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Anne Sexton: Poesía y locura

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Sexton

Nacida en 1928 en un hogar WASP (blanco anglosajón protestante)


de Massachusets, Anne Sexton fue una de las poetas más célebres de su
época. Por los temas que abordó, no sorprende que sea cada vez más
publicada y leída. Las antologías vuelven a incluir una y otra vez sus hits:
“Aborto”, “Menstruación a los cuarenta”, “Querer morir”, “Coraje…”.
Transcurrido más de medio siglo de la publicación de su primer libro, ¿es
posible una lectura novedosa y productiva de Sexton, que aligere un poco
su carga biográfica, clínica y suicida? ¿O ese es justamente ése el núcleo
radioactivo que energiza toda su obra?

Acaba de publicarse su Poesía completa (Lumen), en una edición


bilingüe traducida al español por Ana Mata Buil. En tapa, tomada para el
anuncio de una lectura de poemas, Sexton aparece fumando con un
vestido Courrèges y un peinado sesentoso con algo de maniquí aterrador,
como señala Negroni, que hace más obvia su vulnerabilidad y nos la vuelve
más querible. El libro tiene ochocientas páginas, trescientos cincuenta
poemas, unas ciento sesenta páginas de poemas póstumos, y un jugoso
prólogo de Maxine Kumin, escritora y poeta que compartió con Sexton sus
años decisivos.

Sexton es una poeta deslumbrante, potente, cruda, que escribía con


el corazón en la mano y trabajaba sus poemas con una disciplina de hierro
y un método. Partía de una combinación de rimas y sonidos escrita a
mano para luego, ante la máquina de escribir, ir llenándolas de imágenes
que compinía el esqueleto del poema. En ese pasaje, dejaba que afloren los
sentimientos. Las emociones generaban a su vez más imágenes, tantas
que no cabían en el poema. Entonces venía el proceso de revisión. Maxine
Kumin dice que era una correctora severda de su material, y que tenía
hasta veinte versiones de un mismo poema.

Su primer libro, Al manicomio y casi de vuelta, (1960), ya contiene


todos los temas a los que va a volver en distintas zonas de su obra: un
padre alcohólico, una madre rival que muere de cáncer, las confusas
caricias de su adorada tía-abuela Anna Ladd Dingley, alias Nana, la
ambigüedad de su propia relación con sus hijas, Linda Gray Sexton y
Joyce Ladd Sexton, a quienes abandonó durante tres años “en una zanja”,
como dice en su poema “Un pequeño himno sencillo”, incluido en Vive o
muere (1966): “de modo que la primera vela / y la segunda vela / y la
tercera vela / se quemaron solas en tu tarta de cumpleaños”; la oscura
relación con Alfred Muller Sexton II (Kayo), su marido, “Ay, nazi mío / con
tus ojos azul cielo de las SS…”, escribe en “Amar al asesino”, contenido en
Poemas de amor (1969); la enfermedad mental, la internación psiquiátrica,
el opaco vínculo que tuvo con el psiquiatra que la trató, doctor Martin
Orne, y que le aconsejó escribir; la búsqueda de Dios, la burla y el
desencanto de Dios, la encarnación de Dios en la frágil figura de Jesús.

Para Todos mis tesoros (1962) Sexton eligió un epígrafe de Kafka,


aquello de “un libro debería servir de hacha para el mar congelado que
llevamos dentro”. Muchos comienzos de los poemas de Sexton son como
hachazos: “Sólo una vez supe para qué era la vida” (“Solo una vez”); “El fin
de la aventura siempre es la muerte” (“La balada de la masturbadora
olvidada”); “No soy perezosa. / Estoy con la anfetamina del alma”
(“Frenesí”). Cuando suelta la mano, Sexton escribe poemas extensos y
complejos, donde da rienda suelta a una voz poética narrativa,
estructurada en fragmentos numerados o a veces titulados. Son poemas
irregulares, deformes, que no siempre funcionan bien en la extensión, pero
siempre hay en ellos versos potentes, más hachazos: “como si fuera
normal / ser madre y estar ausente” (“La doble imagen”). Otros poemas, en
especial los más tempranos, provienen de la tradición clásica del
pentámetro yámbico rimado. Cuenta su amiga Maxine Kumin que Sexton
creía que las verdades más duras saldrian a la luz si tenía que cumplir un
patrón estófico, un esquema de rima, una métrica predominante, como
demuestra “La verdad que los muertos”, elegía dedicada a sus padres que
en métrica estricta, rimada a b a b.

Menos transitada y leída, la obra posterior al Pulitzer (1967) de Sexton es


mucho más experimental, juguetona y despareja. En Transformaciones
(1971) hace su interpretación de los cuentos clásicos de los hermanos
Grimm, para ella tan importantes en su educación como para otros
autores la Biblia o los mitos griegos. “Eran la extensión lógica del material
que había trabajado en el género confesional, pero esta vez con una capa
de sátira social. Concentra la atención en el gran abanico de roles ficticios
que desempeñan las mujeres: la obediente princesa, la bruja malvada, la
madrastra. Las constelaciones familiares de los cuentos son historias que
van desde exploraciones edípicas (“El príncipe sapo”) a la infidelidad “El
pequeño campesino”. Sexton combina los cuentos con referencias a la
cultura popular, como cuando Hansel y Gretel meten a la bruja en el
horno y “Su sangre empezó a burbujear / como la Coca-Cola”. Y da su
propia versión de los finales felices: es algo a lo que la princesa y su
marido están condenados “una especie de ataúd, / una especie de
depresión”.Transformaciones salió publicado con prólogo de Kurt Vonnegut
y significó la consagración de la autora como poeta.

Confiada, pisando firme, Sexton escribe El libro de la locura (1972) y


Los cuadernos de la muerte (1974), libros extraños en los que pululan
ángeles, salmos, escenas triviales de Jesús (“Jesús dormido”, “Jesús
cocina”), y una serie de “furias”, contenidas en Los cuadernos de la muerte
(1974), que no han recibido la atención que merecen: “La furia de los
amaneceres”, “La furia de los huesos hermosos”; “La furia de los
domingos”, el imperdible “La furia de las vergas: “ahí están, / colgando
sobre las bandejas del desayuno” “Cuando cogen son Dios / Cuando se
separan son Dios / Cuando roncan son Dios”.

Sus dos libros póstumos, El horrible remar hacia Dios (1974) y Calle
de la Piedad, 45 (1975), pueden ser leídos como un regreso a la fuente, los
venenos predilectos, pero con una voz madura, sólida, lanzada hacia
nuevos temas, como “Después de Auschwitz”, una respuesta a Adorno
cargada de rabia y de impotencia. De los poemas póstumos que trae esta
nueva edición, vale la pena leer “Consejos para una persona muy especial”
(“cuidado con el amor (salvo que sea verdadero y toda parte de vos diga sí,
incluso los dedos de los pies) y “Carta de amor escrita en un edificio en
llamas”.

La poeta confesional que escribió Menstruación a los cuarenta en


1966 (“Hace dos días te fuiste con la sangre”), es dueña de una obra
compleja, que nunca pierde un núcleo de ambigüedad irreductible, donde
los hombres suelen ser figuras de autoridad, como su padre, el doctor
Martin Orne o John Holmes, primer maestro de Sexton, a quienes les
dedica poemas de un intenso amor odio, es un dios de género en
mutación, como el Orlando de Virginia: “Que exista este Dios que es una
mujer y te deje ahora / sobre la barca en calma”, le dice a Homes, muerto
de cáncer de garganta. Muchos de sus poemas son a la vez repulsivos y
tiernos, surrealistas y coloquiales, sórdidos pero con algún verso que
ofrece una imagen hermosa o una nota de ternura. “Hija, no puedo
prometerte que tu deseo se cumpla con certeza (…) / Te prometo amor. El
tiempo no se llevará eso”.

Maxine Kumine narra sus últimos días: “Cuando tomaba Thorazine


engordaba, se ponía hipersensible al sol y se quejaba de que el cansancio
no le permitía escribir. Sin medicación, volvían las voces. A medida que se
hizo más dependiente del alcohol, los sedantes y los somníferos, los brotes
depresivos se volvieron más frecuentes. Pidió el divorcio, lo consiguió, pero
descubrió que vivir sola la sometía a niveles de ansiedad insoportables. En
la primavera de 1974, tomó una sobredosis de somníferos y más tarde me
reprochó por haberla ayudado a abortar aquel intento de suicidio. En esa
ocasión se prometió que la próxima vez que atentara contra su vida no le
avisaría a nadie. Así lo hizo, apenas seis meses después”.

Sus versos están sembrados de notas suicidas y claves que evitan las
preguntas estúpidas. “Como los carpinteros (los suicidas) quieren saber
con qué herramientas. / Nunca preguntan por qué construir” (“Querer
morir”), poema de Vive o muere (1966). Pero también de su ars poetica, de
homenajes a personas queridas o admiradas, como el poema dedicado a
Sylvia Plath, que le “robó” su muerte. De escenas que ofrecen pistas de
cómo le gustaría ser recordada. “Bebo los martinis de las cinco / y ataco
esta página seca como una dura / cabra”.

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