Antíloco, el mensajero de pies veloces, se presento ante Aquiles, el de los pies ligeros, y le hablo asi:
-¡Tu amigo Patroclo ha muerto! En torno a su cadáver, griegos y troyanos combaten con más furia
que nunca. Y Hector ha despojado al cuerpo de tu amigo de tus propias armas.
Del pecho de Aquiles se elevo un gemido que subio hasta los mismos cielos. La desesperacion del
heroe no reconocio limites a oír estas palabras del mensajero. Se arranco los cabellos, cubrio su
cabeza de oscura ceniza, se tendio en el polvo.
Tetis, la diosa del mar, madre de Aquiles, oyo desde su palacio del fondo de los mares el lamento
horrible de su amado hijo. Y surgio, envuelta en la espuma de una onda, junto a la nave del héroe.
-¿Cuál es tu pesar, hijo mío? –pregunto a Aquiles.
-Los troyanos han matado a Patroclo, mi amigo muy amado, y Hector se ha apoderado de mis armas,
a las que solo resisten los dioses.
-No se gozara Hector largo tiempo en la posesion de tus armas; su muerte esta ya cercana. Y ahora
no entres en batalla hasta que yo no te traiga nuevas armas forjadas por el mismo Vulcano.
Eso dijo la diosa y desaparecio; y apenas ella se hubo alejado, aparecio Iris, la diosa mensajera, que
advirtio al heroe de este modo:
-Los troyanos estan a punto de entrar el cadaver de Patroclo en su ciudad, donde sera profanado si tú
no te presentas en las murallas inmediatamente para infundirles miedo. Apresurate, pues de no
hacerlo asi, llegaras tarde.
Aquiles, enteramente desarmado, se dirigio adonde Iris le indicaba. No entro en batalla, pues debía,
obedeciendo el mandato de su madre, aguardar a que Vulcano forjara sus armas, pero lanzo un gran
grito que los troyanos reconocieron como suyo y que sembro el terror en los corazones de todos los
hombres y en los lugares todos de la ciudad. Esto dio a los griegos ocasion para poder retirar el
cadaver del infeliz de Patroclo, sobre el que Aquiles vertio abundantes lagrimas.
Vulcano, el dios del fuego, se ocupaba entre tanto, activamente, en forjar nuevas armas invencibles
para Aquiles. Toda la noche resono el choque del martillo sobre el yunque, de modo incesante.
Surgían del fuego oro, plata y bronce; dos estatuas de oro de dos hermosos y fuertes jovenes a los
que el dios diera un halito de vida, le ayudaban en su duro trabajo, manejando los enormes fuelles
que debían avivar el fuego potente.
Cuando Aquiles vistio la armadura, creyo que su corazon iba a estallar de contento. Cuando lanzo su
grito de guerra, ningun griego, por lejano que se hallara o debil que fuera, dejo de acudir a su
llamado. El mismo Agamenón, que estaba herido, corrio presuroso a combatir al lado de Aquiles y,
extinguido todo rencor, el rey y el heroe, antes de comenzar el combate, departieron amigablemente.
Potente fue el empuje de los griegos, solo a la idea de que el invencible Aquiles luchaba con ellos.
Con el corazon lleno de dolor y de ira por la muerte de su amigo, Aquiles se lanzo contra los troyanos
como incendio que, empujado por enfurecido viento, hace arder todos los arboles de un bosque. Los
troyanos, aterrorizados, retrocedían en la llanura hacia las orillas del río Escamandro. Pero hasta alli
los perseguía la ira de Aquiles. Y las aguas del río se teñían de roja sangre. Un heroe tras otro caían
a la purpurea corriente.
Entonces Hector quiso salir a combatir con Aquiles. Príamo, que contemplaba en silencio el combate,
procuro disuadirle.
-Ese hombre es incomparablemente más fuerte que tú, hijo mío –le dijo–; solo los dioses pueden
igualarlo, y, si luchas con él, moriras. Pero Hector era el unico que entre los troyanos conservaba su
valor y aguardo la llegada de Aquiles.
Y llego el heroe invencible, armado con las armas forjadas por Vulcano. Y empezo la dura lucha, tan
dura y tan cruel como no recuerdan otra en siglos. Al lado de los heroes luchaba Minerva, ayudando
ya al uno, ya al otro.
La lanza de Aquiles fue arrojada contra Hector, pero se clavo en el suelo, porque el troyano, al verla
llegar, se agacho agilmente. Minerva, sin que Hector lo advirtiera, la devolvio a Aquiles. A los pocos
instantes, Hector caía al suelo herido de muerte. En su agonía pudo aún suplicar el heroe troyano:
-Entrega, ¡oh, poderoso Aquiles!, mi cadaver a mis parientes para que en tierras de Troya lo quemen
en la pira. No dejes que los perros lo devoren.