con esas heridas.
El cirujano no dijo más. Parecía que un terror que Stefan no llegaba a entender se
aferraba a sus tobillos. ¿Qué temía? Si creía haber presenciado un milagro, ¿por qué
no estaba exultante de alegría?

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—Doctor, comprendo que a un médico, a un hombre de ciencia, le resulte difícil
admitir que ha visto algo que su educación no puede explicar, algo que, de hecho, es
opuesto a todo lo que creía verdad. Pero le ruego que me cuente todo lo que vio.
¿Qué me oculta? ¿Por qué perdió Winton Tolk tanta sangre si sus heridas eran tan
leves?
Sonneford se dejó caer en el sillón.
—Durante la intervención, tras iniciar las transfusiones, localicé las balas con
rayos X y practiqué las incisiones necesarias para extraerlas. Durante ese proceso,
observé un pequeño corte en la arteria mesentérica superior y un leve desgarrón en
una de las venas intercostales superiores. Estaba seguro de que habría otras venas
dañadas, pero no las localicé inmediatamente, de modo que pincé tanto la
mesentérica superior como la intercostal para coserlas y seguir buscando otras
heridas. Sólo me llevó diez minutos, es una tarea fácil. Primero cosí la arteria,
naturalmente, porque por ella perdía sangre a borbotones y era más grave. Después…
—¿Después? —le instó el padre Wycazik con amabilidad.
—Después, tras coser rápidamente la arteria, me fijé en la vena intercostal… y el
desgarrón había desaparecido.
—Desaparecido —agregó Stefan. Le recorrió un estremecimiento de admiración,
pues era lo que esperaba…, aun así, también era una revelación de tan asombrosa
importancia que parecía una osadía haberla esperado.
—Desaparecido —repitió Sonneford y, al fin, afrontó la mirada de Stefan. En los
ojos grises y acuosos del cirujano se movió una sombra, como el fugaz paso del
leviatán por las oscuras profundidades del mar, la sombra del temor, y Stefan advirtió
que, por alguna razón inexplicable, el milagro atemorizaba al doctor—. La vena
desgarrada cicatrizó por sí sola, padre. Sé que estaba desgarrada. Yo mismo la pincé.
Mi ayudante la vio. La enfermera la vio. Pero cuando me dispuse a coserla, el
desgarrón había desaparecido. Cicatrizado. Quité las pinzas y la sangre volvió a
correr por la vena sin que se produjeran hemorragias. Y después…, cuando extraje las
balas, el tejido muscular parecía… coserse ante mis ojos.
—¿Parecía?
—No, eso es una evasiva —admitió Sonneford—. Cicatrizó ante mis ojos. Es
increíble, pero yo lo vi. No puedo demostrarlo, padre, pero sé que esas balas se
estrellaron contra el esternón y las costillas de Tolk. Las astillas de los huesos se
expandieron por su interior como metralla. Se produjeron heridas mortales, tuvieron
que producirse. Pero cuando llegó a la mesa de operaciones, los huesos destrozados
se habían… reformado. La arteria mesentérica superior y la vena intercostal fueron
dañadas, por eso perdió tanta sangre, pero cuando abrí, las dos habían cicatrizado casi
por completo. Parece una locura, pero si no hubiese cosido la arteria, estoy seguro de
que hubiera acabado de cicatrizar por sí sola…, al igual que ocurrió con la vena.
—¿Qué piensan su ayudante y las enfermeras de esto?
—Es curioso…, no hemos hablado mucho de ese tema. No me explico por qué no

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lo hemos discutido más. Quizá no lo hicimos porque… vivimos en una era
racionalista en la que lo milagroso es inaceptable.
—Triste, pero cierto —afirmó Stefan.
Con la sombra del temor aún brillando como una anémona en las profundidades
de sus ojos, Sonneford preguntó:
—Padre, si hubiese un Dios, y no le digo que lo haya, ¿por qué querría salvar a
ese policía en particular?
—Es un buen hombre —contestó Stefan.
—¿Y qué? He visto morir a centenares de hombres buenos. ¿Por qué salvar a ése
y no a los otros?
El padre Wycazik desplazó la silla al otro lado del escritorio para sentarse cerca
del cirujano.
—Ha sido sincero conmigo, doctor, de modo que yo también lo seré con usted.
Siento que tras estos acontecimientos hay una fuerza que no es humana. Una
Presencia. Y esa Presencia no está relacionada principalmente con Winton Tolk, sino
con Brendan, el hombre… el sacerdote que asistió al agente Tolk en aquel bar.
Bennet Sonneford parpadeó con sorpresa.
—Oh. Pero usted no habría llegado a esa conclusión a menos…
—A menos que Brendan tuviese relación con otro hecho milagroso —continuó
Stefan. Sin mencionar el nombre de Emmy Halbourg, le describió a Sonneford la
curación de sus extremidades atrofiadas por la enfermedad.
En lugar de hallar la esperanza en lo que Stefan le contaba, a Bennet Sonneford
siguió quemándole el ardor de su extraña desesperación.
Frustrado con el implacable pesimismo del médico, el padre Wycazik insistió:
—Doctor, quizá haya algo que no entiendo, pero me parece que tiene usted
motivos para sentirse feliz. Tuvo el privilegio de presenciar lo que yo personalmente
creo que es el trabajo de Dios —le ofreció la mano y no se extrañó cuando Sonneford
se la estrechó con fuerza—. Bennet, ¿por qué se siente tan desanimado?
Sonneford se aclaró la garganta y respondió:
—Nací y me educaron en el luteranismo, pero durante veinticinco años he sido
ateo. Y ahora…
—Ah —afirmó Stefan—. Ya entiendo.
Lleno de felicidad, Stefan se dispuso a lanzar las redes para pescar el alma de
Bennet Sonneford. No sospechaba que, antes de acabar el día, su euforia
desaparecería y sufriría una amarga contrariedad.

Reno, Nevada

Zeb Lomack jamás pudo imaginarse que acabaría con su vida mediante un
sangriento suicidio el día de Navidad, pero aquella noche ya estaba tan hundido que

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prefirió poner fin a su existencia. Cargó el rifle lo dejó sobre la sucia mesa de la
cocina y se prometió que lo utilizaría si, antes de la medianoche, no se libraba de
aquella pesadilla de la luna.
Su extraña fascinación por la luna comenzó dos veranos antes, aunque al
principio le pareció algo inocente. A finales de agosto de aquel año, empezó a salir al
patio trasero de su casa a contemplar la luna y las estrellas mientras bebía cerveza
Coors. A mediados de septiembre se compró un telescopio refractario Tasco 10VR y
un par de libros para aficionados a la astronomía.
Al propio Zebediah le sorprendió su repentino interés por la observación de las
estrellas. En sus cincuenta años de vida, Zeb Lomack, jugador profesional, apenas si
mostró interés por otra cosa que no fueran las cartas. Trabajaba en Reno, Lake Tahoe,
Las Vegas y, de vez en cuando, en los pequeños centros del juego como Elko o
Bullhead City, jugando al póquer con aspirantes a campeones, naturales y forasteros.
No sólo jugaba bien a las cartas: amaba las cartas más que a las mujeres, la bebida y
la comida. El dinero no le importaba, sólo era un útil producto secundario del juego.
Lo importante era seguir jugando.
Hasta que se compró el telescopio y se volvió loco.
Durante un par de meses, utilizó el telescopio esporádicamente y compró algunos
libros más de astronomía; era un simple pasatiempo. Pero en la Navidad anterior
comenzó a fijarse más en la luna que en las estrellas y, a partir de entonces, le ocurrió
algo extraño. El nuevo hobby pronto le interesó tanto como las cartas y comenzó a
cancelar las salidas a los casinos para estudiar la superficie lunar. En febrero, se
pegaba al ocular del Tasco cada noche que la luna era visible y sólo salía a jugar dos
o tres noches por semana. A finales de junio, su colección de libros ascendía a
quinientos títulos, y comenzó a empapelar las paredes y el techo de su dormitorio con
fotografías de la luna procedentes de revistas y periódicos viejos. Dejó de jugar a las
cartas y vivió de los ahorros. A partir de entonces, su interés por todo lo relacionado
con la luna dejó de parecerse a un hobby para convertirse en una loca obsesión.
En septiembre, su colección de libros alcanzaba los mil quinientos volúmenes,
que tenía apilados por todos los rincones de su pequeña casa. De día, leía sobre la
luna o, más a menudo, se quedaba sentado durante horas contemplando las
fotografías, incapaz de comprender o resistir su atractivo, hasta que sus cráteres, sus
cordilleras y sus llanuras le resultaron tan familiares como las cinco habitaciones de
su casa. Las noches en que la luna era visible, la observaba con el telescopio hasta
que no podía mantenerse despierto, hasta que los ojos se le inyectaban en sangre y se
le nublaba la vista.
Antes de que aquella obsesión se apoderase de él, Zeb Lomack era un hombre de
constitución robusta y estaba más o menos en forma. Pero a medida que su inquietud
por todo lo relacionado con la luna se intensificaba, dejó de hacer ejercicio y empezó
a comer porquerías —dulces, helados, platos precocinados, perritos calientes—
porque ya no tenía tiempo para prepararse comidas decentes. Además, no sólo sentía

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fascinación por la luna, sino que también le hacía sentirse intranquilo, no sólo le
causaba admiración, también le atemorizaba, de forma que siempre estaba nervioso, y
comiendo se tranquilizaba. Su cuerpo se debilitó y quedó fláccido, aunque él apenas
si advertía los cambios físicos que experimentaba.
A principios de octubre, pensaba en la luna a todas horas del día, soñaba con ella
y no podía moverse por su casa sin ver cientos de imágenes de la luna. En junio,
cuando terminó de empapelar el dormitorio, comenzó con las otras habitaciones. Las
fotografías en color y en blanco y negro procedían de publicaciones de astronomía,
revistas, libros y periódicos. En una de sus raras salidas de casa, vio un cartel de la
luna de un metro y medio por uno, una fotografía en color realizada por astronautas, y
compró cincuenta copias, suficientes para empapelar el techo y las paredes de la sala;
llegó hasta tapar las ventanas con los carteles, de forma que cada centímetro cuadrado
de la habitación, excepto las puertas, quedó decorado con aquella imagen repetitiva.
Sacó los muebles y transformó la sala vacía en un planetario donde la exhibición
nunca cambiaba. A veces, se tumbaba en el suelo y contemplaba aquellas cincuenta
lunas, transportado por una estimulante sensación de admiración y un terror
inexplicable, nada de lo cual podía entender.
La noche de Navidad, estando Zeb tumbado en el suelo bajo medio centenar de
lunas que se cernían sobre él, advirtió de repente que había algo escrito en una de
ellas, una sola palabra escrita con rotulador sobre la superficie lunar donde antes no
hubo nada. Lo que se leía en la fotografía era un nombre: Dominick. Reconoció su
propia escritura, pero no recordó haberlo escrito. Entonces, vio otro nombre escrito
en otro cartel: Ginger. Y después un tercer nombre en un tercer cartel: Faye. Y un
cuarto: Ernie. Con repentina inquietud, Zeb recorrió la sala dando traspiés, mirando
los otros carteles, pero no halló más nombres.
Además de no recordar haber escrito aquellas palabras, no recordaba conocer a
nadie que se llamara Dominick, Ginger o Faye. Sí conocía a un par de Ernies, pero
ninguno era amigo, y la aparición de aquel nombre en una de las lunas no era menos
misteriosa que la de los otros tres. Contemplando los nombres, se acrecentó su
nerviosismo, pues tenía la extraña sensación de conocer a aquellas personas, de que
habían jugado un papel muy importante en su vida, de que su cordura y su
supervivencia dependían de recordar quiénes eran.
Un recuerdo olvidado tiempo atrás surgió en su interior como un globo que se
inflaba poco a poco, e intuitivamente supo que cuando el globo estallase lo recordaría
todo, no sólo la identidad de aquellas personas, sino también el origen de la
enfebrecida fascinación —y el temor— que le causaba la luna. Pero a medida que
aquel globo se inflaba, su miedo también aumentaba, y comenzó a estremecerse y a
sudar incontroladamente.
Apartó la vista de los carteles, temiendo recordar, y fue tambaleándose a la
cocina, arrastrado por el hambre que le producía el nerviosismo. Abrió la nevera y se
sorprendió al verla vacía. Sólo había cuencos y recipientes de plástico sucios y

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vacíos, dos cartones de leche también vacíos y uno de huevos con un solo huevo roto
y seco. Miró en el congelador, pero sólo vio hielo.
Zeb intentó recordar cuándo fue por última vez al supermercado. Debían haber
transcurrido días o semanas desde que hizo las últimas compras. No lo recordaba
porque, en aquel mundo lunar, el tiempo no tenía significado. ¿Y cuánto tiempo había
transcurrido desde la última vez que había comido? Recordaba vagamente haber
comido budín enlatado, pero no tenía claro si fue aquella mañana, el día anterior o,
incluso, dos días antes.
Zebediah Lomack sintió tal conmoción ante aquel nuevo acontecimiento que su
mente se aclaró por primera vez en varias semanas y, al mirar a su alrededor, dejó
escapar una exclamación ahogada de repugnancia y temor. Por primera vez, vio —vio
realmente— el caos en el que vivía, enmascarado tras aquella implacable fascinación
por la luna que todo lo envolvía. Los desperdicios cubrían el suelo: latas pegajosas
con restos podridos de zumos de frutas, cajas vacías de cereales y una con cartones de
leche igualmente vacíos; docenas de bolsas de patatas fritas y de envoltorios de
dulces arrugados. Y cucarachas. Se retorcían, saltaban y se escabullían entre la
basura, corrían por el suelo, se subían por las paredes, se detenían sobre la mesa y
desaparecían por el fregadero.
—Dios mío —exclamó Zeb con una voz que apenas si era un quejido—, ¿qué me
ha ocurrido? ¿Qué he estado haciendo? ¿Qué me está sucediendo?
Se llevó la mano a la cara, que arrugó con sorpresa al tocarse la barba. Siempre
iba bien afeitado, y pensaba que se había afeitado aquella misma mañana. El tacto de
la barba enmarañada le hizo correr lleno de pánico al cuarto de baño. Era un extraño:
el cabello, grasiento, aplastado, le caía sobre la nuca; tenía la piel pálida, fláccida,
enfermiza; la barba de dos semanas, sucia, pegajosa, con restos de comida; la mirada
alucinada. Percibió el olor de su cuerpo: era tan desagradable que sintió náuseas. Al
parecer, no se había aseado en varios días o semanas.
Necesitaba ayuda. Estaba enfermo. Confundido y enfermo. No entendía qué le
sucedía, pero sabía que tenía que coger el teléfono y pedir ayuda.
Pero no fue al teléfono porque temía que le dijeran que era un loco incurable y
que lo encerraran para siempre. Como encerraron a su padre. Cuando Zebediah tenía
ocho años, su padre sufrió un ataque y comenzó a delirar y a gritar que unos lagartos
se subían por las paredes, y los médicos se lo llevaron al hospital para que se
recuperara. Pero en aquella ocasión, a diferencia de las anteriores, el delírium trémens
no desapareció y el padre de Zeb quedó ingresado en un sanatorio para el resto de su
vida. A partir de entonces, Zeb siempre temió perder la cabeza. Contemplándose el
rostro cetrino en el espejo, comprendió que no podía pedir ayuda hasta que limpiase
la casa y se aseara; de otro modo, lo encerrarían en una celda y tirarían la llave.
No pudo mirarse a la cara el tiempo suficiente para afeitarse, de modo que
comenzó con la casa. Con la cabeza agachada para evitar mirar a las lunas, que
ejercían una fuerza magnética sobre él tan real como la que la luna ejerce sobre el

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mar, se dirigió al dormitorio, abrió el armario, apartó la ropa a un lado, localizó su
Remington del calibre 12 y una caja de munición. Cabizbajo, esforzándose por
contener el impulso de mirar hacia arriba, se encaminó a la cocina, donde cargó el
rifle y lo dejó sobre la mesa atestada de desperdicios. En voz alta, hizo un trato
consigo mismo.
«Deshazte de los libros de astronomía, arranca las fotografías de las paredes para
que este lugar no parezca un manicomio, limpia la cocina, aféitate, aséate. Luego,
quizá se te aclaren las ideas y averigües qué te ha sucedido. Entonces podrás pedir
ayuda…, no mientras estén así las cosas».
El rifle era la parte implícita del trato. Tenía suerte de haberse despertado
brevemente de aquel sueño lunar en el que vivía, conmocionado por la falta de
alimentos en la nevera, pero si caía de nuevo en la pesadilla, no podía contar con
volverse a despertar. Por tanto, si no resistía el canto de sirena que le lanzaban las
lunas desde las paredes, volvería rápidamente a la cocina, cogería el rifle, se metería
el cañón en la boca y apretaría el gatillo.
La muerte era mejor que aquello.
Y la muerte era mejor que pasarse el resto de la vida encerrado como su padre.
Después, en la sala, con los ojos clavados en el suelo, comenzó a recoger libros.
Algunos tuvieron llamativas sobrecubiertas con fotografías de la luna, pero también
las puso en la pared. Cogió un montón de libros y salió al nevado patio trasero, donde
había una barbacoa de ladrillo. Tiritando por el frío glacial, dejó los libros en la
barbacoa y volvió a la casa a por más, sin atreverse a mirar el cielo por miedo a ver el
gran cuerpo luminoso suspendido en él.
Mientras hacía aquello, la necesidad de volver a mirar la luna era tan intensa e
imperiosa como la horrible necesidad que obliga al adicto a la heroína a inyectarse
una y otra vez, pero Zeb la superó.
También, mientras iba y venía a la barbacoa, sentía que aquel recuerdo olvidado
continuaba agitándose en su interior: Dominick, Ginger, Raye, Ernie…
Instintivamente, supo que entendería la causa de su fascinación por la luna cuando
recordase quiénes eran aquellas personas. Se concentró en los nombres, intentando
utilizarlos para acallar las seductoras llamadas de la luna. Aquello pareció ayudarle,
porque pronto llevó doscientos o trescientos libros a la barbacoa y estuvo listo para
prenderles fuego.
Pero al encender la cerilla y agacharse para prender las páginas de un libro,
descubrió que la barbacoa estaba vacía. La contempló con asombro y horror.
Soltando las cerillas, corrió a la casa, se precipitó al interior y vio lo que más temía
ver. Los libros estaban allí, empapados de nieve y sucios con las cenizas de la
barbacoa. Los había llevado a la barbacoa, pero la locura volvió a apoderarse de él;
bajo su hechizo y sin saber lo que hacía, los llevó de nuevo a la casa.
Comenzó a llorar, pero aún seguía decidido a no acabar en un manicomio. Cogió
un montón de libros y volvió a la barbacoa con la sensación de estar en el infierno y

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condenado, para la eternidad, a la ejecución de aquel frenético ritual.
Cuando creía que ya tenía la barbacoa llena, advirtió de repente que no llevaba los
libros al lugar donde iba a quemarlos, sino que se los llevaba de allí. Una vez más,
cayó en la alucinación de la luna, y en lugar de destruir los objetos de su obsesión, los
volvía a guardar.
Al regresar a la casa, advirtió que la capa de nieve brillaba con el reflejo de una
luz palpitante. En contra de su voluntad, levantó la cabeza del suelo. Miró el cielo
oscuro y casi sin nubes.
—La luna —dijo.
Entonces supo que era hombre muerto.

Laguna Beach, California

Para Dominick Corvaisis, la Navidad no solía ser muy distinta a otros días. No
tenía esposa o hijos que la hicieran especial. Criado en hogares adoptivos, carecía de
parientes con quienes compartir el pavo o el pastel de carne. Un par de amigos,
Parker Faine uno de ellos, siempre lo invitaban en aquellas fiestas, pero rechazaba las
invitaciones invariablemente porque sabía que se sentiría como la clásica carabina.
Sin embargo, la Navidad no le resultaba triste ni solitaria. Nunca se aburría en su
propia compañía, y su casa rebosaba de buenos libros con los que pasar las horas
placenteramente.
Pero aquel día de Navidad, Dom no podía concentrarse en la lectura, pues le
preocupaban las misteriosas misivas que recibió el día anterior y, además, necesitaba
resistir la tentación de tomar Valium.
Aunque temió sufrir pesadillas y sonambulismo, el día anterior no tomó Valium,
ni Dalmane por la noche. Estaba decidido a cortar toda dependencia de los
medicamentos, pero aún los deseaba ardientemente.
De hecho, el deseo era tan fuerte que tiró las píldoras por el inodoro porque no se
fiaba de sí mismo. A medida que transcurrían las horas, su ansiedad aumentó hasta
llegar al nivel que alcanzó antes de comenzar el tratamiento.
A las siete de la tarde, Dom llegó a la moderna y amplia casa de Parker, en la
ladera de las colinas, y aceptó un ponche de huevo con una ramita de canela. El
pintor, en honor a la fiesta, se había recortado la canosa barba, generalmente larga y
desarreglada, y la mata de pelo. Aunque su vestimenta y su aspecto eran más
conservadores que de costumbre, seguía tan efusivo como cabía esperar de él.
—¡Qué Navidad! ¡La paz y el amor han reinado hoy en esta casa! Mi querido
hermano sólo ha hecho cuarenta o cincuenta comentarios groseros y envidiosos sobre
mi éxito, más o menos la mitad de los que suele hacer en una ocasión menos
señalada. Carla, mi santa hermanastra, sólo llamó zorra una vez a su cuñada Doreen,
e incluso podría justificarse teniendo en cuenta que fue Doreen quien empezó

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diciéndole que era una «boba posmoderna y una cotorra chiflada». ¡Ah, todo un día
de hermandad y cariño! Créeme, ni un solo puñetazo. Y el marido de Carla, aunque
estuvo tan pesado como siempre, no se cayó en la escalera, como otros años, a pesar
de que se empeñó en hacer su imitación de Bette Midler al menos una docena de
veces.
Al dirigirse a un grupo de sillas junto al ventanal desde el que se dominaba el
mar, Dom le dijo:
—Voy a hacer un largo viaje. Iré en avión hasta Portland y allí alquilaré un coche.
Haré el mismo viaje que realicé hace dos veranos, de Portland a Reno, atravesando
Nevada y parte de Utah por la interestatal 80 hasta Mountainview.
Dom se sentó mientras hablaba, pero Parker permaneció de pie, inmóvil. El
anuncio le sorprendió agradablemente.
—¿Qué ha sucedido? No son unas vacaciones. No es una ruta que harías por
placer. ¿Has vuelto a sufrir un episodio de sonambulismo? Debe tratarse de eso. Ha
ocurrido algo que te ha convencido de que esto está relacionado con los cambios que
sufriste aquel verano.
—No he sufrido ningún episodio de sonambulismo, pero acabaré sufriéndolo,
probablemente esta noche, porque he dejado de tomar esas condenadas medicinas. No
me estaban curando. Mentí. Estaba convirtiéndome en un adicto, Parker. No me
importaba porque me parecía que ser adicto era mejor que sufrir las cosas que hacía
sonámbulo. Pero ahora todo ha cambiado por esto —le mostró las misivas anónimas
—. El problema no está en mi interior, no es sólo psicológico. Sucede algo extraño —
le dio la primera nota a Parker. Su pésimo estado de ánimo fue delatado por el papel,
que tembló en sus manos.
Cuando el pintor leyó la nota, pareció sorprendido.
—La recogí ayer en el apartado de correos —le explicó Dom—. No tiene remite.
Me enviaron otra a casa —tras manifestarle que había escrito «la luna» cientos de
veces en el procesador de textos mientras estaba sonámbulo y que se despertó de un
sueño con aquellas mismas palabras en los labios, le entregó la segunda nota.
—Pero, si esto sólo me lo has contado a mí, ¿cómo puede saber nadie lo
suficiente para mandarte esta nota?
—Quienquiera que sea —afirmó Dom—, sabe que soy sonámbulo, quizá porque
he visitado a un médico…
—¿Crees que te siguen?
—Por lo visto, hasta cierto punto. Si no me siguen, sí que me controlan
periódicamente. Y si quien me controla sabe que soy sonámbulo, probablemente no
sepa que he escrito esas palabras en el procesador de textos, ni que me he despertado
por la noche repitiéndolas. A menos que estuviese junto a mi cama, lo que no es
posible. Sin embargo, sabe indiscutiblemente que reaccionaría al leer «la luna», que
esas dos palabras me atemorizarían. Así que debe saber lo que se oculta tras este lío
de locos.

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Al fin, Parker se sentó en el borde de una silla.
—Encuéntralo y sabrás lo que está sucediendo.
—Nueva York es un lugar muy grande —aseguró Dom—. No tengo por dónde
empezar. Pero al recibir la primera nota, en la que dice que la explicación a mi
sonambulismo está en el pasado, me di cuenta de que tenías razón cuando me dijiste
que esta crisis de personalidad está relacionada con la anterior. El cambio drástico
que sufrí en el viaje de Portland a Mountainview tiene alguna relación con esto. Si
vuelvo a hacer ese viaje, si duermo en los mismos hoteles y como en los mismos
restaurantes de la carretera, si intento hacerlo tal y como fue…, puede surgir algo.
Quizá se despierte mi memoria.
—Pero ¿cómo puedes haber olvidado algo tan importante?
—Quizá no lo olvidé. Quizá me lo borraron de la memoria.
Dejando aquella posibilidad para posterior consideración, Parker dijo:
—Sea quien sea ese tipo, ¿qué razones podría tener para enviarte estas notas? Es
decir, imaginas una situación en la que eres tú contra Ellos, unos Ellos desconocidos,
y este tipo está en el bando contrario, no en el tuyo.
—Quizá no esté muy de acuerdo con lo que quiera que me hicieron… que yo he
olvidado.
—¿Lo que te hicieron? ¿De qué estamos hablando?
Dom le daba vueltas y vueltas al vaso de ponche con nerviosismo.
—No lo sé. Pero el autor de los anónimos… está claro que quiere que sepa que mi
problema no es psicológico, sino que hay algo más detrás. Creo que quizá quiere
ayudarme a saber la verdad.
—¿Entonces por qué no te llama por teléfono y te la dice?
—Sólo se me ocurre que no se atreve a arriesgarse a contármelo. Debe formar
parte de una conspiración. Dios sabe qué, pero parte de un grupo que no desea que se
revele la verdad. Si se dirige a mí directamente, los otros lo sabrán y se meterá en
problemas.
Como si aquello le ayudara a pensar, Parker se pasó la mano por la cabeza varias
veces, enmarañándose el cabello.
—¡Lo dices como si hubiese una poderosa organización tras esto, como si se
hubieran unido la Orden de los Iluminados, La Hermandad de la Rosa Cruz, la CIA y
la Orden Fraternal de la Masonería! ¿De verdad crees que te han lavado el cerebro?
—Si quieres llamarlo así. Cualquiera que fuese aquel traumático episodio que he
olvidado, no lo olvidé yo solo, sino que me ayudaron a olvidarlo. Lo que vi o
experimenté fue tan asombroso, tan traumático, que aún se ceba en mi inconsciente,
intenta llegar a mí mediante el sonambulismo y los mensajes que dejo en el
procesador de textos. Fue algo tan condenadamente importante que el lavado de
cerebro no lo ha hecho desaparecer, tan importante que uno de los conspiradores está
arriesgando el cuello para darme pistas.
Tras leerlas una vez más, Parker le dio las notas a Dom y bebió un trago de

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ponche.
—Mierda. Me parece que puedes tener razón, y eso no me gusta. No quiero
creerlo. Parece como si le hubieras dado rienda suelta a tu imaginación de novelista,
como si pusieras a prueba la trama de una nueva obra conmigo, un poco más
exagerada de lo que deberías escribirla. Aunque, por muy locura que parezca, no se
me ocurre otra respuesta.
Dom se percató de que apretaba el vaso de ponche con tal fuerza que corría el
peligro de romperlo. Lo dejó en una mesita y se secó las manos en los pantalones.
—A mí tampoco. Ninguna otra cosa explica esa locura del sonambulismo, el
cambio de personalidad que experimenté entre Portland y Mountainview, y esas
notas.
Con la preocupación reflejada en el rostro, Parker le dijo:
—¿Qué pudo haber sido, Dom? ¿En qué te metiste por aquella carretera?
—No tengo la menor idea.
—¿No se te ha ocurrido que podría ser algo tan terrible…, tan endiabladamente
peligroso que sería mejor no saberlo?
Dom asintió.
—Pero si no descubro la verdad, nunca dejaré de ser sonámbulo. Cuando padezco
sonambulismo, huyo del recuerdo de lo que me sucedió en aquella carretera el verano
antepasado y para dejar de huir tengo que saber lo que fue y afrontarlo. Porque si no
dejo de padecer sonambulismo, acabaré volviéndome loco. Eso también puede
parecerte algo melodramático, pero es cierto. Si no averiguo la verdad, lo que me
aterroriza en mis sueños también me perseguirá cuando esté despierto y, finalmente,
la única solución será ponerme una pistola en la cabeza y apretar el gatillo.
—¡Demonios!
—Lo digo en serio.
—Lo sé. Vaya si lo sé. Que Dios te ayude.

Reno, Nevada

Una nube salvó a Zeb Lomack. Se cruzó sobre la luna antes de que su obsesión lo
dominara y atrapara para siempre. Al oscurecerse brevemente la luz del astro celeste,
Zebediah advirtió de repente que estaba fuera, en la noche helada de diciembre, sin
abrigo, mirando boquiabierto el cielo, embrujado por los rayos de la luna. Si la nube
no le hubiese sacado del trance, se habría quedado allí hasta que el objeto de su
lúgubre fascinación cayera sobre el horizonte. Para entonces, cuando la obsesión lo
atrapase de nuevo, ya habría vuelto a una de las habitaciones empapeladas con el
legendario rostro de la diosa que los griegos llamaban Artemisa y los romanos Diana
para quedar sumido en el estupor hasta que, al cabo de unos días, le acuciara el
hambre.

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Indultado, dejó escapar un gemido y corrió a casa. Se escurrió y cayó en la nieve,
volvió a caerse en los escalones del porche, pero se precipitó dentro, buscando
desesperadamente la seguridad del interior. Aunque dentro, por supuesto, tampoco
estaba seguro. A pesar de que cerró los ojos y rompió a ciegas las fotografías de la
luna, arrancándolas de las paredes de la cocina y tirándolas al suelo cubierto de
basura, comenzó a sucumbir a su obsesión una vez más. Como tenía los ojos cerrados
con fuerza, no las veía…, pero sí las sentía. Sentía sobre su rostro la pálida luz de
centenares de lunas y, al arrancarlas de las paredes, sentía sus cuerpos esféricos en las
manos; era una locura, pues se trataba únicamente de fotografías que no producían
luz ni calor, ni tenían volumen, aunque él percibiera intensamente todo aquello. Abrió
los ojos y fue atrapado al instante por el familiar cuerpo celestial.
«Igual que mi padre. Acabaré en el asilo».
Aquel pensamiento, como un relámpago distate, destelló en la mente de Zeb
Lomack, sobre la que comenzaba a cernirse la oscuridad. Le sacudió y le permitió
recuperarse lo suficiente para darle la espalda a la puerta de la sala y abalanzarse
sobre la mesa de la cocina, donde le esperaba el rifle cargado.

Chicago, Illinois

El padre Stefan Wycazik, descendiente de polacos de voluntad férrea, salvador de


sacerdotes en apuros, no estaba acostumbrado a la derrota y no sabía aceptarla.
—Después de todo lo que le he dicho, ¿cómo puede seguir sin creer? —le
preguntó a Brendan Cronin.
—Padre Stefan —le respondió Brendan—, lo siento. Pero, sencillamente, hoy no
estoy más seguro de la existencia de Dios de lo que lo estaba ayer.
Se hallaban en el dormitorio del segundo piso de la casita de los padres de
Brendan, en el barrio irlandés de Bridgeport, donde el joven sacerdote pasaba el día
de fiesta según las órdenes del padre Wycazik, recibidas el día anterior tras el tiroteo
en la ciudad. Brendan, vestido con pantalones grises de pana y camisa blanca, estaba
sentado en el borde de una cama doble cubierta por un gastado edredón amarillo.
Stefan, prefiriendo sentirse molesto con la insubordinación del párroco, se movía
incesantemente por la habitación, del armario a la cómoda, de la ventana a la cama y
vuelta al armario, como si intentase evitar el punzante dolor del fracaso.
—Esta tarde —le dijo el padre Wycazik—, he conocido a un ateo que casi se ha
convertido por la prodigiosa curación de Tolk. Y usted permanece inmutable.
—Me alegro por el doctor Sonneford —respondió Brendan sosegadamente—,
pero su nueva fe no afecta a la mía.
La negativa del párroco a dejarse influenciar por los recientes acontecimientos
milagrosos no era lo único que irritaba al padre Wycazik. También le inquietaba la
pacífica conducta del joven sacerdote. Si no encontraba el modo de volver a creer en

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Dios, al menos debería sentirse descorazonado y deprimido por su continua falta de
fe. Por el contrario, a Brendan no parecía preocuparle su triste situación espiritual,
actitud que difería bastante de la que el padre Wycazik conocía. Había cambiado
drásticamente; por razones que no estaban del todo claras, Brendan parecía haber
hallado una gran paz.
Decidido a seguir aprovechando su baza, Stefan dijo:
—Fue usted Brendan, a través del poder de esos estigmas en sus manos. Los
estigmas con los que Dios castigó su incredulidad.
Brendan se miró las palmas de las manos, ahora limpias.
—Creo que… de alguna forma curé a Emily y a Winton. Pero no fue por la
voluntad de Dios.
—¿Quién más podría haberle concedido tal poder de curación?
—No lo sé —contestó Brendan—. Ojalá lo supiera. Pero no fue Dios. No siento
ninguna presencia divina, padre.
—¡Santo cielo! ¿Aún necesita que le muestre su presencia de una forma más
clara? ¿Espera a que le golpee la cabeza con su báculo, que incline su corona ante
usted y se presente formalmente? No puede conocerlo en persona, Brendan.
El párroco sonrió y se encogió de hombros.
—Padre, sé que estos sucesos extraordinarios sólo pueden tener una explicación
religiosa. Pero siento que se trata de algo distinto a Dios.
—¿Como qué? —le retó Stefan.
—No sé. Algo tremendamente importante, algo realmente hermoso y
magnífico…, pero no Dios. Escuche, ha dicho que los círculos eran estigmas. Pero si
fuese cierto, ¿por qué no adoptaron una forma con un significado cristiano? ¿Por qué
unos círculos… que no parecen tener relación con el mensaje de Cristo?
Cuando Brendan comenzó la terapia psicológica informal de Stefan en el hospital
infantil de St. Joseph tres semanas antes, el joven sacerdote estaba tan preocupado
con la pérdida de la fe que adelgazó rápidamente. Ahora había dejado de perder peso.
Aún pesaba diez kilos menos de lo habitual, pero ya no estaba pálido ni ojeroso como
después de aquel sorprendente arrebato durante la misa a primeros de diciembre. A
pesar de su caída espiritual, el tono de su piel y la luz de sus ojos tenían un brillo
casi… beatífico.
—Tiene muy buen aspecto, ¿no? —comentó Wycazik.
—Sí, pero no sé con seguridad por qué.
—Ya no se encuentra atormentado.
—No.
—Aun así, no ha hallado el camino a Dios.
—Aun así —admitió Brendan—. Quizá tenga algo que ver con lo que soñé
anoche.
—¿Otra vez los guantes negros?
—No —contestó Brendan—. Hace tiempo que no he soñado con los guantes

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negros. Anoche soñé que caminaba por un lugar iluminado con un resplandor dorado,
una luz muy hermosa, tan brillante que no veía nada a mi alrededor, pero que, sin
embargo, no me dañaba los ojos —la voz del párroco adoptó un tono extraño, quizá
reverente—. En el sueño, camino y camino, sin saber dónde estoy ni adonde voy,
pero con la sensación de que me acerco a una cosa o a un lugar de monumental
importancia e incontenible belleza. No sólo me acerco, sino que… obedezco una
llamada. No es una señal audible, sino una llamada que… resuena en mi interior. Mi
corazón se acelera y me encuentro algo asustado. Pero no es un temor negativo lo que
siento en ese lugar iluminado, padre, en absoluto. Camino rodeado de esa luz, hacia
algo magnífico que no veo, pero que sé que está allí.
Atraído por la voz apagada de Brendan como por un imán, el padre Wycazik se
acercó a la cama y se sentó en una esquina.
—Está claro que se trata de un sueño espiritual; es Dios, que lo llama en sueños.
Lo llama a su seno, de vuelta a los deberes de su cargo.
Brendan negó con la cabeza.
—No. No es un sueño que tenga una esencia religiosa, lo que me invadió fue una
admiración distinta, un gozo que no conocí en Cristo. Aquella noche me desperté
cuatro veces y, cada vez que me despertaba, tenía los anillos señalados en las manos.
Cuando me volvía a dormir, soñaba lo mismo. Está ocurriendo algo muy extraño e
importante, padre, y formo parte de ello; pero sea lo que fuere, ni mi educación, ni
mis experiencias, ni mis anteriores creencias, me han preparado para esto.
El padre Wycazik se preguntó si la llamada que recibió Brendan en sueños no
procedería de Satanás en lugar de Dios. Quizá el diablo, consciente de que el alma del
sacerdote estaba en peligro, había disfrazado su repugnante forma en una engañosa y
atractiva luz dorada para apartar al sacerdote del camino recto con más facilidad.
Aún firmemente decidido a llevar al párroco al redil, pero falto de estrategias
atractivas, Stephan Wycazik decidió solicitar una tregua.
—¿Y ahora qué? Aún no está preparado para volver a ponerse la sotana y hacerse
cargo de sus deberes, como yo pensé. ¿Quiere que me ponga en contacto con Lee
Kellog, el provincial de Illinois, y le pida autorización para que se someta a un
análisis psiquiátrico?
Brendan sonrió.
—No. Ya no lo creo conveniente. No creo que me sirva de ayuda. Lo que me
gustaría hacer, si a usted le parece bien, padre, es regresar a mi habitación de la casa
parroquial y esperar a ver en qué acaba todo esto. Desde luego, seguiré apartado del
sacerdocio, no quiero confesar ni decir misa. Pero mientras espero a ver lo que
sucede, podría cocinar y ayudarle a poner al día el archivo.
El padre Wycazik se sintió aliviado. Temía que Brendan expresara su intención de
volver a la vida laica.
—Me parece bien, desde luego. Hay mucho que hacer. Lo mantendré atareado, de
eso no tiene que preocuparse. Pero, dígame una cosa Brendan…, ¿cree que existe

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alguna posibilidad de que halle el camino?
El párroco asintió.
—No es que me sienta alejado de Dios, es que no lo siento en mi interior. A
medida que la situación evolucione, quizá me conduzca de nuevo a la Iglesia, como
usted cree. No lo sé.
Aunque frustrado y contrariado por la negativa de Brendan a ver la milagrosa
presencia de Dios en las curaciones de Emily y Winton, el padre Wycazik se alegró
de tener al párroco cerca y de que se le ofreciera la oportunidad de seguir guiándole
de vuelta a la salvación.
Brendan bajó las escaleras con el padre Wycazik y lo acompañó a la puerta,
donde se abrazaron de tal modo que un extraño que no los conociera los habría
tomado por padre e hijo.
Acompañando al padre Wycazik hasta el pórtico, donde las ráfagas de viento
aullaban como si fuera el día de Difuntos en lugar de Navidad, Brendan dijo:
—No sé por qué ni cómo, padre Stefan, pero presiento que nos vamos a embarcar
en una aventura maravillosa.
—El descubrimiento, o redescubrimiento, de la fe es siempre una aventura
maravillosa, Brendan —dijo el padre Wycazik. Después, tras realizar aquella última
tentativa, como correspondía a un buen salvador de almas, se marchó.

Reno, Nevada

Jadeando, sin aliento, luchando valientemente contra el efecto narcotizante de la


obsesión lunar, Zeb Lomack se arrastró entre la basura y las cucarachas que
alfombraban el suelo, cogió el rifle de encima de la mesa, se metió el cañón en la
boca… y de repente reparó en que sus brazos no eran suficientemente largos para
alcanzar el gatillo. La necesidad de mirar aquellas fascinantes lunas en las paredes era
tan poderosa que sentía como si alguien lo agarrara del cabello y le obligara a
levantar la vista del suelo. Cuando cerró los ojos para defenderse, le pareció que
algún adversario invisible le tiraba de los párpados. Horrorizado de que lo encerraran
de por vida en un manicomio como a su padre, halló las fuerzas para resistirse a la
hipnotizadora llamada de la luna. Con los ojos cerrados, se dejó caer en una silla, se
descalzó un pie y se quitó el calcetín. Cogió el rifle con ambas manos, se metió el
cañón en la boca y puso un dedo del pie desnudo en el frío gatillo. La luz imaginaria
que desprendía su piel y la falsa atracción que la luna ejercía sobre su sangre
cautivaron su atención tan poderosamente que abrió los ojos, vio las lunas de las
paredes y gritó «¡No!» al cañón del rifle. En el mismo instante en que la atracción de
la llamada de la luna le hacía caer en trance, en el mismo momento en que apretó el
pie sobre el gatillo, aquel globo de recuerdos estalló al fin en su mente y recordó todo
lo que le hicieron olvidar: ¡El verano antepasado, Dominick, Ginger, Faye, Ernie, el

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joven sacerdote, los otros, la interestatal 80, el Tranquility Motel, oh, Dios, el motel,
oh, Dios, la luna!
Quizá Zebediah Lomack no pudo detener el movimiento descendiente de su pie o,
acaso, el recuerdo revelado repentinamente fue tan terrible que lo impulsó al suicidio.
En cualquier caso, la bala salió acompañada de un estampido y le voló la cabeza, y
para él, sólo para él, el terror terminó.

Boston, Massachusetts

Ginger pasó toda la tarde de Navidad leyendo Crepúsculo en Babilonia y, a las


siete, cuando llegó la hora de bajar a tomar el aperitivo y cenar con la familia
Hannaby, le molestó la interrupción y deseó continuar con la lectura. Le atrajo la
llamativa historia, pero aún le atrajo más la fotografía del autor. La mirada autoritaria
y la piel morena de Dominick Corvaisis seguían despertando en ella una
intranquilidad que rondaba el temor, y no podía quitarse de la cabeza la extraña
sensación de conocerlo.
La cena con la familia de sus anfitriones al completo, podría haber resultado
agradable si Dominick Corvaisis no ejerciera tan misteriosa y fuerte atracción sobre
ella. A las diez, cuando al fin pudo retirarse educadamente sin ofender a nadie, se
despidió dando y recibiendo la felicitación navideña de felicidad y salud, y volvió a
su habitación.
Siguió la lectura por donde la dejó y, con un mínimo de interrupciones para
contemplar la fotografía del autor, terminó de leer el libro a las cuatro menos cuarto
de la madrugada. En el profundo silencio nocturno que se había posado sobre
Baywatch, Ginger permaneció sentada con el libro en el regazo y la vista clavada en
la fotografía de la sobrecubierta, en el rostro obsesivamente familiar de Dominick
Corvaisis. Minuto tras minuto, inmersa en aquella extraña comunión silenciosa y
unilateral con la fotografía del autor, Ginger se convenció de que había conocido a
aquel hombre en algún lugar y que formaba parte, misteriosamente, de sus recientes
problemas. Aunque también era consciente de que aquella convicción, afianzada
progresivamente, estaba limitada por la posibilidad de que la hubiese provocado la
misma alteración mental que le causaba las fugas y que, por tanto, fuese falsa, su
agitación y excitación aumentaron hasta que, temblorosa y enfebrecida, se puso
finalmente en acción.
Saliendo de la habitación con exagerada cautela, fue a la planta principal y
recorrió las habitaciones oscuras y solas de la mansión callada hasta llegar a la
cocina. Encendió la luz y utilizó el teléfono de pared para llamar al servicio de
información en Laguna Beach. Era la una de la madrugada en California, una hora
demasiado intempestiva para despertar a Corvaisis. Pero si conseguía su número de
teléfono, dormiría mejor sabiendo que podría ponerse en contacto con él por la

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mañana. Con decepción, pero no con sorpresa, Ginger comprobó que su número no
aparecía en la guía telefónica.
Apagando la luz de la cocina y deslizándose calladamente a su dormitorio, Ginger
decidió escribirle al editor de Corvaisis por la mañana. Mandaría la carta por correo
urgente con una nota rogando que se la entregaran inmediatamente.
Quizá el intento de contactar con él fuese precipitado e irracional. Quizá no lo
conocía y, tal vez, no tuviese nada que ver con su extraña aflicción. Posiblemente
pensara que estaba chiflada. Pero si ganaba aquella apuesta de un millón contra uno,
podría ser su salvación. Era suficiente recompensa para arriesgarse a hacer el
ridículo.

Laguna Beach, California

Sin saber aún que una copia de promoción de su novela había establecido un lazo
vital entre él y una atormentada mujer de Boston, Dom se quedó en casa de Parker
Faine hasta medianoche discutiendo la posible naturaleza de la conspiración que
había imaginado. Ni él ni Parker disponían de información suficiente para conformar
una imagen detallada, ni siquiera un esbozo de los conspiradores, pero el proceso de
compartir y explorar el misterio con un amigo lo hacía menos atemorizador.
Convinieron en que Dominick no iría a Portland a emprender su odisea hasta que
viera cómo evolucionaba el sonambulismo, ahora que se había deshecho del Valium y
del Dalmane. Quizá no volviera a producirse, como él esperaba, en cuyo caso podría
viajar sin miedo a perder el control de sí mismo en un lugar lejano. Pero si continuaba
sufriendo episodios de sonambulismo, necesitaría un par de semanas, antes de viajar
a Portland, para decidir el mejor modo de controlarse mientras dormía.
Además, si esperaba algún tiempo, quizá recibiese otros mensajes anónimos.
Aquellas claves podrían hacer innecesario el viaje de Portland a Mountainview o, tal
vez, le indicaran una zona en concreto de aquella ruta donde ver o experimentar algo
que liberase sus recuerdos prisioneros.
A medianoche, cuando Dom se levantó para marcharse de la casa de Parker, su
situación le intrigaba tanto que parecía que le estaría dando vueltas en la cabeza
durante varias horas.
—¿Estás seguro de que estarás bien esta noche solo? —le preguntó Parker en la
puerta.
Dom salió al porche decorado con puntiagudas formas geométricas negras y
manchas triangulares de luz amarilla, creadas por los rayos de un decorativo farol de
hierro medio oculto entre las hojas de las palmeras. Volviendo la vista a su amigo, le
dijo:
—Ya hemos hablado de esto antes. Quizá no sea lo más razonable, pero es el
único camino.

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—¿Me llamarás si necesitas ayuda?
—Te llamaré —asintió Dom.
—Y toma todas las precauciones de las que hemos hablado.
Dom tomó esas precauciones un poco más tarde, al llegar a casa. Sacó la pistola
de la mesilla de noche, la guardó bajo llave en el cajón de la mesa del estudio y
hundió la llave del cajón en un recipiente de helado en el congelador. Era mejor no
estar preparado para un robo que arriesgarse a disparar la pistola sonámbulo.
Después, cortó tres metros de cuerda de un rollo que guardaba en la cochera. Tras
cepillarse los dientes y desvestirse, se ató un extremo de la cuerda en la muñeca
derecha, de tal forma que sólo podría escapar desatando cuatro complicados nudos.
Ató el otro extremo a uno de los postes de la cabecera de la cama, cuidándose de
hacerlo meticulosamente. Como había utilizado unos treinta centímetros en los
nudos, aún le quedaban más de dos metros y medio de cuerda, suficiente para estar
cómodo sin que le fuera posible alejarse de la cama.
En anteriores episodios de sonambulismo, realizó tareas complicadas que
requerían cierta concentración, aunque ninguna fue tan tediosa como desatar unos
nudos bien hechos que, a menudo, eran difíciles de deshacer estando despierto.
Dormido, le faltaría la coordinación muscular y la concentración mental para
desatarse, y acabaría despertándose por la inutilidad de su esfuerzo.
Estar atado de aquella manera suponía cierto peligro. Si se declaraba un incendio
o se producía un temblor de tierra, la necesidad de desatarse podría entretenerlo tanto
que moriría asfixiado por el humo o aplastado bajo una pared. Tenía que correr ese
riesgo.
Cuando apagó la luz de la mesilla de noche y se metió bajo la sábana, con la
cuerda suspendida de un brazo, los números rojos del reloj digital marcaban las doce
cincuenta y ocho. Con los ojos puestos en la oscuridad del techo, preguntándose en
qué diablos se habría visto envuelto el verano antepasado, esperó a que el sueño se
apoderase de él.
En la mesilla de noche, el teléfono estaba callado. Si su nombre apareciese en la
guía de teléfonos, habría recibido, en aquel momento, la llamada de una joven de
Boston solitaria y asustada, una llamada que hubiese cambiado radicalmente el curso
de las siguientes semanas y que podría haber salvado algunas vidas.

Milwaukee, Wisconsin

En la habitación de invitados de la casa de su única hija, donde había una luz


encendida en consideración a la fobia de Ernie, Faye Block escuchaba a su marido
que, dormido y soñando, balbuceaba a la almohada. Se despertó unos minutos antes,
cuando Ernie lanzó un grito ahogado y se debatió entre las sábanas. Ahora se apoyó
sobre un codo, con la cabeza inclinada, y escuchó atentamente, intentando descifrar

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aquel balbuceo apagado. Ernie repetía lo mismo una y otra vez con la cara hundida en
la almohada. A Faye le ponía nerviosa la ansiedad y el pánico de su voz. Se acercó a
él e intentó comprender lo que decía.
De repente, Ernie volvió la cabeza lo suficiente para que la almohada no le tapase
la boca, y las palabras se oyeron con claridad, aunque no resultaron menos
misteriosas que cuando eran un murmullo:
—La luna, la luna, la luna, la luna…

Las Vegas, Nevada

Aquella noche, Jorja se llevó a Marcie a su cama, pues no le pareció buena idea
dejar a la niña sola tras los inquietantes sucesos de aquel día. No descansó mucho
porque Marcie parecía sufrir incesantes pesadillas. Pateaba entre las sábanas, se
debatía vigorosamente como si se zafara de unas manos que intentaran retenerla y
musitaba en sueños algo sobre médicos y jeringuillas. Jorja se preguntó cuánto
tiempo llevaría así. Sus dormitorios estaban separados por armarios empotrados
llenos de ropa que amortiguaban el sonido, y la niña hablaba en voz baja, por lo que
era posible que hubiese pasado muchas noches sumida en un terror inconsciente sin
que su madre lo hubiese advertido. Al oírla, a Jorja se le erizaba el vello de los
brazos.
Por la mañana, llevaría a Marcie al médico. Dado su inexplicable temor a todos
los médicos, la niña podría causar un escándalo. Pero Jorja temía no llevarla tanto
como Marcie temía ir. Si no resultara tan difícil localizar al médico idóneo el día de
Navidad, Jorja ya habría acudido en su ayuda. Estaba asustada.
Tras el arrebato de Marcie, cuando su abuelo bromeó diciéndole que la llevarían
al hospital y ella reaccionó apartándose aterrorizada de la mesa, el día se estropeó. La
niña se asustó tanto que se orinó en los pantalones y, durante diez o quince minutos
horriblemente desconcertantes y aterradores, se resistió a que Jorja la limpiara y
cambiara. Gritó, arañó y pateó. Finalmente, se le pasó el arrebato y dejó que la
bañaran. Pero parecía una autómata, con la cara contraída y la mirada vacía, como si
el terror, al abandonarla, se hubiese llevado tanto su fuerza como su mente.
Aquel estado casi catatónico se prolongó durante una hora, mientras Jorja
realizaba una docena de llamadas telefónicas en un intento de localizar al doctor
Besancourt, el pediatra que trataba a Marcie en las raras ocasiones que enfermaba.
Como Pete y Mary trataban de obtener en vano una sonrisa o, al menos, una palabra
de la abatida niña, y como Marcie continuaba actuando como si estuviera sorda y
muda, Jorja comenzó a recordar los artículos que había leído sobre los niños autistas.
No recordaba si el autismo era un estado que se iniciaba en la infancia o si una niña
de siete años perfectamente normal podría refugiarse repentinamente en un lugar y
cerrar los ojos para siempre al resto del mundo. No saberlo la volvía loca.

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Sin embargo, Marcie salió gradualmente de su ensimismamiento. Comenzó a
responder a Mary y a Pete, aunque con monosílabos pronunciados con una voz
monótona e inexpresiva que resultaba tan enervante como sus anteriores gritos.
Chupándose el pulgar como no lo había hecho en dos años, fue a la sala a jugar con
los juguetes nuevos. Estuvo jugando la mayor parte de la tarde sin que pareciera
divertirse, con una expresión de enfado posada permanentemente sobre su pequeño
rostro. A Jorja no le preocupó menos este cambio, pero se tranquilizó al ver que
Marcie no mostraba interés por el juego de la Pequeña Doctora.
A las cuatro y media, Marcie volvió a ser sociable y la expresión de enfado
desapareció de su rostro. De buen humor, era una niña tan encantadora que casi les
hizo creer que su arrebato no había sido distinto a cualquier berrinche infantil.
De hecho, en las escaleras del edificio de apartamentos, cuando Marcie no la oía,
la madre de Jorja se detuvo en el camino al coche y le dijo a su hija:
—Intenta hacernos saber que se encuentra dolida y confusa. No entiende por qué
se marchó su padre y, ahora, necesita una atención especial, Jorja, y mucho amor. Eso
es todo.
Jorja sabía que el problema era peor, que aquello. No dudaba que Marcie aún
estaba alterada por la conducta de su padre, dolida porque la había abandonado y
acosada por conflictos sin resolver. Pero dentro de la niña había algo más, algo que
parecía inquietantemente irracional y que asustaba a Jorja.
No mucho después de que Pete y Mary se marcharan, la niña comenzó a jugar
con la Pequeña Doctora con la misma desconcertante intensidad que mostró
anteriormente y, cuando llegó la hora de irse a dormir, quiso llevarse el juego a la
cama. Ahora, algunas de las cosas de la Pequeña Doctora estaban esparcidas por el
suelo en el lado de Marcie y otras se encontraban sobre la mesilla de noche. En la
oscuridad del dormitorio, la niña soñaba y hablaba de médicos, enfermeras y
jeringuillas.
A Jorja le habría resultado imposible dormir incluso si Marcie hubiese
permanecido completamente callada y quieta. La preocupación le producía insomnio
con más efectividad que una docena de tazas de café. Como estaba despierta,
escuchaba atentamente lo que su hija decía en sueños, esperando oír algo que le
ayudase a entenderla o que le sirviera al médico para realizar el diagnóstico. Fue
después de las dos de la madrugada cuando Marcie musitó algo distinto a lo anterior,
algo que no tenía nada que ver con médicos, enfermeras o grandes jeringuillas
puntiagudas. Con una serie de violentas patadas, la niña se puso boca arriba, jadeó, se
quedó rígida y completamente inmóvil.
—La luna, la luna, la luna —dijo en un tono marcado por el asombro y el temor,
en un susurro de escalofriante insistencia que hizo comprender a Jorja que no se
trataba de un balbuceo sin sentido—. La luna, la luna, la luuuuunnnaaa…

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Chicago, Illinois

Brendan Cronin, el sacerdote apartado temporalmente de su labor, dormía


confortablemente bajo la sábana y el edredón, sonriendo en sueños. El viento invernal
suspiraba entre las ramas del gigantesco pino del jardín, parecía tocar la flauta en los
aleros del tejado y gemía en la ventana del dormitorio, esforzándose en alargar cada
ráfaga, como si la naturaleza airease la noche con enormes bramidos mecánicos a un
ritmo de ocho exhalaciones por minuto. Incluso perdido en los sueños, Brendan debió
advertir el lento pulso del viento pues, al hablar, pronunció las palabras con un ritmo
acompasado:
—La luna… la luna… la luna… la luna…

Laguna Beach, California

—¡La luna! ¡La luna!


A Dominick Corvaisis le despertaron sus propios gritos de temor y un punzante
dolor en la muñeca derecha. Estaba en el suelo, junto a la cama, apoyado en rodillas y
manos, tratando de zafarse frenéticamente de algo que le agarraba el brazo. Continuó
forcejeando unos segundos hasta que desapareció la última neblina del sueño,
entonces advirtió que lo que le agarraba el brazo no era nada más siniestro que la
cuerda con la que se ató a la cama.
Respirando entrecortadamente, con el corazón latiéndole apresuradamente, tanteó
en la oscuridad en busca del interruptor de la lámpara y parpadeó cuando la luz le
dañó los ojos. Un rápido vistazo a la cuerda le mostró que, en sueños y a oscuras,
había desatado completamente uno de los cuatro nudos y parcialmente el segundo
antes de renunciar a la tarea. Después, con el pánico que siempre acompañaba al
sonambulismo, comenzó a tirar frenéticamente de la cuerda, como un animal que
protestara de su cautiverio, dañándose la muñeca derecha.
Dom se levantó del suelo, se libró de las sábanas enredadas y se sentó en el borde
de la cama.
Sabía que había soñado, pero no recordaba nada. Sin embargo, sí estaba seguro de
que no se trataba de la misma pesadilla que le atormentó en otras ocasiones el mes
anterior. Este era otro sueño, igual de aterrador, pero que le afectaba de otro modo.
Los gritos, que en parte le habían despertado, eran tan importunos, tan
atormentados, tan llenos de horror, que los recordaba con la misma claridad que si los
acabara de pronunciar: ¡La luna! ¡La luna! Se estremeció y se llevó las manos a la
cabeza.
La luna. ¿Qué quería decir?

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Boston, Massachusetts

Ginger se sentó en la cama al tiempo que lanzaba un grito agudo.


Lavinia, el ama de llaves de los Hannaby, le dijo:
—Oh, lo siento, doctora Weiss. No quería asustarla. Estaba sufriendo una
pesadilla.
—¿Pesadilla? —Ginger no la recordaba.
—Oh, sí —afirmó Lavinia—. Y tenía que ser terrible. Pasaba frente a su puerta
caundo la oí gritar. Entré casi inmediatamente, pero supuse que estaría soñando.
Entonces vacilé, pero usted siguió gritando sin parar, hasta que pensé que sería mejor
despertarla.
Parpadeando, Ginger le preguntó:
—¿Gritando? ¿Qué gritaba?
—Repetía lo mismo una y otra vez —le respondió el ama de llaves—. La luna, la
luna, la luna. Parecía muy asustada.
—No lo recuerdo.
—La luna —le aseguró Lavinia—, la luna. Lo decía una y otra vez con una voz
que me hizo pensar que alguien la estaba matando.

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SEGUNDA PARTE

LOS DÍAS DEL DESCUBRIMIENTO

El coraje es la resistencia al miedo,


el dominio del miedo… no su ausencia.

MARK TWAIN.

¿Cuál es el significado de la vida?


¿Qué sentido tiene luchar?
¿De dónde venimos, a dónde vamos?
El eco de estas frías preguntas resuena
en los días y en las noches solitarias.
Ansiamos encontrar la luz espléndida
que ilumine con su rayo revelador
el significado del sueño humano.

THE BOOK OF COUNTED SORROWS.

La amistad puede considerarse


la obra maestra de la naturaleza.

RALPH WALDO EMERSON.

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Capítulo cuatro
26 de diciembre — 11 de enero

1. BOSTON, MASSACHUSETTS

Entre el 27 de diciembre y el 5 de enero, la doctora Ginger Weiss fue al


apartamento de Pablo Jackson seis veces. En las seis visitas, Jackson utilizó la terapia
de hipnosis para aproximarse con cautela y paciencia al bloqueo de Azrael que
cercaba una porción de la memoria de Ginger.
Cada día, cuando Ginger aparecía en la puerta del apartamento, el viejo mago la
veía más bella… y también más inteligente, encantadora y asombrosamente
obstinada. Pablo veía en ella a la hija que le hubiese gustado tener. Ginger despertó
en él un sentimiento paternal de protección que no había experimentado nunca.
Le contó casi todo lo que supo por Alexander Christophson en la fiesta de
Navidad de los Hergensheimer. Ella se resistía a la idea de que el bloqueo le hubiera
sido implantado por personas desconocidas y no se hubiera desarrollado de forma
natural.
—Es demasiado complicado. Esas cosas no les ocurren a las personas como yo.
Sólo soy una farmishteh de Brooklyn, no estoy involucrada en ninguna intriga
internacional.
Lo único que no le dijo de la conversación que mantuvo con Alex Christophson
fue que el agente secreto retirado le aconsejó que no se relacionara con ella. Si
Ginger supiera lo que se preocupó Alex, quizá hubiese decidido que la situación era
demasiado peligrosa para que Pablo se viera envuelta en ella. Le ocultó aquella
información porque se preocupaba por ella y por un deseo egoísta de formar parte de
su vida.
En la primera reunión, el 27 de diciembre, antes de la sesión de hipnosis, Pablo
preparó un almuerzo de empanada francesa y ensalada. Mientras comían, Ginger le
dijo:
—Jamás he estado en los alrededores de una instalación militar ni he participado
en ninguna investigación de defensa, nunca me he relacionado con nadie que pudiera
estar involucrado en una trama de espías. ¡Es ridículo!
—Si llegó a saber algo peligroso, no fue en una zona de alta seguridad. Fue en

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algún lugar donde tenía todo el derecho a estar…, pero dio la casualidad de que no
estuvo en el momento adecuado.
—Escuche, Pablo, si me hicieron un lavado de cerebro, les habría llevado algún
tiempo. Tendrían que haberme retenido en algún lugar, ¿no es así?
—Supongo que se tardaría algunos días.
—Entonces no puede tener razón —dijo Ginger—. Comprendo que si me
obligaron a olvidar lo que vi accidentalmente, también suprimirían el recuerdo del
lugar donde me retuvieron para hacerme el lavado de cerebro. Pero habría alguna
zona en blanco en algún lugar de mi pasado, un momento vacío en el que no
recordaría dónde estuve ni lo que hice.
—En absoluto. Implantarían una serie de recuerdos falsos para cubrir aquellos
días, y nunca sabría la diferencia.
—¡Santo Dios! ¿De verdad? ¿Podrían hacerlo?
—Una de las cosas que espero lograr es localizar esos recuerdos falsos —le
explicó Pablo mientras terminaba la empanada—. Llevará bastante tiempo, habrá que
hacerla regresar lentamente en su vida, semana a semana, pero cuando llegue a los
recuerdos falsos, los reconoceré tout de suite porque no serán tan detallados ni
tendrán la consistencia de los recuerdos verdaderos. Son como unos decorados. Si
hallamos dos o tres días de recuerdos vagos, habremos localizado el origen de su
problema, porque esos serán los días que estuvo en manos de aquella gente…
quienesquiera que sean.
—Sí, sí, ya entiendo —dijo Ginger, con repentina excitación—. El primer día de
recuerdos vagos será el día que vi algo que no debería haber visto. Y el último día
será cuando terminaron de hacerme el lavado de cerebro. Es terriblemente difícil
creerlo…, pero si alguien me implantó el bloqueo de memoria y si los síntomas (las
fugas) son producto de esas memorias reprimidas, entonces mi problema no es
realmente psicológico. Existe la posibilidad de que pueda volver a practicar la
medicina. Todo lo que tengo que hacer es desenterrar los recuerdos, sacarlos a la luz,
y la presión que ejercen sobre mí disminuirá.
Pablo le cogió la mano y se la apretó suavemente.
—Sí, creo que es una esperanza fundada. Pero no va a ser fácil. Cada vez que me
aproximo al bloqueo, me arriesgo a hacerla caer en coma… o algo peor. Tengo
intención de ser muy cuidadoso, pero el riesgo sigue existiendo.

Las dos primeras sesiones de hipnosis profunda fueron realizadas en los sillones
junto al ventanal, la primera el 27 de diciembre y la segunda el domingo 29, cada una
con una duración de cuatro horas. Pablo la hizo regresar día a día los nueves meses
anteriores, pero no encontró recuerdos artificiales.
Aquel mismo domingo, Ginger le sugirió que le preguntase sobre Dominick
Corvaisis, el novelista cuya fotografía le había afectado de una manera tan particular.

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Cuando Pablo la hipnotizó y comprobó que hablaba con la otra Ginger, con su
subconsciente profundo, le preguntó si había conocido a Corvaisis, y tras una breve
vacilación ella le contestó afirmativamente. Pablo tanteó aquel punto con diligencia y
cuidado, pero no pudo obtener más de ella. Por último, se le escapó una nube de la
memoria:
—Me arrojó sal a la cara.
—¿Corvaisis le tiró sal encima? —Desconcertado, Pablo le preguntó—: ¿Por
qué?
—No… lo recuerdo… bien.
—¿Dónde ocurrió eso?
Ginger frunció aún más el ceño y, cuando Pablo insistió, se encerró en sí misma,
cayendo en un peligroso estado de coma. Pablo desistió inmediatamente, antes de que
Ginger se sumiera en un estado tan profundo como en la primera ocasión. Le aseguró
que no volvería a preguntarle sobre Corvaisis si salía de aquel estado, y gradualmente
ella respondió a esa promesa.
Era evidente que Ginger conoció a Corvaisis. Y que su encuentro con él estaba
asociado a los recuerdos que le habían robado.

En las dos sesiones siguientes —el lunes, día 30, y el miércoles, 1 de enero—,
Pablo la hizo regresar otros ocho meses, a finales de julio, dos veranos antes, sin
descubrir recuerdos vagos que indicasen el trabajo de especialistas en el control de la
mente.
Pero el jueves, 2 de enero, Ginger le pidió que la interrogase sobre lo que había
soñado la noche anterior. Por cuarta vez desde el día de Navidad, gritó «¡La luna!» en
sueños con tal insistencia que despertó a los moradores de Baywatch.
—Creo que el sueño es sobre el lugar y el tiempo que me hicieron olvidar.
Hágame caer en trance y quizá obtengamos algo en claro.
Pero cuando fue hipnotizada y obligada a retroceder al sueño de la noche anterior,
se negó a contestar las preguntas y cayó en un sueño más profundo que el mero
trance hipnótico. Había activado de nuevo el detonante de Azrael, prueba clara
positiva de que sus sueños estaban relacionados con aquellos recuerdos prohibidos.

El viernes no se vieron. Pablo necesitaba otro día para estudiar todo tipo de
bloqueos de memoria y decidir el mejor modo de proseguir.
Además, había grabado las cinco sesiones realizadas desde Navidad, de forma
que se instaló en el estudió repleto de libros, frente al mueble de estilo Sheraton
donde tenía el reproductor, y pasó varias horas oyendo partes de aquellas cintas.
Buscaba una palabra o un cambio de tono en la voz de Ginger que indicase la
importancia, no apreciada la primera vez, de una respuesta en particular.

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No halló nada extraño, aunque advirtió que su voz adquirió un sutil tono de
ansiedad cuando el viaje de regresión llegó al 31 de agosto de dos años antes. No era
tan acentuado como para que atrajera su atención cuando fueron realizadas las
grabaciones. Al revisar todas las sesiones en una tarde, utilizando la tecla de avance
para pasar de un día a otro, advirtió que la ansiedad crecía uniformemente, y
sospechó que se acercaban al suceso oculto tras el bloqueo de Azrael.
Por tanto, cuando se produjo la crisis durante la sexta sesión después de Navidad,
el 4 de enero, Pablo no se sorprendió. Como siempre, Ginger se encontraba sentada
en uno de los sillones junto al ventanal, tras el que caía una fina nevada. Su cabello
rubio plateado brillaba con una luz espectral. Al hacerla regresar a julio del año
antepasado, Ginger frunció el entrecejo y su voz se transformó en un tenso susurro, y
Pablo supo que se acercaban al momento de la pesadilla olvidada.
Como regresaban en el tiempo, Pablo ya la había hecho retroceder a los meses
ajetreados de su trabajo en el Memorial Hospital, hasta el momento en que se
presentó a George Hannaby el lunes, 30 de julio, más de diecisiete meses antes. Sus
recuerdos eran claros y detallados hasta que Pablo la hizo regresar al domingo 29 de
julio, cuando aún estaba instalándose en su nuevo apartamento. Días 28, 27, 26, 25,
24 de julio…, durante aquellos días desempaquetó y compró algunos muebles… 21,
20, 19 de julio… El 18 de julio llegó el camión de la mudanza que traía sus cosas
desde Palo Alto, California, donde residió los dos años anteriores, mientras estudiaba
la especialidad de cirugía cardiovascular. Hacia atrás…
El 17 de julio llegó en automóvil a Boston y se registró en el Holiday Inn
Government Center, lo más cerca posible de Beacon Hill, porque, como no había
llegado el camión de la mudanza, no tenía cama donde dormir.
—¿En automóvil? ¿Atravesó todo el país desde Stanford?
—Eran las primeras vacaciones de mi vida. Me gusta conducir y me pareció una
buena oportunidad para conocer un poco el país —le dijo Ginger, en un tono tan
siniestro que, en lugar de hablar de un viaje transcontinental, parecía estar hablando
de un viaje al infierno.
Pablo la hizo regresar a los días en que viajó por el corazón del Medio Oeste,
rodeó el extremo superior de las Montañas Rocosas, atravesó Utah y se internó en
Nevada, hasta que llegaron a la mañana del jueves, 10 de julio. Ginger había pasado
la noche en un motel, y cuando Pablo le preguntó el nombre vio que se estremecía.
—Tran… Tranquility.
—¿Tranquility Motel? ¿Dónde está? Descríbamelo.
Ginger apretó las manos sobre los brazos del sillón.
—A unos cincuenta kilómetros al oeste de Elko, en la interestatal 80 —con voz
entrecortada, de mala gana, describió el motel de veinte habitaciones y el Tranquility
Grille, En aquel lugar había algo que la aterrorizaba. Todos los músculos de su
cuerpo se enervaron.
—Así que pasó la noche del 9 de julio en aquel motel. Aquel día era lunes. De

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acuerdo, de modo que ahora es lunes, 9 de julio. Está llegando al motel. Aún no ha
llegado; está aproximándose… ¿Qué hora es?
Ella no respondió, se estremeció con más fuerza y, cuando Pablo le volvió a
preguntar, dijo:
—No llegué el lunes. Fue el vi… viernes.
Sorprendido, Pablo dijo:
—¿El viernes anterior? ¿Estuvo en el Tranquility Motel desde el viernes, 6 de
julio, hasta el lunes 9? ¿Pasó cuatro noches en aquel pequeño motel perdido? —
sentado en el sillón, Pablo se inclinó hacia delante, con la sensación de haber llegado
a los días en que le implantaron el bloqueo de memoria—. ¿Por qué se quedó tanto
tiempo?
Ginger le contestó con una voz inexpresiva.
—Porque era muy tranquilo. Después de todo, estaba de vacaciones —a cada
palabra que pronunciaba, su voz, extrañamente afectada, se hacía más monótona e
impasible—. Necesitaba descansar, ¿sabe?, y aquel era un lugar perfecto para el
descanso.
El viejo mago apartó la vista, contempló la tenue luminosidad de la nieve que caía
al otro lado de la ventana en aquella tarde monótona, y pensó detenidamente la
siguiente pregunta.
—Me ha dicho que ese motel no tenía piscina. Y las habitaciones que ha descrito
no son lujosas. No están acondicionadas para largas estancias. ¿Por qué diablos se
quedó cuatro días en aquel lugar perdido, Ginger?
—Ya se lo he dicho, descansé. No hice otra cosa. Dormité. Leí un par de libros.
Vi la televisión. Incluso en aquel desierto se podían ver buenos programas vía
satélite, porque tenían una pequeña antena parabólica en el tejado —su forma de
hablar se había transformado totalmente; parecía leer un guión—. Después de dos
ajetreados años en Stanford, necesitaba pasar varios días sin hacer nada.
—¿Qué libros leyó mientras estuvo en el motel?
—No…, no lo recuerdo. —Seguía tensa, con los puños apretados. Pequeñas gotas
de sudor, como perlas, se deslizaban por la línea del cabello.
—Ginger, ahora se encuentra allí, en la habitación del motel, leyendo. ¿Entiende?
Bien, ahora, dígame el título del libro y el argumento.
—Yo… no… No tiene título.
—Todos los libros tienen un título.
—No tiene título.
—Porque no existe tal libro, ¿no es cierto? —le dijo Pablo.
—Sí existe. Dormité. Leí un par de libros. Vi la televisión —afirmó en voz baja,
apagada e indiferente—. Incluso en aquel desierto se podían ver buenos programas
vía satélite, porque tenían una antena parabólica en el tejado.
—¿Qué programas vió? —le preguntó Pablo.
—Los noticiarios. Películas.

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—¿Qué películas?
Ella se encogió.
—No… lo recuerdo.
Pablo estaba seguro que no recordaba aquellas cosas precisamente porque jamás
las había hecho. Sí estuvo en el motel, porque podía describirlo con detalle, pero no
recordaba los libros ni los programas de televisión porque no había nada de lo que
decía. Mediante hábiles sugerencias pos-hipnóticas, le ordenaron que dijera haber
hecho aquellas cosas y le hicieron recordar vagamente haberlas hecho, pero no eran
sino recuerdos artificiales creados para ocultar lo que había sucedido en aquel motel.
Un especialista en lavados de cerebro podía insertar recuerdos falsos en la mente de
un sujeto, pero aunque realizara un buen trabajo y construyera una intrincada red de
detalles entrelazados, no podía conseguir que los recuerdos falsos fuesen tan
convincentes como los verdaderos.
—¿Dónde cenaba todas las noches?
—En el Tranquility Grille. Es un lugar pequeño, y no tienen un menú muy
variado, pero la comida era razonablemente buena —una vez más, le respondió con
aquella voz monótona y vacía.
—¿Qué comía en el Tranquility Grille? —le preguntó Pablo.
Ella vaciló.
—No lo recuerdo.
—Me acaba de decir que la comida era buena. ¿Cómo puede afirmarlo si no
recuerda lo que comió?
—Mmmm…, es un lugar pequeño y no tienen un menú muy variado.
Cuanto más insistía Pablo en los detalles, más nerviosa se ponía Ginger. Su voz
permaneció inmutable mientras soltaba sus respuestas programadas, pero su rostro se
contrajo y endureció por la ansiedad.
Pablo podía decirle que los recuerdos aparentes de aquellos cuatro días en el
Tranquility Motel eran falsos. Podía ordenarle que los destruyese hasta convertirlos
en polvo y que los expulsara de su mente con un soplido, como se le quita el polvo a
un libro, y ella lo hubiese hecho. Entonces podría decirle que los recuerdos
verdaderos se escondían tras el bloqueo de Azrael y que también debía eliminarlo.
Pero si lo hacía, ella estaba programada para caer en coma… o llegar a algo peor.
Tendría que pasar varios días, posiblemente semanas, buscando pequeñas hendiduras
para explorarlas cuidadosamente.
Por hoy, se contentaba con averiguar el número exacto de horas que le habían
robado de su vida. La hizo volver al viernes, 6 de julio, y le pidió que le dijera el
momento exacto en que se inscribió en el Tranquility Motel.
—Un poco después de las ocho —ya no hablaba con voz inexpresiva, pues
aquellos eran recuerdos verdaderos—. Aún faltaba una hora para que anocheciera,
pero estaba agotada. Todo lo que quería era cenar, darme una ducha y acostarme. —
Describió detalladamente al hombre y a la mujer que se encontraban tras el mostrador

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de recepción. Incluso recordó sus nombres: Faye y Ernie.
—Cuando se inscribió, comió en el Tranquility Grille, junto al motel. Descríbame
aquel lugar.
Ginger lo hizo con una convincente minuciosidad. Pero cuando Pablo la hizo
adelantarse al momento en que abandonó el restaurante, sus recuerdos volvieron a ser
falsos, vagos y sin color. Evidentemente, sus recuerdos fueron alterados en algún
momento desde que entró al Tranquility Grille aquella tarde del viernes hasta que se
marchó del motel camino de Utah el martes siguiente por la mañana.
Pablo volvió atrás e hizo regresar a Ginger al restaurante una vez más, buscando
el momento exacto en que terminaban los recuerdos verdaderos y comenzaban los
falsos.
—Cuénteme lo que sucedió desde el momento en que entró en el Tranquility
Grille. Minuto a minuto.
Ginger se enderezó en el sillón. Aún tenía los ojos cerrados, pero se movían bajo
los párpados caídos, como si mirase a izquierda y derecha al entrar en el Tranquility
Grille. Con gran sorpresa de Pablo, abrió las manos y se levantó. Se alejó del sillón
hacia el centro de la sala. Pablo caminó a su lado para evitar que tropezara con algún
mueble. Ginger no sabía que estaba en el apartamento de Pablo; creía transitar entre
las mesas del restaurante. Al caminar, la tensión y el miedo desaparecieron, pues
ahora vivía plenamente aquel momento, anterior a los problemas, cuando aún no
estaba intranquila ni sentía temor.
Con una voz relajada y libre de ansiedad, dijo:
—He tardado un rato en refrescarme y llegar allí, de forma que casi está
anocheciendo. Las llanuras tienen un color anaranjado por los últimos rayos de sol, y
esa luz inunda el interior del restaurante. Creo que me sentaré en aquel rincón junto al
ventanal.
Pablo caminó a su lado, guiándola frente al cuadro de Picasso, hacia uno de los
sofás decorado con llamativos cojines en tonos pastel.
—Mmmm. Huele bien. Cebolla…, especias…, patatas fritas…
—¿Cuántas personas hay en el restaurante, Ginger?
Se detuvo y volvió la cabeza, contemplando la habitación con los ojos cerrados.
—El cocinero y una camarera. Tres hombres…, camioneros, supongo…, sentados
en taburetes en la barra. Y… tres en aquella mesa… y el sacerdote corpulento…, otro
tipo en la mesa de allá… —Ginger siguió señalando y contando—. Once en total, y
yo.
—De acuerdo —dijo Pablo—, vayamos a la mesa junto al ventanal.
Ginger comenzó a andar de nuevo, sonrió vagamente a alguien, esquivó un
obstáculo que sólo ella veía y, entonces, repentinamente, se sobresaltó, se llevó una
mano a la cara y se detuvo.
—¡Oh!
—¿Qué ha sido eso? —le preguntó Pablo—. ¿Qué ha ocurrido?

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Ginger parpadeó rápidamente, sonrió y habló con alguien que se encontraba aquel
6 de julio en el Tranquility Grille.
—No, no, estoy bien. No es nada. Ya me he limpiado —se pasó una mano por el
rostro—. ¿Ve? —miraba hacia abajo, como si la otra persona estuviera sentada, y
después alzó la vista al levantarse su interlocutor.
Pablo esperó a que continuara la conversación.
—Bueno, cuando se derrama la sal, conviene tirar un poco por encima del
hombro, o sólo Dios sabe lo que puede ocurrir. Mi padre solía tirarla tres veces; si
hubiera sido él, me habría enterrado.
Comenzó a andar de nuevo, y Pablo le dijo:
—Deténgase, Ginger. Espere. El hombre que tiró la sal por encima del hombro…
dígame qué aspecto tiene.
—Es joven —respondió ella—. Treinta y dos o treinta y tres años. Uno setenta y
cinco, aproximadamente. Pelo negro. Ojos oscuros. Apuesto. Parece tímido, amable.
Dominick Corvaisis. Sin duda alguna.
Volvió a caminar. Pablo permaneció junto a ella hasta que, al advertir que Ginger
se iba a sentar en una mesa del restaurante, la condujo con cuidado al sofá. Ginger se
sentó y miró por la ventana, sonriendo a su paisaje privado de las llanuras de Nevada
bañadas por la luz del sol poniente.
Pablo la observó y prestó atención mientras Ginger intercambiaba un saludo con
la camarera y pedía una botella de Coors. Le sirvieron la cerveza, y Ginger hizo
como si bebiera mientras contemplaba la puesta de sol. Pasaban los segundos, pero
Pablo no quiso apresurarla porque sabía que se acercaban al momento crucial en que
los recuerdos verdaderos daban paso a los falsos. El suceso —lo que vio y no debería
haber visto— estaba a punto de producirse, y Pablo quería saber todo lo posible sobre
los minutos que lo precedían.
Llegó el crepúsculo en aquel momento del pasado.
Cuando regresó la camarera, Ginger pidió un plato de sopa casera de verduras y
una hamburguesa de queso con guarnición completa.
La noche cayó en Nevada.
Repentinamente, antes de que le sirvieran la comida, Ginger frunció el ceño y
preguntó:
—¿Qué es eso? —miró por la ventana imaginaria con expresión ceñuda.
—¿Qué ve? —le interrogó Pablo, encadenado a su desventajado puesto en el
Boston del presente.
Ginger se levantó con aparente preocupación.
—¿Qué diablos es ese ruido? —miró a las otras personas que se encontraban en el
restaurante con una expresión de desconcierto y les habló—: No sé. No sé qué ocurre
—repentinamente, se tambaleó y estuvo a punto de caerse—. ¡Gevalt! —alargó el
brazo como si se apoyara en una silla o una mesa—. Todo tiembla. ¿Por qué tiembla
todo? —dio un salto de sorpresa—. Se ha caído el vaso de cerveza. ¿Un terremoto?

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¿Qué es ese ruido? —Volvió a tambalearse. Ahora estaba asustada—. ¡La puerta! —
Comenzó a correr por la sala, aunque en su mente corría hacia la salida del
restaurante donde, en realidad, estuvo varios meses antes—. La puerta —gritó de
nuevo, pero entonces se detuvo bruscamente y se tambaleó, jadeando y
estremeciéndose.
Cuando Pablo llegó hasta ella, Ginger se dejó caer de rodillas e inclinó la cabeza.
—¿Qué ocurre, Ginger?
—Nada —cambió instantáneamente.
—¿Qué es ese ruido?
—¿Qué ruido? —su voz parecía la de un robot.
—Ginger, maldita sea, ¿qué está ocurriendo en el Tranquility Grille?
Ginger tenía una expresión de horror, pero simplemente dijo:
—Estoy cenando.
—Es un recuerdo falso.
—Estoy cenando.
Pablo intentó que continuara con el recuerdo crucial y aterrador de lo que había
estado a punto de suceder. Pero al menos tuvo la certeza de que el bloqueo de Azrael,
tras el que se escondían los recuerdos reprimidos, se formaba cuando corría hacia la
puerta del restaurante y no terminaba hasta que continuó el viaje hacia el Este, a Salt
Lake City. Con el tiempo, podría dividirlo en pequeñas partes, pero ya había
conseguido suficiente por aquel día.
Al fin realizaban un progreso auténtico. Sabían que, dos años antes, en la noche
del viernes 6 de julio, Ginger vio algo que no tendría que haber visto. Por eso,
seguramente, fue retenida en una habitación del Tranquility Motel, donde alguien
utilizó complicadas técnicas de control de la mente para ocultar en su memoria aquel
hecho y que no pudiera comunicárselo al mundo. Trabajaron en ella tres días —
sábado, domingo y lunes— y la dejaron marchar, con recuerdos saneados, el martes.
Pero, por Dios, ¿quiénes eran aquellos omnipotentes extraños? ¿Qué había visto
Ginger?

2. PORTLAND, OREGÓN

El 5 de enero, domingo, Dominick Corvaisis viajó a Portland y se hospedó en un


hotel cerca del edificio de apartamentos donde vivió. Llovía a cántaros y hacía frío.
Aparte de cenar en el restaurante del hotel, pasó las restantes horas de la tarde del
domingo en su habitación, sentado frente a una mesa junto a la ventana,
contemplando la ciudad bajo la lluvia y estudiando los mapas. Una y otra vez,
revisaba mentalmente el viaje que realizó dos veranos antes y que iniciaría de nuevo
al día siguiente.
Como le dijo a Parker Faine en Navidad, estaba convencido de que en el camino

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se había visto envuelto en una situación peligrosa y que, por paranoico que pareciese,
aquel recuerdo había sido extraído de su mente. Las misivas anónimas no permitían
llegar a otra conclusión.
Dos días antes, recibió un tercer sobre sin remite, con matasellos de Nueva York.
Ahora, cuando Dom se cansaba de mirar los mapas y de contemplar pensativamente
la lluvia de Oregón, cogía aquel sobre, sacaba su contenido y lo estudiaba. Esta vez
no fue una nota, sino dos fotografías Polaroid.
La primera fotografía no le llamaba mucho la atención, aunque sí le hacía sentirse
nervioso, inexplicablemente nervioso, teniendo en cuenta que se trataba de una
fotografía de alguien que, por lo que sabía, era un completo extraño. Un sacerdote
joven y rollizo con un revuelto cabello pelirrojo, pecas y ojos verdes. Miraba a la
cámara, sentado en una silla junto a un pequeño escritorio, con un maletín al lado.
Estaba muy rígido, con la cabeza levantada y los hombros cuadrados, las manos
apoyadas en el regazo y las rodillas unidas. La fotografía inquietaba a Dom porque la
expresión del rostro del sacerdote no se diferenciaba mucho de la mirada inanimada y
vacía de un cadáver. El hombre estaba vivo; era evidente por su postura erecta,
aunque sus ojos parecían estremecedoramente vacíos.
La segunda fotografía impresionó a Dom mucho más que la primera, y aquel
poderoso efecto no decreció con la familiaridad. Era la foto de una joven que no le
resultaba desconocida. Aunque Dom aún no recordaba dónde se habían visto, sabía
que se conocían. Al verla, su corazón se aceleró con un temor parecido al que sentía
cuando se despertaba de uno de los episodios de sonambulismo. Tendría cerca de
treinta años. Ojos azules. Pelo rubio plateado. Rostro de exquisitas proporciones.
Sería excepcionalmente bella si no tuviese una expresión idéntica a la del sacerdote:
mirada inerte, impasible, vacía. La habían fotografiado de cintura para arriba,
tumbada en una estrecha cama, con las sábanas subidas hasta el cuello. Se encontraba
sujeta a la cama. Uno de sus brazos estaba parcialmente al descubierto y tenía puesta
una vía intravenosa en la muñeca. Parecía pequeña, desvalida, oprimida.
La fotografía le recordó instantáneamente su propia pesadilla, en la que unos
hombres que no veía le gritaban y le obligaban a inclinar la cabeza sobre un lavabo.
En un par de ocasiones, aquella pesadilla no comenzó en el mismo lavabo, sino en la
cama de una habitación extraña, donde lo veía todo empañado por una niebla
amarillenta. Mirando a la joven, Dom se convenció de que en algún lugar había una
fotografía Polaroid en la que aparecería él en circunstancias similares: atado a una
cama, con una vía intravenosa en el brazo y un rostro inexpresivo.
Cuando le enseñó las fotografías a Parker Faine el viernes, el mismo día que las
recibió, el artista llegó a la misma conclusión:
«Qué me asen en el infierno y hagan conmigo bocadillos para el diablo si me
equivoco, pero juraría que esa mujer está en trance o en un estado de estupor
producido por alguna droga, sometiéndose al mismo lavado de cerebro que te
hicieron a ti. ¡Cielos, esta situación se hace más extraña y fascinante cada día! Se

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supone que deberías ir a la policía…, pero no se puede, porque, ¡quién se atreve a
asegurar de qué lado están ellos! Quizá te topaste con una facción de nuestro propio
gobierno. De todos modos, no fuiste el único que se metió en problemas. Este
sacerdote y esta mujer se encuentran en tu misma situación. Quienquiera que se
tomara tantas molestias está ocultando algo muy importante, mucho más de lo que
me pareció en un principio».
Ahora, sentado junto a la ventana de la habitación del hotel, Dom tenía una
fotografía en cada mano, una junto a la otra, y miraba alternativamente al sacerdote y
a la mujer.
—¿Quiénes sois? —preguntó en voz alta—. ¿Cómo os llamáis? ¿Qué nos
ocurrió?
Fuera, los truenos resonaban como chasquidos de látigos sobre la noche de
Portland, como si un cochero cósmico incitara a la lluvia a caer con más fuerza.
Como el estruendo de los cascos de un millar de caballos desbocados, las grandes
gotas golpeaban los muros del hotel y galopaban por las ventanas.

Más tarde, Dom se ató a la cama con un sistema mejorado considerablemente con
respecto al que utilizó en Navidad. Primero se protegía la muñeca con una venda y la
aseguraba con cinta adhesiva, era una barrera entre la cuerda y la muñeca para evitar
la abrasión. Ya no utilizaba una cuerda normal, sino un cabo de nailon con sólo
medio centímetro de diámetro, pero con una resistencia de más de mil kilos. Estaba
fabricado expresamente para la práctica del montañismo y la escalada.
Cambió de cuerda porque en la noche del 28 de diciembre se libró de ella
rompiéndola con los dientes mientras dormía. La cuerda de escalada no se
deshilachaba y era casi tan resistente a los dientes como podría serlo un cable de
acero.
Aquella noche en Portland se despertó tres veces, luchando furiosamente con la
cuerda, sudando, jadeando, con el corazón latiéndole frenéticamente bajo la fuerte
presión del terror.
«¡La luna! ¡La luna!».

3. LAS VEGAS, NEVADA

El día siguiente al de Navidad, Jorja Monatella llevó a Marcie a la consulta del


doctor Louis Besancourt, y la visita se convirtió en un escándalo que molestó al
doctor, asustó a Jorja e inquietó a ambos. Desde el momento en que Jorja entró con
ella en la sala de espera, la niña gritó, aulló, gimió y lloró.
—¡No quiero que me vea ningún médico! ¡Me harán daño!
En las raras ocasiones que Marcie no se comportaba como era debido (y eran

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verdaderamente raras), un cachete en el trasero bastaba, por lo general, para que
volviera a razonar y se arrepintiera. Pero cuando Jorja lo intentó entonces, causó un
efecto contrario al esperado. Marcie gritó y aulló con más energía y lloró más
copiosamente que antes.
Fue necesaria la ayuda de una enfermera comprensiva para sacar a la niña de la
sala de espera y llevarla a la consulta entre pataleos; para entonces, Jorja no estaba
solamente abatida, sino terriblemente preocupada por la absoluta irracionalidad de la
niña. El buen humor y los modales amables del doctor no bastaron para aplacar a la
niña, que en realidad se asustó más y actuó con más violencia cuando lo vio aparecer.
Cuando el médico intentaba tocarla, Marcie retrocedía, gritaba, le golpeaba y le daba
patadas hasta que Jorja y la enfermera se veían obligadas a sujetarla. Cuando el
médico utilizó el oftalmoscopio para examinarle los ojos, el terror alcanzó el punto
culminante, y Marcie se orinó, lo que le recordó tristemente a Jorja el fracaso del día
de Navidad.
La micción incontrolada marcaba un cambio abrupto en su conducta. Se quedó
callada, seria, como le ocurrió el día de Navidad. Estaba asombrosamente pálida y se
estremecía constantemente. Mostraba ese extraño distanciamiento que le hizo pensar
a Jorja en el autismo.
Lou Besancourt no pudo tranquilizar a Jorja con un diagnóstico sencillo. Habló de
alteraciones neurológicas y cerebrales, y de enfermedades psicológicas. Quería que
Marcie permaneciera ingresada varios días en el Sunrise Hospital para realizarle
algunas pruebas.
Aquella desagradable escena en la consulta del doctor Besancourt no fue sino el
inicio de la serie de arrebatos que sufrió Marcie en el hospital. La mera vista de
médicos y enfermeras la catapultaba a un ataque de pánico, e invariablemente el
pánico se convertía en una escalada de histeria que finalizaba cuando la niña,
exhausta, caía en un estado semi-catatónico del que tardaba horas en recuperarse.
Jorja pidió la baja por enfermedad en el casino y, prácticamente, vivió en el
hospital durante cuatro días, durmiendo en una cama plegable en la habitación de
Marcie. No descansaba mucho. Incluso en el sueño provocado por los medicamentos,
Marcie se retorcía, pateaba, lloriqueaba y gritaba en sueños «¡La luna! ¡La luna…!».
La cuarta noche, la del domingo 29 de diciembre, Jorja casi necesitaba ella misma
atención médica.
Milagrosamente, la mañana del lunes, el terror irracional de Marcie simplemente
desapareció. Seguía sin gustarle estar hospitalizada y pedía con agresividad que la
llevaran a casa. Pero ya no parecía sentir que las paredes se cernían sobre ella y la
aplastaban. Permanecía intranquila en compañía de los médicos y las enfermeras,
pero no se apartaba de ellos horrorizada ni los golpeaba cuando la tocaban. Aún
seguía pálida, nerviosa y en tensión. Pero por primera vez en varios días su apetito
era normal, y se comió todo lo que le llevaron en la bandeja del desayuno.
Aquel mismo día, al concluir las últimas pruebas, mientras Marcie almorzaba en

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la cama, el doctor Besancourt habló con Jorja en el pasillo. Era un hombre con cara
de perro, nariz bulbosa y ojos húmedos de mirada amable.
—Negativos, Jorja. Todos los resultados negativos. No existen tumores ni
lesiones cerebrales, ni ningún tipo de disfunción neurológica.
Jorja casi rompió a llorar.
—Gracias a Dios.
—Voy a enviar a Marcie a otro médico —dijo Besancourt—. A Ted Coverly. Es
un buen psicólogo infantil. Estoy seguro de que él descubrirá la causa de todo esto.
Lo curioso es que… me da la impresión de que quizá hayamos curado a Marcie sin
saberlo.
Jorja parpadeó.
—¿Curada? ¿Qué quiere decir?
—Retrospectivamente, se puede ver que en su conducta aparecen todos los
síntomas de una fobia. Miedo irracional, ataques de pánico… Sospecho que empezó a
desarrollar una grave aversión fóbica a todo lo relacionado con la medicina. Ahora
bien, existe un tratamiento llamado «conductismo», por el que el paciente fóbico es
expuesto a lo que teme deliberadamente, incluso con crueldad, durante tanto tiempo
(horas y horas) que se destruye el poder de la fobia. Quizá le hayamos hecho eso a
Marcie inadvertidamente al ingresarla en el hospital.
—¿Por qué había de sufrir esa fobia? —le preguntó Jorja—. ¿Cuál sería la causa?
Jamás ha tenido ninguna experiencia desagradable con médicos ni en hospitales.
Nunca ha estado gravemente enferma.
Besancourt se encogió de hombros y se apartó del camino de unos enfermeros
que empujaban la camilla de un paciente.
—Nunca se conoce el origen de las fobias. No hay que estrellarse en un avión
para tener miedo a volar. Las fobias… simplemente aparecen. Incluso si la hemos
curado, quedará una aprensión residual que Ted Coverly localizará. Él eliminará
cualquier resto de ansiedad fóbica. No se preocupe, Jorja.
La tarde del lunes, 30 de diciembre, Marcie fue dada de alta en el hospital. En el
coche, de camino a casa, era casi la misma Marcie de siempre, señalando las nubes
que tenían formas de animales. En casa, corrió a la sala y se puso a jugar
inmediatamente con los juguetes de Navidad, que apenas tuvo oportunidad de
disfrutar. Jugó con la Pequeña Doctora, aunque no exclusivamente ni con esa
inquietante intensidad que mostró el día de Navidad.
Los padres de Jorja se presentaron de inmediato en el apartamento. Jorja los
mantuvo alejados del hospital diciéndoles que podrían alterar el delicado estado de la
niña. Marcie estuvo de un humor espléndido durante la cena, encantadora y divertida,
y desarmó a los padres de Jorja.
Las tres noches siguientes, Marcie durmió en la cama de Jorja por si sufría
ataques de pánico, pero no tuvo ninguno. Las pesadillas eran más escasas y menos
intensas que antes, y Jorja sólo se despertó dos veces en las tres noches oyendo a

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hablar a Marcie. «¡La luna, la luna, la luna!». Pero ahora, en lugar de un grito, era un
susurro melancólico.
Por las mañanas, en el desayuno, le preguntaba a Marcie por las pesadillas, pero
la niña no las recordaba.
—¿La luna? —decía, frunciendo el ceño sobre el cuenco de cereales—. No he
soñado con la luna. He soñado con unos caballos. ¿Podré tener un caballo algún día?
—Quizá, cuando no vivamos en un apartamento.
Marcie se rió.
—Ya lo sé. No se puede tener un caballo en el apartamento. Los vecinos se
quejarían.

El jueves, el doctor Coverly vio a Marcie por primera vez. A la niña le gustó. Si
aún tenía un miedo anormal a los médicos, lo disimulaba muy bien.
Aquella noche Marcie durmió en su propia cama, con la única compañía de un
oso de peluche llamado Murphy. Jorja se levantó tres veces entre la medianoche y el
amanecer para ir a ver a su hija. Una vez oyó aquel canto que ya le resultaba familiar
—«la luna, la luna, la luna»—, un susurro, mezcla de temor y felicidad, que le ponía
los pelos de punta.
El viernes, cuando Marcie aún tenía tres días de vacaciones, Jorja la volvió a
dejar al cuidado de Kara Persaghian y regresó al trabajo. Casi resultaba un alivio
volver al ruido y al humo del casino. Los cigarrillos, la cerveza agria y la ocasional
bofetada de la halitosis eran infinitamente más soportables que el hedor a antiséptico
del hospital.
Recogió a Marcie en casa de Kara, y de camino a casa la niña le enseñó
excitadamente el trabajo de todo un día dibujando en papel de estraza: montones de
lunas en todos los colores imaginables.

La mañana del domingo, 5 de enero, cuando Jorja se levantó y fue a preparar el


café, encontró a Marcie en la mesa del comedor, ocupada en una curiosa tarea. La
niña, aún en pijama, despegaba las fotografías del álbum familiar y las reunía en
pequeños grupos.
—Estoy guardando las fotografías en una caja de zapatos, porque me hace falta
el… áblum —dijo la niña, frunciendo el ceño ante aquella difícil palabra—. Lo
necesito para mi colección de lunas —le enseñó una fotografía de la luna recortada de
una revista—. Voy a reunir una gran colección.
—¡Vaya! ¿Por qué tienes tanto interés en la luna?
—Es bonita —dijo Marcie. Dejó la fotografía en una página en blanco y la
contempló. Su mirada fija, la intensidad de su fascinación por la fotografía, se
parecían a la obsesión con que jugaba a la Pequeña Doctora.

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Con un estremecimiento de aprensión, Jorja pensó: «Así es como empezó la
maldita fobia a los médicos. Sin llamar la atención, de forma inocente». ¿Había
superado Marcie una fobia sólo para sufrir otra?
Sintió el impulso de correr al teléfono e intentar localizar al doctor Coverly,
aunque era domingo y no trabajase.
Pero mientras estaba junto a la mesa, observando a su hija, Jorja decidió que
exageraba. Desde luego, Marcie no había dejado una fobia por otra. Al fin y al cabo,
la niña no temía a la luna. Estaba… en fin, extrañamente fascinada por ella. Era un
entusiasmo temporal. Cualquier madre con una hija de siete años estaba
acostumbrada a aquellas efímeras pero ardientes fascinaciones y encaprichamientos.
No obstante, Jorja decidió que se lo contaría al doctor Coverly el martes, cuando
llevase a Marcie por segunda vez a su consulta.
El lunes, a las doce y veinte de la noche, antes de irse a la cama, Jorja fue a ver si
su hija dormía profundamente. La niña no estaba en la cama, había acercado una silla
a la ventana y estaba allí sentada, mirando afuera.
—¡Cariño! ¿Te ocurre algo?
—No me ocurre nada. Ven a ver —dijo Marcie en voz baja y soñadora.
Acercándose a la niña, Jorja le preguntó:
—¿Qué miras, pequeña?
—La luna —dijo Marcie con los ojos clavados en la media luna que brillaba
plateada en la oscura cúpula del firmamento—. La luna.

4. BOSTON, MASSACHUSETTS

El lunes, 6 de enero, el viento procedente del Atlántico era frío e implacable, con
una fuerza que humillaba a todo Boston. En las calles, entre los aullidos del viento,
los peatones, bien enfundados en abrigos y bufandas, corrían en busca de refugio con
la cabeza hundida entre los hombros. En la fría luz grisácea de aquel día invernal, los
modernos rascacielos de oficinas parecían estar construidos con hielo, mientras que
los viejos edificios del Boston histórico se apretaban unos contra otros y sus
fachadas, pardas y miserables, estaban desprovistas del encanto y la majestuosidad
que lucían con mejor tiempo. La noche anterior cayó una tormenta de aguanieve. Los
árboles desnudos quedaron forrados de hielo brillante, las desnudas ramas negras
asomaban entre el hielo como asoma la medula ósea bajo las capas superiores de los
huesos astillados.
Herbert, el eficiente mayordomo encargado de que el servicio de los Hannaby
funcionara a la perfección, llevó en automóvil a Ginger Weiss a su séptima cita con
Pablo Jackson. El viento y la tormenta de la noche anterior derribaron tendidos
eléctricos, lo que afectó a más de la mitad de los semáforos del trayecto. Finalmente,
llegaron a Newbury Street a las once y cinco de la mañana, con sólo cinco minutos de

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retraso.
Tras el progreso de la sesión del sábado, Ginger quiso contactar con las personas
del Tranquility Motel, en Nevada, y sacar a colación el tema del misterioso suceso
ocurrido en aquel lugar dos veranos antes, la noche del 6 de julio. Los dueños de
aquel motel podían ser cómplices de quienes le bloquearon la memoria a Ginger, o
bien eran víctimas como ella. Si fueron sometidos a un lavado de cerebro, quizá
sufrieran ataques de pánico de uno u otro tipo.
Pablo se opuso firmemente al contacto inmediato. Pensaba que el riesgo era
demasiado grande. Si los dueños del motel no resultaban ser víctimas, sino cómplices
de los enemigos, Ginger podía correr un grave peligro.
—Hay que tener paciencia. Antes de contactar con ellos, debe tener toda la
información que pueda conseguir.
Ella le sugirió que fuesen a la policía para pedir protección y exigir una
investigación, pero Pablo la convenció de que aquello no le interesaría a la policía.
No tenía pruebas de que hubiera sido sometida realmente a un lavado de cerebro.
Además, la policía local no podía encargarse de asuntos fuera de los límites del
estado. Tendría que dirigirse a las autoridades federales o a la policía de Nevada y, en
cualquiera de los dos casos, podría estar pidiendo ayuda a los mismos responsables
de lo que le sucedía.
Frustrada, pero incapaz de encontrar una brecha en los argumentos de Pablo,
Ginger accedió a continuar el programa del tratamiento. Pablo quiso dedicar el
domingo a revisar las cintas cruciales de las sesiones del sábado y le dijo que el lunes
por la mañana iría a visitar a un amigo al hospital.
—Pero venga, por ejemplo, a la una, y comenzaremos a eliminar las primeras
capas del bloqueo de memoria, en pantoufles, en zapatillas, como suele decirse,
tranquilamente.
Pablo la llamó el lunes por la mañana y le dijo que su amigo había sido dado de
alta antes de lo previsto y que, por tanto, estaría en casa sobre las once, por si deseaba
ir antes.
—Puede ayudarme a preparar el almuerzo.
Ahora, al salir del ascensor y caminar apresuradamente por el corto pasillo hasta
el apartamento de Pablo, Ginger decidió hacer un esfuerzo para dominar su natural
impaciencia y procurar progresar en pantoufles, como el mago estaba convencido de
que progresarían.
La puerta del apartamento estaba entreabierta. Pensando que la había dejado
abierta para que entrase, pasó al vestíbulo. Cerró la puerta y lo llamó:
—¿Pablo?
En otra habitación, alguien gruñó. Se oyó un ruido apagado y un golpe sordo
contra el suelo.
—¿Pablo? —No respondía. Entró en la sala y lo llamó con más energía que antes
—. ¿Pablo?

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Silencio.
Una de las hojas de la puerta doble de la biblioteca se encontraba abierta, y la luz
estaba encendida. Ginger entró… y vio a Pablo tendido boca abajo en el suelo junto
al mueble de estilo Sheraton. Evidentemente, acababa de regresar del hospital, pues
aún tenía puestos los chanclos y el abrigo.
Al correr hacia él y arrodillarse a su lado, se le ocurrieron varias tristes
posibilidades —hemorragia cerebral, trombosis, embolia, infarto—, pero no estaba
preparada para lo que descubrió al ponerlo boca arriba. Tenía un disparo en el pecho,
y la sangre de las arterias, de un rojo intenso, manaba del agujero de la bala.
Pablo abrió los ojos y, aunque parecían nublados, reconoció a Ginger. La sangre
formaba burbujas entre sus labios. Sólo pudo susurrar una palabra en tono de
apremio:
—Huya.
La reacción instintiva al verle caído delante del escritorio fue la de la amiga y la
médica: Angustiada, corrió a prestarle ayuda. Pero hasta que Pablo no pronunció
aquella palabra, Ginger no comprendió que su propia vida podía correr peligro. De
repente, advirtió que no había oído ningún disparo, lo que significaba que habían
utilizado una pistola con silenciador. El asaltante no era un ladrón vulgar. Era alguien
infinitamente más peligroso. Todos aquellos pensamientos cruzaron por su mente en
un instante.
Sintiendo el golpeteo del corazón, se levantó y se volvió hacia la puerta. El
asesino —alto y fornido, con un abrigo de cuero ceñido en la cintura— salió tras la
puerta con una pistola en la mano. Era corpulento, pero tenía un aspecto
sorprendentemente menos amenazador de lo que esperaba. Era de su misma edad,
bien proporcionado, con unos inocentes ojos azules y un rostro poco apropiado para
amenazar.
Cuando habló, la disparidad entre su aspecto normal y el asesinato que acababa
de cometer se hizo más notable, pues sus primeras palabras fueron una trémula
disculpa:
—No tendría que haber ocurrido, por Dios. Yo… estaba grabando esas casetes a
alta velocidad. Era todo lo que quería… hacer copias de esas casetes.
Señaló el escritorio, y Ginger se fijó por primera vez en un maletín abierto que
contenía un equipo electrónico. Las casetes se hallaban esparcidas por el escritorio, y
Ginger supo instantáneamente de qué casetes hablaba.
—Llamemos a una ambulancia —dijo. Se dirigió al teléfono, pero se detuvo
cuando el hombre le hizo un gesto irritado con el revólver.
—A alta velocidad —manifestó, vacilando entre la rabia y el llanto—. Podía
haber grabado las cintas y haberme largado de aquí. ¡Se suponía que tardaría otra
jodida hora en volver!
Ginger cogió un cojín del sillón y lo puso bajo la cabeza de Pablo par evitar que
se asfixiara con la sangre y la flema.

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Claramente afectado por lo sucedido, el matón afirmó:
—Entró sigilosamente, deslizándose como si fuera un maldito fantasma.
Ginger recordó los ademanes sueltos y elegantes del mago, como si cada
movimiento fuese el preludio de un número de prestidigitación.
Pablo tosió y cerró los ojos. Ginger quería hacer más por él, pero el único
remedio era una heroica intervención quirúrgica. Por el momento, lo único que podía
hacer era estrecharle el hombro en un débil intento de tranquilizarlo.
Alzó una mirada suplicante, pero el pistolero sólo preguntó:
—¿Y qué diablos hacía con una pistola? Un jodido viejo de ochenta años con una
pistola, como si supiera cómo se manejan estas cosas.
Hasta entonces, Ginger no había advertido la pistola en el suelo, a pocos
centímetros del brazo extendido de Pablo. Al verla, sintió una oleada de horror y, por
un momento, estuvo a punto de desvanecerse, pues supo al instante que Pablo era
consciente del peligro que corría al ayudarla. Ginger no sospechaba que el mero
intento de tantear el bloqueo de memoria atraería la atención indeseada de tipos como
el del abrigo de cuero. Aquello significaba que estaba bajo vigilancia. Quizá no la
vigilaran hora a hora, ni día a día. Pero le seguían el rastro. Desde el momento en que
llamó a Pablo por primera vez, puso en peligro su vida sin saberlo. Pero él sí lo sabía
de algún modo, pues llevaba una pistola. Entonces, Ginger sintió el peso de la culpa.
—Si no hubiese sacado ese juguete del 22 —dijo el matón tristemente—, si no
hubiese insistido en llamar a la policía, me habría marchado sin ponerle la mano
encima. No quería hacerle daño. Mierda.
—Por el amor de Dios —le imploró Ginger—, déjeme llamar a una ambulancia.
Si no quería hacerle daño, ayúdelo.
El asesino negó con la cabeza y dirigió una mirada al cuerpo encogido del mago.
—Ya es demasiado tarde. Ha muerto.
Las dos últimas palabras, como un par de derechazos en el estómago, le cortaron
la respiración y le hicieron sentir que el tupido velo de la inconsciencia caía sobre su
visión. Una mirada a los ojos vidriosos del viejo fue suficiente para confirmar las
palabras del asesino, pero Ginger se resistía a creerlo. Le levantó la cabeza y le cogió
la estrecha muñeca negra buscándole el pulso. Como no lo localizó, buscó la arteria
carótida en el cuello, pero, a pesar del calor que aún conservaba el cuerpo, el lugar
donde debía sentir el latido de la vida estaba rígido.
—No —dijo—. Oh, no. —Tocó la oscura frente de Pablo, no con el ademán de un
médico sino con ternura y cariño. Sentía un dolor tan intenso que le costaba trabajo
creer que conocía al mago desde hacía sólo dos semanas. Como su padre, siempre
estaba dispuesta a otorgar su afecto y, al ser Pablo el hombre que era, le prodigó su
afecto con más facilidad de lo normal.
—Lo siento —se lamentó el asesino temblorosamente—. Lo siento mucho. Si no
hubiera tratado de retenerme, me habría largado de aquí. Ahora, he matado a alguien,
¿no es eso? Y… me has visto la cara.

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Conteniendo las lágrimas, consciente de que no podía dejarse arrastrar por la
pena, Ginger se puso en pie y miró al hombre.
Como si pensara en voz alta, el asesino dijo:
—Ahora también tendré que ocuparme de ti. Tendré que poner el lugar patas
arriba, vaciar los cajones y llevarme algo de valor para que parezca que me
sorprendieron robando. —Se mordió el labio inferior con preocupación—. Sí,
funcionará. En lugar de hacer copias de las casetes, me llevaré las originales, así no
sospecharán nada. —Miró a Ginger de soslayo—. Lo siento. Dios, lo siento de veras,
pero tendrá que ser así. Ojalá no tuviese que hacerlo. En parte, tengo yo la culpa. Si
hubiese oído a ese cabrón acercarse. No tendría que haberme dejado sorprender. —
Avanzó hacia ella—. ¿No tendría que violarte? Un ladrón no le dispararía a una chica
como tú por las buenas. ¿No te violaría primero? ¿No lo haría eso más real? —Se
acercó a Ginger, que comenzó a retroceder—. Dios, no sé si podré hacerlo. ¿Cómo
voy a excitarme y a hacerlo contigo teniéndote que matar después? —Seguía
avanzando hacia ella, y Ginger se dio contra la librería—. No me gusta. Créeme, no
me gusta. No tendrían que estar ocurriendo estas cosas. No me gusta nada.
Su pena aparente, sus constantes excusas y sus auto-recriminaciones aterrorizaron
a Ginger. No le habría asustado tanto si fuera un tipo más frío y sanguinario. El hecho
de tener escrúpulos y poder olvidarse de ellos el tiempo suficiente para cometer dos
asesinatos y una violación… lo convertían en una especie de monstruo.
Se detuvo a metro y medio de ella y le dijo:
—Venga, quítate el abrigo.
Era inútil suplicar, pero Ginger esperaba lograr que se confiara.
—No daré una descripción correcta. Lo juro. Por favor, deje que me vaya.
—Ojalá pudiera. —Su rostro mostraba remordimiento—. Quítate el abrigo.
Haciendo tiempo mientras se decidía a actuar, Ginger se desabrochó lentamente el
abrigo. Le temblaban las manos, pero exageraba aquel temblor genuino y se
demoraba con cada botón. Finalmente, se quitó el abrigo con un movimiento de
hombros y lo dejó caer al suelo.
Se acercó más a ella. Ginger tenía la pistola a sólo unos centímetros del pecho.
Estaba más relajado, cogía la pistola con menos fuerza, le apuntaba con menos
agresividad, aunque no se descuidaba.
—Por favor, no me haga daño. —Ginger continuó rogándole porque, si él
pensaba que estaba casi paralizada por el terror, podría descuidarse y ofrecerle la
oportunidad de escapar.
—No quiero hacerte daño —le dijo, como si le ofendiese profundamente la
suposición de que le quedase otra alternativa—. Tampoco quería hacerle daño a él.
Ese viejo idiota ha tenido la culpa de todo. No yo. Escucha, trataré de hacerte el
menor daño posible. Te lo prometo.
Con el revólver en la mano derecha, le tocó los senos con la izquierda. Ginger
aguantó sus caricias con la esperanza de que se descuidara a medida que fuese

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excitándose. A pesar de haberle dicho que la compasión le causaría impotencia,
Ginger estaba segura de que no tendría dificultad en violarla. A pesar de la compasión
y las excusas, a pesar de la susceptibilidad, pensaba más en sí mismo que en Ginger y
gozaba inconscientemente con lo que había hecho y haría. A pesar de su voz amable,
la violencia ardía tras cada palabra que pronunciaba; apestaba a violencia.
—Preciosos. Pequeños pero bien formados. —Deslizó la mano bajo el jersey,
agarró el sujetador y tiró con fuerza hasta arrancarlo. Antes de romperse, Ginger
sintió que los tirantes elásticos se le clavaban dolorosamente en los hombros. El
broche le desgarró la piel de la espalda. El asesino hizo una mueca como si se le
hubiera transmitido el dolor de Ginger—. Lo siento. ¿Te he hecho daño? No era esa
mi intención. Tendré más cuidado. —Apartó el sujetador destrozado y le acarició los
senos con una mano fría y pegajosa.
Sobrecogida por el terror y la repugnancia, Ginger se apretó con más fuerza
contra la estantería, que se le clavó dolorosamente en la espalda. El asesino se
encontraba ahora al alcance de la mano, pero mantenía el revólver entre ambos.
Ginger tenía el frío cañón apretado contra el estómago desnudo, por lo que no podía
moverse. Si intentaba librarse de él, recibiría un disparo en el estómago como premio
a su temeridad.
Al tiempo que la acariciaba, le hablaba suavemente y expresaba su pesar por la
necesidad de violarla y matarla, como si ella, simplemente, tuviese que comprender,
como si fuera una crueldad de su parte no perdonarle el pecado de quitarle la vida.
Sin poder escapar a ningún lugar, bajo la monótona oleada del balbuceo de sus
excusas y de su mano atenazadora, Ginger experimentó una claustrofobia tan intensa
que sintió la necesidad de abalanzarse sobre él y obligarle a apretar el gatillo para
poner fin a aquella situación. El empalagoso aroma a caramelos mentolados del
aliento del asesino era tan penetrante que tuvo la sensación de estar encerrada en una
campana de cristal con él. Lloriqueó, rogó con gemidos inarticulados, volvió la
cabeza a un lado y a otro como si intentara negar la realidad del asalto. La imagen de
desmoralización y de terror que presentaba no habría sido más convincente si la
hubiera ensayado durante varios días, pero desgraciadamente nada estaba calculado
de antemano.
Aún más excitado por la desesperación de Ginger, intensificó sus caricias.
—Creo que puedo hacerlo, tía. Creo que puedo hacerlo contigo. Tócame, tía.
Tócame. —Se acercó a Ginger y se apretó contra ella. Increíblemente, parecía creer
que, en aquellas desgraciadas y trágicas circunstancias, su creciente tumescencia era
un tributo al atractivo sexual de Ginger y que ella debería sentirse halagada.
La reacción de Ginger sólo pudo causarle decepción.
Al apretarse contra ella, se vio obligado a dejar de apuntarle con el revólver.
Arrastrado por su excitación, convencido de que Ginger se encontraba débil y
desvalida, dejó de apuntarle con el arma, que mantuvo a un lado con el cañón dirigido
al suelo. El terror de Ginger era sobrepasado por su repugnancia y su ira y, en cuanto

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el cañón dejó de apuntarle, transformó aquellas emociones contenidas en acción.
Volviendo la cabeza a un lado, se inclinó sobre él como si se desvaneciera por el
pánico o como si la moviera una pasión indecisa, un movimiento con el que acercó la
boca a su garganta. En una rápida sucesión, le mordió en la garganta, le hundió la
rodilla en la entrepierna y le cogió la mano en la que tenía el revólver para
mantenerlo apartado.
El asesino esquivó parcialmente la rodilla, limitando el daño en la entrepierna,
pero no estaba preparado para el mordisco. Sorprendido, horrorizado y
tambaleándose por el dolor de la garganta, retrocedió dos pasos.
Ginger le había mordido con fuerza, y el sabor de la sangre le produjo arcadas,
aunque no permitió que el asco demorase su contraataque. Le agarró la mano del
revólver, se la llevó a la boca y le mordió la muñeca.
Un agudo grito de dolor y sorpresa brotó de su garganta. Como Ginger parecía tan
delicada como una niña, no la tomó en serio.
Al sentir el mordisco, soltó el revólver, pero simultáneamente cerró la otra mano
y, con una fuerza tremenda, le propinó un puñetazo en la espalda. Ginger cayó de
rodillas y, por un momento, pensó que le había partido la columna vertebral. El dolor,
como el chasquido destellante de una corriente eléctrica, se disparó hacia el cuello y
relampagueó en su cerebro.
Aturdida, con la vista nublada temporalmente, Ginger casi no lo vio agacharse
para recuperar el revólver. En el mismo momento en que los dedos del asesino
rozaban la culata, Ginger se abalanzó sobre sus piernas. Al verla venir y tratar de
apartarse, se enderezó como una rama que vuelve a su postura tras haber sido doblada
con fuerza. Cuando recibió el encontronazo de Ginger una fracción de segundo
después, agitó los brazos en un inútil intento de mantener el equilibrio. Cayó de
espaldas encima de uno de los sillones de la biblioteca y rodó sobre el cadáver de
Pablo Jackson.
Respirando con la misma dificultad, dirigiéndose una mutua mirada de cautela,
permanecieron petrificados por un momento. Estaban uno frente al otro, encogidos de
dolor en el suelo, jadeando.
A Ginger, los ojos del asesino le parecieron tan grandes y redondos como la
esfera de un reloj, prueba de que le atemorizaba la idea de ver la proximidad de su
muerte. El mordisco no lo mataría. No había alcanzado la vena yugular ni la arteria
carótida, simplemente le había dañado el cartílago tiroideo, desgarrando el tejido y
algunos vasos capilares. Sin embargo, era fácil comprender por qué estaba
convencido de que se trataba de una herida mortal; el dolor debía ser insoportable. Se
llevó la mano sana a la herida del cuello, después la retiró y contempló asombrado la
sangre que goteaba de los dedos. El asesino pensaba que estaba muriéndose, y Ginger
no sabía si aquello lo convertía en un ser más o menos peligroso.
Simultáneamente, vieron la pistola, despedida durante el forcejeo, en mitad del
suelo de la biblioteca. Estaba más cerca del hombre que de Ginger. Sangrando por la

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garganta y la muñeca, con una extraña mezcla de gemidos y jadeos, se arrastró por el
suelo hasra el arma, y a Ginger no le quedó otra opción que levantarse y correr.
Se dirigió al salón, tambaleándose más que corriendo, entorpecida por el dolor de
la espalda, que se extendía por su cuerpo en oleadas decrecientes, pero aún
debilitantes. Quería salir del apartamento por la puerta principal, pero comprendió
que no podía escapar en aquella dirección porque las únicas salidas de la galería eran
el ascensor y la escalera. No podía esperar al ascensor y en la escalera la atraparía con
facilidad.
Encogida por el dolor de espalda, corrió como un cangrejo por la sala y el
recibidor, y entró en la cocina, donde la puerta batiente se cerró tras ella con un suave
gemido. Se dirigió directamente al mueble de los utensilios, junto al horno, y cogió
un cuchillo de carnicero.
Oyó un espantoso lamento a sus espaldas. Contuvo el aliento y trató de
controlarse.
El asesino no irrumpió inmediatamente en la cocina, como esperaba Ginger. Tras
unos segundos, comprendió que tenía suerte de que no hubiese aparecido, porque el
cuchillo de carnicero no servía de nada contra una pistola a una distancia de tres
metros. Maldiciéndose en silencio por haber estado a punto de cometer un error fatal,
volvió a la puerta con rapidez y cautela, y se escondió a un lado. Aún le dolía la
espalda, pero ya no era un dolor agudo. Pudo enderezarse y permanecer pegada a la
pared. El corazón le latía con tanta fuerza que parecía como si la pared en la que se
apoyaba fuese la piel de un tambor que respondía a sus latidos, amplificándolos de tal
manera que el hueco golpear de aurícula y ventrículo debía resonar por todo el
apartamento.
Apretó el cuchillo con fuerza, preparada para lanzarlo hacia arriba en un arco
mortal. No obstante, aquella desesperada acción dependía de que el asesino
irrumpiese en la cocina en un arrebato de histeria e ira, temerariamente, ofuscado por
la convicción de que moriría por la herida de la garganta, decidido a vengarse
ciegamente. Si, por el contrario, se acercaba silenciosamente, con cautela, abriendo la
puerta centímetro a centímetro con el cañón de la pistola, Ginger se encontraría en un
apuro. Cada segundo que transcurría sin que apareciese reducía la probabilidad de
que interpretase el primer papel, el que Ginger prefería.
A no ser que la herida de la garganta fuera más grave de lo que pensaba. En ese
caso, aun podría seguir en la biblioteca, desangrándose sobre la alfombra chinesca.
Rezó para que le hubiera sucedido aquello.
Pero lo sabía demasiado bien. Estaba vivo. Y se acercaba.
Podía gritar y, quizá, alertar a los vecinos, que llamarían a la policía, pero
tardarían en reducir al asesino. Gritar era un derroche de energías.
Se apretó con más fuerza contra la pared, como si intentara fundirse con ella. La
puerta batiente, a sólo unos centímetros de su rostro, atraía su atención como la
culebra ratonera provoca la del ratón. Estaba en tensión, lista para atacar a la menor

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señal de movimiento, pero la puerta permaneció inmóvil, enloquecedoramente
inmóvil.
¿Dónde diablos estaba?
Transcurrieron cinco segundos. Diez. Veinte.
¿Qué hacía?
El sabor de la sangre se hizo más acre a medida que pasaban los segundos, y
Ginger sintió que la náusea removía sus dedos escurridizos en su interior. Al tener
más tiempo para considerar lo que le había hecho al asesino en la biblioteca, reparó
en la bestialidad de sus acciones y se estremeció ante su propio potencial de
salvajismo. También tuvo tiempo de pensar en lo que pretendía hacerle. Se imaginó la
gruesa hoja del cuchillo de carnicero penetrando profundamente en el cuerpo y sintió
un estremecimiento de repulsa. Ella curaba a las personas, por educación y por
naturaleza. Trató de no pensar en apuñalarlo. Era peligroso pensarlo mucho;
peligroso, turbador y enervante.
¿Dónde estaba?
No podía esperar más. Temerosa de que la inactividad mitigara el instinto animal
y la salvaje ferocidad que necesitaba para sobrevivir, con la incómoda certeza de que
cada segundo que transcurría le daba mayor ventaja a su adversario, se inclinó hacia
la puerta y apoyó la mano en ella. Se disponía a abrirla unos milímetros para mirar al
vestíbulo y al salón, cuando le paralizó la idea de que el asesino estuviera allí, a sólo
unos centímetros, al otro lado de la puerta, esperando a que ella hiciese el primer
movimiento.
Ginger vaciló, contuvo la respiración y aguzó el oído.
Silencio.
Apoyó el oído sobre la puerta, pero continuó sin oír nada.
El mango del cuchillo estaba resbaladizo por el sudor de la mano.
Al fin, apoyó los dedos en el quicio de la puerta y la abrió con cautela hacia
dentro. No dispararon, de modo que puso un ojo en la rendija. El asesino no estaba
frente a ella, como temía, sino en el extremo más apartado del vestíbulo, donde éste
se unía a la antesala; pistola en mano, volvía a entrar al apartamento, procedente del
corredor. Evidentemente, la había buscado primero en el ascensor y en la escalera. Al
no encontrarla, regresó. Ahora, por la forma en que cerraba la puerta, le echaba la
llave y corría la cadena de seguridad para retrasar su salida, no cabía duda de que
pensaba que Ginger aún se encontraba en el apartamento.
Mantenía la mano herida sobre el mordisco de la garganta. Incluso a aquella
distancia, Ginger oyó el resuello de su respiración. No obstante, parecía haber
superado el pánico. Como seguía vivo, comenzaba a recuperar la confianza en sí
mismo. Empezaba a comprender que viviría.
En la antesala, miró a derecha e izquierda, al salón y al dormitorio. Después
volvió la mirada al recibidor en penumbras, y el corazón de Ginger saltó en una
sucesión de latidos irregulares como si, por un momento, pareciera mirarla

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directamente a ella. Pero se encontraba demasiado lejos para ver que la puerta de la
cocina estaba abierta un centímetro. En lugar de dirigirse hacia ella, se encaminó al
dormitorio. Se movía con una sigilosa decisión que a Ginger le hundió el ánimo.
Cerró la puerta de la cocina, constatando con decepción que no podría llevar a
cabo su plan. Aquel tipo era un profesional, acostumbrado a la violencia y, aunque le
sorprendió la inesperada ferocidad de su ataque, recuperaba rápidamente el
equilibrio. Cuando hubiese terminado de registrar el dormitorio y los armarios, habría
recuperado por completo la frialdad y se andaría con cuidado. No irrumpiría en la
cocina de forma que presentara un blanco fácil.
Tenía que salir del apartamento. Rápido.
No tenía esperanzas de alcanzar la puerta principal. Quizá ya hubiese registrado el
dormitorio y estuviera de vuelta en el vestíbulo.
Ginger dejó el cuchillo. Se metió las manos bajo el jersey, se quitó el sujetador
destrozado y lo tiró al suelo. Rodeó silenciosamente la mesa de la cocina, apartó las
cortinas de la ventana y vio ante sí el descansillo de la escalera de incendios.
Silenciosamente, giró el pomo de la ventana. Descorrió el cerrojo inferior pero,
desgraciadamente, hizo ruido. El marco de madera, dilatado por la humedad invernal,
cedió gimiendo, crujiendo y chirriando. Cuando al fin se abrió hacia arriba con un
golpe sordo y un chasquido de cristales, supo que había alertado al asesino. Lo oyó
acercarse a la carrera por el vestíbulo.
Salió apresuradamente por la ventana a la escalera de incendios y miró hacia
abajo. Sintió el latigazo del viento glacial, y los grados bajo cero se introdujeron en
sus huesos. El hielo de la tormenta caída la noche anterior cubría los peldaños de
metal y colgaba en estalactitas de la barandilla. A pesar del traicionero estado de la
escalera en zigzag, tuvo que bajar a toda velocidad o arriesgarse a recibir un balazo
en la nuca. Estuvo a punto de resbalar varias veces. Era difícil asirse con firmeza a la
barandilla helada con las manos desnudas, pero era aún peor cuando tenía que hacerlo
para mantener el equilibrio, pues las manos se le quedaban pegadas al metal helado y
sólo podía soltarlo sacrificando la piel.
Cuando aún le faltaban cuatro peldaños para el siguiente descansillo, oyó que
alguien maldecía sobre su cabeza y volvió la vista. El asesino de Pablo Jackson salía
por la ventana persiguiéndola frenéticamente.
Ginger dio el siguiente paso demasiado aprisa y resbaló. Los pies desaparecieron
bajo ella y cayó de lado sobre los tres peldaños restantes hasta el descansillo,
reavivándosele el dolor de espalda. Su caída hizo añicos el hielo que cubría la
plancha de metal y cayeron algunos trozos, tintineando y desintegrándose al dar
contra los peldaños inferiores.
El susurro de la pistola con silenciador se perdió en el aullido maniaco del viento,
pero cuando Ginger vio que saltaban chispas del hierro a unos centímetros de su
rostro supo que el asesino había errado el disparo por muy poco. Alzó la mirada a
tiempo para ver que el hombre le apuntaba… resbalaba y caía varios peldaños. Fue

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dando tumbos de tal modo que Ginger pensó que se le echaría encima. Se agarró a la
barandilla tres veces antes de detener su descenso incontrolado.
Quedó tendido boca arriba, agarrado con una mano a un peldaño y una de las
piernas atrapada entre dos de los estrechos barrotes de hierro. El otro brazo, con el
que detuvo la caída, estaba enganchado en otro barrote; era la mano que sujetaba el
revólver y, por eso, no disparó inmediatamente.
Ginger se puso en pie, decidida a bajar tan rápido como le fuera posible. Pero al
dirigirle una última mirada al asesino, le atrajeron los botones del abrigo, lo único
que brillaba en aquella penumbra invernal. Era unos relucientes botones metálicos,
decorados con la figura en relieve de un león pasante, un símbolo común en la
heráldica británica. Antes no había observado nada especial en aquellos botones; eran
parecidos a muchos otros de chaquetas deportivas, jerseys y abrigos. Pero clavó los
ojos en ellos y todo lo demás desapareció, como si sólo los botones fuesen reales. Ni
siquiera el agudo gemido del viento que barría la tierra y repartía el frío por todos sus
rincones pudo desviar su atención. Los botones. Sólo los botones atrajeron su
atención y le provocaron un terror mucho más poderoso que el causado por el
asesino.
—No —exclamó, negando inútilmente la realidad. Los botones—. Oh, no. —Los
botones. Era el peor momento y el lugar menos indicado para perder el control de sí
misma. Los botones.
No pudo evitar el ataque. Por primera vez en tres semanas, Ginger se vio invadida
por un sobrecogedor temor irracional. Le hizo sentirse pequeña, fracasada. La
arrastró a un extraño y oscuro paisaje interior donde sintió el impulso de correr a
ciegas.
Apartando la vista de los botones, voló escaleras abajo y, a medida que la
oscuridad total la reclamaba, comprendió que aquella alocada carrera terminaría con
una pierna rota o una fractura de columna. Entonces, cuando estuviese paralizada, el
asesino se acercaría, le pondría la pistola en la cabeza y le volaría los sesos.
La oscuridad.

Frío.
Cuando el mundo volvió a Ginger —o ella al mundo— se encontraba confundida
entre las hojas caídas, la nieve y las sombras, en la parte posterior de una casa de
Newbury Street, al pie de un tramo de escaleras que conducían al sótano, a una
distancia desconocida de la casa de Pablo. Sentía el latido de un fuerte dolor en la
espalda. Le dolía todo el lado derecho. Le ardía la despellejada palma de la mano
izquierda. Pero el intenso frío era el mayor tormento. Sentía los aguijones del hielo y
de la nieve sobre los que se sentaba. Un escalofrío pasaba a través de ella por osmosis
procedente del muro de contención de cemento contra el que estaba apoyada. El
punzante viento descendía por el tramo de diez peldaños, resollando y gruñendo

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como una criatura viva.
No sabía cuánto tiempo había estado allí encogida, pero tenía que moverse o
cogería una pulmonía. Pero el asesino podría encontrarse cerca, buscándola, y si salía
de su escondite, volvería a emprender la caza. Decidió esperar un par de minutos.
Le asombraba haber conseguido bajar por la escalera de incendios helada y haber
llegado por una ruta desconocida a su escondite sin romperse la crisma.
Evidentemente, al quedar reducida en su fuga a la triste condición de animal
irracional y asustado, había recibido, al menos, la recompensa de la agilidad y la
seguridad de movimientos de los animales.
Como un par de laboriosos empleados de pompas fúnebres, el viento y el frío
continuaron extrayéndole el calor. La caja de cemento de la escalera, estrecha y gris,
comenzó a parecerle un sarcófago destapado. Ginger decidió que era hora de
marcharse. Se levantó lentamente. El pequeño patio trasero estaba desierto, al igual
que los de las casas vecinas. Nieve helada. Algunos árboles desnudos. Nada
amenazador. Estremeciéndose, jadeando, parpadeando para limpiarse las lágrimas,
Ginger subió las escaleras y siguió el sendero enlosado que unía la parte trasera de la
casa con la pequeña cancela situada en un extremo de la propiedad.
Tenía intención de volver a Newbury Street, buscar un teléfono y llamar a la
policía, pero, al llegar a la verja, olvidó aquel plan. Cada uno de los pilares que
flanqueaban la entrada estaba coronado por un farol de hierro con paneles de cristal
ámbar. Estaban encendidos, bien por olvido o porque el solenoide que los activaba
confundía la gris mañana invernal con el crepúsculo. Tenían esas bombillas con luz
oscilante que imitan la llama de gas y los cristales de las farolas parecían vivos con el
brillo de la ondulante luz ámbar. Aquella palpitante luminosidad amarillenta hizo que
Ginger se quedara sin aliento y cayera de nuevo en un ataque de pánico irracional.
¡No! Otra vez no.
Sí. Sí. La niebla. La nada. El vacío.

Más frío.
No sentía los pies ni las manos.
Al parecer, volvía a estar en Newbury Street. Se había metido bajo un camión
aparcado. Tumbada en la penumbra, bajo el depósito de aceite, dirigió una mirada
hacia fuera y vio una panorámica de las ruedas de los vehículos aparcados al otro
lado de la calle.
Escondida. Cada vez que se recuperaba de una fuga se escondía de algo
indeciblemente aterrador. Hoy, naturalmente, se escondía del asesino de Pablo. Pero
¿y los otros días? ¿De qué se escondía entonces? Incluso ahora, no sólo se escondía
de aquel hombre, sino de algo más que se cernía atormentadoramente sobre el límite
del recuerdo. Algo que vio en Nevada. Algo.
—¿Señorita? Oiga, señorita.

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Ginger parpadeó y se volvió con trabajo hacia la voz, que procedía de la parte
posterior del camión. Vió a un hombre agachado, mirando bajo el remolque. Por un
momento creyó que se trataba del asesino.
—¿Señorita? ¿Le ocurre algo?
No era el asesino. Al parecer, el asesino se había marchado al no encontrarla
inmediatamente. Aquella persona era alguien a quien nunca había visto. Era una de
esas ocasiones en las que se le da la bienvenida a un rostro desconocido.
—¿Qué demonios hace ahí debajo? —le preguntó.
Ginger se sintió invadida de auto-compasión. Pensó en el aspecto que habría
tenido corriendo alocadamente por el vecindario como una demente. Le habían
robado toda la dignidad.
Se arrastró hacia el hombre que le hablaba, estrechó la mano enguantada que le
ofrecía y dejó que le ayudara a salir bajo el camión, que resultó ser de la empresa de
mudanzas Mayflower. Tenía las puertas traseras abiertas. Miró el interior y vio cajas
y muebles. El tipo que le había ayudado era joven, musculoso, vestido con un mono
forrado de tejido térmico y con el emblema de Mayflower en el pecho.
—¿Qué le ocurre? —le preguntó—. ¿De quién se esconde, señora?
Al hablarle el hombre de Mayflower, Ginger vio a un policía en un cruce a media
manzana de distancia, dirigiendo el tráfico por haberse estropeado un semáforo.
Corrió hacia él.
El hombre de Mayflower la llamó.
Ginger se sorprendió de poder correr. Tenía la sensación de ser una criatura hija
del dolor, del sufrimiento y del frío. Sin embargo, corrió con una vaga facilidad a
través del viento cortante. El hielo se había acumulado sobre los bordillos, pero el
pavimento estaba relativamente seco, mojado sólo donde se derretían restos aislados
de nieve. Apartándose del camino de dos automóviles que se aproximaban, incluso
tuvo fuerzas para llamar al policía a medida que se acercaba a él.
—¡Han matado a un hombre! ¡Un asesinato! ¡Venga! ¡Un asesinato! —Entonces,
cuando el policía volvió su amplio rostro irlandés y le dirigió una mirada inquisidora,
Ginger contempló los brillantes botones metálicos del pesado abrigo del uniforme de
invierno, y todo se esfumó de nuevo. No eran iguales que los botones del abrigo de
cuero del asesino; no tenían la figura de un león pasante, sino algún otro dibujo. Pero
una sola mirada bastó para que en sus pensamientos destellara el recuerdo de los
botones que vio entonces, durante los misteriosos acontecimientos en el Tranquility
Motel. Un recuerdo perdido comenzó a aflorar y accionó el Detonante de Azrael.
Perdió el control y se hundió en sus tinieblas particulares acompañada de un
patético grito de desesperación.

Un frío glacial.
Aquella mañana, al menos para Ginger Weiss, Boston era el lugar más frío de la

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tierra. El frío de aquel día de enero, glacial, polar, punzante, desgarrador, producía
tanto la congelación del cuerpo como la del espíritu. Al terminar la fuga, estaba
sentada en el suelo, sobre la nieve y el hielo. Tenía los pies y las manos rígidos,
insensibles, y los labios amoratados y rajados.
Esta vez se había refugiado en el pequeño espacio que quedaba entre un seto
meticulosamente recortado y el muro de ladrillo de una casa, en el umbrío rincón
formado por una ventana salediza y la fachada. Era el antiguo Hotel Agassiz. Donde
estaba el apartamento de Pablo. Donde lo habían asesinado. Había dado casi un
círculo completo.
Oyó que alguien se acercaba. Entre los trajes de nieve y los lazos de hielo de los
arbustos, observó que alguien saltaba la pequeña verja de hierro que separaba el
jardín de la acera. No veía a la persona en sí, simplemente vio unas botas, unas
piernas enfundadas en unos pantalones azules y los largos faldones de un pesado
abrigo azul marino. Pero, al acercarse por la pequeña franja de césped hasta el seto,
supo quién era: el agente de tráfico de quien había huido.
Temiendo que se produjera otro ataque al ver los botones del abrigo, cerró los
ojos.
Quizá, del lavado de cerebro al que la habían sometido le produjo un daño
psicológico irreversible, un inevitable efecto secundario del tremendo y constante
estrés producido por los recuerdos reprimidos en su intento de salir a la luz. Aunque
encontrase a alguien que la hipnotizara e hiciera por ella lo que había hecho Pablo, no
habría modo de destruir el bloqueo y eliminar la presión, en cuyo caso estaba
destinada a empeorar. Había experimentado tres fugas en una mañana, ¿qué era lo
que podía evitar otras tres en la hora siguiente?
Las botas del policía crujieron ruidosamente sobre el hielo. Se detuvo frente a
ella. Ginger lo oyó aproximarse al seto y apartar los arbustos para mirar a su
escondite.
—¿Señorita? Oiga, ¿qué sucede? ¿Qué decía de un asesinato? ¿Señorita?
Quizá cayese en una fuga y permaneciera en aquel estado para siempre.
—Oh, vamos, ¿por qué llora? —le dijo el policía amablemente—. Encanto, no le
puedo ayudar si no me dice lo que ocurre.
No sería hija de Jacob Weiss si no hubiese respondido con atención y simpatía a
la menor muestra de amabilidad de sus semejantes; finalmente, el interés del policía
la afectó. Abrió los ojos y contempló el botón superior del abrigo. La odiosa
oscuridad no se cernió sobre ella al verlo. Pero aquello no significaba nada, pues el
oftalmoscopio, los guantes negros y los otros objetos que actuaron como detonantes
no le afectaron posteriormente, cuando se obligó a afrontarlos.
El policía se abrió paso por el seto entre el crujido del hielo.
—Han matado a Pablo. Lo han asesinado.
Al pronunciar aquellas palabras, una oleada de culpa hizo más amargo el pesar
que le causaba su estado. El 6 de enero sería un día negro toda su vida. Pablo había

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muerto. Porque intentó ayudarla.
Era un día muy frío.

5. EN EL CAMINO

La mañana del lunes, 6 de enero, Dom Corvaisis recorrió las calles de su antiguo
barrio de Portland en un Chevrolet alquilado, intentando experimentar el estado de
ánimo que tuvo al partir de Oregón para Mountainview, Utah, más de dieciocho
meses antes. La lluvia, la más fuerte que había visto en su vida, cesó antes del
amanecer. Ahora, el cielo, aunque cubierto de horizonte a horizonte, era de un tono
gris ceniciento, como un campo quemado, como si se hubiese declarado un incendio
tras las nubes que hubiese forzado aquella precipitación. Condujo por el campus
universitario, deteniéndose repetidamente para que aquellas escenas familiares le
ayudasen a evocar los sentimientos y actitudes del pasado. Aparcó frente al
apartamento que habitó y, al mirar a las ventanas, intentó recordar qué clase de
hombre había sido.
Le sorprendía lo difícil que le resultaba evocar la timidez con que el otro Dom
Corvaisis había afrontado la vida. Aunque recordaba cómo había sido, aquellos
recuerdos carecían de intimidad e intensidad. Veía de nuevo aquellos días, pero no
podía sentirlos, lo que parecía indicar que nunca volvería a ser el Dom de antes, a
pesar de lo que temía aquella posibilidad.
Estaba convencido de que el verano antepasado vio algo terrible en la carretera y
que le hicieron algo monstruoso. De aquella convicción surgían un misterio y una
contradicción. El misterio era que el suceso le condujo a un innegable cambio
positivo. La contradicción era que, a pesar de aquel efecto beneficioso sobre su
personalidad, el suceso llenaba sus sueños de horror. ¿Cómo podía haber sido aquella
experiencia aterradora y positiva, horrible y edificante al mismo tiempo?
La respuesta, si podía hallarla, no estaba en Portland, sino en el camino. Arrancó
el Chevrolet, puso la primera, se alejó de su antiguo apartamento y se dispuso a
afrontar los problemas.

La ruta más directa de Portland a Mountainview partía de la interestatal 80 en


dirección Norte. Pero, como hizo diecinueve meses antes, Dom dio un rodeo y se
dirigió hacia el Sur por la interestatal 5. Aquel verano, se le ocurrió pasar unos días
en Reno para recoger material con el que escribir una serie de historias sobre el
juego, por lo que dio aquel rodeo.
Ahora conducía el Chevrolet alquilado por la autopista familiar, manteniendo la
velocidad a 80 km/h., incluso a 60 en las cuestas más pronunciadas, porque aquel día
de junio llevaba un remolque y no podía ir deprisa. Como en aquella ocasión, se

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detuvo a almorzar en Eugene.
Esperando ver algo que despertara su memoria y le proporcionase una conexión
con los misteriosos acontecimientos del viaje anterior, Dom observaba los pueblos
que atravesaba. Sin embargo, no vio nada que lo intranquilizara, no le ocurrió nada
hasta Grants Pass, a donde llegó poco antes de las seis, según el horario previsto.
Se hospedó en el motel donde estuvo dieciocho meses antes. Recordaba el
número de la habitación —el 10— porque estaba cerca de las máquinas de refrescos
y helados, que por la noche hacían un ruido enervante. Estaba desocupada y la pidió,
explicándole vagamente al recepcionista que tenía ciertas asociaciones sentimentales.
Comió en el mismo restaurante, frente al motel.
Buscaba un satori, palabra zen que significa «iluminación repentina», una
profunda revelación. Pero la iluminación era esquiva.
Durante todo el viaje no dejó de mirar por el espejo retrovisor en busca de alguien
que le siguiera. Mientras cenaba, dirigió miradas furtivas a los otros comensales. Pero
si le perseguían, lo hacía un maestro, alguien invisible.
A las nueve, en lugar de utilizar el teléfono de la habitación, fue paseando hasta el
teléfono público de una gasolinera. Con la tarjeta de crédito, solicitó una llamada al
número de otro teléfono público de Laguna Beach. Acordaron que Parker Faine
recogiera el correo dirigido a Dom y le comunicara las novedades. Había pocas
probabilidades de que les hubieran intervenido los teléfonos; sin embargo, tras recibir
aquellas dos inquietantes fotografías, Dom decidió que, en este caso, la prudencia y la
paranoia eran sinónimos, y Parker estuvo de acuerdo.
—Facturas —dijo Parker—, propaganda. Ningún mensaje extraño, ninguna
fotografía. ¿Cómo va por ahí?
—Hasta ahora nada —le dijo Dom, apoyándose cansadamente contra el plexiglás
y el aluminio de la cabina—. Anoche no dormí bien.
—¿Fuiste a pasear?
—No pude deshacer ni un solo nudo. Pero sí tuve pesadillas. Otra vez la luna. ¿Te
ha seguido alguien hasta la cabina?
—No, a menos que sea más flaco que un palo y un maestro del camuflaje —dijo
Parker—. Puedes volver a llamarme mañana sin temor a que hayan intervenido el
teléfono.
—Parecemos dos locos —dijo Dom.
—En cierto modo, me divierto —dijo Parker—. Es como jugar a policías y
ladrones, al escondite, a los espías… Cuando era niño me gustaban esos juegos. Tú
sigue adelante, amigo. Si necesitas ayuda, acudiré en seguida.
—Lo sé —dijo Dom.
Regresó al motel bajo el viento frío y húmedo. Al igual que en el hotel de
Portland, se despertó tres veces antes del amanecer, emergiendo siempre de una
pesadilla que no recordaba, con el grito de la luna en los labios.

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El martes, 7 de enero, Dom se levantó temprano y se dirigió a Sacramento,
después fue por la interestatal 80 en dirección Este hacia Reno. La lluvia, plateada y
fría, cayó durante la mayor parte del viaje; cuando llegó al pie de las sierras, nevaba.
Se detuvo en una estación de servicio Arco, compró cadenas para los neumáticos y
las instaló antes de comenzar el ascenso a las montañas.
El viaje anterior tardó más de once horas en ir de Grants Pass a Reno, y en esta
ocasión le llevó más tiempo aún. Cuando finalmente llegó al Harrah’s Hotel, donde se
hospedó entonces, llamó a Parker desde un teléfono público y tomó una cena ligera
en una cafetería. Se encontraba demasiado cansado para hacer otra cosa que coger un
ejemplar del periódico de Reno y meterse en su habitación. A las ocho y media,
sentado en la cama en ropa interior, leyó la historia de Zeb Lomack.

LOS BIENES DEL «HOMBRE DE LA LUNA»


VALORADOS EN MEDIO MILLON DE DOLARES

RENO. Zebediah Harold Lomack, de cincuenta años, cuyo suicidio el día de Navidad condujo al
descubrimiento de su extraña obsesión por la luna, ha dejado unos bienes valorados en más de medio
millón de dólares. Según los documentos presentados ante el tribunal de testamentarías por Eleanor
Wolsey, hermana del fallecido y albacea de Lomack, la mayor parte del capital está ingresado en cuentas
de entidades de ahorro y de crédito, y en bonos del tesoro. La modesta casa donde vivía Lomack, en el
1.420 de Wass Valley Road, tiene un valor aproximado de treinta y cinco mil dólares.
Se dice que Lomack, jugador profesional, amasó su fortuna con el póquer. «Era uno de los mejores
jugadores que he conocido», afirma Sidney «Sierra Sid» Garfork, de Reno, jugador profesional y ganador
de la última edición del campeonato del mundo de póquer celebrado en el Binion’s Horseshoe Casino de
Las Vegas. «Desde niño tuvo aptitudes para las cartas, de la misma manera que otros tienen dotes naturales
para el béisbol, las matemáticas o la física». Según Garfork y otros amigos de Lomack, los bienes del
jugador habrían sido más cuantiosos de no ser por la debilidad que sentía por los dados. «Perdió más de la
mitad de su fortuna en las mesas de dados, claro que Hacienda también se llevó su tajada», comentó
Garfork.
La noche de Navidad, al acudir a la llamada de unos vecinos que oyeron un disparo, la policía de Reno
halló el cuerpo de Lomack en la cocina de su casa. Tras registrar el inmueble, hallaron miles de fotografías
de la luna en paredes, techos y muebles.

La historia, que aparentemente había sido la sensación local de las dos últimas
semanas, continuaba. Dom la leyó con creciente fascinación e inquietud.
Probablemente, la loca obsesión que Zebediah Lomack sintió por la luna no tenía
nada que ver con los problemas de Dom. Era una coincidencia. Sin embargo…, sintió
el mismo miedo —en parte terror y, en parte, asombro— con el que siempre se
despertaba de las pesadillas, el que también le sobrecogió cuando, sonámbulo, intentó
atrancar las ventanas.
Leyó el artículo varias veces y, a las nueve y cuarto, a pesar del cansancio,
decidió que tenía que echar un vistazo a la casa de Lomack. Se vistió, le pidió el
coche al encargado del aparcamiento del hotel y le preguntó al conserje la forma de
llegar a Wass Valley Road. Reno quedaba fuera del límite de las nieves, de forma que
la noche era clara y las calles estaban limpias. Se detuvo en un drugstore Sav-On a
comprar una linterna. A las diez, aparcó frente al 1.420 de Wass Valley Road.

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Era un pequeño bungalow con porche, tan modesto como decía el periódico.
Estaba situado en una parcela de dos mil metros cuadrados. La nieve de anteriores
tormentas cubría el tejado y el césped y colgaba de las ramas de varios grandes pinos.
No se veía luz en las ventanas.
Según el artículo del periódico de Reno, Eleanor Wolsey, hermana de Zeb
Lomack, llegó tres días después de la muerte de su hermano, el 28 de diciembre,
procedente de Florida. Organizó el funeral, celebrado el día 30, y se quedó hasta que
se le asignara la herencia. No obstante, como el bungalow de su hermano le resultaba
demasiado deprimente, prefirió hospedarse en un hotel.
Dom era un ciudadano que respetaba la ley; la perspectiva de forzar la entrada de
una casa no le gustaba. Pero tenía que hacerlo porque no veía otro modo de poder
inspeccionarla. No le pareció razonable esperar al día siguiente y tratar de que
Eleanor Wolsey le permitiera visitar la casa, pues en sus declaraciones al periódico
decía que estaba cansada de los mirones y asqueada de la morbosa curiosidad de los
extraños.
Cinco minutos después, en el porche trasero del bungalow de Lomack, Dom
descubrió que la puerta, además de la cerradura normal, estaba provista de cerrojo.
Probó con las ventanas que daban al porche. La que estaba sobre el fregadero cedió.
La abrió y se deslizó al interior.
Haciendo pantalla con la mano sobre la linterna para evitar atraer la atención,
paseó el haz de luz por la cocina, que ya no se encontraba en el desastroso estado en
que la encontró la policía en Navidad. Según el periódico, la hermana de Lomack
comenzó dos días antes a limpiar la casa y a hacer los preparativos para venderla.
Evidentemente, había empezado por allí. La basura había desaparecido, los
mostradores estaban limpios y en el suelo no quedaba una sola mancha. El olor del
insecticida y de la pintura fresca flotaba en el aire. Una cucaracha sorprendida corrió
junto al zócalo y se escabulló tras la nevera, pero el resto había desaparecido. Y no
había fotografías de la luna.
A Dom le preocupó la idea de que Eleanor Wolsey y quien la ayudara hubiesen
progresado demasiado. Quizá ya habían arrancado, fregado y eliminado las huellas de
la obsesión de Zebediah Lomack.
Pero aquella preocupación desapareció en cuanto paseó el débil y amarillento haz
de luz por la sala, cuyas paredes y techo aún estaban empapelados con grandes
carteles de la luna. Tuvo la sensación de flotar en el espacio, en un cosmos donde
medio centenar de planetas cubiertos de cráteres giraban en órbitas increíblemente
próximas. Le produjo un efecto desorientador. Se mareó y se le secó la boca.
Se dirigió lentamente a la antesala, donde centenares de fotografías de la luna —
algunas en color y otras en blanco y negro— estaban unidas a las paredes con
pegamento, cinta adhesiva, cinta aislante y grapas. En los dos dormitorios se repetía
la misma decoración, de forma que las omnipresentes lunas casi parecían hongos que
se propagaron por toda la casa llegando hasta el último rincón.

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El periódico decía que nadie, a excepción de Lomack, había entrado en la casa en
todo el año anterior a su suicidio. Dom lo creyó; si hubiera entrado algún visitante y
hubiese visto el trabajo de aquel lunático Miguel Ángel de los recortes, no habría
dudado en llamar al manicomio inmediatamente. Los vecinos describieron la rápida
metamorfosis que sufrió el jugador, por la que dejó de ser un tipo simpático para
convertirse en un recluso. Al parecer, su fascinación por la luna comenzó dos veranos
antes.
El verano antepasado… Aquella circunstancia hacía coincidir en el tiempo los
cambios experimentados por el propio Dom.
Segundo a segundo, aumentó su nerviosismo. No entendía la conducta demente
que había creado aquel extraño escenario, no podía penetrar en la mente enfebrecida
de Lomack, pero sí simpatizaba con el terror del jugador profesional. Al recorrer la
casa atestada de lunas, paseando la luz de la linterna por ellas, Dom sintió un
escalofrío en la nuca. Las lunas no lo hipnotizaban como, evidentemente, habían
hipnotizado a Lomack; no obstante, al contemplarlas supo instintivamente que la
fuerza que impulsó a Lomack a empapelar la casa con fotografías de la luna era la
misma que le empujaba a él a soñar con el astro.
Lomack y él habían compartido una experiencia en la que aparecía la luna o de la
que la luna era un símbolo claro y poderoso. El verano antepasado estuvieron juntos
en el mismo lugar. En el lugar y el momento inoportunos.
Lomack se volvió loco por la presión de los recuerdos ocultos.
«¿Me volveré loco yo también?», se preguntó Dom en el dormitorio principal,
girando lentamente sobre sí.
Se le ocurrió una nueva y lúgubre idea. Quizá Lomack no se suicidó por la
desesperación que le causaba su implacable obsesión, sino que había sentido el
impulso de meterse el cañón de la escopeta en la boca porque finalmente recordó lo
que le ocurrió el verano antepasado. Quizá el recuerdo fuese peor que el misterio.
Quizá, si la verdad salía a la luz, el sonambulismo y las pesadillas serían menos
aterradores que lo ocurrido en el viaje de Portland a Mountainview.
Las lunas… La opresión de aquellas formas suspendidas aumentó brutalmente. El
mural claustrofóbico le dificultaba la respiración. Las lunas parecían augurar el
destino desconocido pero manifiestamente fatídico que le esperaba. Salió
precipitadamente de la habitación, sintiendo el deseo repentino de huir de ellas.
Cruzó el pequeño vestíbulo entre la multitud de sombras que la luz de la linterna
levantaba e inclinaba sobre él, entró en la sala, tropezó con un montón de libros y
cayó de bruces al suelo. Quedó aturdido durante unos instantes. Pero se recuperó
pronto y se sorprendió al ver la palabra «Dominick» escrita con rotulador en el
luminoso rostro de una luna, en uno de las decenas de carteles idénticos. Cuando
entró por primera vez, procedente de la cocina, no lo vio, pero ahora cayó de tal
modo que el haz de la linterna que llevaba en la mano derecha iluminó aquel lado de
la pared.

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Sintió un escalofrío. No había leído nada sobre aquello en el periódico, pero la
letra era, con toda seguridad, de Lomack. No recordaba haber conocido al jugador.
Sin embargo, pretender que se trataba de otro Dominick habría sido aferrarse a una
inverosímil coincidencia.
Se incorporó, avanzó un par de pasos hacia el cartel con su nombre y se detuvo a
metro y medio de distancia. En la penumbra de la luz de la linterna, vio algo escrito
en el cartel contiguo. Su nombre sólo era uno de los cuatro que Lomack había escrito
sobre otros tantos carteles de la luna: DOMINICK, GINGER, FAYE, ERNIE. Si su nombre
estaba allí porque había compartido una terrible experiencia con Lomack, los otros
tres también debían ser víctimas, aunque Dom no recordaba nada de ellos.
Pensó en el sacerdote que aparecía en la foto. ¿Era Ernie?
Y la rubia atada a la cama. ¿Sería Ginger o Faye?
Al desplazar la luz de un nombre a otro, un recuerdo sombrío y atemorizador se
agitó en su interior. Pero permaneció en las profundidades del subconsciente, como la
sombra amorfa de una gigantesca criatura marina que nadase bajo la jaspeada
superficie de un mar oscuro y cuya existencia sólo fue delatada por la estela de su
paso y por el fugaz parpadeo de luz y sombra en el agua. Intentó atrapar aquel
recuerdo, pero se hundió en las profundidades y desapareció.
Desde que llegó a casa de Lomack, Dom sintió que las manos del miedo se
aferraban a él, pero ahora las de la frustración le apretaron incluso con más fuerza.
Gritó en la casa vacía, y el eco frío de su voz resonó entre las paredes empapeladas
con fotografías de la luna.
—¿Por qué no lo recuerdo? —Sabía por qué, naturalmente: alguien había
enturbiado su mente y había borrado ciertos recuerdos. Pero continuó gritando…
atemorizado, furioso—. ¿Por qué no lo recuerdo? ¡Tengo que acordarme! —Señaló el
cartel donde estaba escrito su nombre, como si quisiera arrancarle el recuerdo que
Lomack guardaba en su mente cuando escribió «Dominick». El corazón le latía con
fuerza. Rugió lleno de ira—: Malditos, quienesquiera que seáis, me acordaré de
vosotros. Me acordaré de todos, hijos de perra. ¡Bastardos! Lo recordaré todo.
De repente, a pesar de que era imposible, aunque no lo tocó, aunque aún tenía la
mano a medio metro de distancia, el cartel con su nombre se desprendió de la pared.
Estaba pegado por las esquinas con cinta adhesiva, pero la cinta se despegó con un
ruido como el de una cremallera y el cartel saltó de la pared como si una corriente de
aire se hubiese introducido entre el papel y la pared. Entre chasquidos y siseos, se
estrelló contra Dom, que retrocedió sorprendido y estuvo a punto de volver a tropezar
con los libros.
El tembloroso haz de la linterna iluminaba el cartel detenido a poca distancia de
él. Estaba al nivel de los ojos, suspendido en el aire, ondulando ligeramente de arriba
a abajo, primero abultándose hacia él y después desinflándose al invertirse la
ondulación. Con las ondulaciones de la superficie accidentada de la luna, su propio
nombre escrito a mano se agitaba y retorcía como el emblema de una bandera

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ondeando al viento.
«Es una alucinación», pensó desesperadamente.
Pero sabía que estaba sucediendo realmente.
No podía respirar, era como si el aire gélido estuviese tan cargado de polvos
mágicos que no podía ser inhalado.
El cartel se aproximó flotando.
Le temblaron las manos. La luz de la linterna se agitó. Los haces centellearon
sobre el ondulante papel satinado.
Tras un momento interminable en el que sólo se oyó el siseo del cartel animado,
surgió otro ruido procedente de todos los rincones de la habitación: el sonido de
cremallera producido por los trozos de cinta adhesiva al despegarse. Los otros
carteles del techo, paredes y ventanas se desprendieron simultáneamente. Desde todas
direcciones, acompañadas de chasquidos, siseos y murmullos, medio centenar de
imágenes de la luna se aproximaron a Dom, que lanzó un grito de sorpresa y miedo.
Aquel grito pareció desbloquearle la tráquea, pues de repente pudo respirar.
Se desprendieron los últimos trozos de cinta adhesiva. Los cincuenta carteles
quedaron suspendidos en el aire, inmóviles, como si estuvieran firmemente sujetos a
la nada. El silencio en la casa del difunto jugador era tan profundo como en un
templo sin fieles, era un silencio frío y penetrante que parecía introducirse hasta el
interior del cuerpo de Dom pretendiendo acallar incluso el suave susurro líquido del
paso de la sangre por venas y arterias.
Entonces, como cincuenta componentes del mismo mecanismo accionado por un
interruptor, los carteles de metro por metro y medio se agitaron, crujieron y aletearon.
Aunque no corría la más leve brisa, comenzaron a girar ordenadamente por la
habitación, como los caballos de un carrusel. Dom permaneció en el centro de aquel
misterioso tiovivo, rodeado de lunas; serpentearon y se retorcieron, se enrollaron y
desenrollaron, se doblaron y aletearon, aquí estaban en cuarto creciente, allí en cuarto
menguante y, más allá, eran lunas llenas; crecían, menguaban, ascendían y
descendían con creciente velocidad. Bajo el resplandor de la linterna, parecía el
desfile de escobas a las que el aprendiz de mago de la vieja historia otorgó vida.
El temor de Dom desapareció y dejó lugar a la admiración. Por el momento, aquel
fenómeno no parecía amenazador. De hecho, un gozo frenético brotó de su interior.
No encontraba explicación para lo que presenciaba, se quedó mudo de asombro,
desconcertado y maravillado. Generalmente, nada era tan aterrador como el miedo a
lo desconocido, pero quizá presentía que era obra de un poder benigno. Pasmado,
giró lentamente sobre sí, contemplando las lunas que danzaban a su alrededor y, por
último, dejó escapar una tímida carcajada.
De repente, se produjo un cambio radical. Con una cacofonía de aleteos, los
cincuenta carteles se abalanzaron sobre Dom como cincuenta murciélagos enormes y
furiosos. Giraron y se lanzaron sobre su cabeza, se estrellaron contra su rostro y su
espalda. Aunque no estaban vivos, Dom atribuyó el asalto a una intención maligna.

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Se escudó el rostro tras un brazo y apartó los carteles con la mano en que llevaba la
linterna, pero no retrocedieron. Mientras los carteles hendían el aire helado y se
estrellaban unos contra otros, el ruido aumentó en intensidad y frenesí.
Olvidada su anterior admiración, Dom cruzó la habitación tambaleándose,
arrastrado por el pánico, buscando la salida. Pero sólo veía las lunas que giraban, se
acercaban y alejaban, subían y bajaban. No había puertas ni ventanas. Fue de un lado
a otro, desorientado.
El ruido se intensificó aún más; en las otras habitaciones, un millar de lunas
abandonaron sus petrificadas órbitas en las paredes. La cinta adhesiva se despegó, las
grapas se desprendieron, el pegamento perdió repentinamente sus propiedades. Un
millar de formas lunares —y después un millar más— se despegaron y quedaron en
suspensión entre diez mil crujidos, giraron y se lanzaron hacia la sala con centenares
de miles de chasquidos, siseos y zumbidos, girando alrededor de Dom con un rugido
que crecía como si estuvieran en llamas. Las brillantes fotografías en color recortadas
de revistas y libros destellaban, relucían y centelleaban al reflejar la luz de la linterna,
haciendo más real la ilusión del fuego, y las fotografías en blanco y negro caían en
cascadas y ascendían en remolinos como si estuvieran atrapadas en corrientes
térmicas.
Dom jadeaba. Las lunas, de todo tipo de papel, se le metían en la boca y tenía que
escupirlas. Miles de pequeños mundos de papel se agitaban uno tras otro; al apartar
histéricamente una cortina de falsos asteroides, aparecía otra.
Intuitivamente, advirtió que la razón de aquel suceso imposible era ayudarle a
recordar las pesadillas olvidadas. No tenía la menor idea de qué o quién estaba detrás
de aquel fenómeno, pero presentía esa intención. Si se introducía en la tormenta de
lunas y se dejaba arrastrar por ella, entendería los sueños, comprendería por qué eran
aterradores y sabría lo que le ocurrió en el viaje que realizó dieciocho meses antes.
Pero estaba demasiado asustado para permitir que la danza de las pálidas esferas le
hiciese caer en trance. Ansiaba la revelación, pero, al mismo tiempo, temía que se
produjese.
—No. No —exclamó. Se llevó las manos a las orejas y cerró los ojos con fuerza
—. ¡Ya basta! ¡Ya basta! —El corazón le latió dos veces con cada exclamación—.
¡Ya basta! —Con el último grito se le quebró la voz—. ¡Ya basta!
Se asombró cuando el tumulto acabó con la misma brusquedad que una orquesta
sinfónica pone fin a un crescendo con una última nota vibrante. No esperaba que su
mandato fuera obedecido y aún seguía sin creer que sus palabras hubieran causado
aquel efecto.
Dejó caer los brazos. Abrió los ojos.
Estaba en el centro de una galaxia de lunas llenas.
Con mano temblorosa, cogió una de las fotografías de su percha invisible.
Perplejo, le dio vueltas en las manos. La frotó entre los dedos. Aquella fotografía no
tenía nada de especial y, sin embargo, había estado suspendida en el aire frente a él,

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como aún estaban suspendidas, inmóviles, otras miles.
—¿Por qué? —dijo temblorosamente, como si las lunas, al poder levitar, también
pudieran hablar—. ¿Cómo? ¿Por qué?
Las lunas cayeron de repente. Como si se hubiese roto un hechizo, los miles de
papeles se precipitaron al suelo, donde quedaron esparcidos en confusos montones
alrededor de las botas de invierno de Dom, sin rastro de la misteriosa fuerza que les
había infundido vida.
Desconcertado y aturdido por una leve conmoción, Dom se arrastró hasta la
puerta del vestíbulo. Las lunas se arrugaron y crujieron como hojas otoñales. Se
detuvo en el umbral y paseó lentamente el haz de la linterna por el estrecho pasillo,
donde no quedaba ni una sola luna pegada o grapada a la pared. Las paredes estaban
desnudas.
Volviéndose, avanzó un par de pasos hacia el interior de la sala una vez más y se
arrodilló entre los papeles. Dejó la linterna en el suelo y, con manos temblorosas,
recogió algunas lunas, intentando comprender lo que había visto.
En su interior, el miedo luchaba contra el asombro y el terror contra la
admiración. Pero no sabía con certeza cuál debía ser su estado de ánimo, porque era
una experiencia sin precedentes. Por un momento comenzó a formarse una carcajada
pero, al siguiente, la alegría se helaba bajo un soplo de gélido horror. Ahora pensaba
que había presenciado la obra de algo indeciblemente maligno y después se
convencía de que había sido algo bueno y puro. El mal. El bien. Quizá ambos… o
ninguno. Sólo era… algo. Algo misterioso, más allá del convincente poder
descriptivo de las palabras.
Sólo sabía una cosa: fuera lo que fuese lo que le ocurrió el verano antepasado, era
mucho más extraño de lo que creyó hasta entonces.
Frotando aun las lunas de papel entre los dedos, vio algo extraño en sus manos.
Puso las palmas bajo el haz de la linterna. Círculos. En cada palma ardía un círculo
de piel enrojecida e inflamada; eran tan perfectos que parecían haber sido trazados
con un compás.
Mientras los contemplaba, los estigmas desaparecieron, se desvanecieron.
Era martes, 7 de enero.

6. CHICAGO, ILLINOIS

En su dormitorio del segundo piso de la casa parroquial, el padre Stefan Wycazik


se despertó por el tronar de un tambor. Los golpes eran como el grave sonido del
timbal y la hueca reverberación de los tímpanos. Parecían los latidos de un enorme
corazón, aunque un golpe extra acompañaba al sencillo ritmo doble del corazón: DUB-
DAB-dab… DUB-DAB-dab… DUB-DAB-dab…
Desconcertado y aún medio dormido, Stefan encendió la lámpara, parpadeó con

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el resplandor de la luz y miró el despertador. Las dos y siete de la madrugada del
jueves, una hora muy poco adecuado para celebrar un desfile.
DUB-DAB-dab… DUB-DAB-dab…
Después de los tres golpes se producía una pausa de tres segundos, tras la que
comenzaba otra serie de tres golpes idéntica seguida de otra pausa de tres segundos.
Debido a la precisión y al ritmo perfecto, los golpes dejaron de parecer el toque de un
tambor para asemejarse al laborioso batir del pistón de una enorme máquina.
El padre Wycazik apartó las mantas, se aproximó descalzo a la ventana y
contempló el jardín entre la casa parroquial y la iglesia. Bajo el débil resplandor del
farol situado sobre la puerta de la sacristía, sólo vio nieve y árboles desnudos.
Los golpes se intensificaron y la pausa entre cada serie se redujo a dos segundos.
Cogió la bata del respaldo de una silla y se la echó sobre los hombros. El golpeteo
comenzó a resonar tanto que dejó de ser simplemente motivo de irritación y
desconcierto. El padre Wycazik comenzó a inquietarse. Cada golpe hacía vibrar las
puertas y los cristales de las ventanas. Salió precipitadamente al pasillo del piso
superior. Tanteó la pared en busca del interruptor y, finalmente, encendió la luz.
En el extremo opuesto del pasillo, a la derecha, se abrió una puerta, y el padre
Michael Gerrano, el otro coadjutor de Stefan, salió de su habitación forcejeando con
la bata.
—¿Qué es eso?
—No lo sé —dijo Stefan.
La siguiente serie de tres golpes resonó tanto como la precedente, y la casa vibró
como si la hubiesen golpeado con tres martillos gigantes. No era un sonido agudo,
sino apagado a pesar de su volumen… como si golpearan con una fuerza tremenda
utilizando martillos almohadillados. Las luces parpadearon. Después, la pausa entre
los golpes se redujo a un segundo, tiempo insuficiente para que se desvaneciera el eco
de las anteriores detonaciones. Con cada nuevo golpe, las luces volvían a parpadear y
el suelo temblaban bajo Stefan.
Los padres Wycazik y Gerrano localizaron la procedencia del ruido al mismo
tiempo: la habitación de Brendan Cronin. Se apresuraron hacia la puerta, que estaba
frente a la del padre Gerrano.
Increíblemente, Brendan dormía. A pesar de las estruendosas explosiones que le
recordaron al padre Wycazik el fuego de mortero en Vietnam, Brendan soñaba, ajeno
a todo. De hecho, con aquella luz palpitante, parecía distinguirse una sonrisa en los
labios del joven sacerdote.
Las ventanas vibraron. Los ganchos de las cortinas producían un sonido metálico
al golpear contra los raíles de los que colgaban. En el tocador, un cepillo temblaba,
varias monedas tintinearon y el breviaro de Brendan se deslizó primero a la izquierda
y después a la derecha. En la pared, sobre la cama, un crucifijo se balanceaba
violentamente bajo el clavo del que colgaba.
El padre Gerrano gritó, pero Stefan no oyó lo que dijo el coadjutor, pues ya no

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había pausas entre las detonaciones amortiguadas. Con cada golpe tripartito, el padre
Wycazik volvía a acordarse de la imagen inicial de un gran tambor y se convenció de
que lo que oía era el latido de alguna máquina poderosa, enorme e inmensurable.
Pero el sonido parecía proceder de todos los rincones, como si la maquinaria
estuviese oculta en los muros de la propia casa, realizando una tarea misteriosa e
incognoscible.
Cuando el breviario, finalmente, cayó del tocador y las monedas comenzaron a
esparcirse por el suelo, el padre Gerrano retrocedió hasta la puerta y permaneció allí,
con los ojos muy abiertos, como si estuviera a punto de salir huyendo.
Pero Stefan se dirigió a la cama, se inclinó sobre el sacerdote dormido y lo llamó
a gritos. Al no surtir efecto, agarró a Brendan por los hombros y lo zarandeó.
El coadjutor pelirrojo parpadeó y abrió los ojos.
Los golpes cesaron bruscamente.
El cese repentino del estruendo sobresaltó al padre Wycazik tanto como los
golpes que le despertaron. Soltó a Brendan y miró a su alrededor, incrédulo.
—Estaba tan cerca —dijo Brendan como si estuviera soñando—. Ojalá no me
hubiese despertado. Estaba tan cerca.
Stefan apartó las mantas, le cogió las manos al coadjutor y le miró las palmas. En
cada palma tenía un círculo de un rojo intenso. Stefan los observó fascinado, pues era
la primera vez que veía los estigmas.
«Santo cielo, ¿por qué ocurre todo esto?», se preguntó.
El padre Gerrano se acercó a la cama respirando pesadamente. Al ver los círculos,
preguntó:
—¿Qué es eso?
Ignorando la pregunta, el padre Wycazik se dirigió a Brendan:
—¿Qué era ese ruido? ¿De dónde procedía?
—Era una llamada —dijo Brendan con la voz aún impregnada de sueño… y con
una ligera y excitada satisfacción—. Me llamaban.
—¿Quién le llamaba? —le preguntó Stefan.
Brendan parpadeó, se incorporó y se apoyó en la cabecera de la cama. Antes, su
mirada pareció empañada, pero ahora se aclaró y fue cuando en realidad vio al padre
Wycazik.
—¿Qué ha sucedido? ¿También lo oyó usted?
—Algo, sí —dijo Stefan—. Hizo temblar toda la casa. Extraordinario. ¿Qué era,
Brendan?
—Una llamada. Y yo la seguía.
—Pero ¿quién lo llamaba?
—Yo… no lo sé. Algo. Me llamaba…
—¿A dónde?
Brendan frunció el ceño.
—A la luz. A la luz dorada del sueño que le conté.

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—¿Qué es todo esto? —insistió el padre Gerrano. Lo dijo con una voz
temblorosa, pues no estaba tan acostumbrado a lo milagroso como el párroco y su
compañero coadjutor—. ¿Me lo puede decir alguien?
Los otros sacerdotes continuaron ignorándolo.
Dirigiéndose a Brendan, Stefan dijo:
—Esa luz dorada… ¿qué es? ¿No podría ser Dios llamándolo a su seno?
—No —contestó Brendan—. Es… algo. Me llama. La próxima vez quizá pueda
verlo mejor.
El padre Wycazik se sentó en el borde de la cama.
—¿Cree que le volverá a ocurrir? ¿Cree que seguirá llamándolo?
—Sí —respondió Brendan—. Oh, sí.
Era jueves, 9 de enero.

7. LAS VEGAS, NEVADA

El viernes por la tarde, Jorja Monatella estaba en el casino, trabajando, cuando se


enteró de que Alan Rykoff, su ex marido, se había suicidado.
Pepper Carrafield, la prostituta con la que vivía Alan, le llamó por teléfono para
comunicarle la noticia. Jorja respondió desde uno de los teléfonos situados junto a la
mesa de blackjack, llevándose una mano a la oreja para apagar el rugido de las voces,
el golpeteo y el chasquido de las cartas al ser repartidas y el tintineo de las máquinas
tragaperras. Cuando oyó que Alan había muerto, le sorprendió y aturdió, pero no
sintió pena. Con su conducta cruel y egoísta, Alan se había asegurado de que Jorja no
tuviese motivo alguno para sentir tristeza. El único sentimiento que podía
experimentar era el de lástima.
—Se mató de un disparo esta mañana, hace dos horas —le explicó Pepper—. La
policía está aquí ahora. Tienes que venir.
—¿Quiere verme la policía? —le preguntó Jorja—. ¿Por qué?
—No, no. La policía no quiere verte. Tienes que venir y llevártelo todo. Quiero
que saques sus cosas de aquí lo antes posible.
—No quiero sus cosas —le dijo Jorja.
—Es asunto tuyo, lo quieras o no.
—Escucha, Pepper, me divorcié. Ni quiero ni…
—Hizo testamento la semana pasada. Te ha nombrado albacea, así que tienes que
venir. Quiero que te lleves sus cosas ahora. Es asunto tuyo.

Alan vivía con Pepper Carrafield en un edificio de apartamentos, un lujoso lugar


llamado «La Cumbre», en Flamingo Road, donde la prostituta tenía un apartamento.
Era un edificio de quince pisos, un monolito de cemento blanco con ventanas de

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bronce. Como estaba rodeado de terrenos sin urbanizar, parecía más alto de lo que era
en realidad. Al estar aislado, guardaba un extraño parecido con un monumento, la
piedra sepulcral más grande y ostentosa del mundo. El jardín consistía en praderas de
césped bien cuidadas y arriates de flores, pero el viento había arrancado algunos
matorrales secos de las rocallas. El viento frío y desolado que arrastraba los
matorrales también silbaba bajo el pórtico del edificio.
En la puerta había dos coches de la policía y uno de pompas fúnebres, pero no
había policías en el vestíbulo: sólo una joven sentada en un sofá malva cerca de los
ascensores, a unos diez metros, y un hombre con pantalones grises y chaqueta azul, el
guardia de seguridad y portero, tras una mesa cerca de la entrada. El suelo de calcita,
las arañas de cristal, la alfombra oriental, los sofás y sillas de Henredon y las puertas
de cobre amarillo de los ascensores formaban parte de una decoración que parecía
demasiado forzada para tener clase… pero que, sin embargo, la tenía.
Cuando Jorja le pidió al portero que la anunciara, la joven del sofá se levantó y
dijo:
—¿Jorja Rykoff? Soy Pepper Carrafield. Ummm…, creo que ahora utilizas el
nombre de soltera.
—Monatella —dijo Jorja.
Como el edificio donde vivía, Pepper parecía esforzarse en aparentar un lujo
fastuoso, pero daba la impresión de que sus esfuerzos tenían menos éxito que los de
quienes decoraron «La Cumbre». Tenía el cabello rubio cortado en el estilo
desarreglado que prefieren las prostitutas, quizá porque cuando una se pasa todo el
día trabajando de cama en cama, ese estilo requiere menos cuidados. Vestía una blusa
de seda de color púrpura que podía ser de Halston, pero tenía demasiados botones
abiertos y mostraba una generosa parte del busto. Sus pantalones grises eran de buena
calidad, aunque demasiado ceñidos. Llevaba un reloj Cartier de diamantes, mas la
profusión de anillos de diamantes, tenía cuatro, estropeaba el elegante efecto del
reloj.
—No soporto estar en el apartamento —añadió Pepper, haciéndole un gesto a
Jorja para que se sentara en el sofá—. No voy a subir hasta que no se hayan llevado el
cuerpo. —Se estremeció—. Podemos hablar aquí, pero en voz baja. —Señaló con la
cabeza al hombre de la entrada—. Pero si vas a hacer una escena, me levanto y me
voy. ¿Entiendes? La gente de aquí no sabe de lo que vivo. Y no quiero que se enteren.
No trabajo fuera de casa. No soy de las que andan por las calles. —Sus ojos, de un
verde grisáceo, le dirigieron una mirada desafiante.
Jorja la miró con frialdad.
—Si piensas que vengo a hacer el papel de esposa engañada y mortificada,
puedes tranquilizarte. Ya no sentía nada por Alan. Incluso sabiendo que está muerto,
no siento nada. Nada en absoluto. No me siento orgullosa. Una vez estuve enamorada
de él, y tuvimos una preciosa niña. Debería sentir algo y me avergüenzo de que no
sea así. Pero, desde luego, no voy a hacer ninguna escena.

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—Estupendo —dijo Pepper visiblemente satisfecha, tan preocupada por sí misma
y sus problemas que era ajena a la tragedia familiar que Jorja le acababa de describir
—. Aquí vive gente decente, ¿sabes? Cuando sepan que mi novio se ha suicidado,
van a ponerme la cara larga durante un tiempo. A esta gente no le gusta las
situaciones extrañas. Y si se enteran con qué me gano la vida… en fin, no habrá
modo de seguir aquí. Me tendría que mudar, ¿sabes?, y desde luego no tengo
intención de hacerlo. De ningún modo, encanto. Me gusta vivir aquí.
Jorja contempló sus ostentosas manos repletas de diamantes, el escote bajo, sus
ojos avariciosos, y le preguntó:
—¿Quién creen que eres…, una niña bien?
Asombrosamente, sin advertir el sarcasmo, Pepper contestó:
—Sí. ¿Cómo lo has adivinado? Pagué el apartamento con billetes de cien, de
modo que no hizo falta ningún aval, y les he dejado pensar que mi familia tiene
dinero.
Jorja no se molestó en explicarle que las niñas bien no pagaban los apartamentos
con fajos de billetes de cien dólares. Simplemente dijo:
—¿Podríamos hablar de Alan? ¿Qué ocurrió? ¿Qué fue mal? Nunca pensé que
Alan fuera la clase de persona que… se suicidaría.
Tras volver la vista al portero y asegurarse de que no había abandonado su puesto
para acercarse, Pepper dijo:
—Yo tampoco, encanto. Nunca hubiese dicho que era el tipo. Era tan… viril. Por
eso quise que me protegiera y administrara mis negocios. Era fuerte, duro. Pero hace
unos meses empezó a comportarse de una manera extraña y, más tarde, se volvió
completamente loco. Estaba tan loco y hacía unas cosas tan extrañas que comencé a
pensar que quizá era hora de que buscase a otro que me protegiera. Pero no esperaba
que me hiciera la faena de suicidarse. Cielos, nunca se acaba de conocer a nadie,
¿verdad?
—Algunas personas carecen de consideración —afirmó Jorja. Vio estrecharse los
ojos de Pepper, pero antes de que la prostituta dijera algo, añadió—: ¿Debo entender
que Alan era tu chulo?
Pepper frunció el ceño.
—Escucha, yo no necesito chulos. Los chulos son para las putas. Yo no soy una
puta. Las putas masturban a cincuenta tipos y se acuestan ocho o diez veces cada día
por lo que les den, contraen todo tipo de enfermedades y acaban sin un céntimo. Yo
no soy de ésas, encanto. Soy acompañante de caballeros con recursos. Estoy en las
listas de acompañantes de los mejores hoteles y el año pasado gané doscientos mil
dólares. ¿Qué te parece? Tengo acciones. Las putas no tienen acciones, guapa. Alan
no era mi chulo. Era mi manager. De hecho, también era manager de un par de
amigas. Se lo recomendé a ellas porque, al principio, antes de volverse raro, era el
mejor.
Asombrada por la forma en que la mujer se engañaba a sí misma, Jorja le

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preguntó:
—¿Y Alan os pasaba la factura por sus servicios?
La expresión de enfado de Pepper desapareció, quizá aplacada por la tendencia de
Jorja a usar eufemismos.
—No —dijo—. Eso era lo mejor del trato. Seguía siendo croupier de blackjack,
¿sabes?; así se ganaba la vida. Tenía los contactos que a nosotras nos hacían falta,
pero lo único que pedía a cambio eran nuestros servicios gratuitos. Nunca conocí a un
hombre que necesitara hacerlo tantas veces. Nunca quedaba satisfecho. La verdad es
que, en los últimos dos meses, parecía obsesionado con el sexo. ¿Era igual contigo,
encanto? —Asqueada por aquella súbita intimidad, Jorja trató de hacer callar a
Pepper, pero ella no estaba dispuesta a hacerlo—. Lo cierto es que en las dos últimas
semanas se puso tan pesado que pensé decirle que se marchara. Empezaba a ser una
locura. Sólo quería hacerlo una y otra vez, hasta que no consiguiera tener erecciones,
y entonces se ponía a ver vídeos pornográficos.
A Jorja le enfureció repentinamente que Alan la hubiese nombrado albacea,
obligándola a ser testigo de la perversión moral en la que vivió el último año de vida.
Se irritó porque tendría que hallar el modo de explicarle su muerte a Marcie, que ya
se tambaleaba en la cuerda floja psicológica. Pero no estaba irritada con Pepper
Carrafield sino, más bien, asombrada, porque incluso Alan se merecía un poco de
condolencia y respeto por parte de su amante habitual, más de lo que nunca le podría
dar aquella víbora. Aunque la víbora no tiene culpa de serlo.
La puerta de uno de los ascensores se abrió y salieron unos policías uniformados
y los empleados de la funeraria con una camilla en la que transportaban el cadáver
dentro de una bolsa de plástico opaco.
Jorja y Pepper se levantaron del sofá.
Mientras sacaban la camilla del primer ascensor, se abrieron las puertas del
segundo y aparecieron cuatro policías más, dos uniformados y una pareja de
detectives. Uno de los detectives se acercó a Pepper Carrafield y le hizo las últimas
preguntas.
Nadie le preguntó nada a Jorja. Permaneció rígida y muda contemplando la bolsa
de plástico que contenía el cadáver de su ex marido.
Arrastraron la camilla por el suelo de calcita. Las ruedas chirriaron.
Jorja vio cómo se alejaban.
Dos policías mantuvieron abiertas las puertas del vestíbulo mientras los
empleados de la funeraria sacaban la camilla. Pasaron frente al ventanal del vestíbulo.
Jorja se volvió a observarlos. Seguía sin experimentar dolor, pero le invadió una
poderosa oleada de melancolía, una profunda tristeza por lo que podría haber sido su
vida con Alan.
Desde el ascensor más cercano, con la puerta abierta, Jorja le dijo:
—Subamos al apartamento.
Fuera, cerraron las puertas del coche de la funeraria.

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En el ascensor y en el corredor de la planta decimocuarta, con discretos susurros
que se convirtieron en una voz normal al llegar al apartamento, Pepper insistió en
describir el peculiar apetito sexual de Alan. Siempre tuvo un exagerado apetito
carnal, pero, al parecer, en los dos últimos meses de su vida se había convertido en
una obsesión enfermiza.
Jorja no quería oír nada de aquello, pero hacer callar a la furcia parecía más difícil
que soportar su parloteo.
Alan dedicó las últimas semanas a fines eróticos que parecían más enfebrecidos y
desesperados que placenteros. Solicitó las vacaciones y la baja por enfermedad para
pasar largas —y a menudo frenéticas— horas en la cama con Pepper o alguna de las
otras cuyas «carreras» administraba, y no quedó variación ni perversión que no
hubiese explorado hasta el exceso. La prostituta continuó su parloteo: Alan sentía
fascinación por las sustancias, accesorios, artefactos y ropas lascivas: consoladores,
muñecas hinchables, zapatos de tacón claveteado, vibradores, ungüento de cocaína,
esposas…
Jorja, aturdida y débil desde que vio la bolsa con el cadáver, sintió náuseas.
—Calla, por favor. ¿De qué sirve ya? Está muerto, por el amor de Dios.
Pepper se encogió de hombros.
—Creí que te gustaría saberlo. Se gastó mucho dinero en esa… locura sexual.
Como eres la albacea, pensé que querrías saberlo.

El testamento de Alan Rykoff, guardado en la caja fuerte de Pepper, era un simple


impreso de una página de los que se obtienen en las tiendas.
Jorja se sentó en un sillón Ultrasuede azul cobalto junto a una mesa Tavola lacada
en negro y lo examino rápidamente a la luz de una moderna lámpara de acero
inoxidable con pantalla en forma de cono. Lo más sorprendente no era que Alan
hubiese nombrado albacea a Jorja, sino que se lo hubiera dejado todo a Marcie, cuya
paternidad estuvo una vez dispuesto a negar.
Pepper se sentó en una silla negra de madera lacada tapizada en blanco, junto a un
ventanal.
—Supongo que no habrá dejado una fortuna. Derrochaba el dinero. Pero quedan
el coche y algunas joyas.
Jorja se estremeció al advertir que el documento había sido legalizado cuatro días
antes.
—Debió pensar en suicidarse cuando llevó esto al notario; de otro modo, no lo
hubiera considerado necesario.
Pepper se encogió de hombros.
—Supongo.
—¿Pero no comprendiste el peligro que corría? ¿No lo viste preocupado?
—Como ya te he dicho, encanto, estuvo muy raro un par de meses.

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—Sí, pero tuvo que ocurrirle algo en los últimos días, aparte de su extraño
comportamiento. ¿No te sorprendiste cuando hizo el testamento y te dijo que lo
guardases en la caja fuerte? ¿No te extrañó nada en sus modales, en su aspecto, en su
estado de ánimo?
Pepper se levantó con impaciencia.
—No soy psicóloga, guapa. Sus cosas están en el dormitorio. Si quieres darle la
ropa a la Beneficencia, los llamaré. Pero ya puedes empezar a sacar las joyas y los
objetos personales. Te enseñaré dónde está todo.
A Jorja le enfermaba ver la degradación moral en la que había caído Alan, pero
también se sentía en cierta forma culpable de su muerte. ¿No podría haber hecho algo
para salvarlo? Al dejar sus escasas pertenencias a Marcie y nombrar albacea a Jorja,
parecía haber recurrido a ellas en sus últimos días y, aunque fuera un gesto patético e
improcedente, conmovió a Jorja. Intentó recordar la impresión que le causó en la
conversación telefónica que mantuvieron antes de Navidad, cuando habló con él por
última vez. Recordó su frialdad, su arrogancia, su egoísmo, pero quizá hubo otras
cosas más sutiles que no percibió tras la cortina de crueldad y jactancia:
desesperación, confusión, soledad, temor.
Meditando, siguió a Pepper al dormitorio. Le repugnaba cumplir su cometido y
recoger las cosas de Alan, pero tenía que hacerlo.
A mitad del pasillo, Pepper se detuvo frente a una puerta y la empujó hacia
dentro.
—¡Oh, mierda! No puedo creer que los policías lo hayan dejado así.
Jorja miró al interior antes de advertir que se trataba del cuarto de baño donde
Alan se había suicidado. El enlosado de color beige estaba manchado de sangre. Las
salpicaduras llenaban el panel acristalado de la ducha, el lavabo, las toallas, la
papelera y el inodoro. La sangre se había secado tras el inodoro con la forma de una
macabra mancha de un test de Rorschard, como si alguien con los conocimientos
suficientes pudiera leer el estado psicológico de Alan y el significado de su muerte.
—Se disparó dos tiros —añadió Pepper, proporcionando detalles que Jorja no
quería oír—. Primero en la entrepierna. ¿No es extraño? Después se metió el cañón
en la boca y apretó el gatillo.
Jorja percibía el vago aroma acre de la sangre.
Esos malditos policías podrían haber limpiado un poco —dijo Pepper, como si
pensara que los policías no sólo deberían ir armados con pistolas, sino también con
cepillos y detergente—. La limpiadora no viene hasta el lunes y no querrá ocuparse
de esta asquerosidad.
Jorja escapó de la hipnosis a la que la sometía el cuarto de baño y, aturdida,
retrocedió unos pasos.
—Oye —le dijo Pepper Carrafield—, ¿te encuentras bien?
Jorja sintió náuseas, apretó los dientes, retrocedió apresuradamente por el pasillo
y se apoyó en el marco de una puerta.

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—Vaya, encanto, aún le querías, ¿no es cierto?
—No —musitó Jorja.
Pepper se aproximó a ella hasta detenerse demasiado cerca y le puso una mano no
deseada en el hombro.
—Sí, claro que sí. Jesús, lo siento. —Pepper rezumaba una untosa simpatía, y
Jorja se preguntó si aquella mujer podría sentir alguna emoción auténtica que no
partiera del interés propio—. Dijiste que te habías hartado de él, pero debería
haberme dado cuenta de que no era así.
Jorja quería gritar: «Zorra estúpida, no estaba enamorada de él, pero seguía
siendo un ser humano, por el amor de Dios. ¿Cómo puedes ser tan insensible? ¿Qué
te ocurre? ¿Por qué eres así?».
Pero sólo dijo:
—Estoy bien. Estoy bien. ¿Dónde están sus cosas? Quiero acabar cuanto antes y
marcharme.
Pepper hizo pasar a Jorja por la puerta donde hablaban.
—Los cajones inferiores de la cómoda y los del lado izquierdo del tocador eran
los suyos, además de la mitad del armario. Te ayudaré. —Abrió el último cajón de la
cómoda.
Para Jorja, la habitación resultó de repente un lugar tan extraño e irreal como si
perteneciera a un sueño. Al rodear la cama y dirigirse hacia una de las tres cosas que
le infundieron temor, el corazón comenzó a latirle con fuerza. Libros. Había media
docena de libros en la mesilla de noche. Había visto la palabra «luna» en el lomo de
dos de ellos. Con manos temblorosas, les echó un vistazo y vio que los tres trataban
del mismo tema.
—¿Te ocurre algo? —le preguntó Pepper.
Jorja se acercó al tocador, sobre el que había una esfera del tamaño de un balón
de baloncesto. Un cable colgaba de ella. Pulsó el interruptor y vio que se trataba de
una esfera opaca con una luz en el interior. No era una esfera terráquea, sino lunar,
con los accidentes geográficos —cráteres, cordilleras, llanuras— claramente
señalados. Hizo girar la esfera.
La tercera cosa que le infundió temor fue un telescopio situado sobre un trípode
junto al tocador, frente a una ventana. El instrumento no tenía nada que lo
diferenciase de otros telescopios de aficionado, pero a Jorja le pareció poderoso,
incluso peligroso, con asociaciones oscuras y desconocidas.
—Esas cosas eran de Alan —dijo Pepper.
—¿Le interesaba la astronomía? ¿Desde cuándo?
—Desde hacía dos meses —le respondió Pepper.
Las similitudes entre el estado de Alan y el de Marcie inquietaron a Jorja. El
miedo irracional que Marcie sentía por los médicos. El obsesionante comportamiento
sexual de Alan. Eran problemas psicológicos distintos —el miedo obsesivo en un
caso, la atracción obsesiva en otro—, pero compartían el elemento de la obsesión. Al

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parecer, Marcie había superado la fobia. Alan no fue tan afortunado. No tuvo a nadie
que le ayudase y se hundió, destrozándose los genitales que habían llegado a
dominarle, metiéndose una bala en el cerebro. Jorja se estremeció. Era demasiada
coincidencia que a padre e hija le afectaran aquellos problemas psicológicos al
mismo tiempo. Pero lo que lo convertía en algo más que una coincidencia era la otra
cosa extraña que compartían: el interés por la luna. Alan no había visto a Marcie en
seis meses; la última vez que hablaron por teléfono fue en septiembre, semanas antes
que cualquiera de ellos comenzara a mostrar esa fascinación por la luna. No habían
tenido ningún contacto en el que transmitirse esa fascinación uno a otro; parecía
haber surgido espontáneamente en ambos.
Recordando las pesadillas de Marcie, Jorja preguntó:
—¿Sabes si tenía sueños extraños? ¿Soñaba con la luna?
—Sí. ¿Cómo lo has adivinado? Soñaba, pero nunca recordaba los detalles. Los
sueños comenzaron… el pasado octubre, creo. ¿Por qué? ¿A qué viene eso?
—Esos sueños… ¿eran pesadillas?
Pepper agitó la cabeza.
—No exactamente. Lo oía hablar en sueños. A veces parecía asustado, pero
muchas otras también sonreía.
Jorja se quedó helada hasta la medula.
Se volvió a mirar la esfera lunar iluminada.
«¿Qué diablos está sucediendo? —se preguntó—. ¿Un sueño compartido? ¿Es eso
posible? ¿Cómo? ¿Por qué?».
Tras ella, Pepper dijo:
—¿Estás bien?
Algo había llevado a Alan al suicidio.
¿Qué podría ocurrirle a Marcie?

8. 11 DE ENERO, SÁBADO

Boston, Massachusetts

Las honras fúnebres en memoria de Pablo Jackson se celebraron a las 7 de la


mañana del sábado, 11 de enero, en una capilla no confesional del cementerio donde
sería enterrado. El juez y los médicos forenses no terminaron con el cuerpo hasta el
jueves, de forma que transcurrieron cinco días entre su muerte y su funeral.
Cuando se pronunciaron los últimos panegíricos, los asistentes se dirigieron a la
tumba, donde esperaba el féretro. Habían limpiado la nieve alrededor de la tumba de
Pablo, pero el espacio era insuficiente. Los asistentes se agruparon fuera del área
preparada, algunos con las botas hundidas en la nieve. Otros permanecían en los
pasillos que cuadriculaban el cementerio, mirando desde lejos. Se habían reunido

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trescientas personas para darle el último adiós al viejo mago. En el aire gélido se
confundía el vaho de ricos y pobres, famosos y desconocidos, personalidades de
Boston, magos.
Ginger Weiss y Rita Hannaby estaban en el primer círculo de personas que
rodeaba la fosa. Desde el lunes, Ginger había perdido el apetito y no dormía bien.
Estaba pálida, nerviosa y muy cansada.
Tanto Rita como George se opusieron a que asistiera al funeral. Les preocupaba
que una experiencia emocional tan devastadora pudiese desencadenar una fuga. Pero
la policía se lo recomendó, pues el asesino podía asistir al funeral. En una actitud de
autodefensa, ocultó la verdad a la policía, haciéndoles creer que el asesino de Pablo
era un ladrón vulgar y que los ladrones vulgares a menudo se dejaban llevar por
aquellos impulsos enfermizos. Pero sabía que no se trataba de un ladrón vulgar y que
no se arriesgaría a ir al cementerio.
Ginger lloró durante los responsos y, cuando se dirigía de la capilla a la tumba, el
dolor era como un torno que le apretaba el corazón. Pero no perdió el control. Estaba
decidida a no hacer de aquella solemne ocasión un espectáculo de circo, estaba
dispuesta a presentarle sus respetos con dignidad.
Además, había ido con un segundo propósito que no podría cumplir si se hundía
en la espiral de una fuga o si sufría un colapso emocional. Estaba convencida de que
Alexander Christophson —ex embajador en Gran Bretaña, ex senador de los Estados
Unidos y ex director de la CIA— asistiría al funeral de su viejo amigo y deseaba
hablar con él a toda costa. Fue a Christophson a quien Pablo pidió consejo el día de
Navidad sobre los problemas de Ginger. Y fue Alex Christophson quien le habló del
Bloqueo de Azrael. Tenía que hacerle una pregunta muy importante, aunque temía la
respuesta.
Lo vio en la capilla, lo reconoció por su anterior vida pública, cuando aparecía en
la televisión y los periódicos. Tenía un porte llamativo, alto, delgado, canoso,
inconfundible. Ahora, cada uno estaba a un lado de la tumba, con el féretro cubierto
de coronas entre ambos. Christophson la miró un par de veces, aunque no la
reconoció.
El pastor rezó una breve oración final. Tras un instante, algunos de los asistentes
se saludaron y formaron grupos para hablar. Otros, incluido Christophson, se
encaminaron hacia el aparcamiento por el bosque de piedras sepulcrales, bajo los
pinos cargados de nieve y los arces desnudos.
—Tengo que hablar con aquel hombre —le dijo Ginger a Rita—. Vuelvo en
seguida.
Sorprendida, Rita la llamó, pero Ginger no se detuvo ni le dio más explicaciones.
Alcanzó a Christophson bajo la dentadas sombras de las ramas esqueléticas de un
enorme roble que no era otra cosa que corteza negra y nieve helada. Lo llamó por su
nombre, y él se volvió. Tenía unos ojos grises de mirada penetrante que se
agrandaron cuando Ginger le dijo quien era.

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—No puedo ayudarle —le dijo antes de darse la vuelta y comenzar a alejarse.
—Por favor —le rogó Ginger, poniéndole una mano en el brazo—. Si me culpa
de lo que le ha ocurrido a Pablo…
—¿Por qué le debe importar lo que yo piense, doctora?
Ginger le apretó el brazo.
—Espere. Espere, por el amor de Dios.
Christophson observó la multitud que se dispersaba lentamente por el cementerio,
y Ginger supo que temía que lo vieran con ella y supusieran que la estaba ayudando
como la ayudó Pablo. Torció la cabeza levemente, y Ginger creyó ver en aquel gesto
una indicación de su nerviosismo, pero después observó que se trataba del ligero
temblor de la enfermedad de Parkinson.
—Doctora Weiss —le dijo—, si busca algún tipo de absolución, permítame que
sea yo quien se la dé. Pablo conocía los riesgos y los aceptó. Fue dueño de su propio
destino.
—¿Comprendía que se arriesgaba? Eso es lo que tengo que saber.
Christophson pareció sorprenderse.
—Yo mismo le previne.
—¿Le previno contra quién? ¿Contra qué?
—No se contra quién ni contra qué. Pero, teniendo en cuenta el considerable
esfuerzo que se tomaron en hacerle un lavado de cerebro, usted ha debido ver algo de
tremenda importancia. Le dije a Pablo que quienes le hicieron el lavado de cerebro no
eran aficionados y que si descubrían que estaban intentando atravesar el Bloqueo de
Azrael, no sólo irían tras usted. —Christophson clavó sus ojos grises en los de Ginger
—. ¿Le habló de la conversación que mantuvo conmigo?
—Me lo dijo todo… excepto sus advertencias. —Los ojos se le llenaron de
lágrimas—. No me dijo ni una palabra de eso.
Christophson sacó del bolsillo una mano elegante pero paralizada y le estrechó el
brazo a Ginger para tranquilizarla.
—Doctora, ahora que me ha dicho esto, no puedo culparla de nada.
—Pero yo sí me culpo —añadió Ginger con un triste hilo de voz.
—No. Usted tampoco puede culparse de nada. —Volviéndose de nuevo para
asegurarse de que nadie los vigilaba, Christophson se desabrochó los dos botones
superiores del abrigo, metió la mano, cogió el pañuelo del bolsillo de la chaqueta y se
lo dio a Ginger—. Por favor, deje de mortificarse. Nuestro amigo vivió una vida
plena y afortunada, doctora. Aunque su muerte fuese violenta, murió con relativa
rapidez, y eso es un alivio.
Enjugándose los ojos en el pañuelo azul de seda que le había dado, Ginger dijo:
—Era un hombre entrañable.
—Lo era —ratificó Christophson—. Y estoy empezando a comprender por qué se
arriesgó por usted. Me dijo que era usted una mujer encantadora, y veo que su
opinión era tan certera y fiable como siempre.

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Ginger terminó de enjugarse los ojos. El torno continuaba apretándole el corazón,
pero comenzó a creer que existía la posibilidad de que la culpa desapareciera y
quedara sólo la tristeza.
—Gracias. —Entonces formuló una pregunta que iba dirigida tanto a ella como a
Christophson—. ¿Y ahora qué? ¿Qué hago yo ahora?
—No estoy en disposición de ayudarle —le contestó él inmediatamente—. Me
aparté de las redes de espionaje hace una década y ya no tengo contactos. No tengo la
menor idea de quiénes pueden estar tras el bloqueo de memoria ni por qué lo han
hecho.
—Jamás se lo pediría. No voy a arriesgar más vidas inocentes. Sólo pensaba que
podía tener usted alguna idea de la forma en que me puedo ayudar a mí misma.
—Vaya a la policía. Su trabajo es ayudar a la gente.
Ginger agitó la cabeza.
—No. Los policías trabajan con lentitud, con demasiada lentitud. Unos están
sobrecargados de trabajo y otros son burócratas de uniforme. Mi problema es
demasiado urgente para esperar a que ellos lo resuelvan. Además, no confío en la
policía. De repente, ya no confío en ninguna autoridad. Las cintas que grabó Pablo de
nuestras sesiones habían desaparecido cuando llegué con la policía al apartamento, de
modo que no las mencioné. Les mentí. Les dije que sólo éramos amigos, que había
ido a almorzar con él y que me encontré al asesino. Les hice creer que se trataba de
un ladrón vulgar. Es una verdadera paranoia. No confiaba en ellos. Y aún no confío.
La policía está descartada.
—Entonces busque a alguien que la hipnotice…
—No. No voy a poner en peligro más vidas inocentes —repitió.
—La entiendo. Pero eso es lo único que puedo sugerirle. —Se metió las manos en
los hondos bolsillos del abrigo—. Lo siento.
—No tiene por qué —respondió Ginger.
Christophson se dio la vuelta, vaciló y suspiró.
—Doctora, quiero que me entienda. Estuve en la guerra, en la segunda guerra
mundial, y me condecoraron. Después fui un buen embajador. Al ser director de la
CIA y senador, tomé muchas decisiones difíciles que me hicieron correr riesgos.
Nunca me atemorizó el riesgo. Pero ya soy viejo. Tengo setenta y seis años y me
siento más viejo aún. Padezco la enfermedad de Parkinson. Mi corazón no está en
muy buen estado. Tengo la tensión alta. Quiero mucho a mi esposa y, si me ocurriera
algo, se quedaría sola. No sé cómo reaccionaría a la soledad, doctora Weiss.
—Por favor, no tiene de qué excusarse —le dijo Ginger. Advirtió que sus papeles
se habían invertido. Al principio, era él quien se sentía seguro y dispuesto a
absolverla; ahora, Ginger le devolvía el favor. Jacob, su padre, decía a menudo que la
mayor virtud del hombre era la misericordia y que ésta creaba lazos inquebrantables
entre las personas. Ginger recordó las palabras de su padre porque, al permitir que
Alex Christophson la perdonase y al tratar de excusarle, sintió aquel lazo.

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Al parecer, él también lo sintió, pues, a pesar de que no dejó de intentar
excusarse, sus explicaciones se hicieron más íntimas y el tono de su voz menos
defensivo y más conspirador.
—Francamente, no me niego a verme involucrado porque la vida me parezca
infinitamente valiosa, sino porque cada día temo más a la muerte. —Mientras
hablaba, introdujo la mano en un bolsillo interior y sacó una libreta de notas y una
pluma—. Muchas veces he hecho cosas de las que no me siento orgulloso. —
Cogiendo la pluma entre sus dedos paralizados, comenzó a escribir—. Pero he
cometido la mayoría de mis pecados en cumplimiento del deber. Los gobiernos y las
redes de espionaje son necesarios, mas no son negocios muy limpios. Por aquel
entonces, no creía en Dios ni en la vida eterna. Ahora pienso en ello… y a veces
tengo miedo. —Arrancó la primera hoja del cuaderno—. Miedo de lo que me espere
tras la muerte, ¿sabe? Por eso quiero aferrarme a la vida tanto tiempo como me sea
posible, doctora. Por eso, santo cielo, me he convertido en un viejo cobarde.
Cuando Christophson dobló y le entregó el papel, Ginger advirtió que, antes de
sacar el cuaderno y la pluma del bolsillo, se volvió para darle la espalda al resto de
los asistentes al funeral. Nadie pudo haber visto lo que hizo.
—Ese es el número de teléfono de una tienda de antigüedades de Greenwich,
Connecticut. Es de Phiilip, el menor de mis hermanos. No puede llamarme
directamente porque alguien puede habernos visto hablando; podrían intervenirme el
teléfono. No me arriesgaré a que me asocien con usted, doctora Weiss, y no haré
ninguna averiguación sobre su problema. Sin embargo, tengo años de experiencia en
estos asuntos y quizá mi experiencia pueda servirle en alguna ocasión. Quizá se
encuentre con algo que no entienda, una situación que no sepa cómo resolver, y quizá
yo le pueda aconsejar. Llame a Phiilip y déjele su número de teléfono. Él me llamará
a casa inmediatamente y me dará una contraseña. Entonces iré a un teléfono público,
lo llamaré para que me dé su número y me pondré en contacto con usted lo antes
posible. Mi experiencia, mi peculiar y malévola experiencia es todo lo que puedo
ofrecerle, doctora Weiss.
—Es más que suficiente. No está obligado a ayudarme.
—Buena suerte. —Se dio la vuelta bruscamente y se alejó acompañado de los
crujidos de las botas sobre la nieve helada.
Ginger volvió a la tumba de Pablo, donde sólo quedaban Rita, el empleado de
pompas fúnebres y dos trabajadores. La orla púrpura que rodeaba la tumba había sido
desmontada y retirada. El plástico que cubría la fosa había sido apartado.
—¿Qué hablabas con ese hombre? —le preguntó Rita.
—Te lo contaré después —respondió Ginger, agachándose para coger una rosa de
los ramos de flores que rodeaban el último lecho de Pablo. Se inclinó hacia delante y
la dejó caer en la fosa, sobre el féretro. «Alavha-sholem. Que tu sueño sólo sea un
pequeño intervalo entre este mundo y algo mejor. Baruch ha-Shem».
Al alejarse con Rita, Ginger oyó que los trabajadores comenzaban a echar tierra

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sobre el féretro.

Condado de Elko, Nevada

El jueves, el doctor Fontelaine mostró su satisfacción por la rapidez con que Ernie
había superado su nictofobia. «Es la curación más rápida que he visto —dijo—.
Supongo que los marines son más fuertes que el resto de los mortales».
El sábado, 11 de enero, tras sólo cuatro semanas en Milwaukee, Ernie y Faye
regresaron a casa. Volaron con United hasta Reno y, allí, embarcaron en un pequeño
avión de diez plazas que los llevó a Elko, donde llegaron a las once y veintisiete de la
mañana.
Sandy Sarver fue a recogerlos al aeropuerto de Elko, aunque Ernie no la
reconoció de inmediato. Esperaba en la pequeña terminal, bajo la luz cristalina del sol
invernal, y saludó a Ernie y a Faye al verlos desembarcar. La tímida de cara pálida, la
conocida feúcha de hombros caídos, había desaparecido. Por primera vez desde que
la conocía, Ernie veía a Sandy maquillada con sombra de ojos y pintura de labios. Ya
no tenía las uñas mordidas. Su cabello, antes fláccido, mal cortado y descuidado, era
ahora sedoso y brillante. Había engordado casi cinco kilos. Siempre pareció mayor de
lo que era. Ahora parecía varios años más joven.
Se sonrojó cuando Ernie y Faye elogiaron su maquillaje. Fingió que eran cambios
sin importancia, mas estaba claramente satisfecha con las alabanzas, la aprobación y
la satisfacción de ambos.
También había cambiado en otras cosas. Para empezar, normalmente era reticente
y tímida, pero, mientras se dirigían al aparcamiento y guardaban el equipaje en la
parte posterior de la camioneta roja, les hizo innumerables preguntas sobre Lucy,
Frank y sus nietos. No preguntó sobre la fobia de Ernie porque no conocía su
existencia; la mantuvieron en secreto y explicaron la prolongación de su estancia en
Wisconsin diciéndoles que querían pasar más tiempo con sus nietos. Sandy condujo
la camioneta por las calles de Elko hasta la interestatal, hablando locuazmente de la
Navidad y de la marcha del Tranquility Grille.
El modo de conducir de Sandy sorprendió a Ernie tanto como lo demás. Sabía que
a Sandy no le gustaba viajar en automóvil. Pero ahora conducía con una rapidez, una
soltura y una pericia de las que nunca había hecho gala.
Faye, sentada entre Ernie y Sandy, también advirtió aquel cambio, pues le dirigía
a Ernie elocuentes miradas cuando Sandy realizaba alguna maniobra con especial
fluidez y audacia.
Entonces ocurrió algo extraño.
A menos de dos kilómetros del motel, el interés de Ernie por la metamorfosis de
Sandy se transformó en la extraña sensación que experimentó el 10 de diciembre,
cuando regresaba de Elko con el material eléctrico: la sensación de que un trozo

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particular de tierra, a unos quinientos metros de distancia, al sur de la autopista, lo
llamaba. La sensación de que allí le había ocurrido algo extraño. Como entonces, era
simultáneamente una sensación absurda y poderosa, caracterizada por la misteriosa
atracción de un lugar hechizante que pertenecía al mundo de los sueños.
Ese cambio intranquilizó a Ernie, porque suponía que el peculiar magnetismo de
aquel lugar formaba parte, de algún modo, de la misma alteración mental que le
causaba el miedo aterrador a la oscuridad. Al curarse la nictofobia, supuso que los
otros síntomas del desequilibrio psicológico temporal desaparecerían junto con el
miedo a la noche. Le pareció una mala señal. No se atrevía a pensar que aquello
ponía en entredicho la curación.
Faye le hablaba a Sandy de la mañana de Navidad con los nietos, y Sandy reía,
pero las risas y la conversación desaparecieron para Ernie. A medida que se
acercaban al trozo de tierra que ejercía aquella atracción sobre él, Ernie escudriñó el
paisaje por el parabrisas, poseído por la intensa sensación de que iba a ocurrir algo
trascendental, algo de monumental importancia, y le invadió el temor y el asombro.
Entonces, al pasar junto a aquel seductor lugar, Ernie advirtió que habían
aminorado la velocidad. Sandy redujo a 60 km/h., la mitad de la velocidad a la que
conducía desde Elko. En el mismo instante en que Ernie lo notó, la camioneta volvió
a acelerar. Miró a Sandy demasiado tarde para saber con certeza si ella también había
sentido la atracción de aquel lugar, pues ya prestaba atención a Faye, miraba al frente
y aceleraba de nuevo. Pero le pareció ver una mirada extraña en sus ojos y la observó
desconcertado, preguntándose cómo podría compartir su fascinación misteriosa e
irracional por aquel trozo de tierra normal.
—Es estupendo estar de vuelta en casa —dijo Faye cuando Sandy se desvió por el
carril de salida de la autopista.
Ernie observó a Sandy en busca de una señal que demostrara que hubiese
aminorado la marcha en respuesta a la misma extraña llamada que él sentía, pero no
vio rastro del miedo que la llamada le producía a él. Sandy sonreía. Debía haberse
equivocado. Habría aminorado la velocidad por cualquier otro motivo.
Los huesos se le habían helado y, mientras recorrían los escasos metros de la
carretera del condado y giraban hacia el aparcamiento del motel, sintió un sudor frío
en las manos y en la nuca.
Miró el reloj. No porque necesitara saber la hora, sino porque quería saber cuánto
tiempo faltaba para la puesta de sol. Unas cinco horas.
¿Y si no era la oscuridad en general lo que temía? ¿Y si se trataba de una
oscuridad específica? Quizá se curó tan pronto en Milwaukee porque allí la oscuridad
no le asustaba tanto. Quizá sintiera el verdadero miedo, el miedo implacable, en las
planicies de Nevada. ¿Podía estar una fobia tan estrechamente localizada?
Ciertamente, no. Sin embargo, miró el reloj.
Sandy aparcó frente a la recepción del motel y, cuando salieron de la camioneta y
se dirigieron a la parte trasera a coger las maletas, abrazó a Faye y a Ernie.

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—Me alegro de que hayáis vuelto. Os he echado de menos. Ahora más vale que
vaya a ayudar a Ned. Es la hora del almuerzo.
Ernie y Faye contemplaron a Sandy al alejarse, y Faye preguntó:
—¿Qué demonios crees que le ha ocurrido?
—Que me aspen si lo sé —le respondió Ernie.
Con una nube de vaho, Faye dijo:
—Al principio me pareció que se habría quedado embarazada. Pero ya no lo creo.
Si se hubiese quedado embarazada, estaría loca por decírnoslo. Creo que es… otra
cosa.
Ernie sacó dos de las cuatro maletas de la camioneta y las dejó en el suelo, cada
una a un lado, mirando furtivamente el reloj al soltarlas. El anochecer estaba cinco
minutos más cerca.
Faye suspiró.
—En fin, sea lo que sea, me alegro por ella.
—Yo también —dijo Ernie, sacando las otras dos maletas de la camioneta.
—Yo también —afirmó Faye remedándole cariñosamente mientras cogía las dos
maletas menos pesadas—. No te hagas el listo conmigo, grandullón. Sé que te has
preocupado por ella casi tanto como te preocupabas por tu hija Lucy. Te vi mirar a
Sandy en el aeropuerto y parecía que se te iba a derretir el corazón.
Ernie la siguió con las otras dos maletas.
—¿No existe un término médico para tal calamidad, para un corazón derretido?
—Naturalmente. Cardiolicuefacción.
Ernie rió a pesar del nudo que sentía en el estómago. Faye siempre era capaz de
hacerle reír… generalmente, cuando más lo necesitaba. Cuando entraran, la abrazaría,
la besaría y se la llevaría directamente a la cama. Ninguna otra cosa alejaría aquel
miedo que surgió en su interior como el muñeco de una caja sorpresa. Estar con Faye
era siempre la mejor medicina.
Faye dejó las maletas en la puerta de la oficina y buscó las llaves en el bolso.
Cuando pareció claro que Ernie se recuperaba rápidamente y que no sería
necesario permanecer en Milwaukee varios meses, Faye decidió que no merecía la
pena volver a Elko para buscar a alguien que se encargara del motel. Simplemente, lo
dejaron cerrado. Ahora, tenían que abrirlo, conectar el termostato, limpiar el polvo
acumulado.
«Hay mucho que hacer… pero aún tenemos tiempo para un pequeño baile en
horizontal», pensó Ernie con una sonrisa.
Estaba tras Faye mientras ella abría la puerta, de modo que, afortunadamente, no
lo vio sobresaltarse cuando las nubes oscurecieron el día luminoso. No se hizo una
oscuridad total; sencillamente, una nube tapo al sol; la intensidad de la luz no
decreció más de un veinte por ciento. Pero fue suficiente para que Ernie se
sobresaltara y se acobardara.
Miró el reloj.

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Volvió la vista hacia el Este, por donde aparecería la noche.
«Todo irá bien —pensó—. Estoy curado».

En el camino: de Reno al condado de Elko

Tras la experiencia paranormal del martes en casa de Lomack, cuando incontables


lunas de papel orbitaron a su alrededor, Dominick Corvaisis pasó varios días en
Reno. En su anterior viaje de Portland a Mountainview, fue a recoger material para
una serie de historias sobre el juego. Recreando aquel viaje, se quedó durante el
miércoles, jueves y viernes en «el mayor pueblo del mundo».
Dom vagó de casino en casino, observando a los jugadores. Había jóvenes
parejas, jubilados, chicas hermosas, mujeres entradas en años con falda pantalón y
rebeca, vaqueros de rostro curtido recién llegados de los ranchos, ricos de rostro
adiposo procedentes de lejanas ciudades, secretarias, camioneros, ejecutivos,
médicos, ex presidiarios y policías fuera de servicio unidos por la esperanza y la
emoción de los juegos de azar, sin duda la industria más democratizadora del mundo.
Como en su visita anterior, Dom jugó sólo lo suficiente para formar parte del
escenario, pues su objetivo primordial era observar. Tras la tormenta de lunas de
papel, tenía motivos para pensar que Reno era el lugar donde su vida había cambiado
para siempre y donde hallaría la llave que liberaría los recuerdos prisioneros. A su
alrededor reían, charlaban, se lamentaban de la crueldad de las cartas, gritaban para
animar a los dados, pero Dom permanecía impasible y alerta entre ellos, mas
guardando las distancias, la mejor actitud para distinguir la clave de los sucesos
olvidados del pasado.
No halló la clave.
Cada noche se ponía en contacto con Parker Faine, esperando haber recibido otro
anónimo en Laguna Beach.
No recibió ninguno.
Todas las noches, antes de dormirse, trataba de explicarse el baile de las lunas de
papel. Y buscó una explicación de los círculos inflamados en las manos, que vio
desaparecer arrodillado entre una ráfaga de lunas en casa de Lomack. No encontró
respuesta alguna.
Día a día, la necesidad de tomar Valium o Dalmane iba desapareciendo, pero
aquellas pesadillas que no recordaba —la luna— se intensificaron. Noche tras noche,
luchaba fieramente contra la cuerda con la que se ataba a la cama.
El sábado, Dom aún sospechaba que la respuesta al terror nocturno y el
sonambulismo se encontraba en Reno. Pero decidió que no debía alterar sus planes,
que debía continuar hasta Mountainview. Si finalizaba el viaje sin alcanzar el satori,
volvería a Reno.
El viaje anterior, se marchó del motel Harrah el viernes, 6 de julio, a las diez y

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media de la mañana, tras comer temprano. El 11 de enero, sábado, cumplió el mismo
horario y emprendió el viaje por la I-80 a las once menos veinte, dirigiéndose al
Nordeste por el desierto de Nevada hacia la lejana ciudad de Winnemucca, donde
Butch Cassidy y Sundance Kid robaron un banco en otros tiempos.
El paisaje de las inmensas extensiones de tierra desierta no era muy distinto al de
mil años antes. La autopista y los tendidos eléctricos, a menudo los únicos signos de
la civilización, seguían la ruta que, en los tiempos de las caravanas, llamaban la Pista
de Humboldt. Dom atravesó desoladas llanuras y montañas tapizadas de artemisa,
una tierra virgen, inhóspita pero sorprendentemente bella, de arbustos, arena, terrazas
de roca caliza, lagos secos, estratos de lava solidificada con cristalizaciones
columnares y montañas distantes. Grandes fallas y monolitos veteados mostraban
trazas de bórax, azufre, alumbre y sal. Las aisladas mesas rocosas lucían una
espléndida decoración en amarillo, ámbar, ocre y gris. Al norte de la cuenca de
Humboldt, antes de que el río Humboldt simplemente se desvaneciera en la tierra
sedienta, había más arroyos, además del mismo Humboldt, y existían fértiles valles
con cultivos y arboledas —algodonales, sauces llorones— aunque no eran
abundantes. El agua significaba ciudades y cultivos, pero, incluso en los valles
hospitalarios, los asentamientos eran pequeños, la influencia de la civilización débil.
Como siempre, Dom se sintió empequeñecido ante la inmensidad del Oeste. Pero
en aquella ocasión el paisaje también despertó otros sentimientos: la sensación de
misterio y la enervante percepción de unas ilimitadas —y extrañas— posibilidades.
Atravesando aquel reino solitario a toda velocidad, resultaba fácil creer que allí le
había ocurrido algo espantoso.
A las tres menos cuarto se detuvo a repostar y comer un sándwich en
Winnemucca, una ciudad de sólo cinco mil almas, pero que era, con mucho, la mayor
en un área de cuarenta mil kilómetros cuadrados. La I-80 giraba hacia el Este. La
tierra se elevaba gradualmente hacia el borde de la Gran Cuenca. Nuevas montañas,
con las laderas nevadas, se dibujaban en el horizonte, la hierba crecía entre la
artemisa y había algunos prados aislados, aunque el desierto no quedó atrás en
absoluto.
Al atardecer, Dom dejó la interestatal y se detuvo en el Tranquility Motel, aparcó
junto a la oficina, salió del coche y le sorprendió el viento gélido. Al conducir a
través del desierto, estaba preparado psicológicamente para el calor, aunque sabía que
era invierno en las altiplanicies. Buscó en el coche, cogió una chaqueta de ante
forrada de piel y se la puso. Contempló el motel… y se detuvo con repentina
inquietud.
Aquel era el lugar.
No imaginaba cómo podía saberlo. Pero lo sabía.
Allí le había ocurrido algo extraño.
El 6 de julio del verano antepasado se detuvo allí al atardecer. El curioso
aislamiento del lugar y la majestuosidad del paisaje le parecieron enormemente

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atractivos e inspiradores. De hecho, se convenció de que aquel territorio era un buen
material para las novelas y decidió quedarse un par de días para familiarizarse con él
y pensar en alguna historia apropiada para aquel escenario. No reanudó el viaje a
Mountainview hasta la mañana del martes, 10 de julio.
Ahora, se volvió con lentitud, estudiando el escenario bajo la débil luz del
atardecer. Al volverse, se convenció de que allí le había sucedido lo más importante
que le ocurriría nunca, en ningún lugar, por mucho que viviera.
El comedor, con sus grandes ventanales y su letrero de neón, estaba situado en el
extremo occidental del complejo, separado del motel, rodeado de un gran
aparcamiento para camiones con largos remolques, de los que ahora había tres. Todo
a lo largo del motel, blanco y de una planta, había un corredor exterior cubierto por
una chapa de aluminio cuyo esmalte verde emitía un resplandor opaco. El ala oeste
tenía diez habitaciones con brillantes puertas verdes. Estaba separada del ala este por
una construcción de dos pisos donde se encontraba la recepción y, sin duda, en la
planta superior, la vivienda de los dueños. A diferencia del ala oeste, el ala este tenía
forma de L, con seis habitaciones en el primer tramo y cuatro en el más corto. Dom
siguió girando y vio el cielo oscuro al Este, la interestatal desapareciendo en la
penumbra y el inmenso y deshabitado paraje de sombras al Sur. Hacia el Oeste,
donde el crepúsculo teñía el cielo de púrpura, se extendían más montañas y mesetas.
Momento a momento, la inquietud de Dom aumentó, hasta que completó el
círculo y se encontró contemplando de nuevo el Tranquility Grille. Como en un
sueño, se dirigió al restaurante. Cuando llegó a la puerta, el corazón le latía con
violencia. Sentía el impulso de huir.
Controlándose, abrió la puerta y pasó al interior.
Era un lugar limpio y bien iluminado, acogedor y cálido. En el ambiente flotaban
maravillosos aromas: patatas fritas, cebolla, hamburguesas sobre la parrilla, tocino
frito.
Con un temor como el de los sueños, se dirigió a una mesa vacía. En el centro
había una botella de tomate ketchup, un bote de plástico con mostaza, un azucarero,
un salero, un pimentero y un cenicero. Cogió el salero.
Por un momento, no supo por qué lo había cogido, pero después recordó que el
verano antepasado, la primera noche que pasó en el Tranquility Motel, se sentó en
aquella misma mesa. Había tirado el salero y cuando, por superstición, arrojó un poco
de sal por encima del hombro, le dio en la cara a una joven que se acercaba por
detrás.
Tuvo la sensación de que era un incidente importante, pero no supo por qué. ¿Por
la mujer? ¿A quién había visto? Una desconocida. ¿Qué aspecto tenía? Intentó
recordar su rostro, pero no lo logró.
Su corazón se aceleró sin motivo aparente. Tenía la sensación de que estaba a
punto de producirse una revelación devastadora.
Se esforzó en recordar otros detalles, pero no lo consiguió.

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Dejó el salero sobre la mesa. Aún moviéndose como en sueños, estremeciéndose
por un miedo indefinido, se dirigió a la última mesa de la fila situada junto al
ventanal. Estaba desocupada, pero Dom tenía la seguridad de que la joven, tras
limpiarse la sal de los ojos, se había sentado allí aquella noche.
—¿Qué desea?
Dom advirtió que una camarera con jersey amarillo se había acercado a él y le
dirigía la palabra, mas permaneció hechizado por la atormentadora ascensión de un
terrible recuerdo. Aún no había aparecido, pero ascendía y ascendía hacia la
superficie. La mujer de aquel día, cuyo rostro permanecía en blanco pero que
recordaba de una belleza radiante bajo la luz anaranjada del atardecer, se sentó en
aquella misma mesa.
—¿Señor? ¿Le ocurre algo?
La joven pidió la cena y Dom continuó con la suya. La última luz del atardecer
desapareció, cayó la noche y… ¡No!
El recuerdo se agitó en las profundidades, casi atravesó la opaca superficie y salió
a la luz, a su memoria, pero en el último instante Dom huyó de él aterrado, como si
hubiera visto aproximarse a un leviatán de monstruosa maldad. Repentinamente,
negándose a recordar, dejó escapar un grito, retrocedió, le dio la espalda a la
sorprendida camarera y emprendió la carrera. Sabía que la gente lo miraba, que
estaba haciendo una escena, pero no le importaba. Todo lo que le importaba era salir
corriendo. Abrió la puerta de un empujón y salió bajo el cielo negro, púrpura y
escarlata del anochecer.
Tenía miedo. Miedo del pasado. Miedo al futuro. Pero, sobre todo, tenía miedo
porque no sabía qué le asustaba.

Chicago, Illinois

Brendan Cronin reservaba su anuncio para después de la cena, el momento del día
en que el padre Wycazik, con el estómago lleno y una copa de brandy en la mano,
estaba de mejor humor. Mientras tanto, comía glotonamente en compañía de los
padres Wycazik y Gerrano: ración doble de patatas con alubias y jamón,
acompañadas con tres rebanadas de pan casero.
Aunque había recobrado el apetito, no le ocurría lo mismo con la fe. Cuando dejó
de creer en Dios, se sumergió en una terrible oscuridad y en la desesperación; pero la
desesperación había desaparecido, y el vacío, aunque no enteramente superado,
decrecía. Empezaba a comprender que algún día podría vivir una vida plena que no
tuviese nada que ver con la Iglesia. Para Brendan, a quien ningún placer temporal
atrajo tanto como el gozo espiritual de la misa, la mera consideración de la vida
secular era un progreso revolucionario.
Quizá su desesperación desapareció porque, desde Navidad, había recorrido el

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camino desde el ateísmo al agnosticismo reservado. Los recientes acontecimientos le
obligaron a considerar la existencia de un Poder que, a pesar de no provenir
necesariamente de Dios, estaba por encima de la naturaleza.
Tras la cena, el padre Gerrano subió a su habitación a pasar varias horas en
compañía de la última obra de James Blaylock, un narrador que a Brendan también le
parecía interesante, pero cuyas pintorescas historias de extrañas criaturas fantásticas
eran demasiado imaginativas para un realista acérrimo como el padre Wycazik.
Uniéndose a Brendan en el estudio, el párroco le dijo:
—Escribe bien, pero cuando termino de leer una de sus historias, tengo la extraña
sensación de que nada es lo que parece, y es una sensación que no me gusta.
—Quizá nada sea lo que parece —indicó Brendan.
El párroco agitó la cabeza, y la luz se reflejó de tal modo en su cabello que
pareció como de alambre de acero.
—No, cuando leo para entretenerme, prefiero que el libro esté escrito en letras de
molde grandes y claras que reflejen la realidad de la vida.
Con una amplia sonrisa, Brendan advirtió:
—Si existe el cielo, padre, y si me las arreglo para ir allí, espero tener la
oportunidad de concertarle una entrevista con Walt Disney. Me encantaría ver cómo
le convence de que tendría que haber empleado su tiempo haciendo dibujos animados
de las obras completas de Dostoievski en lugar de las aventuras de Mickey Mouse.
Riéndose de sí mismo, el párroco sirvió las copas y se acomodaron en los
sillones; el sacerdote descarriado con un vaso de aguardiente, su superior con una
pequeña copa de brandy.
Decidiendo que no tendría mejor momento para comunicarle la noticia, Brendan
le dijo:
—Padre, si no tiene inconveniente, me ausentaré unos días. Si puedo, me gustaría
marcharme el lunes. Tengo que ir a Nevada.
—¿A Nevada? —El padre Wycazik lo preguntó como si su coadjutor hubiese
dicho Bangkok o Tombuctú—. ¿Por qué Nevada?
Con el sabor del aguardiente de menta en el paladar y su aroma quemándole las
fosas nasales, Brendan añadió:
—Es de allí de donde me llaman. Anoche, cuando soñé, aunque seguí sin ver otra
cosa que una luz brillante, supe de repente donde estaba. En el condado de Elko,
Nevada. Y supe que debo regresar allí para hallar la explicación de la curación de
Emily y la resurrección de Winton.
—¿Regresar? ¿Ha estado allí antes?
—El verano antepasado. Justo antes de que viniese a St. Bernardette.
Tras dejar su puesto con monseñor Orbella en Roma, Brendan fue directamente a
San Francisco a cumplir un último encargo de su mentor en el Vaticano. Permaneció
dos semanas con el obispo John Santefiore, un viejo amigo de Orbella. El obispo
escribía un libro sobre la historia de la selección papal, y Brendan fue cargado de

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material de investigación proporcionado por monseñor Orbella. Su trabajo consistió
en responder cualquier pregunta sobre aquellos documentos. John Santefiore era un
hombre cordial, de ingenio agudo y mordaz, y los días transcurrieron con rapidez.
Al concluir su misión, Brendan disfrutó de dos semanas libres antes de tener que
presentarse a sus superiores de Chicago, su ciudad natal, quienes lo nombrarían
coadjutor de alguna de las parroquias de aquella archidiócesis. Estuvo unos días en
Carmel, en la península de Monterey. Después se decidió a conocer algunas zonas del
país donde nunca había estado, Brendan emprendió un largo camino hacia el Este en
un automóvil alquilado.
El padre Wycazik se inclinó hacia delante con la copa de brandy entre las manos.
—Recordaba que estuvo con el obispo Santefiore, pero había olvidado que viajó
hasta aquí en automóvil. ¿Y pasó por el condado de Elko, en Nevada?
—Estuve allí, en un pequeño motel en mitad de ningún sitio. El Tranquility
Motel. Me detuve a pasar la noche, pero era un lugar tan tranquilo y había unos
paisajes tan bellos que me quedé unos días. Ahora tengo que regresar.
—¿Por qué? ¿Qué le ocurrió allí?
Brendan se encogió de hombros.
—Nada. Estuve descansando. Leí un par de libros. Vi la televisión. Se podían ver
muchos canales porque tenían una antena parabólica en el tejado.
El padre Wycazik torció la cabeza.
—¿Qué le ocurre? Por un momento me pareció que hablaba de una forma…
extraña. En un tono inexpresivo… como si repitiera algo aprendido de memoria.
—Sólo le contaba cómo era.
—Si no hizo nada allí, ¿qué tiene de especial el lugar? ¿Qué ocurrirá cuando
vuelva allí?
—No estoy seguro. Pero será algo… increíble.
Mostrando al fin la frustración que le causaba la estupidez del coadjutor, el padre
Wycazik le hizo una pregunta directa:
—¿Es Dios quién lo llama?
—No lo creo. Quizá. Pero es una pequeña posibilidad. Padre, tiene que darme su
permiso para ir, pero si no recibo su beneplácito iré de todos modos.
El padre Wycazik bebió un trago más largo de lo acostumbrado.
—Creo que debería ir, pero no solo.
Brendan se sorprendió.
—¿Quiere venir conmigo?
—Yo no puedo, tengo que quedarme en St. Bette. Pero debería ir con un testigo
cualificado. Un sacerdote familiarizado con estas cosas, alguien que pueda verificar
cualquier milagro o aparición milagrosa…
—¿Se refiere a algún clérigo con permiso del cardenal para investigar
informaciones histéricas sobre vírgenes que lloran, crucifijos que sangran y todo tipo
de manifestaciones divinas?

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El padre Wycazik asintió.
—Exacto. Alguien que conozca el proceso de la autentificación. He pensado en
monseñor Janney, del servicio de publicaciones de la archidiócesis. Tiene mucha
experiencia.
Poco dispuesto a contrariar al párroco, pero decidido a actuar a su manera,
Brendan le interrumpió:
—Aquí no hay apariciones, padre, de modo que no es necesario que venga
monseñor Janney. Nada de esto tiene un claro significado cristiano.
—¿Y quién ha dicho que a Dios no le está permitido ser sutil? —le preguntó el
padre Wycazik. Su sonrisa demostraba que esperaba ganar aquella discusión.
—Podría tratarse simplemente de fenómenos físicos.
—¡Bah! Charlatanería. Los fenómenos físicos son la patética explicación que los
no creyentes dan a las obras de la mano divina. Examine los sucesos detenidamente,
Brendan, abra su corazón al significado que poseen y verá la verdad. Dios lo llama a
su seno. Y creo que esto puede concluir con una aparición divina.
—Pero, si es la formación de una aparición divina, ¿por qué no puede ocurrir
aquí? ¿Por qué es necesario que vaya a Nevada?
—Quizá sea una prueba de su obediencia a Dios, una prueba de su deseo oculto
de volver a creer. Si su deseo es suficientemente fuerte, usted mismo se sorprenderá
al realizar ese largo viaje y, como recompensa, se le mostrará algo que le hará
recuperar la fe.
—Pero ¿por qué Nevada? ¿Por qué no Florida, Texas… o Estambul?
—Sólo Dios lo sabe.
—¿Y por qué se tomaría Dios tantas molestias para salvar el alma de un sacerdote
infiel?
—Para Él, que hizo la tierra y el firmamento, no es ninguna molestia. Y un alma
es tan importante para Él como un millón.
—Entonces, ¿por qué permitió que perdiese la fe?
—Quizá perder y recuperar la fe sea un proceso fortalecedor. Quizá Dios le haya
sometido a ese proceso porque quiere que sea más fuerte.
Brendan sonrió y agitó la cabeza con admiración.
—Nunca se queda sin respuestas, ¿verdad, padre?
Brendan se reclinó en el sillón con aire satisfecho.
—Dios me otorgó una lengua inquieta.
Brendan conocía la reputación del padre Wycazik como salvador de sacerdotes en
apuros y sabía que el párroco no cedería con facilidad… o no cedería nunca. Pero
Brendan estaba decidido a no cargar con monseñor Janney en Nevada.
Desde el otro sillón, por encima de la copa, el padre Wycazik observaba a
Brendan con evidente afecto y férrea determinación, esperando ansiosamente otro
argumento para rebatirlo con prontitud, otra arremetida que aguantar con su infalible
aplomo de jesuita.

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Brendan suspiró. Sería una larga noche.

Condado de Elko, Nevada

Tras huir del Tranquility Grille poseído por el miedo y la confusión, y salir a la
última luz escarlata y púrpura del atardecer, Dom Corvaisis se dirigió directamente a
la oficina del motel. Allí, se encontró con una escena que en un principio le pareció
una riña doméstica, aunque inmediatamente comprendió que se trataba de algo más
extraño.
En el centro de la habitación había un hombre corpulento con pantalón y jersey
marrones. Era sólo cinco centímetros más alto que Dom, pero considerablemente
mayor en otras dimensiones. Parecía haber sido tallado en grandes bloques de madera
de roble. Su cabello gris cortado a cepillo y las líneas de su rostro curtido indicaban
que era cincuentenario, aunque su cuerpo recio tenía la presencia y la fortaleza de un
hombre más joven.
El hombre corpulento se estremecía como si estuviera furioso. A su lado había
una mujer que lo miraba con una extraña expresión de inquietud. Era rubia, de ojos
azules, más joven que él, aunque con una edad difícil de calcular. El hombre tenía el
semblante pálido, brillante de sudor. Cuando Dom cruzó la galería exterior,
comprendió que su primera impresión había sido errónea: aquel tipo no estaba
irritado, sino aterrorizado.
—Relájate —le decía la mujer—. Intenta controlar la respiración.
El hombre corpulento jadeaba. Tenía el cuello torcido, la cabeza inclinada, los
hombros caídos; con los ojos clavados en el suelo, inhalaba y exhalaba en una
sucesión arrítmica que delataba un pánico creciente.
—Respira hondo —le insistió la mujer—. Recuerda lo que te enseñó el doctor
Fontelaine. Cuando te hayas calmado, saldremos fuera.
—¡No! —exclamó el hombre corpulento, agitando la cabeza enérgicamente.
—Sí, lo haremos —le aseguró la mujer, apretándole el brazo con un gesto
tranquilizador—. Saldremos a pasear, Ernie, ya verás como esta oscuridad no es
distinta a la de Milwaukee.
Ernie. El nombre hizo que Dom se estremeciera y recordara inmediatamente los
nombres escritos en los cuatro carteles de la luna que encontró en la sala de la casa de
Zebediah Lomack, en Reno.
La mujer miró a Dom, quien dijo:
—Deseo una habitación.
—Está completo —le contestó.
—El letrero de libre está encendido.
—De acuerdo —dijo—. De acuerdo, pero ahora no. Por favor. Ahora no. Vaya a
comer algo. Vuelva dentro de media hora. Por favor.

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Hasta aquel intercambio, Ernie no pareció advertir la presencia de Dom. Ahora,
levantó la vista del suelo y dejó escapar un gemido de temor y desesperación.
—La puerta. ¡Ciérrela antes de que entre la oscuridad!
—No, no, no —le aseguró la mujer con voz firme, pero llena de compasión—. No
va a entrar. La oscuridad no puede dañarte, Ernie.
—Está entrando —insistió él con voz lastimera.
Dom advirtió que la habitación se encontraba profusamente iluminada. Todas las
lámparas de mesa, la lámpara de pie y las del techo estaban encendidas.
La mujer se volvió de nuevo a Dom.
—Por el amor de Dios, cierre la puerta.
En lugar de salir, Dom entró y cerró la puerta.
—Quería decir que la cerrase al salir —le dijo la mujer con acritud.
La expresión del rostro de Ernie era en parte de terror y en parte de vergüenza.
Movía los ojos de Dom a la ventana.
—Está tras el cristal. La oscuridad… empujando, empujando. —Miró
tímidamente a Dom, después volvió a inclinar la cabeza y cerró los ojos con fuerza.
Dom lo observaba paralizado. El temor irracional de Ernie se parecía
horriblemente al terror que hacía a Dom andar dormido y esconderse en los armarios.
Sirviéndose de la ira para contener las lágrimas, la mujer se volvió hacia Dom.
—¿Por qué no se marcha? Es nictófobo. A veces le da miedo la oscuridad y,
cuando sufre uno de estos ataques, tenemos que superarlo juntos.
Dom recordó los otros nombres escritos en los carteles de la casa de Lomack
(Ginger, Faye) y eligió uno instintivamente.
—No se preocupe, Faye. Creo que tengo alguna idea de lo que les ocurre.
Ella parpadeó sorprendida al oír su nombre.
—¿Le conozco?
—¿Me conoce? Soy Dominick Corvaisis.
—Ese nombre no me dice nada —le contestó, permaneciendo junto al hombre
mientras éste se daba la vuelta, con los ojos cerrados, y se encaminaba arrastrando los
pies hasta el fondo de la oficina.
Ernie se dirigió ciegamente a la portezuela del mostrador.
—Tengo que subir. Allí puedo cerrar las persianas y dejar la oscuridad fuera.
—No, Ernie, espera —le advirtió Faye—. No huyas.
Situándose frente a Ernie y poniéndole una mano en el hombro. Dom le dijo:
—Tiene pesadillas. Cuando se despierta, sólo recuerda que tienen algo que ver
con la luna.
Faye lo miró boquiabierta.
Ernie abrió los ojos con sorpresa.
—¿Cómo lo sabe?
—Yo también sufro pesadillas desde hace más de un mes —dijo Dom—. Todas
las noches. Y sé de un hombre que sufría tantas pesadillas que se suicidó.

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Lo miraron asombrados.
—En octubre —añadió Dom—, comencé a andar dormido. Me salía de la cama y
me escondía en los armarios o cogía armas para defenderme. En una ocasión, intenté
clavar los marcos de las ventanas para que algo no entrase. ¿No lo entiende, Ernie?
Temo algo que hay en la oscuridad. Apuesto a que es lo mismo de lo que se asusta
usted. No es la oscuridad en sí, sino otra cosa, algo en concreto que le ocurrió —hizo
un gesto hacia las ventanas— ahí fuera, en la oscuridad, un fin de semana del verano
antepasado.
Asombrado aún por el giro de los acontecimientos, Ernie miró la noche tras los
cristales y apartó la vista inmediatamente.
—No lo entiendo.
—Vayamos arriba, donde pueda cerrar las persianas —dijo Dom—. Le contaré lo
que sé. Lo importante es que ya no se encuentra solo. Ya no estará solo. Y, gracias a
Dios, yo tampoco.

Condado de New Haven, Connecticut

Como un reloj. Los golpes que daba Jack Twist siempre marchaban como el
mecanismo de un reloj. El trabajo del camión blindado no fue una excepción.
La noche estaba cubierta por una sólida techumbre de nubes. No había estrellas ni
luna. No nevaba, pero soplaba un viento húmedo del Sureste.
El camión de Guardmaster se acercaba por el Nordeste, rugiendo por el
descampado hacia la colina desde donde lo observó Jack la víspera de Navidad. Los
faros brillaban entre las raídas capas de la desigual niebla invernal. La carretera del
condado parecía una cinta de terciopelo negro sobre los campos nevados.
Enfundado en un traje blanco de esquí con capucha, Jack estaba tumbado, medio
enterrado en la nieve, frente a la loma. Al otro lado de la carretera, al pie de la loma,
Chad Zepp, el segundo miembro del equipo, también con traje blanco de camuflaje,
se encontraba escondido tras un montículo de nieve.
Branch Pollard, el tercer miembro de la banda, estaba en mitad de la ladera de la
loma con un pesado rifle de asalto Heckler and Koch HK91.
El camión se encontraba a algo menos de doscientos metros. Reflejando la luz de
los faros, los jirones de niebla cruzaban la carretera y se perdían en los campos
oscuros.
De repente, el cañón del HK91 destelló en la oscuridad de la loma. Se oyó un
disparo sobre el rugido del motor.
El HK91, probablemente el mejor rifle de combate, puede disparar una ráfaga de
doscientos proyectiles sin encasquillarse. Extremadamente eficaz, preciso a una
distancia de mil metros, el HK91 podría enviar un proyectil NATO 7,62 a través de un
árbol o una pared de cemento con suficiente fuerza como para matar a quien se

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encontrara al otro lado.
No obstante, aquella noche no tenían intención de matar a nadie. Ayudándose de
una mira telescópica de infrarrojos, Pollard acertó el primer disparo y reventó la
rueda delantera derecha del camión de Guardmaster.
El vehículo viró bruscamente. Al pisar una capa de hielo, comenzó a patinar.
Cuando el camión blindado patinaba sin control, Jack se incorporó y emprendió la
carrera. Cogió una valla y la arrastró hasta la carretera frente al vehículo, que surgió
como un tanque. En el último momento, el conductor controló el camión y frenó
bruscamente a unos mil metros de Jack.
Jack vio a uno de los guardias de Guardmaster hablando excitadamente por el
micrófono de la radio. La llamada de socorro era inútil. En cuanto Pollard disparó
desde la loma, Chad Zepp, aún oculto en la nieve al norte de la carretera, puso en
funcionamiento un transmisor alimentado por pilas e interfirió la frecuencia de radio
del camión.
Jack permaneció en mitad de la carretera, rodeado de los jirones de niebla que
arrastraba el viento, sintiéndose desnudo bajo el resplandor de los faros, apuntando
tranquilamente con el rifle de gases lacrimógenos a la cabina del camión. El arma era
de fabricación británica, diseñada para los cuerpos especializados en la lucha
antiterrorista. Otras armas de gases lacrimógenos disparaban proyectiles que dejaban
escapar el gas al impactar, por lo que se requería una gran pericia para acertar a una
ventana. Pero si, por ejemplo, unos terroristas se hacían fuertes en una embajada,
generalmente levantaban barricadas en las ventanas. El nuevo rifle británico, que Jack
compró a un traficante de armas en Miami, era de un grueso calibre y disparaba a
gran velocidad un proyectil forrado de acero que atravesaba la mayor parte de las
puertas de madera o las barricadas de las ventanas. Cuando Jack disparó, el proyectil
atravesó el radiador del camión y quedó alojado en el motor. Un nocivo vapor
amarillo comenzó a penetrar en la cabina por el sistema de calefacción.
Los guardias estaban entrenados para permanecer en sus puestos durante una
situación de emergencia, pues la cabina estaba forrada de acero y tenía cristales
antibalas. Pero cerraron la calefacción y los conductos de la ventilación demasiado
tarde y comenzaron a toser. Abrieron las puertas y salieron al frío de la noche
invernal, jadeando y tosiendo.
A pesar del gas cegador y sofocante, el conductor había sacado el revólver.
Cayendo de rodillas, con náuseas, se enjugó las copiosas lágrimas buscando un
objetivo.
Pero Jack lo desarmó de una patada, lo cogió de la chaqueta y lo arrastró hasta el
frontal del camión, donde lo esposó en el parachoques.
Tras efectuar el disparo que inutilizó el camión, Branch Pollard corrió loma abajo.
Ahora, esposó al otro guardia en el otro extremo del parachoques.
Los dos guardias parpadeaban furiosamente para aclararse la vista empañada por
las lágrimas y poder ver el rostro de sus atacantes, pero era un esfuerzo inútil, porque

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Jack, Pollard y Zepp estaban enmascarados con gorros de esquiador.
Dejando a los hombres esposados, Jack y Pollard corrieron a la parte trasera del
camión, aunque no por temor a que pasara alguien por aquella solitaria carretera.
Nadie pasaría antes de que se hubieran marchado. En cuanto el camión blindado de
Guardmaster se aproximó a la loma, Hart y Dodd, los restantes miembros de la
banda, cortaron la carretera con furgonetas robadas que pintaron y equiparon como
las del Departamento de Tráfico. Con el impresionante fondo de las luces
intermitentes de emergencia en los techos de las furgonetas y en las barreras con las
que cortaron la carretera, Dodd y Hart harían retroceder a quienquiera que se acercara
con la historia del accidente de un camión cisterna.
Como un reloj.
Cuando Jack y Pollard llegaron a la parte trasera del camión, Chad Zepp ya se
encontraba allí. Bajo el resplandor de un foco alimentado por pilas que había fijado al
camión con un imán, Zepp desatornillaba la chapa sobre la que estaba montado el
mecanismo de apertura de la puerta trasera.
Habían llevado explosivos, pero, cuando se trataba de forzar un camión tan bien
construido como los de Guardmaster, existía el riesgo de que los explosivos fundieran
los pernos de la cerradura y ésta quedara hecha una pieza. Tenían que intentar abrirla
y dejar los explosivos como último recurso.
Algunos viejos camiones blindados estaban provistos de cerraduras que se abrían
con una o dos llaves, o mediante una combinación, pero aquél era un vehículo nuevo,
provisto del equipo más avanzado. La cerradura se abría y cerraba pulsando una serie
de números en un panel de diez teclas parecido al «dial» de un teléfono. Para activar
la cerradura, el guardia simplemente cerraba las puertas y pulsaba el número central
de la combinación. Para desactivarla, se pulsaban los tres números en el orden
correcto. El código se cambiaba todas las mañanas y, de los dos guardias, sólo lo
conocía el conductor.
Con diez dígitos, existían mil combinaciones posibles. Como eran necesarios
unos cuatro o cinco segundos para pulsar cada combinación y esperar a que fuera
aceptada o rechazada, tardarían al menos una hora y cuarto en probar todas las
combinaciones. Era demasiado arriesgado.
Chad Zepp desmontó la chapa frontal. Ahora era posible ver una pequeña parte
del mecanismo por el espacio que quedaba entre las teclas.
Colgado del hombro por una correa, Zepp llevaba un ordenador portátil
alimentado por pilas que podía intervenir y controlar el circuito electrónico de alarma
y cierre. Era un SLICKS, acrónimo de Sistema Experto para la Intervención y
Desactivación de Cierres de Seguridad. Fabricado para uso exclusivo de personal
militar o del servicio de inteligencia y utilizado sólo con permiso especial, el SLICKS
no estaba disponible al público. La posesión no autorizada era una violación de la
Ley de Defensa y Seguridad. Para obtener un SLICKS, Jack tuvo que ir a México y
pagar veinticinco mil dólares a un traficante de armas del mercado negro que tenía un

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contacto en la empresa que lo fabricaba.
Zepp cogió el ordenador con las dos manos de modo que Jack y Pollard pudiesen
ver la pantalla de veinticuatro centímetros cuadrados. El SLICKS tenía tres sondas
extensibles conectadas a los módulos de expansión, y Jack sacó la primera sonda de
su compartimiento: parecía un termómetro de acero con el extremo de cobre y estaba
unido al SLICKS por un cable de unos cincuenta centímetros. Jack observó
detenidamente la parte expuesta del mecanismo de la cerradura electrónica, introdujo
cuidadosamente la delgada sonda entre los dos primeros botones y rozó la patilla de
contacto situada bajo el número 1. La pantalla permaneció oscura. Cambió la sonda al
botón con el número 2, después al 3. Nada. Cuando tocó el número 4, apareció en la
pantalla una palabra en letras verdes —CONTACTO—, además de unos números que
medían la intensidad de la corriente.
Aquello significaba que el número central de la combinación era el cuatro. Tras
guardar las sacas de dinero y los cheques en la última parada del recorrido, el
conductor había pulsado el número 4 para activar la cerradura. El contacto de aquel
número permanecería activado hasta que se introdujera la clave completa y se abriera
la puerta.
Con tres números, las combinaciones posibles eran mil. Pero ahora que sólo
tenían que averiguar el primer y tercer número, la búsqueda se reducía a un centenar
de combinaciones.
Ajeno al aullido del viento, Jack cogió otro instrumento del SLICKS. Este
también estaba conectado por un cable de cincuenta centímetros, pero parecía un
pincel de acuarela con una sola cerda. La cerda brillaba bajo la luz y era más gruesa
que un sedal con una resistencia de veinticinco kilos, aunque flexible. Jack la
introdujo por un resquicio del botón con el número 1 y miró la pantalla del ordenador,
pero no obtuvo recompensa. Cambió la sonda de número en número. La pantalla
parpadeó y, finalmente, mostró el diagrama parcial de un circuito.
La cerda que había introducido por el resquicio no era sino el filamento de un
láser óptico, un pariente más avanzado del sistema que, en las cajas registradoras de
los supermercados, lee los códigos de barras impresos en los envoltorios de los
artículos. El SLICKS no estaba programado para leer códigos de barras, sino para
identificar el esquema de un circuito y mostrarlo en la pantalla, donde no aparecería
nada hasta que no se apuntara con el filamento al circuito o a parte de él. Al hacerlo,
el SLICKS reproducía fielmente el circuito oculto.
Jack tuvo que mover la sonda tres veces, la introdujo en el mecanismo de cierre
en tres posiciones distintas antes de que el ordenador pudiera formar el esquema
completo del circuito a partir de las tres tomas parciales. El diagrama apareció en la
pantalla del ordenador en brillantes líneas y símbolos verdes. Tres segundos después,
el ordenador trazó unos pequeños rectángulos en dos zonas del diagrama para indicar
los puntos donde se podría aplicar fácilmente una derivación. Después superpuso una
imagen del panel de diez dígitos para mostrar el lugar donde se encontraban aquellos

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puntos en relación con la parte del mecanismo que Jack veía.
—Hay un buen lugar para intervenir el circuito bajo el número 4 —dijo Jack.
—¿Es necesario taladrar? —le preguntó Pollard.
—Creo que no.
Jack devolvió la sonda óptica a su lugar y cogió un tercer instrumento fino, que el
creador del SLICKS llamaba «sonda de intervención» y que tenía en su extremo una
malla esponjosa de un material que Jack no conocía. La introdujo por la estrecha
ranura en la base del botón número 4 del mecanismo de cierre, moviéndola
lentamente arriba y abajo, a izquierda y derecha, hasta que el ordenador emitió una
señal sonora y la palabra INTERVENCIÓN brilló en la minúscula pantalla.
Mientras Jack se ocupaba de que la sonda de intervención no se moviera de su
sitio y Chad Zepp mantenía el SLICKS en posición horizontal, Pollard utilizó el
pequeño teclado para introducir unas órdenes. La palabra INTERVENCIÓN fue sustituida
por otras: SISTEMA DE CONTROL ESTABLECIDO. Ahora, el ordenador podía enviar
órdenes directamente al microchip que procesaba las claves de cierre y que situaba
los pernos en posición abierta o cerrada.
Pollard pulsó dos teclas más y el SLICKS comenzó a enviar combinaciones de
tres números al microchip, una combinación cada seis centésimas de segundo, todas
con el 4 como número central. El SLICKS sólo tardó unos segundos en hallar la
combinación correcta: 545.
Los pernos se abrieron con cuatro golpes simultáneos.
Jack devolvió la sonda de intervención a su lugar y desconectó el ordenador. Sólo
habían transcurrido cuatro minutos desde que el disparo reventó la rueda delantera
derecha del camión.
Como un reloj.
Mientras Zepp volvía a colgarse del hombro el SLICKS, Pollard abrió las puertas
traseras del camión blindado. Sólo tenían que coger el dinero.
Zepp rió con satisfacción. Dando un salto de alegría, subió al camión y empezó a
coger abultadas sacas de lona.
Pero Jack aún sentía el vacío y el frío en su interior.
Algunos copos de nieve aparecieron repentinamente en el viento.
El cambio inexplicable que sufría Jack, iniciado dos semanas antes, había
alcanzado el punto culminante. Ya no le importaba desquitarse con la sociedad. Se
sentía indeciso, tan a la deriva como aquellos copos arrastrados por el viento.

Condado de Elko, Nevada

Faye Block encendió el letrero de ocupado para asegurarse de que no serían


molestados.
Sentados alrededor de la mesa de la alegre cocina, en el apartamento del piso

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superior, con las persianas cerradas contra la noche, los Block bebían café y
escuchaban atónitos la historia que les contaba Dom.
El único momento en que mostraron incredulidad fue cuando les contó aquel
imposible baile de lunas de papel en casa de Zebediah Lomack, en Reno. Pero les
describió aquel sorprendente acontecimiento con tal detalle que les erizó el vello de
los brazos y observó que les transmitía su propio asombro y temor.
Parecieron quedar impresionados con las dos fotografías Polaroid que Dom
recibió de un remitente anónimo dos días antes de viajar a Portland. Observaron la
fotografía en la que un sacerdote con cara de zombi estaba sentado frente a un
escritorio y estuvieron seguros de que había sido hecha en una de las habitaciones del
motel. La fotografía de la rubia en la cama con una sonda en el brazo era un primer
plano en la que no se veía ninguna parte de la habitación, pero reconocieron el
estampado floral de la colcha visible en una esquina de la fotografía; era igual a las
que habían usado en algunas habitaciones hasta hacía unos diez meses.
Para sorpresa de Dom, ellos también habían recibido una fotografía similar. Ernie
recordó haberla recibido en un sobre sin remite el 10 de diciembre, cinco días antes
de marcharse a Milwaukee. Faye la cogió del cajón central de la mesa de la oficina y
se inclinaron sobre la mesa de la cocina conspiradoramente, estudiándola. Era una
fotografía de tres personas al sol —un hombre, una mujer y una niña—, frente a la
puerta de la habitación nueve. Los tres vestían pantalón corto, camiseta y sandalias.
—¿Los reconocéis? —les preguntó Dom.
—No —dijo Faye.
—Pero tengo la sensación de que debería reconocerlos —manifestó Ernie.
—Sol… ropa de verano… —indicó Dom—. Podemos estar casi seguros de que
fue hecha hace dos veranos, aquel fin de semana, entre el viernes 6 de julio y el
martes siguiente. Estas tres personas fueron parte de lo que ocurrió. Quizá sean
víctimas inocentes como nosotros. Y nuestro remitente anónimo quiere hacernos
pensar en ellos, que los recordemos.
—Quien haya enviado las fotografías tiene que ser uno de los que nos lavaron el
cerebro. ¿Por qué quiere entonces que recordemos cuando se tomaron tanto trabajo en
hacernos olvidar?
Dom se encogió de hombros.
—Quizá nunca creyó que estuviese bien… lo que nos hicieron. Quizá sólo lo hizo
porque se lo ordenaron y, quizá, sienta desde entonces remordimiento de conciencia.
Quienquiera que sea, tiene miedo de decir lo que sabe. Tiene que hacerlo
indirectamente.
Faye retiró su silla de la mesa con brusquedad.
—Aún no hemos visto el correo de las cinco semanas que hemos estado fuera.
Quizá haya algo.
Mientras les llegaba el eco de los pasos de Faye en la escalera, Ernie dijo:
—Sandy… la camarera del Grille sólo ha abierto las facturas. El resto del correo

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lo guardó en una bolsa de papel. Hemos estado tan ocupados en abrir el motel desde
que vinimos esta mañana que no nos hemos preocupado de ver lo que ha traído el
cartero.
Faye volvió con dos sencillos sobres blancos. Con gran excitación, abrieron el
primero. Contenía una fotografía Polaroid de un hombre tumbado en la cama.
Tendría unos cincuenta años. Cabello negro, algo calvo. En circunstancias normales
habría tenido un aspecto jovial, pues se parecía a W. C. Fields. Pero dirigía una
mirada vacía a la cámara, con el semblante pálido y los ojos de zombi…
—¡Santo cielo, es Calvin! —exclamó Faye.
—Sí —afirmó Ernie—. Cal Sharkle. Es un camionero que viaja de Chicago a San
Francisco.
—Se detiene en el Grille casi siempre que pasa por aquí —dijo Faye—. A veces,
cuando está cansado, se queda a pasar la noche. Calvin es un hombre encantador.
—¿En qué empresa trabaja? —preguntó Dom.
—Es independiente —contestó Ernie—. Tiene su propio camión.
—¿Sabríais cómo poneros en contacto con él?
—Bueno —dijo Ernie—, debemos tener su dirección en el libro de registro… En
algún lugar cerca de Chicago, creo.
—Lo comprobaremos después. Primero veamos qué hay en ese otro sobre.
Faye lo abrió y sacó otra fotografía. Una vez más, se trataba de la fotografía de un
hombre tumbado en una de las camas del Tranquility Motel con una vía intravenosa
en el brazo. Como los otros, tenía un rostro impasible y unos ojos sin vida que le
recordaron a Dom las películas de terror de muertos vivientes.
Pero esta vez todos reconocieron al hombre tumbado en la cama. Era Dom.

Las Vegas, Nevada

Cuando llegó la hora de que Marcie se acostara, estaba sentada en un pequeño


pupitre en un rincón de su habitación, ocupada con su colección de lunas.
Jorja se detuvo en la puerta a observarla. La niña estaba tan enfrascada en su tarea
que no advirtió la presencia de su madre.
Junto al álbum de fotos, tenía una caja de ceras. Marcie estaba inclinada sobre el
pupitre, coloreando cuidadosamente una de las lunas. Aquello era una novedad, y
Jorja se preguntó qué significaba.
En la semana transcurrida desde que Marcie empezó su colección de recortes de
revistas había llenado el álbum. Como no tenía muchos lugares de donde coger las
fotografías, añadió a su colección centenares de dibujos. Utilizando plantillas tan
variadas como monedas, tapaderas, floreros, vasos, latas y dedales, dibujó lunas de
todos los tamaños en papel de cuadernos, papel de estraza, bolsas de papel, sobres y
envoltorios. No empleó desde el principio la mayor parte del tiempo en el álbum, sino

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que cada día le dedicó un poco más que el anterior.
El doctor Ted Coverly, el psicólogo que trataba a Marcie, creía que no había
decrecido la ansiedad generadora del miedo irracional que la niña le tenía a los
médicos. Ahora, la niña expresaba esa inquietud con su interés por la luna. Cuando
Jorja observó que a Marcie no parecía asustarle particularmente la luna, Coverly le
dijo: «Bien, su ansiedad no tiene por qué expresarse mediante una fobia. Puede
aparecer bajo otra forma… como la obsesión». Jorja no entendía las causas de la
ansiedad de su hija. Coverly le dijo: «Ese es el objetivo de la terapia… entenderlas.
No se preocupe, señora Monatella».
Pero Jorja estaba preocupada.
Estaba preocupada porque Alan se había suicidado el día anterior. Jorja aún no le
había comunicado a Marcie la muerte de su padre. Al marcharse del apartamento de
Pepper Carrafield, telefoneó a Coverly para pedirle consejo. El médico se asombró al
saber que Alan también había soñado y sufrido su propia fascinación por la luna.
Tendría que estudiarlo. Mientras tanto, Coverly creyó conveniente no comunicarle la
mala noticia hasta el lunes. «Venga con ella. Se lo diremos entre los dos». Jorja temía
que, a pesar de la desatención de Alan, Marcie quedaría asolada por su muerte.
Mientras permanecía en el umbral del dormitorio, observando a Marcie colorear
una de las lunas, Jorja percibió claramente la fragilidad de la niña. Aunque tenía siete
años y estaba en segundo grado, la silla de tres cuartos seguía siendo demasiado
grande para ella y sólo llegaba al suelo con la punta de las zapatillas de lona. Incluso
para un hombre corpulento armado de músculos, la vida era frágil y cada día era una
lucha contra fuerzas superiores. Pero para una niña tan pequeña como Marcie, la vida
seguía siendo algo completamente milagroso. Jorja comprendió con qué facilidad
podría quedarse sin su preciosa hija y sintió que el amor le invadía y oprimía el
corazón.
Cuando, finalmente, le dijo que era hora de ponerse el pijama y lavarse los
dientes, no pudo evitar que le temblara la voz.
La niña pareció sorprenderse, como si no supiera con certeza dónde se encontraba
ni quién era Jorja. Después se le aclararon los ojos y le dirigió a su madre una mirada
que podía derretir un bloque de mantequilla.
—Hola, mamá. Estoy coloreando lunas.
—Bueno, ya es hora de que te vayas a la cama —dijo Jorja.
—Espera un momento, ¿vale? —La niña parecía relajada, aunque cogía el lápiz
con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos—. Quiero colorear más lunas.
Jorja quería destruir el odioso álbum. Pero el doctor Coverly le aconsejó que no
discutiera con la niña por las lunas y le prohibiera coleccionarlas, porque sólo
reforzaría su obsesión. Jorja no estaba segura de que tuviese razón, pero reprimió el
deseo de destrozar el álbum.
—Mañana tendrás mucho tiempo para colorear, cabeza hueca.
Marcie cerró el álbum de mala gana, guardó los lápices y fue al cuarto de baño a

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cepillarse los dientes.
Sola, junto al pupitre de la niña, Jorja se sintió aplastada por el cansancio.
Además de trabajar la jornada completa, contrató los servicios de una funeraria,
encargó flores y ultimó los detalles en el cementerio para el funeral del lunes.
También telefoneó a Miami para comunicarle al casi desconocido padre de Alan las
malas noticias. Estaba agotada. Abrió el álbum cansadamente.
Rojo. La niña coloreaba todas las lunas en rojo, tanto las que había dibujado
como las recortadas de periódicos y revistas. Ya había pintado más de cincuenta
lunas. La obsesión de la niña por aquel trabajo era evidente en el gran cuidado que
había tenido para que el lápiz no se saliera del círculo de cada luna. Había apretado el
lápiz con más fuerza en cada luna, hasta que algunas tuvieron una capa de cera tan
gruesa que brillaban y parecían húmedas.
El uso exclusivo del color rojo inquietó a Jorja. Casi parecía que Marcie hubiese
vislumbrado el presagio de una oleada de terror, una premonición de sangre.

Condado de Elko, Nevada

Faye Block buscó en los armarios de la oficina y cogió el libro de registro que
habían utilizado el verano antepasado. Al regresar, dejó el libro sobre la mesa de la
cocina, frente a Dom, abierto por la página de los días 6 y 7 de julio, viernes y
sábado.
—Aquí está, como pensábamos Ernie y yo. La noche de aquel viernes fue cuando
cerraron la interestatal al tráfico por el accidente de un camión que se dirigía a
Shenkfield cargado de productos tóxicos. Es una base militar a unos treinta
kilómetros al suroeste de aquí. Tuvimos que cerrar el motel hasta el martes, hasta que
controlaron la situación.
—Shenkfield es un aislado campo experimental de armas químicas y biológicas,
de modo que la basura que llevaba aquel camión debía ser condenadamente peligrosa.
Faye continuó con un nuevo tono impasible, como si recitara unas frases
cuidadosamente memorizadas.
—Levantaron barricadas en la carretera y nos ordenaron evacuar la zona de
peligro. Los huéspedes se marcharon en sus propios vehículos. —Su rostro
permaneció impasible—. A Ned y a Sandy les permitieron ir a su remolque cerca de
Beowawe porque estaba fuera de la zona de cuarentena.
Asombrado y desconcertado, Dom dijo:
—Imposible. No recuerdo ninguna evacuación. Estuve aquí. Recuerdo que estuve
leyendo y estudiando el paisaje para una serie de cuentos…, pero ese recuerdo es tan
débil que sospecho que no es real. No tienen consistencia. A pesar de todo, estuve
aquí y no en otro lugar, y me hicieron algo extraño. —Señaló la foto en la que
aparecía él mismo—. Esa es la prueba.

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Cuando Faye habló, lo hizo en un tono más impasible que antes, y Dom observó
algo extraño en sus ojos, una mirada ligeramente nublada.
—Hasta que se levantó la cuarentena, Ernie y yo nos fuimos con unos amigos que
tienen un pequeño rancho a unos quince kilómetros al sur de aquí… Elroy y Nancy
Jamison. Fue difícil limpiar los vertidos. El Ejército necesitó más de tres días para
hacer el trabajo. No nos permitieron regresar hasta el martes por la mañana.
—¿Qué te ocurre, Faye? —le preguntó Dom.
Faye lo miró con asombro.
—¿Eh? ¿Qué quieres decir?
—Hablabas como… si te hubiesen programado para decir eso.
Faye pareció realmente sorprendida.
—¿Qué quiere decir?
Frunciendo el ceño, Ernie le indicó:
—Faye, lo has dicho con una voz… inexpresiva.
—Bueno, sólo explicaba lo que ocurrió. —Se inclinó sobre el libro de registro y
puso un dedo en la página—. Sí, ya teníamos ocupadas once habitaciones cuando
cortaron la interestatal. Pero nadie pagó, porque se marcharon todos. Fueron
evacuados.
—Aquí está tu nombre, el séptimo de la lista —afirmó Ernie.
Dom vio su firma y la dirección donde residiría en Mountainview, Utah.
Recordaba haberse registrado, pero no recordaba en absoluto haberse vuelto a montar
en el coche para reanudar la marcha aquella misma noche por una orden de
evacuación.
—¿Visteis el camión accidentado?
Ernie negó con la cabeza.
—No. El camión volcó a unos tres kilómetros de aquí. —Lo dijo en el mismo
tono de Faye, como si lo hubiera aprendido de memoria—. Los expertos de la base de
Shenkfield creían que la sustancia química podía dispersarse con el viento, por lo que
la zona en cuarentena era muy extensa.
Estupefacto por la artificiosidad de la voz de Ernie, Dom miró a Faye y observó
que ella también había notado el extraño tono de su marido.
—Así es como hablabas hace un momento, Faye. —Miró a Ernie—. Los dos
habéis sido programados con la misma historia.
Faye arrugó el rostro.
—¿Quieres decir que no hubo ningún accidente?
—Seguro que ocurrió —dijo Ernie—. Recortamos las noticias que el Sentinel de
Elko publicó sobre el accidente. Pero creo que las tiramos al cabo del tiempo.
Además, la gente de los alrededores continúa preguntándose qué habría sucedido si el
viento hubiera dispersado esa sustancia secreta antes de que se diera la orden de
evacuación. No, no es una ilusión nuestra.
—Puedes preguntarles a Elroy y Nancy Jamison —advirtió Faye—. Nos visitaron

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aquella noche. Cuando tuvimos que desalojar el motel, nos invitaron a su casa
mientras durase la cuarentena.
Dom sonrió con amargura.
—No me fiaría mucho de sus recuerdos. Si estuvieron aquí, vieron lo mismo que
nosotros y se lo borraron de la memoria. Recordarán que los invitaron a su casa
porque eso es lo que les dijeron que recordaran. De hecho, quizá no salieron de aquí y
les hicieron un lavado de cerebro como a todos nosotros.
—La cabeza me da vueltas —manifestó Faye—. Esto es realmente extraño.
—Pero, maldita sea, el vertido tóxico y la evacuación ocurrieron de verdad. Lo
publicaron en todos los periódicos.
A Dom se le ocurrió una inquietante idea que le produjo un escalofrío.
—¿Y si la contaminación de algún arma química o biológica destinada a
Shenkfield nos afectó a todos los que estuvimos en el motel? ¿Y si el Ejército y el
Gobierno lo ocultaron para evitar una mala campaña de prensa, pagar millones de
dólares en indemnizaciones y que se conociera una información secreta? Quizá
cerraron la autopista al tráfico y dijeron que todo el mundo había sido evacuado
cuando en realidad no pudieron evacuarnos a tiempo.
Durante un momento, se miraron unos a otros en silencio y desconcertados. No
porque aquella situación pareciera posible, pues no lo parecía, sino porque era la
primera teoría que explicaba los problemas psicológicos que sufrían y las fotografías
de aquellas personas en la cama con unas vías intravenosas.
Después, a Ernie y a Faye empezaron a ocurrírseles objeciones. Ernie expresó la
primera:
—En ese caso, lo más lógico es que hubieran hecho concordar nuestros falsos
recuerdos con la historia de los vertidos tóxicos y la evacuación. Es lo que hicieron
con Faye y conmigo, con los Jamison y con Ned y Sandy Sarver. ¿Por qué no
hicieron lo mismo con usted? ¿Por qué le implantaron recuerdos falsos que no tenían
nada que ver con la evacuación? Eso es ilógico y arriesgado. Quiero decir que la
existencia de diferencias en nuestros recuerdos sería una prueba clara de que a usted,
o a nosotros, o a todos, nos hicieron un lavado de cerebro.
—No sé —dijo Dom—. Es otro misterio que tenemos que desenmarañar.
—Existe otro error en esa teoría —añadió Ernie—. Si nos afectó la contaminación
de un arma biológica, no nos hubiesen dejado marchar a los tres días. Temerían el
contagio, una epidemia.
—De acuerdo —indicó Dom—. Fue un agente químico, no un virus o una
bacteria. Algo que pudiera ser eliminado o extraído de nuestro organismo.
—Eso tampoco tiene sentido —objetó Faye—. Porque en Shenkfield investigan
sustancias mortales. Gas asfixiante. Gas paralizante. Sustancias endemoniadamente
peligrosas. Si nos hubiera afectado una nube de algo así, habríamos muerto
instantáneamente, sufriríamos daños irreversibles en el cerebro o deformaciones.
—Quizá sea un agente que actúe con lentitud —advirtió Dom—. Algo que

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provoque tumores, leucemia u otras enfermedades que comienzan a manifestarse al
cabo de dos, tres o cinco años de la contaminación.
Aquello también les hizo enmudecer. Oyeron el tictac del reloj de la cocina y el
quejumbroso gemido del viento tras las ventanas y se preguntaron si se estarían
incubando enfermedades en sus cuerpos en aquel mismo momento.
Finalmente, Ernie dijo:
—Quizá nos hayamos contaminado y nos estemos pudriendo por dentro, pero no
lo creo. Después de todo, en Shenkfield experimentan con armas potenciales. ¿De
qué sirve un arma que tarde años y años en matar al enemigo?
—Prácticamente de nada —admitió Dom.
—¿Y cómo explicaría la contaminación química la extraña experiencia que
tuviste en casa de Lomack? —preguntó Ernie.
—No tengo la menor idea —dijo Dom—. Pero ahora que sabemos que
acordonaron esta zona con la excusa de un vertido tóxico, sea real o no, mi teoría del
lavado de cerebro resulta mucho más verosímil. ¿No lo entendéis? Ayer no podía
explicarme cómo nos podrían haber retenido el tiempo suficiente para hacernos
olvidar lo que vimos. Pero la cuarentena les proporcionó el tiempo que necesitaban y
mantuvo a los curiosos apartados del lugar. Así que…, ahora al menos tenemos una
buena idea de quién es nuestro oponente. El Ejército de los Estados Unidos, quizá
con el respaldo del Gobierno o, quizá, actuando por su cuenta, intenta ocultar algo
que ha pasado aquí, algo que hizo y que no debió hacer. No sé lo que pensáis
vosotros, pero la idea de enfrentarme contra un enemigo tan poderoso y, en potencia,
tan implacable me pone los pelos de punta.
—Un ex infante de marina como yo siempre tiene motivos para quejarse del
Ejército —manifestó Ernie—. Pero no son demonios, ¿sabes? No podemos llegar a la
conclusión de que somos víctimas de una conspiración de derechas. Los escritores
paranoicos y los guionistas de Hollywood ganan millones con esa basura, pero, en la
vida real, el mal es más sutil, menos identificable. Si hay militares o políticos tras lo
que nos ocurrió, no lo hicieron necesariamente por motivos inmorales.
Probablemente, actuaron de la forma más indicada en aquellas circunstancias.
—Fuera o no lo más indicado —dijo Faye—, tenemos que aclarar la situación. Si
no lo hacemos, la nictofobia de Ernie se agravará con toda seguridad. Y su
sonambulismo también se agravará. ¿Y entonces qué?
Todos sabían «qué». «Y entonces qué» significaba el cañón de una pistola en la
boca, el camino a la paz que eligió Zebediah Lomack.
Dom miró el libro de registro del motel que tenía ante sí. Cuatro casilleros por
encima de su nombre, vio otro nombre que lo electrizó. Doctora Ginger Weiss. La
dirección era de Boston.
—Ginger —dijo—. El cuarto nombre escrito en los carteles de la luna.
Cal Sharkle, el camionero de Chicago amigo de los Block, el tipo con ojos de
zombi de una de las fotografías, se registró en el motel justo antes de la doctora

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Weiss. Los primeros huéspedes en registrarse aquel día fueron el señor y la señora
Rykoff e hija, de Las Vegas. Dom estaba dispuesto a apostar que era la joven familia
fotografiada en la puerta de la habitación nueve. El nombre de Zebediah Lomack no
aparecía en el libro, por lo que, probablemente, tuvo la mala suerte de detenerse
aquella noche a cenar en el Grille cuando viajaba de Elko a Reno. Uno de los
restantes nombres podía ser el del joven sacerdote de la fotografía, pero, en ese caso,
había firmado sin añadir su título.
—Tendremos que llamar a todas estas personas —dijo Dom excitadamente—.
Será lo primero que hagamos mañana. Veremos qué recuerdan de aquellos días de
julio.

Chicago, Illinois

Al no permitir que se abriera la más mínima fisura en su resolución y al no


mostrar ningún tipo de ambigüedad, Brendan consiguió el permiso del padre Wycazik
para ir solo a Nevada el lunes, sin monseñor Janney siguiéndole los pasos tras la
expectativa de un milagro.
A las diez y diez estaba en la cama con las luces apagadas, tumbado de lado en la
oscuridad, mirando a la ventana, donde una débil luz brillaba en la escarcha que
cubría el cristal. La ventana se asomaba al patio, donde no había luces encendidas a
aquella hora, por lo que Brendan sabía que veía el brillo indirecto de la luna reflejado
por la fina capa de hielo soldada al metal. Tenía que ser una luz indirecta, porque la
luna, al trazar su curso en el cielo, fue visible desde las ventanas del estudio a
primeras horas de la noche, y el estudio se encontraba en lado opuesto de la casa
parroquial; la luna no podía encontrarse ahora sobre el patio a menos que hubiera
realizado un brusco giro de noventa grados con respecto a su curso anterior, lo que no
era posible. Mientras esperaba pacientemente a que le llegara el sueño, comenzaron a
llamarle la atención los tenues dibujos creados por los rayos indirectos de la luna
atrapados por la escarcha; la luz se refractaba en los lugares donde un cristal de hielo
se superponía a otro. Cada haz de luz se abría en cien rayos y, después, en cien más.
—La luna —susurró, sorprendido por su voz—. La luna.
Gradualmente, Brendan advirtió que ocurría algo extraño.
Al principio, simplemente le atraía la armónica interacción de la escarcha y los
rayos de luna, pero pronto la atracción evolucionó a una fascinación más intensa. No
podía apartar la vista de la ventana nacarada. Le ofrecía una promesa indefinida, y se
dejó llevar como el pescador atraído por el canto de la sirena. Antes de reparar en lo
que hacía, sacó un brazo de la cama y lo extendió hacia la ventana, aunque se
encontraba a tres metros de distancia y no la podía tocar desde donde estaba. La
silueta negra de su mano, con los dedos extendidos, se recortaba claramente contra el
niveo cristal que emitía un débil resplandor, y su inútil intento era la esencia del

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anhelo. Brendan anhelaba introducirse en la luz, no en la luz que reflejaba la
escarcha, sino en aquella luz dorada de sus sueños.
—La luna —susurró, sorprendido otra vez de haber hablado.
El latido de su corazón se aceleró. Comenzó a temblar.
De repente, sobre el cristal, la capa azucarada de escarcha experimentó un cambio
inexplicable. Mientras Brendan miraba, la fina capa comenzó a fundirse por las
esquinas del cristal hacia el centro. En pocos segundos, al dejar de derretirse, sólo
quedó un círculo perfecto de hielo, de unos veinticinco centímetros de diámetro,
brillando misteriosamente en el centro de un rectángulo de cristal limpio, seco y
oscuro.
La luna.
Brendan sabía que era una señal, aunque ni la entendía ni sabía de dónde ni de
quién procedía.
Al parecer, la noche de Navidad, cuando estaba en casa de sus padres, en
Bridgeport, Brendan soñó con la luna, pues despertó a sus padres con gritos de
pánico. Pero no recordaba nada del sueño. Desde entonces, por lo que sabía, no soñó
más con la luna, sino exclusivamente con aquel lugar donde brillaba una cegadora luz
dorada, donde se sentía llamado a una increíble revelación.
Entonces, cuando aún tenía el brazo extendido hacia la luminosa escarcha de la
ventana, el débil brillo fosforescente del borde se intensificó como si se estuviera
produciendo una peculiar reacción química en el interior de los cristales de hielo. La
forma lunar cambió de un tinte lechoso al blanco resplandeciente de la nieve bajo el
sol, después el brillo se intensificó aún más, hasta convertirse en un círculo plateado
que centelleaba en el cristal.
Con el corazón latiéndole aceleradamente, convencido de que se hallaba al borde
de un momento trascendental, Brendan mantuvo el brazo extendido hacia la ventana
y se quedó mudo de asombro cuando la luna de escarcha lanzó un rayo de luz sobre la
cama. Parecía la luz de un foco y brillaba con la misma intensidad. Mientras
contemplaba el resplandor con los ojos entrecerrados para tratar de averiguar cómo
era posible que de la escarcha y el cristal surgiera aquella llameante incandescencia,
la luz cambió a un rojo pálido, después a rojo oscuro, carmesí y escarlata. A su
alrededor, las arrugadas sábanas brillaban como acero fundido, y su brazo extendido
parecía bañado en sangre.
Estaba poseído por un déjà vu, absolutamente convencido de que alguna vez
estuvo en realidad bajo una luna escarlata, bañado por su sangriento resplandor.
Aunque ansiaba comprender de qué forma se relacionaba aquella luz con la
maravillosa luz de sus sueños, aunque no dejaba de sentir la llamada de algo
desconocido que se ocultaba en aquel resplandor, experimentó un temor repentino. Al
acentuarse los rayos de color escarlata, cuando su dormitorio se convirtió en un horno
lleno de llamaradas que no quemaban y de sombras rojas, su temor se transformó en
un terror tan intenso que le hizo estremecerse y sudar.

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Al retraer el brazo, el color escarlata de la luz se convirtió en plateado, que
también palideció hasta que el círculo de escarcha en la ventana reflejó únicamente el
brillo natural de la luna de enero.
Cuando la oscuridad se cernió de nuevo sobre el dormitorio, Brendan se sentó en
la cama y encendió apresuradamente la lámpara. Empapado en sudor, tan poseído por
el terror como cualquier niño asustado por fantasías de espectros caníbales, se
aproximó a la ventana. El círculo helado aún continuaba allí, una forma lunar en el
centro de un cristal seco.
Se preguntaba si la luz no habría sido un sueño o una alucinación, casi deseó que
sólo fuera aquello, pero la luna de escarcha seguía allí, no era una ilusión.
Vacilante, tocó el cristal. No sintió nada anormal. Sólo el intenso frío invernal
apretándose contra el cristal.
Con un sobresalto, sintió los anillos inflamados en las manos. Se miró las palmas
y vio que el estigma desaparecía.
Volvió a la cama. Permaneció sentado un rato, apoyado en la cabecera de la cama,
con los ojos abiertos y la luz encendida, armándose de coraje para volver a
sumergirse en la oscuridad.

Condado de Elko, Nevada

Ernie se encontraba junto a la bañera, esforzándose en recordar lo que pensó y


experimentó exactamente en la madrugada del sábado 14 de diciembre, cuando sintió
el extraño impulso de abrir la ventana y sufrió aquella espantosa alucinación.
Dominick Corvaisis, el escritor, también estaba junto a la bañera, y Faye miraba
desde la puerta.
El reflejo de la lámpara del techo y de la luz sobre el espejo transmitía calor al
enlosado de cerámica, brillaba en los accesorios cromados y en el mango de la ducha,
hacía que la cortina de plástico de la bañera emitiera un brillo opaco y, poco a poco,
iluminó los recuerdos que Ernie buscaba.
—La luz. Vine aquí por la luz. El temor a la oscuridad estaba en su punto álgido,
y trataba de ocultárselo a Faye. No podía dormir, me levanté, cerré la puerta y… me
quedé aquí gozando con la luz. —Contó cómo la ventana sobre la bañera atrajo su
mirada y cómo sintió el impulso apremiante e irracional de escapar—. Es difícil de
explicar. Pero se formó un torbellino de locos pensamientos. Por algún motivo, sentí
pánico. Pensé: «Esta es mi única oportunidad de escapar, tengo que aprovecharla,
tengo que salir por la ventana, ir a las colinas… buscar un rancho, pedir ayuda».
—¿Ayuda para qué? —le preguntó Corvaisis—. ¿Por qué necesitabas ayuda?
¿Por qué sentías el impulso de huir de tu propia casa?
Ernie frunció el ceño.
—No tengo la menor idea. —Recordaba cómo se sentía aquella noche, el temor,

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la extraña mezcla de apremio y ensueño. Señaló la ventana—. Lo cierto es que
descorrí el cerrojo. Abrí la ventana. Hubiese salido, pero vi a alguien fuera. En el
tejado del cobertizo.
—¿A quién? —le interrogó Corvaisis.
—Parece estúpido. Era un tipo con equipo de motorista. Casco blanco con visera
oscura. Guantes negros. De hecho, extendió un brazo hacia la ventana, como si
quisiera atraparme, y yo retrocedí y caí sobre la bañera.
—Fue entonces cuando vine corriendo —dijo Faye.
—Me levanté —continuó Ernie—, volví a la ventana, miré al tejado. No vi a
nadie. Sólo había sido una… alucinación.
—En los casos agudos de fobia —añadió Faye—, cuando el enfermo sufre una
inquietud constante, se pueden producir alucinaciones.
El escritor contempló la ventana opaca sobre la bañera, como si esperase hallar la
revelación de algún secreto vital en la lisa superficie lechosa del cristal. Por último,
dijo:
—No fue exactamente una revelación. Tengo la impresión de que lo que dices,
Ernie, era…, bueno, digamos que era un resquicio en la memoria por el que viste el
verano antepasado. Aquellos días perdidos. El 14 de diciembre, por un momento, los
recuerdos reprimidos salieron a la superficie. Fue la imagen retrospectiva de un
momento en que realmente estuviste prisionero en esta casa y en el que intentaste
escapar.
—¿Y me detuvo aquel tipo del tejado del cobertizo? Pero ¿qué hacía con un casco
de motorista? ¿No te extraña?
—Un hombre con un equipo de descontaminación —dijo Dom—, de los que
enviaron para ocuparse del escape de productos químicos o de bacterias, llevaría un
casco hermético.
—Descontaminación —dijo Ernie—. Si llevaban esos trajes, tuvo que producirse
un vertido.
—Quizá —admitió Dom—. No sabemos lo suficiente como para afirmarlo.
—Si en realidad todos sufrimos esa experiencia —manifestó Faye—, como
piensas, ¿cómo es posible que sólo tú, Ernie y ese tal Lomack sufran las
repercusiones? ¿Por qué no tengo yo pesadillas ni padezco problemas psicológicos?
El escritor volvió la vista a la ventana.
—No lo sé. Esas son algunas de las preguntas que tenemos que responder si
queremos conservar la esperanza de acabar con el desasosiego que esta experiencia
ha creado en nuestro subconsciente, si queremos mantener la esperanza de vivir una
vida normal.

De Connecticut a Nueva York

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Tras sacar el dinero del camión, Jack y sus hombres se largaron en las furgonetas
camufladas y las aparcaron a unos quince kilómetros de allí, en un garaje donde
alquilaron cuatro plazas con documentos falsos y donde dejaron sus automóviles. El
garaje consistía en una larga hilera de aparcamientos a ambos lados de un callejón
lleno de basura, en un sucio barrio donde las descuidadas leyes de ordenación urbana
permitían la mezcla de zonas comerciales e industriales con viviendas. La zona se
caracterizaba por la pintura desconchada, la suciedad, las farolas rotas, los almacenes
vacíos y los perros callejeros de aspecto deplorable.
Vaciaron el contenido de las sacas en el aceitoso piso de cemento del garaje y
contaron apresuradamente el dinero en efectivo. Lo dividieron en cinco partes de
trescientos cincuenta mil dólares aproximadamente, todo en billetes usados
ilocalizables.
Jack no experimentó sensación de triunfo ni emoción alguna. Nada.
En cinco minutos, la banda se había dispersado como las plumosas semillas de
dientes de león con el viento. Como un reloj.
Cuando Jack se dirigía a su casa, en Manhattan, caían ligeras ráfagas de nieve,
pero no con la suficiente intensidad como para cubrir la autopista o afectar al tráfico.
Durante el trayecto de Connecticut a Nueva York, en un extraño estado de ánimo,
experimentó un cambio con el que no había contado. Minuto a minuto y kilómetro a
kilómetro, la emoción volvió a iluminar su interior gris; el hastío cedió ante nuevas
emociones. No le hubiera sorprendido una nueva oleada de tristeza o soledad, porque
Jenny había muerto sólo diecisiete días antes. La emoción que se apoderó lentamente
de él fue la culpa. El dinero robado, guardado en el maletero del automóvil, comenzó
a pesar en su conciencia como si fuera el primer objeto de procedencia ilegítima que
cayera en sus manos.
En ocho ajetreados años de robos planeados meticulosamente y ejecutados con
éxito, algunos a mayor escala que el del camión de Guardmaster, jamás experimentó
la menor sensación de culpa. Hasta ahora. Siempre lo consideró una venganza. Hasta
ahora.
Atravesando la ventosa noche invernal en dirección a Manhattan, comenzó a
verse como poco más que un vulgar ladrón. La culpa se pegó a él como las moscas al
papel insecticida. Trató repetidamente de quitársela de encima. No lo consiguió.
Aunque pareciera repentina, la culpa llevaba largo tiempo gestándose; allí era
donde conducía la creciente insatisfacción que experimentaba desde hacía meses.
Comenzó a notar la desilusión en el robo de la joyería, en octubre, y Jack creyó que
los cambios comenzaron entonces. Pero ahora, forzado al autoanálisis, comprendió
que su trabajo había dejado de producirle satisfacción mucho antes. Al retroceder con
el pensamiento, buscando el último trabajo que le produjo plena satisfacción, se
sorprendió al descubrir que fue el golpe de McAllister, en el condado de Marín, al
norte de San Francisco, el verano anterior.

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Normalmente, sólo trabajaba en el este para estar cerca de Jenny, pero Branch
Pollard —con quien acababa de dar el golpe del camión de Guardmaster— se
estableció una temporada en California y, en aquellas vacaciones junto al Pacífico,
supo de un tal Avril McAllister, una oveja en espera de ser esquilmada. McAllister,
un empresario con un patrimonio de doscientos millones de dólares, vivía en el
condado de Marín, en una mansión de tres hectáreas rodeada de altos muros, un
complejo sistema electrónico de seguridad y perros guardianes. Con información
procedente de media docena de fuentes, Branch supo que McAllister era
coleccionista de monedas y sellos raros, dos botines sumamente atractivos. Además,
el empresario era jugador, iba a Las Vegas tres veces al año y se gastaba un cuarto de
millón en cada visita, pero a veces ganaba una fortuna; siempre se llevaba las
ganancias en efectivo para evitar el pago de impuestos y, con toda seguridad,
guardaría parte de aquel dinero en la mansión. Branch necesitaba las aptitudes
estratégicas y la experiencia de Jack en explosivos, y Jack necesitaba un cambio de
escenario, de forma que dieron el golpe con la ayuda de un tercer hombre.
Tras un meticuloso estudio, no tuvieron problemas para introducirse en la casa.
Iban equipados con un instrumento electrónico de escucha que detectaba y
amplificaba el débil chasquido de las guardas de las cerraduras, por lo que averiguar
la combinación sería un simple juego de niños, aunque, para mayor seguridad,
llevaban un equipo completo de cerrajero y un explosivo plástico. El único problema
fue que Avril McAllister no tenía una simple caja fuerte. Tenía una cámara acorazada.
El empresario estaba tan seguro de la inviolabilidad de la puerta de la cámara que no
se preocupaba de ocultarla con un panel deslizante o un tapiz; estaba en una pared de
la inmensa sala de juegos, una imponente puerta de acero inoxidable tan grande como
la de un banco de primera categoría. El aparato de escucha que Jack llevaba no tenía
suficiente sensibilidad para detectar el movimiento de las guardas a través de
cincuenta centímetros de acero inoxidable. El explosivo plástico habría destrozado
cualquier cerradura, pero era una cámara blindada. El equipo de instrumentos para
abrir cajas de caudales era una broma.
Se marcharon sin sellos ni monedas, pero se llevaron algunos objetos de plata de
ley, una colección completa de primeras ediciones de las obras de Raymond Chandler
y Dashiell Hammett, algunas joyas que la señora McAllister dejó descuidadamente
fuera de la cámara acorazada y otras cosas, por lo que obtuvieron sesenta mil dólares
que dividieron en tres partes. El botín no era despreciable, pero sí más escaso de lo
esperado, insuficiente para cubrir gastos y para que mereciera la pena el tiempo
empleado en la preparación y el riesgo que corrieron.
A pesar de la debacle, el golpe le produjo a Jack gran satisfacción. Al alejarse de
la casa de McAllister, él y Branch tuvieron suficiente sentido del humor como para
reírse del fracaso. Descansaron dos días bajo el sol de California; después, a Jack se
le antojó ir a Reno con los veinte mil dólares para ver si la fortuna lo trataba mejor
con los dados y el blackjack que con el robo. Veinticuatro horas después de

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registrarse en Harrah’s, se marchó tras haber convertido los veinte mil dólares en
unos asombrosos ciento siete mil cuatrocientos cincuenta y cinco. La exquisita
simetría por la que el dinero de la mala suerte atrajo a la buena suerte le pareció
enormemente atractiva. Decidiendo prolongar las vacaciones, alquiló un automóvil y
regresó a Nueva York por carretera, atravesando todo el país, en un excelente estado
de ánimo, siempre pensando en Jenny.
Ahora, más de dieciocho meses después, al aproximarse a Manhattan de regreso
de Connecticut, Jack comprendió que, curiosamente, el chasco en casa de McAllister
fue el último golpe que le produjo verdadera satisfacción. En aquel momento, inició
un largo viaje por el espectro de la moralidad, desde el extremo inferior de la
amoralidad hasta lograr, una vez más, sentir la culpa.
Pero ¿por qué? ¿Qué le había provocado el cambio? ¿Qué seguía impulsándolo?
Todo cuanto sabía era que ya no podía seguir considerándose un bandido
melancólico y romántico con la única misión de devolver los golpes que recibieron su
querida esposa y él. No era más que un vulgar ladrón. Había estado engañándose
durante ocho años. Ahora se veía como era en realidad, y aquella repentina visión
resultaba asoladora.
No se había convertido simplemente en un hombre sin propósitos. Peor aún, sin
haber reparado en ello, había pasado ocho años sin perseguir un objetivo que
mereciera la pena.
Recorrió las calles de Manhattan, sin dirigirse a ningún sitio en particular, pero
sin desear volver inmediatamente al apartamento.
Pronto se encontró en la Quinta Avenida, acercándose a la catedral de San
Patricio; impulsivamente, se aproximó al bordillo y aparcó en un lugar prohibido,
frente a las puertas de la gran catedral. Salió del automóvil, se dirigió a la parte
posterior, abrió el maletero y sacó media docena de fajos de billetes de veinte dólares
de una bolsa de basura.
Era una temeridad dejar el automóvil aparcado en un lugar prohibido y tan
destacado cuando guardaba en el portaequipajes más de un tercio de millón de
dólares robados, un instrumento obtenido ilegalmente, como era el SLICKS, y varias
armas. Si se detenía un policía a multarlo, si sospechaba y registraba el automóvil,
Jack estaría acabado. Pero aquello había dejado de preocuparle. En cierto modo, era
un muerto que aún caminaba, como Jenny fue una muerta que no dejaba de respirar.
Aunque no era católico, abrió una de las puertas de bronce de San Patricio y entró
en la nave; a pesar de la hora, había algunas personas arrodilladas en los primeros
bancos, orando o rezando el rosario, y un anciano que encendía una vela. Jack
permaneció un momento contemplando el elegante retablo tras el altar principal.
Después localizó el cepillo de los pobres, sacó los fajos de billetes de veinte dólares
del bolsillo interior de la chaqueta de invierno, rompió las tiras de papel que los
ceñían e introdujo los billetes en la caja como si tirase la basura en un cubo.
Al salir y bajar la escalinata de granito, se detuvo bruscamente y miró con

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sorpresa el nocturno paisaje urbano, pues algo había cambiado en la Quinta Avenida.
Mientras los escasos, pero gruesos, copos de nieve descendían perezosamente en
espiral entre el resplandor de las farolas y de los faros de los coches que se deslizaban
por la avenida, Jack advirtió gradualmente que la ciudad había recuperado una
fracción del brillo, el atractivo y el misterio que tuvo antes de marcharse a
Centroamérica, pero que no había poseído durante años. Ahora parecía más limpia
que en mucho tiempo, y el aire era más fresco, estaba menos contaminado.
Mirando a su alrededor con asombro, comprendió lentamente que no era la ciudad
la que había sufrido una metamorfosis en los últimos minutos. Era la misma ciudad
de una hora antes…, la misma de ayer. Era él quien se había convertido en un hombre
distinto al que se marchó a Centroamérica, incapaz de ver algo bueno en la metrópoli
o en cualquier otra obra de la sociedad que odiaba. Gran parte de la tristeza y la
degeneración de la Gran Manzana no era sino un mero reflejo de su propio interior
desolado, carbonizado, corrompido.
Jack volvió al Camaro, se dirigió hacia el Oeste, en dirección a la Sexta Avenida,
y después al Norte, hacia Central Park, giró a la derecha y, después, volvió a girar a la
derecha para bajar por la Quinta Avenida en dirección Sur, hasta llegar a la iglesia
presbiteriana. Una vez más, aparcó en lugar prohibido, cogió dinero del
portaequipajes y entró en la iglesia.
No había cepillo de los pobres como en San Patricio, pero vio a un joven pastor
que se disponía a cerrar la iglesia. Jack sacó de varios bolsillos fajos de billetes de
diez y veinte dólares apretados con aros de goma y se los entregó al sorprendido
clérigo diciéndole que había ganado una fortuna en los casinos de Atlantic City.
En dos paradas, había repartido treinta mil dólares. Pero no era ni un décimo de la
cantidad que se trajo de Connecticut, y las limosnas no aliviaron su culpa. De hecho,
su reencontrada vergüenza se fortalecía por momentos. La bolsa del dinero en el
portaequipajes le parecía aquel corazón delator enterrado bajo el entarimado del suelo
en el cuento de Poe, el latido anunciador de su culpa, y deseaba librarse de ella como
el narrador del cuento de Poe ansiaba acallar el latido incriminatorio del corazón de la
víctima descuartizada.
Aún le quedaban ciento treinta mil dólares. Para algunos neoyorquinos, la
Navidad estaba a punto de llegar con dos semanas y media de retraso.

Condado de Elko, Nevada

Aquel verano, Dom durmió en la habitación veinte. Lo recordaba bien porque era
la última habitación del ala este del motel.
La curiosidad de Ernie Block era más irresistible que su nictofobia, por lo que
decidió acompañar a Faye y a Dom a la habitación veinte, donde esperaban que los
recuerdos de Dom surgieran entre las paredes y muebles familiares. Ernie caminaba

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entre Faye y Dom, que lo llevaban del brazo. Al recorrer la galería exterior en la
noche helada, Dom se alegró de llevar la chaqueta forrada de piel. Más preocupado
por la oscuridad que por el frío, Ernie mantuvo los ojos cerrados durante todo el
camino.
Faye entró en primer lugar, encendiendo las luces y corriendo las cortinas. Dom
la siguió con Ernie, que abrió los ojos sólo cuando Faye cerró la puerta.
Al entrar en la habitación, Dom sintió inquietud. Se aproximó a la cama doble y
la contempló. Intentó acordarse de cuando estuvo allí tumbado, narcotizado e
indefenso.
—La colcha no es la misma, desde luego —dijo Faye.
La fotografía Polaroid mostraba una colcha con un estampado de flores. El nuevo
modelo era a rayas azules y marrones.
—La cama es la misma, y los muebles también —manifestó Ernie.
El cabezal acolchado estaba tapizado con un grueso tejido marrón, ligeramente
raído y desgastado. Las mesillas de noche eran dos sencillas cómodas de madera de
nogal chapada. Los pies de las lámparas imitaban grandes farolas y eran de metal
negro, con dos paneles de cristal ahumado de color ámbar a cada lado; las pantallas
eran de una tela del mismo color crema que el cristal del pie. Cada lámpara tenía dos
bombillas: la principal, tras la pantalla, era la que más alumbraba; la segunda, en el
interior del pie, tenía forma de vela y daba una débil luz vacilante que imitaba una
llama y se encendía sólo por su efecto decorativo, para reforzar el parecido con una
farola.
Ahora que estaba allí, Dom recordaba todos los detalles del lugar y le dio la
impresión de que una multitud de fantasmas flotaba atormentadoramente por la
habitación, manteniéndose fuera del alcance de la vista. En lugar de espíritus, los
fantasmas eran realmente terribles recuerdos y no flotaban por la habitación, sino en
los umbríos rincones de su propia mente.
—¿Recuerdas algo? —le preguntó Ernie—. ¿Lo recuerdas?
—Me gustaría echar un vistazo al cuarto de baño —dijo Dom.
Era pequeño y estrictamente funcional, con ducha pero sin bañera, suelo de
baldosas moteadas y duraderas repisas de fórmica.
A Dom le interesaba el lavabo, pues seguramente era el de su pesadilla recurrente.
Pero cuando miró la taza, se sorprendió al ver que tenía un tapón mecánico. Además,
a dos centímetros bajo el borde de la taza, el desagüe consistía en tres agujeros
redondos, un diseño más moderno que el de las seis aberturas romboidales inclinadas
del lavabo de sus sueños.
—No es el mismo —aseguró—. El lavabo era antiguo, tenía un tapón de caucho
unido a una cadena que colgaba del grifo de agua fría.
—Renovamos las instalaciones continuamente —dijo Ernie desde la puerta.
—Ese lavabo lo quitamos hace ocho o nueve meses —manifestó Faye—.
También cambiamos entonces las repisas de formica, aunque siguen siendo del

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mismo color.
Dom sufrió una decepción porque estaba convencido de que, al menos, algunos
recuerdos de aquellos días perdidos comenzarían a volver a él cuando tocase el
lavabo. Después de todo, a juzgar por el intenso terror de la pesadilla, en aquel
mismo lugar le había sucedido algo terrible; por lo tanto, parecía probable que el
lavabo actuase como un pararrayos sobre los recuerdos que vagaban por las tinieblas
de su subconsciente cargados de electricidad y atrajese el relámpago repentino de la
memoria. Puso las manos en el nuevo lavabo, pero sólo sintió la fría porcelana.
—¿Algo? —le preguntó Ernie de nuevo.
—No —respondió Dom—. Ningún recuerdo…, pero sí malas vibraciones. Creo
que la habitación puede romper las barreras si le doy tiempo. Dormiré aquí esta
noche, dejaré que haga efecto… si no tenéis inconveniente.
—No hay problema —dijo Faye—. La habitación es tuya.
—Tengo la impresión de que la pesadilla será esta noche peor que nunca.

Laguna Beach, California

Aunque Parker Faine era uno de los artistas norteamericanos contemporáneos


más respetados, aunque los principales museos adquirían regularmente sus obras,
aunque le habían encargado obras para el presidente y otras luminarias, no era tan
viejo ni, desde luego, tan circunspecto como para no emocionarse con la intriga en la
que se había visto envuelto para ayudar a Dominick Corvaisis. Para ser un artista
famoso se necesitaba madurez, una percepción equilibrada, sensibilidad y dedicación
plena, pero también había que poseer la curiosidad, la capacidad de asombro, la
inocencia y las ganas de divertirse de los niños. Parker tenía más de todo eso que la
mayoría de los artistas; así, cumplió la misión que Dom le había asignado con un
espíritu aventurero.
Cada día, al recoger el correo de Dom, Parker fingía ocuparse de sus asuntos sin
mostrar la menor sospecha de encontrarse bajo vigilancia, pero dirigía miradas
furtivas a su alrededor para ver si lo seguía algún policía, espía o lo que quiera que
fuese. Nunca vio que nadie lo observara, nunca notó que lo vigilaran, no detectó a
ningún perseguidor.
Y cada noche, cuando salía de casa y se dirigía a un teléfono público distinto a
esperar la llamada convenida con Dom, daba un rodeo de varios kilómetros,
efectuando repentinos cambios de dirección para despistar a un posible perseguidor,
hasta estar seguro de que no lo seguían.
Unos minutos antes de las nueve de la noche del sábado, llegó por el
procedimiento habitual a una cabina telefónica junto a la estación de ferrocarril. Caía
una fuerte lluvia que se deslizaba por las paredes de plexiglás, distorsionando el
mundo al otro lado y ocultando a Parker de miradas indiscretas.

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Vestía una gabardina y un sombrero impermeable con el ala vuelta hacia abajo
para que escurriese la lluvia. Se sentía como si fuera un personaje de alguna novela
de John Le Carré. Le encantaba.
A las nueve en punto sonó el teléfono. Era Dom.
—Estoy en el Tranquility Motel, según lo previsto. Éste es el lugar, Parker.
Dom tenía mucho que contarle: la extraña experiencia en el Tranquility Grille, la
nictofobia de Ernie Block… A medias palabras, se las arregló para decirle que los
Block también habían recibido extrañas fotografías.
La discreción era esencial; si el Tranquility Motel era en realidad el centro de los
olvidados acontecimientos del verano antepasado, los teléfonos de los Block podían
estar intervenidos. Si los oían hablar de fotografías, sabrían que tenían un traidor en
sus filas, y no tardarían en identificarlo, con lo que ya no recibirían más notas ni
fotografías.
—Yo también tengo noticias —dijo Parker—. Wycombe, tu editora, ha dejado un
mensaje en el contestador automático. Ya hay otra edición de Crepúsculo en
Babilonia, ahora hay unos cien mil ejemplares repartidos por todas las librerías del
país.
—¡Santo cielo, me había olvidado del libro! Desde que me ocurrió aquello en
casa de Lomack, sólo he pensado en esta locura.
—La señora Wycombe quiere comunicarte otras buenas noticias; tienes que
ponerte en contacto con ella en cuanto puedas.
—Lo haré. A propósito…, ¿has visto alguna película interesante? —preguntó
Dom indirectamente, refiriéndose a las fotografías.
—No. Ni he leído ningún libro entretenido. —Cuando las luces de los coches
barrían la cabina, la delgada lámina de agua en las paredes transparentes brillaba con
un granuloso y trémulo resplandor. Parker dijo—: Pero ha venido algo en el correo
que te va a dejar de piedra, chaval. Tú has identificado a tres de las personas cuyos
nombres aparecían escritos en los carteles de casa de Lomack. ¿Te gustaría saber
quién es la cuarta?
—¿Ginger? Olvidé decírtelo. Creo que su nombre está en el libro de registro. La
doctora Ginger Weiss, de Boston. Pienso llamarla mañana.
—Vaya, yo esperaba darte un notición. Pero te sorprenderá saber que hoy has
recibido una carta de la doctora Weiss. La envió a Random House el 26 de diciembre,
pero se traspapeló. En fin, se encuentra en una situación límite, entonces cae en sus
manos tu libro, ve tu fotografía y tiene la sensación de que te ha visto antes, que eres
parte de lo que le sucede.
—¿Tienes ahí la carta? —le preguntó Dom excitadamente.
Parker la tenía en la mano, esperando. La leyó mientras lanzaba miradas furtivas a
la noche al otro lado de la cabina.
—Tengo que llamarla inmediatamente —dijo Dom cuando Parker terminó de
leerle la carta—. No puedo esperar a mañana. Te llamaré mañana, a las nueve en

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punto.
—Si me vas a telefonear desde el motel, donde es probable que los teléfonos
estén intervenidos, no tiene sentido que yo vaya a una cabina.
—Tienes razón. Te llamaré a casa. Cuídate —indicó Dom.
—Tú también. —Parker colgó el auricular algo confundido. Contento porque se
habían acabado aquellas inconvenientes salidas nocturnas en busca de una cabina,
pero también convencido de que se perdería la intriga.
Salió de la cabina, bajo la lluvia, y casi sufrió una decepción cuando nadie le
disparó.

Boston, Massachusetts

Pablo Jackson fue enterrado aquella mañana, pero permaneció junto a Ginger
toda la tarde y la noche. Su recuerdo le perseguía, como un fantasma, como una
aparición sonriente en las cámaras de su mente.
Permaneció sola en la habitación de invitados de Baywatch; intentó leer, pero no
pudo concentrarse. Cuando no le acosaban los recuerdos del viejo mago, le corroía la
preocupación y se preguntaba qué sería de ella.
Se metió en la cama un cuarto de hora después de la medianoche y estaba a punto
de apagar la luz cuando Rita Hannaby fue a decirle que Dominick Corvaisis estaba al
teléfono y que podía hablar desde el estudio de George, junto al dormitorio principal.
Emocionada e inquieta, se puso una bata sobre el pijama.
El acogedor estudio, con paneles de madera de roble, estaba en penumbras. Había
una alfombra china de color crema y verde, y una lámpara de cuentas de vidrio que
era de Tiffany o una excelente imitación.
Los ojos soñolientos de George demostraban que la llamada lo había despertado.
Comenzaba a operar muy temprano y, generalmente, se acostaba a las nueve y media.
—Lo siento —le dijo Ginger.
—No tienes por qué —respondió George—. ¿No es esto lo que hemos estado
esperando?
—Quizá —advirtió, sin querer esperanzarse en vano.
—Te dejaremos sola —añadió Rita.
—No —les dijo Ginger—. No os vayáis. Por favor. —Fue al escritorio, se sentó y
cogió el auricular—. ¿Dígame? ¿Señor Corvaisis?
—¿Doctora Weiss? —Su voz era fuerte, pero melódica—. Escribirme es lo mejor
que podía haber hecho. No creo que esté loca. Porque no está sola, doctora. Hay más
personas que sufren los mismos problemas.
Ginger intentó responder, pero le falló la voz. Se aclaró la garganta.
—Yo… lo siento… Yo no… no… suelo llorar.
—No intente hablar hasta que se recupere. Le diré cuál es mi problema: el

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sonambulismo. Y las pesadillas… sobre la luna.
Ginger sintió que un escalofrío, mitad de temor y mitad de alegría, le recorría el
cuerpo.
—La luna —repitió—. Nunca recuerdo los sueños, pero deben estar relacionados
con la luna porque me despierto gritando esa palabra.
Corvaisis le habló de un hombre llamado Lomack que vivía en Reno y que murió
por voluntad propia, arrastrado al suicidio por su obsesión con la luna.
Ginger sentía un gran vacío a sus pies, un temor desconocido.
—Nos han lavado el cerebro —dijo bruscamente—. Los problemas que
padecemos son resultado de unos recuerdos reprimidos que tratan de salir a la luz.
Por un momento, se produjo un silencio de sorpresa en la línea. Después, el
escritor comentó:
—Esa era mi teoría, pero usted parece segura.
—Lo estoy. Me sometí a una terapia de regresión hipnótica después de escribirle;
encontramos pruebas de una represión sistemática de la memoria.
—Nos ocurrió algo el verano antepasado —dijo Dominick.
—¡Sí! El verano antepasado. El Tranquility Motel, en Nevada.
—Es desde donde la llamo.
Sorprendida, Ginger le preguntó:
—¿Está ahí ahora?
—Sí. Y si es posible, debería venir. Han sucedido muchas cosas de las que no me
puedo arriesgar a hablar por teléfono.
—¿Quiénes son? —preguntó con desesperación—. ¿Qué ocultan?
—Tendremos más oportunidades de averiguarlo si todos trabajamos juntos.
—Iré. Mañana, si consigo reservar una plaza en algún vuelo con tanta rapidez.
Rita comenzó a decirle que no estaba en condiciones de viajar. Bajo la luz
multicolor de la lámpara de Tiffany, las arrugas de George se hicieron más profundas.
Ginger le dijo a Corvaisis:
—Le haré saber cuándo llegaré.
Al colgar, George le dijo:
—No puedes hacer un viaje tan largo en tu estado.
—¿Y si sufres un ataque violento en el avión? —le preguntó Rita.
—No me ocurrirá nada.
—Querida, el lunes sufriste tres ataques, uno tras otro.
Ginger suspiró y se reclinó en el sillón de cuero verde.
—Rita, George, habéis sido maravillosos conmigo, y nunca podré pagároslo
convenientemente. Os quiero, de verdad. Pero llevo viviendo con vosotros cinco
semanas, cinco desesperadas semanas en las que he sido más una niña necesitada de
cuidados que una persona adulta; ya no puedo seguir así. Tengo que ir a Nevada. No
me queda otra opción. Tengo que ir.

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Nueva York, Nueva York

Un par de bloques más abajo de la iglesia presbiteriana de la Quinta Avenida,


Jack se detuvo de nuevo, esta vez frente a la iglesia episcopal de St. Thomas. En la
nave, contempló fascinado los enormes retablos de piedra de Dunville tras el altar.
Afrontó las miradas extrañamente portentosas que las imágenes —santos, apóstoles,
la Virgen María, Jesucristo— le dirigían desde los oscuros nichos de los muros y
comprendió que el principal propósito de la religión era la expiación de la culpa,
conceder a las personas el perdón por no ser lo que debieran. El género humano
parecía incapaz de vivir según sus posibilidades, y muchos enloquecerían con el
remordimiento si no creyeran que un dios —ya fuese Jesús, Yahvé, Mahoma, Marx o
cualquier otro— los trataba compasivamente a pesar de sus culpas. Pero Jack no
encontró consuelo en St. Thomas, ni expiación a sus pecados, ni siquiera cuando dejó
veinte mil dólares de limosna.
De nuevo en el Camaro, partió a deshacerse del resto del dinero del golpe al
camión de Guardmaster, pero no para aliviar su culpa; no se aliviaría, pues la
redistribución de los bienes no era el equivalente moral de la devolución. Tenía que
expiar demasiadas culpas para confesarlas todas en una noche. Pero no necesitaba ni
quería aquel maldito dinero, no podía tirarlo a la basura, de forma que lo único que
podía hacer era repartirlo.
Se detuvo en más iglesias y templos. Algunos estaban abiertos, otros cerrados. En
los que podía entrar, dejaba dinero.
Bajó por el Bowery y le dio cuarenta mil dólares al sorprendido encargado
nocturno del albergue del Ejército de Salvación.
En Bayard Street, en la cercana Chinatown, Jack vio un letrero en la ventana de
un segundo piso que rezaba: ALIANZA CONTRA LA OPRESIÓN DE LAS MINORÍAS CHINAS. El
lugar estaba sobre una pintoresca herboristería especializada en las hierbas y raíces
molidas de la medicina china tradicional. La herboristería estaba cerrada, pero en la
ventana de las oficinas de la Alianza brillaba una luz. Jack llamó al timbre de la
puerta principal, llamó y llamó hasta que un viejo chino arrugado bajó y le habló tras
la rejilla de la puerta. Cuando Jack se enteró de que el principal objetivo de la Alianza
era el rescate y posterior asentamiento en Estados Unidos de las familias chinas
perseguidas en Vietnam, le entregó veinte mil dólares por la rejilla. El anciano chino
exclamó en su lengua y salió al frío invernal, empeñado en estrecharle la mano.
—Amigo —dijo el anciano mandarín—. No sabe los sufrimientos que se podrán
aliviar con este dinero.
—Amigo —repitió Jack. En esa única palabra y en el cálido apretón de la
venerable y callosa mano oriental, Jack encontró algo que creía perdido para siempre,
la sensación de afinidad, el sentimiento de colectividad, de hermandad.
De nuevo en el coche, subió por Bayard a Mott Street, giró a la derecha y se
aproximó al bordillo de la acera. Un río de lágrimas le nublaba la vista.

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No recordaba haber experimentado nunca tanta confusión. Lloró, en parte, porque
el peso de la culpa, al menos durante un momento, parecía una marca indeleble en su
alma. Sin embargo, algunas lágrimas eran de alegría, pues experimentaba un
arrollador sentimiento de hermandad. Durante la mayor parte de una década
permaneció lejos de la sociedad, distanciado con el espíritu y los sentimientos, ya que
no con el cuerpo. Pero ahora, por primera vez desde que regresó de Centroamérica,
Jack Twist tuvo la necesidad, el deseo y la capacidad de aproximarse a la sociedad
que le rodeaba, de hacer amigos.
La amargura llegaba a su fin. El odio sólo dañaba a quien lo albergaba. El vino de
la alienación era la soledad.
En los últimos ocho años, lloró a menudo por Jenny y, a veces, lloró en arrebatos
de auto-compasión. Pero estas lágrimas eran distintas a aquéllas, eran lágrimas de
purificación, de exoneración, que lavaban su ira y su resentimiento. Aún no entendía
la causa de los rápidos cambios radicales que experimentaba. Sin embargo, sentía que
su evolución —de proscrito y criminal a ciudadano respetuoso de la ley— no había
terminado y que le depararía más sorpresas antes de llegar a un fin. Se preguntó a
dónde se dirigía, qué camino seguía.
Aquella noche en Chinatown, la esperanza sopló en su interior como la brisa de
verano que hace sonar la música de las campanillas de las puertas.

Condado de Elko, Nevada

Ned y Sandy Sarver podían atender al restaurante solos porque eran trabajadores
por naturaleza, pero también porque el menú era sencillo y porque Ned aprendió a
realizar un servicio eficiente como cocinero en el Ejército. Empleaban un centenar de
trucos para que el Tranquility Grille funcionara a la perfección con el menor esfuerzo
posible.
No obstante, al terminar la jornada, Ned siempre agradecía que fueran Ernie y
Faye quienes sirvieran el desayuno continental a los huéspedes del hotel en sus
habitaciones, de forma que no era necesario abrir el restaurante antes del mediodía.
El sábado por la noche, mientras ponía hamburguesas en la parrilla, freía patatas y
servía perritos calientes, Ned Sarver dirigía frecuentes miradas furtivas a Sandy
cuando ésta estaba trabajando. Aún no se había acostumbrado al cambio que ella
había experimentado, a su repentino florecimiento. Había engordado casi cinco kilos,
y su figura adoptó unas líneas femeninas que nunca tuvo. Ya no caminaba por el local
con los hombros caídos, sino que se movía con un garbo, una desenvoltura y un buen
humor que Ned encontraba fascinantes.
Ned no era el único hombre que miraba a Sandy con nuevos ojos. Algunos
camioneros se volvían a contemplar su cintura cimbreante y las curvas de su trasero
cuando pasaba junto a ellos cargada de platos y botellas de cerveza fría.

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Aunque Sandy nunca dejó de ser amable con los clientes, tampoco había sido
charlatana. En eso también había cambiado. En cierta forma, seguía siendo tímida,
pero ahora devolvía las bromas a los camioneros e incluso tenía buenas ocurrencias.
Por primera vez en ocho años de matrimonio, Ned Sarver temía perder a Sandy.
Sabía que ella le amaba y se decía que aquellos cambios de aspecto y personalidad no
cambiarían también la naturaleza de sus relaciones. Pero eso era precisamente lo que
temía.
Aquella mañana, cuando Sandy fue al aeropuerto de Elko a recoger a Ernie y a
Faye, Ned temió que no regresara. Quizá se alejaría hasta encontrar un lugar que le
gustase más que Nevada, hasta dar con un hombre que fuese más apuesto, rico e
inteligente que Ned. Sabía que al sospechar aquello estaba siendo injusto con Sandy,
que era incapaz de ser infiel o cruel. Quizá su temor se debía a que siempre había
pensado que Sandy se merecía alguien mejor que él.
A las nueve y media, cuando sólo quedaban siete clientes, Faye y Ernie entraron
en el Grille con aquel tipo moreno y apuesto que hizo una escena a primera hora de la
noche entrando como si caminara en sueños y saliendo como si lo persiguiera el
diablo. Ned se preguntaba quién sería aquel tipo, de qué conocía a Faye y a Ernie, y
si ellos sabían que su amigo era algo raro.
Ernie estaba pálido y agitado, y a Ned le pareció que su jefe tomaba considerables
precauciones para mantenerse de espaldas a las ventanas. Al saludar a Ned, levantó
una mano temblorosa.
Faye y el extraño se sentaron frente a frente a una mesa y, por la forma en que
miraban a Ernie, se notó que estaban preocupados por él. Ellos tampoco tenían muy
buen aspecto.
Ocurría algo extraño. Intrigado por el estado de Ernie, Ned dejó de pensar que
Sandy quería abandonarlo.
Pero cuando Sandy se detuvo en la mesa, tardaron tanto tiempo en pedirle las
cosas que Ned volvió a preocuparse. Desde su puesto tras la barra, junto a la parrilla
donde se freían ruidosamente una hamburguesa y dos huevos, no oía lo que decían,
pero tuvo la extraña sensación de que el desconocido se interesaba demasiado por
Sandy, y que ella respondía a su aduladora charlatanería. Los celos le hacían imaginar
aquello; no obstante, el tipo era apuesto, más joven que Ned, casi de la misma edad
de Sandy y, en apariencia, más afortunado que él. La clase de hombre que le convenía
a Sandy, porque la mimaría mejor de lo que Ned podría hacerlo nunca.
Según su propia opinión, Ned Sarver no podía jactarse de muchas cosas. No era
feo, pero desde luego tampoco era apuesto. Se le habían formado unas amplias
entradas en la frente; a menos que uno fuera Jack Nicholson, aquella línea del cabello
no era muy sexy. Tenía unos ojos grises que fueron llamativos y atractivos en su
juventud pero que, con el paso de los años, le daban un aspecto cansado y abatido. No
era rico ni estaba destinado a serlo. Con cuarenta y dos años, diez más que Jenny, no
era probable que Ned Sarver sintiera la repentina necesidad de llegar a ser alguien.

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Aquella desalentadora autocrítica le daba vueltas en la cabeza mientras miraba a
Sandy, quien finalmente dio la espalda a la mesa del desconocido y se acercó a la
barra. Con una expresión extraña, de preocupación, le entregó una nota de pedido y le
preguntó:
—¿A qué hora cerramos? ¿A las diez o a las diez y media?
—A las diez. —Señalando a los clientes, añadió—: La noche no da para más.
Sandy asintió y volvió a la mesa de Faye, Ernie… y el desconocido.
Su brusquedad y su rápida vuelta a la mesa del desconocido agravó las
preocupaciones de Ned. Según él, sólo tenía tres cualidades por las que Sandy se
quedaría con él. En primer lugar, como hacía bien su trabajo, siempre podría ganarse
la vida honradamente como cocinero de cafetería. Segundo, tenía talento para reparar
desperfectos, tanto de objetos inanimados como de criaturas vivas. Si un tostador, una
batidora o una radio se estropeaban, Ned cogía su caja de herramientas, se ponía
manos a la obra y pronto hacía que volvieran a funcionar. De igual modo, si se
encontraba un pájaro asustado con el ala rota, lo acariciaba hasta que se calmaba, se
lo llevaba a casa, lo cuidaba hasta que sanaba y lo soltaba. Aquel talento le parecía
importante y estaba orgulloso de poseerlo. Tercero, amaba a Sandy en cuerpo y alma.
Preparando el pedido de Faye, Ernie y el desconocido, Ned miró repetidas veces a
Sandy y se sorprendió cuando ella y Faye comenzaron a ir de un lado a otro bajando
las persianas Levolor.
Ocurría algo extraño. Volviendo a la mesa de Ernie, Sandy se inclinó sobre ella y
continuó su animada charla con el apuesto desconocido.
Era una ironía temer el abandono de Sandy, ya que fue su talento reparador lo que
contribuyó a la transformación por la que Sandy dejó de ser el patito feo para
convertirse en cisne. Cuando Ned la conoció en una cafetería de Tucson, donde
trabajaban ambos, Sandy no sólo era retraída y tímida, sino terriblemente cautelosa e
indecisa. Era muy trabajadora, siempre dispuesta a echar una mano a las otras
camareras cuando se les amontonaban los pedidos, pero era incapaz de entablar
relaciones personales con nadie. Era una chica pálida y asustadiza (veintitrés años,
pero más niña que mujer), y le costaba trabajo abrir la puerta a una amistad, por
temor a confiar en alguien que pudiese hacerle daño. Había sido una mujer gris,
apocada, dócil, tratada por la vida…, y en cuanto Ned la vio, sintió la necesidad de
arreglar todo aquello. Con enorme paciencia, se puso manos a la obra, tan sutilmente
que, al principio, Sandy no advirtió que se interesaba por ella.
Se casaron nueve meses después, aunque las reparaciones aún estaban lejos de
terminar. Sandy estaba más destrozada que cualquier otra criatura con la que Ned se
había topado; a veces, frustrado, sentía que, incluso con su talento, no podría reparar
el daño que Sandy había sufrido y que se pasaría el resto de la vida intentándolo sin
lograr el éxito.
No obstante, en los primeros seis años de matrimonio, fue testigo de una
cicatrización gradual, enloquecedoramente lenta. Sin duda, Sandy era lista, pero

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también algo retardada emocionalmente, aprendía a dar y recibir afecto con tremendo
esfuerzo, con el trabajo que a un niño subnormal le cuesta aprender a contar hasta
diez.
La primera indicación de que estaban produciéndose cambios importantes en
Sandy fue el repentino incremento de su apetito sexual. El cambio se produjo a
finales de agosto del antepasado año.
Sandy no era una amante indecisa. Mostraba extensos conocimientos sexuales,
pero hacía el amor más como una máquina que como una mujer, con una habilidad
desganada. Ned jamás conoció a ninguna mujer que fuese tan callada en la cama
como Sandy. Suponía que algo la había marcado en su infancia, lo mismo que le
había destrozado el carácter. Intentó que se lo dijera, pero ella estaba decidida a que
el pasado continuara enterrado, y la insistencia de Ned podía ser una de las causas por
las que Sandy querría dejarle; por eso no insistió más, aunque era difícil arreglar algo
cuando no se podía acceder a la pieza estropeada.
Entonces, en agosto del verano antepasado, adoptó una actitud notablemente
distinta en el lecho conyugal. No fue un cambio radical, una repentina fuga de
pasiones largo tiempo reprimidas. Inicialmente, el cambio consistió únicamente en
una ligera relajación durante el acto del amor. A veces, sonreía o murmuraba su
nombre cuando Ned le hacía el amor.
Con lentitud, muy lentamente, floreció. La Navidad de aquel año, cuatro meses
después de iniciarse el cambio, Sandy ya no permanecía tumbada en la cama como si
fuera de metal. Se esforzaba en descubrir y adaptarse al ritmo de Ned, buscando
aquella satisfacción que aún no conseguía.
Con lentitud, muy lentamente, el poder erótico encadenado en su interior
comenzó a surgir. Al fin, el 7 de abril del año anterior, una noche que Ned no podría
olvidar jamás, Sandy tuvo su primer orgasmo. Fue un clímax de tal intensidad que
por un momento atemorizó a Ned. Posteriormente, Sandy lloró de alegría y se abrazó
a él con tal gratitud, amor y confianza que él también lloró.
Ned pensó que la consecución del orgasmo le permitiría al fin hablar del origen
de su dolor tanto tiempo oculto. Pero cuando le preguntó con cautela, ella le
respondió con una negativa: «El pasado, pasado está, Ned. No te serviría de nada
saberlo. Si hablo de eso, quizá vuelva a dominarme».
Durante la primavera, el verano y comienzos del otoño, Sandy alcanzó la
satisfacción con más frecuencia, hasta que, en septiembre, alcanzaba el orgasmo casi
siempre que hacían el amor. Para el día de Navidad, tan sólo tres semanas antes,
estaba claro que su madurez sexual no era el único cambio, sino que se acompañaba
de un nuevo orgullo y amor propio.
Junto con su evolución sexual, Sandy aprendió a disfrutar conduciendo, una
actividad que antes encontraba incluso menos placentera que el sexo. Inicialmente,
expresó la modesta intención de conducir ella la camioneta desde Beowawe, donde
tenían el remolque, al trabajo. Poco después, se marchaba sola a dar paseos en la

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camioneta. A veces, Ned contemplaba por la ventana cómo su pájaro liberado
emprendía el vuelo; cuando aquello ocurría, sentía satisfacción, pero también una
intranquilidad que no se explicaba.
A principios de año, la intranquilidad se convirtió en un temor que le acompañaba
las veinticuatro horas del día, y entonces comprendió de qué se trataba. Temía que
Sandy lo abandonara.
Quizá se marchara con el desconocido que había entrado con Faye y Ernie.
«Estoy exagerando las cosas —pensó Ned, mientras ponía los tres panecillos para
las hamburguesas en la parrilla—. Sé muy bien que estoy exagerándolo todo».
Pero estaba preocupado.
Cuando terminó de preparar las tres hamburguesas de queso para los Block y su
amigo, los otros clientes ya se habían marchado. Mientras Sandy servía los platos
llenos, Faye cerró con llave la puerta y encendió el cartel de cerrado, visible desde la
I-80, aunque apenas si eran las diez.
Ned se unió a ellos para observar de cerca al desconocido y darle a entender quién
era. Cuando llegó a la mesa, se sorprendió al ver que Sandy tenía una botella de
cerveza y que había abierto otra para él. Ned no bebía mucho, y Sandy menos.
—La necesitarás cuando oigas lo que tiene que contarnos —le dijo Sandy—.
Incluso puede que necesites un par de botellas más.
El tipo se llamaba Dominick Corvaisis y contó una fantástica historia que alejó de
Ned todos los temores de la infidelidad de Sandy. Cuando Corvaisis terminó, Faye y
Block tenían su propia historia increíble; fue cuando Ned tuvo la primera noticia del
temor a la oscuridad del ex infante de marina.
—Pero recuerdo que fuimos evacuados —declaró Ned—. No pudimos estar aquí
aquellos tres días porque recuerdo que pasamos unas minivacaciones en casa…
viendo la televisión, leyendo a Louis L’Amour.
—Supongo que eso es lo que os dijeron que recordarais —dijo Corvaisis—. ¿Os
visitó alguien en el remolque aquellos días? ¿Algún vecino? ¿Puede confirmar
alguien que estuvisteis realmente allí?
—Vivimos en las afueras de Beowawe y no tenemos vecinos. No recuerdo que
viéramos a nadie que pueda jurar que estuvimos allí.
—Ned —indicó Sandy—. Piensan que nos puede haber ocurrido algo extraño.
Ned afrontó la mirada de su mujer. Sin palabras, le dio a entender que dependía
de ella contarles los cambios que había sufrido.
—Los dos estuvisteis aquí la noche que ocurrió. Fuera lo que fuese, comenzó
mientras cenábamos. Por eso tenéis que formar parte de esto. Pero también os
borraron la memoria.
La idea de que unos extraños le hubiesen hecho algo en la cabeza le ponía los
pelos de punta a Ned. Intranquilo, estudió las cinco fotografías que Faye dejó en
abanico sobre la mesa, especialmente la que mostraba a Corvaisis mirando con ojos
vacíos a la cámara.

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Faye le dijo a Sandy:
—Encanto, Ernie y yo tendríamos que estar ciegos para no ver el cambio que has
experimentado últimamente. No lo digo para molestarte ni para cotillear, pero, si esos
cambios pudieran estar relacionados con lo que nos ocurrió, deberías contárnoslos.
Sandy buscó la mano de Ned y se la cogió. Era tan evidente que estaba
enamorada de él que Ned se avergonzó de haberse preocupado con aquellos ridículos
pensamientos de traición.
Mirando fijamente la botella de cerveza, Sandy manifestó:
—Siempre tuve una pobre opinión de mí misma. Os diré por qué, tenéis que saber
lo mal que lo pasé cuando era niña para que entendáis que haber encontrado algo de
amor propio es para mí algo milagroso. Fue Ned quien primero me ayudó, quien
creyó en mí y me dio la oportunidad de ser alguien. —Le estrechó la mano—. Hace
nueve años, fue la primera persona en tratarme como a una dama. Se casó conmigo
sabiendo que yo estaba hecha un lío por dentro y ha pasado ocho años haciendo lo
que podía para desenredar ese lío. Él cree que no he notado el esfuerzo que ha hecho
para ayudarme, pero sí que lo he notado.
Se le ahogó la voz de emoción. Permaneció callada y bebió un trago de cerveza.
Ned no podía hablar.
—La cosa es que… Quiero que todos sepáis que lo que nos sucedió aquel verano,
lo que ninguno de nosotros recuerda…, quizá me afectara profundamente. Pero si
Ned no me hubiese cuidado durante todos estos años, nunca habría tenido esta
oportunidad.
El amor envolvía a Ned como si fuera una venda de hierro, apretándole la
garganta, oprimiéndole el pecho, presionando suavemente el corazón.
Sandy lo miró, volvió a clavar la vista en la botella de cerveza y les contó la
historia de una infancia infernal. No les dijo que su padre la violaba, les habló
recatadamente —casi forzadamente— de su explotación periódica como prostituta
infantil por un canalla de Las Vegas. Al contarla sin emoción, la historia de aquel
monstruoso abuso resultaba aún más impresionante. Todos escucharon en un silencio
que no sólo era debido a la conmoción, sino también al respeto por sus sufrimientos y
a una cierta reverencia por su triunfo final.
Cuando Sandy terminó, Ned la estrechó con fuerza entre sus brazos. Le
asombraba la fuerza de Sandy. Siempre supo que era alguien muy particular, y lo que
les contó aquella noche reforzó su amor y admiración.
Aunque le apenaba profundamente lo que le hicieron a Sandy, se sentía feliz
porque al fin había podido contarlo. Aquello sólo podía significar que al fin se había
librado del pasado.
Faye y Ernie la reconfortaron con la torpeza de los amigos que desean ayudar,
pero que sólo pueden ofrecer palabras.
Todos necesitaban otra cerveza. Ned cogió cinco botellas de Dos Equis del
refrigerador y las llevó a la mesa.

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Corvaisis, a quien Ned ya no veía como un enemigo, movía la cabeza y miraba
con asombro, como si la historia de Sandy le hubiese dejado mudo de horror.
—Esto complica las cosas. Si la experiencia olvidada nos producía algún efecto
era el terror. Bueno, yo me beneficié porque salí de mi escondrijo; eso lo comparto
con Sandy. Pero a Ernie, a la doctora Weiss, a Lomack y a mí… nos quedó un residuo
de temor. Ahora, Sandy nos dice que a ella le causó un efecto estrictamente
beneficioso, que no tiene nada que ver con el terror. ¿Cómo nos podría afectar de una
manera tan distinta? ¿No sientes ningún temor, Sandy?
—Ninguno —contestó Sandy.
Hasta que Ernie no acercó la silla a la mesa, permaneció con la cabeza hundida
entre los hombros, como si se protegiera el cuello de un ataque. Ahora, con una
botella de Dos Equis en la mano, se echó hacia atrás y se relajó, aunque no
demasiado.
—Sí, el miedo es la clave. Pero ¿recuerdas ese lugar junto a la interestatal, como
a medio kilómetro de aquí, del que te hablé? Estoy convencido de que allí ocurrió
algo extraño, algo relacionado con el lavado de cerebro. Cuando estoy en aquel lugar,
siento algo más que temor. Siento que el corazón se me acelera… me excito…, pero
no es una excitación negativa. El temor es su principal componente, sí, pero también
hay muchas otras emociones.
Sandy dijo:
—Creo que el lugar del que habla Ernie es donde voy a menudo con la camioneta.
Me siento… atraída hacia allí.
Ernie se inclinó hacia delante, excitado.
—¡Lo sabía! Cuando vinimos del aeropuerto esta mañana, aminoraste la
velocidad al pasar por aquel lugar. Y me dije: «Sandy también lo siente».
—Sandy, ¿qué sientes exactamente cuando te atrae ese trozo de tierra? —le
preguntó Faye.
Con una sonrisa tan cálida que Ned casi sintió su calor, Sandy respondió:
—Paz. Allí me siento en paz. Es difícil de explicar…, pero es como si las rocas,
el polvo y los arbustos, irradiaran armonía, tranquilidad.
—Yo no estoy tranquilo allí —dijo Ernie—. Siento miedo. Una extraña
excitación. Una misteriosa sensación de que va a ocurrir algo… asombroso. Algo que
deseo, aunque me pone los pelos de punta.
—Yo no siento nada de eso —manifestó Sandy.
—Deberíamos ir allí —sugirió Ned—. Veremos de qué forma nos afecta a los
demás.
—Por la mañana —indicó Corvaisis—. Cuando haya luz.
—Comprendo que esto pueda afectarnos a cada uno de una manera —dijo Faye
—. Pero ¿por qué ha cambiado las vidas de Dom, Sandy y Ernie (y las de Lomack y
la doctora Weiss) y no nos ha afectado ni a Ned ni a mí? ¿Por qué no tenemos
problemas nosotros también?

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—Quizá quienes nos lavaron el cerebro hicieran mejor trabajo contigo y con Ned
—dijo Dom.
Esa idea volvió a ponerle los pelos de punta a Ernie.
Discutieron la situación durante un rato, y después Ned sugirió que Dom tratase
de recrear sus acciones de aquella noche del viernes 6 de julio, hasta el momento en
que le hubieran borrado los recuerdos.
—Recuerdas la primera parte de la noche mejor que los demás. Y cuando entraste
aquí esta noche estuviste a punto de recordar algo importante.
—Sí, estuve muy cerca —admitió Corvaisis—, pero en el último momento,
cuando tenía el recuerdo al alcance de la mano, me invadió el terror… y lo siguiente
que recuerdo es que corría hacia la puerta. Di el espectáculo. Estaba totalmente
enloquecido. Era algo tan visceral, tan instintivo, tan incontrolable que
probablemente me volverá a ocurrir si intento desbloquear los recuerdos por segunda
vez.
—A pesar de todo, merece la pena intentarlo —advirtió Ned.
—Esta vez nos tienes a nosotros para darte apoyo moral —añadió Faye.
Corvaisis necesitó que le insistieran, por lo que Ned supuso que la experiencia
anterior fue bastante más turbadora de lo que las palabras podían dar a entender. Pero,
al fin, el escritor cedió y, con el vaso de cerveza en la mano, se dirigió a la puerta
principal del restaurante. Se detuvo de espaldas a la salida y bebió un largo trago de
Dos Equis. Miró a su alrededor, tratando de ver a la gente que había entonces.
—Había tres o cuatro hombres en la barra —dijo—. Quizá una docena de clientes
en total. No recuerdo sus rostros. —Alejándose de la puerta, pasó junto a Ned y el
resto al dirigirse a la mesa contigua, donde cogió una silla y se sentó con la espalda
vuelta parcialmente hacia ellos—. Aquí es donde me senté. Sandy me sirvió.
Mientras leía el menú, me bebí una botella de Coors. Pedí un sándwich de jamón y
huevo. Patatas fritas, ensalada de col. Al salar las patatas, se me cayó el salero. La sal
se derramó en la mesa. Tiré un poco por encima del hombro. Un gesto estúpido. La
tiré con demasiada fuerza. ¡La doctora Weiss! Ginger Weiss era la mujer a quien le
tiré la sal. No lo recordaba antes, pero ahora la veo con claridad. La rubia de la
fotografía.
Faye dio unos golpecitos sobre la fotografía Polaroid que Ned tenía enfrente.
Sentado solo en la otra mesa, Dom comentó:
—Una mujer muy guapa. Con un aire malévolo pero también sofisticado, una
mezcla muy interesante. Apenas si le podía quitar los ojos de encima.
Ned observó con detenimiento la fotografía de Ginger Weiss. Pensó que
realmente podía ser tan atractiva si no tuviera el rostro tan pálido y enjuto, si sus ojos
no parecieran tan fríos, vacíos, muertos.
Con una voz extraña, como si les hablara desde el pasado, Corvaisis añadió:
—Se sienta en la mesa del rincón, junto al ventanal, mirando hacia aquí. El
anochecer se aproxima. El sol está en el horizonte, suspendido como un gran balón

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rojo, y la luz anaranjada entra sesgada por el ventanal. Es casi como la luz del fuego.
Ginger Weiss está especialmente bella con esa luz. Apenas si puedo evitar mirarla
abiertamente… El sol se pone. Pido una segunda cerveza. —Bebió un trago de Dos
Equis. Al continuar, bajó la voz—: Los llanos se tiñen de púrpura… luego de negro…
es de noche…
Ned, al igual que Ernie, Faye y Sandy, enmudeció ante los recuerdos que el
escritor evocaba con esfuerzo, pues también agitaron en su interior, al fin, sus propios
recuerdos, débiles, sin forma… pero irresistibles. Comenzó a recordar aquella noche
en particular de las muchas que había pasado en el Tranquility Grille. El joven
sacerdote, el que aparecía en una de las fotografías que había sobre la mesa, estuvo
allí. Y el joven matrimonio con la niña.
—Poco después del anochecer… me entretengo bebiendo la segunda cerveza,
sobre todo para poder mirar a Ginger Weiss un poco más. —Corvaisis miró a su
izquierda, a la derecha, se llevó la mano derecha a la oreja—. Se oye algo extraño.
Sólo recuerdo eso. Un rumor lejano… que se aproxima. —Permaneció un momento
en silencio—. No recuerdo lo que sucedió después. Algo… algo…, pero no lo
recuerdo.
Cuando el escritor habló del rumor, Ned tuvo un vago recuerdo de aquel creciente
e inquietante sonido, pero no podía retenerlo con claridad. Sintió que Corvaisis le
llevaba al borde de un abismo al que debía mirar, mas, como temía desesperadamente
hacerlo, se alejaban sin dirigir un rayo de luz a aquellas oscuras profundidades. Con
el corazón sobresaltado, dijo:
—Concéntrate en recordar el sonido, el sonido exacto, quizá te haga recordar el
resto.
Corvaisis retiró la silla de la mesa y se levantó.
—Es un rumor… como el de una tormenta, una tormenta muy lejana…, pero que
se aproxima. —Permaneció de pie junto a la mesa, escuchando en la dirección de
donde procedió el sonido, mirando a la derecha, a la izquierda, arriba, al suelo.
De repente, Ned oyó el ruido, no en la memoria, sino en realidad; no en el pasado,
sino en el presente. El sordo fragor de una tormenta lejana. Pero era un ruido
continuo, no una serie de truenos que estallaban y se disipaban, y su volumen
aumentaba…
Ned miró a los demás. También lo habían oído.
Crecía. Crecía. Podían sentir la vibración que les llegaba hasta los huesos.
Ned no recordaba lo que había sucedido aquella noche, pero supo que los
asombrosos acontecimientos que presenciaron comenzaron con aquel sonido.
Retiró la silla y se levantó. Le invadió una oleada de temor y tuvo que luchar
contra el impulso de correr.
Sandy se levantó; en su rostro también se dibujaba el miedo. Aunque los
acontecimientos desconocidos ejercieron sobre ella un efecto totalmente positivo,
ahora estaba asustada. Se cogió de un brazo de Ned para tranquilizarse.

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Ernie y Faye fruncían el ceño y miraban a su alrededor para localizar la
procedencia del ruido. Al parecer, el recuerdo del sonido estaba más oculto en ellos y
no podían relacionarlo con los sucesos de aquella noche de julio.
Otro ruido se había unido al rumor de la tormenta, un silbido misterioso y
ululante. Aquello también le resultó a Ned desagradablemente familiar.
Sucedía de nuevo. Lo que ocurrió aquella noche más de dieciocho meses antes se
estaba repitiendo de algún modo. «Dios, está sucediendo otra vez», y Ned se oyó
gritando:
—No, no. ¡No!
Corvaisis retrocedió un par de pasos, dirigió una mirada a Ned y a los demás.
Estaba pálido.
El rugido creciente comenzó a hacer vibrar el cristal de las ventanas, tras las
persianas bajadas. Un cristal suelto, invisible, comenzó a traquetear en el marco.
Las persianas Levolor comenzaron a vibrar, aportando un coro metálico.
Sandy apretó el brazo de Ned invadida por el pánico.
Ernie y Faye se pusieron en pie; ya no estaban sólo desconcertados, sino
asustados como los demás.
El volumen del silbido ululante creció con el fragor. Se convirtió en un pitido
estridente, un oscilante zumbido electrónico.
—¿Qué ocurre? —gritó Sandy cuando las paredes del Tranquility Grille
comenzaron a retumbar por el volumen y el poder del continuo fragor.
Sobre la mesa donde estuvo sentado Corvaisis, el vaso de cerveza se volcó,
rompiéndose y derramándose lo que quedaba de Dos Equis.
Ned miró la mesa junto a la que estaba y vio que los objetos sobre ella —el bote
de tomate ketchup y el de mostaza, el salero y el pimentero, el cenicero, los vasos, los
platos y los cubiertos— oscilaban, entrechocaban, se deslizaban de un lado a otro. Se
volcó un vaso de cerveza, luego otro y el bote de tomate ketchup.
Con rostros aterrados, Ned y los demás se volvían de un lado a otro, como si
esperaran la inminente materialización de un ente demoniaco.
Por toda la sala, los objetos cayeron de las mesas. El reloj con el emblema de
Coors se descolgó de la pared y se estrelló contra el suelo.
Aquello fue lo que sucedió esa noche de julio… Ned lo recordaba. Pero no
recordaba lo que ocurrió después.
—¡Ya basta! —gritó Ernie con la convicción de un oficial de infantería
acostumbrado a ser obedecido…, pero no surtió efecto.
«¿Un terremoto?», se preguntó Ned. Un terremoto no explicaba aquel zumbido
electrónico que acompañaba al fragor.
Las sillas temblaron sobre el suelo, chocaron unas con otras. Una de ellas golpeó
a Corvaisis, que dio un salto de sorpresa.
Ned sentía temblar el suelo.
El fragor y el silbido oscilante que acompañaban al temblor crecieron hasta el

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límite de resistencia de los tímpanos, y el gran ventanal de la fachada estalló con un
chasquido sordo. Faye gritó y se llevó los brazos a la cara, y Ernie retrocedió y estuvo
a punto de caer sobre una silla. Sandy hundió la cara en el pecho de Ned.
Pudieron haber resultado heridos de consideración por los cristales si las
persianas bajadas no formasen una barrera entre ellos y el ventanal. No obstante, la
fuerza de la explosión levantó las persianas como el viento agita las cortinas de una
ventana abierta, y algunos trozos brillantes cayeron como la lluvia sobre Ned y se
hicieron añicos sobre el suelo y las mesas a su alrededor.
Silencio. El estallido de las ventanas fue seguido de un profundo silencio, roto
sólo por los últimos y pequeños trozos de cristal que caían, uno a uno, de los marcos
de las ventanas.
La noche del viernes de aquel mes de julio, dos veranos antes, ocurrió mucho
más, pero Ned no lo recordaba. Sin embargo, esta noche, al parecer, el misterioso
suceso no llegaría hasta donde entonces. Ya había finalizado.
Dom Corvaisis sangraba por un leve corte en la mejilla, no mucho peor que el de
un afeitado. Ernie tenía algunos rasguños en la frente y el dorso de la mano derecha
producidos por los trozos de cristal.
Cuando comprobó que Sandy no estaba herida, Ned la dejó de mala gana y corrió
hacia la puerta. Salió a la noche en busca de la causa de aquel extraño y destructor
ruido, pero sólo halló el profundo, oscuro y solemne silencio de las llanuras. No se
veía ninguna columna de humo ni restos calcinados que marcaran el lugar de una
explosión. Al pie de la loma donde estaba enclavado el Tranquility Motel, algunos
automóviles y camiones avanzaban muy distanciados unos de otros por la autopista.
En el motel, algunos huéspedes habían salido en pijama atraídos por el estruendo. El
cielo estaba cubierto de estrellas. El frío era paralizante, pero no corría viento, sólo
una suave brisa como el gélido soplo de la muerte. No se veía nada que pudiera haber
causado el estruendo, el temblor o el estallido de las ventanas.
Dom Corvaisis salió del Grille desconcertado.
—¿Qué diablos?
—Esperaba que tú lo supieras —respondió Ned.
—Es lo que sucedió aquel verano.
—Lo sé.
—Pero sólo el comienzo. Maldita sea, no puedo recordar lo que sucedió aquella
noche después de que estallaran las ventanas.
—Yo tampoco —contestó Ned.
Corvaisis levantó las manos y se miró las palmas. Bajo la luz de neón azul del
letrero instalado en el tejado del restaurante, Ned vio unos círculos de piel inflamada
en las manos del escritor. Como la luz era azul, no distinguió el color que tenían. Pero
por lo que les contó Corvaisis antes, Ned sabía que los círculos eran de un rojo
intenso.
—¿Qué diablos? —volvió a decir Corvaisis.

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Sandy estaba en la puerta del restaurante, con el resplandor de las luces a su
espalda, y Ned se dirigió a ella y la abrazó. Sintió que Sandy se estremecía
convulsivamente. Pero no advirtió que él también temblaba hasta que Sandy se lo
dijo:
—Estás temblando como un flan.
Ned Sarver estaba muerto de miedo. Con una vividez casi clarividente, presentía
que estaban envueltos en algo de una importancia monumental, algo
inimaginablemente peligroso que podía provocar la muerte de algunos de ellos. Tenía
un don natural, un valioso don, para reparar cosas y ayudar a las personas. Pero esta
vez se enfrentaba a una fuerza que no sabía manejar. ¿Y si mataban a Sandy? Se
enorgullecía de su don, pero no había nadie en todo el mundo que pudiera reparar el
daño que causaba la muerte.
Por primera vez desde que la conoció en Tucson, Ned se sentía incapaz de
proteger a su mujer.
La luna comenzó a ascender en el horizonte.

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Capítulo cinco
12 de enero — 14 de enero

1. 12 DE ENERO, DOMINGO

El aire era denso como hierro fundido.


En la pesadilla, Dom no podía respirar. Sentía una gran opresión. Se ahogaba.
Estaba muriéndose.
No veía con claridad; tenía la vista borrosa. Se acercaron dos hombres vestidos
con trajes anti-contaminantes de vinilo blanco y cascos con visera oscura parecidos a
los de los astronautas. Un hombre se encontraba a la derecha de Dom, desconectando
apresuradamente la vía intravenosa, sacándole la jeringuilla de la vena del brazo
derecho. El otro hombre, a la izquierda, maldecía ante los datos que aparecían en la
pantalla del electrocardiógrafo. Uno de ellos desabrochó las abrazaderas y arrancó los
electrodos que conectaban a Dom al electrocardiógrafo, y el otro le ayudó a
incorporarse. Le pusieron un vaso en los labios, pero no podía beber; le echaron la
cabeza hacia atrás, le abrieron la boca a la fuerza y le hicieron tragar un líquido
nocivo.
Los hombres se comunicaban entre sí por radios instaladas en los cascos, pero se
encontraban tan cerca de Dom que podía oír sus voces claramente, aunque apagadas
por la visera de plexiglás del casco. Uno de ellos preguntó: «¿Cuántos detenidos han
sido envenenados?». Y el otro respondió: «No estamos seguros. Al parecer, son una
docena». El primer hombre dijo: «Pero ¿quién querría envenenarlos?». Y el segundo
contestó: «Adivínalo». El primero indicó: «El coronel Falkirk. El jodido coronel
Falkirk». El segundo añadió: «Pero nunca podremos demostrarlo, nunca atraparemos
a ese bastardo».
Cambio de plano. El cuarto de baño del motel. Los hombres sostenían a Dom en
pie y le obligaban a inclinar la cabeza sobre el lavabo. Esta vez entendía lo que le
decían. Le insistían en que vomitase a toda costa. El jodido coronel Falkirk se las
había arreglado para envenenarlo, los tipos le habían obligado a beber un emético de
sabor repugnante y ahora se suponía que debía vomitar el veneno que lo estaba
matando. Pero, aunque estaba muy enfermo, no podía vomitar. Tenía náuseas, daba
arcadas; sentía estertores en el estómago; sudaba como un pollo en una parrilla, pero

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no podía vomitar el veneno. El primer hombre dijo: «Necesitamos una bomba
estomacal». El segundo respondió: «No tenemos bomba estomacal». Le introdujeron
la cabeza en la taza de porcelana. La aplastante opresión se intensificó, Dom apenas
si podía respirar, las oleadas cálidas y pegajosas de la náusea le inundaban el
estómago, sudaba a chorros, pero no podía vomitar, no podía hacerlo, no podía. Hasta
que al fin vomitó.
Cambio de plano. De nuevo en la cama. Débil, exhausto. Pero podía respirar,
gracias a Dios. Los hombres con equipo de anti-contaminación le habían limpiado y
atado de nuevo a la cama. El que estaba a su derecha preparó y le puso una inyección
de algo que, al parecer, servía para contrarrestar los últimos efectos del veneno. El de
la izquierda volvió a ponerle la vía intravenosa por la que le administraban
medicinas. Dom estaba mareado, permanecía consciente sólo con grandes esfuerzos.
Volvieron a conectarle el electrocardiógrafo y, mientras trabajaban, hablaron entre
ellos. «Falkirk es un estúpido. Si nos dejara, podríamos mantenerlo oculto». «Teme
que el bloqueo de memoria se destruya. Teme que alguno acabe recordando lo que
vio». «Bueno, quizá tenga razón. Pero si el idiota los mata, ¿cómo explicará sus
muertes? Los periodistas acudirán como los chacales a la carroña y ya no habrá modo
de ocultarlo. Un buen lavado de cerebro… es la única solución razonable». «A mí no
tienes que convencerme. Intenta metérselo en la cabeza a Falkirk».
Las figuras fantasmales desaparecieron, y también sus voces, y Dom entró en un
país de pesadilla distinto. Ya no se sentía débil, ni enfermo, pero su temor se convirtió
en terror y comenzó a correr con esos movimientos enloquecedoramente lentos
propios de las pesadillas. No sabía de qué huía, pero estaba convencido de que algo le
perseguía, algo amenazador e inhumano, podía sentirlo tras de sí, cerca, cada vez más
cerca, y finalmente supo que no podría escapar, que debía afrontarlo; se detuvo, alzó
la vista y gritó sorprendido: «¡La luna!».
Dom se despertó con su propio grito. Estaba en la habitación veinte, en el suelo,
junto a la cama, pateando y agitando los brazos. Se levantó y se sentó en la cama.
Miró el despertador de viaje. Las tres y siete minutos de la madrugada.
Estremeciéndose, se secó las palmas de las manos en las sábanas.
La habitación veinte le estaba causando el efecto que pensaba. Las malas
vibraciones del lugar estimulaban su memoria, hacían las pesadillas más vividas y
detalladas que nunca.
Aquellos sueños eran radicalmente distintos a los anteriores, pues no eran
fantasías, sino destellos del pasado vistos a través de lentes distorsionantes. No eran
sueños, sino recuerdos que habían sido cargados de lastre y hundidos en las
profundidades de su subconsciente, como cadáveres arrojados al agua desde un
puente con los pies metidos en un bloque de cemento. Al fin, los recuerdos se habían
desprendido del cemento y emergían a la superficie.
Realmente había estado prisionero allí, lo habían narcotizado y le lavaron el
cerebro. Durante aquella operación, alguien llamado coronel Falkirk lo había

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envenenado para evitar que contara lo que vio.
«Falkirk tenía razón —pensó Dom—, destruiremos el bloqueo de memoria y
recordaremos la verdad. Debería habernos matado a todos».

El domingo por la mañana, Ernie compró paneles de madera contrachapada en el


almacén de un amigo. Con la sierra de la caja de herramientas, cortó los paneles a la
medida de las ventanas del restaurante. Ned y Dom le ayudaron a clavar los paneles
en su lugar, y terminaron el trabajo a mediodía.
Ernie no quería avisar a una cristalería y poner cristales nuevos porque los
fenómenos de la noche anterior podían volver a producirse. Hasta que no supieran lo
que había causado el estruendo y el temblor, era un error poner cristales nuevos.
Mientras tanto, el Tranquility Grille no se abriría.
El Tranquility Motel también permanecería cerrado. Ernie no quería que el
negocio le quitara tiempo para ayudar a Dom y a los demás a investigar el misterio
del «vertido tóxico». Cuando se marcharan los últimos huéspedes del motel, sólo
quedarían Ernie, Faye, Dom y las demás víctimas que decidieran viajar a Elko a
participar en la investigación cuando contactaran con ellas. No sabía cuántas
habitaciones necesitaría para aquellas personas, por lo que decidió reservar las veinte.
Por primera vez, el Tranquility parecería menos un motel que un cuartel donde
permanecerían las tropas hasta que finalizara aquella guerra contra el enemigo
desconocido.

Cuando taparon las ventanas del restaurante, subieron todos a la camioneta Dodge
del motel y Faye los condujo a unos quinientos metros hacia el Este por la
interestatal, donde aparcó en el arcén cerca del lugar que ejercía una atracción
especial sobre Ernie y Sandy. Los cinco permanecieron de pie junto a la barrera de
protección, mirando al Sur, buscando la comunión con el paisaje que podía esclarecer
el pasado. El solsticio de invierno se produjo tres semanas antes, y la luz del sol era
tan imprecisa y mate como la luz fluorescente. En pleno enero, los colores
predominantes en las llanuras de matorrales y hierba, en las colinas escarpadas, en los
arroyos y las accidentadas formaciones rocosas, eran los distintos tonos de marrón y
gris, y rojo oscuro, con algunas manchas de arena blanca, nieve y vetas de bórax. Era
un paisaje desolador y monótono, bajo un cielo más nuboso y gris a cada momento,
pero también poseía una innegable grandeza austera.
Faye deseaba fervientemente sentir algo especial en aquel lugar. Si no sentía
nada, quería decir que quienes le hicieron el lavado de cerebro la habían controlado
totalmente, la habían violado. En la imagen que tenía de sí misma, la sumisión
absoluta no tenía cabida. Era una mujer orgullosa, capaz. Pero no sentía otra cosa que
el viento invernal.

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Ned y Dom no parecían más afectados que ella, pero vio que Ernie y Sandy
recibían un mensaje indescifrable del paisaje que tenían delante. Sandy sonreía
beatíficamente. Pero Ernie tenía la misma expresión que al acercarse la noche: pálido,
abatido, con una mirada atormentada.
—Acerquémonos —dijo Sandy—. Vayamos allí abajo.
Los cinco saltaron la barrera y descendieron por el inclinado talud de la autopista.
Caminaron por el llano —cincuenta metros, cien—, evitando cuidadosamente el
espinoso peral silvestre que crecía en profusión al pie de la interestatal, pero que
pronto desaparecía en favor de la artemisa y los matorrales, que a su vez cedían ante
otra clase de hierba también de color pardo, aunque más espesa y sedosa. Algunas
zonas de la llanura eran rocosas y arenosas, y allí reinaban los arbustos espinosos,
mientras que otras partes casi parecían pequeños prados verdes, pues era una tierra de
transición entre las zonas semi-áridas del Sur y las montañas ricas en pastizales del
Norte. A unos doscientos metros de la interestatal, se detuvieron en un lugar que no
era distinto de la tierra que lo rodeaba.
—Aquí —dijo Ernie con un estremecimiento, metiéndose las manos en los
bolsillos y encogiendo el cuello bajo la piel de oveja del abrigo.
Sandy sonrió y afirmó:
—Sí. Aquí.
Se separaron y caminaron de un lado a otro. Aquí y allá, en los huecos
sombreados, unas pequeñas manchas de nieve se resistían a la evaporación provocada
por el viento seco y el frío sol invernal. Aquellas muestras del invierno, además de la
escasez de hierba verde y las pocas plantas de floración tardía, era lo que diferenciaba
aquel paisaje del que vieron dos veranos antes. Tras uno o dos minutos, Ned anunció
que él también sentía una inexplicable conexión con aquel lugar, aunque no sentía
paz como su mujer. Su miedo fue tan evidente que, mostrando sorpresa y vergüenza
por su reacción, se dio la vuelta y se alejó. Mientras Sandy corría tras él, Dom
Corvaisis admitió que el lugar también le afectaba de una forma extraña. Sin
embargo, no estaba solamente asustado, como Ned; el temor de Dom, como el de
Ernie, estaba salpicado de una inexplicable admiración y de la sensación de una
próxima revelación. A Faye no le afectaba, sólo ella permaneció inmutable.
Parado en el centro de la zona en cuestión, Dom se volvió lentamente a su
alrededor.
—¿Qué fue? ¿Qué diablos ocurrió aquí?
El cielo se puso del color de la pizarra. Faye se estremeció.
Era incapaz de sentir la sensación que Ernie y los demás experimentaban, y esa
incapacidad intensificaba la sensación de violación. Esperaba conocer algún día a
quienes le hicieron el lavado de cerebro. Quería mirarlos a los ojos y preguntarles
cómo podían tener tan poco respeto por la integridad personal de otros seres
humanos. Ahora sabía que había sido manipulada, nunca volvería a sentirse
totalmente segura.

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Los arbustos secos, agitados por el viento, crujían y chasqueaban. Las ramas
heladas entrechocaban con golpes secos, con un sonido que, curiosamente, le hizo
pensar a Faye que a su alrededor se escabullían los esqueletos de pequeños animales
muertos tiempo atrás y reanimados de algún modo.

De vuelta en el motel, en el apartamento de los Block, Ernie, Sandy y Ned se


sentaron alrededor de la mesa de la cocina mientras Faye preparaba café y chocolate
caliente.
Dom estaba sentado en un taburete junto al teléfono de pared. En un mostrador,
frente a él, tenía el libro de registro del Tranquility Motel utilizado dos años antes.
Abriéndolo por la página del viernes 6 de julio, comenzó a llamar a los que podían
haber compartido las importantes experiencias olvidadas de aquella lejana noche de
verano.
Además de su propio nombre y del de Ginger Weiss, había otros ocho. Un cliente
había alquilado dos habitaciones para él, su mujer y sus dos hijas. Dejó la dirección,
pero no el teléfono. Cuando Dom intentó obtenerlo del servicio de información del
área 408, le dijeron que el número no aparecía en la guía.
Contrariado, continuó con Cal Sharkle, el camionero, cliente habitual de Ernie y
Faye. Sharkle vivía en Evanston, Illinois, un suburbio de Chicago. Había dejado su
número de teléfono en el libro de registro. Dom llamó, pero descubrió que el teléfono
había sido desconectado y que no aparecía un nuevo número en la guía.
—Lo comprobaremos en un libro más reciente —dijo Ernie—. Quizá se haya
mudado a otra ciudad. Puede que tengamos su nueva dirección por algún lugar.
Faye dejó una taza de café en el mostrador, al alcance de Dom, y se unió a los
demás en la mesa.
Dom tuvo mejor suerte al tercer intento, cuando marcó el número de Alan Rykoff
en Las Vegas. Una mujer cogió el teléfono, y Dom preguntó:
—¿Señora Rykoff?
Ella vaciló.
—Ya no soy la señora Rykoff. Mi nombre de soltera es Monatella.
—Oh, entiendo. Bien, me llamo Dominick Corvaisis. Le llamo desde el
Tranquility Motel, en el condado de Elko. ¿Estuvo usted aquí con su marido y su hija
hace dos veranos?
—Ummm…, sí.
—Señorita Monatella, ¿tienen usted, su hija o su ex marido… dificultades…,
problemas inquietantes y extraordinarios?
Esta vez, su vacilación estaba cargada de significado.
—¿Es una broma de mal gusto? Es evidente que sabe lo que le ocurrió a Alan.
—Por favor, señorita Monatella, créame: No sé lo que le sucedió a su ex marido.
Pero sé que hay muchas probabilidades de que usted, él o su hija, o todos, sufran

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inexplicables problemas psicológicos, que sufran pesadillas inquietantes y repetitivas
que no pueden recordar y que algunas de esas pesadillas tienen algo que ver con la
luna.
Mientras Dom le hablaba, ella exclamó con sorpresa dos veces y, al intentar
responder, no pudo hablar.
Cuando Dom advirtió que estaba a punto de llorar, la interrumpió.
—Señorita Monatella, no sé lo que le ha sucedido a usted o a su familia, pero lo
peor ha pasado. Porque, ocurra lo que ocurra…, al menos no se encuentra sola.

A más de tres mil ochocientos kilómetros al Este del condado de Elko, en


Manhattan, Jack Twist pasó la tarde del domingo repartiendo más dinero.
Tras dar el golpe del camión de Guardmaster en Connecticut, recorrió las calles
de la ciudad en busca de necesitados y no se deshizo de todo el dinero hasta las cinco
de la madrugada. Al borde del colapso físico y emocional, volvió a su apartamento en
la Quinta Avenida, se metió en la cama inmediatamente y se durmió al instante.
Soñó de nuevo con la desierta autopista que atravesaba un paisaje desolado bajo
la luz de la luna y con el extraño con casco de visera oscura que corría tras él. Cuando
la luz de la luna se tornó de un rojo sangriento, se despertó aterrado, a la una de la
tarde del domingo, sacudiendo la almohada. ¿Una luna de color rojo sangriento? Se
preguntó qué podría significar aquello.
Se duchó, se afeitó, se vistió y tomó un desayuno rápido consistente en una
naranja y un croissant duro.
En la gran alacena que servía de armario del dormitorio principal, apartó el fondo
falso y repasó el contenido del compartimiento de un metro de profundidad. Las
joyas del golpe del pasado octubre fueron vendidas con éxito y la mayor parte del
dinero del robo en el almacén de la fratellanza a principios de diciembre había sido
convertido en docenas de pagarés al portador e ingresado en las tres cuentas que Jack
tenía en bancos suizos. Sólo le quedaban los ciento veinticinco mil dólares que
guardaba para casos de emergencia.
Guardó la mayor parte del dinero en efectivo en un maletín: nueve fajos de
billetes de cien dólares, con cien billetes en cada fajo, y cinco fajos de billetes de
veinte dólares con otros cien billetes en cada uno. Se quedó sólo con veinticinco mil
dólares, suficiente ahora que no pensaba continuar sus actividades delictivas ni
exponerse a situaciones por las que se viera obligado a huir del estado o del país.
Aunque Jack tenía intención de desprenderse de una parte considerable de la
fortuna obtenida por medios ilícitos, no pensaba repartirla toda y quedarse sin un
céntimo. Aquello podía ser bueno para el alma pero, además de insensato, no sería
bueno para su futuro. Sin embargo, tenía once cajas de seguridad en otros tantos
bancos de la ciudad —fondos adicionales para una posible fuga en la que no pudiese
recoger el dinero que guardaba en su apartamento— que contenían más de un cuarto

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de millón de dólares. En los bancos suizos tenía más de cuatro millones. Era mucho
más de lo que necesitaba. Quería librarse de la mitad de aquella fortuna en las dos
semanas siguientes, tras lo cual pensaría lo que haría en el futuro. Con el tiempo,
incluso podría desprenderse de más dinero.
A las tres y media del domingo, salió a la calle con el maletín repleto de billetes.
Todos y cada uno de los rostros extraños, que durante ocho años le parecieron
ardientemente hostiles, le parecieron ahora retratos animados de promesas y
deslumbrantes posibilidades.

La cocina de los Block olía a café y chocolate caliente y, después, cuando Faye
sacó del refrigerador unos bollos y los metió en el horno, a canela y masa de
repostería.
Mientras los otros escuchaban, sentados a la mesa, Dom continuaba llamando a
las personas que pasaron la noche de aquel viernes en el motel.
Localizó a Jim Gestron, que resultó ser un fotógrafo de Los Ángeles. Gestron
viajó aquel verano por el Oeste trabajando para Sunset y otras revistas. Al principio
fue amable, pero, a medida que oía la historia de Dom, se escamó. Si Gestron había
sufrido un lavado de cerebro, los expertos en el control de la mente tuvieron tanto
éxito con él como con Faye Block. El fotógrafo no tenía pesadillas ni problemas. La
historia de lavados de cerebro, sonambulismo, nictofobia, obsesiones con la luna,
suicidios y experiencias paranormales, le pareció el desvarío de una persona con
graves alteraciones mentales. Tras hacérselo saber a Dom, colgó en mitad de la
conversación.
Después, Dom llamó a Harriet Bellot, de Sacramento, quien no estaba más
afectada que Gestron. Según dijo, era una maestra cincuentona y soltera que comenzó
a interesarse por el Lejano Oeste cuando estuvo destinada en Arizona como miembro
de los cuerpos auxiliares femeninos del Ejército. Todos los veranos, recorría las rutas
de las caravanas y visitaba los emplazamientos de fuertes y antiguos poblados indios;
generalmente, dormía en su caravana, pero a veces pasaba la noche en algún motel.
Parecía una de esas maestras agradables y consagradas a su trabajo, pero que no
permitían tonterías a sus alumnos. Tampoco se las permitió a Dom. Cuando comenzó
a hablarle de temas extraños, como los fenómenos paranormales, ella también colgó.
—¿Te hace eso sentirte mejor, Faye? —le preguntó Ernie—. No eres la única a
quien le ocultaron tan bien los recuerdos.
—Ni mucho menos —contestó Faye—. Más me valdría tener problemas como tú
o como Dom que no sentir nada. Tengo la sensación de que me han arrancado una
parte de mí y que la han arrojado lejos.
«Quizá tenga razón —pensó Dom—. Tal vez las pesadillas, las fobias y el terror
de un tipo u otro sean mejores que guardar un pequeño espacio de absoluto vacío, frío
y oscuro, en el interior. Debe ser como llevar en tu interior un fragmento de la muerte

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para el resto de tu vida».
Cuando Dominick Corvaisis telefoneó a la casa parroquial de St. Bernardette a las
cuatro y veintiséis de la tarde del domingo preguntando por Brendan Cronin, el padre
Wycazik estaba en el estudio con los miembros de una asociación benéfica católica,
llamada Caballeros de Colón, concluyendo la primera reunión para preparar el
Carnaval de Primavera de St. Bernardette celebrado todos los años.
A las cuatro y media, el padre Gerrano interrumpió al padre Wycazik para decirle
que su primo de Elko, Nevada, le llamaba por el teléfono de la cocina. Unas horas
antes, con un día de adelanto, Brendan Cronin tomó un avión de United para Reno,
aprovechando las cancelaciones de algunas plazas y pensando viajar en un pequeño
avión de Reno a Elko el lunes. En aquel momento, Brendan aún no había aterrizado
en Reno y no estaba en situación de llamar a nadie, por lo que el mensaje de Michael
intrigó al padre Wycazik y le permitió abandonar la reunión sin que ninguno de los
presentes supieran que algo extraordinario ocurría en la vida de los sacerdotes de la
parroquia.
Dejando que el joven sacerdote concluyera los asuntos con los Caballeros, corrió
al teléfono de la cocina y respondió por Brendan. Dominick Corvaisis, con la
inclinación del narrador por lo fantástico, y Stefan, con la apreciación sacerdotal del
misterio y el misticismo, se exaltaron y hablaron con locuacidad a medida que la
conversación progresaba. Stefan intercambió los detalles de las aventuras y
desventuras de Brendan —pérdida de la fe, curaciones milagrosas, sueños extraños—
por las historias de Corvaisis sobre fenómenos paranormales, sonambulismo,
nictofobia, obsesiones lunares y suicidios.
Finalmente, Stefan no pudo resistirse a preguntarle:
—Señor Corvaisis, ¿ve algún motivo para que un viejo religioso impenitente,
como yo, mantenga la esperanza de que lo ocurrido a Brendan sea, de alguna manera,
de naturaleza divina?
—Francamente, padre, a pesar de las milagrosas curaciones del policía y de la
niña, no veo la mano de Dios en esto. Hay demasiadas indicaciones de complicidad
humana para sostener la interpretación que a usted le gustaría.
Stefan suspiró.
—Supongo que tiene razón. Pero aún me aferro a la esperanza de que Brendan
haya sido llamado a Nevada a presenciar algo que le haga volver a Cristo. No
renunciaré a esa posibilidad.
El escritor rió suavemente.
—Padre, por lo que he llegado a saber de usted en esta conversación, sospecho
que nunca renunciaría a la posibilidad de redimir un alma en cualquier lugar y en
cualquier momento. Me imagino que usted no salva las almas como otros sacerdotes,
con sutileza, con ánimos amables y delicados. Tengo la impresión de que lo hace
como…, como un herrero del alma, forjando la salvación de sus semejantes con el
sudor de su frente y mucho ejercicio muscular. Por favor, entiéndame: lo digo como

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un cumplido.
Stefan también rió.
—¿De qué otra forma podría tomármelo? Creo firmemente que no merece la pena
hacer las cosas que no cuestan trabajo. ¿Un herrero inclinado sobre la fragua
ardiente? Sí, me gusta mucho la comparación.
—Estoy deseando que el padre Cronin llegue mañana. Si le parece a usted, padre,
nos alegraremos de tenerlo a nuestro lado.
—Yo también estoy con ustedes —dijo el padre Wycazik—. Si hay algo que
pueda hacer para ayudar en la investigación, haga el favor de llamarme. Si existe la
más leve posibilidad de que estos extraños sucesos impliquen la presencia manifiesta
de Dios, no me gustaría quedarme sentado en el banquillo y perderme la acción.

La siguiente inscripción correspondía a Bruce y Janet Cable, de Filadelfia.


Ninguno de los dos sufría problemas como los que acosaban a Dom, Ernie y los
demás. Sin embargo, estuvieron más dispuestos a escuchar a Dom que Jim Gestron y
Harriet Bellot, pero al final no les convenció la historia.
El último nombre de la lista era Thornton Wainwright, que dejó un teléfono y una
dirección de Nueva York. Cuando Dom telefoneó, respondió una tal señorita Neil
Karpoly, quien dijo que el número era suyo desde hacía catorce años y que nunca
había oído hablar de Wainwright. Cuando Dom le leyó la dirección de Lexington
Avenue que aparecía en el libro, ella le pidió que la repitiese y después se rió.
—No, señor, no es ahí donde vivo. Si su señor Wainwright le ha dicho que esa es
su dirección, no es un tipo de fiar. Allí no vive nadie, aunque estoy segura de que hay
miles de personas a quienes les gusta ese lugar. A mí me gustó trabajar allí. Es la
dirección de Bloomingdale’s.
Sandy se asombró cuando Dom les contó las noticias:
—¿Nombre y dirección falsos? ¿Qué quiere decir eso? ¿Fue huésped esa noche?
¿Añadió alguien el nombre en el libro para dejar pistas falsas? ¿O… qué?

Jack Twist poseía una gran variedad de documentos falsos —permisos de


conducir, partidas de nacimiento, carnés de la Seguridad Social, pasaportes e incluso
carnés de bibliotecas— con ocho nombres distintos, incluido el de «Thornton Bains
Wainwright», y cuando planeaba y daba un golpe siempre utilizaba un alias. Pero la
tarde de aquel domingo trabajó anónimamente, repartiendo otros cien mil dólares a
sorprendidos destinatarios por todo Manhattan. El regalo más cuantioso se lo hizo a
un joven marinero y a su mujer de un día, cuyo desvencijado Plymouth se averió en
Central Park South, cerca de la estatua de Simón Bolívar. «Compraos un coche nuevo
—les dijo mientras les llenaba las manos de dinero y guardaba un fajo bajo la gorra
del marinero con un gesto bromista—. Y si sois listos, no se lo diréis a nadie, y

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menos a los periódicos. Se os echarían encima los inspectores fiscales. No, no es
necesario que sepáis mi nombre, y no tenéis por qué darme las gracias. Simplemente,
tratad de portaos bien, ¿de acuerdo? No hagáis mal a nadie, porque nunca se sabe
cuánto tiempo seguiremos en este mundo».
En menos de una hora, Jack repartió los cien mil dólares que cogió del
compartimiento secreto del armario de su dormitorio. Con tiempo de sobra para hacer
lo que le apeteciera, compró un ramo de rosas encarnadas y se dirigió al condado de
Westchester, a una hora de la ciudad, al cementerio donde enterró a Jenny más de dos
semanas antes.
Jack no quiso que descansara en uno de los abarrotados y tristes cementerios de la
ciudad. Aunque sabía que era un sentimental, pensaba que el único lugar apropiado
para que Jenny descansara era el campo, donde hubiera extensas praderas de hierba
verde y árboles de sombra en verano y pacíficos paisajes nevados en invierno.
Llegó al cementerio poco antes de anochecer. Aunque las sencillas lápidas
estaban incrustadas en la tierra, sin detalles que las distinguieran entre sí, y aunque la
nieve cubría la mayor parte de ellas, Jack fue directamente a la tumba de Jenny, cuyo
emplazamiento tenía grabado en el corazón.
Mientras el día gris se convertía en un atardecer aún más oscuro, en un mundo
donde el único color era el de las rosas resplandecientes, Jack se sentó en la nieve,
ajeno a la humedad y al frío, y habló con Jenny como lo había hecho los años que
estuvo en coma. Le contó que había dado un golpe el día anterior y que había
repartido el dinero. Cuando el pesado telón del anochecer bajó sobre la cortina del
crepúsculo, el guardia de seguridad recorrió el cementerio para avisar a los últimos
visitantes del inmediato cierre de las puertas. Finalmente, Jack se puso en pie y
dirigió una última mirada al nombre de Jenny escrito en letras de bronce sobre la
lápida, iluminada ahora por la difusa luz azulada de una de las farolas que
flanqueaban el paseo principal del cementerio.
—Estoy cambiando, Jenny, y aún no sé por qué. Es un cambio a mejor, sí…, pero
también bastante extraño. —Lo que dijo a continuación le sorprendió—. Va a ocurrir
algo grande, Jenny. No sé qué, pero va a ocurrir algo grande. —De repente, reparó en
que el sentido de culpa recién hallado y el posterior avenimiento con la sociedad sólo
eran los primeros pasos de un gran viaje que le llevaría a lugares que no imaginaba
—. Va a ocurrir algo grande —repitió—, y me gustaría que estuvieses conmigo,
Jenny.

Desde que Ernie, Ned y Dom comenzaron a clavar las planchas de madera en las
ventanas del restaurante, el cielo azul de Nevada había estado armándose de negras
nubes tormentosas. Horas más tarde, cuando Dom fue en el automóvil alquilado al
aeropuerto de Elko a recoger a Ginger Weiss, el mundo quedó bajo una lúgubre luz,
atrapado en un campo de batalla gris. Dom estaba demasiado nervioso para quedarse

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en el interior de la pequeña terminal. Esperó en la pista barrida por el viento,
enfundado en su gruesa chaqueta de invierno, por lo que oyó los dos motores del
pequeño avión de diez plazas antes de verlo descender entre las nubes bajas. El
rugido de los motores realzaba la impresión de que se libraría una inminente batalla,
y Dom pensó intranquilo que, en cierto modo, estaban concentrando sus tropas; la
guerra contra el enemigo desconocido se acercaba día a día.
El avión se detuvo a veinticinco metros de la terminal, y la doctora Weiss fue la
cuarta pasajera en desembarcar. Incluso con un abrigo de tres cuartos, abultado y
poco favorable, parecía pequeñita y atractiva. El viento hacía una bandera de su
sedoso cabello rubio plateado.
Dom corrió hacia ella; Ginger se detuvo y dejó las maletas. Vacilaron, se miraron
en silencio, con una extraña mezcla de sorpresa, excitación, satisfacción y aprensión.
Entonces, con una impulsividad que le sorprendió a ella tanto como a él, se echaron
uno en brazos del otro como si fueran viejos y queridos amigos que no se veían desde
hacía largo tiempo. Dom la estrechó contra sí y, cuando ella le devolvió el abrazo,
sintió que su corazón latía tan aprisa y con tanta fuerza como el de ella.
«¿Qué diablos está ocurriendo?», se preguntó.
Pero estaba demasiado agitado para analizar la situación. Por el momento, podía
sentir pero no pensar.
Ninguno de los dos quería soltarse y, cuando finalmente se separaron, ninguno
pudo hablar. Ginger intentó decir algo, pero su voz se ahogó por la emoción, y Dom
farfulló incoherencias. Así que ella cogió una maleta y él otra, y salieron al
aparcamiento.
En el coche, con el motor en marcha y el aire templado de la calefacción en el
rostro, Ginger dijo:
—¿Qué ha sido eso?
Aún asombrado, pero, curiosamente, sin avergonzarse del atrevido recibimiento
que le había dispensado, Dom se aclaró la garganta.
—Realmente no lo sé. Pero creo que quizá, juntos, pasamos por algo tan extraño
que la experiencia ha creado un lazo especial entre nosotros, un poderoso lazo cuya
existencia no conocíamos hasta que no nos hemos visto en carne y hueso.
—Cuando me topé con la fotografía del libro, me ocurrió algo muy extraño, pero
no fue como esto. Al salir del avión, al verte allí… fue como si nos conociéramos de
toda la vida. No, no es eso exactamente. Para ser exactos…, fue como si nos
conociéramos uno a otro mucho mejor de lo que conocemos a nadie, como si
compartiésemos un tremendo secreto que todo el mundo quisiera conocer, pero que
sólo nosotros poseemos. ¿No parece una locura?
Dom agitó la cabeza.
—No. En absoluto. Has dicho con palabras lo que yo sentía…, lo mejor que
puede expresarse con palabras.
—Ya conoces a los demás —añadió Ginger—. ¿Ocurrió lo mismo cuando los

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viste por primera vez?
—No. Sentí instantáneamente… cierto afecto por ellos, una intensa sensación de
unión, pero nada tan poderoso como lo que he sentido al verte bajar del avión. Todos
experimentamos algo extraño que unió nuestras vidas, nuestro futuro, aunque,
evidentemente, nosotros dos vivimos una experiencia más extraña y que nos afectó
más que cualquier otra que compartiéramos con ellos. Maldita sea. Es como una caja
sorpresa. Un misterio dentro de otro.
Permanecieron media hora sentados en el coche, en el aparcamiento del
aeropuerto, hablando. Fuera, automóviles y camionetas circulaban a su alrededor, y el
viento de enero golpeaba el Chevy y gemía en las ventanas; sin embargo, sólo estaban
pendientes de ellos mismos.
Ginger le contó las fugas, las sesiones de regresión hipnótica con Pablo Jackson y
la técnica de control de la mente llamada bloqueo de Azrael. Le contó el asesinato de
Pablo y su apurada huida.
Aunque, evidentemente, Ginger no buscaba simpatía por sus sufrimientos ni
alabanzas por la forma en que se había desenvuelto en situaciones difíciles, el respeto
y la admiración de Dom crecieron minuto a minuto. Sólo medía uno cincuenta y
ocho, y pesaba cuarenta y seis kilos, pero de algún modo tenía una presencia física
más imponente que hombres con el doble de su tamaño.
Dom relató los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas; cuando Ginger
conoció el sueño que Dom tuvo la noche anterior y los nuevos recuerdos que habían
surgido de él, pareció inmensamente aliviada. El sueño de Dom probaba la teoría de
Pablo Jackson: sus fugas no eran causadas por una aberración mental; por el
contrario, siempre las desencadenaban objetos asociados a su retención en el motel.
Los guantes negros y el casco de visera oscura le aterrorizaron porque estaban
directamente relacionados con el recuerdo reprimido de la gente con trajes anti-
contaminantes que la atendieron mientras le hacían el lavado de cerebro. El desagüe
del lavabo del hospital le aterró porque, probablemente, ella fue uno de los
«detenidos» envenenados por el coronel Falkirk (quienquiera que fuese) y porque le
obligaron a vomitar la sustancia mortífera igual que a Dom. Mientras estuvo atada a
la cama del motel, debieron examinarle los ojos varias veces para determinar la
profundidad del trance producido por las drogas, razón por la que al ver el
oftalmoscopio emprendió aterrorizada la carrera aquella noche en la consulta de
George Hannaby. Dom vio que la tensión de Ginger decrecía ante la prueba
irrefutable de que aquellas pérdidas de conocimiento no eran síntomas de locura, sino
un método desesperado, pero totalmente racional, de evitar los acontecimientos que
los expertos en el control de la mente le prohibieron recordar.
—¿Y los botones metálicos del abrigo del hombre que asesinó a Pablo? —
preguntó Ginger—. ¿Y los del uniforme del policía? ¿Por qué me aterrorizaron y me
provocaron una fuga?
—Sabemos que los militares están involucrados en este encubrimiento —dijo

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Dom, subiendo la potencia de la calefacción para contrarrestar el aire frío que
penetraba por las ventanillas—, y los uniformes de los oficiales tienen botones de
metal parecidos, aunque no con un león pasante. Suelen tener… águilas en relieve.
Los botones de los abrigos del asesino y del policía eran parecidos a los de los
uniformes de quienes nos retuvieron en el motel.
—De acuerdo, pero dijiste que llevaban trajes anti-contaminantes, no uniformes.
—Quizá no utilizaron los trajes anti-contaminantes los tres días y medio. En
algún momento decidieron que ya no había peligro y se los quitaron.
Ginger asintió.
—Estoy segura de que fue así. Y eso sólo deja sin explicación una cosa. Los
faroles de la casa de Newbury Street, el día que Pablo fue asesinado. Te he hablado
de ellos: eran de hierro negro con cristales esmerilados de color ámbar. Tenían esas
bombillas que imitan la luz de las farolas de gas. Unas farolas perfectamente
normales. Pero me provocaron otra fuga.
—Los pies de las lámparas de las habitaciones del Tranquility Motel son
imitación de farolas y tienen pequeños cristales de color ámbar.
—¡Diablos! De modo que todas las fugas fueron provocadas por objetos que me
recordaban algo de los días en que me lavaron el cerebro.
Dom vaciló, luego metió la mano dentro del jersey, sacó la fotografía del bolsillo
de la camisa y se la dio.
Ginger palideció y se estremeció cuando se vio mirando con ojos vacíos a la
cámara.
—¡Gevalt! —Apartó la mirada de la fotografía.
Dom le dio tiempo para que se recuperase de la conmoción.
Fuera, en la moribunda luz de un gris sucio, algunos vehículos aparcados
esperaban en silencio, como bestias amenazadoras, mudas y pensativas. El viento
arrastraba por el asfalto papeles, hojas secas y todo tipo de basura.
—Es algo meshugge —afirmó, volviendo a bajar la mirada preocupada a la
fotografía—. Es una locura. ¿Qué nos podría haber ocurrido que justificase esta
complicada y arriesgada conspiración? ¿Qué vimos que fuese tan terriblemente
importante?
—Lo averiguaremos —prometió Dom.
—¿Lo haremos? ¿Nos lo permitirán? Mataron a Pablo. ¿No harán lo que sea
necesario para que no averigüemos la verdad?
Volviendo a ajustar la calefacción, Dom dijo:
—Bueno, me figuro que hay dos facciones entre los conspiradores. Por un lado,
los radicales, representados por el coronel Falkirk y su gente; por otro, unos tipos
mejores (no podemos llamarlos los buenos exactamente), representados por quien nos
envió las fotografías y por los dos hombres en traje anti-contaminante del sueño de
anoche. Los radicales querían matarnos desde el principio, para que no se pusiera en
peligro el encubrimiento. Pero los otros tipos querían hacernos olvidar los recuerdos,

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utilizar técnicas de control de la mente en lugar de la violencia para que pudiéramos
seguir viviendo; estos últimos debían representar la facción más fuerte, pues se
salieron con la suya.
—El tipo que asesinó a Pablo pertenecía casi con toda seguridad a los radicales.
—Sí. Trabajaba para Falkirk. Evidentemente, el coronel aún está decidido a matar
a cualquiera que ponga en peligro el encubrimiento, lo que significa que ninguno de
nosotros está a salvo. Pero los de la facción contraria no creen en la solución
definitiva de Falkirk, y me parece que aún intentan protegernos. Así que tenemos una
oportunidad. De todos modos, no podemos desentendemos de esto. No podemos
irnos a casa e intentar seguir viviendo nuestras vidas sólo porque el enemigo parezca
formidable.
—No —admitió Ginger—, no podemos hacerlo. Porque hasta que no
averigüemos lo que ocurrió, no tendremos nuestra propia vida. —El viento estrellaba
las hojas secas contra el parabrisas, las hacía volar sobre el techo. Ginger paseó la
mirada por el aparcamiento—. Deben saber que nos estamos reuniendo en el motel,
que todo está desmoronándose. ¿Crees que nos vigilan ahora?
—Es probable que vigilen el motel —dijo Dom—. Pero no me han seguido al
aeropuerto. He estado pendiente.
—No necesitarían seguirte —manifestó Ginger tristemente—. Sabían dónde ibas.
Sabían a quién recogerías.
—¿Vivimos con la ilusión de ser libres? ¿Somos sólo pulgas en la mano de un
gigante que puede aplastarnos cuando lo desee?
—Quizá —señaló Ginger Weiss—. Pero, por Dios, al menos le picaremos un par
de veces antes de que nos aplaste.
Lo dijo con tan ardiente determinación que resultaba convincente, pero también
divertido en el contexto de una metáfora tan cómica como la del gigante y el montón
de pulgas. Aunque se sintió satisfecho por su firme resolución frente a unas
posibilidades tan sobrecogedoramente escasas, Dom no pudo evitar reírse.
Mirándolo con sorpresa, ella también rió.
—¿Soy valiente o no? Un gigante está a punto de aplastarme, pero me siento
triunfante porque podré picarle antes de que me reduzca a una mancha de sangre.
—Deberías apellidarte Valiente —respondió Dom, riendo con más fuerza.
Mientras contemplaba a Ginger reírse a su costa, a Dom le sobrecogió de nuevo
su belleza. Su reacción al verla desembarcar del avión fue instantánea y poderosa
debido a las experiencias olvidadas que compartían. Pero aunque hubieran sido unos
completos desconocidos cuyas vidas nunca se hubieran cruzado, habría sentido algo
más al verla que lo que sentía al ver a una mujer atractiva. Bajo cualquier
circunstancia, Ginger le habría hecho volver la cabeza. Era especial.
Respiró profundamente y preguntó:
—¿Vamos a conocer a los demás?
—Oh, sí —dijo Ginger, llevándose los dedos a los ojos para enjugarse las

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lágrimas que le produjeron su humor tétrico—. Sí, estoy deseando conocer a las otras
pulgas en la mano del gigante.

Cuando faltaba menos de media hora para el anochecer, las sombras en las
llanuras eran alargadas, y la fangosa luz gris del cielo nublado daba un aire de
misterio a objetos tan normales como los arbustos de artemisa, las formaciones
rocosas y las retorcidas matas de hierba seca.
Antes de conducirla al motel, Dom llevó a Ginger al lugar que él llamaba «lugar
especial», a unos quinientos metros al Sur de la interestatal 80. El viento susurraba en
la vegetación medio oculta. El hielo que cubría la hierba y los arbustos, cuando no
brillaba, parecía negro, de un negro bruñido.
El escritor se apartó de su lado, con las manos metidas en los bolsillos, y
permaneció en silencio. Le dijo que no quería influenciar su reacción ante aquel lugar
ni avivar sus primeras impresiones con una descripción.
Ginger caminó lentamente de un lado a otro, con la sensación de estar haciendo
una tontería, como si tomara parte en una disparatada sesión de espiritismo, buscando
vibraciones clarividentes. Pero pronto dejó de sentirse tonta, pues comenzó a percibir
las vibraciones realmente. En seguida apareció una extraña intranquilidad, y Ginger
advirtió que evitaba los lugares donde las sombras eran más negras, como si algo
hostil se escondiera en ellas. El corazón le latió con fuerza. La intranquilidad se
convirtió en temor, y sintió cómo le cambiaba el ritmo de la respiración.
—Está en mi interior. Está en mi interior.
Se volvió hacia la voz. Era la voz de Dom. Oyó las palabras a su espalda. Pero no
había nadie: Sólo artemisa seca y una delgada capa de nieve que brillaba con una
luminosidad tenue en su nido de sombras.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Dom, dirigiéndose hacia ella.
Se había equivocado. La otra voz de Dom, la voz fantasmal, no la oyó a sus
espaldas. Procedía de su interior. Volvió a oír al otro Dom y comprendió que oía el
fragmento de un recuerdo, un eco del pasado, algo que Dom dijo aquella noche del
viernes 6 de julio, quizá en aquel mismo lugar. El recuerdo no venía acompañado de
elementos visuales u olfatorios porque era parte de los acontecimientos ocultos tras el
bloqueo de Azrael. Sólo consistía en aquellas cuatro palabras apremiantes repetidas
dos veces: «Está en mi interior».
Bruscamente, el miedo que hervía en su interior estalló. El paisaje que la rodeaba
parecía encarnar una amenaza desconocida, pero monstruosa. Se dirigió hacia la
autopista, caminando con paso vivo. Dom le preguntó qué ocurría, y ella aceleró el
paso, incapaz de responder porque el miedo parecía una pasta en la boca y la
garganta. Dom la llamó y ella emprendió la carrera. Todos los objetos a la vista
parecían heridos en su lado este, pues sus oscuras y sangrientas sombras se
derramaban en aquella dirección.

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Ginger no pudo hablar hasta que no estuvieron en el Chevrolet, con las puertas
cerradas y el motor en marcha, y sintiendo el aire de la calefacción en su rostro
helado. Temblorosamente, le describió el temor desconocido que experimentó en
aquel trozo de tierra normal y la voz apremiante, y le dijo aquellas cuatro palabras.
—Está en mi interior —repitió Dom pensativamente—. ¿Estás segura de que es
algo que te dije aquella noche?
—Sí. —Se estremeció.
—Está en mi interior. ¿Qué diablos quería decir con eso?
—No lo sé —contestó Ginger—. Pero me pone los pelos de punta.
Dom se quedó callado un momento. Luego añadió:
—Sí. A mí también.

Esa noche, en el motel, Ginger tuvo la impresión de encontrarse en una reunión


familiar para celebrar una fiesta como el Día de Acción de Gracias. A pesar de las
dificultades, estaban de buen humor; como ocurre con una familia auténtica, sacaban
fuerzas unos de otros. Se apretaron los seis en la pequeña cocina y prepararon la
cena; mientras realizaban aquella tarea doméstica, Ginger llegó a conocerlos mejor y
sintió un fortalecimiento de los lazos que la unían a ellos.
Ned Sarver, al ser cocinero profesional, preparó el plato fuerte: pechugas de pollo
con salsa picante y crema agria. En un primer momento, Ginger pensó erróneamente
que Ned era un tipo huraño y poco amistoso, pero pronto cambió de opinión. La
taciturnidad puede ser a veces muestra de un saludable ego que no necesita la
gratificación constante, que era el caso de Ned. Además, Ginger no podía evitar
tenerle simpatía a un hombre que amaba tanto a su mujer como Ned amaba a Sandy,
era un amor visible en cada palabra que le decía, en cada mirada que le dirigía.
Sandy, la única afectada positivamente por aquella misteriosa experiencia, tenía
un temperamento tan dulce y estaba tan contenta por la forma en que había cambiado
que resultaba una compañía especialmente amena. Ella y Ginger prepararon la
ensalada y las verduras y, mientras trabajaban, quedaron unidas por un afecto casi de
hermanas.
Faye Block preparó el postre, una tarta de crema de plátano recubierta de
chocolate. Faye le gustó y le recordó a Rita Hannaby. La culta mujer mundana era
distinta a Faye en muchos aspectos, pero se parecían en lo fundamental: eran mujeres
eficientes, responsables, decididas y afectuosas.
Ernie Block y Dom Corvaisis extendieron la mesa plegable y pusieron los
cubiertos para seis personas. Al principio, Ernie le pareció estirado e intimidatorio,
pero ahora veía que era un encanto. Inspiraba tanto afecto por su miedo a la
oscuridad, que le hacía parecer infantil a pesar de su tamaño y edad.
De las cinco personas con las que estaba Ginger, sólo Dominick Corvaisis le
inspiraba emociones que no entendía. Sentía la misma amistad hacia él que hacia los

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demás y percibía el lazo particular que los unía por haber compartido una experiencia
los dos solos. Pero también sentía una atracción física hacia él. Aquello le sorprendió
porque nunca se sentía atraída por un hombre hasta que no llegaba a conocerlo bien,
lo que generalmente suponía, al menos, varias semanas. Consciente de sus deseos
románticos, Ginger cogió las riendas de sus sentimientos con mano fuerte y se
esforzó en convencerse de que Dom no sentía una atracción similar por ella, aunque
fuera evidente.
Durante la cena, los seis continuaron discutiendo aquella extraña y difícil
situación y buscando pistas que pudieran haber pasado por alto.
Al igual que Dom, Ginger no recordaba el vertido tóxico ocurrido dos veranos
antes, aunque los Block y los Sarver sí lo recordaban con claridad. Realmente habían
cortado la I-80 y declarado una emergencia, de eso no había duda. Sin embargo, la
noche anterior, Dom convenció a los Block de que sus recuerdos de haber sido
evacuados al rancho de Elroy y Nancy Jamison en las montañas eran falsos y que
tanto ellos como los Jamison fueron retenidos, casi con toda seguridad, en el motel.
(Según Faye y Ernie, los Jamison no habían hablado de pesadillas ni problemas
extraños últimamente, de modo que el lavado de cerebro que les hicieron era efectivo,
aunque sería necesario hablar con ellos pronto). Asimismo, Ned y Sandy admitieron
con reticencia que sus propios recuerdos de haber pasado la crisis en el remolque eran
demasiado confusos para ser reales y que ellos también fueron atados a una cama del
motel, narcotizados y sometidos a un lavado de cerebro como quienes aparecían en
las fotografías.
—Pero —se preguntó Faye—, ¿por qué no nos dieron a todos los mismos
recuerdos?
—Quizá a los que vivís aquí os grabaron en la memoria lo del vertido tóxico y el
cierre de la autopista —dijo Ginger—. Sería necesario porque, después, la gente os
preguntaría dónde estuvisteis durante la emergencia, y tendríais que saber de qué
estaban hablando. Pero Dom y yo somos de lugares lejanos, no era probable que
volviésemos por aquí ni que nos topáramos con alguien que supiera que estuvimos
dentro de la zona de cuarentena, de modo que no se molestaron en incluir esa parte de
la realidad entre los recuerdos falsos que nos implantaron.
Sandy detuvo el tenedor lleno de pollo en el aire.
—¿No sería más seguro y más fácil hacer que vuestros recuerdos también
coincidieran con el vertido tóxico?
—Desde que Pablo Jackson me ayudó a descubrir que me habían manipulado la
mente —dijo Ginger—, he leído mucho sobre los lavados de cerebro y creo que
resulta mucho más fácil implantar recuerdos completamente falsos que hacerlo con
partes reales, como la emergencia por contaminación y el cierre de la autopista.
Probablemente se tarde mucho más tiempo en construir recuerdos que tengan algo de
la realidad y, quizá, simplemente no tuvieron tiempo para hacerlo con todos nosotros.
De modo que sólo les hicieron el lavado de cerebro de superlujo a los habitantes del

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lugar.
—Eso parece lógico —afirmó Ernie, y los demás estuvieron de acuerdo.
—¿Pero se produjo en realidad el vertido tóxico —preguntó Faye— o sólo fue
una excusa que les permitiera cerrar la I-80 y confinarnos aquí, una forma de evitar
que contásemos lo que vimos aquel viernes por la noche?
—Sospecho que se produjo algún tipo de contaminación —respondió Ginger—.
En la pesadilla que, por lo que sabemos, es más un recuerdo que un sueño, los
hombres llevaban trajes anti-contaminantes. Ahora bien, quizá los llevaran cuando
llegaron a la zona en cuarentena para que los vieran los periodistas y los curiosos.
Pero una vez aquí, donde nadie podía verlos, no llevarían los trajes a menos que fuese
estrictamente necesario.
Mirando con intranquilidad a la persiana de la ventana más próxima a la mesa,
como si hubiera visto introducirse un hilo de la oscuridad que rondaba fuera, Ernie se
aclaró la garganta y preguntó:
—Sí, mmm…, bien, ¿cuál de las dos posibilidades crees que fue? Tú eres médica.
¿Parece una contaminación biológica o química? Nos contaron la historia de que se
trataba de productos químicos destinados al campo experimental de Shenkfield.
Ginger pensó en esa pregunta mucho tiempo antes de que Ernie se la hiciera.
¿Contaminación química o biológica? Llegó a una respuesta que le inquietaba
profundamente.
—Por regla general, los equipos utilizados en casos de contaminación química no
tienen por qué ser herméticos. Simplemente deben cubrir al trabajador de la cabeza a
los pies para evitar que cualquier sustancia cáustica o tóxica entre en contacto con la
piel y también deben incluir una mascarilla, en lugar de casco y botella de oxígeno,
para evitar la inhalación de vapores tóxicos. Generalmente, están fabricados con un
tejido ligero no poroso, y para la cabeza basta con una capucha de tela con visera de
plástico. Pero Dom describió trajes pesados con una gruesa capa de vinilo, con
guantes de una pieza con la manga y un casco duro cerrado herméticamente en el
cuello. Sin lugar a dudas, es un equipo diseñado para evitar la exposición a un
peligroso agente biológico, a un microbio.
Durante unos momentos nadie dijo una palabra, sopesando la inquietante noticia.
Después, Ned bebió un largo trago de su Heineken para fortalecerse y dijo:
—Así que nos hemos contaminado con algo.
—Algún virus destinado a la guerra biológica —dijo Faye.
—Si lo llevaban a Shenkfield, sólo podría ser algo así —indicó Ernie—. Algo
peligroso.
—Pero vivimos —afirmó Sandy.
—Porque pudieron aislarnos y tratarnos inmediatamente —dijo Ginger—. Desde
luego, no tendrían intención de experimentar con nosotros un virus desarrollado por
la ingeniería genética, algún organismo nuevo y mortal que pudiera utilizarse como
arma biológica, a menos que no conocieran una cura efectiva. Debían tener un nuevo

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antibiótico o un suero para casos de emergencia. Si nos contaminaron, también nos
curaron.
—Parece lógico, ¿no es así? Quizá esté todo desmoronándose pieza a pieza —
advirtió Ernie.
Dom disintió:
—Eso no explica lo que sucedió aquella noche, lo que vimos que no querían que
viésemos. No explica qué hizo que el comedor temblase y que las ventanas estallasen,
tanto la primera noche como ayer.
—Y tampoco explica las otras cosas extrañas —aseguró Faye—. Como esos
carteles de la luna flotando alrededor de Dom en casa de Lomack. Ni las noticias del
padre Wycazik sobre la curaciones milagrosas que realiza ese joven sacerdote.
Se miraron unos a otros, esperando en silencio a que alguien adelantase una
explicación que relacionara la contaminación biológica con aquellos sucesos
paranormales, pero nadie tenía una respuesta.

A menos de quinientos kilómetros al oeste del Tranquility Motel, en otro motel de


Reno, Brendan Cronin se acostó y apagó las luces. Aunque sólo habían pasado unos
minutos de las nueve, aún seguía el horario de Chicago, de modo que para él eran las
once de la noche.
Sin embargo, no podía dormirse. Tras inscribirse en el motel y cenar en un
restaurante Bob’s Big Boy, telefoneó a la casa parroquial de St. Bette y habló con el
padre Wycazik, quien le informó de la llamada de Dominick Corvaisis. A Brendan le
conmocionó la noticia de que no era el único envuelto en el misterio. Pensó en llamar
al Tranquility, pero ya sabían que estaba en camino, y lo que tuvieran que decirse por
teléfono podrían decírselo mejor en persona, mañana. Los pensamientos sobre el día
siguiente y las especulaciones de lo que podría suceder lo mantenían en vela.
Llevaba menos de una hora despierto en la cama y sus pensamientos se centraron
en la extraña luminiscencia que inundó su dormitorio de la casa parroquial dos
noches antes, cuando el fenómeno volvió a producirse repentinamente. Esta vez no
había una fuente visible de luz, ni siquiera una tan improbable como la luna de
escarcha en la ventana, de donde surgía el extraño resplandor la pasada noche del
viernes. Ahora, el resplandor apareció a su alrededor, como si las mismas moléculas
del aire hubiesen adquirido la propiedad de emitir luz. Al comienzo era un brillo
pálido, lunar, lechoso, que se intensificó por segundos, hasta que le pareció estar
tumbado en campo abierto, bajo el semblante amenazador de la luna llena.
Era distinta a la pacífica luz dorada que veía en su sueño recurrente y, como le
ocurrió dos noches antes, le produjo emociones conflictivas: horror, éxtasis, miedo y
una incontenible excitación.
Como en la habitación de la casa parroquial, la luz lactescente cambió de color y
se tornó de un rojo escarlata. Brendan parecía suspendido en una radiante burbuja de

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sangre.
«Está en mi interior», pensó, preguntándose qué quería decir. En mi interior. El
pensamiento retumbó en su mente. De repente, se heló de miedo.
Su corazón galopante parecía a punto de estallar. Brendan permaneció rígido. Los
círculos aparecieron en sus manos. Palpitando.

2. 13 DE ENERO, LUNES

Cuando la mañana siguiente se reunieron en la cocina de Ernie y Faye para


desayunar, Dom se inquietó al saber que todos habían pasado una mala noche.
—Está destruyéndose como yo pensaba —dijo—. Al reunirnos aquí, al volver a
formarse el grupo de quienes estuvimos aquí aquella noche, al trabajar juntos para
descubrir la verdad, estamos ejerciendo una constante presión sobre los bloqueos de
memoria que nos implantaron. Y ahora, la barrera se desmorona con mayor rapidez.
La noche pasada, Dom, Ginger, Ernie y Ned sufrieron pesadillas
excepcionalmente vividas y tan parecidas que, con toda seguridad, eran fragmentos
de recuerdos prohibidos. En todos los casos, se encontraban atados a una cama del
motel y eran atendidos por hombres con equipos anti-contaminantes. Sandy tuvo un
sueño placentero, aunque carecía de la claridad y el detalle de las pesadillas de los
demás. Faye fue la única que no soñó nada.
A Ned le afectó tanto la pesadilla que el lunes por la mañana, cuando llegó con
Sandy de Beowawe para desayunar, anunció que se quedarían en una habitación del
motel hasta que todo terminase.
—Anoche, cuando me despertó la pesadilla, no pude volver a dormirme. Mientras
estaba despierto en la cama, pensé en lo solos que estábamos en el remolque,
rodeados de llanos… Quizá ese coronel Falkirk decida matarnos como quería hacer
desde el principio. Y si lo intenta, no quiero que Sandy y yo estemos solos en el
remolque.
Dom se compadeció de Ned porque aquellos sueños enigmáticos y vívidos eran
nuevos para el cocinero. En las últimas semanas, Dom, Ginger y Ernie habían
aprendido a hacer frente a las poderosas e inquietantes pesadillas, pero Ned no había
desarrollado sus defensas y le afectó enormemente.
Desde luego, Ned hacía bien en temer al coronel Falkirk. Cuanto más se
aproximaba al descubrimiento de la conspiración y de la verdad, más aumentaban las
posibilidades de que se convirtieran en el blanco de un ataque preventivo. Dom no
creía que Falkirk hiciera el primer movimiento hasta que Brendan Cronin, Jorja
Monatella y, quizá, otras víctimas se reunieran en el Tranquility. Pero una vez que
estuvieran todos juntos, tendrían que mantenerse alerta ante el ataque.
Ahora, en la cocina de los Block, Ned Sarver desayunaba sin apetito mientras
hablaba de las imágenes que le alteraron el sueño. Al principio, soñó que era hecho

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prisionero por hombres con equipos anti-contaminantes, pero después llevaban batas
de laboratorio o uniformes militares, prueba de que el peligro biológico había pasado.
Uno de los hombres era el coronel Falkirk, y Ned lo describió con detalle: unos
cincuenta años, cabello negro con las sienes encanecidas, ojos grises como círculos
de acero pulido, nariz ganchuda, labios finos.
Ernie pudo confirmar el retrato que Ned dibujó con palabras, pues Falkirk
también había aparecido en su pesadilla. La sorprendente coincidencia de la aparición
del mismo hombre en los sueños de Ned y Ernie demostraba que no era simplemente
un producto de la imaginación, sino un rostro real que tanto Ernie como Ned vieron
dos veranos antes.
—En mi pesadilla —dijo Ernie—, otro oficial del Ejército llamó a Falkirk por su
nombre. Leland. Coronel Leland Falkirk.
—Probablemente esté destinado en Shenkfield —advirtió Ginger.
—Trataremos de averiguarlo más tarde —añadió Dom.
Los bloqueos de memoria estaban derrumbándose definitivamente. Ante aquella
perspectiva, Dom se encontraba más animado de lo que había estado en varios meses.
En la pesadilla de Ginger, que contó después, no era ella la única persona a quien
lavaban el cerebro en la habitación cinco, la que ocupó aquel verano y que ahora
volvía a ocupar.
—Había una cama plegable en un rincón, y a la pelirroja que estaba tumbada en
ella no lo había visto en mi vida. Tenía unos cuarenta años. Le habían conectado un
gotero y un electrocardiógrafo. Tenía… esa mirada inexpresiva.
Al igual que Ernie y Ned compartían una novedad en sus sueños —la aparición
del coronel Falkirk—, Dom y Ginger también compartían otro descubrimiento. En el
sueño de Dom, había una cama plegable flanqueada por un gotero y un
electrocardiógrafo, y en ella estaba tumbado un joven menor de treinta años, de cara
pálida, bigote poblado y ojos de muerto viviente.
—¿Qué significa eso? —preguntó Faye Block—. ¿Tuvieron que hacer tantos
lavados de cerebro que no eran suficientes las veinte habitaciones?
—Pero —dijo Sandy—, en el libro de registro sólo aparecen ocupadas siete
habitaciones.
—Debía haber gente en la interestatal —indicó Ginger—, viajando, que vio lo
mismo que nosotros. El Ejército pudo detenerlos y traerlos aquí. Sus nombres no
aparecerán en el registro.
—¿Cuántos? —preguntó Faye.
—Probablemente nunca lo sepamos con seguridad —respondió Dom—. No los
conocimos; sólo compartimos la habitación con ellos cuando estábamos narcotizados.
Quizá podamos recordar los rostros de los que vimos, pero jamás recordaremos unos
nombres y unas direcciones que nunca supimos.
Al menos, aquellos recuerdos programados, aquella sarta de mentiras, se
disolvían permitiendo que apareciese la verdad. Por el momento, Dom se conformaba

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con eso. Con el tiempo, descubrirían toda la historia… si el coronel Falkirk no
lanzaba antes la artillería pesada contra ellos.

El lunes por la mañana, mientras el grupo reunido en el Tranquility desayunaba,


Jack Twist era acompañado a una caja de seguridad en la cámara blindada de la
sucursal de Citybank en la Quinta Avenida de Nueva York. La empleada del banco,
una joven atractiva, le llamaba «señor Farnham», pues ese era el nombre que Jack
utilizó al alquilar la caja.
Tras el uso de varias llaves diferentes para extraer la caja del muro de la cámara,
cuando lo dejaron solo en una pequeña habitación, la abrió y contempló con asombro
el contenido. El recipiente rectangular de metal contenía algo que él no dejó allí;
aquello era imposible, pues sólo él conocía la existencia de la caja y poseía la única
llave maestra.
Debería contener cinco sobres blancos con cinco mil dólares cada uno en billetes
de cien y de veinte, y el dinero, desde luego, parecía estar intacto. Era una de las once
reservas que guardaba en cajas de seguridad por toda la ciudad. Aquella mañana
partió de su casa con la intención de sacar mil quinientos dólares de cada caja, hasta
un total de ciento sesenta y cinco mil dólares que pensaba repartir. Abrió cada uno de
los cinco sobres y contó el dinero con manos temblorosas. No faltaba ni un solo
billete.
Jack no se tranquilizó. Aunque el dinero estuviera intacto, la presencia de otro
objeto demostraba que habían descubierto su identidad falsa, que su intimidad había
sido violada y su libertad comprometida. Alguien sabía quién era en realidad
«Gregory Farnham», y lo que había dejado en la caja era la notificación de que su
complicado encubrimiento había sido desarticulado.
Se trataba de una postal. No estaba escrita, no había mensajes; la presencia de la
postal era en sí un mensaje suficientemente claro. La postal era una fotografía del
Tranquility Motel.
Dos veranos antes, tras robar con Branch Pollard y otro hombre en la mansión de
Avril McAllister, en el condado de Marin, al norte de San Francisco, y después de
realizar una rentable visita a Reno, alquiló un automóvil y regresó al Este por
carretera, deteniéndose la primera noche en el Tranquility Motel, junto a la
interestatal 80. Hasta entonces no se había vuelto a acordar de aquel lugar, pero lo
reconoció en cuanto vio la fotografía.
¿Quién podía saber que se hospedó en aquel motel? Branch Pollard no. Nunca le
contó a Pollard lo de Reno ni su decisión de regresar a Nueva York en automóvil. Y
tampoco el tercer hombre del golpe de McAllister, un tipo llamado Sal Finrow, de
Los Ángeles; Jack no volvió a verlo desde que se separaron tras aquel desastroso
trabajo.
Entonces Jack comprendió que, al menos, tres de sus identidades falsas habían

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sido descubiertas. Había alquilado la caja de seguridad con el nombre de «Farnham»,
pero en el Tranquility Motel se inscribió como «Thornton Wainwright». Aquellos
nombres de guerra habían sido descubiertos, y la única manera de que alguien
hubiera logrado hacerlo era conectando a Jack con su identidad de «Phillipe Deion»,
nombre bajo el que residía en su apartamento de la Quinta Avenida, por lo que aquel
nombre también debía haber sido descubierto.
Maldición.
Permaneció sentado en el pequeño cubículo, sorprendido pero pensando
enfebrecidamente, intentando decidir quién podría ser su enemigo. No podía tratarse
de la policía, del FBI o de cualquier otra autoridad, pues lo habrían arrestado
inmediatamente si dispusieran de tantas pruebas; no jugarían de aquella manera. Ni
tampoco podía ser uno de los hombres con quienes trabajó en algún golpe, pues
tomaba grandes precauciones en mantener bien alejados de su vida de la Quinta
Avenida a sus conocidos en el mundo del hampa. Ninguno sabía dónde vivía
realmente; en el caso de que planearan un trabajo que requiriese su capacidad
organizadora y sus conocimientos especializados, podían localizarlo mediante una
serie de apartados postales o varios números de teléfono a nombres falsos en los que
tenía conectados contestadores automáticos. Estaba convencido de la efectividad de
aquellas precauciones. Además, si algún matón hubiera metido las manos en la caja,
no habría dejado intactos los veinticinco mil pavos; se lo hubiera llevado todo.
«¿Quién está detrás de mí?», se preguntó Jack.
Pensó en el robo del almacén de la fratellanza que él, Mort y Tommy Sung
llevaron a cabo el 3 de diciembre. ¿Estaba la mafia tras él? Cuando querían dar con
alguien, aquellos tipos tenían más contactos, fuentes de información, decisión y
perseverancia que el FBI. Y la fratellanza, casi con toda seguridad, no se hubiera
llevado ni un solo céntimo de los veinticinco mil dólares, como un siniestro aviso de
que querían algo más que el dinero que les había robado. También era del estilo de la
fratellanza dejar una provocación como la postal, porque a aquellos tipos les gustaba
hacer sudar a la víctima antes de apretar el gatillo.
Por otro lado, incluso si la mafia lo había localizado y había investigado su
pasado para saber a quién más había robado, no se habrían tomado la molestia de
conseguir postales del Tranquility Motel sólo para meterle miedo en el cuerpo. Si
hubieran querido dejar una amenaza en la caja de seguridad, habrían dejado una
fotografía del almacén de New Jersey donde cometió el robo.
Si no era la mafia. ¿Quién era entonces? Maldita sea, ¿quién?
El pequeño cubículo comenzó a parecerle más pequeño de lo que era, Jack sintió
claustrofobia y vulnerabilidad. Mientras estuviera en el banco, no podía huir ni tenía
dónde esconderse. Guardó los veinticinco mil dólares en los bolsillos del abrigo,
olvidándose de desprenderse de ellos; de repente, se había convertido en el dinero de
la huida. Guardó la postal en la cartera, cerró la caja vacía y pulsó el timbre para
llamar a un empleado.

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Dos minutos después, salió a la calle, respirando profundamente el helado aire de
enero, observando a la gente que caminaba por la Quinta Avenida para identificar a
un posible perseguidor. No vio a nadie sospechoso.
Permaneció unos momentos inmóvil como una roca en la corriente de gente que
caminaba a su alrededor. Quería marcharse de la ciudad y del estado lo antes posible,
desaparecer con destino desconocido, donde no pudieran encontrarlo. Quienesquiera
que fuesen. Aunque no estaba completamente seguro de que la huida fuera necesaria.
En el adiestramiento de comandos, le enseñaron que nunca debía actuar hasta que
comprendiera por qué lo hacía y lo que esperaba conseguir con sus acciones.
Además, la curiosidad era mayor que el temor al enemigo desconocido; necesitaba
saber contra quién se enfrentaba, cómo habían descubierto sus distintas coartadas y
qué querían de él.
En la puerta del edificio de Citybank, Jack cogió un taxi y fue a la esquina de
Wall Street y William Street, en el corazón de distrito financiero, donde tenía seis
cajas de seguridad en otros tantos bancos. Fue a cinco y en cada uno recogió
veinticinco mil dólares y una postal del Tranquility Motel.
Decidió dejarlo tras salir del quinto banco porque ya tenía ciento veinticinco mil
dólares en los bolsillos, demasiado dinero para llevar encima, y porque ahora sabía
sin ninguna duda que las otras seis identidades falsas y cajas de seguridad habían sido
descubiertas. Tenía suficiente dinero para viajar y no le importaba demasiado dejar
los restantes ciento cincuenta mil dólares en las cajas de seguridad. Primero, porque
Jack tenía cuatro millones en las cuentas de Suiza y, segundo, porque el repartidor de
las postales habría cogido el dinero si fuera esa su intención.
Para entonces, había tenido tiempo de pensar en aquel motel de Nevada y
comenzó a sentir algo extraño con respecto a los días que estuvo allí. Pasó tres días
en aquel lugar, descansando, disfrutando del tranquilo paisaje. Pero ahora, por
primera vez, pensó que él no haría tal cosa. No, con tanto dinero en el portamaletas
del coche. No, cuando había estado dos semanas lejos de Nueva York (y de Jenny).
Habría regresado directamente a casa. Ahora que pensaba en ello, la estancia de tres
días en el Tranquility Motel no tenía mucho sentido.
Otro taxi lo llevó a su apartamento de la Quinta Avenida, donde llegó poco
después de las once. Telefoneó inmediatamente a Elite Flights, una empresa que
alquilaba pequeños reactores y cuyos servicios ya había utilizado anteriormente, y se
tranquilizó al saber que, casualmente, tenían un Lear a su disposición.
Cogió los veinticinco mil dólares del compartimiento secreto del armario del
dormitorio. Junto con los fondos sacados de las cajas de seguridad, disponía ahora de
ciento cincuenta mil dólares en efectivo, suficiente para afrontar cualquier gasto
imprevisto.
Hizo el equipaje apresuradamente, distribuyendo alguna ropa entre tres maletas,
pero dejando la mayor parte del espacio para otros objetos. Guardó dos pistolas: Una
Combat Magnum Modelo 19 de Smith & Wesson adaptada para munición Magnum

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del calibre 357, pero capaz de disparar munición del calibre 38 especial, con un
retroceso considerablemente menor; y una Beretta Modelo 70 del calibre 32 con el
cañón preparado para instalar un silenciador de rosca, de los que Jack guardó dos.
También cogió una ametralladora Uzi, que modificó ilegalmente para su
funcionamiento completamente automático, además de cuantiosa munición.
El nuevo sentido de culpa que experimentaba, había transformado a Jack
sustancialmente en las últimas cuarenta y ocho horas, pero no hasta el extremo de ser
incapaz de enfrentarse con violencia a quienes la utilizaban contra él. Su decisión de
ser un ciudadano honrado y recto no alteraba su instinto de conservación. Teniendo
en cuenta su pasado, nadie estaba mejor preparado para cuidar de sí mismo que Jack
Twist.
Además, tras ocho años de alienación y soledad, comenzaba a integrarse en la
sociedad y a tener la esperanza de vivir una vida normal. No permitiría que nadie
destruyera lo que podía ser su última oportunidad de alcanzar la felicidad.
También se llevó, entre otras cosas, el ordenador portátil SLICKS, el mismo que
utilizó dos noches antes en Connecticut para abrir el complicado cierre electrónico de
las puertas del camión blindado de Guardmaster. Además, decidió que podría
necesitar una instrumento llamado Llave Maestra Policial, que sólo utilizaban los
cuerpos de seguridad y que abría al instante cualquier tipo de cerradura de pernos —
de golpe, de cilindro o normal— sin dañar el mecanismo. Y una potente mira manual
Star Tron MK 202A, que también podía ser montada en un rifle.
Aunque distribuyó las armas y el equipo más pesado entre las tres maletas,
ninguna era ligera cuando finalmente las cerró y les echó la llave. Cualquiera que le
ayudase a llevarlas, se preguntaría qué contendrían, pero nadie le haría preguntas
comprometidas ni daría la voz de alarma. Esa era la ventaja de alquilar un avión Lear
para hacer el viaje: No tendría que pasar por la Seguridad del aeropuerto; nadie
inspeccionaría su equipaje.
Fue en taxi al aeropuerto de La Guardia.
El reactor le llevaría a Salt Lake City, Utah, el aeropuerto de primera clase más
próximo a Elko, algo más cerca que el aeropuerto internacional de Reno, y mucho
más cercano si se tenía en cuenta que había que ir a Reno para deshacer el camino en
un avión convencional hasta Elko. En las oficinas de Elite Flights le dijeron que se
preveía el cierre del aeropuerto de Reno a última hora de la tarde debido a las malas
condiciones meteorológicas, y lo mismo ocurría con los dos pequeños aeropuertos al
sur de Idaho donde podía aterrizar el reactor Lear. Sin embargo, los partes
meteorológicos predecían buen tiempo en Salt Lake City durante todo el día. Por
petición de Jack, Elite le gestionó el alquiler de un avión convencional que le llevara
de Salt Lake City al pequeño aeropuerto del condado de Elko. Aunque se encontraba
en el extremo más oriental de Nevada, Elko tenía el horario de la zona del Pacífico,
por lo que Jack ganaría tres horas, aunque no pensaba llegar a Elko mucho antes del
anochecer.

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Era un buen momento. Necesitaba la ayuda de la oscuridad para lo que había
planeado.
Para Jack, las provocadoras postales encontradas en las cajas de seguridad
implicaban la existencia de personas en Nevada que sabían todo lo que merecía la
pena saber sobre su vida delictiva. Las postales parecían decirle que localizaría a
aquellas personas por medio del Tranquility Motel o, quizá, que vivían allí. La postal
era como una invitación. O una citación. Una u otra, sólo la podía ignorar por su
propia cuenta y riesgo.
No sabía si lo siguieron hasta el aeropuerto de La Guardia; no se molestó en
comprobarlo. Si el teléfono del apartamento estaba intervenido, sabían que se dirigía
allí desde el momento en que llamó a Elite Flights. Quería que lo vieran acercarse
abiertamente, pues así quizá los cogiera desprevenidos cuando, al llegar a Elko,
desapareciera repentinamente como si se lo hubiese tragado la tierra.

El lunes por la mañana, tras desayunar, Dom y Ginger fueron a Elko, a la


redacción del Sentinel, el único diario del condado. La población de Elko, la mayor
ciudad del condado, no superaba los diez mil habitantes, por lo que la redacción del
diario local no se encontraba en un resplandeciente rascacielos de cristal, sino en un
humilde edificio de una planta situado en una pacífica calle.
Como la mayor parte de los periódicos, el Sentinel permitía el acceso a sus
archivos a quienes realizaran una investigación legítima, aunque los permisos se
concedían con un criterio amplio.
A pesar del éxito comercial de su primera novela, a Dom aún le resultaba difícil
identificarse como escritor. Sonaba pretencioso y falso a sus propios oídos, aunque
comprendía que su incomodidad era un lastre de los días de extrema timidez y
modestia.
Brenda Hennerling, la recepcionista, no reconoció su nombre, pero cuando Dom
le dijo el título de la novela que Random House acababa de poner a la venta,
exclamó:
—¡Pero si es la novela seleccionada este mes por el club de lectores! ¿La ha
escrito usted? ¿De veras? —Ella era, según dijo, una ávida lectora, dos libros a las
semana, y le pareció toda una sensación conocer a un novelista de verdad. Su
entusiasmo sólo causó mayor embarazo a Dom. Era de la misma opinión que Robert
Louis Stevenson, quien dijo: «Lo que importa es la historia, la historia bien narrada,
no quien la narra».
Los números atrasados del Sentinel estaban guardados en una habitación estrecha
y sin ventanas. Había dos mesas con máquinas de escribir, un lector de microfilmes,
un archivo de carretes de microfilmes y seis altos archivos donde se guardaban los
ejemplares que aún no habían sido transferidos al formato de microfilme. Las
desnudas paredes de cemento estaban pintadas de gris, el aislamiento acústico del

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techo también era gris y las luces fluorescentes emitían un resplandor frío. Dom tuvo
la extraña sensación de encontrarse en un submarino, a gran profundidad bajo la
superficie del mar.
Cuando Brenda Hennerling les explicó el sistema de ficheros y los dejó solos con
su trabajo, Ginger dijo:
—Estoy tan concentrada en nuestros problemas que me olvidé de que eres un
escritor famoso.
—Y yo también —afirmó Dom, leyendo los rótulos de los ficheros que contenían
ejemplares atrasados del Sentinel—. Pero no soy famoso.
—Pronto lo serás. Es una pena: Con todo lo que nos está ocurriendo, no tienes
oportunidad de saborear la publicación de tu primera novela.
Dom se encogió de hombros.
—No estamos de excursión. Tú has tenido que abandonar temporalmente tu
carrera de cirugía.
—Sí, pero ahora estoy segura de que volveré a practicar la medicina cuando
lleguemos al fondo de esto —indicó Ginger, como si no hubiese duda de que
vencerían al enemigo. Para entonces, Dom ya sabía que la convicción y la decisión
formaban tanta parte de ella como el azul de sus ojos—. Pero este es tu primer libro.
Dom aún no se había recobrado de la vergüenza de ser tratado como una
celebridad por la recepcionista. Ahora, los comentarios afectuosos de Ginger
mantuvieron el rubor de sus mejillas. Sin embargo, aquella no era la marca de la
vergüenza; era una muestra del intenso placer que le producía ser objeto de su
atención. Ninguna mujer le había afectado tanto como ella.
Juntos, revisaron los archivos y encontraron los números atrasados del Sentinel
que les interesaban. No necesitarían utilizar el lector de microfilmes, porque el
periódico llevaba dos años de retraso en la transferencia a este formato. Cogieron los
números de toda una semana, desde el sábado siete de julio del año anterior, los
llevaron a una de las mesas y acercaron dos sillas.
Aunque el suceso que habían presenciado y olvidado, la posible contaminación y
el cierre de la autopista se produjeron la noche del viernes 6 de julio, en el periódico
del sábado no aparecía ninguna noticia sobre el escape tóxico. El Sentinel se hacía
eco principalmente de noticias locales y estatales y, aunque incluía algunas noticias
nacionales e internacionales, no estaba interesado en temas candentes. En sus oficinas
nunca se oiría el dramático «¡Detengan las máquinas!». Nunca se realizaría la
recomposición de la primera página en el último minuto. El ritmo de la vida en Elko
era rural, relajado, cómodo, y nadie sentía la ardiente necesidad de estar a la última
en nada. El Sentinel se imprimía al atardecer y se distribuía por la mañana; por tanto,
como los domingos no salía a la calle, la noticia del escape tóxico y el cierre de la I-
80 no aparecieron hasta el número del lunes 9 de julio.
Los números del lunes y el martes estaban plagados de apremiantes titulares: LA I-
80 CERRADA AL TRÁFICO POR ESCAPE TÓXICO; EL EJÉRCITO DECLARA UNA ZONA DE

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CUARENTENA; ¿FUGA DE GAS TÓXICO DEL CAMIÓN ACCIDENTADO?; ¿DÓNDE ESTÁN LOS
EVACUADOS?; CAMPO EXPERIMENTAL DE SHENKFIELD: ¿QUÉ OCURRE REALMENTE?; EL
CIERRE DE LA I-80 ENTRA EN SU CUARTO DÍA; CONCLUYEN LAS TAREAS DE LIMPIEZA, LA
AUTOPISTA SE ABRE AL TRÁFICO A MEDIODÍA.
A Dom y a Ginger les produjo una extraña sensación leer que aquellos sucesos
ocurrieron cuando ellos no recordaban otra cosa que haber estado descansando
apaciblemente en el Tranquility Motel. A medida que Dom leía las noticias, se
convenció de que la teoría de Ginger era correcta; parecía claro que los expertos en el
control de la mente habrían necesitado una o dos semanas más para incorporar
aquella elaborada cobertura sobre el escape tóxico en los recuerdos falsos de los
habitantes del lugar y de los transeúntes, y no había forma de que mantuvieran la
autopista cerrada y la zona en cuarentena todo ese tiempo.
En la edición del miércoles, 11 de julio, continuaba la saga: ¡LA I-80 ABIERTA AL
TRÁFICO!; SUPRIMIDA LA CUARENTENA: SIN PELIGRO DE CONTAMINACIÓN A LARGO PLAZO;
LOCALIZADOS LOS PRIMEROS EVACUADOS: NO VIERON NADA.
Los ejemplares del Sentinel, el típico diario de una ciudad pequeña, tenían entre
dieciséis y treinta y dos páginas. Durante aquellos días de julio, la mayor parte del
espacio dedicado a las noticias estaba ocupado por los reportajes del escape tóxico,
pues el suceso atrajo a periodistas de todo el país, y el aburrido Sentinel se vio en el
centro de una gran historia. Leyendo el abundante material, Dom y Ginger
descubrieron varios detalles que les ayudarían en la investigación y en la
planificación de las próximas acciones.
En primer lugar, el grado de seguridad impuesto por el Ejército de los Estados
Unidos era sumamente elocuente, por cuanto indicaba hasta qué extremo podían
llegar para mantener el secreto. Aunque no era de la estricta competencia del Ejército,
varias unidades destinadas en Shenkfield desplegaron barricadas y cortaron un tramo
de quince kilómetros de la I-80 inmediatamente después del accidente; tampoco
informaron del suceso al sheriff del condado de Elko o a la policía del estado de
Nevada hasta que no declararon la zona en cuarentena. Era una sorprendente
alteración del procedimiento normal. Durante toda la emergencia, el sheriff y la
policía estatal se quejaron con ánimos exaltados de que el Ejército les impedía la
participación en la gestión de la crisis y de que aquello era una usurpación de la
autoridad civil; la policía estatal y local no fue encargada de la vigilancia de la zona
de cuarentena ni consultada en la elaboración de un plan de emergencia ante la
posibilidad de que el viento u otros factores pudieran extender el gas tóxico más allá
de la zona inicial de peligro. Quedaba claro que los militares sólo confiaban en su
propia gente para mantener el secreto de lo que realmente ocurría en la zona de
cuarentena.
Tras dos días de frustraciones, Foster Hanks, el sheriff del condado, se quejó a un
periodista del Sentinel. «Esta es mi jurisdicción, y la gente me eligió a mí para

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mantener la paz. Esto no es una dictadura militar. Si el Ejército no coopera, iré a ver
al juez mañana a primera hora y conseguiré una orden judicial que les haga respetar
las competencias legales en este asunto». El Sentinel del martes informaba que Hanks
se había presentado ante el juez, pero la crisis llegó a su final antes de que se tomara
una decisión, y la polémica sobre las competencias sólo quedó en palabras.
Inclinada sobre el periódico junto a Dom, Ginger dijo:
—De modo que no todas las autoridades están en contra nuestra. La policía local
y estatal no tomaron parte en esto. Nuestro único adversario es…
—El Ejército de los Estados Unidos —terminó Dom por ella, riéndose del
inconsciente humor tétrico que implicaba la valoración de Ginger sobre el enemigo.
Ella también rió con amargura.
—Nosotros contra el Ejército. Aunque la policía estatal y local no participe en la
contienda, es una batalla muy desigual, ¿no crees?
Según el Sentinel, el Ejército mantuvo un control estricto y exclusivo del corte de
la I-80, la única arteria que atraviesa el territorio prohibido de Este a Oeste, además
de cortar la carretera del condado, que lo cruza de Norte a Sur. Se prohibió la
circulación del tráfico aéreo civil sobre el área contaminada, haciendo necesaria una
nueva canalización de los vuelos, mientras que helicópteros del Ejército patrullaba
sin cesar el perímetro de la tierra prohibida. Evidentemente, se requerían importantes
efectivos de tropas para controlar los doscientos kilómetros cuadrados pero, a pesar
de los gastos y dificultades, estaban decididos a detener a cualquiera que entrara en la
zona de peligro a pie, a caballo o en vehículos de cuatro ruedas. Los helicópteros
sobrevolaban el lugar de día y barrían la noche con focos. Circularon rumores de que
unidades de soldados, provistas de equipos de vigilancia de infrarrojos, también
patrullaban el perímetro de noche en busca de intrusos que hubieran escapado a los
focos de los helicópteros.
—Los gases de guerra son de las sustancias más mortales que conoce el hombre
—dijo Ginger, mientras Dom pasaba la página del periódico que leían—. Incluso así,
tanta seguridad parece excesiva. Además, aunque no soy experta en la guerra
química, no puedo creer que cualquier gas de guerra suponga tanto peligro a una
distancia tan grande de un único punto de fuga. Quiero decir que, según el Ejército,
sólo fue una bombona de gas, no una cantidad importante, no un camión cisterna
como recuerdan Ernie y Faye. El gas se dispersa por naturaleza, se expande en el aire.
De modo que para cuando se dispersara un par de kilómetros se habría diluido hasta
tal punto que seguramente el aire no contendría más de algunas partes por millón. En
tres kilómetros… ni una parte por millón. Insuficiente para poner en peligro a nadie.
—Eso apoya tu teoría de contaminación biológica.
—Posiblemente —respondió Ginger—. Es demasiado pronto para afirmarlo.
Pero, desde luego, es algo más serio que la historia del gas de guerra.
El sábado, 7 de julio, menos de un día después de que se cerrara la autopista, un
reportero observador advirtió que los uniformes de muchos de los soldados de

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servicio en la zona de cuarentena llevaban, además de las insignias normales y de
rango, un extraño emblema: Un círculo negro con una estrella de color verde
esmeralda en el centro. Era distinto a los emblemas del uniforme de los hombres del
campo experimental de Shenkfield. Entre aquellos que llevaban la estrella, la
proporción entre oficiales y tropa era elevada. El Ejército identificó a los soldados de
la estrella verde como pertenecientes a una casi desconocida compañía de elite de las
Fuerzas Especiales. «La llamamos DERO, que quiere decir Grupo de Respuesta a
Emergencias Nacionales —declaró un portavoz del Ejército—. Los hombres del
DERO están perfectamente entrenados, tienen gran experiencia en situaciones de
combate y disponen de acreditaciones del Servicio de Seguridad, lo que resulta
imprescindible si se tiene en cuenta que pueden trabajar en asuntos de alta seguridad
y ver cosas delicadas».
Dom interpretó aquello como prueba de que los hombres del DERO, eran
elegidos, en parte, por su capacidad y disposición a mantener la boca cerrada.
El Sentinel continuaba citando al portavoz del Ejército: «Se eligen entre los
mejores militares de carrera, por lo que la mayoría tiene, al menos, el grado de
sargento cuando son seleccionados para el DERO. Nuestra intención es crear una
fuerza especializada en resolver crisis extraordinarias, como ataques terroristas a
instalaciones militares, emergencias nucleares en bases con armamento atómico y
casos similares. No es que este caso tenga nada que ver con el terrorismo. Tampoco
existe una emergencia nuclear. Pero las compañías del DERO están repartidas por
todo el país y, como una se encontraba cerca cuando surgió este asunto del escape
tóxico, nos pareció prudente traer lo mejor que tenemos para mantener la seguridad
pública». Se negó a decir a los periodistas dónde tenía su base la compañía, si había
sido aerotransportada o cuántos hombres habían participado. «Es información
secreta». Ni un solo miembro de los DERO hizo declaraciones a la prensa.
Ginger hizo una mueca y exclamó:
—¡Shmontses!
Dom parpadeó.
—¿Eh?
—Toda esta historia —dijo Ginger, reclinándose en la silla y moviendo la cabeza
de un lado a otro para aliviar el calambre que sentía en su precioso cuello—. Todo es
shmontses.
—Pero ¿qué es shmontses?
—Oh, lo siento. Es una palabra yidich, supongo que adaptada del alemán. Una de
las preferidas de mi padre. Significa algo que no tiene valor, algo estúpido, absurdo,
sin sentido, digno de desprecio o burla. La historia del Ejército es shmontses. —Dejó
de mover la cabeza y puso un dedo sobre el periódico—. ¿Así que dio la casualidad
de que esta compañía del DERO estaba por aquí, en mitad de ningún sitio,
precisamente cuando se declaró la crisis, eh? Demasiado sencillo.
Dom frunció el ceño.

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—Pero Ginger, según este artículo, aunque los hombres de Shenkfield cortaron la
I-80, la compañía del DERO tardó algo más de una hora en llegar. De modo que, si
no se encontraban por aquí, sólo habrían podido llegar tan rápido si ya estuvieran en
camino antes de que se produjera el accidente.
—Exacto.
—¿Quieres decir que sabían de antemano que se produciría un escape tóxico?
Ella suspiró.
—Como mucho, estoy dispuesta a aceptar que la compañía del DERO estuviese
en alguna de las bases militares cercanas… en el oeste de Utah o, quizá, en el sur de
Idaho. Aún así, no estaban tan cerca como para que la historia del Ejército sea
factible. Incluso si se produjo un escape y vinieron en avión en cuanto lo supieron, no
pudieron cortar la autopista antes de que transcurriera una hora. De ningún modo.
Creo que supieron con cierta antelación lo que ocurriría en el oeste del condado de
Elko. No con mucha antelación, cuidado. No unos días, pero sí, quizá, una o dos
horas.
—Lo que significa que el escape tóxico no pudo haber sido un accidente. De
hecho, quizá ni siquiera fuese un escape químico ni biológico. Así que, ¿por qué
diablos llevaban equipos anti-contaminantes cuando nos trataron? —Dom se sentía
frustrado por la complicada trama del misterio, que se retorcía a un lado y a otro, pero
no hacia una solución, sino por caminos más sinuosos y complejos que le provocaban
mayor desconcierto. Sintió deseos de destrozar los periódicos, como si,
rompiéndolos, destruyera también las mentiras del Ejército y, al fin, salieran a la luz
de algún modo en el confeti resultante.
Con un tono de frustración a juego con el de Dom, Ginger indicó:
—El único motivo por el que el Ejército utilizó una compañía del DERO para
proteger la zona de cuarentena es porque los hombres podrían ver algo de
confidencial, algo absolutamente secreto. El Ejército pensó que no podía confiar en
soldados sin acreditación del Servicio de Seguridad. Sólo por eso emplearon la
compañía del DERO.
—Porque saben mantener la boca cerrada.
—Sí. Y si sólo se hubiera producido un escape tóxico en la I-80, no hubieran sido
necesarios los hombres del DERO para hacer el trabajo. Es decir, si sólo se hubiese
producido un escape, ¿qué se habría visto sino un camión volcado y un contenedor de
gas o líquido roto?
Volviendo de nuevo la atención a los periódicos abiertos frente a ellos,
encontraron nuevos indicios de que el Ejército tenía, al menos, ciertas noticias de que
surgiría algún problema espectacular e inusual al oeste del condado de Elko aquella
calurosa noche de julio. Tanto Dom como Ginger recordaban que, estando en el
Tranquility Grille, oyeron un extraño ruido y sintieron un temblor parecido al de un
terremoto media hora después de que la noche cayera sobre la tierra; como el sol se
ponía más tarde en verano (incluso a cuarenta y un grados de latitud Norte), el

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problema debía haber comenzado aproximadamente a las ocho y diez. Los bloqueos
de memoria empezaban al mismo tiempo, lo que localizaba el suceso con más
precisión aún. Pero Dom leyó en uno de los artículos del Sentinel que la I-80 fue
cortada casi a las ocho en punto.
—¿Quieres decir que el Ejército cortó la autopista cinco o diez minutos antes de
que se produjera el escape tóxico «accidental»?
—Sí. A menos que nos equivoquemos en la hora de la puesta de sol.
Lo comprobaron en la columna de información meteorológica del Sentinel del 6
de julio. Proporcionaba un retrato más que adecuado del aquel día fatídico.
Temperaturas máximas previstas de treinta y tres grados durante el día y dieciocho
por la noche. Humedad entre el veinte y el veinticinco por ciento. Cielos despejados.
Vientos de ligeros a variables. Puesta de sol a las siete treinta y uno.
—El crepúsculo no es muy largo en esta zona —dijo Dom—. Quince minutos
como mucho. Supongo que sería completamente de noche a las siete cuarenta y
cinco. Ahora bien, incluso si nos equivocáramos al suponer que el problema comenzó
media hora después de la puesta de sol, aunque sólo fuera un cuarto de hora después,
el Ejército habría cortado la autopista antes del suceso.
—Sabían lo que ocurriría —afirmó Ginger.
—Pero no pudieron evitar que ocurriera.
—Lo que quiere decir que debía ser algún proceso, una serie de sucesos, que
provocaron y no pudieron controlar.
—Quizá —advirtió Dom—. Pero tal vez no. Puede que ellos no fueran
responsables. Hasta que no sepamos más, sólo podemos especular. No tiene sentido
hacerlo.
Ginger pasó la página de la edición del miércoles 11 de julio del Sentinel, el
número que examinaban, y su expresión de asombro dirigió la atención de Dom a la
fotografía de medio cuerpo de un hombre con uniforme y gorra de oficial del ejército.
Aunque el coronel Leland Falkirk no apareció en los sueños de Dom y Ginger, ambos
lo reconocieron al instante por la descripción que les dieron Ernie y Ned de sus
pesadillas: Cabello oscuro con sienes canosas, ojos con una extraña translucidez,
nariz aguileña, labios delgados, un rostro de líneas planas y ángulos agudos.
Dom leyó el pie de la foto: El coronel Leland Falkirk, oficial al mando de la
compañía DERO encargada de vigilar la zona en cuarentena, ha sido un objetivo
difícil para los periodistas. Esta fotografía, la primera que se obtuvo de él, fue
realizada por Greg Lunde, fotógrafo del Sentinel. Sorprendido, Falkirk se irritó al
ser fotografiado. Sus respuestas a las preguntas de los periodistas fueron incluso más
breves que el clásico «sin comentarios».
Dom podía haberse reído por el humor subyacente en la última frase del pie de
foro, pero el aspecto pétreo de Falkirk lo heló. Instantáneamente reconoció aquel
rostro, no porque Ernie y Ned lo hubieran descrito, sino porque lo había visto, el
verano antepasado. Además, aquel aire aguileño y aquellos ojos depredadores

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poseían una ferocidad desalentadora; aquel hombre estaba acostumbrado a salirse con
la suya. Estar a su merced era una perspectiva inquietante.
Contemplando la fotografía de Falkirk, Ginger dijo:
—Kayn aynhoreh. —Consciente de la sorpresa de Dom, añadió—: Eso también
es yidich. Kayn aynhoreh es una expresión que se utiliza para… para protegerse
contra el mal de ojo. En cierto modo, parece apropiada.
Dom observó la fotografía, medio hipnotizado. Tras un momento, manifestó:
—Sí. Muy apropiada.
El rostro de Falkirk, de líneas afiladas, y sus fríos ojos claros causaban tanta
impresión que parecían poseer vida como si le devolvieran la mirada desde la
fotografía.

Mientras Dom y Ginger examinaban los números atrasados del Sentinel, Ernie y
Faye Block trabajaron en la oficina del Tranquility Motel, intentando contactar con
las personas cuyos nombres aparecían en la lista de huéspedes del 6 de julio de aquel
año y que, hasta el momento, no habían logrado localizar. Estaban tras el mostrador
de recepción, sentados uno frente a otro en el escritorio de roble, que tenía espacio
para las rodillas a ambos lados. Tenían una cafetera, al alcance de la mano, sobre un
pequeño hornillo eléctrico.
Ernie escribía un telegrama a Gerald Salcoe, el hombre que reservó dos
habitaciones para su familia aquel 6 de julio y que no localizaron por teléfono porque
su número de Monterey, California, no aparecía en la guía. Mientras tanto, Faye
revisaba, día a día, el libro de registro del año anterior, buscando la inscripción más
reciente de Cal Sharkle, el camionero que pasó allí la noche el 6 de julio. El día
anterior, Dom llamó al número de teléfono que Cal dejó en el libro aquella noche,
pero había sido desconectado. Esperaban que un registro más reciente les
proporcionara su nueva dirección y teléfono.
Mientras se dedicaban a sus respectivas tareas, Ernie recordó las incontables
veces que, en los treinta y un años de matrimonio, se habían sentado uno frente al
otro en algún escritorio o, más a menudo, en la mesa de alguna cocina. En un
apartamento u otro, en una casa o en otra, en un extremo del mundo o en el otro, de
Quantico a Pendleton y Singapur, en casi todos los lugares donde lo destinaron, los
dos pasaron largas noches sentados frente a frente en la mesa de una cocina,
trabajando, soñando, preocupados o haciendo planes alegremente, a menudo hasta
bien entrada la noche. A Ernie le llegaron repentinamente los ecos de aquellas miles
de conversaciones o labores compartidas. ¡Qué afortunado había sido al encontrar a
Faye y casarse con ella! Sus vidas estaban tan inextricablemente unidas que podían
ser muy bien una sola criatura. Si el coronel Falkirk u otros individuos recurrían al
asesinato para terminar con aquella investigación, si algo le ocurriera a Faye, Ernie
esperaba que él también muriese al mismo tiempo.

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Terminó de escribir el telegrama a Gerald Salcoe, lo dictó por teléfono a una
oficina de Western Union y solicitó su envío inmediato…, todo ello arropado por un
amor tan fuerte que hacía parecer aquella situación menos peligrosa de lo que en
realidad era.
Faye averiguó que el año anterior Cal Sharkle se quedó en cinco ocasiones a
pasar la noche, y en todos los casos dejó la misma dirección y el mismo número de
teléfono de Evanston, Illinois, que el día 6 de julio del verano antepasado. Al parecer,
no se había mudado. Sin embargo, cuando marcaron su número, la misma grabación
que oyó Dom el día anterior les informó de que el número había sido desconectado y
que no existía un nuevo número a su nombre en Evanston.
Pensando que, quizá, Cal se habría mudado de Evanston a la misma «Ciudad del
Viento» Faye llamó al servicio de información del área 312 y preguntó si existía un
número de teléfono a nombre de Calvin Sharkle. No lo había. Utilizando un mapa de
Illinois, ella y Ernie llamaron a los servicios de información de los suburbios de
Chicago: Whiting, Hammond, Calumet City, Markham, Downer’s Grove, Oak Park,
Oakbrook, Elmhurst, Des Plaines, Rolling Meadows, Arlington Heights, Skokie,
Wilmette, Glencoe… No tuvieron suerte. O Cal Sharkle había dejado de vivir en el
área de Chicago o había desaparecido de la faz de la tierra.

Mientras Faye y Ernie trabajaban en recepción, Ned y Sandy Sarver ya


preparaban la cena en la cocina. Aquella noche, cuando Brendan Cronin llegara de
Chicago y Jorja Monatella, de Las Vegas, con su hija, serían nueve a la mesa, y Ned
no quería dejar los preparativos para el último minuto. Ayer, cuando se reunieron
todos a preparar la cena, Ginger Weiss tuvo la sensación de que la ocasión parecía
casi una reunión familiar; desde luego, sentían una extraordinaria unión, aunque
apenas si se conocían. Pensando que el refuerzo de aquel particular afecto y
camaradería les daría fuerzas para afrontar lo que les esperase, Ned y Sandy se
propusieron que la comida de esa noche debía ser como el banquete del Día de
Acción de Gracias. Así, prepararon una cena consistente en un pavo de seis kilos y
medio, relleno de pacana, patatas gratinadas, maíz asado, zanahorias al estragón,
ensalada de col a la pimienta, budín de calabaza y panecillos caseros.
Mientras troceaban apio, cortaban cebolla, partían pan y rallaban col, Ned se
preguntó si, en lugar de una fiesta familiar no sería la última comida de los
condenados. Cada vez que se le ocurría aquel mórbido pensamiento, lo alejaba
deteniéndose a ver trabajar a Sandy. Ella sonreía casi constantemente y, a veces,
tarareaba en voz baja una canción. Seguramente, el suceso que había provocado aquel
cambio radical y maravilloso en Sandy no podía culminar con la muerte de todos
ellos. Acaso, no tenían de qué preocuparse. Probablemente.

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Después de pasar tres horas en las oficinas del Sentinel, Ginger y Dom tomaron
un ligero almuerzo —ensalada de la casa— en un restaurante de Idaho Street y
regresaron al Tranquility Motel sobre las dos y media. Faye y Ernie aún se
encontraban en la oficina, donde un apetitoso aroma bajaba por la escalera: calabaza,
canela, nuez moscada, cebolla dorada en mantequilla, el aroma a levadura de la masa
de pan horneada.
—Y aún no oléis el pavo —dijo Faye—. Ned lo ha metido en el horno hace media
hora.
—Dice que la cena es a las ocho —les comunicó Ernie—, pero sospecho que este
aroma nos volverá locos y nos hará asaltar la cocina antes.
—¿Habéis averiguado algo en el Sentinel?
Antes de que Ginger pudiera decirles lo que había averiguado con Dom, se abrió
la puerta de la recepción del motel y, con un torbellino de viento helado, entró un
hombre ligeramente rollizo. Se había acercado corriendo desde el coche sin
preocuparse de ponerse un abrigo; aunque vestía pantalones de pana grises, chaqueta
azul oscuro, jersey de un azul más claro y camisa blanca normal, en lugar de traje
negro y alzacuello, su identidad no se puso un momento en duda. Era el joven
sacerdote de pelo rojizo y cara redonda que aparecía en la fotografía enviada
anónimamente a Dom.
—Padre Cronin —dijo Ginger.
Ginger sintió una inmediata y poderosa atracción hacia él, como le ocurrió con
Dominick Corvaisis. Sentía que una experiencia compartida con el sacerdote y con
Dom le afectó incluso más que la compartida con los Block o los Sarver. En el suceso
que presenciaron aquel viernes de julio, sólo algunos de ellos tuvieron una segunda
experiencia. Aunque era un modo atrevido e impropio de saludar a un hombre
prácticamente desconocido y que, además, era sacerdote, Ginger se abalanzó hacia el
padre Cronin con los brazos abiertos.
Pero no fueron necesarias las excusas, pues, evidentemente, el padre Cronin
sentía lo mismo que ella. Sin vacilar, le devolvió el abrazo, y permanecieron unidos
un momento, no como extraños sino como hermanos saludándose tras una larga
separación.
Después, Ginger retrocedió, y Dom le saludó:
—Padre Cronin. —Y se adelantó a abrazar al sacerdote.
—No es necesario que me llaméis «padre». De momento, ni deseo ni merezco ser
considerado sacerdote. Por favor, llamadme Brendan.
Ernie les dio una voz por la escalera a Ned y Sandy, después siguió a Faye al lado
exterior del mostrador. Brendan estrechó la mano de Ernie y abrazó a Faye; era
evidente que sentía gran afecto por ellos, aunque no una intimidad tan poderosa e
inexplicable como el tremendo magnetismo emocional que le empujaba hacia Dom y

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Ginger. Cuando Ned y Sandy bajaron, los saludó del mismo modo que a Ernie y
Faye.
Al igual que comentó Ginger la noche anterior, Brendan manifestó:
—Tengo la maravillosa sensación de… encontrarme en familia. Todos lo sentís,
¿no es así? Es como si hubiésemos compartido los momentos más importantes de
nuestras vidas…, como si hubiésemos experimentado algo que nos distinguirá de los
demás para siempre.
A pesar de insistir en que no se merecía la deferencia propia de un sacerdote, a
Brendan Cronin le rodeaba un profundo aire espiritual. Su rostro, algo redondo, los
ojos brillantes y la amplia sonrisa expresaban alegría; y Brendan se movía entre ellos,
los tocaba y hablaba con un entusiasmo contagioso que consiguió animar a Ginger.
—Lo que siento en esta habitación sólo confirma que he tomado la decisión
correcta al venir aquí. Estaba destinado a venir aquí. Ocurrirá algo que nos
transformará, que ya ha comenzado a transformarnos. ¿Lo sentís? ¿Lo sentís?
La suave voz del sacerdote hizo sentir un agradable escalofrío a Ginger, a quien
invadió una indescriptible sensación de asombro que le recordó lo que sintió la
primera vez que, haciendo prácticas, entró en un quirófano y vio el tórax del paciente
abierto por los retractores para revelar la misteriosa y palpitante complejidad del
corazón humano en todo su esplendor escarlata.
—Llamados —dijo Brendan. El suave eco de la palabra resonó misteriosamente
en la habitación—. Todos nosotros. Hemos sido llamados a este lugar.
—¡Mirad! —dijo Dom, cargando en aquellas dos sílabas todo un párrafo de
asombro y levantando los brazos para mostrarles los círculos rojos de piel inflamada
en la palma de las manos.
Sorprendido, Brendan levantó las manos, marcadas también por los estigmas.
Mientras los dos hombres se miraban cara a cara, el aire se espesó con un polvo
desconocido. El día anterior, el padre Wycazik le había contado por teléfono a Dom
que Brendan estaba casi seguro de que ningún elemento religioso intervino en las
curaciones y otros acontecimientos que transformaron recientemente la vida del joven
sacerdote. Pero a Ginger, la oficina del motel le parecía llena de una fuerza que, si no
era sobrenatural, se encontraba, sin duda, más allá del saber de todo hombre o mujer.
—Llamados —repitió Brendan.
Ginger estaba sobrecogida de expectación. Miró a Ernie, que estaba tras Faye con
las manos apoyadas en sus hombros; sus rostros estaban cargados de trémulo
suspense. Ned y Sandy, situados junto al expositor de postales, cogidos de la mano,
tenían los ojos como platos.
Ginger notó un escalofrío en la nuca. «Va a ocurrir algo», pensó; en el mismo
momento en que lo pensaba, ocurrió.
Las luces de la habitación brillaron con más intensidad en deferencia de la
intranquilidad que Ernie experimentaba en la oscuridad de las sombras; de repente,
una extraña claridad invadió el lugar. Una luz lechosa iluminaba la sala, surgiendo

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como por arte de magia de las moléculas de aire. Brillaba por todos lados, pero
parecía llover sobre sus cabezas, como un agua nieve de luminosidad plateada.
Ginger comprendió que se trataba de la misma luz de los olvidados sueños de la luna.
Se volvió en círculo, mirando a su alrededor y hacia arriba entre mantos de un
resplandor brillante, pero también mate, no en busca de la fuente de luz, sino con la
esperanza de recordar sus sueños y, en última instancia, los sucesos de aquella noche
de verano perdida en el tiempo que inspiraron sus sueños.
Ginger vio que Sandy alzaba una mano en el aire resplandeciente, como si
quisiera atrapar un puñado de aquella luz milagrosa. Una tímida sonrisa se dibujó en
los labios de Ned. Faye también sonrió, y la expresión de asombro infantil de Ernie
parecía ridícula y fuera de lugar en su rostro curtido.
—La luna —dijo Ernie.
—La luna —repitió Dom, con los estigmas ardiendo en las manos.
Por un momento, lleno de emoción, Ginger Weiss estuvo al borde de la
comprensión total. La resistente membrana negra de su memoria se estiró; la
revelación empujó con fuerza por el lado interior, y la membrana pareció a punto de
romperse y dejar escapar lo que se ocultaba tras ella.
Después, la luz cambió del blanco lunar al rojo sangriento y, con ella, el asombro
y el gozo se convirtieron en temor. Ginger ya no buscaba la revelación, sino que la
temía, no daba la bienvenida a la comprensión, sino que se alejaba de ella con terror y
repulsa.
Retrocedió en el resplandor sangriento hasta dar contra la puerta principal. Al otro
lado de la habitación, más allá de Dom y Brendan, Sandy Sarver abandonó su
empeño de atrapar un puñado de luz; se abrazaba a Ned, cuya sonrisa se había
convertido en una mueca de repulsa. Faye y Ernie se apretaban contra el mostrador de
recepción.
Mientras la incandescencia escarlata fluía de un rincón a otro de la habitación
como si fuera líquida, el sorprendente fenómeno visual fue respaldado por un ruido.
Ginger se sobresaltó cuando un golpe triple resonó en el aire sanguíneo y volvió a
sobresaltarse cuando se repitió. Tenía cierto timbre cardíaco, como el estruendoso
latir de un gran corazón, aunque se oía un golpe más: DUB-DAB-dab, DUB-DAB-dab,
DUB-DAB-dab… Supo de inmediato que se trataba del mismo ruido misterioso del que
había hablado el padre Wycazik en su conversación telefónica con Dom, el ruido que
surgió del dormitorio de Brendan Cronin y que hizo temblar la casa parroquial de St.
Bernardette.
Pero también supo que lo había oído antes. Todo aquello (la luz lunar, el
resplandor sangriento, el ruido) era parte de algo ocurrido el verano del año anterior.
DUB-DAB-dab… DUB-DAB-dab…
Los marcos de las ventanas traquetearon, Las paredes temblaron. La luz
sangrienta y la luz de la lámpara comenzaron a parpadear al mismo tiempo que el
latido.

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DUB-DAB-dab… DUB-DAB-dab…
Una vez más, Ginger se aproximaba a los estremecedores recuerdos. Con cada
latido y con cada parpadeo de la luz, los recuerdos enterrados en la memoria se
aproximaban.
Sin embargo, su miedo inhibidor se intensificó; una imponente ola negra de terror
se aproximaba a ella. El bloqueo de Azrael actuaba según lo previsto; en lugar de
permitir que el recuerdo llegara a ella, le haría caer en un estado de fuga, como no le
había ocurrido desde el día que asesinaron a Pablo Jackson, la semana anterior. Los
conocidos signos de la inminente fuga eran patentes: Le costaba trabajo respirar; se
estremecía con una sensación de peligro mortal tan fuerte que se podía palpar, el
mundo que le rodeaba comenzó a desvanecerse; una untuosa oscuridad se filtraba por
los bordes de su campo de visión.
Correr o morir.
Ginger dio la espalda a los fenómenos que ocurrían en la oficina. Se aferró con
las dos manos al marco de la puerta principal, como si se anclara a la conciencia para
resistir la ola que quería arrastrarla. Desesperada, miró por el cristal el vasto paisaje
de Nevada y el plomizo cielo invernal, intentando bloquear el estímulo (la luz y el
ruido insufribles) que la empujaban a las tinieblas de la fuga. El terror y el pánico sin
sentido se hicieron tan insoportables que la fuga casi parecía preferible, aunque
permaneció aferrada al marco de la puerta, aguantando, aguantando, estremeciéndose
y jadeando, aguantando, aterrorizada no tanto por los extraños sucesos que ocurrían
tras ella como por los sucesos olvidados de aquel verano, de los que estos fenómenos
era débiles reflejos, y seguía aguantando, aguantando…, hasta que el estruendo de
tres golpes decreció, hasta que la luz roja palideció, hasta que la habitación quedó en
silencio y la única luz existente era la que entraba por las ventanas o la procedente de
las lámparas.
Se recuperó. No sufriría una fuga.
Por primera vez, había resistido con éxito el ataque. Quizá la experiencia de los
últimos meses la había curtido. Quizá con sólo estar allí, cerca de las respuestas al
misterio, había encontrado fuerzas para resistir. O tal vez las había sacado de su
nueva «familia». Fuera cual fuese el motivo, estaba convencida de que, al resistir la
fuga una vez, le sería más fácil resistir futuros ataques. Los bloqueos de memoria se
desmoronaban. Y el temor de enfrentarse a lo ocurrido aquel 6 de julio era ahora
menor que el temor de no llegar a conocerlo nunca.
Temblorosa, Ginger se volvió a los otros.
Brendan Cronin se tambaleó hacia el sofá y se sentó, estremeciéndose
visiblemente. Los anillos habían desaparecido tanto de sus manos como de las de
Dom.
Ernie le dijo al sacerdote:
—¿Es lo que pienso? ¿Es la misma luz que aparecía en tu habitación por las
noches?

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—Sí —admitió Brendan—. Dos veces.
—Pero nos dijiste que se trataba de una luz maravillosa —advirtió Faye.
—Lo es —respondió Brendan—. En parte, lo es. Pero cuando se vuelve roja…,
me pone los pelos de punta. Cuando surge…, oh, me levanta el ánimo y me produce
un extraño gozo.
La siniestra luz escarlata y el espantoso martilleo triple le provocaron tal terror a
Ginger que olvidó temporalmente el estimulante resplandor lunar que los precedió y
que la asombró.
Secándose las palmas de las manos en la camisa, como si los desaparecidos
círculos le hubieran dejado en las manos un residuo desagradable, Dom dijo:
—Los acontecimientos de esta noche tienen aspectos positivos y negativos.
Ansiamos conocer lo que nos ocurrió pero, al mismo tiempo, nos asusta… nos
asusta…
—Nos morimos de miedo —añadió Ernie.
Ginger advirtió que incluso Sandy Sarver, que sólo había percibido el lado
benigno del misterio, mostraba un rostro preocupado.

Cuando Jorja Monatella enterró a su ex marido, Alan Rykoff, a las once de la


mañana del lunes, el sol de Las Vegas asomaba entre las escasas nubes de un gris
acerado. Un centenar de rayos dorados, algunos a un kilómetro de distancia, otros
sólo a unos metros, como focos cósmicos, iluminaban unos edificios y ocultaban
otros bajo las sombras invernales. Algunos rayos cruzaron el cementerio, acosados
por las nubes impetuosas, barriendo el suelo desnudo del desierto hacia el Este.
Cuando el corpulento director de la ceremonia concluía una oración no confesional,
mientras el féretro era bajado a la fosa que lo acogería, un rayo particularmente
brillante iluminó la escena y el color de las flores estalló.
Además de Jorja y Paul Rykoff —el padre de Alan, que había viajado desde
Florida—, sólo asistieron cinco personas al funeral. Ni siquiera asistieron los padres
de Jorja. Con su egoísmo, Alan se aseguró de que su marcha de este mundo fuera
acompañada por el mínimo pesar. Paul Rykoff, demasiado parecido a su hijo en
algunos aspectos, culpó a Jorja de todo. Apenas si se comportó con educación desde
que llegó el día anterior. Ahora que su único hijo estaba bajo tierra, se alejó de Jorja
con el rostro impasible, y ella supo que sólo lo volvería a ver si su ira y su
obstinación cedían finalmente ante los deseos de ver a su nieta.
Apenas se alejó un kilómetro del cementerio cuando acercó el coche a la acera,
aparcó y lloró. No lloró ni por el sufrimiento de Alan ni por su pérdida, sino por la
destrucción final de toda la esperanza con que iniciaron sus relaciones, los
extinguidos deseos de amor, de formar una familia, de amistad, de objetivos comunes
y de una vida compartida. No deseaba que Alan hubiese muerto. Pero ahora que lo
estaba, sabía que sería más fácil emprender el nuevo camino que se había propuesto y

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por el que había trabajado tanto, y esa convicción no la hizo sentirse culpable ni
cruel; simplemente, era triste.
La noche anterior, Jorja le dijo a Marcie que su padre había muerto, pero no que
se suicidó. En un principio, Jorja no tenía intención de habérselo dicho hasta la tarde,
en presencia del doctor Coverly, el psicólogo. Pero la cita con Coverly tuvo que ser
suspendida porque, aquel mismo día, Jorja y Marcie viajarían en avión a Elko para
unirse a Dominick Corvaisis, Ginger Weiss y los demás. Marcie encajó la noticia de
la muerte de su padre con una entereza sorprendente. Lloró, aunque no mucho. Con
siete años, era lo suficientemente mayor como para comprender la muerte, pero
demasiado joven para percibir su cruel finalidad. Además, al abandonar a Marcie,
Alan le hizo un favor a la niña inadvertidamente; en cierto sentido, para ella, había
muerto más de un año antes, y la niña ya lo había llorado entonces.
Otra cosa que ayudó a Marcie a superar la tristeza: su obsesión por la colección
de fotografías de la luna. Una hora después de conocer la muerte de su padre, la niña
estaba sentada a la mesa del comedor, los ojos secos, la pequeña lengua rosa
asomando entre los labios en un gesto de concentración total, un lápiz entre los
dedos. Comenzó el proyecto de dibujar lunas la noche del viernes y lo continuó
durante todo el fin de semana. El lunes, a la hora del desayuno, ya había
transformado en globos llameantes todas las fotografías y la gran mayoría, excepto
cincuenta, de los centenares de dibujos.
La obsesión de Marcie habría preocupado a Jorja, aunque no supiera que otros la
compartían y que dos se habían suicidado por ella. La luna no era aún el único foco
de atención de la niña. Sin embargo, no hacía falta mucha imaginación para
comprender que, si la obsesión progresaba, Marcie podía quedar recluida para
siempre en la tierra de la locura.
Su preocupación por Marcie era tan grande que rápidamente superó las lágrimas
que le obligaron a aparcar el Chevette. Arrancó y se dirigió a casa de sus padres,
donde esperaba Marcie.
La niña estaba en la cocina con el omnipresente álbum de lunas, dibujando con
cera escarlata. Alzó la vista cuando Jorja entró, sonrió débilmente, y volvió a su tarea.
Pete, el padre de Jorja, también estaba en la mesa, mirando a Marcie con el ceño
fruncido. De vez en cuando, pensaba una estratagema para que se interesara por otra
actividad menos extraña y más saludable que el interminable colorear de lunas, pero
todos sus intentos de apartarla del álbum fueron en vano.
En el dormitorio de sus padres, Jorja se quitaba el traje y se ponía pantalones
vaqueros y jersey para el viaje al Norte, mientras que Mary Monatella la acosaba a
preguntas:
—¿Cuándo le quitarás ese álbum a Marcie? ¿Por qué no me dejas que lo haga yo?
—Mamá, ya te lo he dicho: El doctor Coverly cree que quitarle el álbum ahora
sólo reforzará su obsesión.
—Eso no tiene sentido —dijo la madre de Jorja.

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—El doctor Coverly dice que si le prohibimos la colección de lunas en esta
primera fase, estaremos acentuando su importancia y…
—Tonterías. ¿Tiene hijos el doctor Coverly?
—No lo sé, mamá.
—Apuesto a que no tiene hijos. Si los tuviera no daría unos consejos tan
disparatados.
Tras colgar el traje en el armario y quedarse en ropa interior, Jorja se sintió
desnuda y vulnerable, pues aquella situación le recordaba las veces que su madre la
contemplaba cuando se vestía para la cita con un chico que ella no aprobaba. Ningún
chico encontró la aprobación de Mary. De hecho, Jorja se casó con Alan, en parte,
porque a Mary no le gustaba. El matrimonio como rebelión. Estúpido, pero lo hizo y
pagó las consecuencias. Mary la condujo a ello… el sofocante y autoritario amor de
Mary. Jorja cogió los pantalones vaqueros extendidos en la cama y se los puso
deprisa.
—Ni siquiera dice por qué colecciona esas cosas —dijo Mary.
—Porque no lo sabe. Es un impulso. Una obsesión irracional; si existe un motivo,
está oculto en su subconsciente, donde no puede ni echarle un vistazo.
—Deberías quitarle el álbum —sugirió Mary.
—Lo haré, mamá —respondió Jorja—. A su debido tiempo.
—Si fuera por mí, lo haría ahora mismo.
Jorja ya tenía preparadas dos grandes maletas. Cuando llegó la hora de ir al
aeropuerto, Pete se sentó al volante y Mary aprovechó la ocasión para continuar
criticando.
Jorja y Marcie compartían el asiento trasero. De camino al aeropuerto, la niña
pasaba las páginas del álbum de un lado a otro sin cesar y en silencio.
El tema de conversación entre Mary y Jorja cambió de la mejor forma de afrontar
la obsesión de Marcie al inminente viaje a Elko. Mary tenía dudas sobre aquella
expedición y no vaciló en expresarlas. ¿Era un avión de sólo doce plazas? ¿No era
peligroso viajar en un cacharro propiedad de una empresa de poca monta, cuya
probable escasez de recursos se traducía en falta de mantenimiento? ¿Cuál era el
propósito de aquel viaje? Aunque hubiese gente en Elko que sufriera los mismos
problemas que Marcie, ¿cómo era posible que tuvieran algo que ver con el hecho de
haber estado en el mismo motel?
—Ese Corvaisis me preocupa —dijo Pete al detenerse frente a un semáforo en
rojo—. No me gusta que te juntes con los de su calaña.
—¿Qué quieres decir? ¡Ni siquiera lo conoces!
—Le conozco lo suficiente —contestó Pete—. Es escritor, y ya sabes cómo son
los escritores. Una vez leí que Norman Mailer colgó a su mujer de los tobillos por la
ventana de un piso alto. ¿Y no es Hemingway quien siempre anda metiéndose en
peleas?
—Papá, Hemingway ya murió.

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—¿Ves? Siempre metidos en peleas, borrachos, drogados. Los escritores son unos
indeseables.
—Este viaje es un gran error —afirmó Mary categóricamente.
Era interminable.
En el aeropuerto, al despedirse, le dijeron que la querían, y Jorja también se lo
dijo a ellos; lo extraño era que todos decían la verdad. Aunque la criticaban
continuamente y aunque a ella le dolían esas críticas, se querían. Sin amor, hubieran
dejado de hablarse tiempo atrás. Esa relación entre padres e hija era a veces más
sorprendente que el misterio de lo ocurrido en el Tranquility Motel el verano
antepasado.
Aquel cacharro era más cómodo de lo que Mary hubiera pensado, con seis
amplios sillones a cada lado de un estrecho pasillo, auriculares gratis para escuchar
una música suave y relajante, y un piloto que lo manejaba con más delicadeza que
una madre primeriza a su bebé.
A los treinta minutos de haber despegado de Las Vegas, Marcie cerró el álbum y,
a pesar de la fuerte luz que entraba por las ventanillas, se durmió, arrullada por el
sonido fuerte pero hipnótico de los motores.
Durante el vuelo, Jorja pensó en su futuro: los estudios de dirección de empresas
que esperaba finalizar, la esperanza de poseer una tienda de modas, el duro trabajo
que le esperaba… y la soledad, que ya era un problema para ella. Quería tener a un
hombre. No sexualmente. ¡Aunque aquello también sería bienvenido! Había hecho
algunos amigos desde que se divorció, pero no estuvo en la cama con ninguno. No
era un eunuco femenino. El sexo le parecía importante y lo echaba de menos. Pero no
era el principal motivo por el que quería un hombre, un hombre especial, un
compañero. Necesitaba a alguien con quien compartir sus sueños, los triunfos y las
derrotas. Tenía a Marcie, mas no era lo mismo. Los seres humanos parecen
impulsados genéticamente a realizar el viaje por la vida en parejas, y esa necesidad
era particularmente fuerte en el caso de Jorja.
Mientras el avión ronroneaba en dirección-Nordeste, Jorja escuchaba a
Mantovani y se permitió unos momentos de fantasía infantil que no era característica
de ella. Quizá encontrara en el Tranquility Motel a alguien con quien compartir el
nuevo comienzo. Recordó la voz amable y segura de Dominick Corvaisis y lo incluyó
en sus fantasías. Si Corvaisis fuera su hombre, ¡lo que no diría su padre al saber que
su hija se casaría con uno de aquellos escritores indeseables y borrachos que colgaban
a sus mujeres de las ventanas por los tobillos!
Alejó esa fantasía poco después de aterrizar en Elko, pues pronto comprendió que
el corazón de Corvaisis ya había sido conquistado.
Media hora antes del anochecer, a las cuatro y media, el cielo de Elko estaba
cubierto de nubes oscuras y las montañas Ruby tenían un color púrpura en el
horizonte. El viento frío y penetrante procedente del Oeste era una prueba clara de
que habían viajado a seiscientos cincuenta kilómetros al norte de Las Vegas.

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Corvaisis y la doctora Ginger la esperaban en la pista junto a la pequeña terminal,
y Jorja, en cuanto los vio, tuvo la extraña pero fortalecedora sensación de encontrarse
en familia. Aquella sensación fue algo de lo que le comentó Corvaisis por teléfono,
pero Jorja no lo entendió hasta que no la experimentó. Y era algo muy distinto a la
impresión que le causó Ginger cuando los ayudó en la carretera.
Incluso Marcie —enfundada en un abrigo y una bufanda, con los ojos hinchados
por la siesta en el avión y el álbum apretado contra el pecho— salió de su estado de
semi-trance al ver al escritor y a la doctora. Sonrió y respondió a sus preguntas con
más entusiasmo del que había caracterizado su forma de hablar desde hacía días. Se
ofreció a enseñarles el álbum y aceptó con una sonrisa que Corvaisis la cogiera y la
llevara en brazos al aparcamiento.
«Hemos hecho bien en venir —pensó Jorja—. Gracias a Dios que hemos venido».
Corvaisis caminaba delante llevando a Marcie en brazos, Jorja y Ginger los
seguían con las maletas. Mientras caminaban, Jorja le dijo:
—Quizá no lo recuerdes, pero atendiste a Marcie la noche de aquel viernes, antes
de llegar al Tranquility.
La doctora parpadeó.
—La verdad es que no lo recordaba. ¿Estabas con tu difunto esposo? ¿Aquella era
Marcie? ¡Claro!
—Nos detuvimos en la I-80, a unos ocho kilómetros del motel —recordó Jorja—.
El paisaje hacia el Sur era tan llamativo, tan maravilloso, que quisimos hacernos unas
fotos.
Ginger asintió.
—Yo viajaba hacia el Este. Os vi aparcados en la cuneta. Enfocábais la cámara.
Tu marido y Marcie habían saltado la barrera de protección y se habían alejado unos
metros hasta quedar al borde del terraplén.
—No quería que se acercaran tanto al borde. Pero Alan insistió en que era el
mejor lugar para hacer la foto, y cuando Alan se empeñaba en algo, no tenía sentido
discutir con él.
Entonces, antes de que Jorja pudiera hacer la foto, Marcie resbaló y cayó hacia
atrás, rodando los diez metros del terraplén. Jorja gritó «¡Marcie!», dejó la cámara,
saltó la barrera y corrió hacia su hija. Aunque descendió con rapidez, Jorja acababa
de llegar junto a Marcie cuando alguien gritó: «¡No la mueva! ¡Soy doctora!». Era
Ginger Weiss; descendió a tal velocidad que llegó al mismo tiempo que Alan, quien
empezó a correr antes que ella. Marcie estaba rígida y callada, pero no inconsciente,
sólo aturdida, y Ginger comprobó rápidamente que la niña no tenía ninguna lesión
craneal. Marcie rompió a llorar y, como tenía la pierna doblada en un ángulo extraño,
Jorja creía que se le había roto. Ginger también pudo tranquilizarla a ese respecto. Al
final, como el terraplén era de tierra y estaba cubierto de hierba, Marcie sólo sufrió
algunas magulladuras y contusiones.
—Me impresionaste —indicó Jorja.

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—¿Yo? —Ginger parecía sorprendida. Esperó a que una avioneta pasara sobre
ellas y, después, añadió—: Pues no hice nada de particular. Sólo examiné a Marcie.
No necesitaba ningún cuidado especial. Sólo Tiritas.
Al guardar las maletas en el coche de Dom, Jorja dijo:
—Bueno, pues me impresionaste. Eras joven, guapa, femenina y, además,
doctora… eficiente, decidida. Yo siempre me consideré una camarera, nada más, pero
aquel encuentro prendió una llama en mi interior. Después, cuando Alan nos dejó, no
me vine abajo. Me acordé de ti y decidí llegar a ser algo que nunca me propuse. En
cierta manera, cambiaste mi vida.
Cerrando el maletero y dándole las llaves a Dom, que ya había sentado a Marcie
en el coche, Ginger exclamó:
—Jorja, estoy asombrada. El mérito no es mío. Tú cambiaste tu propia vida.
—No fue lo que hiciste aquel día —contestó Jorja—, sino más bien lo que eras.
Exactamente el ejemplo que necesitaba.
Turbada, Ginger exclamó:
—¡Santo cielo! ¡Nadie me había dicho semejante cosa en toda mi vida! ¡Pero,
mujer, tú debes estar loca!
—No le hagas caso —le indicó Dom a Jorja—. Es el mejor ejemplo que he visto
en mi vida. Sus excusas son puro shmontses.
Ginger se volvió a él riendo.
—¿Shmontses?
Dom sonrió.
—Soy escritor, y mi trabajo consiste en oír y callar. Si oigo una buena expresión,
la utilizo. No puedes culparme de hacer mi trabajo.
—¿Conque shmontses, eh? —preguntó Ginger, simulando enfado.
Sonriendo aún, el escritor dijo:
—Quien se pica, ajos come.
Ese fue el momento en que Jorja supo que el corazón de Dominick Corvaisis ya
estaba conquistado y que tendría que excluirlo de cualquier fantasía romántica que se
permitiera en el futuro. Cuando Dom miró a Ginger, en sus ojos resplandeció el brillo
del deseo y de un profundo afecto. El mismo calor ardía en los ojos de Ginger. Lo
extraño era que ni Dom ni Ginger parecían comprender la verdadera intensidad de sus
sentimientos. Aunque no tardarían mucho en hacerlo.
Atravesaron Elko y se dirigieron al Tranquility, a unos cincuenta kilómetros al
Oeste. Mientras, al Este, el día cedía ante la noche, Dom y Ginger le contaron a Jorja
lo ocurrido antes de llegar ella y Marcie. A Jorja le resultaba cada vez más difícil
conservar el buen estado de ánimo que disfrutaba desde que bajó del avión. Cuando
atravesaban el desierto en penumbras, con las imponentes y negras masas rocosas
alzándose en el horizonte bajo el cielo sangriento, Jorja se preguntó si aquel lugar era,
como pensaba, el camino hacia una nueva vida… o hacia la tumba.

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Cuando el Lear aterrizó en Salt Lake City, Utah, Jack subió rápidamente al
Cessna Turbo Skylane RG de alquiler, pilotado por un tipo educado y silencioso con
un gran bigote. Llegaron a Elko, Nevada, a las cuatro cincuenta y tres, con la última
luz del día.
El aeropuerto era demasiado pequeño para tener oficinas de Hertz o Avis, pero
había un servicio de taxis de la pequeña empresa local. Jack le dijo al taxista que le
llevara, con sus tres maletas, a un concesionario de Jeep, donde estaban a punto de
cerrar y donde sorprendió al vendedor al pagarle al contado un Cherokee con tracción
a las cuatro ruedas.
A esas alturas, Jack no se preocupaba de evitar a un posible perseguidor, ni
siquiera de saber si lo seguían. Estaba claro que sus adversarios tenían grandes
poderes y recursos; aunque hiciera todo lo posible para despistarlos, tendrían
suficientes efectivos para vigilar a un solo tipo que intentara escapar a pie o en taxi de
una ciudad tan pequeña como Elko.
Cuando el Cherokee fue suyo, Jack se alejó del concesionario y buscó por primera
vez a un posible perseguidor. Miró repetidamente por los espejos retrovisores, pero
no localizó ningún vehículo sospechoso.
Fue directamente a un Arco Mini-Mart que vio cuando se dirigía a la ciudad en
taxi. Aparcó en un extremo de la explanada, lejos de las lámparas de arco, salió del
todo-terreno y escudriñó las sombras de la calle en busca de sus posibles
perseguidores.
No vio a nadie.
Eso no quería decir que no estuvieran por allí.
En el Mini-Mart, la excesiva iluminación fluorescente y los expositores cromados
le hicieron añorar los días de las pintorescas abacerías de la esquina, regentadas por
parejas de inmigrantes que hablaban con un curioso acento, donde el aire estaba
impregnado del aroma de la bollería casera y de los sándwiches preparados. Allí sólo
se percibía un ligero aroma a desinfectante y el fino olor del ozono procedente de los
motores de los contenedores de congelados. Con los ojos entrecerrados por aquella
molesta luz, Jack compró un mapa del condado, una linterna, un litro de leche, dos
paquetes de cecina de vaca, una caja pequeña de Donuts de chocolate y, obedeciendo
a un mórbido impulso, algo llamado «Hamwich», que era «un delicioso sándwich de
pasta de jamón pulverizado, aderezada y remodelada, pan y especias, totalmente
garantizada» y que resultaba «idóneo para excursionistas, campistas y deportistas».
¿Pasta de jamón? En la base del envoltorio de plástico, se podía leer: Carne auténtica.
Jack rió. Tenían que decirte que era «carne auténtica» porque, a pesar de estar
envuelto en plástico transparente, no se sabía qué demonios podía ser con sólo
mirarlo. Sí, señor —oh, sí—, pasta de jamón y carne auténtica: por eso fue a
Centroamérica a luchar por su país.
Deseó que Jenny viviese y estuviera con él. Carne auténtica. Para que se
distinguiera de la carne falsa, de la de plástico. Se hubiera desternillado de risa.

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Cuando salió del Mini-Mart, se detuvo a observar la calle de nuevo, pero siguió
sin ver a ningún sospechoso.
Se dirigió al Cherokee, aparcado en un extremo de la explanada y abrió la puerta
trasera. Sacó una maleta, cogió una mochila de nailon vacía, la Beretta, un cargador
lleno, una caja de munición del 32, y uno de los silenciadores de rosca. Bajo la nube
de vaho de su propia respiración, sacó los alimentos de la bolsa de papel y los guardó
en la mochila. Enroscó el silenciador en el arma e insertó el cargador en la culata de
un golpe. Cuando distribuyó la munición entre los distintos bolsillos de su pesada
chaqueta de cuero, cerró la puerta trasera.
De nuevo al volante del Cherokee, Jack dejó la Beretta en el asiento delantero y
puso la mochila encima para que no se viera. Con la nueva linterna, estudió el mapa
del condado de Elko durante unos minutos. Cuando apagó la linterna y dejó el mapa,
estaba listo para enfrentarse al enemigo.
Los cinco minutos siguientes, condujo por las calles de Elko y puso en práctica
todos los trucos que conocía para deshacerse del posible perseguidor, circulando por
barrios residenciales, donde el tráfico era escaso y la presencia de un perseguidor, por
muy bueno que fuese, sería tan manifiesta como una llaga supurante. Nada.
Aparcó al final de una calle sin salida y sacó de una de las maletas un receptor-
interceptor de banda ancha. Aquel instrumento, del tamaño de dos paquetes de
cigarrillos, con una pequeña antena en el lado superior, captaba las frecuencias
comprendidas entre 3,0 y 12 megahercios, y entre 88 y 108 en frecuencia modulada.
Si, mientras estuvo en el supermercado, le hubieran instalado un transmisor en el jeep
que permitiera la vigilancia a distancia, aquel receptor de banda ancha captaría la
señal; un bucle de realimentación haría que el receptor emitiera un pitido agudo.
Dirigió la antena hacia el jeep y le dio la vuelta lentamente.
No había ningún transmisor oculto en el Cherokee.
Dejó el receptor y volvió a sentarse al volante del todo-terreno, donde permaneció
pensativo un minuto. No estaba sometido a vigilancia visual ni electrónica. ¿Era
razonable? Cuando sus adversarios dejaron aquellas postales del Tranquility Motel en
las cajas de seguridad, debían saber que iría a Nevada. También sabrían que era un
hombre potencialmente peligroso y, desde luego, no tendrían intención de dejarle
planear el ataque a sus anchas. Aunque era eso precisamente lo que parecían estar
haciendo.
Jack giró la llave de contacto con el ceño fruncido. El motor rugió.
En el viaje desde Nueva York, tuvo tiempo de pensar en la situación y elaboró
varias teorías (la mayoría disparatadas) sobre la identidad y las intenciones de sus
adversarios. Ahora se convenció de que nada de lo que pensó era ni la mitad de raro
de lo que estaba ocurriendo en realidad.
Nadie lo vigilaba. Eso le asustaba.
Lo inexplicable siempre le asustaba.
Cuando no se entendía una situación, generalmente quería decir que se

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desconocía un detalle importante. Si se desconocía algo importante, quería decir que
se tenía un flanco al descubierto. Si se tenía un flanco al descubierto, se podía recibir
un balazo cuando menos se esperase.
Alerta y con cautela, Jack Twist se dirigió al Norte por la carretera estatal 51. Tras
recorrer unos kilómetros, giró al Oeste y continuó por una serie de pistas de tierra
para llegar por detrás al Tranquility Motel en lugar de aproximarse directamente por
la I-80. Finalmente, se vio obligado a viajar a campo traviesa por un terreno que a
veces era peligroso, desde una altura de mil metros, descendiendo por las laderas de
las montañas, hasta llegar a las llanuras. Cuando el cielo se abrió y dejó ver una luna
casi llena, apagó los faros y continuó la marcha, guiado sólo por el resplandor de la
luna, al que sus ojos se acomodaron pronto.
Jack subió una loma y vio el Tranquility Motel, un solitario grupo de luces
perdido en la vasta oscuridad, a unos dos kilómetros y medio al Suroeste, a este lado
de la I-80. No había muchas luces; o el negocio no marchaba bien o estaba cerrado.
No quería que advirtieran su llegada, así que continuaría a pie.
Dejó la Beretta en el jeep y cogió la ametralladora Uzi. En realidad, no esperaba
tener problemas. Aún no. Sus adversarios, quienesquiera que fuesen, no le habían
hecho venir hasta aquí sólo para matarlo. Podían haberlo matado en Nueva York si
fuera eso todo lo que querían. No obstante, estaba preparado para la violencia.
Además de la Uzi y de una buena provisión de balas, cogió la mochila con los
alimentos, un micrófono direccional alimentado por pilas y la mira nocturna Star
Tron. Se puso unos guantes y un gorro de esquí.
La caminata le resultó estimulante. La noche era fría, y el viento, cuando soplaba,
se dejaba sentir, pero no de una forma desagradable.
Como esperaba entrar en acción nada más aterrizar en Nevada, se vistió
apropiadamente antes de salir de Nueva York. Llevaba unas pesadas botas de caña
alta con gruesas suelas de caucho, calzones largos y pantalones vaqueros, jersey y
chaqueta de cuero con un grueso forro de piel. Su aspecto sorprendió a la tripulación
del avión de alquiler, pero lo trataron como si vistiera esmoquin y sombrero de copa;
incluso un hombre feo con un ligero estrabismo, vestido como un obrero, provocaba
respeto cuando podía permitirse alquilar un avión privado en lugar de viajar en vuelos
regulares.
Jack caminaba. La luna se vestía con la rasgada túnica de las nubes y las escasas
manchas de nieve lanzaban destellos como si fueran élitros en el oscuro caparazón de
las colinas jorobadas; la tierra yerma, las formaciones rocosas, la artemisa y las
grandes extensiones de hierba seca se dejaban acariciar por los rayos de luna, que las
pintaban con un vago tinte dorado y lechoso. Cuando la luna se escondía entre las
nubes, una ola de intensa oscuridad anegaba la tierra.
Al fin, halló un puesto de observación adecuado en la ladera sur, a sólo quinientos
metros del Tranquility Motel. Se sentó y dejó la Uzi y la mochila a un lado.
La mira nocturna Star Tron captaba la luz existente (de las estrellas, de la luna, la

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fosforescencia natural de la nieve y de ciertas plantas, y la mínima luz eléctrica), y la
ampliaba ochenta y cinco mil veces. Con la única lente de aquel instrumento, Jack
transformaba la más mínima luz, excepto la de la noche más cerrada, en la luz
grisácea de un día nublado.
Apoyó los codos en las rodillas, cogió el Star Tron con las dos manos y lo apuntó
al Tranquility. Vio la parte trasera del edificio con la suficiente nitidez como para
asegurarse de que no había vigías ocultos en las sombras. Ninguna de las
habitaciones del motel tenía ventanas a la parte trasera, de manera que nadie vigilaría
desde allí. El tercio central del motel tenía un segundo piso, probablemente el
apartamento del dueño, y la luz brillaba en la mayor parte de aquellas ventanas. Sin
embargo, no podía ver el interior porque las cortinas y las persianas estaban cerradas.
Guardó el Star Tron en la mochila y cogió un pequeño micrófono direccional
alimentado por pilas, que parecía una pistola futurista. Unos años antes, los
«micrófonos de rifle» eran efectivos a una distancia de tan sólo doscientos metros.
Pero en la actualidad, con una unidad de gran potencia, se podía oír una conversación
a unos quinientos metros, distancia que aumentaba considerablemente en condiciones
ideales. El instrumento tenía unos auriculares que Jack se colocó. Apuntó el
micrófono a una de las ventanas con las cortinas corridas. No obstante, sólo oyó
retazos de la conversación, pues era una habitación cerrada, y Jack se encontraba a
quinientos metros de distancia, entre los gemidos del viento.
Con gran precaución, cogió la Uzi y el resto del material y se aproximó, eligiendo
un nuevo puesto de observación a menos de cien metros del edificio. Cuando volvió a
dirigir el micrófono hacia la ventana, oyó todo lo que se decía tras el cristal, a pesar
de que las cortinas mitigaban la señal. Oyó seis voces, quizá más. Cenaban y
felicitaban al cocinero (alguien llamado Ned) y a su ayudante (Sandy) por el pavo, el
relleno de pacana y otros platos.
«Eso es un banquete más que una cena», pensó Jack con envidia.
Había comido algo en el Lear, pero no había probado bocado desde entonces.
Aun seguía el horario del Este, de manera que para él eran las once de la noche.
Probablemente estaría espiando varias horas, uniendo las piezas que configurasen la
personalidad de aquellas personas, averiguando cautelosamente si eran sus
adversarios. Estaba hambriento y no quería dejar la cena para más tarde, sobre todo
teniendo en cuenta en qué consistía. Con unas rocas, mantuvo el micrófono dirigido a
la ventana. Cogió el Hamwich y le dio un bocado a aquella cosa «pulverizada,
aderezada y remodelada». Sabía a tierra empapada en grasa rancia. Escupió aquella
sustancia gomosa y se conformó con la cecina de vaca y los Donuts. La cena, aunque
exigua, habría sido más reconfortante si Jack no tuviera que oír cómo aquellos
extraños se atiborraban en lo que parecía una versión moderna de la fiesta de la
cosecha.
Pronto, oyó lo suficiente como para saber que aquellas personas no eran sus
enemigos. Inexplicablemente, de un modo u otro, fueron atraídos allí, como él

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mismo. Escuchándolos, comenzó a pensar que sus voces le resultaban curiosamente
familiares y le invadió la sensación de que estar entre ellos era como estar entre
hermanos.
Una mujer llamada Ginger y un hombre (Don o Dom) contaron a los demás la
investigación que habían llevado a cabo aquel día en el Sentinel de Elko. Escuchando
la historia de escapes tóxicos, cortes de carretera y soldados del DERO, Jack perdió
el apetito. ¡Los del DERO! Mierda, había oído hablar de las compañías DERO,
aunque se formaron después de que él abandonara el servicio. Eran unos tipos leales
que aceptaban con entusiasmo la orden de meterse en una osera armados con una
máquina de picar carne y tenían suficientes agallas como para hacer salchichas con el
oso. Obligado a elegir entre un suicidio rápido y sin dolor y un combate cuerpo a
cuerpo con un DERO, el hombre de la calle haría bien en volarse la tapa de los sesos
y ahorrarse el dolor. Jack comprendió que estaba metido en algo mucho más
importante y peligroso que una venganza de la fratellanza o cualquiera de las otras
teorías que se le ocurrieron durante el vuelo desde Nueva York.
Aunque la imagen que se había formado mediante el espionaje era borrosa,
empezó a comprender que aquellas personas se habían reunido para averiguar lo que
les había ocurrido el verano del año anterior, el mismo fin de semana que Jack estuvo
allí. La investigación progresaba a buen ritmo, y Jack puso mala cara al oír que
discutían abiertamente el progreso. Eran tan inocentes que pensaban que las puertas
cerradas y las persianas bajadas aseguraban la intimidad. Quería gritar: ¡Eh, por el
amor de Dios, callaos ya! Si yo puedo oíros, ellos también pueden.
DERO. Aquella noticia le sentó peor que el Hamwich.
La charla continuaba en el motel, revelando la estrategia al enemigo a medida que
era planeada; finalmente, Jack se quitó los auriculares de un tirón, recogió las armas y
el equipo apresuradamente y corrió a oscuras hacia el Tranquility Motel.

El apartamento no tenía comedor, sólo un pequeño apartado en la cocina, pero era


insuficiente para acoger a los nueve. Desplazaron los muebles de la sala junto a las
paredes, llevaron allí la mesa de la cocina y abrieron sus dos hojas plegables para
acomodar a todos. A Dom le pareció que los preparativos improvisados aumentaban
la sensación de estar en una reunión familiar y el cauto ambiente de festividad.
En lugar de repetirse varias veces, Dom y Ginger esperaron a la cena, cuando
todo el grupo estaba reunido, para informar de la investigación en el periódico de
Elko. Ahora, entre el tintineo de la cubertería, revelaron que el Ejército bloqueó la I-
80 unos minutos antes de que se produjera el escape tóxico la noche del viernes. Lo
que significaba que los soldados fueron transportados en helicópteros desde
Shenkfield o algún lugar más distante al menos media hora antes, y que el Ejército
sabía que se produciría el «accidente».
Partiendo un panecillo, Dom dijo:

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—Si Falkirk y la compañía del DERO llegaron en helicópteros y se hicieron
cargo de la seguridad en la zona de cuarentena tan poco tiempo después de que
empezara la crisis… quiere decir que el Ejército debía tener alguna idea de lo que
ocurriría.
—Pero entonces, ¿por qué no evitaron que ocurriera? —preguntó Jorja Monatella,
mientras troceaba el pavo del plato de su hija.
—Al parecer, no pudieron hacerlo —contestó Dom.
—Quizá el camión sufriera un ataque terrorista, y quizá el Servicio de
Inteligencia del Ejército no lo averiguó hasta poco antes de que se produjera —
apuntó Ernie.
—Quizá —añadió Dom con escepticismo—. Pero, en ese caso, no se habrían
inventado esta historia. Debe ser otra cosa. Algo relacionado con alguna información
secreta de tal importancia que sólo podían recurrir al DERO para evitar que se
conociera.
Brendan Cronin era quien gozaba de mejor apetito, pero el apetito temporal no
enturbiaba el aire espiritual que le rodeaba. Se tragó el maíz que masticaba y dijo:
—Eso explica que no hubiera centenares de personas circulando a aquellas horas
por los quince kilómetros de autopista. Si el Ejército la cerró antes de que ocurriera el
accidente, hubo tiempo de que saliera la mayor parte del tráfico de la zona de peligro.
—Algunos no salieron —advirtió Dom—, vieron demasiado, los retuvieron y les
hicieron un lavado de cerebro como a los que ya estábamos en el motel.
Durante un rato, todos participaron en la conversación y llegaron a las mismas
conclusiones y a las mismas preguntas sin respuesta que se les ocurrieron a Dom y a
Ginger en la redacción del periódico.
Finalmente, Dom les contó el importante descubrimiento que realizaron él y
Ginger cuando se les ocurrió mirar los números del Sentinel publicados en las
semanas siguientes al escape tóxico. Al terminar de revisar los números de la semana
de la crisis, Ginger sugirió que la clave de lo que ocurrió verdaderamente en el tramo
de autopista cerrado al tráfico podía ocultarse en otras noticias, en historias que no
parecieran tener nada que ver con la crisis, pero que, de hecho, tuvieran relación.
Sacaron más periódicos de los ficheros y, leyendo las noticias desde un punto de vista
paranoico, pronto encontraron lo que buscaban. En una de las noticias se mencionaba
un lugar que parecía relacionado con el corte de la I-80.
—La Colina del Trueno —manifestó Dom—. Creemos que es de allí de donde
procede nuestro problema. Shenkfield era sólo un ardid, una pista falsa para desviar
la atención de la verdadera procedencia de la crisis. La Colina del Trueno.
Faye y Ernie levantaron la vista de los platos con sorpresa, y Faye dijo:
—La Colina del Trueno está a unos quince o veinte kilómetros al nordeste de
aquí, en las montañas. El Ejército tiene unas instalaciones allí. El Depósito de la
Colina del Trueno. Existen unas cuevas naturales en la piedra caliza, donde guardan
copias de expedientes y otros documentos importantes, por si se pierden los

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originales en un desastre… en una guerra nuclear o algo así.
—El Depósito ya estaba aquí cuando Faye y yo vinimos —indicó Ernie—. Hace
más de veinte años. Los rumores dicen que no sólo guardan informes y documentos.
Algunos piensan que también hay grandes cantidades de alimentos, medicinas, armas
y municiones. Eso tiene sentido. El Ejército no almacena todas las armas y los
suministros en las bases militares normales, pues, en el caso de que estalle una
guerra, serían los primeros lugares atacados con armas atómicas. Seguro que tienen
reservas repartidas por todo el país. Supongo que la Colina del Trueno es una de
ellas.
—Entonces, allí pueden guardar cualquier cosa —dijo Jorja Monatella con
inquietud.
—Cualquier cosa —repitió Ned Sarver.
—¿Es posible que el lugar no sólo sea un almacén? —preguntó Sandy—. ¿No
podrían estar haciendo allí algún tipo de experimentos?
—¿Qué clase de experimentos? —le interrogó Brendan, inclinándose hacia
delante para mirar al otro lado de Ned Sarver, junto a quien estaba sentado.
Sandy se encogió de hombros.
—Cualquiera sabe.
—Es posible —sugirió Dom. A él se le había ocurrido lo mismo.
—Pero si no se produjo ningún escape tóxico en la I-80, si lo que ocurrió es que
algo fue mal en la Colina del Trueno —dijo Ginger—, ¿cómo podría habernos
afectado si nos encontrábamos a más de quince kilómetros al Sur?
Nadie le supo responder.
Marcie, que había estado ocupada en el álbum de lunas la mayor parte de la noche
y que no había dicho nada en toda la cena, dejó el tenedor y formuló su propia
pregunta:
—¿Por qué se llama la Colina del Trueno?
—Cariño —respondió Faye—, a eso sí que te puedo contestar yo. La Colina del
Trueno es en realidad una extensa pradera de montaña que está unida a otras tres.
Juntas, forman un gran pastizal. Está rodeada de muchos picos altos y, cuando cae
una tormenta, el lugar hace de…, bueno, forma una especie de embudo. Hace cientos
de años, los indios la llamaron así porque los truenos retumban entre los picos, bajan
por las laderas y se juntan todos en aquella pradera de tal modo que da la impresión
de que no se oyen en el cielo, sino que parecen surgir del suelo.
—¡Vaya! —dijo Marcie en voz baja—. Seguramente me haría pipí de miedo.
—¡Marcie! —exclamó Jorja al mismo tiempo que los demás estallaban en
carcajadas.
—Sí, de verdad, seguramente me lo haría —repitió la niña—. ¿Te acuerdas
cuando los abuelos vinieron a cenar a casa, y había una tormenta grande, muy grande,
y cayó un rayo en un árbol del jardín que hizo ¡bum! y yo me hice pipí? —Mirando
en torno a la mesa, a su nueva familia, añadió—: Me dio muuuuucha vergüenza.

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Todos volvieron a reír, y Jorja le dijo:
—Eso fue hace más de dos años. Ya eres una niña grande.
Ernie le dijo a Dom:
—Aún no nos has dicho por qué la Colina del Trueno es el lugar y no Shenkfield.
¿Qué descubristeis en el periódico?
En el Sentinel del viernes 13 de julio, exactamente una semana después del cierre
de la I-80 y tres días después de su reapertura, había un artículo sobre dos ganaderos
—Norvil Brust y Jake Dirkson— que tenían problemas con la Oficina Federal de
Administración Territorial. Los desacuerdos entre los ganaderos y la Administración
Territorial no eran raros. El Gobierno era propietario de medio estado de Nevada, no
sólo de zonas de desierto, sino de las mejores tierras de pastos, algunas de las cuales
arrendaba a los ganaderos. Estos se quejaban continuamente de que la Oficina de
Administración Territorial se quedaba con las mejores tierras y de que los
arrendamientos eran elevados, y pedían que el Gobierno vendiera parte de sus
propiedades a los particulares. Pero Brust y Dirkson presentaban una nueva queja.
Durante años, la Oficina de Administración Territorial les arrendaba las tierras que
rodean unas instalaciones militares, el Depósito de la Colina del Trueno. Brust tenía
trescientas veinticinco hectáreas al Oeste y al Sur, y Dirkson disponía de más de
doscientas ochenta hectáreas en el lado este de la Colina del Trueno. De repente, la
mañana del sábado 7 de julio, aunque Brust y Dirkson eran arrendatarios desde hacía
años, la Oficina de Administración Territorial expropió a Brust doscientas hectáreas,
y ciento veinticinco a Dirkson, y por petición del Ejército, aquellas trescientas
veinticinco hectáreas fueron incorporadas al perímetro del Depósito de la Colina del
Trueno.
—Da la casualidad de que es la mañana siguiente al escape tóxico y al cierre de la
I-80 —observó Faye.
—Brust y Dirkson fueron a realizar una inspección rutinaria del ganado el sábado
por la mañana —dijo Dom— y ambos descubrieron que el ganado había sido sacado
de la mayor parte de los pastizales arrendados. Estaban tendiendo una alambrada a lo
largo del nuevo perímetro del depósito.
Ginger terminó de cenar, apartó el plato y dijo:
—La Oficina de Administración Territorial simplemente les notificó a Brust y a
Dirkson que rescindía los contratos unilateralmente y sin indemnizaciones. Pero no
recibieron una notificación oficial hasta el miércoles siguiente, lo que es
extremadamente raro. Generalmente, las notificaciones de rescisión de un contrato de
arrendamiento se comunican con sesenta días de antelación.
—¿Fue una medida legal? —preguntó Brendan Cronin.
—Ese es el inconveniente de hacer negocios con el Gobierno —le respondió
Ernie al sacerdote—. Se está haciendo tratos con los mismos que deciden lo que es
legal y lo que no lo es. Es como jugar al póquer con Dios.
—La Oficina de Administración Territorial no está muy bien vista por aquí —

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comentó Faye—. Son un puñado de burócratas tiranos.
—Es lo que imaginamos al leer el Sentinel —dijo Dom—. Ahora bien, Ginger y
yo podíamos haber supuesto que el asunto de la Colina del Trueno era una
coincidencia, que dio la casualidad de que la Oficina de Administración Territorial
quería quedarse con esas tierras al mismo tiempo que se producía la crisis en la I-80.
Pero el modo de actuar con los ganaderos después de quitarles las tierras fue tan
extraordinario que nos hizo sospechar. Cuando los ganaderos contrataron a unos
abogados, cuando el Sentinel dio la noticia de la rescisión de los contratos, la Oficina
de Administración Territorial cambió repentinamente de actitud y, después de todo,
les ofrecieron una indemnización.
—¡Ese no es el estilo de la Oficina! —exclamó Ernie—. Siempre te hacen ir a
juicio con la esperanza de que el litigio te enfríe los ánimos.
—¿Cuánto estaban dispuestos a pagarles a Brust y Dirkson? —preguntó Faye.
—La cifra no fue revelada —respondió Ginger—. Pero, al parecer, debió ser
bastante elevada, porque Brust y Dirkson la aceptaron de inmediato.
—La Oficina les compró su silencio —afirmó Jorja.
—Creo que era el Ejército quien decidía por la Oficina de Administración
Territorial —advirtió Dom—. Comprendieron que cuanto más se aireara la noticia,
más oportunidades habría de que alguien comenzara a preguntarse si el escape en la
I-80 y la apropiación tan poco ortodoxa de la tierra no tendrían alguna relación,
incluso a pesar de que los dos sucesos se produjeran a una distancia de quince o
veinte kilómetros.
—Lo que me sorprende es que nadie pensara antes en esa relación —dijo Jorja—.
Si Ginger y tú la habéis observado tanto tiempo después, ¿por qué no se le ocurrió a
nadie entonces?
—Por una razón —contestó Ginger—. Dom y yo teníamos la enorme ventaja de
la visión retrospectiva. Nosotros sabemos que ocurrió mucho más que un escape
tóxico durante aquellos días, algo que nadie sospechaba entonces. Nosotros
buscábamos una conexión. Pero ese mes, el revuelo del escape tóxico desvió la
atención de la Colina del Trueno. Es más, no tenía nada de extraordinario que unos
ganaderos se enfrentaran a la Oficina de Administración Territorial, de manera que
nadie relacionó aquella situación con el corte de la I-80. De hecho, cuando la Oficina
de Administración Territorial les hizo a Brust y a Dirkson aquella oferta tan poco
común, un editorial del Sentinel alabó la actitud arrepentida del Gobierno y predijo
una nueva era de la razón.
—Pero, según decís —indicó Dom a Faye y a Ernie—, y por lo que hemos leído,
esa fue la primera y única vez que la Oficina de Administración Territorial actuó
razonablemente con los ganaderos. De modo que no era una nueva política…, sólo
una respuesta a la crisis. No fue una casualidad pensar que el problema de la Colina
del Trueno tenía alguna relación con el problema de la interestatal.
—Además —añadió Ginger—, al sospechar, se nos ocurrió que, si el problema de

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aquella noche tuviese algo que ver con Shenkfield, el Ejército no se hubiera visto
obligado a utilizar una compañía del DERO por seguridad. Como los soldados
destinados en Shenkfield ya estarían habilitados por el Servicio de Seguridad para
participar en todos los asuntos concernientes a la base, ningún problema que se
produjera en Shenkfield sería tan delicado como para que no pudieran actuar. La
única razón por la que los DERO participaron en esta operación es porque el
problema no tenía nada que ver con Shenkfield, sino que tenía relación con algo que
los soldados de la base no estaban autorizados a ver.
—De modo que si existen respuestas a nuestros problemas —afirmó Brendan—,
lo más probable es que las hallemos en el Depósito de la Colina del Trueno.
—Ya sospechábamos que la historia del escape no era muy cierta —dijo Dom—.
Pero quizá fuese totalmente falsa. Tal vez el problema no tenía nada que ver con
Shenkfield. Si la verdadera fuente del problema era la Colina del Trueno, el resto sólo
fue una columna de humo para cegar a la opinión pública.
—Parece tener sentido —comentó Ernie. Él también había terminado de cenar.
Dejó los cubiertos cuidadosamente colocados en el plato, que estaba casi tan limpio
como antes de empezar, prueba de que no había olvidado el orden y la disciplina
militar—. ¿Saben?, estuve destinado algunos años en el Servicio de Inteligencia de la
Marina, de modo que hablo con conocimiento de causa cuando digo que este asunto
de Shenkfield huele a montaje.
Ned arrugó la frente en un gesto que pronunciaba sus entradas.
—Hay un par de cosas que no entiendo. La cuarentena no se extendió a partir de
Shenkfield. Entre la base y nosotros había kilómetros de territorio que no estaba en
cuarentena. ¿Cómo saltaron los efectos de un accidente en la Colina del Trueno para
caer sobre nuestras cabezas?
—No es ninguna tontería —respondió Dom—. Yo tampoco me lo explico.
Con la frente aún arrugada, Ned continuó:
—Otra cosa: el almacén no ocupa mucha terreno, ¿verdad? Por lo que he oído,
está bajo tierra. Hay un par de puertas blindadas en una ladera de la colina, una
carretera que conduce a las puertas y, quizá, algún puesto de guardia, eso es todo. Las
ciento veinte hectáreas de las que has hablado, la zona frente a la entrada, es una zona
de seguridad más que suficiente. Entonces, ¿por qué la rescisión de los contratos de
arrendamiento?
Dom se encogió de hombros.
—Ni idea. Pero fuera lo que fuese lo ocurrido allí el 6 de julio, provocó dos
acciones de emergencia por parte del Ejército: primero, una cuarentena aquí abajo;
segundo, una ampliación inmediata del perímetro de seguridad del Depósito, en las
montañas. Tengo la impresión de que… si queremos saber lo que nos ocurrió, lo que
aún nos ocurre, vamos a tener que averiguar qué tipo de actividades se llevan a cabo
en la Colina del Trueno.
Se quedaron en silencio. Aunque todos habían terminado de cenar, nadie pensaba

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en el postre. Marcie dibujaba círculos con la cuchara en el residuo grasiento del plato,
creando formas lunares líquidas y temporales. Nadie se movió para recoger los
platos, pues en aquel punto de la conversación nadie quería perderse una palabra.
Estaban en la encrucijada del dilema: ¿de qué modo se enfrentarían a enemigos tan
poderosos como el Gobierno y el Ejército de los Estados Unidos? ¿Cómo
atravesarían el muro de hierro erigido en nombre de la seguridad nacional con todo el
poder del estado y de la ley en contra?
—Sabemos lo suficiente para denunciarlo —aseguró Jorja Monatella—. Las
muertes de Zebediah Lomack y de Alan, el asesinato de Pablo Jackson. Las pesadillas
que muchos comparten. Las fotografías. Es el tipo de información sensacionalista que
vuelve locos a los medios de comunicación. Si el mundo sabe lo que nos ocurrió,
tendremos a nuestro favor el poder de la prensa y de la opinión pública. No estaremos
solos.
—Es inútil —replicó Ernie—. Ese tipo de presiones hará que los militares no
suelten prenda. Construirán un encubrimiento más confuso e impenetrable. No ceden
ante las presiones como los políticos. Por otro lado, mientras nos vean buscar a ciegas
las explicaciones por nuestra cuenta, se sentirán seguros…, lo que nos dará tiempo
para encontrar sus puntos débiles.
—Y no olviden —advirtió Ginger— que, al parecer, el coronel Falkirk quería
matarnos en lugar de implantarnos bloqueos de memoria, y no tenemos motivos para
suponer que se haya ablandado desde entonces. Evidentemente, cumplió las órdenes
de sus superiores, pero, si denunciamos la historia, quizá los convenza de que,
después de todo, es necesaria una solución definitiva.
—Aunque sea peligroso, quizá debamos denunciarlo —indicó Sandy—. Quizá
Jorja tenga razón. Me refiero a que no tenemos modo de entrar en el Depósito de la
Colina del Trueno para ver lo que ocurre. Tienen un servicio de vigilancia y unas
puertas a prueba de explosiones nucleares.
—Bueno —sugirió Dom—, haremos lo que dice Ernie… tendremos que seguir
por nuestra cuenta y buscar los puntos débiles hasta que hallemos un modo de actuar.
—Pero no parece que tengan puntos débiles —dijo Sandy.
—El encubrimiento está desmoronándose desde que nos hicieron el lavado de
cerebro y nos dejaron marchar —intervino Ginger—. Cada vez que uno de nosotros
recuerda otro detalle, se produce otra fisura en el encubrimiento.
—Sí —afirmó Ned—, pero me parece que ellos están en mejor disposición de
taponar las fisuras que nosotros de hacerlas.
—No me seas un maldito fatalista —gruñó Ernie.
Sonriendo beatíficamente, Brendan Cronin dijo:
—Tienen razón. No debemos ser fatalistas. No necesitamos serlo, porque vamos a
ganar. —Su voz había adoptado la extraña serenidad y seguridad provocada por su
convicción de que la revelación de aquel destino particular era inevitable. No
obstante, en momentos como aquel, el tono y los modos del sacerdote no

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tranquilizaban a Dom, como debían hacer, sino que, por alguna extraña razón,
levantaban un sedimento de miedo que enturbiaba sus sentimientos con la
intranquilidad.
—¿Cuántos hombres hay acuartelados en la Colina del Trueno? —preguntó Jorja.
Antes de que Dom o Ginger le comunicaran la información recogida en el
Sentinel, apareció un extraño en el umbral de la puerta de la escalera que conducía a
la recepción del motel. Tenía cerca de cuarenta años, era delgado y de aspecto duro;
tenía el pelo oscuro, la piel morena y estrabismo en el ojo izquierdo, que no
coordinaba sus movimientos con el derecho. Aunque la puerta principal estaba
cerrada y los peldaños de linóleo de la escalera no amortiguaban los pasos de quien
subiera, el intruso apareció con un silencio mágico, como si en lugar de un hombre
real fuera una vibración ectoplasmática.
—Por el amor de Dios, cállense —atajo con una voz tan real como las de quienes
conversaban en la habitación—. Si creen que aquí pueden hablar en privado, están en
un gran error.

A treinta kilómetros al sudoeste del Tranquility Motel, en la Base Experimental


de Shenkfield, todas las instalaciones —laboratorios, oficinas, unidad de seguridad,
cafetería, salón recreativo y viviendas— se encontraban bajo tierra. Con los ardientes
veranos de los límites del desierto y con los fríos vientos del invierno, era más fácil y
más económico mantener una temperatura agradable y un nivel adecuado de
humedad en construcciones subterráneas que en edificios levantados en las poco
menos que inhóspitas llanuras de Nevada. Pero una razón más poderosa era la
frecuente experimentación de armas químicas y, ocasionalmente, biológicas. Se
realizaban experimentos para estudiar los efectos de la luz solar, el viento y otros
elementos naturales sobre las pautas de distribución y la potencia de gases, polvos y
neblinas superdifusibles. Si los edificios se encontraban sobre tierra, un cambio
inesperado de viento podría contaminar al personal de la base y convertirlo en
cobayas involuntarias.
Por muy concentrados que estuviesen en el trabajo o la diversión, los hombres de
Shenkfield nunca olvidaban que se encontraban bajo tierra, pues se lo recordaban
constantemente dos cosas: la ausencia de ventanas y el susurro del aire que salía por
los conductos de ventilación, y el lejano zumbido de los motores que hacían circular
el aire por los conductos.
Sentado frente a la mesa metálica del despacho que se le había asignado
temporalmente, esperando con impaciencia y preocupación a que sonara el teléfono,
el coronel Leland Falkirk pensó: «¡Dios, odio este lugar!».
El incansable zumbido y siseo del sistema de ventilación le producía dolor de
cabeza. Desde que llegó el sábado, Falkirk había tomado aspirinas como si fueran
caramelos. Ahora sacó dos de un pequeño bote. Se sirvió un vaso de agua helada del

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termo de metal que había sobre el escritorio, pero no la utilizó para tragarse las
pastillas. Se metió las aspirinas en la boca y las masticó.
Estaban amargas, tenían un sabor repugnante, y casi vomitó.
Pero no cogió el vaso de agua.
Tampoco escupió la aspirina.
Resistió.
Una infancia solitaria y triste caracterizada por la inseguridad y el dolor, seguida
de una adolescencia incluso peor, había enseñado a Leland Falkirk que la vida era
dura, cruel y totalmente injusta, que únicamente los locos creían en la esperanza o la
salvación y que sólo los fuertes sobrevivían. Desde temprana edad, se obligaba a
hacer cosas emocional, mental y físicamente dolorosas, pues estaba convencido de
que, al inflingirse dolor a sí mismo, se fortalecería, se haría menos vulnerable.
Templaba el acero de su voluntad con desafíos que iban desde masticar aspirinas a
pruebas mayores, como las excursiones que llamaba «expediciones de supervivencia
desesperada». Aquellas expediciones duraban una semana o más y en ellas se
enfrentaba a la muerte. Se lanzaba en paracaídas sobre un bosque o una selva, lejos
de cualquier lugar habitado, sin provisiones, sólo con la ropa puesta. No llevaba
brújula ni cerillas. Sus únicas armas eran las manos desnudas y lo que pudiera hacer
con ellas. El objetivo: alcanzar la civilización con vida. Pasaba muchas vacaciones
soportando aquel sufrimiento auto-impuesto, y le parecía útil porque regresaba más
fuerte y más seguro que antes de emprender la aventura.
Ahora masticaba aspirinas. Las tabletas quedaron reducidas a polvo, y el polvo se
convirtió con la saliva en una pasta ácida.
—Suena, maldita sea —le dijo al teléfono de mesa. Esperaba noticias que le
sacaran de aquel agujero.
En el Grupo de Respuesta a Emergencias Nacionales, el DERO, un coronel era
menos un chupatintas y más un oficial de campo que en otros cuerpos del Ejército. La
base de Falkirk se encontraba en Grand Junction, Colorado, no en Shenkfield, pero
incluso estando en Colorado, no pasaba mucho tiempo en el despacho. Le gustaban
las exigencias físicas de aquel trabajo, por lo que las instalaciones de Shenkfield, de
techo bajo y sin ventanas, le parecían un ataúd con varios compartimientos.
Si realizara cualquier otra misión, habría establecido su cuartel general en el
Depósito de la Colina del Trueno. Aquel lugar también estaba bajo tierra, pero las
cuevas eran amplias, de bóvedas altas, no como estas habitaciones del tamaño de
tumbas.
Tenía dos motivos para mantener a sus hombres alejados del Depósito de la
Colina del Trueno. Primero, no se atrevía a llamar la atención sobre el lugar por el
secreto que guardaba. Varios ganaderos vivían junto a la carretera de montaña que
conducía al desvío cerrado de la Colina del Trueno. Si veían a una compañía del
DERO perfectamente equipada, comenzarían a especular sobre su presencia. Los
lugareños no debían comenzar a hacerse preguntas sobre la Colina del Trueno. Dos

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veranos antes, había utilizado Shenkfield de señuelo para desviar la atención del
Depósito. Ahora, cuando se gestaba otra crisis, volvería a permanecer en Shenkfield
para poder dar el mismo tipo de noticias falsas a la prensa y a la opinión pública que
en aquella ocasión. La segunda razón para establecer el cuartel general en Shenkfield
era porque sospechaba de todos los que trabajaban en el Depósito: no confiaba en
ninguno, no se sentía seguro entre ellos. Podían haber… cambiado.
Leland mantuvo en la boca el residuo de la aspirina masticada durante tanto
tiempo que se acostumbró al sabor amargo. Ya no se sentía enfermo, no tenía que
luchar contra los estertores reflejos de la náusea, ya podía beberse el agua. Vació el
vaso de cuatro tragos.
Leland Falkirk se preguntó repentinamente si no habría cruzado la línea que
separaba el uso constructivo del dolor de su goce. Casi antes de hacerse la pregunta,
supo la respuesta: sí, en cierto modo, se había convertido en un masoquista. Hacía
muchos años. Era un masoquista muy disciplinado que gozaba con el dolor que se
infligía, que dominaba el dolor en lugar de dejarse dominar por él, pero un
masoquista al fin y al cabo. Al principio, se sometía al dolor exclusivamente para
fortalecerse. Pero acabó gustándole. Aquel pensamiento le hizo mirar atónito el vaso
vacío.
En su mente se formó una imagen escandalosa: era él mismo con diez años más,
un sexagenario pervertido clavándose astillas de bambú bajo las uñas todas las
mañanas, por placer y para mantener el corazón en forma. Era una imagen grotesca y
desagradable. También era graciosa, y se rió.
Tan sólo un año antes, Leland no era capaz de pensar en autocríticas de aquella
naturaleza. Tampoco había sido muy risueño. Hasta poco antes. Últimamente, no sólo
advertía —y le divertían— aquellos aspectos en los que no se había fijado, Sino que
también era consciente de que podía y debía cambiar algunos de sus hábitos y
actitudes. Comprendía que podía convertirse en una persona mejor y más satisfecha
sin perder la fortaleza que tanto valoraba. Era un extraño estado de ánimo, pero
conocía su causa. Después de lo que le ocurrió el verano del año anterior, después de
todo lo que había visto, y teniendo en cuenta lo que ocurría en aquellos momentos en
la Colina del Trueno, no podía continuar viviendo del mismo modo que antes.
Sonó el teléfono. Lo cogió, esperando que fuesen noticias de la situación en
Chicago. Pero era Henderson desde Monterey, California, informándole de que la
operación en casa de los Salcoe marchaba sobre ruedas.
El verano del año anterior, Gerald Salcoe, con su mujer y sus dos hijas, alquiló un
par de habitaciones en el Tranquility Motel. Se equivocaron de lugar. Recientemente,
los bloqueos de memoria que les implantaron a los Salcoe habían experimentado un
notable deterioro.
En julio de aquel año, la CIA le cedió a unos expertos en lavados de cerebro, que
generalmente sólo se realizaban en operaciones encubiertas en el extranjero, para
hacer el trabajo del Tranquility, y le prometieron reprimir los recuerdos de los testigos

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sin fallos; ahora se avergonzaban del número de individuos cuyo estado estaba
alterándose. La experiencia que habían tenido aquellas personas era demasiado
intensa y devastadora para ser reprimida con facilidad; los recuerdos prohibidos
poseían un poder mitopoético y ejercían una presión constante sobre los bloqueos de
memoria. Los expertos en el control de la mente prometían ahora que una sesión de
otros tres días con aquellos individuos aseguraría un silencio eterno.
De hecho, el FBI y la CIA, trabajando conjuntamente, mantenían incomunicada
ilegalmente a la familia Salcoe en Monterey en aquel mismo momento, sometiéndola
a otro intrincado programa de alteración y represión de la memoria. Aunque Cory, el
agente del FBI que estaba al teléfono, aseguraba que todo iba bien, Leland pensó que
era una causa perdida. Aquello era algo que no podía mantenerse en secreto.
Además, había demasiadas agencias involucradas: el FBI, la CIA, una compañía
completa del DERO. Muchos mirando y pocos trabajando.
Pero Leland era un buen soldado. Al cargo del aspecto militar de la operación,
cumpliría su misión aunque fuera en vano.
En Monterrey, Henderson preguntó:
—¿Cuándo va a retener a los otros testigos del motel?
Esa era la palabra que utilizaban para designar a quienes sufrieron un lavado de
cerebro aquel mes de julio: testigos. Leland pensaba que era adecuada, pues, además
de su significado obvio, también tenía un matiz místico y religioso. Recordaba haber
sido llevado de niño a asambleas evangelistas al aire libre en las que montones de
fieles se retorcían en el suelo mientras el airado pastor les gritaba que fueran «testigos
de lo milagroso, testigos sinceros del Señor». Lo que los testigos del Tranquility
Motel vieron era algo tan increíble, sorprendente, humillante y aterrador como el
rostro de Dios que los exaltados fieles de aquella congregación ansiaban ver.
Leland le dijo a Henderson:
—Estamos a la espera, preparados para tomar el motel media hora después de
recibir la noticia. Pero no voy a dar la orden hasta que alguien averigüe el lío que hay
en Chicago con Calvin, hasta que no sepa con certeza qué ocurre en Illinois.
—¡Qué fastidio! ¿Por qué se ha llegado a esta situación con Sharkle? Hace días
que se le debería haber retenido y sometido a otro programa de represión de memoria,
como hemos hecho aquí con los Salcoe.
—Yo no soy el responsable —respondió Leland—. Su departamento es el
encargado de vigilar a los testigos. Yo aparezco y hago mi trabajo después de usted.
Henderson suspiró.
—No es mi intención responsabilizarle de nada, coronel. Pero, demonios,
tampoco nos puede culpar a nosotros. Aunque estemos sometiendo a vigilancia a los
testigos cuatro días al mes y a pesar de que sólo oímos la mitad de las grabaciones de
las conversaciones telefónicas, necesitamos veinticinco agentes. Pero sólo tenemos
veinte. Además, el jodido asunto es tan secreto que sólo tres de los veinte saben por
qué hay que vigilar a los testigos. A un buen agente no le gusta que lo mantengan a

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oscuras. Le produce la sensación de que desconfían de él. Se vuelve receloso. De ahí
que se produzcan situaciones como la de Sharkle: el testigo empieza a superar el
bloqueo de memoria, y nadie lo advierte hasta que no llega a una fase crítica. ¿Por
qué pensamos que podríamos mantener un engaño tan complicado durante un tiempo
ilimitado? Tonterías. Le diré cuál es nuestro problema: nos fiamos de esos
friegacerebros de la CIA. Creímos que esos cabrones podían hacer lo que decían. Ese
fue nuestro error, coronel.
—Siempre dije que había una solución más fácil —le recordó Leland.
—¿Matarlos? ¿Asesinar a treinta y un compatriotas sólo porque se equivocaron
de momento y lugar?
—No lo proponía en serio. Mi opinión, lejos del barbarismo, era que no podíamos
mantener el secreto y que no lo debíamos intentar.
El silencio de Henderson demostraba que no creía en la renuncia de Leland.
Finalmente, dijo:
—¿Tomará el motel esta noche?
—Si se aclara la situación en Chicago, si me entero de lo que ocurre allí, lo
haremos esta noche. Pero aún quedan algunas preguntas sin respuesta. Esos
extraños… fenómenos psíquicos. ¿Qué significan? Los dos tenemos alguna idea, ¿no
es eso? Y nos ponen los pelos de punta. No señor, no voy a tomar el motel y a poner
en peligro a mis hombres hasta que no vea clara la situación.
Leland colgó.
La Colina del Trueno. Quería creer que lo que ocurría en las montañas conduciría
al futuro mejor que se merecía la humanidad. Pero en el fondo temía que, por el
contrario, condujese al fin del mundo.

Cuando Jack entró en la sala, que había sido convertida en comedor, y habló al
grupo, algunos abrieron la boca con sorpresa y comenzaron a ponerse en pie,
golpeando la mesa en su afán de darse la vuelta y armando una algarabía de platos y
cubiertos. Otros se agarraron a las sillas como si pensaran que lo habían enviado a
matarlos. Jack dejó la Uzi en el piso de abajo para que su llegada no provocara el
pánico, pero su inesperada aparición los atemorizó de igual modo. Bien. Necesitaban
que alguien les diera un susto para que fueran más prudentes. Sólo la niña, que jugaba
con el plato grasiento y una cuchara, no reaccionó a su llegada.
—No ocurre nada, cálmense. Siéntense —dijo Jack con gestos de impaciencia—.
Soy uno de ustedes. Aquella noche me registré en el motel como Thornton
Wainwright. Ese debe ser el nombre por el que me han buscado. No es mi verdadero
nombre. Ya hablaremos de eso más tarde. Por ahora…
De repente, todos comenzaron a hacerle preguntas excitadamente.
—¿Dónde estaba…?
—… nos ha asustado…

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—¿Cómo…?
—… díganos…
Alzando la voz para acallarlos, Jack indicó:
—Este no es el lugar para discutir esas cosas. Pueden oírles, maldita sea. He
estado espiándoles casi una hora. Y si yo he oído lo que decían, también puede oírles
la gente contra la que se enfrentan.
Lo contemplaron mudos de asombro, sorprendidos por la afirmación de que su
intimidad era una ilusión. Después, un hombre grande y corpulento, con el pelo
cortado al cepillo, preguntó:
—¿Nos está diciendo que hay micrófonos ocultos en las habitaciones? Me parece
muy difícil. La he revisado, ¿sabe?, y no encontré nada. Tengo alguna experiencia en
estos casos.
—Usted debe ser Ernie —dijo Jack con un tono de voz severo para mantenerlos a
raya y decirles lo que quería. Tenían que entender inmediatamente que debían hablar
con más prudencia, y debía inculcarles la lección de tal modo que no la olvidaran
nunca—. Le he oído hablar de sus años en el Servicio de Inteligencia de la Marina,
Ernie. ¡Dios santo! Pero ¿cuándo fue eso? Apuesto a que ha pasado casi una década.
Las cosas han cambiado desde entonces, hombre. ¿No ha oído hablar de la revolución
tecnológica? Mierda, no necesitan venir aquí e instalar dispositivos de escucha. Los
micrófonos de mira son mucho mejores que antes. Pueden conectar un transmisor de
apertura en el teléfono y marcar su número. —Jack pasó con rudeza frente a Ernie y
se dirigió al teléfono de la sala, que estaba sobre una mesa junto al sofá. Puso una
mano sobre el aparato—. ¿Sabe lo que es un transmisor de apertura, Ernie? Cuando
marcan su número, un oscilador de frecuencia desactiva el timbre mientras que
conecta simultáneamente el micrófono de su teléfono. No se oye el timbre; no hay
forma de saber que han marcado su número, que la línea está abierta. Pero pueden oír
todo lo que se diga en las habitaciones donde haya teléfono. —Cogió el auricular y se
lo mostró con una calculada mirada de ironía—. Aquí tiene su micrófono. Usted
mismo lo ha instalado. —Volvió a dejar el auricular de un golpe—. Pueden apostar lo
que quieran a que han estado espiándoles. Probablemente habrán oído todo lo que
han dicho en la cena. Como sigan así, más vale que se corten el pescuezo y ahorren
problemas a todo el mundo.
La actitud severa de Jack causó efecto. Los había dejado estupefactos.
—Bueno, ¿tienen alguna habitación sin ventanas donde se pueda celebrar un
consejo de guerra? No importa que haya teléfono, simplemente lo desconectaremos.
Una mujer de mediana edad, al parecer esposa de Ernie, a quien Jack recordaba
vagamente de inscribirse en el motel dos veranos antes, pensó un momento y dijo:
—El restaurante, el comedor, ahí al lado.
—¿El restaurante no tiene ventanas? —preguntó Jack.
—Se… rompieron —respondió Ernie—. Hemos puesto unas tablas.
—Entonces vamos —dijo Jack—. Planeemos nuestra estrategia en privado y

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volvamos a por ese pastel de calabaza del que les he oído hablar. He comido una cena
asquerosa mientras ustedes se atiborraban hasta reventar.
Jack bajó apresuradamente la escalera, seguro de que le seguirían.

Ernie odió a aquel bastardo de mirada torcida. Pero, lentamente, el odio se


convirtió en un respeto rencoroso.
Para empezar, Ernie admiraba la precaución y el sigilo con que el tipo había
respondido a la llamada del Tranquility Motel. No se había limitado a aparecer como
los demás. Incluso había llevado una ametralladora Uzi.
Mientras «Thornton Wainwright» se colgaba la Uzi del hombro y se dirigía a la
puerta principal del motel, Ernie aún se encontraba dolido por las críticas recibidas.
De hecho, su ira era tan intensa que no se detuvo a coger un abrigo, como hizo la
mayoría, sino que salió y se precipitó tras el extraño, manteniéndose a su altura por la
explanada de asfalto en dirección al restaurante para enfrentarse a él.
—Oiga, ¿por qué tiene que dárselas de listo? Podía habernos dicho eso sin tanto
sarcasmo.
—Sí, pero no hubiera sido tan rápido —le contestó el extraño.
Ernie se disponía a responderle cuando, de repente, advirtió que estaba fuera, sin
protección, de noche, en la oscuridad. A medio camino entre la oficina y el comedor.
Los pulmones parecieron sufrir un colapso; no podía aspirar la menor bocanada de
aire. Dejó escapar un gemido humillante.
Para sorpresa de Ernie, el recién llegado lo cogió del brazo inmediatamente,
proporcionándole apoyo, sin muestra del desdén anterior.
—Vamos, Ernie. Está a medio camino. Apóyese en mí y lo conseguirá.
Furioso consigo mismo por permitir que aquel bastardo le hiciera parecer inútil y
débil con su miedo infantil, y también furioso con el tipo por hacer de buen
samaritano, humillado, Ernie se zafó de la mano que le ayudaba.
—Escuche —le dijo el recién llegado—, mientras les espiaba, me enteré de su
problema, Ernie. No le compadezco, y su estado no me parece divertido. ¿De
acuerdo? Si su miedo a la oscuridad tiene algo que ver con la situación en la que nos
encontramos, no es culpa suya. Es culpa de esos bastardos que nos jodieron. Nos
necesitamos mutuamente si queremos superar esto. Apóyese en mí. Déjeme ayudarle
a llegar al restaurante, donde podamos encender las luces. Apóyese en mí.
Cuando el recién llegado comenzó a hablar, Ernie era incapaz de respirar, pero
cuando el tipo acabó su perorata, tenía el problema contrario; sufría hiperventilación.
Como atraído por una fuerza magnética, le dio la espalda al restaurante y miró al
sudeste, a la oscuridad aterradora e inmensa de las llanuras. De repente, supo que no
era la oscuridad en sí lo que temía, sino algo que hubo allí la noche del 6 de julio de
aquel verano maldito. Miraba a aquel lugar especial junto a la autopista, donde fueron
el día anterior para buscar las claves del misterio. Aquel extraño lugar.

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Faye llegó a su lado, y Ernie no se desprendió de su mano cuando se la dio. Pero
el hombre de mirada torcida trató de cogerle del brazo una vez más, y Ernie aún
estaba lo suficientemente enfadado como para rehusar aquella ayuda.
—Bueno, bueno —advirtió el tipo—. Ya sé que es un jodido marine tozudo y que
su orgullo tardará en cicatrizar. Si quiere seguir siendo más terco que una mula,
adelante, enfádese todo lo que quiera. Sólo fue la ira ciega la que le hizo llegar hasta
aquí a oscuras, ¿no es cierto? Desde luego que no tuvo nada que ver con el carácter
de un soldado. Sólo fue por ira. De modo que si continúa maldiciéndome, quizá
pueda llegar hasta el restaurante.
Ernie sabía que el hombre de mirada torcida intentaba convencerle de que llegara
al Tranquility Grille, que en realidad no era cruel. «Ódiame lo suficiente —le decía el
tipo—, y temerás menos la oscuridad. Fíjate en mí, Ernie, y ve paso a paso». No era
muy distinto a cogerse del brazo del tipo y apoyarse en él, y si Ernie no estuviera
medio muerto de miedo por la noche que le rodeaba, le hubiera divertido la forma en
que intentaba convencerlo. Pero se aferró a la ira, avivó sus llamas, y se sirvió de la
luz que emitía para llegar al restaurante. Entró tras el recién llegado y lanzó un
suspiro de alivio cuando se encendieron las luces.
—Esto está helado —comentó Faye. Fue directamente al termostato y conectó la
calefacción de fuel-oil.
Sentado en una silla en el centro de la sala, dándole la espalda a la puerta, Ernie
se recuperaba de su sufrimiento mientras entraban los demás. Observaba al recién
llegado de mirada torcida mientras este iba de una ventana a otra, comprobando las
planchas de madera clavadas en los marcos de las ventanas. Fue entonces cuando,
con gran sorpresa, Ernie advirtió que había dejado de odiar a aquel tipo, simplemente
albergaba un gran disgusto.
El recién llegado examinó el teléfono de monedas que había junto a la puerta.
Aquel tipo de teléfono no se podía desconectar, por lo que cogió el auricular, rompió
el cable de un tirón y lo arrojó al suelo.
—Hay un teléfono privado tras la barra —indicó Ned.
El recién llegado le dijo que lo desconectara, y Ned obedeció.
Después les propuso a Brendan y a Ginger que unieran tres mesas y llevaran sillas
suficientes para acomodar a todos, y ellos lo hicieron.
Ernie contemplaba al tipo de mirada torcida con profundo interés.
Al recién llegado le preocupaba la puerta principal del restaurante, cuyo cristal no
estalló durante los extraños fenómenos de la noche del sábado porque era más grueso
que el de las ventanas. No estaba cubierto con una tabla, por lo que era un punto débil
si alguien trataba de espiarlos con un micrófono direccional. Quería saber si les había
sobrado alguna plancha de madera, y Dom le respondió afirmativamente; el tipo
ordenó a Dom y a Ned que trajeran una que resultara adecuada del cobertizo situado
tras el motel. Pronto regresaron con una plancha ligeramente mayor que la puerta, y
el desconocido la situó contra ella y la mantuvo en su lugar con una mesa.

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—No es perfecto —comentó—, pero creo que servirá contra un micrófono
direccional. —Después se encaminó a la parte posterior del restaurante para «echarle
un vistazo» y, de camino, le dijo a Sandy que conectara el tocadiscos de monedas y
pusiera algunos discos—. Los ruidos de fondo dificultan la escucha. —Incluso antes
de que les explicara por qué quería la música, Sandy dio un salto y se dirigió al
tocadiscos, dispuesta a obedecerle.
De repente, Ernie comprendió por qué le fascinaba el hombre de mirada torcida.
Era un tipo listo, de movimientos precisos y dotes de mando, todo lo cual demostraba
que era —o había sido— soldado profesional, un oficial, y de los buenos. Podía
adoptar un tono intimidatorio y frío y, un momento después, otro engatusador.
«¡Diablos —pensó Ernie—, me fascina porque me recuerda a mí mismo!».
También era ese el motivo por el que el recién llegado había podido controlarlo
con tanta efectividad en el apartamento. Aquel tipo sabía apretarle donde más le
dolía, porque él y Ernie eran, en cierto modo, de la misma especie.
Ernie rió para sus adentros. «A veces —pensó—, soy un auténtico burro».
El hombre de mirada torcida volvió del cobertizo y sonrió con satisfacción al ver
a todos sentados alrededor de la larga mesa que Brendan y Ginger hicieron con tres
mesas del restaurante. Se acercó a Ernie y le preguntó:
—¿No me guarda rencor?
—Diablos, no —respondió Ernie—. Y gracias… muchas gracias.
El recién llegado se dirigió a la cabecera de la mesa, donde le habían dejado su
silla. Con la música de Kenny Rodgers de fondo, dijo:
—Me llamo Jack Twist y, como ustedes, no tengo la menor idea de lo que ocurre;
probablemente sepa menos que nadie. Este asunto me pone los pelos de punta, pero
también he de decirles que es la primera vez en ocho años que verdaderamente creo
estar en el lado correcto de un problema, la primera vez que me siento de los
buenos… y, por Dios, no saben lo que ansiaba sentirlo.

El teniente Tom Horner, ayudante de campo del coronel Leland Falkirk, tenía
unas manos enormes. Al entrar en el despacho sin ventanas, el magnetófono que
llevaba quedaba totalmente oculto en su mano derecha. Sus dedos eran tan largos que
más parecían un estorbo para manejar los pequeños mandos de control. Sin embargo,
era extraordinariamente hábil. Dejó el magnetófono en la mesa, lo conectó y pulsó el
mando de reproducción.
La casete era una copia de la cinta original de las conversaciones grabadas en un
magnetófono de carrete con el transmisor de apertura instalado en el teléfono. Era
parte de una conversación que habían mantenido varias personas en el Tranquility tan
sólo unos minutos antes. En la primera parte de la cinta, los testigos decían haber
descubierto que la causa de sus preocupaciones no se encontraba en Shenkfield, sino
en la Colina del Trueno. Leland escuchó contrariado. No esperaba que dieran tan

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pronto con la pista correcta. El ingenio de aquellas personas le preocupaba y
encolerizaba.
En la cinta: Por el amor de Dios, cállense. Si creen que aquí pueden hablar en
privado, están en un gran error.
—Ese es Twist —dijo el teniente Horner. Tenía una voz cavernosa, que
controlaba con tanta habilidad como las manos. Detuvo la cinta—. Sabíamos que
venía. Y sabemos que es peligroso. Suponíamos que sería más cauto que los demás,
claro, pero no esperábamos que actuase desde el principio como si estuviera en
guerra.
Por lo que sabían, el bloqueo de memoria de Jack Twist no había sufrido un
deterioro importante. No sufría fugas, sonambulismo, fobias u obsesiones. Por tanto,
sólo una cosa podía haberle hecho alquilar un avión repentinamente para venir a
Elko: un mensaje del mismo traidor que envió las fotografías a Corvaisis y a los
Block.
Leland ardía de furia cuando pensaba que alguien involucrado en el
encubrimiento, probablemente alguien de la Colina del Trueno, saboteaba la
operación. Lo descubrió la noche del sábado, cuando Dominick Corvaisis y los Block
hablaron en la cocina de las extrañas fotografías que habían recibido. Leland ordenó
una investigación inmediata y el interrogatorio de todo el personal del Depósito, pero
aquello marchaba con mucha más lentitud de lo que supuso en un principio.
—Hay algo peor —manifestó Horner. Volvió a conectar el magnetófono.
Leland oyó a Twist informar a los demás de la existencia de micrófonos
direccionales y trasmisores de apertura. Estupefactos, se marcharon al restaurante,
donde poder discutir la estrategia que seguirían sin ser espiados.
—Ahora están en el restaurante —afirmó Horner, apagando el magnetófono—.
Han desconectado los teléfonos. He hablado por radio con los hombres que tenemos
al sur de la I-80. Vieron a los testigos dirigirse al Grille, pero aún no han conseguido
captar ninguna conversación con el micrófono direccional.
—Y no lo conseguirán —dijo Leland con acritud—. Twist sabe lo que se hace.
—Ahora que saben lo de la Colina del Trueno, tenemos que retenerlos tan pronto
como sea posible.
—Espero noticias de Chicago.
—¿Sigue Sharkle atrincherado en su casa?
—Sí, según las últimas noticias —aseguró Leland—. Tengo que saber si su
bloqueo de memoria se ha destruido por completo. Si es así, y si tiene oportunidad de
decirle a alguien lo que vio aquel verano, la operación se irá al traste de todos modos,
y será un error actuar contra los testigos del motel. Tendríamos que seguir otro plan.

Bajo las luces de las lámparas de rueda de carreta del restaurante, segura en el
regazo de su madre, Marcie dormía mientras Jack Twist se presentaba. A pesar de la

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siesta en el avión, unas oscuras ojeras de cansancio rodeaban sus ojos, y tenía las
venas señaladas en su piel de porcelana.
Jorja también estaba cansada, pero la repentina llegada de Twist fue un antídoto
eficaz contra los efectos soporíferos de la cena. Estaba bien despierta y dispuesta a oír
lo que deseara contarles de sus propias tribulaciones.
Comenzó mencionando brevemente su encarcelamiento en Centroamérica, con el
que finalizó su carrera militar. Relató su experiencia como si hubiera sido más
aburrida y frustrante que dolorosa, pero Jorja sintió que había sido terrible. Por su
tono realista, tuvo la impresión de que era un hombre tan seguro de su imagen y de su
fuerza emocional, física e intelectual, que nunca necesitaba alardear ni recibir
cumplidos.
Cuando habló de Jenny, su difunta esposa, le costó más trabajo mantener el aire
distante. Jorja oyó la cadencia de la tristeza en aquella parte de la historia; un río de
amor y añoranza fluía bajo su fingida impasibilidad. La unión de mente y espíritu
entre Jack y Jenny tuvo que ser, antes del coma, extraordinaria, pues sólo una
relación particular y mágica pudo asegurar su devoción inquebrantable durante el
largo sueño mortal de la mujer. Jorja intentó imaginarse cómo sería un matrimonio de
esa clase, después advirtió que, por muy mágico que hubiera sido aquel matrimonio,
Jack no habría sido tan fiel a su mujer enferma si no fuese el hombre que era. La
relación había sido muy particular, sí, pero aquel hombre era incluso más especial.
Aquel convencimiento incrementó el interés de Jorja, ya grande, por Twist y su
historia.
Fue vago al describir las empresas con las que financió la larga estancia de Jenny
en el sanatorio. Sólo aclaró que lo que había hecho era ilegal, que no se sentía
orgulloso de haberlo hecho y que sus días fuera de la ley habían acabado.
—Al menos, no he matado a personas inocentes, gracias a Dios. Por lo demás,
creo que es mejor que no conozcáis detalles que puedan haceros cómplices.
La olvidada aventura conjunta había afectado a Jack. Pero, al igual que le ocurrió
a Sandy, los misteriosos acontecimientos de aquella noche de julio sólo le habían
reportado cambios benéficos.
—Creo que lo que nos has dicho indirectamente es que fuiste ladrón profesional
—advirtió Ernie. Como Jack no dijo nada, Ernie continuó—: Me parece que quienes
nos hicieron el lavado de cerebro te obligaron, casi con toda seguridad, a revelar tu
vida delictiva. De hecho, por lo poco que nos han dicho, supongo que las cajas de
seguridad donde aparecieron las postales fueron alquiladas bajo las identidades con
las que cometías los robos; por tanto, el Ejército debe conocer tus actividades
delictivas desde aquel mes de julio.
El silencio de Jack era, desde luego, la confirmación de que había sido un ladrón.
Ernie añadió:
—Sin embargo, cuando te ocultaron tras un bloqueo de memoria lo que ocurrió
aquí aquel verano, te soltaron y te dejaron seguir haciendo de las tuyas. ¿Por qué

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diablos harían eso? Comprendo que el Ejército o el Gobierno manipulen, o incluso
incumplan, la ley para ocultar lo que ocurriera en la Colina del Trueno si era para
preservar la seguridad nacional. Pero, por lo demás, se espera que cumplan la ley, ¿no
os parece? ¿Entonces por qué no informaron a la policía neoyorquina, al menos
anónimamente, o hicieron algo para atraparte cuando dieras un golpe?
—Porque nunca han podido estar seguros de que los bloqueos de memoria
resistieran —contestó Jorja—. Nos han espiado, al menos de vez en cuando, para
asegurarse de que no nos hacía falta una nueva lección sobre cómo olvidar. Lo que
les ocurrió a Ginger y a Pablo parece demostrar que nos espían. Y si creyeran
conveniente someter a Jack, o a cualquiera de nosotros, a otra sesión con los expertos
en el control de la mente, querrían tenerle donde pudieran encontrarlo sin problemas.
Sería mucho más fácil sacarlo de su apartamento o de su coche que de la cárcel.
—Vaya —dijo Jack, sonriendo—. Creo que has acertado plenamente. —Aunque
Jorja se estremeció la primera vez que lo vio sonreír, ahora la veía de otra manera; era
una sonrisa más cálida de lo que le pareció al principio.
Marcie murmuró incoherentemente en sueños. Como sintió una repentina y
curiosa vergüenza por la sonrisa de Jack, Jorja se valió del murmullo de su hija como
excusa para apartar los ojos de él.
—El secreto que guardan es tan importante que me dejaron cometer todos los
actos delictivos que quise —dijo Jack.
Ginger Weiss agitó la cabeza.
—Quizá no. Quizá fueron ellos quienes te inculcaron el sentimiento de culpa. Tal
vez ellos plantaron la semilla que te hizo cambiar.
—No —aseguró Jack—. Si no tuvieron tiempo de incorporar la historia del
escape tóxico en los recuerdos falsos de todos, desde luego no tuvieron tiempo para
guiarme al buen camino. Además… esto es difícil de explicar…, pero, desde que he
llegado esta noche, siento que volví a recordar lo que es la culpa y a encontrar el
camino de vuelta a la sociedad porque hace dos años nos ocurrió algo importante que
me hizo recapacitar sobre mi propio sufrimiento y me hizo comprender que ninguna
de mis experiencias fue tan grave como para justificar la perversión de mi vida.
—¡Sí! —exclamó Sandy—. Yo también siento eso. El infierno de mi niñez…,
nada de eso importa después de lo que ocurrió aquel mes de julio.
Se quedaron en silencio, intentando imaginar qué experiencia podía haber sido
tan asombrosa como para que los trucos más crueles de la vida parecieran de poca
consecuencia. Pero ninguno pudo imaginarla.
Tras elegir más canciones en el tocadiscos, Jack realizó innumerables preguntas a
los demás, llenando los huecos en las historias de cada uno y poniéndose al tanto de
los detalles de los últimos descubrimientos. Una vez hecho aquello, dirigió la
discusión sobre la estrategia y propuso una serie de tareas para el día siguiente.
A Jorja le volvieron a intrigar las dotes de mando de Jack. Cuando el grupo hubo
discutido los próximos pasos que debían dar y decidieron una orden del día,

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convinieron en realizar precisamente las mismas tareas que Jack pensó que se debían
llevar a cabo, aunque nunca dio la impresión de que les ordenaba o manipulaba.
Cuando apareció en el apartamento de los Block, demostró que podía controlar las
situaciones y, por la simple fuerza de su personalidad, lograr que la gente le
obedeciera. Él eligió el camino, y la rapidez con que los otros le dieron la razón
demostraba que era la táctica apropiada.
Jorja comprendió que le impresionaba por muchas de las mismas razones que le
había impresionado Ginger. Vio en él la clase de persona en la que deseaba
convertirse tras su divorcio… y la clase de hombre que Alan jamás podría haber sido.
El último problema del grupo era la posibilidad de que se produjera un ataque de
los hombres de Falkirk. Ahora que existía la posibilidad de que los bloqueos de
memoria se debilitaran sustancialmente o se destruyeran por completo, en un futuro
cercano, suponían mayor amenaza para el enemigo que en ninguna otra ocasión desde
julio del verano antepasado. Mañana, estarían separados la mayor parte del día para
realizar las tareas e investigaciones previstas, pero esa noche se encontrarían en
peligro si permanecían todos juntos en el motel, serían un blanco fácil. Por tanto,
convinieron que la mayor parte de ellos se fueran a la cama inmediatamente mientras
que dos o tres se marchaban a Elko y pasaban parte de la noche dando vueltas por la
ciudad, siempre en movimiento, vigilando. Suponiendo que el Tranquility se
encontrara bajo observación, el enemigo comprendería de inmediato que no los
atraparían a todos juntos. A las cuatro de la madrugada, un segundo grupo sustituiría
a los miembros del primero en Elko para que regresaran al motel a dormir algo.
—Yo iré en el primer grupo —dijo Jack—. Tengo que recoger el Cherokee en las
colinas, donde lo dejé. ¿Quién vendrá conmigo?
—Yo —contestó Jorja de inmediato, después notó el peso de su hija en el regazo
—. Oh, es decir, si alguien deja que Marcie duerma en su habitación esta noche.
—Eso no es problema —indicó Faye—. Puede dormir con Ernie y conmigo.
Jack dijo que aún debían dividirse más, y Brendan Cronin se ofreció a
acompañarlos en la primera ronda. La respuesta del sacerdote le produjo a Jorja un
sentimiento peculiar, una inquietud que no identificaría como contrariedad hasta
mucho después.
Como los demás tenían que realizar diversas tareas temprano, el segundo equipo
sólo estaría compuesto de Ned y Sandy. El relevo de los dos equipos se haría a las
cuatro de la madrugada en el Arco Mini-Mart.
—Si llegáis antes —dijo Jack—, no se os ocurra comprar un Hamwich. De
acuerdo. Supongo que eso es todo. Debemos movernos.
—Aún no —advirtió Ginger. Dobló las manos y se contempló los dedos
entrelazados, reuniendo sus pensamientos—. Desde esta tarde, cuando llegó Brendan,
cuando los anillos aparecieron en sus manos y en las de Dom, cuando se vio aquella
luz y se oyó aquel extraño ruido en la habitación del motel…, he meditado sobre lo
que hemos logrado averiguar, intentando que aquellos extraños fenómenos encajaran

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en algún lugar. He encontrado algunas explicaciones, aunque no para todo.
Todos expresaron su impaciencia por oír su teoría, aunque no fuera muy
completa.
—Aunque nuestros sueños son distintos —dijo Ginger—, tienen un elemento en
común: la luna. Bien. Los otros sueños (los equipos anti-contaminantes, las vías
intravenosas, las camas con correas) han resultado estar basados en experiencias
reales, en amenazas reales. De hecho, no eran sueños, sino recuerdos que surgían bajo
la forma de sueños. De modo que parece lógico suponer que también la luna es un
recuerdo que intenta salir a la luz en los sueños, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —contestó Dom, y los demás asintieron.
—Hemos visto que la obsesión lunar de Marcie se ha convertido en fascinación
por una luna escarlata —prosiguió Ginger—. Y Jack nos ha dicho que, hace un par
de noches, la luna normal de sus pesadillas se hizo de un color rojo sangriento. Los
demás aún no hemos soñado con una luna escarlata, pero deduzco que la aparición de
esa imagen escarlata en los sueños de Jack y de Marcie demuestra que también se
trata de un recuerdo. En otras palabras, la noche de aquel 6 de julio vimos algo que
hizo que la luna se pusiera escarlata. Y la luz fantasmal, que a veces inunda el
dormitorio de Brendan y que algunos hemos visto esta tarde en la oficina del motel,
es una extraña reconstrucción de lo que le ocurrió a la verdadera luna aquella noche
de julio. La luz fantasmal es un mensaje para que se despierten nuestros recuerdos.
—Un mensaje —dijo Jack—. De acuerdo. Pero ¿quién diablos nos envía ese
mensaje? ¿De dónde procede esa luz? ¿Cómo se produce?
—Tengo cierta idea al respecto —manifestó Ginger—. Pero dejadme ir paso a
paso. Primero, consideremos qué podría haber ocurrido para que la luna se pusiera
roja aquella noche.
Jorja escuchó, como los otros, con interés al principio y, después, con creciente
intranquilidad. Ginger se levantó y, paseando de un lado a otro, perfiló una
inquietante explicación.

Ginger Weiss abrazaba incondicionalmente la concepción científica del mundo.


Para ella, el universo obedecía exclusivamente a las leyes de la lógica y la razón, y
ningún misterio podía resistirse mucho tiempo si se estudiaba con lógica. Pero, a
diferencia de algunos miembros de la comunidad científica —y de muchos de la
médica— no creía que la imaginación activa estuviera reñida con la lógica y la razón.
De lo contrario, no habría elaborado la teoría que ahora explicaba a los demás en el
Tranquility Grille.
Era una teoría bastante extraña, y le intranquilizaba ignorar cómo la recibirían los
otros. Por eso caminaba del tocadiscos a la barra y de allí a la mesa, moviéndose
incesantemente mientras hablaba:
—Los hombres que se ocuparon de nosotros los dos primeros días llevaban

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equipos diseñados para evitar la contaminación biológica. Debían temer que nos
hubiéramos contagiado con algo, de forma que parte de lo que vimos pudo ser una
nube escarlata de contaminación biológica. Cuando pasó sobre nosotros, la luna se
puso roja.
—Y nos contagió una extraña enfermedad —afirmó Jorja.
—Quizá por eso —prosiguió Ginger—, cuando estuvimos ayer en aquel lugar
junto a la autopista, en un destello de la memoria, recordé que Dom gritaba: «Está en
mi interior. Está en mi interior». Sería lógico que dijera eso si, aquella noche, se
hubiera visto envuelto en una nube roja de contaminación y advirtiera que la estaba
respirando. Y Brendan nos ha dicho que esas mismas palabras (Está en mi interior)
acudieron espontáneamente a sus labios anoche, en Reno, cuando la luz espectral
inundó su habitación.
—¿Bacterias? ¿Enfermedades? Entonces, ¿por qué no enfermamos? —preguntó
Brendan.
—Porque nos trataron inmediatamente —dijo Dom—. Ya hemos averiguado eso,
Brendan… ayer, antes de que llegaras. Pero, Ginger, la luz que hemos visto esta tarde
en la oficina era demasiado brillante para representar la luz de la luna filtrada por una
nube roja.
—Lo sé —afirmó Ginger, caminando—. Mi idea no está muy desarrollada, no lo
explica todo…, por ejemplo, los círculos de las manos. Quizá no sea la idea correcta.
Por otro lado, sí que explica otras cosas y, si pensamos lo suficiente, veremos cómo
también puede explicar esos otros misterios. Y como teoría, tiene una gran ventaja.
—¿Cuál es? —preguntó Ned.
—Explicaría la relación de Brendan con las curaciones milagrosas de Chicago.
Explicaría el baile de los carteles de la luna en casa de Zebediah Lomack. Y la
destrucción de los cristales del restaurante la noche del sábado, cuando Dom
intentaba recordar lo sucedido el verano antepasado. Explicaría la fuente de la luz
fantasmal.
En la máquina de discos, la última canción se terminó cuando Jorja comenzó a
hablar. Pero nadie se levantó a elegir otras canciones, pues Ginger los había
capturado con su promesa de explicar lo inexplicable.
—Hasta aquí —dijo Ginger—, la teoría es terrenal. Una nube roja de
contaminación. No es difícil aceptarlo. Pero ahora… tendrán que dar conmigo un
salto muy imaginativo. Hemos estado aceptando que las curaciones milagrosas y, por
supuesto, los fenómenos paranormales procedían de una misteriosa fuente externa. El
padre Wycazik, el párroco de Brendan, cree que esa fuente externa es Dios. El resto
no sentimos que sea algo exactamente divino. No sabemos qué demonios es, pero
todos suponemos que se trata de un poder externo, algo que está en algún lugar y que
nos provoca, que intenta enviarnos algún mensaje o amenazarnos. Pero ¿y si estos
misterios procediesen de una fuente interna? Supongamos que Brendan y Dom
poseen realmente algún poder, y que ese poder es debido a lo que ocurrió la noche

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que la luna se puso roja. Supongamos que se trata de telequinesia…, la capacidad de
mover objetos sin tocarlos, lo que explicaría el baile de carteles de la luna y la rotura
de los cristales.
Todos miraron con asombro a Dom y a Brendan, pero ninguno estaba más
sorprendido que los dos hombres, que miraron boquiabiertos a Ginger, estupefactos.
—¡Eso es ridículo! —exclamó Dom—. No soy un médium, ni un brujo.
—Yo tampoco —dijo Brendan.
Ginger agitó la cabeza.
—No, conscientemente. Yo digo que el poder estaba dentro de vosotros, sin que
lo supierais. Paciencia. Pensadlo. La primera vez que aparecieron los círculos en las
manos de Brendan, la primera vez que puso en práctica su poder de curación, fue
cuando peinaba a la niña en el hospital. Dijo que le sobrecogía la pena por ella y que
sentía frustración e ira por no poder ayudarla. Quizá fuera la intensa frustración y la
ira lo que liberó el poder de su interior, aunque no lo advirtiera. No podía advertirlo
porque la adquisición de ese poder es parte de lo que se nos ha hecho olvidar. Bien, la
segunda vez, con el policía herido, Brendan se encontraba en una aguda crisis que
pudo activar esos poderes. —Comenzó a caminar y a andar a mayor velocidad para
evitar el debate hasta que terminase de hablar—. Ahora pensemos en las experiencias
de Dom. La primera en casa de Lomack, en Reno. Por lo que nos has contado,
Dom…, cuando paseabas por la casa, comenzaste a sentirte frustrado por la
naturaleza cada vez más profunda del misterio, que deseabas entrar a todas las
habitaciones y arrancar las fotografías de las paredes. Esas fueron rus palabras
exactas y, por supuesto, eso es lo que ocurrió. Además, las fotografías sólo cayeron al
suelo cuando gritaste: «¡Ya basta! ¡Ya basta!». Al cesar, pensaste que algo te había
oído y que te obedeció o que cedió pero, de hecho, lo detuviste tú mismo.
Brendan, Dom y un par de los otros aún mostraban su escepticismo.
Pero Ginger había capturado la imaginación de Sandy.
—¡Tiene sentido! Y tiene más sentido si pensamos en lo que ocurrió el sábado
por la noche, en esta misma habitación. Dom intentaba recordar aquel viernes de
julio, trataba de recordar lo que ocurrió en el mismo momento en que comenzaba a
actuar el bloqueo de memoria. Y mientras se esforzaba en recordar… se oyó de
repente ese ruido, esos truenos que hicieron temblar todo. Podía haber estado usando
inconscientemente ese poder para recrear los efectos de lo que ocurriera aquí.
—¡Bien! —exclamó Ginger alentadoramente—. ¿Veis? Cuanto más se piensa en
ello, más cabos se atan.
—¿Y esa extraña luz? —preguntó Dom—. ¿Insinúas que Brendan o yo nos las
arreglamos para hacer eso?
—Sí, posiblemente —indicó Ginger volviendo a la mesa y apoyándose en el
respaldo de su silla—. Piroquinesia, la capacidad de generar calor o fuego sólo con el
poder de la mente.
—Esto no era fuego —advirtió Dom—. Era luz.

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—Bueno…, llamémoslo fotoquinesia —dijo Ginger—. Pero creo que cuando
Brendan y tú os encontrasteis, reconocisteis inconscientemente el poder que tenéis
dentro. A un nivel más profundo, os recordó lo que visteis aquella noche de julio, lo
que os obligaron a olvidar. Y ambos queríais recuperar aquellos recuerdos. Por eso,
inconscientemente, generasteis aquella extraña luz, que era una recreación de la
forma en que la luna cambió de blanco a rojo la noche del 6 de julio. Era vuestro
subconsciente intentando que los recuerdos superaran el bloqueo.
Ginger podía ver que aquellas extrañas ideas les daban vueltas en la cabeza y
quería que siguieran intranquilos un poco más, porque cuando estaban desasosegados
encontraban en mejor disposición de captar lo que les decía. Si les concediera tiempo
para la reflexión, el pesado escudo del escepticismo caería sobre el lugar, y sus ideas
serían rechazadas.
Ernie Block agitó la cabeza.
—Un momento. Me pierdo. Todo esto empezó con la sugerencia de que la luna se
había puesto escarlata por una nube de contaminación. Después has dado un salto y
has comenzado a decir que lo que nos ocurrió es la causa de que Dom y Brendan
posean esos supuestos poderes. ¿Dónde está la conexión? ¿Qué tiene que ver la
contaminación biológica con esta tontería psíquica?
Ginger respiró profundamente; habían llegado al núcleo de su teoría, a lo más
descabellado de todo.
—¿Y si…, y si nos contaminamos con algún virus o alguna bacteria que cause
profundos cambios químicos, genéticos u hormonales en el individuo, en el cerebro
del sujeto? ¿Y si esos cambios provocan en el sujeto algo parecido a los poderes
psíquicos, incluso después de que desaparezca el contagio?
La miraron con distintas expresiones, aunque no como si estuviera loca ni como
si tuviera demasiada imaginación. Más bien, parecían impresionados por la compleja
cadena lógica que había forjado y por la inevitabilidad del eslabón final.
—¡Santo Dios! —exclamó Dom—. Dudo que sea la respuesta pero, desde luego,
es la teoría mejor planteada que he oído. ¡Qué idea para una novela! Un virus
producto de la ingeniería genética cuyo efecto secundario desconocido es una especie
de evolución forzada del cerebro humano que provoque el desarrollo de poderes
psíquicos. Por primera vez en varias semanas, siento un impulso incontenible de
correr a una máquina de escribir. Ginger, si salimos vivos de esto, te daré una buena
parte de los derechos del libro que escribiré con esa idea.
Meciendo suavemente a su hija dormida, Jorja Monatella dijo:
—¿Por qué no puede ser la respuesta correcta? ¿Por qué tiene que ser sólo una
estupenda idea para escribir una novela?
—Por un motivo —contestó Jack Twist—, si fuera cierto, si todos nos
hubiésemos contagiado con ese virus, todos tendríamos esos poderes psíquicos, ¿no
es cierto?
—Bueno —comentó Ginger—, quizá no nos contagiamos todos. O acaso sí, pero

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el virus no se desarrolló en todos.
—O tal vez ese efecto secundario especial no se manifiesta en todos los
contagiados —añadió Faye.
—Bien pensado —advirtió Ginger. Comenzó a caminar de nuevo: esta vez no
porque estuviese nerviosa, sino porque estaba excitada.
Ned Sarver se llevó una mano a la amplia frente y preguntó:
—¿Quieres decir que el Ejército conocía ese efecto secundario del virus, que
podría provocar esos cambios en algunos de nosotros?
—No lo sé —respondió Ginger—. Acaso lo supieran. Quizá no.
—No lo creo —dijo Ernie—. Definitivamente, no. Por lo que han averiguado en
el Sentinel, sabemos que cortaron la interestatal poco antes de que ocurriera el
«accidente», lo que significa que no fue un accidente. Así que… me cuesta trabajo
creer que nuestro propio ejército nos sometería intencionadamente al contagio de un
microorganismo de la guerra bacteriológica en un descabellado experimento para
comprobar su efectividad sobre el terreno. Pero, incluso si tal atrocidad fuera posible,
no nos expondrían a un virus que pudiera transformarnos en la forma que ha sugerido
Ginger. Porque, amigos, las personas con fuertes poderes psíquicos formarían una
nueva especie, una raza superior. Un formidable poder físico se traduciría
inmediatamente en poder militar, económico y político. Si el Gobierno supiera que
tiene un virus que confiere ese poder, no permitiría que se expusiera a él a un grupo
de personas normales como nosotros. Ni mucho menos. Esa bendición estaría
reservada a los que ya ocuparon cargos importantes, a la elite. Estoy de acuerdo con
Dom: creo que la teoría de una nube roja de virus es fascinante…, pero poco
probable. Desde luego, si nos contaminamos con ese virus, el Gobierno no conocía el
efecto secundario.
A la luz de lo que había dicho Ernie, todos miraron a Brendan y a Dom con una
nueva apreciación compuesta igualmente de asombro, intranquilidad, admiración,
respeto y temor. Ginger vio que tanto el sacerdote como el escritor se estremecían con
la idea jubilosa e inquietante al mismo tiempo de poseer en su interior el potencial de
un poder sobrehumano, un potencial que, si surgía, los separaría para siempre del
resto de la humanidad.
—No —dijo Dom, comenzando a levantarse en señal de protesta, pero sentándose
al pensar que las piernas no lo sostendrían—. No, no. No tienes razón, Ginger. No
soy un superhombre, ni un mago, ni un… bicho raro. Si tuvieras razón, lo sentiría. Sé
que lo sentiría, Ginger.
Brendan Cronin, igual de afectado, añadió:
—Siempre pensé que he sido el vehículo de las curaciones de Emmy y Winton.
Pensaba que algo (no Dios, quizá, sino algo) actuaba por mi mediación. Nunca pensé
que podía ser yo mismo. Además, suponía que ya habíamos decidido que la historia
del escape tóxico era una invención, un encubrimiento, que lo que nos ocurrió no fue
ningún accidente, químico o biológico, sino algo completamente distinto.

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Jack, Jorja, Faye y Ernie comenzaron a hablar al mismo tiempo. El tono de la
conversación aumentó tanto que Marcie se revolvió en sueños, y Ginger ordenó:
—Esperad, esperad, esperad un momento. No tiene sentido discutirlo porque no
podemos demostrar que existiera ese virus, ni tampoco que no exista. Aún no. Pero
quizá podamos demostrar la otra parte.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó Sandy Sarver.
—Quizá podamos demostrar que Dom y Brendan poseen ese poder —dijo Ginger
—. No cómo lo adquirieron, sino sólo que lo tienen.
Dom seguía incrédulo.
—¿Cómo?
—Haremos una prueba —contestó Ginger.

Dom estaba absolutamente convencido de que no funcionaría, de que estaban


malgastando el tiempo, de que aquella idea era una locura.
Sin embargo, temía que funcionase, y que la prueba de su poder le condenaría a la
condición de loco o, al menos, a una vida cerrada para siempre a las relaciones
humanas normales. Si poseía aquel poder casi divino, nadie lo volvería a mirar sin
asombro y temor. Incluso en los momentos más relajados o íntimos con amigos o
amantes, el conocimiento de sus extraordinarios poderes se interpondría entre ellos,
ya fuera abierta o tácitamente. Otros, quizá la mayoría, le envidiarían u odiarían.
La injusticia de su situación le crispaba los nervios. Durante la mayor parte de sus
treinta y cinco años, fue tímido e inútil, condenado a una existencia gris por su
timidez. Después cambió y, durante quince meses, hasta que comenzó a padecer
sonambulismo el pasado octubre, fue una persona sociable. Ahora, aquella breve y
maravillosa época de normalidad podía estar acabando. Si la prueba que propuso
Ginger demostraba que había adquirido de algún modo aquellos poderes psíquicos,
quedaría aislado de nuevo, no por su sentimiento de inferioridad, como antes, sino
por la incómoda conciencia que el prójimo tendría de su superioridad.
La prueba. Dom deseaba con toda su alma no superarla.
Él y Brendan Cronin se encontraban sentados frente a frente en la larga mesa.
Jorja Monatella había dejado a su hija tumbada en un asiento doble sin que se
despertara. Los adultos —siete, incluida Jorja— permanecían de pie formando un
semicírculo alrededor de la mesa, retirados un par de pasos, dejando espacio para que
Dom y Brendan se concentraran sin distracciones.
Frente a Dom había un salero. La prueba de Ginger consistía en concentrarse para
mover el objeto sin tocarlo. «Sólo un centímetro —dijo—. Si lográis provocar el más
leve movimiento perceptible, sabremos que tenéis ese poder».
En el otro extremo de las tres mesas unidas, había un pimentero frente a Brendan
Cronin. El sacerdote miraba el pequeño cilindro de cristal con la misma intensidad
que Dom miraba el suyo, y su rostro redondo y pecoso mostraba una expresión

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premonitoria sólo algo menos ceñuda que la de Dom. Aunque Brendan había negado
que la mano de Dios estuviera detrás de las milagrosas curaciones y de la luz
espectral, a Dom le parecía evidente que el sacerdote deseara secreta y ardientemente
descubrir que, de hecho, eran obra de una Presencia divina. Quería recuperar la fe,
volver al seno de la Iglesia. Si los milagros resultaban ser su propia obra, realizados
por el influjo de unos poderes psíquicos desconocidos hasta entonces, y si aquellos
poderes resultaban haberle sido conferidos por un simple germen, como defendía la
descabellada pero astuta teoría de Ginger, el anhelo de Brendan por la elevación
espiritual y la inspiración divina se vería insatisfecho.
El salero.
Dom clavó los ojos en él e intentó apartar de su cabeza todos los pensamientos,
excepto la decidida intención de moverlo. Aunque no quería descubrir que poseía
aquel extraño talento, tenía que intentar sinceramente utilizarlo. Tenía que saber si era
cierto.
Si el poder existía, ni Ginger ni ninguno de los otros podían decirle la forma de
controlarlo. «Pero —le había dicho Ginger—, si puede surgir espontánea y
espectacularmente en momentos de estrés, no hay duda de que podrás utilizarlo
cuando y como desees… del mismo modo que un músico puede utilizar su talento
musical siempre que lo desea. O como tú aplicas tu talento literario en una página en
blanco».
El salero permanecía inmóvil, indiferente.
Dom se esforzó en centrar su atención en aquel sencillo cilindro de cristal —con
su tapadera perforada de acero inoxidable y su blanco contenido granulado— como si
fuera el único objeto en el mundo. Centró todos sus pensamientos en él, cada ápice de
su voluntad, e intentó desplazarlo sobre la mesa, esforzándose hasta que advirtió que
rechinaba los dientes y apretaba los puños.
Nada.
Cambió de táctica. En lugar de asaltar mentalmente al salero como si disparara
andanadas de artillería contra las poderosas murallas de una fortaleza, se relajó y
observó el objeto para obtener una percepción inanimada de su forma, tamaño y
textura. Quizá la clave estuviese en intentar simpatizar con el salero. «Simpatizar» le
parecía la palabra adecuada, aunque se refiriera a un objeto inanimado e inorgánico;
en lugar de luchar contra él, quizá pudiera sentir simpatía por él…, inducirlo a que
cooperase en un pequeño desplazamiento telequinésico. Sólo un centímetro. Se
inclinó ligeramente hacia delante para examinar mejor la simplicidad funcional de su
diseño: cinco lados cortados en bisel para cogerlo con facilidad; una gruesa base de
cristal para proporcionarle estabilidad y reducir la frecuencia de las caídas; una
brillante tapadera metálica…
Nada. Inmóvil en la mesa frente a él, el salero parecía un mítico objeto
inamovible, tan pesado que ninguna fuerza podía moverlo, soldado a aquel lugar en el
espacio y el tiempo.

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Claro que, como todas las formas materiales del universo, no era inamovible y, en
cierto modo, siempre estaba moviéndose, nunca se detenía. Después de todo, estaba
compuesto por miles de millones de átomos en constante movimiento, cuyas cortezas
orbitaban alrededor de miles de millones de núcleos como los planetas alrededor del
sol. En un plano subatómico, el salero se movía ininterrumpida y frenéticamente en el
interior de su estructura, de modo que no sería difícil inducirlo a realizar un
movimiento más, un pequeño movimiento en el plano macrocósmico de la
percepción humana, sólo un pequeño salto, un brinco, sólo un…
Dom sintió un empuje repentino, como si él mismo se dispusiera a moverse por
alguna fuerza desconocida, pero en su lugar, y al fin, se movió el salero. Estaba tan
inmerso en la compenetración con aquel objeto doméstico que se había olvidado de
Ginger y los otros; ellos le recordaron su presencia cuando lanzaron una exclamación
de asombro al unísono. El salero no se deslizó un centímetro por la mesa, ni dos, ni
diez, ni veinte. Se levantó en el aire, como si la gravedad hubiera dejado de atraerlo.
Ascendió como un pequeño globo de cristal: treinta, sesenta centímetros, un metro,
hasta detenerse a más de un metro de la superficie donde parecía estar soldado unos
segundos antes. Permaneció suspendido a varios centímetros del nivel de los ojos de
los espectadores, que alzaron la vista con admiración.
En el otro extremo de la mesa, el pimentero de Brendan también se elevó. Con la
boca y los ojos desmesuradamente abiertos, Brendan contemplaba el cilindro que se
elevaba. Cuando se detuvo exactamente a la misma altura que el salero, Brendan se
atrevió a quitarle los ojos de encima. Miró a Dom, volvió a mirar nerviosamente al
salero, como si estuviera seguro de que se caería en cuanto apartara la mirada y,
después, cuando se aseguró de que el contacto visual no era necesario para mantener
la levitación, miró de nuevo a Dom. Varios sentimientos eran visibles en los ojos del
sacerdote: admiración, sorpresa, desconcierto y un reconocimiento emocional de la
profunda hermandad que le unía a Dom en virtud del extraño poder que compartían.
A Dom le intrigaba que no tuviera que esforzarse para que el salero se mantuviera
suspendido. No era consciente ni de tener ni de ejercer control sobre el objeto. No
sentía surgir de él poder alguno. Evidentemente, su capacidad telequinésica
funcionaba de forma automática, de un modo parecido a la respiración o al latido del
corazón.
Brendan alzó las manos. Los anillos rojos habían aparecido.
¿Qué significaban?
Suspendidos en el aire, el salero y el pimentero provocaban en Dom una
expectación incluso mayor que la que sintió al comienzo de la prueba. Al parecer, los
otros también la sentían, pues empezaron a instar a Dom y a Brendan a que realizaran
más proezas.
—Increíble —dijo Ginger sin aliento—. Nos habéis mostrado la ascensión
vertical, la levitación. ¿Podéis moverlos horizontalmente?
—¿Podéis levantar algo más pesado? —preguntó Sandy Sarver.

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—La luz —añadió Ernie—. ¿Podéis generar la luz roja?
Pensando en realizar primero una tarea más sencilla que las propuestas, Dom
pensó que el salero girase un poco, e inmediatamente el salero comenzó a girar en el
aire, provocando otra exclamación de los espectadores. Un momento después, el
pimentero de Brendan también comenzó a girar. El reflejo de las luces del techo
brillaba acuosamente en las tapaderas de metal de los objetos que giraban, relucía en
los lados de cristal, se deslizaba por la unión de los lados lanzando destellos, por lo
que parecían relucientes adornos de árbol de Navidad.
Simultáneamente, los dos pequeños objetos comenzaron a aproximarse uno al
otro, el movimiento horizontal que Ginger había pedido, aunque Dom no era
consciente de dirigir voluntariamente el movimiento del salero. Supuso que la
sugerencia de Ginger había sido aceptada por su subconsciente, que ahora utilizaba
energía psíquica para llevar a cabo la tarea, sin esperar a que él realizara un esfuerzo
consciente. Era extraño… la forma en que controlaba el salero sin saber cómo ejercía
el control.
Sobre el centro de las tres mesas unidas, el salero y el pimentero detuvieron su
movimiento horizontal cuando estaban separados veinticinco centímetros.
Permanecieron uno junto al otro, girando sobre sí a mayor velocidad que antes,
lanzando destellos de luz. Después comenzaron a girar uno alrededor del otro en
órbitas circulares perfectamente sincronizadas. Pero sólo durante unos segundos…
De repente, giraron sobre sí a mayor velocidad aún y siguieron unas contra-órbitas
parabólicas mucho más complejas.
Fascinados y entusiasmados, los espectadores rieron y aplaudieron. Dom miró a
Ginger. Su rostro radiante brillaba con una expresión de pura edificación espiritual
que la hacía más bella que nunca.
Apartó la mirada del salero y el pimentero y la dirigió a Dom, sonriendo con una
alocada excitación y levantando los pulgares. Ernie Block y Jack Twist contemplaban
las acrobacias con la boca abierta de asombro, como si fueran dos niños que veían
fuegos artificiales por primera vez en lugar de dos curtidos ex soldados. Faye, riendo,
alzaba las manos hacia el salero y el pimentero, como si intentara sentir el milagroso
campo de atracción en el que estaban suspendidos. Ned Sarver también reía, pero
Sandy lloraba, lo que sorprendió a Dom hasta comprender que también reía y que las
lágrimas que corrían por sus mejillas eran de alegría.
—¡Oh! —exclamó Sandy volviéndose hacia Dom como si hubiera notado que la
miraba—. ¿No es maravilloso? Sea lo que sea, ¿no es maravilloso? La libertad… la
libertad con que… rompe todas las ataduras… y se levantan en el aire…
Dom sabía precisamente lo que Sandy sentía y quería expresar, porque él también
lo sentía. Por un momento, olvidó que la posesión de aquellas facultades lo separaría
para siempre de la gente que no las tuviera, y experimentó una arrebatadora sensación
de trascendencia cuando valoró el significado de aquel paso de gigante en la escalera
de la evolución, la rotura de las cadenas de las limitaciones humanas. Aquella noche,

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en el Tranquility Grille, se tenía la impresión de hacer historia, la impresión de que
nada en el mundo volvería a ser igual.
—Haced algo más —indicó Ginger.
—¡Sí! —exclamó Sandy—. Enseñadnos más, enseñadnos más.
En otras partes de la habitación, otros saleros se levantaron de las mesas donde
estaban: seis, ocho, diez en total. Permanecieron suspendidos, inmóviles un instante,
después comenzaron a girar como el primer salero.
Instantáneamente, un número equivalente de pimenteros se levantaron y también
comenzaron a girar.
Dom aún no sabía cómo estaba haciendo aquello; no hacía ningún esfuerzo en
realizar cada nuevo truco; al pensarlo, simplemente se hacía realidad, como si se
cumplieran sus deseos. Sospechaba que Brendan estaba igualmente desconcertado.
La máquina de discos estaba en silencio. Entonces, comenzó a sonar una canción
de Dolly Parton, aunque nadie había pulsado los botones de programación.
«¿Lo he hecho yo —se preguntaba Dom—, o ha sido Brendan?».
—¡Dios mío! —dijo Ginger—. ¡Estoy tan excitada que voy a plotz!
Riéndose, Dom dijo:
—¿Plotz? ¿Qué significa eso?
—Estallar, explotar —contestó Ginger—. ¡Estoy tan excitada que voy a explotar!
Todos los saleros y pimenteros giraban y orbitaban en parejas, los once juegos
comenzaron a moverse por la habitación como un tren, más y más rápido,
produciendo un suave siseo al atravesar el aire y lanzando destellos del reflejo de las
bombillas.
Bruscamente, una docena de sillas se levantaron del suelo, no de la manera
controlada y divertida con que se levantaron los saleros y pimenteros de las mesas,
sino con tal violencia e ímpetu que dieron directamente contra el techo, estrellándose
contra aquella barrera con un estrépito ensordecedor. Una de las lámparas que imitaba
una rueda de carreta fue alcanzada por dos sillas; las bombillas estallaron, y la sala
perdió un cuarto de la iluminación. La rueda de carreta se descolgó del gancho y
rompió los cables, estrellándose en el suelo a pocos centímetros de Dom. Las sillas
permanecieron contra el techo, vibrando como si fueran un bando de enormes
murciélagos agitando sus alas negras. La mayor parte de los saleros y pimenteros aún
giraban frenéticamente por la habitación sobre las cabezas de todos, aunque algunos
habían sido derribados por las sillas al subir. Entonces, algunos más dejaron de girar
y salieron despedidos de sus órbitas y del tren, oscilaron y cayeron con fuerza al
suelo. Uno de ellos golpeó en el hombro a Ernie, que lanzó una exclamación de dolor.
Dom y Brendan habían perdido el control. Al no saber exactamente cómo
establecieron el control, no sabían cómo recuperarlo.
En un abrir y cerrar de ojos, el ambiente festivo se convirtió en pánico. Los
espectadores corrieron en busca de refugio, perfectamente conscientes de que las
sillas en levitación, que vibraban amenazadoramente contra el techo, eran misiles

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potencialmente más peligrosos que los saleros y pimenteros. El ruido despertó a
Marcie. Se incorporó en el asiento donde había estado durmiendo, llorando y
llamando a su madre. Jorja cogió a su hija del asiento y se arrastró con ella bajo una
mesa; todos, excepto Dom y Brendan, quedaron fuera de la línea de fuego.
A Dom le parecía que aquel poder psíquico era como una granada activada atada
firmemente a su mano.
Sobre su cabeza, otros tres o cuatro saleros perdieron ímpetu y salieron
disparados contra el suelo como balas. La docena de sillas en levitación comenzaron
a golpear el techo con más fuerza haciendo saltar pequeñas astillas.
Dom no sabía si buscar refugio o si intentar recuperar el control. Miró a Brendan,
quien se encontraba igualmente paralizado.
Sobre sus cabezas, las tres lámparas de rueda de carreta oscilaron alocadamente
de las cadenas, convirtiendo la habitación en un baile de sombras.
Las estruendosas sillas hicieron saltar pequeños fragmentos del techo.
Un salero cayó frente a Dom, impactando contra la mesa como un minúsculo
meteorito. El cristal era grueso y no se hizo añicos, pero se rompió en tres o cuatro
pedazos, lanzando la sal que aún tenía sobre Dom.
Recordando el tiovivo de lunas de papel que presenció en casa de Lomack seis
días antes, Dom alzó los brazos hacia las sillas que retumbaban y a los saleros y
pimenteros que giraban. Cerrando las manos en puños, ocultando los estigmas rojos,
gritó:
—Basta. Ya basta. ¡Basta!
Las sillas dejaron de vibrar. Los saleros y pimenteros se detuvieron en mitad de
una órbita y levitaron inmóviles en el aire.
Durante uno o dos segundos, se hizo un silencio preternatural.
Después, las doce sillas y los últimos saleros y pimenteros cayeron al suelo,
estrellándose contra las mesas y las sillas que no se habían movido. Cuando todo
quedó en una confusa masa de basura, Dom y Brendan estaban tan ilesos como los
que se refugiaron bajo las mesas. Dom miró desconcertado al sacerdote en medio de
un grave silencio. Este momento de silencio se prolongó más que el primero.
Parecía que el tiempo se hubiera detenido, hasta que el débil llanto de Marcie y
los murmullos de consuelo de su madre accionaron de nuevo las máquinas de la
realidad, sacando a los demás de sus escondrijos.
Ernie aún se daba masajes en el hombro, donde fue alcanzado por un salero, pero
no estaba herido. Nadie estaba herido, aunque todos estaban conmocionados.
Dom vio la forma en que lo miraban a él y a Brendan. Cautelosamente. Como
imaginó que lo mirarían si demostraba tener ese poder. La forma en que temió que lo
miraran. Maldición.
Daba la impresión de que Ginger era la única a quien no pareció afectarle el
nuevo estatus de los dos hombres. Abrazó con entusiasmo a Dom y dijo:
—Lo que importa es que lo posees. Lo posees y, con el tiempo, aprenderás a

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utilizarlo. Es maravilloso.
—Yo no estoy tan seguro —comentó Dom, contemplando las sillas rotas y las
lámparas caídas. Jack Twist se sacudía la sal y el yeso de la ropa. Jorja aún consolaba
a su hija asustada. Faye y Sandy se limpiaban el cabello de pequeñas astillas y polvo,
y Ned examinaba los cables de los que estuvieron colgadas las lámparas.
—Ginger —dijo Dom—, cuando utilizaba ese poder, no sabía cómo lo hacía. Y
cuando se descontroló… no sabía detenerlo.
—Pero lo detuviste —indicó. Lo mantuvo cogido de la cintura como si supiera
(Dios la bendijera) que necesitaba la seguridad del contacto humano—. Lo detuviste,
Dom.
—Quizá no pueda hacerlo la próxima vez. —Sintió un estremecimiento—. Mira
esto. Dios mío, Ginger, alguien podría haber resultado herido.
—Nadie está herido.
—Podría haber muerto alguien. La próxima vez…
—Será mejor —advirtió ella.
Brendan Cronin se acercó rodeando la mesa.
—Ya cambiará de opinión, Ginger. Dale tiempo. Yo sí sé que lo intentaré de
nuevo. Solo, la próxima vez. Dentro de un par de días, cuando haya tenido tiempo de
meditar. Iré a algún lugar a campo abierto, lejos de la gente, donde sólo yo pueda
resultar herido, y lo intentaré de nuevo. Creo que va a ser difícil controlar esta…
energía. Costará mucho tiempo, quizá años, y mucho trabajo. Pero lo exploraré,
practicaré. Y Dom también lo hará. Lo comprenderá cuando tenga un par de minutos
para pensarlo.
Dom negó con la cabeza.
—No lo quiero. No quiero ser tan distinto a los demás.
—Pero ahora lo eres —dijo Brendan—. Los dos lo somos.
—Eso es ser fatalista.
Brendan sonrió.
—Aunque atravieso una crisis de fe, aún soy sacerdote, por lo que creo en la
predestinación, en el destino. Pero los curas no somos tontos, así que podemos ser
fatalistas y creer en el libre albedrío al mismo tiempo. —Para el sacerdote, los efectos
psicológicos de aquellos acontecimientos eran muy distintos al temor que habían
despertado en Dom. Mientras hablaba, se balanceaba sobre las puntillas como si se
sintiera tan optimista que pudiera flotar.
Sin lograr entender el buen humor del sacerdote, Dom cambió de tema.
—Bien, Ginger, si hemos demostrado la mitad de tu descabellada teoría, al menos
hemos refutado la otra mitad.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—En medio de todo ese… estruendo —respondió Dom, señalando el techo
destrozado—, cuando vi aparecer los círculos en mis manos, decidí que el poder

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psíquico no era el efecto secundario de una extraña infección viral. Sé que procede de
otra cosa, de algo más extraño, aunque no sé qué puede ser.
—Oh, ¿y bien? ¿Eso es todo? —preguntó—. ¿Simplemente lo has decidido o lo
sabes realmente?
—Lo sé —contestó Dom—. Está en mi interior, lo sé.
—Sí, yo también —dijo Brendan alegremente, mientras Ernie, Faye y los demás
se acercaban—. Ginger, tenías razón al decir que el poder estaba en nuestro interior.
Ha estado dentro de nosotros desde aquella noche de julio. Sin embargo, no tienes
razón en el método por el que hemos adquirido el don. Como decía Dom… en medio
del caos, sentí que la contaminación biológica no era la explicación correcta. No
tengo la menor idea de cuál puede ser la respuesta, pero debemos descartar esa parte
de su teoría.
Ahora Dom entendía por qué Brendan estaba de tan buen humor a pesar de la
espantosa exhibición en la que había tomado parte. Aunque declaraba no ver aspectos
religiosos en los recientes acontecimientos, el sacerdote, en el fondo, conservaba la
esperanza de que las curaciones milagrosas y las luces espectrales fueran de origen
divino. Le deprimía la descorazonadora idea profana de que el don no se lo hubiese
concedido el Señor, sino que fuera simplemente el efecto secundario de una extraña
infección, la labor involuntaria de un virus sin inteligencia y, además, creado por el
hombre. Le entusiasmaba poder rechazar aquella posibilidad. Su excelente estado de
ánimo y su buen humor, a pesar de la destrucción del restaurante, eran debidos a que
la Presencia divina volvía a ser, para Brendan, al menos una explicación viable,
aunque improbable.
Dom deseaba encontrar también coraje y fuerzas pensando que sus problemas
eran parte de un proyecto divino. Por el momento, sólo creía en el peligro y la
muerte, dos poderes irresistibles que sentía caer sobre sí. Los cambios de
personalidad que sufrió en el camino de Portland a Mountainview eran irrisorios
comparados con los cambios que habían empezado a producirse aquella noche, con el
descubrimiento de aquel poder no deseado. Casi sentía que el poder estaba vivo en su
interior, como un parásito que, al cabo del tiempo, se hubiese comido todo lo que fue
Dominick Corvaisis y que, tras asumir su identidad, se propagaría por el mundo en su
cuerpo, disfrazado de ser humano.
Una locura.
No obstante, estaba preocupado y asustado.
Miró uno a uno a los que le rodeaban. Algunos afrontaron su mirada, durante
unos momentos, pero la apartaron rápidamente, como si temieran mirar a los ojos a
un hombre peligroso o intimidatorio. Otros —en concreto, Jack Twist, Ernie y Jorja
— afrontaron su mirada pero no pudieron ocultar la intranquilidad, incluso la
aprensión, con que ahora lo veían. Sólo Ginger y Brendan no parecían haber
modificado su actitud hacia él.
—Bueno —dijo Jack, rompiendo el hechizo—, vaya nochecita. Mañana tenemos

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mucho que hacer.
—Mañana aclararemos más misterios —dijo Ginger—. Estamos progresando día
a día.
—Mañana se producirán grandes revelaciones —musitó Brendan alegremente—,
lo presiento.
«Mañana podremos morir todos —pensó Dom—. O desear estar muertos».

El coronel Leland Falkirk aún sufría un dolor de cabeza atroz. Con su nuevo
talento para la introspección —adquirido gradualmente desde su participación en los
acontecimientos emocional e intelectualmente desbordantes ocurridos dos veranos
antes— podía ver que, en cierto modo, le alegraba que la aspirina no hubiera hecho
efecto. Gozaba con el dolor de cabeza del mismo modo que gozaba con otras clases
de dolor, sacando fuerzas y resistencia de la incesante palpitación en la frente y las
sienes.
El teniente Horner se había marchado. Leland se encontraba solo de nuevo en su
despacho temporal y sin ventanas bajo el campo experimental de Shenkfield, pero ya
no esperaba la llamada de Chicago. La recibió poco después de que Horner saliera, y
no fueron buenas noticias.
El cerco a la casa de Calvin Sharkle, en Evanston, iniciado a primera hora del día,
aún continuaba y, probablemente, no se resolvería antes de doce horas. Si lo podía
evitar, el coronel no quería que sus hombres volvieran a cortar la I-80 y establecieran
otra cuarentena en el Tranquility Motel hasta que no estuviera seguro de que la
operación no quedaría comprometida por las declaraciones que Sharkle pudiera
efectuar a las autoridades de Chicago o a los medios de comunicación. El retraso
ponía nervioso a Leland, especialmente ahora que los testigos del Tranquility Motel
se habían fijado en la Colina del Trueno y hacían sus planes fuera del alcance de los
micrófonos direccionales y los transmisores de apertura. Suponía que podía esperar, a
lo máximo, un día más. No obstante, si el problema de Chicago aún continuaba al
anochecer del día siguiente, daría la orden de tomar el Tranquility Motel a pesar de
los riesgos.
Las otras noticias de Chicago eran que unos agentes habían investigado a
Emmeline Halbourg y a Winton Tolk y habían encontrado motivos para suponer que
sus sorprendentes recuperaciones no podían explicarse adecuadamente con los
conocimientos médicos existentes. Y una reconstrucción de las actividades del padre
Stefan Wycazik el día de Navidad —incluidas las visitas a Halbourg y a Tolk, y al
Laboratorio de la Policía Metropolitana para consultar a un especialista en balística—
confirmaba que el párroco estaba convencido de que su coadjutor, Brendan Cronin,
era el responsable de aquellas curaciones milagrosas.
Leland supo de los poderes de curación de Cronin al día anterior, domingo,
cuando intervino una conversación telefónica entre Dominick Corvaisis, en el

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Tranquility Motel, y el padre Wycazik, en Chicago. La conversación habría sido un
verdadero revulsivo si no lo hubieran preparado los hechos de la noche del sábado.
El sábado por la noche, cuando Corvaisis llegó al Tranquility, Leland Falkirk y su
equipo de expertos en vigilancia oyeron las primeras conversaciones entre los Block
y el escritor con creciente incredulidad. La extraña historia de fotografías de la luna
animadas por un hechizo en casa de Lomack les pareció el producto de una mente
enfebrecida que no distinguía entre la ficción y la realidad.
Sin embargo, más tarde, cuando Corvaisis y los Block cenaron en el Grille, el
escritor intentó revivir los minutos inmediatamente anteriores al problema que
comenzó la noche del 6 de julio. Lo que sucedió entonces fue asombroso, confirmado
tanto por el equipo que vigilaba el Tranquility desde un punto situado al sur de la
interestatal como por el transmisor de apertura instalado en el teléfono público del
restaurante. Todo comenzó a temblar, se oyó un estruendo y, después, un misterioso
zumbido electrónico que culminó con la explosión de los cristales de todas las
ventanas.
Aquellos fenómenos fueron una sorpresa desagradable para Leland y todos los
involucrados en el encubrimiento, especialmente los científicos, que se quedaron
estupefactos. Al principio, aquellos hechos parecían inexplicables. Pero, tras pensarlo
un poco, Leland llegó a una conclusión que le heló la sangre. Los científicos llegaron
a conclusiones similares. Algunos estaban tan asustados como Leland.
De repente, nadie sabía qué se podía esperar. Ahora podía ocurrir cualquier cosa.
«Aquella noche de julio creímos que controlamos la situación —pensó Leland
sombríamente—, pero quizá incluso antes de que entráramos en escena ya se había
iniciado una escalada que no podíamos controlar».
El único consuelo era que, por el momento, sólo Corvaisis y el sacerdote
parecían… contagiados. Quizá «contagiados» no fuese la palabra adecuada. Quizá
«poseídos» fuera mejor. O quizá no existía una palabra para lo que les había
sucedido, porque lo que les ocurrió nunca le había sucedido a nadie en toda la historia
y nunca fue necesaria una palabra específica.
Incluso si el cerco a la casa de Lomack concluía al día siguiente, si se eliminaba
la posibilidad de filtración a los medios de comunicación, Leland no podría caer
sobre el grupo del motel con plena confianza. Quizá fuese más difícil capturar y
retener a Corvaisis y a Cronin —y tal vez a los otros— que la vez anterior. Si
Corvaisis y Cronin ya no eran los mismos, si eran ahora alguien o algo distinto,
podría resultar imposible controlarlos.
El dolor de cabeza de Leland empeoraba.
«Utilízalo —se dijo, levantándose—. Utiliza el dolor. Lo has hecho durante años,
jodido hijo de puta, así que utilízalo uno o dos días más, hasta que termines con este
asunto o mueras, lo que antes ocurra».
Salió de la oficina sin ventanas, cruzó otra habitación sin ventanas y entró en el
centro de comunicaciones sin ventanas, donde el teniente Horner y el sargento Fixx

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se encontraban sentados frente a una mesa en un rincón.
—Dígales a los hombres que se vayan a dormir —ordenó Leland—. Se aplaza por
esta noche. Nos arriesgaremos a perder otro día para ver si se resuelve la situación en
casa de Sharkle.
—Me disponía a ir a verle —indicó Horner—. Hay novedades en el motel. Han
salido del restaurante. Cuando salieron, Jack Twist llevó al motel el todo-terreno
Cherokee que ocultaba en las colinas. Él, Jorja Monatella y el sacerdote se han
marchado a Elko.
—¿A dónde diablos van a estas horas de la noche? —preguntó Leland, pensando
intranquilo que aquellos tres se le podrían haber escapado si hubiera ordenado a sus
hombres tomar el motel aquella noche, pues estaba convencido de que los testigos no
se moverían antes del amanecer.
Horner señaló a Fixx, que tenía unos auriculares y controlaba la escucha del
Tranquility.
—Por lo que hemos oído, el resto se va a la cama. Twist, Monatella y Cronin se
han marchado… para evitar que los capturásemos a todos de un solo golpe. Ha
debido ser idea de Twist.
—Maldición. —Frotándose las sienes palpitantes, Leland suspiró—. Bueno. De
todos modos, no vamos a ir por ellos hasta mañana por la noche.
—¿Y mañana? ¿Y si se separan durante todo el día?
—Los someteremos a vigilancia por la mañana —contestó Leland. Hasta ese
momento no había creído conveniente seguir a los testigos a todos los lugares a
donde fuesen porque, al final, todos se reunirían en el mismo lugar, en el motel, y les
facilitarían el trabajo. Pero ahora, si iban a estar separados cuando llegara el momento
de retenerlos, necesitaba saber dónde se encontraban en cada momento.
—Todo depende de dónde vayan, pero es probable que averigüen que los
seguimos. No es fácil ser discreto en campo abierto.
—Lo sé —afirmó Leland—. Que nos vean. Siempre he querido mantenerme
oculto, pero nos acercamos al final. Quizá cuando nos vean pierdan el control hasta
que sea demasiado tarde. Tal vez vuelvan a reunirse, asustados, y nos faciliten el
trabajo.
—Si tenemos que detenerlos en algún lugar que no sea el motel, en Elko, por
ejemplo, será difícil —dijo Horner, preocupado.
—Si no podemos detenerlos, tendremos que matarlos. —Leland cogió una silla y
se sentó—. Veamos ahora los detalles de la vigilancia para que los hombres estén en
sus puestos antes del amanecer.

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3. 14 DE ENERO, MARTES

A las siete y media de la mañana del martes, en respuesta a una llamada telefónica
de Brendan a última hora de la noche anterior, el padre Wycazik se preparaba para ir
a Evanston, a la última dirección conocida de Calvin Sharkle, el camionero que
estuvo en el Tranquility Motel aquel verano, pero cuyo teléfono se encontraba
desconectado. A la luz de la importancia de los acontecimientos de la noche anterior
en Nevada, estuvieron de acuerdo en que se deberían hacer todos los esfuerzos
posibles para contactar con las otras víctimas que hasta el momento no habían podido
localizar. En la cálida cocina de la casa parroquial, Stefan se abotonó el abrigo y se
puso el sombrero de fieltro.
El padre Michael Gerrano, que se acababa de sentar a desayunar copos de avena y
tostadas tras celebrar la misa del alba, dijo:
—Quizá debiera saber algo más de esta situación, de lo que le ocurre a Brendan,
en caso de que…, en fin, por si le ocurre algo a usted.
—No va a ocurrirme nada —aseguró el padre Wycazik con firmeza—. Dios no
me ha dejado vivir cinco décadas aprendiendo cómo funciona el mundo para que me
maten ahora que puedo hacer el mejor trabajo para la Iglesia.
Michael agitó la cabeza.
—¿Siempre es tan…?
—¿Tan optimista? Naturalmente. Confíe en Dios, Michael, y Él nunca le fallara.
—En realidad —comentó Michael, sonriendo—, iba a decir «tan tozudo».
—¡Qué temeridad para un coadjutor! —exclamó Stefan, liándose una gruesa
bufanda blanca al cuello—. Atienda, padre: lo que se le pide al coadjutor es
humildad, modestia, el tesón de una mula, la fuerza de un caballo de tiro… y una
actitud de inquebrantable adoración hacia su párroco.
Michael sonrió.
—Oh, sí, supongo que si el párroco es un viejo beato envanecido por las
alabanzas de sus feligreses…
Sonó el teléfono.
—Si es para mí, me he marchado —dijo Stefan.
Stefan sacó un par de guantes, pero aún no había llegado a la puerta trasera
cuando Michael le hizo un gesto con el auricular.
—Es Winton Tolk —indicó Michael—. El policía a quien Brendan salvó la vida.
Parece casi histérico y quiere hablar con Brendan.
Stefan cogió el teléfono y se identificó.
La voz del policía era atormentada y apremiante.
—Padre, tengo que hablar con Brendan inmediatamente, no puedo esperar.
—Lamento decirle que no está —contestó Stefan—, se encuentra en el otro
extremo del país. ¿Qué ocurre? ¿Puedo ayudarle en algo?
—Cronin —dijo Tolk temblorosamente—. Algo…, ha ocurrido algo, y no lo

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entiendo, es extraño, Jesús, es lo más extraño que he visto en mi vida, pero supe de
inmediato que tenía que ver con Brendan.
—Estoy seguro de que puedo ayudarle. ¿Dónde está, Winton?
—De servicio, acabando mi turno, en el lado alto de la ciudad. Ha habido una
reyerta, un tiroteo. Y entonces… escuche, quiero que Brendan venga aquí, tiene que
explicar esto, tiene que hacerlo, inmediatamente.
El padre Wycazik consiguió la dirección, salió de la casa parroquial a la carrera y
condujo a toda velocidad. Menos de media hora después, en los barrios bajos, llegó a
un sucio bloque de apartamentos de seis pisos. No pudo aparcar frente al número que
deseaba y buscó algún lugar cercano; todo el espacio lo ocupaban vehículos de la
policía —coches patrulla y camuflados, una furgoneta del laboratorio— cuyas radios
llenaban el aire helado con el coro metálico de los números de identificación y la
jerga policial. Dos agentes vigilaban los automóviles para evitar actos de vandalismo.
En respuesta a la pregunta de Stefan, le dijeron que la acción se desarrollaba en el
tercer piso, en el B, el apartamento de los Mendoza.
El cristal de la puerta estaba rajado por una esquina, y el arreglo temporal con
cinta aislante parecía haberse convertido en la solución definitiva. La puerta daba
entrada a un lúgubre vestíbulo. Faltaban algunas baldosas y otras estaban ocultas bajo
una capa de suciedad. La pintura se desconchaba.
Al subir la escalera, Stefan se encontró con dos preciosas niñas que jugaban a
«los muertos» con una muñeca de trapo y una vieja caja de zapatos.
Cuando entró en el apartamento de los Mendoza, vio un sofá amarillento
empapado en sangre aún húmeda, tanta que en algunos lugares los cojines estaban
negros. Centenares de gotas salpicaron la pared color crema de atrás, lo que indicaba
que alguien había sido acribillado a balazos contra la pared. En el yeso de la pared
había cuatro impactos de bala. La sangre había rociado la pantalla de una lámpara, la
mesa de café, una estantería y parte de la alfombra.
La sangre coagulada resultaba más repugnante de lo normal porque el
apartamento estaba perfectamente arreglado, lo que hacía resaltar más las zonas de
caos sangriento. Los Mendoza sólo tenían para vivir en una casa de los barrios bajos,
pero, como muchas otras familias humildes, se negaban a rendirse ante, o a formar
parte de, la degradación moral de les barrios bajos. La suciedad de las calles, la
mugre de las escaleras y los corredores de los edificios se detenían ante sus puertas,
como si el apartamento fuese una fortaleza donde no pudiera entrar la suciedad, un
templo a la limpieza y al orden. Todo resplandecía.
Quitándose el sombrero, Stefan avanzó un par de pasos al interior de la sala
comedor que, a su vez, se encontraba separada de la cocina por un pequeño
mostrador. El lugar estaba atestado de detectives, agentes uniformados, técnicos del
laboratorio…, quizá una docena de hombres en total. La mayoría no se comportaba
como policías. Su conducta desconcertó a Stefan. Al parecer, los hombres del
laboratorio habían terminado su tarea y los otros no tenían nada que hacer, pero nadie

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se marchaba. Formaban grupos de dos y de tres, y hablaban en el tono recatado de la
gente que está en un funeral… o en la iglesia.
Sólo un detective trabajaba. Estaba sentado en la mesa del comedor con una
mujer latina de unos cuarenta años y rostro de Madonna, preguntándole (el padre
Wycazik oyó que la llamaba señora Mendoza) y anotando sus respuestas en unas
hojas con aspecto de formularios. La mujer intentaba cooperar, pero se distraía
mirando continuamente a un hombre de su edad, probablemente su marido, que
caminaba de un lado para otro con un niño en los brazos. Era un niño guapo, de unos
seis años. El señor Mendoza cogía al niño con un sólo brazo y le hablaba sin cesar,
acariciándolo y revolviéndole el tupido cabello. Obviamente, aquel hombre había
estado a punto de perder a su hijo en aquel suceso violento y necesitaba tocarlo y
tenerlo en brazos para convencerse de que no había ocurrido lo peor.
Uno de los agentes, advirtió la presencia de Stefan y le dijo:
—¿Padre Wycazik?
El agente habló en voz baja pero, al pronunciar su nombre, todo el grupo se calló.
Stefan no recordaba haber visto nunca expresiones como las de los rostros de quienes
estaban en el apartamento de los Mendoza: como si esperaran que dijera una frase
que aclarara todos los misterios de la existencia y expresara sucintamente el
significado de la vida.
«¿Qué demonios ocurre aquí?», se preguntó Stefan con intranquilidad.
—Por aquí, padre —dijo un agente uniformado.
Quitándose los guantes, Stefan cruzó la habitación tras el agente. El silencio se
mantuvo, y todos dejaron paso al sacerdote y su guía. Entraron en un pulcro
dormitorio, donde Winton Tolk y otro agente se encontraban sentados en el borde de
la cama.
—Ha llegado el padre Wycazik —indicó el guía de Stefan antes de retirarse a la
sala.
Tolk estaba sentado con el torso inclinado hacia delante, los codos en las rodillas,
el rostro oculto entre las manos. No alzó la cabeza.
El otro agente se levantó de la cama y se presentó como Paul Armes, el
compañero de Winton.
—Yo… creo que será mejor que se lo cuente Win —dijo Armes—. Los dejaré
solos. —Se marchó, cerrando la puerta tras de sí.
El dormitorio era pequeño, con el espacio justo para la cama, una mesilla de
noche, una cómoda baja y una silla. El padre Wycazik cogió la silla y se sentó de
manera que pudiera mirar de frente a Winton Tolk. Las rodillas de los dos hombres
casi se tocaban.
Quitándose la bufanda, el padre Wycazik preguntó:
—Winton, ¿qué ha ocurrido?
Winton alzó el rostro, y a Stefan le sobresaltó su expresión. Creía que Tolk estaba
afectado por lo que había ocurrido en la sala. Pero su rostro revelaba que estaba

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exaltado, lleno de una excitación que apenas si podía contener. Simultáneamente,
parecía asustado —no aterrorizado, no muerto de miedo, sino preocupado por algo
que le impedía entregarse completa y alegremente a la excitación.
—Padre, ¿quién es Brendan Cronin? —el estremecimiento de la voz de aquel
hombre corpulento tenía un extraño carácter que podría significar gozo incipiente o
terror—. ¿Qué es Brendan Cronin?
Stefan dudó y se decidió por la verdad.
—Es un sacerdote.
Winton agitó la cabeza.
—Eso no es lo que nos dijeron.
Stefan suspiró y asintió. Le explicó la pérdida de fe de Brendan y la terapia
informal que incluyó una semana en un coche patrulla de la policía.
—No les dijeron que era sacerdote porque podrían haberlo tratado de otro
modo… y porque deseaba evitarle la vergüenza.
—Un sacerdote sin fe —dijo Winton, desconcertado.
—No sin fe —comentó el padre Wycazik en tono confidente—, simplemente
dubitativo. No tardará en recuperar la fe.
La poca luz de la habitación procedía de la pequeña lámpara de la mesilla de
noche y de una estrecha ventana, y el policía quedaba en una penumbra aterciopelada.
Sus ojos eran dos lámparas cuyo brillo resaltaba en la oscuridad de las sombras y de
la herencia genética.
—¿Cómo me curó Brendan cuando me dispararon? ¿Cómo hizo ese… milagro?
¿Cómo?
—¿Por qué piensa que fue un milagro?
—Me dispararon dos tiros en el pecho a quemarropa. Salí del hospital tres días
después. ¡Tres días! A los diez días ya estaba listo para trabajar de nuevo, aunque me
hicieron quedarme en casa dos semanas. Los médicos hablaban de mi magnífico
estado físico, dijeron que la extraordinaria curación era posible cuando se disfrutaba
de una salud excelente. Comencé a pensar que no era a mí a quien intentaban explicar
mi rápida evolución, sino a ellos mismos. Pero aún pensaba que había sido cuestión
de suerte. Volví al trabajo hace una semana y entonces… ocurrió otra cosa. —Winton
se desabrochó los botones de la camisa, se la abrió y se subió la camiseta para
mostrarle el pecho—. Las cicatrices.
El padre Wycazik se estremeció. Aunque estaba cerca de Winton, se aproximó
más. El hombre tenía el pecho intacto. Bueno, no exactamente intacto, pero los
orificios de entrada ya habían cicatrizado y sólo eran manchas descoloridas del
tamaño de una moneda. Las incisiones del cirujano casi habían desaparecido…, eran
unas finas líneas visibles sólo tras una detenida inspección. Tan poco tiempo después
de producirse unas heridas de esa gravedad, debería verse una inflamación y un
enrojecimiento, pero no era así. Las señales de la piel eran de un marrón rosáceo en la
piel morena, no se notaban los puntos ni estaban inflamadas.

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—He visto a otros tipos con heridas de bala —dijo Winton, colgando sobre la
excitación de la cuerda del temor—. A muchos. Son heridas arrugadas, inflamadas.
Feas. No se reciben dos balas del 38 en el pecho, se somete uno a una importante
intervención quirúrgica y se tiene este aspecto al cabo de dos semanas… ni nunca.
—¿Cuándo visitó al doctor por última vez? ¿Lo ha visto él?
Winton se abotonó la camisa con manos temblorosas.
—Vi al doctor Sonneford hace una semana. No me habían quitado los puntos
mucho antes, y el pecho aún tenía mal aspecto. Fue hace cuatro días cuando las
heridas desaparecieron. Se lo juro, padre, si me quedo frente al espejo el tiempo
suficiente, las habría visto cicatrizar. —Tras abrocharse los botones de la camisa,
continuó—: Últimamente he estado pensando en la visita que me hizo al hospital el
día de Navidad. Recuerdo algo de lo que me dijo, algunas de las preguntas que me
hizo sobre Brendan, y yo también comencé a hacérmelas… Una de ellas, algo que
tengo que saber, es si Brendan ha curado a alguien más.
—Sí. No fue tan espectacular como con usted. Pero existe otro caso. No… puedo
revelarle de quién se trata —dijo Stefan—. Pero no llamó a la casa parroquial por
esto, Winton. Para que Brendan viera lo rápido que está curándose. Su voz era
apremiante, incluso aterrorizada. ¿Y qué me dice de todos esos policías con los
Mendoza…? ¿Qué ha ocurrido aquí, Winton?
En el amplio rostro de Winton apareció una sonrisa fugaz, seguida del transitorio
brillo del miedo. La confusión emocional también era evidente en su voz.
—Estábamos patrullando. Paul y yo. Recibimos una llamada. Era aquí. Llegamos
y nos encontramos a un chaval de dieciséis años ciego de PCP. ¿Sabe cómo se ponen
con el PCP? Locos. Como animales. Esa jodida cosa se come las células del cerebro.
Después, cuando todo acabó, nos enteramos de que se llama Ernesto y que es sobrino
de la señora Mendoza. Se vino a vivir aquí hace una semana porque su madre ya no
podía con él. Los Mendoza… son buena gente. ¿Se ha fijado cómo tienen la casa?
El padre Wycazik asintió. Winton continuó:
—Tan buena gente que acogen a un sobrino descarriado e intentan ponerlo
derecho. Pero no se puede poner derecho a un chaval así. Se te parte el corazón en el
intento, padre. Este Ernesto no ha dejado de meterse en problemas desde que estaba
en quinto grado. Fue arrestado en seis ocasiones, dos por delitos graves. Llegamos
aquí y nos lo encontramos desnudo como vino al mundo, gritando como un loco, con
los ojos desorbitados como si la presión de la cabeza le fuera a hacer estallar el
cráneo.
La mirada de Winton se emborronó, como si contemplara el pasado para ver con
detalle la escena que presenció al llegar.
—Ernesto tiene a Héctor, el niño que probablemente habrá visto al entrar, lo tiene
atrapado en el sofá, con un cuchillo de una hoja de quince centímetros en el cuello. El
señor Mendoza… está como loco, quiere abalanzarse sobre Ernesto y arrebatarle el
cuchillo, pero el asustado Ernesto amenaza con degollar a Héctor. Ernesto grita, está

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pirado con el polvo de ángel. Es un colgado del PCP y no se le puede hacer razonar.
Sacamos el revólver porque no podemos acercarnos a un loco drogadicto que tiene un
cuchillo en las manos y darle un abrazo. Pero no queremos disparar porque Héctor
tiene el cuchillo en la garganta. Héctor lloraba, y Ernesto podía haberlo matado si
hiciéramos un movimiento incorrecto. De modo que tratamos de calmarlo, de alejarlo
de Héctor, y parece que lo conseguimos, porque empieza a separar el cuchillo de la
garganta. Pero de repente, ¡Jesús!, con un rápido movimiento, le corta a Héctor el
cuello casi de oreja a oreja —Winton se estremeció—, de oreja a oreja. Entonces
levanta el cuchillo sobre su cabeza y disparamos, no sé cuántas veces, pero lo
matamos y cae sobre Héctor. Lo apartamos y vemos al pequeño Héctor intentando
taparse la raja de la garganta con una mano, la sangre manando entre los dedos, los
ojos nublados…
El policía respiró profundamente y se estremeció de nuevo. Volvió a enfocar la
mirada, como si necesitara alejarse del horror del pasado. Volvió la vista a la ventana,
tras la que la luz del gris día invernal caía como hollín sobre la calle mugrienta…
El corazón de Stefan comenzó a latir con fuerza, no por el sangriento horror que
Winton le había descrito, sino porque comprendió a dónde le llevaba la historia del
policía y anhelaba conocer el milagro.
Mirando a la ventana, Winton continuó. El estremecimiento de su voz se
intensificó a medida que hablaba.
—No se puede hacer nada por alguien con una herida así, padre. Tenía las venas y
las arterias del cuello cortadas. Las importantes arterias del cuello. La sangre sale
como el agua por el grifo, no se puede hacer un torniquete en el cuello y la presión
directa no tapona la arteria carótida. No, mierda. Me arrodillé en el suelo junto al sofá
y vi que Héctor se moría con rapidez. Parecía tan pequeño, padre, tan pequeño. Con
esa clase de herida se muere uno en dos minutos, a veces en menos, y era tan
pequeño. Sabía que era inútil, pero le puse las manos en el cuello, como si pudiera
contener la sangre y mantenerlo con vida. Me sentía enfermo, enfadado, asustado. No
podía admitir que un niño tan pequeño muriera de ese modo tan brutal, no podía
admitir que muriese de ningún modo, y entonces… entonces…
—Y entonces se curó —dijo el padre Wycazik en voz baja.
Finalmente, Winton Tolk apartó los ojos de la luz grisácea de la ventana y afrontó
la mirada de Stefan.
—Sí, padre. Se curó. Estaba bañado en su propia sangre, a unos segundos de la
muerte, pero se curó. Yo ni siquiera sabía lo que estaba ocurriendo, no noté nada
especial en las manos. ¿No cree que debería haber sentido algo en las manos? Me di
cuenta de que ocurría algo extraordinario cuando la sangre dejó de brotar entre mis
dedos. El chico cerró los ojos al mismo tiempo, entonces pensé que había muerto…
Grité: «¡No! ¡Dios mío, no!». Aparté las manos del cuello de Héctor, para mirarlo, y
fue entonces cuando vi que la herida había cicatrizado. Aún tenía un desgarrón con
muy mal aspecto, una horrible raja donde el cuchillo penetró en la carne, que se había

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unido formando una cicatriz roja.
El hombre corpulento dejó de hablar porque las lágrimas habían acudido a sus
ojos. Volvía a estar derrotado. Si le invadiera la tristeza, probablemente la habría
superado, pero aquello era algo más poderoso: el gozo. Un gozo incontenible de pura
incredulidad. No pudo contener algunos sollozos.
Con lágrimas templadas en sus propios ojos, el padre Wycazik le ofreció las
manos. Winton las cogió, las apretó y no las soltó al continuar:
—Paul, mi compañero, lo vio. Los Mendoza también. Otros dos agentes llegaron
justo cuando disparamos contra Ernesto: ellos también lo vieron. Cuando vi la
cicatriz roja que le cruzaba la garganta, supe de alguna manera lo que tenía que hacer.
Volví a poner las manos sobre el niño, le cubrí la herida y pensé en que viviera, deseé
que viviera. Pensando, encontré la relación con Brendan y conmigo, con lo ocurrido
en el bar. Pensé cómo habían desaparecido las cicatrices de mi pecho en los últimos
días y supe que tenía alguna relación. Así que dejé las manos sobre su garganta y, al
cabo de un minuto más o menos, abrió los ojos y me sonrió, debería haber visto esa
sonrisa, padre. Aparté las manos; la cicatriz seguía allí, pero menos visible. El niño se
incorporó y preguntó por su madre, y fue entonces…, fue entonces cuando me vine
abajo. —Winton se detuvo a tomar aire—. La señora Mendoza se llevó a Héctor al
cuarto de baño, le quitó la ropa ensangrentada y lo bañó; mientras tanto, no dejaba de
aparecer gente del departamento. Se estaba corriendo la voz. Gracias a Dios, aún no
se han enterado los periodistas.
Durante unos momentos, los hombres se miraron en silencio, con las manos
cogidas. Después, Stefan preguntó:
—¿Intentó revivir a Ernesto?
—Sí. A pesar de lo que había hecho, le puse las manos en las heridas. Pero no
funcionó con él, padre. Quizá porque ya había muerto. Héctor estaba moribundo,
pero Ernesto estaba muerto.
—¿Se vio unas señales extrañas en las manos, en la palma de las manos? ¿Unos
círculos inflamados?
—Nada de eso. ¿Qué hubieran significado los círculos?
—No lo sé —contestó el padre Wycazik—. Pero aparecen en las manos de
Brendan cuando… cuando ocurren estas cosas.
Volvieron a quedarse en silencio. Después, Winton le interrogó:
—¿Es Brendan… el padre Cronin un santo?
El padre Wycazik sonrió.
—Es un buen hombre. Pero no es santo.
—Entonces, ¿cómo me curó?
—No lo sé con exactitud. Pero estoy convencido que es la manifestación del
poder de Dios. De algún modo. Por algún motivo.
—Pero ¿cómo me ha dado Brendan ese poder de curación?
—No lo sé, Winton. No sé si se lo dio él. Quizá el poder no sea suyo. Acaso sea

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Dios actuando por medio de ustedes, primero de Brendan y después de usted.
Al fin, Winton soltó las manos del padre Wycazik. Volvió las palmas hacia arriba
y las contempló.
—No, el poder no ha desaparecido, está en mi interior. Lo sé. De algún modo. Lo
siento. Y no es sólo… no es sólo el poder de curación. Hay algo más.
El padre Wycazik enarcó las cejas.
—¿Más? ¿Qué más?
Winton frunció el ceño.
—Aún no lo sé. Todo es tan nuevo. Tan extraño. Pero siento… que hay más.
Tardará en desarrollarse. —Con una expresión de admiración y temor, apartó la
mirada de las palmas de las manos, amarillentas y callosas—. ¿Qué es el padre
Cronin? ¿Qué ha hecho conmigo?
—Winton, olvide la idea de que hay algo maligno o peligroso en esto. Es una
cosa absolutamente maravillosa. Piense en Héctor, en el niño que ha salvado.
Recuerde lo que sintió cuando la vida volvía a su pequeño cuerpo. Somos actores de
un misterio divino, Winton. No podemos entender su significado hasta que Dios no
nos lo permita.
El padre Wycazik dijo que quería echarle un vistazo al niño, y Winton advirtió:
—No estoy preparado para salir y enfrentarme a los de fuera, aunque sean mis
propios compañeros. Me quedaré aquí un rato más. ¿Regresará?
—He de hacer otra cosa muy urgente esta mañana, Winton. Tengo que irme en
seguida. Pero seguiré en contacto con usted. ¡No le quepa la menor duda! Si me
necesita, no tiene más que llamar a St. Bette.
Cuando Stefan salió del dormitorio, volvió a hacerse el silencio entre el grupo de
policías y técnicos del laboratorio. Le abrieron paso al dirigirse a la mesa del
comedor, donde el pequeño Héctor estaba acomodado en el regazo de su madre
mordisqueando una chocolatina con almendras. Sus ojos era vivos e inteligentes,
prueba de que no había sufrido daño cerebral a pesar de haber perdido la mayor parte
de la sangre. Pero lo más sorprendente es que la sangre perdida había sido,
evidentemente, sustituida sin necesidad de una transfusión, lo que hacía la curación
de Héctor incluso más sorprendente que la de Tolk. El poder en las manos de Winton
parecía mayor que el de Brendan.
Cuando el padre Wycazik se agachó para estar a la altura de Héctor, el niño le
sonrió.
—¿Cómo te encuentras, Héctor?
—Bien —respondió el niño tímidamente.
—¿Recuerdas lo que te ha sucedido, Héctor?
El niño se lamió el chocolate de los labios y agitó la cabeza negativamente.
—¿Te gusta la chocolatina?
El niño asintió y le ofreció un bocado al padre Wycazik.
—Gracias, Héctor, toda para ti.

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—Mamá le puede dar una —dijo Héctor—. Pero no deje caer nada a la alfombra.
Tendrá problemas.
Stefan miró a la señora Mendoza.
—¿De veras no lo recuerda…?
—No —contestó—. Dios se lo ha borrado de la memoria, padre.
—¿Es usted católica, señora Mendoza?
—Sí, padre —afirmó, santiguándose con la mano libre.
—¿Va a la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores? Bien, es la parroquia del
padre Nilo. ¿Lo ha llamado?
—No, padre. No sabía si…
El padre Wycazik miró al señor Mendoza, que se encontraba al otro lado de la
silla de su mujer.
—Llame al padre Nilo. Cuéntele lo que ha ocurrido, dígale que venga. Explíquele
que me habré marchado cuando llegue, pero que hablaré con él más tarde. Dígale que
tengo mucho que contarle, que lo que ha visto aquí no es toda la historia.
El señor Mendoza corrió al teléfono.
Mirando a un detective que se había acercado, Stefan le preguntó:
—¿Han tomado fotografías de la herida del chico?
El detective asintió.
—Sí. Es el procedimiento normal. —Rió con nerviosismo—. Pero ¿qué digo?
Esto no tiene nada de normal.
—Al menos tiene las fotografías para demostrar lo que ha ocurrido —le dijo el
padre Wycazik—, porque pronto desaparecerá la cicatriz.
Se volvió al chico.
—Bueno, Héctor, ¿me dejas que te mire la garganta? Tengo que tocar esa cicatriz.
El chico bajó la chocolatina.
Al padre Wycazik le temblaron los dedos cuando tocó la cicatriz enrojecida y
recorrió lentamente el cuello del chico de un extremo a otro de la herida. Un fuerte
pulso latía en las arterias carótidas a cada lado de la garganta esbelta y joven, y a
Stefan le dio un salto el corazón cuando sintió el milagro de la vida. La muerte había
sufrido una derrota, y Stefan había tenido el privilegio de ser testigo del
cumplimiento de la promesa que era la base de la existencia de la Iglesia: «La muerte
no vencerá, pues disfrutaréis de la vida eterna». Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Cuando al fin Stefan apartó la mano del cuello del chico con desgana y se
incorporó, uno de los policías le preguntó:
—¿Qué es todo esto, padre? Le he oído decirle al señor Mendoza que esto no era
toda la historia. ¿Qué ocurre?
Stefan se volvió a los reunidos, que ahora sumaban veinte personas. En sus
rostros, distinguió el deseo de creer, no en las verdades del catolicismo o el
cristianismo, pues no todos era católicos o cristianos, sino un profundo deseo de creer
en algo más grande, mejor y más puro que la humanidad, un intenso anhelo de

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trascendencia espiritual.
—¿Qué es todo esto? —volvió a preguntar uno de ellos.
—Está ocurriendo algo —les respondió—. Aquí, en otros lugares. Algo
maravilloso. Este chico forma parte de ello. No puedo decirles con seguridad lo que
significa, ni que hayamos visto aquí la obra de la mano de Dios, aunque yo lo crea.
Miren a Héctor en el regazo de su madre, comiéndose una chocolatina, y recuerden la
promesa de Dios: «No habrá más muertes, ni más tristeza, llantos o dolor; todo eso
desaparecerá». Creo sinceramente que todo eso está a punto de desaparecer. Ahora
debo irme. Tengo que resolver unos asuntos muy urgentes.
Como su explicación había sido vaga, se sorprendió cuando se abrieron para
dejarle pasar sin detenerlo, quizá porque el milagro de Héctor Mendoza no había sido
vago —de hecho, fue sumamente específico— y ya les había dado más respuestas de
las que podían comprender. Mientras Stefan atravesaba el grupo, algunos hombres
extendieron el brazo para tocarlo, para estrecharle la mano o el hombro, no con un
fervor religioso, sino con una emotiva camaradería. A Stefan también le invadió el
deseo de tocarlos, de compartir el intenso sentimiento de hermandad entre los
hombres, sentimiento que experimentaban todos los presentes, de compartir la
convicción de encaminarse a un gran destino.

En Boston, a las diez en punto, Alexander Christophson, ex senador de los


Estados Unidos, ex embajador en Gran Bretaña, ex director de la CIA, jubilado desde
hacía una década, leía el periódico de la mañana cuando recibió una llamada
telefónica de su hermano, Phillip, anticuario de Greenwich, Connecticut. Hablaron
durante cinco minutos de cosas sin importancia, como se cuentan las noticias dos
hermanos, pero la conversación tenía un propósito secreto. Al final, Phillip dijo:
—Oh, por cierto, he hablado con Diana esta mañana. ¿Te acuerdas de ella?
—Claro que sí —contestó Alex—. ¿Cómo le va?
—Oh, tiene sus líos —le informó Phillip—. Demasiado aburridos para
contártelos. Pero te envía saludos. —Después cambió de tema y le recomendó dos
libros que le podrían gustar, como si Diana no tuviera importancia.
Diana era la clave que significaba que Ginger Weiss había telefoneado a Phillip y
que necesitaba hablar con Alex. En cuanto vio a Ginger en el funeral de Pablo, con su
cabello rubio plateado como si tuviera luz propia, le hizo pensar en Diana, la diosa de
la luna.
Tras despedirse de Phillip, le dijo a su mujer, Elena, que iba en automóvil al
centro comercial: «Quiero pasarme por una librería y comprar un par de novelas que
me ha recomendado Phillip».
Fue al centro comercial, pero antes de comprar los libros, vio una cabina
telefónica y, con la tarjeta de crédito de AT & T, llamó a Phillip para que le diera el
número de teléfono que había dejado Ginger Weiss.

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—Dice que es una cabina en Elko, Nevada —le informó Phillip.
Cuando Alex llamó a Nevada, Ginger Weiss no respondió hasta la quinta señal.
—Lo siento —dijo—. Estaba en el coche, junto a la cabina. Hace demasiado frío
para esperar fuera.
—¿Qué hace en Nevada? —le preguntó Alex.
—Si no le entendí mal en el funeral de Pablo, no le gustaría que le respondiera a
ese tipo de preguntas.
—Tiene razón. Cuanto menos sepa, mejor. ¿Qué deseaba preguntarme?
Le explicó, con los mínimos detalles, que había encontrado a otras personas con
bloqueos de memoria parecidos al suyo, aunque con recuerdos diferentes que
encubrían el mismo período de tiempo. Como Alex era experto en lavados de
cerebro, Ginger quería saber si era más difícil implantar recuerdos falsos con algunas
partes reales que recuerdos completamente falsos, y él le aseguró que sí lo era.
—Es lo que me figuraba —manifestó Ginger—. Pero tenía que confirmarlo.
Demuestra que estamos en el camino correcto. Una cosa más: desearía que nos
consiguiera cierta información. Necesitamos saber lo que pueda averiguar de un tal
coronel Leland Falkirk, oficial de una compañía de los cuerpos de elite del DERO.
También necesito…
—Espere, espere —rogó Alex, que presentaba un aspecto nervioso a los peatones
que lo miraban desde el otro lado del cristal de la cabina, como si ya lo vigilaran o
incluso como si lo buscaran para hacerlo desaparecer—. En el cementerio, le dije que
le daría consejos o información sobre las técnicas de control de la mente. Pero le
avisé de que no le facilitaría ningún otro tipo de información. Le expliqué mi postura.
—Bueno, aunque se jubilara hace años, aún debe conocer a muchas de las
personas adecuadas…
—¿No me ha oído, doctora? No quiero verme envuelto en sus problemas.
Simplemente, no me lo puedo permitir. Tengo mucho que perder.
—Bueno, no tiene por qué molestarse en examinar informes secretos ni cosas
parecidas. No es eso lo que esperamos —le indicó como si no lo hubiera oído—. Con
los detalles de la hoja de servicio de Falkirk nos bastará para conocerlo y hacernos
una idea de lo que podemos esperar de él.
—Por favor, yo…
Pero Ginger era infatigable:
—También necesito saber algo sobre el Depósito de la Colina del Trueno, una
instalación militar en el condado de Elko.
—No.
—Se supone que son unos almacenes subterráneos y quizá es lo que fuesen
durante mucho tiempo, o tal vez siempre han sido otra cosa, pero sé que ahora no son
simplemente unos almacenes.
—Doctora, no haré eso por usted.
—El coronel Leland Falkirk y el Depósito de la Colina del Trueno. No es mucho

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pedir: nada de investigaciones exhaustivas, sólo los detalles que pueda recoger. Hable
con sus viejos amigos que aún sigan metidos en el juego. Después, informe al doctor
George Hannaby, de Boston, o al padre Stefan Wycazik, un sacerdote de Chicago. —
Le dio sus números de teléfono—. Yo me pondré en contacto con ellos, y no
mencionarán su nombre cuando me den la información que usted les haya
proporcionado. De ese modo no tendrá que llamarme directamente y quedará fuera de
peligro.
Alex intentó controlar el temblor de sus manos sin conseguirlo.
—Doctora, lamento haberle ofrecido incluso aquella pequeña ayuda. Soy un viejo
que teme morir.
—También le preocupan los pecados que cometió en nombre del deber —le
recordó Ginger, repitiendo lo que Alex le comentó en el cementerio—. Y
probablemente le gustaría hacer algo para contrarrestar alguno de esos pecados, sean
reales o imaginarios. Esto podría ser una especie de penitencia, señor Christophson.
—Le repitió los números de teléfono de Hannaby y Wycazik.
—No. Si la interrogan, diga que no, siempre que no.
Con un buen humor enervante, Ginger dijo:
—Oh, y nos vendría bien que tuviese algo para dentro de seis u ocho horas. Ya sé
que es mucho pedir. Pero le repito que sólo quiero una información básica, lo que no
esté en archivos secretos.
—Adiós, doctora —se despidió decididamente.
—Espero tener noticias suyas pronto.
—No volverá a saber más de mí.
—Hasta otra —interrumpió Ginger y colgó antes que él.
—¡Santo Dios! —exclamó Alex estrellando el auricular contra el teléfono.
Era una mujer atractiva, con personalidad, inteligente, sorprendente en muchos
aspectos. Pero su absoluto convencimiento de conseguir todo cuanto quería… era un
rasgo que a veces admiraba en los hombres, pero rara vez o nunca en una mujer.
Bien, esta vez sufriría una decepción. Esta vez no se saldría con la suya. De ninguna
manera.
Sin embargo, había apuntado los números de teléfono de Hannaby y Wycazik con
la pluma Cross.

Dom y Ernie partieron a primera hora de la mañana del martes para reconocer al
menos parte del perímetro del Depósito de la Colina del Trueno. Fueron en el nuevo
jeep Cherokee de Jack Twist. Jack dormía en el motel, pues se había acostado pocas
horas antes, tras pasar media noche conduciendo por Elko con Brendan Cronin y
Jorja Monatella para no ser localizados. Tanto el Cherokee como la camioneta Dodge
del motel tenían tracción en las cuatro ruedas, pero el jeep era más robusto y
maniobrable. Las laderas de las colinas y las carreteras que subían a las montañas

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debían estar heladas en algunos lugares y, como el día prometía más nevadas, querían
el vehículo más seguro.
A Dom no le gustó el aspecto del cielo. Los espesos nubarrones negros colgaban
sobre las llanuras, rozaban los pies de las colinas y ocultaban las cimas de las
montañas. Los partes meteorológicos predecían la primera gran tormenta del año
(más tarde de lo habitual), y la formación de capas de nieve de treinta y cinco
centímetros en los puntos más altos. Aún no había caído un solo copo.
El nuevo y amenazador azote del invierno no afectó negativamente a Dom ni a
Ernie; al partir del motel, estaban de buen humor. Al fin hacían algo, actuaban y no
sólo reaccionaban. Además, sentían la agradable hermandad que existe cuando dos
amigos parten juntos hacia una aventura… a una excursión de pesca o a presenciar un
encuentro deportivo. O a una misión de exploración de las defensas de unas
instalaciones militares.
El excelente buen humor que disfrutaban también se debía, en no poca medida, a
la inesperada tranquilidad de la noche pasada. Por primera vez en varias semanas,
Dom no sufrió pesadillas ni sonambulismo. Sólo soñó con un lugar desconocido lleno
de luz dorada, evidentemente el mismo lugar que aparecía en los sueños de Brendan.
Asimismo, en lugar de permanecer despierto por el temor a las sombras más allá del
resplandor de la lámpara de la mesilla de noche, Ernie se durmió inmediatamente.
Los demás también dijeron que habían pasado la noche más tranquila de las últimas
semanas. La teoría de Ginger, explicada mientras tomaban una rápida taza de café en
la cocina, era que los peores sueños no tenían relación con los misteriosos hechos que
presenciaron la noche del 6 de julio, sino con el posterior lavado de cerebro. Por
tanto, ahora que tenían una idea de lo que habían sufrido a manos de los expertos en
el control de la mente, se alivió la presión que aquellas experiencias ejercían en el
subconsciente, eliminando la fuente de los horribles sueños.
Y Dom tenía otro motivo para estar contento. Aquella mañana, nadie lo había
mirado con recelo ni tratado con deferencia por su poder telequinésico. Al principio,
le asombró la rápida adaptación de los demás a su nueva situación. Después
comprendió lo que deberían pensar: como habían compartido sus experiencias el
verano antepasado, era lógico pensar que, antes o después, compartirían su extraño
poder. Debían creer que las cualidades paranormales simplemente evolucionaban con
más lentitud en ellos. Con el tiempo, si no adquirían el poder, levantarían los muros
emocionales, intelectuales y psicológicos que lo aislarían, como él temía. No
obstante, por el momento se comportaban como si no les separara un abismo de él, y
Dom lo agradecía.
Ahora, tarareando en voz baja, Ernie conducía hacia el Norte por la carretera del
condado, dejando el motel y la interestatal a sus espaldas. Ascendieron por las colinas
que Jack Twist descendió la noche anterior cuando se aproximó clandestinamente al
Tranquility (aunque Jack lo hizo a campo traviesa), y Dom observaba el paisaje
cambiante con interés. La capa de tierra parecía hacerse más delgada a medida que se

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ascendía, mostrando menos carne y más huesos rocosos que surgían por doquier en
clavículas, escápulas y esternones de piedra caliza, en peronés y fémures de esquistos
desmoronados, y en alguna que otra costilla o imponente espina dorsal de granito.
Como si notara el aire frío de las alturas, la tierra se vestía mejor: gruesas enaguas de
hierba; faldas más lujosas de artemisa y otros arbustos; después árboles, árboles, más
árboles… abedules, altos pinos, cedros, álamos temblones y, en las laderas orientales,
algunos abetos y píceas.
Sólo habían recorrido cinco kilómetros cuando llegaron al límite de las nieves. Al
principio, una fina capa flanqueaba la carretera, pero en los tres kilómetros siguientes
alcanzó un espesor de veinte centímetros. A pesar de que la sequía invernal había
retrasado las nieves de septiembre a primeros de diciembre y a pesar de que aún no
había caído ninguna tormenta importante por aquella zona, algunas pequeñas nevadas
habían dejado un manto respetable sobre la tierra, helando también los brotes de los
arbustos de hoja perenne.
Pero la carretera, excepto en unos pocos lugares, se encontraba despejada para
viajar con comodidad.
—La tienen siempre despejada hasta la Colina del Trueno, incluso cuando hace
peor tiempo —le explicó Ernie—. Pero más allá del depósito, no se lo toman tan a
pecho.
Pronto habían recorrido quince kilómetros, siguiendo siempre la cresta del valle
que se extendía hacia el Oeste. Pasaron varios caminos de tierra que conducían a
casas y ranchos aislados en las laderas del Este, a la derecha de la carretera, y en el
kilómetro dieciséis, llegaron a la entrada vigilada del Depósito de la Colina del
Trueno, también a la derecha.
Ernie aminoró la velocidad del Cherokee, pero no entró por el camino.
—No vengo por aquí desde hace años. Han realizado algunos cambios desde la
última vez que lo vi. No parecía tan imponente.
Un letrero anunciaba el depósito. Junto al letrero, un camino asfaltado se alejaba
entre una masa de pinos enormes de un verde tan oscuro que parecían negros en la
sombría luz que precedía a la tormenta. A cuatro metros de la desviación, el camino
estaba bloqueado por largos hierros afilados que surgían del pavimento en el ángulo
apropiado para reventar los neumáticos del automóvil que intentara continuar, pero
también para engancharse en el eje de los vehículos y detener su marcha. A seis
metros de los hierros, había una imponente cancela metálica coronada por pinchos y
pintada de rojo. Al otro lado de la verja había una garita de cemento, de seis por tres
metros, y su puerta negra de metal parecía capaz de aguantar una descarga de bazuca.
Al pasar por la entrada de la Colina del Trueno, Ernie condujo por la cuneta de la
carretera principal con lentitud. Señaló un puesto de un metro cuadrado en el arcén
del camino de entrada, a este lado de los hierros afilados.
—Parece un sistema de comunicación con la garita. No es sólo un interfono. Debe
ser uno de esos sistemas como los de los auto-bancos, con una cámara de vídeo para

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ver los coches. El guardián de la garita controla al visitante antes de que se bajen los
hierros y se abra la puerta. Incluso así, apuesto a que tienen emplazadas varias
metralletas a lo largo del camino para detenerte en caso de que el guardián crea que
ha sido engañado cuando ya ha abierto la cancela.
De cada lado de la garita partía una valla metálica que se perdía entre los árboles,
y Dom vio un letrero de fondo blanco y letras rojas: PELIGRO-ELECTRIFICADA. Aunque
la valla se internaba en el bosque, las ramas de los árboles no la cubrían; por los
pequeños trozos que se veían desde la entrada, parecía haber una franja de seis metros
de tierra de nadie a cada lado.
Dom perdió su buen humor. Creía que las medidas de seguridad en el perímetro
de las instalaciones serían mínimas. Después de todo, una vez que se entraba en los
terrenos, la verdadera entrada de la Colina del Trueno eran unas puertas blindadas de
dos o tres metros de espesor incrustadas en la ladera. La barrera era tan impenetrable
que parecía innecesario instalar medidas de máxima seguridad a todo lo largo del
perímetro de las instalaciones. Sin embargo, eso era lo que habían hecho. Lo que
significaba que el secreto que guardaban era tan importante que no confiaban en las
puertas contra explosiones nucleares ni en las cuevas calizas para mantenerlo a salvo.
—Los hierros de la carretera son nuevos —dijo Ernie—. Y la cancela que tenían
hace un par de años era ridícula comparada con esta. La valla metálica siempre ha
estado ahí, pero sin electrificar.
—No tenemos la menor posibilidad de echar un vistazo dentro.
Aunque nadie lo había dicho (por temor a parecer estúpidos), todos esperaban
llegar al menos hasta las puertas blindadas, echar un vistazo a los últimos terrenos
anexionados tras su expropiación a Brust y Dirkson, y tener la fortuna de hallar otra
pieza del rompecabezas que intentaban recomponer. Dom no esperaba poder entrar en
las salas subterráneas de la Colina del Trueno. Era algo muy improbable. Pero en la
comodidad del Tranquility Motel, entrar en los terrenos y echar un vistazo no parecía
un sueño imposible. Hasta ahora.
Dom se preguntó si podría servirse de sus recién descubiertos poderes
telequinésicos para sortear las medidas de seguridad del depósito, pero rechazó la
idea tan pronto como se le ocurrió. Hasta que no controlara aquel don le sería de poca
ayuda. Le asustaba. Sentía que el poder era suficiente para causar una tremenda
destrucción y la muerte si perdía el control, y no volvería a emplearlo… excepto en
situaciones con un rígido control.
—Bueno —indicó Ernie—, no hemos venido a pasearnos frente a la puerta.
Vamos a echar un vistazo por los alrededores. —Pisó ligeramente el acelerador.
Mirando por el espejo retrovisor, exclamó—: Oh, por cierto, nos siguen.
Sorprendido, Dom se dio la vuelta y miró por la luna trasera del Cherokee. A
menos de cien metros había una camioneta todo-terreno de aspecto arrogante sobre
unos neumáticos el doble de anchos y más del doble de altos que los normales. En el
techo tenía dos focos apagados, y una pala quitanieve, levantada sobre la carretera,

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instalada en el parachoques delantero. Aunque Dom estaba seguro de que muchos
particulares de aquella zona tendrían ese tipo de vehículos, aquel parecía un vehículo
militar. El parabrisas era ahumado y no se veía al conductor.
—¿Estás seguro de que nos siguen? ¿Cuándo lo ha advertido?
Siguiendo por la carretera del condado, Ernie contestó:
—Los vi a un kilómetro del motel. Cuando aminoramos la velocidad, ellos la
aminoran. Cuando la aumentamos, ellos también lo hacen.
—¿Crees que tendremos problemas?
—Los habrá si ellos los buscan. Probablemente sólo son los maricas de infantería
—señaló Ernie sonriendo.
Dom rió.
—No quiero verme envuelto en una guerra para demostrar que los de la marina
son tipos más duros que los de infantería. Aceptaré tu palabra de buena gana.
Las pendientes de la carretera se hicieron más pronunciadas. Los árboles oscuros
se cerraron a ambos lados. La camioneta los siguió.

La señora Halbourg, la madre de Emmy, abrió la puerta, dejando salir una


bocanada de aire caliente a la helada mañana de Chicago.
El padre Wycazik le dijo:
—Siento venir sin avisarle, pero está ocurriendo algo extraordinario, y tenía que
saber si Emmy…
Se calló en mitad de la frase cuando advirtió que la señora Halbourg se
encontraba terriblemente afligida. Tenía los ojos desencajados de asombro… y
también de miedo.
Antes de poder preguntarle qué le ocurría, ella manifestó:
—Dios mío, es usted, padre. Lo recuerdo del hospital. Pero ¿cómo sabía que
debía venir? Aún no hemos llamado a nadie. ¿Cómo lo sabía?
—¿Qué ha sucedido?
En lugar de responderle, lo cogió del brazo, le hizo pasar, cerró la puerta de un
golpe y le indicó las escaleras.
—Por aquí. Rápido.
Al venir del apartamento de los Mendoza en los barrios bajos, esperaba encontrar
algo extraño en casa de los Halbourg, pero no aquella situación crítica. Al llegar al
corredor del segundo piso, el señor Halbourg se encontraba allí con una de las
hermanas mayores de Emmy. Estaban en mitad del corredor, frente a una puerta
abierta, mirando algo que había en la habitación que los atraía y repelía con la misma
intensidad. En la habitación se oyó un golpe sordo, después un chasquido y luego
otros dos golpes sordos seguidos del estallido de unas musicales carcajadas infantiles.
El señor Halbourg se volvió con rostro cadavérico y miró a Stefan desconcertado.
—Padre, gracias a Dios que ha venido, no sabíamos qué hacer, no queríamos

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hacer el ridículo pidiendo ayuda y que no ocurriera nada cuando llegase. Pero ahora
que ha venido, me encuentro más tranquilo.
Stefan miró tímidamente al interior y vio lo que suele haber en el dormitorio de
una niña de casi once años, la inquieta edad entre la niñez y la adolescencia: media
docena de ositos de peluche; grandes carteles de ídolos juveniles, jóvenes
completamente desconocidos para Stefan; un sombrerero de madera del que colgaba
una colección de sombreros exóticos, probablemente comprados en mercadillos;
patines, un magnetófono, una flauta en una caja abierta. La otra hermana de Emmy
—con jersey blanco, falda escocesa y calcetines hasta las rodillas— estaba a unos
pasos de la puerta, pálida y medio paralizada. Emmy estaba de pie en la cama, en
pijama, con un aspecto incluso más saludable que el día de Navidad. Abrazaba una
almohada, sonreía ante la misma sorprendente visión —la obra de un duende— que
atraía a su hermana y asustaba al resto de la familia.
Cuando el padre Wycazik entró en el dormitorio, Emily se reía con deleite de los
complicados movimientos de dos pequeños ositos de peluche que flotaban en el aire.
Sus movimientos eran casi tan precisos y solemnes como los de auténticos bailarines.
Pero los osos no eran los únicos objetos que poseían una vida mágica. Los patines
no estaban olvidados en un rincón, sino que recorrían la habitación cada uno por su
cuenta: uno pasaba junto al pie de la cama y después se dirigía a la puerta del
armario, el otro iba hacia el escritorio, el primero cambió el rumbo hacia la ventana,
deprisa, después despacio. Los sombreros se agitaban en el perchero. Un Oso
Amoroso daba saltos en una estantería.
Stefan se dirigió al pie de la cama, procurando evitar los patines, y miró a Emily,
que estaba de pie en la alfombra.
—¿Emmy?
La niña volvió la vista hacia él.
—¡El amigo de Gordi! Hola, padre. ¿No le parece estupendo? ¿No es
maravilloso?
—Emmy, ¿lo haces tú? —le preguntó, señalando con un gesto los objetos en
movimiento.
—¿Yo? —interrogó realmente sorprendida—. No. ¡Qué va!
Pero Stefan advirtió que los ositos de peluche voladores titubearon cuando ella
dejó de prestarles atención. No cayeron al suelo, pero saltaron, giraron y chocaron
con torpeza e indecisión, de un modo muy distinto a su anterior gracia y mesura.
También vio señales de que los fenómenos anteriores no habían sido tan
inocentes. En el suelo había una lámpara de cerámica rota, Uno de los carteles estaba
arrancado. El espejo del armario estaba rajado.
Advirtiendo la dirección de su mirada, Emmy le confesó:
—Al principio daba miedo. Pero ahora es más tranquilo, ahora es… divertido.
¿No le parece divertido?
Mientras hablaba, la flauta salió de la caja y subió por el aire hasta quedar

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suspendida a unos dos metros del suelo, a unos centímetros a la izquierda de los
ositos de peluche flotantes. La niña vio por el rabillo del ojo la ascensión del
instrumento. Cuando se volvió y miró directamente a la flauta, comenzó a sonar
dulcemente; no eran notas inconexas, sino una melodía perfectamente interpretada.
Emmy subía y bajaba de la cama excitadamente.
—¡Es la Canción de Annie! Yo la solía tocar.
—¿No la tocas ahora? —le preguntó Stefan.
—Oh, no —respondió Emmy, mirando a la flauta—. Tenía la mano tan mal, los
nudillos, que tuve que dejar de tocarla hace un año. Ya estoy curada, pero aún no
tengo los nudillos muy bien.
—Quizá la estés tocando ahora sin utilizar las manos, Emmy.
Finalmente, Emmy lo entendió. Miró a Stefan desde lo alto de la cama.
—¿Yo?
Privada de la atención de Emmy, la flauta emitió algunas notas desafinadas y se
calló. Aún estaba en el aire, pero ahora subía y bajaba de manera irregular. Emmy
volvió la atención al instrumento. La flauta se mantuvo inmóvil en el aire y comenzó
a tocar de nuevo.
—Yo —dijo con perplejidad. Se volvió a su hermana, que seguía paralizada por el
temor y el asombro—. Yo —indicó Emmy, después miró a sus padres, que se
encontraban en la puerta—. ¡Yo!
Stefan comprendía lo que la niña debía sentir, y la emoción le hizo un nudo tan
apretado en la garganta que apenas si podía tragar saliva. Un mes antes, Emmy era
una inválida, incapaz de vestirse ella misma, con un futuro en el que sólo cabía un
empeoramiento progresivo, el dolor y la muerte. Ahora no sólo estaba curada y tenía
los huesos, antes enfermos, en perfectas condiciones, sino que también poseía un don
espectacular.
El padre Wycazik quería decirle que aquel don se lo había transmitido
involuntariamente Brendan, su Gordi, pero en ese caso tendría que explicar de dónde
lo había conseguido, y no podía hacerlo. Además, no tenía tiempo de contarles lo que
sabía. Eran las nueve y cuarto. A estas horas ya debería estar en Evanston. El tiempo
era precioso, pues Stefan comenzaba a sospechar que cogería un avión a Nevada
antes de que acabara el día. Lo que estuviera ocurriendo en Elko debía ser incluso
más increíble que lo que ocurría aquí, y estaba decidido a no perdérselo.
Emmy miró a los osos flotantes, que reemprendieron su solemne danza. Lanzó
una carcajada.
Stefan pensó en lo que Winton Tolk le había dicho poco antes en el apartamento
de los Mendoza: «El poder no ha desaparecido, está en mi interior. Lo sé… lo siento.
Y no es sólo… no es sólo el poder de curación. Hay algo más». Winton no sabía qué
poderes tendría además del de la curación con las manos, pero Stefan sospechaba que
al policía le esperaban sorpresas parecidas a las que habían causado aquel revuelo en
casa de los Halbourg.

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—Padre, ¿lo haría usted mismo? —le preguntó el señor Halbourg con voz
intranquila desde la puerta, donde estaba con su mujer.
La señora Halbourg intervino:
—Por favor, queremos que se haga cuanto antes. Inmediatamente. ¿Puede
empezar ahora mismo?
Sorprendido, Stefan advirtió:
—Lo siento… pero ¿qué hay que hacer?
—¡Un exorcismo, naturalmente! —contestó el señor Halbourg.
Stefan los miró con incredulidad, comprendiendo entonces por qué se
encontraban tan alterados cuando llegó y por qué lo habían recibido con tanto alivio.
Se rió.
—No habrá ninguna necesidad de realizar exorcismos. No es la obra de Satanás.
Oh, no. ¡Santo cielo, no!
Por el rabillo del ojo, Stefan vio que algo se movía en el suelo y bajó la vista para
contemplar a un osito de peluche que pasaba trotando junto a él sobre sus pequeñas
patas gruesas y rígidas.
Winton Tolk le dijo que necesitaría mucho tiempo para aprender a reconocer sus
poderes y la forma de controlarlos. O se equivocaba o aquella tarea le resultaba a
Emily más fácil que a él. Quizá podría ser eso. Los niños se adaptan mucho mejor
que los adultos.
Los padres y la otra hermana de Emmy entraron en la habitación, fascinados pero
cautelosos.
Stefan entendió aquel recelo. Parecía un poder benigno, pero la situación era tan
extraña y afectaba tanto a los conceptos básicos que incluso un optimista incurable
como Stefan Wycazik sentía un estremecimiento de miedo.

Tras llamar a Alexander Christophson a Boston desde una cabina telefónica en


una estación de servicio Shell en Elko, Ginger acompañó a Faye al rancho de Elroy y
Nancy Jamison en Lemoille Valley, a unos treinta kilómetros de Elko. Los Jamison
eran los amigos de los Block que estuvieron de visita en el Tranquility la noche del 6
de julio del verano antepasado. Con toda seguridad, se habían visto envueltos en los
acontecimientos desconocidos de aquella noche y habrían sido retenidos en el motel
para ser sometidos a un lavado de cerebro, como todos los demás, aunque ellos,
naturalmente, recordaran otra cosa. Según su programa de recuerdos falsos, les
permitieron salir de la zona de peligro y se llevaron a Faye y a Ernie con ellos. Creían
haber regresado a su pequeño rancho, donde pasaron los siguientes días con los
Block. Eso era lo que también creyeron Faye y Ernie… hasta hacía poco.
Ginger y Faye no querían visitar a los Jamison para informarles de lo que había
ocurrido realmente, sino para averiguar, de la forma más discreta posible, si sufrían
los mismos problemas que afectaban a Ginger, Ernie, Dom y algunos más. Si los

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sufrían, serían conducidos al consuelo mutuo de la comunidad del motel —cuyos
miembros ya pensaban en sí mismos como miembros de la «familia del
Tranquility»— y se unirían a las pesquisas.
Pero si el lavado de cerebro de los Jamison había sido efectivo, no les dirían nada.
Decírselo sería ponerlos en peligro. Además, dada la urgente estrategia planeada por
Jack Twist la noche anterior, si los Jamison no sufrían problemas, no tenía sentido
perder mucho tiempo convenciéndoles de que les habían lavado el cerebro. El tiempo
era muy valioso y cada hora que pasaba la familia del Tranquility corría más peligro.
Jack Twist creía que sus enemigos caerían pronto sobre ellos, y Ginger no tardó en
convencerse de que estaba en lo cierto.
El viaje de Elko a casa de los Jamison en la furgoneta del motel fue rápido y
entretenido. El pintoresco Lemoille Valley —veinticinco kilómetros de largo, seis y
medio de ancho— comenzaba al pie de las montañas Ruby. Los cultivos de trigo,
cebada y patatas se extendían por las tierras bajas, aunque ahora los campos estaban
sin sembrar, dormidos bajo alguna que otra mancha de nieve. Entre el fondo del valle
y las montañas, las tierras altas y los pies de las colinas ofrecían pastizales lujuriosos,
y era allí donde los Jamison tenían el rancho. En otros tiempos, poseyeron cientos de
hectáreas en las que criaban ganado, pero finalmente vendieron gran parte de sus
propiedades y abandonaron la ganadería. Ahora, con sesenta años y jubilados,
poseían sólo veinte hectáreas al pie de las colinas, no contrataban jornaleros y sólo
tenían tres caballos y algunas gallinas.
Cuando Faye giró por un camino que subía a las montañas y dejó la carretera del
valle, dijo:
—Creo que alguien nos sigue.
Como las puertas traseras de la furgoneta no tenían cristales, Ginger miró por el
espejo retrovisor exterior. Un sedán corriente las seguía a unos treinta metros.
—¿Cómo lo sabes?
—Es el mismo coche desde Elko.
—Quizá sea una coincidencia.
Cuando habían recorrido el camino hasta media altura de las paredes del valle,
llegaron a la estrecha pista que conducía al rancho de los Jamison y que discurría casi
un kilómetro bajo las oscuras sombras de dos hileras de grandes pinos piñoneros.
Faye se internó por la pista y aminoró la velocidad para ver lo que hacía el otro
automóvil. En lugar de pasar de largo en dirección a las colinas, se detuvo y aparcó
en el camino, frente a la entrada de la propiedad de los Jamison.
Ginger vio por el espejo retrovisor exterior que el automóvil era un reciente
modelo de Plymouth de un feo color caqui.
—Gente del Gobierno —afirmó Faye.
—Bastante descarados, ¿no?
—Bueno, si nos han estado escuchando como dice Jack, por nuestros propios
teléfonos, saben que los hemos descubierto, así que pueden pensar que ya no tienen

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motivos para ser discretos. —Faye levantó el pie del freno y reemprendió la marcha.
Viendo cómo el Plymouth empequeñecía en el espejo retrovisor, Ginger sugirió:
—Quizá se preparan para detenernos. Tal vez nos siguen a todos y sólo esperan la
orden para caer sobre todos al mismo tiempo.
En la estrecha pista de tierra, las sombras del túnel de pinos eran casi tan oscuras
como la noche.

Mientras recorrían el camino a través de la ancha pradera nevada hacía las


gigantes puertas blindadas, el coronel Falkirk, en el asiento delantero del Wagoneer,
pensaba en la catástrofe que provocaría la revelación del secreto de la Colina del
Trueno.
Desde una perspectiva política, el escándalo Watergate sería como un juego de
niños comparado con esto. Un número sin precedentes de instituciones
gubernamentales competentes estaban involucradas en el encubrimiento,
organizaciones que a menudo se enfrentaban unas a otras con orgullo: el FBI, la CIA,
la Agencia de Seguridad Nacional, el Ejército y las Fuerzas Aéreas, entre otras.
Prueba evidente del grado de peligro potencial era que estos grupos trabajaron codo
con codo y sin un solo fallo durante dieciocho meses. Pero si se descubría la
operación, el escándalo se extendería por tantas ramas del poder que la fe de los
norteamericanos en sus líderes se vería gravemente comprometida. Desde luego, muy
pocos sabían lo que ocurría en realidad, no más de seis personas en el FBI, menos en
la CIA; la mayor parte de los hombres que participaban en el encubrimiento no
sabían qué encubrían, razón por la que no se cometían errores. Pero el número uno de
cada organización —los directores del FBI y de la CIA, y el jefe del Estado Mayor—
estaban al corriente. Por no hablar de la Junta de Jefes del Estado Mayor. Ni del
secretario de Estado. Ni del presidente, de sus consejeros más próximos o del
vicepresidente. Mucha gente prominente caería en desgracia si aquel asunto no se
guardaba bajo siete llaves.
La devastación política que provocaría el descubrimiento del secreto sólo sería
una pequeña parte de la debacle. El CISG —una legión de médicos, biólogos,
antropólogos, sociólogos, teólogos, economistas, educadores y otros eruditos— había
estudiado aquella crisis con gran extensión y detalle, años antes de que se produjera
en Nevada. El CISG redactó un informe secreto de mil doscientas veintidós páginas
con las conclusiones, un documento cuya lectura resultaba inquietante. Leland se
sabía el informe de memoria, pues era el representante militar en el CISG y había
redactado varios informes incluidos en el texto final. Entre los miembros del CISG
existía la opinión unánime de que el mundo no sería el mismo si ocurriera tal
acontecimiento. Todas las sociedades, todas las culturas cambiarían radicalmente para
siempre. El número de muertes previstas en los dos primeros años ascendería a varios
millones.

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El teniente Horner, que conducía el Wagoneer, frenó a cinco metros de las
enormes puertas blindadas incrustadas en un corte de la montaña. No esperó a que se
abriera la barrera gigante, pues no iban a entrar en el automóvil. Horner giró a la
derecha y detuvo el vehículo en un pequeño aparcamiento donde había tres
microbuses, cuatro vehículos todo-terreno, un Land-Rover y otros automóviles.
Las puertas blindadas gemelas, de diez metros de alto y seis de ancho, eran tan
gruesas que se abrían trabajosamente y producían un ruido que se oía a más de un
kilómetro y se sentía en el aire y la tierra al menos a la mitad de distancia. Cuando
algún camión cargado de municiones, armas o víveres, se detenía ante la entrada, las
puertas tardaban cinco minutos en abrirse. Abrir aquellas puertas tan grandes como
las de un hangar cada vez que un hombre tenía que entrar o salir era algo
increíblemente ineficaz, por lo que había otra puerta de tamaño normal, pero casi tan
imponente, a unos diez metros de la entrada principal.
No había mejor cámara acorazada que la Colina del Trueno donde guardar el
secreto del 6 de julio. Era una fortaleza inexpugnable.
Leland y el teniente Horner corrieron bajo el viento helado hacia la entrada de
personal. La pequeña puerta de acero era casi tan invulnerable como la versión
gigante de la izquierda, con una cerradura electrónica que sólo podía abrirse pulsando
la clave adecuada en un panel. La clave se cambiaba cada dos semanas, y quienes la
utilizaban debían conservarla en la memoria. Leland tecleó la clave, y la puerta de
plomo forrada de acero, de treinta y cinco centímetros de espesor, se deslizó a un lado
con un repentino silbido neumático.
Entraron en un túnel de cemento de unos cuatro metros de largo y dos y medio de
diámetro, profusamente iluminado. Formaba un ángulo a la izquierda. En el otro
extremo, había una puerta idéntica a la primera que no podía abrirse hasta que la
puerta exterior se hubiera cerrado. Leland rozó un interruptor térmico en el interior
del túnel, y la puerta exterior se cerró con un silbido tras él y el teniente Horner.
Inmediatamente, un par de cámaras de vídeo, instaladas en el techo a ambos
extremos del túnel, se pusieron en funcionamiento. Las cámaras siguieron a los dos
hombres cuando se dirigieron a la puerta interior.
Ningún ojo humano veía al coronel y al teniente en una pantalla, pues el sistema
estaba totalmente controlado por VIGILANT, el ordenador de seguridad, como
precaución contra la posibilidad de que un traidor en la guardia de la Colina del
Trueno abriera la instalación a fuerzas enemigas. El ordenador VIGILANT no estaba
conectado al ordenador principal de las instalaciones ni al mundo exterior; por tanto,
era invulnerable a los saboteadores que quisieran controlarlo por medio de un modem
u otro tipo de acceso electrónico.
El guardia en la garita de la entrada había notificado a VIGILANT que el coronel
Leland Falkirk y el teniente Thomas Horner se dirigían a la puerta. Ahora, mientras
se acercaban a la segunda puerta bajo la mirada de las cámaras, el ordenador comparó
sus físicos con las imágenes holográficas memorizadas, hallando instantáneamente

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cuarenta y dos puntos de parecido facial. Era imposible engañar a VIGILANT, ya fuera
con maquillaje o por el parecido con un visitante autorizado. Si Leland o Horner
fueran impostores o visitantes no autorizados, VIGILANT haría sonar la alarma y,
simultáneamente, llenaría el túnel de entrada con un gas sedante.
La cerradura de la puerta interior no tenía teclado; no se abría con una clave.
Junto a la puerta había un panel de cristal de treinta centímetros de lado. Leland hizo
ademán de apoyar la mano derecha sobre el panel, vaciló, apoyó la izquierda, el
cristal se levantó y se oyó un débil zumbido. VIGILANT analizaba sus huellas dactilares
y las comparaba con las almacenadas en los ficheros.
El teniente Horner dijo:
—Casi tan difícil de entrar como en el cielo.
—Más difícil —corrigió Leland.
Tras el cristal lechoso parpadeó una luz, y Leland retiró la mano. La puerta
interior se abrió.
Pasaron a un gran túnel natural retocado por manos humanas. La cúpula rocosa se
perdía en la oscuridad porque las lámparas colgaban de él en portalámparas de metal
negro y formaban otro techo situado, aproximadamente, a ocho o diez metros bajo el
verdadero. El túnel tenía quince metros de ancho y se internaba cien metros en la
montaña. En algunos lugares la roca tenía formas naturales, pero en otros se veían las
huellas de la dinamita y de las perforadoras y otras herramientas utilizadas para
ensanchar los pasos estrechos. Los camiones podían entrar por el túnel hasta los
muelles de carga situados junto a inmensos montacargas que bajaban a las
profundidades de las instalaciones.
Al otro lado de la puerta por la que entraron Leland y Horner, había un guardia
sentado. Teniendo en cuenta la inaccesibilidad de la Colina del Trueno, los
complicados sistemas de seguridad que la protegían y la minuciosidad con que
VIGILANT controlaba a los visitantes, aquel único guardia le parecía a Leland una
medida superflua.
Evidentemente, el centinela era de la misma opinión, pues no estaba preparado
para enfrentarse a una emergencia. Tenía la funda del revólver cerrada. Comía una
chocolatina. Levantó la vista desganadamente de una novela de Jack Finney.
Llevaba abrigo porque las zonas exteriores del depósito no tenían calefacción;
sólo las habitaciones individuales y las zonas de trabajo estaban climatizadas. Una
miniplanta hidroeléctrica que aprovechaba la corriente de un río subterráneo y unos
generadores Diesel de refuerzo proporcionaban la energía eléctrica, pero no era
suficiente para calentar las descomunales cavernas. La temperatura bajo tierra
rondaba los doce grados, soportables si uno se vestía apropiadamente para largas
jornadas de trabajo, como había hecho el guardia.
—Coronel Falkirk, teniente Horner —los saludó—, el doctor Bennell desea
verlos. Ya saben dónde encontrarlo, naturalmente.
—Naturalmente —repitió Falkirk.

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A tres metros a la izquierda, la pulida superficie de acero de unas puertas
blindadas gigantes brillaban débilmente en la luz fluorescente y se asemejaban a la
cara escarpada de un gran glaciar. Leland y el teniente Horner se dirigieron a la
derecha, al otro lado de las puertas blindadas, y se internaron en las profundidades de
la montaña, hacia los ascensores.
El Depósito de la Colina del Trueno estaba equipado con ascensores hidráulicos
de tres tamaños, el mayor de los cuales rivalizaba con los enormes montacargas de
los portaaviones. Las plataformas levadizas de los portaaviones se utilizan para subir
y bajar aviones de la bodega a cubierta, y en la que había en la Colina del Trueno
también se subían y bajaban aviones, entre otras cosas. Además de los dos mil
cuatrocientos millones de dólares en equipo y material —alimentos liofilizados,
medicinas, hospitales de sangre, ropa, mantas, tiendas de campaña, armas cortas,
rifles, morteros, artillería pesada, municiones, vehículos todo-terreno, vehículos
blindados para el transporte de tropas y veinte cabezas nucleares—, en el vasto
almacén se guardaban una gran variedad de útiles aeronaves. Primero, los
helicópteros: treinta antitanques Sikorsky S-67 Blackhawk, veinte del tipo Bell
Kingcobra, ocho Westland Pumas de transporte, y tres grandes Medevac. En la
Colina del Trueno no se guardaban aviones convencionales, pero sí había doce
reactores de despegue vertical fabricados en Gran Bretaña por Hawker Siddeley y
llamados allí Harrier, pero conocidos en los Estados Unidos como AV-8A. Como los
Harrier estaban equipados con motores de propulsión vectorial, aterrizaban y
despegaban verticalmente, sin necesidad de pista. En una grave crisis —por ejemplo,
un ataque nuclear limitado e invasión de tropas enemigas— las aeronaves de la
Colina del Trueno, tanto los helicópteros como los Harrier, podían ser subidos al
nivel superior, sacados por las gigantescas puertas y enviados a una misión.
Sin embargo, la crisis actual no era bélica ni requería el despegue de las
aeronaves del Depósito, por lo que Leland y el teniente Horner dejaron atrás las dos
grandes plataformas levadizas. También dejaron atrás los dos montacargas, bajo el
eco de sus pisadas, y entraron en uno de los tres ascensores como los de los hoteles
para bajar a las entrañas de la Colina del Trueno.
El material médico, los alimentos, las armas y la munición se guardaban en el
tercer nivel, en un complejo de cámaras selladas y provistas de válvulas de
descompresión y puertas blindadas. En las enormes cavernas del segundo nivel, el
intermedio, se guardaban los vehículos y las aeronaves, y también era allí donde vivía
y trabajaba el personal.
Leland y el teniente Horner salieron del ascensor en el segundo nivel. Se
encontraban en una cámara circular de noventa metros de diámetro, con las paredes
de piedra y bien iluminada. Era un eje —y, de hecho, el personal lo llamaba El Eje—
de donde se abrían cuatro cavernas, tras las que aún había más cámaras. La mayor de
aquellas cavernas guardaba, entre otras cosas, las aeronaves y los vehículos todo-
terreno y de transporte.

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Tres de las cuatro cavernas que se unían en El Eje no tenían puertas, pues en
aquel nivel no había serio peligro de explosiones o incendios. Pero la cuarta caverna
sí tenía puertas, pues allí era donde se guardaba el secreto del 6 de julio, que Leland y
los demás trataban de ocultar. Leland se detuvo a unos pasos del ascensor a observar
los portalones. Estaban hechos con maderos en lugar de acero, pues fueron
construidos a la ligera para afrontar una situación de emergencia; no hubo tiempo de
encargar una puerta metálica para cerrar la caverna. Al coronel le recordaban las
enormes puertas en el muro que separaba a los nativos de la bestia que vivía en la otra
mitad de la isla, en la versión original de King Kong. Teniendo en cuenta lo que había
tras aquellas puertas, la relación con la película no le inspiró confianza. Leland se
estremeció.
El teniente Horner le dijo:
—Aún le da miedo, ¿no?
—¿Quiere decir que usted ya no lo tiene?
—Demonios, no, señor. No.
En la parte inferior de una de aquellas imponentes barreras de madera había una
puerta de tamaño normal por donde los investigadores entraban y salían de la
caverna. Un guardia armado la vigilaba para evitar que entrase alguien sin el debido
permiso. Las actividades que se llevaban a cabo en aquella cámara prohibida no
tenían nada que ver con las otras funciones del Depósito, y al noventa por ciento del
personal no le estaba permitido entrar en aquella zona. El noventa por ciento,
naturalmente, no sabía lo que ocultaban allí.
Alrededor de la circunferencia de El Eje, entre las bocas de las otras cavernas, se
habían construido edificios afianzados en las paredes de roca. Las estructuras databan
del año de construcción del Depósito, a principios de los años sesenta. Entonces
sirvieron de oficinas para ingenieros, supervisores y oficiales del Ejército. Con el
paso de los años, se construyó toda una ciudad subterránea en otras cavernas:
aposentos, cafetería, salas de recreo, laboratorios, talleres de máquinas y de
automóviles, salas de ordenadores e incluso una oficina del servicio postal del
Ejército. Ahora estaba habitada por militares y personal del Gobierno que cumplían
destinos de uno y dos años en la Colina del Trueno. En los edificios había
calefacción, mejor iluminación, teléfono con línea interior y exterior, cocinas, cuartos
de baño y las innumerables comodidades del hogar. Estaban construidos con paneles
de metal pintados de azul tostado, blanco o gris, con ventanucos y estrechas puertas
metálicas. Aunque no tenían ruedas, parecían un círculo de casas de remolque o
caravanas, como si fuera un moderno campamento de gitanos que habían hallado el
camino de aquel refugio a setenta metros bajo las tormentas invernales.
Dándole la espalda a la cámara prohibida con las puertas de madera, Leland cruzó
El Eje hacia una estructura metálica blanca: las oficinas del doctor Miles Bennell. El
teniente Horner se situó sumisamente a su altura.
Dos veranos antes, el doctor Miles Bennell (a quien Leland Falkirk odiaba) se

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trasladó a la Colina del Trueno para dirigir la investigación científica de los hechos de
aquella fatídica noche de julio. Desde entonces, sólo había salido del Depósito en tres
ocasiones, y nunca durante más de dos semanas. Estaba obsesionado con su misión.
O algo peor que obsesionado.
En El Eje se veían a una docena de oficiales, soldados y civiles, algunos
dirigiéndose de un caverna a otra, otros conversando. Leland los observó cuando
pasaba junto a ellos, incapaz de comprender qué clase de persona se ofrecería
voluntaria para trabajar semanas y meses seguidos bajo tierra. Les aumentaban el
sueldo un treinta por ciento, pero, para Leland, era una compensación insuficiente. El
Depósito era menos opresivo que las pequeñas celdas sin ventanas de Shenkfield,
pero no mucho más.
Leland suponía que era algo claustrofóbico. Estar bajo tierra le hacía sentirse
como si estuviera enterrado vivo. Al ser un reconocido masoquista, debería obtener
placer de su intranquilidad, pero aquel era un dolor que no le atraía.
El doctor Miles Bennell parecía enfermo. Como casi todos los de la Colina del
Trueno, tenía un rostro lechoso por falta de exposición a los rayos solares. El rizado
cabello negro y la barba acentuaban aún más su palidez. Bajo el resplandor
fluorescente de su oficina, casi parecía un fantasma. Saludó fríamente a Leland y al
teniente Horner, y no estrechó la mano a ninguno.
Aquello le pareció bien al coronel. No era amigo de Bennell. Un apretón de
manos habría sido una hipocresía. Además, Leland temía que Miles Bennell se
hubiera transformado, que el científico ya no fuera quién o lo que aparentaba…, que
no fuera completamente humano. Si aquella descabellada y paranoica posibilidad
resultaba ser cierta, no quería tener contactos físicos con Bennell, ni siquiera un
rápido apretón de manos.
—Doctor Bennell —le dijo Leland fríamente, con el tono severo y la conducta
ruda que siempre provocaba una respetuosa obediencia—, su comportamiento en la
investigación de la violación de las medidas de seguridad demuestra que es usted un
completo inepto o el traidor que buscamos. Ahora, óigame bien: esta vez vamos a
descubrir al bastardo que envió las fotos —ya no se estropearán los detectores de
mentiras ni se harán interrogatorios inocentes—, vamos a averiguar si ha sido él
quien ha logrado que venga Jack Twist y vamos a joderlo tanto que deseará haber
nacido mosca para pasarse la vida en un establo comiendo estiércol.
Completamente impasible, Miles Bennell sonrió y replicó:
—Coronel, ha hecho usted la mejor imitación de Richard Jaeckel que he visto,
pero ha sido totalmente innecesaria. Estoy tan impaciente como usted por encontrar el
agujero y taponarlo.
Leland deseaba golpear a aquel hijo de perra. Ese era uno de los motivos por los
que odiaba a Miles Bennell: el bastardo no se amedrentaba.

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Calvin Sharkle vivía en O’Bannon Lane, en un pacífico barrio residencial de clase
media en Evanston. El padre Wycazik tuvo que detenerse en dos estaciones de
servicio para preguntar el camino. Cuando llegó a la esquina de O’Bannon y Scott
Avenue, a sólo dos manzanas de la dirección de Sharkle, fue detenido por un policía
situado frente a una barrera formada por dos coches patrulla de color blanco y negro
y una ambulancia. También había equipos de televisión que iban de un lado para otro
con las cámaras.
Supo instantáneamente que el problema en O’Bannon Lane no era una
coincidencia. Algo ocurría en casa de Sharkle.
A pesar de que la temperatura rondaba los cero grados y que el viento soplaba a
cincuenta kilómetros por hora, unas cien personas se congregaban tras las barreras
policiales, en las aceras y los jardines de las casas cercanas. Los mirones detenían el
tráfico de Scott Avenue y Stefan tuvo que recorrer casi dos manzanas a una velocidad
desesperante antes de encontrar aparcamiento.
Cuando volvió al grupo y se integró en él, el padre Wycazik descubrió que eran
personas amistosas y que estaban excitadas. Pero también le daban miedo, aunque no
eran peligrosas. De hecho, eran personas normales…, excepto por la fascinación
completamente insensible por la tragedia que se desarrollaba ante ellos, como si fuera
una diversión tan legítima como un partido de fútbol. Era una tragedia, una horrible
tragedia, que el padre Wycazik conoció un minuto después de unirse al grupo y
comenzar a preguntar. Un hombre bigotudo y de rostro colorado, con cazadora de
cuadros y gorro de lana, le dijo:
—Pero, hombre, ¿es que no ve la maldita televisión? —No se contuvo porque no
sabía que hablaba con un sacerdote; el abrigo y la bufanda de Stefan ocultaban toda
evidencia de su santo oficio—. Por Dios, hombre, ese es Sharkle. Sharkle el Hombre
Tiburón[2]. Así es como lo llaman. Ese tío es un loco peligroso. Lleva encerrado en su
casa desde ayer. Ya ha matado a dos vecinos y a un poli, y tiene a dos malditos
rehenes con tantas posibilidades de salir vivos como un jodido gato en una
convención de perros.

La mañana del martes, Parker Faine tomó un avión de Pacific South-hwest


Airlines que le llevó del condado de Orange a San Francisco, después cogió un vuelo
de enlace de West Air a Monterey. Fue una hora de viaje subiendo por la costa de
California, una espera de una hora en San Francisco y, luego, sólo treinta y cinco
minutos a Monterey. El viaje se le hizo más corto porque una viajera, una bella joven,
reconoció su nombre, le gustaban sus cuadros y estaba de humor para dejarse cautivar
por sus poderosos encantos.
En Monterey, en la pequeña oficina de alquiler de coches del aeropuerto, alquiló

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un Ford Tempo de un verde chillón. Era una ofensa a su refinado sentido del color.
El tempo del Tempo era satisfactoriamente allegro en los llanos, pero algo adagio
en las cuestas. No obstante, tardó menos de media hora en dar con la dirección de
Gerald Salcoe que le indicó Dom. Salcoe era el hombre que estuvo en el Tranquility
Motel con su mujer y sus dos hijas la noche del 6 de julio y con quien hasta el
momento no habían logrado contactar ni por teléfono ni con un telegrama. Era una
gran mansión de estilo colonial, espantosamente fuera de lugar en la costa
californiana, situada en una parcela de dos mil metros cuadrados, a la sombra de
enormes pinos, con un jardín tan cuidado como para ocupar a un jardinero un día a la
semana y en el que destacaban los parterres de balsaminas que incluso ahora, en
enero, abrían sus flores de color rojo y púrpura.
Parker giró el Tempo hacia la majestuosa rotonda y aparcó frente a una amplia
escalinata bordeada de flores que ascendía a una ancha galería porticada. Bajo la
sombra de los pinos, haría falta tener alguna luz encendida en el interior, pero no vio
ninguna por las ventanas frontales. Todas las cortinas estaban cuidadosamente
cerradas, y la casa parecía vacía.
Salió del Tempo, corrió por la escalinata y cruzó la ancha galería, quejándose del
aire helado.
—Brrrrrrr.
La niebla matinal, corriente en aquella zona, se había levantado en el aeropuerto,
permitiendo los aterrizajes, pero aún se aferraba a aquella parte de la península,
colgando de las ramas de los árboles, enredándose en sus troncos y apagando los
brillantes colores de la balsamina. El invierno en el norte de California era más
riguroso que en Laguna Beach y, con la añadidura del frío húmedo de la niebla, no
resultaba del agrado de Parker. Sin embargo, había venido preparado para el frío, con
gruesos pantalones de pana, camisa de franela a cuadros verdes, un jersey verde que,
en lugar del caimán de Izod-Lacoste, tenía en el pecho un armadillo de aspecto
ridículo, y un chaquetón marinero de tres cuartos con galones de sargento en una
manga; una indumentaria peculiar, sobre todo teniendo en cuenta que estaba rematada
por unas zapatillas de deporte de un naranja fluorescente. Al llamar al timbre, Parker
se miró y pensó que, a veces, quizá vestía con excesiva excentricidad, aunque fuera
un artista.
Pulsó el timbre seis veces a intervalos de un minuto, pero no abrió nadie.
La noche anterior, cuando un hombre llamado Jack Twist lo llamó desde una
cabina en Elko, diciéndole que tenía un mensaje de Dom y pidiéndole que fuera a una
cabina específica de Laguna Beach para atender una llamada veinte minutos más
tarde, Parker trabajaba en una nueva y excitante obra que comenzó a las tres de la
tarde. Sin embargo, aunque estaba inmerso en su trabajo, corrió a la cabina que le
indicaron. Y accedió a ir a Monterey sin vacilar. La verdad es que se puso a trabajar
para tratar de no pensar en Dom y lo que ocurría en el condado de Elko, pues era allí
donde quería estar, metido hasta el cuello en el misterio. Cuando Twist le contó la

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demostración psíquica de Dom y el sacerdote —¡saleros y pimenteros suspendidos en
el aire! ¡sillas en levitación!—, sólo el estallido de la tercera guerra mundial podía
haber evitado que Parker fuese a Monterey. Y ahora no iba a darse por vencido ante
una casa vacía. Encontraría a los Salcoe dondequiera que estuviesen, y el mejor modo
de empezar a buscarlos era preguntando a los vecinos.
Como los jardines estaban separados por setos, no era fácil ir caminando hasta la
casa contigua. De vuelta en el Tempo, al poner una velocidad, miró de nuevo a la casa
y le pareció ver que algo se movía en una de las ventanas del piso de abajo: una
cortina ligeramente entreabierta cayendo a su lugar. Miró detenidamente, pero pensó
que el movimiento había sido un truco de la niebla y las sombras. Quitó el freno de
mano, recorrió la segunda mitad de la rotonda y salió a la calle, encantado de volver a
jugar a los espías.

Ernie y Dom aparcaron el Cherokee donde se cortaba la carretera comarcal, y la


camioneta con el parabrisas ahumado se detuvo a doscientos metros de ellos.
Encaramado sobre los neumáticos todo-terreno, con los ojos saltones de los focos del
techo, el vehículo parecía (pensó Dom) un gran insecto parado en una postura de
alerta sobre la empinada carretera, preparado para escabullirse en su escondite en
cuanto apareciera alguien con un bote de Raid tamaño extra. El conductor no se bajó
del vehículo, ni el pasajero, si es que lo había.
—¿Crees que tendremos problemas? —preguntó Dom, saliendo del Cherokee y
uniéndose a Ernie en la cuneta.
—Si los buscaran, ya los habríamos tenido —respondió Ernie. De su boca salió
una nube de vaho—. Si quieren seguirnos, que nos sigan. Al diablo con ellos.
Sacaron dos rifles de caza de la parte trasera del Cherokee —una carabina
Winchester Modelo 94 cargada con munición del calibre 32 especial, y un Springfield
del calibre 30/06— y los mantuvieron a la vista con la esperanza de que los hombres
de la camioneta comprendieran que responderían a su ataque y se tranquilizaran.
La montaña ascendía por el margen derecho de la carretera y aún estaba cubierta
de bosque. Pero la tierra que caía al Este era un pastizal, el extremo norte de una serie
de prados que se extendían por los lados del valle.
Aunque aún no había comenzado a nevar, el viento arreciaba. Dom se alegró de
haber comprado ropa de invierno en Reno, pero lamentaba no haber traído un traje de
esquí de tejido aislante como el de Ernie. Y un par de aquellas botas forradas y bien
ajustadas en lugar de las ligeras botas con cierre de cremallera que llevaba. Hoy,
Ginger y Faye irían a una tienda de artículos deportivos de Elko con una lista del
equipo necesario para la operación de aquella noche, incluida ropa apropiada para
Dom y aquellos que no la tenían. No obstante, por el momento, el insistente viento se
abría camino por el cuello y las mangas de su chaquetón.
Se alejaron del Cherokee por el prado descendiente y prosiguieron a pie la

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inspección de la alambrada del Depósito de la Colina del Trueno. La alta valla
metálica electrificada, coronada con alambre de espino, aparecía a lo lejos de entre
los árboles y dejaba su recorrido paralelo a la carretera del condado, bajando hacia el
Este hasta el fondo del valle. En el prado había una capa de veinte centímetros de
nieve, pero aún quedaba bajo el borde superior de las botas. Descendieron unos
doscientos metros hasta un lugar junto a la alambrada desde el que veían a lo lejos las
enormes puertas blindadas de acero incrustadas en la pared del valle.
Dom no vio vigilantes ni perros guardianes. No se veían huellas humanas ni de
animales al otro lado de la alambrada, lo que significaba que no había patrullas de
vigilancia que recorrieran el contorno de las instalaciones.
—En un sitio como éste no son chapuceros —dijo Ernie—. De modo que sí no
hay patrullas a pie tienen que disponer de unas extraordinarias medidas de seguridad
al otro lado de la valla.
Dom miraba de vez en cuando hacia lo alto del prado, pensando con inquietud
que los hombres de la camioneta todo-terreno se acercarían a inspeccionar el
Cherokee. Al volver la cabeza, vio la figura de un hombre con ropa oscura recortada
nítidamente contra la nieve. El tipo no se acercó al Cherokee ni mostró interés en él,
sino que se dirigió a la cuneta y bajó algunos metros por el prado inclinado. Se
detuvo y permaneció inmóvil a unos setenta y cinco metros de Dom y Ernie,
observándolos.
Ernie también vio al observador. Apretó el Winchester bajo el brazo derecho y se
llevó a los ojos los prismáticos que llevaba colgados del cuello.
—Es del Ejército. Al menos, parece el abrigo del uniforme del Ejército. Sólo nos
vigila.
—Se supone que deberían ser más discretos.
—En estos campos no se puede seguir a nadie con discreción. No tiene más
remedio que ser descarado. Además, quiere que veamos lo que lleva, para que
sepamos que nuestros rifles no le dan miedo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Dom—. ¿Qué lleva?
—Una ametralladora FN belga. Un arma cojonuda. Puede realizar seiscientos
disparos por minuto.

Si el padre Wycazik viera los noticiarios de la televisión, habría oído hablar de


Calvin Sharkle anoche, pues era noticia desde hacía veinticuatro horas. Pero hace
años que dejó de ver los noticiarios de televisión, pues pensaba que la simplicidad
con que trataban las noticias era una corrupción intelectual y que la obsesiva
concentración en violencia, sexo, tristeza y desesperación era moralmente repulsiva.
También podía haber leído la tragedia en el Tribune y en el Sun-Times, pero salió de
la casa parroquial con tanta prisa que no tuvo tiempo para leer los periódicos de la
mañana. Ahora hilaba los retazos de la historia con información proporcionada por

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las personas que se amontonaban tras las barreras policiales.
Calvin Sharkle llevaba varios meses comportándose de manera… extraña.
Soltero, simpático y agradable con sus vecinos de O’Bannon Lane, se convirtió en un
hombre insociable, taciturno e incluso antipático. Les dijo a los vecinos que no le
«gustaba lo que pasaba», y creía que iba «a ocurrir algo importante y terrible». Leía
libros y revistas de técnicas de supervivencia y hablaba de Harmaguedón. Y tenía
espantosas pesadillas.
A primeros de diciembre, dejó de trabajar, vendió el camión y les comunicó a los
vecinos que el fin estaba cerca. Quería vender su casa, comprarse unas tierras en
algún remoto lugar de las montañas y construirse un refugio como los que había visto
en aquellas revistas. «Pero no hay tiempo —le dijo a su hermana, Nan Gilchrist—.
Así que me refugiaré en casa». No sabía lo que iba a ocurrir, no entendía de dónde
procedía su temor, aunque manifestó que no sería una guerra nuclear, ni una invasión
soviética, ni un colapso de la economía, ni cualquiera de las cosas que alarmaban a
los fanáticos de la supervivencia. «No sé qué es…, pero va a ocurrir algo extraño y
horrible», le indicó a su hermana.
La señora Gilchrist le hizo visitar a un médico, quien lo encontró perfectamente y
sólo le dijo que sufría estrés por el trabajo. Pero, después de Navidad, el parlanchín
Calvin se convirtió en un hombre callado y receloso. En la primera semana de
diciembre, desconectó el teléfono: «¿Quién sabe cómo caerán sobre nosotros cuando
vengan? Quizá puedan hacerlo a través del teléfono», explicó misteriosamente. No
podía o no quería decir a quiénes se refería.
Nadie consideraba peligroso a Cal. Toda su vida fue un hombre pacífico, amable.
A pesar de su nueva conducta excéntrica, no había motivos para creer que se volviera
violento.
Entonces, a las ocho y media de la mañana del día anterior. Cal visitó a los
Wilkerson, la familia que vivía frente a su casa, de quienes fue buen amigo, pero con
quienes no se hablaba últimamente. Edward Wilkerson contó a los periodistas que
Cal le dijo: «Escucha, no puedo ser tan egoísta. Yo ya estoy bien preparado y
vosotros os encontráis indefensos. De modo que, cuando vengan a por nosotros, Ed,
puedes venirte a mi casa con tu familia». Cuando Wilkerson le preguntó quiénes eran,
Cal le indicó: «Bueno, no sé qué aspecto tienen, ni cómo se llaman. Pero nos van a
hacer cosas horribles, quizá nos conviertan en zombis». Cal Sharkle le aseguró a
Wilkerson que en su casa tenía armas y munición de sobra y que había tomado
medidas para fortificar el lugar.
Alarmado al oír hablar de armas y munición, Wilkerson le siguió la corriente y,
tan pronto como se marchó, llamó a la hermana de Sharkle. Nan Gilchrist llegó a las
diez y media con su marido y le dijo al preocupado Wilkerson que ella arreglaría el
asunto, que estaba segura de poder convencer a Cal para que permaneciera en
observación en un hospital. Pero cuando ella y su marido entraron en la casa, Ed
Wilkerson pensó que quizá necesitaran ayuda, de modo que él y otro vecino, Frank

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Krelky, fueron a casa de Sharkle para ayudar como pudieran.
Wilkerson esperaba que el señor o la señora Gilchrist abrieran la puerta, pero fue
el mismo Cal quien lo hizo. Estaba muy nervioso, casi histérico… y armado con una
escopeta semiautomática del calibre 20. Acusó a sus vecinos de ser zombis. «Habéis
sido cambiados —les gritó a Wilkerson y a Krelky—. Oh, Dios, tendría que haberme
dado cuenta. Lo tendría que haber sabido. ¿Cuándo ocurrió, cuándo dejasteis de ser
humanos? Dios mío, habéis venido para acabar con nosotros». Entonces, lanzando un
grito de terror, abrió fuego contra ellos. El primer disparo alcanzó a Krelky en la
garganta desde tan cerca que lo decapitó. Wilkerson corrió, fue alcanzado en las
piernas cuando iba por el camino de entrada, cayó, rodó y se hizo el muerto, un truco
que le salvó la vida.
Ahora, Krelky estaba en el depósito de cadáveres y Wilkerson en el hospital, en
un estado que le permitía hablar con los periodistas.
Y el padre Wyzazik estaba en la esquina de O’Bannon Lane, donde un joven entre
el grupo de mirones estaba deseoso de proporcionarle todos los detalles. El hombre se
llamaba Roger Hasterwick, un «catador» desempleado temporalmente, aunque Stefan
sospechó que se trataba de un camarero sin trabajo. Sus ojos tenían un brillo
inquietante que podía ser señal de intoxicación, abuso de drogas, falta de sueño,
psicopatía, o todo a la vez, pero su información era detallada y, al parecer, exacta:
—Pues, verá, evacúan a los vecinos, después tratan de hablar con ese Sharkle el
Tiburón. Pero no tiene teléfono y no contesta cuando lo llaman por el megáfono. Los
polis creen que su hermana y su cuñado siguen vivos, que los tiene de rehenes, de
modo que no quieren hacer nada precipitadamente.
—Es razonable —dijo el padre Wycazik tristemente, sintiendo un frío más
intenso que el de aquel día.
—Razonable, razonable, razonable —repitió Roger Hasterwick con impaciencia,
aclarando que prefería no ser interrumpido—. Bueno, pues finalmente, cuando queda
media hora de luz, deciden mandar a los del Grupo Especial de Operaciones para
sacarlo de ahí e intentar salvar a la hermana y al cuñado. Así que lanzan gases
lacrimógenos y entran en tromba, pero se encuentran con problemas. Ese Sharkle
debe haber estado semanas preparando la casa, la tiene llena de trampas. Los polis
tropiezan con unos alambres que ha tendido por todas partes, y uno se desnuca; no
morirá, pero seguro que le quedarán secuelas. Entonces, Sharkle abre fuego sobre
ellos porque lleva una máscara de gas como los polis y está acechando como un gato.
El tío está preparado. Así que se carga a uno y hiere a otro, después se esconde en el
sótano y cierra la trampilla, y no lo pueden seguir porque no es una trampilla normal,
sino una puerta de acero que ha instalado. No sólo eso, sino que la puerta exterior del
sótano, en la parte trasera de la casa, también es de acero; el tío tiene un sótano con
las paredes blindadas, de forma que se llega a un punto muerto.
Según los cálculos de Stefan, había dos muertos y tres heridos.
Hasterwick prosiguió:

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—Entonces, los polis se lo toman con calma y deciden esperar a que pase la
noche. Esta mañana, Sharkle el Tiburón abre una de las persianas metálicas en la
ventana del sótano y se pone a gritar locuras, y los polis piensan que va seguir el
jaleo, pero el tío cierra la persiana, y desde entonces… nada. Espero que ocurra algo
pronto porque hace mucho frío y estoy empezando a aburrirme.
—¿Qué gritaba? —le preguntó Stefan.
—¿Eh?
—Esta mañana, ¿qué locuras gritaba desde el sótano?
—Oh, bueno, pues verá, decía que… —Roger Hasterwick se calló al advertir que
una nueva noticia se propagaba provocando la excitación de los mirones. La gente se
alejó a toda prisa de la barrera, unos caminando apresuradamente, otros corriendo en
dirección sur por Scott Avenue. Horrorizado ante la perspectiva de perderse un nuevo
derramamiento de sangre, Hasterwick agarró frenéticamente de las solapas del abrigo
a un hombre de rostro sanguinario que llevaba un gorro de cazador con las orejeras
colgando.
—¿Qué es? ¿Qué sucede?
Intentando zafarse de Hasterwick, el hombre del gorro de cazador, contestó:
—Hay un tipo en una furgoneta que ha localizado la frecuencia de la emisora de
la policía. ¡Creo que los del Grupo Especial de Operaciones se disponen a borrar a
Sharkle del mapa! Se zafó de Hasterwick y emprendió la carrera, y Hasterwick corrió
tras él.
El padre Wycazik los contempló alejarse durante un momento. Después observó a
los diez o doce espectadores que habían quedado y a los policías que vigilaban desde
el otro lado de la barrera. Muerte, asesinatos. Los presentía. Debería hacer algo para
detenerlos. Pero no podía pensar. Estaba paralizado por el terror. Hasta ahora, había
visto —sólo pudo ver— el lado positivo del misterio que se revelaba. Las curaciones
milagrosas y los otros fenómenos sólo provocaban el gozo y la expectación ante una
próxima revelación divina. Pero ahora veía el lado sórdido del misterio y le
impresionó profundamente.
Por último, esperando que no lo tomaran por otro morboso sediento de sangre,
Stefan corrió tras Roger Hasterwick y los demás. Se habían reunido a casi una
manzana de O’Bannon Lane, alrededor de una caravana de recreo, un Chevrolet de
color azul metalizado con un dibujo de una playa californiana en un lado. El
propietario, un hombre corpulento y barbudo, sentado tras el volante, había abierto
las dos puertas y subido el volumen de la radio para que todos pudieran oír la emisora
de la policía.
En uno o dos minutos, conocían el plan general de ataque. El equipo del Grupo
Especial de Operaciones ya estaba tomando posiciones, entrando en casa de Sharkle.
Utilizarían una carga de explosivo plástico perfectamente calculada para hacer saltar
la trampilla del sótano sin que cayera metralla al interior. Simultáneamente, otro
grupo de agentes volaría la puerta exterior del sótano con una carga similar. Antes de

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que se disipara el humo, los dos grupos irrumpirían en el sótano y atraparían a Cal
Sharkle entre dos fuegos. La estrategia era sumamente peligrosa tanto para los
soldados como para los rehenes, pero las autoridades pensaban que habría mayor
peligro si se retrasaba la acción.
Oyendo las voces metálicas de la radio en el frío aire de enero, el padre Wycazik
comprendió de repente que tenía que detener el ataque. Si se llevaba a cabo, la
carnicería sería peor de lo que nadie imaginaba. Tenían que dejarle pasar la barrera, ir
a la casa y hablar con Cal Sharkle. Ahora. Inmediatamente. Ahora. Le dio la espalda
a la furgoneta y emprendió la carrera hacia la bocacalle de O’Bannon Lane, a una
manzana de distancia. No estaba seguro de lo que le diría a Sharkle para dominar su
paranoia. Quizá: «No se encuentra solo, Calvin». Ya pensaría algo. Su brusca partida
hizo creer a los que se agolpaban alrededor de la furgoneta que había oído o visto
algo. Llevaba recorrido la mitad del camino cuando los espectadores más jóvenes lo
adelantaron, gritando excitadamente, saliéndose de la acera y corriendo por el asfalto,
deteniendo completamente el ya lento tráfico de Scott Avenue. Se oyeron chirridos de
frenos, bocinas y el golpe de un parachoques contra otro. Stefan fue empujado por los
corredores con tanta fuerza que cayó de rodillas a la acera. Nadie se detuvo a
ayudarle. Se levantó y prosiguió la carrera. La locura animal y la sed de sangre
parecían flotar en el aire. A Stefan le horrorizaba la conducta de sus semejantes, el
corazón le latía con fuerza, y pensaba: «Así debe ser el infierno, una carrera eterna
entre una muchedumbre desesperada y vociferante».
Cuando Stefan llegó a la barrera policial, ya se encontraban allí más de la mitad
de los mirones. Se apretaban contra los caballetes y los coches de la policía,
intentando ver la casa prohibida de O’Bannon Lane. Se abrió paso entre ellos,
tratando desesperadamente de llegar a la primera fila para poder hablar con la policía.
Le empujaron y golpearon, y él devolvió los empujones, diciéndoles que era
sacerdote, pero nadie le escuchaba, y sintió que perdía el sombrero, pero persistió y,
al fin, se encontró frente de la multitud alborotada.
Los policías ordenaron de malos modos a la multitud que retrocediera,
amenazaron con arrestar a alguien y se bajaron las viseras oscuras de los cascos
antidisturbios. El padre Wycazik estaba dispuesto a mentir, a decir cualquier cosa
para que la policía pospusiera el inminente ataque a la casa, a decirles que no era sólo
un sacerdote, sino el sacerdote de Sharkle, que sabía cuál era el problema y cómo
hacer que Sharkle se rindiera. Naturalmente, no sabía qué hacer para que Sharkle se
rindiera, pero si pudiera ganar tiempo y hablar con él, ya se le ocurriría algo. Atrajo la
atención de un agente que le ordenó retroceder. Dijo que era sacerdote. El policía no
le prestaba atención, y Stefan se abrió el cuello del abrigo para que viera el alzacuello
blanco.
—¡Soy sacerdote!
Pero la multitud empujó hacia delante, apretando a Stefan contra un caballete; la
barrera cedió y el policía le empujó con violencia, sin ninguna intención de

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escucharle.
Un instante después, dos detonaciones estremecieron el aire casi al mismo
tiempo, sordas, lejanas, pero potentes. El centenar de voces de la multitud
exclamaron al unísono, y todos se quedaron inmóviles, pues sabían lo que aquello
significaba: el comando del Grupo Especial de Operaciones había volado las puertas
de acero del sótano. Una tercera explosión siguió a las dos primeras, un estallido
inmenso y devastador que hizo temblar el suelo, que dañó los oídos, que vibró en
huesos y dientes, que lanzó escombros de la casa de Sharkle por el aire, que pareció
destrozar el mismo día y dejarlo reducido a miles de millones de partículas. La
multitud volvió a exclamar al unísono. En lugar de apretarse contra la barrera, los
mirones retrocedieron asustados, comprendiendo de repente que la muerte no era
como presenciar un divertido encuentro deportivo, sino una actividad en la que se
podía tomar parte.
—¡Tenía una bomba! —exclamó uno de los policías de la barrera—. ¡Dios mío,
Dios mío, Sharkle tenía una bomba! —Se volvió a la ambulancia en la que esperaban
dos enfermeros y gritó—: ¡Venga! ¡Venga!
Las sirenas rojas destellaron en el techo de la ambulancia, que partió a toda
velocidad hacia la mitad de la calle.
Estremeciéndose de horror, el padre Wycazik intentó seguirla a pie. Pero uno de
los policías lo agarró y le preguntó:
—Eh, ¿dónde demonios cree que va?
—Soy sacerdote. Alguien puede necesitar consuelo, la extremaunción.
—Padre, no le dejaría pasar ni aunque fuera usted el Papa. Aún no sabemos con
seguridad si Sharkle ha muerto.
El padre Wycazik obedeció sumisamente, aunque por el tremendo poder de la
explosión no le cabía duda de que Cal Sharkle había muerto. Sharkle y su hermana. Y
su cuñado. Y la mayor parte de los miembros del comando. ¿Cuántos? ¿Cinco, quizá?
¿Seis? ¿Diez?
Mientras caminaba sin rumbo entre la multitud, abotonándose el abrigo y liándose
la bufanda ensimismado, casi en un estado de shock, murmurando un Padrenuestro,
vio a Roger Hasterwick, el camarero sin empleo con aquel brillo extraño en los ojos.
El padre Wycazik le puso una mano en el hombro y le preguntó:
—¿Qué le gritaba a la policía esta mañana?
Hasterwick lo miró desconcertado.
—¿Eh? ¿Cómo?
—Antes de separarnos, me dijo que esta mañana Calvin Sharkle abrió la persiana
metálica y se puso a gritar locuras, y usted creyó que iba a ocurrir algo, pero no
sucedió nada. ¿Qué dijo exactamente?
El rostro de Hasterwick se iluminó al recordarlo.
—Oh, sí, sí. Eran cosas muy raras, ¿sabe?, una auténtica locura. —Arrugó el
rostro intentando recordar las palabras exactas del loco. Cuando las recordó, sonrió,

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se pasó la lengua por los labios como si saborease la revelación y repitió las locuras
de Sharkle para disfrute de Stefan.
A Stefan no sólo no le divirtió lo que oyó, sino que, segundo a segundo, le
convenció de que Calvin Sharkle no estaba loco. Desconcertado, sí, asombrado y
asustado por la tremenda presión que ejercía el lavado de cerebro y la destrucción de
los bloqueos de memoria; desconcertado, pero no loco. Roger Hasterwick y todos los
demás pensaban que las acusaciones, declaraciones e imprecaciones de Sharkle,
lanzadas al mundo por el ventanuco blindado de una fortaleza de juguete, eran las
fantasías lunáticas de un demente. Pero el padre Wycazik tenía una ventaja sobre los
demás: interpretaba las declaraciones de Sharkle en el contexto de los hechos del
Tranquility Motel, en el contexto de las curaciones milagrosas y los fenómenos
telequinésicos, y se preguntó si serían ciertas las declaraciones y acusaciones que
aquel pobre hombre aterrado había gritado por la ventana del sótano. Y al
preguntárselo, sintió que se le erizaba el vello de la nuca. Se estremeció.
Al ver aquella reacción, Hasterwick advirtió:
—Oiga, no tiene por qué tomárselo tan en serio, por Dios. ¿No creerá que es
verdad? Demonios, ese tío estaba loco. Se suicidó, ¿no es cierto?
El padre Wycazik corrió por Scott Avenue hacia el coche de la parroquia.
Incluso antes de llegar a Evanston y descubrir la tragedia que se desarrollaba en
casa de Calvin Sharkle, tenía la impresión de que viajaría a Nevada antes de que
acabara el día. Los acontecimientos en el apartamento de los Mendoza prendieron la
llama del asombro y la curiosidad, y no se extinguiría a menos que se incorporara al
grupo de víctimas en el condado de Elko.
Ahora, por lo que acababa de decirle Hasterwick, el vivo deseo de ir a Nevada se
transformó en una ardiente necesidad. Aunque sólo fuera cierto la mitad de lo que
había gritado Sharkle desde el sótano, Stefan tenía que ir a Nevada, no sólo a
presenciar un milagro, sino a hacer lo que pudiera para proteger a los congregados en
el Tranquility. Había dedicado toda su vida a rescatar sacerdotes en apuros; era un
pastor que recogía a las almas perdidas y las llevaba de vuelta al rebaño. Sin
embargo, esta vez, se le pedía que salvara vidas además de almas. La amenaza de la
que habló Sharkle podía poner en peligro tanto el cuerpo y la mente como el espíritu.
Arrancó el coche. Salió de Evanston.
Decidió no volver a la casa parroquial a hacer las maletas. No había tiempo. Iría
directamente al aeropuerto internacional O’Hare y compraría un billete en el primer
vuelo para el Oeste.
«Santo Dios —pensó—, ¿qué nos has enviado? ¿Es el mayor regalo que
podíamos pedir? ¿O una plaga que ridiculizaría todas las plagas bíblicas?».
El padre Stefan Wycazik pisó el acelerador a fondo y se dirigió al aeropuerto
como…, como alma que persigue el diablo.

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Ginger y Faye pasaron la mayor parte de la mañana con Elroy y Nancy Tamison
con el pretexto de que Ginger, supuestamente hija de una vieja amiga de Faye, quería
trasladarse al Oeste por motivos de salud no especificados y tenía interés en conocer
el condado de Elko. Los Jamison eran unos entusiastas de la historia local y estaban
deseosos de hablar del condado, especialmente de la belleza de Lemoille Valley.
Realmente, Ginger y Faye buscaban señales, directa o indirectamente, de la
destrucción de los bloqueos de memoria de Elroy y Nancy Jamison. No hallaron
ninguna. Los Jamison eran felices, no tenían problemas. El lavado de cerebro había
resultado en ellos tan eficaz como el de Faye; sus falsos recuerdos estaban
profundamente enraizados. Acogerlos en la familia del Tranquility sería ponerlos en
peligro sin motivo.
En la furgoneta del motel, mientras se alejaban de casa de los Jamison (con Elroy
y Nancy diciéndoles adiós desde el porche), Ginger dijo:
—Buena gente. Unas personas estupendas.
—Sí —dijo Faye—. De confianza. Ojalá estuvieran con nosotros en esto. Por otro
lado, me alegro de que no lo estén.
Ambas mujeres permanecieron en silencio, y Ginger supuso que Faye pensaba lo
mismo que ella: se preguntaban si el automóvil del Gobierno aún seguiría aparcado
en la carretera del condado, junto a la entrada de la propiedad de los Jamison, y si los
hombres seguirían contentándose con seguirlas. Ernie y Dom se armaron para la
inspección del Depósito de la Colina del Trueno. Sin embargo, teniendo en cuenta la
pacífica naturaleza de la misión de Faye y Ginger nadie creyó que también pudieran
correr peligro. Ginger, como muchas mujeres atractivas que viven solas en una gran
ciudad, sabía cómo utilizar una pistola, y Faye, una buena esposa de infante de
marina, era casi una experta, pero sus conocimientos y habilidad no servían de mucho
si no estaban armadas.
Al llegar a la mitad de la pista de los Jamison, Faye detuvo la furgoneta en un
lugar donde las sombras de los pinos eran más oscuras.
—Quizá sea algo melodramática —indicó. Se desabrochó algunos botones del
abrigo y se metió la mano bajo el jersey—. Y esto no nos servirá de mucha ayuda si
nos ponen una pistola en la cabeza. —Haciendo una mueca, sacó dos cuchillos de
carne y los dejó en el asiento entre las dos.
Sorprendida, Ginger le preguntó:
—¿De dónde los has sacado?
—Por eso insistí en secar los platos mientras Nancy los lavaba. Al guardar los
cubiertos, cogí éstos. No quise pedírselos para no meterlos en esto. Ya se los
devolveré otro día, cuando acabe todo esto. —Cogió uno de los cuchillos—. Tienen
una buena punta. La hoja es serrada y está afilada. Como te he dicho, no servirán de
mucho si nos ponen una pistola en la cabeza. Pero si nos detienen en la carretera y

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tratan de meternos en el coche, esconde el cuchillo hasta que veas una oportunidad de
apuñalar al bastardo.
—De acuerdo —indicó Ginger. Sonrió y agitó la cabeza—. Espero que algún día
conozcas a Rita Hannaby.
—¿Tu amiga de Boston?
—Sí. Creo que tú y Rita os parecéis mucho.
—¿Yo y una señora de la alta sociedad? —dijo Faye dudosamente—. No me
imagino qué podemos tener en común.
—Bueno, para empezar, las dos mantenéis esa ecuanimidad, esa serenidad, ocurra
lo que ocurra.
Volviendo a dejar el cuchillo en el asiento, Faye añadió:
—Cuando eres la mujer de un soldado, o aprendes a ir con la corriente o te
vuelves loca.
—Y las dos sois tan femeninas; delicadas e inocentes por fuera, pero por dentro,
cada una a su manera, duras como una piedra.
Recorrieron la otra mitad de la pista y salieron de las sombras a la luz mortecina
de la inminente tormenta.
El automóvil del Ejército aún estaba aparcado, acechante, en la carretera del
condado. Había dos hombres en el interior. Miraron impasibles a Ginger.
Impulsivamente, les dijo adiós con la mano. No le devolvieron el saludo.
Faye condujo hacia el fondo de Lemoille Valley.
El automóvil las siguió.

Miles Bennell se desplomaba sobre el gran sillón tras la mesa de escritorio de


metal gris con aire de aburrimiento, caminaba de un lado a otro de la habitación y
respondía a las preguntas en un tono que a veces era indiferente y otras divertido e
irónico, pero Miles Bennell nunca se impacientaba, ni se dejaba humillar, ni se
asustaba, ni se enfadaba, como le hubiera ocurrido a cualquier hombre en su
situación.
El coronel Leland Falkirk lo odiaba.
Sentado frente a una estropeada mesa en un rincón de la habitación, Leland
revisaba lentamente un montón de expedientes de los científicos civiles que
realizaban estudios y experimentos en la caverna de los inmensos portalones de
madera, donde se guardaba el secreto del 6 de julio. Esperaba estrechar el círculo
sobre los posibles traidores averiguando qué hombres y mujeres pudieron estar en
Nueva York cuando le enviaron las dos notas y las fotografías a Dominick Corvaisis a
Laguna Beach. El domingo, ordenó al Departamento Militar de Seguridad de la
Colina del Trueno que llevara a cabo la investigación, pero le dijeron que habían
realizado toda clase de pesquisas sin hallar pistas que descubrieran al traidor. Sin
embargo, en vista de la ineficacia de la que había hecho gala el departamento —que

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permitió el sabotaje de dos detectores de mentiras—, ya no confiaba en ellos más que
en Bennell o que en los otros científicos. Tenía que hacerlo él mismo.
Pero Leland pronto se encontró con problemas. Para empezar, en los pasados
dieciocho meses habían participado en el encubrimiento demasiados civiles. Treinta y
siete hombres y mujeres, representando un amplio espectro de disciplinas científicas,
disponían de los permisos de seguridad y de los conocimientos especializados
necesarios para participar en el programa de investigación que dirigía Bennell.
Treinta y ocho civiles, contando a Bennell. Era un milagro que treinta y ocho
científicos, sin ningún tipo de disciplina militar, hubiesen guardado un secreto
durante tanto tiempo, y mucho más aquel.
Lo malo era que sólo Bennell y otros siete participaban exclusiva y
permanentemente en la investigación, hasta el extremo de vivir en la Colina del
Trueno. Los otros treinta tenían familias y puestos en la universidad, que no podían
dejar durante mucho tiempo, por lo que iban y venían cuando sus agendas se lo
permitían, quedándose a veces unos días, quizá unas semanas, pero rara vez varios
meses. Por tanto, sería un trabajo largo y arduo averiguar quiénes y cuándo habían
estado en Nueva York.
Peor aún, de los ocho miembros del equipo permanente de científicos, tres
estuvieron en diciembre en Nueva York, incluido el mismo doctor Miles Bennell. En
resumen, la lista de sospechosos ascendía a treinta y tres personas sólo entre el
personal científico.
Leland también sospechaba de todo el personal de seguridad, aunque el mayor
Fugata y el teniente Helms, este último jefe de seguridad y su brazo derecho, eran
supuestamente los únicos miembros de ese departamento que sabían lo que ocurría en
la caverna prohibida. El domingo, poco después de que Fugata comenzara a
interrogar a los miembros permanentes del equipo científico y a los temporales que se
encontraban allí, descubrió que el polígrafo estaba estropeado y que los resultados no
eran fiables. Ayer, cuando enviaron una nueva máquina desde Shenkfield, también
resultó estar estropeada. Fugata dijo que la segunda máquina ya estaba averiada
cuando llegó de Shenkfield, pero aquello era una estupidez.
Alguien relacionado con el proyecto había visto los informes sobre el deterioro de
los bloqueos de memoria de los testigos. Decidió aprovechar la oportunidad para
incitarlos con mensajes enigmáticos y las fotografías robadas de los ficheros. El
bastardo casi se había salido con la suya, y ahora que el cerco se estrechaba, saboteó
los detectores de mentiras.
Levantando la cabeza de los expedientes, Leland miró a Miles Bennell, que
estaba de pie frente a la pequeña ventana.
—Doctor, concédame la ayuda de la abstracción del pensamiento científico.
Volviéndose de la ventana, Bennell dijo:
—Desde luego, coronel.
—Todos los que trabajan con usted conocen el informe secreto que el CISG

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redactó hace siete años. Conocen las terribles consecuencias que podría tener la
difusión de nuestros descubrimientos. Entonces, ¿cómo puede ser alguno de ellos tan
irresponsable como para sabotear el plan de seguridad?
El doctor Bennell adoptó un tono de solícita amabilidad, pero Leland sintió el
irónico desprecio bajo la apariencia:
—Algunos no están de acuerdo con las conclusiones del CISG. Y piensan que si
se hicieran públicos los descubrimientos no ocurriría ninguna catástrofe, que el CISG
se equivocaba, que su punto de vista era demasiado elitista.
—Bueno, yo creo que el CISG estaba en lo cierto. ¿Y usted, teniente Horner?
Horner estaba sentado junto a la puerta.
—Estoy de acuerdo con usted, coronel. Si se hiciera público, habría que hacerlo
de modo gradual, para preparar a la gente, quizá durante diez años. E incluso
entonces…
Leland asintió y le dijo a Bennell:
—Tengo una pobre opinión de mis congéneres, pero es realista, doctor, y sé lo
mal que aceptaría la mayoría el nuevo mundo que surgiría tras el descubrimiento. El
caos. La rebelión política y social. Como decía el informe del CISG.
Bennell se encogió de hombros.
—Tiene derecho a pensar así. —Pero su tono añadía: Aunque su punto de vista
sea ignorante, arrogante y poco inteligente.
Inclinándose hacia delante, Leland preguntó:
—¿Y usted, doctor? ¿Cree que el CISG estaba en lo cierto?
Bennell dijo evasivamente:
—No soy su hombre, coronel. Yo no envié las notas ni las fotografías a Corvaisis
ni a los Block.
—Estupendo, doctor, ¿entonces apoyará mi intención de interrogar con la ayuda
de drogas a todos los involucrados en el proyecto? Aunque reparemos el polígrafo,
las respuestas que obtendremos serán menos fiables que con el pentotal sódico u otras
sustancias.
Bennell frunció el ceño.
—Bueno, muchos se opondrían. Esta gente tiene unos cerebros privilegiados,
coronel. La vida intelectual es lo más importante para ellos, y no se arriesgarán a
utilizar drogas que puedan causar el menor deterioro de las funciones cerebrales.
—Estas drogas no tienen ese efecto. Son seguras.
—Quizá sean seguras la mayor parte de las veces. Pero algunos pondrán
objeciones morales a tomar drogas, sea cual sea el fin…, incluso drogas seguras,
aunque sea con un propósito útil.
—Doctor, voy a interrogar con la ayuda de drogas a todo el personal de la Colina
del Trueno, a quienes conocen el secreto y a quienes lo ignoran. Voy a solicitar el
permiso del general Alvarado —Alvarado era el comandante del Depósito de la
Colina del Trueno, un chupatintas que se había pasado la carrera cruzado de brazos. A

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Leland le gustaba Alvarado tan poco como Bennell—. Si el general aprueba los
interrogatorios, y si algunos de sus hombres se oponen, se las tendrán que ver
conmigo. Eso también le incluye a usted, si se opone. ¿Me entiende?
—Oh, perfectamente —contestó Bennell sin inmutarse.
Disgustado, el coronel apartó a un lado el resto de los expedientes.
—Esto es demasiado lento. Necesito al traidor ahora, no dentro de un mes. Será
mejor que reparemos el polígrafo. —Hizo ademán de levantarse, pero se volvió a
sentar como si se le acabara de ocurrir una pregunta, aunque le rondara la cabeza
desde que llegó al Depósito—. Doctor, ¿qué opina de la evolución de Cronin y
Corvaisis? Esas curaciones milagrosas, los fenómenos extraños. ¿Qué le parecen?
Finalmente, Bennell mostró una emoción intensa, auténtica. Se quitó las manos
de la nuca y se inclinó hacia delante.
—Posiblemente le dé miedo, coronel. Pero podría haber otra explicación menos
fatalista que la que le obsesiona. El miedo es su única reacción, mientras que yo creo
que es el momento más importante de la historia de la humanidad. En cualquier caso,
tenemos que hablar con Cronin y Corvaisis. Contarles todo y pedirles su cooperación
para saber exactamente cómo obtuvieron esos maravillosos poderes. No podemos
limitarnos a eliminarlos o a someterlos a un lavado de cerebro sin conocer todas las
respuestas.
—Si se lo decimos a los del Tranquility y no les hacemos un lavado de cerebro
después, no se podrá mantener el encubrimiento.
—Posiblemente no —dijo Bennell—. En ese caso… habrá que hacerlo público.
Maldita sea, coronel, debido a los últimos acontecimientos, el estudio de Cronin y
Corvaisis es más importante que todo lo demás, incluso que el encubrimiento. No
sólo estudiarlos…, sino darles la oportunidad de desarrollar los extraños talentos que
puedan tener. Por cierto, ¿cuándo los pondrá bajo custodia?
—Esta tarde.
—Entonces, ¿nos los traerá esta noche?
—Sí —Leland se puso en pie. Cogió su abrigo y se dirigió a la puerta de la
oficina, donde le esperaba el teniente Horner. Se detuvo—. Doctor, ¿cómo sabré si
Cronin o Corvaisis han cambiado? Ya sé que no ve motivos para suponer que hayan
sido… poseídos. Pero si se equivocara, si ya no son completamente humanos, y si no
quieren decirle la verdad, ¿cómo lo descubrirá? Evidentemente, el detector de
mentiras y los sueros de la verdad no servirán con ellos.
—Es algo complicado —Miles Bennell se puso en pie, se guardó las manos en los
bolsillos de la bata de laboratorio y caminó con paso vivo—. Santo Dios, es todo un
desafío, ¿no cree? Hemos trabajado en el problema desde que usted nos comunicó el
domingo la existencia de esos poderes. Hemos tenido nuestro tira y afloja, pero
creemos que ya tenemos el modo de hacerlo. Hemos preparado exámenes médicos,
tests psicológicos, cosas muy complicadas, y pensamos que con todos los resultados
sabremos con exactitud si continúan siendo… humanos. Creo que sus temores son

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totalmente infundados. Suponíamos que el contagio…, que la posesión era un peligro
al principio, pero hace más de un año que supimos que nos equivocábamos. Pienso
que pueden ser completamente humanos y disponer de esos poderes. Son humanos.
—No estoy de acuerdo. Mis temores son fundados. Si Corvaisis, Cronin y los
demás han cambiado, y si cree que le dirán la verdad, se engaña. Si han cambiado,
son tan superiores a usted que engañarle será para ellos un juego de niños.
—Ni siquiera ha oído lo que…
—Y otra cosa, doctor. Algo en lo que usted no ha pensado, pero que yo debo
considerar. Quizá esto le ayude a comprender mi posición, a la que le ha tenido tan
poca simpatía hasta el momento. ¿No se da cuenta de que no debo sospechar sólo de
ellos, que no temo sólo a la gente del Tranquility? Desde que conocemos esta nueva
evolución, esos poderes paranormales, también le temo a usted.
Bennell se quedó atónito.
—¿A mí?
—Usted ha estado trabajando con eso, doctor. Va a la caverna casi todos los días,
hace experimentos, lo estudia, lo analiza un día tras otro desde hace dieciocho meses,
y sólo se ha tomado tres breves vacaciones. Si Corvaisis y Cronin fueron cambiados
en algunas horas de contacto, ¿por qué no debo sospechar que a usted le ha ocurrido
lo mismo después de tantos meses?
Bennell estaba tan asombrado que, por un momento, se quedó sin palabras.
Después respondió:
—Pero no es lo mismo. Yo he realizado mis investigaciones después del hecho.
Soy como…, bueno, como el jefe de bomberos, el tipo que va después del incendio a
remover las cenizas y a aclarar lo que ha ocurrido. La posibilidad de posesión o
contagio, si es que ha existido, se produjo al principio, en las primeras horas, no
después.
—¿Cómo puede estar seguro? —le replicó Leland, mirándolo con frialdad.
—En las condiciones del laboratorio, con las medidas de seguridad…
—Estamos tratando con algo desconocido, doctor. No se pueden predecir todos
los posibles problemas. Esa es la naturaleza de lo desconocido. Y no se pueden tomar
precauciones contra algo que no se conoce.
Bennell agitó la cabeza con energía para negar aquella posibilidad.
—No, no, no. Oh, no.
—Si cree que estoy exagerando sólo para preocuparle —dijo Leland—, puede
preguntarse por qué el teniente Horner ha permanecido ahí sentado tan atento durante
nuestra conversación. Después de todo, como sabe, es experto en polígrafos, y podría
estar reparando el suyo mientras usted y yo charlamos. Pero no quería quedarme solo
con usted, doctor Bennell. Ni mucho menos.
Mirándolo con asombro, Bennell preguntó:
—¿Quiere decir que puedo haber sido…?
Leland asintió.

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—Porque si lo han cambiado, quizá pueda cambiarme a mí también por algún
medio que no conozco. Estando solos, tal vez se le hubiera presentado la oportunidad
de atacarme, de contagiarme, de transformarme, de extraerme el espíritu humano y
poner otra cosa en su lugar —Leland se estremeció—. Demonios, no sé cómo decirlo,
pero los dos sabemos a qué me refiero.
—Incluso pusimos en duda que los dos bastáramos para garantizar nuestra
seguridad —indicó el teniente Horner, con una voz que resonó en los bajos techos de
la habitación y vibró ligeramente en las paredes metálicas—. Lo he observado de
cerca, doctor. No ha advertido que no he apartado la mano del revólver ni un
momento.
Bennell se había quedado mudo de asombro.
—Doctor —le dijo Leland—, quizá piense que soy un bastardo receloso dispuesto
a disparar a la primera oportunidad, un incorregible xenófobo fascista. Pero estoy al
mando de esto no sólo para ocultar la verdad a la sociedad, sino también para
protegerla, y creo que es parte de mi trabajo pensar lo peor y actuar como si ello
ocurriera inevitablemente.
—¡Por todos los santos! —exclamó Bennell—. ¡Son un par de locos peligrosos!
—Suponía que reaccionaría de esa manera —le manifestó Leland—, sea o no
miembro del género humano. —Dirigiéndose a Horner, le comunicó—: Vamos. Tiene
que reparar un polígrafo.
Horner salió al Eje, y Leland le siguió.
—Esperen, esperen. Por favor —exclamó Bennell.
Leland volvió la vista al hombre pálido y barbudo.
—De acuerdo, coronel. De acuerdo. Quizá pueda entender que tiene que ser
receloso porque es parte de su trabajo, pero, de todos modos, esto es una locura. Es
imposible que yo o alguno de mis hombres hayamos podido habernos… contagiado
con algo. Imposible. Pero si estaba dispuesto a matarme si le resultaba sospechoso,
¿mataría también a todos los que están a mi cargo si pensara que han sido
contagiados?
—Sin duda —replicó Leland directamente.
—Pero si nosotros pudiésemos haber cambiado, si eso fuera posible, que no lo es,
¿no se da cuenta de que también podía haber cambiado todo el personal de la Colina
del Trueno? No sólo las personas que saben lo que hay en la caverna, sino todos,
militares y civiles, hasta el mismo general Alvarado.
—Desde luego —afirmó Leland—. Me doy cuenta.
—¿Y mataría a todos?
—Sí.
—¡Dios!
—Si ha pensado en marcharse —dijo Leland—, ya puede olvidarlo. Hace meses,
adelantándome a esta posibilidad, creé un programa especial para VIGILANT, el
ordenador del sistema de seguridad. VIGILANT puede modificar el sistema de

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seguridad para que no salga nadie sin una clave especial. Yo soy el único que conoce
la clave, desde luego.
La postura de Bennell era la esencia de la indignación y la ira justificada.
—¿Quiere decir que nos retendría por un malentendido…? —Se calló al
comprender la verdad. Después exclamó—: Dios mío, no me lo habría dicho si no
hubiera activado ya el nuevo programa de VIGILANT.
—Exacto —asintió Leland—. Al entrar, me identifiqué con la mano izquierda, en
lugar de la derecha. Esa era la señal para que VIGILANT modificase el sistema. Sólo el
teniente Horner y yo podemos salir de la Colina del Trueno hasta que yo decida que
no hay peligro.
Leland Falkirk salió de la oficina y cruzó El Eje tan satisfecho consigo mismo
como era posible en aquellas circunstancias. Había tardado dieciocho meses, pero al
fin hizo saltar en pedazos la exasperante compostura de Miles Bennell.
Si le hubiese contado otro secreto, podría haber hecho que el científico se clavara
de rodillas ante él. Pero el coronel Falkirk quería guardarse aquel secreto para sí. Ya
tenía previsto un plan para matar a todo el personal de la Colina del Trueno en caso
de que pensara que se habían contagiado y que sólo eran humanos en apariencia.
Tenía los medios para dejar reducidas a polvo las instalaciones y detener la plaga allí
mismo. El problema era que él también tendría que morir con los demás. Pero estaba
preparado para aquel sacrificio.

Tras dormir sólo cinco horas y media, Jorja se duchó, se vistió y fue al
apartamento de los Block, donde encontró a Marcie sentada en la mesa de la cocina
con Jack Twist. Se detuvo en la sala, al otro lado de la puerta de la cocina y estuvo
observándolos hasta que advirtieron su presencia.
La noche anterior, a las cuatro y media, cuando Jorja, Jack y Brendan fueron
relevados en el Mini-Mart por el segundo equipo y regresaron al Tranquility, Jack
durmió en el suelo de la sala del apartamento de los Block para que Marcie no se
quedara sola cuando Faye y Ernie se marcharan a realizar sus respectivas tareas. Jorja
quiso llevarse a la niña a su habitación, pero Jack insistió en que no le importaba
hacer de niñera cuando Marcie se despertara. «Mira —le dijo—, está durmiendo en la
cama de Faye y Ernie. Si intentamos sacarla, se despertarán los tres, y todos necesitan
descansar esta noche». «Pero Marcie se durmió muy temprano, se despertará antes
que tú y no te dejará dormir». «Es mejor que sea yo quien no duerma —le replicó
Jack—. De verdad, no me hace falta dormir mucho. Nunca me ha hecho falta». Y ella
añadió: «Eres un buen tipo, Jack Twist». «¡Sí, claro, soy un santo!», bromeó. Y Jorja,
muy seria, le manifestó: «Quizá seas el mejor tipo que he conocido».
Se formó aquella opinión en las horas que recorrieron las oscuras calles de Elko
en el Cherokee. Era inteligente, divertido, perspicaz, amable, y sabía escuchar. A la
una y media de la madrugada, Brendan declaró que se encontraba exhausto, se tumbó

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en el asiento posterior del Cherokee y se durmió instantáneamente. Jorja no
comprendió por qué le contrarió que el sacerdote se ofreciera a ir con ellos hasta que
el padre Cronin no se quedó dormido; entonces supo que sus sentimientos no tenían
nada que ver con él, sino que resultaban de su deseo de estar a solas con Jack Twist.
Con el sacerdote fuera de combate, Jorja obtuvo lo que deseaba inconscientemente y
sucumbió ante el hechizo de Jack Twist, hablándole más de sí misma de lo que nunca
le había hablado a nadie desde que sus amigas de toda la vida se marcharan cuando
tenían dieciséis años. En casi siete años de matrimonio, jamás mantuvo con Alan una
conversación la mitad de profunda que la que sostuvo con Jack Twist, un hombre a
quien había conocido hacía menos de doce horas.
Ahora, en la puerta de la cocina del apartamento de los Block, mientras
contemplaba a Jack y a Marcie, vio otra cosa buena en él. Podía hablar normalmente
con una niña, sin el menor tono de condescendencia o aburrimiento, algo que pocos
adultos lograban. Bromeó con ella, le preguntó por sus canciones, sus comidas y sus
películas favoritas, le ayudó a colorear una de las últimas lunas del álbum. Pero
Marcie estaba en un trance más profundo e inquietante que el del día anterior. No le
respondía a Jack; recompensaba su atención con poco más que una mirada borrosa o
desconcertada, pero él no se desanimaba. Jorja comprendió que se había pasado ocho
años hablándole a su mujer comatosa, de modo que tardaría en perder la paciencia
con Marcie. Jorja permaneció escondida al otro lado de la puerta durante algunos
minutos, sin que advirtieran su presencia, vacilando entre el placer de ver a Jack tal
como era y la angustia de ver cómo su hija se hundía en un estado cada vez más
parecido al de una niña autista.
—¡Buenos días! —dijo Jack al levantar la vista del álbum de lunas rojas y ver a
Jorja—. ¿Has dormido bien? ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—No mucho —le contestó, entrando en la cocina.
—Marcie, dale los buenos días a tu madre —le dijo Jack.
Pero Marcie no alzó la vista de la luna que coloreaba.
Jorja miró a Jack a los ojos y vio en ellos simpatía y preocupación.
—Buenh, ya no es por la mañana. Son casi las doce. —Se acercó a Marcie, le
puso una mano bajo el mentón y le levantó la cabeza. La mirada perdida de la niña se
fijó en los ojos de su madre, pero sólo un instante, después volvió a perderse. Era una
mirada vacía y terrible. Cuando Jorja le soltó la cara, Marcie volvió inmediatamente a
la imagen de la luna que tenía delante y apretó con fuerza el último lápiz rojo contra
el papel.
Jack retiró su silla, se levantó y fue a la nevera.
—¿Te apetece comer algo, Jorja? Yo estoy hambriento. Marcie desayunó antes,
pero yo te he esperado para desayunar —abrió la puerta de la nevera—. ¿Huevos,
tocino y tostadas? Te puedo hacer una tortilla de queso, hierbas, un poco de cebolla y
unos trocitos de pimiento.
—¿También cocinas? —le preguntó Jorja.

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—Nunca ganaré un concurso —afirmó—. Pero, generalmente, incluso se puede
comer, y la mitad de las veces hasta se puede adivinar lo que hay en el plato —abrió
el congelador—. Hay pan de molde. Puedo tostar algunas rebanadas para acompañar
la tortilla.
—Lo que tú quieras —Jorja no podía apartar la vista de Marcie, y su apetito
desapareció.
Jack se llenó los brazos con un cartón de leche, otro de huevos, un paquete de
queso, un pimiento verde y una cebolla pequeña, y lo llevó todo a la tabla de cocina
junto al fregadero.
Cuando Jack comenzó a cascar los huevos en un cuenco, Jorja se puso a su lado.
Aunque no creía que Marcie la oyera por mucho que gritara, le preguntó a Jack en
voz baja:
—¿Ha desayunado de verdad?
Él también susurró:
—Claro. Cereales y una tostada con jalea y mantequilla de cacahuete. Sólo tuve
que ayudarla un poco.
Jorja intentó no pensar en lo que Dom le había contado de Zebediah Lomack, ni
en la relación entre Lomack y lo que le ocurrió a Alan. Pero si dos adultos no
pudieron soportar las enfermizas obsesiones provocadas por lo que vieron aquel 6 de
julio y el posterior lavado de cerebro, ¿qué posibilidad tenía Marcie de resistirlas, de
vivir?
—Vamos, vamos —le dijo Jack afectuosamente—, no llores, Jorja. Llorar no te
servirá de nada —la cogió entre sus brazos—. Se pondrá bien. Te lo prometo.
Escucha, esta mañana todos han dicho que han pasado una buena noche, que no han
tenido pesadillas, Dom no ha sufrido sonambulismo, y Ernie le tuvo menos miedo a
la oscuridad que de costumbre. ¿Sabes por qué? Porque al estar aquí, ayudándonos
como si fuéramos una familia, estamos destruyendo los bloqueos de memoria,
aliviando la presión. Sí, de acuerdo, Marcie está peor esta mañana, pero eso no
significa que vaya a continuar así. Se pondrá bien. Sé que lo hará.
Jorja no esperaba su abrazo, pero lo agradeció. ¡Cómo lo agradeció! Se apoyó en
él y se dejó abrazar, y en lugar de sentirse débil y estúpida, sintió que en su interior
renacían las fuerzas. Era una mujer alta, y Jack no era un hombre alto, así que tenían
casi la misma estatura, sin embargo, experimentó aquel sentimiento atávico de
protección, de amparo. Recordó lo que pensó el día anterior, en el avión que la trajo
desde Las Vegas: los seres humanos no estaban hechos para la soledad, para las
luchas solitarias; la misma esencia de la especie era la necesidad de dar y recibir
amistad, afecto, amor. En aquellos momentos, ella necesitaba recibir, y Jack
necesitaba dar, y la confluencia de sus necesidades les dio nuevas energías y mayor
resolución.
—Una tortilla de queso, hierbas, un poco de cebolla picada y unos trocitos de
pimiento —le susurró al oído, como si sintiera que Jorja había recuperado la

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compostura y estaba preparada para seguir adelante—. ¿Qué te parece?
—Que tiene que estar delicioso —dijo, lamentando que Jack la soltara.
—Y algún que otro ingrediente más —continuó Jack—. Ya te he dicho que no
ganaré ningún concurso. Por mucho cuidado que tenga, siempre me dejo un trocito de
cáscara de huevo en las tortillas.
—Oh, ese es el secreto de una buena tortilla —opinó Jorja—. Un trocito de
cáscara para que le dé consistencia. Así se hacen las tortillas en los mejores
restaurantes.
—¡No me digas! ¿Y también dejan una espina en cada pescado?
—Y un poquito de pezuña en el rosbif bourguignon —afirmó Jorja.
—¿Y un cuerno en la mousse de chocolate?
—Y un clavo en la tarta de frutas.
—¿Y una solterona en la tarta de manzana?
—Oh, no me gustan los retruécanos.
—A mí tampoco —dijo Jack—. ¿Una tregua?
—Estamos en paz. Rallaré el queso para la tortilla.
Hicieron juntos el desayuno.
En la mesa de la cocina, Marcie coloreaba lunas. Y coloreaba lunas. Y
murmuraba aquella palabra en cadencias monótonas, obsesivas, rítmicas.

En Monterey, California, Parker Faine estuvo a punto de quedar atrapado en una


telaraña. Se consideró afortunado de haber salido con vida. Una araña albañil, eso era
lo que le pareció la vecina de los Salcoe, una mujer llamada Essie Craw. La araña
albañil excava un nido tubular en la tierra con una entrada perfectamente camuflada.
Cuando otros desventurados insectos, inocentes y despreocupados, pasan sobre la
entrada camuflada, ésta se abre y el insecto cae a las fauces de la bestia aracnoidea
que espera abajo. El nido tubular de Essie Craw era una preciosa casa de estilo
español, mucho más apropiada para la costa californiana que la mansión de los
Salcoe, con graciosos arcos, vidrieras y macetas en flor en el pórtico. Con una mirada
al lugar, Parker se preparó para conocer a personas encantadoras y de una elegancia
exquisita, pero, cuando Essie Craw abrió la puerta, supo que se encontraba en un
apuro. Al enterarse de que buscaba información de los Salcoe, Essie prácticamente lo
cogió de la manga, lo arrastró dentro y cerró la puerta de su nido tubular, pues
quienes buscaban información a menudo proporcionaban información a cambio, y
Essie Craw se alimentaba del cotilleo como la araña albañil se alimenta de
escarabajos, ciempiés y piojos.
Essie no tenía aspecto de araña, sino de pájaro. Yo era como un gorrión menudo,
flaco y de cuello corto, sino más bien como una gaviota bien alimentada. Tenía un
vivo andar de ave, mantenía la cabeza inclinada a un lado como las aves y sus ojos
eran pequeños, redondos y brillantes como los de las aves.

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Tras acompañarlo a un sillón de la sala, le ofreció café, y él rehusó su
ofrecimiento, ella insistió, pero él alegó que no quería ser una molestia. No obstante,
llevó café y pastas con tanta prontitud que Parker sospechó que los tenía preparados
para los invitados que arrapase al estilo de la araña albañil.
A Essie le contrarió saber que Parker no conocía a la familia Salcoe y que no
tenía cotilleos. Pero como tampoco era amigo de ellos, estaba dispuesto a escuchar
sus observaciones, cuentos, calumnias y viles suposiciones. No tuvo ni que
preguntarle para saber más de lo que quería. Donna Salcoe, la esposa de Gerald, era
(según Essie) una desvergonzada, demasiado rubia, demasiado llamativa, una fea que
se creía guapa. Donna estaba tan delgada que seguramente era alcohólica y sobrevivía
con una dieta líquida… o quizá fuera anoréxica. Gerald era el segundo marido de
Donna y, aunque llevaban casados dieciocho años, Essie no creía que durasen mucho.
Essie describió unas mellizas adolescentes tan alocadas, tan intemperantes, tan
indecentes y libertinas, que Parker se imaginó a hordas de jóvenes acechando la casa
de los Salcoe como perros en celo. Gerald Salcoe poseía tres prósperos negocios —
una tienda de antigüedades y dos galerías de arte— en la cercana Carmel, aunque
Essie no entendía cómo podían ser rentables cuando Salcoe era un bebedor libertino y
un bobo duro de mollera y sin olfato para los negocios.
Parker sólo le dio dos pequeños tragos al café y no pudo comer ni una pasta,
porque el entusiasmo de Essie Craw por el cotilleo malicioso sobrepasaba las
fronteras de la conducta normal y se internaba en un reino de locura que le hacía
sentirse incómodo e incapaz de darle la espalda… ni de asimilar todo lo que le decía.
Pero también se enteró de cosas interesantes. Los Salcoe se habían tomado una
vacaciones repentinas —una semana en Napa y Sonoma, la tierra del vino— y
estaban tan deseosos de escapar de las presiones de los distintos negocios que no
revelaron el nombre del hotel donde localizarlos para que no los llamaran los socios
de quienes querían descansar.
—El señor Salcoe me llamó el domingo para decirme que se marchaban y que no
volverían hasta el lunes 20 —dijo Essie—. Me pidieron que le echara un vistazo a la
casa, como siempre. Se pasan el día viajando, y es una molestia tener que vigilar
contra los ladrones y Dios sabe qué. Yo tengo mi propia vida, que, además, no es
asunto de ellos.
—¿No habló con ningún miembro de la familia en persona?
—Supongo que tendrían prisa.
—¿Los vio marcharse?
—No, aunque…, bueno…, aunque miré un par de veces.
—¿Se fueron las mellizas con ellos? —le preguntó Parker—. ¿No se han acabado
las vacaciones?
—Es un colegio progresista…, demasiado progresista, diría yo, y creen que viajar
es tan instructivo como asistir a clase. ¿Ha oído alguna vez algo tan…?
—¿Cómo era la voz del señor Salcoe cuando habló con usted por teléfono?

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Essie dijo con impaciencia:
—Bueno…, hablaba… como siempre. ¿A qué se refiere?
—¿No parecía tenso? ¿Nervioso?
Arrugó la pequeña boca, ladeó la cabeza, y sus brillantes ojos de pájaro
destellaron ante la perspectiva de un posible escándalo.
—Bueno, ahora que lo dice, estuvo un poco raro. Parecía que a veces balbuceaba,
pero hasta ahora no había pensado que podría haber bebido. ¿Cree…, oh, que ha
tenido que ingresar en una clínica de desintoxicación…?
Parker había oído suficiente. Se levantó para marcharse, pero Essie se situó entre
él y la puerta, y lo intentó detener alegando que no había terminado el café ni había
probado una sola galleta. Lo invitó a una taza de té, a tarta de frutas o «quizá a un
croissant de almendra». Armándose del mismo valor indomable que le ayudó a ser un
pintor famoso, se las arregló para alcanzar la puerta y salir al pórtico.
Ella lo siguió hasta el coche. El pequeño Tempo verde fluorescente le pareció, por
un momento, tan hermoso como un Rolls-Royce, pues le facilitaba la huida de Essie
Craw. Mientras se alejaba a toda velocidad, recitó un apropiado pasaje de Coleridge:
Como quien, en una senda solitaria,
Se vuelve con temor y recelo,
Y reemprende el camino
Sin osar volverse de nuevo,
Pues sabe que tras sus pasos
Camina un temible espectro.

Estuvo media hora dando vueltas con el coche, armándose de valor para hacer lo
que debía. Finalmente, al volver a casa de los Salcoe, aparcó atrevidamente a la
entrada de la rotonda, bajo las sombras de los enormes pinos. Fue de nuevo a la
puerta y llamó al timbre insistentemente durante tres minutos. Si hubiera alguien en
casa que no deseara recibir visitas, tendría que haber abierto la puerta por pura
desesperación. Pero nadie abrió.
Parker recorrió el porche, examinando las ventanas, comportándose como si
estuviera en su casa, aunque la propiedad estaba rodeada de setos y un jardín
lujurioso que no permitían la clara visión desde la calle… ni desde las ventanas de
Essie Craw. Las cortinas estaban cerradas y ocultaban el interior. Esperó ver los
cables de la alarma en los cristales. Pero no había cables ni otras señales de un
sistema electrónico de alarma.
Bajó por el extremo del porche y se dirigió al lado occidental de la casa, donde el
sol de la mañana aún no había aclarado las largas e intensas sombras de los pinos.
Examinó dos ventanas. Estaban cerradas.
En la parte posterior había más arbustos y flores, y un gran patio cubierto por una
celosía, con bar y muebles caros de jardín.
Utilizó el codo protegido con el abrigo para romper un pequeño cristal de una de
las puertas acristaladas. Abrió la puerta y entró, apartando las cortinas, en un cuarto

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de estar con enlosado de cerámica.
Permaneció inmóvil, aguzando el oído. La casa estaba en silencio.
Habría reinado una incómoda oscuridad si la sala de estar no diera a la antesala, y
la antesala a la cocina, por cuyas ventanas sin cortinas entraba la luz del patio. Parker
pasó junto a la chimenea y una mesa de billar, y se quedó rígido al ver en la pared el
sistema detector de movimiento. Lo reconoció de cuando estuvo viendo sistemas de
seguridad para su casa de Laguna. Estaba a punto de largarse cuando advirtió que la
pequeña luz roja que indicaba el funcionamiento del detector se encontraba apagada.
El piloto estaba allí, pero apagado. Al parecer, los Salcoe habían olvidado conectar la
alarma al marcharse.
La cocina era espaciosa, con los mejores electrodomésticos. Al otro lado estaban
la antecocina y el comedor. La luz que había en la cocina no llegaba hasta allí, pero
no se decidió a encender las luces a medida que avanzaba.
En el salón, volvió a permanecer inmóvil, escuchando.
Nada. El silencio era intenso y pesado, como el de una tumba.

Cuando Brendan Cronin entró en la cocina de los Block tras despertarse tarde y
darse una buena ducha caliente, halló a la pequeña Marcie coloreando lunas y
murmurando misteriosamente. Pensó cómo había curado a Emmeline Halbourg con
las manos y se preguntó si podría curar la obsesión psicológica de Marcie mediante la
aplicación del mismo poder psíquico. Pero no se atrevió a intentarlo. No lo intentaría
hasta que no controlase aquel poderoso talento, pues podría causar un daño
irreparable en el cerebro de la niña.
Jack y Jorja terminaban la tortilla y las tostadas, y lo saludaron afectuosamente.
Jorja se ofreció a prepararle el desayuno, pero él dijo que sólo quería una taza de café
cargado.
Mientras Jack comía, examinaba las cuatro armas cortas que tenía en la mesa
junto al plato. Dos eran de Ernie. Jack trajo las otras dos del Este. Ni Brendan ni
ninguno de los otros hablaron de las armas, pues sabían que podían estar
escuchándolos en aquel mismo momento. No tenía sentido revelar el volumen de su
arsenal.
Las armas pusieron nervioso a Brendan. Quizá porque presentía que se usarían
repetidamente antes de que acabara el día.
El optimismo que le caracterizaba había desaparecido, principalmente porque no
había soñado la noche pasada. Era la primera noche que dormía de un tirón desde
hacía varias semanas, pero aquello no significaba una mejoría para él. A diferencia de
los demás, Brendan tenía sueños positivos todas las noches, sueños que le
esperanzaban. Ahora, el sueño había desaparecido y aquello lo intranquilizaba.
—Creí que estaría nevando —dijo al sentarse a la mesa con una taza de café.
—Empezará pronto —afirmó Jack.

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El cielo parecía una enorme losa de granito.

Ned y Sandy Sarver, que se ofrecieron para formar el segundo equipo que
patrullaría las calles de Elko, reemplazaron a Jack, Jorja y Brendan en el Arco Mini-
Mart a las cuatro de la madrugada y recorrieron la ciudad hasta las siete y media, hora
a la que algunos de los que se encontraban en el Tranquility ya habrían comenzado a
realizar sus tareas. Llegaron al motel a las ocho en punto, desayunaron frugalmente y
se fueron a la cama a dormir unas horas para poder resistir el día ajetreado que les
esperaba.
Ned se despertó algo más de dos horas después, pero no se levantó. Estuvo un
rato contemplando a Sandy en la penumbra de la habitación del motel. El amor que
sentía por ella fluía, profundo y limpio, como un gran río que podía llevarlos a
lugares y tiempos mejores, lejos de las preocupaciones de este mundo.
Ned deseaba tener tanta habilidad hablando como con las manos. A veces le
preocupaba no poder decirle a Sandy lo que sentía exactamente por ella. Cuando
intentaba transformar sus sentimientos en palabras, o se le trababa la lengua o se oía a
sí mismo expresar sus emociones con frases e imágenes gastadas. Era útil tener esa
habilidad para reparar desde un tostador a un coche y para ayudar a los demás. Sin
embargo, había veces que Ned cambiaría esa habilidad por la de construir y decir una
frase perfecta que expresara sus sentimientos más profundos por ella.
Ahora, mientras la contemplaba, advirtió de repente que Sandy no dormía.
—¿Te estás haciendo la muerta? —le preguntó.
Ella abrió los ojos y sonrió.
—Me has asustado, me mirabas de una manera que parecía que ibas a comerme,
así que me he hecho la muerta.
—Pues no creas que no estás para comerte.
Ella apartó las sábanas y, desnuda, lo recibió entre sus brazos. Se sumergieron de
inmediato en el ritmo acompasado y familiar del amor, al que tanto se habían
aficionado desde el despertar sexual de Sandy.
Después, tumbados uno junto al otro con las manos cogidas, Sandy exclamó:
—Oh, Ned, soy la mujer más feliz de la Tierra. Desde que te conocí en Arizona
hace tantos años, desde que me tomaste bajo tu protección, me has hecho muy feliz,
Ned. De hecho, soy tan feliz que si Dios quisiera que me muriera ahora mismo, no
me quejaría.
—No digas eso —le replicó Ned con aspereza. Apoyándose en un codo, vuelto
hacia ella, añadió—: No me gusta que digas eso. Me hace ser… supersticioso.
Estamos metidos en un lío y… es posible que alguien muera. De modo que no tientes
al destino. No quiero que digas esas cosas.
—Pero, Ned, si eres el hombre menos supersticioso que conozco.
—Sí, bueno, pero esto es distinto. No quiero que digas que eres tan feliz que no te

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importaría morir. ¿Comprendes? No quiero ni que lo pienses.
Ned le pasó el brazo por debajo y la atrajo hacia sí; necesitaba sentir el latido de
su vida. La abrazó con tanta fuerza que, tras un momento, no distinguió el latido
fuerte y regular de su corazón, pues se había sincronizado —y fundido— con el suyo.

En la casa de la familia Salcoe, en Monterey, Parker Faine buscaba


fundamentalmente dos cosas; con el hallazgo de una de ellas cumpliría la misión
encomendada por Dom. En primer lugar, esperaba hallar una prueba de que la familia
Salcoe se había marchado realmente a Napa-Sonoma: si encontraba el folleto de un
hotel, podía llamar y confirmar que los Salcoe estaban allí; o si viajaban a la tierra del
vino asiduamente, podía encontrar una agenda con las direcciones de los lugares
donde solían ir. Pero también casi esperaba hallar otra cosa: muebles volcados,
manchas de sangre u otras pruebas que demostraran que se habían llevado a los
Salcoe en contra de su voluntad.
Claro que Dom sólo le había dicho que hablara con esas personas. Se asombraría
al saber que Parker había recurrido a tácticas ilegales al no poder localizar a los
Salcoe. Pero Parker nunca hacía nada a medias y se estaba divirtiendo, aunque el
corazón comenzó a latirle con fuerza y sintió un ligero nudo en la garganta.
La biblioteca estaba más allá del salón y, al otro lado, había una pequeña sala de
música con un piano, atriles, sillas, dos fundas de clarinete y una barra de ejercicios
de ballet. Al parecer, a las mellizas les gustaba el ballet y la música.
Parker no vio nada anormal en el piso principal y subió lentamente por la
escalera, procurando pisar en la alfombra mullida sobre los peldaños de roble. La luz
del primer piso alumbraba justo hasta el último peldaño. Más allá, el corredor del
segundo piso estaba a oscuras.
Se detuvo en el descansillo.
Quietud.
Le sudaban las manos.
No entendía por qué estaba subiendo. Quizá por instinto. Tal vez fuera sensato
prestar atención a sus instintos más primitivos. Además, si alguien quería
sorprenderlo, había muchos lugares apropiados en el primer piso para hacerlo y, sin
embargo, las habitaciones estaban vacías.
Continuó subiendo y, cuando llegó al corredor del segundo piso, oyó algo. Era
una mezcla entre un bip y un blip, y procedía de cada una de las habitaciones que
había a ambos extremos del corredor. Por un momento, creyó que la alarma estaba a
punto de saltar, pero una alarma sonaría mil veces más que aquel bip-blip de ritmo
sincopado.
Encontró un interruptor junto a la escalera y encendió la luz del vestíbulo.
Quedándose inmóvil una vez más, intentó oír algo más que aquel curioso bip-blip. No
oyó nada. El sonido le resultaba algo familiar, pero no recordaba lo que era.

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Su curiosidad era mayor que su miedo. Siempre tuvo una enorme curiosidad, que
le afectaba con frecuentes y agudos ataques, y si no se hubiera dejado llevar por ellos
en el pasado, nunca habría llegado a ser un pintor famoso. La curiosidad era el alma
de la creación. Así que miró a ambos lados del corredor, se volvió a la derecha y
avanzó con cautela hacia una de las dos fuentes de pitidos.
Al final del corredor, advirtió que eran dos series distintas de pitidos, cada una
con un ritmo ligeramente distinto, ambas procedían de una habitación a oscuras cuya
puerta estaba entreabierta. Preparado para emprender la carrera, empujó la puerta. Al
abrirse, los pitidos se oyeron con más fuerza. La habitación no estaba totalmente a
oscuras. En la pared opuesta, unos finos jirones de luz atravesaban las cortinas que
ocultaban una puerta acristalada o, quizá, un balcón; la casa de estilo colonial de los
Salcoe tenía muchos balcones. Además, tras la puerta se veían dos débiles luces
verdes que no lograban romper la penumbra.
Parker se adelantó, pulsó el interruptor de la luz, entró en la habitación, vio a las
mellizas Salcoe y pensó que estaban muertas. Se encontraban tumbadas en una cama
doble, con las sábanas hasta los hombros, inmóviles, con los ojos abiertos. Entonces
Parker advirtió que los pitidos y las luces verdes eran de los monitores de un
electrocardiógrafo y un electroencefalógrafo conectados a las dos chicas, y vio las
vías intravenosas en sus brazos, por lo que supo que no estaban muertas, sino que
estaban siendo sometidas a un lavado de cerebro. La habitación no parecía la de unas
adolescentes; por la falta de recuerdos personales o de cualquier sello de
personalidad, supuso que era un dormitorio de invitados y que habían puesto a las
chicas allí para controlarlas juntas.
Pero ¿dónde se encontraban sus captores y torturadores? ¿Estaban los expertos en
el control de la mente tan seguros de la efectividad de sus drogas y otros medios que
dejaban a la familia sola y se marchaban a tomar una hamburguesa y patatas fritas a
un McDonald’s? ¿No existía el riesgo de que uno de los Salcoe, en un momento de
lucidez, se arrancara la vía intravenosa, se levantara y huyera?
Parker se acercó a una de las chicas y observó sus ojos vacíos. Durante unos
momentos, ella lo miró con los ojos muy abiertos, después parpadeó frenéticamente
—diez, veinte, treinta veces— y volvió a dirigirle una mirada impasible. No veía
nada. Parker le pasó la mano frente a los ojos, pero ella no reaccionó.
Vio que tenía unos auriculares conectados a un magnetófono que habían dejado
sobre la almohada. Se inclinó sobre ella, separó un centímetro uno de los lados y oyó
una voz suave, melódica y muy dulce, una voz femenina: El lunes me levanté tarde.
Es un hotel estupendo para quedarte hasta tarde en la cama porque el personal es
muy silencioso y respetuoso. Es un club de campo además de hotel, no como otros
lugares, donde los empleados empiezan a armar jaleo en los pasillos en cuanto sale
el sol. ¡La tierra del vino es preciosa! Me gustaría vivir aquí algún día. Bueno,
cuando nos levantamos, Chrissie y yo fuimos a dar una vuelta por el jardín a ver si
nos topábamos con algunos chavales guapos, pero no vimos ninguno… El tono

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hipnótico de la voz femenina hechizó a Parker. Volvió a ponerle los auriculares a la
chica.
Evidentemente, al menos uno de los Salcoe había recordado la experiencia del
Tranquility Motel. Aquellos recuerdos habían sido reprimidos de nuevo y, ahora, para
encubrir el período de tiempo de esta nueva sesión de lavado de cerebro, les
implantaban nuevos recuerdos, proceso en el que se incluía la repetición de una cinta
que, sin duda, además de los mensajes audibles contenía mensajes subliminales.
Dom le explicó algo a Parker por teléfono, el sábado y el domingo por la noche.
Pero Parker no comprendió totalmente la perfidia de la conspiración hasta que no oyó
el susurro insidioso en el oído de la chica.
Se dirigió al pie de la cama y observó a la otra chica, cuyos ojos también
alternaban entre las miradas impasibles y el repentino y frenético parpadeo. Se
preguntó si sufrirían algún daño físico o mental si les quitaba las vías de los brazos,
desconectaba las máquinas y las sacaba de la casa antes de que regresaran sus
captores. Sería mejor buscar un teléfono y llamar a la policía…
No supo cuánto tiempo llevaban observándolo, pero de repente advirtió que las
mellizas no estaban solas en la habitación. Se sobresaltó y se volvió hacia la puerta,
por la que entraban dos hombres. Llevaban pantalones oscuros, camisas blancas con
las mangas subidas y los cuellos desabrochados, y las corbatas flojas y torcidas. Tras
ellos había otro hombre, con gafas, bien vestido y con la corbata en su sitio. Tenían
que ser agentes del Gobierno, pues nadie más se atrevería a llevar traje de chaqueta
mientras realizaban actividades de tan dudosa naturaleza.
Uno de ellos preguntó:
—¿Quién coño eres tú?
Parker no intentó engañarlos, ni apeló estúpidamente a sus derechos de ciudadano
de los Estados Unidos, no se molestó en decir nada. Simplemente, dio tres pasos
hacia las cortinas, rezando para que tras ellas hubiera una gran ventana o una puerta
acristalada que se rompiera con el golpe, para que las cortinas evitaran que se
produjera cortes graves y para que hubiera salido antes de que los tipos
comprendieran lo que ocurría. Si las cortinas eran mucho más anchas que las
ventanas y ocultaban más pared que cristal, estaría metido en un buen lío. Tras él, los
hombres lanzaron exclamaciones de sorpresa en el momento en que tocaba las
cortinas, pues pensaban que lo tenían atrapado. Atravesó el tejido con el poder
incontenible de una locomotora. El golpe fue tremendo, le produjo un dolor
devastador en el hombro y el pecho, pero algo cedió con un crujido y un chirrido, se
rompió un cristal, y salió a la luz del día, pensando vagamente que era una puerta
acristalada y que había tenido suerte de que la cerradura no fuese buena.
Se vio en un balcón del segundo piso, donde había un par de tumbonas de secoya
y una mesa de cristal sobre las que cayó. Casi antes de aterrizar sobre las sillas,
magullándose las rodillas y levantándose la piel de los tobillos, ya se había puesto en
pie y saltaba sobre la barandilla al vacío, rezando para no aterrizar sobre un arbusto

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particularmente tupido que lo castrara con una rama puntiaguda y recia. Tras un salto
de sólo tres metros y medio, cayó al césped, dañándose el otro hombro y la espalda,
pero sin romperse ningún hueso. Rodó, se incorporó y corrió.
De repente, frente a sus ojos, el follaje crujió, se agitó y se desgarró, y Parker no
supo lo que ocurría hasta que vio saltar astillas de la corteza de un árbol y
comprendió que le disparaban. No oyó los disparos. Armas con silenciador. Corrió en
zigzag hacia el extremo del jardín, se cayó en un arriate de azaleas, se levantó como
pudo, siguió corriendo, llegó al seto, y lo saltó sin dejar de correr.
Estaban dispuestos a matarlo para evitar que dijera lo que había visto en casa de
los Salcoe. En aquellos momentos, ya estarían trasladando, o asesinando, a los
Salcoe. Si encontraba un teléfono y avisaba a la policía, y si los asesinos eran agentes
del Gobierno, ¿de qué lado se pondría la policía? ¿A quién creerían? ¿A un excéntrico
artista barbudo y melenudo con una indumentaria algo pintoresca? ¿O a tres agentes
del FBI con trajes de chaqueta que declararían estar realizando una misión legal y que
Parker Faine era, en realidad, el tipo a quien trataban de arrestar? Si exigían su
custodia, ¿cooperaría la policía con ellos?
Santo cielo.
Corrió. Abandonando el Tempo, huyó por la escarpada pendiente de un cortado,
por el curso pedregoso de un estrecho arroyo, entre árboles y maleza, por la pendiente
opuesta, por el jardín posterior de alguna casa, por el césped hasta llegar a otro jardín,
junto al muro de una casa hasta salir a la calle, de aquella calle a otra. Redujo el ritmo
a un paso vivo para no llamar la atención, pero se alejó, serpenteando, de la casa de
los Salcoe.
Sabía lo que tenía que hacer. El horror de lo que acababa de ver le hizo
comprender con más claridad que nunca la situación crítica de Dom. Parker sabía que
su amigo se encontraba en peligro, involucrado en una conspiración de proporciones
monumentales, pero saberlo era distinto a vivirlo. No podía hacer otra cosa que ir a
Elko. Dom Corvaisis era su amigo, y eso era lo que los amigos hacían unos por otros:
compartían los problemas, luchaban juntos contra las adversidades. Podía olvidarse,
irse a Laguna a continuar con la pintura que empezó ayer. Pero si elegía ese camino,
nunca volvería ser el mismo…, circunstancia que le resultaría intolerable, pues se
gustaba tal como era.
Tenía que encontrar el modo de ir al aeropuerto de Monterey, coger un vuelo a
San Francisco y de allí ir a Nevada. No le preocupaba que los hombres de la casa de
los Salcoe lo buscaran en el aeropuerto. Las únicas palabras que dijeron en su
presencia fueron: «¿Quién coño eres tú?». Si no sabían quién era, supondrían que
sería de por allí. Las llaves del Tempo estaban en un llavero de la empresa de alquiler,
pero las tenía en el bolsillo. Los tipos tardarían un par de horas en averiguar que el
coche había sido alquilado en el aeropuerto; para entonces ya habría despegado hacia
San Francisco.
Siguió caminando. En una tranquila calle del barrio residencial, vio a un joven de

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unos diecinueve o veinte años en la entrada de una casa más modesta que la de los
Salcoe, frotando meticulosamente los tapacubos blancos de un Plymouth Fury del
cincuenta y ocho perfectamente reconstruido y pintado de amarillo, uno de esos
modelos con un inmenso radiador y grandes alerones como los de un tiburón. El
joven tenía el cabello engomado y un tupé, peinado en un estilo acorde con la época
de su automóvil. Parker se acercó a él y le dijo:
—Oye, se me ha roto el coche y tengo que ir al aeropuerto. Tengo mucha prisa,
así que te doy cincuenta dólares si me llevas allí.
El chico sabía cómo darse prisa, si no hubiera sido un excelente conductor, habría
perdido el control del coche y se hubieran estrellado contra los árboles en media
docena de curvas, pues conducía el largo Fury a todo gas. Cuando salieron ilesos de
la tercera curva, Parker supo que se encontraba en buenas manos y, finalmente, se
relajó un poco.
En el aeropuerto compró uno de los dos últimos billetes de un vuelo que salía
para San Francisco diez minutos más tarde. Embarcó en el avión y casi esperaba que
los agentes federales lo detuvieran antes de despegar. Pero pronto se encontraban en
el aire y pudo preocuparse de otra cosa: de coger un vuelo de San Francisco a Reno
antes de que le siguieran la pista hasta allí.

Jack Twist se asomó a las ventanas del apartamento de los Block, del Norte al
Oeste, del Sur al Este, observando el vasto paisaje en busca de algún puesto, o
puestos, de observación del enemigo. Al menos habría un equipo de observación
vigilando el motel y el restaurante y, por muy escondido que estuviera, tenía un
instrumento con el que lo localizaría.
Junto con el resto del equipo, también se llevó de Nueva York un instrumento que
en las Fuerzas Armadas llamaban Analizador Térmico HS101. Tenía la misma forma
que las pistolas de rayos láser de las películas, con una sola lente de cinco
centímetros de diámetro en lugar de cañón. Se cogía por la culata y se miraba por el
ocular como si se tratara de un telescopio. Al mover el objetivo por el terreno se
veían dos cosas: una imagen aumentada del terreno normal y una representación
superpuesta de los focos de calor que hubiese en aquel terreno. Plantas, animales y
rocas irradiaban calor pero, gracias a la tecnología del microchip, el ordenador del
HS101 distinguía entre distintos tipos de radiación térmica y analizaba la mayor parte
de los focos naturales de calor. El instrumento sólo mostraría el calor emitido por
seres vivos con un peso superior a veinte kilos: animales mayores que perros y seres
humanos. Incluso si se iba vestido con un traje de esquí de tejido aislante, éste
desprendería suficiente calor como para ser detectado por el instrumento.
Jack pasó un largo rato observando el terreno al norte del motel, por donde él se
acercó al lugar y, finalmente, decidió que nadie los espiaba desde allí, se dirigió a las
habitaciones cuyas ventanas daban al oeste. El oeste también parecía despejado, de

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modo que fue a las ventanas del sur del apartamento.
Marcie había coloreado la última luna del álbum y, cuando Jack comenzó a
estudiar el terreno con el HS101 en busca de equipos de vigilancia, fue con él y
permaneció a su lado. Quizá le gustaba porque le habló durante horas sin que ella le
hiciera caso. O quizá estaba asustada por algo y se sentía más segura junto a él. O
cualquier otra razón inimaginable. Jack no podía hacer otra cosa que seguir
hablándole amigablemente mientras le acompañara.
Jorja también los siguió y, aunque no le interrumpía con preguntas, resultaba
considerablemente más entretenida que su hija. Era una mujer muy bella, pero lo más
importante era que a Jack le gustaba mucho. Pensaba que él también le gustaba a
Jorja, aunque suponía que no sentía atracción por él, al menos físicamente. Después
de todo, ¿qué le podría gustar a una mujer de él? Era un delincuente reconocido y su
cara parecía un zapato destrozado, por no mencionar el estrabismo. Pero, al menos,
como deseaba Jack, podían ser amigos.
En las ventanas de la sala, vio finalmente lo que buscaba: focos de calor en las
frías llanuras. En la parte superior de la imagen que aparecía en el visor, las llanuras
de Nevada y los focos de calor superpuestos, apareció un marcador digital que le
informó de la existencia de dos focos de calor situados al sur de su posición, a una
distancia aproximada de seiscientos metros. Aquella información fue seguida de
números que representaban la estimación del tamaño de cada foco de radiación, todo
lo cual indicaba que había localizado a dos hombres. Desconectó la función de
análisis térmico del HS101 y amplió la imagen, como si fuera un telescopio,
centrándose en la zona donde detectó los focos de calor. Tuvo que mirar durante un
par de minutos, pues llevaban ropa de camuflaje.
—Bingo —dijo al fin.
Jorja no le preguntó qué veía, pues había aprendido bien la lección que Jack les
enseñó la noche pasada: todo lo que hablaban era captado por los oídos electrónicos
del enemigo.
Los dos observadores estaban tumbados en la fría tierra yerma. Jack vio que uno
de los hombres tenía unos prismáticos. Pero no los utilizaba en aquel momento, por
lo que no vio a Jack observándolos desde la ventana.
Se dirigió a las ventanas del Este y estudió el terreno, pero no había nadie. Sólo
los vigilaban desde el Sur. El enemigo pensaba que era suficiente, porque desde aquel
puesto se divisaba la entrada del motel y el único camino que conducía a él.
Menospreciaban a Jack. Conocían su pasado, sabían que era bueno, pero no
comprendían hasta qué punto.
Los primeros copos empezaron a caer a las dos menos veinte. Durante un rato,
cayeron aisladamente, sin fuerza.
A las dos, cuando Dom y Ernie volvieron de reconocer el perímetro del Depósito
de la Colina del Trueno, Jack dijo:
—Ernie, cuando arrecie la tormenta, la gente que pase por la interestatal puede

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ver nuestros coches y detenerse aunque no estén encendidos los letreros. Será mejor
que lleves el Cherokee, la camioneta de los Sarver y los coches a la parte posterior.
No nos interesa que venga nadie a preguntar por qué hay habitaciones para unos y no
para otros.
En realidad, seguro de que el enemigo los escuchaba en aquellos momentos, Jack
utilizaba aquella excusa para ocultar los coches de la vista de los espías situados al
sur de la I-80. Más tarde, cuando arreciara la tormenta y el día se oscureciera, toda la
familia del Tranquility abandonaría subrepticiamente el motel y se alejaría a campo
traviesa en el Cherokee y en la camioneta.
Ernie comprendió el verdadero propósito de Jack; consciente de que los
vigilaban, le siguió la corriente. Él y Dom salieron a cambiar los vehículos de lugar.
En la cocina. Ned y Sandy casi habían terminado de preparar los sándwiches que
se llevarían para la cena.
Ahora sólo quedaba esperar a Faye y a Ginger.
La débil nevada se convirtió en breves pero potentes ráfagas. El día se oscureció.
A las tres menos veinte, la tormenta era tan fuerte que, a pesar de no soplar el viento,
la visibilidad quedó reducida a unas decenas de metros. En las llanuras, los espías
estarían recogiendo el equipo y trasladándose más cerca del motel.
Jack miraba el reloj con frecuencia. Sabía que el tiempo transcurría deprisa, pero
no comprendía lo rápido que podía hacerlo.

Mientras el teniente Horner reparaba el polígrafo saboteado en la división de


seguridad, Falkirk habló con el jefe de seguridad del Depósito y con su ayudante —el
mayor Fugata y el teniente Helms— y les hizo saber que se encontraban en su lista de
posibles traidores. Se creó dos enemigos, pero no le importó. Ni los necesitaba ni le
gustaban…, sólo quería que lo respetaran y temieran.
No había terminado de echarles la bronca a Fugata y a Helms cuando llegó el
general Alvarado. El general era un hombre enjundioso, con barriga prominente,
dedos como salchichas y papada. Irrumpió en la división de seguridad rojo de ira,
pues Bennell acababa de darle la mala noticia.
—¿Es cierto, coronel Falkirk? Por Dios, ¿es cierto? ¿Se ha hecho con el control
de VIGILANT y nos tiene prisioneros?
Con un tono severo, pero que no podía interpretarse como irrespetuoso, Leland le
dijo a Alvarado que tenía autoridad para incluir un programa secreto en el ordenador
de seguridad y para activarlo cuando lo creyera conveniente. Alvarado exigió saber
quién le había dado esa autoridad, y Leland respondió:
—El general Maxwell D. Riddenhour, jefe de la Junta del Estado Mayor —
Alvarado dijo que sabía perfectamente quién era Riddenhour, pero que no creía que el
mentor del coronel fuese el mismo jefe de la Junta del Estado Mayor—. Señor, ¿por
qué no lo llama y se lo pregunta? —le sugirió Leland. Sacó una tarjeta de la cartera y

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se la entregó a Alvarado—. El número de teléfono del general Riddenhour.
—Tengo el número del Cuartel General —dijo Alvarado con desdén.
—Señor, no es el número del Cuartel General. Es el número de su domicilio. Si
no está en su despacho, al general le gustaría que lo llamase a su domicilio. Después
de todo, es una cuestión muy grave, señor.
Rojo de ira, Alvarado cogió la tarjeta entre el índice y el pulgar y se marchó,
manteniéndola apartada de sí como si se tratara de un objeto ofensivo. Regresó a los
quince minutos; ya no estaba rojo, sino pálido.
—De acuerdo, coronel, tiene el permiso del general. Así que… ahora está usted al
mando de la Colina del Trueno.
—En absoluto, señor —dijo Leland—. Usted sigue siendo el comandante en jefe.
—Pero si estoy prisionero…
Leland le interrumpió.
—Señor, sus órdenes tendrán prioridad en tanto que no interfieran mi autoridad
para garantizar que ninguna persona peligrosa, ninguna criatura peligrosa, escape de
la Colina del Trueno.
Alvarado agitó la cabeza con asombro.
—Según Bennell, tiene usted la disparatada idea de que todos somos… una
especie de monstruos —el general utilizó la palabra más melodramática que conocía
para tratar de mostrar desprecio por la postura de Leland.
—Señor, como sabe, una o más personas de estas instalaciones han intentado por
medios indirectos hacer regresar a algunos testigos al Tranquility Motel,
evidentemente con la esperanza de que los testigos recuerden lo que les hicimos
olvidar y que los medios de comunicación creen un cerco que nos obligue a revelar lo
que ocultamos. Probablemente, esos traidores sólo sean hombres bienintencionados,
quizá de la plantilla de Bennell, que simplemente piensan que debería informarse a la
opinión pública. Pero también existe la posibilidad de que tengan otros motivos más
oscuros.
—Monstruos —repitió Alvarado con acritud.
Cuando el polígrafo estuvo reparado, Leland ordenó al mayor Fugata y al teniente
que interrogaran a todos los que conocían el secreto que ocultaban allí desde hacía
más de dieciocho meses.
—Si vuelven a fallar —les avisó Falkirk—, acabaré con ustedes. —Si sus
pesquisas para descubrir al hombre que envió las fotografías a los testigos fallaban de
nuevo, Falkirk vería aquel tallo como una muestra más de que la plaga se había
extendido por la Colina del Trueno, y que no se trataba de simple corrupción humana,
sino que era el resultado de una extraordinario y aterrador contagio. El fallo les
costaría la vida.
A las dos menos cuarto, Leland y el teniente Horner regresaron a Shenkfield,
dejando a todo el personal del Depósito encerrado en las profundidades de la tierra.
Al regresar a su despacho subterráneo, el coronel recibió varias dosis de malas

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noticias, todas por cortesía de Foster Polnichev, jefe de la oficina del FBI en Chicago.
En primer lugar, Sharkle había muerto en Evanstone, Illinois, lo que debería
haber sido una buena noticia si no fuera porque se había llevado consigo a su
hermana, a su cuñado y a todo un comando del Grupo Especial de Operaciones. El
cerco de la casa de Sharkle se había convertido en una noticia nacional debido a la
violencia de su conclusión. Las masas ávidas de sangre estarían pendientes de
O’Bannon Lane hasta que la implacable explotación de la historia agotara el pozo de
sensaciones. Peor aún, en las locuras que gritó Sharkle había suficiente verdad como
para conducir a algún periodista perspicaz y agresivo a Nevada, al Tranquility y,
quizá, hasta la Colina del Trueno.
Lo peor de todo: Foster Polnichev le dijo que «algo casi…, bueno…, sobrenatural
sucede aquí». Un suceso ocurrido en el apartamento de una familia llamada Mendoza
había causado tal conmoción en el departamento de policía que los periodistas y la
televisión prácticamente cercaban el edificio donde vivían los Mendoza. Al parecer,
Winton Tolk, el oficial a quien había salvado la vida Brendan Cronin, curó a un niño
apuñalado cuando estaba a punto de morir.
Increíblemente, Brendan había transferido sus sorprendentes poderes a Tolk. Pero
¿qué más le había pasado al policía negro? Quizá Winton Tolk sólo tuviera un
maravilloso poder… o quizá hubiese algo desconocido y peligroso, vivo e inhumano,
dentro del policía.
En definitiva, la situación no podía ser peor. Leland casi enfermó de temor
mientras oía hablar a Polnichev.
Según el agente del FBI, Tolk no había concedido entrevistas a la prensa y, de
hecho, estaba recluido en su propia casa, donde se había congregado otra multitud de
periodistas. Más tarde o más temprano, Tolk concedería una entrevista y hablaría de
Brendan Cronin; a partir de ahí hallarían finalmente la relación con la hija de los
Halbourg.
La hija de los Halbourg. Aquello era otra pesadilla. Al tener noticia aquella
mañana de los nuevos poderes de curación de Tolk, Polnichev fue a casa de los
Halbourg para averiguar si Emmy había adquirido algún poder extraño tras su
milagrosa recuperación. Lo que encontró allí sobrepasaba los límites de toda
descripción, e inmediatamente, antes de que se conociera el secreto, aisló a la familia
Halbourg de la prensa. Ahora los cinco miembros de la familia Halbourg se
encontraban retenidos por el FBI, vigilados por seis agentes, a quienes dijeron que los
protegieran pero que no se fiaran y que tuvieran cuidado de no quedarse a solas con
ningún miembro de la familia. Si los Halbourg hacían algún movimiento en falso,
debían matarlos sin vacilar.
—Pero creo que ya todo es inútil —dijo Polnichev desde Chicago—. Me parece
que hemos perdido el control de la situación. Se está extendiendo y no tenemos
esperanza de contenerla de nuevo. Sería mejor acabar con el encubrimiento y hacerlo
público.

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—¿Está loco? —le preguntó Falkirk.
—Si para mantener el encubrimiento hemos de llegar al extremo de tener que
matar a gente, a mucha gente, a los Halbourg, a los Tolk y a todos los testigos de
Nevada, el coste será demasiado elevado.
Leland Falkirk estaba furioso.
—No sabe lo que está ocurriendo aquí. Pero, hombre, por Dios, ya no sólo
tratamos de proteger el encubrimiento. Eso ya casi no tiene importancia. Ahora
intentamos evitar la desaparición del género humano. Si lo hacemos público y si
después decidimos usar la violencia para contener la plaga, los malditos políticos y
los abogados de pobres nos criticarán, se interpondrán en nuestro camino y, antes de
que nos demos cuenta, habremos perdido la guerra.
—Pero creo que lo que se desprende de estos acontecimientos es que el peligro no
es tan grande —dijo Polnichev—. Sí, he ordenado a los hombres que custodian a los
Halbourg que los traten como a gente peligrosa, pero la verdad es que no creo que
sean ninguna amenaza. La pequeña Emmy… es un encanto, no un monstruo. No sé
cómo obtuvo Brendan ese poder ni cómo se lo transfirió a la niña, pero casi estoy
dispuesto a apostar mi vida a que es lo único que hay dentro de la niña. Lo único que
tienen todos. ¡Si pudiera ver a Emmy, coronel! Ya le digo, es un encanto. Todas las
evidencias demuestran que debemos considerar este asunto como el acontecimiento
más importante de la historia de la humanidad.
—Desde luego —dijo Falkirk fríamente—, eso es lo que un enemigo como éste
querría que creyésemos. Si nos convencen de que el acuerdo y la rendición son
nuestra bendición, seremos conquistados sin luchar.
—Pero, coronel, si Cronin, Corvaisis, Tolk y Emmy se hubieran contagiado, si ya
no fueran humanos, o al menos no como usted y yo, no llamarían la atención
realizando curas milagrosas y exhibiciones de telequinesia. Mantendrían en secreto
sus extraordinarios poderes para extender el contagio sin ser detectados.
Leland no prestó atención a su razonamiento.
—No sabemos exactamente cómo funciona esto. Quizá la persona contagiada se
rinda al parásito y se convierta en su esclavo. O para responder a lo que acaba de
decir, quizá la relación entre parásito y huésped sea benigna y produzca un beneficio
mutuo… o quizá el huésped no sepa ni que acoge a un parásito, lo que explicaría que
la hija de los Halbourg y los demás no sepan de dónde procede ese poder. Pero, en
cualquier caso, esa persona no es estrictamente humana. Y a mi juicio, Polnichev, no
es de fiar. Ni mucho menos. Ahora, por el amor de Dios, ponga bajo custodia a toda
la familia Tolk. Reténgalos de inmediato.
—Como le he dicho, coronel, los periodistas rodean la casa de los Tolk. Si me
presento con los agentes para ponerlos bajo custodia delante de un montón de
periodistas, el encubrimiento se ha acabado, y aunque ya no crea en él, no voy a
sabotearlo. Conozco mi deber.
—Al menos tendrá agentes vigilando la casa, ¿no?

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—Sí.
—¿Y los Mendoza? Si Tolk contagió al chico del modo en que al parecer Brendan
le contagió a él…
—Estamos vigilando a los Mendoza —dijo Polnichev—. Tampoco podemos
actuar por los periodistas.
El otro problema era el padre Wycazik. El sacerdote estuvo en el apartamento de
los Mendoza y en casa de los Halbourg antes de que Foster Polnichev supiera lo que
ocurría en aquellos lugares. Después, un agente del FBI vio a Wycazik entre la
multitud que se congregaba cerca de la casa de Sharkle en Evanston, en el mismo
momento en que Sharkle hacía estallar su bomba. Pero nadie sabía dónde había ido;
nadie lo había visto desde hacía casi seis horas.
—Evidentemente, está reuniendo todas las piezas. Una razón más para acabar con
el encubrimiento antes de que nos atrapen con las manos en la masa.
Leland Falkirk sintió de repente que todo se desmoronaba, que perdía el control, y
le pareció que se ahogaba, pues dedicó toda su vida a la filosofía y al principio del
control, un control férreo en todas las circunstancias. El control era lo único que
importaba. En primer lugar estaba el autocontrol. Era necesario aprender a ejercer un
severo control sobre los deseos e impulsos innobles, o se corría el riesgo de sucumbir
a un vicio u otro: alcohol, drogas, sexo. Aquello lo aprendió de sus padres
ultrarreligiosos, que empezaron a inculcarle aquella lección incluso antes de que
comprendiera lo que querían decir. Y también era necesario controlar los procesos
intelectuales; había que acostumbrarse a basarse en la lógica y la razón, pues el
hombre tenía la tendencia innata a refugiarse en la superstición y en los modelos de
conducta basados en suposiciones irracionales. Aquella lección la aprendió a pesar
de sus padres, al asistir a los servicios religiosos de la Iglesia de Pentecostés y
contemplar con asombro y temor cómo se dejaban caer al suelo, donde gritaban y se
retorcían con frenético abandono, transportados por algo que, según decían, era el
espíritu de Dios…, aunque en realidad sólo era histeria colectiva. También había que
controlar el miedo o no se podría mantener la cordura por mucho tiempo. Aprendió a
controlar el miedo que sentía hacia sus padres, quienes le golpeaban y castigaban
asiduamente aduciendo que era por su propio bien, porque tenía el diablo dentro y
había que sacárselo. Una forma de controlar el miedo era someterse al dolor y
soportarlo, porque no se podía temer nada si se estaba seguro de poder controlar el
dolor que causaba. Control. El coronel Leland se controlaba a sí mismo, controlaba
su vida, a sus hombres, y cualquier misión que se le encomendara, pero ahora sentía
que el control de la situación se le escapaba de las manos y se encontró más cerca del
pánico de lo que había estado en cuarenta años.
—Polnichev —dijo—. Voy a colgar, pero no se aleje del teléfono. Voy a hacer
que mis hombres consigan establecer una conferencia simultánea entre usted, yo, su
director, Riddenhour en Washington y nuestro contacto en la Casa Blanca. Vamos a
acordar el establecimiento de medidas radicales y la mejor forma de ponerlas en

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práctica. Que me cuelguen si voy a dejar que sus ridículas fantasías se interpongan en
esto. Mantendremos el control. Si es necesario, eliminaremos a los contagiados,
aunque haya niñas y sacerdotes entre ellos, y vamos a salvar el pellejo. ¡Por Dios que
me aseguraré de que sea así!

Cuando Faye y Ginger regresaban de Elko a las tres menos cuarto en la furgoneta
del motel, el automóvil de color caqui las siguió por la rampa de salida de la I-80.
Ginger estaba casi segura de que entraría en el aparcamiento y se detendría junto a
ellas, pero se detuvo en la carretera del condado, a unos treinta metros del motel, y
esperaron bajo la nieve.
Faye aparcó frente a la puerta de recepción, y Dom y Ernie salieron a ayudarles a
bajar las compras que habían hecho en Elko: trajes y gorros de esquí, botas y guantes
para quienes no los tenían, de las tallas que les dijeron la noche anterior; dos nuevas
escopetas semiautomáticas del calibre 20, munición para estas y las otras armas;
mochilas, linternas, dos brújulas, un pequeño soplete con dos bombonas de recambio
y varios artículos más.
Ernie abrazó a Faye, y Dom a Ginger. Los dos hombres dijeron al mismo tiempo:
—Estaba preocupado por ti.
Y Ginger se oyó decir al mismo tiempo que Faye:
—Yo también estaba preocupada por ti.
Ernie y Faye se besaron. Con la nieve helada en las cejas, que se convertía en
brillantes gotas en las pestañas, Dom bajó la cabeza hacia Ginger, y también se
besaron…, un beso largo, dulce, cálido. De algún modo, tenían tanto derecho a
saludarse así como Faye y Ernie, marido y mujer. Aquel derecho era parte de lo que
sintió Ginger cuando lo vio al llegar a Elko dos días antes.
Cuando sacaron todo de la furgoneta y lo guardaron en el apartamento de los
Block, los diez miembros de la familia del Tranquility se reunieron en el restaurante.
Jack, Ernie, Dom, Ned y Faye fueron armados.
Al acercar unas sillas a la mesa donde Brendan y Dom probaron sus poderes la
noche anterior, Ginger advirtió que el sacerdote contemplaba las armas con una
mezcla de disgusto y temor, y que parecía mucho menos optimista que ayer, cuando
se sintió eufórico al descubrir aquel sorprendente don.
—No soñé anoche —le explicó cuando Ginger le preguntó el motivo de su torva
expresión—. No vi la luz dorada ni oí la voz que me llamaba. ¿Sabes, Ginger?,
siempre dije que no era Dios quien me llamaba aquí. Pero en el fondo eso es lo que
creía. El padre Wycazik tenía razón: siempre hubo un resto de fe en mí. Últimamente,
me he aproximado a la aceptación de Dios. No es sólo aceptación; vuelvo a
necesitarlo. Pero ahora… ni sueño, ni veo la luz dorada…, como si Dios me hubiera
abandonado.
—No, te equivocas —dijo Ginger, cogiéndole la mano como si pudiera absorber

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su tristeza por osmosis y reconfortarlo—. Si crees en Dios, Él nunca te abandona.
¿No es eso? Tú si puedes abandonar a Dios, pero nunca al contrario. Él siempre
perdona, siempre ama. ¿No es eso lo que se les dice a los fieles?
Brendan sonrió tímidamente.
—Parece que has ido al seminario.
Ginger le dijo:
—Probablemente, el sueño sólo era un recuerdo que trataba de superar el bloqueo
de memoria que lo retiene en el subconsciente. Pero si realmente era Dios quien te
llamaba…, bueno, la razón por la que ya no sueñas es porque has llegado. Has venido
como Él deseaba, de modo que ya no tiene que enviarte el sueño. ¿Lo entiendes?
El rostro del sacerdote se iluminó débilmente.
Tomaron asiento alrededor de la mesa.
Ginger vio con preocupación que el estado de Marcie había empeorado desde la
noche anterior. La niña se sentó con la cabeza inclinada, con el rostro medio oculto
tras su espeso cabello negro, y se miraba las manos, que descansaban inertes en su
regazo. Murmuraba; «La luna, luna, la luna, luna…». Perseguía incansablemente los
recuerdos de aquel 6 de julio, que se burlaban de ella desde el límite de la conciencia
y que, debido a su atormentadora inaccesibilidad, la sumían en la contemplación
obsesiva de sus borrosas formas.
—Lo superará —le dijo Ginger a Jorja, sabiendo lo vacía y estúpida que era
aquella declaración, pero incapaz de pensar en otra cosa.
—Sí —aseguró Jorja, que al parecer no la encontró vacía ni estúpida sino
reconfortante—. Tiene que superarlo. Tiene que conseguirlo.
Jack y Ned situaron el tablón contra la puerta y lo afianzaron con una mesa para
evitar la escucha.
En seguida, Faye y Ginger contaron la visita al rancho de los Jamison y que las
habían seguido dos hombres en un Plymouth. A Ernie y Dom también los siguieron.
Las noticias inquietaron a Jack.
—Si nos siguen de una forma tan abierta, significa que están a punto de volver a
caer sobre nosotros.
—Quizá debería vigilar —dijo Ned—, para asegurarnos de que no lo hagan ahora
—Jack asintió, y Ned se dirigió a la puerta y puso un ojo en la rendija que quedaba
entre el tablón y la puerta, vigilando el aparcamiento nevado.
Cuando Jack les preguntó, Dom y Ernie explicaron lo que habían visto en el
reconocimiento del perímetro defensivo del Depósito de la Colina del Trueno.
Jack escuchó atentamente, haciendo algunas preguntas a las que a veces Ginger
no les encontraba sentido. ¿Había algún cable fino entrelazado en la tela metálica?
¿Cómo eran los postes de la valla? Finalmente, preguntó:
—¿No había perros guardianes ni patrullas de vigilancia?
—No —respondió Dom—. Hubiésemos visto huellas en la nieve a lo largo de la
valla. Deben tener un buen sistema electrónico de seguridad. Esperaba que

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pudiésemos pasar al otro lado… pero deseché la idea al acercarme.
—Pasaremos al otro lado de la valla —dijo Jack—. Lo más difícil será entrar a las
instalaciones subterráneas.
Dom y Ernie lo miraron con tal asombro que Ginger comprendió lo imponente
que debía parecer la Colina del Trueno.
—¿Entrar? —replicó Dom.
—Imposible —sentenció Ernie.
—Si tienen sistemas electrónicos de seguridad en el perímetro, también los
tendrán en la entrada principal. Hoy día es así. Todo el mundo está deslumbrado con
la tecnología avanzada. Oh, claro, habrá un guardia en la puerta, pero estará tan
acostumbrado a depender de los ordenadores, las cámaras de vídeo y otros artilugios,
que será un inútil. Podremos sorprenderlo. Aunque, una vez dentro, no sé hasta donde
llegaremos ni lo que podremos ver antes de que nos atrapen.
Ginger le preguntó:
—¿Cómo puedes estar tan seguro…?
—Durante ocho años —le recordó Jack—, me he dedicado a entrar y salir de
sitios difíciles. Y fue el Gobierno quien me entrenó, de modo que conozco sus rutinas
y trucos —guiñó el ojo torcido—. Además, yo tengo mis propios trucos.
Jorja intervino, obviamente algo más que inquieta:
—Pero acabas de decir que os atraparán.
—Oh, sí —dijo Jack.
—Entonces, ¿qué sentido tiene entrar? —le preguntó Jorja.
Lo tenía todo planeado, y Ginger le prestó atención, asombrada al principio y
admirada de su sentido estratégico después.
Jack explicó los detalles de su plan como si fueran conclusiones conocidas de
antemano que los restantes miembros del grupo accederían a realizar exactamente
como decía, a pesar de los riesgos que implicaban. Utilizó todos los trucos de mando
y coerción que conocía, no porque no estuviera dispuesto a considerar otras
alternativas o modificaciones de su estrategia, sino simplemente porque no tenían
tiempo de estudiar otros formas de actuar. El intelecto y el instinto le enviaban el
mismo mensaje: el tiempo se acaba. Por eso explicó a la familia del Tranquility que:
En las próximas horas, todos excepto Dom, Ned y él mismo, cogerían el
Cherokee, se alejarían del motel por la parte posterior y se dirigirían a Elko dando un
rodeo para despistar a quienes los seguían. En Elko el grupo se dividiría. Ernie, Faye
y Ginger irían hacia el Norte, a Twin Falls, Idaho, y después a Pocatello. Allí
tomarían un avión a Boston, donde irían a casa de los Hannaby, los amigos de Ginger.
Deberían estar en Boston a última hora del jueves o a primera del viernes. Al llegar
contarían inmediatamente a los Hannaby todos los detalles de lo que habían
descubierto. Entonces, antes de que transcurrieran una o dos horas, Ginger reuniría a
todos sus colegas del Boston Memorial, y ella y los Block les contarían a aquellos
médicos lo que hicieron a mucha gente inocente en Nevada aquel verano. Mientras

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tanto, George y Rita Hannaby se pondrían en contacto con amigos influyentes, a
quienes Ginger y los Block contarían la historia. Sólo entonces, Ginger, Faye y Ernie
lo comunicarían a la prensa, Y sólo después de habérselo comunicado a la prensa
irían a la policía con una declaración que negara la suposición aceptada hasta
entonces de que a Pablo Jackson lo había asesinado un ladrón vulgar ocho días antes.
—El truco consiste en propagar la historia entre personas importantes —dijo Jack
—, pues si os ocurre un «accidente» antes de que la prensa se interese por nuestra
causa, habrá gente poderosa que exigirá saber quién os asesinó y por qué. Ése es el
valor particular que ahora tienes para nosotros, Ginger…, tus relaciones con un
espectro de personas importantes en una de las ciudades más influyentes del país. Si
podéis convencer a esa gente de que la historia es cierta, conseguiremos un
importante grupo de defensores. Pero, recordad, cuando lleguéis allí, tendréis que
actuar con rapidez, antes de que los conspiradores descubran que habéis regresado a
casa y decidan deteneros o quitaros de en medio.
Fuera, el viento se levantó de repente y gimió tras el contrachapado de las
ventanas. Bien. Si la tormenta arreciaba y disminuía la visibilidad, tendrían más
oportunidades de salir del motel sin ser vistos.
—Cuando Ginger, Faye y Ernie hayan salido de Elko hacia Pocatello —dijo Jack
en un tono de voz que implicaba que aquellas medidas no eran simples sugerencias,
sino necesidades inmutables—, los cuatro restantes (Brendan, Sandy, Jorja y Marcie)
iréis al distribuidor de Jeep y compraréis otro todo-terreno con dinero que yo os daré
antes de irnos. En cuanto tengáis los papeles en regla, saldréis de Elko con una
dirección distinta a la de Ginger y los Block. Iréis al Este, a Salt Lake City, Utah. La
tormenta os retrasará, desde luego, pero podréis llegar a Salt Lake City, coger un
avión en cuanto amaine y llegar a Chicago el jueves por la tarde o por la noche —se
volvió al sacerdote—. Brendan, cuando aterricéis en O’Hare, te pondrás en contacto
con tu superior, ese tal padre Wycazik del que nos has hablado. Debe utilizar sus
influencias para que os entrevistéis inmediatamente con quien esté al frente de la
archidiócesis de Chicago.
—El cardenal Richard O’Callahan —dijo Brendan—. Pero no sé si el padre
Wycazik podrá concertar una entrevista inmediatamente.
—Tiene que hacerlo —replicó Jack, inflexible—. Brendan, tienes que actuar
deprisa, como Ginger lo hará en Boston. Debemos suponer que nuestros enemigos no
tardarán en localizaros cuando lleguéis a Chicago. Así que, cuando os entrevistéis
con el cardenal O’Callahan, Jorja, Sandy y tú le explicáis lo que ha ocurrido en
Elko…, y Brendan, hazle una demostración de tus nuevos poderes telequinésicos.
Que no le quede ninguna duda. ¿Los cardenales llevan pantalones bajo la sotana?
Brendan lo miró sorprendido.
—¿Cómo? Claro que llevan pantalones.
—Bueno, pues entonces haz que tu cardenal O’Callahan se ensucie los
pantalones. Hazle una demostración que le convenza de que es parte de la historia

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más importante desde que se encontraron abierta aquella tumba hace dos mil años.
No lo digo con intención blasfema, Brendan. Realmente creo que es el
acontecimiento más importante desde entonces.
—Yo también —afirmó Brendan. Aunque estuvo alicaído toda la mañana, pareció
cobrar ánimo con las palabras autoritarias y la velada excitación de Jack.
Ahora, el fuerte viento hacía vibrar los paneles de madera contrachapada de las
ventanas y llenó el restaurante con un tamborileo apagado y siniestro.
Ernie Block torció su cabeza gris y aguzó el oído.
—Si se ha levantado este viento tan poco tiempo después de comenzar a nevar,
pronto habrá una buena ventisca.
Jack no quería que el tiempo empeorase muy deprisa, ya que si el enemigo iba a
actuar en las próximas horas, como había anticipado, podría adelantar el plan para
evitar las incomodidades y complicaciones de llevar a cabo la redada en plena
ventisca.
—Bueno, Brendan —continuó Jack—, convence al cardenal y haz que concierte
entrevistas con el alcalde, los concejales y los personajes importantes del mundo de
las finanzas y de la sociedad. Dispondrás de unas veinticuatro horas antes de que
vuestras vidas corran peligro. Cuanto más lo propaguéis, menos peligro correréis.
Pero en cualquier caso, no deberéis arriesgaros a dedicar más de doce horas a reunir
defensores poderosos antes de conceder una rueda de prensa: ¡Imagináoslo: los
ciudadanos más eminentes de la ciudad respaldándoos, los periodistas preguntándose
qué diablos ocurre…, y entonces les demuestras tus poderes telequinésicos haciendo
que una silla se pasee flotando por toda la sala!
Brendan sonrió abiertamente.
—Eso acabará con el encubrimiento de una vez por todas.
—Esperémoslo —dijo Jack—. Porque mientras vosotros realizáis vuestra misión,
Dom, Ned y yo estaremos en la Colina del Trueno, quizá bajo arresto militar, y sólo
podremos salir en el mismo estado en que entramos si vosotros lanzáis la historia a
los cuatro vientos.
—Esa parte no me gusta… —opinó Jorja—. Que entréis en la montaña. ¿Por qué
es necesario? Te hice esa pregunta hace quince minutos y aún no me has contestado,
Jack. Si podemos escapar de aquí e irnos a Boston y a Chicago, si podemos airear la
historia mediante los contactos de Ginger y Brendan, no hay necesidad de echar un
vistazo al interior del Depósito. Una vez que las rotativas se hayan puesto en marcha,
el Ejército y las agencias gubernamentales involucradas en esto, no tendrán más
remedio que aclararlo. Tendrán que decirnos qué ocurrió aquel verano y qué han
estado haciendo en la Colina del Trueno.
Jack respiró con profundidad, pues aquella era la parte a la que se podían oponer,
especialmente Dom y Ned.
—Lo siento, Jorja, pero eso es muy ingenuo. Si vamos todos a revelar la historia,
el Ejército y el Gobierno recibirán grandes presiones para revelar la verdad, sí, pero

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se demorarán. Se harán los locos y contarán historias contradictorias durante semanas
y meses. Eso les dará tiempo para buscar una mentira convincente que explique todo
y no revele nada. Nuestra única esperanza al revelar la verdad consiste en
desenmascararlos rápidamente. Y para acelerar las cosas, tendréis que decirle al
mundo que tres amigos vuestros (Dom, Ned y yo) están siendo retenidos contra su
voluntad en el interior de las instalaciones, que somos sus rehenes. El drama de unos
rehenes a manos de agencias de nuestro propio Gobierno en el papel de terroristas
será el ingrediente final para que al Ejército le sea imposible resistirse más de uno o
dos días.
Vio que sus palabras asombraron a todos. Ernie y Faye lo miraron con una mezcla
de horror y tristeza, como si ya estuvieran muertos… o como si les hubieran lavado el
cerebro.
El miedo se cernió sobre el rostro de Jorja como una sombra oscura.
—Pero no podéis —dijo—. No, no. No podéis sacrificaros…
—Si el resto cumple su misión apropiadamente —añadió Jack con rapidez—, no
nos sacrificaremos. Nos sacaréis de la Colina del Trueno con la protesta pública. Por
eso es tan importante que hagáis exactamente lo que os he dicho.
—Pero —replicó Jorja—, ¿y si, por casualidad, entráis en la montaña y veis algo
que explique lo que nos ocurrió aquel mes de julio? ¿Y si podéis hacer unas fotos y
salir vivos? En ese caso, trataríais de escapar. Supongo que el drama de los rehenes
no tiene por qué ser una parte imprescindible del plan, ¿verdad?
—No, claro que no —respondió Jack.
Mentía. Aunque al menos tenían una pequeña oportunidad de entrar en el
Depósito, Jack sabía que las esperanzas de volver a salir sin ser descubiertos eran
mínimas. Y en cuanto a encontrar algo dentro que explicara al instante lo que habían
visto aquel verano… las esperanzas eran nulas. Para empezar, no sabían lo que
buscaban. Era posible, e incluso probable, que pasaran junto a lo que buscaban sin
saber que lo habían visto. Es más, si en la Colina del Trueno se realizaban
experimentos peligrosos y uno de aquellos experimentos se les escapó de las manos
aquella noche de julio, la respuesta al misterio se encontraría en los archivos de
documentos y microfilmes o en los informes científicos; incluso si podían acceder a
los laboratorios, Dom, Ned y él no tendrían tiempo de revisar toneladas de
documentos buscando los pocos gramos que arrojasen alguna luz sobre los
acontecimientos. No dijo nada de esto a los demás. No podía permitir que la reunión
degenerase en un debate sobre los posibles riesgos y alternativas.
Fuera, el viento aullaba.
—Y si insistes en ir allí —dijo Jorja—, ¿por qué no podemos quedarnos los
demás tan cerca como sea posible? Los siete restantes podríamos quedarnos en Elko,
en la redacción del Sentinel, y Brendan mostraría sus poderes a la prensa local.
Podríamos empezar a delatar la conspiración aquí en lugar de ir a Chicago y a
Boston.

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—No. —A Jack le conmovía, pero también le molestaba, su preocupación por él.
(Las agujas del reloj parecían girar como un trompo, por el amor de Dios)—. Los
medios de comunicación nacionales no prestarían atención con suficiente rapidez a
un artículo en un periodicucho sobre un tipo que tiene poderes psíquicos y que está
relacionado con una importante conspiración del Gobierno. La considerarían otra
historia sensacionalista, como los reportajes sobre el hombre de las nieves y los
ovnis. Nuestros enemigos os localizarían y acabarían con vosotros y con cualquier
periodista con quien hablaseis mucho antes de que los periódicos importantes se
molestasen en mandar a alguien a comprobar la noticia. Tienes que ir a Chicago,
Jorja. Hay que hacerlo como he dicho…, es el mejor modo.
Jorja se hundió en la silla con aire derrotado.
—Dom —dijo Jack—, ¿estás conmigo?
—Sí, supongo que sí —contestó el escritor, como Jack pensaba que haría.
Corvaisis era uno de esos tipos legales de los que uno se podía fiar, aunque
probablemente él no se veía de aquella manera. Sonrió irónicamente y preguntó—:
Pero, Jack, ¿me puedes decir por qué recae ese honor sobre mis hombros?
—Desde luego. Ernie aún no se ha recuperado completamente de su nictofobia,
así que con conducir toda la noche a Pocatello tendrá de sobra. No se encuentra en
condiciones de participar en un asalto nocturno al Depósito. Con lo que sólo quedáis
Ned y tú. Y francamente, Dom, no vendrá mal que uno de los rehenes de la Colina
del Trueno sea escritor, una especie de celebridad. Eso aumentará el sensacionalismo
que le gusta a la prensa.
Ginger Weiss fruncía el ceño mientras Jack explicaba su plan. Ahora dijo:
—Eres un gran estratega, Jack, pero también un chauvinista, sólo tienes en cuenta
a los hombres para la expedición a la Colina del Trueno. Creo que los tres que deben
ir son tú, Dom y yo.
—Pero…
—Oyeme —le advirtió, levantándose, dirigiéndose al otro extremo de la mesa y
atrayendo la atención de todos. Jack era consciente de la forma en que Ginger
centraba su intelecto, voluntad y belleza en él, pues sus técnicas se parecían a los
métodos que él utilizaba para convencer a todos de que aceptaran sus planes sin
discusión—. Ned y Sandy pueden ir a Chicago, y Brendan seguirá teniendo a dos
adultos que respalden su historia. Jorja y Marcie podrían ir con Faye y Ernie a casa de
los Hannaby con una nota que yo les dé. George y Rita los tomarán en serio y les
conseguirán las entrevistas. Mi nota asegurará que sean bienvenidos y escuchados.
Pero la buena acogida será doble porque Rita no tardará ni diez minutos en darse
cuenta de que Faye es como ella, serán como hermanas, y Rita hará cualquier cosa
por ella. Mi presencia allí no es esencial. Hago más falta aquí. Para empezar, la
infiltración en el Depósito será una misión peligrosa. Cualquiera de los dos (Dom o
Jack) podría resultar herido y necesitar cuidados médicos de urgencia. No sabemos
con seguridad que Dom disponga de los mismos poderes de curación que Brendan y,

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aunque así fuera, quizá no pueda controlarlos. De modo que puede hacer falta un
médico, ¿no? Segundo, si es bueno para nuestra causa que haya un escritor famoso
(de acuerdo, Dom, moderadamente famoso) entre los rehenes, conseguiremos atraer
mucha más atención si también hay una mujer. ¡Maldita sea, me necesitas, Jack!
—Tienes razón —dijo Jack, sorprendiéndola con su pronta aceptación. Pero lo
que Ginger decía tenía sentido, y no podían perder el tiempo discutiéndolo—. Ned irá
con Sandy y Brendan a Chicago.
—No me importa ir al Depósito con vosotros, si crees que es lo mejor —afirmó
Ned.
—Lo sé —aseguró Jack—. Creía que era lo mejor, pero ahora no. Jorja, tú y
Marcie iréis a Boston con Ernie y Faye. Ahora, como no salgamos pronto de aquí, ya
no tendrá importancia quién irá adonde, porque estaremos de nuevo en las manos de
quienes nos hicieron aquel insensato lavado de cerebro hace dos veranos.
Ned apartó la mesa de la puerta. Ernie quitó el panel de madera contrachapada y,
al otro lado del cristal, apareció una cortina de copos de nieve arrastrados por el
viento.
—Estupendo —exclamó Jack—. Buena tapadera.
Al salir bajo la nieve sólo podían ver hasta donde estuvo aparcado el Plymouth de
color caqui. Se había marchado. Aquello intranquilizó a Jack. Prefería a los espías al
descubierto, donde él también pudiera vigilarlos.

La conferencia no se desarrolló como predijo el coronel Falkirk. Buscaba el


acuerdo para que los testigos del motel fueran detenidos y conducidos a la Colina del
Trueno de inmediato. Esperaba que él y el general Riddenhour convencieran a los
otros de que la amenaza de propagación de la infección era real y grave, y que se le
debería permitir eliminar a todo el grupo del Tranquility, así como a todo el personal
de la Colina del Trueno en cuanto tuviera en sus manos la prueba de que aquellos
individuos ya no eran humanos, prueba que estaba convencido de conseguir pronto.
Pero desde que cogió el teléfono, nada salió como él deseaba. La situación
empeoraba.
Emil Foxworth, director del FBI, tenía noticias de otro desastroso acontecimiento.
El equipo que realizaba los nuevos lavados de cerebro a la familia Salcoe, en
Monterey, California, había recibido la visita de un entrometido persistente. Pensaron
que lo tenían atrapado —un hombre barbudo y fornido—, pero logró escapar
espectacularmente. Los cuatro miembros de la familia Salcoe fueron trasladados de
inmediato en una ambulancia a un sitio seguro para seguir siendo sometidos al lavado
de cerebro. En el registro del automóvil del intruso barbudo descubrieron que se
trataba de un coche alquilado en la agencia del aeropuerto y que el intruso no era un
simple ladrón, sino Parker Faine, el amigo de Corvaisis. «Posteriormente —dijo el
director—, supimos que había tomado un avión de Monterey a San Francisco, pero lo

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perdimos allí. No tenemos la menor idea de dónde ha estado ni lo que ha hecho desde
que el vuelo de West Air aterrizó en San Francisco».
Foster Polnichev, en la oficina del FBI en Chicago, opinaba que mantener el
encubrimiento era imposible, y las noticias de la escapada afianzaron aquella opinión.
Los dos asesores políticos —Foxworth, del FBI, y James Herton, consejero de
seguridad nacional del presidente— estaban de acuerdo con él.
Aún más, con una untuosa habilidad, Foster Polnichev argumentó que todos los
acontecimientos —las milagrosas curaciones que efectuaron Cronin y Tolk; los
asombrosos poderes telequinésicos de Corvaisis y Emmy Halbourg— indicaban que
los principales efectos de los sucesos de aquel 6 de julio serían beneficiosos para la
humanidad, no perjudiciales. «Y sabemos que el doctor Bennell y la mayor parte de
los científicos que trabajan con él mantienen la opinión de que nunca hubo ni nunca
habrá ningún tipo de amenaza. Hace meses que lo comprendieron. Sus razones son
bastante convincentes».
Leland intentó hacerles ver que Bennell y su gente podían estar contagiados y no
ser de confianza. No podían confiar en ninguno de los que estaban en el Depósito.
Pero él era un mando militar, no un orador y, enfrentado a Foster Polnichev, Leland
sabía que parecía un auténtico paranoico.
Leland tampoco encontró mucho apoyo de quien más lo esperaba, del general
Maxwell Riddenhour. El jefe de la Junta del Estado Mayor se mantuvo imparcial al
principio, escuchando atentamente todos los puntos de vista, en el papel de mediador,
pues su cargo lo situaba entre el consejero político y el militar de carrera. Pero pronto
quedó claro que estaba más de acuerdo con Polnichev, Foxworth y Herton que con
Leland Falkirk.
—Entiendo su punto de vista, coronel, y lo admiro —dijo el general Riddenhour
—. Pero creo que este asunto ha sobrepasado los límites de nuestra autoridad. No
sólo requiere la participación de soldados, sino también de neurólogos, biólogos,
filósofos y otros, antes de tomar ninguna medida precipitada. Cuando se descubra una
prueba de amenaza inminente, cambiaré de opinión, desde luego; apoyaré el arresto
de los testigos del motel, ordenaré la cuarentena indefinida en el Depósito de la
Colina del Trueno y tomaré el resto de las medidas que usted propone. Pero, por el
momento, a falta de una amenaza grave y evidente, creo que deberíamos actuar con
más cautela y mantener abierta la posibilidad de que se desmantele el encubrimiento.
—Con el debido respeto —replicó Leland, que apenas si podía contener la furia
—, pienso que la amenaza es grave y evidente. No creo que haya tiempo para
neurólogos ni filósofos, ni mucho menos para las ambigüedades de una partida de
políticos acojonados.
Su sincera declaración provocó las ruidosas protestas de Foxworth y Herton, el
puñado de políticos pusilánimes. Cuando le gritaron a Leland, éste perdió su habitual
reserva y también les respondió a gritos. En un instante, la conferencia degeneró en
una ruidosa contienda verbal que sólo terminó cuando Riddenhour llamó al orden. Se

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llegó al acuerdo de no actuar contra los testigos del motel ni de tomar ninguna
medida para reforzar el encubrimiento.
—Concertaré una entrevista con el presidente en cuanto cuelgue —dijo
Riddenhour—. Dentro de veinticuatro horas, cuarenta y ocho a lo sumo, tendremos
un plan que satisfaga a todos, desde el comandante en jefe hasta Bennell y sus chicos.
«Eso es imposible», pensó Leland con amargura.
Cuando la desastrosa conferencia terminó en una humillación imprevista, Leland
colgó y permaneció, al menos, un minuto inmóvil junto a la mesa de su despacho
subterráneo de Shenkfield, hirviendo de ira, sin atreverse a llamar al teniente Horner.
No quería que Horner supiera que ahora iban contra corriente, no quería que
sospechara ni por un momento que la operación que estaban a punto de realizar iba
contra las órdenes del general Riddenhour.
Su deber estaba claro. Era macabro, terrible…, pero estaba claro.
Ordenaría el cierre de la I-80 con la excusa de un escape tóxico para aislar el
Tranquility Motel. Entonces arrestaría a los testigos y los conduciría directamente al
Depósito de la Colina del Trueno. Cuando los tuviera a todos bajo tierra junto con el
doctor Bennell y el resto de sospechosos del Depósito, atrapados tras las
inexpugnables puertas blindadas, Leland acabaría con ellos —y consigo mismo—
con un par de cargas nucleares de cinco megatones, de las que había en el almacén de
las municiones en las instalaciones subterráneas. Un par de cargas de cinco
megatones incinerarían a todos y todo lo que hubiese en la montaña, los reduciría a
polvo y trocitos de huesos. Así eliminaría el principal foco de infección de aquella
perversa plaga, el nido del enemigo. Claro que quedarían otros posibles focos de
infección: la familia Tolk, la familia Halbourg, el resto de los testigos que no habían
regresado a Nevada porque sus lavados de cerebro resultaron efectivos, otros… Pero
Leland estaba convencido de que, una vez que él realizara la valerosa acción
necesaria para eliminar el principal foco de contaminación, el ejemplo de su sacrificio
obligaría a Riddenhour a proseguir las investigaciones y hacer lo necesario para
acabar el trabajo y eliminar toda traza de contagio de la faz de la tierra.
Leland Falkirk se estremeció. Pero no de miedo. Era el orgullo lo que le hacía
estremecerse. Se sentía enormemente orgulloso de haber sido elegido para luchar y
vencer en la batalla más importante de todos los tiempos, para salvar no sólo a un
país, sino a toda la humanidad de una amenaza sin igual en la historia. Sabía que era
capaz de realizar el sacrificio necesario. No tenía miedo. Al preguntarse lo que
sentiría en esa milésima de segundo que tardaría en morir en una explosión nuclear,
sintió que le recorría un estremecimiento de satisfacción ante la perspectiva de
enfrentarse al dolor más intenso que la mente humana podía concebir. Oh, sería de
una crueldad tan intensa y, sin embargo, tan breve, que no había duda de que lograría
aguantarlo con la misma estoicidad que soportó todos los sufrimientos a los que se
había sometido.
Ahora estaba tranquilo. Perfectamente tranquilo. Sereno.

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Leland saboreó la dulce expectación ante el cercano y abrasador sufrimiento.
Aquella breve agonía atómica sería de una pureza tan exquisita que le aseguraría la
recompensa del cielo, la recompensa que sus padres ultrarreligiosos, al ver al diablo
en todo lo que hacía, siempre juraron que no obtendría.

Al salir del Tranquility Grille tras Ginger, Dom Corvaisis contempló los
remolinos de nieve que azotaban el aparcamiento y, por un instante, vio, oyó y sintió
algo que no había allí:
A su espalda se oía la música atonal de los últimos cristales que caían tras el
estallido de las ventanas, frente a él se veía el resplandor de las farolas del
aparcamiento y, más allá, la cálida oscuridad del verano, y por todos lados el rugido
y el temblor de tierra de misteriosa procedencia; el corazón le latía con fuerza; el
aliento parecía un trapo en la garganta; se alejó del Grille, miró a su alrededor y
hacia arriba…
—¿Qué ocurre? —le preguntó Ginger.
Dom vio que se había adelantado por el nevado aparcamiento, pero no había
resbalado en aquella superficie deslizante, sino en el escurridizo recuerdo que
atravesó el bloqueo de memoria. Miró a los demás, que ya habían salido del
restaurante.
—Vi… me pareció estar allí otra vez… en aquella noche de julio. —La noche
antepasada, en el restaurante, cuando estuvo a punto de recordar, recreó
inconscientemente el estruendo y el temblor de aquel 6 de julio. En estos momentos
no se produjeron tales manifestaciones, quizá porque los recuerdos ya no estaban
prisioneros y atravesaban el bloqueo de memoria sin ayuda. Ahora, apartó la vista de
los demás, observó los remolinos de nieve y…
El rugido fue tan imponente que le dañó los oídos, y las vibraciones tan fuertes
que las sintió en los huesos y en los dientes, del mismo modo que los truenos a veces
reverberan en las ventanas. Corrió por el asfalto, mirando al cielo, y —¡allí!— un
avión volaba a sólo unas decenas de metros de altitud, las luces intermitentes de
señalización rojas y blancas destellando en la oscuridad, tan bajo que se veía el
resplandor en el interior de la cabina, un avión a reacción, a juzgar por la velocidad
que llevaba, un cazabombardero a juzgar por el potente rugido de los motores, y —
allí— otro, haciendo una pasada rasante y ascendiendo por el manto de estrellas que
cubría el limpio cielo donde quedó su estela; pero el estruendo y el temblor que
destrozó las ventanas del restaurante y que provocó el baile de los pequeños objetos
sobre las mesas aumentó en lugar de decrecer; aunque Dom creía que desaparecería
al alejarse los aviones, se volvió con la sensación de que se oía a sus espaldas y
lanzó un grito de terror cuando un tercer cazabombardero apareció sobre el tejado
del restaurante a una altitud no mayor de quince metros, tan bajo que pudo ver los
distintivos —números de serie y la bandera americana— en una de las alas,

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iluminados por el resplandor de las farolas del aparcamiento que se bamboleaban
sobre el asfalto; pasó tan bajo que Dom se echó al suelo aterrado, convencido de que
el avión se estrellaba y que un segundo después caería sobre él una lluvia de hierros
retorcidos, quizá de combustible ardiendo…
—¡Dom!
Se encontraba tumbado en la nieve, aferrado a la tierra como aquella noche del 6
de julio en la que creyó que el avión se estrellaba sobre él.
—Dom, ¿qué ocurre? —le preguntó Sandy. Estaba arrodillada junto a él y le
ponía una mano en el hombro.
Ginger estaba arrodillada al otro lado.
—Dom, ¿te encuentras bien?
Se levantó ayudado por las dos.
—El bloqueo de memoria está desapareciendo, está desmoronándose. —Volvió a
alzar la mirada al cielo esperando que la blancura del día nevado se transformara,
como antes, en una oscura noche de verano, esperando que los recuerdos continuaran
aflorando. Nada. Ráfagas de viento. El golpe de la nieve en el rostro. Los demás lo
miraban—. Recuerdo que aparecieron unos aviones, cazabombarderos…, al principio
dos, cayendo en picado hasta unos sesenta metros del suelo…, y después un tercero,
tan bajo que casi se llevó el tejado del restaurante.
—¡Aviones! —exclamó Marcie.
Todos la miraron sorprendidos, incluso Dom, pues era la primera palabra que
decía, aparte de «la luna», desde la noche anterior. Estaba en brazos de su madre,
encogida para protegerse de la nieve. Volvió su pequeño rostro al cielo. Parecía
reaccionar a lo que Dom había dicho buscando en el cielo algún rastro de los aviones
que desaparecieron aquel lejano verano.
—Aviones —dijo Ernie, mirando el cielo también—. No… lo recuerdo.
—¡Aviones! ¡Aviones! —Marcie levantó un brazo al cielo.
Dom advirtió que él hacía lo mismo, aunque con los dos brazos, como si pudiera
atravesar la cortina de nieve del presente, alcanzar la noche clara del pasado y bajar
los recuerdos a la vista de todos. Pero, por mucho que lo intentó, no logró atrapar
nada.
Los demás no recordaban lo que les describió y, pronto, la trémula expectación
volvió a convertirse en frustración.
Marcie bajó la cabeza. Se metió el pulgar en la boca y lo chupó con fruición. Su
mirada se emborronó de nuevo.
—Venga —instó Jack—. Vámonos de una vez.
Corrieron hacia el motel, para vestirse y armarse para los viajes y la lucha que les
esperaban. De mala gana, percibiendo aún el aroma del calor de julio, con el rugido
de los motores de los cazabombarderos en los oídos, Dom Corvaisis los siguió.

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TERCERA PARTE

LA NOCHE EN LA COLINA DEL TRUENO

El coraje, el amor, la amistad,


la compasión y la empatía
nos elevan sobre las simples bestias
y definen la humanidad.

THE BOOK OF COUNTED SORROWS.

Su humilde tumba fue engalanada


por manos extranjeras;
por extranjeros honrada, por extranjeros
llorada.

ALEXANDER POPE.

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Capítulo seis
14 de enero, jueves noche

1. LUCHA

El padre Wycazik fue en un avión de la compañía Delta de Chicago a Salt Lake


City y, desde allí, en otro, al aeropuerto del condado de Elko. Aterrizó después de
comenzar la nevada, pero antes de que la visibilidad se redujera bruscamente al caer
la falsa oscuridad de la tormenta y se suspendiera el tráfico aéreo.
En las pequeña terminal, fue a un teléfono público, buscó en la guía el número del
Tranquility Motel y marcó. No obtuvo respuesta, ni siquiera una señal. La línea
emitía un siseo hueco. Lo volvió a intentar sin éxito.
Cuando pidió ayuda a la operadora, ella tampoco logró comunicación.
—Lo siento, señor, creo que hay problemas con la línea.
Al padre Wycazik le pareció muy mala noticia.
—¿Problemas? ¿Qué problemas? ¿Qué ocurre?
—Bueno, señor, supongo que será la tormenta. Hay fuertes ventiscas.
Pero Stefan no estaba tan seguro como ella. La tormenta apenas si acababa de
empezar. No creía que los tendidos telefónicos hubieran sucumbido ante las primeras
ráfagas de viento, a las que él se había enfrentado en la pista. El aislamiento del
Tranquility era una inquietante novedad, más bien obra del hombre que de la
inminente tormenta.
Telefoneó a Chicago, a la casa parroquial de St. Bette, y el padre Gerrano
contestó a la segunda señal.
—Michael, he llegado bien a Elko. Pero no he logrado contactar con Brendan. No
funciona el teléfono del motel.
—Sí —dijo Michael Gerrano—, lo sé.
—¿Lo sabe? ¿Cómo es posible que lo sepa?
—Hace unos minutos —contestó Michael—, recibí la llamada de un hombre que
no se identificó pero que dijo ser amigo de esa tal Ginger Weiss, una de las personas
que está ahí con Brendan. Me dijo que ella lo había llamado esta mañana para pedirle
que le buscara cierta información, pero no pudo contactar con el Tranquility. Al
parecer, ella previó esa posibilidad y le dio nuestro número y el de unos amigos de

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Boston, y le comunicó que nos diera a nosotros la información y que ella nos llamaría
cuando pudiese.
—¿Se negó a darle su nombre? —preguntó el padre Wycazik, desconcertado—.
¿Y dice que ella le pidió que buscara información?
—Sí —asintió Michael—. Sobre dos cosas. Primero, sobre ese lugar llamado
Depósito de la Colina del Trueno. Dice que, por lo que ha podido averiguar, el
Depósito sigue siendo lo que siempre fue: un almacén a prueba de bombas, una de las
ocho instalaciones prácticamente idénticas que hay en el país. También le pidió que
averiguase algo de un oficial del Ejército, el coronel Leland Falkirk, destinado en
algo que se llama Grupo de Respuesta a Emergencias Nacionales…
Mientras contemplaba un breve instante luminoso y enjoyado de la tormenta por
los ventanales de la terminal, el padre Wycazik escuchó a Michael Gerrano recitar la
hoja de servicio del coronel. Cuando Stefan comenzó a sudar por el esfuerzo de
recordarlo todo, el coadjutor le aseguró que nada de aquello era importante.
—El señor X piensa que sólo una parte del expediente del coronel Falkirk puede
tener relación con lo sucedido a las personas del Tranquility Motel.
—¿El señor X? —preguntó el padre Wycazik.
—Como no mencionó su nombre, podemos llamarlo señor X.
—Continúe —añadió el padre Wycazik.
—Bien, el señor X cree que la clave está en que el coronel fue el representante
militar en una comisión gubernamental, el CISG, encargada de una investigación
monumental iniciada hace nueve años. El señor X cree que la clave es el CISG
porque, al investigar, descubrió dos cosas extrañas. Primero, muchos de los
científicos de esa comisión se tomaron, y aún se toman largas vacaciones,
excedencias o permisos inexplicables. Segundo, el 18 de julio del verano antepasado
se adoptaron nuevas medidas de seguridad con respecto a los documentos del CISG,
exactamente dos días después de que Brendan y los demás tuvieran problemas allí en
Nevada.
—¿Qué quiere decir CISG? ¿Qué estudia?
Michael Gerrano se lo explicó.
—¡Santo Dios, lo que me pensaba! —exclamó el padre Wycazik.
—¿De veras? Padre, es difícil sorprenderlo. ¡Ni con esto! No me diga que suponía
que era eso lo que se escondía tras los problemas de Brendan. ¿Y… quiere decir
que…, que realmente… es eso lo que pudo ocurrir?
—Aún podría estar ocurriendo, pero tengo que admitir que no lo deduje con la
mera aplicación de mi gran inteligencia. Es parte de lo que Calvin Sharkle gritaba a la
policía esta mañana, antes de hacerse papilla.
—Santo Dios —dijo Michael Gerrano.
—Quizá estemos a punto de descubrir un nuevo mundo, Michael. ¿Está
preparado?
—Yo… no lo sé —respondió Michael—. ¿Y usted, padre?

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—¡Oh, sí! —exclamó Stefan—. Oh, sí, perfectamente preparado. Pero el camino
que nos conduzca a él puede estar lleno de peligros.

Ginger notaba que la agitación de Jack aumentaba a medida que transcurrían los
minutos. Jack tenía el presentimiento de que los últimos granos de arena caían por el
cuello del reloj. Mientras ayudaba a realizar los últimos preparativos para la marcha,
no dejaba de mirar a las ventanas, como si esperase ver rostros hostiles.
Necesitaron casi media hora para vestirse contra la noche helada, cargar las armas
y los cargadores de repuesto y llevar el equipo a la camioneta de los Sarver y al
Cherokee de Jack, aparcados tras el motel. No trabajaron en silencio, ya que haría
sospechar a los espías de su inminente salida. Charlaron sobre cosas sin importancia
mientras se apresuraban en terminar.
Finalmente, a las cuatro y diez, subieron el volumen de la radio con la esperanza
de encubrir su ausencia unos minutos y salieron por la puerta trasera del cobertizo. Se
demoraron unos momentos entre el viento y la nieve, abrazándose unos a otros y
diciéndose: «Adiós», «cuídate», «rezaré por vosotros», «todo saldrá bien» y
«venceremos a esos bastardos». Ginger advirtió que Jack y Jorja estuvieron
abrazados más tiempo de lo normal y, cuando Jack se despidió de Marcie y la besó y
abrazó, lo hizo como si se tratase de su propia hija. Era peor que el final de una
reunión familiar, pues, a pesar de afirmar lo contrario, los miembros de aquella
familia estaban más que convencidos de que alguno de sus miembros no sobreviviría
para asistir a otra reunión.
Conteniendo las lágrimas, Ginger dijo:
—Bueno, ya esta bien. Larguémonos de aquí.
Con Ned al volante, los siete que irían a Chicago y a Boston se marcharon
primero, apilados en el Cherokee. La fina nieve caía con tanta rapidez y uniformidad
que, a los treinta metros, el Cherokee casi se perdió de vista y, a los cincuenta, se
convirtió en una forma fantasmal. No obstante, el Cherokee no se dirigió
directamente hacia las colinas, por miedo a que los vieran los vigías que Jack localizó
con el sensor térmico. Se perdió entre los suaves pliegues de una cañada. Ned
conduciría mientras pudiese por cañadas, valles y cortados. La tormenta se tragó el
ruido del motor incluso antes de que el coche desapareciera.
Ginger, Jack y Dom subieron a la cabina de la camioneta de los Sarver y
siguieron las huellas del Cherokee. Pero éste pronto desapareció en el blanco caos
que asolaba la tierra. Sentada entre Jack y Dom, dando tumbos y saltos mientras
subían por la cañada, Ginger mantenía la vista clavada más allá de los
limpiaparabrisas y se preguntaba si volvería ver alguna vez a los que se habían
marchado en el Jeep. En pocos días, Ginger había llegado a quererlos a todos. Estaba
preocupada por ellos.
Nos preocupamos unos de otros. Eso es lo que nos distingue de los animales del

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campo. Eso era lo que siempre decía Jacob. El intelecto, el coraje, el amor, la
amistad, la compasión y la empatía… Jacob decía que cada una de aquellas
cualidades era tan importante para el hombre como las demás. Algunas personas
pensaban que lo único que contaba era el intelecto: saber resolver los problemas,
saber defenderse, saber distinguir y aprovechar las oportunidades. Todos eran
importantes factores que contribuían a la ascensión y supremacía de la humanidad, sí,
pero las muchas funciones del intelecto eran insuficientes sin el coraje, el amor, la
amistad, la compasión y la empatía. Nos preocupamos los unos por los otros. Es
nuestra maldición. Es nuestra bendición.

Parker temía que el piloto del pequeño avión de diez plazas, en lugar de atravesar
el frente de la tormenta e intentar aterrizar, se desviara a algún otro aeródromo del sur
de Nevada. Cuando, después de todo, el avión descendió a través del frente de la
tormenta, Parker casi deseó que se hubiera desviado. Los golpes de viento y la nieve
cegadora parecían demasiado arriesgados incluso para un piloto veterano
acostumbrado a la navegación instrumental. Pero pronto estuvieron a salvo en el
suelo, uno de los últimos aviones en aterrizar antes del cierre del aeropuerto.
El pequeño aeropuerto no tenía túneles de desembarque. Parker corrió por la pista
nevada hacia la puerta de la pequeña terminal, haciendo muecas al sentir que la nieve
le aguijoneaba el rostro afeitado con miles de pequeñas agujas heladas.
Aquella mañana, cuando el vuelo de Air West aterrizó en San Francisco, compró
unas tijeras y una maquinilla de afeitar eléctrica en una tienda del aeropuerto y se
afeitó la barba en el servicio de caballeros. Hacía una década que no veía su propio
rostro sin adornar. Le pareció más atractivo de lo que esperaba. También se cortó el
cabello. Cuando estaba en plena transformación, entró un tipo en el servicio y,
mientras se lavaba las manos junto a él, le dijo bromeando: «Huyendo de la poli,
¿eh?». Y Parker le respondió: «No, de mi esposa». Y el tipo añadió: «Ah, yo
también», como si lo dijera de verdad.
Para evitar dejar la pista de la tarjeta de crédito, pagó en efectivo un pasaje en un
vuelo de Air Cal a Reno. Tras un vuelo de cuarenta y cinco minutos a través de Sierra
Nevada hasta «el pueblo más grande del mundo», tuvo suerte de encontrar una plaza
libre en un vuelo que saldría para Elko doce minutos más tarde. Volvió a pagar en
efectivo y se quedó con veintiún dólares en la cartera. Durante dos horas y cuarto,
aguantó un viaje turbulento sobre la Gran Cuenca hacia las mesetas del nordeste de
Nevada, donde presentía que su amigo se encontraba en un terrible peligro.
Para cuando empujó las puertas del edificio humilde y pequeño, pero limpio, que
albergaba las dependencias y la terminal del aeropuerto del condado de Elko, Parker
debía sentirse exhausto por su horrible experiencia en Monterey y sus viajes
accidentados. No obstante, se sentía lleno de energía y vitalidad, rebosante de
resolución y decisión. Le pareció ser un toro que resollaba por el campo para vérselas

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con un zorro que andaba molestando a la manada.
Encontró dos teléfonos públicos, pero sólo funcionaba uno. Buscó el número del
Tranquility e intentó llamar a Dom, pero los teléfonos del motel estaban
desconectados. Supuso que tendría algo que ver con la tormenta, pero sospechó y se
preocupó. Tenía que salir de allí e ir a donde lo necesitaban, y pronto.
En dos minutos escasos, descubrió que no había coches de alquiler y que la
empresa de taxis de la ciudad, que sólo disponía de tres, estaba tan atareada debido a
la tormenta que tendría que esperar noventa minutos para que le enviaran uno. Así
que miró a su alrededor, vio a dos viajeros rezagados de su propio vuelo y algunos
más llegados en vuelos privados poco antes de que se cerrara el aeropuerto, y los
abordó uno tras otro pidiéndoles que le llevaran, pero no tuvo éxito. Apartándose de
ellos, Parker colisionó con un hombre canoso de aspecto distinguido. El tipo parecía
tan inquieto como Parker. Se había desabrochado el abrigo para mostrar el alzacuello.
—Perdóneme —le dijo a Parker—, por favor, soy sacerdote y tengo mucha prisa,
es un asunto de vida o muerte, necesito ir al Tranquility Motel urgentemente. ¿Tiene
coche?

Dom Corvaisis estaba sentado en tensión en la cabina de la camioneta de los


Sarver, con la puerta a la derecha y Ginger Weiss a la izquierda, la vista clavada al
frente, en una nevada tan intensa que parecían conducir a través de cortinas de gasa
blanca. Miraba al frente como si tras la siguiente cortina de gasa se ocultara una
increíble revelación. Pero cuando se apartaba sin oponer resistencia era sólo para
mostrar una serie infinita de otras cortinas que flotaban, se ondulaban y aleteaban en
el viento.
Tras un momento, comprendió qué buscaba con tanta ansiedad: una repetición de
aquel destello de la memoria que lo deslumbró al salir del Tranquility Grille.
Aviones… ¿Qué ocurrió cuando el tercer avión pasó sobre él haciéndolo tirarse al
asfalto aterrorizado?
La nevada uniforme hacía parecer el día un tapiz de millones de hilos tejidos
irregularmente que cubría la cañada. El falso crepúsculo gris de la tormenta caía
sobre la tierra tres cuartos de hora antes que el verdadero. Las rocas nudosas y
puntiagudas, y algún que otro álamo de Virginia surgían bruscamente de la penumbra
como temibles bestias prehistóricas en la neblina antediluviana. No obstante, Dom
sabía que Jack aún no se atrevería a encender los focos. Aunque la camioneta
quedaba oculta por la nieve y por las escarpadas paredes del cortado que recorrían,
las luces se reflejarían en los trillones de cristales de nieve, y los vigías apostados al
pie de las montañas lo verían.
Llegaron a un lugar donde las huellas de los neumáticos del Cherokee, como dos
serpientes gemelas, giraban al Este para seguir una cañada que desembocaba en el
corte principal. Jack no siguió a Ned Sarver y los otros, pues ellos debían

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encaminarse por otra dirección según el plan. Condujo la camioneta hacia el Norte,
siguiendo las indicaciones que le daba Dom tras consultar la brújula.
Tras recorrer otros cien metros, llegaron al final del cortado, donde se estrechaba
y se detenía finalmente ante una pendiente escarpada. Dom pensaba que, después de
todo, tendrían que regresar y seguir a Ned, pero Jack puso la primera, aceleró, y la
camioneta con tracción a las cuatro ruedas comenzó a subir. El camino por la cuesta
rocosa era accidentado. La camioneta avanzó dando tumbos y sacudidas que lanzaron
a Ginger contra Dom en una serie de colisiones no exentas de un aspecto agradable.
Con la última luz del día, bajo la tormenta grisácea y en el oscuro interior de la
camioneta, Ginger parecía, por contraste, más bella que nunca. Comparada con su
lustroso cabello rubio plateado, la nieve parecía sucia.
Con un bandazo y una sacudida que lanzó a Dom contra el techo, la camioneta
alcanzó la cima de la colina. Bajaron una breve pendiente y continuaron por un llano.
Cuando se disponían a acometer la siguiente pendiente, Jack frenó bruscamente y
exclamó:
—¡Aviones!
Dom lo miró boquiabierto y volvió la vista a la tormenta, esperando ver un avión
cayendo en picado sobre ellos, después comprendió que hablaba de los aviones del
pasado. Había recordado lo mismo que Dom recordó menos de una hora antes. No
obstante, a juzgar por el control que Jack tenía sobre la camioneta, no lo vio como
Dom, sino que simplemente lo recordó.
—Aviones —volvió a decir Jack, con un pie en el freno y otro en el embrague,
aferrado con ambas manos al volante, contemplando la nieve pero intentando ver el
pasado—. Uno, dos, rugiendo en el cielo, como tú dijiste, Dom. Y después otro,
rozando el tejado del restaurante, y después de ese… un cuarto…
—No recordaba el cuarto —dijo Dom excitadamente.
Inclinándose sobre el volante, Jack añadió:
—El cuarto apareció justo cuando yo salía del motel. No estaba en el restaurante
con vosotros. Hubo aquel terrible temblor y aquel estruendo y salí corriendo de la
habitación a tiempo para ver el tercer cazabombardero, un F-16, creo. Prácticamente
salió de la nada, de la oscuridad, y pasó sobre el restaurante. Tenías razón: no podía
volar a más de doce o quince metros de altitud. Y cuando aún no me había
recuperado del asombro, apareció un cuarto sobre el motel, por detrás, a menor
altitud. Quizá tres o cuatro metros más bajo, y la ventana que había a mis espaldas
estalló al pasar.
—¿Y entonces? —le preguntó Ginger con un susurro, como si al hablar más alto
el recuerdo que surgía se hundiera en las profundidades del subconsciente de Jack.
—El tercer y el cuarto avión —respondió Jack—, los que volaban más bajo, se
alejaron hacia la autopista, a unos cinco metros sobre los tendidos eléctricos, se veían
las toberas de los motores al rojo vivo, y se alejaron por las llanuras al otro lado de la
I-80, uno de ellos ascendiendo y girando al Este, el otro al Oeste, los dos dieron la

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vuelta y regresaron… y yo comencé a correr hacia vosotros…, hacia el grupo de
gente que salió del restaurante…, porque pensé que quizá alguien sabía lo que
ocurría…
La nieve golpeaba el parabrisas.
El viento susurraba secretos a las ventanillas. Al fin, Jack concluyó:
—Eso es todo. Ya no recuerdo más.
—Lo recordarás —replicó Dom—. Todos lo recordaremos. Los bloqueos de
memoria están desapareciendo.
Jack volvió a poner la primera y arremetió contra la pendiente, prosiguiendo el
rodeo hacia la Colina del Trueno.

El coronel Leland Falkirk y el teniente Horner, acompañados de dos sargentos del


DERO fuertemente armados, subieron a uno de los vehículos todo-terreno de
Shenkfield y se dirigieron al control establecido en la I-80, en el límite occidental de
la zona de cuarentena. Dos grandes camiones para el transporte de tropas habían sido
atravesados en los carriles de dirección Este para impedir el paso. (Los carriles de
dirección Oeste fueron cortados a quince kilómetros de allí, al otro lado del
Tranquility). Las luces intermitentes brillaban sobre múltiples caballetes. Se veían a
media docena de hombres del DERO, vestidos con trajes aislantes. Tres de ellos
estaban inclinados sobre las ventanillas abiertas de automóviles detenidos, hablando
con los conductores, explicándoles cortésmente la situación.
Diciéndoles a Horner y a los dos sargentos que esperasen en el coche, Leland
salió y se dirigió al centro del bloqueo para hablar brevemente con el sargento Vince
Bidakian, quien estaba al cargo de aquella parte de la operación.
—¿Cómo va todo? —le preguntó Leland.
—Bien, señor —dijo Bidakian, alzando ligeramente la voz para competir con el
viento—. No hay mucha gente en la carretera. La tormenta ha caído antes al Oeste,
por lo que la mayor parte de los automovilistas con sentido común se han detenido en
Battle Mountain o incluso en Winnemucca hasta que se aclaren las cosas. Y parece
que prácticamente todos los camioneros han decidido hacer lo mismo en lugar de
intentar llegar a Elko. Creo que en una hora no tendremos ni doscientos vehículos
esperando.
No hacían regresar el tráfico a Battle Mountain. Le decían a todo el mundo que la
autopista se reabriría antes de que transcurriera una hora y que la espera no sería
insufrible.
Un corte más prolongado hubiera significado la necesidad de un apoyo masivo,
incluso con la disminución del tráfico provocada por la tormenta. Si tuviera que
ocuparse de un número mayor de conductores importunados y mantener una
cuarentena más prolongada, Leland ya tendría que haber alertado a la policía estatal
de Nevada y al sheriff del condado. Pero no quería que la policía participara mientras

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lo pudiera evitar, pues solicitarían la confirmación de su autoridad a los altos mandos
del Ejército… y no tardarían en descubrir que era un impostor. Si se podía mantener
apartados a los policías durante media hora y se le daban pretextos unos minutos mas
cuando se enteraran, nadie descubriría la perfidia de Leland hasta que no fuera
demasiado tarde. No necesitaba más de una hora para arrestar a los testigos del motel
y encerrarlos en las profundidades de la Colina del Trueno.
Leland le advirtió a Bidakin:
—Sargento, asegúrese de que todos los automovilistas tengan suficiente gasolina,
a los que no les quede mucha lléneles el depósito con el tanque de emergencia que
hemos traído.
—Sí, señor. Ya lo he ordenado.
—¿Ningún rastro de policías o máquinas quitanieves?
—Aún no, señor —respondió Bidakian, mirando más allá de la fila de
automóviles detenidos, por donde se aproximaban dos parejas de faros en la
penumbra del crepúsculo nevado—. Pero no tardaremos ni diez minutos en ver a
unos u otros.
—¿Sabe qué historia contarles?
—Sí, señor. Un pequeño accidente; un camión que se dirigía a Shenkfield cargado
con productos tóxicos, por lo que…
—¡Coronel! —el teniente Horner se acercaba corriendo desde el Wagoneer.
Llevaba tanta ropa que parecía más grande de lo habitual—. Un mensaje del sargento
Fixx desde Shenkfield, señor. Algo ocurre en el motel. No ha oído una voz desde
hace quince minutos. Sólo una radio a todo volumen. Cree que no hay nadie allí.
—¿Han vuelto a reunirse en el restaurante?
—No, señor. Fixx cree que… se han marchado, señor.
—¿Marchado? ¿Adonde? —le preguntó Leland sin esperar a que le respondiera.
Con el corazón acelerado, corrió al Wagoneer.

Se llamaba Talia Ervy y se parecía a Marie Dressler, quien hacía el papel de


Tugboat Annie en aquellas maravillosas películas con Wallace Beery. Talia era
incluso mayor que Dressler, quien no era pequeña ni mucho menos: huesos grandes,
rostro amplio, boca ancha, mentón fuerte. Pero era la mujer más encantadora que
Parker Faine había visto desde hacía días, pues no sólo se ofreció a llevarle a él y al
padre Wycazik del aeropuerto al Tranquility, sino que se negó a aceptar dinero.
—Diablos, pero si no me importa —dijo con una voz algo parecida a la de Marie
Dressler—. De todos modos, no tenía nada particular que hacer. Me iba a casa a
prepararme la cena. Soy una pésima cocinera, así que retrasaré algo el suplicio. La
verdad es que, cuando pienso en el filete que me iba a comer, creo que me hacen un
gran favor.
Talia tenía un Cadillac de diez años, un automóvil enorme, con neumáticos

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antideslizantes con cadenas para la nieve. Aseguró que les llevaría donde quisiera por
muy mal tiempo que hiciera y lo llamó «calcomanía». Parker se sentó en el asiento
delantero, y el padre Wycazik detrás.
No habían recorrido ni dos kilómetros cuando oyeron un parte de emergencia en
la radio anunciando el supuesto escape tóxico y el corte de la I-80 al Oeste del Elko.
—¡Vaya partida de inútiles! —exclamó Talia subiendo el volumen de la radio y el
de su voz—. Se supone que una cosa tan delicada debe tratarse como un cargamento
de bebés en cunas de cristal, pero es la segunda vez que les ocurre en dos años.
Ni Parker ni el padre Wycazik fueron capaces de hacer comentarios. Ambos
sabían que se estaban cumpliendo sus peores temores.
—Bueno, caballeros, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Talia Ervy.
—¿Hay algún sitio donde alquilen coches? —interrogó Parker—. Necesitamos un
todo-terreno. Un Jeep o algo así.
—Hay un concesionario de Jeep —respondió Talia—. Mi «calcomanía» y yo
podemos llevarlos a donde quieran, aunque caigan copos tan grandes como perros.
El vendedor del concesionario de Jeep, Félix Schellenhof, era menos pintoresco
que Talia Ervy. Vestía traje gris, corbata del mismo color y camisa gris pálido, y
hablaba en un tono de voz también gris. No, le dijo a Parker, no alquilaban vehículos.
Sí, tenían muchos para vender. No, no podían cerrar la compra en sólo veinte
minutos. El vendedor indicó que si Parker quería pagarlo a plazos tendrían que
esperar hasta el día siguiente. Un cheque no aceleraría los trámites, porque Parker no
era de aquel estado.
«Nada de cheques», le replicó Parker. Schellenhof enarcó las cejas grises ante la
perspectiva del pago en efectivo. Parker añadió: «Lo pagaré con la Tarjeta Oro de
American Express», y Schellenhof pareció tristemente divertido. Aceptaban la tarjeta
de American Express, sí, dijo, pero en la compra de recambios, en las reparaciones;
nadie había comprado jamás un vehículo con tarjeta de crédito. Parker aseguró: «La
tarjeta no tiene límite de compra. Oiga, en París vi un espléndido óleo de Dalí, treinta
mil pavos, ¡y aceptaron mi American Express!». Con una diplomacia cauta y
elaborada, Schellenhof intentó desentenderse de ellos.
—¡Por el amor de dios, hombre, mueva el trasero de una vez! —rugió el padre
Wycazik, estrellando la mano contra el mostrador de Schellenhof, quien enrojeció
desde el pelo hasta el cuello de la camisa—. Es un asunto de vida o muerte. Llame a
American Express. —Alzó la mano, y los asustados ojos del vendedor siguieron el
repentino gesto de la mano—. Averigüe si autorizan la compra. ¡Por el amor de Dios,
dese prisa! —gritó el sacerdote volviendo a golpear el mostrador.
Al fin, la visión de un clérigo tan enfurecido avivó al vendedor. Cogió la tarjeta
de Parker, salió casi a la carrera de la pequeña oficina y atravesó la sala de exposición
hasta el despacho acristalado del director.
—Santo cielo, padre —exclamó Parker—, si fuera protestante se habría
convertido en un predicador de capa y espada.

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—Oh, católico o no, en mi época hice temblar a algunos pecadores.
—No lo dudo —le aseguró Parker.
American Express aprobó la compra. Con precipitado arrepentimiento,
Schellenhof sacó un fajo de impresos y le mostró a Parker dónde debía firmar.
—¡Vaya semana! —afirmó el vendedor, aunque seguía pareciendo triste y gris a
pesar del nuevo entusiasmo—. El lunes pasado, entra un tipo y compra un Cherokee
con dinero en efectivo…, fajos de billetes de veinte dólares. Debió ganarlo en un
casino. Ahora esto. Y la semana apenas si ha comenzado. ¿Qué les parece, eh?
—Fascinante —contestó Parker.
Desde el teléfono del despacho de Schellenhof, el padre Wycazik llamó a cobro
revertido al padre Gerrano a Chicago y le habló de Parker y del cierre de la I-80.
Después, cuando Schellenhof volvió a salir de la habitación, el padre Wycazik dijo
algo que sorprendió a Parker:
—Michael, quizá nos suceda algo, de modo que llame a Simón Zoderman, del
Tribune, en cuanto cuelgue. Cuénteselo todo. Hasta el último detalle. Explíquele a
Simón la relación entre Brendan y Winton Tolk, la chica de los Halbourg, Calvin
Sharkle y el resto. Dígale lo que ocurrió en Nevada hace dos años, lo que vieron. Si le
cuesta trabajo creerlo, insista en que yo lo creo. Ya sabe lo dura que tengo la mollera.
Cuando el padre Wycazik colgó, Parker dijo:
—¿Le he entendido bien? Dios mío, ¿sabe usted lo que les ocurrió aquella noche
de julio?
—Estoy casi seguro, sí —le respondió el padre Wycazik.
Antes de que el sacerdote dijese más, Schellenhof regresó envuelto en un halo de
poliéster gris. Ahora que su cometido le parecía real, estaba decidido a no hacer
perder el tiempo a Parker.
—Tiene que contármelo —le insistió Parker al sacerdote.
—En cuanto nos pongamos en camino —le prometió el padre Wycazik.

Ned condujo con lentitud el Cherokee de Jack hacia el Este por las pendientes
barridas por la nieve. Sandy y Faye iban sentadas junto a él, inclinadas hacia delante,
mirando fijamente al frente, ayudándole a localizar los obstáculos en aquella caótica
blancura.
En el asiento trasero, junto con Brendan, Jorja y Marcie, que estaba sentada en las
piernas de su madre, Ernie trataba de convencerse de que no sucumbiría al pánico
cuando la última luz del sombrío crepúsculo tormentoso diera paso a la oscuridad. La
noche anterior, cuando se metió bajo las mantas y contempló las sombras más allá del
resplandor de la lámpara, su intranquilidad no alcanzó la intensidad que esperaba.
Estaba mejorando.
Ernie también cobró ánimos cuando Dom recordó los aviones que sobrevolaron el
restaurante. Si Dom podía recordar, él también lo haría. Y cuando el bloqueo de

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memoria se destruyera, cuando al fin recordase lo que vio aquella noche de julio,
dejaría de tener miedo a la oscuridad.
—La carretera del condado —dijo Faye cuando el Jeep se detuvo.
Habían llegado a la primera carretera del condado, la que discurría junto al
Tranquility y bajo la I-80. El motel quedaba a unos tres kilómetros al Sur, y la Colina
del Trueno a unos doce kilómetros por aquella cinta de asfalto. Había sido limpiada
poco antes, porque el gobierno federal pagaba al condado para mantener el acceso
siempre abierto.
—Deprisa —exhortó Sandy a Ned.
Ernie sabía lo que Sandy pensaba: podría aparecer alguien que se dirigiera a la
Colina del Trueno y descubrirlos.
Acelerando el motor, Ned atravesó la carretera desierta a toda prisa, hacia las
colinas del otro lado, cruzando transversalmente una serie de surcos a tal velocidad
que Brendan y Jorja se vieron lanzados repetidas veces contra Ernie, sentado entre
ambos. Una vez más, se refugiaron en la nieve, que caía como una tormenta de ceniza
de un cielo que ardía de frío. A unos diez kilómetros al Este, había otra carretera que
discurría en dirección Norte-Sur —la carretera de Vista Valley—, y se dirigieron
hacia ella. Una vez allí, torcerían al Sur hasta encontrarse con otra carretera que
corría paralela a la I-80 y que les llevaría a Elko.
Ernie advirtió de repente que los ejércitos de sombras de la noche vencían al
crepúsculo. La oscuridad se cernía sigilosamente sobre ellos. Estaba algo más allá, no
en la distancia sino en el tiempo, a sólo unos minutos, pero Ernie la veía
observándolos desde billones de ranuras entre billones de copos, acercándose cada
vez que parpadeaba, dispuesta a apartar las cortinas de nieve y abalanzarse sobre
ellos…
No. Había muchas cosas que temer para gastar las energías en una fobia
disparatada. Incluso con la brújula, podrían perderse en aquel vociferante torbellino.
Con sólo unos metros de visibilidad, podrían caer por un cortado o a una sima rocosa,
sin ver el agujero hasta que no cayeran en él. Conducir a ciegas hacia su propia
destrucción era una amenaza tan real que Ned sólo se atrevía a hacer avanzar el
Cherokee con mimo a una velocidad prudente.
«Temo lo que se debe temer —se dijo Ernie con decisión—. No os temo,
Tinieblas».
Faye se volvió hacia él y levantó el pulgar, y fue entonces cuando Marcie gritó.

El doctor Bennell estaba sentado en la oscuridad de su despacho en El Eje,


preocupado. La única luz era el débil resplandor de las dos ventanas que daban a la
caverna central del segundo nivel del Depósito, iluminación insuficiente para revelar
los detalles de la habitación.
Sobre el escritorio, frente a él, había seis hojas de papel. Las había leído veinte o

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treinta veces en los últimos quince minutos; no volvería a necesitar leerlas otra vez
esta noche para recordar, palabra por palabra, lo que había escrito en ellas. Era una
copia, obtenida por medios ilegales, del examen psicológico de Leland guardado en
los archivos de los ordenadores del DERO.
Miles Bennell —doctor en biología y química, interesado en la física y la
antropología, músico diestro a la guitarra y el piano, autor de libros tan diversos
como un texto de neurohistología y un estudio erudito sobre la obra de John D.
MacDonald, conocedor de los buenos vinos, aficionado a las películas de Clint
Eastwood, lo más parecido a un renacentista de finales del siglo XX— era, entre otras
cosas, experto en piratería informática. Comenzó a aventurarse en la compleja red
mundial de sistemas de información cuando era estudiante universitario. Dieciocho
meses antes, cuando su trabajo en el proyecto de la Colina del Trueno le obligó a
frecuentar al coronel Leland Falkirk, Miles Bennell comprendió que el coronel era un
individuo psicológicamente enfermo que debería haber sido declarado inútil para el
servicio, incluso como soldado raso…, excepto por una cosa: al parecer, era uno de
esos raros paranoicos que aprendían a utilizar su locura particular para convertirse en
un perfecto autómata cuyo aspecto y comportamiento parecían normales. Miles quiso
saber más. ¿Qué hacía enloquecer a Falkirk? ¿Qué estímulo le haría explotar
inesperadamente? Las respuestas se encontraban en el cuartel general del DERO. Así,
dieciséis meses antes, Miles Bennell comenzó a utilizar el ordenador y el módem
para buscar el camino de los archivos del DERO en Washington.
La primera vez que leyó el informe, Miles se asustó, pero se dio mil excusas para
continuar en el puesto aunque tuviese que trabajar con un hombre violento como el
coronel. Las probabilidades de tener problemas con Falkirk se reducirían si Miles lo
trataba con la frialdad y el respeto forzado que comprendería un paranoico. No había
que dárselas de listo con un hombre así, ni adularlo, pues supondría que se ocultaba
algo. El respetuoso desdén era la mejor actitud.
Pero ahora Miles se encontraba en las manos de Falkirk, encerrado bajo tierra,
para ser juzgado y sentenciado según la desvirtuada concepción del general sobre la
culpabilidad y la inocencia. Estaba aterrado.
El psicólogo militar que escribió el informe no disfrutaba de la percepción ni los
conocimientos que deben poseer los psicólogos. Sin embargo, a pesar de haber
encontrado al coronel apto para el servicio en los cuerpos de elite, advirtió ciertas
peculiaridades en su personalidad que inquietaron a Bennell, quien no leía sólo lo que
había escrito, sino que también podía hacerlo entre líneas.
Primero: Leland Falkirk temía y despreciaba la religión. Como el amor a Dios y a
la patria eran valores apreciados en los militares de carrera, Falkirk trataba de ocultar
sus sentimientos antirreligiosos. Al parecer, aquella actitud surgía de una infancia
difícil en una familia de fanáticos.
Miles Bennell pensaba que aquel defecto de Falkirk era especialmente molesto,
porque la misión en la que participaba junto con el coronel tenía una multiplicidad de

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connotaciones místicas. Ciertos aspectos tenían innegables alusiones y asociaciones
religiosas que podrían provocar intensas reacciones negativas en el coronel.
Segundo: Leland Falkirk estaba obsesionado con el control. Necesitaba dominar
todos los aspectos de su entorno y a todos los que le rodeaban. Esa apremiante
necesidad de controlar el mundo externo era un reflejo de la constante lucha interior
para dominar sus pasiones y sus temores paranoicos.
Miles Bennell se estremeció al pensar en la terrible presión que aquella misión
ejercía sobre el coronel, pues lo que se ocultaba en la Colina del Trueno no podía
controlarse para siempre. Aquella realidad podría conducir a Leland a una crisis sin
importancia… o a una explosión de furia psicótica.
Tercero: Leland Falkirk sufría una leve pero persistente claustrofobia que se
acentuaba en los lugares subterráneos. Ese miedo podía haber surgido en su infancia,
por las constantes amenazas de sus padres de que acabaría en el infierno.
Falkirk, incómodo cuando estaba bajo tierra, sospecharía automáticamente de
todos en un lugar como la Colina del Trueno. Retrospectivamente, resultaba obvio
que la creciente sospecha paranoica del coronel de todos los que participaban en el
proyecto era inevitable desde el primer día.
Cuarto y lo peor de todo: Leland Falkirk era un auténtico masoquista. Se sometía
a pruebas de vigor físico y resistencia al dolor, pues las creía necesarias para
mantener la condición física y los reflejos necesarios en un oficial del DERO. El
pequeño detalle, que ni él mismo sabía, era que disfrutaba con el sufrimiento.
A Miles Bennell le preocupaba ese aspecto del carácter de Falkirk más que
cualquier otra cosa del informe. Como al coronel le gustaba el dolor, no le importaría
sufrir con todos los de la Colina del Trueno si decidía que el sufrimiento era
necesario para limpiar el mundo. Podía gozar con la perspectiva de la muerte.
Miles Bennell estaba sentado a oscuras, preocupado y triste.
Pero no era su muerte ni la muerte de sus colegas lo que más le asustaba. Lo que
le hacía un nudo en el estómago era que Falkirk, al destruir a todos los participantes
en el proyecto, destruyese el proyecto en sí. Si lo hacía, le negaría a la humanidad el
mayor descubrimiento de la historia. Y también privaría a sus semejantes de la mejor
—y quizá única— oportunidad de lograr la paz, la inmortalidad, la abundancia
inagotable y la trascendencia.

Leland Falkirk estaba en la cocina de los Block, mirando el álbum que había
sobre la mesa. Al abrirlo, vio fotografías y dibujos de la luna, todos coloreados de
rojo.
Fuera, registrando la propiedad de un extremo a otro, una docena de soldados del
DERO se gritaban unos a otros con voces distorsionadas y apagadas por el viento
furioso.
Haciendo ejercicios de respiración con los que se suponía que debía expulsar un

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poco de tensión con cada exhalación, Leland pasó una página del álbum y vio más
lunas escarlatas: la siniestra colección de la niña.
Cuando los hombres llevaron al menos dos vehículos a la parte posterior del
motel, el ruido de los motores rectificados subió por la ventana. Leland reconoció el
ronroneo característico de las camionetas todo-terreno.
El coronel continuó pasando páginas del álbum, en calma, totalmente controlado
a pesar de la serie de contratiempos que lo acosaban. Se enorgullecía de su control.
Nada podía desconcertarle.
Los rápidos y pesados pasos del teniente Horner se oyeron en la escalera que
subía al apartamento. Un momento después, los pisotones cruzaron la sala y Horner
apareció en la puerta de la cocina.
—Señor, hemos registrado todas las habitaciones del motel. Aquí no hay nadie.
Se marcharon desde la parte posterior, a campo traviesa. Aún se pueden ver en la
nieve las huellas de dos vehículos. Con esta tormenta y en tan poco tiempo, no
pueden haber ido demasiado lejos.
—¿Ha mandado a los hombres tras ellos?
—No, señor. Pero he hecho que lleven una camioneta y el Wagoneer a la parte
posterior. Están listos para partir.
—Que vayan —ordenó Leland en un tono comedido.
—No se preocupe, señor, les echaremos las manos encima.
—Estoy seguro —afirmó Leland, totalmente controlado, mostrándole a su
teniente unas dotes de mando firmes y equilibradas. Horner se volvió para marcharse,
y Leland le dijo—: En cuanto haya enviado a los hombres, reúnase conmigo abajo y
traiga un mapa del condado. Intentarán dirigirse a una de las carreteras del condado o
del estado. Nos adelantaremos y los esperaremos.
—Sí, señor —respondió Horner.
Solo, Leland pasó tranquilamente una página del álbum. Lunas rojas.
Los pisotones de Horner llegaron al final de la escalera; después se oyó cerrarse
la puerta tras él, vibrando en las paredes.
Tranquila, muy tranquilamente, Leland pasó página tras página del álbum.
En el exterior, Horner gritaba órdenes a los hombres.
Leland pasaba una página, otra, otra. Lunas rojas.
Fuera, los motores rugieron. Ocho hombres, en dos partidas de cuatro, salieron en
busca de los testigos huidos.
Con calma, Leland pasó dos, tres, seis páginas, y vio lunas rojas y más lunas
rojas; sosegadamente, cogió el álbum y lo arrojó al otro lado de la habitación. El
álbum se estrelló contra los aparadores, rebotó en el refrigerador y cayó al suelo. Un
montón de lunas rojas se salieron del álbum y se agitaron brevemente en el aire.
Sobre el mostrador, Leland vio un tarro de cerámica: un oso sonriendo, sentado, con
las zarpas cruzadas sobre la tripa. Lo cogió y lo estrelló contra el suelo, donde estalló
en centenares de fragmentos. Sobre el álbum y las lunas cayeron trozos de galletas de

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chocolate. Tiró la radio al suelo. Una lata de azúcar. Otra de harina. Estrelló la panera
contra la pared y la cafetera contra el horno.
Se detuvo un momento, respiró profunda y acompasadamente. Después se volvió
y salió con traquilidad de la cocina, bajó pausadamente la escalera para estudiar con
calma el mapa del condado y analizar detenidamente la situación con el teniente.

—¡La luna! —exclamó Marcie; después volvió a lanzar un grito agudo—.


¡Mamá, mira, mira, la luna! ¿Por qué, mamá, por qué? ¡Mira, la luna!
La niña intentó librarse de su madre, se debatió y pataleó. Jorja intentó sujetarla
sin lograrlo.
Sorprendido por los gritos, Ned detuvo el Jeep.
Volviendo a gritar, Marcie se libró de su madre y se arrastró sobre Ernie sin saber
adonde iba, sin otra intención que la de escapar de lo que había visto en la memoria.
Al parecer, no advertía que estaba en el Cherokee, se veía en otro lugar, en un lugar
espantoso.
Ernie la agarró antes de que se abriera camino pateando hasta Brendan. Cogió a la
niña con fuerza entre sus grandes brazos, la apretó contra su pecho y, mientras ella
seguía gritando, la arrulló apaciguadoramente.
Poco a poco, el terror de Marcie desapareció. Dejó de debatirse y se quedó inerte
entre sus brazos. Sus gritos se convirtieron en un lamento fúnebre:
—Luna, la luna, luna… —Y más bajo, pero con terrible temor—: No dejes que
me atrape, no la dejes, no la dejes.
—Cálmate, guapa —dijo Ernie, dándole palmaditas y acariciándole el cabello—,
cálmate, no te ocurrirá nada, no dejaré que te atrape.
—Ha recordado algo —manifestó Brendan cuando Ned reemprendió la marcha
—. Se abrió una grieta durante un instante.
—¿Qué viste, hija? —le preguntó Jorja.
La niña se había hundido en su estado catatónico, sin oír nada, ajena a todo…,
aunque, al cabo de un rato, Ernie sintió que lo abrazaba. Le devolvió el abrazo.
Marcie no dijo nada. Seguía lejos de ellos, inmersa en un profundo mar interior. No
obstante, parecía sentirse más segura en los brazos de Ernie y se apretó contra él
mientras el Cherokee daba tumbos y sacudidas en la noche nevada.
Tras varios meses temiendo a las sombras, después de contemplar la llegada del
crepúsculo con desesperación y horror, Ernie se sentía indescriptiblemente bien,
encantado de que alguien necesitara su protección. Era profundamente halagador.
Mientras la abrazaba, la arrullaba y le acariciaba el espeso cabello negro, era ajeno a
la noche que rodeaba al Cherokee y apretaba su rostro contra las ventanillas.

Finalmente, Jack giró hacia el Este hasta encontrarse con la carretera de Thunder

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Hill, aproximadamente a un kilómetro y medio al Norte de donde Ned debería
haberla cruzado en el Cherokee. Torció a la derecha y se dirigió hacia el Depósito,
por el mismo camino que recorrieron Dom y Ernie aquella mañana.
Nunca había visto una tormenta como aquella en el Este. Cuanto más subían por
las montañas, más fuerte y abundante era la nevada. Era densa y fuerte como la
lluvia.
—La entrada al Depósito está a algo más de un kilómetro —dijo Dom.
Jack apagó las luces y redujo la velocidad. Hasta que sus ojos se acostumbraron a
la oscuridad, el mundo pareció formado sólo por tinieblas y puntos blancos que
giraban en el aire.
A veces no sabía si iba por su carril. Temía que otro vehículo surgiera de la noche
y se estrellara contra ellos.
Al parecer, Ginger temía lo mismo, pues se hundió en el sillón como para
protegerse contra el golpe. Se mordía el labio inferior con nerviosismo.
—Aquellas luces —indicó Dom—. La entrada del Depósito.
Dos lámparas de vapor de mercurio brillaban sobre los postes que flanqueaban la
valla electrificada. Un resplandor ámbar, más acogedor, brillaba en las estrechas
ventanas de la garita.
Incluso con aquellas luces, Jack sólo veía las vagas líneas de la pequeña
construcción al otro lado de la alambrada, pues la nieve ocultaba todos los detalles.
Confiaba en que, sin luces, la camioneta no se vería desde las ventanas de la garita, si
es que algún guardia miraba cuando pasaran. El viento ahogaría el ruido del motor.
Ascendieron lentamente la pronunciada pendiente, internándose aún más en la
noche y las montañas.
Los limpiaparabrisas eran cada vez menos eficaces, pues la nieve se acumulaba y
helaba sobre ellos.
Cuando dejaron la entrada a unos dos kilómetros, Ginger advirtió:
—Quizá ya podamos encender las luces.
Inclinado sobre el volante, con la vista clavada en la oscuridad, Jack replicó:
—No, haremos todo el camino a oscuras.

En la recepción del motel, Leland Falkirk y el teniente Horner extendieron el


mapa del condado en el mostrador de registro. Aún se encontraban estudiándolo
cuando los hombres que fueron tras los testigos huidos regresaron derrotados, a los
pocos minutos de partir. El equipo de búsqueda había seguido las huellas de los
neumáticos unos doscientos metros por una cañada que se internaba en las montañas.
Sin embargo, vieron indicios de que un vehículo había girado al Este y, como no
tenían motivos para pensar que los fugitivos se habían separado, supusieron que tanto
la camioneta de los Sarver como el Cherokee habían seguido por aquella dirección.
Volviendo la atención al mapa, Leland comentó:

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—Es razonable. No irían al Oeste. No hay nada hasta Battle Mountain, a sesenta y
cinco kilómetros, y después hasta Winnemucca, otros sesenta y cinco kilómetros más
allá. Ninguna de esas ciudades es tan grande como para que puedan esconderse
mucho tiempo. Y tampoco son grandes nudos de comunicaciones; no hay muchas
formas de salir. Así que irán al Este, a Elko.
El teniente Horner puso un dedo del tamaño de un puro en el mapa.
—Ésta es la carretera que pasa junto al motel y sube a la Colina del Trueno. Ya la
habrán cruzado y continuado hacia el Este.
—¿Cuál será la próxima carretera en dirección Sur que encuentren?
El teniente Horner se inclinó sobre el mapa para leer los pequeños símbolos.
—La de Vista Valley. Parece que está a unos diez kilómetros al este de la
carretera de la Colina del Trueno.

Llamaron a la puerta, y Miles Bennell ordenó:


—Pase.
El general Robert Alvarado, comandante de la Colina del Trueno, abrió la puerta
y entró en el oscuro despacho entre la luz plateada que lo acompañó al interior desde
El Eje cubriendo una parte de la habitación con una falsa escarcha.
—¿Sentado solo en la oscuridad, eh? —comentó—. Eso le parecería muy
sospechoso al coronel Falkirk.
—Está loco, Bob.
—No hace mucho —continuó Bob Alvarado—, hubiera defendido que era un
buen oficial, aunque algo puntilloso y demasiado entusiasta. Pero esta noche tengo
que darte la razón. A ese hombre le falta un tornillo. Quizá más de uno. Me ha
llamado hace poco por teléfono para pedirme algo. Se supone que era una petición,
pero lo dijo como una orden. Quiere que todo el personal, tanto militar como civil,
permanezca en sus habitaciones hasta nuevo aviso. Oirás la orden por el sistema de
megafonía dentro de un par de minutos.
—Pero ¿qué es lo que quiere? —le preguntó Miles.
Alvarado se sentó en una silla junto a la puerta abierta. La escarchada franja de
luz le cubría desde los pies hasta el pecho y dejaba su rostro en la oscuridad.
—Falkirk va a traer a los testigos y no quiere que los vean los hombres que no
saben de ellos. O al menos eso es lo que dice.
Asombrado, Miles comentó:
—Pero si ha llegado la hora de hacerles otro lavado de cerebro, es mejor dejarlos
en el motel. Por lo que sé, aún no ha llamado a los malditos jodecerebros.
—No lo ha hecho —confirmó Alvarado—. Dice que quizá pueda interrumpirse el
encubrimiento. Quiere que estudies a los testigos, especialmente a Cronin y a
Corvaisis. Afirma que quizá tenga él razón, que ya no son humanos, pero que ha
pensado en la conversación que mantuvisteis y se pregunta si no serás tú quien tenga

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razón al decir que es un poco paranoico con todo esto. Asegura que si crees que son
realmente humanos, que si averiguas que sus dones no son prueba de una presencia
inhumana, aceptará tu palabra; los soltará. Y añade que en ese caso no ordenará las
sesiones y que incluso recomendará a sus superiores que se revele toda la historia.
Miles permaneció callado un momento. Se revolvió en la silla, más intranquilo
que nunca.
—Parece como si al fin hubiese entrado en razón. ¿Por qué me cuesta tanto
trabajo creerlo? ¿Crees que es cierto?
Alvarado extendió el brazo y cerró la puerta de un empujón, dejando la habitación
a oscuras. Notando que Miles buscaba el interruptor de la lámpara, le respondió:
—Dejémoslo así, ¿eh? Quizá sea más fácil ser francos sin vernos las caras. —
Miles se acomodó en la silla, dejando la lámpara apagada, y Alvarado preguntó—:
Dime, Miles, ¿fuiste tú quien envió las fotografías a Corvaisis y a los Block?
Miles no contestó.
—Tú y yo somos amigos —añadió Alvarado—. Al menos, eso creo yo. Jamás he
conocido a otra persona con quien me divierta jugando al ajedrez y al póquer. Así que
te lo diré…, fui yo quien hizo venir a Jack Twist.
Sorprendido, Miles preguntó:
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Bueno, yo sabía, como tú, que los bloqueos de memoria de algunos testigos
estaban destruyéndose y causándoles problemas psicológicos. Por eso, antes de que a
alguien se le ocurriera volvérselos a hacer individualmente, pensé hacer algo para
atraer la atención de los testigos sobre el motel. Esperaba armar un lío tan grande que
no fuera posible mantener el encubrimiento.
—¿Por qué? —repitió Miles.
—Porque comprendí que el encubrimiento era una equivocación.
—Pero ¿por qué intentar detener la operación por la puerta falsa? —le preguntó
Miles.
—Porque si la descubriera, desobedecería órdenes. Hubiese destrozado mi
carrera, quizá me quedaría sin pensión. Y además… pensé que Falkirk me mataría.
A Miles le había preocupado la misma cosa.
—Empecé con Twist porque pensé que su pasado de soldado de elite y su
tendencia a desafiar toda autoridad lo convertían en un buen candidato para organizar
a los demás testigos. Por la información obtenida en los lavados de cerebro, supe que
tenía cajas de seguridad en varios bancos. Así que estudié su expediente, conseguí los
nombres de los bancos, las contraseñas. En el expediente también había copias de las
llaves de las cajas de seguridad; Falkirk las hizo por si era necesario chantajear a
Twist con pruebas de sus delitos y meterlo en la cárcel para siempre. Hice copias de
las copias. Entonces, cuando tuve diez días de permiso a últimos de diciembre, fui a
Nueva York, me llevé un puñado de postales del Tranquility Motel y dejé una en cada
caja. Twist no iba a menudo a los bancos, sólo alguna que otra vez al año, y todos

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tenían miles de clientes con cajas de seguridad, así que nadie recordaba qué aspecto
tenía Twist ni sospecharon que yo era un impostor. Fue fácil.
—E ingenioso —comentó Miles, contemplando con admiración y afecto la
abultada forma de su amigo—. Al encontrar las postales, Twist se alarmaría. Y si
Falkirk se enteraba no tendría manera de saber quién había sido.
—Especialmente cuando me preocupé de coger las postales con guantes —dijo
Alvarado—. No dejé una sola huella. Pensé regresar aquí y darle tiempo a Twist para
que las viera. Después, haría un par de llamadas anónimas a otros testigos desde una
cabina de Elko, les daría el número de teléfono de Twist y les diría que él tenía la
respuesta a sus problemas mentales. Eso pondría la maquinaria en marcha. Pero antes
de llegar a ese punto, alguien envió notas y fotografías Polaroid a Corvaisis, y más
fotografías a los Block, y provocó una nueva crisis. Yo sé, como Falkirk, que quien
envió esas fotos tiene que ser alguien de la Colina del Trueno. ¿Vas a hablar o sólo es
a mí a quien le apetece confesarse?
Miles vaciló. Su mirada cayó sobre las vagas hojas grises encima del escritorio: el
informe psicológico de Falkirk. Se estremeció y respondió:
—Sí, Bob, yo envié las fotografías. Dios los cría y ellos se juntan, ¿no?
Desde su propio refugio en la oscuridad, Alvarado prosiguió:
—Te he dicho por qué elegí a Twist. Imagino que pensaste en los Block porque
eran de aquí y estaban más cerca del problema. Pero ¿por qué elegiste a Corvaisis?
—Es escritor, y eso significa que tiene mucha imaginación. Las notas y las
fotografías extrañas le interesarían más y antes que al resto. Se le ha hecho mucha
publicidad a su novela, de modo que, si averiguaba algo, los periodistas estarían más
dispuestos a escucharle a él que a otros.
—Somos un par de tipos listos.
—Me parece que nos pasamos de listos —comentó Miles—. Creo que el sabotaje
fue demasiado lento. Deberíamos haber violado nuestros juramentos de silencio y
haber hecho públicas las noticias, aunque significara arriesgarse a afrontar la ira de
Falkirk y un procesamiento judicial.
Se quedaron callados un momento, después Alvarado preguntó:
—¿Por qué crees que he venido a sincerarme contigo de esta manera, Miles?
—Porque necesitas un aliado contra el coronel. Porque no crees una sola palabra
de lo que te dijo por teléfono. No crees que se haya vuelto razonable de repente. No
crees que traiga a los testigos para que los examine.
—Pienso que va a matarlos —dijo Alvarado—. Y a nosotros también. A todos.
—Porque cree que nos hemos contagiado. Está chiflado.
Se oyó un chasquido y un silbido por el sistema de megafonía. En la pared del
despacho de Miles, como en todas las habitaciones del Depósito, había un altavoz. El
anuncio siguió al silbido: Todo el personal, tanto civil como militar, debía presentarse
en el depósito de armas para recibir una pistola y esperar en sus habitaciones hasta
nuevo aviso.

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Poniéndose en pie, Alvarado dijo:
—Cuando todos estén en sus habitaciones, les informaré que Falkirk ha ordenado
que permanezcan encerrados, pero que la idea de armarlos ha sido mía. Les diré que,
por razones que unos comprenderán y otros no, corremos peligro ante el coronel
Falkirk y los hombres del DERO. Después, si el coronel ordena a sus hombres
fusilarnos a todos, mis hombres podrán responder. Espero que los detengamos antes
de llegar a ese extremo.
—¿Yo también cojo una pistola?
Alvarado se dirigió a la puerta, pero no la abrió. De pie en la oscuridad,
respondió:
—Tú muy especialmente. Lleva una bata de laboratorio y esconde la pistola
debajo. Yo llevaré el uniforme desabrochado, con una pequeña pistola escondida en
la cintura, para que crea que no voy armado. Si vemos que está dispuesto a ordenar
nuestra destrucción, sacaré la pistola y lo mataré. Pero te avisaré primero, con una
palabra clave, para que mates a Horner. No podemos dejarlo vivo, porque si tiene una
oportunidad me matará cuando dispare a Falkirk. Es imprescindible que yo viva, no
sólo porque me gusta vivir, sino porque soy general y debería ser capaz de hacer que
los hombres de Falkirk me obedezcan una vez que haya muerto su comandante.
¿Puedes hacerlo? ¿Puedes matar a un hombre, Miles?
—Sí. Podré apretar el gatillo si hay que detener a Horner. Yo también te considero
un buen amigo. Y no sólo por el póquer y el ajedrez. También porque has leído toda
la obra de T. S. Eliot.
—«Creo que estamos en el callejón de las ratas, donde los muertos perdieron los
huesos» —citó Bob Alvarado. Riendo en voz baja, abrió la puerta y su silueta se
dibujó en el resplandor plateado de las luces de la caverna—. ¡Vaya ironía! Hace
siglos, mi padre temía que mi interés por la poesía me convirtiera en un marica. Pero
he llegado a ser general, y es la poesía lo que te persuade de matar por mí y salvarme
el pellejo cuando más apurado me encuentro. ¿Viene al depósito de armas, doctor
Bennell?
Miles se puso en pie y se unió al general en la franja de resplandor escarchado de
la puerta.
—Sabes que Falkirk actúa, fundamentalmente, en nombre del mismo jefe del
Estado Mayor e incluso en el de autoridades más importantes. Cuando lo mates, se te
echará encima el general Riddenhour y puede que hasta el mismo presidente.
—Que se joda Riddenhour —dijo Alvarado, dándole una palmada en el hombro a
Miles—. Que se jodan los políticos y sus generales de paja como Riddenhour. Incluso
si Falkirk se lleva consigo la nueva clave del ordenador de seguridad, saldremos de
aquí en pocos días, aunque tengamos que echar abajo las malditas puertas. Y
entonces…, ¿comprendes que, cuando le demos la noticia al mundo, seremos los
hombres más famosos de este triste planeta? Quizá los dos hombres más famosos en
toda la historia. Sí, es cierto, no se me ocurre nadie en toda la historia que tuviese que

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dar unas noticias tan importantes…, excepto María Magdalena el día de la
resurrección del Señor.

El padre Stefan Wycazik se puso al volante del Cherokee porque tenía experiencia
en la conducción de vehículos todo-terreno desde que estuvo en Vietnam con el padre
Bill Nader. Claro que aquellas aventuras se desarrollaron en pantanos y selvas, no en
una tormenta de nieve. Pero pronto descubrió que el Jeep se conducía igual en todo
tipo de circunstancias. Aunque sus atrevidas experiencias ocurrieron muchos años
antes, estaban recientes en su corazón y en su recuerdo, y manejaba el volante con la
misma soltura y atrevimiento que cuando era joven, en la guerra. Mientras él y Parker
Faine dejaban atrás las luces de Elko y se internaban en la noche nevada, el padre
Wycazik comprendió que Dios lo había llamado al sacerdocio porque, a veces, la
Iglesia necesitaba un hombre que llevara una gruesa espina de aventurero clavada en
el corazón.
Como la I-80 estaba cortada, siguieron la carretera estatal 51. Se desviaron en
dirección Oeste por una serie de carreteras del condado…, asfalto, grava, tierra,
siempre bajo un manto de nieve. Las carreteras estaban marcadas por postes de
señales reflectantes muy distanciados entre sí, y el brillo de aquellas señales, que
reflejaban la luz de los faros, era a menudo lo único que guiaba a Stefan. A veces,
tenía que conducir a campo traviesa para cambiar de un camino a otro.
Afortunadamente, llevaban una brújula, montada en el salpicadero del Cherokee, y un
mapa del condado.
Aunque seguían una ruta tortuosa, avanzaron siempre hacia el Tranquility Motel.
En el camino, Stefan le habló a Parker del CISG, del que había tenido noticias por
el padre Gerrano, después de que Michael las hubiese recibido del señor X, amigo de
Ginger Weiss.
—El coronel Falkirk era el único militar. El CISG parece el típico derroche del
dinero de los impuestos: una comisión investigadora creada para realizar una erudita
valoración de un problema social que tenía muy pocas probabilidades de surgir. La
comisión estaba formada por biólogos, físicos, antropólogos, médicos, sociólogos,
psicólogos. El acrónimo CISG significa Comisión Investigadora de las Repercusiones
del Contacto, lo que significa que trataron de determinar los efectos positivos y
negativos sobre la sociedad del primer contacto con una especie inteligente
extraterrestre.
Con la vista clavada en el camino nevado, Stefan dejó que Parker asimilara lo que
acababa de oír y sonrió débilmente cuando el artista pareció quedarse sin respiración.
—¿No querrá decir…? ¿No querrá decir…?
—Sí —respondió Stefan.
—¿Que vino algo…? ¿No querrá decir que… algo? —Parker Faine se había
quedado mudo por primera vez desde que lo conocía el padre Wycazik.

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—Sí —afirmó Wycazik. Aunque aquel extraordinario acontecimiento no era
nuevo para él, aún se estremecía al pensarlo y comprendía lo que sentía Parker—.
Algo aterrizó aquella noche. Algo bajó del cielo el 6 de julio.
—¡Dios! —exclamó Parker—. Oh, lo siento, padre. No lo he dicho con mala
intención. Aterrizó. ¡La hostia! Oh, lo siento. De veras. Pero… ¡Dios!
Guiándose por las señales reflectantes en un camino particularmente tortuoso que
se abrazaba a los contornos retorcidos de las colinas, el padre Wycazik prosiguió:
—En estas circunstancias, no creo que Dios se lo tenga en cuenta. El principal
propósito del CISG era llegar a un consenso sobre la medida en que afectaría a la
civilización, y al mismo hombre, un contacto directo con extraterrestres.
—Eso es muy fácil de responder. ¡Sería maravilloso descubrir que no estamos
solos! —dijo Parker—. Usted y yo sabemos cómo reaccionaría la gente. ¡Hace años
que están fascinados con las películas de extraterrestres y otros mundos!
—Sí —aseguró Stefan—, pero es distinto cómo reaccionarían al contacto ficticio
y cómo reaccionarían a la realidad. Al menos, esa es la opinión de muchos
científicos, especialmente de sociólogos y psicólogos. Y los antropólogos dicen que
cuando una cultura avanzada se relaciona con otra menos avanzada, ésta sufre una
pérdida de confianza en sus tradiciones e instituciones, y a menudo sufre un colapso
total. Las culturas primitivas pierden respeto por sus religiones y sus sistemas de
gobierno. Las prácticas sexuales, los valores sociales y las estructuras familiares se
deterioran. Mire lo que les sucedió a los esquimales cuando entraron en contacto con
la civilización occidental: alcoholismo, conflictos generacionales que destruyeron las
familias, alto índice de suicidios… No es que la sociedad occidental sea peligrosa o
perversa. No lo es. Pero nuestra cultura era mucho más compleja y más rica que la de
los esquimales, y el contacto les provocó una seria pérdida de amor propio de la que
no se recuperaron ni se recuperarán.
Stefan tuvo que interrumpir la exposición de su teoría porque llegaron al final de
la pista de tierra por la que viajaban.
Parker estudió el mapa bajo la débil luz de la guantera y, después, la brújula del
salpicadero.
—Por allí —indicó, señalando a la izquierda—. Hacemos unos cinco kilómetros a
campo traviesa y debemos llegar a una carretera en dirección Norte-Sur…, la
carretera de Vista Valley. Cruzamos Vista Valley y, desde allí, nos quedan doce o
quince kilómetros a campo traviesa hasta llegar al Tranquility por detrás.
—No le quite el ojo a la brújula. Asegúrese de que mantenga el rumbo —Stefan
introdujo el Cherokee en la noche nevada.
—Esa historia de los esquimales —opinó Parker—, los detalles del punto de vista
del CISG… El señor X no se lo contó todo al padre Gerrano en una llamada.
—Alguna cosas sí, otras no.
—Deduzco que usted ya había pensado en el tema antes.
—No en el contacto extraterrestre, no —replicó el padre Wycazik—. Pero parte

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de la educación jesuita consiste en analizar tanto los buenos como los malos
resultados de los esfuerzos realizados por la Iglesia a lo largo de la historia para
evangelizar las culturas primitivas. La impresión general es que, a pesar de haberles
llevado la civilización, les hicimos un daño irreparable. En fin, como estudiamos
antropología, entiendo la preocupación del CISG.
—Está desviándose al Norte. Gire a la izquierda en cuanto se lo permita el terreno
—advirtió Parker tras comprobar la brújula—. Oiga, aún no estoy seguro de haber
entendido la preocupación del CISG.
—Piense en los indios norteamericanos. En última instancia, no fueron las armas
de los hombres blancos las que acabaron con ellos; fue el choque entre las dos
culturas; la afluencia de nuevas ideas obligó a los indios a contemplar sus culturas,
comparativamente más primitivas, desde una nueva perspectiva que provocó la
pérdida de estima, de la validez y el sentido de la cultura. Según lo que el señor X le
dijo al padre Gerrano, el CISG pensó que el contacto entre la humanidad y culturas
extraterrestres más avanzadas tendría los mismos efectos sobre nosotros: la
destrucción de la fe religiosa, la pérdida de confianza en los gobiernos y otros
sistemas de creencias establecidos, un creciente sentimiento de inferioridad, el
suicidio.
Parker Faine se aclaró la garganta con aspereza.
—Padre, ¿perdería usted la fe por esto?
—No. Al contrario —respondió Stefan con excitación—. Si en este enorme
universo no hubiese más vida, si los trillones de estrellas y los billones de planetas
fueran lugares muertos…, eso sí que me hubiese hecho pensar que Dios no existía,
que la evolución de nuestra especie fue una simple casualidad. Porque si Dios existe,
Él ama la vida, protege la vida y a todas las criaturas que ha creado, y nunca dejaría
el universo tan vacío.
—Mucha gente, la mayoría, pensaría lo mismo —comentó Parker.
—Incluso si la especie que nos encontrásemos fuese asombrosamente distinta a
nosotros en el aspecto físico, no me afectaría. Cuando Dios nos dijo que nos creó a su
imagen y semejanza, no quería decir que nuestro aspecto físico fuese como el suyo.
Se refería a nuestras almas, al entendimiento, a nuestra capacidad de razonar, de
compadecernos, de amar, de entablar amistad: esos son los aspectos de la humanidad
que nos hacen parecemos a Él. Ese es el mensaje que le llevo a Brendan. Creo que la
crisis de fe de Brendan está relacionada con el recuerdo de un encuentro con una raza
tan distinta y tan asombrosamente superior a la nuestra que, en su subconsciente,
creyó que la Iglesia mentía al decir que Dios nos había creado a su imagen y
semejanza. Quiero decirle que no importa que sean distintos ni que estén mucho más
avanzados que nosotros. Lo que indica la presencia divina en ellos es su capacidad de
amar… y la aplicación de la inteligencia que Dios les dio para superar los retos del
universo en el que les hizo vivir.
—La tuvieron que aplicar bien para venir desde tan lejos —dijo Parker.

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—¡Exacto! —exclamó el padre Wycazik—. Estoy convencido de que cuando
Brendan supere el lavado de cerebro, cuando recuerde lo que sucedió y tenga tiempo
para meditar, llegará a la misma conclusión. Pero, por si acaso, quiero estar a su lado,
ayudarle, guiarle.
—Lo quiere mucho —afirmó Parker.
Durante unos segundos, el padre Wycazik fijó la vista en el tumultuoso mundo
blanco del exterior, avanzando con más lentitud y prudencia que cuando seguía las
señales reflectantes de la carretera. Al fin, expresó en voz baja:
—A veces he lamentado entrar en el sacerdocio. Que Dios me ampare, pero es
cierto. Porque en ocasiones pienso en la familia que podía haber formado: una esposa
con quien compartir la vida y unos hijos a quienes ves crecer… Esa familia es lo
único que echo de menos. Nada más. Lo que me ocurre con Brendan…, en fin, es el
hijo que nunca tuve ni tendré. Lo quiero más de lo que se imagina.
Tras unos momentos, Parker suspiró y manifestó:
—Personalmente, creo que el CISG sólo dijo tonterías. El primer contacto no nos
destruiría.
—Estoy de acuerdo —asintió Stefan—. El error se encuentra en comparar esta
situación a nuestro contacto con las culturas primitivas. La diferencia es que nosotros
no somos muy primitivos. Este sería un contacto entre una cultura muy avanzada y
otra cultura super-avanzada. El CISG creía que si se producía el contacto, debía
mantenerse en secreto, si fuera posible, y que la noticia debería darse a lo largo de
diez o incluso veinte años. Pero eso es un error, un terrible error, Parker. Podemos
superar la conmoción. Porque estamos preparados para que vengan. ¡Oh, santo Dios,
pero si estamos deseando que vengan!
—Naturalmente —susurró Parker.
Durante un minuto aproximadamente dieron tumbos en silencio, incapaces de
hablar, incapaces de expresar en palabras lo que se sentía al saber que la humanidad
no estaba sola en la creación.
Finalmente, Parker se aclaró la garganta, miró la brújula y advirtió:
—Va por buen camino, Stefan. Deben de quedar menos de dos kilómetros para la
carretera de Vista Valley. Ese hombre de Chicago del que habló antes… Cal Sharkle,
¿qué les dijo a los polis esta mañana?
—Aseguraba que había visto extraterrestres y que eran hostiles. Temía que se
apoderaran de nosotros, que la mayor parte de sus vecinos habían sido poseídos.
Afirmó que los extraterrestres intentaron controlarlo atándolo a una cama e
introduciéndose por sus venas. Al principio, temí que tuviera razón, que lo que había
venido a Nevada era una amenaza. Pero en el viaje desde Chicago tuve tiempo de
pensar en ello. Confundía su detención y el lavado de cerebro con el aterrizaje de la
nave espacial. Creía que fueron los extraterrestres quienes lo capturaron y le clavaron
tantas agujas en el cuerpo. Presenció el descenso de una nave espacial, entonces
llegaron esos hombres del gobierno con trajes anti-contaminantes, y, cuando acabaron

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de meterle a la fuerza unos recuerdos falsos en el subconsciente y le hicieron un
bloqueo de memoria, quedó completamente confundido. No fueron los extraterrestres
quienes lo apresaron y maltrataron. Fueron sus semejantes.
—¿Quiere decir que los agentes del gobierno llevaron trajes anti-contaminantes
incluso aunque no estuviese claro si el contacto conllevaba un riesgo de
contaminación bacteriológica?
—Exacto —respondió Stefan—. Algunos huéspedes del Tranquility debieron
acercarse a la nave, por lo que tuvieron que ser considerados contaminados hasta que
no se comprobase lo contrario. Y sabemos que algunos recordaban haber visto
hombres con equipos anti-contaminantes: algunos soldados, especialistas en lavados
de cerebro. De modo que el pobre Calvin se volvió loco por una interpretación
errónea provocada por su incapacidad de recordar claramente.
—Debe de quedar menos de un kilómetro para la carretera de Vista Valley —
comentó Parker, estudiando el mapa a la luz de la guantera abierta.
La nieve caía incesantemente por los conos amarillentos de los haces de luz. En
ocasiones, cuando el viento disminuía o cambiaba brevemente el ángulo de su ataque,
unas efímeras formas de nieve se agitaban en danzas arabescas de un lado a otro,
pero, cuando el viento recobraba el ímpetu o la dirección, acababan dispersándose y
desvaneciéndose como bailarinas fantasmales.
Al comenzar a subir por una escarpada pendiente, Parker dijo en voz baja:
—Algo vino… y si el Gobierno sabía lo suficiente para cortar la I-80 antes de que
aterrizara, debieron seguir a la nave durante mucho tiempo. Quiero decir que la
tripulación podría cambiar de rumbo en cualquier momento.
—A no ser que cayera sin control —replicó el padre Wycazik—. Quizá fuera
detectada por algún satélite en el espacio exterior y controlada durante días o
semanas. Si se aproximó con un rumbo fijo que indicase que la nave viajaba sin
control, tendrían tiempo de calcular el lugar del impacto.
—Oh, no. No. No quiero creer que se estrellaran —opinó Parker.
—Ni yo.
—Quiero creer que llegaron vivos… desde tan lejos.
Cuando el Jeep Cherokee estaba a mitad de la pendiente, los neumáticos
patinaron sobre una capa de hielo, y se vieron lanzados bruscamente hacia delante al
volver a agarrar.
—Me gustaría pensar que Dom y los otros no sólo vieron una nave espacial… —
dijo Parker—, sino que se encontraron con quien viniera dentro. Imagíneselo. Trate
de imaginárselo…
—Lo que les ocurrió aquella noche de julio, fue algo realmente extraño, mucho
más extraño que ver una nave de otro mundo.
—¿Lo dice por… los poderes de Brendan y de Dom?
—Sí, ocurrió algo más que el simple contacto.
Llegaron a la cima de un colina y comenzaron a descender por el otro lado. A

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pesar de las cortinas de nieve, Stefan vio los faros de cuatro vehículos en la carretera
de Vista Valley. Estaban inmóviles y cada uno alumbraba en una dirección, cruzados
como sables resplandecientes en la oscuridad sangrante de nieve.
Mientras se dirigían al grupo, supo que se encontraría con problemas.
—¡Metralletas! —exclamó Parker.
Stefan vio que dos hombres apuntaban con metralletas a un grupo de siete
personas —seis adultos y una niña— alineadas junto a un Cherokee que sólo se
distinguía en el color del que acababa de comprar Parker. Había un grupo de unos
ocho o diez hombres, una fuerza considerable, que evidentemente eran soldados, pues
vestían el mismo uniforme de campaña. Stefan no tenía duda de que eran las mismas
fuerzas que participaron en el cierre de la I-80 tanto esta noche como dieciocho
meses antes.
Todos se volvieron hacia el vehículo, mirando colina arriba, sorprendidos de ser
interrumpidos.
Stefan quería dar la vuelta, acelerar y huir, pero aunque aminoró la marcha, sabía
que no tenía sentido huir. Le perseguirían.
De repente, reconoció un rostro irlandés familiar entre los alineados junto al
Cherokee.
—¡Es él, Parker! Brendan es el último de la fila.
—Los otros deben ser del motel —añadió Parker, inclinándose hacia delante y
aguzando la vista—. Pero no veo a Dom.
Ahora que había visto a Brendan, el padre Wycazik no retrocedería aunque Dios
hubiese apartado las montañas para abrirle camino hasta Canadá, como separó las
aguas del Mar Rojo para Moisés. Por otro lado, Stefan estaba desarmado. Y aunque
poseyera un arma, su condición de sacerdote le impedía utilizarla. Sin medios ni
voluntad de atacar, pero sin poder darse la vuelta, dejó que el Cherokee descendiera
lentamente la colina mientras trataba de pensar desesperadamente en una forma de
actuar que cambiara los papeles.
A Parker le preocupaba lo mismo, pues preguntó:
—¿Qué demonios vamos a hacer?
Los soldados de abajo resolvieron el dilema. Con gran sorpresa de Stefan, uno de
los hombres abrió fuego sobre ellos con una metralleta.

Dom veía cómo Jack Twist alumbraba con la linterna la tela metálica y, después,
el alambre de espino de la parte superior, sobre sus cabezas. Se encontraban en la
zona donde la alambrada atravesaba el prado abierto que descendía al fondo del valle.
La nieve, arrastrada por el viento, se había acumulado en grandes zonas de la gruesa
malla de acero, pero otras zonas estaban limpias, y fueron ésas las que Jack observó
con más detenimiento.
—La valla no está electrificada —dijo Jack sobre el lamento del viento—. No hay

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cables entrelazados, y la corriente no puede pasar por estos alambres. No señor. La
resistencia sería enorme, porque los alambres son demasiado gruesos y algunos no
hacen buen contacto entre sí.
—¿Entonces por qué hay carteles? —preguntó Ginger.
—En parte, para alejar a los aficionados —aseguró Jack. Volvió a alumbrar el
alambre de espino sobre sus cabezas—. Sin embargo, sí que hay cables por el centro
de esa espiral de alambre de espino, así que te freirías si intentaras saltarla. La
cortaremos por abajo.
Ginger cogió la linterna mientras Dom buscaba el soplete en una de las mochilas,
lo sacaba y se lo entregaba a Jack.
Tras ponerse unas gafas oscuras de esquí, Jack encendió el soplete y comenzó a
cortar la alambrada de acero. El fuerte silbido de la llama de gas se oía incluso por
encima de los lamentos y aullidos del viento. La intensa llama azulada emitía una
extraña luz que hacía saltar mil destellos en la nieve.
En la posición donde se encontraban no corrían el riesgo de que los vieran desde
la entrada del Depósito, que se encontraba tras la cima de la colina cuyas laderas
ascendían desde el otro lado de la alambrada. Sin embargo, Dom estaba seguro de
que la extraña luz del soplete era tan intensa que se vería desde el otro lado de la
colina. Si así era, acudirían los guardias. Pero si Jack tenía razón, si la seguridad del
Depósito se basaba en sistemas electrónicos, no habría guardias patrullando las
instalaciones de noche; y con aquel tiempo las cámaras de vídeo tampoco servirían de
mucho, pues los objetivos estarían cubiertos de hielo o nieve.
Naturalmente, aunque deseaban entrar al Depósito y echar un vistazo, no sería
una tragedia que los apresaran allí. Después de todo, dejar que los retuvieran era parte
del plan de Jack para llamar la atención sobre la Colina de Trueno.
Dom, Ginger y Jack no estaban armados. Todas las armas se las llevaron los
otros, en el Cherokee, porque era esencial que escaparan. Si los detenían, todo estaba
perdido. Dom esperaba que no necesitaran las armas y que ya estuvieran a salvo en
Elko.
Mientras Jack hacía un hueco en la alambrada, la fantasmal luz del soplete
cautivó a Dom y, de repente, le hizo regresar al pasado y recordar:
El tercer avión rugió sobre el tejado del restaurante, tan bajo que Dom se tumbó
en el aparcamiento, convencido de que se estrellaba sobre él, pero pasó de largo
dejando un temblor y una estela de calor; comenzó a levantarse, y un cuarto avión
apareció con un estampido sobre el tejado del motel, una sombra fugaz, los rayos
blancos y rojos de sus luces intermitentes hendiendo la noche mientras se dirigía
hacia el Sur y viraba al Este, alejándose sobre las llanuras al otro lado de la I-80,
por donde desapareció el tercer avión, y los dos primeros aviones, que pasaron a
mayor altitud, viraban para regresar, uno hacia el Este y el otro al Oeste; pero la
tierra seguía temblando, y un rumor como el de una explosión interminable invadía
la noche; Dom pensó que debían acercarse más aviones, aunque el extraño silbido

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electrónico que vibraba bajo el estampido de los motores se hizo más fuerte,
estridente y extraño, y no se parecía al ruido de un avión; se puso en pie y se dio la
vuelta, y allí estaban Ginger, Jorja y Marcie, y allí estaba Jack, que se acercaba
corriendo desde el motel, y Ernie y Faye, que salían de recepción, y otros, todos los
demás, Ned y Sandy; el rumor se convirtió en el estruendo de las cataratas del
Niágara combinado con el golpe bajo de un millar de tímpanos; el ululante silbido
electrónico parecía que le cortaría la cabeza como si fuera una sierra mecánica;
apareció una extraña luz plateada; alzó la vista y miró hacia aquella luz, la señaló y
dijo: «¡La luna! ¡La luna!». Otros miraron hacia donde señalaba; de repente, se
sintió aterrorizado y gritó: «¡La luna! ¡La luna!», y retrocedió varios pasos llevado
de la sorpresa y el terror; alguien gritó…
—¡La luna! —jadeó.
Estaba de rodillas en la nieve, conmocionado por el recuerdo, y Ginger se
encontraba arrodillada frente a él, cogiéndolo por los hombros.
—¿Dom? Dom, ¿estás bien?
—He recordado algo —farfulló al viento que corría entre sus rostros y se llevaba
las nubes de vaho que salían por sus bocas—. Algo…, la luna…, pero no mucho.
Más allá, tras haber abierto un hueco por donde pasar arrastrándose, Jack apagó el
soplete. La oscuridad los volvió a cubrir como las alas de un gran murciélago.
—Vamos —instó Jack, volviéndose a Dom y a Ginger—. Entremos. Rápido.
—¿Puedes hacerlo? —le preguntó Ginger a Dom.
—Sí —contestó, aunque sentía un helado estertor en el estómago y una opresión
en el pecho—. Pero de repente…, estoy asustado.
—Todos estamos asustados —afirmó Ginger.
—No me refiero a que nos atrapen. No. Es otra cosa. Algo que casi he recordado.
Y yo…, por el amor de Dios, estoy temblando como un flan.

Brendan se quedó boquiabierto, incrédulo, cuando el coronel Falkirk ordenó a


uno de sus hombres que abriera fuego sobre el Jeep que se aproximaba a la carretera
de Vista Valley desde una colina cercana. Aquel loco no sabía quién había en el
vehículo. El soldado que recibió la orden también pensó que era improcedente, pues
no levantó el arma de inmediato. Pero Falkirk dio un paso amenazador hacia él y
gritó:
—¡Le he dicho que abra fuego, sargento! Esto es un asunto urgente de seguridad
nacional. Quienes estén en ese vehículo no son amigos suyos, ni míos, ni de nuestro
país. ¿Cree que unos ciudadanos inocentes tratarían de esquivar el control de la I-80 a
campo traviesa con una maldita tormenta como esta? ¡Dispare! ¡Acabe con ellos!
Esta vez, el sargento obedeció. El tableteo del arma automática invadió la noche,
apagando brevemente la voz del viento airado. En la colina, desaparecieron los faros
del Jeep. Los doscientos disparos de las doscientas balas que salieron como un

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torrente mortífero del cañón de la ametralleta fueron acompañados del estrépito de
los proyectiles al atravesar la carrocería y estrellarse contra barreras más sólidas. El
parabrisas se hizo añicos bajo la lluvia de plomo, y el Jeep, que frenó inmediatamente
después de coronar la cima de la colina y que había descendido lentamente, aceleró
con brusquedad y se precipitó hacia ellos, y después, cuando las ruedas dieron contra
un promontorio que se extendía a lo largo de la ladera, giró a la izquierda. Sin
control, comenzó a aminorar la velocidad de nuevo, golpeó otro promontorio, se
deslizó de lado y casi volcó, pero finalmente se detuvo a unos cien metros de ellos, y
la nieve comenzó a ocultarlo.
Cinco minutos antes, cuando Ned llegó a la cima de la colina al otro lado de la
carretera de Vista Valley y giró al Sur, sólo para encontrarse con el coronel y sus
hombres esperando a unos quinientos metros, comprendieron al instante que todas las
pistolas y escopetas —incluso la Uzi que les dio Jack— no servirían de nada.
Teniendo en cuenta que sus vidas dependían de escapar del condado de Elko, habrían
hecho frente a una fuerza menor. Pero Falkirk tenía demasiados hombres y estaban
bien armados. Resistirse habría sido una locura.
Y Brendan se vio invadido de frustración porque no se atrevió a emplear su poder
especial para asegurarles la libertad. Sabía que podía utilizar su talento telequinésico
en aquella situación. Si se concentraba lo suficiente, podía conseguir que las armas
volaran de las manos de los soldados. Sentía que tenía aquel poder y mucho más,
pero no sabía cómo emplearlo con efectividad. No podía olvidar cómo se le fue de las
manos el experimento en el restaurante la noche anterior; tuvieron suerte de que nadie
resultara herido con los saleros, pimenteros y sillas en violenta levitación. Si utilizaba
su poder para arrebatar las armas a los soldados, quizá no pudiera desarmarlos
simultáneamente, en cuyo caso los que quedaran armados harían fuego en defensa
propia. O quizá las armas escaparan de manos de los soldados y volaran por el aire
sin control, disparándose hasta vaciar los cargadores, acribillando todo y a todos los
que se encontraban a la vista. Claro que podía curar a los heridos. Pero ¿y si resultaba
él herido? ¿Podría curarse a sí mismo? Probablemente. Pero ¿y si lo mataban? No
podría revivirse. Y si alguien resultaba muerto, tampoco estaba seguro de poder
revivirlo. No era muy útil disfrutar de un poder que no venía acompañado de un claro
manual de instrucciones.
Entonces, al ver cómo las ráfagas de balas impactaban en el Jeep, al verlo correr
pendiente abajo como una bestia ciega y enloquecida, al verlo detenerse con un
estremecimiento bajo los faros de uno de los vehículos detenidos en la carretera de
Vista Valley, Brendan sintió que su frustración se inflamaba. Los ocupantes del Jeep
habían sido alcanzados. Podía ayudarlos. Sabía que podía ayudarlos, y era su deber
hacerlo, no sólo el deber de un sacerdote, sino el mínimo deber de un ser humano.
Tampoco entendía su poder de curación, pero no era peligroso intentar emplearlo
como ocurría con la telequinesia. Se separó del Cherokee junto al que estaban
alineados, atravesó el grupo de soldados distraídos momentáneamente por el drama

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que se desarrollaba en la ladera y corrió hacia el Jeep acribillado casi antes de que se
detuviera.
Gritaron a sus espaldas. Oyó claramente que Falkirk le amenazaba con dispararle.
Brendan se alejó, escurriéndose en el asfalto nevado. Bajó a la cuneta, se cayó, se
incorporó y corrió al Jeep ametrallado.
Nadie disparó, pero oyó que corrían tras él.
El asiento derecho del Jeep era el más cercano y quedaba bajo la luz de los focos
de uno de los vehículos militares, por lo que abrió primero la puerta de aquel lado.
Un hombre corpulento de unos cincuenta años, con chaquetón marinero, estaba
echado contra la puerta y cayó en brazos de Brendan. Brendan vio sangre, pero no
mucha. El extraño estaba consciente, aunque se encontraba en el precario límite del
desfallecimiento; tenía la mirada perdida. Brendan lo sacó completamente del Jeep y
lo tumbó cuidadosamente en la nieve.
Uno de los soldados que le persiguieron le puso una mano en el hombro, y
Brendan se volvió y le gritó:
—¡Apártese, canalla, loco, hijo de perra! ¡Lo curaré! ¡Lo curaré! —Después
lanzó un juramento de una índole tan viciosa, feroz y depravada que se asombró de
oírlo salir por su boca. No sabía que pudiese emplear un lenguaje tan obsceno. El
soldado, en un arrebato de furia, levantó la metralleta para descargar la culata sobre el
rostro de Brendan.
—¡Espera! —gritó Falkirk, acercándose y agarrando el brazo del hombre para
evitar el golpe. El coronel se volvió a Brendan y lo miró con unos ojos que parecían
afilados pedernales.
—Adelante. Quiero ver cómo lo hace. Quiero verlo incriminarse.
—¿Incriminarme? —dijo Brendan—. ¿De qué habla?
—Adelante —le ordenó el coronel.
Brendan no necesitó que le incitaran más, se arrodilló de inmediato junto al
hombre herido y le abrió el chaquetón. La sangre empapaba el jersey en dos lugares:
justo bajo el hombro izquierdo y en el estómago, a unos cinco centímetros de la
cintura. Subió el jersey de la víctima y le abrió la camisa de un tirón. Puso las manos
en la herida abdominal primero, pues parecía la peor de las dos. No sabía lo que
hacer. No recordaba lo que había pensado o sentido cuando curó a Emmy y a Winton.
¿Qué accionó el poder de curación? Estaba arrodillado en la nieve, sentía la sangre
del desconocido manar entre sus dedos, sentía perfectamente que la vida escapaba del
hombre, pero era incapaz de encontrar el poder milagroso que sabía que estaba en su
interior. La frustración volvió a invadirlo, se convirtió en cólera por su propia
impotencia y estupidez, por la injusticia de la muerte, de esta muerte en concreto y de
la muerte en general.
Un hormigueo. En cada palma.
Sabía que los círculos rojos habían vuelto a aparecer, pero no apartó las manos de
la víctima para mirar los estigmas.

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«Por favor —pensó desesperadamente—, por favor que suceda, que se produzca
la curación, por favor».
Sorprendentemente, Brendan sintió por primera vez que la misteriosa energía
fluía de sus manos al cuerpo del herido. Tomó forma y salió como si él fuera una
rueca y la energía el hilo que había creado. Hacía girar la rueda de la existencia de la
misma manera que la rueca convertía la masa informe en un hilo fuerte por la acción
de la rueda, y el herido era el huso donde ese poder se hilvanaba. Pero Brendan no era
simplemente una máquina que fabricaba un solo hilo; sentía en su interior mil
millones de ruedas que giraban a tanta velocidad que silbaban y siseaban al fabricar
miles de millones de filamentos insustanciales e invisibles, aunque fuertes,
extraordinariamente fuertes.
También era un telar, pues de algún modo utilizaba los incontables hilos de aquel
poder de dioses para crear un paño de salud. A diferencia de las experiencias con
Emmy Halbourg y con Winton Tolk, en las que no sintió las curaciones que
efectuaba, Brendan notaba perfectamente que cosía el tejido desgarrado de las heridas
de bala de aquel desconocido. Casi oía el tableteo de los pedales, el sonido
amortiguado de los varales golpeando los hilos para colocarlos en su lugar, los peines
insertando el hilo en la tela, los lizos guiando la urdimbre, la lanzadera trabajando,
trabajando, trabajando.
No sólo comenzó a apreciar conscientemente su poder, sino que sintió que se
incrementaba la fuerza mágica que albergaba, que su poder de curación era diez veces
mayor que cuando salvó a Winton y que mañana sería el doble que hoy. A los pocos
segundos, los ojos del extraño parecieron enfocar la mirada, parpadearon. Y cuando
Brendan apartó las manos de la herida, fue recompensado con algo que lo dejó sin
aliento y le heló el corazón: la hemorragia había cesado. Se sorprendió aún más al ver
que la bala surgía del cuerpo del hombre, como expelida por alguna presión interior;
retrocedió por el orificio de entrada y salió del cuerpo con el sonido de una ventosa.
En cuanto el proyectil, húmedo y con un brillo opaco, salió del vientre del herido, la
herida comenzó a cerrarse como si Brendan no contemplase la cicatrización de una
herida real, sino una película pasada a gran velocidad.
Rápidamente, tocó la herida más leve del hombro. En el mismo momento, sintió
que la segunda bala, a menos profundidad que la primera, retrocedía por la herida
abierta. Salió apretándose y retorciéndose contra sus manos.
Una sensación de triunfo invadió a Brendan. Sintió el deseo de echar la cabeza
hacia atrás y reírse de la caótica furia de la tormenta y de la noche, pues las tinieblas
y el caos total habían sido derrotados.
Los ojos de la víctima se aclararon, miraron a Brendan con asombro primero,
después con gratitud y, por último, con horror.
—Stefan —exclamó—. Padre Wycazik.
Aquel nombre familiar y querido, en los labios de aquel completo desconocido,
sorprendió a Brendan y lo llenó de un temor inexplicable por su párroco y mentor.

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—¿Qué? ¿Qué ocurre con el padre Wycazik?
—Puede necesitar más ayuda que yo. ¡Rápido!
Por un instante, Brendan no entendió lo que le decía el hombre. Después, con un
pavor repentino, comprendió que el conductor del Jeep debía ser el párroco. Pero no
era posible. ¿Cómo había llegado allí? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Qué motivo le podía
haber traído?
—Rápido —repitió el desconocido.
Brendan se levantó de un salto, se volvió hacia el soldado y el coronel Falkirk, los
apartó de su camino, se escurrió en la nieve y se golpeó contra el parachoques
delantero del Jeep. Apoyándose con una mano en el vehículo, lo rodeó tan rápido
como le fue posible y llegó a la puerta del conductor. No se abría. Parecía cerrada. O
dañada por los disparos. Tiró de ella frenéticamente, pero no cedía. Tiró con todas sus
fuerzas. Nada. Después, quiso que se abriera, y la puerta se movió sobre los goznes
retorcidos con los chirridos y crujidos del metal destrozado. Un cuerpo, echado sobre
el volante, comenzó a deslizarse lentamente hacia fuera.
Brendan cogió al padre Wycazik, lo sacó del vehículo y lo tumbó en la fría sábana
de nieve. En aquel lado del Jeep había menos luz. A pesar de la oscuridad, vio los
ojos del párroco; como si su voz torturada procediera de muy lejos, Brendan se oyó
decir:
—Santo Dios, no. Oh, no. —El párroco de Sr. Bette tenía los ojos inmóviles,
impasibles, ciegos, que ya no veían nada de este mundo, sino del más allá—. No, por
favor. —Brendan también vio el surco de una bala que le había rozado la cabeza,
desde el ojo derecho hasta más allá de la oreja. Aquella herida no era mortal, pero la
otra sí: un orificio devastador en la base del cuello, abierto horriblemente, lleno de
carne desgarrada y sangre coagulada.
Brendan puso las manos temblorosas en la garganta destrozada del padre
Wycazik. Sintió que los hilos de su poder volvían a salirle de las manos, mil millones
de filamentos de una multitud de colores y resistencias, todos invisibles pero
suficientes para hilar y tejer un paño fuerte y flexible, la misma tela de la vida.
Entonces, introduciéndose psicológicamente en el cuerpo inerte de aquel hombre que
tanto amaba y respetaba, Brendan intentó con toda su misteriosa habilidad tejer
aquellos hilos en el telar, remendar la tela de la vida.
Sin embargo, pronto advirtió que el milagroso proceso de curación requería la
compenetración entre el curandero y el curado. Advirtió que antes no comprendió el
proceso, que él no era la rueca que fabricaba los hilos del poder y el telar que los
convertía en la tela de la vida. El paciente tenía que aportar el telar para tejer los hilos
del poder que fabricaba Brendan. De algún modo, la curación era un proceso
bilateral. Y Stefan Wycazik ya no podía manejar el telar de la vida; murió casi
instantáneamente, ya estaba muerto antes de que Brendan llegara al Jeep. Así, los
múltiples hilos del poder de curación se enredaron y anudaron en vano, incapaces de
coser la carne desgarrada. Brendan podía cicatrizar a los heridos y sanar a los

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enfermos, pero no podía hacer lo que le hicieron a Lázaro.
Se estremeció con un profundo sollozo, y después con otro. Pero se negó a
rendirse a la desesperación. Agitó la cabeza violentamente negando tercamente su
pérdida, contuvo otro sollozo y renovó sus esfuerzos, decidido a levantar al muerto,
aunque sabía que no lo haría.
Apenas si advirtió que hablaba, transcurrieron uno o dos minutos antes de advertir
que rezaba como rezó tantas veces en el pasado, ya que no recientemente:
—Santa María, Santa Madre de Dios, ora por nosotros; Madre purísima, ora por
nosotros; Madre castísima, ora por nosotros…
La oración no era un acto reflejo, inconsciente, sino producto del fervor, de la
profunda y dulce convicción de que la Madre de Dios oía sus gritos desesperados y
de que el padre Wycazik se levantaría por la combinación de su nuevo poder y la
intercesión de la Virgen. Si alguna vez perdió la fe, la había recuperado en aquel triste
momento. Creyó con toda el alma y la mente. Si el padre Wycazik había sido llamado
antes de su hora y si la Virgen le pedía a su hijo que atendiera sus súplicas, Él, que
nunca le negaba a su Madre nada de lo que le pedía en el nombre del amor, curaría el
cuerpo destrozado del padre Wycazik, y el párroco volvería al mundo a completar su
misión.
Con la manos sobre la horrible herida ensangrentada, arrodillado, sin otro hábito
sacerdotal que la limpia nieve que caía sobre sus humildes hombros, Brendan rezó las
letanías a la Virgen. Imploró a la Virgen… Reina de los Ángeles, Reina de los
Apóstoles, Reina de los Mártires. Pero su amado superior yacía inerte sobre la tierra.
Imploró la piedad de la Virgen, a ella, que era la Rosa mística, la Estrella de la
mañana, la Torre de marfil, la Salud de los enfermos, el Consuelo de los afligidos.
Pero los ojos muertos, una vez rebosantes de calor, afecto e inteligencia,
contemplaban con una mirada vacía los copos que les caían encima.
—Espejo de la justicia, ora por nosotros; Causa de nuestra alegría, ora por
nosotros…
Al fin, Brendan admitió que la voluntad de Dios era que el padre Wycazik dejara
este mundo.
Concluyó la letanía con una voz que se hacía más temblorosa a cada palabra.
Apartó las manos de la monstruosa herida. Cogió una de las manos inertes del padre
Wycazik, la mantuvo entre las suyas y la apretó como un niño perdido. Su corazón
era un hondo pozo de pesar.
El coronel Falkirk se inclinó sobre él.
—¿De modo que el poder tiene limitaciones? Es bueno saberlo. Está bien, vamos.
Vuelva con los demás.
Brendan contempló el rostro impasible del coronel y los pulidos pedernales de sus
ojos, y no sintió el miedo que antes le causaba.
—Murió sin una última confesión. Soy sacerdote y me quedaré aquí a cumplir
con mi deber de sacerdote; cuando acabe, me iré con los demás. Sólo podrá llevarme

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antes si me mata y me arrastra. Si no puede esperar, dispáreme por la espalda. —Le
dio la espalda al coronel. Respiró profundamente, con el rostro húmedo por las
lágrimas y la nieve, y las frases en latín acudieron a sus labios sin demora.

El agujero que Jack abrió con el soplete en la alambrada era pequeño, pero ni él,
ni Dom, ni Ginger era personas corpulentas, por lo que se introdujeron en la Colina
del Trueno sin dificultad, tras pasar primero las dos mochilas con el equipo.
Siguiendo las instrucciones de Jack, Dom y Ginger permanecieron junto a la
alambrada mientras él tenía ocasión de estudiar el terreno cercano con la mira
nocturna Star Tron. Buscaba los postes donde estuvieran instaladas las cámaras de
vigilancia y las células fotoeléctricas de los sistemas de alarma. Aunque las ráfagas
de nieve dificultaban la observación, localizó dos postes donde estaban montadas las
cámaras que cubrían aquella parte del perímetro de la Colina del Trueno desde
diferentes ángulos. Pensaba que las lentes de ambas cámaras estaban cubiertas por la
nieve, pero, debido a la tormenta, no podía estar seguro. No vio señales de sistemas
fotoeléctricos de detección de movimientos en aquella zona del prado.
Después, de un bolsillo de cremallera sacó un instrumento del tamaño de una
billetera…, una variación extremadamente compleja de un voltímetro. Detectaba el
paso de la corriente eléctrica sin que fuera necesario hacer contacto con el tendido,
aunque no medía su intensidad.
Se volvió hacia el prado abierto, de espaldas a la alambrada. Se agachó, mantuvo
el objeto a medio metro de la tierra, con el brazo extendido, y avanzó lentamente. El
voltímetro detectaría la corriente de los cables enterrados a una profundidad máxima
de cincuenta centímetros, a no ser que estuvieran instalados en tuberías. La clase de
cables que buscaba no estaban enterrados a gran profundidad ni discurrían por
tuberías. La nieve caída tampoco afectaba al funcionamiento del aparato. No había
recorrido más de tres metros cuando el detector comenzó a emitir un pitido y una
señal luminosa.
Se detuvo inmediatamente, retrocedió un par de pasos y llamó a Dom y a Ginger.
Se apretaron a su lado, y Jack les dijo:
—Hay un tendido sensible a la presión enterrado a unos cinco centímetros.
Comienza a unos tres metros de la alambrada, y estoy seguro de que corre a todo lo
largo del perímetro de las instalaciones. Es una red de cables enfundados en plástico
fino con una corriente de bajo voltaje. Está diseñada para que se rompan las
conexiones de algunos cables si algo de cierto peso, digamos unos veinte kilos, pasa
por encima. El peso de la nieve no le afecta porque está distribuido uniformemente.
Reacciona a la presión localizada… como la de una pisada.
—Pero si hasta yo peso más de veinte kilos —afirmó Ginger, y preguntó—. ¿Qué
anchura tiene la red?
—Tres metros como mínimo —contestó Jack—. Quieren estar seguros de que si

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alguien tan listo como yo detecta el sistema, le sea imposible saltarlo.
—No sé vosotros —aseguró Dom—, pero yo no puedo volar.
—Yo no estoy tan seguro de eso —replicó Jack—. Es decir, si tuvieras tiempo de
explorar tu poder… Si puedes hacer que las sillas leviten, ¿por qué no puedes levitar
tú mismo? —vio que su sugerencia sorprendió a Dom—. Pero no tienes tiempo de
aprender a controlar ese poder, de modo que tendremos que seguir dependiendo de lo
que nos ha traído hasta aquí.
—¿Y qué es? —preguntó Ginger.
—Mi genio —respondió Jack con una sonrisa—. Esto es lo que haremos.
Recorreremos el perímetro por la franja entre la alambrada y la alarma hasta
encontrar un lugar donde haya un árbol alto y fuerte a unos ocho o diez metros, más
allá de la franja del sistema de alarma.
—¿Y después? —interrogó Dom.
—Ya veremos.
—¿Y si no encontramos el árbol? —preguntó a su vez Ginger.
—Vaya con la doctora —dijo Jack—. Te creía una optimista impenitente. Si yo
digo que necesitamos un árbol, lo que quiero es que me digas que encontraremos un
bosque con mil árboles donde elegir.
Hallaron el árbol tras recorrer trescientos metros por el prado que descendía al
fondo del valle. Era un pino enorme, de tal edad y porte que tenía las ramas gruesas y
separadas que Jack necesitaba. Medía más de veinte metros; un monolito nevado en
la tormenta, más allá de la franja que cubría la alarma.
Volviendo a utilizar el Star Tron, Jack observó el enorme pino hasta que localizó
la rama adecuada. Tenía que ser robusta, pero no mucho más alta que la alambrada,
junto con la que formaría los pilares de un puente de cuerda. Guardó el Star Tron.
De una de la mochilas, sacó el rezón de cuatro uñas, uno de los artículos que
Ginger y Faye compraron en Elko aquella mañana. El pequeño garfio tenía atado un
cabo de nailon de treinta metros de largo y siete milímetros de diámetro, de los
utilizados por los escaladores, que no sólo aguantaba el peso de cada uno, sino el de
los tres juntos.
Comprobó el nudo que unía el cabo al gancho, aunque ya lo había hecho una
docena de veces. Dejó el rollo de cuerda a sus pies y pisó el extremo para evitar que
el rezón se la llevara al lanzarlo, pero dejó libre la mayor parte.
—Apartaos —ordenó. Balanceando el gancho con la mano derecha, lo hizo girar
con medio metro de cuerda cada vez más rápido hasta que el zumbido que producía al
cortar el aire se oyó incluso más que el del viento tormentoso. Lo soltó cuando pensó
que tenía la velocidad adecuada, y la cuerda corrió por la mano izquierda tras el
gancho. El rezón se elevó en el aire y se internó en la tormenta. Tenía el peso y el
impulso suficientes para que no le afectara el viento. No obstante, se quedó corto por
un metro.
Jack lo recogió, arrastrándolo por la nieve, rasgando el manto virgen. Cuando se

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enganchó en algo, tuvo que tirar de él varias veces hasta conseguir desprenderlo con
paciencia. No le preocupaba arrastrarlo por la franja de la alarma, pues no pesaba lo
suficiente para accionarla. En uno o dos minutos lo volvió a tener en la mano. Sin que
nadie se lo dijera, Dom se agachó y enrolló la cuerda mientras Jack la recogía. Ahora
Jack estaba dispuesto a intentarlo de nuevo.
En el segundo intento logró que aterrizara donde deseaba. El ancla se enganchó
firmemente en la rama adecuada.
Con el rezón enganchado, llevó el otro extremo del cabo al poste de la alambrada
más próximo. Lo introdujo por la malla a unos dos metros de altura, le dio una vuelta
alrededor del poste, lo volvió a introducir por la malla y le dio una segunda vuelta al
poste. Tiró con todas sus fuerzas hasta que la cuerda se tensó entre el poste de la
alambrada y el árbol. Después pidió a Dom y a Ginger que la mantuvieran tensa
mientras él la ataba al poste.
El resultado fue un puente de cuerda a dos metros del suelo junto a la alambrada y
a casi tres en el árbol. Aquella ligera inclinación, incluso en una distancia de diez
metros, haría la travesía más difícil, pero fue lo más nivelado que Jack pudo
conseguir.
Saltó, se agarró a la cuerda con las dos manos, osciló el cuerpo dos o tres veces
para tomar impulso y pasar las piernas sobre la cuerda. Como un koala juguetón
colgado de una rama horizontal, quedó mirando al cielo y de espaldas a la tierra. Si
movía los brazos primero y se deslizaba extendiendo y encogiendo las piernas podía
avanzar colgado de la cuerda como un gusano sin peligro de rozar el suelo. Les
enseñó la técnica a Dom y a Ginger. Antes de llegar a la franja que cubría la alarma,
soltó las piernas y se dejó caer.
Dom lo intentó después. Se agarró a la cuerda al primer salto. Pero necesitó todo
un minuto para balancear las piernas y cruzarlas por encima; tras lograrlo, se dejó
caer al suelo.
A Ginger, que medía uno sesenta, tuvieron que ayudarla a agarrarse a la cuerda,
pero sorprendió a Jack al cruzar las piernas sobre la cuerda sin ayuda y con prontitud.
—Estás en buena forma —le dijo Jack.
—Sí, claro, —aseguró, dejándose caer—, porque los jueves, mi día libre, me
como algunos cubos de requesón, varios kilos de galletas y suficientes crepes como
para hundir un barco. La dieta, Jack. Esa es la clave para estar en forma.
Introduciendo los brazos por las correas de la mochila y ajustándosela en su sitio
con un movimiento de hombros, Jack añadió:
—Bien, yo cruzaré en primer lugar, con las dos mochilas más pesadas, así que
vosotros tendréis que llevar una cada uno. Ginger, tú serás la segunda. Dom, tú
cruzarás el último. Cuando crucéis, la cuerda cederá bastante al llegar al centro, por
mucho que la hayamos tensado, pero no os preocupéis. No cederá tanto como para
que toquéis la tierra y se active la alarma. Mantened las piernas cruzadas sobre la
cuerda y, por el amor de Dios, procurad que no se os escapen las dos manos. Intentad

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llegar hasta el árbol, para estar seguros. Pero si no aguantáis más, podéis bajar cuando
estéis a dos o tres metros del árbol, será suficiente para atravesar la zona de alarma.
—Llegaremos hasta el final —expresó Ginger con seguridad—. Sólo son diez o
doce metros.
—Cuando sólo hayas recorrido tres metros —advirtió Jack, asegurándose la
segunda mochila al pecho—, te parecerá que los brazos se te saldrán del cuerpo. A los
cinco metros, te sentirás como si ya se te hubiesen salido.

La forma en que Brendan Cronin reaccionó a la muerte del párroco inquietó a


Leland Falkirk. Cuando el joven sacerdote exigió tiempo e intimidad para
administrarle el último sacramento a Stefan Wycazik, en sus ojos ardía una llama de
indignación y en su voz había tal tristeza que no podía ponerse en duda su
humanidad.
El miedo de Leland a que lo poseyera un ser extraño era voraz, lo corroía. Había
visto —y otros habían descubierto— cosas raras en aquella nave espacial, suficientes
para justificar su miedo, si es que no la paranoia total. Pero incluso así, le costaba
trabajo creer que la angustia de Cronin fuese la astuta farsa de una inteligencia no
humana que se ocultaba en él.
Sin embargo, Cronin, con sus extraños poderes, era uno de los principales
sospechosos, uno de los dos testigos, junto con Dominick Corvaisis, que más
posibilidades tenía de haber sido poseído. ¿De dónde procedían el poder de curación
y la telequinesia sino de un ser extraterrestre que controlaba a aquel hombre y vivía
en su cuerpo?
Leland estaba confundido.
Levantando la nieve en polvo con los pies, se alejó del sacerdote arrodillado, se
detuvo, agitó la cabeza y trató de aclararse las ideas. Vio a los otros seis testigos junto
al Cherokee de Jack Twist, bajo custodia. Observó a los soldados atrapados entre la
obligación de cumplir con su deber y una confusión peor que la suya propia. Vio al
extraño que vino con Wycazik… en pie y andando, milagrosamente sano. Aquella
curación parecía maravillosa, un acontecimiento digno de celebrarse, no de temerse;
una bendición, no una maldición. Pero Leland sabía lo que había en la Colina del
Trueno. Aquel inquietante conocimiento le hizo ver las cosas bajo una perspectiva
diferente. La curación era una astuta treta para confundirle y hacerle creer que los
beneficios de la cooperación con el enemigo eran demasiado importantes para
justificar la resistencia. Ofrecían el fin del dolor. Y quizá el fin de todas las muertes
que no acontecieran repentinamente. Pero Leland sabía que el dolor era la misma
esencia de la vida. Era peligroso creer que se podía escapar al sufrimiento. Peligroso,
porque tal esperanza era destruida continuamente. Y el dolor que seguía a la
destrucción de la esperanza era mucho peor que si se hubiera afrontado en un
principio. Leland pensaba que el dolor —físico, mental, emocional— era la esencia

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de la condición humana, que la supervivencia y la cordura dependían de aceptar el
dolor en lugar de resistirse a él o de soñar con evitarlo. Había que acostumbrarse al
dolor para evitar que te derrotase, y quienquiera que se presentara con una oferta de
trascendencia debía ser recibido con incredulidad, desdén y profunda desconfianza.
Leland ya no estaba confundido.

El gran camión militar —Jorja suponía que era para el transporte de tropas—
tenía duros bancos de metal a ambos lados y otro contra la chapa que separaba la
cabina de la parte posterior. Unas correas de cuero, que oscilaban colgadas de las
paredes a intervalos regulares, proporcionaban a los sentados en los bancos apoyo en
terreno accidentado o inclinado. El cadáver del padre Wycazik fue tumbado en el
banco delantero y sujeto con cuerdas atadas bajo el asiento y a las correas de las
paredes, formando una cesta de cuerda que contenía los movimientos del cuerpo. Los
demás —Jorja, Marcie, Brendan, Ernie, Faye, Sandy, Ned y Parker— estaban
sentados en los bancos laterales. Normalmente, las puertas traseras sólo se cerraban
con el pestillo interior para que los soldados salieran rápidamente en caso de
accidente u otra emergencia. Pero esta vez el mismo coronel Falkirk corrió el cerrojo
exterior. Al oírlo cerrarse, Jorja pensó en calabozos y mazmorras, y le invadió la
desesperación. En el techo había una luz fluorescente, pero Falkirk no ordenó
encenderla; fueron obligados a viajar a oscuras.
Aunque Ernie Block había soportado la noche bastante bien hasta el momento,
todos esperaron que se hundiera al quedar encerrado en el negro compartimiento del
camión. Pero permaneció sentado junto a Faye, cogiéndole la mano, y lo aguantó.
Tenía brotes periódicos de ansiedad, señalados sólo por ataques de hiperventilación,
que superaba rápidamente.
—Estoy empezando a recordar los aviones de los que habló Dom —dijo Ernie
poco después de subir al camión, antes de que comenzara a moverse—. Había al
menos cuatro, haciendo pasadas a baja altitud, dos a muy baja altitud… y después
ocurrió algo que no logro recordar…, mas después de eso, recuerdo que cogí la
furgoneta del motel y que conduje como un loco por la I-80…, hacia el lugar especial
que también atrae tanto a Sandy. Eso es todo. Pero cuanto más recuerdo…, menos
temo la oscuridad.
El coronel no puso soldados con ellos en el compartimiento. Parecía creer que era
peligroso, incluso para dos o tres soldados fuertemente armados, viajar en compañía
de aquel grupo.
Antes de encerrarlos en el camión, el coronel pareció estar a punto de ordenar que
los fusilaran en aquel mismo lugar, al borde de la carretera de Vista Valley. Jorja
sintió que el estómago se le contraía dolorosamente de miedo. Al fin, Falkirk se
calmó, aunque ella no estaba segura de que les permitiera seguir viviendo cuando
llegaran a dondequiera que los llevara.

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Les preguntó dónde habían ido Ginger, Dom y Jack. Al principio, nadie
respondió, y Falkirk se enfureció. Le puso las manos a Marcie en la cabeza y les
comentó tranquilamente lo que sufriría la niña si se negaban a cooperar. Ernie habló
de inmediato, maldiciendo a Falkirk y diciéndole que deshonraba su uniforme… y
revelando a regañadientes que Ginger, Dom y Jack habían salido del Tranquility
hacia el Oeste, en dirección a Battle Mountain, Winnemucca y, por último, a Reno.
«Temíamos que todos los caminos a Elko estuvieran vigilados —le dijo Ernie—. No
quisimos jugárnoslo todo a una carta». Era mentira, naturalmente. Por un momento,
Jorja quiso gritarle a Ernie que no pusiera en peligro la vida de su hija con aquellas
mentiras tan transparentes, pero comprendió que Falkirk no tenía modo de saber con
seguridad si era una historia falsa. El coronel sospechó, pero Ernie le dio más detalles
de la ruta que supuestamente seguía Jack, y finalmente ordenó a cuatro hombres que
lo comprobasen.
Ahora, mientras el camión rugía y saltaba en la noche ventosa hacia el destino
que les tuviese deparado Falkirk, Jorja se agarraba con una mano a la correa de cuero
y rodeaba a Marcie con el brazo libre. La niña facilitaba las cosas al mantenerse
abrazada con fuerza a su madre. Su flojedad semi-catatónica dio paso a la necesidad
de afecto y contacto, aunque no estaba en modo alguno conectada con la realidad.
Pero su repentina necesidad de abrazar y ser abrazada le pareció a Jorja un signo
esperanzador de que lograría hallar el camino que la sacara del reino de las tinieblas
donde se había refugiado.
Jorja pensaba que nada podría distraerla de la intensa preocupación que sentía por
su hija. Pero un par de minutos después de que el camión comenzara a moverse,
Parker Faine empezó a contarles por qué él y el padre Wycazik se arriesgaron a
realizar aquel peligroso viaje nocturno a campo traviesa. Las noticias que contó eran
tan trascendentales que cautivaron a Jorja y alejaron cualquier otro pensamiento de su
cabeza. Les habló de Calvin Sharkle, de cómo Brendan había transferido su poder a
Emmy Halbourg y a Winton Tolk.
—Y ahora… quizá… a mí —expresó Parker con tal admiración que se la
comunicó instantáneamente a Jorja y le puso la carne de gallina. Parker les habló del
CISG. Y les dijo lo que debieron ver aquella lejana noche de julio: Algo había bajado
del cielo. Algo había llegado, y el mundo no volvería a ser igual.
Algo había bajado del cielo.
Al ser revelada la sorprendente noticia, la oscuridad del camión se llenó de un
murmullo de voces excitadas. Las reacciones fueron desde el asombro y la
incredulidad inicial de Faye a la aceptación instantánea y entusiasta de Sandy.
Sandy no sólo lo aceptó, sino que recordó de repente largos momentos de la
noche prohibida, como si la revelación de Parker hubiese sido una almádena que
hiciera añicos el bloqueo de memoria.
—Pasaron los aviones; el cuarto sobre el motel, tan bajo que casi se estrelló
contra el tejado. Para entonces, todos habíamos salido del restaurante, la gente salía

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del motel, pero el temblor continuaba. La tierra vibraba como con un terremoto. El
aire también vibraba. —El tono de su voz era de una extraña mezcla de gozo e
inquietud, alegría y obsesión al mismo tiempo. Todos permanecieron callados en la
oscuridad para oír lo que tenía que decir—. Después, Dom…, entonces no sabía su
nombre, pero era Dom… apartó la vista de los aviones, miró sobre el tejado del
restaurante y gritó: «¡La luna! ¡La luna!». Todos nos volvimos… y había una luna
más brillante de lo normal, con un brillo espeluznante, y por un momento, parecía
caer sobre nosotros. Oh, ¿no os acordáis? ¿No recordáis lo que se sentía al mirar al
cielo y ver la luna cayendo sobre nosotros?
—Sí —contestó Ernie en voz baja, casi con reverencia—. Lo recuerdo.
—Lo recuerdo —afirmó Brendan.
Y Jorja también lo recordó: la imagen de una luna pálida, con un brillo extraño,
precipitándose sobre ellos.
—Algunos gritaron —comentó Sandy—, y otros comenzaron a correr, todos nos
asustamos mucho. El fuerte temblor y el estruendo aumentaron, se sentía en los
huesos; era como el golpe de unos timbales y las detonaciones de unos disparos
mezclados con el viento más fuerte que se pueda oír, aunque no era viento. Pero
también había otro sonido, aquel extraño zumbido, aquel silbido aflautado que sonaba
bajo el rumor, aumentando por segundos… De repente, la luna se puso muy brillante.
Lanzó unos rayos que iluminaron el aparcamiento con un resplandor plateado… y
después cambió. La luna se puso roja, ¡de un rojo sangriento! Entonces, todos vimos
que no era la luna, no, no era la luna, sino otra cosa.
Jorja vio, en la memoria, la luna cambiando del blanco plateado al escarlata. Con
aquel recuerdo, las barreras implantadas por los especialistas en el control de la
mente comenzaron a desmoronarse como castillos de arena bajo la invasión de la
marea alta. Se preguntó cómo podía haber visto el álbum de lunas de Marcie y no
haber logrado recordar. Ahora, el recuerdo la invadió como una inundación, y
comenzó a estremecerse por el temor a lo desconocido y con un júbilo indescriptible.
—Entonces apareció sobre el restaurante —dijo Sandy con tal asombro que
parecía estar viendo la nave en aquel mismo momento, no en el recuerdo, sino en
realidad y por primera vez—. Pasó tan baja como el avión que lo había precedido…,
pero no se movía a tanta velocidad como el avión, sino lentamente…, muy
lentamente…, apenas a más velocidad que el dirigible de Goodyear. Parecía
imposible, porque se podía ver que era pesada, no como un dirigible. Muy pesada.
Sin embargo, pasó sobre nosotros lentamente, majestuosa y lenta, y en aquel instante
supe lo que debía ser, porque no era nada fabricado en este mundo…
El estremecimiento de Jorja se intensificaba a medida que recordaba con mayor
vividez. Recordó estar en el aparcamiento del Tranquility Grille, con Marcie en los
brazos, contemplando la nave. Brillaba en la cálida noche de julio y, a no ser por el
estruendo y las vibraciones que la acompañaban, hubiese tenido un aspecto sereno.
Como dijo Sandy, una vez que desapareció el temor al creer que la luna caía sobre

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ellos, todos supieron instantáneamente lo que veían. Sin embargo, la nave no se
parecía en nada a los platillos volantes y cohetes de las mil películas que habían visto
en el cine y la televisión. No tenía nada sorprendente —¡excepto el mismo hecho de
su existencia!—, ni franjas destellantes de luces multicolores, ni extrusiones o
nodulos llamativos, ni un diseño con excrecencias inexplicables, ni brillos extraños
de metales desconocidos, puentes de mando de emplazamiento singular, toberas al
rojo vivo o avanzadas armas de aspecto amenazador. El resplandor escarlata que la
envolvía era, al parecer, un campo de energía por el que se mantenía suspendida y se
movía. Por lo demás, era bastante sencilla: un cilindro de considerable tamaño,
aunque no más largo que, por ejemplo, el fuselaje de un viejo DC-3, de unos quince
metros de largo y tres o cuatro de diámetro; tenía los extremos redondeados, parecía
dos barras de labios usadas y unidas por la base; tras el brillante campo de energía
podía verse el casco, aunque era bastante normal, con pocos detalles y ninguno
llamativo, algo sucio como por el paso del tiempo y las tribulaciones sufridas. Jorja la
vio descender en el recuerdo, sobre el restaurante, hacia la I-80, mientras los aviones
que la escoltaban daban vueltas, hacían toneles y pasadas rasantes, y ascendían
verticalmente sobre la nave, a derecha y a izquierda; como en aquella noche
maravillosa, contuvo el aliento, el corazón le latió con fuerza, se le inflamó el pecho
con una turbulenta mezcla de emociones y se sintió como si estuviera frente a la
puerta tras la que se ocultaba el significado de la vida y cuya llave había encontrado
inesperadamente.
—Aterrizó en los llanos al otro lado de la I-80 —manifestó Sandy—, en ese lugar
que nos parecía especial, aunque no sabíamos por qué. Los aviones lo sobrevolaban.
Los que estábamos en el motel y el restaurante sentimos la necesidad de ir allí, no
pudimos resistirnos. ¡Oh, santo Dios, nada podía retenernos! Nos amontonamos en
coches y camionetas y fuimos hacia allí…
—Faye y yo fuimos en la furgoneta del motel —aseguró Ernie en la oscuridad del
camión militar. Ya respiraba normalmente, la nictofobia incinerada por la ola de calor
del recuerdo—. Dom y Ginger vinieron con nosotros. Aquel jugador también.
Lomack. Zebediah Lomack, de Reno. Por eso escribió nuestros nombres en los
carteles de la luna de su casa, los que vio Dom. El recuerdo de haber venido en la
furgoneta con nosotros al lugar donde aterrizó la nave debió atravesar el bloqueo de
memoria.
—Jorja —dijo Sandy—, tú, tu marido y Marcie, y un par de personas más
vinisteis en la camioneta con nosotros. Brendan, Jack y los demás fueron en coches,
extraños apilados con extraños, aunque, en cierto modo, ya no éramos extraños.
Cuando llegamos allí, aparcamos en el arcén, y se detuvieron un par de coches que
venían de Elko. La gente corría por la autopista. Los coches que venían del Oeste se
detuvieron en los carriles del otro lado, y todos nos juntamos en el arcén durante unos
momentos, contemplando la nave. El resplandor que la rodeaba había desaparecido,
aunque seguía teniendo… cierta luminosidad, ámbar en lugar de roja. Al aterrizar

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había quemado algunos arbustos y matorrales, pero ya estaban casi apagados cuando
llegamos allí. Fue extraña… la manera en que nos quedamos en la cuneta, sin hablar,
sin gritar ni hacer ruido alguno, sino en silencio, todos callados al principio.
Vacilando. Sabiendo que estábamos al borde de un precipicio, pero que al saltar no
íbamos a caer, que sería como… saltar y subir. No puedo explicar esa sensación muy
bien, pero todos la conocéis. La conocéis.
Jorja la conocía. En aquel momento, como entonces, sentía la sensación, tan
maravillosa que apenas si podía soportarla, de que la humanidad había estado
viviendo en una caja cerrada y que al fin se había abierto la tapadera. La sensación de
que la noche nunca volvería a parecer tan oscura ni tan premonitoria, ni el futuro tan
inquietante como hasta entonces.
—Mientras estaba allí —continuó Sandy—, contemplando aquella nave
luminosa, tan bella, tan fuera de lugar en las llanuras, todo lo que me ocurrió de niña,
el abuso, el dolor y el terror… ya no me importó. Así de sencillo… —chasqueó los
dedos en la oscuridad—. Así de sencillo, mi padre dejó de aterrorizarme —se le
ahogó la voz con la emoción—. No lo veo desde que tenía catorce años, hace más de
una década, pero aún vivía con el temor de que apareciera algún día, de que viniera a
recogerme y a llevarme con él. Era…, era ridículo…, pero aún sentía ese temor,
porque la vida fue una pesadilla para mí, y en las pesadillas siempre ocurren esas
cosas. Pero al contemplar la nave, rodeada de personas calladas y de la inmensidad de
la noche, con los aviones sobrevolándonos, comprendí que no volvería a temer más a
mi padre aunque apareciera algún día. Porque ya no significa nada. Nada. Sólo un
viejo pervertido, un don nadie, un grano de arena en la playa más grande que se
pueda imaginar…
«Sí —pensó Jorja, rebosante de alegría por el descubrimiento de Sandy—. Sí, eso
es lo que significaba esa nave extraterrestre…, la liberación de nuestros temores más
terribles e inhibidores. Aunque los ocupantes de la nave no trajeran las respuestas a
los problemas que acosan a la humanidad, su mera presencia era, en cierto modo, la
respuesta en sí».
Con la voz aún más ahogada por la emoción, rompiendo a llorar, no de tristeza,
sino de alegría, Sandy añadió:
—Al contemplar la nave, sentí de repente que podía olvidar todo aquel dolor para
siempre… y que podía ser alguien. Ya lo sabéis, toda mi vida me sentí como si no
fuese nadie, menos que nadie, vil e inútil, como una cosa que puede servir para algo,
pero que no tiene… dignidad. Y entonces comprendí que todos éramos granos de
arena de aquella playa, que ninguno era mucho más importante que el resto; pero,
además… —dejó escapar un lamento de frustración—. ¡Oh, ojalá encontrara las
palabras! Ojalá encontrara las palabras y lo supiera explicar mejor.
—Lo haces muy bien —la animó Faye en voz baja—. Santo Dios, mujer, lo haces
muy bien.
Y Sandy prosiguió:

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—Pero aunque sólo somos granos de arena, también…, también formamos una
especie que quizá algún día pueda subir hacia aquella inmensa oscuridad, del lugar de
donde vinieron esas criaturas, por eso, aunque sólo somos granos de arena, tenemos
una meta, un propósito. ¿No lo entendéis? Tenemos que hacer el bien y avanzar. Y
algún día, todos nosotros, los miles de millones de personas que vivimos y que
vivirán, podremos ir en busca de aquellos que vinieron a buscarnos…, más allá de
esa inmensa oscuridad, y todo lo que hayamos sufrido habrá merecido la pena,
porque será parte de nuestro viaje a ese lugar. Todo eso pensé mientras
contemplábamos la nave desde la autopista. Y después comencé a llorar y a reír al
mismo tiempo…
—¡Lo recuerdo! —exclamó Ned desde su rincón oscuro—. Oh, Dios, ahora lo
recuerdo, claro que sí, lo recuerdo. Estábamos en la cuneta, y me estrechaste y
abrazaste. Fue la primera vez que me dijiste que me querías, la primera vez, aunque
yo sabía que me querías. Me abrazaste, me dijiste que me amabas. ¡Era una locura,
con aquella nave espacial allí! ¿Y sabes qué? Durante unos minutos, mientras me
abrazabas y me decías que me amabas…, la nave espacial no me importaba. Lo único
que me importaba era lo que me decías…, lo que me decías después de tanto tiempo
—su voz también se ahogó con la emoción, y Jorja notó que Ned abrazaba a Sandy
en la oscuridad del fondo del camión—. Y me lo hicieron olvidar —continuó—.
Vinieron con sus malditas drogas y su control de la mente y me hicieron olvidar la
primera vez que me dijiste que me amabas. Pero lo he recordado, Sandy, y nunca
podrán hacérmelo olvidar de nuevo. Nunca jamás.
—Aún no recuerdo nada —dijo Faye lastimeramente—. Quiero recordarlo.
Quiero formar parte de esto.
Todos callaron mientras el camión cruzaba la noche con estrépito.
Jorja sabía que los demás debían de estar reflexionando sobre las mismas ideas
que cruzaban por su mente. La mera existencia de otra inteligencia, y superior,
situaba la lucha humana en un contexto diferente. Las interminables y violentas
luchas humanas por dominar y esclavizar, para aplicar una u otra filosofía a toda la
especie sin tener en cuenta el coste en sangre y dolor, parecían ahora ridículas e
inútiles. Todas las filosofías limitadoras y centradas en el poder sufrirían un colapso
inevitable. Las religiones que predicaban la unidad de todos los hombres
posiblemente sobrevivirían, pero no lo harían las que propugnasen la conversión
violenta. De un modo imposible de explicar pero fácil de sentir, como lo había
sentido Sandy, Jorja estaba convencida de que el contacto con los extraterrestres tenía
el potencial de convertir a toda la humanidad en una nación, en una gran familia; por
primera vez en la historia, todos los individuos podrían disfrutar del respeto que sólo
una buena familia, no un rey ni un gobierno, era capaz de ofrecer.
Algo había bajado del cielo.
Y toda la humanidad podría ascender.
—La luna —murmuró Marcie contra el cuello de Jorja—. La luna, la luna.

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Jorja quería decirle: «Todo irá bien, encanto; te ayudaremos a recordar ahora que
sabemos lo que has olvidado y, cuando lo recuerdes, verás que no es nada que debas
temer; comprenderás que es maravilloso, amor, y reirás». Pero no dijo nada, pues no
sabía lo que Falkirk haría con ellos. Mientras estuvieran bajo la custodia del coronel,
no veía muchas perspectivas de que se produjera un final feliz.
—Yo recuerdo más —dijo Brendan Cronin—. Recuerdo que bajamos el terraplén
de la autopista. Nos dirigimos hacia la nave. Parecía una gigantesca roca de cuarzo
ámbar. Nos acercamos lentamente mientras los aviones hacían pasadas rasantes sobre
nosotros. Venían otras personas conmigo…, entre ellas tú, Faye…, y tú, Ernie…, y
Dom y Ginger. Pero sólo Dom y Ginger se aproximaron a la nave conmigo y, cuando
llegamos allí, vimos una puerta…, una escotilla redonda… abierta…
Jorja recordaba haberse quedado en la autopista, temerosa de acercarse a la nave
y achacando el temor a la necesidad de mantener a Marcie a salvo. Queriendo
prevenirles y apremiarlos al mismo tiempo, vio cómo Brendan, Dom y Ginger se
acercaron a la nave dorada. Los tres comenzaron a desaparecer de la vista al otro lado
de la nave, y los que permanecieron en la autopista corrieron unos treinta metros al
Este para no dejar de verlos. Jorja también vio la entrada, un círculo de luz cegadora
a un lado del cilindro brillante.
—Nos juntamos frente a la puerta. —Brendan habló en voz baja, aunque su voz
siguió oyéndose por encima del traqueteo del camión—. Dom, Ginger y yo.
Pensamos… que saldría alguien. Pero no ocurrió nada. Sin embargo, la luz que salía
del interior era tan extraña…, era la maravillosa luz dorada que veía en sueños…, era
cálida y nos atrajo irresistiblemente. Estábamos asustados, santo Dios, ¡bien
asustados! Pero oímos helicópteros y pensamos que los agentes del Gobierno se
harían cargo de la situación y que nos harían alejarnos, y estábamos decididos a
formar parte de aquello. ¡Y esa luz! Así que…
—Entrasteis —dijo Jorja.
—Sí —asintió Brendan.
—Lo recuerdo —aseguró Sandy—. Sí. Entrasteis. Los tres.
La inmensidad del recuerdo era sobrecogedora. El momento en que los primeros
representantes de la humanidad pisaban por primera vez un lugar que no era producto
de la naturaleza ni de manos humanas. El momento que dividía la historia para
siempre en Antes y Después. Al recordar, los bloqueos de memoria se derrumbaron
totalmente, nadie habló durante unos minutos.
El camión retumbaba hacia su destino desconocido.
La oscuridad en el interior del vehículo parecía vasta. Sin embargo, se
encontraban tan cerca unos de otros como no lo había estado nadie desde el inicio de
los tiempos.
Al fin, Parker preguntó:
—¿Qué ocurrió, Brendan? ¿Que ocurrió cuando entrasteis?

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Cruzaron la zona que cubría la alarma sensible a la presión con el puente de
cuerda. Deteniéndose varias veces para utilizar otros ingeniosos instrumentos de la
caja de sorpresas de Jack, atravesaron la fina red de sistemas de seguridad
desplegados en los terrenos de la Colina del Trueno y, por último, llegaron a la
entrada principal.
Ginger contempló las inmensas puertas blindadas. La nieve arrastrada por el
viento se había adherido y helado sobre el acero pulido con formas enigmáticas que
parecían tener algún significado.
Una carretera de doble sentido partía de las puertas. Debía haber resistencias bajo
el asfalto, pues estaba limpio de nieve y salía vapor de la superficie. La carretera
descendía por la pradera, giraba al Oeste y se perdía en el bosque donde las luces de
la entrada brillaban débilmente en la distancia. Ginger no veía la garita junto a la que
pasaron, pero sabía que estaba allí.
Si entraba algún visitante en los próximos minutos o si se realizaba el cambio de
guardia, todo se acabó. Ella, Dom y Jack podían escabullirse, tumbarse en la nieve,
esconderse. Sin embargo, era evidente que no había mucho movimiento, pues la
nieve junto a la puerta pequeña estaba intacta cuando llegaron; por tanto, sus huellas
recientes provocarían la alarma y su consiguiente arresto. Tenían que entrar pronto…,
si es que podían lograrlo.
La puerta pequeña junto a las puertas blindadas no parecía menos inexpugnable,
pero Jack no se inmutó. Había llevado un ordenador portátil llamado SLICKS, y,
aunque Ginger había olvidado lo que significaba exactamente el acrónimo, Jack le
indicó que era un instrumento para intervenir distintos tipos de cierres de seguridad y
que no estaba al alcance de cualquiera. No le preguntó de dónde lo había sacado.
Trabajaron en silencio. Ginger vigilaba por si se acercaban faros desde la entrada
y observaba el prado nevado en busca de patrullas a pie, aunque estaban seguros de
que no las había. Dom alumbraba con la linterna el teclado de diez dígitos, el
equivalente al agujero de la cerradura en una puerta normal, mientras Jack utilizaba
las sondas del SLICKS en busca de la secuencia de números que les abrirían la
puerta.
Con una rodilla clavada en la nieve, vigilando, Ginger se sentía desprotegida… y
mucho más lejos de su vida anterior que los tres mil ochocientos kilómetros que la
separaban de Boston. El viento le cortaba el rostro. La nieve se fundía en sus pestañas
y se le metía en los ojos. «Qué situación más rara. Meshugge. Que una persona
inocente pueda verse envuelta en una situación como la nuestra. ¿Quién se cree que
es ese maldito coronel Falkirk? Y la gente que le da las órdenes… ¿quiénes se creen
que son? No auténticos estadounidenses. Auténticos momzers…, eso es lo que son,
todos ellos». Recordó la fotografía de Falkirk en el periódico: supo instantáneamente
que era un treyfnyak, una persona en quien no se podía confiar lo más mínimo, jamás.
Y también supo otra cosa: cuando salpicaba sus pensamientos o sus palabras de
yidich, quería decir que tenía problemas o que estaba muy asustada.

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Cuatro minutos después de que Jack comenzara a trabajar, Ginger se sorprendió
al oír un zumbido de aire comprimido a sus espaldas. Se volvió y vio que la puerta ya
se había abierto. Dom retrocedió sorprendido. Jack se quedó sentado en la nieve.
Cuando Ginger se acercó a ayudarle, Jack le mostró que la puerta se había abierto con
tal rapidez y fuerza que no tuvo tiempo de retirar del mecanismo la sonda del
SLICKS; la puerta había arrancado la sonda del ordenador.
Pero la puerta estaba abierta y no había sonado la alarma. Al otro lado había un
túnel de unos cuatro metros de largo y dos y medio de diámetro. Estaba iluminado
por tubos fluorescentes. Torcía a la izquierda y terminaba en otra puerta de acero.
—Quedaos aquí —advirtió Jack, entrando en el túnel a echar un vistazo.
Ginger se quedó junto a Dom y, aunque sabía que parte del plan era dejarse
apresar, también sabía que correría por instinto a la menor señal de peligro. Dom
pareció leer sus pensamientos, pues la rodeó con el brazo tanto para retenerla como
para hacerle saber que no se encontraba sola.
Uno o dos minutos después, sin que los timbres o las sirenas de alarma hubiesen
desgarrado la noche, Jack salió a la tormenta y se aproximó a Dom y a Ginger, que
esperaban a unos dos o tres metros de la puerta.
—Dos cámaras de vigilancia en el techo…
—¿Te vieron? —le preguntó Dom.
—No lo creo. No siguieron mis movimientos. Sospecho que hay que cerrar la
primera puerta antes de que haya alguna posibilidad de abrir la segunda y, en cuanto
se cierre la puerta exterior se activarán las cámaras. También he visto pulverizadores
de gas ocultos junto a las luces. Así es como lo veo: se cierra la puerta exterior y las
cámaras te observan, y, si ven algo que no les gusta, te detienen con gas paralizante o
cualquier sustancia mortal.
—Estamos dispuestos a dejarnos apresar, pero no a morir como topos —dijo
Dom.
—No cerraremos la puerta exterior hasta que no hayamos conseguido abrir la
interior —añadió Jack.
—Pero nos dijiste que no había…
—Quizá haya algún modo —replicó Jack, guiñando el ojo desviado.
El primer paso era ocultar las mochilas bajo la nieve. Jack pensaba que ya no
necesitarían utilizar sus complicados aparatos y que el peso de las mochilas retrasaría
la marcha. El segundo paso, cuando entraran en el túnel, consistía en que Dom
levantara en vilo a Ginger para que pudiera cortar los cables de las cámaras,
siguiendo las instrucciones de Jack, e inutilizarlas. Al hacerlo, Ginger esperó una vez
más que sonara la alarma, pero tampoco saltó.
Dejando la puerta exterior abierta, Jack los guió hasta la barrera interior.
—Ésta no tiene panel donde poder intervenir el sistema, así que no importa que
nos hayamos quedado sin el SLICKS.
—¿No deberíamos callarnos? —preguntó Ginger nerviosamente—. ¿No habrá

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micrófonos?
—Sí, pero dudo de que alguien advierta nuestra presencia antes de cerrarse la
puerta exterior, porque debe ser en ese momento cuando el ordenador active el
programa de seguridad para controlar la entrada de alguien. Y aunque haya un
guardia tras esa puerta, no oirá nuestras voces con codo ese acero. Ni aunque
gritásemos —dijo Jack en un susurro. Señaló un cristal empotrado en la pared del
túnel, a la derecha de la puerta—. Ese es el único modo de abrirla. Empezaron a
instalar este tipo de cierres hace ocho años, cuando dejé el servicio. Se pone la palma
de la mano contra el cristal, el ordenador de seguridad analiza las huellas dactilares y
las de la palma de la mano, y si se tiene autorización para entrar, se abre la puerta.
—¿Y si no se tiene autorización? —susurró Dom.
—Sale el gas.
—Entonces, ¿cómo podrás abrirla? —le interrogó Ginger.
—No puedo —contestó jack.
—Pero dijiste…
—Dije que podría haber algún modo —le interrumpió Jack—. Y puede haberlo
—miró a Dom y sonrió—. Probablemente, tú puedas abrirla.
Dom miró a Jack como si el ex ladrón hubiera perdido la cabeza.
—¿Yo? ¿Lo dices en serio? ¿Y qué sé yo de estos complicados sistemas de
seguridad?
—Nada —respondió Jack—. Pero puedes arrancar miles de fotografías de la
pared y hacer que bailen en el aire todas juntas, puedes hacer levitar montones de
sillas y otros trucos curiosos, de modo que no veo por qué no puedes… acceder al
mecanismo de esa puerta y hacer que se abra.
—Pero no puedo. No sé cómo hacerlo.
—Piensa en ello, concéntrate, haz lo que hiciste anoche para mover el salero.
Dom agitó la cabeza enérgicamente.
—No puedo controlar el poder. Viste cómo se me escapó de las manos. ¿Y si se
descontrola aquí? Podría herirte a ti o a Ginger. Podría activar inadvertidamente los
pulverizadores de gas y morir todos. No, no. Demasiado arriesgado.
Permanecieron en silencio un momento, con el viento bufando y lamentándose
lúgubremente en la puerta exterior.
—Dom —dijo Jack—, si no lo intentas, el único modo de entrar ahí es arrestados.
Dom permaneció inflexible.
Jack se dirigió a la puerta exterior. Ginger comenzó a seguirle porque pensaba
que se marchaba. Pero se detuvo en la boca del túnel y alzó la mano junto a un botón
en la pared.
—Esto es un interruptor térmico, Dom. Si no intentas abrir la puerta interior,
tocaré el interruptor, cerraré la puerta exterior y quedaremos atrapados aquí. Eso
activará el programa de seguridad del ordenador y, cuando el ordenador descubra que
las cámaras han sido inutilizadas, hará sonar la alarma que alertará a los guardias de

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seguridad.
—Uno de los motivos por los que vinimos era para que nos capturasen —afirmó
Dom.
—Vinimos a echar un vistazo y, después, a dejar que nos atraparan.
—Bueno —replicó Dom—, tendremos que conformarnos con dejarnos atrapar.
El calor del túnel se había escapado a la noche. El vaho volvía a salir de sus
bocas. Aquellas humeantes exhalaciones resaltaban la impresión de que los hombres
se encontraban librando un combate en el que se enfrentaban con la voluntad en lugar
de utilizar la fuerza física.
Situada entre ambos, Ginger no dudó de quién sería el vencedor. Le gustaba y
admiraba a Dom Corvaisis más que a cualquier otro hombre que había conocido, en
parte porque personalizaba tanto la voluntad y la decisión de Anna Weiss como la
modesta timidez de Jacob. Tenía buen corazón y era inteligente. Le hubiese confiado
su propia vida. De hecho, ya se la había confiado. Pero sabía que vencería Jack Twist,
pues estaba acostumbrado a ganar, mientras que Dom, según había admitido él
mismo, sólo había comenzado a vencer el verano antepasado.
—Si no nos ven —manifestó Jack—, accionarán los pulverizadores de gas con
toda seguridad. Quizá sólo nos duerman. Pero tal vez, para no arriesgarse, utilicen gas
de cianuro o cualquier otro gas mortal que atraviese la ropa, porque, después de todo,
no saben si llevamos máscaras antigás.
—Estás mintiendo —aseguró Dom.
—¿De veras? —dijo Jack.
—No dejarías que nos matasen.
—Estás hablando con un criminal profesional, ¿recuerdas?
—Ya no lo eres.
—Aún tengo un lado negro —añadió Jack con una sonrisa. Esta vez, había un
desconcertante matiz maniaco en su humor y un frío destello en su ojo de mirada
torcida que hicieron a Ginger preguntarse si no sería capaz de arriesgar la vida de
todos en caso de no salirse con la suya.
—Morir no forma parte del plan —comentó Dom—. Lo estropearía todo.
—Y que te niegues a colaborar tampoco forma parte del plan —le replicó Jack—.
¡Por el amor de Dios, Dom, hazlo!
Dom vaciló. Miró a Ginger.
—Alejaos todo lo que podáis.
Ginger se puso junto a Jack Twist.
—Dom, si se abre —dijo Jack, sin apartar la mano del interruptor que cerraría la
puerta exterior—, entra rápido. Tiene que haber un guardia por algún lado. Se llevará
una buena sorpresa cuando se abra la puerta, porque el programa de seguridad no
habrá sido activado. Si puedes echarte sobre él rápido, yo estaré detrás para hacerle
callar. Así tendremos más probabilidades de continuar hacia dentro y ver lo que haya
que ver antes de que nos pesquen.

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Dom asintió y se volvió a la puerta interior. Miró el marco, puso una mano sobre
el acero y movió los dedos adelante y atrás como un viejo ladrón de cajas de caudales
sintiendo la vibración delatora del movimiento de las guardas. Después se volvió al
cristal que leía las huellas dactilares y la palma de la mano.
Jack apartó la mano del interruptor que amenazó con pulsar y volvió la vista a la
noche tormentosa al otro lado de la puerta. Le susurró en voz tan baja a Ginger que
Dom, en el otro extremo del túnel, no pudo oírlo:
—Tengo la extraña sensación de que, en cualquier instante, el gigante bajará de la
planta de habichuelas y nos aplastará de un pisotón.
Ginger supo entonces que no habría arriesgado sus vidas, que probablemente los
hubiera llevado a la garita y hubiese pedido que los arrestaran. Pero con aquella
aureola asesina, resultó muy convincente.
De repente, la puerta se abrió con un silbido. Aunque fue Dom quien la abrió, se
sorprendió tanto que retrocedió un paso en lugar de precipitarse adelante
inmediatamente, como le indicó Jack. Advirtió el error en el mismo instante de
cometerlo, cruzó el umbral y entró en el mundo subterráneo.
Jack pulsó el interruptor que cerraba la puerta exterior casi antes de que Dom
cruzara el umbral y, después, corrió tras el escritor.
Ginger lo siguió. Esperó oír ruido de forcejeo o disparos, pero no oyó nada.
Cuando dejó el túnel de cemento, se encontró en otro túnel enorme con paredes de
roca, donde las luces colgaban de portalámparas sobre su cabeza. El pasaje tenía unos
veinte metros de ancho y unos cien de largo, comenzaba en las puertas blindadas
gigantes y terminaba en lo que parecían ser plataformas levadizas y ascensores. La
mesa del guardián estaba unida con cemento al piso de hormigón. Un libro de partes
colgaba de la mesa. Había algunos números recientes de revistas junto al libro de
partes. También había una terminal de ordenador. Pero no se veían guardias.
De hecho, todo el túnel estaba desierto. El lugar estaba silencioso y callado como
un mausoleo. Ni siquiera el goteo del agua por una estalactita o el aleteo de los
murciélagos por la bóveda. Pero Ginger supuso que unas instalaciones que costaban
miles de millones de dólares y que parecían diseñadas para afrontar la tercera guerra
mundial tampoco estarían plagadas de ratones voladores.
—Debería haber guardias —murmuró Jack. Su voz resonó con un eco sibilante en
las paredes de piedra.
—¿Y ahora qué? —preguntó Dom con voz temblorosa. Era evidente que estaba
sorprendido de haber utilizado su poder tan poco tiempo después del casi desastre del
comedor la noche pasada.
—Algo anda mal —comentó Jack—. No sé qué. Pero si no hay guardias… algo
anda mal. —Se echó hacia atrás la capucha de su traje de montaña y se bajó la
cremallera unos centímetros, y los demás hicieron lo mismo. Siguió hablando en voz
baja—: Esta debe ser la zona de carga y descarga. Los camiones entran a descargar.
La parte principal de las instalaciones debe estar bajo nosotros. En fin…, no me gusta

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este silencio…, pero supongo que debemos bajar.
—Si debemos bajar, dejémonos de shmoozing y vámonos —dijo Ginger
encaminándose al otro extremo del túnel.
Oyó el zumbido de la puerta interior al cerrarla Jack.
Se hundieron en las profundidades de la Colina del Trueno.

2. TEMOR

Apenas si hicieron más ruido que tres ratones deslizándose junto a un gato
dormido, aunque las pisadas resonaban en la bóveda de piedra. Suavemente. El eco
no parecía de pisadas, sino los susurros y los murmullos de unos conspiradores
ocultos entre las sombras que se cernían sobre ellos.
La inquietud de Dom aumentó.
Se deslizaron junto a dos enormes plataformas levadizas. Cada una de veinte
metros de ancho y de una profundidad parecida, las plataformas se movían mediante
ejes hidráulicos sincronizados situados en cada esquina y eran suficientemente
grandes como para subir y bajar aviones de las profundidades de la montaña.
También pasaron junto a pequeños montacargas y, finalmente, llegaron a dos
ascensores de tamaño normal.
Antes de que Jack pulsara el botón para llamar al ascensor, Dom volvió a sentir
otro destello en la memoria. Al igual que en ocasiones anteriores, fue tan vivido que
desplazó a la realidad. Esta vez recordó el acontecimiento crucial del 6 de julio: la
metamorfosis del color de la luna, que resultó ser la vista frontal de la proa
redondeada de una nave espacial. Era un cilindro liso sin características particulares,
en cierto sentido casi familiar, aunque Dom comprendió de inmediato que el viaje
que finalizaba allí no había comenzado en ningún lugar de este mundo.
Cuando la potencia inicial del recuerdo se disipó lo suficiente para permitirle
volver a la realidad, Dom se encontró apoyado con ambas manos en la puerta del
ascensor, la cabeza caída entre los hombros. Notó una mano en el hombro, se volvió
y vio a Ginger. Jack estaba tras ella.
—¿Qué te ocurre? —le preguntó.
—He vuelto a recordar.
—¿Qué? —añadió Jack.
Dom se lo dijo.
No necesitó convencerlos de que aquella noche de verano entraron en contacto
con extraterrestres. En cuanto les recordó lo que habían visto, sus propios bloqueos
de memoria se desmoronaron. Dom vio en sus rostros la mezcla única de asombro,
temor, alegría y esperanza que provocaba el acontecimiento.
—Entramos —afirmó Ginger soñadoramente.
—Sí —añadió Jack—. Tú, Dom y Brendan.

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—Pero no recuerdo…, no recuerdo lo que nos ocurrió dentro —comentó Ginger.
—Yo tampoco —agregó Dom—. Aún no recuerdo esa parte. Recuerdo justo hasta
cuando entramos en la nave, a esa luz dorada…, después, nada.
Por un momento permanecieron ajenos a su arriesgada situación.
El rostro delicado y encantador de Ginger estaba pálido. En parte, era la palidez
del miedo. Pero no sólo miedo.
Dom y Ginger entendieron en aquel instante por qué se sintieron tan atraídos
desde el momento en que Ginger bajó del avión en el aeropuerto de Elko el domingo
anterior. Aquella noche de verano, entraron juntos en la nave y compartieron algo que
los unió para siempre.
—La nave está aquí —dijo Ginger—. Tiene que estar aquí.
Dom asintió.
—Por eso expropió el Gobierno la tierra a los ganaderos. Ampliaron los terrenos
del Depósito para evitar que nadie viera el camión cuando trajeron la nave.
—Debió ser un camión enorme.
—Como los que cargan el transbordador espacial —señaló Dom.
—Sí —afirmó Jack—, pero ¿por qué ocultaron lo sucedido?
—No lo sé —replicó Dom. Pulsó el botón de llamada del ascensor—. Pero quizá
lo podamos averiguar.
El ascensor llegó con un suave zumbido, y bajaron al segundo nivel. A juzgar por
la duración del viaje, los dos niveles superiores de la instalación estaban separados
por varios pisos de roca maciza.
Al fin, se abrieron las puertas y salieron a una inmensa caverna circular de unos
noventa metros de diámetro. Desde lo alto, las luces iluminaban con una luz fría las
estructuras metálicas de los edificios abrazados a las paredes alrededor de la caverna.
Una luz más cálida brillaba en las pequeñas ventanas de dos de aquellas estructuras;
las demás estaban a oscuras y parecían vacías. A Dom le pareció el campamento de
un equipo de filmación rodando exteriores, un puñado de remolques para los
vestuarios. Cuatro grandes cavernas partían de la cámara principal, una de las cuales
se encontraba cerrada por unos portalones de madera que parecían curiosamenre
primitivos en aquellas modernas instalaciones. En las tres cavernas restantes había
luces encendidas, y Dom vio material almacenado —vehículos todo-terreno,
camiones para el transporte de tropas y de carga, helicópteros e incluso aviones—,
además de otras estructuras con aspecto de remolques donde había más luces
encendidas que en las de la cámara principal. La Colina del Trueno era un enorme
arsenal y una ciudad subterránea autosuficiente; Dom lo sabía, pero nunca imaginó su
inmensidad.
Más impresionante que las muchas maravillas del Depósito era su aire de
abandono. El segundo nivel estaba tan desierto y silencioso como el primero. Ni
guardias, ni personal ajetreado, ni voces o ruidos de trabajo. Cierto, las cavernas eran
ligeramente frías; a esa hora de la noche, la mayor parte de los trabajadores no

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saldrían de las salas con calefacción. Pero deberían haber visto a alguien. Y si la
mayor parte no estaba de servicio, debería oírse música, televisiones, conversaciones
animadas en las mesas de póquer y otros sonidos de diversión flotando desde los
últimos rincones de la instalación.
En un susurro tan débil que apenas si era algo más que una subvocalización,
Ginger preguntó:
—¿Se habrán muerto todos?
—Os lo dije —susurró Jack—, ocurre algo…
Dom se sintió atraído hacia los enormes portalones de madera —de casi tres pisos
de alto y unos veinte metros de ancho— que cerraban la boca de la cuarta caverna y
se dejó llevar por sus sentimientos. Seguido de Ginger y Jack, se acercó tan
silenciosamente como pudo hacia una puerta más pequeña, de tamaño normal, en la
base de uno de los portalones gigantes. Estaba entreabierta, y un rayo de luz más
intensa que la de la caverna principal caía al suelo de piedra. Puso una mano sobre la
puerta y la empujó, pero se detuvo al oír voces apagadas en el interior. Escuchó hasta
asegurarse de que eran dos, ambas masculinas. Hablaban demasiado bajo para
entender lo que decían. Dom pensó en volverse atrás, pero le dio la impresión de que
si querían echar un vistazo antes de que los detuviesen, aquel era el mejor lugar.
Abrió la puerta pequeña y entró.
La nave estaba allí.
Ginger se detuvo con la mano en el pecho, como si intentara evitar que se le
saliera el corazón.
La caverna tras los portalones de madera era enorme, con sesenta metros de larga,
una anchura que oscilaba entre los veinticinco y los treinta y cinco metros, y una alta
bóveda. El suelo de piedra había sido picado, aplanado y pulido para formar una
superficie nivelada de pared a pared; todos los huecos profundos y las grietas habían
sido tapados con cemento. A juzgar por las manchas de aceite y grasa, y por las
armellas usadas en el suelo, la cámara fue utilizada anteriormente como garaje o
taller de vehículos. A la derecha de la entrada, junto a la pared, había más estructuras
parecidas a remolques, con ventanucos y al menos media docena de puertas metálicas
que se sucedían casi hasta el fondo de la gruta. Aunque probablemente fueron
utilizadas como oficinas o viviendas, habían sido convertidas en salas de
investigación. Algunas puertas tenían letreros pintados a mano: LABORATORIO DE
QUÍMICA, BIBLIOTECA DE QUÍMICA, PATOLOGÍA, LABORATORIO DE BIOLOGÍA, BIBLIOTECA DE
BIOLOGÍA, FÍSICA1, FÍSICA 2, ANTROPOLOGÍA, y otros que no alcanzaba a leer. Además,
alineadas o amontonadas en el espacio abierto frente a las estructuras metálicas, había
mesas de trabajo y grandes máquinas —un aparato convencional de rayos X, un gran
espectrógrafo acústico exactamente igual al utilizado en el Memorial Hospital de
Boston y muchos otros instrumentos que Ginger no conocía—, como si alguien
hubiera instalado un puesto de venta de instrumental avanzado de laboratorio en un
mercadillo. El espacio disponible resultaba insuficiente para la importancia de la

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investigación, lo que no era sorprendente si se tenía en cuenta el objeto de la
investigación.
La nave de otro mundo se encontraba a la izquierda de la entrada. Era
exactamente igual a como la había recordado Ginger unos minuto antes, cuando los
recuerdos prohibidos destruyeron el bloqueo de memoria y volvieron finalmente a
ella: un cilindro de entre quince y veinte metros de largo, unos cinco de diámetro y
redondeado en los extremos. Había sido situado sobre una serie de caballetes de acero
de un metro y medio de altura para aislarlo del suelo, como si fuera un submarino en
el dique seco. Lo único que lo diferenciaba de su aspecto del 6 de julio era la
ausencia del misterioso resplandor, que había cambiado del plateado de la luna al
escarlata y al ámbar. No tenía sistemas de propulsión visibles, no se veían cohetes. El
casco era casi tan sencillo como recordaba: aquí, unas franjas hundidas de unos tres
metros de longitud donde cabía el puño, pero sin propósito evidente; allí, cuatro
hemisferios que sobresalían como melones partidos por la mitad, también sin función
aparente; aquí y allá, media docena de elevaciones circulares, algunas tan grandes
como la tapa de un cubo de basura, otras no mayores que la tapadera de un bote de
mayonesa, ninguna más alta de ocho centímetros, todas bastante misteriosas. Por lo
demás, aparte de las marcas del uso y del tiempo, el noventa por ciento de la
superficie del largo casco curvado era lisa. Pero su sencillo diseño no evitó que
Ginger lo considerara la cosa más espectacular que había visto. Estaba aterrorizada y
alegre al mismo tiempo, sobrecogida por el temor a lo desconocido y, sin embargo,
exultante.
Había dos hombres sentados frente a frente en una mesa al pie de la escalera
móvil que conducía a una abertura en el flanco de la nave elevada. El más llamativo
era un hombre desgarbado, de cuarenta y tantos años, con pelo rizado negro y barba,
vestido con pantalones oscuros, camisa oscura y bata blanca de laboratorio. El otro
era un militar uniformado, con la chaqueta desabrochada, un hombre un tanto obeso,
unos diez años mayor que su barbudo acompañante. Al ver a los tres visitantes, se
callaron y se pusieron en pie, pero no llamaron a los guardias ni corrieron a pulsar el
interruptor que accionaba la alarma. Simplemente, observaron a Dom, Jack y Ginger
con interés, sopesando sus primeras reacciones ante la nave elevada sobre caballetes.
«Nos esperaban», pensó Ginger.
Aquella idea debería haberla preocupado, pero no lo hizo. Sólo le interesaba la
nave.
Con Dom a la derecha y Jack a la izquierda, se acercaron en silencio al extremo
más próximo de la nave cilíndrica. Aunque su corazón comenzó a latirle con fuerza y
celeridad desde el momento que entró en la gruta y vio la nave, el ritmo era
acompasado en comparación con el frenesí que había alcanzado. Se detuvieron con la
nave al alcance de la mano y la observaron con una actitud de asombro que rayaba la
veneración.
Todo el vientre curvado de la nave mostraba las señales de la abrasión por

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rozamiento, como si hubiera atravesado nubes de polvo cósmico o partículas de un
tipo y un origen desconocidos al hombre. Las muescas y pequeñas abolladuras que
cubrían la superficie no eran parte del diseño, sino resultado de la acción de
elementos mucho más hostiles que los vientos y tormentas que azotaban las naves en
los mares y cielos de la tierra. El casco mostraba zonas grises, negras, ámbar y
marrones, como si hubiera sido sumergido en cien ácidos distintos y quemado en mil
fuegos.
Además de su particularidad intrínseca y poderosa, lo que más impresionó a
Ginger de la nave fue su aspecto venerable. Por lo que sabía, podía haber sido
construida unos años antes, haber viajado al condado de Elko a una velocidad
superior a la de la luz y haber llegado la noche del 6 de julio unos meses o un año
después de haber sido lanzada. Pero le parecía que no era ese el caso. No sabía cual
era la fuente de su convencimiento —llámese intuición—, pero estaba segura de que
era una nave antigua. Al extender el brazo y tocar el metal frío, pasando las yemas de
los dedos por la superficie rayada y desgastada, se convenció aún más de que estaba
en presencia de una reliquia venerable.
Habían recorrido un largo camino. Un camino larguísimo.
Imitándola, Dom y Jack también tocaron el caso. Dom exhaló un trémulo suspiro.
Su «Ahhhhh» fue más elocuente que cualquier palabra que pudiera decir.
—Oh, me gustaría que mi padre viviera para ver esto —dijo Ginger, recordando
al viejo Jacob el soñador, Jacob el luftmentsch, a quien siempre le atrajeron las
historias de mundos y tiempos distantes.
—Ojalá hubiese vivido Jenny un poco más…, sólo un poco más…
Ginger comprendió que Jack no se refería a lo mismo que ella, que no deseaba
que Jenny hubiese vivido para que viera la nave. Deseaba que hubiese vivido hasta
entonces, porque, como resultado de aquel contacto extraterrestre, Brendan y Dom
tenían el poder de curarla. Si Jenny no hubiera fallecido el día de Navidad, quizá
habrían podido curar su cerebro dañado —suponiendo que salieran vivos de la Colina
del Trueno—, sacarla del coma, devolverla a los brazos de su fiel marido. Ginger
comprendió que apenas si había comenzado a entender las consecuencias de aquel
increíble acontecimiento.
El hombre obeso vestido de uniforme y el hombre barbudo con bata de
laboratorio se acercaron desde la mesa junto a la entrada de la nave. El civil puso la
mano en el casco, que Ginger y Dom aún exploraban, y dijo:
—Algún tipo de aleación. Más resistente que el acero de este mundo. Más dura
que el diamante, pero extremadamente ligera y de sorprendente flexibilidad. Usted es
Dominick Corvaisis.
—Sí —afirmó Dom, ofreciéndole la mano al desconocido. Aquella cortesía
hubiese sorprendido a Ginger si no sintiera que el amable científico y el militar que le
acompañaba no eran enemigos.
—Soy Miles Bennell, director del equipo que estudia este… maravilloso

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acontecimiento. El general Alvarado, comandante de la Colina del Trueno. No puedo
decirles lo mucho que lamento lo que se les ha hecho. Esto no debería ser el secreto
de unos pocos. Pertenece al mundo. Si dependiera de mí, el mundo lo conocería
mañana.
Bennell también estrechó la mano a Ginger y a Jack.
—Tenemos preguntas… —dijo Ginger.
—Y se merecen las respuestas —replicó Bennell—. Les diré todo lo que hemos
llegado a saber. Pero podemos esperar a estar todos reunidos. ¿Dónde están los otros?
—¿Qué otros? —preguntó Dom.
—¿Se refiere a los del motel? —añadió Ginger—. No vienen con nosotros.
Bennell los miró sorprendido.
—¿Quiere decir que la mayoría lograron escapar de las manos del coronel
Falkirk?
—¿Falkirk? —preguntó Jack—. ¿Cree que él nos trajo aquí?
—Si no fue Falkirk, ¿quién entonces? —interrogó Bennell.
—Vinimos por nuestra cuenta —respondió Dom.
Ginger vio que aquella noticia sorprendió tanto a Bennell como al general
Alvarado. Se miraron atónitos, y un rayo de esperanza cruzó sus rostros.
—¿Quiere decir que encontraron el modo de sortear las medidas de seguridad del
Depósito? —preguntó Alvarado—. ¡No es posible!
—¿No has leído el expediente de Jack? —le preguntó Bennell a su amigo—. ¿Sí?
Pues recuerda que perteneció a los comandos y a lo que se dedica desde hace unos
ocho años.
Jack agitó la cabeza.
—No todo el mérito es mío. Sí, yo me las arreglé para que cruzáramos la valla y
llegáramos a la primera puerta, pero fue Dom quien logró que entrásemos.
—¿Dom? —preguntó Bennell, volviéndose con sorpresa al escritor—. Pero ¿qué
sabe de sistemas de seguridad? A menos que…, ¡naturalmente! Desde que tuvo esa
experiencia en casa de Lomack y desde que apareció esa luz en el Tranquility cuando
llegó Cronin, han debido descubrir que el poder no era externo. Ya deben haber
comprendido que es algo interior.
Por la afirmación de Bennell, Ginger comprendió que habían oído las
conversaciones en el Tranquility. Pero también revelaba que las discusiones y
sesiones de estrategia en el restaurante, tras la llegada de Jack, no fueron captadas. En
caso contrario, Bennell conocería el experimento de la noche anterior, en el que Dom
y Brendan supieron que las aparentes experiencias místicas eran, en realidad, de su
propia creación.
—Sí —dijo Dom—. Sabemos que el poder está en nosotros, en Brendan y en mí.
Pero ¿de dónde procede, doctor Bennell?
—¿No lo sabe?
—Creo que tiene algo que ver con lo que nos ocurrió al entrar en la nave, pero no

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lo recuerdo. ¿No me lo puede decir?
—No —le respondió Miles Bennell—. En realidad, no. Se supo que tres de
ustedes entraron en la nave, pero no supimos si les ocurrió algo… peculiar en el
interior. Salieron de la nave justo cuando llegaron los helicópteros con soldados del
DERO y observadores científicos, y nadie supuso que estuvieran más de un par de
minutos dentro. Cuando fueron detenidos, no les dijeron a nadie que hubiera sucedido
algo importante mientras estuvieron en el interior. Creo que dijeron que sólo echaron
un vistazo. Para facilitar las cosas, les fueron administrados sedantes inmediatamente
después de ser arrestados y trasladados al Tranquility, de modo que aunque hubieran
cambiado de opinión y decidieran decirnos lo que ocurrió, no tuvieron oportunidad de
hacerlo —excitado, el desgarbado científico se pasó los largos dedos por la rizada
barba negra con aire absorto—. Cuando se decidió mantener el asunto en secreto y
lavar el cerebro a todos los civiles que vieron la nave, no hubo tiempo para interrogar
detenidamente a todos. De hecho, nunca dejaron de administrarles sedantes; fueron
sustituidos por los que formaban parte del lavado de cerebro. Ese es uno de los
motivos por los que me opuse al encubrimiento. Me pareció que si realizábamos los
lavados de cerebro sin tener tiempo de interrogarlos…, no era sólo injusto y cruel,
sino una forma estúpida de ignorar fuentes potenciales de datos.
Ginger miró hacia la puerta abierta en el flanco de la nave, al final de las escaleras
móviles.
—Si entramos ahora, quizá se derrumbe el último bloqueo de memoria.
—Puede ayudar —asintió Bennell.
Alzando la vista a la nave, Jack preguntó:
—¿Cómo sabían que descendería junto a la I-80?
—Sí —añadió Dom—. ¿Y por qué creyeron que debería mantenerse en secreto?
—¿Y las criaturas que vinieron en él? —preguntó Jack.
—¡Santo Dios, sí! —exclamó Ginger—. ¿Dónde están? ¿Qué les sucedió?
El general Alvarado les interrumpió:
—Como dijo Miles, tendrán las respuestas, porque se las merecen. Pero primero
hay cosas más urgentes. —Se volvió a Dom—. Supongo que si puede hacer levitar
cosas y crear luz de la nada, no tendrá problema en intervenir un sistema electrónico
de seguridad. Y si lo consigue, también podría utilizar su poder para mantener a otras
personas fuera. ¿Cree que podría hacerlo? ¿Piensa que podría evitar que se abrieran
las puertas blindadas antes de que estemos preparados?
A Dom le sorprendieron sus preguntas tanto como a Ginger.
—Bueno, quizá. No lo sé.
Bennell miró al general.
—Bob, si dejas al coronel fuera será como encender la mecha. Sabe que sólo él
puede controlar a VIGILANT. Si no puede entrar…, le parecerá magia. Se convencerá
de que nos hemos contagiado todos.
—¿Contagiado? —preguntó Ginger con inquietud.

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Alvarado dijo:
—El coronel está convencido de que nosotros (usted, yo, Miles, todos) hemos
sido poseídos por seres extraterrestres, que ahora somos marionetas, que hemos
dejado de ser humanos.
—Es una locura —comentó Jack.
Y Ginger añadió con mayor inquietud:
—Pero no es posible. ¿Existe alguna razón para pensar que pueda habernos
sucedido?
—Al principio, sí, una pequeña indicación —afirmó Miles—, pero no ocurrió. No
es cierto. Y ahora sabemos que nunca hubo tal posibilidad. Es la tendencia natural de
los humanos a ver el lado negro de las cosas…, a darle a todo la interpretación más
pesimista. Lo explicaré más tarde.
Ginger estaba a punto de exigir una explicación inmediata, pero el general
Alvarado advirtió:
—Por favor, guarden las preguntas para luego. No nos queda mucho tiempo.
Creemos que Falkirk viene hacia aquí en estos momentos, con el resto de sus amigos
prisioneros…
—No —replicó Dom—. Salieron antes que nosotros. Han escapado.
—No menosprecie al coronel —dijo Alvarado—. Pero, veamos… si Dom puede
utilizar su poder para cerrar las entradas y dejar al coronel fuera, quizá encontremos
el modo de que se conozca esta historia. Porque si entra…, me temo que se producirá
un derramamiento de sangre, en uno u otro bando.
Unos movimientos en la entrada de la caverna atrajeron la atención de Ginger,
que se quedó boquiabierta al ver a Jorja, Marcie, Brendan y a los demás entrando por
la puerta pequeña.
—Demasiado tarde —afirmó Miles Bennell—. Demasiado tarde.

En la entrada del Depósito de la Colina del Trueno, los siete testigos y Parker
Faine fueron sacados del camión y agrupados en la nieve frente a la pequeña puerta
blindada. La metralleta del teniente Horner les hacía desistir de escapar o resistirse.
Leland ordenó al resto de los hombres del DERO que regresaran a Shenkfield,
donde enterrarían a Stefan Wycazik en una fosa sin marcar y esperarían nuevas
órdenes. Pero no volverían a recibir órdenes de Falkirk, pues no viviría para dárselas.
No era necesario sacrificar a toda la compañía, ya que él y otro hombre bastaban para
controlar a los prisioneros y volar todo el Depósito, y el teniente Horner tuvo la mala
suerte de ser el segundo en el mando y de que aquella responsabilidad recayera sobre
sus espaldas.
En el túnel de entrada, Leland se alarmó al ver que las cámaras de vídeo no
funcionaban. Pero después comprendió que el programa de emergencia por el que se
guiaba VIGILANT no requería la identificación visual para la admisión, pues sólo

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respondería a una clave: las huellas dactilares de la mano izquierda de Falkirk. Al
poner la mano en el cristal junto a la puerta interior, VIGILANT lo admitió de
inmediato.
Él y Horner llevaron a los ocho prisioneros al segundo nivel, les hicieron cruzar
El Eje y entrar en la gruta donde esperaban Bennell y Alvarado. Mientras Leland
esperaba para pasar el último por la puerta pequeña, miró hacia dentro y vio a los
otros testigos —Corvaisis, Weiss y Twist—; aunque no sabía cómo habían entrado, se
alegró de tener a todo el grupo, en contra de lo esperado, exactamente donde deseaba.
Dejó que Horner entrara con los prisioneros mientras él se dirigía
apresuradamente a los ascensores. Ya no podía confiar en el pobre Tom, pues se
quedaba a solas con personas que podrían estar contaminadas.
Con la metralleta preparada, Leland bajó en uno de los ascensores pequeños al
tercer nivel. Pensaba disparar contra quien se acercara. Y si se abalanzaban todos
sobre él, se pegaría un tiro. No dejaría que lo cambiasen. En su infancia y
adolescencia, sus padres intentaron convertirlo en uno de ellos: un aullador alucinado
de las iglesias, un flagelante, un ofuscado temeroso de Dios. Resistió los cambios a
los que sus padres quisieron someterlo, y no cambiaría ahora. Ellos lo persiguieron
durante toda su vida, de un modo u otro, y no lo atraparían ahora que había llegado
tan lejos con su identidad y dignidad intactas.
El nivel inferior de la Colina del Trueno estaba dedicado exclusivamente al
almacenamiento de provisiones, munición y explosivos. Todos los hombres vivían en
el segundo nivel y la mayoría también trabajaban allí. Sin embargo, a cualquier hora
del día, algunos trabajadores y un guardia estaban de servicio en el tercer y último
nivel. Cuando Leland salió del ascensor a la caverna central de donde partían otras
cámaras —de forma muy parecida al segundo piso—, se alegró de que el sótano
estuviese desierto aquella noche. El general Alvarado obedeció las órdenes de Leland
y mandó a todos los hombres a sus habitaciones.
Alvarado pensaba que, cooperando, convencería a Leland de que él y su gente
eran indiscutiblemente humanos. Pero Leland no era tan ingenuo como para dejarse
engañar por aquella treta. Sus propios padres también fueron capaces de comportarse
como seres humanos —oh, sí, sonrisas y amabilidad, palabras de amor y afecto— y
cuando empezabas a pensar que realmente se preocupaban por ti y que te deseaban lo
mejor, se mostraban repentinamente tal como eran. Sacaban la correa o la pala de
ping-pong, a la que el viejo le había hecho agujeros, y le darían una paliza en el
nombre de Dios. No era fácil engañar a Leland Falkirk con una farsa de humanidad,
pues desde temprana edad aprendió a esperar —de hecho, a ver— una presencia
inhumana bajo la piel de la normalidad.
Cruzando la caverna principal hacia la enorme puerta blindada que sellaba el
almacén de municiones, Leland miró nerviosamente a derecha e izquierda, a la
oscuridad entre las luces. Uno de los castigos que soportaba de niño consistía en
pasar largo tiempo encerrado en la carbonera sin ventanas.

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Leland apretó la mano contra el cristal junto a la puerta, que se abrió al instante.
Las luces se encendieron de forma automática en una sala donde se apilaban, en
hileras de seis metros de altura, cajas, bidones y estantes que contenían balas, obuses
de mortero, granadas, minas y otros instrumentos de destrucción.
Al fondo del largo almacén había una cámara blindada de seis metros cuadrados,
donde también se requería la identificación de la palma de la mano para entrar. Las
armas guardadas allí eran de una magnitud tan mortal que sólo ocho personas de las
centenares que trabajaban en la Colina del Trueno tenían autorización para entrar, y
ninguna podía abrir sola la puerta de la cámara. El sistema requería que tres de las
ocho personas autorizadas pusieran las manos en el panel de cristal, una tras otra,
antes de que transcurriera un minuto, para que se autorizara la entrada. Pero VIGILANT
era el encargado de comprobarlo, y el nuevo programa del ordenador, realizado por
Leland, lo convertía en el único guardián del arsenal de armas nucleares tácticas del
Depósito. Puso la mano en el frío cristal; quince segundos más tarde, la puerta
blindada MacGruder giró lentamente con un zumbido de motores eléctricos.
A la derecha de la puerta blindada, colgadas de las paredes, había veinte bombas
nucleares de las llamadas de mochila, a las que sólo le faltaban los detonadores y las
cargas binarias de material explosivo. Los detonadores se guardaban en cajones en la
pared del fondo. A la izquierda de la puerta blindada, en armarios forrados de plomo,
las cargas binarias esperaban la caída de Harmaguedón.
El entrenamiento de los comandos del DERO incluía la familiarización con todo
tipo de artefactos nucleares que los terroristas podrían colocar en las ciudades de los
Estados Unidos, por lo que Leland sabía cómo montar, activar y desactivar la bomba
atómica prácticamente en todas sus variaciones. Cogió los componentes de los
armarios, descolgó dos estructuras de mochila y montó las dos armas en sólo ocho
minutos, mirando nerviosamente hacia la puerta mientras trabajaba. Cuando puso en
hora los cronómetros de los dos detonadores para que estallasen quince minutos
después, comenzó a respirar mejor.
Se colgó la ametralleta del hombro y deslizó cada brazo por una de las correas de
las mochilas nucleares. Cada una pesaba treinta kilos. Las levantó y salió de la
cámara acorazada, doblado como un jorobado y gruñendo bajo aquel peso
apocalíptico.
Otro hombre habría tenido que detenerse dos o tres veces durante el recorrido del
inmenso almacén de las municiones. Cualquier otro hombre se habría visto obligado
a detenerse, dejar las bombas en el suelo, recuperar el aliento y estirar los músculos
antes de continuar. Pero no Leland Falkirk. Aquel peso mortal le encorvaba la
espalda, le tiraba de los hombros y le dañaba los brazos, pero se alegró a medida que
el dolor se intensificaba.
Dejó una de las cargas en el centro de la caverna principal, donde se encontraban
los ascensores. Contempló las sólidas paredes de roca y la bóveda de granito con gran
satisfacción. Si había alguna grieta en los estratos rocosos —y seguramente las habría

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— los niveles superiores se hundirían. Pero incluso si las sólidas paredes de roca
contenían y resistían la explosión, no sobreviviría nadie que intentara refugiarse en
aquel nivel. Ni siquiera una forma de vida extraterrestre de gran adaptabilidad podría
reconstituirse tras ser desintegrada por la explosión y reducida a simples átomos.
El dolor nuclear.
No podría sobrevivir, pero demostraría que tenía valor para someterse a él y
resistir. Sólo una fracción de segundo de agonía deslumbrante. Sin embargo, no
estaba mal. De hecho, era mejor que las vigorosas y extenuantes palizas con correas
de cuero o paletas de ping-pong agujereadas para incrementar el dolor.
Con la segunda carga nuclear en la espalda, Leland sonrió al contemplar los
números del reloj digital de la primera carga, que cambiaban en la cuenta atrás hacia
Ragnarök. Lo mejor de las cargas nucleares de mochila era que, una vez montadas,
no podían desactivarse. No tenía que preocuparse de que alguien estropeara su
trabajo.
Entró en el ascensor y subió al segundo nivel.

Llevando a Marcie en brazos, Jorja se acercó directamente a Jack Twist y se


detuvo a su lado, contemplando la nave sobre los caballetes. Aunque la destrucción
de su bloqueo de memoria y el consiguiente flujo de recuerdos la habían preparado
más o menos para aquel espectáculo, le sobrecogió un asombro tan poderoso como el
que experimentó en el camión, cuando fue revelada la sorprendente verdad. Extendió
el brazo para tocar el casco y se estremeció —en parte de temor, en parte de
admiración, en parte de alegría— cuando las yemas de los dedos rozaron el metal
quemado y arañado.
Ya fuera imitando a su madre o siguiendo un impulso propio, Marcie también
extendió el brazo. Apretó su pequeña mano vacilante contra el casco y dijo:
—La luna. La luna.
—Sí —añadió Jorja inmediatamente—. Sí, cariño. Esto es lo que viste bajar del
cielo. ¿Recuerdas? No era la luna. Era esto y brillaba como la luna, después rojo,
después naranja.
—La luna —insistió la niña en voz baja, pasando la mano por el casco de la nave,
como si intentara limpiar la moteada capa de la edad y las tribulaciones y, así,
desempolvar la superficie de su memoria—. La luna se cayó.
—No fue la luna, cariño. Fue una nave. Una nave muy particular. Una nave
espacial como en las películas, hija.
Marcie se volvió hacia a Jorja y le dirigió una mirada que había dejado de ser
borrosa y vacía.
—¿Como el capitán Kirk y Mr. Spock?
Jorja sonrió y la abrazó con más fuerza.
—Si, cariño, como el capitán Kirk y Mr. Spock.

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—Como Luke Skywalker —dijo Jack, acercándose y apartando un mechón de los
ojos de la niña.
—Luke —repitió Marcie.
—Y Han Solo —agregó Jack.
Los ojos de Marcie volvieron a nublarse. Había regresado a su mundo para
reflexionar sobre las noticias que acababa de recibir.
Jack sonrió a Jorja y le manifestó:
—Se pondrá bien. Quizá lleve tiempo, pero se recuperará, porque toda su
obsesión era una lucha por recordar. Ahora, ha empezado a recordar y ya no tiene que
luchar más.
Como siempre, Jorja se sintió más segura con la mera presencia de Jack, por su
aura de tranquilidad y seguridad.
—Se pondrá bien… si logramos salir de aquí vivos y con la memoria intacta.
—Lo conseguiremos —afirmó Jack—. Como sea.

Una oleada de afecto invadió a Dom cuando vio a Parker. Abrazó al corpulento
artista y le preguntó:
—¿Cómo demonios has acabado aquí, amigo mío?
—Es una larga historia —dijo Parker. La desolación de su rostro y de su mirada
indicaba, mejor que las palabras, que al menos parte de aquella historia era triste.
—No quería que te metieses en este lío —le dijo Dom.
Alzando la vista a la nave, Parker replicó:
—No me lo hubiese perdido por nada del mundo.
—¿Qué le ha pasado a tu barba?
—Una visita así bien merece un afeitado —respondió Parker, señalando la nave.

Ernie caminó a lo largo de la nave, mirándola y tocándola.


Faye permaneció junto a Brendan porque estaba preocupada por él. Unos meses
antes, Brendan había perdido la fe o, al menos, creyó que la había perdido, lo que
para él era igual de malo. Y esta noche había perdido al padre Wycazik, un golpe que
lo dejó cadavérico y tembloroso.
—Faye —dijo, contemplando la nave—, es maravillosa, ¿verdad?
—Sí —afirmó Faye—. Nunca fui muy aficionada a las historias de otros mundos,
jamás pensé en lo que podrían significar… Pero es el fin de todo y el principio de
algo nuevo. Nuevo y maravilloso.
—Pero no es Dios —añadió Brendan—, y yo esperaba que lo fuese.
Faye le cogió la mano.
—¿Recuerdas el mensaje del padre Wycazik que Parker te dio en el camión? El
padre Wycazik sabía lo que había ocurrido, lo que vino aquella noche, y para él fue

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una reafirmación de su fe.
Brendan sonrió tristemente.
—Para él, todo era una reafirmación de su fe.
—También reafirmará la tuya —le dijo—. Necesitas tiempo, un poco de tiempo
para pensarlo. Entonces lo verás del mismo modo que el padre Wycazik, porque,
aunque no lo sepas, te pareces mucho a él.
Brendan la miró sorprendido.
—En absoluto. Tú no lo conocías. No soy ni la mitad de sacerdote…, ni la mitad
de hombre que era él.
Faye sonrió y le pellizcó la mejilla afectuosamente.
—Brendan, cuando nos hablaste del padre Wycazik, estaba claro lo mucho que lo
admirabas. Y un día después, estaba claro que te parecías a él más de lo que crees.
Eres joven, Brendan. Aún tienes mucho que aprender. Pero cuando tengas la edad del
padre Wycazik, vas a ser el hombre y el sacerdote que él fue. Todos y cada uno de los
días de tu vida serán como un homenaje al padre Wycazik.
Una frágil esperanza sustituyó a la desesperación. Sus labios se estremecieron y le
tembló la voz.
—¿De… de verdad lo crees?
—Estoy segura —contestó Faye.
Brendan la abrazó, y Faye le devolvió el abrazo.

Ned y Sandy permanecieron con los brazos entrelazados en la cintura,


contemplando la nave. Ninguno hablaba porque no era necesario decir nada. Al
menos, eso le parecía a Ned.
Entonces Sandy dijo algo que sí era necesario decir.
—Ned, si salimos vivos de esto…, quiero ver a un médico. Ya sabes, a un
especialista en fertilidad. Quiero hacer lo que sea para traer un niño a este mundo.
—Pero… tú siempre…, nunca has…
—Antes no me gustaba el mundo lo suficiente —dijo Sandy en voz baja—. Pero
ahora… quiero que algo nuestro esté allí cuando la humanidad llegue al otro lado de
las tinieblas, a otros mundos, a reunirse con los seres desconocidos, maravillosos
desconocidos, que vinieron en esto. Seré una buena madre, Ned.
—Lo sé.

Cuando Miles Bennell vio al último de los testigos y a Parker Faine entrar en la
cámara, renunció a toda esperanza de emplear los nuevos poderes de Dom Corvaisis
para mantener a Falkirk fuera de la Colina del Trueno. Tendría que depender del
Magnum 357 que llevaba en la cintura. Le apretaba el estómago, oculto bajo la
amplia bata de laboratorio.

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Miles pensaba que Leland se presentaría al menos con veinte hombres,
probablemente con el doble. Esperaba que el coronel, Horner y media docena de
soldados entraran tras el último de los testigos. Pero sólo apareció Horner, con una
metralleta y dispuesto a utilizarla.
Mientras los Block, los Sarver, Brendan Cronin y los demás se acercaban
instantánea e irresistiblemente a la nave, Horner dijo:
—General Alvarado, doctor Bennell…, el coronel Falkirk vendrá en seguida.
—¿Cómo se atreve a entrar aquí con un arma cargada? —exclamó Bob con un
aplomo que Miles admiró—. ¡Por Dios, hombre! ¿No se da cuenta que si se le escapa
el gatillo y dispara una ráfaga los proyectiles rebotarán en las paredes de roca y nos
matarán a todos…, usted incluido?
—Nunca se me escapa el gatillo, señor —replicó Horner de tal modo que
prácticamente retaba a Bob a que lo pusiera en duda.
En lugar de hacerlo, Bob le preguntó con frialdad:
—¿Dónde está Falkirk?
—El coronel tiene que atender algunos asuntos, señor —respondió Horner—. Se
excusa por hacerlos esperar. Vendrá en seguida.
—¿Qué asuntos? —le preguntó Alvarado.
—El coronel no me informa siempre de sus asuntos, señor.
Miles temía que Falkirk hubiese ido con los soldados del DERO a liquidar a toda
la plantilla. Pero aquella terrible posibilidad parecía menos probable a cada minuto
que transcurría sin que se oyeran disparos.
Era un hombre armado que esperaba la oportunidad de caer sobre sus enemigos,
pero no quería que Horner lo viera de esa manera; Miles decidió que lo más natural
sería hablar con los testigos y empezar a responder algunas de las muchas preguntas
que tenían que hacerle. Descubrió que la mayor parte de ellos habían oído hablar del
CISG, por lo que resumió rápidamente las conclusiones del comité para quienes no
las conocieran, como explicación a la orden de encubrimiento.
La nave que tenían delante, les explicó Miles, fue detectada por satélites
defensivos en órbita a más de treinta y cinco mil kilómetros de la Tierra. La vieron
aparecer tras la luna. (Los soviéticos, cuyos satélites eran menos efectivos, no
detectaron al visitante hasta mucho después… y nunca lo identificaron con
exactitud).
Al principio, los expertos creyeron que la nave espacial era un meteorito grande o
un pequeño asteroide que caería en la Tierra. Si era de un material blando y poroso,
se quemaría en el descenso. Incluso si no se tenía mucha suerte, si era de un material
más sólido, se fragmentaría en una multitud de meteoritos pequeños y relativamente
inofensivos. Sin embargo, si se tenía muy mala suerte, si la roca a la deriva tenía un
alto contenido en níquel-hierro, que eliminaría la posibilidad de fragmentación
extensa, era definitivamente una amenaza. Claro que caería en el agua casi con toda
seguridad, ya que los océanos cubren el setenta por ciento de la superficie del planeta.

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El impacto en el agua tendría pocas repercusiones, a menos que se produjera tan
cerca de la costa que la ola resultante causara algunos daños. La peor posibilidad era
que cayera en una zona de alta densidad de población.
—Imagínense una masa de níquel y hierro del tamaño de un autobús
precipitándose al centro de Manhattan a más de tres mil kilómetros por hora —les
dijo Miles—. El horror que podía causar nos obligó a adoptar medidas para destruirlo
o desviarlo.
Menos de seis meses antes, los primeros satélites del Escudo de Defensa
Estratégica fueron puestos en órbita en secreto. Consistían en menos del diez por
ciento del sistema final y, solos, no podrían hacer mucho para evitar una guerra
nuclear. Pero gracias a varios ingenieros avezados, cada satélite disponía de una gran
maniobrabilidad, que les permitía dirigir sus armas hacia fuera y actuar como
defensores del planeta en casos parecidos a éste. Una reciente teoría defiende que
fueron los cometas y los meteoritos los responsables de la desaparición de los
dinosaurios, y la prudencia aconsejaba utilizar el Escudo de Defensa Estratégica no
sólo para protegernos de los misiles soviéticos, sino de los del mismo universo. Así,
se cambió de posición un satélite mientras el meteorito se aproximaba a la Tierra y
nos dispusimos a lanzar los misiles antimisiles contra el intruso. Aunque no poseían
cabezas nucleares, el explosivo de todos los misiles sería suficiente para fragmentar
el meteorito de tal modo que no quedaran trozos tan grandes como para llegar a la
Tierra con potencial destructivo.
—Entonces —dijo Bennell—, unas horas antes del momento previsto para el
ataque, el análisis de las últimas fotografías reveló que el objeto tenía una
sorprendente forma geométrica. Y las lecturas espectrográficas que realizó el satélite
empezaron a confirmar que se trataba de algo más extraño que un meteorito. El
análisis no concordaba con los modelos normales de los meteoritos —caminó entre
los testigos mientras hablaba y, en aquel momento, puso una mano en el flanco de la
nave, que aún le causaba asombro después de dieciocho meses—. Se hicieron nuevas
fotos cada diez minutos. En la hora siguiente, la forma del objeto que se acercaba se
hizo más nítida, hasta que el parecido con una nave fue tan grande que nadie se
atrevió a ordenar su destrucción. No informamos a los soviéticos de la existencia del
objeto ni de nuestras intenciones de destruirlo, pues les habríamos proporcionado
información sobre nuestro sistema de satélites defensivos. Así, empezamos a
interceptar con ruidos erráticos los radares soviéticos en las capas altas de la
atmósfera, creando una pantalla electrónica que encubriera el avance de la nave para
mantener en secreto su visita. Al principio, creímos que entraría en órbita alrededor
de la Tierra. Pero en el último instante comprendimos que seguiría su camino, como
un meteorito, pero de forma controlada. Los ordenadores del sistema de defensa
pudieron determinar con treinta y ocho minutos de antelación que el lugar del
impacto sería el condado de Elko.
—El tiempo justo para cortar la I-80 y que el coronel Falkirk y sus hombres

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vinieran de dondequiera que estuviesen —dijo Ernie Block.
—De Idaho —añadió Miles—. Se encontraban de maniobras al sur de Idaho;
bastante cerca, afortunadamente. O desafortunadamente, según se mire.
—Yo sé cómo lo ve usted, doctor Bennell —interrumpió Falkirk desde la puerta
por la que, finalmente, había aparecido.
El Magnum 357 era como un cañón en el estómago de Miles Bennell, pero de
repente le pareció tan inútil como un tirachinas.

Al ver a Leland Falkirk por primera vez, Ginger advirtió que la fotografía del
periódico le había hecho poca justicia. Era más alto, más imponente y aterrador de lo
que parecía en el Sentinel. No llevaba la metralleta con la actitud desafiante de
Horner, sino despreocupadamente. No obstante, su aparente laxitud era más
inquietante que la actitud de Horner. Ginger tuvo la impresión de que con aquella
actitud pretendía incitarlos a intentar algo. Mientras Falkirk se acercaba al grupo,
Ginger pensó que le rodeaba un aura palpable, casi un hedor, de odio y locura.
—¿Dónde están sus hombres, coronel? —le preguntó el doctor Bennell.
—No hay más hombres —contestó Falkirk amablemente—. Sólo el teniente
Horner y yo. No es necesario un gran despliegue de fuerzas. Estoy convencido de que
cuando hayamos tenido tiempo de discutir la situación racionalmente, hallaremos una
solución que satisfaga a todos.
Ginger se convenció más de que el coronel se burlaba de ellos. Tenía el aire de un
niño que guardaba un secreto y no sólo experimentaba una enorme satisfacción al
conocerlo, sino que le entusiasmaba especialmente la ignorancia de los demás. Vio
que el doctor Bennell parecía sorprendido por la conducta de Falkirk y que
desconfiaba de él.
—Continúen con su charla —dijo el coronel, mirando el reloj—. No permitan que
les interrumpa. Tendrán que hacerle mil preguntas al doctor Bennell.
—Yo tengo una —afirmó Sandy—. Doctor, ¿dónde están… los seres que vinieron
en la nave?
—Muertos —dijo Bennell—. Había ocho, pero murieron antes de llegar.
Ginger sintió una punzada de dolor en el corazón y observó que las expresiones
de los demás mostraban tristeza y contrariedad. Parker y Jorja incluso gimieron
débilmente, como si acabaran de enterarse de la muerte de un amigo.
—¿Cómo murieron? —preguntó Ned—. ¿De qué?
Mirando repetidamente al coronel Falkirk, Bennell contestó:
—Bien, en primer lugar, deben saber algo sobre ellos, por qué vinieron.
Encontramos en la nave prácticamente una enciclopedia de su especie, un curso
intensivo de su cultura, biología y psicología, grabado en algo parecido a nuestros
videodiscos. Tardamos un par de semanas en localizar el reproductor y un mes en
aprender a utilizarlo. Cuando lo logramos, vimos que aún funcionaba…, algo

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sorprendente, si se tiene en cuenta…, bueno, es mejor no adelantarse. Bastará con
decir que aún estamos revisando la gran cantidad de material que contienen esos
discos. Es una enciclopedia eminentemente visual y se entiende a pesar de la barrera
del idioma…, aunque también lo enseña lentamente. Los que participamos en el
proyecto nos sentimos casi… hermanados con los seres que construyeron esta nave.
El coronel Falkirk sonrió con amargura.
—Hermanados —dijo con sarcasmo.
El doctor Bennell lo miró y continuó.
—Harían falta varias semanas para que les pudiera decir todo lo que sabemos de
ellos ahora. Bastará con decir que es una especie inimaginablemente antigua que se
dedica a recorrer el espacio y que, cuando esta nave despegó de su base, ya habían
localizado a otras cinco especies inteligentes en otros sistemas solares.
—¡Cinco! —exclamó Ginger con asombro—. Pero, aunque las galaxias rebosen
de vida, es algo increíble si se tiene en cuenta las enormes distancias y los
innumerables lugares para explorar.
El doctor Bennell asintió.
—Al parecer, cuando lograron tener al alcance los medios para viajar de estrella
en estrella, llegaron a pensar que era un deber sagrado buscar otros seres inteligentes
—agitó la cabeza y suspiró—. Es difícil asegurarlo, porque hasta su magnífica
enciclopedia visual describe mejor las cosas físicas que la filosofía. Pero creemos que
se consideran siervos de una fuerza suprema que creó el universo…
—¿Dios? —le interrumpió Brendan—. ¿Quiere decir que se consideran siervos de
Dios?
—Algo parecido —dijo Bennell—. No obstante, no predican ningún mensaje
religioso. Simplemente, piensan que tienen la obligación sagrada de poner en
contacto a los seres inteligentes, de unir a las especies a través del vasto vacío del
espacio.
—Unir —repitió Falkirk con inquietud, mirando el reloj.
El general Alvarado se desplazaba lentamente a la derecha, escapando al campo
visual del coronel. Dio otro paso.
A Ginger le inquietaba cada vez más la corriente de antagonismo, que no entendía
bien, entre Falkirk y Bennell y Alvarado. Se acercó a Dom y le pasó el brazo por la
cintura.
—Y trajeron otro presente —confirmó Bennell, dirigiéndole a Falkirk una mirada
ceñuda—. Pertenecen a una especie tan antigua que han desarrollado ciertas
habilidades que nosotros consideramos psíquicas. La capacidad de curación.
Telequinesia. Y más. No sólo han desarrollado esos talentos, sino que han aprendido
a… infundírselos a las especies que no los poseen.
—¿Infundírselos? —preguntó Dom—. ¿Cómo?
—No lo sabemos con exactitud —respondió Bennell—. Pero pueden transmitir
esos poderes. Eso fue lo que les ocurrió a ustedes, que ahora pueden transmitir el

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poder a otros.
—¿Transmitir el poder? —dijo Jack, atónito—. ¿Quiere decir que Dom y
Brendan podrían darnos a nosotros… o a cualquiera… lo que tienen?
—Ya lo he transmitido —afirmó Brendan—. Ginger, Dom, Jack, vosotros no
habéis oído las noticias que le comunicó el padre Wycazik a Parker. Aquellos a
quienes curé en Chicago, Emmy y Winton, tienen ahora ese poder.
—Nuevos focos de infección —dijo Falkirk sombríamente.
—Y evidentemente —dijo Parker—, como Brendan me curó, yo también lo
poseeré, antes o después.
—Sí, pero no creo que se transmita sólo con la curación —replicó Brendan—.
Ocurre así porque la curación es un contacto íntimo. Junto con la recuperación de los
tejidos de la persona a quien se cura, se le transmite el poder.
A Ginger le daba vueltas la cabeza. Esa noticia era tan sorprendente como la
propia existencia de la nave.
—¿Quiere decir…? ¡Dios santo…! ¿Quiere decir que vinieron a ayudarnos a
emprender una nueva evolución? ¿Que esa evolución ya ha comenzado?
—Sí, eso parece —asintió Bennell.
Volviendo a mirar el reloj, Leland Falkirk indicó:
—Por favor, esta farsa se está haciendo muy aburrida.
—¿Qué farsa? —le preguntó Faye Block—. ¿De qué habla, coronel? Nos han
dicho que usted cree que esos seres nos han poseído o una tontería parecida. ¿Cómo
puede pensar esa locura?
—Ahórrense esta charada —respondió Falkirk con aspereza—. Simulan no saber
nada. En realidad, lo saben todo. Ninguno de ustedes es humano ya. Han sido…
poseídos, y la inocencia es un truco para convencerme de que los deje salir. Pero no
servirá de nada. Es demasiado tarde.
Repelida por el aire de locura de Falkirk, Ginger se volvió a Bennell.
—¿Qué es todo esto de contagio y posesión?
—Un error —dijo Bennell, dando unos pasos a la izquierda.
Ginger advirtió que intentaba atraer la atención del coronel en aquella dirección,
lejos del general Alvarado, para que éste pudiera pasar totalmente desapercibido.
—Un error —repitió Bennell—. O más bien…, un ejemplo de la xenofobia típica
de los seres humanos…, el odio y el recelo hacia los extraños, hacia cualquiera que
sea diferente. La primera vez que vimos los videodiscos de los que les he hablado,
cuando conocimos el deseo de los extraterrestres de transmitir ese poder a otras
especies, no interpretamos correctamente lo que vimos. Al principio, creímos que
dominaban a quienes les transmitieran el poder, que una mente extraterrestre ocupaba
el cuerpo humano. Supongo que es una paranoia comprensible, después de todas esas
novelas y películas de horror. Pensamos que quizá se trataba de una especie parásita.
Pero lo descartamos totalmente cuando vimos más videodiscos y tuvimos tiempo de
resolver algunos de los puntos más delicados. Ahora sabemos que nos

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equivocábamos.
—Yo no lo sé —dijo Falkirk—. Yo creo que los contagiaron a todos y que,
después, usted comenzó a restarle importancia. O que… los videodiscos sólo son
propaganda. Mentiras.
—No —replicó Bennell—. Para empezar, no creo que esas criaturas sean capaces
de mentir. Además, si nos pueden contagiar con tanta facilidad, no les haría falta la
propaganda. Y estoy seguro de que no nos enviarían una enciclopedia en la que diga
que van a cambiarnos.
Ginger advirtió que Brendan Cronin seguía la conversación con más atención que
los demás. Ahora, intervino en ella.
—Sé que la metáfora religiosa no es muy apropiada en este caso. Pero si vinieron
a nosotros como siervos de Dios…, si vinieron a entregarnos esos poderes
maravillosos, entonces casi podría decirse que eran ángeles, arcángeles que otorgaban
bendiciones especiales.
Falkirk lanzó una carcajada.
—¡No me haga reír, Cronin! ¿De veras cree que puede convencerme con el punto
de vista religioso? ¿A mí? Aunque fuera un fanático, como mis difuntos y
corrompidos padres, no me tragaría ese cuento de los ángeles. ¿Ángeles con un rostro
parecido a un cubo lleno de gusanos?
—¿Gusanos? ¿De qué habla? —le preguntó Brendan a Bennell.
—No se parecen mucho a nosotros —afirmó el científico—. Bípedos con brazos
como nosotros, sí. Seis dedos en lugar de cinco. Pero ahí acaba todo el parecido. Al
principio, parecen repugnantes, por no decir más. Pero con el tiempo… se empieza a
comprender que también tienen cierta belleza.
—Cierta belleza —repitió Falkirk burlonamente—. Son unos monstruos, y sólo
son bellos a los ojos de los monstruos. Acaba de demostrarme que tengo razón,
Bennell.
Furiosa con Falkirk, Ginger dio un par de pasos hacia él a pesar de la metralleta.
—Estúpido —exclamó—. ¿Qué importa el aspecto que tengan? Lo importante es
lo que son. Evidentemente, son criaturas con un profundo sentido de la
responsabilidad, de una noble responsabilidad. Por muy distintos que sean de
nosotros, tenemos más cosas en común que diferencias. Mi padre siempre decía que,
además de la inteligencia, lo que nos distinguía de las bestias era el coraje, el amor, la
amistad, la compasión y la empatía. ¿No se da cuenta del coraje que hace falta para
hacer un viaje de Dios sabe cuántos miles de millones de kilómetros? Eso es algo que
compartimos con ellos: el coraje. ¿Y el amor y la amistad? También deben
experimentarlos. De otro modo, ¿cómo podrían haber construido una civilización que
llegara a las estrellas? Hace falta amor y amistad para tener un motivo que les mueva
a construir esa civilización. ¿Compasión? Tienen la misión de hacer progresar en la
escalera de la evolución a otras especies inteligentes. Sin duda, para eso es necesaria
la compasión. ¿Y empatía? ¿No está claro? Comprenden nuestro miedo y nuestra

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soledad, nuestro temor de vivir solos en un universo sin sentido. Lo comprenden tan
bien que realizan viajes increíbles con la única esperanza de encontrarnos y hacernos
saber que no estamos solos —de repente, advirtió que su ira no iba dirigida tanto a
Falkirk como a aquella horrible ceguera del género humano, que a menudo conduce a
caminos sin salida de destrucción—. Míreme —le dijo al coronel—. Soy judía. Y hay
personas que dirían que no soy como ellas, que no soy buena, que incluso soy
peligrosa. Las historias de los judíos que beben la sangre de los niños gentiles…, hay
ignorantes que creen esa basura. ¿Existe alguna diferencia entre ese antisemitismo
enfermizo y su terco convencimiento, a pesar de las pruebas en contra, de que esas
criaturas han venido a beber nuestra sangre? Vamos, por Dios. Acabemos con el odio
interminable. Ahora. Tenemos un destino que no deja lugar al odio.
—Bravo —replicó Falkirk mordazmente—. Un discurso muy bonito. —Antes de
que terminara de decirlo, apuntó con la metralleta al general Alvarado y le advirtió—:
No coja la pistola, general. Supongo que lleva una. No le dejaré que me mate. Quiero
morir en el fuego glorioso.
—¿Fuego? —preguntó Bennell.
Falkirk sonrió.
—Eso es, doctor. El fuego glorioso que nos consumirá a todos y que salvará al
mundo de esta plaga.
—¡Santo Dios! —exclamó Bennell—. Por eso no trajo más hombres. No quería
sacrificar a más de los necesarios —se volvió a Alvarado—. Bob, este loco bastardo
se ha hecho con las armas nucleares.
Ginger supo que Alvarado sintió lo mismo que ella al oír la noticia, pues su rostro
se contrajo y palideció instantáneamente.
—Dos cargas nucleares —afirmó Falkirk—. Una al otro lado de la puerta. La otra
en la cámara principal del tercer nivel —miró el reloj—. En menos de tres minutos
nos habremos desintegrado. Apuesto a que no tienen tiempo ni de cambiarme a mí.
¿Cuánto tardan en convertir a uno de los nuestros en uno de los suyos? Supongo que
más de tres minutos.
De repente, la metralleta salió volando de las manos de Falkirk como si hubiera
adquirido vida, escapándose con tal fuerza que le arañó los dedos y le rompió un par
de uñas. En el mismo instante, el teniente Horner gritó cuando su metralleta se le
escapó de las manos con igual brusquedad y fuerza. Ginger vio que ambas armas
giraban en el aire y caían al suelo con estrépito, una a los pies de Ernie Block y la
otra junto a Jack, quienes las cogieron jubilosos y apuntaron a Falkirk y a Horner.
—¿Tú? —preguntó Ginger con admiración, volviéndose hacia Dom.
—Sí, yo, creo —respondió entrecortadamente—. Yo… no sabía que pudiera
hacerlo hasta que tuve que hacerlo. Del mismo modo que Brendan cura a la gente.
Sorprendido, el doctor Bennell dijo:
—Es inútil. Falkirk ha dicho tres minutos.
—Dos —replicó Falkirk, apretándose las manos ensangrentadas y sonriendo

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felizmente—. Ya sólo faltan dos minutos.
—Y ese tipo de cargas nucleares no pueden desactivarse —comentó Alvarado.
Corriendo, Dom gritó:
—Brendan, tú coge la de la puerta. Yo iré abajo.
—¡No pueden ser desactivadas! —repitió Alvarado.

Brendan se arrodilló junto a la carga nuclear e hizo una mueca al ver el tiempo
que quedaba en el reloj. Un minuto, treinta y tres segundos.
No sabía qué hacer. Había curado a tres personas, sí, y había hecho que unos
pimenteros flotaran en el aire, e incluso había creado luz de la nada. Pero recordó
cómo perdió el control de los pimenteros y cómo las sillas se precipitaron al suelo y
chocaron contra el techo. Sabía que si daba un paso en falso con el detonador de
aquella bomba, no había poder sobrehumano que lo salvara.
Un minuto, veintiséis segundos.
Los demás salieron de la cámara donde se encontraba la nave y lo rodearon.
Siguieron vigilando a Falkirk y Horner, aunque no tenían motivos para intentar coger
las armas. Confiaban en la eficacia de la bomba.
Un minuto, once segundos.
—Si destruyo el detonador —le dijo Brendan a Alvarado—, si lo pulverizo,
¿serviría…?
—No —contestó el general—. Una vez montado, el detonador hará estallar la
bomba si se intenta romperlo.
Uno-cero-tres.
Faye se arrodilló a su lado.
—Haz que salga de esa maldita bomba, Brendan. Del mismo modo que Dom les
arrebató las armas.
Brendan contempló la rápida sucesión de números del reloj del detonador e
intentó imaginar que el artefacto se desprendía del resto de la bomba.
No ocurrió nada.
Cincuenta y cuatro segundos.

Maldiciendo la lentitud de los ascensores, Dom salió volando cuando se abrieron


las puertas, con Ginger tras él, y corrió hacia la carga nuclear que se encontraba en el
centro de la caverna principal del nivel inferior de la Colina del Trueno. Con el
corazón latiéndole casi tan aprisa como las contracciones del estómago, se precipitó
sobre la bomba y exclamó al ver el reloj digital.
—¡Jesús!
Cincuenta segundos.
—Puedes hacerlo —le dijo Ginger, deteniéndose al otro lado del terrible artefacto

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—. Es tu destino.
—Allá voy.
—Te quiero —le susurró Ginger.
—Te quiero —replicó Dom, tan sorprendido como ella.
Cuarenta y dos segundos.
Dom puso las manos sobre la bomba nuclear y notó que los círculos aparecían
inmediatamente en las palmas.
Cuarenta segundos.

Brendan sudaba.
Treinta y nueve segundos.
Se esforzaba en utilizar la magia que sabía que tenía dentro. Pero aunque los
estigmas ardían en sus manos y a pesar de que sentía el poder en su interior, no podía
centrarse en aquella tarea urgente. No dejaba de pensar en lo que podía hacer mal y
en que él sería el responsable, y cuanto más pensaba, menos podía centrar la
misteriosa energía de su interior.
Treinta y cuatro segundos.
Parker Faine se abrió paso entre los reunidos y se arrodilló junto a Brendan.
—No es por ofenderle, padre, pero quizá el problema consista en que, al ser usted
jesuita, tiene la manía de intelectualizarlo todo. Quizá esto requiera pasión. Puede que
lo que haga falta aquí sea el compromiso enloquecido, frenético, suicida, desesperado
y ciego del artista —extendió las manos hacia el detonador y gritó—: ¡Sal de ahí,
cabrón!
Con un chasquido de alambres, el detonador salió de su lugar en la carga
directamente a las manos de Parker.
Hubo gritos de alivio y alegría, pero Brendan dijo:
—El reloj sigue funcionando.
Once segundos.
—Sí, pero ya no está conectado a la bomba —replicó Parker con una ancha
sonrisa.
—Pero hay una carga de explosivo convencional en el maldito detonador —
afirmó Alvarado.

El detonador salió despedido de la bomba a las manos de Dom. Vio que el reloj
seguía funcionando y supo que debía detenerse aunque ya no existiera el peligro de
explosión nuclear. De modo que, simplemente, quiso que se detuviera, y el reloj se
bloqueó a las 0:03.

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0:03.
A Parker, poco acostumbrado al papel de mago, le invadió el pánico en aquella
segunda crisis. Convencido de que había agotado su poder, eligió un modo de actuar
acorde con la ocasión. Con un grito de guerra que rivalizaba con los que John Wayne
lanzaba en sus viejas películas, Parker se volvió y arrojó el detonador a la pared más
lejana de la caverna como si se tratara de una granada. Sabía que no llegaría hasta al
otro extremo de la cámara, pero esperaba lanzarlo a suficiente distancia. En cuanto el
detonador salió de su mano izquierda, se lanzó al suelo siguiendo el ejemplo de los
demás.

Dom estaba besando a Ginger cuando oyeron la explosión, y se sobresaltaron. Por


un instante, pensó que Brendan no había conseguido desactivar el otro artefacto,
después comprendió que una explosión nuclear los habría enterrado.
—El detonador —dijo Ginger.
—Vamos a ver si hay algún herido —añadió Dom.
El ascensor subió lentamente. Cuando llegaron al segundo nivel, todos los
hombres del Depósito, armados y alertados por la explosión, se encontraban en la
cámara principal.
Llevando a Ginger de la mano, Dom se abrió paso entre la multitud hacia el lugar
donde dejó a Brendan con la primera carga nuclear. Vio a Faye, a Sandy y Ned.
Después a Brendan…, vivos, ilesos. A Jorja y Marcie.
Parker se acercó por la derecha y les dio un fuerte abrazo.
—Tendríais que haberme visto, chavales. Si me hubiesen tenido a mí y a Audie
Murphy, la segunda guerra mundial no habría durado más de seis meses.
—Estoy empezando a comprender por qué te admira tanto Dom —le dijo Ginger.
Parker alzó las cejas.
—¡Naturalmente, querida! ¡Conocerme es amarme!
Se oyó un grito de alarma, y Dom se sorprendió, pues pensaba que todo había
terminado. Al volverse, vio que Falkirk había aprovechado la confusión para esquivar
la vigilancia de Jack y Ernie y arrebatarle el arma a un hombre. Todos se apartaron de
él.
—Por el amor de Dios —gritó Jack—, todo ha terminado, coronel. Todo ha
terminado, maldita sea.
Pero Falkirk no tenía intención de proseguir su guerra particular. En sus ojos
grises translúcidos brilló la mirada de la locura.
—Sí —repitió—, todo ha terminado. No me cambiarán como a todos ustedes. No
me atraparéis —antes de que alguien pudiera llegar a él, antes de que pensaran en
arrebatarle el arma con el poder telequinésico, se metió el cañón del revólver en la

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boca y apretó el gatillo.
Con un grito de horror, Ginger apartó la mirada del cadáver que caía al suelo, y
Dom hizo lo mismo. No era la muerte violenta en sí lo que les repelía, sino aquella
estúpida e inútil pérdida cuando, al fin, la humanidad tenía el secreto de la
inmortalidad al alcance de la mano.

3. TRASCENDENCIA

Mientras los hombres de la Colina del Trueno entraban en la caverna y rodeaban


la nave que la mayoría no había visto nunca, Ginger, Dom y los otros testigos
entraron con Miles Bennell en ella.
El interior no era llamativo, sino tan sencillo como el exterior, sin la compleja y
poderosa maquinaria que se esperaría encontrar en una nave capaz de realizar aquel
viaje. Miles Bennell les explicó que sus constructores habían superado la mecánica
tal como la entendía la humanidad y quizá también la física como igualmente la
entendían los humanos. Sólo había una larga cámara en el interior y, en su mayor
parte, era gris, uniforme, sencilla. La cálida luminosidad dorada que llenaba la nave
la noche del 6 de julio —y que Brendan recordó en sus sueños— ya no era visible. La
luz procedía de unas lámparas que habían instalado los científicos.
A pesar de su sencillez, la cámara parecía tan acogedora, tan llamativa, tan
mágica que, por muy extraño que pareciese, le recordó a Ginger el despacho de su
padre en la trastienda de la primera joyería que tuvo en Brooklyn, el que le servía de
refugio. En las paredes de aquel sanctasanctórum sólo había un almanaque, y los
muebles eran viejos, baratos y destartalados. Era sencilla. Incluso triste. Pero para
Ginger era una habitación mágica, porque Jacob rara vez trabajaba allí, sino que se
escabullía con cualquier libro, de los que a menudo le leía pasajes. A veces, era un
libro de misterio o una historia fantástica de gnomos y brujas, historias de otros
mundos, o alguna novela de espionaje. Y cuando Jacob leía, su voz adoptaba un
timbre resonante e hipnótico. La realidad de la pequeña oficina gris se esfumaba, y
Ginger podía pasar horas investigando con Sherlock Holmes en los páramos
neblinosos, divirtiéndose con el hobbit Bilbo Bolsón en la Colina de Bolsón Cerrado,
o explorando el terrible carnaval con Jim y Will en el estupendo libro de Bradbury. El
despacho de Jacob no era sólo lo que se veía. Y aunque la nave no guardaba parecido
con el despacho de Jacob, también era algo más de lo que aparentaba; bajo su manto
gris, escondía cosas maravillosas, grandes misterios.
A lo largo de las paredes había cuatro contenedores como ataúdes, de una
sustancia azul lechosa semitransparente que parecía cuarzo pulido. Miles les dijo que
eran las camas en las que los viajeros habían pasado el viaje en un estado de
interrupción, casi total, de las funciones vitales, envejeciendo sólo el equivalente a un
año de la Tierra por cada cincuenta que transcurrían. Mientras dormían, la nave

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totalmente automatizada surcaba el vacío, buscando mediante sensores y sondas de
todo tipo señales de vida en los centenares de miles de sistemas solares que
atravesaba.
Ginger vio que en la parte superior de cada contenedor había dos círculos en
relieve exactamente iguales a los que aparecían en las manos de Dom y Brendan.
—Nos dijo que habían muerto cuando llegaron aquí —le recordó Ned a Bennell
—. Pero no respondió a mi pregunta. ¿De qué murieron?
—De viejos —respondió Bennell—. Aunque la nave y todos los instrumentos
funcionaron perfectamente durante el descenso y el aterrizaje junto a la I-80, los
ocupantes habían fallecido por la edad mucho antes de que llegaran aquí.
—Pero… nos ha dicho que sólo envejecían un año por cada cincuenta que
transcurrían —afirmó Faye.
—Sí —asintió Bennell—. Y por lo que hemos averiguado, tenían una larga vida
comparada con la nuestra. Parece ser que vivían una media de quinientos años.
Jack, que tenía a Marcie en brazos, exclamó:
—¡Pero, a un año por cada cincuenta, tuvieron que viajar durante veinticinco mil
años para morir de viejos!
—Más —dijo Bennell—. A pesar de sus extensos conocimientos y de su
avanzada tecnología, no hallaron el modo de superar la velocidad de la luz…, casi
trescientos mil kilómetros por segundo. De hecho, la nave viajaba a un noventa por
ciento de esa velocidad…, unos doscientos setenta mil kilómetros por segundo.
Rápido, sí, pero no lo suficiente si se tienen en cuenta las distancias. Nuestra propia
galaxia, de la que son vecinos, tiene un diámetro de ochenta mil años luz,
aproximadamente trescientos ochenta y cuatro mil billones de kilómetros. Intentaron
indicarnos la localización de su mundo en diagramas galácticos tridimensionales.
Creemos que proceden de un lugar situado a más de treinta y un mil años luz del
perímetro de nuestra galaxia. Como viajaron a una velocidad algo inferior a la de la
luz, significa que partieron de su mundo hace ahora algo menos de treinta y dos mil
años. Incluso con la prolongación de la vida por la interrupción casi total de las
funciones vitales, debieron fallecer hace casi diez mil años.
Ginger se estremeció de nuevo como la primera vez que vio la antigua nave. Tocó
el contenedor azul lechoso más cercano, que le pareció un importante testimonio de
compasión y empatía más allá de la comprensión humana, la encarnación de un
sacrificio que asombraba a la mente y humillaba al corazón. Haber renunciado a las
comodidades del hogar, haber dejado su mundo y a sus semejantes para viajar tales
distancias con la mera esperanza de ayudar a cualquier especie que luchara en algún
lugar perdido del espacio…
Bennell bajó la voz a medida que hablaba y, ahora, parecía que estuviera
hablando en una iglesia.
—Murieron a veinticinco mil años luz de su hogar. Ya estaban muertos cuando
los hombres aún vivían en cuevas y comenzaban a aprender los rudimentos de la

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agricultura. Cuando estos… increíbles viajeros murieron, la población del planeta era
de unos cinco millones de habitantes, menos de los que viven ahora sólo en
Manhattan. Durante los últimos diez mil años, mientras salíamos de la miseria y nos
rompíamos las espaldas para crear una frágil civilización siempre al borde del
exterminio, esos ocho exploradores muertos se acercaban irremisiblemente a nosotros
por la inmensidad de la galaxia.
Ginger vio que Brendan tocaba una esquina del ataúd en el que ella apoyaba la
mano. Las lágrimas brillaron en sus ojos. Sabía lo que pensaba. Como sacerdote,
había hecho votos de pobreza y celibato, y se prohibió muchos de los placeres del
mundo secular como ofrenda a Dios. Conocía el significado del sacrificio, pero no
podía comparar sus sacrificios con el que hicieron aquellos seres en nombre de la
causa en la que creían.
Parker dijo:
—Para haber hallado otras cinco especies inteligentes cuando las distancias son
tan grandes y las probabilidades tan escasas, deben enviar numerosas naves como
ésta.
—Creemos que envían centenares al año, quizá miles, y que lo han estado
haciendo desde más de cien mil años antes de que partiera esta nave. Como he dicho,
es su religión y el objetivo de su especie. Las otras cinco especies que descubrieron
se encontraban a unos quince mil años luz de su mundo. Y recuerden, incluso cuando
localizaban una especie a esa distancia, no lo sabían hasta quince mil años después
del descubrimiento, pues eso es lo que tarda el mensaje de contacto en ser recibido en
su mundo. ¿Empiezan a entender la profundidad y la escala de su compromiso?
—La mayor parte de las naves deben partir y no regresar jamás… —dijo Ernie—.
Nunca tendrán éxito. La mayoría viajará ininterrumpidamente por el espacio mientras
la tripulación envejece y muere, como murió la de esta nave.
—Sí —afirmó Bennell.
—Y siguen intentándolo —añadió Dom.
—Y siguen intentándolo —repitió Bennell.
—Quizá nunca volvamos a verlos frente a frente —expresó Ned.
—Concédanle a la humanidad cien años para aprender a aplicar los
conocimientos y la tecnología que nos han traído —dijo Bennell—. Después,
concédanle… digamos que unos mil años más para madurar hasta el punto de que
seamos capaces de afrontar el mismo compromiso. Entonces se lanzará una nave con
una tripulación de seres humanos a los que se les someterá a una interrupción casi
total de las constantes vitales. Y posiblemente hallemos el modo de mejorar el
proceso, de forma que no envejezcan o lo hagan con mucha más lentitud. Ninguno de
nosotros vivirá para verla despegar, pero despegará. Entonces…, treinta y dos mil
años después de haber sido lanzada, nuestros lejanos descendientes estarán allí,
devolviendo la visita, restableciendo el contacto que aquellas criaturas ni siquiera
sabrán que realizaron.

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Permanecieron en silencio, intentando comprender la inmensidad de lo que
Bennell imaginaba.
Ginger sintió un estremecimiento delicioso e indescriptible.
—Es a escala divina —comentó Brendan—. Hablamos…, pensamos, planeamos
a escala divina.
—Ya no importa tanto quién vencerá en el próximo campeonato de béisbol,
¿verdad? —manifestó Parker.
Dom puso las manos sobre los círculos marcados en la parte superior de aquella
peculiar cámara de interrupción de las constantes vitales alrededor de la cual se
habían reunido.
—Doctor Bennell —dijo—, creo que aquella noche de julio sólo estaban muertos
seis tripulantes. Totalmente muertos. Estoy empezando a recordar lo que sucedió
cuando entramos en la nave: me sentí atraído hacia dos de estos contenedores por
algo que aún vivía en el interior. Apenas si vivía, pero aún no estaba totalmente
muerto.
—Sí —añadió Brendan, con lágrimas en las mejillas—. Recuerdo que la luz
dorada procedía de estas cajas y que ejercían sobre mí una poderosa atracción
subliminal. Sentí el impulso de poner las manos sobre los círculos. Y al ponerlas…
supe de algún modo que, bajo la tapa, algo se aferraba desesperadamente a la vida, no
sólo por el deseo de seguir viviendo, sino por la necesidad de ofrecer algo. Al poner
las manos por el lado interior de esos anillos conductores… me dio lo que trajo desde
tan lejos. Entonces murió. En aquel momento no supe exactamente qué me había
dado. Supongo que habría llevado tiempo entender y aprender a utilizar el poder. Pero
antes de que tuviera oportunidad de hacerlo, nos arrestaron.
—Vivos —exclamó Bennell, asombrado, fascinado—. Bueno, el estado de los
ocho cuerpos…, dos prácticamente se habían convertido en polvo…, dos más se
encontraban en avanzado estado de descomposición…, quizá porque las cámaras se
desconectaron cuando murieron. Cuatro estaban en condiciones mucho mejores, y
dos parecían perfectamente conservados. Pero nunca imaginamos…
—Sí —dijo Dom, recordando con nitidez una vez más—. Apenas si vivían, pero
resistían para transmitir sus poderes. Yo esperaba que me interrogasen, que me dieran
la oportunidad de contar lo que había ocurrido en la nave. Pero el Gobierno estaba tan
ansioso de proteger a la sociedad de la conmoción del contacto y temía tanto lo
desconocido…, que no me permitieron hacerlo.
—Pronto se lo contaremos al mundo —afirmó Bennell.
—Y cambiaremos el mundo —agregó Brendan.
Ginger contempló los rostros de los miembros de la familia del Tranquility y los
de Parker y Bennell, y sintió el lazo que pronto uniría todos los hombres y mujeres,
una increíble intimidad que surgiría al compartir aquel repentino salto en la escalera
de la evolución hacia un mundo mejor. Ya no habría más extraños en ningún rincón
de la Tierra. Hasta aquel momento, la historia de la humanidad había transcurrido en

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la oscuridad, y ahora se encontraban frente a un nuevo amanecer. Se miró las manos
pequeñas, las manos de un cirujano, y pensó en los diez largos años de estudio
intensivo que había dedicado a la esperanza de salvar vidas. Ahora, quizá todo aquel
aprendizaje no serviría para nada. No le importaba. Se sentía llena de júbilo ante la
perspectiva de un mundo en el que no hicieran falta la medicina ni la cirugía. Pronto,
cuando Dom le transmitiera el poder, pues le pediría que se lo comunicara, podría
curar con el tacto. Y lo que era más importante aún, sólo con el tacto podría transmitir
a los demás el poder de curarse a sí mismos. La vida del ser humano se prolongaría
radicalmente… trescientos, cuatrocientos, incluso quinientos años. Salvo en caso de
accidente, el espectro de la muerte se perdería tras el lejano horizonte. No habría más
hijos que perdieran a sus Annas y Jacobs queridos. No habría más maridos que
velaran el lecho de muerte de sus jóvenes esposas. Nunca más, Baruch ha-Shem,
nunca más.

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DEAN R. KOONTZ nació en Bedfor, Pensylvania, en 1945. A los veinte años obtuvo
el premio de novela del Atlantic Monthly y desde 1969 se dedica exclusivamente a
escribir. Sus novelas han sido traducidas a 17 lenguas y se han vendido más de
cincuenta millones de ejemplares en todo el mundo. Muy merecidamente el New York
Times le ha considerado un renovador de la literatura de terror.

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NOTAS

[Link] - Página 549


[1] Block, familiarmente, tozudo. (N. del t.) <<

[Link] - Página 550


[2] Shark, tiburón. (N. del t.) <<

[Link] - Página 551

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