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La nobleza en el Antiguo Régimen

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Rude, Georges: Capitulo 5 La sociedad y la aristocracia

La sociedad del siglo XVIII tendía, incluso más que las ciudades, a ser aristocrática. Estos
miembros de la aristocracia ejercían una influencia desproporcionada para con el resto del
pueblo. Sobre todo monopolizando los puestos de importancia en el gobierno. Esta era una
característica común sin importar la forma de gobierno de la época.
En lo otros lugares, lo que unía a esa hermandad internacional era el doble ejercicio del
privilegio y la riqueza; pero mientras el grado de privilegio variaba mucho de un país a
otro, era la riqueza y el estilo de vida lo que servía cada vez más como denominador común
y se había convertido en el sello distintivo que unía al magnate latifundista ingles con el
grand seigneur francés y el grande español. En el caso de Inglaterra los principales ingresos
provenían de las rentas de la tierra, ya que poseían gran parte de la tierra cultivable. El
centro de la vida de ostentación era la cabeza del condado del aristócrata.
Ninguna aristocracia fue tan rica como la inglesa; no obstante, en punto a diversiones,
probablemente era más pródiga la francesa. La vida en la corte de Versalles era para el
aristócrata tan cara como lucrativa. En España, unos pocos miles entre el medio millón que
declaraba poseer ejecutoria de nobleza eran hombres de gran riqueza.
Ser noble era en todos los casos sinónimo de riqueza para aquella época. Estos recuerdos
del pasado hicieron de los pequeños nobles rurales el sector más conservador de la nobleza,
y el más tenaz en el mantenimiento de las viejas costumbres que aún subsistían; entre ellas
se encontraba el deber del seigneur de permanecer en sus tierras y cuidar de sus
arrendatarios, en lugar de buscar los placeres de la vida.
Gran Bretaña se distinguía también en que su aristocracia, que había sufrido una
revolución, no disfrutaba más que de los últimos restos de los antiguos privilegios e
inmunidades. Legales. El noble retuvo algunos privilegios, como el juicio por los pares, en
todo lo demás había igualdad. Era el hijo primogenito del noble el que heredaba la finca y
el titulo; todos los demás hijos figuraban como plebeyos y, en consecuencia, carecían de
privilegios distintivos. En Inglaterra la clasificación social estaba, de manera mas decidida
que en otros sitios, determinada de forma creciente solo por la riqueza y por el poder y el
prestigio que la riqueza traía consigo. En otros países, la aristocracia disfrutaba de
privilegios legales: derechos de jurisdicción, derecho a extraer obligaciones de sus
campesinos y a la inmunidad frente a varios tipos de contribuciones y a otras cargas que
formaban parte del destino del individuo ordinario.
La condición social y los privilegios de la aristocracia variaban de un estado a otro; y, una
vez mas, la línea divisoria aproximada se encontraba entre el Este y el Oeste. Marca la
diferencia entre un tipo de nobleza y la de otro tipo; algunas eran mas liberales mientras
que otras mucho mas cerradas. A partir del siglo XVII, una nueva y rica nobleza
administrativa, la noblesse de robe, había crecido hasta desafiar la situación y pretensiones
sociales de la antigua noblesse d’epee: en esta época suministrada la mayor parte de los
secretarios del Estado e intendentes y, lo que resulto aún más significativo para los
acontecimientos futuros, dominaba los parlamentos, las grandes corporaciones legales
hereditarias que, en tiempos de gobiernos débiles y divididos y gobernantes ociosos o
incompetentes, podían ejercer una considerable autoridad política al negarse a registrar los
edictos del gobierno. Aun así esta aristocracia seguía ejerciendo los privilegios del antiguo
señor feudal. Los miembros de la nobleza francesa en su conjunto disfrutaban de un grado
considerable de exención de las contribuciones directas. Estaban virtualmente exentos de
pagar el impuesto principal y más gravoso, la taille (recaudado sobre las rentas estimadas y
sobre la tierra); y en gran medida también, se evadían de pagar la parte que les correspondia
de la vingtieme y la capitation, introducidas para completar la taille al final del reinado de
Luis XIV, contribuciones ambas a las que tanto nobles como plebeyos estaban
nominalmente sujetos. Los miembros del clero, cuyos rangos superiores se nutrían casi sin
excepción de la noblesse, disfrutaban aun de mayores privilegios: además de la renta que
como terratenientes recibían de los arriendos y tributos feudales, cobraban el diezmo y se
liberaban de sus obligaciones con el fisco mediante el pago de un porcentaje relativamente
pequeño de sus ingresos en forma de don gratuit o regalo voluntario.
Los privilegios de la nobleza y la aristocracia en Europa seguían la misma línea que los
hacia similar, pero aun así no eran idénticas, tenían sus especificidades.
Fuera de Europa occidental, las exenciones y privilegios de la aristocracia tendían a ser más
nítidos y a estar menos rodeados de reservas, de manera que la separación entre los nobles
y los plebeyos estaba más claramente definida. En otros países de Europa oriental, aunque
los derechos y privilegios de la aristocracia estaban legalmente definidos, nunca se
encontró en posición de imponer sus condiciones, como la aristocracia sueca y la polaca.
Tanto en Prusia como en Rusia la aristocracia estaba completamente subordinada.
En algunos países, la preeminencia social de la aristocracia estaba acompañada por su
autoridad y responsabilidad en la vida política de la nación; pero en otros casos no existía
esta situación. En el caso de Prusia y Rusia la aristocracia estaba comprometida y obligada
con los asuntos públicos y políticos. Otros lugares como Francia, España, Dinamarca,
mantenían privilegios pero no tenían un papel en los asuntos políticos.
En estas cuestiones, la posición de las clases terratenientes de la Gran Bretaña era más
parecida a la de los suecos que a la de cualquier otra aristocracia continental. Ciertamente,
no tenían ningún derecho legal ni sancionado por la costumbre de monopolizar los cargos
superiores, y su victoria frente a la monarquía en 1689 había sido mucho menor que la de
los suecos en 1720. No obstante, a la vez que compartían el poder con la corona, seguían
ejerciendo un grado notable de influencia efectiva, tanto en la Cámaras del parlamento
como en la administración local. La Cámara de los Lores conservaba todavía por derecho
propio, como cuerpo legislativo y judicial, una proporción de autoridad casi igual a la de
los Comunes.
La sociedad continuo siendo aristocrática también en otros terrenos. Esta característica no
se debió únicamente a la influencia directa de las clases terratenientes nobles, sino también
a su capacidad de asimilar e imponer su imagen durante la mayor parte del siglo a los otros
grupos ascendentes. Pero lejos de ser una seria amenaza para la sociedad aristocrática, su
principal ambición era entrar en ella, o al menos llegar a un entendimiento para ser el socio
menor de una situación beneficiosa. La asimilación se daba por matrimonio, por la compra
de cargos públicos o una gran propiedad, adquiriendo títulos y distinciones o creando sus
propios patriciados.
En Francia y en Inglaterra la clase mercantil estaba más desarrollada que en otras partes,
salvo Holanda, y su impacto social tomo otras formas. En Francia, las guerras de Luis XIV
habían creado un terreno propicio para los contratistas, banqueros y financieros. Como
contrapeso a la aristocracia, la política real solía atraer hacia el servicio del estado a los
hijos de los hombres enriquecidos por el comercio y las finanzas. Era una de las maneras
mediante las cuales los comerciantes podían entrar, aunque en situación de inferioridad, en
la sociedad aristocrática, mientras los aristócratas tenían la compensación de poder pagar
sus deudas. De esta manera, como escribió un observador a mediados de siglo, hay pocas
fortunas que no encuentren el camino hacia las familias distinguidas…; sin el comercio que
se ha desarrollado entre el orgullo y la necesidad, la mayor parte de las casas nobles caerían
en la miseria, y en consecuencia en la oscuridad. En el siglo XVIII los burgueses
adinerados construyeron mansiones y compraron fincas y, al establecerse como señores de
un dominio, disfrutaban del plano ejercicio de los derechos señoriales atribuidos a sus
propiedades; y según Jaures, la febril reconstrucción de Paris en vísperas de la revolución
se debió todavía más a la burguesía que a la actividad de la aristocracia. Muchos burgueses
preferían invertir sus fortunas en la compra de cargos, para asegurar el futuro de sus hijos,
que aumentar la productividad de su negocio. Tales inversiones producían, en Francia,
grandes compensaciones, tanto en los emolumentos como en la distinción social, a veces
hasta en forma de un título, que traían consigo. También era una buena inversión para el
estado: no solo producía beneficios, sino que garantizaba además durante muchos años la
lealtad de la clase comercial enriquecida. El Estado lo veía como un medio de
financiamiento.
En Inglaterra, estas clases habían conseguido un mayor grado de independencia y autoridad
por sus propios medios.
Inglaterra siguió un camino peculiar, al embarcarse en las primeras etapas de la revolución
industrial, creando una nueva e independiente clase de manufactureros, que comenzaban a
enriquecerse con las ganancias del capital industrial, y no el mercantil.
Inglaterra, aunque seguía siendo aristocrática, estaba más cerca que los demás países de la
nueva sociedad industrial de clase media del siglo siguiente. Durante largo tiempo se ha
sostenido que Inglaterra era la única excepción a la regla; y que incluso Francia tenía una
sociedad esencialmente corporativa, en la cual las clases y grupos sociales estaban en su
mayor parte congelados dentro de sus enclaves privilegiados; y que fue la virtual ausencia
de una situación así en Inglaterra lo que la distinguía de las demás naciones europeas en el
siglo XVIII

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